Los dos amantes del cielo Gran Comedia Personas que hablan en ella. CRISANTO, galán CLAUDIO, galán POLEMIO, viejo ESCARPÍN¸ gracioso CARPOFORO, viejo. AURELIO, galán DARÍA, dama CINTIA, dama NÍSIDA, dama CLORI, dama SOLDADOS UN LEÓN Primera Jornada Córrese una cortina y está Crisanto sentado en una silla con un bufete delante; y en él, algunos libros y lee en uno. ¡Qué corto es el caudal mío! ¡Qué torpe mi entendimiento! ¡Qué sin razón mi discurso, qué sin discurso mi ingenio, pues no puede comprender los escondidos secretos deste librillo que acaso entre otros hallé! No entiendo sus sentidos por más que estudio, discurro y pienso, habiendo ya tantos días que me ocupo sólo en esto. Pues ya que dé por vencida la capacidad, no tengo de dar por vencido, no, el trabajo y el desvelo. Sobre este libro he de estar toda mi vida leyendo, hasta que llegue a entenderle o halle algún docto maestro que me le declare; a cuyo fin, a su principio vuelvo. Bien “principio” dije, pues empieza el renglón primero con la misma voz, que dice: “En el principio era el Verbo”. Si verbo es palabra, ¿cómo en el principio era, puesto que aquí no se dice cúya y no hay palabra sin dueño? Dice más: que el Verbo estaba en Dios, que era el mismo Verbo; y éste era en el principio; y todas las cosas fueron hechas después por su mano; y nada sin Él fue hecho. ¿Qué intrincado laberinto de milagros y misterios es éste que yo, que ha tantos años que estudio y que leo divinas y humanas letras, ni le alcanzo ni le entiendo? ¿El Verbo era en el principio? ¿En qué principio fue esto? ¿Cuando Júpiter, Neptuno y Plutón se dividieron y el uno el cielo tomó para sí; el otro, el infierno; y el mar el otro, dejando la tierra a Ceres, el tiempo a Saturno, a Juno el aire y el fuego a Mercurio y Venus? No; que no fue en el principio esta división, supuesto que si ya el cielo y la tierra, el fuego, el agua y el viento estaban crïados, hubo otro principio primero. Pues quien absolutamente principio dijo es muy cierto que habló del primer principio de todas las cosas; luego hubo otro principio antes en que estas cosas se hicieron. Sí; y otro principio es fuerza para quien las hizo. Esto proceder en infinito es. Pues si el principio intento averiguar del principio, uno de otro procediendo, en principio vendré a dar sin principio. Y será esto sacar una consecuencia de que hubo tiempo sin tiempo y que tiempo sin principio no tendrá fin. Esto es cierto. Mas no te detengas; no pares aquí, pensamiento; sígueme, que vas llegando aun a más realzado empeño de mayor dificultad. Y así, algunas cosas dejo por entrarme de una vez donde más el juicio pierdo, al ver lo que en el principio cita este escritor. Volviendo dice: Lee. “El Verbo fue hecho carne”. Pues ¿cómo puede ser esto? Palabra que en el principio estuvo en Dios, ¿fue Dios mesmo? Palabra que lo hizo todo, ¿pudo hacerse carne? ¡Cielos, o quitadme de una vez hoy todo el entendimiento o de una vez me le dad, dándome de estos secretos la inteligencia ignorada! Deidad que no comprendo, si eres Verbo y eres Dios, principio y fin de ti mesmo, sin tiempo crïaste el mundo estándote en ti sin tiempo. Si eres vida y eres luz, da luz y vida a mi ingenio. Dos voces, cada una a un lado. ¡Crisanto! ¡Crisanto! Dos voces, si no dos afectos que forma mi fantasía, sombras sin alma y sin cuerpos, a un tiempo están batallando dentro de mi mismo pecho. Esa palabra de quien habla ese ignorado texto es Júpiter, cuya voz tiene en los dioses imperio. De Júpiter esto es, que él da con su palabra aliento. Ese Verbo que publica ese sagrado evangelio es el que en sí mesmo es principio y fin ab eterno. Mas principio y fin no hallo razón de que pueda serlo. En el principio del mundo, del cielo tomó el gobierno, dejando a los demás dioses el poder de lo que es menos. Sí; que él solo no podía regir todo el universo. Este era Dios antes que fuesen la tierra y el cielo, porque Él en sí mismo estaba antes de crïar el tiempo. Sólo a Júpiter adora, que es dios de los dioses nuestros. Adora a Dios, que Él es solo incomprensible y inmenso. Él es dios del mundo. Él es el señor del cielo. Teme el rigor de sus rayos. Busca el agua de su pecho. Desaparecen. ¡Oh que ciegas confusiones entre mí mesmo padezco! Dos espíritus están, uno malo y otro bueno, luchando dentro de mí. Y, confusamente opuestos, uno me inclina a dudarlo y otro me mueve a creerlo. ¿Quién destas dudas podrá rescatar mi entendimiento? dentro Carpoforo ha de pagarme todo el enojo que tengo. Aunque habla acaso esta voz, yo la tomo por proverbio; pues Carpoforo, que en Roma fue el más celebrado maestro en todas ciencias y hoy, del Emperador huyendo por sospechas de cristiano, en los ásperos desiertos habita, racional fiera, ha de dar a mi deseo la solución destas dudas. Y hasta entonces, pensamiento, no me atormentes ni aflijas. ¡Déjame vivir! Salen Polemio, Claudio, Escarpín, Aurelio y gente. Al viento mi señor voces da. Entrad todos. Crisanto, ¿qué es esto? Señor, ¿tú estabas aquí? No estaba, que agora vengo traído, no sin cuidado, del desentonado acento de tu voz; aunque tenía negocios de grave peso entre manos, pues me envía Numeriano este decreto en que me manda buscar dos cristianos encubiertos en los montes, de quien es Carpoforo amparo y maestro; a cuyo efeto, yo estaba en altas voces diciendo: “Carpoforo ha de pagarme todo el enojo que tengo”. Aquesto dije al oírte. ¿De qué turbado y suspenso estás? ¿Yo, señor? De nada. ¿Con quién hablabas? Leyendo estaba a solas conmigo y algún formado conceto pronunciaría las voces que haber dado no me acuerdo. Tus graves melancolías, que hayan de quitarte entiendo el entendimiento, si es que tienes ya entendimiento. ¿Un hombre consigo a solas ha de hablar tan descompuesto que ha de obligar que a esas voces todos turbados entremos? Tal vez el afecto... ¡Calla! No te disculpes con eso, que no se ha de alzar con todo un hombre sólo el afecto. Bien, de mirarte aplicado hoy a los libros, me huelgo; pero no la aplicación ha de ser con tanto estremo que te enajene de todo, padre, amigos, patria y deudos. Un joven, a quien dotó de tantas partes el cielo, como son nobleza, gala hacienda, valor y ingenio, ¿se ha de dar tanto a una pena que, encerrado en su aposento, la edad mejor de su vida sólo ha de gastar leyendo? ¿No te acuerdas de que eres hijo mío y de que tengo hoy, por el gran Numeriano, generoso césar nuestro, el gran gobierno de Roma y del mundo, pues gobierno, primero senador, todas las provincias de su imperio? ¿De Alejandría, mi patria, a donde los timbres tengo de mi sangre, no me trujo para repartir el peso de su corona conmigo, públicos recibimientos haciendo a mi entrada Roma, si bien merecido premio de vitorias que le han dado ya mi pluma y ya mi acero? Pues ¿por qué la vanidad de mi hijo y mi heredero no has de lograr disfrutando tantos desvanecimientos? Señor, aqueste retiro en que vivo no es defeto de ingratitud, a esas dichas negando el conocimiento; es natural condición mía, que gusto no tengo en la común vanidad de los públicos cortejos. Y si, viviendo conmigo no más, vivo más contento, ¿para qué quieres que busque lo que me ha de agradar menos? Deja que pase, señor, destas tristezas el tiempo; que después lograré aplausos que yo, por mí, no merezco, sino por ser hijo tuyo. ¿No es mejor gozar, primero, los aplausos en la edad florida y, pasando el tiempo, en la decrépita y triste, la soledad? Pues todo eso, yo se lo diré mejor disfrazado en un ejemplo. Un mal pintor compró una mala casa y muy contento un mal amigo llevó a enseñarla; y lo primero fue un mal aposento y dijo: “¿Veis este mal aposento? Pues dejádmele blanquear y que yo le pinte luego de mi mano a todo él, las paredes y los techos, y veréis qué bueno queda”. Aquel amigo risueño dijo: “Bueno quedará; mas, si le pintáis primero y le blanqueáis después, quedará mucho más bueno”. Déjate pintar, señor, agora de lucimiento y, sobre aquesta pintura, caerá mejor el blanqueo; porque, al fin, es mal pintor si es buen albañir el tiempo. Digo, señor, que, obediente a tus leyes y precetos, yo procuraré enmendarme tanto, tanto que tú mesmo me desconozcas desde hoy. Vase. Claudio, como padre siento de Crisanto las tristezas y que hayan de parar temo en locura. Pues tú eres su primo y su amigo, haciendo ambos oficios procura saber de su sentimiento la ocasión para que yo la enmiende; que te prometo que, aunque yo llegue a saber que sea algún galanteo de amor, que en aquella edad esto será lo más cierto, no me disguste ni enoje. Y no sé si diga, viendo sus tristezas, que estimara el saber que nacían desto. Un sacerdote de Apolo tenía dos sobrinos necios; sobre necios, miserables; sobre miserables, puercos; y viendo que hace amor limpios, liberales y discretos, no les decía otra cosa que “¡Enamoraos, majaderos!”. Y ansí, aunque no lo esté agora, yo haré que lo esté muy presto por darte este gusto. No es eso lo que yo deseo; que una cosa es desear, ya sucedido, saberlo y otra es desear que suceda. Lo que yo, señor, te ofrezco es que procuraré saber la causa de que nacieron sus graves melancolías; y de intentar, fuera desto, divertirle y alegrarle. Eso es lo que yo pretendo. Y ansí, pues es fuerza ir a obedecer el decreto de Numeriano buscando cristianos por los desiertos, en aquesta ausencia, Claudio, no llevaré otro consuelo que saber que asistirás tú a Crisanto. Yo prometo no apartarme de su lado hasta que vuelvas. Aurelio. Señor. Tú, en efeto, sabes de ese monte en lo desierto la cueva de Carpoforo. A ponerle me prefiero en tus manos. Pues la gente, con recato y con secreto, guía, que hoy han de morir cuantos con él estén. ¡Cielos, pues veis con la vigilancia, la religión, culto y celo que el honor de vuestros dioses solicito destruyendo esta nueva ley de Cristo, que con el alma aborrezco, premiadme con mejorar de Crisanto los intentos! Vase y con él, Aurelio. Escarpín, dile a Crisanto que llevarle por ahí quiero a que se entretenga. ¿Y dónde hemos de ir a entretenernos? Que ya en este tiempo hay pocos entretenimientos Fuera de Roma, en la vía Salaria, está el alto templo de Dïana. En él asisten los más hermosos sujetos de Roma; que como todas las beldades cuyos pechos generosa sangre ilustran van desde sus años tiernos a ser sus sacerdotisas, crïándose allí hasta el tiempo de tomar estado, es de las hermosuras centro, es de las bellezas patria y es de las deidades cielo. Y como es Dïana diosa de las selvas y está puesto su altar del bosque en lo más deleitoso y más ameno, salen de él todas las tardes varios escuadrones bellos de hermosas ninfas; y es a jóvenes caballeros que están también sin estado permitido el galanteo, a que le pienso llevar esta tarde. No lo apruebo; porque encerradas bellezas, en cuyos altos empleos el pensamiento más digno es indigno pensamiento, no divierten cuanto hay que divertir en un pecho lleno de melancolías. Mejor es que le llevemos por Roma, donde hay palpables deidades de carne y hueso. ¡Que como hombre bajo hables…! ¿Hay más dicha, hay más contento que adorar una hermosura brujuleada entre los lejos de lo imposible? Señor, yo digo que será bueno; pero hay bueno y mejor. Oye. Esplíquelo aqueste cuento. Preguntábale a su hijo que le pedía el almuerzo una madre: “¡Ah, Antoñico! ¿Qué quieres? ¿Huevo o torrezno?” Y él dijo: “Torrezno, madre; pero échele encima el huevo”. No es malo que haya de todo. ¡Qué notable desacierto fuera de la Providencia ser común en los afectos! (¡Ay, discretísima Cintia! Más dicha, más bien no espero que adorarte. Mas ¿qué mucho, si adorarte no merezco?) Vanse. Salen Nísida y Clori con arpa. ¿Traes el instrumento? Sí. Pues dámele, porque en esta verde, apacible floresta que de esmeralda y rubí guarnecen rosas y flores, siendo su apacible esfera dosel de la primavera matizado de colores, probar quiero un tono que a una letra que escribió Cintia ayer compuse yo. ¿Qué asunto, señora, fue el de la letra? El de estaren un olmo un ruiseñor publicando de su amor ya el placer, ya el pesar. Sale Cintia con un libro. En tanto que las hermosas discípulas de Minerva a la más inútil yerba vuelven en fragantes rosas bajando a estas selvas bellas que, esmaltadas de primores, son verdes cielos de flores, son azul campo de estrellas, quiero retirarme aquí, donde en Ovidio mejor leeré el Remedio de Amor. Oye tono y letra. Di. Canta. Ruiseñor que volando vas cantando finezas, cantando favores, ¡oh cuánta pena y envidia me das! Pero no; que si hoy cantas amores, tú tendrás celos y tú llorarás. En estremo agradecida, hermosa Nísida, estoy a la lisonja. Desde hoy, vivir muy desvanecida a mi presunción le toca, si tiene ya que vivir presunción que llegó a oír versos suyos en tu boca. Es tu ingenio soberano, bella Cintia, de manera que antes hoy quedar debiera mi voz por torpe; y por vano, castigado mi instrumento, pues osa su consonancia a deslucir la elegancia de tu raro entendimiento. ¿A dónde vas por aquí? La soledad discurriendo, venía unos versos leyendo cuando la dulzura oí de tu voz; y ella el imán de mis acciones ha sido; ella tras ti me ha traído. Pero ¿qué mucho, si están a tus acentos süaves suspendidas igualmente las cláusulas de esa fuente, la música de las aves? Merezca, ya que llegué, Nísida, a tal ocasión, oír la glosa a la canción. Con vergüenza la diré. Canta. ¡Qué alegre y desvanecido cantas, dulce ruiseñor, las venturas de tu amor, olvidado del olvido! Envidia de ti he tenido al ver cuán ufano estás. ¡Oh cuánta pena me das publicando tus favores! Pero no; que si hoy cantas amores, tú tendrás celos y tú llorarás. Sale Daría. ¡Detén, Nísida, la voz, que no es bien que de ese acento hagas hoy capaz al viento que le publique veloz, porque todos son agravios que haces a tu pundonor! ¿Qué son celos, qué es amor para salir de tus labios? Esta selva dedicada, Nísida, a Dïana está, no a Venus; que, como ya vive de ti profanada con tu canción, es error notable, es acción liviana en el templo de Dïana cantar himnos al amor. Mas si está Cintia contigo, no me espanta de que estés tan mal divertida. Pues, ¿por qué lo dices? Lo digo porque tú siempre ocupada en profanos libros vives, versos lees, versos escribes, cuya vanidad te agrada. Y si quieres de este error verte convencida, ¿qué es el libro en que agora lees? En los Remedios de Amor leyendo estaba, de quien inferir, Daría, podrás cuán mal informada estás de mis estudios; pues quien remedios lee a su crüel pena, contra el alma anima; y es cierto que no le estima quien estudia contra él. Con ese mismo argumento te responda mi canción. Desengaños de amor son cuantos pronuncia mi acento. Remedios y desengaños las dos a un tiempo buscáis; luego no lejos estáis de sus penas y sus daños; pues la que tiene por medios buscar desengaños, ya muestra que engañada está; y la que estudia remedios, ya muestra que algún mortal dolor su pecho sintió, porque ninguno buscó el remedio antes del mal. Luego con causa me ofendo de veros hoy con engaños: tú, cantando desengaños; y tú, remedios leyendo. Las acciones del acaso, acciones, Daría, no son que con segunda intención se ejecutan, Y así, paso a otra cosa. No hay persona, con ingenio o sin ingenio, que no le aplica su genio a alguna cosa. Esto abona la variedad de ejercicios; que república no hubiera si el natural no escogiera las artes y los oficios. Cuya opinión asegura que Nísida se inclinó a cantar, a escribir yo y tú a adorar tu hermosura. ¿Es mejor ocupación que la de la habilidad la de la gran vanidad que tiene tu presunción? ¿Qué mañana no te vi con aliño impertinente en el cristal de esa fuente enamorarte de ti? Conque, volviendo al primero argumento del amor, es tu delito mayor si de tu cuidado infiero segunda causa; pues quien siempre con desvelo igual no se parece a sí mal, parecer quiere a otros bien. Tan lejos mi voluntad en esa solicitud, no hable agora mi virtud, hable agora mi verdad. Tan lejos, digo, mi pecho vive de cuanto es amor que el imposible mayor de cuantos la mano ha hecho de Júpiter soberano me parece que sería que permitiese Daría el átomo más liviano de amor a su pensamiento; pues sólo de una manera posible querer me fuera, que éste es desvanecimiento. De qué manera nos di. Cuando un hombre hubiera estado de mí tan enamorado que hubiera muerto por mí. Y en teniendo yo por cierto el que por mi amor murió, entonces pudiera yo amarle después de muerto. Fineza mal conseguida fuera la de tanto amor, si le había tu favor de costar antes la vida. Que es liviandad considera cuanto imaginando está tu vanidad, que no hay ya hombre que de amores muera. ¿Habrá más, siendo eso así, de a ninguno querer bien? Yo no he de admitir a quien antes no muera por mí. A ambición tan singular, ¿qué respuesta puede haber si no volver yo a leer y tú Nísida a cantar, no haciendo caso de tanto desdén que toca a locura? Pues vuélvete a tu lectura, que yo volveré a mi canto. Pues yo, porque más se aumente el baldón que de mí hacéis, mientras cantáis y leéis me he de mirar a esta fuente. Canta Nísida y salen Claudio, Crisanto y Escarpín. Canta. Ruiseñor que volando vas cantando finezas, cantando favores, ¡oh cuánta pena y envidia me das! Pero no; que si hoy cantas amores, tú tendrás celos y tú llorarás. ¿No os agrada la belleza de esta amena selva? Sí; que el autor se esmeró aquí, de la gran naturaleza. ¿Quién creerá que es la primera vez que aquesta selva piso? Es segundo paraíso de las diosas desta esfera. Y más esta verde estancia donde agora hemos venido, pues tres objetos han sido iguales en la distancia los que estamos admirando cuando, a un tiempo, estamos viendo allí una dama leyendo, aquí otra dama cantando y otra dulcemente ociosa, dando ella sola a entender que no tiene una mujer más que hacer que ser hermosa. Dices bien, porque en mi vida igual hermosura vi. Pues si de las tres que aquí se han ofrecido, elegida alguna hubiese de ser de vuestro gusto, ¿cuál fuera? No sé; que de una manera las tres han sabido hacer tres objetos que, en despojos, cautivan el pensamiento rindiendo el entendimiento, los oídos y los ojos. La que canta, en su dulzura da a entender su perfección; la que lee, su discreción; la que calla, su hermosura. Y así no agraviar intento de la una la beldad, de la otra la habilidad, ni désta el entendimiento por no ofender a las dos. Mas si yo elegir hubiera… ¿Cuál fuera? La hermosa fuera. ¡Buena pascua te dé Dios! Porque no hay, es cosa clara, ni habilidad, ni saber que se iguale con tener una mujer buena cara. La raposa y la perdiz tuvieron cierta pendencia: la raposa, por su ciencia, quería ser más feliz; la perdiz, por su hermosura. A quien la zorra decía: “Bobaza, que cada día te caza quien te procura”. Y ella dijo: “Aunque bobaza, con cuanto tú sabes, no sabes tan bien como yo a cualquiera que me caza”. Clori, lleva ese instrumento; que parece que he sentido entre esos árboles ruido y ya retirarme intento, corrida de imaginar que me hayan escuchado esos hombres que han entrado. Vase. (A Claudio pude alcanzar a ver desde aquí; y intento mirar si me sigue, dando a entender que imaginando me lleva mi pensamiento. Si es que de amor al dolor remedios no puede haber, ¿de qué me sirve leer en los Remedios de Amor?) Vase. (Contenta en esta espesura quedo, porque no quisiera que compañía me hiciera sino sólo mi hermosura.) Crisanto, vuestra elección en una parte he sentido cuanto en otra he agradecido; pues en aquesta ocasión sentí que no os agradase la que en el libro leía, siendo así que sentiría que vuestro amor la alabase. Y pues la queja es tan una con el agradecimiento, mientras yo seguir intento los rumbos de mi fortuna, probad la vuestra y aquí os estad. Vase Confuso quedo, porque a mí mismo no puedo preguntarme yo por mí. Desde el instante que vi esta rara perfección, soy horror, soy confusión; y en mil temores deshecho, todo es Babilonia el pecho, todo es Troya el corazón. Pues común de dos ha sido entre los dos ese efeto, que yo también te prometo que estoy perdiendo el sentido desde que la vi. ¡Atrevido, loco, necio! Pues ¿tú habías de sentir las ansias mías? No, señor mío; que no siento sino las mías yo. Deja tan vanas porfías; y vete que, por los cielos, que te mate. Yo me iré; que si la hablas, no sé si podré sufrir mis celos. Vase. Atrévanse mis desvelos a saber si sois, señora, de aqueste cielo la aurora, la Palas de esta campaña, la Juno de esta montaña, destos jardines la Flora, para que sepa primero con qué estilo hablar podrá muda mi voz. Aunque ya que me lo digáis no quiero, porque si en vos considero perfección tan soberana, hermosura tan ufana que deidad os publicáis, Diana seréis, pues estáis en los bosques de Dïana. Si vos para hablar conmigo queréis saber quién soy yo, yo para hablar con vos no, cuando a responder me obligo haciendo el viento testigo de mi rigor. Y así, quién sois vos preguntar no es bien para que altiva me oigáis; pues, quienquiera que seáis, he de hablaros con desdén. Así, caballero, os pido que aquese lugar dejéis y en la soledad me deis la que yo me había tenido. Cuerdamente reprendido habéis, señora, el error de preguntar mi temor quién sois; pues tan bella estáis que, quienquiera que seáis, he de hablaros con amor. Esa voz tan ignorada vive de mí que sospecho que la ha ignorado mi pecho aun después de pronunciada. Luego no aventuro nada cuando repetilla intento, pues que vuestro sentimiento aunque la escuche la ignora. Sí hacéis; que aunque ignore agora la voz, no el atrevimiento; y aunque así como la oí al instante la olvidé, volverla a oír sentiré. ¿Que ya la olvidasteis? Sí. ¿La voz de amor, ¡ay de mí!, se olvida, siendo el más fuerte rayo que vibra la muerte? Sí, que el rayo donde entra no hace mal si nada encuentra. ¿De qué suerte? Desta suerte: si un rayo en parte cayera que abierta una puerta hallara enfrente de otra, pasara sin que la casa encendiera; y desta misma manera, aunque amor rayo haya sido, como un oído ha tenido a otro enfrente, no abrasó; que por un oído entró y salió por otro oído. Luego, si ese rayo entrara por parte que no tuviera correspondencia, encendiera cuanto en la casa encontrara. Pues siendo así, cosa es clara que me abrasan sus enojos, siendo el corazón despojos, pues, sin abrasar ni herir, ya no es posible salir rayo que entra por los ojos. Si me hubierais escuchado lo que decía, bien creo que hubiera vuestro deseo, antes de hablarme, quedado en silencio sepultado. ¿Y qué decíais? No sé; que un arrojo vano fue de la grande altivez mía. Sepa yo qué contenía. Que en mi vida no querré sino quien muera por mí de amor. Vase y tiénela. ¿Y después de muerto fuera vuestro favor cierto? Bien pudiera ser que sí. Pues yo os doy palabra aquí de aspirar a ese favor, sacrificado al ardor de vuestros rayos, señora. Pues no me sigáis ahora, que aún no habéis muerto de amor. Vase. ¿En qué pecho a un tiempo mismo se habrán, ¡oh cielos!, juntado tantas ansias? ¿En qué pecho se habrán visto asombros tantos? ¿Soy yo quien, rendido aquí al bellísimo milagro de una hermosura, se olvida de aquel primero cuidado de sus estudios? ¿Qué hechizo, qué frenesí, qué letargo a la alma dio por los ojos aqueste divino encanto? ¿Qué deidad, interesada en que no sepa los raros misterios de un libro, pone inconvenientes al paso, procurando divertirme de saberlos y alcanzarlos? Pero ¿yo qué digo? Que una pasión sucedida acaso no ha de ser bastante, no, para enajenarme tanto. Si de un astro la violencia a una beldad me ha inclinado, no me ha forzado; que no fuerzan, si inclinan, los astros. Libre tengo mi albedrío. Alma y corazón, volvamos a más generosas dudas que las de amor. Y pues Claudio, girasol del sol que adora, le va siguiendo los pasos y ese crïado se ha ido y son aquellos peñascos en que remata esta selva de los huidos cristianos rústico albergue, a ellos quiero acercarme a ver si hallo a Carpoforo; que él sólo puede, por docto y por sabio, rescatar mi entendimiento de la confusión que paso. ¿Qué intrincado laberinto es en el que voy entrando? Aquí la naturaleza poco estudio puso, dando a entender que el desaliño también es belleza. Un rayo del sol apenas registra aqueste lóbrego espacio que penetra sus entrañas. Según las señas que traigo, por aquí ha de ser su cueva. Muda huella, breve rasgo de humana planta no topo. Allí, a la margen de un claro arroyo que, fugitivo, hace continuos pedazos de la nieve que los montes traen mal derretida al campo, está un caduco esqueleto, a quien ha diferenciado de ser vivo o de ser muerto torpe el movimiento y tardo. Cadáver vivo parece. ¡Oh tú, venerable anciano, que entre los vegetativos eres ya racional árbol! Sale Carpoforo. ¡Ay de mí, romano es éste! No temas; que, aunque romano, no riguroso te busco. Pues ¿qué me mandáis, bizarro joven? Que en vuestra presencia, ya he desmentido el espanto. Que me digáis, os suplico, cuál destos duros peñascos, cuyas entreabiertas bocas están siempre bostezando, de un vivo enterrado es rústica tumba de mármol en que Carpoforo habita; porque le vengo buscando, que me importa hablalle. Yo, sin recelos de mis daños, lo he de decir. Carpoforo soy yo. Pues dadme los brazos. Y el alma en ellos, que no sé qué aliento su contacto me da que rejuvenece yerto el verdor de mis años, bien como caduco tronco a quien da la vid abrazos. ¿Quién sois, heroico mancebo? Mi nombre, padre, es Crisanto. Hijo de Polemio soy, primer senador romano. Pues ¿qué me mandáis? No quiero teneros en pie. Sentaos. Decís bien, que soy pared que se está desmoronando. Siéntanse en dos banquetas. A la boca de mi cueva, que es ésta, mejor estamos. ¿Qué me mandáis, caballero? Desde mis primeros años, fui inclinado a los estudios; y leyendo libros varios, en uno he topado en una dificultad que no alcanzo. Téngoos a vos por el más docto varón, maestro sabio, de toda Roma –que desto me informó allá vuestro aplauso– y vengo a que espliquéis un lugar, porque no hallo la razón de su sentido. Éste es el libro. Mostradlo. Abrid el principio de él; que en el principio está el caso que a preguntar vengo. (¡Cielos, los evangelios son santos!) ¿El libro besáis? Y sobre la frente le pongo, dando indicios del gran respeto con que le tocan mis manos. Pues ¿qué libro es? Porque yo, entre otros, le topé acaso. De la evangélica ley, basa y fundamento. Estraño horror me habéis puesto. ¿Cómo? Como ya saber no aguardo nada de él, pues que no dudo que serán magias y encantos. No serán sino verdades. ¿Cómo puede serlo cuando lo primero que en él dice es que, atended con cuidado, en el principio era el Verbo, que estaba en Dios; y pasando más adelante, aquel mismo Verbo era Dios; y tornando al Verbo, dice después que fue hecho carne? Eso es claro, porque aqueste evangelista, en el principio, va hablando de Dios en cuanto a divino y, después, en cuanto a humano. ¿Humano y divino a un tiempo? Sí, en un supuesto juntando entrambas naturalezas. Pues ¿cómo, que no lo alcanzo, es palabra que está en Dios y es Dios y después, tomando carne, es Verbo, es Dios y Hombre Cristo, que murió clavado? Decid, ¿cómo lo probáis? Es Dios porque es increado, sin principio y fin; es Verbo porque es también engendrado del Padre, de quien procede luego el Espíritu Santo, siendo un Dios y tres personas. ¡Oh qué misterio tan alto será si vos lo probáis! A eso responder aguardo con éste que en nuestra fe es el símbolo sagrado. Fe católica es que una trinidad siempre creamos, ni confundiendo personas, ni sustancias separando. Del Padre, una es la persona; otra, la del Hijo amado; y otra persona también la del Espíritu Santo. Mas en el Padre y en el Hijo y Espíritu… ¡Asombro raro! …una es la divinidad, gloria y poder igualando con una majestad sola; que, aunque es… De oíros me espanto. …el Padre inmenso y eterno y, por este mismo caso, inmenso y eterno el Hijo y inmenso y eterno el Santo Espíritu, no son tres inmensos y eternos, claro está, sino un solo eterno y inmenso; de donde saco que, aunque increados los tres, son un solo increado. El Padre de nadie fue hecho, ni crïado, ni engendrado; el Hijo, engendrado sí del Padre, no hecho o crïado; y el Espíritu, ni hecho, ni crïado, ni engendrado fue del Padre ni del Hijo, sino procedido de ambos. Ésta es la divinidad de Dios en cuanto a Dios. Vamos a su humanidad. Teneos; que son prodigios tan raros los que habéis dicho que es fuerza atenderlos muy despacio. Dejadme cobrar aliento, que suspenso y elevado me tienen vuestras razones. ¡Ah, quién comprendiera cuanto habéis dicho! ¿Un Dios y tres personas con sólo un mando, una sustancia, una esencia y voluntad? Sí, Crisanto. Salen Aurelio y soldados. La cueva de Carpoforo es aquésta y él sentado está a su puerta, con otro, leyendo. Pues ¿qué aguardamos? Como Polemio nos manda, en prendiéndolos cubramos los rostros, porque no puedan conocerlos los cristianos que son cómplices con ellos. 1º ¡Daos a prisión! ¡Ah villanos! Ved que soy... Tapad las bocas, no den voces. Y las manos atrás atad a los dos. Mirad que soy… ¡Cielos santos, llegó el día a mi deseo! Baja un ángel en una tramoya. Carpoforo, aún no ha llegado. Porque quiero acrisolar la constancia de Crisanto, no le guardo; pero a ti, desta manera te guardo. Llévasele. Sale Polemio. ¿Qué ha sido aquesto? Un prodigio. A Carpoforo aquí hallamos y a este cristiano con él. Teniendo presos a entrambos, él se desapareció. Valdríanle los encantos de que los cristianos usan y ellos tienen por milagros. Por el monte van huyendo a tropas. Seguid a cuantos topéis y dejad aquéste. Vanse. Seguro está, pues le guardo. ¡Mísero de ti! ¿Quién eres? Para verte te destapo, porque tu rostro me informe de… ¡mis desdichas! ¡Crisanto! Descúbrele. ¿Qué es esto? ¡Válgame el cielo! ¿Tú hablando con los cristianos? ¿Tú en sus cuevas escondido y tú preso? ¿Para cuándo, inmenso Júpiter, son las iras de vuestros rayos? A preguntar una duda que en mis libros había hallado, por estas montañas vine a Carpoforo buscando. ¡Calla, villano, que ya discurro quién ha causado este suceso! Tú tienes ingenio mal aplicado, pues cuanto estudias son sólo vanidades que en humanos libros el ocio escribió; y desta pasión llevado te trae aquí, como he visto, las mágicas y el encanto. No es mágica la que vine a aprender. Misterios altos son de su fe, a quien yo debo admiraciones y espantos ¡Calla otra vez, calla! Niega la pronunciación al labio. ¿Tú hablas dellos con respeto? Porque en su ley he hallado misterios incomprensibles. ¿Esto escucho y no te mato? Mas débame esta piedad mi honor. Por esos peñascos te esconde, que yo diré que te ha valido otro encanto. Voy a obedecerte. dentro Allíestán adonde quedaron. Ya no es posible que huyas sin verte. Pues han llegado, volveré a cubrirte el rostro. No vean estos soldados quién eres, porque no sepan mancha que ha de ser agravio de mi honor hasta que intente de otra suerte remediallo. (Dios que hasta agora ignoré: dame tu favor y amparo, que hasta conocerte más sufriré eternos trabajos.) Salen Aurelio y otros. Aunque el monte hemos corrido, a ninguno hemos hallado. Llevad a Roma ese preso y mirad que a todos mando que nadie el rostro se atreva a descubrirle. (¿Qué aguardo, cielos, que del pecho yo el corazón no me arranco? ¿Qué he de hacer en tantas dudas? Si digo quién es, infamo con su culpa mi nobleza; y mi lealtad, si lo callo, pues, en sólo hallarle aquí, quiebro del César el bando. ¿Castigarele? Es mi hijo. ¿Librarele? Es mi contrario. Pues entre estos dos estremos, haya un medio. No le hallo, que como juez le aborrezco y como padre le amo.) Segunda Jornada Salen Claudio y Escarpín. En efeto, ¿no parece, ni de ninguna manera se sabe de él? Desde el día que, de Diana en la selva, tú conmigo le dejaste –y yo, señor, con aquella perfección tan soberana, hermosura tan discreta–, no pareció más. ¡Y sabe bien amor lo que me cuesta! De tu lealtad no lo dudo. Pues aunque lealtad parezca, no es todo lealtad. ¿Pues qué? Imaginaciones necias de pensar que allí encubierto se quedó a vivir con ella. Si yo aqueso imaginara, consuelo, Escarpín, tuviera, no sentimiento. Yo no, sino una máquina entera de sentimientos. ¿Por qué? Acá son ciertas quimeras de un desesperado amor que con celos me atormenta. ¿Tú, amor y celos? Yo, celos y amor. ¿Soy yo alguna bestia? ¿De Daría? Yo no sé si es Daría, diese u diera; pero sé que tomaría, tomara y tomase de ella cualquier favor sustantivo. ¿Tú, de tan rara belleza? Sí; que no fuera tan rara sin mí. Pues, ¿de qué manera? Enamorose Vinorres –nadie en el cómputo muerda de los tiempos, porque ha habido Vinorres en todas eras– de una dama muy hermosa, a quien Vinorres finezas iba diciendo al estribo una tarde. Y, muy severa, otra dama que allí iba dijo: “¿Es posible no tengas desconfianza de que te enamore un simple?” Y ella, muy galante, respondió: “Nunca he tenido soberbia de hermosa hasta hoy, porque no es hermosura perfeta la que no enamoran tontos”. ¡Qué frialdad! ¿Frialdad? Pues… Deja esas locuras, que sale mi tío. De sus tristezas, bien da su semblante indicio. Salen Polemio y acompañamiento. Sabe Júpiter la pena, señor, con que siempre llego a ponerme en tu presencia. Claudio, no dudo que tú tan como propia la sientas. Palabra te di de que a Crisanto... ¡Cesa, cesa! No vuelvas a repetillo, porque a sentirlo no vuelva. En fin, para saber de él, ¿no han sido tus diligencias bastantes? No me atormentes con preguntas; que, aunque quiera no darte respuesta, anda solícita la respuesta por salir del pecho mío y es probar mi resistencia. Pues ¿qué recatas de mí, sabiendo que hay en mis venas sangre tuya y que mi vida está siempre a tu obediencia? Descansa, señor, conmigo. Hábleme una vez tu lengua de cuantas me hablan tus ojos. Salíos todos allá fuera. Vanse los criados. (¡Ay, bellísima Daría, quién a mano te tuviera para ofrecerte dos cuentos aunque ninguno de renta!) Vase. Ya señor, solo has quedado. Pues, escúchame, aunque sea prevaricar el intento del secreto a que me fuerzan mis desdichas; que es forzoso decirlas porque no tengan, oprimidas del silencio, disculpas sino licencia para romperlo; y así, quiero honestar su violencia haciendo yo voluntad lo que ellas han de hacer fuerza. Crisanto, Claudio, no está ausente; en mi casa mesma está Crisanto. A los dioses plubiera, ¡ay de mí!, que fuera sepultura y no prisión este cuarto que le alberga. Que esté en mi casa y que esté preso y encerrado en ella es preciso que te haga gran novedad; pues, espera, que más novedad te hará cuando más la causa sepas. Aquel infelice día que yo al monte y tú a la selva fuimos, en él le hallé yo, si tú le perdiste en ella. Prendiéronle mis soldados a la boca de su cueva con Carpoforo (¡oh aquí me den los cielos paciencia!). Cubiertos ambos tenían los rostros, porque no vieran en la cara de su culpa el semblante de mi ofensa. Prendiéronle sin mirarle; que como la orden era taparles el rostro, fue aun antes que le prendieron, porque de espaldas estaba, la primera diligencia. Huyó –valiole la magia– aquella racional fiera de Roma, monstruo dos veces por costumbres y por ciencias. Quedó, pues, preso Crisanto a tiempo que por las peñas los cristianos a sus grutas corrían a su defensa. Los soldados los siguieron. Solos quedando en aquella rústica estancia los dos, descubrile. Considera padre a un juez en una causa tan abominable y fea como haber contravenido allí a los dioses y al césar, con un hijo delincuente, donde tan preciso era que militasen iguales el rigor y la clemencia. Venció la clemencia, en fin; díjele que se escondiera; no lo conseguí, ¡ay infelice!, porque al mismo instante llegan los soldados y sería otra desdicha más fiera que tuviesen que callarme. Lo más, pues, que a su defensa entonces pude hacer fue que nadie le descubriera. Trújele preso, en efeto; y haciendo misterio que era justo que aquella prisión en Roma no se supiera por los cómplices, mandé traerle a mi casa mesma. De allí a unos días pasados –¡ah, poderosa violencia, qué no facilitas, qué no arrastras, qué no atropellas!–, súpose, en fin; y un esclavo, cuya inocente cabeza destroncada reparó el golpe de mi sentencia muriendo allí por Crisanto, fue la capa de mi afrenta. Dirás tú agora: pues ya enmendada la deshecha fortuna del lance, ¿cómo hoy le ocultas, hoy le encierras? Y responderete yo, lleno de dudas diversas, que, aunque es verdad que no quise que público, ¡ay de mí!, fuera su castigo, claro está tampoco quise que viera tanta piedad en mi pecho que no temiese mi ofensa. Los castigos de los padres, ejecutados, reservan los de los verdugos, Claudio, con tan grande diferencia cuanto hay de una mano que honra a una que hiere y afrenta. Cesó el rigor, en efeto, que los de los padres cesan fácilmente; mas ¿qué mucho, si la mano, ¡ay de mí!, mesma que alientan contra los hijos contra sí mismos la alientan? Entré un día en su prisión con deseo –¿quién lo niega?– de perdonarle y, ¡ay!, cuando pensé que lo agradeciera, viendo en mí una reprensión más que rigurosa cuerda, tan afecto a los cristianos me habló y con tantas veras en defensa de su ley que, apurada mi clemencia, se volvió al primer castigo. Cerré ventanas y puertas, cargándole de prisiones, de grillos y de cadenas, dándole a comer por tasa, todo por mi mano mesma, que no me atreví a fiar de nadie esas diligencias. Bien pensarás que aquí paran mis desdichas. Pues, espera, que pasan tan adelante que es agora cuando empiezan. Aquestos sucesos tanto le privan y le enajenan que, olvidado de sí mismo, de sí mismo no se acuerda. Nada a propósito habla, locuras son manifiestas cuanto dice, desatinos cuantos imagina y piensa. Muchas veces le escuché, porque elevada y suspensa siempre el alma, nunca atiende a quién sale, ni a quién entra: “En el principio era el Verbo y Dios en el Verbo era”. Otras le oigo lamentar de una tirana belleza, diciendo: “Pues que ya muero por ti, tu favor merezca”. Otras dice: “¿Cómo tienen tres personas una esencia, cosa que allá los cristianos en su ley tienen por cierta?”. De suerte que está mi vida en varias dudas envuelta. Si le pongo en libertad, no dudo, según le ciegan discurso y entendimiento de los cristianos las ciencias, que se declare cristiano, cosa que es preciso sea pública nota en mi sangre, vil infamia en mi nobleza. Si le tengo en prisión, según es su gran tristeza, melancólico y confuso, no dudo que el juicio pierda. Y, finalmente, yo tengo por cosa, sobrino, cierta que estos mágicos cristianos hoy hechizado le tengan; y que en odio de mi sangre y de mi oficio en ofensa, hoy en Crisanto, mi hijo, de mis justicias se vengan. Dime, pues, ¿qué debo hacer? Aunque antes que la respuesta tu sutil entendimiento me dé, quiero que le veas, o porque mejor lo pienses, o porque mejor entiendas para qué pido el remedio. Aqueste es el cuarto. Llega, que en viéndole me dirás si es menos mal que así muera, o que, dejado llevar de sus afectos, ofenda su ilustre sangre manchando mis blasones sus afrentas. Corre una cortina y está Crisanto en una silla en cadenas y grillos. Lo que así he sentido el verle no es posible que encarezca. ¡Tente, no pases de aquí! Que no quiero que en ti advierta; porque le quiero escusar, de verle así, la vergüenza. Desde aquí escuchar podemos lo que le dictan sus penas. ¿Quién en la humana suerte habrá tenido juntos tantos afectos desiguales? Males, pues ¿no bastó haber sido males, sin que males opuestos hayáis sido? Al cielo vida por saber le pido de un trino y uno, efetos celestiales; muerte le pido, por mirarme en tales penas de una beldad favorecido. Pues ¿cómo vida y muerte mi desvelo es posible que al cielo a un tiempo pida, si es pedir juntos pérdida y consuelo? Mas el cielo pedirle no me impida vida y muerte, supuesto que es el cielo árbitro de la muerte y de la vida. Corre la cortina. Mira si yo he dicho bien. Todo es confusas ideas. Volvámonos a salir antes, Claudio, que nos sienta; y dime qué haré, pues ves el dolor que me atormenta. Aunque es, señor, osadía que yo a tus canas me atreva a dar consejo, tal vez joven se vio la prudencia. Proporcionado un castigo, muchos defectos enmienda; mas un castigo sobrado irrita muchas paciencias. Un instrumento lo diga: si le mide el que le templa, suena bien; mas si le suben más de su punto, disuena. No se ha de querer tirar, señor, tan alta una flecha que, porque salga más fuerte, se rompa el arco o la cuerda. Bien en estos dos ejemplos te he dado a entender que sean bastantes, mas no excesivas, las reprensiones. Modera, pues, los estremos; y, en fin, tome el medio tu advertencia, escarmentando a Crisanto süaves las diligencias; que las diligencias fuertes destruyen y no escarmientan. Sácale, pues, de prisión y por bien, señor, le lleva a los principios, que infante está el peligro, sin fuerzas. Si es que esos ciegos cristianos que le han hechizado piensas, remedios hay; porque, en fin, próvida naturaleza ningún veneno crio sin criar la contrayerba. Y si quieres, finalmente, que de todas sus tristezas se olvide y que sólo acuda a una acción y ésa perfeta, dale estado; y imagina que no hay cosa que más tenga a raya hasta el pensamiento que el cuidado y la asistencia de la esposa y la familia; advirtiendo que no sea más poderosa esta vez, que el gusto, la conveniencia. Elija él; que sea su gusto. Si él se casa, aunque pretenda divertirse, no podrá después; porque es cosa cierta que un marido enamorado de nada, señor, se acuerda. Con nada el consejo puedo pagar, sino es con que veas que le aceto; que éste es el premio del que aconseja. Y pues, entre dos estremos, elegir el medio es fuerza, hoy saldrá de su prisión Crisanto; mas de manera que, para ausentarse, Claudio, tampoco la libertad tenga. Aquese cuarto que cae al jardín de Apolo, ordena que le aderecen y cuelguen de ricos paños y telas. Prevenle costosas galas. Haz que toda la nobleza de la juventud de Roma aquí a jugar con él venga. Trayle músicos y, en fin, échese bando que aquella mujer ilustre por sangre que a divertirle se atreva de sus pasiones, curando con el amor la tristeza, será su esposa, aunque humilde por el caudal y la hacienda. Y si aquesto no bastare, daré un talento de renta al médico que le cure haciendo en él esperiencias. Vase. ¡Oh piadoso amor de padre! ¿Qué no harán, qué, tus finezas por la vida y la salud de un hijo? Sale Escarpín. Señor, merezca por Baco, que éste es el dios por quien los pícaros ruegan, saber qué suceso es éste. Poco importa que lo sepas tú, si han de saberlo todos. Crisanto de aquesta ausencia, malo ha venido. ¿Qué tray? Nadie hay que su mal entienda, porque él no dice su mal sino por sombras o señas. Pues mal hace en no decirle claro. Dolores y penas no se han de decir por frases. Dolíale a un hombre una muela; vino un barbero a sacarla; y estando la boca abierta, “¿Cuál es la que duele?”, dijo. Diole en culto la respuesta, “La penúltima” diciendo. El barbero, que no era en penúltimas muy ducho, le echó la última fuera. A informarse del dolor, acudió al punto la lengua; y dijo en sangrientas voces: “La mala, maestro, no es ésa”. Disculpose con decir: “¿No es la última de la hilera?” “Sí”, respondió, “más yo dije penúltima y voacé advierta que penúltimo es el que junto al último se sienta”. Volvió, mejor informado, a dar el gatillo vuelta, diciendo: “¿En efeto, ¿es de la última la más cerca?” “Sí”, dijo. “Pues vela aquí”. Y con mucha ligereza le sacó la otra que estaba penúltima, de manera que quedó, por no hablar claro, con la mala y sin dos buenas. Pues aún hay más novedad. Ven y sabrás lo que ordena Polemio por la salud de Crisanto, de quien piensa… ¿Qué? …que hechizado le tienenlos cristianos. (Cintia bella, pues hoy no puedo ir a verte, perdóname tanta ausencia.) (Mientras andan estas cosas, en informándome dellas, a verte, hermosa Daría, iré. Mi amor no te ofenda, pues nacer para querida es pensión de la belleza.) Vanse y sale Daría. Céfiro fugitivo que, con las plumas de mi arpón, herido no corres sino vuelas. Si tan veloz anhelas, por morir dulcemente desangrado en el baño de esa fuente, aguarda la lisonja de otra herida: acabarás más presto con la vida, pues por lisonja un infeliz advierte cuánto le facilita más la muerte. Caiga junto a una boca que ha de haber. Pero, ¡válgame el cielo!, estatua viva soy de fuego y hielo, pues tropezando acaso dejé de sepultarme, ¡estraño caso!, en una infausta, en una horrible boca que está abierta en la falda de esa roca, por donde con pereza el monte melancólico bosteza. A otro paso que diera, su oscuro abismo fuera de mi último aliento rústica pira, incauto monumento. ¡Cuánto pavor me pone sólo el vella! ¿Qué encerrados misterios habrá en ella que con asombro tanto da miedo, causa horror y pone espanto? Dentro música. Y más ahora que oyó la ilusión mía que, en su centro, dulcísima armonía un instrumento informa. La soledad, ¡qué de fantasmas forma! Pero quiero escuchar, que mucho acento de voces acompaña el instrumento. Feliz mil veces el día que, piadoso, el cielo vea que este oscuro centro sea el sepulcro de Daría. ¿Día ha de ser, ¡ay de mí!, feliz que este centro duro sea monumento oscuro de mi triste vida? Sí. Pues, ¿quién felicidad vio en tan infelice suerte? ¿No será rigor tan fuerte desdicha y no dicha? No. Pues, ¿cómo, ¡oh vil fantasía!, puede ser que allí dichas vea? Ello dirá cuando sea el sepulcro de Daría. Pues, ¿quién ordena que yo muera sepultada aquí? Daría, el que ya por ti enamorado murió. ¿El que ya por mí murió, ¡ay cielos!, enamorado? Si acaso, desesperado, aquel joven a quien yo tan crüel le respondí en la selva el otro día, diciendo que le querría después de muerto, por mí se arrojó a esta sima y hoy intenta, aquí sepultado, verse de mi amor pagado después de muerto? Yo estoy sin alma, que ya no es mía. dentro ¡Corred presto, no se crea que este oscuro centro sea el sepulcro de Daría! Aquí y allí las voces confusas suenan ya, como veloces: aquí en cláusulas dulces sostenidas y allí en cóncavos ecos suspendidas. ¡Oh si ya aquel rumor la gente fuera que conmigo salió a esta verde esfera, porque en tal agonía templase mi dolor! Sale Cintia. Bella Daría, hasta venirte a hallar hoy mi cuidado, las entrañas del monte he penetrado. (Disimular espero la confusión a que rendida muero, si es que en sucesos tales sabe el valor disimular los males.) Corriendo el campo ufana, por imitar en todo hoy a Dïana, vagando este horizonte dejé la selva, penetrando el monte tras un ligero ciervo y tan ligero que atrás dejaba el viento lisonjero, a quien apenas vi rota la frente por no tener aún años que le cuente. No le alcancé, porque esa abierta boca, bostezo formidable de esa roca, el paso me detuvo. En confusión mi pensamiento estuvo hasta hallarte, temiendo que una fiera no encontrases. (¡A Júpiter pluguiera! Y que muerta a sus manos me escusara castigos más tiranos. Pero en vano lo siento, pues todo es ilusión mi pensamiento, que mal aquí podría música haber.) Sale Nísida. Bellísima Daría, sabia Cintia, a buscaros he venido con una novedad que agora he oído. ¿Qué hay, Nísida, de nuevo? Apenas a contároslo me atrevo, porque sólo de paso a un hombre lo escuché, que agora acaso el monte discurría, diciéndome que ya Roma tenía premios a la hermosura de la dama que con lícito amor, pública fama, tan atrevida fuese que al hijo de Polemio le pudiese sanar de una tristeza, pensión de la mortal naturaleza. ¿Y cuál, dinos, ha sido de eso la causa? Aqueso no he sabido;pero hacia allí un soldado por la vía Salaria ha atravesado. De él mejor lo sabremos. Llámale y la verdad examinaremos. (¡Qué distantes mis penas de asombro están y confusiones llenas!) ¡Oh tú, que aquestos campos así discurriendo vienes! Sale Escarpín. ¡Oh tú y cuatrocientos túes!, ¿qué me mandas? ¿qué me quieres? Dinos ¿cuál ha sido un bando que en Roma públicamente hoy se ha echado? Sí diré, por lo que a mí me compete; si no me estorba el decirlo estar Daría presente, porque ninguno hablar sabe delante de lo que quiere. Aguarda, pues ¿cómo así hablar conmigo te atreves? Como soy un atrevido. ¿Hombre de tan baja suerte, que me quiere osa decir? Pues ¿por qué no, si te quiere? ¿En qué esperanzas fundado? El las del tiempo, que puede traerte a menos y a mí a más. Por loco es bien que te dejé sin castigo. Di, prosigue esa novedad. Atiende. Polemio, gran senador de Roma, a cuyos valientes hombros fía Numeriano todo el peso de sus leyes, un hijo tiene. Crisanto es el nombre suyo; éste se fue a caza de novillos una vez entre otras veces; y como a los que se van, echarle una corma suelen –y para herrados no hay corma como las propias mujeres–, ésta le quieren echar porque castigarle quieren. Ítem más: dicen que una gran tristeza que padece causada es de los hechizos que cristianos, que aborrecen su sangre por ser el juez su padre que los ofende, contra él han hecho, en odio de nuestros dioses. Y él siente tanto este mal que no hay cosa que le alivie y que le alegre. Numeriano, como es cierto que tanto a Polemio quiere, ha mandado publicar por Roma que la que fuere tan feliz por su hermosura, o por su ingenio excelente tan dichosa, o por sus gracias tan poderosa, que temple su pasión –porque, en efeto, a todo el amor lo vence– le dará, como sea noble, con que a ser su esposa llegue, riquezas que se aventajen a cuantas Polemio tiene, sin otros mil prometidos al que curarle supiere. De modo que hoy tiene Roma, como triunfos y laureles para los doctos maestros y los capitanes fuertes, para la hermosura, gala, ingenio y gracia, de suerte que no hay dama en Roma ya que a sus solas no se piense vencedora; que ninguna hay que preferir no intente, unas por sus vanidades y otras por sus intereses; las feas al no sé qué que sus agrados le atienen; al sí sé qué, las hermosas. Y así las tres me parece que podéis prevenir vuestros no sé qués y si sé qués. Con esto, adiós; que si vine, hermosa Daría, por verte, con haberte visto es fuerza que de tus ojos me ausente. Vase. Rara novedad. No habrá beldad que verlo no intente, una vez que se ve en Roma certamen entre mujeres. Según eso, ya mostrando lo bien que no te parece, das a entender que no estrañas el ir, Nísida, a oponerte. Si en cuanto es música el cielo puso el encanto más fuerte –pues con la música el más sañudo encanto se vence, rústica fiera se amansa, cauta serpiente adormece y hasta ingenios malos, que son espíritus rebeldes, se ahuyentan– y en este arte soy yo la más excelente, mal haré en no lograr hoy tan altivos intereses como llegar a mirarme dulce esposa de quien tiene, por hijo del senador, riquezas tan eminentes. Aunque la música es cierto que tantos artes prefiere, es, en efeto, una voz que se lleva el aire leve; y, aunque es verdad que regala, en el mismo aire se pierde. Yo que, dada a mis estudios, no hay ciencia en que no me esmere, y en la poética, que es arte que enseña y divierte, hago ventajas a muchos ingenios que ahora florecen, mejor, Nísida, podré la vitoria prometerme, pues es música del alma la que el ingenio suspende. Si bien sólo en una cosa hoy estamos diferentes las dos y es en que, a ti, ha sido interés el que te mueve; y a mí, sólo vanidad de que otra a triunfar no llegue, porque vea Roma que el ingenio en las mujeres es la mayor perfeción y que a todos se prefiere. Interés y vanidad son las dos cosas que pueden hoy a ti, Cintia, obligarte y a ti, Nísida, moverte a probar esta ventura que tan difícil parece. En vana razón fundáis vuestra opinión, pues en este caso, habiendo visto que es el mal que este hombre padece hechizos que los cristianos han hecho porque aborrecen a nuestros dioses, ninguna de parte de ellos se mueve. Yo, pues, que sola esta vez he de creer a las fuentes que es sin igual la hermosura que me han dicho tantas veces, sacrificarla a los dioses intento, para que llegue a verse la poca fuerza que en sí los cristianos tienen. Según eso, publicada nuestra competencia viene a estar. Sí. Desde este puntoserá preciso que empiece. (Voz, pues eres dulce encanto, esta vez me favorece para que por ti merezca llegar rica y noble a verme.) Vase. (Ingenio, pues eres alma, muestra esta vez que lo eres para que tus vanidades me coronen de laureles.) Vase. Hermosura, de los dioses hoy muestra que el lustre tienes,para que ellos por ti vivan ufanos y altivos siempre. Vase. Salen Polemio, Claudio y Aurelio. ¿Está todo prevenido? Todo está ya de la suerte que has ordenado. Este cuarto que cae sobre estos vergeles tiene de costosas galas guarnecidas las paredes, dejando aparte los blancos lugar para los pinceles, donde la naturaleza a sí misma se desmiente. Los jardines han sacado flores, rosas y claveles, más aliñadas, ¿qué mucho, si corren todas las fuentes para que en ellas se miren? Después, prevenidas tienen galas, músicas y juegos. Y todo esto, finalmente, para en que Roma no sabe qué es lo que en ella sucede; que como haber academia de hermosuras excelentes, ingenios y gracias es cosa no vista otras veces, todas las damas de Roma se han prevenido, que tiene gran decoro la porfía de que ser su esposa puede la que le agrade; y así, ninguna hay que se desdeñe de venir a los jardines a ser de él vista ni a verle. ¡Oh quiera Júpiter, Claudio, que todo aquesto aproveche para quitarme un recelo de lo que mi pecho siente! Señor, un médico docto dice que visitar quiere a Crisanto. De la fama llamado ha venido. Entre. (Yo le conozco y no sé dónde le he visto otras veces.) Sale Carpoforo de médico. (¡Cielos, pues para el efeto que me guardasteis fue éste, dadme valor; aunque yo en poco tengo la muerte.) Permíteme, gran señor, que tu invicta mano bese. Venerable anciano, alzad del suelo; que me parece, según el veros me alegra, que vos trayréis solamente la salud de mi hijo. El cieloquiera que su cura acierte. ¿De dónde sois? Soy de Atenas. Esa es la patria eminente de todas la ciencias hoy. Bien se enseña allí y se aprende. El deseo me ha traído de serviros solamente a esta ocasión. ¿Qué mal es el que Crisanto padece? Profundas melancolías; y si he de hablar claramente –que hasta escrúpulos es bien que al médico se revelen–, hechizado está Crisanto; que los cristianos aleves se han vengado en él de mí. De todos, principalmente Carpoforo, un hechicero. ¡Llegue el día en que me vengue! (¡Quiéralo el cielo, porque el de mi martirio llegue!) ¿Y dónde Crisanto está? Ahora saldrá donde verle podáis; y ved que en el alma está todo su accidente. Pues yo el alma he de curarle, si el cielo me favorece. Pues él sale de su cuarto, según avisan y advierten esas voces que a su mal hoy le dan música alegre. Salen Crisanto y músicos. Callad, que la pena mía con voces no se divierte; que la música es muy fuerte cura a la melancolía, pues más con ella se aumenta. Esto tu padre mandó. Es porque él nunca sintió el dolor que me atormenta; que si él con él hoy se hallara, más remedios no pusiera que sentir mi pena fiera. En que estoy aquí repara, Crisanto; y en que no quiero llevar por mal tu rigor por ver si es por bien mejor. No, señor, que tarde espero mejorar de mi cuidado y más mi pena aliviaba la soledad en que estaba. ¿Por qué allí no me has dejado morir? Porque mi piedad hoy solicita curarte y aquí viene a visitarte un gran médico. Llegad. (¿Qué es lo que miro? ¡Ay de mí!) Con tal licencia, bien creo que podré hablarle. (¿Qué veo? ¿No es Carpoforo el que vi? Mi placer encubriré.) ¿Qué es, señor, lo que sentís? Pues a curarme venís, claramente lo diré. Yo tengo una gran tristeza; y ésta en mi imaginación carga tanto el corazón que es en mí naturaleza. ¿De qué esa tristeza pudo ocasionarse? Yo he sido inclinado a haber leído; y algunas cosas que dudo me ponen en confusión de imaginar si es así lo que leí. Pues de mí, tomad aquesta lición. La fe en todas cosas fue la que más facilitó la dificultad y yo he de curaros con fe; y así, es bien que la tengáis conmigo. De vos infiero mi bien; y tener espero la fe que me aconsejáis. A Polemio Dadme lugar de que allí le hable; que a solas, señor, se declarará mejor. (¿Hasme conocido?) A Carpoforo. (Sí; por señas de que tú eres el que de mí te ausentaste y en el riesgo me dejaste.) A Crisanto. (Dios lo hizo; y si verlo quieres que suya fue esa obra, di, si Él de ti no me ausentara, ¿pudiera ser que llegara a verte y hablarte aquí?) A Carpoforo. (No.) A Crisanto. (Luego su providencia fue justa, pues me guardó para que te busque yo y te dé la inteligencia más despacio de las cosas que causan tu confusión.) A Carpoforo. (Ellas misteriosas son, pero muy dificultosas.) A Crisanto. (Todo es fácil al que cree.) (¿Qué he de hacer? Que ya lo intento.) A Crisanto. (Cautivar tu entendimiento.) (Pues yo le cautivaré.) A Crisanto. (Lo primero es recebir el bautismo.) A Carpoforo. (Yo le pido a tus pies, padre, rendido.) A Crisanto. (No demos que presumir; aguarda, que puede hacernos el secreto sospechosos, pues, viviendo cuidadosos, podemos cada día vernos y yo te bautizaré después que, catequizado, te haya, Crisanto, enseñado los principios de la fe. Y sólo lo que te advierto es que te aguarda y espera la lid más sangrienta y fiera de los hombres; pues es cierto que, de mujeres buscado, de deseos combatido, de lascivias oprimido y de deleites cercado, te has desde este día ver. No te dejes vencer de ellas.) A Carpoforo. (Pues, ¿quién de mujeres bellas se ha podido defender?) A Crisanto. (Quien de Dios se ayuda.) A Carpoforo. (Vos se lo pedid.) A Crisanto. (Sí lo haré; y ayúdate tú, que al que se ayuda, le ayuda Dios.) ¿Qué juzgáis del accidente? Que para vencer su daño, ya le he recetado un baño que le cure eficazmente. Buenas albricias os mando, si vuestra solicitud consiguiere su salud. Yo no os puedo decir cuándo; pero a verle volveré y hasta verle libre y sano de todo mal, de mi mano, señor, no le dejaré. Vase. La fineza os agradezco. Nadie curarme podrá como él, porque sabe ya el achaque que padezco. Sale Escarpín. Todo este ameno jardín patria es ya de la hermosura. La rosa más bella y pura y el más cándido jazmín hoy tiene de qué aprender un matiz y otro matiz. ¿Cómo? Como el más feliz espacio se llega a ver del mundo en el lucimiento con la belleza que está en estos jardines, ya vertiendo risa y contento. No hay árbol, no hay flor, no hay fuente… ¿Qué? No tenga diferente una ninfa A Claudio. (No hay cosa que le convenga a mi dolor. Claudio, ven; dejarle a solas es bien, porque mejor se entretenga sin el miedo y el respeto que puedo causarle yo.) A Polemio. (Quien el consejo te dio, ayudar debe a su efeto.) Salgamos todos de aquí. (Dicha esta acción me promete.) Vanse. (El primer padre alcahuete es que yo en mi vida vi.) Escarpín, ¿pues tú también me dejas? ¿No hay más hablar? Pienso que acierto en callar. ¿Cómo? Aquí entra un cuento bien. Cautivó un moro a un gangoso; y él, bien o mal, como pudo, se fingió en la nave mudo por no hacer dificultoso su rescate; de manera que, cuando el moro le vio defectuoso, le dio muy barato. Estando fuera del bajel, “Moro”, decía, “no soy mudo, hablar no ignoro”. A quien, oyéndole el moro, desta suerte respondía: “Tú fuiste gran mentecato en fingir aquí el callar; porque, si te oyera hablar, aún te diera más barato”. Y así, no quiero hablar más de lo que tú has permitido; porque, en habiéndome oído, más barato me darás. Ya sabes que yo he estimado siempre tu gusto y humor. No sé; que siendo, señor, así, algo me hubieras dado; que el que estima da. ¿Qué es lo que se dice de mí en Roma? ¿Direlo? Di. Que estás loco. Dime, pues, ¿qué es lo que a eso les obliga? No más de haber dado en ello; que el más cuerdo, para sello, basta y sobra que se diga. No dicen mal, si han sabido que a una hermosura ofrecí morir por ella, ¡ay de mí!, para estar favorecido de su beldad soberana. Para gozar su favor, ¿morir ofreces, señor? Sí. Luego no ha sido vana la opinión de tu locura. Si fuera su favor cierto, gozarle después de muerto no fuera sino cordura. Un soldado de hartos bríos muriéndose así decía: “Ítem, es voluntad mía que los camaradas míos me lleven en mi ataúd; a quien quiero se les dé treinta reales para que los beban a mi salud”. Lo mismo es, después de muerto, querer gozar un favor que tener salud, señor. Sale Nísida. ¿Qué mujer es la que advierto entrar en este jardín? Como ésas, señor, verás, si por él paseando vas. La que solicita el fin de tu tristeza. (Ya empieza la persecución que espero.) Ni verte ni oírte quiero. Perdóneme tu belleza. Mira que es grosero error no hablar a quien viene a verte. Error fuera, de otra suerte, tratar a quien su valor tan poco estima que así confiesa que a verme viene. No todo lo que entretiene es liviandad. Error sí. No han de verte mis enojos. Mira que hay muchos sentidos y entraré por los oídos, aunque te cierres los ojos. Canta. La ventura del olvido no la merecí jamás, que siempre he querido más lo que olvidar he querido. ¡Qué dulce voz! ¡Qué bien suena! El alma arrebata el canto. ¿Quién de tan süave encanto se libró? Dulce sirena, déjame; que a ser despojos el alma tu voz provoca. ¡Que haya labios en la boca y párpados en los ojos para poder resistir un hombre el hablar y el ver y no haya cómo hacer resistencias al oír! Sale Cintia. Pues si en oír no se halló resistencia y es tu aprieto, oye a ese mismo conceto una glosa que hice yo. “La ventura del olvido no la merecí jamás, que siempre he querido más lo que olvidar he querido”. Naturaleza en lo vario tanto su poder mostró, siendo todo necesario, que aun veneno no engendró sin engendrar su contrario. Todo en el mundo ha nacido con su contrario en rigor; y así por cura ha tenido la desdicha del amor “la ventura del olvido”. Estas raras maravillas que influyen nuestras estrellas nadie puede deslucillas, mas aunque es fácil sabellas no lo es el conseguillas; y así sólo que hay infiel olvido supe y no más, porque en mi pena crüel la dicha de dar con él “no la merecí jamás”. Pues, ¿qué importa a mi cuidado saber que hay de olvidar medio para que viva aliviado, si nunca sana el remedio sabido, sino aplicado? En mi olvido lo verás; que de su noticia llenos hoy mis sentidos sabrás, que nunca he olvidado menos, “que siempre he querido más”. Y pues mi dolor es tal que, siendo el olvido el medio, le he de despreciar leal, por no morir del remedio pudiendo morir del mal, ufano y desvanecido mi afecto viva en pensar que yo misma me he vencido, pues no he podido olvidar “lo que olvidar he querido”. No es música solamente la de la voz que entonada se escucha; música es cuanto hace consonancia. Tú, con suave dulzura, el corazón arrebatas; tú, con números medidos, suspensa has dejado el alma. ¡Qué sutilmente discurres! ¡Qué apaciblemente cantas! ¡Bien haya tu habilidad! Tu entendimiento, ¡bien haya! Mas, ¿qué digo? Mi voz miente, que sois esfinges entrambas que me llamáis con halagos y me esperáis con venganzas. ¡Idos de aquí, que no quiero escucharos más! Aguarda, señor. Espera, detente. ¿Por qué la fineza agravias de quien siente tus tristezas? ¿Por qué con tal rigor tratas a quien siente tus pesares? ¡Oh qué poquito dudara –si me rogaran a mí– yo, señor, en igualarlas la sangre! Yo he de guardarme de verlas y de escucharlas; que son fieros cocodrilos que, fingiendo voz humana, me llaman para matarme. Pues no importa que te vayas, que mi voz sabrá traerte. Aunque esos esfuerzos hagas, mi ingenio hará que me oigas glosando cuanto ella canta. (Dios que adoro, pues me ayudo yo, ¿cómo a ayudarme faltas?) La ventura… Mas, ¿qué es esto? Torpes las manos y heladas, al instrumento no aciertan; y a la voz, aliento falta. Pues ella no canta, escucha este sutil epigrama: “Amor, si mi deidad…” ¿Cómo, la razón equivocada, la memoria confundida, la voz en el labio embarga? De fuego y de hielo, soy una mal compuesta estatua. A mí el pecho se me hiela y el corazón se me arranca. ¿Qué es lo que a las dos sucede que han perdido el juicio entrambas? ¿Ser músicas y poetas para perdelle no basta? ¡Cielos!, ¿cómo a media tarde hoy la luz del sol me falta? ¿Cómo, en un instante, cielos, os cubrís de nubes pardas? La tierra se me estremece al contacto de mis plantas. Los más perezosos montes sobre mis hombros se cargan. Siempre vi parar en esto los que hacen versos y cantan. (Maravillas son de un Dios que adoro con vida y alma.) Sale Daría. Hacia esta parte las siento. Daría, detente, aguarda; no te llegues, que hay portentos que con la muerte amenazan. Escarmienta en mis desdichas… Recélate en mis desgracias… … que sin mí, huyendo de mí, salgo desta verde estancia. … que de un encanto oprimida, vuelvo sin vida y sin alma. ¡Qué desdicha! ¡Qué temor! ¡Qué congoja! ¡Qué desgracia! Vanse las dos. Yo ¿qué he de hacer, cielos, que volver al dolor la espalda? Vase. Los merecidos castigos no me admiran, no me espantan; porque si os trujo a las dos la ambición y la arrogancia, a mí el culto de los dioses; y he de ser ya reservada de cuantos hechizos tiene de los cristianos la magia. ¿Eres tú Crisanto? Sí. Ni confusa, ni turbada te miro, con tener yo para estarlo mayor causa. ¿Por qué? Porque imaginé que eras tú él que muerto estaba de amor por mí en una cueva, que por sepulcro me aguarda. No he tenido tanta dicha que te cumpla esa palabra. Pues he venido a buscarte, satisfecha y confiada en que he de poder vencer yo solamente tus ansias aunque contra mí el hechizo de los cristianos te valga. En cuanto a que tú podrás vencer sola mis desgracias, yo te lo concedo; en cuanto a que en los cristianos haya hechizos, yo te lo niego. Pues, ¿de qué causa se causan estos efetos que he visto? De sus maravillas raras. ¿Cómo contra mí no obran? Como contra ti no hablan mis labios; y porque yo no me ayudo, no me amparan. ¿Luego tú, tan de su parte estás que a ellos los alabas? Sí, que he visto muchas cosas hoy en mi favor obradas. Pues yo vengo a deshacellas. Será cruel la batalla: de una parte tu hermosura, de otra parte su alabanza. Yo te he de dar a entender que nuestros dioses se agravian de tus sentimientos. Yo, que son sus deidades falsas. Pues prevente a la contienda, que no he de volver la cara hasta vencer o morir. No vencerás mi constancia, aunque mi libertad venzas. Pues toque mi voz al arma. Rendirase el corazón, primera posta del alma; pero no el entendimiento, que es alcaide que la guarda. Tú me creerás, si me quieres. Tú a mí, si no me desamas. Podrá ser que sí, porque no he de darte esa ventaja. Pluguiera al amor que yo a tanta dicha llegara. Oh, ¡quién pudiera, Crisanto, desengañar tu ignorancia! Oh, ¡quién pudiera, Daría, hacer que fueses cristiana! Tercera Jornada Salen Polemio, Aurelio, Claudio y Escarpín. Toda es prodigios mi casa, toda es asombros notables. Bien dice quien dice que es un hijo muchos pesares. Mira, señor… Considera… Advierte… Callad, dejadme, porque todos me afligís y no me consuela nadie. Si veis que él en sus locuras está agora más constante y de unos males enferma cuando sana de otros males –pues una hermosura sola que quiso amor que le agrade, esenta al horror de quien otras asombradas salen, es la que hoy le aflige más y tan rendido le trae que en el instante se muere que de aquí falta un instante–, ¿cómo queréis, cómo, que yo de mi consuelo trate? ¿Por qué, si a aquesa hermosura verle inclinado llegaste, no se la das por esposa? Porque a los dos llegué a hablarles y uno y otro respondieron el que era preciso antes acabar una porfía que los dos entre sí traen. Quise saberlo y no pude, cuyo secreto me hace presumir que entre los dos hay algún misterio grande; y que éste de aquella misma causa que los otros nace. Señor, mal hicieran ya en callar más mis leales deseos, viendo que pasan los daños tan adelante. El día que al monte fuimos… (¡Ay de mí! ¿Si aquéste sabe que Crisanto el preso fue?) …yo, llegando por la parte que el uno estaba de espaldas, del otro miré el semblante; y me parece que es… (¡Dioses, sin duda él le vio, amparadme!) …el mismo que estaba allí este médico que hace en la salud de Crisanto hoy experiencias tan grandes. Examina tú si es Carpoforo y no te espantes destas cosas, si te fías de quien es bien que te guardes. Aurelio, el aviso estimo, aunque me le has dado tarde. Y de si es cierto o no es cierto, hoy he de hacer el examen; que me ha dado el corazón, que alteradamente late al pecho, señas de que son tus sospechas verdades; y si lo son, verá Roma castigos tan ejemplares que tengan mil escarmientos juntos en sólo un instante. Vanse los dos. Escarpín. ¿Señor? No sé cómo en mis penas te hable. En fin, ¿dices que fue Cintia una de aquellas beldades que aquí a Crisanto vinieron a ver, en quien la notable fuerza de aquellos hechizos probó su letargo grave? Tan ella fue como fue ella Daría; que iguales están nuestros sentimientos; y aún es el mío más grande, cuanto va de que Crisanto la aborrezca a que la ame. Yo no he de argüir contigo –porque fuera disparate– si quien ama sentir debe más que el favor el desaire de lo que ama; porque a mí, saber que ella fue me baste –quien del interés movida o la vanidad a hablarle vino– para que mi amor de su amor se desengañe. Un zurdo dio a un calvo un día, señor,… Ya querrás contarme algún cuento. Aunque no soy muy amigo de contarles, ¿quién un cabe no tiró, puesto de paleta el cabe? Pues yo no le quiero oír. Si acaso es porque lo sabes, va otro. Un fraile… No, no es bueno porque en Roma no había frailes. Un loco... ¡Calla! Será, quedar sin cuento, desaire. Entonaba un sacristán… ¡Vive el cielo, que te mate! Óyeme y mátame luego. ¿Hay mayores necedades que querer que escuche burlas quien siente veras tan grandes? Vase. Pues yo no he de reventar. ¿Quién quiere un cuento escucharme? Ya le diré… Mas no quiero decirle ya, que aquí salen Crisanto y Daría y mis celos no dan lugar a contarle; porque quien de veras ama, no es bien que de burlas hable. Vase. Salen Crisanto y Daría. (Dioses, pues mi pensamiento fue desvanecer al aire deste Dios de los cristianos las prodigiosas señales que en Crisanto hoy obran, ¿cómo, teniéndoos yo de mi parte, no consigo una victoria a mi hermosura tan fácil?) (Cielos, pues mi pretensión fue que Daría llegase a conocer un Dios que tantas maravillas hace, ¿cómo, teniéndole yo en mi intento favorable, tal fácil victoria no consigue ingenio tan grande?) (Él está aquí; y aunque ya el verle, ¡ay de mí!, y hablarle ha despertado en mi pecho vivo fuego que me abrase, ha de confesar mis dioses primero que me declare.) (Ella viene allí; y aunque en su hermosura idolatre, primero ha de ser cristiana que yo mi esposa la llame.) (Pon en mi hermosura, Venus, imperio que le avasalle.) (Pon en mi lengua, Señor, voces que la desengañen.) (Temerosa a verle llego.) (A hablarla llego cobarde.) No en balde, hermosa Daría, todo el verdor de este parque, con alborozo de verte, rejuvenece. No en balde, viendo que eres en su esfera el aurora de la tarde, acorde selva publica la armonía de las aves. No en balde fuentes y arroyos, entonando sus cristales, van glosando el contrapunto de las copas de los sauces, siendo el leve movimiento de los templados embates, la humillación de las flores, reverencia que te hacen. Mal, Crisanto, esas finezas creeré de ti, que en quien sabe dorar tan bien las lisonjas ociosas son las verdades. ¿Tan mal crédito contigo tiene mi amor? No te espantes. ¿Por qué? Porque no merece mejor crédito quien tales engaños usa. ¿Qué engaños? ¿No son, Crisanto, bastantes los de persuadirme a que tú me quieras, tú me ames, siendo así que a mis sentidos respondes siempre cobarde? ¿Cómo es posible que un hombre tan ilustre por su sangre, tan bienquisto por su ingenio, tan amado por sus partes quiera destruirlo todo con un error tan notable y verse, por un engaño, aborrecido y infame? Ni partes, sangre, ni ingenio tuviera si yo negase un primer criador de todo: tiempo, cielo, tierra y aire, fuego, agua, sol, luna, estrellas, hombres, fieras, peces y aves. Pues, ¿Júpiter no hizo el cielo, donde reside tonante? No; que si el cielo hiciera, no había por qué tomarle para sí en la partición, cuando a Neptuno los mares dio y a Plutón los infiernos. Luego estaban hechos antes. ¿Ceres no es la tierra? No, pues consiente que la labren y una diosa no sufriera sobre sí tantos pesares. ¿Saturno el tiempo no es? No lo es, pues que deshace los mismos hijos que cría y en Dios delitos no caben. ¿No es Venus el aire? Menos, pues dicen de ella que nace de la espuma y no pudiera nacer de la espuma el aire. ¿No es Neptuno el mar? Tampoco, que fuera dios inconstante. ¿No es Marte el fuego? No, puesto que es sólo una estrella Marte. ¿El sol no es Apolo? No. ¿Diana la luna? Es dislate, porque sólo son los dos, dos mandados luminares del móvil que los gobierna. Y para que no te canses, ¿cómo pudieran ser dioses dioses que adulterios hacen, homicidios, hurtos, muertes y otras mil atrocidades si el decir dios y delito implica contrariedades? Fuera de que otro argumento quiero que te desengañe. Doy que Júpiter sea dios que está en su cielo triunfante; que Marte también lo sea. Ves aquí que fulminase Júpiter un rayo contra quien Marte no quiera darle, supuesto que él es el fuego. De acciones tan desiguales de los dos, ¿no era preciso que uno vencido quedase? Luego no puede haber dos dioses con dos voluntades; pues el que no consiguiera la suya, fuera dios fácil. Vamos a ver. Fieras y hombres, cada uno en el linaje de su especie, ¿no van siempre a engendrar su semejante? Sí; pues proceden, si vemos, hombre de hombre, ave de ave, fiera de fiera. Pues, ¿quién, tomando el antes del antes, lo empezó, si nunca vemos sin padres nacer a nadie? Luego es fuerza que haya habido criador de primeros padres. Éste es el Dios que yo adoro; y éste, en fin, es el amante que murió de amor por ti, pues dijiste que tan grande era tu desdén que sólo sería posible que amases a quien por tu amor muriese. ¿Has…? No pases adelante. Ten, aguarda, espera, escucha. No mi entendimiento arrastres, no confundas mis sentidos, no mi discurso arrebates; que a tanto misterio es fuerza que a mí la fuerza me falte. No quiero, no, discurrir contigo, porque ignorante mujer soy y comprendo mal tantas dificultades. En aquesta ley nací, en ella me he criado. Baste aquesto para que en ella muera. Y pues no he de mudarme, porque nunca convencidas de ti serán mis verdades, quédate en paz; que en mi vida no he de verte, no he de hablarte y no he de oírte, Crisanto, porque tienen de su parte mucho poder las mentiras cuando parecen verdades. Vase. Pues, ¿cómo sin ti podré vivir yo, si son imanes tus ojos que tras sí llevan todas mis felicidades? Sale Carpoforo. ¡Vuelve Daría! ¡Detente!No la sigas sin que antes me escuches a mí. ¿Qué quieres? Reñir tus facilidades, habiendo visto, Crisanto, que tan ingrato me sales. ¿Yo ingrato? Tú ingrato; pues, olvidas tantos, tan grandes auxilios de Dios, no sólo suficientes, si eficaces. No, sabio maestro, digas que los olvido, pues sabes que para ellos mi memoria es lámina de diamante. ¿Cómo quieres que lo crea si después que en este traje te busqué y que aquesta industria me dio lugar de enseñarte hasta que la teología doctísimamente sabes; si después, en fin, de estar tus atenciones capaces, te di en secreto el bautismo, que es indeleble carácter? Tú ¿tanto bien desconoces y tantas felicidades, entregándote a un afecto de amor torpemente fácil? ¿No te previne, Crisanto, que habían de contrastarte del deleite los vaivenes y del amor los combates que resistieses? ¿No viste, la vez que tú te ayudaste, cuánto favoreció el cielo tus deseos? ¿No miraste al árbitro de la voz y del ingenio al dictamen, balbuciente el instrumento y entorpecido el lenguaje, hasta que, voluntarioso, te rendiste al agradable hechizo de una hermosura, que en ti tanto efecto hace que prevaricar te hiciera si más durara el examen? Docto maestro y padre mío, escúchame; que aunque tales son los cargos que me impones, Al paño Polemio. razones tengo bastantes para disculparme a mí, pues tú mismo me enseñaste que es sacramento en mi ley la unión de dos voluntades. No te ofendas, Carpoforo… (Pero, ¿qué he dicho? ¡Mi padre!) (Ya no tengo que dudar. ¡Quiera Júpiter que baste mi valor contra mi enojo, porque aquí me es importante disimular!) ¿Qué hay Crisanto? Siempre están mis humildades a tus pies. (¡Albricias, alma, que no me oyó, pues no hace más estremos!) Mucho estimo el mirar cuán vigilante a la salud acudís de Crisanto. El cielo sabe cuánto aprovechar deseo en serviros; mas son tales de Crisanto las pasiones que pienso que sirvo en balde. ¿Cómo? Como no obedecelos remedios que le hacen. Sí hago, señor; que es engaño presumir que en nada falte. No es, pues no se guarda de lo que dicen que se guarde. A vos quiero yo creeros, de cuyas heroicas partes tan informado estoy ya que intento, liberal, darles el premio que ellas merecen. El cielo, señor, os guarde. Conmigo venid, que quiero que elijáis lo que os agrade de mi cuarto; que no dudo que haya en él paga bastante a vuestro cuidado. Sólo para mí es paga el honrarme desta suerte. (Hoy verá el mundode mi justicia el más grave espectáculo que vio el sol en tantas edades.) Vanse. Felizmente ha sucedido, pues, en tan igual semblante, no ha dado muestras de que oyó su nombre mi padre. ¿Qué más desengaños quiero de haber visto que le trate tan humano y que le lleve a donde intente premialle? ¡Oh, así mi amor me jurara en Daría mis notables sucesos, con quien no puedo ser cristiano y ser amante! Sale Daría. (En fin, tirana pasión, con cuanto quieres te sales; pues, contra mi voluntad, a verle otra vez me traes.) (Pero ella vuelve; repriman sus pasiones mis pesares). Pues, ¿no dijiste, Daría, que no habías de volver a verme? Aquesto es haber hecho, ¡ay, loca altivez mía!,de la religión porfía. Por ella, pues, vuelvo yo; que no por hablarte, no. Qué quieres saber me di. Tú has dicho que un dios por mí enamorado murió y véngote a convencer solamente con decir… ¿Qué? …que ser dios y morir, Crisanto, no puede ser. Si niegas –por no tener principio– el dios a quien fío yo mi alma y mi albedrío ser dios, claramente arguyo, pues pudo morir el tuyo, que pudo nacer el mío. Bien tu grande sutileza arguya; pero imagina que en mi Dios hubo divina y humana naturaleza, uniéndose a la bajeza nuestra su poder con nombre de hombre; y así, no te asombre ver estas sustancias dos; pues no nació en cuanto dios y sí murió en cuanto hombre. Pues, ¿no es más contrariedad el ser dios en una parte y en otra hombre que ser Marte una divina deidad y otra Júpiter? ¿Verdad no es más segura, en efeto, el pensar que esté un conceto mismo en dos dioses también que no que unidos estén hombre y dios en un sujeto? No; porque un dios, separado de otro, distinto poder por fuerza había de ser. Mas dios que es padre increado y dios que es hijo engendrado y dios que espíritu ha sido de hijo y padre procedido, siendo un dios sólo, no dudo que con sólo un poder pudo hombre y dios haber nacido. Y hasta que esta verdad creas, no he de verte, no he de hablarte porque es mi muerte el mirarte. Tente, escucha; y si deseas eso, para que en mí veas lo que por ti intento, di lo que puedo hacer aquí para creer aqueso yo. dentro ¡Alma, busca al que murió enamorado de ti! Cuanto puedo responderte te ha respondido esta voz que, temerosa y veloz, es trompeta de mi muerte. ¡Qué hielo tan grave y fuerte ha introducido en mi aliento su temeroso lamento! Sin mí me ha dejado a mí. ¿Dónde la voz sonó? Salen Polemio, Escarpín y otros y descubren a Carpoforo en una mesa degollado, cubierta la cara con un tafetán. Aquí. Hoy darte a entender intento, Crisanto, cuánto he estimado la salud que has conseguido viendo el premio que ha tenido el hombre que te ha curado. Lo que me pidió le ha dado mi gran liberalidad: la muerte fue. Levantad. Mira, si ésta es… (¡Suerte dura!) … de tu enfermedad la cura, cuál será tu enfermedad. Carpoforo es… (¡Pena fuerte!) … el que con ciencia fingida no vino, no, a darte vida, sino a que le dieses muerte. En su triste fin advierte mi rigor, Crisanto, esquivo. El tuyo en él te apercibo; porque será desacierto, estando el médico muerto, quedarse el enfermo vivo. O es linaje de crueldad o es especie de locura que en él se errase la cura si está en mí la enfermedad. Pues no fue sino piedad, puesto que el premio le di que el me pidió; pues allí solamente pronunció… ¡Alma, busca al que murió enamorado de ti. ¡Qué gran prodigio! ¡Qué espantos! ¡Maldita sea mi estrella! Aun cortada, dura en ella la fuerza de sus encantos. Señor, a prodigios tantos no niegues la admiración; ni los que milagros son encantos llames, pues ves que ciencia de hombres no es bastante a tal confusión. El haber aquí venido a dar vida y hallar la muerte, que es una lición advierte que de su maestro ha aprendido. Él solamente habrá sido quien vida muriendo dio. Si éste a su maestro imitó, mátame; que es importuno error que él aprenda de uno y de dos no aprenda yo. Tanto escucharte he sentido en mi ofensa declarado que, si muerte no te he dado, es porque me la has pedido. Padre, aunque muerte te pido… Ese nombre no me des. …no hablaba contigo; pues, aunque tú a mi vida diste el ser, de padre perdiste el dulce nombre después que otro con más alta palma el ser del alma me dio; y así, cuanto al ser venció de la vida el ser del alma, tanto él vence en esta calma; porque si tu mano ingrata vierte el humor que él desata, más de padre el nombre adquiera el padre que por mí muera que el padre que por mí mata; y así, sobre aqueste frío tronco sin razón cortado, que en sangre y nieve bañado es imán de mi albedrío, desatará el dolor mío tantas lágrimas… Coge la cabeza y quítasela Polemio. De aquíle llevad. ¡Suelta! (¡Ay de mí, qué de cosas estoy viendo que ni alcanzo ni comprendo!) Le da la cabeza. Toma. ¿Yo tomarla? Sí. Y ahora todos a Crisanto llevad a una torre oscura, que ha de ser su sepultura. Ni me aflijo, ni me espanto, pues va conmigo mi llanto, que es mi mejor compañía. Adiós, hermosa Daría; y pues sabes quién murió de ti enamorado, no le quebrantes este día la palabra que le diste de amarle después de muerto. ¡Llevadle de aquí! A Polemio. Si advierto que su muerte preveniste porque confesar le viste al gran Dios de los cristianos, en mí tus sangrientas manos prueben su rigor crüel. Llevadme a morir con él, pues digo a voces que vanos son los dioses que seguí y que sólo creer espero en Cristo, dios verdadero, que murió de amor por mí. Llevadla también de aquí. Prendelda también, pues ya publica que ciega está. Manda encerrarme también, señor, con Crisanto; a quien la mano de esposa daba mi amor, pues sólo faltaba para casarnos los dos el tener los dos un dios. Sólo esta dicha esperaba para morir satisfecho. Dame aquesa mano, hermosa esposa, mi bien. (Rabiosa cólera me oprime el pecho, en ira y rabias deshecho.) A Crisanto. Ten la mano, no la des; porque no quiero que estés de ningún bien satisfecho. A Daría. Ni tú, supuesto que hiciste tan desesperada acción, has de tener el blasón de que ese bien conseguiste. A los soldados. Divididlos, pues. ¡Ay triste! ¡Ay infelice de mí! Llevad a los dos de aquí. Y porque empiece a mostrar mi justicia singular su persecución ansí, diferente a cada uno hoy darle la pena creo más contraria a su deseo, por hacer más importuno su dolor. Si de ninguno acompañado deseó verse Crisanto y halló alivio en la soledad, a la cárcel le llevad pública y en ella no sea en nada preferido al más torpe delincuente. Entre la mísera gente desnudo esté y abatido; allí de hierros herido su cuerpo mil veces vea. Y para Daría, sea otro público lugar la cárcel donde ha de estar, porque su desdicha crea que, si fiada en su hermosura, desvanecida creyó ser de mi hijo esposa, no ha de verse en tal ventura. Ájese su beldad pura, piérdase su pompa vana, su tez se marchite ufana, su luz se desdore altiva y en casa de Venus viva quien dejó la de Diana. Entre las viles mujeres, como vil mujer esté. (Allá mi amor lograré. Lindo sentenciador eres.) Señor, si vengarte quieres, mátame. Tuya en rigor la vida es, más no el honor. No le ofendas en Daría. Si te enoja la fe mía, véngate en mi fe, señor, no en mi castidad, porque ella nunca te ha ofendido y más que el sol pura ha sido. ¡Llevaldos de aquí! No sé con qué palabras podré mover tu pecho. ¿Quién vioigual martirio? Si no queréis ver tan grave exceso, negad a Cristo. Sólo eso no tengo de hacer. Ni yo. Pues, retiraldos de aquí y obedeced lo que mando. Sí, señor, no andes mudando parecer. Bien está así. ¡Ay infelice de mí! Mas, ¿qué temo? Esposa amada, ten fe y no receles nada. Pues padecemos por Dios, Dios volverá por los dos. En Él vivo confiada; que si murió por mi amor y es mi amante, bien arguyo que guardará el honor suyo, pues ya es tan suyo mi honor. Él sabe que es mi dolor no verte más. ¡Qué desvelo! Pierde, Crisanto, el recelo y espera que nos veamos cuando en el cielo seamos los dos amantes del cielo. Llévanlos a los dos. ¿Habrá alguno cometido mayor delito que ser cristiano, ¡ay de mí!, y haber, enamorado y rendido, a su dama reducido? Otro mayor se habrá hallado. ¿Cuál? Un hombre, enamorado de su madre, muerte dio a su padre. Éste salió a la vista y un letrado empezó a abogar por él, pero el juez, muy impaciente, dijo: “Un hombre tan prudente, ¿un delito tan crüel defiende, que mayor que él no le puede haber?” “Señor”, dijo el letrado, “es error; que si a su madre matara y a su padre enamorara fuera el delito mayor”. Conque estar probado así que sería peor es llano que fuera tu hijo cristiano y te enamorara a ti. Agradéceme que aquí son tan grandes mis enojos que no te vuelvo en despojos por no vengarme en lo menos. (Pues, estáis de dolor llenos, gemid labios, llorad ojos.) Vase. Muchas cosas, señor, son las que debo agradecerte: una, el no darme la muerte; otra, el darme la ocasión que pretendió mi afición; y tan barata que quien siente destas cosas bien dice: “Frutas y mujeres, cuando abaratarlas vieres, es cuando saben más bien”. Vase. Sacan a Daría los soldados. Aquí es adonde nos manda dejarla el gran senador. Vanse. Lo mismo es haber dejado entre las nubes el sol; pues aunque tinieblas, sombras y nubes, con presunción villana manchar intenten candidez, lustre, esplendor, atrevérseles podrán, pero deslucirlos no. Y aún es consuelo, si ya no es esfuerzo del valor, pensar que el oro no tiene segura su estimación si no prueba los quilates la experiencia del crisol. De estremo a estremo ha pasado mi altivez. Ayer se vio puesta en lo más eminente y en lo más ínfimo hoy. Mas, ¿qué dudo, qué recelo, si yo aquí conmigo estoy? Pero, ¡ay de mí!, que no basto para mi defensa yo. Nuevo Dios que adoro, a quien la vida y el alma doy, en la confianza vuestra vivo. Socorredme vos. Sale Escarpín. ¿Cuál será su aposentillo? Mas, allí está. Al fin llegó el tiempo, seora Daría, en que tanta perfeción alhaja viniese a ser del baratillo de amor. Y pues no tiene que hacer postura aquí un regidor, pues que por su justo precio este humano bodegón tiene ya su arancel para cualquier humano favor, dame, Daría, los brazos. ¡No desampares, Señor, esta esclava tuya! dentro ¡Guarda el león! dentro ¡Guarda el león! Guárdese el león a sí, que harto haré en guardarme yo. dentro De las montañas huyendo, se ha entrado en la población. dentro Un rayo es. Por donde llega, todo lo abrasa feroz. Aun bien, que yo estoy seguro, pues en buena casa estoy; que hasta agora no se ha oído decir que rayo cayó sino en palacios o en torres, pero en casas llanas no; y si el león es un rayo, no dará aquí su furor. Y así vuelvo a mi requiebro. Dame los brazos. Sale el león y acomete a Escarpín. ¡Qué horror! En toda mi vida vi fiera más fiera. Ni yo más cariñosa, supuesto que los abrazos me dio que te pedí a ti. ¡Dios Baco, pues tan tu devoto soy, líbrame deste peligro, si tiene imperio tu voz sobre los leones como sobre los lobos! Mi honor defiendes, pues a ser vienes, bruto, ministro de dios. Va a Escarpín. ¡Ay, que me muerde y araña! ¿El olor no te bastó para no comerme de asco? Mas, ¡ay!, que adonde ahora estoy nadie bocado comiera, si causara asco el olor. A este propósito, escucha lo que a un hombre sucedió. ¿Aún no queréis oír un cuento? Mal gusto tienes, león. Daría, si a defenderte viene aqueste valentón, suplícale que me deje; que mi palabra te doy de no atreverme jamás a tu respeto. ¡Feroz monarca de los desiertos, bruto rey cuya ambición la misma naturaleza de melenas coronó, en nombre de quien te envía a defender mi opinión, te mando que a ese hombre dejes! ¡Qué bien mandado, señor! Barriendo con las guedejas el suelo, se le humilló a los pies y con halagos se los besa. ¿Qué mayor argumento de quién eres, ¡oh tarde adorado Dios!, que ver la soberbia humilde al preceto de tu voz? Ya segunda vez en pie, el rugiente campeón de los montes me hace señas que le siga. Tras ti voy, pues me rescata tu asombro de esta infame confusión. ¿Qué fineza no hará amante que supo morir de amor? Vase tras el león. Si un león vivo por rufián sus pendencias la riñó, ¿quién la dará un perro muerto? Cuanto ha que gallina soy, lindos miedos he tenido, pero ninguno mejor. Con la mano en la cerviz y mano a mano los dos por medio de la ciudad se van. Y a lo que el temor desde aquí mira –que siempre fue más que tahúr, mirón–, al campo se salen ambos en buena conversación. Marido y mujer parecen que van a tomar el sol. Nadie se atreve a mirarlos. Pues hago galanes hoy, discurramos, pensamiento, agora un rato yo y vos. ¿Qué Dios es, mandaleones, éste que Daría adoró? El mismo que Carpoforo. ¿Qué sacas desta razón? Que a las Darías defiende y a los Carpoforos no; y que estoy mucho más cerca de ser Carpoforo yo que Daría; y así es bien estarme como me estoy, ni cristiano ni gentil, sino un medio entre los dos. Vase. Salen Nísida y Cintia huyendo. ¡Huye Nísida! ¡Huye Cintia, porque peligro mayor nos amenaza que cuando, sin discurso ni razón, aquel letargo nos tuvo llenas de asombro y pavor! Dices bien; pues allí, sólo el ingenio padeció a la fuerza de un encanto una ciega suspensión; y aquí, padece la vida toda, al ver con cuanto horror talando esta selva viene un coronado león. ¿Dónde ampararnos podremos? ¡Dïana, danos favor! Pero al barbudo monarca del monte, que nos causó tanto asombro, una mujer sigue. ¡Rara confusión! Daría es la que con él viene. ¿Presa? No sé yo; que hasta ahora, sin hacer daño, por la selva atravesó y ella tras de él. En el monte se han emboscado los dos. Sale Escarpín. Toda Roma portentos hoy ha sido. ¿Qué es aquesto? Decid. ¿Qué ha sucedido? Preso Crisanto estaba, donde el padre tormentos hoy le daba; puesta estaba Daría… (no digas dónde, honesta lengua mía) cuando el que los defiende, poner los dos en libertad pretende; y así, a él de tantas penas sacó, rompiendo grillos y cadenas; y a ella, ¡ay!, enviando un león que la venga escudereando. Entrambos, finalmente, de por sí cada uno, a este eminente monte huyendo vinieron. A Numeriano tales nuevas dieron y el mismo Numeriano, ciego de enojo, presumiendo en vano que Polemio debía de haber hoy a Crisanto y a Daría puesto en su libertad, con gente viene siguiéndolos, a cuyo efeto tiene de escuadrones cubierto este horizonte. dentro ¡Al valle, al llano, a la espesura, al monte! Ese ruido lo diga. Y pues curiosidad es quien me obliga a verlo todo, quiero seguir la gente. Tan confusa muero, por ver el fin de tanto asombro hoy en Daría y en Crisanto, que también la siguiera, si dada a una mujer esta acción fuera. Cuando son tan estraños los sucesos, la admiración disculpa los excesos. Dices bien. A lo largo los sigamos. Vamos tras ellos, pues. Nísida, vamos. Yo, en vuestra compañía, siempre os he de asistir. Vanse. Salen Daría y el león. ¿Dónde me guía tu tardo pie, pisando torpe y lento, más que sobre la tierra, sobre el viento? A la boca ha llegado de una profunda cueva. En ella ha entrado, dejándome aquí sola. Mi pena por instantes se acrisola; pues si mejor advierto las señas deste rústico desierto, ésta es la misma adonde el eco, ¡ay Dios!, con música responde. Della el temor, confusa, me desvía. dentro ¿Adónde estás, bellísima Daría? ¿Quién pronuncia mi nombre? Hoja no se menea que no asombre a mi afligido pecho. Mas, ¿qué digo afligido? Satisfecho, diré mejor, del grande Dios que adoro. Bautícenme las lágrimas que lloro, porque mejor le adore la fe mía. dentro ¿Adónde estás, bellísima Daría? Otra vez me han nombrado. ¿Quién me llama? Sale Crisanto. Quien más que tu beldad, tu virtud ama; porque, inspirado y libre, tu luz sigo por morir o vivir siempre contigo. Sólo serme pudiera alivio, amado esposo, que te viera tu amada compañía por fin de los prodigios deste día; que no es bien que los calle. Oye, y sabrás… dentro ¡Al llano! dentro ¡Al monte! dentro ¡Al valle! Siguiéndonos ha venido un escuadrón. Pues, ¿qué haremos? Tener fe y morir por Cristo. Una y mil veces lo ofrezco; que debo mucho a tu dios y seré feliz si pierdo por Él la vida. dentro En lo oculto de este monte, cuyo seno apenas registra el sol, se han entrado. Penetremos sus entrañas y en él mueran. Una cosa sólo siento en mi muerte, que es no estar bautizada. Ese recelo pierde, que el martirio es bautismo de sangre y fuego. Salen Polemio y Cintia, Nísida, Escarpín y soldados y todos los que pudieren. Aquí, soldados, están. Y yo he de ser el primero que los dé muerte, porque no piensen de mí que tengo a mi hijo más amor que a mis dioses. Y así quiero, cuando llegue Numeriano, que ya los dos estén muertos. Coged a los dos y en esa cueva oscura, cuyo centro es un abismo, arrojaldos. Y pues en vida tuvieron un amor, es bien que en muerte tengan sepulcro mesmo. ¡Oh, qué alegre a morir voy! Y yo, pues me cumple el cielo el gran anuncio de que sería feliz, es cierto, el día que mi sepulcro fuese aqueste oscuro centro. Arrójanlos. De piedra, de tierra y troncos, cubrid la boca. ¿Qué es esto? Al echarlos en la cueva, se ha eclipsado todo el cielo. De tristes, oscuras sombras, hoy se ha entapizado el viento. Caliginosos cometas vuelan, pájaros de fuego. Mal desasidos, los montes se deshacen de sí mesmos. Es verdad, que aquel peñasco sobre nosotros cayendo se precipita. Y al mesmo instante se escuchan dentrode la cueva dulces voces. Hoy toda Roma es portentos, pues hace una gruta fiestas cuando hace el sol sentimientos. Feliz mil veces el día que, piadoso, el cielo vea que este oscuro centro sea el sepulcro de Daría. Aparece un ángel en una apariencia. Aquesta cueva que hoy tiene tan grande tesoro dentro, de nadie será pisada; y así este peñasco quiero que la selle, porque sea losa de su monumento; y para que sus cenizas, nunca perdidas del tiempo, duren volando inmortales siglos de siglos eternos, este rústico padrón estará siempre diciendo a las futuras edades: “Aquí yacen los dos cuerpos de Crisanto y de Daría, los dos amantes del cielo”. Y aquí, humildes os pedimos, el perdón de nuestros yerros.