Pedro Calderón de la Barca El jardín de Falerina Fiesta que se representó a sus majestades Personas que hablan en ella: LISIDANTE. REINALDOS. OLIVEROS. MARFISA. DAMA 1ª. FLOR DE LIS. FALERINA. DAMA 2ª. JAQUES. RUGERO. MÚSICA. CARLOMAGNO. DAMA 3ª. BRADAMANTE. ROLDÁN. EL DELFÍN. [ZULEMILLA.] [ARGALÍA.] [DURANDARTE.] [MARSILIO.] Jornada I Sale por una puerta MARFISA, vestida de mora, y por otra LISIDANTE, ambos con plumas y bengalas, y representando cada uno aparte sin ver al otro. ¡Oh tú, de aquestos montes que el mar en desiguales horizontes une y desune, oráculo divino... ¡Oh tú, destas montañas peregrino ídolo humano, a cuyo docto anhelo es el abismo intérprete del cielo... Tú, que sabia la gran piromancía escribes en pirámides de fuego. Tú, que en el aire a tus conjuros ciego, das a las aves la heteromancía... Tú, que en sepulcros la nigromancía ejecutas... Y en agua la hidromancía, en quien fragua su asombro. En quien esmera su portento... El cielo. El mar... La tierra. El fuego. El viento. Tú, que a líneas divides los ámbitos del sol, que a dedos mides... Tú, que a rumbos las sombras de sus huellas le pisas a la luna, y las estrellas le cuentas una a una... Anticipada voz de la fortuna... Futuro vaticinio de la fama... ¡Mágica Falerina! Sale FALERINA vestida de pieles. ¿Quién me llama? Quien, bien en fe de un corazón amante... Quien, en fe bien de un ánimo constante..., ...de ti a valerse, ¡oh sabio asombro!, viene. ...en ti, bello prodigio, hallar previene la paz de sus sentidos. Para nadie piadosos mis oídos, galán joven, hermosa dama, fueron de cuantos deste escollo trascendieron piélagos y montañas, al duro corazón de sus entrañas, donde de amor la amenazada ira, quizá más que mi estudio, me retira... Pero esto no es de aquí, y así prosigo. Para nadie, otra vez y otras mil digo, mis oídos piadosos se mostraron de cuantos en mi busca penetraron estos peñascos, más que para aquellos (o remediallos sea, o no temellos) cuyos estragos han de amor nacido; y pues mis sañas solo a este partido se dan, sepa quién sois, que daros quiero mi favor. ¿Qué esperáis? Que hable primero esa dama; que fuera infiel locura negar su preeminencia a la hermosura. Esa cortés licencia que os permito, no por hermosa, por mujer, la admito. Retirándose LISIDANTE. ¿Adónde os retiráis? A no escucharos; que si en fueros de amor llega a costaros vergüenza mi atención, a ser vendría curïosidad, y no cortesía. Oíd, esperad, no os vais; que mis pasiones son tan mías, tan mías mis acciones, que podréis vós oíllas, supuesto... ¿Qué? Que puedo yo decillas. Tan hija de la fortuna vi la luz desde el primero horóscopo de mi siempre triste, infausto nacimiento, que no conocí más padres, ni aun otros los conocieron. Según, después que ilustrado en las escuelas del tiempo empezó a dar al discurso lición el entendimiento, me informaron las noticias de los que solo supieron de mí, ser un inconstante aborto del mar y el viento. Un barco, pues, derrotado, sin vela, jarcia ni remo, supe que fue mi primera cuna, entregada al inquieto arbitrio de olas y embates: tan infeliz, desde luego, que ráfagas y bramidos del mar y del aire fueron idioma de mis arrullos y frase de mis gorjeos. Combatida de las ondas flutuaba... ¡Oh no pequeño bien del mar, nacer un triste tan en las manos del riesgo, que sepa dél el sentido, y no sepa el sentimiento! Combatida de las ondas flutuaba, a decir vuelvo, cuando, de unos pescadores socorrida, me trajeron a la orilla en tan felice ocasión, que en sus desiertos Aglante, rey africano, andaba a caza, y oyendo el no prevenido acaso de tomar a sus pies puerto tan contrastada inocencia, que se hallaba en un momento, sin saberlo, desdichada, y dichosa sin saberlo, me llevó a su corte, adonde me crió. Quédese esto aquí por ahora, y vamos a otra cosa mientras crezco. Este día, o ya que no este, pocos más o menos, trajeron al rey por rara maravilla, sus monteros una parida leona que encontraron en lo espeso del bosque, abrigando entre otros cachorros suyos un bello infante, a quien como a hijo alimentaba a sus pechos. Temiendo que peligrase humana vida entre ellos, el día que más crecidos quisiesen cobrar soberbios en su alimento lo que él les quitó de su alimento, le pusieron tales lazos, que sin peligro pudieron robársele; mas fue tal de la fiera el sentimiento, que rotas redes y lazos, les siguió a la corte, haciendo con domesticado instinto tan cariñosos extremos, que el rey, conmovido aún más que a la piedad al portento, curiosamente, no sé si diga piadoso o fiero, mandó que los otros hijos la trujesen, y a un pequeño albergue las retirasen con el infante, poniendo a mí por el mar «Marfisa» en nombre, y a él, por los fieros rugidos de la leona el día que le echó menos «Rugier», de suerte que, iguales en hados y en nacimientos, en influjos, en destinos, en fortunas y sucesos, «ambos nos criamos juntos»; y como dice el proverbio, «amor en nuestras niñeces, (para seguir el concepto) hirió nuestros corazones»; pero no prosigo el verso, «con arpones diferentes»; pues fue el arpón uno mesmo; bien que templado en tan dulce yerba, en tan blando veneno, que confesándole amor, no sé qué linaje nuevo de amor le confiese; pues entre cariño y respeto, era amor sin esperanza, esperanza sin deseo, deseo sin presunción, y presunción sin afecto de más que amar por amar; tanto, que asegurar puedo, porque no se alabe el gusto, que hubo interés de por medio, que amándole para todo, para esposo le aborrezco. En esta confrontación de estrellas crecimos, siendo mi ocupación la asistencia de Argalía, asombro bello sobre un espíritu altivo de la beldad y el ingenio, hija de Aglante, y la suya, la del militar manejo de las armas en que iguales también corrimos un mesmo rumbo; pues yo merecí de Argalía el valimiento, y él el de Aglante en las lides que poco antes se movieron entre él y Carlos de Francia; mas ¿qué mucho, si su esfuerzo mereció regir sus tropas con el claro nombre excelso del Paladín Africano, en oposición de aquellos que con Carlos en la mesa redonda tienen asiento? Pero como en la fortuna no hay punto fijo, pues vemos de un instante a otro mudar la serenidad en ceño. Quiso, cansada de haber contra sus estilos hecho de un desdichado un dichoso, sin hacer al mismo tiempo de un dichoso un desdichado, que en un atacado encuentro, muerto el caballo, quedase de las armas prisionero de Francia: a cuya ocasión uno y otro rey, atentos a sus razones de Estado, trataron treguas, viniendo a una suspensión de armas, en cuyo espacio, no habiendo plática de un campo a otro, no se han tratado los medios de su rescate o su canje: su rescate, porque precio no hay a Rugero en el mundo, y su canje, porque preso tampoco hay en él de igual suposición; conque habiendo la tregua cumplido el plazo, y en él faltado el rey nuestro, vuelve Francia a la campaña, no sin vanidad, creyendo que por quedar Argalía heredera de su reino será fácil la victoria, sin atender que no menos belicosa ella que Aglante, sabrá salirle al encuentro. Dígalo el que persuadida de su generoso aliento, pasar a Trinacria quiso, donde los incultos senos de los campos de Agramante, que han sido el alojamiento y cuartel de sus armadas huestes, vean que no ha hecho falta Marte donde queda Palas para su gobierno. Embarcose, pues, y apenas, sacra emulación de Venus, la vio el mar en sus espumas, cuando, dudando o creyendo que era el que iba a litigar de la hermosura el imperio, en favor de su deidad amotinó su elemento, tan sañudamente airado, tan airadamente fiero, que los campos de cristal, gigantes Flegras de yelo, se vieron en un instante montes sobre montes puestos. Tal vez vimos su fanal, estrella del firmamento, tal pavesa del abismo, hasta que, piadoso el cielo, quiso que el pardo celaje deste obelisco soberbio, que entre Caribdis y Scila se deja descollar, siendo nuestro norte y nuestra aguja, nos diese prestado puerto, en tanto que no serene las arrugas de su ceño el enojado Neptuno. Y siendo así que, sabiendo antes de ahora de la fama, y agora de los groseros moradores deste escollo, ser tu albergue, a verte vengo desmandada de las tropas, por si pudiese mi ruego obligarte a que me digas, hermoso, sabio portento, si Rugero muere o vive, qué modo de tratamiento ha tenido en la prisión, si está afligido o contento, y, en fin, si de mí se acuerda, y qué caminos, qué medios pondré a su libertad, pues no dudo con tu consejo y mi fineza, que sean en los anales del tiempo prodigiosas las fortunas de Marfisa y de Rugero. Antes que a ti te responda, prosigue tú, por si puedo, habiendo escuchado a entrambos, a entrambos satisfaceros. Lisidante de Asia, hijo de Menodante, supremo soldán, suyo soy; mi padre, de Carlos parcial, sabiendo que con Aglante rompía la guerra, entre otros opuestos que auxiliares le dispuso, quiso que fuese el no menos estimable mi persona, revalidando los fueros a la jurada alianza conmigo de amigo y deudo. Honrome Carlos, sentado a su mesa, con que excelso par de Francia me juró. Si le pagué o no igual premio, la fama lo diga en cuantas ocasiones se ofrecieron hasta la firmada tregua, en cuyo ocioso intermedio no fue para mí la corte campaña de menos riesgo que la de Agramante, pues pasó tan de extremo a extremo la distancia de una a otra, cuanto va de vivo a muerto, de vencedor a vencido, y de libre a prisionero. Bradamante de Arles, hija de sus duques, fue el objeto en quien lidiaron mis ansias aquel repetido duelo a que siempre están retados amor y aborrecimiento; pero como la hermosura, potentada de su imperio, labra contra sí las armas de su desdén, pues es cierto que da armas contra sí la que desdeñosa al mesmo que escasea los favores crece los merecimientos; no desconfiado a costa de ansias, penas y desvelos, siendo gala en ella usarlos, y gala en mí padecerlos. Duraba, no en mi esperanza, sino en mi dolor, a tiempo que despedidas las tropas a causa de los pretextos de la tregua, me fue fuerza volver a mi patria centro. ¿Quién creerá que hubo quien vuelva a vivir en él violento? Si el que más favorecido se ausenta, peligra, puesto que ausencia es muerte de amor, ¿qué peligrará el que ajeno de favor se ausenta? Bien que le aventaja el consuelo de no perder la ventura que no tuvo, con que creo que, ausente y aborrecido, llegué a vivir más contento que favorecido, ausente viviera, pues por lo menos es sin aquel sobresalto, aquel recato, aquel miedo de que tengo que perder la esperanza que no tengo. Hasta aquí fue fuerza darte cuenta de mis sentimientos, mas ya desde aquí será prolija relación, puesto que desde aquí son tan unos de Marfisa los sucesos y los míos, que el contarlos no importa para saberlos. La mesma cumplida tregua que a ella tray en seguimiento de Argalía, es la que a mí me tray al pasado empeño; bien que ahora forzado más del amor que del esfuerzo. El mesmo temporal que a ella trajo abrigar a este puerto, me trajo a mí. El mismo informe de huir tú estos desiertos, que a ella la obliga, me obliga también a buscarte, y siendo así que lo que ella dijo y yo dijera, es lo mismo, séalo también saber si en esta ausencia otro afecto supo servirla mejor; y ya que a sus ojos vuelvo, qué género de agasajos, qué especie de rendimientos, qué linaje de finezas en su servicio hacer puedo que más la obliguen, y en fin, si por acaso o por yerro, alhajas de desdichados a Bradamante la debo, ya que no para favores, memoria para desprecios. Ya os dije que de amorosas fortunas me compadezco, y aun di a entender que tenía altas causas para hacerlo. Y no habiendo de salir aquestas jamás del pecho, porque, gusanos del alma, se han de morir a acá dentro; sus afectos salgan, no diga amor que le reservo, avarienta de sus triunfos, las causas y los efectos. Ya así, obediente a los dos, y a mí obedientes aquellos espíritus que heredados de Merlín, padre y maestro, cuyo cadáver, aunque yace en los campos amenos de Agramante, desde aquí me escucha; rasgue sus senos este risco, y en sus duras entrañas descubra, dentro de su pavoroso espacio de Bradamante y Rugero la acción en que agora se hallan entrambos. Dentro ruido de terremoto. Ya te obedezco. ¡Qué asombro! ¡Qué confusión! Con terremoto dentro se corre la cortina, y queda con segunda colgadura el teatro; se ven en él sentados en sillas CARLOS y FLOR DE LIS. Luego, por una banda y otra, Damas y Caballeros en ellas sentadas en almohadas, y ellos hincada la rodilla. La primera, al lado derecho, es BRADAMANTE con RUGERO, y los Músicos, en ala, detrás de todos. ¿Qué veis? El salón excelso del gran palacio de Carlos, que de gala y de festejo, como suele en reales bodas está, lugares teniendo los galanes con las damas, de cuyos altos sujetos, después de Carlos, Carloto y Flor de Lis, al derecho lado sigue Bradamante, con quien está un caballero, a quien solamente no conozco de todos ellos; bien que de verle tal vez, como entre sombras, me acuerdo. Si es que a contraria razón valer suele el argumento, el que desconoces tú, el que yo conozco es, puesto que el que con la primer dama está en lugar, es Rugero; bien que yo también debiera desconocerle, si atiendo que del africano traje el noble adorno depuesto, la francesa moda viste. ¿No nos dirás a qué efecto es el festín? ¿Y a qué causa, cuando le juzgaba preso, triste y afligido, está tan alegre, tan contento, y tan hallado en París? ¿No nos respondes? No puedo, que si habéis visto vosotros vuestras desdichas, no menos he visto yo mis desdichas; y pues que suspensa quedo más que vosotros, de mí no hay que esperar el saberlo; pues mejor os lo dirá su gozo que mi tormento, cuando pasando al oído de los ojos el portento, a las músicas de allá repitan aquí los ecos... Reinando en Francia Carlos el primero, y entrando a ser esposo, sin salir de amante, así al lado feliz de Bradamante, vencido de su amor, dijo Rugero. Ya, Magno Carlos, ya, invicto, heroico Delfín excelso, soberana Flor de Lis, bellas damas, caballeros ilustres, que mi fortuna, mejorando a un mismo tiempo de religión y de estado, mereció, sin merecerlo, de prisionero de Marte pasarme a ser prisionero de amor en la esclavitud del más soberano dueño, que sin yerros que dorar doró a mi prisión los yerros; dadme licencia a que empiece yo el festín. Si consiguiendo de paladín africano antes el renombre eterno, el de francés paladín hoy conseguís, y el empleo de mi sobrino, ¿quién puede competiros ese puesto? Con esa licencia, bien humildemente soberbio, y soberbiamente humilde, decir podré, a sus pies puesto... Sácala a danzar. Reverencia os hace el alma, gloria de mi pensamiento... Los instrumentos suenan siempre, aunque se represente. Si dispensara el decoro osadías al respeto, y hubiera de hablar la voz donde ha de hablar el silencio, también os dijera yo que os veneraba mi afecto... Por ídolo de su altar, por imagen de su templo. Danzan todos. No excediérades, señora, los límites a que atento [ha] de vivir el recato cuando lo dijerais, puesto que pagarais una fe verdadera; pues yo, es cierto... Por vós, francesa gallarda, la fe verdadera tengo. Culebrilla. No deslucir la fineza con no conocerla, quiero; sino antes agradecida estimaros que de extremo a extremos pasáis el día que pasáis de preso a preso. Y de caballero moro sois cristiano caballero. Vós, hermosa Flor de Lis, no tengáis a atrevimiento el suplicaros, honréis de mis bodas el festejo; pues para que a danzar saque al más divino sujeto... Licencia ha dado el amor que pueda un aventurero. Vós, príncipe generoso, no por mí, mas por vós mesmo el festín honrad, y sea vuestro el agradecimiento; que darle a un gallardo joven ocasión de parecerlo, ya es lisonja, pues darle causa a que pueda discreto... En el sarao a su dama decirla su pensamiento. Cuando por mi prima no tuviera razón de hacerlo, por vós, Rugero, saliera, pues desde hoy el honor vuestro a cuenta corre de todos. Y a la mía obedeceros, no por mi interés, sino por vuestro gusto, creyendo que mayores obediencias intentaran mis deseos... Si quisiéredes, señora, Danse las manos. que por el servicio vuestro. Ya, los príncipes en pie, todos estarlo debemos. Por de dentro. Mas quisiera mi valor, para llegar a deberos algún agrado, señora, merecido del esfuerzo y no de la gala, que hoy al son de otros instrumentos... En la plaza de París se celebrase un torneo. No le pesará a mi fama, pues cuando suceda el verlo... Yo seré el mantenedor, y sustentaré que puedo, atento a vuestros desdenes, merecer no merecerlos. La desconfianza estimo. Mayor hiciera el empeño yo entonces, pues sustentara que soy solo el que merezco... Tener el cielo en mis brazos después que fuistes mi cielo. Para cuando se disponga Tres cruzados. trocar el sarao en duelo... Dadme vós vuestras colores, y veréis qué galán entro. Las que al rostro me salen Corros. como asentara primero una condición. ¿Qué fuera? Que me deis cuantos diversos matices significaron ansias, penas y tormentos. Como no me deis azul, Cara a cara. porque significa celos. A esa condición a todas nos tocará responderos. Por defuera. Y a todos el preguntaros ¿cómo? Como el satisfecho... Galán que sin celos ama, o no quiere bien, o es necio. ¿Por qué se debe culpar Paradetas. desear huir sin ellos? Porque la desconfianza es madre de los discretos. Dentro suenan cajas y trompetas. Dentro. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡Qué horror! ¡Qué asombro! ¿Qué estruendo es este? Hacia el campo es de Agramante. Acudid presto todos, y queden por hoy festín y boda suspensos. Vamos todos. Dentro. ¡Arma, arma! Aunque la dilación siento de mi dicha, mi valor quizá agradece el empeño, por darme un mérito más. No sea ventura menos. Tocan las cajas y las trompetas, y corre la cortina. Dentro. ¡Arma! ¡Guerra! Bello prodigio, ¿qué es esto? ¿Qué es esto, divino asombro? Esto es vengar vuestros celos, (mejor dijera los míos) espíritus infundiendo en Marsilio, que es quien hoy desde que fue Aglante muerto, hasta que llegue Argalía tiene el militar gobierno de las tropas africanas; solicitando con eso que se suspendan las bodas, para que ambos tengáis tiempo de llegar, quizá, a impedirlas. ¡Cuánto el favor te agradezco! ¡Cuánto el amparo te estimo! [Aparte.] ¡Ay!, que no sabéis que tengo más causas para estorbarlas yo que vosotros, pues fieros mis hados dieron conmigo, cuando iba a buscar los vuestros. Dentro. Marfisa. Esta es Argalía, que viene en mi seguimiento. Dentro. ¡Lisidante! Y los soldados que a mí me buscan, son estos. Pues ya, serenado el mar, podéis sulcar. Al encuentro cada uno a su gente salga, no a mí me vean. ¡Voy muerto... ¡Confusa voy... ...de haber visto en los brazos de otro dueño a Bradamante! Vase. ...de haber visto el rostro a sentimientos, que no pensé tener nunca! Vase. Tampoco pensé tenerlos yo jamás, y me han venido a buscar donde más lejos dellos pensaba ocultarme. ¿Quién creerá que mis agüeros, para hallarlos como propios, los buscase como ajenos? Mas, ¡ay!, que cuantos caminos intenta el arbitrio nuestro, para apartar el influjo, tantos son precisos medios de adelantarle los pasos. Dígalo el infausto sueño en que vi un gallardo joven que ensangrentaba en mi pecho el dorado arpón de aguda flecha, y escapaba huyendo, tras quien yo, despavorida, intenté correr, a tiempo que a las temerosas voces de mi mal cobrado aliento, en los brazos de mi padre despierta me hallé, que oyendo la aprehensión del sueño, dijo: «¡Nunca ese galán mancebo llegues a ver, plegue al hado! Pues ese día los ceños conjurarás contra ti, del amor y de los celos en que solo, ¡desdichada!, te amenazan los soberbios hados en la esclavitud de su más tirano imperio. Si quieres asegurarlos, pues dicen que tiene el cuerdo en las estrellas dominio, huye a los montes soberbios; que en ellos no te hallará, si no le buscas tú en ellos; y más mientras dure el pacto que comprometido tengo en Malgesí, y no descubra cierta lámina un secreto.» Tan fija con el asombro, con el horror, con el miedo, se grabó en mi fantasía su imagen, que al ver, ¡ay cielos!, hoy a Rugero, jurara estar otra vez durmiendo. Y pues no me bastó, ¡ay triste!, venir a este risco huyendo, para que, sin que él me busque, le busque yo, hallando el riesgo tan no imaginadas sendas de ejecutar sus decretos; suelte la rienda al destino, y corra tras él, haciendo, ya que el verle tan gallardo y de dos damas a un tiempo tan querido es torcedor de tan contrario veneno, que entrando a matar en pasmo, viene acabar en incendio, que, pues los míos perdí, no consigan sus deseos, ni una en amorosos lazos, ni otra en amantes afectos. Y así, valida de mí, pues yo a mí me basto, tengo de ver si... Pero mejor será que lo diga el tiempo, cuando sol, luna y estrellas, aire, agua, tierra, fuego, hombres, aves, peces, fieras, montes, valles, cumbres, puertos, hados, influjos, destinos, vean que a todos opuesto el valor de Falerina sabe turbar a portentos, el amor de Bradamante, de Marfisa y de Rugero. Vase. Tocan arma, y sale por una parte ZULEMILLA moro, y por otra JAQUES francés, armados redículamente. Dentro. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¿Adónde podré ocultarme... ¿Dónde esconderme poder... ...mientras la batalle pase... ...mientras durar el batalia... ...que las iras no me alcancen... ...que no me alcanzar el furias... ...destos morillos infames... ...destos fames cristianilios, ...que embisten como unos canes? ...que terar como unos perros? Pero allí la boca abre... Pero hacia allí abrir el boca... ...una gruta, a quien mi hambre está diciendo «comedme». ...un cuva, que estar bastante para me tragar. En ella me esconda. En elia me ampare. Al entrar los dos, se ven, y tienen miedo uno de otro. [Aparte.] Mas ¡ay!, que viene tras mí... Mas ¡ay!, que venir mi alcance... Aparte. ...un morillo como un monte. [Aparte.] ...un francés como un gigante. Señor moro, buen cuartel. Monsiur bugre, bon pasaje. [Aparte.] ¡Vive el Cielo, que me teme! [Aparte.] ¡Por Mahoma, que temblarme! Háblame claro, morillo. Cristianilio, claro hablalde. ¿Eres por dicha gallina... ¿Estar acaso cobarde... ...que aquí vienes á esconderte? ...que aquí venir a escaparte? Si tú me dices que sí, yo diré que sí al instante. ¿Para qué decerlo el voz, si el temor decirlo antes? Pues cállate tú, y callemos. Pues caliemus tú, y calialde. Y a escondernos... Y a ocultarnos... ...donde el furor no nos halle. ...donde Marte no poder nos pegar con la del martes. Pase usted señor morillo... Seor cristianilio, osted pase... Que sin capitulaciones firman dos gallinas paces. ¡Arma, arma! ¡Guerra! Salen CARLOS, ROLDÁN, OLIVEROS, DURANDARTE, REINALDOS y RUGERO, deteniéndolos CARLOS. No le sigáis el alcance supuesto que se retiran, y que ya la noche esparce sus sombras; que puede ser que con la fuga nos llamen, y que siendo aquestos montes como son, tan formidables, sea ardid, y que en alguna emboscada nos aguarden; que el recato en la milicia, siempre fue acuerdo importante, y es pensar lo que yo hiciera, prevenir lo que ellos hacen. Y así, a retirar, amigos, que mañana en los celajes primeros del alba, pienso en sus cuarteles pagarles la visita: no se diga que vinieron a buscarme y no fui a buscarles yo. Caja y clarín. A retirar toca. Sale LISIDANTE. Dame tus pies, pues soy tan dichoso, que al primer paso te halle en estos montes, que el mar repetidamente bate, donde pudo mi fortuna tomar tierra. Lisidante, ¿qué venida es esta? Habiendo sabido que ya se acaba la tregua, vuelvo al honor de ser tu soldado, y darte noticias de que Argalía casi en el mismo paraje, desde Escila, en que corrimos unos mismos temporales, viene a reclutar sus tropas; tan altiva y arrogante, que es en valor y hermosura hija de Venus y Marte. Eso habrá más que vencer. Llegad a todos y dadles los brazos, pues todos son en fineza semejante interesados, teniendo vuestro esfuerzo de su parte. Roldán invicto, famoso Oliveros, Durandarte, Reinaldos, dadme los brazos. Seáis muy bien venido. Edades eternas viváis. Los cielos con bien os traigan. Y os guarden. Aunque a mí, al lado del César, vuestras noticias me extrañen, por las que yo de vós tengo, no daré ventaja a nadie en ser vuestro servidor. Rugero ya de los pares es uno más: el general del ejército de Aglante, fue a quien prisionero vós en esta torre dejastes... Agora reparo en él. Que de los duques de Arles, antiguos alcaides suyos, es heredado homenaje; y a quien han sacado della dos venturas, y tan grandes, como ser paladín mío y esposo de Bradamante. Uno y otro parabién [Aparte.] a mi enemigo, sin que entre mis brazos le mate? Siempre me tendréis por vuestro. Los acentos militares a retirar toquen. Pero ¿a quién nueva salva hacen de cláusulas llenando el aire vano? Cajas y trompetas. Salen DELFÍN, FLOR DE LIS, BRADAMANTE, y damas. Permíteme tus pies... Dame tu mano. ¡Delfín! ¡Flor de Lis bella! Pues ¿qué venida es esta? De mi estrella el influjo seguir, con la disculpa de que nunca el valor pudo ser culpa. Corriendo ya la voz de que venía a gobernar su ejército Argalía, no es justo que blasone una mujer que a tu poder se opone, sin que otra mujer sea la que a tus pies sus altiveces vea, no menos que ella heroicamente ufana. Ya por los dos te respondió mi hermana; pues tampoco no fuera justo quedarme yo sin que viniera, señor, a acompañarla. Con que no menos disculpado se halla el generoso espíritu de cuantas a su ejemplo llegamos a tus plantas, trocando el lisonjero espejo de cristal al del acero. El amor la fineza os agradece, mas no el temor, que por instantes crece al veros en campaña. Pero, al fin, sois mis hijos, y no extraña vuestro heroico valor mi fama altiva. Venid. ¡Viva el Delfín! ¡Flor de Lis viva! Entrándose todos al son de cajas y trompetas. [Aparte.] ¡Ah tirana! Los cielos tiempo me den en que vengar mis celos. Vase. ¡Ay bella Bradamante! ¿Quién creerá que el amor que fue bastante, tal vez algún cobarde hacer valiente al contrario hoy en mí trocar intente extremos? ¿Cómo? Como mi despecho tiembla al saber que tú vas en mi pecho y por guardarte, temo... No tienes qué, pues a contrario extremo, si en ti fallece, en mí se aumenta el brío al conocer que tú vas en el mío, y después de aquel día que en la torre de mi antiguo homenaje te vi, corre el amor nuestro una fortuna. Vamos donde juntos vivamos o muramos. Vanse, y dice FALERINA dentro. Eso será mas cierto si a ese fin tomo en vuestros montes puerto. Sobre aquesta oscura cueva, que oculta el grande cadáver de Merlín, llega esta noche el encanto a fabricarse del jardín de Falerina. Salen, como a escuras, ZULEMA y JAQUES. Camarada, ¡qué de lance me dio el miedo! Cumorada, ¿que darme el tumor de balde? ¿Dónde estás? Alá saber. ¿Dónde estar tú? Aunque me halles no me hallarás, que no estoy en mí, pues desde el instante que entramos en esta cueva y vimos que solo guarde un sepulcro, pienso que me fui a huir a otra parte. El mesmo a mí soceder, e más, si añadir el grande romor con que el noche el paso cerrar con oscoridades. Tópanse los dos. Mas ¡ay triste Zolemilla! Mas ¡ay desdichado Jaques! ¿Qué estar eso? ¿Qué sé yo? Pero algún dragón me ase, según que las garras tiene. A mé algún lobón rapante, según que tener él presas. Señor dragón, no me trague, porque aunque gallina soy, no soy buen gigote de ave. Ni mé estar bon alcoscuz, aunque tener calbezate. Mas ¡qué miro! ¡Que el primera luz del sol nos desangañe! ¡Zulemilla! ¡Jaqueciños! ¿Tú eres? ¿Ser tú? Que te abrace deja en albricias. Mé y todo. Al abrazarse los dos sale un salvaje y pónese en medio, y abraza a los dos. Eso ha de ser a mí antes. ¡San Jaco! ¡San Zancarrón! ¿Quién ser vós, que nos despartes? ¿Quién puede entre dos amigos meterse, sino un salvaje? Miserables hombrecillos... Conmigo no habla, que antes soy en esta ocasión un perdido que un miserable. Con mé sí, pues que no dar por mi vida cuatro reales. ¿Cómo a entrar os atrevisteis, cómo a penetrar osasteis deste encantado palacio los reservados umbrales? ¿Qué palacio es una cueva? [Aparte a ZULEMILLA.] Borracho está este gigante. ¿Qué gegante no lo estar? Y si no él, el que le trae. El que veréis, en abriendo esas puertas de diamante que están dentro de la cueva. [Aparte.] (Esto es llevar a encerrarles, porque estando los jardines sobre ella, no es bien que pasen por ellos, y lo que vieren lo puedan decir a nadie.) Entrad, pues, porque lleguéis a besar las plantas reales de su reina Falerina, y ver qué castigo os mande dar por estar aquí dentro. ¿Dónde estar el majestades della reina bailarina? Allá lo veréis. Agrajes, no digas más. Entrad presto si no queréis que os arrastre. [Aparte.] ¿Quién vio más penas que estar a obediencias de un salvaje? Vanse. Jornada II Salen por una puerta mirando a lo lejos algunos moros, y detrás MARSILIO, MARFISA y ARGALÍA. Y por la otra CARLOSEL DELFÍN y FLOR DE LIS, BRADAMANTE, LISIDANTE, RUGERO y los cuatro paladines. Ya que la primera luz del sol sus rayos esparce... Ya que el alba rompe el velo de sus primeros cendales. Y en buena ordenanza, Carlos manda que su campo marche al nuestro, porque sin duda que le gobierno no sabe, pues no le he puesto en temor... Y el africano arrogante, en fe quizá de Argalía, al opósito nos sale... No hay que esperar: las primeras tropas de vanguardia avancen. No hay que perder la ocasión. Brame el bronce. Gima el parche. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Trábase la batalla, y éntranse peleando. ¡Oh, quiera el cielo que halle en la batalla a Rugero! Y para que no recate entrar en duelo conmigo, destos tapidos cendales tengo de cubrir el rostro. Cúbrese y vase. ¡Oh, si la ocasión hallase de dar a Rugero muerte! Vase. De tu vida, Bradamante, mi pecho será el escudo. Vase. Del tuyo, pavés mi imagen. (Vase.) Dentro. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Salen por dos partes ARGALÍA y FLOR DE LIS. Ya que en lid los campos arden, ¡ah, si fuese tan dichosa mi suerte, que me encontrase con ella. ¡Argalía! ¡Argalía! El nombre acudir me hace donde me llaman. ¿Quién eres, que de tu riesgo ignorante, a mí me buscas? Porque solo con la voz te espante, y antes que con el acero con el sonido te mate, Flor de Lis soy yo. ¡Ay de ti infelice! Que no sabes que la espada de Argalía templada está en yerbas tales, que a sus golpes derribó cuanto se puso delante. Muere a mis manos. Riñen y cae FLOR DE LIS. ¡Ay triste! ¡Soldados! Salen MARSILIO y otros. ¿Qué hay que nos mandes? Que a Flor de Lis retiréis, y hoy para triunfo nos baste, pues con ella la vitoria segura está de mi parte. Y así, a retirar. ¡Piadosos cielos, valedme, amparadme! Llévanla. Dentro. A la voz de Flor de Lis allí todo el grueso carguen. Dentro. Sígueme, Rugero. Dentro. Moriremos en su alcance. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Tocan cajas, y salen riñendo RUGERO y MARFISA. Ya que de uno en otro trance barajada la batalla, a la voz de Bradamante te reconocí, y llamado de mí a singular combate has tenido a esta, del monte la más retirada parte, vuelve a la lid. Bien creerás no excusarla de cobarde, sino de atento, al mirar en mujer valor tan grande. ¿Por qué? Porque si te venzo dirán que es vitoria fácil los que tu valor ignoran; y si me vences, desaire mi rendimiento; y así, pues no es posible que gane, ni vencedor ni vencido, te suplico que dilates conmigo el duelo, y me digas ¿qué te ha obligado a buscarme a mí más que a otro? Ser tú el más vil, el más infame de los hombres, más traidor Sale BRADAMANTE. a ti, tu patria y tu sangre. Yendo presa Flor de Lis, y viendo que en semejante empeño falta Rugero, con temor vuelvo a buscarle; pues no es posible que vivo, a mí y a su opinión falte. Hacia esta parte fue adonde de vista le perdí: dame, montes, dél noticia. Pero con una africana aparte retirado está. Por más que me injuries y me ultrajes, no has de obligarme a la lid, porque solo has de obligarme a saber quién eres. ¿Cómo? Desta suerte. Descúbrela. ¿Que dudases, ¡ah cruel!, que era yo a quien le tocaban más que a nadie tus sinrazones? Marfisa, mi bien, mi cielo... No trates desenojar con lisonjas a quien matas con pesares. ¡Qué escucho! ¿Tú eres aquel paladín abencerraje, que en real alimento tuvo una leona por madre? Pues ¿cómo desde prodigio tan presto has pasado a ultraje, que de tu patria y tu ley y mi amor olvido haces, tan del todo, que...? Marfisa, no me culpes de inconstante; que aunque mudé religión por más superior dictamen, de amor no mudé; que el tuyo es en el alma carácter. Como te quise, te quiero, y que no te quise, sabes, para esposa. Dama era suya sin duda. No baste aquesa satisfación; que celos son unos males tan fáciles de nacer, que de cualquier amor nacen. Cuando no me ofenda el gusto ¿puede el olvido dejarme de ofender, con que abandonas tu fama, pues que la abates al ciego amor de...? Detente, no a decir su nombre pases, africana; que no es sujeto tan relevante para los labios de quien se da a partido tan fácil, que en que la aman se consuela, sin que para esposa la amen. Quizá es más decoro que ni aun para eso me mirase su esperanza, por no haber tenido primero amante en quien me perdiese el miedo, como alguna en Lisidante. ¿Qué escuché, cielos? A ser servida una dama, no hace consecuencia a los favores, cuando constan las crueldades. Y así, aunque no me desluzga tu voz, que me enoje baste, para que ya que no vengue, castigue... Va a embestirla. Ten, Bradamante, la espada. ¿Tú la defiendes? Quita, y deja que la mate. Ten el acero, Marfisa. ¿Tú la amparas? ¿Habrá alguien tenido entre dos afectos poderosamente iguales, el corazón dividido en tan enteras mitades, que aunque Marfisa me injuria con sus despechos, la ampare, y aunque me dé con sus celos pena, valga a Bradamante, siendo mi vida un acero tirado de dos imanes, tan a un tiempo? Dentro. Ya lo es, de que él no se desengañe, ni ninguna fe asegure. Estando riñendo las dos, y él en medio, salen JAQUES y ZULEMA de leones y cargan con él, y suena un terremoto. Quita. Aparta. ¡Bradamante, Marfisa...! ¡Valedme, cielos! Ya obedecer tus mandates. Llévanle. Ya tus preceptos cumplimos. ¡Qué desdichas! El terremoto. ¡Qué pesares! Dentro. ¡Qué asombros! ¡Qué confusiones! Dos leones de delante le han robado de nosotras. Porque muera como nace quien no como nace vive, a cuyo pasmo en mortales parasismos muerto el sol fallece a la media tarde. Anticipada la noche, no hay nube que no se rasgue a relámpagos y truenos, El terremoto. mas nada, mas nada baste a que a mis manos no mueras. Ni tú a las mías no acabes. Terremoto grande. Dentro. ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! De Flor de Lis el alcance no es posible que prosiga; que en negras obscuridades voy tropezando en mis sombras. El terremoto. Sale. Envidioso de ver tales iras, aun el viento quiere entrar en duro combate con los montes. Sale. Y no solo de los estruendos se vale, El terremoto. pero de la artillería de los rayos. Sale. Sí, pues de aves, de globos de fuego pueblan de crinado vulgo el aire. Sale. En embrïones de luz sus senos los riscos abren. El terremoto. Sale. Y auxiliares de los riscos contra ellos braman los mares. Terremoto. Sale. Sin duda, contra nosotros hoy Argalía se vale de Merlín, a quien le dieron torpe espíritu por padre Terremoto. tantas diabólicas ciencias, siendo siempre favorables al África sus encantos; y así, porque no embarace el que cobre a Flor de Lis y con toda África acabe de una vez, nuestra conquista será la cueva en que yace hasta que abrasado vuele en cenizas su cadáver. Vase. Sale. Todos en tan alta empresa te ayudaremos constantes, luego que cobrar el sol, diga, publicando paces: «Cesen, cesen rigores, cesen crueldades.» Vanse todos. «Cesen, cesen rigores, cesen crueldades, y cobrando fuentes, flores y aves, sus matices, sus voces y sus cristales, firmen blandas treguas, ya que no paces, luna, sol, agua, fuego, tierra y aire. Con esta música se descubre el teatro de los jardines, y en un cenador o nicho se ve FALERINA vestida de ninfa en acción de estatua de una fuente, y sacan dos leones a RUGERO haciendo canciones lo que dicen los versos. Pues que desde las primeras luces que gocé, en mí son verdad y contradición veros piadosas y fieras, oh crueldades lisonjeras, (o por decir más verdades, crueles lisonjas), piedades o iras de una vez usad, o vida o muerte me dad: no para contrariedades... Cesen, cesen rigores... ¡Oh, quien hablalde pudiera, ya que mi amo moro ser...! Ya que, cristiano, placer tuvo en que yo le sirviera... La hablaré desta manera. Vanse los dos con las señas. A mis pies con ceños graves, halagüeños y suaves me enseñan, yéndose aquella estatua divina y bella, a quien dio el abril las llaves... Pues cobrando fuentes, flores y aves... Su primero resplandor en bello jardín me veo, que no pudiera el deseo imaginarle mejor... Mil aromas cada flor, cada fuente mil raudales, cada ave mil celestiales tonos... en prodigio tanto, todo junto es un encanto, pues que suspenden iguales... Sus matices, sus voces, [y sus cristales]. ¡Oh tú, que en confusa calma tienes, de jazmín vestida, para estatua mucha vida, para deidad poca alma! Si deste jardín la palma eres, pues de cuanto aplaces vitoriosamente haces triunfos a tu pie rendidos, haz que también mis sentidos entre asombros y solaces... Firmen blandas treguas, ya que no paces. Luna es, pues siente desmayos; sol, pues brilla luces tales; agua, pues toda es cristales; fuego, pues que toda es rayos; tierra, pues florece mayos, y aire, pues a su donaire no hay lustre que no desaire: con que viene en mi consuelo a ser de todo esto el cielo, pues padecen su desaire... Luna, sol, agua, fuego, tierra, aire. ¿Cúya eres, oh peregrina, bella imagen soberana? ¿De Venus u de Diana? Que uno y otro te imagina el que, dos veces divina, en ti adoradas deidades. Si a mi llanto te persuades, sepa; pues ídolo eres, y responderás si quieres, ¿Qué me dicen tus piedades? Cesen, cesen rigores, cesen crueldades, y cobrando fuentes, flores y aves sus matices, sus voces y sus cristales firmen blandas treguas, ya que no paces, luna, sol, agua, fuego, tierra y aire. Sale del nicho al tablado. Joven, cuyo valor nació a más alto fin, que a caudillo africano, ni a francés paladín; no solo mi voz creas, viendo restitüir a vida y alma un mármol, pues hablarán por mí, para mayor abono... Salen todas las músicas que puedan, vestidas de ninfas, con cendales en los rostros, y mientras ella representa y ellas cantan, él está suspenso. Deste hermoso jardín en fuentes el cristal, en flores el matiz... El grande origen tuyo que te trajo hasta aquí de la otomana luna a la francesa Lis, presagio fue que dijo cuán bajo has de vivir de una en otra ley, hasta dar en la de gentil, de cuyos dioses vienes. Dígalo el ver vivir fatigas de un cincel, afanes de un buril. Estatua viva te habla la diosa, que feliz ídolo es deste templo, deidad deste pensil. No es Venus, ni Diana, ninfa celeste sí, en cuyas sacras bodas estrella has de lucir cuando goces por ella... En ese azul viril, dosel de rosicler, tálamo de zafir. No, pues es consorte humana, llegues a permitir que las distancias mida que hay del alta cerviz del monte al valle; pues aunque es noble, es así que lo humano más noble, con lo divino es vil, y más cuando los hados... Te saben prevenir en rayos de otro sol, luces de otro cenit. Hasta entonces conmigo goza deste país, donde dichoso vivas, sin llegarte a afligir de Bradamante ausencias que ella no ha de sentir, ni de Marfisa celos, que sabrá echar de sí, y cuando no los eche... El que en mejor confín tiene que merecer, ¿qué tiene que sentir? Vuelve a ver ese alcázar que labró para ti arquitecto el amor, en cuyo camarín son el bronce y el jaspe material más civil; pues de pórfido y oro contienen entre sí colunas y dinteles... Cuestión sobre argüir cual desangró más venas: el Catay o el Ofir. Vuelve a ver el vergel, cuya menor raíz da en hojas de esmeralda claveles de rubí. Aroma es de coral cada flor carmesí, zafiro cada lirio, también cada alhelí topacio, en cuya aurora... Perla es cada jazmín, que se engendró al llorar, y se cuajó al reír. Eterna primavera el año será aquí, sin que de doce meses sepas más que el abril. Tu mesa será el ampo, sin que, por acudir su blancura al mantel, su frío deje de ir al néctar y ambrosía... En copas, que sutil filigrana de oro guarnezcan el perfil. Tu lecho será el mayo, pues le verás mullir rasos de primavera en catres de marfil; siendo regazo de uno y de otro transportín; las plumas de aquel ave, que al nacer del morir reservará la hoguera... Cuyo hermoso terliz del colchado algodón, respirará ámbar gris. Tendrás a todas horas en continuo festín mis damas, en quien hay aun más que ver, que oír; y cuando echares menos tu espíritu la lid, también sabré batallas en el aire fingir que tu valor diviertan... Viendo en embestir escuadras ciento a ciento, y tropas mil a mil. En fin, tendrás, Rugero, bien que no tendrás fin, pues semidiós conmigo eterno has de vivir, mientras de colocarte no llegue el tiempo en mí, un alma que te adore, con quien siempre feliz vivirás, cuando el iris... Desplegará por ti las hojas de esmeralda, de gualda y de carmín. Hermoso enigma, en quien, no sin asombro, vi que pudo alcanzar más el ver que el discurrir. Si deidad eres, ¿cómo puedes dudar de mí, que al decirme que soy más noble que creí, en más obligación me pones de acudir a esa misma nobleza? Y siendo aquesto así, ¿contradición no implica que intentes conseguir el hacerme más noble para verme más ruin? ¿Cómo? Pues ¿hay mayor ruindad.... ¿Qué? ...que mentir? Y más a una mujer, obligándome aquí a que te ofrezca un alma, que ya a otro dueño di. Verdad es que a Marfisa la quiero como a mí; mas no como a mi esposa. Y si grosero fui, dígalo la contienda en que a los dos perdí en querer allá dos; ¿qué será a tres aquí? Y pues desengañar más noble es que fingir, permíteme que vuelva donde estaba, al oír que estoy en mi fortuna, desde que merecí para admitirme esposo de Bradamante el sí, tan feliz que no puedes hacerme más feliz. Por ser estrella yo, ¿cómo he de permitir que ella mi sol no sea, llegando a preferir a todo un sol un astro? Y así, humilde... ¡Ay de ti! Que no sabes que solo no es el engaño vil que se hace a declarada mujer, pues siempre vi sentir más el desprecio que el engaño; que, en fin, uno da que temer, pero otro que sentir. Eso es juzgarla a ella, mas no juzgarme a mí, que soy el que no quiero finezas deslucir con engañarte; fuera de que ¿eres, como oí, deidad, o no? Si lo eres, ¿cómo he de presumir engañarte? Y si no, ¿qué aventuro en huir de quien me engaña? El ver... ¿Qué? Que aun sin prevenir tantas felicidades, como te prometí, por mí sola el desaire tomar debo, y que... Di. ...es poca la distancia que se da entre rendir un afecto o vengar un desdén. Es así; mas si es ruin (yo lo dije) quien miente por mentir, quien miente por temer será dos veces ruin. ¿Que aún no fingirás? No. ¿Y quieres irte? Sí. Pues ¿que vendrán finezas contigo a conseguir? Darme que agradecer, pero no que admitir. ¿En eso te resuelves? No está mi arbitrio en mí. Pues pasen a otro extremo mis iras. ¿Cómo? Así. El tono que adormece los sentidos decid. ¡Ay mísero de ti, que lo feliz desdeñas, y eliges lo infeliz! ¡Ay mísero de ti! ¡Cielos! ¿Qué confusión esta que ha entrado en mí, que no me deja, ay triste, ni hablar ni discurrir? ¡Ay mísero de ti! Un letargo, un delirio, un pasmo, un frenesí los sentidos embarga, sin ver, ni hablar, ni oír. ¡Ay mísero de ti! Trabado el corazón, late, tan sin latir, que a no animar, anima, y vive a no vivir. ¡Ay mísero de ti! Tan turbado el aliento, el pecho echa de sí, que empieza en pronunciar y remata en gemir. ¡Ay mísero de ti! Todo es entorpecer y temblar, tan sin mí, que viene a ser mi pena sentir de no sentir. ¡Ay mísero de ti! ¿Qué es esto, cielos? Esto es que, pues yo por ti pasé de estatua a viva, pases tú ahora por mí de vivo a estatua, siendo mármol deste jardín, para que en mi venganza mejor pueda decir... También lo diré yo, por si descanso así: ¡ay mísero de mí... ¡Ay mísero de ti! ...que lo feliz desdeño, y elijo lo infeliz! ¡Que lo feliz desdeñas, y eliges lo infeliz! Ministros míos, a quien las brutas formas di, por haber penetrado desta cueva el sibil!... Salen JAQUES y ZULEMILLA. ¿Qué mandas? ¿Qué querer? ¿Puesto que, para ti, somos los que antes fuimos? Que ya que me servís, me guardéis esta estatua, y a cualquiera que aquí en busca suya entre, le hagáis pedazos mil. ¿Y si él se contentar con novecintos? Y si, aunque a otros león parezca, soy puerco, y aún respira, ¿cómo he de defenderle? No temáis, porque aquí lo formidable basta; y para resistir, si alguien se atreve a entrar, el que pueda salir continuamente el eco que aduerme, repetid vosotros, mientras yo siembro todo el confín de venenosas yerbas, que al pisarlas, herir puedan la planta a cuantos entrar osen aquí. Fuera de que, ¿qué temo, si mientras de Merlín dure el sepulcro y nadie se atreve a descubrir lo que en sí encierra el pacto de sus ciencias, el fin nadie ha de haber? En cuyo asombro ha de vivir, hecho mármol a todos, quien lo fue para mí. A cuyo encanto una y mil veces decid... ¡Ay mísero de ti, que lo feliz desdeñas y eliges lo infeliz! Vuélvese a cerrar la cortina, y sale por una parte ROLDÁN y DURANDARTE, deteniendo a MARFISA. Y por otra LISIDANTE, OLIVEROS y REINALDOS, deteniendo a BRADAMANTE. Tente, Bradamante. Tente, africana. Es desvarío... Que yo he de ser la primera que examine ese prodigio, de cuya boca las fieras salieron, que el dueño mío me robaron de los ojos; que como a esposo le estimo... Aparte. Aunque me ofendan sus celos. Que solo ha de ser mi brío el que examine el portento de aquese insulto retiro, de cuyo bostezo fueron partos los monstruos esquivos que a Rugero arrebataron... Aparte. Aunque me ofenda su olvido que como amante le adoro. Aunque pudiera, ofendido de ti, darme por vengado, fuera a mi valor indigno; porque la mejor venganza que para una dama ha habido es, cuando ella ha un desprecio, vengarle con un servicio. ¡Bueno fuera que Roldán, estuviera por testigo de un peligro, y viera ir una mujer al peligro y él se quedara! Y así, por ti y por mí, solicito ser el primero que entre en el pavoroso sitio de aquesa gruta. Y así, el primero determino ser, que los senos penetre de ese asombro. Ese desvío no consentirá mi fama. Tampoco mi pecho invicto. Ni mi valor. Sale CARLOS. Yo... ¿Qué es esto? Que habiendo tú anoche dicho que para cobrar a Flor, y acabar la lid, camino no hay mientras militaren los diabólicos hechizos del cadáver de Merlín por África, conferimos que era bien reconocer qué contiene el laberinto de sus intrincadas quiebras, para aplicar los disignios, más a su ruina conformes: a que Bradamante dijo... Rugero, de dos leones, que no sé si compasivos o crueles le ausentaron, vivo o muerto en su distrito yace, y así a nadie toca más que a mí entrar en su abismo. Si es muerto, a morir con él, o a vivir con él si es vivo. Prosiguió a esto esa africana... Habiendo anoche perdido, con la oscura confusión de aquel terremoto, el tino, que impidió mi retirada; y habiendo entre otros cautivos quedado a ser prisionero. [Aparte.] (Lo que me movió no digo: quien lo ha de saber, lo sabe.) Proseguí: siempre fue estilo de averiguar de las simas los secretos escondidos, abandonar un esclavo; y pues yo lo soy, me obligo a la ley de serlo, entrando la primera. Yo el peligro de Bradamante excusaba. Yo el de esta mujer, movido a que basta ser mujer; pues no hay tan opuesto rito que sus privilegios rompa. Cuando intentando lo mismo todos... Todos pretendemos ser al riesgo preferidos. En cuanto a que es buen acuerdo saber que haya contenido aquesa gruta, convengo; pero no me determino a cuál haya de vosotros de ser el que ha de inquerirlo. Escúchame a mí: quizá a una razón convencido que milita en mí y no en otro, podré a todos reduciros. Ya sabéis que por la bella Angélica perdí el juicio, y que le cobré sabéis en virtud de aqueste anillo, que el mágico Malgesí me dio. Pues si yo conmigo llevo tal contraveneno que fue bastante aforismo contra el hechizo de celos, ¿qué hará contra otros hechizos? Seguro, pues con él voy, de que haya tan noscivo espíritu que me ofenda; y así, a tus plantas te pido me nombres, pues no es desdén para los que no han tenido igual antídoto. Dices bien. Ve, pues, y trae aviso de lo que vieres, porque sepa, una vez advertido, si han de ser acero o fuego los que arruinen su obelisco. Fía de mí, que te traiga buen informe. Vase, y suena el clarín. Si no fío de Roldán, ¿de quién podré? Pero, ¿qué trompeta ha herido el aire? Sale DELFÍN. Llamada es de paz que hace el enemigo para que a un embajador oigas. ¿Qué habrá sucedido? ¡Ay Flor de Lis de mi vida! Llegue, que yo le permito, de embajador el seguro. Sale ARGALÍA. Con ese salvo te pido mano y audiencia. ¿Quién eres? Argalía, que no he querido fiar de otro que de mi prática en que solicito, embajatriz de mí misma, participarte motivos que a esto me obligan. Di, pues. Anoche mi valor hizo a Flor de Lis prisionera; y aunque triunfo tan altivo pudo anticiparme medios de adelantar mis partidos con tantas ventajas cuantas me propusiera el arbitrio, pues no hay canje que ser pueda de tanto mérito digno; con todo, en su estimación, no tocando mi delirio en la locura de hacer la dicha a desprecio indigno, vengo hacer liberal trueco della a dos vidas, que han sido, si no precio suyo, precio de mi odio y de mi cariño. Marfisa, una dama mía, que criándose conmigo ha merecido tener las llaves de mi albedrío, predominante estrella, en mí gozando el dominio; si es que escapó viva anoche, de tanto mortal conflito, es la una; la otra es Rugero, un advenedizo hijo espúreo de los hados, que infiel, desagradecido y ingrato a tantos honores, como mi padre le hizo contra mí, contra su ley y contra su patria ha sido tan vil traidor, que ha tomado las armas en tu servicio. Y así, volviendo a la salva de que no cuerda remito, por los dos a Flor de Lis, disculpen el desvarío lo que a Rugero aborrezco y lo que Marfisa estimo. Sepa antes que responda, quién esta esclava haya sido, y si vive. Sí señor. Y a tus plantas te suplico me des licencia de que la mano a mi dueño invicto bese por tanta fineza. No solo eso te permito, mas que con ella te vayas, sin pasar a más partidos en cuanto a la libertad de Flor de Lis; que indeciso, no me atreveré a tratarlos, por no atreverme a cumplirlos. ¿Por qué? Porque aun no tocando en humanos ni en divinos fueros de ser ya cristiano, que importa más que mis hijos, y estar en mi protección, aun hay otro requisito. ¿Qué es? Que no se sabe dél, de que Marfisa es testigo; pues sabe que en esa cueva de Merlín, despojo ha sido de dos leones: a cuya causa abrasar solicito su cadáver, y acabar de una vez con sus prodigios. Sale ROLDÁN. Aun en sabiendo, señor, cuán raros, cuán exquisitos son, mejor lo dirás. ¿Cómo? Como dentro de ese risco entrando, sin que llegase ninguna guarda a impedirlo, solo vi reales palacios entre jardines tan ricos y tan hermosos, que son retratos de un paraíso; de suerte que sin horror ninguno, yendo conmigo, pues conmigo vais seguros de que sus encantos rindo, podréis todos entrar dentro. Guía, pues, que ya te sigo, que no es tan no visto asombro para dejar de ser visto. Si tú vas, ¿quién dejará de seguirte? Entran todos por una puerta, y sale por otra FALERINA, descubriéndose otra vez los jardines con RUGERO, y los leones a sus pies. Ea, ministros, ya dentro de mis jardines todos nuestros enemigos están, pues con Bradamante y Marfisa, que han tenido la culpa de mis desprecios, vienen cuantos destruirnos tratan. Y pues a Roldán, en virtud de aquel anillo que entre Malgesí y Merlín pacto contra pacto hizo, no le alcancen mis rencores; los demás, a ellos rendidos, sientan las dos venenosas fuerzas de los dos hechizos de la yerba y de la voz, mientras que yo me retiro al sepulcro de Merlín; porque no dando conmigo Roldán, contra quien no tengo poder, no tema el castigo de la venganza de todos. Vase, y van saliendo por la otra parte todos. León manso... León pacífico... Pues no podemos hablarnos como en aquel tiempecillo en que hablaban los leones, en tiempo del rey Perico, dime por señas si anda en el jardín algún ruido. ¡Y cómo que andar! Mas no atreverme ni aun a oírlo; que la reina bailarina por qui travesar he visto, hacendo no bon mandanca y así, callar el hocico, por no poderse decer por los dos callar el pico. ¿Quién vio jamás tan hermoso, bello, deleitable sitio? Ni aun la imaginación pudo atreverse a describirlo. ¿Debajo de tierra, ¡cielos!, cupo tan grande edificio? Ved si con seguridad que podéis entrar he dicho. Y no es lo más admirable lo suntuoso y lo lindo, sino lo que a mirar llego, pues estatua de aquel nicho Rugero está. Y tan inútil, que no sé si muerto o vivo. Pero a mirarlo me atrevo. A verlo me determino. Mas ¡ay infeliz! Los dos leones, que impíos nos le robaron, le guardan. Por Dios que nos han temido, con ser leones de paz. Como esos mondo haber visto. No los temáis... Harán bien. Pues yo a mis golpes los rindo. Y aun mucho menos bastar. Dentro instrumentos. ¿Qué es esto, cielos divinos? Espera, que quizá quieren sonoras voces decirlo. En esta galería, que Amor para sí hizo, y que tirano dueño se la entregó al olvido, todos han de sentir tan sin sentido, que a ser vengan, estatuas de sí mismos. ¡Qué dulce voz! A sus ecos quedé absorto y suspendido. Turbada yo. Yo confusa. ¿Qué veneno... ¿Qué delirio... ¿Qué frenesí... ¿Qué letargo... ¿Qué pasmo... ¿Qué parasismo... ...es el que me yela el pecho? ¿Qué es esto, cielos, que miro? En esta galería, que Amor para sí hizo, y que tirano dueño se la entregó al olvido, todos han de sentir tan sin sentido, que a ser vengan estatuas de sí mismos. Ajenos de sí, elevados, atónitos y rendidos a profundo embargo, yacen cuantos la voz han oído, sino yo solo, ¡ay de mí!, a cuya cuenta ha corrido su riesgo. Y pues a mi cuenta habrá de correr su alivio, sea desta suerte. Fieras, ya que a vosotros me libro, no a mí os libraréis vosotras. De Durandana a los filos moriréis, ya que sois tan fantásticos vestiglos, ¿no me decís quién es dueño deste encanto? ¿Quién decirlo poder, si no tener voz, que no sonar a rogido? Sea galán de mondonga usted un rato, por Cristo, y sabrá hablar por la mano. A aquella parte me han dicho sus señas, donde lo inculto del jardín abre un resquicio. Veré qué hay en él, en tanto que dicen voz y gemido... Entra por una puerta y sale por otra, y FALERINA huyendo, y ROLDÁN en su seguimiento. En esta galería, que Amor para sí hizo, y que tirano dueño se la entregó al olvido, todos han de sentir tan sin sentido, que a ser vengan estatua de sí mismo. ¿Quién eres, ¡oh prodigiosa mujer!, que en este retiro te ocultas acompañando un hierto cadáver frío, de cuyas manos quité en fe de no haber temido su horror, esta de metal lámina? ¿Quién, de haber visto que tú, Roldán, la has quitado de donde hasta hoy no ha podido quitarla nadie, ni aun yo, con haberlo pretendido muchas veces, a tus pies postrada de sus prodigios, rendirá la fuerza a precio de la vida. Yo te admito la condición. Pues las voces vuelvan a su contrahechizo. De aquesta galería, que Amor para sí hizo, aunque tirano dueño se la entregó al olvido. Cese, cese el encanto, y en su sentido vuelva los que estatuas son de sí mismo. ¿Qué es lo que pasa por mí? Con nuevo aliento respiro. Como de un sueño despierto. ¿Quién restaura mi sentido? ¿Quién en mi acuerdo me cobra? ¿Me restituye en mi juicio? ¿A la nueva luz me vuelve? ¿Quién me rescata en mi arbitrio? ¿Y a mí en mí me restituye? Hasta en mí faltar el chizo. Hasta en mí falta el encanto. ¿Quién, cielos, dudar me hizo, viendo aquí todos, que agora es cuando estoy más rendido a aquella divina fiera? La voz que a todos os dijo... Cese, cese el encanto, y en su sentido vuelvan cuantos estatuas son de sí mismos. ¿Qué es esto, Roldán? Haber aqueste asombro vencido, con solo haber arrancado de un cadáver que allí he visto, esta lámina. Sepamos qué es lo que está en ella escrito. Está en arábigo. Muestra pues, que yo podré decilo. Lee. «¡Ay, Falerina, de ti, el día que los dos hijos de Agramante se conozcan por herederos de Egipto! Que es el término en que está el pacto comprometido que hice, para haber obrado tantos extraños prodigios. A cuya causa, teniendo en sus fortunas dominio, y no en sus vidas, porque nunca llegase, atrevido hurté a los dos de sus cunas, a los ásperos retiros de Aglante huyendo con ellos; y para más dividirlos, al uno en un barco al mar entregué, y entre unos riscos el otro a las fieras. Esto en el último suspiro de mi vida te declaro; porque vivas sobre aviso, que en tu sueño y en la mira con que siempre los asisto. Marfisa y Rugero son en quien está su peligro.» No más, no más; que al oír que el fatal plazo cumplido está a mis hados, al mar me echaré desde este risco, donde despeñada muera en trágico precipicio. Con terremoto se vuelven a cubrir los jardines. Los jardines y palacios, todo ha desaparecido. ¡Qué asombro! ¡Qué confusión! ¡Qué portento! ¡Qué prodigio! Sin duda, escribiendo esto murió, y el cielo previno que esta lámina en sus manos durase. Con que habrás visto siendo Rugero mi hermano, si fue justo el amor mío, Bradamante. Y tú, Marfisa, si en mis celos causa ha habido hasta aquí para tenerlos, que no la hay para sentirlos. Y así la mano le doy. Con que yo, destitüido de su amor, pues sé, Marfisa, cuánto tu amor era digno, la mano te ofrezco. Yo, Lisidante, la recibo. Para que cobréis el reino, mis militares auxilios ofrezco. Mis armas yo. Con que a una acción reducidos, ambos ejércitos, paces firmaron. Y habiendo sido Flor de Lis el iris de ella, verás que al punto la envío, si no festejada, al menos servida de mis cariños. Con que podremos dar fin todos, a los pies rendidos de dos vidas, que del cielo nos deje gozar mil siglos.