1623 [Salen] el Príncipe Filipo, Fadrique su hermano, Carlos y Leonelo. Retírese la gente a la florida margen de esa fuente, y pasemos la siesta en el eterno abril de esta floresta. Aquí –que de esmeraldas ofrecen estas sombras colgaduras al monte, al valle alfombras, siendo en tantos colores gigante de zafir, pira de flores, pues, bello Adlante, hasta los cielos sube a convertirse ufano si no en pardo dosel, en verde nube– templemos los ardores del verano en tanto que amenaza el sol con saña ardiente. Noble ejercicio es éste de la caza. Hace robusto a un príncipe y valiente y el caballo brïoso le impone de una suerte ágil, galán y airoso, firme en la silla, en los estribos fuerte; las fuerzas cría y el temor destierra. Es, en efeto, imagen de la guerra, ¿Qué es ver de un fuerte espín el erizado cuello, cuando derechas de las púas que vibra forma flechas, siendo, en batalla esquiva, de su misma defensa aljaba viva; y cuando más cercado en el monte se mira de los hambrientos perros acosado, la presteza con que a uno y otro tira, reparo haciendo del subtil colmillo cuyo marfil de Adonis fue cuchillo? Y cuando más cobarde se retira, que es de ver un lebrel que, fatigado, más veloz se provoca, rendido y no cansado, haciéndose mordaza de la boca, pues la lengua se muerde cuando las presas en el bruto pierde, y al fin que, perseguido, repararse pretende, aunque seguro mal, bien defendido, mirar cómo, antes muerto que vencido, con ánimo y sin fuerzas se defiende matizando las flores con la sangre y espuma de colores, pues por boca y heridas de una suerte derrama copos y corales vierte. ¿A quién no le divierte su lucha imaginada? ¿A quién no da alegría? Pero a mí más me agrada en el aire veloz la cetrería. ¿Qué iguala al ver la garza que altanera al cielo se levanta, siendo en conquista tanta término fijo de una y otra esfera; que entre el fuego y el viento corre sin alterar el movimiento, cuando del aire en la región suprema bate las alas que en el fuego quema, y cuando, más soberbia, se remonta haciendo de su pluma al aire esmalte? ¿Qué es ver un generoso gerifalte, nuevamente a la luz restituido, conducirse atrevido a la garza y hacer en su porfía noble campaña la estación vacía, cuando en admiración grandeza suma, abrasada la pluma, los dos con vuelo ciego rayos de pluma son, aves de fuego, hasta que al suelo bajan abatiendo a la tierra el vuelo altivo dos rayos, uno muerto y otro vivo? ¿Y qué es ver, de los vientos superiores abatida la esfera, viendo en ella volar la primavera, pues aves que la pueblan de colores flores de pluma son, aves de flores, llenándole confuso de alcotanes baharíes de sacres, gerifaltes y neblíes? Mas, ¿qué venís hablando, todo hoy los tres a solas murmurando? Ya es tiempo. ¿Es tiempo, Conde? Sí, ¿qué esperas? ¿Para qué es tiempo ya? Para que mueras. Hermano, Carlos, Leonelo, ¿qué tirana furia es ésta? Pues, ¿para mí las espadas? ¿Qué injusta cólera os ciega? ¿Qué envidioso me persigue, para que de esta manera toméis venganzas, no siendo vuestro agravio mi inocencia? ¿En qué os ofende mi vida? ¿Qué injusto traidor os fuerza? Pues has de morir, escucha, para que la causa sepas. Hijos del duque Fabricio, que los estados gobierna de Milán, somos, y es bien que nuestra distancia adviertas. Un mismo padre nos dio un ser mismo, aunque en diversas madres, con tanta distancia como va de mala a buena. No es mucho que, siendo hermanos, yo noble y tú infame seas, pues no es mucho que una causa tan varios efetos tenga: si a los rayos del sol ponen blando barro y dura cera, verás ése endurecerse, verás ablandarse ésta: ¿qué mucho, pues, que en los dos imprima una causa mesma en barro humilde tu infamia y en la cera mi nobleza? Hijo natural del duque eres, que en una francesa dama te tuvo mi padre sin ser casado con ella. Muy noble dicen que fue, mas ¿qué importa que lo sea si facilidad infame disculpa mal la nobleza? Antes la descubre más, que la mancha más afea que en un paño muy humilde en una muy rica tela. Después de tenerte a ti, casó con Julia, marquesa de Ferrara, madre mía, noble por él y por ella. Murió, en fin, y nuestro padre quiere que a la Corte vengas, mudando el rústico ser que te dio una pobre aldea. Juntos nos hemos crïado y con la misma grandeza, llamándote yo mi hermano como si en todo lo fueras. El vulgo, siempre inconstante, que novedades desea, ha dado en quererte tanto que es en tu alabanza lenguas; y no por grandezas tuyas, como porque alguna estrella te ayuda, porque algo bueno en tu nacimiento tengas. Si haces mal a algún caballo te aplaude de tal manera que el hacer mal lo haces bien. Si sales a la carrera, tú sólo eres a sus ojos airoso y galán en ella, y en máscaras disfrazadas siempre es la mejor tu empresa. En las justas y torneos tu divisa es la más bella; en los festines, tus galas; en la Corte, tus libreas. Admitido de las damas, y aun sé que alguna deseas, sabiendo que tengo puestos los ojos en su belleza. Esa sortija, en que yo estoy esculpido, muestra mis celos y mis agravios: yo la di a Jacinta bella; y a tanto extremo has llegado que la fama novelera «el gallardo milanés» te llama por excelencia. De aqueste aplauso ha nacido en mí envidia, en ti soberbia. Un soberbio, un envidioso, ¿adónde quieres que quepan? Estrecho es Milán, y el mundo es estrecho, y ansí es fuerza que el uno de los dos falte y éste quiero que tú seas. Nuestro padre está cansado, y esperar su muerte engendra en mí un temor que han de hacerte el Duque de Milán. ¡Cesa! Cesa de hablar en mi agravio, y permítele a mi lengua nobles disculpas, si acaso la misma voz no se niega. Hermanos somos, y yo concedo la diferencia; pero el caballo castizo hechura es de quien le engendra. No disculpo yo a mi madre; que una liviana flaqueza tan aborrecible es que aun un hijo la condena, pero si, como tú dices, fue muy noble, mal conciertan nobleza y facilidad; no es posible que esto sea, que si es la unión de dos almas matrimonio en la conciencia, solos saben él y el cielo si fue casado con ella. Mas viniendo a averiguar tu mal nacida sospecha que, engendrada de un temor, es cobardía por fuerza, ¿qué ambiciones viste en mí de adquirir infame hacienda? ¿Qué príncipes conjurados tengo para mi defensa? ¿Con quién traté de tu agravio, o qué razones soberbias has oído en tu desprecio? ¿Qué armas previne en tu ofensa? Todos mis delitos son ser bienquisto; ¿quién creyera que porque me quieren todos un hermano me aborrezca? Pero hoy el mundo, y tú mismo, mis desdichas considera, pues de los merecimientos hago agravios, formo ofensas. Como hermano te he querido, y si hoy el duque muriera, hoy jurara yo el primero en tus manos la obediencia. Esto he dicho por dejar tu presunción satisfecha y por volver por mi honor, mi lealtad y mi inocencia, mas no para que presumas que es el temor quien me fuerza a darte satisfaciones, porque no es razón que tema traidores tan declarados. Antes de agora pudiera, pues de cualquiera fïara mil vidas, si mil tuviera. ¿Para aquesto fue la caza? ¡Venturoso aquel que llega a conocer su enemigo! Mas la natural defensa me obliga a que de los tres, como puedo, me defienda. Tres sois, y para traidores sois muy pocos. ¡Muera! Espera. ¿Qué mayor testigo quieres de tu arrogancia y soberbia, pues solo y en este monte de tres defenderte piensas? Pero porque mi intención declaradamente veas que no es matarte mas sólo asegurar mi sospecha, la vida que no te quito te doy; no quiero que mueras, sino que dentro de un día dejes de Milán la tierra. Pasa a otros reinos, adonde tan grande ventura tengas que vengas a ser señor por tus armas o tus letras; que mi palabra te doy de darte ayuda en las guerras, darte crédito en las paces, y para todas mi hacienda. Déjame en Milán seguro. Mejor, Filipo, dijeras, «Parte siguro», que yo lo iré, pues que tú lo quedas. Mas ¿quién ha visto que pida seguridad tan incierta el traidor al que es leal, la malicia a la inocencia? Yo me iré, no porque pienses que ejecuto tu obediencia, sino por hüir de ti, y ¡plegue al cielo que pueda!, que de un traidor poderoso mal podré tener defensa desde los brazos del sol hasta el centro de la tierra. Mas sólo el que es bien nacido quiero que en los dos se sepa: yo, que no busco venganzas; tú, que traiciones engendras. El que por sí mismo es noble sólo este nombre merezca; que no excede la heredada a la adquirida nobleza. Un día me das de plazo; no le quiero, porque adviertas que no he de vivir un día volviendo atrás la cabeza; pues que viviendo a tu lado era ya, Filipo, fuerza vivir mirando tus manos, morir guardando tu lengua. Desde aquí me tengo de ir, no cargado de riquezas, que las del propio valor son más estimadas prendas, y tanto, que este vestido no he de llevar, porque veas que aun un vestido no llevo adquirido de tu tierra. Sólo aquesta espada elijo por mi amparo y mi defensa; mas, no yendo tú tras mí, aun voy seguro sin ella; (Adiós, Jacinta.) Aparte. Vase. No sé si en dejarle vivo aciertas. A un poderoso señor dale muerte y no le ofendas. Como un loco va arrojando los vestidos por la selva. Ansí dirá tu traición. ¡Ay Carlos, bien me aconsejas! ¡Bien me aconsejas, Leonelo! Seguidme los dos, y muera. Vanse y sale Fadrique sin el vestido, con la espada desnuda. Porque pasando adelante atrás mi valor no vuelva, no busco mejor camino que el de esta partida peña por cuya cavada gruta el Po despeñado entra. Salen con las espadas desnudas. ¡Matalde! ¿Ya te arrepientes? ¿Este instante aun no me dejas de vida para quejarme? Ah, traidor. Tu muerte es cierta. Aun me cerró la fortuna camino por donde pueda huir, si al río no me arrojo; no es desesperación ésta, cuando tan cierto peligro dejo por la contingencia (y aunque el cuerpo al agua arrojo, Jacinta, el alma te queda.) Dadme corriente sepulcro, aguas, en las ondas vuestras: no viva en la tierra yo y en vuestras espumas muera. Aparte. ¡Qué gran valor ha mostrado! Gran resolución es ésta. Ya desde aquellos peñascos a las aguas se despeña. Morirá del golpe. Ya de su desdicha me pesa. ¡Ay, Fadrique, yo te he muerto! ¿Qué habemos de hacer? Que sea nuestra mentira verdad y la necesidad, fuerza: decir al duque que, yendo con una veloz carrera en un caballo, cayó desde aquestas mismas peñas y que el Po le dio sepulcro. La verdad, Carlos, es ésa, pues corriendo su fortuna hoy mi envidia le despeña. Vanse, y sale Marcial, criado de Fadrique, como que lo ha visto. ¡Oh, mancebo generoso, a cuya noble grandeza aun es limitado acento la fama, haciéndose lenguas! ¡Quién a costa de su vida darte en sus brazos pudiera favor contra la fortuna y contra las aguas fuerza! Perdona si, cuando vi a tu pecho las opuestas espadas que dio la envidia, no me atreví a tu defensa. Sabe el cielo si mi pecho escudo a su golpe fuera, mas a golpes de Fortuna no hiciera yo resistencia. Desesperado a las aguas te arrojaste, y yo siguiera tus pasos, mas no son pasos los que vas dando por ellas. Este caudaloso río divide diversas tierras: estas son del de Milán, del Duque de Mantua aquellas. ¡Oh, si los cielos piadosos darte paso permitieran, para que de esotra parte vida a lo menos tuvieras! ¡Oh, si de los pescadores que en breves vasos navegan este piélago, ayudado milagrosamente fueras! ¿Qué he de hacer? ¡Direle al duque esta traición! Pero cesa, lengua, porque del hablar resultan mayores penas. (Vase, y salen Celia y Flora, vestidas de caza.) ¿No te divierte este prado, que, matizado de flores, en variedad de colores es un hermoso dechado[Z23r] del cielo, porque sus bellas plantas forman deleitosas un laberinto de rosas, como en el cielo de estrellas? ¿No te alegran estas fuentes, dulces por lo lisonjeras, süaves por lo parleras e ingratas por sus corrientes? ¿No te da gusto este monte, a quien el sol de sus lumbres corona las altas cumbres, términos de este horizonte, pues al descubrir su coche, y al venir la noche fría, es atalaya del día y sepulcro de la noche? Aquesta boca, por donde dividiéndose a pedazos el Po dilata sus brazos y en esas peñas se esconde, di, ¿no te causa alegría? Antes pensar en su gusto aumenta más mi disgusto. ¡Extraña melancolía! Desde la Corte veniste a esta selva, donde estás para divertirte, y más parece que a estar más triste. Poco, señora, te debo, pues tanto de mí has guardado este secreto cuidado; y a preguntar no me atrevo de qué procede el rigor que te aflige; y si no fuera atrevimiento, dijera, Flora, que tienes amor; que un continuo suspirar, un abrasado sentir, un siempre mudo decir con un parlero callar, efetos son de quien ama. Sin duda que quieres bien; dime, por tu vida, a quién. Escúchame, pues la fama, Celia, que ocupa veloz los ecos más escondidos, tal vez tocó a mis oídos con acentos de su voz, porque por diversos modos, o enfadosa o lisonjera, es la fama pregonera espíritu que habla en todos. A mis oídos llegó el nombre de un caballero; que decirte que le quiero fuera hacerme ofensa yo, pero, aunque te lo dijera, nada, Celia, aventurara, pues lo que a mí me agraviara a mí me lo agradeciera. Al fin, su opinión es tal, que si no le quiero bien, Celia, porque no sé a quién, sé que no le quiero mal. Esto basta que te diga, y aun esto no pensé decir. Sí; pero a tanto sentir, ¿qué causa, Flora, te obliga? ¡Qué mal mi disgusto ves! Saber lo demás espero. Sabrás que este caballero don Fadrique Esforcia es, que del Duque de Milán es hijo; y de dos que tiene, al otro el estado viene; y aquí mis penas están. Darme estado ha pretendido mi padre, y de aquestos dos el que yo aborrezco, ¡ay Dios!, me ofrece para marido, para cuyo triste efeto o para que muera yo, Otón a Milán partió con tal recato y secreto. Dicen que es Filipo un hombre crüel, soberbio y tirano y que es, al revés, su hermano de apacible fama y nombre. Mira si causa he tenido, Celia, para congojarme, pues quiero a otro sin casarme y aborrezco a mi marido. Dentro Fadrique. ¡Ay de mi! ¡Infelice suerte! Allí un hombre agonizando, con el agua peleando está bebiendo su muerte; y cuando a hablar se provoca, apenas el labio mueve cuando por viento agua bebe, que es mordaza de su boca. Ya de una ola arrojado en la arena ha parecido, de la espuma producido, en las ondas engendrado. Y ya nadando en el suelo parece que vuelve en sí. ¡Qué gran lástima! Sale mojado. ¡Ay de mí! ¡Qué pena! ¡Válgame el cielo! Mil parabienes me doy de su vida, porque hacía mayor mi melancolía su desdicha. ¿Dónde estoy? ¿Qué tierra es ésta que veo?, o ¿qué cielo es el que miro?, que, pues ángeles admiro, con justa causa lo creo. ¿A quién he de agradecer la piedad de haberme dado la vida? ¿Quién me ha sacado aquí? Quien desea saber quién eres, y qué importuna suerte infeliz te ha traído al teatro donde has sido tragedia de la fortuna o parto del Po. Diré mi infeliz suceso cuando sepa a quién estoy hablando; porque mientras no lo sé, a decirlo no me atrevo, señora, porque no es bien que hable sin saber a quién y el decoro que le debo. Duquesa de Mantua soy. No te levantes; responde. (Prueba a levantarse.) Bien dices, que no hay adonde mientras a tus pies estoy; mas déjamelos besar. No has de levantarte: di tu nombre sentado. (Aquí quién soy me importa callar.) Aparte. Salen el Duque y Otavio. Flora quedaba con él. Gran ventura fue que a nado saliese. Pues has llegado, oirás su suerte crüel. Milán, señora, es mi patria, aunque en ella, humilde y pobre, mis bienes son mi fortuna y el Desdichado mi nombre; y tanto este nombre ha sido a mis sucesos conforme que, aunque pretendo callarle, mi estado le dice a voces. Humildes padres me dieron limpio origen, si no noble, en cuyo amparo viví en tanto que de arreboles renovándose en su fuego, fénix de sus resplandores, doce veces coronó el sol a los signos doce. Sin padre entonces quedé, heredando sólo entonces un barco, pobre aun de remos, de dichas y de favores. Con éste mi padre andaba entre otros pescadores que, labradores del agua, la labran cuando la rompen, pues en mal formados sulcos que dejan, si en ella corren, sembrando engañosas redes escamado el fruto cogen. Con él heredé el oficio: ¡mil veces infame el hombre que a sí mismo se sujeta, esclavo de lo que come! Avecindado en el agua viví sus ondas veloces, de un leño conducidor, alma de un robusto roble. Hoy que, más sereno, el día prometió gustos mayores, fié al agua mis deseos, al viento mis presunciones; mas quien del viento se fía con locas satisfacciones, su misma facilidad, no la de sus cursos, llore. Al tiempo, pues, que este río segunda vez se recoge, dejando llena la arena de conchas y caracoles, un ignorado raudal me arrebató en sus disformes corrientes, sin que los remos resistieran sus rigores. Dejéme llevar del curso, trocando el esfuerzo en voces, mas voces del Desdichado aun el viento no las oye. Arrojé al agua el vestido, y de mis humildes dones sólo reservé esta espada, propia inclinación del hombre. A discreción de las aguas llegué a unos peñascos, donde en breves pedazos vi dividido el barco pobre. Oh rigurosa Fortuna, ¡qué trofeos te propones!, ¡qué vitorias te prometes!, ¡te adjudicas qué blasones! En un rendido te vengas: infame es tu acción, no noble. Mas, ¡ay!, que humildes rüinas ensayos son de tus golpes. Luchando con la corriente quedé vivo barco entonces, haciendo remos los brazos y los ojos dos faroles. Montes de agua eran las olas, siendo ya mis miembros torpes apenas falda de uno, cuando cumbre de otro monte. ¡Cuántas veces, ya rendido, di a la muerte mis acciones, y el deseo de vivir me otorgó fuerzas mayores! Nadando, pues, en veneno –que bien merece este nombre quien dio, bebida, la muerte–, llegué a aquesta orilla, donde halle en tu piedad asilo, en tu nobleza favores, amparo en tus nobles manos y vida en tus plantas nobles. ¿A quién no le ha enternecido tu relación lastimosa? ¡Oh, Fortuna rigurosa, que con un pobre lo has sido! ¿Un barquillo no perdonas? Mas, golpes ejecutados en tan humildes estados amagos son de coronas. Antes pienso que asigura su misma inconstancia ansí, pues quebrando el golpe en mí la corona está segura. ¿Piensas otra vez volver a vivir la espuma fiera? No, señora, hasta que adquiera más fuerzas y más poder. Madre del hombre es la tierra, y huir el peligro conviene, pues el que madre no tiene en no asegurarse yerra, porque, en fin, está violento y sujeto a una traición. Pues, ¿quién los traidores son en el río? El agua y viento. ¿Traidores son? ¿Qué mayores que los míos, pues se pagan de hacer mal, y cuando halagan son sus entrañas peores? El día más claro es el de mayor tempestad, que llaman con amistad para vengarse después. O tu término o tu estado de suerte me ha enternecido que con piedad me ha movido y con valor me ha obligado. Aquí entre el Rin y el Po tengo, murados de agua y jazmines, unos hermosos jardines donde a divertirme vengo, y si, en tanto que destierra tu pecho el temor que fragua, cansado de labrar agua quisieres labrar la tierra, porque más seguro estés, en este ameno lugar te puedes ahora quedar. Dame, gran señor, tus pies; que aquí esperaré que amanse a sombra de tu favor de la fortuna el rigor. Llevalde donde descanse. (Vanse todos, y quedan Flora y Celia.) ¿En qué estás imaginando? ¿De qué estás tan divertida? Ese sentimiento olvida. ¿No sabes qué estoy pensando, Celia? Que no es este hombre, como él dice, pescador, sino hombre de más honor, de más calidad y nombre. En Fadrique hablando estaba Amor, que en mi pecho ha sido antes muerto que nacido, cuando la desdicha brava puerto en esta orilla halló; y este hombre, Desdichado, el retrato imaginado de mi memoria quitó, y a su presencia mudado, mil veces me parecía que era el mismo que tenía en la idea dibujado, y consultando el rigor que en tan grande extremo ves, éste es Fadrique, o es a quien yo he tenido amor. ¿Eso dices? Pues es bien que acredites tal sospecha. Sí, Celia, pues ya estoy hecha a amar sin saber a quién. Tu grande melancolía casi en locura ha parado. ¿Tú, Celia, no has reparado su lenguaje y cortesía? ¿Tú no advertiste que, cuando helado y muerto salió, lo primero preguntó quién era al que estaba hablando?, y esto viendo el modo en todo que al lenguaje le conviene, pues el rústico no tiene diferencias; que de un modo habla siempre. A tu argumento está, Flora, respondido: un bruto es agradecido y del agradecimiento fue esa pregunta engendrada. Sí, pero en tan gran tormenta no hacer de otra cosa cuenta sino de sólo la espada no es humilde inclinación, sino de pecho brïoso, más noble y más generoso. ¡Oh, qué bárbara opinión!, pues la inclinación no fue de la sangre procedida; que es negada o concedida de la estrella. ¿No se ve al más honroso ejercicio tal vez un pobre inclinado, como el más noble y honrado tal vez entregado al vicio? ¿Qué mucho que se inclinase a la espada, que es acción propia del hombre? Razón tienes en aquesto: pase; mas, ¿la sortija del dedo con un extremado engaste? ¡Qué despacio le miraste! Pero disculparlo puedo con decir que la compró por cosa menos pesada; que quien siempre el agua nada tales prendas procuró. ¿Y tan dulces las razones? ¿Las penas tan declaradas? ¿Las palabras tan cortadas? ¿Tan corteses las acciones? ¿Aquel callando decir? ¿Aquel con valor llorar? ¿Tan a tiempo el suspirar, disimulando el sentir? Quejarse de la fortuna ningún hombre humilde sabe, porque en su pecho no cabe sino una queja importuna, llorada rústicamente. Con el viento el mar se altera, con causa brama una fiera, que todo su pena siente: el agua una piedra ablanda. ¿No sabes lo que sospecho? ¿Qué? Para rústico pecho muy delgada era la holanda. Vanse, y sale el Duque de Milán Fabricio, Otón y acompañamiento. Dirasle, Otón, al duque cuánto estimo esta elección que de Filipo ha hecho, y que en el alma su memoria imprimo, y, porque quede en todo satisfecho, que con la ejecución del casamiento he de decir lo oculto de mi pecho. No muestro en las palabras el contento; y Filipo en extremos le mostrara, si de la caza el fin siempre sangriento para acciones tan propias le dejara. En ella ocioso se divierte ahora, inadvertido de merced tan rara, con Fadrique, su hermano, porque ignora la ventura de bien tan soberano. Mas en su nombre a la divina Flora, ¡oh noble Otón! le besaréis la mano. Y ahora en el mío de besar la tuya pues en esta ocasión tanto honor gano, esta unión quiera el cielo se concluya. Salen Filipo, Carlos, Leonelo. ¿Y mi señor el duque? Cuando advierto tu turbación, no sé qué es lo que arguya que ha sucedido; que del daño cierto e incierto de la causa estoy dudoso. Habla, prosigue, pues. Fadrique es muerto, por quitar de tu duda el fin penoso. ¡Ay, Filipo! ¿Tu lengua no callara? ¡Dejárasme dudar el riguroso suceso que temí!, pues que no hallara más tirano rigor imaginado ni dolor que más pena me causara. ¿Cómo murió, Filipo, el desdichado? Un caballo corría que, violento, era en la tierra un hipogrifo alado y un águila sin plumas en el viento. A aqueste, pues, Fadrique presumía fatigar, apurándole el aliento, y tan firme la espalda le oprimía que, discurriendo por la verde estancia, medio caballo y hombre parecía. La presunción, la bárbara arrogancia a la alta cumbre le subió, de donde midió de su eminencia la distancia. El Po en sus ondas fúnebres le esconde, que aun el cuerpo no goza de la tierra; y aquí el silencio a mi dolor responde. ¡Qué bien te dan el nombre de la guerra; oh, cuánto, caza, a su rigor convienes! Mas porque veas lo que el mundo encierra cuando a darme esas tristes nuevas vienes, su pena he de pagarte con contento y tus pésames hoy con parabienes. El de Mantua me ofrece en casamiento para ti su divina Flora. ¡Ingrato respondes a su noble ofrecimiento! A aquesto vino Otón con tal recato que sin verte hoy a Mantua se volvía. Es Flora de beldad vivo retrato, donde verás sin sol lucir el día, donde vive cifrada la hermosura; con ella Amor a Apolo desafía. Al duque le dirás la desventura de Fadrique, que al alma me ha llegado, y que el amor satisfacer procura cuanto estoy a sus honras obligado. Direle tu desdicha y tu deseo, y tanto su tragedia me ha pesado que no menos dolor en mi alma creo. ¡Ay hijo, con razón el desdichado, de tu mismo valor fuiste trofeo! Vanse el Duque [Fabricio] y Otón. Paréceme que has sentido las nuevas del casamiento. De Fadrique el fin violento causa de mi pena ha sido. Bien fingiste la caída y el llanto a tu falsa fe. La caída sí lo fue, mas la pena no es fingida. Si tu envidia pretendió su muerte, ¿que estás ansí? Su destierro pretendí, Carlos, que su muerte no. Nunca pensé yo que hiciera tan grande temeridad, sino que su voluntad al temor obedeciera y de Milán se ausentara. Siempre fue nuestro concierto tenerle ausente, y no muerto, porque después se acabara mi temor, y libremente conmigo a Milán viniera, donde alma y vida le diera. Presto un traidor se arrepiente. Mas volviendo a lo tratado, señor, de este casamiento, ¿qué sientes de Flora? Siento, Carlos, un nuevo cuidado; pero hiélame también el llegar a imaginar que me tengo de casar sin ver primero con quién. Fuerte cosa es que sin vella a ser su esposo me obligo, y sin consultar conmigo si podré vivir con ella. Mi resolución ignoro,… y más cuando en mi deseo turbados los ojos veo de Jacinta, a quien adoro. Salen Jacinta con un pañuelo en los ojos, y Marcial. ¿Quién duda que por la muerte de Fadrique será el llanto? ¿Tanto amor le tuvo? Y tanto veneno mi pecho vierte, vuelto en fuego, por los ojos, como lágrimas los suyos. Bien han mostrado los tuyos que son celosos enojos. Háblala. No será bien que pague en extremo tal culpas de quien quiere mal, llanto de quien quiso bien. Vanse los tres. Vuelve, Marcial, a decirme las nuevas de pena llenas, porque ya sólo con penas has de poder divertirme. ¿Fadrique se despeñó? Cuéntase de muchos modos, y aunque ansí lo vieron todos, diferente lo vi yo. Pues, ¿cómo, con tristes llantos, cuando la nueva me diste de este modo lo dijiste? Por no desmentir a tantos. Un hombre, señora, había, con tal opinión y nombre de que no era para hombre mas para mujer sería; y bien claro lo mostró, pues un día su mujer, como suele suceder, un hijo muerto parió, y no haciendo de esto espantos dijo, como agora puedo: «Sin duda murió de miedo de haber desmentido a tantos». ¿Pues Fadrique no cayó? No me aprietes tanto ahora, si tú no quieres, señora, que muera de miedo yo. ¿Cómo su desdicha fue? Fíate, Marcial, de mí. ¿Corrió? No. ¿No cayó? Sí. ¿Y murió al fin? No lo sé. Su infelice muerte dudas, y cuando mi pensamiento de tan creído tormento a la contingencia mudas, ¿callas tanto? Si no ha muerto, ¿por qué me quieres negar este gusto de dudar? Haz mi cierto llanto incierto, que el secreto te prometo. Es guardar, en caso tal, joya en caja de cristal fïarle a mujer secreto; pero, ¿sabes lo que creo? Que en mujer me he transformado, porque una vez me han rogado lo mismo que yo deseo; pues si quisieras tener venganza de mi tardanza, fuera la mayor venganza el no quererlo saber. Sabrás, pues, que las razones de este suceso no oí, porque solamente vi desde lejos las acciones. Yo, que siempre me anticipo, fui donde desenvainadas tenían las tres espadas Carlos, Leonelo y Filipo, y Fadrique; un poco anduve sólo, porque se quedaban todos, y viendo que estaban suspensos, también lo estuve. Mucho hablaron, y después Fadrique se desnudó y a las ondas se arrojó. Aquesta la verdad es. Sus vestidos por el río luego los tres arrojaron; y aquesta voz publicaron del caballo; yo confío que el cielo dará favor a su inocencia en tan graves desdichas. ¿Tú acaso sabes si él era buen nadador?, que yo no le vi nadar en mi vida; que con eso pudo, aunque extraño suceso, de esotra parte llegar; o por ventura ayudado de algún pescador sería. Que tan grande tiranía haya un Príncipe engendrado, ¿quién podrá, Marcial, sufrillo? Mi llanto y mi pena crece. Calla, que ya me parece que revientas por decillo. Pues yo, Fadrique, he de ir a saber de ti y buscarte; pasaré de esotra parte. Yo tengo de descubrir si vivo o si muerto estás, ya que en mi suerte se ha hallado el primero bien dudado. ¿Tú no me acompañarás para que pase adelante mi intento? En cualquier rigor yo buscaré a mi señor. Y yo buscaré a mi amante. Pero tú… Nada diré. Ni yo pienso decir nada si estás ya determinada. ¿Cómo más oculta iré a este amoroso suceso? ¿Vestiraste de hombre? No, no me aplico al traje yo y es muy de comedias eso. Pues ponte de labradora; que encubre mucho su traje, mudando sólo el lenguaje. Aquesta noche a deshora saldré. ¡Ay, cielos, lo que intenta con amor una mujer! Pues si pretendes saber mi temor, estame atenta. Un tuerto a comp[r]ar venía pan a la plaza, y topó un cojo, que preguntó a cómo aquel pan valía. Había hambre entonces cara, y encareciendo su afán le respondió: «Cada pan cuesta un ojo de la cara». Díjole el cojo, importuno: «¿Cómo vais tan afanado, tuerto, si no habéis comprado sino solamente uno?» El tuerto dijo: «No sé, pero, cojo mentecato, no comp[r]aréis más barato pues no vais con mejor pie.» Uno y otro se amohinó, y andando los dos al morro, al pacífico socorro un corcovado llegó, y habiéndose apaciguado aquella pendencia brava, se halló que cargado estaba solamente el corcovado. Aplico: Filipo es cojo, que anda sin sosiego, y tú el tuerto, y aun el ciego, pues tu peligro no ves, y yo soy en estas fiestas medianero entre los dos; ¡ay Jacinta, plegue a Dios no saque el ajuar a cuestas! Pues que yo tu amparo escojo, seguro vas a mi lado. ¡Si no me hace corcovado algún tuerto o algún cojo! Vanse y sale Fadrique solo en hábito de villano, con un azadón. Siempre inconstante Fortuna, para el curso a un desdichado, pues a tan humilde estado no se vio llegar ninguna; si tu mudanza importuna para humillarme ha de ser, no tengo ya qué temer; que si tu tirana guerra me ha abatido hasta la tierra, ¿adónde podré caer? Antes te quiero pedir que te vuelvas a mudar, pues si no hay dónde bajar por fuerza será a subir, pero si llego a advertir la pena que el alma alcanza tu mudanza es mi esperanza, y tal mal mis ojos ven que para hacerme a mí bien aun faltará tu mudanza. Regid, humildes deseos, en el campo, no un bastón, sino un rústico azadón, que aquestos son mis empleos; las flores son mis trofeos, su número mis rigores, mis desdichas sus colores; y así el azadón desvele que es bastón que regir suele un ejército de flores. Sale Flora, sola. Al azadón arrimado se ha quedado divertido, y el movimiento y sentido tiene a la memoria atado. Quiero hablarle. ¡Ah, Desdichado! ¿Qué pensamiento penoso te tiene en el campo ocioso? Al nombre no respondí, que si en tu boca le oí, serlo en ella es ser Dichoso. Gozando venturas tantas mal ese nombre me toca, que no lo es quien la boca pone donde tú las plantas. Si de oírme no te espantas, oye lo que eres ahora: anunciando el sol, Aurora; Venus en la caza eres; en aquesos campos, Ceres y en estos jardines, Flora. Aquesta tierra no tiene ya qué cultivar en ella, si a verter su copia bella Flora entre sus rosas viene; el viento el curso detiene; las fuentes, el blando acento, las aves, el movimiento; y el sol tiempla sus rigores, que por diosa de las flores todo está a tu voz atento. ¿Vate en la tierra mejor que en el agua? No lo sé, puesto que en la tierra hallé otra tormenta mayor. ¿Tormenta? Y con tal rigor que en mis lágrimas me anego, aunque abrasado navego, pues en olas de agua allí me vi abrasado, y aquí lo estoy en ondas de fuego. Allí me dieron desmayos agua y viento contra mí, y entre tierra y fuego aquí me anego bebiendo rayos. Son de la fortuna ensayos o pruebas del sufrimiento. Sin duda vivo violento, pues en cualquiera ocasión siempre mis contrarios son agua y tierra, fuego y viento. Tus razones he escuchado y presumo que este traje buscó prestado el lenguaje o él el vestido prestado. ¿Dónde un pescador ha hallado esos modos de decir, de hablar y de discurrir que en tu entendimiento veo? Pudo darlos el deseo con que te pienso servir. A creer lo que sospecho el alma se determina, que aquese sayal es mina del oro que está en el pecho. ¡Quién dejara satisfecho, bella Flora, ese temor, con tener tanto valor como en tu sospecha está! Pero ¿quién, Flora, creerá a un humilde pescador? Yo te creeré. Si tú das crédito a la humildad mía, algún secreto algún día del jardinero sabrás; que más no te diré más. Tus razones considero, y por entenderlas quiero venir mil veces a oírte Y yo seré por servirte desde hoy tu jardinero. ¿Qué sembrarás? Una flor. ¿Cómo se llama? Esperanza. ¿Crece mucho? ¡Quién la alcanza! ¿Y qué fruto lleva? Amor. ¿Quién la alentará? Un favor. ¿Y la aumenta? En él estriba. ¿Él la alienta? Él la cultiva. ¿Quién la merece? No sé. ¿Y quién la alcanza? La fe. ¿Qué flor es? La siempreviva. ¿No es buena? Tiene belleza. ¿Y alégrate? Sólo oílla. ¿Y otra no? La maravilla. ¿Y qué flor es? La firmeza. ¿Quién la tiene? Quien empieza. ¿Cómo? Sirviendo con veras. Yo las tendré. Pues, ¿qué esperas? Fe fiel. Yo, firmeza altiva. (¡Ay, si fueras siempreviva!) Aparte. (¡Ay, si maravilla fueras!) Aparte. Salen Flora y Celia. En notable extremo das. ¿En qué su nobleza ves? En que es cierto que lo es, y yo no sé lo demás. Un hombre no conocido que muerto el agua arrojó en estas arenas, ¿dio tal hechizo a tu sentido? ¿Qué trofeo te asigura su calidad y nobleza? ¡Plegue a Dios que tu tristeza no haya parado en locura! Deja el loco pensamiento y advierte que ya ha venido Otón, y que te ha traído nuevas de tu casamiento. Deja ciegas ilusiones de Fadrique, a quien no viste, y de un hombre a quien oíste dos no rústicas razones, pues de Fadrique ya estás con justa causa olvidada, y luego, desengañada, del pescador lo estarás. ¡Celia, Celia! Nunca ha sido tan fácil mi voluntad que dé con facilidad aquí crédito, allí oído. Las alabanzas oí de ese Fadrique, y mi fe por relación incliné a quien en mi vida vi. Imaginé que era un hombre discreto, galán, valiente, cortés, afable, prudente, generoso y gentilhombre, y como le imaginé, desta manera le vi en el pescador, y así a su humildad me incliné; y si en mi concepto a él o a Fadrique hice favor, a éste como a pescador y como príncipe a aquél, si el casarme yo sentía era porque, en pena brava, a Fadrique me inclinaba y a Filipo aborrecía; y si mi confuso amor a mi concepto conviene, el Desdichado le tiene, pues no le falta el valor. ¡Aquesa es tu locura! Sale[n] el Duque de Mantua, Otón y Otavio. En fin, ¿responde el de Milán que estima mi deseo? Noblemente a tu gusto corresponde, agradecido a tan igual empleo. Flora mía, ¿aquí estás? Señor, ¿adónde puedo mejor, cuando a tus pies me veo? Parece que te trujo el pensamiento llamada de tu gusto y mi contento. Ya estás casada, Flora, y es… Detenga tu lengua agora el pensamiento injusto, que para que yo eterno gusto tenga basta saber que ha sido con tu gusto. ¡Grande obediencia! Al punto se prevenga común aplauso a mi grandeza justo. Con no menor el de Milán viniera, si una tragedia no le detuviera. Fue la mayor que el sol resplandeciente vio, presidiendo en trono luminoso desde la cuna que le da el Oriente hasta el Ocaso que es sepulcro undoso. ¿Y qué fue? Que murió infelicemente Fadrique, hijo del duque, que animoso de un caballo veloz domaba el brío, y desde el monte le despeña al río. Hecho pedazos en el agua encierra su cuerpo desdichado, que procura tiranizar los huesos a la tierra, dándole en ondas fría sepultura. El gusto más cabal más pena encierra; sigue el pesar a la mayor ventura. Vente conmigo, Otón, para que escriba el pésame, que es bien que yo reciba. Vanse los tres, y quedan Celia y Flora. Celia, ¿es verdad lo que he oído? ¿Es verdad lo que he escuchado? ¿Qué es lo que por mí ha pasado? ¿Qué es lo que me ha sucedido? Estas nuevas me ha traído Otón de mi daño incierto. Dos penas en él advierto cuando sus nuevas recibo, pues tray mi tormento vivo y mi pensamiento muerto; y el uno y otro es tan fuerte que no sé, a los dos rendida, entre la muerte y la vida cuál es la vida o la muerte: si en la de Fadrique advierte mi amoroso pensamiento, morir en su muerte intento o llorando otro rigor, porque no es muerte menor un forzado casamiento. Si das en tan grande extremo, la imaginación o el llanto pueden en tu pecho tanto que tu vida o juicio temo. Celia, en un fuego me quemo, y en lo que pensando estoy yo misma la llama doy, porque más mi daño advierta. A llamar quien te divierta con música o juegos voy. Vase Celia y sale Fadrique. Sólo mi tormento olvida, noble Desdichado, el verte, pues de Fadrique la muerte hoy resucita en tu vida. Quiero fingirme dormida, por notar con atención las palabras o la acción que tiene en tantos enojos, pues que fingidos mis ojos linces vigilantes son. Aparte. ¡Ay, Fadrique desdichado! ¿A qué término has venido de un pobre sayal vestido, de un rico sol abrasado? ¿Qué atrevimiento te ha dado tan altivo pensamiento? Pues aunque merecimiento tienes, ¿quién creerá tu honor? Pero prueba del valor fue siempre el atrevimiento: yo me quiero declarar, diciendo a Flora quién soy y por qué causas estoy en tan humilde lugar; mas, ¿quién a mí me ha de dar crédito? Pero, ¿qué veo? O la finge mi deseo, o Flora es, por quien dormida es ya imagen de la vida quien de la muerte es trofeo. ¿Quién podrá igualarte ahora, cuadro, en hermosos colores, si sobre tus bellas flores dormida tienes a Flora? Aves que duerme el aurora, aumentad vuestro placer, que si siempre suele ser haciendo al día la salva, cantad, que, pues duerme el alba, forzoso es amanecer. Un escultor que labró una diosa en extremado mármol, quedó enamorado de lo que perficionó; a Júpiter le pidió alma para la escultura y él se la dio –¡gran ventura!–; y lo mismo imaginara si a este instante despertara con alma tanta hermosura. ¡Ay, Flora!, si tú supieras quién soy, aunque te espantaras, ni mi llanto despreciaras ni de mi amor te ofendieras. Fingir pretendo las veras: aquí me quiero ensayar cómo tengo de llegar y, haciendo cuenta que estoy con Flora, decir quién soy, pues no me puede escuchar. Flora, en viéndote rendí mi vida… Mal he empezado, que claro está que abrasado estoy después que te vi. Por fuerza… Mal voy ansí, pues, aunque fuerza no fuera, por voluntad te quisiera; porque, a tener libertad, hiciera la voluntad lo que la fuerza no hiciera. No te espantes si te doy admiración, que en tal traje hable con este lenguaje; que, aunque en este estado estoy, don Fadrique Esforcia soy, que de un monte despeñado llegué a tus plantas ahogado, y no sé si río pasé, puesto que en ellas me hallé, más que mojado, abrasado. Tu incredulidad sospecho; que, como llegué desnudo…; pero que fuese no dudo porque tú vieras del pecho el fuego en que está deshecho. Desnudo, Flora, llegué, y la causa de esto fue[M23v] porque, huyendo de un rigor, en las manos de un traidor todo el vestido dejé. ¡Bien haya el traidor hermano que tanto mal me causó, para que gozase yo un favor tan soberano! Hoy más que he perdido gano, que en la desdicha que vi sólo a Jacinta perdí; pero ya me causa enojos, después que en tus bellos ojos dos claros jacintos vi. Mi tragedia te he contado, mi historia te he dicho aquí, y en haberla dicho así parece que he descansado, pues con esto me he excusado de que tú lo hayas sabido; con esto el deseo he rompido, y ya no te lo diré. Ya no tienes para qué: todo, Fadrique, lo he oído, y no me he maravillado, que nada se adelantó tu honor para lo que yo te tenía imaginado. ¿Qué es, Flora, lo que has soñado? Que eres Fadrique,… ¿Ese es tu sueño? …que aquí te ves por un traidor perseguido,… ¡Notable tu sueño ha sido! …y que en ese traje estés; pero el traje, ¿qué importaba si el alma se descubría y diamante parecía que engastado en plomo estaba? Quien ausente te adoraba presente ha venido a verte; quien creyó tu infeliz suerte mira su dicha crecida; y al fin, te mira con vida quien ha llorado tu muerte. Ya, Fadrique, lo he sabido todo; todo lo he escuchado; los oídos han velado si los ojos han dormido: falso el disimulo ha sido. Señora, lo que yo hablaba de Fadrique era, y estaba divertido en su castigo. No disimules conmigo. (¿Quién vio confusión más brava? Si aquí quién soy la concedo, que se sabrá luego es llano en Milán, y de mi hermano vivir siguro no puedo. Acobárdame este miedo, pero a Flora no quisiera que el negarme yo ofendiera. Esto me detiene luego,… mas nada concedo o niego con irme.) Aparte. Fadrique, espera. No soy Fadrique (¡Ay de mí!). Aparte. Pues, pescador. ¿Soylo yo? ¿No eres pescador? Sí y no. ¿Y eres Fadrique? No y sí. Pues, Desdichado, ¡oye! Así el mejor nombre has hallado, pues huyo lo que he deseado. Vase. Advierte a tanto rigor, Desdichado pescador o Fadrique desdichado,… Sale Celia. ¿De qué tantas voces das? Tú llegas, Celia, a ocasión que de mi imaginación hoy el efeto verás. ¿Cuántas veces te decía que el fingido pescador más calidad, más honor y más nobleza tenía? Pues, Celia, para que estés de mi verdad satisfecha y acredites mi sospecha: don Fadrique Esforcia es. Estás ya desengañada de las voces que me cuesta el que tú lo creas. (Esta ya es locura declarada. Como siempre imaginó que era noble, y supo cierto que ya Fadrique era muerto, los dos hombres confundió e hizo uno de los dos, creyéndole a su cuidado que es Fadrique el Desdichado. ¡Loca está! Válgate Dios, ¿quién ha de negarlo?, ¿quién ha de ponerse en razón con tal imaginación?) Aparte. ¿Qué te parece? Muy bien, y si yo te lo negaba era porque te temía, no porque no conocía el valor que oculto estaba. Como ves que ya es verdad y que negarlo no puedes, por fuerza me lo concedes. Pues su mucha calidad, ¿cómo pudiera negarte? Mil veces el alma vio que éste era Fadrique. Y yo mil veces quiero abrazarte. Al duque quiero decir quién es, porque claro está que encubierto se dirá que por mí pudo venir. Dices bien, y se asegura con decirlo tu temor. ¿Quién vio ventura mayor? Vase. ¿Y quién vio mayor locura? ¿Hay lástima semejante? ¿En esta loca porfía paró tu melancolía? ¿A quién habrá que no espante y no le enternezca verte con tanta hermosura loca? ¿Y a qué llanto no provoca el mirarte de esa suerte? Al duque quiero avisar de lo que le ha sucedido, para que le halle advertido cuando le llegare a hablar. Mas, ¿qué gente es ésta? Salen Filipo, Carlos y Leonelo. ¿Ahora qué es lo que piensas hacer, solo y disfrazado? Ver, sin que me conozca, a Flora; saber si podré vivir con ella; que a la mujer la ha de confirmar el ver, pero elegirla el oír. Dicen que es Flora muy bella. No es, Leonelo, la hermosura lo que más gusto asigura, sino la fuerza de estrella. ¿Qué importa que hermosa sea, si vemos feas queridas y hermosas aborrecidas? Es más dichosa la fea. No lo será la que viene allí. ¡Qué rara belleza! Como la grande tristeza de Flora aquí se entretiene, aunque a su gusto no importe, a este efeto se han mudado estas selvas en poblado, esta pobre aldea en corte. (Háblala.) La libertad del campo y de forastero dan licencia a un caballero para que a vuestra beldad se atreva. ¿Qué pretendéis? A hablar al duque venía desde la corte, y querría, si de esto no os ofendéis, preguntaros dónde está. En esa apacible casa de la siesta el rigor pasa y si queréis ir allá, yo os guiaré. Si el arrebol de vuestros ojos me guía, siendo rayos la luz mía, iré al palacio del sol. No os canséis, que yo sabré ir solo; que no se ignora el camino. (Si esta es Flora, ¿qué te parece?) (No sé.) (¿No es hermosa?) (Hermosa es.) (¿Qué te ofende de ella?) (Nada.) (¿Pues qué tiene?) (No me agrada.) (¿Por qué?) (Sabráslo después.) (Este galán forastero hace en mí un efeto hablando que se va en el alma entrando. Aquí entretenerle quiero por gozar un día despacio del campo la libertad, sin la gran puntualidad de la Corte y el palacio.) Aparte. ¿La hermosa Flora no está con él? Pues, ¿buscáisla a ella? Dicen que es Flora muy bella, y deseo verla. (Ya para entretenerle aquí hallé ocasión.) No ignoréis que yo sé que conocéis a Flora. Aparte. Nunca la vi. Yo sé que ya la habéis visto. ¿Antes de ahora? Y después de haber venido. (¡Ella es! ¡Qué mal mi dolor resisto!) Si sois sol que el campo dora, viendo en vos la primavera excusado agravio fuera preguntaros si sois Flora. Pues, ¿soy tan hermosa yo como vos la encarecéis? No, por cierto, y la excedéis. ¿Sois Flora?(¡Decid que no!) Aparte. Fuera hacerme ofensa a mí confesarlo, habiendo oído lo que habéis encarecido. ¿No lo sois? (¡Decid que sí!) Quien hace la ofensa soy, señora, en haber quedado corto en lo que he imaginado. (Carlos.) Aparte. (Señor.) (Muerto estoy.) En obligación quedara, si fuera Flora, a serviros. Y yo me quedara a oíros si tanto no me importara la brevedad. Guárdeos Dios, que no puedo esperar más. (¡Qué extraño con ella estás!) Y guárdeos el cielo a vos. Por donde pensé entablar se acabó la ficción mía. ¿Qué respeto o cortesía le han suspendido el hablar? ¡Ay, gallardo forastero!, ¿qué es lo que el alma procura?… Mas de Flora la locura al duque avisarle quiero.) Aparte. Vase. Ya se ha ido Flora. Y yo a Milán me he de volver. Ella nos lo dio a entender, pero no se declaró; no te vayas, pues, sin vella. Si te conocen… Ya estoy resuelto a decir quién soy, y aun a casarme con ella, ya que Jacinta a mi amor tan mal ha correspondido, poniendo a un tiempo en olvido mis deseos y su honor. ¡Plubiera al cielo supiera dónde se ha ido, Leonelo! ¿Buscarasla? Sabe el cielo que vida y alma la diera; que con celosa pasión siempre, Leonelo, verás que el amor viene a ser más. Y menos la estimación. Hablemos agora aquí de lo que habemos de hacer. Yo no sé cómo ha de ser. Lo que me parece a mí es, pues encubrirte esperas, y esto será lo mejor, que tú como embajador de parte tuya vinieras. Dices bien; ansí estaré más seguro y disfrazado. Con esto disimulado mejor del duque sabré si es Flora. Pues ansí sea. ¿Quién vio sucesos mayores? ¿Quién son estos? (Salen Marcial y Jacinta en hábito de villanos.) Labradores de aquesta pequeña aldea. Déjalos, y empiece agora el engaño. ¿Hay más rigor? ¡Quién de Jacinta el amor pudiera pasar a Flora! (Vanse.) No hay hombre que diga de él. Sin duda el Po le sepulta en sus ondas. Él le oculta, cuanto avariento crüel. ¿Qué es lo que habemos de hacer? ¿No sabes qué estoy pensando? ¿Qué? Que le vamos buscando como un hombre a su mujer. Un hombre pobre tenía una mujer que, si hablaba, contra todo porfiaba y todo al revés lo hacía. Ahogóse sin tener remedio, y los que se hallaron presentes le aconsejaron que buscase a su mujer. Él el trabajo tomó, que hallarla fuera el trabajo: yendo el cuerpo río abajo río arriba la buscó; y si alguno condenaba –por inocencia, que es llano– la malicia del villano, esta respuesta le daba: «No os dé aquesto pesadumbre, que si es muerta como viva habrá nadado hacia arriba, por ir contra la costumbre.» Ansí pienso que buscamos a Fadrique, pues los dos, cual ves debajo de Dios, contra la corriente vamos; que en tal tiempo no se ha hallado –puedo jurar con verdad– con amor y con lealtad una dama y un criado. Y tú misma considera, si su nombre preguntamos, el escándalo que damos; y no menos risa fuera que vestidos de esta suerte preguntáramos por él. ¿Hay confusión más crüel? En alguna traza advierte. Cuando la justicia quiere saber quién es algún hombre, le prende con otro nombre; él entonces se prefiere a decir su nombre mismo; y esto podemos hacer agora, para tener luz en tan obscuro abismo. Preguntemos por un hombre pobre, humilde y desdichado, que convenga a nuestro estado; y Antón o Gil sea su nombre; y responderá cualquiera: “Hombre de esas señas no, porque uno que aquí aportó de estas y estas señas era”. Veremos si vienen bien. Tú lo dices; esto hagamos, pues ansí con razón vamos y más seguros también. (Gente viene, disimula.) ¡Bestia! ¿Aquello habías de her? ¡Lleve el diabro la mujer! O lleve el diabro la mula. ¿Yo so mula? Con empacho ya mi tonteda adevino, pues en tan largo camino no te he dicho si soy macho. (Salen el Duque y Otón y Otavio.) Gran desdicha fue. De suerte me ha enternecido Fadrique que no sé con qué publique lo que he sentido su muerte. Tú tienes justa razón. Que no sé si lo sintiera más cuando Filipo fuera. (Llega, que es buena ocasión.) (Pues que yo sabré mejor, déjame a mí pescudar. ¿Por quién he de preguntar?) (Di que un pobre pescador.) ¿Sabrá decir su mercé, señor, si acaso ha llegado a esta orilla un desdichado, que otro nombre no le sé? Mire, él era pescador y se ha perdido en el río. ¿Qué era vuestro? Hermano mío. Y era mi amo, señor. Yo también le voy buscando con ella, porque cabales me debía veinte un reales ¿Y por eso vais llorando? Pues si no tengo remedios para haberlos de cobrar, y me tengo de quedar yo sin cuarenta y dos medios… ¿De eso lloráis? ¿Hay quien lleve con paciencia tan gran tiro? Pues, si sus cuartillos miro ochenta y cuatro me debe. ¡Calla, bestia! ¿No son hartos los trabajos que yo os cuento? Pues si lo miráis, son ciento y sesenta y ocho cuartos, y como vos los tenéis, no sentís mis llantos bravos. ¡Calla! Eran sus ochavos trescientos y treinta y seis. Si estos no los perdéis vos, por eso no lo sentís, pues, ¡si son maravedís seiscientos se[t]enta y dos! Mis manos no son tan francas que me hayan dado más rentas. ¡Calla ya! ¡Mil y trescientas y cuarenta y cuatro blancas! ¡Deja, acaba esos cuidados! Pues si contáis mis tormentos, montan dos mil seiscientos y ochenta y ocho cornados, y en dos años no los gano. ¿Sabrá Su Merced decir si acaso acertó a venir por esta tierra mi hermano? Señor, yo pienso, sin duda, que a quien busca esta mujer debe aquel hombre de ser… (El cielo mi intento ayuda.) Aparte. …que salio a este campo ahogado; y lo confirma mejor el trato de pescador y el nombre de Desdichado. Dices bien. Aquí llegó, labradora, perseguido, sin aliento y sin vestido, un hombre a quien arrojó ese río airado y fiero, vengando en él su porfía; y el que pescador vivía aquí vive jardinero, reparado del agravio en que ese monstruo se emplea; y me holgaré de que sea el que tú buscas. Otavio, con ella le buscarás. Idos, pues, con él los dos. Guárdete mil años Dios. Y dos mil, señor, San Blas. (Jacinta.) (¿Qué?) (¿Has advertido, por si acaso fuere él, que la fortuna crüel en pescador le ha fingido, y sirve de jardinero, porque todo lo concedas y a su lado vivir puedas?) (Ya todo lo considero.) ¿No venís? (¿Hay confusiones ni laberinto mayor? ¡Ovidio se ha vuelto Amor con tantas transformaciones!) Vanse y sale Celia. Ya que llego a hablarte, escucha: oirás la mayor desdicha que jamás ha sido dicha. Ya conmigo un temor lucha que a sentimiento provoca. Habla. Señor… Dilo, pues; no me hagas dudar; ¿qué es? Flora, señor, está loca. ¿Qué dices? Lo que has oído. ¿Quién su locura causó? En este punto perdió de todo punto el sentido, porque vieras su belleza rendida a un notable exceso, después de muchos. ¿Que en eso ha parado su tristeza? Ella estaba enamorada de Fadrique, esto es verdad, o tuvo la voluntad a su opinión inclinada. Como después se trató casar con Filipo, fue la causa mayor por qué tan gran tristeza la dió. Y cuando aquel pescador sacaron a esta ribera, dio en decir entonces que era hombre de fama y valor.[M31r] Hoy que supo que era muerto Fadrique, y que al otro vio, con mil voces afirmó que era aquel Fadrique cierto, haciendo, ¡oh caso importuno!, una, por más confusiones, las dos imaginaciones, haciendo de los dos uno. Ha dado en decir que es él Fadrique, como lo hiciera de otro cualquiera que viera. ¿Hay desdicha más crüel? En este punto llegó aquí una humilde mujer, que hermana debe de ser, y señas y nombre dio; y, por otra parte, Otón a Fadrique muerto viera si el río no le escondiera. ¡Notable imaginación! Sale Flora. Mucho me pesa de hallarte, señor, con [C]elia a tu lado, pues las nuevas te habrá dado que yo sola quise darte. Ya te habrá dicho que vienes a un bien de que estás ajeno, pues vivo en tu tierra y bueno a Fadrique Esforcia tienes. Dame albricias de esta dicha, que por el don que te ofrece bien el alma las merece. (¡Qué lástima!) (¡Qué desdicha!) En traje está que le encubre, mas como entre nubes vi los rayos de sol, ansí por el vestido descubre él del alma el resplandor; que es Fadrique (¿quién lo ignora?) el que es jardinero a[g]ora y antes era pescador. Dame de tanta ventura albricias y habla a Fadrique, porque estos hechos publique. (¡Qué lástima!) (¡Qué locura! ¿Qué habemos de hacer?) (No sé; porque antes de ahora la dije que no lo era, y contradije su pensamiento; tal fue la cólera que conmigo tomó, que ya por mejor tuve seguirla el humor.) (Y ese mismo intento sigo. Al pescador buscarás, que a esto su salud me obliga, y que disimule y siga su pensamiento dirás. Dirasle que diga que es Fadrique.) (Yo lo haré ansí.) Vase Celia. (Mil veces sanar oí con esta industria que ves, porque un loco se enfurece negándole su locura.) (¡Qué pena!) (¡Que desventura!) ¿Cómo, señor? ¿No merece respuesta la nueva mía? Que oculto Fadrique estaba, aunque lo disimulaba, yo, Flora, bien lo sabía, pero no quise decir su nombre, porque no fuera bien que yo le descubriera queriéndose él encubrir. Pues no fue mucho que yo, de sólo que imaginara que era noble, adivinara que era Fadrique. ¿Pues no? Él que yo dormía pensaba, y la verdad muy desnuda me dijo entonces. (Sin duda, Otón, que ella lo soñaba.) Él quiso un engaño hacerme, pero, aunque lo parecía, bien sé yo que no dormía. (El que está loco no duerme, pero al fin, como mortal, se suspende. Esto sería cuando pensó que dormía.) (¿Quién vio desventura igual? ¡Ella está loca! Ya creo mi desdicha.) De este río salió ahogado, muerto y frío, que parece que le veo; que como se despeñó… (Mas, ¡cómo pasa tan presto de uno al otro! ¿Qué es esto? ¿Quién mayor locura vio? Apenas del uno hablaba y, contándonos su historia, se le vino a la memoria que el otro se despeñaba, y juntar los dos procura. ¿Hay más pena? ¿Hay más rigor? ¡Qué lástima! ¡Qué dolor! ¡Qué tristeza! ¡Qué locura! Sale Fadrique. (¡Qué confuso pensamiento me da uno y otro camino!, que si el uno determino, el otro seguir intento. Ya Flora me ha conocido, y si aquí me ha descubierto al Duque de Mantua, es cierto que mi secreto ha ofendido; y así, en confusión tan grave, le tengo al duque engañado, pues lo que le he callado de ajena boca lo sabe; pues si mi nombre le digo, si ella no le ha dicho ya, descubierto claro está que a desterrarme me obligo, Flora, donde no te vea; porque no puedo vivir cerca a quien he de huir y [quien] mi muerte desea. Pero, al fin, el menor daño es huir y padecer su ausencia, que no ofender al duque con tal engaño. En esto me determino, y… ¡el duque es este! Yo quiero llegar y decir quién soy, puesto que es del mal el menos.) Señor, si no maravillan por extraños los sucesos –y muchos casi imposibles han llegado a verdaderos–, si el mayor puede obligarte, escúchame un rato atento. Aparte. (De Celia viene advertido.) (Y lo finge por extremo.) Sabrás, pues, que esta corteza un corazón tiene dentro que decir sin arrogancia el más generoso puedo. Ya dice a voces quién es. Aun lo escucho y no lo creo, pues con esto mi ventura ni la dudo ni la temo.) Aparte. Invidias de la fortuna a este estado me trujeron, porque en este traje sea de su variedad ejemplo. Este rústico buriel que agora me cubre el pecho más al pecho me ajustara si fuera bruñido acero. Aqueste azadón que rijo bastón fuera en algún tiempo que en número, no de flores, de hombres pusiera gobierno. (¡Oh, qué bien se disimula!) (Con saber quién es, confieso que me engaña.) (Es la verdad.) De aquí mi ventura espero.) Aparte. Sabrás, pues, que soy… Fadrique, espérate, que no quiero que pienses que yo he dudado el valor que en ti contemplo. ¡Ya el duque sabía mi nombre! ¿Qué mucho, si considero que no hay en mujer valor para guardar un secreto? Si yo quisiera callarle, ¿cómo pudiera? ¡Qué presto se supo! Aparte. Pues él lo afirma, aquí verás que no miento. Dame, Fadrique, tus brazos, que a mayor ventura tengo haberte en mi tierra hallado que si me ofreciera el Reino de Nápoles su corona. ¡Qué gran dicha! Sabe el cielo con la vergüenza, señor, que a besar tus plantas llego, pues en ellas… ¿Eso haces? Fadrique, álzate del suelo, si no es que quieres también mirarme a las tuyas puesto. Si de esta suerte, señor, has de tratarme, no quiero ser más de lo que antes era, pues de ser Fadrique pierdo lo que en servirte gano. Crïado soy. Aunque de eso te valgas, Fadrique, basta el agravio que me has hecho de haber callado tu nombre, estando aquí tanto tiempo sin hacerme otro mayor. Bien temí su sentimiento.) Señor, yo callé quién era… Aparte. Yo te lo perdono. …temiendo el crédito, porque apenas de pescador lo merezco. Yo lo perdono, Fadrique. (¿Quién vio más feliz suceso? ¡Ya el duque sabe quién soy y no esta ofendido de esto!) (No sé cómo no te ríes de verle.) (Ya lo estoy viendo, y no sé, entre tanto llanto, cómo la risa detengo.) Bésale a Flora la mano. Mil veces la tierra beso que para tus pies labré, o que me labraron ellos para mis manos, pues sólo de pisarla, agradeciendo el contacto de tus plantas, brotaba verdes renuevos, excusándome el cuidado que más a tus pies les debo que al azadón, que es su noble, aunque rústico instrumento. Fadrique, como del sol se conocen los reflejos cuando el cristal de una fuente baña los rubios cabellos, y aunque entre silvestres hojas no pierde el valor por eso, y de una manera alumbra los edificios soberbios que a coronarse de nubes suben estrechando el viento, como las casas pajizas donde él entra por los techos… (Mira que en juicio la habla.) (Sosegarase con esto, viendo que la aprueban todos tan notable pensamiento.) …ansí por los ojos tú descubres el sol del pecho, porque, hechos fuentes, los vi de tu resplandor espejos. No te desprecies del traje, que aunque fuera limpio acero el sol que le ve no diera mayor resplandor por eso. ¡Oh, qué bien sabes honrar, a quien te sirve poniendo en nuevas obligaciones! No haré del traje desprecio, que al fin te serví con él. (¿Qué dices?) (Que está fingiendo, y no sabré, Otón, cuál es lo fingido o verdadero.) (¿Dónde otro hombre se hallará que así lo fingiera?) (Entiendo que, a no estar tan advertido, fuera fácil el creerlo.) Bien haya el veloz caballo que te arrojó, pues no siendo causa de tu muerte, ha sido de nuestros gustos efeto, cuando arrojándote el río a aquesta orilla… (¡Qué presto vuelve a desvariar, Otón!) Lo del caballo no entiendo. ¿No te despeñó un caballo? (Él no está advertido de esto; y ella, en viendo que lo niega, vuelve a enfurecerse luego.) ¿Caballo? Sí, cuando a caza saliste. O yo no me acuerdo, o no me arrojó caballo en mi vida. (¡Bueno es esto! Agora ha echado a perder todo cuanto tenía hecho. Hazle señas de que diga que sí.) (Ya las hago, y menos me entiende.) ¿Pues un caballo no te despeñó? Es enredo. (Hazle señas.) (No aprovecha.) Pues, ¿cómo fue tu suceso? Si quieres saberlo, escucha; y tú, señor, está atento. (Sin duda quiere enmendarlo.) (Y si no lo hace, ¿qué haremos?) Yo soy don Fadrique Esforcia, del duque el hijo primero, como todos saben. Ya cómo tú lo eres sabemos. Verdad es que salí a caza y hallé en un monte desierto, con máscaras de leales, tres traidores encubiertos. No quiero decir quién son, mas basta decir que fueron aun en la traición piadosos, pues que la vida me dieron, con que de Milán saliera. Yo, entonces, cobarde huyendo su traición más que mi muerte, el noble partido acepto y desnudo al río me arrojo y hasta aquesta orilla llego, donde hallé en tu estado vida y en tus piedades consuelo. Callé mi nombre, por verme pobre, desnudo y enfermo, aunque en el Desdichado te dije el más verdadero. Esta es la verdad, y no que me despeñé corriendo caballo; que no llegara tan desnudo, pues es cierto que desnudo no corriera. (Él lo enmendó por extremo.) (Advertir él que llegase desnudo es un pensamiento extremado.) (El pescador tiene lindo entendimiento.) (Respóndele.) (No sé cómo, que de su fingir sospecho, y con razón, que es verdad todo lo que está diciendo.) ¿Qué enemigos tienes? Nobles y poderosos. ¿Qué fueron las causas de perseguirte? Solos mis merecimientos. ¿Por merecimientos pierdes? Sí, Flora: por ellos pierdo. Pues, ¿qué pretendes ganar? Sólo lo que no merezco. (¿No la ves qué entretenida con él en razón se ha puesto?) (¡Y con las veras que él la va a todo respondiendo!) Salen Otavio, Jacinta y Marcial. ¿Es aquél el que buscáis? Es él, Tirso. Y yo lo apruebo. ¡Pardiez, que le hemos hallado! Guarde a su merced el cielo. ¡Ay, Fadrique de mi vida! ¿Es posible que te veo?) [Vase Otavio.] Aparte. (Calla agora.) (No podré, que da voces el contento.) (Disimula aquí, Jacinta, hasta que solo lo hallemos, porque delante de tantos no se alborote de vernos.) (Si está en pescador fingido y sirve de jardinero, como nos lo muestra el traje y nosotros lo sabemos, cuánto mejor es llegar, pues llegamos concediendo lo mismo que él ha fingido, y haciendo verdad su enredo, antes, en esta ocasión le servimos de terceros a su engaño.) (Dices bien.) (Pues disimula, y lleguemos.) ¡Hermano mío! ¡Amo mío! ¿Es posible que te habemos hallado? Más ha de un año que en tu busca, hermano, vengo. ¿No es Marcial este que miro? ¿No es Jacinta esta que veo, cielos?) Aparte. Pues, ¿de qué has quedado tan embobado y suspenso? (En aqueste punto, Otón, acabó todo el enredo; que aquesta es su hermana, y ya está todo descubierto.) ¿Qué loca mujer es esta que ansí le trata, sabiendo ya todos quién es Fadrique? (Ya Flora a su tema ha vuelto.) Si aquí descubro a Jacinta y digo quién es, hoy pierdo a Flora, porque no es bien empezar a darla celos; si a Jacinta desconozco, su mucha lealtad ofendo, porque, al fin, me ha hallado vivo, aunque me ha buscado muerto. ¿Qué he de hacer?) Aparte. No tenga empacho, deme un abrazo. ¿Qué es esto? (¿Cómo saldremos de aquí?) (Todo confuso lo veo.) ¿Qué mujer es esta? Espera y sabraslo. Dilo presto. (Sin duda quiere enmendarlo.) (Y si no lo hace, ¿que haremos?) Entre obligación y amor estoy dudando y temiendo, mas venza la obligación, porque es de cobardes pechos rendirse al amor y hacer de obligaciones desprecios.) Esta, señora, es Jacinta, una dama que, sabiendo mi desdicha, me ha buscado; que tanto a su amor le debo. Este es un crïado mío: aunque le juzgas grosero, el más bueno, el más leal. Marcial es su nombre mesmo. Esto es la verdad. Aparte. (¡Qué bien lo ha enmendado!) (¡Por extremo!) (¡Qué presto halló la mentira a propósito!) (¡Qué presto! ¡Él es lindo socarrón!). Sale Celia. En todo el campo no puedo hallar a este pescador para decirle el concierto, pero… ¡hablando con el duque está, y con Flora! Yo creo que otro se lo habrá avisado.) Aparte. De rabia y de celos muero.) Aparte. Sale Otavio. Carlos, Conde de la Flor, a efectuar los conciertos que hay entre Mantua y Milán del tratado casamiento, en este punto llegó a estas selvas; que, sabiendo que aquí estabas, ha venido con poco acompañamiento. Salgamos a recibirlo. Vamos, Flora. Si yo puedo pedirte, señor, tras tantas, aquesta merced, te ruego que ansí me dejes vivir, disfrazado y encubierto, mientras mi avara fortuna va mejorando los tiempos. Defensa al Conde traidor en este traje prevengo: Este Conde es el mayor enemigo que yo tengo. Esta por mayor merced te suplico. Y yo la aceto. Tray ese traje. ¡Mil años vivas! (Otón, ¿qué dices de esto? Por no hacer que yo le trate en público con respeto hace su enemigo al Conde.) (Él tiene subtil ingenio.) Como hasta aquí has de tratarme, señor, como jardinero. Eso en público sí haré, y como amigo en secreto. ¡Qué bien finge el picarón!) Aparte. Es justo agradecimiento, Fadrique, el que le debéis a esa dama. (¡Que tan ciego tenga su discurso Flora, tan falto el entendimiento, que todo lo haya creído!) Aparte. Aunque pienso agradecerlo, una cosa es la que digo y otra cosa es la que siento. Pagalda tan gran fineza, pues en tal traje se ha puesto por vos. Yo lo pagaré, que uno pago y otro debo. Agradecédselo mucho. Mucho, Flora, lo agradezco. (Marcial.) (¿Qué quieres?) (No sé.) (Muero de envidia y de celos.) ¿Cómo te sientes? Mejor, porque un desengaño veo que pudo darme la vida o la muerte. (Dice esto porque ya a Fadrique ha visto.) ¿Dónde vas? Voyte sirviendo. Quédese tu Alteza. Yo soy, señor, tu jardinero, y si ansí me tratas, faltas a la merced que me has hecho de tratarme como a tal. Ni la palabra te quiebro, ni falto a lo prometido, porque aquí todos sabemos quién eres, porque presentes estuvieron al concierto. Beso mil veces tus pies. Guárdate, Fadrique, el cielo; que bien tu estado has fingido, y tanto, que agora pienso que eres, pescador, Fadrique. El tiempo es mejor maestro, y como enseñó a mandar enseñó a servir el tiempo. ¿No has de pasar de aquí? Porque no me vean me quedo. Y porque finges tan bien, de verte fingir me huelgo. Pues si con esto te agrado, volveré a fingir de nuevo. Pues mira que has de fingir. A mí me está bien hacerlo. (¿Qué es, señora, lo que llevas?) (No sé, Celia, lo que llevo. El alma te respondiera si preguntaras qué dejo.) (¡Qué sosegada va Flora! Costoso ha sido el remedio, porque de curar un loco enloquecen muchos cuerdos.) Vanse todos y quedan Jacinta, Marcial y Fadrique. Dame, Jacinta, tus brazos mil veces. Cuando con ellos pudiera hacerte pedazos los diera, pues cuando vengo, atropellando a mi honor, obligación y respeto, enamorado te hallo, y tan rendido te veo que delante de mis ojos de mí te han pedido celos. ¿Qué? ¿No pudiste sufrir callar quién eras? ¿Tan presto lo dijiste por mostrar con eso el merecimiento? Por villana me han tenido; villana he de ser, haciendo de suerte que no te crean, pues tan fácilmente puedo. Jacinta… No soy Jacinta, Cintia soy. Vase Jacinta. Marcial, ¿qué es esto? Jacinta dice muy bien, porque ha sido muy mal hecho hallarte de esta manera enamorado, viniendo ella a buscarte. Marcial, escúchame… No te entiendo. No soy Marcial, sino Tirso, y si disfrazarme quiero, el padre Fray Tirso soy, pues a predicarte vengo. Había en un día dos bodas en un comarcano pueblo, y un perro las supo, que era de todas bodas el perro. Vio que en su lugar tardaba la comida, y presumiendo que podía en la otra hallarse y volver después a tiempo, fue donde habían comido, y con más hambre volviendo a la de su pueblo, halló que ya habían hecho lo mesmo. Dos bodas tienes delante; escoge lo que es más cierto: no pierdas por codicioso lo que por goloso el perro. Vase. ¡Escucha, Jacinta o Cintia! ¡Tirso o Marcial, está atento! ¡Que si muerto me buscáis, ya me habéis hallado muerto! Salen el príncipe Filipo, Carlos y Leonelo; el Duque, Otón, Otavio, Celia y Flora. El Duque de Milán, agradecido al deseo, Gonzaga, que has mostrado de ver con los conciertos convenido el de Milán a tu dichoso estado, hubiera antes de ahora respondido si no hubiera su gusto dilatado de Fadrique la muerte rigurosa. Tragedia ha sido a todos lastimosa. Esta me dio de quien sabrás más cierto lo que en este concierto se procura. Dale una carta. (¿Qué te parece Flora?) (Estoy incierto si es Flora la que el duque me asegura, que si en lo que la otra dijo advierto, es Flora la de menos hermosura.) Yo lo veré despacio. Hablad agora, mientras que voy a responder, con Flora. Vanse el Duque, Otón y Otavio. Si mi humilde deseo ha merecido –por el honor que de serviros gano, gloriosamente a aquesos pies rendido– admirar fuego y nieve en una mano, bella Flora, la vuestra humilde os pido; y si digno de bien tan soberano me miro a vuestros pies, desde este suelo pienso tocar el sol de vuestro cielo, aunque quede en mi bárbara osadía deshecho al fuego y a la nieve helado. (Este casamentero, Celia mía, las reverendas tray de desposado. Escusarme de hablar con él querría, y un excelente disimulo he hallado.) Pues, ¿no me respondéis? Hablad con Flora. ¿Quién es Flora? La infante mi señora. ¿Señora?) Aparte. No replique Vuestra Alteza, que es bien que logre el alto pensamiento de gozar de Milán honra y grandeza. Nunca tan grande fue mi atrevimiento.) Aparte. ¿Su fama, su hermosura, su nobleza no conocéis? Vengó mi fingimiento.) Aparte. Confuso estoy entre una y otra Flora; mas es la noche una, otra la aurora.) (Carlos,…) Aparte. (¿Señor?) (…Leonelo, ¿qué os parece cómo el Duque de Mantua se ha vengado? La que no es Flora por mujer me ofrece, ofendido de verme disfrazado.) (Un engaño otro engaño se merece.) (Discreto el duque por extremo ha andado.) (Quién era vio. Disimuló el estilo, y engañado engañome por el filo.) Hable tu Alteza. (¿Qué es lo que pretendes? Ya sabes cómo siempre te he servido; en dar crédito, Flora, a ti te ofendes, a un pensamiento sin traición fingido.) (Engaña, Celia.) (Yo…) (¡Qué mal me entiendes!) (Si el duque no se da por entendido, no lo estés tú tampoco de su engaño: calla hasta uno y otro desengaño, y prosigue.) (Eso hago.) Flora bella, ¿de qué sirve encubrir los rayos rojos, si de fuego de amor una centella átomo es de vuestros dulces ojos? La más pura, más limpia y clara estrella sus luces os ofrece por despojos, ¿por qué a otra luz la vuestra se reduce? Que en presencia del sol ninguna luce. Flora, ¿no respondéis? Responded, Flora. (¿Por qué ofenderme tu valor procura?) ¿No os ha dicho que es ella? ¿Quién ignora su gracia, su donaire, su hermosura? Vuestra divina luz el alma adora; ¿por qué queréis que quede en noche obscura quien vuestro claro día está mirando? Sale Otón. Su excelencia, señor, queda esperando. Mas… ¿qué es esto? Filipo es el que veo; o confusa mi ciega fantasía de la naturaleza varia creo que sacó dos estampas en un día.) Aparte. (Rendido voy a manos de un deseo: si es Flora la fingida, será mía.) (Con más industria no disimularas, señor, si con la misma Flora hablaras.) Vanse [Filipo, Carlos y Leonelo]. Él es. Direlo al duque, y que ha venido como su embajador disimulado.) Aparte. Vase. Celia, ¡que no me hayas entendido! Bien un pequeño yerro has castigado; mas si en pensarlo sólo te he ofendido… Luego, ¿ya lo tuviste imaginado? Por engaño. ¿Por qué no lo decías agora? Porque tú… ¿Qué desconfías? …no te ofendieras más. Si me entendiste, lo que yo te mandaba, Celia, hicieras. ¿Vengáraste con esto? ¡Ay de mí triste! Pues es fácil fingir, ¿no lo fingieras? ¿Yo? ¿Delante de ti? Aquí consiste mi gusto mayor, Celia. ¿No pudieras dármele? Y porque entiendas mi alma agora: yo quiero que tú digas que eres Flora. Aun eso, bien, mas, ¿qué consigues de eso? Excusarme de hablar [a] embajadores –que me ofende el mirarlos te confieso–, y escuchar por terceros los amores. Confieso que perdido tengo el seso entre tantas desdichas y rigores. Hazte tú Flora mientras lloro, ¡ay cielos!, fuerza de un padre y de un amante celos. Aquel mi libertad forzar pretende, tratando el casamiento que me infama; este mi pecho en fuego y rabia enciende, viéndole hablar la labradora dama; uno me fuerza, Celia, otro me ofende, y entre el rigor, entre la ardiente llama, helado el cuerpo, el alma ya en los labios, sufro rigores y padezco agravios. Ya se vuelve a su locura.) Aparte. Sale Fadrique. Si se permite a quien muere decir, Flora, sus desdichas, escúchame atentamente. No importa que Celia esté a mis razones presente, que antes quiero hacer testigos de mis males o mis bienes. Oye razones de un loco, que suele ser cuerdo a veces, que el mal, si quita el sentido, el sentimiento le vuelve. Con lengua torpe y voz muda hablarte el alma pretende, y aunque siente cuanto dice no te dirá cuanto siente. Desnudo llegué a esta orilla –no te espantes de que empiece mi historia: breve seré, si en penas puedo ser breve–; hallé en tus manos piedad, acogísteme clemente, y aquí contento viví, viví en tu servicio alegre. Afrentado el corazón estaba que le cubriese un tosco sayal, y el pecho quiso romper impaciente por los ojos, y la lengua reventó. Disculpa tiene, que el fuego, Flora, no es mucho si está encerrado reviente: salió a la boca en palabras, mas como son viento leve, el viento al fuego mayor en humo y cenizas vuelve; salió a los ojos –¿quién vio líquido el fuego?– en ardientes lágrimas, lenguas de agua que hablar con más alma suelen. La sangre, que, aunque encubierta, no es razón que se desprecie –que es la nobleza un tesoro que tiene su precio siempre–, es otra alma, tan alma, que glorias sólo apetece: ni la finge el que le falta, ni la encubre el que la tiene. No pude encubrirla yo forzado, sino prudente, y díjete al fin quién era, tú sabes si honestamente, pues si el que despierto vive muerto le juzgan si duerme, muerta estabas, porque viva no supiera yo atreverme. ¡Oh inconstancia, siempre instable! ¡Que aun dormidas las mujeres no saben decir verdad, pues hasta en el sueño mienten! Desengañada, dijiste quién era al duque, y prudente me habló, sin que yo le viera de mi silencio ofenderse. Estando en esto, la nueva –¡ay de mí!– llegó… Detente, que yo diré quién llegó. ¿Qué enredo mayor es éste?) Aparte. Déjame hablar. Hasta aquí has dicho; deja que empiece y diga yo quién llegó, pues has dicho cuanto quieres. Llegó una villana noble que hablando rústicamente por hermano te abrazó. Escucha, espera… ¿Que espere? ¿Qué tengo ya que esperar? La sentencia de mi muerte. Ese embajador fingido que a tratar tu boda viene es Filipo, ese es mi hermano, y si examinarlo quieres mírale en esta sortija esculpido, que previene al cielo para mi bien unas señas tan patentes. Aquí verás del buril lo más primo y excelente, porque el más subtil pincel sin matices le desmiente. Mírale, Celia, que él es. Engañada estuve siempre. Ahora creo que es Filipo, y aun que tú Fadrique eres. Esta a Jacinta le dio el príncipe. ¿Qué? ¿No tienes vergüenza para nombrarla en mi presencia? Si quiere decir la lengua verdades, no te espantes que las cuente, porque solos desengaños son los que el alma pretende. ¿No vino a buscarte? Sí. ¿Díjela yo que viniese? Pues, ¿por qué te ha de ofender una mujer que me quiere? ¿Quiérola yo? ¿Qué razones la dije que te ofendiesen? ¡Plubiera a Dios la quisiera! Que tanto, Flora, me debes; pues, cuando como te quiero a Jacinta la quisiese, ¿por tus desprecios dejara sus amorosos placeres? Bien conoces mi razón; mas como a Filipo adviertes con mi desprecio, el venir disfrazado le agradeces; págale tan gran fineza. ¡Qué mal disculparte entiendes, echándome a mí la culpa que solo, Fadrique, tienes! Por ti ha venido Jacinta. Y Filipo, ¿por quién viene? Págale el haberse puesto por ti en tan humilde suerte. Agradécele el venir hecho embajador por verte. Por ti ha venido. Es verdad. ¿Díjele yo que viniese? Si un hombre me quiere a mí, con poca razón te ofende. ¿Quíerole yo? ¿Qué favores tiene míos? ¿Que dijese que era Celia por no hablarle? Que todo aquesto me debes. Todas las mujeres piensas que son unas, neciamente, pues las que de veras aman por las que lo dicen, pierden. No he de ir a buscarte yo, aunque por costumbre tienes que tales mujeres te amen que te busquen las mujeres. Vase Flora. ¡Agúardate, Flora, espera! ¡Espera, Flora, detente! ¡Detenla, Celia! Ya es ida. ¡Dila que un instante espere! Direle al duque quién son todos. Loca quise hacerte, Flora; pero yo lo estuve en reírme y no creerte.) Aparte. Vase Celia. Cuando de mi atrevido pensamiento, Jacinta, los rigores imagino, menos me atrevo y más me determino; que sobra amor y falta atrevimiento. Desconocido a tu beldad intento tirano pago a tu valor divino, y animándole, apenas imagino verdugo de mi infamia el sentimiento. Olvido ingrato, agradecido adoro, aborrezco cobarde, amo atrevido, llamo y [me] huyo, quiero y no deseo, canto mis penas y mis glorias lloro: ¿qué mucho viva o muera arrepentido, si he de perder la vida o el deseo? Salen el Duque y Otavio. No se efectuó el concierto, que dice el conde que tiene para avisar a Milán forzosos inconvenientes. Dame tus pies. ¿Aquí estás? Y deseoso de verte para darte de las bodas mil dichosos parabienes. Guárdate Dios. ¿Cómo va del fingimiento? No puede irme mal en tu servicio. ¿Y ya de Flora qué sientes? Que Flora merece mucho, pero Filipo merece la merced que tú le haces, que es generoso y prudente. No te pregunto qué es: ni quiero que me aconsejes. Señor, hablar de Filipo es honrarme a mí; que excede a mi deseo que él a darte contento acierte, y plegue al Cielo, señor, que te pague las mercedes que he recibido en tu casa. Pues, ¿cómo hablas de esa suerte? Bien me acuerdo yo que tú me dijiste que fingiese; pero como sólo Otavio, que siempre estuvo presente, nos oye, a hablar ansí pude, señor, atreverme. No nos oye otro. ¡Villano, bárbaro, loco imprudente! ¿A mí quieres engañarme? ¿Quién engañarte pretende? ¡Si te dije que fingieras! Yo te pedí que me hicieses esa merced de tratarme como a jardinero siempre: eso es lo que he fingido; mas como nadie nos viese, aquí hablé como Fadrique. (Otavio, otro loco es éste.) Pues, ¿quién eres? ¿Tú no sabes quién soy? Señor, ¡cuántas veces oí mi nombre en tu boca, sólo para engrandecerme! ¡Qué bien cumples tu palabra! ¡Bien a encubrirme te ofreces! ¡Y qué bien, por no tratarme mal, desconocerme quieres! Pero aquí solos estamos; dime lo que te parece de Filipo; que mi hermano es muy galán. (¡Cuánto puede, Otavio, lo que en su abono la imaginación aprende! Sin duda que se ha creído que era Fadrique.) (De verse tan estimado nació un pensamiento tan fuerte.) Pues, señor, ¿no me dirás qué causa pudo moverte[M46v] a hablarme de aquella suerte? (Ya no puedo sufrir más.) Hombre de ese río venido, y de él al campo arrojado, de sus ondas engendrado y de sus fieras nacido: ¿qué hechizo, encanto o veneno a aquesta selva trujiste, que después que a ella veniste todo está de engaños lleno? Miserable y abatido con uno y otro temor, tan fingido pescador cuanto Fadrique fingido: ¿quiere matarme tu encanto? Si no entendiera que estás fingiendo, ni hablaras más, ni hubiera sufrido tanto, pues, porque se certifique el mundo de mi valor, sufro como pescador lo que oí como Fadrique. Si jardinero me vías y de serlo me sacaste, ¿por qué tanto me estimaste si ya no me conocías? Trátame como criado –que aqueso pretendo yo– en público, pero no cuando estás tan retirado. Fadrique aquí soy, y allí seré humilde labrador.[Z37r] (Él se lo creyó, señor.) (Él está fuera de sí, y aun yo y todo.) (Como vio que todos se lo decían, porque todos lo fingían que era Fadrique creyó.) Salen Jacinta y Marcial. (¿Ayudarasme a mentir?) (A todo te ayudaré.) (Pues ansí me vengaré.) (Por ti tengo de morir.) Antón, vámonos, acaba; ¡a la aldea! Señor, vamos de esta tierra. ¿Qué esperamos? Esto sólo me faltaba.) Aparte. (¡A qué buen tiempo ha llegado su hermana!, que puede ser que, acordándole su ser, vuelva de lo que ha soñado.) Mira que quedó el pollino solo en casa, sin tener qué comer ni qué beber. ¡Ni mi prójimo el cochino! Jacinta. ¡Qué bueno es eso! ¿Jacinta, yo? Cintia soy. Confieso que loco estoy.) Aparte. Él tiene perdido el seso. Marcial. ¿Yo, Marcial? ¿Hay tal? De otra cara me imagina, porque un hombre tan gallina, ¿cómo puede ser Marcial? Aquesas locuras deja. ¿Tú, señor? ¿De cuándo acá? Vámonos a casa ya. (Bien, Otavio, le aconseja.) A cólera me provoco. ¡Vive Dios, que estoy sufriendo y callando, porque entiendo que han de decir que estoy loco!) Aparte. Señor, déjele ir a casa, que imaginando aventuras en máquinas y locuras lo más de su vida pasa. Historias había leído de muchas caballerías, y con locas fantasías todas se las ha creído. No le crea si le dice que es un hombre de opinión, porque su nombre es Antón. ¡Qué bien que le contradice!) Aparte. Jacinta, si piensas hoy quitarme fingida el seso, que estoy loco te confieso; déjame, pues ya lo estoy. ¿Qué es lo que tu voz procura hablando de aquesta suerte? ¿Buscas, Jacinta, mi muerte? ¿Jacinta, yo? ¡Qué locura! (Marcial, ¿tú eres contra mí? ¿Esto en tus lealtades tengo?) (Señor, con quien vengo, vengo.) (¿No soy yo Fadrique?) (Sí.) (Dilo a voces: ¿quién soy yo?, ya que a abonarme te ofreces.) ¿Quién soy? Antón me pareces. ¿Y no soy Fadrique? No. (Jacinta, si de mi llanto, que tanto al amor agrada estás acaso obligada, merezca yo favor tanto que le digas quién soy yo al duque.) (Fadrique eres.) (Pues ya confesarlo quieres:) ¿No soy yo Fadrique? No. ¡Viven los cielos, villanos, que, porque se satisfaga mi furor, a los dos haga pedazos con estas manos! (Más se enfurece de ver que le niegan su locura.) (Quiero hablarle con blandura y probar si puede ser reducirle.) ¿Hay confusión mayor que la que en mí lucha? Oye. ¿Qué quieres? Escucha, ¡cuánto mejor será, Antón, que te vuelvas a tu tierra, donde mejor estarás! Ya no puedo sufrir más, que un volcán el pecho encierra. Deja esos discursos llenos de tan confuso vaivén. Y dice, señor, muy bien. Haz lo que te ruegan buenos. ¡Basta! Yo no soy Fadrique, pues se juntan en mi mal Jacinta, el duque y Marcial. ¡Porque el rigor multiplique quieren que deje de ser lo que soy! Mi mal pretenden, y, pues engañarme entienden, ¡por Dios, que no lo han de hacer! Vase. Casi va desesperado. No le dejéis: ¡id tras él, no vaya solo! (¡Ah, crüel, bien los celos me has pagado!) Aparte. Va[n]se Jacinta y Marcial. ¡Por Dios, que me ha enternecido su furioso pensamiento! ¡Que tuviese el fingimiento con tanto afecto creído! Esta locura no es más que creer una aprensión que está en la imaginación. Y ya de Flora, ¿qué harás? Flora, como no le vea ni le hablen de él, sosegada está siempre y descansada; pero, ¡que una mujer crea que esta villana que aquí en este punto llegó fuese una señora! Yo, en la ocasión que lo oí, fácilmente lo creyera. En el alma me ha pesado haberle desengañado: mejor concederle fuera su locura, pero ansí tan gran cólera me dio como hablando me llegó en negocios, que no vi la hora de despedille. Sale Celia. Pues ya estás hecho a sentir, lo que te quiero decir, señor, no te maraville: lo que el alma aseguró viene a deshacer ahora. Nunca fue la loca Flora, porque siempre lo fui yo, y porque se certifique la verdad de un desengaño sin locura y sin engaño: el pescador es Fadrique. Mira, señor, si tenía razón Flora en porfiar; ¡y quisimos condenar por locura su porfía! (Otavio, ¿qué dices de esto? ¿Por quién esto habrá pasado?) (Flora su mal le ha pegado.) (A creer estoy dispuesto cuanto me dijeren ya, o aquestas selvas umbrosas tienen yerbas ponzoñosas. Apenas de aquí se va Fadrique o el pescador, que uno y otro dicen que es, y viene Celia después con que es él. ¿Hay tal dolor?) Esa rústica villana, que lo es al parecer, es una noble mujer; no, como ella dice, hermana de Fadrique, sino dama a quien Fadrique servía. Él mismo se lo decía a Flora, y que ella le [ama] y por eso vino ansí. (¿Quién mayor lástima vio? ¡Ella también lo creyó, o todos burlan de mí!) Pues tú, Celia, que antes eras quien a Flora aconsejaba y quien de eso se burlaba, ¿has creído tan de veras su engaño? El intento muda: no muestres facilidad. Esta es, señor, la verdad. (Tengo, Otavio, por sin duda que este hombre o pescador, o Fadrique o jardinero, es el mayor hechicero y mayor enredador que se ha visto. Sale Flora. Siempre ha sido Celia, señor, quien a ti te tray las nuevas, y así no dudo que habrá traído estas que te vengo a dar: que es aqueste embajador Filipo mismo, señor. Pues, ¿quién lo puede dudar, cuando Fadrique, su hermano, lo asigura? (¡Vive Dios, que ya están locas las dos!) (Que es mal que se pega es llano.) Bien fácil fuera creer que es –y yo se lo confieso– éste Filipo; que eso es cosa que puede ser; pero querer que yo crea que es este hombre encubierto Fadrique, que está ya muerto, y que esta villana sea dama, son cosas terribles; y no me atrevo a creer lo que no ha podido ser, por no creer imposibles. Señor, ¿de qué estás prolijo? ¡Que de creerme no acabes! Tú, Celia, ¿de qué lo sabes? De que Fadrique lo dijo. ¿No basta que él lo dijese? (¡Qué lástima, Otavio! ¡Ya más loca que Flora está! Mejor es que lo confiese.) ¿De qué dudas? Sale Otón. Yo quisiera hablarte a solas. Otón, no llegaras a ocasión en que más gusto tuviera. ¿Qué es lo que me quieres?, di. Espero que tú prosigas, que es bien que primero digas lo que me quieres a mí y, en servirte satisfecho, ya de mí no has de saber lo que quiero, hasta tener lo que me mandares hecho. Ya tú sabes que, después que llegó por maravilla un pescador a esta orilla, la selva confusa es: hubo Fadrique fingido, dama que se transformó,… también Celia lo creyó y aun él mismo lo ha creído, porque aquí de tal manera que era Fadrique afirmaba que yo mil veces dudaba –¡yo mismo!– si verdad era. Han dado ahora en una cosa fácil, mas para mentira la fácil lo mismo admira que la muy dificultosa; esto te quiero advertir, porque no he hallado medio mejor para su remedio: has agora de decir, para seguirlas su humor, que cuando tú a Milán fuiste en él a Filipo viste, y que es este embajador; que esa es la tema en que han dado. ¿Y es mucha dificultad que yo diga la verdad? ¡Este que está disfrazado es Filipo! Yo le vi en Milán; y por más señas: cómo cayó entre las peñas Fadrique al mismo lo oí. No te engaño. Flora, ¿quién te lo dijo? Pues su hermano; que ha de conocerle es llano. (Finge, que finges muy bien.) (¿Cómo fingir? ¡Vive Dios, que es el mismo y que en Milán le vi, señor!) (Buenos van los engaños.) (Y las dos se han sosegado.) Aun ahora pienso que no lo creerás. (¡Oh, qué bueno va! ¡Di más! Quien les dijo a Celia y Flora que era Filipo, decía bien. Esto es desengañarte, y cuando yo vine a hablarte a decírtelo venía. Flora, yo disimulaba el enojo que me ha dado con venir él disfrazado y porque resuelto estaba, hasta que él se descubriese, no darme por entendido. Que tú no lo estés te pido. Y es muy justo que te pese del engaño. (Dime, Otón, ¿qué es lo que decir querías? (¿Aún todavía porfías lo que en aquesta ocasión, señor, tú mismo has mandado?) (Ya tu palabra cumpliste, pues lo que te mandé hiciste.) (Esto es.) (¡Ya estás cansado!) (¿Quién vio enojo más crüel?) (Mira, Otón, que hablas conmigo.) (La verdad, señor, te digo.) (¿Qué?) (¡Que vive Dios, que es él!) (¡Qué necia fidelidad!) (Señor, pues ansí lo afirma y enojado lo confirma, sin duda que es la verdad.) (¿También tú, Otavio?) ([Es] razón.) (¡Calla! ¿Todos contra mí? ¡En toda mi vida vi selva de más confusión!) Vanse y salen Filipo, Carlos y Leonelo. No en vano ofrece el viento fragancia en variedad de flores bellas adonde el pensamiento loco se pierde divertido en ellas, si Flora, con instinto, el artífice es del laberinto. El sol desde su esfera mil rayos de amorosa luz invía, y cuando reverbera parece el campo un sol de argentería, aunque teñido pierde el rojo esmalte en la cenefa verde. En hebras esparcidos los dorados cabellos hermosea en su verdor teñidos, cuando fragante el vaso de Amaltea le ofrece por guirnalda baños de luz en copia de esmeralda: ¿qué mucho, si las flores a Flora ven, de sus matices diosa, Venus de sus amores más casta y más divina y más hermosa, Minerva más discreta, Palas más fuerte, Juno más perfeta? Poco Flora te debe, aunque tantos favores oye Flora, pues a ofender se atreve lo que su nombre ensalza, ¿quién lo ignora? Y mal el nombre abona quien presente no estima la persona. Ya de mí habéis oído quién es Flora y que yo Celia me llamo. Culpa no, error ha sido; que ni a Celia desprecio ni la infamo, que la fama amorosa me dijo: «Flora es la más hermosa». No dudo que sería verdad lo que la fama ha publicado, pero es gran grosería haberlo en mi presencia confirmado; y tales caballeros con damas suelen ser menos groseros. Aprended cortesía para venir a hablar entre las damas. Bueno, ¡por vida mía!, por cortesano merecéis mil famas, mas un hombre tan necio por decir un favor dirá un desprecio; ¿úsase en vuestra tierra? Con justa causa Flora se ha enojado. Quien engañado yerra en el engaño la disculpa ha hallado Dijéronme que Flora… ¿Yo no dije quién era antes de ahora? Entonces no creía quién eras, y entendí que verdad era lo que el duque decía. Quien engañado engaña, ¿por qué espera sino mayor engaño? Ya de quién soy he visto el desengaño. (Ya yo estoy descubierto. ¿Qué haré, Carlos?) (Señor, decir tu nombre tengo por lo más cierto.) (¿Quién hay que de mis penas no se asombre? Si me descubro ahora, el duque me ha de hacer casar con Flora, y es Flora a quien, ajeno, aun con el pensamiento me he inclinado de confusiones lleno. Antes a Celia le daré mi estado que con Flora me case.) [Salen] el Duque, Otón y Otavio. (¡Que tal engaño entre los nobles pase! Ya creo que es Filipo y de su fingimiento estoy quejoso, y a hacerle me anticipo otro engaño no menos ingenioso; vengareme con esto.) (Ya sabes que a tu gusto estoy dispuesto.) (Diré que esta villana rústica, vil, de tan humilde estado, del pescador hermana, se me quejó de que la había robado, y que es como la pinta: muy noble, y con el nombre de Jacinta.) (¿Y qué consigues de esto?) (Si él vino con intento de engañarme, el mío verás presto, y saco, por lo menos, el vengarme. (Ella es venganza extraña.) (Que se engañe es muy justo quien engaña.) (Mira qué pensativo con tus razones, Celia, le has dejado.) Sin mí y conmigo vivo.) Aparte. (A ejecutarlo estoy determinado.) ¡Bella Flora, hija mía, de mis ojos la luz y la alegría! ¡Mira cómo pretende vengarse el duque, pues que Flora llama a Celia! Mal entiende engañarme; si a Celia sólo ama el alma, que desea ser suya, o ya sea Flora o Celia sea. Aparte. (¿Qué hemos de hacer, señora, pues como a Flora el duque a ti te habla?) (Responde como Flora; yo callaré, que ansí mejor se entabla.) Deje a Flora, señor, vuestra excelencia, y mire que está el Conde en su presencia. (Otón.) (Señor.) (Sin duda con él mal está Flora, y me responde Celia.) (¡Qué bien te ayuda!) (Ahora empieza mi enojo con el Conde.) Besarte los pies deja. De vos, Embajador, tengo una queja. (Agora se declara.) (Pues quéjate tú antes.) ¿Quién hiciera, o quién lo imaginara, que en pecho noble tal traición cupiera, tal maldad, tal engaño. sin propio bien y con ajeno daño? ¿Y es hazaña más noble el engañarme a mí? ¿Oh, quién lo hiciera? ¡Decir con trato doble que Celia Flora y Flora Celia era! ¿Con engaños pretendes disculparte, y con ellos te defiendes? Pues no podrás. ¿Qué engaño puede haber, si ella misma lo confiesa? (Ya llegó el desengaño.) (Aquí nuestra invención y enredo cesa.) ¿Yo pretendí engañarte? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Con quién? ¿Dónde? ¿En qué parte? A Celia me ofreciste cuando trataba Otón mi casamiento. ¿Por qué a Celia me diste? ¿Yo a Celia? ¿Hay más confuso pensamiento? Esta es mi hija y es Flora. ¿De nuevo vuelves a engañarme ahora? Habla, Flora: responde cómo eres Flora y eres la hija mía. Pues, ¿ya no sabe el Conde quién soy? Sé que eres Celia. (¡Y aún porfía! ¡Otón, ya hay más locura!) Tu error con lo que mata me asegura. Yo soy Filipo, cierto, que como embajador del padre mío vine a aqueste concierto. Ya lo sé, y de tu nombre desconfío una tan gran bajeza que escurece tu fama y tu nobleza. Si mi nombre sabías, ¿por qué con tal engaño me tratabas? ¿Aún en eso porfías? Mas, ¿por qué tú a una dama la sacabas de su casa? ¿Es ufana acción traerla en traje de villana? Ella se me ha quejado, diciéndome que tú Filipo eras y que la has engañado. Cuando con eso disculparte quieras, ha de ser sin provecho, que yo estoy de mí mismo satisfecho. Ella es hermosa dama, principal, rica, noble y virtüosa, y Jacinta se llama. ¿Jacinta? ¿Aquí? ¿Conmigo? ¿Quién vio cosa más crüel, más tirana? ¿Jacinta aquí? ¿Y en traje de villana? (¡Carlos! ¡Carlos, Leonelo!, ¿vistes si con nosotros ha venido Jacinta a aqueste suelo?) (Si oculta de nosotros la has traído, ¿para qué lo preguntas?) (¿Quién en el mundo vio más penas juntas? ¿Yo a Jacinta, vestida de villana, la tengo aquí conmigo? No la vi ansí en mi vida; el cielo, siempre juez, aquí es testigo.) (¿Y el duque adivinaba quién era, y que Jacinta se llamaba?) ¡Oh, qué bien he vengado el engaño que hacerme pretendía!) [Ap. (Linda ocasión he hallado, Celia, para seguir la invención mía.) (Apriétale tú ahora, ni como Celia bien, ni como Flora.) Pues, viniendo a casarte con Flora, ¿otra mujer traes a sus ojos? ¿En qué puedes fundarte, trayendo a Flora, di, tantos enojos? (De Flora el pensamiento ofendido ha ayudado nuestro intento.) Señor, aquesa dama es verdad que es tan noble –caso extraño– que Jacinta se llama; que la quise es verdad, pero es engaño decir que la he traído. (¡Mirad a lo que ya se ha persuadido!) Sale Jacinta. Si siempre ha hallado piedad quien en los nobles la busca, yo vengo a decir verdades. Esta es Jacinta sin duda.) Jacinta mía, ¿qué tiempo, qué miserable fortuna tus cortesanos adornos en rústicas ropas muda? Aparte. ¡Filipo es este, ay de mí! ¿Qué haré? Mas ya me asigura el engaño de Fadrique que mejor me disimula.) Aparte. Si de tu rigor, Jacinta, pretendes hallar disculpas viniendo a buscarme así, mi vida y alma son tuyas. ¿Qué Jacinta o qué nonada? ¡Arre allá! ¿Qué? A quien procura tu vida, ¿ansí le desprecias? (Él se lo creyó sin duda.) (Aquí veras si es verdad, señor, lo que te asiguran Celia y Flora: esta es Jacinta.) ¿También das en sus locuras? Jacinta, Jacinta eres. No es tiempo de que te encubras, y si tú al duque lo has dicho, ¿para qué lo disimulas? Él por ti me ha dado quejas de que, ingrato a tu hermosura, te desprecio. Esta es mentira; que tu rigor es la culpa. Dile cómo no has venido conmigo; que si me ayudas, verán Celia, Flora, el duque mi intención sencilla y pura. Jacinta, ¿por qué te escondes? Jacinta, ¿es bien que te encubras? ¡Todos lo confirman! ¿Todos? Pues todos el nombre mudan: yo soy Cintia. ¿Qué me quieren? ¿Qué es lo que ingrata procuras, callando tu mismo nombre? ¿Quién vio selva más confusa? Dama, villana fingida, ¿por qué aquestas selvas turbas, llenándolas con engaños de confusiones y dudas? Si piensas que con aqueso tu facilidad disculpas cuando por aquestos campos liviana los hombres buscas, engáñaste, que ya saben quién eres. Pues, dama mustia, vivo bote en quien se ponen por defuera las unturas, ¿por qué se mete conmigo con esa cara de luna en menguante si la lavan y en creciente si la untan? ¡Miren el crespo copete de trasplantada pelusa que está allí como nacido! La conciencia la disculpa, pues al encubrir las calvas, dizque es temer las censuras, que ya a los calvinistas concilios los descomulgan; del Gran Turco dizque tienen otras lo que les relumbra, mas ella tiene del moro Albayaldos la blancura. No busco los hombres yo, mas, ¿quién tendrá más disculpa: quien los encubre en su casa o quien dicen que los busca? Vase. ¡Aguarda, Jacinta, aguarda! ¡Escucha, Jacinta, escucha! Aunque te vistas de viento, aunque te calces de pluma, te seguiré, ingrata Dafne que entre la verde espesura de aquestas selvas te escondes y entre sus matas te ocultas. ¡Síguela, Carlos! ¡Leonelo, detenla! ¡Jacinta, no huyas! ¿Por qué, señor, me detienes? ¿Por qué mi intento perturbas? Vanse. Aguarda, Filipo, oye. Yo quise hacerte esta burla por la que tú me habías hecho de callar tu nombre. Excusa el detenerme, que voy ciego tras tanta hermosura. ¡Plegue al cielo que algún árbol detenga la veloz fuga! ¡Que no es Jacinta! Sí es, o la natural pintura en estampa duplicada hizo dos formas en una. ¿Ella no te lo había dicho? No había dicho. ¿Qué procuras con decir que no es Jacinta? Todos, señor, lo asiguran ¿Por qué, señor, se lo niegas? ¿Otra? Con eso le ayudas a volver loco. O lo están todos o yo. ¡Escucha, escucha, Jacinta! Árboles, poneos delante; cortezas rudas, cerralda el paso; servid de estorbos, mirtos y juncias. ¿Cómo de áspides no sirvan vuestras espinas agudas? Resbilde de pomos, rosas, llamalda con hermosuras. Bella Dafne de estos campos, con el amor disimulas los defetos de un amante si te llama y no te alumbra. Si dices que yo te truje robada, mal asiguras con tu fuga tu verdad, mi delito con tu injuria. ¡Aguarda, Jacinta! ¡Espera! Que si las alas me ayudan del fuego que está en el pecho, rayo soy. ¡Jacinta, escucha!, o con mis voces serán, cuando al mismo cielo suban, los vientos poblada esfera y estas, las selvas confusas. Vase. ¡Basta! Él se lo creyó: pegósele la locura! ¿Qué hechizos, cielos, son estos? ¿Quédate ya alguna duda de que es Jacinta? ¿Pues cuándo el duque tuvo ninguna? ¿Quién no cree que esta es Jacinta? ¿Quién niega verdad tan pura? Tal estoy que yo no sé salir de esta enigma obscura. Ellos me lo harán creer, según estoy ciego. Sale Marcial. ¡Acuda vuexelencia, si no quiere ver la mayor desventura! Fadrique, con la porfía… ¿Qué Fadrique? ¿Aqueso dudas? ¿A Fadrique desconoces? ¡Aún me falta esta locura! Villano, ¡viven los cielos!, que si la verdad desnuda no me dices de quién eres, qué haces, qué quieres, qué buscas, quién es Cin[t]ia y quién Antón, que de este acero la punta ha de ser llave del pecho que estos engaños oculta. Cumpliose mi profecía.) Yo la diré, si me escuchas, tan desnuda que una Eva no haya andado más desnuda, más desnuda que un mentís de quien nada disimula, más desnuda que un «No quiero» que un avariento pronuncia, más desnuda que mujer de tahúr, y más que una dama de hijo de familias: ¡mira si es desnudez suma! Aparte. Dilo, acaba. Pues detenga esa llave, que se excusa para un arca cuando guardas no tiene la cerradura. Este, que aquí es jardinero, es Fadrique: esto es sin duda, porque huyendo de su hermano, que matarle un día procura desnudo se arrojó al agua, y tan felizmente surca que a aquesta orilla salió. Jacinta es la que le busca como Cintia; yo, Marcial, aunque Tirso me presumas. Esta es la verdad, señor, tersa, limpia, clara y pura; y pues en un cuero está, claro está que está desnuda. Lo que yo vengo a decirte es, señor, que al punto acudas a Fadrique, porque está loco. ¿Hay mayor desventura? Como Jacinta negó quién era con tanta furia y tú se lo confirmabas, ha dado en esta locura de decir que es pescador y que todos de él se burlan si le dicen que es Fadrique. ¡Gran lástima! ¡Suerte injusta! Otón, ¿qué es lo que veo? En este punto mi deshonra creo. Fadrique está fingido en mi casa, y de Flora conocido, y ella en presencia mía favores por instantes le decía. Y la infame villana, dama de aquel que la llamaba hermana, me dice: «Aquesto pasa, que los hombres encubre Flora en casa». Impórtale a mi honra vengar, casando a Flora, esta deshonra. ¿Por qué te has enojado? Porque Fadrique en nada te ha engañado: luego su nombre dijo, y el de Jacinta a voces. Yo me aflijo con causa, Celia fiera. Cuando tú le dijiste que fingiera, ¿por qué no me decía quién era? Esto me aflige. Yo que fingiera nunca se lo dije, que cuando le buscaba él ya contigo descubierto estaba. (¡Mía fue la locura!) (Remedia tu sospecha con cordura; que al sabio más le agrada el consejo, señor, que no la espada.) (Casarele con Flora.) (Véngate luego y disimula agora.) Sale Fadrique. Villano es bien me vea, pues quieren todos que villano sea. Mi venganza es razón que ansí publique. Villano soy, no quiero ser Fadrique.) Mas, ¿qué fortuna alcanza a costa de su daño la venganza? Aparte. (Allí Fadrique está.) (Yo quiero hablarle disimulando enojos, si, lenguas del dolor, no hablan los ojos. Fadrique, que ya puedo decir tu nombre sin temor y miedo, deseoso de verte… Pues, señor, ¿cómo me hablas de esa suerte? ¿A un rústico villano, que la espuma produjo en humor cano, a esta selva arrojado y de marinas fieras engendrado, hablas de esa manera? Mi humildad, mi bajeza considera. Ya no es tiempo, Fadrique, de encubrirte; que yo tomo a mi cargo ayudarte y servirte, y de Filipo ese disgusto largo le tengo de acabar con amistades. A cosas imposibles persüades; con tus honras me infamo. ¿Yo, Fadrique, señor? Antón me llamo. Pues, Fadrique, ¿qué es eso? Sin duda que Fadrique perdió el seso.) Aparte. Tirso. Deja, señor, esa porfía ¿A Marcial no conoces? ¿Por qué quieres encubrirte, señor? ¿Tirso no eres? ¿En este punto ansí no te llamabas? Era por el peligro en que tú estabas. Mas ya que el duque tu rigor remedia, di el nombre: acabarase la comedia. Esto le asiguraba cuando yo las verdades ignoraba; y pudo la aprensión de mi porfía tanto que de sí mismo desconfía. ¡Qué grande desventura! ¡Qué lástima! ¡Qué pena! ¡Qué locura! ¡Oh, si ya se casaran, porque tantos enredos acabaran! Dentro Jacinta y Filipo; y salen luego. Diré al duque quién eres, y que en su estado disfrazarte quieres. Detén, Jacinta, la veloz carrera. ¡Cintia, detente! ¡Aguarda, espera, espera! A una tienen los dos por dos mujeres. ¿Qué pretendes, Fadrique? Antón, ¿qué quieres? Celia, déjala ahora. ¿Adónde vas tan arrogante, Flora? ¿Por qué el valor encubres en palabras, si en obras le descubres? Fadrique, ¿por qué niegas quién eres, cuando a tanta gloria llegas? Fadrique, mis desvelos invención son de amor [y] furia [y] celos. Señor, la burla baste. Fadrique, yo estoy ya desengañado. Señor, en este instante he despertado. La merced que me hacías engendró unas confusas fantasías de que Fadrique era; mas si el pecho su origen considera, yo conozco que soy Antón, un hombre de bajo estado y con humilde nombre. ¡Ay, cielo soberano! ¿Qué veo? ¿No es Fadrique? ¡Hermano, hermano! A tus plantas rendido de mi tirano error perdón te pido. Aquí tienes mi vida, que, aunque ella eterna fuera hoy en albricias de la tuya diera. Pues, ¿para mí, Filipo, humildad tanta? ¡Gracias a Dios! Del suelo te levanta. Perdón te pido a aquesas plantas puesto. ¡Cásense ya, porque acabemos presto! Dame, hermano, tus brazos. Ya de eterna amistad han de ser lazos. Fadrique, ¿puedo ya, sin que te asombre, darte los brazos y decir tu nombre? Y por pagar, señor, lo que te debo, para pedir a Flora no me atrevo. Y pues Fadrique tan dichoso ha sido, a Celia por mujer, señor, te pido. Yo las doy a los dos. ¡Cásense presto! Humillado a tus pies… A tus pies puesto… ¿no es Celia? Flora es. No están casados? ¿Aún no están los enredos acabados? ¿Aquesto ha merecido el amor con que siempre te he seguido, y para esperar esto los peligros han sido en que me he puesto? Si yo a Flora he pedido, ha sido por mostrarme agradecido con Flora y con mi hermano. Doyle a Flora a Filipo, a ti la mano. Aunque me venza ahora, mía será Jacinta, tuya Flora. ¡Cuanto es mejor, casados, dividir en los dos los dos estados! Filipo de Milán es heredero, y si a Jacinta adora, case con ella, y con Fadrique Flora, que es la que a Mantua hereda. …Porque casados acabar se pueda la confusión que en esta selva ha habido de cuyos yerros el perdón os pido.