Personajes DON ÁLVARO DE ACUÑA DON PEDRO DE SILVA, viejom DON JUAN DE TOLEDO DON DIEGO DE MENDOZA HERNANDO, gracioso DOÑA ÁNGELA, hermana de don Álvaro DOÑA BEATRIZ, hija de don Pedro LUISA, criada de doña Ángela INÉS, criada de doña Beatriz CUARTO GALÁN QUINTO GALÁN UN ALGUACIL GENTE Jornada I Salen don Álvaro y doña Ángela. Preguntando a una crïada que quién era la visita que esperas me respondió que es doña Beatriz de Silva. Es verdad; a verme viene esta tarde. Yo quería, como tu hermano y tu amante, pedirte, Ángela divina, una licencia. Si es para lo que mi malicia ya ha discurrido otras veces, no quiero, Álvaro, que digas que como amante, pues basta que como hermano la pidas. ¿Pues por qué de amante el nombre desdeñas? Porque sería ponerme en obligación de tener celos. ¿No miras, que amor de hermano y amante no implica otro amor? No implica; pero háblame como hermano no más, porque es grosería, si con un nombre me ofendes creer que con otro me obligas. Yo no me quiero poner contigo en sofisterías, porque ya sé que tu ingenio se saldrá con cuanto diga, según la opinión te ha dado de galante y esparcida en ocasiones que a mí me ha pesado harto de oírlas; pero ahora no es del caso; escúchame, por tu vida. Yo, Ángela hermosa, una tarde de las que en julio fulmina, herido del can del cielo el sol sus ardientes iras, a Manzanares salí solo a ser en sus orillas número añadido a tanto concurso como las pisa. Iba en un rocín de campo, en que discurrir podía a todas partes, sin que se reservase a mi vista puesto ninguno de cuantos en derramadas familias o los recata el honor o los guarda la malicia. Aquí cantan, allí bailan, aquí parlan, allí gritan, aquí riñen, allí juegan, meriendan aquí, allí brindan: país tan hermoso y tan vario, que para ser la florida estación de todo el orbe la más bella, hermosa, y rica, solo al río falta el río, mas ya es objeción antigua. De sus laberintos verdes las entradas y salidas penetraba, cuando en una parte oculta y escondida a una tropa de mozuelos oí que una mujer decía: “Cierta dama, gentilhombres, que aquí se baña, os suplica, que torzáis hacia otro lado la senda, por cortesía”. “¿A qué venimos nosotros, —respondió de la cuadrilla uno—, sino a recoger eso que se desperdicia?”. Replicó la mujer, y ellos, sin que el ruego les impida, pasar quisieron; yo entonces les dije: “Mucho me admira el ver que haya hombres que nieguen donde hay mujeres que pidan”. “¿Quién le mete a usted en eso?” dijo con grande mohína el mismo. “Mi obligación”, respondí, y a toda prisa di de los pies al caballo, y pasando por encima de todos ellos, la espada en la mano, di una herida a uno; esto no es alabarme, pues no es mucha valentía hacer que huyesen, no habiendo quien mal hable que bien riña. “Muerto soy”, dijo el herido; yo, por si acaso acudía al ruido de las espadas o a sus voces la justicia, irme quise cuando escucho, que otra mujer me decía: “No os ausentéis, caballero, porque no será acción digna del valor que habéis mostrado dejar solas y afligidas en tal lance las mujeres”. “Pésame que inadvertida mi atención —dije— aguardase a que vuestra voz le diga lo que ha de hacer”, y dejando la rienda a una rama asida, al coche me acerqué, adonde unas sábanas prendidas a las zarzas que había cerca, tienda de campaña hacían a una deidad que ni bien desnuda ni bien vestida la prisa la embarazaba para no adornarse aprisa. Bien quisiera yo pintarte de su hermosura divina algún rasgo, pero en vano mi lengua lo solicita, así, Ángela, porque el aire con ningún color se pinta, como porque aunque hubo tiempo de verla, no de advertirla, pues apenas me sintió, cuando (¡ay de mí!) fugitiva desde la estancia al estribo corrió, echando la cortina, bien como exhalación breve que al ir dejando la línea de sus centellas, apenas es luz cuando no es ceniza, si bien por presto que quiso ser mirada y no ser vista, no me dejó de dejar dos señas por quien seguirla, pues en el aire el cabello, hebras tremolando rizas, pues en la tierra la planta, huellas dando mal distintas, aquel lo abrasaba todo, todo esta lo florecía, siendo en las cifras del fuego y de la hierba en las cifras, carácteres para mí lo que abrasa y lo que pisa. Entrose, pues, y a este tiempo el cochero, que no había parecido en la pendencia, costumbre en ellos antigua, recogiendo los despojos, apenas tomó la silla cuando como ya era huir, lo hizo con notable prisa. A cuatro pasos, mezclados con las tropas infinitas de otros coches, no hubo quien nos conozca ni nos siga. Llegamos, pues, a Madrid, donde ya convalecida de todo el susto la dama, con mil corteses caricias al socorro se mostró afable y agradecida, dando nombre de fineza al acaso o a la dicha. Mandome que no siguiese el coche, y aunque rendida el alma dio la palabra, no pudo el amor cumplirla. Di el caballo a Celio; a pie seguí sus luces divinas hasta que supe quién era, tomando desde otro día por tarea de mis ansias, por labor de mis fatigas solo adorarla, y al fin ha podido la porfía de mis postrados afectos, de mis finezas rendidas, que no las desfavorezca ya que no que las admita: neutral conmigo, ni bien afable ni bien esquiva se conserva, sin que sea mi amor lástima ni envidia. En este tiempo (¡ay de mí!) quiso la ventura mía que ganases su amistad allá en no sé qué visita, conservándola después el ser las dos tan vecinas, y supuesto que los cielos tanto, hermana, facilitan los medios por donde pueda mi fe adorarla y servirla, te ruego que en mí la hables, y de mi parte la digas en orden a su respeto cuánto es mi esperanza digna de sus favores, pues siendo tú instrumento de mis dichas, podrá ser, si no me engaña el deseo, que algún día venga a verte como hermana quien hoy viene como amiga. Cierto, Álvaro, que te estoy en extremo agradecida, pues cuando más me encareces lo que te pesa que digan bien de mi ingenio, eres tú quien más me le calificas. ¿Cómo? Como dicen que este es oficio de entendidas, y debe de ser verdad, pues dentro acá de mí misma me siento ya aprovechada en cierta cosa. ¿Qué es? Dila. En que ya me estoy muriendo. ¿Por qué? Porque algo te pida, solo porque no te salga de balde la tercería. Beatriz ha de merendar, y que no sabré, imagina, hablarla de parte tuya si merienda a costa mía. Por eso... No digas más: ¿qué quieres que te envie? Mira, al chocolate llamamos agasajo en las visitas, pero no es más que agasajo, y ansí, que enviases querría a mi señora cuñada algo más con que la sirva. Para merienda ya es tarde; no es posible prevenirla; dulces te enviaré. A eso llaman frialdades y boberías las discretas; pero vengan. ¡Notable estás! ¿Qué te admiras? Esto el oficio lo trae consigo. A Dios. Oyes, mira. ¿Qué dices? Lo que es comer, divierte, pero no aliña. ¿Qué quieres decir en eso? Que si a las confiterías vas de la calle Mayor, en ellas hay puntas, cintas, abanicos, guantes, medias, bolsos, tocados, pastillas, bandas, vidrios, barros, y otras diferentes bujerías, que son cosas que yo puedo decir que acaso tenía en mis escritorios. Creo, Ángela, que ha muchos días que sabes el arte. Un buen natural presto se aplica, y esto el oficio lo trae consigo. Al punto imagina que vuelvo con todo cuanto me ordenas, porque querría tomarme alguna licencia para entrarme en la visita. Vase. Yo te la doy desde luego; ¿hay cosa de mayor risa, que ver a un enamorado cómo sus afectos pinta? ¡Pobres dellos, y dichosa yo, que no supe en mi vida lo que es querer bien a nadie!, sino libre, ufana, altiva hacer donaire de todos sin que haya tan atrevida pasión que piense que a mí me avasalle mi me rinda. ¿Yo celos? ¿Yo amor? ¿Yo ausencia? Sale Luisa. ¿Señora? ¿Qué quieres, Luisa? De doña Beatriz el coche ya está a nuestras puertas mismas, y ella en la escalera. Pues salgamos a recibirla. ¿Era hora que llegase, hermosa Beatriz, el día de tanta felicidad para esta casa? Sale doña Beatriz con manto, y Otáñez, escudero. Yo, amiga, a tanta ventura soy deudora de las albricias: ¿cómo estás, Ángela hermosa?, ¿cómo te va, por tu vida? Amiga, para servirte, ufana y desvanecida con tal favor; ¿cómo vienes? Alegre y agradecida con tu gusto, pues por hoy las tristes pasiones mías me darán treguas con verte. Luisa, el manto a Beatriz quita, y quitarasme a mí el susto de pensar que está de prisa, para asentarse: este es tu lugar. Ángela mía, aquí estoy bien, siéntate. No estás, Beatriz, por mi vida. Por obedecerte, tomo el lugar. Mucho me admira de que me diga que está triste quien está tan linda. Mira, Luisa, qué cabello este... Dios se lo bendiga. Amén. Aparte. (No he visto mujer más mal tocada en mi vida.) (Cuidado, damas, que así alaba la más amiga.) Si pensara que no era lisonja, y que ser podía eso verdad, me dejaras con mis tristezas mal quista. Si un instante antes vinieras aquí quien dijera había si era lisonja o no. ¿Quién? Mi hermano. Su cortesía, su gala, su discreción, y el ser quien es, son, amiga, jueces muy apasionados, y no me espanto que diga bien conociéndome quien sin conocerme me libra de un riesgo. Ya me ha contado todo el suceso. En tu vida te hubiera agradado cosa como ver su bizarría; ¡qué airoso! ¡qué en sí! ¡qué atento! ¡qué galán! Mucho me obligas, y en verte tan de su parte un gran cuidado me quitas. ¿Cómo? Tengo las agencias de su amor, y pienso, amiga, que tengo menos que hacer, que pensé. Eso no me digas, no me hagas salir colores, y baste que te repita que don Álvaro... ¿Qué dudas? ...ha podido... No te aflijas, anímate, di. ...borrar ciertas memorias antiguas de un amor con quien mi padre trató casarme en Sevilla. Y dime... Salen al paño don Diego y Luisa. Teneos. Decid que importa el hablarla. Luisa ¿qué es eso? Es un caballero que entrar hasta aquí porfía diciendo que importa mucho hablar, sin que se lo impidan, a la señora Beatriz. ¿A mí? A vos. Mucho me admira que las licencias que aun no tenéis en mi casa misma queráis tener en la ajena, señor don Diego. ¿Es, amiga, de quien hablabas? No. Pues caballero, ¿qué osadía es esta? Escuchad, sabréis... ¿Qué? Que hay disculpa. Decidla, que a trueco de que la haya me holgaré mucho de oírla. Yo para un negocio mío un coche hube menester aquesta tarde, y al ver que el vuestro volvía vacío llegué a decirle al cochero que si ir conmigo quería yo se lo agradecería, y aunque lo dudó primero, después se humanó... en fin, antes de llevarme a la ocasión donde iba, en el pesebrón vi esta joya de diamantes, que sin duda se os cayó del pecho, y considerando que habíais de sentirlo cuando menos la echásedes, no quise alargaros la pena que en la pérdida tendréis; y pues no importa que estéis en casa propria o ajena para hacer yo aquesta acción el perdón de hallazgo os pido. Tomad, pues, y ved si ha sido suficiente la ocasión que me ha obligado a traella a esta casa, siendo así, que solo me trae aquí servir a Beatriz con ella. Digo que si bien se advierte, la ocasión de vuestro intento disculpó el atrevimiento. Yo no. ¿Cómo? Desta suerte: concienzudo caballero que a restituir venís esa joya que decís, dejarme engañar no quiero del modo que habéis fingido para dármela, pues ya menos aquí importará que sepa Ángela que ha sido engaño vuestro que no que vos entendáis que al vella por disimular con ella trato de admitirla yo. Ved, que en vano os enojáis, porque yo la hallé, señora. Es verdad, pero es ahora, don Diego, cuando os la halláis. ¿Luego tú no la has perdido? Yo no. ¡Ay amiga!, yo sí, y hasta este instante, ¡ay de mí!, en ello no había caído. ¿Qué dices? Aparte. (Las presunciones castigo de un majadero, que para dar su dinero anda buscando invenciones). Caballero, Beatriz bella esa joya no perdió; quien la ha perdido soy yo, que antes que viniese ella a verme, me había enviado el coche, en que yo salí a un negocio; y siendo así que vos os la habéis hallado habiéndola yo perdido, ver al dueño, ¿qué os admira? (¡Qué bien compuesta mentira!) Aparte. (¡Vive Dios, que me han cogido!, porque negarla sería confirmar que engaño fue, y darla a quien yo no amé también será bobería: ¿qué haré?). ¿Qué pensáis, señor? Si mi voz que es mía os avisa, mostrad. Tómasela. Esta es. Toma, Luisa, y átala otra vez mejor, que no en todas ocasiones hay quien tan buen alma tenga que a volver las joyas venga que se halla en los pesebrones. Mucho me huelgo de haberos servido. Aparte. (¿Quién tal creyó?) Mucho más me huelgo yo, y pues que llegué a deberos de la joya la fineza, llegue a deberos también la de iros, que no es bien teneros con la tristeza de pensar que en lance igual os halle mi hermano aquí. Dicho y hecho. Como así. Como hablando en el portal con un hombre (¡ay de mí!) está. ¿Qué importa? Yo le diré que a traer la joya entré, y ella me disculpará. Aun eso fuera peor, que él no sabe que la tengo, porque yo siempre prevengo, como es mozo y jugador, guardarlas dél. ¿Pues qué haremos? No sé, que si le halla aquí, por ti, Beatriz, o por mí, siempre obligado le vemos a tener celos. Ved vos ¿qué trazáis?, ¿qué disponéis? Que a este aposento os entréis, y halle solas a las dos, que este es solo un excusado tránsito para pasar a mi cuarto; y así, estar en él podéis sin cuidado. ¿Qué habemos de hacer, supuesto que no hay remedio mejor? Temblando estoy de temor. Pues ya sube, escondeos presto. (Yo habré hecho linda fineza, si después de haber perdido la joya, estando escondido, me rompiesen la cabeza.) Escóndese y sale don Álvaro. Enojaraste conmigo, porque con estilo nuevo, Ángela, aquí a entrar me atrevo estando Beatriz contigo, pero no puede el castigo de tu enojo ser mayor que de la ausencia el rigor, si no entrara, y así intento morir de mi atrevimiento antes que de tu temor. (¡Qué es esto que escucho, cielos! ¡Que no le baste a uno dar sus joyas, para no estar escondido y tener celos!) Vuestros corteses desvelos siempre en mi pecho han tenido un afecto agradecido. Ya merece quien merece amar a quien agradece. Que en eso no habléis os pido. ¿Por qué? Por la inmunidad que goza el entrar aquí. ¿No os fiáis de Ángela? Sí. Otro no escucha. Es verdad, pero esto mi voluntad pide. A poder, yo lo hiciera. (¿Mi sufrimiento a qué espera?) (¿Si oirá don Diego? ¿Pues no? su joya le diera yo, y algo más, porque no oyera: ¡oh quién pudiera de aquí echar agora a mi hermano!) Vuestro cielo soberano... Deja eso y escucha. Di. ¿Trájose ya aquello? Sí. Pues da licencia. ¿De qué? De quedar solas, porqué quiero que mi cuarto vea Beatriz. Solo dar desea nobles indicios mi fe de obediente y de rendido. Ven amiga, y aunque habrás de perdonar, tomarás no sé qué que ha prevenido mi amistad. Traición ha sido tratarme con cumplimiento. Al entrarse ellas, él las acompaña. Solo agasajarte intento; tú verás que no lo es. ¿Dónde vas? ¿Que voy, no ves, tras mi mismo pensamiento? Pues tú has de irte antes de aquí, porque no quiero correrte con que veas de qué suerte a Beatriz trato. Sea así, que eso me está bien a mí, no siendo de la manera, Ángela, que yo quisiera. Quedad, señora, con Dios. Hace que se va, y en entrándose ellas, vuelve como acechando. Cierra, Luisa. Entrad las dos. Luisa, no cierres, espera. ¿Qué es lo quieres? Humano girasol de esa belleza, seguir piensa mi firmeza su resplandor soberano. ¡Salió nuestro intento en vano! (Desde este pasillo quiero acecharlas.) (¿Ya qué espero?) Esto es hecho. (¿Quién llamó?) Al ir a entrar donde está el escondido, llaman a la puerta, sale don Pedro viejo, y él no entra. Señor don Álvaro, yo sabiendo que estaba... (Hoy muero, pues la ocasión he perdido de ver su luz soberana.) ...con Ángela, vuestra hermana, Beatriz mi hija, no he querido pasar sin haber subido a servirla de escudero, porque de suerte la quiero que como padre y galán, adonde quiera que están sus luces, por verlas muero. Doña Beatriz, mi señora, esta casa honrando, ufana con tal favor, de mi hermana el cuarto ilumina y dora. Yo también llegaba ahora y entrar en él no he querido por el respeto debido a su justa estimación. No es nueva en vos la atención. Pero ya que habéis venido, de vos podré apadrinado entrar. Cómo está aquí, avisa, el señor don Pedro, Luisa. Venid, guiaraos mi cuidado. Siempre de vos vivo honrado. Y de camino, oyes, di que pongan luces aquí. Ya prevenidas están. Sacan luces. (Los dos hacia el cuarto van, de extraño empeño salí.) Al entrar los dos salen doña Ángela y Beatriz. Prevención tan lisonjera no es tratarme con amor. ¿Qué es eso, Beatriz? Señor, quejarme que Ángela quiera regalarme de manera que tarde desempeñarme podré. Si eso es afrentarme, ya Beatriz bella, lo estoy. Yo solamente lo soy, señora, pues llego a hallarme con Beatriz en ocasión de queja. Su cortesía habrá de una niñería hecho más estimación que merezca la atención de Ángela. Pues que te ves tan obligada, que des será justo algún indicio de pagar el beneficio. No es fácil, señor. Sí es; pues con esto a la señora doña Ángela pagarás. ¿Con qué? Con no cansar más, porque ya de irnos es hora. Tómala de la mano. Responder mí voz ignora a tanta cortesanía. ¡Qué breve que ha sido el día! A Dios. (Buen susto me dejas.) (¿De quien, Ángela, te quejas? ¿Ha sido la culpa mía?) Toma esa luz. (¡Ay de mí!, ¡qué presto anochece hoy!) ¿Dónde vais? Sirviéndoos voy. No habéis de pasar de aquí. Poco con vos merecí. No; de ninguna manera. ¿Pues hasta el coche siquiera cómo lo podré excusar? (¡Válgame Dios, qué pesar llevo conmigo!) Vanse haciendo cortesías, y quedan Luisa y Ángela, y sale al paño don Diego. ¡Qué fiera confusión! ¿Qué temes, di? Hallarme (¡qué sentimiento!) con un hombre en mi aposento. Tal me sucediera a mí. ¿Fueronse ya todos? Sí. ¿Luego salir puedo? No, que, a lo que a entender me dio, volverá a subir ahora. ¿Pues qué hemos de hacer, señora? Eso es lo que no sé yo; aunque he de hacer de manera que mi hermano (¡suerte escasa!) vuelva al instante de casa a salir, aunque no quiera. Hasta entonces yo quisiera... ¿Qué? Que en otra parte esté, no al paso. Allá dentro ve y asegura mis recelos. Venid. ¿Sin joya, con celos, y escondido? Apostaré, que si acaso la salida aquesta noche encontráis... ¿Qué? Decid. Que no os halláis otra joya en vuestra vida. Vanse, y sale don Álvaro. Ángela hermosa, no sé con cuál agradecimiento puedan a finezas tuyas corresponder mis deseos; no creerás cuánto te estimo el agasajo que has hecho a Beatriz. ¿Yo qué agasajo, si te cuesta tu dinero? ¿Hablástela en mí? ¿Pues no? ¿Y qué sientes della? Siento que está muy agradecida a tus amantes afectos; y una cosa que me dijo dilatártela no quiero, aunque venderla pensaba de alguna alhajilla al precio. ¿Qué te dijo? Por tu vida, Ángela, dímelo presto, no tengas pendiente el alma de tu voz. Que fueses luego a su calle, que saldría a hablarte a la reja. ¿Es cierto? ¿Cuándo suelo yo mentir? (Agora.) Aparte. (¿No importa menos que él en la calle se esté toda la noche al sereno que no que no salga estotro?) El aviso te agradezco. No mucho, según parece. ¿Cómo? Como no te veo ir tras ella. ¿Pues no ves que es temprano para eso? ¿No ha de llegar a su casa, y aun recogerla primero que salga a una reja a hablar?, y así yo, para hacer tiempo, ponerme a escribir quería, que hoy es día de correo, y no es posible que falte carta a don Juan de Toledo, mi amigo, con cierto aviso en materia de los pleitos que tiene en aquesta corte. (Señora, nada hemos hecho.) (Sí hemos hecho, y mucho.) (¿Qué?) (Saber que haya de irse luego, fuera de que si a escribir entra en su cuarto, habrá tiempo que ese caballero salga.) ¿Luisa? Señor. Tráeme presto recado aquí de escribir. ¿Aquí? Sí. ¿Pues a qué efecto? ¿En tu cuarto no estarás mejor? Está aquí más fresco como es paso; éntrate tú, Ángela hermosa, allá dentro. Quédate con Dios. (¿Hay cosa como que tu hermano mesmo te mande ir adonde está un hombre escondido?) (¡Cielos! ¿qué me sirve no tener amor, si los sustos tengo?) Vanse. ¡Qué fatiga es tan honrada, pero fatiga en efecto, la de escribir! Bien decía un cortesano discreto que si hubiera tienda donde algún mercader de ingenios vendiese cartas escritas, fuera el más seguro empleo del mundo. “Amigo y señor...” Escribe, y suenan espadas dentro. Dentro. Huid, cobardes. ¿Qué es aquello? Cuchilladas en la calle se escuchan. ¡Ay que me han muerto! ¿Cómo se puede excusar no salir tal vez, oyendo que esta es una de las muchas necedades que hace el cuerdo? Dentro. Huye Hernando. Dentro. Ya te sigo. ¿Quién se entra aquí? Salen Hernando y don Juan, con las espadas desnudas. Caballero, que la casa y la persona dan muestras... ¡pero qué veo! ¡Válgame el cielo! ¡Qué miro! ¿Don Juan? ¿Don Álvaro? Bueno; no nos faltaba ahora más, sino es quedarnos suspensos: caballero, por amparo hemos venido acá dentro, que no por admiraciones. Dadme los brazos. No creo, que seáis vos, que dicha, y mía son dos contrarios opuestos. ¿Vos en Madrid y en mi casa tan acaso? ¿Pues qué es esto de verme con vos hablando cuando os estoy escribiendo? No sé, don Álvaro, cómo pueda mi voz responderos, porque añadida esta duda a los extraños sucesos de mi vida, estoy absorto. Reportaos, deteneos, haré cerrar esas puertas, y hallándoos una vez dentro de mi casa, creed de mí que a todo trance soy vuestro. Entra dentro. ¿Quién creyera, Hernando, quién, que pudiera hallar enmedio de mis desdichas mis dichas? ¿Quién es este caballero? Es don Álvaro de Acuña. Si acuña, al nombre me atengo. El mayor amigo mío. Dichoso ha sido el encuentro. Sale don Álvaro. Ya están las puertas cerradas; y aunque en la calle hay estruendo de voces y gente, nadie os sigue; sacadme, os ruego, de dudas y confusiones tan grandes. Aunque confieso la objeción de hacer ahora relación, estadme atento. Bien os acordáis que estando los dos en Flandes sirviendo, donde fuimos tan amigos que vivió con nudo estrecho, si no en dos cuerpos un alma con dos almas cada cuerpo, tuvimos, yo de Sevilla, y vos de Madrid, dos pliegos que ya que no desataron el nudo le dividieron, pues teniendo nuevas vos de ser vuestro padre muerto, y que hermana, honor y hacienda llamaban a su remedio, y yo de que el mío tenía, concertado un casamiento, porque túnicas de Marte trocase a galas de Venus, fue forzoso que los dos, con dos tan justos pretextos, diésemos vuelta a la patria, conservando en nuestros pechos la amistad, bien que a pesar de la distancia y del tiempo. Llegué a Sevilla (¡ay de mí!) donde el divino sujeto vi de la hermosura a quien me destinaban los cielos para dueño y para esclavo, que no merece ser dueño de una deidad quien no sabe ser esclavo para serlo. Ufano y desvanecido la adoraba, maldiciendo conveniencias que los padres ajustan en sus conciertos, pues ellas me dilataban bien tan grande y tan inmenso en tanto que no venía de las Indias un empleo caudaloso que mi padre el año antes había hecho. Cuál estaría, pensad, un alma (¡ay Dios!) que había puesto su felicidad en manos de contrarios elementos, pues de amor y hacienda ¿quién esperará buen efecto con el hacienda en el agua, con el amor en el viento? Dígalo yo (¡ay infelice!) pues vino nueva a este tiempo de que se perdió la flota, lástima común del reino, y nueva (¡ay de mí otra vez!) de que a su padre había hecho su majestad en la corte merced de no sé qué puesto. Mirad vos cómo pasaran adelante los conciertos viéndonos casi en un día yo bajando y él subiendo. ¡Mal haya quien dice, amén!, que es venturoso un sujeto que vive con esperanza: ¿virtud que no entra en el cielo, puede, en lo moral hablando, ser dicha? No puede serlo; dichoso es quien no la tiene ni ha tenido, pues con eso goza en cualquier bien de más todo lo que está de menos. Con la pérdida mi padre empeñado, pobre y preso, con su cargo el de la dama, ufano, rico y contento, mal pudieran ajustarse los dos, que dos instrumentos disuenan si uno está bajo y alto otro. Añadid a esto la ausencia. ¡Oh cielos, y cuáles deben de ser mis tormentos, pues llega tarde la ausencia solo a hacer número en ellos! Yo, que con la cercanía de la esperanza, había hecho empeños de amor, que entonces eran deudas y no empeños, quedé... pero no es posible decirlo ni encarecerlo; entiéndame quien entiende los idiomas del silencio. Bien quisiera yo venir tras ella al instante mesmo que se ausentó, mas no pude, por acudir a los pleitos que el crédito de mi padre padecía, de que os tengo dada noticia, y a que vos acudís. En efecto, dejándole en más quietud, tras mi fortuna me vengo a ver si encuentro en la ajena el bien que en mi patria pierdo, que aunque es verdad que no traiga en mi favor más alientos que la necia confianza de pensar que en algún tiempo merecí favores suyos, bien que favores honestos debajo de las licencias de esposo, con todo eso, si fue verdad que me quiso me querrá, porque el primero amor, tarde o nunca puede borrarse de un noble pecho. Al fin, don Álvaro, yo rendido, amante y sujeto, a quien amé como a esposa a ver como a dama vengo. Llegué esta noche a Madrid, y aunque del camino muerto, no pude acabar conmigo descansar sin que primero diese una vuelta a su calle, que ha de ser, a lo que pienso, según las noticias traigo, en este barrio. Viniendo por él ese crïado y yo, llegó una tropa diciendo que les diésemos las capas, cogiendo a los dos en medio. Yo, mal desembarazado, la espada saqué, y haciendo ese crïado lo mismo, que es tal vez valiente el miedo, contra toda la cuadrilla tratamos de defendernos. “Muerto soy”, dijo, y cayó uno en la calle, y yo viendo todo el barrio sobre mí, retirarme quise a tiempo que sacabais luz, y como noticia ninguna tengo de las calles de Madrid, turbado, confuso y ciego, a ampararme della vine, que es todo el bien que le debo a mi fortuna. Esta es mi venida; este el suceso que me tiene en vuestra casa, tan consolado con veros que me persuado a que no traigo penas, sentimientos, quejas, disfavores, ansias, pérdidas y desconsuelos, sino glorias, dichas, gustos, felicidades, contentos, pues todo esto halla quien halla amigo tan verdadero. Admirado me ha dejado la relación, mas no quiero que discurramos agora en sus acasos diversos, sino solo en una parte, y es que pues previno el cielo, no sin misterio, que fuese mi casa sagrado vuestro, que él os valga; y pues no os siguen, ninguno debió de veros entrar en ella, conque me parece buen acuerdo que no volváis a la calle, pues estando un hombre muerto es fuerza acudir justicia y pueden reconoceros, y no es bueno para nada, y así, a mal pasar dispuesto, quedaros es lo mejor aquí esta noche. No quiero, don Álvaro, embarazaros, sino que reconociendo la calle, me dejéis ir. No dejéis, que es lo más cierto. Esperad, diré en el cuarto de mi hermana, que al momento vengan a hacer una cama. Hagan dos. Daros no intento ese cuidado. El cuidado que habéis de dar ya le tengo, pues la ocasión esta noche de hablar a una dama pierdo, que os vais o no, pues dejaros no es posible; y así, os ruego que aquí os quedéis. Vase. Me conformo: yo no he visto caballero tan puesto en razón jamás. Es amigo verdadero. Mas que sea mentiroso, y durmamos y cenemos. Fuimos los dos camaradas. Pues agora lo seremos los tres. Dentro. ¡Ay de mí infeliz! Ruido de espadas dentro. ¡Muere, traidor! ¿Qué es aquello? Espadas. ¿En casa? Sí: paréceme que podemos ir a buscar otro amigo, en habiendo aquí otro muerto, que nos recoja. ¿Que aguardas? Conmigo entra. Sale Ángela alborotada. Caballero, si el ser mujer os obliga, dad a mi vida remedio, y esa desdicha excusad, de que yo culpa no tengo. Dejadme entrar, que palabra os doy de hacer lo que debo. Dentro. ¡Muere traidor! Dentro. Escuchadme. Salen riñendo. A vuestro lado estoy puesto. Sabréis... Es sordo el honor. ¡Jesús mil veces, el cielo me valga! Cae en el tablado como muerto. A Dios, y van dos esta noche. Ya que el duelo cumplí con satisfacerme en lo más fuerte primero, agora en tu pecho, aleve hermana... ¡Ay de mí! Pónese delante don Juan. Teneos. Pues vos, don Juan, ¿contra mí, y en favor de quien me ha muerto el alma, que es el honor, os ponéis? ¡Terrible empeño! Yo, don Álvaro... ¡Qué pena! ...mi vida... ¡Qué ansia! ...os ofrezco, no digo por vuestro honor, pero por un gusto vuestro. Pues si he muerto ya ese hombre, y otro recurso no tengo que dar la muerte a una ingrata, dejadme. Aqueso no puedo hacerlo yo. ¡Qué desdicha! Apartad. ¡Qué horror! Teneos. ¿No sois mi amigo? Sí soy. ¿No es vuestro mi honor? Es cierto. ¿Conocéis mi ofensa? Sí. ¿Mi desdicha? Ya la veo ¿Mi obligación? No la dudo. ¿Y cuál es? Satisfaceros. ¿Cómo puedo? Con su muerte. ¿Pues a qué os ponéis en medio? A que de mí no se diga agora ni en ningún tiempo que vi matar a vna dama y no lo estorbé pudiendo. Pónese delante y defiéndela. Y yo, con ser un bergante, ¡vive Dios!, digo lo mesmo. Pues tampoco ha de decirse de mí que se puso en medio de mi honor y mi venganza cosa que a morir resuelto no atropellase. Riñen. Señora, huid mientras yo os defiendo. Eso no; ¿qué es huir? Mi casa no he de dejar, que más quiero morir no estando culpada que vivir con parecerlo. ¿Cómo puede ser posible no estar culpada, si encuentro dentro en tu cuarto escondido un hombre? Como viniendo hoy doña Beatriz de Silva... (¡Qué escucho!) ...como tú mesmo sabes, a verme... (Esto es malo.) ...tras ella este caballero... (¡Ay de mí! que por dar vida a aquesta mujer, me ha muerto.) ...en casa se entró, veniste tú, y tomamos por acuerdo esconderle, y no ha podido salir. La verdad es esto, que como me des palabra de averiguarlo y saberlo antes que me des la muerte, me entraré en un aposento de quien tú tomes la llave y me mates si no es cierto, y pues me puedo librar hoy de tu cólera huyendo, y escojo el quedar cerrada ¿qué culpa...? Dentro la justicia. Abran aquí presto a la justicia. Esto solo nos faltaba. ¡Santos cielos! Penas a penas se añaden. Riesgos se siguen a riesgos. Por cualquiera de los dos el soplo viene derecho, pues en la calle y en casa tiene cada cual su muerto. ¿No hay por donde salir? No. Echad la puerta en el suelo, pues no responden. ¡Ay triste! Aquí no hay más remedio que apelar a las espadas. Tú, ingrata, en cualquier suceso síguenos, que he de saber tus engaños. Caballeros, ¿a quién buscáis? Salen alguaciles y escribano. ¿Qué queréis? ¿Dónde está un hombre, que huyendo se entró aquí, habiendo dejado otro hombre en la calle muerto? Veisle aquí, que aquí se entró amparo y favor pidiendo, pero apenas pronunciar podía el último aliento, pues venía tan herido de la pendencia que luego perdió el sentido. (¡Ay Jesús, que mentira tan del tiempo!, pues dos delincuentes vivos viene a librar con un muerto.) (Esforcemos este engaño.) Por cuidar de su remedio, no acudimos, ocupados, a abrir la puerta tan presto. Bien se deja conocer que es él quien entró, supuesto que herido de la pendencia vendría. Pues aun no está muerto, sino sin sentido, pues se mueve. Vaya corriendo uno a llamar confesor y cirujano, y supuesto, caballero, que esta casa le dio por sagrado el cielo, no será bien que de aquí preso agora le llevemos; y así haced que le retiren a algún cercano aposento donde le curen. No fuera cristiano ni caballero, quien no amparara en su casa un desdichado. Aquí dentro le meted. Cógenle entre dos y métenle. Vamos nosotros los capeadores siguiendo, y advertid que aquese hombre queda en vuestra casa preso, y que dél habéis de dar cuenta. Vanse. ¿Qué os parece desto? Que fue notable la industria. Éntrate, Ángela, allá dentro, que aunque me dan que temer los engaños de tu ingenio, no quiero, hasta averiguarlos, determinarme a creerlos. Cielos, ¿qué hombre es este, a quien fama, honor y vida debo? Vase. Dichoso vos, a quien llegan los desengaños tan presto. No mucho, pues desengaños que dan, al parecer vuestro, en una parte la vida en otra parte me han muerto. ¿Pues cómo? Como es la dama que dijo Ángela el sujeto que yo adoro. Aparte. (¿Otro pesar, desdichas?) (Malo va esto.) Mientras doy orden en casa, esperadme vos ahí dentro. Vase. Buena esperanza he traído en Beatriz, pues lo primero que en Madrid encuentro ha sido con dos muertes y dos celos; pero ¿qué me admiro, ¡ay triste!? ¡Si esto es querer bien, oh, fuego de Dios en el querer bien! Amén, que aún es del proverbio. Jornada II Salen Hernando y don Juan. Según las cosas, señor, que nos suceden, licencia me darás para creer que anocheciendo en Ginebra amanezco en la Tebaida. ¿Quién vio casa como esta? Anoche toda alborotos, muertes, heridos, pendencias, y hoy toda tranquilidades: ni una voz en toda ella se oye, criado, ni crïada se ve, y lo que más me eleva es que la hermana, señor, deste tu amigo no venga, que puede echar a mentir con un libro de despensa. ¿Pero qué es esto?, ¿qué tienes?, ¿de qué suspiras?, ¿qué piensas? ¡Ah señor! Hernando, ¿aquí dentro estabas? Linda flema, ¿pues no he de estar aquí dentro, si estar no puedo allá fuera? ¿Cómo? Como este tu amigo debió de pensar que eras tú el preso que le entregaron anoche, y ansí las puertas ha cerrado y se ha salido de casa antes que amanezca sin que le sintamos. Él las abrirá cuando venga. ¿No sientes estar cerrado? Hay tantas cosas que sienta que no reparo ya en nada. ¡Ay Beatriz, cuánto me cuestas de imaginaciones locas, de desconfianzas cuerdas, desde anoche acá! ¿Ahora sales con eso? ¿Pues la postrera resolución no fue que hoy sin oírla, hablarla, ni verla, nos habíamos de ir? Sí, Hernando, y ha de ser, pues quién tropieza en una muerte y dos celos, ¿qué hay que esperar? Pero deja a mis sentimientos que antes que lo ejecuten lo sientan. Yo... pero ya abren. Sale don Álvaro. ¿Don Juan? ¿Don Álvaro? ¡Quién pudiera, amigo, significaros el contento con que llegan a vuestros brazos mis dudas trocadas en evidencias! ¡Oh cuánto mejora el día los recelos y tristezas de la noche! Mucho estimo veros tan alegre. Apenas salió el alba coronada de jazmines y de perlas, cuando de casa salí, llevando de toda ella las llaves, porque crïado, ni criada dar pudiera aviso a Beatriz de que la buscan mis diligencias. Llegué a su casa primero que della abriesen las puertas, y aunque es verdad que a dos calles cae, previno mi advertencia guardarlas ambas; y ansí, dejando yo en una dellas un crïado de quien tengo, no sin mucha causa entera satisfación, en la otra me estuve hasta que la abrieran. Salió al instante su padre, porque las correspondencias de sus negocios le obligan a madrugar, de manera que pude entrar sin recelo al cuarto de Beatriz bella, donde, aunque extrañó el estilo, me dio de hablarla licencia. No hube bien dicho “Yo vengo, Beatriz, a saber quién sea un hombre que quedó anoche en mi casa”, cuando ella prosiguió: “Don Diego es de Mendoza, a quien la fuerza de mis desdenes obliga a hacer locuras tan necias, que no pudiendo en mi casa tener entrada, en la vuestra la buscó”, y añadió luego tales disculpas que es fuerza que no solo los recelos de mi honor (¡ay don Juan!) pierda, mas también los de mi amor, para que todo os lo deba a vos; pues si no es por vos ya por Madrid anduviera mi opinión en opiniones y Ángela a mis manos muerta. Mucho me alegro de haber estorbado una tragedia tan infeliz. En efecto, aunque un cuidado me queda, salí de los dos mayores. ¿Pues cuál es el que ahora os resta? El de no saber, don Juan, qué medio o qué estilo tenga con aquese caballero que herido y preso me dejan en mi casa, pues habiendo curádose anoche en ella como vos visteis y vuelto en sí, porque solo era falta de sangre el desmayo, es forzoso que se sepa que no fue él el que en la calle riñó, y que en mi casa mesma le herí; y en fin, de mi hermana se descubre la cautela. Buen remedio. ¿Qué remedio? Encomendárselo a ella, que ella hallará otra mentira tan aliñada y compuesta como la pasada. En tanto que discurra o que prevenga el ingenio algún reparo, quiero ahora hablarla y verla. En vuestro cuarto os espero. No, no os salgáis allá fuera por eso, que antes es bien hablarla en vuestra presencia, pues ya que fuisteis testigo del daño es justo que entienda que lo sois del desengaño. Fuerza es que en todo obedezca. Luisa. Abre la puerta del cuarto. ¿Señor? Di a mi hermana que hablarla quiero. Ya ella viene hacia aquí, como oyó abrir del cuarto la puerta. Sale doña Ángela. ¿Ángela hermana, qué hacías? Solo esperar la sentencia de mi vida o de mi muerte. ¡Qué humildad! Maldita sea el alma que te creyere. ¿Qué sentencia? Llega, llega a mis brazos. Mucho extraño, que hombre, don Álvaro, seas de tan bajo pundonor que hables con tanta paciencia a una hermana, que te ha dado ocasión... Detén la lengua, no prosigas, que ya sé que fue sola inadvertencia tuya y de Beatriz; y puesto que eres entendida y cuerda, con tu sentimiento mismo me disculpa. ¿De manera que a Beatriz hablaste? Sí. ¿De suerte que no te queda ya escrúpulo alguno? No. Solo esperé esa respuesta para hacer esta acción: Luisa, dame un manto. ¿Pues qué intentas? Irme donde eternamente ni me hables ni me veas, ni sepas de mí en tu vida, ni por tu hermana me tengas. Ángela... Señora... Tiene veinte mil razones. ¡Suelta! Oigan, sobre mentirosa, ¿es también carantoñera? Bien pude salir anoche pues tuve abierta esa puerta, pero no quise por no hacer culpa la inocencia: agora que satisfecho estás, me he de ir, porque vea el mundo que no ha de estar mi honrada altivez sujeta al accidente de que a verme tu dama venga y tras ella su galán, para que después la creas a ella más que a mí. Al fin, todo es contra mí. Considera que estás loca, por tu vida. Si lo estoy, yo estaré cuerda; tráeme el manto. No le traigas: decidle por vida vuestra, don Juan, si puede excusar una y otra diligencia. Señora, aunque el sentimiento vuestro tanta razón tenga, no desluzcáis una acción tan noble, entendida y cuerda como la que anoche hicisteis, dando hoy segunda materia a la presunción; mirad que aún hay en casa quien pueda dar ocasiones al vulgo, que siempre imagina y piensa lo peor; a su malicia vuestra cordura desmienta. ¿Mandaislo vos? Yo, señora, os lo suplico. Pues sea todo cuanto vos quisiereis, porque con menos fineza pudiera satisfacer mal de mi vida la deuda, si es que me ha dado la vida quien darme la muerte intenta: jamás en mis sentimientos hablaré, y para que vea don Álvaro, que remito de una vez todas las quejas, esta materia dejando, hablaré de otra materia. Ese herido caballero, según los criados me cuentan, curarse quiere en su casa, a cuyo efecto se queda vistiendo, habiendo mandado tener una silla puesta. Mira qué has de hacer, supuesto que hoy por preso te le entregan y él no sabe que lo está. En aquesa duda mesma estábamos discurriendo don Juan, y yo. La postrera apelación, fue, señora, a ti. ¿Cómo? Como es fuerza que no haya remedio si tu ingenio no lo remedia. ¿Yo con qué puedo? Con que algo de provecho mientas. ¿Qué dices, loco? Dejadle. ¡Vive Dios, que si no viera...! Por eso ves. Pues advierte que en nada que oigas te metas. Si yo, como ese crïado dice, gobernado hubiera el lance, un modo buscara con que ni alcance ni entienda la justicia, ni él ni nadie, si fue o no fue la pendencia dentro o fuera de tu casa. Sí, ¿pero de qué manera eso puede conseguirse? De una muy fácil, que es esta. ¿No lo dije yo? ¿Él no está en aquesa cuadra mesma encerrado desde anoche? ¿No es esto así? Sí. Pues sea de tantos inconvenientes medio dejar... mas la puerta abre. Y viene aquí. No es bien, don Juan, que a los dos nos vea, porque su enojo y mis celos hoy a empeñarnos no vuelvan. Retirémonos de aquí. ¿Y yo qué haré, si es que él quiera irse? Lo que habías pensado, y a decirnos ibas. Esa es cosa para tratada antes, don Álvaro, que hecha. ¿Tú no dices que te atreves a hacer que ninguno entienda lo que ha pasado? Sí. Pues hazlo como te parezca, que eso será lo mejor. Pues con aquesa licencia, retiraos y dejadme a mí con él. Norabuena. Vanse los dos y sale don Diego. Mucho me huelgo, señor don Diego, de que se sienta tan alentado el esfuerzo vuestro que a dejar se atreva la cama. Guardeos el cielo, señora, mas no os parezca, que es todo salud, que tiene gran parte de conveniencia, por no poneros en más cuidados. Hartos me cuesta vuestra venida a mi casa; pero con todo eso, en ella procuráramos serviros hasta la convalecencia. Yo lo creo, y aunque os debo tantas honras y finezas, deber quisiera una más. ¿Qué es? Saber cómo concuerdan dos acciones tan contrarias como ver que quien me deja por muerto, al instante mismo cuide con tanta asistencia de mi salud y mi vida. Bien fácil es la respuesta: entre el dejaros por muerto de mi hermano la violencia, y el querer matarme a mí ¿no pudo ser que mi lengua dijese en una palabra como vos por Beatriz bella vinisteis, y no por mí? Sí. Luego con eso queda respondido cómo pudo, cuando imaginó su ofensa, daros muerte, y vida luego que supo que no lo era. Yo me doy por respondido, y vos me daréis licencia para que tome esa silla. Yo pedíroslo quisiera, para atreverme a ofreceros de sangría esa joyuela. ¿No es la que yo a Beatriz traje? Sí. ¿Qué os obliga a volverla? Quedaos con ella. Eso no, que son cosas muy diversas cuando los lances se pasan de las burlas a las veras. En una galantería puedo incurrir sin que sea nunca del desembarazo el interés consecuencia. Pues dádsela a esa criada. Tampoco. ¿Cómo no? venga. Tomadla, pues, y id con Dios, ved que la silla os espera. Guardeos el cielo mil años. Échasela en el sombrero, vase, y salen Hernando, don Álvaro y don Juan. ¡Vive Cristo, que le deja ir! Ángela, pues ¿qué has hecho? Aguarda, no le detengas. ¿Cómo no? No vais tras él. Pues eso yo me lo hiciera: ¿esta es toda la maraña que esperábamos? ¿No echas de ver que yo he de entregarle? Sí. ¿Pues qué trazas? ¿Qué intentas? Que se vaya. Ya se va. Pues con eso se remedia, y no se averigua nada. Sí, ¿pero no consideras, que yo he de dar cuenta dél? Eso páguelo la hacienda y no la reputación, andando ahora tras necias disculpas; y pues que no te han de cortar la cabeza, bien está fuera de casa y lo que viniere venga. La resolución ha sido bizarra, no sé si cuerda. Ni cuerda a mí, ni bizarra me parece. ¿Que no quieras callar? Pues ¡cuerpo de Dios! ¿Quién ha de tener paciencia para esperar un gran lance y salir con tanta flema con soltar un preso, cosa que cualquier dama le suelta? No seas desvergonzado. Cuando el equivoco entiendas, pasará por porquería pero no por desvergüenza. ¡Vive Dios que si no callas que te rompa la cabeza! Dale de cabezadas, y descalábrale. Ya, aunque calle, está, señor, hecha aquesa diligencia; ¡ay que me ha muerto! Don Juan ¿qué habéis hecho? La impaciencia de haberle dicho mil veces que calle, y que no se meta en nada, me ha ocasionado a hacer acción tan grosera. Perdonad, señora. ¿Es la descalabrada ella? Yo solo soy el que tengo de perdonar. Llega, llega, atarete aqueste lienzo hasta que a curarte vengan. Átale un lienzo. Yo iré a llamar quien, pues no hay otro crïado más cerca. Yo pienso que he de tener bálsamo en una naveta de mi escritorio. No es nada para tantas diligencias. Sí es, y muchísimo; toda la comisura está abierta hasta el mismo pericráneo. Sale el alguacil y escribano. Dadnos, señora, licencia, que aquel hombre que quedó herido anoche, quisiera tomar su declaración si acaso está para hacerla. Sí estará, pues que sin ser posible que le detengan nuestros ruegos se ha vestido, y agora salirse intenta de casa. Concómese Hernando. Mujer, ¿qué dices? Muy bueno por cierto fuera, que hombre que por una muerte le dejó la piedad nuestra preso aquí, de aquí faltara. (¿Que sean tan necios que crean lo que dice esta señora? No deben de conocerla.) Supuesto que estáis mejor, ir a la cárcel es fuerza. Vamos, que allá tomaremos la declaración. Adviertan vuesas mercedes, que yo no soy. No se nos defienda. ¿Quién... Bueno está, vamos presto. ...mata a nadie? ¡Resistencia! ¿Qué es resistencia? Ande, acabe. Cielos, ¿rota la cabeza, y preso por una muerte? Llévanle, y sale don Juan y don Álvaro. Ya hay quien le cure allí fuera. Y ya el bálsamo esta aquí. Mas ¿qué novedad es esta? ¿Qué ha sido esto? Haber sacado de otro acaso otra cautela: los que por el preso vienen a Hernando por él se llevan, con que se asegura todo pues ya no hay riesgo que temas. Vamos tras él, para hacer en su abono diligencias. Yo iré, vos no vais, porqué ser criado vuestro no entiendan, y no haberlo dicho anoche, despierte alguna sospecha contra vos. ¿Dónde he de hallaros luego? A dar iré una vuelta a mi posada, porqué estar con cuidado es fuerza, pues desde anoche no he vuelto. ¿Dónde es? En la calle mesma del Carmen, en una esquina que tiene enfrente dos rejas. A Dios. Vase. A Dios. Vos, señora, ¿qué me mandáis? Si yo hubiera de suplicaros hoy algo, solo, señor don Juan, fuera, que la prisión perdonéis del crïado, pues es fuerza, que él no peligre en acción que fue en sus principios vuestra, y en sabiendo que la muerte fue de un ladrón y en defensa de su vida, han de librarle. De su prisión no me pesa tanto ya porque peligre como porque me detenga. ¿Luego tan presto pensáis volveros? No estar quisiera en la corte sola una hora. ¿A qué vinisteis a ella? A una pretensión. No suelen conseguirse tan apriesa. Sí hacen, cuando la esperanza que se tiene es no tenerla. ¿Tan dificultoso ha sido? Sí, por ser tan fácil. Esa más parece enigma que pretensión. Cuando lo sea bien se deja a entender. ¿Cómo? Como en sabiendo que era mi pretensión una dama, que vine a Madrid por verla y está enamorada de otro, es llana la consecuencia de que será, por ser fácil, dificultoso quererla. Decís bien; pero quizá os engañan las sospechas. Sospechas en la mudanza de mujer siempre son ciertas, y ansí pienso irme mañana donde las cure la ausencia. Id con Dios. Guardeos el cielo. Vase. ¡Ay Luisa, yo quedo muerta! ¿De qué, señora? No sé como te diga mi lengua cuánto me ha pesado oír que haya de irse tan apriesa don Juan. ¿Qué te va a ti en eso? ¡Ay Luisa, que eres muy necia! Vame la vida y el alma, que agradecida quisiera pagarle con alma y vida, y ansí pues dijo las señas de su casa, ven conmigo, que no faltarán cautelas que le obliguen a quedarse, o a lo menos le detengan en Madrid aquestos días, hasta dar tiempo en que pueda esta pasión declararse; tu ayuda, ingenio, me presta, que pues la vida le debo será de quien soy bajeza el permitir que se vaya sin que le pague la deuda. Vanse, y salen Inés y Beatriz. ¿De qué estas triste, señora? ¿No te he contado (¡ay de mí!) el suceso de ayer? Sí, ¿pero qué sientes ahora? Dos cosas; es la primera, que se diga que don Diego está por mi herido; y luego, que aunque satisfacer quiera a don Álvaro de que fue mi desdén quien causase que en su casa me buscase no presumo que podré desvanecer sus recelos, porque al oírme, imagino, que con unos celos vino y volvió con otros celos. Pues ya que los de su honor pudo asegurar, no dudo, que los de su amor no pudo. ¿De suerte que tu temor es que don Álvaro esté celoso agora de ti y de don Diego? Es ansí. Pues cuidado no te dé, que por eso los desvelos cesen de tu amor fiel: ¡maldito de Dios aquel que no quiere más con celos! ¿Cómo los suyos podrán desvelarse? ¡El juicio pierdo! ¿De qué piensas que me acuerdo ahora? ¿De qué? De un don Juan que allá en Sevilla se vio un tiempo favorecido y ya en cenizas de olvido vuela su amor. Eso no quiero que pienses de mí; porque no soy yo mujer que he de dejar de querer lo que quise. Si es así, ¿cómo, habiéndole querido, estás de otro amor hablando? Como a don Juan quise cuando creí que fuera mi marido; hoy que ha de serlo prevengo don Álvaro; y siendo así, aquel mismo amor que allí tuve es el que ahora tengo. Sí, mas si a escoger te dieran en don Álvaro y don Juan para marido o galán al uno, ¿a cuál escogieran tus amorosos empleos? Yo confieso que eligiera a don Juan, que fue primera elección de mis deseos; mas ya imposible, he de hacer que sea otro amor más feliz. ¡Ay del ausente! Salen Ángela y Luisa con mantos. Beatriz. ¿Qué es esto que llego a ver, amiga? ¿Pues como así, sin avisar, se entra en casa el bien? Oye lo que pasa: sabrás que no es (¡ay de mí!) fineza de tu amistad, sino venir, Beatriz bella, a valerme de ti y della. Ya sabes mi voluntad. Yo he menester que tú a Luisa un vestido tuyo des, y tú a mí uno tuyo, Inés; luego mi temor te avisa que si vienen a buscarme de mi casa, has de decir que entonces me acabo de ir. Yo lo haré, pero admirarme de oírte es fuerza; di, ¿qué ha habido? ¡Ay, amiga!, no lo sé pero yo te lo diré mientras sacas tú el vestido. En el empeño (¡ay de mí!) que sabes quedé, mi hermano a don Diego hirió, y tirano quiso darme muerte a mí. Un caballero, que había, de otra fortuna arrojado, en aquel punto llegado, resistió la muerte mía de suerte que en tan cruel lance, bizarro y prudente, cuerdo, restado y valiente, hoy estoy viva por él. He sabido que se parte de Madrid; y no quisiera que sin hablarle se fuera, haciendo yo de mi parte con él alguna fineza, y así disfrazada quiero hablarle, Beatriz, primero, y ver si la sutileza de las prevenciones mías, pueden con lo que pensé, o que no se vaya o que se detenga aquí unos días, pues en tanto podrá ser que tenga ocasión mi amor para explicarse mejor, de cuya industria he de hacer tercera una dama bella que a Madrid buscando viene, por lo cual ya me conviene descomponerle con ella; y para que disfrazada no me pueda conocer, Luisa la dama ha de hacer y yo he de hacer la criada. Pensé que había sucedido acerca de nuestro error otra novedad mayor. No amiga, esto solo ha sido lo que me trae a tu casa. Pues entra y escogerás, Luisa, el vestido que más te agrade. Fortuna, escasa de favores para mí, amor y yo te buscamos. Guárdate, don Juan, que vamos Ángela y yo contra ti. Vanse. ¿Quien será este caballero que tanto Ángela desea hablar? Quien quiera que sea hace bien, si considero que estar debe agradecida una mujer a quien da seis reales; pues ¿qué será todo el gasto de la vida? Mas volviendo a aquel pasado discurso, al fin, ¿ya espiró don Juan? No despiertes, no cenizas de un bien pasado, que ardiendo todavía están; y queda, Inés, advertida, que te mando que en tu vida no me nombres a don Juan. Vanse, y sale don Juan. ¡Qué bien acompañado un infeliz está con su cuidado! Por no verme un momento sin él, no he de salir deste aposento; perdone la grandeza de Madrid, que primero es mi tristeza, y así con ella a solas vivir quiero, en tanto que ausentarme... Salen Ángela y Luisa con mantos y vestidos diferentes. Caballero, si una mujer... Y aun dos... ¡Grave tristeza! ...siempre halló su sagrado en la nobleza, permitid que lo sea vuestra casa mientras por esa calle un hombre pasa, porque me va la vida en no ser conocida. Sosegaos, señora, y creed que estáis segura por ahora, no siendo la primera vez que me empeñe yo por quien no quiera. Y como que se ve que en vos no es nuevo. Pues no porque a ninguna se lo debo... reportaos, nadie os sigue. Yo estoy muerta. Yo no, mas desahuciada sí. Esa puerta cerrad. Ya está cerrada, y pues vuelvo a decir que asegurada podréis estar, si acaso es permitido, que me digáis vuestro suceso os pido, para que sepa puntual y atento en qué os puedo servir. Estadme atento, pero con condición que descubrirme no habéis, ni conocerme, ni seguirme. Yo soy... pero no es posible deciros mi nombre; basta para lo que he de contaros saber que soy una dama de algunas obligaciones, si con esta confianza puede decir que las tiene quien muestra que no las guarda, si bien las culpas de amor son tan nobles, tan hidalgas, que aunque es yerro cometerlas es acierto confesarlas. De amor, pues, la culpa es mía, siendo de mi mal la causa un caballero, que amante sufrió de mí las templadas iras de amor hasta que el ruego, el llanto y el ansia pudieron de mis favores coronar sus esperanzas. Apenas favorecido se vio, cuando (¡ah suerte airada!) trocó (¡ay hombres, quién os cree!) las finezas en mudanzas. Hace que se quita un guante. (¿El guante te quitas? ¿Que se conocen, no reparas, por los pies y por las manos los diablos y las criadas?) Dio ocasión a mis desdichas una hermosura gallarda, cuyo nombre... pero dadme licencia de no nombrarla porque no quiero tomar tan ruin, tan civil venganza como quitarla el honor, aunque ella me quita el alma. Súpelo, pedile celos, ¡qué mal hice!, que es usada cosa el que ofende con obras satisfacer con palabras. Mas, en fin, como un celoso todo es ardides y trazas, las busqué para cogerle dentro de su misma casa: el medio fue un interés, sobornando una criada que a esconderme se atrevió de su cuarto en una cuadra con condición que no había más de verla, sin hablarla, a cuyo efecto, saliendo de mi casa, disfrazada como veis, entré en la suya, donde escondida oí que hablaba otra criada con ella, diciendo tales palabras: “Muy mal, señora, a don Juan de Toledo su amor pagas, pues debiéndole... (¿Qué escucho?) ...tu beldad finezas tantas, hoy en nuevo amor te empeñas.” Volved a decir, que estaba divertido; ¿a quién nombró, señora, aquesa criada? (Ya va el pecador cayendo.) Si la memoria no engaña, don Juan de Toledo dijo: ¿qué os admira?, ¿qué os espanta? Puede ser que algo me importe. No puede, si se repara en la plática que a esta siguió, pues della se saca que este don Juan de Toledo de quien hoy las dos hablaban caballero es forastero, pues prosiguió la criada: “Qué seguro él en Sevilla estará de tu mudanza.” Por donde vuestra voz piensa que me asegura me mata. ¿Pues esto a vos en qué puede importaros? A mí en nada; proseguid. Si os doy pesar, ¿para qué? Para que salga de una duda. Yo lo he dicho por solo honestar la causa de mi dolor, pues ingrato me olvida por quien le agravia. No os aflijáis, proseguid. En esto las dos hablaban, cuando a la puerta llamaron. Llaman dentro. Y aun a aquesta también llaman. ¡Ay de mí, si a mí me buscan! No temáis; a aquesa cuadra os retirad, y creed que muera en vuestra demanda. ¿No responder no es mejor? No, que oyendo que aquí se habla, parecerá cobardía o cuidado. Entrad, ¿qué aguarda vuestro temor? Ven. (Señora, ¿qué dices de la maraña?) (Que has entrado bien en ella; quiera amor que con bien salgas.) Retíranse junto al paño. ¿Quién es? Llama a la puerta recio don Álvaro. Yo, don Juan. ¡Ay triste! ¡Mi hermano! Oye, mira y calla. Don Álvaro, ¿qué hay de nuevo? ¿No ha llegado Hernando a casa? ¿Hernando? ¿Pues no está preso? Sí, mas oíd lo que pasa: tras él a la cárcel fui y hablando al juez de la causa le dije cómo a aquel hombre quisieron quitar la capa a mis umbrales anoche, en cuya defensa se halla tan alentado que deja muerto uno de una estocada. Contele que salió herido y que entrándole en mi casa le curé en ella y le tuve preso, de donde le sacan con gran riesgo de su vida. Él desto informado, manda que me le entreguen segunda vez, debajo de fianza, porque se cure, y esté de manifiesto; a esta causa pensé que hubiera llegado, mas tomándole quedaban su declaración, y ansí, por eso sin duda tarda. Mucho, don Álvaro, estimo tan gran diligencia. En nada os sirvo, pues yo soy más interesado en la instancia de su libertad, que vos, pues con esa se repara no echar menos a don Diego; con cuya ausencia se salva el decoro de Beatriz y el engaño de mi hermana. Sale Hernando empañada la cabeza. A pensar que hablabais de esa mujer, ¡vive Dios, no entrara, aunque fuera el paraíso terrenal aquesta estancia! Seas, Hernando, bienvenido. No te me acerques, aparta, que si vengo es solo a darte cuenta de tu ropa blanca, tu dinero y tus vestidos y pasarme luego a Francia. ¿Por qué? Porque estar no quiero con amo que descalabra un hora, ni ha de tener amigo que tenga hermana el que yo desde hoy sirviere. ¿No miras que en confianza estás mía? ¿Eso qué importa? Diga usted a aquella dama que yo la beso las manos, y que cuando por mí vayan ponga otro en mi lugar, que yo sé que no haré falta si ella lo toma a su cargo. Hernando, el enojo basta. ¡Ea, Hernando, por tu vida! No sé qué tienen de damas los amos. ¿Cómo? Se quieren más cuando más mal nos tratan. Yo no he menester con vos cumplimientos. Una dama en ese aposento está; lugar me dad para hablarla. ¿Tan presto tenéis empleo? Mas notable es mi ignorancia, habiéndome dicho anoche que habíais venido a buscarla. Pues no es ella por quien vine, y antes hablándome estaba de mí y della, sin saber ni de quién ni con quién habla. ¿Pues cómo aquí vino? Huyendo. ¿De quién? No sé. Ella es extraña novela, si no es tramoya de algunas mujeres que andan embistiendo a forasteros. Algo me habéis dicho para que haga reparo en algunas bien notables circunstancias. Ahora bien, idos con Dios, que yo con esa palabra sola quedo prevenido. Ved si será de importancia que yo en la calle os espere. No, pero en alguna casa podéis estar escondido y seguirla cuando salga, que yo deseo saber quién es, y he de asegurarla no siguiéndola yo. Pues fiad de mí lo que me encarga vuestro cuidado, y a Dios. Vase. Dígale usted a su hermana que estoy muy agradecido. ¡Qué es esto que por mí pasa! ¡Vive Dios que aquí hay tramoya, y que tengo de apurarla! ¿Todavía, señor, duran esas sombras y fantasmas? Ya se fue, salir podéis. Hablando con ellas. ¿Estás loco? ¿Con quién hablas? Salen Luisa y Ángela tapadas. Con ese seguro salgo. ¡Cuerpo de tal!, ¿esto estaba escondido? ¿Quién era ese caballero que os buscaba? Un amigo, proseguid la historia que comenzada dejasteis. No hay para qué, supuesto que lo que falta no es más de que quien llamó era de mi mal la causa, que apenas le vi entrar cuando llena de celosa rabia salí haciendo mil locuras, hasta que desesperada tomé la puerta y viniendo por esa calle, pasaba un hombre que allí, sin duda, si me conoce me mata. Entreme aquí huyendo, y puesto que ya estoy asegurada de que no me conociese, dad licencia que me vaya. Eso no, que siendo yo de quien vos decís que hablaban, según el nombre y las señas, esa dama y su criada, no tengo de persuadirme a que esto el acaso lo haya dispuesto así, sino que vos venís con otra causa, y así, he de saber quién sois. No lo intentéis, que palabra os doy que en otra ocasión lo sepáis. ¿Y usted no habla? Sí hablo, mas no con lacayos; pero diga, ¿por qué causa ha estado preso y herido usted? ¡Ahí es que no es nada! Diez capeadores quisieron quitarme anoche la capa, yendo solo. ¿Yendo solo? Sí, mi amo es Juan de buen alma: en una casa se entró mientras que yo a cuchilladas a uno maté, a tres herí y seis volvieron la espalda... Saqué aqueste piquetillo, y quedé vivo, a Dios gracias. Sí, ¿mas cómo le prendieron? Como una loca borracha de una hermana de un amigo (no más amigo de hermana) dio el soplo. Fue muy mal hecho. ¡Y cómo que fue! No me haga Dios más bien en esta vida que matarla a bofetadas. A quien esas gracias tiene es justo. Y sobre estas gracias es la mayor embustera, y enredadora, que se halla desde el Rastro hasta la Cruz de Morán, con haber tantas; pero ¿en qué estáis reparando? Mírale con cuidado. En que las señas me engañan, o aquesa herida... ¿Qué? Más parece calabazada que otra cosa. ¡Vive Dios, que debe de ser hermana de otro amigo de mi amo! Si todo aquesto no basta, ¿cuándo, don Juan, queréis ver vuestros celos cara a cara? Veréis si yo miento o no. Aunque esa en mi es excusada diligencia, con todo eso, he de tomar por venganza, que ella sepa que lo sé, y solo por esa causa dilataré mi partida cuanto quisiereis. Mañana, o esotro os avisaré. ¿Con quién? Con esa crïada. Y yo vendré muy contenta, que caballeros que amparan las mujeres, es razón que con la vida y el alma igualmente los sirvamos las criadas y las amas. Pues norabuena, id con Dios. A Dios, pues. Albricias, alma, que ya no se irá tan presto, pues celos y amor le paran. Vanse. ¿Qué, las dejas ir sin verlas? No pienses que las dejara a no saber que en la calle don Álvaro las aguarda. Pues siendo así, no las sigo, y en tanto veré si falta algo de la alcoba. ¿Estás loco? ¿Pues de eso te espantas? Sabe que hay en Madrid mujeres que por enaguas se suelen puestas llevar las sábanas de la cama. Vanse. Sale Luisa y Ángela. ¿Si te habrán, señora, echado menos en casa? No habrán, pues mi hermano con don Juan y en la prisión del crïado toda la mañana ha estado divertido. En casa entremos de Beatriz; destrocaremos estos vestidos. ¿Qué error no hará en sus fines amor siendo en su principio extremos? Vanse y sale don Álvaro. Como aquesta dama cuando de la posada salía, vio que nadie la seguía, su recelo asegurando, ni temiendo ni dudando, hasta esta calle ha venido sin verme. ¿Quién habrá sido mujer que (¡mas oh infeliz!) en casa entra de Beatriz? Y si agora en el vestido reparo, ¡viven los cielos!, que me acuerdo (¡dura estrella!) de habérsele visto a ella. ¿Quién por ajenos desvelos espía fue de sus celos sino yo? Mas ¿qué esperáis sentimientos, si no entráis a apurar vuestro dolor antes que pueda... Sale don Pedro, viejo. Señor don Álvaro, ¿dónde vais? Por esta calle venía, y importándome llegar a esotra (¡ay de mí!) pasar por vuestra casa querría. Id, pues, que no es cortesía teneros, y más si amor os lleva. Vase. ¡Qué sin temor me ha dejado en su portal!, mas ¿cuándo no está el leal en las manos del traidor? Ya vuelve la esquina, y puedo sin ningún temor subir a su cuarto. Vase, y sale Beatriz, Ángela y Luisa. ¿Si te vio mi padre, Ángela, al salir? No pudo, porque ya estaba yo en tu cuarto cuando vi que él bajaba. Luisa, entra, mudarémonos. Y en fin, ¿cómo sucedió? Bien, pues por lo menos conseguí que por ahora no se vaya. ¿Cómo? Solo con decir muchos males de una dama que en toda mi vida vi ni sé quién es. Sale Inés alborotada. ¡Ay señora, tu hermano! ¿Dónde hemos de ir que no nos siga este hermano? Pues no es justo, estando así, que me vea. No le digas que aquí estoy. Escóndese, y sale don Álvaro. Aunque infeliz mi deseo, venga siempre trayendo un pesar tras sí, porque con menos padrino no se atreviera a venir a vuestra casa, escuchadme. ¿Cómo, don Álvaro, ansí a estas horas en mi casa entráis? Cómo no hay en mí arbitrio para atender, ni acción para discurrir. ¿Tan presto os habéis mudado el vestido? ¿Qué decís? Que os vengo, Beatriz, siguiendo desde que os miré salir de una casa. No paséis adelante, que venís muy ciego y desalumbrado. ¿Pues qué se hicieron, decid, dos mujeres que yo entrar ahora en vuestra casa vi? Pasarían, como tiene mi casa, si lo advertís, otra puerta, a esotra calle. Esa respuesta le di yo a vuestro padre, y no es bien, que áspid del viento sutil, habiéndola yo engendrado, se me vuelva contra mí; y vuestro el vestido y vuestra la casa, y haber, en fin, quitadoosle tan aprisa, da mucho que presumir, y he de saber, ¡vive Dios!, a qué, con acción tan vil, una mujer como vos se atreve tapada a ir a una casa de posadas a buscar con necio ardid a un forastero. Ángela sale al paño. Esto está peor que estaba, pues a mí, como yo hice, ha de culparme para disculparse a sí. ¿Estáis loco? Loco estoy. Ingenio, un modo elegid, que a mi hermano desengañe y desempeñe a Beatriz. A tan necia grosería como imaginar de mí tan baja acción, solo puedo responderos... ¿Cómo? Pasan Luisa y Ángela por delante muy aprisa. Ansí: meteos vos en lo que os toca, y no más. Vanse. Bien advertís, don Álvaro, si era yo la dama que vos seguís; y con esto, idos con Dios, que es hora ya de venir mi padre. Decís muy bien. Hace que se va. Pues no ha de ser por ahí, sino por esotra puerta. Esto, cielos, ¿es sentir? ¿Esto amar? Ángela junto a la puerta. ¿Esto querer? Fuego de Dios en el querer bien. Amén, amén. Jornada III Salen don Juan y Hernando. Con deseo de saber la confusión de mi pecho la diligencia que ha hecho don Álvaro, vengo a ver si ya a su casa volvió: llega, y si está en ella, di, Hernando, que estoy aquí. ¿Quién ha de llegar? Tú. ¿Yo a esa casa? No lo creas. ¿Por qué? Porque no hay pollino que no rehuse el camino donde tropezó. No seas cansado, mira que a mí no está bien llegar... Ni a mí. ...porque no lo he de intentar, mientras don Álvaro ahí no estuviere. Yo no quiero entrar, que es más que eso, aunque san Álvaro mismo esté; mas si me dices primero, por qué no entras tú, iré yo. A su hermana di la vida y está tan agradecida a aquella ocasión, que no quiero que algún pensamiento haga en mí, al verla tan bella, deseo de lo que en ella es solo agradecimiento; y si la verdad dijera... mas en esto hablar no quiero; en esa esquina te espero, llega y llama. No quisiera decir de cuán mala gana voy. Da golpes Hernando. Dentro ¿Quién es? Yo soy. ¿Quién, digo? El crïado del amigo del hermano de la hermana. Sale Luisa. Señor Hernando, usted sea muchas veces bienvenido: ¿cómo en la cárcel le ha ido? Muy bien. ¿Quién habrá que crea que sano y libre le veo? Direlo a mi ama, que ha estado con muchísimo cuidado de su prisión. Yo lo creo, según la experiencia tengo. Llama Luisa recio. ¡Señora! No hay para qué llamarla, porque me iré sin decirla a lo que vengo. Sale doña Ángela. ¿Quién a la puerta llamaba, Luisa, que te obliga agora a dar voces? Yo, señora, que a don Álvaro buscaba, porque mi amo quería hablarle. ¡Oh señor Hernando, cuánto estaba deseando verle! ¿Tanta cortesía para un humilde crïado? Criado de un hombre a quien yo debo el vivir, ¿por qué no? Eso fuera bien mirado cuando la justicia vino. Entonces no pude yo excusarlo. ¿Cómo no? Como mi ingenio previno enmendar con esa acción todo el suceso pasado. Lástima es no haberme ahorcado, habiendo tanta razón. Otra es la que yo temía cuando eso hubiera de ser. ¿Otra? Sí. ¿Cuál es? Saber que fue vuestra valentía quien mató uno, tres hirió, y seis se fueron huyendo, cuando vuestro amo corriendo en una casa se entró, mientras que vos, como un Cid, cumplíais su obligación. ¡Demonios, vive Dios, son las mujeres de Madrid! Pero hablaros no quisiera en cosas pasadas ya. ¿Adónde don Juan está? En esa esquina me espera. Pues decidle que mi hermano no está aquí; y si ha de esperalle, sea en casa y no en la calle. Yo se lo diré, aunque en vano querrá su puntualidad usar de esa cortesía. ¿Por qué? Porque es todavía caballero de ciudad. Para que no lo sea, y no pueda excusarse de entrar si a mi hermano ha de esperar, ve tú, Luisa, y di que yo le suplico no se esté en la calle, y mientras viene, dime tú, ¿en qué estado tiene su partida? Nada sé. ¿Ha visto la celebrada dama que vino buscando? No sé nada. Dime, ¿cuándo la viste tú? No sé nada. ¿En qué estado están sus celos? Ya he dicho que nada sé. Pues yo sí, y te lo diré a ti: todos sus desvelos nacieron de averiguar que ella otro galán tenía. ¡Hay tan gran bellaquería! Solo eso me hiciera hablar. ¿Otro galán, ¡vive Dios! hay quien diga? ¿Qué te admira? El ser tan grande mentira, que no eran sino otros dos. (Ya viene; ¿cómo haré, cielos, que sin que mi honor se ofenda, mis sentimientos entienda?) Sale don Juan y Luisa. Ya que mis locos recelos no se excusan de no entrar, ¿como haré que sus intentos no entiendan mis sentimientos? ¡Qué vergüenza! ¡Qué pesar! Una crïada, señora, me dijo que me llamáis, y a ver vengo qué mandáis. Suplicaros que si agora habéis, señor, de esperar a don Álvaro, no sea en la calle. Quien desea solo servir y agradar, muchas veces no se atreve a usar de todo el favor. Eso es extrañar, señor, el que aquesta casa os debe, fuera de que otro cuidado esta licencia me dio. ¿Cuidado? Sí, porque yo, don Juan, habiendo escuchado de vos mismo que unos celos tan presto os hacen volver, le he tenido de saber en qué estado sus desvelos están, y cuándo será la partida. Mal podré, porque uno ni otro no sé, responderos. Claro está, que habrá mudado intención aquella dama que Hernando me estaba agora contando que a veros fue. ¡Hay tal traición! ¿Siempre has de ser hablador? ¿Luego crees que verdad sea? Toda mi vida me vea sin dinero y con amor si la he hablado palabra. ¿Eso qué viene a importar? No te debes de acordar que es amo que descalabra por menos que eso. Si yo pensara que esto pudiera disgustar no lo dijera; pero él, en fin, me contó que una principal señora a buscaros había ido. ¿Nada callar has sabido? Oye mi disculpa ahora, ¿cómo pude yo decir, que era principal persona una pícara buscona que solo debió de ir a campar con su fortuna, que otras llaman pecorea? ¿Posible es que en ti no vea acción ni palabra alguna que no sea de hombre vil? Amágale, y detiénele Ángela. Detente, no hay para qué me descalabres, pues que no tiene ya el alguacil qué hacer en aquesta casa; y ansí poco habrá importado que esté o no descalabrado. Sabiendo, pues, lo que os pasa con la dama de que hablamos solo he querido saber si la hemos de agradecer un día más en que os sirvamos, pues, a lo que él me contó, promete finezas raras. ¿Yo? ¿Si tú no lo contaras pudiera saberlo yo? Claro es, no supo callar, y agora padece muda... No me acuerdo, mas sin duda yo lo debí de contar. ...cuando yo por él no más en Madrid me he detenido. ¿Y no por ella? No he sido tan confïado jamás. Pues bien, don Juan, podéis serlo que en mérito conocido defecto es no haberlo sido, ¿Cómo? Oíd, si queréis saberlo: ¿qué árbol, qué piedra, o qué planta diera al enfermo salud si negara la virtud con que a esotras se adelanta? Y de la misma manera ¿qué árbol, piedra o planta rara no matara, si ostentara la virtud que no tuviera? Luego al hombre le conviene, si es que perfecto ha de obrar, ni la que tiene callar ni decir la que no tiene, conque igualmente culpado en el mérito habrá sido el que es sin él presumido que con él desconfiado. Señor, ¿no lo entiendes? No, vanos son mis pareceres. Ahora echo de ver que eres más mentecato, que yo. En vuestra máxima fundo mi temor, pues considero en mí el error del primero sin la razón del segundo. Pues os engañáis, que están en vos muy de parte mía gala, ingenio, bizarría, nobleza... Sale don Álvaro. ¿Ángela? ¿Don Juan? (Buen semblante trae.) (¡Oh cuánto temí si nos conoció!) (Bien haya quien inventó taparse y morder el manto.) ¡Cuánto he estimado el hallaros aquí! Viniendo yo ahora a buscaros, mi señora doña Ángela me ha mandado que os espere. Sabe bien cuánto os estimo mi hermana, y cuánto esta casa gana con vos. ¿Supisteis ya quién era aquella dama? No; y aun importa que aquí esté Ángela al contar lo que con ella me sucedió. Pues sepa yo lo que ha sido si es que el efecto he de oír. Don Juan me mandó seguir dos mujeres. ¿Y qué ha habido? Que al ir tras ellas, entraron en casa de Beatriz bella. ¿De Beatriz? Sí, y aun ser ella mis temores sospecharon, y más no habiendo caído —como hay mil de una manera—, hasta entonces de que era suyo también el vestido, con cuyo recelo entré en su cuarto. Proseguid. Y en fin, ¿era ella? No, oíd; como tan necio llegué colérico y ofendido, viendo el daño que causó, de su aposento salió la dama que había seguido y con el manto en la boca... Raras cosas me contáis. ...dijo al pasar: “No os metáis vos en más de lo que os toca.” Dijo bien. Conque forzoso el no conocerla fue, pues con Beatriz me quedé disculpando lo celoso que había estado; pero ella quién es la dama dirá y más a Ángela, si va, don Juan, esta tarde a vella, y a pagarla la visita, a cuyo efecto he querido que haya el suceso sabido. Será merced infinita que quiera saber quién fue. Pues de mi ingenio fiad la diligencia, y pensad que desde ahora lo sé. Haréis a un triste feliz. Habla Ángela con Luisa. Al punto iré; hoy has de ver que otra vez me he de valer de la casa de Beatriz, pues un papel... pero ven, que allá dentro lo sabrás. Gran maraña urdiendo vas, ¡quiera Dios que pare en bien! Vanse las dos. Don Juan, yo tengo esta tarde qué hacer, seguro vais ya de que mi hermana sabrá quién ha sido. Dios os guarde. Hernando, ¿tú has entendido algo desto que ha pasado? Diera ahora por ser letrado el estar preso y herido. Salir de en cas de Beatriz, y con su vestido quien a verme fue muestra bien cuánto es mi amor infeliz, pues sabiendo que aquí estaba haber enviado a buscarme a quien pudiera contarme que ella otro galán amaba, y haberme ofrecido (¡ah cielos!) que para darme venganza de su olvido y su mudanza me llevará a ver mis celos, decirme es que en vano espera mi amor su agrado, y que no la busque. Escucha, que yo lo entiendo de otra manera: saber allá la criada que con la tapada entró, señor, que mi herida no fue más que calabazada, y tener acá cuidado de cuándo te vas, y en fin, saber todo el caso, sin habérselo yo contado, mucho da a entender que es ella quien quiere descomponerte con esotra, por quererte. Para eso de Beatriz bella no se valiera. Es verdad; pero quizá se valió sin saber de quién, pues no sabe de tu voluntad más de que aquí enamorado vienes, pero no de quién. Eso es querer tú también haberte en salud curado de lo que la has dicho. Dos tinas de pez y alquitrán me frían... Sale Luisa tapada con un billete corriendo. Señor don Juan, leed este papel y a Dios. Tenla, Hernando. ¡Oye, cruel! Ásela de un brazo. Si me tenéis, o seguís, ved que nada conseguís de lo que dice el papel. Pues por si me está mejor lo que él dice que no el veros, será justo deteneros hasta leerlo. Sí, señor. Lee. Esto dice. Pues tan breve plazo toma, he de apurar adónde puede llegar lo que a este engaño la mueve. Déjala, Hernando; id con Dios. Suéltala. Yo estaba de tal manera que aun con el diablo me fuera. Vase. ¿Qué es aquesto que a los dos nos sucede? ¿Yo qué sé? ¡Quién pudiera irse acordando! Paséanse. Velo tú recopilando que yo te responderé. De una dama los amores en Madrid me hacen entrar. Donde es lo mismo buscar damas que hallar capeadores. A uno en el primer combate maté, encontrándole airado. ¿Con quién un enamorado hallará que no le mate? Entré en trance tan urgente, donde un amigo le allana. Y este tal tenía una hermana en gramática sapiente. A ella le di vida yo, en un error convencida. Y maldita sea la vida y el alma que tal le dio. Por mi su honor y su fama lugar halló a la disculpa. Y vino a tener la culpa nuestra susodicha dama. La justicia que llegó buscándome por el ruido... ...ser entonces otro herido el homicida creyó. Tanto la hermana ingeniosa lo fingió, que parecía... ...que su hermano la tenía para monja religiosa. Uno, en fin, y otro suceso remedio en su industria halló. Tan fácil, como ser yo el descalabrado y preso. Viome otra dama que ya sé que de Beatriz se fía. Cualquier cardenal envía su mula donde él no va. Esta con industria y arte hoy desengañarme quiere. Y lo que allá sucediere dirá la segunda parte. Ven, pues, conmigo, que yo hoy tengo de saber; pero ¿no es aquel el caballero a quien don Álvaro hirió? El mismo. Pues a un pesar el rostro quiero volver; el vendrá, no es bien hacer que le vamos a buscar. Vanse y sale don Diego. Apenas convalecido salgo de casa, ¡ay de mí!, cuando el primero que aquí encuentro el amigo ha sido de don Álvaro. No sé si empiece en él la esperanza que traigo de mi venganza; pero no, puesto que aunque me hirió no son mis desvelos atentos a aquel pesar, pues no me toca vengar la herida, sino los celos que de don Álvaro tengo; pues vi cuando oculto estaba que a Beatriz enamoraba, y así, en esta calle tengo de hacer, si por ella pasa, que vea que ni hay ni ha habido quien valiente no haya sido dentro de su misma casa. Aunque si mejor advierto muy distinto es pretender reñir que satisfacer; y así será lo más cierto de otra manera buscalle; y pues sé que no se aleja deste umbral y desta reja, esta noche he de matalle, donde, si vengado quedo, verá que al ser su homicida puedo perdonar la vida pero los celos no puedo. Vase y salen doña Beatriz y Ángela. Desperdicio es no hacer muchos préstamos de amor a quien tan puntualmente los paga. No tienes que agradecer puntualidad ni fineza, Ángela, y más esta vez, porque traigo muchas cosas que hablar contigo. Pues ven al estrado. No pasemos de aquí, que aquí estamos bien, que importa estar a la mira de esa puerta. Empieza pues. ¿A qué piensas que he venido tan puntual? A saber quién es (¡ay amiga mía!) la dama tapada que siguió mi hermano. Pues eso bien fácil es de entender: yo se lo diré. No quiero que tan liberal estés que andes traidora conmigo por andar fina con él. Dime, ¿qué le va a tu hermano en saberlo? Solo ser cuidado de un grande amigo. ¿Y es el caballero a quien me contaste que la vida y el honor debes? Él es. Sin conocerle le estoy agradecida, porqué siendo yo, Ángela, la causa de aquel tu disgusto, es bien que corra por cuenta mía haberte sacado dél. Pues si agradecida estás, ocasión tienes en que mostrarlo; aquí me has de dar licencia de hablar con él. ¿En mi casa? ¿Pues no adviertes el inconveniente que es mi padre? Si esta visita hubiera, Beatriz, de ser públicamente en tu estrado, entonces temieras bien; pero tú en tu cuarto, amiga, ni le has de oír ni has de ver, que él ha de pensar que está en cas de su dama. Pues ¿cómo eso puede ser? Como le he escrito por un papel que le traigo a ver sus celos. ¿Y cómo saldrás después que no los vea? Fingiendo algún accidente a quien echar la culpa, que yo no pretendo más de que crea que le hablo verdad y asegurarle. Está bien; ¿mas conocerte no temes? No, porque no me ha de ver la cara, que yo con manto he de estar; pues yo también forastera desta casa para con él soy, y el ser tan tarde ya, me asegura más. Aunque llego a temer tu peligro y mi peligro, te tengo de obedecer, viéndote tan empeñada. Yo sé que si tú le ves me disculpes en amar antes que en agradecer. Sale Luisa. Señora. Luisa, ¿qué hay? Ya está en el portal aquel caballero. Pues Beatriz, vete tú a tu cuarto, y ten cuenta de avisar si hubiere novedad, y dile a Inés, que en esotra parte el mismo cuidado tenga. Sí haré. No dejes encender luces, que presto se irá. No sé qué pesar llevo en el alma. Vase. Baja tú, Luisa, por él. Va por él. Cubrireme yo entretanto. ¿Quién, cielos, creyera, quién que mi libre condición, que mi soberbia altivez se postrara? Sale don Juan, Hernando y Luisa. Pisa quedo. Apenas muevo los pies, no hagas ruido, Hernando. Menos ruido hago que una mujer recién venida a Madrid sin tía ni madre. ¿Es (amor, disfraza mi voz) el señor don Juan? Y quien, creyendo la voz que oye, adora lo que no ve. Perdonad el que no traigan luces, que no puede ser, a esta cuadra. ¿Es el molino de la pólvora? No es sino un aposento donde la criada que os conté me hizo ver mi desengaño, y presto, don Juan, veréis si os dije verdad o no, viendo los vuestros también. Aunque dudé por entonces, después acá no dudé, que ya sé que desengaños son muy fáciles de ver. Una fortuna los dos corremos: yo quiero bien y no soy correspondida. Harta desdicha tenéis; pero en mí ya no es amor esta diligencia. ¿Qué es? Tema, porque no se quede aquesta dama por quien vine muy falsa conmigo, pensando que yo no sé sus traiciones. ¿Sin amor se hacen (no lo he de creer) por tema finezas? Sí. Y diga vuesa merced, ¿es la fámula por dicha, que anoche con su ama fue? La misma. Muy enojado estoy con vos. ¿Y por qué? Porque fuisteis a decir todo lo que yo os conté de mi herida y mi prisión a la hermana Ángela. ¿Quién es la hermana Ángela? Un alma de Dios. Pues debió de ser revelación. Es sin duda. Han estado hablando don Juan y Ángela. Bien, don Juan, se echa de ver, pues que por tema venís, que ya nuevo amor tenéis con quien despicaros. ¿Yo? No importa que os declaréis, que yo sé que cierta dama, agradecida de haber recibido en un empeño de vos la vida, se ve en términos de perderla por vos. No discurro quién pueda ser. ¿Queréis que yo lo diga? Merced me haréis. Pues sabed... Oigamos esto. ...que estando... Sale Inés alborotada. Señora. Inés, ¿qué hay de nuevo? Que tu hermano entra en casa. ¿Qué escuché? Si hermana es también, ¿qué mucho que sea embustera también? Si esta mujer escondida viene sus celos a ver, como yo, Hernando, los míos, ¿cómo así habla? No sé. ¡Ay de mí! Don Juan, forzoso será que ahora os ausentéis, que otro día habrá ocasión. En todo he de obedecer. Llévale, Inés, por esotra puerta. Sale Beatriz asustada. Los pasos detén. Aparte (por no descubrir quién soy, crïada me fingiré que Ángela me entenderá.) Señora, tu padre. Bien, ¿padre y hermano tenemos? ¿Quién será aquesta mujer que en aquesta casa tiene padre y hermano? ¡Crüel fortuna! ¿Por esa puerta salir no puede? No. Pues ni por esotra tampoco. Pues decidme, ¿qué he de hacer? Pues que dos puertas no bastan amar adonde haya tres. Preciso será esconderle. En esta cuadra os meted. ¿Quién se vio en igual empeño? Yo, sin qué ni para qué. Escóndense los dos. No abráis ni hagáis ruido alguno. Tú a traer unas luces ve. Inés va por luces. Un áspid tengo en el pecho. Yo en la garganta un cordel. Saca las luces. Aquí están las luces ya. Sale don Pedro y don Álvaro. Cuidadoso estoy de que no habrá sabido Beatriz ni pagar ni agradecer festejos que a mi señora doña Ángela debe. Ved, que viniendo yo por ella, vuestro cuidado escuché, y pienso que es por cogerme. Tan igual en todo fue su fineza a mi deseo, que pienso, y con causa, que estamos los dos iguales en el empeño de haber pagádonos las visitas de una suerte. Aparte. (Verdad es, pues me deja con el mismo cuidado que la dejé.) Sale Inés. Un caballero, señor, por ti pregunta. Saldré allá, con vuestra licencia, a hablarle. Vase. Vos la tenéis. ¿Oyes, Ángela? Aparte a ella. ¿Qué dices? Que allí te pongas a ver si vienen, mientras yo hablo con Beatriz, para saber si se le pasó el enojo de esta mañana. Sí haré. Sale al paño don Juan. Parece que no hablan ya. Entreabre la puerta, pues. De aquel enojo, Beatriz hermosa, con que os dejé esta mañana ofendida, cuidadoso me tenéis. Tuve razón de ofenderme de que de mi imaginéis que pude ser la tapada que seguisteis. El temer nunca pudo ser ofensa. ¿Qué es esto que llego a ver? ¿Beatriz no es aquella, cielos, que estoy mirando? Ella es, ¡vive Dios!, o yo no entiendo, señor, de Beatrices bien. Hace que quiere salir. Con un hombre hablando está: bien me dijo la mujer que viniera a ver mis celos. Detente, ¿qué vas a hacer? ¿Qué? Morir desesperado. ¿Que es don Álvaro, no ves, el hombre? ¡Terrible empeño! ¿Que hubo mi amigo de ser quien me dio muerte? Tu padre vuelve. Si a su padre ves, mira, señor, que aventuras su honor y su vida. ¿Quién con celos advierte nada? Pero cierra hasta después. Sale don Pedro. Perdonadme, que preciso hablar a aquel hombre fue. Pésame de que con tanto cumplimiento nos tratéis a Ángela y a mí, y supuesto señor don Pedro, que fue opinión vuestra que es paga el no cansar, será bien que aprenda de vos. Ya es hora, hermana, conmigo ven. No corre una razón misma en los dos; mas si ha de ser, Inés, toma aquesta luz. Qué breve ha sido el placer. Amiga, a Dios. (Buen cuidado me dejas.) (¿Qué puedo hacer?) ¿Has sabido algo de aquella dama? Lo que sabía, sé; solo que es amiga suya. Hace que los va acompañando hasta el paño. Señor don Pedro, volved, no habéis de pasar de aquí. ¿Eso cómo puede ser? Licencia me habéis de dar. Éntranse. Sola he quedado, ¿qué haré en tal confusión?, ¡ay triste! Pero pues bajar se ve mi padre, aunque yo esté sola, a este hombre me he de atrever a decirle que se vaya, pues menos se pierde en que me vea quien no me conoce que en estarse. Esto ha de ser. Llégase adonde está don Juan. Caballero, salid presto, que ahora es ocasión... mas ¿qué es esto, cielos, qué miro? ¿No es don Juan? ¿Beatriz no es? Descubriose la maraña; dimos con todo al través. Falso, ingrato caballero, alevoso y descortés, que venganza de un amor por sí mismo infeliz es; ¿habéis venido a Madrid solamente a disponer que sea tercera yo de otro amor y de otra fe? ¿A mi casa y a mis ojos en busca de otra mujer? Esto hacen las gallegas, tardar y reñir después. Fiera, ingrata, desleal, aleve, falsa, crüel, dime, ¿de qué te ha servido, si yo tus traiciones sé, enviar a mi posada con invenciones a quien me las cuente, y no contenta con eso, traerme después a tu misma casa, donde las vea, solo por hacer disculpable tu mudanza? Bueno es hacerme creer agora, que es diligencia mía. ¡Y cómo que lo es! Todo se sabe, el amor de don Álvaro, y también el de don Diego, que todo me lo dijo la que fue de parte tuya a decirme que aquí lo viniese a ver. Una amiga se ha fiado de mí, y ahora echo de ver que es concierto de los dos traerte a satisfacer que la quieres y me olvidas, pues ella... Dentro cuchilladas. Dentro. ¡Muere, crüel! ¡Ah traidores! ¿Qué es aquello? Dentro. ¿A mis puertas pudo haber tal osadía? ¿Qué aguardo? ¿Dónde vais? A socorrer a vuestro padre. Quiere irse y detiénele Beatriz. De aquí no habéis de salir, ¿no veis lo que aventuráis? Dentro. Dejadme. Dentro. Pues no puedo desta vez, yo me vengaré de otra. Ya todos vuelven; no es bien que, la pendencia acabada, salgáis, volveos a esconder. ¡Oh quién para discurrir tuviera lugar! Vuélvense a esconder. ¡Oh quién le tuviera para irse! Vuelven Ángela, don Álvaro y don Pedro. Amparo el cielo me dé. ¿Que dejarme no queráis que los siga? ¿Para qué?, si se han ido sin lograr su traición. ¿Y será bien, cuando tan cobardes son, que al salir, como vos veis, de vuestra casa, me embisten, que en ella encerrado esté? Si ellos no se hubieran ido, decíais bien. ¿Pues qué he de hacer? Dejar sosegar la calle y que salgamos después por esotra, prevenidos de gente, a reconocer si está segura primero que doña Ángela otra vez salga. Pues si eso os parece, la calle lo está; no deis más espacio a mis enojos; vamos. Porque no penséis que lo dilato por otra causa, vamos, no quedéis con cuidado, que traidores, cuando embisten con tropel, si entonces nada ejecutan no hay que temerlos después. Vanse los dos. Beatriz, pues nuestras desdichas víboras son, y se ven nacer mil donde una muere, mueran antes de nacer; remediemos con el tiempo que nos da un riesgo cruel otro riesgo; salga agora don Juan. Ya yo lo intenté y no pude conseguirlo. Luego ¿le has visto? Muy bien. ¿Y no estoy bien disculpada de amar, Beatriz, y querer? Di, ¿cómo te ha parecido? ¿Cómo me ha de parecer, que seas tú traidora amiga, falsa, alevosa, y sin fe? ¿Qué dices? ¿Pues no bastaba verte enamorada dél, sino irle a decir de mí que yo a don Álvaro amé, y tras salir de mi casa disfrazada, para hacer esta traición a mi amor, traerle a mi casa después solo para que vea en ella si es verdad? La voz detén, que no te entiendo: ¿yo dije nada de ti?, ¿yo busqué para tu agravio tu casa? Sí, o pregúntaselo a él. Sí haré, aunque aquí se aventura el llegarme a conocer, puesto que ya no es posible que más encubierta esté. Señor don Juan. Sale don Juan de donde está escondido. ¿Es ya hora, ingrata Beatriz, de que salga? No es Beatriz Señora, ¿pues cómo vos... No os turbéis. ¿La hermana anda por acá? Dios me libre della, amén. ¿Cuándo os dije yo que amaba Beatriz a mi hermano? ¿Pues cuándo he hablado yo con vos grosero ni descortés en esas pláticas? Cuando a vuestra posada fue; ¿qué sirve andar por rodeos, sino acabar de una vez? ¿Luego sois vos la tapada a quien yo ignorante amé? ¿Luego sois la dama vos por quien vino a Madrid él? ¿Luego sois tan ignorantes que hasta ahora no lo sabéis? Tres las consecuencias son; verdaderas todas tres. Yo, Beatriz, hablé de ti, sin saber de quién hablé. Y yo supe tus traiciones porque yo sabía de quien. ¿Qué traiciones son que sea pretendida una mujer de un caballero? Dos son los que te han querido bien. ¿Celos la pedís delante de mí, llegando a saber que soy la que os he buscado? Aunque sea, ¿cuándo fue el mérito culpa? Cuando a entrambos favorecéis; ¿qué sirve andar por rodeos, sino acabar de una vez? En riñendo las comadres. ¿Esto, amor, es merecer? ¿Esto, fortuna, es amar? ¿Esto, cielos, es querer? ¡Fuego de Dios en el querer bien! ¡Amén, amén, amén, amén! Sale don Álvaro. Vamos de aquí, Ángela bella, que ya en la calle no hay nada, y porque esté asegurada, don Pedro se queda en ella... Pero ¡qué miro (¡ay de mí!)! Repara en don Juan, que está embozado. (Don Álvaro.) (Dicha fuera que aquí no me conociera. Muerto estoy.) (Estoy sin mí.) Caballero rebozado, que en empeño tan forzoso me dais miedos de celoso sobre escrúpulos de honrado; los dos pasos me tenéis tomados de honor y amor, y ha de saber mi valor quién sois: ¿no me respondéis? (Si me descubro es forzoso que satisfacion le dé como mi amigo; y no sé que en empeño tan dudoso satisfación haya alguna que mire una y otra fama; pues de su hermana o su dama es fuerza culpar a alguna de las dos, uno es el daño, y ansí, aquí es mejor acción dejarlo a la confusión que entregarlo al desengaño, y esto ha de ser desta suerte Apaga la luz. procurando ahora tomar la puerta.) ¡Fiero pesar! (¡Grave pena!) (¡Trance fuerte!) Aunque las luces matéis, celoso y desesperado, sabré buscaros restado. Andan tentando por el tablado, como a obscuras. Buscadle, mas no le halléis. (Si ahora se fuera, dejara la duda en pie, sin culpar a ninguna.) (¿Quién hallar pudiera, porque le echara agora de aquí con él?) Sale don Pedro a la puerta. Mucha su tardanza ha sido. ¿Qué puede haber sucedido? Mas ¡ay confusión cruel! ¡A obscuras aquesta sala y tanto alboroto en ella! Beatriz encuentra con don Pedro, y Ángela con don Álvaro. ¿Es Don Juan? Aparte. (Tirana estrella, ¿qué pena a mi pena iguala?) Sí. (Con aquesto sabré dónde mis fortunas van.) Una puerta hallé. Vase. ¿Es don Juan? Sí. Aparte. (Con aquesto veré quién es y quién le ha traído.) Conmigo, don Juan, venid. Mis pasos, don Juan, seguid. Sale Inés con luces. Al alboroto y ruido luz traigo. Cada cristiano vea a leer la ley del duelo. ¡Mi padre, válgame el cielo! ¡Válgame el cielo, mi hermano! ¿Qué don Juan, ingrata, era el que tú ocultar querías? ¿A qué don Juan pretendías librar de la muerte fiera? Túrbanse las dos. Yo, hermano... Prosigue, pues. Yo, señor... Di (¡ay infeliz!). Quién es te dirá Beatriz... Ángela dirá quién es... ...pues en su casa le tiene escondido, y retirado. ...pues que de Luisa llamado tras ella a mi casa viene. Vos, y yo, señor don Pedro, en aquesta competencia igualmente padecemos equívocas las sospechas; Ángela culpa a Beatriz, Beatriz a Ángela, y en esta fortuna el honor de entrambos está corriendo tormenta. El hombre que yo vi no pudo salir por la puerta que entrasteis; esotra está cerrada; con que ya es fuerza discurrir en que está en casa: busquémosle, pues, y muera. Muera; y pues los dos iguales en la duda de la ofensa hasta aquí estamos, palabra nos demos de que cualquiera valga al otro en su desdicha, que sea mía o que sea vuestra. Ansí lo ofrezco. Yo y todo. Sin vida estoy. Yo estoy muerta. Éntranse por la puerta donde están escondidos don Juan y Hernando, y hallándolos dentro, riñen. Dentro. ¡Muere, traidor! Dentro. ¡Muere, aleve! Antes haré en mi defensa prodigios. Salen riñendo. ¿Don Juan? Conócenle. ¿Don Juan? ¡Suerte injusta! ¡Triste pena! Tened, Álvaro, la espada. Tened, don Pedro, la vuestra. Que es a quien guardar me importa la vida. Que es (¡dura estrella!) el mayor amigo mío. Pues ábrannos esas puertas. Señor don Juan, yo traté de casar a Beatriz bella con vos. ¡Qué escucho! Y si entonces faltaron las conveniencias, ya no puede haber ninguna que mayor para mí sea que el efectuarlo ahora, puesto que este lance muestra que habéis venido en su busca. ¿Qué dudáis? ¿A quién pudiera, sino a mí, venir el bien cuando no hay bien que agradezca? Beatriz ha favorecido a don Álvaro en mi ausencia; es mi amigo, ¿cómo puedo cometer yo dos bajezas tan grandes como pasar por mi escrúpulo y su ofensa? ¿Qué decís? Señor don Pedro, aunque el verme aquí os parezca resulta de aquel concierto, os engaña la apariencia; no supe en qué casa estaba, ¡vive Dios!, hasta que os viera, y en fin, no soy hombre yo, que me he de casar por fuerza. ¿Cómo este desprecio sufro sin hacer... Vuelve a embestirle. Aguarda, espera. ¿Tú no me has dado palabra de ayudarme? Sí, mas fuerza es informarte primero si hubo ofensa o no hubo ofensa. ¿No basta hallarle en mi casa? No, pues yo no vine a ella por Beatriz. ¿Luego me toca a mí el agravio? Acomete a don Juan. Oye, espera. ¿La palabra de ayudarme no me disteis cuando fuera mía la ofensa? Sepamos, si pudo o no pudo haberla. No pudo haberla, que yo nunca pude cometerla contra mi amigo, sino para casarme con ella. Envainan, y dale la mano. Con eso estoy satisfecho. Con eso no se remedia el desaire de mi casa. Sí hace, con que yo merezca a Beatriz, pues el haber tratado casar con ella a don Juan, para mi honor nunca pudo ser ofensa alguna. Felice soy. Logró el amor mis cautelas. Vengó el cielo mis agravios. Y pues tantos sustos cuesta el querer bien, todos digan, escarmentando en mis penas: ¡Fuego de Dios en el querer bien! ¡Amén, amén, amén, amén! Señores, tengan paciencia, que hay dos cosas que hacer antes. Todos vuesarcedes sepan que don Diego con don Juan, y con don Álvaro hechas las amistades, quedaron contentos con sus ofensas, que a mí me dieron por libre, con que acaba la comedia, de que con humildad pido perdonéis las faltas nuestras.