Eco Y Narciso Comedia Famosa Personas ECO. NARCISO. FEBO. SILVIO. ANTEO. SILENO. MÚSICA. LIRÍOPE. LAURA. NISE. SIRENE. SILVIA. BATO. Acompañamiento. Primera Jornada Sale SILVIO de pastor de gala. Alto monte de Arcadia, que eminente al cielo empinas la elevada frente, cuya grande eminencia tanto sube, que empieza monte y se remata nube, siendo de tu copete y de tus huellas la alfombra rosas y el dosel estrellas... Bella selva de Arcadia, que florida siempre estás de matices guarnecida, sin que a tu pompa, a todas horas verde, el diciembre ni el julio se acuerde, siendo el mayo corona de tu esfera, y su edad todo el año primavera... Pájaros, que en el aire fugitivos, sois matizados ramilletes vivos, y añadiendo colores a colores, en los árboles sois parleras flores... Ganados, que en el monte divididos, música sois de esquilas y balidos, y en la margen de aquese arroyo breve, cándidos trozos de cuajada nieve... A pediros albricias mi alegría viene de las venturas deste día, pues Eco, en él, zagala la más bella que vio la luz de la mayor estrella, de humana da floridos desengaños, un círculo cumpliendo de sus años. Pésames viene a daros mi tristeza, de que la rara y singular belleza de Eco, desengañada de que ha sido inmortal, un círculo ha cumplido de sus años, que aunque de dichas llenos, cada año más es una gracia menos. (Sale BATO.)  Selvas de Arcadia, bello excelso monte, ganados y aves, pues, deste horizonte, a pediros albricias he venido y a daros hoy un pésame cumplido: las albricias, porque Eco a la florida fiesta hoy de sus años nos convida, y con su vanidad hacer promete a todas un opíparo banquete; y el pésame, porque (¡dolor extraño!) otro no nos hará de hasta aquí a un año. ¡Oh Silvio! ¡Oh Febo! ¡Oh Bato! ¿Tú mismo a ti te nombras, mentecato? Pues si no hay quien me nombre, ¿qué he de hacer? Y este estilo no os asombre, que el tiempo está tan necio e importuno, que es menester honrarse cada uno. Silvio, pues ¿dónde bueno? De gusto vengo y de alborozo lleno a esta hermosa cabaña, que dos veces pajiza el sol la baña. Yo también a ella vengo, y de verte a ti en ella celos tengo; que ya mi amor está desengañado de que vives de Eco enamorado. ¡Oh qué temprano, cielos, antes que con mi amor, di con mis celos! ¡Qué falsos, con esfuerzos semejantes, están unos con otros los amantes! ¿Por qué lo dices? Aunque ya quisiera decirlo, no pudiera, porque toda esta música, este ruido, dice que Eco ha salido de todos los zagales festejada. Darela el parabién con voz turbada, hasta que hablen más claro mis desvelos. ¿Quién vio en villano amor tan nobles celos? (Salen MÚSICOS, SILENO, ANTEO, NISE, SIRENE, ECO detrás.)  A los años felices de Eco, divina y hermosa deidad de las selvas, feliz los señale el mayo con flores ufano los cuente el sol con estrellas. Eco hermosa, en quien cifró la sabia naturaleza la más singular belleza que jamás la Arcadia vio; el círculo que cumplió la aurora en tus luces bellas, tanto mayores que en ellas unos y otros resplandores... Feliz los señale el mayo con flores, ufano los cuente el sol con estrellas. Tu florida primavera el invierno ignore frío, ardiente ignore el estío, porque dure lisonjera en su verdor, de manera que de la muerte las huellas no tronquen sus rosas bellas, sino sus claros albores... Feliz los señale [el mayo con flores, ufano los cuente el sol con estrellas.] Mi lengua no te aconseja vivir tanto; que es error, que morir moza es mejor que no llegar a ser vieja. Y así las edades deja, que en pasándosete aquella de la hermosura más bella, los matices y colores... Feliz los señale [el mayo con flores, ufano los cuente el sol con estrellas.] Estoy muy agradecida al festejo que me hacéis, y para que me mandéis, solo estimaré esa vida en la canción repetida; pero quejarme también debo este tiempo, de quien con extremos más extraños en la fiesta de mis años no me ha dado el parabién. Si es que lo dices por mí, yo soy rústico pastor. Nunca hablar supe en amor; luchar con las fieras, sí; y ya que he callado aquí, en tu nombre al monte iré, cuanto cace traeré; y así, con acción más alta, lo que en palabras me falta, en obras te lo diré. Si por mí también ha sido, Eco, la queja que has dado, no extrañes que mi cuidado me tenga tan suspendido. Años también han cumplido hoy mis mayores enojos; y así, en rendidos despojos, no te ofrecen mis agravios las lisonjas de los labios, sino el llanto de los ojos. Doce años ha que faltó Liríope, mi hija bella, destos valles, y que della no tuve noticia yo: hoy los cumple, y así, no admires ver en mis daños sentimientos tan extraños, pues el día (¡oh suerte dura!) que cumple años tu hermosura, cumple mi desdicha años. Hoy no es de lágrimas día. No nos quite la extrañeza de tu notable tristeza nuestra común alegría. Vuelva a la dulce armonía a poblar los vientos. Hoy al templo ofrecida estoy de Júpiter, que en lo oculto yace deste monte inculto, pues acompañada voy de todos, cumplirle quiero ahora, que mal pudiera sola yo, sin que temiera el horrible mostruo fiero que en él se esconde. Aunque infiero cuánto es grave pesadumbre querer penetrar la cumbre donde ese templo se asienta, pues su fábrica violenta del sol escala la cumbre, vamos, que yendo contigo, la dificultad mayor hará fácil el amor. Y yo lo mismo te digo. Yo no, que a ir no me obligo adonde un monstruo encantado muestas gentes y ganado tantas veces asombró. Vuelva la música, y no quede pastor en el prado que no vaya. Yo también llegar hasta el templo quiero, por si en él piedad espero. Pues prosiga el parabién. ¡Ay, Eco divina, quién obligara tu rigor! ¡Quién lograra tu favor! ¡Quién querida no se viera! ¡Quién su llanto divirtiera! ¡Quién no tuviera temor! A los años felices de Eco, divina y hermosa deidad [de las selvas, feliz los señale el mayo con flores, ufano los cuente el sol con estrellas.] (Vanse, y sale LIRÍOPE, y NARCISO de pieles, y LIRÍOPE con arco y flechas, y NARCISO sin él.)  No has de pasar de aquí. ¿Cómo quieres tú que me detenga, si esos pájaros que escucho forman tan extraña y nueva música para mi oído, que arrebatado me llevan tras sus acentos? Jamás voces escuché tan tiernas, aunque escuché tantas veces las aves que al sol despiertan. Esas voces que has oído, y que tú ser aves piensas, no lo son. Pues ¿qué son, madre? No conviene que lo sepas, porque los hados han puesto tu mayor peligro en ellas. ¿Qué peligro, si el mayor será no escucharlas? Deja que las siga: sepa quién tan süavemente alienta los acentos de su voz, diciendo en cláusulas tiernas... A los años felices de Eco, divina y hermosa deidad de las selvas... [Aparte.]  Naturalmente llevado del afecto, los remeda. Feliz los señale el mayo con flores, ufano los cuente el sol con estrellas. ¡Que en tantos años no haya quien a discurrir se atreva esta intrincada espesura, y hoy con tal música vengan! Permíteme, madre mía, que los siga. ¡Tente! Suelta, que ¿cómo he de detenerme hoy en lo que a decir vuelvan? Feliz los señale el mayo con flores, ufano los cuente el sol con estrellas. ¿Ya no sabes que no puedes llegar más que hasta esta peña, que es pardo cancel que cubre los umbrales de esa cueva donde vivimos los dos? Pues ¿cómo romper intentas los fueros de mi precepto, las leyes de mi obediencia? Como aquella novedad me ha dado, madre, licencia, no para que intente solo quebrantarlas y romperlas, mas para que intente hablarte más claro, escúchame atenta. Yo, desde aqueste peñasco, que es raya donde me ordenas que pueda llegar, he visto de la gran naturaleza varios efectos. Un día sobre aquella parda sierra vi una ave, que es sin duda de todas las otras reina, según lo ufana que vive, y según lo alto que vuela. Esta, sobre un verde nido hecho de pajas y yerbas, unos polluelos tenía, a quien con su boca mesma mantenía en cuanto estaban desnudos de pluma. Apenas vestidos los vio y con alas, cuando, las piedades vueltas en rigores, los echó del nido, para que fuera del discurso de su vida la necesidad maestra. Entre aquellos dos peñascos (aun allí dura la quiebra) una leona crïaba sobre pieles de otras fieras unos cachorros, a quien desangrada su fiereza por los pechos mantenía, hasta que cobrando fuerzas los arrojó de sí misma, tratándolos con soberbia, para que ellos conociesen lo que les daba en herencia. Pues si una fiera y una ave del lecho y el nido echan a sus hijos, para que ellos a vivir sin madre aprendan, ¿por qué tú, viéndome ya con las alas que en mí engendra el discurso y con el brío que mi juventud ostenta, no me despides de ti? ¿No me has contado tú mesma que hay más mundo que estos montes, más casas que aquesta cueva, más gente que aquestos brutos, más población que estas selvas? Pues ¿por qué, madre, me quitas la libertad, y me niegas don que a sus hijos conceden una ave y una fïera, patrimonio que da el cielo al que ha nacido en la tierra? De que discurras, Narciso, tan malamente me pesa, porque me obligas a darte de esas dudas la respuesta. Yo lo haré, pero no ahora; que antes que el sol se oscurezca, a cazar que comas quiero salir: en dando la vuelta, los peligros te diré que amenazan tu belleza, y las causas porque así te he crïado; que pues llegas a tener ya entendimiento, tú sabrás guardarte dellas. Solo lo que ahora mi voz con mis lágrimas te ruegan es que no salgas de aquí hasta que yo a verte vuelva. Yo te lo ofrezco con una condición, y es que no venga otra vez a mis oídos aquella voz lisonjera que escuché, porque será mucho no irme tras ella, si vuelve nadie a decir con voz tan süave y tierna... A los años felices de Eco, divina y hermosa deidad de las selvas... (Vase.)  Llegó el día que temí, pues ya declarar es fuerza a Narciso los sucesos de mi vida y de su estrella. Dioses, dad ventura hoy a las puntas de mis flechas; que nunca más me importó dar presto al albergue vuelta. (Entran por una puerta, y sale ANTEO por otra con venablo.)  Solo un día que ha querido cazar con más diligencia el deseo, no ha topado caza ninguna, aunque sea penetrando las entrañas desta confusa maleza, que tarde o nunca ha sentido de humanas plantas la huella, no he de volver al lugar, sin topar alguna presa que se pueda dar a Eco, pues vine en su nombre. (Vuelve LIRÍOPE a salir.)  Apenas tímido conejo hoy corre, cobarde perdiz hoy vuela. Nunca viene más despacio que cuando se busca apriesa la caza. Entre aquellas ramas ruido he sentido. Entre aquellas hojas rumor he escuchado. En cualquier cosa que sea la cuchilla he de dejar deste venablo sangrienta. En lo que fuere he de ver manchado el hierro a mis flechas... pero un hombre es. ¡Ay de mí! No dispares, tente, espera. Bien ha sido menester oír pronunciar tu lengua voz humana, para que la acción al brazo suspenda. Y bien menester ha sido verte a ti tan descubierta- mente, para que el impulso afloje al arco la cuerda. Humano monstruo, ¿quién eres? Soy una ignorada fiera destos montes; y así, antes que aquí más noticias tengas de mí, vuélvete, porque si dar otro paso intentas, desde mi aljaba a tu pecho verás volar las saetas tan veloces, que ellas solas se embaracen a sí mesmas. Si las señas no me mienten, conocido he por tus señas que eres el prodigio a quien toda esta comarca tiembla. Y así, aunque dos muertes juntas aquí mi recelo tema, la una de tus arpones, la otra de tu extrañeza, he de atropellarlas ambas; porque no solo ya intenta mi admiración apurar quién, extraño monstruo, seas, pero llevarte conmigo; que he hecho a una zagala ofrenda de lo que hoy cacé en el monte, y será notable empresa el ofrecerte a sus plantas, y el asegurar la tierra. No desesperado intentes tan grande acción, porque arriesgas tu vida. Ya no es posible dejar de intentarlo. Piensa a lo que te atreves antes. No hay nada a que no me atreva yo. Pues será a tanto riesgo como el de morir. ¿Qué esperas? Dispara. Sí haré. Mas ¡cielos! Con la sobrada violencia que alentar el tiro quise, al arco rompí la cuerda. Sin duda, que yo consiga esta victoria desean los dioses. Pues si has vencido mis desdichas, no mis fuerzas, mil pedazos te haré antes que segunda vez me venzas. (Luchan los dos.)  Mal sabes quién es el joven que te lidia; que aunque fueras leona destas montañas, humillara tu soberbia. ¡Ay infelice de mí! Ya que a tu valor sujeta estoy, no me lleves sola; que lleve conmigo deja la otra mitad de mi vida. ¡Narciso! Los labios cierra. No llames a quien te ampare, porque, sin que te defiendan, he de lograr esta dicha. ¡Narciso! ¡Calle tu lengua! (Vanse los dos luchando, y sale NARCISO.)  La voz de mi madre he oído, que tristemente se queja llamándome. Si ella misma que no salga de la cueva me manda, ¿cómo me llama? (Lejos LIRÍOPE.)  ¡Narciso, adiós! Que me ausentan de ti mis hados. ¿Qué escucho? Pues, ¿cómo, madre, me dejas, diciéndome desde lejos, sin que yo donde estás sepa, que los hados han dispuesto hacer de mi amor ausencia? El día que te esperaba mi alma y vida más contentas, porque esperaban saber quién soy, y cómo me niegas la libertad, ¡solamente vuelven tus voces, y aun esas no cabales, pues el viento me está quitando las medias! (Lejos LIRÍOPE.)  ¡Narciso, adiós! ¡Ay de mí! ¿Qué he de hacer sin ti en aquestas montañas solo, ignorando quién soy, y qué modo tengan de vivir los hombres, pues nada sino hablar me enseñas? Y aun eso te perdonara ahora, porque no tuvieran en su abono las desdichas el consuelo de las quejas. Mi bien, mi madre, señora, vuelve, vuelve a mí; no seas tan ingrata que me dejes a vivir entre estas peñas, compañero de los troncos, de sus brutos y sus fieras. ¿Qué enojo te he dado yo, para que desta manera huyas de mí? ¿No he vivido siempre atento a tu obediencia? ¿Sé yo más de lo que tú, madre, has querido que sepa? Pues ¿para qué me castigas con tan extraña sentencia? ¡Ay de mí! ¿Qué haré? La voz hacia allí se oyó. Tras ella iré, que no dudo que mis lágrimas la detengan. Ea, ¡adelantaos suspiros!, decid que ya el llanto llega, que le aguarde un breve instante, que solo va a enternecerla. Mas ¡ay triste!, que no sé si el discurso acierta o yerra en la elección de mis pasos, que como es la vez primera que de la cueva he salido, no sé si yerra o acierta. Dioses, mis plantas guiad; cielos, socorred mis penas; sol, alumbra mis sentidos; inclinad mi arbitrio, estrellas; fieras, doleos de mí; aves, repetid mis quejas; montañas, dadme salida; troncos, decidme la senda, pues a un infeliz, a quien su misma madre le deja, justo será que le amparen dioses, cielos, sol, estrellas, fieras, pájaros, montañas, troncos, peñascos y selvas. (Vase, y salen FEBO, y SILVIO asidos de una cinta, y SILENO, y los MÚSICOS, y ECO deteniéndolos, y LAURA, y SIRENE, y LIBIA.)  Antes perderé la vida que no la cinta. Mirad que estoy hoy aquí. Tu beldad me perdone, y no me impida el quedar con el listón, ya que habiéndose caído de tu cabello, yo he sido el que en aquella ocasión le llegó a alzar el primero. Amor nunca en sus favores gradúa los acreedores; y aunque llegase postrero, le he de llevar. ¿No advertís... ¿Qué? ...que es muy civil contienda por un listón que en la tienda a veinte maravedís vale la vara, luchar? Si los dos habéis culpado que mi prolijo cuidado hoy me acuerde mi pesar, diciéndome que no es día de lágrimas el que veis, ¿cómo convertir queréis en tristeza el alegría, con que del templo volvemos? Como en cualquiera ocasión los celos disculpas son, aun de mayores extremos. Oídme a mí, sin que tengáis más contienda ni porfía. Si el listón, por prenda mía, tanto los dos estimáis, advertid que no merece hasta ahora esta estimación, pues no es favor un listón que el viento acaso os ofrece de mi cabello volado; que aunque yo no entiendo nada de amor, la ocasión tomada ha de ser, y el favor dado. Y así, hasta que yo le dé, no le tengáis por favor; volvérmele a mí es mejor que yo después le daré de mi mano a quién quisiere, que con mi gusto le tenga. Aunque mi temor prevenga que nunca esa dicha espere, el listón te restituyo. (Dásele.)   Yo también, aunque no creo que jamás vuelva el deseo a verse con favor tuyo. Si habértele vuelto aquí es para que tú le des al más galán, venga pues, que claro es que es para mí. ¿Tú el más galán? ¿Por qué no? ¿Qué me falta para sello, sino que caigan en ello hoy los demás como yo? Ya que a ti restitüido ese iris de colores, que con tantos resplandores lisonja del viento ha sido, habemos los dos, te pido que cumpla tu beldad rara hoy su palabra. Declara para cuál de los dos es, como ofreciste. No des igual sentencia, y repara que si yo te le volví, por obedecerte fue solamente, y no porque merecerle presumí jamás; y siendo esto así, que no le des te prevengo, que a ser tan infeliz vengo en amar y padecer, que aun temo que he de perder la esperanza que no tengo. Yo tampoco la he tenido, que el haber yo deseado ver mi dolor declarado, más desconfïanza ha sido, que si a una duda rendido tengo de morir, que acuda es mejor mi fe desnuda de su desengaño el daño, por morir del desengaño si he de morir de la duda. Duda o desengaño infiero hoy precisos; y pues no es posible tener yo la ventura que no espero, vivir hoy dudoso quiero antes que desengañado, pues en mi infelice estado es lance menos penoso el ser en duda dichoso, que de cierto desdichado. Poco ama aquel que, en su engaño consolado, de su dama no ama el favor. Menos ama quien no teme un desengaño. La duda es dolor extraño. Ese quiero padecer. Querer dudar no es querer. Querer saber no es amar. Pues yo no quiero dudar. Pues yo no quiero saber. Vós que me declare, y vós que calle solicitáis, y yo en la duda en que estáis he de igualar a los dos. [Aparte.]  (Deme, pues, el ciego dios industria para que aquí hable y calle. Solo así el callar y hablar se infiere.) El listón daré al que hiciere mayor fineza por mí. Yo aceto la condición, y solamente pudiera ser esa la que pusiera alas a mi presunción. Fundolo en esta razón; el merecer no está en mí, y en mí está el servir; y así puedo esperanza tener, pues no está en mí el merecer y el hacer finezas sí. Yo la condición no acepto, porque si tan feliz fuera que hacer finezas pudiera, no las guardara a este efecto. Nada un amor que es perfecto reservó: siendo esto ansí, bien la condición temí; pues mi corazón constante no podrá hacer adelante más de lo que ha hecho hasta aquí. (Salen ANTEO y LIRÍOPE.)  Eco hermosa, a quien el cielo dotó de tantos favores; bellas zagalas, pastores, honor del arcadio suelo, vivid, vivid sin recelo de aquel monstruo que con tantas penas os asombró, que tantas veces le visteis, pues ya humilde y tendido está besando de Eco las plantas. En su nombre al monte fui, y en el monte le encontré; no es la admiración el que os le haya traído aquí; no el verle cubierto así de cabello, no el andar es lo que os ha de admirar; sino el oírle hablar, que tiene nuestra humana voz, que viene a hacerle más singular. Preguntadle, hablad con él, que a todos responderá. Si hablar sabes, dinos ya quién eres, monstruo crüel. Respóndanos tu horror fiel cuánto su esclavitud siente. ¿De qué especie diferente eres? ¿Sabes dónde estás? Pues no puedo callar más, escuchadme atentamente. Yo, pastores de la Arcadia, no soy, como presumís, monstruo irracional, que soy una mujer infeliz; si bien no ha sido el engaño muy notable, si advertís que solo para ser monstruo de la fortuna nací. Estos valles, que están siempre de un matiz y otro matiz llenos, porque todo el año no saben más que el abril, fueron mi primer cuna: ¡pluguiese a ese azul viril, que tumba, y no cuna, hubiesen sido entonces para mí! Joven, mi hermosura apenas empezaba a descubrir en mis primeras auroras algún agrado gentil, cuando a descubrir también empezó (esto permitid que diga) que no vio el sol una hermosura feliz. Céfiro, un galán mancebo (hijo del viento sutil, por el nombre, que su padre debió de llamarse así), me vio en el prado una tarde, y enamorado de mí, a entender me dio su amor cortésmente; que el carmín respondió de mis mejillas, parlero no, mudo sí. Desde allí mi sombra fue, y yo su luz desde allí, pues no hice más que abrasar, y él no hizo más que seguir. ¡Oh cuántas veces, oh cuántas dar a los vientos le vi, suspiros de ciento en ciento, lágrimas de mil en mil, sin que el buril ni la lima del porfiar y el asistir, pudiesen labrar mi pecho, porque era diamante, en fin defendido aun a las mellas de la lima y del buril! Desesperado su amor de no poder conseguir mi amor, y desesperado de padecer y sentir, una tarde que al ejido apacentando salí una manada de blancos corderillos, que entre sí retozando celebraban la libertad del redil, a mi Céfiro llegó, y abrazándose de mí, bien como al muro la yedra, bien como al olmo la vid, dijo: «Lo que no han podido rendimientos conseguir, consíganlo las violencias». Y en este instante (¡ay de mí!) el Céfiro arrebató a los dos con tan sutil movimiento, que a las nubes volar sin alas me vi; que como era padre suyo, por no mirarle morir de amor, le prestó sus alas: ¡Mirad qué piedad tan vil! ¿Quién vio contienda de amor tan nueva, pues bien así volábamos los dos como la temerosa perdiz en las garras del azor, la garza en las del neblí? Viéndome desvanecer al solicitar medir la distancia de la tierra, los ojos cerré, y me así al traidor hijo del viento. ¡Ah, qué abrazo es tan rüin el que la necesidad hace dar y no sentir! Desta suerte, pues, conmigo llegó el velero adalid del yate a esa cumbre altiva, a quien todo ese turquí globo con su peso está agobiando la cerviz. Hay en sus duras entrañas una oscura cueva. Aquí de los piélagos vacíos el humano bergantín tomó puerto, a quien salió un anciano a recibir. Después os diré quién era, porque ahora es fuerza decir que honestando la traición con la disculpa civil de amor, que aun el enojar es en nosotras servir, llegó... Entendedlo vosotros, y a mi vergüenza suplid cosas, que para saberse no se han menester oír. ¿Quién creerá que tan extraño principio de amor su fin tan cerca tuviese, que su nacer fue su morir? Todos lo creed; que apenas coronada de jazmín salió otra aurora, (no sé si a llorar o si a reír), cuando, ausente de mis brazos, más a Céfiro no vi. ¿Qué hay que esperar del que finge si el que ama procede así? En poder de aquel anciano caduco quedé... Ahora oíd con más atención, porque empieza otro caso aquí no menos extraño. Este Tiresias era el sutil mágico que tantas veces habréis oído decir que asombraba con su ciencia a los dioses, pues así a ese encuadernado libro de once hojas de zafir le leía los secretos, que muchas veces le vi los futuros contingentes anunciar y presumir. ¡Cuántas veces eclipsó al sol puesto en su cenit, y cuántas resplandecer le hizo desde su nadir! ¡Cuántas a la blanca luna la vistió de carmesí, y cuántas a las estrellas las vistió el oro de Ofir! Porque se quiso igualar a Júpiter, él allí ciego y preso le tenía. Consideradme ahora mí presa allí y ciega también, aborreciendo el vivir, y las lástimas veréis, con que mis penas sentís. Sola una utilidad pudo mi soledad adquirir, que fue saber los sucesos que de su ciencia aprendí, principalmente en las causas naturales a quien fui más inclinada. No hay piedra, flor, yerba ni hoja, que en fin su naturaleza niegue... Pero esto no es para aquí. Un día, pues, aquel caduco esqueleto me habló así: «Yo he hallado por mis estudios que ya el término cumplí de mis alientos: hoy es cuando tengo de morir. No tengo que te dejar, ¡oh compañera gentil!, de mis fortunas, si no es lo que te voy a decir. Encinta estás, un garzón bellísimo has de parir. Una voz y una hermosura solicitarán su fin amando y aborreciendo; Guárdale de ver y oír». Yo, viendo del vaticinio ya los anuncios cumplir en el parto y la belleza, todo lo demás temí: y así, sin querer jamás de aquella cueva salir, asegurando a Narciso de sus peligros, viví criándole, sin que llegase a saber ni a discurrir más de lo que quise yo que él alcanzase, y en fin, sin que otra persona viere humana, sino es a mí. Esta es la causa porque viéndome tal vez huir por el monte los pastores, escándalo suyo fui. Mas ya que ha querido el cielo mis secretos descubrir, rendida de aqueste joven, todos conmigo venid por mi hijo, pues es fuerza ya entre vosotros vivir. Fuera de que ya el discurso suyo le empieza a afligir y no dudo que su pena le acabe al verse sin mí. Y para que me creáis todo cuanto os repetí, por si oístis alguna vez mi suceso referir, y hay alguna entre vosotros que ahora se acuerde de mí; yo, que en los inquietos mares de la fortuna corrí tan graves tormentas; yo, que al nunca mudo clarín de la fama voladora tantos asuntos le di; yo, que al teatro del mundo cómica tragedia fui; yo, ejemplo del padecer; yo, epílogo del sentir; yo, cifra del suspirar, del llorar y del gemir, la hija soy de Sileno, Liríope la infeliz. ¡Ay hija del alma mía! Deja que una vez y mil tu cuello enlace. Yo soy Sileno, y pues merecí a la que muerta lloré, viva abrazar, ver y oír, venga la muerte, pues ya no tengo más que vivir. Humilde a tus pies estoy, aunque la vergüenza aquí me embaraza mucha parte del contento que hay en mí. Los brazos albricias vean de suceso tan feliz. Aquí más dice el callar que el decir puede decir. Con bien, Liríope, vuelvas a esta campaña gentil. Yo, hasta veros desollada del pellejo que vestís, aún no me atrevo abrazaros. Dichoso mil veces fui, pues traer tanta alegría puede al valle conseguir. Mayor será cuando todos veáis a mi hijo, en quien sutil esmeró naturaleza sus perfecciones. Venid conmigo a la cueva donde me espera: hallaréis allí bruto el más bello diamante, y tosco el mejor rubí. (Salen.)  Guía, Liríope mía. Todos habemos de ir juntos. ¿Quién se quedará sin ver deste caso el fin? Yo, que si no hay que fïar de una mujer mansa, di, ¿qué habrá que fïar de aquesta tan montaraz y cerril? Vamos todos. Vamos todos. Vamos, mis pasos seguid. Narciso, no te entristezca mi ausencia, ya voy tras ti. Segunda Jornada Salen todos los del templo que acabaron la primera jornada. Mil veces infeliz fui. Oye. Aguarda. Escucha. Espera. Mira. Advierte. Considera. No hay consuelo para mí, habiéndome sucedido una desdicha tan nueva, pues Narciso de la cueva falta. Jamás ha salido della, sino solo hoy, y ya su muerte recelo. ¡Narciso! ¡Narciso! Al cielo en vano estas voces doy. Sin duda, el haber tardado tanto el venir aquí yo, de la cueva lo sacó. ¡Oh, máteme mi cuidado! No te aflijas, que pues él en este monte ha de estar, yo te lo sabré buscar. Todos iremos. Crüel fortuna ha sido la mía. ¡Narciso! Yo estoy mortal. ¡Ay dioses!, ¿cuándo cabal sucederá una alegría? Discurriendo el monte vamos llamándole, pues será cierto el responder. No hará; porque si así le buscamos, él, que nunca gente vio, más es fuerza que se esconda, que no a las voces responda. Mas oíd lo que pensó mi ingenio: para que venga buscándonos, ha de haber una industria. ¿Qué ha de ser? No hay cosa que con él tenga más fuerza para atraelle, que oír música; y siendo así divididos desde aquí, cantando para movelle todos id. Con Laura esta falda al monte correré. Y yo con Sirene iré penetrando esta floresta. Yo con Silvia, hasta la cumbre de ese monte he de subir. Yo con Eco he de medir su más alta pesadumbre. Y yo con Nise también, he de entrar a ese jaral, y si cantáremos mal, por Eco aullaremos bien. Yo sin ley y sin aviso por todas partes iré. Cada uno cante lo que sepa. ¡Narciso! ¡Narciso! (Canta.)   Pues del monte la falda tocó a mis voces, díganme de Narciso, fuentes y flores. (Canta.)   Pues a mí de las selvas tocó lo alegre, de Narciso me digan flores y fuentes. (Canta.)   Pues tocó a mi acento medir la cumbre, díganme de Narciso sombras y luces. (Canta.)  Y pues a mi afecto los riscos tocan, de Narciso me digan luces y sombras. ¡A la falda! ¡A la selva! ¡A la cumbre! ¡Al risco! Oiga a todos y todas decir... ¡Narciso! ¡Narciso! ¡A la falda, a la selva, a la cumbre, al risco! (Vanse y sale NARCISO.)  Aunque la süave voz de mi madre me parece que oigo, sombra es que me ofrece sin cuerpo el aire veloz; pues hallarla no he podido, por más que al monte he bajado. Ya el aliento me ha faltado, aquí moriré rendido al cansancio, aunque no es él el que más me fatiga, sino la sed; y así diga de aquella agua el ruido, pues para darme alivio, diciendo corre... (Canta.)   Díganme de Narciso fuentes y flores. Pero ¿qué voz es esta que me suspende? Díganme de Narciso flores y fuentes. Como ya en dos partes quiere que escuche... De Narciso me digan sombras y luces. Y aun en tres, supuesto que dice esotra... Díganme de Narciso luces y sombras. Por seguir a todas ninguna sigo. ¡A la falda, a la selva, a la cumbre, al risco! Oiga a todos y todas decir: ¡Narciso! ¿Cómo, si a mí me llamáis, sonoras hermosas voces, volvéis huyendo veloces, y no solo no le dais un alivio a mi sentido, mas trocándole en agravio, me embarazáis el del labio, por irme tras del oído? Y pues de vosotras mal puedo percibir las señas, el ruido que entre estas peñas, no menos dulce el cristal hace, su aliento me dé, siendo la primera vez esta que afán el llegar me cuesta al agua; pues no dejé nunca la cueva hasta hoy, donde un alcornoque era taza menos lisonjera de la que mirando estoy guarnecida de yerbas y flores, donde... Díganme de Narciso fuentes y flores. Mas la voz a pararme, diciendo vuelve... De Narciso me digan flores y fuentes. Si es que a mí me buscas, ¿por qué me huyes? Díganme de Narciso sombras y luces. Pues que no me alivias, ¿por qué me estorbas? Díganme de Narciso luces y sombras. Repitiendo a un tiempo tonos distintos, oiga a todos y a todas decir: ¡Narciso! Pues a todos escucho, y a nadie veo, vuelvo al agua. Mas ¿cómo si oigo este acento? (Canta.)   Es el engaño traidor, y el desengaño leal, el uno dolor sin mal y el otro mal sin dolor. Solo aquella voz pudiera ser rémora de un sediento. Seguir quiero de su acento la música lisonjera. (Canta.)   Si acaso mis desvaríos llegaren a tus umbrales, la lástima de ser males quite el horror de ser míos. Pero más cerca desta suena, aunque una y otra me encanta; y aquella tan dulce canta, mas esotra me enajena de mí mismo, porque tiene más agrado y más dulzura. Por esta verde espesura el buscarla me conviene. (Canta.)   Ven, muerte, tan escondida que no te sienta venir, porque el placer del morir no me vuelva a dar la vida. En lo alto de aquellas peñas otra dulce voz sonó, que nuevamente borró de las pasadas las señas. (Canta.)   Solo el silencio testigo ha de ser de mi tormento, y aun no cabe lo que siento en todo lo que no digo. ¡Válgame el cielo! Esta sí que es reina de todas ellas, que aunque por dulces y bellas juzgué las que hasta ahora oí, con más fuerza ha suspendido esta con mayor empeño. ¡Qué hermoso será su dueño, pues vence por el oído dos afectos, que en rigor son con fuerza desigual...! (Canta.)  El uno dolor sin [mal, y el otro mal sin dolor.] Voz que postrando mis bríos, mis males creces mortales... (Canta.)  La lástima de ser males, [quite el horror de ser míos.] No quisiera ver rendida la vida a tanto sentir... (Canta.)   Porque al placer [del morir no me vuelva a dar la vida.] Lo que siento, mal me obligo a que lo diga mi aliento... (Canta.)   Y aun no cabe [lo que siento en todo lo que no digo.] En mil partes divididos mis cuidados, son despojos del viento. Ved algo, ojos, o no escuchéis tanto, oídos. (Canta cada uno su copla, y sale ECO.)  Hacia aquesta parte yo he de penetrar lo ameno destas intrincadas breñas, una y otra vez diciendo... (Canta.)   Solo el silencio testigo [ha de ser de mi tormento, y aun no cabe lo que siento en todo lo que no digo.] Pájaro destas montañas, que con süaves acentos tan sonoramente eres dulce confusión del viento; si entre el oído y el labio, dudoso, absorto y suspenso me vi, sin saber quién es mi más poderoso afecto, pues el oír el cristal que me llamaba sediento, sediento también me llama el aire que a beber vuelvo. ¿Cómo de una sed y otra tanto has trocado el afecto, que en vez que labios y oídos beban agua y aire, has hecho que beban fuego los ojos, y tan venenoso fuego, que para explicarle es fuerza pensar que en tu estilo mesmo... Solo el silencio testigo [ha de ser de mi tormento, y aun no cabe lo que siento en todo lo que no digo.] Bruto diamante, que mal pulido de ese grosero tosco traje, brillar dejas el alma que ocultas dentro; no menos suspensa yo quedé al mirarte, supuesto que absorta, helada y confusa, solo a responderte acierto con lo mismo que cantaba. (Canta.)  Y aun no cabe lo que siento en todo lo que no digo. Parecidas, según eso, son nuestras dos suspensiones, tanto, que los dos diremos, tú, por si a mí me respondes, yo, por si a ti me parezco... (Cantan los dos.)   Solo el silencio [testigo ha de ser de mi tormento, y aun no cabe lo que siento en todo lo que no digo.] ¿Quién eres? Una mujer. La segunda eres que veo, y aun la primera pudiera decir, pues a lo que entiendo no era mujer para mí la primera que vi, puesto que en mi pecho no encendió nunca tan activo fuego como tu voz y tu vista han encendido en mi pecho. ¿Adónde vas por aquí? A solo buscarte vengo, y con desear hallarte, estimara, a lo que pienso, no haberte hallado, porque hoy en ti, más que hallo, pierdo. ¿Conocíasme? Yo no. Pues ¿cómo en este desierto a quien no conoces buscas? ¿Úsase en el mundo eso de que busquen las mujeres a quien no conocen? Presto la causa que me ha traído sabrás. Dila, pues. ¡Sileno! ¿A quién llamas? ¿Qué pretendes? ¡Febo, Bato, Silvio, Anteo! Tú quieres matarme, como si ya no me hubieras muerto. ¡Sirene, Liríope, Nise! Venid todos a este puesto, que ya yo he hallado a Narciso. (Salen todos.)  Llamado de tu voz vengo. De tu voz vengo traído. Alas me ha dado tu acento. Aquí Eco hermosa llamaba. Pues todos llegan, lleguemos. ¿Tanta gente hay en el mundo? ¡Felice yo que te veo! Pues ¿cómo, madre, a buscarme vienes con todos aquestos? Pedazos del corazón, dadme los brazos. Teneos, y si me ha de abrazar alguien, sea aquella que estoy viendo, quien es, me di, y lo que intentas, madre, porque estoy suspenso, tan notables diferencias de rostros y trajes viendo. Despacio sabrás tu historia. Dices bien, que ahora no es tiempo de detenernos aquí. Juntos al valle bajemos: allá mudarás de traje y oirás todos tus sucesos, hermoso Narciso mío. Perdonadme mi atrevimiento, Sileno, y dadme licencia para dar al zagalejo, mientras vós le hacéis vestido, un pellico, que por nuevo irá con mejor disculpa. La merced os agradezco. Yo me adelanto a envïarle, y desocupado desto, amor, intenta finezas que hacer por su hermoso dueño. (Vase.)   Dadme liciones de cómo obligue un desdén, deseos. (Vase.)  ¡Dichoso yo, que he vivido hasta haber mirado esto! (Vase.)  Dicha he tenido en ser yo deste acaso el instrumento. (Vase.)  Sigue, Narciso, mis pasos, que ya no es patria el desierto. Muchas cosas he admirado, pero una sola me he muerto. (Vase.)   Mas, que según son las penas que dentro del alma siento, vienen a ser nueva historia del mundo Narciso y Eco. (Vase.)   ¡Ah Sirene! ¿Qué me quieres? Algo es lo que te quiero, para que sepas en algo el mal gusto que yo tengo. Peor le tuviera yo, si te quisiera a ti. Niego que, cada cosa en su tanto, todo es malo y nada es bueno. Pero esto aparte, entre tanto que a nuestros amos siguiendo vamos; ¿tú no me dirás una verdad? Yo la ofrezco. No la cumplirás, que no estás enseñada a hacerlo. Pero vaya. Yo, Sirene, soy muy grande majadero. Grandísimo. ¡Voto al sol, que ahora he caído en ello, desde que estó viendo cosas, que son cosas que estó viendo sin entenderlas, Sirene! ¿Qué cosas? Pues, ¿hay suceso tan extraño, como haberse hallado hoy mi amo Sileno aquí una hija salvaje, con un salvajito nieto, y haberme de ir yo ahora a casa a vivir con ellos? Pues eso ¿qué importa?, di. Tú no sabes, según eso, lo que es tratar con salvajes. Bato, no lo son aquestos, sino una mujer y un hombre. Esos, a lo que yo entiendo, son los peores salvajes, la vez que llegan a serlo. Pues ¿has visto tú en tu vida garzón más hermoso y bello que Narciso? Ya estarás caprichosa; mas no es nuevo agradarse de salvajes las mujeres. ¡Oh mal fuego en tu lengua! ¿Qué mujer se ha llegado agradar dellos? ¿Qué mujer? Todas aquellas que iré, Sirene, diciendo. Mujer hay que se enamora de un disciplinante, viendo que es tan gran salvaje que a sí mesmo se da recio. Mujer hay que se enamora de un volatín, no atendiendo que es tan gran salvaje que anda en aire habiendo suelo. Mujer hay [que] se enamora de un toreador, advirtiendo que es tan gran salvaje que espera a otro cuerpo a cuerpo. Mujer hay que se enamora de un danzante, conociendo que es tan gran salvaje que se muele a compás los huesos. Mujer hay que se enamora de uno que esgrima, sabiendo que es tan gran salvaje que pone sus ojos a riesgo. Mujer hay que se enamora... Tente, que saber no quiero más. Pues ahora empezaba. Divertidos, en efecto, con tus locuras, al valle hemos llegado. Y habiendo dejado en casa a los dos, se va el acompañamiento. Cada uno a su ganado querrá acudir. Si no es Febo, que a la soledad se vuelve. (Sale FEBO.)  Sirene, a buscarte vengo. ¿En qué puedo yo servirte? Yo por no estorbar me ausento, y también por ir a ver qué hacen los huéspedes nuevos. Pues nadie, Sirene, ignora en el valle la firmeza, con que la rara belleza de Eco mi atención adora, no habré menester ahora repetirle, y pues aquí estabas cuando (¡ay de mí!) un favor depositó para una fineza, yo le pienso ganar por ti, Sirene, supuesto que eres hoy tú la zagala a quien Eco ha querido más bien, y en tu gracia te prefieres, si dar vida a un muerto quieres, procura saber en qué más agradarte podré; que las finezas no son de mayor estimación, por grandes, Sirene, que por la ocasión en que llegan. No tienes que decir más. Cuanto yo sepa, verás que mis labios no te niegan. Eso mis ansias te ruegan. Ya te digo que lo haré, y nada te callaré. (Vase.)   ¿Quién mayor tormento alcanza, que el que ama sin esperanza a una hermosura sin fe? Apenas el invierno helado y cano este monte con nieves encanece, cuando la primavera le florece, y el que helado se vio, se mira ufano. Pasa la primavera, y el verano los rigores del sol sufre y padece. Llega el fértil otoño, y enriquece el monte de verdores, fruta el llano. Todo vive sujeto a la mudanza. De un día y otro día a los engaños cumplen un año, y este al otro alcanza. Con esperanza sufre desengaños un monte, que a faltarle la esperanza, ya se rindiera al poso de los años. (Sale LIRÍOPE y NARCISO.)  ¿Has estado atento? Sí, y todo cuanto me has dicho en la memoria lo tengo y en el corazón escrito. Y para que lo conozcas, el haber, madre, nacido en los montes, y el haber criádome en tal retiro, todo para en que yo tengo en las estrellas previsto que una voz y una hermosura, con efectos distintos, amando y aborreciendo, son mis mayores peligros. Pues haz por guardarte dellos, considerando, Narciso... ¿Qué? Que tú solo no más podrás guardarte a ti mismo. De todo advertido ya, licencia, madre, te pido para ir a ver por el valle, lo que otras veces he visto. Sepa yo de los pastores los diversos ejercicios, el modo de apacentar los ganados, el estilo de las labranzas del campo; y ya que libre me miro, débales algo a los ojos hoy mi natural instinto, que no todas las noticias deber tengo a los oídos. Aunque con algún temor la licencia te permito; mas porque no vayas solo, quiero que vaya contigo un crïado de mi padre, que te informe y te dé aviso de todo. ¡Bato! (Sale BATO.)  Señora. Hoy de tu despejo fío mi temor. Narciso quiere ir a ver todo el ejido, y conocer los pastores de aqueste valle vecinos. Llévale por ahí, y dél no te apartes. Advertido escucha, Bato, lo que a solas aquí te digo. No le dejes con ninguna zagala hablar. No me obligo a esto solo, porque es muy desapacible oficio el estorbador, y yo a lo contrario me inclino. Mas en fin es hacer gusto, y muero por ser bienquisto. Tú harás lo que yo te encargo. ¡Mejorad, dioses divinos, del hado las amenazas! (Vase.)  Buena comisión ha sido la que tu madre me ha dado. ¿Quién en el mundo habrá visto que los Batos ayos sean? Ea, vamos, Bato amigo, discurriendo todo el valle. Discurramos. ¿Qué edificio es aquel? ¿Aquel? Un templo de Apolo, eminente y rico. Es muy justo que los dioses tengan lugar más altivo, que aun en lo material deben ser al hombre preferidos. El haber mirado estimo el edificio dorado entre los demás pajizos. (Dentro.)  Yo os pondré en paz, voto al sol si la honda me desciño. ¿Qué es aquello? Están lidiando allí dos fuertes novillos de Anteo, y él los desparte con la honda y con el silbo. ¿Quién es Anteo? Un zagal el más valiente que ha habido en toda Arcadia. ¿Y qué es ser valiente? Haberlo él dicho. ¿Cúyo ha sido aquel rebaño? Si has de matarme, Narciso, a pescudas, ¿no es mijor tomar aqueste cochillo y degollarme con él, que con el de palo? Digo que no preguntaré más. ¿Cúyo aquel rebaño ha sido, que de ese monte a ese valle desciende en tan excesivo número, que tras sí trae descabellados los riscos? De Febo, que es el pastor más discreto y entendido que tiene toda la Arcadia. ¿Y en qué, dime, ha consistido el ser entendido un hombre? En dar otros en decirlo, porque una misma razón dicha de dos, ya se ha visto ser en el uno agudeza y en el otro desatino. ¿Y aquel ganado que llega, amenazándole al río, que ha de agotar su corriente? ¿Quién me ha encontrado contigo? De Silvio, que es el pastor más galán. ¿Y en qué ha caído ser galán? En parecerlo, siendo al uso talle y brío. Pues ¿hay usos en los talles? Sí. Yo me acuerdo haber visto usarse un año a los pechos y otro año a los tobillos: y esto no es mucho, que en fin consistía en los vestidos. Mas en las caras me acuerdo el tener usos distintos las mujeres. ¿En las caras, qué naturaleza hizo uso? Un tiempo que se dieron en usar ojos dormidos, no había hermosura despierta, y todo era mirar bizco. Usáronse ojos rasgados luego, y dieron en abrirlos tanto, que de temerosos, se hicieron espantadizos. Las bocas chicas, entonces, era de lo más valido, y andaban por estas calles todos los labios fruncidos. Dieron en usarse grandes, y en aquel instante mismo, se desplegaron las bocas, y dejando lo jarifo de lo pequeño pusieron su perfección en limpio de lo grande, hasta enseñar dientes, muelas y colmillos. (Canta.)   Pues el sol y el aire turban mi color, hécelo de envidia el aire o el sol. ¿Quién es esta, que un rebaño trae de blancos corderillos, dando a entender que se dejan apacentar los armiños? Esta es Eco, la más bella zagala que el sol ha visto. ¿Qué será que al verla yo pierdo todos mis sentidos, y este pesar que me hace se le agradezco y estimo, dejándome engañar dél, creyendo que es regocijo? A la fe, que esos extremos de amor son. De resistirlos trata al principio, porque solo podrás al principio. (Canta.)  Pues el sol y el aire [turban mi color, hécelo de envidia el aire o el sol.] Si una voz y una hermosura me amenazan con castigo, de su hermosura y su voz huyamos, Bato. (Sale ECO y SIRENE.)  Narciso... Hermosa zagala. Mucho verte en este traje estimo. ¿Cómo te parece el valle? ¿No es más ameno este sitio que el monte donde naciste? Si en él tu belleza admiro, no solo mejor que el monte, mejor será que el Eliseo. Mas quédate. Adiós. ¿Por qué te vas tan presto? Imagino que me importa el ausentarme. ¿Cómo? Como habiendo sido una voz y una hermosura mis dos mayores peligros, y concurriendo en ti entrambos, el huir de ti es preciso; que es un encanto tu voz y tu hermosura un hechizo. (Vase.)   Criarse quiere este muchacho. Sirene, ¿qué es lo que miro? ¿Zagal hay que, al darle yo ocasión, tiemblo el decirlo, de hablar conmigo, se ausenta, huyendo de hablar conmigo? Y aun no extraño tanto, no, que él pueda, pierdo el sentido, consigo acabarlo, como que yo no pueda conmigo, viéndole ausentar de mí, acabar de no sentirlo. Yo, que la más celebrada pastora soy que ha tenido la Arcadia; yo, que de tantos idolatrada me he visto, ¿al desaire de un rapaz, tan grosero como lindo, tantas vanidades postro, tantas altiveces rindo, que confiese que lo siento? Mas, ¡ay de mí!, ¿de qué me aflijo? Que ninguna siente más los desaires que la hizo la libre condición de uno, que quien ufana ha rendido la esclava pasión de todos, porque en efecto es preciso que todo estilo se extrañe, cuando es extraño el estilo. No de esa manera sientas un acaso sucedido tan acaso. Si supieses lo que siente el pecho mío, ¡ay Sirene!, no culparas estos extremos que has visto. Desde el instante que vi la hermosura de Narciso, vivo pensando que muero, muero pensando que vivo. (Salen por los dos lados SILVIO y FEBO.)  ¡Qué escucho, cielos! ¿Tú quejas? ¿Tú extremos? Cielos, ¡qué miro! ¿Tú llanto? ¿Tú sentimiento? ¿Tú lagrimas? ¿Tú suspiros? Esto solo me faltaba. Mirando que sus divinos ojos más perlas congelan, que no del alba el rocío, al cielo pediré albricias. Yo al ver que en dos bellos hilos de aljófar hoy se desata todo el campo del Olimpo, el pésame daré al cielo. Alegre a su voz me rindo, porque este apacible llanto con sus ternezas me ha dicho que sabe sentir su pecho. Triste hoy a sus pies me humillo, porque me ha dicho este llanto que hay algo que ella ha sentido. ¡Oh qué mal contento, amor, eres, pues que no ha podido despicarte de un amado, tener dos aborrecidos! Si en el desear, ¡oh Febo! hacer finezas compito con tu amor, en esta acción más Eco a mí me ha debido. ¿De qué suerte? Desta suerte. Oye, pues es tuyo el juicio. Por disimular mis penas habré por fuerza de oírlo. Tan rara es, tan peregrina de Eco la belleza ufana, que no creyéndola humana, la adoré como divina. Hoy, pues, que al llanto se inclina, mayor esperanza alcanza mi amor; luego en confïanza tal debe mi pensamiento estimar su sentimiento, pues dél nace mi esperanza. Yo desde el punto que vi a Eco, siempre la adoré como divina, y aunque llorar ahora la vi, humana no la creí, con que persuadirme intento, que siente mi atrevimiento, porque a ser divina alcanza; luego debe mi esperanza morir de su sentimiento. Suceder en el amor lo que en un enfermo suele, que ninguno dél se duele, si no sabe qué es dolor. Luego sentir fuera error el verla sentir aquí; pues viendo que siente así, podrá más piadosamente obligarla lo que siente a que se duela de mí. Que solo se compadece el que padece un dolor, concedo; y así, mi amor del suyo se compadece. Si a ti su dolor te ofrece alivio, porque de ti se duela, yo al revés fui, pues es más justo que yo me duela della, que no que ella se duela de mí. Si yo remediar pudiera con mi dolor su dolor, el no hacerlo fuera error. Yo de cualquiera manera sentir su dolor quisiera. Hacer no es contra decoro dél conveniencia. Ello ignoro, ¿qué mayor inadvertencia, que el hacer yo conveniencia del dolor de lo que adoro? Atentamente he escuchado de uno y otro la importuna competencia, y que ninguna se declara en mi cuidado. En ti ni en ti he estimado consuelo ni compasión, y puesto que iguales son del que estima y del que llora los afectos, hasta ahora no es de ninguno el listón. (Vase.)   ¡Plegue amor, pues ofendida dél en mi agravio te empleas, que de quien amas te veas quejosa y aborrecida! (Vase.)  Eso a los cielos no pida mi voz; mejor es que así aborrezcas, pues aquí quieren más mis penas fieras, a trueco que a nadie quieras, que me aborrezcas a mí. ¡Ay, Sirene! ¿Qué haré yo, me di, si es que algo has sabido, que en el mar de mis desdichas me pueda servir de alivio? Sola una cosa. ¿Cuál es? Olvidar. Sin duda has visto desahuciada mi esperanza, pues la recetas olvido, que es sepulcro del amor. Mal haré si no te digo lo que sé, ya que has fïado tu dolor del pecho mío. Eco no puede quererte, y no tan común ha sido su desdén, que no le haya postrado... ¿A quién? ...a Narciso. ¡Ay, Sirene! Mal has hecho... ¿En qué? En habérmelo dicho. Tú ¿no me has preguntado? Sí, mas por aqueso mismo no decírmelo debieras; pues cuando un celoso quiso saber, quiso no saber; y pues no estaba en mi arbitrio no preguntarlo, estuviera en el tuyo no decirlo. Aunque tarde esa lición me das, Febo, solicito pagártela yo con otra. Nunca lo que está escondido de mujer, quieras saberlo, si has de sentir el oírlo. (Vase.)  Flores deste ameno valle, troncos destos altos riscos, aves deste manso viento, fieras deste monte altivo, pastores destas riberas, ganados destos apriscos, hermosuras destos campos, cristales de aquestos ríos, pues todos testigos fuisteis del venturoso amor mío, de mis desdichados celos sed ahora también testigos. (Quédese suspenso sobre el cayado, y sale BATO y NARCISO.)  ¿Dónde vuelves? No lo sé; que por más que me resisto, no puedo más. A ver vuelvo la beldad que en este sitio dejé. Pues ya no está aquí. Dígasme, pastor amigo, que sobre el cayado estribas tan confuso y suspendido, si a Eco, honor destas montañas, por estos valles has visto. Respóndate aqueste acero (Vale a dar.) en tu púrpura teñido. Pero no, que no he de hacerte yo infeliz, porque te hizo feliz tu amor. Vive, joven, ufano y desvanecido; que yo no quiero tomar más venganza que en mí mismo, pues tú no tienes la culpa de querer a quien te quiso, y yo sí de haber amado a la que me ha aborrecido. (Vase.)   ¿Qué es esto, Bato? ¿Qué quieres que sea, si inadvertido preguntas por Eco a quien a Eco adora? ¿Qué esquivo veneno en esta palabra me has dado por el oído, que ha corrido al corazón tan vario, que a un tiempo mismo me abraso y tiemblo, alternando yelo ardiente y fuego frío? El que tú a Febo le diste. Y Febo, di, Bato amigo, ¿es de Eco querido? No, antes siempre aborrecido vivió. La mitad del peso has quitado a mis sentidos; que aunque arde el yelo, es templado, y aunque yela el fuego, es tibio. (Sale ECO.)  [Aparte.] (Mejor es que de una vez se declare el dolor mío.) Narciso, a buscarte vengo. [Aparte.] (Ya el ver que a buscarme vino, me quitó la otra mitad; pues si no hubiera venido a buscarme, fuera yo a buscarla.) ¿En qué te sirvo? En escucharme. [Aparte.] (Cantando lo diré, por si le obligo más con mis voces.) Yo quiero dar a Liríope aviso de aquestos extremos, pues yo no basto a resistirlos. (Vase.)  (Canta.)   Bellísimo Narciso, que a estos amenos valles, del monte en que naciste, las asperezas traes. Mis pesares escucha, pues deben obligarte, cuando no por ser míos, solo por ser pesares. Amor, sabes con cuánta vergüenza llego a hablarte, y no dudo ni temo que tú también lo sabes. Si atiendes los colores que en el rostro me salen, la púrpura y la nieve variada por instantes; porque cada suspiro, que en efecto son aire, camaleón de amor se muda mi semblante. Desde el primero día que al monte fui a buscarte, y te hallé la primera entre sus soledades, mi vida a tu hermosura rindió sus libertades. Haciendo tu extrañeza, de mi altivez donaire, que aunque estaba tan bruto entonces el diamante de tu pecho, ya daba muestra de sus quilates. Eco soy, la más rica pastora destos valles; bella decir pudieran mis infelicidades; que de amor en el templo, por culto a sus altares, de felices bellezas pocas lámparas arden. Todo aquese océano de vellones, que hace con las ondas de lana crecientes y menguantes, desde aquella alta roca hasta esta verde margen, esmeraldas paciendo y bebiendo cristales, todo es mío; no hay pastores que la guarden, que a mi sueldo no vivan atentos y leales. Todo a tus pies ofrezco, y no porque a rogarte lleguen hoy mis ternezas, imágines que nacen en la constancia mía de usadas liviandades, supuesto, bello joven, que no puede obligarme, sino es de ser tu esposa, a que mi amor declare, porque tengas en mí siempre firme y constante un alma que te adore, un pecho que te ame, una fe que te estime, un nudo que te enlace, atención que te sirva, amor que te regale, deseo que te obligue, cuidado que te agrade. Y si estos rendimientos no pueden obligarte, triste, confusa, ciega, muda, absorta, cobarde, infelice, afligida, me verás entregarme tanto a mis sentimientos, que en quejas lamentables el aire, confundido de mis voces, se alabe porque Eco enamorada se ha convertido en aire. Hecho había tu rigor experiencias en tu pecho, con que te iba mejor; mal, Eco divina, has hecho en declararme tu amor; pues tan claramente arguyo, que postrado mi albedrío, yo ahora a despecho suyo te dijera el amor mío, si hubieras callado el tuyo. Al buscarte a ti mi airada pena, la tuya te tray, con que ya, la acción mudada ve las distancias que hay de rogar a ser rogada, sin reparar en el hado, mi amor iba a ti rendido; y en su riesgo he reparado, que veo favorecido, mas que vía despreciado. Y así, no me digas, no, tu amor, ni en tu vida esperes ver que su luz me abrasó, pues con saber que me quieres, viviré contento yo. Oye, aguarda, espera, ten el paso. Suelta la mano. (Sale SILVIO.)  [Aparte.]  ¿Qué es lo que mis ojos ven? Escúchame. Será en vano. Narciso, mi amor, mi bien... No he de oírte. ¿Cómo así sufro mis ofensas yo? Déjame. ¿De mí huyes? Sí. [Aparte.]  ¿Quién mayor desdicha vio? Véngueme el cielo de ti. Si tú le pides al cielo que dél te vengue (¡ah crüel!), ya con mayor desconsuelo pedir puede mi desvelo que me vengue de ti y dél. Y supuesto que él aquí a ti, fiera, te ofendió, y tú y él junto a mí, dél me vengaré, pues no me puedo vengar de ti. Advenedizo zagal, que de ese monte eminente, a solo aumentar mi llama, hijo del viento, desciendes. Aunque no es tuya la culpa de que Eco a amarte llegue, sino suya, y aunque tengo en parte que agradecerte, al ver cuán dueño de ti tanta ventura desprecies, tan fuera de la razón las leyes los celos tienen, que mandan que muera quien es querido, y no quien quiere. Sin duda que fue mujer quien introdujo esas leyes, pues condenó el instrumento y no al que con él ofende. Y así, pues ya recibido está en uso que se venguen en los hombres los agravios que nos hacen las mujeres, fuerza es el vengarme en ti, aunque es fuerza que me pese que seas tan tierno joven, que no haga nada en vencerte. Silvio, mira... [Aparte.]   ¡Muerta estoy! ¡Ay de mí, infeliz! Advierte... Para matarle me irritas más cuanto más le defiendes. Pues no me defiendas más, deja que a mis brazos llegue, que valor hay en mis brazos que sabrán, Eco, vencerle. (Luchan.)   ¿Cómo, si a mis plantas ya estás? Por dichoso muere; que es delito ser dichoso en los amantes. (Va a sacar la daga, y sale FEBO y le detiene.)   Detente, no le mates. ¿Tú lo estorbas? Sí. Será porque no tienes noticia de la ocasión, Febo; que si la tuvieses, me ayudaras a matarle. No hiciera, que por saberle, antes que por ignorarle, le guardo; que no merece morir por verse querido. ¡Oh qué infames celos tienes, pues mil muertes no deseas a hombre que a tu dama quiere! Antes son mis celos nobles, pues desengañar pretenden hoy al mundo del error que en esa parte padece. Querer lo que quiero yo, casi lisonja a ser viene, pues aprueba mi buen gusto; ser más dichoso en que llegue a ser más querido, es donativo de la suerte: pues ¿por qué al que el cielo hizo más venturoso, he de hacerle yo más desdichado? Fuera de que es tan sagrado siempre para mí (extráñelo el gusto, yerre yo en esto o acierte) cuanto es gusto de mi dama, que tengo de defenderle, por no hacerle ese pesar de ofender lo que ella quiere. En amor, Febo, no hay sofisterías..., y advierte que en celos nunca hay nobleza: lo que se siente se siente. Y así, tengo de matarle, porque esa se favorece, aunque tenga que estimarle el ver que él a Eco desprecie. ¿Él despreciar a Eco? Sí. Ahora le daré yo muerte, porque a lo que quiero yo no ha de haber quien lo desprecie. Ahora lo defenderé yo, si advierto que le tiene esa obligación mi amor. ¡Oh qué villano amor tienes, pues lo que Eco quiere matas, y guardas lo que a Eco no quiere! Y a ti es fuerza que aquí de ese desaire la vengue. Yo por él he de guardarle. El que de los dos venciere, siga después su opinión. (Luchan.)   ¿Quién vio confusión más cierta? Pastores desta montaña, venid a favorecerme, estorbando una desdicha que hoy a mis ojos sucede. (Salen todos.)  ¿Qué es aquesto? Silvio, Febo, teneos, que estoy presente. Narciso, ¿tan presto ya pendencia en el valle tienes? Y aun dos, pues dos enemigos aquí matarme pretenden. ¡Qué presto empiezan los hados a declararnos que tienes tu riesgo en una hermosura! Yo, sin que astrólogo fuese, lo dijera, porque ¿quién no tuvo su riesgo siempre en una hermosura, y aun en una fealdad mil veces? ¿Qué es esto, Eco hermosa? Ser desdichada solamente. (Vase.)  ¿Qué es esto, Silvio? Ser yo infeliz: Febo os lo cuente. (Vase.)   ¿Qué es esto, Febo? No sé; Narciso decirlo puede. (Vase.)  Narciso, ¿qué es esto? Yo no sé lo que me sucede. (Vase.)   Bato, pues fuiste a llamarnos, dinos tú más claramente, ¿qué es esto? Ser desdichado. Ahí os lo dirá esa gente. (Vase.)  Sigámoslos, porque no vuelvan otra vez a verse, antes que amigos se hagan. (Vase.)  Vamos, aunque me parece que el serlo será imposible donde una dama interviene; que amistades sobre celos hanse visto pocas veces. (Vase.)   Cielos, pues ya me vais dando indicios tan evidentes, en la hermosura de Eco del peligro que previenen vuestros astros a Narciso, dadme valor con que enmiende los amagos, antes que las ejecuciones lleguen. Válgame lo que he aprendido, para que el daño remedie, pues primero que le vea sucedido, he de ponerle mil embarazos al paso, si sé altiva, osada y fuerte transformar todos los globos de esa máquina celeste, viéndola a prodigios míos desplomada de los ejes. (Vase.)  Tercera Jornada Salen FEBO, SILVIO y ANTEO. Eso habéis de hacer por mí, pues ocasión no tenéis de no ser amigos. Mal sabes lo que es querer bien, pues dices que no tenemos ocasión para no ser los dos amigos, amando los dos un mismo desdén. ¿Cómo es posible que sea un hombre amigo de quien quiere lo que él quiere, siendo ira los celos? Aunque entiendo poco del duelo de amor; a mi parecer, cuando igualmente los dos aborrecidos os veis, y ninguno es preferido, podéis ser amigos, pues lo que al sentimiento obliga en cualquier amante es que la esperanza o favor que yo pierdo, gane aquel. Mas sin favor ni esperanza el uno y otro es querer estirar el duelo a más de lo que manda la ley. Esa es bastante razón para no reñir con él; mas no para ser su amigo. Febo ha respondido bien; que una cosa es amistad y otra es competencia. Pues en aquesa diferencia, yo me contento con que enemigos no seáis, si amigos no queréis ser. De eso aun la palabra doy, a mi pesar. Yo también. Pero advierte que se queda el mayor disgusto en pie, porque yo le doy a Anteo, en cuanto a Febo, que es igual conmigo en mis penas, no en cuanto a Narciso, pues si Eco le quiere, yo tengo de vengarme della en él. Yo, no porque ella le adore, que es dicha y no culpa es; porque él la desdeña, sí; que yo no tengo de ver, que ninguno trate mal a lo que yo quiero bien. Antes de hablar a los dos, con ese zagal hablé, y me ofreció de estorbar las ocasiones en que disgustar pueda a ninguno ni en despreciar ni en querer. Y puesto que en esta parte estáis compuestos los tres, ved que queda sobre mí vuestra competencia, y ved que el que la rompa, conmigo habrá de reñir después. (Vase.)   ¿Quién llegó a mayor desdicha que el galán que llegó a ver cara a cara un desengaño...? ¿Quién llega a más dicha, quién, que el amante que llegó un desengaño a tener...? ...Pues cuanto vivió engañado, vivió contento, porque una cosa es ignorar, y otra cosa es padecer. ...Pues cuanto engañado amó, fue desdichado, porque no hay mal como el que encubierto mata, sin saberse dél. ¡Oh quién engañado amara toda su vida... Y, ¡oh quién hubiera este desengaño tenido antes... ...para que nunca sintiera el dolor! ...para que siempre el crüel dolor hubiera sentido! ¡Que en un amor... ¡Una fe... ...no hay cosa como ignorar! ...no hay cosa como saber! (Sale ECO.)  [Aparte.]  Silvio y Febo están aquí. ¡Cuánto siento que otra vez su cansada competencia a escuchar he de volver! [Aparte.]  Eco es la que ven mis ojos. [Aparte.]  Eco la que miro es. [Aparte.]  Dadme valor, sentimientos, para dejarla de ver. [Aparte.]  Para no llegar a hablarla, quejas, esfuerzos haced. Eco, los dioses te guarden. (Vase.)  Vida los cielos te den. (Vase.)   ¿Cómo los dos, sin hablarme, se van desta suerte? ¿Quién creerá que sentí al hallarlos aquí, cuando aquí llegué, porque temí que me hablaran en su amor, y que después he sentido que se ausenten los dos, sin hablarme en él? Pero ¿qué mucho, qué mucho, si en efecto a la mujer que más ha olvidado, más ha llegado a aborrecer, aun de lo que quiere mal, le suena la queja bien? Que es una ceremoniosa vanidad verle querer, que se desestima antes, y se echa menos después. (Sale BATO y NARCISO.)  ¿Dónde vas? A caza al monte voy, Bato, que quiero ver si con la ausencia mejor venzo esta pasión crüel, porque a Eco en toda mi vida tengo de escuchar ni ver; que está en ella mi peligro. [Aparte.]  Él viene aquí, ¿qué he de hacer? [Aparte.]   Ella esta aquí, huyamos antes que llegue a hablarme. [Aparte.]   (Mas ¿qué lo que he de hacer dudo yo? ¿Aquí a sentir no llegué que se fuesen sin hablarme los dos que aborrecí? Pues lo que fue veneno en ellos será medicina en él. Esfuérzate, corazón, vence siquiera una vez.) Narciso. ¿Qué quieres, Eco? (Vase hacia el paño.)  Que vida el cielo te dé. ¿Cómo sin decirme más te vas? Andando en los pies. ¿Luego ya no siente, Bato, que desengaños la dé, pues ella no me da quejas? Paréceme que no. ¿Quién habrá llegado a sentir lo que llegó a pretender? Quien pretendió lo que había de sentir. [Aparte.]   ¿Esto es querer? Sí. Mas por disimular, y porque piense también que nada siento, cantando la deshecha quiero hacer. Si espanta su mal quien canta, ¿cómo yo espanto mi bien? (Vase.)   Mas ¿qué importa que se vaya? Nada, si se mira bien. Pues no importa sino mucho. Importe..., y la mano ten. (Dentro canta.)  Si en los que bien quieren todo es padecer, y no hay dicha alguna en el bien querer, ¡fuego de Dios en el querer bien! Amén. Amén. Pero ¿de qué te amohínas? De que cante. Dices bien; que es el cantar muy mal hecho, despreciada una mujer. Huyamos, Bato, de aquí; que si la escucho otra vez, tras sí me llevará. Dices lindamente; al monte ven. (Dentro.)   ¡Fuego de Dios en el querer bien! ¡Amén! ¡Amén! Detente, que aquella voz un clarín del amor es, que a mis oídos deseos ha tocado a recoger. Dejarme sin hacer caso de mí, tan fiera y crüel, cantar tan alegre y libre, fuerza es que lo sienta. Ven conmigo, que de mis quejas testigo te quiero hacer. ¿Pues dónde hemos de ir? Tras ella. ¿Qué te obliga ahora? No sé, pero estando triste yo, al ver que ella alegre esté, porque canta la siguiera, cuando no cantara bien. Eco hermosa, espera, escucha... (Al entrarse, sale LIRÍOPE y le detiene.)  La voz y el paso detén, Narciso. ¿Cómo es posible, cuando decir escuché...? (ECO dentro, y NARCISO repiten la copla.)  Si en los que bien quieren todo es padecer, y no hay dicha alguna en el bien querer, ¡fuego de Dios en el querer bien! ¡Amén, amén! ¿Es posible que, sabiendo que está en ese azul dosel escrito con plumas de oro y letras de rosicler el influjo de tus hados que te amenaza crüel, sus hojas quieras abrir, y sus capítulos leer? ¿No sabes que esa hermosura y esa voz alguna vez a declararse empezaron contra ti, cuando a los pies de dos celosos amantes te llegan a defender del un peligro en el otro? Pues allí el aviso cree, agradeciendo a los cielos, que tan de tu parte estén, que escuches la voz del trueno antes que el rayo te dé. Yo te confieso que es justo el recelar y el temer; pero vencerse a sí mismo, di, ¿quién ha podido? Quien, antevisto el daño, huyó. Pues si eso basta, yo huiré. Al monte me voy a caza, y al valle no he de volver hasta que vuelva olvidado desta tan dudosa fe, que un día todo es amar, y otro día aborrecer. Y así, ya en otro sentido, diciendo con ella iré... Si en los que bien [quieren todo es padecer, y no hay dicha alguna en el bien querer, ¡fuego de Dios en el querer bien! ¡Amén, amén!] (Vase.)  Aun hasta en eso hoy el cielo te da el aviso más fiel, pues aborrecer y amar destino es tuyo también. Ve con él, Bato. Ya voy. Mas mala comisión es la de andarse tras su amo que pesar da y quiere bien. (Vase.)   Cielos, ya está declarada la suerte, y pues ya llegué del peligro de Narciso la causa a reconocer, ¿de qué, si no la remedio, me habrá servido, de qué, cuanto aprendí de Tiresias, cuanto leí y estudié en aquella soledad? Aprovechémonos, pues, del saber; que no aplicado, de nada sirve el saber. De Eco en la voz y hermosura sus dos peligros se ve; pues destruyamos el uno, para que quede después el otro imperfecto. Yo entre las cosas que sé de la gran naturaleza, sé un veneno, el más crüel que produjo la abundancia de su infinito poder. Este entorpece la lengua de tal manera, que aquel a quien se le da, incapaz queda del hablar, porque de las razones no usa, sin pronunciar ni aprender, sino solo lo que oye, y aun eso la última vez. Ese, pues, tan poderoso, torpe veneno; este, pues, parto del opio y beleño, letargo de Eco ha de ser. Tan eficazmente hiere, que no será menester que la beba; que se pise bastará, para correr brevemente al corazón por el contacto del pie. Conficionado le tengo, y al paso se le pondré de aquella senda que pisa. Muera de Eco la voz, pues la voz de Eco es la que pudo tanto a Narciso mover; que, pues conseguir no pude crïarle sin ver mujer, de otra suerte he de guardarle. Y si esto no basta hacer el efecto que deseo, de la tierra dejaré los secretos producidos, y hasta ese claro dosel de los cielos mis portentos subirán. Desclavaré de su epiciclo los astros, y esta gran caterva fiel de estrellas y de luceros perderá su rosicler. La faz mancharé a la luna, turbarele al sol la tez, y titubeando del cielo, desde un ej hasta otro ej, la gran república hermosa, ruina amenazar la haré sobre el globo de la tierra, tanto, que temiendo esté, si se cae o no se cae a un vaivén y a otro vaivén. (Vase, y sale NARCISO y BATO.)  Sigue aquel corzo que, herido de una flecha, al viento iguala. ¿Cómo en ave convertido, el volar con sola una ala tan igualmente has podido, oh corzo, y con tan mortal herida vuelves la espalda, cuando con presteza igual, cuanto pisas esmeralda lo vas dejando coral? En la espesura se ha entrado, para morir desangrado en aquel arroyo. Ve tú, remátale, porque yo, rendido y fatigado, no puedo pasar de aquí. Ni yo, y agora creí que verdad debe de ser... Di, ¿qué? Que cansa el correr, porque me ha cansado a mí. Entre aquellas ramas bellas un poco estemos, pues ellas impiden el arrebol del sol, en tanto que al sol late el can del cielo estrellas. Dices muy bien. Descansemos aquí un poco, que el lugar convida; y pues que nos vemos sin otra cosa en que hablar, ¿de la caza no hablaremos? ¿Hay bobería mayor que con este resistero seguir un gamo, señor, que a la sombra un despensero le caza mucho mejor, y más descansado? No, porque el gusto de matalle, es lo que aquí se estimó. Que era el gusto, pensé yo, el cocelle o empanalle. Que es el escucharte, piensa, de un noble ejercicio ofensa. Tú, que no hay, imagina, selva como una cocina, bosque como una despensa. De la caza la porfía deja. ¿En qué, si esto te pesa, hablarás? De Eco quería, pues también es caza esa. Y aun caza de montería. ¡Que siempre...! Pero ¿qué ruido es este? Que el corzo herido, de espuma y sangre bañado, por esta parte ha tornado. Cóbrale tú, que rendido yo no puedo. Yo lo haré, señor, y a cobrarle iré, como él pagárseme quiera. (Vase, y descúbrese la fuente.) Yo a la margen lisonjera deste arroyo esperaré, ¿atrevereme a beber los cristales de su fuente, sin recelar y temer, que segunda vez intente mis sentidos suspender quizá a la ninfa que está en ella? Pero no hará; que ofensa no puede ser llegar yo en ella a beber, si ella brindándome está. ¡Oh, qué ignorante nací! ¡Oh, qué necio me crié!, pues nunca de nadie oí si ofensa o lisonja fue de las ninfas el que así se atrevan a su cristal. Mas si es deidad lisonjera para remediar mi mal, forzoso es ser liberal. ¡Oh tú, que eres la primera ninfa del agua, a quien yo sediento a pedir llegué alivio y consuelo, no te ofendas ahora de que a ti me atreva! ¿Quién vio jamás igual hermosura de la que aquí a mirar llego, pues su ninfa (¡qué ventura!) flechando está puro fuego dentro de la nieve pura? No sin espanto y recelo a ver llegan mis temores en otro mundo de yelo otros árboles y flores, otros montes y otro cielo. (Asómase a la fuente.)   (Como mis voces oyó, a responderme salió.) Bellísimo asombro, a quien la vida y el alma es bien que ya sacrifiqué yo, dime si podré (¡ay de mí!) con el cristal que tú estás guardando, templar yo aquí mi sed. Ya dice que sí, aunque por señas no más; bien que las entienden fío, mi discurso y mi albedrío; duda en ellas no se halla, pues aunque al hablarla calla, se ríe cuando me río. No vi hermosura jamás tan divina. Beberé, pues tú licencia me das. Cuanto al cristal me acerqué, tanto ella se acercó más. Vestida, ¡qué admiración! Como yo está su belleza. Dos árboles, con razón, se visten de una corteza, si tienen corazón. Beberé, pues..., pero enojos, porque en sus claros despojos hallo contrarios agravios. ¿Cómo lo que es en los labios yelo, es incendio en los ojos? ¿Cómo cuando al agua llego, en mí tal fuego se fragua? ¿Cómo (estoy mudo, estoy ciego) si al fuego le mata el agua, aquí el agua enciende al fuego? Desde el punto que te vi, ¡oh beldad!, morirme siento; solo viene bien aquí aqueste encarecimiento de «quiérote como a mí», puesto que a mí no me quiero más que a ti, pues por ti muero. ¿Por qué no hablas ni respondes? Pero de la voz que escondes segunda ventura infiero, porque si mi suerte dura, en voz y hermosura atroz, fin a mi vida procura, el no tener tú una voz es tener otra hermosura. ¿Quieres darme aquesa mano? ¡Vive amor, que la acercó! Hoy altos favores gano. Mas, ¡ay de mí!, que es en vano que tal bien consiga yo, porque al ir (¡hay pena igual!) a asirla, de amores loco, su luz turbó celestial; y yo solo el cristal toco y no el alma del cristal. (Quédase divertido en la fuente, y sale ECO.)  De la compañía del valle que más que divierte, cansa, a la soledad del monte, huyendo vienen mis ansias. A llorar vengo a esta fuente, en cuya apacible estancia, suelen mis melancolías divertirse, porque el agua instrumento es de los tristes, y esta en dulce consonancia con cuerdas de vidro hiere trastos de oro y lazos de ámbar. Muchas veces vine aquí a divertir mis desgracias; pero de todas (¡ay cielo!) ninguna con mayor causa; que inquietamente confusa no sé qué siento en el alma, que a golpes dentro del pecho el corazón se me arranca. Pero... [Aparte.]  ¡Qué miro! Narciso suspenso en ella con tanta atención está, que creo que es ya de la fuente estatua. A que le he seguido yo no quiero que le persuada; y así, me he de recatar entre aquestas verdes ramas. Como tú, hermoso prodigio, solo me miras y callas, yo no hago más que mirarte, y callar; pero esto basta, porque como yo te vea, ¿qué más dicha? [Aparte.]   ¿Con quién habla que la está diciendo amores? ¿Los desprecios no bastaban, sino los celos también? Mas celos, ¿a qué amor faltan? Acercarme quiero más; que puesto que está de espaldas, no me verá; que no duda mi necia desconfïanza que de la otra parte esté alguna hermosa zagala, con quien habla. ¡Qué divina eres, deidad soberana! Bella me pareció Eco antes que a ti te mirara; pero después que te vi, aun no es tu sombra. [Aparte.]  ¿Qué aguarda mi sufrimiento, que ya a voces no se declara, viendo cuán a costa mía guarnece las alabanzas de otra? Pero a nadie veo; y pues mi vista no alcanza desde aquí, por detrás dél he de procurar mirarla, si es que me deja valor, quien lentamente me mata. (Asómase ECO por detrás de NARCISO a la fuente.)  Bella es Eco, pero tú... ¡Ay de mí, triste! Al nombrarla, al lado de la que adoro se puso. ¿Dentro del agua Eco está? ¿Cómo es posible? Mas, ¡ay de mí!, mis desgracias a sus palacios habrán facilitado la entrada, o sus celos. No la creas lo que en mi ofensa te habla al oído, porque en todo cuanto te dice, te engaña. No engaña, Narciso. ¡Cielos! ¿Quién se ha visto en dudas tantas? ¿Cómo, si el cuerpo está allí, aquí suena la voz? Rara confusión en este caso es la que padece el alma. ¿Cómo estás aquí, si estás en el cristalino alcázar desta fuente? ¿A un mismo tiempo dos cuerpos tienes? Turbada mi vista verte en dos partes, con admiración se espanta. Escucha. Déjame... Pero en vano mi voz te agravia: Eco, hermosura de mis ojos, si me quieres, si me amas, si a buscarme al monte vienes, muestra tus finezas altas en decirme cómo entraste a ese palacio de plata, y cómo tan presto dél saliste, para que vaya yo por donde tú saliste a ver la soberana deidad desta fuente. Espera, Narciso, detente, aguarda; que con ser tanta mi pena, aun es mayor tu ignorancia. ¿A quién ves en esa fuente? ¿Con quién a esa fuente hablas, si cuanto está dentro della solo es una sombra falsa, que a nuestros ojos ofrece la reflexión en el agua, porque, como es un cristal que nuestros cuerpos retrata, finge ese objeto a la vista? Ya sé, Eco, que me engañas, porque disuadirme intentas de mi amor y mi esperanza. Yo he visto la ninfa hermosa de esa fuente, a cuya rara perfección dio el monte nieve, el clavel púrpura, y nácar la rosa, el jazmín candor, hermoso arrebol del alba, el sol mismo trenzas de oro, y el cristal manos de plata. No es sombra fingida, no; que ella en su profunda estancia, entre otras selvas y cielos, otros montes y otras plantas se ha dejado ver de mí. Llega tú, llega a mirarla, que aún aquí está todavía. ¡Oh, si un dolor me dejara aliento con que pudiera desengañar tu ignorancia, para tomar de una vez de tu vanidad venganza! Mas sí dejará, que yo, a despecho de su saña, sabré vencerle. Narciso, esa deidad que en el agua viste... ¡qué deidad! No sé lo que iba a decir, ¡extraña pena! Para que prosiga, acuérdame tú en qué hablaba. En la deidad de esa fuente. Ah sí. Esa sombra, que vana tu fantasía presume que es la ninfa que la guarda, es..., ¿cómo lo diré yo? Una explicación me falta... Lo mismo en que estoy hablando, dudo con presteza tanta... Y no tan solo el concepto, pero también las palabras. ¿Quién eres tú que aquí estás? ¿Qué preguntas si me hablas? Yo soy Narciso. Narciso. Sí. ¿Qué te espantas? ¿Espantas? Pues, ¿no he de espantarme yo, al ver en ti tal mudanza? ¿Qué ibas diciendo? ¿Diciendo? Sí, no calles nada. Nada. [Aparte.]  Pero miento, que mil cosas voy a decir, y turbada la lengua solo pronuncia lo que oye. ¡Confusión rara! Eco... Eco. ¿Qué es esto? Esto. Sí, ¿qué sientes? Habla. Habla. [Aparte.]   (Sin duda que, como quiso ofender la soberana deidad de esa fuente, ella ha tomado esta venganza, embargándola la voz. Ya me da asombro el mirarla. De ella huiré. Ella me tiene, y solo en señas declara su dolor. El corazón con su misma mano arranca.) ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué quieres? ¿Tú me detienes y llamas? Dímelo tú a mí. Tú a mí. Suelta. Suelta. Basta. Basta. (Sale BATO.)  No he podido volver antes, porque... Mas no habré hecho falta, si tan bien entretenido estabas, señor. No estaba sino mal, porque no sé qué es lo que a mi vida pasa. Habla con Eco; quizá podrá aquí menos turbada que conmigo hablar contigo; y estórbala que no vaya tras mí, que voy a buscar por todas esas montañas músicos, que a cantar vengan a la ninfa soberana de esa fuente, a quien rendí el ser, la vida y el alma. (Vase.)   ¿Ya tenemos otra historia? ¿Qué ninfa o qué calabaza, señora, es aquesta? ¿Aquesta? Sí. Sí. ¡Linda flema gastas! No le sigas. (Quiere irse ECO detrás de NARCISO y él la detiene.)  No le sigas. No le sigas tú y tu alma; que yo harto quedo me estoy. Un instante aguarda. Aguarda. ¿Qué es, di, señora? Señora. [Aparte.]   (¿Señora yo? Está borracha.) Di lo que sientes. ¿Qué sientes? Yo no siento nada. Nada. ¿Lo que oyes dices? ¿De cuándo acá tú eres papagaya? Notables extremos hace. Llena de mortales ansias se hiere el pecho. El temor della ya me aparta. Aparta. [Aparte.]   (Por de dentro, hacia mí misma, sin articular palabra hablar puedo, pues conozco, que pronunciar bien le falta al órgano de mi voz, aunque no sé por qué causa. En mi vida me verán humanas gentes la cara. Huyendo de los poblados a las ásperas montañas. iré, y escondida en ellas, las más cóncavas estancias viviré, triste y confusa, repitiendo a cuantos pasan últimos acentos solo. Ásperos montes de Arcadia, de Arcadia apacibles selvas, nobles pastores, zagalas, hermosos blancos rebaños, verdes troncos, fuentes claras: Eco, vuestra compañera ya de entre vosotros falta. No la busquéis, porque oculta en las ásperas montañas de los montes va a vivir de Narciso enamorada. Mas si queréis saber della, desde los valles habladla; que de responder a todos desde aquí os doy la palabra, llorando con los que lloran, cantando con los que cantan. (Vase.)   Señores, ¿qué ha sido esto que a Eco ha dado, que no habla sino solo lo que oye? ¡Oh, quién supiera la causa para venderla, porque cuántos hombres me pagaran a peso de oro, si hay oro, que sus mujeres y damas, por mucho que ellos hablasen, no hablasen una palabra, solamente todo el día! ¡Y cuántas mujeres, cuántas también pagaran la cura, porque los hombres no hablaran más de lo que ellas quisieran! (Sale SIRENE.)  Aquí dijeron que estaba Eco, y a buscarla vengo. [Aparte.]   (¡Oh, si hubiera la desgracia hoy tenido tan buen gusto, que hubiera quitado el habla también a Sirene!) ¿Qué hay, Sirene? [Aparte.]   ¡Oh, cuánto me cansa este necio! Hablar no quiero, porque me deje y se vaya. ¿Pues no me respondes? ¿No? ¿Y por señas? ¿Qué?, ¿no hablas? ¡Linda cosa! ¡Albricias, hombres, todas las mujeres callan desde hoy! Peste general ha venido por sus hablas. ¡Malos años para vós! Que por tardes y mañanas, ha de hablar. Ya me espantaba yo de que era tan dichoso. (Sale FEBO.)  [Aparte.] (¿Dónde me llevan mis ansias tras un divino imposible, sin dicha y sin esperanza?) ¡Bato! ¿Qué hay, Febo? Por dicha entre aquestas intrincadas espesuras que tejió rústicamente la varia naturaleza, que a veces es sin el arte más sabida: ¿viste a la divina Eco? No vi sino a la Eco humana, porque si fuera divina, no padeciera desgracias. ¿Qué desgracias? La más grande que pudo, Febo, a zagala ninguna suceder. ¿Cómo? ¿Fue alguna fiera tirana sangriento horror de su vida? Mayor. ¿De esas peñas altas se ha despeñado? Mayor. ¿Fue monumento de plata suyo el caudal de ese río? Mayor. ¿Mayor que anegada, que despeñada y herida? Sí. ¿Qué fue? Faltole el habla, que en mujeres más que todo. ¡Una y mil veces mal hayas! Pues ¿ahora me hablas de burlas? Muy de veras ahora hablaba, porque sin poder decir más que sola una palabra, aquí la vi. Sus tristezas de aqueso habrán sido causa. Pero no te aflijas mucho, también Sirene callaba agora, y habló al instante más que cuatro mil urracas; y lo mismo será de Eco, porque si el hablar es falta en las hembras, no se pierde tan presto una mala maña. Sin darte crédito, voy por este monte a buscarla. ¿Pero qué es esto? Notable (Ruido dentro de música.)  ruido de músicas varias hacia aquí viene. No quiero tenerme a saber la causa; porque, cuando lloro yo, me afligen más los que cantan. ¿A qué propósito hoy habrá, Bato, fiesta tanta? En albricias de que calle una mujer: ¿qué más causa? (Sale NARCISO y MÚSICOS.)  Aquí, amigos, ha de ser la música; que esta clara fuente es la esfera de un sol que a su luz de yelo abrasa. No lleguéis hasta que yo llegue a la fuente a llamarla; porque hasta que ella esté allí, no es bien que música haya. Narciso, ¿qué es esto? Ya, cuando con Eco quedabas, de paso, ¿no te lo dije? Pues dímelo ahora de estancia. A la ninfa desta fuente rendido mi pecho ama. Llegando a beber la vi, diome licencia de amarla por señas, porque la voz no suena dentro del agua. Una música la traigo, Bato, para festejarla, y voy a ver si está aquí. ¡Cuánto de verla me holgara! Porque aunque he oído decir que ninfas y duendes haya, ni duende ni ninfa he visto. Tente, que podrá enojarla el que tú llegues a verla, y aun podrá ser que no salga. Déjame llegar a mí, y si a mi voz que la llama saliere, llegarás tú secretamente a miralla. Deidad cristalina, a quien mi corazón idolatra, sal a mis voces. ¿Salió? Sí. No sabré decir cuánta es mi alegría de ver que tan presto a mi voz salgas. Una música te traigo, y a saber lo que te agrada, te trujiera cuantos dones producen en estas campañas. ¿No agradeces el deseo? Di que sí... esa seña basta. ¿Podré llegar ya? Entre tanto que a decir que canten vaya a los músicos, podrás verla, Bato. Mas repara que llegues tan quedo, que no te sienta. Soberana belleza, a decir que lleguen los músicos voy. Aguarda. Llega, que ahí queda. Ya llego con harto miedo y con harta vergüenza; que es la primera vez que a fuente llego. Tanta ha sido la antipatilla que he tenido con el agua, y fe que he guardado al vino. (Mírase en la fuente.)  ¡Qué malditísima cara de ninfa! La mía no puede ser peor ni aun ser tan mala. Llegad, desde aquí decid de mi bien las alabanzas. ¿Hasla visto? Ya la he visto. ¿No es su belleza extremada? Mucho, señor, si tuviera... Prosigue, ¿qué? ...hecha la barba, porque tiene más que yo debo de tener. ¡Qué extraña es tu simpleza! Cantad. Oye, mi bien, lo que cantan. Las glorias de amor... [Dentro.]  Amor. ...tienen en los celos... [Dentro.]  Celos. ...libradas las penas... [Dentro.]  Penas. que en el alma siento. [Dentro.]  Siento. ¡Ay, que me muero de celos y amores! ¡Ay que me muero! [Dentro.]  ¡Ay que me muero! Oíd, ¿qué segunda voz repetida de los vientos, duplica vuestros acentos, rompiendo el aire veloz? No sé, que admirado yo, con harto miedo la oía. ¿Cómo la letra decía, que vuestro tono canto? Las glorias de amor... [Dentro.]   Amor. Tienen en los celos... [Dentro.]  Celos. Libradas las penas... [Dentro.]   Penas. Que en el alma siento. [Dentro.]  Siento. ¡Ay que me muero de celos y amores, ay que me muero! ¡Ay que me muero! De suerte que repetidos esos versos los finales, alguien lamenta sus males, diciendo en otros sentidos: «Amor, celos, penas siento. ¡Ay que me muero!» ¿Quién será? Alguna deidad, porque quien deidad no fuera, no hablara sin que se viera. Pues segunda vez cantad. (Sale LIRÍOPE.)  Vamos... No cantéis más. ¿A quién, Narciso, en aquesta siempre apacible floresta aquesta música das? A la mayor hermosura que jamás el cielo vio, en quien de los hados yo tengo mi vida segura; porque si mi fin atroz, en voz y hermosura están, aquí los cielos me dan la hermosura sin la voz. Sin duda que amar procura a Eco, pues Eco, infelice, ya solo lo que oye dice, y está sin voz su hermosura. La deidad de aquesta fuente es, madre, la que yo adoro. Dentro della está, y no ignoro que agradezcas noblemente tan alto empleo. Pues ¿cuándo la deidad viste? Al beber su cristal la puede ver dentro del agua abrasando, y tanto me favorece, conociendo el amor mío, que se ríe si me río, y si lloro se entristece. Tu ignorancia te ha tenido por las señas que me has dado, de ti mismo enamorado. ¿Cómo eso puede haber sido? Llega al cristal, lo verás, para que desengañado te burles de tu cuidado y no te diviertas más. Llega tú, que ella está aquí. (Llega a la fuente NARCISO.)   ¿Estoy en el agua yo ahora, Narciso? No. (Ahora llega LIRÍOPE.)  Y ahora ¿estoy en ella? Sí, y equívoco mi deseo extraños discursos fragua, cuando en la tierra y el agua a un mismo tiempo te veo. Pues desa misma manera que a mí me miras, te ves. La que juzgas deidad es sombra tuya. Considera si ha sido tu amor locura, pues a sí mismo se amó. ¡Válgame el cielo!, ¿que yo tengo tan rara hermosura, y que no puedo, ¡ay de mí!, siendo quien puede tenerla, aspirar a merecerle? ¡Cielos!, ¿es aquesto así? [Dentro.]   Sí. ¿Quién a mi voz respondió? Eco, a quien el monte esconde, que a cuanto escucha responde. ¿Y a sí no perdonó? [Dentro.]  No. Pues, Eco, oye. Aunque tú mueras... [Dentro.]  Mueras... ...celosa, yo enamorado... [Dentro.]   Enamorado... ...no me he acordar de ti. [Dentro.]   De ti... Mas, ¡ay, cielos!, que si aquí junto las voces que oí, ¡oh, madre!, y las consideras, en tres voces dijo: «Mueras enamorado de ti». Y temo que la oiga el cielo. [Dentro.]   El cielo... Pues es fuerza que me dé... ...me dé... De mí mismo a mí venganza. ...venganza. Y más ahora que alcanza a ver mi desconfïanza, que lo último repitiendo de mi acento, está diciendo: «El cielo me dé venganza». Esta imposible hermosura... [Dentro.]   Hermosura... Y aquella hermosura y voz... [Dentro.]   ...y voz... A un mismo tiempo me han muerto. [Dentro.]   Muerto... Pues tan claramente advierto que oráculo del desierto, cuando a mis penas compite, Eco conmigo repite: «Hermosura y voz me han muerto». ¡Ay de mí, infeliz, que muero! [Dentro.]  Muero... Y mi misma sombra amando... [Dentro.]   ...amando... Una voz aborreciendo... [Dentro.]  ...aborreciendo... ...con que se está averiguando que el hado va ejecutando sus amenazas. Huir quiero de mí mismo, pues ya «muero aborreciendo y amando». (Vase.)   Oye, Narciso, detente. Al monte se ha entrado huyendo. ¡Oh qué en vano los mortales quieren entender al cielo! Todos los medios que puse para estorbar los empeños hoy de su destino, han sido facilitarlos más presto; pues la voz dello le aflige, y por venir della huyendo, muerte le da su hermosura: con que ya cumplido veo que hermosura y voz le matan, amando y aborreciendo. (Sale FEBO y SILVIO.)  Asombro de aquestos valles... De aquestos montes portento... ...que habiendo fiera venido... ...alto príncipe te has vuelto... ¿Qué hechizo es el que a Eco has dado... ¿Qué tósigo, qué veneno... ...que huyendo las gentes, muere... ...loca por esos desiertos... ¡Qué tósigo ni qué hechizo, ni qué veneno más fiero, que su proprio amor! Él es, zagales, el que la ha muerto. Mientes, que tus magias ciencias... Con sus nocivos alientos... ...juicio y vida la han quitado. Si ellas bastaran a eso, bastaran a que Narciso no le pasara lo mesmo: y pues él muere a otro amor no menos extraño, es cierto que no ha sido efecto mío. Sí ha sido, pues ese efecto es venganza de los dioses, que en él tus atrevimientos han castigado. Y yo en ti a ella he de vengar y a ellos. Primera de mis razones será despojo. (Sale ANTEO.) Teneos, que corre a cuenta esta vida del que aquí la trajo. Anteo, no la defiendas, pues ves las razones que tenemos. Y porque mejor lo digas, vuelve a ver furiosa a Eco, cómo buscando las grutas, va de los montes huyendo. Vuelve también, para ver la poca culpa que tengo, no menos loco a Narciso. (Sale ECO.)  ¿Dónde ocultarme pretendo de mí misma aborrecida, si a mí conmigo me llevo? (Sale NARCISO.)  De mí mismo enamorado a verme en la fuente vuelvo. Si fueran suyos, no fueran iguales los sentimientos. Ya que defiendes su vida, verás que yo otra defiendo; pues lo noble de mi amor, a la salud acudiendo de Eco, intentaré curarla. Lo altivo, sañudo y fiero del mío, más que a su cura, a su venganza resuelto, la muerte dará a quien fue la causa de sus despechos. [Aparte.]  ¿Para cuándo son, fortuna, de mi magia los efectos? Perturbe de sus acciones el encanto los intentos. Bella Eco... Infeliz joven... ...darte la vida pretendo. ...y darte la muerte yo. ¿Para qué, si la aborrezco? Tarde llegas, puesto que ya mis desdichas me han muerto. Y para que no lo logres, desesperada a ese centro me he de arrojar. Y porque nunca sea tu trofeo, me despeñaré esas ondas. Ven conmigo. Es vano intento... Muere a mi acero. Es en vano... ¿Qué aguardan los elementos? Que yo, de mí aborrecida, de mí en mí vengarme intento. Que yo, de mí enamorado, moriré de mi amor mesmo. Detendrete yo. Darete yo la muerte. Mas ¿qué es esto? Que el sol empañando el día en pardas sombras se ha vuelto. ¡Qué asombro! ¡Qué maravilla! ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! ¿Qué ha sido esto? Que Eco en aire entre mis brazos se ha vuelto. Y Narciso en sus cristales, antes que a mi saña, ha muerto. En cuyas obsequias hacen cielo y tierra sentimiento. Cumplió el hado su amenaza, valiéndose de los medios, que para estorbarlo puse; pues ruina de entrambos fueron una voz y una hermosura, aire y flor entrambos siendo. ¡Y habrá bobos que lo crean! Mas sea cierto o no cierto, tal cual la fábula es esta de Narciso y Eco. Perdonad sus muchas faltas del que, a vuestras plantas puesto, siempre acuerda la disculpa del que yerra obedeciendo.