También hay duelo en las damas Famosa Comedia Personas que hablan en ella Don Juan Isabel Simón Don Félix Inés Leonor Don Pedro Violante Don Alonso Don Fernando Tristán Celio Alguaciles Criados Gente Jornada Primera Salen Violante, dama, con un papel en la mano, y Isabel, criada, con dos bujías. Llega, Isabel, esa luz. ¿Otra vez a leerle vuelves? Y no te parezcan muchas otra vez y otras mil veces; que un papel discreto es amigo tan elocuente, que siempre está deleitando, por más que esté hablando siempre. Si un papel mudara estilos, creyéralo fácilmente; pero ¿cómo puede ser ni discreto ni prudente quien siempre una misma cosa diciendo está? Necia eres. Pues ¿no sabes que el idioma de amor tan corto es, tan breve, que a cuatro voces no más se reduce? Porque tiene cosas de música amor. Nuevo es eso. ¿De qué suerte? ¿Deja un templado instrumento, como armonioso suene, de sonar armonioso, porque no le diferencien cada vez las fantasías? ¿Deja el ruiseñor alegre, porque no mude de letra, de ser dulce? El aura leve, porque el compás de las hojas las cláusulas no la trueque, ¿deja de ser apacible? El cristal, cuya corriente hizo trastes de esmeralda aquella guija, aquel césped, ¿deja de correr sonoro, porque continuado lleve un mismo acento? No: luego bien en metáfora puede ser de música un papel, suave, dulce, cuerdo y breve, diciendo siempre una cosa, si con ella agrada siempre, a ejemplo del instrumento, la ave, el céfiro y la fuente. Pues convénceme con él, ya que sin él me convences. «Mi bien…» lee ¡Ternísima cosa! No con falsedad empieces ya a mormurarme; que aunque no te agrade, no has de hacerme desconfiar; que bien sé que el más entendido suele ser frialdad de quien le oye sin la acción de quien le siente. [Vuelve a leer.] «Su término a que llegar todas las pasiones tienen; y así su término tuvo la paciencia de un ausente. Y pues sin verte no hay vida, aunque tras la vida arriesgue el enojo de mi padre, mañana partiré a verte. Porque no sepan de mí tantos como lo pretenden, a la casa de don Pedro de Mendoza iré a ser huésped. Simoncillo a prevenir va a los dos; mas cuando él llegue, quizá habré llegado yo, con la ventaja que adquiere el que vuela del que corre. Está advertida, si oyeres la seña. El cielo te guarde más que a mí.» Aunque me motejes de necia de primer clase, dime: ¿hacia qué parte tiene lo discreto este papel, si es su estilo tan corriente que pudiera haberle escrito a Mari-Hernández Juan Pérez? Cuando esperé yo que había de haber muchísimo fénix, con descréditos brillantes, falsedades refulgentes, se sale con «Allá voy», sin más ni más. Imprudente, el que quiere lo que dice, es quien dice lo que quiere sin más retóricas frases; porque en amor solamente es quien siente como escribe, quien escribe como siente. Si sabes que la ocasión de vivir su padre enfrente, hallándole a todas horas tan fino y tan asistente, hizo en mí verdad aquella canción que repetir suelen: «Junto a mi casa vivía porque más cerca muriese»; si sabes que aunque al principio sintió mis iras crueles, el amistad de su hermana —a quien estimo de suerte, que es mitad del alma mía— supo hacer mañosamente que declarara en favores lo que afectaba en desdenes; si sabes que el no casarnos es porque su padre quiere casarle con Laura, a quien él festejó antes de verme; si sabes que en este estado fue fuerza ausentarse Félix, porque en la casa del juego dio a un caballero la muerte; que su padre retraído en un convento le tiene fuera de aquí, por temor de muchos nobles parientes del muerto, y por la justicia; y si sabes finalmente que a pesar de tantos riesgos, peligros e inconvenientes, viene por verme no más, ¿qué más discreto le quieres? Venga la fineza, y venga en el traje que quisiere; que mejor o peor vestida, no es esencia, es accidente, y importa poco el estilo, o yérrele o no le yerre, que nada yerra un amante, como la fineza acierte. ¿Qué dijiste a Simoncillo? Ahí fuera está. Dile que entre; que temprano es para que mi padre aquí pueda verle, puesto que de aquestas noches la prolijidad divierte en conversación de amigos. Sale Simón. Ya yo acusaba impaciente la mora de la licencia, y bien mora, pues hacerme desbautizar pretendía, dilatándome que bese o el átomo del jazmín, o el azucena de nieve. Simón, seas bien venido. Fuerza es serlo el que merece llegar a besar tu mano. Del suelo alza. ¿Cómo vienes? Muy cansado; que he venido caballero en un arenque ensillado y enfrenado, tan flaco pecador débil, que en cualquiera tentación caía muy fácilmente. Y ¿cómo tu señor queda? Finísimo impertinente, pues de puro enamorado ni anda, ni come, ni bebe, como el caballo de Wamba. Tan fijo tu nombre tiene en su memoria, que un día, como de caza viniese con unas perdices, dijo: «Haz, Simón, para que cene, que me asen esas Violantes». Otra vez, entrando a verle el padre prior, «Arrastra», me dijo muy impaciente, «necio, una Violante, en que su paternidad se siente». Aunque son locuras tuyas las que por suyas me vendes, no me ha pesado de oírlas. Toma esa sortija y vete, antes que venga mi padre; y dirásle —cuando llegue a la casa de ese amigo adonde viene a ser huésped— que ya yo quedo advertida, y a cualquier hora que fuere, haga la seña en la calle. Vivas un millón de meses, todos mayos, sin que tenga que ver con ellos diciembre. Alumbra y cierra, Isabel. (¡Ay, Simón, lo que me debes en esta ausencia!) (¿Es a mí o a la sortija?) (¿Eso entiendes de mi fineza?) (Es achaque de todas las Isabeles suspirar por alhajados.) (Engáñaste; que si atiendes a que yo quiero pedirte que a mí a guardar me la dejes, no es por codicia, sino porque a Inés no se la lleves, la criada de Leonor, tu ama, que sé que la quieres más que a mí.) (Pues porque veas cuánto tus celos te mienten, no te he de dar la sortija; que quiero satisfacerte con el desaire de que la vea, y no se la entregue; que por lo demás, ya iba yo a dártela.) (¡Ah, insolente, qué buena disculpa hallaste!) (Buena no, mas suficiente; la que basta por agora.) Vanse los dos. ¡Oh, amor, qué poco me debes! Dígolo, porque viniendo a tanto riesgo don Félix, me he holgado de su venida, siendo ansí que antes ponerme debiera en desconfianza el peligro a que se atreve, que no en agradecimiento; mas ¿quién en el mundo tiene hacia el cariño el afecto, cuando hacia el temor le tuerce? Venga Félix, y… Dentro ruido de espadas, y dicen dentro las voces que se siguen. Traidor, yo sabré darte la muerte. ¡Ay infelice de mí! ¿Qué escucho? ¡Cielos, valedme! Cuchilladas en la calle hay. ¿Si mi desdicha fuese que hubiese llegado donde le matasen o prendiesen? ¡Fuera! ¡Ténganse! ¿Qué es esto? dentro He de entrar. sale [Isabel] ¡Jesús mil veces! ¿Qué es eso, Isabel? Que apenas salió, cuando, antes que cierre la puerta, escuché en la calle voces y espadas, y al verme con luz, matándola un hombre, en nuestro portal se mete con otro bulto en los brazos, que no distingo, de suerte que, atropellándome… pero él, señora, hasta aquí viene. Sale don Juan con Leonor desmayada en brazos, la espada desnuda. Violante, prima, señora, los precisos accidentes no dan lugar al respeto. Perdóname, si a atreverme llego a tu casa, cuando ella sola ser sagrado puede desta difunta hermosura; que el ver que tan cerca encuentre abierta tu puerta, es la disculpa que me ofrece más a mano mi desdicha para que llegue a valerme de ella y de ti. Por ti misma, y lo que a tu sangre debes, mira por mi honor y vida, y haz que esta beldad se albergue y repare aquí esta noche, que yo es preciso volverme a socorrer un amigo que dejo empeñado. Pónela sobre unas almohadas. Tente, don Juan, oye… No es posible; mas como con vida quede, yo te volveré a buscar. Vase. ¡Tenle, Isabel! ¿Qué es tenerle? Pues baja a cerrar la puerta. Temblando iré, aunque parece que ya no hay nadie en la calle. Vase. Infeliz beldad, ¿quién eres? Mas ¡ay infeliz!, que yo lo soy también, cuando a verte llego así. ¡Leonor amiga, tú en mi casa, y desta suerte! ¡Tú sin aliento y sin vida! Ya por lo menos no tienes que temer que otro entrará, que ya cerré. sale Aunque consueles un susto, no podrás otro más penoso y más vehemente. ¿Cómo? Leonor es la dama a quien mi primo previene mi casa para sagrado de sus desdichas. ¿Qué puede haber sucedido? Ésa es pregunta que no tiene límite. Puede haber sido cuanto hay que ser. Por si siente, procura abrirla la mano. Una llave en ella tiene. Cogeríala con ella en la mano el accidente, y es natural apretar cualquier cosa que se encuentre. ¡Leonor, amiga, señora! Si ahora su hermano viniese, ¡buena hacienda habíamos hecho! ¡Ah, Leonor! ¡Cielos, valedme! ¡Albricias, que ya respira! ¡Tente, señor! ¡Padre, tente, no me mates! Pero ¡cielos! ¿Dónde estoy? Cóbrate, y vuelve en ti, Leonor, que estás donde más que tú tus penas sienten. ¡Violante mía! Pues ¿quién fue conmigo tan clemente que en un instante me trujo de los brazos de la muerte a los brazos de la vida? Pues ¿tú no sabes quién fuese? No, que soy tan desdichada, que llegando, ¡ay de mí!, a verme sin sentido y entre dos afectos, que uno me ofende y otro me obliga, no sé a cuál de los dos le debe esta fineza mi vida. Ni yo sabré responderte, que más turbada que tú estoy, y ansí, hasta que llegues a informarme tú primero qué es lo que a ti te sucede, fuera empezar por el fin la relación. Pues atiende: un amigo de mi hermano (déjame, dolor, que aliente), con la ocasión de buscarle, la tuvo, ¡ay de mí!, de verme; en cuyo primero instante, según él dice, de suerte rendido quedó a mi vista, que sin que repare o piense amor en la obligación de la amistad que le debe, ciego amante y necio amante, más que me obliga me ofende; porque no sé qué rencor, qué saña en mi pecho enciende la vanidad de mi duelo —si es que hay duelo en las mujeres, que gustan ver los galanes airosos y honrados siempre—, que al verle o traidor amigo, o mal seguro o aleve, antes que darle mi mano, me diera, ¡ay de mí!, la muerte. Él, valido de la usada disculpa, que inconvenientes no ve amor, pues antes de ellos monstruo alimentado crece, porfía… Pero ya desto hemos hablado otras veces en este mismo sentido, bien que no tan claramente; y así, iré a otra cosa, pues no hay para qué detenerme en decirte que es don Pedro de Mendoza el que pretende que hoy le aborrezca más que le aborrecí, pues aleve, loco, atrevido, tirano, ciego, arrojado, imprudente, me ha puesto en obligación de que… dentro ¡Hola! Mi padre es éste. ¡Baja, Isabel, una luz! ¿Qué haré? Bajar brevemente; que ¿qué importa que a Leonor halle aquí? [Vase Isabel.] Si te parece, mejor es que no me vea, porque a decir no me fuerce la ocasión que aquí me trujo. Pues retírate, antes que entre, a mi cuarto, donde nunca él entrar ni salir suele. Vase Leonor. Sale don Alonso y Isabel. Violante. ¿Era hora, señor, para que a casa vinieses? ¿Quién las noches de un invierno no las gasta y las divierte en buena conversación? Ansí es; mas ¿quién no lo siente, siendo a costa de la ausencia de quien más te estima y quiere? Pídeme celos, bien haces, que yo me huelgo de verte fina conmigo; que, al fin, hoy hija y esposa eres. No ha habido rifa esta noche que pueda mi amor traerte, sino solos estos guantes: toma. Aquesto más parece que es tratarme como a dama; pues para que no me queje, me acallas con interés. Isabel. ¿Señor? Que lleves, será bien, luz a mi cuarto, y antes de cenar me acueste. Entra tú después allá, y haz que esas puertas se cierren. Va[n]se. ¡Válgame Dios, qué de cosas en un instante suceden! ¿Quién creerá que cuando espero con tanto gusto a don Félix, le espero con un pesar tan grande, como tenerle huida a su hermana en mi casa? No sé lo que debo hacerme. Si se lo digo a mi padre, es forzoso que le pese de ver delitos de amor, y más siendo el delincuente su sobrino; si lo callo, es querer yo sola hacerme dueño del duelo de entrambos. Sale Leonor. ¿Fuese? Ya se fue; bien puedes proseguir. ¿En qué quedamos? En que a don Pedro aborreces, y él, temerario, te ha puesto en el riesgo que padeces. Y es verdad; pues en el medio de amarme él y aborrecerle yo, y en el medio también de vivir mi hermano ausente, tu primo don Juan de Italia vino a Madrid. También tienes noticia de que me vio y me amó; pero de suerte, que no concurriendo en él el pasado inconveniente de conocer a mi hermano, para en amarme ofenderle, o concurriendo, ¡ay de mí!, en él otros accidentes, que amor se sabe, sin dar razón a quien los padece, de por qué merece uno con lo que otro desmerece, corrió con mejor fortuna en mi amor; pues para verme le di licencia —no sé cómo, ¡ay infeliz!, lo cuente— para que en el aposento de un escudero —que tiene una puerta condenada que sale a un corto retrete de mi cuarto— entrase, siendo ésta —que no acaso viene por instrumental testigo de mi desdichada suerte en mi mano— la tercera; de cuya acción imprudente, don Pedro —que ya tú sabes cuán poco un celoso duerme— sabidor, entró a ocasión que también mi padre… Llaman dentro a la reja. Tente; no prosigas, hasta que sepa yo qué ruido es éste. ¡Ay infelice de mí! Que, como la seña acuerde que hacer mi hermano solía a tu reja, ésta parece. Lo peor es que es ella y él. Y ¿qué has de hacer? Que pues viene hoy tan desimaginado de tus sucesos a verme, no he de ponerle en sospecha quizá con no responderle. Y ¿hasle de decir que aquí estoy? De ninguna suerte, hasta que lo que has de hacer con más espacio se piense; que también tengo yo duelo para que a mirar no llegue —y más en trances de honor— desairado a quien me quiere. Mira que me va la vida en que aquí no llegue a verme, que aun hay más de lo que sabes. Palabra te doy mil veces de ampararte y de guardarte, aunque mil vidas me cueste. Vuelve a retirarte, pues. ¿Dónde iré yo que no encuentre, entre mi padre y mi hermano, con la sombra de mi muerte? Vase. ¡Isabel! Sale Isabel. ¿Señora? ¿Qué hace mi padre? Pienso que duerme; porque apenas se acostó, cuando al sueño me parece que quedó rendido. Pues abre la puerta a don Félix, y vuelve a estarte con él, y avisa cuando despierte. ¿Quién en el mundo se vio en empeño como éste? Vase [Isabel]. Sale don Félix. Violante mía, los brazos me da. Y en ellos, don Félix, un alma que agradecida te recibe. Bien merece esa fineza un amor que, a pesar de inconvenientes, la ausencia tuya, Violante, más que a sus contrarios teme. ¿Cómo estás? Como quien vive sin ti. Di tú, ¿cómo vienes? Como quien muere sin ti, que en algo debo excederte; y así, está puesto en razón que cuando más me encareces tú que estás como quien vive, esté yo como quien muere. En decir, bien podrá ser que la ventaja me lleves, no en sentir. ¡Hermosa estás! Permíteme que me pese de mirarte tan hermosa. Cuando yo estarlo pudiese, ¿por qué había de pesarte, si de esa perfección eres dueño? Porque es el aliño mala gala de un ausente. El aliño no afectado es condición solamente, no cuidado. Esté desnuda la verdad de la que quiere, que ésa es la gala del alma. Eso aún no es satisfacerme; que aun a la verdad, hay quien vestirla de azul intente. Mal color para verdad. Antes bueno, si se atiende a que es color de los celos, que son los que nunca mienten. Yo he visto mentir algunos. Yo también, mas pocas veces. Déjame pensar a mí que son muchas, por si tiene parte en aquesta fineza… ¿Quién? …Laura. No me la mientes. Como fue primer amor… Primero y último es éste; y si ha de temer alguno, deja que yo sea. Pues ¿tienes tú qué temer? De ti no; de mí sí; que no es prudente quien no merece una dicha, si a todas horas no teme que como alhaja de vidro entre las manos se quiebre. ¿Y quien la merece? No. Mas ¿quién es quien la merece? Tú, que la gozas seguro. ¿De qué suerte? Desta suerte: si el amor se perdiera, en mí se hallara, porque a mí, como a centro, se viniera de otros pechos en quien tratar se viera con fe menos constante, menos rara; y si después de verse en mí, intentara explayar su poder a nueva esfera, de mi trato liciones aprendiera, con que aun después el mismo amor amara. Desde allí tan seguros sus favores vivieran de sospechas y recelos, de traiciones, agravios y temores, que ociosos los influjos de los cielos, descuidando en que ya todo era amores, no dejaran que nada fuera celos. Pues si amor se perdiera, no se hallara en mí, porque yo quiero de manera que desde luego soy punto y esfera en quien su ser, como en su centro, para; y así, con más constante fe, más rara, a perderse, en mí hallarse no pudiera, pues para suponer que él se perdiera, era forzoso que de mí faltara. Y cuando sus halagos y favores, enseñados de mí, dieran desvelos a los demás, amaran con temores, maestro de sobresaltos y recelos; que aprende mal una lición de amores quien no teme el azote de unos celos. Llaman dentro. Y es verdad, pues al concepto, que han respondido parece, los golpes de esa ventana. Será ilusión, que no puede nadie llamar (¡ay de mí!) a estas horas… ¡Pena fuerte! …a la reja de mi cuarto. ¡Pluguiera a Dios que lo fuese! Pero ¿cómo lo ha de ser, si a llamar otra vez vuelven? Vuelven a llamar. Será alguien que acaso pasa, y en ir dando se entretiene golpes a las rejas. Dentro don Juan. ¡Prima, Violante! ¿Es acaso éste? Porque es muy bellaco acaso tu nombre y el de pariente. ¡Prima, Violante! Repara que nada que temer tienes de mí. Claro está, que tú la que han nombrado no eres. ¿Dónde vas? A no estorbar. Responde, que no es decente no responder. No has de irte. Cuando la puerta me cierres, me echaré por el balcón de aquella cuadra de enfrente, que ya sé que está sin reja. Tampoco es bien que aquí entres. Pues ¿qué? ¿Dos puertas me cierras, cuando una ventana debes abrir? ¿Yo abrir la ventana? Claro está, que no parece bien en ninguna ocasión ser las damas descorteses. Y pues salir no me dejas, ni entrar donde yo quisiere, reponde, que, ¡vive Dios!, que aunque a tu padre despierte, dé voces; por eso, escoge lo que mejor te estuviere: que salga por esa puerta, por ese balcón me eche, o que oiga lo que te dice. (¿Qué he de hacer? ¡Cielos, valedme! Si sale, a don Juan es fuerza que en la calle, ¡ay de mí!, encuentre; si entra, que encuentre a su hermana; si hablo, que algo a entender llegue contra su honor; y si a todo me resisto, que despierte a mi padre. Y así, menos importa que yo atropelle a don Juan lo que me diga, que lo demás.) ¿Qué resuelves? Abrir la reja, y que veas que aquí no hay inconveniente. Abre la reja, y está parado don Juan. ¿Qué desacierto, don Juan, de llamar a esta hora es éste a mi reja, y que de mí mal la vecindad sospeche? Como al salir esta noche de tu casa,… ¡Vete, vete, no me digas nada! Calla. …fue tan forzoso que quedes con cuidado;… No prosigas. Déjale hablar. …recogerme no he querido, sin que sepas… No he de oír. No le atropelles. …que ya en la calle no había peligro, ruido ni gente; y con esto asegurada de que nada me sucede, mírame bien por mi vida, pues en tu poder la tienes; y adiós, hasta que mañana, prima mía, vuelva a verte. Vase. ¿Quién oyó igual desengaño? (¿Quién se vio en trance tan fuerte?) ¡Fiero agravio! (¡Dura pena!) ¡Triste amor! (¡Infeliz suerte!) «Como al salir esta noche de tu casa,…» (¿Qué he de hacerme? Que el decirle la ocasión…) «…fue tan forzoso que quedes con cuidado;…» (…no es posible;…) «…no he querido recogerme…» (…y callársela, es hacer que contra mí la sospeche;…) «…sin que sepas que en la calle no había ya riesgo ni gente». (…callárselo es agraviarle, y decírselo es perderle.) «Mírame bien por mi vida, pues en tu poder la tienes». (¿Quién en el mundo se vio en una ocasión tan fuerte?) «Y adiós, hasta que mañana, prima mía, vuelva a verte». Agora bien, aquí no hay que discurrir, ni que espere. Quédate, Violante, adiós. No te has de ir. Pues ¿qué me quieres? Que lleves sabido… ¿Hay más que saber? …que no te ofende mi amor. Claro está, porque venir a satisfacert a estas horas este primo, sin saber qué primo es éste, de que al salir de tu casa nada es lo que le sucede, y rematar en decir tan tierna y rendidamente, «mírame bien por mi vida, pues en tu poder la tienes», no es nada. Tienes razón: dices bien, que eres quien eres. Miente la noche, la reja miente también; finalmente, mienten mis mismos oídos, y mis mismos ojos mienten. Tú sola dices verdad. Ni lo digas ni lo niegues; que todos mienten, y yo digo verdad. Calla, aleve; calla, fiera; calla, ingrata. Y si disculparte quieres, ¿qué verdad es la que dices? Ninguna; que aunque lo intente por ti, por ti he de callarla, y déjame, no me aprietes, que me está mal enojarte, y peor satisfacerte. Culpada sin culpa estoy. ¡Muy buen retruécano es ése! ¡A buen tiempo discreciones! Y puesto que ya no tienes que temer el que le alcance, si por eso me detienes, quédate, Violante, adiós. ¡Mi bien, mi señor, mi Félix! ¡Mi ira, mi pena, mi agravio! ¿Qué me quieres, qué me quieres? Que creas que no te ofendo. ¡Suelta! ¡Escucha…! ¡Aparta! Tente. Sale Isabel. ¿Estáis locos? ¿No miráis que es forzoso que despierte a esas voces mi señor? Pues dila tú que me deje. Déjale ir. Sí haré, que yo, atenta, fina y prudente, le desengañaré. ¿Cuándo? Cuando pueda. Si hoy no puedes, ¿cuándo podrás? Algún día. Tarde o nunca podrás verle. ¿Por qué? Porque tarde o nunca volverás, ingrata, a verme. Quédate adiós. (¡Oh, qué mal se pronuncia un para siempre!) Quédate, digo, Violante; y pues uno te encarece que le mires por su vida, mírame a mí por mi muerte. Vase. ¡Oh, mal haya quien obliga que haya duelo en las mujeres, para que a una amiga amparen con lo que a un amante ofenden! Vanse. Salen don Pedro, Simón y Tristán. ¿Adónde fue tu señor, que tan tarde no ha venido? ¿Quién duda que entretenido le habrá tenido su amor? Pues mal hace, que ya el día se ha declarado; no sea que alguien en Madrid le vea, siendo así que la porfía de parte y justicia están siempre en cuidado de hallarle, y no dejan de buscarle, por más que pasando van unos tras otros los días. Seis meses ha ya que estamos retraídos y faltamos de la corte. Tú podías irle, Simón, a buscar; que puede ser no venir porque no puede salir de donde entró. Y si es que a estar llega en peligro, es razón —como de ello aviso haya— que yo a la calle me vaya, que hasta entonces no hay acción en que yo deba inquirir, sin lance particular, lo que él quiere recatar. A mi pesar habré de ir. ¿Pesar? ¿Por qué? Porque no quisiera que, al verme,… Di. …o me cascaran a mí, o me prendieran, y yo viniera a pagarlo todo. ¿A ti? ¿Por qué? Pues ¿tú fuiste de la pendencia, si huiste de ella, y todos de ese modo lo cuentan? Cuentan muy bien, pero por haber huido, ¿dejo yo de haber tenido parte en la muerte también? ¿Cómo? Si con dos reñía mi amo, ¿púdome obligar el duelo a más que apartar al uno que me cabía? No. Pues si el uno importuno, en corriendo yo, corrió tras mí, ¿quién niega que yo, apartando al dicho uno, de aquella muerte cruel el cómplice a longe fui, pues el que corrió tras mí dejó de tirarle a él? Vase. ¿Cómo es posible, señor, que tan triste a casa vienes, cuando por tu huésped tienes al hermano de Leonor, siendo así que es cosa llana —según penetrando voy— que desta amistad de hoy pase al deudo de mañana, si no es que como cuñado le miras ya…? Si supieras cuáles son mis penas, vieras —en lo presto que han trocado el gusto que tuve ayer en su hospedaje, al pesar que hoy tengo— el poco lugar que hay del pesar al placer. Pues ¿qué hay? ¿Yo no te dejé en la calle de Leonor quieto y seguro, señor? Seguro y quieto quedé, pero ¿qué seguridad, qué quietud hay en amor que ira no sea y rigor de un instante a otro? Es verdad, pero dime lo que ha sido. Con temor te lo diré. ¿Tú con temor? Sí. ¿De qué? De que no he de ser creído; porque es tan sin ejemplar el lance, que has de saber que es fácil de suceder, y no fácil de contar. En la calle de Leonor al anochecer estaba, por ver si ocasión hallaba de obligar el disfavor con que siempre me ha tratado —que un amante aborrecido, tal vez aun del mismo olvido siente mirarse olvidado—, cuando vi que aquel don Juan, que presumo que es pariente de la otra dama de enfrente, muy airoso y muy galán pasó la calle. Ya sabes que ha no sé qué tantos días que aumenta las ansias mías, porque entre penas tan graves no falte la de los celos. Éste, pues, más recatado que antes, volvió, y a un criado habló a su umbral. Mis recelos, para advertirlo mejor, tras un coche me pusieron, desde cuya sombra vieron que el criado de Leonor en el portal le metía. Fui tras él, ¡pena cruel!, y llegué cuando con él por la escalera subía; y como cerrase ya la noche, pude al pie de ella ver, sin verme, ¡dura estrella!, que a un aposento que está en el primer paso, abría la puerta el hombre, y que, entrando los dos, la cerraba. ¿Cuándo igualó a la pena mía otra ninguna? No sé lo que sentí o no sentí, porque sólo sé de mí que tropezando llegué a la puerta, con intento de llamar, y de sacalle del aposento a la calle; mas mudé de pensamiento al advertir que podía ser interés del criado el que allí le hubiera dado ocasión, en que sería fácil que viera a Leonor, sin que Leonor lo supiera. Pero aun desta lisonjera, breve disculpa el dolor me dejó apenas gozar, pues advirtiendo que había luz dentro, porque se vía por una quiebra brillar de la puerta, apliqué a ella la vista —¡luego faltara por donde un triste acechara su mal!— y vi a Leonor bella, que abriendo, ¡ay de mí!, otra puerta, de que ella misma torcía la llave, a hablarle salía, dejándosela entreabierta. Aquí, pues, el sentimiento tanto me privó de mí, que a pocos golpes rompí la puerta del aposento. Recibióme con la espada él en la segunda puerta, muerta la luz, y más muerta Leonor, porque desmayada cayó en tierra. Pensarás que en la riña mi tristeza acaba; pues ahora empieza deste suceso lo más. Apenas con saña fiera entrambos nos embestimos, cuando de su padre oímos las voces en la escalera. Yo, que con uno reñía, viendo que otro no menor enemigo, él y su honor, a las espaldas tenía, quise hacer vista a los dos, ladeándome; mas no fue necesario esto, porque el de dentro, en viendo, ¡ay Dios!, que era el padre, ¡pena rara!, la primer puerta cerró, con que a don Fernando yo le pude volver la cara, sólo procurando hacer, antes que me conociera, lugar, y salirme fuera. No sé si esto pudo ser; que luz y gente llegando, aunque más lo pretendí, no sé si bien me encubrí. En fin, temiendo y dudando, la calle tomé, de suerte que desmayada a Leonor dejé, ofendido un honor, y a un traidor sin darle muerte. ¡Mira con este suceso qué gusto puedo tener en que Félix venga a ser mi huésped! Pues si confieso la verdad, la más impía fortuna que por mí pasa es que he ofendido la casa de quien se entra por la mía. Que es grande empeño, no niego; pero si don Félix viene de secreto, porque tiene que guardarse, a pensar llego que nada desto sabrá. Lo que hemos de hacer, señor, es ponerle gran temor, pues con aquesto se irá presto; y en ese intermedio el tiempo dará ocasión con que a tanta confusión se pueda buscar remedio. ¿Qué remedio ni hay, ni ha habido, ni ha de haber a un desdichado? Sale don Félix y Simón. Don Pedro, seáis bien hallado. Vos, don Félix, bien venido. Con cuidado me tenéis: pues, ¡tan tarde! ¡A Dios pluguiera que ni aun agora viniera, sino muerto! ¿Qué traéis? Traigo la pena mayor que me pudo suceder. ¿Quién la causa? Una mujer aleve, un fiero traidor. (¡Ay de mí! ¿Si algo ha entendido, y esto lo dice por mí?) ¿Un traidor, y mujer? Sí. Pues ¿qué es lo que habéis sabido? No sé. Dejadme, por Dios, que es mi pena tan cruel, que aunque sois amigo fiel, no la he de fiar de vos. ¡Simón! ¿Señor? Al momento puedes volver a ensillar, que no tengo de parar en Madrid. Con ese intento vendrás a ser el primero que a Madrid haya venido y no se haya detenido más que pensó. Majadero, no me repliques. Pues ¿no sabré yo lo que os obliga? No sé, don Pedro, qué os diga; que aun apenas lo sé yo. Basta para esta venganza que en mí he de tomar, saber que quien va a decir mujer, empieza a decir mudanza; bien que de sus accidentes no me he de quejar jamás, que no había de ser yo el más dichoso de los ausentes. Muerto o ausente, aún no está visto cuál a cuál prefiere; que honras hacen al que muere, y agravios al que se va. (Alentemos, corazón; que ya esto a otra parte mira.) Sin nombrar, puede la ira desahogar tanta pasión por señas… Pues ¿tan pequeñas son las que llegáis a ver, que entre mudanza y mujer habéis menester más señas? ¿No basta, cuando a una bella fiera hay astro que me incline, saber que por vella vine, y me vuelvo por no vella? Si de agravios y de celos los extremos padecéis, bien en volveros haréis, porque no han hecho los cielos contra los celos y agravios cura de más experiencia que el remedio de la ausencia. Fuera de que, si mis labios no os dijeron hasta aquí el gran peligro en que estáis, es porque no presumáis que nace sólo de mí. La justicia os ha buscado, y busca con diligencia; a todo es buena la ausencia; de un cuidado otro cuidado os asegure. Ea, Simón, ve a ensillar, que aunque yo haya de sentir el que se vaya, detenerle no es razón. ¡Buen achaque te has hallado, si en la prisa se repara que tú también me das para despedir al convidado! ¿Eso has de pensar de mí? Es un loco. Ve volando, y haz, Simón, lo que te mando. Ya voy… Mas no voy. Pues di, ¿qué es lo que te hace volver huyendo? Que a mi señor he visto en el corredor. ¿Mi padre? Sí. Pues saber no pudo que estoy aquí, si tú no se lo dijeras, es bien que a mis manos mueras. Tente, señor,… (¡Ay de mí! ¿Qué puede haberle traído?) …que, ¡vive Dios, que no he hablado palabra! Don Pedro, dado que mi padre haya sabido que estoy en Madrid, no quiero que me vea. Vos podéis decir que nada sabéis de mí, a cuya causa espero en esta cuadra escondido estar, hasta que se vaya. Vase, y sale don Fernando, viejo. (¿Habrá en el mundo quien haya igual empeño tenido?) Señor don Pedro. ¡Señor! Pues, ¿vos en aquesta casa? (¡Qué mal finge un delincuente!) No os admire que me traiga (¡Mal disimula un quejoso!) a ella un cuidado. [al paño] (¡Qué ansia!) Si teníais que mandarme, ¿un criado no bastaba que viniese, para que yo a vuestra obediencia vaya? No es negocio el que yo traigo con vos, que a criado se encarga; y así, podéis disponer que ése allá fuera se salga. Llega unas sillas, Tristán, y espera allá fuera. (¡Raras prevenciones!) (Fuerza es que aquí grande empeño haya; yo avisaré a quien le impida, aunque me acusen de baja la acción; que en mí no hay más duelo que estorbar una desgracia.) Vase. ¿Qué hacéis? Cerrar esta puerta. (¿Quién vio duda tan extraña?) (¿Quién vio lance tan terrible?) (¿Quién vio tan cuerda venganza?) Señor don Pedro, materias del honor, en quien más trata mantenerlas como noble, son materias tan sagradas, que ni se dicen ni sienten sin la costa de que haga o novedad el oírlas, o vergüenza el pronunciarlas. Pero cuando este respeto que se les pierde al tocarlas, es por hombre de mis prendas, de mi sangre y de mis canas, de mi valor y mi honor, parece que asegurada llevan no sé qué licencia, que, o concedida o negada, hace tratable el camino que hay del honor a la infamia. (Ya esto es muy de otra materia: escuchemos en qué para.) (En grande peligro estoy.) Yo no me espanto de nada. Mozo he sido, viejo soy; todo cabe en la edad larga. Escuelas son de la vida los años, en cuya sabia academia la experiencia lee, en su cátedra sentada, aquella lición de que se ha de ir hacia la desgracia; antes, a que no suceda; sucedida, a remediarla. Hijo tengo, mozo es: mucho por vivir le falta. Quizá menester habrá vuestra prudencia mañana, como hoy vos la mía; y ansí, quiero en vos depositarla, para que le sirva a él. Con cuya prudente salva, dos quejas tengo de vos, y aunque parece que basta cualquiera a declarar que resuciten en mi fama aquellos pasados bríos que entre aquesta nieve helada, o bien impedidos yacen, o mal dormidos descansan, antes de apelar a ellos, quiero apelar a la anciana edad mía, y que haga el juicio lo que había de hacer la espada, porque no hay venganza como no haber menester venganza. (¿Adónde irá a parar esto?) Señor, yo… si… cuando… Nada, hasta oírme, me digáis. (Escuchemos lo que falta.) La primer queja es que siendo vos quien sois, de cuya clara sangre Mendoza las orlas de tantos timbres se esmaltan, fiéis tan poco de mí o de vos, que con tan bajas acciones penséis que puede merecer vuestra esperanza más con Leonor que conmigo. (¡Leonor dijo! Ya esto pasa a más superior empeño.) La segunda es que se valga de la amistad de don Félix vuestra pretensión, fundada en que ella en mi casa sea quien os guarde las espaldas. Ya lo dije, ya no puedo volver atrás la palabra. (Ni yo pasar adelante.) (Sin vida estoy y sin alma.) Demás de estar informado de criados y criadas de que vuestro galanteo mi casa y mi calle agravia, el lance en que os hallé anoche sabéis; y aunque allí la saña se vengara, si pudiera, muy otra es mi confianza; que enseña mucho una noche a quien en pensar la gasta. Yo no quiero que don Félix, que vendrá a Madrid mañana —porque ya en mi poder tengo instrumento en que se aparta la parte—, llegue a entender lo que en sus ausencias pasa, porque no sé si tendrá, si acaso a saberlo alcanza, la espera que yo; y así, salgamos a repararla. Y puesto que contra vos todos los informes paran, Leonor será vuestra esposa, con todas cuantas ventajas pueda dar de sí mi hacienda, con sólo que vuelva a casa, antes que el haber faltado de ella entre las cuchilladas de anoche, alguien… Sale don Félix. ¿Cómo es eso? ¡Qué miro! ¿Quién es quien falta de casa, señor? (Ya aquí sólo asegurar la espalda me queda que hacer.) ¿Leonor? Pues ¿qué esperas? Pues ¿qué aguardas, si contra don Pedro está la presunción? No le valga el fuero de la amistad al que a la amistad agravia. ¡Traidor amigo! ¡Deténte! Suelta. No saques la espada, que esto ha de quedarse aquí, antes que a la calle salga nuestra desdicha. Eso es lo que ha tocado a tus canas. Estotro toca a mi brío. ¡Falso amigo! Tente. Aparta. ¿Tú me tienes? Yo te tengo, porque la prudencia haga lo que ha de hacer el valor. Señor don Pedro, mi casa, mis brazos, mi hija, mi hacienda, mi honor, mi vida, mi alma, todo es vuestro, nada es mío, como con vos Leonor vaya a ser el dueño de todo. (¿Quién vio, en confusiones tantas, que me rueguen con la dicha cuando no puedo lograrla?) ¿Cómo, dándote a partido, no se ha arrojado a tus plantas? Un convencido no tiene tan a mano las palabras. Espérate. (¿Cómo puedo yo empeñarme en dar palabra que no he de cumplir, ni cómo puedo ofrecerme a llevarla, si aun que faltase no sé? Y ¿cómo, cuando la hallara, puedo con quien me aborrezca casarme, cuando a otro ama? Ofrecerlo será miedo, decírselo será infamia, porque es cosa muy cruel para dicha cara a cara. Y aunque me maten, no tengo yo de infamar a una dama, por más que ella me aborrezca. ¿Qué haré? ¡Los cielos me valgan!) Mucho lo piensa, señor. Déjame llegar. Aguarda. A quien ruega con la dicha, ¿tanto en responderle tardas? Sí, que hay que responder mucho, y no he de responder nada. Mi muerte es el mejor medio. Ya el sufrimiento no basta. Saca la espada. Mira en qué te empeñas, que es mi acero quien le ampara. Porque no me acusen nunca que tu respeto me falta, quitándote a ti el sombrero, sabré quitarle a él el alma. Félix, tente. Quita. Mira que destruyes a tu hermana. No me destruyera ella primero a mí. Cuchilladas dentro de la casa hay. dentro ¡En tierra la puerta caiga, que dentro está quien le dio muerte a don Diego de Lara! ¡Entrad todos! (¡Qué pesar!) (¡Qué sentimiento!) (¡Qué rabia!) Salen todos. ¡Favor al rey! A prisión os dad. Poco me acobarda ver tantas armas ni gente. (¡Oh, si hallase mi amor traza para asegurarle, en tanto que estotros medios se tratan!) Uno que me ha de caber tras mí a la calle se salga. A prisión os dad. Primero pedazos a cuchilladas me habéis de hacer. Y a mí y todo. Félix, no con nueva causa quieras volver al principio la que tienes ya acabada; tu perdón tengo, no importa que te prendan. No me espanta la prisión, sino el pensar que con ella se dilata la venganza de un traidor. Pues ¿qué has de hacer? Procurarla, poniéndome en salvo agora. ¿Cómo? Por esta ventana. Vase. ¡No te arrojes! ¡Tente, Félix! ¡Tente, hijo! [dentro] ¡El cielo me valga! (Y a mí aquesta confusión, que esto no es volver la espalda al riesgo, sino al decoro de no culpar a una dama, obligándome a decir por qué no puedo acetarla.) Vase. ¡Sigámosle por aquí! [Vanse.] ¿Quién vio confusiones tantas? Entre tu vida y mi honor, no sé, ¡ay de mí!, tras quién vaya, cuando don Félix se arroja, y de aquí don Pedro falta. Más hay que temer, desdicha, de lo que temí. ¡Oh, ingrata, quien te quiere te desprecia! ¡Paciencia, cielo, o venganza! Jornada Segunda Voces dentro. Salen, por una puerta, don Juan, y por otra, don Félix con la espada desnuda. dentro ¡Por aquí, por aquí va! ¡Seguidle todos! ¿Qué estruendo, qué ruido es éste en la calle, y aun en casa? Caballero, si las honradas desdichas deben obligar… ¡Que veo! …a cualquier noble… ¡Qué miro! ¡Don Félix! ¡Don Juan! ¿Qué es esto? La primer vez que en Madrid, por mi ventura, os encuentro, ¿viene a ser por mi desdicha? ¿Qué traéis? Hablar no puedo; que más que el susto, el cansancio me va quitando el aliento. La justicia es de quien huyo, claro está, porque mi pecho nunca pudo de cobarde, y siempre podrá de atento. Cobraos; que cuando aquí os siga, no habéis llegado a mal puerto, pues a vuestro lado estoy. De vuestro valor lo creo, de vuestra sangre, de nuestra amistad antigua; pero si me pudiese escapar antes la maña que el riesgo, será mejor; que justicia me pone tan digno miedo que al decir «Teneos al rey», de pies y de manos tiemblo. La cuartana de los nobles llaman a aquese respeto; y puesto que nadie os sigue, esperadme aquí, que quiero ver la calle y tomar voz de los que os buscan; que puesto que nadie os vio entrar, será muy posible iros siguiendo por otra parte perdidos. (Ya presumo, a lo que entiendo, que este acaso ha de impedirme —si agora viniese Celio, a quien en cas de mi tío de guarda he dejado puesto— la obligación de acudir a Leonor, y ver qué medio puede tener el extraño lance de ayer.) Vase. ¿Habrá, cielos, hombre a quien en una noche asalten tantos sucesos, todos infelices, todos trágicos, todos adversos? ¡Ay, fortuna, vamos a ver si es que es menos difícil decirlos que fue el padecerlos! En la casa de Violante… Amor, no me acuerdes esto, que hay más superior pesar en el alma, y es desprecio del honor, querer que tengan el primer lugar los celos. Mas ¡ay de mí!, muy bien haces en dar el lugar primero al menos noble enemigo; porque si mis sentimientos por el más noble empezaran, me había de faltar el tiempo. ¡Buena compañía la de mis tormentos, pues para segundos me traen a los celos! ¡Leonor fuera de su casa! ¡Mi padre, prudente y cuerdo, rogando con ella a quien, en vez de agradecimiento, responde con omisiones! Poco a poco, pensamiento, que vas descubriendo en mal distintos visos y lejos muchas luces; y aun con ser tantas, que han de ser recelo más las sombras que las luces, si miro, si oigo, si advierto que amante a quien ruega su mismo deseo, y calla, o está muy loco o muy cuerdo. Y por lo que digo, ¡ay triste!, de amante rogado, buenos deben de ser dos pesares que dejan para tercero acreedor de mis desdichas, en el graduado pleito de amor, honor y amistad, la ira, la rabia, el veneno de hallar traidor a un amigo, que en lo íntimo del pecho abrigué, para que fuera la víbora que me ha muerto. ¡Qué infame debía de ser el primero que al amor ingrato le doró los hierros! Y pues de mis tres fortunas, al tocar los tres extremos, uno por otro me dejan con vida, como diciendo: «Si otro no le mata, viva por mí», afectando violentos, mañosamente piadosos, ser dañosamente fieros. La vida que ellos me dan sabré volver contra ellos, vengándome de Violante. ¡Otra vez, dolor, has vuelto a darla el primer lugar! Mas como eres vil afecto, nacido en bajos pañales, no sabes de cumplimiento, y así, siempre tomas el lugar primero; que es muy de los ruines, si hacen caso de ellos. Vengándome de Violante, digo otra vez, con desprecios, con olvidos, con mudanzas —¡oh, cúmplalo, pues lo ofrezco!—; vengándome de Leonor para ejemplar escarmiento, con iras y con rencores; pues aunque la esconda el centro, sabré buscarla y matarla; y vengándome, en efeto, antes y después, teñido en sangre este limpio acero de un traidor amigo, pues aunque él quiera, yo no quiero ya que sea Leonor suya. Mejor hará los conciertos, que el báculo de mi padre, mi espada. Mas ¿cómo, ¡ay, cielos!, ofrezco olvidar, y matar ofrezco, si yo el olvidado soy, antes que él muerto? Sale don Juan, maltratando a Simón. ¡Pícaro, desvergonzado! ¿Vos tenéis atrevimiento de entrar aquí? Si importaba no entrar, no estuviera abierto. ¡Vive el cielo, que a mis manos habéis de morir! ¿Qué es eso? Saliendo a mirar la calle, vi a ese hombrecillo inquiriendo todos los portales de ella, y en éste, al volver, le encuentro; de manera que echadizo viene a ver, a lo que infiero, dónde estáis. Y por si acaso os vio, le he entrado acá dentro, para que volver no pueda con respuesta. Deteneos, que ése es un criado mío, cuya lealtad le habrá puesto en cuidado de buscarme. ¡Buen socorro, y a buen tiempo, después de descalabrado! Pésame de no saberlo antes. Más me pesa a mí. Que me perdonéis os ruego. Eso dijo uno, después que había cortado, por yerro, a otro la cara. Don Félix, bien podréis cobrar aliento, que siendo vuestro criado aquese hidalgo, es muy cierto que todos los que os seguían por esotra calle han vuelto, desesperados de hallaros. Dicha fue entrar, consiguiendo que no me viesen. Y dicha veros yo; que desde el tiempo que en Salamanca estudiantes, amigos tan verdaderos fuimos, que con sola una alma animaban ambos cuerpos, y que la escuela dejamos por dos caminos diversos, vos de cortesano, y yo de soldado, no nos hemos visto más; y aunque en Madrid fue mi principal deseo buscaros, nadie me ha dicho de vos. No os espantéis de eso; que como siendo estudiante, gozaba en mis años tiernos un patronato que tiene gravamen o privilegio de nombre y armas, firmaba allá Félix de Toledo; y habiéndole renunciado por el traje que ahora tengo, volví al nombre de mi casa; y así, muchos de aquel tiempo me han equivocado, hijo de mis padres. Y el no haberos visto en las conversaciones ni en los públicos paseos de calle Mayor y Prado, ¿qué ha sido? Un triste suceso, de quien aun hoy es resulta venir la justicia huyendo, ha seis meses que me tiene ausente de Madrid. Ésos son los que ha que yo a Madrid vine, poco más o menos, con algunas esperanzas llamado de mis aumentos. Con vuestra licencia. Dime, Simón,… Dime tú primero, ¿qué te hizo don Pedro para reñir con él? Deja eso —que aunque has de saberlo, no soy yo del que has de saberlo, si ya no es que sin mi voz te lo diga mi silencio— y dime, ¡ay Dios!, dónde queda mi padre. Él quiso, resuelto, tras ti echarse; yo le tuve. Y ¿volvió a hablar con don Pedro? No, que don Pedro de allí faltó al instante, y el viejo llorando tras la justicia ir quiso; mas con el peso de años y penas, no pudo. ¡Calla, calla, que me has muerto! ¡No me hubieras muerto tú más a mí! ¿Qué ha sido eso? No es nada. No es sino mucho. Acá son mis sentimientos. Acá son mis mojicones duplicados. Y en efeto, ¿qué es lo que pensáis hacer? Que yo a todo estoy resuelto. No sé qué os diga, porque me importa estar encubierto por una parte, y por otra me importa ir a donde dejo pendiente el alma. (Es verdad, que allá en mi padre la tengo.) Y así, entre quedarme o irme, no sé a lo que me resuelvo. En cuanto a quedaros, yo, Félix, mi casa os ofrezco; pero no es nada segura si os importa estar secreto, porque es casa de posadas, cuyo tráfago es inmenso, y es fuerza salir y entrar criadas en este aposento; que aunque pudiera vivir en casa de algunos deudos, esto de mozo y soldado no se ajusta a los preceptos de concertadas familias; y así, aquí por mejor tengo vivir en mi libertad. En cuanto a iros, lo que puedo hacer es acompañaros. (¡Qué a mi pesar se lo ofrezco! Mas ¿cómo puedo excusarlo?) Ahora escoged vos. Habiendo riesgo en quedarme, don Juan, mejor es esotro riesgo: ir adonde más me importa acudir. Mirad, os ruego, la calle; que como salga seguro una vez de aquéllos que me siguieron, no es fácil encontrar con otros luego que me conozcan. La calle segura está. Pues doblemos la vuelta por esta esquina. Vanse. Salen don Pedro y Tristán. ¿Eso intentas? Eso intento. ¿Qué importa perder la vida, si dama y amigo pierdo? Y así, a buscar a don Juan agora a su casa vengo, con resolución de que, pues es el dichoso dueño de una ingrata, se declare, u de no querer hacerlo, se venga al campo conmigo; que no tiene lo mal hecho más disculpa que la enmienda del valor; y así, pretendo ver si en parte satisfago a quien en el todo ofendo, dando esta satisfación de que yo a Leonor no tengo. Él viene allí con don Félix. ¡Con don Félix! Pues dejemos espera al lance; quizá más bien informado, ha puesto la mira en el mayor blanco, y hasta llegar a saberlo, uno y otro no nos vean. Vanse. Salen don Juan, don Félix y Simón. (¿Cómo hicieran mis deseos que para ver a Leonor, sin que me estorbe el respeto del enojo de mi tío, me desocupara presto?) (¿Cómo hicieran mis pesares que me dejara? Que siendo fuerza buscar a mi padre, y hallarle en casa es más cierto, que lo sepa, no quisiera, porque buscándome luego, no entendiera mis desdichas.) (¿Qué será lo que suspensos van discurriendo los dos, que parecen suegro y yerno, que de una, dos y tres quejas jugando están mal contentos, cada uno para sí?) Sale Celio. (Que haya ya salido temo mi amo de casa. Mas él viene aquí.) Señor… ¿Qué hay, Celio? (Que de allí no me he quitado, y hasta aqueste instante mesmo no salió el viejo de casa. Ya puedes ir.) (A mal tiempo vienes; que no me es posible.) ¿Qué os obliga a hacer extremos? Es que tenía a un criado de posta a una calle puesto, a ver si un hombre salía de su casa, porque tengo de hablar en ella a una dama a ocasión que él no esté dentro; y por ir con vos, es fuerza la pierda o dilate, siendo así que me va la vida, por el más raro suceso de amor que jamás oiréis; porque habéis de saber… Pero eso es para más despacio. Id donde vais, y sea presto, porque en dejándoos a vos, pueda volver. Yo me huelgo de tener esa ocasión para pediros, más cuerdo que sin ella lo pidiera, que me dejéis solo, puesto que también me importa ir solo. Ya sé que ése es cumplimiento. No es, por Dios, sino verdad, y que andaba discurriendo cómo decíroslo yo. Y ansí, id con Dios. ¿Cómo puedo dejaros yo en…? Vos a mí no me dejáis; que yo os dejo a vos, pues yo os lo suplico. Mirad que estoy en empeño, que acetaré la licencia, si me aseguráis que es cierto que os importa. Pues me importa más que pensáis. Pues con eso, y con que sabéis mi casa, y que soy amigo vuestro, quedad con Dios. Él os guarde. (¡Ay, Leonor, cuánto deseo saber lo que tú y Violante esta noche habéis dispuesto, para acudir a tu amparo antes que a mi sentimiento!) Vanse don Juan y Celio. Dime, señor, por tu vida, ¿quién es este caballero? Es un grande amigo mío. Y se le luce por cierto, que da lindos mojicones a tus criados. Pues eso, sin conocerte, ¿qué importa? Importa el quejarme. Pero ¿para qué te apartas de él, si vais un camino mesmo? ¿Cómo? En nuestra calle han entrado. A que salgan de ella quiero esperar, porque no sepa que es mi casa donde vengo. Pues si has de esperar que salga, de espacio estás, que sospecho que es en ella la visita. Dime, pues, si no estoy ciego, ¿no entró en casa de Violante? Pienso que sí, a lo que pienso. Mientes, infame; de largo pasó. Claro está que miento. De largo pasó. ¿Hacia dónde fue donde echó? Hacia allá dentro. ¡Ay infelice de mí! ¡Decir que tenía puesto un criado que avisara cuándo (¡ahógueme mi aliento!) saliera un hombre (¡qué pena!) para hablar (¡qué sentimiento!) a una dama (¡qué dolor!) en un extraño suceso de amor (¡qué rabia!); en la casa de Violante entrar, y esto sobre lo que yo vi anoche…! Pues ¿qué aguardo? Pues ¿qué espero, que no voy? Mas ¿dónde he de ir? ¡Ay de mí! Sale don Fernando. ¡Oh, cuánto me huelgo, Félix, de haberte encontrado! Yo también, pero ya vengo… Tente, que no has de ir sin mí, dondequiera… (¡Hay tal encuentro!) …que vayas, porque no es quedar dudando y temiendo cuidado para dos veces; y puesto que, conociendo que me habías de buscar, ya que no quedabas preso, en casa estuve esperando, y de ella a salir me vuelvo por no estar entre mis ruinas, y es nuestro fin uno mesmo, no le hablemos en la calle; ven a casa. Ya yo vuelvo. Ya he dicho que tú sin mí no has de ir. Yo vendré presto. Entra en casa, por mi vida, porque hay mucho que pensemos del arrojo de Leonor y el recato de don Pedro: mira que tu honor te llama a cuidar de su remedio. Si mi honor me llama, vamos. (Adiós, agravios y celos, a nunca más ver; que pues os he dejado, no pienso volver jamás a buscaros; y para que en ningún tiempo me acusen de cobardía, que me hacen fuerza protesto las instancias de mi honor, y las lágrimas de un viejo.) Vanse los dos. Ve aquí dos cuartos a quien, sea ciego o no sea ciego, me diere la relación de lo que quiere ser esto. Ahora bien, solo he quedado; discursos, soliloquiemos, que nadie a un pícaro quita hablar con su pensamiento. ¿Qué será venir mi amo y querer volverse luego, llegar su padre a buscarle, y cerrados por de dentro, en cuchilladas pagar el hospedaje a don Pedro? ¿Qué será que la justicia llegase a tan lindo tiempo, y que se hallase un amigo, que, por igualar el peso de las alforjas, nos diese a mí cachetes y a él celos? ¿Qué será que el viejo ande tan solícito y suspenso tras él? Y ¿qué será…? Sale Inés tapada. ¡Ce! No prosiga ucé, la ruego, la suerte; que es mi azar esa letra. ¿Por qué? Porque temo que la ce pronuncie, y salga luego la de por encuentro. Concepto del baratillo, raído, remendado y viejo. Mas si le pongo la mano, yo le pondré como nuevo. ¿A mí, o al concepto? A entrambos. Pues yo, mujer, ¿qué te he hecho? ¿Qué más que ver a Isabel antes que a mí? ¡Vive el cielo, que es Inesilla! Pues ¿cómo (aquí entro yo), oh áspid fiero, cocodrilo o basilisco, o otro cualquier epiteto de sabandija del caso, fuera de casa te encuentro, descarriada? ¿No debes tú de saber, según eso, lo que hay en ella? No sé más de que agora a ella vengo. Pues sabrás… ¿Qué? …que Leonor no está en casa. Malo es eso. Mas no lo digas a nadie, porque se fue de secreto, y aun digo más, que se fue… ¿Cómo? …como un caballero se la llevó. Iden per iden. ¿Qué es iden per iden, necio? Quiero decir que irse ella, o llevársela, es lo mesmo. Mas dime, ¿cómo fue? Escucha. Hablan los dos, y sale Isabel al balcón. (De posta al balcón me han puesto, por si viene mi señor, mientras están discurriendo Leonor, Violante y don Juan lo que han de hacer. Mas ¿qué veo? Simoncillo a una tapada hablando está. ¿Cómo, ¡cielos!, se puede sufrir que quien no da diamantes, dé celos?) ¡Extraño caso! Yo apenas vi, Simón, el río revuelto, cuando no quise esperar a la cólera del viejo. (¡Sortija, y otra! Eso no. De ira y cólera reviento.) Y el venir ahora en la calle es a una cosa que tengo de fiar de ti, ya que te me ha deparado el cielo. ¿Qué es? Como huyendo salí, no saqué más que mi miedo. (Otra sin diamante, vaya; mas con diamante es desprecio.) Que aun este manto es prestado, y así vine con intento, si el viejo no estaba en casa, de ver si podía entrar dentro a sacar mi hatillo. Pues ¿qué quieres que haga? Oye atento:… (Si me la hubiera dejado, aun fuera el agravio menos.) …mi arca está en su cuarto; que Leonor en él, por más fresco, en ausencia de su hermano, ha vivido. Ya te entiendo. ¿Querrás que yo te abra el arca y te saque lo que hay dentro? Sí. ¿No es mejor, pues los amos están de ese cuarto lejos, hablando a puerta cerrada, que entres tú? Que yo no quiero que después te falte algo. ¡Ah, picarón, ya te entiendo! Pero vamos, pues en fin soy quien soy, y nada temo; que conmigo va mi honor. (Aunque más a Isabel quiero que a Inés, no es malo inesearme, mientras no me isabeleo.) Vanse. ¿Qué es aquello de «mi honor va conmigo»? ¿Esto consiento? ¿Diamante, y otra a mis ojos? dentro ¡Isabel! Llamó a buen tiempo mi ama, que de aquí me echara, a no estar tan hondo el suelo; mas yo tomaré venganza de ambos, tan a sangre y fuego, que digan todos al verla: «¡parece que somos griegos!» Quítase de la ventana, y salen por abajo don Juan, Violante y Leonor. dentro ¡Isabel! [dentro] ¡Ya voy, señora! [Sale Isabel.] ¿A qué la llamas, si viendo está si viene tu padre? A que abra; que no quiero, estando aquí con don Juan, oírle más atrevimientos. ¿Qué atrevimiento es decir que a todo trance resuelto, pondré mil veces la vida por asegurar el riesgo de Leonor, y que ella elija —pues no puede durar esto de tenerla tú escondida, sin que lleguen a saberlo tu padre y la vecindad— más a su gusto el convento que quisiere? Porque en cuanto a que casarme es el medio más digno, y el que yo más deseo, estimo, busco y precio, no ha de ser —Leonor, perdona— sin asegurar primero qué ocasión tuvo otro amante para tanto atrevimiento como romper una puerta dentro de su casa. Y esto tú me lo has de agradecer, si me quieres. ¿Fuera bueno para deudo y para esposo, quien fuera menos atento? ¿Tan poco duelo, don Juan, tengo yo, que hablara en ello, a no constarme ver que es su amor su aborrecimiento? Si a ti te consta, a mí no. ¿Y tengo tan poco duelo yo, que si diera licencia a otro para aquel despecho, te la hubiera dado a ti, don Juan, para este desprecio? No es desprecio la atención. Bien sabe amor que en mi pecho idolatrada, Leonor, vives, con tan grande extremo que comprara la disculpa a no menos grande precio que la vida; y para que no mal mirada tratemos materia tan peligrosa sin el decoro y respeto que debo a quien más adoro, y que guardo a quien más debo; Leonor, mi vida y mi alma tuya es, de todo eres dueño; sólo mi temor es mío. Satisfáganse mis celos, y entonces podré ser tuyo; porque en lazo tan estrecho, no es bien entrar tropezando, para no salir cayendo. Vase. Oye, aguarda, escucha, espera… Más veloz parte que el viento. ¿Cerraste la puerta? Sí. Y agora pedirte quiero, señora, que una merced me hagas. Di, yo te la ofrezco. Una ama que antes serví me debe algunos dineros. Quisiera ir allá, porque sé que ahora los tiene, y pierdo ocasión para cobrarlos. Ve, pues, como vengas presto. Al punto vendré. (Por vida de cuantos hay, que los tengo de poner… Ello dirá. Sólo ahora una cosa temo, y es que mi ama me conozca, si de aquí me ve. Mas eso, con disfrazarme, tendrá facilísimo remedio.) Vase. ¡Ay infelice de mí! ¡Qué cierto, amiga, qué cierto es que finezas y agravios son áspides encubiertos que engañan con la hermosura y matan con el veneno! No te digo que no llores, porque quitarte no puedo armas que contra el dolor nos dio, en último remedio, nuestro ser; sólo te digo que a pesar del sentimiento ensanches el corazón, porque tenemos un cielo tan piadoso, que no envía el daño sin el remedio. ¿Tú de la infeliz fortuna —sea acaso o sea misterio— derrotada, no tomaste en estos umbrales puerto? ¿Tú de mí no te has valido, y dueño de tu suceso, de tu fama y de tu vida no soy? Sí. Pues cobra aliento, que yo sacaré tu honor de los turbados reflejos que le empeñaron la luz a tu verdad, tan exento, que la altivez de don Juan vuelva a ti con rendimientos, y la queja de tu padre en más apretado aumento. Déjame besar tu mano. No tienes que agradecerlo, que aunque te lo ofrezco a ti, no eres tú a quien yo lo ofrezco. Pues dime, ¿a quién? A tu hermano; y aun él no es, según lo advierto, sino a mí misma no más por mí misma, porque siendo Félix mi amante, no fuera posible que mis afectos le miraran con cariño, si le miraran temiendo que había defecto en su fama, sin cuidar yo del defecto; aunque con lo que le obligo, él presuma que le ofendo. ¿A quien yo estimo, ha de haber quien desestime, creyendo que padece su opinión? ¿A quien yo he dicho que quiero, ha de haber quien le mormure? ¿A quien miro como dueño, ha de ver como ofendido la ojeriza o sobreceño de la malicia? Eso no. Y añade, Violante, a eso, en sabiendo el mismo agravio, que aun es más deslucimiento. ¿Cómo? Como con mi padre le he visto entrar descubierto en casa. ¡En casa está Félix! Sí. ¿Qué dices? Lo que es cierto. ¿Tú le viste? Yo le vi desde aquesa reja, a tiempo que tú de espaldas hablabas con tu primo. Pues ¿qué espero —si sobre el lance de anoche tan cerca agora le tengo— que a cumplirle la palabra no voy, de que sus recelos tengo de satisfacer con todos cuantos extremos pueda la fe de mi amor? Haber dado a Isabel, siento, licencia; pero con otra criada iré. ¡Ay de mí!, que temo, si a verle vas, que peligre entre el cariño el secreto, que nunca fueron amigos amor, mujer y silencio. No lo temas, porque cuando no fuera porque lo ofrezco, porque él no se vengue, no lo dijera. Pues ¿no es eso contra el concepto pasado? No, sino el mismo concepto; pues ni el ser yo tan tu amiga, ni el ser tu hermano mi dueño, ni el haberte por mi puerta entrado a valer del riesgo, me pone en la obligación que mi desvanecimiento, al presumir que por mí ha de quedar satisfecho tu honor, don Félix seguro, don Juan casado, contento tu padre, cuando por mí, en los archivos del tiempo, también hay duelo en las damas quede al mundo por proverbio. Vanse, y salen Inés y Simón. Pues ya en el cuarto te ves, cinco palabras, sin que abras tu boca, oye. ¿Qué palabras? Un poco te quiero, Inés. ¿Qué es eso que considero en tu mano, tan brillante? No es nada, sino un diamante. ¡Ay, Simón, lo que te quiero! Eso, Inés, no me hace a mí novedad, que ha muchos días que sé lo que tú querías. Desde el punto que te vi… (Con sortija…) …te adoré, sino que me dio temor, que a Isabel tienes amor. Sale Isabel. (¡A buena ocasión llegué!) ¿Yo a Isabel? Hate engañado tu vil sospecha cruel, que si yo quiero a Isabel, no ha sido de enamorado, sino por ver la fineza con que la gran mentecata… (¡Hónrete Dios!) …cuida y trata de mi regalo y limpieza. ¡Si la vieras cada día acudir a la persona con camisa o con valona, o con otra niñería bocólica, que por yerro fingir suele el servil trato que se lo ha comido el gato, y es que se lo comió el perro, sin que por eso jamás me viese alegre la cara…! (¡Quién, ladrón, te la cortara!) Pues ¿por qué? Porque sabrás, si la verdad te confieso, que sobre ser una loca, la güele muy mal la boca. ¡Cuando pido será eso mucho más que cuando doy; que uno y otro es gran mentira! ¡Que se ha soltado La Ira del auto del Corpus hoy! ¡Picaño, infame, atrevido, tú y Inés sabréis aquí cómo se ha de hablar de mí! Ve aquí que lo hemos sabido. ¿Qué hay para eso? Que los dos muráis. ¡Para mí cuchillo! ¡Chinela a mí! Dentro don Félix. ¡Simoncillo! Peor es esto, ¡vive Dios! Mi amo entra acá. Si me ve, cierto es que me ha de matar. Y a mí me ha de preguntar lo de anoche lo que fue, y yo no lo he de decir. Pues si ocultaros queréis, en esta cuadra podéis. Suspendamos el reñir para mejor ocasión, y hasta que de aquí salgamos, desta banda nos hagamos. Dices bien. Presto. [Escóndense, y] sale don Félix. Simón, salte allá fuera, y no digas a nadie que estoy aquí. ¿Solo te has de quedar? Sí. (¡Ay, honor, a lo que obligas!) Solo me quiero quedar, mientras mi padre escribiendo está, que a solas pretendo que me mate mi pesar. Pues, solo aquí, ¿qué has de hacer? Llorar, Simón, y sentir, sin que lo pueda decir a nadie. No puede ser. ¿Por qué? Porque mi lealtad solo no puede dejarte, aunque quiera, en esta parte. Dices bien, que soledad de un triste, ya es compañía. ¿No te vas? Sabe primero que aquí no estás bien. No quiero oírte. ¿Por qué? ¡Qué porfía tan necia! Corre de aquí muy mal aire. ¿Quién se entró en aqueste cuarto? Sale Violante tapada. Yo. ¿Vos en esta casa? Sí. (¡Buena hacienda habemos hecho, si llega a ver encerrada cada cual a su criada!) (La voz se ha helado en el pecho.) Si a ver venís a mi hermana, que a otra cosa no vendréis, la visita errado habéis, porque desde esta mañana no está en casa; que sabiendo que una deuda (¡fuerte estrella!) mala está, a estarse con ella fue unos días. Ya os entiendo. ¿Qué hay que entender aquí? (¡Ay Dios!) Que con eso habéis querido daros por desentendido de que es la visita a vos. Yerro es ése. ¿Cómo así? No sé; pero mal haréis, si la visita debéis a otro, en pagármela a mí. (Mas volved atrás, extremos; no despeñándonos vamos.) al paño (En grande peligro estamos.) al paño (Lo que hemos de hacer pensemos.) La visita que miráis, no a vos vengo a hacerla yo porque os la deba, sino porque vos me la debáis. Y esotra que presumís, bien podéis imaginar que jamás la he de pagar. Si es que a decirme venís que mis ojos me han mentido y mis oídos burlado, ya yo estoy desengañado; y así solamente os pido me hagáis merced de quitarme la ocasión de hablar en esto, que estoy a callar dispuesto; y aunque sé que ha de matarme tener cerrados los labios, dad licencia a mis pasiones que huyan las satisfaciones, pues huyeron los agravios. Esperad; que cuando yo la visita a haceros vengo, sin conseguirla no tengo de dejaros. Cuando no hay queja de parte mía, haber en la cuestión nuestra satisfación de la vuestra, ociosa cosa sería. Sea ociosa o no sea ociosa, sabed que no ofende quien busca. Yo lo creo; está bien. Pero vamos a otra cosa. ¿Qué es? (Qué decirla no sé.) (¿Atreveráste a esto?) (Sí, que yo, por salir de aquí, cualquier cosa intentaré.) Yo tengo un pesar, Violante, tan grande que no me deja aliento para la queja; y así agora no os espante de que me falte también para la satisfación. Perdonad a mi pasión que a lo que me está tan bien no dé oídos. Algún día, que mis desdichas sabréis, quizá me agradeceréis no deciros la voz mía que para qué me buscáis, después que yo anoche oí lo que oí, y vi lo que vi hoy. Pues vi que a don Juan dais licencia de que esperara a que vuestro padre hubiera salido, para que fuera donde en el lance os hablara de su amor;… y no prosigo, porque errando estilo y modo, vendré quizá a decir todo lo que digo que no digo. Pues ya que vos, sin decir, decís lo que no queréis, escuchadme, porque habéis de oír ahora sin oír. Félix, mis obligaciones me ponen en ocasión… Salen las 2 criadas, tapadas, y se van. ¡Decidme luego que son mentiras vuestras traiciones! ¡Mujer! ¿Quién eres? Tras ella no habéis de ir,… ¡Soltad! …que aquí no es justo dejarme a mí, y satisfacerla a ella. (¡Extraña resolución!) No quiero más de saber quién es aquella mujer. ¡Qué necia satisfación! Con ella escondida, ¿no sabéis quién es? No. En verdad que es poca curiosidad. Violante mía, si yo sé quién es… Cerrad el labio, que no quiero… (¡Lindo aliño!) …que el oíros un cariño tenga de costa un agravio. ¡Agora, «Violante mía»! Decís bien; que ni aun agora debiera un alma que llora tan infeliz, tan impía suerte, haberlo pronunciado. (¡Arrebatóme, ay honor, el dolor deste dolor!) Pues si de eso os ha pesado, fácil enmienda ha tenido. Haced vos cuenta de que no lo dijisteis; yo haré cuenta de que no lo he oído; y con aquesto los dos volvámonos a quedar bien: vos con vuestro pesar, y yo con mi agravio. Adiós. Espera, Violante, y deja que acuda a tu desengaño, que no quiero que un engaño me eche a perder una queja. ¡Simón! (Agora entro yo.) ¿Quién es aquella mujer? ¿Posible es que a conocer quién es no llegaste? No. Pues Laura, señor, sabiendo que a Madrid habías venido, con aquel amor rendido que siempre te está queriendo, vino a verte. ¿A verme a mí? ¡No, sino a mí! Pues ¿por qué se escondió? Fue a tiempo que mi amo andaba por aquí, y para que no la viera, en esa cuadra esperando estaba. Pues ¿cómo, cuando yo llegué, no salió fuera, ni tú a mí me lo dijiste? Ya yo te lo iba a decir, y no lo quisiste oír. ¿Acuérdaste lo que hiciste, sobre no dejarme hablar? Entró en aquesta ocasión Violante, ecétera. ¿Son éstas… ¡Máteme el pesar! …todas las satisfaciones que tenéis que darme? Sí, pues venirme a ver a mí, movida de sus pasiones, no es tener la culpa yo. Sí es; pero es tener la culpa de querer que esa disculpa me satisfaga. Pues ¿no es bastante no saber yo que ella estuviera aquí? Sí por cierto, y siendo ansí que yo no puedo tener queja —pues en sus acciones decir con resolución: «Decidme luego que son mentiras vuestras traiciones», no da a entender haya sido, en razón de mi pasión, alguna satisfación de que mi amor es olvido, o es desprecio, o es desdén, o es agravio, o lo que vos le habréis dicho— adiós, adiós. Espera, Violante, ten; mira que es muy imperioso poder el que ha pretendido… ¿Qué? …que ruegue un ofendido, y desenoje un celoso. Yo no he dado… Está muy bien. …causas que tu agravio apoyen. Mis oídos, que lo oyen, y mis ojos, que lo ven, mienten; vos sólo decís verdad. ¡Al cielo pluguiera que aun aquésa no lo fuera! Soltad. Mirad que venís a satisfacer, y no es bien volveros sin que consigáis el fin a que venís. Desaire es que yo perdonaré agradecida; que es cosa muy rigurosa que desenoje quejosa, ni satisfaga ofendida. Pues sabed que si porfiáis… Decid. …que os dejaré ir. Idos, que no he de sufrir que vos de un agravio hagáis tanto duelo, y que de dos no haya yo de hacer ninguno. Es más declarado el uno. Quedad con Dios. Id con Dios. Mirad que a satisfaceros no he de volver. No volváis, supuesto que me dejáis con mis agravios primeros. Yo he visto una dama aquí. Allá vi un amante yo. Ése a mí no me buscó. Ni a esotra yo; y si es así, ¿a quién buscó ése? No sé, que es sagrado a que no toco. ¿Quién trujo a estotra? Tampoco lo sé yo. Ved que me iré sin saberlo. Mirad vos que sin sabello también me quedaré yo. Está bien. Quedad con Dios. Vase. Id con Dios. ¿Fuese? No… Sí. ¡Oh, injusta estrella! Pide licencia al dolor que paso, y perdona, honor; porque tengo de ir tras ella. Vase. La cizaña que derrama Isabel no es nueva, pues la primera moza no es que da celos a su ama. [Vase.] Sale Isabel. ¡Grande ventura ha sido, si mi ama talle o voz no ha conocido, a casa haber llegado, y antes que venga, haberme desnudado del disfraz que llevaba! Digo que fue —no es alabarme— brava resolución la mía; porque allí me estuviera todo el día, a riesgo que me vieran ella y don Félix, con que no tuvieran disculpa mis desvelos. ¿Quién dio celos jamás, yendo por celos, sino yo? [Sale Leonor.] ¡Oh Isabel, seas bien venida! (De todo me he de hacer desentendida.) ¿Adónde está, bella Leonor, mi ama? Fuera de casa fue; su honor la llama, porque yo estoy muy cierta que Laura… Mas ¿no llaman a la puerta? Sí. [Sale Violante con manto.] (¡Mi honor y fama este falso, este aleve, este homicida pone en tal riesgo! ¡Acábese mi vida!) ¡Ay, Leonor! ¡Ay, amiga, que estoy muerta! ¿Qué traes, Violante? Ponte en esa puerta [A Isabel.] para advertir de Félix en la casa. Oye, que he de contarte lo que pasa. Yendo a satisfacerle de un cuidado que un yerro le causó tan mal fundado, como las dos sabéis (¡Fiero tormento! ¡No sé cómo he tenido sufrimiento!), de una cuadra salió con su criada Laura, quien, muy desenfadada… ¡Traidor aleve! ¿Mis obligaciones pagas así? ¡Ya he visto tus traiciones! Y tú, ¿qué hiciste? Sólo tenerle a él, porque el (¡ay triste!) desaire no me hiciera de irse tras ella. ¿Hay desvergüenza igual? Si allí estuviera, no sé lo que me hiciera. Mas, señora, ¿no es él? Don Félix viene. Ve, Isabel, tú a abrir; tú, a retirarte. Pues toma, aquese manto es bien llevarte, porque mi señor no le vea, y que mi ama ha salido fuera crea. ¿Cuándo saldré de aquesta prisión, cielos? Que hasta hoy no vi la cara de los celos. Vase. Sale don Félix. ¿Está en casa tu señor? No. Pues que entre, Isabel, deja, a hablar a Violante. ¿Agora te vienes con esa flema, después de haberla enviado de agravios y celos muerta? Déjame tú. ¿Con quién, di, hablando estás a la puerta, Isabel? ¿Quién llamó? Yo. ¡Don Félix! Pues ¿tan apriesa pagáis las visitas? Pero bien hacéis, y no me pesa de ver que en algo tengáis conmigo correspondencia. Siempre, Violante, la tuve yo con vos, y siempre buena. (Déjame, honor, un instante, pues ya te pedí licencia.) A darme satisfaciones fuiste; sólo entendí de ellas que las tienes, no las guardes; si las guardas, no las pierdas. Duélete de mí, Violante, y de lástima siquiera dime algo, aunque sea mentira; que cualquier cosa que sea, antes que tú me la digas, doy palabra de creerla. Aunque de mis quejas, Félix, yo no viva satisfecha, y tenga muchas razones para pensar que son ciertas, quiero seguir tus motivos, y para dejar exenta mi razón, vencer la tuya. Don Juan, aquél que a la reja llamó anoche, y a mi casa vino hoy, mi primo es. Si aun ésta no es satisfación, don Félix —que en la corte es cosa cierta haber tramposos amores que se mantienen de deudas—, a lo que viene, es… (¡Ay triste, [al paño] si mis sucesos le cuenta!) …a que mi padre… ¡Señora! Mi señor a casa llega. Sin duda era dicha mía la que decirme deseas, pues viene quien la embarace. Ya sube por la escalera. Pues en aqueste aposento me entraré. (Si entra, soy muerta.) ¿Cómo es esto? ¡Vive Dios, que por de dentro la puerta han cerrado! (¡Ay de mí, cielos!) He de abrirla. Considera que viene, Félix, mi padre. Mas que todo el mundo venga; que ya, perdido lo más, no importa que esto se pierda. No has de entrar. Tengo de entrar, si dos mil vidas me cuesta. Si pierdo dos mil, no has de entrar. Sale don Alonso. ¿Qué voces son éstas, «he de entrar», y «no has de entrar»? (Perdido estoy.) (Yo estoy muerta.) ¿Qué es esto? Pues ¿vos, don Félix, en mi casa, con tan ciega resolución? ¿Tú, Violante, tan loca y tan desatenta? ¿Qué es esto?, digo otra vez. (¿Quién vio confusión como ésta? Si digo lo que es, descubro que Leonor está encubierta, y la descubro a su hermano; si lo callo, es cosa cierta que mi padre, ¡ay de mí, triste!, algo de mi amor entienda; si finjo algo, que es don Juan, pensar don Félix, es fuerza; pues ¿cómo satisfaré, dejándola libre a ella, a don Félix y a mi padre?) ¿Ninguno me da respuesta? Yo te lo diré, señor. (¿Qué es lo que decirle intenta?) Tapada aquí con el manto (¡Oh, quiera amor que me entienda Leonor, y que se le ponga, pues en la mano le lleva!) una dama entró, señor, diciéndome «Yo soy muerta», a ampararse de mí; y yo, claro está, a su riesgo atenta, la cerré en ese aposento, cuando don Félix tras ella entró, diciendo que había de matarla. Yo, resuelta a estorbar una desdicha dentro de mi casa mesma, y más con la obligación de quien se ha amparado de ella, le pedí que se tuviese; él, con la cólera ciega, «He de entrar» dijo; «No habéis de entrar», respondí soberbia, que es lo mismo que tú oíste; y para que aquesto veas que es ansí, salid, señora. (Si ella a estas horas no hubiera puéstose el manto, ¡por Dios, que había hecho linda hacienda!) Leonor con manto. [A D. Alonso.] Tenle tú, mientras que sale. (Vete, amiga, y da la vuelta.) (Muerta voy; pero alentemos la disculpa.) Para ésta. Vase. Por cierto, señor don Félix, haberos visto me pesa tan ciego. Pues ¿qué ocasión a un caballero destempla, a querer poner las manos en mujer? ¿Vos tal bajeza? Señor, la cólera… No, no os disculpéis; no tras ella vais. No le dejes salir tú, Violante, hasta que vuelva yo; que hasta quedar segura, no es bien de vista la pierda, ya que la valió el sagrado de mi casa. Vase. Considera en qué se fundan tus celos. Todos son desta manera; pues ¿quién es esta mujer, para recatarme el vella? Pues ¡qué!, ¿no la has conocido? Laura es, que estaba a mi puerta esperándome, don Félix, para pedirme muy tierna, con lágrimas, que te olvide; porque la tienes a ella obligaciones a que no es posible que tú vuelvas el rostro. ¿Yo obligaciones? Así me lo dijo ella. ¡Vive Dios, que he de buscarla, y hacer…! Si alguna fineza he de deberte, palabra me da… ¿De qué? …de no verla. Mucho me pides, Violante, pero por mucho que sea, lo haré, no tanto por ti, como… Di. …porque otra pena no me acuse que entre celos y amor me he olvidado de ella. ¿Qué pena? No he de decirla. Ni yo quiero ya saberla. Y vete, porque mi padre no te halle aquí cuando vuelva. Yo me iré; pero, Violante, ¿en qué mis desdichas quedan? En mí, que quiero, y no ofendo. En mí, que quiero, aunque ofendas. ¡Ay, amor, lo que me debes! ¡Ay, amor, lo que me cuestas! Jornada Tercera Salen Leonor con manto y Violante sin él. Esto ha de ser. No ha de ser. ¿Cómo quieres tú que, expuesta cada instante a nuevo riesgo, jugada la vida tenga? Don Juan, de honrado u de tibio, no se resuelve a que sea nuestro casamiento quien ponga a mi desdicha enmienda. Mi hermano, celoso de él, según yo he visto y tú cuentas, anda en sus alcances; y esto contra ti o contra mí es fuerza que resulte; que no siempre ha de haber una cautela como la de aqueste manto, que a él y a don Alonso pueda asegurar. Fuera desto, tú padeces la sospecha de mi amor, y no es razón que por mí disgusto tengas, que un día u otro ha de obligarte a que, por salvar tu ofensa, hayas de decir la mía; y así, en irme estoy resuelta, donde de un vivo cadáver sepultura sea una celda. Acabe todo conmigo, o yo con todo. Licencia me da; que a aquesto no más he dado, amiga, la vuelta, ya que me hallaba en la calle de aqueste manto cubierta. Sólo te pido que digas a don Juan que si desea hallarme, cuando le informe el cielo de mi inocencia, me busque, ya él sabe dónde, pues sabe dónde a unas deudas suelo visitar. Los brazos me da, y adiós. Oye, espera; que pues no me has entendido, Leonor, lo que en mil diversas ocasiones dije, aquí será el repetirlo fuerza. Yo te he dado la palabra de ampararte, y si perdiera mil veces por ti la vida, mil veces estoy dispuesta, Leonor, a perderla, que esto no es porque me lo agradezcas —también lo he dicho—, pues es, si de mi duelo te acuerdas, por el honor de tu hermano, porque a mí sola me deba, ya que me debe el cariño, que su opinión no se pierda. ¡Vive Dios, que de mi casa, ya que se entró por sus puertas de mí a valerse su honor, no ha de salir, sin que sea con todas cuantas mejoras fuere posible que tenga! Pues ¿qué medios para eso tenemos? Escucha atenta. Don Juan aquí no nos oye; no el ser deudo mío va fuera de camino; tú no tienes a su acusación respuesta —pues no es fácil que don Pedro intente satisfacerla— más que rogar y llorar. Pues llora, Leonor, y ruega; que una mujer principal que una vez a verse llega ya declarada, no hay cosa que no le esté bien hacerla. Antes que se empeñe, mire lo que hace; empeñada, atienda a que es nuestra voluntad una prisión tan estrecha que tenemos homenaje jurado de no romperla. Valgámonos de las armas que nos dio naturaleza: lágrimas y sentimientos, suspiros, ansias y quejas, en tanto que otro camino descubre el cielo en que puedas satisfacer a don Juan; y cuando no valgan estas primeras instancias blandas, nos valdremos de la fuerza; que yo, por Félix, no habrá cosa a que no me resuelva, aunque sea a que le mate. Detén, Violante, la lengua; que ese intrincado camino que hay del llanto a la violencia, amor mal o tarde o nunca le supo pisar la senda. Mas ¿qué me aconsejas que haga? Mi padre ha salido fuera; y así, escríbele a don Juan que a verte esta noche venga; y llórale tu desdicha, laméntale tu inocencia, y déjale a tu verdad que ella misma por sí vuelva; que si lágrimas mentidas suelen tener mucha fuerza, lágrimas sobre verdades, ¿qué pecho habrá que no venzan? Temo que, aunque yo le escriba, don Juan a verme no venga, según la resolución con que de las dos se ausenta. Pues ten esa razón más. Agora otro temor resta: ¿qué hemos de hacer de mi hermano, si ve que sale o que entra? Yo aseguraré a tu hermano. ¿Cómo? De aquesta manera: él está de mí celoso, y yo empeñada en que tengan sus celos satisfaciones. Éstas hoy no puede haberlas en más que mirarme fina todo el tiempo que no pueda declararme más; y añado a esto que también es fuerza estarlo yo, pues que vi a Laura en su casa mesma. Pues con estas dos razones, y otra que el alma reserva para sí —por no decir que Félix, a tanta pena postrado, aun en sus despechos tiene no sé qué vergüenza, que yo entiendo, aunque él la calla—, ¿quién culpará que me atreva —con lástima sobre celos, o sobre amor conveniencia—, no estando mi padre en casa, a pasar, cuando anochezca, a la suya? Con que tú bien asegurada quedas de que él acá no vendrá, como yo allá le detenga. Y a tu padre ¿qué diremos, si cuando viene estás fuera? Que estoy en una visita, con que no es objeción ésa. Pues yo escribiré un papel, encareciendo cuán llena de pesares podrá ser hallarme a sus manos muerta. Vase. ¡Isabel! Sale Isabel. ¿Qué es lo que mandas? Ponte el manto y aquí espera, que has de llevar a don Juan luego un papel. (¿Quién creyera que una ofensa facilite para curar otra ofensa?) Vase. (Eso tiene para mí mil y tantas conveniencias; ponerme el manto es la una, que no hay moza que no tenga pacto implícito de manto; la dos, para salir fuera; la tres, sin ama; y la cuatro, a llevar papel, que es fuerza que tenga porte; la cinco, cuando más porte no tenga, hacer una buena obra; y tener lugar, la sexta, para ver a Simoncillo a la ida o a la vuelta, y echar verbos desta boca, para que el infame vea si me huele o no me huele; la siete… pero ya cierra Leonor el papel. Aquí queda esto; haya buena cuenta, que ya poquititas faltan hasta las mil y quinientas.) Sale Leonor. Toma, Isabel, y a don Juan volando este papel lleva, y ven presto, por tu vida. Vase. Tú verás mi diligencia. Santiguo el papel, y salgo con pie derecho. Con estas dos prevenciones, jamás me sucedió cosa buena. Sepamos, ya que en la calle estoy de paticas puesta, ¿dónde debe una criada acudir con más presteza? ¿Adónde su ama la envía, u adónde su amor la lleva? Mas ¡qué frialdad de pregunta! Déla calor la respuesta, yendo a ver a Simoncillo. En el umbral de su puerta está; yo quiero pasar disimulando. Sale Simoncillo. (¡Que ni alcance yo ni entienda los secretos de mis amos!) ¡Ce, mi reina! ¡Ce, mi reina! ¿Es a mí? No, sino a usted. Y bien, ¿qué manda? Que sepa que tiene en mí un escudero, y que si me da licencia, habrá hipocrás y castañas. ¡Sin verme! La gracia es ésa; porque como usted sea otra, el no haberla visto es verla. No me siga, porque soy amiga de amigas. Tenga, que me ha tocado en el alma. ¿A quién conoce por prenda de la persona? A Isabel. ¡Isabel! ¡Buena pobreta si no tuviera una falta! ¿Cómo qué cosa? Que es tuerta. Yo la he visto con dos ojos. Es de vidro el uno. ¡Tenga! Que aun por eso usté engastada trae en oro esa centella de vidro. ¿Fue desperdicio de alguno que se le quiebra a esa mi señora doña Licenciada Vidriera? Mujer, ¿qué dices? Que éste es diamante. ¡Buena es ésa! ¿Diamante ucé? Yo diamante, tan duro como una piedra. A ver. ¿A ver y no más? Vesle aquí. Porque no sea a ver no más, a más ver. Mujer, tente. ¡Infame, suelta! Que ya que soy tuerta, tengo de hacer que andes tú a derechas. (¡Vive Dios, que es Isabel!) Calla, boba; calla, necia, que a no haberte conocido… Ésa es disculpa muy vieja, y no quiero más venganza de todas tus desvergüenzas que dejarte. No es dejarme dejarme desta manera, sino llevarme tras ti arrastrando. (Ver quisiera sale si sacó Simón mi arca. Mas ¿qué miro?) (¿No es aquélla Inés? Sí. Para escaparme, me viene bien la deshecha.) Ya le he dicho que me deje, y en su vida no me vea, que es Inés amiga mía. No quiero cuentos con ella. ¿Qué tiene que ver aquí con mi sortija la puerca de Inés? Hable bien, si sabe. (¡Cayóse la casa a cuestas!) Amiga mía, a buen tiempo has venido, donde sepas que yo no te quiero dar disgusto; y porque lo veas, haz que no venga tras mí. [Vase.] ¡Isabel! No has de ir tras ella. Mira que me lleva el alma. ¡Hay tan grande desvergüenza! ¡En mi cara! Ésa es la mía. Ten la mano, que se lleva ella el diamante, y parece que le traes tú, según pegas. Téngase; no porque quiero yo a nadie que otra desprecia, sino para que me dé de mis alhajas la cuenta. En dándola de las mías. Mas ¡ay, que mis amos llegan! ¡Quieran los cielos que no me conozcan! [Vase.] ¡Buena hacienda he hecho! Por esto no puede quien de galante se precia, tener dos damas no más, porque a una vez que se encuentran, queda un hombre celibato. Sale don Fernando y don Félix. (Ya me vio mi amo, y es fuerza no seguirlas. ¡Quiera el cielo que lo que tratan entienda, para que con lo demás también el juicio no pierda!) ¿De dónde vienes? No sé. Dime, Félix, por consuelo de mis canas —así el cielo más ventura a entrambos dé—, si vienes de haber buscado a don Pedro. Sí, señor; mas como amigo traidor, se ha escondido y se ha ocultado de suerte que, desde ayer, que de la justicia huyendo le dejé, aunque más pretendo hallarle, no puede ser de efecto mi diligencia, porque no parece. ¡Ay, triste! ¡Qué mal en buscarle hiciste! ¿Por qué? Porque de su ausencia resulta otra pena mía. ¿Qué es? Retírate de aquí. Pues ¿yo puedo estorbar? Sí. Allí, Simón, te desvía. (¿De cuándo acá han estorbado en los bienes ni en los males los lacayos principales? ¿De cuándo acá se ha guardado de ellos secreto?) No digas más, que esa sospecha ya tan dentro del alma está, que no hay para qué prosigas; porque el haber otro allí con quien don Pedro riñera, y bajar por la escalera solo, bien muestra, ¡ay de mí!, que otro fue quien la ocultó; porque don Pedro, ni hiciera desdén de Leonor, ni huyera el rostro al lance, si no le obligaran a callar sus mismas obligaciones. Y aun con eso mis pasiones de un pesar a otro pesar pasan. ¡Qué infeliz sería mi desdicha, si no fuera hombre que sacar pudiera la cara, el que, ay Leonor mía, el que…! Calla, que no puedo permitir que tan sagradas materias hagan, tratadas, que las perdamos el miedo. Ni aun nosotros las habemos de hablar, por solos que estamos. Pues si basta que sintamos, sintamos, hijo, y callemos. Vase. Simón. ¿Puedo ya llegar? Agora sí. ¿Por qué no? Agora no quiero yo. ¡Qué loco! ¡Bueno es estar sufriéndote todo el año una y otra bobería, y apartarme sólo el día que puedo oír el desengaño de lo que tanto deseo! ¿Qué es? Saber en lo que andáis tú y tu padre. ¿Qué tratáis, que a todas horas os veo en secretillos? ¡Pluguiera al cielo que lo que son supieras menos, Simón! Que dicha de todos fuera… ¿Qué? …que sirviera el criado… ¿Cómo? …sordo, mudo y ciego. Sólo faltaba ser luego el amo el endemoniado. Mas no faltaba, que ya nos hizo el cielo justicia. No adelantes la malicia, que bien declarada está, sino, sin meterte en más de sólo lo que te mando, te vuelve a casa volando, y allá espera. ¿Dónde vas? A querer que lo supieras, fueras conmigo. Es razón de notable conclusión. Vase. Quien en sus locas quimeras pudiera hacer que su amor dentro del pecho viviera sin que el honor lo supiera, pudiera hacer que su honor, sin que el amor lo alcanzara, dentro del pecho también viviera; porque no es bien, si el estado se repara en que me tienen los dos, que los dos huéspedes sean de una alma, donde se vean tan ofendidos, ¡ay Dios!, que mal hallados e inquietos, me esté quitando la vida la siempre mal avenida familia de sus afectos. Lo que el honor quiere, impide amor; lo que amor desea, impide honor, porque sea mal que a ninguno se mide, el mal de mi frenesí; pues cuando entre ambos me veo, conmigo mismo peleo: defiéndame Dios de mí. Con faltar don Pedro, crece fiero un dolor a más fiero; mi padre llora, yo muero, y mi hermana no parece. Violante, cuando culpada me satisface, es de un modo que me lo asegura todo, u no me asegura nada. Si no voy tras mi cuidado sus disculpas a saber, es —como antes dije— ser infame de puro honrado. Si quiero ir tras él, tampoco me deja éste; antes me aflige más; con que es —como antes dije— ser de puro cuerdo, loco. De suerte que siendo ansí que huyo ambos, y ambos deseo, conmigo mismo peleo: defiéndame Dios de mí. Pero sea lo que fuere, a Violante no he de ver hasta, ¡ay, Dios!, satisfacer mi honor; que si acaso infiere algo de lo sucedido, no quiero en ningún estado que me vea enamorado, la que me viere ofendido. De un grande señor se nota que pruebas a un hijo hacía, y quiso matarle un día, porque le halló en la pelota. Yo así, con causa argüido seré, teniendo mi amor de las costumbres de honor el hábito detenido. Mas ¡ay de mí!, mal podrás, ¡oh amor!, ser a esta acción fiel. Salen don Pedro y Tristán. Allí está: dale el papel. ¿Dónde te hallaré? Detrás de esa esquina a esperar voy, y aunque él inquirirlo quiera, tú de ninguna manera le digas adónde estoy. (Empecemos, fiero engaño, mientras mi muerta esperanza no toma mejor venganza a sembrar el desengaño; que no es justo padecer, el rato que no me vengo, la culpa que yo no tengo.) Vase. (Esto en efeto ha de ser; esto ha de ser, si me cuesta mil vidas. Déjame, amor.) De don Pedro mi señor es éste, cuya respuesta podrás a casa enviar, que él por ella enviará allí. ¿Don Pedro me escribe? Sí. Pues ¿mejor no es esperar la respuesta vos? Sí haré. Mas no importará, pues no soy quien la ha de llevar yo adonde él está. ¿Por qué? Porque está fuera de aquí, sin saber yo dónde está; que un hombre que viene y va, aun no lo fía de mí. Con todo aqueso, esperad, sea verdad o no lo sea, a que yo su papel lea. (¿Qué será esta novedad? Lee «Dícenme que me buscáis, Félix. No en eso os canséis, que no quiero que me halléis mientras no os desengañáis de que no huyo de cobarde, sino de atento. En sabiendo que no soy yo el que os ofendo, yo os buscaré. Dios os guarde.» «En sabiendo que no soy yo el que os ofendo, yo os buscaré. Dios os guarde.» Mucho se va declarando con esta satisfación la pasada presunción. Lo que debo hacer, dudando estoy. Si a este criado obligo a que diga dónde está, y él calla, fuerza será darle muerte; no consigo nada, sino que de mí digan, muerto el criado, que por lo menos empecé mi venganza; y siendo así que don Pedro se ha ocultado para disculparse, fuera ruindad mía que yo hiciera prenda de él en un criado.) Decid al que os dio el papel que diga que le leí. Quedad con Dios. [Vase.] ¡Ay de mí! ¿Dónde, sospecha cruel, van a parar tus villanos, tus mal nacidos desvelos? ¿Quién será este hombre, cielos? Sale don Juan. Don Félix, bésoos las manos. Dios os guarde. Con cuidado vuestro lance me ha tenido. Y a mí el vuestro. Inadvertido fui en no haberos preguntado vuestra casa, donde fuera a buscaros. Guárdeos Dios. A la puerta don Pedro y Tristán. Tras él he de ir. Ya los dos juntos están. Pues espera que se aparten, porque quiero, haciendo a mi valor juez, declararme de una vez con aqueste caballero; y bien, matando o muriendo, ir la verdad descifrando; que no es bien que esté él gozando lo que yo estoy padeciendo. Y ya que la parte fui de la fuga de Leonor, lo he de ser en que su honor se restaure, porque así a don Félix satisfaga. Él lo debe de estar ya, pues con él hablando va tan amigo. Lo que haga, no sé; porque si eso fuera, y de medios se tratara, la boda se declarara, y Leonor a casa hubiera vuelto; y ya que el primer día me obligó esto a no buscarle,… Mas, pues se tarda, he de hablarle. De aquí, señor, te desvía; no llegue Félix a verte. No hará, que aqueste portal me esconderá. Tú, a su umbral, en sus acciones advierte, para avisarme. Mal yo podré verlas, cuando ya cerrando la noche va. Las personas, ¿por qué no podrás ver? Y cuando quede solo, avisa. Vanse. En fin, paró el riesgo en que hasta ahora no os buscaron más. Ni puede darme ya cuidado, puesto que mi padre ha conseguido el perdón. Ventura ha sido que el lance se haya dispuesto tan bien; ese fin el mío, ¡pluguiera al cielo tuviera! Pues ¿qué ha habido? (¡Oh, quién pudiera amarrar el albedrío a la razón! Pero ¿quién no hablar en su amor previene, si él a las manos se viene?) Que a mí no me va tan bien en mi amor. ¿Cómo? Escuchad, y el más nuevo empeño oiréis que oísteis nunca, y no culpéis de fácil mi voluntad, que aunque un secreto abandona, en buenas manos le dejo; porque después del consejo, me importa vuestra persona. Yo vine a Madrid, don Félix, y visitando en la casa de un deudo,… (Con buenas señas empieza.) …vi en ella… (¡Extraña confusión!) …una hermosura; no os encarezco cuán rara, cuán discreta y cuán airosa,… (Tampoco éstas son muy malas.) …que no es tiempo de pinturas; pues cuando la noche baja, y yo espero a que me llamen, no es bien gastar en palabras lo más precioso, y así, sólo digo vi una dama; que todo lo demás sobra, adonde esto sólo basta. (Corazón, bebe el veneno, y hasta el fin, sufre, oye y calla.) Empecé su galanteo con buena fortuna y mala: buena, pues fui no mal visto; mala, pues a poca instancia supe que otro la escribía, cuyos celos hoy son causa de no casarme con ella; pues a querer, cosa es clara, que lo estimara su padre,… (No va refiriendo nada que en Violante no convenga.) …y no porque me acobarda el festejo; que ya sé que son nublados que pasan levemente por el sol, las finezas cortesanas de públicos galanteos, que ni deslucen ni ajan esplendores, que antes más brillan entre nubes pardas, bien como cada día es la noche crisol del alba, sino porque a éste, ¡ay de mí!, quiere el cielo que se añadan cercanías de las nubes, con no sé qué circunstancia que he de consultar con vos; porque ya que voy a hablarla, llamado por un papel, informado, Félix, vaya de qué debo responderla, dando al casamiento larga, hasta un desengaño, a cuyo fin oíd todo lo que pasa, para que sobre mejor informe el consejo caiga. Y mirad que en vuestras manos pongo mi honor, vida y alma. Decid vos; que yo pensando estoy qué me toca que haga. Empecé su galanteo con buena fortuna y mala, y paseando los comunes lugares, papel, criada, reja y noche, girasol de puertas y de ventanas, a poca costa de penas, a poco gasto de ansias, merecí que de favores coronase mi esperanza, dándome, a riesgo del padre, en su mismo cuarto entrada una noche… (¡Ay infelice!) …para mí alegre y infausta, pues apenas… Sale Isabel. ¡Ce! ¿Es don Juan? Yo soy. Pues entra. ¿Qué aguardas? Eso no, porque primero… Yo os contaré lo que falta después. No os vais, y mirad que fío de vos la espalda. Vanse Isabel y don Juan. (¡Vive Dios, que con la puerta los dos me han dado en la cara; y sin quebrarme los ojos, pedazos me han hecho el alma!) [Sale don Pedro.] Don Juan fue el que entró, [A don Pedro.] y don Félix quedó. Pues atiende, y calla. (¿Qué he de hacer? Pero no es tiempo de consulta. Al suelo caiga, y piérdase de una vez, perdida Violante, hermana, padre, honor, hacienda y vida; todo es poco…) Dentro don Alonso. ¡Para, para! (Pero ¿qué escucho? La voz de su padre parar manda un coche, que hasta su puerta no llega, por una zanja que hay en la calle. ¡Ay de mí!, que su respeto acobarda mi resolución, en cuyo tiempo es bien reparo haga que me está haciendo el agravio quien me hizo la confianza. Impedirle yo la puerta a un hombre en su misma casa no es posible. ¿Qué he de hacer, cielos?) Salen don Alonso y otro. ¡Notable desgracia! Milagro ha sido no hacernos pedazos, y que, quebrada la carroza, habernos pueda vuelto a Madrid. Ya en mi casa quedo yo. Id a repararos vos a la vuestra. No es nada el golpe. Con todo eso… Pues perdonad que a que os abran no espere. Id con Dios. El cielo os guarde. Vase. Presto cerrada tiene Violante la puerta. (Ya llega.) ¡Cuánto me agrada su recato y su virtud! Isabel, una luz saca. [dentro] ¡Ay desdichada de mí, que es mi señor el que llama! (Por querer hacerlo todo, no me resuelvo a hacer nada.) ¿No abres? [dentro] Sí, señor. Sale con luz Isabel. ¿Adónde, Isabel, está tu ama, que habiendo en mí novedad, a recibirme no baja? Arriba está. (No me atrevo a decir que no está en casa, aunque Leonor y don Juan pudieran suplir su falta.) ¿Arriba, y llamando yo, no sale, y tú tan turbada? Alumbra. Ya alumbro. Ve, ve delante. (¡Suerte airada, nunca pisé mis umbrales con tan perezosas plantas!) [Vanse don Alonso e Isabel.] (¿Quién se habrá visto en el mundo en acciones tan contrarias? ¡Mi dama a riesgo por otro, y yo empeñado en que haya de amparar a quien me ofende, si acaso el padre le halla dentro! Y ya debe de estar sucedida la desgracia, pues ruido de espadas oigo.) [dentro] ¡Traidor, aunque la luz matas, a escuras sabré quitarte la vida a ti y a esa ingrata! Salen don Juan y Leonor. Abrí la puerta, y pues pude, cubriéndome con la capa, matar a Isabel la luz, y salirme sin que me hayan conocido, a Dios te queda. Espera, don Juan, aguarda; que quedo en peligro, pues no estando Violante en casa, es fuerza verme. Bien dices; y pues él a escuras anda, vente conmigo, que no es bien dejarte empeñada; que uno es reparar mis miedos, y otro reparar tus ansias. Guía, pues, ya que los cielos —por dos veces destinada a huir de mi casa y la ajena— quieren que contigo vaya. (Con mujer sale a la calle, si la noche no me engaña.) Al paño don Pedro y Tristán. ¿Haslo visto todo? Sí. Espera a ver en qué para. ¿Don Félix? (¡Don Félix dijo! Esto solo me faltaba.) ¿Qué es esto? Una pena; pero no es tiempo de hablar en nada, sino de acudir a todo. Ya sabéis que una posada donde vivo, no es decente para llevar a esta dama, en ocasión que es preciso ponerla en salvo y guardarla. Y ansí vos, ya que mi dicha en esta ocasión os halla en mi favor, a la vuestra me haced merced de llevarla por esta noche, hasta que busque dónde esté mañana. Sí haré. Conmigo, señora, venid. Mira, don Juan… Nada receles; segura vas, que a quien mi amistad te encarga es otro yo. (¡Ay infelice! Muerta voy.) (En fin, ingrata, has venido a mi poder.) (Vida y aliento me falta.) Guiad, Félix, antes que nos sigan. ¡Traidor, aguarda, y quita el alma a quien quitas la mejor prenda del alma! dentro Tras nosotros don Alonso sale. Con ella te alarga, en tanto que yo me quedo a hacer que tras ti no vaya. ¿Cómo puedo yo a quien queda a reñir, volver la cara? La primer obligación en todo trance es la dama. Ponla tú en salvo, que es lo más; que, ella asegurada, lo demás importa poco. Pues en esa confianza de que hago lo más, conmigo venid, señora. (Ven, falsa, que primero que te veas en poder de quien te ama —tomando, pues él no sabe que es allí enfrente mi casa, la vuelta, porque me pierda de vista—, de mi venganza habré consultado el modo.) (Sin vida voy y sin alma.) Va[n]se. Salen don Alonso y dos criados. ¡Libio, Fabio, no criados ya, sino hijos, mis ansias os muevan! Contigo iremos. Muera quien tu honor agravia. (¡Quién creyera que de suerte este lance se empeñara con hallarse en su visita Violante fuera de casa, que sea contra mi sangre forzoso sacar la espada!) Deténganse, caballeros: que de aquí ninguno pasa sin el riesgo de su vida. La tuya será venganza de mi valor. (Tres le embisten. Ya es forzoso que yo salga, que aunque es mi enemigo, está solo.) A vuestro lado se halla quien os ayude. ¡Ah, traidores! Aquí son las cuchilladas. sale ¡Señor! ¿Tú eres? Caballero, a mí haber dado me basta tiempo para que no sigan a un amigo y a una dama; y así, os suplico conmigo os retiréis, que empeñada no es bien que vuestra persona quede, porque a mí me valga. Yo no tengo aquí facción más que mirar la ventaja con que tres os embistieron; y así, pues la gente carga, retiraos. Si conmigo venís vos. De buena gana, que eso es lo que yo deseo. Ven, Tristán. Celio, ¿qué aguardas? Vanse. ¡Ah, traidores, que no puedo seguiros, y así la espalda volvéis! Gente llega. Pues porque no entiendan la causa, ya que no es posible, ¡cielos!, ni seguirla ni alcanzarla, iré a saber, ¡ay de mí!, de alguna de sus criadas, quién es quien mi honor ofende. Vanse, y salen don Juan y don Pedro[, y Celio]. No sabré daros las gracias del socorro, si no es echándome a vuestras plantas, y que me digáis quién sois, para que siempre obligada mi atención os reconozca. Don Juan, rendimientos bastan; que quien allí os dio la vida, quizá fue para quitarla en otra parte; y así, no hay que agradecerme nada, sino sólo la hidalguía de que a mi enemigo valga. Don Pedro soy de Mendoza, con vos tengo dos palabras que ajustar; y porque está ya esta calle alborotada, no será bien que sea en ella. Escoged vos la campaña, y guiad donde quisiereis. Señor don Pedro, la causa que tenéis conmigo sé, y la de llamarme basta para que yo os siga; pero no ignorará quien alcanza lo que son obligaciones que en buen duelo es asentada cosa, que mientras pendiente está un empeño, no falta a otro quien término pide con que del primero salga. Dádmele por esta noche, que yo os buscaré mañana. Y porque no presumáis que es con poca circunstancia, Leonor —pues entre nosotros importa poco nombrarla— de la casa de Violante —donde, al faltar de su casa, se albergó—, por otro empeño ha sido fuerza sacarla esta noche. Yo no puedo dejar de seguirla, a causa de que asegure su vida un amigo, a quien la encarga mi amistad. Luego ¿Leonor era, ¡ay infeliz!, la dama que salió? Sí. ¿Y el amigo don Félix, con quien estabais hablando primero? Sí. ¿Qué has hecho, hombre?, ¡que es su hermana! ¿Hermana Leonor de Félix? Sí. Matóme mi ignorancia. Y ahora discurro, que estando él tan cerca de su casa, llevarla por otra parte, sin duda que es a matarla. Dadme licencia, por Dios, para que tras ella vaya. ¿Qué es licencia? De seguiros os doy la mano y palabra, y ayudaros, hasta que Leonor de ese riesgo salga, amparándoos esta noche, para mataros mañana. Sois quien sois. Tú, Celio, aquí que venga Violante aguarda. Cuéntala mi error, porque si es que mi valor no basta a cobrarla y defenderla, ella ingeniosa dé traza de enmendarle. Hoy veré, Amor, si eres dios, y tienes alas. Yo, si amparar al que ofende es la más noble venganza. Vanse. Salen Violante y Simón con luz. Supuesto que no ha venido, y es tan tarde, le dirás cómo he estado aquí. ¿No más? No, que a quien tan divertido debe Laura de tener, que la noche en verla gasta, esto que le digas basta. ¿Que haya ido, no puede ser, a tu casa? Si allá hubiera ido, ¿no era fuerza, di, decirle que estoy aquí Isabel? Y ¿no pudiera ser que ese ruido que ha habido le haya detenido? No, porque ya el ruido cesó, y él a casa no ha venido. Abre esa puerta, y porque ninguno salir me vea, esa luz mata. No sea conocerme alguien. Sí haré. Sígueme agora. Tras ti voy. Ruido dentro. Gente hay en la escalera. Hasta ver quién es, espera. dentro ¿Cómo una luz no hay aquí? ¡Hola, Simón! Ya a traella voy. Con gente viene. Pues hasta que veamos quién es, me oculto aquí. Ve por ella. Viendo que tú no venías, la maté. (Callar conviene, hasta saber con quién viene.) Entra, ingrata. Salen Félix y Leonor. (¡Ay, ansias mías!) (Ingrata dijo.) Entra, aleve, que no en vano… (¿Qué es aquesto? Con mujer habla.) …he rodeado diversas calles, primero de haberte traído a casa, porque puedan mis tormentos no convencer tus traiciones —que convencidas las tengo—, sino pensar de qué suerte debe disponer mi pecho la venganza de un agravio semejante, pues primero… No puedo hablar. Ah, Simón, ¿no traes la luz? dentro Ya la llevo. (Mujer es: celos la pide.) (Aquí no hay ya más remedio que morir… Pero sí hay: éste ¿no es el aposento en el cuarto de mi hermano, de quien una llave tengo, que no acaso el hierro suyo se compuso de mis yerros? Sí. Pues ¿qué aguardo? Fortuna, a cuenta de tantos riesgos, dame solamente amparo. La puerta hallé.) Pues primero, digo otra vez, que ese amante, ingrata,… (¡No es malo esto! Con la otra piensa que habla.) …logre el favor de que es dueño, sabré ocultarte a sus ojos, o a sus manos quedar muerto, si es que deja algo que hacer a mi muerte tu desprecio. (No le he de responder nada. Convénzale mi silencio; que él, en trayendo la luz, verá la razón que tengo.) (Ya hallé la puerta, y ya abrí. Salga una vez, por lo menos de aquí, y vayan donde fueren a parar mis sentimientos.) Vase. ¿No respondes? Haces bien, porque a la razón que tengo, la disculpa es no negar. [Sale Simón con la luz.] Aquí hay luz. Pues ¿cómo es esto? ¿Tan poca novedad hacen a mis ojos tus desprecios, que cuando vienes con otra y me hallas a mí aquí dentro, como si hablaras con ella, conmigo hablas? Sólo eso de que me hicieras creer que es otra con quien yo vengo le faltaba a mi locura para confirmarse en serlo. ¡Calla, falso! ¡Calla, ingrato! ¡Calla, aleve! ¡Calla, fiero! ¡Bueno es que me riñas tú las razones que yo tengo! ¿Qué razones, cuando aquí ha dos horas que te espero, a verte venir con otra? Pues ¿dónde está? ¿Qué se ha hecho? ¿Qué sé yo? ¿Soy yo su guarda? (Caín no dijera más que eso.) ¡Ah, ingrata! ¡Qué mal pensada disculpa, sin fundamento! ¡Quererme negar que eres la que aquí truje yo mesmo! ¡Harásme perder el juicio! ¡Y tú a mí el entendimiento! Simón, ¿qué tanto ha que aquí estoy? Una hora a lo menos. ¡Calla, infame, no de parte te pongas de sus enredos! ¡Ah, domésticos tiranos, criados y damas! El cielo me falte… ¡Vete de aquí, que si a ella sufrirla puedo, a ti no te sufriré! ¡Que quieras quitarme el seso! …que la verdad… Nada digas. …es… Salte allá. ¡Ay, que me ha muerto! Vase. Si Laura, a quien tú trairías, viendo en ti tantos despechos, mientras sacaban la luz, por esa puerta se ha vuelto, síguela; vuelve a traerla, que yo me iré. Mas no quiero que desluzgan tus traiciones mi verdad. Por Dios te ruego me quites la vida, y no, Violante, el entendimiento. Porque —ven acá, tirana— ¿puedes negarme que es cierto que don Juan entró en tu casa? ¿Que vino tu padre luego, porque no sé qué accidente de su jornada le ha vuelto, y que…? ¡Mi padre! ¡Ay de mí, Félix! ¿Si de casa menos me habrá echado? ¡Hazte de nuevas, cuando con don Juan, huyendo de él, saliste, y yo te traigo aquí! Ya es muy otro esto. Félix mío, si mi padre… ¡Qué buen «mío», y a buen tiempo! …ha venido… ¡Calla, ingrata! ¡Calla, aleve, que no quiero oírte que me eche a perder tantas quejas un afecto! Y pues no puedes negarme lo que estoy tocando y viendo, no me llores, que esta vez —perdónenme tus extremos— ha de quedar desairado el llanto. Por Dios te ruego me quites, Félix, la vida, pero no el entendimiento; y mira que no soy yo la que piensas. ¡Eso es bueno! Pues ¿quién quieres que en tu casa sea? No sé. ¡Mejor es eso! Déjame, por Dios, Violante. (¡Oh, mal haya tanto duelo de por no hablar en tu honor, ver el mío padeciendo!) dentro ¡He de entrar! [dentro] Espera un poco. Sale Simón. ¿Qué es eso? Aquel caballero que da mojicones viene buscándote. Yo me huelgo, ingrata, que me haya hallado don Juan, que aunque fue mi intento esconderte de él, ya es otro. Pues aunque darte no tengo, si antes no me da, la muerte, o no se la doy primero; con todo, para que veas si tus razones convenzo, dile que entre. No le digas tal, ni es bien. ¡Mira qué presto quieres ya salirte fuera, viendo el examen postrero de tus traiciones! No es porque el desengaño temo, sino porque aquí mi primo no me halle. No importa eso, que en llegando a ser amante, pierde uno la acción de deudo. Dile que entre. Ahora verás si mientes tú o si yo miento. Aunque me pese por mí, entre; que por ti me huelgo, [Vase Simón.] a precio de que tú veas, ya que culpada me veo con mi padre, y con mi primo, que no soy yo quien te ofendo, sin que te lo diga yo. Sale don Juan [y Simón], y quédase don Pedro a la puerta. Entrad vos, que aquí me quedo —ya que amigos y enemigos un mismo amor nos ha hecho— para acudiros en cuanto importe a Leonor. El cielo quiera que no haya tomado la resolución que temo. Don Félix, ¿dónde una dama que os entregué está? (Esto es hecho.) ¿De qué azorado venís? Veisla aquí. (¿Qué es lo que veo? Violante, volviendo a casa, prevenida ya de Celio de todo lo sucedido con mi tío, habrá dispuesto que de Leonor y de mí pase a reparar el riesgo con algún engaño; pues a no ser así, es muy cierto que ella no estuviera aquí.) Pues ¿de qué os quedáis suspenso? ¿No es ésta la dama? Pues ¿quién duda que ella es el dueño de mi alma y de mi vida? (Seguir el engaño quiero, pues venga como viniere, así mi temor reservo.) Sino que al ver la fineza, Félix, que a vos y a ella debo, no sé por cuál empezar dando el agradecimiento; pero vos perdonaréis. Violante mía, no tengo razones con que decirte cuánto a tu amor agradezco la fineza de salir de tu casa por mí, a tiempo que puedas darme la vida. ¡Mira si soy yo el que miento! (¿Cómo me habla así don Juan? ¿Qué es esto, ¡cielos!, qué es esto? ¡Verme aquí, y decirme amores!) No me dirás, por lo menos, Aparte [a ella.] que no finjo bien tu engaño. Dime, Leonor ¿qué se ha hecho? Pues ¿qué sé yo de Leonor? [Aparte a él.] (¿Quién se vio en igual aprieto? Si convengo con don Juan, que presume que yo he hecho este engaño, pierdo a Félix; si con don Juan no convengo, pierdo con él mi opinión.) (Avisar quiero a don Pedro cómo esto está reparado, que mañana nos veremos, porque no se esté a la puerta.) Félix, decidle a ese bello prodigio, dueño de un alma que la adora, que los miedos puede perder, pues los fío de vos, en tanto que vuelvo. Vase. ¿A qué más puede llegar la infamia de mi tormento? ¿Ves todo aquesto, don Félix? Sí, Violante, bien lo veo. Pues con todo esto, aun no soy yo la culpada. El aliento ten; que verte convencida y soberbia, son extremos… ¿Qué? …que más que con la voz, me dicen con el silencio. ¡Oh, plegue a amor sea y no sea lo que dudo y lo que pienso! Háblame claro, Violante, que nada escucharte puedo peor, que no escucharte. Mira que lo diré. Di. No quiero, que peor que a mí el decirlo, aún te estará a ti el saberlo. Mucho dices. Pues más callo. Mucho callas. Pues más siento. ¿Qué te obliga? Una atención. ¿Qué te embaraza? Un respeto. ¿Qué sabes? Yo no sé nada. Declárate. No me atrevo. Explícate. No me animo. Háblame claro. No puedo. ¿Por qué? El secreto juré. ¿Mujer no implica, y secreto…? No, que soy yo quien le guarda. No te entiendo. Yo me entiendo. ¡Oh, mal haya tanto engaño! ¡Oh, mal haya tanto duelo! Sale don Juan. (Hasta dejarme en mi casa, dejarme no quiere, atento a su obligación; y así, de ella importa salir presto.) Don Félix, agradecido a vuestra amistad, confieso (Bien es sacarla de aquí.) la merced que me habéis hecho; pero con vuestra licencia, ya dónde llevarla tengo; y así, adiós quedad. Violante, ven conmigo. Deteneos, que hay muchas cosas, don Juan,… ¿Qué? …que averiguar primero. ¿Qué hay que averiguar en que la que os entregué me llevo? Que no diga el mundo que pudo nunca un caballero entregar su dama a otro, sin que matando o muriendo muestre que no hay amistad sobre declarados celos. Y así, ved cómo ha de ser: que Violante, ¡vive el cielo!, no ha de salir de mi casa sin que antes me dejéis muerto. Cuando no fuera la dama que a vuestra amistad entrego, por ser quien es, no podía dejar, osado y resuelto, de llevarla yo. La espada tened. Quita. dentro ¡Favor, cielos! Yo conozco aquella voz. Y yo también. Sale Leonor. ¿Qué es aquesto? Volver a echarme a tus plantas, don Félix, porque más quiero que me des la muerte tú que no la vida don Pedro, a quien,… ¿No es ésta Leonor? …saliendo deste aposento por el cuarto de mi padre, en aqueste umbral encuentro. ¡Leonor es! ¡Cielos!, ¿qué miro? ¡Don Juan es! ¡Cielos!, ¿qué veo? ¡Muere, alevosa! Don Juan, mi vida ampara, supuesto que de ti quiero admitirla, de don Pedro no. Teneos, porque no habéis de ofenderla, sin que antes me dejéis muerto. Hombre, ¿qué quieres de mí, que a mi amor y honor opuesto, desde mi dama a mi hermana pasas los atrevimientos? Que sepas que entrambas son empeño mío; y pretendo que ni a una ames, ni a otra ofendas. Mucho te arriesga tu esfuerzo. Ten tú a don Félix, Violante; yo tendré a don Juan. No quiero; porque si hay duelo en los hombres, esta vez probar intento que hay también duelo en las damas. Félix, ya estás satisfecho de que no soy yo la que te entregó don Juan; y siendo así que también lo estás —porque lo ha dicho el suceso, y no yo— que don Juan quiere a Leonor, osado y ciego —Leonor, la amistad perdone; don Juan, perdone lo deudo, que antes que todo es mi amante—; véngate de él, advirtiendo que has de quedar a mis ojos u desagraviado u muerto. Sale don Pedro. ¿Qué aguardo, si espadas oigo? Don Juan, pues contigo vengo, a tu lado estoy. Leonor salga libre. ¿Qué oigo y veo? ¿Tú eres quien le das tu amparo? Sí, Félix, porque pretendo que sepas que no soy yo el que tu amistad ofendo, pues al lado de don Juan, en su favor, me ves puesto; que siendo yo amigo tuyo tanto que me empeñó el serlo (no perdamos la opinión, ya que la dama perdemos), a que en el ausencia tuya, mirando por tu respeto, alborotase tu casa, dar satisfación deseo de que yo a Leonor no amé, pues a quien la ama defiendo, en orden a que ella salga asegurada del riesgo en que la puso mi error, más de amigo que de cuerdo. (¡Qué dichosos desengaños, ver a Leonor de él huyendo, y puesto él al lado mío!) De satisfación no es tiempo; pues por ti o por quien defiendes, todo es uno. ¿Qué es aquesto? sale Mas no me lo digas, pues viendo a Leonor y a don Pedro, bien se deja ver. ¡Traidor! Pues ¿cómo a mi casa has vuelto a repetir el agravio? ¡Mueran los dos! dentro ¡Piedad, cielos! Hoy morirás a mis manos. Aquí entraré, pues abierto está. ¡Socorred, señores, mi vida! Salen todos. Pues ¿qué es aquesto? (Fuerza será que lo diga.) Que yo, a esa aleve siguiendo, pretendo vengar en ella los agravios que padezco, porque diga de Violante… Mas ¿no es aquélla que veo? ¡Muere, ingrata! ¡Muere, injusta! Deteneos,… Deteneos,… …porque yo a Violante amparo. …porque yo a Leonor defiendo. Y yo defiendo a Isabel, pero detrás de ella puesto. A mis ojos… A mi vista… …nadie ha de atreverse a eso, que no sea su marido. Si en eso estriba el remedio, yo de Violante lo soy. Y yo de Leonor. (Pues puedo sin el escrúpulo ya de los celos de don Pedro.) Don Alonso, aquí no hay más que escoger; pues no hay más medio que obedecer los acasos. Yo con don Félix le aprecio,… Y yo también con don Juan,… …pues basta ser hijo vuestro. …pues basta ser sangre vuestra. ¡Ufano estoy! ¡Yo contento! ¡Yo dichosa! ¡Yo felice! Agora os diré, don Pedro, ya que está Leonor segura:… Lo que os ha dicho el suceso quise deciros. Si vos, porque os llamé… …yo me huelgo de remediar esa queja, en pago de aquel esfuerzo. (Aunque en materia de amor el más desairado quedo, en fin quedo disculpado.) Con cuyo raro suceso, sacando la moraleja, quede al mundo por ejemplo que hubo una vez en el mundo mujer, amor y secreto, porque hubo duelo en las damas. Perdonad sus muchos yerros. FIN