Personajes EL FUROR GÉNERO HUMANO LA TIERRA LA GRACIA ISAAC NOÉ ABEL DANIEL JOSEPH EMANUEL GABRIEL UN NIÑO INOCENCIA CINCO CAUTIVOS MÚSICOS GENTE Suena un clarín en el primer carro, que será una galera, y dando vuelta al tablado se verá en supopa el Furor, y a uno y otro costado, puestos alremo, algunos cautivos, y entre ellos el Género Humano, Viejo. Si el real profeta, en mística armonía, la música alternando a la poesía, en sus sacras canciones a las aguas llamó tribulaciones; si en sus inquietos golfos la divina águila, que a los rayos se examina del mejor sol, mi espíritu disfama, pues su baldón bestia del mar me llama; si el viador peregrino de Jericó, asaltado en el camino, pluma halló que atribuya a robo mío la tragedia suya, ¿qué mucho que, notado en tres lugares, tribulación de montes y de mares, hoy sea mi horror en ambos horizontes, escándalo de mares y de montes? Y pues un texto y otro hacerme trata de la tierra ladrón, del mar pirata, sienta el mortal en mi sañuda guerra peligros de la mar y de la tierra, ya que en tierra y en mar cautivo se halla de mi furor; y así, ¡boga, canalla, boga!, amainada el ala de la vela, dejándole fíada al remo la avïada de este pez que, pensando nadar, vuela, de esta ave que, pensando volar, nada, para que no encallada en la tostada arena de la orilla, goce el buque el descanso de la quilla, y yo el triunfo de esta última batalla que os venció. ¡A tierra, pues, boga, canalla! Si es de la humana vida símbolo el mar, ¿quién duda, combatida de embates, ser el que sus ondas yerra, símbolo de la muerte el tomar tierra? Y así, Furor, ¡no tan de extremo a extremo –ya que el vivir es un prolijo remo– quieras que pase a su último conflito voluntario! Forzado solicito que pases, que a este fin os traigo herrados en galera, que es vaso de forzados. ¡Cielos, piedad en tanto desconsuelo! Cerrado está, no hay que clamar al cielo, y, pues de sí os destierra, y es tierra vuestro centro, ¡a tierra! ¡A tierra! ¡A tierra!, ya que el rato que vivimos no podemos ser más de lo que fuimos. Salid, pues, arrastrando las cadenas, que forjó vuestro yerro a vuestras penas, y para ver a lo que habéis venido aplicad a mis voces el oído. Bajan con cadenas a los pies. ¡Ah, del ámbito del orbe! ¡Ah, de la terrestre esfera, primera y postrera patria del hombre, pues sale de ella lodo animado hasta que no animado lodo vuelva! Sale la Tierra. Esas son mis señas, mal puedo negarme a mis señas, cuna y sepulcro del hombre; ¿qué me quieres? Que me atiendas. Ya sabes que, comunero del Impireo, mi soberbia, por no adorar la inferior humana naturaleza, toda la celeste curia puso en arma, al solio opuesta del Altísimo. Ya sabes –así que te lo refiera por lugar común omito– que fue el triunfo de esta guerra para Dios poca victoria, para mí mucha tragedia. Arrojado de mi patria a nunca volver a ella, bajé a tus abismos, donde mi ira, mi rabia, mi pena pasó de soberbia a envidia, con admiración tan nueva como que el soplo, que no hay polvo que no desvanezca, el polvo del hombre anime. ¿A quién no pasma y eleva soplo que a polvo deshace, ser soplo que al polvo alienta? ¿Y más a exaltarle en tanta dignidad, como que sea tan poco menos que el ángel? ¿Que le juren la obediencia en pieles, plumas y escamas el pez, el ave y la fiera y en plantas, flores y frutos el valle, el monte y la selva? Soberbia y envidia dije; mira ahora y considera: si envidia y soberbia a solas cada una por sí atormenta, soberbia y envidia unidas ¿qué arrojo habrá que no emprendan? Dígalo de mis astucias la sediciosa cautela con que me atreví a escalar los verdes muros de aquella deleitosa estancia suya, derramando entre la oreja de la mujer y la voz de la serpiente tan fiera, tan venenosa cicuta –mas también esta materia es lugar común–, y así, dejando asentado en ella el oprobio de ladrón, pues le robé con la excelsa joya de la Gracia todo el resto de sus riquezas, paso a que, desposeído también de su patria, trueca felicidades a angustias y delicias a miserias con tan parecida culpa a la mía, o tan la mesma, como aspirar a ser Dios; mas ¡ay!, que la diferencia está en que, inflexible yo y él flexible, yo no pueda arrepentirme, y él sí, que mi alta naturaleza nunca lo que aprende olvida, cuando la suya le acuerda, que tiene albedrío, con que convencido se arrepienta; de suerte que en culpa iguales y desiguales en penas, él de la enmienda es capaz y yo incapaz de la enmienda, mayormente al ver que cuando yo desespero, él espera persuadido –¡ay, de mí! – a que de Dios la suma clemencia le ha de volver a su gracia, olvidado de su ofensa. Y aunque –si para mí pudo haber consuelo– me queda el de pensar que no puede dar –por más que su error sienta– el hombre a infinita culpa infinita recompensa. Con todo eso, no sé qué real palabra, fiel promesa ha puesto en confianza a algunos patriarcas y profetas de que vendrá su remedio y a mí en temor de que venga, sin poder rastrear ni cuándo ni cómo, que, aunque mi esencia es de ciencias plenitud –que así el querub se interpreta–, en aquella infausta lid, perdidas gracia y belleza como dotes naturales, acá me truje mis ciencias. En llegando a pensar que hay humano que pagar pueda, sin infinito valor, lo infinito de la deuda, no sé tampoco qué velos, qué obscuridades, qué nieblas mi docto espíritu ofuscan, mi perspicaz vista ciegan, que, aun para la conjetura, hallo cerrada la puerta. Y así, para cautelarme –dado caso que suceda haber misterio que yo ni le alcance, ni le entienda– me he de valer de una industria, que en representable idea de sombras, visos y lejos –usando de la licencia que dan retóricos tropos a prácticas experiencias– en frase de alegoría uno diga y otro entienda, no sin dos autoridades; la Sacra Página llena de parábolas es una, y otra la docta sentencia, que, blandido el arco, que, enarbolada la flecha, no hiere tan a su salvo al que embrazado le encuentra del escudo, como al que perezoso y sin defensa; con que para complacer lo místico de ambas letras, soy cosario en golfos, ya que fui bandido en las selvas, revalidado el principio de ser mar la vida, llena de bajíos y de escollos, de sirtes y de sirenas, viendo que el Género Humano, engolfado, una vez fuera de su patria, iba corriendo en sus piélagos deshecha fortuna –aquí, Tierra, es donde te he menester más atenta– en metáfora de horrible monstruo, de sañuda fiera, náutico horror de las ondas, labré esa mental galera, que en imaginado corso le siguiese a remo y vela. Bien presumió en una nave que le previno su idea, que ha de ser su salvamento escapar de mis violencias con toda su gran familia; pero en vano, pues apenas a abordarle llegué, cuando a la arribada primera, troncado el árbol mayor, quedó en calma; de manera que, haciendo este árbol a otro equívoca competencia, no por ser calma dejó de ser calma la tormenta. Bien, desbocado caballo, mi bajel, que al freno atenta, los alacranes de espuma al choque echarle quisiera a pique, dando al través con todos; mas, ¡ay, qué necia presunción!, cuando por más que el desbocarse pretenda a pararle a raya, está en manos de Dios la rienda; con que, no siendo posible que a fondo conmigo fuera, me di al partido de que cautivo conmigo venga, no solo con todo el resto de sentidos y potencias, mas con el resto de toda su infelice descendencia, con ley tan universal que nadie nacerá en esta esclavitud que no nazca mi esclavo, por más que sean, desde el villano buriel hasta la púrpura regia, reyes, sacerdotes, jueces, patrïarcas y profetas cuantos nazcan –¡oh, no haya criatura a su fuero esempta!–. A este fin, Tierra, pues eres tú la cárcel donde presa la Naturaleza Humana, huéspeda de tus esferas, de tus ámbitos viadora, vive hasta que se disuelva, te la entrego para que en depósito la tengas tan a poca costa tuya, –porque corra con más señas la esclavitud a dos luces– como que no les ofrezcas a su sustento más frutos que el que sus ansias adquieran, a mi mando en mis labranzas y a su sueldo en las ajenas. Veamos si de día al trabajo y de noche a las funestas sombras de tus calabozos, siempre al grillo, a la cadena, siempre míseros y siempre esclavos por más que sientan, que lloren y que suspiren, giman, sufran y padezcan, siendo yo su dueño y tú su cárcel, que acción les queda para lograr la esperanza de que su rescate venga. Tan ofendida del hombre, con ser su madre, me encuentras –no porque me ofenda, pero porque a mi Criador ofenda– que en mí no ha de hallar descanso; pero esto con advertencia de que será por su culpa, pero no por tu obediencia. Y así, si vieres, Furor, que herida, pálida y yerta en mi prisión los recibo, a que afligido no vea él, ni toda su familia, que en sombras me representas flor sin espinas, ni fruto sin zozobras, siendo fuerza –si a costa de sudor no me labra, cultiva y siembra– que pan de dolores coma y agua de lágrimas beba; si vieres su desnudez, del tiempo a las inclemencias, que al resistero se abrasa, y que al sereno se yela; si vieres que, rebelada, la bruta naturaleza, al quererla echar la mano, la res huye, el ave vuela y la fiera se resiste, afilando en su defensa el león bruñidas garras y el tigre aceradas presas, y si vieres, finalmente, que sobre el haz de la tierra ayer y hoy debajo son sus moradas mis cabernas, no lo atribuyas a que es porque tú me lo ordenas, sino porque son reato de su culpa, y porque veas que son las órdenes mías y tú no te desvanezcas, presumiendo que son tuyas, Adán, a llorar miserias, Abel, a guardar ganados, Isaac, a cargar con leña, Noé, al pago de las viñas, Daniel, al pasto de fieras, Joseph, a guardar el trigo, y todos a las diversas, propensiones de la vida, y cuando la noche venga a los senos que en mi centro –para que nada se pierda en frase de esclavitud– han de ser mazmorras vuestras. ¡Qué dolor! ¡Qué ansia! ¡Qué angustia! Qué aflicción! ¡Qué horror! ¡Qué pena! ¿Pensarás, Tierra, porque mis órdenes no obedezcas y quieras hacer las tuyas, que desairado me dejas? Pues no, que ni tuyas son ni mías, puesto que a cuenta corren tu arbitrio y el mío de más alta Providencia. Y, así, no me desconfía que tuyas o mías sean, que para el concepto de hoy a la imaginada scena en que confundiendo a tiempos rastrear mi discurso intenta, o cómo, o cuándo, o por dónde vendrá el rescate, le queda bastante campo en que yo cautelado me prevenga, y así, pues siempre quedáis esclavos míos y ella prisión vuestra, padeced mis iras y sus violencias. Fuerza padecerlas es, mas con una diferencia: que en ti las obra el furor y en mí la justicia. Piensa que en mí el furor es justicia. La violencia en mí clemencia. Bueno es querer que el castigo sea lástima. ¿Quien niega que el recto juez, si es piadoso, llore al firmar la sentencia? Yo, todo el Género Humano, reducido a esa pequeña familia suya, te entrego; tú de ella darás la cuenta. Del número la daré no de si es mala o si es buena, que eso ha de hacerlo la vida. Pues, afligirla a que sea desesperación, porque caduca y perecedera de tu cárcel temporal pase a mi cárcel eterna Vase. Afligirla, sí haré, pero en orden a que merezca altos auxilios, con que a cobrar su patria vuelva. Y así, pues que ya tenéis repartidas las tareas, cada uno a su labor, y todos, cuando anochezca al lóbrego seno donde negada la luz en densas sombras, aun no divisadas las paredes, en sus huesas habéis de pasar la noche hasta que el sol amanezca. Vase. ¡Ay, míseros hijos míos, y qué caro el serlo os cuesta! No, padre, nos desconsuelen tus tristes lágrimas tiernas, pues aún nos queda esperanza de que Dios se compadezca de nosostros. ¡Ay, Abel, si tu nombre se interpreta llanto, ¿cómo contra ti que no llore me aconsejas? Si Abel es llanto, Isaac risa, conmigo el dolor consuela, que el servir con alegría a Dios también le deleita. Es verdad, mas para mí no hay descanso. Sí, hay, si llegas a advertir que Noé descanso significa, y aquí, en muestra de que hay descanso en las ruinas, diluvio y arca te acuerda. Yo nada digo, porque temo aumentar tu tristeza. Bien temes, Joseph, que es tu nombre aumento, y es cierta cosa que a vehemente daño el consolarle le aumenta. ¡Oh, justos juicios de Dios! Tú solo, Daniel, aciertas con el alivio que puedo tener en tantas miserias, pero ¡qué mucho! si quiere decir en la frase hebrea Daniel «juicio de Dios», que tu nombre a un tiempo y tu lengua me acuerden que es justo juicio de Dios, que esclavo me vea de infiel apóstata dueño, tan sin ley que, cuando quiera dar alguna a sus secuaces, no será ley, sino seta, trocando el nombre de arcángel sincopado, sin tres letras, en Argel o Árgel, que no del acento la cadencia destruye el sentido y, pues juicio es de Dios mi sentencia, cúmplase su voluntad, y, porque no la pereza este rato nos acuse, obedeced a la Tierra, y, como ella dijo, vaya cada cual a su tarea. Ya que al ganado me aplica, ¡oh, si encontrase mi estrella, cordero entre sus rebaños, que inmolado a Dios ofrezca! ¡Oh, si en la leña, que yo preciso es que traiga a cuestas, trujese leño, que fuese digna ara de su hoguera! ¡Oh, si yo entre los racimos –pues las viñas me encomienda– uno hallase que ese leño su viga de lagar fuera! ¡Oh, si yo –pues a mí el trigo toca– viese en su cosecha espiga, que a ese racimo perficionase la ofrenda! ¡Oh, si ya que destinado voy yo al pasto de las fieras –no ellas de mí alimentadas, y yo alimentado entre ellas– gozase –viendo trocada en dulzura la fiereza– miel en boca del león! ¡Cielos! ¿Qué lejanas señas en cordero, leño, espiga, racimo y panal son éstas? Pero, ¿quién se ha de atrever, ni a ignorarlas, ni a saberlas? Id, pues, y haced del afán mérito, que no es pequeña oración la del trabajo a la obligación atenta. Y para que la ejerzáis cada uno por la senda que le lleva su destino vaya –en fe de cuanto sea música de Dios el llanto– diciendo en voces diversas: Representa el Género Humano, y repiten todoscantando, y sale la Gracia, como oyendo a lo lejos. Cautivo el Género Humano. Cautivo el Género Humano. …en el centro de la tierra… …en el centro de la tierra… …desde lo profundo clama… …desde lo profundo clama… …bañado en lágrimas tiernas… …bañado en lágrimas tiernas… …diciendo sus quejas… …diciendo sus quejas… …¡Misericordia, Señor! ¡Clemencia, Señor, clemencia! …¡Misericordia, Señor! ¡Clemencia, Señor, clemencia! Cautivo el Género Humano… …abra el cielo los oídos… …abra el cielo los oídos… …que cerró mi inobediencia… …que cerró mi inobediencia… Abra el cielo los oídos… …que cerró mi inobediencia… …ya que para enternecerlos… …ya que para enternecerlos… …una vez y otra lamenta… …una vez y otra lamenta… …ya que para enternecerlos… …una vez y otra lamenta… …diciendo sus quejas… …diciendo sus quejas: ¡Misericordia, Señor! !Clemencia, Señor, clemencia! Vanse y quédase Gracia sola. Clemencia y misericordia repite, no en vano espera borréis sus iniquidades, pues para pagar sus deudas os va pidiendo caudales sobre tan preciosas prendas como clemencia, Señor, y misericordia vuestra. Vuestra Gracia soy, que es ser don de vuestra omnipotencia, pues Vos se la dais al hombre sin que el hombre la merezca. Y así, como Gracia, aunque él en su ceguedad me pierda de vista, yo enamorada le ando rondando las puertas, mas tan cerradas están que no es posible por ellas entrar la Gracia, si Vos no se las mostráis abiertas. ¿Cuándo, pues, el día será que la infalible promesa a las fatigas del día lime grillos y cadenas, y a la prisión de la noche rompa, iluminando nieblas, los cerrojos, para que abra sus senos la Tierra y produzca al Salvador? ¿Cuándo en blanca, pura y tersa piel el rocío del alba cuajará sobre la yerba ya humedecida o ya enjuta sus aljófares en perlas? ¿Cuándo lloverán las nubes al justo? ¿Cuándo la bella aurora ahuyentará sombras para que el sol amanezca? ¿Cuándo, en fin, Señor, el Ángel que ha de dominar la Tierra vendrá en su socorro? Sale Gabriel. ¿Cuándo quieres, ¡oh, Gracia!, que venga?, sino cuando tú en su busca, llorosa, él triste en tu ausencia, él por ti, sin ti, suspira, y tú sin él, por él, ruegas, diciendo sus quejas: Dentro Música. ¡Misericordia, Señor! ¡Clemencia, Señor, clemencia! A ese lamento movida la suma piedad inmensa me envía, para que vaya yo publicando las nuevas, de que ya de su rescate el orden dado está. Sepa, ¡oh, Gabriel!, cuyo alto nombre quiere decir fortaleza de Dios, que no conocerte la Gracia aquí objeción fuera, pues, siempre en gracia y en gloria, aunque a la Tierra desciendas, estás por contemplación gozando de su presencia. Sepa, otra vez te suplico, ya que mi llanto consuelas: qué orden es y quién la ha dado. ¿Quién ha de ser, Gracia bella, sino la merced de Dios quien tan piadosa obra pueda establecer y fundar antes y después eterna? Si la merced de Dios fue la que antes que el hombre fuera quiso que fuese; si es la que después a materia de no formado embrïón le da forma de nüeva alma que le vivifique, a que nazca, viva y crezca; si es, en fin, a merced suya cada suspiro que alienta, cada rayo que le alumbra, cada aire que le recrea, cada lana que le abriga, cada terreno que güella, cada paso que da y cada bocado que le alimenta, ¿a quién puede quedar duda que la merced de Dios sea?, pues, tiene en sí los remedios para todas sus dolencias, teniendo en su Caridad de las virtudes la reina, en orden a su rescate la que más se compadezca, que si en la piedra de Pedro Cristo ha de fundar su Iglesia a su imitación será de esta obra otro Pedro piedra; y así, porque en la esperanza el fervor no descaezca en noticia de uno, voy a depositar la nueva que en los cómputos del tiempo, tiene ajustada la cuenta del determinado día que en la merced de Dios venga la redención de cautivos. ¿Y quién es a quien le llevas tan venturosa noticia? Si cuantos incluye en ella es alto juicio de Dios, iluminando la letra alegóricos sentidos, ¿quién puede hacer competencia a Daniel, en cuyo nombre se significa? Pasa el carro donde estará Daniel, como dormido, que será un peñasco. ¡Oye, espera!, soberano paraninfo, pero no, no te detengas, que cuanto de mí te apartas, tanto es lo que a mí te acercas; pues para que yo te siga, me vas abriendo la senda. (En busca de Daniel va, donde, confusa la Tierra, toda es una Babilonia, a tiempo que él libre fuera del lago de los leones, antes que el sol se obscurezca, por aprovechar el día lo que al crepúsculo resta, mientras no va a la prisión, del Tigris en las riberas en oración está. ¡Cielos!, bien se ve que cuando reza el hombre es cuando le dais auxilios con que merezca, y, pues no puedo acercarme por ahora, pueda suspensa oír a lo lejos qué arcanas maravillas le revela, que el dilatarme, el lograrlas no es impedirme el saberlas; al lado del corazón tocándole, le despierta del éxtasis en que estaba; a su inspiración atienda). ¡Daniel! ¡Daniel! ¿Quién me nombra? Mas no, no me lo refieras, Gabriel, que ya te conozco desde el principio de aquella visión en que te vi; ¿a qué fin tan veloz ahora vuelas, ilustrando el vespertino sacrificio en que me encuentras, pidiendo a Dios la honra suya en la cautividad nuestra? Daniel, varón de deseos, por los dos en que te empleas, amor de Dios, a quien pides, del próximo por quien ruegas, desde el exordio primero de tus preces, tan aceptas fueron a Dios que alcanzaron que yo en su nombre descienda a que te advierta y te enseñe; y así, que a mi voz atiendas conviene, para que logres lo que te enseñe y advierta: setenta hebdómadas sobre tu pueblo, Daniel, se abrevian y sobre tu Ciudad Santa para que se borre de ella la iniquidad, y sus muros a reedificarse vuelvan de sus abominaciones destruyendo la ira fiera y dando fin al pecado, porque la suma, la eterna justicia a su difinido tiempo quiere a las setenta hebdómadas, abreviadas a setenta y dos, que sea reedificada otra vez Jerusalén, y que en ella, cumplidas las Escrituras, las visiones satisfechas y declaradas las sombras, el Género Humano vea que a redimirle el Ungido Santo de los santos venga, cuyo imperio, restaurando la opresa esclavitud vuestra, por los siglos de los siglos, durará edades eternas. Desaparece. ¡Oye, aguarda, no tan presto, Gabriel, te desaparezcas! Mira que sin ti y conmigo en más éxtasis me dejas del que yo me estaba; pero mal dije, que fortaleza eres de Dios, con que al tiempo que me suspendes me alientas, para que participando vaya tan dichosas nuevas por todos los calabozos, que en obscura noche esperan el felice advenimiento de la luz, que sus tinieblas ha de iluminar. ¡Albricias, mortal, que de Dios la inmensa merced ya en tu redención cómputos al tiempo abrevia! Cierra el carro. Gana las albricias tú, Daniel, con la noche, mientras yo las gano con el día. ¡Cielo, sol, luna y estrellas, troncos, frutos, fuentes, flores, ríos, montes, mares, selvas, albricias, que la merced de Dios, de piedades llena, va abriendo paso a la Gracia, para que, cuando las puertas halla del mundo cerradas, halle las del cielo abiertas! Y así, ya que interesada soy yo lo mismo que ella, pues, hacer gracia o merced todo es una cosa mesma, informada de los ritos, observancias, obediencias, institutos y misiones que la Trinidad decreta y la Merced constituye, en orden a que se ejerza la redención de cautivos, seré, siguiendo sus huellas, yo la que ahora en la voz y después con la esperiencia diga con Daniel… ¡Albricias, mortal, que de Dios la inmensa merced en tu esclavitud, cómputos al tiempo abrevia! Vase Gracia, y salen Daniel, el Género Humano, y los demás, cada uno por su puerta. ¿Qué ignorados acentos… …qué no escuchadas voces… …qué cláusulas veloces… …qué festivos concentos… …qué músicos alientos… …quieren trocar angustias a delicias?, pidiendo a esclavos míseros: ¡Albricias, albricias, Género Humano, y a toda tu descendencia, que la divina clemencia el decreto soberano, que allá en su mente tenía, revelaros me previene que nuestra esclavitud tiene ya determinado el día! Gabriel, nuncio celestial, que por alto ministerio cuanto al sagrado misterio toca de la universal redención se le encomienda, me anuncia que la desgracia nuestra, a vista de la Gracia, fiadora de nuestra enmienda, tiene dispuestos los medios, que a merced de Dios dará sol en quien prevista está la aurora de los remedios. ¿Qué dices? Setenta y dos hebdómadas lo dirán en que abreviadas están merced y gracia de Dios. ¿De tan venturosa nueva qué albricias podemos dar? Las de gemir y llorar como esclavos hijos de Eva, aquel instante que fue origen de mi pecado, y, pues el sol transmontado ya en el ocaso se ve, mientras al seno llegamos que en el centro de la tierra larga noche nos encierra, dándole las gracias vamos, en dignas albricias, pues no hay para Dios mejor don que elevar el corazón. Muy justo y muy digno es. Isaac, pues es alegría, y Abel, pues Abel es llanto, componer podrán el canto. Sólo sabrá la voz mía… …si el llanto… …si la harmonía… …se han de unir en gozo tanto. Todos cantando y representando. Decir: Santo, Santo, Santo. Decir: Santo, Santo, Santo. ¡Qué mas dulce melodía! Canta Abel. Imiten nuestras canciones ángeles y serafines, arcángeles, querubines, tronos y dominaciones. Y digan nuestras oraciones para aliviar el quebranto: Santo, Santo, Santo. Canta Isaac. Y para que más se arguya cuanto tu poder encierra, llenos estén cielo y tierra, Señor, de la gloria tuya. La sombra de la luz huya, diciendo al correr el manto: Santo, Santo, Santo. ¡Hosanna!, diga el clamor. ¡Hosanna! Y pues su favor… ¡Hosanna! …celestial nuncio previene. ¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor! ¡Hosanna! Sale el Furor, y asústanse todos, y maltratándolos los encierra en una cueva, que tendrá una reja. ¿De mi furor tan olvidados estáis, villanos, que celebráis con cánticos otro honor? ¿Hosanna? ¿Qué aclamación es de pública alegría? ¿Cantáis cuando hoy es el día afán, la noche prisión? ¿Cómo a ella no os reducís? ¡Entrad, villanos, entrad en su opaca obscuridad donde enterrados vivís! Sí haremos, pues padecemos el furor de nuestro hado. Mas no porque en este estado cautivos tuyos nos vemos dejaremos de clamar. ¿A quién en tormento tanto? Al que es Santo, Santo, Santo. Mucho tenéis que esperar. Mucho, sí, para el deseo, no, para decir en tanto… ¿Qué hay que decir sobre Santo? ¡Hosanna in excelsis deo! Éntranse en la cárcel. ¿Hosanna in excelsis deo? ¿Qué nuevo espíritu inflama esta rara prefación, que hiriendo en mi corazón desde los profundos clama, como dándome a entender sacramentales reflejos? ¡Oh, nunca en visos y lejos hubiera querido ver con qué inútil confïanza esta vil cautividad, en Fe de la Caridad, se mantiene en la Esperanza!, pues, por más que se prevenga, siempre teme mi ilusión que venga la redención –sin saber por donde venga para cautelarme– pues, la plenitud de querube, no sé qué velo, qué nube, qué sombra, o qué niebla es la que se pone delante entre mí y el cautiverio, que no es a tanto misterio toda mi ciencia bastante. ¡Tierra! Sale la Tierra. ¿Qué quieres? Si aquí estos viles te entregué de mí herrados, para qué no hallasen descanso en ti, ¿cómo, habiendo anochecido, no los tienes ya encerrados? ¿Y cómo tan consolados hoy a tu centro han venido? Aunque –como antes te dije– no me obligan tus preceptos, por mí misma en sus efectos ¿a cada cual no le aflige la tarea que le dí? Si en ella tienen placer, tú eres quien lo ha de saber, que eso no me toca a mí. Pues, Tierra, aunque no te toca, ayúdame a discurrir: ¿qué es lo que querrá decir ese canto que hoy invoca más festivo a Dios? No sé, más quien duda que le pida ver la palabra cumplida que de Abrahán dio a la fe, de quien el nombre tomó ese seno. Cuando sea así, ¿qué saca mi idea de eso? Tampoco a eso no me toca a mí responder. Y, pues en la fantasía de mística alegoría quisiste ciego antever siglos de futura edad, deja la imaginación y en la representación prosigue, que su verdad volverá por sí. Ya, ¿qué puedes decirme? Dentro atabalillos y dice la Gracia cantando. Atención al misterioso pregón. Atención al misterioso pregón. ¿Qué oíste? Tampoco sé. Yo sí, que nueva desgracia temo al oír. Atención. Atención al misterioso pregón. Pues es quien dice la Gracia. Sale la Gracia cantando en estilo recitativo o tonada corrida, punto por letra, y como va cantandova el Furor haciendo estremos de sentimiento, y la Tierra de alegría. Venga a noticia de cuantos son, han sido y serán dentro del visible y no visible ámbito del universo, que el divino consistorio de aquel tribunal supremo de Uno y Tres que solo es Uno, sin fin, ni principio, eterno, al llanto compadecido de aquellos que le creyeron y por la Gracia hijos suyos esperan su advenimiento, orden a la misma Gracia ha dado para el decreto de que a merced suya tenga redención su cautiverio, a cuyo efecto, porque más eficaz sea el efecto, es la misma Trinidad la que da y sigue el ejemplo. Pues, feliz mata, en fecundo nuevo plantel de los cielos, de azul y rojo matiz produjo una flor, que al pecho píctima es del corazón en sus hojas escribiendo orden especial de Dios, dada y dedicada a el mesmo; con que de sus estatutos informada a intimar vengo este público pregón para que llantos y ruegos con sus limosnas acudan, y principalmente aquellos que de las mandas forzosas tienen a cargo el acuerdo, conservando en sus registros testimonios verdaderos de ley natural y escrita, de uno y otro Testamento. Item, a los que poseen bienes con cláusula impuestos se avisa, porque no sean bienes y males a un tiempo. Item, los que hallen alhajas perdidas, que son deseos de enmienda no ejecutados, las vengan restituyendo aplicadas a tan pía obra, en fe de que a sus dueños aprovechen en su erario a la enmienda, sino al premio; y porque nadie ignorancia pueda alegar del día cierto que sale la redención de los claustros de su templo, a veinte y cinco de marzo su embarcación será, y luego de diciembre a veinte y cinco tomará en la tierra puerto. Y así, atención, atención al misterioso pregón. Que va intimando los modos que al mundo han de restaurar. Y mándase publicar porque venga a noticia de todos. Vase la Gracia con atabalillos. ¿Qué nueva rabia, qué nueva ira, qué nuevo tormento es el que en mí ha introducido tan raro pregón? ¿Qué nuevo gozo, qué nueva alegría es la que en el alma siento al oír pregón tan raro? ¿Qué dices? Cuando yo quedo con un volcán en los labios con un Vesuvio en el pecho, un Etna en el corazón, y en el alma un Mongibelo, ¿tú con alegre semblante te quedas? Sí, porque espero que ha de enriquecer la Tierra con los tesoros del cielo el precio que ha de dejar por cada cautivo de esos el que venga a redimirlos. No es posible haber tal precio; que contra mi posesión lo intente es lo que yo siento, no el pensar que lo consiga. Pues yo al contrario me alegro que solo con que lo intente, segura esperanza tengo de que lo ha de conseguir. Eso está ahora muy lejos para argüido. No está, que alegóricos conceptos tiempo, ni lugar no admiten este lo es, y así podemos –como antes dije– abreviar las hebdómadas, pues vemos que Daniel las abrevió en los cómputos del tiempo. Dices bien, y porque veas tu desengaño más presto –dado que venga, que yo, aunque lo dudo, lo temo– tú misma, Tierra, tú misma, me has de dar los instrumentos con que mi rencor… En la nave Emanuel, Gabriel, la Inocencia, y otros. ¡Amaina, Furor, de contrarios vientos la cólera de tus iras! ¿Si fue acaso, o fue misterio el que habló sin mí y conmigo? ¿Oíste en mal distintos ecos otra voz contraria en todo a la pasada, supuesto que una era tranquilidad y otra tormenta? No lejos una nave se descubre, que viene arribando al puerto, y en ella debió de ser faena lo que en ti recelo, si ya no es que de tu idea empieza a correr el velo. ¡Vuelve a oír! ¡Amaina, amaina! ¡Socorro, que perecemos!, Emanuel, que, como es en el rigor del invierno, el aire que corre, todo, a vista de tierra, es cierzo. Que ¿cómo Inocencia hablaste sin considerar primero que tiene en vientos y mares el que te conduce imperio? Da vuelta la nave. ¡Oh, tibia Fe!, no desmayes, que, aunque en destemplados ceños contra esta nave se aúnen todos los cuatro elementos, zozobrada y combatida podrá ser que la vean, pero no sumergida, que lleva contra huracanes soberbios la estrella del mar por norte, y así, ¡a tierra!, sin recelo de que su abrigo me impidan, ni el aire, ni el mar, ni el fuego. ¡A tierra, a tierra! Da vuelta la nave, y bajan por dentro. No fía mal de mí, que, aunque padezco en esta estación las sañas de escarchas, nieves y hielos, a recibirla saldré y a saber quién es el dueño que la rige, ya que a mí buscándome viene. Vase. ¡Cielos! ¿Qué nave puede ser ésta, que a oposición considero de mi galera, entregada al mar de la vida, lleno de escollos y de bajíos? Si al primer discurso vuelvo, pues, para que me persuada a que mis rumbos siguiendo viene basta ver que, cuando más contrastada la veo, la veo que más serena toma tierra, confundiendo la tormenta en armonía, pues, dice al salir del puerto: Música en la nave. ¡Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en el suelo! ¿En el suelo al hombre paz? ¿Gloria a Dios en las alturas? ¿Y de angélicas criaturas con misterioso solaz poblando el aire, que en bellas tropas dulcemente graves, le suspenden como aves y le alumbran como estrellas, haciendo luz y armonía, sonora una, otra brillante, que la noche se levante con los imperios del día? ¿Qué será? Porque pensar que el que en las entrañas viene de esa nave excepción tiene, que tierra puede tomar sin ser mi esclavo es error, cuando en mi dominio están todos los hijos de Adán sujetos a mi furor? ¿Quién –ya que la vista mía no alcanza esta raridad, pues, en ciega obscuridad todo es noche, nada es día– de dónde viene y quién es dirá? Sale la Tierra. Yo, que le recibo, sin que sea tu cautivo, huésped de mi esfera. Pues ¿cómo, sin pagar tributo, le admites a mi pesar? Como para contratar contigo salvoconduto trae. ¿De quién? Si merced fue de Dios quien le decretó, la Trinidad quien le dio el cumplimiento, la fe Gabriel, la Gracia el pregón, ¿qué dudas tú que yo a un hombre estranjero, en patria y nombre, admita? Y más a ocasión que me viene a enriquecer con los dones que ha de dar en rescate, pues quedar es preciso en mi poder, y, así, vuelvo a que le des plática. Para que vea que no hay tesoro que sea de tan precioso interés, puesto que ya con el día al trabajo han de salir, las puertas tengo de abrir de esta oscura tumba fría, porque al ver la multitud que pretende rescatar desconfíe, y a dejar la vuelva en mi esclavitud. Quizá no, que no alcanzamos los tesoros que traerá quien redentor viene. Ya fuerza es quién le envía sepamos y quién es. Sale la Gracia. Yo eso diré. ¿Tú la merced dirás? No, diré que, aunque ella fundó la obra, la Trinidad fue, alternando la piedad, la que hoy ejerce el favor. Pues, ¿quién es el redentor? Uno de la Trinidad. ¡Calla, calla, no prosigas! Mas ¿qué me da que temer lo que ni es, ni puede ser? Pues, no porque tú me digas que es de la Trinidad, yo lo creeré, que Trinidad predice divinidad. Pues, ¿quién te dice que no? La Tierra, que a un hombre ve, y a ese admite, y es en vano creerle Divino y Humano. Eso ha de decir la fe. Lo Humano y Divino en Uno no dirá, y, para apurar si lo es o no, le he de dar la plática, que a ninguno hasta hoy he dado y, porque llegue de mis iras cierto en este inculto desierto, quién es averiguaré; tú que a él se salga le di, en tanto que yo estas puertas abro, y, pues ya están abiertas… Abre las puertas. …¡salid, villanos, de aquí a trabajar, que ya es hora! Véaos afanar el día quien sepultados la fría noche os vio. Salen de la cárcel el Género Humano y los demás. Con tal aurora, como hoy el sol amanece, dulce el trabajo será. ¿En qué, hoy, la dulzura está? No sabemos, mas parece que nos trae algún consuelo, pues dicen sus luces puras: ¡Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en el suelo! Eso sí, clamad vosotros, que el que veis es Emanuel, nombre que se incluye en él: el Señor es con nosotros, y, pues al trabajo vais, porque más se compadezca, dones vuestra fe le ofrezca de los frutos que labráis. ¿Quién eres que nos alientas? Si ahora no me conocéis, presto espero que sabréis quién soy; idos, pues, y atentas vuestras ansias den al cielo gracias de vuestras venturas. Siempre dirá nuestro celo: ¡Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en el suelo! Vanse cantando por una parte, y sale Emanuel porotra. Advenedizo estranjero, que de mí no conocido a tomar tierra has venido, quién eres es lo primero que intento saber de ti. Pues de mí no sabrás hoy más de que soy el que soy. ¡Qué oigo! ¿El que eres, eres? Sí. (¡Rara respuesta! Apuremos más.) Si eres el que eres, no habrá menester que yo ni la Tierra te alberguemos, ni a los que contigo están, puesto que, para sus medras, siendo el que eres, estas piedras podrás convertir en pan. No de solo pan el hombre vive. Pues ésta dejemos, y a otra pregunta pasemos: ¿a qué vienes? No te asombre que diga que a rescatar esa inmensa muchedumbre que veo en tu servidumbre. ¿Qué precio me puedes dar que lo valga, y más a mí que puedo darte en despojos cuanto alumbra el sol? Los ojos vuelve, y verás desde aquí si en distantes horizontes abro en golfos y campañas, de los mares las entrañas y los senos de los montes las arcas de mi tesoro; pues verás, al poseerlas, en sús nácares las perlas en sus escorias el oro, plata, piedras y metales en su bruto centro impuro y rey de todos el duro diamante en sus pedernales; todo esto te puedo dar, si, no hablando en redención, me dieres adoración. Solo a Dios se ha de adorar. Si estas dos propuestas no admites, desesperado del rescate –a quién ni he dado, ni he de dar plática yo– puedes volverte, si ya no es que con la pesadumbre te arrojas desde esa cumbre, que si en la tercera está Dios, tanto como en las dos, contigo enviara al momento quien te sustente en el viento. No se ha de tentar a Dios. Pues, ya que a ningún partido te das, al punto volvamos del asunto en que hoy estamos; di ahora a lo qué has venido. A que contra tu tirano dominio trate y contrate del universal rescate de todo el Género Humano. Eso es lo que quiso ver futura mi fantasía, y pues ya le llegó el día, ¿qué poder traes? Mi poder. ¿Y bastará el poder tuyo para el esclavo menor de ésos? Menor, ni mayor hay en mí, que a nadie excluyo, y es mi piedad de manera liberal que te daré por el más pobre lo que por el más rico te diera, sin gradüar excepción. Y si para él el caudal supongo faltara, es tal la orden de mi religión, que porque de ti, crüel, se salve el más inferior, dispone que el redentor quede a padecer por él. Pues, si tan piadosos modos no han de exceptuar a ninguno, hagamos el precio de uno, y por él correrán todos. Llámale. ¿Adán? Sale el Género Humano. ¡Ay, de mí! ¿Qué me querrá este tirano? Llega, llega, que no en vano eres menester. Sale la Gracia. Aquí, Gracia, solo el asistir te toca hasta merecer. Sale la Tierra. Tierra, a ti te toca el ver. Sale Gabriel. Cielo, a ti te toca oír. Sale la Inocencia. A ti te toca, Inocencia, de los tres el ejemplar, que es oír, ver y callar. Ya está Adán en tu presencia. ¿En qué le aprecias? Infiel fue, infinito su delito, y así ha de ser infinito precio el que has de dar por él. Sí, daré. ¿Infinito precio puede dar un hombre? Sí. Negado el principio, di: si de uno solo en aprecio infinito precio das, ¿cómo es posible ser pueda infinito el que te queda para todos los demás? ¿Qué precio has de darme? ¡Necio!, esta es objeción tan clara que la absolverá cualquiera, pues, infinito no fuera si infinito se gastara. Y así, por arcanos modos, puede lo infinito darse infinito a uno, y quedarse infinito para todos. Eso es decir que anda aquí algo de divinidad. Tú lo dices. La verdad primera que dél oí. Yo lo digo, pero no porque lo digo lo creo, y, esto aparte, ya deseo ver tan grande precio yo en mi poder. Sí verás, en dándomele tú a mí. ¿Yo he de darte el precio? Sí. ¡No me faltaba ahora más sobre la duda en que vivo –de si eres quien temo o no– que poner el precio yo y llevarte tú el cautivo! Pues mira cómo ha de ser: que tú el precio me has de dar y a él con él he de sacar y a todos de tu poder. ¡Hombre, que solo has venido a ser contra mi alto genio, emblema, que yo no alcanzo, enigma, que yo no entiendo!, tus raras proposiciones tan rabiosa ira en mi pecho han introducido que Babilonia de mí mesmo, confusión de confusiones soy, revistiéndose dentro dél cuantas sañas en otros yo he revestido, y supuesto que contra las fundaciones de rescate en que no hay medio, en mi espíritu se alistan para salirle al encuentro dogmas de apóstata, errores de idólatra, devaneos de paganos, terquedades de ateístas, y en efecto sobre odios de sectario, que son de los que hoy me precio, y cóleras de gentil, rencores de pueblo hebreo, ¿qué hay que esperar, sino que ambos sin canje o rescate presos quedéis, él por ti penando y tú por él padeciendo? Quizá es ese el infinito precio que has de darme. ¡Cielos!, ¿qué ha de ser de mí, que al mundo en tanto conflito he puesto? ¡Anima!, pues siendo yo la fortaleza, te aliento. ¡Confía!, pues soy la Gracia, y ves que hacia ti me acerco. ¿Mas que sobre la Inocencia viene a parar todo esto? Tierra, acuérdate de que en su venida suspenso quedé, cuando iba a decirte que en castigo del contento que mostraste habías de darme tú misma los instrumentos que aseguren mis temores, y, pues ya ha llegado el tiempo, trata de irme ministrando lo que te fuere pidiendo. Acuérdate también, Tierra, de que prometiste al cielo no tenerle nada oculto, y, así, a mi piadoso ruego, cuando a él dés rigores, dame a mí piedades. Mal puedo negarle a él ni darte a ti lo que quisiera mi afecto: bienes comunes mis bienes son, de ninguno soy dueño, el hombre planta, la nube riega, Dios da el incremento; ciencia fui del bien y el mal en un fruto, y, así, dejo al uso del mal o el bien los demás, no diga el tiempo que ni al pecado los rindo, ni a la Gracia los defiendo. Vase. ¿Qué importa que no me des lo que yo tomarme puedo? ¿No soy el león que, bruto monarca de tus desiertos, buscando a quien devorar, todos tus ámbitos cerco? Pues ¿cómo podrás negarme de mis tributos el feudo, mayormente cuando no tengo de pedirte de ellos los fértiles, sino antes los más áridos, más yertos, más escabrosos, sin flor, ni fruto? Aqueste primero peñasco lo diga, pues dél arrancaré a despecho de las prendidas raíces en su empedernido centro, zarzas, abrojos y espinas, como de estos campos, luego en inútiles abortos, sin siembra, cultura o riego, cambrones, juncos y espartos, y aun de las minas del hierro forjados clavos, que labra la fragua de mis incendios. Éstos son todos los dones, todos los caudales éstos, que a fuer de león te puede, por crüeles y sangrientos, en venganza de tu arrojo, dar mi rencoroso incendio. ¡Veamos, pues, si habrá quien diga ahora que con mis mesmos precios se rescató Adán! Sí, habrá. ¿Quién? Sale Abel con un cordero. Este cordero, que en los rebaños del valle de lágrimas que apaciento salió sin mancha, vestido de cándido vellón terso, diga la rendida fe con que, obligado al pretexto de tu piadosa venida, humilde a tus pies ofrezco. ¡Mira si habrá quién lo diga! Pues, ¿qué dice un corto obsequio que cuando quiera elevarse halla en el frase misterio entre lechugas amargas y ácimo pan? ¿Será cierto que amargo y que desabrido convierta el sabor en tedio? Quizá uno y otro es dulzura. ¿Quién puede conseguir eso? Salen Daniel con un panal, y Joseph con unas espigas. Yo, que sobre los leones, tuve preservado imperio. Yo, que del trigo las mieses, Señor, a mi cargo tengo. Dando los que fueron míos consecuencia al que fue ajeno. Porque del ácimo pan toleres lo áspero y seco. De la miel, que artificiosa abeja en él labró, a efecto de endulzar tus amarguras, este panal te presento. De las espigas, que en campos de Belén, limosna fueron de Ruth, en fe de que sean pan de ángeles a su tiempo, estas espigas te traigo. ¿Qué dulzura habrá si mezclo de ambos sabores el vino mirrado con los venenos de la hiel y del vinagre? Sale Noé con una vid. La de este fértil sarmiento que yo planté en esperanza de que produzca el ameno racimo que de Caleb y Aaron venga a ser primero fruto de la Prometida Tierra. ¿Y qué hará todo eso para que incrüento sea antídoto a lo crüento de mis dones? No hará que por sí satisfagan, pero hará que la Tierra vaya por la Gracia disponiendo que aquestos sean auxilios de esotros merecimientos. ¿Qué merecimientos? ¿Qué auxilios? Si antes de serlo reventaré yo la mina que a costa del sufrimiento cuanto estuvo hasta aquí ahumando, estará desde aquí ardiendo. ¿Cómo, infames, cómo, viles esclavos, atrevimiento tenéis, sin llamaros yo, de venir donde estoy? Esos dones, que la Tierra os da, volved a la Tierra, y luego… Arroja los dones, y vuelven a la prisión. …¡a la mazmorra, villanos!, que todavía soy vuestro Arráez dueño, que aún no está de Adán ajustado el precio. ¡Id todos! ¿Qué esperáis?, pues que de mi furor huyendo no vais al obscuro limbo, en cuyo albergue funesto, a nunca más ver la luz habéis de morir viviendo. Vivir muriendo dirás, pues, ya en Emanuel sabemos que Dios está con nosotros. Vanse los cautivos. Poco os durará el consuelo, si yo, cerrando estas puertas, de sus candados de acero y sus cerrojos de bronce, conmigo las llaves llevo; y para acabar con todo de una vez, este madero, que lo vegetable aún no conserva, pues esqueleto del monte, sin rama, ni hoja yace a la segur del cierzo, le dará muerte. Sale Isaac con otro tronco, y recibiendo el golpe enél, forma una cruz. ¡Detén del tronco el golpe violento!, o, al repararle del haz de leña que al hombro llevo, el que elegí para culto será ruina. Nada temo tu favor. Ni yo tu injuria, pues voluntario me ofrezco a recibir ambos troncos sobre mí, para que uniendo sus dos mitades, vea el orbe, que aquí oprobios y aquí obsequios, los unos los medios son de ser otros los remedios. ¡Cómo, si, pero, qué miro! ¡Qué jeroglífico, cielos, es –¡qué pena! – el que –¡qué angustia!– de los dos cruzados leños forma el aire, a cuya vista desalumbrado fallezco! Cae al lado derecho de Emanuel. ¡Qué listado arco de paz es el que en el aire veo, que a ti te postra su asombro y a mí su agradecimiento! Cae a la mano siniestra. Eso diré yo de parte de la Tierra, recogiendo con veneración sus dones. Recogen los dos los dones del suelo. Y yo de parte del cielo, elevando a adoración esotros, haré lo mesmo. El jeroglífico. El arco. Yo lo diré, mas primero, Inocencia, a mis espaldas ayuda a tener el peso de este árbol. Bien temí que había de pagar los yerros de la culpa la Inocencia. Pónele la cruz a las espaldas. ¡Absorta estoy! ¡Yo, suspenso! A mi diestro lado tú en Impireo trono excelso resplandeciente te viste; perdístele por soberbio. Tú también de terrenal alcázar te viste dueño; perdístele por ingrato, con que a mi lado siniestro, Adán, veniste cautivo. Nunca de tu atrevimiento tú me pediste perdón; tú con arrepentimiento lloraste y perdón pediste. Ofendiome tu protervo error; moviome tu llanto, y así, cuando te condeno a ti a exteriores tinieblas, a ti a rescatarte vengo, y, aunque llegando a la cruz, quedó consumado el precio del cautiverio de Adán, pagando en su cautiverio lo infinito a lo infinito, como hombre satisfaciendo al hombre en todo rigor de justicia; con todo eso, para que no quede nada que investigar al concepto, ya que el arco de la paz fue la cruz, al universo el jeroglífico sea ver que yo las manos trueco, y, puestos en cruz los brazos, por el cautivo padezco, y a fuer de buen redentor, el fiel al infiel prefiero, pasando tú al diestro lado y pasando tú al siniestro. Truecan los lugares el Furor y Adán, y queda Emanuel estendiendo los brazos arrimado a la cruz. ¡Qué no merecida dicha! ¡Qué no explicable tormento! ¡Qué misterioso prodigio! ¡Qué prodigioso misterio! Armas de la Trinidad me parece que estoy viendo. Sale la Tierra. ¿En qué –¡cielo! – habrán parado los dones? ¿Qué…?, mas, ¡qué veo!: falleciendo el redentor, a un tronco arrimado, en medio de un réprobo, un elegido; la Gracia al lado derecho, con cuantos dones de Gracia concedió a la Tierra el cielo; virgen espíritu al otro, con cuantos dones tuvieron favorecidas criaturas, que nunca visto portento el monte de la visión hoy incluye. El de haber puesto la redención de cautivos libre de su cautiverio al Género Humano. Aunque en este lugar me veo, al Género Humano libre no he de confiar por eso. Yo sí; acuérdate, Señor, de mí, y llévame a tu reino. Adán fue el que puse en venta; llévate, pues, a Adán, pero ¿cómo has de llevarte toda su descendencia, si tengo las llaves del calabozo en mi poder yo? Rompiendo los cerrojos y candados. ¿Tú? ¿Cómo? Solo diciendo: ¡abrid las puertas, abismos! Dentro. ¿A quién? Al Príncipe vuestro. ¡Otro prodigio, otro asombro! ¿Ves que a la voz de su imperio las rejas se han quebrantado, los candados se han deshecho y los cerrojos rompido? Sí, mas no me admira el verlos y que hierros se enternezcan cuando se perdonan yerros. Dentro. Sin duda, pues que se alumbran las sombras en que nos vemos, que Trinidad y Merced nuestro rescate han compuesto. Dentro. Publique vuestro alborozo su venida. Dentro. Sea aplaudiendo. Dentro Música. Al que es Redentor y Príncipe nuestro, rey de las virtudes, de las lides dueño. Entra tú, Gracia, conmigo, pues ya las puertas he abierto que antes rondaste cerradas. Dame tú, Gabriel, aliento, pues eres mi fortaleza. Tú, Inocencia, cobra esfuerzo para llevarme esa cruz, que para fortaleceros y descender a ese abismo antes diré de entrar dentro: en tus manos, Padre mío, el espíritu encomiendo. Vase, y suena Terremoto. Gracias, ¡oh Gracia!, te doy de que a conocerte vuelvo. Yo a ti, de que a un tiempo digan por ti abismo, tierra y cielo. Las gracias le demos al que es redentor y príncipe nuestro. Vanse. Terremoto. ¡Qué asombro! ¡Qué confusión! Mezcla música y estruendo. Música y terremoto. Rey de las virtudes, de las lides dueño, démosle las gracias, pues le conocemos. En el profundo alegría y en ti horror, Tierra, ¿qué es esto? ¿A quién lo preguntas, cuando soy la que más me estremezco a tanto asombro de rayos, de relámpagos y truenos? ¿Quién ha perturbado el orden de la luz, puesto que vemos iluminada la noche de ese pavoroso seno y obscurecida del día toda la región del viento, dando el fuego actividad para que, avivado el fuego, en embrïones de nubes arroje abortos de incendios? ¿Contra quién el mar en montes de espuma, torres de hielo, pensando apagarlo, escala los muros del firmamento? No sé, mas según su eclipse la luna turbia, sangriento el sol, turbadas las tropas de estrellas y de luceros, o padece su hacedor o el mundo espira. No menos que ese alterado motín de todos los elementos me asombra y me atemoriza ver que, rasgado su velo, si se cae, o no se cae está titubeando el templo. Aun bien, que entre tantas ruinas a mí me queda un consuelo. ¿Consuelo? Sí. ¿Qué es? Pensar todavía mi deseo al ver cuán glorioso sale de esa obscuridad, trayendo tras sí la gran multitud que estaba encerrada dentro, en fe de su libertad, con las insignias al pecho de Trinidad y Merced de Dios en los dos trofeos, unos de la Cruz y otros de los Católicos Reinos, que ha de enriquecer la Tierra con los tesoros del cielo, que ha de dejar en rescate. Pues, ¿cómo puede ser eso? ¿Son más que unos pobres dones? Eso ha de decir el tiempo, pues ahora basta que diga su triunfo en confusos ecos. ¡Por siglos de siglos viva redentor, que con tan nueva piedad a su reino lleva la cautividad cautiva! ¡Viva, viva! Van saliendo Emanuel, vestido de resurrección, ytodos los cautivos con las insignias de Trinidad yMerced, con sus mantos de cautivos. Cautivo el Género Humano estaba de infiel Furor… …y cautivo del amor… …con dueño más soberano… …triunfante va, donde ufano… …por siglos de siglos viva. A merced de compasiva Gracia, que de amor es prueba… …consigo a su reino lleva la cautividad cautiva. Contra todo aquese triunfo, aun con esperanzas quedo de que vuelva a mi prisión el Género Humano preso, que si de original culpa por ahora sale absuelto, él es tal que la actual le traerá a mi cautiverio. Cuando la humana flaqueza exponga a alguno a ese riesgo, aun para él habrá rescate en esos caudales mesmos. ¿Qué caudales? ¿Aquí hay más que baldones y improperios? ¿Allí hay más que pobres dones de un panal y de un cordero, de un leño, espiga y racimo? Pues, ¿no son bastantes esos para segundo perdón al que se aproveche dellos? ¿Cómo? Aparece un Niño en un carro. Eso dirá la fe en ese alto sacramento, en quien, cordero inmolado, pan de ángeles, sarmiento opimo, panal sabroso y ensangrentado madero se cifra, porque está en él realmente en alma y cuerpo el que hoy redentor se queda redentor, para el que habiendo por la puerta del bautismo entrado, pasare luego por la de la penitencia, volverá a vivir de nuevo a la vida de la Gracia por ser de la Gracia aumento. ¿Cómo, yo, si, cuando…? ¡No puedo hablar! ¡Qué! ¿Haces estremos? ¡Qué mucho que estremos haga yo, si haces tú sacramentos, a cuyo pasmo es forzoso vaya para siempre huyendo! Vase. Ya que a vista de mi Padre con tanta victoria vuelvo, lo que dije a los abismos decid todos a los cielos: ¡abrid las puertas, abrid! ¿A quién? Al principe vuestro. ¿Quién nuestro príncipe es? El que es de las lides dueño y señor de las virtudes, que hoy victorioso a su reino vuelve a vista de su Padre, coronado de trofeos. Nuestros yerros perdonando y todos con él diciendo: ¡Por siglos de siglos viva redentor, que con tan nueva piedad a su reino lleva la cautividad cautiva! ¡Viva, viva! FIN