Las Armas De La Hermosura Gran Comedia Personas que hablan en ella: CORIOLANO, galán LELIO, galán ENIO, galán AURELIO, viejo FLAVIO, viejo SABINIO, rey EMILIO, soldado PASQUÍN, gracioso VETURIA, dama LIBIA, criada ASTREA, reina RELATOR Cuatro damas Soldados romanos Soldados sabinos Criados Músicos Jornada Primera Córrese la cortina, y vense todos los bastidores del teatro trasmutados en aparadores de piezas de plata, y en medio una mesa llena de vasos y viandas, y sentados a ella hombres y mujeres, y en su principal asiento CORIOLANO y VETURIA, y los músicos detrás, arrimados al foro, y PASQUÍN y otros criados sirviendo a la mesa No puede amor hacer mi dicha mayor. Ni mi deseopasar del bien que [poseo?]. Sin duda, Veturia bella, esta canción se escribió por mí, pues solo fui yo feliz influjo de aquella de Venus brillante estrella; pues benigna en mi favor... No puede amor hacer mi dicha mayor. Mejor debo yo entender su benévolo influir; pues, dándome que sentir, me deja que agradecer; y más el día que a ser llegue la ventura mía tu esposa, pues ese día no podrán mi fe, mi empleo... Ni mi deseo pasar del bien que poseo. A tanta solemnidad desde ahora será bien que todos en parabién brindemos. A que su edad viva eterna. Y su beldad en fecunda sucesión a Roma ilustre. Éstos son convidados que me placen, que a un tiempo la razón hacen y deshacen la razón. No puede amor hacer mi dicha mayor, ni mi deseo pasar del bien que poseo. Todas, ya que la fortuna trocó el pesar en placer, esa salva hemos de hacer. ¿Cómo se podrá ninguna excusar, si cada una, de cuantas hoy Roma encierra, feliz el susto destierra de aquel pasado temor? "Y no puede amor hacer su dicha..." ¡Arma, guerra! Cajas y trompetas dentro, y alborótanse todos ¡Qué asombro! ¡Qué confusión! ¿Qué novedad será ésta, que dentro de Roma forman voces, cajas y trompetas? ¿Quién causa este estruendo? Salen AURELIO y ENIO de soldado Yo. ¿Tú, señor? Sí. Pues ¿qué intentas? Despertar tu torpe olvido, porque, al ver que en mi hijo empieza la reprehensión, sepan todos que, anticipada la queja, antes que a mí su pregunta, llegó a ellos mi respuesta. Quitad, romped, arrojad aparadores y mesas, nocivos faustos de Flora y Baco, cuando es bien sean pompas de Marte y Belona. Ocúltanse los aparadores y mesas Y porque la causa sepan, Enio, dile a Coriolano y a cuantos con él celebran, bastardos hijos del ocio, cultos al Amor, las nuevas que traes de Sabinia... Aparte (¡Cielos! ¿Qué nuevas pueden ser éstas?) Aparte (Oye y disimula.) ...en tanto que a toda Roma las cuentan públicos edictos que, para freno y para rienda de tan locos devaneos, dispone el Senado. Fuerza, como a primer senador, es, señor, que te obedezca, y fuerza también que haya, para que mejor se atiendan, de enlazar con su principio el nuevo motivo. Sea, no como quien le refiere, sino como quien le acuerda. Sabinio, rey de Sabinia, mal ofendido de aquella fingida amistad con que Rómulo, atento a que fuera eterna la población de su gran fábrica inmensa que, émula a Jerusalén, también en montes se asienta, y que no pudiera serlo, sin que de su descendencia la sucesión se propague, viendo cuánto para ella buscar consortes debía, convidó para unas fiestas los comarcanos sabinos con sus familias, en muestra de firmar con ellos paces. Si lo fueron o no, deja al silencio esas memorias, pues nadie hay que no las sepa, según en su gran teatro al mundo las representan el tiempo en veloces plumas, la fama en no tardas lenguas; y así, dejando asentada aquella parte primera del robo de las sabinas, ve a la segunda. Aparte (¡Oh inmensas deidades!¿Qué nuevas pueden ser que de pesar no sean?) Sabinio, rey de Sabinia, mal ofendido de aquella fingida amistad, trató hacer a Rómulo guerra, y Rómulo resistirla, careando injuria y ofensa, el uno por castigarla, y el otro por mantenerla; persuadido el uno a que satisface el que se venga y el otro a que nunca tuvo lo no bien hecho otra enmienda del arrojo que lo obró, que el valor que lo sustenta. Dos veces, pues, el sabino a Roma asaltó, y en ella dos veces le obligó a que, rechazada su soberbia, levantase el sitio, dando a la dominante estrella de Rómulo por vencida de la suya la influencia. En este intermedio Roma, ufana, alegre y contenta, vencedora de sus armas, vencida de sus bellezas, procurando reducir a cariño la violencia, toda era festines, toda agasajos y finezas, bien como toda Sabinia llantos, suspiros y quejas; que entre ofensor y ofendido tan neutral vive la ofensa que a uno el gozo se la olvida y a otro el dolor se la acuerda. En esta desigualdad, ambas fortunas suspensas, viendo Sabinio que, muerto Rómulo, la suya adversa sin dominante enemigo quedaba y que a Numa, que era a quien nombrado dejó por su sucesor, resuelta en ser república Roma, no sólo le dio obediencia, pero echándole de sí, eligió en plebe y nobleza senadores y tribunos, que en libertad la mantengan. Sabinio, pues --porque el hilo en la digresión no pierda--, procurando aprovechar aquella vulgar sentencia de ser sin cabeza un pueblo monstruo de muchas cabezas, en una parte y en otra viendo también cuán ajena Roma de sus altos triunfos deleitosamente deja de ser campaña de Marte por ser de Cupido selva, a repetidas instancias de la soberana Astrea --que, celtíbera española, desde el día que, deshechas sus gentes, volvió su esposo, ni él ni nadie llegó a verla o sin lágrimas los ojos o el semblante sin tristeza--, secretas levas dispuso; pero como esto de levas es mina que por el más breve resquicio revienta, al Senado sus vislumbres llegaron en humo envueltas; de suerte que, al inquirirse, si eran ciertas o no ciertas, a mí, que por más servicios nombró en la elección primera del pueblo primer tribuno, me dio orden de que füera a informarme, disfrazado en nombre, en traje y en lengua, del estado y del designio; con que a poca diligencia pudo informarme mejor la vista que la cautela; que enmudecen los ardides donde hablan las evidencias. A toda Sabinia hallé, sin recato de que sea contra Roma la jornada, no tan sólo en arma puesta, pero en marcha; a cuyo efecto estaban pasando muestra de militares pertrechos todas las campañas llenas. Numerosas huestes son las que alistadas se asientan, según supe, voluntarias; porque --como dije-- Astrea, que adquirir de vengadora de las mujeres intenta el alto nombre, en persona las conduce y las alienta con tan gran jactancia, que sus tremoladas banderas, jeroglíficos del aire, componen en cuatro letras el vanaglorioso enigma de ser su victoria cierta. Una S, una P, una Q y una R son, cuya empresa descifrada decir quiere --según todos la interpretan--: Al Sabino Pueblo ¿Quién Resistirá?Y con tal priesa a lento paso la marcha disponen, que me fue fuerza, según su vecina línea confinante es de la nuestra, por llegar antes, valerme de toda la diligencia que pude.Pero por más que lo intenté, la sospecha o nota de desmandado me detuvo; y así llegan a ser de mis voces ecos sus cajas y sus trompetas, cuando lejanos repiten al viento, que se las lleva, y al eco, que nos las trae: Cajas y voces [dentro] a lo lejos ¡Arma, arma!¡Guerra, guerra! Aparte (Bien temí que había de ser segunda desdicha nuestra.) Mira, con estas noticias, si ha sido prevención cuerda que otras trompetas y cajas despertador tuyo sean, y de cuantos hoy en Roma divertidos no se acuerdan de aquellos primeros héroes, que de apagadas pavesas fueron incendio de Europa, hasta coronarla reina del orbe.Y, dejando aparte abandonadas proezas, que en Africa y en España Rómulo dejó dispuestas, y hoy yacen en el infame sepulcro de la pereza ¿a qué más puede llegar el baldón de la honra nuestra que a pensar el enemigo que ya Roma no es la que era, pues se promete en sus timbres que no ha de hallar resistencia? Demás desto, ¿es bien que yo a un noble ofendido tenga y no tenga mira a que es desproporción muy ciega que él desvelado maquine y yo descuidado duerma, mayormente al blando sueño de tan contrarias sirenas que, si otras cantando matan, ellas llorando deleitan? ¡Oh, nunca hubierais...! Perdona, señor, y dame licencia para suplicarte que, no enojado las ofendas, ni a ellas ni a cuantos conmigo a mi ruego las festejan; y más en este jardín, donde Veturia se alberga, noble matrona, a quien todas reconocen preeminencia por su real sangre; que no es culpa suya ni nuestra el que en ellas sea agasajo lo que en nosotros es deuda. La culpa fue del primero que robadas las violenta, no de los que, ya robadas, procuran que estén contentas; que, para tenerlas tristes, mejor fuera no tenerlas. Si hacerlas nuestras quisimos, ¿cómo habían de ser nuestras si, en nuestro poder quejosas, siempre quedaban ajenas? Que desde el odio al cariño no es fácil de hallar la senda si no es que la facilite la caricia, la fineza, el obsequio, el rendimiento, la atención y la asistencia, que son las que sólo saben hacer voluntad la fuerza. Decir que esto del valor nos ha olvidado, es propuesta tan vana, que el mismo Marte el primero es que la niega, puesto que, amante de Venus, al mundo puso en sospecha de que él y Cupido habían trocado dardos y flechas; viendo cuánto ventajoso, porque su dama lo sepa, pelea el soldado que con armas de amor pelea, juzgando que son de Marte. Y para que mejor veas que ser galán en la paz no es ser cobarde en la guerra, el primero seré yo que, de la patria en defensa, al opósito le salga. Y así, para disponerla, iré por plazas y calles, diciendo en voces diversas: dentro ¡Viva Coriolano! ¡Viva! Oye, hasta averiguar éstas. Salen FLAVIO, LELIO y SOLDADOS Yo lo diré, que en tu busca vengo, para que lo sepas. Proponiéndole al tumulto de la plebe y la nobleza cuánto conviene salir a impedir el paso desa no impensada invasión, antes que pise la línea nuestra, ocupando los estrechos pasos y las eminencias, a fin de que, ya que entren, entren peleando, en que es fuerza que pierdan gente, y quizá que gente y jactancia pierdan, dije que presto el Senado nombraría a quien convenga que vaya por general; a que dieron por respuesta, reduciéndose a una voz, de varias voces compuesta:... dentro ¡Viva Coriolano! ¡Viva! De suerte que, antes que sea consulta, la aclamación común quiere que cabeza suya sea Coriolano, de que vengo a darte cuenta, por si acepta o no. ¿Qué es dudar si acepta o no acepta, siendo mi hijo?--- Coriolano, ya ves en lo que te empeña la común aclamación del pueblo. La vida hubiera dado en albricias, señor, a no importar mantenerla para que, en servicio suyo, en mejor trance la pierda; en cuyo agradecimiento a Flavio las plantas besa mi humildad y a Lelio da los brazos, bien como prendas de quien se obliga a pagar, reconocida la deuda. El mérito es quien te adquiere este honor. Aparte (¡Que también sea hijo yo de senador, y de mi.... ¡Oh envidia, deja de afligirme!)Y el primero seré que irá a tu obediencia por soldado tuyo. Yo no te doy la enhorabuena, porque me la he dado a mí, en fe de lo que interesa en tus honores mi honor. A entrambos os lo agradezca mi amistad; que con los dos, tú, Lelio, de la nobleza cabo; tú, Enio, de la plebe, ¿qué riesgo habrá que no emprenda? ¿Ni quién que a ti no te siga? Aparte (Yo, porque allí Libia señas me hace de que allá no vaya.) Pues porque tiempo no pierda, retiraos todas vosotras, cada una a su vivienda, de donde ninguna salga, mientras se pasa la muestra de la gente que se aliste; porque, si acaso la pesa el ver ir contra su patria, no impida al que complacerla intente. Ninguna habrá tan livianamente necia que ya no desee que Roma contra los sabinos venza; que las materias de honor son tan vidriosas materias que con el más leve soplo se empañan, si no se quiebran. Y, siendo así que estuvimos todas a morir resueltas, antes de admitir a quien con fe y palabra no fuera de esposo, con todo eso el empacho y la vergüenza de no volver a ser propias de quien ya fuimos ajenas nos obligara a que todas, si nos diérades licencia, saliéramos a campaña; y yo fuera la primera que el arnés trenzado, el fresno blandido en la mano diestra, en la siniestra el escudo, y con el tiento en la rienda, montado el corcel bridón, la diera a entender a Astrea cómo ya de su venganza no necesita la nuestra. ¿Quién pudo desempeñarse ni más noble ni más cuerda? Lo mismo todas decimos. No es la resolución ésa que queremos de vosotras. No; que otra habrá, en que se vea que las mujeres no son tan dueños nuestros que puedan en descrédito poner de Roma el valor. Ni ésa tampoco es para aquí. A CORIOLANO Ahora ven, pues, adonde te ofrezca, con pública aclamación, de todo el pueblo en presencia, el Senado la bengala, estoque, toga y diadema de general de sus armas. Más me ha de dar. ¿Qué es? Licencia de que responda a Sabinio, y al mote de sus banderas, poniendo yo en las de Roma el mismo. ¿De qué manera? S, P, Q, y R son cuatro letras que interpretan: ¿Al Sabino Pueblo Quién Resistirá? Y con las mesmas a su arrogante pregunta han de responder las nuestras, para que conozca el mundo cuán en un caso concuerdan gramáticas militares, la pregunta y la respuesta: pues si S, P, Q y R ¿Quién piensa hacer resistencia al sabino pueblo? dicen, también dirán a quien lea en nuestro favor el mote de sus mismas cuatro letras: Senado y Pueblo Romano es Quien resistirle piensa. Bien lo has pensado. Dentro cajas y voces a lo lejos ¡Arma, arma! Y pues se oyen de más cerca ya sus cajas, responded a su salva. ¡Guerra, guerra! Y por si acaso llegaron, según a mi oído suenan, acá sus voces, diciendo... ¿Quién ha de hacer resistencia al sabino pueblo? Digan al mismo compás las nuestras... Senado y pueblo romano. ¡Vivan Sabinio y Astrea! ¡Coriolano y Roma vivan! Perdona, Veturia bella, que, si voy contra tu patria, también voy en tu defensa. Vase ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Vanse todos Salen marchando SOLDADOS, y uno trae una bandera con las letras que han dicho los versos, y detrás SABINIO y ASTREA con espada y bengala En la cumbre eminente del esquilino monte que, atalaya de todo el horizonte, empina al orbe de zafir la frente, alto haga nuestra gente hasta reconocer si tiene acaso Roma ocupada de su estrecho paso la entrada que, otra vez padrastro mío, favoreció la vecindad del río; y así, hasta que los batidores vuelvan, e informados resuelvan por dónde menos fuerte sendas abra, alto haced. Alto, y pase la palabra. Repítenlo OTROS Ya, soberana Astrea, pisas la raya en que la luz febea del sol entre Sabinia y Roma parte jurisdicciones, pues que no sin arte interpuso por valla el bastión desa rústica muralla, que a una y otra divida, bien que en vano una y otra defendida, el día que hacerlas enemigas quiso su trato infiel. Ya desde aquí diviso, aunque no bien, aquélla que, ayer vil choza y hoy fábrica bella, tan elevada sube que empieza en muro y se remata en nube. ¡Oh tú de la fortuna trasmutado teatro, cuya escena, no sé si diga de piedades llena o llena de crueldades, que tal vez son crüeles las piedades, en yerto albergue dio primera cuna a aquéllos que, arrojados de ignoradas entrañas, hambrienta loba halló, que en sus montañas recién nacidos, ya que no abortados, eran espurios hijos de los hados! ¡Oh tú que, en lo voraz de su fiereza, mudando especie la naturaleza, viste, en vez de ser ellos de su hambriento furor destrozo, en cándido alimento trocar la saña, haciendo que ellos fuesen los que della al revés se mantuviesen! Si a sus pechos criados, si a su calor dormidos, si de roncos anhélitos gorgeados crecieron, arrullados a gemidos, ¿qué mucho que, bandidos, sañudamente fieros, se juntaran con otros bandoleros para vivir, sin Dios, sin fe, sin culto, del homicidio, el robo y el insulto? Desta, pues, compañía Rómulo capitán, temiendo el día de tu mudanza, a fin de resguardarse, trató fortificarse, para cuyo seguro el surco de un arado lineó muro, con ley tan inviolable que, su extremo asaltarle costó la vida a Remo. Éste fue --¡oh tú, otra vez, varia fortuna, condicional imagen de la luna!-- el origen que altiva te conserva crecida, a imitación de mala yerba. Pero ya tu castigo llega, pues llega mi valor conmigo; y así, antes que sus armas se prevengan --vengan los batidores o no vengan--, entremos en sus lindes desde luego, publicando la guerra a sangre y fuego. La espera, Astrea, en muchas ocasiones consiguió altos blasones. También la espera la perdió otras tantas, y quizá más. Sale EMILIO Dame, señor, tus plantas. ¿Qué hay, Emilio, de nuevo? Apenas a contártelo me atrevo. Por no decirte que apenas de aquestos riscos soberbios con una avanzada escuadra vencí el arrugado ceño, cuando desde la eminencia vi todo el valle cubierto de romanos escuadrones, que en buena marcha dispuestos, como iban llegando, iban tomando, unos los estrechos pasos, otros desmontando los troncos, para con ellos atrincherarse; y los otros doblándose, porque a tiempos, donde importe, el retén pueda ir reclutando los puestos. ¿Eso excusabas decirnos? Pues toma en albricias deso esta sortija, que yo a tener que vencer vengo.-- Manda, Sabinio, que al arma toque el ejército nuestro, antes que se fortifiquen. Con ese español aliento, ¿quién no ha de animarse? Vayan por los costados cubriendo en las quiebras y surtidas coseletes y flecheros a la caballería, y ella, des[f]ilada en buen concierto, procure cobrar el llano, donde, trocados los riesgos, cubra ella a la infantería, dándose las manos, puesto que las dos son los dos brazos de todo el militar cuerpo. Toca a embestir, y un caballo me dad. Y a mí otro; que tengo de ser la primera yo que, complacido mi esfuerzo, vea la cara al enemigo, la caballería rigiendo. Pues porque la infantería no vaya en el desconsuelo de ir sin ti y sin mí, seré yo quien gobierne sus tercios. Pues, ¡al arma! Pues, ¡al arma! ¿Quién no ha de seguir su ejemplo? ¡Vivan Sabinio y Astrea! Suenan las cajas y éntranse.Salen CORIOLANO, LELIO, ENIO, y dos SOLDADOS, con dos banderas, una roja y otra blanca, con las mismas letras Pues el sabino resuelto, para no darnos lugar a que nos fortifiquemos, baja avanzando sus tropas, fuerza es salirle al encuentro, para no darle nosotros lugar a él a que, viniendo como viene, desfilado, pueda, vencido lo estrecho, doblarse en lo llano.Ea, generoso invicto Lelio, pues, cabo de la nobleza, la vanguardia en el derecho costado te toca, ocupa tu lugar. En él ofrezco morir --que una cosa es callar yo mis sentimientos y otra que mi honor no diga que es mío--.Tremole el viento la siempre roja bandera del Senado, con el nuevo jeroglífico, a quien sigan todos mis parciales. Vase Enio, tú en el siniestro costado tu lugar toma; que en medio del cuerpo de la batalla quedo yo, distribuyendo los órdenes, porque acuda donde convenga el refuerzo. Despliegue también al aire su blanca bandera el pueblo, que no es el que menos sabe dar victorias a sus reinos. Vase. Suenan cajas, y dentro ruido de armas [y voces] ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡Fuertes sabinos, a ellos! ¡A ellos, valientes romanos! Ya los unos descendiendo, y ya subiendo los otros, en el más fragoso seno del monte, a medir las armas llegan entrambos encuentros. Disputada la batalla crece, conque al sol cubriendo nubes de plumas las flechas, tempestad parece, siendo del eclipse de sus rayos cajas y trompetas truenos, de quien relámpagos son las chispas de los aceros. Todo es horror, todo es grima, todo asombro, todo incendio. ¡Avanza, caballería, antes que en nuestro terreno llegue a doblarse la suya. ¡A ellos, sabinos! ¡A ellos! Suena la caja ¿Qué es aquello?¡Ay infelice!. que a lo que desde aquí veo, parece que, recargados vuelven a perder los nuestros los puestos que habían ganado. ¡Ea, fortuna, ya es tiempo de que todo lo perdamos o que todo lo ganemos! Síganme todas las tropas en batallones y tercios, pues no hay más órdenes ya que dar, que morir resueltos. ¡Volved, soldados, volved!, que ya voy a socorreros. Piérdase la vida, y no la fama. Vase. Suenan las cajas y ruido, y sale como despeñada ASTREA ¡Valedme, cielos! Que, desbocado el caballo, con no matarme, me ha muerto, si hay quien piense que el salir de la batalla fue huyendo; y no fue, sino que el hado o tarde o nunca el contento cumplido dio, bien que en vano hoy de su rigor me quejo, pues tampoco dio cumplida la desdicha el día que, habiendo vencido la cumbre al monte, al descender de su centro, corriendo por intrincados riscos el bruto soberbio, no me echó de sí, hasta que trocó de un tronco el tropiezo al golpe de la caída la amenaza del despeño. Con que, aunque rendida, aunque fatigada, en un desierto triste y sola me halle, a causa de que los que me siguieron y no alcanzaron, perdida de vista, sin mí habrán vuelto; con todo eso el quedar viva es tan natural consuelo que, siendo el vivir lo más, todo lo demás es menos. Suenan las cajas Y así, a pesar del cansancio, pues para elegir no hay medios, procure hallar senda que me vuelva a mi gente, puesto que, para servir de norte, me basta el confuso estruendo que, sin decirme en qué estado la batalla está, a lo lejos me está diciendo que dura, en mal pronunciados ecos. Por esta parte parece que el enmarañado seno da menos fragoso paso; seguir la vereda quiero, no en vano, pues a lo inculto quitado el impedimento, ya descubro la campaña y en ella, o miente el deseo o son nuestras las banderas que miro.Sin duda, cielos, la victoria consiguió Sabinio, puesto que veo en su rotulado enigma tremolar el blasón nuestro destotra parte del monte. Pues ¿qué aguardo?Pues ¿qué espero? ¡Oh si fuera verdad que tiene alas el pensamiento, para llegar a los brazos de Sabinio, y darle en ellos de mi vida y su victoria dos parabienes a un tiempo! Vase. Salen CORIOLANO, LELIO, ENIO y SOLDADOS con las banderas ¡Victoria por el invicto heroico caudillo nuestro! No sé qué gracias te deba dar nuestro agradecimiento; pues cuando, casi perdidos nos hallábamos, tu esfuerzo bastó a que el sabino vuelva desbaratado y deshecho. ¿Qué gracias podemos dar que sean bastante aprecio a quien supo disponer el socorro a tan buen tiempo que, derrotado el contrario, quedase el campo por nuestro? Vuestro fue el valor y mía la dicha de llegar presto. Y por partirla contigo, a llevar las nuevas, Lelio, desta victoria al Senado ve, en tanto que yo prevengo que las fortificaciones, para que antes no hubo tiempo, prosigan, por si otra vez, reforzándose de nuevo, vuelve, no desprevenidos nos halle. Tus manos beso por ese honor, y no tanto por las albricias le acepto, cuanto porque se prevenga el aparatoso obsequio del triunfo que debe hacer Roma a tu recibimiento. Vase ¡Victoria por el invicto heroico caudillo nuestro! Sale ASTREA ¿Victoria por el invicto heroico caudillo nuestro? ¿Quién duda que por mi esposo es la aclamación, supuesto que son suyas las banderas que ya de más cerca veo? Pues ¿qué aguardo?-- Generosos sabinos, a cuyos hechos faltan a la fama bronces, faltan láminas al tiempo, mil veces enhorabuena sea el alto vencimiento desos aleves romanos, y guïadme donde dellos victorioso vea a mi esposo. Hermoso prodigio bello, cuyo revesado enigma ni le alcanzo ni le entiendo, ¿cómo a los romanos llamas sabinos?Y ¿cómo, luego, dando a quien no te oye el lauro, das a quien te oye el desprecio? Luego ¿estos timbres no son de Sabinio? No; que, huyendo, segunda vez derrotado a Roma la espalda ha vuelto. Luego ¿esas banderas son ganadas? Tampoco es eso, sino que, pues preguntaron las suyas que "quién al pueblo sabino resistiría?" con sus caracteres mesmos Senado y pueblo romano las nuestras le respondieron. ¡Ay infelice de mí! Que el equívoco me ha muerto. Quizá te ha dado la vida, puesto que has llegado a puerto donde las mujeres tienen, con franca escala el respeto, cortesanos pasaportes de inviolables privilegios. ¿Quién eres, pues, y qué causa engañada te trae? Aparte (¡Cielos, perdida estoy si se sabe quién soy!¡Válgame el ingenio!) Astrea, española Palas, añadiendo al sentimiento del robo de sus matronas el de levantar el cerco que puso a Roma en venganza suya su esposo, hizo extremos tales que, hasta persuadirle a que volviese de nuevo a sitiarla, no dejó de instarle, valida a tiempos de la maña del cariño o de la fuerza del ceño. No en esto solo paró su generoso ardimiento, sino que en persona había ella de venir, a efecto de que agravio de mujeres a mujer le toca el duelo. Entre las damas que trajo en su servicio... El acento suspende, detén la voz. Pues ¿por qué? Porque no quiero saber más de que eres dama de Astrea. Aparte (Sin duda hoy muero, vengándose della en mí.) ¡Enio! ¿Señor? Al momento manda poner el caballo mejor que en mi estala tengo; monta en otro, y nombra una escolta de hasta otros ciento, con un trompeta, que vaya contigo. Vase ENIO Aparte (¡Ay de mí, que esto mira a enviarme prisionera a Roma!) Por si entre ellos nos nombra, vamos tras él. Vamos, y sea diciendo... ¡Victoria por el invicto heroico caudillo nuestro! Aparte (¡Ay, Sabinio, si esto vieras, cuál fuera tu sentimiento!) (¡Ay, Veturia, cuál sería tu gozo si vieras esto!) Aparte (Mas no me dé por vencida; prosiga, hasta ver si puedo moverle a lástima.) Astrea, en quien vasallaje y deudo en mi fortuna afianzaron repetido el valimiento, entre las demás que trajo, vuelvo a decir... También vuelvo a decir yo que suspendas acento y voz. Pues ¿no tengo de decir....? Nada hay que digas. ¿...que entrando ella...? Es vano intento. ¿...en la lid...? Porfías en balde. ¿...yo...? No más. ...en seguimiento suyo... Basta. ...mi caballo, roto el alacrán del freno... No te canses. ...me arrojó adonde...? ¿De qué provecho es que quieras tú decirlo, si yo no quiero saberlo? Aparte (¡Oh qué clara mi desdicha dice su desabrimiento!) Ya está todo prevenido. Ahora verás que no tengo más que saber que saber que vienes, bello portento, en el servicio de Astrea. Ponte a caballo.--Y tú, Enio, de convoy la retaguardia de su ejército siguiendo ve, hasta que haga, recobrado, alto, o tome alojamiento; y en dándole vista, haz alto tú también, haciendo seña de paz y llamada. Con que es fuerza que, viniendo algún cabo principal a parlamentar, tu intento sepa, que es ir convoyando a esta dama.Con que, en viendo que ella conoce a su gente y que quedando con ellos, queda a su satisfacción, en seguro salvamento, sin más esperar, la rienda vuelve.Y mira que te advierto que ni a ella ni a ellos les digas quién soy. ¿Qué es lo que oigo, cielos? ¿A mi patria me envías? Sí; que los generosos pechos lidiamos porque lidiamos, mas no nos aborrecemos para las cortesanías. Deja que a tus pies... No extremos hagas; que no hay que estimarme lo que hago yo por mí mesmo. Parte, pues, y dile a Astrea que un romano caballero apenas oyó su nombre en tus labios cuando, atento a la estimación, al culto, al decoro y al respeto que debe a la majestad de tan generoso dueño, te estimó por prenda suya, principalmente sabiendo que vienes en su servicio; y porque un punto, un momento no faltes dél, te remite a excusar el sentimiento de echarte menos, que eres tú muy para echada menos. Y perdóname no ser yo el que te vaya sirviendo, porque no puedo faltar de aquí. Ya que te merezco tan gran fineza, merezca saber a quién se la debo. Eso no; que has de ir deudora aun del agradecimiento. Ya que tú no me lo digas, quizá me lo dirá el tiempo. Pues no le pierdas ahora, si le habrás menester luego. Parte, pues. Ya allí el caballo te espera. Sí haré, supuesto que el don del liberal, cuando le recibo, le agradezco. Pues, adiós, hermosa dama. Adiós, cortés caballero. Y cree de mí... Y cree de mí... Vete en paz. Guárdete el cielo. Vanse. Salen LELIO y PASQUÍN Pasquín, pues que ya al Senado cuenta di de la victoria y, atento a tan alta gloria, a Coriolano ha enviado orden de que al punto venga para, liberal con él, ceñirle el sacro laurel, que es bien que por premio tenga, dime, ya que tú no fuiste al campo, ¿qué novedad en mi ausencia en la ciudad ha habido, y en qué consiste que a ninguna mujer veo en calle, puerta o ventana? Consiste en no tener gana de ser vistas sin aseo. ¿Sin aseo?Eso no entiendo. Pues fácil es de entender que no quiera una mujer parecer, no pareciendo. ¿Enigmas hablas conmigo? ¡Pluguiera a Dios que lo fueran! Que ellas te lo agradecieran, y a mí el que no te las digo. Pues hásmelo de decir. Sí haré, mas con calidad de que creas que es verdad cuanto te he de referir, y no ficción. Sí creeré. Pues con eso va de historia. Aquí, apuntador, memoria tu anacardina me dé. Viendo el Senado que había el siempre absoluto imperio de las mujeres ganado tanto en Roma los afectos que dio causa al enemigo para olvidarse soberbio, con nuestro presente ocio, de su pasado escarmiento, y que no sólo era el daño, divertidos en festejos, estragar de la milicia el antiguo valor nuestro, mas también de los haberes el caudal, por los excesos de sus galas, de que ellas usaban tan sin acuerdo que, de bizarros, sus trajes se pasaban a no honestos; y viendo cuán principal parte es, en fe del aseo, para ser imán del alma, el artificio del cuerpo, pues la no hermosa con él disimula sus defectos y la hermosa con aliño da a su perfección aumento, una ley ha publicado en que manda, lo primero, que no sean admitidas a los militares puestos ni políticos, negadas a cuanto es valor e ingenio; que ninguna mujer pueda del hábito que hoy trae puesto mudar la forma, inventando por instantes usos nuevos; y que, para renovarlos, haya de ser con precepto de que sean propias telas, sin géneros extranjeros, oropel del gusto, mucho brillante y poco provecho, y éstas sin oro y sin plata; ni usar tampoco de pelo que propio no sea, de afeites, baños, perfumes ni ungüentos; y que, pues hidalgas son, no sólo no nos den pechos, pero ni pechos ni espaldas; y en fin lo que más sintieron fue que no salgan en coches a los públicos paseos, ni permitan en sus casas banquetes, bailes ni juegos; con que no quedó mujer que no confesase luego al potro del desengaño las culpas del embeleco: las flacas, que a pura enagua sacaban para sus huesos cuanta carne ellas querían de en casa de los roperos, volvían a ser büidas; las gordas, que atribuyeron a sobras de lo abrigado las faltas de lo cenceño, se volvieron a ser cubas; y sin tinte en los cabellos las viejas a ser palomas, las morenas a ser cuervos. Ya todas la verdad dicen, ya son todas las que vemos, porque la gala, "afufón," el artificio lo mesmo, el arrebol, ni por lumbre, el solimán, ni por pienso, los islanes, "abrenuncio," los sacristanes, "arredro," los alcanfores son chanza, las blandurillas son cuento, la clara de huevo, "tate," el resplandor quedo, quedo, el albayalde, "exi foras," la neguilla, "vade retro." Y, en fin, para no cansarte, paso entre paso se fueron los escotados al rollo y los jaques al infierno, con que, para no ser vistas, unas y otras se escondieron, desengañadas de que para más no las habemos menester que para hilar, coser y echar un remiendo. No sé, Pasquín, qué te diga de cuanto... Dentro tocan cajas y atabalillos Mas ¿qué es aquello? ¡Victoria por el invicto heroico caudillo nuestro! Es que el Senado ha salido de la ciudad a las puertas, para Coriolano abiertas, donde esperarle ha querido, para que en ostentación del aplauso que han ganado las insignias que el Senado le dio por aclamación, con ellas quieren llevarle de Roma al gran Capitolio, en cuyo eminente solio el sacro lauro han de darle que a la victoria campal pertenece. Fuerza es acompañarle yo, pues, aunque otra lid desigual lucha en mí, no es tiempo ya de ella, pues contrapesó el socorro que me dio a la envidia que me da. Con que en uno y otro muestro que ni uno ni otro permito. ¡Victoria por el invicto heroico caudillo nuestro! Tocan las chirimías y atabalillos, y salen por un lado CORIOLANO y SOLDADOS, y por otro el ACOMPAÑAMIENTO que pueda con las banderas, uno con un laurel en una fuente, otro con bastoncillo en otra, otro con un estoque en medio desnudo al hombro, y detrás AURELIO y FLAVIO En hora dichosa vean (¡ay hijo del alma mía!) mis canas el fausto día de tu aplauso, y en él sean del fénix mis regocijos, de hoy en su edad desengaños, pues la hoguera de los años es la virtud de los hijos. En hora dichosa vengas, valeroso Coriolano, donde del pueblo romano el merecido don tengas que tal victoria merece. A uno y otro doy los brazos, por ser prisiones sus lazos que mi humildad os ofrece.-- (En fin, no has de dar, Fortuna, cumplido ningún deseo, pues a Veturia no veo, ni aun otra mujer alguna, por calles y plazas.) Ven donde honrado entre nosotros el pueblo te vea. Vosotros repetid el parabién. ¡Victoria... Sale VETURIA No prosigáis en decir "por el invicto heroico caudillo nuestro;" que no es de ese nombre digno. ¿Qué es esto, Veturia? Es que en público el valor mío se atreve a hablar, pues habló en público vuestro edicto. Que no es digno de ese honor Coriolano, otra vez digo, ni en vosotros para dado, ni en él para recibido; porque siendo las mujeres el espejo cristalino del honor del hombre, ¿cómo puede, estando a un tiempo mismo en nosotras empañado, estar en vosotros limpio? No blasonéis, pues, soldados, en la rota del sabino, de que venís con honor; que si valientes y altivos allá le dejáis ganado, acá le hallaréis perdido. Inútil os fue el valor, poco provechoso el brío, la resolución sin logro y sin efecto el peligro, pues [nada lográis quedando] ya de nosotras mal vistos; que si, en fe de apetecidas, vuestro agasajo nos hizo que descansase la queja a la sombra del cariño, ¿qué mucho que, despreciadas, al contrario, el albedrío, que fue dócil al halago, sea rebelde al desvío? Como esposas nos tratasteis, nobles, corteses y finos; pues ¿cómo ya como esclavas nos tratáis, con tal dominio que en mujeriles adornos aun no nos dejáis arbitrio? No lo sentimos por ellos; que por lo que lo sentimos es la desestimación, el desdén, el descariño, el ultraje, el ajamiento; que si el mundo en su principio nos privó (quizá de miedo) del uso de armas y libros, no del uso nos privó de aquel aplicado aliño con que la naturaleza se vale del artificio. Pues ¿cómo, siendo heredados, contra el natural estilo canceláis de las mujeres los privilegios antiguos? ¿Qué bruta nación, adonde nunca llegar han podido ni la política en leyes, ni la república en juicios; ¿qué adusto bárbaro, a quien tostó ardiente, erizó esquivo el sol la tez en ardores y el aire la greña en rizos, les negó la adoración del humano sacrificio de ser ellas las rogadas y ser ellos los rendidos, cuanto más la urbanidad de los comercios que, dignos, sin deslizarse a indecentes, se mantienen en festivos? Las mujeres, a quien deben primer albergue nativo los hombres y a quien los hombres en dos maneras han sido tan costosos al nacer, y al criarse tan prolijos, ¿han de vivir abatidas a vista de quien las quiso o lo dijo, por lo menos, pues basta ver que lo dijo para ver cuán desairados estar todos es preciso, vosotros con vuestras damas, y Coriolano conmigo? Y así yo, en nombre de todas, en ira envuelta el sentido, la lengua anegada en quejas, la voz ardiendo en suspiros, brotado el aliento en rayos, destilado el llanto en hilos, sin puntualidad la gala, sin preceptos el aliño, sin ley vagando el cabello, sin orden puesto el vestido, vuelvo a que, en nombre de todas, digo a todos lo que a él digo. Por noble, pues, Coriolano, por galán, por entendido, por cortesano en la paz, en la guerra por invicto, o por hombre solamente (que harto con esto te obligo), si como dama, te ruego y como esclava, te pido que aquesta infamia derogues, haciendo que su designio se borre de la memoria y se escriba en el olvido. Y si acaso a esta fineza, de cobarde o de remiso, no te dispone lo amante, no te resuelve lo fino, yo de mi parte a ti solo y a todos os lo repito de parte de las demás; protesto, juro y afirmo (por esa antorcha del día que con afán repetido se apaga al morir en ondas, se enciende al nacer en visos) que ha de ser siempre en nosotras, si no hacéis lo que os pedimos, el agasajo forzado, poco seguro el cariño, el favor poco constante, el desabrimiento fijo, triste y escabroso el lecho, el gusto forzado y tibio, con melindres la fineza, el halago con retiros, siempre el enojo rebelde, nunca seguro el alivio. Y cuando aquesto no baste, monstruos somos vengativos. Temed, pues, temed que el odio quizá se pase a peligro; que en manos de las mujeres también, con violentos bríos, saben herir los puñales, saben cortar los cuchillos. Y cuando no, ser sus ojos, viendo el adagio cumplido, de que las mujeres somos milagros y basiliscos. Vase Oye, espera. ¿Dónde vas? Tras el imán que, atractivo móvil del alma, arrastrados lleva todos mis sentidos. Si a efecto es de castigar los oprobios que te ha dicho, eso al Senado le toca. Tan contrario es el motivo, que es a poner en sus sienes el laurel que he merecido, porque en ella, presentados como propios mis servicios, en fe dellos, se derogue tan escandaloso edicto. Nunca el Senado deroga la ley que ya una vez hizo. Pues derogaréla yo, publicando en otra a gritos que obedecida no sea. Hijo, mira... Nada miro. Que eso es perderte. Perdida Veturia, ¿qué más perdido?-- Quien fuere de mi sentir, en que no se vea ofendido el honor de las mujeres, me siga. Vase Ya te seguimos a ti por caudillo nuestro, y a ellas por nosotros mismos. Ciudadanos, a impedir su arrojo, venid conmigo. Vase (No es mala ocasión, envidia, de acriminar su delito.) ¡Romanos, viva el Senado! Repítenlo UNOS ¡Y muera quien a su edicto se opone! Repítenlo OTROS. [Habla dentro CORIOLANO] ¡De las mujeres vivan los fueros antiguos! Dividida en bandos toda Roma está.¿Quién en conflicto igual se vio, de una parte mi cargo, de otra mi hijo? ¡Oh apetecidos venenos! ¡Oh familiares hechizos! ¡Oh dulce encanto!¡Oh mujeres, nunca acá hubierais venido! Jornada Segunda Salen VETURIA y ENIO Apenas, Veturia bella, en Roma puse las plantas cuando, llamado de ti, vengo a saber qué me mandas. En cerrando aquesta puerta, porque ni aun una crïada pueda oírnos, sabrás que hacer de ti confïanza, que de otro ninguno hiciera, en fe de estar informada de cuán fino amigo eres de Coriolano. Aunque es tanta de su persona a la mía la no medida distancia, con ese nombre me honró su benignidad, a causa de habernos visto servir en aquellas dos pasadas invasiones de Sabinio; y en ésta aun con más instancia, por ocupar mayor puesto; con que a ninguno le alcanza mayor parte en las deshechas fortunas en que hoy le halla la corta ausencia de haber ido en convoy de una dama, de orden suya, hasta ponerla en salvo en su misma patria. Según eso ¿no sabrás por extenso lo que pasa? Sé el decreto del Senado, sé que, ofendida y airada, diste en público la queja, sé que tomó la demanda en favor de las mujeres. Desde aquí, señora, hasta hallarle preso, no sé de cierto las circunstancias, porque nuevas de camino siempre se cuentan tan varias, que el deseo de saberlas se hace razón de dudarlas. Pues si hasta aquí sabes, oye desde aquí lo que te falta. Resuelto, pues, Coriolano en volver por nuestra fama, toda la milicia suya tomó la voz, empeñada en que igual ley el Senado había de revocarla. Él, empeñado también en que, una vez promulgada, había de mantener inviolable su observancia, dando nombre de traidor motín a la repugnancia, echó bando de que, pena de serlo, ninguno osara a seguir a Coriolano, dejando desamparada de favor a la justicia; con que la nota de infamia, arrastrando tras sí al pueblo, puso a toda Roma en arma. En vano será decirte que no hubo calle ni plaza que no fuese lastimoso teatro de mortales ansias. Entre todas la mayor --que hay desgracia de desgracias-- fue que, en el ciego, el confuso tumulto, una desmandada punta --áspid debió de ser quizá aborto de mi rabia-- el pecho de Flavio hirió con tan venenosa saña que no hubo tiempo entre herirle el cuerpo y faltarle el alma. Muerto el senador, el pueblo con el pavor y a la instancia de su hijo en vengar su muerte, tanto el número adelanta que, embestido Coriolano de tan superior ventaja, fuera fuerza que matando muriera, si no llegara, intrépidamente osado, sobre el furor de las armas su padre a arrojarse en medio, repitiendo en voces altas: Muera, que no es hijo mío quien es traidor a su patria, pero muera, prosiguió, de suerte que satisfaga su muerte al cielo y al mundo, siendo ejemplo, y no venganza. Esta causa es del Senado; a mí me toca esta causa, como a primer senador; que el ser padre no embaraza al ser juez; porque, aunque son dos acciones tan contrarias, mi sangre y mi obligación sabrán cumplir con entrambas. Dijo, y llegando a su hijo, que al verle se echó a sus plantas, le arrancó el laurel con una mano y con otra la espada. Con que el furor suspendido --ya al valor de su constancia, ya al decoro de su puesto, ya al respeto de sus canas-- quedó, mayormente al ver que, entregado a dos escuadras de la nobleza y la plebe, llevarle a la torre manda del alto homenaje, donde, sin ver del sol la luz clara, preso le tiene, cargado de cadenas y de guardas. ¡Oh, quién aquí hacer pudiera exclamación de cuán varia la fortuna en un instante tan de extremo a extremo pasa, como del triunfo a la ruina y del alborozo al ansia! La culpa tuve, y así, solicitando enmendarla, oye lo que ignoras, ya que sabes lo que ignorabas. Temiendo yo que su vida a todo trance restada está, no tanto porque su padre, por la jactancia, más que de padre, de juez, tan grandes extremos haga, cuanto porque lo restante del Senado es fuerza que haya de tomar satisfacción, y dar a Lelio venganza, discurriendo en varios medios, modos, ardides y trazas de ponerle en libertad, precios ofrecí, fïada en que la llave del oro maestra es de todas guardas. Un bandido a mí ha venido --¿quién duda que ella le traiga?-- diciéndome cómo él sabe que el cubo de la muralla de la torre, entre otras rejas, conserva una que, limada a otro fin, no surtió efecto; y así quedó, no sin maña, desmentido lo limado con no sé qué negra pasta; que él la abrirá, y él pondrá de noche en ella una escala, y al pie della una cuadrilla, que le guarde las espaldas hasta sacarle de Roma; pero que es fuerza que haya quien de la parte de adentro de aquesto le avise, para cuyo efecto este papel, lo primero, le señala la reja, luego hora, noche y seña con que le aguarda. A que en su mano le pongas y con él esta acerada sorda lima a sus prisiones es para lo que se ampara de ti mi amor; y pues tienes, por tribuno, puerta franca a la prisión, sin sospecha de que en ella entres y salgas, dale uno y otro, y ¡adiós!, que no quiero mi tardanza despierte alguna malicia, ni que tú me des las gracias de lo que en esto me debes, puesto que no sé que haya, para un espíritu altivo de quien se hace confïanza, ocasión más generosa, más airosa, más bizarra, más heroica, más ilustre, más noble ni más hidalga, que dar la vida a un amigo en servicio de una dama. Vase ¡Espera, escucha!--La puerta cerró, entrándose a otra cuadra, donde no puedo seguirla. Preciso es que desta salga cuanto antes, para no dar cuenta a crïado o crïada, si preguntan a quién busco. Entra por una puerta y sale por otra Ya deste empeño me saca hallarme en la calle. ¡Cielos! ¿Quién se ha visto en más extraña confusión? Ministro soy, por tribuno, en la real sala de justicia; por amigo lo soy con vida y con alma de Coriolano; obligado de Veturia me hallo, a causa de haberse de mí valido. ¿Quién vio fiel de tres balanzas tan iguales como cargo, amistad y confïanza? Divertido en lo que hacer debo, he llegado al alcázar del homenaje, en que está Coriolano. Antes que haga entero juicio, he de verle; quizá alguna circunstancia me advertirá lo mejor; aunque, a mi ver, mucho carga la de dar vida a un amigo en servicio de su dama. Sale PASQUÍN ¿Quién viene allá? ¿Qué es aquesto, Pasquín? Ser guarda, y no guarda- infante, ni guardapolvo, guardapiés, ni guardadamas, sino guardadiablo, pues guardo a Coriolano. Basta de locura, y dime ¿cuál es de su prisión la estancia? Aqueste obscuro retrete. Abre, ya que están cerradas, de sus troneras alguna. Eso es decir que me abra la cabeza; que aquí no hay más tronera que mi calva. Abre una puerta, vese CORIOLANO sentado, con cadena al pie Salte allá fuera; que importa que, como ministro, haga con él una diligencia; y avisa si alguno trata de entrar o salir. Sí haré. Vase Gente he sentido. ¿Quién anda aquí? Quien por verte viene y, por no verte, trocara la amistad con que te busca al dolor con que te halla. ¿Enio? Sí. Si como juez vienes a hacer en mi causa algún instrumento, di cuál es; que nada me espanta. Aparte (Perdone el puesto, que añade mucho peso a su balanza, con la lástima de verle, amistad y confïanza.) Tan otro es a lo que vengo, que es de parte de una dama. ¿La que convoyaste? No; que ésa ya quedó en su raya segura. ¿Qué dama puede ser la que a verme te traiga de parte suya? Veturia. ¿De mí se acuerda? Y con tanta fineza... Di. ...que es en orden a que desta prisión salgas. ¿Qué dices? ¡Oh quién pudiera darte en albricias mil almas, más porque fina se acuerda que porque preso me valga! Vuelve, pues, vuelve a decirme si es verdad, que ella, obligada de lo que paso por ella, te envía, y cómo, Enio, traza mi libertad. Como hay quien una desas rejas abra, quien ponga una escala en ella, y te guarde las espaldas, hasta sacarte de Roma. Si eso es verdad... Esta carta y esta lima te lo digan; bien que para leerla falta la luz, porque viene en ella el que estéis conformes, para saber la noche, y abrir la reja, y poner la escala. Muestra, que no falta luz; que esta cadena se alarga hasta aquella puerta que tiene enfrente una ventana que, aunque participa poca, lo que es para leerla basta. Lee Señor y dueño mío; quien estima vuestra vida más que la suya ha solicitado medios para que salgáis de esa prisión. La reja que hallaréis abierta y la que tendrá puesta la escala es la primera del cubo de la torre. Avisad en teniendo limadas las prisiones, para que esa noche os espere quien ha de acompañaros, que quien lleva éste traerá la respuesta. Dios os guarde. Deja que una y muchas veces, no a los brazos, a las plantas te pague el porte de aquesta ventura que no esperaba. Pues sin esperarla viene, no hay que esperar a lograrla; que yo he de ser el primero que acompañándote vaya. ¿Qué noche vendrán? Acciones que tocan en temerarias no hay que pensarlas; que sólo se arriesgan en lo que tardan. Y pues solamente aquí limar las prisiones falta, de aquí a la noche habrá tiempo. Según eso, ésta señalas. Sí. Adiós, pues. Adiós. Sale PASQUÍN Tu padre viene entrando hacia esta sala. No digas que yo le he visto.-- Tú, retírate a tu estancia; que de hallarme aquí yo tengo disculpa que dar. Tirana Fortuna, duélete un día siquiera de mis desgracias. Vase CORIOLANO, cerrando la prisión. Sale AURELIO Bien dijo quien dijo que era en las pasiones humanas muchos cuidados un hijo. Dígalo yo, a quien arrastran, con ley de juez que acrimina, dolor de padre que ama. Y así, entre las dos pasiones, haciendo una sola de ambas, le prendo y le guardo a un tiempo, porque preso satisfaga a la justicia, y también porque preso asegurada su persona esté; que es cierto que, a no estarlo, le mataran Lelio y sus deudos; de suerte que, justiciera la maña, para todos le castiga cuando para mí le guarda. Y así a ver vengo... ¿Enio aquí? Llegando de la campaña e informándome, señor, de cuanto en mi ausencia pasa, cumpliendo mi obligación y considerando cuánta de Coriolano es la culpa, quise saber con qué guardas y prisiones su persona está; que nunca yo entrara a verle preso, si no fuera para asegurarla. Aparte De ti lo creo. (¡Al caído, oh amistad, qué presto faltas!) [Habla CORIOLANO] al paño Entreabriendo aquesta puerta, puedo escuchar lo que hablan. A lo mismo venía yo; y pues que tu vigilancia debe, por su obligación, aliviarme de la carga de cuidar que su persona segura esté, que es el ansia que más me aflige, respecto de que es preciso que caiga, si él faltase, sobre mí la sospecha, que me valga de ti es preciso también, pues de nadie con más causa fiarme puedo, que de quien le toca lo que le encargan. Y así, pues que desde aquí mi desvelo en ti descansa, por el Senado te nombro guarda mayor de sus guardas. Tú le has de dar cuenta dél; y desde hoy con más instancia, porque, queriendo con Lelio de su padre la desgracia en parte suplir, en él se ha proveído la plaza de segundo senador, de que hoy tomará en la sala de justicia posesión. Mira si habrá quien te haga, el día que te le fío, el cargo a ti de su falta. Vesle ahí; que no quiero verle yo. Aparte (Lástima es, que no saña.) Entrégate dél, y teme que el cuchillo que amenaza su garganta no ejecute los filos en tu garganta. Vase. Sale CORIOLANO ¿Haslo oído? Sí. Pues oye también que no me acobarda su despecho para que libre esta noche no salgas. En ella te espero. Adiós. Oye. Y ¿será buena paga que vengas tú a darme vida y yo a darte muerte vaya? Un medio término puede medir esas dos distancias. ¿Qué medio término? Yo, hasta salir de la raya, contigo he de ir. Con quedarme contigo, y en buena o mala fortuna seguir la tuya, resguardado, te resguardas. Eso es, porque no se pierda uno, perderse dos. Basta que a mí, como delincuente, por forajido la patria me dé, sin que por traidor, yendo contra lo que manda, te dé a ti; mira el desdoro que hay de una fuga a una infamia. Eso salva el dar la vida a un amigo. Mas no salva al amigo que le pone en que pierda honor y fama. Yo cumplo con esperar. Yo con no salir. Repara. No hay que reparar. Advierte. No hay que advertir. Mira. Nada he de mirar. Y porque tan desconfïado vayas, que no esperes mi salida, daré al aire tu esperanza. Arroja hacia dentro la lima ¿Qué has hecho? Arrojar la lima; que si ella es la llave falsa de mis prisiones, sin ella verás que en vano me aguardas. Eso es desesperación. Esto es honra. Es temeraria resolución. Es piadosa. Es cruel despecho. Es constancia. Es furor. Es honor. Es ira. Es valor. Es ingrata fe con Veturia. Veturia me querrá --que es noble dama-- más con alabanza muerto que vivo sin alabanza. No quiero apurar ahora despeños a tu arrogancia. Mañana quizá estarás de otro parecer, si pasa noche por éste. Aunque pasen siglos, no habrá en mi mudanza. Con todo, mañana espero ver qué valen mis instancias. Pues, hasta mañana, adiós. Pues adiós, hasta mañana. Vanse. Múdase el teatro en sala de tribunal, con sitial y dosel, y salen AURELIO y un RELATOR, viejo venerable ¿Está todo prevenido? Sí, señor; y acompañado de la nobleza ha llegado Lelio ya. Aparte (Pierdo el sentido al ver que la posesión he de dar contra mi hijo a quien tan claro colijo ser justa su indignación. Pero ¿qué puedo yo hacer, cuando corre tan deshecha la suerte que a mi sospecha es fácil de convencer? Con que no hay razón que impida ser su juez, cuando advierto que, si él es hijo del muerto, yo padre del homicida. Y es tan grande del Senado la autoridad y el honor que el que eligió a Senador no puede ser recusado; dando a entender que ha de ser tan recto en la ejecución que interés, sangre o pasión no ha de poderle vencer. Ya llega; forzoso es que, a costa del ansia mía, obre ahora la cortesía y la fortuna después.) Sale LELIO vestido de luto, y gente de acompañamiento Vos seáis muy bien venido, señor, a suplir la ausencia, con vuestra heroica presencia, del que hemos todos perdido. Y digo todos, porqué padre de la patria era, cuya desdicha, si fuera capaz de tenerse, en fe de ser vos quien la suplís, sólo afianzara el consuelo. Aurelio, guárdeos el cielo. Sentaos, pues a eso venís. No es ése vuestro lugar, estotro es el que se os debe; que el tribuno de la plebe el izquierdo ha de ocupar.-- Llamadle. Ya viene allí. Sale ENIO por otro lado con gente de acompañamiento Perdonadme, si he tardado; que en vuestro servicio he estado. ¿Queda bien seguro? Sí. Aparte (Y tanto que no quisiera yo que lo quedara tanto.) Siéntanse los tres en tres sillas, y en un taburete el RELATOR Aparte (¡Quién disimulara el llanto!) La ceremonia primera es que un pleito sentenciéis, porque con vuestro decreto la posesión y su efeto consisten. Al RELATOR -- ¿Cuáles tenéis más vistos o más a mano? El que más visto, después de ser el más grave, es, señor, el de Coriolano. Aparte Leed sus cargos. (Fuerza es esto.) Habiéndose publicado un edicto del Senado, a derogarle dispuesto, dijo que él publicaría otra en contra, en que mandase que ninguno le observase; dando a entender que podía leyes quitar y poner; a cuyo efecto movió la milicia, en que mostró, no sin ambición, querer, el día que su furor contra el Senado armas toma, levantándose con Roma, coronarse emperador. Testigo hay que afirma ser suya, y de otro alguno no, la espada que a Flavio hirió. ¿Qué alega en descargo? Haber siempre constante y leal servido a la patria; que, siguiendo a Rómulo, fue el cabo más principal; que a los Etruscos venció, muerto su rey a sus manos; que a los labinios y albanos al imperio sujetó; que al sabino fue su brío el que resistió valiente el paso una vez del puente, y otra el esguazo del río, sin la tercera, en que entró triunfante en Roma. Esto alega; y en cuanto a ser suya, niega, la espada, que a Flavio hirió; concluyendo con que osado no se opuso su fortuna al Senado, sino a una no justa ley del Senado. Ya, nobleza y plebe, habéis el cargo y descargo oído. Para votar siempre ha sido estilo que despejéis, mientras nuestro sentimiento, desavenido en nosotros, no apele para vosotros en general parlamento. Así es, y nuestra esperanza... Lo que dijiste te advierte. ¿Qué dije yo? Que su muerte sería ejemplo, y no venganza. [Retiraos.] Vase el pueblo (¿Que su muerte sería ejemplo, y no venganza? .....................[-anza] .....................[-erte] Yo lo dije. ¿Habrá quien crea que una voz, que a darle vida fue allá causa, repetida aquí, a darle muerte sea? ¿Ni quién creerá en mi quebranto que, siendo lo más veloz una pluma y una voz, voz y pluma pesen tanto que en vano su gravedad sustentarla solicito? Darle perdón es delito; darle castigo es crueldad. Aquí, a pesar de mi fama, me está llamando el amor; aquí, a pesar del dolor, la justicia es quien me llama. A un tiempo sin mí y conmigo balanzas mis manos son; en ésta pongo el perdón, en ésta pongo el castigo. Ya no puede haber malicia en el peso que dispuse, pues donde la pluma puse ha cargado la justicia. A mi dolor esta vez no habrá consuelo que cuadre, pues más que la voz de padre pesó la pluma de juez. Escribe ¿Qué mucho, si en el crüel dolor de mi sentimiento centro es de la voz el viento, y de la pluma el papel? La hoja al voto he de volver; no haga el ejemplar mi pena; que, si un padre le condena, un contrario, ¿qué ha de hacer?) Ahora votad [vos]. Aparte (Que añada dolor a dolor es suma fuerza, y que empuñe la pluma, cuando debiera la espada. Entre cólera y templanza yo me enfreno y yo me irrito; que vengarme por escrito venganza es, mas ruin venganza. Y será acción mal distinta, aunque Roma sea mi madre, que vierta sangre mi padre, y yo la lave con tinta. Y así perdone esta vez, que entre juez y caballero para conmigo, primero fui caballero que juez.) Escribe Ya firmé y volví la hoja. Votad vos ahora, Enio. Aparte (¡Qué poco tendrá mi ingenio que pensar en tal congoja! Pues si ausentarle consigo con mi voto, es cierto que como juez conseguiré lo que intenté como amigo.) Escribe También yo he firmado. Pues por si alguno se mejora, conferido, leed ahora los votos de todos tres. "Habiendo considerado de Coriolano la fiera culpa, mi voto es que muera. Aurelio, por el Senado." "Atento a la gran proeza de Coriolano, y su altiva fama, mi voto que viva es. Lelio, por la nobleza." "Porque pague lo que a él debe la patria, y no perdonado quede, della desterrado salga. Enio, por la plebe." Los tres habéis discordado. Mi voto no hay que confiera en que viva. Yo en que muera. Yo en que vaya desterrado. Levántanse Que muera es mucho rigor. Que viva es mucha piedad. Luego entre amor y crueldad no será crueldad ni amor el destierro. Sí hará tal; que mejor, a cuantos ven, será perdonarle bien que no castigarle mal. Un destierro a tal delito ni es castigo ni es perdón. Yo cumplo mi obligación, si los tres votos remito al general estamento de la nobleza y la plebe, que es el que, en discordia, debe dar al uno el cumplimiento. Vase Aparte (Mi esperanza en eso estriba; que al ver tan sin ejemplar mi voto, es fuerza ganar afectos para que viva.) Vase Aparte (No mal de su juicio espera mi voto lograrse, pues sabrá la nobleza que es que viva para que muera.) Vase Aparte (El pueblo sabrá, informado de mí, que para cumplir con no morir ni vivir, elegí el ir desterrado. Con que después iré a dar cuenta a Veturia de que, ya que lo uno no logré, lo otro dispuse.) Vase. Salen VETURIA y LIBIA disfrazadas y con velos en el rostro El pesar de un amante corazón, que de los hados se queja, pocas veces, Libia, deja quietar la imaginación. Una grave diligencia a Enio encargué; no he sabido el efecto que ha tenido; y como es de la paciencia cualquier tardanza enemiga, me he atrevido disfrazada, y deste velo tapada, a buscarle y que me diga, ya que sus ocupaciones lugar quizá no le han dado, lo que della ha resultado. A poco riesgo te pones de ser conocida, pues en ese traje y tapada, no tienes que temer nada. Y para hallarle ésta es la mejor hora, supuesto que es la que sale el Senado, en que es fuerza que haya estado. Tocan dentro chirimías y atabalillos Espera. ¿Qué será esto de hacer salva y concurrir tanta gente a sus umbrales? De gran novedad señales son. No me atrevo a inferir qué será. Pero allí viene Pasquín, y él me lo dirá. Tente; que por ti podrá conocerme, y no conviene que sepa quién soy. Diré que eres una amiga mía que viene en mi compañía en busca suya; con que, no hablando tú, ¿cómo puede conocerte? Dices bien. Vuelven a tocar, y sale PASQUÍN Gracias al gran Baco den mis ansias, pues me concede no ser guarda, a cuyo fin visitarle solicita mi sed, en cualquier hermita que encuentre suya. ¡Pasquín! Libia, por quien cierto hombre dijo, en frase no muy vana, Libia, que ya de liviana tienes la mitad del nombre, ¿qué es aquesto? ¿Qué ha de ser? Que, viendo que no me vías en tantísimos de días, de ti procuré saber. Y, diciéndome esa amiga que te había visto aquí, que viniese la pedí conmigo. No sé si diga que mientes; porque es en vano persuadirme a que ignoraba nadie que nombrado estaba por guarda de Coriolano. ¿De Coriolano? Sí. Pues ¿cómo la guarda has dejado? Como, habiéndole sacado de la prisión, fuerza es que sobren las guardas. Aparte (¡Cielos! ¿Qué oigo? ¿Sacado le han de la prisión? Que serán --¿quién lo duda?-- mis desvelos; pues sacarle a él de prisión y no verme Enio, su fiel amigo, de irse con él bastantes indicios son Sin duda él la diligencia hizo.) A LIBIA Pregúntale más. Ya que disculpa me das de faltar de mi presencia, dime ¿cómo lo han sacado, cuándo, quién, cómo, y qué fiesta, porque a él le saquen, es ésta que hoy hace todo el Senado? ¿Qué fiesta, quién, cómo y cuándo preguntas, sin reparar que ése es mucho preguntar? Y más para mí, que ando, con la falta del dormir, muy frágil hoy de memoria, y es muy larga aquesa historia. Tente; que no te has de ir sin que a las cuatro razones cuenta des. ¿Es fuerza? Sí. Señores, ¿quién me hizo a mí contador de relaciones? Desde el parlamento alto, Libia, al bajo parlamento, como si fuera bayeta, bajó remitido el pleito. Lo que allá se confirió no lo sé muy por extenso; mas sé que fue su resulta que, de donde estaba preso, a Coriolano sacasen, y al son de los instrumentos le restituyesen cuantos honoríficos aprestos prevenidos le tenían para su recibimiento el día que en Roma entró coronado de trofeos. ¿Quién le sacó? Fue la guarda. ¿Cuándo? En el instante mesmo. ¿Cómo? De laurel ceñido. ¿Dónde? Al trono más excelso. De modo que de la misma suerte que le recibieron triunfante se vuelve a ver de la prisión libre, en medio del senador propietario y el sustituto del muerto, haciendo hoy las ceremonias que entonces se hubieran hecho, si aquella mala mujer de Veturia con extremos tan duelistas no le hubiera en tanta desdicha puesto. Hasta aquí sé; desde aquí busca a otro majadero que te diga lo demás, si no te basta oír al pueblo. Vase. Chirimías y atabalillos [y dicen dentro] ¡Viva Senado que sabe dar a las victorias premio! ¿Quién creerá que hay caso en que oír baldones agradezco? Libia, dime, si es verdad lo que escucho y lo que veo; porque ser dicha y ser mía, ser gozo y no ser ajeno, implica contradicción. ¿Libre Coriolano, cielos? ¿Libre y con nuevos honores restituido a sus puestos? Desengáñame tú, dime si es cierto, Libia. Y tan cierto que, sin ser la enamorada yo, desde aquí lo estoy viendo; pues para que lo vean todos, el Capitolio han abierto. Sosiégate; que no es bien te descubran tus afectos. Y más cuando todo el vulgo, con el general contento de su perdón, trae en tropas mujeres y hombres diciendo: ¡Viva Senado que sabe dar a las victorias premio! Con esta repetición y las chirimías y atabalillos, salen todas las mujeres y hombres, abriéndose todo el foro, y en un trono CORIOLANO, con laurel, manto y bastón, y a sus lados AURELIO, LELIO, ENIO, y el RELATOR Aparte (Fortuna, si por asunto de tus variados sucesos me ha elegido lo inconstante de tu condición, a efecto de que se acrisole en mí ser verdad aquel proverbio de que es un sueño la vida, pasándome tus extremos a preso de victorioso, y a victorioso de preso: suspéndete en este engaño, siquiera por un momento, y conténtate con darme al partido de que sueño la felicidad, con que a verme triunfante vuelvo. Publicad, para que conste a toda Roma, el decreto que en su remisión ha dado el general estamento. Oye, Libia, por si oírlo añade gozos al verlo. Sepa Roma, y sepa el orbe que plebe y nobleza, atento a que no es justo que queden tantos señalados hechos como debe a Coriolano la república sin premio, principalmente en la rota del último vencimiento del sabino, cuyo triunfo entonces quedó suspenso; sepa Roma, y sepa el orbe que plebe y nobleza, habiendo recusado el primer voto, le dan por libre y absuelto de la pena capital de muerte; y añaden luego que prosiga el adquirido triunfo, con que satisfecho ya una vez en lo que toca a cuanto es merecimiento, convienen con el segundo voto de que viva; pero que no viva despenado tanto como en el tercero el destierro le permite; porque ha de ser el destierro con circunstancias de que sirvan a otros de escarmiento, no dejando sin castigo el osado atrevimiento de haber alterado a Roma, de haberse al Senado opuesto, convocado la milicia y, sobre un senador muerto, despertado las sospechas de quererla hacer imperio. Y así determinan que suceda al triunfo el destierro, arrojándole de sí, de los honores depuesto, pues si mereció ganarlos, ya le ha pagado con ellos, y debe cobrarlos, pues también mereció perderlos; con que, emancipado hijo de la patria, y de sus fueros hoy desnaturalizado, establecen que al momento que vea el pueblo que a deberle nada le queda a su acuerdo, degradado del laurel, bengala y estoque, siendo el pregón de sus delitos los pavorosos acentos de destempladas sordinas y roncos parches funestos, le saquen de los distritos de toda Roma; y expuesto al arbitrio de los hados, le dejen en los desiertos montes fuera de su raya. Y para que en todo tiempo, por donde quiera que fuere, lleve las señas de reo, los hierros de la prisión sean testigos de sus yerros, diciendo premio y castigo, sin venganza y con ejemplo, pena de ser sospechoso el que no diga con ellos: ¡Viva Senado que sabe unir castigos y premios! Aparte (¡Ay, Libia, bien temí yo ser mi dicha devaneo.) Aparte (¡Ay, fortuna! Bien temí que era mi ventura sueño.) Yo, aborrecido hijo... (Mal dije; que en deshonor puesto, no debe llamarte hijo ni aun el aborrecimiento) yo, Coriolano, te puse el laurel, que en otro riesgo te quité, por darte vida, y ahora a quitártele vuelvo porque me mate el dolor; Quítasele que para mi sentimiento más que verte degradado dél, verte quisiera muerto. Mi padre te dio el estoque que osado contra su pecho esgrimiste; y aunque a mí quitártele toca, quiero trocarle al bastón, porque no se piense que es a afecto de dejarte desarmado para mi venganza, puesto que, dondequiera que fueres, seguirte y matarte tengo. Quítasele Yo, Coriolano, la espada, por la obligación del puesto, te quito; Quítasela pero entendido ten que con ella me quedo para emplearla en tu favor, siempre que se ofrezca hacerlo. ¡Cielos! ¿Qué dolor que iguale a mi dolor habrá? ¡Cielos! ¿Qué tormento habrá que pueda medirse con mi tormento? Ahora, escuadras, que nombradas estáis para el cumplimiento de la justicia, pues yo, como fiscal, os le entrego desposeído del trono y las insignias depuesto... Tocan cajas destempladas y sordinas ... al son, como antes os dije, de fúnebres instrumentos, llevadle, hasta quedar fuera de todos los lindes nuestros. Y para seguridad de que no conmueva al pueblo, sobre afianzadas prisiones, llevadle el rostro cubierto; que, para saber quién es, basta que vais repitiendo: ¡Viva Senado que sabe unir castigos y premios. Cajas ¡Qué lástima! Vase ¡Qué desdicha! Vase ¡Qué pena! Vase ¡Qué desconsuelo! Vase Retírome; no se entienda que en su castigo me vengo. Vase ¡Quién, por no oírlo, ensordeciera! ¡Quién cegara, por no verlo! Vanse los senadores Ven, y a lo que ejecutamos disculpe el que obedecemos. Vuelven a tocar las sordinas y cajas En fin, hijo aborrecido, patria, ¿me arroja tu centro, como bruto, a las montañas, como fiera, a los desiertos? Pues teme que, como fiera rabiosa, que, como fiero bruto irritado, algún día me vuelva contra mi dueño. Cúbrenle el rostro y llévanle ¡Viva Senado que sabe unir castigos y premios! Vanse ¡Oíd, esperad! No, señora, des con segundo despeño a toda Roma segundo escándalo. ¿Cómo puedo dejar de darle, cumplido el número al sufrimiento? Déjame, Libia, que vaya a morir con él. Todo eso es querer que contra ti vuelva el rigor. ¿Qué más vuelto, si, perdido Coriolano, esposo, alma y vida pierdo? ¡Oh Júpiter! ¿Para cuándo, ya que me asustan los truenos desas cajas y esas trompas, guardan tus rayos su incendio? O ¿para cuándo, fortuna, es el igualar los tiempos? ¿Siempre a más la edad del llanto? ¿Siempre la del gozo a menos? Dígalo yo, pues apenas vi brujuleado el contento, cuando vi patente el daño, uno instante y otro eterno; pues siempre durará en mí de su ausencia el desconsuelo, de su desdoro el dolor y de su patria el desprecio; si ya no es que, cuando sepa dónde haya tomado puerto su derrotada fortuna, mi amor en su seguimiento vaya a quebrarla los ojos, porque, aunque sé que son ciegos, si no sintiere su falta, sentirá mi sentimiento, cuando, a pesar de su ira y a oposición de su ceño, oiga que sin ella pude labrarme mi dicha, siendo mi suma felicidad sólo el ver que a verle vuelvo. Y hasta entonces, altos dioses, sol, luna, estrellas, luceros, planetas, signos y nubes, aire, agua, tierra y fuego, aves, peces, brutos, fieras, montes, troncos, golfos, puertos, con lástima suya y mía, repetid con mis lamentos: ¡Cielos, o dadle venganza, o dadme paciencia, cielos! Vase Oye, aguarda, escucha, espera. Tras ella iré, por si puedo excusar su precipicio. Vase. Múdase el teatro en bosque, y salen ASTREA y SABIN[I]O ¿Dónde, Astrea, vas? Siguiendo tus huellas voy. Pues aquí me espera; que al punto vuelvo. Detente, que no has de dar paso sin mí; que no quiero que me suceda otra vez el accidente o el riesgo de hallarme sin ti en poder de los que apenas me vieron ir precipitada, cuando desesperados volvieron a que pasase la voz de dejarme en un desierto, perdida de vista. Y pues, a no permitir el cielo que hubiera dado en las manos del romano caballero que te conté, prisionera, no hubiera a tus ojos vuelto, no será justo que tanto de la fortuna fïemos que otra vez nos dividamos, sino que en cualquier suceso corramos una los dos. Y así, donde fueres, tengo de ir contigo. Ese fracaso que tantas veces habemos conferido, y cada vez se vuelve a quedar entero, fue el desmán que ocasionó caer tan pavoroso hielo en todos los corazones que, desmayados, volvieron a abandonar lo ganado, descaecidos los alientos; y, siendo así que, cobrados hoy, alojados los tengo por todos esos villajes, hasta incorporar con ellos las nuevas reclutas que de toda Sabinia espero, para acabar de una vez, o bien victorioso o muerto, con aquese Coriolano que, de la estrella heredero de Rómulo, sobre mí tiene dominante imperio; ¿qué mucho que, arrebatado, Astrea, en este pensamiento, espía yo de mí mismo, mandase a los que vinieron conmigo que me dejasen solo, porque entre lo espeso más disimulado pueda reconocer el terreno, por donde logre mejor cobrar el perdido encuentro? Sí; mas haberte avanzado hasta tocar los extremos que dividen vasallaje entre el romano y el nuestro no deja de ser arrojo más temerario que cuerdo. Yo no he de dejarte en él; y así elige, porque tengo de llevarte o ir contigo. En rara duda me has puesto; que irte conmigo es peligro, e ir yo contigo es recelo. Y así no sé qué te diga, sino es que en decir resuelvo... dentro Ya que fuera de la raya, que es el orden que traemos, queda, ¡a retirar, soldados! Que estamos en mucho riesgo, si en su término nos sienten los sabinos. Ruido de cadenas ¡Piedad, cielos! Ellos te amparen, pues ves que nosotros no podemos. ¿Has oído unas lejanas voces que la mía impidieron? No tan sólo las he oído, mal pronunciadas del eco, mas del ruido acompañadas como de arrastrados hierros de prisión. Vuelve a escuchar, por si algo entender podemos. ¡Ay de quien nace a ser trágico ejemplo que a la fortuna representa el tiempo! Quédate aquí, por tu vida, mientras voy a ver qué es esto. No soy tan poco curiosa que también no quiera verlo. Un hombre, mejor dijera un horror, hacia allí veo que, mal esforzado, ya tropezando y ya cayendo, cubierto el rostro, ligadas las manos y los pies presos, baja torpe. Sale CORIOLANO ¿Qué esperamos, que no le reconocemos? Hombre infelice, ¿quién eres? Soy el aborrecimiento, la ira, la saña, el rencor, la ojeriza, el odio, el ceño de aquel réprobo destino que hizo verdad el concepto que "teatro del hombre" al hombre llamó, pues en m[i] supuesto midió las distancias que hay de lo próspero a lo adverso. ¡Ay de quien nace a ser trágico ejemplo, que a la fortuna representa el tiempo! ¿Qué aguardo a quitarle al rostro la venda? ¡Cielos, qué veo! ¡Cielos, qué miro! ¿Si es ilusión? ¿Si es devaneo? ¿Quién eres, hombre, me di, sin retóricos rodeos? ¿Cómo he de decir quién soy, si aun de quién fui no me acuerdo? Aparte (O es él o naturaleza dél lo copió.) Aparte (Sí, ella es.) Aparte (Pero ¿cómo es posible ser él, de tal fausto en tal desprecio?) Aparte (Mas no haberme conocido, según estoy, será cierto.) En vano te excusas. Di, ¿quién eres? Salen EMILIO y PASQUÍN Llega. ¿Qué es eso? Estarme moliendo a coces. Que hallado en el monte habemos desmandado del camino este hombre, y te le traemos, por si es espía. Te engañan en que desmandado vengo, porque antes vengo mandado. Y es el caso... Di. ...que habiendo dejado aquí a Coriolano... Aparte (¡Qué oigo!) Aparte (¡Qué escucho!) ...temiendo, como vendado quedó, que no dé en algún despeño, me mandaron que volviese yo a desviarle, hasta que puesto en real camino o segura senda quede. Si esto es cierto, dígalo él; que, al verle ya entre gente y descubierto, sin riesgo de despeñarse, paso entre paso me vuelvo. Tente; que no te has de ir. A mí me estará bien eso, si, apóstata de soldado sin nota de tornillero, entre vustedes, mogrollo de Corïolano quedo. ¿Tú eres Coriolano? Sí; que uno es que calle el silencio y otro que mienta la voz. ¿Qué dudo? Pierda el recelo de si es o no; que bien cabe en los humanos sucesos el dejarle allá triunfando y hallarle aquí padeciendo. Aparte (Aquí hay traición.) ¿Quién, si eres Coriolano, di, te ha puesto en tal desdicha? Es tan noble mi delito que no quiero dejar a la presunción la sospecha de no serlo. Una dama fue mi ruina; que el verla con sentimiento bastó para que en favor suyo hiciese tal empeño que dio ocasión a que dél, unos a otros sucediendo, tantos resultasen como mirarme por ella preso, por ella desposeído de mis insignias, depuesto de mis honores, echado de mi patria y, como ajeno hijo emancipado suyo, negado a sus privilegios, enviándome desterrado, con viles señas de reo, hasta sacarme de todos sus distritos. Aparte (¿Qué oigo, cielos? ¿Por una dama? Sin duda, que, quién era yo sabiendo, no haberme hecho prisionera son los cargos que le han hecho.) Bien pensarás que yo he estado escuchándote suspenso, en orden a que me habrán compadecido sucesos tan extraños. Pues no; que antes me han ofendido, creyendo que todo aquesto es traición. Aparte (Válgome deste pretexto para acabar con él, pues no tiene otro eficaz medio vencer una opuesta estrella que destruirla el objeto.) Y así, antes que la logres, si introducirte es a intento de darme muerte, a mis manos morirás. ¡Tente! ¿Qué es esto? ¿Tú a mi enemigo defiendes, Astrea? Yo le defiendo, Sabinio, porque es a quien libertad y vida debo. Sea Coriolano o no, el romano caballero es que a mi nombre le tuvo tan decoroso respeto que a mí misma me envió a mí misma. Y si por esto padece, como lo muestra claro su castigo, puesto que donde él me envió a mí libre, es donde a él me le envían preso, mira si en obligación de defenderle estoy. Siendo tuyo el respeto, mal puede ser ya mío el sentimiento.-- ¿Qué esperáis? Llegad, quitadle las prisiones. Aparte (Ya no debo quejarme de ti, fortuna; pues si una mujer me ha muerto, otra me ha dado la vida.) A tus pies... Alza del suelo, y ofrécele a Astrea, pues es suyo el agradecimiento. Si al nombre de la deidad postrado rendí el obsequio, ¿qué haré a la deidad, el día que obra milagro tan nuevo como hacer de un desdichado un dichoso, si no puedo hacer más que haber traído las cadenas a su templo? Que el tiempo me diría el tuyo también dije yo, añadiendo que fíes de mí; y pues ya cumplió su palabra el tiempo, también sabré yo cumplir la mía, restituyendo los puestos y los honores de que ingrata te ha depuesto tu patria. Con sólo uno, señora, si le merezco, no habré menester tener más honores ni más puestos. ¿Qué es? Que yo, en fe de su amor, por Sabinio te lo ofrezco. Yo por ti. ¿Qué es? Que me admitas por tu soldado a tu sueldo; y esto por pensar que es más servicio tuyo que premio mío; pues si yo una vez, a mi venganza resuelto, tomo, Sabinio, las armas contra Roma, me prometo --bien como ladrón de casa, que sé lo que incluye dentro-- ponerla a tus plantas, sólo con que sepas que es intento vano querer por aproche rendir sus muros soberbios, pues sólo pueden rendirla más, domado el ardimiento, que las iras del asalto las paciencias del asedio. Contra ti defendí el puente, que es llave de su comercio, el día que a tus soldados les fue undoso monumento el ciego esguace del Tíber; y si hoy, al contrario, intento invadirle en tu favor, cortados los bastimientos, es fuerza darse a partidos. Si es admitido proverbio que el bueno para enemigo será para amigo bueno, no dudo con tu valor el verme de Roma dueño. Pues ¡al arma! Pues ¡al arma! Vea el mundo... Admire el cielo... ...y llore Roma en sus ruinas mi injusto aborrecimiento, cuando de un instante a otro, si antes dije en mis lamentos: ¡Ay de quien nace para ser ejemplo que la fortuna representa al tiempo... Todos contigo diremos... ¡Feliz quien vino a ser glorioso empleo de su venganza y del aplauso nuestro! Jornada Tercera Dentro cajas y voces, y salen en tropa hombres, VETURIA y mujeres, por una parte, y [AURELIO] y LELIO por otra, como deteniéndoles Entréguese la ciudad, y, como nos aseguren capituladas las vidas, sabinos de Roma triunfen. Invicto romano pueblo, ya que de heroico presumes, cuando tu fama inmortal a par de los astros luce, no a la fortuna te rindas, por más que opuesta te injurie; que es fácil deidad, y es fuerza que por instantes se mude. Tocan cajas, sale ENIO En vano es, Aurelio, en vano, el que remitir procures nuestra ruina a la esperanza; que ya en nosotros inútil su consuelo es. ¿Cómo? Como dejo aparte que rehuse --puesto que nadie lo ignora-- Sabinio vencer la cumbre del monte, y embista el puente; dejo ignorar quién descubre dónde la flaqueza estaba de sus estribos, e influye en él, que apenas su gente la espalda del plan ocupe, cuando, empezando a picarlos, eche voz de que se hunde; dejo que los nuestros, viendo cuánto es fuerza que fluctúen, y los suyos cuánto es fuerza que, ya empeñados, presumen tener retirada en vano, unos y otros se confunden, con que, por salvar las vidas, unos lidian y otros huyen; dejo que, ganado el puente, cortándole, nos desune de los vecinos comercios que el bastimiento conducen; y voy a que la esperanza de que el valor nos ayude a resistir sus asaltos es preciso que se frustre al nuevo, al extraño modo de sitiar, pues se reduce, sin militar disciplina, a victoria tan sin lustre como vencer no peleando. Dígalo el que, cuando cubren nuestras campañas sus huestes, en vez de que nos asusten en los muros sus escalas, no sólo al asalto acuden, pero a lo largo disponen sus prontas solicitudes que, a oposición de la plaza, otra población se funde, fortificándose contra la ciudad, sin que procuren hacer más hostilidad que el hambre que nos consume. Yo, por hacer la civil muerte del asedio ilustre, de sitiado a sitiador pasando, salir dispuse con la mejor gente que nombrar por entonces pude, a romperle en sus cuarteles, cuando las sombras lúgubres por las exequias del sol hacen que el aire se enlute. Apenas las centinelas nos sintieron cuando acuden a las fortificaciones, para que en ellas se oculten, más que a quitarnos las vidas, a guardárnoslas.¿Quién sufre gozar la vida a merced del mismo que la destruye? ¿Quién sufre que a un mismo tiempo de tan nuevas armas use que procure deshacernos y conservarnos procure? De suerte que, hasta que el alba en sus primeras vislumbres fue recogiendo las sombras y desplegando las luces, retándolos de cobardes en esa campaña estuve, sin obligarlos a más que a que encerrados se burle su ardid de nuestro valor; que, aunque embestirlos propuse, en vano fue; pues tan altas sus nuevas trincheras suben que a poco espacio han de ser sus obras muertas las nubes. Grande oráculo, sin duda, les inspira, les instruye, en que Roma ser no puede rendida a la servidumbre de otras armas que no sean las propensiones comunes de humanos fueros, que no hay ruina que no disculpen; mayormente no teniendo, como ellos pelear repugnen, ni socorro que nos venga, ni auxiliar que nos ayude, ni enemigo que nos mate, ni campo que nos sepulte; y así ¿qué mucho que el pueblo una y otra vez pronuncie...? ¡Entréguese la ciudad, y como nos aseguren capituladas las vidas, sabinos de Roma triunfen! ¡Oh cielos, pues sois piadosos, haced que un rayo apresure los términos de mi vida, porque estas voces no escuche, obligándome a que sea forzoso que capitule el pedírsela a quien sé que la aborrece!¿Más útil no es perderla, sin pedirla, que no, cuando me aventure, pedirla para perderla? No, Aurelio, ni es bien que dudes cuán hija de la nobleza es la piedad, ni te asuste el ver que soy la que ayer a mi voz en arma puse a Roma, y que hoy a mi voz en paz ponerla procure; que no hay víbora, por más que en flores se disimule, que no escupa la triaca contra el veneno que escupe; ni [en] las mismas flores hay que no den, rojas o azules, tósigo a la araña amargo y miel a la abeja dulce. Y pues virtudes y vicios de una causa se producen, ¿qué mucho que de una misma voz ser la lengua resulte víbora para los vicios y flor para las virtudes? No es desaire del valor, ni es bien que por tal se juzgue, ceder a mayor violencia fortunas que el hado influye. Y pues ya nuestras desdichas claramente nos arguyen que, donde la industria crece, el valor se disminuye, a la piedad apelemos. Sabinio es rey tan ilustre, Astrea tan generosa reina, la gran muchedumbre de su ejército tan noble que no dudo que se ajuste a que las vengue el amago, antes que el golpe ejecuten. Sabina soy de nación, experiencia dellos tuve, que jamás con los rendidos usaron de ingratitudes. Y cuando no sea ¿qué vamos a perder en que nos dure la esperanza lo que tarden los contratos del ajuste? Y vamos a ganar, que, oyéndome, no te [acuse] la malicia, cuando diga que daño y remedio truje, y persuadir pude el daño y que el remedio no pude. A precio de que vivamos, Sabinia de Roma triunfe. Vanse los de la tropa Dicen bien; trance forzoso es de guerra que se excusen las muertes de tantas vidas. Pues para que no me culpen que no me rendí a consejo tan de todos, desarruguen blancas banderas de paz los más altos balaústres; que yo mismo, pues no es bien que ningún riesgo rehuse, de parte iré del Senado a ver si a paz se reduce el sabino. Vase Yo entretanto el tumulto que confunde a voces el aire haré que aguarde lo que resulte. Vase Enio, ¿has tenido noticia? Antes que me lo preguntes, porque el mío y tu cuidado en el camino se junten, te digo que, desde el día de aquella gran pesadumbre de su infelice destierro, de Coriolano no supe. Ni yo; más de que mi llanto no es posible que se enjugue, hasta que sepa que vive, y que constante le busque en el más remoto clima. Forzoso es que disimules, y que también con el pueblo tu voz y la mía divulguen... ¡Entréguese la ciudad, y como nos aseguren capituladas las vidas, Sabinia de Roma triunfe! Vanse. Córrese la mutación de murallas, y sale CORIOLANO de soldado Ingrata patria mía, llegó el fatal, llegó el infausto día que ha sido en mi esperanza línea de tu castigo y mi venganza. Hoy, hidra material de siete montes, en quien el sol doró siete horizontes, de tus siete gargantas siete cervices postraré a mis plantas. Un hijo aborrecido, de su paterno amor destituido, es hoy el que te aflige, siendo su agravio quien su espada rige. Y puesto que, rendida, último parasismo de la vida es ya cualquier instante, a instantes esperando que, arrogante, intrépido y severo el embotado acero de la sed y la hambre corte de tantos hilos el estambre, piedad de mí no esperes; sepa mi ofensa que a mi ofensa mueres. Salen SABINIO y ASTREA Invicto Coriolano, noble sabino ya, que no romano, ¿qué novedad la desta noche ha sido, cuyo callado ruido me desveló en mi tienda? Nada, señor, que tu opinión ofenda. Dinos qué ha sido, y lo que fuere sea. Sabinio Marte y celestial Astrea, una salida hicieron de la ciudad algunos que quisieron, ya las vidas perdidas, a precio del valor vender las vidas. Mas nosotros, entonces, retirados a los muros, que fuera están labrados, burlamos sus deseos, pues sin lograr el fin de sus trofeos, como solos se hallaron, a la plaza otra vez se retiraron. Pues ¿embestirlos, di, mejor no fuera, y adelgazando fuera el número la muerte de los contrarios? No.La causa advierte. Si tú, señor, vinieras a hacer guerra sin mí a Roma, que sé lo que en sí encierra, ya el paso de los montes trascendido por el puente, y el puente demolido, en tu copioso ejército fiado, hubieras a sus muros arrimado los castillos que errantes se mueven sobre espaldas de elefantes, los armados copetes, ya los fuertes arietes hubieras a sus puertas dado, y luego diluvios de metal, orbes de fuego hubieras, nuevo Júpiter, llovido, en cuya ardiente lid hubiera sido árbitro la fortuna, llena y menguante imagen de la luna; y cuando los vencieras --que no hicieras--, a gran costa de sangre los vencieras. Mas viniendo conmigo, que soy, en fin, doméstico enemigo, vencer, señor, a menos costa espero. Lídielos la paciencia, y no el acero. A Roma en ésta, que es su edad primera, sin propios bastimentos considera, pues dentro no los tienen, si de los comarcanos no les vienen; luego pueden peleando vencernos, y no pueden esperando, el día que, sintiendo tus castigos, dan menos que temer mis enemigos. Y así no los maté; que esta victoria sin sangre ha de escribirla la memoria; y sin dar parte alguna a la neutralidad de la fortuna. Bien de tu ingenio y de tu esfuerzo fío mi imperio, mi corona y mi albedrío. Dame, dame los brazos, cuyos estrechos nudos, cuyos lazos podrá con golpe fuerte romperlos, desatarlos no, la muerte. Y yo, sabino nuevo, darte con más razón mis brazos debo; que ya he sabido que infelice eres, por valer el honor de las mujeres. Ese informe mi dicha contradice, pues por ellas he sido tan felice como a tus pies, vencido de mi estrella, el ceño dice. Aparte (¡Oh quién, Veturia bella, contigo la fortuna en que me veo partir pudiera!O ya que este deseo no es posible, pudiera hacer que la severa parte que deste general castigo te alcanza, la partieras tú conmigo! Gozáramos, sintiéramos iguales el bien que tengo y el pesar que tienes; con que males y bienes en dos fortunas tales no vinieran a ser bienes ni males.) Tocan dentro un clarín ¿Qué llamada será ésta que de la ciudad han hecho? Bandera de paz sospecho que, en el homenaje puesta, tremola. No deis respuesta. Antes sí, señor, te digo; que el oír al enemigo nunca inconveniente fue. Responded, pues; sepan que siempre tus órdenes sigo. Vuelven a tocar, y sale PASQUÍN Sobre ese muro romano la seña de paz, y abierta a tu respuesta la puerta, salió un venerable anciano. Aparte (Que es su padre callo en vano.) ¿Qué será aquesto? Embajada en que la ciudad postrada se quiere dar a partido. Llegue. Vase PASQUÍN Licencia te pido, porque no me mueva a nada de piedad oírle. Eso no; tu honor mi poder desea, y quiero que Roma vea que, más que ella te quitó, he sabido darte yo. Eso es pagarle por mí la vida que le debí. A mi tienda y solio ven; que en ella te vean es bien y el aprecio que de ti hago.Tú constante y fiel con los dos cumple este día; y pues causa es tuya y mía, sé piadoso y sé cruel. Estoque, cetro y laurel harán al cielo testigo y a Roma de que contigo parto mi imperio y mi trono, que a quien perdonas perdono, y a quien castigas castigo. Con estos versos se entra en la tienda, sin abrirla Menos consuelo así arguya Roma, pues antes podía remitir la ofensa mía, y ya no podré la tuya; que no es bien que me concluya el que [usé] mal de honras tantas. Éntrase. Por otro lado salen PASQUÍN, AURELIO y EMILIO.Córrese la cortina de la tienda y se ve sentado en el trono CORIOLANO, con laurel, cetro y estoque, y SABINIO y ASTREA retirados Allí está; llega a sus plantas. Invicto rey...(Mas ¿qué miro?) (Disimule lo que admiro.) Yo...cuando... si... ¿Qué te espantas y turbas?Romano, di, ¿a qué has venido? No sé; porque todo lo olvidé en el punto que te vi. Pues ¿qué es lo que has visto en mí? He visto en real teatro una farsa alegre e importuna, adonde el discurso advierte que hizo los versos la suerte y la traza la fortuna. Pues a admirarte te obligue, pero a enmudecerte no. Por eso me admiro yo. ¿A qué has venido?Prosigue. No mi intento se castigue en ti; que al rey vengo a hablar. Pues yo estoy en su lugar y con su poder estoy, que general suyo soy. Pues escucha a mi pesar. Roma, que su heroica frente corona la azul esfera, en su juventud primera imagen es de una fuente, cuya apacible corriente junto al mar empezó a ver la luz, sin llegar a ser espejo de su zafir, pues acabó de vivir adonde empezó a nacer, salud, Sabinio, te envía y dice que, pues mayor aplauso en un vencedor es usar de bizarría, que de tus piedades fía la libertad suya, cuando vencedor te está aclamando; pues en el marcial estruendo, más que un ejército hiriendo, vence un héroe perdonando. Y ya que la deidad varia de la gran fortuna está tan de tu parte, será desde hoy tu tributaria. Su república contraria, unida desde hoy contigo, dos glorias te da; dos, digo, pues dos serán soberanas, si a un tiempo un amigo ganas y pierdes un enemigo. Romano, aunque siempre ha sido perdonar acción gloriosa, también acción generosa es vengarse el ofendido. Di a Roma que yo he venido a destruirla, y que así no espere piedad de mí; porque no la he de tener hasta verla perecer. ¿Eso me respondes? Sí. Bárbaro, que ya ha faltado a mi paciencia valor, ¿dónde está tu antiguo honor destas canas heredado? ¿Qué sé yo?Dél despojado Roma, madrastra crüel, me envió.Si, patricio fiel, quieres saber dónde está mi honor, ella lo dirá, pues que se quedó con él. Quedóse con la querella, que tendrá de ti mi honor, con la nota de traidor, tomando armas contra ella. Fácil es satisfacella. ¿Habrá razón que convenga a quien sin honor se venga? Sí; pues me la facilita... ¿Qué? ...que si ella me le quita, ¿cómo quiere que la tenga? Fuera de que el que he ganado me basta a mí para honor. ¿Quién te dio tanto rigor? El padre que me ha engendrado. Padre y juez en un estrado tal vez fue juez, padre no. ¿Qué mucho, pues, si él faltó a ser padre, por ser juez, siendo juez y hijo esta vez, que falte a ser hijo yo? Él procedió cuerdo y sabio, pues ejerció la justicia, castigando una malicia. Yo castigando un agravio. Él, con la pluma y el labio, que lavó una afrenta piensa. Yo lavo una infamia inmensa. Él con el extremo que hizo una culpa satisfizo. Yo satisfago una ofensa. ¿Quién te ha dicho que es valor el ser uno vengativo? Yo; que, hasta cobrarle, vivo sin aquel perdido honor. Si te arrojó por traidor Roma, y vengarte apeteces, doblada infamia padeces, de que el mismo honor es juez; pues por lograrle una vez le habrás perdido dos veces. Del real manto despojado, el estoque desceñido, seco el laurel adquirido y roto el bastón ganado, todo, romano, lo he hallado en quien sobre Roma está; luego la infamia será, en quien honor solicita, por dársela a quien la quita, quitársela a quien la da. Por la luz, campaña pura, que a cargo mi causa toma, que hoy ha de ser la gran Roma de sus hijos sepultura. No ha de haber piedra segura en sus altos muros, no. Y en viendo que ya acabó su fábrica peregrina, por no quedarme otra ruina, lloraré su ruina yo. Duélete de sus noblezas. Nada mi agravio les debe. Pues duélete de la plebe. No se movió a mis tristezas. Duélete de sus bellezas. A ellas mayor parte alcanza de que logre mi alabanza. Y en fin, pues que todos fueron los que mi desdicha vieron, lloren todos mi venganza. ¿Que no hay piedad? No la esperes. Mira que es Roma tu madre; mira que yo soy tu padre. Tú has dicho que no lo eres. Si te creo, ¿qué me quieres? ¿No hay remedio? No se aguarde. Aunque te aconseje tarde, mira, oh joven imprudente, que ser con ira valiente no es dejar de ser cobarde. Vase ¡Muy bien despachado va el romano senador! Salen SABINIO y ASTREA Jamás vi tanto valor. Envidia a mis hechos da ver que una facción, que está con visos de vengativa, gloriosa a los siglos viva. Es digna de que inmortal en láminas de metal del tiempo el buril la escriba. No te admire, o Palas nueva, no te admire, o nuevo Marte, que, estando yo de tu parte, a lástima no me mueva; sin que a perdonar me atreva de Roma la tiranía, más por vuestra que por mía. ¡Vive el cielo, que ha de ver Roma su inmenso poder! Dentro hacen ruido, y dice ENIO [dentro] ¡Hado, ampara al que se fía de ti! A otra gran novedad les obliga la congoja. Un soldado es que se arroja del muro de la ciudad. ¡Extraña temeridad! Sin duda de otro castigo huye. Sale ENIO ¡El cielo sea conmigo! ¿Está Coriolano aquí? Sí. Pues oye a un tiempo en mí a un amigo y enemigo. Amigo, pues supe apenas de las nuevas que tu padre llevó de ti, que Sabinio contigo su imperio parte, cuando, con el alborozo de verte honrado y triunfante, apelé a que la respuesta del Senado nos llevase, para hablarte y para verte, facilitadas las paces. Pero viendo que no sólo tu enojo las embarace, sino que en segunda instancia quiere Roma que las trate la nobleza, como quien no tuvo en tu ruina parte; viendo yo que nuestras vistas con aquesto se dilaten, no me sufrió el corazón el que a su respuesta aguarde; y así, porque la sospecha de que a verte me adelante no se vuelva contra mí, y el ser tu amigo me dañe a alguna ocasión que pueda servirnos para adelante, quise salir por el muro, sin que lo supiese nadie. Hasta aquí hablé como amigo; y pues sólo el verte baste para complacencia, ahora que como enemigo hable será forzoso, supuesto que de tus felicidades resulta el dolor de que Roma esté en último trance, o por instantes viviendo o muriendo por instantes, ¿cómo es posible...? Detente; no, no pases adelante; que ni como amigo puedo las gracias que debo darte, ni como a enemigo oírte; porque estando el rey delante, el que hablemos como amigos en la urbanidad no cabe, ni como enemigos; pues si estuve severo o grave con el Senado, fue a causa de que pude con sus reales insignias y en nombre suyo despedirle o perdonarle; pero presente, no puedo, que para nada soy parte; que, en la presencia del sol, luz ninguna estrella esparce. Tu Majestad me perdone el no haber llegado antes a sus pies; que la ignorancia la culpa es más disculpable. Arrodíllase Alzad del suelo.--Y tú puedes, Coriolano, a oírle quedarte; y pues soy sol y tú estrella, con quien parto mis celajes, usa tú de sus reflejos, o ya alumbres, o ya abrases. Vase Yo nada te digo; sólo te acuerdo que, a convoyarme, de orden tuya vino Enio conmigo; y pues hizo iguales tu obediencia y mi servicio, es justo que se lo pagues. Vase Aparte (Sin duda que desta vez Roma ha de quedar triunfante.) Vase Dame mil veces los brazos, Enio, pues tú solo sabes ser amigo en las desdichas. Tente, no a los brazos pases, sin que sepa yo primero si tú en las felicidades lo eres, y compadecido. Tan presto deso no trates; que, si amigo y enemigo vienes, no es justo que, antes que a las amistades, demos paso a las enemistades. Tratémonos como amigos; tiempo nos queda bastante a tu queja y mi disculpa. Y así, acudiendo a la parte principal del alma, dime: ¿cómo está Veturia?¿Qué hace? ¿Qué quieres que haga?Ni ¿cómo quieres que esté con pesares tan grandes, sino sintiendo comunes penalidades? ¿Sabes si sabe de mí? No lo sé; pero es constante, que habrá corrido la voz. Sólo sé que pudo hablarme tal vez, y me dijo... Clarín. Sale PASQUÍN Otra llamada del muro hacen. Y en él la blanca bandera; la puerta en fe suya abre[n]. Si no me engaña la vista, Lelio es el que della sale. Adiós, adiós, que no es bien ni que contigo me halle ni que me echen allá menos, cuando la entrada me es fácil, estando la puerta abierta, pues nadie ha de averiguarme por dónde salí, ni a qué. Pues ¿cómo quieres dejarme sin saber lo que te dijo Veturia? Más importante es no hacerme sospechoso en verme aquí y que allá falte. Adiós; que yo volveré, y quizá... Mas esto baste. Vase Oye. Mira que ya llega. ¡Que se fuese sin contarme lo que le dijo Veturia! ¿Posible es que no lo sabes? ¿Cómo puedo yo saberlo? Como no lo ignora nadie. Pues ¿qué fue lo que [le] dijo? Que estaba hecha... Di adelante. ...dama de hijo de vecino, mal vestida y muerta de hambre. ¡Maldígate el cielo, amén! Sale LELIO Con bien, Coriolano, te halle. Seas, Lelio, bien venido. (Retírate a aquella parte, Pasquín, y avisa si vieres que viene hacia aquésta alguien.) Retírase PASQUÍN Ya estamos solos; la espada saca, pues que no hay que aguardes. No es eso a lo que he venido. ¿Cómo es posible que falte a la palabra que tiene dada un hombre de tu sangre? ¿No dijiste que, en sabiendo de mí, habías de buscarme para darme muerte? Sí. Pues ¿qué esperas, si lo sabes? Hay precisas ocasiones en que conviene que atrase, por los ajenos, un noble sus propios particulares. Por la nobleza de Roma... ¿En Roma hay nobleza? Y grande. Sí será, si es que entre todos la que yo dejé reparten. Por la nobleza de Roma... Antes que adelante pases, dejando aparte que empieces un duelo sin que otro acabes, lo que vienes a decirme te he de agradecer con darte un consejo que te excuse de un desaire. ¿Qué desaire? Avergonzarte a pedirme lo que sé que no he de darte. Vuelve, pues, sin más respuesta, a la embajada que traes, que decir a Roma que ni aun oírla quise. Arrogante estás. Harto estuve humilde, aherrojado en una cárcel y arrojado en un desierto. Y si desto ofensa haces, véngala; pues para eso la espada que me dejaste troqué a otra. No es a eso, como ya te dije antes, a lo que hoy vengo. También dije yo que no te canses, que pedir lo que no tengo de conceder es en balde. Del enemigo el primero consejo, que ha de tomarse dice el proverbio.Y así quédate a Dios. Él te guarde. Vase LELIO Bien despachado va Lelio, pues que, por mal que despache uno, mal y presto es aun mejor que bien y tarde. Dentro [voces] Salgamos todos a ver qué respuesta Lelio trae. Oye, por si algo entendemos de una confusión tan grande. Dentro [AURELIO, VETURIA, ENIO, Y otros] Mejor será no saberla, pues no hay piedad que se aguarde. Aquí ya no hay más remedio de que todo el pueblo clame: ¡Vaya Enio en nombre suyo! Sí haré, como él me acompañe; que la voz de un pueblo junto es la que mejor persuade. Matronas de Roma, hagamos nosotras los ejemplares. Guía, Veturia; que todas seguiremos tu dictamen. De tanto confuso estruendo, ¿qué has entendido? No es fácil entender vulgo que todo es voces y disparates; pero lo que es fácil es ver que un gran tumulto sale de la ciudad. ¿Si es salida que desesperados hacen? No; que también de mujeres se compone. En esta parte, hasta saber dónde está, espera a que yo te llame. Sale ENIO Si soy a quien buscas, Enio, poco tardará el hallarme. ¿A quién puedo buscar yo sino a ti, aunque con distantes motivos?Que si antes vine como amigo a consolarme con verte, y como enemigo a reprehender tus crueldades, como tribuno ahora vengo de la plebe, a que... No pases a esa plática, hasta que la que pendiente dejaste en lo que dijo Veturia, el día que en mí la hablaste, prosigas. Ya sabía que ésa había de ser la que amante preferir habías; y así, porque nos desembarace para esotra, traje a quien aun mejor que yo lo sabe. ¿Mejor que tú? Sí. ¿Quién puede? Quien conmigo viene a darte --pues por sólo ella introduje el que el pueblo me acompañe-- parabién de tu venida.-- Veturia, ¿qué fue lo que antes a mí me dijiste? Sale VETURIA Que apenas sabría en qué parte de su deshecha fortuna había tomado su ultraje puerto cuando, peregrina, pobre y sola iría en su alcance a padecerlas con él, si fuese donde el sol arde, o donde el sol hiela, siendo a sus rayos desiguales libia en tostadas arenas, belga en tupidos cristales, o toda hoguera sus montes o carámbanos sus mares. Y, puesto que a menos costa quiere el cielo que te halle quien te buscara en desdichas, lleno de felicidades ¿qué albricias te podrá dar? Sólo las del verte basten, pues ningunas haber puede que a tanto mérito igualen. Pues ya que yo, Coriolano, he satisfecho la parte que quedó pendiente tuya, veamos cómo satisfaces tú la que también pendiente quedó mía.Roma yace, o por instantes viviendo o muriendo por instantes. Aquí quedamos. También quedamos en que no me hables en los convenios de Roma, materia tan intratable y aborrecible a mi oído; y más hoy que tú me añades nueva razón para que aquesa plática ataje. ¿Yo? Sí. ¿Qué razón? Si, cuando Roma en sus últimos trances a Veturia contenía, no otorgué el perdón a nadie, hoy que en mi poder la tengo --pues conmigo ha de quedarse--, ¿cómo quieres que le otorgue ni aun a ti, que es la más grande exageración que puede darse en nuestras amistades? Que ni a Veturia perdonen ni a mí tus temeridades, es elección de tu arbitrio a que no puedo obligarte; pero que contigo quede, aunque ella quiera quedarse, no es elección, sino fuerza de mi honor.¿Ha de pensarse de mí que, sólo a traerte tu dama moví tan grave alboroto como que todo el pueblo me acompañe? Él a la mira esperando está hasta que yo le llame; que, porque hablaseis los dos, no quise que aquí llegase. Mira tú si será bien que ahora vuelva a retirarle, sin perdón y sin Veturia, para que se desengañe que, tercero de tu amor, no vine más que a dejarte libre a tu dama y volverle tan sitiado como antes. Para eso hay medio. ¿Qué medio hay ni puede haber? Quedarte tú también, Enio, conmigo. Ésa es plática intratable y aborrecible a mi oído. ¿El desaire no es bastante de no volver perdonado, sin que quieras que el quedarme o el ir sin Veturia sea desaire sobre desaire, que es lo mismo que poner un áspid sobre otro áspid? Y así persuádete a que sin ella o sin... No, no trates empeñarte, Enio; que yo trataré desempeñarte.-- A CORIOLANO Por anticipar el verte, Coriolano, cuanto antes, pedí a Enio en nombre tuyo que el pueblo consigo saque. Con que, honestado el pretexto de salir yo, a mi dictamen reduje a algunas matronas que a vueltas de todos clamen. Ellas a mi persuasión vienen.Mira si es tratable, volviendo ellas a miserias, quedar yo a felicidades? Y así, asentado el principio de que yo no he de quedarme, sino ir a morir con ellas, como tú el rigor no aplaques, pasemos del duelo al ruego. ¿Es posible, cuando yace --aquí quedasteis los dos-- Roma en el último trance, o por instantes muriendo o viviendo por instantes, no te conmuevas, al ver que esa fábrica admirable, ese Cáucaso de bronce, ese obelisco de jaspe, ese penacho de acero, ese muro de diamante que hizo estremecer la tierra, que hizo embarazar al aire, atemorizado a ruinas está titubeando frágil, como que, ya panteón de tanto vivo cadáver, sólo falta resolver si se cae o no se cae? Si estás quejoso, si estás, después de deshonras tales, de su Senado ofendido y de su nobleza, paguen su Senado y su nobleza los agravios que ellos hacen. Pero el pueblo, que a tu lado siguió tus parcialidades, lloró tus desdichas preso y desterrado tus males, hasta que le enmudecieron las mordazas de lo infame, ¿por qué ha de morir, por qué? ¿No es justicia intolerable ser el todo en el castigo, sin ser en el todo parte? Y, supuesto que lo fuese, ¿no es, Coriolano, bastante satisfacción que te da, venir conmigo a postrarse a tus pies?¿Cómo es posible que el rencor la línea pase del sagrado rendimiento los nunca hollados umbrales? El desagravio del noble más escrupuloso y grave no estriba en que se vengó sino en que pudo vengarse. Tú puedes; y también puedes dar tan precioso realce al acrisolado oro del perdón, que en el semblante del rendido luce más, con el primor de su esmalte, lo rojo de la vergüenza que lo rojo de la sangre. Veturia, saben los cielos que te adoro y también saben que, aunque Sabinio me fía de su voluntad las llaves, no es para que yo use dellas absoluto, sino antes para que más detenido la confïanza le pague, no haciendo lo que él no hiciera. Yo sé que desea vengarse, sé que vengarme deseo; y es mucho querer que arrastre, contra nuestras dos pasiones, tu ruego ambas voluntades; mayormente cuando pueden una y otra conformarse. ¿Cómo? La razón lo diga. Yo te persuado a quedarte, convaleciendo fortunas, adonde todo sea paces, todo consuelos, y todo placeres.Tú me persuades a que, sin venganza, quede corrido de no vengarme, donde todo sea rencores, todo iras, todo pesares. Mira ahora tú quién tiene mayor razón de su parte, yo, que te persuado a dichas, o tú a mí a penalidades. El valor está obligado tanto a bienes como a males. No está, si males y bienes le embisten a un tiempo iguales. ¿Cuándo lo más riguroso no fue su mejor examen? Cuando estuvo en mi elección el serlo lo más süave. No te canses en razones que nada conmigo valen. Yo he de volver con quien vine; y así, mira... No te canses tú tampoco; que si has de irte con quien vienes, yo he de estarme con quien me estoy. Vamos, Enio, pues, sin que piedad aguarde, me envía a morir Coriolano. No ese delito me achaques. Tú te vas, yo no te envío. Vamos, pues nada hay que ganen mi amistad y tu amor. Ya que a no más verte voy, dame, mi bien, mi señor, mi dueño, en aqueste último "vale," siquiera, por despedida, los brazos con que agradable me será la muerte, al ver que, si con ella complaces a Sabinio, de quien gozas tan altas felicidades como a ti te den la vida, ¿qué importa que a mí me maten? Llora Aparte (¡Cielos, que Veturia llora! Quitadme el sentido o dadme valor para resistir tan nuevas contariedades como que, siendo las perlas antídoto en otros males, sean tósigo en los míos.) Adiós otra vez, que guarde tu vida. Espera. ¿Qué quieres? No sé. Mas sí sé: rogarte que no llores; mi dolor me basta sin el que añaden tus lágrimas. ¿Que no llore? Adiós otra vez, que guarde tu vida. Espera. ¿Qué quieres? No sé; mas sí sé; rogarte que no llores; que tu llanto dolor a dolor añade. Que no llore y detenerme son dos precisas señales de que, porque no me vaya a tu pesar, donde gane eterna fama mi muerte, prenderme intentas. No saques consecuencia tan ajena que no la conceda nadie. ¿Yo a prenderte, esposa y dueño? ¿De qué pudo tu dictamen persuadirte que es prisión? De dos indicios tan grandes como, al quitarme las armas, ver que del brazo me ases. Pues ¿qué armas te quito? ¿Qué más armas quieres quitarme que quitarme que no llore, si contra enemigo amante la mujer no tiene otras que la venguen o la amparen que las lágrimas, que son sus socorros auxiliares? Si con ellas ventajosa tu hermosura me combate, ¿qué mucho que por vencidas se den mis penalidades? ¿Qué quieres de mí, Veturia? Que viva Roma triunfante. Viva, pues, triunfante Roma, ya que han podido postrarme a sus siempre victoriosas municiones de cristales las armas de la hermosura. Enio, estas voces esparce al pueblo que nos espera, para que del pueblo pasen a Roma, y concurran todos agradecidos a darle las gracias a Coriolano. Éntrase ENIO repitiendo [dentro] ¡Viva, amigos, Roma, y pase la palabra! ¡Roma viva! Salen SABINIO y ASTREA ¿Qué confusas novedades en el ejército, Astrea, habrá habido, que a que cante Roma la victoria mueven? No sé, mas fuerza es que espanten. ¿Qué ha sido esto, Coriolano? Nada, señor, que te agravie; mucho, soberana Astrea, que a ti te ilustre y te ensalce. Di, pues, lo que ha sucedido. Que, usando de los poderes que, como sabinos astros, vuestras piedades me ofrecen, me he movido a que sus rayos hoy alumbren y no quemen; y así, en vuestro nombre a Roma he perdonado. Suspende la voz. Pues ¿no me dijiste que habías, vengativo y fuerte, por mi ofensa, cuando no por la tuya, airado siempre, negado la libertad a su nobleza y su plebe, en tu padre, en tu enemigo y en tu más amigo? Advierte que nunca dije que había negádosela rebelde a mi dama; que el más noble puede negar justamente lo que le pide a su patria, a su padre, a sus parientes, a su amigo y su enemigo, pero a su dama no puede. Y más cuando su hermosura con armas del llanto vence. Veturia es, señor, mi esposa; si ser con ella, te ofende, liberal, pague mi vida lo que mi vida te debe; que yo moriré contento con que vencedor te deje, pues el que pude vengarte me basta, aunque no te vengue. Esto en cuanto a ti; y en cuanto a Astrea, mi yerro enmienden los privilegios con que han de quedar las mujeres en las capitulaciones con que a tu piedad se ofrecen, diciendo con toda Roma, que humilde a tus plantas viene... Salen TODOS, hombres y mujeres ¡Viva quien vence; que es vencer perdonando vencer dos veces! A vuestras reales plantas Roma... Voz y acción suspende; que hasta saber con qué pactos y hasta ver que los acepte, no está perdonada Roma. Dilos, pues. Primeramente, que las mujeres que hoy tiranizadas contiene se pongan en libertad, y las que volver quisieren A Sabinia no se impidan ni sus personas ni bienes; que las que quieran quedarse restitüidas se queden en sus primeros adornos de galas, joyas y afeites; que la que se aplique a estudios o armas, ninguno las niegue ni el manejo de los libros ni el uso de los arneses, sino que sean capaces, o ya lidien o ya aleguen, en los estrados de togas, y en las lides de laureles; que el hombre que a una mujer, dondequiera que la viere, no la hiciere cortesía, por no bien nacido quede; y por mayor privilegio, más grave y más eminente, pues por las mujeres yo sin honra me vi, se entregue todo el honor de los hombres a arbitrio de las mujeres. Todas esas condiciones es preciso que yo acepte en nombre de Roma. Y todos, diciendo ufanos y alegres: ¡Viva quien vence; que es vencer perdonando vencer dos veces! Pues, yo vuelvo victorioso con que Roma se sujete. Yo airosa, con que vengadas todas sus matronas queden. Yo gozoso de haber sido tercero en sus intereses. Yo vano, con que a mi hijo es a quien la vida debe. Yo amigo de quien ya sé que no dio a mi padre muerte. Yo dichosa con saber que Coriolano me quiere. Y yo, con que nuestras bodas hoy contigo se celebren, restitüido a mis triunfos, más honores y laureles que tuve, pues sola tú mi honor, triunfo y laurel eres. Y yo contento, con que sepan todos Vuesarcedes que las armas de hermosura con las feas no se entienden. Digamos todos, pues todos trocamos males a bienes, a las plantas de Sabinio, Astrea y Coriolano, alegres: ¡Viva quien vence; que es vencer perdonando vencer dos veces! Fin de la comedia