Pedro Calderón de la Barca La fiera, el rayo y la piedra Fiesta Real que se hizo a sus Majestades en el Palacio del Buen Retiro Personas que hablan en ella PIGMALEÓN. CUPIDO. CÉFIRO. VENUS. ANTEO. ANAJARTE. BRUNEL. IFIS. PASQUÍN. IRÍFILE. LEBRÓN. LISI. LAQUESIS. CLORI. CLOTO. LAURA. ATROPOS. ISBELLA. ANTEROS. [FORTUNA.] MÚSICA. Hombres. Mujeres. Jornada I Obscurécese el tablado, y mientras se dicen los primeros versos, se descubre la perspectiva del mar, con truenos y relámpagos. Dentro. ¿Qué se nos hizo el día? Enmarañada, obscura sombra fría, con pálidos enojos nos le hurta de delante de los ojos. A otra parte. ¿Qué se nos hizo el sol? En un instante, no solo nos le quitan de delante entupecidas nieblas; pero el confuso horror de las tinieblas nos le hace a cada paso síncopa del oriente y del ocaso. A otra parte. ¿Qué se nos hizo de la hermosa lumbre el esplendor? Aquella excelsa cumbre le trasmontó, porque antes que llegara hoy al mar, en la tierra se apagara. Al monte. Al llano. Al puerto. Sale IRÍFILE, vestida de pieles, suelto el cabello. Y tres asombros en una sombra advierto. Dejo, aparto el horror del terremoto, en cuya lid la cólera del Noto, de tierra y mar, con dos violencias sumas, los riscos postra, eleva las espumas, y voy a las tres voces, que tres veces distantes, tres veloces, llegaron a mi oído. ¿De cuándo acá, ni aqueste escollo ha sido de humano pie pisado ni de quilla aquel piélago surcado? Si ya no es que por mar y tierra quiera sitiarme quien pensando que soy fiera, otra vez me ha seguido. ¡Oh, no hubiera salido a buscar día de tan gran portento, anciano padre mío, tu sustento! De aquel peñasco, los incultos mayos, a la saña nos libre de los rayos. De aquella gruta, lóbregos los senos, la amenaza repare de los truenos. De aquel celaje al corto abrigo breve la luz de los relámpagos nos lleve. ¡Piedad, obscuros velos! ¡Piedad, dioses divinos! ¡Piedad, cielos! En tan confusa guerra, árbitro yo del mar y de la tierra, tierra y mar señoreo; y bien que a poca luz, desde aquí veo allí correr tormenta, derrotado bajel, allí violenta tropa abrigarse al monte, y allí al llano número no menor. En vano, en vano, si a mí no me buscáis, ¡oh peregrinos que las huellas seguís de tres destinos! Solicitáis a tanto horror defensa, si causa este desorden lo que piensa el docto estudio de mi padre y mío. ¡Oh, fuese antes que estudio desvarío! Los truenos. Mas ¡ay de mí infelice!, que dice mucho este temblor, pues dice que hoy nace la ojeriza de los hados, a que no solo fueron destinados los humanos sentidos, mas también comprehendidos en estrago de escándalos tan graves las fieras y los peces y las aves. Luchando allí lo digan las unas, y prosigan trinando, en vez de cláusulas agüeros, allí las otras; y esos brutos fieros, que del mar no sufridos, Pasan los pescados. mudamente se quejan a gemidos; pues al romper su verdinegra bruma, sobre la tez lidiando de la espuma, del margen solicitan las arenas, monstruos del mar, tritones y sirenas. ¡Ha, si de alguna el canto la causa me dijera de horror tanto! La hija de la espuma madre es del fuego, brame el mar, gima el aire de envidia y celos. No hay bajel que a lo lejos deste puerto no huya, si no es aquel en cuya suerte ni arbitrios dejan, ni consejos, vela, timón, bitácora ni aguja, por más que ya cascado el pino cruja, dando en aquella roca, donde, caballo desbocado choca. ¡Piedad, cielos divinos! Ya que en páramos vemos cristalinos que apenas del bajel fragmentos quedan, en el esquife escapen los que puedan con Ifis, nuestro dueño. Descúbrese el esquife, y va pasando con IFIS, BRUNEL y otros. ¡Oh, fuese tumba el derrotado leño en que, a despecho mío, de aqueste seno frío queréis vencer la guerra! Ya que el mar se serena, a tierra. A tierra. Dentro. Ya que vuelve a aclarar la hermosa lumbre, el llano penetrad, dejad la cumbre. Empieza a aclarar. Dentro. Ya que otra vez le restituye el día, cercana población la suerte mía solicite, vagando este desierto. A tierra, a tierra. Al valle. Al llano. Al puerto. ¡Ay infeliz de mí!, que ya la orilla costeando surca mísera barquilla, con poca gente en ella, a tiempo que sin norte de otra huella, cada tropa se inclina a la tranquilidad de la marina donde estoy. ¿Quién, sin ser vista, pudiera de aquí escapar? Cúbrese el rostro con el cabello, y al irse a entrar, salen CÉFIRO y PASQUÍN. Humano monstruo, espera; que aunque tu aspecto pudo ponerme horror, no dudo que tus señas desmientan tu semblante. Tente, joven: no pases adelante, ni quieras detenerme; que el escucharme más horror que el verme te ha de dar, pues si el verme te acobarda, más lo hará oírme. Al entrarse por otra parte huyendo, salen PIGMALEÓN y LEBRÓN. Humano monstruo, aguarda, que pues de humano y monstruo noticias da el cabello sobre el rostro, con la duda del uno vencer quiero de otro el terror. Primero a aqueste mar me arrojaré que intente oír a los dos. Al irse a entrar, por otra parte salen IFIS y BRUNEL. Humano monstruo, tente, que, pues cuanto me asombra, me asegura, no sé qué luz entre tu traje obscura, que me escuches pretendo. Cerrome el paso; y pues aun ir huyendo no permite mi suerte, ¿qué me queréis? Atiende. Escucha. Advierte. En la caza perdido... Del camino apartado... En el mar derrotado... ...del terremoto al ruido... ...del temblor al amago... ...del eclipse al estrago... ...triste yo... ...yo confuso... ...yo afligido... ...a este monte he venido... ...donde escuchar deseo... ...donde oír solicito... ...donde en saber me empleo... ¿Quién eres y qué monte es el que habito? ¿Quién eres y qué tierra es la que veo? ¿De suerte que un deseo a un intento reduce tres intentos? Sí. Pues juntaos los tres, y estadme atentos. Derrotados peregrinos, que de el mar y de la tierra, a merced de la fortuna, venís corriendo tormenta, este prodigioso monte que el mar de una parte cerca y de otra al Etna contiguo, es bastardo hijo del Etna. De la fértil hermosura de Trinacria, patria bella de los dioses, es lunar, no tanto porque la afea lo rústico de sus riscos, lo intratable de sus breñas (pues la oposición podía ser facción de su belleza), cuanto por lo que la infama su población, siempre expuesta a los duros ejercicios de desdichas y miserias. Dígalo allí de Anajarte el alcázar, donde presa la tiene Argante, su tío, sepultada antes que muerta. La fragua allí de Vulcano lo diga, en cuya violenta forja de Estérope y Bronte es martillada tarea la fundición de los rayos. Y allí, entre las duras quiebras de pardo escollo, lo diga lóbrega gruta funesta, rudo templo consagrado en mal fabricada cueva, a la deidad de las Parcas, cuya vecindad, sujeta siempre a estragos, siempre a ruinas, siempre a llantos, siempre a penas, la hacen que continuamente tales eclipses padezca; si bien el de hoy dice más, pues dice, si de mi ciencia no miente la observación, gradüada en las estrellas, que este común sentimiento de fuego, mar, aire y tierra, y en tierra, aire, mar y fuego, hombres, peces, aves, fieras, es cumplirse una amenaza que tienen los dioses hecha, de que ha de nacer al mundo una deidad tan opuesta a todos, tan desigual, tan sañuda, tan violenta, que ha de ser común discordia de cuanto... Vase. Oye. Aguarda. Espera. Con la palabra en la boca no se dirá que nos deja, que antes con ella se va. Burlolos su ligereza. No hizo, que yo he de seguirla. No hizo, que yo he de tenerla. No hizo, que yo he de alcanzarla. Vanse los tres. Sí hizo, pues el que tras ella fuere será un mentecato. ¿Por qué? Porque muy compuesta y adornada una mujer, aun no es bueno andar tras ella; ¡miren qué será tras una tan salvaja, que se deja decir que hay Vulcano y Parcas por aquí! Peor si te quedas solo será. Dices bien. Pues corramos. Norabuena; pero corramos sentados, si os parece. Vanse los tres y vuelven a salir por partes diferentes PIGMALEÓN, IFIS y CÉFIRO; cúbrese el mar y descúbrese el bosque. Monstruo, espera. Dentro. Es en vano, pues ya pude hacer la fuga defensa. Lo intrincado de las ramas, por donde tan veloz entra, me la han perdido de vista. La enmarañada aspereza deste bosque me la oculta. Pues ya a los ojos no dejan terminar su sombra tantos troncos como se atraviesan, sea la voz la que la siga. Vuelve, prodigio. Salen LEBRÓN, PASQUÍN y BRUNEL. No vuelvas. ¿Qué os va en eso a los tres para pedirlo con tanta fuerza? Saber quién es el que nace con tanto horror. Y quién sea el asombro destos montes. Oye. Aguarda. Escucha. Espera. Dentro. No me sigáis, que no es posible que decir pueda quién soy y por qué los hados a vivir así me fuerzan. Pero si queréis saber con la causa de mis penas de aquel eclipse la causa, pues os halláis a sus puertas, a las Parcas consultad, que mejor lo dirán ellas, como quien sabe mejor quién nace a ser ruina vuestra. ¡Confusión extraña! ¡Extraño asombro! ¡Extraña tristeza! ¿Adónde que nos hallamos dijo esa señora bestia? ¿No lo oyes? A los umbrales de las Parcas. ¿No son esas unas beatas que, hilando siempre, nunca echaron tela, y con ser tan hacendosas, jamás hacen buena hacienda? Las mismas. ¡Triste de mí! Extranjeros, que las señas de traje y voz lo publican y el venir por mar y tierra derrotados lo aseguran, yo, aunque de ver me estremezca estos montes, (que una cosa es noticia, otra experiencia), Céfiro soy, de Trinacria príncipe, y ya que la fuerza del destino me ha empeñado, siguiendo otra inculta fiera, a transcender hoy la línea que tiene el asombro puesta a esta inhabitable estancia, hallándome dentro della, no he de volverme sin que, ya que mi valor me alienta, el oráculo me diga de las Parcas qué secreta amenaza de los hados es en mis imperios esta. Y así, bien podéis volveros, pues los dos, a quien no fuerza interés alguno, no es bien que lleguéis a verlas. Extranjero soy, a quien perdió la confusa niebla de las dos noches de un día entre la inculta maleza de esos peñascos; la causa que a peregrinar me fuerza quizá es no menor, ¡oh invicto Céfiro!, para que quiera también yo saber el fin deste asombro que así llega; que yo te he de acompañar. Cuando ocasión no tuviera yo, que del mar derrotado pisé también estas selvas, para inquirir los prodigios que su obscuro centro engendra, por no volver a terror ninguno la espalda, fuera el primero que llegara. Pues desquiciemos la puerta deste risco que mordaza es de su boca funesta. Melancólico bostezo ya del centro de la tierra es la pavorosa gruta. Y ya en sus lejos se dejan terminar a poca luz las tres deidades severas. Ábrese la gruta, y vense en lo más lejos della las tres Parcas, como las pintan: la primera con una rueca, cuyo hilo va a dar a la tercera que le devana, dejando en medio a la segunda con unas tijeras en la mano. ¡Qué miedo pone el mirarlas! ¡Y qué temor causa el verlas! A cuál temor y a cuál miedo es mayor, hago una apuesta. ¿Tanto te parece el tuyo? Tanto que con ser tan puerca de las Hileras la calle, tomara estar ahora en ella, a trueco de no estar en la gruta de las Hileras. ¡Oh tú, Laquesis, que impía de la futura edad nuestra desvaneces el estambre! ¡Oh tú, Cloto, que severa de la ya pasada edad deshaces el copo a vueltas! ¡Oh tú, Atropos, que horrible la inexorable tijera, que es el fiel de los alientos, a arbitrio tuyo gobiernas! De negro ébano a tus aras altar ofrezco que sea atezado culto tuyo. Yo de ciprés una hoguera, cuyo humo desde este altar hasta empañar al sol crezca. Yo en la hoguera y en el ara, porque haya víctima en ellas, noturno búho te ofrezco sacrificar por ofrenda. Si me dices qué prodigio... Si me dices qué violencia... Si me dices qué presagio... ...el pasado eclipse encierra. Cantando muy triste. Dolores de parto han sido con que ha nacido a la tierra su mayor ruina. ¿Pues quién a allá ha nacido? Una fiera. Y tú, ¿quién dices? Un rayo. ¿Y qué dices tú? Una piedra. ¿Fiera? ¿Rayo? ¿Piedra? Sí. Ciérrase la gruta. Cerrose otra vez la puerta del obscuro seno. Mas, ¡que nunca estuviera abierta! Una fiera a mí me dijo, Laquesis, en sus respuestas que había nacido. A mí, Cloto, un rayo. Y a mí una piedra, Atropos. ¡Qué disforme monstruo de tres tan diversas cosas pudiera formarse! ¡Qué embrïón de tan opuestas causas pudo componerse! ¡Qué pasmo de tres materias tan contrarias! Como hilaban, diciendo estarían consejas. No hagáis caso desas cosas. Y haréis bien, que la más cuerda mujer del huso en que hila es su cabeza la hueca. Claro está, que no hacer caso de lo imposible es prudencia. Como a tal mi horror le trata. Y mi valor le desprecia. Porque, ¿quién a un tiempo mismo pudiera, siendo una fiera, ser rayo y piedra? Dentro. Cupido. Ya es muy otra esta respuesta. Oigamos, por si prosigue. No recién nacido quieras echarme ya del regazo de Venus, mi madre bella. Dentro. Sí quiero, que nunca yo tuve ni tendré más fuerza que el primer día que nazco. Diranlo cuantos me sientan, pues desde el primero día conocerán mis violencias. Ya el que juzgamos agüero que solo es acaso muestra. ¿Cómo? Como de la humilde pobre fábrica pequeña de una fragua que a la gruta yace de las Parcas cerca, dos jóvenes han salido luchando, y de su pendencia no es vaticinio el enojo. Salen luchando ANTEROS y CUPIDO. No me des la muerte, suelta, suelta mis brazos, Cupido; que ya rendido confiesa mi valor, que es más el tuyo. Es en vano que pretendas, Anteros, que tenga yo piedad, pues desde hoy es fuerza que a las manos de Cupido, Amor absoluto, muera el correspondido Amor. Ten clemencia. No hay clemencia. Sí hay. Yo le amparo, porque a tus manos no perezca. A los tres debo la vida; mas yo os pagaré la deuda, ya que al temor dese monstruo huir padres y patria es fuerza. ¿Dónde has de huir de mi saña? En la superior esfera de Dïana, que pues ya no puede sufrir la tierra el correspondido Amor, y al cielo es bien que transcienda de la luna, desde donde deshaga tus influencias. Vase. Seguirete allá. Es en vano. Nadie mi furor detenga, que he de darle muerte. ¿Cómo? ¿Tal rabia? Como soy fiera. ¿Tal ira? Como soy rayo. ¿Tal crueldad? Como soy piedra. ¿Piedra? ¿Rayo? ¿Fiera? Sí, que aunque me veis en tan tierna edad, fiera, piedra y rayo soy tan desde mi primera cuna, que nunca mayor he de ser por más que crezca. Hiciérame admiración, si donaire no me hiciera tu arrogancia. Este rapaz sin duda oyó de las ciegas Parcas la voz, y pretende valerse de su respuesta. Los niños lo que oyen dicen, o venga bien o no venga. ¿De mí os burláis? Pues, ¿qué quieres que hagamos de una soberbia tan donairosa? Conmigo por esta intrincada selva, hasta que mi gente cobre y vuelva a buscar con ella aquel prodigio que vimos, dad, extranjeros, la vuelta, que quiero que me informéis hoy de las fortunas vuestras para daros mi favor en cuanto aquí se os ofrezca, ya que el hado nos ha hecho cómplices de una tragedia. Guárdete el cielo. ¿De mí sin hacer caso se ausentan? Y agradecido a ese agrado, te doy, primero que sepas quién soy, palabra de que no haga de tu lado ausencia hasta que del monte salgas. Yo es bien que lo mismo ofrezca. Pues homenaje los tres hagamos, que en esta empresa del alcance deste monstruo, en cuanto nos acontezca, hemos de favorecernos. Y para que mejor pueda correrse el monte, mejor es dividirnos, y sea el rumbo de cada uno el que le diere su estrella. Dice bien; mejor es ir los tres por partes diversas, y para juntarnos luego, tomemos los tres por seña el humo de aquella fragua cuya obscura nube negra siempre está atezando al sol. Norabuena. Norabuena. Pues, ¿cómo habiendo escuchado quién soy, de aquesa manera os vais, sin darme más culto, ni hacerme más reverencia? Como, aunque eres fiera, eres muy bella para ser fiera. Vase. Muy tibio para ser rayo. Vase. Muy tierno para ser piedra. Vase. ¡Mirad, pues, y quién quería también meterse en docena! Ruin es quien por ruin se tiene. Y vil el que se desprecia. Vase. Quitad de ahí, que es un rapaz que apenas sabe a la escuela y es, oliendo a las mantillas, muy bello para ser fiera, muy tibio para ser rayo, muy blando para ser piedra. Vase. Burla han hecho de mi enojo los tres. Pues yo haré que sea llanto de los tres la risa tan presto, que no anochezca sin que empiece mi venganza a dar su primera muestra, hasta en el crïado, a cuyo fin, desta rama primera haré flechas y arco; y no acaso he elegido esta aunque la he elegido acaso porque, arrancada a las puertas de las Parcas, sepa el mundo que nacen de una raíz mesma las armas suyas y mías. Por eso, humanos, alerta, que somos, ellas y yo, las que a ninguno reservan. Mas, ¡ay!, que aunque tengo el tronco de que labrar las saetas, no tengo el metal de que he de herrarlas. Mas, ¡qué necia cobardía!, siendo hijo de quien fragua, funde y templa, de Júpiter y de Marte, armas que entrambos ejerzan (aquel en rayos que vibra y este en puntas que ensangrienta). Y pues de su casa ya arrojé a Anteros, que era el Amor correspondido que hasta hoy vivió, desde hoy sea Cupido el ingrato Amor, el que solo triunfe y venza. Para que sepan no solo estos tres que me desprecian, pero cuantos no me admiran por la deidad más suprema, que soy fiera, piedra y rayo, siendo primera experiencia de mi poder... Dentro. ¡Anajarte! Anajarte han dicho. Sea proverbio o no, escuchar quiero. Dentro ANAJARTE. Lisi, Clori, Laura, Isbella, venid a estas selvas todas, donde os aguardo. A la selva. Escuadrón de ninfas es el que ese monte atraviesa, con tan desiguales armas como instrumentos y flechas, pues todas el arco al hombro dan a la mano otras cuerdas. Nuevo género de caza sin duda será el que inventan. Pero a mi rencor, ¿qué importa?, si ya no es que saque della experiencias para ser la fiera, el rayo y la piedra. Vase. Salen LISI, CLORI, LAURA y ISBELLA por una parte, con arco y flechas, y varios instrumentos en las manos; y por otra ANAJARTE, vestida de cazadora, con venablo. A todas nos da a besar tu mano, Anajarte bella. Seáis todas bien venidas, donde mi amor os espera con los brazos en el centro de la coartada licencia de mi prisión. ¿A qué fin que a él te sigamos ordenas, con instrumentos y armas? A fin de que en una empresa os he menester a un tiempo valientes y lisonjeras, porque consta su vitoria de dulzuras y de ofensas. ¿De qué suerte? Desta suerte. Prosigue, pues. Oíd, atenta. Ya de Trinacria sabéis que había nacido heredera si mi estrella no estorbara lo que disponía mi estrella. Pues tan contraria al primero natal se mostró, y violenta, que póstuma de mi padre nací de mi madre muerta. De suerte que racional víbora humana pudieran decir que fui, pues dos vidas naciendo mi vida cuesta. En poder de Argante, hermano de mi padre, quedé en tierna edad, de su confïanza entregada a la tutela. Él, con no sé qué pretextos de que teniendo; ¡qué pena!, en Céfiro hijo varón, yo perdía, por ser hembra, la acción del reino, tomó posesión dél; indefensa yo, él poderoso, ¿quién le había de hacer resistencia? Desta, pues, tiranía injusta resultó, ¡ay de mí!, que tenga (en efeto no hay fiscal como la propia conciencia) escrúpulos que en el alma roan siempre y nunca muerdan. A cuya causa, no dudo que matarme no resuelva por no dejar contra sí siempre viva la sospecha de que me había dado muerte, quedando al mundo con ella declarada la injusticia, cuyo escándalo le hiciera siempre estar sobresaltado. Y así, porque no parezca que me teme, no me mata; mas porque tampoco pueda yo reclamar ni tener con nadie correspondencia, me prende en estos palacios, que, convecinos del Etna, son prisión y sepoltura donde, teniéndome presa, satisfago como viva y aseguro como muerta. Diréis, ¿qué tiene que ver de mis pasadas tragedias el origen con haceros venir ahora a estas selvas con instrumentos y armas? Diréis bien, pero ¿qué pena con buena o mala ocasión no se alivia si se cuenta? Y así, aprovechando yo la que me dio mi tristeza, para mostrar que fue alguna, daré al discurso la vuelta. La crïanza en estos montes, la vecindad de sus peñas, lo familiar de sus riscos, lo intratable de sus quiebras, sobre la imaginación que es causa de mis tristezas, melancólico y adusto humor en mi pecho engendran; de suerte que no hay instante que un delirio no padezca, un letargo no me aflija y que un frenesí no sienta. A cuyas dos causas, dos efectos hacer es fuerza, tan poderosos que no los puedo hacer resistencia, por más que lo solicite. Es el uno que aborrezca (hecha ya desde mi tío a todos la consecuencia) de suerte a los hombres, que de humana sangre sedienta vivo hidrópica; y el otro, que ya que vengar no pueda mi cólera en sangre humana, la vengue en brutos y fieras, bandolera de sus grutas, pirata de sus cavernas. Pues siendo así que no hay cosa que me alivie y me divierta como la caza y la sangre, ¿qué hará el presumir que pueda ser hoy caza y sangre humana la que mi venablo vierta? Los rústicos moradores desas míseras aldeas dicen, no sin grande asombro, que andan dos humanas fieras en estos montes; y añaden, porque ya alguna experiencia lo ha enseñado repetida, que en oyendo la una dellas música, el encanto suyo la atray con tan grande fuerza que la han visto alguna vez llegar del poblado cerca. De suerte que, imaginando con la música atraerla y con las flechas herirla, no vienen a estar opuestas hoy dos tan opuestas cosas, como instrumentos y flechas. Y así, de uno y de otro armadas las cuatro, en cuatro diversas avenidas deste bosque os repartid, que yo, a espera, detrás de aquel verde tronco estaré, para que vea el sol una montería hoy tan extraña y tan nueva como cazar con reclamo este monstruo, de quien tiemblan los convecinos lugares de toda esta inculta esfera más que de la vecindad del Mongibelo y el Etna. A obedecerte venimos, y así solo la respuesta será el elegir los puestos. No será, con tu licencia, que en pensar que vendrá ya el monstruo que buscas, muerta estoy de temor. Pues ¿no tendrás tú valor, Isbella, para, en viéndole, trocar el instrumento a la flecha? No, señora, porque yo le habré descubierto apenas cuando eche a correr. ¿Tal dices? Pues yo desearé que venga para matarle. Yo y todo. ¡Cuidado con las valientas! Id, pues, tomando lugares. Dices bien. Y así, yo en esta parte al instrumento aplico la mano. Yo, en consecuencia tuya, a esta parte me pongo. Yo, oculta en esta maleza también estaré. Yo aquí, que está del lugar más cerca. Pues yo, detrás de aquel tronco estaré a las cuatro atenta, blandiendo deste venablo la cuchilla, de manera que venga a ser triunfo mío por cualquier parte que venga. Pónense las cuatro a las cuatro puntas del tablado; retírase ANAJARTE y mientras cantan, sale IRÍFILE. ¿Cuál es la dicha mayor de las fortunas de amor? Yo, Clori, no lo diré que poco de dichas sé. Laura lo dirá mejor. Es error, que en amor no hay dicha segura. Es locura, que no hay dichas en amor. ¿Cuál es la dicha mayor [de las fortunas deamor?] ¿Qué dulces voces han sido las que con tal suspensión me llevan el corazón adonde quiere el oído? Escondida en el tejido seno desta selva umbría, del furor que me seguía me aseguró mi temor, y pudiendo del furor, no puede de la armonía. ¿Quién creerá que es para mí tan poderoso veneno ese canto de que lleno hoy está el aire, que así como sus ecos oí, me vine acercando a ver quién le causa, por saber? ¿Cuál es la dicha mayor de las fortunas de amor? Ni fue eso ni pudo ser, que no es saber mi trofeo ni hacer experiencia alguna de dicha, amor ni fortuna; porque solo es mi deseo deste armonïoso empleo, a pesar de mi temor, saber quién es el autor. Yo, Clori, no lo diré, que poco de dichas sé. Laura lo dirá mejor. Laura, esta voz me asegura que me lo dirá mejor. ¿Quién será, Laura? Es error que en amor no hay dicha segura. ¡Con qué apacible dulzura cada voz hace mayor la duda! Crezca el favor, porque crezca la ventura de escucharlas. Es locura buscar dichas en amor. ¿Cómo? Si de cada acento tras sí arrastrada me llevan las armonías, me elevan y mudan más movimiento cuando a decir vuelve el viento... ¿Cuál es la dicha mayor [de las fortunas de amor?] Si cada una de por sí mis afectos arrebata, siendo al norte de una vida imán cualquiera del alma, ¿qué harán todas juntas? Pero en lo espeso de estas jaras oculta será mejor que las oiga. Entre las ramas siento hacia esta parte ruido. ¡Qué miro! ¡El cielo me valga! Gente hay aquí. El monstruo veo. ¡Muerta estoy! ¡Estoy turbada!, que aunque mi valor me anima, su semblante me acobarda. Con dulce traición me han muerto. A todas partes sitiada, no me ha de valer la fuga. Pues el ánimo me falta... ¡Laura, Clori, Isbella, Lisi! ¿Qué nos quieres? ¿Qué nos mandas? Llegad, y los instrumentos trocad todas a las armas; llegad, que aquí esta la fiera. ¡Qué pena! ¡Qué asombro! ¡Qué ansia! ¿Adónde están, reinas mías, todas aquellas bravatas? ¡Ay de mí! ¿Dónde podré asegurar yo la espalda? Huye, Isbella. Lisi, huye. Corre, Lisi. Corre, Laura. Vanse. Crezca mi valor su miedo. ¿Ansí os vais? ¿De qué te espantas? Que a los músicos no toca venir, pues es cosa clara que su oficio es hacer fugas, y el valerse de las plantas cumplir con su obligación; pues son, usando su gracia, las gargantas de los pies también pasos de garganta. No importa, que yo conmigo quedo, y una vez cobrada del primer susto de verla, solo mi valor me basta. Pues ya que contigo sola el recato fuera infamia, de la acerada cuchilla emplea blandida el asta, de suerte que no me yerres porque si el golpe te falta, de mi nudoso bastón habrás de probar la saña, de suerte que, al primer golpe, no solo rendida caigas, pero de la tierra el centro tan gran sepulcro te abra que muerta aquí, las exequias los antípodas te hagan de esotra parte del mundo. No me admira tu arrogancia, que cuando el arpón te yerre, a mí que me quede basta el brazo que le despida, para que en segunda instancia en tan menudos pedazos mi cólera te deshaga, que esparcidos por el viento, suban a esfera tan alta que en encendidas pavesas, o caigan tarde o no caigan. Tira, pues, y no me yerres. Al embestirse las dos, sale IFIS por un lado, y abrázase con ANAJARTE, y CÉFIRO por otra, y abrázase con IRÍFILE. Deidad, tente. Monstruo, aguarda. Porque en tan desigual lid... Porque en tan nueva batalla... ...no es bien sea una mujer rival de empresa tan alta. ...no es bien que mates ni mueras sin que, si mueres o matas, sepamos quién fue el prodigio destos montes. Suelta. Aparta. Que ya terciado el bastón... Porque ya blandida el arma... ...esa hermosura... ...ese asombro... ...triunfo ha de ser de mis plantas. ¿Qué soberana belleza... ¿Qué hermosura soberana... ...es la que este monte pisa? ...es la que ese traje guarda? Suelta, digo. Aparta, digo. Si tu peligro estorbaba por una causa, ya son dos. Si antes embarazaba por una causa tu riesgo, dos son ya. ¿Dos? Sí. ¿Qué causas? Tu hermosura y tu peligro. Tu riesgo. ¿Y qué más? Tu gracia. ¿Ahora lisonjas? ¿Ahora rendimientos? Suelta. Aparta. Que ha de ver aquese asombro que soy rayo que desata Júpiter contra su pecho desde la esfera más alta. Que ha de ver esa altivez, a pesar de su arrogancia, que, desta montaña aborto, soy fiera desta montaña. Que eres rayo, yo lo veo, pues tan poderoso abrasas, que sin ofender el cuerpo, has hecho ceniza el alma. Que eras fiera, ya lo lloro, pero de tan dulce saña que a quien matas te agradece el favor con que le matas. Más que con tu acción me obligas, me ofendes con tus palabras. Aún más que me lisonjeas con detenerme, me agravias. Pues para que veas mejor cuán de tu parte me hallas... Pues para que mejor veas cuán de extremo a extremo pasas... ...desempeñaré tu riesgo tomando yo tu venganza. ...has de ver que tu peligro soy yo quien te le restaura. Pues si haces por mí fineza tal, que esa fiera avasallas, porque estoy en el empeño de rendirla y de postrarla, aunque no he de agradecer yo jamás amantes ansias, te agradeceré el valor. Pues si haces que yo me vaya sin que me siga ninguno, agradeceré a tu fama de la fineza el socorro. Yo te doy deso palabra. Yo te la ofrezco. Divina hermosura... Fiera humana... No el venablo... No el bastón... ...esgrimas. ¡Qué pena! ¡Qué ansia! ¡Qué veo! ¡Qué miro! ¡Oh, cuánto estimo que ocasión haya en que ya nuestro homenaje de algo a mi fortuna valga! No menos yo lo agradezco que empeñada tu palabra en ampararme, es preciso por mí una fineza hagas. Sí haré, ¿qué quieres? Que aqueste asombro que ya me causa más admiración que espanto, me ayudes que libre salga de sus riesgos, porque estoy en empeño de librarla, y dime tú lo que yo por ti puedo hacer. Ya nada, porque en ese mismo empeño a mí me ha puesto esta dama y he de ayudar a rendirla. Yo he de acudir a ampararla, y así mira en qué te empleas. Mucho me admira que haya quien... Di. ...se ponga de parte de la noche, contra el alba. ¿Quién lo es más que quien hermosa se emboza entre nubes pardas? Yo mi palabra empeñé. Yo también di mi palabra. Yo la di al sol. Yo a la aurora. Yo al día. Yo a la mañana; y mira, extranjero, cómo ha de ser, que he de librarla. Mira tú cómo ha de ser, Céfiro, porque yo... Aguarda, ¿tú eres Céfiro? Yo soy. Ya no me admira ni espanta que de parte de una fiera contra mí esté tu arrogancia, pues no es la primera vez que fieras contra mí amparas. ¿Cómo, si no te conozco, de mi proceder te agravias? Como es el no conocerme otro abono de tu infamia. Pues, ¿qué fiera contra ti yo amparé? Una tan ingrata como lo es la tiranía con que tu padre me trata. Pues, ¿quién eres? Anajarte soy, y pues ya se declaran mis sentimientos, no quiero que otro tome mi venganza, sino yo, y así... Detente, porque si vengarte trazas, ya lo estás en quien rendido sabrá ponerse a tus plantas. Eso es querer que el sagrado de mi hidalguía te valga, pues no ha de ser, que... También eso es querer que yo salga al reparo de su vida. Muy presto el favor me pagas. También saldré yo en defensa de quien tú ofendes. Repara que estoy en la suya yo. Dentro. ¿Dónde, Irífile, te guardas? Aunque al favor que te debo siempre he de rendir las gracias, ya me sobra tu favor con esta voz que me llama. ¡Ven, Anteo, a socorrerme! Sale ANTEO vestido de pieles, con barba negra. Pues ¿quién tu hermosura agravia, viviendo yo, que no sea vil trofeo de tus plantas? Aunque yo te defendía, deidad, cuando sola estabas, ya es fuerza ser contra ti cuando otro monstruo te guarda, y monstruo tal, que a pesar de traje, cabello y barba, de mi mayor enemigo me acuerda la semejanza. [Aparte.] Céfiro es este. ¡Ay de mí, si a disfrazarme no bastan la edad y el traje! Traidor, ¿aún vives? No me acobarda tu voz y tu acción, aunque no alcance por qué me llamas traidor, ni mi muerte intentes. Baste que mi honor lo alcanza. Y yo, Céfiro, a tu lado estoy, ya que el duelo pasa a otro monstruo; que una cosa fue el empeño de una dama y otra el riesgo de tu vida. Yo es bien paréntesis haga a mis rencores también, y contra los dos te valga. Pues ya que la novedad de aventura tan extraña os pone a mi lado, sea advirtiendo que de entrambas vidas me guardéis la una. Ponte, Irífile, a mi espalda. A tu lado estoy mejor. Pues contra los dos, ¿quién basta? Dentro las cuatro mujeres. Acudid, acudid todos a la desigual batalla de hombres, deidades y monstruos. Salen los que pudieren, PASQUÍN y BRUNEL. Mueran las fieras tiranas, escándalo destos montes. Mueran, que en bulla no espantan. ¡Qué propio es de los gallinas animarlos la ventaja! Mueran estos monstruos. Mueran. Gran gente, Irífile, carga sobre los dos. Pues el monte en su aspereza nos valga. Vanse. Yo he de seguirlos, aunque el viento les dé sus alas. Vase. Salen LEBRÓN y PIGMALEÓN. Y yo a ti. ¿Qué ha sido esto? Que del sitio en queaguardaba a las voces he venido. No me detengas, que nada podré decirte. Ni yo. Sino que temo... ¡Qué ansia! Sino que dudo... ¡Qué pena! Que ha sido verdad... ¡Qué rabia! Que ha sido cierto... ¡Qué asombro! ...el anuncio de las Parcas. ¿Contra? Como contra mí quieren los cielos que nazca... ...el rayo destas esferas. ...la fiera destas montañas. Vanse. Dentro. Al monte, a la selva, al llano, ataja por aquí, ataja. ¿Qué será lo que a los dos sucedió? Pues, ¿yo sé nada? ¡Qué fiera ni rayo! Puesto que verdad pronunciaran también viera yo la piedra, y es el temerlo ignorancia. No es tarde, que si ellas son señoras de su palabra, ella vendrá. Los martillos. Calla, necio, porque ¿cómo?... Pero aguarda, ¿qué ruido es este? Pues yo, qué sé, si ya no le causa que pida algo allí algún pobre fïado. ¿De qué lo sacas? De que este ruido es, si el sonecillo no me engaña, machacar en hierro frío. La vecindad de la fragua de Vulcano hará estos ecos, a cuyo compás descansan sus cíclopes, pues al son del duro ejercicio cantan. Dentro. Teman, teman los mortales, que se labran en el taller de los rayos de Amor las armas. De Amor las armas allí dice esta voz que se labran. Digo, y los cíclopes, ¿son músicos? Que vuelven, calla. Dentro. Que se labran en el taller de las fieras de Amor las armas. Rayos y fieras han dicho. Lo que prosiguen, repara. Dentro. Que se labran en el taller de las piedras de Amor las armas. ¿Oyes? También piedras dicen. Poco uno ni otro me espanta por más que digan. Dentro. Al monte, ataja por aquí, ataja. Dentro. Que se labran... Aqueste es otro cantar, que allí dos fieras se alargan. Algo fue dello, sin duda, lo que dijeron las ansias de los dos. De no entenderlos por entonces mi ignorancia me pesa, por no seguirlos; mas yo salvaré el alma, saliéndola al paso ahora por esta senda. Vase. Que haya andantes que anden por selvas encantadas, malo es, vaya; pero peor por selvas es encantadas y cantadas. Dígolo porque a dos coros allí dice el uno... Dentro. Ataja. Y el otro allí le responde. Dentro. Que se labran en el taller de los rayos [de amor las armas.] ¡Mal haya el alma y la vida que atajadas y labradas nos tiene de tales amos hoy las vidas y las almas! Salen VENUS y CUPIDO. ¿A qué fin, Cupido, ya quieres que te labren armas tan venenosas que juntes las dos pasiones contrarias del olvido y del amor, en las puntas explicadas de oro y plomo? A fin de que usando, madre, de ambas, teman los mortales tanto mi favor como mi saña, mi agrado como mi ira, y mi paz como mi rabia. Desprecio han hecho de mí tres afectos, y así encarga mi voz a Estérope y Bronte la fatiga con que labran esas flechas, que no solo en los dos metales hagan esos dos efectos, pero en las venenosas plantas que en el monte de la luna son ojeriza del alba, las ha de templar, porque, en mortal yerba tocadas, pasen, sin sentirlo el cuerpo, a ser venenos del alma. Pues ya que usar de armas quieras, ¿por qué de traidoras armas, sin ver cuánto deja atrás el triunfo quien le aventaja con desiguales partidos? ¿Que uses, Cupido, no basta las nobles iras de todos? Y yo, para ver si alcanza algo contigo mi ruego, es bien que el taller te abra, oficina de Vulcano. Ahí tienes paveses, lanzas, yelmos, venablos, escudos, arcos, saetas y aljabas. No, pues, singular pretenda usar tu soberbia infancia de armas de veneno, pues basta cualquiera. No basta, porque aún han de ser los dioses sacrificio de mis aras. Ya no me espanto de que engendre soberbia tanta quien a Anteros de mis brazos hoy desterró y... Calla, calla, que si lloras por su ausencia, al ver que del mundo falta el correspondido Amor, tomaré de ti venganza también, y quizá algún día... Ataja la voz. Dentro. Ataja. Al monte. Al valle. A la selva. ¿Quién este alboroto causa? Mas ¿quién le ha de causar, puesto que ya es, sin duda, que anda por ti en confusión el mundo? Vase. Sale ANTEO con IRÍFILE en los brazos, y tras él todos. Pues, ¡qué vitoria más alta! Ya que el huir no es posible, este sagrado me valga. ¿Qué es esto? Es una desdicha, una pena, una desgracia que me obliga a que de ti hoy me favorezca. Cuanta gente aqueste monte alberga toda en mis alcances anda. Esta beldad infelice pongo, joven, a tus plantas; su vida libra, la mía importa poco. Levanta, que a no mal puerto has llegado, y pues que de mí te amparas, no temas. Todos entrad, y muera donde se guarda. ¿Qué es esto? Pues que llegase a mis umbrales, ¿no basta? No, que yo esa humana fiera a mis pies he de postrarla. No, porque yo de su empeño tengo de valer la causa. No, que aunque la guarde yo, matar tengo al que la guarda. No, que el duelo de los dos a mí por los dos me alcanza. No, que para defenderlos tiene usted muy pocas barbas. Esto sufro. ¿Quién te enoja? ¿Quién te ofende? ¿Quién te agravia? Nadie, para que ninguno tome por mí la venganza. Y pues que segunda vez perdéis mi decoro, esparza flechas al viento de amor y odio, caigan donde caigan, que todo es veneno. ¡Cielos!, ¿qué fuego llevo en el alma que me obliga a que agradezca a Céfiro aquella hidalga acción de guardar mi vida? Vase. Espera, Irífile, aguarda. Vase. ¡Cielos! ¿Qué violento impulso tras una fiera me arrastra que ansí me obliga a seguirla? Vase. ¡Cielos! ¿Qué pasión ingrata ha introducido en mi pecho deste joven la bizarra acción que, aunque quieran, no será posible estimarla? Vase. ¡Cielos! ¿Qué rayo es aqueste que en una beldad me abrasa? Vase. ¿Qué ignorado fuego es, ¡cielos!, este que siento en el alma que, aunque su llama no veo, se deja sentir su llama? Vase. ¿Cuánto va que me enamoro, según suelto el amor anda, que es peor que el diablo suelto? Vase. Mas ¿qué fuera que en ingrata diera yo de poco acá? ¡Qué sentimiento! Vanse. ¡Qué ansia! Vanse. Verá el mundo en los afectos de voluntades contrarias hoy mi poder. No verá, que todo cuanto tú hagas, ingrato Amor, deshará desde este sagrado alcázar el correspondido Amor, a cuyo efecto Dïana me ha dado el venablo suyo porque con mejores armas quebrante yo tus arpones, y así todo cuanto trazas que sean rigores y iras haré yo delicias blandas. ¿Cómo podrás tú oponerte a mi deidad soberana, si haré yo amar a una fiera? Yo haré aquesta fiera humana. Yo haré aborrecer a una beldad a quien más la ama. Yo haré que esa beldad quiera o tendré della venganza. Yo haré una vida adorar. Yo daré a las piedras alma. Fiera, rayo y piedra soy. Yo piedad, blandura y gracia. Pues al arma, al arma, Anteros. Pues, Cupido, al arma, al arma. Jornada II Señor, por un solo Baco, que es el dios con quien yo tengo mis trabacuentas en cuantas ermitas suyas encuentro, que me digas qué tristeza es esta. Déjame, necio, que a ti ni a nadie es posible que fíe mis sentimientos. Pues porque veas que soy más liberal que tú, quiero fiarte yo esta vez los míos. Paciencia, y escucha atento: De Libia, tu patria... Ya me querrás hacer acuerdo, Lebrón, de tantas deshechas fortunas como padezco. Ya querrás decirme cómo la muerte, ¡ay de mí!, deAlfeo me arrojó della, o por ser del Rey tan cercano deudo, o porque vivir no quise a la vista de suceso tan infeliz; que aun vengado, en un generoso pecho siempre está vivo el dolor, aunque esté el agravio muerto. Querrasme decir que apenas de mis desdichas huyendo en busca de Ifis, a quien sin conocerle le tengo por mecenas en Epiro, a Trinacria llegué, ¡cielos, nunca a ella llegara!, cuando perdido en ella al estruendo de aquel terremoto, vi un hermoso monstruo bello, juré una amistad, oí de las Parcas el agüero, vi la fragua de Vulcano, y la lid de... Oye, te ruego que aunque todo aqueso es, no es nada de todo aqueso. Porque ¿qué tiene que ver monstruos, Parcas, lides, duelos, con que, todo eso acabado, de aquellos dos caballeros con quien alïanza hiciste, uno se vuelva a su reino y a sus aventuras otro, y tú te quedes en estos montes, sin que un solo instante pierdas de vista ese bello palacio, que es de Anajarte voluntario cautiverio? Toda la noche y el día a sus umbrales suspenso, el sol te deja y te halla solo a ver si abren atento las puertas desos jardines, donde entrando una vez dentro, es menester que te echen a palos sus jardineros; ¿qué es lo que aquí esperas? Nada; y es verdad que nada espero, porque no tiene mi mal en la esperanza consuelo. Pues ¿qué mal hay que con ella, señor, no aspire a ser menos, y aun a ser ninguno? El mío. Si a tus suspiros atiendo, ¿qué va que es tu mal amor? ¿De qué lo infieres? Lo infiero de que esa inquietud que tienes es como otra que yo tengo. Desde aquel infausto día (¡quién le borrara del tiempo!) que en la fragua de Vulcano nos vimos todos revueltos, también tengo yo mi poco de no sé qué, que le siento no sé dónde y no sé cuándo le he de aplicar el remedio. ¡Pluguiera Amor fuera amor mi mal! Tú tienes mal pleito, pues te das a este partido; mas ¿qué es? Una ira, un veneno, un letargo, una locura, un frenesí, un devaneo, una ilusión, un delirio, un... Pero ¿qué digo, ¡cielos!, si es tal, ¡ay de mí!, si es tal la especie de mi tormento que ni aun por señas es bien que haga desaire el silencio? Calla y déjame morir antes que diga que es cierto según en mí se ha vengado el traidor hijo de Venus, que puede ser piedra Amor. Si como morir te dejo me dejaras vivir tú, estaríamos contentos los dos. Salen PASQUÍN y CÉFIRO. En fin, señor, ¿vuelves a estos montes? En fin, vuelvo como a mi centro, que ya son sus entrañas mi centro, tanto, Pasquín, por aquel hermoso prodigio bello, bruta perla de sus mares, bruto rubí de sus senos, en quien que puede ser fiera hizo Amor el argumento, cuanto por desengañar a mis locos pensamientos, si es verdad o es ilusión el que vi a Nicandro en ellos; Nicandro, traidor vasallo, siempre a mis dichas opuesto. Y para facilitar de ambas causas el efecto, y poder a mi rencor y amor asistir a un tiempo al palacio de Anajarte, con este partido vengo de... Calla, que está aquí el uno de aquellos dos extranjeros. Céfiro, si no me engaño, viene allí. ¡Cuánto me huelgo de hallaros segunda vez!, porque como los sucesos de aquel día, eslabonados unos de otros, no me dieron lugar a la obligación en que mi honor me había puesto, deseaba saber quién sois, y como ofrecí valeros en cuanto pueda... Las plantas mil veces humilde os beso; y pues la misma disculpa, señor, que vós tenéis tengo, también me valga a mí para no haberos ido sirviendo. Pues ¿cómo en aqueste monte quedasteis? En grande empeño me ponéis. ¿Por qué? Porque la causa, señor, no puedo ni callarla ni decirla: callarla, por el respeto de preguntármela vós, ni decirla por el riesgo de haber de decir mi nombre, cuando infelice deseo solo vivir ignorado, a cuya causa he dispuesto no salir desta montaña, avecindado en el pueblo, que más en su corazón a causa de sus portentos tenga este vivo cadáver sepultado antes que muerto. No ignorareis cuánto ha sido siempre curioso el deseo, y que no hay para él razón mayor, mayor argumento que pretender recatarlo para que intente saberlo. Hablad, pues, claro conmigo que para todo os ofrezco segunda vez mi favor, en tanto que al cuarto llego de Anajarte, a quien hoy busco. Pues oíd, señor, atento: Lidia es mi patria, mi nombre Pigmaleón. Deteneos, que no quiero en el discurso de ningún acaso vuestro entrar ignorando nada. ¿Sois vós aquel a quien dieron la pintura y la escultura tanta opinión, que es proverbio decir de vós que partís con Júpiter el imperio de dar vida y de dar alma, así al metal como al lienzo? Sí, señor, yo soy de quien dijo ese encarecimiento, bien que sin jactancia mía, la fama; y conste no serlo, de que al confesar quien soy, con vergüenza lo confieso. ¿Por qué? Porque hay quien presuma que es oficio el que es ingenio, sin atender que el estudio de un arte noble es empleo que no desluce la sangre, pues siempre deja a su dueño la habilidad voluntaria como le halla; y en efeto, señor, para que este modo de ignorar pienses si es cierto, y que hay pocos que distingan que es gala en algún sujeto lo que es quizá tarea en otro, un día que divirtiendo estaba no sé qué pena en una estatua de Venus, Alfeo, un deudo de el Rey (si los reyes tienen deudos), entró en mi obrador, adonde admirando el mármol terso, tan vivo que sin la voz estaba hablando el afecto, quiso feriármelo; yo, cortés, claro está, y atento le respondí que enviase por ella, pero advirtiendo que su precio había de ser el no ponérmela en precio. Él (que hay hombres que no tienen ánimo de deber), viendo la sobrada estimación que yo hacía de mí, y creyendo que era modo de negar ofrecer consentimiento, no sé qué se dijo; baste saber que fue tal desprecio que me obligó a responderle con más brío que respeto, la mano... Anajarte sale. Nunca llegó a mejor tiempo el estorbo, porque ya que iba fallando el aliento. Esperadme aquí. Eso no. Habéisme de oír primero, porque no es bien que en la mano que fue mi postrer acento quede mi honor sospechoso, ya que ha de quedar suspenso. Y así, sabed que la causa de venir del Rey huyendo y procurar ignorado vivir, fue quedar él muerto. Ahora acudid a otra cosa, llevando sabido eso. Después en vuestras fortunas y las mías hablaremos. Salen ANAJARTE, CLORI, LISI, LAURA y ISBELLA. Desde aquella galería, verde atalaya del cierzo, que os había visto una dama me dijo, y a saber vengo qué novedad, estimadme no decir qué atrevimiento, os tray a aquestos umbrales. Que atenta me oigáis, os ruego, antes que haga vuestro enojo agravio el que es rendimiento. Yo, bellísima Anajarte, oí vuestros sentimientos, bien que de paso tal vez, que pude llegar a veros. De vuestra razón, que ahora no es justo hacer argumento si es justa o no es justa, yo entré conmigo en acuerdo, y habiendo considerado que si mi padre algún tiempo que aquí os crió y aquí os tuvo, fue con algunos pretextos que ya no importan, es bien desecharlos; y así vengo a deciros que elijáis vós los partidos o medios para vivir en la Corte, donde podéis, desde luego, ir a ser de mi palacio. Dentro. Tened. He de entrar. ¿Qué es esto? Sale IFIS con IRÍFILE y BRUNEL. Esto es llegar a tus plantas a ofrecerte en un pequeño triunfo, divina Anajarte, las primicias de un afecto que... [Aparte.] Mas Céfiro está aquí, ¿quién pudo prevenir, ¡cielos!, lance igual? [Aparte.] Con Anajarte ofendido mi respecto, y con la que tray mi amor no sé a lo que me resuelvo. De dos acciones, al paso que ambas me obligan, me ofendo; pues ni este favor estimo, ni esta fineza agradezco. ¿Qué profundo sueño es este de que yo despierto al mirarme entre mis ansias en palacio tan soberbio? ¿Has reparado en los cuatro, cuatro mudados afectos? Y aun en los cinco, que el tuyo por Dios que no lo está menos. Ya que el empeño se hizo, fuerza es seguir el empeño. Palabra te di, señora, de ver a tus plantas puesto el asombro destos mares, escándalo de sus puertos. No pude cumplirla entonces, a causa de los sucesos tan varios como tú viste; mas durando en mí el pretexto de tu gusto y mi palabra, de día a la vista atento, de noche atento al oído, topo y lince a un mismo tiempo, penetré de esas montañas el más escondido centro, hasta que en la obscura quiebra de un ribazo, en que primero naturaleza cavó rústico albergue pequeño que pulió después el arte, bárbaramente arquitecto, pues eran techumbre y puerta bastas ramas, troncos secos, sobre pieles de animales, hallé en miserable lecho a esa beldad, si es beldad, rendida al pálido sueño, con quien yo cómplice entonces, ladrón me introduje nuevo, pues él la hurtaba el sentido, a hurtarla yo el sentimiento. Conseguilo, pues, inmóvil estatua viva del yelo, al despertar en mis brazos, sin voz quedó y sin aliento; de suerte que, sin poder valerla siquiera el eco, desde su albergue a tus plantas... Basta, basta, que no quiero que aun este pequeño instante que te escucha mi silencio, puedas presumir que es callado agradecimiento. En el empeño me hallaste, es verdad, yo lo confieso, de rendir esa extrañeza, y viendo en su amparo puesto a Céfiro, te pedí favor; pero no por eso te dije que me quitaras a mí el desvanecimiento de rendirla yo; que uno es valerme en un trofeo a que yo salga con él; y otro hacerte tú tan dueño que tú te salgas con todo sin darme parte en el riesgo. ¿Qué cosa es quitarme a mí la acción que de vencer tengo? Pues ¿no tengo yo valor para lograr lo que emprehendo? ¿No volviera yo a buscarla? ¿No supiera cuerpo a cuerpo rendirla yo? Pues ¿por qué, loco, ingrato, altivo, necio, quisiste ajarme la gloria, asunto de mi ardimiento? Y para que mejor veas si le tengo o no le tengo y que triunfos de otra mano ni los estimo ni aprecio, y en fin, que tu afecto ha sido aún más desaire que afecto: ¡vuélvete, fiera, a tus montes!, que yo te buscaré en ellos. Y a ti, Céfiro, porque tampoco pienses que puedo agradecer la fineza del pasado ofrecimiento también te digo que estoy en el hado que padezco más hallada con mi mal que estaré con tu remedio. Porque no quiero de ti ni aun la vida, cuando dueño fueras de la vida tú. Y así los tres, sin que a veros vuelva otra vez de mis ojos, volved, volved de mí huyendo: tú, humana fiera, a tus montes, tira tu patria, y tú a tu reino; porque en mí no habéis de hallar, siempre a mis iras atentos, ni tú agrado, ni piedad tú, ni tú agradecimiento. Espera, que aunque con tres hablas, y soy yo quien menos acción a responder tiene, me he de tomar el primero lugar, por mujer. ¿Querrás decirme, según soberbio tu espíritu es, que tampoco mis ejemplares siguiendo, la libertad de mi mano quieres? Pudiera ser eso, si superiores motivos no atrasaran mis intentos; pues desde el punto que va deste edificio soberbio, los reales aparatos de sus doseles supremos, me parece que entre pompas reales estoy en mi centro. Y así (¡quién hacer supiera, por causas que yo no entiendo, mañoso al rencor!) postrada hoy a tus plantas, te ruego que como a humana me trates pues lo soy; que si el despecho soberbia me hizo en los montes, humilde me hará el consejo en los poblados. Levanta, levanta, asombro, del suelo, que por servirme de fiera, en mi servicio te acepto. Perdóname, padre mío, si pudiéndome ir, me quedo sin ti, a vivir, que no sé quién me ha trocado el afecto de un instante a otro. Y porque saber quién eres deseo, conmigo te ven; y tú, no presumas, extranjero, que es favor que uso contigo acetar tu ofrecimiento. Esto te digo, porque arguya Céfiro desto, que no agradeceré el suyo, pues el tuyo no agradezco. Vase. ¿Quién vio igual desaire? ¿Quién igual desvanecimiento? ¿Para esto a hablarla venías tan alegre y tan contento? ¿Para esto días y noches corrimos montes y cerros? ¡Que haga la fineza agravio! ¡Que haga queja el rendimiento! ¡Cuál se han quedado los dos elevados y suspensos! ¿Veslos?, pues yo les trocara mi tormento a sus tormentos. Yo no, porque se han mirado de mal arte. Escucha atento. Extranjero que, atrevido, has osado el pensamiento a dos cosas tan violentas como haber los ojos puesto, (quién es, sabiendo), en hacer con tan públicos extremos finezas por Anajarte, ¿a qué añades después desto, sabiendo también que yo a aquesa mujer defiendo, en ir a buscarla? ¿En qué fundas tus atrevimientos? Pudiérate responder, Céfiro, que un caballero por más que viva ignorado no puede faltar a serlo. Con cuya razón la libre galantería de un pecho generoso no es agravio de los más cercanos deudos. Y que en cuanto a ser tu ofensa de aquella causa el efecto, no corre a cuenta de quien no la ha elegido por serlo, puesto que el trance él se vino elegido; mas no quiero que con dos satisfaciones pienses que restauro un riesgo. Y así, te diré no más de que ya lo hecho está hecho y que a precio de mi vida lo habré comprado en buen precio. A eso no me toca a mí responder, sino a mi acero. Mirad, tened... Y a los tres, ¿qué nos toca? Estarnos quedos u hacer como que reñimos. Pues vaya de cumplimiento, y nadie tire a matar, pues bastará como diestros el señalar las heridas. ¿Pues tú te pones en medio? Sí, puesto que el homenaje hice a los dos. Según eso el no ayudar a ninguno será más noble pretexto que no embarazar a entrambos. No será, que yo no creo que ver reñir sin reñir toque nunca a un caballero, y así que se mueva, piense que ha de hallarme al lado puesto del otro. Pues ponte al lado de Céfiro, que no puedo dejar yo de mantener lo que he dicho y lo que he hecho. La soberbia de pensar que no importa te agradezco, para poder con buen aire ponerme a su lado. Eso no; yo, que no me embaraces, mas no que me ayudes quiero. Retírate. Esa igualdad, aun entre iguales, sospecho que fuera afectada. Aguarda, que porque no desatento presumas que no la hay, y por hacer el empeño tan de una vez que no pueda hasta el fin dejar de serlo... Ifis, príncipe de Epiro soy, que a la Arcadia viniendo, provincia mía, corrí tormenta. ¡Qué escucho, cielos! ¿Tú eres Ifis? Ifis soy. Perdóname, que no puedo, Céfiro, dejar de echarme a los pies de quien le debo vida y honor. Pues, ¿quién eres? Pigmaleón, a quien dieron, sin conocerme, favores tus piedades. Yo agradezco haberte hallado; mas no en esta ocasión, supuesto que aquí que no me embaraces y que no me ayudes quiero. Aqueso es uno, y otro volverme a dejar en medio para que una y otra vida guardar intente. Sale ANAJARTE y las damas. ¿Qué es esto? Yo no lo sé. Yo tampoco. ¡Oh, qué recato tan necio, puesto que lo he de saber! Pues si pretendes saberlo, yo te lo diré otro día, quizá con más noble afecto. Aguarda. No has de seguirlo, sin que me digas primero qué es esto. Yo lo diré entonces a mejor tiempo. Vase. Decidme qué ha sido, vós. Yo, señora, lo sé menos, pues solo sabré decir que en dos partidos afectos me importa acudir a entrambos. Cada guía siga a su dueño. Vase. Pues adiós, hasta otro día. ¿Nadie me dice qué es esto? Yo, señora, lo diré. Esto es que tres majaderos, sobre quién se ha de matar, se hacen dos mil cumplimientos. «Mate usted». «No, sino usted». «Usté ha de matar primero». Y tras esto, viven todos. Quita, loco. Aparta, necio. ¿Desta suerte a mis umbrales, y a mí se pierde el respeto? Decidles vós que si vuelven, atrevidos y soberbios, a aventurar mi decoro que han de ver... Sale ISBELLA. ¡Raro suceso! ¿Qué es eso, Isbella? Es, señora, que apenas se miró dentro de tu cuarto esa fantasma, que a ser trasto palaciego te han enviado los montes, cuando sus adornos viendo, doseles, camas y estrados, después de haberla yo puesto no sé qué galilla tuya, perdió el poco entendimiento que debía de tener; y pasando en un momento la admiración a delirio, da en tratarse como dueño de todo. Mas ¿para qué, señora, te lo encarezco, pues puedes tú verlo? Sale IRÍFILE. ¡Hola! ¿Nadie responde? ¿Qué es esto? Pues ¿cómo ansí me dejáis sola con mi pensamiento, doméstico áspid, a quien yo misma abrigué en mi seno? Mal servida estoy de vuestra desatención. Pero ¡cielos!, ¡ay de mí!, ¿qué es lo que digo? ¡ay de mí!, ¿qué es lo que pienso? ¿Qué tienes? No sé, señora, no sé, porque un devaneo hasta mirarte se había apoderado en mi pecho. Mas tú, en viéndote, me quitas todo el desvanecimiento. No es la primera vez esta que los no vistos objetos, cuando a la capacidad sobran del que llega a verlos, le ofuscan y le confunden razón, discurso y ingenio. Cóbrate, pues, y conmigo ven a espaciarte, que quiero, ya que la experiencia antes me lo ha dicho, que en aquesos jardines sea quien más repare tus sentimientos la música, para que más asegurada dellos, tu patria y nombre me digas y por qué extraños sucesos te ha traído la fortuna ansí a vivir. Para eso poco he menester cobrarme, pues cuanto decirte puedo de mí es que mi nombre es Irífile, que el primero rayo del sol vi en el monte, adonde un anciano viejo, padre mío, me ha crïado allá, por no sé qué agüeros que vio en las ocultas ciencias de estrellas y de luceros, de quien yo, para cumplirlos, he estudiado el entenderlos. No te enternezcas y ven conmigo. Vosotras luego seguid a las dos, llevando al jardín los instrumentos. Vanse las dos. Ya que aquestas novedades dan, no sin disculpa, tiempo para que pueda un amante hablar en sus sentimientos, ¿sabranme decir ustedes porque me importa saberlo, cuál de ustedes cuatro es una dama a quien yo quiero, como cosa de perder por ella el entendimiento? Porque yo bien sé que es una, mas que una es, no sé. Bien nuevo estilo de declarar un galán su sentimiento. Cada uno se declara como puede. Y en efeto, ¿usted está enamorado? Pienso que sí, a lo que pienso. ¿En qué lo ve? En que ando más limpio, en que hablo más discreto que solía y en que traigo un hipocondría acá dentro en traje de cosicosa, que la siento y no la siento. Pues declárese usted de una vez, y vuelva luego, que aquí se le hará justicia. Eso dijo un mosquetero. ¡Qué discreto mentecato! Vanse. ¡Qué galante majadero! Vanse. Son atributos y achaques de galantes y discretos. Mas, ¡ay de mí!, enamorado sin saber de quién. El ciego rapaz de quien hizo burla, sin duda alguna, anda a tiento por mis sentidos. Sale PIGMALEÓN. Lebrón... ¿Quién va allá? Dime, te ruego, ¿viste a Céfiro o a Ifis? Que yo, por seguir a un tiempo a los dos, no vi a ninguno. A mí me pasa lo mesmo, que por seguir cuatro damas, sin conseguir una quedo. Mas a ninguno vi. ¡Ay triste!, que en su competencia temo declararme por el uno porque a entrambos se lo debo: Ifis, por su embajador con Lidia, siempre mi afecto se mostró y en mi desdicha él fue, a su mandato atento, quien me guardó y puso en salvo; Céfiro aquí, noble y cuerdo, me ofrece el favor de que necesito... Mas ¡qué veo! Ya abierto el jardín está. Pues ¿qué importa que esté abierto? ¿Qué importa dices, villano, infame, atrevido y necio? ¿Qué importa? Pues ¿sabes tú la deidad que habita dentro? Yo solo sé que estás loco. Es verdad, yo lo confieso, y así, aunque a entrambos los pierda, no se pierda el breve tiempo de seguir mi desvarío. Vase. Señores, ¿qué ha de ser esto, ni quién me sabrá decir en qué ha de parar? Dentro. Anteros. ¿Quién es Anteros? Mas ¿quién a mí me mete en saberlo, sino en seguir a mi amo, y procurar encubierto saber quién es quien le tiene en estos jardines muerto, y quién podrá remediar su amor o locura? Anteros. Mal Anteros te dé Dios, y más si eres el que pienso. Vase y sale CUPIDO. Si el orbe de la luna, esfera soberana de la casta Dïana, sagrado puerto fue de tu fortuna, adonde sin ninguna obediencia a mis flechas, rendimiento a mis iras, u de plomo las miras, u de oro las acechas para desdenes y favores hechas, ponte a esas galerías de vidrio y nácar claraboyas bellas, y Argos de tantos ojos como estrellas, lince de tantas noches como días, atiende a ver de las vitorias mías, en no lejos confines, tres triunfos de que dueño me hace el primer diseño; que para que mejor los determines, teatro te quiero hacer destos jardines. Vuelve, pues, vuelve a vellos, verás representar mi triunfo en ellos. De fiera, rayo y piedra en otra parte blasoné yo y blasono en esta esfera, pues piedra, rayo y fiera en Irífile soy y en Anajarte y en ese mármol frío a quien el arte hermosura sin alma dar procura; porque en aquesta calma aun venciese sin alma hermosa una escultura. Pero ¿cuándo tuvo alma la hermosura? La música que en ellos suena en ecos veloces, mis triunfos diga a voces, viendo arrastrar de tres prodigios bellos la ocasión mi furor por los cabellos. Y porque suspendido tengas en mis despojos no solo el devaneo de los ojos, mas también la lisonja del oído, del aire atiende al sonoroso ruido que canta en repetidas armonías desprecios tuyos y vitorias mías; pues dice todo que al nacer Cupido murió Anteros, Amor correspondido. Céfiro, ¿en quién dicha espera? En una fiera. ¿Y quién a Ifis da desmayo? Un bello rayo. ¿En quién Pigmaleón no medra? En una piedra. Ninguno llegue a ser yedra del laurel que ama, porque hoy lloren todos, que yo soy la fiera, el rayo y la piedra. Vase, y sale IFIS y un JARDINERO. Ninguno llegue a ser yedra, [del laurel que ama, porque hoy lloren todos, que yo soy la fiera, el rayo y la piedra.] Esto habéis de hacer por mí. No sé si me atreveré. Pues ¿qué riesgo tiene el que con vós me tengáis aquí en traje de jardinero cuatro días? Que pudiera ser que alguien os conociera. No es posible, que extranjero soy, y soy agradecido. Esta cadena tomad en primer muestra. Mirad, yo bien os diera un vestido y bien conmigo os tuviera; bien de sobrino os tratara, y bien, en fin, os guardara, si mal no me sucediera. ¿No conocéis a Anajarte? Es un rayo. Ya lo sé, pues su fuego examiné. ¡Oh bastardo hijo de Marte! No te has de vengar de mí, que ha de saber mi fineza esta imposible belleza vencer. Gente viene allí. Retiraos. ¡Quién vella o hablalla pudiera hoy para decilla quién soy y lo que he de hacer por ella! Vase. ¿Dónde bueno, camarada? Por este bello jardín divertido voy, a fin de admirar de su extremada fábrica y agricultura el arte y naturaleza, adonde de la riqueza desprecio hace la hermosura. ¿Ya os querréis estar aquí embobado todo el día, junto a aquella fuente fría donde otras veces os vi? Pues no ha de ser hoy, que creo que Anajarte ha de bajar a su esfera. Dad lugar breve rato a mi deseo, que esta sortija podrá dar, si os riñen, esa culpa de mi parte la disculpa. ¡Y cómo que la dará! Mirad, si la veis venir por ahí, procurá esconderos. ¿Quién son estos majaderos que saben dar sin pedir? Y aún otro más, que escondido dentro del jardín está. Pero aquel manda y no da y así no es tan bien servido. Ya que solo a verte llego helada, muda hermosura, permite que mi locura temple en tus aguas su fuego. Desde el instante que, ciego, vi en tu rara perfección lograda mi admiración, te confieso que al mirarte es la inclinación del arte, arte de otra inclinación. ¿Qué mano hoy, imagen bella, de deidad te retrató tan superior, que copió hasta el influjo a tu estrella? Y es verdad que, a estar sin ella, ¿quién indignarme podía a amar, si ya no sería que al ver cuán perfecta estás que alma te falta, no más te has valido de la mía? La elección estimo; no duren tus ansias esquivas que, a precio de que tú vivas, ¿qué importa que muera yo? Y pues mi afecto te dio el alma, ¡oh estatua bella!, vive, vive al poseella, porque no es justo, ¡ay de mí! que ella no te sirva a ti y a mí me dejes sin ella. O para verme y hablarme el alma que te di emplea, o para que te hable y vea vuelve, volviendo a animarme, el alma que te di a darme. Mira que es desdén indigno si a ti fue y a mí no vino creer que algún tirano dios, poniéndose entre los dos, nos la ha hurtado en el camino. Sale LEBRÓN. Diciendo amores está a una estatua, a quien ofrece la alma, y ella me parece, pues hecha un mármol está, que no le responderá. ¿Quién habla aquí? Bien podías saberlo. ¿Tú me seguías? ¿Cuándo tu sombra no he sido siempre tras ti? ¿Qué has oído? Muchísimas boberías. ¿Has, di, llegado a entender que esta prefecta escultura la causa es de la locura que me has visto padecer? ¿Pues no? Ya querrás hacer burla, ¡ay Dios! de mi pasión. No querré, ni es ocasión deso. ¿Por qué? Porque... Di. En toda mi vida vi cosa más puesta en razón... ¿Qué? Que querer a esta dama. ¿Díceslo de veras? Sí. ¿Por qué? Porque quien no sabe hablar, no sabrá pedir. ¿Hay cosa más descansada que amanecer uno sin cuidar de lo que su dama ha de comer y vestir? Y más en tiempo que el traje está tal, que sin mentir, no se usa por mayo el jubón que se hizo en abril. Fuera de que, ¿qué reposo puede haber como dormir seguro de que su dama en casa está? Siendo así que es corriente saber que no se ha de mudar y, en fin, solo hay malo, a mi ver... ¿Qué? Que es materia muy civil mármol, y había de ser bronce para haberte de sufrir. Ríete, que eso y aún más merezco. Mas ¡ay de mí! que Anajarte al jardín vaya, según lo llego a inferir destos instrumentos. ¿Qué he de hacer? Echar a huir a uno de estos emparrados. Dices bien, ¿quién estáaquí? Sale CÉFIRO. Yo, Pigmaleón, que no viendo a Ifis, tras quien salí, mientras vuelvo a hallarle, oculto del cancel deste jazmín estoy, por ver si mi dicha llega acaso a permitir que pueda adorar aquella hermosa fiera, a quien di toda el alma. Pues no quiero tu amor estorbar; y así me retiraré a otra parte. Si aquí hay huésped, fuerza es ir a buscar otra posada. Sale IFIS. ¿Pigmaleón? ¿Ifis? Sí. ¿Qué es esto? Como no hallé a Céfiro, tras quien fui, por lograr alguna dicha, si acaso baja al jardín el bello rayo que adoro, oculto aquí estoy. Y así no me descubra tu ruido. Retírate. Siempre vi quien llega tarde quedarse en la calle. ¡Ay infeliz! Que ya no podré sin verme, pues veo hacia aquí venir las dos que los dos adoran. Y aun las tres puedes decir, pues que también mi señora doña Mármol se está aquí. Fuerza ha de ser que me vea si no me llega a encubrir la basa de aquesta fuente. Tú no te quites de ahí, por si oyó ruido o vio sombra vea que eres tú; y así en ti quebrará el enojo. Como lo que quiebre en mí sea el enojo y no sea una vara de medir vendré en ello fácilmente. Salen ANAJARTE, IRÍFILE y las cuatro damas. Todas conmigo venid. Feliz quien llega a mirarla. Quien llegó a verla, feliz. Feliz quien vive a esta sombra. ¿Qué te ha parecido, di, Irífile, desta esfera? ¿Qué me preguntas a mí, si no hay rasgo, no hay amago, si no hay línea, no hay perfil, señora, que no me vuelva al pasado frenesí, absorta, admirada y muda? De lo mejor que hay aquí es esta fuente... Mas ¿quién aquí está? Con prevenir que tu enojo y no otra cosa diz que has de quebrar en mí. Un hipocóndrico soy que se ha entrado a divertir a este jardín. Pues ¿de cuándo acá nadie a este jardín osa entrar? Desde hoy acá. Todas a ese loco asid, y al estanque de las focas le echad. Él será su fin. ¿De las qué? De las focas. ¿Qué son focas? Me decid. Bestias marinas que comen humana carne. Advertid que es sentencia criminal para delito civil. De las cuatro enamorado a entrar acá me atreví. Doleos de mí las cuatro. ¿Cómo es eso que decís? ¿Cuatro amáis? Y si me enojo, he de amar a cuatro mil. Llevadle a echar a las fieras. Tened lástima de mí, que soy niño y solo, y nunca en tal me vi. Este es un loco, señora. Echadle, echadle de ahí. Yo os quiero poner en salvo. Conmigo sola venid. ¿Qué dirán de eso las tres? A fe que no te has de ir sin algún castigo. Una fineza he de hacer por ti. ¿Qué es? Para hablarte, después que todas falten de aquí, este cenador te ha de ocultar. ¡Ha, pese a mí! Que si es cenador, lo hará muy bien. ¿Por qué? Porque sí y porque, como él, no solo cenador soy, pero... Di. Cenador y almorzador. Mira que no has de salir dél, que si vuelven a verte será fuerza que hayas de ir al estanque de las focas. Que no saldré, fía de mí, hasta que tú vuelvas. Eso has de hacer. Ahora he de ir avisar al jardinero lo que ha de hacer. Conseguir la dicha de ver su cielo. Logré el deseo feliz de idolatrar su hermosura. El intento conseguí de dejar fuera a Lebrón. Rendí la una, con que, en fin, tres me faltan para cuatro. Ya que el sol en el viril del mar baña los hermosos preñados rayos de Ofir, y que la estrella de Venus en teatros de zafir está la loa pidiendo silencio a todo el confín, allí os retirad, porque suene mejor desde allí la música al dulce son deste cristal que sutil cítara de vidro forma sobre trastes de carmín, fantasías ciento a ciento y cláusulas mil a mil. Tú, paséate conmigo por su margen. ¡Ay de mí!, que toda esta majestad con que la veo servir, siendo pompa para ella, es envidia para mí. ¡Qué dulce rayo de amor! ¡Qué fineza tan gentil! ¡Quién te diera sus sentidos a ti para ver y oír! La fiera, el rayo y la piedra estoy viendo desde aquí, y cuál de los tres padece más, no lo sabré decir. ¿No es apacible la estancia de aqueste ameno pensil? ¿No ha de serlo, si tu pie pisa tu hermoso país, a una y otra flor a un tiempo dando y quitando el matiz? ¡Quién saliera a hablarla! ¡Quién pudiera a hablarla salir! ¡Quién fuera Orfeo y moviera tu amor! ¡Quién viera venir ya la cena al cenador! Mas basta poder decir al ver tu hermosura, que... Es verdad, que yo la vi. La música por mí habló, pues es verdad que la vi. En el campo entre las flores. Aun cuanto va a repetir, va a mi intento, pues refiere... Cuando Celia dijo así: Veamos lo que dijo Celia, si hace también a mi fin. ¡Ay que me muero de amores, tengan lástima de mí! Sí, pues que de amores muero. Pues muero de amores, sí. Todo hace al intento de otros, solo al mío, ¡ay infeliz!, no hace, pues nunca podrá la que yo adoro decir. ¡Ay que me muero de amores, tengan lástima de mí! Bien sonara, si no fuera la letra de amor. A mí cualquiera música pudo siempre llevarme tras sí. ¿Qué es esto? ¡Viven los cielos!, que no llueve por aquí a uso de mi tierra, pues llueve hacia arriba. ¡Ay de mí, que como si fuera tronco me riegan por la raíz! Si salgo, doy con las focas, si no salgo, he de morir anegado por el pie. Letra y tono repetid, que hacen lindo maridaje noche, música y jardín. ¡Oh, nunca espirara el sol! Es verdad, que yo la vi en el campo entre las flores, cuando Celia dijo así: ¡Ay que me muero de amores, tengan lástima de mí! ¡Ay que me mojo, señores, sin ser Corpus para mí! Sale ANTEO. Como no tengo otro norte ni otro rumbo que seguir, Irífile mía, en tu busca, que el vago destino vil de la planta, de cualquiera razón me valgo. Y así, sin recelar ningún daño, ningún riesgo prevenir, me he entrado sin saber dónde, tras la música que oí a estos jardines, que como era hechizo para ti, me hace pensar el deseo, si aquí te traerá tras sí. Di, Irífile, que otra letra canten, que me cansa oír, que nadie muera de amor. ¿No dijo Irífile? Así se lo diré. Nombre y voz ya no me pueden mentir, ni los ojos, que la noche aun la deja percibir. Irífile mía, mil veces los brazos me da. ¡Ay de mí! Padre mío, ¿cómo a riesgo de tu vida entras aquí? Como yo te vea, mi muerte será feliz. Vuélvete antes que Anajarte pueda verte. Yo sin ti no he de volver. Ni contigo yo, que quiero más servir en palacios que reinar en montañas. ¿Con quién, di, Irífile, hablas? Mas ¡cielos!, ¿qué miro? Llegó mi fin. ¿Qué oigo? Nadie tema, pues todo llueve sobre mí. Con quien, si das voces uhablas, sabrá darte muerte a ti, por darla la vida a ella. ¿Esto, dioses, consentís dentro de mi casa? Calla. ¿No hay quien me defienda? Sí. ¿A defender y ofender a un mismo tiempo venís? ¿De dónde o cómo en mi ofensa y en defensa salís? Después lo sabrás, que ahora dar muerte a ese mostruo vil solo me toca. Primero me darás la muerte a mí. Sí haré, que por Anajarte en nada debo advertir. No harás, que aunque más me importe a mí su muerte que a ti, Irífile le defiende, y por ella ha de vivir. Eso es volver nuestro duelo a aquella primera lid. Pues ¿a qué mejor principio que al de matar o morir? Eso no, que estoy yo en medio que a los dos debo asistir. Ninguno saque la espada, que acción es más varonil, tal vez, en quien reñir sabe, reportarse que reñir; que yo, porque no volvamos hoy en repetida lid a aquello de: «a mí me toca rendirla y librarla a mí», quiero sacar este empeño de sus quicios, y acudir a ver si yo elijo medio que a todos componga. Di. Tú, Céfiro, enamorado de Irífile entraste aquí; tú, ya lo sé, de esa estatua, porque el vértela ella asistir tan atento lo ha inferido; y tú, extranjero infeliz, por facilitarle a él, enamorado de mí que soy más estatua, pues sé menos que ella sentir. Pues siendo así, componeros quiero a los tres. ¿Cómo? Oíd, que porque nadie se queje, tengo de empezar por mí. Derrotado peregrino de el mar, que en este país tomaste tierra, en el fuego de su abrasado confín, ¿harás por mí una fineza? ¿Qué imposible prevenir podrás tú que yo no emprenda? ¿Dasme esa palabra? Sí. Pues tu esquife está en la playa, vuelve a acortar, vuelve a abrir las espumas de Anfitrite, y ese varado delfín que te hurtó de la tormenta, sea velado neblí que al aire te restituya. Y pues que tan infeliz fuiste, que de aquel eclipse cayó el rayo sobre ti (pues rayo es sin llama quien sabe abrasar sin herir), lévale a apagar al mar, que más imposible unir es de mi amor el extremo, que si intentaras medir la distancia de ti al sol. Pues fui tan necio que fui de puro cortés, grosero; ya que palabra te di sin saber de qué la daba, te la tengo de cumplir. Yo me iré, pero será para volver a venir, quizá con mejor fortuna, a hacer, señora, por ti tal fineza, que ella pueda, no digo yo conseguir tu favor, sino obligarle. Mas, ¿qué fineza, ¡ay de mí!, será que sepa volver de donde no me sé ir? Vase. Ya que de los tres afectos aparté el mayor de mí; tú, horror de aquestas montañas, a quien por fuerza seguí, supuesto que no eres fiera, y que informado de ti estoy, que a esto obliga un hado, conmigo no has de vivir, porque no tenga disculpa Céfiro de entrar aquí. Su amor te busque en los montes, y sirva de algo venir tu anciano padre a buscarte. Tu planta una vez y mil beso. Ven, hija, que no sabes cuánto eres feliz en salir deste palacio. Aunque me pese salir de entre majestad y pompa, fuerza es que te he de seguir, pues me destinan los cielos, volviendo otra vez al vil al bárbaro antiguo traje, tiranamente a vivir donde mi más alto estrado es de un monte la cerviz. Vase. No destinan, que a mejor alcázar, yendo tras ti, sabré yo mudarte. No la sigas; que hasta salir de mis términos está segura. Mal impedir podrás mi intento. No en eso te empeñes. Ya acción tan vil me dice más claramente quién eres, puesto que así a tu rey te atreves. No lo quiera el cielo. Pues di, ¿no soy tu rey? No, que yo no tengo rey, reina sí. ¿Quién lo es? Yo diré quién es cuando lo pueda decir. Vase. Presto su voz me ha pagado la libertad que le di. ¿En qué? No sé en qué; mas ¿quién duda el decirlo por mí? ¿Quién creerá, ¡cielos!, que a un tiempo me importa a los dos seguir, al uno para matar y al otro para morir? Vase. Ya que solamente falta tu tema o tu frenesí, tu delirio o tu locura de enmendar, escucha. Di. Si a un amante y a una fiera, por no ver, por no advertir ningún extremo de amor, la supe apartar de mí, ¿qué haré a una piedra, a una estatua? ¿Por qué lo vas a decir? Porque tampoco no quiero que tú, para entrar aquí, en las licencias de loco tengas licencia; y así, esa que hasta hoy imagen de alguna deidad gentil veneré, y desde hoy tendré por retrato vil de una Lamia, de una Flora, pues mudamente civil se deja mirar sin ver, se deja hablar sin oír, en mi jardín no ha de estar: yo la echaré del jardín. Búscala tú fuera dél; que yo por verte morir a las manos de su yelo, vengada de ella y de ti, te la doy. Deja que bese tu pie quisiera decir, mas no me atrevo, pues basta que diga aqueste matiz, que cuando él le pensó ajar, fue cuando le hizo lucir. Bella deidad, ya eres mía. Yo te ofrezco desde aquí labrarte templo en que emplee cuanto supe y adquirí, siendo de su arquitectura, ya al cincel y ya al buril, la menor materia el jaspe, el menor lustre el marfil. De oro y de bronce mi mano estatuas labrará mil que, como familia tuya, las vean todos asistir a tu culto, en cuyas aras el corazón que te di verás arder sin humear, verás quemar sin lucir. ¡Extraña locura! Pero ya que eché a los tres de mí, echando de mí las causas para que no entren aquí, ¿habrá quién me hable de amor?, ¿habrá quién pueda decir que corresponda ya más yo a ningún afecto? Sí. ¿De cuándo acá aprendió el eco voz que él la diga por sí, sin que se la dicte otro? Dígolo, porque, ¡ay de mí!, no fue acento de mi acento el que en los aires oí; ilusión sería, porque este, hermosos cielos, decid, sin que le formara yo, ¿pudiera él formarse? Sí. ¿Quién es quien me habla? Quien de ti viene a valerse contra ti. Ama, amada Anajarte hermosa y gentil, que el amor no es defecto y el olvido sí. ¿Quién eres, hermoso joven, que entre nubes de rubí vienes desplegando hojas de púrpura y de carmín? El correspondido Amor, que rey en el orbe fui, antes que el interesado amor me obligaba a huir. De plomo y oro sus flechas armó este fiero adalid, mezclando de odio y favor el noble afecto y el vil. De la del plomo tocado está tu pecho, en quien vi, quedando mustio el clavel, ensangrentarse el jazmín. Véngate dél, y no ingrata correspondas, siendo así que no es defecto el amar, y es defecto el no sentir. Quien ama a lograr amando, porque es interés su fin, no puede decir que ama a su dama, sino a sí. Mas quien ama por amar, bien merece conseguir que el correspondido Amor haga su vida feliz. Ama, amada Anajarte, hermosa y gentil, que el amor no es defecto y el olvido sí. Aunque en traje de deidad del cielo te veo venir, no te he de creer. ¿Por qué? Porque no has de persuadir nunca a mi pecho que deje de aborrecer. ¡Ay de ti! ¿Es esa amenaza? No. Pues ¿qué es? ¿Es lástima? Sí. ¿Lástima sin amenaza? ¿Por qué no? ¿De qué? Me di. De que quien sentir no sabe, merece... ¿Qué? No sentir. Ama, amada Anajarte, [hermosa y gentil, que el amor no es defecto y el olvido sí.] No un tirano dios blasone de que se valió de ti con nombre de rayo, para abrasar y no lucir. Por más que me persüadas, no he de amar ni he de admitir tu correspondido Amor. Para ser rayo nací. Pues mira que el rayo es piedra después que llega a morir. ¿Qué importa ser piedra yo? Y no te canses, en fin, que no he de corresponder aunque más te oiga decir... Ama, amada Anajarte, hermosa y gentil, que el amor no es defecto y el olvido sí. Jornada III Salen CÉFIRO y PASQUÍN, PIGMALEÓN y LEBRÓN. Este es mi intento. Este el mío. ¿Quién en el mundo creyera que una piedra y una fiera mandaran nuestro albedrío, de suerte que me obligara a mí en un monte a seguilla, y a vós que para admitilla, vuestro ingenio fabricara ese alcázar que labráis? ¡Quién supiera cuánto ha sido venenoso dios Cupido! Y, en efeto, ¿dónde vais? Díjome (cuando os pedí licencia para empezar el palacio singular en el sitio que elegí, ni bien de campo ni bien de poblado; pues en medio de monte y corte, en buen medio todos fabricar le ven) Anajarte que ofendida della y de mí, por no vella ni verme, me daría aquella bella estatua que homicida fue de mis ciegos sentidos, pues con tan nuevos enojos me ha enamorado los ojos, sin saberlo los oídos. Y como yo no tenía alcázar donde tenella, nunca he venido por ella; pero llegando ya el día en que la fábrica está tan adelante, quisiera pedirla que me cumpliera la palabra. ¿Quién creyera que es tal mi pena severa que a la vuestra la trocara? ¡Pluguiera al Amor yo amara una estatua y no una fiera! ¿Qué decís? Pues ¿no prefiere a vuestra llama mi llama, si esa, por no poder, no ama, y estotra porque no quiere? Cuanto va de no querer a no poder ha excedido mi mal. Por eso ha tenido la ventaja de tener esperanza de mudar, pues con el trato pudiera domesticarse una fiera y una piedra no. Esperanza muy vana es, pues desde el día que la vi ando en busca della y nunca he podido vella; que la injusta tiranía de aquel monstruo que la guarda, con nombre de padre suyo que la haya ausentado arguyo, según lo que le acobarda el que yo le busque. Pues ¿quién es el hombre? Un traidor que opuesto siempre a mi honor le vi... Mas esto no es agora del caso. En fin, hoy vengo al monte, dispuesto a que no ha de quedar puesto que no tale. Yo al jardín, a ver si a Anajarte bella mueve mi llanto importuno. Pues adiós, y cada uno siga el rumbo de su estrella. ¿Dónde, Pasquín, ha quedado la gente? En el monte está, de suerte que no podrá, si no es que se haya ausentado a otro clima, escapar hoy del número que la sigue. ¡Oh, plegue a Amor que se obligue de ver cuán rendido estoy a su ciega tiranía, pues di a una fiera mi fe! Esa es cosa que se ve en el mundo cada día. ¿Cómo una fiera pudiera haber ejemplar tenido? ¿No habrá quien haya querido a una roma? ¿Qué más fiera? Vanse los dos. Entra, mientras yo turbado sigo el norte que me guía, tú, a saber de parte mía cómo la noche ha pasado esa hermosa imagen bella a quien el alma rendí. ¿No ves que no hace de mí caso, y que aunque hable con ella, nunca me responde, pues yendo y viniendo a la fuente, con ser para otros corriente, moliente para mí es? Y así, pues que nunca oyó recado que yo la llevo, ve a hablarla tú. No me atrevo a entrar en el jardín yo, que de Anajarte el rigor es fuerza que tema y huya. Yo, de aquella criada suya que me entró en el cenador, donde fuimos desbocado caballo el cristal y yo. Pues ¿cómo? Como él corrió y fui yo el que quedó aguado. Deja locuras y ve a decirla, ¿cuándo el día será que yo la vea mía? Dila cómo ya acabé de labrarla el sumptüoso palacio en que ha de vivir cuando me llegue a cumplir Anajarte el generoso ofrecimiento; que estoy a esta puerta y si me da licencia de enamoralla, lo haré, aunque aventure hoy el enojo de Anajarte. Yo, señor, se lo diré, aunque no haré tal. ¿Por qué? Porque no está ya en la parte donde la habemos dejado. Fuente y ella se han hundido. Pues, ¿adónde se habrá ido? Donde la hubieren llevado, que yo te aseguro della, señor... ¿Qué? Que no se fue con la pila por su pie. ¡Ay de mi infelice estrella! ¡Ay de mi amor y ay de mí! Que esta tirana beldad, celosa de su deidad, la habrá ausentado de aquí; y por no llegar a vella con envidia colocada, habrá querido indignada ocultalla u deshacella. Porque si esto hubiera sido por la palabra que dio, lo hubiera sabido yo. Haz cuenta que lo has sabido y deja, señor, locura tan extraña. ¡Infame necio! ¿Tú también haces desprecio de que adore una hermosura la más perfecta que vio el sol? De ti y de una ingrata me vengaré. ¡Ay, que me mata! Sale ANAJARTE. ¿Quién aquí da voces? Yo. Y yo también. ¿Qué crüel causa os ha obligado? A mí, quejarme, ingrata, de ti. Y a mí, ingrata, de ti y dél. Pues, ¿qué ocasión has tenido ni en qué tu queja consiste? ¿De qué palabra me diste? De lo que te la he cumplido. ¿Dije yo más de que había de arrojar a este jardín una vil estatua, a fin de no ver a quien podía ser objeto de otro amor? Pues si ansí lo hice, ¿de qué te quejas? De que no sé dónde la echó tu rigor. ¡Bueno fuera que quisiera tu loca, necia porfía que yo de su fantasía fuese cómplice y tercera! Yo me cansaba de vella y así de ahí mandé quitalla y en ese monte arrojalla. Ve tú a ese monte por ella, que basta que yo le dé por simulacro profano, sin que la dé de mi mano. Tan en busca suya iré que no habrá rastro ni seña que no inquiera mi congoja, rama a rama y hoja a hoja, risco a risco y peña a peña, no habrá centro en cuanto encierra este bárbaro horizonte desde este alcázar... Dentro. Al monte. Desde aquel piélago... Dentro. A tierra. Voces en tierra y en mar a un mismo tiempo se oyeron. Es que mar y tierra fueron testigos de mi pesar, al ver el indigno ultraje de una deidad ofendida. Mas, ¿qué le importa a mi vida que de aquella cumbre baje inmenso escuadrón, ni que de aquel mar la riza espuma ser vaga ciudad presuma con la armada que se ve que sobre sus ondas hierra, si a mí en todo este horizonte solo me toca ir...? Dentro. Al monte. Para ver si encuentro... Dentro. A tierra. ...la imagen divina y bella, y si mi amor la restaura. Vase, y salen LAURA y ISBELLA. ¡Qué asombro! ¿Qué es eso, Laura? ¡Qué espanto! ¿Qué es eso, Isbella? Para el bobo que sabello de la una ni la otra aguarde. No sé, señora, qué causa pueda obligar a tan grande admiración, como ver que desa montaña baje tanto número de gente, cercando por todas partes el monte que ha parecido, según se cubre su margen, que por poblar los desiertos se despueblan las ciudades. A mí la gente de tierra no bien me admire ni espante tanto como la del mar, pues desas veloces naves que a nuestro puerto han venido, tan grande número sale que pueden mudar los montes desde una parte a otra parte. ¿Qué será aquesto? Dentro. La gente baja, como desembarque en ese playazo, donde no se lo resista nadie, doblándose en escuadrones, y en ellos mi orden aguarde, en tanto que a estos jardines solo es bien que me adelante. Sale. ¡Qué miro! ¿Aqueste no es Ifis? Sin duda viene a vengarse de mi ingratitud. Sí vengo; mas no con venganza infame, porque un corazón rendido, otra, señora, no sabe que vengarse en los placeres de quien le costó pesares. Mandásteme que me fuese, obedecite al instante; y vuelvo, porque no entonces que no vuelva me mandaste. A lo que vuelvo es a que sepas quién soy y cuán grande distancia hay desde mí a mí, u derrotado u triunfante. Ifis, príncipe de Epiro soy, que la saña inconstante del mar, navegando aAcaya al través dio con mi nave en esos bajos, de quien me echó el esquife a esta margen. En ella vi tu hermosura, dejo los hados aparte de que un rayo había de ser el destino que me mate; pues ya se vio que era rayo el que pudo, penetrante, a un relámpago de luz de tus ojos celestiales hacer, sin hacer herida en el cuerpo, que se abrase un corazón que en el pecho en muertas cenizas arde, y voy al intento que hoy a tus plantas me trae. Esa armada que del mar encrespando los cristales vuela y nada con envidia de los peces y las aves (pues monstruos de dos especies sus bucos y jarcias hacen: huellas unos en la espuma, surcos otras en el aire), armada es tuya que llena de aparatos militares, a la vista de un volcán tray otros tantos volcanes, como quillas que a su tiempo verás, si sus vientres abren, cuántas nubes a las nubes de pólvora y humo esparcen. Porque no ignorando yo, como no lo ignora nadie, la tiranía que injusta usan Céfiro y Argante contigo, (pues prisionera, bien que entre pompas reales en esta cárcel te tienen, sin que eso al consuelo baste, pues por dorada que esté siempre la cárcel es cárcel), a ponerte en libertad vengo, y a hacer que restaures tu reino, restando el mío al condicionado trance de una lid, en cuya empresa me adelanté a suplicarte, poniendo aqueste bastón a tus pies, que me le encargues de tu mano, porque sea mayor mi honor, cuando afable de tu general me des el título con que ensalce mi nombre a sombra del tuyo. Y cuando de honor tan grande, incapaces mis desdichas no las hagas tú capaces, me des licencia, señora, para que más arrogante cuanto más humilde, sirva entre los particulares, a obediencia de quien tú quieras que esas armas mande, que a mí en la primera hilera premio me será bastante, que alcance que en tu servicio la primer flecha me alcance. Y porque desprevenidos los trinacrios, llegue antes que el trueno que los avise, el rayo que los abrase, no pierdas tiempo, que a veces los no imaginados trances vencen con la confusión aún más que con el combate. No demos lugar a que Céfiro sus huestes arme, pues es mejor que indefenso nuestra avenida le asalte. Y así, pues, que tu licencia no más es justo que aguarde, para que el campo disponga y con él en orden marche, a quien la das de que muera, no la niegues de que mate. Y porque no temerosa de mi fineza te agravies, presumiendo que en favores quiero que el sueldo me pagues, para que veas que no grosero ni interesable mi amor, sino aventurero, sirve a merced de otros gajes, palabra te doy de que cuanto la guerra durare no te hable en el amor mío. Bien que aunque en él no te hable, me perdonarás que sienta todo aquello más que calle; porque retirado el fuego a centro que no le exhale, es preciso que se cebe en la materia que halle; que callado y oprimido se vio, o mal, o nunca, o tarde. Dos veces agradecida a dos finezas tan grandes como el favor y el silencio que me ofreces y me traes, el discurso me conoce, la razón me persüade; pero ninguna el amor que, siempre rebelde alcaide de mi corazón, está a la ley del homenaje que juró de aborrecer, sin que, para que yo ame, ser pueda el odio de todos privada excepción de nadie. Y así, porque en ningún tiempo de mi ingratitud te agravies (pues el no querer no es culpa, y si lo es, es más tratable que te desdeñe, que no que te desdeñe y te engañe), digo que con el pretexto de que en tu amor no me trates, acepto el de tu valor. Merece el costoso examen de que tus hechos me digan lo que tus voces me callen, y manda que como vaya la gente ocupando el margen, sitie el monte; que hoy en él Céfiro está, porque amante de aquella fiera, continuamente en estas soledades atalaya es de sus cumbres, centinela es de sus valles. Esa gente que le ocupa gente es que consigo trae al ojeo de las fieras cuya resistencia es fácil. Porque desarmada y poca no es a impedirte bastante, y como una vez le prendas, y al pueblo caudillo falte, será fuerza que al asombro de nuestras armas desmaye. Mayormente que no dudo que como valida me halle de quien mi justicia abono, de quien mi derecho ampare, a cuyo lado me vean, haciendo al corcel que tasque al compás de la trompeta el son de los alacranes; que el fuste al borrén ocupe, que rija a la rienda el ante, que trence el bruñido arnés, que el gravado escudo embrace, que el templado acero ciña, que la sobrevista cale, y que de la oreja al ristre el herrado fresno pase. No dudo, digo otra vez, que en mi favor se declaren muchas nobles intenciones, muchos callados leales. Testigo Nicandro sea... Sale ANTEO y BRUNEL. Sí será, que en el instante que vi esa armada en el mar, sin que nada me acobarde, salí a ver cúya era, y quiso mi ventura que encontrase con este soldado que habiéndome visto antes, perdido el modo que a otros da mi persona y mi traje: «¿Cúya es?» me dijo, y «¿Quién eres y el intento que te trae?». A cuya causa veloz vengo con él a buscarte, para que sepas de mí, que el vivir como salvaje las entrañas de esas grutas, de quien soy vivo cadáver, es porque no habiendo yo aplaudido a los parciales, en demanda de mi reina con la voz de sus leales, huyendo salí; y pensando que en aquestas soledades estaba seguro, a causa de ser tan impenetrables por sus Parcas y sus Etnas, sus fraguas y sus volcanes, no quise perder de vista la patria, por si llegase esta ocasión que hoy los cielos facilitan liberales, no sin aviso, pues ya mis ciencias, bien que inconstantes, entre otros prodigios vieron (leyendo a esos celestiales orbes las obscuras cifras, de tanto hermoso cadáver como me asegura fijo, como me perturba errante) que había de llegar día en que mi reina restaure su corona; y siendo ansí que hoy el hado favorable cuando no que se consiga quiere, al menos, que se trate, vengo a ponerme a tus pies y a los suyos, y a alistarme debajo de las banderas destas armas que auxiliares los dioses envían; que no pueden venir de otra parte. Y para que veas mejor si es mi persona importante, primero que el valor venza, he de vencer con el arte. Céfiro, bien que asustado de ver sobre aquesos mares la confusa Babilonia, pensil de tanto velamen, en mi alcance vengativo más que de Irífile amante, el monte discurre; y como a algunos soldados mandes que me sigan, podrá ser que yo tal lazo le arme que dé en él; con que no dudo que será el triunfo más fácil. No solo yo quien te siga daré, pero acompañarte tengo; que tal interpresa no la he de fïar de nadie. Pues sígueme con alguna gente y donde me escuchares llamara a Irífile, haz alto, solicitando ocultarle en la cercana aspereza del más fragoso celaje. Vase. Yo lo haré ansí; tú, Brunel, di que algunos me acompañen a lo largo. ¡Plegue al cielo que él por su piedad me saque de escudero andante! Vase. Tú, hermosísima Anajarte, pon a cuenta de mi amor, que de mi amor no te hable. Hablar en que no hablas, ya es hablar más que si hablases. ¿Que calle un dolor no basta, sin que en lo que calla, calle? No, que mudez que se explica no deja de ser lenguaje. Sí deja, porque no es voz la seña que aún no es del aire. Dictamen que habla por señas es muy bachiller dictamen. Eso es quererle quitar sus idiomas al semblante. Claro está que las colores ya son retóricos frases. ¿Quién le negó a un accidente que pálido se declare? Quien quiso hacer la fineza de sufrirle. Aunque no es fácil, cuidado con mi silencio. Ni ese cuidado me encargues, que ya dice que le tiene quien pide que le repare. Pues solo que no le tengas te diré de aquí adelante. Ni aun eso me has de decir, que no deja en un amante de ser acuerdo el acuerdo que del olvido se vale. Pues para que no te ofenda lo que diga o lo que calle, lo que acuerde o lo que olvide, quitándome de delante, te serviré de manera que la noticia te alcance, sin el ruido de mi voz ni el color de mi semblante. Vase. Eso es obligarme a que piense que puedo obligarme; pero en vano, pues no tienen esos orbes celestiales estrella que a mí, no digo me incline para que ame, mas para que no aborrezca por más que del cielo baje el correspondido Amor, a persuadirme süave yugo suyo, contra quien mi pecho armó de diamante Cupido, absoluto Amor, interesado y mudable. Pues no, señora, te fíes dél, porque es traidor que sabe dar muerte sobre seguro; y como obligada te halles, podrá ser... No hará, pues cuando Ifis mi reino restaure y en su posesión me ponga, sabré el auxilio pagarle, poderosa como reina y no tierna como amante. Y si con aquese premio su amor no se satisface, ¿qué has de hacer de un acreedor que a todas horas delante se te ponga? ¿Faltará un desdén con que le aparte, un rigor con que le ausente? Y cuando aqueso no baste a no verle, ¿faltará un veneno que le acabe, una cuerda que le ahogue, o un acero que le mate, aunque venganza después pida Anteros a su madre? Dentro. Sí pedirá, porque siempre amor con amor se pague. ¡Ay infelice de mí! ¿Qué voz se escuchó en el aire? Yo no la oí. Yo tampoco. Oíd, por si a pronunciarse vuelve, sepamos quién puede turbar mis felicidades. Dentro. Irífile. Allá en el monte llaman. ¿No es esta la voz de antes? Pero sea la que fuere, nada a mí me sobresalte, que un corazón como el mío nunca ha de vivir de balde. Vanse las tres, y sale ANTEO y IFIS, BRUNEL y otros. Irífile. Dentro. ¿Dónde, Anteo, te ocultas? Hacia a esta parte. ¿Por qué, si la llamas, huyes de donde viene a buscarte? Porque suenen nombre y voz el tiempo que no me halle, que ese es el veneno que he de sembrar en el aire. Ocúltate tú y tu gente. Sí haré. Irífile. Anteo, padre, ¿dónde estás? Sale CÉFIRO. Aunque esa armada que surta en la playa yace, me obliga a dar a la Corte vuelta donde me resguarde de su traición, si es traición la que a estos puertos la trae, con todo, es tan poderosa esta voz que el viento esparce, dando de Irífile el nombre al eco, que he de ver antes que me retire, si puedo, siguiendo el nombre süave de su acento, hallarla entre estas intrincadas soledades adonde suena la voz. Irífile. Sale IRÍFILE. Anteo. No en balde fue mi diligencia, pues atravesando a esta parte viene al imán de su nombre. ¿Dónde, Anteo, te ocultaste? No preguntes por Anteo, que aunque él sea el que te llame, yo, Irífile, el que te busca, y no es bien respondas antes a quien costaste una voz que a quien un alma costaste. Céfiro... Aparte. (¡ay de mí, infelice, si ahora viniera mi padre!), yo confieso, ¡muerta estoy!, que al verte, ¡la voz me falte!, tan fino, ¡dude el aliento!, conmigo, ¡la lengua calle!, agradecida, ¡qué digo!, quisiera... ¿Y a qué hay que aguardes? Date a prisión. ¡Ha, traidora!, ¿para esto tu voz al aire diste y tu nombre? En lisonjas oculto tenías el áspid. ¡Ay de mí!, que yo la causa he sido a traición tan grande. No te resistas si no quieres que contigo acabe. No siento tanto, traidor, que te vengues y me mates, cuanto que esa fiera sea tan fiera que ella me engañe. Pues porque mejor lo digas, dejadme todos, dejadme llegar a mí, porque como yo aqueste acero le saque de la vaina, haré con él que de todos se desate para que, libre de todos, huyendo, la vida escape. ¿Quién me metió en ser corchete? Dejalde todos, dejalde. Detente, Irífile, mira que no sabes lo que haces, pues su prisión o su muerte, lo que te importa, no sabes. No puede importarme nada tanto como que incostante la fama de mí no diga que fue amor tan infame que el que de mí enamorado vino a este monte buscarme no le mató mi hermosura y tuvo otros que le maten. Toma, Céfiro, tu acero, y pues no huyes de cobarde, huye de solo, que yo a que no te siga nadie quedo aquí. Más que la vida, fineza estimo tan grande. El cielo me dé ocasión, Irífile, en que la pague. Vase. ¡Hija! No me llames hija, que quien es traidor no es padre. Irífile, mira. Ifis, si dél pretendes vengarte campañas hay donde escriba tu fama el valor con sangre. No te valgas de traiciones. En la lid no es bien se llame traición el que es ardid, pero ya que este a mi intento falte, verás que el valor me sobra para ir siguiendo su alcance. Vase. ¡Ay infelice de ti, que lo que has hecho no sabes! Vase. Sí sé, pues sé que he hecho una acción de noble y de amante, aunque le pese a Cupido que haya mujer que no engañe, mas, ¿qué importa?, que yo quiero más el blasón de constante que el de ingrata, aunque de mí pida venganza a su madre. Dentro. Sí pedirá, porque nunca amor con amor se pague. ¿Qué voz es aquesta? Pero nada mi amor acobarde, aunque a vengarse de mí Cupido los cielos rasgue, sala habiendo de justicia en los orbes celestiales. Vense en lo alto VENUS a un lado, ANTEROS con un coro de música, y a otro, CUPIDO con arco caro, y todo esto cantado. Pues que todo en los cielos es armonía. Porque aquí hasta las quejas suenan a dichas. Ya que habéis penetrado los dos el cielo, patria de la hermosa deïdad de Venus: dulce música vuestras quejas repita, porque aquí hasta las quejas suenan a dichas. Oye de mi coro las que yo traigo, y por mí las publiquen favor y halago. Oye de mi coro las que yo tengo, y por mí las publiquen envidia y celos. Uno y otro sonoras cláusulas digan. Pues escucha. Pues oye. Pues ve. Pues mira. Porque aquí hasta las quejas suenan a dichas. Hermosa madre mía, en plumas de mis alas, a tus etéreas alas, donde es eterno el día venganza pido de una tiranía, a quien correspondido Amor no alcanza. ¡Venganza, Venus, de un desdén! ¡Venganza! Madre, no digo hermosa, en alas de mi fuego a tus umbrales llego, donde la luz reposa, a que me vengues de una rigurosa fiera en quien puso toda mi esperanza. ¡Venganza, Venus, de un favor! ¡Venganza! ¿Por qué, de plomo herida, ha de durar una beldad ingrata? ¿Por qué quien fiera mata ha de amparar rendida? Dando esta muerte. Aquella dando vida. Sin que su mal mejore. Sin que padezca y llore. ¿Quién vio mi amor? ¿Quién vio mi confïanza? Venganza, Venus, [de un favor! ¡Venganza!] Tras estos dos se ofrece otro no menos fiero, sañudo arpón severo, de quien, porque Cupido le aborrece, flecha de irracional amor padece, una piedra le abrasa, helada y fría. Piedad, piedad, hermosa luz del día. ¿Cómo el mundo supiera que con mortal desmayo soy, abrasando, rayo; soy, maltratando, fiera; soy piedra no sintiendo, si no viera esos ejemplos tres mi monarquía? Rigor, rigor, hermosa luz del día. Amar quien se ve amada, es igual suerte. Querer es culpa en quien se ve querida. Quien da una muerte, indigna es de una vida. Quien da una vida, digna es de una muerte. Sépase que una piedra se convierte al llanto de un Amor correspondido. Sépase que una piedra es de Cupido triunfo en que su mayor aplauso alcanza. Piedad, piedad. Rigor, rigor. Venganza. Ya que una y otra pasión declaró su pretensión, cifrad los dos a una idea cada cual lo que desea. Que quien no sabe querer, sea mármol, no mujer. Que quien en amor se emplea, mármol y no mujer sea. No me atrevo a responder sin hacer consulta de esa esperanza, con la hermosa estrella mía. Otro día diré qué poder en entrambos alcanza pedirme piedad y rigor y venganza. Pues hasta entonces, huyendo dese monstruo, iré diciendo... Vanse entrando. Que quien no sabe querer, sea mármol, no mujer. Yo iré al contrario pidiendo, con mi coro repitiendo... Que quien en amar se emplea, mármol y no mujer sea. Pues yo, a entrambos respondiendo, justicia a los dos pretendo hacer, porque el mundo vea... Que quien no sabe querer, sea mármol, no mujer; que quien en amar se emplea, mármol, y no mujer sea. Al irse esta apariencia, se descubre el teatro regio. Salen LEBRÓN, PASQUÍN y BRUNEL. Aquí la habéis de poner. Lebrón, amigo. Pasquín. Lebrón, hermano. Brunel. Seáis los dos bien parecidos. Y bien hallados los tres. ¿De dónde bueno, Pasquín? Lo que te diga, no sé. Con mi amo fui de aquí y aquí me vuelvo con él. De Anajarte enamorado, dice que la viene a hacer reina de Trinacria. Y tú, Brunel, ¿qué te haces? No sé. También con mi amo a este monte voy y vengo, sin saber a qué vengo ni a qué voy, porque una fiera crüel le trae de sí enamorado, y perdiéndole ahora en él, vengo a ver este edificio. Y yo vengo a eso también. Pues bien le podréis mirar, que a fe que hay harto que ver; así no fuera locura haberle hecho. ¿Por qué? A una ingrata y a una fiera vuestros amos quieren; pues dad muchas gracias a Amor de que una estatua no es. ¿A una estatua? Sí, a una estatua mi amo quiere, para quien ha labrado este palacio tan hermoso como veis. Y no es esto lo peor de su pena, sino que del campo donde Anajarte lo echó, la manda traer sobre un pedestal de mármol, como triunfal carro, a quien los villanos jardineros hace que la canten; y él, galanteándola al estribo, viene. Pero ¿para qué me canso yo en repetir lo que los dos podéis ver? Salen los que pueden, vestidos de villanos, mujeres y hombres, cantando y bailando, con instrumentos diferentes; detrás en un carro la estatua, y a su lado PIGMALEÓN. Si es lo hermoso el objeto que obliga a querer, ¿ser de piedra qué importa la que hermosa es? Es verdad, que si lo hermoso objeto de el amor es, ¿qué importa que sea imposible para que parezca bien? Cuántas beldades se adoran desde lejos, por tener perfeta hermosura ¿no son de piedra a quien las ve? Pues, ¿cuánto es mejor amar el que no ha de merecer, como yo, un desdén preciso que un voluntario desdén? Aquí la poned, que aquí ha de estar, a cuyo pie rendidos todos, cantad diciendo una y otra vez... Si es lo hermoso el objeto, [que obliga a querer, ¿ser de piedra qué importa la que hermosa es?] ¿Quién, Lebrón, está contigo? Pasquín, señor, y Brunel. ¿Quién son Brunel y Pasquín? Son dos camaradas. Pues ¿cómo se atreven a entrar a el cuarto de mi mujer? Hasta aquí de medio ojo tu locura anduvo, a fuer de buscona, ¿pero ya se destapó de una vez tu mujer? No la palabra me tomes, ya que no sé lo que digo, pero miento que nada supe más bien. Mas idos todos de aquí, que un loco no ha menester testigos a su locura. Vámonos huyendo dél. Tú no te vayas, Lebrón. ¿Cómo me he de ir, sin saber si ha venido muy cansada, aunque no ha venido a pie, doña Mármol, mi señora? Sea bien venida usted a esta su casa y conozca su menor crïado. Bien que no hay oficio en que pueda servir, pues no puedo ser con quien ni come ni bebe, despensero o botiller. Quita, loco. Llega, cuerdo. Hermosa beldad, a quien poco le costó la lima, poco le debió el cincel, pues no de humana labor sino de mayor poder, al perecer se formó tu divino parecer. Bien quisiera a tu deidad templo consagrar, en que fuese en sus aras continuo sacrificio de mi fe. Pero ya que el desear se deja atrás al poder, este corto albergue admite para ser servida en él desas vasallas estatuas que por mi mano labré, como familia que siempre atenta a tu culto esté. Si el oficio que tuviste de ser fuente en un vergel, con el trato del cristal, te enamoró acaso dél, ya que de su risa echas menos el ruido, no estés triste por eso, que aquí cristal no faltará, pues mis ojos te le darán, con que vengamos a ser yo aquesta vez la corriente, y tú la fuente otra vez. Recibe... Dentro. Guerra, arma, arma. ¿Qué es esto? Lástima es que te estorben, porque traza tenías de enternecer un mármol. Dentro. Arma, arma, guerra. ¿Qué será? A lo que se ve, huyendo viene del monte un derrotado tropel que hacia la Corte camina. ¿De quién huirá? Yo qué sé. Pero de extranjera gente parece. Dentro. Volad tras él. Dentro. Hasta la Corte seguid el alcance para que de preso o muerto no escape. Dentro. Favor el cielo me dé. Dentro. A tu lado he de morir. ¡Confusión notable es! ¡Ay infelice de mí! ¡Valedme, cielos! ¿Qué fue aquello? Que de un caballo despeñada una mujer, viene cayendo del monte. Iré a socorrella. Vase. Ten el paso, que no es razón que celos llegue a tener la señora doña Mármol. Perdone vuesa merced, que es mi amo un caballero con las damas muy cortés, y así el socorrer a otra aire y no desaire es. ¿No lo siente usté así? Sí. ¡Cielos! ¿Qué llego a oír y ver? ¿Que no tiene celos? No. Ya va hablando un sí es no es. Mi señora doña Mármol, yo no enternezco a vusted y ansí no gaste conmigo finecitas de oropel. Dentro. Arma, arma, guerra, guerra. Sale PIGMALEÓN con ANAJARTE en brazos. Lebrón. ¿Qué me mandas? Ten esta beldad en los brazos, mientras que yo vuelvo a ver qué novedad es aquesta. Vase. Oye, aguarda. No me des otra estatua, que con una tengo yo harto en qué entender a mi señora Ana Juárez. ¡Ay de mí! Y de mí también. ¿Dónde estoy? En el tablado. Dime si fuiste tú quien en sus brazos me detuvo, cuando, llegando a caer perdí el sentido. ¿Pues no? La vida te debo. Aún bien, que con cualquier joya desas estaremos en paz. Ten, que así pudiera pagar, a precio de otro interés, otra fineza. Ahora dime, ¿cúyo este palacio es? Doña Estatua, mi señora lo dirá, pues vive en él. ¡Qué es lo que miro! Mentida deidad que en solio te ves, de un amor idolatrado, colocada de una fe, ¿cómo, habiendo sido mía, no te pegó mi altivez la vanidad para no dejarte amar y querer? Pero si al correspondido Amor sigues, yo veré si de un mármol lo apacible desagravia lo crüel de otro mármol. En tu pecho admite tú un amor fiel, mientras yo otro fiel amor altiva desprecio, a quien después de haberme servido muerte le he de dar, porque, acreedor de mis favores, no pueda volverle a ver, aunque de mí licenciosa diga la fama después... Dentro. La que no sabe querer sea mármol, no mujer. ¿Qué oráculos son de el aire estos que siempre escuché? Dentro. ¡Anajarte, viva! ¡Viva, la que nuestra reina es! Mejor suenan estas voces, a pesar de hados, aunque entre cajas y trompetas aquellas digan también... La que no sabe querer sea mármol, no mujer. ¡Anajarte, viva! ¡Viva la que nuestra reina es! Entrad a mi alcázar todos, que aquí es donde la dejé. ¡Nuestra reina, viva! ¡Viva! Sea mármol, no mujer. Sale todo el acompañamiento que pudiere. Detrás CÉFIRO, IRÍFILE, ANTEO, IFIS y PIGMALEÓN. En albricias de tu vida vengo a poner a tus pies, hermosísima Anajarte, todo este triunfo, de quien yo el primer rendido soy; Céfiro y Anteo después, con Irífile, que apenas con mi gente le alcancé a la vista de su corte, cuando llegándole a ver a él prisionero y a mí vitorioso, solo en fe de haber tomado la voz de tu nombre, empezó a hacer toda su nobleza y plebe demostraciones de que estaba sin voluntad, oprimida del poder. Todos te apellidan, todos, diciendo en afecto fiel... ¡Anajarte, viva! ¡Viva la que nuestra reina es! Agradecida (¿qué importa que afable este rato esté, si por no verme obligada sabré matarle después, o pésele o no le pese a Anteros, el Amor fiel?) a tu valor (¡ay de mí!) Ifis generoso, (¿qué mortal frío me estremece?), confieso, (¿qué ansia crüel, la voz me yela en el labio?) que debo (¡letargo infiel es el que siento!) a tu fama (¡qué ira!) el sagrado laurel y la vida. Pero miento, pero miento, que no fue (un así tengo en el pecho, en la garganta un cordel) la vida la que te debo porque no puedo deber lo que no tengo, ¡ay de mí! ¿Qué es esto? No sé, no sé, si ya no es que sea venganza de Venus, dando a entender que la que querer no sabe más es mármol que mujer. No solo quedó a la vista helada, pero también al tacto, que no de humana materia la llega a ver. Frío mármol es de yelo su nevada candidez. Ojo a la margen, señoras, y tratadme de querer, sino quieren ser mañana todas de mármol. ¡Qué bien diciendo el agüero está, (¡ay de mí, infeliz!) de aquel oráculo fementido que para mí había de ser rayo amor, pues tras el fuego que me vio abrasar y arder, en muriéndose la llama, quedó la piedra después! Si es mármol, sabré adorarla. No será la primer vez que un mármol se vea querido, que yo, ¿cúyo influjo fue que amor piedra para mí había, ¡ay infeliz! de ser?, amo esta; y de mi locura tan grande el extremo es, que en la presencia de todos la doy la mano y la fe de ser suyo mientras viva. Y yo la aceto, porque pasando de extremo a extremo el soberano poder del Amor correspondido, se vea que en una fe firme, en un Amor constante, tierno llanto, afecto fiel, si una mujer y una piedra porfían a aborrecer, se deja vencer primero la piedra que la mujer. Desciende, hermoso prodigio, para que me eche a tus pies. Para ser tuya viví y agora conmigo ven al templo de Venus, donde sacrificio haga mi fe al correspondido Amor. Contigo a su templo es bien ir yo, donde a su deidad la sacrifique también la venganza que por mí tomó Anteros de un desdén. Pues id diciendo los dos, si queréis agradecer tú el favor y tú el castigo, lo que dice el aire... ¿Qué es? Que quien no sabe querer sea mármol, no mujer. Que quien en amar se emplea, mujer y no mármol sea. Pues yo por mí iré diciendo, que justo decreto es... Que quien no sabe querer, sea mármol, no mujer. Que quien en amar se emplea, mujer y no mármol sea. Aunque Anajarte no es capaz de reinar, y queda a mí el derecho por ley, el más infelice amante vengo yo a ser de los tres. No eres sino el más felice. ¿Cómo, si cuando ambos ven uno vengado su amor, y otro premiado su fe, yo vengando, ni premiado le veo, ni le he de ver? Vengado, pues que no tengo en Irífile de qué; ni premiado, pues no puedo la fineza agradecer de haberme dado la vida. ¿Por qué no puedes? Porque fiera la encontré en los montes. ¿Casarás con ella, si es tu igual? Sí. Pues sabe que ella la reina heredera fue de Trinacria, y yo Nicandro que temiendo la crüel ira de tu padre, una noche en la cuna la hurté donde a Anajarte introduje; y llegando a conocer por las estrellas que había de cobrar su reino, dél nunca la quise ausentar. Esto lo dirán más bien las joyas que echaron menos cuando yo... La voz detén que a quien quiere creer, le sobran las pruebas para creer. Esta, Irífile, es mi mano. ¡Dichosa quien llega a ver logrado reino y amor! A cuya causa también a los dos he de seguir de Venus al templo, en que no falte mi sacrificio. Vase. Yo he de acompañarte a él. Vase. Y yo seguir a los dos. Vase. ¡Mire el diablo de mujer, y dónde estaba escondida! ¡Qué aún no le bastase ser de mármol para no hablar! Aténgome a mi amo, pues el que no queda casado es el que queda más bien. Pero ¿qué música es esta? Escuchad y lo sabréis. ¡Muera, muera el Amor vendado y ciego! ¡Viva el correspondido Amor perfecto! Sobre el gran templo de Venus en nubes, al parecer, se rasga el cielo. Venid todos a saber lo que es. ¿Cómo que es puede dudarse triunfo mío, en que se ve Descúbrese. que el socorro que me dieron les he pagado a los tres?: A Pigmaleón, pues pude una piedra enternecer; a Céfiro, pues que una fiera le asegura rey; a Ifis, dándole venganza de un rayo que había de ser muerte suya, con que vienen a convertirse en placer, piedra, rayo y fiera siendo cadáver, reina y mujer. Sí, mas no me negarás a mí que yo pude ser piedra, rayo y fiera, puesto que eso han amado los tres. Y para que no presumas que envidia puedo tener, le he de asistir al festejo, repitiendo yo también: ¡Muera, muera el Amor vendado y ciego! ¡Viva el correspondido Amor perfecto! ¡Muera, muera el Amor vengado y ciego! ¿Cómo, si cuando ambos ven uno vengado su amor, y otro premiada su fe, yo, vengado ni premiado le veo, ni le he de ver? Vengado, pues que no tengo en Irífile de qué; ni premiado, pues no puedo la fineza agradecer de haberme dado la vida. ¿Por qué no puedes? Porque fiera la encontré en los montes. ¿Casarás con ella, si es tu igual? Sí. Pues sabe que ella la reina heredera fue de Trinacria, y yo Nicandro que temiendo la crüel ira de tu padre, una noche en la cuna la hurté, donde a Anajarte introduje; y llegando a conocer por las estrellas que había de cobrar su reino, dél nunca la quise ausentar. Eso lo dirán más bien las joyas que echaron menos cuando yo... La voz detén que a quien quiere creer, le sobran las pruebas para querer. Esta, Irífile, es mi mano. ¡Dichosa quien llega a ver logrado reino y amor! Y ahora, en tanto que le hacéis las exequias a ese mármol, conmigo, prodigio, ven: que un prodigio a otro prodigio que le haga agasajo es bien. De tu hermosura y del sol igualmente el rosicler me ha cegado, mármol frío. Mármol soy, mármol seré. Vanse las dos. Retirémosle de aquí. Mejor ponerle allí es, que no faltará otro bobo, que le convierta en mujer. ¡Ay, infelice de mí! No has negociado mal, pues condenado a ahorcar estabas. ¡Viva!, pues que vitorioso, Anteros, de tu poder, en la esfera de Dïana, que la diosa auxiliar es del correspondido Amor, todas las ninfas a quien apremiado le hacen fiesta. Volved los ojos, volved a ver ese hermoso cielo, de quien el prólogo es la fortuna del amor, cantando segunda vez... Aquí se descubre la máscara, repartida en dos coros de música de siete voces cada uno; cada uno cuatro mujeres y tres hombres, y en una tropa de doce mujeres que son las que han de danzar, y en lo alto la FORTUNA. ¡Muera, muera el Amor vendado y ciego! ¡Viva el correspondido Amor perfecto! Y en coros repetidos de voces y instrumentos, las flores en la tierra, las aves en el viento y en forma de batalla, canten en dulces ecos, a pesar de Cupido, vitoria por Anteros. ¡Muera, muera el Amor vendado y ciego! ¡Viva el correspondido Amor perfecto! Yo que la Fortuna soy, que para aqueste festejo en tres sagrados asumptos propuse tres argumentos, depuesta la vela y rueda con que en veloz movimiento campañas de vidro corro, piélagos de luz navego, humildemente rendida en alas del pensamiento, para pediros perdón, de parte de todos vengo. Cuarto asumpto el triunfo sea con que de Dïana y Venus las Ninfas celebren hoy la gran vitoria de Anteros. Y tú, gran Planeta; y tú bella Aurora, a quien siguieron las dos mejores estrellas de ese humano firmamento, felices viváis y sea para ver en vuestros reinos la dichosa sucesión que aguardan nuestros afectos. Y en tanto, pues todo es amor puro, amor honesto, a donde empezó el festín acabe el festín, diciendo: ¡Muera, muera el Amor vengado y ciego! ¡Viva el correspondido Amor perfecto! ¡Oh, qué airosas van danzando con hermosura y con gala, al Amor enamorando!; pero ninguna iguala a las que están mirando. Porque aunque del sol la esfera el cielo traslade al suelo, no es bien que competir quiera toda la luz de su cielo la de nuestra primavera. Música de la máscara. Vuestros son, Felipe, mis nobles pensamientos, y el alma y sus potencias a vuestros pies ofrezco. Vuestros son, Marïana, las ansias y deseos de que las esperanzas lleguen a ser efectos. Vuestros son, María, los rendidos desvelos que de servir tuvimos y de acertar tenemos. Los años que mandasteis que aplauda nuestro afecto no han menester más día, pues es cualquiera vuestro; que todos son del sol, y sol cuyos reflejos la esfera de dos mundos alumbra en dos imperios; pues todos son del alba, y alba de cuyo bello llanto la Margarita es perla sin ejemplo. ¡Oh, qué airosas van haciendo al compás de la Fortuna los lazos que van tejiendo!; pero no iguala ninguna a las que las están viendo. El Amor correspondido la fama le dé y la gloria a la envidia de Cupido, pues es suya la vitoria del desdén y del olvido. ¡Qué bien suenan las cláusulas dulces que van a Felipe airoso y galán! ¡Y qué bien que las oye su esposa, diciéndole alegre, al mismo compás! ¡Que viva inmortal! ¡Que viva inmortal! ¡Y qué bien que las oye su esposa, diciéndole alegre, al mismo compás! ¡Que viva inmortal! ¡Qué bien suenan las cláusulas dulces que aplauden los rayos de un sol alemán! ¡Y qué bien que las oye su esposo diciéndole alegre, al mismo compás! ¡Que viva inmortal!, [¡Que viva inmortal!] ¡Qué bien suenan las cláusulas dulces el día feliz de uno y otro natal! ¡Y qué bien que las oyen dos reinos diciendo, uno y otro, al mismo compás! ¡Que viva inmortal!, [¡Que viva inmortal!] ¡Qué bien es que dancen el alta a los que del alta Alemania vinieron, y a las voces que da la Fortuna, respondan los aires y digan los ecos! ¡Viva el amor, viva el amor, que es vida y alma de mi corazón! Al amor que fino y constante gobierna en las almas y manda en los pechos, la gala le canten las Ninfas, y a coros respondan los aires y digan los ecos: ¡Viva el amor, [viva el amor! Que es vida y alma de mi corazón.] ¿Hay quien se atreva a volar con las alas de Cupido sin que el golfo del olvido le anegue en el mar de Amor? ¿Quién se atreverá a los vuelos de las alas de un rapaz que en vez de favor y paz ha engendrado envidia y celos? Todos sus fuegos son yelos, todo su placer, pesar. ¿Hay quien se atreva a embarcar? ¿Hay quien se atreva?, etc.