Apolo y Climene Comedia Famosa Personas que hablan en ella APOLO CLIMENE CÉFIRO SÁTIRO ADMETO CINTIA LESBIA FLORA CLICIE ERÍDANO FITÓN MERCURIO IRIS PASTORES ACOMPAÑAMIENTO MÚSICA Jornada Primera A los primeros versos que se dicen dentro sale Céfiro galán y atravesando el tablado como a obscuras, se entra por la boca de una gruta, llevandose tras sí un bastidor de yerba, con que quedará cerrada, uniéndose con lo demás del teatro; y salen después por una parte Climene, y por otra Lesbia, Cintia, Clicie, y Flora, con arcos y flechas y luces. dentro. ¡Ah del templo! Ah del alcázar! ¡Ah del monte! ¡Ah de la selva! Ninfas que habitáis sus claustros, guardas que veláis las cercas, ¡traición, traición!, acudid todos. dentro. De Climene bella son las voces. [dentro.] ¿Qué esperamos para ir a favorecerla? dentro. Traición se oye en los jardines. ¡Alerta, guardas! A una parte las mujeres y a otra los hombres. [dentro.] ¡Alerta! [dentro.] ¡A la gruta, al cenador! ¡Al muro, al foso! Sale Céfiro. ¡Qué cierta es mi muerte, ay, infelice, si el asombro no me deja elección para encontrar con la boca de la cueva y dejarla como estaba, de hojas y troncos cubierta! Vase cerrando la gruta y salen las damas. ¡Traición, traición! Acudid con luces, arcos y flechas todas a mi voz. Señora, ¿qué es esto? Absorta y suspensa apenas podré decirlo y habré de decirlo a penas. Que me dejásedes sola os mandé, por si pudiera, ya que tranquila la noche daba a mis desdichas tregua, desahogar conmigo en este jardín la mortal tristeza de haber nacido a vivir sin vivir, pues mi primera cuna y último sepulcro su centro fue, sin que sea consuelo para no ser infausta prisión estrecha ver plateado el calabozo ni dorada la cadena. Pero esto ahora no es del caso; doy al discurso la vuelta. Que me dejásedes sola mandé y, soltando la rienda al llanto –que, como es fuego mi mal, con agua se templa– apenas para enjugarle –no porque enjugarle quiera, sino porque reprimido vuelva a correr con más fuerza–, saqué un lienzo, cuando, ¡ay, triste!, a la escasa luz que densa concede el bulto y retira el semblante de entre aquellas intrincadas murtas veo que hacia mí un bulto se acerca. Ser ilusión al principio juzgué, de cuya sospecha me desangañó la voz, Túrbanse todas con los afectos que después dicen los versos. pues llegó diciendo: «¿Era, imposible dueño mío, hora ya de que la seña de ese blanco lienzo diese, como quien sólo entre negras sombras deja divisarse, a mis temores licencias para llegar a tus plantas?». Bien incautamente atenta a desentrañar quién fuese cómplice de igual ofensa, disimular quise; pero en vano, que a la primera palabra desconoció o estilo o metal. ¡Qué necia debe de ser en amor esa inútil diligencia de engañar al alma, pues ni la noche ni la media voz pudo hacer que sonase a cariño la cautela! Por entendido del yerro se dio y con tal ligereza volvió la espalda que, tardo el viento en su competencia, ni tenerle ni seguirle pude. Y siendo así que encierra ese jardín al aleve amante y a la que ciega sagrados cultos profana, y que ya voces y quejas han puesto en vela a las guardas que todo el contorno cercan, ¡dadme arco y flechas! No quede Toma uno de los arcos. árbol, flor, hoja ni piedra que no penetre el rencor o que el valor no trascienda por que, corriendo nosotras el jardín y el monte ellas, yendo a parar en sus manos, si es que escapa de las nuestras, el agresor no se ignore, la delincuente se sepa y uno y otro de Diana torpe sacrificio sean, bien como deidad que es deste templo, alcázar, monte y selva. No, señora, no aventures Detiénela como con temor. tú tu vida, que quien entra tan resueltamente osado a este jardín sin que tema decretos del Rey, que a muerte le traen condenado, es fuerza que no sin mucho resguardo a tanto peligro… ¡Suelta! Desásese della y pasa a Lesbia, que hablará turbada. Dice bien, porque si… cuando… viendo… no… tú… que… ¡La lengua al pasmo de tanto insulto con las razones no encuentra! Pasa della y da con Clicie, que estará llorando. Yo, ni atenta a aquel temor ni a esta turbación atenta, te animo ni desanimo. Sólo sé que es mi tristeza tal que a no brotar en llanto, me matara su violencia. Pasa della y da con Flora. Ni el temor de una ni de otra la turbación o terneza te acobarde. Yo contigo iré y seré la primera –según el rencor, la ira y cólera que en mí engendra tanto ofendido decoro– que su aleve sangre vierta. (No sé destos cuatro afectos qué inferir. Medrosa tiembla Cintia al buscarle, turbada Lesbia enmudece, suspensa Clicie enternecida llora y Flora animada alienta. ¿Cuál será de aquestos cuatro estremos, si es que entre ellas la cómplice está, el que más o la condene o la absuelva? Esto es para más de espacio). Todas las razones vuestras no han de suspender mis iras. La que se atreviere venga conmigo. Mal puedo yo dejar de ser, cuando expuesta a morir en desagravio de tu honor estoy resuelta. Yo también, por más que el susto la llave a mi llanto tuerza. Y yo, que el temer es uno y otro que el temor me venza. Ni a mí; que la turbación grava, pero no amedrenta. Pues decid todas por que las guardas estén en vela: ¡Traición hay en los jardines! ¡Alerta, guardas, alerta! [dentro.] . ¡Traición hay en los jardines! ¡Alerta, guardas, alerta! [dentro.] ¡Al muro! ¡Al foso! [dentro.] ¡A la gruta! ¡A la fuente! Con esta repetición se entran todos y sale Sátiro, villano, armado ridículamente. A la taberna, dijera yo, que es la ermita donde sus lámparas ceban los feligreses de Baco, a quien, como tal, es fuerza que acuda hoy en la aflicción de que a dar sobre mí venga todo este escándalo. ¡Oh, nunca aquesta maldita lengua que en su vida calló cosa a Céfiro dicho hubiera destos condutos del agua la oculta mina secreta que va a los jardines! ¡Nunca, como jardinero que era antes de pastor, hubiese cubierto en falso de hiedras la gruta en que dan! ¡Y nunca, en fin, a su dama bella, a quien por su agricultura fue fácil la diligencia, llevara el papel de aviso con la seña y contraseña para conocerse! Pero ¿quién pudo hacer resistencia a dos tentaciones? Una, que es la que hizo más fuerza, chismar el secreto; y otra, que a quien se le chisme sea Céfiro, en quien la codicia pactó con la conveniencia. Mas, ¡ay de mí!, que entre uno y otro es preciso que tema, habiendo escuchado voces dentro del jardín y fuera estruendo de gentes y armas, que algún desmán le acontezca, con que dé todo el secreto al traste, si en él le encuentran, y es él por quien todos dicen… Dentro Céfiro, y sale después por un escotillón que estará abierto en el tablado a la parte contraria de la gruta. ¿Qué es esto, fortuna adversa? Pero ¿no es esta su voz? ¿Te cansaste de que hubiera una dicha para mí? ¡Céfiro! ¿Quién es quien llega sabiendo ese nombre? ¿Quién puede ser, si no quien sepa que tú sólo de esa sima salir a estas horas puedas? ¿Sátiro? Sí. Pues ¿qué haces aquí? Las voces diversas me sacaron de la choza, en fe de que, aunque me vean, con decir que vengo a darles favor salvo la sospecha. Y como siempre el cuidado guía donde se recela, hacia aquí vine. ¿Qué ha habido? La fuga corre más priesa que la relación. La boca me ayuda a cerrar con esta peña que la disimula en brozas de grama y hierba; no diga, ya que hizo el daño, de él la causa. Diligencia precisa es para que boca que yo manejo enmudezca y que enseñada a mis mañas a voces no diga… Al ir a levantar una como losa, disparan en lo alto un arcabuz, suena terremoto de truenos y caen los dos como asustados. En lo alto ¡Muera precipitado a los montes quien a la deidad suprema se atreve a ofender! ¿Qué es eso? Eso es dar conmigo en tierra la voz de un trueno, que al ir a despabilarla deja a buenas noches la noche. Terremoto. ¿Quién de un instante a otro en negras pavorosas sombras vio la faz de la luna envuelta? Yo, por señas de que aun no lo puedo decir por señas. Terremoto. Sin duda, ¡ay de mí!, sin duda, llevándose tras sí a ciegas las tropas de los luceros, las huestes de las estrellas, bien como casta Diana de mí ofendida se venga. Terremoto. No, señor, que para ti y para mí no moviera tanto aparato una diosa, fuera de que, si ello fuera, no errara el tiro. Otra causa en las celestes esferas El terremoto y cajas de guerra en lo alto. debe de haber, pues no sólo se oye rumor de violenta tempestad, pero de armas, como que encuentros de guerra entre sí mueven los dioses. El terremoto, caja y trompetas, en lo alto al arma. Bien esa razón me diera qué discurrir, si al oído, sea verdad o ilusión sea, el idioma de aquel trueno no me hubiera dicho… El terremoto y el arma. En lo bajo. A aquella parte, a la trémula luz que relámpagos dispensan, gente se ve. Peor es eso. Las guardas, que ya andan cerca, nos han descubierto. Menos importa que hallen abierta la sima que no que a mí me conozcan. Diga ella la traición, mas no el traidor. Retírate entre las quiebras más intrincadas de aquellos incultos riscos. Terremoto y arma. Prudencia es escoger de dos daños el menor. Vase. No sé cuál sea menor, supuesto que iguales En lo bajo. A aquella parte se mueven las ramas. El terremoto, el arma y otro tiro y dice Apolo en lo alto. Y los otros dicen: En lo alto. ¡Muera precipitado a los montes! Con que en arma cielo y tierra, todo es horrores. Vase. Cae Apolo de lo alto en un pescante como que baja despeñado. En vano lidiar con su competencia contra los rayos de acero los rayos de luz intentan. ¡Oh, Jupiter!, ya que airado de tu imperio me destierras y por un noble delito del día el carro me niegas, tomándote tú el gobierno de su pértigo en mi ausencia, ¿por qué, ya que está enseñado, forzándome a que parezca en traje y persona humano, negado a todas las ciencias que me acreditaron dios, me arrojas y me despeñas? ¿Es donde más pavorosa la noche a estas horas reina? Mas ¡ay!, que si «muera» dijo el rigor de su sentencia y yo, por deidad, no puedo morir, bien para que sea cierto el decreto me priva de la luz en consecuencia de que la muerte civil del ánimo es que la trueca, al contrario de las dichas, el linaje de las penas, bien como yo el día a la noche y la luz a las tinieblas. ¿Qué region, qué patria, qué monte será el que en sus breñas me admita? Mas ¡ay de mí!, Cae en la boca de la mina y dice los últimos versos en lo bajo, a cuyo tiempo sale Climene y damas. que no sólo mis tragedias quieren que el cielo me falte, mas que me falte la tierra, pues en segundo despeño voy a dar. ¡Qué horror! ¡Qué pena! ¡Qué abismo! ¿Qué confusión, qué furia, qué rabia es esta que habiéndome helado el pecho a la imitación del Etna, por entre incendios de nieve copos de llama revienta? Advierte, señora… Mira… Repara… ¿Qué habrá que advierta, que mire ni que repare, si, habiendo la saña nuestra corrido jardín y alcázar y las guardas monte y selva, no ha sido posible hallar al agresor de tan fiera traición de amor que la luna se obscureció por no verla y aun el sol, pues el sol mismo parece que con pereza nos da hoy el día, según desalumbrado despierta? ¿No veis, no veis que su carro, de la continua tarea errando el curso y cayendo precipitado a la tierra, abrasa montes y mares, de cuya encendida hoguera son las espumas cenizas y las montañas pavesas? ¡Que me quemo! ¡Que me abraso! Pero ¿qué digo? ¡Qué idea tan vana! ¡Qué fantasía tan loca ¡Qué ansia tan necia! Arrebatome el dolor vida y voz. De tus tristezas la justa razón, señora, de nacer a vivir presa, cuando pensó Etiopia que, naciendo única heredera de los estados de Admeto, nacías a ser su reina, no me espanto que perturbe tus sentidos de manera que te haga creer de noche que fingidas sombras veas, pues te hizo creer de día que el sol despeñado… Cesa, cesa, no prosigas, que es muy atrevida licencia pensar que yo… Mas no quiero que por mí mi enojo vuelva, sino mi razón. Entremos en la primer experiencia: de la ilusión del sol, Cintia, nacida de que aborrezca la luz sólo por ser luz, me cobré. Y lo mismo hiciera de esotra ilusión a no darla tú ahora más fuerza. ¿Yo, señora? Tú, pues tú fuiste, Cintia, la primera que temerosa intentaste que yo en alcance no fuera del hombre que vi y hablé. Y quien entonces, sujeta del temor de que le hallase, ahora ser delirio esfuerza, es cierto que contra sí mueve la primer sospecha, inducida en el delito. Humilde a tus plantas puesta, te suplico que repares que, viendo cuánto te dejas ir tras tus melancolías, persuadirte a que las venzas, más mira a lealtad que a culpa. Y en cuanto al temor, que adviertas también, te suplico, que es natural pasión que reina igual al principio en todos, bien que luego diferencia en que el cobarde le estima y el valiente le desprecia; ¿qué es lo que en mí viste, pues temí y te seguí resuelta? Y siendo así que aquel miedo nació de ver cuánto arriesgas tu vida en busca de un hombre que venir restado es fuerza, tercera vez te suplico que no mis lealtades tuerzas a la parte de culpada, pues puedes a la de cuerda, a otros afectos, señora, descaminar la sospecha, pues quien se turba se acusa, quien se enternece la pesa y quien se alienta, quizá a más no poder se alienta. Cintia, un escándalo en quien nunca pensó que viniera ni pudiera venir coge al corazón de manera desimaginado, que le embiste sin resistencia, y, como del corazón es intérprete la lengua, lo que él la dicta turbado pronuncia turbada ella. Con que no sólo es indicio de culpa, sino evidencia de que, como no esperado, mal sobresalta y altera, que es lo que no la acontece a la que llora, pues cierta del daño, a riesgo de que o se sepa o no se sepa, ya la coge apercibido el llanto a la contingencia. Que un corazón asaltado negar pueda voces, Lesbia, yo lo concedo; mas no que lágrimas negar pueda, porque las lágrimas son tan fugitiva materia que a pesar del corazón se exhalan sin su licencia. Luego, que un afecto llore al paso que otro enmudezca, todo dice corazón turbado, con diferencia de que de labios y ojos es tan contraria la senda que palabras la rebalsan y lágrimas la revientan, sin que por eso el efeto pueda presumirse dellas que son manantial que nace de tan equívocas venas que tal vez llora la ira y tal llora la clemencia. Y pues no es fácil saber si mis lágrimas se muevan de lástima del error u de saña de la ofensa, no al contrario las arguyas, que es desproporción que quieras que a ti el fracaso te turbe y que a mí no me enternezca. Demás de que el llanto es noble y no es posible que mienta como el temor, que es villano, la turbación, que es grosera, y el esfuerzo, que es traidor, pues tal vez finge a cautela cuando, como dijo Cintia, a más no poder se esfuerza. Eso habla conmigo. Pero, aunque responder pudiera que quien se esfuerza culpada sólo es cuando considera lejos la averiguación –porque cuando anda tan cerca que va en su alcance, sería temerariamente necia la que en sus alientos diese las armas contra sí mesma–, no lo he de hacer, ni he de dar en mi abono más respuesta que no darla; porque fía muy poco de sí quien piensa que su inocencia se vale de más que ser inocencia. Cúrese en salud quien teme, quien se turba y desalienta, y dé en fin satisfación la que necesita della; porque no ha menester darla quien no ha menester tenerla. Quien de mí presuma… Quien de mí piense… …de mí crea… …que yo... ...que yo… Pues ¿qué es esto? Ved que estáis en mi presencia. Señora, si… Bien está. Idos de aquí, que molesta dos veces dolor que pasa a cuestión; pues sólo prueba que, siempre que se repite, sin que se olvide se acuerda. Idos, pues, idos de aquí. El obedecer es fuerza. Vase. (Quiera el cielo que mis ansias de mí la aseguren). Vase. (Quiera mi dicha que mis razones sus presunciones convenzan). Vase. (¡Oh, quién pudiera decir a voces que mi tristeza es ver que hay para mí olvidos cuando hay para otra fineza!). Vase. Mal me ha salido el examen desta primera experiencia, pues, a cuestión reducidas, en pie la duda me dejan tan cabal como se estaba. Pero no son solas ellas las que me asisten. ¿Quién, cielos, cuando es de uno la sospecha y de muchos el indicio, me dirá de qué manera se averigua una traición con que, en discursos envuelta la imaginación, no sabe lo que dude o lo que crea? Y así, en tanto que los cielos la verdad descubren, sea el llanto el que me acompañe, ya que en mi triste, mi adversa fortuna no me permiten otro consuelo. ¡Ay de aquella que sólo en la queja libra el alivio de la queja! Pónese el lienzo en los ojos y entreabre Apolo el bastidor sin salir. Pequeño rasgo de luz, penetrando la funesta sima en que caí por breves resquicios de inculta quiebra, mi norte ha sido y, pues sólo me defiende el que la vea cara a cara la celosa maraña que me dispensan mal entretejidas ramas, ¿qué aguardo para romperlas y salir a ver adónde vine a dar? Sale al tablado. Climene aparta el lienzo y vuelve a cubrirse otra vez los ojos. Confusa idea, ¡duélete de mí!, que quieren quitarme el juicio las mesmas que con mi melancolía desmienten su error… ¡Qué bella fábrica! ¡Qué suntuoso alcázar! ¡Qué primavera tan floridamente hermosa! Y no es su menor grandeza no haber en todo su espacio más que una dama, y aquesta tan inmóvil que, a no dar el lienzo en sus ojos muestras de lágrimas mal enjutas a los suspiros que alienta, estatua la imaginara destos cuadros. …y pues llegan a motejarme de loca, para que no lo parezca, dime más claro si fue ilusión, si fue quimera… Pero no, tan en mí estaba como ahora estoy, cuando en esta Aparta el lienzo del rostro. misma parte vi que el hombre llegó a mí, diciendo… ¿Era hora ya, hermoso prodigio, que ese blanco cendal diera –apartado de tus ojos como concediendo treguas entre el consuelo y el llanto– a mis temores licencia… (¡Cielos! ¿Qué miro y escucho? Su voz y su acción, ¿no es esta?). …para llegar a tus plantas?, que no me atreví sin ella, por no impedir el aliento que dan las lágrimas tiernas al triste. (¿Quién creerá, cielos, que el que buscaba soberbia, tímida al verle me deje, torpe, helada, absorta y yerta? Pero ¡qué digo! ¿Yo temo? ¿Yo me acobardo?). Merezca… Flecha el arco. ¿Qué has de merecer, aleve agresor de tan severa ley que el sol desde su esfera, si a quebrantarla se atreve pasando esta línea bella, es porque en disculpa halla la lisonja de alumbralla de la culpa de rompella? ¿Qué has de merecer si no la muerte que merecida te traes ya? Y dar a tu vida el breve término yo que hay de mi flecha a tu pecho, es porque me importas vivo hasta saber el esquivo cómplice, cuyo despecho sagrados cultos profana, llevando a ambos mi valor por víctimas de mi honor a las aras de Diana. Y pues a tu alevosía lo equívoco no bastó de la noche y te engañó también con la seña el día, dime antes que acuda gente y ella la muerte te dé sin más que verte, ¿quién fue de tu amor la delincuente? ¿Quién eres y cómo entraste aquí? ¿Cómo, ya que huiste, de mí esconderte pudiste? ¿Y cómo, en fin, ya que osaste verme, merecer pretendes nada de mí y no percibes que me ofende lo que vives aun más que lo que me ofendes? Divina hermosa beldad, si en este florido espacio reina eres de su palacio u de su templo deidad, rendido a tus pies espero que veas que es en lid tan dura desaire de la hermosura matar con armas de acero, cuando puede con mirar. Y pues llegaste a advertir que yo no escuso el morir, sino el modo de matar, suspende al arco el furor, que es mal ejemplar, advierte, que aprenda el odio a dar muerte con las armas del amor. Por más que desentendido de mis preguntas te des, quién eres sabré y quién es la falsa que se ha atrevido a tanto arrojo. ¿Por dónde entraste? ¿Por dónde fuiste cuando anoche de mí huiste? Y, en fin, ¿qué centro te esconde? Muchas tus preguntas son y tan corta mi fortuna que la razón de ninguna es de todas la razón, porque no sé cómo aquí entré ni por quién entré; que huyese de ti no sé ni sé dónde me escondí, ni aun quién soy sé, porque estoy de mí tan desconocido que por callar lo que he sido no he de decir lo que soy. Y por que menos airada, al verme hablar deste modo, creas que respondo a todo cuando no respondo a nada, sola una razón por mí te asegure que otro fue quien huyó de ti, porque nunca yo huyera de ti, pues, si mil muertes hubiera y en ver tu hermosura rara mil vidas aventurara, fueran pocas; y si fiera quieres la experiencia hacer, la gente puedes llamar: verás dejarme matar por no dejarte de ver. Despeñado de mí mismo, en una sima caí; luz entre unas ramas vi, con que a tu jardín su abismo troqué, si ya no es que sea que, como el mundo pendiente del aire está e igualmente todo el cielo le rodea, pasó antípoda mi anhelo, penetrando lo profundo de esotra parte del mundo a esotra parte del cielo. Esto es lo que sé de mí. Pues lo que yo de mí sé es que, aunque nunca escuché lisonjas que hasta hoy no oí, no han de ser parte a que yo todo cuanto he preguntado no sepa, o aqueste alado arco que Diana me dio emplearé en su desagravio antes que nadie te vea, por que otro ninguno sea quien de su agravio y mi agravio vengue a los dos. Si sospechas que eso me ha de dar desmayos, quien ya está muerto a tus rayos, ¿qué ha de temer a tus flechas? Dispara, pues. Al disparar se le cae el arco de la mano. Sí haré. ¡Cielo! ¿Quién el impulso retira y, siendo fuego la ira, quiere que la acción sea hielo? Arco y saeta perdí. (Como es Diana mi hermana, no pudieron de Diana ser las armas contra mí). Si esto es que en la vanidad de morir tan noblemente tu desdicha no consiente labrar tu felicidad, a pesar de mi impaciencia dictamen he de mudar. Aparte. (No es sino hacer, a pesar del valor, otra experiencia). ¡Ah del templo! También yo de dictamen mudaré, si llamas gente, porque quien ya la dicha creyó de que a tus manos moría, no ha de dejarse matar de otras armas. ¿Escapar cómo podrá tu osadía ya de mi castigo? Huyendo. (Esto es fingiendo temer deslumbrar mi inmortal ser). ¿Cómo has de poder? Volviendo a salir por donde entré. Abre el cancel y ella le reconoce. Eso sabré yo estorbar no dejándote pasar, ya que la salida sé. Tal lazo es poco embarazo. Prueba a ver si lo es o no. Es que no quiero irme yo, por no desasir el lazo. Luchan los dos y salen las damas por la parte que está de espaldas Apolo. ¡Lesbia! ¡Cintia! ¡Flora! ¡Clicie! (¡«Clicie» dijo! ¿Qué sucesos habrán traído a Clicie aquí?). Acudid, acudid presto a mi voz. Acudid todas; Climene llama. ¿Qué es esto? Esto es volver a mis manos, sin que le valga lo presto de la fuga como anoche, este aleve agresor fiero, de quien ya no sólo sé quién es, mas quién es el dueño de su amor y cómo aquí entra y sale. (¡Piedad, cielos! Que, esto sabido, no queda ya a mi vida más remedio). ¡Ay de mí, infeliz! Cae Flora desmayada y retíranse Lesbia, Cintia. ¡Qué pena! ¡Qué asombro! ¿Qué ha sido eso? ¿Qué quieres que sea, si no que la que afectó primero más ánimo, desmayada yace? (Logré el fingimiento: Flora la culpada es). Y por que veas si es cierto que desmiente más sospechas el llanto que no el aliento, yo la primera seré que, a no darlo prisionero, le quite la vida. Suelta, traidor, y… (¡Pero qué veo! Llega a desasirlos y, en viendo a Apolo, se retira como asustada. ¡Apolo es! ¡Ay de mí, triste! Sin duda los sentimientos y lágrimas que formé de su olvido le trajeron en mi busca; con que yo a ser la culpada vengo. ¡Duélase el cielo de mí!). Cae desmayada. (También Clicie, al verle, ha hecho el mismo estremo que Flora, con que a mi duda me vuelvo, pues ya no es la culpa de una, si es de dos el sentimiento). (¡Ah, Clicie!, no sé qué diga de tu susto y de mi empeño). ¿Qué es esto, Lesbia? No sé; mas si cuantas van viniendo se han de ir, Cintia, desmayando, huyamos las dos. Llamemos gente. Bien has dicho. ¡Guardas de esos muros! ¡Jardineros de esos pensiles! Yéndose. ¡Pastores de esos ganados de Admeto! Acudid, acudid todos: entrad a favorecernos. Vanse. dentro. Otra vez del jardín llaman. (De turbada…) (De suspenso…) (…sin mí estoy). (…no sé de mí). Dentro golpes y ruido. dentro. Ya que a las noticias vengo del escándalo de anoche y duran todavía dentro las voces, romped las puertas y entrad conmigo, que menos importan ya en mis temores los presagios que los riesgos. Las puertas al jardín rompen. ¡Cuánto que veas me huelgo cuán poco da que temer el morir al que ya ha muerto a manos de tu hermosura! No veré tal, que no quiero que, siendo la ofensa mía, sea de otro el vencimiento. Vete, pues, vete; y estima a mi desvanecimiento no querer que otros te maten. (Mejor dijera a un afecto, con que, sintiendo el que viva, también el que muera siento). Vete, pues. Sí haré, no tanto a guardar mi vida atento por mía, cuanto por tuya. Pues mira que es dada a precio de que aquí no has de volver, porque en este mismo puesto he de estar a ver si cumples mi mandato. Y vete presto; que yo, por que no te vean y sigan, saldré al encuentro. A Dios, pues. A Dios. (Perdone Clicie, cuando así la dejo, que si huyo un amor, ¿qué mucho que huya un aborrecimiento?). Vase cerrando el cancel. Haga la deshecha agora. ¡Vaga fantasma del viento, oye, aguarda! Sale Admeto. Aquí os quedad todos. Climene, ¿qué es esto? ¿Qué ha de ser sino seguir a la causa los efectos y una vida que es prodigios estar brotando portentos? Dígalo hallarme entre dos vivos cadáveres, siendo Clicie y Flora. ¿Quién me llama? ¿Quién me nombra? Mas, supuesto que a su nombre han vuelto en sí, bien como natural eco cuyo sonido más vivo hiere al oído, no quiero hacer, diciéndolo yo, sospechoso mi despecho, sino que ellas mismas digan lo que esto ha sido. (¡Qué veo!). (¡Qué miro!). (Donde vi a Apolo,…) (Donde a Céfiro vi,…) (…¡cielos!, es Admeto el que está). (…es el que llego a ver Admeto). Hablad, pues, decid qué ha sido, que yo en vuestros labios dejo mi verdad. (Pues no está aquí el asunto de mi empeño,…) (Pues falta de aquí el testigo de mi culpa,…) (…negar pienso…) (…la causa de mi desmayo,…) (…la acusación de mi yerro,…) (…que nunca lo bien negado fue bien creído). Poniendo mi razón en vuestras manos, ¿sólo responde el silencio? (¡Deme su industria el amor!). (¡Deme su astucia el ingenio!). Yo sólo sé que vi un hombre luchar contigo y, queriendo llegar a favorecerte, como tú viste primero caer despeñado el sol, de su caída el efecto vi yo, pues vi en viva llama todo este jardín envuelto, a cuyo terror perdí con el asombro el aliento. (Pues me hallo hecha la disculpa, della me valdré). No menos estrago vi yo, pues vi, cuando socorrerte intento, que un encendido Volcán el paso me impedía. (¡Cielos! De mis previstas desdichas, ¿no son los anuncios estos?). Quédase como suspenso. Y pues a tanto pavor,… Y pues a tal pensamiento,… …no bien cobrada,… …no bien segura, aún me abraso,… …aún tiemblo,…. …¿qué he de hablar?,… …¿qué he de decir?,… …sino que gimo… …que peno… …la causa que yo no he dado. Vase. …la culpa que yo no tengo. Vase. (Aunque para mí han mentido, para con mi padre tengo de valerme de su engaño). ¿De qué, señor, tan suspenso has quedado? Bien se ve lo poco que a ti te debo, pues te coge tan de susto lo mucho que yo padezco. Y aun padecerlo yo sola ya fuera en parte consuelo, como no pasara a ser tan contagioso veneno el de mis desdichas que, inficionados los vientos al infestado vapor del tósigo de mi aliento, le participen a cuantas me asisten. Dígalo, ¡ay, cielos!, entre otros frenesíes, delirios o devaneos que por instantes me siguen y me alcanzan por momentos, el de haber visto tal vez arrancado de su asiento al sol anegar la tierra en piélagos de humo y fuego, talando montes y mares la inundación de su incendio, de cuyas cenizas no acaso has visto tú mesmo las ruinas de Clicie y Flora (¡ah, traidoras!). Y aun no es esto lo más. Al fin todo esto es ilusión sin alma y cuerpo; pero con cuerpo y con alma, ilusión que a un mismo tiempo es objeto de los ojos y es exhalación del viento, ilusión que deja oírse, hablarse y tocarse, haciendo al desvanecerse anoche titubear los elementos y hoy, que desmayan las huellas de sus rayos y sus truenos, más es que ilusión. Y pues llegas a ocasión que puedo, a vista del pasmo en que me hallas, romper el silencio que ha tantos años que vive a fuerza del sufrimiento el más hondo calabozo de las cárceles del pecho, perdona, que he de hablar claro. ¿Qué ley, qué razón, qué fuero, naciendo hija tuya, pudo encarcelarme en naciendo? Nacer viviendo a morir, en todos, señor, lo vemos; pero en mí sola se ve nacer a vivir muriendo. Ser hija tuya, ¿es delito que merezca tan severo castigo como ser saña de las estrellas, ser ceño de los dioses, ojeriza de los hados y, en efeto, en teatros de fortuna viva fábula del tiempo? ¿Qué fiera, la más inculta, después que dio a sus hijuelos bruto ser, alimentado a blanca sangre del pecho, no los pone en libertad el día que los ve llenos de presas, pieles y garras, y, apartándoles del seno, les obliga a que el instinto les solicite el sustento? ¿Qué ave, después que a sus pollos nutrió a piedad de su tierno pico, el día que los ve de plumas y alas cubiertos, no los arroja del nido para que, cobrando vuelo, sepan que es su patrimonio toda la región del viento? ¿Qué pez, sin padre y sin madre –que aun es más, pues su primero ser se le debe a la peña en que de su ovado huevo cobró vida–, no discurre en dulce libertad puesto el nunca lineado coto de su líquido elemento? Pues si la fiera, ave y pez nacen libres, ¿cómo el cielo permite que nazca yo sin el natural derecho del pez, el ave y la fiera? Y si a fiera, ave y pez vuelvo, ¿qué fiera domesticada en casa de noble dueño, entre halagos y caricias, no anhela por el desierto? ¿Qué pájaro, por más que le cuiden de su sustento, por volverse al aire no pica los dorados hierros? ¿Y qué pez, en la resaca que no le tornó a su centro, al revés de todos, no se ahoga con su mismo aliento? ¿Pues qué mucho, siendo yo racional y brutos ellos, que a fuer de ave, pez y fiera aspire a mar, monte y viento? Dirasme –que esto es lo más que sé de mí– que un severo natalicio juicio que en mi infeliz nacimiento tu estudio hizo me amenaza, siempre a mi fortuna opuesto. Si resguardarme a sus hados solicitas, ¿qué hado puedo padecer allá que sea mayor que el que aquí padezco? Si no me guardas de mí, ¿de quién me guardas, supuesto que no tiene el desdichado más contrario que a sí mesmo? Dejo aparte si es cordura creer los fatales agüeros que en el celeste volumen de once hojas, cuyo cuaderno a líneas de estrellas pautan caracteres y luceros, los futuros contingentes tal vez pronostican; dejo si en un punto, en un segundo que yerre su movimiento se discrepan más distancias que hay desde la tierra al cielo; dejo que, aunque sean verdades sus avisos, no por serlo son tan precisos que ignore el menos capaz ingenio que es del vulgo de los astros monarca el entendimiento; y voy sólo a si es cordura remediar un daño a riesgo de que antes que venga el daño me dé la muerte el remedio. Y pues a vista de tantos llegas a ver cuán violentos los peligros de allá fuera saben buscarme acá dentro, ¡duélete de mí!, porque si en mi llanto, si en mi ruego, en mi aflicción, en mi pena, en mi ansia y desconsuelo, como a padre no te obligo, como a rey no te enternezco, como a noble no te ablando, como a humano no te muevo, y como mujer a cuantos me escuchan no compadezco, verás que desesperada, pues no me queda remedio ya que aplicar yo a mí misma por sacarte verdadero me doy la muerte, pues, cuando me falte un agudo acero, un mal tejido dogal, un bien templado veneno, viva brasa, áspid mortal, no me faltará a lo menos la más elevada almena de ese homenaje soberbio desde donde despeñada me dé undoso monumento el Erídano, en quien diga leve epitafio de hielo: «Aquí la infeliz Climene yace a manos de tan fiero padre, tan injusto rey y tan inhumano dueño que cruelmente compasivo hizo el homicidio ajeno propio homicidio, pues no dejó al hado lo sangriento y, por librarla del daño, la mató con el remedio». Vase. ¡Oye, aguarda, escucha, espera! dentro. ¡Viva Climene! ¿Qué es eso? Sale Céfiro y Sátiro. (Hagamos del ladrón fiel, que no seré yo el primero que en el lugar del delito asegure el retraimiento). El pueblo que te ha seguido, llamado de sus afectos, habiendo visto en Climene –cuando juzgó que su encierro de alguna monstruosidad nacía– un milagro tan bello, compadecido a su llanto, que es el hechizo más tierno de la hermosura, y movido de sus piadosos lamentos, sobre la lealtad de ser heredera de tu reino, la libertad apellida en altas voces diciendo: [dentro.] ¡Viva Climene, y no quede más en la prisión! ¡Ay, cielos! ¡Cuán en vano solicita el corto discurso nuestro enmendar de las estrellas los influjos, pues los medios que pone para impedirlos le sirven para atraerlos! Iré a publicar la causa que me movió, por si puedo disculparme y reducirlos. Vase. Sátiro, ¿qué dices desto? Que no es la primera vez que ha creído el vulgo necio trasgos, duendes y fantasmas; y, apurado su embeleco, el hurto de amor los finge y los califica el miedo. Pues ya que de nuestro acaso se ha llegado a hacer misterio, por que no se desengañen, ven conmigo. ¿Qué es tu intento? Cerrar la peña que anoche abierta quedó, supuesto que concurriendo aquí todos, nadie la habrá descubierto. Éntranse y, dando vuelta al vestuario, salen por la otra parte. No dices mal. Y pues ella, tan estrañas cosas viendo, se está hecha un bausán, la boca abierta, papando el fresco, vuelva a cerrarla la losa. Llega, pues. Al irla a cerrar, sale Apolo. Gracias al cielo que, segunda vez guiado de otra luz, a verle vuelvo. Embózase Céfiro. Hombre, aborto de ese abismo,… (¿Agora tenemos esto?). (¡Que hubo de haber quien me viese!). …¿quién eres y cómo ahí dentro osaste entrar? ¿A quién buscas en ese horroroso seno, siendo así que nadie tuvo tan osado atrevimiento que le examinase? Embózase Apolo. Poco ha que respondí a eso mesmo que ni sé quién soy ni sé a quién busco ni a qué efecto aquí entro ni salgo. Pues a mí me importa saberlo. A mí no decirlo y, si es que cumple con todo el duelo quien con lo que intenta sale, y yo otro ninguno tengo más de no decir quién soy, con dejaros voy bien puesto, pues yo me voy sin decirlo y vos quedáis sin saberlo. Vase. Eso es huir de cobarde; mas no le valdrá, si el centro de la tierra no le esconde. Sígueme, Sátiro. Vase. Quiero cerrar primero la boca, por si acaso hay otro dentro no escape en tanto. Señores, Climene, llorosa; el pueblo, solevado; Clicie y Flora, siguiendo asombros; Admeto, pronosticando desdichas; Céfiro, siguiendo celos, y yo, recelando palos, ¿en qué ha de parar aquesto? Vase. Jornada Segunda Dentro [dicen] las primeras voces y salen luego los que pudieren con Climene, y damas por una parte, y por otra Admeto. [dentro.] ¡Viva la hermosa Climene! [dentro.] ¡Viva!, y en público salga donde todo el reino goce ver su bellísima Infanta. Aunque os agradezco, amigos, el amor con que me aclama vuestra lealtad, de mi padre falta el ser gusto. No falta, que, aunque debiera ofenderme que en voz de tumulto haga estos estremos el pueblo, el celo la culpa salva. Pero por que nunca quede en opinión de tirana la resolución que tuvo oculta belleza tanta, será bien que el día que doy mis oídos a sus ansias y mis piedades al pueblo a todos conste la causa: a él para que no me acuse de tirano y a ella para que, sabido su hado, sepa guardarse de él, ya que alcanza que el entendimiento es tan absoluto monarca que con leyes de albedrío sobre las estrellas manda. El fausto felice día que todos a ver la clara luz del sol nacen, nació Climene a no verla, a causa de que interpuesta la luna entre él y la tierra estaba lidiando un letal eclipse con tan desigual batalla que de las doradas luces triunfaban las sombras pardas. No en este horóscopo, en este crisis solamente infausta la previno el cielo, pues, bien como víbora humana, nació reventando el seno de las maternas entrañas, falseándome en que una muera el gozo de que otra nazca. Yo, que ya sabéis cuán docto discípulo de las varias ciencias de Fitón, logré en sus estudios la sabia astrología, observando el punto de tan estrañas señales, las anteví tan opuestas y contrarias al transcurso de su vida que no hubo estrella de cuantas ya benévolas inducen, ya retrógradas arrastran, que no influyese en Climene infortunios y desgracias. No entero crédito di a mi infeliz judiciaria; y así su figura quise que la reviese la magia, a cuyo efecto en lo más oculto de esas montañas que a esotra orilla del monte el sacro Erídano baña, busqué de Fitón la cueva y en su pavorosa estancia mi juicio le consulté y, aunque en él no enmendó nada, trató conferirle en todo con otras ciencias más altas. No sé si quiromancía fue la que le habló en las rayas de la mano, o en el aire la eteromancía en fantasmas; la nigromancía, no sé si en cadáveres o estatuas; si la piromancía en fuego o si la hidromancía en agua; porque sólo sé que lleno de espíritus que le inflaman, cuando son suyas las voces, no son suyas las palabras. «Las desgracias e infortunios –dijo– que a Climene aguardan son que della nacerá un joven de altivez tanta, tan indómita soberbia y tan voraz arrogancia que en el siríaco idioma le dé renombre la fama de Faetón, que significa rayo, cuya ardiente saña ha de abrasar a Etiopia con tal fuego que no haya desde donde el Nilo empieza hasta donde el Nilo acaba, siendo en Egipto sus bocas hidra de siete gargantas, distrito que no sea hoguera; de cuyo incendio a la llama, y de cuya llama al humo, la más blanca tez tostada quedará adusta, de suerte que venga a ser de la humana naturaleza Etiopia borrón de tan triste mancha que al sol parezcan sus gentes negras sombras de las blancas». Si para temer desdichas el ser desdichas les basta, ¿qué harán desdichas que traen concordes dos circunstancias? Y así, para prevenir que de Climene no haya sucesión que pueda nunca ser el Faetón de su patria, mi primera diligencia fue desde su tierna infancia criarla sacerdotisa de la pura deidad casta de Diana; a cuyo efecto labré en esta fértil playa que el Erídano rodea y que mis ganados pastan ese centauro de piedra, medio templo y medio alcázar. Y por que ni aun el deseo violase nunca sus aras, atreviendo a su hermosura la más perdida esperanza, para que nadie la viese, cerqué de muros y guardas el sitio con tal recato que, por que ni aun hombre entrara, desterré los jardineros, trayendo para labranza de sus plantas y sus flores a Flora, bella zagala, a quien dio el cielo el dominio de las flores y las plantas. Para su divertimento no hubo en toda Etiopia dama a quien la naturaleza dotase de alguna gracia que a servirla no trajese. Clicie, sirena que encanta con su música, lo diga. Dígalo… Mas las dos basta que nombre, pues son las dos en cuyos desmayos me habla más claro el cielo. Y pues, viendo en una parte sus ansias y en otra vuestras lealtades, es fuerza acudir a entrambas. Viva en libertad Climene. Entre, pues, del templo y salga a ver gentes y ganado; diviertan pescas y cazas sus graves melancolías; bailes, músicas y danzas destierren de sus ideas las confusas sombras vagas que sin cuerpo y alma son ilusión con cuerpo y alma. Mas con una condición, y es que siempre de Diana se quede sacerdotisa, sujeta a que, si quebranta el voto de su pureza, cumpliendo la ley que manda que muera víctima suya, seré yo el primero que haga della el sacrificio, ya que inútil mi confianza me da por vencido a que no hay recatos ni murallas que guarden una hermosura si ella misma no se guarda. Vase. ¡Viva la hermosa Climene! ¡Viva! Y nosotras con varias voces, que el eco repita en sonoras consonancias, su libertad celebremos. Cintia la canción nos haga, Clicie el tono y yo pondré en el baile las mudanzas. Pues todos te seguiremos. De música y baile vaya. Venturoso es el día que a estas montañas mejor sol amanece con mejor alba. (¡Qué felice para mí fuera la alegre mañana de la noche de mi ausencia, si permitiera gozarla enteramente un cuidado que a un tiempo ofende y halaga! Pues, sospechosa entre Flora y Clicie, traidoras ambas, me mata y pretende que le agradezca que me mata). Venturoso es el día que a estas montañas mejor sol amanece con mejor alba. Los festejos que el cariño hace no tienen más paga que admitirlos; y pues es el darme por obligada el premio de vuestro afecto, proseguid, para que vaya a tomar la posesión libertad tan deseada, al son de vuestros acentos discurriendo las campañas del Erídano. (¿Quién, cielos, creyera que se lograran dos felicidades de una ficción?). (¿Quién imaginara que de un engaño nacieran dos dichas?). (Pues ¿disculpada me dejó a mí y a Climene libre?). (Pues sin que quedara Climene en recelo, ¿queda en libertad?). Ya que ufana quiere la rara belleza de nuestra divina infanta discurrir por los ejidos, vaya el baile otra vez. ¡Vaya! Venturoso es el día que a estas montañas mejor sol amanece con mejor alba. Vanse bailando y cantando delante de Climene y sale Céfiro deteniendo a Flora. Pues la novedad del día permite entre gente tanta que sin nota hablarte pueda, óyeme, Flora. ¿No basta, sobre el error de la seña en que de noche te engañas, el de haber vuelto de día, pesándote el que quedara con pesadumbre Climene, a verla, aleve, y contarla a quién buscas y por dónde al jardín entres y salgas, cuyo susto me costó verme tan sin vida y alma que, a no hallar en un asombro que fingí mentida traza para que no bien creído fueras, sin duda acabara conmigo, sino que quieras, viéndote agora, que haga verdad lo que cautelosa bien o mal desmentí? ¡Ah, ingrata! ¡Qué de cosas y qué mal unidas y peor trazadas has compuesto para hacer tuyas las quejas, a causa de que yo no hable en las mías! ¿Tú, quejas de mí? Sí, y hartas; pues, no habiendo otro que sepa la salida ni la entrada del jardín, la has dicho a quien vi yo salir de su estancia tan cobarde que, al querer saber quién era, la espalda volvió tan veloz que no pude alcanzarle. ¡Qué mala industria y qué sin ingenio has imaginado para disculparte de haber hecho tan vil acción, torpe y baja, por complacer a Climene, como haber dicho a quién amas y por dónde sales y entras, siendo así que no hay infamia como que a una dama obliguen los desdoros de otra dama! Pues ¿cuándo a Climene yo vi ni hablé desde la blanca seña que me engañó y della fui huyendo? Cuando luchabas con ella por irte, a efecto de que entre las que llamaba me nombraba a mí. ¿Yo? Sí, tú, que, aunque te vi de espaldas, no pudo ser otro, pues no hay otro que sepa… ¡Ah, falsa!, que sí hay, pues hay otro a quien vi yo salir. ¡Oh, mal haya el aliño de las flores en que el cielo te dio gracia para que el Rey te trajese violenta aquí a cultivarlas, pues la utilidad que yo juzgué que sólo la usaras conmigo en fingir la gruta ya sirve a otro! Tú te engañas. Y tú mientes, que es peor. Advierte,… Mira,… …repara,… …que harás que diga mis celos… …tú harás que diga mi rabia… [dentro.] Venturoso es el día que a estas montañas mejor sol amanece con mejor alba. La gente vuelve y no sólo la que salió del alcázar, mas de todos los ejidos los zagales y zagalas. Retírate; que será, si aquí contigo me hallan, dar fuerza a lo que tu voz dijo y desveló mi maña. Debe de venir entre ellos quien tus favores alcanza, y ese es tu mayor temor. A eso y a todo intentara satisfacer, si la tropa no llegase. Y pues nos falta tiempo aquí de averiguar si te agravio o si me agravias, vuelve esta noche y veremos si hay otro que entre ni salga. Sí haré. Pero ¿con qué seña te conoceré, frustrada ya la del lienzo? La más segura es que tú no salgas hasta que abra yo la gruta; pues si tú, como declaras, no lo dijiste a Climene ni yo a otro, cosa es clara que seré quien abra yo, pues no hay otra que la abra. Mira como no lo he dicho, pues vengo en ello. ¿Qué aguardas, que llega ya? A Dios, a Dios. Forzoso es, por que no haga reparo en que me detuve, mezclarme con los que bailan. [Vanse.] [dentro.] Venturoso es el día que a estas montañas mejor sol amanece con mejor alba. Salen los que se entraron y otros de villanos y Apolo y Erídano. Recién venido pastor, que de otras tierras estrañas vienes buscando fortuna, convidado de la fama de los ganados de Admeto, pues tu lenguaje y tu gala da a entender ser cortesano, noble pastor en tu patria, llega y de parte de todos da tú a Climene las gracias de haber logrado con verla todas nuestras esperanzas. Aunque acobardarme pueda lo rudo de mi ignorancia, lo haré por primera cosa, mayoral, que tú me mandas. Pero por que disimule mi mal estilo sus faltas, de la música el concepto siga mi voz con la blanda armonía por que suplan mis yerros sus consonancias. Norabuena, di; que todos te acompañaremos. Vaya. Veamos, como en baile, a un tiempo se representa y se canta. Representa Apolo, repite la música y bailan todos, haciendo compás entre copla y copla. Bellísima Climene,… Bellísima Climene,… …cuya florida planta… …cuya florida planta… …a su contacto trueca… …a su contacto trueca… …en nieve la esmeralda,… …en nieve la esmeralda,… …pues al pisar el valle, Música. reconocen la estampa Música. en lo que la florece Música. más que en lo que la alhaga. Música y compás. Solo. En vano al ver tu aurora en nubes de oro y nácar todo se regocija y todo te hace salva. Apolo es el primero que aquí por mí te habla, diciendo: «No soy sol hasta tener tal alba». La solfa de las aves, con plumas de sus alas, en láminas del viento escribe lo que cantan. Sus conceptos las fuentes sonoras acompañan, dando liras de vidrio, trastes y cuerdas de ámbar. Bien que desvanecidas, rosa y jazmín se agravian de servir de coturnos, pudiendo de guirnaldas. Y por que no disuene la envidia de las ramas, en los troncos y copas suenan Favonio y Aura. Los ganados de Admeto por toda la campaña, contra campos de espuma, son piélagos de lana. Al río y a la cumbre hurtan la tez de plata por que el golfo y el monte los logres en su falda. Todo, al fin, te obedece; pero todo no es nada, por más que todo junto repita en tu alabanza: Venturoso es el día que a estas montañas mejor sol amanece con mejor alba. Ya que en nombre de todos, galán pastor, me hablas, por ti a todos responda. Aparte. (¿Quién creerá que, turbada al verle en este traje, no encuentre las palabras ni el juicio hasta que sepa a cuál de las dos ama?). Dirás al noble afecto que tanto el verme ensalza, que quedo (¡mal me animo!), como debo, obligada a la fineza, pero que, atenta a lo que manda mi padre, es fuerza que desde este instante haga, de la que fue precisa, cárcel tan voluntaria que haya de despedirlos sin que entren al alcázar. Y pues a naide puedo permitir que la raya pase destos umbrales, di a todos que mañana, ya que hoy vi los ganados, al monte saldré a caza, y adviérteles –en esto con atención repara– que nadie al jardín pase, porque si alguno pasa, ha de encontrar conmigo donde… Mas esto basta. Vanse todos delante, cantando y bailando. Todos a tu obediencia estamos. Y a tus plantas repetiremos siempre que al valle a vernos salgas: Venturoso es el día que a estas montañas mejor sol amanece con mejor alba. Clicie detiene a Apolo. Aunque sentir debiera, Apolo, que contaras a Climene que soy de tu venida causa, cuyo susto al mirarte me dejó desmayada,… ¿Qué dices? …no lo niegues; que ya no importa nada, supuesto que, ingeniosa, al ver que tú faltabas, hubo industria que pudo dejarme disculpada. Y pues todas las quejas que hasta aquí tuve salva el ver que, conmovido de mis piadosas ansias, no sólo, cual solías, de tus esferas bajas, pero en pobre pastor de Admeto te disfrazas, para que darte pueda de igual fineza gracias sin el susto de que nadie en que hablamos caiga, ven esta noche a verme al jardín, pues la entrada, ya por deidad, la tienes seguramente franca. La seña, por que no tome de ti venganza la luna y equivoque el ser yo con quien hablas, mi voz será. Y pues ella, de Admeto a las instancias, fue la causa de que mi padre aquí me traiga, sirva a otro fin: atiende a la letra que canta, que ella te dirá que te acerques o te vayas. ¡Oye, espera! No puedo, que ya ves que hago falta. De espacio allá hablaremos. Vase. ¿Quién, fortuna, pensara que Apolo se rindiera a confusiones tantas que es fuerza repetirlas para haber de acordarlas? Por Júpiter no sólo desterrado de mi luciente esfera a la tierra bajé, mas de manera de dotes y de ciencias despojado que en infeliz estado, por un heroico yerro, paréntesis de luz es mi destierro; con que a nadie hacer puede repugnancia que dios que tuvo error tenga ignorancia. Dígalo persuadida Clicie a que fue por ella mi venida; dígalo aquel acaso que de la noche al día me dio paso; dígalo de Climene la hermosura por quien mi amor previene servir en traje de pastor a Admeto, y, en fin, dígalo equívoco el conceto de que advertir que he de encontrar con ella, no sé si es un decir que vaya a vella. ¡Ah, propio amor, que lleno de engaños interpretas el ajeno! Mas, ¡ay!, que, aunque lo sea y lo mejor livianamente crea, no sé por dónde, pues, aunque he buscado la boca de la sima, no la he hallado. ¿Quién de Apolo creería que halle la noche lo que pierde el día? Mas con todo no tengo de darme por vencido: en su busca prevengo el centro penetrar más escondido. Pero allí siento ruido y gente hacia aquí viene; verme apartado y solo no conviene. Iré por otra parte, pues que todo es buscarla. [Vase.] [Salen Céfiro y Sátiro.] En fin, ¿negarte Flora intentó que el hombre visto habías? Traiciones suyas y desdichas mías ¿qué no harán? Aunque el ver que satisfechas desvanecer intentan mis sospechas, diciéndome que vuelva al jardín y a salir no me resuelva hasta que ella la gruta abra, me ha puesto en duda de que hay misterio en esto; y así, a apurarle acuda. Máteme la evidencia y no la duda; que no siempre han de ser en sus recelos las dudas asesinos de los celos. Y pues la noche ya vistiendo baja al cadáver del sol negra mortaja, mientras que yo a la mina me arrojo, tú esconderte determina en las ramas, dejándotela abierta, siempre, Sátiro, alerta. Abre la sima. Y si el hombre viniere, déjale entrar primero, sea quien fuere, y ciérrala después; que una vez dentro, verá por dónde huir si yo le encuentro. ¿Posible es que no ves que esa quimera en metáfora está de ratonera y habrá quien nos murmure lo civil del concepto? No me apure tu loco humor y advierte que a mí me va la vida, a ti la muerte. Vase por la gruta. ¡Bien despachado quedo, si ya la apelación no admite el miedo! Veamos qué me aconseja; escuchemos su voz: «Sátiro, deja la comisión; que a ti no te conviene estarte a ver si viene o si no viene; pues si no viene, nada habrá perdido, y si viene y te halla aquí escondido, podrá ser que otra vez de huir se avergüence y, ruin a ruin, quien acomete vence». Sano consejo. Cierro, pues, la losa; cuéstele abrirla, y vamos a otra cosa. Cierra y vase, y salen Climene y damas. Ya que del alegre día que en libertad llego a verme es paréntesis la noche, por que ella también se alegre, canta algo Clicie, entre tanto que a oposición me divierten de los suspiros del aire las cláusulas de las fuentes. ¿No será mejor, señora, que esos aplausos celebre con sus lisonjas el sueño, en cuyo descanso vuelve a revivir la alegría con nueva alma? Mal lo entiendes. Quien duerme no vive, Flora, con que un mismo tiempo pierden el desdichado que vela y el venturoso que duerme. Y pues velé desdichada, deja que dichosa vele, que no quiere el alborozo esperar a que despierte. Canta, Clicie. Sí haré (pues con cantar ahora desdenes de Diana, diré a Apolo que no es tiempo de que llegue). Canta. Fatigas del bosque umbroso y sañas del sol ardiente templar presumió Diana en un retirado albergue. Depuesto el arco y depuestos los adornos en su verde margen, a un puro cristal le dio otro cristal por huésped. Detente, Anteón, detente; no llegues a verla, no llegues, no llegues, que hay fuego que arde envuelto en la nieve. No prosigas; que no quiero oír los riesgos crueles con que Diana castiga a quien a verla se atreve; que gozar de la ocasión que acaso el bosque le ofrece, no es culpa. Y por que no vana ardides de amor desprecie, muda tono y letra, y sea aquella en que cantar sueles que en busca de Endimión de sus esferas desciende. Aparte. (Sepa Diana que amó, por lo que me sucediere; que al delincuente aseguran yerros de juez delincuente). No bien, señora, me acuerdo qué letra, qué tono es ese; mas ya que sé que te agrada, solicitaré traerle a la memoria. Aparte. (Esto es, porque si Apolo le atiende, será decirle que venga a mala ocasión). Pues vete y idos todas; que aquí es bien que sola conmigo quede, si ayer a sentir pesares, hoy a celebrar placeres. ¿Cómo es posible, señora, que quedarte sola intentes sin temor de aquel asombro, de día y de noche aparente? Si de mis melancolías era causado, ¿qué tienen ya que temerle mis gozos? No sé cómo a eso te atreves, que yo del desmayo mío aún no bien convaleciente estoy. Ni yo del incendio que fingió al desparecerse. Aparte. (No hay cosa que sienta tanto como que estas necias piensen que me engañan y que el dar crédito yo a sus dobleces, no fuese valerme dellos con mi padre solamente por esforzar mis razones con sus delirios; mas deste desdén que a mi juicio hacen presto espero que me vengue el mismo amante). Idos, pues, ya que nada me divierte más que estar conmigo a solas. Preciso es obedecerte. [Vanse.] Aparte. (Aun bien que Céfiro no saldrá, mientras yo no llegue a abrirle la puerta). Vase. Aparte. (Aún bien que Apolo al jardín no entre, mientras mi voz no le avise). Vase. Ya se fueron. Desta suerte veré si puedo apurar cuál es de las dos la aleve con quien el nuevo pastor… a decir iba «me ofende». Y sí lo digo, pues es bastante ofensa atreverse a decirme a mí lisonjas quien a otra finezas debe. Y si, puesto que el decirle que, si osado al jardín vuelve, seré yo a la que halle, fue decirle que vuelva, deje al trance de lo futuro resultas de lo presente; y vamos a que ya era hora de venir, si hubiese de venir. Hacia la mina que amor, ingeniero, tiene abierta contra la plaza de mis vanas altiveces he de acercarme. Sale Flora al bastidor. (Por más que haya mandado Climene que nadie la asista, entre estas murtas tengo de esconderme, que, aunque me asegura el ver que hasta que yo a abrirle llegue Céfiro no saldrá, tengo de ver qué misterio encierre quedarse en el jardín sola cuando tan creído tiene que fue ilusión de que yo fingir supe el accidente). Nadie a esta parte se mira. ¿Si erré el sitio? No, que aqueste es el fingido cancel de hiedras que yo, al volverse, vi que abrió y cerró. (No sé qué juzgue al ver que se acerque tanto a la gruta). ¿Si acaso será lo que le detiene o que no me entendió o que, si es que me entendió, me teme? Mas no; agora caigo en ello. Sin duda la que le ofrece esta ocasión, temerosa de lo que ayer la sucede, por que naide halle la gruta, la ha asegurado, de suerte que abrirse no pueda. Vea si es esto. Abre el bastidor y sale Céfiro. Ya de impaciente, viendo que tanto tardabas, determinaba volverme. (¿Cómo que tardaba?). (¡Ay triste! ¿Quién la diría que abriese ella el cancel?). Y si no fuera por satisfacerme, Flora ingrata,… (¿Flora dijo?). (Mi nombre escuché. ¡Valedme, cielos!). …de qué traición, qué cautela, qué engaño es este con que intentas disculparte, no esperara. Dime, aleve; dime, ingrata; dime, fiera, ¿en qué fundas que dijese yo a Climene desta mina el secreto y que tú eres la que la labraste? (Ya es el secreto a voces éste). (Mucho temo que ellos hagan la mina y yo la reviente). Porque hasta que apure yo esto, no tengo de hacerte cargo del nuevo galán que la sabe. ¡Ahora enmudeces! Habla, di. ¿Cuándo la dije a Climene yo que fueses tú de mi amor dueño? Agora, pues que ciego y imprudente dos veces por Flora a mí me hablas para que dos veces castigue tu error… (¡Qué escucho!). (¡Qué cierta, ay de mí, es mi muerte!). ¿Cómo, habiendo dicho yo a todos públicamente que había de ser la primera que en este jardín encuentren, sabiendo que habías de dar conmigo, tanto te ciegue tu pasión que no tan sólo en él atrevido entres, mas tan desimaginado de hallarme a mí? ¿Ahora enmudeces? ¿Ahora callas? (Cruel fortuna, más remedio esto no tiene que, pues repite el error, repita la fuga. Quede de la traición sabidora, mas no del traidor). Vase. ¡Detente, loco atrevido, villano! Echose a la mina y fuese. ¡Ay, ingrata Flora! ¿Tú eras la alentada, la valiente y la que más me animaba a buscarle y darle muerte? Yo me vengaré de ti. Vase. Primero que tú te vengues huiré de tu furia yo. Tras él a la mina me eche, sin que tema despeñarme; que principales mujeres, como una vez se enamoren, ¿qué innova el que se despeñen? Salve, pues, con él la vida. Al ir hacia la gruta sale Clicie poniéndose delante. (Mas ¿quién al paso se ofrece? Ella es, y vuelve sin duda, viendo que allá no me encuentre, aquí a buscarme. Desdichas, ¿adónde podré esconderme que no me halle, en tanto que seguro el paso me deje para huir de su furor?). Vase. Pues ya a su cuarto Climene se ha retirado y no queda nadie en el jardín, que intente será bien decir a Apolo, por que más tiempo no espere, que no es ocasión de hablarnos esta noche, por haberse retirado tarde. ¡Oh, aura!, dame tus acentos leves y, cuando Climene oiga la seña que Apolo tiene, disculpada estoy con que repaso el tono que quiere que le cante. Sale Climene al bastidor. (No hallo a Flora y, pues que saber no puede lo que conmigo ha pasado, ¿quién duda, ¡ah, fiera!, que a verme ya retirada a este sitio venga? No mal me sucede, pues será aquella, sin duda, que allí se divisa. Llegue a que sepa que yo sé cuánto es su culpa evidente). Al ir hacia ella canta Clicie y ella se detiene. Para establecer amor que en sus absolutas leyes la dicha es de quien la goza y no de quien la merece,… (Clicie es, y repasa el tono que la mandé por hacerme lisonja. Mal contra ella presumí, pues inocente de todo, tan sin cuidado canta. Mas calle y aceche, hasta ver si al irse Clicie, Flora a ver su amante viene). …los desdenes de Diana trocó en favores, de suerte que en busca de Endimión, diciendo al aire desciende:… Vuelve, abriendo la gruta, Céfiro. (Mal hice en dejar a Flora nombrada en riesgo tan fuerte, mas en deshechas fortunas, ¿qué habrá que un amante acierte? Vuelva a todo trance a oír dónde contra ella se mueve el menor rumor y acuda a librarla por que enmiende el pasado error, aunque alma, honor y vida arriesgue). …Feliz pastor, a mis voces atiende. ¿Qué temes llegar, qué temes, qué temes, si ya son favores los que eran desdenes? (Aunque cuando presumía que tristes lamentos fuesen los que escuchase, son dulces ecos. No por eso deje de ir, oculto destas ramas, hacia el cuarto; que bien puede ser que una aquí cante y otra llore allá). Sale de la gruta por detrás de Clicie y ella canta, aunque él represente. ¿Qué temes, qué temes, si ya son favores los que eran desdenes? (¡Qué miro, cielos! La gruta otra vez ha abierto y vuelve el traidor pastor). (Albricias, alma; que hacia allí se mueven las hojas, y a los reflejos que las estrellas conceden, es él, pues viene a mi voz, y ser otro aquí no puede). Adorado dueño mío, perdona a mi voz no haberte hecho antes la seña en que te aviso que a hablarme llegues,… (Sin que pudiese ocultarme, por otro, cielos, me tiene esta dama). (¿Esto tenemos ahora? ¿A Clicie también quiere? ¿Quién lo duda?, pues, llamado de su voz, por ella vuelve, y aun por eso de la seña decirle el tono defiende). …que no he podido más presto, porque hasta agora Climene, aun con verse en libertad, todavía impertinente y cansada,… (¿Y esto más?). …no ha querido recogerse. Y así, siendo ya tan tarde que no pueda agradecerte el alma, como antes dije, las finezas que te debe, cuando movido a las ansias de mis suspiros ardientes por mí en diversos disfraces de tu alto trono desciendes,… (¿De tu alto trono?). (Ya aquí hay más de lo que parece, con que veo que no es Flora quien toda la culpa tiene). …segunda vez te suplico, pues ya la luz del oriente va atropellando las sombras, perdones no detenerme, que otra noche que no esté tan desvelada Climene hablaremos más de espacio. No por un instante breve perdamos para adelante la ocasión que nos ofrecen voz, noche y jardín. Bien dices. Pues ¿qué aguardas? Vete, vete. Sí haré (a prevenir disculpas a Flora y, pues detenerme a mí solo vendrá a ser no librarla a ella y perderme, para no poder librarla, nadie culpe el que me ausente). A Dios, pues; hasta otra noche. Vase. A Dios. Ahora, por si sienten algún rumor, vuelva el tono repitiendo una y mil veces: Canta. Feliz pastor, a mis quejas atiende. Vase a entrar por donde está Climene. ¿Qué temes…? Mas ¿quién está aquí? ¿Qué temes? Yo soy, Clicie… (¡Ay, infelice!). Aparte. …(calle, disimule y pene, pues cualquier estremo agora será grave inconveniente para no saber después qué traidor pastor es este que, amante de Flora y Clicie, de su alto solio desciende), …que, aunque ya me retiraba, volví a tu voz. Por hacerte gusto, obediente al deseo de que este tono te alegre, le repasaba. Ya sé que eres tú muy obediente. Pues ya que de tan pequeño gusto el favor agradeces, ¿no te recogerás? No, que, puesto que ya amanece y para salir a caza prevenida está la gente, será mejor que tú vayas a decir, por que no espere yo, que esté a punto. A servirte voy. Aparte. (No sé lo que sospeche; que hay razones que en el modo uno dicen y otro sienten. Sin duda que vio o oyó algo. Y para que no quede yo a la contingencia, es bien resguardarme, mayormente cuando, para que me saque de aquí y consigo me lleve, está tan fino conmigo Apolo que a servir viene por mí de pastor a Admeto). Vase. ¡Ah, Clicie ingrata!, ¿tú eres la llorosa? Ved qué hay que fiar de las mujeres, que si miente la que anima, también la que llora miente. Sale Flora. (Presto he vuelto, pues aún no se ha retirado Climene). (Una presumí culpada, y son dos. Y aunque me ofenden en la parte del decoro, no es eso lo más que siente mi vanidad, sino que hombre que ya llegó a verme, hombre que ya llegué a oírle y, bien que tácitamente, favorecí en que sería yo a quien encontrase, quede, sin advertir en mi aviso, tan libre que le atropelle a otros afectos. ¡Aquí de mis vanas altiveces, que no han de lograr su amor! Y pues que ninguna puede saber que sé sus traiciones, en tanto que el modo piense, calle, sufra y disimule). Vase. Dicha ha sido que se fuese sin haberme visto. Pues ¿qué aguardo para ponerme en salvo? Ninguno estrañe una acción tan indecente en una mujer, supuesto que, aunque lo diga mil veces, como una vez se enamore, no innova el que se despeñe. Vase por la puerta, y sale Apolo. Más fácil es de argüir que hay en el humano ser tropiezo para caer que escalón para subir. Dígalo yo, pues el día que como humano viví, me dio sima en que caí la trémula noche fría, y ni ella ni el día me dan el mismo despeño. Pero ¿qué mucho, si considero cuánto distantes están el bien y el mal para quien, en la porción de mortal, ve el bien convertirse en mal más veces que el mal en bien? Y ya que en mísero estado estranjero pastor llego a verme, ¿cómo, a mi ruego de los dioses indignado el coro, por complacer a Jove, tan sordo está que aun Venus bella no da oído a mi voz, con ser madre de amor? ¡Oh tú, hermosa deidad, duélete de mí! Y ya que no encuentre aquí la gruta que tenebrosa me dio paso a la ventura de ver a Climene bella, y para volver a ella agrados en su hermosura, haz tú, supuesto que fuiste deidad del fuego, que abierta me dé el abismo otra puerta. Ábrese la boca de la peña. ¡Felice yo, pues oíste mi lamento! Y aunque sea Volcán esta nueva boca que a su imperio abrió la roca, sin que ser aquella crea, ver si al jardín va deseo. Al arrojarse a ella sale Céfiro. (¿Cómo, sin haber entrado nadie, Sátiro ha cerrado? Mas ¡qué miro!). Embózase Céfiro. (Mas ¡qué veo!). Hombre de tan nuevo ser que, si a otros les miro abrir sepulcros para morir, tú le abres para nacer, ¿quién eres? Y ¿cómo aquí, del centro aborto, con tales asombros a la luz sales? Ni sé quién soy ni quién fui ni cómo ese obscuro seno de sí me echa. Y pues acaso te hallas, oh, pastor, al paso, por más que me admires lleno de confusiones, no irrites a mi desesperación,… Sale Sátiro y detiénese al verlos. (Yo vuelvo a mala ocasión). …ni intentes ni solicites saber más. No te has de ir sin decir qué pudo ser, porque yo lo he de saber. Pues yo no lo he de decir. Mal podrás salir con ello. Antes bien, si al encubrirlo, yéndome yo sin decirlo, te quedas tú sin sabello. Vase Céfiro y, al ir Apolo tras él, se atraviesa Sátiro y le detiene. Aunque es razón mía, tras ti el monte penetraré. (Que le siga estorbaré). Nuevo pastor, ¿cómo así, de la cabaña olvidado que te encargó el mayoral estás con descuido tal, cuando… Aparta. …alborozado el valle con el placer de que la hermosa Climene a caza a sus montes viene… ¡Quita! …intenta disponer varias batidas? En vano, perdido de vista ya, querer seguirle será. Y luego… Calla, villano. Pues ¿qué te enoja el que luego para divertir la siesta prevenga música y fiesta? De ira y de cólera ciego, no sé a lo que me resuelva. ¡Qué de cosas imagino! dentro. Tó, Melampo. [dentro.] Tó, Barcino. [dentro.] ¡Al monte, al valle, a la selva! Ya las voces del ojeo los aires pueblan. O ven, o quédate. Vase Sátiro. ¡Cielos! ¿Quién se vio como yo me veo de confusiones cercado? Aunque mejor discurriera si de evidencias dijera, pues qué dudar no han dejado ni sima ni hombre, supuesto que lo uno y otro me dice bien claro… Dentro Flora a la boca de la cueva. [dentro.] ¡Ay de mí, infelice! ¡Dioses, favor! Mas ¿qué es esto? Dentro de la obscura boca, por adonde con pereza no sin asombro bosteza melancólica la roca, se oyó el eco. [dentro.] ¿No habrá quien me dé la mano? La voz es de mujer. Que veloz llegue a socorrerla es bien. Sí habrá, bello horror, ¿quién eres? Llega a la cueva y ella sale como asombrada. Una mujer afligida que alma, ser, honor y vida pone a tus pies. Pues ¿qué quieres? Que vida, honor, alma y ser restaures, no tanto hoy porque infeliz mujer soy, cuanto porque soy mujer. Convencida en un delito de amor –que para obligarte, no en vano, ¡ay de mí!, informarte de que es noble solicito–, huyendo vengo mi muerte tan ciega y desesperada que sin reparar en nada, no pudiendo de otra suerte ponerme en salvo, me eché a esa bóveda, pensando a un hombre alcanzar. Mas cuando a la lumbrera llegué, o la maña o el aliento me faltó para subir. Y pues supo prevenir el cielo que a mi lamento llegases, galán pastor, otra y mil veces rendida, alma, ser, honor y vida pongo a tus pies. El favor que espero lograr de ti es que tu piedad me dé dónde ocultarme, hasta que sepa mi amante de mí, llevándole tú el aviso de que en tu poder estoy. Palabra y mano te doy de ampararte, ya que quiso la fortuna que sea yo el que repare tu daño; que más que eso al desengaño mi ventura le debió de que esa mina no sea cómplice para otro amor que el tuyo. De mi valor fía y ven donde no vea nadie tu persona ni halle noticias de ti. No en vano el cielo previno… Al irse a entrar, suenan allí unas voces y, volviendo a otra parte, otras. [dentro.] ¡Al llano! Ven por otra parte. dentro. ¡Al valle! ¡Ay, infeliz!, que el ojeo cerca el monte, conque yo, sitiada, sin verme no podré pasar. Pues no veo otro modo de ampararte, por ahora entre la maleza desta rústica aspereza forzoso será ocultarte; que yo descaminaré la gente que aquí llegare para que en ti no repare. Escóndese Flora y sale Clicie como despavorida. Gracias a Amor que te hallé. Clicie, ¿qué es esto? Después que a mi voz anoche fuiste y de mí te despediste… ¿Qué dices? ¿Cuándo yo…? No es tiempo ahora de embarazar lo que te importa saber: Climene te pudo ver. Advierte… Déjame hablar, que importa mucho. Y aunque conmigo disimuló, mal asegurada yo por lo que en ella noté, sin duda oyó lo que hablamos. ¿Quién? ¿Quién ha de ser? Los dos. Mira que yo… Oye por Dios, y a lo que esto importa vamos, pues, aunque conmigo no se ha dado por entendida, alma, ser, honor y vida me va en que no quede yo más a su vista. Y así con recelos de culpada, de la tropa desmandada, vengo a valerme de ti en hados tan infelices. Que veas qué has de hacer pretendo. ¿Qué puedo hacer, si no entiendo nada de lo que me dices? ¿Yo te vi? ¿Yo te hablé? En vano agora me niegas que te llamé, te vi y te hablé. Mas en vano… dentro. ¡Al monte, al llano! [dentro.] Atravesando la dehesa, a esta parte se enfrascó el fiero jabalí. [dentro.] Yo la primera que su espesa maraña rompa seré. La voz de Climene es esta y cumbre, valle y floresta, todo cercado se ve. Y es ella la que hacia aquí a todos adelantada viene. Contigo y culpada, no es bien que me halle; así, esta aspereza me encubra mientras pasa. Espera, aguarda. Pues ¿qué es lo que te acobarda? ¿Es mejor que me descubra y haga la duda evidencia? Mas ¿quién está aquí? Topa con Flora. Yo soy, Clicie. ¡Ah, ingrato! (Sin mí estoy). ¿Era esta la resistencia de que aquí no me ocultara y de negar que me oíste y que me hablaste y me viste? No es eso, Clicie, y repara que una fortuna corremos. ¿Qué fortuna, ingrata Flora? Que llega. Ocultaos agora, que después discurriremos. [dentro.] En lo intrincado del bosque se entró acosado. dentro. Por esta parte en su alcance, al encuentro le he de salir la primera. Y sin duda, pues se mueven Sale Climene flechando el arco. allí las ramas, en ellas es adonde se repara. Suspende al arco la cuerda, que quien las mueve soy yo, porque al ver cuánto te empeñas en el alcance, señora, de aquesta cerdosa fiera, no perdiéndote de vista, sin embarazar que seas, por no malograrte el gusto, tú quien la alcances y venzas, quise escondido a la mira estar del tiro, por si era menester al rematarla acudir en tu defensa. Por que en mi defensa tú no acudas ni yo te deba alguna atención, me huelgo, según ladra y voces muestran, de que haya tomado el viento tan otro abrigo que pierda el deseo de alcanzarla. Y así, pues volver es fuerza por otra parte a seguirla, puedes tú quedarte en esta; que no quiero que por mí ni vayas, pastor, ni vengas ya a ninguna donde yo pueda estar. Si de esa queja, si es que es queja, darme yo por entendido pudiera, pudiera ser que quedara tan del todo satisfecha que… Pues ¿por qué no podrás? Porque es mi fortuna adversa. Y aunque me está bien que hable, te está mejor que enmudezca. Eso no entiendo. Ni yo. (Mucho temo que mi pena me ha de despeñar). Pues ¿qué puede haber que a mí me pueda estar mejor ni peor? No sé. Yo te doy licencia. ¡Habla! No puedo. Pues ¿quién ha enmudecido tu lengua? Mi desdicha. ¿Qué te obliga? Tu respeto. Si él te alienta, ¿qué temes? No sé. Eso es querer… ¿Qué? …que mi impaciencia diga lo que tú no dices. ¿Cómo? Como si tú niegas que no lo sabes, yo sí. Al paño. (Flora, ¿qué es esto?). Al paño. (Oye atenta, ya que declaradas son tan unas las ansias nuestras). Yo sí, fingido pastor, que, si bastó mi prudencia diciéndote que sería yo en el jardín la primera que encontrases, a que calle el que por Flora me tengas;… (¿Qué puedo yo hacer, si es quien se destruye ella mesma?). …si bastó a disimular el que, huyendo de mí, vuelvas a la voz de Clicie y oiga que de alto solio desciendas por ella en villano traje… Advierte… Nada hay que advierta. …que vas… Nada digas, ¡calla! Y si en fin bastó a que cuerda, no preguntando por una ni acusando a otra, me venza, no basta para que, viendo la loca presunción necia con que delante de mí, villano, a poner te atrevas, deje de abandonar todo el resto de la paciencia. Dime, traidor; dime, aleve que con fingidas cautelas a Clicie y a Flora engañas, si huyendo de mí te ausentas de noche, ¿cómo de día osas parecer? Espera; que, si todos los baldones que has dicho y dirás es fuerza que vengan sobre mi culpa, no hay culpa sobre que vengan. ¿Cómo no? ¿Ya de qué sirve el que yo callar pretenda? Pues, cuando yo presumía que se fundaría la queja en no ir al jardín, se funda en ir; con que de manera corren quejas y disculpas tan varias y tan opuestas que no es posible encontrarse, porque han errado la senda. ¿Yo entré en tus jardines, cuando no entrar es toda mi pena? ¿Yo te hablé por Flora? ¿Quién es Flora? Que a conocerla aún no llegué. ¿Yo por Clicie? ¿Quién es Clicie? (Que se ofenda, ¿qué importa?). ¿Ni quién soy yo para que a su voz por ella deje alto solio? ¡Ay, Climene! Si esta boca que está abierta para callar, lo estuviese para hablar, ella dijera tantas cosas… ¿Qué podía ella decir que no puedas decir tú? No sé. Eso es volver a la conferencia de que haya nada que a mí me esté bien o mal. Y piensa que lo he de saber, o mal o bien me esté. ¿Estás resuelta en eso? Sí. ¿Y si es pesar? ¿Qué importa? Pues oye atenta. (¡Oh, halle modo con que obligue a una, sin que a dos ofenda!). [Al paño.] (¿Qué será lo que le diga?). [Al paño.] (Oye y calla). [Al paño.] (Escuche y tema). Ese pálido bostezo de quien simulada peña es mordaza, donde acaso caí la noche que… dentro. ¡A la selva, al bosque! [dentro.] Por aquí fue por donde Climene bella a todos se adelantó. La gente se escucha cerca. Y así, hasta que tú me digas lo que la boca dijera, sal al paso como en busca mía, haciendo la deshecha; que yo, para que me hallen como en acecho y espera, me esconderé entre estas ramas. Mejor estarás entre éstas. ¿Por qué? Mas no me lo digas, que ya me dan la respuesta Clicie y Flora. Y por que otra vez no niegues conocerlas: esta es Flora y esta es Clicie. (¡Qué ansia!). (¡Qué dolor!). (¡Qué pena!). ¿Es esto lo que me había de decir la boca? ¡Oh, ciegas traidoras a mí y Diana, a tan vil amor sujetas que estáis celosas y amigas! Yo vengaré ambas ofensas. ¡Cazadores…! No los llames. ¿Cómo no? ¡Venid apriesa!, que si una fiera seguía, ya he encontrado con dos fieras. dentro. Allí la voz de Climene se escucha. dentro. A favorecerla corred todos; que sin duda a grande peligro expuesta entre dos fieras se halla. La voz de mi padre es esta. ¡Cuánto me huelgo de que a tiempo de saber venga vuestras traiciones! Sin mí estoy. Yo, absorta. Yo, muerta. (Mas para estar a la mira, mézclome con los que llegan). Salen Admeto, Erídano, Céfiro, Sátiro y pastores. Aquí está Climene. ¿Qué voces, Climene, son estas? (¿Qué será esto? ¿Clicie y Flora aquí?). (¿Qué quieres que sea, sobre lo que me has contado, sino que Climene quiera, convencidas en sus yerros, echarlas la ley a cuestas?). Cuando pensé divertida hallarte, alegre y contenta, ¿todavía vuelvo a hallarte en nuevos sustos envuelta? ¿Aún no habemos acabado con las pesadas ideas? ¿Dónde las fieras están que te asombraban? ¿Qué es dellas? Que aquí sólo Clicie y Flora están. ¡Ay, señores!, que esas las fieras son que me quitan la vida, pues… (Mas, ¡ay, necia!, ¿qué voy a decir, no siendo posible que halle la lengua tan equívocas razones que a ellas culpen y a él absuelvan, siendo así que es fuerza que librarle y culparle sienta?). Habla, sepa yo la causa por que tú el castigo sepas. (¿Qué he de decirle?). Esa mina… (Reventó la mina nuestra). (Como aquesas minas contra sus ingenieros revientan). …que miras… ¿Qué te acobardas? …es la que… si yo… (¿Hay violencia como que haya de dar vida a quien me mata?). ¿Qué esperas? Prosigue. Sí haré, mas es tal la causa que no encuentra razones con qué explicarse. ¿Qué causa, ¡oh locas, oh necias!, para igual pasmo pudisteis darla? Mientras que suspensa, por no decir lo que ha sido, lo que ha de decirte piensa, pregúntaselo, señor, a esa horrible, a esa funesta contramina. Della sabe dónde va y entonces della sabrás quién es el amante que de noche sale y entra en sus jardines, y quién es la que le dio por señas ser la primera que encuentre, a cuya causa se queda en ellos sola a deshoras, que yo, aunque decirte quiera quién es, no lo sé. Aparte. (Esto es agradecerle la deuda del favor que me ofreció). Digan Clicie, Cintia y Lesbia lo más que desto supieren. Y añade que infausta, negra deidad nocturna es, pues pudo, para que nadie se atreva a entrar al jardín, causar tempestades y tormentas la noche que fue sentido; y el día que las dos con ella le vimos, Etnas e incendios, de que ahora testigos sean nuestros desmayos. (No diga quién es por que la sospecha de saberlo yo no caiga sobre mí). Con que ahora al verla reconociendo la mina,… …quizá por valerse della cuando no venga su amante, al decir las dos atentas a tu honor y al de Diana que mire a lo que se arriesga,… …llamando a quien nos dé muerte… …con alguna mal supuesta causa que aun fingir no sabe,… …dice que somos las fieras que la quitamos la vida. Y pues la verdad es esta… …mejor será que lo pague la culpa que la inocencia. Vanse las dos. Mentís, traidoras, mentís; que al quedarme yo a cautela sola y a deshoras fue por ver las traiciones vuestras para castigarlas. No las culpes (Sátiro, esfuerza sus razones), que una cosa es que por mí no se sepa el desdoro de una dama, atendiendo a su decencia, y otra es que, sabido ya, con mi silencio cometa esa especie de traición. Testigo hago a la suprema curia, señor, de los dioses que a caza por estas breñas al amanecer un día vi un hombre salir de aquesa sima y al reconocerle, cubierto de obscuras nieblas, se me desapareció después de haber oído: «¡Muera precipitado a los montes el que a la deidad suprema se atreve a ofender!». Si a eso va, también la noche mesma que yo salí al terremoto, oí unas voces tremendas que iban diciendo: «¡Ay, hermosa Climene, lo que me cuestas!» ¡Que esto los dioses permitan! (¡Que esto mi valor consienta!). ¡Oh, hija ingrata! ¿Esto de ti se ha de decir? Saca el puñal y Erídano le detiene. Considera que es primera información y no es justo que se crea tan presto. ¡Ay!, que sobre tantos testigos que la contestan ha dicho contra ella todo el resto de las estrellas que la amenaza de horrible monstruoso dueño. Y pues cesa de todo el reino la ruina con su muerte, antes que sea sacrificio de Diana, que es lo que la ley ordena, ha de morir a mis manos. Sin que la verdad se sepa –y, siéndolo, el sacerdote a Diana se la ofrezca– es injusto. Pues en tanto que se sabe, a más estrecha prisión de la que antes tuvo presa vaya. ¡Vaya presa! ¡Oh, vulgo infame! Ayer fueron libertad las voces vuestras y hoy son prisión. ¡Presa vaya! Ninguno llegue a ofenderla. ¡Huye, Climene! No puedo, que el río el paso me cerca. ¿Quién podrá impedirlo? Yo. ¿Cómo? De aquesta manera. ¡Ay, infelice de mí! Desesperado con ella al Erídano se arroja. Los barcos que en la ribera varados están al agua echad para socorrerla. ¡Al agua, al agua, barqueros! Mejor al fuego dijeran, pues ya del amenazado previsto incendio revienta el Volcán en mis entrañas y en mi corazón el Etna. Jornada Tercera Dentro Climene y Apolo, y sale luego con ella en brazos. [dentro.] ¡Ay de mí, infeliz! [dentro.] No temas, pues yo te llevo en mis hombros y no es la primera vez que, árbitro del sol hermoso, si me ve un golfo morir, me ve nacer otro golfo. Ya en la orilla estás. Salen En vano en ella el aliento cobro, que fallecido el aliento me falta. Hados rigurosos, ¿para qué salí del agua si con el aire me ahogo? Cae desmayada sobre un risco que a su tiempo ha de dar vuelta con ella. Climene, mi bien, mi cielo, de vital, ¡ay de mí!, sólo conserva un gemido que ni es suspiro ni es sollozo. ¿Quién creerá, divinos cielos, que, eclipsados en sus ojos dos bellos soles, espire el día en poder de Apolo? ¿Qué es esto, Jove? ¿De cuándo acá, si pasa el enojo de un dios del yerro al castigo, pasa del castigo al odio? ¿Tanto, ¡ay, infelice!, tanto un noble delito heroico pudo ofender las deidades de todo el celeste coro que no habrá una que por mí interceda y en socorro de una inocente hermosura me dé en trance tan penoso siquiera el pequeño alivio de un rústico albergue corto en que ampararla? dentro. Sí habrá. Vea en su destierro Apolo que no es la primera vez que, árbitro del sol hermoso, si le ve un golfo morir, le ve nacer otro golfo. ¿Qué dulces voces son estas que no bien distintas oigo, del aire en blandos suspiros, del eco en gemidos roncos? Por si fue o no fue ilusión, a escuchar otra vez torno. Dentro Admeto y otros. [dentro.] Arriba el barco a la orilla,… [dentro.] …que sin duda en sus contornos tomó puerto el agresor de aquel sacrílego robo. ¿Quién duda que ilusión fue, puesto que en vez de sonoro acento, confuso estruendo de barcas en veloz corso viene proejando a la orilla? Que fácilmente entre el gozo y el pesar, siempre es más cierto, que no el alivio, el oprobio. Digalo, ¡ay de mí!, el que ya no dice el eco en mi abono que habrá consuelo. [dentro.] Sí habrá; que aun en su destierro Apolo, si le ve un golfo morir, le ve nacer otro golfo. ¿Cómo es posible?, si eres, ¡oh tú!, fantástico coro que no veo y veo que es quien viene remando a bordo quien dice: [dentro.] Arriba a la orilla, que sin duda en sus contornos tomó puerto el agresor de aquel sacrílego robo. ¿A quién creeré, ¡ay, infelice!, si a un tiempo repiten todos, confundiendo tierra y cielo: Esta repetición se ha de decir cantando unos y representando otros, todo a un tiempo. [dentro.] Que aun en su destierro Apolo,… [dentro.] Que sin duda en sus contornos… [dentro.] …si le ve un golfo morir,… [dentro.] …tomó tierra el agresor… [dentro.] …le ve nacer otro golfo. [dentro.] …de aquel sacrílego robo? ¿Qué he de hacer? Que si huyo, dejo empeñado el bien que adoro; y si la llevo conmigo, será ella misma el estorbo que me embarace la fuga. Y aunque a mí no me dé asombro el morir, el morir ella en mis brazos es desdoro de mi noble ser. ¡Oh tú, que articulando favonios me hablas!, ¿de qué modo puedo librarla de tan penoso trance como es el dejarla o el llevarla? Da vuelta el peñasco y sale a las espaldas de él Fitón, viejo venerable, vestido de pieles, y vuelve la música a cantar. Deste modo. [dentro.] Pues no es la primera vez que, árbitro del sol hermoso, si le ve un golfo morir, le ve nacer otro golfo. ¿Quién eres, ¡oh, tú!, quién eres que, fieramente piadoso y piadosamente fiero, equivocas oídos y ojos, pues te escucho como humano y te miro como monstruo? ¿No me conoces? Estoy de mí mismo tan remoto y tan ajeno de mí que aun a mí no me conozco. ¿Quién eres, pues, que has podido hacer que en mitades roto conciba el risco un milagro para parir un aborto? Soy a quien hoy de Climene la vida importa en abono de hacer divinos estudios los que hasta aquí fueron doctos. Y supuesto, Apolo, que es –no admires ver que te nombro, que para mí no hay disfraces– tu peligro más notorio llevarla o dejarla y ya dejarla y llevarla estorbo, ponte tú en salvo, pues yo en salvo a Climene pongo. ¿Cómo en salvo, cuando es sepulcro suyo ese bronco peñasco en cuyos umbrales me han de hallar, a ver que tomo venganza en mí de su ruina, si es que por rústico o tosco con lágrimas no le muevo, con suspiros no le rompo? Mal podrás. Y por que veas que, solícito, no sólo que no la hallen, pero que aun no la busquen dispongo, retírate, que ya llegan, por que no te vean tampoco y, al preguntarte por ella, les digas que yo la escondo o no sepas qué decirles. Tan confuso estoy y absorto que sin elección de que hago bien o mal, me escondo. [dentro.] ¡A tierra, a tierra! Escóndese Apolo y salen Admeto, Erídano, Sátiro, Céfiro, Flora y Clicie y pastores. No quede espacio que en lo fragoso nuestro deseo no inquiera, peña a peña y tronco a tronco. Yo seré atalaya que desde aquel más alto escollo descubra el campo. Yo el bosque corra. Yo, el valle. Yo, el soto. ¡Ay, infelice hermosura, llore el mundo tu malogro! No huyáis, Fitón, ¿qué lamentos son aquesos? (¿Qué es lo que oigo? ¿Este es Fitón?). Tan infaustos, tan tristes, tan lastimosos que no en vano, gran señor, el aire a suspiros corto. En mi retirado albergue entregado al blando ocio de mis estudios estaba, cuando dos gemidos noto que el aire alentaba mudo y el eco repetía sordo. Del boreal norte llamado, apenas la orilla toco del sacro Erídano, cuando veo que en su proceloso raudal cortaba la espuma, animado Bucentoro, un joven que a una mujer sacar anhelaba en hombros. Por presto que acudir quise a ver si era en su socorro posible hallar medio, un fiero remolino, que en lo undoso rebalsaba las espumas en vez de corriente, en tornos los arrebató, de suerte que, sumergidos, bien como viva exhalación de fuego que cae a apagarse al Ponto a nunca más ver la luz en sus alcázares hondos los sepultó y… Cesa, cesa. ¡No lo digas!, que dudoso, no sé, entre pena y consuelo, si lo aplaudo o si lo lloro. (¿A qué fin fingió Fitón nuestras muertes cauteloso?). ¡Oh, qué mal hizo el que quiso, inútilmente estudioso, tiranizar a los dioses el dominio que a ellos solos concedió en futuros hados su deidad, siendo forzoso que el bien o el mal pronostiquen! Pues si es el bien, es más corto esperado, y si es el mal, anticipado es lo propio. Dígalo yo, y tú lo digas, Fitón, pues fuimos nosotros los que de Climene hicimos el juicio que prodigioso la ocultó en vano, con que, si por padre me congojo en su infausto fin, por rey me consuelo y me recobro en que no venga por ella a ser la patria despojo del rayo Faetón, que envuelta la antevió en fatal destrozo, si arder de incendio en ceniza, volar de ceniza en polvo. ¿Luego era Climene? Más con mis ansias te respondo que con mis voces. Y yo más con el alma las oigo que con el sentido. Y puesto que hay en los celestes coros condicionados decretos que atropellan imperiosos sus mismos influjos, cuando por castigar en nosotros la presunción de impedirlos y dejarnos sospechosos, sin dejar de ser severos, compensan un daño en otro, ¿de qué sirven los estudios? ¿De qué los supersticiosos pactos? Y pues de mi juicio avergonzado me corro, iré desde aquí a romper cuantos judiciarios tomos estudié, cuanto creí astrolabios, mapas, globos, caracteres y conjuros. Aparte. (No iré sino a ver si logro que ellos salgan verdaderos antes que yo mentiroso). Vase. Ya que, como Fitón dijo, compensando un daño en otro, quiso el cielo que Climene muera al atrevido arrojo de aquel pastor, siendo de ambos cristalino mauseolo el Erídano, compense yo también en alborozo el dolor, y no me quede en su ruina sino sólo el de que, habiendo rompido de Diana templo y voto, no pueda llevarla a que en fe de su religioso culto, de su altar el blanco mármol en púrpura rojo se tiña. Y pues faltó en ella el amenazado enojo del hado, mientras lo siento yo, celebradlo vosotros, y al agua otra vez. Vase. No pudo, ya que venimos ansiosos a ver lo que sucedía, sucedernos más dichoso infortunio. Dices bien, pues muertos los dos, nosotros quedamos libres de que se pueda saber que somos los culpados. ¡Ay, qué necios, qué ignorantes o qué locos os persuadís a que sea cierto su naufragio! ¿Cómo? (¿Qué hablarán los tres aleves, que desde aquí no los oigo?). Como –pues no importa ya, hable claro con vosotros– el disfrazado pastor de Admeto que tan brioso se echó al agua, Apolo es, y no es posible que Apolo pudiese morir. Agora, si la memoria recorro, me acuerdo que me dijiste, cuando le llamaba el tono de tu voz y a mí por él me hablaste, que de alto solio por ti había descendido. Es verdad que de su embozo me persuadí a que era yo causa. Mintió el amor propio, hasta que vi que Climene era el objeto amoroso del nuevo disfraz. Pues siendo así que haya cauteloso su muerte Fitón fingido, discurramos de qué modo lo averiguaremos. Puesto que es hacernos sospechosos quedarnos desta otra parte del Erídano nosotros, para salvar la sospecha, embarquémonos con todos y volvamos de secreto a inquirir qué misterioso engaño es este. Bien dices. Vamos, pues. O podrán poco mis celos o tomaré venganza de mis enojos. Va[n]se [los tres]. ¡Ah, fiera! ¿Qué más venganza quieres? Y tú, riguroso hado, por más que reduzgas mi noble ser a penosos trances de humana fortuna, ansias, desdichas y ahogos, no has de alabarte a lo menos de que mi espíritu heroico, confesándose vencido, huyó a tus ceños el rostro. Y pues Fitón, de sus magias usando, hurtó de mis ojos a Climene y el efecto de llorar la muerte ignoro, por no poderle seguir sin que me busquen estotros, este risco que la oculta romperé. dentro. ¡Ay de ti,… ¿Qué oigo? [dentro.] …mísero, Sátiro! Pero no me dé el proverbio asombro, pues precipitado miro que se lamenta a sí propio otro desdichado. ¿Quién eres, oh tú? Sale Sátiro. Un simple, un tonto, necio, insensato, menguado, maníaco, fatuo, chocho, un pazguato, un majadero que sin dignidad de loco, zorrero bajel de hueso, se deja venir a fondo en busca de aquel pastor para quien guardé lo bobo, aunque andaba el consonante haciéndome reconcomios, que, abrazado con Climene, por si acaso su amoroso afecto la viese dura, trató de echarla en remojo. Con Admeto el río pasé y, por descubrir los cotos del monte y ver por dó iba, subí a aquese promontorio desde donde sin hallarle miré que se volvían todos. Y por no quedarme yo en un montecico solo, donde el magro Fitón es ermitaño del demonio, presuroso bajar quise y tanto lo presuroso afecté que fue volando, bien que pájaro de plomo. Y pues tú, seas quien fueres, me ves brumados los lomos, de una y otra pierna manco y de entrambos brazos cojo, llévame a cuestas siquiera hasta la orilla; que como una vez me embarque… Pero ¡qué miro! Por el dios Momo, que, asociado del dios Baco, es mi segundo devoto, que el mismísimo pastor él por él es. Y no sólo te daré el favor que pides, mas, ya que se han ido todos y tú has quedado, has de ser, pues al falso testimonio testigo fuiste, testigo también al más fino abono de amor, de lealtad y fe. Llega, que has de ver que rompo –para que haya quien al mundo haga mi afecto notorio– este risco hasta sacar de él el dulce dueño hermoso de la hermosura que encierra. Desde aquí lo veré todo, que mejor se ve de lejos romper riscos, correr toros y tirar cohetes. Villano, de cerca has de ver que pongo de mi parte cuanto me es posible, en felice logro de restaurar a Climene. Pues ¿dónde está? El pavoroso seno de aqueste peñasco la oculta. ¡Lindo escritorio de guardajoyas! ¡Oh, tú, mineral del mejor oro, concha de la mejor perla, caja del mejor tesoro y botón de la mejor flor del mayo!,… Él está loco. …o enternécete a mi ruego o disponte a ser despojo del fuego que arde en mi pecho. dentro. Sí hará, por que veas, oh, Apolo,… [dentro.] …que no es la primera vez que, árbitro del sol hermoso, si te ve un golfo morir, te ve nacer otro golfo. Múdase el teatro y vese un palacio y en él Climene, como cayó desmayada, en uno como trono. ¡Cielos! ¿Qué escucho y qué veo? Señores, ¿qué suntuoso palacio es este que cupo en la gaveta de un tronco? Pero mientras ella yace dormida y él está absorto sin acordarse de mí, ¿qué hago yo aquí, que no tomo mi barco? Y voy a contar… [dentro.] . …que, árbitro del sol hermoso, si le ve un golfo morir, le ve nacer otro golfo. Vase. Huyó el villano y tras él no voy, porque fuera ocioso perder de vista un instante a beldad a quien me postro. Climene, mi bien, mi cielo, ya que hubo quien prodigioso convirtió el monte en palacio y hizo de un peñasco un trono, ¿cómo no hay quien restituya a su luz tu sol hermoso? Porque volverte a mis brazos, bien que entre reales adornos, sin volverte a tus sentidos, es avaro y generoso darlo todo y no dar nada, pues nada es verte del modo que te vi cuando afligida dijiste: Hados rigurosos, ¿para qué salí del agua si con el aire me ahogo? Pero ¿qué es esto que veo? ¡Cielos! ¿Qué es esto que miro? ¿Dónde estoy? Mas ¿qué me admiro?, si al verte y al verme creo por fin de las ansias mías lo que escuché a Clicie bella cuando dijo que por ella de alto solio descendías. Y si eres deidad que pudo el Erídano romper y excelso alcázar hacer de un tosco peñasco duro, ¿cómo eres deidad que engañas, a Flora minas fingiendo, músicas a Clicie oyendo, y a mí ilustrando montañas? Ni a ti ni a Clicie ni a Flora miento ni finjo ni engaño: hable en Clicie el desengaño con que mis olvidos llora; en Flora hable el que aún ignoro el favor que la ofrecí para otro amor, y hable en ti la verdad con que te adoro. ¿Cómo es posible lo sea que a Clicie olvides y a Flora ignores? Si aunque yo agora oculta deidad te crea, me lo contradice el que eres el que se engañó cuando por otra me habló; cuyo primer yerro fue consecuencia del segundo, pues a Flora me nombraste, a Clicie oíste y me faltaste a mí; cuyo agravio fundo en tenerlas escondidas donde oyéndome pudieron valerse de lo que oyeron para quedar defendidas de su culpa con la mía, y implica contrariedad que engañen a una deidad jardín, seña, noche y día. No implica, pues no fui a quien la seña engañó ni habló a Flora ni a Clicie oyó. Muéstrelo el que tú también eres deidad no pequeña y, creyendo que yo fui, también mintieron en ti jardín, día, noche y seña. Y aun el monte, donde no las oculté de ti, huyeron; con que de lo que te oyeron, no tengo la culpa yo. La duda se queda en pie. ¿Cómo, puesto que no fuiste tú el que me hablaste y me viste, fuiste el que yo vi y no hablé? Acuérdate que te dije la primer vez que te vi que no supe cómo allí había entrado. Ahora me aflige más la razón de dudar. ¿Cómo puede ser, sin ser dios allá para saber, serlo aquí para admirar? Como hay causa superior que me priva de saber y no me priva de haber quien milite en mi favor. Eso no entiendo. Ni yo. ¿Siempre enigmas para mí? Soylo yo. ¿Enigma eres? Sí. Pues descífrate. Eso no. ¿Por qué? Porque no lo sé. Eso ya es tema. Es violencia. Es agravio. Es obediencia. Pues persuádete… ¿A qué? … a que, si yo allá sin albedrío de ti me dejé llevar, con él no me he de fiar sin saber de quién me fío. Quién eres he de saber, pues ya es tiempo de hablar claro, o no he de admitir tu amparo si supiera trascender, de ti huyendo y mis pesares, por estraños horizontes las entrañas de los montes, los cóncavos de los mares. Con tu palacio y sin mí te queda, que sola yo… ¡Oye, espera! …iré… Sale Fitón. Eso no, que no has de salir de aquí. Hombre o fiera, o lo que eres –que yo en vista tan severa, no sé si eres hombre o fiera–, ¿por qué detenerme quieres? ¿Es ésta nueva prisión a que me reduce el hado? No es sino nuevo sagrado que venza su indignación. En tu libertad estás, y tanto que las estrellas, para que tú triunfes dellas, a mi obediencia verás. Dila quién eres y no dude que hay hados felices, porque, si tú no lo dices, habré de decirlo yo. Cuando Júpiter, supremo dios de dioses, distribuye el universo, tomando cielos para sí en que triunfe y, dando a Saturno tierras que fructifique y fecunde, a Plutón centros que habite y a Neptuno ondas que sulque; yo, por hijo de Latona, en tal cuidado le puse que fió de mi cuidado del sol el carro, en quien tuve el imperio de los rayos y el tridente de las luces. Viendo el mundo cuánto debe a las primeras vislumbres de mis auroras, pues no hay mañana que yo madrugue que no sea en beneficio suyo, o ya porque le alumbre cuando de Flegón y Etonte mi voz las coyundas unce, o ya porque a mi influencia brotan sus frutos más dulces los campos, o ya porque, haciendo que se dibujen, todas sus plantas se aliñan, todas sus flores se pulen; el mundo, pues –otra vez y otras muchas lo divulgue–, observando cuánto debe a la regular costumbre de un astro que indeficiente tan continuamente luce que para unos se descuella cuando para otros se hunde, varios templos me labró, pero el más noble y ilustre fue el que en la isla de Delfos a mis estatuas construye, pues, estrechando los vientos y fatigando las cumbres, eran su basa los montes y su capitel las nubes. Viendo Júpiter que cuantas naciones el orbe incluye, olvidadas de su Olimpo, ya sólo en Delfos concurren, envidioso –no, no estrañes que de envidioso le acuse, que no es mucho en dioses dados a amorosas inquietudes, si hay lascivia que los aje, que haya envidia que los frustre– envidioso, digo, viendo que ya no tiene su lumbre ni un cordero que la apague ni un incendio que la ahúme, ardiendo en mis aras tanta degollada muchedumbre de reses que, por que el templo en púrpura no se inunde, los aromas se la embeben, en cuyos blandos perfumes espiran claveles rojos los que eran lirios azules, trató de tomar venganza. Y haciendo que se perturben mares y vientos al fiero ceño de su pesadumbre, mandó a Estérope y a Bronte que de los rayos que funden en el taller de sus iras la fábrica le ejecuten del más ardiente de cuantos para sus violencias unen en la empedernida pasta del alquitrán y el azufre, las cóleras del martillo y las paciencias del yunque. Este, pues, culebreando al aire que le sacude, de cuyo bramido al trueno no hay mortal que no se asuste, al templo vibró de Delfos, haciéndole que caduque desde el pedestal más bajo al más alto balaustre. En cenizas convertido yace y, viendo que no pude yo en Júpiter de su fuego vengar el fatal deslustre, en sus cíclopes quebré la saña. Y así, dispuse, penetrando de sus fraguas las oficinas lugubres, que, ambos a mi mano muertos, sus bóvedas los sepulten. Segunda vez ofendido Júpiter de que le injurie en sus ministros, segunda vez irritado, reduce al cónclave de los dioses el que mi delito juzguen. La diosa de la discordia, que son sus solicitudes sembrar cizañas, sembró la de opiniones comunes en que hubo quien fiscalice y no faltó quien disculpe. Viendo yo auxiliares votos que mis pretextos ayuden, me puse en defensa, pero la defensa en que me puse fue mi ruina, pues apenas en vez de que el eco escuche a fuer de guerra, clarines, jabebas y sacabuches, en articulados truenos que miedo y honor infunden la voz se escuchó de Jove, a cuyo tonante numen despavorido se esconde quien no temeroso huye. Pero ¿qué mucho, qué mucho, si estremecido confunde toda su fábrica hermosa ese celestial volumen, pues más desencuadernada de su dorada techumbre los polos del cielo gimen, los ejes del orbe crujen? «Precipitado a los montes muera –dijo– quien presume empañar de mi deidad el menos ardiente lustre». Con que no sólo del sacro gobierno me destituye, mas también de cuantos dotes, ciencias, artes y virtudes hay que a un espíritu eleven y que a una deidad ilustren. Desterrado, pues, del cuarto cielo en que brillé, destruye de suerte mi noble ser que a que viva me reduce humano modo. La noche lo diga que obscura encubre la faz de la tierra, haciendo que por mi ausencia se enlute de negras sombras el aire y el mar de negros capuces. Pues entre la tempestad que de sí me arroja, hube de caer, imaginando que aun los montes no me sufren, sin saber dónde, en la sima que a tus jardines conduce ajeno amor. ¿Quién creerá que, equivocando arcaduces de minas que fueron de aguas, minas de fuego resulten? Mas ¿quién no lo creerá, puesto que, sin ser quien señas hurte, sendas abra, grutas labre, ni a Clicie ni a Flora busque, ni sepa nada, sea quien lo supo todo, pues supe que no hay del verte al amarte distancia que no se ajuste desde aquel instante? No lo digas, no lo pronuncies; que en vez de que el desengaño me alivie, hace que me angustie la memoria desa noche, pues fue la misma que tuve entre las vagas ideas que en la prisión me consumen la del despeño del sol. Y viendo que agora se unen despeño y idea, no sé la razón con que me arguye el temor de imaginar que la amenaza se cumple de mis hados, pues el fuego que en mi sentido introduces de aquella esperada ruina… No ya el pensarlo te asuste, que yo, que anteví el amago, sabré hacer que no ejecute el golpe; porque una cosa es que mis ciencias anuncien un favor, y otra cosa es que mi vanidad procure que ese futuro no logre lo trágico que en sí influye. Estudiar para saber lo que ha de ser, ya es inútil ciencia para mí; estudiar lo que no ha de ser me incumbe, oponiéndome a los hados, por que de una vez apure que, si pude prevenirlos, también atajarlos pude. Esto y ser Apolo a quien debí las primeras luces, pues sobre su astrología no hay arte que no se funde, me obligó, Climene, a hacer que en las ondas no fluctúes, que las arenas te admitan, que los peñascos te oculten y que, creída tu muerte, ni te aflijan ni te busquen. Y pues Júpiter es fuerza que desenojado indulte de Apolo el destierro y vuelva a regir el sol, no dudes que, esposa una vez de Apolo, su voto al hado regule y yo quede por deidad, viendo que no sólo estudie cómo entender a los hados, mas cómo a los hados burle. Permite que a tus pies… ¿Qué haces? ¿Cómo quieres que me escuse aun de más rendidas muestras? Bien que hasta ver que concurren tus favores y mis dichas, cuando en Climene consulten, aun no soy dichoso. ¿Cómo quieres tú también rehúsen futuras felicidades pasadas ingratitudes? Pues en tanto que el gran Jove de sus piedades no use en tu perdón y Climene a tu lado viva y triunfe, yo ocultos aquí a los dos tendré. Y por que no os disguste la soledad de los montes, veréis cómo sostituye al alcázar de Diana el de Venus, en quien suple Cupido cuantas delicias elíseos campos incluyen. Y para muestras de que desde luego las desfrute nuestro alborozo, en solemne celebración, pompa y lustre de vuestras bodas, oíd y ved lo que a ellas dispuse. Dríade bella, deidad de las selvas, náyade hermosa, beldad de las cumbres, venid a mi voz, atended a mi ruego. [dentro.] ¿Quién hay que nos llame? [dentro.] ¿Quién hay que nos busque? A las bodas de Apolo y Climene, que un hado divide y un hado los une, festivas venid, a coros diciendo que vivan y reinen, que venzan y triunfen. A las bodas de Apolo y Climene, que un hado divide y un hado los une, festivas venid, a coros diciendo que vivan y reinen, que venzan y triunfen. A las bodas de Apolo y Climene, en fe que los astros no fuerzan si influyen, venid repitiendo, a pesar de los astros, que vivan y reinen, que venzan y triunfen. A las bodas de Apolo y Climene, trocando prisiones de amargas en dulces, lamente Diana y Venus celebre que vivan y reinen, que venzan y triunfen. ¡Qué felicidad! ¡Qué dicha! Entrad, pues, y nada os turbe. ¿Qué ha de turbarnos, si vemos que nuestras dichas divulguen… …por ti venciendo zozobras,.. …por ti gozando quietudes? Que vivan, que reinen, que venzan y triunfen. (¡Qué ajenos de mis motivos su seguridad presumen, sin saber que van a fin sólo de que se consume lo que ya dije una vez! Pues si la hallaran, no dude que con su muerte mintiera mi estudio. Y así, que dure quise en mi encanto con dueño, y dueño de quien se arguye, siendo el sol que nazca el rayo que abrase, encienda y supure toda Etiopia, por más que ahora en su favor pronuncie…) …que viva, que reine, que venza y que triunfe. [Vanse todos menos Fitón. Desaparece el palacio y] sale Sátiro. Haga, pues deste desierto salir solicito en vano, virtud la fuerza y… Villano, ¿dónde vas? A caerme muerto de verte. Pues ¿cómo, loco, tan vivo te considero? Como siempre que me muero, me muero yo poco a poco; que otra vez que me morí, por ser de prisa lo erré. Y ansí me resucité para morirme ahora aquí más a placer. ¿De qué suerte? De contento, por que no se diga de mí que yo soy hombre de mala muerte. ¿Cómo no te partes? Cuando todos se van, ¿tú te quedas? Como entre esas arboledas tardé, con venir volando, porque el barco que dejé en la orilla para mí amarrado no está allí. Y ya que a morir quedé, para morir más de espacio donde más gusto se esconde, dime por tu vida, ¿dónde vive por aquí un palacio? ¿Palacio por aquí? Sí, por señas de que contiene en sí a la hermosa Climene. ¿Tú la viste? Yo la vi, porque un diablo de un pastor, que fue el mismo que con ella al río se arrojó, por ella rompió un peñasco. (¡Qué error que este lo viese y lo sepa! Pero yo lo enmendaré). Tú estás loco. Si no cree que dentro de un risco quepa un alcázar, por aquí ha de ser, venga conmigo, verá que verdad le digo. No tan solamente a mí me lo has de decir, villano; pero a ninguno podrás. ¿Desa manera te vas? Pues ¿no eres más cortesano que eso? ¿Sin respuesta a un hombre como Sátiro se deja? Presto, Sátiro, a esa queja te satisfará tu nombre, pues sátiro fuiste y eres y sátiro al fin serás si a otra especie origen das. Vase. In satyrum reverteris sólo le faltó decir. Mas no he negociado mal, pues me deja sin señal con ser diablo. ¿Dónde he de ir? Que el palacio no parece ni el pastor, y siendo así que soy niño y solo y nunca en tal me vi, sobre todo me entorpece. No sé qué sueño he sentido. Hacia allí, si no me engaño, Música. músicas hay… Mas ¡qué estraño pasmo el paso ha suspendido! Y no es de vino, que son fuentes cuantas llego a oír, y beber agua y dormir implica contradición. De los ojos la linterna se apaga. ¡Buenos estamos, que veo ramos, mas no ramos que penden ante taberna! Con que a tan fuertes porfias rendirme es fuerza. Vase. Ábrese otra vez el peñasco y vese un jardín y en él Climene sentada y Apolo en su regazo y música. Cantad y mis dichas celebrad. Mejor dijeras las mías. No puede Amor hacer mi dicha mayor. Ni mi deseo pasar del bien que poseo. Por mí, divina Climene, la letra se escribió, pues tan grande mi dicha es que peregrina no tiene igual. Y así, bien previene decir que hacerla mejor… …no puede Amor. Aunque me está bien creer tu amante cortesanía, sí puede, pues lo es la mía, a quien ya no ha de exceder mi ventura, mi placer, mi esperanza ni mi empleo… …ni mi deseo. Sólo pudo ese favor… …hacer mi dicha mayor. Sólo el gozo que en ti veo… …pasar del bien que poseo. Luego bien digo… Bien creo… …que en tu agrado… …que en tu honor… …no puede Amor hacer mi dicha mayor, ni mi deseo pasar del bien que poseo. No cantéis más; cesen, cesen vuestros músicos acentos, que, como siempre fue el canto atractivo imán del sueño, a él se ha rendido. Y por que no perturben su sosiego tan de cerca vuestras voces, venid conmigo, que quiero de aquestos nuevos jardines gozar los pensiles bellos. Y más, por si despertare, le suenen mejor de lejos y sepa hacia dónde estoy, no ceséis; venid diciendo: No puede Amor hacer mi dicha mayor, ni mi deseo pasar del bien que poseo. [Vanse.] Sí puede, pues puede hacer que su hermosa madre Venus, a mi ruego conmovida, esté a Júpiter pidiendo que con la hermosa Climene me vuelva a mi trono excelso. Aparecen Mercurio y Iris. Apagada luz de Apolo,… Oculto esplendor de Febo,… …atiende a mi canto,… …atiende a mi acento,… …pues vengo en tu busca en las alas del viento. ¿Quién de mi sueño interrumpe el apacible sosiego de un bien soñado en que vía casi lo mismo que veo, si no es que allí vi dormido lo que ahora sueño despierto? Atiende a mi canto,… …atiende a mi acento,… …pues vengo por ti en las alas del viento. ¡Oh tú, bella embajatriz de las diosas! ¡Oh tú, bello nuncio de los dioses! Iris divina, Mercurio excelso, ¿esto es verdad? Sí. ¿No es ilusión? No. Pues ¿qué es esto? Atiende a mi voz,… …atiende a mi acento, pues vengo por ti en las alas del viento. La hermosa madre de Amor, enternecida a tus ruegos,… La castísima Diana, quejosa de tus desprecios,… …con Júpiter ha alcanzado el perdón de tu destierro,… …mas no el de Climene que quebró el voto y violó el templo. Y así, conmigo te envía el indulto de tu yerro,… …y conmigo el ceño que merece su atrevimiento,… …con condición, pues, que vuelvas tú solo al dorado asiento… …y quede Climene a ser de sus víctimas trofeo. Sube conmigo en las alas que te da mi caduceo. Ven conmigo sobre el iris, arco de paz que te ofrezco. Y para que no dudoso… Y para que no suspenso… …de ti el amor te enajene,… …de ti te prive el afecto,… …atiende a mi canto,… …atiende a mi acento,… …pues vengo por ti en las alas del viento. Crueles piadosos anuncios del bien y el mal, pues a un tiempo árbitros suyos, traéis juntos gozo y sentimiento, qué responderos no sé, porque dudo al responderos cuál pesa más: la ventura que gano o el bien que pierdo. Y así, os ruego que troquéis los dos contrarios estremos. ¿Traes tú el perdón? Sea a Climene. ¿Traes tú el riesgo? Sea a mí el riesgo. No tendré que discurrir en la elección. Mal podremos… …el decreto interpretar. Y pues es este el decreto,… …atiende a mi voz,… …atiende a mi acento,… …pues vengo por ti en las alas del viento. ¿Qué he de hacer, dioses? Dejar de ser planeta supremo en el cielo, por ser sólo un pobre pastor de Admeto en la tierra, es tiranía usada conmigo. Pero dejar a Climene, ¿no es también dejar otro cielo y otro sol, y con doblada tiranía? Sí, supuesto que aquella es contra mí y ésta contra ella y contra mí mesmo. ¿Qué resuelves? ¿Qué respondes? Que os vais en paz, que más quiero dejar de ser astro noble que dejar de ser atento y fino amante. Climene, mi bien, mi gloria, mi cielo, ¿cómo me has dejado solo la eternidad de un momento? Bella Climene… Sale Climene. ¿Qué quieres? Quiero que veas que quiero. Mercurio y Iris me llaman a mi alto solio, trayendo de Júpiter el perdón partido entre Diana y Venus; con condición que sin ti vuelva, me vuelve el imperio de la luz. Y así, he querido llamarte a que veas que aprecio más la lumbre de tus ojos que no la del firmamento. Volved, pues, los dos, y al alto Júpiter decid… Primero que te resuelvas, escucha. Que te estimo como a dueño, que te adoro como a amante, que como a esposo te quiero, Amor lo sabe, y Amor sabe también que este ruego, bien a pesar del cariño, le dicta el cariño mesmo. Menos importa que yo muera de mis sentimientos que no, Apolo, que tú vivas desterrado de tu centro. En fe de que tú gozoso ilustres campos de cielos, páramos de montes, yo alegre viviré, viendo al amanecer tus rayos; que como me digan ellos que tú triunfas… ¡Ay, Climene!, que ese género de afecto ruega uno y manda otro, pues a contrario argumento es que me quede mandato lo que es que me vaya ruego. Volved, digo, alados nuncios, sin mí y decid que más quiero… Volved, pero no sin él y decid que más aprecio… …yo su beldad,… …yo su lustre,… …yo su amor,… …yo su trofeo,… …que mi esplendor. …que mi dicha. Tratad, pues, de resolveros, que vuelven barcos al monte. Y para que sea más presto… …atiende a mi voz, atiende a mi acento. dentro. ¡A tierra, a tierra, barqueros, que allí a Climene y a Apolo a lo largo he descubierto! [dentro.] ¡Arriba, arriba!, ya que a verme con Fitón vuelvo. ¿Qué voces son estas? Mal las distingo. Sale Fitón. ¡Estraño empeño! Fitón, ¿qué es eso? Que Flora, Céfiro y Clicie aquí han vuelto y, como fuera salisteis del palacio en que yo os tengo, os han visto; con que ya, aunque yo ocultaros puedo, no puedo hacer que no sepa que os oculto. ¿Quién? Admeto, que también en busca mía viene, no sé con qué intento. Mirad, pues, qué hemos de hacer. Aquí sólo hay un remedio. ¿Qué es? Que, pues desenojado Júpiter te da tu imperio y con él te restituye deidad, luz, poder y ingenio, acetes la condición de dejarme a mí, supuesto que desde el cielo podrás, sin hacer desaire a Venus, desenojar a Diana a costa de un rendimiento y favorecerme a mí, pues mitigado su ceño, podré parecer segura. Sí; mas mientras yo lo intento, ¿he de dejarte al peligro? Como hallásemos un medio para que Admeto no sepa que vive, yo te prometo tenerla oculta entre tanto. Pues ese yo te lo ofrezco. ¿Cómo? Si los tres te han visto, a los tres desvaneciendo de suerte que no lo digan, ya que usar del poder puedo, castigando de camino de los tres el fingimiento. Pues ¿qué esperas? Pues ¿qué aguardas? Que sepas tú, si me ausento, que es por conveniencia tuya, y no mía. Así lo creo. Pues retírate, Climene, a los palacios que dentro te aseguran, mientras yo a mi esfera subo, en medio de Iris y Mercurio. Ufanos contigo diciendo iremos Desaparecen los tres. Cantan. que logró su voz, que logró su acento, quien vino a buscarte en las alas del viento. Yo, Fitón, en confianza tuya, a tu encanto me vuelvo. Vase y salen Admeto, Clicie, Flora, Céfiro y Sátiro. Pues sea presto, que ya llegan. (Desde aquí seré encubierto. ¿Qué nuevas voces son estas?). Fitón, en tu busca vengo con deseo de saber qué pastor era estranjero aquel que se despeñó con Climene, por si puedo investigar de sus hados el último influjo. Eso no a Fitón se lo preguntes, que él no lo dirá, supuesto que cómplice en sus traiciones es, sino a mí; que mis celos mejor que él te lo dirán. El pastor era… Mas ¡cielos! ¿Quién me ha embargado, no sólo las voces, mas los alientos?. El pastor… ¡No puedo hablar!… Era… ¡Prosigue! No puedo ni aun respirar. Cuando a ella la hayan mudado de afecto sus celos o su amor, yo lo diré, pues no los tengo. El pastor… Mas ¡ay de mí!, que yo también enmudezco al ir a decir su nombre. Si a él le turba tu respeto y a ella la trueca su amor, yo te lo diré más cierto. El pastor… Mas ¿qué temblor en viva estatua de hielo me ha convertido? ¡Prosigue! No es posible, porque a un tiempo en animado Volcán de fuego y nieve ardo y tiemblo. ¿Qué es esto, Clicie? No sé. Flora, ¿qué es esto? Yo, menos. Céfiro, ¿qué es esto? Mal lo diré. Hable yo por ellos. Esto es, señor,… ¿Qué terrible monstruo tan estraño y nuevo es este, Fitón? ¿Yo, monstruo? Todo hoy el monte es portentos. ¿Qué es esto, cielos? Que a Clicie han convertido sus celos en pajiza flor del sol que va sus rayos siguiendo. Desaparécese convertida en flor. Céfiro, amante de Flora, se ha desvanecido en viento. Flora, de Céfiro amante, vivirá de sus alientos. Desaparecen los dos en el aire. Y Sátiro quedará más sátiro que primero. Pues los prodigios lo callan, dime tú, Fitón, ¿qué es esto? Esto es salirse los hados con sus influjos severos y yo con mis ciencias, pues a pesar de humanos medios, habemos ellos y yo de salirnos verdaderos en sus amenazas. ¿Cómo? ¿Muerta ya Climene? Eso dirá en su segunda parte el infausto nacimiento de Faetón, hijo de Apolo;… …si a esta perdonáis los yerros, por la novedad siquiera, dama y galán dividiendo, de acabar ella en divorcio cuando otras en casamiento.