Los Lances De Amor Y Fortuna Comedia Famosa Personas que hablan en ella Lotario, conde de Urgel. Aurora. Alejo. Estela. Celio. Diana. Conde de Ruisellón. Rugero. Soldados. Primera Jornada Suenan cajas y salen, de camino, Rugero y Alejo. ¡Gracias a Dios que he llegado, noble Barcelona, a verte! Y no ha sido menor suerte que tanto bronce animado hoy con salva nos reciba. Mal articuladas voces rompen los vientos veloces. ¡Viva Aurora! ¡Estela viva! No pudo engañarse ahora entre el rumor el oído; las hijas del Conde han sido las dos, Estela y Aurora. ¿Qué será? ¿Qué te da pena? ¿Que voces al viento escriban que Aurora y Estela vivan? Vivan muy enhorabuena y vamos a la posada, donde nosotros también vivamos, porque no es bien, después de tanta jornada, morirnos sin descansar. ¿A la posada sin ver a mi hermana y sin saber qué ocasión pudo causar tal novedad? Sí, por Dios, a la posada y, después de haber descansado un mes y de haber dormido dos, saldremos de mejor gana por Barcelona tú y yo, a ver si viven o no y a visitar a tu hermana. A las puertas de palacio dividida en bandos vi mucha gente; desde aquí escuchemos. ¡Lindo espacio! Salen por una parte Estela y el conde de Ruisellón y por otra Aurora, Lotario y gente. Ya sabes, hermosa Aurora, y ya todo el mundo sabe, de mi justicia informado, cómo el Conde nuestro padre, que Dios haya, en Margarita su esposa, que eterna yace en mejor imperio, tuvo dos hijas; mas con tan grande diferencia que las dos hemos de ser, aunque iguales en sangre, no en el valor que comunicó una sangre, pues el Conde, antes que el nudo del matrimonio enlazase dos almas, de su hermosura firme galán, tierno amante la sirvió. Si fue culpada en este amor, tú lo sabes, pues publicaste naciendo sus necias facilidades. Si fue su esposa después, también fue su dama antes y el futuro matrimonio no la disculpó de fácil. Casose con ella en fin, que es el yugo más suave, cuando a su coyunda llegan dispuestas dos voluntades. Nací yo y, el Conde muerto, tú, por mayor, te llamaste condesa de Barcelona sin ser legítima parte, pues hay cláusula que diga y hay antigüedad que mande que, si hay legítimo hijo, este herede y, cuando falte, el bastardo y natural; luego a mí es bien que me aclamen por señora, siendo yo legítima, pues durante el matrimonio nací, y tú natural, pues antes que fuese su esposa, fuiste fruto humilde, si no infame. Quise por piadosos medios convencerte y obligarte, haciendo campo del duelo jurídicos tribunales; pero tú, con más poder, con más industria o más arte, hiciste a los jueces tuyos, que no hay cosa que no alcance sin justicia el interés, pues quien la tiene no sabe sobornar; quien no la tiene, como del medio se vale, consigue lo que desea; y por eso en tiempos tales vemos valer las mentiras y padecer las verdades. Saliste con la sentencia, pero yo, viendo parciales los jueces, para mí apelo de una sinrazón tan grande. Ya no quiero que te informen de mi justicia legales derechos, sino las voces de la trompeta y el parche; y así trueco hojas de libros a las hojas de diamantes, los consejos a las fuerzas, los depuestos tribunales a la campaña, las plumas que atrevidas se deshacen entre los rayos del sol, a cuyo metal se abaten, a las plumas lisonjeras de los vistosos plumajes, que en opuestos tornasoles son primaveras del aire. La toca trueco a la malla, que en las escuelas de Marte el soldado que pelea es el letrado que sabe. Señores hay que me sigan, príncipes hay que me amparen, reyes que me favorezcan y vasallos que me aclamen su legítima señora; y, cuando todos me falten, no podré faltarme yo, que soy de mí misma atlante, pues el invencible acero será en mi mano bastante para postrar a mis pies montes de dificultades. Suene alentado el clarín, resuene oprimido el parche, gima el bronce repetido y abrasado el plomo brame; que no solo a Barcelona pienso gobernar triunfante, pero sujetar después del mundo las cuatro partes. Si la pasión y el enojo en tu discurso dejasen lugar adonde cupiese el desengaño, bastante le vieras en tus razones, pues la que juzgas más grande en tu favor, hoy pudiera contra ti misma informarte. También confieso que el Conde –quiera el cielo que descanse en mayor quietud– murió sin que entre las dos dejase declarada la justicia, causa de enojos tan grandes; confieso que, enamorado de una dama, cuya sangre, cuyo valor y virtud vive en estatuas de jaspe –que no es bien, cuando no fuese tal, que yo la murmurase, porque ¿quién me honrará a mí si yo misma no sé honrarme?– solicitó sus favores, de cuyas finezas, antes que se casase, gozó anticipadas señales, mas no antes de ser su esposo, porque, si entonces amantes se dieron palabra, ya se casaron, que es bastante matrimonio para el cielo la unión de dos voluntades, y, cuando no fuese así, el día que llegó a darle la mano, legitimó mi persona. Y esto baste, sin el común parecer de hombres doctos, a quien hace tu malicia lisonjeros, cuando en ocasiones tales a los que sabios gobiernan y a los que juzgan leales no hay soborno que los venza ni interés que los ablande. Mas cuando de la sentencia a ti apeles y arrogante el templado acero vistas, cuyos hermosos celajes sirvan de espejos al sol y, en tornasoles errantes, hecha una selva de plumas la celada, retratase un sol que entre pardas nubes sepultando estrellas sale; cuando el valeroso conde de Ruisellón hoy te ampare con dineros y con gente, como esposo y como amante; cuando en tu ejército asistan uno o muchos desleales –no sé si alguno me escucha, no importa; paso adelante–, que te ofrezcan su favor, que su señora te llamen, siendo causa entre las dos de tantas enemistades; no importa, que también yo sabré, altiva y no cobarde, vestir el templado acero y en un caballo arrogante, parto que engendró la tierra, hijo del fuego y el aire, sabré humillar tus soberbias, humillar tus vanidades, deshacer tus pensamientos, postrando altivez tan grande. Y así, Estela, antes que llegue con acciones semejantes a romper montes de acero, despojo a mi ofensa fácil, antes que llegue ofendida a vencerte y derribarte, parte el estado conmigo, mandemos en él iguales; tuyo será, siendo mío; no te muevan, no te ablanden imposibles pretensiones tan lejos de ejecutarse. Y este no es temor, pues cuando, como tú dijiste, brame el bronce y el plomo gima, sonando el clarín y el parche, no habrá temor que me venza, no habrá furia que me espante, asombro que me estremezca ni muerte que me acobarde. ¿Qué me respondes? Que quiero mandar sola y no es bastante tu razón a convencerme con fingidas humildades. Hoy te declaro la guerra. Pues bien será desterrarte, que apartar al enemigo es razón. Sal al instante de Barcelona. Sí haré, y me huelgo de dejarte en el Estado que tienes, por tener más que quitarte. Aurora, no te parezca que con amenazas tales como tu valor promete la venzas ni me acobardes. De tu Estado –si es que es tuyo– Estela saldrá al instante para ser señora en otro, mientras vuelve a coronarse en este, pues faltará luz al fuego, aliento al aire, agua al mar, flores al suelo, antes, bella Aurora, antes que mi Estado, hacienda y vida a Estela divina falten. ¡Viva Estela! ¡Aurora viva! Pues la guerra declaraste, guárdate de mí, que soy fuego que un monte deshace. Yo, rayo hijo de ese fuego. Ira soy que vierte sangre. Yo, soberbia que la bebe. Yo, un basilisco. Yo, un áspid. Vanse todos; queda Alejo y Rugero. ¿A qué hemos venido acá? ¿A sólo guerras, señor? Si la guerra altivo honor fuera de la patria da, en ella será forzoso darle más adelantado. Dime: ¿a cuál te has inclinado de las dos? Estoy dudoso hasta agora. ¿En qué lo estás? Pues me preguntas en qué, direlo: en que yo no sé en qué parte están los más. Mas dime tú a quién te inclinas. Son dos prodigios humanos, dos sujetos soberanos, son dos mujeres divinas, son de la hermosura dueños y Aurora es ángel en fin. Y Estela es un serafín, si hay serafines trigueños. Es Aurora... No prosigas, que estás obligado ahora al conceto del aurora y no quiero que le digas. ¿Mas hablas de veras? Sí. En un punto, en un instante ¿puede un hombre hablar amante? Bien puede ser. ¿Cómo? Di. Cuando amor con arco y flecha los corazones hería, espacio el alma tenía para morir satisfecha de un blando dolor; después que pólvora se inventó y armas de fuego tomó, hace el efeto que ves; y así en un punto amor ciego vence ya, porque no es bien que mate despacio quien mata con armas de fuego. Vanse y salen Lotario y Celio. No hay mujer, Celio, en rigor, que, aunque se muestre ofendida, le pese de ser querida, que es un examen amor del ingenio, del valor, de la hermosura estremada, la discreción celebrada, y siendo imposible cosa que una sienta ser hermosa, lo es que sienta ser amada. Yo quiero y, aunque no alcanza mi amor cobarde hasta agora merecer tan gran señora, no he perdido la esperanza. Todo vive a la mudanza sujeto y más la mujer; y así, aunque hoy la llegué a ver ofenderse y despeñarse, espero que por mudarse ha de venirme a querer. Ame y sienta su rigor hasta ver la suerte mía, que al fin vence quien porfía y más en guerras de amor. Si tú eres conde y señor de Urgel y por tu persona digno de mayor corona, ¿qué temes, cuando a tu estrella nada excede Aurora bella, condesa de Barcelona? Aquí viene. Sale Aurora y Diana. (El sol me ciega si la miro: hermosa es). Hoy a esos invictos pies un nuevo soldado llega, que a vuestro servicio entrega un escuadrón de soldados, donde vienen alistados para amaros y serviros lágrimas, penas, suspiros, pensamientos y cuidados. Por capitán viene amor resuelto a cualquiera daño y por cabo el desengaño, cabo y fin de su rigor. Por artillero mayor el corazón, porque luego que os mira, turbado y ciego, rayos a los vientos da; ¿qué mucho, si en él está toda la esfera del fuego? Luego os vienen a servir de centinelas mis ojos, bien que mis penas y enojos no los dejarán dormir: ellos sabrán resistir sueño a la noche y el día. Y para perdida espía viene mi loca esperanza, que bien este nombre alcanza mi esperanza por ser mía. Para hacer minas también conmigo vienen los celos, porque siempre sus desvelos lo más escondido ven; ingenieros son, a quien ninguna máquina yerra, pues en la amorosa guerra saca a luz su resplandor estratagemas de amor de debajo de la tierra. Esto os ofrezco y después mi vida, Aurora, entre tantas; que es bien sirva a vuestras plantas vida que tan vuestra es. Todo se ofrece a esos pies, triunfad, y vuestra persona, digna de mayor corona, la imperial ceñida vea, por que todo el mundo sea de quien es hoy Barcelona. Invicto conde de Urgel, cuya heroica frente viva, ya coronada de oliva, ya ceñida de laurel, no es ser altiva y cruel el no ofreceros la vida a esa acción agradecida, porque, dudosa y turbada, no sé si estoy obligada, no sé si estoy ofendida. Si aqueste favor merezco como mujer que amparáis y de amor os olvidáis, a vuestras plantas me ofrezco, yo le estimo y le agradezco; pero si el favor intimo que ofrecéis (mal me reprimo), como mujer que queréis, que amáis y que pretendéis, ni le agradezco ni estimo. Así a un tiempo combatida, no sé desta acción dudosa si he de responder quejosa, Lotario, o agradecida. No fue ofensa el ser querida, el decírmelo lo fue; mi respuesta en vos se ve, diga vuestra voz turbada si queréis que esté agraviada o que agradecida esté. Es argumento en amor tan sofístico y tan nuevo que a determinar no atrevo de dos males el menor. No sé cuál me esté peor, o no amaros, o no veros obligada; si el quereros es ley, fuerza es agraviaros; pues, si os ofende el amaros, ¿qué hiciera el aborreceros? De cualquiera suerte muero en el loco amor que sigo, si le callo y si le digo, si os aborrezco o si os quiero. Y pues que la muerte espero cada punto, cada instante, máteme un amor constante, que necia elección hiciera quien de mudable muriera, pudiendo morir de amante. Así el favor que miráis amor fue quien lo causó; sabed que os adoro yo y vos no lo agradezcáis, aunque, si vos misma halláis que la culpa de amor fue el decirlo, yo amaré callando, por que se escriba que soy una estatua viva que se ofrece a vuestra fe. Yo os doy palabra que siga vuestra justicia y derecho, sin que dé muestras el pecho y sin que la lengua diga que es amor el que me obliga; pero vos, divino encanto, no estéis satisfecha tanto, que podrá ser –no os asombre– que la aurora que os dio el nombre os dé su amor y su llanto. Vase. ¡Qué en ti, señora, estuviste! Y no sé en leyes de amor si es crueldad o si es rigor el que tanto se resiste. ¡Qué bien, Diana, dijiste, pues no es valor ni crueldad! Valor, pues la voluntad a ajeno dueño rendí, ni es crueldad, pues que ya vi otro dueño con piedad. No sé qué digo –¡ay de mí!–, más bien, Diana, lo sé: yo vi, yo quise, yo amé. Ya lo dije, ya rompí el secreto; y, pues de ti fío los necios enojos de mis fáciles antojos, salgan con cordura poca los suspiros a la boca, las lágrimas a los ojos. Mucho, Diana, te fío, pero bien está mi pecho de tu lealtad satisfecho; vuelvo, pues, al llanto mío. Blasonaba mi albedrío de libre –mal blasonaba– y un día, que lugar daba a necias melancolías, sola por las galerías del jardín me paseaba. El mar a una parte vía, que, con azules bosquejos, entre las sombras y lejos varios países fingía; a otra un jardín, donde había flores de rizadas plumas, tal que es razón que presumas, entre lejos y colores, al jardín un mar de flores y al mar un jardín de espumas. Allí el viento levantaba edificios de cristal y el aura aquí celestial los de rosas humillaba; allí el agua murmuraba, de los céfiros herida, y en las hojas repetida la tierra aquí; y en tal calma toda era sombras el alma, toda imágenes la vida. Dispuesta la voluntad a amar entonces vivía, que amor es filosofía hallada en la soledad. La ociosa curiosidad, al parecer me culpaba de que yo sola no amaba y díjele: “Yo también amara si hubiera a quién”. Divertida en esto estaba, cuando a mis pies un retrato de un hombre –que acaso allí perdió alguna dama– vi, cuyo pincel no fue ingrato al dueño. Suspensa un rato, dudé si era cierto o era una imagen lisonjera de mi misma fantasía, a quien el alma decía: “A este amara si a este viera”. En fin, los vanos desvelos de un triste, o la privación de una imposible afición, o la espuela de los celos, o la fuerza de los cielos, que su máquina perfeta, siempre en sí misma inquieta, contra mi pecho previno en aquel punto el destino de algún amador planeta. Fue, en fin, mi desdicha –vi un hombre– o mi estrella fue: a este quise y a este amé, mi libertad a este di. Advierte, Diana, aquí si yo en mis locos desvelos celos tengo y amor –¡cielos!–, con tan estraño rigor que ni sé a quién tengo amor ni sé de quién tengo celos. Con admiración te escucho; ¿que no sabes cúyo fue? A nadie lo pregunté. Muestra. Yo conozco mucho. Lo diré (conmigo lucho). Mira, Diana. ¡Ay de mí! ¿Hasle conocido? Sí. ¿Sabes su nombre? ¿Pues no he de saberle, si yo ese retrato perdí? ¿Qué dices? Midan los cielos mi dolor con tu dolor. Mis celos dije y mi amor, tu amor dijiste y tus celos; unos son nuestros desvelos; presto, Diana, vengaste tu agravio. Señora, baste la presunción hasta aquí, que, aunque es verdad que perdí el retrato que tú hallaste, tu temor ha sido vano, porque el retrato que ves... No dudes, di cúyo es. Es de Rugero, mi hermano. Hoy nueva esperanza gano con tal desengaño yo. Cuando de aquí se partió a Italia, para una dama que amaba... ¿Y ya no la ama? No, pues della se ausentó. Se retrató y disgustado me lo dejó a mí y no a ella. ¿Y era esa dama muy bella? No hermosa, mas con agrado. ¿Y está muy enamorado todavía? No sé, señora. ¿Sábeslo tú? ¿Quién lo ignora? ¿De qué? Selo claramente de que es hombre y está ausente. ¿Y era su nombre? Leonora. Sale Alejo. ¡Válgate Dios, por Diana o por diablo! ¿Dónde estás? ¡Ah, soldado! ¿Dónde vas? A besar de buena gana con toda esta boca alana, por el gusto deste día, el pie de vueseñoría; tragaré, cuando le bese, el chapín, como si fuese chapín de pastelería. ¡Alejo! Señora. Cesa de loquear. A esto nací. Considera que está aquí mi señora la Condesa. A mí, pecador, me pesa, y mucho, de haber llegado tan grosero y tan turbado a vuestras plantas, señora, mas no fuérades Aurora a no haberme deslumbrado. Beso, no el pie ni escarpín que el pie alabastrino toca, ni aún besa mi sucia boca el zapato, ni el chapín, ni la tierra, que está al fin tan cerca; si no se yerra mi memoria, aquí se encierra piedra de un rayo, esta beso y vendrá a quedar mi beso a siete estados de tierra. Es un loco... ¿Quién lo ignora? ...que así a mi hermano entretiene. ¿Viene Rugero? No viene, porque ha venido, señora. A la puerta queda agora esperando a ver su hermana, la bellísima Diana. Mas yo, que no sé esperar, me entré hasta aquí, hasta topar tu hermosura soberana, por no perder mi porqué. Esta cadena te doy, que, estando con guerras hoy, es bien que albricias te dé de que en mi campo se ve tal soldado. ¿No dirás tales?, puesto que verás que somos los dos iguales, dos tales, y aun dos por cuales, que él ni yo no somos más. Di que entre Rugero a verme. Diana, tu pecho fiel no le descubra mi amor; y pues de ti me fié, débate más mi secreto que tu sangre. Advierte, pues, que el día que mi afición digas a Rugero, en él he de vengarme. Tirana, más que piadosa, seré. Conocerás mi lealtad. Mas dime, ¿cómo sabré si hace, visto, el mismo efeto? Y es fácil, como me des una seña. Pues Amor y Marte a un tiempo se ve en mi pecho –estame atenta–, los dos la seña han de ser: Marte, si parece mal, Amor, si parece bien. Lo primero que nombrare me ha parecido. Sale Rugero. A tus pies llega, bellísima Aurora, un soldado, cuya fe pretende, abrasado y ciego, resistir y defender tanto fuego, tantos rayos, como el águila, que ve al sol mismo y en el viento reina de las aves es. Mas no soy águila yo, mariposa sí, que, al ver haciendo a la llama visos las alas de rosicler, muere en su mismo deseo. Mas si con vida me ves, tampoco soy mariposa, sino aquel pájaro, aquel prodigio que nace y muere hijo y padre de su ser, pues en mis propias cenizas perdí la vida y después la volvió a resucitar tal favor y tal merced, siendo mi vida a la llama, al fuego y al sol también, mariposa, si se quema, águila hermosa, si os ve, y fénix, si muere y vive a vuestros ojos, por que sea solo un corazón imagen de todos tres. Seáis, Rugero, bien venido. Ya, ¿qué tengo que temer, si en mi defensa se emplea de vuestro brazo el poder? Alzad, no estéis en la tierra, Rugero, porque no es bien que quien merece los brazos tanto sin ellos esté. Dad los vuestros a Diana, vuestra hermana, que yo sé que ha días que lo desea. Llegad a hablarla. Después, señora, hablaré a Diana, que ahora no es tiempo. ¿Por qué? Porque en la presencia vuestra ni ha de buscar, ni tener el alma segundo objeto, señora, porque no es bien mudar a segunda especie la gloria que en vos se ve. Si no es para mejorarse, ¿quién se mudó? Siendo, pues, cierto mi argumento, yo, que he llegado a merecer veros, ¿por qué he de dejar, hasta que vos me dejéis, pues no puedo mejorarme? ¡Qué argumento tan cortés! Dice bien Rugero y yo perdono al tiempo esta vez la dilación por tal causa. ( ¿Qué te parece?). (No sé). (¿Quién vive, Marte o Amor?). (Yo te lo diré después). Mucho habéis estado ausente. Mucho, que no pudo ser poco, estándolo de vos. Aunque por disgusto sé que os ausentasteis, quisiera, solamente por saber –que en efeto fue el primero delito de la mujer–, quisiera que me dijerais todo el caso cómo fue, que tendré gusto de oírle muy despacio. No podré, que está ya muy olvidado, pero la obediencia es ley. (¿Qué tenemos, paz o guerra?). (Yo te lo diré después). En la ilustre Barcelona, a cuyo altivo dosel el mar con rizas espumas argenta el sagrado pie, nací noble, que en un hombre la dicha primera es, Moncada, al fin, deudo tuyo, que no hay más que encarecer. El ocio y la juventud, ¿a quién libraron, a quién, del yugo de amor? Perdona, que es fuerza, si has de saber la causa, que hable de amor en tu presencia. Está bien; prosigue, di. En un caballo por Barcelona pasé un día, que mis desdichas todas nacieron en él; que este día en una reja con más cuidado miré una dama, a quien serví algunos días... Tened, que vais muy aprisa; poco os han llegado a deber ese caballo, esa dama, pues la relación hacéis sin pintar uno ni otro, que es de relaciones ley. No es importante el caballo, y, si la dama lo es, ¿quién en presencia del alba pintará la noche? ¿Quién con el sol verá un lucero ni una llama, cuando esté lleno de rubias estrellas el cristalino dosel? ¿Quién pintó un cárdeno lirio en presencia de un clavel? ¿Un alhelí de la rosa? Y al fin, bella Aurora, ¿quién pintará ajena hermosura donde la vuestra se ve? Pues más quiero que mi voz sujeta, señora, esté a descuidos de ignorancia que a culpas de descortés. Las vuestras perdono y quiero muy por extenso saber cómo fue todo. Escuchadme, que desta manera fue. (¿De qué ramas le coronas? ¿Es oliva o es laurel? Declárate ya). (No puedo; yo te lo diré después). Salí en un caballo hermoso, a quien el docto pincel de naturaleza hizo con más estudio y a quien, hijo del viento, engendró en las orillas de aquel centro de animados rayos un andaluz cordobés; todos los cuatro elementos hicieron un mapa en él: tierra el cuerpo, mar la espuma, viento el alma y fuego el pie. Este, pues, aire sin plumas, rayo sin luz, este, pues, ocupaba tan señor de mis acciones y de él que su instinto no tenía más obediencia o más ley que el gobierno de las manos y la elección de los pies; cuando en un balcón, señora, que, o por asistir en él un sol, o por ser azul, pedazo del cielo fue, vi una dama, vi al sol mismo, que más triste alguna vez por el balcón del oriente le he visto yo amanecer. Al hacer la cortesía hasta el suelo me incliné, que, por lisonjear al dueño, sabe un bruto ser cortés. Doradas hebras al viento flechaba, que amor cruel, cansado del arco y flecha, trocó al aljaba la red. Cejas grandes, ojos negros, que sobre la blanca tez muestra que la oposición es hermosura también. Pequeña boca, que junta era un hermoso clavel y partida dos rubíes, que, sirviendo de cancel al tesoro de sus perlas, dejaban ver o no ver el marfil, tal vez negado o concedido tal vez. Manos blancas, gentil talle y en todo tan gentil fue que con ser Amor su dios, con amor no tuvo fe. En fin era, en breve suma, del soberano poder el más dilatado amago que hizo el natural pincel; era un rasgo... Bien está, Rugero. No os enojéis si como fue os lo repito, que desta manera fue. Aunque fuese, habéis andado muy grosero y descortés; bien que la pintarais quise, no que la pintarais bien. No prosigáis, que no quiero que en el cándido papel de mis orejas se imprima la imagen de quien hacéis vuestras razones matices, siendo la lengua el pincel. Señora. Basta, Rugero. Mirad que la causa fue vuestro gusto. Y mi pesar. Diana, conmigo ven. (¿Eres Venus o eres Palas?). (No sé, Diana, no sé. Marte venció con los celos, Amor venció con la fe; guerra dice quien le oye, paz publica quien le ve; laurel es, si he de olvidar, oliva, si he de querer; y al fin, ya Venus, ya Palas, entre el favor y el desdén, venció Amor para conmigo y Marte para con él). Tocan. Mas ¿qué es esto? Sale Lotario. Bella Aurora, sal donde tu hermosa vista del necio vulgo resista la turbación, porque agora, viendo que Estela se parte, ya de la piedad movidos, ya del interés vencidos, muchos, valiendo su parte, que no se ausente desean, o por ostentar edades, o por valer novedades, y como a ti no te vean, sus lágrimas te harán guerra, porque, a todos despidiendo, va con engaños diciendo que su hermana la destierra de Barcelona; de suerte, que allí tu presencia importa. Este alboroto reporta. ¿Pues Barcelona no advierte que queda en su amparo Aurora, hermana mayor de Estela, y sin engaño y cautela su legítima señora? Si Estela a sí se destierra, yo ni la fuerzo ni sigo; quédese a mandar conmigo y cese por mí la guerra. Viva en Barcelona altiva, teniendo en ella igual parte, por que entre el Amor y Marte, muera Marte y Amor viva. Vanse. Pues desta ocasión espero honrarme, no me neguéis los brazos que me debéis. ¡Oh, valeroso Rugero! ¿Quién duda que una ocasión hoy tenga a los dos aquí? Yo sólo diré de mí que la justa pretensión de Aurora sigo y por ella daré mil veces la vida, dichosamente perdida en su servicio. ¡Qué bella, qué cuerda, qué generosa! Le dio igual naturaleza el ingenio y la belleza. ¡Qué liberal! ¡Qué piadosa! Siempre la paz pretendió. Cuando razón no tuviera, por sus virtudes se hiciera señora del mundo. Yo, mientras que los dos habláis, ver en lo que para quiero esta novedad. Rugero, bien claramente mostráis en lo que cuerdo decís y en lo que valiente hacéis la fama que merecéis, la opinión que conseguís. ¿Quién, Rugero, no procura servirla en esta ocasión? Su valor, su discreción y celebrada hermosura, que en competencia se atreve a la luz que nos fatiga, ¿qué voluntades no obliga, qué corazones no mueve? Que haya quien niegue me espanto su valor. Basta, Rugero, que bien que la alabes quiero, mas no que la alabes tanto. Aparte (Siempre amor fue desigual, pues de lo que quiere bien siente que le digan bien, siente que le digan mal. No hicieron cosa los cielos tan sujeta a sus mudanzas; celos dan las alabanzas y los desprecios dan celos. El nombre en ajenos labios siempre dar penas pretende, pues con lisonjas se ofende y se ofende con agravios. ¿Cómo con Rugero haré, que, aun para alabar su nombre, ni la imagine ni nombre?). ¡Qué cuerdamente que fue publicando paz! ¡Por Dios que es su valor singular! ¿En ella volvéis a hablar? Hablo porque calláis vos. Aparte (Mucho Rugero atropella. Al principio de un engaño puede remediarse el daño; direle mil males della). Callo porque nunca yo lo que es dudoso afirmé y, aunque la sirvo, no sé si tiene justicia o no; pues si Estela no tuviera también su justicia clara, estas guerras no intentara ni el de Ruisellón la diera favor. Esto es cuanto a esto; cuanto a que hermosa se ofrece, lo es, si a vos lo parece, para vos; pero es muy presto. En cuanto el haber pensado que es tan cuerda, tan discreta, prudente, sabia y perfeta, quedaréis desengañado. Aurora es señora mía y, dejando aparte el ser la más principal mujer, cuyo honor es sol del día, quien pensare que no fue la más bella y más hermosa, cuerda, afable y generosa del mundo, sustentaré solo, desnudo o armado en el campo, en la estacada, cuerpo a cuerpo, espada a espada, que a lo menos se ha engañado y a lo más mentido. Presto será tu muerte castigo de mi agravio. Sacan las espadas, y salen Aurora, Diana y Alejo. Fuera, digo. ¿Espadas aquí? ¿Qué es esto? Es satisfacerme así de una ofensa. Es defenderme de una injuria desta suerte. ¿Cómo me amparáis a mí los dos y reñís los dos, si causa de entrambos fue? Yo, señora, la diré. Y yo también. Callad vos, Rugero, y hable el de Urgel. (¡Válgame el ingenio hoy!). (Así no verán que estoy apasionada por él). A ningún temor me obliga que hoy el Conde en tu presencia diga, Aurora, la pendencia, mas temo que no la diga. Quédese en aqueste estado y lo que ello fuere sea. El que partidos desea ya se confiesa culpado; siempre al silencio se obliga el que sin razón se ve. Decidme vos cómo fue. No hayas miedo que él lo diga. Mientras tu vista procura apaciguar aquel bando, quedamos los dos hablando de tu valor y hermosura, y dije: “Cuando no fuera la legítima señora, por sus virtudes Aurora reina del mundo se hiciera, demás de que su justicia es clara”. A esto respondió: “No hablo en esas cosas yo, porque la humana malicia a Estela no la moviera, sin tener justicia clara, a que guerras intentara ni el de Ruisellón le diera favor. Esto es cuanto a esto; cuanto a que hermosa se ofrece, lo es, si a vos os lo parece, para vos”. Mas descompuesto le repliqué: “Es muy mal hecho y en un caballero espanta que tenga distancia tanta entre la lengua y el pecho”. Dijo que no me tocaba reñir por causa tan poca. Yo le dije: “Sí me toca”; y con cólera más brava proseguí: “que es luz del día Aurora...” No digo aquí lo más que dije de ti, y que lo sustentaría en el campo, como era todo nuestro honor Aurora. Esta es la verdad, señora. ¡Pluguiera a Dios que lo fuera! Porque yo soy... Bien está. ...quien... ...me desprecia y ofende. ...tu fama... ...borrar pretende. Es engaño. Baste ya. Óigame tu Alteza. Mucho debo a mi paciencia. Yo soy... ...quien en mi ofensa habló. ¿Esto de Rugero escucho? No, sino quien sólo intenta que su fama eterna vuele. Como en el teatro suele errarse el que representa y otro que los versos sabe decirlos por el que erró, así suspendido yo a tu enojo hermoso y grave, tardé en hablar siendo fiel y enmendome mi contrario; mas cuanto ha dicho Lotario son versos de mi papel. Y, aunque tu rostro me ciega, ¡viven los cielos, que yo soy el que te defendió! Tarde la disculpa llega. A Lotario he examinado con muestra más verdadera y en mi ofensa no dijera quien estaba enamorado; así a creerle me obligo, pues vos no lo estáis de Aurora, sino sólo de Leonora. Venid, Lotario, conmigo, muestren mis favores hoy, con agrado y con desdén, lo que puede el hablar bien. (¡Ay, Diana, muerta voy!). Vase Aurora, Diana y Lotario. ¿A quién no espanta y admira ver, con tanta novedad, que padezca la verdad a manos de la mentira? ¡Oh, pasión dura y cruel de la estrella en que nací! Yo las gracias merecí y viene a gozarlas él. Ya no tendré dicha alguna, pues, aunque en tanto rigor de mi parte esté el amor, de la suya la fortuna. Y, si en la opinión dudoso mi amor es amor hurtado, finezas del desdichado serán premios del dichoso. Sal, oculto resplandor de la verdad: ¿dónde estás? Veremos quién puede más, la fortuna o el amor. Vase. Segunda Jornada Salen Aurora y Diana. Esta es la verdad, señora. Diana, en vano procuras a mis desdichas consuelo ni a mis ofensas disculpa. Que él fue el que te defendía con mil juramentos jura. Algo había de decir; pero tú, Diana, juzga que, si de un hombre tuvieses mil experiencias seguras de su amor y sus finezas y de otro apenas una, que antes creyera que había vuelto a las espaldas suyas por ti el que había querido. ¿Quién lo niega? ¿Quién lo duda? Rugero es el que me ofende. Satisfación que es tan justa hoy te diera con su muerte a no mirar que es locura, pues ya su vida le importa para que el tiempo y fortuna saquen la verdad a luz; y, pues se dice que nunca quiebra, esperemos del tiempo las experiencias que apura. ¿Y si llega la experiencia cuando ya mi pecho ocupan resucitados deseos entre esperanzas difuntas? Mas con todo, quiero hacer, pues tú lo pretendes, una experiencia entre los dos; sabré, con arte e industria, quién me ofende o quién me obliga. Verás cómo se disculpa. Y pues vienes a alegrarte a estos jardines, que usurpan al año la primavera y aquí la tienen por suya, treguas den Amor y Marte, señora, a las penas tuyas y alégrate. Mal podré, porque tarde llega o nunca el contento al desdichado. Sale Lotario. Ya vuestra Alteza, si gusta, podrá en el mar divertirse; en su orilla está una urca, que es cisne de plata y oro, siendo los remos las plumas. Nada, pensando que vuela, cuando sus cristales surca. Entre vuestra Alteza en ella; será, si su espalda ocupa, toro de mejor Europa, Proteo, el de luz más pura. Sale Rugero. El de Ruisellón y Estela, siendo su armada junta, vienen contra Barcelona, cuyo poder se asegura la vitoria. Esto he sabido; ahora vuestra Alteza supla por el aviso el pesar, si de mi boca le escucha; que, aunque vuestra Alteza esté adonde todos procuran divertirla y darla gustos, yo, que no he sabido nunca lo que son, mal podré darlos y así estos pesares sufra, que de un hombre desdichado son dádivas como suyas. El mismo semblante tienen, cuando en mis estremos luchan, las glorias que los pesares, pues ni aquestos me disgustan ni aquellos me dan contento; y por mostrar que se aúnan tanto en mí que los estima igualmente mi fortuna, a los dos hoy doy las gracias de las dos nuevas. (Escucha, Diana, que ésta es la experiencia que mi desengaño busca). Y ya que los dos estáis presentes, de aquella duda pasada a los dos absuelvo. Mi pecho a ninguno culpa y no creo que ninguno diga de mí cosa alguna que me ofenda; y, si lo dijo, quizá por causas ocultas, le perdono. Tus pies beso dos mil veces. Hoy pronuncias la sentencia de mi vida. Tanto se aumente la tuya que imites la edad luciente del sol, que por siglos dura. Pues ¿no llegáis vos, Rugero, a darme las gracias? Nunca di gracias del beneficio que no he recibido. Injusta es tu liberalidad para conmigo, si escusas el enojo de esa suerte de quien te ofende e injuria. Lotario, que lo agradece, debe de ser –¿quién lo duda?– quien ha menester perdón; yo no, que donde no hay culpa, el perdón está de más. ¿De qué servirá la cura donde jamás hubo herida? No hay respuesta sin pregunta, satisfación sin agravio ni sin delito disculpa. (¡Vive Dios, que estoy corrido! El temor me cegó; mucha es mi turbación). Rugero, si agradecido me escuchas, no fue porque en mi favor agora el perdón resulta, sino por ver olvidada la ofensa que, siendo tuya, publiqué yo. Esto agradezco solamente. ¿Que aún procuras desmentir esos colores que en tus mejillas dibuja el temor? ¿Temor en mí? ¡Lotario, la espada empuñas? ¡Rugero, qué es esto? ¿Es bien que esto en mi presencia sufra? Esa mi brazo detiene. Esa me enfrena. (¿Qué juzgas desta experiencia?). (No sé, en pie se queda la duda, si bien voy más consolada; y por mostrar que no turban mi pecho las novedades, llegue a la orilla la urca). Entrad, Lotario, conmigo. Aparte (Desta manera se escusa su muerte, quedando solos, y la sospecha importuna que de mi amor resultara, si a Rugero en tales dudas nombrara). Quedaos, Rugero. Yo, con la licencia tuya, no entraré en el mar, señora. Ya sé que del mar no gustas. Resisto mal su rigor. Quédate en tierra. (¡Ay, Fortuna, y cuántas veces amor a su costa disimula!). Llegue la barca a la orilla, voces dulces y confusas rompan los vientos y todas saluden al alba juntas. Vanse todos y queda Rugero solo y cantan. Canta En vano se atreve, en vano, a quien la suerte no ayuda, que el valor da la osadía y el galardón la fortuna. Quien no tiene ventura ofensas halla donde agrados busca. ¡Quien no tiene ventura ofensas halla donde agrados busca! Sale Alejo. Quiero preguntarte ¿a quién tales suspiros envías? Dime, amante Jeremías de doña Jerusalén, ¿hay lamentación de amor? Vuelve, Alejo, al mar cruel, verás mi desdicha en él, oirás en él mi dolor. Ya volví y, cuando temía escuchar de un monstruo fiero: “¡Ay de ti, triste Rugero, si no lloras noche y día!”, quieto miro el mar; no creo que será tu dolor mucho, pues dulce música escucho y un dorado barco veo solamente. Pues advierte que, aunque quieto el mar se ostenta, yo estoy corriendo tormenta, yo estoy bebiendo la muerte. Estas voces que has oído con amorosa atención exequias, exequias son de la vida que he perdido. El barco ataúd famoso es, que dice: “En este puerto yace un desdichado, muerto a manos de un venturoso”. En él Lotario y Aurora van y la voz me asegura que quien no tiene ventura en vano suspira y llora. A caber consuelo en ti, sólo lo pudiera ser, cuando ves el barco, ver que si va Lotario allí, también los músicos van, que los favores de Aurora los estorbarán ahora y después los contarán; tú sabrás cuanto han hablado. Muy triste Marte se vio por saber quién le cantó a Vulcano su cuidado y díjole el vil herrero: “¿No he de saber cuánto pasa y no pasa, si en mi casa tengo músico y cochero?”. Mas dejando esto, mucha es mi turbación, señor, porque en el barco un rumor de tristes voces se escucha. ¿No ves que les hace guerra y que no les da lugar para poderse acercar un viento que de la tierra los aparta? Ya los remos resistirán su rigor. Y ya con fuerza mayor tierra y mar en sus estremos luchan con violencia suma; y él, que sus furias desata, montes fabrica de plata, torres levanta de espuma. Todo el reino de cristal, monstruo de vidrio, gigante de zafir, es nuevo atlante de la esfera celestial. Tanto se atreve violento que ya será Aurora bella nuevo signo, nueva estrella, nueva luz del firmamento. Ya en los abismos se encierra. Entre las ondas veloces sirvan de norte mis voces: ¡ah, patrón, a tierra, a tierra! Ya triste y desesperado, sin remedio alguno, choca en esa desnuda roca. Ya roto y despedazado en breves partes está. Bien de los celos de Aurora estarás vengado ahora. Argos su vista me da o el cielo quiere que vea. Tanto la piedad le mueve que en guerras de nieve a nieve cristal con cristal pelea; y así, entre los dos violento, seguro podré fiar tanto fuego a tanta mar, tanta llama a tanto viento. Señor, ¿qué intentas? ¡Señor! No hay peligro en que repare. Vase. ¡Leandro te valga y ampare, que es amante nadador! Poco riesgo le amenaza, aunque al mar se haya arrojado, que de todo enamorado la cabeza es calabaza. Mas yo, que no sé nadar, rompiendo vientos veloces con mis lastimosas voces, ánimo les quiero dar: todo mortal abadejo, que agora en remojo muere, salga a tierra si pudiere; tome de mí este consejo. Vase. Sale Rugero con Aurora en los brazos. Si en los brazos se ofrece nuevo sol, de las ondas dividido, hoy diré que amanece segunda vez, segundo oriente ha sido ese reino de plata, a cuyo abismo el cielo se desata. Mas ¡ay de mí! ¡Qué miro! Nuevo dolor, nuevas desdichas creo, mayor estrago admiro, si la llama que traigo helada veo, en cuya sombra obscura duerme el sentido y vela la hermosura. ¡Ah, mi bien! ¡Ah, señora! Oye siquiera quejas repetidas de un alma que te adora y que rindiera a tu beldad más vidas que el mar sediento bebe. No oye, ni ve, ni alienta, ni se mueve. El cristal de su mano helado yace, pálido el semblante; piedad espero en vano. ¡Oh, clavel deshojado, oh, flor fragrante, oh, maravilla fría cuya edad es el término del día! Ni el eco me responde ni sé lo que me ordene el albedrío. Iré a ver si hay donde pueda llevar este cadáver frío. Tú en tanto, peña dura, depósito serás de su hermosura. Vase. Sale Lotario. ¡Qué dulce cosa es la vida! Agonizando me saca el ansia de vivir, siendo de mi tormenta la tabla. ¡Oh, madre tierra, qué bien me recibes! Dulce patria eres. ¡Mal haya quien fía del viento sus esperanzas! En un punto, en un instante sierras y edificios de agua me coronaron de nubes y en otro abismo de plata me escondieron, siendo el barco, al medir esta distancia, en monumentos de arena válida tumba y mortaja. ¡Oh, cuántas vidas le debes a la tierra! Mas de cuantas tu hambriento rigor destruye, tu sedienta furia acaba, ninguna, ninguna, ¡ay, cielos!, causará desdicha tanta como la infelice Aurora. Lloren aquesta desgracia cielo, sol, luna y estrellas, tierra, viento, fuego y agua; y yo más que todos llore, llore, pues no pude darla favor cuando agonizando la vi en las ondas. El alma parece que me repite, entre sombras y fantasmas, la misma imagen. ¡Ay, cielos! ¿Si es idea que retrata mi ilusión y mi deseo? Mas no, verdades son claras, pues veo entre aquestas peñas pálida, triste y helada a Aurora. Sin duda el mar la arrojó de sus entrañas a esta orilla, por no ver sus estragos y venganzas; o, indigno de merecerla, de sus ondas la traslada a este monte, como suele dejar en conchas de nácar las perlas que el mar concibe, hijas del sol y del alba; o como entre los peñascos, desde sus ondas saladas, envuelta en blancas espumas la ballena escupe ámbar. ¡Ay de ti, Aurora infelice! ¡Ay, Aurora desdichada! ¿Dónde estoy? ¡Válgame el cielo! ¿Quién me nombra? ¿Quién me llama? Quien llorando está tu muerte y ya, rendido a tus plantas, en venturosas albricias de tu vida ofrece el alma; quien vive, si vives tú, quien, si tú mueres, se mata, porque más tu vida estima. ¿Quién, sino amor, intentara tan peligrosa fineza y tan venturosa hazaña? Pues me respondes quién eres, oye y con mucha mudanza sabrás quién soy. Yo soy quien de tu valor obligada, a tu amor agradecida, después de esperanzas tantas, ésta por última estima. La vida te debo; basta que reconozca la deuda por lo menos quien no paga. (¿Qué es lo que escucho? Si aquí me ofrece con mano franca sus favores la fortuna, ningún temor me acobarda. Si el mar la arrojó piadoso y ella piensa que la amparan mis brazos, a nadie ofendo en concederlo). No haga tales estremos tu Alteza con quien no la sirve en nada. Mucho te debo. Es engaño, pues con sola una palabra, cuando la vida me debas, más que me debes, me pagas. Salen Celio y Diana. Hacia esta parte los vi desde aquellas peñas altas. ¿Es posible que te veo? No lo creo. Sí, Diana, posible es, porque a Lotario le debo ventura tanta. Él, a riesgo de su vida, me ha librado. Mucho agravia tu Alteza a quien no la sirve. Salen Alejo y Rugero. Entre aquestas peñas pardas la dejé, habiendo sacado un rayo sin luz, sin llama una antorcha, una venera sin aljófar, una caja sin joya; que es esto al fin una hermosura sin alma. A las voces que tú diste, discurriendo a partes varias, como yo, desde esas quintas todos los vecinos bajan; y aun me parece que veo, si no es que el temor me engaña, viva a Aurora. Vuestra Alteza me dé, señora, las plantas y viva felices años, siempre altiva, siempre ufana, más que el sol estrellas dora y flores matiza el alba. Apenas desde esta orilla vi que los cielos desatan las furias y que en un punto gime el viento y el mar brama; apenas vi el barco pobre cómo zozobrando andaba, poca vitoria del viento, fácil despojo del agua; apenas vi que en la roca se quiebra y se despedaza, cuando... ..arrojándoos al mar y, nuevo bajel con alma, haciendo remos los brazos, sujetasteis su arrogancia; y, recibiéndome en ellos, entre espumosas montañas me sacasteis. ¿No es verdad? Sí, señora. Si esperara aquese favor de vos, muriera en mi confianza, peligrosa enfermedad que hoy a muchas necias mata. Si no llegara Lotario antes que vos, ¡qué burlada me hallara, señor Rugero, librando en vos mi esperanza! Mi muerte pudistes ver desde la orilla con tanta flema, ¿y al mar no os echasteis? ¡Poco amor! Lotario estaba hoy en su mismo peligro y pudiera, sin que en nada fuera culpado, salvar su vida; y aventurarla quiso por librarme a mí. Y es fineza más bizarra la que, sin temer peligros, de un riesgo a otro riesgo pasa. ¿Que Lotario os libró? Sí,... ¿Qué Lotario o qué Lotaria? ...que vos queréis vuestra vida; sois muy temeroso de agua. ¿Dícelo él? Yo lo digo. Pues si tú lo dices, basta. Es Lotario más dichoso. ¡Vive Dios!... Alejo, calla, que es quien lo dice su Alteza. Miente su Alteza. ¿Que aún hablas? Vive tú y vive dichosa por siglos y edades largas. Ya, ya te ha dado la vida quienquiera que pudo darla, que a mí, como vivas tú, sólo el saberlo me basta. Sólo te responderé al tenor con que me infamas que estoy mojado y no pude, teniendo paciencia tanta, mojarme desde la orilla. Está bien, Rugero, basta. Vase. Yo no busqué la ocasión, pero no he de despreciarla, que no he de cerrar la puerta, si se entra la dicha en casa. Vase. ¡Buenos habemos quedado! ¿Hay estrella más contraria? ¿Hay vida más perseguida? ¿Hay suerte más desdichada? ¿Hay hombre más infelice? ¿Hay mujer más temeraria ni Lotario más dichoso en cuantos Lotarios se hallan? ¿Hay hombre más remojado y hay lacayo con tal plaga que, oyendo lamentaciones de la noche a la mañana, esté en tinieblas de amor? ¿Lotario la libró? Calla, que es quien lo dice su Alteza. ¿Qué haré? Enjugarse. ¿Qué traza daré... Irte a una chimenea. ...para que hoy Aurora salga deste engaño? Echarla de él. ¿Cómo... A coces y puñadas. ...diré que fui quien la dio la vida? Llegando a hablarla. ¿Qué me dirá, si la digo hoy, Alejo, que se engaña en pensar que fue Lotario? Dirate muy remilgada: “Mucho queréis vuestra vida; sois muy temeroso de agua”. ¡Maldígate el cielo, amén! ¿Eso tú me dices? Calla, que es quien lo dice su Alteza. Pues si ella lo dice, basta; y yo la hago juramento que en la guerra con las armas y con mi hacienda en la paz he de servirla y amarla sin que sepa que yo soy, pues no pretende más fama ni más agradecimiento que amar quien de veras ama. Vanse. Salen Estela y el Conde. Ya desde aquí la ilustre Barcelona se mira opuesta a la celeste cumbre, pues a la luz del alba se corona, opuesto el ceño de una y otra lumbre el mar, que sus estremos aprisiona –mucha prisión a mucha pesadumbre– cuando en su espejo, ¡oh, traición!, retrata la luna de zafir ceñida en plata. ¿Qué puede responder, ilustre Conde, la que tan obligada teme y duda? Harto el silencio con callar responde, harto dice la lengua a veces muda; pues si el conceto, que en el alma esconde, no es posible que igual al labio acuda, calla quien ama a estremos semejantes, que el silencio es retórica de amantes. Sólo me pesa que esta quinta sea y la sierra que ocupa nuestra gente la hacienda, que destruye y que saquea, de Rugero mi primo, porque ausente ni contra mí ni en mi favor pelea. Es Rugero mi amigo y, si presente en Barcelona a esta ocasión se hallara, su verdad defendiera y amparara. No ha sido ésta elección, ha sido engaño a fuerza por el sitio que hemos puesto; más fácil es de redimir el daño después de la vitoria. Salen dos soldados con Alejo. Llega presto. Lléguenme ellos a mí –¡rigor estraño!–, si importa. ¡En mil peligros estoy puesto! Este hombre hemos hallado... Engaño ha sido. ¿Por qué? Porque no estaba perdido. ...que solo hacia tu campo se venía y espía parece. Preguntarle quiero para enmendarme, ¿en qué parezco espía? ¿Quién eres? Un lacayo hacia escudero de un desdichado que en la traza mía conoceréis, de un pobre caballero, cuya hacienda, honra y vida es desgraciada: sirvo, en fin, a Rugero de Moncada, desgraciado en la hacienda, pues ahora en un punto la suya ve perdida; en la honra, porque siempre de él se ignora la alabanza que tiene merecida en la vida también, pues sirve a Aurora, que le aborrece y de su honor se olvida. Y llévase tras sí mi poca dicha, que es de participantes su desdicha. ¿Que Rugero, mi primo, en Barcelona sirve en esta ocasión a Aurora bella? Más valiera que no, pues su persona ni es estimada ni se acuerdan della. Y si aquesa hermosura que te abona llegara mi señor a conocella, no fuera contra ti. ¿Que mal contento Rugero está de Aurora? Así lo siento; que un pobre caballero que ha venido de tan largas ausencias empeñado, que a riesgo de su vida la ha servido en más de una ocasión, que se ha mostrado en su defensa fuerte y atrevido, que la sirve su hermana y no la ha dado una ayuda de costa ni un sustento, claro ha de estar que no ha de estar contento. Sólo a mí tiene ayuda desta costa, que le ayudo a gastar lo que no tiene, y a ti, cuyo rigor pienso que aposta hoy a acabar con sus haberes viene, pues hoy su poca hacienda por la posta tu gente ha despachado y no previene otra esperanza; todo cuanto había guardado en esta quinta lo tenía y tan guardado está que eternamente lo verá de sus ojos. Si Rugero, como tan cuerdo, sabio y tan prudente y al fin como tan noble caballero, ya que de Aurora esos rigores siente, a mi campo se pasa, hacerle espero tanta merced que su valor no ofenda falta de galardón, fama ni hacienda. Y tú, por que lo digas así, vete libremente y también dirás a Aurora la vitoria que el cielo me promete saliendo desta empresa vencedora. Descuidados están y, si acomete de improviso la gente, ¿quién ignora que ya la fama en tu alabanza vuela? Pues vámonos llegando. ¡Viva Estela! Vanse. Salen Lotario y Diana. ¿Qué hace su Alteza? Rendida al temor que discurrió sus sentidos, se quedó en una silla dormida en este jardín. Y en él serán con su vista hermosa, sus mejillas nueva rosa, sus labios rojo clavel. No te acerques y despierte al ruido. Vase. ¿Qué temor puede acobardar mi amor, puede contrastar mi suerte? Si dicen que la fortuna favorece al atrevido, yo, que tan dichoso he sido, no pienso perder ninguna. Mas ya a su hermoso arrebol hacen mis sentidos salva; hoy en los brazos del alba desmayado he visto el sol. En su blanca mano tiene unas flores; si es Aurora del cielo, en la tierra es Flora, pues sembrando rosas viene. ¿Si me atreveré a tomar aquel ramillete? Sí, pues si dijeren que fui atrevido, disculpar puedo atrevimiento igual: las rosas –responderé– de Aurora no las quité, sino de un bello rosal. Esta arena blanda y bella salpica una clara fuente; húmeda está, fácilmente diré mi ventura en ella: “el que a tu rara belleza aquellas flores hurtó, el alma en prendas dejó, que esta es la mayor riqueza”. Vase y sale Rugero. Sin que ninguno me vea hasta el jardín he llegado; pienso que el cielo me ha dado la ocasión que amor desea, que en él Aurora dormida está y, por no despertarla, todos quisieron dejarla. ¡Oh, nueva luz, nueva vida de las plantas! Aunque obscura la nube del sueño esté, bien por sus claros se ve el cielo de la hermosura. Aquí las joyas pondré sin que diga cúyas son, pues en aquesta ocasión los muchos alcances sé. ¿Letras en la blanda arena deste jardín, ¡ay de mí!, a sus plantas? Dice así, si es que acierto a leer mi pena: “El que a tu rara belleza aquellas flores hurtó, el alma en prendas dejó, que esta es la mayor riqueza”. Otro antes que yo llegó y con intentos mejores, pues él vino a llevar flores y a dejarlas vengo yo. Borraré el mote amoroso, no sabrán que aquí llegó; húrtele la dicha yo, que a un traidor, un alevoso, señas pondré, que por ellas no se sepa quién ha sido el que ha llegado y traído aquí estas joyas bellas: “Quien en aquesta ciudad guerra espera por momentos, a tales atrevimientos da licencia; perdonad”. Vase. Hola, ¿qué es esto? Que aquí ruido sentí juraría, pero en las hojas sería el viento. Mas no; si aquí un pequeño cofre veo, cierto es que alguno llegó y que él también me llevó el ramillete. No creo que haya ladrón tan felice a quien dé el sueño tirano tales prendas de mi mano. Pero así un rótulo dice: “Quien en aquesta ciudad guerra espera por momentos, a tales atrevimientos da licencia; perdonad”. ¡Diana! Sale Diana. Señora. Di, ¿quién en el jardín entró estando durmiendo yo? A sólo Lotario vi. Mal el testigo primero empieza a decir. ¡Ay, triste!, como Lotario dijiste, ¿no dijeras a Rugero? Sale Lotario. ¿Cómo se siente tu Alteza? Mala estoy, mi muerte creo, pues cuanto oigo y cuanto veo todo me causa tristeza. (Y es verdad, pues te oigo a ti y en ti veo aquesas flores cuyas vistosas colores son veneno para mí. Cada matiz diferente una yerba es ponzoñosa, un áspid es cada rosa, cada flor una serpiente. Pero quizá será engaño, que acaso pudo cogellas; así sabré si son ellas y máteme el desengaño). ¿Qué flores habéis cogido del jardín? Las que aquí veis, en cuya enigma sabréis que cifras de amor han sido. ¿Por qué? Porque el alma, llena de temor, dice que tiene un bien perdido y no viene a ser torre sobre arena. Es una dicha soñada, pues el cielo permitió que pueda tenerla yo; es una ventura hurtada, pues, sin voluntad del dueño, hoy en mis manos la ves. Y con saber que al fin es hurto, carácter y sueño, no me costó muy barato, que sabe amor lo que fue lo que por prendas dejé. Ya ¿qué pretendo, qué trato de desengañarme más, si en cifra, sueño y arena, gloria hurtada y propia pena, bastantes señas me das? Tú, que con estremo igual cada momento me pones en nuevas obligaciones, ya altivo, ya liberal, no sé, no sé cómo diga que venciste mi desdén, porque no es mujer a quien un buen término no obliga. Si fue contra ti algún día esquiva mi voluntad, ya tu liberalidad, tu agrado, tu cortesía la venció; y así se ofrece más agradecida ya. Aparte (¡Válgame Dios! ¿Qué será lo que tanto me agradece?). Si, porque el alma he dejado en prendas, que yo no sé si otra cosa te dejé, destas flores, te ha obligado, no fue liberalidad. Amorosos pensamientos a tales atrevimientos dan licencia; perdonad. Muy bien el mote entendí y estimé lo que mostró tu amor liberal. Si yo en el arena escribí que el alma en prendas dejaba destas flores, verdad fue, pues sólo el alma dejé, que es lo que más estimaba. ¡Qué bien tu cordura dice que lo una vez ofrecido nunca ha de ser repetido! (¿Hay confusión más felice?). Vase Lotario y salen Rugero y Alejo. Ya ¿qué tengo que esperar? Esto es solo lo que pasa: Estela vive en tu casa sin quererla tú alquilar. ¡Válgame el cielo! ¿Qué es eso? Señora. ¡Qué desvarío! Un suceso como mío, sabrás que es malo el suceso. Estela en mi quinta ha entrado y mi hacienda ha destruido. Y pagarnos no ha querido aun medio año adelantado. ¿Cuándo os tengo de escuchar o cuándo queréis que os vea, decid, decid, que no sea para darme algún pesar? Nunca habéis llegado a verme que no haya sido anunciando desdichas. ¿Andáis buscando malas nuevas que traerme? De vos, Rugero, escuché si gente Estela tenía, de vos supe que venía, de vos si ha llegado sé. ¿Qué es esto? ¿Tanto os holgáis de las penas que advertís, que todas me las decís y ninguna remediáis? ¡Cuán al contrario se halla en otro un amor tan justo, pues no diciendo el disgusto, aun el beneficio calla! Y por que veáis los dos que haberme dado me niega, Diana, ese cofre llega de Lotario. ¡Vive Dios! Calla. Que este es de Rugero... ¿Qué dices? ...y que él ha sido... ¡Mientes! ...quien eso ha ofrecido. ¿También vos sois embustero? ¡No están los embustes malos, pescadas las joyas! ¿Vos fingir así? ¡Vive Dios, que haga mataros a palos! Morir yo a palos no puedo. ¿Cómo os libraréis? Muy bien, porque antes que me los den... ¿Qué? ...me moriré de miedo. Vos, que siempre me tenéis una pena prevenida, no me habléis en vuestra vida, que yo sé que excusaréis mil disgustos, porque creo que nunca es para alegrarme y sé que venís a darme un pesar siempre que os veo; porque a tal punto ha llegado, como dicen, el temeros, que ya no quisiera veros ni haberos visto pintado. Vase. Si siempre que a veros vengo un disgusto se os previene, nadie da lo que no tiene y así doy yo lo que tengo. ¿Cómo ha de dar alegría quien siempre tiene tristeza? Parto así con tu belleza el caudal y hacienda mía, pues sirviéndoos en secreto, dirá una cifra desde hoy en mi escudo que yo soy en amarte más perfeto, por que en mi suerte importuna quede el cielo satisfecho, examinando en mi pecho lances de amor y fortuna. Tercera Jornada Salen Alejo y Rugero, con un escudo con cuatro eses pintadas en él y una banda en el rostro. Guarda, Alejo, ese escudo donde nadie le vea. Cuéntame, pues, ahora, lo que ha pasado. Di la vida a Aurora, porque muerto el caballo... ¡Mal haya quien tal dio! Calla. Ya callo. ...cayó rendida en tierra, cuando el furor de la trabada guerra en la campaña hacía una esfera de fuego, y mi osadía levantó al sol del suelo. Atlante fui, la máquina del cielo entre rayos y asombros felice aseguré sobre mis hombros cuando, para más gloria, ya su gente cantaba la vitoria. ¿Al fin allí dijiste quién eras? No hice tal. ¡Qué mal hiciste! ¿Esperas, pues, que con azar más fuerte un fullero de amor trueque la suerte? No es posible, que tengo señas muy claras; antes me prevengo a la mayor venganza. ¿Si él también a saber la seña alcanza y mete a su provecho en garitos de amor el naipe hecho? No es posible ni puede, porque entonces el cielo le concede a Aurora el desengaño mejor, porque verá... Temo tu daño. ...si esta acción se atribuye, que hizo así las demás, pues bien se arguye que el que en esta la miente en todas ha mentido. Así lo siente un cofrade, que dice que el mentir es la cosa más felice y el estar uno loco, porque es de mucho gusto y cuesta poco. En fin, vine rodeando largo espacio, que como vivo a espaldas de palacio, Alejo, no quisiera que alguien me viera entrar o me siguiera. Y vienes tan contento como si te esperara un opulento banquete, donde hallaras en blancas mesas diferencias raras de cazas de la tierra, aves del viento, peces del saladísimo elemento, pues ya no hay que comer hasta este día, si no te comes una pierna mía, pues que empeñar, en casa están nuestras alhajas tan por tasa que, si no empeño agora algunos palos que me preste Aurora defendiendo a Lotario, no tengo nada encima. ¡Oh, tiempo vario! ¡Oh, inconstante fortuna! ¡Oh, riguroso hado! ¡Oh, importuna suerte! ¡Cuerpo de Cristo! Las estrellas jurara que había visto. Admiro así mi estado. Admírate otra vez de esotro lado, que un duende no tuviera mano de hierro más pesada y fiera. ¿Con qué, señor, me diste? Pero ¿qué es lo que veo? ¡Bien hiciste! Otra vez te provoca, admírate otra vez, quiebra mi boca. ¿Sortijón? ¿Diamantazo? No diera la de lana igual porrazo. ¡Gracias a Dios que al fin destos estremos ya qué vender tenemos! No tenemos. Que empeñar no es muy malo. Yo estoy loco. Ni qué empeñar tampoco. Pues duélame el porrazo y diga ahora: ¡Gracias a Dios, que hay que le dar a Aurora! Y dices bien, que para Aurora bella es aquesta sortija. Hasta que a ella se la dé, que esta caja honestamente la ha de guardar, el sol eternamente la ha de ver, hasta tanto que la mire en sus manos. No me espanto, que una mujer que tanto le agradece, ese cuidado y mucho más merece. De locuras acorta, que no sabes, Alejo, lo que importa. Y es verdad, pues no sabes que de mis hechos son señas tan graves que me la dio su mano cuando la di la vida, y así es llano que nadie hurtarme puede la dicha que el diamante me concede. Ni lo espero saber, pues ya no espero vivir; pero quejarme sólo quiero de que tu mano tal rigor prevenga que en penas semejantes para romperme la cabeza tenga, y no para otra cosa, los diamantes. Si de hambre murieses, ¿cómo hicieras después? ¿Y qué importaba la fama que dejaba el caballero de las cuatro eses? ¿No respondes? Rendido al cansancio o a la hambre, se ha dormido. ¡Oh, qué sutil intento! ¡Famoso noguerado pensamiento! Si la sortija cojo, hago tres cosas: vengo aquel enojo de Aurora, pues a ella nunca se la dará; luego con ella aseguro la vida de mi amo, ladrón piadoso de su honor me llamo, viviendo deste modo; y coma yo, que importa más que todo que, una vez empeñada, segura está la piedra y más guardada para cuando importare. Meto el dos bastos y Caco me ampare. ¿Topé la caja? Sí. ¡Qué hermosa y bella es la piedra! Pondrele un canto en ella que, si él mismo no quiere que la vea el sol hasta que sea de Aurora, está con eso más engañado por el son y el peso. Llaman. Llamaron a buen punto: todo parece que ha llegado junto. ¿Qué es eso? Que han llamado a la puerta. ¿Y quién es? Es un soldado. ¿Soldado a mí? Entre, pues. Sale un soldado. Antes que bese tus pies, deja admirarme de que fuese tan humilde posada palacio de un Rugero de Moncada. Y ahora dame tus manos. Prolijos son excesos cortesanos y así su cumplimiento está excusado, porque yo soy también pobre soldado. Decid, ¿qué me mandáis? Solo quisiera hablaros. Pues, Alejo, salte afuera. Y yo lo deseaba. Rabiando por buscar a Celio estaba, que me preste el dinero con que comprar alguna cosa espero. Vase. Dijera los peligros que he pasado hasta el haber llegado a vuestra casa, porque fuerza ha sido; pero baste deciros que he venido con ánimo y cautela con esta para vos. ¿Cúya es? De Estela. ¡Dichosa el alma vive! ¿Estela a mí? Veré lo que me escribe. Lea. “Primo, yo he sabido vuestras quejas y vos no me habéis ignorado mi justicia; y así, para que quedemos yo satisfecha y vos vengado, vení a mi ejército, donde disculparé vuestros agravios, adelantando vuestra persona. Ahí van de primera muestra las joyas que ese soldado lleva, y de creencia esta carta. Dios os guarde. Vuestra prima, Estela”. Si en una ocasión tan fuerte no os disculpara en rigor la exención de embajador, yo mismo os diera la muerte. Pluma aqueste acero fuera, papel la tierra sucinta y vuestra sangre la tinta con que a Estela respondiera. Pero ya que os ha librado la ley que os aseguró, decid a Estela que yo jamás estuve engañado en la justicia de Aurora; y que, aunque tan pobre vivo y quejoso, no recibo esas joyas y que ignora que, humilde y pobre, me fundo en que más contento estoy sirviendo así a Aurora hoy, que siendo señor del mundo. Esto decid a su hermana y llevad con el recado las joyas, antes, soldado, que os eche por la ventana. Obligarte pensé así, no ofenderte. Vase. Ya lo veo, pero en mis dudas aquí conmigo mismo peleo. ¡Defiéndame Dios de mí! Y a mi pecho desleal de la fortuna no es bien quejarse en estremo igual; ya me dio el bien, pero es bien que vale menos que el mal. Pero ¿qué notable estremo de desdicha poner pudo sombra al resplandor supremo? Mi desgracia, ¡qué bien dudo! Mi desdicha, ¡qué bien temo! Cuando aquesto a pensar llego, fuego arrojo por despojos, fuego a los aires entrego, fuego vierto por los ojos, ¡que me abraso, fuego, fuego! Sale Alejo con algo que comer, huyendo. ¿Dónde está el fuego, señor, que aquí no estoy satisfecho de su furia y su rigor? Bien dices, que está en mi pecho, porque todo es fuego amor. ¿De donde agora salió tal frialdad, haber pudiera fuego? Sí, Alejo. ¿Pues no? Por poco nos sucediera hoy lo que le sucedió a un poeta con su ama: como dicen que se inflama de un espíritu su pecho, de cuyo ardor satisfecho es el corazón la llama, él enfurecido estaba y tanto se divertía del afecto que llevaba, que todo cuanto escribía a voces representaba. Llegó el paso de un león a aquella misma ocasión que con la comida entraba el ama y, como él estaba llevado de su pasión: “¡Guarda el león!”, con voz fiera dijo. Y el ama ligera, que ya temió sus cosquillas, con puchero y escudillas rodó toda la escalera, diciendo: “¡Ay, Virgen sagrada, librad a Mari Guisada de sus uñas importunas!”, quedando el amo en ayunas y la rucia ama rodada. No pienso que es menester aplicallo, cuando llego a casa con qué comer. Y puesto que no hizo el fuego lo que el león pudo hacer, siéntate a comer, pues ves que te traigo qué, señor. ¿Con qué pagaré cortés agora tanto favor? Con no reñirme después. Llaman a la puerta. ¿Llaman a la puerta? Sí. Quita todo esto de aquí. Sale un paje. La Condesa, mi señora, que vais a palacio agora. Iré, si la sirvo ansí. Alejo, ya en mi conceto alta ocasión me prometo. Trae ese escudo. ¡Oh, si vieses discifradas ya las eses del amante más perfeto! Vanse y salen Celio y Lotario. ¿Hiciste ese escudo? Sí, pintadas las cuatro eses tal, que en los dos engañarse el mismo artífice puede. Si el que vence por industria se corona de laureles y es tan celebrado como el que por las armas vence, y que hasta aquí en mi favor tuve a la fortuna siempre, pretendo, pues es mudable, dejarla antes que me deje y valerme del ingenio. Venza la industria la suerte, que harto hace la fortuna, pues que la ocasión me ofrece. No fuera traidor, si el cielo no me hiciera que lo fuese, atribuyéndome glorias que ya es fuerza que sustente; demás de que por amor ninguno este nombre tiene. Dices bien, y no lo fuera más al yerro que pretende entre traiciones de amor mezclar otras. ¿De qué suerte? Hoy Alejo me pidió que unos dineros le preste sobre esta sortija. A vella. Prosigue, ¿qué te detienes? Díjele que me esperase en su casa y brevemente le llevaría el dinero. ¡Ella es! ¿Qué te suspendes? Fui a su casa y della vi salir encubiertamente y con recelo un soldado a quien yo vi algunas veces sirviendo al de Ruisellón. Dudé si era o no y halleme tan empeñado que quise seguirle y vi claramente que de la ciudad salía entre unos mercaderes disfrazado y encubierto, de donde claro se infiere que Rugero se cartea con Estela. Tú me ofreces con una ocasión dos dudas, y es una pensar que ofende Rugero a Aurora, y la otra ver que este anillo parece a otro que he visto en sus manos, y con mirar que es aqueste de tan estraña labor, más mis confusiones crecen. ¿Pudo ser de Aurora? Sí. Di, ¿cómo? Muy fácilmente, que Alejo es muy despejado y pudo ser se le diese celebrando algún donaire. Bien discurres, bien adviertes; si es de Aurora, porque es suyo, si no, porque se parece. Toma el dinero que diste y el que Alejo te trujere, que yo me quedo con él; que, si Aurora no le tiene, veré si es suyo el diamante, fuera de que no se puede imitar tanto una piedra tan perfeta y excelente. Tú, Celio, trae ese escudo y al descuido, si pudieres, haz que Aurora te le vea y a este mismo puesto vuelve. Vase Celio y salen Aurora y Diana. Amor, que en mi pecho vives, amor, que en mi llanto mueres, un día te doy de plazo, un día de vida tienes, pues, si Rugero no es, ¿a quién mi pecho le debe dos vidas en dos acciones, a quién di aquel excelente diamante que yo traía?; que desmentirse no puede diré, contando y midiendo del tiempo las horas breves, de las horas los minutos: corre veloz, por que llegue a un mismo tiempo a mi pecho o el desengaño o la muerte. Lotario, ¿qué haces aquí? Dándome estoy parabienes de que la divina fama hoy tus vitorias celebre. Aparte (¿Cómo veré si el diamante en sus blancas manos tiene?). Aparte (¿Cómo sabré si éste es? Diré mejor: ¿si no es éste?). (¿Qué ocasión podré tomar para que los guantes deje?). (¿Con qué ocasión saldré ya de confusiones tan fuertes?). Oí decir que en una mano un golpe tu Alteza tiene. Engaño, Lotario, fue. No podré satisfacerme del cuidado que he tenido, si no es, señora, que llegue a ver las señas. Si a mí, con ser mías, no me duelen, no queráis más desengaño. Peor pudiera sucederme, si no llegara a aquel punto un soldado tan valiente que me dio vitoria y vida. Eslo mucho quien bien quiere. (¿Qué espera mi sufrimiento? Mi desengaño, ¿qué teme? ¿Qué duda mi confusión? Muera, sabiendo que muere. No le hablaré en el diamante, porque si acaso no es éste, no se advierta para hacer engaños. ¡Cielos, valedme!). Quisiera que me dijerais, pues vuestro ingenio se atreve a competir con Apolo, de quien tanta luz le viene, qué es lo que quieren decir de un escudo cuatro eses. Buena ocasión os he dado, pues, siendo tan excelente vuestro ingenio, mostrará en esto el valor que tiene. (Y bien he dicho el valor. ¡Plega a Dios que no lo muestre!). (¡Vive Dios que estoy confuso! Mas no son precisas leyes de las enigmas y cifras decir una cosa siempre. Campo abierto es el ingenio, decir varias cosas pueden cuatro eses. Pues ¿qué dudo? Todo el ingenio lo vence). Puesto que el ingenio mío no es tan grande, pues tú quieres que discifre aquesas letras, solo por obedecerte y darte gusto lo haré. (Ofreciose fácilmente. Él es). Acertar quisiera a agradarte. (Si eso temes, acertarás a agradarme, como a discifrar no aciertes). Salen Rugero y Alejo. (Guarda ese escudo y ninguno le vea). Si es que merece mi boca el suelo pisar, permíteme que le bese. Para mi bien o mi mal, Rugero, a buen tiempo vienes. ¿Qué me mandas? Que escuches de Lotario lo que quieren decir, por alto blasón, de un escudo cuatro eses. ¿Y para aquesto, señora, me has llamado? (¡Favorece este atrevimiento, amor, pues tú le disculpas siempre!). Un amante que no alcanza por fruto de firme amor sino desdén y rigor sirve una desconfianza sin galardón ni esperanza; y con fin de obediente, siente el ver que eternamente ha de quedar satisfecho su cuidado; así su pecho en un punto sirve y siente. No es bastante el sentimiento a que deje de servir, que sintiendo ha de sufrir más rigor y más tormento. Y nunca al favor atento sirve, siente y sufre el daño, y, aunque toca el desengaño, no hay quien a olvidar le obligue, que después de todo sigue, ya su estrella o ya su engaño. Sirve nunca mereciendo, siente jamás esperando, sufre sus penas amando y sigue su amor sintiendo. Y desta manera entiendo que a declararlas me obligo las eses, pues así digo a tu belleza que amante, quejoso, triste y constante, sirvo, siento, sufro y sigo. (¡Declarose mi tormento! Nunca amaras ni sintieras, ni esperaras ni dijeras por cifras tu pensamiento. ¿Qué espera mi sufrimiento? Mi desengaño ¿qué espera?). Para hablar de esa manera, yo también, señora, he sido quien tu vida ha defendido; si en eso consiste, espera. Cuatro eses ha de tener el amor siendo perfeto (¡Dios me saque deste aprieto!). Por la primera ha de ser sabañón, que ha de comer; y pruébase esta verdad en que la necesidad el respeto al amor pierde, que toda hermosura muerde y masca toda deidad. Después de comer, no hay duda que ha de vestirse esta dama; en la segunda se llama sastre el amor, por que acuda a esta belleza desnuda. Y el amante, que no ha sido para dar plato y vestido, aunque a su fineza pese, será a la tercera ese, viendo y callando, sufrido. Y para el que no sufriere tanta desdicha y afán, es el amor sacristán que le entierre, pues se muere; de donde claro se infiere que todo amor ha tenido, o verdadero o fingido, las eses deste blasón, siendo el amor sabañón, sacristán, sastre y sufrido. Aunque loco, bien advierte que el ingenio pudo hallar dos sentidos para dar a un desengaño la muerte. ¿Qué decís vos? De otra suerte yo las letras entendí y, si me dieras a mí licencia, dijera hoy lo que siento. Yo la doy. Pues está atenta. Di. Sabio ha de ser amor, viendo la fama del sujeto que estima hermoso y grave, porque no sabe amar quien solo ama el cuerpo, si es que el alma amar no sabe. Solo ha de ser amor, sola una dama ha de estimar en su prisión suave, que un esclavo no sirve a dos señores ni caben en un alma dos amores. Solícito ha de ser, no procurando ocasiones al gusto solamente, sino las del pesar también, mostrando que el gusto estima y los pesares siente. Secreto en fin, pues ha de callar, cuando algún favor o alguna acción intente. Y así será el amor, siendo perfeto, sabio, solo, solícito y secreto. (Vuelva el amor, vuelva a encender la llama del pecho). Aunque en la cifra hablar pudieses, no me podrás quitar la altiva fama del caballero de las cuatro eses; por este escudo el orbe así me llama. Descúbrele. No le desmentirás, aunque trujeses otro, siendo muy fácil, contrahecho. Tú sabrás si es muy fácil, pues lo has hecho; pero aqueste es el mío. (En nueva duda una vez me acobardo, otra porfío; no sé a cuál de los dos a un tiempo acuda, ya me aseguro y ya me desconfío. Pero ¿qué espera el alma ya, qué duda?). ¿Cuál de los dos tiene un diamante mío? Declárese. ¡Oh, qué dicha tan segura! Yo le tengo. ¿Es aqueste por ventura? Por desgracia será, porque el diamante que busca Aurora en esta caja viene, comparado a mi amor, menos constante. (Muchas dudas el cielo me previene. Lotario, en desengaño semejante, es el que la sortija misma tiene y Rugero la ofrece. Ya no dudo, disculpando el diamante y el escudo). ¿Es esta la piedra bella que en el cielo soberano de tu bellísima mano fue, señora, errante estrella? Abre esta caja y en ella luego el diamante verás que tú por señas me das. Alejo, ésta es la ocasión. Lograré mi pretensión. (No sé yo qué espero más: ésta es la misma. Mas quiero ver la caja. ¿Qué temor es éste?). ¿Es cifra de amor aquesta piedra, Rugero? ¡Qué es lo que miro! ¿Qué espero, habiendo el daño causado? Si es que piedra habéis llamado desta suerte a mi belleza, piedra seré en la dureza. Y yo en lo inmóvil y helado. Decid, ¿qué ha significado esta piedra? ¿Enmudecéis? ¿No habláis? ¿No me respondéis? ¿Qué decís? ¡Soy desdichado! Vase. Breve respuesta te ha dado; mas, si por lo que él calló puedo, señora, hablar yo, sabrás que es Rugero fiel y que fue sin duda a él a quien tu mano le dio el diamante. Yo le hurté, por que en desdicha tan fiera de hambre no se muriera, la piedra en la caja eché y la sortija empeñé en Celio, de donde es llano que haya venido a la mano de Lotario. ¡Qué quimera tan descarada! ¡Que quiera un necio, un loco, un villano, hacerme creer a mí que a Rugero le di yo la sortija, que él la hurtó y que echó la piedra allí, que él la empeñó, porque así venga a Lotario! ¿Qué espero? Pícaro, vil, embustero, quimerista, enredador, más que Rugero traidor y más falso que Rugero; pues con causa me provoco, hoy morirás. ¡Ay de mí! ¡Hola! ¿No habrá gente ahí que mate a palos un loco? Sí habrá; vete poco a poco en mandarlo, que ya están prevenidos y lo harán cuando de aquí salga..., aunque no me tocarán. ¿Por qué? Porque no me alcanzarán. Vase. Ya en los estremos que hago conocerás que no es nuevo confesar lo que te debo y negar lo que te pago. Callando te satisfago una y otra acción honrada cuando, viéndome obligada, te doy por respuesta a ti la que me dieron a mí, que es decir: “Soy desdichada”. Aunque amor mi pecho abrasa, nunca tan humilde ha sido que ha de esperar que el olvido le desocupe la casa. Y pues mi desdicha pasa a tal desengaño, llegue el tuyo, Aurora, también, porque mi pecho no es bien que más verdades te niegue. Rugero es buen caballero, él vida y joyas te dio. Con industria quise yo quitarle el bien que no espero. Y pues merece Rugero las glorias que a mí me ofrece, gócelas, pues las merece, y diga mi voluntad, pues se muere, la verdad. Bien tu humildad me parece. Y pues las verdades digo que tan mal me están a mí, las que te están mal a ti también a decir me obligo. De todo el cielo es testigo; sabe, inquiere, busca y cela quién con engaño y cautela en traje de mercader suele a Rugero traer cartas del Conde y de Estela; procura saber y oír lo que en tu deshonra pasa: quien de noche entra en su casa de día suele salir. Algo había de añadir, que yo en la pena que ves no espero más gloria, y, pues de todo advertida estás, remédialo, y no podrás quejarte de mí después. Vase. ¿Qué es esto, Diana? Yo, aunque me pese, creeré que necio Rugero fue, pues tu favor no estimó; pero traidor, eso no. Y para que yo lo crea es menester que lo vea. Y yo tanto me resisto que después de haberlo visto tengo de dudar que sea. ¿Cómo sabré lo que pasa en su casa? ¿Quién lo impide? Un jardín sólo divide tu palacio de su casa y, cuando la noche, escasa de luz, salga de occidente, pasaremos fácilmente adonde acechar podemos a Rugero y de él sabremos si este habla verdad o miente. ¿Podré pasar? Buen remedio. Fácil es de publicar que se cayó y derribar una tapia que está en medio. Bien dices, no hay otro medio; las dos iremos. Rigor de un desatinado amor, ya pienso que agradeciera que Rugero ingrato fuera, como no fuera traidor. Vanse y salen el Conde, Estela y soldados. La noche, que siempre ha sido funesta sombra del sueño, en nosotros ha engendrado bizarros atrevimientos. Bien dije yo que era fácil, sin padecer algún riesgo como viniésemos solos, entrar hasta aquí encubiertos; porque, como es esta guerra entre naturales mesmos, dejan entrar y salir muy fácilmente, diciendo que es a vender y comprar, hasta un número pequeño, tal que no les dé cuidado. Si logramos nuestro intento, segura está la vitoria, porque teniendo a Rugero de nuestra parte, ¿quién duda la gloria del vencimiento? Pues según Leonardo dice, le vio en su pobre aposento el escudo de las eses, que fue nuestro asombro y miedo, porque es fuerza que tan pobre pague en agradecimientos este amor y este cuidado. Esta es su casa. Esperemos que pase un hombre que agora ocupa la calle y luego llamaremos. Sale Alejo. ¡Ay de ti, pobre y desdichado Alejo! Rota traigo la cabeza, desgonzado traigo el cuerpo, derrengada traigo el alma. ¡Ay de mí, yo vengo muerto! Entró en casa. Este es, sin duda, su criado. Hablarle quiero. Oye, hidalgo. ¿Hablan conmigo? Con vos hablo. Pues no entiendo por hidalgo, porque yo soy villano y mucho menos, porque si ellos pecho pagan, yo he pagado espalda y pecho. ¿Sois de Rugero criado? Criado fui de Rugero cuando viví. ¿Estáis herido? Tanto importa, a palos muerto. Si acaso Aurora os envía oficiales de refresco para acabar esta obra, duélaos saber que tengo a ruedas, y de fortuna, salmonado todo el cuerpo. Amigo, fin diferente y más en provecho vuestro me obliga; decidme, pues, desta verdad satisfecho, si es que está Rugero en casa, si podré hablar a Rugero, advirtiendo que le importa. Como estamos ya tan hechos a llantos, aunque decís que por bien venís, no os creo, pero él no está agora en casa; mas vendrá, si esperáis, presto. Si le queréis aguardar, entrad, caballeros, dentro; que aquí estaréis más seguros. Bien decís; esperaremos en su casa, que es mejor, porque le importa el secreto a él también, como a nosotros. Pues entrad y, mientras vuelvo con luz, en este portal estaréis. Aquí os espero. Si hoy a Rugero llevamos, la vitoria y triunfo es nuestro. Vanse y salen Aurora y Diana. Fácilmente hemos llegado hasta su mismo aposento, si es que puedo distinguir ser aqueste, andando a tiento. Ven conmigo y habla paso, Diana, que no sabemos si hay alguien que nos escuche. ¿No será mejor acuerdo estarnos en un lugar quedas, sin andar a riesgo de topar una escalera? Pues para lo que queremos luz ha de haber y. guiadas de sus hermosos reflejos, más advertidas entonces, escoger sitio podemos. Dices bien y aun me parece que viene la luz a tiempo, que, aunque no quisiera, había de tomar tan buen consejo. Acercándose va. Aquí con la escasa luz ver puedo a esta parte un corredor y allí una sala. Este puesto nos conviene; desde aquí apartadas escuchemos lo que pasa. La pistola me da, que viven los cielos, que, si Rugero es traidor, he de matar a Rugero. Salen Alejo, Estela y el Conde. Entrad, señor, y sentaos, que, si yo mal no me acuerdo, desde que con luz os vi, de haberos visto me huelgo. ¿Conoceisme? Creo que sí y tengo mucho contento de veros, porque con vos y el hermano compañero he de vengarme de Aurora. ¡Diana, mi muerte veo! ¿No es aquel el Conde? Sí. ¿No es aquella Estela? ¡Ah, cielos, verdades, verdades son las traiciones de Rugero! ¿Por qué tan quejoso vives de mi hermana? Porque tengo sobradísima razón. Porque hoy la dije lo cierto de un caso que ella ignoraba, me entregó sin ningún duelo al brazo seglar de pajes, condenado a mantear; y ellos con tal gana lo tomaron, que al más mínimo boleo andaba de viga en viga como bruja por el techo. Pero yo se lo perdono si con vosotros me vengo desta Aurora, desta alba, noche para mí. ¿Qué espero... Repórtate. ...que no salgo a matar un embustero? Dentro ruido. Esta, Lotario, es mi casa. Entrad, no temáis. No temo. Mi señor es el que llama y, pues viene hablando, es cierto que no viene solo. Allí os retirad, que no quiero que os vea, si no es seguro el huésped que trae. Tu ingenio previene muy bien. ¿Adónde estaré? En este aposento. Escóndense; sale Lotario y Rugero. Nunca Lotario temió. Así lo he creído. Alejo, salte afuera. Pues ¿qué hacéis? ¿No lo veis? La puerta cierro, y, después de haber cerrado, pongo la llave en el suelo. Oídme agora. Ya escucho. (¿En qué puede parar esto?). No os saqué al campo, Lotario, porque salir no podemos de Barcelona por causa del sitio; y así, resuelto a reñir con vos, os dije que me siguierais y, haciendo como tan valiente al fin y gallardo caballero, me seguisteis, que el temor no vive en altivos pechos. A mi casa os he traído, Lotario, con este intento, por ser campo más seguro. Si no lo está vuestro pecho, tomad esta luz, mirad el más oculto aposento y, si hubiere algún testigo, yo me juzgo desde luego por el más vil, más infame y cobarde caballero. Pero, después de quedar de mi trato satisfecho, me habéis de dar por escrito que yo he sido el que primero dijo alabanzas de Aurora, cuando vos en su desprecio hablasteis, y que trocasteis entonces las suertes; luego, habéis de firmar también que yo fui, pues es lo cierto, el que del mar la sacó, y aquí de barato os dejo las joyas, que no he de hablar en cosa que tenga precio; que contrahicisteis después el escudo y con ingenio, arte o encanto, me hurtasteis también el diamante bello que disteis a Aurora. Todo lo habéis de firmar o, expuestos los dos a un peligro igual, medir el templado acero y, riñendo en esta sala brazo a brazo y cuerpo a cuerpo me habéis de quitar la vida, –que vendré a sentirla menos, pues me quitasteis a Aurora– o yo la vuestra, advirtiendo que si en este desafío quedáis a mis manos muerto, os doy mi fe y mi palabra de tener siempre en secreto vuestros engaños. Si vos me diereis muerte, en el suelo está la llave; escapaos, pues yo con cualquier suceso he de quedar esta noche de mi agravio satisfecho: o vivo, desengañado, o honrado después de muerto. Ya que atento os escuché, a todo iré respondiendo como lo oí: aquí estoy solo en vuestra casa, creo, y así no me satisfago, porque ya estoy satisfecho de vuestro valor. Y así, respondiendo a lo primero, digo que es verdad que yo hablé en ofensa y desprecio de Aurora, a quien estimaba, pero fue la causa dello sentir que vos la alabaseis tanto. Dudando y temiendo, como amante pretendí divertiros el deseo y hacer que no os empeñarais en amar, error de celos; y así, si sentí al revés, no fue traición ni mal hecho, cuando lo que siento callo, el decirla lo que siento. Yo salí del mar a nado cuando entre unas peñas veo a Aurora, que, desmayada, estaba sola y, volviendo, me agradeció a mí su vida; diga ella si a mi pecho esta acción se atribuyó, pues ignorando el suceso, callé por no desmentirla. Bien me sucedió esto mesmo con las joyas, que hasta hoy no supe ser vuestras; luego no hubo engaño de mi parte, si fue la causa de haberlo unas flores que yo mismo le quité estando durmiendo. Sólo el escudo me culpa; que en lo del diamante, es cierto que a Celio, un criado mío, le empeñó un criado vuestro; y así, cuando dijo Aurora en tan dudoso suceso: “¿Quién tiene un diamante mío?”, respondí, de engaño ajeno: “¿Es aquéste por ventura?”. Si lo fue, ¿qué culpa tengo? Toda esta satisfación doy porque en este aposento estamos solos los dos, que a haber un testigo, es cierto que no la diera, porque, ya que empeñado me veo, he de sustentar valiente que yo soy el caballero a quien Aurora le debe las finezas que habéis hecho; y he de empezar castigando el altivo atrevimiento de llamarme a desafío, pues no quedaré bien puesto, si, siendo de vos llamado, sin reñir con vos me vuelvo. Sacad la espada. Ésta es. Sale Aurora. Y yo antes que tú, pues tengo mayor parte deste agravio, satisfacerme a mí quiero. Traidor, cuanto has confesado escuché. ¿Qué es lo que veo? Y como me has ofendido, quedar satisfecha espero con tu muerte. Aquesta ha sido traición, pues, cuando yo vengo solo, traes contigo a Aurora. Es engaño, que tú mesmo me has traído. ¿De qué suerte? Diciéndome que Rugero era traidor, cuya causa me obligó a venir a verlo encubierta. Y, cuando vengas, Aurora, con ese intento, ¿podrás quejarte de mí, si yo prevenido y cuerdo antes te desengañé? Es verdad, yo lo confieso; y, pues contra ti ayudé a Rugero con mi esfuerzo, agora, puesta a tu lado, me ayuda contra Rugero. ¿Contra mí? ¿Por qué? Porque eres traidor. ¿Yo traidor? El cielo sabe mi lealtad. Y yo sé que en aqueste aposento están el Conde y Estela, que han venido con secreto a solo tratar mi muerte y te has escrito con ellos. ¿El Conde y Estela aquí? ¡Cielos! ¿Qué encantos son estos? Salen. Ya que sabes dónde estamos encerrados, conociendo que es imposible escaparnos, por mejor partido tengo el entregarnos rendidos y tratar cualquier concierto que hacer quisieres. Y agora doy palabra que Rugero no sabe que estoy aquí. Es verdad que con intento de que mi parte ayudara le escribí, mas noble y cuerdo respondió que te servía; y pensando con mis ruegos convencelle, vine a hablalle. Esto, señora, es lo cierto. Agora dame la muerte. Los brazos, Estela, tengo para mi hermana; y, pues ya se acaba con tal suceso nuestra guerra, disponed los partidos, que yo aceto cuanto los dos dispusiereis; que tales albricias debo en nuevas de un desengaño, que le pago y agradezco dando a Rugero la mano de esposa. Tus plantas beso. Nunca mejor se lograron los engaños, que en efeto siempre vive la verdad. Confuso y corrido quedo, pero por satisfacer las ofensas de Rugero, hoy me caso con Diana, haciendo el agravio deudo. ¡Abran aquí o vive Dios que eche la puerta en el suelo! Todo lo he estado escuchando por el pequeño agujero de la llave, y a las bodas no hay quien se acuerde de Alejo; pero a las mentiras no hay quien se olvide de él. Ya espero satisfacerte. Y aquí, senado, acabe con esto del amante más perfeto, como las eses lo dicen, perdonando nuestros yerros. FIN