Personajes EL JUDAÍSMO LA GENTILIDAD SAN JERÓNIMO SAN AMBROSIO SAN GREGORIO SAN AUGUSTÍN SANTO TOMÁS LA FE SIBILA DÉLFICA SIBILA PÉRSICA SIBILA CUMANA SIBILA TIBURTINA EL REGOCIJO Suena dentro la Música y salen por dos partes leyendo en dos libros el JUDAÍSMO y la GENTILIDAD, vestido uno a lo judío y otro a lo romano Venid, mortales, venid, venid, venid al certamen, que el que ligítimamente lidie, habrá de coronarse. Venid, venid, mortales, que el que llama a todos no exceta a nadie. ¿Qué nuevo métrico ridmo es el que hoy el eco esparce, que para mí solo es fuego, siendo para todos aire? ¿Qué dulce nueva armonía con envidia de las aves, siendo de todos lisonja, para mí solo es ultraje? Según ajeno a mis ciencias llega su acento suäve. Según llega a mis noticias ignorado su lenguaje. Pues dice, sin que penetre el fin con que a todos llame. Venid, mortales, venid, venid, venid al certamen… Pues dice, sin que el sentido de sus cláusulas alcance. … que el que ligítimamente lidie, habrá de coronarse… A cuyo duelo previene… A cuyo desafío añade… Venid, venid, mortales, que quien llama a todos no esceta a nadie. Nada entendí, sino solo que fue de Pablo el dictamen, aquel que apóstata mío es hoy de la Iglesia Adtlante. Nada alcancé, sino una remota noticia fácil de deidad, que no es posible que yo entre mis dioses halle. Y así para ver si puedo rastrear novedad tan grande… Y así para ver si doy con la causa de que nace… ... por el eco he de seguirme… ... por la voz he de guiarme… Vense los dos ¿Gentilidad? ¿Judaísmo? ¿Dónde, pálido el semblante y turbado el pie, caminas? Lo mismo iba a preguntarte, viendo cuánto en este monte suspenso y confuso andes. Tras sí me lleva una voz, corrido de que no allanen mis estudios sus misterios. Luego, ¿fuerza es que no estrañes ser la causa que te lleva efeto que a mí me trae? Pues si es uno mismo el fin… Si uno mismo es el examen… ... discurramos en su busca… ... penetremos en su alcance… ... por si dijese otra vez… ... por si otra vez pronunciase… Venid, venid, mortales, que quien llama a todos no exceta a nadie. Ya a la duda del oído la de la vista adelante. Mirando a un carro que será un monte Dices bien, pues aquel monte que allí fantástico yace —puesto que otra vez no vimos su cumbre en todo este valle de lágrimas— es el centro, de cuyos cóncavos sale distinto el eco. Que sea, no dudo, su formidable estatura la de aquel que dio a la primera nave puerto en sus armenias cimas donde varada descanse. ¿Que cómo, Judaísmo, a solas tus leyendas te persuades, sin atender cuánto más semeja al fiero arrogante jayán del cielo, en quien mueven su máchina esos errantes rumbos, animado monte, que, inanimado cadáver, con su frente abolla el cielo, con su vulto estrecha el aire? Y que ¿cómo gentilismo vas tú tras tus vanidades? No es tiempo ahora de argüir quién cierto o incierto ande, sino de apurar el nunca oído acento que nos saque desta confusión. Bien dices, y más, como dije antes, viendo que de los oídos la duda a la vista pase, pues ya no solo de voces puebla el monte sus celajes, mas de bellísimas ninfas que en nichos de yedra y jaspe con diversos instrumentos le cercan a todas partes. Otra vez ya de más cerca, por si puede penetrarse de su festín la ocasión, escuchemos lo que canten. Venid, mortales, venid… Venid, mortales, venid… … venid, venid al certamen… … venid, venid al certamen… … que el que ligítimamente… … que el que ligítimamente… … lidie habrá de coronarse. … lidie habrá de coronarse. Venid, venid, mortales… Venid, venid, mortales… … que quien llama a todos no exceta a nadie. … que quien llama a todos no exceta a nadie. ¡Oh, tú, bellísimo coro, que llenas de suavidades la raridad de los vientos, haciendo que desiguales tus cláusulas y mis dudas una y otra esfera vaguen, pues llegan de ahí a donde suenan sus blandos compases, aquí, donde mis suspiros pueblan estas soledades! ¡Oh, tú, bellísima tropa de no entendidas beldades, cuyas dulces armonías, ya penosas y ya afables, desperdiciando placeres y equivocando pesares enternecen estos montes y embarazan estos aires! Dime si del Paraíso, patria del primero padre, pedazo es tu hermoso albergue o por lo menos imagen. Dime si de los Elíseos Campos piso los umbrales, verde alcázar de mis dioses. Sale la FE vestida de sibila Aunque ambos el fin errastis, ambos no mal discurristis. Beldad que al paso nos sales, no sólo a aliviar las dudas de nuestras dificultades, pero a aumentarlas, ¿quién eres?, ¿quién eres que, aunque me hace novedad el verte, pienso que te he visto en otra parte? Sí has visto. ¿Dónde? En el blando candor de la Ley suäve Natural y en el sencillo yugo de la Escrita, antes que en la de Gracia, obstinado y ciego, prevaricases en la humanidad de Cristo, nacido de Virgen Madre, que fue donde me perdieron de vista tus ceguedades. Pues, ¿quién eres? Soy la Fe. ¿De cuándo acá vistió traje la Fe de sibila? Eso, dirá el discurso adelante. Si verte me asusta, ¿qué hará oírte? ¡Baste, baste! Y, pues que te perdí, dices, ¡no me aflijas, no me mates! Retírase Yo, que pues nunca te vi, no es bien que al verte me espante; de su razón de dudar el primer discurso enlace. ¿En qué parte? En la que asientas que, errando ambos ignorantes, ambos no mal discurrimos. Como cuando se persuade el hebreo a que este monte el Paraíso retrate y tú al Elíseo, los dos erráis el primer dictamen; pero cuando el uno y otro creáis en él sus semejantes a Elíseo y Paraíso, no mal discurrís, si es constante que en sus verdades se fundan tus mentiras. Señala primero al Judaísmo y luego a la Gentilidad Más no hables; en sus verdades escucho mis mentiras. A tan grave proposición el oírte cobra el susto de mirarse; ¿cómo es posible que funden bárbaras gentilidades en mi verdad su mentira? ¿Ni cómo es posible que anden juntas mentira y verdad, contraditorias, distantes tanto como luz y sombra? Como cuanto el hebreo sabe de la sustancia infalible y de la esencia inefable de un sólo Dios, es verdad pues fue antes que me faltase el favorecido pueblo de sus divinas piedades; y cuanto tú sabes, dando culto a mentidas deidades, sólo es viciada noticia de las maravillas grandes de su poder, porque, como la luz de la fe te falte, a quien nunca viste, oyendo los prodigios singulares de sus misterios, fingiste fabulosas vanidades a quien los atribuyeses, con que —como he dicho— nacen A la GENTILIDAD las sombras de tus mentiras Al JUDAÍSMO de la luz de sus verdades. Y para que algún concepto, —que buscando vanidades obediente se desvela— fundado en esto, declare un pequeño rasgo, un breve viso, un lejano celaje del mayor de mis misterios, la duda a evidencia pase. Al JUDAÍSMO ¿Qué libro es ése? El Sagrado Texto. A la GENTILIDAD ¿Y ése? El admirable Teatro de mis dioses. Al JUDAÍSMO Lee de qué su Génesis trate. Abre el libro y lee Lee. «En el principio crió Dios cielo y tierra». Adelante. Lee. «La tierra estaba vacía entre las obscuridades de las tinieblas, y sobre la faz del abismo el grande Spíritu de Dios era llevado de los embates de las aguas y…». A mi intento ese perïodo baste. A la GENTILIDAD ¿Cómo los Metamorfosis de tus mentidos anales empiezan? Lee la GENTILIDAD Lee «En el principio la nada y el todo iguales, un globo y masa confusa eran sin que a ser llegasen aire, fuego, tierra, agua, ‘agua, tierra, fuego ni aire’». Bien veis cuánto en sus principios hebreo y latino frase convienen simbolizadas fábulas y realidades. Al HEBREO En ti la verdad lo diga, cuando de ese caos desate el ciego nudo, un fiatque la luz de las sombras saque y las aguas de las aguas divida, y en seis afanes de seis días perficione —porque el séptimo descanse— firmamento que continuo se mueva, mar que inconstante se enfrene, tierra que yerta parezca sol que radiante al día presida, luna que ya llena, ya menguante presida a la noche, estrellas que brillen, fuentes que bañen, frutos que fértiles crezcan, flores que hermosas esmalten, aves que ligeras vuelen, peces que veloces naden, fieras que vagas discurran y tras fieras, peces y aves, astros, luna, sol, día, noche, frutos, plantas y cristales, hombre que todo lo goce, mujer que todo lo dañe. A la GENTILIDAD Y en ti lo diga el error de que el acaso lo cause, pues, hallándolo criado, en tus dioses lo repartes, dando a Júpiter los cielos, dando a Neptuno los mares, dando a Plutón los abismos, a Ceres la tierra, el aire a Venus, a Apolo el fuego, sin ver cuánto en ti es culpable el ser los dioses después y las maravillas antes, y que haya quien obedezca no habiendo habido quien mande. Y porque no en esto solo el argumento se entable, para más prueba ambos libros abrid por cualquiera parte. Abran los libros y hojeándolos leen en diversas partes lo que representan. Lee. En Isaías aquí encuentro los militares estruendos de la primera lid entre el dragón y el ángel, cuando aspirando soberbio al solio, en vez de sentarse sobre el monte de la luz, en el de las sombras yace. Lee Yo encuentro aquí con Faetonte que por querer, arrogante, levantarse con el día, al mar despeñado cae. ¿Qué más han de parecerse entrambas temeridades? Pues porque no se parezcan ficciones y autoridades, vuelvo donde una vedada fruta avenenada hace que arda en heredadas lides todo el humano linaje. Pues para que no blasones que haya en ti lo que en mí falte, la diosa de la discordia en una manzana trae aquí a un banquete aquel fuego en que hasta las piedras arden. Aquí agonizando el mundo en desatados raudales fallece, y sólo a Noé permite Dios que en errante fábrica las no anegadas reliquias del mundo salve. Pues aquí de igual diluvio el gran Júpiter Tonante libra a Deucalión y Pirra, porque en ellos se propague otra vez el mundo. Aquí la tierra aborta gigantes, que listados de Nembrot, torres contra el cielo labren. Aquí el bárbaro Tifeo del Flegra en los tres volcanes montes sobre montes pone, haciendo que al cielo escalen las desaforadas iras de sus disformes titanes. Del rocío que el aurora llora y ríe en un instante, de un vellón Gedeón aquí está enjugando cristales. De otro blanco vellocino a quien dio el oro su esmalte, a pesar de horribles fieras Jasón está aquí triunfante. Aquí a Dios Acaz ofrece, no pidiéndole él señales, que mejor rocío otra aurora en intacto nácar cuaje, cuando lloviendo las nubes al Justo una Virgen Madre conciba, al que de la fiera culpa la cerviz quebrante. También encerrada aquí de otra lluvia de oro Dánae concibe al Perseo, que venza la Medusa inexorable, en cuya crinada frente fue cada cabello un áspid. Aquí en un Salmo David dice que los principales se juntaron con las bellas timpanistrias, que agradables himnos cantaban a Dios. Pues aquí hay otros cantares que en el Parnaso las Musas, ninfas de ciencias y artes, a Apolo ofrecen. ¿Aquí? ¡Aquí! No vais adelante, que para autoridad bastan los ya citados lugares, mayormente cuando de este último resulta que halle mi prevenido concepto su apoyo. ¿Cómo? Escuchadme, y escúcheme con los dos todo el número restante del universo, porque no hace nada el que no hace que queden de lo que él piensa docto y no docto capaces. Aquellas vírgenes bellas, que al ver cuán sonoras canten los dísticos que componen con los tímpanos que tañen, David llamó timpanistrias, entienden algunos padres y doctores de la Iglesia ser las sibilas, que en partes varias, en varias regiones, bien como en varias edades del Espíritu inflamadas de Dios, escribieron antes de la humanidad de Cristo la venida, en elegantes epigramas, no tan sólo desde que el Verbo hecho carne fue en Virgen claustro, hasta que murió en afrentoso ultraje, pero hasta que al fin del mundo por fuego vuelva a juzgarle. A este fin, pues, componiendo un todo de dos mitades, ese imaginado monte hoy a dos visos, dos haces —ya que Paraíso no, ni Elíseo, como pensastis— es Pernaso y es Sión, en cuyo verde hospedaje son ninfas y son sibilas las peregrinas beldades que le habitan, publicando, ya que de festividades y regocijos es día, en sus músicos compases un cartel cuyos asuntos ellas son quien los reparte, yo quien ha de dar los premios y el Regocijo el vejamen; y, supuesto que los dos a tan buen tiempo llegastis que podéis desempeñar con los premios del certamen, si llegáis a merecellos, vuestras ciegas vanidades, llegaos adonde bebiendo los purísimos cristales de una fuente, —que en el monte, porque aun esto no le falte de sacro Pernaso tiene tal virtud—, que docta añade al hombre gracia, y podréis como ella una vez os bañe, aspirar los dos al premio, que yo, habiendo en esta parte dejadoos con la noticia, que es lo que a mí me es tocante, vuelvo a asistir a su coro, diciendo, para que alcance la voz de la fe, con todas cuantas hoy desde el Levante al Poniente y desde el Austro al Setentrión, abracen el gran ámbito del orbe por todas sus cuatro partes. Venid, mortales, venid, venid, venid al certamen, que el que ligítimamente lidie habrá de coronarse. Venid, venid, mortales, que el que llama a todos no exceta a nadie. Vase ¡Oye! ¡Aguarda! ¡Escucha! ¡Espera! No quiso a mi voz pararse. Ni a la mía, que la Fe, aunque nos busque y nos halle y nos informe, parece que hace estudio el desviarse por que la sigamos. Ya sé que quiere que en su alcance vamos los dos. Pues de mí, o nunca lo verá o tarde. Yo no sé lo que será de mí, mas por ahora baste ver que no pienso seguirla, bien que quisiera informarme sólo por curiosidad de que estos asuntos traten. A mí nunca me movieron ociosas curiosidades, solo saberlos quisiera por rencor, odio y coraje para escribir contra ellos. Si a eso te atreves, no aguardes, llega a la falda del monte. Sí haré; mas ¡ay!, que al mirarle de más cerca me deslumbran los rayos piramidales con que, coluna de fuego, se alumbra sin que se abrase. A mí no sus resplandores es justo que me acobarden, sino las gentes, que ya acudiendo de distantes siglos y naciones, pueblan del nuevo Pernaso el margen. ¡Vamos de aquí por no verlos! Al irse a entrar van saliendo por diferentes partes SAN JERÓNIMO, viejo venerable con manto carmesí, SAN GREGORIO con báculo de tres cruces, SAN AMBROSIO con báculo pastoral, SAN AUGUSTÍN de galán, y SANTO TOMÁS vestido de blanco con manto negro y una vara con cruz de la Inquisición en el remate ¡Ciudadanos destos valles…! Por estotro lado echemos. ¡Compañeros destos sauces…! ¡Vecinos destas riberas…! ¡Peregrinos destos mares…! ¡Moradores destos montes …! ¿Qué voz es la que, agradable, a todos llama? Ella misma os responda, pues llegastis a tiempo que ver se dejan las peregrinas deidades que la articulan. ¡Qué hermoso trono de luz! ¡Qué admirable esfera de rayos! ¡Qué teatro de flores y aves! ¡Qué asombro y qué maravilla! Hable ella y la voz calle, por si la canción repiten. ¡Tanto la dirán que cansen! Ábrese el carro y vese una montaña y en su cumbre un sol con hostia y cáliz, y debajo del sol la FE con un cartel en las manos y entre otras ninfas, que estarán imitadas en varios nichos, las sibilas DÉLFICA, PÉRSICA, CUMANA y TIBURTINA, todas así estatuas como vi-vas con sus tarjetas y vestidas todas en diversos trajes y tocados como las pintan Venid, mortales, venid, venid, venid al certamen. Venid, mortales. Que el que ligítimamente lidie habrá de coronarse. Venid, mortales. Venid, y no en vano sea salir cuando el alba sale. Venid, mortales. Porque ha prometido Dios la corona al vigilante. Venid, mortales. Y para que los asuntos a todos dejen capaces. Venid, mortales. Que quien llama a todos no exceta a nadie. Ya que en esta hermosa esfera de aquel sol que pudo solo ser él verdadero Apolo soy la fértil primavera, yo —entre todas la primera— el primer asunto dé que, aunque a mi cargo tomé la oración, no es objeción que haga la Fe la oración y dé el asunto la Fe. Lee en su tarjeta «Al que en una canción real de tres estancias dijere cuánto en el hombre prefiere a la vianda natural, el dulce spiritual, manjar de aquella oblación, tendrá —pues del fuego son señas rayos carmesíes— un corazón de rubíes en premio de la canción». «Yo al que en un soneto diga del trigo el sembrado afán y en metáfora de pan la vida de Cristo siga, tal premio haré que consiga que nadie le lleve igual, pues será un pontifical a que mi celo se aplica, de una tela de oro rica, y un báculo pastoral». «Yo al que en idioma vulgar en tres otavas dé a luz el gran triunfo de la Cruz que fue de aquel singular Sacramento, ara y altar, teñida en la tez hermosa de la más purpúrea rosa, una piedra le daré, que no haya visto la Fe margarita más preciosa». Yo, que en la orilla viví de un lago, cuyas espumas mi espejo fueron, y en Cumas, de quien el nombre adquirí, la paz del mundo escribí que hubo el tiempo que vivió Cristo en él, pues no se vio año malo, peste o guerra, y siempre feliz la tierra de abundancia y paz gozó… «Al que de todas aquellas delicias haga mención, diciendo por qué no son —en tres décimas— como ellas, ricas, fértiles y bellas, las que hoy con más eficaz auxilio el mundo es capaz, daré a tanto estudio, grata, una paloma de plata, que es símbolo de la paz». Yo, que en Tíbur, patria mía, de Tiburtina tomé nombre, y en ella llegué a verme en tal monarquía, que casi en idolatría mi estatua vi peligrar, de que nunca di lugar a tan ciega adoración, ha de dar satisfación el asunto que he de dar. «Y así, el que mejor dictare, un himno para el oficio de aquel alto sacrificio y una copla en él glosare que su adoración declare siendo cántico en su fiesta, estoy a darle dispuesta, en fe de aquel sol que adoro, en un collar un sol de oro, y la copla ha de ser esta: «A tan alto Sacramento venere el mundo rendido, y el antiguo documento ceda al ‘Nuevo Testamento’, supliendo la Fe al Sentido». Ya que hoy, de diez asuntos, cinco publicado habéis, hasta que aquestos logréis no deis más; y porque juntos vayan agora sus puntos donde este cartel esté público al mundo, enviaré a quien le lleve veloz. Pues en tanto nuestra voz vuelva al pregón de la Fe. Y diga, para que llamen sus ecos a tan gran lid… Venid, mortales, venid, venid, venid al certamen, Venid, mortales, que quien llama a todos no exceta a nadie. Con esta repetición se cierra el monte De los asuntos que oí —ya que he de escribir sobre ellos— no sé a cuál me incline más. Ni yo, hasta que vuelva a verlos, para ver a cuál me lleva la noble ambición del premio. Si Jerónimo y Gregorio han de escribir los primeros, ¿a quién quedará esperanza de merecerle? A tu ingenio, Ambrosio, pues la dulzura de tu estilo ya sabemos que es comparada al panal, cuyos altos pensamientos son el numeroso enjambre que está hilando de sí mesmo la miel que corrió la Tierra de Promisión. Yo confieso que es así, pues nadie más lleva tras sí mis afectos, siendo mi imán su atractiva, dulce retórica; pero, aunque me güelgo de oírle, no de seguirle me güelgo, y así, si Ambrosio al asunto escribe deste misterio, por lucir la oposición, yo contra él escribir pienso. ¡Ay, Augustín, qué mal haces en seguir del maniqueo la sacramentaria escuela, malogrando y desluciendo de tu lógica sutil los altos merecimientos! Y más contra mí, que soy —por inclinación que tengo natural a tus estudios— quien más desea atraerlos a la luz de mis verdades. Tarde o nunca será. Y eso, ¿qué te va a ti, Judaísmo? Solamente verle opuesto a la Católica Iglesia Congregación, que aborrezco. Yo, pues su persecución es mi honor, digo lo mesmo, y en la parte de gentil estimo que tal sujeto milite contra la Fe. Pues yo que he de verle espero tan contra los dos que sean triunfo de sus argumentos, Gentilismo y Judaísmo. ¿Quién eres tú, que de negro y blanco buriel vestido me profetizas sucesos tan no esperados? Tomás, que menos la sangre precio, que en el solar de aviados me dio el Guzmán nacimiento, que la afición a las letras. De conocerte me güelgo (ya que la objebción salvada no se da lugar ni tiempo en alegóricos frases) pero, aunque lo estimo, creo que no ha de lograr Ambrosio su vaticinado anhelo. Tagaste de África fue cuna mía en cuyo centro; de padre gentil nací, y, aunque de la Iglesia el gremio sigue Mónica, mi madre, pidiendo consentimientos siempre a Dios mi redución, más de mi padre me precio, con que gentil por la sangre y en religión maniqueo, inclinado a los estudios, sin baptismo me conservo; pero esto ahora no es del caso, y así solo a decir vuelvo que he de escribir contra ese cartel que nos ha propuesto en su mística academia la Fe. Ella pedirá al cielo que de tu lógica aguda la libre. ¿Cuándo? Dentro el REGOCIJO y sale luego con un cartel en la mano Muy presto volveré con la respuesta, pues voy en alas del viento. ¡Cielos!, ¿quién en otro acaso me previno otro proverbio? ¡Oh, vosotros, los que sois, seréis y habéis sido, puesto que no habiendo tiempo aquí osáis hablar bien sin tiempo! ¡Dadme albricias de que os traiga del sacro Pernaso nuevo en posesión los asuntos y en esperanza los premios! Pues ¿quién eres tú, en villano, traje rústico y grosero, para encargarte la Fe tan no merecido empleo? Ahora sabéis que ella sabe fiar de los más pequeñuelos lo que a los grandes revela, fuera de que hoy es cierto que nadie la sirve más que yo. Pues, bárbaro, necio, ¿quién eres? Mis padres son la cítara y el salterio, el clavicordio y el arpa fueron mi abuela y mi abuelo, mis tías las chirimías, propia música del viento, y mis primas las cornetas, —¡peligroso parentesco!— mis hermanitos menores son sonajas y panderos, ved ya que panderos dije, si hartos hermanitos tengo; en fin, soy el Regocijo. ¿Y el Regocijo, a quien vemos siempre entre ignorantes, viene hoy a los sabios? Ya veo que no suele el Regocijo ser alhaja de discretos, que siempre andan hipocondrios pálidos y macilentos, pero hay días en que está tan bien hallados con ellos, que ellos son quien más le estima, y el de hoy con más estremo que otro ninguno. ¿Por qué? Porque dijo un gran sujeto que el día del Corpus era contra el hereje argumento el cascabel de un danzante, quiriendo decir en esto que en el gran día de Dios quien no está loco no es cuerdo. Y es verdad que el regocijo es hoy principal afecto del católico, y así de ti y contigo pretendo llevar aquestos asuntos. Ya sé que vos hacéis versos, Gregorio, y aún hay comedias entre los escritos vuestros, conque no deben de ser tan malas como todo eso, pero esto es para el vejamen; tomad por agora el pliego. Perdone tu autoridad, que yo he llegado primero. Van todos asiendo del papel Y con Jerónimo, yo. Y yo, con Ambrosio. Eso si se entendiera en lo real, no en lo alegórico. Es cierto. Sí, que aquí no hay graduación. ¡Mío ha de ser! Queda cada uno con un pedazo menos GENTILIDAD y JUDAÍSMO ¿Qué habéis hecho? Dividídole entre todos. No todos, pues yo me quedo sin asunto. También yo. Advierte, oh oyente atento, que esta al parecer no digna acción no ha sido desprecio, sino una esterior señal de interior fervor, supuesto que quiriendo cada uno ser en tal dicha el primero no pasa a la voluntad la lid del entendimiento. Y para que esa disculpa tenga mejor fundamento, voy la parte que me cupo a escribir. Vase leyendo su papel Yo haré lo mesmo. Vase Este asunto dirá cuánto que me haya tocado aprecio. Vase ¡Ay, Augustín!, ¿quién pudiera, ya que al certamen te veo opuesto con ese asunto, verte a ese asunto no opuesto, sino en su favor? Yo estimo la afición, mas no el consejo, pues en esta parte solo con él, Ambrosio, me quedo para impugnarle. Quizá mejorará Dios tu intento. ¿Con qué medios? Con el llanto de tu madre, con el ruego de la Iglesia, con la instancia de mis amantes acuerdos, y con la agudeza de tu propio conocimiento. Vase Podrá ser, mas por agora la esperanza anda muy lejos… Lee el papel que le cupo y suspéndese con él … muy lejos el desengaño y muy cerca el argumento en que más pienso esmerar la lógica de mi ingenio, si bien no sé qué temblor asalta mi pensamiento considerando el asunto que me tocó. Solo eso de tenerle tú, podía ser para los dos consuelo, habiendo sin él quedado. Pues, señores majaderos, ¿para qué quieren asuntos los que no han de tener premio? ¿No le lleva Agustín, que es tan contrario y tan opuesto a la Fe como ambos? Hay mucho que decir en eso. ¿Qué hay que decir? Maltratándole ¡Qué sé yo! Calla, loco. Calla, necio. Que no están tus alegrías bien junto a mis sentimientos. Vanse los dos ¡Ay, que me han descalabrado! Mas ¿qué hago? ¿Yo me quejo? ¡Bueno es ser el Regocijo y llorar! Pero ¡qué ajeno de Augustín ha quedado, una y otra vez leyendo el asunto! ¡Hola, señor! ¡Señor…! Mas dejarle quiero, que con un triste entendido cualquier regocijo es necio. Vase ¡Válgame Dios! ¡Qué temblor, otra vez a decir vuelvo, es el que en mí ha introducido este o acaso o misterio, que absorto, confuso, elevado y suspenso, ni misterio le hallo ni acaso le entiendo! El asunto que la Fe dio de todos el primero es el que a mí me ha cabido. ¡Asunto de la Fe! —¡cielos!—, en que pide que se pruebe cuánto prefiere el sustento del spiritual manjar, del pan de su sacramento a la natural vianda que alimenta vida y cuerpo, en el poder de Augustino, cuando que crea es su intento, que, transustanciado el pan no es pan, y que al punto mesmo, guardando accidentes su cándido velo, pierde la sustancia y deja de serlo. Pues ¿cómo su alto saber no previno que a mi genio este asunto no llegase? Sin duda pensó que el premio del rubí de un corazón me sobornara el afecto, para que, no siendo yo quien escriba contra esto, quede la proposición asentada, no atendiendo que para mí no es soborno, porque yo ¿para qué quiero un corazón de rubí, si de diamante le tengo? Y tan de diamante, que dentro del pecho ni polvo le labra, ni sangre, ni acero. Polvo, pues sé que lo soy, sin que me mueva por eso sobre el aviso de Ambrosio mi propio conocimiento; sangre, pues no me enternecen de mi madre los lamentos; ni acero, pues no me atrae el imán de todo el cielo; y así a sombra desta higuera cuya fruta algún sujeto dijo ser de Adán la poma, así por ser su primero abrigo sus hojas, como porque a otro árbol no sabemos que en el mundo maldijese Cristo, reclinarme quiero… Siéntase y saca un libro de memoria … para hacer en este libro de memoria apuntamientos contra aqueste asunto, veamos si halla en ellos donde Adán errores, Agustín aciertos, para cuyo silogismo tengo de empezar diciendo… Dentro cantando una voz de mujer lastimosa ¡Piedad, Señor Divino, y de mi ruego muévaos el llanto, oblígueos el lamento! La voz de mi madre es esta, cuyo dulce llanto tierno siempre que en estas materias escribo, discurro o pienso me está sonando al oído con tan dos contrarios ecos, que es para conmigo llanto y para con Dios concento, pues lágrimas son para el instrumento tal que no templado suena de los cielos y más cuando dice devoto su anhelo. ¡Piedad, Señor Divino, y de mi ruego muévaos el llanto, oblígueos el lamento! Levántase Lástima que, enternecida, tantas lágrimas te cuesto, que si en aquella estatera que en la Apocalipsi leo nos pusieran a los dos, no dudo pesara menos la gravedad desta carne que el suspiro de ese acento; ¿qué quieres de mí? Que no se pierda, Señor, os ruego, ajeno de Vos, un hijo que yo os pedí para vuestro. Nadie piensa que va errado que no lo fuera, y, supuesto que yo pienso que voy bien, ¿de qué me sirve el acuerdo?; y así, que cantes o llores, siendo para Dios lo mesmo el llanto que la armonía. Siéntase y escribe Al pasado asunto vuelvo y contra su antecedente desta manera argumento. «Como pan en que hay color, olfato, tacto y sabor, ¿a ser carne y sangre vino?» Dentro De lógica de Augustino líbranos, Señor. A otra parte toda la música Pero ¿qué nueva armonía, qué segundo coro nuevo me nombra en estotra parte? Escuche otra vez atento. De peste, hambre y mortandad… … líbranos, Señor. … de ira, rayo y tempestad… … líbranos, Señor. De toda infelicidad… … líbranos, Señor. Y para que sea mayor siempre tu favor divino… …de lógica de Augustino, líbranos, Señor. A las preces con que el coro de la Fe le pide al cielo la libre de pestes, hambres, guerras, desdichas y incendios, me añade; muy malo sin duda ser debo pues me hacen lugar los que no son buenos. ¿Quién, pues, soy yo —¡ay, infelice!— Cáisele el libro de la mano para que me den asiento en el banco de las iras los relámpagos y truenos, ansias y calamidades? ¿Quién, pues, soy yo, que le cuesto tanto cuidado a mi madre y a la Fe tanto desvelo que cuando dice el amor…? Pïedad, Señor Divino. Responda luego el temor. De lógica de Augustino, líbranos, Señor, y todo a un tïempo. Muévaos el llanto, oblígueos el lamento. Pues ¿cómo, si cuando yo…? Mas ¡ay de mí!, que el aliento torpe, balbuciente el labio, la voz muda, helado el pecho, pasmado el discurso, absorto el ingenio y el juicio turbado, aun a hablar no acierto. Mas, ¿qué mucho si el libro de memoria perdí? Pero ¿qué me aflijo?, ¿qué me espanto?, ¿qué me asombro?, ¿qué me quejo?, ¿si quizá le he dado a logro, pues en el lugar que pierdo el libro de la memoria hallo el del entendimiento según me ilumina un rayo que bello hace que vea más cuando estoy más ciego? ¿Qué es esto, cielos? ¡Si es eficaz auxilio vuestro que responde conmovido al piadoso sentimiento de una y otra voz? Habladme más claro, que, como es nuevo el idioma del favor, le escucho mas no le entiendo; y solo discurro en que (con estas ansias perdiendo el corazón, que alaridos se quiere salir del pecho) intentáis que al ver que sin él me quedo, me ponga en codicia de traer el del premio. ¿Quién, pues, podrá en vuestro nombre, ya que yo elección no tengo, alumbrar mis dudas? Salen AMBROSIO por una parte y la FE por otra ¡Yo! Fe y Ambrosio respondieron tan a un punto, que no sé distinguir cuál fue primero, venir la Fe con Ambrosio o Ambrosio con la Fe. Al eco de tu voz, que desvelado siempre me ha tenido, vuelvo. Yo, que a orilla de esa fuente la oí también, tras ella vengo. ¿Qué es esto, Augustín? Que a sombra de esa higuera discurriendo escuché unas voces que llevar pudieron tras sí mis sentidos donde no sé de ellos, que el canto adormece oí a la serpiente, y yo creo, que, serpiente deste árbol, con el canto me adormezco, pues cuando abortar pensaba de mi dotrina el veneno, facultad no me ha quedado para arrojarla del pecho; conque áspid de nieve, víbora de fuego, a iras de mí mismo, tósigo reviento; ¿qué es esto, Fe? No te acerques a mí , que aún eres ajeno. Desvíase ¿Tú te apartas? Yo aquí estoy, mas habla a Ambrosio primero, y verás cómo él a mí te traiga si yo me alejo. ¿Qué es esto, Ambrosio? Esto es ser, todavía en tu concepto la serpiente de ese árbol. ¿Y qué haré para no serlo? Serlo otra vez. ¿Otra vez serlo? Pues ¿puede ser medio serlo de no serlo? Sí. ¿Cómo? Como si primero lo fuiste para abortar el infestado veneno de tu error, siéndolo ahora para renovar discreto, como ella astuta, la antigua túnica pasando a nuevo hombre verá el mundo, que de ese madero ya no eres el áspid, con volver a serlo. ¿Y quién del hábito antiguo podrá desnudarme, haciendo que lo que en contra escribía, escriba en favor, supuesto que sin discurso he quedado? Gracia te dará ese bello cristal, sagrado Helicona, que al más ofuscado ingenio lumen le añade. ¿Osaré llegar? Sí, si yo te llevo. Fe divina, Augustín, pide que a ti le traiga, y, bebiendo de tu clara fuente, intenta quedar capaz de tu premio. Llega a mis brazos, verás, con tal ministro viniendo a buscar materia y forma, si me aparto o si me acerco. Musas del mejor Apolo, ¡albricias!, que ya tenemos otro más que a los asuntos escriba con alto acierto; ¡venid todas, por que llegue con religioso festejo a la fuente por la Gracia que influye ese cristal nuestro! Sale la sibila PÉRSICA con una hacha encendida Yo alumbrando las oscuras sombras que su entendimiento padeció, con esta antorcha la luz de la Fe le ofrezco. La TIBURTINA con un manto de velillo en una fuente, la DÉLFICA con un mazapán en otra fuente, la CUMANA con un salero en otra fuente, el REGOCIJO con una toalla al hombro. Yo la blanca estola traigo que le ha de vestir de nuevo. Yo la ofrenda del pan que será su asunto primero. Yo la sal que a los doctores ha aplicado el Evangelio. Yo aunque nunca supe a Musa con aquesta toalla vengo, porque al fin los regocijos enjugan los sentimientos. Permitidme que me quede que pedir, aunque me veo en tan grande honor… ¿Qué pides? Fe. No digas más que eso. Aunque eso baste, prosigo, Fe, dime por qué aún no tengo de aquellas voces que oí perdido el sagrado miedo tras aparato de luz estola, pan y salero ¿volverá a afligirme el llanto de mi madre? No. ¿El lamento de la Iglesia volverá a pedir contra mí al cielo justicia? No. ¿Y qué dirán después de mí entrambos ecos? Dirán… ¿Qué? «Te Deum laudamus, Te, Dominum, confitemur…» Todo lo que dura el himno da vuelta al tablado el acom-pañamiento con las sibilas y músicos y la FE en medio de AMBROSIO y AUGUSTÍN, representando unos y cantando otros Si eso han de decir, Ambrosio, mientras a la fuente llego, de la fe a que tú me guías vámoslo glosando a versos. ¡Norabuena! Yo también, pues el himno dicto, en medio de los dos inspiraré su alternación. No dejemos de atender, por si es el mismo canto que ellos compusieron… Di, pues, Fe. Toda la tierra te venera, oh padre eterno. Y cielos y potestades y ángeles hacen lo mesmo. Serafines y querubes con incesable concento te proclaman «¡Santo! ¡Santo Dios de Sabaoth!». Y llenos de la majestad están de tu gloria tierra y cielo. Te Deum laudamus, Te, Dominum, confitemur. A ti, Señor, el glorioso de apóstoles coro excelso… A ti el número laudable de profetas… A ti el bello, cándido ejército alabe de mártires. Y con ellos por todo el orbe en la tierra de la Santa Iglesia el gremio de inmensa majestad Padre te confiese. A cuyo ejemplo sea en ella venerado tu único Hijo verdadero. Con el Paráclito Santo, Spíritu de consuelo. Te Deum laudamus, Te, Dominum, confitemur. Tú, Rey de la gloria, Cristo… … del Padre Hijo sempiterno. Tú, que por librar al hombre tomaste de hombre alma y cuerpo. Tú, que no tuviste horror de Virgen vientre naciendo. Tú, que roto de la muerte, el lazo a los que creyeron el reino del cielo abriste. Tú, que a la diestra en su Reino sentado estás… Tú, a quien juez antes de venir creemos… Libra… Ampara… Favorece… La familia de los siervos que con tu preciosa sangre redimiste… Y a su ruego haz que en gloria eterna sean contados… … gozando asiento entre tus santos… … porque salvado todo tu pueblo… … y bendita tu heredad… … cada día te alabemos. Y dígnate en el de hoy… … sin pecado mantenernos… … porque tu misericordia… … diga en nosotros viniendo… In te, Domine, speravi, non confundar in eternum. Te, Deum, laudamus, Te, Dominum, confitemur. Con esta repetición se entran habiendo dado vuelta al tablado y queda el REGOCIJO solo En tanto que Augustín va a beber de aquella fuente cuyo cristal elocuente alta gracia le dará para escribir el certamen, pues ya el plazo se llegó, bueno será rumiar yo el borrador del vejamen; de la copla que pendiente dejé; el concepto perdí; cómome una uña y doyme un porrazo en la frente; ¡oh, qué consonante he hallado! Nunca él hubiera venido si no me hubiera mordido y no me hubiera aporreado. Mas gente anda entre estos riscos; ¡que a un poeta estorben cuando de su calva está sacando milagros y basiliscos! Salen JUDAÍSMO y GENTILIDAD vestidos de gala En otro traje vestida,… … de otro vestido adornado oiré sin que sea notado,… … veré sin ser conocida,… … puesto que no dificulto que nadie lo interior vio,… … puesto que la Iglesia no ha de juzgar de lo oculto,… … deste certamen el fin… … desta academia el efeto. Pues ya uno y otro sujeto pueblan el verde jardín que hace la falda del monte, en cuya esfera se ve el tribunal de la Fe por templo deste horizonte, llegad los dos, si venís buscando el sitio conmigo, que hacia allá voy. Ya te sigo, que, siendo deste país estranjero como soy, bien he menester a quien me guíe en él. Y yo también, pues llego a estos valles hoy de lejas tierras. ¡Pardiez!, bien puede ser que seáis sabios los dos y vengáis por premio, pero esta vez, perdonad, no tenéis trazas de llevarle. ¿Por qué no? Porque al llegaros me dio cierto olor a calabazas. Cuando no merezca agora, algún día podrá ser. Yo no vengo a merecer, sino a oír. Quién soy ignora; bien que me oculta —colijo— el disfraz. ¿Qué me admiró (si soy el pesar) que no me conozca el Regocijo? Dentro instrumentos y chirimías Ya esta música da aviso de que la Fe se sentó en su excelso trono. Y yo, que desde aquí la diviso, ciego a su vista quedé. Retíranse los dos ¡Qué parasismo, ay de mí, me da al mirar desde aquí el tribunal de la Fe! ¿No llegáis? Aquí estoy bien, pues no vengo más que a oír. Y vos, ¿no queréis venir? Bien estoy aquí también. Yo no, que hago falta allá, porque el Regocijo soy, y a dar el vejamen voy y nombrar los premios. Vase. Las chirimías Ya sentada se ve. ¡Qué espanto! ¡Qué asombro! ¡Qué confusión! Pero ¿de qué es la aflición? Pero ¿de qué es el quebranto? ¡Si el pueblo del Judaísmo ser su fiscal es notorio! ¡Si ha de ser hoy su auditorio el pueblo del Gentilismo! Suenan las chirimías y saliendo delante músicos y acompañamiento. Salen luego de dos en dos SANTO TOMÁS y la sibila DÉLFICA, SAN AMBROSIO y la PÉRSICA, SAN JERÓNIMO y la CUMANA, SAN GREGORIO y la TIBURTINA, y SAN AUGUSTÍN detrás. Y a este tiempo se abre un carro y se ve en él un trono que baja desde lo alto con la FE sentada debajo de un dosel con bufete delante, y en él campanilla y escribanía, y en fuentes los premios que dirán los versos. Siéntanse las sibilas al pie del trono y los cinco a los dos lados en bancos de respaldo Quien premios de Fe codicia llegue sin temer desgracia, porque, aunque su fuente es Gracia, su tribunal es Justicia Fe, cuya luz reverencio… … ya todos tienen lugar… … bien la oración empezar puedes. Toca la campanilla ¡Silencio! ¡Silencio! Oiga el cielo mi voz, oiga la tierra (docta, ilustre Academia, cuyo celo, cuya paz, cuya unión, cuyo desvelo la Ley, la Religión y el Culto encierra); oiga el cielo mi voz, oiga la tierra del nunca fallecido labio mío la inspiración divina, y bien como la lluvia su dotrina y su plática, bien como el rocío crezca cuando abundante se derrama sobre la alfombra que tejió la grama, crezca, digo otra vez, y tierra y cielo de su verde quietud su azul anhelo los ámbitos suspendan elevados, pues cielo y tierra son interesados en el que canto asumpto peregrino; pues a la tierra desde el cielo vino, siendo en la tierra en trasparente velo, el vivo pan que descendió del cielo, a aquel, pues, sacrificio que primero en Abel figuró blanco cordero, blanco maná en Moisén, y con opimo fruto en Caleb y Arón blanco racimo, subcinericio viático en Elías y esprimido licor en Isaías; a aquel que soberano don figuró, no en vano, del gran Melquisedech el pan y el vino; a aquel Panal Divino que en boca del león, que muerto deja, libó a Sansón, artificiosa abeja, providente tesoro; que, sin oro, Joseph dio en granos de oro y contra su fatiga vio en masa Abigail, Ruth en espiga; Pan de proposición, oblación pura y sobresubstancial vida y dulzura, antídoto inmortal de nuestro pecho, memorial del amor, vínculo estrecho de caridad, manjar del elegido, cáliz de bendición, Dios escondido, influencia divina de liberalidad y peregrina dádiva transcendente; a Aquel, en fin, que, en culto reverente, sacrificio incruento, misterio de la Fe, gran Sacramento, tan para todos que en distantes puntos, propiciatorio a vivos y a difuntos, de la Pasión memoria, prenda es feliz de la futura gloria; esta —de dones pobre, de ansias rica— católica academia se dedica; y, pues a tanto empleo se deja ir el fervor tras el deseo, bien que nunca le alcanza, veamos en su alabanza —graves, doctos sujetos— qué colije de mis asuntos vuestro afecto. Dije. Triste y confuso a su voz, más que temblé al verla, tiemblo al oírla. Yo turbada ni sé si vivo o si muero. ¿Quién tiene el primer asunto? Aunque en número primero, por tenerle yo, será último en merecimientos. Pues para su inteligencia es bien hacer dél acuerdo, yo pedí una real canción de tres estancias, diciendo cuánto el spiritual manjar excede, supremo, al natural. A ese asunto dije así. Aparte ¡Cuánto me güelgo que el primero sea Augustino! Aparte ¡Cuánto que él empiece aprecio! Aparte ¡Pues será turbando el acto! Aparte ¡Pues será contradiciendo la acción! Aparte ¡Qué ventura! Aparte ¡Qué dicha! ¡Silencio! ¡Silencio! Lee. Si vianda y bebida es lo más que apetece nuestra condicional naturaleza, pues con ellas la vida se engendra, nace y crece; ¡qué favor!, ¡qué piedad! ¡oh qué fineza pudo hacer la grandeza de Dios más adecuada a nuestro humano ser que haberse dado en el mismo alimento deseado!, porque, no hallando repugnancia en nada, familiarmente fuera manjar del alma el que del cuerpo lo era. ¡Oh, suma omnipotencia!; ¿qué nación ha tenido tan propincuo a su Dios que a su Dios coma?, con tan gran providencia, que no solo haya sido refacción con que al hambre y la sed doma la vianda que toma, mas refacción con que favorecida la alma también, cobrando nuevo aliento, halla en un alimento con la vida mortal la inmortal vida, pues, llegando no indigna a su hostia bella, ella se queda en Dios y Dios en ella. Y aun con otra excelencia, que, como natural vianda empalaga tal vez el pan y a ser nocivo viene, y, sobrenatural, con la asistencia de Dios por más y más que satisfaga, mientras le come más, más hambre tiene. Conque si allí previene daño y provecho, aquí también, mostrando que cuando Cristo por el Padre vive, vive por Cristo el hombre, si recibe digno su carne y sangre; pero cuando, reo de sangre y carne, llega fiero lobo de Dios a Dios come el cordero. Basta, canción, que en abreviada summa a mi turbada pluma nada le queda que advertir, si advierte que a un tiempo es Pan de vida y Pan de muerte. Aparte ¡Qué es lo que escucho! ¡Augustino en favor de la Fe! ¡Cielos! Aparte ¿Quién pudo haberle mudado de propósito tan presto? Vamos al segundo asunto, puesto que después los premios publicará en el vejamen el Regocijo. Yo tengo ese a mi cargo. Y ¿qué fue? Pídese en él un soneto que en metáfora de pan comprehenda, encarnado, al Verbo nacido y sacramentado. Y yo dije así a ese intento. Aparte ¡Oh, quién no hubiera venido a oírlo! ¡Silencio! ¡Silencio! Lee Ara la tierra el labrador y ella ya pedregosa, ya árida, ya estraña tal vez le vuelve espinas, tal cizaña y tal yerba viciosa da a su güella. Pero tal vez también, próvida aquella, que nació para honor de la campaña, al cándido rocío que la baña fértil responde, agradecida y bella. La semilla de Dios es su Palabra, y aunque en el hombre, ingrata tierra fría, en vano arroje el grano, el surco abra; no cuando a virgen tierra se la fía, con que hoy la Iglesia Pan de Ángeles labra, siendo la Fe la troj, la mies María. ¿Quién es quien se sigue agora? A mí me tocó el tercero asunto. Una tradución pedí del idioma hebreo al vulgar, que en tres otavas publique aquel triunfo excelso de la Cruz en el Final Juicio. Por dos fines creo que a Jerónimo ha tocado tu propósito; el primero por tradución y el segundo porque siempre al oído tengo la trompeta de ese día. Y aun el de hoy, ¡ay de mí!, pienso que la tengo yo, según me está asombrando el estruendo de su horror. Estremecida le oiré. ¡Silencio! ¡Silencio! Cristo en la cruz, según en Isaías, sin majestad está, sin hermosura; Cristo en la cruz, según sus profecías, David con lustre y pompa le asegura. ¿Cómo podrán las traduciones mías carear estos dos testos de Scritura, si no es que uno en la cruz le ve espirando y otro en la cruz, también, [le ve triunfando? Luego aquellas tinieblas que cubrieron de horror al mundo, al espirar indicio, mandadas dél no sin misterio fueron de la que dél mandadas verá el Juicio. Y, como aquellas padecer le vieron, vencer estotras le verán, suplicio y triunfo uniendo, pues la que allí ara, aquí será de su justicia vara. Y así a la espalda, no como solía, la traerá, que a la cruz vendrá abrazado, y es que cuando el pecado redimía no quiso ver la costa del pecado; cuando le juzgue en su tremendo día verla querrá, por ver justificado la sangre que dejó vertida en ella quien supo aprovechalla y quien perdella. El cuarto asunto es el mío y en él pidió mi deseo en tres décimas razón de por qué el dichoso tiempo que vivió Cristo en el mundo todo fue paz y consuelo, y después ansia y fatiga. Yo dije así a ese misterio. Atienda, pues vi esta paz en Otaviano y Tiberio. Yo bien vi la paz; la causa no vi. ¡Silencio! ¡Silencio! Dista la delicia vana, a que nuestro ser se inclina, de la delicia divina cuanto la porción humana del cuerpo a la soberana porción del alma distó; en la venida se vio de Cristo, pues conocía el mundo el bien que tenía y a quien se le daba no. Porque entre Sentido y Fe temporal y eterno unido, goza lo que ve el Sentido y la Fe lo que no ve; y así aquel tiempo que fue todo en el mundo alegría fue todo en él tiranía, malogrando la abundancia de sus dichas la distancia que entre Fe y Sentido había. Conque si hoy considerara que tiene a Dios tan presente como entonces, dignamente de uno y otro bien gozara; y es la consecuencia clara: pues está, ¡oh, Pan!, Dios en Vos, y siendo los siglos dos, el distar este de aquel no es porque Dios falta a él, sino porque él falta a Dios. Yo a la música inclinada pedí que sonoro, tierno cántico glose una copla. Y yo hice en ella estos versos. Siendo cántico, razón será que de ella haga acuerdo la Música y que acompañe a la glosa, repitiendo el verso que va glosando. La copla es esta. ¡Silencio! A tan alto Sacramento venere el mundo rendido, y el Antiguo Documento ceda al Nuevo Testamento, supliendo la Fe al Sentido. Canta, oh lengua, del glorioso Cuerpo el misterio, y con él de la sangre el don precioso que en precio del mundo aquel Rey, fruto de generoso Vientre, derramó contento por que tierra firmamento y abismo en su admiración den debida adoración… … a tan alto Sacramento. Para nosotros fue dado, de intacta Virgen nacido, y en nosotros conversado, de su palabra esparcido el fruto cobró encerrado con orden maravillosa. Luego habiendo al mundo sido güésped, será acción piadosa que venida tan dichosa… … venere el mundo rendido. El Verbo fue hecho primero carne, luego el verdadero Pan también carne hecho fue y solo basta la Fe en un corazón sincero para que el sentido atento no flaquee en lo infinito de tan divino portento, viendo unir el nuevo rito… … y el antiguo documento. Y así, para que afirmado en tan gran prodigio esté, es bien que el hombre postrado gracias al que engendra dé y gracias al engendrado y gracias al procedido y que el Viejo (del oído, cautivo el entendimiento)… … ceda al Nuevo Testamento, supliendo la Fe al Sentido. Pues ya no queda por hoy otro bien, los premios puede publicar el Regocijo. Sale el REGOCIJO con borla y capirote, de dotor en una peña que haga güeco como cátedra Adsum, y pues es decente que a lo grave en estos casos siga lo jocoso, empiece el vejamen, y ninguno se me enoje o se me queje, que, pues del palo y del pan han traído vuesarcedes, no será mucho que agora del pan y del palo lleven. Lee una cédula Esta cédula, señores, a esta Academia condena llamar buena, y sus errores funda en cómo ha de estar buena si está en poder de dotores. Lee otra Esta pregunta, ¿por qué se vinculó la poesía a una fuente de agua fría? Lee otra Y esta responde, que fue porque dijo un adivino, que los calendarios fragua, que la mayor señal de agua es no tener para vino. His non obstantibus, dudo por dónde salga ni entre al empeño en que me ha puesto mi condicioncilla alegre, porque si empiezo, señoras mías, por vuesas mercedes, A las sibilas llamarlas Musas no sé qué sea estilo conveniente; porque Musa se declina musa, muse, y me parece que no es entender la musa decir groseros desdenes, pues toda declinación suena mal en las mujeres, y es declinar una dama grandísimo inconveniente, y aun un hombre también, puesto que algunos de los presentes, declinando de su edad, a la de niño se vuelve; no se me esconda Augustino, porque él sea, esto lo pruebe: lo poco que ha, que a la pila, le llevaron, y pues viene a ser un recién nacido, no de sabio se me precie, ya que de lo niño hablamos, pues, cuando menos se piense, pensando que piensa más, podrá ser que en el mar llegue a concluirle otro Niño que entienda lo que él no entiende; tamañito el corazón se le ha puesto, por que aliente será justo darle otro del color que el fuego enciende; désele la Fe, pues es su asunto el que la merece igual premio, pero sea cantándole este motete: «Por que no de balde goce el corazón llévele atravesado con flechas de amor.» «Por que no de balde goce el corazón llévele atravesado con flechas de amor.» Con esta repetición se levanta AUGUSTINO y, llegando con reverencia a la mesa, la FE le da un corazón con flechas. Vuelve a su lugar sonando las chirimías ¡Qué contento que ha quedado! Parece amante billete de los que un corazoncito pintaban antiguamente. ¡Tenga cuidado con él! Y por que no se le quiebre, no se fíe de que Ambrosio los andadores le lleve; que, aunque Ambrosio de la miel el dulce atributo tiene, propia merienda de niños, podrá ser tal vez le adiestre donde la miel sea de jara que desabra y no deleite. Dígalo un pontifical, como el que a él en premio ofrecen, de tela de Milán, que es la silla donde se siente, pues, cargándole algún día, de otro semejante a ese, se le hará llevar a Hipona; o pésele o no le pese, y si pesara, según de aqueste mote se infiere: «Aunque Ambrosio se vea como un obispo, el que es padre de pobres jamás es rico.» «Aunque Ambrosio se vea como un obispo, el que es padre de pobres jamás es rico. » Con esta repetición, música y chirimías, se levanta la DÉLFICA y tomando de la FE un báculo pastoral se le da a AMBROSIO que le recibe con reverencia De lo que dije de Hipona que le ha pesado parece; pues, aunque África desierta sea, no le desconsuele la soledad, que yo sé que como ha buscado siempre Jerónimo los desiertos, tal vez que discurra y piense en sus escritos le hará una visita, y no tiene que cuidar del hospedaje, que es tan cortesano güésped que con un canto a los pechos tomará lo que le dieren; y si no denle una piedra en premio, a ver si la quiere, que él la hará piedra preciosa, aunque ella al tomarla muestre que el tiempo es mal boticario, pues, cuando el pecho le duele, en vez del azúcar piedra le sisa los ingredientes, y sin la azúcar le da la piedra tan solamente; y, perdonando al vejamen, el que del vocablo juegue con aqueste motecito se arrime este penitente: «Pedernal es su pecho y el fuego incluyes tal que aun piedras bezares son piedra lumbre.» «Pedernal es su pecho y el fuego incluye tal que aun piedras bezares son piedra lumbre.» Música y chirimías, y dale con la misma ceremonia la FE una piedra a la DÉLFICA y ella a JERÓNIMO No quiero decirle más, que, como a enojarse llegue, hará que el león más fiero como un cordero le tiemble. Mas Gregorio aplacará su enojo, que, blando siempre, con entrañas de paloma no hay desazón que no temple; no sé cómo dicen dél que mala condición tiene, y no hay cosa que le haga buen estómago, si atienden los que lo dicen, a que es poeta tan excelente que en lo lírico deleita y en lo cómico divierte, tanto, que la más sencilla ave a su voz se suspende; o, si no, veamos si aquella, paloma que en premio adquiere, en la mano se la dan y al oído se le viene, diciendo el mote en arrullos que de la paloma aprende: «Qué mucho altos misterios ser sus escritos, si hay quien se los diga siempre al oído.» «Qué mucho altos misterios ser sus escritos, si hay quien se los diga siempre al oído.» Dale la CUMANA una paloma plateada Como un pontífice está con el premio, y dignamente, sin que Tomás lo murmure, pues ni voz ni labio mueve, y aun por eso le llamaron el buey mudo en sus niñeces, porque calló hasta que pudo dar un mugido tan fuerte que estremeció a su bramido toda la herética gente, por quien quedó aquel adagio necesitados de verse a ponerle mala cara necesitas caret lege. El Sol de justicia dicen le dijo dél escribiese, y así es bien que en un collar de oro un sol a otro sol premie; désele la Tiburtina, a quien su asumpto compete, y cántele aqueste mote, pues canta tal lindamente: «Pues cualquiera por premio su insignia tiene, goce del Sol la insignia quien la merece.» «Pues cualquiera por premio su insignia tiene, goce del Sol la insignia quien la merece.» «Pues cualquiera por premio su insignia tiene, goce del Sol la insignia… … ni él la merece ni otro ninguno esos premios.» Todos levantándose alborotados ¿Quién habla así? Quien no puede sufrir más que el corazón colérico, no reviente el abrasado volcán de su pecho. Quien no quiere disimular más las iras de sus suspiros ardientes. Destruyéronme el vejamen. Y ¿quién eres tú? ¿Quién eres tú también? Que yo lo oculto juzgar no puedo. Un oyente pueblo, el Judaísmo soy… Yo el Gentilismo. … que al verte… … que al oírte… … cuanto estimas… … cuanto aplaudes y engrandeces… … esos asuntos… … contra ellos… … argüir sus dogmas quieren. Destruyéronme el vejamen. ¡Locos!, ¡bárbaros! ¡No es este teatro general de escuelas para que en él se argumente! Allá os veréis; y así, ahora, dejad el florido albergue del sacro Pernaso. Yo les haré que le despejen. ¡Salid, cancerados monstruos, de sus términos! Levanta el báculo que ha tenido siempre con la cruz de la Inquisición ¡Detente, Tomás!, que esa blanca y negra cruz que en tu báculo tienes, tanto al mirarla me turba, tanto al verla me estremece, sobre haber visto a la Fe que en su tribunal se asiente, que, ciego y turbado, no sé qué rayo vibra fuerte contra mí, que, de ella huyendo, es bien que estos montes deje y vago y prófugo vaya donde tu horror no me encuentre ni sepa de mí. Vase ¿No huyes tú también? Aunque lo intente, no puedo mover la planta helada, caduca y débil, y así ante tu tribunal, oh Fe, humilde y obediente te pido misericordia. Mi piedad te la concede, que ante mí nadie que pide misericordia padece; llevalda al monte vosotras y agradezca el que lo entiende ver a la Gentilidad en aqueste rasgo breve heredera de la gracia que el ciego judaísmo pierde. Ven con nosotras al monte. Contenta, ufana y alegre viviré en tal compañía. Vanse las SIBILAS con la GENTILIDAD Vosotros, con los laureles de los adquiridos dones que mereció dignamente vuestro desvelo, volved a los piadosos albergues de vuestras patrias y siglos. ¡A tu orden estamos siempre! Vanse los cinco y vuelve el JUDAÍSMO Destruyéronme el vejamen. ¡Oíd! ¡Esperad! ¿A qué vuelves? A morir desesperado viendo que todos se ausenten ricos de premios y dones sin que en mis dogmas esperen razones que los concluyan. Sacrílego, ingrato, aleve, ¿qué razones puedes dar? Las que veas que convencen de ese imaginado monte que haces que hoy se represente real a la vista, no siendo más que un concepto aparente, los no acertados asuntos. Aunque argüirlos intentes, ¿cómo podrás contra tales, sujetos que Adtlantes fuertes son del cielo de la Fe? ¿Adtlantes? Sí. ¿De qué suerte? En tanto que para ti mi luz se desaparece, Empieza a subir el trono con la FE como bajo primero y, al mismo tiempo, vuelve a abrirse el monte con las sibilas y la GENTILIDAD con ellas. En el lugar eminente y en otro carro sube un orbe celeste, los hombros de los cinco dotores como que ellos le sustentan y, a su tiempo, abriéndose el globo, se ve en él un niño con una cruz y hostia y cáliz vuelve los ojos, verás que el monte a tu vista vuelve donde la Gentilidad el lugar que tuve tiene; a cuyo tiempo también verás que, como eminente, él fingió allí imaginados sus riscos, flores y fuentes; allí imaginado cielo hoy los premiados mantienen, siendo Atlantes de aquel orbe que estriba en ellos sus ejes. ¡Quién por no verlo cegara! Feliz, Gentilidad, eres, pues te da la Fe su asiento. Yo le admito humildemente con la esperanza de que le he de gozar para siempre. Yo con alas de paloma es bien que a este cielo vuele. Yo, aunque los defetos míos, sus altas puertas me cierren, llamaré a ella con la dura piedra que mi pecho hiere. El peso deste cayado más que el deste orbe celeste os sacrifico, Señor. Yo un nuevo spíritu en este nuevo corazón. De un sol yo la luz resplandeciente. Destruyéronme el vejamen. ¿Qué de todo aquesto infieres, Fe?, que yo no sé aquel orbe qué incluye ni qué contiene. El Sol del sacro Pernaso. ¿De qué suerte? ¡Desta suerte! Ábrese el globo Yo del verdadero Apolo, luz de luz, en la eminente cumbre de aquel monte, agora triunfante me miro en este porque paso el cruento ocaso del eclipse de mi muerte, y así en el Pan de la Fe claro cielo que mantienen tantos doctísimos polos nunca muero y vivo siempre. ¡Qué ventura! ¡Qué desdicha! ¡Qué gozo! ¡Qué pena fuerte! ¡Qué felicidad! ¡Qué ira! ¡Qué aplausos! ¡Qué ansias crueles! ¡Qué alegría! ¡Qué tristeza! ¡Qué consuelos! ¡Qué placeres! ¡Qué rabias y qué pesares! ¡Qué contentos! ¡Y qué bienes! ¿Qué angustias y qué afliciones! ¡Qué dulce vida! ¡Y qué muerte! Pues, por que mejor lo diga, repetid todos alegres: «Aunque aqueste certamen hoy cinco premie… «Aunque aqueste certamen hoy cinco premie… … premios hay para todos; todos se acerquen… … premios hay para todos; todos se acerquen… … a este nuevo Pernaso, pues es constante… … a este nuevo Pernaso, pues es constante… … que quien llama a todos no exceta a nadie.» … que quien llama a todos no exceta a nadie.» Sino a mí que de mis yerros no es bien que perdón alcance, aunque le alcance, el que humilde siempre a vuestras plantas yace. Ciérranse los tres carros repitiendo la música