Primero soy yo Comedia Famosa PERSONAS QUE HABLAN EN ELLA DON GUTIERRE DON ÁLVARO DON VICENTE LISARDO, viejo GONZALO, gracioso FADRIQUE, bandolero LAURA, dama HIPÓLITA, dama JUANA, criada INÉS, criada BANDOLEROS GENTE Jornada Primera Salen, por una parte, don Gutierre, Fadrique y bandoleros; y por otra, Gonzalo. ¿Quedan ya en la quinta? Aún no, y ya en vano los aguardas. Pues ¿quién era quien venía en la carroza? Su hermana. ¿Luego, ya su hermana está con ellos? Una criada con quien, antes de servirte, tuve no sé qué barajas de paso me dijo ahora, llegándome a una ventana a mirar quién había entrado, que doña Hipólita, a causa de una grave enfermedad, dejó el convento en que estaba seglar desde niña, y vino a convalecer a casa de sus hermanos, y como es preciso, a fuer de dama, ser su mal melancolía, solicitando aliviarla salió esta tarde a la quinta. Según eso, mi esperanza hasta otra ocasión es fuerza suspenderla y dilatarla. Antes pienso que a las manos se ha venido. ¿Cómo? Aguarda. Pues di: ¿qué venganza puedes tomar de los que te agravian, mayor que en su honor? Y puesto que aquí estás con gente y armas, y que tienes a la quinta, por donde sabes, entrada, a tiempo que tienen ellos donde no sabes, a Laura, ¿qué esperas? Su hermana está sola en ella, y... Calla, calla, villano, ¡que vive el cielo!, que te mate, si me hablas en tan infame acción como fuera atreverme a las aras del honor de mi enemigo; porque, si bien se repara, tener mi enemigo honor es tener honor mi fama. Y así, Fadrique, podrás con tu gente a la campaña volverte; que yo, en habiendo otra ocasión más hidalga, te avisaré. Aunque yo siempre –deudor de aquella pasada ocasión en que me diste vida y honor, cuando Italia nos vio en más nobles empresas manejar más nobles armas– vengo a tu orden, cumpliendo con tan puntosa ignorancia con la necia ley del duelo, que dice que al que se valga de mí nada le pregunte, con todo eso, dispensada su severidad, pues quien la alega no la quebranta, te he de pedir que me des licencia para que salga de una duda. Sí doy. Pues aunque no ignoro que andas desterrado de Valencia, por reconocer ventajas al bando de tus contrarios, siendo una desierta casa de monte sagrado tuyo, ignoro qué es lo que trazas llamándome a aqueste bosque con todos mis camaradas. Y así te pido me digas, por que, entendida la causa, mejor acuda a su efecto, a qué vengo. Si me hallas a la vista desta quinta, bien como serpiente cauta; si ves que envío a saber a quién la carroza traiga, y que no siendo ellos, digo que te vuelvas, ¿cómo extrañas que, si fueran ellos, fuera tu venida a que acabara de una vez con todos, puesto que, siendo su plaza de armas esa casa de placer, donde, para que no hagan escándalo en la ciudad sus juntas, por partes varias deudos y amigos concurren mil tardes y donde tratan de sólo acabar conmigo? ¿Qué duda hay de que te traiga a acabar con ellos yo? Y para que no te haga dificultad la osadía de embestir dentro en su casa a tantos, tan prevenidos como se sabe que andan, sabrás... Pero para esto retirar tu gente manda. Idos todos, y esperad de aquese monte en la falda. Vanse los bandoleros. Sabrás que esa quinta tuvo para conductos del agua una mina que, ya ciega, el tiempo en sus ruinas guarda. Esta, pues, reconocida de mí, haciendo confianza de un ingeniero, dispuse que de noche trabajara en aclararla, siguiendo las veredas de la zanja siempre cubierta la tez del légamo y de la lama. Hízolo así, y vino a dar la luz de un resquicio clara vista a la deshecha obra de una fuente que, tapada de verdes hiedras, desmiente la sospecha de que haya quiebra en ella; de manera que teniendo yo hecha entrada por donde sobre seguro los asalte, cosa es clara, guardándome tú las puertas, que nadie con vida salga. Sola una dificultad resta ahora, y es que hagas concepto, viéndome hacer diligencias tan extrañas, de que es la nueva ocasión que a tanto empeño me arrastra segundo trance de honor. Pues no, Fadrique, te engañas, si lo piensas; de amor es, no de honor; mas ¿qué le falta, si es de amor, para que sea de honor? Que en duelos del alma el que me agravia en el gusto casi en el honor me agravia; mayormente cuando son mis celos de tan villana calidad como pensar que me han robado una dama, sin saber, viva ni muerta, della desde que una infausta noche... Pero aquesto es ir tocando noticias varias: y pues, perdida la tarde, unas a otras se enlazan las memorias, por tu vida que des licencia que salgan a desahogarse, no solo desde donde tú no alcanzas, mas aun desde donde sabes; porque quieren ver mis ansias, ya que afligen padecidas, si referidas descansan. Bien te acordarás de aquel suceso que de mi patria me desterró en mis primeros años; que no es menos larga mi vida que mi desdicha, pues desdicha y vida, hermanas, del vientre de mi fortuna, nacieron de un parto entrambas. Bien te acordarás que fue de mi destierro la causa, seguir mi ofendido honor... Permíteme aquí hacer pausa, que, aunque a decirlo voy todo, para esto el valor me falta; que no hay valor que repita, aun vengado, una desgracia tan causal como fue antes de ceñir espada tratarme como muchacho, porque arrojando la pala en la pelota, no quise pasar por no sé qué falta. En fin, en busca, ¡ay de mí!, de don Jerónimo de Ansa, primero enemigo mío, ya lo sabes, pasé a Italia, donde en una compañía, siendo los dos camaradas, me debiste la fineza que yo olvido y que tú guardas. No hallando aquí a mi enemigo, tras él pasando a Alemania, llegué al Albis a ocasión que la majestad cesárea de Carlos, de cuyo sol es primera luz el Alba, tenía su ejército contra el de Sajonia en campaña. En tercio de don Fadrique de Toledo senté plaza. Tocome en la marcha un día la hilera de la vanguardia; y haciendo alto a no sé qué rotas fuertes barbacanas de la artillería, que iba en el cuerpo de batalla, bordoneando la pica, a ella me arrimé, con gana de que me hallase indefenso alguna de muchas balas que ya de las baterías del enemigo alcanzaban nuestros escuadrones, cuando siento que a un costado avanzan tropas de caballería que iban cubriendo la marcha. Volví el rostro, más al ruido de las bridas y corazas que en desordenado son unas crujen y otras tascan que al de la curiosidad de ver qué escolta nos guarda, cuando veo que el primero batallón le gobernaba, capitán de él, mi enemigo, y sin reparar en nada –pero ¿cuándo en viles riesgos nobles cóleras reparan?–, saliéndome de la hilera, contra él la pica calada, le dije, por que llevase sabido quién le quitaba la vida, que este consuelo aun no perdoné a mi rabia: «Muere, traidor». Él entonces, batiendo al bridón la ijada, caló el can a la pistola; no dio lumbre al dispararla; conque, de caballo y pica unidas las dos contrarias violencias, al primer bote, falseando el arnés, la falda de la greba, entre el arzón y el borrén salió a la espalda sangriento el hierro, cayendo por encima de las ancas. Pedazos me hicieran todos, claro está, si no llegara en esta ocasión el Duque, que distribuyendo andaba las órdenes para que el ejército esguazara el Albis; bien que impedían el esguazo siete barcas, que al continuado tesón de las repetidas cargas eran sobre la corriente siete volcanes del agua que, a pesar del nuevo centro, fuego escupen, humo exhalan. Apenas oyó el suceso cuando, conclusa la causa, mandó que a un árbol me ahorquen; que no tienen más demandas en la provincia de Marte los procesos de campaña. Mas desasido de todos, pude arrojarme a sus plantas, no pidiéndole la vida, sino solo que otorgara, diciendo quién era, que un cuchillo mi garganta dividiese; porque fuera infelice circunstancia morir perdiendo la honra quien moría por cobrarla. Púsole en estimación la desesperación vana de morir noble, y queriendo saber de paso la causa, se la dije tan aprisa que sin costa de palabras, la cara le enseñé, solo descolorida la cara, como quien dice: «Ya della, el postizo color falta». Las cejas arqueó, y tomando por achaque de su clara piedad qué linaje había de darme de muerte, manda a una escuadra que me vuelva preso a los cuerpos de guardia. No sé yo qué orden llevó secreta; pero la escuadra sé que no tuvo conmigo el cuidado que se encarga en semejantes prisiones: pues divertida, con maña, me dio escape, y cuando todos pensaron que le lograra puesto en fuga, volví al frente de banderas, donde en altas voces dije: «Ea, españoles, hoy es día que la fama nos elija por asunto de la vitoria más alta. Siete barcas el esguazo del Albis nos embarazan, en cuyo pasaje estriba fijar nuestro gran monarca en sus sienes la corona. Pues ¿qué espera, pues qué aguarda vuestro no imitado heroico valor?». Y echándome al agua, tras mí otros seis españoles se echaron con las espadas en las bocas, y abordando uno a cada una, tanta fue la confusión, que puestos en desorden los que estaban de guarnición, presumiendo –gracias a las siempre vagas nieblas del Albis– que había quien nos guardase la espalda, unos sobre otros cayeron al río. ¡Gloriosa hazaña! Las mismas, pues, que antes fueron contra nosotros murallas, puentes ya en nuestro favor, facilitaron la entrada del opuesto margen. Dejo los trances de la batalla, pues basta saber que dio la honra al César, la alabanza, la prisión al de Sajonia y la vitoria al de Alba; que vencidos los rebeldes y la ocasión acabada, dos veces airoso y noble pude dar vuelta a mi patria. En ella, pues, don Vicente y don Álvaro de Ansá, hermanos del muerto, al verme resucitaron la saña, buscando siempre ocasiones en que pudiesen lograrla. Yo, prudentemente atento, procuré siempre apartarlas, no concurriendo con ellos en calle mayor ni en plaza. En este medio –aquí entra aquella cita pasada de amor; que siendo mi vida novela, ya le hace falta; que novela sin amor es como cuerpo sin alma– puse los ojos en una, bien que pobre, ilustre dama, tan discreta como hermosa; pero no, como se canta, puedo proseguir diciendo: «tan amante como amada»; pues, a mis penas esquiva, a mis finezas ingrata, aún no le permitió al ruego el aire de la esperanza. Pero como la porfía aceros y piedras gasta, sin quedar menos divina, pude verla más humana, dándome licencia que algunas noches la hablara, por la nota de la calle, a una pequeña ventana que de su cuarto a un jardín cae desde una pieza baja. Destas, pues, acaso una, en el festejo empeñada de unas amigas, me dijo que a otro día le enviara el coche para ir al Grao. Hícelo así, y en su playa, conociendo que era mío, al estribo llegó a hablarla don Álvaro, en ocasión que yo a lo largo pasaba, y pareciéndome que era grande desaire en mi cara, por el lado del estribo llegué, diciéndole: «Anda, cochero». «No andes», le dijo él; pero, entre su amenaza y mi mandato, partió; conque, quitada la valla que hacía el coche, su lugar ocuparon las espadas. No a poner paz, como suelen, llegó la gente que estaba en el muelle, sino antes a encender la lid, a causa de que al vernos se ponían de su banda u de mi banda. Tanta fue la confusión, y la bulla, en fin, fue tanta, ya de muertos, ya de heridos, que obligó que del real salga el virrey a desparcirlas; y aun pienso que no bastara, a no ayudarle la noche, entre cuyas sombras pardas yo, acordado de que es en todo trance la dama la primera obligación –por si acaso la alcanzaba, siendo conocida, parte del escándalo–, a su casa fui primero que a la mía. Apenas, pues, la criada la puerta entreabrió a mi seña, cuando yo... Ruido dentro. dentro ¡El cielo me valga! dentro ¡Jesús mil veces! ¿Qué estruendo hurta a mi voz las palabras? Aquel corredor se viene todo abajo con dos damas. ¿Quién podrá no socorrerlas, siendo noble? Quien repara que, pendiente el paredón, segunda ruina amenaza. Por eso es más el empeño, antes que sobre ellas caiga. Yo te seguiré. Vanse los dos. Yo no; que, aunque es mi querida Juana –de dos la una, como apuesta–, es mi ligereza tanta, que quiero dar a los dos dos caídas de ventaja. Sale don Gutierre con Hipólita en brazos, y Fadrique con Juana. ¡Ay de mí, infeliz! Desmáyase. Señora, alentad; que ya apartada del riesgo, podéis segura pedir vuestro aliento al aura. ¡Ay de mí también! También podéis vos cobrar el habla; que ya en salvo estáis. Fadrique, llega; ayúdame a llevarla a su coche. A Juana Esperad vos, que es fuerza ir donde me llaman. Ve aquí por lo que no puede caer una doncella honrada el día que cae su señora. Sí puede, mi caída Juana; que estoy yo aquí. ¡A muy buen tiempo, después de ausencia tan larga, que aun a quién sirves no sé! Pues ¿qué mejor, si reparas en que me debes la vida? Pues ¿eres tú el que me amparas? No; pero soy el criado del amo del camarada que te ha librado. Gonzalo, trae de aquese arroyo agua. ¿En qué? Si no es que el sombrero búcaro de fieltro haga... Toma aquesa bolsa turca, Gonzalo, donde la traigas. Familiar, no veas que dejo por la turca la cristiana. Vase. (¡Que con una pierna coja y con una mano manca, destrozada una cadera, me dejen todos! ¡Mal haya yo, si cayere en mi vida otra vez que caiga mi ama!). ¡Jesús mil veces! Albricias; que ya el aliento restaura. Sale Gonzalo con el agua. Aquí está el agua. Ya no es menester. ¿Cómo no? Juana, para ti fui yo por ella: toma. Eso darás tú, el agua. Es lo que ha menester más quien, por estar asomada dio tan gran traspiés. Si deja el susto algún uso al alma, aprovecharle será razón, puesta a vuestras plantas. ¿Qué hacéis, señora? Mirad que es daros por no obligada querer que os vuelva a la tierra quien de la tierra os levanta. Ninguna demonstración, por más estremos que haga, sobra a mi agradecimiento. ¿Como os sentís? Aliviada del susto, no del dolor, mas siempre muy obligada. Y por que empiece a mostrarlo, doña Hipólita de Ansá soy: ved ahora si puedo, siendo noble, ser ingrata a la deuda de mi vida. Mucho agradezco que haya sido tanta mi fortuna que en tan gran sujeto caiga. Decid vos quién sois y en qué puedo libraros la paga de aqueste agradecimiento. Dos cosas vuestra voz manda: que diga quién soy y pida; una que obedezca, basta. Será decirme quién sois, y no pedir. Os engaña el ir hacia lo mejor; porque, la suerte trocada, sin decir quién soy, os pido que, la carroza cobrada lo más presto que podáis, deis la vuelta a vuestra casa. Tomad el coche, y adiós. Ve tú por él. dentro Para. dentro Para. Estos mis hermanos son que yo esta tarde esperaba. Pues adiós. Ya que de mí no queréis llevar las gracias, esperad; las llevaréis dellos. Fuera acción muy baja querer agradecimiento de nadie, que dicha tanta como serviros, yo a mí que me la agradezca basta. Vamos, Fadrique; que aunque no era la ocasión muy mala, los dos a los dos, no quiero, dando otro susto a esta dama, desquitarme tan aprisa. Digno sagrado los valga. Vanse él, don Gutierre y Gonzalo. Salen don Álvaro y don Vicente. ¿Qué, hombre, cielos, tan atento es el que...? Hipólita... Hermana... ¿Qué fue esto? ¿Qué ha habido? Una bien venturosa desgracia. Saliendo a ese mirador a fin de esparcir mis ansias, conmigo cayó... Y conmigo, ¿no? ...de suerte que, llevada de él, fue el golpe menor; pero, a no haber quien me sacara lo pendiente de la ruina que tras sí el balcón arranca, me hubiera muerto. ¿Quién fue para agradecerle tanta fineza? Un hombre, que apenas me libró, cuando la espalda volvió. Puesto que el seguirle no es ahora de importancia, por hacer las prevenciones a tu salud necesarias... Hola, llega esa carroza, ponte en ella, y vete a casa; que tras ti vamos los dos. ¿No hay quien dé una mano a Juana? Ven, Juana. ¿Qué es eso? No sé; pero pienso que... Habla. Que sé a quién debo la vida, y que no sé a quién pagarla. Vanse las dos. Solo esta desdicha, cielos, al número le faltaba de tantas como mi vida a un tiempo padece para acabar con mi paciencia. Aunque confieso que hay hartas, la principal, por lo menos, treguas da al dolor. ¿Cuál llamas la principal? No acabar con don Gutierre, en venganza de nuestro difunto hermano; pues tenerle ausente basta para entretener siquiera nuestro rencor. Calla, calla; y puesto que hay otra que, si no la excede, la iguala, no seas tú el que me consueles, pues eres tú el que me matas. ¿Yo? Sí. ¿Cómo? Si sabías que en la Seo vi una dama tan hermosa, que no fue primero verla que amarla; si sabías que siguiendo su hermosura soberana, supe quién era y que era en nombre y vitoria Laura; y si sabes que la hallé tan dulcemente tirana que aun no la debí mirarme, tanto, que si la apuraran, pienso que mi nombre ignora; si siendo, en fin, la que estaba aquella tarde en el Grao, y la que, llegando a hablarla, sin reparar cúyo fuese el coche ni el que pasaba, dio ocasión a que saliera a luz la no tibia llama de nuestras vivas cenizas; y tú, buscando en su casa a don Gutierre esa noche, los dos escándalos causas de su fuga y de mis celos, pues pretendiendo librarla del padre, carga con ella, para que della no haya sabido, muerta ni viva, ¿qué te admira, qué te espanta que de ti me queje? Pues importa poco que salga desterrado de Valencia por temor de nuestras armas, si dondequiera que está, está con tan gran ventaja que me tiene en su destierro presa la mitad del alma. Oye, espera. ¿Para qué? Para que te satisfaga. En una conversación al anochecer estaba el día que a ti en el Grao te sucedió la trabada lid que, ya sabida, fuera impertinencia el contarla. En busca de don Gutierre salí; y viéndome con gana de encontrarle, alguno dellos me dijo: «Yo sé dónde ama y acude todas las noches». Yo, viendo que a asegurarla iría aquélla más que otras, con su noticia y mi rabia fui a la calle, donde apenas me asomé, cuando a la escasa luz de la luna le vi, a tiempo que una criada la puerta abría a su seña. ¿Qué te admira, qué te espanta, que por ti o por mí cerrase con él, y que...? Disparan dentro. dentro Ataja, ataja. ¿Qué es aquello? A lo que veo, toda la justicia anda corriendo unos bandoleros que dese monte a la falda estaban. Vamos de aquí; que, aunque tenga tolerancia la justicia con nosotros, desde que sabe que falta don Gutierre de Valencia, con todo eso, es bien la cara guardarla; porque no es noble ni digno de honor y fama quien salvo no la venera y delincuente la aguarda. Vamos; que por el camino proseguiré lo que falta. dentro ¡Al monte, al valle, a la selva! dentro ¡Fadrines, a la montaña! Vanse. Salen Hipólita y Inés. ¡Que no quieras descansar un punto! Yo bien quisiera, ¡ay, infeliz!, si pudiera; pero es tan grande el pesar que apoderado del pecho se alimenta de la vida que, mal hallada vestida y mal hallada en el lecho, en ninguna parte estoy mejor ni peor, ni sé dónde mi descanso esté, pues dondequiera que voy va conmigo mi tormento. Mejor Juana lo trazó. ¿Cómo? Como aun no llegó, cuando se acostó al momento. Pero una dama, señora, de un anciano acompañada, en esa cuadra tapada ha que espera más de un hora, por si puede hablarte. Llegue. Salen Lisardo y Laura pobremente vestida. Dadme, señora a besar vuestra mano. (¡Qué pesar!). Levantad. Aunque no niegue que mi pretensión ahora no llega a buena ocasión, temo que la dilación la estorbe; y así, señora, perdonad... (¡Pena cruel!). ...si ya tiempo no esperó. ¿Qué queréis? Mejor que yo os lo dirá este papel. Lee «Prima y señora mía: Habiendo de vivir en tu casa, donde es preciso aumentar la familia que no habías menester en este convento, a nadie podrás recibir con más satisfacción en tu servicio que a Laura, hija de Lisardo, a quien la fortuna ha puesto en obligación de servir; y porque sé que mi ruego es la mejor autoridad para su conveniencia, te lo suplico, fiada en que, siendo él el pretendiente, has de ser tú la agradecida. Dios te guarde». Por cierto, cuando no fuera mi prima quien lo mandara, por vuestras canas deseara que la pretensión tuviera alguna dificultad, porque hubiera qué vencer; mas con todo, es menester, dándoos yo mi voluntad, que don Álvaro mi hermano dé su licencia. Y así podéis esperarle ahí. Llega a besarla la mano, Laura. Dadme –(¡qué rigor!)– la mano a besar. (¡Qué pena!). A Inés. Levante, amiga. (¡Qué buena cara!). Así, así. Mal mi amor duda que todos tendrán a bien que en casa se quede; y así, desde luego puede. Vos esperad, mientras van mis justas obligaciones a responder a mi prima cuánto este cuidado estima. Vanse Hipólita e Inés. Llora ¡Ay, fortuna, en qué me pones! No llores; que esto ha de ser. No lloro, ni fuera justo, porque me oponga a tu gusto, sino sólo por temer que tan grande novedad como intentas, contra mí resulta. ¿Quién quieres, di, que haya en toda la ciudad que, oyendo que de tu casa me arrojas y que a la ajena me traes, dude que tu pena, bastarda hija de mi escasa fortuna, no sea nacida de mi culpa? Bien está. Pues ¿o la tengo, o no? Ya basta, Laura, ... ¡Ay de mi vida! ...que yo ni dudo ni creo mi inocencia ni tu culpa; mas creo, y dudo, que disculpa mi desdicha a mi deseo. Yo no puedo resistir con fuerza, orgullo o valor la osadía y el furor de alguien que he visto asistir a mis puertas noche y día, siempre viva estatua dellas. ¿Quién? Don Gutierre Centellas; y aunque creo que su porfía contigo no habrá tenido, claro está, ningún lugar, ¿cómo es posible dudar que allí le busque ofendido de los Ansás el valor y que resulte en mi casa de lo que allá a ellos les pasa la nota y el deshonor? Sale Inés con un papel. Dásele. Llevad vos esta respuesta. No llores más, por mi vida. Vase. Y vos seáis bien venida, hermosa beldad, a esta casa, donde hemos las dos de ser amigas. En mí... dentro Inés. Mi ama llama. Aquí os estad. Adiós. Adiós. Vase Inés. ¿Quién creerá –(hable yo conmigo, pues que no tengo con quién)–, ¡ay, Gutierre!, que me den la casa de tu enemigo, que me defienda de ti? ¡Qué poco de ti importó que me defienda, si no me defiende a mí de mí! Sale don Álvaro. Por presto que procuré seguir a Hipólita, hubo ocasión que me detuvo en que a mi hermano dejé, por adelantarme yo, que como al alma la quiero; y ya por saber me muero si ha convalecido o no con los remedios Repara en don Álvaro y tápase. (¡Qué vi! Sin duda, me ha conocido por mi padre, y me ha seguido este hombre). (¡Tapada aquí!). Señora, ... Repara en don Álvaro. (¡Cielos! ¿Qué haré?). ...decidme lo que mandáis, y ved que en vano os tapáis aquí de mí. (Cierto fue que me conoció). Y pues vengo a esta ocasión, ... (¡Ay de mí!). ...hablad: ¿Qué queréis? (Yo aquí otro remedio no tengo. Hablarle claro deseo, antes que vean, ¡muerta estoy!, que viene tras mí). Yo soy, pues ya lo sabéis. Descúbrese. ¡Qué veo! Perdido y hallado dueño, y hallado antes que perdido, si a buscarme habéis venido para que de aquel empeño que en el Grao ocasión fui y en vuestra casa causé os asegure, y en fe de quien soy venís de mí a valeros, bien hacéis; que alma, vida, hacienda, honor, todo es muy poco en favor vuestro, y así, bien podéis decirme qué me mandáis; que en albricias de que no don Gutierre os tenga, yo haré cuanto me pidáis con tan rendida atención, que de costa os tenga al vella, decilla, y eso porque ella no vea la imaginación. Decid, pues: ¿qué me queréis? ¿Qué mandáis? Hablad, pedid. Sola una cosa. Decid. Que os vais, y que me dejéis, pues que mi fortuna escasa así me tiene. Idos, pues, antes que os vean. (¡Bueno es despedirme de mi casa!). Si os habéis arrepentido de haber venido a buscarme o es solo a desengañarme, reconozco vuestro olvido; excusada diligencia ha sido. ¿A buscaros yo? A esta casa, ¿por qué no lo he de pensar? La licencia que en seguirme habéis tomado, ¡queréis así disculpar! Como vos la de pensar que aquí no me habéis buscado. Mucho he extrañado el oíros. Bien como yo el escucharos. Que yo no vengo a buscaros. Ni yo tampoco a seguiros. Pues, si eso a los dos nos pasa, idos, aunque a otra busquéis, o yo me iré. ¿Adónde habéis de iros por ahí? En mi casa, ¿por dónde voy preguntáis? ¡Vuestra casa! Esta lo es. Huélgome saberlo. Pues sabedlo, y no lo sepáis para volver: idos presto. No sólo no me he de ir, pero ni vos, sin decir... Soltad. ¿Cómo? Ved... Sale Hipólita. ¿Qué es esto? Yo..., cuando... (¿Qué he de decir, viendo que al primer instante tras mí se viene un amante?). (Algo me importa fingir). ¿Cómo no estás recogida? Por no melancolizarme más, no he querido acostarme; que importa poco mi vida. Pero a los dos, ¿qué ha obligado tan presto a alguna querella? (¿Cómo no ha extrañado el vella?). (¿Cómo el verle no ha extrañado?). ¿Qué ha sido esto? Que tapada aquí esta dama encontré; qué mandaba pregunté, y viéndola recatada, porque eché al manto la mano, se enojó. No hiciste bien en guardarte de él. Pues ¿quién es? Don Álvaro, mi hermano. (¿Esto más? ¡Hado cruel!). El no haberle conocido bastante disculpa ha sido para procurar huir de él, queriéndome descubrir; pero, ya que sé quién es, habré de echarme a sus pies. Levantad. (¿Qué llego a oír?). ¿Qué es esto, hermana? El cuidado de mi prima hizo que escriba que esta doncella reciba, de que ya a su padre he dado respuesta, en fe que tendré tu licencia. Bien has hecho; que aquestas cosas sospecho que a ti te tocan, porque tú eres la que has de vivir con tus criadas; que no tengo de mandarlas yo. Y aunque vengáis a servir a mi hermana, creed, señora, que en la estimación debida serviréis siendo servida. ¿Quién de igual valor lo ignora? Sale Inés. Señor, el virrey te envía a llamar con un soldado. ¡A mí! Pero ¿qué cuidado hoy turbará mi alegría? Vase. Ya con gusto de mi hermano, para que en casa te quedes, bien quitarte el manto puedes. Antes presumo que en vano será el quitarle. ¿Por qué? Porque con mi padre he de ir, cuando venga, a despedir otra casa que dejé en habla, por si cruel la poca fortuna mía la dicha no conseguía de servirte a ti. Que él vaya, ¿no bastará? No, señora; y aun, pues tarda, sin él iré. Aguarda, aguarda; que siendo tan tarde ya, de mi casa y sola no es justo salir. Sí es; que yo volveré después. Mientras él no venga, yo sola no he de dejarte ir. Pues con manto esperaré. ¿Cúbreste a llorar? No sé. ¿Tanto sientes el servir? ¡Pluguiera al cielo, señora, que de esclava te sirviera toda mi vida, y no fuera un solo instante el que ahora impide que aun de criada te sirva! ¿Por qué? El porqué ignoro. ¿Qué ves... No sé. ...en mi casa? No veo nada. Pues ¿qué causa... ¡Loco estremo! ...para irte hay? La que reprimo. Declárala. No me animo. Pues di, ¿por qué? Porque temo... Mucho me das que pensar. Y aun tengo más que sentir. Acábalo de decir. Pues empiézalo a escuchar. Hija nací... Ya lo sé. ...de ese anciano, ... Ya lo veo. ...noble en sangre, ... No lo dudo. ...pobre en dicha. Harto lo siento. No faltó quien me mirase... ¡Advierte qué aprisa empiezo a darte pesar! ¡A mí pesar! ¿Cómo o cuándo? ¿Tengo yo quien, querido, me dé contigo pesar? No es eso, sino antes aborrecido de ti, es fuerza que con ceño mires mi amor. Aun no sé tampoco a quién aborrezco. De don Gutierre Centellas, ¿no sabes?... ¡Ah, sí! Esos duelos allá, para mis hermanos. Al caso. ¡Cuánto me huelgo verte desapasionada! Yo también me holgara el verlo. Este, pues, habiendo en mí puesto los ojos... No quiero con los lugares comunes de amor malograr el tiempo; pues papel, noche y ventana son personajes primeros de cualquier farsa de amor. Vivía, al parecer, contento, al paso que yo vivía triste, porque, con afectos contrarios, nuestras pasiones con el trato iban creciendo, no porque yo mal hallada estuviese en el empleo, sino porque mis caudales atrasaban mis deseos. En este estado, tu hermano, don Álvaro... Aquí recelo que te ofendas con más causa que antes. ¿Por qué? Porque pienso que suele tener más fuerza a contrario el argumento. ¿Cómo? Como si temí antes ofender tu pecho, queriendo al que aborrecías, ahora, al contrario, temo que te ofendas de saber que al que quieres aborrezco. Poco o nada se me dio de esotro; mas de esto, menos; que aborrecidos o amados los hermanos, ¿qué tenemos? Ni eso te embarace: al caso. Salí una tarde al paseo; llegó don Álvaro a hablarme, y don Gutierre a este tiempo; sobre «anda, cochero» o «no andes» –¡mira qué breve lo cuento!– llegaron a las espadas; conque la gente acudiendo a lo principal, el coche pudo ir a casa corriendo, sin que me siguiese a mí más que el ruido del empeño. Estando, pues, claro está, pendiente de aquel suceso, colgada el alma de un hilo, esperando por momentos si hacía la seña en la calle... ¿Quién, ¡ay de mí!, creerá, ¡cielos!, que el hacerla y el rozarse el pesar con el contento todo fue uno? Pues apenas la criada acudió luego a la seña, cuando, en vez de que entrase el que yo espero a acabar mi sobresalto, entró a proseguir su riesgo. Cinco o seis hombres, desnudas las espadas, contra él veo, y él defendido de todos. Tomar la puerta resuelvo de una cuadra en que yo estaba y arrojándome entre ellos, dejándole a mis espaldas, me adelanté a detenerlos. Mató la luz la criada: crece a oscuras el incendio; mi padre da voces, baja la poca gente que tengo, en cuyo intermedio yo a Gutierre a buscar vuelvo. «¿Eres tú, señor?», le digo. «Sí», me responde muy quedo. «Pues sígueme», proseguí, y él dijo en el tono mesmo: «Sí haré; que yendo conmigo tú, no es nada lo que temo». Conque, en fin, como ladrona de casa, a la puerta llego de la otra parte, abro y salgo, y en casa de un hombre me entro, que ya con luces al ruido había su puerta abierto. «No digáis que estoy aquí», dije; y cuando hallarme pienso con mi amante, veo a mi padre; que al bajar de su aposento con él me equivoqué, al ver que a las espaldas le tengo; conque me fue fuerza hacer ya del ladrón fiel, diciendo que para desengañarle de la culpa que no tengo, a él fue al que busqué, y a él al que quise seguir; pero si lo creyó o no, dirá de aquesta causa el efecto; pues como mi padre ya tenía de él algún recelo, no queriendo que volviese más a casa, a la de un deudo me llevó, donde encerrada me ha tenido, hasta que... Pero al referir, ¡ay de mí!, tantos, tan varios sucesos, al golpe de sus desdichas, al tropel de sus tormentos, parece que el corazón se me ha estrechado en el pecho. ¡Jesús mil veces! Cae desmayada. ¡Traed luces! ¡Juana, Inés! Sale don Vicente, Juana y Inés con luces. ¿Qué ha sido esto? Que estando hablando conmigo, rendida ha dado en el suelo esta mujer, desmayada. ¿Acá se viene con eso? Pues ¿no sabemos acá desmayarnos, si queremos? Sale don Álvaro. Hipólita, ¿qué das voces? Mas, ¡ay, infeliz! ¡Qué veo! Una desdicha. Inés, Juana, llevadla las dos adentro. Llévanla entre las dos. Ve tú, hermana, y por tu vida, que acudas a su remedio. Ve, hermana; que importa más que piensas. Fácil sospecho que fuera servir dos amos, mandando los dos lo mesmo. Vase. En mi vida, Álvaro, vi más soberano sujeto que el desta mujer. (Fortuna, solo me faltaba esto tras lo que el virrey quería). ¿Eslo mucho? Un mismo cielo. Pues bien presto te lo digo. Esta es Laura. Adiós. A tiempo ha llegado el desengaño. ¡Llevó mi esperanza el viento! Jornada Segunda Salen Laura y Hipólita. Laura, otra vez y otras mil vuelvo a decirte que creas que tus bien sentidas ansias, tus mal merecidas penas, de suerte han enternecido mi pecho, que por mí mesma me hallo obligada a ampararte, porque de quien soy es deuda. Para no quedar conmigo mil cosas me representas; mas de todas, una sola es la que a mí me hace fuerza; porque aquello de que ames a quien yo, Laura, aborrezca, ¿para qué lo has de sentir tú, como yo no lo sienta? Las instancias de mi hermano, aunque hablen desde más cerca, más respeto han de tenerte a mi lado que en mi ausencia. Que te halle en la casa suya tu amante, cuando parezca, bastante disculpa es de tu padre la obediencia. Solo digo que de suerte al hechizo de la queja me ha enamorado tu ingenio, me ha movido tu belleza, que has de tener en mí quien de mi hermano te defienda, de tu padre te asegure y con tu amante te vuelva. Dicen, señora, que hay delitos tales, que atentas las leyes se los dejaron sin pronunciarles sentencia, por no prevenir que habría quien los cometiese. Esta razón, desde los delitos a las piedades opuesta, parece que en ti la hay, y tal que muda la lengua, no hallando ley al pensarla, no estudió el agradecerla, cuando ya se pierda todo, como solo no se pierda la dicha de que me halle cualquier trance a tus pies puesta. ¡Si supieras cuánto gusto me haces! Pues ¿hay en qué pueda servirte? No sé, ¡ay de mí! Pero lo que la experiencia muchas veces dijo ¡cuánto el ejemplar escarmienta! Tenerte a mis ojos, Laura, me importa para que tenga un acuerdo en tu hermosura y un aviso en tu tristeza de cuánto un afecto arrastra, cuánto una pasión arriesga. ¡Ay, señora!, no la haya; que una vez llegando a haberla, no hay aviso que no calle, ni acuerdo que no enmudezca. Nadie, hasta hoy, por ejemplares amó ni olvidó. Pues sea, si no vale esta razón, otra la que favorezca el gusto de que conmigo te quedes. ¿Y es? Que el que enferma de un dolor, se alivia hablando con quien el dolor padezca. ¿Tan al principio te hallas que a dos luces te cautelas para que no venga una y otra para cuando venga? Si no temiera que a alguien facilidad le parezca descubrirte el primer día mi pecho, yo te dijera una duda en que me hallo; mas bien puede salvar esta objeción el ser también el primero que a tenerla llegó, y siendo así que son tu conocimiento y ella de una edad, pues juntos nacen, ¿qué mucho que juntos crezcan? Yo, Laura, debo la vida a un hombre que en la deshecha ruina de un balcón me halló, cuyas generosas prendas, sin temer el amenaza de lo que pendiente resta, me sacaron, impidiendo que, en segundo estrago envuelta, me dejase mi desdicha sepultada antes que muerta. Tan galán conmigo anduvo, que sin decirme quién era, por que sólo él a sí solo su misma acción se agradezca, se ausentó en volviendo en mí, dejándome como en prendas de mi obligación su brío, su gala, su gentileza, tan impreso en la memoria, que, sin apartarse della, a todas horas me asiste con una especie tan nueva de agrado que no es agrado y de pena que no es pena. ¿Qué afecto será este, Laura? ¿De agradecida, de atenta, de inclinada, o de curiosa? No sé; que Amor, como vuela con alas, no hay en el aire quien le averigüe la senda. Y en fin, ¿no sabes quién es? Como desde tan pequeña con mi prima en un convento me crié, a nadie en Valencia conozco, Laura; y, en fin, como yo quién es supiera y en algo desempeñara de mi obligación la deuda, me parece que... Sale Juana. Señora... ¿Qué hay, Juana? Dame licencia para irme allá dentro. Bien digo yo que eres discreta. Vete; que, aunque después haya de decir lo que me quiera, no es bien que de mi confianza tan presto malicia tenga. Vase Laura. Si esto esperabas, ya estoy sola. ¿Qué traes? Unas nuevas... Ello bien pueden ser malas, mas por Dios que no son buenas. Ya te dije antes de ahora, viéndote tal vez suspensa en la deuda de tu vida, que en otra casa antes desta habíamos servido juntos yo y aquella buena pieza que hoy al caballero sirve que te libró, y ser pudiera que tú por aquí supieses de él. Curiosidad fue necia. Pues estando yo ahora acaso en esa ventana puesta –que de achaques de ventana pocas mozas escarmientan–, le vi pasar: destosime, miró, hícele una seña, entendiola, aunque no es mudo, y queda, en fin, a la puerta. Mira si quieres que algo le diga. ¿Y eso me cuentas con misterio? Di que suba; que saber yo a quién le deba la vida, ¿para qué es hacerlo delito? Entra; que mi señora te llama. Sale Gonzalo. Humilde beso la tierra que pisas, si es que la pisas con alhaja tan pequeña. Estimo que hayas venido a verme. Esa diligencia se debe a mayor cuidado. Pues ¿cúya es? De quien desea saber si cierta salud que halló su refugio enferma, dejándola en la pasión, paró en la convalecencia. Sepa yo quién es, por que mida mejor la respuesta al sujeto. Ya una vez la costa del temor hecha, por Dios, que ha de salir todo, aunque no tengo licencia Es don... Sale don Álvaro. Hipólita... ¿Qué traes, que algún disgusto muestra tu semblante? Aún es mayor que él significa y tú piensas. (Si me ha conocido, y es conmigo, requiem eternam). Manda que al punto descuelguen esta casa; y cuanto en ella hay se líe y se componga de suerte, hermana, que pueda llevarse todo a la quinta, porque aquesta noche mesma tengo de dormir allá, pues no toca en la vivienda la ruina del mirador. ¿Qué causa hay que a eso te mueva? Cosas son de don Gutierre... (Malo). ...las que no me dejan en mi casa. (Peor). Y antes que me declare más, sepa ¿qué busca este hidalgo aquí? (Peor que peor). De esa reja le conocí y le llamé, a mi obligación atenta, por criado del que dije que me sacó medio muerta; y como en él será paga lo que en su amo sería ofensa, para darle esta sortija le llamé. Muy bien la empleas. Y pues es justo que todos reconozcamos la deuda, ¿quién es, hidalgo, vuestro amo? (El demonio me dijera ahora quién es). Señor, don Íñigo de Ribera, caballero castellano, que allá por ciertas pendencias de los celos de una dama viene a vivir en Valencia, desterrado de Castilla. Yo le buscaré, y que tenga en mí, diréis, quien le sirva en cuanto aquí se le ofrezca. Conoceréis al mejor caballero. Id norabuena. Conoceréis... Yo iré a verle. Vase Gonzalo. Juana, pregunta allá fuera, ya que sabemos quién es, dónde vive. Voy ligera: (Que quizás me dará el premio pues la sortija se lleva). Vase. Sale Laura. (Oyendo su voz, no quiero que a don Álvaro parezca que fue cuidado el faltar a su hermana en su presencia). ¿No sabré yo qué ocasión a una novedad te mueva tan grande? Llamome ayer, hermana, el virrey; y apenas me empezó a decir tenía, apretado, orden del César para ajustar estos bandos o quitarnos las cabezas, cuando el despacho llegó: conque, dejando suspensa la plática, mandó que hoy con mi hermano a verle vuelva. Fuimos los dos y, en efecto, a mi pesar, dejo hechas con don Gutierre no sé si diga paces o treguas. Pero sean lo que fueren, a todos el virrey fuerza con homenaje a que cesen las enemistades nuestras. Y habiendo de vivir él desde hoy seguro en Valencia, no quiero verle, ni ver que Laura de oírlo se huelga: y así della ausencia haga, mientras no hago de él ausencia. Vase. ¿Qué dices, Laura, de cuánto nuestras fortunas se enmiendan? La mía sí, pues ya veo que Gutierre a vivir vuelva quieto a su casa. Y la mía, pues he sabido quién sea el caballero a quien debo la vida. ¿De qué manera lo has sabido? Ese criado conoció Juana: esto era lo que me quería. ¿Y quién es? Don Íñigo de Ribera, caballero castellano; y aunque no sé si me pesa de que celos de una dama de su patria le destierran, con todo eso, le agradezco que me le envíe a tan buena ocasión, que de su parte me dé la vida. Sale Juana. En la mesma calle de la Mar, señora, ... Prosigue; no te detengas, ni te recates de Laura. ...vive en una casa nueva que hace esquina, como vamos a salir a la Olivera. Ven conmigo; que has de hacer, Juana, por mí una fineza. ¿Qué es? Ponte el manto, entretanto que yo escribo cuatro letras. Llevarelas en volandas; que también saber quisiera quién fue el socorredor que so el corredor me remedia. ¿A eso te resuelves? Laura, nada tu ejemplar me advierta; que esto nunca ha de ser más que una cortesana seña de mi reconocimiento. ¡Plegue al cielo! Vanse. Salen Gutierre y Gonzalo. ¿Qué me cuentas? Lo que me pasó; y, por Dios, que es, señor, como una perla la Hipólita, y me parece... No prosigas, cesa, cesa; que ya sé, Gonzalo, que es bizarra, entendida y bella, y que me está agradecida; pero ¿qué importa que sea bella, entendida y bizarra, si esta villana potencia de la memoria no quiere que alivio ninguno tenga? Pues absoluta, sin que de mis arbitrios dependa, lo que ha de acordar olvida, lo que ha de olvidar acuerda. Mejor es dejarlo todo. Llama, Gonzalo, a esa puerta: entremos a descansar, si es que descansa el que piensa. Sólo en que vivías aquí dije verdad en aquella pasada turbación. ¿Cómo? Como salió a la escalera Juana a preguntar adónde vivías; y como ella no importó que lo supiese, le di desta casa señas donde veniste a apearte. Llama, pues, necio. ¿Qué esperas? ¿No llamas? Ya llamo, ...y ya nos han abierto la puerta, sin ver quién la abre. ¿Quién duda que será la criada? Espera, no entres. ¿Por qué? Porque un hombre rebozado, detrás della está con una pistola en las manos. Tras mí entra; que en mi casa he de saber quién desta suerte me espera. Va a entrar, y sale Fadrique. Tened, Gutierre, la espada; que yo soy. ¡Desta manera, Fadrique, en mi casa! Pues ¿qué acción, qué venida es esta? Después que ayer me contasteis las raras fortunas vuestras, y que sin efecto hubimos de dividirnos; apenas tomasteis vuestro caballo, y yo, Gutierre, la senda para el montecillo donde mi tropa estaba encubierta, cuando el justicia, que ya sitiada tenía la selva con armada gente, dio con nosotros: de manera que nos fue fuerza poner en fugitiva defensa. Fui a vuestra torre a buscaros, díjome el casero della que en esta casa posabais; y viniendo en busca vuestra, me conoció la criada, abriome y se salió fuera. Muy bien venido seáis; y aunque del lance me pesa, en la parte de serviros es justo que la agradezca. Mi casa... Pero, esperad. Llaman dentro. ¿Quién es quien llama? Cubierta una mujer hasta aquí se ha entrado. ¿Qué busca, reina? Sale Juana tapada. A don Gutierre. Ya yo he visto lo que busco. A Fadrique. Leed vos, y dadme respuesta... Y vos, oíd. Y para mí, ¿no hay algo que oiga y que vea? No: que vea, que oiga y que calle. (¿Qué tramoya será ésta?). Lee «Habiendo librado el galardón de vuestra fineza en las noticias de mi salud, os hago saber que estoy buena. Dios os guarde.». Doña Hipólita de Ansá ¡Breve y sucinto papel! Y en venir firmado muestra que no trae más intención que urbana correspondencia. Volveré en el mismo estilo breve y cortés la respuesta. Si no me decís quién sois, haréis que no os agradezca tanto favor. ¿Conoceisme? Descúbrese Muy bien; que vos sois aquella que yo saqué de la ruina. Y muy servidora vuestra. Gonzalo, dime –(por que firmado mi papel vuelva, ya que, viniéndolo el suyo, grosería no parezca hacerme más misterioso yo)–, ¿cómo a Hipólita bella dijiste que me llamaba? ¿Luego, es suyo? ¿Qué te altera? Pensar si es aquélla Juana. Que lo sea o no lo sea, ¿cómo dijiste que yo me llamaba? Don... ¿Qué piensas? Por Dios, que se me ha olvidado. ¡Pues será una acción muy buena no firmar ahora, y después, si hubiere ocasión de verla, no saber cómo me llamo para poder responderla! Don... Acuérdate. No puedo; que esta villana potencia lo que ha de acordar olvida, lo que ha de olvidar acuerda. Pero ¿no trae sobrescrito? Sí: «A quien Dios guarde.» A la vuelta mira si hay membrete. No. Pues esta entendida necia, ¿cómo firma a quien no pone sobrescrito en la cubierta ni aun el membrete en la esquina? No me apures la paciencia, sino di cómo me llamo. Pon otro nombre cualquiera, que pues ella no le pone, quizá se ha olvidado ella como yo: cualquiera basta. ¡Vive Dios, que si no fuera!... Ahora bien: habré de hacer misterio de lo que es fuerza. Vase. (Aquí entro yo ahora. ¿Cómo sabré si es Juanilla aquélla? Así). Juana, que te matan. ¿Quién a mí?... Cogite, perra. Estando hablando conmigo, es muy grande desvergüenza asustarla. No me asuste ella a mí en la frase mesma de estar con usted hablando. Sale Gutierre. Este lleva a tu ama, y lleva para ti esta niñería. Dala un bolsillo. Escusada diligencia conmigo; mas por no ser ni descortés ni grosera... Y añade a lo que yo escribo a tu señora que advierta que, si el dar uno una alhaja es privarse de tenerla, bien sin ser grosero puedo yo persuadirme a que sea verdad que la di la vida, pues que me quedé sin ella. ¡Lástima es que ella no oiga lo bien que lo representas! ¡Pluguiera al cielo! Si yo a decirte me atreviera que mis amos a la quinta se van esta noche mesma, y que Hipólita, mi ama, con las criadas se queda, yo te lo dijera; pero no me atrevo. Aguarda, espera. ¿Por qué se van a la quinta? (¡Oh, bolsillo, lo que aprietas!). Por haber hecho las paces con don Gutierre Centellas el virrey, un hombre a quien aborrecen de manera que por no verle se van. ¿Tu ama también? La primera fuera ella que le matara dondequiera que le viera; y aun yo, según los pesares que este mal hombre nos cuesta. (¿Quién creerá que pueda más el saber que me aborrezca que el presumir que me estime? Pero quédese ahora esta hoja doblada). También diría yo, si me atreviera, Juana, que... Ahora bien: ve allá; que podría ser... ¿La seña? Sólo un golpe. Adiós. Sepamos de los bolsillos que pescan las Juanas que hablan, ¿qué parte de avería se les pega a los Gonzalos que callan? Toda aquella parte entera que toca a las Juanas de las sortijas que se llevan los Gonzalos. Tú esta noche A Fadrique. no dejes de ir... Norabuena. Vase. ...con tu amo. Vase. ¿Hiciste, dime, memoria? ¡Qué linda flema! Quien no tiene entendimiento, ¿quieres que memoria tenga? Vase. ¿Quién he de decir que soy, si llego esta noche a verla? Sale Fadrique. Un hombre, si estáis en casa preguntando ahora queda a Gonzalo. ¿Qué hombre es? Criado parece en las señas. De algún amigo será. Sale Gonzalo. ¡Hemos hecho buena hacienda! ¿Qué hay, Gonzalo? Llegó un hombre; parado estando a la puerta, preguntome: «Vuestro amo ¿está en casa?». Y como era tan general la pregunta, general di la respuesta. «Sí», dije. Y él prosiguió: «Mi amo viene a verle». «Venga», respondí. Y cátate aquí a don Álvaro, que llega; que en fe de que en casa estás y avisado, hasta aquí se entra. Decidle vos, porque no es justo que a mí me vea, que no estoy en casa. Yo lo haré. Escóndete apriesa. Escóndese don Gutierre. Sale don Álvaro. Pasando por esta calle, y conociendo a la puerta ese criado, y por él ser vuestra posada esta, no quise dejar de veros, agradecido a la deuda de la vida de mi hermana; y así entro a reconocerla. Don Álvaro de Ansá soy. Vengáis muy enhorabuena. Al paño. (¡Quién a Fadrique que lleve su engaño decir pudiera!). (Mejor es, pues él se engaña, que ser yo Gutierre entienda). Y yo las manos os beso por la merced; que es más muestra de vuestro valor que no mérito de una fineza tan corta. Al paño. (En mi pensamiento estuvo). Unas sillas llega, Gonzalo. (¿No fuera bueno decir que no quiero?). Ea, ¿qué aguardas? No hay para qué. Perdonad; que estoy de priesa, y ésta, señor, no es visita, sino, como dije, seña de mi reconocimiento; y en otra ocasión que pueda yo volveré más de espacio. Mas tened sabido en esta que sé que por un disgusto habéis venido a Valencia desterrado de Castilla, y que en cuanto se os ofrezca tenéis quien os sirva en mí con alma, vida y hacienda, de que os doy mano y palabra. Siempre yo a las plantas vuestras estaré, reconocido desta honra. ¿Qué hacéis? Licencia me habéis de dar... No, no habéis de pasar de aquí. (La priesa es, con que he hecho esta visita, por lograr la diligencia con que pienso hoy escondido –pues sola Hipólita queda con sus criadas en casa– ver si hay ocasión en ella de poder hablar a Laura sin que mi hermana lo entienda; pues segura... Pero esto dirá el efecto). Vase y sale don Gutierre. Si fuera posible daros el alma en los brazos, os la diera, agradecido a lo bien que ha andado vuestra advertencia. Digo que me adivinasteis el concepto que en la idea estaba haciendo. A mí, no, y en otra ocasión como esta que haga el papel de mi amo buscará quien le obedezca. Vete de aquí... Y vos, conmigo Vase Gonzalo. venid, pues que ya la negra noche baja. ¿Dónde vamos? A ver a Hipólita bella. Venid conmigo, Fadrique. Ya os sigo, y podré con esta ocasión hablar a Juana, que cuidadosa me espera. Vanse. Salen Laura, con luces, Hipólita y Juana. Pon esas luces ahí, y dime tú, Juana, ahora si le hallaste. Sí, señora. ¿Y traes la respuesta? Sí. Dale un papel. Lee. «Que gocéis la salud que yo deseo es para mí el mayor galardón de la que vos llamáis fineza y yo ventura. No dejéis de continuar estas noticias a costa de menos señas, pues, aunque el papel no venga firmado, su discreción dirá que es vuestro; y no irlo el mío, es por dejar a la turbación la más conocida seña de su dueño». Bien cortesano te ha dado a entender que más quisiera que el papel sin firma fuera como a luz de otro cuidado más que el de la urbanidad. Por eso le firmé yo, porque sospechoso no presumiese la verdad del afecto que confieso donde no lo escucha él, ni en mi voz ni en mi papel. ¡Ay, señora! Que por eso ¿deja él de pensar que tiene el modillo de la acción más que primera intención? ¿Y de qué a inferirse viene? De lo que me dijo a mí. ¿Qué te dijo? Que vivía muy vano de que te había dado vida, siendo así que el dejar él de tenella era principio asentado de que te la hubiese dado, pues que se quedó sin ella. Y aun dijo no sé qué más, de que esta noche sabía que estabas sola, y vendría a ver si ocasión le das de hablarte por una reja. ¿Eso había de hacer? Pues ¡qué! ¿Fuera mucho, una vez que sola el cuidado te deja de tus hermanos? ¿Y fuera bueno que la vecindad?... Aquesa dificultad se salva... ¿De qué manera? No hablando en reja o balcón. ¿Y no fuera peor en casa? En visita que no pasa de buena conversación y que otra ocasión no puede en dos mil años tener, qué te queda que temer? Y por que seguro quede en todo tiempo tu honor, échame la culpa a mí, que sin tu gusto le abrí; y para honestar mejor tu justo agradecimiento, mientras yo aseguro allá la casa, Laura estará sin apartarse un momento de ti. Con este testigo, ¿a qué se puede atrever? ¿Qué dices, Laura? Oír y ver me toca; sólo te digo que es presto. Es verdad; ¿más cuándo otra ocasión ha de haber? Sola estás. ¿Qué hay que temer? Mucho, Juana. Estoy dudando. A Laura. Miedo tus miedos me dan. A Juana. Y tú el ánimo me ofreces. Alma de auto pareces entre el Ángel y Satán. Ruido dentro. Ruido en la reja se oyó. ¿Voyle a abrir, o no? No sé. Ya has dicho que sí. Yo, ¿en qué? En que no has dicho que no. Vase. Juana, oye. Hoy a morir vengo. Ve tras ella a detenella, Laura. Agárrala. ¿Cómo he de ir tras ella si me tienes? ¿Yo te tengo? ¿No lo ves? Amor tirano hizo que, en igual porfía, mi voz obre como mía y como ajena mi mano. Ya la puerta abrió. Yo estoy mortal. No, no estoy en mí. Quédate tú, Laura, aquí, mientras yo a cobrarme voy. Haz primero la deshecha tú y, culpando a esa criada, muéstrate muy enojada con él; conque la sospecha será menor contra mí, saliendo a tus voces yo, como que allá las oí. No vendré a hacer nada por ti en enojarme, porque lo estoy de verdad. Criadas, ¡cuántas amas disfamadas tenéis! Vase. Salen Juana y Gutierre. Aquí la dejé. Entra, y para disculparme, dila que hallaste entreabierta, llegando acaso, la puerta; que yo voy a asegurarme de los demás. (Esto es que entrar en casa quisiera al que en la calle le espera). Vase. (Cobarde muevo los pies). (Turbada, apenas respiro). Señora, si mi deseo... ¿Quién aquí?... Pero ¡qué veo! Puede ser... Pero ¡qué miro! (Mas ¿qué mis penas admiro?). (Mas ¿qué extraño mis recelos?). (¿Gutierre no es este, cielos?). (¡Cielos! Esta, ¿Laura no es?). (¿Qué ves, vida?). (Alma, ¿qué ves?). (¡Oh, ira!). (¡Oh, pena!). (¡Oh, rabia!). (¡Oh, celos!). Aleve, ¿tú desta suerte? Tirana, ¿tú en esta parte? ¿Aquí, en fin, hube de hallarte? ¿Aquí, en fin, hube de verte? (¡Hado injusto!). (¡Dolor fuerte!). (¡Cruel rigor!). (¡Pena inhumana!). ¿Cómo, infiel, ... ¿Cómo, tirana, ... (¡Qué ansia!). (¡Qué horror!). (¡Qué castigo!). ...tú en casa de mi enemigo? ...tú en el cuarto de su hermana? Mas ¿qué acuso, ... ¿Qué condeno, ... ...si eres mujer... ...si eres hombre... ...que con traje... ...que con nombre... ...de ti extraño, ... ...de ti ajeno, ... ...llena de falsedad, ... ...lleno de traición, ... ...culpes... ...condenes... ...tú ser... ...la fe que no tienes... ...solo al ver... ...al oír no más... ...que en poder de Álvaro estás? ...que a ver a Hipólita vienes? ¿Tú en su casa disfrazada? ¿Tú en su casa con fingido nombre? ¡Ah, fiera! ¡Ah, fementido, tú sólo, tú! Que yo en nada cómplice soy, pues forzada aquí estoy. ¿Forzada? Sí, que a mi padre obedecí, sirviendo a Hipólita bella, porque el darla vida a ella fuese el darme muerte a mí. Luego ¿don Álvaro no te trajo? ¿A qué fin había de traerme? ¿Conocía a don Álvaro antes yo? ¿Y en el Grao?... Acaso llegó, quizá a ocasionar dispuesto su antiguo rencor y, puesto que él nunca me tuvo amor, hoy has de ver mi rigor, falso, vil... Sale Hipólita. Laura, ¿qué es esto? (¡Muerto estoy!). (Finja hasta que pueda hablar más declarada). Saliendo aquí descuidada, este caballero hallé que no conozco y, porque veo que a romper se atreve la fe que a tu casa debe, tanto el mirarle he sentido, que de traidor, de atrevido, de injusto, cruel y aleve le traté, por verle aquí. Grande fue su atrevimiento; y aunque como tal le siento, no ha de castigarse así. ¿No me lo mandaste? Sí; pero que finjas me espanto tan bien la queja y el llanto. No desa suerte le arrojes; que bien quiero que te enojes, mas no que te enojes tanto. (Vea que siento y que amo). Señor don Íñigo, el modo... (Ya no se ha perdido todo, pues ya sé cómo me llamo). ...de entrar aquí no le infamo ni disculpo; que, ofendida hoy, y ayer agradecida, igual afecto me llama, de parte uno de mi fama, de parte otro de mi vida; y así, entre los dos dudosa, perdonad si veis que deja la obligación a la queja, por más noble más airosa. ¿Qué osadía es?... No furiosa también me despidáis vos hasta que oigáis cómo –(¡ay, Dios!)– pude entrar aquí a esta hora. Baste que aquesa señora se ha enojado por las dos. De Castilla desterrado –(ni sé qué siento o qué digo)–, avisan que mi enemigo me busca aquí disfrazado. Yendo con este cuidado, ya lobreguecido el día, vi que un hombre me seguía y otros dos o tres con él, y en vuestro umbral, ... (¡Ah, cruel!). ...que aún ser vuestro no sabía, me reparé; de manera, que de él amparado, hallé la puerta abierta, y por que vengarse no consiguiera, entré, sin saber dónde era; que no soy tan atrevido... ¿Ves si disculpa ha tenido? ¿Hate parecido a ti disculpa? Sí. Pues a mí... ¿Qué? ...no me lo ha parecido. Yo no puedo ser traidora a lo que mi amor te debe; tú no puedes ser infiel al seguro que me ofreces. Y cuando estas dos razones no basten, otra hay más fuerte, que es que no puedo, por más que me reprima y me esfuerce, conseguir que de mi pecho la mina no se reviente y abrase lo que abrasare. ¿Quién, señora, te parece que es aqueste caballero? Pues ¿qué duda aqueso tiene? Don Íñigo de Ribera. Pues no es, sino don Gutierre Centellas, que a ti te engaña, al tiempo que a mí me ofende. Riñe tú ahora por ti la parte que te compete, que ya yo reñí la mía. Pues ¿cómo, ¡ay de mí!, te atreves, traidor, con fingido nombre a hacer?... Sale Inés. Señora... ¿Qué quieres? En el cuarto de tu hermano don Álvaro sentí gente; llegué, y vi que por la parte de adentro la llave tuercen. Él es, sin duda, ¡ay de mí!, que como la maestra tiene, vendrá por algo, que acaso dejó olvidado. ¿No puede salir? ¿Cómo, si su cuarto cae al corredor? ¡Qué fuerte empeño! ¡Qué temor! ¡Qué ansia! ¿Oyes, Laura? ¿Qué me quieres? Que mires lo que has de hacer, pues tú la que ama eres. Míralo tú, pues que tú eres la que a buscar viene. A ti te ama. A ti te busca. Como en mi cuarto me cierre, tú verás lo que has de hacer. ¿Que así al peligro me dejes?... Laura, primero soy yo. Sálvese la que pudiere. Éntrase Hipólita, cerrando la puerta. Que llega ya. ¿Qué he de hacer? Ya ¿no se sabe? Esconderse, lugar común deste paso. ¿Adónde? En ese retrete. ¡Oh, si tuviera ventana por donde echarme! Escóndese. Sí tiene, pero con su reja y todo. El demonio que aquí espere. Vase. Ni para irme ni quedarme valor hay. No sé qué hacerme. Sale don Álvaro. (Ya recogida la casa, salgo a ver si ver pudiese qué hace Laura. Aquí está, sola. Amor la ocasión previene como pensé). Laura mía... Señor, ¿tú?... ¿Qué estrañas verme, cuando ladrón de mi casa soy por ti... (¡Cielos, valedme!). ...a fin solo de lograr esta ocasión que me ofreces? ¿Yo te la ofrezco? Al paño. ¡Ah, traidora! Claro está, pues me concedes el que pueda sin mi hermana hablarte esta noche y verte, a cuyo efecto escondido me quedé. La voz suspende; que es fuerza que al cuarto vaya, no me eche menos. Detente; que yo acecharé qué hace. Vase. Saliendo. Mira, traidora, si puedes negar que tú esta ocasión le has dado. Calla, que vuelve. A mi hermana por la llave vi que hacia la puerta viene, y por si sale, no quiero que me vea. Ni es bien: vete. Sí haré. Adiós. Mas mejor es que, pues ha de recogerse tan presto, hasta que lo esté, aquí retirado espere: que tengo mucho que hablarte. ¿Dónde vas? A ese retrete. No has de entrar en él. Aguarda. Tanto la puerta defiendes, que obligas que vea por qué. Mata la luz. Por esto. Traidor, ¿quién eres? ¡Ay, infelice de mí! ¡Cielos! ¿Que con él no encuentre? (¿A quién, sino a mí, en el mundo esto sucedió dos veces?). Salen Juana y Fadrique. ¿Dónde vas? Oyendo el ruido adonde está don Gutierre, ¿puedo yo dejar de hallarme a su lado? El cuarto es éste. Sí, porque aquí hay una puerta. (¡Triste lance!). (¡Empeño fuerte!). (La puerta hallé. No es huir aquesto cobardemente, sino salvar de mi honor el preciso inconveniente). Vase. (Allí oigo ruido. Mal hice –pero ¿qué habrá que yo acierte?– en no tomar lo primero la puerta: el error enmiende yendo tras él; y por que huyendo ella, nadie piense que se la lleva a mis ojos, la puerta del cuarto cierre, pues no hay por donde salir). Vase. dentro ¿Qué ruido en mi cuarto es ese? (¡Ah, traidora! ¿La deshecha haces ahora? ¿Qué he de hacerme? Pero pues que tras él va, quiera Amor que no le encuentre. A ver qué hará la fortuna de mí). Vase. Sin luz y sin gente ni ruido ha quedado todo. ¡Bueno me han dejado en este cuarto cerrado y a obscuras! Mas nada me desconsuele. Cumpla yo mi obligación, y venga lo que viniere. Jornada Tercera Salen don Álvaro y don Vicente. Viendo que ya amanecía y que a la quinta no vienes, con cuidado de saber, Álvaro, qué te detiene, vengo a buscarte, y no en vano. ¿Qué ha sucedido? ¡Ay, Vicente! ¡Ay, hermano! Que hay más mal del que mi semblante puede significarte. Sabrás... Mas el cuarto me parece de mi hermana que han abierto. Veamos quién es. Salen Hipólita, Laura y Juana. Pues que gente se oye ya en esta antesala, salgo a ver lo que sucede. Y yo a quién dejó el empeño de sus efectos pendiente. Álvaro –deme el temor ánimo para que aliente–, apenas anoche, ¡ay, triste!, quise, para recogerme, recoger la casa, cuando al salir aquí, suspende mi paso tu voz, diciendo, si bien me acuerdo: «¿Quién eres, traidor?», y en el mismo instante, muerta la luz, te resuelves a cerrar el cuarto y irte: cuyo alboroto me tiene en vela toda la noche, sin saber lo que te mueve a quedarte en casa, a hacer ruido, a cerrar y volverte, para que al amanecer al primer paso te encuentre. ¿Qué quiere ser esto? Es que no sabes a quién tienes a tu lado y en tu casa. Pues, ¿qué ha habido? (Dude y tiemble al decirlo; que no sé cómo un noble decir puede, por más razón que le asista, desdoros de las mujeres). Sale Lisardo, al paño. (Dos días ha que dejé a Laura. Mucha ausencia me parece; y así con el día mi amor me trae a verla. Allí hay gente. Sus amos son: no estorbemos. Aquí retirado espere ocasión). Pues ¿qué hay? Prosigue. Yo lo diré, aunque me pese. A la quinta fui ayer tarde; estando en ella, acordeme de que dejaba olvidados en mi cuarto unos papeles de una dama, que importaba que nadie la letra viese. Por ellos vine y, entrando a hurto, como si no fuese mi casa, con maestra llave, sentí aquí hablar; acerqueme, y vi que aquesa enemiga, esa traidora, esa aleve de Laura, o porque oyó pasos o porque esperaba verte recogida a ti, ocultaba un hombre en ese retrete. (¡Qué oigo!). ¡Hay tan gran desvergüenza! ¿En mi casa se consiente tal atrevimiento? ¡Tú también contra mí! ¿Qué quieres, Laura? Primero soy yo. Al ir a reconocerle salió, matando la luz, que fue al decir yo: «¿Quién eres, traidor?». Y viendo que había –porque yo, por ofenderle, no traté más que buscarle– tomado –anduve imprudente– la puerta, tras él salí: y porque ella no pudiese escapar, cerré. En efecto, no le alcancé: conque al verme desesperado en la calle, por si por dicha volviese a saber lo que pasaba, me he entrado en ella; de suerte que esto para, como dije, en que veas a quién tienes en tu casa y a tu lado. (¡Que a ocasión de oír esto llegue!). Por cierto, Laura... Señora... No sé yo de quién lo aprendes. Para tu recato es bueno. ¡Hombre aquí! ¡Jesús mis veces! Perdona, Laura, por Dios. ¿Quién creyera que tuviese tanto atrevimiento Laura? Con oírlo, aun no parece que es posible. ¿Cómo no? Mira arrojado el bufete en que tropezó al salir; porque al ir a acometerle, él de esta misma manera salió... Llega a la puerta, haciendo la acción, y al abrir ve a Fadrique. Sale Fadrique. Mas, ¡cielos!, valedme. ¿Qué es eso? (Ya aquí no hay más que a todo trance venderme bien vendido). Retírase y cierra. ¡Vive Dios que aún aquí se está! Engañeme en pensar que se había ido. Mejor con eso sucede, pues no se irá sin castigo su atrevimiento. (¡Que fuese tal mi desdicha, que el riesgo a su principio se vuelve!). (¡Triste de mí! ¿Qué han de hacer, cuando sepan que es Gutierre?). (Fadrique fue el que se fue; que allí él no había de meterse). ¿Qué esperas? Caiga la puerta en tierra? Álvaro, Vicente, no el duelo de una criada tanto a los dos os empeñe. (¿Qué he de hacer? ¡Ay, infelice!). ¡Que a tantos golpes rebelde resista una puerta! Ved que yo... Calla y agradece, ingrata, que no te doy el castigo que mereces. Adelántase Lisardo. Yo se lo daré por ti, señora, ya que traerme pudo a tiempo mi desdicha que su desacierto oyese. (Solo aquesto me faltaba. ¡Mi padre, cielos!). (¡Que hubiese de venir su padre ahora!). Hija ingrata, hoy en tu muerte me vengaré yo, primero que en la de un traidor se venguen esos caballeros cuyo sagrado respeto ofendes. Un empeño llama a otro. Teneos, señor. ¿Qué es tenerme? Dejad que los tres partamos lo que a los tres pertenece del honor de vuestra casa. Acabad los dos con ese traidor; que yo con aquesta hija vil... Señor, detente; y tú, don Álvaro, y tú también: quizá, ¡ay, Dios!, en breves razones, si me escucháis, podrá ser que algo se enmiende tan no imaginado error como mi opinión padece. (Sin duda, al ver a su padre, decir la verdad pretende). Mira, Laura, lo que dices. Nada ahora me aconsejes; que también yo soy primera. No la oigáis; que es evidente que no dirá la verdad, por disculparse. No pienses tal de mí. Tú ¿no me mandas que a mí la culpa me eche? Sí. Pues yo me la echaré... (Mas de modo que te pese). Oíd, pues y dadme luego, no digo una, mas mil muertes, si no basta mi disculpa a moveros. ¿De qué suerte? El hombre que yo, es verdad, escondí en ese retrete es mi esposo: conque ya mi atrevimiento, aunque deje cabal la queja al decoro, en mucha parte la vence; y para lo que le falta –(no diré que es don Gutierre hasta ver si les reduzgo a perdonarle sin verle)– de suplir, añada esta razón a otra que la esfuerce: que es el que a Hipólita dio la vida. Mirad con este requisito en favor suyo, si, como dije, merece que a quien dio a Hipólita vida deis en vuestra casa muerte. (¡Cielos! ¿Qué me toca hacer en una ocasión tan fuerte? Mas ¿qué duda mi valor, cuando el no ser don Gutierre, pues es el que dio la vida a mi hermana, me convence para comprar con los celos de quien sé que me aborrece el honor de quien sé que amo? Si yo gobernar hubiese, don Álvaro, aqueste lance... Laura no te ama: ¿qué pierdes en hacer noble el dolor? Mejor será que se ausente, y llévese de camino todas tus penas. (¡Si fuese tal mi dicha, que piadosos su honor y mi honor remedien!). (Más ha sabido que yo, Laura, pues mañosamente echándose a sí la culpa, me obliga a un tiempo y me ofende. Si me pongo de su parte, la caso con don Gutierre; si no, la vida le quito, que le debo; y finalmente, dirá que vino por mí). ¿A qué, señor, te resuelves? Como él sea el que dio vida a mi hermana, por que pienses tú también que yo sé hacer granjería los desdenes, le perdono, y te perdono el no lustroso accidente de mi casa y de su lado. Di que abra. Pues a ver vienes mi desengaño y tu vida, sal, señor: seguro tienes el paso. Llega a la puerta de Fadrique. Aunque aquesta vez me engañe, he de abrir. (¡Oh, llegue mi dicha a que no se muden, al mirar que es don Gutierre!). Sale Fadrique. Señor don Álvaro, errores de amor... (¡Cielos! ¿Qué hombre es este?). (¡No es Gutierre! ¿Cómo aquí otro? Mas sea lo que fuere –que después lo sabré–, albricias, alma). (¡Ay de mí! Presto vuelve –¡qué veo!– a ser pesar la dicha, si es este el que a Laura quiere). (¡Fadrique es! ¡Triste de mí!). ¿En qué ahora te detienes? Errores de amor... Prosigue. ...ser tan disculpados suelen, que hay adagio que los culpa y adagio que los absuelve. Forastero soy: no supe que ésta vuestra casa fuese. Una criada... No más, señor don Íñigo: cese vuestra voz; que ya sabemos que aquí una criada os tiene, ... (¡Don Íñigo le ha llamado!). (Él por el criado entiende ser don Íñigo, al oír que es quien mi vida defiende). (¡Don Íñigo! ¿Si mi poca vista el engaño padece?). ...y puesto que esta criada es tan noble que merece vuestra fe y palabra, dadla la mano, para que quede todo esto en paz. ¡Yo la mano! Vos la mano; que no tiene otra enmienda de mi casa el decoro, aun cuando fuese una esclava de mi hermana: demás, que la que os ofrece mi valor es hija noble deste anciano. Repara en Lisardo. Sea quien fuere, ... (Mas, ¡ay!, que dudo al mirarle...). (Suspenso he quedado al verle). ...pues no me puede obligar nunca el liviano accidente de un acaso a que con ella case... En mi casa sí puede, y yo cuando no se hallaran hoy mis hermanos presentes, por mi respeto lo hiciera. Si esto pides, ¿qué hay que esperes? Mucho; que el que yo pensé que estuviera aquí no es este. ¿Cómo es posible? Pues cuando quedase uno y otro huyese, tú misma das por razón, con que mis piedades mueves, que es quien dio a Hipólita vida, y quien la dio vida es ese. No es él tampoco. Sí es tal. Pues eso, ¿qué duda tiene, si es don Íñigo Ribera, y ayer fui yo a hablarle y verle? Pues, aunque le veas y hables, algún engaño padeces; que el que don Íñigo llamas es Fadrique, un delincuente que conozco desde el día que, para darle la muerte, a mi sobrino buscó en mi casa; y he de hacerle pedazos, antes que a Laura yo por esposa le entregue. Mirad que estáis engañado. No estoy, señor. (¿Qué he de hacerme por ambas partes cogido?). Pues antes que el vuestro empiece, dejad que mi duelo acabe. (Mas ya sé en qué resolverme). Señor o Íñigo o Fadrique –(¡que con la dama a otro ruegue!)–, ésta es la que habéis de dar la mano. Otro error es ése; que no conozco esa dama. Por Juana. Esta es la que a mí me quiere. Aún peor está que estaba. No está, señora; que miente. Ni yo le he visto en mi vida. Dudas a dudas suceden. Pues si con cualquier palabra, si con cualquier acción crecen empeños y confusiones, ¿cuánto es mejor, sea quien fuere, o don Íñigo o Fadrique, y venga por quien viniere, Juana o Laura, de una vez que acabemos con su muerte con todo? No será fácil. ¿De qué suerte? Desta suerte: Ninguno mueva las plantas, si es que su vida pretende. Amenázalos con una pistola y vase. Por el balcón se ha arrojado. Tras él me echaré. Detente, Álvaro, Vicente. Antes que yo esta puerta os franquee, me habéis de dar muerte a mí. ¿Qué importa que el paso cierres, dando lugar a que él ya de la calle se aleje, si yo sé dónde buscarle? Toma en tanto el coche y vete con Juana y Laura a la quinta, sin permitir que se ausente; que hay mucho que averiguar en que fuese uno el que huyese y otro el que quedase aquí. Yo es fuerza que no le deje. Vanse los dos. Yo, por escusar su empeño, iré a tratar de prenderle. Tened vos con vos a Laura, que yo la haré que no os cueste otro pesar en su vida. Vase. Quiere irse Laura. ¿Adónde vas? A ponerme el manto. Eso no. Tu padre te dejó aquí. Pues ¿qué quieres? No más de que te halle aquí. Ya te entiendo; y si pretendes tenerme siempre a tu vista, también a mi vista siempre estarás. Pues es igual el partido, irte no intentes: que no te has de ver primero tú que yo con don Gutierre. Juana, ven conmigo en tanto que la carroza previenen: direte una diligencia que por mí has de hacer. (Crueles desdichas, ¿qué haré?). Conmigo ven. No aquí sin mí te quedes. ¡Ay, honor, lo que me cuestas! ¡Ay, amor, lo que me debes! Vanse y salen don Gutierre y Gonzalo. Como le dejé en la calle y al salir no le encontré, ni sé dónde está ni sé adónde pueda buscalle. ¿Cómo no me dices, pues, qué hubo? ¿Sintiéronte, di, en cas de Hipólita? Sí; y lo peor dello no es sino que hoy perdí, entre fieras ansias y desdichas raras, a Laura. No la jugaras, señor, y no la perdieras. Pero ¿qué tiene que ver con Laura, Hipólita bella? Pues ¿no está Laura con ella, como criada, en poder de don Álvaro? ¡Qué dices! Que solo mi hado pudiera hacer que se compusiera de tantos, tan infelices casos como en mí ha dispuesto novela tal, que en sí encierre varios cabos. Sale Fadrique. ¡Don Gutierre! Seáis bien venido. ¿Qué es esto? ¿Qué traéis? Muerto me hallo. ¿Hay alguna novedad? Mientras la digo, mandad que me ensillen un caballo: que a toda prisa conviene a los dos que no esté aquí. A Gonzalo Que se le aderecen, di. ¿Qué ha habido? (Con mosca viene). Direlo y vendré volando para saber lo que fue. Vase. En la calle me quedé donde me dejasteis, cuando Juana, que la puerta había dejado abierta, volvió a buscarme, y me metió dentro de casa. Sí haría. Ruido a la puerta, sentí que estabais; y como yo no sabía la casa, no supe en lo que me metí. De modo –¡qué error tan grave!– que encerrado hasta esta hora me vi. Sale Gonzalo. Nadie que enamora en lo que se mete sabe. Llegó el día; peor aún, no pude con él escapar. ¿Quién pudiera imaginar que Juana os tenía allí? Yo. Sentido, pues, y alterados los hermanos, por remedio toman que me case. Es medio de todos los encerrados. Y aun no con Juana, sino con no sé qué Laura, en quien cayó la sospecha. Y bien... ¡Qué decís! Pues no paró aquí, que esta Laura es prima del que di la muerte, y parte el padre; de suerte que hallándose allí, después que la duda ventilaron, con mil lances importunos, llamándome Íñigo unos y otros Fadrique, tomaron último acuerdo de que, Íñigo o Fadrique, muera o me case. Todo era uno. Viendo esto, me eché por un balcón. ¡Atención!, que es remedio singular a quien quisieren casar echarse por un balcón. Conque es fuerza que a los dos esté bien faltar de aquí, por que el que es engaño en mí no sea desengaño en vos. Pues aun más que imagináis importa; que aquesa Laura que a Juana el riesgo restaura es por la que me miráis arder en pasión tan ciega. Y para mayor castigo, en casa de mi enemigo la vine a hallar. Y él que llega. ¿Qué dices? Que viene aquí don Álvaro. No me vea, por que otro empeño no sea, ya que el faltar yo de aquí lo enmienda todo. Vase. ¿Qué haré? Que es fuerza que dé conmigo, porque, si a Fadrique sigo, después que aquí gente ve, sabrá que se han escondido. Al paño Álvaro y Vicente. ¿Qué importa hablarle? Vicente, en ese portal de enfrente me espera. En él prevenido a todo lance aguardando estoy. Vase. ¿Y vuestro amo? No ha venido hasta ahora. Yo también le estoy esperando. Guárdeos el cielo. Y a vos dé vida. (¡Qué ansia!). (¡Tirana pena!). (¡Qué de mala gana se han saludado los dos!). (¡Que fuerza esto haya de ser!). (Mal disimular pretendo). (¿No es bueno que se están viendo, y que no se puedan ver?). Fue en la campaña mi amigo don Íñigo; no sabía que aquí estuviese, y venía a verle. Lo mismo digo, que obligado yo también le busco, porque a mi hermana, cayendo de una ventana, la socorrió, y así es bien que en su nombre agradecido le visite. Claro está. ¿Sabréis a qué hora vendrá? Pienso que a una holgura ha ido, y hasta la noche no creo que venga. A mí me decía lo mismo, y yo ya quería irme. (Con esto deseo ver si se va). Pues dejalle quiero un papel. (Despedido ya, en vano estar aquí ha sido; mas, dando vuelta a la calle, volveré, por si los dos se llegan acaso a ver y también para saber del papel). Adiós. Adiós. No cierres tú. Vase. (Cierto está que de mí recelo tenga este hombre, y que no venga a su casa. Así será bien escribirle un papel por que sepa que le espero; pues, bandido o caballero, mi obligación cumplo en él). Pónese a escribir. (Por si acaso se ha quedado con malicia de buscar a Fadrique, he de cerrar aquella puerta). Vase. Sale Juana con manto y un papel. (No he hallado a quién preguntar por él; mas, si abierto está, no entiendo que es necesario. Escribiendo le veo). Aqueste papel tomad, don Íñigo, y sea la respuesta... Mas ¡qué veo! Juana, ¡tú aquí! (Cierta creo que es mi muerte). (El papel lea, y nuevo mal en él tema, pues que se facilitó tanto, que aun no me costó que le rasgase la nema. ¡Cielos! Letra es de mi hermana. ¡Bien temí nuevo pesar!). (¡Oh, quién pudiera escapar!). ¿Dónde vas? Detente, Juana. (Turbado le empiezo a leer; pero no ha de ser aquí, no venga gente, y así, pues nadie la pudo ver, mejor es pasar con ella en aquel portal de enfrente, adonde está don Vicente). Es la mía dura estrella. Calla, y ven. Mira que eres soltero... Aquí no hay más medio. ...y perderás tu remedio si ven que andas con mujeres por la calle. Yo me iré. Conmigo, Juana, has de ir. Vanse y sale Gonzalo. ¿Si ha acabado de escribir? Pero sin dejar se fue papel ni recado alguno. ¿Qué puede haber sucedido para que así se haya ido? En la calle no hay ninguno. Vase. Salen a la otra parte Álvaro, Vicente y Juana. Aquesto el papel contiene, y Hipólita es quien le llama. Pues a nuestro honor y fama lo que ahora más conviene es que Juana dé el papel, pues que le llama sabemos, y a qué hora, y le esperemos a vengarnos della y de él. Dices bien. Juana, la vida te importa que el papel des, sin decir que le abrí, pues no va la nema rompida; y pues falta él, y el criado parado a la puerta está, dale a él; que él se le dará. Yo iré, si en eso os agrado. Mira que desde aquí estamos mirando si se le das. (¿Pudiera el diablo hacer más?). Y mira que te esperamos, sin que pretendas huir; porque, si escaparte quieres, adondequiera que fueres los dos te hemos de seguir; y así, en dándole, aquí vuelve. Vanse y sale Gutierre. (¿Si habrá entendido que está allí Fadrique, o habrá escrito? En fin, se resuelve mi cuidado a saber que... Mas Gonzalo está a la puerta). (Yo voy ni viva ni muerta). Gonzalo, ¿qué hay? Que se fue don Álvaro, sin decir nada. ¿El papel que dejó?... Tampoco le he visto yo. ¿Quién pudiera discurrir, ¡cielos!, en qué puede ser querer escribir, y no escribir, y irse? Álvaro y Vicente al paño. ¿Llegó, Juana? ¡Aún hay más que temer! Que don Gutierre ha llegado. (Don Íñigo está con él. Mejor es dar el papel al amo que no al criado, pues ya están juntos los dos, y este es el fin a que van los que mirándome están). Leed ese papel, y adiós. Dale un papel a don Gutierre. Juana, oye. No me sigáis; que importa si me seguís más de lo que presumís. Ingrata... No me tengáis. Déjala ir. Lee don Gutierre. (¡Viven los cielos, que por que todo se yerre dio el papel a don Gutierre!). A don Álvaro y don Vicente Ya hasta aquí vuestros desvelos servidos están. ¡Qué has hecho! ¿A quién el papel has dado, mujer? Si con el criado ya el amo estaba, sospecho que hice bien en darle a él. ¿A qué amo se le das, si es Gutierre? Ciego estás; que don Íñigo es aquel. ¿Qué don Íñigo? Al que yo, señor, el papel traía, que es el mismo que aquel día la vida a Hipólita dio. ¿Qué dices? Que aquel, señor, don Íñigo es de Ribera, no el de anoche. ¿Quién creyera que ahora faltara este error sobre tantos? Mira bien lo que dices. Bien mirado lo tengo; que aquel criado es de don Íñigo, a quien di el papel. ¿Qué fuera, cielos, yendo aclarando el error, que en el amor y el honor me dé don Gutierre celos? Aqueso no es para aquí. A Juana los dos llevemos y en la gruta la encerremos del jardín, para que así a nadie avise; que al ver quién va del papel llamado, saldremos deste cuidado. Dices bien. Vanse los tres. Vuelvo a leer otra y mil veces, y aún no pienso que de otra y mil veces, según las dudas me ofreces, podré descifrarte. Yo, mientras tú en esa locura das, pues salir no se atreve, es bien que al otro amo lleve mandamiento de soltura. Vase. Lee. «De las confusiones que anoche dejasteis, aún más en mi pecho que en mi casa, me importa el advertiros las resultas. No me atrevo a fiarlas del papel. La noche tiene sombras; rejas, los jardines de la quinta; yo estoy afligida, y vos sois caballero. Dios os guarde». Esta, vez sin firma viene el papel, mas bien sin firma, breve su estilo, confirma el sutil dueño que tiene. A sus jardines me llama después de saber quién soy y después –¡confuso estoy!– de saber también que me ama Laura. Pero ¿qué mi estrella admira el nuevo favor, pues el mérito mayor desta es la elección de aquella? Vase. Sale Hipólita, y Laura detrás della. Juana no vuelve; sin duda que su temor la ausentó. Mas con todo, por si dio el papel, es bien que acuda, ya que la noche cerrando baja, al jardín, por si viene don Gutierre; pues previene mi ventura que, llegando a él mis hermanos, apenas pues la puerta falsa abrieron, cuando los dos se volvieron a la ciudad, y pues llenas las nubes ya de horror vio el sol, que a oscuras las deja, vea de una en otra reja si... Mas ¿quién está aquí? Yo. Laura, ¡tras mí! Si es tu gusto que no te deje, ¿por qué te he de dejar? ¡Bien a fe! Bien o mal, servirte es justo. ¡Qué buena conformidad! Tú lo dispusiste así. dentro ¡Ay, desdichada de mí! ¿Quién en esta soledad llora? De la voz el dueño dijera que Juana era. ¿Quién pensara que yo hiciera pasos de «La vida es sueño»? ¡Juana! ¿Quién de la otra vida viene a visitarme? No temas; quien te habla soy yo. ¿Adónde estás escondida? Oye, que es honra y provecho, y será en esta ocasión la primera relación que desde adentro se ha hecho. De don Íñigo en la casa con don Álvaro encontré. Cogiome el papel; conque, leído, a tanta furia pasa, que me mandó que le diera; y por que no te avisara me encerró en aquesta rara oscuridad; de manera que, sabiendo que le esperas, están para darle muerte. ¿Quién vio más infeliz suerte? ¿Quién vio desdichas más fieras? ¿Mi hermano el papel leyó, y sabe –¡hoy sin duda muero!– que le llamo y que le espero? (Dichosa fuera, si yo darle el aviso pudiera. Mas ¿qué tengo que temer? Saliendo al paso he de hacer que viva él, aunque yo muera). Vase. dentro Aquí me esperad los dos. ¡Ay, desdichada de mí, que anda una culebra aquí! Señora, por solo Dios abras la puerta siquiera. Calla, no des voces, que yo, Juana, te la abriré. ¿Cómo? De aquesta manera. Sal conmigo ahora, y no temas. No es, si verdad digo, fácil de acabar conmigo. ¡Hombre aquí! ¿Quién eres? Salen por la gruta Gutierre, Fadrique, Juana y Gonzalo. Yo, yo, señora, que buscando modos de hallarte, he dispuesto que donde te di la vida la tierra me aborte muerto. Llamado de tu papel, en esa gruta encubierto detrás de esa hiedra he estado, –el cómo no importa– oyendo hasta asegurarme dellas, en la fe de mi silencio, de esa criada las voces; de cuyos tristes lamentos el riesgo supe en que vives; y así me atreví resuelto a que veas que acompaño la soledad de tu riesgo. Mira qué quieres hacer; que yo sólo te prevengo que puedes salir segura por la parte que yo vengo; para que el mundo conozca que, adelantando el proverbio, si antes que todo soy yo, antes soy yo que yo mesmo. Don Gutierre, los acasos tan no esperados han hecho disculpados, si no nobles, tal vez los atrevimientos. Que esté a peligro mi vida, tú lo ves. Mas ¿cómo puedo, siendo quien soy, atreverme a ir donde...? Medio hay. ¿Qué medio? Que no seas tú quien te vayas, y yo te lleve, cumpliendo, tú forzada y yo atrevido, tú tu honor y yo mi afecto. Fadrique y Gonzalo vayan a la mira. Si me dejo yo llevar, mal la violencia me disculpa. Vamos presto. Vanse Fadrique y Gonzalo. dentro Pues ya vimos que al llegar un hombre la puerta abrieron. Muera. dentro ¡Ay, infeliz de mí! dentro ¿No hay quien me socorra, cielos? La voz de Laura es aquella. Llevadla, mientras yo vuelvo. ¿Ya te olvidas de mi vida? No; mas de aquélla me acuerdo, cuando de espadas y voces allí se escucha el estruendo. Hacia aquí una mujer viene. Ya aquí no tiene remedio, sino los tres retirados esperar a todo riesgo para ver lo que nos toca. Sale Laura. ¡Ay de mí! Laura, ¿qué es esto? Oí que a Gutierre esperaban para darle muerte; y viendo que peligraba el que adoro a manos del que aborrezco, al campo desesperada salir quise con intento de que le aguardase al paso la noticia deste riesgo. Apenas la puerta abro, cuando con mi padre encuentro, contra quien tus dos hermanos... Mas ¿para qué me detengo en decirlo cuando él, de sus rigores huyendo, hacia aquí viene? Sale Lisardo, retirándose de Álvaro y Vicente. ¿Por qué me matáis? ¿En qué os ofendo? ¡Vos a estas horas, Lisardo, en esta quinta! ¿Qué es esto? Por no dejaros en casa el escándalo más tiempo, fui por Laura, después que, buscando aquel bandolero con la justicia, no pude hallarle; y que habíais oyendo venido a la quinta, a ella en busca de Laura vengo, por que no os dé otro pesar en su vida. Perdí, ¡cielos!, la ocasión de mi venganza, equivocando el encuentro del que esperé, con Lisardo. Pues ya que la una perdemos, no se pierdan todas. Muera una aleve. Deteneos; que quizá, si me escucháis, veréis que culpa no tengo. (Valor, primero soy yo que todo: aquí de mi imperio). Viendo anoche de mi casa tan profanado el respeto y que, de una confusión en otra, iban sucediendo engaños a engaños, dudas a dudas, riesgos a riesgos, quise averiguarlo todo; y supe que el primer dueño de todo era don Gutierre, a quien yo la vida debo, aunque el temor del criado dijo otro nombre supuesto. (Ella va a decirlo todo). Y por salvar los empeños, que de saberlo los dos, eran precisos, resuelvo a que acabase la industria con todo, antes que el acero; y así, le escribí un papel, que Juana llevó, diciendo que, pues estaba afligida yo, y él era caballero, viniese a verme esta noche: de manera, que viniendo antes que espirase el día, pudo estar aquí encubierto, donde casado con Laura, a ella en mi casa remedio, a su padre satisfago, a los dos os desempeño, y a él le pago finalmente con la vida que le debo, y a mí me dejo segura: para que se vea con esto que antes soy yo que yo misma, pues a mí misma me venzo. ¿Quién, si no tu industria, pudo... ¿Quién pudo, si no tu ingenio... ¿Quién, si no tu gran piedad... ¿Quién, si no tu entendimiento... ¿Y quién, si no tu valor... ...dar a mi rabia sosiego? ...satisfacción a mis iras? ...a mis desdichas consuelo? ...a mis fortunas descanso? ...y a mi servicio este premio? Y pues que desengañado de tu amor y de mis celos antes me dejó tu voz, la mano, Laura, te ofrezco, en cuyas albricias sólo en dote, señor, te ruego des a Fadrique el perdón. Yo le doy. Salen Fadrique y Gonzalo. Yo a tus pies puesto, los beso humilde. Y yo aquí, desengrutada, parezco a dar la mano a Gonzalo. A don Íñigo con eso; que yo no quiero más mano que la que me tomo, puesto a vuestros pies, con pediros el perdón de nuestros yerros. FIN