Fieras afemina amor Fiesta que se representó a los siempre felices años de la Serenísima Católica Majestad doña María-ana de Austria Personas VERUSA, dama. HESPERIA, dama. HÉRCULES. LICAS, su criado. YOLE, infanta de Libia. EURISTIO, [rey de Libia]. ANTEO, galán. CUPIDO. VENUS. Cuatro damas. Soldados y músicos. Nuevas personas della. ARISTEO, rey de Tesalia. CIBELE, diosa de la tierra. CALÍOPE, ninfa. Otras ocho ninfas. Primera Jornada Dentro VOCES, y salen atravesando el tablado por diversas partes VERUSA, EGLE y HESPERIA, seguidas de otras ninfas. ¡Pastores, huid! ¡La fiera! ¡Al bosque! ¡Al llano! ¡Al monte! ¡A la ribera! ¡Corred hasta ampararnos en los bellos jardines nuestros! (Vase.)  Solo el guarda de ellos defendernos podrá de su fiereza. (Vase.)  ¡Ay de aquella que tímida tropieza aun en su mesma sombra! (Vase.)  (Dentro HÉRCULES.)  No huyáis, que ya el león que a África asombra seguiros podrá en vano; que si él es el Nemeo, yo el Tebano. (Sale LICAS.)  ¿Quién creerá que es mi miedo tan al revés del otro que huir no puedo? (Sale HÉRCULES, luchando con un león.)  Bruto rey de estos montes, en cuyos africanos horizontes terror fuiste, por más que con tiranos escándalos intentes tú con tus dientes demoler mis manos, yo con mis manos morderé tus dientes, que a no menos valientes hechos mi fama se empeñó resuelta: muere a sus iras, pues. (Arrójale de sí; y él, tropezando en LICAS, cae al vestuario.)  ¡Ay, que le suelta! ¿De qué temes, cobarde, si ya ese bruto o mal o nunca o tarde ofenderte podrá, pues cuando en esas breñas me embiste, de sus mesmas presas armado contra él hacerle pude, al tiempo que la greña se sacude y afilando las garras me provoca a lid, tan de una vez abrir la boca que la una media testa, a su despecho, le puse al lomo y la otra media al pecho? ¿Luego desquijarado, hablando hercúleamente, le has dejado? Si vencí las serpientes en la cuna, la Hidra feroz en la lernea laguna; si en Calidonia al fiero espín, si en el abismo al Cancerbero, y al toro de Aqueloo en Tesalia, ¿es mucho venza en Libia al león con quien hoy lucho? Llama, pues ya no hay que temer, la gente que desnudarle de la piel intente para vestirme della; que es bien, pues que mi estrella amante me hizo solo de mi fama, galas usar al gusto de mi dama. Andantes escuderos, todo el año pesados, hoy ligeros volved; y como si postiza fuera, destocad al león la cabellera de testa y piel. Ya allá lo harán y, en tanto, para convalecer de aqueste espanto, ¿no será bien, señor, seguir aquella hermosa tropa bella a que nos dé las gracias de haber sido los dos los que los hemos defendido? Yo más gracias no quiero del vencer que el vencer. Está bien; pero al vencer por vencer, ¿quién lo ha quitado el comer por comer? Si fatigado a la falda de Atlante, ese gigante monte, y tan gigante que en el cielo estriba, vienes llamado por tu fama altiva, de Euristio, rey de Libia, no me meto ahora en discurrir para qué efeto, pues me falta saber que no fue acaso dejar por él la guarda del Parnaso, si apenas en él entras, cuando unas ninfas y un león encuentras, y eres tan majadero que te vas a abrazar al león primero que las ninfas: ¿por qué, ya que las dejas desabrazadas ir, ahora te alejas del rumbo que siguieron? Ya lo dije: porque para mí fueron inútiles las gracias. Yo he cumplido conmigo ya en haberlas socorrido; y ni oírlas ni verlas quiero, por no obligarme a aborrecerlas como a cuantas mujeres hasta hoy llegué a ver. Ya sé que eres galante cortesano, y que es muy justo alabarte por hombre de buen gusto, porque, ¿quién empleado en aventuras, por ver fierezas, no dejó hermosuras? No es para ti esa plática. Pues sea, ya que el monte permite que se vea allí un rico palacio, plática para mí. ¿Qué? Que, en su espacio, a Euristio le esperemos, mas a placer. No dices mal: lleguemos, que sin duda, pues es donde llamado vengo dél, será donde, aposentado, la conferencia nuestra entablar quiera. Ya de aquí se descubre. (Corriose el foro del bosque y descubriose la fachada de un palacio ricamente adornado de jaspes y bronces y, como dicen los versos, coronada de un pensil cuyas hojas eran doradas y sus frutas de oro.) ¡Divina esfera, en cuya arquitectura se vieron la riqueza y la hermosura! ¡Qué fábrica tan bella! Jaspes y bronces son cuantos en ella hacen, doblando al día los reflejos del espejo del sol, varios espejos; tanto su luz deslumbra que me ciega lo mismo que me alumbra. Demás del edificio, mil abriles obstenta allí un jardín. Y en los pensiles que coronan su muro, un árbol se descuella de oro puro cuyas frutas no ignoro que todas son bellas manzanas de oro. Más quisieran mis ganas que fueran manducables las manzanas y el tal oro potable. ¿Quién vio alcázar jamás más admirable? Sin duda este es el monte de la Fama. ¡Ha del templo! (Dentro.)  ¿Quién es? ¿Quién va? ¿Quién llama? Con sonora armonía han respondido: ya de la vista el pasmo es el oído. Así del gusto fuera y tercer pasmo al paladar viniera; y que vendrá no dudo; que el que halagar a dos sentidos pudo, halagará a otros dos dando, no en vano, nocturno lecho y pasto meridiano. Vuelve a llamar que, entre las peñas duras, tal vez pierden el «a» las venturas. Sí haré; que un nuevo espíritu me inflama. ¡Ha del templo! (Toda la MÚSICA dentro del palacio.) ¿Quién es? ¿Quién va? ¿Quién llama? Un errado extranjero, peregrino, que siguiendo la ley de su destino desta desierta Libia ha penetrado el más inculto seno; y pues guiado de esplendores tan reales, puerto llega a tomar a tus umbrales, di a tu deidad (pues fuerza es que lo sea quien tal esfera habita) que adorarla en sus aras me permita, para que en ellas vea la cerviz, ofreciendo la del bruto que en sus montes vencí; que en tal tributo a su culto, el obsequio no desdice. (Dentro voz primera. Hala de cantar EGLE.) ¡Ay mísero de ti y ay infelice... Este es otro cantar. ...si aquesta puerta intentas ver, para tu ruina, abierta! ¿Oíste segundas voces? Por señas que veloces dijeron si es que yo buen juicio hice. ¡Ay mísero de ti y ay infelice... Atiende. ... si esa puerta intentas ver, para tu ruina, abierta! ¿Qué ruina puede haber que a mí me asombre? Hércules soy: empéñeme mi nombre a no dejar de ver prodigio tanto como dan a entender música y llanto. Si ya no es aparente, vaga ilusión, lleguemos donde intente nuestra fuerza romper el duro esgonce de sus grabadas láminas de bronce. Llega sin mí, pues sabes de cuán poco te suelo yo servir; mas mira... Loco, aparta; que has de ver una vez dentro si examino el asombro de su centro por más que infausto oráculo me dice... (Dentro HESPERIA.) ¡Ay mísera de mí y ay infelice! (Representando HÉRCULES a la parte del bosque.) Mas, ¿qué es esto? En el hueco del monte, ¿desta voz no se oyó eco? Esto es que, si aquel era otro cantar, ser este considera otro llorar; sin duda hubo quien antes a inquirir acuda este canto, y quizá porque no quiso creer como tú el aviso, llorando desconsuelos repite... (Dentro HESPERIA.) ¡Favor dioses! ¡Piedad, cielos! ¡Allí se oyó! Seguir su llanto quiero: que es socorrer una aflicción primero que averiguar una ilusión. (Vase.)  En una quiebra del monte su infeliz fortuna quien quiera que es lamenta, de cuyo seno Hércules intenta sacarla. Pues no acaso te redime por mí el cielo la vida... ¡Ay de mí! ...dime quién eres, bella deidad; si es que yo entiendo de bellas, (Sale HÉRCULES con ella en brazos.) que para mí las hermosas son solamente las fieras. ¿Quién eres y cómo viva yaces sepultada en esa lóbrega sima de quien pude sacarte? Si deja aliento para la voz el corazón que aún no alienta, soy quien en fe de que nadie llegar hasta aquí se atreva, con alguna de las ninfas que ese real retiro alberga, como otras veces salí hoy del jardín a la selva y, divertida en mirar cuánto la naturaleza es bella por varia, habiendo quien por ser varia no es bella, estábamos cuando, al fiero rugiente bramido de esa horrible fiera asustadas, solicitamos ligeras de nuestro seguro albergue volver a cobrar las puertas. Yo, por más tímida o más sobresaltada o más ciega o más infeliz, que es la difinición más cierta, volviendo el rostro a mirar si me sigue, que una pena aunque se escuche de lejos siempre se presume cerca, alcancé a ver que, luchando brazo a brazo y fuerza a fuerza, contigo estaba; conque a tanto pavor suspensa, a tanto escándalo absorta, perdido el tino a la senda, en el lazo tropecé de una enmarañada quiebra que, áspid de mi precipicio, se escondía entre la yerba. En ella, pues, no pudiendo esforzarme a salir de ella, di voces; y, pues te debo dos veces la vida, sea darte yo una vez la vida satisfación de ambas deudas: vuelve, pues, vuelve, extranjero, al camino, y no pretendas saber más de que soy noble; y pues que siéndolo es fuerza ser agradecida, cree que es solicitar tu ausencia sin que te albergue ese alcázar, más que ingratitud, clemencia; y sea presto porque, ¡ay triste!, si conmigo a ver te llegan, aun a mí no me abrirán las demás, al ver que arriesgan una vida a quien debieron tan generosa defensa; a cuya causa no dudo que a estas horas digan ellas lo mismo que yo, y que juntas repitan las voces nuestras... ¡Ay de ti si esa puerta intentas ver, para tu ruina, abierta! Oye, aguarda, que no es bien que ir te deje sin que sepa quién eres, cómo en estos montes vives, qué fábrica es esa y qué misterio o qué encanto el que en su recinto encierra; porque, para mi valor, es toda una cosa mesma el decirme que le haya que el decirme que le venza. Eso no haré yo; porque si es que el saberlo te empeña, el no saberlo te saca del empeño. No es respuesta, cuando el saber que hay prodigio basta para que le emprenda, sea el que fuere. Entonces no correrá el riesgo a mi cuenta, sino el dolor de que tú, como los demás, perezcas, que lo han intentado. (Quiérese ir y él la detiene.)  Mira... No osadamente te atrevas a detenerme. No fíes tú que por mujer te tenga respeto, porque no hay cosa que más aborrezca; y así, persuádete a que o lo he de saber o presa te he de llevar donde nunca a cobrar tu centro vuelvas. A tanta amenaza hable, sin la voluntad, la fuerza. Que se convirtiese en monte Atlante, por la soberbia con que intentó competir en las judiciarias sciencias con los dioses; que le diese por castigo las esferas mismas que quiso entender, pues su gran fábrica inmensa, sin agobiarle la espalda, sobre su cerviz se asienta, no lo ignorarás. Y así esta noticia suspensa, paso a que Hespero, su hermano, se crio en su competencia más inclinado a las armas que Atlante lo fue a las letras. Tres hijas Hespero tuvo: si dotadas de excelencias naturales como son música, ingenio y belleza, repartidas en las tres, otro lo diga; que es necia la alabanza en causa propia. Y, siendo yo la una de ellas, no es justo que aventurando el que aquí no te parezca docta o sabia, la opinión de las otras dos desmienta. Muerta, pues, su bella esposa y, como dije, a la guerra Hespero inclinado, viendo cuánto el África se esfuerza en las conquistas de Europa y que a tan heroica empresa tres hijas le embarazaban a no hacer su fama eterna, consultar a su hermano, a quien semidiós venera Libia, vino, donde oyó a su estatua esta respuesta: «Pasa Hespero a Europa, en fe de que en Europa te espera tan alta gloriosa fama que su provincia más bella, más abundante, más rica, más ilustre y más suprema tomará el nombre de ti, confrontando con la estrella del Vesper que la domina; conque concurriendo en ella de una parte tus conquistas y de otras sus influencias, Hespero y Vesper harán que sea su nombre Hesperia, que traducirá en España la variedad de las lenguas. Y en cuanto a que de tus hijas, el cariño te detenga, yo quedaré en guarda suya: tráelas a mi monte y piensa que para que alegres vivan, siempre a mi sombra en tu ausencia no habrá festejo, delicia, honor, aplauso, grandeza, pompa, fausto, joya o gala que en su servicio no tengan; y así, seguro de que no saldrán, hasta que vuelvas, de mis montes, parte», dijo. Conque Hespero, en su obediencia atento, nos trujo donde ya el diseño de su idea había ligneado este hermoso alcázar en cuya esfera en poco distrito somos de tantos imperios reinas que en sus límites vivimos a nunca salir contentas; porque muriendo mi padre coronado de proezas en la Hesperia, cuyo nombre también nos dejó en la herencia pues las Hespéridas somos, cumpliéndole la promesa de no salir de aquí en tanto que él por nosotros no vuelva, aquí nos mantienen bien como antes dije; tan llenas de tesoros que uno puede ser de todos consecuencia: aquella hermosa manzana de oro que fue competencia de Venus, Palas y Juno, adquiridas por sciencias de Atlante, en esos jardines plantó y, prendiendo en la tierra sembrado metal, produjo un tronco cuya corteza es una lámina de oro, de oro sus hojas y dellas el fruto también doradas pomas. Aquí es donde entra lo más prodigioso: Venus, ufana con la sentencia de Paris, viendo que un árbol inmortal su triunfo acuerda, pues con alma vegetable no hay alegre primavera que no reviva en sus frutas, puso tal virtud en ellas, como al fin madre de Amor, que el amante que una adquiera será en su amor venturoso; viendo Atlante cuando sea apetecible un hechizo de tan poderosa fuerza que atraiga las voluntades, para que nadie se atreva por la codicia de ser amado a romper la cerca, y por robar sus manzanas violar la cláusula nuestra, enroscó un dragón al tronco que, velando en su defensa, siempre los ojos abiertos sin que un solo instante duerma, apenas un ruido siente de que hombre en el jardín entra, que mujeres no le enojan, cuando la cerviz inhiesta, la escama erizada, el ala batida, afilando presas y garras, por boca y ojos fuego exhala y humo alienta. A cuyo horror nadie hubo que hecho pedazos no muera de cuanto finos amantes, o ya falseando las puertas o ya asaltando los muros, intentaron... Cesa, cesa, no prosigas... [Aparte.]  ¿Dragón, dijo? ¿Qué va que tenemos fiesta dragonicina? ... que me ofendo de oír que haya hombre que pretenda que le merezca un hechizo lo que él por sí no merezca. ¿Qué bajo espíritu debe de tener quien se contenta con que lo que es voluntad lo haya de adquirir por fuerza? Una mujer violentada, ¿es más, si se considera, que una estatua?, ¿algo más viva?; con alma, ¿algo menos muera? Y esto a una parte, no menos me ofendo que haya quien quiera ni ser amado ni amar: ¿es amor más que una ciega tiranía a quien yo doy las armas con que me venza?; ¿yo he de introducir en mí otro yo que con evidencia mande en mí más que yo mismo?; ¿yo, una doméstica guerra que haga al corazón campaña de sentidos y potencias? Y luego, ¿para qué triunfos?, ¿para qué glorias, qué empresas, qué laureles, qué blasones, más que conquistar la tierna, la más defendida plaza de una flaca mujer? Si ellas, por natural vasallaje, están al hombre sujetas, ¿para qué he de darlas yo la vanidad de que sean, cuando no amadas, humildes y, cuando amadas, soberbias? Tan equívoca victoria es la suya que hay quien mueva cuestión, ¿cuál me quiere más, la dama que me desdeña o la que me favorece?; pues, conformemente opuesta, si aquella mira a mi agrado, estotra a mi conveniencia. Y cuando no hubiera tantos ejemplares como cuentan del tiempo el buril en bronces, de la fama el bronce en lenguas, de altos héroes que afearon la grata faz de suprema opinión con el lunar de que el amor los divierta, el de Aquiles me bastara no más para que aborrezca amor y mujeres, cuando oigo cuán vil por Deidamia bella vistió femeniles ropas, peinando el cabello a trenzas; en cuya oposición yo, en vez de holandas y sedas, desde hoy vestiré la piel de ese león, porque vea el mundo, si hubo héroes que en dama el amor convierta, hubo héroe que, contra amor, el odio convirtió en fiera. Y así, bien puedes piadosa Hespéride, sin que temas que yo pise tus umbrales, hacer que te abran sus puertas; que aunque me arrastra el oír que hay nuevo monstruo que ofrezca una hoja más a mi sacro laurel, no le he de hacer, en muestra de que no quiero dejar sin guarda tronco que pueda ser medio de amar a nadie. Despedace, rompa y hiera de ese vestiglo la saña, de ese terror la soberbia, a cuantos necios amantes probar sus frutos pretendan; que no se lo he de impedir yo solo con que tú creas que hago en no vencerle más que lo que en vencerle hiciera, pues venciera allá su furia y aquí venzo la mía mesma. Vete pues, que ya me aparto porque a ti te abran. ¿Qué esperas? Vete. Sí haré, lastimada, ya que obligada me dejas. ¿Lastimada? Sí. ¿De qué? De ver que el amor desprecias; que al fin es deidad. Amor no es deidad sino quimera que inventaron las delicias para honestar las flaquezas. «Alma del alma» le llaman. Tú me dijiste que eras la sabia entre tus hermanas: bien puede ser que lo seas pero no me lo pareces. Claro está que es una necia, pues toma el legicón cuando dejas tú la dragontea. Vete, mujer, antes que de no lidiar se arrepienta, y intente... No temas mal: vete en paz. En paz te queda; y plegue a Venus que Amor no vengue en ti sus ofensas. (Apártanse HÉRCULES y LICAS, y HESPERIA se acerca al palacio.) ¿Cómo ha de poder vengarlas si yo no le doy licencia? Tomándosela él. Supuesto que es esta la vez primera que te vi cuerdo, por Dios, y aquella al jardín se acerca y tú del jardín te apartas: que sea un poco más apriesa, no sea el diablo que al dragón se le antoje, como a ellas, salirse también un rato a pasear por estas selvas. ¿Qué importará cuándo salga? (Vase.)  Muchísimo, si es que encuentra conmigo, antes que contigo. (Vase.)  ¡Verusa! ¡Egle! ¡Abrid! No tema vuestro recato, que yo sola estoy ya. (Entreabren un postigo del palacio EGLE y VERUSA.) Con bien vengas. Que como al principio el miedo no vio que quedabas fuera... ... y después con él te vimos, no osamos a abrir la puerta; porque joven que nos dio la vida, al mirarla abierta, no entrase tras ti a morir. Por eso las voces nuestras la avisaban el peligro. Pues otro mayor le queda; avisádsele también diciendo en voces diversas, porque las oiga en el monte ya que del jardín se aleja: ¡Oh, quiera Venus que Amor... ¡Oh, quiera Venus que Amor... ... no vengue en ti sus ofensas! ... no vengue en ti sus ofensas! (Éntrase cerrando la puerta y cubriéndose el palacio con los mismos bastidores del bosque. Vuelven por otra parte HÉRCULES y LICAS.) ¡Qué inútilmente los ecos sus amenazas me acuerdan! Pues que he perdido de vista el palacio, la maleza nos le encubre, discurramos. Señor, ¿qué damas son estas? ¿Qué Hespérides?, ¿qué manzanas?, ¿qué dragón? Discursos deja, que yo solo esperar hallo novedad en mi paciencia; y así, sube a descubrir desde esa elevada peña la campaña, que quizá andarán en busca nuestra. (Vase.)  Yo iré, mas de aquí no faltes. Sobre esta silvestre yerba recostado me hallarás; y no en vano, que aunque quiera alejarme no podré, (Échase en el tablado.)  según rendido me deja o la lucha del león en las naturales fuerzas, o en las sobrenaturales el raro encuentro de aquellas que todavía repiten neciamente lisonjeras... ¡Oh, quiera Venus que Amor no vengue en ti sus ofensas! ¿Quién es Amor? ¿Quïén es Venus para que yo tema sus deidades? A buen tiempo el cansancio me espereza: nunca al sueño agradecí que su letargo me aduerma, si no es hoy por no escuchar que a decir sus ecos vuelvan. (Quedándose dormido, aparecieron cantando en el aire a un lado CUPIDO y a otro VENUS, pendientes, en igual correspondencia, de dos resplandores que a manera de pirámide bajaban en diminución desde lo más alto a rematar en un tronillo en que venían sentados.) Bellísima hija del mar... Hermoso horror de la tierra... ... escucha mi voz, pues por ti rompo el aire. ... ya corto por ti yo del fuego la esfera. Atiendan... ... atiendan... ... a quejas de Amor cuantos lloran sus quejas. Atiendan, atiendan a quejas de Amor cuantos lloran sus quejas. Ese humano, fiero monstruo, mi absoluto imperio niega pues niega que amor es el alma del alma y todo con él respira y alïenta. Ya sé que Hércules oprobio es de la naturaleza, pües es hombre tan fïera que quiere, aun más que de hombre, preciarse de fiera. Las Hespérides te invocan a efecto de que no quieras que en él mis ofensas se venguen, y hoy te invoco a vengar en él mis ofensas. ¿Qué importa que ruegue quien ofende con lo que ruega y en tu aplauso han de ser sus mayores contrarias, después, las Hespérides mesmas? ¿En qué belleza de cuantas dotó su rara belleza del ampo en la tez, del Ofir en el rizo, y en ojos y labios de luces y perlas, pondré con más confïanza el veneno de dos flechas haciendo que el oro le obligue a que él ame y el plomo la obligue a que ella aborrezca? En Yole, infanta de Libia; y porque tiempo no pierdas, desde luego he de hacer que le admire el imaginarla aun antes que el verla. ¡Vagos fantasmas del sueño! ¿Qué solicitas? ¿Qué intentas? Del duro peñasco en que os tiene Morfeo los grillos romped, arrastrad las cadenas; y de ese dormido monstruo representad en la idea la rara hermosura de Yole, que es bien, pues niega esplendores, que sombras le venzan. Ya al imperio de tu voz estamos a tu obediencia. Ve tú a prevenir las flechas y el arco, que ya a mí me sobran el arco y las flechas. Sí haré, porque todos repitan... Atiendan a quejas de Amor cuantos lloran sus quejas. (Con esta repetición desaparecieron los dos y empezó a levantarse de la tierra un pequeño vapor que, lentamente creciendo, llegó a transformarse en horrible gruta.) ¿Qué es esto? Sobre mí el cielo parece que se despeña: sin duda que quiere Atlante, desfallecidas sus fuerzas, que a sustentarle le ayude. Sí haré, mas ¡ay de mí!: apenas lo intento, cuando pequeño vapor que exhala la tierra de la sima que ocultaba a la Hespéride, me ciega la vista, el paso me impide, y a mí creciendo se acerca. (Dividiose la gruta en dos mitades, dejando ver como que dentro de sí la contenía a YOLE, dama bizarra, elevada en el aire.) Las entrañas rasga... pero mejor dijera la esfera del sol. ¿Quién eres, deidad? Quien, a tus hechos atenta, viene a rendirte las gracias (esto es, desvelar sospechas a los ardides de Venus) de que al amor aborrezcas. Prosigue en su odio y no dejes que tu heroica fama excelsa ni con delicias se borre ni se manche con ternezas que podrá ser que, en tu pecho, venenoso fuego enciendan. Y para que veas que soy quien más tus triunfos desea: hablándote en el idioma de tus gloriosas empresas, en militares estruendos trocaré esas voces tiernas; y así, cuando dicen unas en dulces ecos... Atiendan a quejas de Amor cuantos lloran sus quejas. Dirán otras... (Dentro EURISTIO.) Hagan salva las cajas y trompetas a la coronada cumbre del Atlante. (Con este estruendo de cajas y trompetas desapareció todo y despertó HÉRCULES despavorido.) ¡Aguarda, espera, bella deidad! Es en vano, cuando el rumor te despierta de las trompetas y cajas. ¡Otra vez la salva vuelva! (Cajas y trompetas.)  ¿Qué veo, cielos? (¿Qué no veo?, diré mejor.) ¿Quién creyera que a mí me sonaran mal los ecos que me desvelan, según bien hallado estaba en mi sueño? ¡Qué belleza tan rara soñé que vía, si no es que me lo parezca, cuando con voces de Marte contra Cupido me alienta! Y así, dejando a que fue vaga ilusión de la idea que las especies del día en las noches representa: acuda a ver qué rumor es este. (Salen LICAS y, por otra parte, soldados que traían una piel del león.) Que Euristio llega poblando el monte de varias tropas pero, tan diversas, que una es de armadas escuadras... Sin duda prenderme intenta por la muerte de Aqueloo. ... y otra de damas, bien que estas no vienen hacia nosotros; que hacia los jardines echan de las Hespérides, creo que imaginando esperiegas sus manzanas; que las damas son golosísimas dellas por lo que tienen de acedo. La piel que mandaste es esta. A buen tiempo viene, puesto que es bien que Euristio me vea en el traje del horror que le ha de dar mi presencia. (Quítase la casaca y pone la piel.)  Desnudadme destas ropas y vestidme solo della sin más aliño que el mesmo desaliño de la priesa. Ahora dadme la clava: a ver si hay quien se me atreva, ya que hasta ver gente armada no previne cuánto era Aqueloo su amigo. (Salen el REY, ANTEO y soldados.) Aquí está Hércules. Pues vuelva a él la salva, repitiendo que viva para que venza. (Las cajas.)  ¡Viva Hércules! Llegar puedo. Puesto que estas voces muestran más agasajos que enojos, besar tus manos merezca. Heroico terror del mundo, dame mil veces los brazos. Desde hoy en tus reales lazos mis mayores glorias fundo. A este monte te llamé, y porque traerás cuidado del fin a que te he llamado, presto dél te sacaré, y en publico; que es bien dar a todos satisfación de que puede una elección hacer placer el pesar. Aristeo, invicto rey de Tesalia, me pidió por esposa a Yole; yo, porque era justa ley que mi hija a otro reino fuera y que sujeta quedara Libia a que la gobernara virrey que su rey no fuera, cortésmente agradecido, a la elección respondí aquesto mismo. Él, de mí injustamente ofendido, protestando otros pesares, de Libia a los horizontes viene poblando los montes, viene infestando los mares; y siendo fuerza acudir a su opósito, ¿de quién puedo mis armas más bien fiar, no habiendo yo de ir, por mis ya cansados años, que de un Hércules? Y así, para valerme de ti, con seguros desengaños de que tu inmenso valor solo asegurar podré mi corona, te llamé; y pues mi reino y mi honor pongo en tus manos, el día que en ellas de general pongo el bastón, que sea igual mi agradecimiento, fía, a honor y reino; pues siendo justo esposo a Yole bella dar, que, sin que falte de ella en Libia reine, pretendo que vea el mundo que busqué, para esposo y rey, el hombre de más valor, fama y nombre que con todo su ámbito hallé. Y así, en noble confïanza de que vuelvas victorioso, antes de ir serás esposo de Yole. [Aparte.]  ¡Ay de mi esperanza! Luego irás con la gente que ya prevenida está. Mil veces los pies me da; bien que no sé cómo intente responderte, porque son para tres tan soberanas dádivas, mal cortesanas mis voces. Reino, bastón y esposa, tal en un día es lograr, no merecer; y así, porque pueda hacer mérito la dicha mía, te suplico que me des licencia que admita una, no más, mientras mi fortuna las dos me adquiera. ¿Y cuál es la que quieres que te ofrezca? El bastón de general, que es la que puede inmortal hacerme sin que parezca desaire de Yole bella; pues en fe de veneralla elijo, antes de miralla, medios para merecella: después que haya en tu venganza la victoria conseguido, más airoso a ser marido vendré. [Aparte.]  Viva mi esperanza siquiera ese plazo. Aunque a los visos de fineza lo dilatas, la extrañeza admiro. Pues no te dé la extrañeza que admirar; porque yo tengo, señor, pocas liciones de amor. Sé vencer y no sé amar, y puesto que me hallo aquí empeñado a parecer descortés o bruto, ser bruto elijo, pues nací tan sin uso de razón que, opuesto a quien me dio el ser, tengo a cualquiera mujer natural oposición. Sola una que parecía mujer, porque no lo era me agradó en no sé qué esfera que troqué la noche al día; y así, el plazo que te pido es por ver si encuentro el arte de amar, viendo herido a Marte con las armas de Cupido. (Aparte, hablando con LICAS.)  Bien me disculpo, y no mal sucede, pues no se dio en venganza de Aqueloo por sentido. Sí hizo tal; pues, tratar casarte, que es gran venganza nadie ignora. Vaya yo a vencer ahora; que otra excusa habrá después. (Aparte.) Aunque es fuerza haber sentido tan necia respuesta yo, hasta servirme dél, no me daré por entendido. Es tan digna la atención que se funda en merecer, que la debo agradecer; y ya que la dilación de ver lograda mi dicha del reino y de Yole bella, dilatarla no es perdella... [Aparte.]  Vuelva a alentar mi desdicha. Ven donde ya está dispuesta la marcha; pues cuanto más presto vayas, volverás más presto. Y, ¿qué salva es esta? (Cajas y trompetas.)  Como de Yole, señor, las graves melancolías, viendo el sitio a que venías para aliviar su dolor a él te quiso acompañar, y tú lo aceptaste, a fin de si pudiese el jardín hoy, como otras veces, dar algún alivio a su pena, puesto que cualquier mujer entra y sale sin temer su encanto, esa salva suena saludando su hermosura y la de sus damas bellas que, como del sol estrellas, van siguiendo su dulzura. (Las cajas, y sale YOLE con sus damas.) No me pesa de que vea el bien que dilata, puesto que el alma de las victorias es la esperanza del premio; y como él una vez venza mis contrarios como espero de su valor, yo sabré, castigando lo grosero de su estilo, hallar también excusas al casamiento. Perdóname si he tardado, que son tales los festejos de las tres hermanas, ya de una escuchando el acento, cuya voz ninguno oyó que no quedase suspenso; de otra viendo la hermosura; de otra gozando el ingenio, sobre lo majestüoso de sus palacios, lo ameno de sus jardines, que hube de hacer del divertimiento pereza, bien que a pesar del siempre amante deseo que me llamaba a volar a tus brazos. Yo me huelgo de que te hayas divertido; y pues que llegas a tiempo, da licencia a Hércules que tu mano bese, (Aparte, a ella.)  advirtiendo que es en el que te he hablado. (Aparte.) Disimule sus desprecios hasta mejor ocasión. Pues yo, ¿qué voluntad tengo? Llega, Hércules, que Yole por mí lo permite. [Aparte.]  Bueno es hacer fineza el que lo permita, cuando llego forzado yo a ceremonias de corteses cumplimientos que no han de servir de más que de lograr el empleo de tener a quien vencer. Llega, que mientras más necio, está más discreto un novio. Si tanta dicha merezco, dame, señora, tu mano. ¿Qué hacéis? Levantad del suelo... Justo es cuando... Mas, ¿qué miro? ... que no es bien... Pero, ¿qué veo? ¿No es la beldad que yo vi desvanecida en el viento? ¿Quién vio más fiero semblante ni más horroroso aspecto? ¿Este es el esposo, Flora, de nuestra ama? Sí. Por cierto que él viene galán a vistas. No murmuren los pellejos que venimos de Moscovia. ¡Qué asombro! ¡Qué sentimiento! [Aparte.]  Al mirarse el uno al otro ambos quedaron suspensos. [Aparte.]  Y yo sin mí, pues no sé de mí si vivo o si muero. (Al tiempo que, suspensos los dos, manifestaba cada uno su contrario afecto, aparecieron en lo más alto de la scena VENUS y CUPIDO, volando sobre dos blancos cisnes que moviendo las alas sustentaban en ellas dos pequeños tronos, revestidos de sobrepuestas bichas y florones de oro, en que venían sentados; de suerte que, representando unos en el tablado y cantando otros en el aire, se correspondían el odio y el amor que sentían aquellos con las flechas y dardos que estotros disparaban.) Amor, ya es tiempo que quien vio dormido sueñe despierto. Ya yo prevengo que la esfera del aire lo sea de el fuego. ¿Cómo es posible, fortuna, que en dos contrarios afectos aquí me persuada a amor la que allá aborrecimiento? Como yo engendro eslabones de oro que encienden yelo. ¿Cómo es posible que quiera mi padre entregarme a dueño, que haya de entrar al cariño por los umbrales del miedo? Como no es nuevo que eslabones de plomo junten extremos. ¡Oh nunca hubiera mi esquiva condición mostrado el ceño! Mas, ¡qué digo! ¿No sabré vencerme a mí si a otros venzo? Corten su aliento con diluvios de flechas, nieves de incendios. No temas, puesto que ninguno vencerse pudo a sí mesmo. ¡Oh, nunca naciera antes que el arbitrio el rendimiento, y entre respeto y temor pusiera el honor enmedio! Vence ese medio. ¿Cuándo no supo el odio vencer respetos? ¡Ay de mí, todo me abraso! ¡Ay de mí, toda me yelo! [Alto.]  En tanta suspensión, ponga paz mi autoridad. Supuesto que al punto has de partir, ven, invicto Hércules, que quiero que pases muestra a la gente que ya prevenida tengo. Tú adelante, que yo, Yole, iré en tu seguimiento. No tardes, pues que no ignoras cuánto tus ausencias siento. [Aparte.]  ¡Ay, perdida Yole, quién hablar pudiera! [Aparte.]  ¡Ay, Anteo, quién pudiera callar, no dado a entender su tormento! (Vanse.) Triste va Yole. Y no alegre Anteo. (Vanse.) ¿No vienes? [Aparte.]  Cielos, ¿cómo es posible que venza el que va a vencer huyendo? Pero el tiempo con la ausencia vencerá este devaneo. Mal podrá el tiempo, que aún me queda en la aljaba flechas de celos. (TODOS con la MÚSICA.) Que aún le queda en la aljaba flecha de celos. Mal podrá el tiempo, que aún le queda en la aljaba flecha de celos. (Con esta última repetición, que acompañó toda la MÚSICA, llegaron a juntarse los dos cisnes; y cuando pareció que el uno al otro impedirían el paso, tomaron desimaginado vuelo por otra parte, con que dio fin la primera jornada.) Segunda Jornada Habiendo hecho blanco los instrumentos, empezó la segunda jornada con cajas y trompetas; y transmutándose la scena en populosa ciudad murada, se vio en el pequeño recinto de un teatro tan gran fortificación que, a merced del arte, cupo en ella la inmensa fábrica de altos muros, dilatadas cortinas, irregulares baluartes, a quien no poco hermoseaban, asomados como a caso por diferentes claraboyas, militares instrumentos de picas, alabardas y banderas. La principal fachada era la puerta guarnecida de pilastras, frisos y dinteles, desde cuyo torreón corrían compartidas almenas que coronaban todo el edificio. Con esta vista, y con el toque de la marcha, salieron al tablado, en formado escuadrón, algunos soldados y, detrás, HÉRCULES y ARISTEO, rey de Tesalia. Ya desde aquí se descubren torreones y murallas de la gran corte de Libia. Prosiga otra vez la salva, porque otra vez y otras mil, alternando consonancias los estruendos de Belona y las blanduras de Aura, entrambas de mi victoria avisen, mezclando entrambas lo dulce de los clarines y lo ronco de las cajas. Mal «de mi victoria» dije, pues son dos: una que haya vencido a Aristeo, y otra a mí, pues aunque me daba cuidado aquella ilusión, que se pasó de fantasma a realidad, se llevaron los aires de la campaña sus memorias; que no en vano a la ausencia, muerte, llaman, de amor, pues falta el afecto en donde el objeto falta; tanto, que no sé qué diga a Euristio si otra vez habla en que me case con Yole; pero excusa habrá que valga y, si no la hubiere, ¿qué importa que no la haya? Que una mujer que me dio admiración al mirarla, porque de la que soñé convino en la semejanza, no ha de alabarse de que, abandonando mi fama, ella sola vengó el odio que a todas tuve. La salva repetid, digo, otra vez y otras mil; que hasta que salgan a recibirme no quiero entrar a la ciudad. Haga alto el ejército aquí. ¡Alto y pase la palabra! ¡Alto y pase la palabra! (Vanse los soldados.) ¡Infeliz fortuna mía, siempre a mi estrella contraria! ¿No te bastó que perdiesen, aquellas primeras ansias que en mí introdujo un retrato de Yole, las esperanzas de su padre despedido? ¿No te bastó en la campaña haber perdido el sangriento trance de dura batalla, reino y libertad, sino que prisionero me traigas, por testigo de que Yole haya de ser lauro y palma del que me vence, logrando su ventura en mi desgracia? ¿Qué te parece, Aristeo, que puede ser la tardanza, de no salir de los muros Euristio a darme las gracias? Será que para tu triunfo hace prevenciones varias, y hasta estar en perfección, arcos, músicos y danzas, no se da por entendido de tu venida. No vana es la presumpción. Lleguemos al muro por si se alcanza a entender algo. En un templo que está del lienzo a la espalda, parece que cantan. (MÚSICA a lo lejos de voces bajas, en el tono que se canta después.) Sí, mas no se oye lo que cantan, porque solo hasta aquí llegan las voces sin las palabras. Tú dices bien: prevenciones son. (Sale LICAS.) Dame, señor, tus plantas. Dos días ha que no te veo; ¿a dónde, Licas, estabas? La gana de unas albricias me adelantó de la marcha; pero también me atrasó de las albricias la gana Euristio, que no hizo caso de mí quizá porque le hagas tú, a quien traigo mejor nueva que a él llevé. Dila; ¿qué aguardas? En dándome las albricias; que no quiero aventurarlas como esotras. Yo las mando, como la que juzgo traigas. ¿Hay muchos carros triunfales dispuestos para mi entrada y en las calles mucho adorno? No, señor, no hay deso nada. Pues, ¿qué hay? Que no hay que pensar excusas, medios ni trazas para no casarte. ¿Cómo? Como ya a Yole casada con Anteo la hallarás. Mira si es no menos alta victoria pues, no casado y victorioso, te hallas de lance hecha la disculpa. ¿Qué? ¿Qué dices? Lo que pasa. Hoy la boda se celebra en el gran templo de Palas, a donde de tu venida la voz llegó; esta es la causa de que hasta que se concluyan, por no dejar empezadas las nupciales ceremonias, a recibirte no salgan. Y, pues ya están merecidas, vengan las albricias... ¡Calla, calla, villano, si no quieres que te arranque el alma! Y como que no lo quiero. señores, ¿a quién puñadas se han dado en albricias? Pero, ¡qué digo! ¿A mí puede nada perturbarme? Ven acá; vuelve a decirlo. ¿Anteo casa hoy con Yole? Ni por pienso. ¿Pues de decirlo no acabas? No, que lo que dije fue que a Yole hallarás casada con Anteo, mas no Anteo con Yole. Pues, ¿en qué hallas la diferencia? En el solo trastrueco de las palabras. ¡Maldígate el cielo, amén! Tente; que, si esto no basta, habré de decir que ha sido engañarte por si dabas algo adelantado. Mientes, que ahora es cuando me engañas; pues aunque tú te desdigas, no se desdice la saña que ha introducido en mi pecho pensar que Euristio me agravia en la estimación, ya que no en el gusto; pues es clara cosa que en la estimación ofende el que a la fe falta de la palabra que dio. Y aunque nunca la palabra yo le había de pedir, son dos cosas muy contrarias ver él que yo no la pida o ver yo que él la quebranta. Mas, ¡ay!, que no es esto solo lo que me yela y me abrasa tan a un tiempo; que no sé qué fiera en el pecho inflama tal irá que excede a todas, con haber lidiado a tantas. Beldad que vi en vaga sombra, sombra que vi en forma humana, ¿a qué efecto, en brazos de otro, a mis ojos te retratas menos aparente y más viva que nunca? ¿No estaba ya apagado aquel primero afecto que al verte causas? Pues, ¿cómo ahora, aun en menos visible forma que en ambas, pues allí toda eras vista y aquí eres imaginada, con mayor fuerza me vences, con mayor poder me arrastras? ¿Qué fuera? ¡Ay de mí! Que fueran celos, si hay celos, la brasa que, envuelta en cenizas, no se sabe que oculta arda hasta que, desvanecidas del soplo que las levanta, lo que era ceniza es polvo, y lo que era polvo es ascua. Pero, ¿qué digo? ¿Yo, amor? ¿Yo, celos? No es sino rabia de la desestimación; y así, he de intentar vengarla, Aristeo. ¿Qué me quieres? A los dos Euristio agravia en el empleo de Yole con Anteo: a ti en negarla y a mí en ofrecerla; y más viendo que es para entregarla a un desvanecido joven de quien ni padre ni patria se sabe, pues solo ser de la Tierra hijo le ensalza, según los tesoros que ella, rasgándose las entrañas en despedazados montes, para su fausto desangra, ya de sus venas en oro, ya de sus minas en plata. Pues, siendo así que, en los dos, ofenda a un rey de Tesalia y a un Hércules, a quien dio en premio de sus hazañas el alcaidía del Parnaso Apolo, de quien es guarda, ¿cómo los dos no tomamos de un agravio dos venganzas? ¿Qué venganza un prisionero tomar puede? Temerarias acciones: el conseguirlas aun es menos que el pensarlas. ¿Ayudárasme a ellas? ¿Cómo puedo excusarlo si acabas de oír que soy tu prisionero? No eres tal: libre te hallas con condición de que vuelvas a recoger tus escuadras que, en mal fugitivas tropas, por los montes se desmandan, y estés a mi devoción. Mano te doy, y palabra, testigos haciendo a cuantos dioses contiene ese alcázar que Diana borra a sombras y Apolo a luces esmalta, de ser siempre esclavo tuyo y estar a lo que me mandas. Pues vete; que yo, entre tanto, disimulando mis ansias, veré si hoy con mi presencia consigo que se deshaga esta boda antes que llegue al tálamo su esperanza; a cuyo efecto es el orden que llevas tocar alarma por ver si necesitando de mí otra vez, la dilatan; y de no lograrlo, puesto que su caudillo me aclama ese ejército, llevando tras mí las naciones varias de que se compone, haré que se pongan de tu banda; conque los dos contra toda Libia haremos que se arda en viva guerra. Si tú en mi favor te declaras, el mundo es poco trofeo. Pues, ¡al arma! Pues, ¡al arma! Vete, pues. Adiós; y adiós amorosas esperanzas, que no hay pasión propria donde hay ajena confïanza. (Vase.)  Vente tú, Licas, conmigo, que has de ejecutar la traza con que he de disimular mis designios en la falta de Aristeo. (Vase.)  Como sea llevar nuevas que no traigan albricias, yo lo haré. ¿A mí Euristio promesas falsas hasta verse victorioso? ¿A mi amor celosas ansias? Eso no; y han de ver dioses, cielos, mares, montes, plantas, brutos, aves, fieras, peces, a no complacer mi saña Euristio, Yole y Anteo, que con más noble venganza y a menos costa de ser esposo de Yole ingrata, llego a coronarme en Libia; y aun ella, puesta a mis plantas, ha de ver, no solo que es mi esposa, sino mi esclava, mostrando que no hay tan soberana mujer que de el hombre a serlo no nazca. (Prosiguiendo con la MÚSICA que habían cantado primero, se abrieron las puertas de la muralla y, viéndose a lo lejos mal divisadas señas de población y templo, salieron al tablado músicos y DAMAS, y detrás EURISTIO, YOLE y ANTEO.) A la más dichosa unión, al vínculo más estrecho que ciñó, en amante lazo, gala y hermosura a un tiempo: ven Himeneo, ven Himeneo. Ya que con digno ejemplo (Siéntase.)  las ceremonias celebré del templo: en este espacio en quien, no menos puro, altar de Palas es también el muro, podrá con más decoro volver del dulce epitalamio el coro. Y pues a un tiempo aplauden mi alegría la militar y métrica armonía, es bien que a todo acuda; y así, en tanto que los himnos repite vuestro canto, que en fe de culto siempre son primero, salir a recibir a Hércules quiero porque de mi tardanza no se ofenda y, también, porque entienda della la causa y sepa que la fama, si allá premia al que lidia, aquí al que ama; y, ofreciéndole a Yole, no se alabe de que sabe vencer y amar no sabe. Y ya que su deseo fue triunfar por triunfar, y en el trofeo que trae viene premiado, todos quedamos bien; y pues que veo puesta Yole en estado, feliz el vencedor y alegre Anteo... Ven Himeneo; ven, ven Himeneo. De esas tres dichas, solamente en una puede fijar su rueda la fortuna: esa es, señora, la mía; que, vencer al contrario, cada día se ve, mas no se ve vencer aquella oposición de desigual estrella que, en la común desdicha, puso el hado entre el mérito y la dicha. Si lícito me fuera, cúya es la dicha o mérito dijera. Pues porque no lo digas, ya que a entenderlo sin decirlo obligas, el canto lo dirá: vuelvan veloces vuestras festivas voces, mientras que yo me ausento, a llenar con sus cláusulas el viento. A la más dichosa unión de dos en quien compitieron la tierra a puros tesoros y a puras luces el cielo: ven Himeneo; ven, ven Himeneo. (Al entrarse el REY, sale HÉRCULES.) Yo lo debo de ser, pues que yo vengo a vuestra invocación. ¡Extraño encuentro! Hércules, ¿tú aquí? Cansado de esperar a que tú salgas a honrar mi triunfo y a darme de igual vitoria las gracias, vengo a tomármelas yo. Fuera desto, oír se cantan epitalamios me ha hecho creer que debo de hacer falta, pues, sin el novio, no sé que ningunas bodas se hayan celebrado y, pues lo soy en fe de la real palabra que me diste de que Yole sería mía: ¿qué te espantas de que a lograr me anticipe el gozo con que me aguardas? Hércules, yo... No prosigas, que yo responderé, a causa de que desengaños suenan mejor en labios de dama; que no agravian aunque enojen. Que «blancas manos no agravian» oí tal vez; conque tú debes de querer hablar fïada en que rojos labios tengan licencia de manos blancas: di, pues. [Aparte.]  En notable empeño, si a reducirle no basta, estoy. Hércules: mi padre ofreció a tus esperanzas mi libertad, suponiendo mi gusto; pues cosa es clara que mi padre no querría que me casase forzada. Yo, viendo con el despego que su ofrecimiento tratas, por una parte, y por otra oyendo que tus hazañas son lidiar hidras, dragones y sierpes, cuya arrogancia desdeñó con experiencias de amor las delicias blandas, tanto que de aborrecer a las mujeres te alabas: horror te cobré; que no soy tan neciamente vana que fíe de mi hermosura que me den pago a tu gracia las puertas de aborrecida a las viviendas de amada. Y así, con este temor, para que aquí te persuadas a que no fue de mi padre sino mía la mudanza: a que me diese la muerte, resuelta y determinada, de Anteo amada, me atreví a decirle... (Cajas y trompetas.)  ¿Qué es aquesto? (Dentro.)  ¡Al arma, al arma! ¿Qué ha de ser? Proseguir trompas y cajas: lo que se atrevió a decirte; pues, decirte que dejaras a Hércules por Anteo, fue decirte que aventurabas a que por él respondiera, en generosa demanda de tu rompida fe, todo el orbe diciendo... (Dentro.)  ¡Arma, arma! (Sale LICAS.) Acude señor... ¿Qué es eso? Novedades bien extrañas. Aristeo, o sobornando o amenazando las guardas, se ha huido de la prisión y, juntando las escuadras que en alcance de su rey siguieron tu retaguardia, en formados escuadrones vuelve doblando la marcha. No es esto lo peor sino que las naciones que aman tu valor, en fe de que él las ilustra y ensalza, y aun los naturales mismos, perdidas las esperanzas de que tú su rey no seas, a su ejército se pasan. Conque tu gente deshecha y la suya recrutada, hecha frente de banderas te presenta la batalla. (Dentro.)  ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! Acude, Hércules; ataja tan gran novedad. No quiero. Mejor será que Anteo vaya y yo me quede a la boda. ¡Ea!, Anteo, a la campaña y a la música vosotros puesto que el novio no falta. Llega tú, Yole. Primero me daré, desesperada, mil muertes. Yo, porque no presumas que me acobardan delicias de amor a que deje de acudir mi fama a horrores de Marte, iré donde digan mis hazañas; que, ya que no falta el novio, tampoco el general falta. Pues siendo así que tú irás y la ley del duelo manda que se venguen en los hombres los desaires de las damas: también yo iré. Y porque tú me busques en la batalla y cuerpo a cuerpo los dos nos veamos cara a cara: de la parte de Aristeo me hallarás; que mi venganza, no solo en ti, pero en toda Libia, ha de ser. Pues, ¿qué aguardas, si en la campaña te espero? El verte a ti en la campaña. ¡Al arma y Euristio viva! (Cajas.)  ¡Viva Hércules y al arma! (Vanse.)  ([Alto.] ¡Oye, Hércules! ¡Anteo, espera!) Fuerza es que tras ellos vaya, por ver si con mi respeto tanto empeño se restaura; y si no, canas de honor verán ser del Etna canas, que en la cumbre obstenta nieve y fuego en el pecho guardan. Advierte... ¡Nada me digas, ay belleza desdichada, cuando a perder por ti voy vida, honor, reino y patria! (Vase.)  «Patria», «reino», «honor» y «vida» dijo; y es tal mi desgracia que otra pérdida le queda aun con haber dicho tantas pues, entre padre y esposo, va en dos mitades el alma. Todo va a perderse; pues no quede en resguardo nada: dadme un caballo. Fortuna, no siempre seas contraria a dichas de amor; permite que sea suya la alabanza, siquiera una vez, dejando al trance de la batalla, pues es de Hércules la ira, ser de Yole la venganza, por más que neutral el eco repita ahora en voces varias... ¡Viva Euristio! ¡Guerra, guerra! (Vase.)  ¡Viva Hércules! ¡Arma, arma! ¡Viva Euristio! ¡Hércules viva! ¡Guerra, guerra! ¡Al arma, al arma! (Fíngese dentro la batalla y, cubriéndose el muro con el teatro del primero bosque, salen como asustados, oyendo a lo lejos el estruendo de las armas EGLE y VERUSA, teniendo a HESPERIA.) ¿Qué solicitas? Oyendo desde el alcázar al monte, por todo aqueste horizonte, tanto militar estruendo sin que se pueda entender dónde y nos haga saber qué puede, Verusa, ser, ¿cómo es posible dejar de salir a ver si alguno pasa que cuenta nos dé? (Las cajas a lo lejos.)  Dices bien; pero no sé que aquí se atreva ninguno a llegar; que si llegó aquel valiente soldado del león, fue derrotado sin saber dónde; que no llegara si lo supiera. No en vano el aviso fue que le dimos. Bien se ve, puesto que en toda la esfera destos cotos no paró. Pues aseguraros puedo que no se ausentó de miedo; que, según lo que él contó y nosotras vimos, era hombre de tanto valor que solo temía al amor; (Las cajas.)  y ojalá no le temiera; que, aunque no tengo esperanza de que he de volverle a ver, en la parte de mujer no poca, ¡ay de mí!, me alcanza de oír las aborrecía: bien que en quien verle no espera, consuelo es que a otra no quiera. A lo lejos todavía la arma se escucha. No sé qué diera porque llegara alguien aquí. (Sale LICAS.) Cosa es rara que canse el correr a pie aunque sea huyendo. Allí vi un hombre. ¡Ha, soldado! No habla conmigo, que yo no lo soy. ¡Oíd! ¡Ay de mí! ¡Con las «ásperas» he dado! Llegad, que no hay qué temer. Sí hay, y mucho. ¿Qué es? Saber si es que está el dragón atado. Él no sale aquí. Opiniones hay... ¿En qué fundarlas puedes? Por donde salen ustedes, ¿quién quita salir dragones? Mas, ¿qué me mandáis? Saber qué rumor de armas es ese. Yo lo diré aunque me pese de haberme de detener. Hércules, el que hizo aquí, si os acordáis, a un león de la boca boquerón: porque el padre dijo «sí» y Yole «no», se indignó; conque, alterando la tierra a él, por no o por sí hizo guerra y a ella paz por sí o por no. Hoy la batalla se han dado y aunque Hércules va venciendo, para que yo venga huyendo no importó ser su criado. Este es el caso; y así: adiós, que el rumor se acerca, pues se oye desde más cerca decir... (Dentro.)  ¡Ay infeliz de mí! ¿Qué es aquello? Que un caballo desbocado se despeña desde la más alta peña del monte. ¡Quién remediallo pudiera! Dioses, ¡favor! Y más siendo, al parecer, la que despeña mujer. (Dentro.)  No temas, Yole, que Amor, aunque a otras despeña, a ti, porque en su triunfo te empeñes, hará que no te despeñes. ¡Ay infelice de mí! (Al decir YOLE este verso, desde no poca altura cayeron abrazados al tablado ella y CUPIDO y dejándola desmayada entre las tres, volvió arrebatadamente a desaparecer representando en el aire los siguientes versos.) En mis brazos has caído, segura estás. ¿Quién creyera que para que aborreciera la socorriera Cupido? Mas, ¿quién no lo creerá, al ver que Amor, atento a su queja, para aborrecer la deja a donde la ha menester? (Vase.)  Lleguemos por si, por dicha, no habiendo muerto podemos su vida amparar. ¡Lleguemos! ¡Yole es! ¡Qué ansia! ¡Qué desdicha! ¿Yole hermosa? ¿Quién me llama? Quien en albricias de que vivas, atenta a la fe con que te estima y te ama, mil vidas diera. ¿Qué ha sido esto? Que viendo, ¡ay de mí!, que contra el que aborrecí, habían los que amé salido, que fueron padre y esposo, llevada de mi valor, mejor diré de mi amor, de un caballo apenas osó tomar a la rienda el tiento y la noticia al estribo, el fuste al borrén, y altivo pasarle de bruto a viento, cuando al lado de los dos al embestir me mostré; si lo sintieron no sé, mas sé que al encuentro, ¡ay Dios!, primero arbolada flecha el rostro a mi padre hirió y del caballo cayó. Yo, humana víbora hecha, desesperada a morir en su venganza, me entré en la batalla; y tal fue la violencia del batir el ijar que, desbocado el corcel, de espuma lleno, rompió el alacrán al freno y la montada al bocado. Tanto la cólera mía fue que al verme despeñar me holgué solo por quitar la sospecha de que huía. Pero como al desdichado aun la muerte se escasea, cruel piedad que cúya sea, no sé, un céfiro alado en el aire me detuvo, haciendo que la caída, menos violenta, mi vida guardase; y aun después tuvo tan doblados los favores que si con presteza suma me dio allí lecho de pluma, aquí me le da de flores. (Cae desmayada.)  Entrémosla donde pueda repararse y descansar. (Retíranla entre las tres.)  Id mientras voy yo a avisar a mi amo dónde queda, ya que el militar espanto tregua pone a la batalla. (Vase LICAS y sale ANTEO.) ¿Quién en el mundo se halla en tanta aficción, en tanto desconsuelo como yo? Pues, con Euristio la vida y la batalla perdida, el ejército aclamó a Hércules su rey, en fe de que él le cumpliría la palabra que le había dado, en el instante que se sepa dónde paró, bárbaramente entendiendo que a solo escapar huyendo de la batalla salió, que es lo que también de mí pensará en viendo que no parezco tampoco yo dél retado; siendo así que, desbocado el caballo, Yole salió, y yo tras ella, donde fue fuerza el perdella de vista, conque me hallo habiéndome desmontado por penetrar la aspereza en busca de su belleza, sobre rendido, obligado, o viva la encuentre o no, a dos contrarios extremos: pues muerta ambos la perdemos, y viva la pierda yo. Bien que, porque viva, diera mil vidas mi suerte esquiva; que a precio de que ella viva, poco importa que yo muera de tanta celosa pena como que en la edad de un día amanezca para mía y anochezca para ajena. ¡Yole hermosa! No responde. ¡Bella Yole! No me escucha: o mucha desdicha o mucha ventura es la que esconde. ¿Quién, cielos, me dirá della? Mas, ¿quién decirlo podrá como la Tierra, si ya quien fue rosa no es estrella? Fecunda madre del hombre en común y, en singular, madre de un hijo a quien dar quisiste alma, vida y nombre: ya que me dio tu piedad los tesoros que me dieron tanto lustre que pudieron crecer mi felicidad a esposo de Yole bella, dime dónde iré a buscalla; hállela yo aunque el hallalla venga a ser para perdella. Y si esto no mereció mi llanto, siquiera di si es que vive Yole. Sí. ¿Qué? ¿No se despeñó? No. Pues ya que, madre piadosa, te permites oír, ¿por qué no te dejas ver? (Canta.) Sí haré. De clavel, jazmín y rosa, nuevo iris al parecer forma una bella guirnalda a la tierra de esmeralda y al cielo de rosicler. Sacra deidad, si mi idea no miente, entre sus fulgores viene derramando flores de la copia de Amaltea y, iluminando horizontes, trae tras su vario celaje todo el bruto vasallaje de los senos de los montes que de un risco en otro yerra; como en sacrificios suele ante el ara de Cibele, que es la diosa de la tierra, a mí se acerca veloz, como que hablarme procura: ¡oh, iguálese a su hermosura la dulzura de su voz! (Rasgándose las nubes que eran cielo del bosque, apareció en lo más alto de la frente del teatro CIBELE, diosa de la tierra, en un trono de flores que a manera de guirnalda iluminaba el aire con ocultas luces. Traía en una mano la copia de Amaltea derramando flores y en la otra la rienda de encarnadas colonias con que al parecer gobernaba, uncida, la ferocidad de cuatro leones que tiraban desde la tierra el trono; a cuyo tiempo aparecieron, por entre unos y otros bastidores, diversos animales como en acompañamiento de su diosa; la cual, en blando movimiento, bajó hasta la punta del tablado en recitativo estilo, cantando ella y respondiendo el coro.) (Cantando.)  Feliz y infeliz amante, pues compitiendo entre sí te hizo feliz el nacer y el amar te hizo infeliz: ya dejo por ti, en lechos de mayo, regazos de abril. Y a su voz el eco responde sutil que rompe los aires dejando por ti... ... en lechos de mayo, regazos de abril. Cibele soy, de la tierra tan fecunda emperatriz que, del confín oriental al occidental confín, en todo su ámbito hermoso no hay reservado país que sus montes y sus mares no descansen sobre mí; fieras y flores lo digan viendo a mis plantas rendir lo vegetable su tez, lo sensible su cerviz, dejando por ti en lechos de mayo, regazos de abril. Motejada de que solo para el aire concebí fruto y flor, y me quedé no más que con la raíz, por obstentarme deidad que pudiese competir con cuantas contiene el coro de ese celeste zafir, como gusano que hila su mesma vida de sí, a ti te engendré sin más padre que mi mesmo ardid. Viendo que tu nacimiento creyó no más que el gentil, porque nadie le dudara, no tan solo te ofrecí sin reservarte diamante, perla, esmeralda o rubí: en plata todo el Pactolo y en oro todo el Ofir. Mas viéndote hoy en dos riesgos de amar y de competir, a cautelarte de entrambos quise a tus voces venir, dejando por ti en lechos de mayo, regazos de abril. El uno, que es cuidado de Yole: no hay que sentir su muerte; que Yole vive más donde no he de decir por no empeñarte en el riesgo de que es preciso morir si vas a buscarla. El otro, que es el de haber de reñir con Hércules, cuyas fuerzas nadie pudo resistir: llega a los brazos [con] él; que aunque él una vez y mil te arroje a la tierra, ella te sabrá restitüir dobladas fuerzas con que puedas volver a la lid. Y en cuanto a que tú no sepas de Yole y Hércules sí: no temas que a verla llegue, pues, cuando pretenda ir a buscarla, sabré yo tanto la senda impedir que no se atreva a pisarla. Y pues ya quedas aquí sabiendo que vive Yole, y cómo has de resistir a Hércules y que él no irá a verla, vuelva el sutil aire a repetir sus ecos en tanto que yo al pensil de mi retirado albergue vuelvo de donde salí dejando por ti... Dejando por ti... Y a su voz el eco responde sutil... En lechos de mayo, regazos de abril. (Desapareció midiendo con la MÚSICA la distancia de lo alto.) ¡Oye! ¡Escucha! No tan presto te ausentes sin permitir que de tanta admiración cobrado diga... (Dentro LICAS, HÉRCULES y ARISTEO.) Hacia aquí es la senda. Pues no dejes en su alcance de seguir la vereda. Gente viene: forzoso es al monte huir quien a todo un vencedor ejército trae tras sí. Pues está segura Yole, duélete, ¡oh cielo!, de mí: no haya tan mal ejemplar como que pueda decir que hallé piedad en la tierra, y no en el cielo. (Vase.)  (Salen HÉRCULES, ARISTEO y LICAS.) Hacia aquí vuelvo a decir que es la senda del hespérico país. Pues guía, ya que te afirmas en que Yole quedó allí. Si pudiera aconsejar a quien me toca servir, dijera, Hércules, que no está el triunfo en adquirir tanto como en mantener lo adquirido. Siendo así, pues, que te hallas aclamado rey, ¿no es mejor acudir a establecer esta vez que dejarlo por venir tras un afecto que puedes lograr después? Para mí ni el triunfo ni reino importan tanto como destrüir encantos de Amor llevando esclava a Yole a asistir a mi coronación. Vea, ya que a un hijo aborto vil de la Tierra prefirió a Hércules, que merecí ser su rey a menos costa que su esposo. Ya de aquí de sus torres se descubren los homenajes. A abrir, a pesar del fiero monstruo que los vela sin dormir, sus puertas iré, si fueran de diamante. Y yo tras ti, que uno es aconsejar cuerdo y otro es restado morir. Yo no, que uno es morir loco y otro es tratar de vivir. Ven pues; que, juntos los dos, ¿quién nos ha de resistir? (Dentro.)  Quien, en defensa de Yole, lo impedirá. ¿Cómo? Así. (Apenas desde lo alto pronunció CIBELE este medio verso, cuando se oyeron en el aire truenos y en la tierra temblores; y abriéndose en ella un volcán que atravesaba todo el tablado, arrojó de sí tan condensados humos que obscurecieron el teatro, bien que sin molestia del auditorio porque estaban compuestos de olorosas gomas, de suerte que lo que pudiera ser fastidio de la vista, se convirtió en lisonja del olfato.) ¿Qué es esto, cielos? Un fiero temblor de tierra que abrir su centro intenta en quebradas grietas. (Sale humo.)  Y no solo a fin de que sus cavados senos quieran el paso impedir, pero de que sus funestas bocas arrojan de sí (El terremoto.)  entupecidos vapores que, en pirámides, subir se ven a empañar la tez de todo el azul viril. ¿Quién vio que el Vesubio en Libia humo exhale? Yo lo vi por señas, que el verlo fue de puro ciego. (Terremoto.)  Aun a mí la vista perturba, pues ni veo alcázar ni jardín. En pardas nieblas la Tierra nos le ha sabido encubrir. Como es la madre de Anteo, sin duda intenta impedir ultrajes de Yole; pero no lo podrá conseguir: que si de la tierra el centro conjura ella contra mí, contra ella el del aire yo (Terremoto.)  moveré. Quédate aquí, Aristeo, por si en este tiempo Yole intenta ir donde yo no sepa della, tú lo sepas con seguir sus pasos. De mí confía el que no falte de aquí. En ese seguro voy, como dije, a prevenir, pues no puedo por la tierra, por el aire entrar. Tras mí ven, Licas. [Vase.]  Sí haré, que aunque es tan malo el andar tras ti, peor fuera el que aquí quedara. (Vase.)  No fuera; pues, ya de aquí ausente Hércules, la Tierra sus cimas vuelve a cubrir, el humo a desvanecer y el alcázar a lucir. Y si no me engaño, una dama viene por aquí. ¿Si será Yole? Mas no; que, aunque yo nunca la vi, nunca tampoco borré las especies que imprimí de su retrato: no es ella. (Sale VERUSA.) Yole, del desmayo en sí volvió apenas cuando de otro dolor se tornó a afligir, que es no saber de su padre ni de la batalla el fin. Compadecida a su llanto, por si fuera tan feliz que con una buena nueva la pudiera divertir, al monte salgo; allí un hombre está. ¿Sabreisme decir, caballero, que en el traje bien el serlo descubrís, en qué paró la batalla de cuyo rumor oí en estos montes los ecos? No me atrevo a discurrir en cuál os esté mejor: o oír la ganancia o oír la pérdida, cuando os veo tan cuidadosa; y así, hasta saber qué deseáis saber, nada he de decir, por no aventurar que pueda ser lo que hayáis de sentir. Aunque siempre de la patria el cariño lleva, a mí sus victorias o sus ruinas no me tocan. Quizás sí, ya que no a vós, a persona de cuya parte venís. Decidla que un forastero que hallasteis acaso aquí no quiso deciros nada. Harto en eso me decís. Quedad con Dios. (Vase.)  Él os guarde. En toda mi vida vi igual hermosura, ¡cielos! ¿Qué fuera que un infeliz, que ni vencido una vez ni otra vencedor, decir pudo su pena? Mas esto no es ahora para aquí; baste que para aquí sea no dejarla de seguir, por verla otra vez. (Vase ARISTEO, y salen HÉRCULES y LICAS.) Señor, ¿esto es caminar o huir? Volar quisiera que fuera, Licas, hasta descubrir de la cumbre del Parnaso la verde cima. Eso sí: volvámonos a ser guardas de ninfas, gente feliz y alegre. ¿Qué Yole o Libia? Como habitar en país a donde todo es cantar, danzar y bailar y, en fin, todo es paz y nada es guerra... Hablaste como hombre ruin. No tanto que mienta, pues ya se escuchan desde aquí, al tiempo que don Pegaso, en el último perfil del monte, batiendo el ala tremola al aire la crin, dulces músicas: ¿no oyes sus blandos acentos? Sí, acerquémonos a ver lo que llegamos a oír. (Al entrarse los dos, empezó a descubrirse un monte cuya eminencia, casi de improviso, frisó las nubes con la cumbre y los bastidores con la falda; de suerte que no dejó más foso el teatro que su mismo foro y un pedazo de nuevo cielo que a espaldas suyas, por entre tremoladas bandolinas y quebradas peñas, fingía lejanos horizontes. Ocupaba su cima el Pegaso, extendidas las alas como haciendo sombra al risco de CALÍOPE, principal musa de las nueve, desde cuyo superior asiento derribaban los peñascos sus últimos perfiles. Estaban todos coronados de frondosa arboleda y, entre uno y otro tronco, una y otra ninfa: Urania y Polonia a la diestra mano, y Tersícore y Clío a la siniestra. Debajo de las cuatro, en segundo descanso que hacía con adelantadas proyeturas más corpulento el monte, estaban a un lado Melpómene, Erato y a otro Euterpe y Talía. Eran sus ropajes como los de los signos y los meses, diferenciándose solo en haber trocado el campo azul al nácar, confrontando matices aquí con las flores si allá con las estrellas. En el corazón de el monte corría tan artificiosa fuente que, sin agua ni sonido de agua, no se echaba menos ni el agua ni el sonido. Estaban, pues, las nueve como divertidas en sus siempre festivos solaces, cantando, desasida de la fábula, esta letra.) Ruiseñor que volando vas cantando finezas, cantando favores, ¡oh, cuánta pena y envidia me das! Pero no, que si hoy cantas amores, tú tendrás celos y tú llorarás. Todo el coro de las ninfas junto está. Mas, ¡ay de mí!; que parece que la letra conmigo ha hablado, al oír, para que se irriten más mis vengativos rencores y amor no sean jamás... Pero no, que si hoy cantas amores... ... tú tendrás celos y tú llorarás. Sagradas hijas de Apolo, a quien desde este cenit, por cuantos círculos corre hasta su opuesto nadir, para coronar los rizos de vuestro peinado, Ofir flores dora ciento a ciento, luces brilla mil a mil: vuestro Hércules, por quien en estos montes vivís seguras de incultas fieras amedrentadas de mí, por quien a la excelsa cumbre nadie se atrevió a subir sin pasar porta de Apolo, que yo he de cerrar y abrir, a beber de los cristales en que aquel don infundís que, abandonando lo útil, se pagó de lo sutil: hoy contra una hermosa fiera favores viene a pedir, no para amarla, no, pero para aborrecerla sí. ¡Ay de ti! ¡Que vencer a las fieras no es vencerse a sí! (Cantando CALÍOPE.)  Hércules: ya tus hazañas sabemos, y que por ti templaron, Fama y Apolo, la lira con el clarín. Ya sabemos que en Tesalia la Hidra pudiste rendir; en el Abismo al Cerbero y en Calidonia al espín. Que al león venciste en Libia, donde pudiste adquirir lo sagrado del laurel, lo sangriento de la lid. Que perdonaste, sabemos, de la Hespéride el jardín, mas no sabemos que puedas a ti vencerte; y así... ¡Ay de ti! ¡Que vencer a las fieras no es vencerse a sí! Quejoso de Yole vienes, procurando desmentir, con razones de vengar, sin razones de sentir. Teme el ardid del amor: que es tan cauteloso ardid que tal vez para vencer hace maña del hüir. Teme su disimulada traición: que sabe vestir los desaliños del áspid de las galas del jazmín. No te vengues si te quieres vengar de Yole; que vi muchas veces que el dejar alcanza más que el seguir. Y si estos avisos no te bastan a reducir: en mi voz y en la de todas oirás una vez y mil... ¡Ay de ti! ¡Que vencer a las fieras no es vencerse a sí! Bella Calíope, a quien siempre tocó el presidir al castalio coro: no desconfíes del gentil espíritu que me ilustra; que dejé de conseguir de Amor, que es fiera de fieras, la victoria; a cuyo fin, por vuestro Pegaso vengo: que le lleve, permitid, a que en los golfos del aire sea alado bergantín; que, a pesar del huracán, que levanta contra mí la Tierra, madre de Anteo, tomen puerto tan feliz que deshaga los prodigios de su encantado pensil. Si en tu peligro nosotras no habemos de concurrir: lo que tú puedes tomar, ¿para lo qué has de pedir? Dices bien, sube por él, pues tú también has de ir. ¿Dónde? En sus ancas. ¿Sus ancas yo? ¿Por qué no? Porque si él es rocín de poeta y nunca pudo sufrir ancas su puchero, ¿cómo sufrirá ancas su rocín? (Vase.)  Anda, cobarde; y vosotras quedad en paz hasta oír mi triunfo. Antes, porque no te empeñes en él, tras ti iremos todas diciendo... ¿Qué es lo que habéis de decir? (Cantando.)  ¡Ay de ti! ¡Que vencer a las fieras no es vencerse a sí! ¿Y cómo iréis? Desta suerte. Pues venid todas, venid; veréis de cuán poco os sirve el escuchar... ¿Qué decís? ¡Ay de ti! ¡Que vencer a las fieras no es vencerse a sí! (Cantar las musas este estrebillo, repetirle el coro, volar el Pegaso a la nubes, CALÍOPE al centro y las ocho a distantes partes llevándose consigo a pedazos el monte, fue tan uno que, al verle deshecho, apenas pudo percibir la vista el cómo; conque, causando más novedad en todos lo que dejaron ver que lo que vieron, acabó la segunda jornada.) Tercera Jornada Para empezar la tercera jornada, no solo se contuvo el coliseo, como hasta aquí, en limitados foros; pero abriéndose el seno se dilató hasta topar con el último centro de su muro y, con ser tan grande la distancia, aún la hizo mayor la prespectiva: era un hermoso jardín cuyas calles tenían, por guarda de sus emparrados, dobladas pilastras de mármol blanco con remates de lo mismo; al pie de cada pilastra había un tiesto de porcelana con sus más usados frutos; lo que se descubría de ellas eran unos enrejados, a manera de glorietas, cubertadas de hojas y flores; de suerte que, mirando por cualquiera parte, cualquiera entrecalle era una dilatada galería; la principal estaba tan sujeta al arte que le obedecía desde su primero término al postrero, disminuyendo sus tamaños con tan ajustada regla que, huyendo los unos de los otros, cuanto iban a menos en la cantidad, iban a más en la apariencia; remataban sus líneas en un cenador y en él una fuente de varios jaspes, de cuyo surtidor se derramaban otros caños -no digo con ruido y sin agua, por no encarecer segunda vez el artificio-; en medio desta, al parecer, suma distancia, estaba un árbol natural, doradas sus hojas, cuajadas de manzanas de oro, sobre cuya copa apareció HÉRCULES en un blanco caballo alado a imitación del que se vio primero en el Parnaso. A este tiempo se levantó de la tierra batiendo también las alas y moviendo las garras y las presas un escamado dragón; conque, subiendo el uno y descendiendo el otro, partido el aire, se salieron al encuentro. Trabada la batalla, gozaban ambos de cuatro movimientos pues, elevándose el uno al tiempo que el otro se abatía y, al contrario, abatiéndose el uno cuando el otro se elevaba, se buscaban y se huían, trocando no solo las alturas, mas también los costados, pues se embestían ya por un lado y ya por otro; de cuya boreal lid duró la contienda lo que duraron estos versos. Ya, alado «Belerofonte», que, «Bucentoro velero», huyendo escollos de tierra, navegas golfos de viento; ya que la vela del ala desplegada, del pie el remo batido, timón la cola, popa el anca, quilla el cuello, proa la frente, la crin jarcia y buque todo el cuerpo, en alto aire, ya que no en alta mar, a lo lejos descubres de los dorados celajes del verde puerto: (Sube el dragón y baja HÉRCULES.) amaina, amaina y no temas el bruto huracán soberbio que, cuando tú el vuelo abates, levantar intenta el vuelo; y pues al encuentro quiere salirte: sadle al encuentro; que si, en nueva cetrería, de sierpe en sacre se ha vuelto, yo en águila de bajel también mudaré el concepto; pues, cuando él se cale en puntas, le buscaré en escarceos haciendo que sea boreal campaña de nuestro duelo toda la vaga región del más capaz elemento. Avenado hipogrifo que, áspid del jardín más bello, no solo el tesoro guardas de amables hechizos, pero de aborrecidas beldades: no a robar tus pomas vengo por ser dichoso en amores sino en aborrecimientos. Embiste otra vez, que no me has de poner en recelo por más que el camada nube traigas abortando incendios, el relámpago en los ojos, en los bramidos el trueno y el rayo en la exhalación del tósigo de tu aliento. La clava de Hércules es la que te hiere; y supuesto (Cae el dragón retirado en los bastidores.)  que oír de Hércules el nombre más que la clava le ha muerto: ¡a tierra, Pegaso!; y vea que, a pesar de sus violentos Vesubios, volcanes y Etnas, introducido en el centro (Apéase y vuela el caballo.)  de sus vedados jardines, a ella y a sus monstruos venzo. Y tú, tronco del amor, de tus dorados renuevos este me da por testigo del triunfo, no porque quiero ni ser amado ni amar sino vencer mis desprecios. ¡Ha del palacio! ¡Ha del monte! ¡Salid cuantas estáis dentro y entrad cuantos en mi busca andáis, pues que ya no hay riesgo que temer! (Dentro golpes, y salen por una parte ARISTEO, LICAS, soldados y, por otra, HESPERIA, EGLE, VERUSA y YOLE y ANTEO a lo largo.) (Dentro.)  ¡Romped las puertas de aquesas voces al eco! (Dentro.)  Acudid al jardín todas a ver quién causa este estruendo. ¡Aten al dragón, que vamos! ¡Muera yo y sepa por quién es esto! Mas que es alguna desdicha que a mí me viene siguiendo. ¿Quién daba aquí voces? Yo. ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! Bien dijeron mis temores. ¿Este no es el hombre, cielos, del león? Y aun el león. Yo soy. ¿Qué os admira, viendo muerto ese horrible vestiglo, el ser yo quien le haya muerto? Pues mal pudiera ser otro. Sí pudiera, que a lo mesmo también yo venía a las ancas, sino que no entré acá dentro porque no me atreví a entrar. En tu busca, Yole, vengo, para que sepas quién es Hércules y quién Anteo. Hércules, a quien dejaste, es el que triunfó venciendo; Anteo, a quien elegiste, es el que se escapó huyendo. Muerto tu padre, su rey me aclama Libia; el pretexto es cumplirme la palabra que él me dio y que yo no aprecio; que a quien puedo prisionera no he de tratar como a dueño el día que por mí mismo, avasallado su reino, capitulé la corona por quien las armas suspendo. Ven, pues, que has de ser testigo del merecido trofeo de coronarme sin ti. No irá tal sin que primero a mí la muerte me des. Si eso falta, es fácil eso. No mucho, que si falté a nuestro aplazado duelo de buscarte en la batalla, fue por no menor empeño que el de socorrer a Yole; y aun este lo es también, puesto que es dar lugar a su fuga. Y pues no hay perdido tiempo: retírate de tu gente, que en ese bosque te espero donde los dos nos veamos brazo a brazo y cuerpo a cuerpo. Madre Tierra: en confianza tuya voy; dame tu esfuerzo. (Vase.)  Ya yo te sigo: ninguno me siga a mí o, ¡vive el cielo!, que a quien me siga le mate. Tú corta a esta sierpe el cuello, que has de llevar su cabeza hoy de Júpiter al templo. ¡Mal haya mi alma y mi vida si tal cortare! (Vase.)  Aristeo: guárdame estas puertas tú, como te dije primero, porque no se escape Yole a quien prisionera dejo, fiada a vosotras, en tanto que a él mato y por ella vuelvo. (Vase.)  Pues que no debo seguirle yo y obedecerle debo: perdonad que desa puerta no me aparte, deste cielo dijera mejor, mirando tal hermosura. Aristeo, si algún tiempo te debí algún mal logrado afecto de amor, que apartó mi padre con no mal fundados medios: duélete de mí; no digan que te vengaste, supuesto que tomó mejor venganza quien no se vengó pudiendo. Padre, esposo y reino, todo, perdí en un día; y pues reino, esposo y padre me dejan vida, que quizá no pierdo por aborrecida, no quites a mis sentimientos la desdicha de llorarlos que es la dicha de tenerlos. Dame paso a aquesos montes en cuyo áspero desierto hallaré entre brutas fieras quizá más acogimiento que en sola una fiera humana. Yole, tus desdichas siento. A Hércules debí la vida vencido; vencedor debo a Hércules el honor en que mis armas ha puesto. Sobre esto la confianza que de mi amistad ha hecho me acobarda; y porque tú ni las que me están oyendo puedan presumir que yo villanamente me vengo: jueces las haré de que hallándome entre dos riesgos, de grosero o vengativo, escojo del mal el menos, pues lo vengativo infama bien que mancha a lo grosero. Yo vi tu retrato y vi otra hermosura, el extremo de lo vivo a lo pintado pudo hacer... Mas, baste esto para que, quien entendiere que aquí es cortés el silencio, entienda que no es venganza al no servirte, sabiendo, si hay razón para mi olvido que no lo hay para tu ceño pues, por no vengarme en ti, quizá en mí mismo me vengo. (Vase.)  Todo es enigmas este hombre en sus respuestas. Mas esto, ¿qué puede importarme a mí, que parece que lo siento? Hesperia, Verusa, Egle, a vuestra piedad apelo, ¿dónde ocultar me podré? Si ves que ya no tenemos ni aun guarda para nosotras, pues Atlante en favor nuestro no se da por ofendido de ver su encanto deshecho, quizá porque anda mayor deidad aquí, mal podremos aventurarnos nosotras a su enojo; y más, habiendo dejádote en confianza nuestra. Lo que yo te ofrezco es por ti atreverme a una experiencia, bien que arriesgo de que pueda parecer loco desvanecimiento el darme por entendida de que algo hermosa parezco. La hermosura, pues, no tiene alhaja de más aprecio que el espejo; dél se dice que templa la ira en poniendo al colérico su imagen delante; y así, aunque fiero vuelva, yo le saldré al paso con él, a ver si le templo haciendo que sea menor su enojo al verle en sí mesmo. Yo te ofrezco de mi parte, supuesto que a otros suspendo con mi voz, ver si por dicha a él le parase suspenso, para que menos airado llegue a ti. Yo te prometo salirle al paso también, representándole ejemplos en mis estudios hallados de altos héroes que tuvieron por mayor de sus victorias el verse al amor sujetos. Perdona si esto no basta... Que otras armas no tenemos con que socorrerte, Yole. ¡Qué hermosura, voz y ingenio! (Vanse.) ¡Ay de aquella que a experiencias fía su esperanza, siendo así que experiencias se hacen solo a falta de remedios! Dioses, ¿en qué parará la lid de Hércules y Anteo, que sobre tantas desdichas es la última que temo? ¿Qué haré si él llega a morir? (VENUS y CUPIDO, cantando a sus lados, sin verlos.) Fingir. ¿Qué puede fingir mi estrago? Halago. Y, ¿qué será ese furor? Traidor. Eco, ya que a mi dolor, de oráculo eres trasumpto: si él muere qué haré pregunto Fingir halago traidor. ¿Más alivio a mis sospechas... que con flechas... ... en fingir halagos das? Más. ¿Que serán, no consideras, muy... ...severas? Mal, con voces lisonjeras, persuades a mis rencores vengarse antes con favores... ... que con flechas más severas. Dime, anuncio más crüel... Que él... ¿Qué obra halago que se aplica? ...domestica... ¿Quién dirá que dél lo esperas? ... las fieras. ¿Cómo es posible que quieras, dudando si vence o no Hércules, que escuche yo... ... que él domestica las fieras? Y pues son vanas quimeras... Fïeras... ... el presumir que su ruina... ... afemina... dime si hay medio mejor. ... Amor. Permite que, mi temor, crédito a tu voz no dé, pues nada consuela oír que... ... fieras afemina Amor... ... si ya, viendo mi dolor junto todo, no te obligas a que de una vez me digas, qué medio me está mejor. Fingir halago traidor; que con flechas más severas que él domestica las fieras, fieras afemina Amor. Pues si el favor que por consejo me das es fingir, desde hoy verás viéndome contra un furor... ...fingir halago traidor, que con flechas más severas que él domestica las fieras, fieras afemina Amor. (Vase YOLE.)  (Cantando CUPIDO y VENUS.)  Pues sigue tus designios sin apurar más dellos que ser contra un tirano que se huye de tu imperio. Dime, siendo como eres el más glorioso afecto de verdadero amor, ¿por qué su rendimiento fías a amor fingido? (Cantando CUPIDO.)  Porque amor verdadero, en vez de ser castigo, se convirtiera en premio. Que él quiera y que no sea querido es lo que quiero; hállese más burlado cuanto más satisfecho. De amarle Yole, no pudiera lograr luego el que ella enamorada le ponga en el desprecio que le pondrá mañana cuando mi prisionero, trocando la acerada clava en vil instrumento, mi carro arrastre; y pues aqueso dirá el tiempo, dejemos el jardín, en tanto que a él volvemos a esforzar que descubran el ignorado fuego que él piensa que es rencor, belleza, voz, ingenio. ¡Ay! Que ingenio ni voz ni belleza no han de poder dominar sus afectos mïentras Yole no finja que llora. Pues llore aunque finja. Pues llore, supuesto que no es la primera que llora fingiendo. (Vanse y cúbrese el jardín con el bosque; y salen ANTEO y HÉRCULES.) Al sitio que apenas bruta planta pisó, guiando vengo tus pasos porque ninguno nos siga y se ponga en medio. Di que a fin de dilatar tu muerte, que es lo más cierto, ya que solos estamos y ocultos. Saca el acero. Son muy desiguales armas espada y clava, y en duelo aplazado, el igualarlas es ley; y así, pues yo dejo la espada, deja la clava y ven a los brazos. Eso ya es lo contrario, pues es gana de morir más presto. (Aparte.) Tú lo verás cuando veas que cobro, en dando en el suelo, dobladas fuerzas. ¿Qué aguardas? (Luchan.)  Llega, pues, y del primero ímpetu verás si doy contigo en tierra. (Cae ANTEO y levántase.)  ¿Qué has hecho en eso, si con mayor valor a la lucha vuelvo? (Luchan.)  Más resistencia hallo en ti de la que antes hallé, pero no importa para que deje de ser superior mi esfuerzo. (Cae ANTEO y levántase.)  También superior el mío volverá a embestir de nuevo. (Luchan.)  [Aparte.]  ¿Qué es esto, ¡cielos!, pues cuando más le rindo, más le encuentro fortalecido? [Aparte.]  Pues va siempre mi fuerza en augmento, en excediendo a la suya: que le he de vencer es cierto. [Aparte.]  Como es su madre la Tierra, sin duda ella le da alientos cuando ella cae; y así, no ha de volver a ella. (Luchan.)  [Aparte.]  ¡Cielos! ¿Cómo ahora no me arroja? Desalentado fallezco. Haga maña lo que antes era fuerza. (Déjase caer y levántase.)  Ahora veo, (Luchan.)  pues que te dejas caer tú cuando yo no te dejo, que es señal de que la tierra te fortalece en cayendo. Sea lo que fuere, vuelve a la lid. [Aparte.]  Sí haré; ya vuelvo, pero advertido de que, si allá vencí sus portentos porque me valí del aire, he de hacer aquí lo mesmo. No ha de caer en la tierra por ver si en el aire le venzo (Levántale en el aire.)  haciéndole que en mis brazos reviente. ¡Valedme, cielos! Que, oprimido sin tocar en la tierra, desfallezco. ¿Quién creerá, cuando en los brazos de Hércules espira Anteo, que dando el aliento al aire le niegue el aire el aliento? Quien viere que yo te arrojo hecho pedazos al viento y tú, enemiga Cibele, en tu horrible obscuro centro, a quien meciste en la cuna construyas el monumento. (En esta última lucha, levantó de la tierra HÉRCULES a ANTEO y, significando que en vez de arrojarle a ella le arrojaba al aire, le despidió de sí con tan arrebatado ímpetu que no se dio término entre salir de sus brazos y verle, sin verle, de la otra parte de las nubes; conque al entrarse HÉRCULES victorioso, se abrió la tierra y salió de ella CIBELE en una eminente pirámide de mármol, como construido monumento al cadáver de su hijo; la cual, mezclando ya lo furioso y ya lo compasivo, desaparecida la pirámide en recitativo estilo, cantó llorando lo siguiente.) Sí haré, y en esperanza de que podrá mi ira en esta infausta pira inscribir dónde alcanza del dolor de Cibele la venganza: en distintas esferas, en varios horizontes, valida de mis montes, conformadas hileras, convocaré las huestes de mis fieras. Y tú, verde gigante, en quien el cielo estriba, de tu fábrica altiva venga el desdén: no cante Hércules triunfos de Hespero y Atlante. Pues estás ofendido del vuelo del Pegaso: arma contra el Parnaso, de quien la guarda ha sido; castigue Apolo el verle destruido; las ninfas que inspiraron, siguiéndole veloces, contra el amor sus voces, bien que no las lograron, ¡ahora lloren lo que allá cantaron!; del Helicón la frente, del Castalio la cima, una agobie, otra gima, sin que llore su fuente, aun para el llanto seca su corriente; todo el verdor que encierra su seno se destruya: ¡resulte en culpa suya el dolor de la Tierra! ¡Arma contra el Parnaso! ¡Guerra, guerra! (Vase.)  (Toda la MÚSICA y cajas.) ¡Arma contra el Parnaso! ¡Guerra, guerra! (Cúbrese la apariencia y sale VERUSA con un espejo, deteniéndola ARISTEO.) ¡No pases de aquí! ¡Desvía! Que en vano tenerme quieres puesto que tú solo eres guarda de Yole y no mía. Que fuera parar el día no lo dudo; pero advierte que el procurar detenerte no es usar jurisdición sino superior razón que me obliga. ¿De qué suerte? De tu alcázar has salido al monte; y viendo tan nuevas acciones como que llevas a él tu espejo, he presumido que, loco y desvanecido, Narciso retar intente tu hermosura y que, valiente ella a igualar el cotejo, lleva el cristal de tu espejo contra el cristal de su fuente. Y aunque tu valor infiera ver cuán sin ventaja alguna se arme de solo una luna quien de todo un sol pudiera: con todo eso yo quisiera tenerte, no porque arguya no ser la victoria tuya, sino por ver si podría hacer que en la muerte mía te ensayes para la suya. Muy al contrario has creído, que no es contra una belleza sino contra una fiereza el cristal que he prevenido. Y así, que vuelvas te pido a la puerta y este paso me dejes donde no acaso Hércules me halle al volver antes que a Yole. Temer debo que a algún gran fracaso de su ira llegue el extremo, y así, no quiero impedir medio que pueda servir contra lo mismo que temo. Pues, ¿qué aguardas? Tan supremo poder tu hermosura tiene que él me aparta y me detiene. Pues débale el que te aparte; y más cuando hacia esta parte es Hércules el que viene. (Retírase ARISTEO y salen HÉRCULES y LICAS.) Si ya los aires venenos de Anteo fueron, ¿dónde vas? Con una ansia a Yole más y a mí con una ansia menos; que será, de dudas llenos mis sentidos, un pesar que hace placer al mirar: que son pesar y placer que no tenga a quien querer y que tenga a quien llorar. ¿Que no tenga a quien querer y que tenga a quien llorar es placer que hace pesar y es pesar que hace placer? ¡Plegue a Dios...! ¿Qué hay que temer? ¿Qué sé yo? Pero recelos que traen penas y consuelos, plegue a Dios no sean, señor, no haber a quien quiera amor y haber a quien llore celos. ¿Celos ni amor para mí? Pero, ¿qué dama es aquella? La que campa de más bella entre las tres. ¿Dónde, di, Yole está? Pues, ¿cómo así la espalda me vuelves?, ¿no merezco respuesta yo? El semblante de tu ira tanto de ti me retira que su temor me obligó a intentar irme sin verte. ¿Tanto asombro? ¿Tanto espanto? Fácil fuera decir cuánto. ¿De qué suerte? Desta suerte. Tú mismo en ti mismo advierte si espanto y asombro das. (Mírase al espejo.)  ¡Yo soy este! Ya con más causa a mi descuido riño, pues no me debió el aliño verme a una fuente jamás. ¡Qué varia naturaleza es en su desigualdad! ¡Qué mal dice una fealdad en brazos de una belleza! Si es tan grande mi fiereza, ¿qué mucho que la luz pura huya de la sombra obscura y que le haga novedad ver a la mostruosidad en brazos de la hermosura? Disculpada, Yole bella, en cierta parte se halla. ¿Qué digo? Que el disculpalla ya camina hacia querella... Pero si por otro ella me dejó; pero si yo maté a por quien me dejó y si en su memoria queda, y si hay cómo yo pueda borrarle della, ¿quién vio tan rara contrariedad? Quítame esa luna impura, no vea yo que es tu hermosura espejo de mi fealdad. Ya sin verme, a mi crueldad vuelvo: a Yole llevaré donde por testigo esté que Libia a su rey me iguala. (Sale EGLE cantando.) Guarda corderos, zagala; zagala no guardes fe... Mas, ¿quién pudo suspender mi nuevo furor ahora? ... que quien te hizo pastora no te libró de mujer. ¿No te bastó, Hércules, ver tu horror sino que después suspenso a una voz estés que trae tras tu desaliño? La pureza del armiño que tan celebrada es... ¿Y qué haré yo desta piel si a otros ropajes me aplico? ... vístela con el pellico y desnúdala con él. Voz que en disfraz de zagala persuades a no sé quién que deje purezas y ame: ¿por quién lo dices? No sé; por divertirme, esta letra, por más sabida canté, no porque con nadie hablase más que con el aire. Pues ni aun con el aire has de hablar de que culto se le dé al amor cuando yo voy no a amar sino a aborrecer. Pues, ¿qué te ofende que yo diga sin saber por quién? (Canta.)  Aquella amorosa vid que enlazada al olmo ves, parte pámpanos discreta con el vecino laurel. ¿Qué hechizo tiene esta voz que me obliga a suspender mi enojo? Pero, ¿qué digo? El acento, Egle, detén; que sobre darme los ojos horror al llegarme a ver, los oídos suspensión al llegarte a oír, no sé que falten ya contra mí sino los labios también que en favor de Yole quieran persuadir a mi altivez que hay amor. (Sale HESPERIA.) ¿Qué altivez pudo negarlo cuando se ve Júpiter en lluvia de oro, Marte en cautelosa red, Saturno amando a una estatua, Apolo amando a un laurel? Y descendiendo a lo humano, que en las tablas que heredé de Atlante no solo vi lo pasado, mas también lo futuro, ¿qué valiente héroe no será o fue triunfo de Amor? Hablen cuantos su carro arrastran en que o son fieras de su yugo o son huellas de su ex. Julio César por Cleopatra; por Drusila, Augusto el rey; Masinisa por la bella Sofonisba, hasta el cruel Nerón por Popea; Jasón por la gran Medea, después Teseo por Arïadna, Eneas por Dido y con él Paris por Helena, Antonio por Faustina y... ¿Para qué, procediendo en infinito, te repito más que haber visto a Aquiles, por Deidamia, en hábito de mujer cuando...? No prosigas, no lo digas; que no ha de ser consecuencia el que obren mal para que yo no obre bien. Ni el espejo ni la voz ni el ingenio han de poder templar mi enojo. (Sale YOLE.) Pues pueda el arrojarme a tus pies, donde ni vida ni reino te pido por interés de confesarme rendida sino solo que me des licencia para que diga, ya que he de morir, por qué. Argante, un vil agorero, dijo a mi padre, después de la palabra que dio, que en aquese azul dosel había visto que de entrambos había un hijo de nacer que violentamente había de darle la muerte. Él, creyendo su vaticinio, que es muy fácil de creer lo peor, por que me hallases casada me impuso en que me echase yo a mí la culpa, dando, como hice, a entender que tu horror me había obligado; siendo así, que no lo fue, su violencia; porque yo nunca a Anteo quise bien ni mal a ti; antes si fuera permitido a una mujer de mis prendas confesar que tu fama, tu altivez, tu valor... Pero esto baste, que más dije que pensé cuando dije que «no mal»; que es casi decir que «bien». Dígalo cuando veloz el desbocado corcel, saliendo de la batalla me trajo al monte; que aunque vi que Anteo me seguía, deste alcázar me amparé por estar en él segura tanto de ti como dél. Y dígalo el que ahora, oyendo su muerte, ¡ay de mí!, no sé si es que tengo que sentir o tenga que agradecer. Y ya que el hado ha cumplido sus amenazas, al ver muerto mi padre a las manos de un hijo tuyo, pues lo es tu rencor, y mío, pues yo soy la que en mí le engendré con lo que fingí, ¿qué aguardas para darme muerte o que me lleves como a rendida a coronarte por rey? Que a mí me baste que todos hayan llegado a saber que hubo sobrenatural causa aquí y... La voz detén; que aunque es verdad que pudiera no solamente creer una causa, pero dos sobrenaturales, pues antes de verte te vi; y consiguiendo después la hermosa manzana veo que, prodigiosa, también me hace, con tu desengaño, dichoso en amor: no sé qué sueño, poma, cristal, cantos ni ejemplos mover hayan podido mi afecto hasta verte llorar; que es sin duda el llanto el mayor hechizo de la mujer. Levanta del suelo; llega, llega a mis brazos, y ven donde tu reino te admita y la posesión te dé de tu heredada corona; que el victorioso laurel que me da su aclamación ya no es mío, tuyo es, de albricias de que no es tuyo ni su amor ni mi desdén. Gracias a Dios que te veo puesto en razón una vez. Venid, pues, venid con ella todas sirviéndola, y den a toda Libia noticia festivas voces de que Yole es su reina y quien ella elija será su rey. ¿A quién puedo elegir yo que pueda estarme más bien que ser hoy reina y esposa de quien rendida era ayer? (Aparte.) (Si bien lo supieras; pero presto lo sabrás.) Y pues, dos veces felice, Libia me llega a reconocer, una vez como heredera y como esposa otra vez, dejando las asperezas de intratables montes, ven a mis palacios, de donde trocando la bruta piel a real púrpura, que en fin lo exterior del parecer gana más afectos cuando da que amar y no temer, galán en público salgas; a cuyo efecto seré yo la primera que, entre mis damas, me veas torcer en hilados copos de oro blandas hebras que después ellas, en varios dibujos sobre la encendida tez de la grana, asentarán con tales primores que dude Tiro si sus campos matizados a merced de la broca y de la abuja dan flores de rosicler; en cuyo espacio no habrá, porque más gustoso estés, instante que no sea todo gozo, música y placer. Mal podrá no serlo allá si ya desde aquí lo es. Las tres, pues ya en estos montes sin la guarda del vergel no está seguro el alcázar, contigo iremos a ser, si esta dicha merecemos, tus criadas, y a tener parte en los reales adornos de igual majestad. No iréis sino con mis amigas y compañeras las tres. Bien dices: yo las estoy agradecido también, y estimo el que vayan. Sea en festivo parabién, todas cantando y bailando. Estotra ha dicho más bien. Empieza, Egle, tú; que todas te seguiremos después. Gracias a Dios que llegó el día de algún placer. (Cantando EGLE.) Sea para bien... Sea para bien. ... que Hércules y Yole en culto a Amor den... Sea para bien. ... él su fortaleza y ella su desdén. (De todas.)  Sea para bien. (Dentro.)  No sea para bien... (Dentro CALÍOPE.) ... ni diga el Amor que dejó por él... No sea para bien. ... Hércules su fama, Yole su altivez. No sea para bien. Oíd, escuchad, ¿qué contrario eco puede ser aquel? (Sale ARISTEO.)  Una bellísima tropa de ninfas, Hércules, es; y viene hacia aquí. Que sea quien fuere: al canto volved. Sea para bien que Hércules y Yole en culto a Amor den él su fortaleza y ella su desdén. (Salen las NINFAS.) No sea para bien... ... que diga el Amor que dejó por él Hércules su fama, Yole su altivez. No sea para bien. Sea para bien. No sea para bien. ¡Lindas ninfas del Parnaso, para echarnos a perder nuestro alborozo! ¿Qué es esto, Calíope? ¿Qué ha de ser? ¿Cómo es, Hércules, posible que con tal descuido estés de la guarda en que el Parnaso puso Apolo en tu poder cuando por ausencia tuya, o otra causa que no sé, Cibele, no solo haciendo sus riscos estremecer pero titubear sus cimas, al fiero temblor crüel de un embate y otro embate, de un vaivén y otro vaivén, su ruina amenaza, pero, amotinando también sus fieras, no hay flor que no talen, siendo de su sed dañado tósigo hoy el que era antídoto ayer? ¡Qué escucho! ¿Cibele toma en él venganza porque, ofendido, Apolo en mí castigue mi ausencia? Ven, Calíope, y venid todas conmigo; que habéis de ver... ¿Tan presto quieres dejarme? [Aparte.]  ¡Oh, no se vaya antes que ejecute mi venganza! No llores, que no me iré si tú has de sentirlo. ¿Cómo atrás te vuelves? No sé. ¿Qué es de tu valor? Bien dices. ¿Qué es de tu amor? Dices bien. Volved a acordar su fama. Mi amor a acordar volved. Sea para bien que Hércules [y Yole en culto a Amor den él su fortaleza y ella su desdén.] No sea para bien ni diga el Amor [que dejó por él Hércules su fama, Yole su altivez.] En fin, ¿en qué te resuelves? ¿En qué me he de resolver? Piérdase todo y no tú, que es lo más que hay que perder. Calíope, dile a Apolo que si me oyó alguna vez que sé vencer y no amar, ya sé amar y no vencer. Ven, Yole. Porque no vuelva, ¡volved al canto otra vez! ¡Volved otra vez al canto por si obligarle podéis! (Todos.)  Sea para bien, que Hércules [y Yole en culto a Amor den él su fortaleza y ella su desdén.] (Todos.)  No sea para bien ni diga el Amor [que dejó por él Hércules su fama, Yole su altivez.] Sin admitir nuestra queja se va. ¿Quién pudo creer que Hércules abandonara su fama por su amor? Quien sepa que sabe el amor vencer aún más fieras que él. Con todo, no por vencidas nos hemos de dar; y pues a quien le trató tan mal trata de premiar tan bien: ¡quejémonos dél! (Cantando.)  ¡Quejémonos dél! (Canta.)  ¿Por qué, ceguezuelo dios, aunque lo diga otra vez, a quien te trató tan mal tratas de premiar tan bien? Quejémonos dél. (Dentro CUPIDO.) Esperad, no os quejéis, no os quejéis hasta ver que cautelas de Amor tal vez son piedad y castigo tal vez. (Sale CUPIDO.)  Ya que a nuestra queja atento te deja, Cupido, ver: dinos, ¿qué quieres decirnos en eso? Que no os quejéis, (Cantando.)  hasta ver que cautelas de Amor tal vez son piedad y castigo tal vez. ¿Cuándo hemos de verlo? Cuando desengañadas lleguéis a ver que entre mis astucias hay fineza que es desdén en cierta crueldad piadosa que pasa a piedad cruel. Sí; mas, ¿cuándo será? Presto; y tanto que, al parecer, vuele el tiempo con mis alas que son más ligeras que él. Venid, pues, venid conmigo, que no solo habéis de ser testigos de mi venganza pero ministros también de su castigo. Tras ti iremos hasta saber... (Cantando.)  ... si es verdad que cautelas de Amor tal vez son piedad y castigo tal vez. (Al irse las NINFAS en seguimiento de CUPIDO, transmutado el pasado jardín en real salón, volvió a desabrochar todo su fondo el coliseo; de suerte que, repetidas las verdaderas elegancias del pincel en los mentidos lejos del noble engaño de sus prespectivas, se vio en igual distancia lo deleitable de un vergel convertido en lo majestuoso de un palacio. Era toda su fábrica de variados jaspes a colores, cuanto más distantes, más unidos. Estribaban sus colunas en agobiados leones de bronce, a quien correspondían de bronce también los capiteles. Sobre sus cornisas enlazaba su arquitrabe un dorado artesón, dosel de todo su edificio. Tan bien avenidos desde su embasamiento a su techumbre y desde su portada a su retrete se hallaban en él pinceles y buriles, que se dudaba si todo de una pieza le hubiese el buril pintado o el pincel esculpido. Este era el cuerpo de la sala; pero el alma della: hermosa tropa de bizarras damas ocupadas en laboriosos ejercicios. Unas hilaban copos de oro que otras devanaban y otras, en bastidores y almohadillas, daban a entender que aprovechaban sus tareas. Solazado HÉRCULES entre Hespérides y damas, y sobre rica alfombra al lado de YOLE, en una almohada recostado gozaba absorto ambas delicias así en lo que vía como en lo que escuchaba cuando las damas, al mudo compás de sus labores, cantaban, no fuera del propósito, esta letra.) Esto que me abrasa el pecho no es posible que sea amor sino un rabioso dolor del mal que el amor me ha hecho. ¡Qué bruto el tiempo viví, Yole, que viví y no amé! Mas, digo mal; que no fue vivir: durar solo sí. ¿Estas delicias en sí tenía Amor? ¡Qué mal he hecho en tratarle con despecho! Mas, ¡qué mucho no sabía que tan dulcemente ardía... ... esto que me abrasa el pecho! No menos necia vivía quien, porque otro lo mandaba, ni aborrecía ni amaba, y cautelosa fingía que amaba y que aborrecía; y entre desdén y favor, ignorando lo mejor, decía: «Este afecto fingido, si es posible que sea olvido... ... no es posible que sea amor.» Tan anticipado fue tu raro prodigio en mí que te vi antes que te vi y amé sin saber que amé. Cómo fue, no sé; mas sé que, domeñado el furor, como dure tu favor, siempre en mi pecho amoroso será un halago piadoso... ...si no un rabioso dolor. La primera vez que vi a Hércules, y que me dio la vida aunque me obligó, como nunca presumí volverle a ver, no sentí lo que ahora; pues sospecho que, al verle cuán satisfecho ama engañado, no sé cómo el bien le pagaré... ...del mal que el amor me ha hecho. Esto que me abrasa el pecho... No cantéis; y pues rendido Hércules al sueño queda: escucha, Egle; Hesperia, aguarda; oye, Verusa. ¿Qué intentas? Que, pues no ignoráis que ha sido cuanto le he dicho cautela, a darme venganza venga de la muerte de mi padre y de Anteo y de que quiera coronarse en Libia rey. ¿Qué mejor ocasión que esta? Ayudadme, por si acaso entre las ansias despierta, a que con aqueste acero le dé muerte. Considera que no queda tan vengado el que de una vez se venga como el de muchas, ni hay dolor para una soberbia como ultrajarla y dejarla vida para que lo sienta: pongámosle en tal desaire que Libia corrida vea si le aclamó una victoria que le degrada una afrenta. (Aparte.) Esto es pagarle la vida con la vida. Bien lo piensas y yo no mal el desaire. ¿Cómo? De aquesta manera: quítale esa clava tú mientras le ciño esta rueca yo; y ahora, todas vosotras, la nunca peinada greña de su cabello de cintas, en desaliñada trenzas prended. ¡Qué hermoso le vamos dejando! Tú ahora, Hesperia, a los soldados de guardia, porque si airado despierta nos hallemos defendidas, manda que toquen trompetas y cajas, y que entren todos con armas, y que le prendan, llevándole desta suerte donde Libia vea, si hay hombres que las agravian, que hay mujeres que las vengan. Yo, segunda vez usando del espejo, a otra experiencia examinaré su luna, tan contraria como era allá para que se temple y aquí para que se ofenda. Yo en satíricos baldones motejaré su soberbia. Yo, en acordadas noticias. (Dentro TODOS.) ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¿Qué nuevo rumor, qué nuevo estruendo de armas inquieta mi solaz? ¿Dónde la clava está, para que con ella castigue a quien...? Mas, ¿qué miro? ¿Qué transformación es esta que pudo hacer que en tan torpe, vil instrumento se vuelva al tiempo que dicen otros... (Dentro las cajas y trompetas.) ... «¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!»? Pues, ¿cómo, si dar no puedo paso ni mover la lengua? ¿Qué delirio, qué letargo tanto de mí me enajena que me da a entender que yo no soy yo? Pues no lo entiendas; vuelve a mirarte. (Pone el espejo.)  ¿Esto más? ¿Yo con mujeriles señas? ¿Qué dirás ahora de Aquiles? Diré... (Cantando EGLE.)  Por Deidamia bella vistió mujeriles galas peinando el cabello en trenzas. No dirás sino que Yole, vengando en él sus ofensas, vengó también las de todas las mujeres. (Dentro.)  ¡Arma! ¡Guerra! Entrad todos. No los llames; y pues las tres experiencias de ingenio, hermosura y voz no movieron mi soberbia hasta que lloraste tú, pues no hay desdoro que sienta sino el que tu amor me engañe: el verme a tus pies te mueva, no sé si diga llorando y, sí lo sé, en clara muestra de que lágrimas de amor son el uso desta rueca. No te duelas de mi fama, que no quiero que te duelas sino de mi amor. Mi dueño, mi bien, mi esposa y mi reina, no cautelosa... Es en vano. Las cajas y trompetas vuelvan, y entrad todos. (ARISTEO, LICAS y soldados.) ¿Qué es aquesto? Hércules postrado en tierra con viles armas llorando. Si hay días en las bellezas: hoy debe de ser su día, pues tan hermoso despierta. ¿Qué es esto, Hércules? No sé; que apenas, y bien «a penas», no sé si muero o si vivo. ¿Qué ha de ser sino que vea no tan solo Libia, pero el mundo, cuán vil, cuán ciega fue deponiéndome a mí y obligándome a que sea forzada esposa de un bruto la infame aclamación vuestra? Si el valor os movió, viendo que es él el que vence fieras, ¿cuánto es más valor el mío? Pues es clara consecuencia que vence a las fieras quien al que a fieras vence: venza. Dice bien, nobles isleños; pues es Yole vuestra reina y Hércules, afeminado, ni oye ni mira ni alienta: no forcéis su libertad. ¡Viva Yole! ¡Hércules muera! ¿Qué haré, cuando a mí me toca su ofensa aquí y su defensa? Prendedle, pues. Mal podréis; que aunque aquí no me defienda porque sois muchos y estoy sin armas, yo iré por ellas, valiéndome de la fuga ahora, mientras no me vuelva en mí mi valor. ¡Seguidle! ¡Muera Hércules! No muera ni le sigáis, porque estamos nosotras en su defensa. ¿Cómo en su defensa? ¿No es también mi venganza vuestra? Sí, Yole; mas si tú vivo para que sienta le dejas: nosotras también queremos que viva para que sienta. Date a prisión al Amor. Él nos envía a que vengas a ser fiera de su carro. Mal puedo hacer resistencia cuando hay fuerza que confiese que contra el amor no hay fuerza. Llevadle todas en tanto que yo, dulcemente tierna, invocando las deidades de Cupido y Venus bella, intento ver si consigo que, en fantástica apariencia, se deje mirar triunfante bien como le representa ya pinceles y ya plumas. ¿Cómo? De aquesta manera. (Canta.)  ¡Ha de los bellos jardines, ha de las hermosas selvas de Chipre, trono de Venus y cuna de Amor! (Dentro CUPIDO y VENUS.) (Cantando.)  ¿Qué intentas? (Cantando.)  Que iluminando los vientos y floreciendo la tierra vea el teatro del mundo tu triunfo; para que vea, quien quiso que las mujeres esclavas del hombre sean, que él es su esclavo pues es esclavo de Amor por ellas. Ya, a tu invocación, los dos damos piadosa respuesta que repitirán tus ninfas diciendo en voces diversas... (Cantando.)  «Para que suenen mejor sus cláusulas lisonjeras, de Hércules en deshonor: que si él domestica fieras, fieras afemina Amor.» (A la invocación de CALÍOPE respondieron VENUS y CUPIDO, no solo en voz, pero en efecto; pues dando a entender que en fantástica apariencia se gozaban en dejarse ver triunfantes, con la repetición de la pasada copla salieron al tablado, en festiva tropa, primero las musas, delante del carro, cantándoles la gala, y después, coronados de laurel, algunos cautivos en acción que forcejaban al movimiento de sus ruedas. Era su diseño imitación de aquellos que, ya en pinturas o ya en historias, nos acuerdan los romanos triunfos. Su altura se medía con el tercer cuerpo de las primeras colunas y su longitud con el tercer término del tránsito. Desde las cartelas de proa hasta los cartelones de la popa resplandecía recamado de cogollos y follajes de oro, y en sus faldones bosquejudos algunos héroes, como atropellados de su huella. En su eminencia venían VENUS y CUPIDO con HÉRCULES a las plantas; y, habiendo repetido la MÚSICA la aclamación, prosiguió la representación la suya.) Todos cuantos el imperio conocimos de tus flechas y al pértigo de tu carro vamos moviendo las ruedas, confesaremos que es tu mayor victoria esta. Y cantándote la gala las sonoras voces nuestras, dirán, en plectros y plumas, que son de la fama lenguas... ... para que suenen mejor sus cláusulas lisonjeras, de Hércules en deshonor: que si él domestica fieras, fieras afemina Amor. Nada podréis decir ya que menos dolor no sea que ver que traidora, Yole, sin amor al Amor venga. Y así será mi valor el que en las voces primeras diga para más dolor... ... que si él afemina fieras, fieras afemina Amor. ¡Todos su triunfo sigamos! Pues otra mayor le resta. ¿Qué es? Que vean que, de todas las gracias, es la belleza la que en su segundo triunfo se corona la primera, si ser de Verusa, yo, esclavo también merezca. Esa dicha es mía. Según eso, pues vengadas quedan las damas en una parte y, en otra, por más suprema coronada la hermosura, prometerme puedo della el perdón, diciendo todos, puestos a las plantas vuestras... Para que suenen mejor sus cláusulas lisonjeras de las damas en favor: que si él domestica fieras, fieras afemina Amor. (Con este aparato, majestad y pompa, cantando unos y representando otros, se escondió el carro, se desplegó la cortina y dio fin la comedia.)