Personajes EL GENTILISMO LA IDOLATRÍA LA INSPIRACIÓN LA SINAGOGA EL HEBRAÍSMO EL PESAR EL PLACER ARABIA TARSIS SABÁ NATURALEZA HUMANA ZAGAL MÚSICOS ACOMPAÑAMIENTO Ábrese un carro, y vese pintada una librería, y enmedio un bufete, y sentado a él como leyendo el Gentilismo vestido a lo indio ¡Oh nunca el natural instinto hubiera –de esa remota gente, mágica habitadora del Oriente– intentado, por esa azul esfera, seguir al Sol en su veloz carrera! ¡Nunca hubiera su genio intentado antever de su fortuna el hado en los semblantes de la Luna! Pues por más que su ingenio de los arcanos senos desabroche luces al día y sombras a la noche, no ha de dar con aquella del profeta Balam prevista estrella, que a estos climas en prósperas edades, todo es anticipar felicidades. Dígalo yo, pues siendo en tanto abismo de todos en común el Gentilismo, no puede mi discurso –en orden a aquietar su vago anhelo– del curso natural, del rapto curso la enseñanza adquirir, que su desvelo ha menester para entender al cielo. Segunda vez lo diga inútil la fatiga con que, no satisfecho mi deseo del abisinio idioma de esta indiana región, a cargo toma ver si pudiese en el idioma hebreo –puesto que estrella es su profecía– su influjo hallar en nuestra astrología. A esta, pues, causa, habiendo mi cuidado solicitado haber de su escriptura las lejanas noticias de un traslado, no encuentro en su lectura ápice que no sea, o rasgo, o viso, o símbolo, o figura de otra apartada idea de los dioses que adoro, pues cuanto más la leo más la ignoro. Y pues cuanto desea averiguar mi espíritu es en vano, volumen soberano, en quien tan otros miro los trofeos de mis dioses, del Dios de los hebreos, o permite que treguas haga el sueño entre tus confusiones y mi empeño, o dime, por si cobro mi sentido, ¿qué misterio escondido es el que anda en tus sombras? Duérmese Dentro Un tesoro más rico que tu mirra, incienso y oro. ¿Un tesoro más rico que mi mirra, incienso y oro? ¿Qué me quieres decir, voz no entendida, paréntesis tu sueño de mi vida? Sale la Inspiración vestida de ángel con un hacha sin encender Dormido Gentilismo, Cantado que entre las olas turbias del golfo de la vida zozobrando fluctúas, en vano te desvelas, que si otros en sus dudas estudian lo que ignoran, tú ignoras lo que estudias. "" Dentro Que si otros, en sus dudas estudian lo que ignoran, tú ignoras lo que estudias. Pues por más que tu genio astrólogo discurra, no has de lograr más de esa misteriosa lectura que el literal sentido que en sus campos te anuncia el precioso tesoro que virgen tierra oculta, sin que arado ni azada su hierro en ella esculpan, ni al golpe que la hiere, ni al diente que la sulca. Y en tanto que esta llama trémulamente mustia no se enciende y, brillante, tu ceguedad alumbra, sólo de él sacarás… Que si otros, en sus dudas estudian lo que ignoran, tú ignoras lo que estudias. Mas si mi inspiración con David te asegura, que al que a Dios llama, desde su alto monte le escucha –haciendo que, dormido, despierte y restituya la vida del prestado horror que la sepulta– lograrás que el sentido literal se atribuya al místico, y que ambos lo alegórico incluyan, sin que de ti se diga… Que si otros, en sus dudas estudian lo que ignoran, tú ignoras lo que estudias. Dispón, pues, el afecto, que yo, si tú te ayudas, en busca del tesoro, para que le descubras, encenderé esta llama, que hermosamente pura, fija y errante estrella, en tus sentidos luzga. Y no dudes hallarle, pues son las señas suyas ser semejante al Reino de los Cielos, en cuya consecuencia es forzoso que su palabra cumplan, y semejante al cielo le goce quien le busca; con que dirán mis ecos… Que si otros, en sus dudas estudian lo que ignoran, tú ignoras lo que estudias. Vase Al entrarse con esta repetición, sale la Idolatría, vestida a lo indio, y despertando el Gentilismo como despavorido, baja al tablado, con que dando a entender que va tras la una y se halla abrazado con la otra Divina iluminación, oye, aguarda, espera, escucha; y pues que pude alcanzarte, dime más claro. ¿Qué furia, qué horror, qué pasmo, qué asombro, Gentilismo, te perturba tanto sentidos y acciones, que iluminación me juzgas? ¿Qué miro? ¡Oh cielos! No sea misterio de quien se arguya, que al paso la Idolatría me sale para que huya la Inspiración, que tras sí me lleva. ¿Qué ansia, qué angustia, vuelvo a decir, qué delirio, qué frenesí, o qué locura, tanto de ti te enajena, que ser yo quien te habla dudas? Doctísima Idolatría, en cuya belleza suma y suma deidad adoro todas las deidades juntas, si sabes cuán desvelado me trae el ver si se ajustan con ajenas profecías propietarias conjeturas, ¿qué admiras que, perturbado, unas y otras me confundan, el día que unas y otras más que me enseñan me angustian? Ese libro hebreo que, o mi interés o mi astucia trujo a mi poder, es quien más mi entendimiento apura, diciendo con aquel grande filósofo –cuya industria también le adquirió– que fuera inviolable su escriptura, si su no elegante estilo, probara lo que pronuncia. No hay en él página que no contenga, que no incluya inescrutables misterios de sombras y de figuras, en quien el entendimiento, si no se pasma, se ofusca. ¿Qué más que ver una zarza, tan inútil planta ruda, que en débiles varas secas, sin hojas, flores, ni frutas, por frutas, flores y hojas crezca entre aceradas puntas, tan negada al culto nuestro, que no pueda la escultura labrar un ídolo, y pueda, para la admiración suya, alumbrar sin que se abrase y arder sin que se consuma? ¿Qué más que ver una escala que el cielo y la tierra una, por donde suban y bajen mil angélicas criaturas, dando a entender que aquel paso en que unas y otras se cruzan es para que el alto baje y para que el bajo suba? ¿Qué más que ver que, infestadas de las cóleras sañudas de áspides humanas gentes, les sane las mordeduras, enarbolado otro áspid de metal, dando en su hechura a pensar cuán sin veneno un áspid a otro áspid cura como en disculpa de que él no pudo tener la culpa? ¿Qué más que ver que en un campo, sobre la esmeralda bruta de la hierba, ponga el cielo mesas, en cuya blancura el mantel y la vïanda sea una cándida lluvia, neutral sabor de sabores a cualquiera que la gusta? ¿Qué más…? ¿Pero para qué numerar mi voz procura maravillas a que no bastaran, puestas en suma, ni de la fama los bronces, ni del águila las plumas? Y así, asentado el que fuera que a número las reduzga proceder en infinito, voy a que en la docta lucha de humanas, divinas letras, interrumpió la disputa aquel familiar ladrón que en las vigilias nocturnas, hipócrita del descanso, la media vida nos hurta; pues el rato que posee las pasiones pone en duda, si es que está la muerte viva, o está la vida difunta. Entregado, pues, al sueño, aún no cesó de la dura lid de ideas la batalla, representándome en una nueva deidad –que de cuantas adoras, no era ninguna– una belleza tan rara que dijera que ninguna jamás igual había visto, a no haber visto la tuya. Ésta, pues, desde el primero objeto de la hermosura, pasó al segundo de ser tan sonora la dulzura del encanto de su voz, que adormeciera sin duda al que despierto la oyera; mira pues qué haría blandura que adormeciera al despierto al que dormiendo la escucha. Lo que de ella entendí fue que en estas sombras se oculta escondido un gran tesoro, en tan virgen tierra pura, que sin la impresión del hierro, virgen se exalta, y fecunda; que procure hallarle, que ella, como aplique y constituya en busca suya el afecto, una antorcha que conduzca mis pasos encenderá en logro de igual ventura. ¿Cómo hacerte, Idolatría, feliz dueño de tan suma riqueza como prometen, en favor de mi ventura, los silencios que la callan y las voces que la anuncian? Y así, a costa de tu ausencia, he de correr en su busca el orbe, si sé vagar desde esta primera cuna del Sol, fértil patria nuestra, donde entre flores madruga, hasta donde entre cristales yace en transparente urna, de cuyo panteón aun todo el mar es pequeña tumba. Dos cosas, gran Gentilismo, al oírte extraño: una, que es la primera, que siendo tu majestad siempre augusta de los Imperios de Oriente dueño –a quien feudos tributan Tarsis, Arabia y Sabá–, te obligue a que de mí huyas la codicia de un soñado tesoro; y es la segunda, que siendo tú, como eres, de aquesa plana cerúlea árbitro –pues no hay estrella de cuantas en su alta curia, siendo desechos del Sol, son adornos de la Luna; ninguna, que el bien o el mal, sin tus registros influya– quieras que haya nueva estrella, que apagadamente oscura, para ti solo se encienda, y para ti solo luzga. Fuera de esto, ¿qué deidad puede ser, si no es ninguna de las que adoro y adoras, la que te habla y no te alumbra? ¿Cómo es posible que ignore, o tu ciencia o tu cordura, que el alma, espíritu noble, del cuerpo huéspeda infusa, como espíritu no está a las propensiones suyas sujeta, con que la mente, que para explicarse usa de sentidos y potencias, bien como causas segundas –hallándolas impedidas de la lisonjera injuria del sueño, que las aduerme– en vano de ellas se ayuda? Pues cuando más desvelada de ellas valerse procura, halla ojos que no ven, halla oídos que no escuchan, memoria que no se acuerda, entendimiento que duda, voluntad que no apetece, apetito que no gusta, tacto que no siente, olfato que no distingue y, en suma, sobre adbitrio que no elige y lengua que no pronuncia, corazón que sólo muestra lo que vive en lo que pulsa, con que la reminiscencia que de la vida resulta de una en otra fantasía, le trae tropezando a escuras. Mira: ¿qué hay que hacer aprecio de ilusiones que dibuja el sueño en el aire, pues como imágenes caducas, si con angustias molestan o con delicias adulan, en llegando a despertar, ni son delicias ni angustias? Confieso de tus razones la razón, pero por mucha que es, no es bastante a que yo a seguirla me reduzga. Más poderosa influencia que contiene la voz tuya contiene la que escuché; pero porque no presumas que su aprendido dictamen en todo al tuyo repugna, partamos la diferencia: sea ausencia y no sea fuga mi partida; dame, pues, licencia de que discurra de aquí a Palestina solo, que como yo me introduzga disfrazado en el hebreo pueblo, e inquiera y arguya cómo entiende aquel lugar de la estrella que asegura Balam, y cómo el tesoro, que de su estudio resulta, quizá encontraré razones que mi ignorancia concluyan, con que la imaginación, que tanto mi ingenio apura, se quietará. Para eso de que con tu afecto cumplas, ¿qué es menester ausentarte, sabiendo que no hay ninguna mágica ciencia de cuanta explícitamente intrusas dejó enseñadas Balam, en que implícita no incurra la idolatría de Oriente, donde en siria frase suya «magos» a sus sabios llama la fama, que los gradúa? Y siendo así que en el fuego –cuando a los dioses consulta el imperio de mi voz– la piromancia ejecuta; la heteromancia en el aire; la hidromancia en la espuma del mar; la nigromancia, de la tierra en sepulturas de cadáveres, que yertos responden a mis preguntas; y en fin, la quiromancia en las lineadas arrugas de la mano, en balde admiras, extrañas y dificultas que ese pueblo te revele, te informe, advierta e infunda lo que de la estrella sabe y del tesoro barrunta. Si eso hicieras… No prosigas, que con dudarlo me injurias. Y para que no me lleve esa aparente hermosura la ventaja de la voz, la mía es bien te restituya a los despiertos sentidos que ella, soñados, te usurpa. ¿De qué suerte? Viendo cuánto mi encanto del suyo triunfa. Dentro terremoto y Música Cantado ¡Ah del lóbrego seno del Monte de la Luna, de cuyo vientre abortos son el beleño, el opio y la cicuta! ¡Ah de la estrecha cárcel, donde en funesta gruta, a merced de los dioses, distribuye los hados la fortuna! ¡Ah del abismo! ¿Quién nos llama? ¿Quién nos busca? La maga Idolatría. Cantado ¿A qué fin imperiosa nos conjuras? A fin de que rompiendo de ese risco las duras entrañas en que huidas están de las tres Gracias las tres Furias, el Gentilismo vea dentro de su espelunca lo que de un escondido tesoro y una estrella el hebreo juzga. Rásguese, pues, el centro de esta prisión oscura, representando reales las que ahora son fantásticas figuras. Llega, pues, Gentilismo. Mi turbación es mucha. Llega y lo que confieren en esto Sinagoga y pueblo escucha. Llega y lo que confieren en esto Sinagoga y pueblo escucha. Ábrese otro carro que será un peñasco, y vese dentro otra librería, y en otro bufete y con otros libros, sentados Sinagoga y Hebraísmo vestidos a lo judío. El terremoto. Una sacra autoridad, docta Sinagoga bella, –y para poder en ella entrar con seguridad, enviado de mí mismo, representándote hoy, que en nombre de todos soy en común el Hebraísmo– vengo a consultar contigo, bien como a quien es el fiel oráculo de Israel, por si alguna luz consigo acerca del gran Mesías que esperamos. Sepa, pues, si he de responder, ¿cúya es la autoridad? De Isaías. ¿Y qué dice? Que dará el Señor a su escogido pueblo un tesoro escondido. Pues ¿en qué la duda está? Ya tocan en lo que ignoro. En que aquí dice después… ¿Qué? … que el mismo Señor es Lee el escondido tesoro. ¿Y qué repugnancia, di, hallas en eso? Que sea Dios tesoro y yo le crea escondido; siendo así, que aquí el mismo Isaías luego dice que con majestad, con pompa y autoridad vendrá entre nubes de fuego, de truenos y rayos llenos los aires, dando desmayos: si tesoro, ¿cómo en rayos? si escondido, ¿cómo en truenos? Como es tan incomprensible Dios que, en su inmenso poder, lo invisible ha menester valerse de lo visible, para que el entendimiento objeto visible tenga, y de lo invisible venga en algún conocimiento. León y cordero hay quien diga que es vid y espiga; y no infiero yo por eso que es cordero, ni león, ni vid, ni espiga. Que atributos de bondad a su infinita virtud se dan por similitud, pero no por propiedad. La retórica energía allá en sus tropos penetra, que un sentido es de la letra y otro de la alegoría cuando explicarse pretende con lo que se contradice, pues siendo uno lo que dice, es otro lo que se entiende. Y así, en que Dios sea tesoro, ¿qué hay que arguyamos los dos? ¿Qué más tesoro que Dios? Ya que tesoro le adoro, ¿por qué tesoro escondido? Porque habiendo por Adán Dios a David y a Abrahán, Jacob y Isaac prometido venir a satisfacer la deuda y la esclavitud que causó su ingratitud, quiere, hasta dejarse ver, mantenernos en la fe con que fieles le esperamos, y que en sombras le veamos; bien como en prendas de que hasta el tiempo prefinido anda en sombras y bosquejos hablándonos desde lejos: y así, es tesoro escondido. ¿Qué es ver una zarza, ufana de ser llama y no ser ruina, sino unión de una divina naturaleza y humana? ¿Qué es ver de una escala el vuelo, que al cielo la tierra iguala, sino dar en franca escala comercio entre tierra y cielo? ¿Qué es ver de veneno lleno el áspid, que al hombre mata, sino que el que le trata sea su contraveneno? ¿Qué es ver que una nube pura llueva el rocío cuajado, sino que en solo un bocado dé el cielo vida y dulzura? ¿Qué es ver…? Cesa, no prosigas. ¡Confusa de oírlos estoy! ¡Nueva luz cobrando voy! Que no quiero que me digas más; yo me doy por vencido de que Dios tesoro es y escondido; más después que uno y otro haya creído, dime, ¿cuándo esperas que él a redimir nuestras vidas venga? Cuando estén cumplidas las semanas de Daniel, que es cuando al alba más bella humanos ojos verán, no la estrella de Balam, sino de Jacob la estrella. No la estrella de Balam, sino de Jacob la estrella… ¿Cómo, siendo…? ¿Dónde vas? A informarme mejor de esto. Si son sombras que he supuesto para mostrarte no más lo que pueblo y Sinagoga llegan en esto a inferir, ¿cómo te han de ver ni oír? Tanto el asombro me ahoga, que para cumplir con él, por más que ilusiones sean, aunque ni me hablen ni vean, he de hablar en la crüel instancia suya. No harás. Cantado ¡Ah del pavoroso centro! Volved a encerraros dentro, a no ver la luz jamás. El terremoto y ciérrase el carro Forzoso es obedecer. Espera, no tan veloz los desvanezca tu voz. ¿Qué más quieres oír ni ver, si has sabido desde aquí lo que ver y oír pretendías yendo allá? Las ansias mías no sólo has templado en mí, pero las has aumentado. Sepa en qué. En haber sabido que es verdad que hay escondido tesoro, pues comparado es al Dios de los hebreos en las sombras y figuras que yo hallo en sus Escrituras, fiadoras de sus deseos; en haber sabido que es de Balam la estrella bella también de Jacob estrella; y en fin, en haber después Sinagoga y Hebraísmo convenido en que el Jehová, su Dios, el tesoro da, y que el tesoro es él mismo. En cuanto a estar comparado a su Dios, la paridad no contiene realidad, que es concepto imaginado que sólo a ejemplo se tray, con que explicándose vaya; y no es decir que le haya el suponer que le hay: y así dijo la voz mía, que ambos sentidos penetra, que hasta aquí se ve la letra, pero no la alegoría. Pues para que desde aquí la alegoría se vea de aquella soñada idea que tan vehemente aprendí, yo, del orbe peregrino, el tesoro he de buscar: si le hallo, para adornar las aras de tu divino culto; y si no, para que pueblo y Sinagoga vean que en vano añadir desean los méritos de su fe. Y así, adiós, Idolatría. Ya que no pudo mi ciego encanto, pueda mi ruego Dentro suenen los instrumentos borrar de tu fantasía tan fuerte aprehensión. En vano lo intentas, que al tiempo que tú me detienes, no sé qué nuevo, qué soberano oráculo inspira en mí. El que allá inspira también para que le oigas tú aquí; ven, oh peregrino, ven,… Dentro cantado Ven, oh peregrino, ven,… Ven, oh peregrino, ven… ¿A eso te persuades? Sí. ¿No lo escuchaste tú? No. Pues oye y no contradigas. canta Ven a aliviar tus fatigas «Ven a aliviar las fatigas» dice; ¿cómo puedo yo, si oigo que vaya a aliviar mis fatigas, dejar de ir? Cómo lo has de conseguir, ni cómo lo has de lograr, sólo quiero que me digas. canta Viendo granar las espigas… Viendo granar las espigas ¿Qué espigas? ¿Dónde? ¿O de quién? De los campos de Belén. De los campos de Belén. Oído tus ansias no den a aprensión tan infelice. ¿Cómo no? Cuando me dice, si atiendo a sus ecos bien… Ven, oh peregrino, ven, ven a aliviar tus fatigas, viendo granar las espigas de los campos de Belén. Di agora que no lo oíste. No quieras, si tú estás loco, que yo lo esté; ahora tampoco nada oigo. Quizá consiste en eso la alegoría, pues hay voz en que se apoye, que el idólatra la oye, pero no la Idolatría. En fin, ¿resuelves, tirano, el dejarme? No resuelvo, pues verás cuán fino vuelvo, a tu culto soberano obediente siempre, y más si el tesoro que ofrecerte traigo. Vete, pues, y advierte, que aun trayéndole hallarás que en mí el agrado es rigor, que en mí el cariño es crueldad, que es odio la voluntad, que el agasajo es furor, y, en fin, el favor desdén. Vase Nuevo espíritu me inflama, y he de ir tras quien me llama, pues dice para mi bien… Ven, oh peregrino, ven, ven a aliviar tus fatigas, viendo granar las espigas de los campos de Belén. Vase Con esta repetición salen en tropa Villanos y VILLANAS, y entre ellos la NATURALEZA, el PESAR y el PLACER, cantando y bailando Ven, oh peregrino, ven, ven a aliviar tus fatigas, viendo granar las espigas de los campos de Belén. Ven, oh peregrino, ven, Ven a aliviar tus fatigas, viendo granar las espigas de los campos de Belén. ¿Hasta cuándo ha de durar el regocijo, Placer? Hasta que llegues tú a ser el que le impida, Pesar. Haz cuenta que ya he llegado; y así, cese el baile que hoy has dispuesto, que ya estoy de lo que dura cansado. ¿Cuándo tú no lo estuviste, si cuanto dices y haces sólo es derramar solaces? Cuando hay causa de estar triste; estar alegre más es ignorancia que cordura. También con causa es locura el no estar alegre. ¿Pues qué causa hay hoy de alegría para convocar la Humana Naturaleza a que ufana te asista? Haber con el día visto amanecer la aurora, cuya matutina estrella, más que otras auroras bella, los campos de Belén dora; y más en esta florida tierra, que nunca tocada de arado, escoda ni azada, se ve a todas preferida; pues cuando en su mies el oro entre esmeraldas asoma, cada flor es una aroma y cada espiga un tesoro. Ya que tesoro dijiste, di también que hay quien se funda en que virgen y fecunda es ella, en quien colegiste no sé qué interior decoro, creyendo que aquí se encierra: ¡Que abra sus senos la tierra y produzga su tesoro! A esa causa yo, oh Humana Naturaleza, invoqué tus familias, porque en fe de esta prevista mañana convoques los peregrinos, que viadores de la vida van errando la torcida senda por varios caminos, instruyéndote a que digas, para que atentos te estén,… Ven, oh peregrino, ven, a consolar tus fatigas… ¿Cómo consuelo habrá en quien tú a dársele no te obligas? …viendo granar las espigas de los campos de Belén. A esa misma causa fue ser el Pesar yo, pues cuando ansioso estoy esperando que su tesoro nos dé, sin logro de la esperanza es fuerza que el esperar tanto tiempo sea pesar. Pon en Dios la confïanza, que al que en su palabra espera, llama un proverbio felice. Proverbio hay también que dice que el que espera, desespera. Eso es falta de piedad. Sobra esotro de paciencia. Yo… Yo… Siempre de pendencia; que estoy yo en medio, mirad: tente, Pesar; Placer, tente. ¿Cómo quién soy ignorado has, y Placer me has llamado? Dar la misma queja intente, pues Pesar me llamó a mí. Una y otra será vana, que Naturaleza Humana soy, y siempre que me vi entre los dos, apurar no supo mi humilde ser si el pesar era placer o el placer era pesar. ¿Aun bien que ese silogismo, que no es fácil de argüir, que hay quien le venga a impedir? Sinagoga y Hebraísmo son los que al campo han salido. Como allá en su librería se han estado todo el día sobre no sé qué sentido disputando, ahora querrán divertirse en este prado. Pues supuesto que han llegado a tan buen tiempo que están templados los instrumentos, como a reina nuestra es bien celebrar el parabién de dejarse ver. Contentos la saludad, mientras yo, de las flores de esta falda, entretejo una guirnalda que ofrecerla. Porque no contento sin Pesar haya, disimule mis extremos; su venida celebremos. Vaya, pues, de baile. Vaya. Bailan y cantan y salen Sinagoga y Hebraísmo A la reina del pueblo escogido, deidad soberana, que de la ley tesorera domina en vidas y en almas, el día que sale a hacer con su vista feliz la mañana, de nácares los campos se alegran, haciendo la salva las vides, las mieses, las fuentes, las flores, movidas del aura; no hay ninguna que alegre no ofrezca tributo a sus plantas: Corros hechos y deshechos las vides, alfombras que pise la tejen de verde esmeralda; Vueltas por de fuera y las mieses, en oro escarchado, doseles de plata; las fuentes espejos la dan, que en cristales retraten su gracia; Bandas y las flores unión de hermosura en esta guirnalda. Por de fuera canta Al compás de las hojas publiquen las aves que cantan, que símbolo son de naturaleza divina y humana. "" ¿Divina y humana? Corro Humana, por ser de la tierra; y divina, por ser tierra santa la que sin obra de manos produce azucenas tantas, que el tesoro de granos de oro en su seno guarda; encarnado, el botón de la rosa se viste de nácar; enamorado, el lirio… Júntanse Detente, "" "" no prosigas, calla, calla, que no quiero que me digas de esa tierra en alabanza tantos elogios, que pueda de mi pueblo la inconstancia persuadirse a que en sus flores hay divina y hay humana naturaleza, unión que sólo en el Mesías la aguarda la fe de Abrahán. Bien dices, que no es más que darle causa para que su veleidad a la memoria nos traiga, de los desiertos de Sin a las fértiles campañas de Nazaret, simulacros de torpes deidades falsas; y así, sencillos pastores de Belén, hasta que hayan del gran profeta Daniel cumplídose las semanas, –que según cómputo nuestro es mucho tiempo el que falta– no deis crédito a que sea llamar a esas flores varias divinas, por su hermosura, por su fértil tierra, humanas, más que un hipérbole en que la retórica elegancia quiere explicarse a dos luces, a riesgo de errar en ambas. Con esta advertencia, tú, quédate con tu guirnalda, Humana Naturaleza, que ni verla ni tocarla quiero, ni a ti ni a esa tierra que equívocamente ensalzas; que no es bien que, a ejemplar mío, mi pueblo concepto haga de que con mi estimación a humano y divino pasa de sus entrañas el fruto, que aquí sólo es semejanza. Ven, Hebraísmo, que ya trémula la noche baja, oscureciendo dorados reflejos de nubes pardas. Di no sólo oscureciendo, pero cubriendo la vaga región del aire de nieblas, granizos, hielos y escarchas. Sirviéndolos vamos. Sea repitiendo en voces altas… A la reina del pueblo escogido, deidad soberana,… No prosigáis, que tampoco quiero que conmigo vaya nadie que vino con ella. Quedaos a desengañarla… de que como hay otras tierras… que mal logran cultivadas… plantas,… flores,… vides,… mieses,… también hay entre las varias… obras de naturaleza… tierras que sin la labranza,… por el terreno que ocupan… o por las luces que alcanzan,… los aires que las ventilan… o las lluvias que las bañan,… en sus entrañas conciben… mieses,… vides,… flores,… plantas,… sin ser por eso bendito el fruto de sus entrañas. Vanse los dos ¿Qué consuelo habrá en tan grande desdén? ¿Cuál quieres que haya, sino el de llorar, pues sólo llorando el dolor descansa? Bien me aconsejas, Pesar. No hace, porque la constancia, que sabe desechar penas, se halla sin ellas cuando halla, sobre el Pesar de sentirlas, el Placer de despreciarlas. Si quieres ver la experiencia, aquesa misma guirnalda, Toma la guirnalda y pónesela que es tu pesar no admitida, será tu placer gozada. Muestra, pues, que yo en el nombre de los que aquí te acompañan, también de la Sinagoga mal despedidos, lograrla tengo en tus hermosos rizos. Toma la corona, y pónesela ¡Qué bien en ellos se esmaltan en unido maridaje trenzas de oro y lazos de ámbar! A todos pone en respecto de humillarnos a sus plantas. Arrodíllanse todos sino el Pesar Sino a mí, que ver no quiero acción que todos aplaudan; y así, tras la Sinagoga iré, que pues va enojada, no hay enojo en quien no tenga el Pesar la puerta franca. Vase Alzad; no vuestros aplausos me desvanezcan, que esclava soy del Señor; y así, a él, en hacimiento de gracias, decid conmigo, y repitan mis voces en su alabanza, el oráculo en que dije que están nuestras esperanzas:… Cantado Pues en virgen tierra adoro… Pues en virgen tierra adoro… el tesoro que en sí encierra,… el tesoro que en sí encierra,… compadecida a mi lloro… compadecida a mi lloro… abra sus senos la tierra y produzga su tesoro. Sale el Gentilismocomo oyendo la música; ¿Abra sus senos la tierra y produzga su tesoro? Dioses, ¿qué música es ésta, y qué tierra, donde halla mi errado pie, al primer paso que en ella imprimió la estampa, jeroglífico tan nuevo como el que se ve y se canta? Allí, de vírgenes rosas, –si las señas no me engañan que me dicta el corazón– coronada y adorada está de rudos pastores la Naturaleza Humana. Y aquí, soñando despierto, más que dormido soñaba. Parece que hablan conmigo sonoras sus consonancias, pues viendo que lo que ignoro de mi patria me destierra, dice su festivo coro: Abra sus senos la tierra y produzca su tesoro. No sé si es respeto o es temor el que me acobarda para no llegar a ellos, pues, con acciones contrarias, como respecto me turban y como temor me pasman. Pues veis cuánto temerosa, oscura y enmarañada –borrándonos las veredas que hay desde aquí a las cabañas– la negra tez de la noche se afeita de nieve blanca, en esa yerma alquería, desierta y desmantelada, que en los campos de Belén es sólo portal sin casa, hasta el alba nos podemos albergar. Si soberana tu beldad se abriga en ella, ¿qué hay que esperar a más alba? Ven pues y, pues sin Pesar el Placer nos acompaña, divierta nuestra armonía del tiempo la destemplanza. Dice bien; otra y mil veces diga el eco en voces varias: Pues en virgen tierra adoro el tesoro que en sí encierra, compadecida a mi lloro, abra sus senos la tierra y produzga su tesoro. Con esta música se entran, quedándose el Gentilismo ¿Qué más claro ha de decirme la Inspiración que me inflama, que esta misteriosa tierra es la que el tesoro guarda, el día que la invoca toda la Naturaleza Humana? Y más cuando pretendiendo acercarme hacia la estancia en que se alberga esta noche, a los reflejos que exhala, deslumbrados los sentidos, tiembla el cuerpo y duda el alma. Y pues, sea o no sea auxilio, para mi dictamen basta el imaginar que es esta la tierra que sin azada ni arado la voz predijo ser fecundamente intacta. Hasta verme dueño de ella no han de descansar mis ansias; y así, con esta noticia daré la vuelta a mi patria, a valerme de caudales con que volver a comprarla; que siendo la Sinagoga de todas estas campañas absoluto dueño, no dudo que, viendo la paga cuantiosa, y siendo ella tan naturalmente avara, –como todo su Hebraísmo, atento a logro y ganancia– querrá enajenarse de ella; y así, es bien volando vaya donde… Mas, ¡ay infelice! ¿Dónde he de ir, cuando me asalta la oscuridad de la noche, tan lóbregamente opaca, que no me descubre senda a que encamine la planta? ¿Quién se vio dos veces ciego: una, en ajenas montañas, perdido de vista aquel esplendor que me alumbraba; y otra, perdido de vista el sol? ¡O, tú, soberana Inspiración que me animas! ¿Cómo agora me acobardas? ¿No es tiempo de que me cumplas, pues te obedezco, en demanda de lo que tú me aconsejas, la prometida palabra de favorecerme? canta Sí. ¿No es también tiempo que arda tu apagada antorcha? No, que por agora te basta, que si las alas te traen de mis voces, también de mis voces te lleven las alas. Síguelas, pues, que no sólo el deseo que a tu patria te vuelve esforzaré; pero te abreviaré las distancias. Guía, pues, que ya las sigo. Fía en que saber te basta… "" Fiado en que saber me basta… que si las alas te traen de mis voces, también de mis voces te vuelven las alas. Vase Sale la Idolatría, llorando y cantando en tér-mino recitativo Si hay proverbio que dice que el que llora sus pesares mejora; si hay proverbio que dice que el que canta sus pesares espanta; ¿cómo yo en dolor tanto no hallo alivio, ni en música ni en llanto, por más que mi tormento dé lágrimas al mar, voces al viento? Y así, pues, mis pesares, a millares creciendo de millares, no se dan a partido de mejorar el hado, llévese lo llorado el mar, llévese el aire lo gemido y cóbreme mi pena en mi sentido. Mas ¡ay!, que si no lloro que el Gentilismo, en busca del tesoro, –al Reino de los Cielos comparado– de mí se ausente, ofenderé el sagrado culto de tantos dioses como adoro; y si no canto, de mi amor desdoro la fe que me mantiene, persuadida a que es mi voz, del eco repetida, amoroso reclamo con que amante le llamo, ya que a mi invocación no me responden oráculos, que faz y voz esconden, al mágico conjuro con que atraerle, a su pesar, procuro; y así, pues es forzoso en mi quebranto que alegre llore lo que triste canto, vuelvan, vuelvan veloces al mar y al viento lágrimas y voces. Ingrato dueño mío, a quien los ritos de mis dioses fío, ya que soñado bien de mí te aleja, dondequiera que estés, oye mi queja; sabrás cuán verdadero es el constante amor con que oír espero, en desenojo de aflicciones tantas, que me diga tu voz… Sale el Gentilismo Dame tus plantas, hermosa Idolatría. Aunque tarde, logró la ciencia mía el haberle atraído. Y bien hallada estés. Tú, mal venido. ¿Tan airada me recibes? ¿Pues qué se te hace de nuevo? ¿No te dije cómo habías de hallarme? Presumí, necio, que el tiempo gastaba enojos; mayormente cuando el tiempo hizo, por verte, verdad aquel encarecimiento del que dijo «Voy volando»; pues para llegar más presto, sin exageración, es verdad que volando vengo. Ya sé que vienes volando, pues sé que vienes violento a mi invocación; y tanto, que aunque no me respondieron los ídolos hasta agora que pasé el conjuro a ruego, aún agora estoy dudando, con estarte hablando y viendo, si eres tú mesmo o si eres fantasma tú de ti mesmo. Presto de aquesa aprehensión convalecerás, en viendo que vengo a pedirte albricias. A mí, ¿de qué? De que dejo reconocida la tierra de aquel tesoro encubierto. ¿Dónde? En Nazaret, provincia de Palestina. ¿Qué efectos viste en ella que persuadan a ser del tesoro centro? Habérmelo dicho toda la naturaleza, siendo de la universal testigos los frutos que incluye dentro, sin manos de hombres labrados; y de la humana, a quien luego coronó de flores todo el Placer del universo. Cuando todo eso sea así, que ni lo dudo ni creo, ¿de qué debo darte albricias? De que si logro el intento de hacer esta heredad mía, es para hacerte a ti dueño de su infinito tesoro. ¿Quién merece agora serlo para que tú te prometas que sea tuyo, siendo ajeno? La Sinagoga, de quien el Hebraísmo, su pueblo, es árbitro; y como él halle ventajoso precio, dará plática a la compra, para cuyo heroico empleo vengo a valerme de cuanto caudal en Oriente tengo. ¿Pues qué caudal tienes tú, más que tus cinco talentos, que no sea dote mío? Si te mantienes en eso, habré de decir… ¿Qué? … que los ídolos de tus templos, que si fueron a tu culto constituïdos, lo fueron a costa del Gentilismo, que quiso hacerte ese obsequio; de modo que si retiras la providencia que el cielo en tu arbitrio puso, yo retiraré el rendimiento que puse en tus simulacros y, fundidos y deshechos, me valdré de sus metales. No te atreverás a eso; Porque ¿cómo has de atreverte a deshacer del supremo gran Júpiter, dios de dioses, estatuas –que dicen serlo en ser de bronce, metal de metales– sin el miedo de que él, airado, te niegue los dominios de mi imperio, las majestades, las pompas y los altos pensamientos de hacerte señor del mundo? Cuando pierda todo eso, ¿habrá más de consolarme… ¿Con qué? … con no ser soberbio? Y si sobre su castigo prosigue en su sacro ceño Apolo, que es dios del oro; Diana, que es diosa no menos rica de la plata, que Arabia te rinde en feudo, ¿qué harás, sin plata ni oro, pobre? No ser avariento. Si Marte, en defensa suya, te embotase los aceros, y triunfan tus enemigos de ti, ¿no es fuerza que, viendo sus victorias y tus ruinas la envidia, haga que en tu pecho cebe el etíope Nilo sus áspides? No. ¿Qué esfuerzo contra ambos habrá? No ser ni envidioso ni sangriento. Si Sabá de sus aromas, gomas, bálsamos e inciensos te priva lo deleitable a las instancias de Venus, ¿qué harás, viendo mi cariño pasarse a aborrecimiento? Tolerar lo desdeñado a la sombra de lo honesto. Y si en Tarsis te negase Mercurio preciosos leños, más que oro y plata apreciables por los ocultos secretos que descubrió en sus virtudes la alta ciencia de su ingenio, ¿qué harás sin lo saludable? Dejarme morir. Para eso mejor lo harán Baco y Ceres, negando sus alimentos. No harán, que yo de la gula me abstendré; y a falta de ellos, quizá otro pan y otro vino será mi mejor sustento. Y para que la pereza no se quede con su afecto, hasta el plomo de Saturno fundiré; porque veas presto que si pierdo siete dioses, también siete vicios pierdo. No lo creeré aunque lo vea; y si para no creerlo no verlo el medio es mejor, dejarte es el mejor medio para loco o para ingrato. Para fino o para cuerdo dijeras mejor. ¿Por qué? Porque de mi juicio espero, y de mi amor, que si ahora, viéndolo, te vas huyendo por no creerlo, algún día quizá lo creerás sin verlo. Eso será tarde o nunca. Vase Podrá ser que siempre y presto; y por no perder instante, a lo alegórico vuelvo. ¡Ah de la feliz Arabia, corte del indiano imperio, a quien en Oriente el sol corona de sus primeros celajes, siendo sus montes, al rayar el alba en ellos, claros prólogos del día! Sale Arabia, viejo venerable a lo indio, con corona de oro ¿Qué me quieres, que ya vengo, feudatario, a tu obediencia, como quien vive a los fueros del Gentilismo obligado? Espera y sabraslo luego. ¡Ah de las Islas de Tarsis, fertilísimo terreno a quien también el aurora saluda con llanto tierno de aljófares, en albricias del felice nacimiento de ese Fénix que en la hoguera de sus cambiantes reflejos cada día se renace hijo y padre de sí mesmo! Sale Tarsis, joven, de indio, con corona ¿Qué quieres, que yo también obediente a tu voz vengo? Luego lo sabrás, aguarda. ¡Ah de Sabá, adusto reino, que, por más favorecido del sol, su ardiente elemento te tostó la faz, a fin de que campease lo bello en lo vario, siendo tú, para darle más aumento del universo a lo hermoso, el lunar del universo! Sale Sabá, indio negro A tu orden estoy, ¿qué quieres? Que ya que a mis llamamientos a cortes sois convocados, mis tres coronados reinos, sepáis que de mis estudios, apurando e inquiriendo de Balam la profecía, leí acaso que un inmenso tesoro… ¿Mas para qué en aquesto me detengo? Pues basta que, apoderado de mí, un interior afecto me obligó a buscar noticias de dónde estaría encubierto. La tierra en que yace es heredad del pueblo hebreo, dote de la Sinagoga, a quien comprársela intento. Y para que no flaquee de la cantidad el precio, me he de deshacer de cuantos bienes en Oriente tengo. Y así, Arabia, cuanto oro y plata en tus montes fueron partos del Sol y la Luna, hasta los ídolos de ellos fundidos me has de entregar. Tú, Tarsis, al mismo tiempo, de tus árboles preciosos, desde el lináloe al cedro, –ya destilados en gomas o ya simulacros hechos, en quien es de más valor que la materia el ingenio– me has de hacer caudal; y a causa de que dará más provecho, allá en rama que vendida aquí, la que te reservo, por no haberla allá, es aquella que común contraveneno preserva la corrupción, siendo en contrarios efectos, amarga para el sabor y dulce para el remedio: la mirra, en fin. Tú, Sabá, de tus aromas sabeos –ya que allá llevó Nicaula del gran Salomón al templo parras de bálsamo que hasta entonces no tuvieron los israelitas– porque lleve yo otro plantel nuevo, prevén entre tus perfumes el sagrado del incienso, con cuyos tres dotes no dudo que ha de ser acepto, para comprar la heredad, ver tan caudaloso premio. Y así, los tres… Oye. Aguarda. Dejadme a mí hablar primero, que las canas siempre tienen ganado este privilegio. ¿Cómo quieres, Gentilismo, que nosotros te entreguemos nuestros propios bienes para ir tú a buscar los ajenos? Demás de esto, ¿qué razón hay que nos disponga al riesgo de emplear en lo dudoso la posesión de lo cierto? ¿Qué tesoro puede haber que valga allá tanto precio como el que aquí desperdicias? El que es comparado al Reino de los Cielos. Ese es no más que encarecimiento. Quizá realidad. ¿De qué puedes colegir el serlo? Del texto que me lo dijo; y a no ser japtancia, creo que dijera del auxilio, pues más favorece al texto que el Gentilismo tuviese auxilios que el no tenerlos. Esa es vehemente aprehensión, hija de tu devaneo. Es intempestivo aborto de los fantasmas del sueño. Es concebido delirio, embrión del pensamiento. No es sino iluminación. ¿Cúya, si no puede serlo de los dioses, que atrevido con ella ofendes? No ofendo. Dioses que hicimos nosotros, ¿quién nos quita deshacerlos? Y así, sin réplica… Ese ya es furor. dentro, representando No es sino tiempo –pues el Gentilismo ha dioses y vicios depuesto– de que se encienda mi antorcha, para que luz a su ejemplo del escondido tesoro tenga todo el universo. Ábrese la estrella, y vese dentro la Inspiración con el hacha encendida Enciéndase la antorcha Dentro y tenga a sus reflejos del tesoro escondido luz todo el universo. ¡Dioses, qué segundo sol! ¡Qué segunda aurora, cielos! ¡Hados, qué segundo día! Me deja a sus rayos ciego. A mí a su luz deslumbrado. A mí a su esplendor suspenso. Cobraos y volved a ver, que no es sino el más bello astro que jamás vio toda la esfera del firmamento. Y si cuando yo la estrella busco de Balam encuentro con el tesoro; si cuando busco el tesoro me veo con la estrella, ¿qué dudáis ser relativo misterio uno de otro? Mayormente cuando de su movimiento la inteligencia me está, como Inspiración, diciendo: Venid, mortales, venid,… Cantado El Gentilismo repite Venid, mortales, venid,… venid en mi seguimiento;… venid en mi seguimiento;… veréis que el que deja… veréis que el que deja… los dioses ajenos… los dioses ajenos… y los propios bienes… y los propios bienes… es el que halla el precio… es el que halla el precio… con que ha de comprarse… con que ha de comprarse… el tesoro del cielo. el tesoro del cielo. Enciéndase la antorcha y tenga a sus reflejos del tesoro escondido luz todo el universo. A tanto prodigio… A tanto asombro… A tanto portento… … no sólo de mis metales lo más precioso te ofrezco, pero seguirte hasta ver de aquesta causa el efecto. Lo mismo te digo yo. Y yo también lo prometo. Id, pues, id a preveniros, porque nos disculpe el tiempo, en lo presto del partir, la objeción de llegar presto. Vamos, diciendo contigo, pues oyes tú sus acentos… Venid, mortales, venid, venid en mi seguimiento; veréis que el que deja los dioses ajenos y los propios bienes es el que halla el precio con que ha de comprarse el tesoro del cielo. "" Sale la Idolatría ¿Dónde habéis de ir? Deteneos, que a tanto escándalo es bien que yo le apague el estruendo. ¿Qué es esto, feliz Arabia? Mejor que de mí, saberlo podrás de esa nueva estrella. Dime tú, Tarsis, ¿qué es esto? Ese nuevo astro lo diga. ¿Sabá? Ese nuevo lucero lo dirá mejor que yo. Gentilismo, pues del pueblo tienes en común la voz, dilo tú. Si es voz del cielo la voz del pueblo, no a mí toca cuando está él diciendo… Repiten los cuatro Venid, mortales, venid, venid en mi seguimiento, veréis que el que deja los dioses ajenos y los propios bienes es el que halla el precio con que ha de comprarse el tesoro del cielo. ¡No lo repitáis vosotros! ¿Ni cómo es posible, siendo magos –que quiere decir sabios–, presumáis que es esto más que una vaga impresión de la raridad del viento? Si, por frecuentes los rayos, los relámpagos y truenos, cuando de preñada nube el abortivo concepto, en meteoros del aire, pasa el vapor al incendio, no os admira, haced memoria de cuántas veces se vieron nacer las exhalaciones, hijas de dos elementos, cuántos caudatos cometas y cuántos crinados dieron horror al orbe, tomando, ya en erizados cabellos, y ya en arrastradas colas, formas de monstruos diversos. En las lejanas noticias que de sus libros tenemos, ¿no nos constan dos colunas en que vieron los hebreos darse a trueco el día y la noche, las sombras y los reflejos anocheciendo de día y de noche amaneciendo? ¿Tropas de hombres y caballos armadas, el Macabeo no vio, en campañas del aire, darse mortales encuentros? ¿Pues qué mucho que una nueva estrella amanezca al suelo, ni que Balam la anteviese, –mago profeta agorero– si como adivinación sería, y no como misterio? Volved, pues, volved. No, no, no prosigas, que más que eso nos dice la concurrencia de estrella y tesoro a un tiempo. Seguidme a mí, pues yo sigo la estrella; y si es a despecho de la Idolatría, quizá será más merecimiento. Sigue, Gentilismo, tú, la estrella, y te seguiremos nosotros a ella y a ti. Venid, pues, y sea diciendo, pues ya en nuestros corazones suenan sin su voz sus ecos,… Venid, mortales, venid, venid en mi seguimiento, veréis que el que deja los dioses ajenos y los propios bienes es el que halla el precio con que ha de comprarse el tesoro del cielo. Ciérrase el carro de la estrella; y cantando y representando se entran todos y queda la Idolatría representando, sin cesar la Música, como quien se aleja ¿Cómo, dioses, permitís que el Gentilismo, rompiendo el amor de mi cariño y la fe del culto vuestro, del cielo el tesoro vaya a buscar a clima ajeno, tras la estrella que Balam profetizó para el nuestro, sin que a estorbárselo basten, por más que valerme intento, en tocando a esta materia, de mis mágicos portentos? Mas no me doy por vencida, que yo tras ella y tras ellos iré a estorbar el contrato, segura de que el hebreo allá me admita, bien como –ingrato, obstinado y ciego– tantas veces me admitió en la mansión del desierto; con que espero que, vengado vuestro honor y mi desprecio, vuelvan tristes los que agora alegres van repitiendo… Venid, mortales, venid, Dentro y ella venid en mi seguimiento, veréis que el que deja los dioses ajenos y los propios bienes es el que halla el precio con que ha de comprarse el tesoro del cielo. Con esta repetición se han de medir música y versos, de suerte que acaben juntos la escena; y salen Sinagoga y Hebraísmo como admirados cada uno por su parte Sobre noche tan fría, que platea los campos que el sol dora… ¿qué métrica armonía… ¿qué música sonora… es ésta con que el alba anuncia al día? es ésta con que al Sol llama la aurora? A cuya aclamación… A cuya salva… de que la aurora llore, se ríe el alba. El coro de las aves… El vulgo de las flores… todo es himnos de cánticos süaves,… todo es solfa de líricos amores,… siendo en aladas tropas… siendo en dulces corrientes… del aire heridas, órganos las copas,… con cuerdas de oro, cítaras las fuentes,… en cuyos accidentes,… por ver si el corazón se desahoga,… por ver si salgo de tan ciego abismo,… buscando voy a quien… ¡Docto Hebraísmo! ¡Hermosa Sinagoga! ¿Adónde vas? Enigma de mí mismo, a inquirir qué alegría, a pesar del invierno y de sus sañas, es ésta con que hoy despierta el día. La misma duda mía padeces, porque al ver que estas montañas bendito el fruto den de sus entrañas, no sé qué impulso inspira en ellas el verdor y en mí la ira; y más cuando me acuerdo (¡aquí el sentido y el discurso pierdo!) de que me quiso persuadir la Humana Naturaleza, inútilmente ufana, que la guirnalda que tejió a colores, en lo encarnado y blanco de sus flores, eran tan peregrinas que por su tierra humanas y divinas por su cielo, y por uno y otro, bellas, deseaba verme coronada de ellas. Yo –ya lo oíste–, viéndome ofendida de símbolo que intente darme unida divinidad y humanidad, que espero ver realidad –y cuánto me acobarda que sus sombras me acuerden lo que tarda– no sólo me enojé con ella, pero con la heredad, que da, sin intereses del afán y el sudor, vides y mieses que ocasionen errores en el pueblo; y más día que supe que el Placer del mundo había coronádola a ella con las flores que eligió para mí; rudos pastores su gozo hagan testigo de que él quedó con ella, y que conmigo sólo vino el Pesar, con que a horror tanto dije:… ¡Qué asombro! Dentro ¡Qué temor! ¡Qué espanto! La voz suspende hasta saber qué voces la interrumpen. Confusas y veloces en nueva duda mi rencor han puesto. ¡Qué contento! ¡Qué dicha! ¿Pues qué es esto que mezcla a un tiempo susto y alegría? ¿Qué más que estrellas ver al mediodía? Salen el Placer y los pastores y pastoras ¿Cómo? Dígalo el Placer de todos. Como hacia aquella parte del Oriente… No prosigas, que ya desde ésta se deja ver la razón que tienen las dudas nuestras, pues entre varios celajes y arreboles ver se deja, transmontando el Oriente, amanecer una nueva celeste imagen que al Sol viene haciendo competencia. ¡Qué hermoso rasgo de luces! Sin duda, Hebraísmo, que ésta es la estrella de Jacob, pues a nosotros se acerca, en comprobación de aquel cántico que nos enseña que del Oriente vendrá, iluminando tinieblas, el Señor a los que a sombra hoy de la muerte se asientan. ¡Ay, Sinagoga! Que no puede ser ésta la estrella de Jacob, que no han cumplido su número las setenta hebdómadas de Daniel. Dices bien; y más si llegas a advertir que a nuestra vista entre pardas sombras densas, tapidas cortinas de humo, desvanecida se ausenta. Sería alguna exhalación, vaga impresión de la esfera del aire. Perdió el Placer las albricias de la nueva. ¿Cuándo el Placer ha tenido alborozo que no pierda? Pues la luz que nos guïaba Dentro en esta parte nos deja, aquí es donde que paremos quiere. Haga la gente nuestra alto en este valle. Vamos nosotros buscando sendas que nos lleven a quien diga qué florida patria es ésta. Por esta parte hay camino Y gente también. Sale el Pesar Quién fuera mentira para volar; pues con eso consiguiera huir, creer y ser creído. Detente, Pesar, espera. ¿Cuándo el Pesar se detuvo ni esperó? Agora que es fuerza. ¿De quién vas huyendo? De unas raras gentes extranjeras, que a manera de ajedrez, vestidas algunas de ellas de escaques, las que las siguen son piezas blancas y negras. ¿Qué dices? Lo que verás, pues ya a nosotros se acercan. Antes que lleguen, huyamos nosotros de su fiereza. Vanse los Villanos y salen al paño Gentilismo, Sabá, Arabia, y Tarsis Aquí podéis esperar en tanto que yo prevenga a esta gente que venimos de paz, porque no les mueva lo extraño de nuestros trajes a la fuga o la defensa. Nuestro seguro sagrado el portal de Belén sea. Bien dices; y en esta parte esperamos a que vuelvas. Retíranse los tres Nueva gente, Sinagoga. Rara y en todo diversa a nosotros. Moradores de estos montes y estas selvas, si a extranjeros peregrinos es casi precisa deuda el cortesano agasajo de una piadosa respuesta, decidnos: ¿en qué paraje nos hallamos? Porque cierta guía que hasta aquí trajimos se nos ha perdido en esa enmarañada espesura. Respóndelos tú, no sea que sabiendo que soy yo les perturbe mi presencia. Retírase la Sinagoga entre Pesar y Placer Generoso pasajero, cuyas nunca vistas señas en veneración me ponen, con ser de toda esta tierra mayoral, según me honra la Sinagoga, su reina, el paraje en que te hallas es Jerusalén, y de ella, este hermoso, fértil campo su más principal herencia; tanto, que aun su más humilde alquería se interpreta Belén, que es «casa de pan». Ya voy recobrando señas de donde vi coronada la Humana Naturaleza. Y ya que vuestra pregunta he dejado satisfecha, será bien satisfagáis la mía en su recompensa. ¿Quién sois y adónde vais? Ya dicho os habrán traje y lengua (¡oh, quién hallara razones que uno digan y otro entiendan!) que orientales magos somos; y también la fama nuestra os habrá dicho cuán dados somos a todas las ciencias, y más a la astrología que a otra ninguna; una nueva estrella que amaneció en nuestro horizonte, al verla tan brillantemente hermosa, –que no hay cómo encarecerla– a mí y a los que conmigo vienen –porque aunque ellos sean ricos reinos, ser su culto yo los trae a mi obediencia– nos puso –sobre noticias que Balam nos dejó de ella– en curiosidad de que nuestra judiciaria hiciera varios discursos, en orden a si era o si no era la que nos anuncia un rey que ha de dominar la tierra. ¿La que nos anuncia un rey que ha de dominar la tierra? ¿Si es el que esperamos? Al Hebraísmo; No, que no puede ser. Atenta vuelva a oír, ya que estoy entre Placer y Pesar suspensa. O yo soy tonto, Placer, o esto es cumplir con la letra. Para ser tonto el Pesar no ha menester diligencias. Prosigue. Con el deseo de observar sus influencias, siguiéndola hemos venido hasta aquí, donde resuelta en su mismo resplandor quedó de nubes cubierta; y viendo cuán desairados volveremos, sin que tenga nuestra curiosa esperanza más logro que no tenerla, hemos resuelto quedarnos donde mejor nos parezca tomar vecindad. O yo soy un necio, o aquí entra la metáfora, Pesar. No es menester diligencia para ver que el Placer es alhaja de gente necia. Y así, si queréis vendernos este pedazo de tierra que llamáis Belén –pues es pobre casilla desierta– en que nosotros labremos a nuestro modo viviendas, y a nuestro modo podamos cultivarla, de su renta pagado el tributo que al vasallaje convenga, doblado el precio que valga por ella os daremos. Esa licencia de enajenar bienes no es bien la resuelva yo por mí sin facultad de la Sinagoga; ella hacia aquí viene, esperadme a que la haga la propuesta. ¡Cielos, no va sucediendo mal mi alegórica idea; y más si de la heredad –a cuya vista me deja la Inspiración, que me guía– se efectuase la venta! ¿Haslo oído todo? Sí; y si al ceño vuelvo que esa heredad en mí ha engendrado, no es muy mala ocasión ésta, pues en la superstición del pueblo, viéndola ajena y en poder de quien la rompa, la labre y fabrique, es fuerza que de divinos y humanos sus frutos el culto pierdan que quiso dar a sus flores la Humana Naturaleza; y así, por autorizar la plática de la venta, me daré por entendida, como que tú me lo cuentas; que aunque el Pesar va conmigo de que haya quien la apetezca, también conmigo el Placer va de deshacerme de ella. Gallardo extranjero joven, mucho te estimo que quieras en mis estados tomar vecindad. Si en tu obediencia vivir logro, ¿a qué más dicha pudo guiarme mi estrella, y más cuando en la heredad de Belén entrar merezca? Pues ya que ésa es la que eliges, ¿cuánto me has de dar por ella? Primeramente los cinco talentos que a mí me entrega, reducidos a los cinco sentidos, la providencia del cielo; luego los tres, que quiso que se refieran a las tres potencias; luego uno, que el valor encierra de los tres y de los cinco: éste es el talento, en prueba de que alzado con el nombre, es el que a todos gobierna; de Sabá, Tarsis y Arabia luego… Suspende la lengua, que si a decir vas el oro, plantas y aromas que engendran, no son para mí esos dones apreciables; las supremas majestades más se pagan de afectos que de riquezas; y así, quédate con ellos, empléalos en la excelsa fábrica que has de fundar en Belén, que a mi grandeza el vasallaje le basta de sentidos y potencias; y así, puedes desde luego, en fe de segura entrega que afianza mi palabra, tomar la posesión de esa heredad, que yo, otorgada la escriptura de la venta, te traeré, que es importante sacar la minuta de ella de su decálogo, donde los diez preceptos se asientan: condiciones con que yo la enajeno y tú la aceptas. Así lo ofrezco y protesto su observancia; y porque veas que no sólo yo me obligo a agradecer tu fineza, Arabia, Tarsis, Sabá, ya está la heredad por nuestra; llegad y dadle las gracias a la Sinagoga bella de la liberalidad con que otros dones desprecia, contentándose con sólo los de estar a su obediencia. Todos, señora, ofrecemos observarla y no romperla. En fe de ese rendimiento, otra vez a decir vuelva cuán gozosa a otorgar voy la escriptura. Sale la Idolatríade villana; Aguarda, espera, que no has de otorgarla antes que me oigas. ¿Quién eres, bella serrana, que en estos valles jamás te vi? Si dijeras en estos desiertos, no pudieras decirlo. ¿Esta no es nuestra Idolatría? Sí. Atendamos a qué intenta. Yo soy una pitonisa también a mágicas ciencias dada, a cuya causa son los montes los que me albergan, y por eso no me has visto. ¿Y qué pretendes? Que sepas que aunque anda aquí una verdad disfrazada y encubierta, también anda en otro viso, tan a dos luces envuelta que engaña con la verdad, de que vengo a darte cuenta, lastimada de que unos indios robarte pretendan esa tierra que adquirir en metáfora de venta quieren; es porque un tesoro en sus entrañas encierra; fingir la fábrica es porque abriendo zanjas puedan hallarle y dar fugitivos –para que de ellos no sepas, echando por otra parte– con él a su patria vuelta; y así, bella Sinagoga, no los creas, no los creas, y pues en Belén no sabes lo que vendes, no lo vendas, que podrá ser que si tú, Sinagoga, la enajenas, la Gentilidad la robe y más que imagines pierdas. Tarde ha llegado tu aviso, que mi palabra interpuesta está; ya la di y la tengo de cumplir; y así, tú, espera, que a otorgar voy la escriptura, no obstante esto. Considera que no es justo despreciar, por sí o por no, la advertencia. O hay tesoro o no le hay; si no le hay, ¿qué se desprecia? Y si le hay, ¿cuánto mejor es que ellos a costa ajena nos le descubran, y luego, cuando ya hallado le tengan, salir yo con la lesión que donde hay dolo no hay venta? Vanse los dos; ¿Qué dices de esto, Pesar? Que ir con el que vende es fuerza. ¿Y tú? Que también lo es quedar yo con el que merca. Mira, ingrata, de cuán poco te ha servido la cautela de seguirnos disfrazada. Cuando no me sirva en esta ocasión, no faltará otra en que quizá me vea vengada de ti. ¿Cuál es la ofensa de que te vengas, si el tesoro es para ti? ¿Dejarme no es harta ofensa, por buscarle, a mi pesar? No; y de que a impedirme vengas a mi pesar tú el hallarle, antes que lograrlo puedas, has de padecer la ira de verme en posesión de esa heredad, ya que dejó la Sinagoga licencia de que la tomase. ¿Quién que haya de dártela piensas? Los pastores de Belén. No hay ninguno que parezca en toda aquesta campaña. Llamad, quizá habrá quien venga a nuestras voces. ¡Pastores de Belén! Aun quien respuesta quiera darte no hay. Sí hay. Dentro ¿Quién? Quien dé con voces tiernas… Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en la tierra. ¿Qué armonía es ésta, dioses? Cielos, ¿qué música es ésta? ¿Quién causa este asombro? Ábrese el carro de la estrella, y la Inspiración encendida la hacha, baja al tablado Yo, que es bien, si antes fui voz, sea ahora voz y luz de cuantos a mi Inspiración ofrezcan… Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en la tierra. Que si retiré mi llama sobre las cumbres excelsas de Sion, fue porque a vista suya el Gentilismo hiciera mansión y esperara a que los campos de Belén fueran donde a vista del tesoro mi antorcha a alumbrarle vuelva. No a mí la acerques, que a él le alumbras y a mí me ciegas. Acércala a mí, que en mí cumplirá el salmo que sea tu voz la luz de mis plantas, tu luz la voz de mis sendas. No serán, que aunque el reflejo suyo turbada, suspensa, absorta, ciega y confusa me deja, también me deja arbitrio para dudar cómo, siendo tú la estrella que desde el cielo alumbraba, –dejando su azul esfera– a la tierra has descendido. Como habiendo hoy a la tierra descendido el Sol, –a cuyos rayos el oro se acendra del escondido tesoro– es justo que yo descienda a enseñar dónde ha de hallarle. En pie la duda se queda. ¿Adónde tesoro y Sol están? En esa pequeña alquería de Belén. Abrese el carro…[de la nube]; Sólo veo que está en ella tropa de humildes pastores y que es a quien reverencia la Naturaleza Humana. Sí, pero repara al verla, que está de vírgenes flores coronada su belleza. ¿Y dónde aquel escondido tesoro está? Detrás de ella, envuelto en los velos de Humana Naturaleza. Salen Sinagoga, con un libro, Pesar y Hebraísmo; Aquí está ya la escriptura. ¡A qué buen tiempo que llegas, Sinagoga! ¿Cómo? Como dónde el tesoro se encierra está ya sabido. ¿Dónde? Detrás de esos velos; llega a manifestarle tú, será Epifanía tu fiesta, que es ser «manifestación», monstrando en la frase hebrea que viene a ti en heredad. Sí haré; más al llegar tiembla el corazón; Hebraísmo, llega tú. Que no me atreva a descubrirle me dice no sé qué temor. Descúbrese Naturaleza y en un nacimiento el Zagal; Espera, manifestarele yo, que me toca el que se vea que éste es el tesoro que la Inspiración aconseja que le busque el Gentilismo, para que dé en su obediencia… Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en la tierra. ¡Qué soberana hermosura! ¡Qué peregrina belleza! ¿Quién asegura (¡qué ansia!)… ¿Quién certifica (¡qué pena!)… que un zagal en pobres pajas… que un infante en pobres telas… sea el tesoro escondido? Yo, que soy la verdad mesma. Tesoro, pues comparadas mis infinitas riquezas son al Reino de los Cielos; y escondido, pues diversas sombras, figuras y visos me vieron en las primeras Leyes –Natural y Escripta– patrïarcas y profetas, bien como agora en los velos de Humana Naturaleza; y no contento con estos disfraces de mi fineza, me verá la Ley de Gracia en una cándida oblea, disfrazado en cuerpo y alma, siendo con real asistencia carne y sangre el pan y vino. Primero que yo eso crea, llegará el fin del mundo; y agora, porque se vea el poco aprecio que hago del tesoro y de la tierra, ratifico la escriptura, con dejación de él y de ella en el Gentilismo. Dale el libro; Toma, Pesar, pues tú no me dejas, llévasela tú, que yo no quiero verle ni verla; ven, Hebraísmo. Bien haces. Tesoro que ser espera carne y sangre el pan y vino, ¿qué se pierde en que se pierda? Vanse los dos Sinagoga y Hebraísmo; Buen tesoro te has hallado, que aun su dueño le desprecia. Por eso le aprecia quien me ha guïado a que le crea. Cae el Pesar; ¿Qué es esto en que he tropezado? En tu error; el libro suelta. El Pesar, que te traía Al Gentilismo; la escriptura de la venta, en tierra ha dado. Por eso le levanta de la tierra el Placer, significando que pasar desde la izquierda a la diestra la escritura –es decir, que de la vieja Ley Escripta a la de Gracia– pasará, siendo en su entrega de quien la deja el Pesar, y el Placer de quien la acepta. Ni uno ni otro he de creer cuando pan y vino vea, y no vea carne y sangre. Pues si quieres verlo, llega, y llegad todos, veréis maravilla tan inmensa a luz de la Inspiración. ¿Cómo? De aquesta manera. Mata la luz; Si en vez de alumbrar apagas la luz, ¿cómo hemos de verla? Como aquesta maravilla se ha de mirar tan a ciegas, que el oído ha de escucharla y cautivo ha de creerla de la fe el entendimiento; y para que mejor veas que sin luz hay luz de luz, finge una nube en tu idea, que te sinifique ser Belén, cielo de la tierra, mirando en él coronada la Humana Naturaleza, que es el arca del tesoro. ¿Quién afirma esa propuesta? Yo, que soy la luz del mundo, y luz que es tan verdadera, que quien sus caminos siga no pisará las tinieblas, porque soy también camino y verdad tan clara y cierta, como que este vino y pan son mi carne y sangre. Cesa, que esa misteriosa voz tan al alma me penetra, que ya creo que es verdad la Inspiración de la estrella que ha obligado al Gentilismo a que en busca suya venga. ¿Qué haré yo, si tú lo crees? Todos en su consecuencia lo creemos. Y yo, viendo que es verdad la dicha nuestra, como a poderoso rey que ha de dominar la tierra, le ofrezco el oro que Arabia me dio, para que trujera como caudal mejorado en dársele como ofrenda. Yo, como a hombre que hallé en velos de Humana Naturaleza, de los árboles preciosos que Tarsis para mí engendra, le daré la mirra, que amarga pero preserva. Yo, como a hombre y Dios, creyendo entrambas naturalezas, para que cuando como hombre nubes y cielos trascienda su oración, y como Dios acete también las nuestras, de Sabá el precioso incienso le daré, que en blanda hoguera –en pirámides de humo– alumbre pero no encienda. Yo, en honor suyo y en gracia de todos, diré contenta,… Porque el Placer lo celebre… Y porque el Pesar lo sienta… Di, que todos seguiremos tus voces. Monstrando en ellas el rendimiento de toda la humana naturaleza. canta En fe de su buena estrella, el tesoro celestial que perdió la Sinagoga halló la Gentilidad. En fe de su buena estrella, el tesoro celestial que perdió la Sinagoga halló la Gentilidad. Si quid dictum contra fidem aut bonos mores quasi non dictum et omnia sub correctione Don P.º Calderón Dela Barca