La sibila del Oriente y gran reina de Sabá Comedia Famosa Personas que hablan en ella. SALOMÓN, rey de Jerusalén. HIRÁN, rey de Tiro. CANDACES, rey de Egipto. ELIUD, criado de Salomón. UNA VISIÓN. SABÁ, reina de Etiopía. IRÍFILE, negra. CASIMIRA, negra. IRENE, negra. LIBIO, rey de Palmira, indio. SEMEÍ. JOAB. MÚSICOS. Primera Jornada Suena música, córrese una cortina y debajo de un dosel aparece Salomón durmiendo, vestido a lo romano; y por lo alto, en una apariencia, sale una Visión cantando, cubierto el rostro. Dios grande, inmenso Señor, ¿vos a visitarme a mí? ¿Vos a vuestro esclavo hacéis tan grandes favores? Sí. ¿Qué me mandáis? Salomón –que es lo mismo que decir pacífico y manso–, hijo del real profeta David, tú, cuyo imperio será quieto, apacible y feliz, quiero que me labres casa en que morar y vivir. Yo te he de asistir a ella. Pide y espera de mí mercedes, que yo concedo cuanto me quieras pedir. Grande Dios de las batallas, pues hoy cargas sobre mí todo el peso de tu pueblo, porque mi humilde cerviz no desmaye, dame ciencias con que me pueda regir. Justa fue tu petición; yo la concedo; y así, ninguno será más sabio antes ni despues de ti. Aprovéchate de serlo, si eterno quieres vivir; porque saber para errar no es saber, sino morir. Cúbrese la apariencia y despierta. ¡Espera, sagrada nube! Corre ese velo sutil; veré cara a cara al sol. Pero no es tiempo. ¡ay de mí!, de que a su deidad se corra el velo, ni descubrir tesoros que el cielo guarda para siglo más feliz. Suena música. Pero, ¿qué música es ésta? ¿Ya no se ausentó de aquí la majestad que adoré, la maravilla que vi, por quien quedé sabio y rico? Sale Eliud. Si vuestra Alteza salir quiere a un corredor, podrá en él mirar y advertir su poder, viendo dos reyes de quien es rey. ¿Como así? Candaces e Hirán, señores de Egipto y Tiro, de ti llamados entran agora en Jerusalén; que, al fin, aunque el egipcio no es vasallo, súbdito sí; y te obedece, viniendo a tu presencia. Decid que solos entren los dos. Ya los dos vienen aquí. Tocan y salen por dos partes Candaces, de gitano, e Hirán, de tirio. Joven invicto, en cuya augusta frente verde el laurel sin marchitarse viva... Gran hijo de David, a cuyo oriente ceda el laurel imperios a la oliva; tú, cuyo nombre viva eternamente; tú, cuyo imperio eternamente viva: ¡salve y reines del orbe obedecido!; ¡salve y triunfes del tiempo y del olvido! Mientras Hirán, invicto rey de Tiro habla, ¿te atreves, bárbaro gitano, a interromper su voz? Mucho me admiro de tu arrogancia y presunción en vano. Candaces, rey de Egipto soy; y aspiro a lugar más supremo y soberano; y tú aquí ni me igualas ni prefieres, pues yo soy rey donde vasallo eres. Con libre imperio y absoluto estilo me aclamo rey desde las altas rocas, adonde tan callando nace el Nilo que apenas saben dél naciones pocas, hasta donde, ya hidra y cocodrilo, le miran respirar por siete bocas con escándalo tal sus horizontes que ensordece los ecos de los montes. Cuando vasallo deste imperio sea Tiro, mayor aplauso me previenes; pues ya dices que en mí la suerte emplea aquesa dignidad que tú no tienes. ¿Quién no anhela a ser más? ¿Quién no desea adelantar sus glorias y sus bienes? Pues no es pequeño triunfo, honor pequeño llevarse de ventaja tan gran dueño. ¿Deja por eso mi sagrada esfera de ser hiblea en galas y primores, escuela donde va la primavera a aprender los matices y colores que ha de enseñar abril? Pues de manera se tejen los claveles y las flores que, si Egipto al oído causa enojos, Tiro da admiraciones a los ojos. Y así, con mayor causa solicito preferirte, por dueño y por estado. Antes verás que a tu soberbia quito las alas, que tan altas han volado. ¡Basta! ¡No más! ¿Señor? El rey de Egipto hable,... Como a estranjero me has tratado. …que el tirio hará lo que le mande. (Ciego de enojo, soy volcán de nieve y fuego.) Apenas supe que mi dicha suma a tu servicio, gran señor, me llama, cuando quebrando la rizada espuma del rubio mar que da a tu pueblo fama, en un delfín que es pájaro sin pluma, en un águila que es pez sin escama, monte de velas, huracán de pino, selva de jarcias, vecindad de lino, aré los campos de cristal y nieve donde bebe en carámbanos la aurora la blanca espuma que en aljófar llueve y el argentado humor que en perlas llora. El viento, a cuyo son las plantas mueve este del mar caballo, sólo agora torpe me pareció; mas bien hacía, anteviendo el honor a que venía. Al fin, llegué, si puede vista humana los rayos penetrar de tanta esfera, donde la majestad más soberana en tu semblante luce y reverbera; y por ser cuanto adquiere, cuanto gana quien por premio el servirte sólo espera, en alas del deseo y del cuidado, vengo obediente adonde me has llamado. Hable el de Tiro. A tu obediencia atento, apenas vi lo que tu carta encierra, cuando en veloz caballo –cuyo aliento jeroglífico ha sido de la guerra, sierpe del agua, exhalación del viento, volcán de fuego, escollo de la tierra, caos animal, pues con tan nuevo modo, no siendo nada desto, lo era todo– llegué en efeto donde a mi deseo el egipcio, señor, ha preferido en tu gracia y amor, no en el empleo, aunque a besar tus plantas ha venido. No digo que es esfera, ni lo creo, del sol tu solio; que desvanecido a tanta luz, si al sol honrar quisiera, dosel de Salomón el suyo hiciera. Reyes de Egipto y de Tiro, que a mis decretos venís obedientes y leales, la causa que os trujo oíd. Hijo nací generoso de Betsabé y de David, si heredero de sus glorias no, de sus imperios sí. Es mi nombre Salomón, que es lo mismo que decir pacífico. Bien el cielo cumplió su palabra en mí; pues desde que el Rey, mi padre, juntó al nacer y al morir oriente y ocaso y yo sombra de su cuerpo fui, se suspendieron las armas en Palestina; y así, no veis en Jerusalén un arnés sólo, ni oís los militares acentos de una caja ni un clarín. La oliva cede al laurel, habiendo sido hasta aquí escuela y lición de Marte; pues, desde que en juvenil edad esgrimió la honda contra el jayán filistín hasta que en su senectud venció en una y otra lid al apóstata idumeo y al idólatra gentil, no se desnudó las armas; por cuya causa –advertid– no quiso nuestro gran Dios de su mano recibir casa y templo en que morar, altar y ara en que vivir. Y así, dejando piadoso tan gran carga sobre mí, me manda en su testamento que yo, piadoso y feliz, labre al arca del Señor templo que pueda partir con el sol rayos y luces; pues él desde su cenit no sabrá a quién debe el día el resplandor, porque así han de brillar en sus muros las puntas de oro y marfil que de tanta Babilonia todo el cielo sea pensil. Esta fábrica eminente –que no podrá competir antes ni despues el tiempo– fían los cielos de mí. Ved si es cuidado que debo consultar y repartir con todos. Y siendo atlante de tanto peso, advertid si es bien que busque a quien pueda ayudármele a sufrir. Con este intento os llamé, con esta ocasión venís a Jerusalén los dos; porque los dos conseguís en mi amor y mi privanza más lugar y honor que mil reyes que son mis vasallos. Y así, os quiero advertir que, para empezar el templo, me faltan de prevenir dos provincias solamente. Con más atención oíd. El Líbano, excelso monte en cuya verde cerviz descansa el cielo los ejes dese pabellón turquí, población es donde tiene sus imperios el abril; porque sus árboles son en el ameno jardín lechos de la primavera; pues cuando empieza a reír el alba y llorar la aurora, sus flores a medio abrir son las copas en quien bebe el sol maná del cenit. Deste, pues, sagrado olimpo habemos de conducir leños a Jerusalén; y tú, Candaces, has de ir a talarle y a cortar de las palmas de Efraín los troncos, sin que te quede por traer una raíz. Tú, Hirán, sabe que al oriente, donde de rosa y jazmín coronado nace el sol en su cuna de zafir, hay una parte que llaman India Oriental, hasta aquí no descubierta de nadie, sí, conocida de mí. Aquí, pues, has de llegar y de mi parte decir a Nicaula de Sabá, que es su docta emperatriz, que si mi amistad desea y solicita de mí valerse, para mi templo en estoraque y menjuí, cinamomo y calambuco, quiera dar y remitir cuantos árboles y peñas tiene su adusto país; para que pueda labrar con fábrica tan feliz templo, altar, casa y sagrario –a la ley de Sinaí, a la vara de la sierpe y al maná de Rafidín– del arca del Testamento, del sagrado Adonaís, d el inmenso Sabaot, del gran Jehová, que decir quiere que es dios de los dioses, por deidad, principio y fin. La respuesta, señor, sea obedecer y servir. Iré al Líbano y verás cuán dignamente de mí fías cuidado eminente. A Sión ha de venir en fragmentos, tan cabal que se pueda presumir que, en vez de traerlo yo, él se ha venido hasta aquí. Vase. Donde el decir es hacer, viene de más el decir. No digo que iré a Sabá, ni que informaré de ti a su reina; sólo digo que yo te voy a servir, que es el premio que deseo. Vase. En paz, ¡oh reyes!, partid juntos los dos; que no sé qué grave espíritu en mí dice que habéis de traerme el tesoro más feliz que tenga Jerusalén –si en troncos puede venir– y la riqueza mayor que hoy está por descubrir en la India; porque yo espero gloria sin fin del Líbano y de Sabá; y no es mucho, pues que oí que a la gran Jerusalén la mayor le ha de venir por una mujer y un árbol de la casa de David. Vanse. Sale Libio, negro, oyendo lo que se canta. La sibila soberana de la gran India Oriental, la emperatriz de Etiopía y la reina de Sabá, inspirada de un fervor que la asiste celestial, se ha retirado a saber secretos que revelar. Misteriosa es la canción. Acercarme quiero más a informarme. Dime, amigo. Libio detiene a Mandinga. ¿Yo amigo? ¿De cuándo acá, si entre el branco ni entre el neglo nunca hay segura amistad? Dime. ¿Qué quiele que diga? ¿Dónde de esa suerte vas? A esa monta. ¿A qué efecto? A efétulu de buscal nuesa Reina. ¿Vuestra Reina? Sí. Pues decid, ¿qué hace allá? Sá allí retilala. ¿A qué? Quiere irse. Muy pleguntasica sá. Detente. No sá posible, que la música se va y turos mis gurgunillos hasen mucha farta allá. Vase. Villano al fin. El lenguage rústico claro lo da a entender, porque los nobles hablan más cortado y más político. Sale Irífile, negra. (¿Donde, amor, guías mis pasos? Si ya eres dueño de la vida, ¿qué más pretendes? ¿Qué más? Dejé la música y vuelvo a aquesta parte a buscar a Libio, que aquí le vi. ¡Oh, qué fácil es de hallar en quien despreciada vive un desaire o un pesar!) Dígasme, Irífile bella, que por este monte vas a penetrar las entrañas de su centro, ¿qué deidad vive en él? ¿Qué oculto dios sacrificio, ara y altar admite en rústico templo que así buscándole vas? Que después que en Sabá vivo cautivo, con haber ya dos lustros del sol, no vi esta admiración jamás. Gran Libio, rey de Palmira, a cuya felicidad debió el tiempo más trofeos que cuenta desdichas ya, escúchame atentamente; que aunque del cetro real y la corona depuesto hoy en nuestro reino estás, eres rey a quien respeto, porque, al fin, la majestad por sí sola admiración tiene y no por el lugar. Ese ejército festivo que, ceñido de arrayán, de palma y laurel, al monte hoy se conduce al compás de sonoros instrumentos –cuya música turbar puede el aire, herir el cielo y pasmar el sol–, sabrás que a su reina va buscando; que como la gran Sabá, emperatriz del Oriente, reina única y singular de los imperios del sol, es una adusta deidad, que con espíritu ardiente de dios merece alcanzar de sibila y profetisa nombre altivo y inmortal, cuando el divino fervor, que la inflama y que la da aliento, en su pecho vive es un ardiente volcán; y furiosa, del poblado huye y a la soledad se retira, donde escribe versos en que anuncios da de los arcanos secretos de un dios; que aunque dicen que hay tantos de barro y madera, de oro, de plata y metal, ella sólo uno concede y niega los de demás en oprobio y menosprecio de Moloc y de Baal. Deste, pues, dios uno, suele en varios bosquejos dar mil noticias, escribiendo ya en las arenas del mar con el dedo, ya en los troncos, siendo la pluma un puñal y el papel esas cortezas heridas tal vez; y tal, verdes hojas de laurel que esparce al viento a volar con caracteres escritos, siendo en su velocidad aves con alma y sin vida. Agora preguntarás: “¿Por qué escribe y habla así, pudiendo escribir y hablar descubiertamente?” Y es porque el rato que le da el furor y la ilumina una llama celestial, divinos misterios ve y entonces quiere observar sus secretos; porque, luego que pasa aquella deidad, de cuanto vio y alcanzó no vuelve a acordarse más y queda como asombrada. Mas, pues pudiste llegar a tiempo de ver lo que hoy nos revela, como allá llegues conmigo, no dudes que altos secretos oirás. Admirado me has tenido, oyendo la novedad de que me informas. Iré contigo hasta examinar las entrañas deste monte, cuya opaca amenidad los imperios de la luz niega al sol, pues no le da licencia para que un rayo pueda ver ni registrar los senos adonde oculta, avara de su beldad, tesoros la primavera en jazmín, rosa y azahar. Vanse. Salen Casimira, Irene, Mandinga y Músicos. No pases de aquí, pues ves que todos se paran ya. Cesen los instrumentos de dar admiraciones a los vientos; y las sonoras voces, que al sol llegaron dulces y veloces, suspendan su alegría y suceda el silencio a la armonía. Ninguna planta errante malogre hermosa flor de aquí adelante; pues ya de aquí miramos entre las verdes hojas de los ramos la cueva donde yace el etíope sol que al mundo nace. Aquí, pues, esperemos los divinos misterios que sabremos. Admirado me tiene la grande fe con que a buscarla viene su gente a esta espesura. Cuando veas en ella una locura tan cuerda y tan divina que su mismo furor la desatina, te admirarás de nuevo. Mandinga, con la música me elevo. Mucho en salir se talda. ¿No echa de vel la gente que la agualda? Pero, ¡ay diosa!, ¿qué es esto? No lo cleo. ¡Voto al sol!, ¿qué es aquélla que allí veo? Sale Sabá con unas hojas en la mano. ¿Ves de la suerte que sale ya afuera? Mi vista considera otro mayor espanto. Tanto la priva, la enajena tanto el fervor que la inspira que ni oye, ni ve, ni habla, ni mira. Suelto el cabello tiene; que, aunque etíope adusta, como tiene tal cuidado con ello, es un rayo del sol cada cabello. Mal compuesto el vestido, sin atención, sin alma y sin sentido, con ardiente despecho parece que se quiere abrir el pecho porque en él no le cabe el corazón. ¡Qué admiración tan grave! Espíritu divino de un dios que adoro solo, aunque dios trino; cuyo grave misterio los cortesanos dicen de su imperio cuando en sonoro canto una vez dios le aclaman y tres santo; dando a entender en estos versos un solo dios y tres supuestos. Tú que mi pecho inflamas con dulce fuego de amorosas llamas, a cuya mansa herida el fénix soy, dilátame la vida; que solamente quiero –hasta adorar el celestial madero del árbol soberano– ramo de paz, cuando el linaje humano agonice abrasado, anhele ciego en diluvio fatal de sangre y fuego. Oíd, oíd, mortales, que sé de la salud de vuestros males. Estas hojas que el viento mueve sutil y desvanece atento, misterios comprehenden que se dejan mirar y no se entienden. Estudiad, pues, en ellas; que letras son del cielo las estrellas y del viento las hojas. Aliviadas veréis vuestras congojas, borrados hallaréis vuestros delitos, si entendéis sus caracteres escritos en aquese cuaderno, corónica inmortal de un dios eterno. Esparce las hojas, llegan a cogerlas y ella se desmaya. Desmayada ha quedado. ¿Quién vio al sol entre sombras eclipsado? Una estatua es de yelo. De azabache dirás. ¡Válgame el cielo! ¿Adónde estoy? ¿Qué miro? Segunda vez con ocasión me admiro. ¿Yo aquí, tan descompuesto el cabello y las ropas? Pues ¿qué es esto? ¿Quién aquí me ha traído? Vuelve a la luz primera tu sentido, que cuantos aquí estamos los rayos de tus sombras adoramos. Huiré de que me vean desta suerte. Los troncos sólo sean testigos fieles hoy de mi fatiga; que aun de mi sombra huyera, si diferencia en mí y mi sombra hubiera. Vase. ¡Oye, espera! ¡Detente, no la sigas! No ofendas neciamente su precepto sagrado; y pues solos sin ella hemos quedado, las hojas que cogimos repitamos porque en ellas leamos lo que su voz enseña. Ésta, virtud contiene no pequeña. ¿Cómo dice?, que ya saberlo espero. Lee. “Y cuando el parasismo vea postrero...” Problema no entendida. Lee. “Con dulce fruta en su sazón cogida...” Tampoco ésa se entiende. Más felice aquí habla a mis cuidados. Lee. “Los dichosos serán los señalados...” Yo leer mi verso quiero. Lee. “Un celestial, un singular madero...” Nada hasta aquí se entiende. El mío, ni se alcanza ni comprende, en quien leo confusa y advertida... Lee. “Porque uno muerte dé y otro dé vida...” Yo tambien quielo agola mi velso leel; pero leeyo ignola Mandinga y así piro que lo lea por mí el más entendiro. Yo leértele quiero. Lee. “Antídoto ha de ser de aquel primero...” Éste amenaza alguna gran caída. Lee. “La fábrica del orbe desasida...” Y déste quedaréis más admirados. Lee. “Y con él a jüicio seáis llamados...” Nada hemos entendido. dentro Etíopes confusos que el sentido ignoráis de esos versos soberanos, a voces repetid los ecos vanos. Si ha de sel, estodial mi velso quielo; antíroto ha de sel de aquel plimelo. Vaya a una voz; pues pueden de esos modos, no entendiéndose uno, leerse todos. “Un singular, un celestial madero...” “...con dulce fruta en su sazón cogida...” “...antídoto ha de ser de aquel primero,...” “...porque uno muerte dé y otro dé vida;...” “... y cuando el parasismo vea postrero...” “...la fábrica del orbe desasida...” “...con él a juicio universal llamados...” “...los dichosos serán los señalados.” Alto sentido encierra. Paz publica al principio y luego guerra a todo el universo. Misterio da el enigma, verso a verso, anunciando un madero. “Antíroto ha de sel de aquel plimelo”. No he de olvidar razón yo tan divina, aunque tome desde hoy la anacaldina. “Leño ha de ser divino”. Si un árbol ha de ser tan peregrino, ¿quién duda que esta tierra le tiene, pues encierra esos verdes trofeos en los troncos y árboles sabeos? Bien es que le busquemos, pues en Sabá sin duda le tenemos, entre tan bellos ramos. Vamos, pues, a buscalle, etíopes. Vamos. Suena un clarín y espántanse. Mas, ¡ay, cielos!, ¿qué voz es la que suena, que ni es ave del viento ni es sirena del mar? Pierdo el sentido. Su música otra vez no hemos oído. Con sonoros acentos vuelve a llenar de admiración los vientos. ¡Qué eco tan ligero! Antiroto ha de ser de aquel plimero. Sale en lo alto Sabá. Moradores de Sabá, primera cuna del sol, donde su hermoso arrebol recibe la luz que da a otros hombres cuando va su dorado rosicler a ser hoy el que era ayer –pues si en ondas de zafir nace allá para morir muere aquí para nacer–: huid la playa arenosa que ocupáis, dejad la orilla del mar, que una maravilla estupenda y prodigiosa os viene a ver. Yo, furiosa con la mansa pesadumbre de mi espíritu, la cumbre toqué de ese monte, que verde salamandra fue sustentándose de lumbre. Sobre su cima eminente, hoy la estatura del monte no dilató el horizonte a los campos de occidente; y como tan claramente agua y tierra presidía, por ver qué descubriría, vi en anchos campos del mar el monstruo más singular que vio el grande autor del día. Ni es pez, ni es bruto, ni es ave, siendo ave, bruto y pez; porque en sus señas tal vez uno y otro nombre cabe: cuando nada altivo y grave por el reino de la espuma es pez de grandeza suma; cuando en diáfanas salas vuela batiendo las alas es un pájaro de pluma; cuando brama, cuyo acento causa admiración y espanto, es bruto; y así, entre tanto que discurre el pensamiento, a su gran prodigio atento no sé que nombre le dé; porque solamente sé, si no es pez, bruto, ni ave, que sin duda alguna nave de estranjeros reinos fue. Sale Hirán. Ya estamos en tierra. Agora cada cual tome su senda y examine las noticias destos mares y estas sierras. Hombre, aborto de la espuma –que esa marítima bestia sorbió sin duda en el mar para escupirte en la tierra–, no des más paso; porque cada paso, más te acerca a morir; y vas pisando en las tostadas arenas de esos montes las cenizas de tu vida, cuando en ellas cadáver midas el suelo herido de la violencia de una flecha en forma de áspid o áspid en forma de flecha. Deidad destos altos montes, en quien la naturaleza con estudio hizo un borrón porque examine y advierta que hay estudio en el acaso y en el descuido belleza: si eres la sombra del sol, que en el oriente la deja por no llevar sombra cuando luces pisa y rayos huella; si eres la diosa a quien dan estos montes y estas selvas estatuas de ébano y jaspe porque en la tez se parezca; si eres tú misma, en efeto –porque no habrá más que seas, siendo tú misma, tú misma–, no desdigas, no desmientas las vislumbres de divina con rigor y con soberbia; que emplear tirana en quien humilde tus plantas besa las puntas de esos arpones será malograr sus fuerzas, pues no les da qué vencer quien no les quita que venzan. De paz navego estos mares, espejos en quien contempla el sol su hermosura cuando medio dormido despierta. De paz estos montes piso, pirámides que sustentan en sus espaldas los rumbos de una esfera y otra esfera. Y así, nobles y piadosos, decidme qué parte es ésta de la India y dónde caen por estos mares y tierras las provincias de Sabá; que voy buscando a su reina, en vez de darla temores para rendirla obediencias. Turo aqueso sá embeleco. Mira, siola, no le cleas; que la gente branca sá mentirosa. Para eya, esturunémule turo, haya grita, fisca e festa. Ignorante peregrino, que vienes de lejas tierras donde noticia del sol aun habrás tenido apenas, puesto que no la has tenido de esa emperatriz –pues de ella la fama informa primero cuando generosa vuela desde un polo al otro polo llena de ojos y de lenguas–, porque tan grave ignorancia otra vez no te suceda, quiero de Sabá informarte. Escucha, porque lo sepas. En los desiertos del Asia, primera cuna y primera estación del sol, adonde la luz su fatiga empieza, yace una fértil provincia a quien engastan y cercan dos mares; que menos fosos a los muros de sus peñas no bastaran, si no es que contemplándose en ellas son espejos de cristal a mil narcisos de yerba. Tan joven la luz del día está aquí y con tanta fuerza hiere que en los moradores abrasa el color y quema; de suerte que, adustos todos, cuando al sol están no aciertan cuál es la sombra o el cuerpo, que es todo una cosa mesma. Deste, pues, lunar del orbe, si bien lunar con belleza; desta, pues, mancha con arte es emperatriz y reina Sabá; que aunque no es su nombre sino Nicaula Maqueda, por sus imperios así la suelen llamar; y ella lo permite, porque tanto de sus imperios se precia. No te quiero numerar su majestad y grandeza, su poder y su valor, aunque decirte pudiera que son sus montes de oro, puesto que en ellos se engendra tanto –oye– que si tal vez alguna mina revienta de plata, dicen que ha sido un aborto de la tierra y, como mal parto suyo, ni le nombran ni le cuentan. ¿Qué leño no es una aroma? ¿Qué copa no es una hoguera? ¿Qué peña no es un brasero, holocausto destas selvas? ¿Ves todo ese monte? ¿Ves toda esa verde eminencia embarazo de los vientos y de los rayos ofensa? Pues es una ara no más, en cuya llama sabea salamandra el sol se abrasa, fénix el sol se renueva; pues aquí, en dulces olores, las alas doradas quema, haciéndose cada día el natal y las exequias; y así, cenizas del sol, árboles, plantas y yerbas, sangre, bálsamos y gomas, sepulcro, montes y peñas, todo olores le tributa, todo le rinde riquezas. A Libio, rey de Palmira, venció en batalla sangrienta; y, desposeído ya, preso le tiene en su tierra. Y con ser tal el poder de Sabá, tal la grandeza, no son éstas las mayores; porque las mayores que ella tiene son la majestad de su ingenio, de sus ciencias; libro con alma y con voz es, que doctamente enseña lo más oculto que el tiempo o dificulta o reserva. Mira si quien esto sabe, mira si quien esto reina, podrá ofenderse de que tú lo ignores y no sepas que es poderosa, que es sabia, que es generosa, que es bella; y que lo preguntes cuando estás hablando con ella; y que ella mesma te haya de decir que es ella mesma. Saberse tu nombre antes que tu persona se sepa, anticipando la fama, es lisonja y no es ofensa; mas si te ofendes de mí como sabia y como reina y como hermosa, no hagas hoy de una culpa tres quejas, pues a la de hermosa sólo no te sabré dar respuesta; porque en cuanto a rica y sabia no me admiro, que está hecha el alma a tratar y ver más majestad y más ciencia. ¿En quien? En Salomón, rey de cuanto el Éufrates riega hasta Filistín y cuanto desde Egipto señorea el Nilo hasta la otra parte de Éufrates. Cuantos en estas provincias los reyes son, vasallos suyos se cuentan. Es señor de Palestina, de Samaria y de Idumea, Caldea y las dos Arabias, Félix Desierta y Petrea. De las Indias del Ofir tres flotas al año llegan, cargadas de plata y oro, metales, joyas y telas. Tanto que, en Jerusalén, hoy que hacer un templo intenta, para la fábrica hermosa están las calles cubiertas de materiales; de suerte que se ve más plata en ellas que piedras, con haber tantas que de sola una pudiera, si se abollara, labrar una casa toda entera sin que estuviera ajustada, sino todo de una pieza. Cincuenta y seis mil caballos de su servicio sustenta; y gasta al año en su casa cuatro millones de hanegas de trigo. ¡Válgame dioso! ¡Y quién aquí las tuviela! Y dejando aparte cuanto es majestad y grandeza, tiene las ciencias de cuantos sabios ha habido en la tierra y ha de haber; porque ninguno de cuantos nazcan y mueran, supo más ni sabrá más. Estrañas cosas me cuentas; y de escucharte, admirada te prometo que me dejas. Y plegunto yo, siola: ¿qué harás cuando no lo clea esto yo? Haré castigarte por incrédulo; que es fuerza que aquí me diga verdad y todo cuanto refiera hoy se ha de creer por fe. Digui yo que so una bestia; y si habrare más, la boca al colodrillo me vuelva. De parte deste gran rey, te vengo a pedir audiencia; que ya te he dicho, señora, que un templo labrar intenta adonde viva su dios; y su fábrica desea ilustrar con dones tuyos. Mi embajada, al fin, es ésta. Pero más despacio quiero que en tu palacio lo sepas; que es rústico todo un monte para que informarte quiera en él de tantos sucesos. Mi vida también espera informarse más despacio de las cosas que me cuentas. Vente a palacio; y contigo, capitán, tus gentes vengan, que quiero hospedarlas todas. Y cree que si deseas llevar dones de Sabá para enriquecer tu tierra, que creo que has de llevarle el mayor que se halla en ella, que es a mí; porque he de ver si es verdad que tu rey sea el más rico y el más sabio de los reyes de la Tierra; pues lo será, si es que a mí me vence en poder y en ciencias, que soy Sibila de Oriente que soy del Ocaso reina. Segunda Jornada Salen Irífile, Casimira, Irene, Libio y demás indios; y luego Sabá y Hirán. Ese monte coronado de verdes copas, en quien hoy tantas gentes se ven, es el Líbano sagrado. Cuarenta mil hombres son los que a talarle han venido, de quien general ha sido Candaces; y con razón, porque su cuidado es de quien tal acción se fía. Por el mar, desde aquí envía la palma, el cedro y ciprés a Jerusalén; y así puebla de árboles el mar, que se deja imaginar que se ha arrancado de aquí el monte cuando a ver llega que su sagrado horizonte discurre a cargas el monte y a pedazos le navega. En su falda descansar puedes en tanto, señora, que las sombras hacen hora de volver a caminar; que ha sido largo el viaje y no dudo que vendrás cansada. Pues que me das verde y florido hospedaje, en la falda lisonjera descansaré deste prado, donde pienso que ha fundado su corte la primavera, según las flores que veo. Pues que ya tan cerca estás de Jerusalén, verás allá cumplido el deseo; porque admiración tan grave como darán sus despojos, cabe, señora, en los ojos y en el concepto no cabe. Ya prevenida tu entrada en Jerusalén está y yo he de llegar allá primero con tu embajada. Dejadme sola, que aquí esperar quiero que el sol temple su ardiente arrebol. Aquí hay un árbol, señora, que al sol los rayos defiende; cuya hermosura suspende, cuya beldad enamora. Derecho el tronco e igual hasta rematarse, sube a ser de una verde nube gigante piramidal. En fin, en sus resplandores él muestra bien que por ley de naturaleza es rey de las plantas y las flores. Y que su Autor soberano, por favor particular, le quiso hacer y labrar todo de su propia mano, como quien dice: “Yo fui quien hizo por varios modos los árboles para todos y éste solo para mí”. En sus froliras alfomblas, descansal podlás; pues son calo, lecho y pabellón, rosas, álboles y somblas. Aquí, pues, descansaré. Todos de aquí os retirad y alguna cosa cantad. A Mandinga. Tú no te vayas porque si algo se ofreciere, puedas avisar. Échase debajo del árbol y vanse todos. Aquí saré. Turo se va. Yo he queraro solo. ¿Mandinga? ¿Siola? Diles que canten. Ya agola lo turumento han templaro. Cantan y ella se duerme. Un singular, un celestial madero... …con dulce fruta en su sazón cogida... …antídoto ha de ser de aquél primero... …porque uno muerte dé y otro dé vida. Y cuando el parasismo vea postrero... …la fábrica del orbe desasida... …con él a juicio universal llamados... …los dichosos serán los señalados. Parece que sa dulmiro al son del esturumento y el sol, el agua y el viento no se atleven a hasel ruiro por no dispeltaya. Yo también la quielo dejal, que sa pecaro peltal a quien de gana ha dulmiró. Vase y dicen dentro. dentro ¡No le sigas más! dentro Al viento, disforme monstruo, te igualas: no corres, vuelas sin alas. Sale Joab, con barba larga. Flaco y cansado me siento; mas, ¿qué mucho, si los daños que dan espantos y asombros huyendo llevo en mis hombros y el peso de tantos años? En tu vientre, ¡oh peña dura!, vivo a sepultarme voy; que es bien, pues cadáver soy, que busque mi sepultura. Va a entrar por una cueva y despierta Sabá. (¿Qué ruido es éste? ¡Ay de mí! ¿Qué monstruo tan torpe y feo es el que presente veo?) (No puedo pasar de aquí. ¡Qué estraña mujer!) ¡Detén, oh fiera, el paso veloz! Y si no puede mi voz pararte, pueda el desdén deste arpón; porque presumas que a él mis temores apelan, pues todos con plumas vuelan y tú pararás con plumas. Mujer prodigiosa –tanto que, al contemplar tus despojos, los oídos y los ojos horror padecen y espanto; y en tan grave confusión, por saber dentro en mí luchan si a lo que miran o escuchan le deben la admiración–, no soy fiera. Aunque me ves con tantas señas de fiera, hombre soy; y ser quisiera vil trofeo de tus pies antes que de esos arpones, a no importarme ir huyendo de quien me viene siguiendo. Si palabras o si acciones de un hombre que es desdichado tu pecho han enternecido, paso a esta cueva te pido adonde vivo enterrado. Pierde, hombre o fiera, el temor. Nadie te sigue y aquí, aunque te sigan, en mí tienes amparo y favor; que soy Sabá, emperatriz de los montes del Oriente. Aunque tu beldad lo intente, no harás mi vida feliz. No temas, pues te asegura mi respeto y mi piedad. No valdrá la inmunidad de tu divina hermosura a un delincuente que hoy vive a muerte condenado. ¿Quién eres? Un desdichado, con que te he dicho quién soy; pero, pues treguas nos da la gente que me seguía y amparas la falta mía, escucha. Atenta estoy ya. Hermosa mujer, en quien la naturaleza puso competencias generosas de lo blanco y de lo adusto, yo soy Joab infelice, a cuyo valor, a cuyo esfuerzo, las cuatro partes de la fábrica del mundo temblaron; aunque ya sólo soy un cadáver caduco, que al soplo menos ligero de cualquier viento me turbo. Capitán fui general de los ejércitos sumos de David. Digan el Tigris, el Éufrates y el Danubio si en sus hermosas riberas, que son de esmeraldas rumbos, tuvieron hartos laureles para coronar mis triunfos. Pero contemos desdichas, que están más puestas en uso: el introducir tragedias por los actos del disgusto. Cuando Absalón, hijo hermoso de David, bello trasunto de Adonis, pues fue su sangre de su hermosura dibujo, a un tiempo vasallo y hijo inobediente y perjuro, contra su padre y su rey en armadas huestes puso el imperio –siendo entonces a tanto escándalo injusto los montes de Gelboé testigos sordos y mudos–, con su rey y con su campo salí a estorbar el orgullo del ejército, que osado la batalla nos dispuso a la hora que ya el sol entre reflejos confusos iba, declinando rayos, a ser huésped de Neptuno. Frente a frente los dos campos se vieron en el noturno silencio, si ya no fue que el sol se vistió de luto. Hizo, al alba, de embestir señal un metal robusto –que es voz y aliento de Marte– cuando los dos campos juntos –repitiendo los acentos y los grabados escudos– eran un Etna de fuego, eran un volcán de humo. Tan sangrienta y tan crüel fue la lid que el valle estuvo hecho de púrpura humana un pavimento cerúleo. Declarose la vitoria; decirte por quién rehúso, porque parece injusticia del cielo; y en sus influjos, cuando injusto nos parece, es justiciero y no injusto. La gente, pues, de David, rota y deshecha, se expuso a la fuga; y el rey mismo, de sus afectos desnudo, a espaldas vueltas volvía contra su valor augusto. Mas Semeí, joven valiente que el calabozo profundo de esa bóveda conmigo habita, ciego y sañudo de ver a su rey huyendo, dijo a voces: “¡Del Dios sumo de Israel maldito sea rey que a padecer nos trujo!”. Oyolo David y dijo: “Aunque de tu boca escucho mi maldición, Semeí, hoy no has de pensar que procuro mi venganza. Mientras viva yo, tú vivirás seguro”. Y volviendo a la batalla, tanto esfuerzo en ella puso que barajó a la fortuna la suerte; y vitoria tuvo. ¿Viste exhalación deshecha correr por azules rumbos, que deja un rastro de fuego por donde corre? Presumo que esto Absalón parecía desamparando a los suyos, cuando veo –¡oh qué prodigio!– que de los cabellos rubios pendiente a una encina queda, siendo en su desdicha a un punto la misma encina y cabello el suplicio y el verdugo. De no matarle llevaba orden yo, pero ¿quién tuvo freno para la impaciencia y rienda para el impulso? La acción que, violenta ya, parada en el aire estuvo, a pesar de mis afectos, sin saber cómo, ejecuto; y pasándole la espalda hasta el pecho el hierro agudo, siendo en la región del aire toda la esfera un sepulcro, fue una admiración del cielo y espectáculo del mundo. Los campos de Gelboé maldijo, cuando lo supo, David; por cuya ocasión, siempre secos, siempre mustios, ni llora el alba rocío, ni congela dulces frutos de las flores del abril, ni las espigas de julio. En mí quisiera vengarse; mas como siempre me tuvo tan grandes obligaciones, nunca a hacerlo se dispuso. Vivido he, pero muriendo; y en el testamento suyo deja mandado que muera por tan riguroso insulto. Huyendo de Salomón la justicia, no procuro mi perdón, por saber cierto que es juez sabio, que es rey justo; y conmigo lo será más, pues un tiempo que hubo bandos entre él y Adonías, su hermano, sobre el augusto laurel que ciñó, ayudé de Adonías los discursos. Por todo, pues, vivo aquí e n un calabozo oscuro con Semeí, que es aquel de la maldición; y juntos los dos, por guardar las vidas de las manos de un verdugo, lo somos nosotros mesmos, viviendo como unos brutos. De yerbas nos sustentamos; y éstas cogemos a hurto de la gente que este monte saquea de troncos, cuyo número excede a sus hojas. Si pudo mi voz, si pudo obligarte mi desdicha, lo más que de ti procuro es que con Candaces puedas –rey de Egipto– que, entre muchos árboles que van cautivos hoy a Jerusalén, uno reserves, que es este árbol, porque su tronco caduco es prodigioso entre cuantos el tiempo vistió de lustros. Tradición es verdadera de los moradores rudos del Líbano que este tronco de Hebrón a sus montes trujo Jafet, hijo de Noé; que fue el que en herencia tuvo esta parte cuando él partió entre los hijos suyos la tierra la vez segunda que volvió a nacer el mundo. Es tu historia prodigiosa; admiración me ha debido. Y supuesto que he venido donde, sabia y poderosa, en pena tan rigurosa pueda valerte, lo haré. Jamás piedad esperé. Venid juntos, tú y tu amigo, a Jerusalén conmigo; que yo al rey le pediré vuestras vidas la primera cosa que se llegue a hablar; que siento vuestro pesar como si mi pena fuera. ¡Semeí! Sale Semeí, vestido de pieles. ¿Qué es lo que me quieres? Darte de un suceso parte. Desde aquí pude escucharte; y así, informarme no esperes. Y me ha pesado de que eres ciego y desagradecido a tu bien. ¿Por qué no has sido alfombra a esos pies primero? Porque yo, Semeí, no espero el perdón que me ha ofrecido e sa mujer. Si yo a muerte estoy condenado ya, ¿quién a romper bastará lazo tan duro y tan fuerte? Que podrá romperlo, advierte, una reina soberana, tan divina como humana, que en el Oriente nació, hija del sol. Nunca yo en esperanza tan vana mi vida aseguraré. ¿No la asegura un madero? Ya tampoco en él espero; pues que ha de cortarle sé la gente que aquí se ve. Pues no esté desesperado hombre a muerte condenado por decreto de un rey fuerte. Si heredero de tu muerte vives pobre y desdichado, vida por mí has de tener; p orque digan que ha rompido el decreto establecido un árbol y una mujer. Y mujer, cuyo poder es de virtudes crisol, cuyo divino arrebol es hermoso y refulgente, porque es reina del Oriente, provincia hermosa del sol. La vida espero por ti, hermosa Sabá. Yo no. ¿Quién del bien desesperó? Quien nació como nací, no espere vivir. Yo sí. Eres loco. Tú, obstinado. Dios inmenso, dios sagrado que aquí mi espíritu enciendes, ¿qué gran misterio pretendes revelar a mi cuidado? Entre dos hombres que a muerte están condenados ya, un madero hermoso está que luces y rayos vierte. ¿Qué duda tan grave y fuerte de aquí se puede inferir? Uno espera que vivir puede; y otro desespera de la vida. ¡Quién pudiera los secretos descubrir que me dicta el corazón! Pero no puedo, no puedo; que muerta y vencida quedo a manos de mi pasión. ¿Qué soberana visión en vislumbres considero otra vez de que un madero común remedio sería del universo y pedía al cielo que lisonjero me le diese a conocer? ¡Quién el secreto pudiese penetrar! ¡Oh, quién supiese cómo ha de venirse a ver nuestro remedio y placer! Mas aunque el camino ignoro, como a sagrado te adoro: árbol de Dios debes ser. Salen Candaces y gente. Por esta parte que el mar es espejo transparente del Líbano y que sus flores narcisos se desvanecen, id cortando. Mas ¿qué miro? El paso, pueblo, suspende a ver un caso admirable que a nuestros ojos se ofrece. En lo intrincado del monte, en una parte eminente, está un árbol y a sus lados dos hombres, que más parecen dos fieras; y una mujer a sus pies lágrimas vierte. Con poca causa te admiras. ¿Qué prodigio hallas presente? ¿Una mujer y dos hombres te turban y te suspenden? Ella sin duda será vecina de aqueste albergue donde árboles adoran, porque dicen que aquí tienen un árbol que Jericó les dejó a sus descendientes. Los hombres en ese traje será que, como mil gentes en el Líbano trabajan y de tantas partes vienen, del modo, quizá, de alguna que se visten de esa suerte habrán venido. Bien dices; a talar el monte vuelve. Empieza por aquel árbol, que su copa y tronco debe ser preferido entre cuantos a la fábrica excelente del templo navegan. Voy a cortarle. Gente viene. No temas, pues con la reina estamos. Hebreo, detente; no pongas la mano, no, en el árbol que presente miras, que es árbol sagrado. ¡No le toques, no le llegues! Maldito serás de Dios, si a profanarle te atreves; porque en ofender sus hojas hoy a todo el cielo ofendes. Y si al golpe que levantas su tronco divino hieres, sangre verterán sus poros que te manche y ensangriente; cuya mancha no saldrá de todos tus descendientes. Mujer que en traje y color, en palabras y obras, eres prodigiosa, ¿qué amenazas son éstas que nos previenes? Si es sagrado este madero, ¿adónde estar mejor puede que en la casa del Señor? Pues por eso mismo debe cortarse y llevarse al templo. Corta, pues; su tronco hiere. ¿Cómo, si es árbol divino, al golpe no se defiende? Dale golpes y suenan truenos. ¿Qué es esto? El blanco rocío que en sus bellas hojas tiene se vuelve en sangre. Y sus ramas caen rojas, siendo verdes. Al Hebreo. Hoy el cielo sobre ti diluvios de sangre llueve. ¡No le cortes, no le cortes! ¿De qué te afliges? ¿Qué temes? Algún pájaro, que herido de agudo arpón hizo albergue desta copa, ensangrentó sus hojas; y agora, al verse sacudido, las despide. Que brame el viento, que tiemble la tierra no son efetos de un árbol, puesto que tiene causas la naturaleza que esos efetos engendren. Deja, señor, que le corte. Yo no he de mandar que llegues a ofenderle, ni a cortarle. Córtale tú, si quisieres, hebreo. ¿Cómo, gentil que en el Nilo adorar sueles los cocodrilos por dioses, gitano que tantos tienes, piensas que es dios este árbol? Yo le cortaré. Árbol fuerte, los golpes son del hebreo; no del gentil. Él te ofende. Cae el árbol y vuelven los truenos. ¿No le ves que, con el alma vegetativa que tiene, al amago ha parecido que se encoge y se estremece? La tierra, al considerar que hijo tan hermoso pierde, quiere, abortando prodigios, abrir su preñado vientre. Ya su tronco mide el suelo. Y al inclinar su alta frente, delirios el mundo sueña, eclipses el sol padece. Árbol que la vida y alma sangre llora y penas siente, ¿qué árbol es? ¿No ves que es palma? ¿Que tanto el temor te ciegue que llames palma a un ciprés? ¿Aquéste es ciprés? Tú eres el ciego, pues al que es cedro llamas ciprés. ¿Cedro es éste? ¿Pues no es cedro? Mira aquí si esto es cedro. Razón tienes. No es posible que no sea esto palma. Agora advierte si es palma en aquesta parte. Palma es. Se le parece; pero mira si es ciprés. Ciprés es. Tres nombres tiene de por sí; mas todos juntos es un ramo solamente. Hasta en eso hay más misterios. El cedro, que es árbol fuerte, es como el Padre divino que engendra perpetuamente. La palma, que dice amor, pues sin el amor no crece, mirando a su semejante es el Espíritu ardiente que enciende de amor los pechos. El ciprés, que dice muerte, como el Hijo es, pues él solo de las tres personas muere. Y así ciprés, cedro y palma declara, explica y contiene en Padre, Espíritu y Hijo unidad, amor y muerte. Funesto enigma del día, tus razones no se entienden. Como es oscura la casa, así el alma, que es su huesped, tienes oscura también. Sin duda, mágica eres, que habitas en estos montes; y así, digo que nos dejes. Alzad aqueste madero, que yo es bien que le lleve a Salomón por prodigio; que también la tierra tiene árboles monstruos que dan a una forma tres especies. Vanse, llevando el árbol; y sale Salomón. Desde esta parte, donde a la fábrica hermosa corresponde el supremo palacio, alcázar de David, quiero despacio considerar agora la beldad que a los cielos enamora, que los vientos suspende y a sólo el sol con presunción ofende, porque tantos reflejos se levantan a soles desde lejos y hay cuestión y porfía sobre a cuál de los dos se debe el día. Jerusalén sagrada, ciudad de Dios en Asia fabricada, tres montes te sustentan que, atlantes de su cielo, nunca alientan; porque su gran fatiga a gemir mudamente les obliga y a respirar tan quedo que los ecos son voces de su miedo. De aquestos, pues, tres montes que dividen al cielo en horizontes, Moria, Sión, Calvario, hice elección y le juré de erario, archivo de su gloria, a la cumbre feliz del monte Moria; porque dice en hebreo Moria, especulación; y así, bien creo que el templo comenzado sobre especulación esté fundado con soberano indicio, pues la oración, el ruego, el sacrificio siempre dan por efetos especular de Dios altos secretos. Bien conforme la planta, del mismo Dios, la fábrica levanta la frente y es coluna de la cóncava esfera de la luna; las piedras, ajustadas vienen desde los montes y labradas las vigas; de manera que, aunque errar el artífice quisiera, no pudiera con arte, que ninguna viniera en otra parte sino sólo en aquélla para donde su artífice la sella. Y así andan, entre propios y estranjeros, en ella hasta ochocientos mil obreros. Su concordancia es mucha, pues una voz ni un golpe no se escucha. Sale Hirán. Dame a besar tus plantas, si mi humildad merece dichas tantas. Hirán, dame los brazos, dignos sujetos de tan nobles lazos. ¿Cómo en Sabá te ha ido? Que aunque cartas y avisos he tenido, no será acción impropia saber a boca nuevas de Etiopia. Llegué a Sabá, señor, donde admirada Nicaula, de Sabá reina sagrada –que competencias debe al alba, a la azucena y a la nieve–, de escuchar tus grandezas, el honor de tus ciencias y riquezas, quiso venir a verte y, peregrina, cortó del mar la esfera cristalina. Dones que presentarte trae y enigmas que ha de preguntarte; que en ciencia y poder quiere examinar si a tu deidad prefiere, porque es la negra estrella tan poderosa y sabia como bella. Y aquesta tarde llega donde la luz de tanto sol la ciega. Ya sabido lo tengo y grandes triunfos a su honor prevengo. Sale Candaces. Ya el Líbano, ciudad de hermosas flores, vulgo de plantas, plebe de colores, talé con varias gentes; mas, entre tantos troncos diferentes que vienen, te encarezco uno; y éste en mi nombre te le ofrezco, porque es árbol con alma de un cedro, de un ciprés y de una palma. No le vio semejante el sol desde ese trono de diamante; no le vio en sus entrañas la tierra igual; sus hojas son estrañas, estraña su grandeza, estraña su beldad y su belleza. Al desasir los lazos, que en sus raíces con caducos brazos tenía dados la tierra, ella y el viento nos hicieron guerra, aumentando portentos al despedirse dél los elementos. Los dos me habéis traído las dos cosas que más he agradecido. En un jardín aparte se ponga con estudio, ciencia y arte sólo ese árbol, donde yo lo vea, porque hermosura de mi templo sea; y Sabá aquesta tarde llegue a mi trono. Fuerza es que no aguarde, pues ya los instrumentos –que de apacible horror llenan los vientos– y el rumor nos avisa que la adusta sibila y profetisa del reino del Oriente llega a palacio. Generosamente mi pueblo la reciba,... ¡La gran sibila del Oriente viva! …que es bien que honre a quien tiene tanto valor que a visitarme viene desde la India; y quiero, mientras que yo en mi altivo trono espero, que los dos en mi nombre la recibáis para que más se asombre de que por solas leyes emprenden estos triunfos tales reyes. A obedecerte vamos. Muy justamente admiraciones damos a mujer tan altiva. ¡La gran sibila del Oriente viva! Vanse. Van entrando los que pudieren, negros, Sabá en el carro, Joab y Semeí. Llegan los reyes al carro, hincan la rodilla y descúbrese el trono de Salomón. Ya Salomón te espera, planeta siendo de tan alta esfera. Morena soy, pero hermosa, hijas de Jerusalén; morena soy, pero hermosa. Bien podéis venirme a ver. Príncipe soberano del gran pueblo escogido de Dios, que en ti ha excedido las obras de su mano, pues eres peregrino un casi humano dios, hombre divino... Deidad alta y suprema de la zona abrasada, donde, de luz bañada, el sol las alas quema y los rayos envía, hermosa noche, emperatriz del día... …tú que, de Dios amado, eres tesoro vivo, de su poder archivo, de sus ciencias dechado, digno de que te nombres el más rico y más sabio de los hombres... …tú, que el concepto oscuro de Dios cifrar te atreves cuando el aliento bebes del espíritu puro, voz que de Dios avisa, sibila hermosa, negra profetisa... …¡salve! y, puesta a tus plantas, eterna vida tengas. …¡salve! y felice vengas a ensalzar dichas tantas donde yo te reciba. ¡Viva Sabá!, decid. ¡Salomón viva! Baja Salomón y ella se apea del carro. A tantos rayos, ciego dignamente he quedado. Mas ¿qué mucho, si osado mares surco de fuego? Que aunque negra, eres bella y ya toda la noche es una estrella La sombra con el día no ha de hacer competencia: haga tu luz ausencia a mi tiniebla fría; que al mirarte me asombras, hecho duelo de luces y de sombras. (¡Qué notable grandeza!) (¡Qué divina hermosura!) (¡Qué majestad tan pura!) (¡Qué singular belleza!) (Absorta, a cada paso grandezas miro.) (A su sol yo me abraso.) A tus soberanas plantas, a tu sagrado dosel, gran Salomón, hijo heroico del profeta, sabio rey, a tu solio sin segundo llega una humilde mujer que en la India del Oriente, que mancha del mundo es, nació sabia, reina, rica y nació hermosa; si bien, la cólera allí del sol la pudo turbar la tez. Llamada de las noticias de tu ciencia y tu poder, vine a verte y a escucharte, digno precio a tanta fe. Si he hallado gracia en tus ojos, halle piedades también; pues hoy es día, señor, de hacer a todos merced. Prometí que pediría cuando te llegase a ver las vidas de dos que hoy, por un decreto crüel, a muerte están sentenciados, que son Joab y Semeí. Si a visitarte no más, sabio y poderoso rey, tantas tierras discurrí, tantos mares navegué, a entender da que eres sabio perdonando injurias; pues saber saber perdonar, dice tu Dios que es saber. Sabá, justicia y piedad en igual línea se ven; que son virtudes las dos que no pueden exceder una de otra, como efetos participados de quien ni puede ser más ni menos y siempre vive en un ser. Sabio es el rey que castiga y poderoso es el rey que venga agravios de Dios, ministro de su poder, sin que deje la justicia ofendida por hacer lisonjas a la piedad, si su virtud también lo es. Pero para que lo admires todo junto, escúchame: ni he de hacer lo que me pides, ni lo he dejar de hacer; ni tengo de ser piadoso, ni justiciero he de ser. Uno doy a la justicia y otro a la piedad, porque ninguna virtud en mí pueda quejarse después. Escoge el que ha de vivir; y mira que escojas bien, porque aun en eso, Sabá, sinrazones no he de hacer. Para haber de juzgar yo, informarme he menester más despacio. Pues los dos estén presos. Y también no es ésta ocasión de juicios. Prosigue el triunfo, que en él quiero acompañarte yo; y vea Jerusalén dos planetas en un carro, dos reyes en un dosel, dos soles en una esfera, dos triunfos en un laurel. Tercera Jornada Salen Irífile, Irene, Casimira y criados. Notables grandezas son las del rey de los hebreos. Dignamente las celebra la fama. No en vano fueron las noticias a Sabá de sus celebrados hechos. Y no en vano nuestra reina vino a verle. Ya te entiendo la malicia. Tú te engañas si presumes que es mi intento más que hablar de los aplausos de su poder y su ingenio. ¿Y no te acuerdas de amor? Ni me olvido ni me acuerdo; mas si por él lo entendiste, poco importa cuando vemos tan manifiestas las causas hacer juicios los afectos. En fin, ¿se rindió al amor un rey tan docto y supremo? Un rey tan supremo y docto se rindió, Irene, por serlo; porque no puede ninguno amar sin entendimiento. Grandes las fiestas han sido que Jerusalén ha hecho. Y no ha sido la menor la de hoy, porque en aquestos jardines la ha festejado con músicas y con versos. Y para sobrecomida, quedan los dos arguyendo; y él responde a cuantas dudas nuestra emperatriz le ha puesto. Sale Mandinga. ¡Vive dioso, que una enima he estulialo y que tenemo de cogel este Salmón que es tan sabiento con ello; pues no haleralla en el chiste pol más que sepa! ¿Qué es eso, Mandinga? Acá que no es nara. Hoy quien más sabe velemo. Salen Sabá, Salomón y Hirán. En la hermosa primavera destos jardines amenos que hacen verdes pabellones de las palmas y los cedros podrás, hermosa Sabá, sombra del mayor lucero, con tus etíopes sabios proseguir con argumentos. Generoso dueño mío –para mis ojos más bello que este monte que es columna dórica del firmamento; más agradable a mi vista que esos árboles compuestos de fruta y flor; más süave que las luces y bosquejos de sus sombras en la siesta que hiere el sol más severo–, aunque de tus ciencias ya bastante experiencia tengo, por divertirte no más hacer academia quiero este jardín, noble envidia de los pensiles sabeos. Diviértante, pues, mis damas. Cada cual vaya poniendo una duda y tú responde. Damas rixo; pues yo empiezo y plopongo aquesta enima. Esteme suencer atento a lo enima que plopongo. ¡Aparta, loco! No quielo; que a mí, ¿quién me quita sel dama hoy, pues lo palecemos turus? Que mueltas las luces, turus los gatos son neglos. ¿Podrá el monarca mayor con poder o con ingenio criar, señor, una rosa? No, que el clavel más pequeño del pincel de Dios es rasgo; y no hay poder en el suelo que criar una flor pueda, porque este nombre supremo de criar es de Criador, no de criatura. Yo puedo haber una flor crïado. No es posible. Yo lo pruebo. ¿Qué es más la flor más hermosa que una burla, engaño y juego que hace la naturaleza a los ojos? Pues es cierto que no tiene más beldad, más vida, ni más aliento que aquella que le dispensa la mano, el aire o el fuego, como pavesa del prado. Luego si hacer eso puedo –una flor que engañe al sol, al hombre, al agua y al viento–, diré que una flor crïe. Hable mejor el efecto. Unas de este cuadro son mi estudio y otras del tiempo. Di: ¿cuál es cierta o fingida? Tú, con natural aseo, podrás haberla imitado; no podrás haberla hecho. También la naturaleza se imita y por flor tenemos la que se parece a otra. Di: ¿cuál es cierta? No puedo distinguirlas desde aquí. Luego ya una mano ha hecho lo que la naturaleza, si a ti te engaña. Eso niego; que el ver no le toca al sabio, pues un rústico grosero pudiera ver más que yo y distinguirlas más presto. Lo que a los sabios les toca es examinar secretos naturales. Yo diré, ¡oh Sabá!, por el primero, cuál es verdadera y cuál fingida; y así, te ruego lo dejes así; que yo te daré respuesta presto. Vaya otra pregunta. Vaya; y si la acielta es discleto. Soble un álbol que no es álbol estaba un pájalo puesto que no es pájalo y cantó. ¡Oh, qué enfadoso te has hecho! Aguárdate un poco, Irene. Aquella rosa que veo entre un clavel y un jacinto es rosa fingida. Es cierto. ¿En qué lo viste? En que andaba una abeja haciendo cercos sobre ella y nunca llegó a picarla. De aquí infiero que es flor fingida, pues no es de gusto ni de provecho. No quiero cansarte más con ignorancias, supuesto que es ignorancia mi estudio comparado con tu ingenio. Sólo para que me admire, verte hacer un juicio quiero. Tú me dijiste, señor, que yo de aquesos dos presos escogiese, como sabia, con atención y con seso, el que había de vivir. Helos escuchado y quedo dudosa de sus razones; y a tu tribunal los vuelvo para ver el que tú eliges. Decid que lleguen; y dellos te informa y juzga su causa. Mas, ¿qué es lo que miro? ¡Cielos! En las flores se ha quedado Salomón durmiendo al tiempo que de justicia le hablo. No es mucho, si su desvelo hasta la aurora le tiene a mis umbrales cubierto de la escarcha del rocío –blancas lágrimas del cielo– que en este jardín se duerma; y así, en tanto que al sueño se rinde, venid conmigo y una guirnalda le haremos de las flores del Setim, de las hojas de los cedros y cogollos de las palmas, que corone los cabellos en quien blanco aljófar vierte el alba. Soplad más quedo y no hagáis ruido, airecillos, que está mi vida durmiendo. Vanse. Suenan destempladas cajas. Aparécese una mujer vestida de luto, con una espada de fuego. ¡Salomón! ¿Quién me nombra, que suspende su voz, su vista asombra y en una nube oscura, de mi vida funesta sepultura, admira su semblante? ¿Quién tan sabio se ve tan ignorante? Porque el mayor agravio de la ciencia es errar el hombre sabio. Teme, teme el castigo, si estranjeras mujeres de otra ley, de otro dios, amas; y quieres que esgrima la cuchilla que relámpagos luce y rayos brilla; y que esguace el segundo diluvio que ha de sepultar el mundo. Justo y divino cielo, a tu piedad, a tu piedad apelo de la ignorancia mía, con ser el rey de la sabiduría. Detén la ardiente espada contra mi flaco ser desenvainada, q ue es abismo de fuego que me deslumbra y que me deja ciego. ¡Ay, mísero infelice! Cuando el brazo de Dios advierte y dice que tema su castigo, ¿dónde seguro iré, si voy conmigo yo mismo a despeñarme? Nada sabré, si yo no sé salvarme. Vase. Salen Eliud, Candaces y Hirán. Esto manda Salomón. Pues ¿cómo tan brevemente se ha de fabricar la puente sobre el arroyo Cedrón? Como no ha de ser labrada de piedra y jaspe inmortal, ni en colunas de metal; sino sólo fabricada para el paso necesario del concurso popular; y en que el rey pueda pasar del monte Moria al Calvario. No es menester más cuidado que atravesar dos maderos, los que halláredes primeros de tantos como han sobrado de la fábrica del templo; que son, con caduco indicio, antes ruina que edificio, puesto que en ellos contemplo que los dejan sin servir. Y esto con brevedad sea, porque esta tarde desea con la sabia negra ir a los jardines que tiene en el Calvario labrados, donde a sus dulces cuidados mayor aplauso previene. Y quiere allí hacer alarde de su mucha majestad. Si con tanta brevedad se ha de labrar que esta tarde pasar por ella pretende, sólo un madero será; y éste cubierto estará de rosas. Mira que ofende la dilación al deseo. Aqueste tronco ha de ser el que aquí se ha de poner. Saca un hebreo un tronco. No vendrá bien, porque creo deste tronco que ha nacido para mayor ocasión. Dos mil artífices son los que ponerle han querido en la fábrica y ninguno le ha podido aprovechar; y no ha tenido lugar, en todo el templo, oportuno para sí, porque tal vez viene grande, tal pequeño; y al fin, de su estrella dueño, de sus misterios jüez, a la fábrica ha sobrado, perdiendo la estimación que le dio la admiración con que fue, hebreo, cortado del Líbano. Así es verdad; mas para servir aquí, ¿cómo ha de escusarse, si no ha menester igualdad ni correspondencia? Sea el tronco que es eminente desde una a otra parte puente del Cedrón; y en él se vea, pisada de todos, rama que no se quiso asentar en más dichoso lugar. Pónenle sobre dos peñas. Bien la dicha o la desdicha con que vive o con que nace uno se ve aquí; pues hace tal desprecio de la dicha un madero, cuando pudo nacer para estar cubierto de oro y plata; y triste y yerto, pisado, humilde y desnudo se ha de ver y atropellado de una planta y otra planta. Y en su lugar se levanta otro quizá destinado para puente, que éstas son maravillas que Dios hace. Todo con su estrella nace, todo con su inclinación. ¿Qué sabéis si más ufano en esa humildad está, sirviendo de puente ya, que en el templo soberano siendo columna inmortal? Que creo que no estuviera mejor, cuando cima fuera de ese templo celestial. ¿Hasta un tronco, hasta un madero nace con su estrella? Sí. La música suena allí. Ya llega, cubrirle quiero; y ya que es camino, en fin, camino apacible sea y matizado se vea de clavel, rosa y jazmín. Gracias a Dios que sirvió y vino a una parte bien ramo que a Jerusalén tan de mala gana dio el Líbano. Árbol tan vario que ignoran su corazón, sirva de puente al Cedrón, que es el paso del Calvario. Salen Sabá, Salomón, Joab y Semeí. ¿Tanto, señor, un sueño te divierte? Quien tanto sabe ¿ignorará que el sueño, aunque es pálida imagen de la muerte, n o es de la vida ni del alma dueño? Que es sombra, mira; que es fantasma, advierte. Fácil es su poder; su horror, pequeño. Vuelve a mirarme, cesen tus enojos. Dices bien. No hay pesar al ver tus ojos. ¿Músicas no te alegran, ni cantares, aunque tan dulces son los que has compuesto a mis amores hoy? Pues tus pesares no se divierten, gran señor, con eso, hoy quiero que una duda me declares; así divertirás tu mal, supuesto que no hay cantar más dulce y más suave que hablar en ciencias al que ciencias sabe. Semeí y Joab muriendo viven; y por instantes uno y otro esperan vida y muerte; a tus pies hoy se aperciben; pues uno ha de vivir, los dos no mueran. Juzga su causa, que con llanto escriben; que yo no sé qué meritos prefieran, ni qué culpa, señor, pues considero la razón en aquél que habló postrero. Yo, señor, fui general de David, con tantas glorias que, en jaspe, en bronce y metal, hoy me deben las historias eterna fama inmortal. En las guerras de Absalón yo le serví y ayudé; y cuando de su escuadrón Absalón huyendo fue, le seguí con intención; que, ceñido de laurel, seguí a Absalón y fïel quise hacer lo que ordenó tu padre, pues me encargó q ue le mirase por él. Vile del tronco pendiente –un racional bruto hecho– y, de santo celo ardiente m ovido, le pasé el pecho desesperado y valiente. El error fue de una acción, el impulso fue del cielo, la culpa de la ocasión: mira si merece el celo tener nombre de traición. Yo en la pena que me aflige, sin razón, sin dios, sin ley, confieso que un error dije y que blasfemo maldije injustamente a mi rey; pero si llega a alegar por disculpa de su error Joab en tanto pesar el ser una acción, señor, tan fácil de ejecutar, tanto más lo viene a ser una voz –que fue mi mengua– cuanto es más fácil mover que todo un brazo la lengua y es el decir que el hacer. Si yo tengo de escoger, Joab vida ha de tener; que en él la razón consiste. ¡Oh, qué mal, Sabá, escogiste! Semeí solo ha de vencer; porque siendo claramente uno aleve y otro infïel, sacrílego e imprudente, Joab ha sido más crüel y homicida inobediente. El uno al rey ofendió; y otro, un hijo le mató; y quiero que el mundo vea que cuando David desea que vengue sus culpas yo, hago lo que hiciera él; pues si él agora viviera, una maldición crüel, de quien él la parte era, perdonara justo y fiel, pero un homicidio no, que es causa de Dios; y así, haciendo lo mismo yo que él hiciera, pues aquí en su lugar me dejó, quiero mostrar en los dos lo que más al cielo cuadre. Vivid vos y morid vos, que el agravio de mi padre perdono, mas no el de Dios. Llévanse a Joab y a Semeí. ¡Oh, joven venturoso!, grande don de los cielos mereciste, tan sabio y poderoso. ¡Bendito el vientre sea en que anduviste, los pechos que tocaste y feliz el imperio en que reinaste! ¿Qué estilo, di, qué modo hay de salutación tan dulce y nueva que tu valor en todo el alma pasma, el corazón eleva? En tan confuso abismo, quise en ti saludar a tu Dios mismo. Dame la hermosa mano, Sabá divina; y del Cedrón, la puente pasarás. Es en vano que yo pisarla o profanarla intente con atrevida planta. ¿Qué tienes? ¿Qué te admira? ¿Qué te espanta? Sube, Sabá. ¿Qué miras? ¿De quién huyes, te escondes y retiras? Miro la luz que me deslumbra ciega de un volcán, que en humo y fuego anega al sol, dando desmayos con truenos, con relámpagos y rayos. Mi admiración es mucha. Pueblo de Dios, advierte, atiende, escucha; que a mi docto desvelo nada le encubre, ni le oculta el cielo. Era la estación del sol, primavera de los días, floreciente edad del mundo: era la estación florida. Llamó Adán a Set, su hijo; que de toda su familia era Set, joven hermoso, el hijo que más quería; y díjole así: “Ya sabes, Set, que han sido las fatigas que causó la inobediencia cosa forzosa y precisa. No las quiero repetir; mas sólo es bien que te diga que, cuando fui desterrado de la hermosa patria mía, Dios me dijo: «Adán, Adán, tus lágrimas me lastiman, tus suspiros me enternecen y me duelen tus desdichas. Fuerza es salir desterrado; mas porque contento vivas, te ofrece el estar en gracia la misericordia mía.» Dios me la ofreció; y así, viendo ya el fin de mis días, cuando ya mi sepultura el pie decrépito pisa, quiero, obedeciendo a Dios, desta merced ofrecida hacerte mi embajador, Set; y así, te determina a seguir esa vereda; por ella sola te guía. Llegarás a las murallas que con el cielo terminan, cuyas piedras son topacios, crisólitos y amatistas; y al ángel que está a la puerta di que tu padre te envía por el óleo del Señor; que a él basta que se lo digas”. Despidiose Adán con esto de Set, lleno de caricias; y Set siguió su vereda por mil campañas floridas. Llegó, en fin, al paraíso; cuya hermosura escondida era una nube tan parda que sólo ver permitía un edificio divino, por ser monumento y pira de su esplendor una nube pálida, funesta y fría. Suspenso el joven estaba hasta que, pendiente arriba, vido al ángel blandeando en su mano la cuchilla. Pasmole el temor y dijo: “Ángel, mi padre me envía por el óleo de la justa misericordia.” Admitida la disculpa, dijo el ángel: “Quiero, para que le digas a tu padre que le has visto, enseñártele por cifra.” En las almenas miró una visión esquisita en un árbol, cuyas hojas secas, tersas y marchitas, desnudo el tronco dejaban; que entre mil copas floridas de los árboles, él solo, sin pompa y sin bizarría, era cadáver del prado; y como todos vivían con almas, él solamente, sin alma vegetativa, era un árbol esqueleto con la armadura y sin vida. Éste el ángel le enseñó con el dedo y dijo: “Mira el óleo de la piedad. Aquél es, aunque está en cifra.” Volvió a su padre con esto Set; y Adán, que conocía de la forma de aquel árbol la maravillosa enigma, le dijo así: “Set, yo muero. Lo que mi amor determina es que me des sepultura en Hebrón. Y mira encima de mi sepulcro que un árbol nace, que esto significa ver tú el árbol de la muerte cuando el árbol de la vida quieran piadosos los cielos que nazca de mis cenizas.” Espiró Adán y Set, viendo tan a la letra cumplida en la muerte de su padre del ángel la profecía, le dio sepulcro. Aquí es fuerza que el discurso se divida y que pase a otro suceso. Corrió el tiempo y llegó el día que el último parasismo presumió que padecía el mundo; y Noé anhelando se vio entre las ondas rizas del mar, que rompió las leyes y prisiones que le había puesto Dios; y colocado sobre las más altas cimas de los montes, dijo al cielo: “Ya el mundo muere, ya espira.” Pasó el diluvio y las aguas, a su estancia recogidas, dieron paso a la paloma que trajo la verde oliva del austro más riguroso que el diciembre determina. En el Líbano le puso y, como cosa divina, los siglos le veneraron y los hombres le acreditan por palma, cedro y ciprés, porque no se determinan si es ciprés, si es palma o cedro, aunque todo parecía. Llegó al Líbano Candaces buscando maderas ricas para la casa de Dios y cortarle determina. Trájole a Jerusalén y la arquitectura misma por inútil le dejó entre estas selvas y ruinas arrojado en un jardín, de donde, para que sirva de puente al Cedrón, le traen: ocupación propia y digna de su virtud y piedad; y más al monte en que habita la calavera de Adán, pues Calvario se apellida. ¿Ves ese sagrado leño que la ignorancia no estima o que el descuido desprecia? Es soberana reliquia; es la sierpe de metal que al pueblo defiende y libra; y así, no admires que sobre hoy a tu fábrica rica, si para templo mejor le guarda el cielo y destina; pues ya parece que veo que sobre su cuello estriba otra fábrica más bella, que ha de ser fábrica viva. ¿No veis un hermoso joven que al sol los imperios quita de la luz, cuya diadema es de juncos y de espinas? Largo el cabello que en ondas peina el aura, por las rizas guedejas caen deshojadas las rosas y clavellinas que las espinas hirieron; desmelenada y partida la crencha, al sol de sus ojos es nube, si no cortina. Pues este hombre, o este dios que pende de esas dos líneas, es hijo de Dios eterno, es verdadero Mesías. Aun de pronunciarlo agora, parece que el sol se eclipsa, que la luna se oscurece, que las estrellas no brillan; y, al fin, todo el universo ya caduca, ya delira, ya fallece, ya desmaya, ya desvanece, ya espira, previniendo las tragedias de tan estupendo día. El espíritu de Dios habla en ella. ¡Qué gran dicha! ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! ¡Qué asombro! ¡Qué maravilla! Vara feliz, yo te adoro por rara y por exquisita; y en mis brazos desde aquí te he de llevar este día donde estés depositada como riqueza escondida. Yo he de ayudar a llevar su tronco, pues es mi dicha tan gran bien; y no sea ésta la postrera vez que asistan a su triunfo tales reyes, pues podrá ser que otro día se hallen otro rey y reina de oculta ley conocida y le lleven en sus hombros, donde respetado viva con la misma adoración que Dios, pues será latría. Y con la invención primera del que es árbol de la vida, La sibila del Oriente da fin; y humilde os suplica el autor le perdonéis sus faltas, que hay infinitas.