La Niña De Gómez Arias Comedia Famosa Personas que hablan en ella DON FÉLIX FABIO BEATRIZ CELIA UN ESCUDERO DON DIEGO, viejo GÓMEZ ARIAS GINÉS DOROTEA JUANA DON LUIS, viejo DON JUAN FLORO CAÑERÍ LA REINA DOÑA ISABEL DOS MOROS MÚSICA Jornada Primera Salen don Félix, con banda, y Fabio, criado. ¿Adónde vas? De mi estrella siguiendo el hado inclemente, voy a ver a Beatriz bella. Apenas convaleciente de la herida que por ella te dieron, ¿vuelves, señor, a ese amor? Tú mismo, Fabio, has respondido a tu error; que, si has dicho amor, ¿qué agravio podrá hallar que no sea amor? Mira si a la reja está; que, como merezca vella, eso sólo bastará a desquitar cuanto ya he padecido por ella. No está a la reja, señor, y antes creo que ahora viene de fuera a su casa. Amor, si el que es infelice tiene algún derecho al favor, yo, pues infelice he sido, de justicia te le pido. Aumenta tanto mis daños que de muchos desengaños componer pueda un olvido. Sale doña Beatriz, Celia, criada, y un escudero. Habiéndome hallado aquí, ni yo escusarme podré de iros sirviendo, ¡ay de mí!, ni vos, señora, de que la vida que no perdí de nuevo vuelva a ofreceros. Mucho me espanto, señor don Félix, de que poneros oséis donde mi rigor pueda escucharos ni veros; que aquel que ha puesto en engaños mi opinión en opiniones y al cabo de tantos años se vale de sus traiciones más que de mis desengaños; que el que, falso y alevoso, con licencia de celoso en mi misma casa entró, donde a un tiempo aventuró fama, honor, dicha y esposo; y el que fingió, finalmente, su muerte en mi calle, al ver su contrario más valiente, por librarse o por hacer que de Granada se ausente, bien escusado pudiera tener ponerse jamás donde su persona viera ni aun su sombra, cuanto más donde le hablara ni oyera. Siempre pensé que ofendida había de hallaros y airada, pero no pensé en mi vida hallaros mal informada, por no decir entendida. Gómez Arias, con quien yo reñí, aunque es tan animoso, temor ninguno me dio. Hiriome por más dichoso, mas por más valiente no. Y puesto que mi valor quién me hirió no ha declarado, presumo fuera mejor que el que de mí se ha ausentado se ha ausentado de temor. Y aunque en mi vida pensé buscarle para vengarme, por no haber, Beatriz, de qué –que herirme no es agraviarme–, desde este instante lo haré para daros a entender cuánto siento ese desprecio y cuántos yerros a hacer obliga al más cuerdo el necio discurso de una mujer. Vanse. Qué mal, señora, has andado en haber ocasionado nuevos empeños. No estuve en lo que dije ni hube la voz apenas formado, cuando en ella reparé. ¡Oh, cuántas veces, señora, un acaso causa fue de mil desdichas! No agora me aflijáis, si confesé que hice mal. ¿Qué he de decir? No me deis más que sentir, pesar juntando a pesar, que harto tengo que llorar, que padecer y sufrir; pues, Gómez Arias ausente y con razón ofendido, aunque razón aparente, mi amor ha puesto en olvido tanto que aun no me consiente que sepa de él para que satisfaciones le dé. Y amante que en sus pasiones huye las satisfaciones no arguye segura fe. Toma este manto. ¡Ay de mí! Celia, ¡cuán sin culpa mía, esposo y gusto perdí! Sale don Diego, viejo. A solas, Beatriz, querría hablarte. Salíos de aquí. Vase Celia. Ya sabes cómo después que Isabel y que Fernando, nuestros Católicos Reyes, que vivan felices años, ganaron esta ciudad, los moros que se quedaron con sus casas y familias, viviendo en ella debajo de las capitulaciones que hicieron –bien como cuando en la pérdida de España se quedaron los cristianos con los árabes, de donde mozárabes se llamaron–, las han cumplido tan mal que, rebeldes a los pactos piadosos con que los Reyes los admitieron vasallos, en toda Sierra Nevada bandidos y rebelados tienen al Andalucía llena de ruinas y estragos, siendo el Cañerí, un adusto monstruo, etiope africano, cabeza de sus motines y caudillo de sus bandos. Pues hoy la ciudad, habiendo tenido aviso que, en dando abril la primer librea de verde esmeralda al campo Isabel vendrá a Granada, previene para el asalto de Benamejí, que es la corte de sus peñascos, militares prevenciones y bélicos aparatos. Capitán de la milicia de la ciudad me han nombrado; y así, desde luego es fuerza disponerme para el cargo. Sola una dificultad en el acetarle hallo, que eres tú, porque tú sola ocasionas mis cuidados. Algunos, Beatriz, me cuestas, que hasta agora no me he dado por entendido ni es justo decirlos sin castigarlos. Yo me he de ausentar, Beatriz, y tú en mi ausencia está claro que no quedas bien sin mí, sin marido y sin estado. Y así dártele he dispuesto: Don Juan Íñiguez de Haro, en Guadix señor ilustre de un antiguo mayorazgo, tu esposo ha de ser. Sus deudos y yo lo habemos tratado. Y si tu altiva soberbia intenta oponerse acaso a mi obediencia, un convento te habrá de tener en tanto que te resuelvas. Escoge o el matrimonio o el claustro. Vase don Diego. ¿Otra desdicha, Fortuna? ¿Otro ahogo? Pero ¿cuándo te quedaste en una sola, si de ti dijo aquel sabio filósofo que tenerte por diosa era necio engaño, porque los dioses no son cobardes, y lo eres tanto tú que, en haciendo un pesar al hombre más desdichado, de miedo de que le vengue, le persigues hasta tanto que a puros agravios muere, por que no vengue un agravio? ¿Qué he de hacer? ¡Válgame el cielo! A Gómez Arias los astros, poderosamente doctos y blandamente tiranos, rindieron mi libertad. Él huye de mí pensando, y no con poca ocasión, que pude ofenderle, cuando más fina en su ausencia estoy. Ocasiono a su contrario cuando más confusa vivo, por instantes esperando que de mentidas sospechas le lleguen los desengaños. Mi padre, ¡ay de mí, infelice!, darme a mi disgusto estado dispone. ¿Qué he de hacer? Pero ¿qué me aflijo? ¿Qué me espanto? ¿El tiempo no ha de decirlo? Pues dejemos a su cargo mis desdichas, mis recelos, mis penas, mis sobresaltos, que él solo decir sabrá lo que he de hacer. Y hasta tanto que llegue el último esfuerzo, cielos, dadme vuestro amparo; temor, dame tus cautelas; honor, dame tus recatos; amor, dame tus industrias; pesar, dame tus cuidados y, para tenerlo todo, ojos, dadme vuestro llanto. Vase. Sale Gómez Arias y Ginés, de soldados. ¿Habrás en toda tu vida hecho una cosa bien hecha? Sí, señor. ¿Cuál es? Tener, para sufrirte, paciencia. Pues ¿qué hay que sufrir en mí? ¿Preguntas eso de veras? ¿Por qué no? Porque no hay señoril impertinencia de cuantas tienen los amos que tú solo no la tengas. ¿Yo impertinencia? Infinitas. Dejemos la antigua tema de que siempre que te llamo, tarde, mal o nunca vengas, y vamos a cuáles son, que ya deseo saberlas, por si pudiere enmendarlas. Dime una. ¿Dasme licencia? ¿Direlas todas? Sí. Pues vamos haciendo la cuenta. Primeramente eres pobre. ¿Ser pobre es impertinencia? Pues ¿qué cosa hay más imper- tinente que la pobreza? ¿Fáltate algo en mi servicio? No, señor; mas considera cuánto aflige pensar hoy de dónde mañana venga. Sobre pobre, eres soldado. ¿Y es mala profesión esa? Yo no te digo que es mala, mas dígome que no es buena en cuanto a mí, que soy hombre que aborrecí una belleza que me adoraba de balde por llamarse Ulana Guerra. Sobre soldado, tahúr eres. ¿No quieres que me entretenga? Sí quiero, pero no quiero que tan a mi costa sea que no me des cuando ganes y que me des cuando pierdas. Tu barato para mí es caro, pues cosa es cierta el andar de vuelta yo en no andando tú de vuelta. Sobre tahúr, eres hombre que de alentado te precias, tanto que, estando acostado a medianoche, aunque llueva, te volverás a vestir por reñir una pendencia. U dígalo el caballero que herido en Granada dejas. ¿He de sufrir nada a nadie? Que no has de sufrirlo piensa todo; mas todo tampoco lo has de reñir. No es materia esa para ti. Pues vamos hacia otra que lo sea. Sobre ser valiente, eres… Esto sólo no quisiera decir. ¿Por qué? Porque aun tengo yo de decirlo vergüenza. ¿Cómo? Como es la mayor infamia, mayor bajeza y mayor ruindad que pudo caer en hombre de tus prendas. ¿Yo tengo tan gran defeto? Tú. Di, ¿cuál es? Si me aprietas, mira que lo diré. Dilo. Hombre eres… No te detengas. …tan ruin… ¿Qué? …que te enamoras, que es la última vileza que hacen los hombres honrados. ¡Qué loco! ¿Locura es esta? ¿Qué mayor, si contradice la misma naturaleza? ¿Qué fiera la más inculta, qué ave la más ligera, qué planta la más silvestre, no ama? Pues ¿qué mucho tenga yo afectos que no perdonan la planta, el ave y la fiera? Que quiera un hombre, señor, a una mujer, no te niega mi labio que es natural filosofía secreta, que hasta los brutos la saben sin que los brutos la aprendan. Que quiera al cabo del año a dos, como las dos sean por vanidad una hermosa y por capricho otra fea, vaya; mas que quiera cuantas mujeres mira, que apenas llegue a un lugar cuando ya amor en el lugar tenga, es mucha filosofía. Aunque tú tan necio seas, quiero probarte, Ginés, que es voluntad más perfeta la voluntad que se muda, que no la que persevera. Tú bien lo podrás probar, pero mira no lo sepan los familiares de Amor, que es forzoso que te prendan por sospechoso en su fe. Mas ¿cuál es la razón? Esta. Para ser perfeto amor, perfeto ha de ser por fuerza el objeto que se ame. La mayor concedo. Espera. No hay tan perfeta mujer que algún defeto no tenga. Concedo la menor. Luego preciso es que me concedas que no hay tan perfeto objeto que todo un amor merezca. Luego querer yo el aliño de una y de otra la belleza, de otra el ingenio y de otra la calidad y las prendas, es tener perfeto amor, pues quiero en cada una de ellas la perfeción que hay en todas. Concedo la consecuencia. Mas contra ese tu argumento ¿posible es que no te acuerdas de los gustos y pesares que doña Beatriz nos cuesta, por quien de Granada estamos ausentes, viviendo en esta tu patria, falso testigo de la salud y belleza de las damas, pues Guadix es quien les da a todas ellas el color que pocas veces debieron a su vergüenza para que hoy desembarazo de amar a otra dama tengas? Confieso que a Beatriz quise, y aun que la adoro pudiera confesar también. Mas tanto pudo la pasada ofensa de los celos que me dio con don Félix que no queda esperanza a mis deseos con que ya a adorarla vuelva. Tuve el disgusto que sabes; herido quedó; hice ausencia; víneme a Guadix, por ser mi patria o por estar cerca para la ocasión que hoy por puntos, Ginés, se espera en Sierra Nevada. Aquí, por divertir mis tristezas, puse los ojos acaso en la hermosa Dorotea, humano hechizo de amor, que ufana y altiva ostenta muchos siglos de hermosura, como dice aquella letra, en pocos años de edad. ¡Cuánto ignora, cuánto yerra el que, químico de amor, vive de hacer experiencias! Bien pensé que no pensara el mío en su edad primera de un cortesano despique; mas, ¡ay!, que breve centella ocasiona mucho incendio; poco aire, mucha tormenta; poca nube, mucho rayo; poco motín, mucha guerra. Dígalo yo, pues vi en breves cenizas la llama envuelta; la tormenta disfrazada en suavísimas violencias; en pardas nubes el rayo; el motín, en voces tiernas; siendo en el principio sombra, blandura, halago y pavesa, amor que después fue incendio, asombro, rayo y tormenta. Por más que tus sentimientos críticamente encarezcas, ningún cuidado me dan. ¿Por qué, cuando a verme llegas morir? Porque sé que estás muy favorecido de ella, pues la hablas todas las noches por los hierros de la reja. Y favorecido, tú la olvidarás. No haré. Deja que medio mates a otro y nos vamos a otra tierra y verás, en viendo otra, cómo desta no te acuerdas. Podrá ser. Y ahora, Ginés, vamos tomando la vuelta. Pasemos su calle, a ver si acaso pudiese verla. Su padre agora en las casas del Ayuntamiento queda. Según eso, no vendrá tan presto. Y así, aunque ofenda su recato, entraré a hablarla, que no da mi amor espera de aquí a la noche, teniendo ocasión ahora. ¿Qué intentas? Mas ya te han sentido y sale a recibirte ella mesma. Sale Dorotea. ¿Posible es, señor don Gómez, que mi opinión no os merezca más atenciones? ¿De día os entráis de esta manera en mi casa? ¿No miráis cuánto en esta acción se arriesga mi crédito? ¿Tanto había de aquí a que la noche venga para hablarme? No os espante, bellísima Dorotea, pues vos misma de vos misma sois pregunta y sois respuesta. Que, si ha sido haber venido a veros toda mi culpa, también toda mi disculpa venir a veros ha sido. Y supuesto que ha nacido de una causa el ofenderos y el obligaros, severos no estén vuestros soles claros; que no merece enojaros quien os enoja por veros. De aquí a la noche, encendidos en mil civiles enojos se hubieran muerto mis ojos de envidia de mis oídos, que, viéndolos preferidos en oíros, su tristeza presumió que era fineza veros, logrando esta acción de noche la discreción y de día la belleza. Y pues estar no se ignora en una parte ofendida cuanto en otra agradecida, no es bien confundir agora castigo y perdón, señora; que ingratitud vendrá a ser, cuando pesar y placer a elegir dan, elegir lo que tenéis que sentir y no lo que agradecer. Mucho que haya andado siento tan necia mi voluntad que lo que fue novedad pareciese sentimiento. Estrañar mi pensamiento el veros aquí no ha sido sentir que aquí hayáis venido, sino equivocar turbado los colores de admirado con las señas de ofendido. Si bien lo que entonces fue novedad, ofensa es ya, pues la disculpa que da vuestro amor cuando me ve, disculpa es contra la fe de oírme. Y así, he presumido que ofensa segunda ha sido en esta amorosa calma quitar el mérito al alma para dársele a un sentido. Sale Juana. Señora, mi señor… Di. …viene con un caballero, al parecer, forastero. ¿Qué he de hacer? Fuerza es que allí os retiréis. (Siempre vi suceder desta manera este paso). La escalera sube ya. En entrando él, podréis saliros. ¡Cruel es mi suerte! Escóndense los dos y sale don Luis. Considera que el hombre agora ha dejado puesto a la puerta. Quién sea no conozco. Dorotea. Señor, ¿qué es esto? Turbado parece (¡ay, Dios!) que has llegado a hablarme. ¿Qué traes? No sé cómo he de decirte que grande cuidado me da un hombre que en casa está. ¿Hombre en casa? Sí. Y porque salir de cuidado espero, retírate… (¡Ansia cruel!). …a tu cuarto; que con él hablar aquí a solas quiero. Señor, si… (¡Confusa muero!). No te turbes ya, que no será disgusto, aunque yo ignoro lo que aquí quiera. (¿Quién vio confusión más fiera?). (¿Quién mayor empeño vio?). (Dejarse un hombre a guardar la puerta, decir que quiere hablar con quien estuviere aquí, da que sospechar). (Nada me ha de embarazar para salir bien de aquí). (Tampoco, señor, a mí para salir mal). No haré más que saber de él cuál fue su intención. Vete de aquí. Temblando voy. Tú también éntrate allá dentro, Juana. Afuera de mejor gana me saliera. (¡Cielo, ten piedad!). (Tomo bien a bien mil palos). Éntranse y sale don Félix, de camino. Ya entrar podrás. Sí haré, pues licencia das. (Al otro llama, por Dios). (¿Dos no somos para dos?). (No, señor, tú eres no más). Viendo, Félix, el recato con que a aquesta ciudad vienes, a una posada me llamas y dices que hablarme quieres en la mía, entré primero a que testigo no hubiese que te escuchase ninguno. Ya estás solo. ¿Qué pretendes? No te admires que con tanto secreto aquí hablarte intente, pues presto, señor, sabrás cuánto me importa el tenerle, a cuyo efecto no quise hablarte donde había gente. (¿No es don Félix?). (Sí, o no hay en el mundo don Félix). (¡Oh, cuánto con cada acaso, cielos, mis desdichas crecen!). [dentro.] (Aunque aventure la vida, he de ver lo que sucede, pues ver el daño no es tanta desdicha como temerle). No andéis, don Félix, por tantos rodeos, mas claramente conmigo hablad. Pues, escucha. [dentro.] (Juana, oye). (Ginés, atiende). Bien os acordáis, señor don Luis, cuya vida aumenten los cielos, de la amistad que vos y mi padre siempre tuvisteis desde que Flandes os vio en la edad más ardiente ser el Euríalo y Niso de sus militares huestes. Ya sabéis que esta amistad es fuerza que yo la herede, mejorado en ella, como sus más principales bienes, pues, antes que la ocasión diga que a sus intereses acreedor me trae, es bien salvar un inconveniente por que, poniéndome yo en mis desdichas crueles primero las objeciones, acción a ninguno quede de murmurarlas. Y así, no os estrañéis de que llegue a valerme en esa edad de vos para un accidente de amor; porque cuando en parte la reputación padece, no es yerro en todo fiarla de igual valor si se advierte que la ilustre noble sangre helada en las venas hierve, bien como suele el Volcán, y bien como el Etna suele exhalar llamas, aunque cubiertos estén de nieve. Aquesto, pues, disculpado, digo que vengo a valerme de vos aunque vengo… ¿A qué? …a dar a un hombre la muerte. (¡Vive Dios, que he de salir por que me halle presto!). (Tente, señor. ¿Qué haces?). (¡Qué sé yo!). (Bien se ve. A ocultarte vuelve). [dentro.] (Albricias, alma; no fue lo que temí). [dentro.] (No te ausentes, escucha todo el suceso, ya que aquí estás). Dignamente suspenso quedé al oíros; y aunque quiera resolverme a responderos, no sé qué respuesta conveniente será hasta saber qué causa a tan grande empeño os mueve. Contadme todo el suceso; que si trance de honor fuere, todavía ciño espada. (Por Dios, que el viejo es valiente). Habrá dos años y más que sirvo con poca suerte una dama con intento de casarme, si tuviese tanta dicha, pero ¿cuándo buscada la dicha viene? Neutral mi amor la asistía, ni ofendido a sus desdenes ni admitido a sus favores, cuya calma indiferente ni me atormentaba triste ni me consolaba alegre. Sucedió en este intermedio que, retirada la gente de Sierra Nevada a causa de los tiempos inclementes, viniese a Granada alguna para que entre ella viniese un Gómez Arias que, aunque dicen todos que es valiente, no para mí, pues previno contra una vida dos muertes. (Ya vas entrando en la trova). [dentro.] («Gómez Arias» dijo, advierte). Pues dio en festejarla el dicho. Y como las más mujeres, bozales indias de amor, plumas y colores creen más que el oro de la dicha que en su misma patria tienen, haciendo de él desperdicios, le dio a trueco de una débil lisonja del aire, donde tanto en el cambio se pierde que deja lo que más vale por lo que mejor parece. (Ya es dicha que Dorotea sin oír aquesto se fuese). («Alá saber», dice el moro). [dentro.] (No fue en vano el detenerme). Y como un celoso, en fin, alivio en su mal no siente más eficaz que el quejarse, pude, señor, atreverme, sobornando a una criada, a entrar hasta su retrete una noche, donde apenas me sintió, cuando impaciente dio tantas voces que fue preciso que me saliese de allí, a tiempo que su amante llegaba. Reconocerme quiso; la espada saqué, en cuya ocasión, o fuese tenerme ya la ventura ganada o querer hacerme mi vida aquella lisonja de irse acercando a mi muerte, de una estocada caí en el suelo y él, ausente, no pareció más. Yo, pues, a pesar de herida y fiebre, convalecí en pocos días, tan obstinado y rebelde en mi amor que volví a hablarla; pero más ingrata y fuerte, me hizo cargo que por mí su honor y su esposo pierde. [dentro.] (¡Su esposo, cielos!). (¡Qué buen desengaño si no fuese tan tarde!). Eso aun no importara, si entre esto no me dijese que de cobarde fingí aquella noche mi muerte por miedo de su galán. ¡Ah, cielos, y cuántas veces de las mujeres destruyen los fáciles pareceres la más asentada fama, hablando en lo que no entienden! Que como ellas, ignorantes, no saben cuánto contiene en sí una fácil palabra, a no decirla no atienden. Aqueste necio desaire, que, oído de lo que se quiere, aún trae otra circunstancia, este desaire me mueve a la determinación de buscarle por que llegue a noticia de su dama que supe darle la muerte. A aquesto a aquesta ciudad he venido. Y porque tienen mis sentimientos noticia de que en ella está, no quiere mi valor que me ayudéis a buscarle; solamente que vos me tengáis oculto es lo que de vos pretende, que de noche yo saldré donde espiado estuviere de dos criados que traigo no conocidos, de suerte que como él de mí no sepa, no hay en qué la acción se arriesgue, ni vos aventuráis nada no llegando nadie a verme con vos ni aun en vuestra casa; que ya sé el inconveniente que hay para que un hombre mozo en ella, señor, se hospede. Y así, disponedlo vos, pues la obligación más fuerte de un hombre en cualquiera edad es amparar a quien viene ofendido. Yo lo estoy de celos y honor dos veces. Vos lo sois: considerad cómo vuestra amistad puede, dejando de aconsejarme, dejar de favorecerme. (De albricias del desengaño no salgo yo a responderle). [dentro.] (¡Oh, quién oído no hubiera sus celos tan claramente!). Señor don Félix, aunque tanto prevenido hubieseis el error de tratar estas cosas conmigo, no tienen merecida la disculpa. Cuando aquese lance fuese precisamente de honor, hallaréis precisamente amparo en mí; pero siendo un acaso contingente de amor, me daréis licencia para que aquí os aconseje que desistáis de ese intento, porque no es bien que os despeñe tanto la necia ignorancia de una mujer. Si os merece mi confianza favor, éste me dad solamente; que yo no os pido consejo. ¿Qué importa, si es conveniente el darle yo, y de mis canas el mejor favor es éste? Yo no estoy capaz de oírle. Mirad… Es en vano hacerme discursos, que cuanto vos aquí decirme pudiereis sé yo. ¿Y no hay remedio? No. Pues siendo de aquesa suerte, yo tampoco quiero darle. Idos, pues, que ya anochece. Solo no os vean conmigo. Y decid a aquesta gente que traéis dónde ha de hallaros, que es aquí, y volved en breve, que voto a Dios que, aunque ya vos matarle no quisieseis, le mate yo; que una cosa es aconsejar prudente y otra acompañar restado. ¿Qué esperáis? (¡Ah, viejo verde!). Sólo echarme a vuestras plantas. Escusado tiempo es ese. Sois caballero, en efecto. Vase. Por otra parte conviene ir yo a buscar algún medio más cuerdo y más conveniente con que pueda embarazar una desdicha tan fuerte. Vase. [Salen Dorotea y Juana.] No sé, señor Gómez Arias, si en esta ocasión os den o pésame o parabién mis voces, de tan contrarias razones como hoy en vos militan, porque no sé si dicha o desdicha fue este aviso. Y así, en dos mitades hoy dividida mi voluntad os dará pésame de cuanto está puesta al riesgo vuestra vida, y parabién de ver cuánto están de vuestros desvelos desengañados los celos. Y así, con la voz y el llanto, en cuanto a la dama digo que el alivio de la pena sea muy enhorabuena; y en cuanto a vuestro enemigo, que os guardéis de sus enojos, dándoos juntos mis agravios el parabién con los labios y el pésame con los ojos. Mal, cielo mío y mi bien, con semblante tan esquivo de quien adoro recibo pésame ni parabién. El pésame, porque no mi vida está perseguida, que habiéndoos dado mi vida, mal podré perderla yo; ni el parabién, que ya hoy llega tarde el desengaño de aquel olvidado engaño. Con que respondido estoy que, ardiendo hoy en vuestra llama, pena ni gusto recibo ni del riesgo en mi enemigo ni del crédito en mi dama. Yo lo creo. Y pues ha dado el cielo aquesta ocasión de rescatar mi pasión de aquel penoso cuidado, hacedme merced, por Dios, de iros ya. ¿De irme ya? Sí. Dice bien, vamos de aquí. Quedando enojada vos, mal en ausentarme hiciera. ¿Qué veis en mí que os persuada a que yo quede enojada? El hablar de esa manera. Quejosa pudiera ser confesaros la razón. Quejas que sin causa son mal podré satisfacer. Decís bien. Yo anduve errada en pensar que la tenía, cuando engañada vivía de un ingrato que en Granada deja otra fe y otro amor, en cuyo alcance viniese a darle la muerte ese celosísimo señor. Antes que os viera, ¿qué culpa fue adorar otra belleza? ¿Y con toda esa fineza se da tan baja disculpa? ¡Finísima grosería! Juana, mira si salir puede y… Vase Juana. Yo no me he de ir, aunque aventure este día vuestro amor, sin que primero digan las ansias que lloro que sois el dueño que adoro. Adorador caballero, mirad el riesgo en que estáis. Dice muchas veces bien. Pues no nace ese desdén de las causas que me dais, pensaré que otras han sido fin de vuestra voluntad. Idos agora y pensad lo que fuéredes servido. Si con aqueso os obligo, el gusto de irme os daré. ¡Ah, plegue al cielo que esté en la calle mi enemigo! ¡Ah, plegue al cielo que no! Sale Juana. Señor, el paso detén, que agora salir no es bien. ¿Hay embargo? Estando yo toda la calle mirando, me asomé por poder vella a la reja, y llegó a ella don Juan de Haro preguntando por tu padre. Que ahora en casa no estaba, le respondí, y él me dijo: «Pues aquí le esperaré, si eso pasa, porque un negocio con él tengo». A la puerta se puso y a esperarle se dispuso. Y aun ya el lance es más cruel, que él y mi señor –no puedo hablar– están ya en la sala. ¿Qué pena a mi pena iguala? ¿Qué miedo iguala a mi miedo? Retiraos adonde estabais. Ven, Ginés. Esta, señor, es la carrera de amor. Escóndense, y sale don Luis y don Juan. ¿A qué efecto me esperabais, don Juan? A efecto de hablaros en un negocio y quisiera, señor,… ¿Qué? …que a solas fuera. Pues aquí puedo escucharos. Oídme. (¿Otro secreto, cielos, en mi casa? Después que a Gómez Arias no hallé, vengo a hallar muchos recelos). Ya sabéis que un mayorazgo rico y ilustre poseo en Guadix, herencia antigua de mis difuntos abuelos, y ya sabéis que en Granada tengo parientes y deudos –si nobles, vuestras noticias os aseguran de serlo–; ellos, pues, hoy deseosos de mi quietud y mi aumento, un casamiento me tratan con una dama que el cielo dotó de todas las partes, de sangre, hacienda y ingenio. Doña Beatriz de Mendoza se llama, con que encarezco cuánto me estuviera bien conseguir tan alto empleo. Es verdad, ya la conozco, y de su padre don Diego de Mendoza soy amigo. Si a informaros venís, puedo aseguraros… De nada me aseguréis, que no es eso a lo que vengo. Escuchadme y sabréis a lo que vengo. (¿Oyes aquesto, Ginés?). (Y aun lo otro, cuanto y más esto). (¿Tan consolada está ya Beatriz que de casamientos trata?). (A mí me ha parecido que es ya tarde, si a ti presto). Decid, pues. Yo no quisiera que toda fuese conciertos mi dicha, sino que entrase hoy a la parte con ellos la elección de mi albedrío, que en más alta esfera he puesto. Bien conozco que estas cosas se hablan mejor por terceros; pero donde la igualdad es lo más, todos son menos. La señora Dorotea, no merecido sujeto de mi esperanza, lo ha sido, señor, de mis rendimientos. (Cielos, ¡qué escucho!). (¿Quién tuvo jamás duplicados celos?). (Revés amagó y dio tajo: por Dios, que es jugador diestro). No es atrevimiento hablaros con aqueste atrevimiento si, confesando adorarla, que no lo sabe confieso. Y así, digo que quisiera ser de todo el mundo dueño para ponerle a esas plantas, de tan grande logro en precio. En ellas… Señor don Juan, ¿qué hacéis? Levantad del suelo, que es tiranizar la acción a mis agradecimientos. Yo soy quien reconocido a las vuestras estar debo, en albricias de la dicha que a mi casa traéis. Y puesto que por tal le reconozco, visto está que no la niego. (¿Esto escucho?). (Cierto que es bien partido caballero, pues deja de dos la una). (Muerta estoy, Juana). En efecto, Dorotea será vuestra. Desde aquí su mano ofrezco, porque ella no tiene más acción en sus pensamientos que mi obediencia. No sé con qué palabras, qué estremos mi contento os signifique. Y porque sé que le ofendo con cualquiera, será justo que lo remita al silencio. Callando respondo, y voy a mis amigos y deudos a pedirles las albricias que deben a mis aciertos. Vase. Hoy se me han entrado en casa juntos pesar y contento. ¡Juana! Señor. Pon aquí unas luces al momento. Aquí están ya. Y si viniere a buscarme el forastero que estuvo hoy conmigo, dile que espere, que ya yo vuelvo. Después diré a Dorotea su ventura. ¿Dónde, cielos, hallaré yo a Gómez Arias? Vase. Cerrado en este aposento. Pésames y parabienes mezclados a un mismo tiempo me disteis bien poco ha, pero yo fui tan grosero amante y tan mal partido, señora, que sólo os vuelvo los parabienes; que, en fin, con los pésames me quedo. Sea muy enhorabuena el felice casamiento con el venturoso amante que os adora y que ya… Pero ¿qué digo? Quedad con Dios. Mi bien, mi señor, mi dueño… Mirad el riesgo en que estáis. Eso os dije yo primero. No habéis de ir enojado. También dije yo lo mesmo. Y pues vos no hicisteis caso dello entonces, ¿por qué tengo de hacerle yo ahora? Mirad que estoy quejosa y que os ruego. Pues no me roguéis ni estéis quejosa. ¡Oh, cuánto deseo de saber cuándo se huelgan los enamorados tengo! De que me pida a mi padre este galán caballero, ¿qué culpa tengo yo? Bien. Ninguna tenéis, por cierto; mas si es tan galán, ¿qué mucho que la otra dama a quien dejo en Granada yo sea hermosa? Juana, ve y mira si puedo salir. No le mires, Juana. Escúchame, y vete luego. ¿Qué va que antes que nos vamos vuelve el susodicho viejo, ordinario de su casa, pues la anda yendo y viniendo? ¿Qué he de escucharte? Las causas que para quejarme tengo. Y yo, ¿no las tengo? No, pues me engañaste primero tú a mí, teniendo otra dama. Y tú otro galán teniendo. Es engaño, que ya él dijo que no supe sus deseos. Malo era que no dijese a tu padre sus secretos. ¿Soy yo mujer que pudiera admitir a dos a un tiempo? ¿Qué sé yo? Déjame ir, porque daré, vive el cielo, voces que alboroten toda la casa. Tales estremos bien dicen que haber sabido que fueron falsos los celos que de Granada trajisteis allá la pasión ha vuelto. Y siendo así que yo sólo he servido de hacer tiempo, idos presto. ¿Qué esperáis? Idos, que ya no os detengo. Ya no me quiero yo ir sin que asegure primero que no es razón que tú tienes, sino razón que yo tengo, la que me aparta de vos. ¿Qué dijo aquel caballero? ¿Dijo más que antes que os viera tuve amor a otro sujeto? Malo era que no decía que después, no lo sabiendo. Aqueso sí; no te des por vencida, porque habiendo oído a tu padre y tu amante la palabra casamiento, es bien asirte a la queja. Eso sí; válete de eso. Y habiendo oído que han sido sus agravios fingimiento, aprovecha la disculpa traída por los cabellos. Yo tengo razón. Yo y todo. Tú, ¿en qué? Tú, ¿en qué? Yo… ¿Estáis ciegos? …en tu traición. …en tu engaño. Mirad… Pues… Cuando… Sale don Luis. ¿Qué es esto? (Cayose la casa a cuestas, como dicen los fulleros). ¿Qué ha de ser? Que no sé a qué se ha entrado este caballero aquí. Y porque le decía que se fuese, no queriendo, colérica, yo… La causa oíd. Decid, que ya recelo, señor Gómez Arias, cuál puede ser. Estadme atento. Díjome ahora ese criado… Lo que he dicho… (Calla, necio). …que en vuestra casa había visto entrar hoy un forastero. Vine a buscarle, porque con él un negocio tengo. (Mirad si se descuidaba estotro en buscarle presto). Y tanto esta mi señora se turbó que yo, creyendo que era negarle, di voces, porque, si acaso está dentro, sé que oyéndome saldrá. Mucho de hallaros me huelgo antes que vos a él le halléis, porque de buscaros vengo. (Pues bien cerca de aquí estaba). Pues ¿qué me mandáis? Yo intento componeros con don Félix, porque… Sale don Félix. Ya los criados dejo avisados… Mas ¿qué miro? A quien te buscaba, viendo que aquí estabas. Dondequiera Sacan las espadas. que yo a mi enemigo encuentro, la cólera me disculpa de cualquier atrevimiento. En mi casa, ¡vive Dios!, que el que no tenga respeto al lado me halle del otro. (Ponte al mío, que le tengo). En tu confianza vine y que has de ampararme es cierto. Yo lo hiciera, cuando fuera por trance de amor el duelo; no siéndolo, he de estorbarlo. Mal podrás ahora. ¿Qué es esto? Sale Dorotea y Juana. Juana, apaga aquesas luces, por si así el daño remedio. ¿Dónde estás, Félix? Aquí. (¿Tan cerca mudó de puesto?). ¡Vive Dios, si no se tienen! ¡Cielo! ¿En qué ha de parar esto? Yo lo diré: Muerto soy. (Huiré, pues le dejo muerto, y a los ojos de su dama airoso y vengado vuelvo). Vase. Traed luces. Un criado con luces. Ya están aquí. ¿Quién fue el infeliz? Yo pienso que lo era; ya no lo soy, pues fue esparcirlos mi intento. Bien hiciste. Iré a buscar a don Félix, pues, creyendo que había muerto a su enemigo, falta de aquí. También pienso seguirle yo por que vea… Eso no. Tenedle, os ruego, todos, y no le dejéis salir de aquí. Vase. Deteneos. No es posible, pues me fuera por irme de vos huyendo, cuando no por alcanzar a mi enemigo. Yo intento daros las satisfaciones que queráis. Sola una quiero. ¿Cuál es? Después la diré. Pues desde agora la ofrezco, como esperéis a que vuelva mi padre. Yo lo prometo. (Amor, ¿qué no haré por ti?). (¿Qué no haré por ti, deseo?). Jornada Segunda Sale Gómez Arias y Dorotea, de camino. En el verde laberinto de estas peñas y estas ramas, defendido aun a los rayos del sol, los caballos ata, en tanto que en su florida, verde, lisonjera estancia el hermoso dueño mío un breve espacio descansa. Poco el cansancio le aflige a quien va huyendo, pues cuantas leguas atrás deja son sagrado de su esperanza. Y así, cuanto más camina, más descansado se halla, porque fatigas del cuerpo le son alivios del alma. Sale Ginés. Ya los caballos, señor, atados quedan, con harta queja de los tres, diciendo en rocinantes palabras que por qué, siendo los locos nosotros, a ellos los atan. Ya vendrás arrepentida de haber tenido tan rara resolución. ¿Eso temes? Mucho mi fineza agravias. No digo yo haber dejado por ti mi padre y mi casa; mas los imperios del mundo, cuando por ti los dejara, aun me parecieran poco trofeo para tus plantas. Sola una cosa debiera tenerme desconfiada, que es el peligro que pueden correr mi honor y mi fama; pero, habiéndome tú dado de esposo mano y palabra, en cuya seguridad me trae mi confianza, ¿por qué me he de arrepentir? Y más cuando tengo tantas disculpas que me ocasionen. Una, ver que me trataba mi padre de dar esposo a disgusto; otra, la estraña confusión de aquella noche que tu enemigo te halla en mi casa, cuyo riesgo entonces Ginés restaura, y temer yo que otra vez suceda; otra, ver que estabas ya en Guadix desengañado de los celos de Granada. Pues si con sola una ausencia tantos daños se reparan, supuesto que yo me libro de la sujeción tirana de un esposo a mi disgusto, tú de la celosa saña de un competidor celoso y los dos de la pasada ocasión de nuestros celos, ¿qué necia desconfianza podrá hacer que me arrepienta? Y cuando no militaran tantas razones, el verme hoy en tu poder, ¿no basta para vivir, dueño mío, felice, alegre y ufana? No digo yo que a Castilla me lleves, que es donde tratas ir, pero a la más remota provincia donde el sol falta u donde preside el sol, y una hiela y otra abrasa, iré gustosa contigo. Lo que me debes me pagas. En esta florida alfombra que tejen colores varias te sienta, en tanto que el sol templa su luciente llama, ya que, por que no nos sigan, del camino nos aparta el temor, y en despoblado estas dos o tres jornadas hemos de hacer. Harto susto me cuesta el imaginarlas. ¿Por qué, Ginés? Porque temo… ¿Qué? …que aquestas sierras altas a cuyo pie estamos son las sierras de la Alpujarra, donde cada día los moros que desde su cumbre bajan hacen estragos y muertes. Tu temor finge fantasmas. Cuando de Guadix salimos dos días ha y una cabaña nos albergó, ¿no tomamos luego la parte contraria de Sierra Morena? Sí. Pero luego que dejada la cabaña, que fue albergue desta Angélica gallarda, de noche salimos, ¿quién nos asegura no haya nuestra ignorancia perdido el camino? Quedo habla, que pienso que Dorotea duerme. Rendida y postrada al sueño quedó. ¿Qué mucho si ha ya tres noches que anda en trabajo? Dueño mío… ¿De qué sirve despertarla? Déjala dormir. No quiero despertarla yo. Pues calla. Asegurarme no más quiero si duerme. ¿No basta oírla roncar como un ángel? Pues de ahí, Ginés, te levanta con tal silencio que apenas las plantas sientan las plantas. Bien haces en retirarte si lo haces por no inquietarla, y déjala dormir. No hago sino mal, pues esta instancia no es por dejarla dormir, sino sólo por dejarla. Con cuanto recato puedas los dos caballos desata y vamos de aquí. ¿Qué dices? ¿Qué he de decir? Que esa rara belleza, que al parecer es una divina estatua de Flora –que en estas selvas el docto pincel del alba de rosa y jazmín pulió, compuso de nieve y nácar– es un áspid para mí, pues entre sus flores varias traidoramente mañosa mortales venenos guarda. ¿Ves toda aquesa hermosura? Basilisco es que amenaza con la vista; y sólo agora que no me ve, no me mata. ¡Oh, nunca hubiera, Ginés, con facilidades tantas creído de mis deseos las mentidas esperanzas! Cuanto gusto liberal me ofreció Amor al mirarla, me le negó al conseguirla, porque es mercader que trata en piedras que solamente la estimación las ensalza y no valen nada el día que la estimación les falta. Aunque esto en tu condición poca novedad me haga, me hace mucha novedad la ocasión en que lo tratas. ¿Sola y dormida en un monte has de dejar una dama? ¿Por qué no, si desde el punto que mía pude llamarla la aborrecí de manera que no hay víbora pisada más ponzoñosa a mis ojos? Y cuando esto no bastara a hacerme ingrato con ella, ¿adónde quieres que vaya cargado de una mujer que,cuando intente negarla las palabras que la he dado, hallarla conmigo haga la información contra mí? Pues sin ella cosa es clara que podré negarlo todo. Mi profesión es la espada, mi caudal es mi valor y la milicia mi patria; pues yo pobre y ella hermosa, ¿no es ocasionar la infamia de vivir con su hermosura? Y aun otra razón me falta mayor que todas. Beatriz ya conmigo disculpada está, es rica, y es su amor primero acreedor del alma. Desata, pues, los caballos, y a verla vamos. ¡Mal haya mujer que a hombre enamorado de otra cree! ¿Ahora me sacas moralidades? Camina. ¿Qué te detienes? Repara, señor, en que es tu crueldad mayor que… ¿La voz levantas? No más digo que es acción indigna de ti que hagas tal traición a una mujer a quien de su casa sacas y que de ti se confía. Modo habrá para apartarla menos cruel; no la dejes sola en aquesta montaña. Granada tiene conventos, en uno puedes dejarla; no la agravies en la vida ya que en el honor la agravias. ¡Vive Dios, que de tu pecho sea llave aquesta daga que abriendo once bocas cierre la que mis secretos guarda! ¡O ven conmigo o aquí quedarás a puñaladas muerto! Si a escoger me das, escojo… Más quedo habla. …irme. Pero vuelve y mira esa hermosura gallarda. Ya veo que es hermosura, y por eso es desdichada. No me hubiera ella creído que entonces yo la adorara. Pero ya, ¿para qué es buena, pues no hay cosa que más valga que una hermosura ni menos que una hermosura gozada? [Vanse.] Mi bien, mi esposo, no así de mi amor huyendo vayas. En lo alto Cañerí y dos moros. Bajad con silencio, que de aqueste monte en la falda caballos y gente he visto entre esas espesas matas. De aquel caballero que hoy dimos muerte en la montaña quizá serán los caballos que dices que has visto. Baja con silencio, no nos sienta, porque ya sabes que anda, temerosa de los robos, muertes, iras y venganzas que hacemos, corriendo el monte la milicia de Granada, que en tanto que Isabel viene asegura la campaña, sin atreverse a subir a Benamejí ni a Gavia, plazas fuertes que sustenta la cerviz de la Alpujarra. Hacia esta parte fue donde se oyó el ruido. No te engañas, que aquí fue donde yo vi dos caballos. Pero aguarda, que he visto, si de mis ojos no es ilusión o fantasma, una divina deidad que ostenta altiva y ufana, para viva, poca acción; para muerta, mucha alma. Sobre el florido tapete que suavemente el aura mulló de silvestre hierba, tejió de bruta esmeralda, yace. En mi vida no vi belleza más soberana. A ser gentil y no moro, dignamente imaginara que eran aquestas las selvas de Venus y de Diana. No sé si me determine a acercarme; que, turbada el alma, teme su riesgo y no con pequeña causa, porque ¿de cerca qué hará lo que de lejos abrasa? ¿En qué mi amor te merece tal rigor? Entre sí habla. Atrevereme a llegar, ya que su voz desengaña que no es deidad, pues que duerme. ¡Espera, señor, aguarda! ¡No huyas! Mas ¡ay de mí, cielos! ¿Qué oposiciones contrarias son estas? Entre los brazos de mi esposo, ¡pena estraña!, dormí, ¡infelice desdicha!, y cuando, ¡aliento me falta!, despierto, ¡tirana suerte!, me hallo, ¡el corazón se arranca!, en brazos, ¡de hielo soy!, de un negro monstro, ¡qué ansia! Dime, ¿qué has hecho del día, atezada nieve parda? Sombra, ¿qué has hecho del sol? Noche, ¿qué has hecho del alba? Esposo, señor, mi dueño, ¿dónde estás? No huyendo vayas, que no podrás, aunque Amor te preste, mujer, las alas. Y si por dicha es un joven galán el dueño que llamas y él a este monte te trajo, en vano que venga aguardas a socorrerte, porque entre aquestas peñas altas mi gente le ha dado muerte. ¡Falte a mis ojos la clara luz del día, pues nací para ser tan desdichada! Mas ¿qué digo? Muerto él y viva yo es repugnancia imposible; que no pudo morir sin mí quien estaba en mi pecho y no tenía más ser, más vida y más alma que mi amor. Si acaso, ¡ay, triste!, preso le tenéis y tanta no ha sido vuestra fiereza, llevadme a mí por esclava y dadle a él la libertad para que él a tratar vaya el rescate de los dos. Y no temáis que haga falta, quedándome yo, porque me adora, me estima y ama de manera que es lo mismo partir sin mí que sin alma. Y si el precio de mi hacienda hoy para los dos no basta, quede él libre y yo cautiva. Pero si es verdad (¡qué rabia!) que le habéis muerto (¿tal digo sin morir yo?), no hagáis tanta sinrazón a mis finezas que viva me dejéis: haga esta piedad el rigor siquiera una vez y haya un ejemplar en el mundo de que las piedades matan. Infeliz mujer, tu esposo, si era un joven que hoy estaba, como he dicho, en ese monte, en él murió y tus desgracias, aunque enternecen las peñas, aunque los riscos ablandan y aunque los peñascos mueven, no las bárbaras entrañas de mi rigor, ni presumas, ya que en mi poder te hallas, que los diamantes de Oriente ni los tesoros de Arabia serán precio a tu rescate. Mía has de ser, coronada te has de ver, no solamente por reina del Alpujarra, pero del mundo. A la sierra conmigo ven. Con tus armas mismas me daré primero mil muertes. En vano tratas defenderte. ¿Qué esperáis? Asidla los dos. Llevadla. ¿Esto los cielos consienten? ¿Cómo en ellos piedad falta? ¿Y en esta ocasión no tocan truenos y rayos? dentro. ¡Al arma! ¿Qué es esto? Perdidos somos: una numerosa escuadra cercándonos viene. Pero sin pelear a la montaña nos retiremos, llevando esta mujer, que ella basta hoy para presa y no quiero peleando aventurarla. ¡Cielos, doleos de mí! En vano a los cielos llamas. dentro. Hacia aquí se oyen las voces. Adusto bárbaro, aguarda, que has de dejar en mis manos la hermosa presa que alcanzas. Antes dejaré la vida. La caja. Imposible es ya llevarla con nosotros, pues es fuerza que volvamos las espaldas. Pocos somos, y ellos muchos. Soldados, a la montaña. Perdí el tesoro mayor en una hermosa cristiana. Vanse, y salen don Diego y soldados. Venid, señora, conmigo; que, como noble, palabra os doy que vuestra fortuna me ha enternecido. En mi casa hasta reparar el daño que os sigue estaréis; mis canas de vuestra seguridad son la más digna fianza. Con una hija que yo tengo estaréis hasta que haya remedio en vuestras desdichas. Perdonad si merced tanta no rehúso recibir, porque es preciso acetarla. Venid, pues. Sin vida voy. (¡Ay, infeliz! Gómez Arias, la vida mi amor te cuesta: muriendo sabré pagarla). Vanse, y salen don Félix y Fabio. Hallándome ya vengado y que don Luis ofendido estaría, habiendo sido el lance en su casa, osado salí de ella y sin parar en Guadix un breve instante, tomé un rocín que arrogante me trajo sin descansar a Granada, de un aliento corriendo esas nueve leguas. Aquí, pues, haciendo treguas el temor y el ardimiento, me he estado aquestos tres días escondido y retirado. Y viendo que no ha llegado de aquestas fortunas mías nueva ninguna a Granada y que no se cuenta en ella el raro empeño de aquella muerte, sin mirar en nada, el retraimiento dejar quise; que si no ha sabido Beatriz lo que ha sucedido, ¿de qué me ha servido andar tan dichoso? Yo creía que el vulgo se lo dijera; pues él lo calla, quisiera que lo oiga de la voz mía. Don Diego, su padre, ha ido por capitán de la tierra a asegurar de la sierra el paso. Pues yo atrevido hoy en su casa entraré, no estando don Diego en ella, y vengado de su bella ingratitud quedaré. Vamos llegando a su casa. Vanse los dos. Salen don Juan y Floro, criado. Este es el medio mejor para templar de mi amor el fuego con que me abrasa; bien que habiendo Dorotea tomado resolución tan estraña, a mi pasión no hay remedio que lo sea como tratar de olvidalla. En fin, ¿de casa faltó? Aunque su padre intentó su afrenta desimulalla, ya en el lugar se ha sabido que un Gómez Arias, soldado, de su casa la ha sacado. Y así, poniendo en olvido aquella loca pasión que tan ciego me tenía, acudir pienso este día a mi aumento y mi opinión, casando con Beatriz bella. Esta de don Diego es la casa. Entra, Floro, pues, y pregunta si está en ella. Vanse los dos. Salen Gómez Arias y Ginés. En fin, ¿que te has atrevido a entrar en Granada? Sí. Pues ¿qué he hecho yo para que de Granada ausente esté? Si una herida a Félix di, por quien celoso y cruel allá en Guadix me buscó, antes me importa que no presuman que yo huyo de él; que, si me ausenté aquel día que le herí, por pensar fue que se muriera, porque a la justicia temía. Y lo que te ha sucedido después, ¿no te da cuidado? No, porque lo bien negado nunca es, Ginés, bien creído. Negar pienso que yo fui el que sacó a Dorotea de su casa. Y cuando crea todo el mundo que fue así, ¿cómo me lo ha de probar? Tú tienes buen desenfado. De Beatriz enamorado, a Beatriz pienso adorar. Y si, aunque tan fino estás, te desagrada al gozarla, ¿qué has de hacer della? Dejarla en otro monte. ¿Habrá más? No sé cómo me he vencido a no matarle; mas quiero hablar con Beatriz primero para saber lo que ha habido. En su misma casa hoy de ella sabré lo que pasa. Salen Beatriz y Celia. Un hombre se ha entrado en casa. ¿Quién es quien así…? Yo soy, señora doña Beatriz, que habiendo agora sabido, adonde ausente he vivido estos días, el feliz casamiento que tratáis, venir me pareció bien a daros el parabién por que la razón veáis que de quejarme de vos tengo; pues, cuando a un galán hieren mis celos, están otros de repuesto. Dos quejas de vos mi amor tiene y es fuerza que una a otra iguale: pues uno de noche sale desta casa y otro viene a ella de día, ¿qué acción habrá que en disculpa espere? (¿No pensará quien le oyere que tiene mucha razón?). Señor Gómez Arias, yo no trato de dar disculpa; que hay cierta especie de culpa en quien se disculpa, y no tengo de qué, pues jamás mi firme amor ofendí. Don Félix, que fue el que aquí entró una noche, no hay más verdad de que fue movido de mi desdén y sus celos. Y saben los mismos cielos que, cuando le hallé escondido, di voces, con que le obligo a que de aquí se ausentase sin que palabra me hablase. (Bien concuerda este testigo). Si al salir vos le topáis y con él, señor, reñisteis, si colérico le heristeis, si quejoso os ausentáis, harto vuestra ausencia yo he llorado y he sentido. Y si, en fin, darme marido en este tiempo trató mi padre, no habiendo dado yo en ausencia vuestra el sí, ¿qué queja tenéis de mí? Dueño sois de mi cuidado. Ni uno ni otro os den pasiones, vuestra me nombran mis labios. (¡Qué bien, sobre hacer agravios, suena oír satisfaciones!). (Puesto que esté Beatriz bella tan fina, hazte de rogar, que todo, señor, es dar en otro monte con ella). ¿Bien pensaréis que yo agora quedaré muy satisfecho? La verdad nunca, sospecho, teme ser creída. Señora, don Félix, ¡ay, infeliz!, en casa entra. (La verdad no teme jamás). Mirad, señora doña Beatriz,… A detenerle saldré. Vase. …si es justa la queja mía, pues ¿ya don Félix de día a veros viene? Por que veáis que ocasión no le di, hacia allí os retirad. ¿Yo de mi enemigo? Eso no. No es por él, sino por mí. Entre y hálleme aquí agora. dentro. De aquí no habéis de pasar. [dentro.] No pretendo más que hablar, Celia mía, a tu señora una palabra. [dentro.] No es posible agora, señor. Poco te debe mi honor. Menos a ti mi amor, pues quien de noche me ofendía ya de día a verte viene. Tan pequeña ocasión tiene de noche como de día. [dentro.] Déjame entrar, pues no está en casa el señor don Diego. Que te retires te ruego, y no por mi riesgo ya, sino por desengañarte de que ocasión no le di. No he de esconderme. Yo sí. Llorando, esto he de rogarte. ¡Ah, mujeres! ¿De qué modo podrá un hombre resistirse si en efeto han de salirse vuestras lágrimas con todo? Escóndese y salen los dos. Débate yo esta fineza. Harto a mi pesar la haré. Advierte… Entrar tengo, aunque más se ofenda su belleza. ¿Qué es eso, Celia? Señora, el señor don Félix es, que aquí entrar porfía. Pues ¿qué nueva ocasión agora, señor don Félix, os mueve a tan grande atrevimiento? ¿Qué favor a mi tormento vuestro cansado amor debe para que en mi casa entréis desta suerte? ¿O qué ocasión he dado para esta acción? Escuchad y lo sabréis. Vos me dijisteis un día que de cobarde fingí yo mi muerte, porque así ver ausente pretendía vuestro amante y mi enemigo. Si diría, no me acuerdo. Cólera fue y desacuerdo. Yo, pues, aunque no me obligo a satisfacer jamás desacuerdos de mujer, os quiero satisfacer, quizá por quereros más. Si bien es fuerza que os pese de la fineza, supuesto que yo a buscarle dispuesto dondequiera que estuviese quedé… (Sin duda ha sabido que aquí está y viene a buscarle). …y soy tan feliz que hallarle pude. Y así, hoy he venido… (Mi temor ha sido cierto). …a deciros solamente que aunque él era tan valiente, en Guadix le dejo muerto. Ha sido una ilustre acción. Que lo sepáis he querido. Cierto, vos habéis cumplido toda vuestra obligación. (¡Qué gusto y qué vanidad es ver al competidor desairado!). (A mí, señor, se me debe la mitad). ¿No siente más el severo rigor vuestro aquesto oír? Pues ¿tengo yo de sentir que ande airoso un caballero como vos? Y pues estoy satisfecha y vos lo estáis, os ruego, señor, que os vais. (A retraer). Si no os doy más sentimiento, no habrá conseguido mi esperanza cabal toda su venganza. (Agora es cuando la da un bofetón). (¿Bofetón?). (¿No lo hizo desta manera al salir de la leonera Manuel Ponce de León?). Pues ¿qué venganza de mí esperabais? Esa sola de sentirlo, y… Dentro ruido y don Diego. [dentro.] Tened, ¡hola!, este caballo. ¡Ay de mí! En buen lance me habéis puesto, que éste es mi padre. Yo haré que se remedie. ¿Con qué se ha de remediar? Con esto: escondiéndome aquí, no me verá. Aquí no hay lugar; busque otro. (¡Qué pesar!). Pues ¿quién está aquí? Yo. Y yo. Pues ¿cómo, cobarde, estás vivo, a pesar de mi aliento? Muriose de cumplimiento, por bien parecer no más. Como para darme a mí muerte no eras tú bastante. Yo lo haré verdad delante de Beatriz misma. No así mi vida, opinión y fama destruyáis, pues lo primero en quien nació caballero es el honor de la dama. Y ya que ha sido ventura que mi padre, al apearse, le miro, hablando, pararse con un hombre, la cordura vuestra… Estoy muy desairado para estar tan advertido. Y yo muy favorecido para estar desatinado. Y pues no se ha de creer de mí que aquesto es temor, sino atención al amor de una principal mujer, me escondo. Vuestros estremos miren cuán preciso es esto agora, que después en la calle nos veremos. Escóndense [Gómez Arias y Ginés]. Señor don Félix, por Dios que por esa puerta os vais del jardín, que aventuráis mucho en mi honor. Aunque vos, Beatriz, no me merecéis esta templanza, yo quiero tenerla. En la calle espero que satisfecha quedéis de cómo mi esfuerzo sabe desempeñarse de todo. Vase. Yo ahora echando deste modo a aquesta puerta la llave, le aseguro que atrevido no salga. ¿Hay más infeliz mujer que yo? Pues… Salen don Diego y Dorotea y gente. Beatriz. Señor, seas bien venido. Aunque siempre que yo llego a tus brazos puedes darme muchos parabienes, nunca con más razón que esta tarde. Advierte qué hermosa amiga te traigo. En vuestras piedades llego a conocer humilde el sagrado a que me trae a retraer mi fortuna; y no satisfecha en balde, pues ya segura estará quien tiene por guarda un ángel. De la ocasión desta dicha no ha menester informarme, ni quién sois, pues basta ver tal belleza y tal donaire para que os sirváis de mí. Pues cuando a saber alcances sus fortunas, aun harás, Beatriz, finezas más grandes. Con su esposo atravesaba de las montañas la margen, cuando el fiero Cañerí, adusto bárbaro alarbe, le salió al paso: la muerte dio a su esposo. (¡Ay, duro trance! ¿Cómo es posible que oído atormentes y no mates?). Quedó en su poder cautiva, y a los estremos que hace, a los suspiros que arroja y a las lágrimas que esparce, llegué yo. Pude en efecto librarla. Y por que repare el tropel de sus fortunas, movido a lástimas tales, mientras a su patria escribe quiero que en casa se ampare. Es piedad, de tu nobleza digna. No pudieras darme joya que estimara más que tan piadoso mostrarte en sus desdichas. Y vos, señora, a vuestros pesares pensad que hallasteis alivio, ya que remedio no hallasteis, pues alivia y no remedia el que siente. Dios os guarde, y pensad que libertad no me ha dado vuestro padre, pues en más esclavitud agora me pone. Basten los corteses cumplimientos. Cansado estoy; Celia, trae luz a mi cuarto. Y tú puedes al tuyo, Beatriz, llevarte contigo a esa dama. [Vase Celia.] En él procuraré la agasajen mis deseos. ¡Si supieras qué gusto en eso me haces! Sale Celia con luces. Un anciano caballero, y forastero en el traje, por ti pregunta. Saldré al recibimiento a hablarle. Vanse don Diego y Celia. (¡Cielos! ¿Qué he de hacer agora, de tantas dificultades cercada? De esta mujer, de hoy conocida, fiarme no es cordura; pues llevarla a mi cuarto es a que alcance mis secretos, cuando en él está encerrado mi amante). (Deshecha fortuna mía, no te pido en mis pesares remedio; ya sé que vienen los tuyos mal, nunca o tarde). (Dar lugar a que él se vaya sin verle ella, que esto es fácil, es dar lugar a que al punto él y don Félix se maten). (Una palabra siquiera desde que se fue su padre esta dama no me ha hablado. ¡Cuánto el ánimo cobarde de un menesteroso en todo está temiendo que canse! Esforcémonos a hacer rendimientos). Tus semblantes, señora, a entender me dan algún sentimiento grave, porque el silencio es a veces el más parlero lenguaje; y más cuando de los ojos más que de la voz se vale. Pesaríame ser yo la ocasión que os obligase a esa suspensión. Pues ¿cuándo ha menester ayudarse la desdicha de terceros, si ella por sí sola sabe desempeñarse con todos, no valiéndose de nadie? Antes que vinierais vos triste estaba; no os espante que ahora lo esté. No me espanto de que sea en cualquier lance tristezas cuantas yo encuentre, desdichas cuantas yo halle; que, sabiendo la fortuna que era, señora, esta parte donde había de venir yo a parar, vendría delante cargada de sinrazones sólo a hacerme el hospedaje. Sale Celia. (A aquesto me determino). Celia, en tanto que yo trate de que en mi cuarto aderecen lo que es necesario, baje aquesta dama contigo al jardín para que halle en él algún desahogo. (¡Aquesto es gana de echarme de aquí! Obedecer es fuerza). Segunda merced me haces en dar licencia, señora, a que puedan mis pesares regar con llanto la tierra, poblar con quejas el aire. Vase. ¿Oyes, Celia? ¿Qué me mandas? Que un momento no te apartes de ella ni volver la dejes hasta que yo misma llame. Su guarda seré de vista. Vase. (Él mismo ha de aconsejarme lo que he de hacer). Gómez Arias, no dudo de que ya sabes el mucho cuidado que hay en casa. Como cerraste la puerta, que hablen se oye, mas no quién ni lo que hablen. Pues sabrás… Saber no quiero nada sino que me saques presto de aquí. No presuma don Félix que es de cobarde esta tardanza. No hagas tal, así el cielo te guarde, que bien estamos aquí. Primero que… Mas mi padre vuelve. Pues por si me ha visto, no vuelvas a echar la llave. ¿Cómo no? No has de salir hasta que… Sale don Diego. Beatriz, ¿qué haces? Aquí estoy, dando, señor, orden cómo acomodarse aquesa señora pueda. ¿Dónde está? En el jardín. Hazme gusto de bajarte tú con ella por un instante, que el hombre que me buscaba no es hombre que puedo hablarle en ese recibimiento y quiero que aquí entre. (¡Dadme favor, cielos!). Siempre yo obedezco cuanto mandes. (Sin duda aqueste es don Juan, el que aquí vino esta tarde. Cuatro riesgos tengo, pues tengo a mi esposo y mi padre aquí, a mi amante en mi cuarto y a mi enemigo en la calle). Sale don Luis, de camino. Entrad, don Luis, que más despacio quiero, ya de vuestras desdichas informado, saber qué me mandáis, pues considero cuánto estoy a sentirlas obligado. Por noble, por amigo y caballero, vengo en vuestros favores confiado. Proseguid, y hablad quedo. ¿En qué quedasteis? En que menos, don Luis, vuestra hija hallasteis, a cuyo grave empeño más atento, en parte quise más oculta oíros. Y fue bien para que cobrase aliento el gastado raudal de mis suspiros al pronunciar la fuerza del tormento que aun a vos con vergüenza he de deciros, porque ni es noble, honrado, cuerdo o sabio, el que sabe el idioma de su agravio. Faltó, pues, de mi casa, ¡dolor fuerte!, Dorotea. ¡Ay, desdicha rigurosa! Yo entonces, afligido, ¡bien se advierte!, dispuse, ¡prevención dificultosa!, decir que en un convento, ¡dura suerte!, la tenía, creyendo, ¡acción penosa!, que engañaba, ¡ay de mí!, a quien lo contaba, siendo así que a mí solo me engañaba. Cuerdo, prudente, atento me imagino; ciego, loco, colérico me veo; sagaz, callado y mudo lo examino; furioso, osado y incapaz lo creo. Una criada sola abrió camino al continuo anhelar de mi deseo, diciéndome quién era el homicida de mi honor, ¡fuéralo antes de mi vida! Gómez Arias me dice que se llama, por que mayor mi sentimiento sea, sabiendo que es de quien contó la fama que en vicios sólo su vivir emplea, nuevo dolor que nuevamente infama la atrevida elección de Dorotea, mostrando así que no hay desdicha alguna donde no haga otra suerte la fortuna. Sabiendo, pues, que este hombre es un soldado y que en Granada está su compañía y que hoy a vos el cargo se os ha dado de ser de todas cabo, la ansia mía de vos viene a valerse, confiado de que, si de él sabéis, tener podría, si no remedio mi dolor, consuelo; pues en sabiendo de él… dentro. ¡Válgame el cielo! No prosigáis, que esta voz es de Beatriz. ¿Qué es aquesto? ¡Celia, Laura! A verlo iré. Perdonadme. Vase don Diego y sale Dorotea. Acude presto, señor, porque en el jardín ha caído… Mas ¡qué veo! ¡Ay de mí, infeliz! ¿Qué miro? Trajo mi venganza el cielo a mis manos. ¡Hija aleve! Señor. Hoy aqueste acero… ¿Dónde huir podré? La luz se apagó. Y ha sido acierto, porque mi rigor disculpe estar tantas veces ciego. ¡Que me da muerte mi padre! dentro. Rompe aquesa puerta presto. ¿No oyes decir que la da muerte su padre? No puedo. ¿Dónde estás? (¡Oh, quién pudiera decir que en el mismo centro!). Él sabe que estoy aquí y a matarla se ha resuelto. Golpes dan en una puerta. Iré sus pasos siguiendo. Aunque fueras de diamante, diera contigo en el suelo. Abre la puerta, salen los dos. ¿Que con no ser inocentes siempre por limbos andemos? ¡Padre, señor! Esta es Beatriz, pues dice su acento señor y padre. No así castigues un desacierto de amor. ¿Dónde se ha escondido esta vil, que no la encuentro? No temas, señora; yo soy quien a mi cargo tengo tu defensa. Ven conmigo. (Este es, sin duda, don Diego, Topa con Gómez. pues que dice que a su cargo mi vida está). Sigue presto mis pasos. Contigo voy. (Ya de una desdicha, cielos, saqué una dicha, pues ya a Beatriz conmigo llevo). Vanse, y topa don Luis con Ginés. ¡Hija aleve! (¿Yo hija aleve?). Hoy morirás a este acero. (¿A cuál? Que yo no veo nada). ¿Qué voz oigo? Sale don Diego con luz y Beatriz. ¿Qué es aquesto? Hombre, ¿quién eres? No sé quién soy. ¿Qué hacéis aquí dentro? Hago una Santa Susana metidita entre dos viejos. (Y entrambos los santos padres de los dos demonios nuestros). ¿Dónde se fue una mujer que aquí estaba? ¿Qué es tu intento? (Negar a todo me importa). No sé nada. Ruido oyendo en la calle, me entré aquí majaderamente necio. Don Diego, a mi hija he topado en vuestra casa. Yo pienso que es una que yo en la sierra encontré, su esposo muerto. Sigámosla, pues ha huido. Pero, aunque la preste el viento sus alas, la alcanzaré. Vase. ¡Oh, nunca hubiera suceso tan infelice a Beatriz sucedido! Pues por esto falté yo de aquí. Señor, no te aflija el sentimiento; que el susto, no la caída, fue por entonces el riesgo. Pues recógete a tu cuarto, en tanto, Beatriz, que vuelvo. Vase. ¿Qué es esto, Ginés? Pues yo ni el diablo sabe qué es esto. ¿No te mataba tu padre? ¿A mí? ¿Por qué, no sabiendo que estaba aquí tu señor? Las voces que he dado fueron causadas de una caída. ¿Luego no eres, según eso, una dama que él se lleva? ¡Calla, que esa voz me ha muerto! ¡A mí aquese mojicón! ¿Dama se lleva? Y sospecho que, aunque es llevada, es traída, si es la hija deste viejo. De celos estoy rabiando. Pues no rabies mucho de ellos, que en el primer montecico dará venganza a tus celos. Jornada Tercera Sale Gómez Arias, y Dorotea y Ginés. Aborrecida mujer cuya fiera vista asombra, ¿eres acaso mi sombra, que tras mí te he de tener? ¿Cómo estás en mi poder? ¿De qué suerte, que lo ignoro, tus transformaciones lloro y tus engaños padezco, pues miro lo que aborrezco donde traigo lo que adoro? Si yo he sido la que a ti ya por muerto te lloré y al verme te espantas, ¿qué me dejas que hacer a mí? Siempre el vivo al muerto vi temer; siendo aquesto cierto, ¿cómo al contrario lo advierto, pues en trance tan esquivo se asombra el muerto del vivo y agasaja el vivo al muerto? Cuando de un sueño, que en mí imagen dos veces fue de la muerte, desperté en poder de Cañerí; cuando restaurada fui de una generosa espada; cuando en su casa albergada con Beatriz bella vivía, tu muerte sólo sentía, de tu sombra enamorada. Pues ¿por qué agora afligida intentas que de una suerte quien ha llorado tu muerte tenga que llorar tu vida? No quejosa, no ofendida quiero mostrarme, señor, de aquel pasado rigor; no de que me hayáis traído por otra, y no de haber sido desengaño de tu amor se valen mis desconsuelos; que a tu vida agradecida, en albricias de tu vida perdono todos mis celos. Mas ¿por qué en tantos desvelos nuevas penas solicitas? ¿Por qué el contento me quitas de haberte llegado a ver? Lo más que yo he menester ahora son dos lagrimitas. ¡Oh, nunca hubiera salido de aquella casa jamás, nunca por servirte más te hubiera hasta aquí seguido, para no ver afligido un corazón que te adora! Mira que es mujer y llora, que es ser dos veces mujer. Lo más que yo he menester ¿documenticos agora? (¿Qué consuelo habrá que sea hoy para mi amor feliz, viendo perdida a Beatriz y cobrada a Dorotea?). Ya que ofendida se vea tanto mi fe, tu valor no ofendas. Deja, señor, de decirme agravios, pues una cosa es ser cortés y otra no tener amor. Paga siquiera con estas atenciones, aunque leves, los suspiros que me debes, las lágrimas que me cuestas. ¡Qué finezas tan molestas! Fuerza es que lo hayan de ser, que al fin son mías. Mujer, ¿qué me lloras? ¿Qué me quieres? No te conozco. ¿Quién eres? ¿Qué te debo? Honor y ser. ¿Quieres saber cómo yo a nada estoy obligado? Haber tu casa dejado, o fue por amor o no. Si tu amor no te obligó, ¿en qué obligación pusiste tú a mi amor? Y si lo hiciste porque amor te obligó a ello, ¿he de agradecer yo aquello que tú por tu amor hiciste? Luego que tú, enamorada, tu casa dejes o no, de cualquiera suerte, yo no vengo a deberte nada; que es doctrina muy errada el pensar que a una mujer nada se ha de agradecer, si es gusto o es conveniencia, en cualquier correspondencia el querer o el no querer. Y así, ser tú a quien traía y no a Beatriz, de manera mi cólera irrita fiera que volviera a dar el día por la obscura noche fría. Y si aquesto no ha bastado a haberte desengañado, pues dormida te dejé una vez, ahora lo haré despierta. ¿Qué monstro airado, que bárbaramente aleve no hay precepto que le dome, que helado cadáver come, que caliente coral bebe, a una queja no se mueve? Yo, a quien ha hecho el rigor nuevo caribe de amor. Vamos, Ginés. Considera que en una desierta esfera me dejas donde mi honor segunda vez aventuras. Mira que a vista, ¡ay de mí!, estás de Benamejí; mira que estas peñas duras teatros de desventuras son. ¡Qué mujer tan cansada! ¿No dirás enamorada? ¡Suelta! Vamos, Ginés. ¿Que así me dejes? Sí. Pues a tus plantas arrojada, de ti no me has de apartar u otro medio has de elegir. ¿Cuál es? Sin mí no te has de ir o la muerte me has de dar. Ni uno ni otro he de otorgar, pues ya de otra suerte aquí sé cómo me he de ir sin ti y sin que te dé la muerte. ¿De qué suerte? Desta suerte. ¡Guardas de Benamejí! Sale al muro Cañerí. Desde aquellas altas peñas que yacen de sí pendiendo, a esta ciudad viene haciendo de paz un cristiano señas. No son las tuyas pequeñas para no dudar de ti, que tú eres el Cañerí. Yo soy. ¿Qué queréis? No más de saber… ¿Qué? …si querrás comprar una esclava. Sí. (¿Dónde tus intentos van?). (A venderte, aborrecida). (¿Qué mujer no está vendida en poder de su galán?). (Advierte…) (En vano serán las lástimas ya). ¿Qué es de ella? Aquesta mujer es bella. Pues ¿cómo dudas si quiero comprarla, que un mundo entero daré, cristiano, por ella? Pídeme por su hermosura cuanto avariento tesoro trajo a retraer el moro a esta bárbara espesura. No engendra del sol la pura luz por cuantos rumbos huella, ni el mar guarda, el monte sella, ni la ambición descubrió tanto oro como yo daré, cristiano, por ella. Cuanta plata se recata en los centros de la tierra daré, haciendo aquesta sierra Sierra Nevada de plata; cuanto cristal se desata y en sí mismo se atropella por esa campaña bella, por más que huya despeñado en blancas perlas cuajado, daré, cristiano, por ella. Toda esa hierba florida que en la cumbre y en la falda ha sido bruta esmeralda, será esmeralda pulida; la rosa menos crecida rubí será; la más bella, diamante; el diamante, estrella; y en fin, cuanto gran tesoro tengo en piedras, plata y oro, daré, cristiano, por ella. Aguarda, que a tratar voy, no el precio, sino la entrega. Hacia la puerta te llega del rastrillo. ¡Cielos! Hoy del mismo sol dueño soy. Vase. Baja, pues; baja por ella, si en tu poder quieres vella, que si tienes tú, al miralla, tanta gana de compralla, más tengo yo de vendella. Monstruo ingrato, bruto fiero, pasmo horrible, asombro vil, fiera inculta, áspid traidor, cruel tigre, ladrón neblí, león herido, lobo hambriento, horror mortal, y hombre, en fin, por decirte de una vez cuanto te puedo decir, ¿qué intentas, qué solicitas, qué determinas, que así en tu ofensa todo el cielo conjuras, sin advertir que a tanto delito ya todo su imperial zafir, piadosamente irritado, forjando está contra ti los rayos de ciento en ciento, las iras de mil en mil? ¿Venderme tratas, tirano? ¿Venderme, sin prevenir que, aunque el amor me hizo esclava, libre soy, libre nací? ¿A un monstruo entregarme quieres? ¿De qué bárbaro gentil se cuenta acción tan infame, se dice hazaña tan vil? ¿Tu misma dama –no quiero tu misma esposa decir, ser dama basta, aunque sea dama aborrecida–, di, entregas a ajenos brazos? Véngueme el cielo de ti. El sol te niegue sus luces; su aliento, el aire sutil; el agua, su azul esfera; la tierra, su verde abril. Bañado en tu misma sangre, un verdugo dividir veas, por traidor, tu cuello… Pero ¿qué digo? ¡Ay de mí! Mi señor, mi bien, mi esposo, tu esclava soy, es así; mas no fugitiva esclava, pues ¿por qué he de presumir que fiel, y no fugitiva, te has de deshacer de mí? Si yo te di algún enojo, si algún enfado te di, maltrátame, y no me vendas; muera yo, y vive feliz. Favorable el sol te alumbre desde su hermoso cenit, suave el aire te regale, la agua su claro viril te sirva de espejo, y sea toda la tierra un jardín. Cañerí, este monstruo fiero, cuando en el verde país de esa montaña me vio aquella tarde dormir, se mostró, al verme despierta, enamorado de mí; porque soy, en ser querida y aborrecida, infeliz. ¡Oh, quién pudiera a los astros la residencia pedir! ¿Por qué al que aborrezco yo me ha de amar? ¿Y por qué a mí me ha de aborrecer aquel a quien el alma le di? Pero ¡qué locura!, que esta no es materia para aquí. Sólo lo digo por que, si no basto a prevenir yo tus piedades, los celos me ayuden. Dellos oí que aun de lo que se aborrece se saben hacer sentir. ¡Cuál debo yo de estar, cuando me valgo de gente ruin! Cuando no de enamorado los tengas, de honrado sí, siquiera porque tal vez pude de tu labio oír que habías de ser mi esposo. No pierdas, pues, desde aquí tanto el miedo a tus agravios, que en la mitad del decir te alcancen, pues en los dos la duda se vio partir: tú, porque me lo dijiste; yo, porque te lo creí. Señor Gómez Arias, duélete de mí, no me dejes presa en Benamejí. Si el temor de la palabra que me has dado te hace huir por no cumplirla, señor, yo te doy palabra a ti –con seguridad de que la sabré mejor cumplir, cuanto va de alma que sabe hablar verdad o mentir– de no pedírtela, de irme a un convento desde aquí, donde, o fáltenme los cielos, ofrezco de no pedir a ellos mismos otra cosa que venturas para ti, cuanto el dolor de tu ausencia me dilatare el vivir. Si desto no me aseguras por temor que, en viéndome ir a Granada, la has de dar celos conmigo a Beatriz, llévame a su misma casa, de donde anoche salí por engaño, y yo diré que, siéndolo, vuelvo allí a darla satisfaciones; que aquello fue por huir de mi padre; y por librarla a ella, me libraste a mí; que no hay nada entre los dos; y si destinada, en fin, a ser esclava me tienes, yo me quedaré a servir en su casa. A mí me mande quien te ha enamorado a ti, que este es el último medio a que se puede rendir el desengañado amor de una altivez mujeril. Y cuando no te enternezca este llorar y gemir por quien agora soy, vuelve los ojos a lo que fui. Duélate ver que de noble y ilustre padre nací; que me viste de él amada; que me miraste asistir del vulgo y nobleza, siendo el ídolo de Guadix; que al principio te escuché y que después te creí; que perdí patria y honor y que un anciano infeliz, cuando a su noticia llegue tan triste nueva de mí, si con matar no se venga, se vengará con morir. Y en efecto… Pero ya la voz falta y el latir del corazón titubea intercadente entre sí al ver que ya de la ruda Babilonia, a quien pensil sirve ese murado alcázar sobre la parda cerviz, a hacer las entregas viene descendiendo el Cañerí, si ya no es escura nube que, mirando el mar aquí de mis lágrimas, a él se abate por compelir diluvios que después sean del mundo inundada lid. Ea, señor, dueño mío, mi cielo y mi bien, en ti vuelve por ti mismo. Y sea el mirarte arrepentir mérito ya y no delito, porque de no hacerlo así, cielo, sol, luna y estrellas, sin alumbrar ni lucir; hombres, aves, fieras, peces, sin obrar ni discurrir; montes, penas, troncos, fieras, sin albergar ni servir; agua, tierra, fuego y viento, sin animar ni asistir, atentos a acción tan fea, se volverán contra ti viendo que de tantas veces no te enternece el oír: señor Gómez Arias, duélete de mí, no me dejes presa en Benamejí. Sale Cañerí y moros. Mi gusto no ha de ponerse, cristiano, en precio; y así, por no hablarte en él, te traigo más que me puedes pedir. Toma todas esas joyas, donde verás competir a las estrellas y flores los diamantes y rubís. Cristiana, segunda vez eres mía. ¡Ay, infeliz! (¿Quién duda que arrepentido se vuelve ahora a desdecir?). Es verdad, yo te la entrego. Y por hacer más aquí el delito, el precio tomo, si bien no es acción civil, pues cuanto esotras mujeres desde el día en que nací me han llevado mal llevado me lo vuelve una. Y así, aunque aquesto sea culpa, pienso que es restituir. Tuya es la esclava. Conmigo, cristiana hermosa y gentil, ven a coronarte reina de todo el rudo confín destas ásperas montañas. ¿Hay mujer más infeliz? En vano las quejas son. Llevadla los dos de aquí. Dejad que le dé siquiera un abrazo al despedir. Ya eres mía y tendré celos. Traedla por fuerza y venid. Alá te guarde, cristiano. ¡Estrellas que esto influís, luceros que esto miráis, cielos que lo consentís, altos montes que lo veis, aves que lo repetís, viento que lo estás oyendo, árboles que lo asistís y escucháis mi triste llanto, a darme amparo acudid! Y pues de mí no se duelen los hombres, doleos de mí, que me llevan presa a Benamejí. Vanse. Temiendo tu condición, sin hablar ni discurrir, oyendo y mirando he estado lo que has hecho. Y aunque aquí me quites una y mil vidas, lo que siento he de decir. ¿Es posible…? ¿Cómo, cómo? ¿Sermoncito escuderil tenemos? Aqueso no. ¡Ah, valiente Cañerí! ¿Qué quieres? ¿Quieres comprarme también un cristiano? Sí. Pues barato le daré, que no tengo de pedir por él más de que le lleves. Ea, Ginés, pasa allí, besa la mano a tu dueño. Pues ¿hasme gozado a mí ni hete yo desagradado, siendo melón de Guadix de mala calaña, para que tú me vendas así? Tú no has de quedar conmigo. Yo me iré con el Sofí, pero vendido, eso no. ¿A qué gitano sutil me compraste en el mercado, que me vendes? Cañerí, por tuyo el esclavo queda. ¿Esclavo yo, que nací más libre que aquella ave que en la cartilla de abril no sabe más que una letra? ¡Mal haya tu trato vil! (En mujer echo y criado dos enemigos de mí. Rico y sin ellos, espero desenojar a Beatriz). Vase. Calla, y conmigo vendrás. Darete buen trato aquí. Verde monte, cielo azul, blanca sierra, mar turquí, leonada amapola, parda peña, rosa carmesí, papagayos verdegayes y morados alhelís, ¿cómo con vuestros colores os estáis y no os vestís del color de mis tristezas? ¿Cómo no os doléis de mí, que fui niño y solo, y nunca en tal me vi, y me llevan preso a Benamejí? Vanse, y sale don Diego y doña Beatriz. Beatriz, ya ves el cuidado que desde anoche he tenido. Harto, padre, me ha cabido de él a mí. Don Luis, osado, a su hija anoche siguió, y aunque yo tras ella fui, ni al uno ni al otro vi ni sé si la ha hallado o no. Dudo lo que habrá pasado, porque, como te conté, quien a él se la robó fue Gómez Arias, un soldado que era a quien ella dejó muerto en el monte. (¡Pluguiera al cielo que verdad fuera, que menos llorara yo!). Está advertida de que le digas, si aquí volviere, que ruego yo que me espere. Vase. Yo, señor, se lo diré. Ya que de tantos enojos libres quedan mis agravios, salga la voz a los labios y salga el llanto a los ojos. ¿Qué ha pasado por mí, cielos? El hombre que yo tenía en mi cuarto, y quien venía de mí a ampararse, con celos me mata, siendo los dos él quien la robó y ella quien, seguida de su estrella, muerto le lloraba. ¡Ay, dios vendado y ciego! No sé cómo tengo sufrimiento a no rendirme al tormento de tan mal pagada fe. Sale Gómez Arias. (Antes que corra la voz aquí de sucesos tales –que siempre la de los males suele ser la más veloz–, a hablar me atrevo a Beatriz y, sin recelar el daño, valerme del mismo engaño, por si pudiese feliz hoy persuadirla mi intento a que se vaya conmigo). Beatriz hermosa, testigo sea de mi sentimiento el verme volver aquí. Mi juicio pensé perder cuando vi que otra mujer anoche llevé y no a ti, que como su voz decía: «Mi padre me da la muerte», atrevido, osado y fuerte rompí las puertas. El día me desengañó, y aquí considera mi fortuna cuál quedaría con una mujer que en mi vida vi, cuando tenerte pensó, Beatriz, a ti en su poder. ¿Luego tú a aquella mujer nunca la habías visto? No. ¿Cómo no, si aquella dama es la hermosa Dorotea, en quien tu afición se emplea y a quien tu voluntad ama? De su casa la sacaste. Si en el monte la perdiste y buscándola veniste y ya, en fin, te la llevaste, dime, ¿para qué es volver a ofenderme de ese modo? Todo lo sabes y a todo te quiero satisfacer. Cuando a esa mujer amé, estaba de ti ofendido y, habiéndola aborrecido, en el monte la dejé. Tu padre la trujo aquí. Es verdad que de aquí yo la llevé anoche, mas no por ella, sino por ti. Y tanto el enojo ha sido de no ser tú y de ser ella, que por no volver a vella, a los moros la he vendido por que en tus plantas estén joyas que su precio son. ¿Es buena satisfación? Y aun desengaño también, pues, avisándome el daño en que iba a tropezar, de los dos quiero tomar solamente el desengaño. Cadáver de amor ha sido esa dama, y en su estrago es ya tu traidor halago dispertador de mi olvido. Yerto, deshecho y perdido dentro de mí misma vi ese amor y honor, y así, mudamente me ha avisado: huye verte en el estado tú que me miras a mí. No es buen modo, es desvarío hacer tan a costa ajena las finezas, que la pena de otro es escarmiento mío. ¿Cómo dará mi albedrío licencias a mi deseo, cuando el desengaño veo de un delito tan horrible, tan infame, tan terrible, tan triste, mortal y feo? Su ruina es un ensayo de cuerdos avisos lleno y si me ha avisado el trueno, ¿por qué he de esperar el rayo? Si a ese pálido desmayo, ceniza de amor, oí decirme: «Engañada fui de un falso amante traidor cuando con padre y honor, como tú te ves, me vi», creerte quiero; y tu castigo sea tu misma locura, que a mí nadie me asegura de que si agora te sigo, no harás lo mismo conmigo. Pues mi libertad poseo, huiré tu tirano empleo; que, si hasta aquí pudo ir, no ha de acabar de decir: «veraste como me veo». Vase donñ Beatriz. Por donde pensé obligar a Beatriz, a Beatriz, cielos, desobligué; bien sus celos supo prudente vengar. Mas yo la sabré engañar. ¿Ella no es altiva y vana, y tiene celos? Liviana es, pues, la duda en que estoy. Yo volveré a hablarla hoy, y aun a venderla mañana. [Vase.] Tocan chirimías y atabales, y salen todas las mujeres con acompañamiento y detrás la Reina. Bellísima Granada, ciudad de tantos rayos coronada cuantos tus torres bellas saben participar de las estrellas, y a cuyos brutos liberal se atreve tu sierra altiva a convertir en nieve cuando eminente sube a ser cielo, cansada de ser nube; cada vez que te miro grande te aclamo, si imperial te admiro. ¿Qué mucho si mortal te considero heroico patrimonio de mi acero? A tu nevada sierra vengo piadosamente a hacer hoy guerra; que quiero, por ser tuya, que mi valor la gane y no destruya. Los moros que bandidos viven de su esperanza defendidos me obligan a este empeño; con ellos es, que no contigo, el ceño. Las leyes despreciando que el grande, que el Católico Fernando, tu rey y señor mío, les dio, ha sabido atropellar su brío. Esta justa venganza de quien una tan grande parte alcanza a ti me trae agora por que segunda vez hoy vencedora me vea tu campaña, a quien riega el Genil y el Darro baña. [Sale don Diego.] Vuelvan, pues, los veloces ecos del parche y del metal las voces a saludarla con sonora salva, dando envidia a los pájaros del alba su música festiva. ¡Isabel, nuestra reina, viva! ¡Viva! Sale don Luis. Viva tanto que, al tiempo haciendo engaños, la memoria se pierda de los años por que sagrado sea su valor, su piedad de quien desea ampararse de todo. Y perdona, señora, deste modo ver a un caduco, a un infeliz anciano, arrojado a tus pies, besar tu mano. Alzad, alzad del suelo; que vuestro llanto, vuestro desconsuelo, grande suceso indicia. ¿Qué pretendes? Pediros… ¿Qué? Justicia. Desde luego os la ofrezco. La tierra que pisáis aun no merezco besar. Pues por que empiece a consolaros, más paso no he dar sin escucharos. Yo, señora, una hija bella tuve… ¡Qué bien «tuve» he dicho!, que, aunque vive, no la tengo, pues sin morir la he perdido. Criela… Pero esto es tomar las cosas muy de principio. Noble soy, aunque no tengo necesidad de decirlo. Sagaz, virtuosa, atenta creció hasta que a turbar vino atención, virtud, cordura el traidor aleve hechizo de un hombre. Aqueste, engañada, la sacó del poder mío y… Mas ¿para qué, señora, con las voces lo repito, si más presto y mejor todo con las lágrimas lo digo? Dejemos –que no quisiera con lástimas afligiros, pasándome fácilmente de lastimado a prolijo– que la eché menos, que vine en su alcance, que la miro con otro nombre, amparada de la casa de un amigo; y vamos –que hacer no quiero caso de aqueste delito, pues que tantos ejemplares ya le han el miedo perdido–, y vamos, digo otra vez, al mayor, al más indigno que pudiera imaginar el más depravado juicio de los hombres, el más fiero, más cruel y más inicuo… Pero, antes que lo diga, cómo lo sé he de deciros. Un moro, que el interés le facilitó el camino de Benamejí a Granada, a traerme un pliego vino. Hallome, porque traía mala nueva, fue preciso. De mi hija era el pliego; en él me dice… Humilde os suplico vos lo leáis por que vos sepáis el caso de él mismo, escusando de una vez dos tormentos tan impíos como decirlo y haber en público de decirlo. «Padre y señor, las erradas acciones nunca han tenido más disculpa que llegar a confesar que lo han sido: yo erré, de un hombre engañada. De esposo me dio al principio mano y palabra. Después, con desprecios infinitos, con engaños, con traiciones, la mayor que pudo hizo, pues al fiero Cañerí por esclava me ha vendido. Trata de mi libertad y dame después castigo, que no, señor, la deseo, por no morir a los filos de tu acero, mas porque en la esclavitud que vivo, si no peligro en la fe, en la persuasión peligro». La gente que de Castilla viene a Granada conmigo y la que tiene Granada prevenida al punto mismo de Benamejí la vuelta marche, porque el cetro mío ni aun que descanse consiente, que esto es descanso y alivio. ¿Quién es este hombre? Si es que es de nombre de hombre digno. Gómez Arias es su nombre. Échese un bando en que digo que, pena de traidor, nadie le dé sustento ni abrigo a Gómez Arias, un hombre fiero, alevoso y esquivo. Y a cualquiera que le prenda daré, habiéndole traído, si muerto, dos mil ducados, y cuatro si le traen vivo. Y hago homenaje a los cielos de no quitarme el vestido ni entrar en poblado hasta que, avasallando esos riscos rebeldes a mi poder, tiranos a mi dominio, dé a esta mujer libertad para que digan los siglos, si hubo una mujer burlada, que otra que la vengue ha habido. Vanse, y salen Cañerí, Dorotea y Ginés, vestidos de esclavos, y moros. Por no parecerte en todo monstruo tan cruel y esquivo que de humano no merezca tener el nombre, he querido este tiempo que aquí estás, bella cristiana, conmigo, afectar los sobresaltos de verme con los cariños de escusarme, porque es vil el amor que, conseguido por fuerza, quita a su dueño el merecer por sí mismo. Tan finamente te adoro que hasta saber si te obligo cortés y amante a que dejes tu ley y cases conmigo, no he querido a tu hermosura perder el respeto digno, a esos soles que idolatro de amor atezado indio. Ese cortés rendimiento tanto, africano, te estimo que no me ofrezco a pagarle con engaños. Y así, digo que, si mil vidas tuviera, fueran poco desperdicio de tu acero en la defensa de mi fe y del honor mío. No me quites esta sola esperanza con que vivo. No me hables tú en ella, pues has de oír siempre esto mismo. Bien me aconsejas, y así, divertirla solicito. A los músicos mandad que canten desde aquel sitio retirados, y que sea de amor. Escusado ha sido mandarles eso, que amor siempre es todo su canticio. Tú, cristiano, que por ser criado de mi bien, te libro de la cadena o la muerte, ¿cómo te hallas conmigo? Malditamente, señor. ¿Maltrátante en mi servicio? Muchísimo. ¿Cómo? Como no me dan gota de vino ni he visto torrezno en cuanto tiempo ha, señor, que te sirvo y no puede haber holgura donde no hay vino y tocino. ¿Por qué, dime, aquel cristiano vendió a los dos? Por capricho. Mas ya la música suena. Oye la canción, bien mío. (¿Si habrá mi padre, ¡ay de mí!, ya la carta recibido?). Señor Gómez Arias, duélete de mí, que soy niña y sola y nunca en tal me vi. ¿Ya anda en canciones mi historia? Mal haya acento que ha sido con sus voces ocasión de dispertar tus suspiros. Callad, callad. No, señor; que prosigan te suplico, que, si oírlo es sentimiento, por sentir más, quiero oírlo. dentro. ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¿Qué estruendo de armas, qué ruido es éste? Mas ¿qué pregunto, cuando ya desde aquí miro de castellanas escuadras irse poblando los riscos que coronados de plumas son Olimpos sobre Olimpos? Al muro, alarbes, al muro salid, que por muchos lidio, pues lidio por mí y por esta hermosura a quien me rindo. Vase. dentro. ¡Guerra, guerra! Al cielo gracias, Cajas. hados, que os mostráis benignos. Dame tu aliento, Fortuna, esfuerzo, valor y brío para que siendo de todos los cristianos hoy caudillo que en esas mazmorras yacen sepultados, aunque vivos, pueda divertir las fuerzas destos alarbes bandidos. Toma armas, Ginés. Yo nunca tomo, que es bellaco vicio, sino solamente aquello que me dan. Vente conmigo. Feliz me haga Marte, pues Venus infeliz me hizo. Vase. ¿Yo ir? ¿No es mejor quedarme haciendo este silogismo? Si los cristianos vencieren, yo, por cristiano, me libro, y si vencieren los moros, viendo que yo no me incito contra ellos, me darán después premio y no castigo. Luego a ganar, no a perder, voy estándome quedito y de camino me ahorro algún desmandado tiro, que sin estar convidado me lleve a cenar con Cristo. ¡Cepos quedos!, que van dando. [dentro.] Vuestra libertad, cautivos, os va en que toméis las armas. Hagan bien para sí mismos, hermanos presos. ¡Oh, cómo con mis voces los animo, pues ya rompiendo las puertas, las cadenas y los grillos, hacen matanza en los moros, comuneros de a poquito! La caja. [dentro.] Yo he de ser el que primero ponga sobre el obelisco bárbaro destos peñascos las plantas. [dentro.] Habiendo sido yo quien le defiende, ¿cómo has de entrar? ¡Por Jesucristo, que hay cristianos ya en el muro y que entran al tiempo mismo cristianos ya por las puertas! Ahora sí que yo me arrimo a ellos. ¡Mueran los perros! La caja y clarín siempre, y salen todos y la Reina por la puerta. Y desde el muro caen abrazados Cañerí y don Luis. Pues tenemos el rastrillo, abrámosle. Entrad, cristianos. ¡Santo Alá! ¡Cielos divinos! ¿Quién eres, cristiano Cid, que a mí rendirme has podido? Soy un rayo desatado de la esfera de mí mismo. ¿Quién eres, cristiana, a quien esta vitoria he debido? Una infelice dichosa, pues a tus plantas me humillo. ¿Eres tú la que vendió Gómez Arias atrevido? Antes que diga yo el sí mi vergüenza te lo ha dicho. Invicta reina, a tus plantas hoy el Cañerí te rindo. Yo a mis brazos restituyo libre a tu hija, advertido que debajo de mi amparo… Triste y alegre te miro. Tú, bárbaro, rebelado a mis preceptos, que píos por vasallo te admitieron, hoy morirás en castigo de aquestas comunidades que osado has introducido. Yo te escusaré, señora, la venganza a mis delitos, pues no sé si las heridas del temor de haberte visto me dan la muerte a tus plantas. Rabiando y gimiendo espiro. Cae. Quitad ese tantas veces funesto cadáver frío de mis ojos y a los cielos daremos… Pero ¿qué ruido es aqueste? Ruido dentro. Unos villanos, de tanto interés movidos, a Gómez Arias traen preso, y siguiéndote han venido hasta aquí. [Salen Gómez Arias y villanos.] ¿Quién de vosotros Gómez Arias es? Yo he sido el que fieramente loco cometí tantos delitos. Sea este de mi justicia agora el primer indicio, que, en restaurando su honor, llega mejor mi castigo. Dale de esposa la mano a esa mujer. Y rendido a sus pies, que me perdone humildemente la pido. Yo lo hago, y con la mano el alma te doy. (Por Cristo que si éste se sale sólo con casarse por castigo, que desde mañana rindo cuantas topare). Ya has visto de tu hija el honor, don Luis, vengado y restituido. Son dádivas de tu mano. Yo os abrazo como a hijos. Aguarda, que, si los dos estábamos ofendidos, tú estás vengado y yo no. (Ni yo tampoco, que he sido el criado que vendió). A ese hombre al punto mismo un verdugo corte el cuello y su cabeza en el sitio que a su esposa vendió quede en una escarpia. Rendido a tus pies… Ea, llevadle. De eso yo seré ministro. Juro a Dios que habéis de ir a ahorcar, pues habéis sido Judas de amor que besáis y vendéis. ¡Cielos divinos! Pague mi culpa mi pena. Gran señora, si yo he sido la parte y yo le perdono, perdónale te suplico. En cualquier delito, el rey es todo. Si parte has sido tú y le perdonas, yo no, porque no quede a los siglos la puerta abierta al perdón de semejantes delitos. Nuestros tratados conciertos, don Juan, en habiendo ido a Granada, tendrán fin. Y téngale a un tiempo mismo La niña de Gómez Arias. Que perdonéis os suplico sus errores y nos deis de piedad siquiera un vítor.