Pedro Calderón de la Barca La dama duende Comedia famosa Personas que hablan en ella DON MANUEL. COSME, gracioso. DOÑA ÁNGELA. ISABEL, criada. RODRIGO, criado. DON LUIS. DON JUAN. DOÑA BEATRIZ. CLARA, criada. CRIADOS. Jornada I Salen DON MANUEL y COSME, de camino. Por un hora no llegamos a tiempo de ver las fiestas con que Madrid generosa hoy el bautismo celebra del primero Baltasar. Como esas cosas se aciertan o se yerran por un hora: por una hora que fuera antes Píramo a la fuente no hallara a su Tisbe muerta y las moras no mancharan, porque dicen los poetas que con arrope de moras se escribió aquella tragedia; por un hora que tardara Tarquino hallara a Lucrecia recogida, con lo cual los autores no anduvieran, sin ser vicarios, llevando a salas de competencias la causa sobre saber si hizo fuerza o no hizo fuerza; por un hora que pensara si era bien hecho o no era echarse Hero de la torre no se echara, es cosa cierta, con que se hubiera excusado el doctor Mira de Mescua de haber dado a los teatros tan bien escrita comedia y haberla representado Amarilis tan de veras que, volatín del carnal -si otros son de la cuaresma-, sacó más de alguna vez las manos en la cabeza; y, puesto que hemos perdido por un hora tan gran fiesta, no por un hora perdamos la posada, que si llega tarde Abindarráez, es ley que haya de quedarse fuera; y estoy rabiando por ver este amigo que te espera, como si fueras galán al uso, con cama y mesa, sin saber cómo o por dónde tan grande dicha nos venga, pues, sin ser los dos torneos, hoy a los dos nos sustenta. Don Juan de Toledo es, Cosme, el hombre que más profesa mi amistad, siendo los dos envidia, ya que no afrenta, de cuantos la Antigüedad por tantos siglos celebra. Los dos estudiamos juntos y, pasando de las letras a las armas, los dos fuimos camaradas en la guerra. En las del Piamonte, cuando el señor duque de Feria con la jineta me honró, le di, Cosme, mi bandera. Fue mi alférez y después, sacando de una refriega una penetrante herida, le curé en mi cama mesma. La vida, después de Dios, me debe; dejo las deudas de menores intereses, que entre nobles es bajeza referirlas, pues por eso pintó la docta Academia al galardón una dama rica y las espaldas vueltas, dando a entender que, en haciendo el beneficio, es discreta acción olvidarse de él, que no le hace el que le acuerda. En fin, don Juan, obligado de amistades y finezas, viendo que su Majestad con este gobierno premia mis servicios y que vengo de paso a la corte, intenta hoy hospedarme en su casa por pagarme con las mesmas; y, aunque a Burgos me escribió de casa y calle las señas, no quise andar preguntando a caballo dónde era y así dejé en la posada las mulas y las maletas. Yendo hacia donde me dice vi las galas y libreas y, informado de la causa, quise, aunque de paso, verlas. Llegamos tarde en efeto, porque... Salen DOÑA ÁNGELA y ISABEL, en corto, tapadas. Si, como lo muestra el traje, sois caballero de obligaciones y prendas, amparad a una mujer que a valerse de vos llega. Honor y vida me importa que aquel hidalgo no sepa quién soy y que no me siga. Estorbad, por vida vuestra, a una mujer principal una desdicha, una afrenta, que podrá ser que algún día... ¡Adiós, adiós, que voy muerta! Vase. ¿Es dama o es torbellino? ¿Hay tal suceso? ¿Qué piensas hacer? ¿Eso preguntas? ¿Cómo puede mi nobleza excusarse de excusar una desdicha, una afrenta? Que, según muestra, sin duda es su marido. Y ¿qué intentas? Detenerle con alguna industria; mas, si con ella no puedo, será forzoso el valerme de la fuerza sin que él entienda la causa. Si industria buscas, espera, que a mí se me ofrece una. Esta carta, que encomienda es de un amigo, me valga. Sale DON LUIS y RODRIGO, su criado. Yo tengo de conocerla no más de por el cuidado con que de mí se recela. Síguela y sabrás quién es. Llega COSME y retírase DON MANUEL. Señor, aunque con vergüenza llego: vuesarced me haga tan gran merced que me lea a quién esta carta dice. No voy agora con flema. Pues si flema solo os falta, Detiénele. yo tengo cantidad della y podré partir con vos. Apartad. (¡Oh, qué derecha es la calle! Aún no se pierden de vista). Por vida vuestra... ¡Vive Dios, que sois pesado y os romperé la cabeza, si mucho me hacéis...! Por eso os haré poco. Paciencia me falta para sufriros. ¡Apartad de aquí! Rempújale. (Ya es fuerza llegar; acabe el valor lo que empezó la cautela). Llega. Caballero, ese criado es mío y no sé qué pueda haberos hoy ofendido para que de esa manera le atropelléis. No respondo a la duda o a la queja, porque nunca satisfice a nadie. Adiós. Si tuviera necesidad mi valor de satisfaciones, crea vuestra arrogancia de mí que no me fuera sin ella. Preguntar en qué os ofende por castigarle, si yerra, merece más cortesía y, pues la corte la enseña, no la pongáis en mal nombre, con que un forastero venga a enseñarla a los que tienen obligación de saberla. Quien pensare que no puedo enseñarla yo... La lengua suspended y hable el acero. Sacan las espadas. Decís bien. ¡Oh, quién tuviera gana de reñir! Sacad la espada vos. Es doncella y sin cédula o palabra no puedo sacarla. Sale DOÑA BEATRIZ teniendo a DON JUAN, y CLARA, criada, y gente. Suelta, Beatriz. No has de ir. Mira que es con mi hermano la pendencia. ¡Ay de mí, triste! A tu lado estoy. Don Juan, tente, espera, que, más que a darme valor, a hacerme cobarde llegas. Caballero forastero, quien no excusó la pendencia solo, estando acompañado bien se ve que no la deja de cobarde. Idos con Dios, que no sabe mi nobleza reñir mal, y más con quien tanto brío y valor muestra. Idos con Dios. Yo os estimo bizarría y gentileza; pero, si de mí por dicha algún escrúpulo os queda, me hallaréis donde quisiereis. Norabuena. Norabuena. ¡Qué es lo que miro y escucho! ¡Don Manuel! ¡Don Juan! Suspensa, el alma no determina qué hacer, cuando considera un hermano y un amigo -que es lo mismo- en diferencia tal, y hasta saber la causa dudaré. La causa es esta: volver por ese criado este caballero intenta, que necio me ocasionó a hablarle mal. Todo cesa con esto. Pues siendo así, cortés me darás licencia para que llegue a abrazarle. El noble huésped que espera nuestra casa es el señor don Manuel. Hermano, llega, que dos que han reñido iguales desde aquel instante quedan más amigos, pues ya hicieron de su valor experiencia. Dadnos los brazos. Primero que a vos os los dé, me lleva el valor que he visto en él a que al servicio me ofrezca del señor don Luis. Yo soy vuestro amigo y ya me pesa de no haberos conocido, pues vuestro valor pudiera haberme informado. El vuestro escarmentado me deja, pues me deja en esta mano una herida. Más quisiera tenerla mil veces yo. ¡Qué cortesana pendencia! ¿Herida? Vení a curaros. Tú, don Luis, aquí te queda hasta que tome su coche doña Beatriz, que me espera; y desta descortesía me disculparás con ella. Venid, señor, a mi casa -mejor dijera a la vuestra-, donde os curéis. Que no es nada. Venid presto. Aparte. (¡Qué tristeza me ha dado que me reciba con sangre Madrid!). Aparte. (¡Qué pena tengo de no haber podido saber qué dama era aquella!). ¡Qué bien merecido tiene mi amo lo que se lleva, por que no se meta a ser don Quijote de la legua! Vanse los tres y llega DON LUIS a DOÑA BEATRIZ, que está aparte. Ya la tormenta pasó; otra vez, señora, vuelva a restituir las flores, que agora marchita y seca de vuestra hermosura el hielo de un desmayo. ¿Dónde queda don Juan? Que le perdonéis os pide, porque le llevan forzosas obligaciones y el cuidar con diligencia de la salud de un amigo que va herido. ¡Ay de mí! ¡Muerta estoy! ¿Es don Juan? Señora, no es don Juan; que no estuviera, estando herido mi hermano, yo con tan grande paciencia. No os asustéis, que no es justo que, sin que él la herida tenga, tengamos entre los dos yo el dolor y vos la pena; digo dolor el de veros tan postrada, tan sujeta a un pesar imaginado, que hiere con mayor fuerza. Señor don Luis, ya sabéis que estimo vuestras finezas, supuesto que lo merecen por amorosas y vuestras; pero no puedo pagarlas, que eso han de hacer las estrellas y no hay de lo que no hacen quien las tome residencia. Si lo que menos se halla es hoy lo que más se precia en la corte, agradeced el desengaño, siquiera por ser cosa que se halla con dificultad en ella. Quedad con Dios. Vase con su criada. Id con Dios. No hay acción que me suceda bien, Rodrigo. Si una dama veo airosa y conocerla solicito, me detienen un necio y una pendencia, que no sé cuál es peor; si riño y mi hermano llega, es mi enemigo su amigo; si por disculpa me deja de una dama, es una dama que mil pesares me cuesta, de suerte que una tapada me huye, un necio me atormenta, un forastero me mata y un hermano me le lleva a ser mi huésped a casa, y otra dama me desprecia. ¡De mala anda mi fortuna! Que de todas esas penas ¿que sé la que sientes más? No sabes. ¿Que la que llegas a sentir más son los celos de tu hermano y Beatriz bella? Engáñaste. Pues ¿cuál es? Si tengo de hablar de veras -de ti sólo me fiara-, lo que más siento es que sea mi hermano tan poco atento que llevar a casa quiera un hombre mozo, teniendo, Rodrigo, una hermana en ella viuda y moza y, como sabes, tan de secreto que apenas sabe el sol que vive en casa, porque Beatriz, por ser deuda, solamente la visita. Ya sé que su esposo era administrador en puertos de mar de unas reales rentas y quedó debiendo al Rey grande cantidad de hacienda; y ella a la corte se vino de secreto, donde intenta, escondida y retirada, componer mejor sus deudas. Y esto disculpa a tu hermano, pues, si mejor consideras que su estado no le da ni permisión ni licencia de que nadie la visite y que, aunque su huésped sea don Manuel, no ha de saber que en casa, señor, se encierra tal mujer, ¿qué inconveniente hay en admitirle en ella? Y más habiendo tenido tal recato y advertencia que para su cuarto ha dado por otra calle la puerta y la que salía a la casa, por desmentir la sospecha de que el cuidado la había cerrado o porque pudiera con facilidad abrirse otra vez, fabricó en ella una alacena de vidrios, labrada de tal manera que parece que jamás en tal parte ha habido puerta. ¿Ves con lo que me aseguras? Pues con eso mismo intentas darme muerte, pues ya dices que no ha puesto por defensa de su honor más que unos vidrios, que al primer golpe se quiebran. Vanse y salen DOÑA ÁNGELA y ISABEL. Vuélveme a dar, Isabel, esas tocas, ¡pena esquiva!; vuelve a amortajarme viva, ya que mi suerte cruel lo quiere así. Toma presto, porque, si tu hermano viene y alguna sospecha tiene, no la confirme con esto de hallarte de la manera que hoy en palacio te vio. ¡Válgame el cielo! Que yo entre dos paredes muera, donde apenas el sol sabe quién soy, pues la pena mía en el término del día ni se contiene ni cabe; donde inconstante la luna, que aprende influjos de mí, no puede decir: «Ya vi que lloraba su fortuna»; donde en efeto encerrada sin libertad he vivido, porque enviudé de un marido, con dos hermanos casada. ¡Y luego delito sea, sin que toque en liviandad, depuesta la autoridad, ir donde tapada vea un teatro en quien la fama para su aplauso inmortal con acentos de metal a voces de bronce llama! ¡Suerte injusta! ¡Dura estrella! Señora, no tiene duda de que, mirándote viuda tan moza, bizarra y bella, tus hermanos cuidadosos te celen, porque este estado es el más ocasionado a delitos amorosos; y más en la corte hoy, donde se han dado en usar unas viuditas de azahar, que al cielo mil gracias doy, cuando en las calles las veo tan honestas, tan fruncidas, tan beatas y aturdidas y, en quedándose en manteo, es el mirarlas contento, pues sin toca y devoción saltan más a cualquier son que una pelota de viento. Y este discurso doblado para otro tiempo, señora, ¿cómo no habemos agora en el forastero hablado a quien tu honor encargaste y tu galán hoy hiciste? Parece que me leíste el alma en eso que hablaste. Cuidadosa me ha tenido, no por él, sino por mí, porque después, cuando oí de las cuchilladas ruido, me puse -mas son quimeras-, Isabel, a imaginar que él había de tomar mi disgusto tan de veras, que había de sacar la espada en mi defensa. Yo fui necia en empeñarle así, mas una mujer turbada ¿qué mira o qué considera? Yo no sé si lo estorbó, mas sé que no nos siguió tu hermano más. Oye, espera. Sale DON LUIS. Ángela. Hermano y señor, turbado y confuso vienes. ¿Qué ha sucedido? ¿Qué tienes? Harto tengo: tengo honor. (¡Ay de mí! Sin duda es que don Luis me conoció). Y así, siento mucho yo que se estime en poco. Pues ¿has tenido algún disgusto? Lo peor es que, cuando vengo a verte, el disgusto tengo que tuve, Ángela. (¿Otro susto?). Pues yo ¿en qué te puedo dar, hermano, disgusto? Advierte... Tú eres la causa, y el verte... (¡Ay de mí!). ...Ángela, estimar tan poco de nuestro hermano... (Eso sí). ...pues, cuando vienes con los disgustos que tienes, cuidados te dé. No en vano el enojo que tenía con el huésped me pagó, pues, sin conocerle yo, hoy le he herido en profecía. Pues ¿cómo fue? Entré en la plaza de palacio, hermana, a pie hasta el palenque, porque toda la desembaraza de coches y caballeros la guarda. A un corro me fui de amigos, adonde vi que alegres y lisonjeros los tenía una tapada, a quien todos celebraron lo que dijo y alabaron de entendida y sazonada. Desde el punto que llegué otra palabra no habló, tanto que a alguno obligó a preguntarla por qué, porque yo llegaba, había con tanto estremo callado. Todo me puso en cuidado; miré si la conocía y no pude, porque ella se puso más en taparse, en esconderse y guardarse. Viendo que no pude vella, seguilla determiné. Ella siempre atrás volvía a ver si yo la seguía, cuyo gran cuidado fue espuela de mi cuidado. Yendo desta suerte, pues, llegó un hidalgo, que es de nuestro huésped criado, a decir que le leyese una carta. Respondí que iba de priesa y creí que detenerme quisiese con este intento, porque la mujer le habló al pasar; y tanto dio en porfiar que le dije no sé qué. Llegó en aquella ocasión en defensa del criado nuestro huésped, muy soldado; sacamos en conclusión las espadas. Todo es esto, pero más pudiera ser. ¡Miren la mala mujer en qué ocasión te había puesto! ¡Que hay mujeres tramoyeras! Pondré que no conocía quién eras y que lo hacía sólo por que la siguieras. Por eso estoy harta yo de decir, si bien te acuerdas, que mires que no te pierdas por mujercillas, que no saben más que aventurar los hombres. ¿En qué has pasado la tarde? En casa me he estado entretenida en llorar. ¿Hate nuestro hermano visto? Desde esta mañana no ha entrado aquí. ¡Qué mal yo estos descuidos resisto! Pues deja los sentimientos, que al fin sufrirle es mejor, que es nuestro hermano mayor y comemos de alimentos. Si tú estás tan consolada, yo también, que yo por ti lo sentía; y, por que así veas no dárseme nada, a verle voy y aun con él haré una galantería. Vase. ¿Qué dirás, señora mía, después del susto cruel, de lo que en casa nos pasa? Pues el que hoy ha defendido tu vida, huésped y herido le tienes dentro de casa. Yo, Isabel, lo sospeché cuando de mi hermano oí la pendencia y cuando vi que el herido el huésped fue; pero aún bien no lo he creído, porque cosa estraña fuera que un hombre a Madrid viniera y hallase, recién venido, una dama que rogase que su vida defendiese, un hermano que le hiriese y otro que le aposentase; fuera notable suceso y, aunque todo puede ser, no lo tengo de creer sin vello. Y, si para eso te dispones, yo bien sé por dónde verle podrás y aun más que velle. Tú estás loca. ¿Cómo, si se ve de mi cuarto tan distante el suyo? Parte hay por donde este cuarto corresponde al otro; esto no te espante. No porque verlo deseo, sino solo por saber, dime, ¿cómo puede ser?, que lo escucho y no lo creo. ¿No has oído que labró en la puerta una alacena tu hermano? Ya lo que ordena tu ingenio he entendido yo. ¿Dirás que, pues es de tabla, algún agujero hagamos por donde al huésped veamos? Más que eso mi ingenio entabla. Di. Por cerrar y encubrir la puerta que se tenía y que a este jardín salía y poder volverla a abrir, hizo tu hermano poner portátil una alacena. Esta, aunque de vidrios llena, se puede muy bien mover. Yo lo sé bien, porque cuando la alacena aderecé, la escalera la arrimé y ella se fue desclavando poco a poco, de manera que todo junto cayó y dimos en tierra yo, alacena y escalera, de suerte que en falso agora la tal alacena está y, apartándose, podrá cualquiera pasar, señora. Esto no es determinar, sino prevenir primero. Ves aquí, Isabel, que quiero a esotro cuarto pasar. He quitado la alacena; por allá ¿no se podrá quitar también? Claro está y, para hacerla más buena, en falso se han de poner dos clavos, para advertir que sólo la sepa abrir el que lo llega a saber. Al criado que viniere por luz y por ropa di que vuelva a avisarte a ti, si acaso el huésped saliere de casa, que, según creo, no le obligará la herida a hacer cama. Y, por tu vida, ¿irás? Un necio deseo tengo de saber si es él el que mi vida guardó, porque, si le cuesto yo sangre y cuidado, Isabel, es bien mirar por su herida, si es que, segura de miedo de ser conocida, puedo ser con él agradecida. Vamos, que tengo de ver la alacena y, si pasar puedo al cuarto, he de cuidar, sin que él lo llegue a entender, desde aquí de su regalo. Notable cuento será. Mas ¿si lo cuenta? No hará, que hombre que su esfuerzo igualo a su gala y discreción -puesto que de todo ha hecho noble experiencia en mi pecho en la primera ocasión: de valiente en lo restado, de galán en lo lucido, en el modo de entendido- no me ha de causar cuidado que diga suceso igual, que fuera notable mengua que echara una mala lengua tan buenas partes a mal. Vanse. Salen DON JUAN, DON MANUEL y un criado con luz. Acostaos, por mi vida. Es tan poca la herida que antes, don Juan, sospecho que parece melindre el haber hecho caso ninguno della. Harta ventura ha sido de mi estrella, que no me consolara jamás, si este contento me costara el pesar de teneros en mi casa indispuesto y el de veros herido por la mano, si bien no ha sido culpa, de mi hermano. Él es buen caballero y me tiene envidioso de su acero, de su estilo admirado, y he de ser muy su amigo y su criado. Sale DON LUIS y un criado con un azafate cubierto y en él un aderezo de espada. Yo, señor, lo soy vuestro, como en la pena que recibo muestro ofreciéndoos mi vida; y por que el instrumento de la herida en mi poder no quede, pues ya agradarme ni servirme puede, bien como aquel criado que a su señor algún disgusto ha dado, hoy de mí le despido. Esta es, señor, la espada que os ha herido; a vuestras plantas viene a pediros perdón, si culpa tiene. Tome vuestra querella con ella en mí venganza de mí y della. Sois valiente y discreto; en todo me vencéis. La espada aceto, por que siempre a mi lado me enseñe a ser valiente. Confiado desde hoy vivir procuro, porque ¿de quién no vivirá seguro quien vuestro acero ciñe generoso? Que él solo me tuviera temeroso. Pues don Luis me ha enseñado a lo que estoy por huésped obligado, otro regalo quiero que recibáis de mí. ¡Qué tarde espero pagar tantos favores! Los dos os competís en darme honores. Sale COSME cargado de maletas y cojines. Docientos mil demonios de su furia infernal den testimonios, volviéndose inclementes docientas mil serpientes que, asiéndome de un vuelo, den conmigo de patas en el cielo, del mandato oprimidos de Dios, por justos juicios compelidos, si vivir no quisiera sin injurias en Galicia o Asturias antes que en esta corte. Reporta... El reportorio se reporte. ¿Qué dices? Lo que digo, que es traidor quien da paso a su enemigo. ¿Qué enemigo? Detente. El agua de una fuente y otra fuente. ¿De aqueso te inquietas? Venía de cojines y maletas por la calle cargado y en una zanja de una fuente he dado, y así lo traigo todo -como dice el refrán- puesto de lodo. ¿Quién esto en casa mete? Vete de aquí, que estás borracho. Vete. Si borracho estuviera, menos mi enojo con el agua fuera. Cuando en un libro leo de mil fuentes que vuelven varias cosas sus corrientes, no me espanto, si aquí ver determino que nace el agua a convertirse en vino. Si él empieza, en un año no acabará. Él tiene humor estraño. Sólo de ti querría saber, si sabes leer -como este día en el libro citado muestras-, ¿por qué pediste tan pesado que una carta leyese? ¿Qué te apartas? Porque sé leer en libros y no en cartas. Está bien respondido. Que no hagáis caso de él por Dios os pido. Ya le iréis conociendo y sabréis que es burlón. Hacer pretendo de mis burlas alarde. Para alguna os convido. Pues no es tarde, porque me importa, hoy quiero hacer una visita. Yo os espero para cenar. Tú, Cosme, esas maletas abre y saca la ropa; no las metas. Si quisieres cerrar, esta es del cuarto la llave, que, aunque tengo llave maestra por si acaso vengo tarde, más que las dos otra no tiene ni otra puerta tampoco; así conviene, y en el cuarto la deja y cada día vendrán a aderezarle. Vanse y queda COSME. Hacienda mía, ven acá, que yo quiero visitarte primero, porque ver determino cuánto habemos sisado en el camino, que, como en las posadas no se hilan las cuentas tan delgadas como en casa, que vive en sus porfías la cuenta y la razón por lacerías, hay mayor aparejo del provecho para meter la mano, no en mi pecho, sino en la bolsa ajena. Abre una maleta y saca un bolsón. Topé la propia; buena está y rebuena, pues aquesta jornada subió doncella y se apeó preñada. Contallo quiero; es tiempo perdido, porque yo ¿qué borregos he vendido a mi señor para que mire y vea si está cabal? Lo que ello fuere sea. Su maleta es aquesta; ropa quiero sacar, por si se acuesta tan presto, que él mandó que hiciese esto. Mas porque él lo mandó ¿se ha de hacer presto? Por haberlo él mandado, antes no lo he de hacer, que soy criado. Salirme un rato es justo a rezar a una ermita. ¿Tendrás gusto desto, Cosme? Tendré. Pues, Cosme, vamos, que antes son nuestros gustos que los amos. Vase. Por una alacena que estará hecha con anaqueles y vidrios en ella, quitándose con goznes como que se desencaja, salen DOÑA ÁNGELA y ISABEL. Que está el cuarto solo dijo Rodrigo, porque el tal huésped y tus hermanos se fueron. Por esto pude atreverme a hacer sólo esta experiencia. ¿Ves que no hay inconveniente para pasar hasta aquí? Antes, Isabel, parece que todos cuantos previne fueron muy impertinentes, pues con ninguno topamos, que la puerta fácilmente se abre y se vuelve a cerrar, sin ser posible que se eche de ver. Y ¿a qué hemos venido? A volvernos solamente, que para hacer sola una travesura dos mujeres basta haberla imaginado, porque al fin esto no tiene más fundamento que haber hablado en ello dos veces y estar yo determinada -siendo verdad que es aqueste caballero el que por mí se empeñó osado y valiente-, como te he dicho, a mirar por su regalo. Aquí tiene el que le trujo tu hermano y una espada en un bufete. Ven acá. ¿Mi escribanía trujeron aquí? Dio en ese desvarío mi señor. Dijo que aquí la pusiese con recado de escribir y mil libros diferentes. En el suelo hay dos maletas. Y abiertas. Señora, ¿quieres que veamos qué hay en ellas? Sí, que quiero neciamente mirar qué ropa y alhajas trae. Soldado y pretendiente, vendrá muy mal alhajado. Sacan todo cuanto van diciendo, y todo lo esparcen por la sala. ¿Qué es esto? Muchos papeles. ¿Son de mujer? No, señora, sino procesos que vienen cosidos y pesan mucho. Pues si fueran de mujeres, ellos fueran más livianos. Mal en eso te detienes. Ropa blanca hay aquí alguna. ¿Huele? Sí, a limpia huele. Ese es el mejor perfume. Las tres calidades tiene de blanca, blanda y delgada. Mas, señora, ¿qué es aqueste pellejo con unos hierros de herramientas diferentes? Muestra a ver. Hasta aquí cosa de sacamuelas parece, mas estas son tenacillas y el alzador del copete y los bigotes estotras. Ítem, escobilla y peine. Oye, que, más prevenido, no le faltará al tal huésped la horma de su zapato. ¿Por qué? Porque aquí la tiene. ¿Hay más? Sí, señora, ítem, como a forma de billetes, legajo segundo. Muestra. De mujer son y contienen más que papel. Un retrato está aquí. ¿Qué te suspende? El verle, que una hermosura hasta pintada divierte. Parece que te ha pesado de sacalle. ¡Qué necia eres! No mires más. ¿Y qué intentas? Dejarle escrito un billete. Toma el retrato. Pónese a escribir. Entre tanto la maleta del sirviente he de ver. Esto es dinero: cuartazos son insolentes, que, en la república donde son los príncipes y reyes los doblones y los reales, ellos son la común plebe. Una burla le he de hacer y ha de ser de aquesta suerte: quitarle de aquí el dinero al tal lacayo y ponerle unos carbones. Dirán: ¿dónde demonios los tiene esta mujer?, no advirtiendo que esto sucedió en noviembre y que hay brasero en el cuarto. Yo escribí. ¿Qué te parece adónde deje el papel, por que, si mi hermano viene, no le vea? Allí, debajo de la toalla que tienen las almohadas, que al quitarla se verá forzosamente y no es parte que hasta entonces se ha de andar. Muy bien adviertes. Ponle allí y ve recogiendo todo esto. Mira que tuercen la llave ya. Pues dejallo todo, esté como estuviere, y a escondernos. Isabel, ven. Alacena me fecit. Vanse por el alacena y queda como estaba. Sale COSME. Ya que me ha servido a mí, de barato quiero hacerle a mi amo otro servicio. Mas ¿quién nuestra hacienda vende, que así hace almoneda della? ¡Vive Cristo, que parece Plazuela de la Cebada la sala con nuestros bienes! ¿Quién está aquí? No está nadie, por Dios, y, si está, no quiere responder. No me responda, que me huelgo de que eche de ver que soy enemigo de respondones. Con este humor, sea bueno o sea malo -si he de hablar discretamente-, estoy temblando de miedo; pero, como a mí me deje el revoltoso de alhajas libre mi dinero, llegue y revuelva las maletas una y cuatrocientas veces. Mas ¿qué veo? ¡Vive Dios, que en carbones lo convierte! Duendecillo, duendecillo, quienquiera que fuiste y eres, el dinero que tú das en lo que mandares vuelve, mas el que yo hurto, ¿por qué? Salen DON JUAN, DON LUIS y DON MANUEL. ¿De qué das voces? ¿Qué tienes? ¿Qué te ha sucedido? Habla. ¡Lindo desenfado es ese! Si tienes por inquilino, señor, en tu casa un duende, ¿para qué nos recibiste en ella? Un instante breve que falté de aquí, la ropa de tal modo y de tal suerte hallé que, toda esparcida, una almoneda parece. ¿Falta algo? No falta nada. El dinero solamente que en esta bolsa tenía, que era mío, me convierte en carbones. Sí, ya entiendo. ¡Qué necia burla previenes! ¡Qué fría y qué sin donaire! ¡Qué mala y qué impertinente! No es burla esta, ¡vive Dios! Calla, que estás como sueles. Es verdad, mas suelo estar en mi juicio algunas veces. Quedaos con Dios y acostaos, don Manuel, sin que os desvele el duende de la posada, y aconsejalde que intente otras burlas al criado. Vase. No en vano sois tan valiente como sois, si habéis de andar desnuda la espada siempre, saliendo de los disgustos en que este loco os pusiere. Vase. ¿Ves cuál me tratan por ti? Todos por loco me tienen, porque te sufro. A cualquiera parte que voy me suceden mil desaires por tu causa. Ya estás solo y no he de hacerte burla mano a mano yo, porque sólo en tercio puede tirarse uno con su padre. Dos mil demonios me lleven, si no es verdad que salí y esto, fuese quien se fuese, hizo este estrago. Con eso ahora disculparte quieres de la necedad. Recoge esto que esparcido tienes y entra a acostarme. Señor, en una galera reme... Calla, calla, o, ¡vive Dios!, que la cabeza te quiebre. Pesárame con estremo que lo tal me sucediese. Ahora bien, va de envasar otra vez los adherentes de mis maletas. ¡Oh, cielos! ¡Quién la trompeta tuviese del juicio de las alhajas, por que a una voz solamente viniesen todas! Alumbra, Cosme. Pues ¿qué te sucede?, señor? ¿Has hallado acaso allá dentro alguna gente? Descubrí la cama, Cosme, para acostarme y halleme debajo de la toalla de la cama este billete cerrado, y ya el sobreescrito me admira más. ¿A quién viene? A mí, mas el modo estraño... ¿Cómo dice? ...me suspende: Lee. «Nadie me abra, porque soy de don Manuel solamente». ¡Plega a Dios que no me creas por fuerza! No le abras, tente, sin conjurarle primero. Cosme, lo que me suspende es la novedad, no el miedo, que quien admira no teme. Lee. «Con cuidado me tiene vuestra salud, como a quien fue la causa de su riesgo. Y así, agradecida y lastimada, os suplico me aviséis della y os sirváis de mí, que para lo uno y lo otro habrá ocasión, dejando la respuesta donde hallasteis esta, advertido que el secreto importa, porque el día que lo sepa alguno de los amigos perderé yo el honor y la vida». ¡Estraño caso! ¿Qué estraño? ¿Eso no te admira? No; antes con esto llegó a mi vida el desengaño. ¿Cómo? Bien claro se ve que aquella dama tapada, que tan ciega y tan turbada de don Luis huyendo fue, era su dama, supuesto, Cosme, que no puede ser, si es soltero, su mujer; y, dado por cierto esto, ¿qué dificultad tendrá que en la casa de su amante tenga ella mano bastante para entrar? Muy bien está pensado, mas mi temor pasa adelante. Confieso que es su dama y el suceso te doy por bueno, señor; pero ¿ella cómo podía desde la calle saber lo que había de suceder para tener este día ya prevenido el papel? Después de haberme pasado, pudo dárselo a un criado. Y aunque se le diera, él ¿cómo aquí ha de haberle puesto? Porque ninguno aquí entró desde que aquí quedé yo. Bien pudo ser antes esto. Sí, mas hallar trabucadas las maletas y la ropa y el papel escrito topa en más. Mira si cerradas esas ventanas están. Y con aldabas y rejas. Con mayor duda me dejas, y mil sospechas me dan. ¿De qué? No sabré explicallo. En efeto, ¿qué has de hacer? Escribir y responder pretendo hasta averiguallo con estilo que parezca que no ha hallado en mi valor ni admiración ni temor, que no dudo que se ofrezca una ocasión en que demos, viendo que papeles hay, con quien los lleva y los tray. ¿Y de aquesto no daremos cuenta a los huéspedes? No, porque no tengo de hacer mal alguno a una mujer que así de mí se fió. Luego ya ofendes a quien su galán piensas. No tal, pues sin hacerla a ella mal puedo yo proceder bien. No, señor; más hay aquí de lo que a ti te parece; con cada discurso crece mi sospecha. ¿Cómo así? Ves aquí que van y vienen papeles y que jamás, aunque lo examines más, ciertos desengaños tienen; ¿qué creerás? Que ingenio y arte hay para entrar y salir, para cerrar, para abrir, y que el cuarto tiene parte por dónde. Y en duda tal el juicio podré perder, pero no, Cosme, creer cosa sobrenatural. ¿No hay duendes? Nadie los vio. ¿Familiares? Son quimeras. ¿Brujas? Menos. ¿Hechiceras? ¡Qué error! ¿Hay súcubos? No. ¿Encantadoras? Tampoco. ¿Mágicos? Es necedad. ¿Nigromantes? Liviandad. ¿Energúmenos? ¡Qué loco! ¡Vive Dios que te cogí! ¿Diablos? Sin poder notorio. ¿Hay almas de purgatorio? ¿Que me enamoren a mí? ¿Hay más necia bobería? Déjame, que estás cansado. En fin, ¿qué has determinado? Asistir de noche y día con cuidados singulares; aquí el desengaño fundo; no creas que hay en el mundo ni duendes ni familiares. Pues yo en efeto presumo que algún demonio los tray, que esto y más habrá donde hay quien tome tabaco en humo. Vanse. Jornada II Salen DOÑA ÁNGELA, DOÑA BEATRIZ y ISABEL. Notables cosas me cuentas. No te parezcan notables hasta que sepas el fin. ¿En qué quedamos? Quedaste en que por el alacena hasta su cuarto pasaste, que es tan difícil de verse como fue de abrirse fácil; que le escribiste un papel y que al otro día hallaste la respuesta. Digo, pues, que tan cortés y galante estilo no vi jamás, mezclando entre lo admirable del suceso lo gracioso, imitando los andantes caballeros, a quien pasan aventuras semejantes. El papel, Beatriz, es este. Holgareme que te agrade. Lee ÁNGELA. «Fermosa dueña, cualquier que vos seáis la condolida deste afanado caballero, y assaz piadosa minoráis sus cuitas, ruégovos me queráis facer sabidor del follón mezquino o pagano malandrín que en este encanto vos amancilla, para que segunda vegada en vueso nombre, sano ya de las pasadas feridas, entre en descomunal batalla, maguer que finque en ella, que non es la vida de más pro que la muerte, tenudo a su deber un caballero. El dador de la luz vos mampare e a mí non olvide. El caballero de la Dama Duende». ¡Buen estilo, por mi vida, y a propósito el lenguaje del encanto y la aventura! Cuando esperé que con graves admiraciones viniera el papel, vi semejante desenfado, cuyo estilo quise llevar adelante y, respondiéndole así, pasé... Detente, no pases, que viene don Juan, tu hermano. Vendrá muy firme y amante a agradecerte la dicha de verte, Beatriz, y hablarte en su casa. No me pesa, si hemos de decir verdades. Sale DON JUAN. «No hay mal que por bien no venga», dicen adagios vulgares, y en mí se ve, pues que vienen por mis bienes vuestros males. He sabido, Beatriz bella, que un pesar que vuestro padre con vos tuvo, a nuestra casa sin gusto y contento os trae. Pésame que hayan de ser lisonjeros y agradables, como para vos mis gustos, para mí vuestros pesares, pues es fuerza que no sienta desdichas que han sido parte de veros, porque hoy amor diversos efetos hace, en vos de pena y en mí de gloria, bien como el áspid, de quien, si sale el veneno, también la triaca sale. Vos seáis muy bienvenida que, aunque es corto el hospedaje, bien se podrá hallar un sol en compañía de un ángel. Pésames y parabienes tan cortésmente mezclasteis que no sé a qué responderos. Disgustada con mi padre vengo; la culpa tuvisteis, pues, aunque el galán no sabe, sabe que por el balcón hablé anoche y, mientras pase el enojo, con mi prima quiere que esté, porque hace de su virtud confianza. Solo os diré, y esto baste, que los disgustos estimo, por que también en mí cause amor diversos efetos, bien como el sol cuando esparce bellos rayos, que una flor se marchita y otra nace, hiere el amor en mi pecho y es solo un rayo bastante a que se muera el pesar y nazca el gusto de hallarme en vuestra casa, que ha sido una esfera de diamante, hermosa envidia de un sol y capaz dosel de un ángel. Bien se ve que de ganancia hoy andáis los dos amantes, pues que me dais de barato tantos favores. ¿No sabes, hermana, lo que he pensado? Que tú solo por vengarte del cuidado que te da mi huésped, cuerda buscaste huéspeda que a mí me ponga en cuidado semejante. Dices bien, y yo lo he hecho solo por que la regales. Yo me doy por muy contento de la venganza. ¿Qué haces, don Juan? ¿Dónde vas? Beatriz, a servirte, que dejarte solo a ti por ti pudiera. Déjale ir. Dios os guarde. Vase. Si cuidado con su huésped me dio, y cuidado tan grande que apenas sé de mi vida y él de la suya no sabe, viéndote a ti con el mismo cuidado, he de desquitarme, por que de huésped a huésped estemos los dos iguales. El deseo de saber tu suceso fuera parte solamente a no sentir su ausencia. Por no cansarte, papeles suyos y míos fueron y vinieron tales -los suyos digo- que pueden admitirse y celebrarse, porque, mezclando las veras y las burlas, no vi iguales discursos. Y él en efeto, ¿qué es a lo que se persuade? A que debo de ser dama de don Luis, juntando partes de haberme escondido de él y de tener otra llave del cuarto. Sola una cosa dificultad se me hace. Di ¿cuál es? ¿Cómo este hombre, viendo que hay quien lleva y trae papeles, no te ha espiado y te ha cogido en el lance? No está eso por prevenir, porque tengo a sus umbrales un hombre yo, que me avisa de quién entra y de quién sale, y así no pasa Isabel hasta saber que no hay nadie, que ya ha sucedido, amiga, un día entero quedarse un criado para verlo y haberle salido en balde la diligencia y cuidado. Y, por que no se me pase de la memoria, Isabel, llévale aquel azafate en siendo tiempo. Otra duda: ¿cómo es posible que alabes de tan entendido un hombre que no ha dado en casos tales en el secreto común de la alacena? ¿Ahora sabes lo del huevo de Juanelo, que los ingenios más grandes trabajaron en hacer que en un bufete de jaspe se tuviese en pie y Juanelo, con solo llegar y darle un golpecillo, le tuvo? Las grandes dificultades hasta saberse lo son, que, sabido, todo es fácil. Otra pregunta. Di cuál. ¿De tan locos disparates qué piensas sacar? No sé. Dijérate que mostrarme agradecida y pasar mis penas y soledades, si ya no fuera más que esto, porque necia y ignorante he llegado a tener celos de ver que el retrato guarde de una dama, y aun estoy dispuesta a entrar y tomarle en la primera ocasión, y no sé cómo declare que estoy ya determinada a que me vea y me hable. ¿Descubierta por quien eres? ¡Jesús, el cielo me guarde! Ni él, pienso yo que a un amigo y huésped traición tan grande hiciera, pues aun pensar que soy dama suya hace escribirme temeroso, cortés, turbado y cobarde; y en efeto yo no tengo de ponerme a ese desaire. Pues ¿cómo ha de verte? Escucha y sabrás la más notable traza, sin que yo al peligro de verme en su cuarto pase y él venga sin saber dónde. Pon otro hermano a la margen, que viene don Luis. Después lo sabrás. ¡Qué desiguales son los influjos! ¡Que el cielo en igual mérito y partes ponga tantas diferencias y tantas distancias halle, que con un mismo deseo uno obligue y otro canse! Vamos de aquí, que no quiero que don Luis llegue a hablarme. Quiérese ir y sale DON LUIS. ¿Por qué os ausentáis así? Solo porque vos llegasteis. La luz más hermosa y pura, de quien el sol la aprendió, ¿huye porque llego yo? ¿Soy la noche por ventura? Pues perdone tu hermosura, si atrevido y descortés en detenerte me ves, que yo en esta contingencia no quiero pedir licencia, por que tú no me la des, que, estimando tu rigor, no quiere la suerte mía que aun esto, que es cortesía, tenga nombre de favor. Ya sé que mi loco amor en tus desprecios no alcanza un átomo de esperanza, pero yo, viendo tan fuerte rigor, tengo de quererte por sólo tomar venganza. Mayor gloria me darás cuando más pena me ofrezcas, pues, cuando más me aborrezcas, tengo de quererte más. Si desto quejosa estás, por que con solo un querer los dos vengamos a ser, entre el placer y el pesar, estremos, aprende a amar o enséñame a aborrecer. Enséñame tú rigores, yo te enseñaré finezas; enséñame tú asperezas, yo te enseñaré favores; tú desprecios y yo amores; tú olvido y yo firme fe; aunque es mejor, por que dé gloria al amor, siendo dios, que olvides tú por los dos, que yo por los dos querré. Tan cortésmente os quejáis que, aunque agradecer quisiera vuestras penas, no lo hiciera solo por que las digáis. Como tan mal me tratáis, el idioma del desdén aprendí. Pues ése es bien que sigáis, que en caso tal hará soledad el mal a quien le dice tan bien. Detiénela. Oye, si en eso te vengas, y padezcamos los dos. No he de escucharos; por Dios, amiga, que le detengas. Vase. ¡Que tan poco valor tengas que esto quieras oír y ver! ¡Ay, hermana! ¿Qué he de hacer? Dar tus penas al olvido, que querer aborrecido es morir y no querer. Vase con ISABEL. Quejoso, ¿cómo podré olvidarla?, que es error. Dila que me haga un favor y, obligado, olvidaré; ofendido no, porque el más prudente, el más sabio da su sentimiento al labio; si olvidarse el favor suele, es porque el favor no duele de la suerte que el agravio. Sale RODRIGO. ¿De dónde vienes? No sé. Triste parece que estás. ¿La causa no me dirás? Con doña Beatriz hablé. No digas más; ya se ve en ti lo que respondió. Pero ¿dónde está?, que yo no la he visto. La tirana es huéspeda de mi hermana unos días, por que no me falte un enfado así de un huésped, que cada día mis hermanos a porfía se conjuran contra mí, pues cualquiera tiene aquí uno que pesar me dé: de don Manuel, ya se ve; y de Beatriz, pues los cielos me traen a casa mis celos, por que sin ellos no esté. Mira que don Manuel puede oírte, que viene allí. Sale DON MANUEL. (¿Sólo en el mundo por mí tan gran prodigio sucede? ¿Qué haré, cielos, con que quede desengañado y saber de una vez si esta mujer de don Luis dama ha sido o cómo mano ha tenido y cautela para hacer tantos engaños?). Señor don Manuel. Señor don Luis. ¿De dónde bueno venís? De palacio. Grande error el mío fue en preguntar a quien pretensiones tiene dónde va ni dónde viene, porque es fuerza que ha de dar cualquiera línea en palacio, como centro de su esfera. Si sólo a palacio fuera, estuviera más de espacio; pero mi afán inmortal mayor término ha pedido: su Majestad ha salido esta tarde al Escurial y es fuerza esta noche ir con mis despachos allá, que de importancia será. Si ayudaros a servir puedo en algo, ya sabéis que soy, en cualquier suceso, vuestro. Las manos os beso por la merced que me hacéis. Ved que no es lisonja esto. Ya veo que es voluntad de mi aumento. Así es verdad Aparte. (por que negocies más presto). Pero a un galán cortesano, tanto como vos no es justo divertirle de su gusto, porque yo tengo por llano que estaréis entretenido, y gran desacuerdo fuera que ausentaros pretendiera. Aunque hubiérades oído lo que con Rodrigo hablaba, no respondierais así. Luego ¿bien he dicho? Sí, que, aunque es verdad que lloraba de una hermosura el rigor, a la firme voluntad le hace tanta soledad el desdén como el favor. ¡Qué desvalido os pintáis! Amo una grande hermosura sin estrella y sin ventura. ¿Conmigo disimuláis agora? ¡Pluguiera al cielo! Mas tan infeliz nací que huye esta beldad de mí, como de la noche el velo de la hermosa luz del día, a cuyos rayos me quemo. ¿Queréis ver con cuánto estremo es la triste suerte mía? Pues, por que no la siguiera amante y celoso yo, a una persona pidió que mis pasos detuviera. Ved si hay rigores más fieros, pues todos suelen buscar terceros para alcanzar y ella huye por terceros. Vase él y RODRIGO. ¿Qué más se ha de declarar? Mujer que su vista huyó y a otra persona pidió que le llegase a estorbar... Por mí lo dice y por ella. Ya por lo menos vencí una duda, pues ya vi que, aunque es verdad que es aquella, no es su dama, porque él despreciado no viviera, si en su casa la tuviera. Ya es mi duda más cruel. Si no es su dama ni vive en su casa, ¿cómo así escribe y responde? Aquí muere un engaño y concibe otro engaño. ¿Qué he de hacer, que soy en mis opiniones confusión de confusiones? ¡Válgate Dios por mujer! Sale COSME. Señor, ¿qué hay de duende? ¿Acaso hasle visto por acá? Que de saber que no está allá me holgaré... Habla paso. ...que tengo mucho que hacer en nuestro cuarto y no puedo entrar. Pues ¿qué tienes? Miedo. ¿Miedo un hombre ha de tener? No le ha de tener, señor, pero ve aquí que le tiene, porque al suceso conviene. Deja aquese necio humor y lleva luz, porque tengo que disponer y escribir, y esta noche he de salir de Madrid. A eso me atengo, pues dices con eso aquí que tienes miedo al suceso. Antes te he dicho con eso que no hago caso de ti, pues de otras cosas me acuerdo que son diferentes; cuando en estas me estás hablando, el tiempo en efeto pierdo. En tanto que me despido de don Juan, ten luz. Vase. Sí haré, luz al duende llevaré, que es hora que sea servido y no esté a escuras. Aquí ha de haber una cerilla; en aquella lamparilla que está murmurando allí encenderla agora puedo. ¡Oh, qué prevenido soy! Y entre estas y estotras voy titiritando de miedo. Vase y sale ISABEL por la alacena con un azafate cubierto. Fuera están, que así el criado me lo dijo. Agora es tiempo de poner este azafate de ropa blanca en el puesto señalado. ¡Ay de mí, triste!, que, como es de noche, tengo con la grande obscuridad de mí misma asombro y miedo. ¡Válgame Dios, que temblando estoy! El duende primero soy que se encomienda a Dios. No hallo el bufete. ¿Qué es esto? Con la turbación y espanto perdí de la sala el tiento. No sé dónde estoy ni hallo la mesa. ¿Qué he de hacer? ¡Cielos! Si no acertase a salir y me hallasen aquí dentro, dábamos con todo el caso al traste. Gran temor tengo y más agora que abrir la puerta del cuarto siento y trae luz el que la abre. Aquí dio fin el suceso, que ya ni puedo esconderme ni volver a salir puedo. Sale COSME con luz. Duende, mi señor, si acaso obligan los rendimientos a los duendes bien nacidos, humildemente le ruego que no se acuerde de mí en sus muchos embelecos, y esto por cuatro razones: la primera, yo me entiendo; Va andando y ISABEL detrás de él, huyendo de que no la vea. la segunda, usted lo sabe; la tercera, por aquello de que al buen entendedor...; la cuarta, por estos versos: «Señor Dama Duende, duélase de mí, que soy niño y solo y nunca en tal me vi». (Ya con la luz he cobrado el tino del aposento y él no me ha visto; si aquí se la mato, será cierto que, mientras la va a encender, salir a mi cuarto puedo, que, cuando sienta el ruido, no me verá por lo menos y a dos daños el menor). ¡Qué gran músico es el miedo! (Esto ha de ser desta suerte). Dale un porrazo y mátale la luz. ¡! ¡Que me han muerto! (Ahora podré escaparme). Al querer huir ISABEL, sale DON MANUEL. ¿Qué es aquesto? Cosme, ¿cómo estás sin luz? Como a los dos nos ha muerto el duende: la luz de un soplo y a mí de un golpe. Tu miedo te hará creer esas cosas. Bien a mi costa las creo. (¡Oh, si la puerta topase!). ¿Quién está aquí? Topa ISABEL con DON MANUEL y él la tiene del azafate. (Peor es esto, que con el amo he encontrado). Trae luz, Cosme, que ya tengo a quien es. Pues no le sueltes. No haré; ve por ella presto. Tenle bien. Vase. (Del azafate asió; en sus manos le dejo. Hallé la alacena. ¡Adiós!). Vase, y él tiene el azafate. Quienquiera que es se esté quedo hasta que traigan la luz, porque, si no, ¡vive el cielo, que le dé de puñaladas! Pero sólo abrazo el viento y topo sólo una cosa de ropa y de poco peso. ¿Qué será? ¡Válgame Dios, que en más confusión me ha puesto! Sale COSME con luz. Téngase el duende a la luz. Pues ¿qué es de él? ¿No estaba preso? ¿Qué se hizo? ¿Dónde está? ¿Qué es esto, señor? No acierto a responder. Esta ropa me ha dejado y se fue huyendo. ¿Y qué dices deste lance? Aun bien que agora tú mesmo dijiste que le tenías y se te fue por el viento. Diré que aquesta persona, que con arte y con ingenio entra y sale aquí, esta noche estaba encerrada dentro; que para poder salir te mató la luz y luego me dejó a mí el azafate y se me ha escapado huyendo. ¿Por dónde? Por esa puerta. Harasme que pierda el seso. ¡Vive Dios!, que yo le vi a los últimos reflejos que la pavesa dejó de la luz que me había muerto. ¿Qué forma tenía? Era un fraile tamañito y tenía puesto un cucurucho tamaño, que por estas señas creo que era duende capuchino. ¡Qué de cosas hace el miedo! Alumbra aquí y lo que trujo el frailecito veremos. Ten este azafate tú. ¿Yo azafates del infierno? Tenle pues. Tengo las manos sucias, señor, con el sebo de la vela y mancharé el tafetán que cubierto le tiene; mejor será que le pongas en el suelo. Ropa blanca es y un papel. Veamos si el fraile es discreto. Lee. «En el poco tiempo que ha que vivís en esta casa no se ha podido hacer más ropa; como se fuere haciendo, se irá llevando. A lo que decís del amigo, persuadido a que soy dama de don Luis, os aseguro que no sólo no lo soy, pero que no puedo serlo; y esto dejo para la vista, que será presto. Dios os guarde». Bautizado está este duende, pues de Dios se acuerda. ¿Veslo cómo hay duende religioso? Muy tarde es; ve componiendo las maletas y cojines, y en una bolsa pon estos Dale unos papeles. papeles, que son el todo a que vamos, que yo intento en tanto dejar respuesta a mi duende. Pónelos sobre una silla y DON MANUEL escribe. Aquí los quiero, para que no se me olviden y estén a mano, ponerlos mientras me detengo un rato solamente a decir esto: ¿has creído ya que hay duendes? ¡Qué disparate tan necio! ¿Esto es disparate? ¿Ves tú mismo tantos efetos, como venirse a tus manos un regalo por el viento, y aún dudas? Pero bien haces, si a ti te va bien con eso; mas déjame a mí, que yo, que peor partido tengo, lo crea. ¿De qué manera? Desta manera lo pruebo: si nos revuelven la ropa, te ríes mucho de verlo y yo soy quien la compone, que no es trabajo pequeño; si a ti te dejan papeles y se llevan dos conceptos, a mí me dejan carbones y se llevan mi dinero; si traen dulces, tú te huelgas como un padre de comerlos y yo ayuno como un puto, pues ni los toco ni veo; si a ti te dan las camisas, las valonas y pañuelos, a mí los sustos me dan de escucharlo y de saberlo; si, cuando los dos venimos aquí casi a un mismo tiempo, te dan a ti un azafate tan aseado y compuesto, a mí me da un mojicón en aquestos pestorejos tan descomunal y grande que me hace escupir los sesos. Para ti solo, señor, es el gusto y el provecho; para mí el susto y el daño; y tiene el duende en efeto para ti mano de lana, para mí mano de hierro. Pues déjame que lo crea, que se apura el sufrimiento queriendo negarle a un hombre lo que está pasando y viendo. Haz las maletas y vamos, que allá en el cuarto te espero de don Juan. Pues ¿qué hay que hacer, si allá vestido de negro has de andar y esto se hace con tomar un herreruelo? Deja cerrado y la llave lleva, que si en este tiempo hiciere falta, otra tiene don Juan. Confuso me ausento por no llevar ya sabido esto que ha de ser tan presto; pero uno importa al honor de mi casa y de mi aumento, y otro solamente a un gusto; y así entre los dos estremos, donde el honor es lo más, todo lo demás es menos. Vanse. Salen DOÑA ÁNGELA, DOÑA BEATRIZ y ISABEL. ¿Eso te ha sucedido? Ya todo el embeleco vi perdido, porque, si allí me viera, fuerza, señora, fuera el descubrirse todo; pero, en efeto, me escapé del modo que te dije. Fue estraño suceso. Y ha de dar fuerza al engaño, sin haber visto gente, ver que dé un azafate y que se ausente. Si tras desto consigo que me vea del modo que te digo, no dudo de que pierda el juicio. La atención más grave y cuerda es fuerza que se espante, Ángela, con suceso semejante, porque querer llamalle sin saber dónde viene y que se halle luego con una dama tan hermosa, tan rica y de tal fama, sin que sepa quién es ni dónde vive -que esto es lo que tu ingenio le apercibe-, y haya, tapado y ciego, de volver a salir y dudar luego, ¿a quién no ha de admirar? Todo advertido está ya y por estar tú aquí no ha sido hoy la noche primera que ha de venir a verme. ¿No supiera yo callar el suceso de tu amor? Que no, prima, no es por eso, sino que, estando en casa tú, como a mis hermanos les abrasa tu amor, no salen della, adorando los rayos de tu estrella; y fuera aventurarme, no ausentándose ellos, empeñarme. Sale DON LUIS al paño. (¡Oh, cielos, quién pudiera disimular su afecto! ¡Quién pusiera límite al pensamiento, freno a la voz y ley al sentimiento! Pero ya que conmigo tan poco puedo que esto no consigo, desde aquí he de ensayarme a vencer mi pasión y reportarme). Yo diré de qué suerte se podrá disponer para no hacerte mal tercio y para hallarme aquí, porque sintiera el ausentarme sin que el efeto viera que deseo. Pues di de qué manera. (¿Qué es lo que las dos tratan, que de su mismo aliento se recatan?). Las dos publicaremos que mi padre envió por mí y haremos la deshecha con modos que, teniéndome ya por ida todos, vuelva a quedarme en casa... (¿Qué es esto, cielos, que en mi agravio pasa?). ...y, oculta con secreto sin estorbos podré ver el efeto... (¿Qué es esto, cielo injusto?). ...que ha de ser para mí de tanto gusto. Y luego, ¿qué diremos de verte aquí otra vez? Pues ¿no tendremos -¡qué mal eso te admira!- ingenio para hacer otra mentira? (Sí tendréis. ¡Que esto escucho! Con nuevas penas y tormentos lucho). Con esto, sin testigos y en secreto, deste notable amor veré el efeto, pues, estando escondida yo y estando la casa recogida, sin escándalo arguyo que pasar pueda de su cuarto al tuyo. (Bien claramente infiero -cobarde vivo y atrevido muero- su intención. Más dichoso mi hermano la merece. ¡Estoy celoso! A darle se prefiere la ocasión que desea y así quiere que de su cuarto pase, sin que nadie lo sepa, y yo me abrase. Y, por que sin testigos se logren, ¡oh, enemigos!, mintiendo mi sospecha, quiere hacer conmigo la deshecha. Pues, si esto es así, cielo, para el estorbo de su amor apelo; y, cuando esté escondida buscando otra ocasión, con atrevida resolución veré toda la casa hasta hallarla, que el fuego que me abrasa ya no tiene otro medio, que el estorbar es último remedio de un celoso. ¡Valedme, santos cielos, que, abrasado de amor, muero de celos!). Vase. Está bien prevenido, y mañana diremos que te has ido. Sale DON JUAN. ¡Hermana! ¡Beatriz bella! Ya te echábamos menos. Si mi estrella tantas dichas mejora que me eche menos vuestro sol, señora, de mí mismo envidioso tendré mi mismo bien por sospechoso, que posible no ha sido que os haya merecido mi amor ese cuidado; y así, de mí envidioso y envidiado, tendré en tal dulce abismo yo lástima y envidia de mí mismo. Contradecir no quiero argumento, don Juan, tan lisonjero, que quien ha dilatado tanto el venirme a ver y me ha olvidado, ¿quién duda que estaría bien divertido? Sí, y allí tendría envidia a su ventura y lástima, perdiendo la hermosura que tanto le divierte; luego claro se prueba desta suerte con cierto silogismo la lástima y envidia de sí mismo. Si no fuera ofenderme y ofenderos, intentara, Beatriz, satisfaceros con deciros que he estado con don Manuel, mi huésped, ocupado agora en su partida, por que se fue esta noche. ¡Ay de mi vida! ¿De qué, hermana, es el susto? Sobresalta un placer como un disgusto. Pésame que no sea placer cumplido el que tu pecho vea, pues volverá mañana. (Vuelva a vivir una esperanza vana). Ya yo me había espantado, que tan de paso nos venía el enfado, que fue siempre importuno. Yo no sospecho que te dé ninguno, sino que tú y don Luis mostráis disgusto por ser cosa en que yo he tenido gusto. No quiero responderte, aunque tengo bien qué, y es por no hacerte mal juego, siendo agora tercero de tu amor, pues nadie ignora que ejerce amor las flores de fullero mano a mano mejor que con tercero. Vente, Isabel, conmigo (que aquesta noche misma a traer me obligo el retrato, pues puedo pasar con más espacio y menos miedo. Tenme tú prevenida una luz y en qué pueda ir escondida; porque no ha de tener, contra mi fama, quien me escribe retrato de otra dama). Vanse. No creo que te debo tantas finezas. Los quilates pruebo de mi fe -porque es mucha- en un discurso. Dile. Atiende, escucha: Bella Beatriz, mi fe es tan verdadera, mi amor tan firme, mi afición tan rara, que, aunque yo no quererte deseara, contra mi mismo afecto te quisiera. Estímate mi vida de manera que, a poder olvidarte, te olvidara, porque después por elección te amara; fuera gusto mi amor y no ley fuera. Quien quiere a una mujer, porque no puede olvidalla, no obliga con querella, pues nada el albedrío la concede. Yo no puedo olvidarte, Beatriz bella, y siento el ver que tan ufana quede con la vitoria de tu amor mi estrella. Si la elección se debe al albedrío y la fuerza al impulso de una estrella, voluntad más segura será aquella que no viva sujeta a un desvarío; y así de tus finezas desconfío, pues mi fe, que imposibles atropella, si viera a mi albedrío andar sin ella, negara, vive el cielo, que era mío; pues aquel breve instante que gastara en olvidar, para volver a amarte, sintiera que mi afecto me faltara; y huélgome de ver que no soy parte para olvidarte, pues que no te amara el rato que tratara de olvidarte. Vanse y sale DON MANUEL tras COSME, que viene huyendo. ¡Vive Dios!, si no mirara... Por eso miras. ...que fuera infamia mía, que hiciera un desatino. Repara en que te he servido bien y un descuido no está en mano de un católico cristiano. ¿Quién ha de sufrirte, quién, si lo que más importó y lo que más te he encargado, es lo que más se ha olvidado? Pues por eso se olvidó, por ser lo que me importaba; que, si importante no fuera, en olvidarse ¿qué hiciera? ¡Viven los cielos!, que estaba tan cuidadoso en traer los papeles, que por eso los puse aparte y confieso que el cuidado vino a ser el mismo que me dañó, pues si aparte no estuvieran, con los demás se vinieran. Harto es que se te acordó en la mitad del camino. Un gran cuidado llevaba sin saber qué le causaba, que le juzgué a desatino hasta que en el caso di y supe que era el cuidado el habérseme olvidado los papeles. Di que allí el mozo espere teniendo las mulas, porque también llegar con ruido no es bien, despertando a quien durmiendo está ya, pues puedo entrar, supuesto que llave tengo, y el despacho por quien vengo sin ser sentido sacar. Ya el mozo queda advertido; mas considera, señor, que sin luz es grande error querer hallarlos y el ruido excusarse no es posible, porque, si luz no nos dan en el cuarto de don Juan, ¿cómo hemos de ver? ¡Terrible es tu enfado! ¿Agora quieres que le alborote y le llame? Pues ¿no sabrás -dime infame, que causa de todo eres- por el tiento dónde fue donde quedaron? No es esa la duda, que yo a la mesa donde sé que los dejé iré a ciegas. Abre presto. Lo que a mi temor responde es que no sabré yo adónde el duende los habrá puesto, porque ¿qué cosa he dejado que haya vuelto a hallarla yo en la parte que quedó? Si los hubiere mudado, luz entonces pediremos; pero hasta verlo no es bien que alborotemos a quien buen hospedaje debemos. Vanse y salen por la alacena DOÑA ÁNGELA y ISABEL. Isabel, pues recogida está la casa y es dueño de los sentidos el sueño, ladrón de la media vida, y sé que el huésped se ha ido, robarle el retrato quiero que vi en el lance primero. Entra quedo y no hagas ruido. Cierra tú por allá fuera y hasta venirme a avisar no saldré yo, por no dar en más riesgo. Aquí me espera. Vase ISABEL, cierra la alacena y salen, como a escuras, DON MANUEL y COSME. Ya está abierto. Pisa quedo, que, si aquí sienten rumor, será alboroto mayor. ¿Creerasme que tengo miedo? Este duende bien pudiera tenernos luz encendida. La luz que truje escondida, por que de aquesta manera no se viese, es tiempo ya de descubrir. Ellos están apartados y ella saca una luz de una linterna que trae cubierta. Nunca ha andado el duende tan bien mandado. ¡Qué presto la luz nos da! Considera agora aquí si te quiere bien el duende, pues que para ti la enciende y la apaga para mí. ¡Válgame el cielo! Ya es esto sobrenatural, que traer con prisa tal luz no es obra humana. ¿Ves cómo a confesar veniste que es verdad? ¡De mármol soy! Por volverme atrás estoy. Mortal eres. Ya temiste. Hacia aquí la mesa veo y con papeles está. Hacia la mesa se va. ¡Vive Dios, que dudo y creo una admiración tan nueva! ¿Ves cómo nos va guiando a lo que vamos buscando sin que veamos quién la lleva? Saca la luz de la linterna, pónela en un candelero que habrá en la mesa y toma una silla y siéntase de espaldas a los dos. Pongo aquí la luz y agora la escribanía veré. Aguarda, que a los reflejos de la luz todo se ve y no vi en toda mi vida tan soberana mujer. ¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto? Hidras a mi parecer son los prodigios, pues de uno nacen mil. ¡Cielos! ¿Qué haré? De espacio lo va tomando. Silla arrastra. Imagen es de la más rara beldad que el soberano pincel ha obrado. Así es verdad, porque sólo la hizo él. Más que la luz resplandecen sus ojos. Lo cierto es que son sus ojos luceros del cielo de Lucifer. Cada cabello es un rayo del sol. Hurtáronlos de él. Una estrella es cada rizo. Sí será, porque también se las trujeron acá, o una parte de las tres. No vi más rara hermosura. No dijeras eso a fe, si el pie la vieras, porque estos son malditos por el pie. Un asombro de belleza, un ángel hermoso es. Es verdad, pero patudo. ¿Qué es esto? ¿Qué querrá hacer con mis papeles? Yo apuesto que querrá mirar y ver los que buscas, por que aquí tengamos menos que hacer, que es duende muy servicial. ¡Válgame el cielo! ¿Qué haré? Nunca me he visto cobarde, sino sola aquesta vez... Yo sí, muchas. ...y, calzado de prisión de hielo el pie, tengo el cabello erizado y cada suspiro es para mi pecho un puñal, para mi cuello un cordel. Mas ¿yo he de tener temor? ¡Vive el cielo, que he de ver si sé vencer un encanto! Llega y ásela. Ángel, demonio o mujer, a fe que no has de librarte de mis manos esta vez. ¡Ay, infelice de mí! (Fingida su ausencia fue, más ha sabido que yo). De parte de Dios -aquí es Troya del diablo- nos di... (Mas yo disimularé). ...quién eres y qué nos quieres. Generoso don Manuel Enríquez, a quien está guardado un inmenso bien, no me toques, no me llegues, que llegarás a perder la mayor dicha que el cielo te previno por merced del hado que te apadrina por decretos de su ley. Yo te escribí aquesta tarde en el último papel que nos veríamos presto y, anteviendo, aquesto fue. Y pues cumplí mi palabra, supuesto que ya me ves en la más humana forma que he podido elegir, ve en paz y déjame aquí, porque aún cumplido no es el tiempo en que mis sucesos has de alcanzar y saber. Mañana los sabrás todos y mira que a nadie des parte desto, si no quieres una gran suerte perder. Ve en paz. Pues que con la paz nos convida, señor, ¿qué esperamos? (¡Vive Dios, que corrido de temer vanos asombros estoy! Y, puesto que no los cree mi valor, he de apurar todo el caso de una vez). Mujer, quienquiera que seas -que no tengo de creer que eres otra cosa nunca-, ¡vive Dios, que he de saber quién eres, cómo has entrado aquí, con qué fin y a qué! Sin esperar a mañana esta dicha gozaré, si demonio, por demonio, y, si mujer, por mujer, que a mi esfuerzo no le da qué recelar ni temer tu amenaza, cuando fueras demonio, aunque yo bien sé que, teniendo cuerpo tú, demonio no puedes ser, sino mujer. Todo es uno. No me toques, que a perder echas una dicha. Dice el señor diablo muy bien: no la toques, pues no ha sido arpa, laúd ni rabel. Si eres espíritu, agora con la espada lo veré, pues, aunque te hiera aquí, no ha de poderte ofender. ¡Ay de mí! ¡Detén la espada, sangriento el brazo detén!, que no es bien que des la muerte a una infelice mujer. Yo confieso que lo soy y, aunque es delito el querer, no delito que merezca morir mal por querer bien. No manches, pues, no desdores con mi sangre el rosicler de ese acero. Di ¿quién eres? Fuerza el decirlo ha de ser, porque no puedo llevar tan al fin como pensé este amor, este deseo, esta verdad y esta fe. Pero estamos a peligro, si nos oyen o nos ven, de la muerte, porque soy mucho más de lo que ves; y así es fuerza, por quitar estorbos que puede haber, cerrar, señor, esa puerta y aun la del portal también, por que no puedan ver luz, si acaso vienen a ver quién anda aquí. Alumbra, Cosme, cerremos las puertas. ¿Ves cómo es mujer y no duende? Yo ¿no lo dije también? Vanse los dos. Cerrada estoy por defuera. Ya, ¡cielos!, fuerza ha de ser decir la verdad, supuesto que me ha cerrado Isabel, y que el huésped me ha cogido aquí. Sale ISABEL a la alacena. Ce, señora, ce. Tu hermano por ti pregunta. Bien sucede. Echa el cancel de la alacena. ¡Ay, amor, la duda se queda en pie! Vanse y cierran la alacena y vuelven a salir DON MANUEL y COSME. Ya están cerradas las puertas, proseguid, señora; haced relación... Pero ¿qué es esto? ¿Dónde está? Pues ¿yo qué sé? ¿Si se ha entrado en el alcoba? Ve delante. Yendo a pie es, señor, descortesía ir yo delante. Veré todo el cuarto. Suelta, digo. Tome la luz. Digo que suelto. ¡Cruel es mi suerte! Aun bien que agora por la puerta no se fue. Pues ¿por dónde pudo irse? Eso no alcanzo yo. ¿Ves -siempre te lo he dicho yo- cómo es diablo y no mujer? ¡Vive Dios, que he de mirar todo este cuarto hasta ver si debajo de los cuadros rota está alguna pared, si encubren estas alfombras alguna cueva y también las bovedillas del techo! Solamente aquí se ve esta alacena. Por ella no hay que dudar ni temer, siempre compuesta de vidrios. A mirar lo demás ven. Yo no soy nada mirón. Pues no tengo de creer que es fantástica su forma, puesto que llegó a temer la muerte. También llegó a adivinar y saber que a sólo verla esta noche habíamos de volver. Como sombra se mostró; fantástica su luz fue, pero como cosa humana se dejó tocar y ver; como mortal se temió, receló como mujer, como ilusión se deshizo, como fantasma se fue. Si doy la rienda al discurso, no sé, ¡vive Dios!, no sé, ni qué tengo de dudar ni qué tengo de creer. Yo sí. ¿Qué? Que es mujer-diablo, pues que novedad no es -pues la mujer es demonio todo el año-, que una vez, por desquitarse de tantas, sea el demonio mujer. Vanse. Jornada III Sale DON MANUEL como a escuras, guiándole ISABEL. Espérame en esta sala; luego saldrá a verte aquí mi señora. Vase como cerrando. No está mala la tramoya. ¿Cerró? Sí. ¿Qué pena a mi pena iguala? Yo volví del Escurial y este encanto peregrino, este pasmo celestial que a traerme la luz vino y me deja en duda igual me tiene escrito un papel, diciendo muy tierna en él: «Si os atrevéis a venir a verme, habéis de salir esta noche sin aquel criado que os acompaña. Dos hombres esperarán en el cimenterio -¡estraña parte!- de San Sebastián, y una silla». Y no me engaña; en ella entré y discurrí hasta que el tino perdí. Y al fin a un portal de horror lleno, de sombra y temor, solo y a escuras salí. Aquí llegó una mujer -al oír y al parecer- y, a escuras y por el tiento, de aposento en aposento, sin oír, hablar ni ver, me guió. Pero ya veo luz; por el resquicio es de una puerta. Tu deseo lograste, amor, pues ya ves la dama; aventuras leo. Acecha. ¡Qué casa tan alhajada! ¡Qué mujeres tan lucidas! ¡Qué sala tan adornada! ¡Qué damas tan bien prendidas! ¡Qué beldad tan estremada! Salen todas las mujeres con toallas y conservas y agua y haciendo reverencia todas. Sale DOÑA ÁNGELA ricamente vestida. (Pues presumen que eres ida a tu casa mis hermanos, quedándote aquí escondida, los recelos serán vanos, porque, una vez recogida, ya no habrá que temer nada). (Y ¿qué ha de ser mi papel?). (Agora el de mi criada; luego el de ver, retirada, lo que me pasa con él). ¿Estaréis muy disgustado de esperarme? No, señora, que quien espera al aurora bien sabe que su cuidado en las sombras sepultado de la noche obscura y fría ha de tener, y así hacía gusto el pesar que pasaba, pues cuanto más se alargaba, tanto más llamaba al día. Si bien no era menester pasar noche tan obscura, si el sol de vuestra hermosura me había de amanecer, que para resplandecer vos, soberano arrebol, la sombra ni el tornasol de la noche no os había de estorbar, que sois el día que amanece sin el sol. Huye la noche, señora, y pasa a la dulce salva de los pájaros el alba, que ilumina, mas no dora; después del alba la aurora, de rayos y luz escasa, dora, mas no abrasa. Pasa la aurora y tras su arrebol pasa el sol; y sólo el sol dora, ilumina y abrasa. El alba, para brillar, quiso a la noche seguir; la aurora, para lucir, al alba quiso imitar; el sol, deidad singular, a la aurora desafía, vos al sol; luego la fría noche no era menester, si podéis amanecer sol del sol después del día. Aunque agradecer debiera discurso tan cortesano, quejarme quiero, no en vano, de ofensa tan lisonjera; pues, no siendo esta la esfera a cuyo noble ardimiento fatigas padece el viento, sino un albergue piadoso, os viene a hacer sospechoso el mismo encarecimiento. No soy alba, pues la risa me falta en contento tanto; ni aurora, pues que mi llanto de mi dolor no os avisa; no soy sol, pues no divisa mi luz la verdad que adoro; y así lo que soy ignoro, que solo sé que no soy alba, aurora o sol, pues hoy ni alumbro, río, ni lloro. Y así os ruego que digáis, señor don Manuel, de mí que una mujer soy y fui, a quien vos solo obligáis al estremo que miráis. Muy poco debe de ser, pues, aunque me llego a ver aquí, os pudiera argüir que tengo más que sentir, señora, que agradecer, y así me doy por sentido. ¿Vos de mí sentido? Sí, pues que no fiáis de mí quién sois. Solamente os pido, que eso no mandéis, que ha sido imposible de contar. Si queréis venirme a hablar, con condición ha de ser que no lo habéis de saber ni lo habéis de preguntar, porque para con vos hoy una enigma a ser me ofrezco, que ni soy lo que parezco ni parezco lo que soy. Mientras encubierta estoy, podréis verme y podré veros; porque, si a satisfaceros llegáis y quién soy sabéis, vos quererme no querréis, aunque yo quiera quereros. Pincel que lo muerto informa tal vez un cuadro previene, que una forma a una luz tiene y a otra luz tiene otra forma; Amor, que es pintor, conforma dos luces que en mí tenéis: si hoy a aquesta luz me veis y por eso me estimáis, cuando a otra luz me veáis quizá me aborreceréis. Lo que deciros me importa es en cuanto a haber creído que de don Luis dama he sido, y esta sospecha reporta mi juramento y la acorta. Pues ¿qué, señora, os moviera a encubriros de él? Pudiera ser tan principal mujer que tuviera qué perder, si don Luis me conociera. Pues decidme solamente cómo a mi cuarto pasáis. Ni eso es tiempo que sepáis, que es el mismo inconveniente. (Aquí entro yo lindamente). Ya el agua y dulce está aquí; vuexcelencia mire si... Lleguen todas con toallas, vidro y algunas cajas. (¡Qué error y qué impertinencia! Necia, ¿quién es Excelencia? ¿Quieres engañar así al señor don Manuel para que con eso crea que yo gran señora sea?). (Advierte...) (De mi cruel duda salí con aquel descuido; agora he creído que una gran señora ha sido, que por serlo se encubrió y que con el oro vio su secreto conseguido). Llama dentro DON JUAN y túrbanse todas. Abre aquí, abre esta puerta. ¡Ay cielos! ¿Qué ruido es este? (Yo soy muerta). (¡Helada estoy!). (¿Aún no cesan mis crueles fortunas? ¡Válgame el cielo!). Señor, mi esposo es aqueste. ¿Qué he de hacer? Fuerza es que os vais a esconderos a un retrete. Isabel, llévale tú hasta que oculto le dejes en aquel cuarto que sabes apartado; ya me entiendes. Vamos presto. Vase. ¿No acabáis de abrir la puerta? ¡Valedme, cielos, que vida y honor van jugadas a una suerte! Vase. La puerta echaré en el suelo. Retírate tú, pues puedes, en esa cuadra, Beatriz; no te hallen aquí. ¿Qué quieres a estas horas en mi cuarto, que así a alborotarnos vienes? Sale DON JUAN. Respóndeme tú primero, Ángela, ¿qué traje es ese? De mis penas y tristezas es causa el mirarme siempre llena de luto, y vestime, por ver si hay con qué me alegre, estas galas. No lo dudo, que tristezas de mujeres bien con galas se remedian, bien con joyas convalecen; si bien me parece que es un cuidado impertinente. ¿Qué importa que así me vista donde nadie llegue a verme? Dime, ¿volviose Beatriz a su casa? Y cuerdamente su padre, por mejor medio, en paz su enojo convierte. Yo no quise saber más para ir a ver si pudiese verla y hablarla esta noche. Quédate con Dios y advierte que ya no es tuyo ese traje. Vase. Vaya Dios contigo y vete. Cierra esa puerta, Beatriz. Sale BEATRIZ. Bien hemos salido deste susto. A buscarme tu hermano va. Ya hasta que se sosiegue más la casa y don Manuel vuelva de su cuarto a verme, para ser menos sentidas entremos a este retrete. Si esto te sucede, bien te llaman .la dama duende Vanse. Salen por el alacena DON MANUEL y ISABEL. Aquí has de quedarte y mira que no hagas ruido, que pueden sentirte. Un mármol seré. (Quieran los cielos que acierte a cerrar, que estoy turbada). Vase. ¡Oh, a cuánto, cielos, se atreve quien se atreve a entrar en parte donde ni alcanza ni entiende qué daños se le aperciben, qué riesgos se le previenen! Venme aquí a mí en una casa que dueño tan noble tiene -de Excelencia por lo menos-, lleno de asombros crueles y tan lejos de la mía. Pero ¿qué es esto? Parece que a esta parte alguna puerta abren. Sí, y ha entrado gente. Sale COSME. Gracias a Dios que esta noche entrar podré libremente en mi aposento sin miedo, aunque sin luz salga y entre; porque el duende, mi señor, puesto que a mi amo tiene, ¿para qué me quiere a mí? Pero para algo me quiere. Topa con DON MANUEL. ¿Quién va? ¿Quién es? Calle, digo, quienquiera que es, si no quiere que le mate a puñaladas. No hablaré más que un pariente pobre en la casa del rico. (Criado sin duda es este, que acaso ha entrado hasta aquí. De él informarme conviene de dónde estoy). Di ¿qué casa es esta y qué dueño tiene? Señor, el dueño y la casa son el diablo que me lleve, porque aquí vive una dama, que llaman ,la dama duende que es un demonio en figura de mujer. Y tú ¿quién eres? Soy un fámulo o criado, soy un súbdito, un sirviente, que sin qué ni para qué estos encantos padece. Y ¿quién es tu amo? Es un loco, un impertinente, un tonto, un simple, un menguado, que por tal dama se pierde. ¿Y es su nombre? Don Manuel Enríquez. ¡Jesús mil veces! Yo Cosme Catiboratos me llamo. Cosme, ¿tú eres? Pues ¿cómo has entrado aquí? Tu señor soy. Dime ¿vienes siguiéndome tras la silla? ¿Entraste tras mí a esconderte también en este aposento? ¡Lindo desenfado es ese! Dime ¿cómo estás aquí? ¿No te fuiste muy valiente solo donde te esperaban? Pues ¿cómo tan presto vuelves? Y ¿cómo, en fin, has entrado aquí, trayendo yo siempre la llave de aqueste cuarto? Pues dime ¿qué cuarto es este? El tuyo o el del demonio. ¡Viven los cielos que mientes! Porque lejos de mi casa y en casa bien diferente estaba en aqueste instante. Pues cosas serán del duende, sin duda, porque te he dicho la verdad pura. ¿Tú quieres que pierda el juicio? ¿Hay más de desengañarte? Vete por esa puerta y saldrás al portal, adonde puedes desengañarte. Bien dices. Iré a examinarle y verle. Vase. Señores, ¿cuándo saldremos de tanto embuste aparente? Sale ISABEL por la alacena. (Volviose a salir don Juan y, por que a saber no llegue don Manuel adónde está, sacarle de aquí conviene). Ce, señor, ce. (Esto es peor: ceáticas son estas cees). Ya mi señor recogido queda. Aparte. (¿Qué señor es este?). Sale DON MANUEL. Este es mi cuarto, en efeto. ¿Eres tú? Sí, yo soy. Vente conmigo. Tú dices bien. No hay qué temer; nada esperes. ¡Señor, que el duende me lleva! Llévale ISABEL. ¿No sabremos finalmente de dónde nace este engaño? ¿No respondes? ¡Qué necio eres! ¡Cosme, Cosme! ¡Vive el cielo, que toco con las paredes! ¿Yo no hablaba aquí con él? ¿Dónde se desaparece tan presto? ¿No estaba aquí? Yo he de perder dignamente el juicio; mas, pues es fuerza que aquí otro cualquiera entre, he de averiguar por dónde, porque tengo de esconderme en esta alcoba y estar esperando atentamente hasta averiguar quién es esta hermosa dama duende. Vase y salen todas las mujeres, una con luces y otra con algunas cajas y otra con un vidrio de agua. Pues a buscarte ha salido mi hermano y pues Isabel a su mismo cuarto ha ido a traer a don Manuel, esté todo apercebido; halle, cuando llegue aquí, la colación prevenida. Todas le esperad así. No he visto en toda mi vida igual cuento. ¿Viene? Sí, que ya siento sus pisadas. Sale ISABEL trayendo a COSME de la mano. ¡Triste de mí! ¿Dónde voy? Ya estas son burlas pesadas. Mas no, pues mirando estoy bellezas tan estremadas. ¿Yo soy Cosme o Amadís? ¿Soy Cosmico o Belianís? Ya viene aquí. Mas ¿qué veo? ¡Señor! (Ya mi engaño creo, pues tengo el alma en un tris). ¿Qué es esto, Isabel? Señora, donde a don Manuel dejé, volviendo por él agora a su criado encontré. Mal tu descuido se dora. Está sin luz. ¡Ay de mí! Todo está ya declarado. (Más vale engañarle así). Cosme. Damiana. A este lado llegad. Bien estoy aquí. Llegad; no tengáis temor. ¿Un hombre de mi valor, temor? Pues ¿qué es no llegar? Aparte, y lléguese a ellas. (Ya no se puede excusar en llegando al pundonor). ¿Respeto no puede ser sin ser espanto ni miedo?, porque al mismo Lucifer temerle muy poco puedo en hábito de mujer. Alguna vez lo intentó y, para el ardid que fragua, cota y nagua se vistió -que esto de cotilla y nagua el demonio lo inventó-. En forma de una doncella aseada, rica y bella, a un pastor se apareció y él, así como la vio, se encendió en amores della. Gozó a la diabla y después con su forma horrible y fea le dijo a voces: «¿No ves, mísero de ti, cuál sea desde el copete a los pies la hermosura que has amado? Desespera, pues has sido agresor de tal pecado». Y él, menos arrepentido que antes de haberla gozado, le dijo: «Si pretendiste, ¡oh, sombra fingida y vana!, que desesperase un triste, vente por acá mañana en la forma que trujiste; verasme amante y cortés, no menos que antes, después, y aguardarte»; en testimonio de que aun horrible no es en traje de hembra un demonio. Volved en vos y tomad una conserva y bebed, que los sustos causan sed. Yo no la tengo. Llegad, que habéis de volver, mirad, docientas leguas de aquí. ¡Cielos! ¿Qué oigo? ¿Llaman? Sí. ¿Hay tormento más cruel? ¡Ay de mí, triste! Dentro. Isabel. ¡Válgame el cielo! Dentro. Abre aquí. Para cada susto tengo un hermano. ¡Trance fuerte! Yo me escondo. Vase. Este sin duda es el verdadero duende. Vente conmigo. Sí haré. Vanse. Sale DON LUIS. ¿Qué es lo que en mi cuarto quieres? Pesares míos me traen a estorbar otros placeres. Vi ya tarde en ese cuarto una silla, donde vuelve Beatriz, y vi que mi hermano entró. Y en fin, ¿qué pretendes? Como pisa sobre el mío, me pareció que había gente y para desengañarme sólo he de mirarle y verle. Alza una antepuerta y topa con BEATRIZ. Beatriz, ¿aquí estás? Aquí estoy, que hube de volverme, porque al disgusto volvió mi padre, enojado siempre. Turbadas estáis las dos. ¿Qué notable estrago es este de platos, dulces y vidrios? ¿Para qué informarte quieres de lo que, en estando a solas, se entretienen las mujeres? Hacen ruido en la alacena ISABEL y COSME. Y aquel ruido, ¿qué es? (¡Yo muero!). ¡Vive Dios que allí anda gente! Ya no puede ser mi hermano quien se guarda desta suerte. Aparta la alacena para entrar con luz. ¡Ay de mí, cielos piadosos!, que queriendo neciamente estorbar aquí los celos que amor en mi pecho enciende, celos de honor averiguo. Luz tomaré, aunque imprudente, pues todo se halla con luz y el honor con luz se pierde. Vase. ¡Ay, Beatriz, perdidas somos, si le topa! Si le tiene en su cuarto ya Isabel, en vano dudas y temes, pues te asegura el secreto de la alacena. ¿Y, si fuese tal mi desdicha, que allí con la turbación no hubiese cerrado bien Isabel y él entrase allá? Ponerte en salvo será importante. De tu padre iré a valerme, como él se valió de mí, por que, trocada la suerte, si a ti te trujo un pesar, a mí otro pesar me lleve. Vanse. Salen por el alacena ISABEL y COSME y por otra parte DON MANUEL. Entra presto. Vase. Ya otra vez en la cuadra siento gente. Sale DON LUIS con luz. Yo vi un hombre, ¡vive Dios! Malo es esto. ¿Cómo tienen desviada esta alacena? Ya se ve luz; un bufete que he topado aquí me valga. Escóndese. Esto ha de ser desta suerte. Echa mano. ¡Don Manuel! ¡Don Luis! ¿Qué es esto? ¿Quién vio confusión más fuerte? (¡Oigan por dónde se entró! Decirlo quise mil veces). Mal caballero, villano, traidor, fementido huésped, que al honor de quien te estima, te ampara, te favorece, sin recato te aventuras y sin decoro te atreves: esgrime ese infame acero. Sólo para defenderme le esgrimiré, tan confuso de oírte, escucharte y verte, de oírme, verme y escucharme, que, aunque a matarme te ofreces, no podrás, porque mi vida, hecha a prueba de crueles fortunas, es inmortal; ni podrás, aunque lo intentes, darme la muerte, supuesto que el dolor no me da muerte, que, aunque eres valiente tú, es el dolor más valiente. No con razones me venzas, sino con obras. Detente sólo hasta pensar si puedo, don Luis, satisfacerte. ¿Qué satisfaciones hay, si así agraviarme pretendes? Si en el cuarto desta fiera por ese paso que tienes entras, ¿hay satisfaciones a tanto agravio? Mil veces rompa esa espada mi pecho, don Luis, si eternamente supe desta puerta o supe que paso a otro cuarto tiene. Pues ¿qué haces aquí encerrado sin luz? (¿Qué he de responderle?). Un criado espero. Cuando yo te he visto esconder, ¿quieres que mientan mis ojos? Sí, que ellos engaños padecen más que otro sentido. Y cuando los ojos mientan, ¿pretendes que también mienta el oído? También. Todos al fin mienten; tú solo dices verdad y eres tú solo el que... Tente, porque aun antes que lo digas, que lo imagines y pienses, te habré quitado la vida; y, ya arrestada la suerte, primero soy yo; perdonen de amistad honrosas leyes. Y, pues ya es fuerza reñir, riñamos como se debe. Parte entre los dos la luz, que nos alumbre igualmente; cierra después esa puerta por donde entraste imprudente, mientras que yo cierro estotra; y agora en el suelo se eche la llave, para que salga el que con la vida quede. Yo cerraré la alacena por aquí con un bufete, por que no puedan abrirla por allá cuando lo intenten. Topa con COSME. (Descubriose la tramoya). ¿Quién está aquí? (¡Dura suerte es la mía!). No está nadie. Dime, don Manuel, ¿es este el criado que esperabas? Ya no es tiempo de hablar este. Yo sé que tengo razón. Creed de mí lo que quisiereis, que con la espada en la mano sólo ha de vivir quien vence. Ea, pues, reñid los dos. ¿Qué esperáis? Mucho me ofendes, si eso presumes de mí; pensando estoy qué ha de hacerse del criado, porque echarle es enviar quien lo cuente, y tenerle aquí, ventaja, pues es cierto ha de ponerse a mi lado. No haré tal, si es ese el inconveniente. Puerta tiene aquesa alcoba y, como en ella se cierre, quedaremos más iguales. Dices bien. Entra a esconderte. Para que yo riña, haced diligencias tan urgentes, que para que yo no riña cuidado escusado es ese. Vase. Ya estamos solos los dos. Pues nuestro duelo comience. Riñen. ¡No vi más templado pulso! Desguarnécese la espada. ¡No vi pujanza más fuerte! Sin armas estoy; mi espada se desarma y desguarnece. No es defecto de valor; de la fortuna accidente sí; busca otra espada, pues. Eres cortés y valiente. (Fortuna, ¿qué debo hacer en una ocasión tan fuerte, pues, cuando el honor me quita, me da la vida y me vence? Yo he de buscar ocasión verdadera o aparente para que pueda en tal duda pensar lo que debe hacerse). ¿No vas por la espada? Sí; y, como a que venga esperes, presto volveré con ella. Presto o tarde, aquí estoy siempre. A Dios, don Manuel, que os guarde. Vase. A Dios, que con bien os lleve. Cierro la puerta y la llave quito, por que no se eche de ver que está gente aquí. ¡Qué confusos pareceres mi pensamiento combaten y mi discurso revuelven! ¡Qué bien predije que había puerta que paso la hiciese y que era de don Luis dama! Todo, en efeto, sucede como yo lo imaginé. Mas ¿cuándo desdichas mienten? Asómase COSME en lo alto. ¡Ah, señor! Por vida tuya, que lo que solo estuvieres me eches allá, porque temo que venga a buscarme el duende con sus dares y tomares, con sus dimes y diretes, en un retrete que apenas se divisan las paredes. Yo te abriré, porque estoy tan rendido a los desdenes del discurso que no hay cosa que más me atormente. Vase y salen DON JUAN y ÁNGELA con manto y sin chapines. Aquí quedarás en tanto que me informe y me aconseje de la causa que a estas horas te ha sacado desta suerte de casa, porque no quiero que en tu cuarto, ingrata, entres, por informarme sin ti de lo que a ti te sucede. Aparte. (De don Manuel en el cuarto la dejo y, por si él viniere, pondré a la puerta un criado que le diga que no entre). Vase. ¡Ay, infelice de mí! Unas a otras suceden mis desdichas. ¡Muerta soy! Salen DON MANUEL y COSME. Salgamos presto. ¿Qué temes? Que es demonio esta mujer y que aun allí no me deje. Si ya sabemos quién es y en una puerta un bufete y en otra la llave está, ¿por dónde quieres que entre? Por donde se le antojare. Necio estás. ¡Jesús mil veces! ¿Por qué es eso? El verbi gratia encaja aquí lindamente. ¿Eres ilusión o sombra, mujer que a matarme vienes? Pues, ¿cómo has entrado aquí? Don Manuel... Di. Escucha, atiende. Llamó don Luis turbado, entró atrevido, reportose osado, prevínose prudente, pensó discreto y resistió valiente; miró la casa ciego, recorriola advertido, hallote y luego ruido de cuchilladas habló, siendo las lenguas las espadas. Yo, viendo que era fuerza que dos hombres cerrados, a quien fuerza su valor y su agravio, retórico el acero, mudo el labio, no acaban de otra suerte que con sólo una vida y una muerte, sin ser vida ni alma, mi casa dejo y a la obscura calma de la tiniebla fría, pálida imagen de la dicha mía, a caminar empiezo; aquí yerro, aquí caigo, aquí tropiezo, y torpes mis sentidos prisión hallan de seda mis vestidos. Sola, triste y turbada, llego de mi discurso mal guiada al umbral de una esfera que fue mi cárcel, cuando ser debiera mi puerto o mi sagrado -mas, ¿dónde le ha de hallar un desdichado?-. Estaba a sus umbrales -¡cómo eslabona el cielo nuestros males!- don Juan, don Juan, mi hermano, que ya resisto, ya defiendo en vano decir quién soy, supuesto que el haberlo callado nos ha puesto en riesgo tan estraño. ¿Quién creerá que el callar me ha hecho daño, siendo mujer? Y es cierto, siendo mujer, que por callar me he muerto. En fin, él esperando a esta puerta estaba, ¡ay, cielo!, cuando yo a sus umbrales llego, hecha Volcán de nieve, Alpe de fuego. Él, a la luz escasa con que la luna mansamente abrasa, vio brillar los adornos de mi pecho -no es la primer traición que nos ha hecho- y escuchó de las ropas el ruido -no es la primera que nos han vendido-; pensó que era su dama y llegó, mariposa de su llama, para abrasarse en ella y hallome a mí por sombra de su estrella. ¿Quién de un galán creyera que, buscando sus celos, conociera tan contrarios los cielos que ya se contentara con sus celos? Quiso hablarme y no pudo, que siempre ha sido el sentimiento mudo. En fin, en tristes voces, que mal formadas anegó veloces desde la lengua al labio, la causa solicita de su agravio. Yo responderle intento -ya he dicho cómo es mudo el sentimiento- y, aunque quise, no pude, que mal al miedo la razón acude, si bien busqué colores a mi culpa; mas, cuando anda a buscarse la disculpa, o tarde o nunca llega: más el delito afirma que le niega. «Ven -dijo-, hermana fiera, de nuestro antiguo honor mancha primera; dejarete encerrada donde segura estés y retirada hasta que, cuerdo y sabio, de la ocasión me informe de mi agravio». Entré donde los cielos mejoraron, con verte, mis desvelos. Por haberte querido, fingida sombra de mi casa he sido; por haberte estimado, sepulcro vivo fui de mi cuidado; porque no te quisiera quien el respeto a tu valor perdiera; porque no te estimara quien su traición dijera cara a cara. Mi intento fue el quererte, mi fin amarte, mi temor perderte, mi miedo asegurarte, mi vida obedecerte, mi alma amarte, mi deseo servirte y mi llanto, en efeto, persuadirte que mi daño repares, que me valgas, me ayudes y me ampares. (Hidras parecen las desdichas mías al renacer de sus cenizas frías. ¿Qué haré en tan ciego abismo, humano laberinto de mí mismo? Hermana es de don Luis, cuando creía que era dama. Si tanto, ¡ay, Dios!, sentía ofendelle en el gusto, ¿qué será en el honor? ¡Tormento injusto! Su hermana es; si pretendo librarla y con mi sangre la defiendo, remitiendo a mi acero su disculpa, es ya mayor mi culpa, pues es decir que he sido traidor y que a su casa he ofendido, pues en ella me halla; pues querer disculparme con culpalla es decir que ella tiene la culpa, y a mi honor no le conviene. Pues ¿qué es lo que pretendo, si es hacerme traidor, si la defiendo; si la dejo, villano; si la guardo, mal huésped; inhumano, si a su hermano la entrego; soy mal amigo, si a guardarla llego; ingrato, si la libro, a un noble trato y, si la dejo, a un noble amor ingrato. Pues de cualquier manera mal puesto he de quedar, matando muera). No receles, señora; noble soy y conmigo estás agora. La puerta abren. Nada temas, pues que mi valor te guarda. Mi hermano es. Segura estás. Ponte luego a mis espaldas. Sale DON LUIS. Ya vuelvo. Pero... ¿qué miro? ¡Traidora! Amenázala. Tened la espada, señor don Luis. Yo os he estado esperando en esta sala desde que os fuisteis y aquí, sin saber cómo, esta dama entró, que es hermana vuestra, según dice; que palabra os doy, como caballero, que no la conozco, y basta decir que engañado pude, sin saber a quién, hablarla. Yo la he de poner en salvo a riesgo de vida y alma, de suerte que nuestro duelo, que había a puerta cerrada de acabarse entre los dos, a ser escándalo pasa de todo el lugar, si aquí no me hacéis la puerta franca. En habiéndola librado, yo volveré a la demanda de nuestra pendencia y, pues en quien sustenta su fama espada y honor han sido armas de más importancia, dejadme ir vos por honor, pues yo os dejé ir por espada. Yo fui por ella, mas sólo para volver a postrarla a vuestros pies; y, cumpliendo con la obligación pasada en que entonces me pusisteis, pues que me dais nueva causa, puedo ya reñir de nuevo. Esa mujer es mi hermana: no la ha de llevar ninguno a mis ojos de su casa sin ser su marido. Así, si os empeñáis a llevarla, con la mano podrá ser, pues con aquesa palabra podéis llevarla y volver, si queréis, a la demanda. Volveré, pero, advertido de tu prudencia y constancia, a sólo echarme a esos pies. Alza del suelo; levanta. Y para cumplir mejor con la obligación jurada, a tu hermana doy la mano. Salen por una puerta BEATRIZ y ISABEL y por otra DON JUAN. Si sólo el padrino falta, aquí estoy yo, que, viniendo adonde dejé a mi hermana, el oíros me detuvo no salir a las desgracias, como he salido a los gustos. Y pues con ellos se acaban, no se acaben sin terceros. Pues ¿tú, Beatriz, en mi casa? Nunca salí della; luego te podré decir la causa. Logremos esta ocasión, pues tan a voces nos llama. ¡Gracias a Dios que ya el duende se declaró! Dime ¿estaba borracho? Si no lo estás, hoy con Isabel te casas. Para estarlo fuera eso; mas no puedo. ¿Por qué causa? Por no malograr el tiempo que en estas cosas se gasta, pudiéndolo aprovechar en pedir de nuestras faltas perdón; humilde el autor os le pide a vuestras plantas.