Mañanas de abril y mayo Comedia Famosa Personas que hablan en ella: DON HIPÓLITO. DON JUAN. DON PEDRO. PERNÍA. ARCEO. DON LUIS. DOÑA CLARA. DOÑA ANA. DOÑA LUCÍA. INÉS, criada. Jornada Primera Ya he dicho que no está en casa mi señor, y es, caballero o fantasma o lo que sois, en vano esperarle, puesto que no sé a qué hora vendrá a acostarse. Yo no puedo irme de aquí sin hablarle. Pues en el portal sospecho, que estaréis mucho mejor. Mejor estaré aquí dentro. Muerto de capa y espada, que tan pesado y tan necio has dado en andar tras mí rebozado y encubierto, agradécelo al Señor, que te tengo mucho miedo, que si no, yo te pusiera a cuchilladas muy presto en la calle. No lo dudo, mas no os turbéis, de paz vengo; de don Pedro soy amigo, sosegaos. Lindo sosiego. Y sentaos aquí. Yo estoy en mi casa y si yo quiero me sentaré. Pues estad como quisiéredes. Cierto, que sois fantasma apacible, y que tenéis mil respetos del convidado de piedra. Decidme, ¿qué hace don Pedro fuera de casa a estas horas?, ¿diviértele amor o juego? Juego o amor le divierte. Todo es uno, a lo que pienso, pues amor y juego en fin, son de la fortuna imperios. ¿Anda de ganancia ahora? Yo de pérdida me veo. ¿Está desfavorecido? No lo sé. ¿Pues sus secretos no fía de vós? No fía, sino presta algunos dellos. ¿No bastaba entremetido sino preguntón? (Sale DON PEDRO.) ¿Qué es esto? Esperad en hora mala en la calle o el infierno, si no queréis. Dime, loco, ¿qué ha sido? Vienes a tiempo, que si un poco más te tardas, a ese embozado sospecho que le echo por la ventana, tan alto, que deste vuelo, ya que no Sietedurmiente, sino volante, primero que volviera, se mudaran los trajes y los dineros, y se hablaran otras lenguas. ¿Quién es? No lo sé, mas pienso que es algún hombre casado, que viene a verte encubierto, pues no se ha dejado ver la cara. Pues, caballero, ¿a quién buscáis así? A vós. Decid, ¿qué queréis? Direlo, en quedando solos. ¿Ves si digo bien? Majadero, salte allá fuera. En buen hora: mas aunque ir a parlar tengo con doña Lucía, la dueña de mi vecina, más quiero ser hoy crïado que amante; y he de estarme aquí, por serlo, escuchando cuanto digan. (Vase.)  Ya estoy solo, y solo espero que me digáis, ¿qué queréis? Cerrad la puerta. Suspenso me tenéis: ya está cerrada. Pues ahora a esos pies puesto, me dad, don Pedro, los brazos. Don Juan, amigo, ¿qué es esto? ¿Cómo os atrevéis a entrar así en Madrid, sin que el riesgo de vuestra vida miréis? Como la muerte no temo, así no guardo la vida, que ya de tratarla tengo, con la compañía perdido a mis desdichas el miedo. Ya sabéis, como quien fue por la vecindad tercero de mi desdichado amor, aquel venturoso tiempo que amé a doña Ana de Lara, cuyo divino sujeto se coronó de hermosura, se laureó de entendimiento. Ufano con mi esperanza, y con su favor soberbio, viví; en esto no me alabo, antes me desluzco en esto. Que en materia de favores, es tan desdichado el premio, que es el que le goza más el que lo merece menos. Ya sabéis, que viento en popa, este amor, este deseo, en el mar de la fortuna tuvo de su parte el cielo. Hasta que alterando el mar el bajel del pensamiento, en piélagos de desdichas, corrió tormenta de celos. Una noche... Ciegamente lo que vós sabéis os cuento, pero dejad que lo diga, ya que es el pesar tan necio, que repetirle el dolor, es repetirle el consuelo. Una noche, pues, salí de su casa yo, creyendo que para mí solo estaba el falso postigo abierto de un jardín, cuando llegando a hablarle, ¡ay Dios!, por de dentro hacia la parte de fuera torcer otra llave siento. Suspendo la acción, y a un lado me retiro, por si puedo mis celos averiguar, si es que han menester los celos, para estar averiguados, más diligencia que serlo. Entreabrieron el postigo, y a la poca luz que dieron las estrellas en la calle, entrar solo un hombre veo, que sin luz y sin razón andaba dos veces ciego. Bien le pudiera matar a mi salvo entonces, pero quise apurar la malicia a mis desdichas y quedo me estuve un rato: mal haya tan curioso sufrimiento. Él, tentando las paredes, que no estaba, no, tan diestro como yo en ellas, que había estudiádolas más tiempo, llegó a tropezar en mí, y desalumbrado, viendo que había gente en el portal, dijo atrevido y resuelto: «No puede haber aquí nadie, que matarlo o conocerlo no me importe, otro no tenga las dichas que yo no tengo». No sé que le respondí, y los dos con un esfuerzo hasta la calle salimos, donde solos, cuerpo a cuerpo reñimos, hasta que igual postró la fortuna el duelo entre los dos; ¡ay de mí!, pues a quien me dio primero celos, le di yo la muerte, como quien dice: «Hoy intento que sea paz de vuestra lid, o morir o tener celos»; y dándome lo peor, quedé celoso y él muerto. Al ruido de las espadas llegó la justicia luego, y yo apelando a los pies de la ejecución que hicieron las manos, me puse en salvo, mas no tanto, que cogiendo un crïado, que esperaba con un rocín en el puesto, no dijese a la justicia quien era; solo por ellos son señores los señores, que al fin se sirven de buenos. Con esta declaración me ausenté; mas no pudiendo vivir ausente y celoso, desta manera me he vuelto a Madrid; y confïado en vuestra amistad, me atrevo a venirme a vuestra casa, y escarmentado en efeto, de la lengua de un crïado, me he recatado del vuestro. Aquí estaré algunos días, solo hasta saber si puedo ver a doña Ana, por quien tantas desdichas padezco; que aunque es verdad que ofendido estoy, la estimo y la quiero tanto, que solo a quejarme hoy a la corte me vuelvo, por ver si acaso, ¡ay de mí!, se disculpa, que si llego, hablándola alguna noche, siendo vós solo el tercero, a oír satisfaciones, que antes que ella las diga las creo, me iré a Flandes consolado de que sus disculpas llevo, que haciendo amistades, sean camaradas de mis celos; porque así estaré seguro, que ni el pesar ni el contento me maten: bien como aquel, que está herido de un veneno, y otro veneno le cura; que este es el último extremo de un hombre celoso, pues no puede, ni yo lo creo, hacer de su parte más que decir: «Quejoso vengo a creer cuanto me digáis, y pues que vivir no puedo, haced que muera del gozo, si he de morir del tormento». En dos empeños me pone la merced que me habéis hecho de valeros desta casa, y de mí, y es el primero el ampararos en ella; y así, cortésmente, ofrezco casa, hacienda, honor y vida, don Juan, al servicio vuestro. El segundo es ayudaros en vuestro amor; para esto, y para todo es forzoso, supuesto, que él ha de veros, fïaros de ese crïado, que aunque ha poco que le tengo, tengo dél satisfación. No hablo ahora en nuestro pleito, que ya sabéis que un don Luis de Medrano, que era deudo del muerto, es quien se ha mostrado parte. Ya nos conocemos los dos. Pues eso dejado, porque en efeto no quiero hablaros en penas hoy; de doña Ana lo que puedo deciros es que ni el rostro la he visto desde el suceso desa noche, ni en ventana, ni en iglesia, ni en paseo de Prado y calle Mayor, que es mucho para mí, siendo como soy, vecino suyo. Fineza es, don Pedro; pero ¿quién puede a mí asegurarme que es por mí y no por el muerto, ese luto que ha vestido su hermosura? Mas ¡qué presto a lo que le está peor discurre el entendimiento! ¿Qué queréis? Es más honrado el mal que el bien. No lo entiendo. Yo sí, pues dudo del bien cuanto dice y del mal creo cuanto imagina, y mirad cual es más honrado, puesto que uno siempre está tratando verdad, y otro está mintiendo. Pero lo que de la noche restaba al noturno velo, se ha desvanecido ya, de la hermosa luz huyendo del sol. Recogeos, y haced del día noche. No puedo, porque tengo a aquestas horas que hacer, y antes agradezco haberme hallado vestido. Desvelado galanteo tenéis, pues os recogéis tan tarde y volvéis tan presto. Ando por averiguar, don Juan, amigo unos celos, por dejar desengañada una pretensión que tengo, y he de ir al parque, porque su apacible sitio ameno, de las flores y las damas es el cortesano imperio destas mañanas de abril y mayo, y he de ir siguiendo esta dama; vós podéis descansar en tanto: ¿Arceo? (Sale ARCEO.) Señor. Haz que luego al punto se haga en aqueste aposento una cama, y esto sea con recato y con silencio, que importa que nadie sepa que al señor don Juan tenemos en casa y de ti lo fío solamente, adiós. (Vase.)  Tú has hecho con migo lo que se suele con los galeotes, y es cierto, pues dellos nada hay seguro, sino lo que se fía dellos. Yo me recaté de vós, Arceo hasta conoceros. (Vanse y sale DOÑA CLARA y INÉS, criada.) ¿En fin, que has dado en que has de ir al parque? ¿Quieres saber si puede dejar de ser, Inés? Pues has de advertir, que me ha dicho que no vaya a él don Hipólito y creo que fue alentar mi deseo, para que más presto vaya. Pues si a ver, cuando me habló, que viniera me dijera, presumo que no viniera; y solo porque llegó a persuadirse, que había de obedecerle, me ha dado tal gana, que he madrugado dos horas antes del día. No es en nosotras hoy nueva esa culpa, ese pecado, que pecar en lo vedado es el patrimonio de Eva. Pero no sé lo que diga deste amor, deste deseo de los dos, porque no creo lo que a los dos nos obliga. Don Hipólito es un hombre, por loco y por maldiciente conocido de la gente más que por su propio nombre. Tú, perdona que lo diga, mujer en justo o injusto, muy amiga de tu gusto, de tu libertad amiga. Él a todas quiso bien, tú a todos quisiste mal; dime ¿amor tan desigual, cómo ha de parar en bien? Pensarás que me he enojado, Inés por haberme dicho su capricho y mi capricho, y antes gran gusto me has dado. Porque no hay para mí cosa como hombres de extraños modos, y que al fin me tengan todos por vana y por caprichosa. ¡Qué! ¿Quisieras que estuviera muy firme yo y muy constante, sujeta solo a un amante, que mil desaires me hiciera, porque se viera querido? Eso no el que he de querer con sobresalto ha de ser, mientras que no es mi marido. Y así, por dársele hoy a don Hipólito, quiero ver al parque, donde espero, porque disfrazada voy, pasear, hablar, reír, preguntar y responder, ser vista en efeto y ver, porque no se ha de admitir al amante más fïel por el gusto que ha de dar. Pues, ¿por qué? Por el pesar que yo le he de dar a él. Y tienes mucha razón; con lo cual hemos llegado a la calle que fue Prado en virtud del azadón. Pues bajemos por aquí a la de Álamos, que es arrendajo del Pajés. Parece que cantan. Sí. (Vanse y suena dentro música.) Mañanicas floridas de abril y mayo, despertad a mi niña no duerma tanto. (Sale DON LUIS y DON HIPÓLITO.) Solo haceros compañía, don Hipólito, pudiera vencer de mi pena fiera la grave melancolía. Por divertiros yo a vós de vuestro primo en la muerte, os traigo de aquesta suerte al parque, donde los dos divirtamos la mañana. Más hermoso el sol parece, porque embozado amanece entre nubes de oro y grana. Desde aquí podemos ver la gente que va bajando: ¡qué tierno va enamorando don Sancho allí a la mujer de aquel letrado, su amigo! Que es amistad no se ignore, porque otro no la enamore. A un pleito está aquí y yo digo que parecer tomará de los dos, pues le conviene verla a ella por el que tiene, como a él por el que da. Maldiciente estáis, ¡qué no os reduzca yo! Advertid, que no hay hombre hoy en Madrid de mejor lengua que yo. Aquella ¿no es Flora? Sí. Harto es que a fiesta de a pie haya venido. ¿Por qué? Porque en mi vida la vi sino en coche; por aquesta fue por quien se ha presumido, que le dijo a su marido: «Con lo que la casa cuesta de alquiler, echemos coche». Y volviéndole a decir: «¿Pues dónde hemos de vivir, y estar el día y la noche?» Dijo: «Si el coche tuviera, sin casa vivir podía, en el coche todo el día, y de noche en la cochera». Eso es como lo que pasa a doña Clara de Ovalle, pues viviendo hacia la calle le sobra toda la casa. Es verdad, y cierto día, cumpliendo el plazo el casero vino a pedille el dinero de la casa en que vivía. Y ella dijo: «¿Hay tal traición?, ¿esta desvergüenza pasa? aunque yo alquilo la casa, no vivo sino el balcón». ¡Qué diera porque os oyera! (Sale DOÑA CLARA y INÉS.) Por eso no lo oirá, no, que anoche la dije yo, que de casa no saliera. Mejor mañana no vi en mi vida. Ni yo a fe; pero tápate. ¿Por qué? Don Hipólito está allí. ¿Habéis visto en vuestra vida mujer más airosa? No, ni al parque jamás salió más aseada y bien prendida. Pues la donada, por Dios, que no es muy mala. Embistamos esta empresa, pues estamos en el campo dos a dos. Don Hipólito y don Luis llegan a hablarnos. Repara en que de ninguna suerte respondas una palabra, que no quiero que los dos me conozcan. Si tapadas estamos, y en este traje, que es en el que todas andan, ¿cómo te han de conocer? Si le respondo en el habla; que persuadirse que puede estar segura una dama solamente con taparse, es bueno para la farsa, mas no para sucedido. Señora doña Tapada, que a honrar el festín alegre, que hoy la primavera traza en este verde salón, donde vivas flores danzan al son del agua en las piedras, y al son del viento en las ramas, de rebozo habéis venido, dad licencia cortesana a un hombre, para que os diga, que ha sido acción excusada madrugar tanto, supuesto, que árbitro del sol y el alba, esa negra sutil nube trae consigo la mañana. Y a cualquiera hora que vós descubriérades la llama, amaneciera y tuviera luz el día aliento el alba. ¿No me respondéis?, ¿por señas me habláis? No me desagrada, ¿ni aun para pedir no habláis?, ¿no? Pues sois la mejor dama, que he visto en toda mi vida; albricias me pide el alma de que me ha deparado una mujer que no pide y calla. ¿Y vós también profesáis la religión cartujana? Linda cosa, ¡vive Dios!, que ha dos mil años que andaba buscandoos; mas que seáis tuerta, zurda, coja o manca, pedigüeña, melindrosa, contrahecha, roma o calva, desde aquí por vós me muero. Ya que me negáis el habla, como si hubiera reñido con vós, mostradme la cara: ¿ni eso tampoco? Mirad, que dais a entender que es mala, es verdad, yo no lo dudo; mas mujer tan extremada, no ha menester perfección mayor, que no hablar palabra. Mas si yo no entiendo mal, eso es decir que me vaya; pero veis aquí que yo no quiero entenderos nada, que en mi vida he sido mudo, y muy poco se me alcanza desto de hablar con la mano; ¿qué hacéis?, ¿volverme la espalda? Arte de enseñar a hablar a los mudos, oye, aguarda. No vi mujer en mi vida de mejor gusto. Su casa sepamos, que vive el cielo, que he de verla y he de hablarla hoy en ella hasta saber en qué este embeleco para. Sigámosla pues. Sigamos que ya veis cuánto me arrastra una mujer tramoyera, pues el serlo solo es causa de que a doña Clara ame, y aquesta, si no me engaña la pinta, lo es mucho más que la misma doña Clara. (Vanse y sale ARCEO y DOÑA LUCÍA.) No me tienes que decir, que no te has de disculpar de hacerme anoche esperar. No pude anoche venir, ¡vive Dios!, doña Lucía. Pues ¿qué tuviste que hacer? Si eso pudieras saber, supieras que la fe mía te trata verdad. ¿Pues qué es, que yo saberlo no puedo? No es nada. Ofendida quedo dos veces de ti, porque no venir anoche a verme, hoy venir y no fïarme un secreto es agraviarme, Arceo. No sé qué hacerme. Ea, no haya secreto entero, que eres dueña y soy crïado: Anoche entró rebozado en mi casa un caballero, por mi señor preguntando; mas que has de callar advierte. Este pues, por una muerte ausente está y aguardando a mi señor me detuvo, (nadie, en fin, lo ha de saber) pues hasta el amanecer hablando con él estuvo. Luego en casa se quedó, donde dice que ha de estar (mira que lo has de callar) escondido y solo yo lo sé, que en fin soy secreto; don Juan de Guzmán se llama. De la casa de una dama, que esto no oí bien, en efeto, saliendo una noche, dio a un caballero la muerte, y en fin está desta suerte retirado, donde no lo saben más que los dos. Y pues me fío de ti, esto no salga de aquí, dije: «¡Bendito sea Dios, que salí deste cuidado!» Y yo por él, darte quiero los brazos. Mas bien espero. (Sale PERNÍA, vejete.) A muy mal tiempo he llegado; ¡Hay tan gran bellaquería! Pernía a los dos nos vio. Poco importa porque no es muy celoso Pernía. Mas vete de aquí. Sí haré, y corriendo como un potro. Doña Lucía si otro entrara, como yo entré, ¿estaba bueno el honor desta casa? A mi señora he de contar cuanto ahora pasa, pues de tu rigor vengarme ingrata, no espero; hecho estoy un fuego un rayo; ¿de cuándo acá así un lacayo se prefiere a un escudero? Unas cartas me ha traído este hombre de un hermano, que está en las Indias y es llano, que el abrazo el porte ha sido, pues solo te quiero a ti. Pues trueca el modo, crüel, y desde hoy quiérele a él, y dame el abrazo a mí. Sí abrazaré, procurando hacer que calles, supuesto: mas ¡mi señora! (Sale DOÑA ANA.) ¿Qué es esto? Es que aquí andan abrazando. Hame traído Pernía nuevas de un hermano mío, y gozoso mi albedrío tales extremos hacía. Es, señora, caso llano, y creella te conviene, para cada abrazo tiene doña Lucía un hermano. Salga y mire si está puesto el coche, que es hora ya de ir a misa; ¿pues no va presto? ¿Aquesto no es ir presto? ¿Tú, señora, tan dejada del aliño y la belleza, que fuera de la tristeza vives de ti descuidada? No hay consuelo para mí, ni me has de ver en tu vida, sino triste y afligida. Pues ¿qué remedias así? ¿Quién te ha dicho que yo quiero remediar, sino sentir? Aunque si llego a advertir, que es el remedio primero del mal, el sentir el mal por sentille; mas no sé si al sentir le dejaré; pues es mi desdicha tal, que apeteciendo el morir, sin pretender resistille, por no dejar de sentille, le dejara de sentir. Desde el día que a don Juan en mi casa sucedió aquella desdicha y yo veo que todos me dan la culpa sin remedialla, tan muerta y tan otra estoy, que aun sombra mía no soy. Si tan noble como bella, tu perfección me asegura de callarlo, yo diré que adonde está don Juan sé. ¡Qué neciamente procura tu lisonja divertir mi mal! Yo sé donde está, y aunque tú no lo oigas ya, lo tengo yo de decir. Don Juan a Madrid llegó; mas que lo calles te pido, y está en la casa escondido de nuestro vecino; yo lo sé, porque una crïada me lo ha dicho ahora a mí; pero no salga de aquí, ya ves que es cosa pesada. ¿Qué dices? Lo que es verdad. Siendo dicha mía, no sé si algún crédito le dé, siendo esa temeridad. (Salen DOÑA CLARA y INÉS.) ¿Qué es lo que tu pasión hacer procura? ¿Qué? Llevar adelante una locura, que aunque nada importara, el verme don Hipólito de Lara, por lo que se ha picado, no ha de salir hoy, no, deste cuidado. Que hay aquí gente mira. ¿Faltará a una mujer una mentira que la saque de otra? Dama hermosa, si quien dice mujer dice piadosa, un rato, mal mi pena significo, que me dejéis entrar aquí os suplico, mientras que un hombre pasa esa calle, sagrado vuestra casa sea de mi cuidado, pues casa de deidad siempre es sagrado. Holgareme por cierto, que sea, no sagrado, sino puerto, pues la congoja vuestra bien que os importa el ocultaros muestra. Un hombre aquí se ha entrado. ¡Ay Dios!, que es mi marido y pues me ha dado vuestra piedad licencia, aquí he de retirarme con prudencia, haced que una crïada le despida, porque me va la fama, honor y vida. Pues decid. Nada espero. (Vase.)  Turbada me dejó con su sombrero. Yo voy tras ella, porque no sea ganga y se eche alguna sabana en la manga. (Sale DON HIPÓLITO.) Perdonad, que a la esfera, dosel florido de la primavera, donde son vuestros bellos resplandores la primera oficina de las flores, pisar mi pie presuma, calzado más de plomo que de pluma. Disimular, fingiendo enojo, intento: ¿quién os dio para tanto atrevimiento, caballero osadía? Yo la tomé de la ventura mía, que hasta veros, divina deidad, vencer la nube que cortina de humo ocultaba el fuego, descanso no tuviera, y así luego, con el humo pasado, y agora, desos rayos abrasado, llorar y arder presumo, arder del fuego, pues lloré del humo. No entiendo, caballero, estilo tan cortés y lisonjero, ni sé que causa he dado, para que desta suerte hayáis entrado en mi casa. Si esfera la llamáis de la hermosa primavera, ni introduzcáis en ella tal desmayo, que espire su esplendor antes del rayo. Si humo seguís, que en sombras se resuelve, no le esperéis, que el humo nunca vuelve. Y si buscáis el fuego, no os acerquéis a él, y volveos luego, que no vive enseñado a acciones tales el antiguo blasón destos umbrales. Vós, ni veros ni oíros en el parque dejasteis, y el seguiros a riesgo de ofenderos, también fue por oíros y por veros; y ahora advierto que fuera acción piadosa oíros discreta, cuando os miro hermosa: porque si allí sin veros os oyera, a la dulce armonía suspendiera el alma y el sentido desa voz, que es veneno del oído. Y si hermosa os mirara, sin oíros, discreta aquí postrara alma y vida en despojos desa luz que es veneno de los ojos; y así, porque no muera al advertiros tan hermosa, me da la vida oíros; y así, porque no muera al conoceros tan discreta, me da la vida al veros; de suerte que mi vida está de un daño y otro defendida. Quedad con Dios, en fin, porque no quiero ya que he sido atrevido, ser grosero, pues ser grosero, culpa mía habrá sido, y vuestra lo ha de ser, ser atrevido. (Vase.)  ¡Hay cosa semejante!, ¡qué entre un hombre marido y salga amante!, ¡y de sus mismas penas descuidado, llegue celoso y vuelva enamorado! (Salen DOÑA LUCÍA, INÉS y DOÑA CLARA.) ¿Fuese? Sí. Tus pies pido. Vós tenéis un finísimo marido. Harto a Dios lo que paso en eso ofrezco, pues sabe Dios lo que con él padezco. Creyó en fin, que era yo, ¡raro suceso!, la dama que siguió, que aunque para eso sirvió el sombrero y el estar con manto, y el ser los trajes parecidos tanto; que, como en los conceptos repetidos, se encuentran también dos en los vestidos. (Sale PERNÍA.)  Ya está el coche esperando. Lucía, mira ahora la calle. Bien podrás seguramente salir. Aquesa vida el cielo aumente. Ved si serviros puedo en otra cosa. Yo obligada quedo, y no sé si ofendida, pues lo que no pensé en toda mi vida, que suceder pudiera, que es tener celos yo; ¿quién tal creyera? acaso ha sucedido. ¿Qué has sentido? ¡Que haya este hombre a otra enamorado, y en mi misma presencia requebrado! (Vase.)  Nada oigo, nada miro, nada siento, que para mí no sea otro tormento. ¿Pues qué tienes agora? Ver que en todos la suerte se mejora, en todos convalece, y solo en mí de cualquier mal fallece. Cuando es culpada halla esta la salida, así inocente pierdo yo la vida, porque no está la culpa en que lo culpa, sino en que fue dichosa la disculpa. (Vanse y salen DON PEDRO por la puerta derecha y DON JUAN por la izquierda, que es por donde está la puerta izquierda de su aposento, y encuéntranse en el tablado.) Seáis, don Juan, bien llegado. Vós, don Pedro, bien venido; ¿cómo en el parque os ha ido? Mal. ¿Cómo? Como he hallado la dama que iba a buscar, y creo que son desvelos de otro amante, cuyos celos ando por averiguar. Para que desengañado cure con dolor al pecho, que es mi amigo el que sospecho, y está ya desconfïado. ¿Es doña Clara la dama? Sí. ¿Y el galán? Es un hombre de buena opinión y nombre, don Hipólito se llama, y esto para otro lugar; ¿vós qué habéis hecho? Sentí desesperarme, morir, sin poderlo remediar; decid, ¿qué traza daremos, para que logre mi fe ver a doña Ana? No sé, que no hay verla, mas pensemos, si habrá por donde. (Sale ARCEO.) Señor, don Hipólito un tu amigo, te busca ahí fuera; testigo no puede venir peor, que él dirá cuanto supiere. Por lo que puede pasar, presente tengo de estar a cuanto aquí sucediere a vuestro lado. No es justo, que os vea a vuestro aposento os retirad. Mucho siento. Don Juan, hacedme este gusto. (Sale DON HIPÓLITO.) ¿Qué hay, don Pedro, cómo estáis? A vuestro servicio; ¿y vós? Al vuestro. Pues, ¿qué miráis? Si hay aquí más que los dos. No, ¿qué queréis? Que me oigáis. Esta mañana salí a ese verde hermoso sitio, a esa divina maleza, a ese verde paraíso, a ese parque, rica alfombra del más supremo edificio, dosel del cuarto planeta, con privilegio de quinto, esfera en fin de los reyes, de Isabel y de Filipo; desde cuyo heroico asiento, siempre bella y siempre invicto, están católicas luces dando resplandor al indio, siendo en el jardín del aire ramilletes fugitivos. ¿En qué parará el venir a contar lo que yo he visto? (DON JUAN al paño.)  Sin duda sabe que allí hoy a su dama ha seguido, y viene quejoso dél; de todo estaré advertido. De cuantas al alba dieron envidia en varios corrillos, tejiendo corros sin orden, dando vueltas sin aviso, una embozada hermosa tal ventaja a todas hizo, que obscureció con su sombra las demás luces: yo he visto salir al campo a traer rosas de sus jardines floridos, pero a dejar rosas no, sino hoy, que al desperdicio de un pie, debió el campo cuantas fueron al contacto altivo, quedando blancos jazmines, quedando marchitos lirios. Bajaba por una cuesta una mujer, ¡qué mal digo!, un encanto, sí, embozado, disfrazado, sí, un hechizo. El sutil manto en celajes, ya obscuros y ya distintos, o negaba o concedía el rostro; ¿cuándo ha salido más hermosa el alba? Cuando se mostró el sol más lucido, que cuando el alba entre sombras, que cuando el sol entre visos, dan regateada la luz, y anda dudoso el sentido, haciendo apuesta entre sí, si lo ha visto o no lo ha visto. Todo esto vendrá a parar en que doña Clara ha sido, por venir a hablar en ella. ¡Oh qué cansados estilos! Coronaba sobre el manto los bien descuidados rizos, airoso un blanco sombrero, por una parte prendido de un corchete de diamantes, sobre un penacho que hizo lisonja al aire, diciendo, a sus halagos rendido, pues inclinada la frente, sí a cuanto me dicen, digo; mejor que mi dueño, yo sé obligarme de suspiros. El talle era bien sacado, y de buen gusto el vestido, más que rico; pero si era de buen gusto, ¿qué más rico? Dejo aquí, por no cansaros, lo que en el parque tuvimos, y voy a que la seguí a su casa, que atrevido entré en ella, que vi al sol cara a cara, que rendido, lo que antes diera por verla, diera por no haberla visto después, porque de sus rayos mariposa mi albedrío, entró enamorando el riesgo, salió halagando el peligro. Está, pues, mal lisonjeada beldad; ¡turbado lo digo! Aquí es ello. Escucha. Ahora se va a declarar conmigo. Es una vecina vuestra, esa pared sola ha sido la que su esfera divide, y pues que como vecino es fuerza. ¡Ay de mí! ¿Qué escucho? ¿Qué haré, si don Juan lo ha oído? Que sepáis quien es, decidme su nombre, porque atrevido pienso adorar su belleza, y para todo es arbitrio entrar, don Pedro, informado, y más de tan buen amigo. Estaba por responderle yo. Detente. ¿Quién se ha visto en igual duda? ¿Qué haré? Si quién es aquí le digo, será alentar su esperanza; si lo niego, es desvarío, pues podrá saberlo de otro; si el amor le significo de don Juan; su honor ofendo, mas queden con buen estilo un amor desengañado, un honor seguro y limpio, y atajados unos celos con la verdad, sin peligro de no decir la verdad, mucho haré si lo consigo. Don Hipólito, pues ya vuestra relación he oído, oídme a mí y agradeced de que tan a los principios os halle este desengaño. La dama que habéis seguido doña Ana de Lara es, y más que por su apellido, ilustre por su virtud; que esa casa que habéis dicho es el templo de la fama; paréceme desvarío seguir ese galanteo, que os aseguro os afirmo, que intentáis un imposible. Yo noticia os he pedido, no consejo y pues la llevo, quedad con Dios, que si altivo muriere mi pensamiento, osado y desvanecido de atrevimiento tan noble, ¿qué más premio que el castigo? (Vase y sale DON JUAN.) Decidme ahora, don Pedro, que el sol apenas ha visto en esta ausencia a doña Ana: mas diréis bien, si ha salido de su casa antes que el sol a ser del parque prodigio. No sé que os diga. Yo sí. ¿Qué? Que huyamos el peligro; ya la he perdido dos veces, ya verla ni hablarla estimo, haced que me busquen postas, que esta noche, ¡ha cielo impío! he de volver de una vez la espalda. Mirad. Ya miro, que en mi presencia hallo a otro en su casa; ¡estoy sin juicio!, y que en mi ausencia después sale, ¡con razón me aflijo! a ser vista, ¡qué rigor!, de donde trae, ¡qué martirio!, nuevo amor. ¡Oh quién quitara del año este mes florido! Mas no tiene culpa él; yo sí, que una sombra sigo, yo sí, que un áspid adoro, yo sí, que amo un basilisco. Mañanas de abril y mayo, noches para mí habéis sido. Jornada Segunda Sale INÉS y DOÑA CLARA, afligida. ¿Tú triste, tú pensativa, melancólica y suspensa? ¿Tan bien perdida y tan mal hallada contigo mesma? ¿Dónde, señora está el brío, el buen gusto, la belleza y el despejo? No lo sé, y no es mucho, ¡ay Dios!, qué necia, pues que no sé de mi vida, de mis acciones no sepa. ¿Quién creerá de mí, ¡ay de mí! que yo llore y que yo sienta desaires de un hombre? Yo, que tan altiva y soberbia, me llamé la vengadora de las mujeres, ¿sujeta tanto a un desaire me veo? Yo no sé qué razón tengas para tanto sentimiento, pues si bien se considera, él te siguió a ti y tú fuiste la causa de la fineza. Luego si estás ofendida y obligada también, sea tu mal, consüelo de otro; supuesto que representas, despreciada y pretendida, la celosa de ti mesma. Ya fue el cuidado por ti, pues por ti en la casa entra de la otra, y si se halla tan empeñado con ella, ¿cómo se puede excusar de andar galán? Considera, que si has de olvidar a un hombre, porque a una hable y a otra vea, no hay que querer a ninguno, que maldito de Dios sea, señora el que hay que no diga lo mismo a cuantas encuentra. Con todo eso, ya llegué, confieso que anduve necia, a darme por entendida deste agravio con mis penas, y me tengo de vengar. ¿De qué suerte? Escucha atenta. Un papel le he de escribir, disfrazándole mi letra, y escribiéndomele tú en nombre de la encubierta dama, diciéndole en él cuán obligada me deja su cortesía y que quiero hablarle a solas; que tenga una silla prevenida y una casa donde pueda verle esta tarde. El muy vano, creído de su soberbia, pensará que tiene lance; y para que no le tenga, iré yo y será buen paso lo que hará cuando me vea. ¿Y qué consigues con eso? Dos cosas: es la primera burlarme dél; la segunda, desengañarle y que sepa que fui la tapada yo, porque no se desvanezca, presumiendo que la otra le dio ocasión de que fuera tras ella y su galanteo prosiga. Esa diligencia, ¿no pudiera hacerse en casa? Con venganza no pudiera. No sé si aciertas en eso. ¿Cómo? Yo te lo dijera, si él y aquel don Luis no entrara. Pues disimula, no entiendan hasta este lance, que fuimos las tapadas. (Salen DON HIPÓLITO y DON LUIS.) Considera, don Luis, que importa sacarme presto de aquí. Sí haré. ¿Era, señor don Hipólito hora de veros?, ¿tan larga ausencia? Desde ayer no me habéis visto. Solo pudiera esa queja hacer mi ausencia feliz, que es sutil estratagema de amor, que una pena misma hacerse lisonja sepa. Mas no vine esta mañana, presumiendo que estuvieras en el parque, como anoche dijiste. Detén la lengua; pues si anoche me dijiste que de casa no saliera, ¿había de salir de casa? ¡Jesús!, de mí no se crea tal desenvoltura, tal liviandad de mi obediencia. Harto le encarezco yo a don Hipólito esa verdad, y cuán obligado debe estar desa fineza, y aun él la conoce bien, pues la paga con la mesma. ¿Luego él al parque no fue? ¡Jesús! ¿Pues tal de mí piensas, sabiendo, que para mí no hay, Clara holgura ni fiesta, dónde tú no estás? Y yo lo creo, como si lo viera, pues si tú hubieras estado hoy en el parque hoy hubiera estado en el parque yo, claro está y es cosa cierta, pues si yo en tu pecho vivo, y tú en el pecho me llevas, contigo hubiera yo estado disfrazada y encubierta. ¡Qué fácil es de engañar a la mujer más discreta! ¡Qué sea bobo el más bellaco de los hombres! Hombres y hembras, así unos a otros se engañan, cuando que se quieren piensan. (Hácele señas DON LUIS.) Aunque es el primer peligro de amor no estorbar, licencia me daréis para que os diga, que unos amigos me esperan, donde me importa llevar a don Hipólito. Esta ausencia os deba el ser yo tan vuestro crïado. Cesa, don Luis, que no es esta sala donde hablar la parte es fuerza por procurador; si él quiere hablar, hable y no por señas. Id, don Hipólito adiós, que esta casa siempre es vuestra, para iros y para estaros, pues siempre de la manera que abierta para que entréis, para que os vais está abierta. Pon esos hombres, Inés, en la calle y luego cierra las puertas. Escucha. ¿Yo, escucharte? Considera que si yo tuve la culpa, no ha de tener él la pena. Yo no me enojo con él ni con vós, doy la licencia que me pedís: mucho hago en no declarar mis quejas, porque estoy muy enfadada en verlos hablar por señas. (Vanse los dos.) ¿Qué os parece, don Lüis, deste amor, desta fineza? Que vós habéis reducido a precepto y obediencia la condición más rebelde de una mujer: ¿quién creyera que doña Clara llegara nunca a verse tan sujeta, que no saliera de casa por decir, que no saliera? En fin, todo se le rinde. Yo tengo notable estrella con mujeres. Bien se ve, pues habéis triunfado desta. Pero decidme, ¿a qué efeto ha sido lo de la priesa de que salgamos de aquí? ¿Tan mal mi dolor lo muestra, que ha menester explicarle, mas que el afecto, la lengua? ¿No os dije que la tapada vi en su casa descubierta, donde, porque entrara yo, os quedasteis a la puerta? ¿No os dije como la hablé, y que es entendida y bella, sin que subsidios de hermosa den excusados de necia? ¿No os dije, como informado de don Pedro, dije que era rica y noble? Sí. ¿Pues cómo dudáis dónde voy? ¿No es fuerza que vaya a estarme en su calle? No digo bien, en la esfera luciente del mejor sol, a cuya dulce violencia arde abrasada la pluma y derretida la cera. ¿No creéis al desengaño, de decir don Pedro que era la pretensión imposible, por su virtud y sus prendas? Si es esa otra parte más, para ser amada esa es hoy la que más me anima, es hoy la que más me alienta. Pues ¿y la comodidad? Pues ¿no es comodidad esta?, ¿si es rica, noble y hermosa, de buena opinión y honesta, y puedo dentro de un mes estar casado con ella? (Sale INÉS con manto.) Apriesa escribió mi ama el papel, y más apriesa yo tras ellos me he venido, y cogiéndoles las vueltas, hasta la calle he llegado de la madama, y aun esta es su casa; allí se paran, yo no quiero que me vean tras ellos, porque no osen de ver que los seguí, sea otra vez de mi delito sagrado su casa mesma. Esta es la calle feliz; pero quién dudar pudiera, que había de vivir Flora en la calle de las Huertas. Este es el balcón por donde, en tornasoles envuelta, sale el alba a todas horas, de jazmines y azucenas coronada, pues el día en sus umbrales despierta. Ya de que los he seguido, desmentida la sospecha está, darele el papel, como mi ama lo ordena: vuelvo a penar en lo mudo. Una mujer encubierta ha salido de su casa. Y hacia nosotros se acerca. De las dos debe de ser, pues que vuelve a hablar por señas. Estas mujeres, sin duda, en casa el hablar se dejan cuando salen della, pues solo hablan dentro della. ¿Es a mí? Sí, pues ya estoy aquí, ¿qué quieres? Espera, mujer. Aquello es decir, que no la sigáis. Ligera volvió la espalda avisando que calle y el papel lea. (Lee.)  El mayor argumento de la nobleza fue siempre la cortesía, la vuestra me asegura la verdad de todo, y así os he menester para fiar de vós un secreto; tened una silla para luego en San Sebastián, y una casa donde pueda hablaros. Dios te guarde. La dama muda. ¿Qué decís dese papel? Decid ahora, que crea a don Pedro y que desista de la posesión. Empresa notable seguís. ¿No os digo que yo tengo linda estrella con mujeres? ¿Qué habéis de hacer? Todo cuanto ordena, y así entre los dos partamos ahora las diligencias, que este es oficio de amigo; id, don Luis, por vida vuestra, pues venimos sin crïado, por la silla y esté puesta al punto en San Sebastián, como dice y cuando venga le diréis, que por no dar de aquesto a un crïado cuenta, os la di a vós, porque hagamos la necesidad fineza, que yo os espero en mi casa. ¿Y si doña Clara acierta a ir allá? Habéis reparado bien, que gran disgusto fuera, que ella llegara a saberlo; ¿qué haremos? Pues es tan cerca la casa deste don Pedro, mejor es llevarla a ella. Es verdad, prevenid vós la silla, por vida vuestra, mientras prevengo la casa. Oíd, de la suya mesma otras dos salen. Mirad si lo han tomado de veras; no malogremos la dicha, vámonos sin que nos vean, que estando aquí, podrá ser que ir a otra parte no quieran. Voy a prevenir la silla. (Vanse.) (Salen DOÑA ANA, DOÑA LUCÍA y PERNÍA.) ¿Qué es, señora, lo que intentas? ¿En este traje de casa sales? A esto amor me fuerza, en la casa de don Pedro he de entrar, ya estoy resuelta, hasta saber si don Juan en ella se oculta o cierra. Pues ¿dónde vas? Esta es la casa. ¿No eres más necia? Pasa de largo, por que deslumbremos las sospechas, si acaso me ha visto alguno salir de casa: ¡ay don Juan!, ¡ay amor lo que me cuestas! (Vanse y salen DON JUAN y DON PEDRO.) Notable sois por cierto. ¿No lo he de ser don Pedro, si estoy muerto de celos y de agravios, las manos sin acción, la voz sin labios? Si yo de vuestros celos, os traigo averiguados los recelos y deshecho el engaño, ¿qué os quejáis? Para mí no hay desengaño. Pues yo puedo deciros, que solo por serviros, ahora cauteloso, y con vuestro poder, don Juan, celoso, de uno y otro crïado, en casa de doña Ana me he informado, si salió esta mañana al parque y dicen todos que doña Ana solo a misa ha salido en su coche a las once y nadie ha habido que lo contrario diga. ¿Pues quién a don Hipólito le obliga, don Pedro a haber mentido? Asegurad vós bien vuestro partido, pero no averigüéis tan neciamente, puesto que miente el otro, porque miente. Queréis ver cuán atento estoy a mi dolor y a mi tormento, pues con creer el daño como a daño, me ha sosegado en parte el desengaño; y así aunque no quería ver a doña Ana al espirar el día, verla y hablarla quiero, y decir, ya que muero, porque muero, dejándome de todo. Pues yo os diré, ya que así estáis, el modo que me parece que hay de prevenilla: vós habéis de escribilla un papel que ha de dalle ese crïado; mas luego lo diré, porque han llamado. (Sale ARCEO.) Hasta aquí don Hipólito se entra. Ya veis lo que perdéis si aquí os encuentra; yo saldré a recibille. Eso no, porque yo tengo de oílle. Pues ¿no os fïais de mí? Yo sí me fío, mas es desconfïado el valor mío. Yo estoy tan satisfecho del honor de doña Ana, que sospecho que viene a retratarse, y así muy poco llega a aventurarse; retiraos. Piedad, ¡cielos!, escuche dichas quien escucha celos. (Sale DON HIPÓLITO.) Don Pedro, siempre vengo a vós, o con el mal o el bien que tengo, ya que de vós me fío, amparadme, pues sois amigo mío. Doña Ana. ¡Hay semejante confusión! No paséis más adelante, no tenéis que decirme que vuestra pretensión constante y firme es tal, que lo creo como es justo. Lejos dais de mi dicha y de mi gusto, que es lo contrario lo que hablaros quiero. ¡Cielos!, ¿qué es esto? Hasta escucharlo espero. ¿Qué he de hacer? Porque temo, que pase este negocio a más extremo. Doña Ana en fin. ¿Quién mi desdicha ignora? Esperad un instante, hablad ahora. (Cierra.) ¿Por qué cerráis? No quiero que esa puerta cuando fuera me voy, se quede abierta; con eso he asegurado aquí, de los cuidados un cuidado, celos y riesgo le han buscado, ¡cielos!; estorbe el riesgo ya que no los celos. Doña Ana pues, este papel me escribe, que busque donde hablarla me apercibe, y pues mi dicha pasa tan adelante, dadme vuestra casa, adonde pueda vella, tapada vendrá a ella; yo he menester a Arceo, que se venga conmigo, que deseo, mientras llega advertido, tener algún regalo prevenido; y pues que la respuesta ha de ser ayudar dicha como esta, quedad con Dios, que con el bien que toco, loco debo de estar, si no muy loco. Oíd, mirad. No me deja mi deseo, (Vase.)  ni lo esperéis, que yo me llevo a Arceo. ¿Qué haré de dos amigos empeñado, si uno me busca y otro está encerrado, y ambos de mí se fían? Triste llego a abrir las puertas, y en las dudas ciego. Don Juan, viendo que aquí; ¡confusión brava!, una desdicha y otra hoy os buscaba, en deshecha fortuna, quise de dos embarazar la una, y porque no saliérades restado, ya que celoso. Todo fue excusado, que oyendo lo que oí, aunque estuviera acierto, no saliera, pues a tal desengaño, cosa es clara que esperar hasta verle cara a cara, necedad en el mundo introducida, solicitar lo que quitó la vida. Esa ahora es mi duda; yo no sé como a tanto empeño acuda; don Hipólito ¡ay cielos! este día, de mí su gusto y vuestra pena fía; mi obligación en vuestras manos dejo, ¿qué hiciérades?, ¡ay Dios!, ¡dadme consejo! Yo no sé lo que hiciera, si vós, don Pedro, fuera en un caso tan nuevo: mas siendo yo, bien sé lo que hacer debo, que es aunque el alma en celos se me abrasa, el respeto guardar a vuestra casa, mas fuera della le daré la muerte, ya que el duelo de amor es ley tan fuerte, que dispone severa, que ofenda la mujer, y el hombre muera. Vós no habéis de salir de aquí. Es en vano, que he de salir. Vuestro peligro es llano. ¿Y esotro no lo es? ¿Queréis que vea hoy mis desdichas yo? Pues así sea, que aquí me estaré digo, y que de mi dolor seré testigo; venga doña Ana de otro enamorada, y mucho iba a decir, no digo nada. Eso tampoco es justo. ¿Pues ni irme ni quedarme no os da gusto? Estoy perdido y loco, ¿qué queréis? No lo sé. Ni yo tampoco. Solo deciros quiero, que aunque como desdichas las espero; estoy tan confïado del honor de doña Ana, que he pensado que este se desvanece, o que su amor algún error padece. Confïanza tan vana, ¿de qué os nace? De ser quien es doña Ana, que es mujer principal. Necio anduviste, si antes que principal mujer dijiste, y ved si engaño habrá, que ya han entrado dos mujeres. Yo estoy desesperado, pues consultando extremos, tratando mucho, nada resolvemos, y ya el lance llegó, no sé qué hacerme, escondeos. Yo no tengo de esconderme. ¿Pues queréis que aquí os vean? ¿Habrá desdichas que mayores sean? Haced esto por mí hasta que sepamos la verdad, y después los dos muramos en la defensa del agravio vuestro. Mi amistad así os muestro; pero con condición; ¡desdicha grave!, que a aquesta puerta he de quitar la llave, y ha de estar siempre abierta. (Vase.)  (Salen DOÑA ANA, DOÑA LUCÍA y PERNÍA.) Oye Pernía, quédese a la puerta. Señor don Pedro Girón, muy admirado estaréis de ver hoy en vuestra casa entrarse así una mujer. Galán y discreto sois, y como todos sabéis, que extremos de amor obligan a más extremos, y pues de alguno se han de fïar, de quien, don Pedro, de quien mejor que de vós, que sois noble, entendido y cortés. (Descúbrese.)  Ya no me queda esperanza; doña Ana, ¡vive Dios!, es. Y querrán que calle yo; mas puesto que así ha de ser, arded, corazón, arded, que yo no os puedo valer. Ya que con vós declarada estoy, don Pedro, sabed en lágrimas y suspiros, mis desdichas de una vez. Y pues sabéis que he venido a vuestra casa sabed (cuanta vergüenza me cuesta) ya, señor don Pedro, a qué; un hombre vengo a buscar, porque de muy cierto sé, que le puedo hallar en ella. A Dïos, don Pedro, porque darme tormento de celos, y querer que calle es nuevo rigor, yo confieso que es mi delito querer; si eso pretendéis de mí. Don Juan, mi señor, mi bien. Doña Ana, mi mal, mi muerte. Dadme los brazos. Detén, no con los brazos añadas al tormento otro cordel, pues ya he dicho la verdad. No sé, ¡vive Dios!, qué hacer; mas porque ni uno entre, ni otro salga el paso cerraré. No cerréis, porque he de irme. No ha de irse, sí cerréis. Pues ¿cómo tan riguroso, cómo tan tirano, pues, agradeces desa suerte haberte venido a ver? ¿A quién? A ti, porque supe que aquí estabas. Bien a fe, buena disculpa has hallado; ¡ha fiera!, ¡ha ingrata!, ¡ha crüel! ¡Qué prompto vive a mentir el ingenio en la mujer! Don Juan, si de las pasadas ofensas, al parecer justas, te dura el enojo, y huyes de mí, ¡ay Dios!, porque estás engañado, ya te vengo a satisfacer. Aquel hombre a quien le diste la muerte. Yo no hablo dél; mira, mira tus engaños, cuáles han llegado a ser, pues quejándome de uno, a otro respondes; y pues son tantos, que unos a otros se embarazan, no me des satisfación de ninguno, que mejor será tener queja de todos, que al fin está mejor puesto aquel, que antes que mal satisfecho, se queda quejoso bien. No te entiendo y si es la queja que yo imagino que es, la que tú sientes, señor, ¿de qué te quejas?, ¿de qué?, que nunca causa te he dado. Pero si no puede ser darla yo, que nunca causa te ha dado mi estrella, ten el paso y dime, ¿qué es esto? Traiciones tuyas, si bien no siento que sean traiciones, porque te llego a perder, pues lo que llego a sentir solo he de decirlo es, que otro merezca en un día lo que en siglos no alcancé a merecer yo y en fin me consuela en parte, que él no te ha llegado a amar, pues te llega a merecer. Si mi desdicha, don Juan, se ha sabido disponer otra evidencia aparente, que yo no alcanzo, ni sé, ¿cómo he de desengañarte?, ¿cómo te he de responder? ¡Vive Dios!, que te han mentido. Es verdad, contigo hablé. ¿Quién te lo dijo? El galán a quién tú vienes a ver. Yo a verte a ti, don Juan, vengo. Es verdad, dices muy bien. Porque supe que aquí estabas. ¿De quién pudiste?, ¿de quién? Desa crïada. Por cuanto llegara el testigo a ser, que no fuera tu crïada; que criadas y amas tenéis pacto explícito a mentir. Esta es verdad. ¿Quién tal cree? Quien quiere bien. Pues yo quiero muy mal por aquesta vez. Pues muera de desdichada. Y yo de infeliz también. (Sale ARCEO.) Abran aquí. Esto es peor. No sé, ¡vive Dios!, qué hacer, que don Hipólito viene. ¿Quieres, ingrata, saber si me has mentido? Pues este el galán que buscas es. Yo me huelgo de que sea, puesto que no puede ser el que busco el que imaginas. Abra, don Pedro, entre pues, y sepa don Juan que miente el que contra mi altivez bajo concepto ha formado. Plega Dios, y aquesta vez, o por vivir o morir, escuchando te estaré, supuesto que es ya mi vida el juego del esconder. (Escóndese.)  (Abre DON PEDRO y sale ARCEO con una fuente con dulces de ladrillo.) ¿Tanto tardan en abrir a quien llama con los pies, que es señal que trae algo en las manos? Vive diez, que queda saqueada toda la tienda del Portugués. Ya don Hipólito viene, señora; ¡pero qué ven mis ojos! ¿Doña Lucía en mi casa? Aquesta vez por el chisme de una dueña, muertes de hombres ha de haber. (Sale DON HIPÓLITO.) ¿Si habrá don Lüis llegado con la silla? Sí, pues ver puedo la dama, ¡ay amor!, todo ha sucedido bien. Seáis, señora, bien venida a este aunque humilde dosel del mayo y el sol, ya esfera de verdor y rosicler. ¡Cielos, qué pasa por mí! ¿Este el marido no es de la que hoy se entró en mi casa? ¡Quién vio lance más crüel! Mal se va poniendo todo. Don Pedro, no tan penada tengáis a esta dama, ved que por vós no se descubre. Yo, por no estorbar, me iré; mas será a estar a la mira. Don Pedro, no os ausentéis, porque habéis de ser aquí de cuanto parlare, juez. Caballero a quien apenas vi, pues si os vi apenas fue, ya que por vós las padezco, ¿conocéisme? No y sí, pues en este instante conozco, y os desconozco también. Conozco, pues, que quien sois muy bien informado sé, y desconózcoos, señora, porque desa suerte habléis. Si os vi en el parque primero, y en vuestra casa después, si para venir a hablaros, llamado fui de un papel, y si habéis venido donde yo os traigo, ¿cómo o por qué así os extrañáis de verme donde me venís a ver? ¿Querrán doña Ana y don Pedro que esto llegue a oír y ver, y no salga? ¡Vive Dios, que infamia del amor es! ¿Yo a veros a vós? Mirad lo que decís, no busquéis desengaños, que a vós solo mal el saberlos esté. Yo en mi vida al parque fui, ni en él os vi ni os hablé; si os entrasteis en mi casa, no me preguntéis a qué, que aunque lo puedo decir, vós no lo podéis saber, que habéis de ser el postrero, que el desengaño toquéis. Basta decir que engañado estáis y que me dejéis, que puede ser sea causa de todo vuestra mujer. ¿Mi mujer? Ahora conozco de que ha podido nacer vuestro enojo, yo hice mal en traeros aquí haced la deshecha norabuena; pero no me acumuléis, que soy casado, que es susto de que jamás sanaré. Ya, ni aun a mentir no acierta doña Ana. Ni yo a tener paciencia; pero si salgo, rompo de amistad la ley. A doña Ana la destruyo, y a mí me pierdo también su efeto; pues en medïo han de estar su criado y él, y es hacer ruido no más, dejando la duda en pie. Pues sufrirlo es imposible, que ¿quién ha podido, quién, oír requebrar a su dama? Haya un medio entre los tres, como yo solo me pierda, donde; pero esto después ha de decir el suceso, ya he visto como ha de ser. (Vase.)  Dejadme, señor, por Dios, y porque mejor miréis, que huyo de vós, y lo más a que se puede atrever una mujer como yo, a voces digo, que quien en este aposento está, mi dueño y mi amante es, y es a quien vine a buscar, y es a quien yo quiero bien, porque a vós no os escribí, ni os vi en mi vida, ni hablé, desmintiendo desa suerte su peligro y mi desdén. Cerró la puerta; ¿quién vio más tramoyera mujer? Desde el punto que la vi, enredadora la hallé. Bien cuerda resolución tomó doña Ana, porque con esto estorba que salga don Juan, que es lo que ha temer llegué siempre. Estoy confuso, y qué he de decir no sé. (Sale DON LUIS.) Yo llego a muy buena hora: don Hipólito ahí está aquella señora ya en la silla. ¿Qué señora? La que esperáis. ¿Qué decís? Que tomó en San Sebastián la silla y que afuera están. Engañado estáis, don Luis, porque la dama a quien yo vengo a ver, ya estaba aquí cuando vine. ¿Cómo así, si ahora conmigo llegó en la silla la mujer que hoy en el parque topamos, a quien seguimos y hablamos? Eso ¿cómo puede ser, si la misma, destapada, aquí la he visto y hablado, y en este aposento ha entrado? No quiero deciros nada, sino que entra ya. ¡Por Dios, que es rigurosa mi estrella! (Salen DOÑA CLARA y INÉS.) Decí ahora si es aquella. O es ella o ellas son dos. ¿Veis, don Hipólito, veis como la dama que estaba hoy aquí a vós no os buscaba? Quitarme el juicio queréis. Mujer dos veces tapada, que a mi deshecha fortuna, por si se me pierde una, se me envía duplicada. ¿No me hablaste en el parque hoy?, ¿no eres tú la que seguí?, ¿y la que en tu casa vi? Confuso otra vez estoy. (Hace señas a todas las preguntas que sí.)  Yo soy, el mi caballero, ya que descubierta os hablo, aquella habladora muda, por las lecciones de un manto. Que viendo que era muy poca vitoria, muy poco aplauso de toda aquesta mujer un hombre no más, buscando ocasión de que alcanzara sola una parte del lauro, le quise dar de ventaja la discreción a mi garbo. Bien pensó vuesa merced, muy necio y muy confïado, que tenía muerta al vuelo la hermosura de los campos. Pues no, señor para todas, y conozca escarmentado, que ha dado vuesa merced, por lo entendido o lo raro, mala cuenta de su amor, pues deja este desengaño vengada la hermosa Filis de los desdenes de Fabio. Pues cuando fuera verdad que yo le amara, pues cuando fuera verdad y celosa, aquí le hubiera buscado, el verme vengada solo me hubiera el amor quitado. Yo lo estoy, con que haya visto, que los celos que me ha dado han sido conmigo mesma, pues nadie pudiera darlos a este talle, que no fuera su mismo desembarazo. Envaine vuesa merced todo ese grande aparato de dulces de Portugal, que le han salido tan agrios, que no es la boda por hoy; pero agradezca el cuidado, que en ella ha puesto el señor casamentero del diablo; que cierto que de su parte nada faltó, porque ha estado con mucha puntualidad con la tal silla esperando, y hizo muy bien el papel, encareciendo el recato, porque es amigo muy fino del que es amante muy falso. Con esto adiós, y ninguno me siga, que si echo el manto, si vuelvo la calle, si otro embeleco desenvaino, les haré creer que soy otra dama aunque al estrado me entre de una mesurada, como esta mañana, cuando le hizo creer que era otra, solo un sombrerillo blanco. (Vase.)  Oye, aguarda, espera, escucha. En toda mi vida he hallado hombre de tan buena estrella con mujeres. ¡Qué burlando estéis, cuando estoy muriendo! Detente, Inés. Será en vano, que vamos muy enojadas. (Vase.)  No sé qué hacer en tal caso; mas sí sé, que es apelar de todo al desembarazo, desengañando hoy la una, y la otra después amando. Gracias a Dios, que con esto ya los celos acabaron de doña Ana y de don Juan, pues todo lo han escuchado; y mi amor, pues doña Clara viene a Hipólito buscando. ¡Cielos!, sin querer he visto mis celos averiguados. Y si el galán y la dama están ya desengañados, aquí acaba la comedia. ¿Oístes ya el desengaño, don Juan? No soy tan dichosa yo. ¿Cómo así? Como cuando yo entré, solo vi un hombre, que atrevido y temerario se echaba por la ventana, que hay, señor, a esos tejados. Pues no acaba la comedia. ¡Qué riguroso, qué extraño afecto de amor y celos! Él iba a salirle al paso; seguir a los dos importa, no suceda algún fracaso. Grande desdicha es la mía, pues cuando vengo buscando hoy, don Juan, finezas tuyas solas, más desdichas hallo. Cuando te siguen sospechas, tú las estás esperando firme y vuelves las espaldas si te siguen desengaños. ¿Qué mujer es esta, ¡cielos!, que hoy en mi casa se ha entrado? ¿Qué hombre es este, que asegura que yo le vengo buscando? ¡Oh nunca en el tiempo hubiera, oh nunca hubiera en el año, si es que la culpa han tenido de enredos y enojos tantos, las mañanas floridas de abril y mayo! Jornada Tercera Sale DON JUAN, como a escuras. Nada me sucede bien; ¿qué roca habrá que contraste tanta avenida de penas, tantos golpes de pesares? Del aposento en que estaba por testigo de mis males, imposibles de sufrirlos, ya posibles de vengarme; celoso y desesperado, salir pretendo a la calle a esperar a aquel galán tan feliz que coronarse pudo de tantos favores, de dichas que son tan grandes. Echeme por la ventana, porque allí no me estorbasen la venganza de mis celos, presumiendo que era fácil, ganando desde el tejado de la puerta los umbrales, y saltando dél a un patio, donde la ventana sale, perdí el tino y di a otra casa; pero parece que abren una puerta y entra gente, y con las luces que traen percibo mejor las señas: ¡hay suceso semejante! ¡Vive Dios, que esta es la casa de doña Ana, si tomase hoy puerto en el mismo golfo esta derrotada nave! Ella es, ¿qué he de hacer, cielos? Que no es bien que aquí me halle, y presuma que he venido cobardemente a quejarme de mis celos, sin vengarlos, ¡hay confusión más notable!, ¿qué haré? ¿Que no me está bien ya ni el irme ni el quedarme? (Escóndese y salen DOÑA ANA y DOÑA LUCÍA con luz.) Quítame este manto; gracias a mi fortuna inconstante que me ha dado, ¡ay infelice! Un solo punto un instante de tiempo para llorar, de lugar para quejarme. Y así, ya que estoy a solas, sean tormentas, sean mares mis lágrimas y mis quejas entre la tierra y el aire. Señora, si dese modo tan justos extremos haces, triunfará de amor la muerte, consuelo tus penas hallen, que para todo hay consuelo. Que si don Juan, por guardarle a don Pedro aquel decoro que debió a sus amistades, se arrojó por la ventana, y en su seguimiento parten don Pedro, Arceo y Pernía, porque los dos no se maten. Y cuando se medie, ¡ay triste! Mi temor, ¿para adelante puede ya dejar de ser lo que fue? ¿Pueden borrarse de la memoria los celos, en que yo no tuve parte? De cuanto yo desde aquí puedo a las dos escucharles, nada entiendo y solo entiendo, que temo que me declaren mis congojas, mis desdichas, mis recelos, mis pesares, porque no es posible, no, que un celoso sufra y calle. Acuérdate, por tu vida, porque en la cama descanses. No hay descanso para mí, fuera de que he de esperarle a don Pedro, que le dije que con lo que le pasase en alcance de don Juan, pues todos van a buscarle, viniese a avisarme y ya parece que llaman, abre. (Salen DON PEDRO, ARCEO y PERNÍA.) Señor don Pedro, ¿qué hay? Que todo ha salido en balde. ¿Cómo? No habemos hallado a don Juan y es bien notable suceso, porque de aquella ventana que al patio cae, para salir al portal hay una puerta y la llave está echada de manera que ha sido imposible hallarle, cuando ni en mi casa está, ni salir pudo a la calle. No le hemos buscado bien, si va a decir las verdades, porque a un celoso, señora, lo ha de buscar el que hallarle quisiere ahogado en los pozos, o ahorcado por los desvanes. Ya le he dicho que se meta en juntar sus consonantes, y no hable palabra donde yo estoy. Quínola pasante, también yo le tengo dicho, que de dar lanzadas trate, y sacar no para el toro, para el lacayo el alfanje, y no más. Entre dos ruines sea mi mano el montante. No es posible hallarle en fin. Son mis penas, no os espante, y bien dicen que son mías, pues ellas disponer saben tantas falsas apariencias, que me culpen y le agravien. Plegue a Dios, señor don Pedro, que él me destruya y me falte, si aquel hombre vi en mi vida, sino hoy, que pudo entrarse aquí tras de una mujer, a quien siguió desde el parque, y viome a mí; mas ¿por qué lo digo ¡ay Dios! si escucharme no puede don Juan y doy satisfaciones al aire? Quedad, señora, con Dios, que por si vuelve a buscarme a mi casa, vuelvo a ella; ¿qué mandáis? No es bien que os mande, que os ruegue sí, que volváis a la mañana a contarme lo que hubiere sucedido. Quedad con Dios. (Vase.)  Él os guarde. Lucía, cierra esas puertas y entra después a acostarme, que he de madrugar mañana, porque he de salir al parque a hacer una diligencia. ¡Oh si a este vivo cadáver hoy ese lecho de pluma, sepulcro fuera de jaspe! ¿Al parque mañana? ¡Ay cielos! No estos desengaños basten, vuelvan atrás mis desdichas, pues pasa el riesgo adelante. De todos estos enredos, de todos estos debates, vós tenéis, doña Lucía, la culpa, pues vós contastes a vuestra ama que en mi casa estaba don Juan. De tales sucesos, quien me lo dijo a mí tiene mayor parte. Que ya sabe quien me cuenta a mí el suceso que sabe, que es decirme que lo diga, el decirme que lo calle. Eres tan dueña, que puedes servir desde aquí adelante de molde de vaciar dueñas. Tú escudero vergonzante. Eres dueña. Eres un loco. Eres dueña. Tú bergante. Eres dueña. Tú un bufón. Eres dueña. Tú un infame. Eres dueña. Tú un sucio. Ítem más, dueña y no trates de desquitarte, porque no has de poder desquitarte. ¿Cómo no? Eres... Di, di. Mal poeta. ¡Tate, tate!; ¿poeta dijiste? Adiós, dueña, que ya quedamos iguales. ¿Desta manera te vas? Pues ¿qué quieres? Que te aguardes aquí, mientras que mi ama acaba de desnudarse, y volveré a hablar contigo un rato. (Vase.)  Aquí espero: Madres, las que a los hijos paristes para nocturnos amantes de viejas, mirad en mí las desdichas a que nacen. Esperando una estantigua estoy, confuso y cobarde, aquí donde mis suspiros pueblan estas soledades. (Sale DON JUAN.) Ahora, desconfïanzas, es tiempo de aconsejarme, si esto que pasa por mí son mentiras o verdades. El recatarme me importa de doña Ana ella no sabe, que la escucho y en suspiros, que mal pronunciadas salen desde el corazón al labio, me ha dado ciertas señales de que mi desdicha llora, de que siente mis pesares. Estos crïados no pueden engañarse ni engañarme, puesto que Arceo a Lucía la contó, como ocultarme pude en casa de don Pedro, y ella a doña Ana, bastante desengaño de que fue entonces ella a buscarme. Mas, ¡ay de mí!, si es esto como dicen señales tales, ¿don Hipólito a qué efeto dijo que a él iba a buscarle?, ¿o qué mujer es aquesta?, y en fin, ¿para qué ir al parque mañana quiere doña Ana?, ¿para que a mí no me falte cuidado? Pues, ¡vive Dios!, que tengo de averiguarle: si aquí estoy será imposible que disimule y que calle, y imposible si me ven, de que la ida del parque averigüe; luego irme será lo más importante. Este crïado a Lucía espera, mientras no sale, no está cerrada la puerta, salir pretendo a la calle, por seguirla donde fuere: que me prendan o me maten, todo, todo importa menos, que no que me desengañe. Ya siento pasos, Lucía, seas bien venida, dame los brazos; barbada vienes, ¿quién es? Callad, que no es nadie. ¿Cómo no es nadie? Yo soy tan cortés y tan galante, que antes creeré que sois muchos; ¡ay, ay! ¡Vive Dios, que os mate si no calláis! (Dentro.)  ¿Qué ruido es aquel? (Sale DOÑA LUCÍA y topa con DON JUAN.) Eres notable; ¡es posible que tu miedo tan grandes estruendos hace, que des voces! Sal de presto, para que aquí no te hallen; vente tras mí. Vamos, cielo hasta que me desengañe he de callar, que esta es propria condición de amantes. (Al entrar se topa DON JUAN con ARCEO.) Otro diablo, ¡vive Dios!, que tienen aquestos lances cosas de la dama duende. (Sale DOÑA ANA medio desnuda con luz.) Hola, ¿no responde nadie? Mas, ¡ay de mí! Yo me embozo, por ver si puedo excusarme de que me conozcan. Ya no hay peligro que me espante, pues ya está en la calle Arceo; ¿mas no es el que está delante? ¿Quién era, si el está aquí, el que yo puse en la calle? Aquí muero. Caballero, que recatado el semblante, la noble clausura rompes destos sagrados umbrales, si necesidad acaso te ha obligado a extremos tales, de mis joyas y vestidos francas te daré las llaves; ceba tu hidrópica sed en sus telas y diamantes; pero si más codicioso de honor que de hacienda haces estos extremos, te ruego, ¡estoy muerta!, que no trates con tal desprecio ¡ay de mí!, el honor, ¡estoy cobarde!, de una mujer infelice, sujeta a desdichas tales. Porque si osado a mi afrenta a aqueste cuarto llegases, ¡vive Dios!, que antes que intentes hablarme palabra, que antes que ofenda al dueño que adoro, yo con mis manos te mate. Porque si lágrimas solas no enternecen un diamante, rompiéndome el pecho yo, le sabré labrar con sangre. No labraréis, si yo puedo, que fuera mucho desaire ser pelícana una dama y ser labradora un ángel. Grandes casos de fortuna a vuestra casa me traen, no hacer mella en vuestras joyas ni a vuestra opinión ultraje. Y porque os aseguréis de mi término galante, segura quedáis de mí; a Dios, señora, que os guarde. (Vase.)  ¡Qué miro! ¿Fuese ya? Sí. Echa a esa puerta la llave: y pues ya la blanca aurora, venciendo las sombras sale, no me quiero desnudar; ¡ay don Juan, si esto mirases, quien de que era culpa mía pudiera desengañarte! (Vanse y salen INÉS y DOÑA CLARA de corto, como primero.) ¿Al parque vuelves? Rendida, sin ley, razón ni sentido, donde la vida he perdido, vuelvo Inés a hallar la vida. Bastante está lo sentido, y si yo no me he engañado, toda la gloria ha parado en que has, señora advertido de ayer el raro suceso. ¿De qué sirviera negar con la lengua mi pesar si con llanto lo confieso? Vana de que hallarse había don Hipólito burlado, le llamé y su desenfado burló de la industria mía. Que aunque es verdad que me dio satisfaciones, que allí por mi respeto creí, Inés, por mi gusto no. Pues que me pudo negar, que fue donde otra mujer le llamaba y mi placer se convirtió en mi pesar. Yo misma ¡ay de mí! encendí el fuego en que triste peno, yo conficioné el veneno que yo misma me bebí. Yo misma desperté, yo, la fiera que me ha deshecho, yo crié dentro del pecho el áspid que me mordió. Arda, gima, pene y muera, quien sopló, conficionó, alimentó, despertó, veneno, ardor, áspid, fiera. Bien en tantos pareceres, hoy dirán cuantos te ven, que solo queremos bien tratadas mal las mujeres. ¿Para qué habemos venido al parque con tan crüel pena? A ver si viene a él don Hipólito. Él ha sido por cierto, muy lindo ensayo. Si hoy doy tregua a mis temores, yo os coronaré con flores mañanas de abril y mayo. (Vanse y salen DON HIPÓLITO y DON LUIS.) En efeto hasta su casa a doña Clara seguí como visteis, y la di del engaño que me pasa satisfaciones, diciendo ¿qué ofensa era ir a ver, llamado de una mujer, lo que mandaba? Y haciendo extremos de enamorado, que supe fingir muy bien; porque ya no hay, don Luis, quien no haga el papel estudiado, la dejé desenojada, atenta a mi desengaño; y al fin con su mismo daño, vino ella a ser la engañada, pues mis extremos creyó, siendo así, don Luis, verdad que vida, alma y voluntad la doña Ana me robó. Porque una vez persuadido de que me llamaba a mí, y hallarla después allí, me empeñó y haber creído que ella fue quien me llamó. Vós tenéis lindo despejo. ¿Fuera más cuerdo consejo darme por vencido? No. Mas a haberme sucedido a mí lo que a vós con ellas, jamás yo volviera a vellas de turbado y de corrido. Fuera linda necedad; puntualidades tenéis tan necias, que parecéis caballero de ciudad. Mira si aquesta fortuna a corrella te acomodas, querer por tu gusto a todas, por tu pesar a ninguna. (Salen DOÑA ANA vestida como DOÑA CLARA y DOÑA LUCÍA.) Ya estás en el parque, ya decirme, señora, puedes, ¿con qué intento deste modo a su hermoso sitio vienes? Si has de verlo, ¿para qué que ahora te lo diga quieres? Que es retórica excusada decir las cosas dos veces, y más cuando están tan cerca de suceder, que presente está el que vengo buscando. El hombre, señora es este de los engaños de ayer, si mis ojos no me mienten. Por él lo digo, pues solo he salido a hablarle y verle, donde por la obligación, que a ser caballero tiene, desengañe mi opinión, pues los que son más corteses caballeros, siempre amparan el honor de las mujeres. ¿Para aquesto de tu casa al parque, señora, vienes, donde es una culpa más, si aquí acertaran a verte? Don Juan está retraído donde quiera que estuviere, y solo este sitio, donde hay tal concurso de gente, no se atreverá a venir; y así más seguramente es donde le puedo hablar. Plega Dios que no lo yerres. Tápate y llega a llamalle; di que una mujer pretende hablarle, que se retire del amigo con quien viene. Caballero una tapada a solas hablaros quiere, que es la que miráis, seguidnos. Doña Clara es, claramente lo dice el traje otra vez al engaño de ayer vuelve, mas hoy no lo ha de lograr. Notable, ¡vive Dios!, eres, pues que tan mal te aseguras de quien te estima y no ofende. Si buscáis satisfaciones mayores de las que tienes, no he menester que me sigas, pues en el alma está siempre. Por otra me habéis tenido, en vuestras voces se infiere, y quiero desengañaros desde luego; ¿conoceisme? Otra vez me preguntaste, en otra ocasión más fuerte eso mismo y respondí que sí y que no y me parece pues siempre es una la duda, dar una respuesta siempre. Si os conozco, pues que os miro, no os conozco, porque suelen los bienes pasarse a males, y hoy al revés me sucede. Seguidme hacia la Florida, porque hablaros me conviene donde estéis solo y decidle a ese amigo que se quede. (Vanse.) Don Luis, de nueva ventura podéis darme parabienes: doña Ana es esta tapada, agora no puede hacerme engaño, que yo la he visto con mis ojos claramente. ¿Veis cómo fue la de ayer esta misma?, ¿veis si vuelve a buscarme? Aquí os quedad, y murmurad si os parece, el haber dicho que tengo buena estrella con mujeres. (Salen DOÑA CLARA y INÉS.) Don Hipólito está aquí. Pues no andemos más, detente. Ya os sigo, guïad, señora doña Ana, donde quisiereis, que yendo con vós, hermosa deidad destos campos verdes, cualquiera sitio será la Florida, que le deben a vuestros ojos de fuego, y a vuestras plantas de nieve púrpura y verdor las flores, cristal y aljófar las fuentes. Doña Ana dijo: ¡ay de mí!, mas ¡qué nuevo engaño es este! Mas no tarde en discurrillo quien averiguallo puede; la Florida es el lugar citado y a él me conviene llevarle; venid. Fortuna, ¡oh cuánto mi amor te debe!, pues seguro de los celos de doña Clara, me ofreces a doña Ana; triunfo hermoso de tu gran deidad es este. (Vanse todos y sale DON JUAN.) Hacia esta parte bajó doña Ana, que entre la gente que venía la perdí de vista; pero no puede esconderse y es verdad, pues cuando a mí me mintiesen tantas señas, me dijera verdad mi infelice suerte. Con don Hipólito va hablando, ya no hay que espere, muera de cólera y rabia, quien de amor y celos muere. ¡Válgame el cielo, qué miro! Don Juan de Guzmán es este; ¿señor don Juan de Guzmán? ¿Quién llama? ¡Quién vio más fuerte confusión! Este es don Luis. Donde quiera que yo viere a quien a mi sangre agravia, y a quien mi opinión ofende, primero que con la lengua, sin ceremonias corteses, le saludo con la espada, voz de honor más elocuente; sacad la vuestra, porque con más opinión me vengue. Yo no he rehusado en mi vida, con la mía responderle a quien me habla con la suya, y si matarme os conviene, daos priesa, que si os tardáis, os podrá quitar la suerte otra herida y no es capaz una vida de dos muertes. No os respondo, porque ya hablar el acero debe. Con doña Ana entró en la huerta don Hipólito, ¡oh aleve pena!, ¿quién creerá que allí me agravian y aquí se venguen? Desguarneciose la espada. Daros pudiera la muerte; pero porque echéis de ver, como mi valor procede, y como debí de darla a vuestro primo igualmente, pues el que fuera una vez traidor, lo fuera dos veces; porque ser uno cobarde no es defeto que se pierde, id por espada que aquí os espero. ¡Trance fuerte! pues quien me agravia me obliga, pues me halaga quien me ofende; mas yo sé qué debo hacer, esperad, que brevemente volveré. Ya veis el riesgo a que estoy si aquí me viesen, y por quitarme del paso, que ya lo veis que ya es este, dentro estoy de la Florida. Antes de un instante breve a ella volveré a buscaros. (Vase.)  ¿Qué haré en penas tan crüeles que un inconveniente es sombra de otro inconveniente? Cuando sigo un daño, otro en mi seguimiento viene, uno busco y otro hallo, y en todos no sé qué hacerme, que soy en un caso mismo persona que hace y padece. Si a don Hipólito sigo, falto a don Luis neciamente, si espero a don Lüis, falto a mis celos; mas ¿qué teme mi valor, no es morir todo? Máteme el que antes pudiere; don Hipólito o don Luis, pues cosa justa parece, si me busca el que yo ofendo, que busque yo al que me ofende. (Vase y salen DOÑA CLARA y DON HIPÓLITO.) En aqueste hermoso margen, en este florido albergue, que la hermosa primavera a tanto estudio guarnece, podéis decirme, señora doña Ana, a lo que esto os mueve, pues ya sabéis que he de estar a vuestro servicio siempre y no esa grosera nube tan bellos rayos afrente; amanezca vuestro sol, pues ya el del cielo amanece. Yo haré lo que me mandáis, que a conceptos tan corteses, que a discursos tan galantes, hace mal quien no obedece. (Descúbrese.)  ¡Doña Clara es, vive Dios! ¿Qué os admira?, ¿qué os suspende? Yo soy, proseguid, que va el discursillo excelente. Ni me suspendo ni admiro, sino solo de que pienses que no te había conocido, y sabido que tú eres; pero quíseme vengar de que salgas desta suerte de casa, trocando el nombre. ¡Oh qué anciano chiste es ese! ¡Vive Dios, que cuando dije a don Luis que no viniese tras mí, le dije quien eras! Venga él, y si no dijere que es verdad, castiga entonces mis culpas con tus desdenes; yo voy por él y dirá. Todo cuanto tú quisieres; no le llames. Pues ¿por qué? Porque es el Muñoz que miente mas que vós del refrancillo. No, no; mejor es que entre a desengañarte: y no es sino que yo busco este desahogo, con que pueda admirarme y suspenderme de que de una mano a otra así una mujer se trueque. (Vase y sale DON JUAN.) De toda la Florida, la esfera de matices guarnecida, celoso he discurrido, y hallar en ella, ¡ay cielos!, no he podido mis celos: ¿cuándo, ¡cielos!, se hicieron de rogar tanto los celos, que se esconden buscados? Mas huyen, porque están ya declarados. ¿No es aquella doña Ana? Vano es mi enojo y mi venganza vana, pues sola la he topado: ¿quién creerá que es tan necio mi cuidado, que me pesa de vella, no estando don Hipólito con ella? Volverme quiero; pero ¿cómo, ¡cielos!, podré, que son mis rémoras mis celos? Fiera enemiga mía, falsa sirena y enemiga harpía, esfinge mentirosa, áspid de nieve y rosa, ¿dónde está aquel amante, que tan firme te adora, tan constante? Porque me vengue en él de ti mi acero, y no en ti de mi lengua. Caballero, vós venís engañado con tanta pena y tanto desenfado, pues ocasión no ha habido, para que a mí tan necio y atrevido me habléis, sin conocerme, con desprecio. Decís bien, atrevido anduve y necio, por otra dama os tuve, que como a luna y sol guarda una nube: con embozos de sol hallé una luna; perdonad mi señora, que no hablaba con vós. (Sale DOÑA ANA.) Yo puedo ahora serviros de testigo, pues no hablaba con vós, sino conmigo. Pues si con vós hablaba, hable con vós, que aquí mi enojo acaba. (Vanse.) Mucho me huelgo, don Juan, de que hayáis llegado a tiempo, que os desengañen y engañen a vós vuestros ojos mesmos. Porque si vós padecéis a un mismo instante estos yerros, ya es fuerza que lo creáis, como quien pasa por ellos. Pues pensar que lo que vós creéis, no puede otro creello, es hacer más advertido al otro y a vós más necio, y no hay ninguno que quiera tan mal a su entendimiento. ¡Oh qué necio desengaño, doña Ana! Pues cuando veo, que es verdad que me engañaron mis ojos, también advierto, que el desengaño me ofende, pues tú le traes a este puesto. Luego, ¿engaño y desengaño todo ha sido engaño? Luego, ¿no te puedes excusar del agravio de mis celos? Pues hoy, como del engaño, del desengaño me ofendo, pues el engaño era agravio, y el desengaño es desprecio. En haber venido aquí, ni te engaño ni te ofendo, pues por ti solo he venido. ¿Pues pudiste tú saberlo? No, mas pude adivinarlo desta manera viniendo por hacer que te buscara don Hipólito. ¿A qué efeto? A efeto de que te diese la satisfación él mesmo. ¡Oh qué necia prevención! Porque cuando da muy necio el que fue segundo amante al que fue amante primero, de celos satisfaciones, es cuando le da más celos. No hagas graduación de amores pues no soy mujer que puedo tener primero y segundo. Calla, calla, que me acuerdo de una noche: mas aquí, más que yo, dice el silencio. Pluguiera Dios las disculpas, que yo desa noche tengo, pudiera significarte, pero puedo, si no puedo, con decir que soy quien soy. Ojalá bastara eso. Sí bastara, si me amaras. Porque te amo no te creo. Pues ves aquí que en mi casa, anoche un hombre encubierto estaba, que allí se entró. Di. De la justicia huyendo, y en efeto, enternecido a mi llanto o a su esfuerzo, se fue y si le vieras tú salir de mi casa, es cierto que pagara yo la pena de la culpa que no tengo. No hiciera, cuando aquel hombre fuera un hombre como Arceo, que es el que anoche en tu casa, escondido y encubierto, le tuvo doña Lucía. Por Dios, que me ven el juego. ¿Qué dices? Lo que es verdad. ¡Hay tan grande atrevimiento! Pero siendo un hombre noble el que entonces quedó muerto, y abriendo con llave, ¿no entraba? Pero no quiero pronunciallo, por no ser víbora yo de mi aliento. Quédate a Dios, que te guarde, doña Ana, para otro dueño, que son muchos desengaños para un hombre que va huyendo; por esperar a don Luis, solo me voy y me quedo. (Vase.)  Tente, espera, escucha, aguarda, ¿quién diría mis secretos? (Sale DON HIPÓLITO y atrás DOÑA CLARA.) No pude hallar a don Luis en todo el parque. Yo vuelvo tras don Hipólito, a ver en que paran sus enredos. ¡Qué hubiese tan mala lengua! Pero, ¡vive Dios!, que es cierto Clara, que te conocí desde el instante primero. No hicisteis, porque si hubierais conocídome, sospecho que no os debiera mi honor, don Hipólito, estos riesgos; advertid que habláis conmigo. ¿Qué tramoya es esta, cielos? No hablabais sino conmigo como vós dijisteis, puedo decir yo, que yo también quien hable conmigo tengo. ¡Vive Dios, que me han cogido por hombre las dos en medio! Pues aunque vós me imitéis a mí, imitaros no puedo yo a vós, que no he de dejaros sin averiguar primero un engaño con los dos. ¡Qué haya en el mundo parleros! Pues ¿qué esperáis? Un testigo que ha de oírlo y ha de verlo, y él viene ya, que esta sola piedad al cielo le debo. (Salen DON PEDRO, ARCEO y DON JUAN.) No habéis de ir desa suerte, ya que en el parque os encuentro, después que toda la noche os busqué. Mirad que tengo que hacer, que me va el honor. Oíd a doña Ana primero. ¿Qué hay Lucía? Parlerías, ya todo se sabe, Arceo. Gracias a Dios que llegáis, don Juan, una vez a tiempo que mi verdad me ha informado; decid, doña Clara, ¿es cierto que ayer fuistes a mi casa, de don Hipólito huyendo, y que él creyó que yo fui la tapada? Sí, y queriendo cortesanamente hacerle una burla, escribí luego un papel en vuestro nombre, y en la casa de don Pedro le fui a ver, donde pasó lo que proseguirá él mesmo. Con esto, don Juan, he dado los desengaños que puedo, el cielo en los otros hable, pues solo los sabe el cielo. (Sale DON LUIS.) Señor don Juan de Guzmán. Peor se va poniendo esto. Por Dios, que le ha conocido don Luis, el primo del muerto. Este es don Juan de Guzmán, el no conocerle siento, para haber en vuestra ausencia hecho. Esperad, teneos, que este duelo ha de vencer la hidalguía y no el acero. Pudiérades esperar a verme solo en el puesto. Importa que haya testigos para lo que hacer intento. A que fuese por espada, que se me quebró riñendo con vós me disteis lugar, si tardo disculpa tengo, pues por haberos escrito este papel, me detengo: de la causa en que soy parte; este es el apartamiento. Que si deudor de una vida erais mío, noble y cuerdo me la disteis, contra vós derecho ninguno tengo. Y si entonces no lo hice, fue porque allí no teniendo espada, no presumierais que os daba el perdón de miedo, y así os la entrego, don Juan, cuando en la cinta la tengo. No solo me dais la vida, sino el honor, y pues viendo estáis la dama, que fue la ocasión deste suceso, ella os pague con los brazos lo que con alma no puedo. Pues con vuestras amistades todos las nuestras hacemos. No hacemos, porque si ya no tengo quien me dé celos, no tengo a quien quiera bien. Pues ¿hay más de no quereros? Arceo y doña Lucía se casen luego al momento. Mas que nace el Antecristo de Lucías y de Arceos. Mañanas de abril y mayo dan fin, perdonad sus yerros.