El Astrólogo Fingido Comedia Famosa Personas que hablan en ella: Morón. Don Diego. Don Juan. Don Carlos. Don Antonio. Leonardo. Otáñez, escudero, vejete. Doña María. Beatriz. Violante. Quiteria. Primera Jornada Salen doña María y Beatriz, criada. ¿Y que pasó tan galán? A todo cuanto miraba a un mismo tiempo causaba amor y envidia don Juan. Llevaba un vestido airoso sin guarnición ni bordado, y con lo bien sazonado no hizo falta lo costoso; muchas plumas que, llevadas del viento, me parecía que volar don Juan quería; botas y espuelas calzadas. Con esto y con su buen talle, sin quitar de tu ventana la vista, aquesta mañana dos veces pasó la calle. Por la pintura que has hecho, Beatriz, toma este diamante. Justo será que me espante de ver agrado en tu pecho tratando cosas de amor, si no son albricias ya de ver que don Juan se va. Diferente es el rigor que siento. Pues tu hermosura, porque amor se satisfaga, tan bien las pinturas paga, escúchame otra pintura: al tiempo que ya dejaba la calle don Juan, entró en ella don Diego, y yo, como en la ventana estaba, le vi en un caballo tal que, informado dél el viento, dejó de ser elemento por ser tan bello animal. Con las manos confirmaba el freno en tanta armonía que el son con la boca hacía a cuyo compás danzaba. ¡Si le vieras qué brioso sacó el brazo, qué galán pasó! Hablemos de don Juan y deja aquese enfadoso. ¿Si se habrá partido ya, Beatriz? ¿Sabes dónde fue, si vendrá presto? No sé. Mas ¿qué cuidado te da que se vaya si ha dos años, señora, que te ha servido y que solo ha merecido desprecios y desengaños? Váyase, y a sus desvelos podrá hacerlos resistencia, que es muerte de amor la ausencia adonde faltan los celos. Pésame que los enojos que hasta agora he resistido no los hayas conocido en el llanto de mis ojos. Ay, Beatriz, amiga mía, no sé cómo hablar, no sé cómo decirte que amé a don Juan desde aquel día que conocí su afición; aunque constante vencí mi pena, porque temí la opinión de mi opinión, que un hombre con solo hablar es más que fácil deshonra, bastante a quitar la honra que muchos no pueden dar. Mas ¡qué desigual fortuna que una lengua ponga menguas en mil honras y mil lenguas no puedan dar sola una! Yo, temerosa de ver público mi deshonor, puse silencio en mi amor, mas fue silencio en mujer, pues hoy la ausencia provoca a que salgan mis enojos en lágrimas a los ojos y en suspiros a la boca. Si en ausencia te declaras, ¿lo mismo te sucediera con don Diego si él se fuera? Mal en mi daño reparas, pues cuanto la pretensión de don Juan mi pecho enciende, tanto don Diego le ofende. En tu amor y tu elección dos novedades me ofreces. ¡Querer al de menos fama, hacienda y nobleza! Dama de comedias me pareces, que toda mi vida vi en ellas aborrecido el rico y favorecido el pobre, donde advertí su notable impropiedad, pues, si las comedias son una viva imitación que retrata la verdad de lo mismo que sucede, a un pobre verle estimar ¿cómo se puede imitar, si ya suceder no puede? Sale Otáñez, escudero. Don Juan de Medrano pide licencia para besarte las manos. Ya viene a hablarte antes de irse. ¿Quién lo impide? Sale don Juan. Con licencia me atreví a entrar donde ardiendo están dos soles. Señor don Juan, ¿espuelas y plumas? Sí, que no me bastó llevar espuelas para correr, y ansí hube menester las plumas para volar; que quien ausentarse intenta del sol bien es que presumas que ha de valerse de plumas. ¿Qué mandáis? Escucha atenta. Si a quien se ausenta o se muere licencia se le permite de hablar, por ausente y muerto licencia don Juan te pide: muerto, porque vive ausente de ti; ausente, porque vive muerto en tu gracia, que juntas en mí vida y muerte asisten. En fin, por última vez que he de hablarte y has de oírme; mis libertades perdona y mis disculpas admite, que te quise habrá dos años —si me muero, no te admires, pues fue mi culpa el quererte, que confiese que te quise—, tantos ha que a tus dos soles alas de cera previne; mas, si a tu nieve se hielan, si a tus rayos se derriten, ¿qué mucho que tanto fuego abrasado me derribe a las ondas de mi llanto, que un mar de lágrimas finge? Dos papeles te escribí, bien sabes tú cuán humildes, porque, a no serlo, no fueran hijos de un amor tan firme. Engañada los tomaste, pero tú, que iguales mides ingratitud y belleza, callando me respondiste. Un día que a tu jardín pude atrevido seguirte y entrar en él, porque el campo atrevimientos permite, entre sus flores te vi con tal belleza que hiciste competencia a su hermosura y ventaja a sus matices. Corrida Naturaleza de sus pinceles sutiles, perdió la esperanza, viendo que imitarse era imposible; y dijo: «pues ya no puedo excederme, no me estimen, que ya no tengo qué hacer después que este asombro hice». Un jazmín tu mano hermosa robaba, y él apacible rindió sus flores al suelo porque tus plantas las pisen. Y dijo, viendo que ufanos blancura y olor compiten: «Quita a mis hojas sus flores y tus manos no me quites, pues es lo mismo tener tus manos que mis jazmines». Aquí me acuerdo que yo llegué turbado a decirte que estimases mis deseos; no sé bien qué más te dije de un firme amor, pero sé lo que tú me respondiste, que fue que nunca te viera —¡brava respuesta y terrible sentencia, ingrato precepto, cruel rigor, hado infelice!—. Y, viendo al fin que es en vano que un desdichado porfíe contra su estrella y que es bien que te obedezca y me prive de verte, pues tú lo quieres, porque en mis desdichas mires el estremo de obediencia a que llega un amor firme, mañana a Flandes me parto a servir al gran Felipe, que el cielo mil años guarde, donde mi valor imite de mis nobles ascendientes tantas vitorias insignes. Bien sé que imposible es vivir sin ti, mas previne un imposible de amor vencer con otro imposible. Quédate con Dios, y al cielo le ruego que, apenas pise de Flandes la tierra, cuando la primer bala que tire el enemigo me acierte, si quien desdichado vive puede morir y hay alguna muerte para el infelice. Mas yo te doy mi palabra que, si el cielo me permite dicha y por ella merezco algún lugar que acredite la sangre que me acompaña, que ha de ser para servirte. Y, si en tanto nuevo dueño te merece más felice, ruego al cielo que le goces por tantos siglos que imites la edad del sol, sin que tengas solo un instante de eclipse. Tú le quieras y él te adore, para que en los dos envidie en tus gustos lo que quiero y en los suyos lo que quise. Y, cuando más fácilmente de aquesta verdad te olvides, habrá quien más te merezca, pero no quien más te estime. Con esto, señora, adiós, que mi libertad no pide, por saber que ya la tiene, licencia para partirse. Don Juan, espera, detente, mientras procuro romper las prisiones a un secreto que tantos años guardé; pero es tanta la vergüenza que tengo que al parecer un lazo la lengua oprime y la garganta un cordel. Muda la voz, torpe el labio, temo y dudo, mas ¿por qué temo y dudo, si al fin somos él secreto y yo mujer? ¡Ay de mí!, que no sé cómo empiece a hablarte, no sé cómo decir que te quise, don Juan, que te quise bien desde el día que engañada tomé el primero papel. Mas ¿qué vitoria me diera lo que amé, sufrí y callé, si yo en mis propios deseos no tuviera qué vencer? Mas hoy que amor en mi pecho mina de pólvora es que, mientras más oprimida, revienta con más poder, por la boca y por los ojos sale porque ya no estés de mi ingratitud quejoso ni dudoso de mi fe. No fue el alma tan ingrata como la apariencia fue, que en tu amor he parecido, pero no he sido, cruel. De mi silencio la causa ha sido, don Juan, temer; perdóname este temor si es que te ofendí con él, que tengo honor, que soy noble y que ya la opinión es tan difícil de ganar cuanto fácil de perder, y no hay desdicha mayor que rendir una mujer el santo honor que la ilustra a la lengua descortés no de aquel que ha merecido su gracia, sino de aquel amigo poco leal y criado nada fiel. En fin este recelar, este dudar y temer, hizo en mi cobarde amor aquel pasado desdén. Mas, ya que rompo el silencio, como palabra me des, como noble, que ni amigo ni criado ha de saber aqueste amor, para hablarnos ocasiones buscaré, si es que la partida tuya puedes, don Juan, suspender. Será única secretaria deste amor Beatriz, de quien fío lo que de mí misma, porque su silencio sé. Y, si no, viéndote ir, ya por consuelo tendré haberte dicho mi amor porque te vayas con él. Y no me agradezcas, no, don Juan, el quererte bien, porque solo el declararme me tienes que agradecer. Déjame que agradecido el alma ponga a tus pies, que responda con callar porque empiece a obedecer. Y plegue a Dios que con este acero que al lado ves y en cuya cruz pongo agora la mano muerte me dé a traición el más amigo si quebrantare la ley del secreto y ofendiere de tu amor la firme fe. Las espuelas y las plumas dejo; que fueron diré las espuelas para ir, las plumas para volver. Mas, con todo, por cerrar la boca al vulgo cruel, que de todo piensa mal y de nada juzga bien, en la casa de un amigo con gran secreto estaré unos días; luego pleitos o enfermedad fingiré por dar color a la vuelta, si mi dicha puede hacer que hoy se acuerden en Madrid de lo que vieron ayer. Pues con aquesa palabra a hablarme esta noche ven y, sin pararte en la calle, entra en el portal, que en él Beatriz estará advertida, don Juan, de lo que has de hacer —no reparen los vecinos de verte en la calle, que es uno mal intencionado de toda la vida juez; todo lo saben: ¿qué mucho, si hay vecino que por ver lo que pasa en una noche no se acuesta en todo un mes?—. En la reja estará un lienzo; esta la seña ha de ser si hay ocasión, pero advierte que vengas solo. Seré el ave que rompe el viento con una piedra en el pie y otra en la boca, advirtiendo que soy vigilante y fiel. Vase. Deste concertado amor di, Beatriz, ¿qué te parece? Que justamente merece tanta fineza y favor don Juan, que es noble y discreto como galán. Tú has de ser, Beatriz, la que has de tener la llave deste secreto: mi vida y alma te fío; bien sé que segura puedo. Desecha, señora, el miedo, que ofendes el amor mío. Salen don Diego y Morón. (¿Aquí llegas? ¿Qué procura tu amor? ¿Qué intentas?). (Intento saber si al atrevimiento se le sigue la ventura). Perdóneme tu hermosura si atrevido y descortés pongo en tu casa los pies, que yo en esta contingencia no quise pedir licencia porque tú no me la des. El haberos escusado, señor don Diego, no ha sido por solo haberos oído, sino por haber pensado qué responderos, y he estado dudosa mirando esta osadía tan molesta, porque, como no temía tal libertad, no tenía prevenida la respuesta. Decisme que en mis rigores mayor gloria y gusto halláis, y, porque no le tengáis, estoy por daros favores. Si los desprecios mayores hoy son los más lisonjeros, dejaré de aborreceros, pues, solo por no agradaros, no os dejaré por dejaros y os querré por no quereros. Vase. ¿Esto sufres? ¡Vive Cristo, señor, que no lo sufriera si la diosa Venus fuera! ¡Qué mal mi pena resisto! ¿Has visto, Morón, has visto la ciega resolución de una altiva condición? Harto hago yo de mi parte, mas es imposible amarte. ¿No sabré yo la ocasión? El haber así nacido soberbia y desvanecida. Aunque me cueste la vida, pondré mi amor en olvido. Tú, Beatriz, que al fin has sido a quien he debido más, toma esta cadena. Das las prisiones (¡en qué aprieto se va poniendo el secreto!) como ves que libre estás. Una república había que al médico no pagaba, señor, hasta que sanaba el enfermo, y, si moría, tiempo y cuidado perdía; y esta ley tan bien fundada, a nuestro intento aplicada, digo que de amor que muere que el alcagüete no espere tener derechos en nada. ¿La cadena le das? Sí. Quitándote las prisiones en el alma me las pones, y fía, señor, de mí. Ya no es tiempo, porque aquí se despide mi mudanza de una loca confianza: adiós, malogrado empleo, necio amor, loco deseo, que hoy morís con la esperanza. Vase. Yo ¿qué tengo de decir? Despedireme también. Si ya no me quieres bien, bien te puedes despedir. Yo tras mi amo he de ir; cuanto él amare amaré, que un criado siempre fue en la tabla del amor contrapeso del señor. Adiós. Bien pagas la fe que me debes. Si quisieras, Beatriz, que asistiera a verte, tú hubieras hecho de suerte que este imposible vencieras; entonces tú me tuvieras aquí de noche y de día. No quiso la suerte mía porque a mi desdicha excede. Yo sé que una moza puede a veces más que una tía; yo sé que ni una razón dijiste. Yo sé que sí, y aun tú lo vieras si aquí te dijera la ocasión que estriba su pretensión, pero por ser fuerza callo. Pues yo no he de procurallo, que tú por decillo mueres, tan liberal que aun no quieres que me cueste el preguntallo. Mas di, ¿qué causa la obliga? Mi señor es el que viene; basta decir que la tiene sin que la causa te diga. Luego ¿en vano es que prosiga aqueste intento? Jamás de mi boca lo sabrás. Pues de ti lo he de saber: ¿no sirves y eres mujer? Sí. Pues tú me lo dirás. Vanse. Salen don Juan y don Carlos, de noche. Importa al fin para un honroso efeto el quedarme en Madrid con tal secreto que, si a vos no os hallara, por no fiarme de otro no quedara. La voz ha de correr que ya he partido y en vuestra casa quedaré escondido. ¿Son celos de Violante? No, Carlos; más altivo y arrogante sube mi pensamiento. De Violante ni amor ni celos siento; basta decir, cuando de vos me fío, don Carlos, que le importa al honor mío esta resolución. Yo os agradezco la confianza y desde aquí os ofrezco con pecho noble y alma agradecida mi casa, hacienda, espada, pecho y vida sin saber qué os obliga, que un amigo no quiero que me diga sino lo que él quisiere. Agora falta que entréis en casa de Violante bella y le digáis que yo me fui sin vella porque, viendo la prisa del partirme, alma no tuve para despedirme; que yo la escribiré. Su casa es esta; entrad, que por ir solo he de dejaros. Dadme licencia para acompañaros. Impórtame el ir solo. Pues no quiero porfiaros. Adiós. Vase don Juan. Jamás espero entender tan notables confusiones; todo es discursos y imaginaciones, si bien no es menos la memoria mía ocupándola amor de una porfía rigurosa y cruel. Bella Violante, ¿cuándo seré tu declarado amante? Cuando pensé que ya don Juan me daba ocasión con su ausencia y que esperaba a declararme, mi fortuna escasa le tiene ausente dentro de mi casa. Mas ella me dirá, si a hablarla llego, lo que tengo de hacer, que amor es ciego. Salen Violante y Quiteria. Menos que con un recado de don Juan, no me atreviera a haber llegado hasta aquí antes de pedir licencia. Vos la tenéis para entrar, señor don Carlos, sin ella en esta casa. Mas ¿dónde queda don Juan? ¿Dónde queda? ¿Preguntáis adónde va? ¡Ay de mí! ¿Luego ya es cierta su partida? Aquesta tarde me mandó que yo viniera a despedirle de vos, que fue tan grande la priesa del partirse que no tuvo lugar, aunque no es aquesta la mayor disculpa suya, pues no veros en su ausencia fue por no ver atrevido la gloria de quien se ausenta, y al despedirse de vos cerrar los ojos es fuerza, que no os viera si os dejara o no os dejara si os viera. ¿Es posible que tuviese tan mala correspondencia don Juan que aun palabras solas no quiso que le debiera? Si esto hiciera una mujer con un hombre, ¿qué dijera si no que era fácil, vana, mudable, inconstante y necia? Pues ¿qué hemos de ser nosotras, si ellos mismos nos enseñan? Siempre la ocasión es suya y siempre la culpa es nuestra. Perdonadme que hable ansí. Son tan justas vuestras quejas que ellas propias os disculpan cuando pensáis que os condenan. ¡Que haya hombre tan descortés o tan necio que se atreva a hacer agravio a este amor ni desprecio a esta belleza! ¡Vive Dios que, si don Juan no fuera mi amigo, fuera donde está solo a decirle, Violante, de la manera que os había de estimar! Mas creed que en esta ausencia quedo yo para serviros, que en mí la amistad es deuda; y mirad qué me mandáis. Que os dejéis ver, porque tenga con quién hablar de don Juan. Yo agradezco la licencia y por serviros la aceto. (Poderoso amor, ¿qué intentas? Don Juan, ausente, es mi amigo; Violante, presente, es bella: no sé qué han de hacer en mí la amistad y la belleza). Vase. Quiteria, ¿qué dices desto? Que me güelgo de que veas de tu amor el desengaño y del suyo la experiencia. No tomaste mis consejos, que a fe que agora tuvieras más oro y menos amor, más joyas y menos quejas. ¿Qué va que estás tan perdida que te vas de tierra en tierra como mujer desdichada? Aquí ha de ver mi firmeza, que ha de hacer que yo le espere libre y suya hasta que vuelva porque halle el ejemplo en mí la lealtad y la nobleza. Vanse. Salen don Juan y Beatriz. Sal presto, que ya amanece y no hay nadie que te vea. ¡Que tan veloz, Beatriz, sea el tiempo! No me parece que ha un hora que anocheció y presumo que, envidioso de mi gloria, el sol hermoso más temprano descubrió entre nubes de oro y grana los reflejos a quien dora sus lágrimas el aurora. ¿Requiebras a la mañana? Vete presto. ¡Ay, suerte mía! ¿Quién creerá en tanta ventura que es la noche más escura para mí el más claro día? Vase. Beatriz Ved lo que en el mundo pasa y qué es honor: por no hablalle con escándalo en la calle le entramos dentro de casa. Cuando miro estas honradas pienso que en sus fantasías vuelven las caballerías de las historias pasadas. Dama que tus vanidades te hicieron impertinente, ama al uso de la gente, deja singularidades. Sale Morón y don Diego. Aquesto Beatriz me dijo. ¡Que hayas de darme ocasión con tus razones, Morón! Varios efetos colijo. ¿No lo pudieras saber? Si su amo no viniera, pienso que me lo dijera, que Beatriz es muy mujer y nada me negará, porque es ley en las mujeres «contarás cuanto supieres». A la puerta suya está. ¿Tan de mañana? Por Dios, que a decirlo ha madrugado. Llégate allá sin cuidado y, pues no nos vio a los dos, yo te esperaré en la esquina desta calle. Allí te esconde mientras voy. Vase don Diego. Galán, ¿adónde tan de mañana camina? A buscar el arrebol que en esos ojos perdí, pues, por solo hallarte a ti, me levanto con el sol. ¿Qué hay de nuevo? Todo es viejo cuanto pasa por acá. ¿Y tu señora está ya tomando mejor consejo o estase honrada y terrible? ¿Tú viénesme a perseguir? ¿Cómo tengo de decir que el quererle es imposible? Callando tú, en conclusión vengo, Beatriz, a pensar que yo no soy de fiar o ella no tiene ocasión, porque, si ocasión tuviera, ¿qué ocasión pudiera ser imposible de saber? Yo, Morón, te lo dijera si me juraras aquí tenerme siempre secreto. Y yo, Beatriz, lo prometo a fe de gallego. Di. Pues has de saber agora que mi ama quiere bien… Quedo, Beatriz, dime ¿a quién? … y mejor diré que adora a un caballero, a un don Juan de Medrano, gentilhombre de cierto señor, un hombre tan pobre como galán. Aqueste agora ha fingido que a Flandes va a ser soldado, y es mentira, que ha quedado en una casa escondido de un don Carlos de Toledo, que todo me lo contó esta noche, porque yo ser su secretaria puedo. Este, al fin, de noche pasa; y, si en la ventana está un lienzo blanco, que es ya nuestra seña, se entra en casa; bajo yo y, por una puerta que piensa que está clavada el viejo, le doy entrada, a tales horas abierta. Llega al jardín, donde tiene una reja el aposento de mi señora, y contento toda la noche entretiene con mil finezas. Después vuelve a salir muy quedito, y solo deste delito somos cómplices los tres. De modo que, si tú das noticia desto a cualquiera y se sabe luego… Espera, que no quiero saber más. De algún músico civil tu relación me parece, que le dan mil porque empiece y, porque acabe, cien mil. Mas ¿este es el santo honor que tan caro nos vendía? ¡Cuántas con honor de día y de noche con amor habrá! ¡Con puerta cerrada, pañuelo, Beatriz, zaguán, jardín, ventana y don Juan la Chirinos fuera honrada! Mas la honrada, ¡vive Dios que ha caído! Quiero entrar; no tengan qué sospechar. Esto para entre los dos. Vase. Fuerte cosa es un secreto; mucho es no haber reventado del tiempo que le he callado. Mi vida está en grande aprieto si no lo digo. Advertid: esto que me ha dicho agora, mátenme si de aquí un hora no se contare en Madrid. Sale don Diego. A que se fuese esperaba, a tus acciones atento, por solo hacer a los ojos adivinos del suceso. ¿Qué tienes? ¿Qué ha sucedido? ¿Qué te dijo? ¿Qué hay de nuevo? (Beatriz, ya pruebo a callar, mas ¡vive Dios que no puedo!). Señor, gran mal hay. Pues ¿cómo? ¿Qué ha sucedido? ¿Qué es esto? No te lo puedo decir y por decirlo reviento, que, aunque el secreto sea santo, yo no guardo a san Secreto. Aquí para entre los dos: aquel pobre caballero don Juan de Medrano, aquel que apenas te daba celos, aquel que dijo que a Flandes iba, se quedó encubierto en la corte y en la casa de don Carlos de Toledo. Es llamado y escogido. No puedo decir que un lienzo puesto en la reja de noche es señal que está diciendo que entre en el portal, adonde le espera Beatriz, y luego por una pequeña puerta de un patio que sale a un huerto entra hasta una reja baja que allí cae del aposento de doña María de Ayala, que parlan hasta el lucero debe de haber más de un año... ¡No digas más! ¡Calla! ¡Ay, cielos! ¿Alguno creerá que son tales las penas que siento que la menor viene a ser en mi desdicha los celos? No siento que a don Juan quiera ni le admita; solo siento que hiciese soberbiamente de mí tan loco desprecio. Si cuerdamente culpara mi atrevido pensamiento y con cortés bizarría castigara mis deseos, yo callara, yo sufriera; pero con tantos estremos de honrosas estimaciones, de arrogantes devaneos, de soberbias altiveces, ni sufrir ni callar puedo. Don Antonio es este. Mira si sale a misa, que quiero irla siguiendo a la iglesia. Pues ¿qué piensas hacer? Pienso, sin darme por entendido, volverme a mi amor primero y llegar a hablarla agora con mayor atrevimiento, que a mujer de quien se sabe alguna flaqueza es cierto que llega a hablarla el galán sin aquel cortés respeto que antes tuvo, porque piensa, teniendo su honor en menos, que el favor que al otro hizo se le debe de derecho. Aquí volveré a buscarte. Vase Morón. Sale don Antonio. Bésoos las manos, don Diego. Yo las vuestras. ¿Qué tenéis, que estáis tan triste y suspenso? No sé qué tengo. Mal hice en preguntároslo viendo esta calle y estas rejas; ¿hay algo, amigo, de nuevo? Muchas cosas. Pues ¿qué son? Dejadme, porque no puedo decirlas. Pues ¿a mí? A vos las dijera si el secreto no viniera encomendado. Muy seguro está en mi pecho, y el no decírmelo ya será ofensa y ¡vive el cielo de no hablaros en mi vida! Sabréis, don Antonio —y esto aquí para entre los dos—… Decid, que yo lo prometo. … que aquel don Juan de Medrano no fue a Flandes, como dieron muestras plumas y colores. Hoy se ha quedado encubierto en casa de vuestro amigo don Carlos; la causa desto ha sido porque ha dos años que con muy grande silencio entra embozado en la casa de doña María... No puedo pasar de aquí. Yo sabré si aqueso es verdad muy presto, que don Carlos viene allí y él me lo dirá. Yo espero a esta parte retirado. Retírase. Entra Carlos. Don Carlos, buscándoos vengo para un negocio importante. ¿Qué mandáis? ¿Sabéis si es cierto —y esto para entre los dos, porque me importa el sabello— si está don Juan de Medrano en vuestra casa encubierto y que habrá más de tres años que con muy grande secreto entra a hablar todas las noches en el noturno silencio a doña María de Ayala? (Miren por adónde llego a saber quién estorbó su partida). Aunque no tengo licencia para decirlo, con vos no se entiende eso y, aquí para entre los dos, cuanto habéis pensado es cierto: que no se fue, que quedó en mi casa y que encubierto entra en su casa; esto habrá más de tres años y medio. Idos con Dios. Él os guarde. Vase. Sale don Diego. Verdad ha sido, don Diego, cuanto pensáis; ya él sabía todo su amor. Sale Morón. Esto es hecho; ya va a misa. Idos con Dios, que hablarla en la calle quiero por solo ver en qué para su favor y mi desprecio. ¿En eso te determinas? Sí; ven conmigo. Yo pienso que ha de nacer deste amor, señor, un notable cuento. Segunda Jornada Salen doña María y Beatriz con mantos y el escudero y don Diego y Morón. Ya que no por vuestro amante, mereceré por criado aqueste lugar. ¡Qué enfado! No he de pasar adelante si no os volvéis. Cuando hiere la llama el viento, se hace un ave que della nace, un fénix que en ella muere, y, sin que su riesgo tema, mariposa iluminada, de aquel fuego enamorada, cercos hace hasta que quema las alas de tornasol; ansí anda mi amor ciego como sombra deste fuego haciendo cercos al sol; hasta abrasarme porfía esta pena, este rigor. Mirad que es necio el amor que toca en descortesía. ¿Cuándo de aquesta amorosa locura que estoy mirando dejaréis el tema? Cuando dejéis vos de ser hermosa. Bien pudiera en tal locura quitaros con escarmiento mi honor el atrevimiento que os ha dado mi hermosura. (Este honor me ha de matar. Mas ¡qué cosa tan cansada es una mujer honrada!). De aquí no habéis de pasar, pues, cuando el sol mismo fuera el que mirarme intentara, sola mi vista eclipsara su luz y no se atreviera a mirarme sin desdén… (El sol no, pero la luna sí entre las doce y la una). … cuanto más un hombre a quien de ningún modo estimara, aunque más altivo fuera, no para que me siguiera, pero para que tocara solo un chapín de mis pies. (Mucho mi paciencia temo oyendo un tan loco estremo). No me hagáis ser descortés, que pasará de desprecio el castigo. Beatriz, vamos. Ya no importa que seamos vos descortés y yo necio. Escuchad si no queréis… Ya pasa de necedad y llega a ser libertad. Es fuerza que me escuchéis, que, siendo pleito de amor, es justo darme un oído a mí, pues habéis oído despacio al competidor, que, si en la justicia mía bien informada no estáis, será bien que nos oigáis a él de noche, a mí de día. No quiero yo que a este fin haya lienzo por señal, Beatriz que baje al portal, reja que caiga al jardín, puerta al parecer cerrada, galán que está ausente y viene. (¡Qué linda memoria tiene! No se le ha olvidado nada.) Pero quiero, pues se humana el honor que encarecéis tanto, que me despreciéis más honrada y menos vana. No me ofenden, no, por Dios, los desprecios de honor llenos, mas no le echara yo menos a no encarecerle vos. No es honra la vanidad, que no está en encarecella la virtud, sino en tenella; y en lo que he dicho culpad vuestra lengua, la mía no, si lo dicho se os acuerda, pues, si vos fuérades cuerda, no fuera tan necio yo. De vuestro desprecio fue la culpa, no de mis celos. (¿Qué es esto que escucho, cielos?) (Señor, ¿qué has hecho?) (No sé.) (¡Ay de mí! ¿Qué es lo que he oído?) (Ya ¿qué tengo que esperar si esto he llegado a escuchar? Tú, Beatriz, tú me has vendido). (Yo, señora, no hice tal). (¡Qué bien aquesto temía! ¡Mal haya, amén, quien se fía de criadas!). (¡Pesiatal, esto va como ha de ir!) (¿Qué la has dicho?) (Despreciado, celoso y desesperado ya no la pude sufrir). (La pobre Beatriz lo paga.) (Si sola tú lo has sabido, ¿quién decírselo ha podido?) (No sé, por Dios, cómo haga para disculparla aquí). (Sácame, por Dios, Morón de tan grande confusión con alguna industria.) (¿A mí me falta hoy una mentira, no sobrándome otra cosa todo el año?) (Rigurosa estás). (Por ti, infame). (Mira...) (¡Vive Dios que, por agora que no hay otra, ha de servir!) Yo lo tengo de decir aunque me mates. Señora, no tiene Beatriz la culpa desta celosa pendencia, porque en Dios y en mi conciencia su ignorancia la disculpa. Sabe, pues, que mi señor, este que presente ves, un grande astrólogo es, puedo decir el mejor que se conoce en España. Él dirá mil disparates. ¡Ah, Morón! Aunque me mates. Desta ciencia tan estraña tuvo en Italia maestro el tiempo que en ella estuvo, que en estas cosas no hubo otro más sutil y diestro. Tenía un familiar amigo que todo se lo contaba, porque con el diablo hablaba como pudiera contigo. Mira, Morón, lo que dices. Siempre la verdad te enfada, mas no ha de quedar culpada la Beatriz de las Beatrices. Aqueste al fin le enseñó los planetas y los signos. Él dirá mil desatinos. Y a mí anoche me mostró un hombre y me dijo: «agora va a hablar con doña María este, que mi astrología lo más oculto no ignora», y yo en un espejo vi un jardín adonde estaba, y allí una mujer que hablaba con él, aunque no la oí lo que dijo; esto es verdad. Pues, ya que estoy descubierto, para que sepáis lo cierto de aquesta ciencia, escuchad: en la corte de Filipo, villa insigne de Madrid, gran metrópoli de España, de nobles padres nací, a quien dio Naturaleza tan liberal y feliz la hacienda como la sangre, indignas de hallarse en mí. Crecí inclinado a las armas y letras sin preferir nunca el valor al ingenio, que uno altivo, otro sutil, con la espada y con la pluma compitieron entre sí, midiéndose siempre iguales al vencer y al escribir. Apenas, pues, sobre el labio tuve el primero perfil, cuando en el armada vuelta al Mediterráneo di. Si hice algo, lo que hice puede la fama decir, porque en la más noble lengua la propia alabanza es vil. Llegué a Nápoles, adonde por ventura conocí a Porta, de quien la fama me dijo alabanzas mil; este a quien no reservó dudoso suceso el fin porque su ciencia tenía presente lo por venir, a quien planetas y signos en sus astrolabios vi tan obedientes que nunca lo pudieron encubrir el más inconstante efeto —¿qué mucho, si desde allí tasaba de cuántas luces consta el celestial zafir?—. De aquesto tomó ocasión el vulgo para decir que tenía familiar secreto, mas no es ansí, que el vulgo ninguna acción admira sin añadir, que la verdad más desnuda viste de ajeno matiz. Aquí le conocí —¡nunca le conociera!— y aquí, o fue fuerza de mi estrella para mi muerte infeliz, o fue mi desdicha solo, tan inclinado me vi a su ciencia como él a mi inclinación, y así fuimos los dos tan amigos que no acertaba a vivir uno sin otro. Duró dos años que estuve allí aquesta amistad, y en estos con estudiar y asistir llegué no sé si a saber —estoy por decir que sí— la astrología tan bien que pudiera competir con él mismo, a quien mil veces envidia y espanto di. En este tiempo envidiosos que quisieron deslucir su opinión le denunciaron diciendo dél y de mí esto de los familiares; y, aunque salimos en fin libres de aquella prisión, no lo podimos salir de la sospecha común, pues, por quitar desde allí el escándalo, mandaron no pudiésemos decir nada que nos preguntasen. Yo, que entonces advertí el poco fruto y la mucha sospecha que conseguir pude, por no verme en otra ocasión siempre encubrí lo que sabía; por esto nunca has oído decir que era astrólogo hasta agora que, despreciado de ti como pudo el más humilde hombre, el más bajo, el más vil, de tus desprecios la causa y de mi desdicha el fin, por no preguntarla a otro, la quise saber de mí, y anoche con ese loco que se atrevió a descubrir tan gran secreto —¡mal haya quien se fía de hombre ruin!— hallé el paño, hallé la reja, hallé la puerta, el jardín hallé… Pero ya no puedo, no puedo pasar de aquí. Si llego a hablarte celoso, ¿cómo pude resistir tus desprecios y mis celos? Perdona si me atreví a tu honor, a tu respeto, que mal se pueden sufrir desdenes de enamorado, y, pues que fío de ti este secreto, aunque seas mujer, sabe desmentir la opinión que las acusa de fáciles, pues aquí, por verme ya descubierto y disculpada a Beatriz, ha sido fuerza contarte cómo lo supe y lo vi. Esta es la verdad. Señora, ¿jamás oíste decir que era astrólogo don Diego otras veces? Pues yo sí. ¡Ay de mí! ¿Qué puedo hacer? Quéjate agora de mí y di que yo te he vendido. No he visto, por san Crispín, hombre más sabio en mi vida. (¿Qué te parece?) (Que así lo has fingido que yo mismo casi, casi lo creí.) Señor don Diego, no quiero tener de vos qué temer si al respeto considero que a una principal mujer debe un noble caballero. Y quien tan bien conoció la fuerza de las estrellas bien verá en sus luces bellas que no puedo torcer yo lo que dispusieron ellas. Solo un consuelo me dais, que es ser tan noble y discreto, pues con esto aseguráis mi honor y vuestro secreto, y mirad qué me mandáis. Quien no puede suplicar ¿cómo ha de poder mandar? El cielo os guarde. Y a vos dé vida. ¡Cuerpo de Dios! ¡Aqueste es modo de hablar! Si él no te dijera aquí la verdad tan claramente… Nunca de ti lo creí. Estaba al fin inocente; volvió la verdad por mí. Sale Leonardo, viejo. (Hablando en la calle está con un hombre; ¿quién será, que en la calle la detiene?) (Mi padre, don Diego, viene.) (Ireme.) (No importa ya, pues nos ha visto.) (Yo llego dudoso.) ¿Qué haces aquí? Nunca la verdad te niego. Para que te rías de mí, hablaba al señor don Diego, que un recado me traía de mi prima, porque, estando en su casa el otro día de varias cosas tratando, me dijo que conocía un gran astrólogo a quien preguntó su nacimiento, y, aunque creerlos no es bien, quise de mi casamiento ver el efeto también, que el señor don Diego es el astrólogo mejor que se conoce. Tus pies beso por tanto favor, que no es justo que me des tal nombre. Muchos ha habido que en estudio tan dudoso aqueste nombre han tenido, mas es tan dificultoso que pocos le han merecido; ninguno al fin ha llegado de estudios tan peligrosos. Vos tenedme por criado, que a los hombres ingeniosos les soy muy aficionado. También yo en mi mocedad, si he de deciros verdad, alguna cosa estudié y con deseos pequé en esta curiosidad. Don Ginés de Rocamora me enseñó tiempos atrás. (¡Por Dios, que el viejo no ignora!, y no nos faltaba más que te examinase agora.) (Si él me pregunta, atropella mi intención, porque no sé nombre de signo ni estrella y mil locuras diré.) Esta es mi casa, y en ella os suplico me veáis. Mirad vos qué me mandáis, que yo os he de obedecer. Suplícoos que os dejéis ver, que quiero que me digáis algo de la suerte mía y que tratemos los dos un poco de astrología. Yo vendré a veros. A Dios. Él os guarde.Ven, María. Vanse. Fuéronse. Dame tus brazos, que tú en aquesta ocasión me has rescatado, Morón, de aquel Argel. Los abrazos estimo, pero quisiera, agradeciendo el favor, que me endonaras, señor, algo que abrazo no fuera. Toma esta sortija, tal que hace de la luz desdén, porque fingiste tan bien. No lo ayudaste tú mal, que de suerte lo pintaste todo que, si no estuviera advertido, lo creyera. ¿Adónde a Porta te hallaste, y con tanta brevedad que aun imaginallo admira? Morón, la buena mentira está en parecer verdad. ¿Y no en haber encontrado a quien tan presto la crea? No hay cosa como que sea también el viejo engañado: ¡por astrólogo me tiene! Sí, mas, si el viejo supiera algo, buena burla fuera. Aquí don Antonio viene. Sale don Antonio. Antes que me preguntéis qué ha habido, lo he de contar, que sé que os habéis de holgar del suceso que sabréis. Hablando a doña María, soberbia me respondió como siempre; pero yo, con la celosa porfía, que hizo en mí tan bajo efeto, no pudiéndolo sufrir, me determiné a decir de su amor todo el secreto; y, porque ella no supiese quién me lo ha contado a mí, le dije a Morón que allí una mentira fingiese; él dijo que yo sabía, siendo en esto sin segundo, cuanto pasaba en el mundo y que por la astrología pude llegar a saber el secreto que la admira. Buena o mala la mentira, ella la llegó a creer, porque yo le di color notable a su fingimiento. ¡Por Dios, estremado cuento! Pues me falta lo mejor: llegó luego el padre, a quien por disculparse contó cómo era astrólogo yo. ¿Creyolo el viejo? También. Él queda más engañado, pues me dijo que le viera muy despacio porque era a hombres de ingenio inclinado. Lo que falta agora es que en toda conversación se dilate esta opinión, porque, si acaso después de alguna persona sabe que he merecido alcanzar este nombre, será echar a la mentira otra llave. Publicaldo vos y ansí, sin temer el desengaño, tendrá más fuerza el engaño. Eso dejádmelo a mí y a Morón, que ¡vive Dios que, para hacerlo creer al mundo, no es menester sino contarlo los dos! Sí, que en barrios divididos como los demandaderos seremos dos pregoneros, y yo iré dando alaridos como un médico que iba diciendo por el lugar «¿hay enfermos que curar?». Ansí pues, con voz altiva diré «¿no hay algo perdido?, que, para hacer parecer cuanto se puede perder, un astrólogo ha venido». Sí, mas luego ¿qué he de hacer si todos estos se juntan y mil cosas me preguntan? Lo que todos: responder una vez sí y otras no; sea de gusto o de pena Dios se la depare buena, pues ¿qué astrólogo acertó cosa ninguna? Advertid que os espero. Yo seré vuestra fama. Y yo daré cuenta de medio Madrid. Vanse. Sale don Carlos con un pliego de cartas. ¿Habrá en el mundo nacido quien quiera como yo quiero, que soy galán y tercero, ni amado ni aborrecido? Entre don Juan y Violante, si varios discursos sigo, por ser amante y amigo ni soy amigo ni amante. Estas cartas que él escribe desde casa he de fingir que acabo de recebir de Zaragoza. Si él vive en su pecho yo veré si al leellas en despojos el alma sale a los ojos, y más cuerdo callaré mi amor; pero, si al tomar las cartas se tarda en vellas, miraré su olvido en ellas y me podré declarar. Ayude Amor mi osadía, ya que tan confuso estoy. Sale don Antonio. (¿No es don Carlos? Sí. Aquí doy principio a la industria mía). ¡Jesús, Jesús! ¡Si creyera que un hombre pudiera haber que tal llegara a saber! Tente, don Antonio, espera. ¿Qué tienes? No sé, por Dios. Vengo absorto y admirado de ver… Di, ¿qué te ha pasado? ¿Estamos solos los dos? Sí. Pues habéis de saber que en don Diego, aquel mi amigo, el que suele andar conmigo, acabo agora de ver el prodigio más estraño que se puede —no hay qué hablar— en el mundo imaginar. Ya deseo el desengaño. Este hombre que aquí ves tan humilde, tan modesto, tan reportado y compuesto, el hombre más docto es que tiene la astrología. En este punto lo vi —aunque él tiene para mí gran ramo de hechicería—: conmigo se declaró esta tarde y me ha contado cosas que a mí me han pasado conmigo y que Dios y yo las sabemos solamente; no sé cómo pudo ser que él lo llegase a saber. En dos rasgos de repente hizo la figura allí teniéndome a mí delante. ¿Cómo? En menos de un instante. ¿Don Diego de Luna? Sí. En mi vida no le he hablado si no es una vez o dos, y en estas solas, por Dios, no sé bien qué aire me ha dado que, aunque no de astrología —que esto era mucho saber—, en él he echado de ver que era hombre que sabía; pero que es tan eminente… Un día te he de llevar, que dice me ha de enseñar una mujer que está ausente; y esto es lo menos que él hace, porque, si verdad te trato, he visto hablar un retrato, que de aquesto, Carlos, nace tanta confusión. ¿Qué escucho? ¿Aqueso es cierto? Y tan cierto que fuera lo mismo un muerto. Holgareme en verlo mucho. Tú le hablarás y verás que es verdad lo que te digo. Don Antonio, hazme su amigo. Sí, y en él conocerás un muy cortés caballero. Pero callar te conviene por el peligro que tiene aquesto de lo hechicero. De todo quedo advertido, porque en más tu amistad precio. Pues adiós. (Este es el necio primero que me ha creído.) Vase Antonio. ¡Qué cosas Madrid encierra! ¡Que los mismos que tratamos aquí no nos conozcamos! ¡Cuánto la inocencia yerra! Quien se le ve tan compuesto a él con su capa y espada dirá que no sabe nada, y es un rayo después desto. Salen Quiteria y Violante. Digo que don Carlos es, señora, el que en casa entró. Dame tus manos, si yo merezco tanto interés por porte desta que agora en un pliego que he tenido para ti la he recebido. ¿Es de don Juan? Sí, señora. ¿De dónde escribe don Juan? De Zaragoza. ¡Ay de mí! ¿Que ya está tan lejos? Sí. Tus dos soles lo verán mejor. (No se holgó al tomar la carta ni con deseo rompió la nema; yo creo que me puedo declarar.) Lee Violante. «No me despedí, bien mío, de tus ojos porque al vellos el alma que vive en ellos no usase de mi albedrío, que, viendo que era tan fuerte ocasión, por resistirme no quise verte al partirme por enseñarme a no verte, ni yo quisiera acordarme de ti». (Lágrimas ofrece al papel; ya me parece que me voy sin declararme). Lee otra vez. «Que te llore ausente es bien y presente no te goce, porque nunca se conoce, hasta que se pierde, el bien». No leo más, porque pasar no puedo de aquí. Rásgale. (Leyendo rasgó el papel; yo voy viendo que me puedo declarar.) Si acabando de leer tantas perlas derramáis, dichosamente mostráis que hay lágrimas de placer. ¿Qué causa turbó la gloria que en tan abrasado empleo partida en dos soles veo? Una pasada memoria pudo, Carlos, obligarme. (La memoria la entristece; segunda vez me parece que me voy sin declararme. Yo como el necio habré sido que, pensando lisonjear, suele decir un pesar, y yo un pesar he traído cuando pensé que traía una lisonja). ¿Tan vivo está tu amor? No recibo, Carlos, mayor alegría que cuando su ausencia siento. Por ver a don Juan no hubiera cosa que yo no emprendiera. No es dificultoso intento. ¿Cómo? Algún hombre pudiera enseñarte a don Juan hoy de la suerte que yo estoy. ¡Oh, cuánto lo agradeciera! (Mal camino mis desvelos han tomado de obligar, que no la tengo de dar gusto que me pague en celos. Desde el principio lo erré.) ¿Es verdad lo que me dice, Carlos, tu voz? (¡Qué mal hice! Pero yo lo enmendaré: válgame la ciencia aquí del otro que me contó don Antonio). Sí, pues yo hoy a un hombre conocí que en tu casa te hará ver, aunque don Juan está ausente, al mismo don Juan presente. ¿Eso cómo puede ser? Porque es de ciencia un abismo: yo sé que le enseñará de la suerte que allá está. ¿Al mismo don Juan? Al mismo no es posible que lo sea, que el que desta suerte ves cuerpo fantástico es que se retrata en la idea; mas verasle de la suerte que está, si le quieres ver. Del modo que pueda ser, don Juan, me holgaré de verte. ¿Y quién ese hombre es? (Ya con la verdad espero engañarla). Un caballero que no hace por interés aquesto, sino por gusto. (Lindamente lo he enmendado). Vive en la calle del Prado. Mas es pensamiento injusto el verle ansí, porque asombra, aunque tan fácil parece, pensar que después te ofrece una fantasma, una sombra. Ánimo tendré si llego a examinar en su ausencia tan peligrosa esperiencia. ¿Cómo se llama? Don Diego de Luna. ¡Eso puede ser! Con Dios os podréis quedar, que yo os quiero dar lugar para que acabéis de leer. Vase. Dame sin tardanza alguna el manto. Pues ¿qué has de hacer con él? Yo tengo de ver hoy a don Diego de Luna. ¿Sin conocerle? ¡Qué importa!, que, si caballero es, por fuerza será cortés. De pensamientos acorta. Tus desengaños verán que todo es mentiras, juego. ¡Bueno es eso! Si don Diego quiere, yo veré a don Juan. Vanse. Sale don Antonio y don Diego. Astrólogo excelente sois divulgado ya de gente en gente; en Madrid no he topado hombre ninguno a quien no haya contado mil cosas: sea justo o no sea justo, ¡por Dios, don Diego, que el mentir es gusto! Al punto que de vos me aparté, luego fui a la casa de juego; díjelo a dos mirones, que es lo mismo llamaros a pregones. Salí de allí y entreme en los corrales de las comedias, donde la más oculta cosa no se esconde. Pasé adelante a aquellas cuatro esquinas de la calle del Lobo y la del Prado, a quien por nombre ha dado una discreta dama Mentidero de varones ilustres; lo primero fui a hablar de vos y había allí quien por astrólogo os tenía, y, como si no fuera yo quien mejor que todos lo supiera —a quién esto no admira—, por verdad me contaron mi mentira; mas lo mejor de todo no fue esto, sino que entré en los trucos, donde estaba un hombre que contaba cosas que os había visto hacer —no sé por Dios cómo resisto la risa—. No pudiendo sufrirlo, empecé a hablar contradiciendo, de tantos disparates enfadado; levantose enojado diciéndome: «Vuested no le conoce; yo sí, muy bien, y sé lo que aquí digo de buen original, porque es mi amigo»; tanto una novedad Madrid esfuerza que mi mentira la creí por fuerza. Bien lo habéis ponderado. Sale Morón. Una señora de angosto talle y de cadera ancha, con más cañas que carro de la Mancha, a quien el manto solo deja fuera un ojo que le sirve de lumbrera, dice que hablarte quiere. ¿Mujer? ¿Quién puede ser? Sea quien fuere, di que entre. Ya está dentro de la sala. Por Dios, que la fachada no es muy mala. Van entrando Violante y Quiteria. ¿Quién es de ustedes el señor don Diego? Yo soy, señora, que a ofrecer me llego a esos pies, si merecen obligaros tan súbditos deseos. Solo quisiera hablaros. Pues yo despejaré. (Desde aquí quiero saber qué encanto es este.) Desvíase. Vase Morón. Lo primero sentaros ha de ser y descubriros. Por cansada me siento y por serviros me descubro. No es bien que cielo tanto tenga oculto la noche dese manto; aunque en luces tan bellas ante el sol se eclipsaron las estrellas, no sé cuál de las mías levantarme pudo a tanto favor. Con escucharme sabréis mi pensamiento. Ya os escucho; decid. Estadme atento. Amorosos estremos no será bien que causen vanas admiracion a hombre que tanto sabe; mayormente quien pudo con ingenio tan grande merecer que la fama en dulce voz lo alabe. Ansí pues, confiada que puedo declararme como mujer a un noble y a un cuerdo como amante, me atreveré a deciros la causa de mis males —con lágrimas y quejas rompiendo el pecho salen—. Yo quise bien —yo quiero diré mejor, que tarde olvida quien bien quiere, ni es posible que pasen por el amor los días, los años, las edades, que, como amor es glorias, sus siglos son instantes— yo quiero a un caballero; no os alabo sus partes, que no importa deciros más de que supe amarle. Al fin de muchos días me dejó y se fue a Flandes, que son de un firme amor los desengaños tales. Aquesta carta suya he tenido esta tarde, mensajero y testigo de su ausencia bastante a defender la vida que quisieron quitarme pasados gustos, siendo ya presentes pesares. Nació desto un deseo de verle; no os espante, pues sois cuerdo y discreto, los estremos que hace una mujer que quiere, que en las antigüedades me previenen disculpas hechos más admirables. Supe que sois tan sabio que con ingenio y arte esta dificultad es para vos muy fácil. Ansí pues, si os obligan los estremos que esparcen lágrimas por la tierra, suspiros por el aire, por triste, por rendida, por mujer, por amante merezca ver, señor, a don Juan esta tarde. (¡Quién en el mundo ha visto suceso semejante!) No sé qué hacer, señora; no es razón que os engañe quien serviros desea, y aqueso no es tan fácil como a vos os parece ni astrólogos lo hacen, porque representar a la vista la imagen de un hombre que está ausente es magia y castigarle podrán a quien lo hiciere, si alguno hay que lo alcance porque esa es una ciencia que ya no sabe nadie No llegara yo a hablaros, señor, sin informarme de que sabéis hacer cosas más admirables. Si teméis el secreto, muy bien sabré guardarle, aunque mujer. Señora, por Dios, que el escusarme no es sino no saberle Otras dificultades mayores habréis hecho que yo he estado esta tarde con hombre que os ha visto hacer prodigios grandes. (¡Qué bravamente aprieta! Ansí habré de librarme, porque aquí yo no pierda la opinión y ella calle.) Pues, señora, la causa de no determinarme ha sido por estar esa persona en Flandes, y, si hay mar de por medio, no es posible alcanzarle los conjuros, porque ellos no penetran los mares; si por acá estuviera, aun pudiera enseñarle, pero en Flandes no puedo. Con esto, perdonadme. Si advertís las razones que tengo dichas antes, fueron que a Flandes iba, mas no que estaba en Flandes; él está en Zaragoza: no hay cómo disculparse agora. (¡Vive Dios que es apretado el lance!) Si saber para esto el nombre es importante, es don Juan de Medrano. (Aun por aquí enmendarse mi confusión pudiera.) No paséis adelante, que muy bien lo sé todo. (Ansí he de asegurarme.) Si es el que yo imagino, no ha dos meses cabales que está ausente. Es verdad. Como juréis guardarme el secreto, me atrevo esta noche a llevarle a vuestra casa. Y yo os juro de guardarle, siendo mi obligación de mi silencio llave. Morón. Sale Morón. Señor. (¿Qué es esto?) (Un lindo cuento.) Trayme tinta y papel. Vase Morón. ¿Tendréis ánimo para hablarle? Ánimo tengo. Vuelve a salir Morón. Aquí está el recado. Dame esa carta y vete. Agora es importante que escribáis. Escribe Violante. Notad vos. «Don Juan, ya sé»… Adelante. … «adónde estáis.Venid aquesta noche a hablarme o iré donde estáis vos a descubrir maldades». Ya está puesto. Firmad vuestro nombre. «Violante». Firma. Con esto podéis iros; y esta noche esperalde, que yo sé que irá a veros. Don Diego, el cielo os guarde. ¡Que hoy, don Juan, he de verte! ¿Hay dicha semejante? Vanse. Sale don Antonio. ¿Habeisla escuchado? Sí. ¿Y habéis visto otro suceso más gracioso? Yo os confieso que ya perdido me vi de risa cuando os cogió en lo del mar. ¡Qué segura vino de mí! La ventura toda estuvo en que nombró a don Juan.Y ¿qué has de hacer? Por la reja de la calle este papel has de echalle, porque, si él le llega a ver, viendo público el secreto, por fuerza a su casa irá aquesta noche y tendrá nuestra burla lindo efeto. ¿Piensas que comedia es, que en ella de cualquier modo que se piense sale todo? ¿Si le lee y no va después? Mil disculpas habrá. En tanto mudarnos los dos podemos para que a la vista estemos de lo que para el encanto. Vanse. Salen don Carlos y don Juan. Dile la carta; mostró al tomarla un sentimiento de tristeza y de contento, de adonde conozco yo que os quiere bien y pagáis mal una fe tan segura en tan perfeta hermosura. Vos, don Carlos, no miráis que las perfecciones bellas en la hermosura mayor no dan lugar al amor si le niegan las estrellas. En vano Violante espera premio a fineza tan rara. Según eso no os pesara que un amigo la quisiera. No sé qué hiciera en rigor ni si me diera desvelos, que suelen soplar los celos las cenizas de un amor. ¿No os causa melancolía la soledad que pasáis? La soledad que miráis es mi mejor compañía. ¿Que al fin nadie ha de saber la causa que preso os tiene? El callarla me conviene. Creed, si pudiera ser, rompiendo tan gran secreto, saberlo en el mundo dos, el uno fuérades vos; mas como amigo os prometo que no lo puedo contar. (La confianza es graciosa cuando no anda otra cosa tan pública en el lugar.) Por daros la compañía que estimáis quiero dejaros solo. ¿Con qué he de pagaros tanto amor? Vase don Carlos. Ven, noche fría; estiende el velo que dio en triste, funesto empeño negros sepulcros al sueño. ¡Muera el sol y viva yo! Échanle un papel. Mas ¿qué es esto? ¿No es papel el que está en el suelo? Sí. ¿Quién pudo traerle aquí? Veré lo que dice en él. Lee. «Don Juan, ya sé dónde estáis. Venid esta noche a verme». ¿Vela el pensamiento o duerme? Ojos, ¿qué es lo que miráis? «Violante» la firma dice; sin duda Carlos contó que estaba en su casa yo. ¿Hay suerte más infelice? Que Carlos me ha descubierto, sí; bien claro me ha mostrado que está muy enamorado de Violante, esto es lo cierto, y aun él me trujo el papel. ¿Qué pena a mi pena iguala? Porque dentro desta sala nadie ha entrado si no es él. ¿Qué puedo hacer? Si no voy a vella, más atrevida, de mi silencio ofendida, publicará dónde estoy. Pues, si ya se ha de saber que estoy encubierto aquí, mejor lo sabrá de mí, que de modo sabré hacer que quede más engañada con lo que la he de contar, que es muy fácil de engañar la mujer enamorada. Vase. Sale Violante y Quiteria con luz en una bujía. ¿Es posible que has creído que haya de venir a casa en esta noche don Juan y no creas que te engaña tu deseo? ¿Cómo puede venir quien de leguas tantas hoy te ha escrito? Necia estás. ¿Quieres tú con tu ignorancia poner límite a las ciencias que tanto poder alcanzan? Como no haya mar en medio, eso es cosa averiguada que vendrá, mas no don Juan, sino sombra que retrata al mismo de la manera que allá estuviere. ¿Y qué sacas de verle así? Solo verle; y no me preguntes nada si no sabes qué es amor, que ya sé que hay muchas damas que se entretienen en ver en qué los ausentes pasan. Y, cuando fuera posible el verle, ¿no te causara miedo pensar que era sombra? Ningún temor me acobarda; ánimo tengo. Yo no. Mira que a la puerta llaman. Toma esa luz y abre presto. La color tienes turbada. ¿Has creído que es don Juan? No lo creo, pero acaba. Yo voy a abrir. Vase. ¡Qué no intenta, celosa y desesperada, una mujer! ¡Qué de cosas sabe prevenir quien ama! No hay al amor imposibles: todo lo vence y lo allana, como es dios. Sale Quiteria. ¡Jesús mil veces! Señora, verdad es clara el encanto; muerta vengo. Don Juan era el que llamaba a nuestra puerta. ¿Qué dices? Que está dentro de la sala. Hasta agora más valiente y más animosa estaba, mas ya, en saber que es don Juan, estoy medrosa y turbada. Sale don Juan. Violante, dame los brazos. ¡Espera, don Juan, aguarda! ¡Detente, don Juan, espera! Después de ausencia tan larga ¿desta suerte me recibes y desta suerte me pagas venir a verte no más? (Bien claro nos desengaña que viene no más de a verte). ¿Qué dices? (Estoy turbada; el cuerpo me cubre un yelo y el corazón se desmaya.) Don Juan, ya veo que vienes a verme de donde estabas. Vuélvete presto, que a mí haberte visto me basta. Si por mi fingida ausencia estás,Violante, enojada, escúchame las disculpas. Yo pienso que tienes hartas. ¡Vete y déjame! Si estoy en Madrid por ciertas causas… Ya sé las causas que son. Si en este papel me llamas… (¿Quién se le llevó tan presto? Aquí algún demonio anda.) Yo te llamé por pensar poderte hablar, mas es tanta mi turbación que no puedo. Bien verás que no fue falsa mi voluntad, pues que hizo diligencias tan estrañas. Ya sé que tus diligencias han sabido cuanto pasa; por eso vengo yo a verte. (¡Qué bien dice que la causa del haber venido fue tu diligencia!) ¡Fantasma, vuélvete y déjanos ya! ¡Qué bien finges que me engañas! Dame los brazos. ¿Los brazos? ¡Ay de mí! Detente, aguarda. Cerrada en este aposento Vase adentro. estaré hasta que te vayas. Cerró la puerta; no quiso satisfación porque, airada de ver que estaba en Madrid, ninguna repuesta aguarda. Quiteria. Señor, detente. Dime, ¿qué ha sido la causa… (Mas ¿que he de pagarlo yo?) … de su enojo? No sé nada. ¡Vuélvete y déjanos ya, Huyendo temblando. sombra, ilusión o fantasma! ¿Hay suceso más notable? ¿Hay confusión más estraña? ¿Quién vio tantas turbaciones, penas y desdichas tantas? Carlos la culpa ha tenido; Carlos ha sido la causa. ¿A quién he de responder si a un mismo tiempo me llama con mil quejas un amigo, con mil celos una dama? Tercera Jornada Salen doña María, Beatriz y don Juan. Pues ¿no me darás los brazos siquiera por bien venido? Sí, don Juan, puesto que han sido del alma y la vida lazos. Dichosa la ausencia fue si por fin de su rigor merezco tanto favor. Más mereces tú. No sé cómo me atreva a pedir, usando desta licencia, otro que supla esta ausencia. ¿Cómo, don Juan? Con decir lo que te agrada. Señora, dame esa cinta pendiente de tu cuello, porque afrente al iris que el cielo dora. (La joya darle imagino.) Dale una joya. La cinta pido no más. Tómala así, que vendrás empeñado del camino, pues de tu vuelta fingida el día llegó feliz que yo esperaba. Beatriz, ¿no me das la bienvenida? ¿Es hora, señor, de verte? Bien, Beatriz, has preguntado. ¿No me has visto y me has hablado todas las noches? Advierte bien lo que has de fingir y de lo que nos conviene, porque ya mi padre viene. Yo sé lo que he de decir. Sale Leonardo. Dame mil veces tus pies. Los brazos será mejor. (No le conozco.) Señor, estos quiero que me des por la obligación que tengo a esta casa; y, porque más no estés dudoso, sabrás que de Zaragoza vengo, donde muchos días fui huésped, señor, de tu hermano, de cuya liberal mano mil mercedes recebí. Unas cartas que traía para abono desto yo, entre otras cosas me hurtó un criado que tenía; y ya, señor, que la culpa de aquella falta no tengo, si a dar las cartas no vengo, vengo a daros la disculpa. Siento en estremo no vellas, y no por lo que os abona, que basta vuestra persona para más crédito. En ellas lo que don Pedro os decía es que me ayudéis, señor, aquí con vuestro favor en una pretensión mía, causa de pleitos muy grandes que hoy a la corte me han vuelto cuando ya estaba resuelto de pasar sirviendo a Flandes. Esta es mi casa y en ella no os falta la de mi hermano. El estilo cortesano estimo.Vos, dama bella, mirad si algo me mandáis. Responde. (Turbarme temo.) Yo me he holgado con estremo de que con salud vengáis en esta casa. Mirad que os servirán sin alguna falta, que sé que en ninguna hallaréis más voluntad. (¡Qué triste que habla María!) (¡Y qué bien don Juan fingió!) ¿He de ir con vos? Eso no. (Bien salió la industria mía.) Vase. ¿Qué tienes, que así has estado divertida en mil enojos? Si hoy delante de mis ojos una joya me ha faltado, ¿he de tener alegría? Y aun pienso que fue el perdella por tener el gusto en ella. ¿Tales estremos, María? ¿Qué joya era? Era el cupido de diamantes. ¿Que eso pasa? Búsquese en toda la casa; y, si se hubiere perdido, más joyas tenéis en quien valor y arte se acrisola, porque no estaba esta sola. Esta sola quise bien. Tanto tu pecho sintió que te pudiese faltar que no me has dado lugar para que lo sienta yo; y a tanto tu llanto obliga que por darte gusto luego he de buscar a don Diego, que de la joya me diga. Vase. ¿Ves lo que has querido hacer con los estremos que has hecho? Si él va a don Diego, sospecho que todo se ha de saber. ¿Hay más pena, hay más crueldad de estrella siempre enemiga, que solo en mi agravio diga un astrólogo verdad? Sale Leonardo. Aquesto se me olvidó. Tu padre vuelve, señora. Dime, María, ¿a qué hora esta joya te faltó? Entre once y doce. Ansí goce tu edad y te llegue a ver casada que he de saber quién la tiene entre once y doce. Vanse. Sale Morón y detiene a Beatriz. A saber, vengo, Beatriz, pues te importa, cuanto pasa a don Juan en esta casa, que es dar más vivo matiz a tu engaño y mi disculpa con que lo sepa don Diego, pues esto acredita luego que tú no tuviste culpa. Has de saber que ha venido hoy de camino y, por dar a entrar en casa lugar, unas cartas ha fingido. Una joya que le dio doña María a don Juan, hoy a preguntarle van a don Diego quién la hurtó. Avísale porque diga, al preguntárselo, quién. Digo que dices muy bien; a esto el ser mujer te obliga. Vanse. Sale don Diego y don Antonio. Huyendo vengo de mí, que no sé en qué confusión me habéis puesto, don Antonio. En lo que dijistes vos. ¿Vos mismo no me dijistes que estendiese aquella voz? Sí, mas no que publicarais que era mago encantador, sino astrólogo no más. La fama crece veloz. Mas sepamos de qué os pesa. De que no hay hombre a quien dio duda cualquiera suceso que por ruego o por favor no me venga a preguntar el fin de su pretensión. ¿Y aqueso os enfada tanto? Como sin certeza doy la respuesta, temo luego que, en sucediendo un error, han de quejarse de mí. Pues ¿qué astrólogo acertó cosa ninguna? Pensad que el mejor del mundo sois, que vos os saldréis con ello. ¿Pudo haber cuento mejor que aquel de doña Violante? Mirad cómo sucedió y veréis cómo os holgáis. No puedo alegrarme yo cuando a un punto me atormentan desdenes, celos y amor. Salen Violante y Quiteria con mantos. Señor don Diego, una dama hablaros quiere. (¡Por Dios que, si viene a consultaros, que viene a buena ocasión! Id, astrólogo, que os llama.) (Dejad las burlas.) Descúbrense. Yo soy la que os busca y la que viene solo a quejarse de vos. ¿Vos tenéis queja de mí? Sí: don Juan no se ausentó. Si estaba en Madrid don Juan, decidme ¿por qué razón vos no me desengañastes? Pues ¿pude saberlo yo? Si dije que a vuestra casa iría como en visión y después os llevo al mismo, señal es que fue mayor y más poderosa fuerza la del encanto. Razón es esa a quien yo no hallo respuesta, y, puesto que estoy desengañada, os suplico deis remedio a mi dolor. Don Juan está enamorado de una dama que ocasión fue de quedarse en Madrid. Un su amigo me contó esto, y dice que en secreto casados están los dos. (Esta mujer ¿qué pretende?) Pues vuestro estudio alcanzó tal fuerza, que se aborrezcan puede hacer. (¡Pluguiera a Dios!) Haced que más no se quieran, que se olviden; y el rigor de los celos los abrase. Mueran, pues muriendo estoy. (Bueno es poner en mi mano la cura de mi dolor y pedirme a mí el remedio del mal que padezco yo. Porque me deje, me importa engañarla, que, si doy otra respuesta, en su vida ha de dejarme.) Mintió, Violante, tu amor; tus celos mintieron, que la ocasión de estar don Juan en Madrid fuiste tú, y él se quedó por celos que de ti tuvo. Si un amigo te contó otro amor, mintió el amigo: concierto fue de los dos. Vete y vive satisfecha, que te adora. Yo lo voy con tu respuesta felice. ¿Quién tanta ventura vio? Vanse. ¿Y qué la habéis respondido a su pregunta molesta? Con equívoca respuesta oráculo suyo he sido. Díjela que la quería don Juan y la despreciaba por solo ver si le amaba, y aquella esperiencia hacía. Con esto, si la desprecia, ha de pensar que la quiere, y, si algún favor la hiciere, más engañada y más necia ha de pensar que es amor; y con esto no vendrá a darme la muerte. Ya tenemos otro mayor: cuando a Carlos sutilmente conté vuestra astrología, dije que le llevaría a ver una dama ausente a vuestra casa, y de suerte desea, don Diego, veros que él muere por conoceros y yo padezco la muerte. Mirad, si uno solo así os cansa, lo que serán tantos juntos. Sale don Carlos. (Aquí están los dos; venturoso fui.) Señor don Diego, yo soy un muy grande aficionado vuestro y quien más ha estimado serviros. Muy cierto estoy que tengo esa obligación. Aunque pudiera valerme de amigos, quiero atreverme, fiado solo en razón. Un día a la dama vi de un amigo; yo hice mal de rendirme, aunque leal mi misma pasión vencí. Los ojos fueron despojos del alma sin gusto mío, porque es un cierto albedrío de por sí este de los ojos. No fue amistad verdadera la suya, y yo, por tener venganza, quisiera hacer que le olvide y que me quiera: aquesto vengo a pediros y esto habéis de hacer aquí; tendréis un esclavo en mí eterno. Yo he de serviros, y haré de suerte que os quiera esa dama: proseguid vuestros amores, servid, que, aunque altiva, ingrata y fiera esté los primeros días, a muy pocos os prometo que, yendo haciendo su efeto, le tengan con las porfías. Yo esperaré hasta vencer este imposible de amor. Vase. ¿Hay ignorancia mayor? ¿Que esto se llegue a creer sin mirar que es fingimiento? Pues, en fin, ¿qué respondistes a don Carlos? ¿No lo oístes? Pues hice el mismo argumento con Carlos que con Violante: díjele que su porfía siguiese, que yo le haría después venturoso amante. ¿Y cómo saldréis de aquí? Porfiando alcanzará el favor y me dará todas las gracias a mí. Pero ¡bendito sea Dios que libre un rato me veo de necios! ¡Aún no lo creo! Sale Leonardo. (Aunque estén juntos los dos, hablarle aquí solicito.) Buscando os vengo. (¡Qué presto se cansó!) (Mas ¡que por presto se dijo «no muy bendito»!) Señor, pues ¿qué me mandáis? ¿Hay en que pueda serviros? Yo he de hacer eso y, dejando los cumplimientos prolijos, sabréis, don Diego, que hoy una joya se ha perdido en mi casa, que por gusto más que por valor la estimo. Quisiera que me dijerais dónde está, y ansí os suplico que me estudiéis con cuidado esta figura. (¿Hase visto confusión como la mía? Si alguna mentira finjo, será imposible que deje de averiguarse. Perdido estoy, que el lance es forzoso; pero sin causa me aflijo, pues con nadie importa menos la opinión que he pretendido que con Leonardo; esta vez toda la verdad le digo, que no sé ninguna ciencia, y él quedará agradecido al desengaño. Más quiero perder del crédito mío que engañar a un viejo noble: en esto me determino.) Señor Leonardo, escuchad: yo tuve algunos principios de astrología, es verdad, de donde tomé motivo para tener opinión acreditada de amigos: todos dicen que lo sé, pero ninguno lo ha visto; y es verdad, pues no sé tanto como alguna vez he dicho, porque entonces no importó con poca causa fingirlo. Mas hoy que ya llega a veras, porque no penséis que estimo más la opinión que el trataros verdad, la verdad os digo: yo no sé de astrología tanto que pueda deciros de esa joya. Cuando yo jamás hubiera tenido noticia de que vos sois hombre docto, haberos visto hablar con tanta humildad basta para haber creído que sabéis mucho. Por Dios que no sé nada. Eso mismo que decís es lo que más os acredita conmigo; ansí han de ser los que saben, muy modestos y encogidos: vuelva por ellos su ciencia, no su soberbia. (¡Por Cristo que le da cordel el viejo!) Si yo hubiera merecido ese nombre, yo os dijera la verdad. Otra vez digo que, si fuerais ignorante, os alabarais, y estimo esa humildad por más ciencia, que el hombre que de sí dijo que sabe ese es el que ignora, pues llega a haberlo creído. Y, volviendo a nuestro caso, era la joya un cupido de diamantes. (¡Vive Dios que quiere quitarme el juicio!) ¿Cómo tengo de decir que en mi vida no he sabido si son los planetas siete ni si son doce los signos, si el zodíaco guarnecen, si anda el sol por su epiciclo, por la eclíptica o por dónde? Don Diego, aunque habéis querido de propósito ignorar, verdad en todo habéis dicho, que también yo alcanzo un poco. Olvidóseme deciros que faltó entre once y doce la joya. (¡En qué laberinto me pusistes, don Antonio!) Sale Morón. (Importante es el aviso; yo llego). (Señor, escucha: todo cuanto ha sucedido después que no voy allá es que esta mañana vino don Juan a su casa, y ella por favor le dio un cupido de diamantes. Con su padre fingió habérsele perdido y él también fingió venir a buscarle de camino con unas cartas). (¡Morón, a qué buen tiempo has venido!). Perdonadme, que un criado la respuesta me ha traído de un recado que me importa. Disculpado estáis conmigo; pero ¿qué me respondéis de esotro? Yo he pretendido disimular hoy con vos mi estudio por no deciros cosas que os han de pesar; mas, puesto que habéis querido saberlo, yo esta mañana toda la figura he visto, que su prima me avisó de cómo se había perdido: un hombre que en vuestra casa hoy vestido de camino ha entrado tiene la joya, y, pues tanto habéis querido saberlo, no me culpéis si os pesare de lo dicho. (¡Lo que la necesidad hace! Aquel hombre que vino de Zaragoza, ese hurtó la joya; mas qué mal hizo Naturaleza en poner en aquel talle aquel vicio. He de buscalle y cobralla, aunque con otro desinio, para pedirla sin que él eche de ver que he sabido su flaqueza; para esto habrá trecientos caminos). ¿Veis, don Diego, cómo yo nunca me engaño? Si digo una vez «este hombre sabe», es cierto. Agora os suplico que vais a verme esta noche, que habéis de cenar conmigo. Yo iré a serviros, señor. Vase Leonardo. Don Antonio, ¿habéis oído otro cuento como este? A tiempo llegó el aviso, que, si no, el viejo apretaba notablemente. Sale el escudero. (Que vino por esta parte don Diego allí mi señor me dijo.) De bravo aprieto salí; pero ¿si el viejo ha tenido pensamiento de pedille la joya? El enredo es lindo si él le prende por ladrón —o por yerno, que es lo mismo, pues de la hacienda y la vida entrambos son enemigos—. (Él es.Yo llego.) Señor don Diego, por quien se dijo lo de «¡oh, qué lindo don Diego!», pues sois el don Diego lindo, a suplicaros me atrevo un poco por haber sido criado de una señora que vos amáis y yo sirvo. Ya os conozco. ¿Qué queréis, buen Otáñez? Yo he vivido mucho tiempo muy reglado, con cuya cuenta he podido, para pasar mi vejez, juntar algún dinerillo. Quisiera irme a la Montaña y, por temer los peligros que a un hombre, y más con dinero, suceden en los caminos y por ahorrarme la costa, humildemente os suplico que me enviéis a mi tierra por encanto, pues yo he oído que llegaré si queréis en un instante muy chico. (Esto solo me faltaba.) (Este encanto o este hechizo a mí me toca, señor, y ansí por merced te pido me le remitas a mí.) Id al punto a preveniros, que esta noche habéis de ir. Morón estará advertido de lo que ha de hacer. Señor, deste Morón no me fío. Pues ¿atreverase a hacer más de lo que yo le digo? Vanse don Antonio y don Diego. Mucho me pesa por vos hacer nada, mas ya he visto que he de obedecer por fuerza a mi amo. Pues yo digo que no lo habéis de perder. Ea, pues seamos amigos, y lo que ahora habéis de hacer es poneros de camino, botas y espuelas; si acaso tenéis algún papahígo, llevalde,que es menester caminar con grande abrigo, porque en las sierras de Aspa hace temerario frío; aunque vos en esta vida más veces habéis temido aspa y fuego que aspa y nieve. Mentís, que no soy judío. En fin, si aquesto ha de ser del modo que os significo, habéis de estar a la puerta de vuestro jardín en hilo de las doce. Pues yo voy a prevenirme. (¡Por Cristo, que esta vez, viejo avariento, en la trampa habéis caído!) Vanse. Sale don Juan. Llegó el felice día del fin dichoso de la pena mía, pues ya seguro puedo ver a mi bien sin que me cause miedo los celos de Leonardo, cuya amistad hacer eterna aguardo. Sale Leonardo. (Él es; tiemblo de hablalle. ¡Que un mozo desta cara y deste talle hiciese tal! A no tener María su gusto aquí, por vida suya y mía que no se la pidiera, y he tenido vergüenza de miralle; pero no me daré por entendido de que él la hurtó.) Yo vengo, don Juan, buscándoos. Desde aquí me tengo por dichoso si ha sido para mandarme, porque, agradecido al favor, he deseado serviros. (¡Qué cortés, qué bien hablado! Gran lástima es, por cierto, que veneno tan vil esté encubierto en tan hermoso vaso). Yo he venido, don Juan —vamos al caso—, buscándoos (ciego estoy) porque he sabido que una joya tenéis que hoy se ha perdido en mi casa (turbado, qué presto su delito ha confesado). (¡Cielos! ¿Qué es lo que he oído?). No digo yo que vos habéis tenido culpa, si no es aquella mano de quien la hubistes. (¡Triste estrella es la mía!) Ni dudo, don Juan, que quien la dio darla no pudo. Vos estáis disculpado, pues al fin la tomasteis engañado. (Ansí un error tan grave le pretendo dorar.) (Todo lo sabe; celoso viene; mas, por Dios, María, que aquí toda la culpa ha de ser mía.) Señor. Yo no pretendo, don Juan, satisfación. Dártela entiendo para que de tu engaño llegues con mi verdad al desengaño. La joya yo la tengo, que esta es. La disculpa que prevengo no es para mí; yo he sido solamente, señor, quien ha tenido culpa, que te ha engañado quien te dijo que nadie me la ha dado. (Tanto su error le ciega que se le encubro yo y él no lo niega.) Yo solo… Don Juan, mira, que yo lo sé muy bien. (¿A quién no admira que él venga a disculparme? Luego el mejor camino es declararme.) Señor, pues has sabido quién la joya me dio, más advertido sabrás que ha muchos días que con piedad oyó las quejas mías, y, como habrás oído, aunque pobre, señor, soy bien nacido. Disculpas son forzosas. Mozo fui; no me espanto desas cosas. Pues que mi bien dispones, por quitarnos de tales ocasiones, honra la humildad mía con tu hija, señor, doña María, y cesará con esto la ocasión que en tal lance nos ha puesto. Tú mismo... Poco a poco, don Juan (este hombre es loco: porque él ladrón no sea, quiere que yo le case —¿hay quien tal crea?— con mi hija, y ¡qué presto dijo que la ocasión cesa con esto!) Vete cuando quisieres, que casar con mi hija no lo esperes. Don Juan, yo te prometo… ¿A tu hija, señor? Basta el secreto. Vase. Pues ¿cómo me ha dejado Leonardo ansí, después de haberme dado ocasión que pidiese? ¿Dísela yo para que así se fuese? ¿Cómo, si ya sabía quién la joya me dio, quién la tenía, no remedia sus daños? De un engaño nacieron mil engaños. Sale Violante y Quiteria. Señor don Juan, no creía que, aunque pudo en tal violencia faltar la correspondencia, pudiese la cortesía. También la voluntad mía se acabó, mas no por eso os olvido, pues confieso que os quise. (Esto me faltó agora para que yo de una vez perdiese el seso.) Mandaisme que en vuestra casa no entrase; yo he obedecido por estar más encendido otro fuego que me abrasa. Corrió el tiempo, el gusto pasa; si vos misma me mandáis que no os vea, ¿qué os quejáis si os obedezco? ¡Qué bien sabéis fingir un desdén! Mirad si algo me mandáis. Solo que no me mostréis estar aquí con disgusto, pues yo sé que tenéis gusto de verme cuando me veis; pues me amáis, pues me queréis, ya es la entereza sobrada. Estáis, por Dios, engañada, que, después que otro sol vi, sois,Violante, para mí la cosa más olvidada. Vase. ¿Hase visto ni se ha oído en un hombre enamorado desprecio tan mal fundado ni desdén tan bien fingido? Antes presumo que ha sido verdad cuando a mirar llego que en un engaño tan ciego te quieres asegurar. Pues ¿esto puede faltar si me lo dijo don Diego? Lo que yo he visto es que aquí hizo tan notable exceso. Pues ¿vesle? Con todo eso se va muriendo por mí. ¿A eso te persuades? Sí. Con aquel desdén prolijo más me alegro que me aflijo. Mira que el tiempo se muda. ¿Esto puede tener duda si don Diego me lo dijo? Sale Carlos. Si tu luz hermosa sigo, escucha, hermosa Violante, oye un declarado amante que ha sido encubierto amigo. Aunque hoy mis penas digo, testigos fueron los cielos de que lloré sus desvelos. (Don Juan, con venganza estraña engáñese quien engaña: tenga celos quien da celos. A Carlos he de fingir que quiero para probar si celos se saben dar como se saben pedir.) Si no me atrevía a decir mi afición, fue por temer. Bien la supe conocer si pagarla no he sabido, porque no le es permitido declararse a una mujer. Carlos, vergüenza y respeto tuvieron la lengua muda. (Ya del hechizo sin duda se va mostrando el efeto.) La vida y alma os prometo, Carlos, cuando a tanto fuego turbada a abrasarme llego. Vanse. Al fin la supe obligar; mas ¿esto pudo faltar si me lo dijo don Diego? Vase. Sale el escudero con botas y espuelas, y galán. ¡Adiós, Madrid! Desta vez no pienso volver a verte, que va a buscar buena muerte quien tuvo mala vejez. Mas ¡cómo tarda Morón! Sale Morón. Yo estoy aquí. ¿Venís ya prevenido? Todo está, amigo, puesto en razón. ¡Qué cabalgadura os tengo! (No entendí que hasta este día mozos de diablos había como de mulas.) Prevengo que, aunque mucho ruido oigáis de voces muy lastimosas, de aullidos y de otras cosas, ni os turbéis ni los temáis, que no es nada. Ahora tapaos con ese gabán muy bien, y yo los ojos también he de atar. Arrebozaos con mucho brío, eso sí. La mula está aquí; saltad. ¡Jo, demonio! Ahora tomad esta rienda, y, porque ansí vais más seguro, yo quiero ataros contra la silla. Estará caballero en un banco. Tened de un pobre mancilla; no atéis tan fuerte. ¡Escudero, que por esos aires vas! Yo siento que voy volando, que la voz se va quedando. (¡Aquí me lo pagarás!) Vase. Sale doña María y don Juan. ¿Que mi padre te pidió la joya? A enojo tan fuerte mil disculpas le previne, todas a efeto de hacerme culpado, porque quedases en su conceto inocente. (Que paso sin duda agora por un lugar me parece, porque en el viento he escuchado hablar a diversas gentes.) Sale Beatriz. ¡Ay, señora! Mi señor con el convidado viene. ¿Qué hemos de hacer? ¿No podrás llevarle tú a mi retrete? No, que ya está en el jardín. Pues fuerza será esconderte detrás de aquellos jazmines. Sale don Diego, Leonardo, Morón y don Antonio, y escóndese Juan. Agradable vista ofrece este jardín: bien le adorna con su hermosura esta fuente y esta fresca galería. (Ya es otro lugar aqueste, pues de las que oí no ha mucho son las voces diferentes). Mucho me huelgo de veros con salud, señora. Siempre para serviros. Entra Violante y Carlos. ¡Aguarda! Yo he de entrar. ¿Qué ruido es ese? ¿Qué es lo que intentas,Violante? No te espantes de que entre ansí, Leonardo, en tu casa, que tales licencias tiene en los hombres el engaño y el desprecio en las mujeres. Yo vengo siguiendo a un hombre que es el que a tu hija quiere y está dentro de tu casa escondido. Desta suerte quiero avisarte, intentando que tú por los dos te vengues. (Las voces son lastimosas que prevenidas me tiene Morón; no hay de qué espantarme.) ¿Un hombre en mi casa? Tente, señor. No me ha de quedar un átomo que no queme. (Estas son las confusiones; ninguna mi pecho teme.) Un hombre está atado aquí. ¿Atado? ¿Qué encanto es este? ¿Hombre aquí? ¿Quién puede ser? Ya están rotos los cordeles. Ya he llegado. ¡Ah, patria mía, deja que tu tierra bese! ¿Qué es esto, Otáñez? ¡Jesús! ¿Pues tú también, señor, vienes a las montañas? ¿A qué? Oigan, y qué honrada gente; todos estamos acá. Figurilla de bufete, en Madrid estáis. Por Dios, que es verdad. ¡Jesús mil veces! Detrás de aquellos jazmines hay alguien. Dejad; ¿qué gente? Si es, señor, para vengarte, rendido a tus pies me tienes: yo soy quien pudo escondido estar aquí. Pues ¿qué quieres? ¿No te bastó la de hoy, que hurtarme otra joya quieres? No soy ladrón, que tu hija, que mi humildad favorece, me dio la joya, y yo quise, por disculparla, ofenderme. Pobre soy, pero mi sangre por mayor lustre merece en tu enojo más piedad. (Honor, otro caso es este, y, para templar el daño, consejo muda el prudente.) Dale la mano a María, porque quiero desta suerte que de mi honor las sospechas todas satisfechas queden. ¡Dichoso soy! Tú, don Diego, como, aunque fingidamente, descubriendo mis secretos quisiste estorbar mil veces mi casamiento, en efeto no pudiste, luego miente tu ciencia. ¿Ves cómo a mí me dijiste que estuviese segura que me quería don Juan, y al llegar a verle le hallo casado con otra? ¡Mal haya, amén, quien os cree, astrólogos mentirosos! ¿Ves, don Diego, cómo hacerme de Violante firme amante prometiste, y locamente viene a buscar a don Juan, celosa de sus desdenes, sin acordarse de mí? Luego no hay cosa en que aciertes. ¿Ves cómo a mí me dijiste que iría muy brevemente a la Montaña, y me estoy en Madrid? Señores, cesen los baldones, que harto ha hecho hasta agora en defenderse no siendo astrólogo. ¿No? Ya mi señora no pierde, supuesto que está casada, en cuanto llegue a saberse. Yo le dije tus amores a Morón. Y brevemente yo se los dije a don Diego. Y él a mí. Yo estoy presente, a quien vos se lo dijistes, porque yo estaba inocente; yo se lo dije a Violante. ¡Muy lindo secreto es este! ¡Qué frío os habéis quedado! ¿Alguno obligarme puede a más que no adivinar? Pues yo juro eternamente de dejar mi astrología. Esta boda se celebre, para que con su contento suplan las faltas que tiene Un astrólogo fingido, si tantas perdón merecen.