Pedro Calderón de la Barca El monstruo de los jardines Comedia famosa Personas AQUILES. DEIDAMIA. TETIS. CINTIA. SIRENE. LIDORO. DANTEO. ULISES. EL REY. LIBIO. CRIADOS. MÚSICOS. ARMINDO. ACOMPAÑAMIENTO. Jornada I Dentro voces. Vira al mar. Es inútil la porfía, porque el viento que corre es travesía. Amaina la mayor. Iza el trinquete. A la driza. A la Escoca. Al chafaldete. Dé el Esquife en la Playa, y el Príncipe no más a tierra vaya, ya que abismos de yelo nos encubren. S Piedad dioses. Piedad cielos. Piedad cielos, piedad dioses sagrados, y si del voto que ofrecí obligados, en este esquife este fragmento poco, que ha sido mi delfín, la orilla toco de esta desierta playa, que del mar la soberbia tiene a raya, veréis que fiel en clima tan remoto la arena beso y revalido el voto, pues desdicha no hay, no hay desconsuelo que no enmiende el vivir. Sale LIBIO. ¡Válgame el cielo! ¿Cúya esta voz ha sido? De un cofadre de Baco, que ha salido por no hacerle traición del mar a nado, pues el no beber agua le ha escapado. ¿Libio? ¿Señor? Notable es mi alegría, viéndote vivo. Cuál será la mía. En fin, solos los dos hemos salido a tierra. En que se ve cuán bueno ha sido, pues vencimos los dos las amenazas del mar, el ser los hombres calabazas. Mira si en lo fragoso de esas peñas sendas hallas, o señas, que de sus moradores den indicio. Ni cabaña descubro, ni edificio, ni cosa que no advierta, ser esta isla bárbara y desierta. Dices bien, pues sus troncos, que de quejarse al abrigo están roncos, mal pulidos los veo; sus plantas sin cultura, sin aseo sus flores, solo oyendo en ecos graves bramar las fieras y gemir las aves, todo dice terror, puesto que dice. Dentro. ¡Ay mísero de mí!, ¡ay infelice! ¿Oíste una voz? Y lleno de asombro, juzgaría que en el seno de aquesta peña bruta se formó su lamento Ni aquí hay gruta, ni quiebra alguna que su dueño oculte, si ya no es que en su centro le sepulte; pero escuchemos otra vez, y vamos lo intrincado rompiendo de estos ramos, hasta saber qué voz, qué tierra es esta. Dentro instrumentos. Venid, venid zagales, al templo divino de Venus y Marte. Bien que este no es desierto juzgo agora; República es entera, pues con tanta variedad, ya se canta y ya se llora. ¿A dónde no se llora y no se canta? Bien que a mí más me espanta aquesta voz que dice... ¡Ay mísero de mí!, ¡ay infelice! ...que me consuela aquella, por más que a oposición de su querella en conceptos repita desiguales... Venid, venid zagales, [al templo divino de Venus y Marte.]1 Un escuadrón festivo pisando el seno de ese escollo altivo, ni bien mar, ni bien tierra, de su cumbre vencer piensa la inmensa pesadumbre. Salgámosles al paso, y informados del náufrago fracaso que nos ha sucedido, el susto reparemos y el vestido. Necio será quien en asombro tanto antes crea a la música que al llanto; y así, Libio, es mejor que, recatados, destas peñas y troncos amparados, un instante esperemos; sepamos de qué gente nos valemos, que puede ser que sea isla que el mar en círculos rodea de bárbaros, y más cuando advertidos estamos de otros míseros gemidos. Pues ya llegan, escóndete y veamos, señor, qué gente es. Incultos ramos; mientras cobro el aliento, sedme un rato prestado monumento. Sepa por qué un lamento triste dice... ¡Ay mísero de mí!, ¡ay infelice! Cuando festivos otros dicen graves... Venid, venid zagales, [al templo divino de Venus y Marte.] Sale EL REY, ULISES, DEYDAMIA y ACOMPAÑAMIENTO. Esa eminencia que tan alta sube, que empieza en monte y se remata en nube, asiento es peregrino del templo que buscamos. Ya el camino entre aspereza tanta, la senda, nos enseña ¡aquella, ¡oh tarde!, ¡oh nunca!, vallada peña de bruta huella, ni de humana planta! Aunque su inmensa elevación espanta por áspera que sea, llegar al templo mi piedad desea. Ven, pues, porque propicio por ti Marte responda al sacrificio. Ya te sigo, mostrando mi obediencia. Venid todos cantando, porque admita veloces el dios de las batallas nuestras voces; que si su culto aprecia, presto de Troya ha de vengarse Grecia. Venid, venid zagales, [al templo divino de Venus y Marte.] Vanse y salen los dos. Cielos, ¿qué es lo que veo?, ¿cuánto fue la verdad más que el deseo? ¿Viste, Libio, en tu vida tropa más bella, escuadra más lucida, así por la dulzura de su canto süave, como por la hermosura, que honestamente grave, reina de todas coronarle sabe? Digo que yo he quedado atónito y pasmado, viendo que tan extraña gente habite esta bárbara montaña. Sigámoslos, que ya no hay que temamos rigores, ni crueldades, pues entre ellos deidades admiramos, y es fuerza ser piadosas las deidades: dónde estamos sabremos, y cúya fue la voz cuyos extremos nos asombró diciendo antes. (Dentro.) ¿Adónde, bella Deydamia, tu beldad se esconde, cuando en tanta aspereza, sigo tu voz y pierdo tu belleza? Si la lástima, si el llanto, para los humanos pechos siempre cartas de favor han sido: a esas plantas puesto. Un peregrino del mar, que derrotado y deshecho aborto fue de la espuma, os pide... Pero, ¡qué veo! ¡Válgame el cielo!, ¡qué miro! ¡Señor invicto! ¿Danteo? Dame tus pies. En tus brazos he de asegurar el puesto. ¿Libio? Por más que te admires, te admiras poco. ¿Qué es esto? ¿Qué ha de ser? ¡Desdichas mías! Y porque absorto y suspenso no te embareces conmigo, cuando yo de ti pretendo informarme de qué tierra es esta, cómo el desierto destos peñascos habitas y quién es quien vive en ellos, con mis pesadas fortunas te he de salir al encuentro, por desocuparles todo el campo a mis sentimientos. Ya sabes que el Rey, mi padre, prudente, advertido y cuerdo, trató casarme en Egnido con el divino sujeto de Deydamia, infanta suya; mas, ¿para qué lo refiero, y más a ti, siendo tú quien vino a traer los medios? Escribiste pues, que estaban ajustados, añadiendo de la beldad de Deydamia, sumos encarecimientos. Yo atento, no sé si diga a tu fama mi deseo, que es gran príncipe de amor, estar uno a amar dispuesto. Pedí licencia a mi padre, para venir a su reino, por ella, en persona; él liberal me la dio, haciendo estimación del agrado, y de la fineza, aprecio. En un bajel pues, que pudo ser mejor que el de Argos mesmo, dibujado por imagen de estrellas y de luceros, salí una tarde de Epiro, ufano, alegre y contento, tanto como agora estoy triste, confuso y suspenso; pero no me quejo, no, de la fortuna, aunque veo ejecutados en mí sus sañas; de mí me quejo, que es merecido castigo de quien imprudente y necio, sin mandar al viento, fía sus esperanzas del viento. Dichosamente apacible me favoreció algún tiempo, mas, ¿qué bien fundado en aire, no se desvanece presto? Al lobreguecer la noche de ayer, algo más violento, empezó a inquietar las ondas, y todo ese vago imperio a amotinarse, no solo contra mí, mas contra el cielo, pues en odio de sus luces, gigante de agua soberbio, se rozó con las estrellas, montes sobre montes puestos. Tal vez puede mis desdichas escribirlas con el dedo en ese papel azul, y tal en el mismo centro escribirlas en la arena, las dos distancias midiendo de la sombra del abismo, y la luz del firmamento. Ya el rumbo pierde el piloto, y el timonel pierde el tiento, y en no entendidas faenas, por mandar más obran menos. Babilonia de las ondas era el bajel, cuyo estruendo de voces nos confundía, más que aliviaba, ¡oh qué cierto es, que donde todos mandan, nadie obedece, y que el riesgo mayor es cuando provee la necesidad los puestos! Cruje el pino atormentado de uno y otro embate; el lienzo, de una ráfraga y de otra, azotado cruje, haciendo rumor como hacía gemido; que hasta un cáñamo y un leño parece que sienten, cuando mal confundido el consejo, con el acuerdo de todos, no es de ninguno el acuerdo. En este horror, esta grima, pasamos la noche, siendo del marinaje el estudio, de la náutica el precepto, albedrío de las ondas, hasta que el primer reflejo nos divisó los celajes deste monte, sucediendo a los peligros del mar los de la tierra; supuesto, que a penas la lealtad quiso que a mí el esquife pequeño salve, cuando desbocado bruto el bajel en aquellos peñascos, vuelta la quilla, fue lóbrego monumento tan de todos, que no más que Libio gozó del puerto. De mi venida, la causa es esta, este mi suceso. Dime, pues, ¿dónde he llegado?, ¿quién es el prodigio bello que aquí habita y cómo aquí estás tú, porque con eso se consuelen mis desdichas, se alivien mis sentimientos, se cobren mis esperanzas, y se restauren mis riesgos? Bien antes que te informara de todo, quisiera, atento al reparo de tu vida, llevarte a un barco que tengo en el mar, pero mirando cuánto está sañudo y fiero por una parte, y por otra, que las dudas de mi pecho no es posible que te den espera, escúchame atento, y lo tardo del abrigo salve el informe de presto. Llegué a Enido, efectué los ya tratados conciertos, di aviso al Rey mi señor, escribite a ti lo menos que pude y lo que más supe de Deydamia; pero esto no es ahora del caso, vamos tus dudas satisfaciendo. Ya sabes cuánto ofendida Grecia del atrevimiento de Paris, tratando vive de su venganza los medios; y que todos cuantos reyes contiene el poblado cerco, que el archipiélago baña, conjurados a este efecto se han aliado, de cuyos grandes apercibimientos es el movedor Ulises, a quien por valor, y ingenio, para la guerra de Troya da Grecia el marcial gobierno. Este, pues, a Egnido vino, donde prevenido y cuerdo su rey, dijo, que en la liga no había de entrar si primero el oráculo de Marte no le daba avisos ciertos de que auxiliar prometía los militares aprestos de aquesta guerra. Aquí, ahora importa que más atento me oigas, porque empieza aquí el más extraño suceso de cuantos guarda la fama en los archivos del viento. Este monte, que por todas partes el mar ciñe, siendo a su fortificación foso inexpugnable, un tiempo isla fue habitada donde sus moradores vivieron con política, aunque hoy no es más que escollo desierto. La causa de despoblarse dicen que fue, que su ameno pensil la deidad de Tetis tuvo por divertimiento, a que del mar con sus ninfas salía, y aquí Peleo, príncipe joven, llevado de sus amantes afectos, forzó su hermosa beldad, dando el robo a sus deseos la ocasión. Ella, ofendida del injusto atrevimiento, el tálamo destruyó, inundando a nieve y fuego los edificios, los troncos, y los vecinos, que fueron, sin cuidar de su defensa, cómplices de su desprecio. Desde entonces en sus grutas diz que se oyen por momentos tristes gemidos, de quien la mitad responde el eco. Nadie examinar se atreve el ignorado portento de una cueva que sellada de un peñasco está, aunque dentro en humana voz se escuchan quejas, ansias y lamentos. De la ruina solamente perdonó el sagrado incendio en la cúpula del monte el edificio de un templo consagrado a Marte; en él, atropellando los miedos de la inhabitada isla, el rey de Egnido, Polemio, con Deydamia y con Ulises, nobleza y plebe del reino, hacer quiso el sacrificio de Marte, porque con eso más obligado responda al ver que a su culto atento viene a renovar las aras que cubrió de olvido el tiempo. Esta es la causa de hallarnos todos aquí. Según eso, Deydamia es aquel hermoso prodigio, aquel pasmo bello, que arrebató mis sentidos, al verla agora encubierto de estas peñas. Es sin duda. ¡Cuánto a mis fortunas debo! Pues que ya informado estás, ven conmigo, porque luego que te repares, señor, vuelvas al bajar del templo a hablar al Rey y a tu esposa. Eso no, que fuera necio quien a vista de su dama, y más al lance primero, llegara con el desaire de llegar pobre. Y qué cierto; porque el ser pobre da un asco tan grande que aun parecerlo de prestado causará en ella aborrecimiento. Pues, ¿qué has de hacer? Encubrir mi nombre hasta que, escribiendo a mi padre su asistencia, me adorne de lucimientos dignos de decir quién soy; y así... Dentro terremoto. Dentro. ¡Qué horror! ¡Qué portento! ¡Qué asombro! ¡Qué confusión! Terremoto. Divinos dioses, ¡qué es esto! Dentro del templo de Marte se oyen marciales estruendos de trabada lid. Ya el duro terror, el monte soberbio estremecido parece Terremoto. que se arranca de su centro. ¡Qué admiración tan notable! Valiente Ulises, ¿qué es eso? Sale ULISES asombrado. Apenas al templo entramos cuando Marte respondiendo al piadoso sacrificio, prorrumpió en horrible acento: «Troya será destrüida y abrasada por los griegos, si va a su conquista Aquiles a ser homicida de Héctor. Aquiles, humano monstruo de aquestos montes, en ellos un risco...». Y aquí trocada la voz quedó, confundiendo las señas que iba a decir, turbados los elementos, la tierra hablando en temblores, en relámpagos el fuego, el mar en roncos bramidos, y el aire en tristes concentos; porque otra deidad, sin duda, (¿quién ignora que sea Venus?) que es afecta a los troyanos, ofendida que el agüero el oráculo descifre, quise con este portento desvanecerle, pensando que el susto, el pasmo o el miedo nos embarece buscar al monstruo Aquiles, queriendo que nos le oculte el asombro o nos le ignore el estruendo. ¿Y el Rey y Deydamia? Todos admirados del suceso, decienden ya. Nadie entienda quién soy. Seguiré tu intento. Salen todos. Pues de Marte la sagrada voz nos avisa, diciendo que en este monte está Aquiles y que en él el vencimiento de Troya consiste, en tanto que él no parezca, no debo firmar la liga; y así, lo más que ofrecerte puedo es la diligencia: todos las entrañas penetremos deste monte en busca suya. Tronco a tronco y centro a acentro, en escuadras divididos, sus grutas examinemos. No quede sitio, que no le averigüe el valor nuestro. Si un extranjero, señor, que hoy del mar, pobre, deshecho, tomó puerto en estas rocas, merece a tus plantas puesto, licencia de hablar, diré en qué parte escuché, dentro de una roca, humanas voces. El aviso te agradezco. Llévame allá, que sin duda es la gruta que ha descubierto este asombro. Yo he de ser la primera que corriendo sin ente vaya. Esto no, que es fragoso su desierto para tus plantas; y así, que tú te quedes te digo con Cintia y Sirene. ¡Cuánto a mi pesar te obedezco! Por si la cueva otra boca tiene, no se escape huyendo, tú, Ulises, por esa parte corre el monte; tú, Danteo, por esotra; tú conmigo ven, generoso mancebo. Tú verás mi diligencia. Tú conocerás mi afecto. Pues, con cualquier novedad, volveremos ese puesto, y para no errarle, es bien que las voces e instrumentos sirvan a los tres de aviso y a ti de divertimiento; y así, Deidamia, haz que siempre sonando estén sus acentos. Al monte. A la cumbre. Al llano. Ven, joven. Ya te obedezco. Sígueme, Libio. Sí haré; aunque para un forastero convidarle a cazar monstruos por mal agasajo tengo. Ven Libio. ¡Ay bella Deidamia!, mintió tu encarecimiento. Dentro. Al llano, a la cumbre, al monte. ¡Oh, qué injustamente, cielos, con más penas que las mías, ocupáis mis sentimientos! ¿De qué suspiras? ¿Qué llora? ¿Las dos me preguntáis eso, cuando a las dos el decirlo no importa para saberlo? ¿Ignoráis que el Rey, mi padre, tirano de mis deseos, casarme trata en Epiro, sabiendo de mí que tengo por natural condición tan grande aborrecimiento a los hombres que no ha habido quien me merezca un desprecio? Y cuando no fuera tanta esta altivez, ¿cómo puedo dejar de sentir que un hombre, sin vencerme los despegos, sin sufrirme los desvíos, haya de llamarse dueño, introduciéndose antes al dominio que al afecto? Las soberanas deidades antes de nacer tuvieron sabido para quién nacen. Aun eso, esto que yo siento, y dejando este cuidado que aflige como primero, ¿cómo pudo no tener otro segundo que hoy tengo? ¿Qué cuidado? Astrea, mi prima, con quien en mis años tiernos pasé la primera infancia, sin que haya podido el tiempo apartar los corazones; pues aunque es verdad que puedo asentar que de sus señas, o poco o nada me acuerdo, con todo, ni la han sacado de los cariños del pecho la ausencia ni la distancia mantenidas del acuerdo en el gobierno de Acaya, donde su padre había muerto, llamada viene de mí a vivir conmigo, y temo que esa pasada tormenta, que echó a pique en estos puertos un bajel, sea el que a ella la traía. Los sucesos no gustosos, mejor es desecharlos que temerlos. Siéntate y descansa un rato, que nosotros cantaremos, sirviendo el canto a dos luces de aviso y de pasatiempo. Cantad, pues, mientras yo doy treguas a mis sentimientos. Duérmese DEIDAMIA; mientras cantan, abre una roca AQUILES y sale a la boca. Cantan. Desdichado del que no vive engañado. Canta. ¿Qué importa, si oyendo estoy, Nise, tu agrado amoroso, que tú no me hagas dichoso, si yo pienso que lo soy? Canta. Crédito al semblante doy, aunque me mienta el semblante, pues ya vivo aquel instante en que me miente tu agrado. Desdichado [del que no vive engañado.] Sale AQUILES de pieles. Cielos, ¿qué voz tan sonora es la que hiere mi oído?, ¿qué nuevo pájaro ha sido este que hoy llama a la aurora? Todo mi vida lo ignora, pero, ¿qué mucho, si he estado desde que nací encerrado en esta bóveda obscura, sin ver del sol la luz pura, ni qué es cielo, ni qué es prado? La deidad que aquí me cría y a verme de noche viene, puesto precepto me tiene que no salga a ver el día; y aunque la obediencia mía las leyes pudo guardar, este canto singular a romperla me resuelve: la gruta abro por si vuelve segunda vez a cantar. Canta. Si disimula el engaño el amor que no hay en ti, ¿qué importa haber daño en mí, si yo no conozco el daño? Canta. Nunca llegue el desengaño pues mejor me está vivir engañado que morir celoso y desesperado. Desdichado [del que no vive engañado.] ¡Qué dulce voz!, ¡qué süave! Ya que he podido romper la prisión, tengo de ver qué plumas te viste ave que robar el alma sabe. Parece que se ha dormido Deidamia. No hagamos ruido, que no importa el avisar, más que el verla descansar. Vanse. Ya de la cueva he salido, y al ver del sol la luz pura, se ciega la vista mía; salgo a ver el claro día, y doy con la noche obscura. ¡Qué variedad!, ¡qué hermosura tan admirable! Y si creo a mis noticias, no veo cosa que como ellas sea. ¡Oh cuánto finge la idea! ¡Oh cuánto vuela el deseo! Aquel azul resplandor, el cielo debe de ser; la tierra, a mi parecer, será este hermoso verdor; este árbol, esta flor, ave esta; esta transparente fuente, aquel mar... Mas, detente, discurso, que tu voz yerra; que esto solo es cielo, es tierra, mar, árbol, flor, ave y fuente. Cielo, pues está adornado del sol y de las estrellas; tierra, pues colores bellas su vestido han matizado; árbol, pues de su tocado el viento las ramas mueve; flor, pues aljófares bebe; mar, pues riza albas espumas; ave, pues tremola plumas, y fuente, pues toda es nieve. De todo cuanto llegué a ver, esto es en rigor lo mejor de lo mejor: como esta su mano fue, ¡ay Dios!, ¿me atreveré a tocarla? Osado llego; ¡ay, que me abraso! ¡ay, que ciego me yelo!, ¡oh áspid aleve!, a la vista eres de nieve y eres al tacto de fuego. Mas con tu yelo o tu ardor tan poca daño me has hecho que antes siento acá en el pecho bien hallado mi dolor; ¿no tuve pena mayor jamás, pues de gozo llena la alma, otra vez se condena a sentirla, discurriendo cuál sera su gloria siendo tan apacible su pena? Mas, ¡hay esperanzas vanas!, que entre las cosas que oí a quien me ha crïado aquí, una es, ¡desdichas tiranas!, que hay deidades soberanas, y si aquestas son verdades, ya con dos contrariadades argüí en mis pareceres: si hay deidades, tú lo eres; si no lo eres, no hay deidades. Y supuesto que ya aquí tal te conoce y te adora mi vida, tengo... Sale SIRENE. Señora, ya todos..., mas, ¡ay de mí!, ¿qué miro? No huyas así... ¡Fiero monstruo! Y dime, puesto que has hablado... Suelta presto. ¿Tan grande asombro te doy? Oye, aguarda. ¡Muerta soy! ¡Valedme, dioses! Cáese desmayada SIRENE y despierta DEIDAMIA, y él se halla entre las dos. ¿Qué es esto? ¿Quién da voces? Mas, ¡ay cielos!, ¡quién vio asombro semejante! Óyeme tú, y no te espante mi vista ni dé recelo. Viva estatua soy de yelo. Que solo saber quisiera, en la confusión primera de tantas dudas esquivas, si importó, por que tú vivas, que esotra deidad se muera. Cuando tú sin vida estabas, ella con vida venía; cuando ella estatua fría, ¿tú de respirar acabas? Dime si el alma la dabas prestada por el instante que no te era a ti importante; porque siendo así, que a dos una alma sirve, ¡por Dios!, que mi rudeza ignorante a tu ser ha de pedir, que a cobrarla se resuelva, y porque ella a sentir vuelva, que vuelvas tú a no sentir: no porque he de consentir, no porque he de conseguir más gusto en que viva aquella que tú, siendo tú más bella, sino porque yo al pasar, me pueda al alma abrazar para quedarme con ella. De tu semblante feroz el susto en horror se muda, que no es racional tu duda, aunque es racional tu voz; y mi discurso veloz se atreve a juzgar no en vano, que hombre humano eres. Tirano tu ser el alma imagina: ¿téngote yo por divina, y tiénesme por humano? Hijo soy de una deidad, que esto solo sé de mí, porque desde que nací no la debo otra piedad. Vuelve SIRENE. Pues, ¿cómo así? La crueldad suspende. Ya en sí volvió Sirene. ¿Cómo cobró su ser, sin faltarte a ti? ¿Tienes alma y vida? Sí. Luego, ¿no eran tuyas? No. Gran autor debe de ser el que con eterna palma a cada cuerpo da un alma, y una vida a cada ser; ¿quién eres tú? Una mujer. Dulce nombre: ¿tú quién eres? Una mujer. ¡Qué placeres tan tiernos, tan amorosos! ¡Vive Dios que sois hermosos animales las mujeres! Mas, ¿cómo si viendo estoy en las dos una excelencia, hay tan grande diferencia en las dos, que al veros hoy, con igual afecto os doy una alma que tengo bella, y tan al contrario della usáis, que al irla a cobrar, tú me la vuelves a dar y tú te quedas con ella? ¿Qué poder en ti más fuerte puso el cielo, pues a ti el verte me basta a mí, y a ti no me basta el verte? Tu hermosura me divierte, la tuya me da pasión, y en igual admiración, con desiguales enojos, tú te quedas en los ojos, tú te entras al corazón. Señor monstruo, que hay, confieso, en lo que va a discurrir, muchísimo que decir, mas yo no estoy para eso. ¡Muerta estoy! Estoy sin seso al ver tanta rustiqueza, en tan inculta belleza Huye, señora. Vase. No puedo, que grillos me ha puesto el miedo. ¿Por qué con tal ligereza huyó de la vista mía? Aunque si digo verdad, no me hace ella soledad si tú me haces compañía. No, no te acerques, desvía. Detiénela. No huyas tú, detente, espera. Suelta. No haré hasta que infiera quién vida y muerte me da. Dentro. Corred, que Deidamia está en los brazos de una fiera. Dentro. Acudid todos al llano. ¿Qué voces aquestas son? De mis gentes, cuya acción muerte te dará. Es en vano que tema el ser soberano de Aquiles. ¿Qué es lo que oí? ¿Tú eres Aquiles? De mí eso es todo cuanto sé. Detiénela y sale LIDORO. Pues ahora yo seré la que te detenga a ti. ¡Qué poco habrás menester! ¡Ha de toda la montaña! Abrázase con él. ¿No hay quien venga a mi voz? Sí, que perdida la esperanza de hallar la gruta, no pierda la de darte vida en tanta confusión. Bárbaro monstruo, muere a mis manos. Aguarda. Extranjero que esos mares arrojaron a estas playas, no lo mates, que es Aquiles. ¿Qué es lo que escucho? ¿Qué rabia ha introducido en mi pecho el ver que con él se abraza, que es un casi aborrecerla lo que pensé que era amarla? Tu advertencia me suspende, no su vista me acobarda para no darle la muerte. Pues no le tengas, aparta; veamos si mata lidiando, quien antes de lidiar mata. ¿Tú eres Aquiles? Yo soy. Pues de esa loca arrogancia quiero remitir el duelo por ti y por quien me lo manda; porque siendo como eres, a quien destinan las sacras deidades en ti de Grecia, en lugar de otra venganza, quiero ser tu amigo. Yo no quiero; que será infamia ser amigo con la voz y enemigo con el alma. ¿Por qué enemigo? No sé. ¿Qué causa he dado? La causa, aunque sé bien cómo es, no sé bien cómo se llama. Pues fue mía la ventura de hallarte, y el duelo basta, conmigo has de venir. Eso no es posible, aunque me arrastra tu hermosura y mi dolor. Pues, ¿por qué? Porque hace falta a una deidad por quien vivo; y si viene y no me halla en la prisión que rompí, no dudo que sus venganzas harán mi vida infelice; y así a pesar de las ansias que a un tiempo siento e ignoro, adiós deidad soberana, y agradecedme el dolor que llevo dentro del alma. Vase. Oye. Aguarda. No es posible. No; lo será si le alcanza mi velocidad. Espera, que yo le traeré a tus plantas. Vase. Mal podrás, que el viento mismo debió de darle las alas, según penetra veloz el monte. Salen todos. Hermosa Deidamia, ¿qué ha sido esto? Examinar que las dichas no las halla quien las busca, sino quien más empereza el buscarlas, pues yo, que a buscar no fui a Aquiles en esta playa, le hallé. ¿De qué sabes que él fuese? De que él lo declara. ¿Y dónde está? Se ha ido huyendo; mas seguidme, que aunque vaya tras él el gallardo joven que del mar la horrible saña a tierra arrojó, no pienso que le alcance, si no ataja vuestros pasos por aquí. Vase. Guía, que tus soberanas luces seguiremos todos. Vanse. Libio, pues ves que quien anda en alcance deste monstruo, que un Dios revela, otro guarda, es Lidoro, ven tras él, no suceda una desgracia. Vaya el gran Sofí, que yo nunca fui amigo de caza de monstruos; aun de perdices y de conejos me cansan, porque después de molerse un hombre tarde y mañana, no tray más de cuatro reales, que es lo que cuesta en la plaza. A la marina. A la selva. Al monte. Sale cayendo AQUILES. El cielo me valga. A mí también, que no menos lo he menester. De esas altas peñas me dejé caer, porque nadie me alcanzara de cuantos me siguen: ¡cielos!, ¿en qué mi vida les cansa? ¡Ay, qué tamañito monstruo!, pero para mí este basta, y así entre aquestas dos peñas me esconderé mientras pasa. No soy bruto de su especie; ¿por qué me persiguen? ¿Tanta fue la culpa de salir tras una voz que arrebata los sentidos? Mas, ¡ay cielos!, que entre confusiones tantas, el tino perdí a la gruta, ¿por dónde iré hasta encontrarla? Por donde no dé conmigo. Dentro. Desde aquellas peñas altas fue por donde se arrojó. Sitiad el monte. A la playa. A la marina. A la selva. Pues tan en mi alcance andan, aquesta quiebra me esconda. ¿No había otra desocupada sino esta? ¿Quién está aquí? Un lobo que dio en la trampa. ¿Quién eres? Iré a saberlo; ya vuelvo. ¿De qué te espantas? De poco, pues es de ti. ¿Por qué? Porque tengo gana de espantarme. Ahora conozco que hay en las sangres distancia, pues hay hombres que me temen, donde hay hombres que me agravian. Ven acá. Aquí estoy muy bien. ¿Has visto en esta montaña una boca de quien es todo un peñasco mordaza? Pues no. Vaya usted, que a aquella parte está. Ven tú a enseñarla. Desde aquí daré las señas. Tu temor me ha dado causa a obligarte que conmigo vengas, y ya con dos causas: que por dónde voy no puedas decir, y de paso me hagas capaz de un dolor que ignoro. Ven acá, ¿cómo se llama una dulce pesadumbre, que a un tiempo yela y abrasa todo el corazón, corriendo desde los ojos al alma? ¿Qué habías visto? Una mujer. O todas mis ciencias faltan, o esa pasión es amor. Luego, después de mirarla, ¿otra más fuerte pasión, hija de aquella, hay contraria? ¿Cómo se llama? ¿Qué habías visto? Que a un hombre se abraza. Aquesos se llaman celos. ¿Celos? Mientes, tú me engañas; que no pueden celos ser a quien una letra falta para 'cielos' y le sobra para ser 'infierno' tantas; y cuando lo sean, ¿qué cura tener pueden? Olvidarla. Dame tú un poco de olvido. Hémelo dejado en casa, mas, si un tantico me espera iré por él, y en volandas de tantísimo de olvido vendré cargado. ¿Qué aguardas? Corre veloz. Al instante verás que vuelvo; la espalda, mamola el seor mostrecillo. Allí se mueven las ramas; cercad el sitio. ¡Ay de mí! ¿El despeñarme aun no basta para que el centro me esconda? Pero la fuga me valga por esta parte. Sale LIDORO al paso. Detente, prodigiosa fiera humana, que mía ha de ser la dicha de que a los pies de Deidamia vuelvas. Porque tú no logres esa ocasión de agradarla, no por temor, otra vez el monte crucé. Sale ULISES. Aguarda, racional humano monstruo, ya que para mi esperanza quiere el cielo que yo sea quien te dedique a las aras de Marte, para blasón de Grecia. Pretensión vana es parar mi curso. Sale DANTEO. Espera, prodigio destas montañas, que mío ha de ser el triunfo. ¿Dónde pueden ir mis ansias, cercado de tantos? Sale EL REY. Donde sea mía la alabanza de tu rendimiento. Sale DEIDAMIA. No huyas, sabiendo que no te agravia quien para tu honor te busca. Eso no sé, y sé que airada una deidad que ofendí quedará, si no me halla donde me dejó, y así entre todos, las espaldas fïadas deste peñasco he de lidiar en demanda de mi libertad. Pues, ¿cómo de tantos librarte aguardas? Toma un bastón, como arrancado de un árbol. Muriendo y matando. Date a prisión, pues que no tratas darte a partido. Divina Riñen todos con él. deidad, ¿cómo en pena tanta por un pequeño delito me falta tu amor? Ábrese el peñasco y vese TETIS en él, y vuelve a cerrarse con AQUILES. No falta; que este peñasco abrirá sus pavorosas entrañas para librarte de que cumpla el hado su amenaza. ¡Ay de quien, vivo, sepulcro esconde sin esperanzas de que nunca ha de volver a ver el sol de Deidamia! ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! ¡Qué maravilla! ¡Qué ansia! Pues el centro de la tierra, para escondérnosle, rasga sus duros senos, ¿quién duda que oculta deidad le ampara? Si contra oculta deidad humano poder no basta, desamparemos el monte. Al mar. Al golfo. A la playa. Aunque todos huyan, yo quedaré donde dé trazas opuestas, deidad, de hallarle donde quiera que le guardas. Jornada II Vuelve a abrirse el peñasco y vese en él a AQUILES y TETIS luchando, y con los primeros versos salen al tablado y el peñasco se cierra. ¿Esta es piedad? Sí. Pues no quiero admitirla. ¿Qué intentas? Arrojarme despechado, desde esa más alta peña al mar, a donde mi vida, desesperada y resuelta, de un sepulcro a otro sepulcro pase de una vez, y tengan fin tantas ansias. Advierte. Es en vano. Considera. No es posible. Mira. ¿Qué hay que mire?, ¿qué hay que advierta?, ¿qué hay que considere, cuando sujeto a tirana fuerza, segunda vez solicitas reducirme a más estrecha prisión que la que echó a mal los años de mi edad tierna? Cuando pensé que el abrirse en duras bocas la tierra, amparándome de tantos como me sitiaron, fuera para mi seguridad, ¿vuelve a ser para mi afrenta? Pues no, no ha de ser, que ya es tarde para obediencias. Antes que viera del sol las luces, antes que viera de los cielos la armonía, de los montes la soberbia, de las flores la hermosura, de las aves la belleza, y la inquietud de los mares, ya toleraba mi estrella en la fe de la ignorancia el voto de la apaciencia. Pero después que los vi, y vi que juraba reina de la hermosura a Deidamia toda la naturaleza: ¿cómo quieres que otra vez sin ellos viva, y sin ella, y me consuele de hallarla, tan solo para perderla? Y así, pïadosa, cruel, que me amparas y me fuerzas, que me crías y me afliges, me halagas y me atormentas, perdóneme tu respeto, que aunque obedecerte quiera, mi voluntad, mi pasión, no quiere que te obedezca. Yo he de seguir de Deidamia la luz, aunque la defiendan los hados, o ha de quitarme la vida, porque no tenga a pesar de mi valor aqueste triunfo su ausencia. ¡Ay, Aquiles, si supieses cuán piadosamente atenta esta que llamas crueldad, tu vida ampara, y reserva de opuesto influjo! ¿Qué influjo habrá tan crüel, que pueda más que quitarme la vida? Pues si tú me quitas esta, ¿qué me das? Y así, perdona, digo otra vez, y pues fiera constelación una vida destina a dos muertes, deja que la pierda a gusto mío, si es preciso el que la pierda. Vuelve, pues, bella Deidamia, y cuantos te siguen vuelvan a lograr en mí las iras, con que mi muerte desean. ¡Aquiles os llama!, ¡Aquiles! Suspende la voz y piensa. Ya te he dicho que es en vano, si ya no es que me convenza superior razón; y así, mientras la causa no sepa que te obliga a que me ocultes quién eres, y soy, y mientras no volviere a ver el cielo de aquella deidad, aquella sin quien ya será imposible, que alivio mis ansias tengan, no ha de volver a domarme el yugo de tu obediencia. ¿Tanto una beldad te arrastra? Tanto que seguirla es fuerza. ¿No hay olvido? No sé dél. ¿No hay cordura? No sé della. ¿No hay albedrío? No es mío. ¿No hay libertad? Es ajena. ¿No hay remedio? No hay remedio. ¿No hay prudencia? No hay prudencia; morir o ver a Deidamia. Pues ya que a su extremo llega tu pasión, llegue a su extremo la mía también, y sea un asombro de otro asombro. ¡Reparo infeliz! ¿Qué intentas?, ¿que sepas tú tu peligro, y yo poner medio sepa con que tú a Deidamia asistas, y yo seguro te tenga? Pues, ¿qué aguardas? Temo que no verisímil parezca. Al amor todo le es fácil. ¿Si es terrible? No le temas. ¿Si es temerario? ¿Qué obsta? ¿Si es extraño? Que lo sea ¿Y si acaso... Di. ...peligra en términos de dolencia? ¿Qué importara, si es mi vida fábula, que lo parezca? ¿De qué manera si, pues, ha de ser? Desta manera. Yo soy, prodigioso Aquiles, ya que declararme es fuerza, Tetis, hija de Neptuno, primer deidad de su esfera. Algunas tardes, que el mayo en su hermosa primavera conchas me ferió y corales a claveles y azucenas, con otras ninfas del mar discurría la ribera deste monte, coronada de aljófares y de perlas. Peleo, príncipe altivo de la isla, tras las fieras la campaña discurría, cuando viendo mi belleza (para desdichas, no es vanidad que la encarezca) solicitó mis favores, y advirtiendo cuánto era imposible a su deseo ingrata mi resistencia, dispuso... Pero permite que aquí, turbada la lengua, la retórica dispense con el semblante, pues ella menos dirá con la voz que él dice con la vergüenza. Basta pues, ¡ay infelice!, que embrión de una violencia fuiste, porque no te quejes de mí, sino de tu estrella, pues eres tan desdichado, que cuando todos se precian que nacieron de un amor, naciste tú de una fuerza. Yo ofendida, yo quejosa, porque nunca se supiera que tuvo logro su injuria, ni que dio fruto mi afrenta, a él le di muerte y la isla quemé, no dejando en ella racional testigo en quien no sepultase mi ofensa sin reservar, no mi ira, sino superior clemencia, más que ese templo, que Marte sobre sus cumbres conserva. Entre este horror, este asombro, este pasmo, esta inclemencia, lidiando mi pecho al verte el rencor con la terneza y que culpas de malicia iba a pagar la inocencia, te crïe con el secreto que, encomendado a las peñas, creciste a merced de solas silvestres frutas y yerbas. Viendo, pues, tu prodigioso nacimiento, quise atenta al discurso de tu vida leerle en las doradas letras de ese volumen, usando de la no adquirida ciencia, sino heredada, bien como deidad de mares y selvas. Y hallé que al tercero lustro te amenaza la más fiera lid, la más dura batalla, la campaña más sangrienta de cuantos en sus teatros la fortuna representa. Conque al ver por una parte que a mi decoro es decencia tenerte oculto, y por otra que a tu vida es conveniencia, quise, añadiendo razón a razón y fuerza a fuerza, que no salieses al mundo hasta que mi diligencia, haciendo que el fatal crisis de la amenaza trascienda, quebrase al hado los ojos. Mas, ¡ay de mí!, ¡cuánto yerra quien al poder de los dioses previene hacer resistencia! Marte lo diga, pues viendo que al ceño de sus violencias contigo el horror anima, contigo el estrago alienta, en su oráculo ha mandado que en los centros de estas quiebras te busquen, porque tú solo importas en esta guerra, tanto que sin ti no puede acabarla toda Grecia. Y dígalo Venus, pues siendo en el robo de Elena cómplice, como soborno que fue de la competencia de Paris, con los estruendos de agua, fuego, viento y tierra, el oráculo impidió, dejando en su nombre y señas declarada la noticia y dudosa la certeza. Y siendo así que tu hado y su oráculo convengan a tiempo que tú vencido te ves de pasión tan ciega que el retirarte a que vivas es retirarte a que mueras, ¿qué mucho que yo al delirio de una imaginada idea procure hacer tiempo que hado, amor y oráculo venzas? Astrea, de Deydamia prima, a quien en su infancia tierna llevó al gobierno de Acaya su padre, muriendo en ella, llamada fue de Deydamia, a que en sus palacios tenga las dignidades de dama con los honores de deuda. Embarcose pues, y al fiero temporal de una tormenta dio al través, siendo la nave su tumba, la quilla vuelta. Con que yo agora, valida de la blanda primavera de tu edad, apadrinada de tu divina belleza, en fe de que nadie puede en Egnido conocerla, puesto que de infante a joven dan las facciones mil vueltas, solicito, como dije, que el mundo en tu historia vea la más extraña que el tiempo repite en plumas y lenguas; pues como tú, Aquiles, tomes el traje y nombre de Astrea, y yo bajel y familia y demás faustos prevenga, no dudo que, como el reo que delincuente se alberga a la sombra del cadahalso donde nadie le sospecha, te ampares tú en tu peligro de ti, maginando señas de que allí puedan buscarte ni el amor que te atormenta, ni el hado que te amenaza, ni oráculo que te arriesga, en cuyo disfraz tú agora discurre, imagina y piensa cuál viene a estarte mejor: que de ti tu influjo sepan o estar sirviendo a tu dama. Y cuando no te convenzan tres razones tan precisas, pensar será la más cuerda, que esto no ha de durar más que solo hasta que trascienda el punto que te amenaza, que ya se divisa cerca: y una vez pasado, yo seré, Aquiles, la primera que de la rascada brida el tiento te dé en la rienda, la noticia en el estribo, y en él borren la firmeza; que el blando acero te ciña, el limpio arnés te prevenga, el duro yelmo te enlace, el fuerte escudo te ofrezca, para que glorioso vivas. Mas deja hasta entonces, deja, que averigüemos al cielo si tiene el ingenio fuerzas, contra el poder de sus hados y influjo de sus estrellas. Si a cada razón de cuantas me ha dicho tu voz, hubiera de responderte, confuso me hallara entre las respuestas. Y así por no confundirlas, o no embarazarme en ellas, todas las dejo, pues todas en una sola se abrevian. Si a vivir voy con Deydamia, si a adorar voy su belleza, nombre, ser, honor y fama, ¿qué se pierde en que se pierda? No me dilates la dicha que me ofreces; considera que persuadido un deseo a siglos las horas cuenta. Pues ya que lo estás, escucha: ¡ha del mar! Salen cuatro NINFAS. Dentro. ¡Ha de la tierra! Hermosas ninfas de Tetis. ¿Qué mandas? ¿Qué quieres? ¿Qué dices? ¿Qué ordenas? Pues sabes que estamos siempre a tu obediencia. Que con los más sumptüosos adornos, joyas y telas, que en los archivos del mar la hidrópica sed encierra, a aqueste bruto diamante pulir tratéis de manera, que el que fue asombro de horror, pase a serlo de belleza, cuando mujeriles pompas, tanto su forma desmientan, que sea monstruo en los jardines el que fue monstruo en las selvas. Norabuena sea, sea norabuena, [trocando su forma] de horror en belleza, monstruo en los jardines, quien lo fue en las selvas: sea norabuena. Ven donde tus ninfas... ...a tu gusto atentas... ...su hermosura labren... ...pulan su belleza. De suerte que como... ...has dicho tú mesma... ...tanto su semblante... ...disfrace que sea... Cantan. Trocando su forma de horror en belleza, monstruo en los jardines quien lo fue en las selvas. Ven a la orilla del mar, donde ya, Aquiles, te espera el fantástico bajel, en que de todas sus señas informado te acompaña. Cielo, sol, luna y estrellas; montes, mares, troncos, flores; brutos, aves, peces, fieras: ya que es fuerza que mi vida fábula al mundo parezca, dadme ingenio con que supla mi ignorancia, cuando sea monstrüo en los jardines quïen lo füe en las selvas. Norabuena sea, sea norabuena. Veamos si sus hados vence, cuando sea monstruo en los jardines [quien lo fue en las selvas.] Vanse cantando y representando, y sale ULISES como oyendo las voces. «Veamos si sus hados vence, cuando sea monstruo en los jardines, quien lo fue en las selvas». ¿Qué nuevo oráculo, cielos, es este que al aire suena, en que parece que Marte se obliga de la fineza con que me quede en el monte, cuando dél todos se ausentan? Por si averiguar pudiese el alma de su respuesta intentando declararla, pues para su inteligencia que allí impidió el terremoto, dice aquí en voces diversas. Dentro. A ver si sus hados vence, cuando sea monstruo en los jardines, quien lo fue en las selvas. Tropa de marinas ninfas es la que hacia la ribera alegremente festiva llevando el monstruo se acerca. Tras ellas iré, aunque en vano será, pues en hombros dellas ya al mar se introduce, donde hermoso bajel le espera, a cuyo borde llegando, vuelven a decir contentas, como que a Marte en baldón dicen de su competencia. Veamos si sus hados vence, cuando sea monstruo en los jardines, quien lo fue en las selvas. Ya dentro del buque al mar, en las náuticas faenas del marinaje, las voces dicen en música envueltas. ¡A leva, a leva! El ancla desmarra, despliega las velas, y gozando el viento, que sopla de tierra, ¡a leva, a leva! Veamos si sus hados [vence, cuando sea monstruo en los jardines quien lo fue en las selvas.] ¡A leva, a leva! El ancla desmarra, y descoge la vela. Ya engolfado en alta mar, tan favorable navega, que siendo delfín que nada, parece neblí que vuela; pero no me desconfïe a pensar, que las cautelas de Ulises... Pero, ¿qué digo, si es tan imposible haberlas, cuanto lo es el contrastar alguna deidad suprema, que al resguardo de sus riesgos de aquí diciendo le ausenta? ¡A leva, a leva! Veamos si sus hados vence, cuando sea monstruo en los jardines, quien lo fue en las selvas. Sale LIDORO leyendo una carta y DANTEO descubierto y LIBIO. ¿Qué escribe el Rey mi señor? Que habiendo la voz corrido de haberse el bajel perdido, ya de mi muerte el rigor tuvo por cierto; mas luego que a la voz siguió el aviso, ponerse en camino quiso para Egnido: tanto llego a deber a su fineza. Y al fin, que presto vendrán prevenciones que podrán desempeñar la tristeza con que hoy vivo disfrazado a vista de tanto bien. Aunque disculpas me den tus razones, lo has errado en callar desde aquel día; pues, ¿que importaría llegar derrotado tú del mar? Muchísimo importaría; lleno a su novia envió de joyas y de cadenas su retrato uno, y apenas la dicha novia le vio, cuando con dos mil placeres dio el sí. Él, muy amante y fino, se puso luego en camino. Ciertos hombres y mujeres, de los que alzando figura, dicen, sin saber de estrellas, la buena ventura ellas, y ellos la mala ventura, dieron con él, y tomaron, a la vista del lugar a donde se iba a casar, cuanto en su poder hallaron. Él, bien o mal, como pudo, hasta su novia llegó; ella así como le vio descadenado y desnudo, dijo: «Este no se parece al retrato que yo amé, ni he de casarme, porque quien no parece, perece». Extraña frialdad. Espera, que bajando a los jardines, donde rosas y jazmines aguardan su primavera, Deydamia, hermosa, ha salido de su cuarto. Llegaré a hablarla al paso, porque puedas, señor, divertido en su hermosura, lograr la breve ocasión que ofrece el sitio. Y [si] te parece, en mí la puedes hablar para ver si su semblante, iris del cielo de amor, corre algún rasgo en favor de mi fortuna inconstante. Ya llega cerca; y así es bien, el papel trocado, hagas el de mi crïado. Salen DEYDAMIA y SIRENE, cúbrase DANTEO y descúbrese LIDORO. ¿Quién, Sirene, estaba aquí? Al embajador vi agora de tu esposo. ¡Qué rigor! ¿Qué hay de nuevo, embajador? Mucho que temer, señora, y que dudar. ¿De qué modo? Carta del Rey he tenido, en que me avisa que ha sido tan amante y fino enredo cuanto a su afecto ha tocado Lidoro, el príncipe mío, que obediente a su albedrío, así como efectüado vio el concierto, se embarcó, porque no quiso que fuera otro quien por vós viniera. ¿Alégrase de oíllo? No. Y haber llegado sin él el aviso, me he tenido triste, y más habiendo oído la pérdida de un bajel, según me contaba aquí este extranjero, que igual corrió el mismo temporal. ¿Y agora alégrase? Sí. Mientes, que primero fue cuando el semblante alegró, y agora le entristece. Yo poco de semblantes sé, pero ni uno ni otro vi. Mucho siento, embajador, que tenga vuestro temor tanta razón contra sí. ¿Ves si lo siente? Muy bien. Decid a ese forastero que llegue a hablarme, que quiero informarme yo también de las noticias que tiene. Mirad, que llama Su Alteza. Si esa divina belleza tantos favores previene al que llega perseguido de la fortuna y del hado, ya fuera más desdichado, si menos lo hubiera sido. ¿No fuisteis vós el primero que a socorrerme llegó cuando mi temor creyó ser Aquiles monstruo fiero? Yo fui el primero, señora, que presumió que pudiera ser tan felice que diera por vós la vida que agora rinde humilde a vuestros pies. Confieso que agradecida os quedé, y compadecida de vuestras penas, después que supe que derrotado habías salido del mar; y para desempeñar la deuda en que os he quedado en algún cargo, poned los ojos, que desde agora ser ofrezco intercesora Yéndose. en que se os haga merced. La tierra que pisáis beso; si la tierra que pisáis besar merezco, y pues dais con tal liberal exceso ocasión a mis enojos de alentarse, yo os diré una pretensión en que tengo ya puestos los ojos. Vuelve. Decid. No ha de ser agora ¿Por qué? Porque no me atrevo. ¿Cómo? Como agora debo pensarlo mejor, señora. ¿Pues no me decís, que ya pensada la tenéis? Sí; pero habiendo vós por mí de empeñaros, claro está que el atreverme es forzoso a más, que muy otro ha sido, pensar como desvalido, que pedir como dichoso. Pues volvedme a verme aquí, en habiéndolo mirado. ¿Cómo habiéndome llamado, para informaros de mí, cuando mi naufragio fue, tan poco cuidado os da, saber si cierto será el de Lidoro? No sé; Al paño. porque, o es verdad, o no; si no es verdad, necedad es sentirlo, y si es verdad, ¿qué culpa le tengo yo? Y pasando a otro temor, que más que aquesto lo ha sido sepa si el bajel perdido de Acaya era, que el rigor que más me aflige, es pensar si en él Astrea venía. No, señora, que él traía contrario rumbo de mar, y el bajel era de Egnido, y Lidoro venía en él. Como quiera que el bajel el de Astrea no haya sido, por esa segunda nueva, en segunda obligación valdré vuestra pretensión. Con tal favor, que me atreva a más que pensé, será dicha, no jactancia. Pues dadme el memorial después. Vase. ¿Quién darme a un tiempo creerá muerte y vida? Poco gusto muestra de mi casamiento Deydamia. Ese sentimiento, recelo es de amor injusto, que claro es que su recato no había de hacer exceso alguno. Tampoco es eso. ¿Pues qué? Vuélvome al retrato. Venimos descadenados; y así somos recibidos, como hombres mal parecidos; deja que lleguen crïados, vestidos, joyas, dineros, caballos, coches, libreas, y que cercado te veas de pajes y de escuderos; deja que haya hoy un festín, que haya mañana un torneo, esotro justa y paseo, máscara esotro; y en fin verás entonces, señor, cómo con grandeza igual, si ahora has parecido mal, pareces mucho peor. Y en fin, ¿qué piensas hacer? Escribir, Danteo, con tal atención el memorial, que sin llegar a saber quién soy, la ponga en cuidado de querer saber quién soy, para cuyo intento hoy... Calla, que el Rey ha llegado. Sale EL REY y gente. Ya que quedaste en el monte, dime si algún rastro o seña volviste a hallar. Peña a peña corrí todo su horizonte; ni indicio, ni rastro hallé. Aparte. El oráculo que oí reservaré para mí, y en tanto que más no sé, mira qué quieres que diga a los príncipes de Grecia. Cuánto mi amistad aprecia entrar en la heroica liga que contra Troya se trata; pero que en aquesta parte, el oráculo de Marte mis prevenciones dilata. Porque mientras yo no veo, que Aquiles a Troya va, a quien todos vimos ya, sin que sepamos cuál sea la deidad que nos oculta, yo no me atreveré a hacer lid, en que se va a perder; pues Marte lo dificulta. De esta suerte lo diré: de tu parte y de la mía, protesto desde este día a Grecia mi patria, en fe del hijo de más valor, y según dicen más sabio, en venganza de su agravio, y en demanda de su honor, no perdonar diligencia que mis engaños sutiles no hagan en busca de Aquiles, a traerle a tu presencia, si sé en varios horizontes abrí, sufriendo pesares, las entrañas de los mares, y los senos de los montes. Deidad que le guardas, si para otros ocultos fines, ya es monstro de los jardines, ¿dónde está Aquiles? Sale un CRIADO. Aquí, esperad ¿Qué es eso? Astrea, que ahora acaba de llegar, licencia pide de entrar. ¿Otro proverbio? Aunque sea acaso, pues dijo «aquí», aquí le empiece a buscar. ¿Qué espera para llegar mi sobrina? Celio, di tú a Deidamia, que a la bella Astrea salga a recibir, que aunque la viene a servir, hay tanta nobleza en ella, que es justo honralla. Esta esfera hoy nuevo cielo será. Calla, porque llegan ya. Yo callara si pudiera. Tocan chirimías; sale AQUILES de dama y TETIS con acompañamiento por una parte, y por otra DEIDAMIA y las damas. Apenas vi del palacio la inmensa fábrica augusta, cuando todos mis sentidos se desvanecen y turban. Pues vuelve en ti, y con prudencia te cobra y te disimula. Vuestra Majestad, señor... yo... si... cuando... los pies nunca merecí. Esta turbación, más os abona y disculpa, que pidiera la más docta retórica, y más aguda; besad la mano a Deidamia. Hermosa Deidamia, en cuya competencia de los cielos es sombra la luz más pura, dadme a besar vuestra mano, y perdonadme, que muda tanta dicha no encarezca, que aunque mi rudeza estudia muchas cosas que deciros, no se me acordó ninguna, desde que os vi, y esta sola siempre en mi memoria dura, porque tocar vuestra mano mal puede olvidarse nunca. En toda mi vida vi más peregrina hermosura, alzad Astrea del suelo, y creed que tengo a ventura que a ser vengáis, no mi dama, sino mi amiga; que hay muchas razones para estimar (mis brazos os lo aseguran) las prendas de vuestra sangre. ¡Oh, qué bien dicen, fortuna, que no se consigue mucho, si mucho no se aventura! A los brazos de Deidamia llegué; si es que alguno culpa el disfraz, ame y verá cuántos él discurre y busca. Hoy de su mina arrancada llega, tosca piedra inculta, un alma a que los crisoles del ingenio y la cordura, con ejemplares la labren y sin castigos la pulan. Todas de vós, bella Astrea, aprenderemos sin duda, en vuestra beldad liciones del ingenio que os ilustra. Ya, Ulises, que la ocasión de que esta obligación cumpla, cortó la plática nuestra, a ella volvamos: no una vez sola, pero mil veces doy a las deidades sumas, palabra de que en el día que el cielo a Aquiles descubra daré contra Troya a Grecia todo mi favor y ayuda. ¡Válgame Dios! ¿Tanto importa que el cielo mis hados cumpla? Y yo vuelvo una y mil veces a dar palabra a las sumas deidades también, de andar el orbe todo en su busca, hasta que el valor le encuentre o el ingenio le descubra. Sale DANTEO. Cerca está de aquí, señor. ¿Adónde... ¡Qué desventura! ...Aquiles está? Yo digo un bajel, que haciendo puntas, veloz neblí de las ondas, el nido del puerto busca. ¿Otro proverbio? No acaso el cielo mi intento ayuda. Y vengo a pedir albricias, porque en él viene sin duda Lidoro, según sus cartas me dicen, y lo aseguran el rumbo y seña que trae, si bien las hace confusas la distancia. Si es Lidoro el que nuestros mares surca, seguras albricias tienes. Las mías son más seguras, que como lágrimas son, están más promptas. Fortuna, cuando el Rey se alegra, ¿ella se entristece y se disgusta? Si ese bajel es de Epiro, verás cuán presto se muda la tristeza en alegría. Ya tarde la espero, o nunca, pero porque no se queje de mí mi omisión, la industria de hablarla en mi pretensión, su afecto haré que descubra. Vanse LIDORO, DANTEO y LIBIO. Vamos al muelle, que quiero desde su elevada punta, ver ese nevado cisne nadar sobre las espumas. Adiós Deidamia. Vase EL REY y CRIADOS. Los cielos te guarden: decid que acuda la música a los jardines. Ven Astrea. Antes escucha. ¿Ya has oído los desvelos con que tu persona buscan? Vase DEIDAMIA y damas. Sí. Pues no te digo más de que en conservarla oculta está tu seguridad; y pues queda tu fortuna en tu mano, adiós Aquiles; y ten silencio y cordura, pues ya falta poco para que el término su hado cumpla. Eso díselo a mi amor; que no es posible que sufra silencio el fuego sin que ahúme, ya que no luzga. Cielos, si a vuestras estrellas persuadisteis a que influyan en mi favor los afectos que caudillo me intitulan de toda Grecia, ¿por qué después que el nombre me ilustra, me andáis regateando el medio y escaseando la ventura? Sin Aquiles esta guerra no tendrá, según pronuncia el oráculo de Marte favorable la fortuna. Pues, ¿cómo a dar la noticia basta su deidad augusta, y a descubrirle no basta? Mas, ¡ay de mí!, que sin duda, opuesto poder le ampara; bien lo muestra y asegura hacer cuando deja verse que por los vientos nos huya. Pues yo no me he de rendir a dificultad ninguna, que si hay un dios que le guarda otros hay que le descubran. Y si por humanos medios esto puede ser, mi industria dará trazas con que a efecto llegue, y esta ha de ser una. Muchos días ha que noto que en la milicia no supla la humana voz otra voz superior a todas, cuya orden gobierne las tropas, ya divididas, ya juntas; un horroroso sonido, que ánimo y valor infunda en los pechos de los hombres, de suerte que su confusa armonía, con variarle de las cláusulas algunas, todo un ejército entero, si una vez el son escucha, entienda lo que le manda porque lo ejecute y cumpla. Con esta imaginación han trazado mis astucias dos instrumentos: el uno de curadas pieles rudas, y el otro de retorcidos metales; ambos retumban de suerte que, armoniosos, en una y otra voz juntan los apartados extremos del horror y la dulzura. Destos instrumentos dos, que erizan y que espeluzan al que los oye, he de usar hoy de Aquiles en la busca. Y siendo así que de monstruo de las montañas le muda a monstruo de los jardines, ¿quién nos le guarda?, ¿quién duda (pues la voz sola entrar puede en la estancia más oculta) que con este horror su oído hiera, la prisión no sufra? Porque joven a quien Marte para sus triunfos anuncia, gran corazón le guarnece, gran espíritu le ilustra; y no es posible que quien ya en los vaticinios triunfa y en los oráculos vence, oyendo este idioma, cumpla con su mismo natural, si arrebatado no busca la horrible voz de la guerra, que sus aplausos pronuncia. Y cuando no se consiga por tal medio tal ventura, otros habrá, sin que dé por vencidas mis industrias. Pues antes... Mas, ¿qué instrumento la voz de mis labios hurtan? Músicos son de Deidamia, y por detrás destas murtas ella viene; embarazarla no quiero. ¿Dónde, fortuna, hallaré a Aquiles? Conmigo no venga ahora ninguna. ¿Otro a caso? Pues no quiero creer que misterio no incluya Vanse y sale DEIDAMIA sola. Quedaos y decid que no canten, porque me disgusta aplicar injustos medios contra tristezas tan justas. ¡Oh tú, soberbio bajel, que hollando cristales vienes, si de mi pena crüel, el dueño en tu esfera tienes, no tomes puerto crüel! Mira que son contra mí (pues para no amar nací) todos cuantos bordos das. Sale AQUILES. ¿Dónde, pensamientos, vas? Mas si está Deidamia aquí, ¿qué mucho que aquí vinieras sin que la eleción hicieras, pues siempre va el corazón al riesgo sin elección? Vuelve, vuelve al mar, no quieras ser de un tirano tercero, que al viento dos veces sigue. Sola está: volverme quiero, no haya ocasión que me obligue a decir del mal que muero. No de la libertad mía quieras... Mas, ¿quién, ¡ay de mí!, mis sentimientos oía? Yo; llegué aquí, y como vi que estás sola, me volvía por no escuchar lo que hablabas. Poco importara, ¡ay Astrea!, ser tú la que me escucharas; y para que tu amor crea que tú no me embarazabas, lo que me hubiera pesado que alguien me hubiera escuchado, te diré a ti, porque así veas que fío de ti la causa de mi cuidado; tanto, si verdad confieso, aunque parezca temprano, te estimo. Tu mano beso, aunque no tanto por eso, como por besar tu mano. Mi padre sin mi albedrío con Lidoro me casó, príncipe de Epiro. Impío rigor, ¿casada estás? No. Vivamos corazón mío. Hechos los conciertos sí. Pues si aún no lo estás, ¿de qué es tu pena? Escucha. Di. Tanto el sentimiento fue de dar a quien nunca vi mi padre mi voluntad, que ofendida la crueldad de mi altivo pensamiento, se ha hecho aborrecimiento lo que aún no fue voluntad. Si mi padre me casara con un hombre que yo viera, y este con fineza rara mis desaires padeciera, y padeciendo, ganara hoy el agrado, el afecto mañana, esotro el favor pudiera ser que discreto, galante y fino su amor, hiciera en mi amor efecto. Pero querer que yo quiera a quien no sé si sabrá estimar mi mano, es fiera esclavitud; ¿quién podrá no sentirla? De manera, que si supiera, señora, que un amante que te adora, padeciendo te servía: ¿menos te disgustaría su deseo? ¿Quién lo ignora? Porque el quererme a mí bien, no es ofensa para mí. Vida los cielos te den. Pues, ¿qué te va en eso a ti? Mucho mal y mucho bien. ¿Cómo? No sé. Mi castigo teme: declara, [t]ú por qué lo has dicho. A esto me obligo, que si digo lo que sé, no sabré lo que me digo. Pues yo lo quiero saber. Y aun decirlo quiero yo. Di, pues. Aparte. Presto (¡oh, fácil ser!); hábito de hablar me dio el hábito de mujer. Hermosísima Deidamia, cuya perfección feliz, premáticas pone al mayo, y leyes le da al abril. En la gran isla de Marte te vio un joven preferir en lo rojo del clavel a lo blanco del jazmín. Allí te vio, mas no pudo declarar su amor allí, porque entonces no sabía más que sentir sin sentir. Tu ausencia y su sentimiento le han obligado a venir a tu corte disfrazado, que como es guerra civil, amor nunca se desdeña de valerse del ardid. Su sangre es ilustre, tanto, que bien puede competir con la más sagrada prole de esa curia de zafir. Su nombre, por no saberle, no te lo puedo decir. Aparte. Solo esto he de reservar del secreto para mí, porque no la escandalice de Aquiles el nombre oír. Pero ya que no le diga, podré, fiándome de ti en que no te has de enojar, enseñarte, ¡ay infeliz!, su persona alguna vez; aunque en vano es prevenir enseñarle yo, pues tú le conoces como a mí. Mucho el aviso te estimo, y porque podrá servir el conocerle, de que no me haga acaso incurrir la ignorancia en los descuidos, ya de hablar, o ya de oír, mira que te ruego, Astrea, y aun te mando desde aquí, que en la primera ocasión que me lo puedas decir, me digas quién es este hombre o me quejaré de ti. Porque veas si deseo obedecer y servir... Aparte. Amor a mucho te atreves. ¿En qué te suspendes, di? Desde aquí le puedes ver. No veo a nadie desde aquí. Míralo bien, que sí ves. Digo, que en todo el jardín no estamos más que las dos solas. ¿Solas las dos? Sí. Pues si tú dices que estamos solas, y yo que está aquí tu amante, bien fácil es la enigma de descubrir. ¿Cómo? Como en las dos está. Sale LIDORO. Pues que permitís... Llega por entre las dos a dar el memorial. ¿Qué es lo que miro? ¡Ay de mí! Este memorial, señora, os dirá quién soy. Así Rómpele. despacho yo memoriales de quien con trato tan vil en mi corte, en mi palacio, se atreve... ¿Qué oigo? ...a asistir, disfrazado y encubierto. Ella llegó a presumir, que yo lo decía por él. De alguien conocido fui, sin duda, y quién soy le han dicho. Ni he menester. ¡Ay de mí! Saber quién sois, ya lo sé. Pues si lo sabéis, oíd. Cúbrese. Miren qué grave se ha puesto. Corazón, ¿esto sufrís? Derrotado de los mares de Marte, a la isla salí, donde vi vuestra hermosura. ¿Lo que tú me dices...? Sí, basta que he venido a ser tercero yo contra mí pues me declaré por otro. Viéndome tan infeliz, por no veros desairado, persona y nombre encubrí; y pues, ni el venir por vós en persona, ni el fingir mi nombre, es ofensa vuestra... ¿Cómo es esto de venir por mí en persona? ¿Vós misma saber quién soy no decís? Pues ya no quiero saberlo después que lo sé, y así, si habéis de decir quién sois, a mi padre lo decid; que mujeres como yo, nunca acostumbran a oír finezas tan desmandadas, que hayan de llegar a mí, sin que sepan el camino por a dónde han de venir. Si yo... No más. Pude... Basta. Pensad... Nada os he de oír; idos pues. Si haré por daros tiempo. ¿De qué? De advertir, que es tan noble mi delito, que solo erró contra sí, no atreverse a parecer, por no atreverse a lucir. Tampoco Astrea me sigas tú. Pues, ¿yo te ofendí? Sí. En decir quién fuese. No. Pues en qué. En no lo decir. ¿Puede haber más traidor trato, puede haber acción más vil, que, tercera de su amor, hablarme en que está por mí, un amante disfrazado, y recatar y encubrir quién era? Eso no sabía. Pues, ¿cómo pudiste, di, saber que me vio en el monte, que vino encubierto aquí, y no quién era? No sé. Eso es volverme a mentir segunda vez. No me injuries; que si enojada te vi sin culpa, quizá con ella la costa hecha a lo infeliz, me atreveré a verte. ¿Cómo? Obligándome a decir que no lo dije por él. Pues, ¿por quién, fiera? Por mí. Vuelva mi honor por quien es tan cifra deste pensil, tan enigma deste Alcázar, quedando siempre tras ti, le ves y no ves, le hablas y no le hablas, le oyes y no le oyes, porque delirio de los hados, frenesí de la fortuna y prodigio del amor culto, en fin, es deste jardín el monstruo. Vase. Tente, oye, espera, no así me dejes viva, que yo la he de matar, o inquirir quién por mí puede ser, ¡cielos!, el monstruo deste jardín. Jornada III Salen por una parte AQUILES vestido de galán y por otra DEIDAMIA. Pálido ceño de la noche fría, que limitada sombra desvanece y asombra la luz del sol el rosicler del día, siendo en abismo tanto, todo horror, todo miedo y todo espanto. Todo horror, todo miedo y todo espanto es cuanto toco y piso, pues apenas diviso en las arrugas del nocturno manto, atenta a mi querella, ni una luz, ni un reflejo, ni una estrella. Ni una luz, ni un reflejo, ni una estrella en el cielo parece, o cuanto favorece mi pretensión, y de Deidamia bella, pues cuando en este traje vengo a hablalla, falta el sol, la luna huye, el viento calla. Falta el sol, la luna huye, el viento calla, cuando firme y constante vengo a ver un amante, tan enigma de amor, que a descifrarla no hay valor que se atreva, tal mueve, tal admira, tal eleva. Tal mueve, tal admira, tal eleva de mi vida el suceso, que más Deidamia es esta, y aun por eso su nueva siquis con fragancia nueva, saluda en los verdores de las hojas, las ramas y las flores. De las hojas, las ramas y las flores el vulgo ha respirado; sin duda que ha llegado el cuidado, que es dios de los amores. Mi dueño. Gloria mía. Salió el sol. Vino el alba. Llegó el día. Ya acusaban tu tardanza, viendo que la noche viene, y que tú te detenías, árboles, hojas y fuentes. No te admire, no te espante, hermosa deidad de nieve, a quien vistieron jazmines y coronaron claveles, que tema el verte hoy ¿Por qué? Porque quien de celos muere, no es mucho que el encontrarlos dilate. La alfombra verde destos cuadros nos convida; siéntate y di lo que sientes. Asiéntanse. Con tal licencia, perdona que desde el principio empiece. Yo, bellísima Deidamia, en aquel inculto albergue, que fue mi primera cuna, te vi un día. No me acuerdes dónde y cómo, puesto que ya me lo has dicho otras veces. Tan sin mí quedé sin ti, que para que no muriese a manos de mis tristezas... La hermosa deidad de Tetis, que según me has dicho, es la que te ampara y defiende, buscó a tu vida reparos. Y porque amando viviese... Del traje y nombre de Astrea, a quien sepulcro de nieve ella construyó en sus ondas, saneó los inconvenientes en tu edad y tu hermosura; y puesto que sé quién eres, y cómo estás aquí, ¡vamos al pesar que hoy te entristece! ¿Para qué si has de atajarme a todo cuanto dijere? Aquesto es aprovechar el tiempo porque parece inútil conversación la de hablar siempre imprudentes en lo que sabemos. Pues, si los amantes no hubiesen de hablar siempre en lo que saben, ¿qué tendrían que hablar siempre? Ya disfrazado en tu casa quiso mi estrella atreverse de declararse contigo y hablándote en mí... Sucede, que se declaró Lidoro, por quien mi engaño lo entiende. Aquí quedamos; tu enojo me obligo a que te dijese quién era tu amante. Y yo afable lo escuché; o fuese porque ya en mi inclinación tu ingenio y belleza hubiesen ganádome el albedrío, o porque Lidoro, al verle (otra vez lo dije) como esposo y no como huésped, le aborrecí sin más causa que empezar a aborrecerle. Gustaste de que de noche en este traje viniese a este jardín. Sí, porque en el de mujer parece que está violento el cariño. Monstruo, pues, de dos especies, tu dama de día, y de noche tu galán; no te merece mi amor de galán, mi dama, ni favores, ni desdenes, pues ni dama me despides, ni galán me favoreces. Eso no quiero que digas, pues, ¿qué más favores quieres de mí, que ver un engaño tal, que ejemplares no tiene, le disimule? ¿Qué más finezas sí me mereces, pudiendo hablarte de día, por hacer voto el quererte, que aquestas horas te hable? ¿Que más agrados, si debes a mis pesares que finjan en mi salud accidentes que el casamiento dilaten? No te enojes, razón tienes; mas, ¿qué importa, ¡ay dueño mío!, haber llegado a deberte esas finezas, si todas me han de servir solamente de mayor pena mañana? Dicen que casarte quiere tu padre; mira si ha sido piedad el favorecerme, pues es guardarme la vida, solo para darme muerte. ¿Puedo yo no ser quien soy? ¿Lloras? No, que aún no me deben aquese alivio mis ansias. ¿Pues qué es eso? Es solamente querer llorar sin llorar, bien como en pecho rebelde. Dentro. Ojos eran fugitivos, de un pardo escollo dos fuentes... ¿Qué voces son las que escucho? No te asustes, no te alteres: músicos son de Lidoro, que desde ese parque suelen cantar, porque así presumen que mis tristezas divierten. Con buena disculpa, ¡ay triste!, que no me ofenda pretendes, con decir, que es de Lidoro música, que ya dos veces la debo sentir por suya, y porque a impedirles llegue a estas flores que reciban en el nácar que guarnecen tu pie las hermosas perlas de las lágrimas que viertes. ...humedeciendo pestañas de jazmines y claveles... Que él cante cuando yo lloro contrariedad es que debe estimarse, pues que dice mi amor y mi olvido. ¿Puede no sentir quien siente? No; mas puede hacer que consuele al sentimiento el agrado, viendo el alma de quien siente. ...cuyas lágrimas risueñas, quejas repitiendo alegres... No me detengas, que tengo de salir, a donde intente hacer que lloren, pues lloras; que no es bien que tú te quejes y ellos canten, sin que yo su sangre y tu llanto mezcle. entre conceptos de cantos y murmurios de corriente. No has de salir. Ya no haré, que si entra en el jardín gente, ¿para qué he de salir yo? ¿Gente aquí?, ¡cielos, valedme! Ábrese una puerta y salen LIDORO y LIBIO. ¿Dijiste, porque mejor la desecha hagan, no dejen de cantar mientras adoro de más cerca las paredes de los cuartos de Deydamia, ya que ruegos o intereses vencieron los jardineros, para que la puerta abriesen? Sí señor, ya prevenidos quedan de que canten siempre. Yo soy muerta, si por dicha o por desdicha acontece ser conocida. Hacia allí que siento ruido parece; y es verdad, dos bultos son. Y grandes; cada uno tiene veinte años de caída. ¿Hombres aquí? Conocerles es ya forzoso. No es. ¿Pues qué puedo hacer? Volverte: mira que es cosa tan fácil. ¿Que eso necio me aconsejes? ¿Cómo puedo no saber quién a estos jardines entre a estas horas? No queriendo saberlo. A nosotros vienen. Retírate tú, que yo me quedaré a detenerles; que como no te conozcan, los demás inconvenientes importan menos. Forzoso es, ¡ay de mí!, aunque pendiente deje en tu vida mi vida. Vase. El uno la espalda vuelve. Parécese a mí. Y el otro queda. Ese no se parece. ¿Quién va? ¿Quién me lo pregunta? Un hombre que saber quiere cómo habéis entrado aquí. La duda es impertinente, pues preguntándoos a vós cómo entrasteis, me parece sabréis como he entrado yo. Yo tengo causas que pueden darme aqueste atrevimiento. Yo también. Y me compete el saber quién sois. A mí el no decirlo. Pondreisme en obligación de que lo pregunte desta suerte. Y a mí responder de estotra. Cantando dentro, juntan las dos coplas pasadas como de lejos. Ojos eran fugitivos... A muy lindo tiempo vuelven a cantar los otros; ¿quién puso espadas y broqueles en solfa jamás? ¿Qué hacéis? La fuga deste motete a decir que callen voy, porque en estilo no entren de matarse dos, debajo de compás. Vase. Aunque valiente os mostráis, sabré quién sois. Soy, si el valor se resuelve, el monstruo destos jardines. El nombre. No ha de saberse. Aunque vós me le calléis, me lo dirá vuestra muerte. Riñen los dos y sale ULISES. ¿En los jardines espadas, y abiertas sus puertas? Llegue a saber qué es esto. Pues no es bien que el empeño deje, hasta que sepa quién es, hombre que a decir se atreve, «monstruo soy destos jardines». ¿Qué escucho? Luego tú eres el que busca mi deseo tanto, que a esta hora me tiene desvelado a estos umbrales; Pónese de parte de AQUILES. y así yo he de conocerte. Pues equivocado llega, cielos, en mi favor este, dejándole el riesgo, es bien que la ocasión aproveche y me retire a mi cuarto, donde antes que puedan verme, mude de traje y de nombre. Vase. Hombre, si buscando vienes, como has dicho, ¡ay de mí!, al monstruo destos jardines, advierte que a él le dejas ir, y a quien también le busca detienes. A ti te oí decir, que tú lo eres, y pues tú lo eres, no te defiendas de mí, que no te busco imprudente para tu muerte, sino para tu aplauso y hacerte dueño de Troya; y porque de mí, seguro, no intentes defenderte, Ulises soy, que en este jardín previene por un oráculo hallarte. ¿Ulises? Sí. Pues si ese es tu intento, contra ti tu diligencia se vuelve, pues le dejas cuando yo también le busco. ¿Quién eres? Lidoro soy. Pues, señor, ¿vós aquí?, ¿vós desta suerte? ¿Qué es esto? No sé. ¡Ay Ulises! Sepa qué es. Pues se nos pierde entre manos la ocasión de saber, ¡desdicha fuerte!, al que vuestro valor busca y vuestro valor defiende. Y ya la primera luz en su crepúsculo vence las tinieblas de la noche, no es bien que aquí nos encuentren. Salgamos de aquí, y sabréis lo que a mi vida sucede, pues solamente de vós lo fïara. Y justamente, que soy vuestro amigo; y puesto que no es bien durar en este sitio sin que respetemos el honor destas paredes, tomemos la vuelta al parque. Éntranse por una puerta y salen por otra. De su enmarañado albergue, este es el sitio más solo. Proseguid, pues. Atendedme. Yo, llevado de mi amor, no os encarezco si es grande, pues basta no ser dichoso para saber que es constante, con músicas divertía desde la esfera del parque las tristezas de Deydamia esta noche. (¡Qué mal hace quien cura males ajenos, pudiendo sus propios males!) Los afectos de rendido, facilitaron que entrase al jardín; ¡nunca pisara, pluguiera al cielo, su margen, pues no hallara de mis penas entre sus flores el áspid! Dos bultos vi, ¡ay infeliz!; huyó uno, otro ocultarse en las ramas pretendía de atento, no de cobarde, porque igual valor, jamás depositó el cielo en nadie. Embestile, y lo que dél supe fue que se nombrase El Monstruo de los Jardines, en cuyo empeñado lance llegasteis equivocado, de ver que yo me le llame; y fue, que yo repetí lo que él había dicho antes. Y pues vencido el error, de vós mi valor se vale, por amigo y extranjero, ¿qué he de hacer en semejante pena, sabiendo que un hombre galán y airoso en el talle, valeroso en el denuedo, recatado en el lenguaje, prevenido en la cautela y en la ejecución constante, monstruo de aquestos jardines, en ellos pueda ocultarse, tan seguro, que no teme que el día se le declare, para no quedarse en ellos, pues por la puerta que entrasteis, no fue por donde él se huyó? Pues presumir que lo sabe Deydamia, es pensar que el sol obscuras nubes le manchen; pensar que lo ignora, siendo a quien yo adoro, es quitarme en los miedos de celoso los privilegios de amante. Confieso que hay otras damas; mas para mí no es bastante satisfación, que ninguna merece que la idolatren, sino ella; y más grosero fuera mi dolor en darse por entendido de que a otra donde ella está amen, que no en presumir que es ella; y así, atento a mis pesares, decidme cómo sabré qué hombre es este, y... No adelante paséis, que ya a mí me toca por vós y por mí empeñarme en saberlo; que mis dudas y vuestras, si en una parte desiguales son, en otra parece que son iguales. Pues saber quién es un hombre, a los dos inquietos trae, con la distancia no más que se da entre Amor y Marte. Y así, pues a vós y a mí, aunque con causas distantes, toca saber quién es quien oculto en ellos se llame El Monstruo de los Jardines, hoy he de determinarme a entrar de Deydamia al cuarto, que no dudo que en él halle algún indicio de tanta novedad; pues cuando calle los recatos de la voz, no podrá los del semblante. Que aunque es verdad que no habrá de ponérseme delante estando en el cuarto yo, hará un estruendo tan grande, que su espíritu le obligue a que quizá se declare, viendo titubear el orbe, si se cae o no se cae. ¿Con qué industria habéis de entrar? ¿A Ulises queréis que falte? Con solamente un recado que lleve de vuestra parte. De mi parte, ¿qué ha de ser? Pues os trajo aquella nave tantas riquezas de Epiro, para declararos dadme dellas algunas, bien como telas, perlas y diamantes; y también, porque mejor un mercader se disfrace viendo que lleva de todo, espadines y plumajes, bandas, escudos. En tanto que me empeño en el examen yo, vós habéis de ayudaros del valor y de la sangre para no dar entender los sentimientos a nadie, prosiguiendo los festejos y músicas como antes, aun entrado en los jardines, por donde esta noche entrasteis, de suerte, que nunca más, sino rendido y galante, Deidamia ha de haberos visto. Aunque no es aqueso fácil de obedecer, pues callar con celos no lo hizo nadie, yo lo acabaré conmigo. Esto es lo más importante: un hombre no conocido, que me asista y me acompañe he menester; mirad vós si de cuantos en la nave vienen, hay uno a quien pueda el secreto fïase. Un crïado tengo, en quien concurren las calidades que me decís, porque aunque me ha asistido, los disfraces le encubrirán. Pues, Lidoro, a disimular pesares. Ulises, a hacer finezas. ¿Qué hombre pudo llamarse El Monstruo de los Jardines? ¿Qué hombre pudo ocultarse en ellos de día y de noche? Indicios me ofrece grandes... Grandes temores me ofrece... ...y no sin causa... ...y no en balde... ...si tantos avisos creo... ...si dudo tantos desaires... ...como los cielos me envían. ...como Deidamia me hace. Vanse. Salen DEIDAMIA, SIRENE y CINTIA. No en vano las luces bellas que el sol en sus lumbres dora, osan con tan bella aurora competir con las estrellas. ¿Lisonjas, Sirene, a mí? No es posible que lo sea la verdad. Bien está. ¿Astrea ha pasado por aquí? Aparte. Bien sé que en su cuarto está mudando el traje y el fin del empeño del jardín, mas esta es desecha. Ya ella viene. Sale AQUILES de dama. ¿En qué has estado? ¿Qué traes?, ¿qué tienes? No sé; pasando agora escuché... ¿Qué? Que te trae un recado... ¿Quién? Ulises. ¿Y qué ha sido? Lidoro... ¡Qué mal empiezas! ...por divertir tus tristezas, sabiendo que llegó a Egnido un mercader extranjero, que trae de la India Oriental empleado su caudal en uno y otro lucero, hijos del sol, te le envía con él, porque de sus bellas joyas las que gustes dellas tomes. Esa bizarría, sobre la loca arrogancia de anoche, que hasta ahora lucha en mi pecho, arguye mucha malicia o mucha ignorancia. Mucho me da que temer; pero, ¿cómo de mí, ¡ay cielos!, se atreverá a tener celos? Mira qué has de responder. No lo sé porque si aquí respondo airada y crüel, le doy otro indicio a él, y si no, otro enojo a ti. Pues ya que a dudar te obligas lo que debes hacer, yo diré que entre, porque no quiero que tú se lo digas. Notable desaire fuera, si en sus finezas reparas, que la entrada le negaras. Sale ULISES y LIBIO, vestido como extranjero, y trae un cofrecillo, lo que después dirán los versos, y en las manos un sombrero con plumas, una espada de plata y un escudo dorado. Dichoso yo, que esa esfera soberana merecí de tanto sol penetrar; mas esto es servir y amar. Y desdichado de mí, que hecho una portátil tienda soy, como bestia cargado, envidioso a quien ha dado pesadumbre ajena hacienda. El gran príncipe Lidoro, que de mí su atención fía, conmigo este hombre os envía, porque del rico tesoro de un mercader, que ha venido hoy al puerto, algo feriéis. Veamos qué joyas traéis. A todo estaré advertido. Porque aunque yo para mí ninguna pienso tomar, hoy a mis damas feriar ya que se han hallado aquí las que las agraden quiero. Quita el cofre. Aqueso haré de buena gana, porque como es rico, es majadero, y cansa tarde y mañana. Ábrele. Eso haré también; porque, un pecadazo, ¿quién no le abre de buena gana? Poner esto aparte quiero, que no es de aquí, y lo traía por si en el camino había quien lo comprase primero. Pone capas, escudos y plumas a un lado. Saca esas telas y ve desdoblándolas ahora. Saca unas piezas, y tiéndelas en el tablado. ¿Qué color [destos, señora,] más os agradó? No sé. Telas tu vista desprecia, y tras ellas no se va; bien se echa de ver que está el Corpus lejos de Grecia. Ve aquesas joyas sacando. Saca una joya. ¿Qué os parece este Cupido de diamantes? Necio ha sido quien de ellos labra amor, cuando para lo que el más perfecto dura, aun la más blanda cera materia rebelde fuera. Dejando aparte el concepto, joya más bella no vi: rica y de buen gusto es. ¿Si es rica? Claro está. Pues sea, Sirene, para ti. Amor tuyo a merecer llego. Engáñaste, que yo no te doy mi amor, sino el amor del mercader. No es poco eso, pues adelante hay más de alguna mujer, que el amor del mercader es el que tiene a su amante. Por firmeza, aquesta pieza fuerza es que a tu gusto informe. No es que eso ha de ser conforme cuya fuere la firmeza. Otra caja. De cualquiera en quien se vea, merece ser estimada. Si eso es decir que te agrada, tuya la firmeza sea. La mano beso a Tu Alteza. Átala bien al poner, porque se suele caer fácilmente una firmeza. Otra caja. Esta corona quería que te agrade. Della, ¿qué dices? Mal. ¿Por qué? Porque está en tu mano y no es mía. Sí es; toma. Eso no perdona. ¿Por qué de verla te pesa? Porque tú lo entiendes de esa y yo hablo de otra corona. Otra caja. Esta, un águila imperial es, que al sol las plumas dora. ¿Te agrada esta? No señora, que me están sus vuelos mal. Un áspid de rubíes. Di, ¿este acaso te agradó? Pues digo al áspid de no o nada diré de sí. Que algo no elijas me enfada. ¿Tú lo quieres? Yo lo quiero. Toma el escudo, pónese el sombrero, y hace como que se ciñe la espada. Pues este escudo, este acero, estas plumas y esta espada tomaré. ¿Eso has eligido? Sí. ¿A qué fin? ¿No puede ser que lo hayamos menester en habiendo anochecido? Mucho extraño la elección; donde hay joyas, ¿armas quieres? Sí, pues hay entre mujeres, mujeres que no lo son. Necia estás, no digas nada desto a Lidoro, sino cuánto agradecida yo, conocida y obligada nunca sus finezas dudo; y que en su nombre escogí estas cintas para mí. Yo este acero y este escudo. Yo, señora, le diré todo cuanto me mandáis. Y si vós no os disgustáis, otro día volveré, pues podrá ser que otro día de otra cosa os agradéis. Cuando quisiereis podéis. Dime: ¿desta bizarría, qué sientes? Mucho hay que hablar, mas, por hoy, lo suspendamos, que día que dan los amos, no es día de murmurar. Salen EL REY, LIDORO, DANTEO y gente. Deidamia hermosa, a tu cuarto vengo con dos novedades. Venir contigo Lidoro, no es, señor, la menos grande. Importa para la una... Pero, ¿qué es esto que haces? De ese mercader, que Ulises me ha traído de su parte, feriando estaba unas joyas. Todo el sol puesto en engastes fuera para mí atrevido, bien que para vós cobarde. Guárdeos el cielo. Recoge esto. A mí me es importante porque alguien no me conozca y me dé con algo alguien. ¿Qué tenemos? Poco, o nada pues solo he visto un notable espíritu de mujer. La una es, que tengo de parte de Acaya, patria de Astrea... ¿Dónde está? A tus plantas yace ¿Qué armas, qué plumas son estas? Permite que el verte extrañe con insignias de Belona, no siendo hermana de Marte. Como la guerra de Troya, por toda Grecia se trate, para un deudo mío... Está bien; mas la duda que me trae confuso es haber tenido cartas en que por constante se tiene que dio al través en un escollo la nave en que Astrea venía. ¡Ay triste! Y así es justo que repare que allí perezca una Astrea, y aquí otra te acompañe. Pues, ¿cómo, señor, si yo cuando aquí llegué...? Notable turbación. Esta mujer el juicio ha de quitarme, y más con esta sospecha del fingido nombre. Ya hacen la nueva y la turbación mayor la duda. Es en balde dar crédito a esa voz, pues no hay ninguno que se embarque a quien no le anegue el vulgo, o le cautive o le mate; esto se dice de todos; después la verdad se sabe. Bien puede ser, y así, en tanto que el tiempo nos desengañe, dejemos aquesto y vamos a lo que es más importante. El Rey vuestro padre escribe la gran falta que le hace vuestra persona; y aunque tantos accidentes graves de la salud de Deydamia de un día en otro dilaten las bodas, ya no es posible que no venzan, que no arrastren mayores inconvenientes, menores dificultades. Y así quiero que mañana las ceremonias nupciales se celebren, empezando las músicas esta tarde la invocación de himeneo, usado rito inviolable de sus ninfas, cuyas voces ya en ecos el viento esparce, para que tú las admitas. Yo, señor, que hay en mí, sabes, obediencia y no elección. Pues con la antorcha que traen para ti y Lidoro, en muestra del amor que en los dos arde, ¡dando principio los dos! ¡Ah, qué bien dijo, pesares, pues siempre embestís en tropas, quien dijo que sois cobardes! ¿Qué he de hacer? Disimular, pues de aquí a mañana cabe mil siglos, y un triste puede mejorar mucho un instante. Buena ocasión es aquesta de que mi honor se declare. Salen de ninfas algunas con hachas en las manos. Al tálamo casto de virgen esposa, que dulce y hermosa corona de amor es más alto trofeo, ven Himineo, ven Himineo. Al tálamo casto de joven amante, que fino y constante corona el amor del más dulce empleo, ven Himineo, [ven Himineo.] Al tálamo casto donde une el amor... Tocan clarín y caja. ¡Qué asombro, qué pasmo! ¡Qué susto! ¡Qué horror! Gran Júpiter, ¿qué es esto que en tanta confusión al mundo ha puesto? Caja. ¿Qué nueva fiera ha sido la que ha dado tan bárbaro bramido? ¿Cómo, sin que se rasguen pardos senos, se oyen puestos en música los truenos? Caja. ¿Cómo, sin dar desmayos, se miran sin escándalo los rayos? ¿En qué infernal abismo se habla deste lenguaje el barbarismo? ¿Que será este terror? Caja. Prodigio, asombro, escándalo y horror. Vuestro discurso yerra, que aqueste es el idioma de la guerra, que a grandes cosas llama; pues su concento grave, mezclando lo horroroso y lo süave, el pecho anima, el corazón inflama y la muerte apellida Caja. en glorioso desprecio de la vida. ¿Quién sus templadas cláusulas escucha, y a la campaña por salir no lucha? ¡Viva el Imperio Griego, y Troya se destruya a sangre y fuego! No quede a vida bárbaro enemigo... (Mas loca estoy, no sé lo que me digo.) Perdona, gran señor, que este portento Arroja las armas. mi atención se ha llevado tras mi acento. Vamos a ver qué ha sido lo que causó tan pavoroso ruido. Tened; ¿ya no sabéis lo que esto sea? No. Sí sabéis, pues ya lo dijo Astrea. Yo, de Grecia caudillo, he fabricado estos dos instrumentos que, voz de Marte y lengua de los vientos, animen y gobiernen al soldado; si bien ya me ha pesado, pues donde hay tantos hombres, su ruidoso conceto solo en una mujer hizo su efecto. Vase. Oye Ulises, espera. ¿A dónde vas? Darle a entender quisiera, que extrañar su armonía, la novedad, no es falta de osadía. Vase. Síguelos, no suceda, que acontecer una desdicha pueda. Vanse todos los hombres. Sí haré; pero aunque invente máquinas, no he de darle armas, ni gente, mientras que sus sutiles trazas no sepan descubrir a Aquiles. Vase. Harto le han descubierto. Ya sabido lo que es, ¿de qué turbada has quedado? No sé; no me hables nada, dejadme todos; ¿tú también me dejas, Astrea?, ¿tú también de mí te alejas? Vanse los dos y DEIDAMIA detiene a AQUILES. Sí, pues en esta parte, nadie tiene más causas que dejarte. ¿Dejarme? Sí, ingrata; pues tu crueldad con tal rigor me mata, que, ¡oh fiera!, has dado, ya tirana, el sí de que serás de otro mañana. Yo... Mas, ¿qué importa? Acábese el engaño... ...quise... ...que a tiempo llega el desengaño. ...desvelar... No prosigas. ...la sospecha de ayer... Nada me digas; cásate norabuena, que yo, ¡qué rabia!, me sabré, ¡qué pena!, despicar en la lid, donde pretendo entrar matando, pues que huyes muriendo. Estos adornos viles, que afeminaron el valor de Aquiles, dejaré por ejemplo colgados en el templo de Amor, a donde estaba trocada en rueca de Hércules la clava. Mi bien, mi vida, mi señor, advierte. ¿Qué he de advertir? Mi mal, mi error, mi muerte. Que te destruyes tú, y que me destruyes. ¿Para qué te me acercas, si me huyes? Sepa el mundo que fui... Calla. ¡Qué agravios! ¿Ábresme el pecho, y ciérrasme los labios? Sepa que soy... Mi dueño solo eres. ¿Tú no te casas? Sí. Pues, ¿qué me quieres? Que sepas que me muero, porque es en mí obligación primero que mi pasión. ¿Y es buena la disculpa de una virtud fundada en una culpa? Ese traidor estilo, la vecindad te le pegó del Nilo, que dar vida y matar, dulce tirana, traiciones son, y encantos de gitana. No son, sino un forzado, un triste efeto, que aquí es inclinación, y allí es respeto; y a un tiempo allí aborrece, y aquí ama. Sale SIRENE. Señora. ¿Qué quieres? El Rey te llama. Haz por mí una fineza. ¿Qué es? Que no te despeñe tu tristeza, hasta que vuelva a verte. Vanse las dos. Yo callaré, y en mí será de suerte sagrado tu precepto, que ya que lo prometo, tanto a callar me obligo, que estando solo aún no hablaré contigo. Quédase suspenso y sale ULISES. Ofendiose Lidoro de lo que dije, y puesto que no ignoro que ha sido opinión sabia que quien habla en común a nadie agravia, poco podrá imputar haberle dado satisfación; y en fin, tras mi cuidado, sin decirle a él cuál sea, vuelvo a ver si pudiese hablar a Astrea, por ver en qué consiste, que una mujer... Pero suspenso y triste, está tan divertida, que es un mentido engaño de la vida. ¡Cielos!, en tal violencia, ¿qué se pierde en hacer esta experiencia? Nada; y mil cosas ven a cada paso. Ya lo pensé; pues sea desta suerte. ¡Guárdate Aquiles, que te dan la muerte! Dice dentro, y sale por otra puerta hallando muy alborotado a AQUILES. ¿Quién me da la muerte? ¿Quién tan piadoso es? Pero, ¡ay cielos!, ¿qué digo? No disimules, que ya es en vano, sepuesto que no has podido vencer aquel descuidado afecto natural, que tras el hombre, lleva el primer movimiento. ¿Qué es lo que dices? ¿Con quién habláis, que yo no os entiendo? Perdonadme, hermosa Astrea, que desalumbrado y ciego llegué a hablar con vós, pensando que hablaba, ¡qué devaneo!, con Aquiles: tal en busca suya traigo el pensamiento. Loco estuve. Perdonadme digo otra vez, que ya veo, señora, que no sois vós Aquiles, ni podéis serlo; porque joven a quien Marte, dios de las lides sangriento, destina para caudillo de sus mayores trofeos; joven a quien apellidan para héroe suyo los cielos, para honor suyo los dioses, los astros, para instrumento de sus influjos, los hados, para horror de sus decretos, la fama para su asumpto, la historia, para su ejemplo, la patria, para su amparo y para su aplauso el tiempo; claro es que no había de estar en viles ropas envuelto, cuidando de los afeites, perfumes, gasas y aseos, que son fealdades del alma, y no hermosuras del cuerpo. Y así, pues yo me engañé, quedad con Dios, advirtiendo, si no le descubro ahora, que yo le descubra presto. Aguarda Ulises, espera. ¿Qué me quieres? Los sucesos que improvisamente asaltan el muro del pensamiento, la mayor ruina que dejan, después de saquearle el pecho, es no dejarle palabras. ¿Pues qué quieres? Solo quiero lugar para responder. ¿Qué tanto plazo? Un momento. Pues yo vendré. No te vayas. ¿Tan presto ha de ser? Tan presto. Deidamia, ¡ay de mí infelice!, es tan imposible empleo, que mañana será de otro. Ya a los baldones sujeto estoy, que excusé. Amor, dice que él toma a cargo el desprecio; el valor no lo consiente, representándome, ¡ay cielos!, la guerra que me apellida, la grande fama que pierdo, la patria que desamparo; y después de todo esto, el riesgo a que no me excuso, pues ya desde ahora le tengo aquí más que allá: con que estar respondidos veo Deidamia yo, amor y honor, guerra, fama, patria y riesgo. ¿Qué has resuelto?, ¿por qué viene hacia aquí gente? He resuelto... Prosigue. Duda la lengua. Habla. Fáltame el aliento. Poner en salvo mi honor. Ya lo dije, ya no puedo volver a coger la luz; y así, pues va anocheciendo, y a mi deseo la noche extiende su manto negro, tenme en él, porque un caballo, y la seña de estar puesto será hacerme una llamada, Ulises, tus instrumentos; que yo saldré de palacio. Deja que a tus plantas puesto bese la tierra que pisas: adiós. Vase. Adiós, esto es hecho. Fortuna, piérdase todo día que a Deidamia pierdo. Aquestos adornos viles, no, como dije primero, daré al templo del Amor, más del desengaño al templo los daré; y pues que le ha sido para mí este jardín bello, a donde mis desengaños son víctima de mis celos, queden en él por despojos, bien como anciano trofeo de culebra, que renueva juntas la piel y el aliento. Así yo, habiendo dejado la nupcial ropa de Venus, solo túnicas de Marte vestiré, y aqueste acero, que oculto entre aquestas ramas anoche dejé, temiendo que el rumor llamase gente, y con él me viesen dentro del cuarto, le llevé solo. Adiós, teatro funesto donde mi primer amor representó sus afectos. Adiós, bastardos adornos de mi cautela instrumentos. Adiós flores, adiós fuentes: adiós Deidamia. Sale DEIDAMIA. ¿Qué es esto? No sé. Escucha. No es posible, suelta. ¿Adónde vas? Huyendo de ti. ¿Esa es la palabra que me diste? ¿En qué la quiebro? De callar la di y la cumplo, pues no habla en mis sentimientos. ¿A qué propósitos estás en ese traje tan presto? Pues, ¿no quedamos anoche por el ruido de no vernos, esta? Todo eso es verdad, pero yo a verte no vengo. ¿A qué vienes? A no verte. ¿Cómo? No sé. Habla. No puedo decir; que no es posible durar el engaño nuestro; yo estoy conociendo ya. ¿Que qué dices? Lo que es cierto. ¿Quién fue quien lo supo? Ulises. ¿Cómo? Esto es lo que no entiendo. ¿Qué dijo? Nombró mi nombre. ¿Negaras? No pude hacerlo. ¿A que tu altivez fue causa? A que tu traición fue efeto... Esto, pues, por una parte, por otra, tu casamiento; ¿qué remedio puede haber sino? ¿Qué? No haber remedio. Y así, adiós, adiós Deidamia, pues con dos causas me ausento de ti, entrambas tan forzosas, como no verte en ajenos brazos y salvar mi vida. Y pues me aguardan los cielos para tragedias de Marte, no empiece por las de Venus: adiós otra vez, adiós, otra y otras mil. Primero has de escucharme: yo, Aquiles, hice, (¡a pronunciar no acierto!, pero, ¿qué acertaré yo por mí misma?, ¡ay de mí!) esfuerzo a mi inclinación, mas, ¡ay, que pisar mi línea veo de lo imposible a mi amor!, pierdo el venir si te pierdo. No te ausentes, no me dejes conmigo a mí, y yo te ofrezco ser tuya, aunque se aventuren padre, esposo, amor y reino. Tuya he de ser, no te vayas. Pues, ¿cómo me he de ir con esto? Piérdase vida y honor, Clarín. fama y gloria... Mas ¿qué es esto? La voz de Marte me llama: Deidamia, adiós, que no puedo no responder a esta seña... Caja. Mi bien, mi señor, mi dueño... ...y es tarde Deidamia. ¿Cuándo fue tarde para requiebros? Cuando ya está apoderado de toda el alma otro acento. Dentro. Pues celos y amor son gloria y infierno, viva el amor y mueran los celos. «Mueran los celos y viva amor», dice en blandos ecos otra música, que es el primer gusto que debo a Lidoro. ¡Y qué bien dice! Viva, y viva en nuestros pechos. Clarín y caja al irse; ella le detiene. Al otro lado cantan y suspéndense. a pesar de la fortuna, Caja y clarín. mas, ¿qué digo, cuando veo que el honor me está llamando con más genoroso [est]ruendo? Quiérese ir. Vuelve, vuelve; no te lleve más un bronce que un acento. Vuelve. Viva el amor y mueran los celos. No hará; que estas dulces voces son imán de mis afectos. Eso sí; viva el amor. Caja y clarín. Viva; pero no en mi pecho. Ya voy Ulises, aguarda, que fama y honor pretendo. Viva el amor y muera los celos. Pero no me aguardes, vete; no llores tú, que ya vuelvo. Cantan; suena la caja y clarín a un tiempo, y sale LIDORO. Entre músicas y trompas, lugar otra vez se ha hecho hacia esta parte. ¿Quién va? Ya pudiérades saberlo: El Monstruo de los Jardines. ¡Esto me faltaba, cielos! Ahora veré si otro engaño te libra de mí. Riñen. No quiero que ya el engaño me libre, sino el valor y el esfuerzo. Habrá caja, clarín, música y versos, óigase o no se oiga. Pues gloria... Ya que está perdido todo, la vida, que es lo de menos, piérdase también. Ulises, Cintia, Sirene, Danteo, padre, señor... Mas mis voces otras confunden. Salen todos y dos CRIADOS con hachas. ¿Qué es esto? Conocer quién es un monstruo desos jardines. Primero mil vidas perderé. Astrea. Ya de ese engaño no es tiempo, que con la espada en la mano, de oír tal nombre me avergüenzo. Aquiles soy, que a tu casa y a ti tal traición he hecho, de Deydamia enamorado, a quien por esposa tengo: vengan, pues y llegad todos. Matadle. ¡Ay de mí! Teneos, que si le busqué hasta aquí, ya desde aquí lo defiendo. Tú, Ulises, a quien ofende mi Palacio... Tú, al que ha hecho tal traición contra mi honor... ¿Amparas? ¿Defiendes? Esto a todos importa. ¿Cómo? Ábrese un peñasco y vese TETIS sobre un caballo, en ondas de mar. Yo lo diré, estadme atentos. Hoy es el día fatal, que amenazó con agüeros a Aquiles; bien lo publica el trance en que se ve puesto deste riesgo. Librar quise su vida infeliz, creyendo que sería en la campaña, y en la paz le truje al riesgo. Y pues hoy transciende el punto, siendo desde aquí trofeos, victorias, triunfos y aplausos, no os quitéis, valientes griegos, la felicidad matando, que dél esperáis viviendo. Vuela a la cazuela. Vive Aquiles, viva Aquiles. Su vida defiende el pueblo, pues si la fama le aclama caudillo de los empleos... Si los dioses le apellidan a santo de sus decretos... Yo le perdono mi agravio. Yo desisto de mis celos. Dale la mano a Deydamia. Feliz fui. Gran dicha adquiero. Yo por hacer algo ahora, diré que acabe con esto, El Monstruo de los Jardines; perdonad sus muchos yerros.