Personajes La GRACIA El PECADO El HOMBRE El ALBEDRÍO La SOBERBIA La AVARICIA La LASCIVIA La IRA La GULA La ENVIDIA La PEREZA El OÍDO La IGLESIA MÚSICOS Salen el PECADO y la GRACIA luchando Deja esta tierra. Pues ¿qué imperio tú, qué dominio tienes para desterrarme del que es patrimonio mío? ¿Patrimonio tuyo, Gracia, es, ni puede ser, ni ha sido la Corte del Universo? Sí, que aunque la del impíreo fue primera patria mía, al Hombre en la tierra asisto para reducirle a ella, pues el poder infinito de Dios su fábrica hermosa por mí y para mí la hizo, entregándosela a él, porque él como alcaide mío en su gracia la posea, siendo su primer motivo servir a Dios y gozarle. Así algún psalmo lo dijo, es verdad, pero ¿tan presto pusiste, Gracia, en olvido, que también dijo otro salmo aquel nuestro desafío, cuando vitorioso yo quedé en su primer delito de todo el orbe, pues todo, avasallado y rendido, obedece a mi poder y a mi horror yace: testigo sea algún infausto tronco que, yerto esqueleto frío, entre siempre verdes copas es padrón vegetativo, en cuya corteza el tiempo tiene, a pesar de los siglos, con caracteres de arrugas en quebrado idioma escrito: «Aquí del Género Humano, yacen los villanos hijos de Adán, infames pecheros del Pecado»; cuyo rito en tres edades tres leyes le confesaron a gritos, Job en sus conversaciones, el real profeta en sus Himnos, y en sus Epístolas Pablo, diciendo que no ha nacido, ni ha de nacer quien no nazca de mis imperios cautivo, señalado con mis yerros y marcado con mis signos. Aunque aquí la general ley excepción ha tenido, pues ya hubo humana criatura cuyo siempre puro, limpio esplendor nunca manchado turbó aun el primero viso esa sombra, y concebida en gracia, al instante hizo basa de su pie tu cuello, porque viéndote oprimido contra la tierra la boca no pudieras atrevido volver a morderle; no valerme aquí solicito de ese especial privilegio, porque hoy no es asunto mío lo particular; y así, transcendiendo a más altivo empeño has de ver que hoy a lo general aspiro, no solo contra esa culpa que a Dios su imagen deshizo borrándole aquel primero candor y yugo sencillo de la original justicia, pero contra cuantos miro su bando seguir, haciendo al orbe, aleve caudillo de miserias y desdichas, de rigores y castigos, cátedra de los pecados y academia de los vicios, y así, abrazando no solo esa culpa, como he dicho, mas todas las actuales, desta manera prosigo. ¿Qué importa (aunque importa mucho en esta frase lo digo, porque ajustarnos a hablar humano modo es preciso) que vitorioso quedases del Hombre, y el Hombre indigno quedase de ver al Cielo, porque siendo su delito infinito, no podía satisfacer por sí mismo, si compadecido Dios de su llanto y su conflito, piadoso dispuso (¿qué no hará Dios compadecido?) satisfacer con la sangre de su unigénito Hijo la deuda, porque pagase lo infinito a lo infinito? Y porque a la letra el texto está un argumento tibio, siempre que en campal teatro o lidiamos o argüimos, del sentido literal has de ver que hoy mis motivos no sin facilidad hacen alegórico sentido, para cuya inteligencia, no solo, fiera, te pido la atención, sino el acuerdo de asunto que ya se ha visto, porque veas que no acaso, sino de intento le elijo, haciendo del acordarlo gala para el repetirlo. ¿Qué importa, pues, digo (ya se sabe cómo lo digo) que el Hombre cerrase al cielo las puertas y los oídos, si ya de aquel año a quien por la antonomasia dimos el gran renombre de Santo, en la metáfora vimos concedido el jubileo del gran pontífice Cristo, cuando inocente cordero fue del Padre sacrificio, cuyo nombre de Inocencio le dio el piadoso apellido, porque hoy Cristo y Inocencio nos representen lo mismo, en cuya gran concesión, franqueados los archivos del tesoro de la Iglesia, abiertas las Puertas vimos del Perdón, con general remisión de los delitos más inormes y más feos, más torpes y más indignos. Acuérdate, pues, de ver al Hombre, que peregrino de la vida, acompañado de diez preceptos divinos, llegar pudo donde el año de cincuenta le previno en el psalmo de cincuenta tan soberanos auxilios que a pena y a culpa absuelto restituyó al primitivo estado de la inocencia todo lo que había perdido, entrando a la del Perdón por la puerta del Baptismo primero, y de sus desmanes saliendo después invicto por la de la Penitencia, que es aquella que se hizo de la tabla del naufragio de quien allá Tomás dijo que el que a ella atrito se abraza se pone en salvo contrito; que aunque es verdad que él no sabe (segunda atención te pido) más que con ciencia moral, si estoy con él o él conmigo, porque esto de estar en gracia no es al Hombre concedido saberlo, puesto que al Hombre insensiblemente asisto, con todo eso, es una cosa saberlo él o yo decirlo, ya que en esta nueva idea es fuerza usar el estilo de alegóricas licencias, y así, asentado el principio de que no hablo en exterior sino en interior sentido, para que mejor conozcas los grados que ha merecido de gracia en la venturosa peregrinación que hizo, en esta guirnalda que hoy para su lauro he tejido, según presente justicia has de ver que los explico. Tiene una guirnalda en la mano Por el Amor de Dios, que de aquellos diez peregrinos que acompañó fue el primero, está este morado lirio. Por el Temor el segundo, no habiéndosele perdido a Dios, jurando su nombre, aqueste alhelí pajizo (¿cuándo morado color símbolo de amor no ha sido, y cuándo pálida tez no fue de temor indicio?). Por lo que al tercero toca, el Culto de Dios Divino, significando su celo está aqueste azul jacinto. Por el respeto a los padres aqueste galán narciso, que querer a quien da el ser es quererse uno a sí mismo. Este purpúreo clavel, que está sin sangre teñido, por premio está de las iras que no ejecutó en el quinto. Esta cándida azucena ya verás por quién la aplico, pues la castidad que ostenta su intacto color ha dicho. Espuela de caballero es esta flor en quien miro el baldón de ser el hurto el villano de los vicios. Por la verdad que trató en la confesión que hizo, está aquesta siempreviva dando a entender cuánto ha sido siempre viva la verdad. Y estotras que no te explico, aumentos son de la Gracia, que en mi mano deposito para coronarle, cuando llegue con ellos a juicio, y siendo así que ya el daño de aquel duelo tuyo y mío, en que te vio vitorioso el árbol del Paraíso, reparó feliz el Año Santo de aquel concedido plenísimo jubileo de la gran muerte de Cristo, cuya sagrada memoria renovaron al principio a siglo entero los años y después a medio siglo, ¿de qué arrogante, de qué soberbio y desvanecido blasonas? Pues si volvemos al pasado silogismo, no podrás negar que el Hombre volviese de su camino con favores de la gracia tan hacendado y tan rico que absuelto a culpa y a pena puso en perdonado olvido el innumerable resto de sus pasados delitos. Luego si en el nuevo estado hoy de mi gracia le miro con los grados que le dan aquestos favores míos, ¿cómo desterrarme quieres, siendo el orbe en que le asisto patrimonio de quien tengo el absoluto dominio? Tan verdad es tu verdad, Gracia, que con ser yo mismo la misma mentira, no la niego ni la replico, pero por más que lo sea, en cuanto a haber merecido el Hombre favores tuyos, no has de ver que a ella me rindo en cuanto a que no podrá perderlos, porque no ha habido quien mientras está en vía pueda confiar, que aun a Francisco, rasgado el pecho, las manos y los pies, truje afligido con decirle: «No blasones, que aún estás en carne»; indicio de que no me desespera el favor más exquisito mientras deste mundo el Hombre es viador, y más si miro que desnudándose allí el traje de peregrino, viste cortesano traje, a riesgo de que el olvido de su peregrinación prevarique los auxilios con la confusión, el trato, el tráfago y el bullicio de la gran Corte del Mundo, donde natural vecino ha parado; y porque más se explique el concepto mío, y a nadie la duda quede del cómo y por qué lo digo, la Corte del Mundo dije, cuyo emporio siempre invicto, diócesis de Toletot (que en el caldeo sentido habitación significa de muchos), y cuyo sitio es en arábigo idioma Maredit, por haber sido madre de ciencias, es donde ha parado, y bien explico ser madre de ciencias, pues saber del bien y el mal quiso; en ella, pues, has de ver que sus riesgos solicito, a cuya causa le he puesto, llamados de su albedrío, la peligrosa familia de siete espíritus míos, peores que yo (que así allá pienso que Mateo lo dijo). Dentro instrumentos de música Vuelve, pues, vuelve los ojos a verle, Gracia, asistido de mis parciales, que son los familiares amigos de la gran Corte, y volviendo nuestra lid a su principio, veamos si de los favores, que en el depósito miro de esa guirnalda explicados en tantos cambiantes visos, la pompa desluzgo, el lustre rompo y el verdor marchito, siendo de esas flores tú la primavera, el estío yo, tú el céfiro y yo el cierzo, tú el botón y yo el espino, tú la edad florida y yo la efímera, tú el rocío y yo la escarcha, y en fin, porque acabe de decirlo, tú el aurora de esas rosas y yo el áspid escondido, que he de introducir en ellas el siempre mortal nocivo tósigo de mis alientos, veneno de sus sentidos. Sale el HOMBRE, vistiéndole el ALBEDRÍO, y después cantando salen la SOBERBIA, con el sombrero de plumas; la AVARICIA, con un azafate y en él cadena y joyas; la LASCIVIA, con el espejo; la IRA, con la espada; la GULA, con un azafate de frutas; la ENVIDIA, con la capa en una fuente, y la PEREZA, viejo, con bastón o báculo Aunque la esclavina trueque al cortesano vestido, no por eso el Hombre deja de ser siempre peregrino, que es la vida un camino que al nacer empezamos, al vivir proseguimos, y aun no tiene su fin cuando morimos. ¿«Que es la vida un camino que al nacer empezamos, al vivir proseguimos y aun no tiene su fin cuando morimos»? ¿Quién haría esta letra? Job, mostrando que este prolijo curso no es más que un viaje que hace de un sitio a otro sitio, pues pasando del primero sepulcro, que es el nativo seno, al segundo sepulcro de la tierra, solo ha sido güésped de su misma patria, pues en ella advenedizo, cuando a su fin llega es cuando se reduce a su principio; y así, ¿qué importa que mude el traje, si siempre el mismo, no muda naturaleza, y confesar es preciso… Que es la vida un camino que al nacer empezamos, que al vivir proseguimos, y aun no tiene su fin cuando morimos. Aunque es verdad todo eso, salir de un sepulcro vivo o entrar a un sepulcro muerto ya se ve cuánto es distinto. ¿Por qué lo dices? Porqué, si Job, dos veces podrido con su mujer y sus llagas, aquesa sentencia dijo, por eso los epicurios dijeron también: «Amigos, breve es la vida, y nosotros la abreviamos con pudrirnos; comamos, pues, y bebamos alegres hoy y festivos, que mañana moriremos», con que en un concepto mismo, de lo que uno llora, otro se ríe, y así te pido, que no siempre a lo penoso te entregues, que aunque haya sido viaje la vida, no es lo propio hacer un camino por prados, calles y plazas, que por campañas y riscos; y puesto que en otro traje más galán y más lucido te ves hoy del que te viste ayer, habiendo venido a ser cortesano, trata de vivir más esparcido de lo que viviste, a cuya causa en tu nombre recibo esa lucida familia que está atenta a tu servicio; y porque veas que vienen de mis deseos traídos, vuelve a verlos y verás a cada cual en su oficio. No sé, Albedrío, qué diga de ti y de ellos; mas, movido de tus persuasiones, quiero que veas que los admito. Dadme de vestir. No empieza mal, pues que de su Albedrío siguiendo empieza el dictamen. Quizá ha visto los peligros; será el mérito mayor si trata de resistirlos. Apártase la GRACIA al otro lado ¿Por qué te apartas? Porqué habiendo el Hombre venido, no pueden gracia y pecado, que son afectos distintos, hallarse juntos, y así a otra parte me retiro hasta ver a cuál nos toca o el acercarnos o el irnos. Llega ese espejo, que quiero ver cómo me está el vestido de cortesano. Lascivia, llega presto. [Aparte] (El guarnecido cristal de esta clara luna en quien a ley de mi arbitrio bello hermoso maridaje hicieron ébano y vidro, tu forma te represente para que desvanecido al verte imagen de Dios, animada en un suspiro, no desconfíes temiendo que merezcas sus castigos, pues no te hizo para enojo quien para imagen te hizo.) Cantado. Mira en su cristalino campo la perfección con que has nacido. Dulce apacible portento, hermoso bello prodigio; no lo digo por la imagen que dentro del cristal finjo, que al ver tu rara hermosura ella es por quien lo digo, pues a un tiempo en tus espejos, los de tus ojos y el limpio cristal, no sé en cuál de tres más animado me miro, pues solo es el de tu rostro el que amo como a mí mismo. ¿Quién eres? Soy el adorno de las cortes, el aliño de sus poblados, la gala, el aseo, el artificio de sus usos y sus trajes, pues por mí inventó el cariño de sus damas y galanes lo airoso en ellos del brío, bien como lo airoso en ellas de sus tocados y rizos. Cantado. No hay sentido de que yo no sea objeto, no sea hechizo: con mi hermosura a los ojos, con mi voz a los oídos, con mis blanduras al tacto, con mis aromas lascivos al olfato, como al gusto con mis manjares distintos, siendo el encanto mío arco de Venus, flecha de Cupido. Representa. Porque soy… Espera, aguarda, que no has menester decirlo, pues aunque tú no quisieras te hubiera yo conocido por lo que me has abrasado más que por lo que me has dicho. Desde aquel primero instante que te vi, no sé qué activo fuego dentro de mi pecho es tan callado enemigo, que sin ceniza y sin humo lento abrasa y arde tibio; mas ¡ay de mí, cuánto yerran engañados mis sentidos!, siendo un peregrino pobre, en aspirar al divino empleo de una hermosura que tan desigual admiro. Dadme de vestir, porqué ir huyendo solicito de ella, aunque mal podré de ella si antes no huyo de mí mismo. Llega, Soberbia, no humilde quiera hacer virtud el vicio. Bien empiezan mis intentos. Mal empiezan mis alivios. Toma, que yo, porque no abatas de tus altivos méritos la estimación, con estas plumas te sirvo. Dale el sombrero con plumas Alas son que la soberbia de tu propio ser, nacido a grandes cosas, te ofrece, con que podrán atrevidos tus deseos aspirar no solo al bello prodigio de humana hermosura, pero cuando los rayos esquivos te abrasaran desde el sol, pudieras desvanecido con estas plumas volar a sus orbes cristalinos donde aún de mejor imperio o cortesano, o vecino te hicieran tus altiveces. Tanto a tus voces me animo con las alas que me has dado, que a verla vuelvo rendido a su hermosura y su voz. ¿Quién en un sujeto ha visto que con armas de sirena dé la muerte el basilisco? Acércome un paso más. Yo un poco más me retiro. Cortesana vanidad de la esfera que hoy habito, soberbio vuelvo a tus ojos tan neutralmente atrevido, que cuando me desvanezco doy a entender que me rindo. Canta. La fineza te estimo, que solamente Amor vence vencido. Con ese favor me obligas a que vuelvan al principio mis desconfianzas. ¿Cómo? Como segunda vez miro que no le puedo pagar con los tesoros que envidio para eso solo, y así primero que sea desvío el favor con desengaños de pobre desvanecido, dadme de vestir, que en vano a empleo tan alto aspiro. Llega, Avaricia, ahora es tiempo. Yo que a servirte he venido de guardajoyas, que al fin este en la corte es mi oficio, con estas te adorno. Pónele la cadena y joyas ¿Quién eres? Si no te lo han dicho mis joyas… Prosigue. Soy quien de los más escondidos senos de la tierra supo sacar el oro más fino, la más acendrada plata y los diamantes más ricos, sin que bastara ponerse del mar el páramo frío en medio, para que yo en él no abriese camino, pues hijos del mar y el viento son, rompiendo mis navíos con la proa el aire claro, con el buque el cristal rizo, delfines de pino y brea y águilas de cuerda y lino. ¿Pues quién eres? La Avaricia. Aún más agora me admiro que des para dar. Agora sabes que no deja, impío, de ser con otros avaro quien es liberal consigo; quien da a su apetito no da, compra su apetito. Dices bien, y para dar al gusto que solicito, por ser liberal con él avaro seré contigo: toma, Lascivia, y ¡oh, quién Dale las joyas pudiera, aunque de sí mismo lo quitara a su sustento, de diamantes este sitio para que tú le pisaras irte empedrando el camino! No habrás menester quitar, si yo a tu familia asisto, nada a tu sustento, que antes en la abundancia peligro que en la falta. Pues ¿quién eres? La Gula, que ahora te sirvo con estas frutas en tanto que con más preciosos vinos al sabor de otros manjares en mejor mesa te brindo; ofrécelos de mi parte a esa beldad, que yo fío que los acete, porqué lascivia y gula nacimos tan de un parto, que sin Ceres y sin Baco no hay Cupido. Toma el azafate y dásele a la LASCIVIA Toma, que aunque don sea pobre, el afecto siempre es rico. Canta. Yo de ti le recibo porque es el don idioma del cariño. Yo me retiro otro paso. Yo otro paso me avecino. Solo el que da es el que adora y aun de los dioses se dijo, con ser dioses, que estimaron por la ofrenda el sacrificio. Ya hubo amante que me dio, no codiciosa lo digo sino obligada… Detente. ¿Por qué? Porque no he de oírlo. ¿Tan presto celos? Tan presto que te embarazo el decirlo por no obligarme… ¿A qué? A que aborrezca al que te quiso. Dadme la capa, no vea el fin de tan mal principio. Llega la ENVIDIA con la capa Esta es. ¿Quién eres? La Envidia. Tras los celos has venido. Ellos vinieron tras mí, que no soy yo quien los sigo; los que me siguen son ellos. Ahora veo que han querido con la capa de la envidia disfrazarse, y no han podido, Pónese la capa pues nunca han sido más celos… ¿Qué? Que cuando envidia han sido. Canta. No huyas de mí ofendido, que amor que ya pasó solo es olvido. No es, que no es noble el amante, ni honrado ni bien nacido, que aunque pasase, otro amor no tenga por enemigo al dueño dél, que descubre de infamia no sé qué visos de sufrir lo que será quien no siente lo que ha sido, y así he de ausentarme. Pónese delante dél la PEREZA Yo me atravesaré al camino. ¿Quién eres tú? La Pereza; el báculo en que me afirmo y mi larga edad lo digan, que como yo no me aflijo ni afano, la edad me sobra. Yo te hubiera conocido a haber notado que al verte con plantas de plomo piso. Pasa por la PEREZA y vuelve Apenas mover el paso puedo, pero ¡qué mal digo!, que es tan poderoso en mí este afecto introducido de la envidia, que sin más culpa que haberla querido le diera muerte a quien… pero irme es mejor. Dadme, os digo, lo que a mi adorno ha faltado. Ya yo la espada te ciño. Dale la IRA la espada ¿Tú quién eres? La Ira soy. ¡A qué buen tiempo has venido!, que envidia y celos sin armas, a la lengua remitidos, solo eran envidia y celos u de mujer u de niño. Cantado. Vuelve, vuelve, te pido que no quiere quien no quiere ofendido. Mira que llora, señor. ¡Oh, engañoso cocodrilo, cuyo veneno es el llanto! ¿No vienes? Sí, ya te sigo; si llora, ¿no he de volver? Trayle el ALBEDRÍO y en esta acción llega la GRACIA. Retírase la PEREZA Pues yo del paso me quito. Pues ¿cómo agora, Pereza, tan diligente te miro? Mal cumples tu obligación. Antes bien, que el paso mío, huyendo del vicio es tardo, y es veloz volviendo al vicio; a nadie que va cayendo la Pereza le ha tenido, que hacia la cumbre hay pereza, pero no hacia el precipicio. En fin, ¿vuelves? ¿Qué he de hacer, si me arrastra mi Albedrío? Mientes, porque él no te arrastra, ni en él para eso hay dominio. ¿Quién —¡ay de mí! ¡muerto estoy!— eres tú? Un bien infinito, que insensiblemente pierdes, si sigues ese vestiglo, monstruo de siete gargantas, que en siete cuellos distintos escupe siete venenos que conficionó el abismo. Instancias son de la Gracia estos callados avisos que te doy, porque no puedas alegar, inadvertido, que seguistes tus afectos por faltarte mis auxilios; suficientes son saber que no tiene tu Albedrío fuerza contra ti ninguna, si no se la das tú mismo. Al Albedrío. Suelta, porque tú no tienes poder tuyo, sino mío. Los VICIOS de una parte y la GRACIA de otra Vuelva por sí cada uno en su afecto. No has de oírlos. Cantando y representando A la corte has venido: goza su aplauso y deja los retiros. Mas, ¡ay de mí!, que no puedo taparle yo los oídos, que no mereciera el Hombre ni el galardón ni el castigo si libremente no obrara voluntarioso su instinto, y así es lo más que hacer debo es decirle mis avisos: a la corte has venido, mas no por eso no eres peregrino. ¿De qué te sirven mis alas, si abates su vuelo altivo? De poder volar sin ellas a la Corte del Impíreo. ¿De qué mis ricos tesoros? De hacer de ellos desperdicio. ¿De qué mis tiernos halagos? De saber que son fingidos. ¿De qué el brío de mis iras? De vencer con mejor brío. ¿De qué mis blandos manjares? De advertir que son nocivos. ¿De qué mis ardientes celos? De ser helados olvidos. ¿De qué los grillos que yo calcé a tu pie fugitivo? De bastar, para romperlos, el conocer que son grillos. Cantado y representado A la corte has venido: goza su aplauso y deja los retiros. A la corte has venido, mas no por eso no eres peregrino. ¡Quién pudiera en dos mitades seguir entrambos caminos! Mira que quedas sin mí, a vivir siempre abatido. Sin mí, a padecer miserias. Sin mí, a no gozar cariños. Sin mí, a sufrir mil desprecios. Sin mí, ayunos y silicios. Sin mí, a no saber que otros están dichosos y ricos. Sin mí, a vivir afanado. Y sin mí, a vivir perdido. GRACIA y ellos a un tiempo juntos todos representando y cantando A la corte has venido… A la corte has venido… Goza su aplauso, y deja los retiros. Mas no por eso no eres peregrino. ¿A qué te resuelves? Siendo el resolverme preciso, a seguir hoy cortesano los rumbos de mi apetito: Soberbia, Avaricia, Envidia, Abrázalos Pereza, Ira, Gula, amigos, esta verdad a vosotros me tray. Pues vuelva el gemido de Job canción de Epicuro a decir en dulces himnos: vivamos hoy alegres y festivos. Cantan y bailan llevándosele de en medio Vivamos hoy alegres y festivos. Mañana moriremos, y es delirio… Mañana moriremos, y es delirio… … que tristes y afligidos nos matemos porque hemos de morirnos. … que tristes y afligidos nos matemos porque hemos de morirnos. Detiénele la GRACIA En fin, ¿vas tras ellos? Sí. Advierte… Áspid me imagino sordo a tu encanto. Que pierdes… Déjame, que he de seguirlos. Al desasirse de ella, la quita la guirnalda de la mano Por desasirte de mí, el laurel que te he tejido me has quitado de la mano. Ni le precio ni le estimo. Deshace la guirnalda arrojando sus flores No le deshagas. Ya está deshecho, y pues destruido su verdor queda a mi mano, que otra no hubiera podido romperle, toma esas flores de quien hago desperdicio por ir siguiendo veloz las güellas de mi destino entre aquestos cortesanos afectos, con quien repito. Vivamos hoy alegres y festivos; mañana moriremos, y es delirio que tristes y afligidos nos matemos porque hemos de morirnos. Vanse cantando y bailando ¿Qué se hizo, Gracia, la pompa de aquel laurel? ¿Qué se hizo su esplendor? Mira en qué instante perdió cuanto había adquirido en su peregrinación el Hombre; un punto indiviso bastó a borrarle, con solo un deseo consentido, méritos de tantos días; lo propio fuera a ser siglos. Mira, pues, cómo taló el cierzo de mis suspiros todo el verdor de tus auras, y mira —si a aquel antiguo discurso vuelvo—, nacer de las flores que él deshizo, los áspides que enroscados dentro de mi pecho abrigo, Levanta de entre las flores que el HOMBRE deshizo unas culebrillas de alambre y méteselas en el pecho para que significando ellos, también de sus vicios los grados, yo le corone de sus horrores esquivos en vez de esas flores, cuando llegue sin ellas a juicio. Vase ¡Qué bien un proverbio nombra a la dicha breve flor, que nace con el albor y fallece con la sombra! ¿A quién no asombra ver que el Hombre trueque a horrores los verdores, y en menos tiempo de un hora, equivocando la noche y la aurora, los áspides lleve y se deje las flores? Perdió el mérito que había ganado, y perdió con él los grados que en mi laurel significados tenía. ¡Infausto día, oh, corte, fue el que a tu Libia, con fe tibia, le tray su naturaleza a ser cortesano entre Envidia y Pereza, Codicia, Ira, Gula, Soberbia y Lascivia! ¡Oh, vosotras!, plantas bellas, cuyos claros resplandores, aún más que en mi mano flores fueron en el cielo estrellas, ¿qué es de aquellas pompas de luces cubiertas? ¿Cómo yertas yacen caducas y frías? Mas ¡ay!, que diréis que sois luces mías, y que amortiguadas estáis, mas no muertas. Diréis bien y pues se vio poderse el áspid matar, si acaso vuelve a encontrar el veneno que vertió, vuelva yo a abrigaros en mi seno, Levanta las flores y mételas en el pecho donde, ajeno el efeto, ser podría que a mi calor reviváis, y algún día, al áspid matéis con su mismo veneno. ¿El Pecado no ha fiado que en vía el Hombre pueda errar? ¿Pues por qué no ha de fiar la Gracia lo que el Pecado? De mi estado a otro fue, y aunque condeno, de error lleno, su acción, si a otra acción la igualo, ¿por qué él ha de hacer que el bueno sea malo y yo no he de hacer que el malo sea bueno? Y así, pues que puede ser con la Culpa concurrir, avisos para salir, si no para merecer, he de hacer una fineza. ¡Ah, sentido de fe! ¡Ah, Oído! Sale el OÍDO, ciego con instrumento. Ha de ser músico el que le represente ¿Qué es, Gracia, lo que me quieres? Que pues de la voz te alimentas y eres un ciego tan pobre que de ella has vivido, me llegues de ella a valer. No será la vez primera, que en sentido de fe quiera la Gracia darse a entender. ¿Qué he de hacer? Que me oiga la soberana corte ufana de la Iglesia, a quien le toca mi pena. Atención, atención, que en mí invoca la curia seglar a la curia romana. Cantado. ¡Oh, tú, militante ciudad, cuya planta de siete montañas las cumbres pisó, porque en domar otras siete cervices, aun más te semejes ser corte de Dios! Dentro. ¿Quién llama a estas puertas? La Gracia, que llena de pena, de angustia, de llanto y dolor, del Hombre ofendida y perdida del Hombre, al centro se vuelve de donde salió. Dentro. Abrid, abrid las Puertas del Perdón… Abrid, abrid las Puertas del Perdón… … que llama la Gracia y la Fe da la voz. … que llama la Gracia y la Fe da la voz. Las chirimías. Ábrese un carro y vese en un trono, el más majestuoso que se pueda imitar, sentada la IGLESIA, significada en una dama con manto imperial y tiara en la cabeza, en una mano el báculo de tres cruces y en otra las llaves. El trono ha de tener gradas hasta el tablado por donde pueda subir la GRACIA ¿Qué es, Gracia, lo que me quieres? Que atenta me oigas. Pues yo, ¿cuándo a la voz de la fe, Gracia mía, no lo estoy? Pues ya que ganó el Oído, ¡oh, Emperatriz!, tu atención, en sus consonancias tengo de hablarte, porque mejor, él cantando y yo llorando, nos expliquemos los dos. ¡Oh, tú!, militante ciudad, cuya planta de siete montañas las cumbres pisó porque en domar otras siete cervices, aun más te semejes ser corte de Dios, por otra, que es monte también de edificios, a quien apellida su gran población, «fundada de muchos, de muchos vivida», en frase caldea, imperial Toletot, mi voz te saluda, y si acaso esta seña no basta, es por quien te saluda mi voz… Por un alto monte que al Tajo el pie que le baña con sombras pagó. Su diócesis es la gran Maredit, que Corte del Mundo en sentido mejor, como lugar sobre fuego fundado, por cuarto planeta su rey es el sol. En esta, cercado de vicios mortales, hoy vive el Hombre, cuya alma llamó oveja perdida allá el Evangelio, y viénele bien la parábola hoy, pues con la piel que sin mancha tenía, huyendo el rebaño, es grande el dolor del pastor que la guarda al mirar, que a riesgo infeliz de manchar el candor… Con la piel de blancos armiños una cordera va sin pastor. Y aunque es mayoral de muchos rebaños de quien jornaleros tan méritos son Basilio, Bernardo, Benito, Augustino, Domingo, Francisco y Ignacio, en quien vio con vario color hermoseando los valles, ya el blanco, ya el negro, ya el pardo vellón, obedientes al sacro cayado guardar los rediles de su religión, con todo, esta sola le da tanta pena, que muchas no alivian su justa aflición… Aunque muchas ocupan el valle con vellocino de vario color. Y así, de su parte, ¡oh, Salén militante!, y así de su parte, ¡oh, triunfante Sión!, a significarte su angustia y su celo, en alas del viento he venido veloz. Y porque de una metáfora en otra, no sirva una a otra de más confusión, el Hombre entre Envidia, Avaricia y Pereza, Soberbia, Ira y Gula, siguiendo el error de su albedrío, miró a la Lascivia, y el alma y la vida a su vista rindió, que como es ella la incauta serpiente, de todas aquestas la más superior… Entre todas aquestas se lleva la vida y el alma de quien la miró. Contra ese veneno el antídoto envía del grande tesoro que en sangre dejó el inocente Cordero a Inocencio, de quien tú eres corte, yo güésped soy. Y para que más se explique el concepto de aqueste escondido tesoro de amor, la Gracia la gracia te pide en que vuelva de aquel Año Santo la gran concesión, no solo cuartada a los muros de Roma, mas tan explayada, que dé su favor nuevas flores al monte eminente que hoy tiene de nieves talado el verdor, tan yerto su pecho, tan pálido yace y tan sin matiz, que no sin temor al mirar la blancura del pecho… Al oro amarillo hurtó su color. Sube, Gracia, sube a mis brazos, y espera que el celo, el culto, el fervor, de quien dispensa el tesoro, esta llave al ruego responda de tu petición. Pues vuelva, porque de ti acompañada la voz de mi fe, resuene mejor en su dulce música el eco a repetirle, diciendo veloz: Abrid, abrid las Puertas del Perdón, que llama la Gracia y la Fe da la voz. Con esta repetición, juntándose voces y chirimías, se va el OÍDO cantando, la GRACIA sube, y abrazándose las dos se cierra la apariencia y sale el PECADO como oyendo lo que se canta ¿«Abrid, abrid las Puertas del Perdón, que llama la Gracia y la Fe da la voz»? Como para mí no fue nunca objección la distancia, oigo desde aquí la instancia que hacen la Gracia y la Fe a la hermosa emperatriz de la Iglesia, cuya planta, —cuando una llora, otra canta—, hollar piensa la cerviz de mis siete cuellos; pero por más que de mí triunfante su gran Corte militante siempre se corone, espero, que hoy no valgan sus favores al Hombre, pues obstinado, mal perdido y bien hallado, todo es delicias y amores. Dentro instrumentos y bailes, y salen cantando y bailando los VICIOS, el HOMBRE y el ALBEDRÍO Y pues oigo allí otro canto, ¿qué le importa a mi furor, siendo el Hombre el pecador, que le hagan el Año Santo? En aquesta grande Corte del Mundo, solamente vive quien vive a gusto, que el que a vivir nace mísero y triste, aunque vive no puede decir que vive. Es verdad, y bien en mí está el concepto entendido, que hasta agora no he vivido. ¿Dejamos el baile? Sí, que aunque a tu voz mis oídos fueron del aire despojos, se están muriendo los ojos de envidia de los oídos, pareciéndoles no es bien cuando unos con otros luchan, que se lleven los que escuchan más triunfos que los que ven. Y así, en esta hermosa esfera, de Calle Mayor y Prado, en cuyo sitio ha llamado a cortes la primavera, nos sentemos a mirar los que pasan. Siéntanse y llega a ellos el PECADO Dices bien, que aquí es adonde se ven los ociosos del lugar. Pues nuestro fin solo fue la vida pasar holgando, a cuantos fueren llegando vaya la Lascivia dé. Buenas tardes. Bien venido. ¿Quién a imitar nuestros modos llega? Un amigo de todos. Vos seáis muy bien venido. Que me conozcáis deseo por muy vuestro. Desde hoy a vuestro servicio estoy. Y yo la fineza creo, que siendo amigo de quien la vida y el alma fío, fuerza es ser amigo mío. Sentaos aquí. Yo estoy bien. ¡Brava carroza es aquella! ¿Quién, Envidia, en ella va? Su cabello lo dirá: Absalón es quien va en ella. Mal pudiera conocello yo en esas señas. ¿Por qué? Porque ya cualquiera fue Absalón de su cabello. No fue, que aquel le vendía para uno y otro tocado, y este quizá le ha comprado. Antigua genealogía la de los rizos postizos es. Y aun con esa nobleza, no puede probar limpieza. Di algo, Lascivia, a esos rizos. Cantando. De riquezas del pelo nadie fíe porque más son muebles que no raíces. ¿Quién va en aquel coche, que tirarle arenques parece, y el juego se le estremece a cada paso? No sé, mas le pisa con tal tiento, que presumo que ha arrendado la sisa del empedrado. Este es un rico avariento que no come, y por traer coche a mulas y cochero da la ración en dinero, pero solamente a ver. Canta. Hambre y coche en un dueño tan miserable no es tener hambre y coche, sino cochambre. Lascivia, ¿quién son aquellas dos damas que van allí? Las hijas de Lot. A mí me toca volver por ellas, pues en comer y beber no se ahorran con su padre. Y ambas tienen una madre de tan nuevo proceder, que con sus hijas no medra y a ningún galán enfada. ¿Cómo? Como es muy salada y no habla más que una piedra. Canta. A mil madres pasara, Gula, lo mismo si volvieran los ojos a sus incendios. Soberbia, ¿quién es aquel que yendo a caballo, van siguiendo tantos? Amán. ¿Quién imaginara dél, viéndole ahora tan hinchado, su trágico fin? Quien viera que él su muerte se escogiera por morir más levantado. Canta. No hay soberbio sin medras pues siempre vimos que al fin se hacen señores de horca y cuchillo. ¿Es pendencia aquella? Sí. Ira, ¿no vas allá? No, que no soy menester yo. ¿Pues cómo riñen sin ti? Como antes que saliera de los dos ninguno al Prado, ya habían ambos avisado a quien en paz los pusiera, de suerte que con prendellos, el riesgo se facilita. Y les riñe la visita lo que no riñeron ellos. Canta. Como nunca entre amigos matan los duelos para siempre en visitas de cumplimiento. Las chirimías y atabalillos Aguarda, ¿qué nueva fiesta hay en la corte, que aquí se oye su música? A mí me tocaba la respuesta, pues nadie mejor que yo lo sabe y lo siente, pero que tú lo sepas no quiero. Dentro instrumento músico Mas ¡ay infeliz!, que no habrá de ocultarlo modo, puesto que forzoso ha sido, que se lo diga el Oído, que es por quien se sabe todo. Las chirimías y sale el OÍDO con instrumento, y algunos pliegos impresos en la mano Segunda vez el rumor se oye, y a lo que se ofrece, público pregón parece de algún devoto fervor. Este ciego lo que hay dirá, porque él es quien lleva relación de cualquier nueva. Oigamos la que ahora tray. Canta. Llevad, mortales, llevad la copia del jubileo, nuevamente concedido del pontífice Inocencio. Con linda cosa se viene. Buena novedad, por cierto, para nosotros. ¡Oh, cuánto de verte reír me güelgo destas cosas! No me río porque hago de ellas desprecio, sino porque para mí no vienen hoy a buen tiempo: ya pasó aquel en que el Hombre peregrinó los desiertos comiendo de su sudor y de su llanto bebiendo; y pues se halla cortesano en sus delicias envuelto, ¿a qué fin viene a buscarle hoy a su casa este acuerdo? Canta. A fin de que el Hombre vea, el Año Santo volviendo, que hoy es para él nueva Roma la Corte del Universo. Nueva Roma, ¿de qué suerte? ¿Pues qué te va a ti en saberlo? No más que curiosidad solamente. Estate quedo, no hagas caso de eso. No le hago yo porque te ofendo, sino por saber no más cómo ha podido ser esto. Canta. De los más graves delitos, de los pecados más feos, quedando por esta gracia a culpa y a pena absuelto. ¿Absuelto a culpa y a pena? Levántase Pues bien, ¿qué importa? ¡Oh, tú, ciego Oído, que alimentado vives de la voz del viento! ¿Quién es quien me llama? El Hombre. ¿A llamarle te has resuelto? ¿Quién por un cuarto de hora, que puede gastar en esto, deja de ver novedad tan grande? Dadme acá un pliego. Toma el pliego y a un tiempo él lee y el OÍDO canta pasando el tablado Llevad, mortales, llevad la copia del Jubileo, nuevamente concedido del pontífice Inocencio. ¡Cuánto en que le lea me aflijo! ¡Cuánto que le escuche siento! A fin de que el Hombre vea el año santo, sabiendo que hoy es para él nueva Roma la corte del universo. ¡Qué sentimiento! ¡Qué pena! ¡Qué dolor! ¡Y qué tormento! De los mayores delitos, de los pecados más feos, quedando por esta gracia a pena y a culpa absuelto. Vase el OÍDO ¡Que esto sufra! Vuelve a él, no desconfíes tan presto. En fin, ¿lees a pesar mío ese papel? No sospecho que puede ser pesar tuyo. ¿Cómo no, si es un consejo de olvidar mi amor? ¿Podrá arrepentirse tu afecto de que me ha querido? No. Pues ¿para qué, según eso, sobre negado principio, prosigues el argumento? Dices bien, y porque veas, que más que al alma te quiero, toma el papel. ¿Yo el papel? ¿Por qué no? Porque no quiero [Aparte] (por no tocarle es) que pienses que me da la Gracia celos, que es quien te escribe. Albedrío, dásele tú. Sí haré, puesto que el Albedrío es quien pone en su mano tus afectos: toma, y rómpele. Sí haré, que no será este el primero buen propósito que rompa. Rompe el papel A alentar y vivir vuelvo. ¿Estás satisfecha? Sí. Pues porque veas que atento solo a tu amor vivo, guía mis pasos, que dar no quiero uno tan solo sin ti. Pues por esta calle echemos: venid todos. Yendo tú, claro es que todos iremos. Chirimías Ven por otra, que no puedes por aquí romper, que en medio un concertado concurso de eclesiásticos y legos, la calle ocupa en devota rogativa. ¿Quién son estos? Ministros del Salvador Mirando dentro son, si las señas advierto, de ser los primeros que nos dan dotrina y ejemplo. Tente y déjalos pasar. Ni aun pasar quisiera verlos. Retírase la Pereza a un lado ¿Por qué te quedas, Pereza, atrás? Porque yo no puedo acercarme a ese concurso. ¿Cómo? Como conociendo que por estatuto tiene la diligencia y desvelo de los apóstoles, que es hacer a pesar del sueño, hambre y cansancio, misiones, enseñando a varios pueblos su dotrina, la Pereza pasmada se queda al verlos. Echemos por otra parte. Dices bien, por aquí echemos. También hay concurso aquí que lo impida. ¿Quién son estos? Con alusión a Tobías y a Abraham, que siempre fueron de obras de misericordia ministros, son, si lo advierto, los del Refugio. Pues yo con la Pereza me quedo. ¿Por qué, Ira? Porque todo es piedad cuanto obrar veo a estos, con desamparados, con impedidos y enfermos, y adonde hay piedad no hay ira. Retírase con la PEREZA A cada Virtud que encuentro me parece que se va un Vicio desvaneciendo. Sí, mas si se va, ¿por qué no se va del todo? Necio, porque no puede irse un Vicio sin otros, y así suspensos pueden estar y apartados aquellos que yo no ejerzo, pero no ausentes del todo si del todo no los venzo, porque o todos o ninguno han de salir de mi pecho. Vamos por estotra calle. Vamos y de ver dejemos estas cosas. ¿Pues de qué te entristeces? No sé; pero gran desdicha es ser yo malo, adonde tantos son buenos. Chirimías En vano es querer buscar calle donde no encontremos otro embarazo; ¿quién son los que allí pasan? Sospecho, si en el desnudo y vestido brazo las llagas advierto del estandarte, que son… ¿Quién? Los menores terceros de Francisco. Ira y Pereza, a estar con los dos me vengo. ¿Por qué, Avaricia? Porqué armas de Francisco viendo, no le queda a la Avaricia acción ninguna, supuesto que no hay avaricia en quien hizo de todo desprecio. Apenas hay calle donde no hay una piedad, ¿qué es esto? ¿Acaso es la corte hoy cristiana Nínive, cielos, que en pública penitencia toda en un punto se ha puesto? ¡Cuánto al mirarlo me asombro, y me asusto y me estremezco! ¿Es eso dejarme? No; mas es tenerte con miedo, que es gran desdicha ser malo adonde todos son buenos; y más si miro que allí Chirimías los que con mayor esfuerzo se abrazaron a la Cruz, poniéndose ellos al pecho la que Cristo a las espaldas, militares caballeros públicamente devotos, pasan también. Según eso, retirarase la Envidia Retírase la ENVIDIA que sobre nobles atentos ¿qué les queda que envidiar? Mucho que le muevan temo juntos tantos ejemplares. Pasose de extremo a extremo la piedad. Di cómo. Como va, Albedrío, al mismo tiempo que aquí en tropa la nobleza, allí en tropa el menosprecio, míseros mendigos son, devotamente compuestos. Si los que padecen hambre y sed, viven hoy contentos, ¿qué acción le queda a la Gula? Retírase la GULA. Chirimías. Dentro ¡Plaza, plaza! ¿Qué es aquello? Dejadme, para que pueda decirlo, cobrar aliento, que hay actos que aun es preciso dudarlos después de verlos. Cristiana Nínive dije que era la corte, y ya creo ser verdad y no alusión, realidad y no concepto, pues si allí de la Escritura consta que empezó el ejemplo desde el rey hasta el mendigo, aquí sucede lo mesmo, pues a pie el mayor monarca sigue sus pisadas. Cielos, ¿cuándo dio la majestad los pasos que dio el desprecio? Si prelado o patriarca fue allí un nuncio de los cielos, nuncio, patriarca y prelado van aquí. Ten el acento, y pásmese a tanto asombro la misma Soberbia, viendo que no les quedan ya alas a sus desvanecimientos, cuando el águila y león abaten cerviz y cuello. Retírase la SOBERBIA Espera, Soberbia, aguarda, que yo, con ser yo, no puedo dejar también de seguir tu retiro, cuando veo tremolar el estandarte allí de la fe, el compuesto jeroglífico de Cruz, oliva y espada. Infiernos, yo tiemblo al verle, mas, ¿cuándo yo de esas armas no tiemblo? Retírase el DEMONIO Sola contigo he quedado, que todos mis compañeros, retirados, si no huidos están. No me espanto de eso, que eres tú sola, Lascivia, la raíz, las ramas ellos, y así, a ellos puedo apartarlos, y a ti arrancarte no puedo, que pendes del corazón, y cada vez que lo intento sale contigo un pedazo. Pues resuélvete, y sea presto, que o quedar ellos conmigo es fuerza, o ir yo con ellos. No sé, no sé qué te diga, que estoy dudoso y suspenso; mucho puede esa hermosura, mas mucho puede este ejemplo. Todo es beldad cuanto miro en ti, todo cuanto veo en los otros es horror. Si ignorante a ti me acerco, la sencillez me convence de aquellos niños pequeños, Chirimías que desde la escuela saben la ciencia que yo no aprendo, aunque contra esta ignorancia en otro devoto gremio para que de mí la arroje, venga por allí el destierro. Aquel afanado vulgo de los que al hombro trujeron tejido de vil esparto de su afán el instrumento, para mi cuello parece que le dedican, a tiempo que el Caballero de Gracia me dice que no la tengo. Si los oficios de amante usar contigo pretendo, no hay oficio que no sea su congregación mi opuesto. Si mi familia en sentidos y potencias te la entrego, la Real Familia allí me avisa que no lo acierto. Cuatro estaciones, que son las que todos van siguiendo, me avisan, porque aunque quiera echar la capa a mis yerros, la de Martín, como es media, no alcanza a cubrirlos; luego, entre tantas religiones a las Descalzas, no yendo más adelante, me dice Ginés que no represento bien el papel de cristiano, y Agustín desde su templo me convence, con decirme que tiene a Felipe dentro. Hasta el sexo femenil de infiel me arguye y protervo, si desde la Madalena a su conversión no atiendo, viendo que allí Sebastián, joven de flechas cubierto, es hoy para las mujeres el Cupido de los Cielos, cuyos alados arpones plumas dan con que su vuelo pueda de la Trinidad llegar al claustro supremo, adonde la Merced suya aguarda con los Remedios, para que en la compañía de los justos, el imperio del nuevo templo, posean de aquel Imperial Colegio. De suerte que para mí, todo es pasmo, todo es miedo, todo susto, todo asombro, y pues que no me resuelvo a tenerte ni a dejarte, y la duda no es desprecio, yo, yo te responderé, dame tiempo, dame tiempo, siquiera para afear a mis locos pensamientos, ver que yo solo soy malo adonde tantos son buenos. Ven, Albedrío, conmigo. ¿Yo contigo?, bueno es eso, quedando acá los amigos. Ya tu repugnancia siento, pero no te ha de valer. Tira dél y él de la LASCIVIA y ella de los demás, cada uno con sus versos encadenándose unos de otros Que me hace fuerza protesto; dame, Lascivia, la mano. ¿De ella te ases? Sí. Resuelto llevaré tras mí a los dos. Pues si a mí me llevas, cierto es que has de llevar a todos; Soberbia, ayúdame, viendo que a tenerle yo no basto. Ni yo; Avaricia, tu esfuerzo me valga. Aun él no es bastante: Ira. Yo tampoco puedo. Llega, Gula. A mí también me lleva: Envidia. Ya ofrezco mi mano, pero no basta: Pereza. Ya yo me acerco, pero no basto: Pecado. A todos nos lleva, puesto que no se aparta de uno. Dan vuelta al tablado asidos unos de otros Así es, a todos os llevo, que mientras estoy dudando, aún estáis conmigo, siendo deste engarce el Albedrío el primer eslabón; pero yo, yo venceré la duda, por ver si con ella os venzo, por más que un vicio a otro vicio dé la mano. Es vano intento, pues yendo uno vamos todos. Aunque en mi sombra tropiezo, me levantaré. Cay como haciendo fuerza y sale la GRACIA a levantarle No harás. ¡Oh, válgame en tanto riesgo la Gracia de Dios! A nadie que la llamó con afecto, haciendo lo que en sí es, Dios se la ha negado. ¡Cielos, el auxilio de la Gracia nuestra cadena ha deshecho! Desásense todos esparcidos por el tablado Eso es mostrar que con ella podré, bien que a su despecho, desasir el Albedrío, y pues que libre le tengo, Queda el ALBEDRÍO libre con él y vase desnudando de lo que dieron los VICIOS toma, Soberbia, esas plumas, que ya tus alas no quiero; toma, Avaricia, tus joyas; toma, Ira, tus aceros; toma tú, Envidia, la capa que fue el disfraz de mis celos; toma, Gula, los ayunos que desde este instante ofrezco; y tú, Pereza, estos pasos con que a la Gracia me acerco; tú, Lascivia, toma (¡oh, cuánto me cuesta arrancar tu afecto!), toma tu afecto, y tu llanto sea mi arrepentimiento, porque, desnudo de todas mis pasiones, vaya huyendo de ver que yo soy el malo adonde tantos son buenos. Vase Oye, aguarda, escucha, espera. No he de oíros. ¡Qué veneno! Vase ¡Qué pena! Vase ¡Qué ansia! Vase ¡Qué agravio! Vase ¡Qué horror! Vase ¡Qué ira! Vase ¡Qué tormento! Vase Quedarás muy vana, Gracia, del socorro que le has hecho; pues no lo estés, porque aún viven los áspides en mi pecho, porque como su motivo se mueve por el ejemplo al amor de la virtud, mirando solo al objeto de que es buena para amada, hasta agora no es perfecto amor de Dios. Es verdad, la proposición no niego, mas si él confiesa sus culpas, la gracia del sacramento podrá elevar ese amor, de suerte que trascendiendo del amor de la virtud, al que es de la virtud dueño, venga a ser perfecto amor. Para la vergüenza apelo, de que no confesará quizá algún grave defeto por presumir que no tiene absolución. No hará, viendo que hoy no hay caso reservado. ¿Cómo? Como hay privilegio para todos. Eso fuera decir que el romano imperio vino a Madrid. ¿Pues no vino? ¿Dónde, o cómo, o a qué efeto? A qué efeto, cómo y dónde te dirá… ¿Quién? Un ejemplo. ¿Cuando sano el Hombre está, a Dios a su casa fiel no va a ver? Sí. ¿Y Dios a él, cuando está enfermo, no va a ver también? Sí. Pues ya vencida la duda tuya, es fuerza que te concluya lo que en Roma y Madrid pasa, pues viene Dios de su casa por verle enfermo a la suya. Para enfermo, mucho plazo son quince días de tiempo que le da. Misterio tienen. ¿En qué le fundas? En esto: quince preceptos previno al Hombre el Supremo Juez: positivos cinco, y diez… Di. De derecho divino; enfermo en todos previno, como médico discreto a cada causa su efeto dar, y así aplicar procura como a cada mal su cura su día a cada precepto. Pues siendo así, ¿cómo a tres viene a reducirlos luego? Razón hay. ¿Razón hay? Sí. ¿En que la fundas? En esto: reducir los diez su esencia a dos, no ignora ninguno, bien como los cinco a uno. ¿Cuál es ese? La obediencia del Papa; luego evidencia, si quince preceptos ves a tres reducidos, es, gozando sus gracias pías, que también los quince días puedan reducirse a tres. Por más que quieras hacer de los acasos misterios, de tus deshojadas flores abrigados en mi pecho viven los áspides. No hacen. ¿Cómo no, si yo los siento morderme en el corazón con más rabioso veneno que hasta aquí? Por eso mismo. ¿En qué lo fundas? En esto: ¿porque las flores se ajaron los áspides no nacieron? Sí. Luego si ellas volvieron a la pompa que ostentaron, fuerza es que los que animaron al ver sus matices yertos, mueran al verlos cubiertos otra vez de sus verdores, y estando vivas mis flores estar tus áspides muertos. Saca del pecho otra guirnalda como la primera y él los áspides ¿Muertos mis áspides? Sí. ¿Y vivas tus flores? Cielos, ¿cómo ambos mueren y viven? Como al calor de mi pecho, con el riego de aquel llanto que está a las plantas vertiendo de sacro ministro el Hombre, restituyen al primero lustre su verdor, su pompa y su esplendor. Según eso, aunque estos áspides mueran los abrigaré en mi seno, porque en volviendo a pecar vuelvan a revivir ellos como esas flores. No harán. ¿En qué lo fundas? En esto: el mérito que adquirió el Hombre, bien al pecar se le pudo amortiguar pero morírsele no, y así, siempre que volvió a la Gracia, le recibe, porque con ella revive, lo que no pasa al pecado, que este una vez perdonado, muere siempre y nunca vive. ¿Pues cómo, siendo Dios justo, no iguala al castigo el premio? Sí iguala, que aquí hay más causa. ¿En qué lo fundas? En esto: Dios justo no ha de quitar lo que una vez da, ni es juez vario que lo que una vez ha llegado a perdonar ha de volverlo a juzgar: y así, aunque el Hombre al pecado vuelva, no vuelve en el grado que a la gracia, porque ha sido, lo uno favor suspendido, lo otro yerro perdonado. Aun bien, que antes que reciba el galardón, mis tormentos ha de sentir. Hoy no hará. ¿En qué lo fundas? En esto: aunque al que perdonar veo la culpa, reste después purgar la pena, esa es la gracia del jubileo, pues su indulugencia creo, que satisfaciendo plena la deuda, de piedad llena, absuelve, libra y disculpa del gravamen de la culpa y el reato de la pena. Calla, calla, que aunque yo sé que es verdad todo eso, siento el oírlo, y así iré dél y de ti huyendo. Eso no, porque has de ver para tu mayor tormento y mayor gloria de Dios, no solo su triunfo, pero todo el triunfo que a la Iglesia ha dado este jubileo: vuelve, pues, vuelve los ojos… ¡Oh, quién los tuviera ciegos! … a ese inumerable vulgo de nobles y de plebeyos, con que rinde Maredit públicas gracias al Cielo, concurriendo como arroyos que solo del mar salieron para volverse a la mar todos aquellos afectos que en cuadrillas divididos antes, forman ahora un cuerpo. De aquel templo de María, Almudena, más que templo, pues del trigo de Belén guarda las espigas dentro, sale en numeroso triunfo y tan numeroso el pueblo, que golfo ondeado de luces todo el distrito ha cubierto que lineó para recinto el católico desvelo del que otra vez vuelve a dar sin ejemplar el ejemplo. Jeroglífico es el sitio de la duración del tiempo, pues al formar una hermosa sierpe enroscada de fuego, determinar no pudiera nadie, su cola mordiendo, dónde empieza u dónde acaba, aunque penetrara al verlo a la luz de sus antorchas las fábricas que hay en medio, si ya no es que hiciera punto en el lucido, en el bello plaustro hermoso de María; María dije, porque habiendo dicho en metáfora que era sierpe el círculo, era cierto que María había de ser la que pisara su cuello. A cuyo tiempo, porqué no en la realidad dejemos la alegoría atrasada, hacen fiesta tierra y cielo, siendo los vencidos Vicios que desterró el jubileo, los que tremolan postrados para mayor sentimiento de sus opuestas Virtudes, los estandartes al viento. Vuélvese a abrir el primer carro, y vese como primero la IGLESIA en su trono, y a sus pies la IRA con el estandarte del Refugio, que es una imagen de la Concepción, y la AVARICIA con otro, y en él las cinco llagas con los brazos, que son las armas de los terceros de San Francisco Y así, mira allí a la Iglesia, en cuyas torres ha puesto la Avaricia el de Francisco, a quien prosigue el concepto ser la Ira la que allí ofrece el blasón supremo de la piedad del Refugio a la que es refugio nuestro. Ábrese el segundo carro y en él un altar con una imagen imitada la de la Almudena, y a sus pies la LASCIVIA con un estandarte pintado un JHS, y la SOBERBIA con otro y las armas reales Allí en la Casa del Pan, que es almudén de los Cielos, de María a la pureza la Lascivia ofrece luego, por la Castidad, que es quien siempre apagó sus incendios, el estandarte que antes tremolaron los pequeños niños, no tanto por ser ellos desta virtud dueños, cuanto porque de Jesús el nombre contiene, siendo de Jesús la Compañía de su tierna edad gobierno, a quien sigue la Soberbia, por la humildad ofreciendo de la Real Familia el noble estandarte, en argumento de que la humildad real tiene su patrocinio en el templo del almudén, y pues dije almudén, siga el intento del trigo en que Jesús nace el verse allí en sacramento. Ábrese el tercero carro y vese un altar con Hostia y Cáliz, y a sus pies el OÍDO con el estandarte de las armas de la Inquisición, cruz, espada y oliva, y la GULA pintado en otro un cetro pastoral coronado de un capelo A quien el Oído ofrece, por la propiedad de serlo, bien que no es vicio vencido, el estandarte supremo de la Fe, como quien es sentido de su misterio, tras quien la Gula, por ver que para ella no es sustento, un bocado solo, aunque sea el bocado un cordero, le consagra el estandarte de los mendigos hambrientos, cuya empresa es dignamente el cayado y el capelo que los sustenta pagando, bien que hacen para sí mesmos. Ábrese el cuarto carro y vese en él el HOMBRE coronado con la corona de la GRACIA, y a sus pies su ALBEDRÍO, y a sus lados la PEREZA con el estandarte de las armas del Salvador, que son un crucifijo, y la ENVIDIA, pintadas en el suyo las tres cruces militares Y por remate de todo pues de todo esto es dueño el Hombre en gracia, está el Hombre, su Albedrío a sus pies puesto, símbolo de la Pereza que no impidió sus intentos, y así ella le da las armas de los ministros supremos del Salvador, por quien viven mis flores en sus cabellos, pues ellos la penitencia administran, cuyo efeto le significa la Envidia enarbolando en el viento de las militares cruces los estandartes excelsos; y para que añadas más sentimiento a sentimiento, pena a pena, llanto a llanto, rabia a rabia y fuego a fuego, no solo con lo que ves has de atormentarte, pero con lo que escuches cantando los triunfos del jubileo del Año Santo en Madrid, todos a una voz diciendo: Venid, mortales, venid, al triunfo donde se ve cómo celebra la Fe el Año Santo en Madrid. ¡Que esto sufran mis rencores! ¡Que sufran mis iras esto! ¿Cómo, cortadas cabezas de la hidra de mi cuerpo, servís a ese nuevo triunfo? Como vencidos nos vemos de las Virtudes que al Hombre crecen los merecimientos, con el favor de la Gracia a pena y a culpa absuelto. Feliz mil veces el día, Gracia hermosa, en que a ver llego en mi aplauso tus aplausos y en mi aumento tus aumentos. El felice solamente soy yo, que a restituir vuelvo el verdor a aquestas flores de quien fue mi culpa el cierzo. Por no verte coronado de ellas, el obtuso centro me sepulte de mi abismo; de tres contrarios huyendo iré: la Iglesia, María y aquel cándido, aquel bello milagro de los milagros, misterio de los misterios. Vase Alcáncenle vuestras voces porque aun no le valga eso, a cuyo compás humilde de parte de algún ingenio a vista de otros perdones yo pida el perdón diciendo: Venid, mortales, venid, al triunfo donde se ve cómo celebra la Fe el Año Santo en Madrid.