Personajes MOISÉS ARÓN JOSUÉ BELFEGOR ÍDOLO IDOLATRÍA MARÍA SÉFORA SIMPLICIO VILLANO HEBREO 1 HEBREO 2 HEBREO 3 HEBREO 4 HEBREO 6 ÁNGEL PRIMERO ÁNGEL SEGUNDO DOS HEBREAS UN NIÑO Salen en tropa cantando y bailando todos los que puedan, y después de ellos Moisés, y a sus lados Séfora y María, Arón, y Josué. Gócese el pueblo de Dios en la salida de Egipto, libre de bárbaro pueblo de quien estaba cautivo, Dos cruzados de a cuatro atravesados y pues es tal vez culto el regocijo, denle a Dios las gracias cánticos y himnos. Tres cruzados de a tres Decís bien: dele las gracias Israel con cuantos hijos de la casa de Jacob en esclavitud vivimos ciento y cuarenta y más años, cuyo término prolijo fue en el transcurso del tiempo, por más que cumpliese el siglo, poco para ser gozado, mucho para ser sentido. Setenta personas fueron las que el gran padre consigo trujo en busca de Joseph, llamado más del cariño que de la sobra del fausto ni de la falta del trigo. Seiscientos mil hombres somos, sin las mujeres y niños, los que hemos de estotra parte del Mar Bermejo salido a pie enjuto; ved si en tal multitud, si en tal conflicto os dice bien claro ser su amado pueblo el divino Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob, pues quiso creceros y libertaros a costa de sus prodigios. De Horeb lo diga la zarza en quien el fuego su activo vigor templó, pues ardía y no abrasaba, en indicio de que estaba Dios en ella. Dígalo su decisivo decreto en que, ya una vez jurado por su ministro, me manda que a Faraón le dé de su parte aviso de que quiere que su pueblo le vaya a hacer sacrificios. Dígalo la rebeldía con que llegó, endurecido su corazón, al examen de batallar competidos de una parte altos milagros, de otra mágicos hechizos: volverse en sierpes las varas lo diga. Dígalo el Nilo, en vez de argentada espuma, en roja púrpura tinto. En los senos de la tierra y del aire en los vacíos lo diga —ya en roncas voces, ya en susurros y ya en silbos— molesto idioma de ranas, de langostas y mosquitos; encapotarse las nubes y contra el común estilo flechar helados los rayos y abrasados los granizos, cuya noche de tres días en que el sol obscurecido desperdició tres auroras lo diga en el homicidio de todos los herederos primogénitos de Egipto. Y dígalo finalmente… ¿Mas para qué han de decirlo las plagas, si mejor que ellas lo dirán los beneficios? Puesto que después de haber celebrado el legal rito de la cena del cordero —sin que, este por impedido o por perezoso aquel, ni uno faltase— salimos amparados de la luna, que apenas brillaba en visos, sin sus temores ufanos y con sus haciendas ricos, donde —aunque debió asustarnos vernos de Faraón seguidos por una parte, y por otra que ya era golfo el camino, sitiados por tierra y mar— Dios, a fuer de rey invicto y de capitán glorioso, mostrando en ambos peligros que nunca fueron más nuestras angustias que sus auxilios, envió para socorrernos tan valeroso caudillo que, guiando la vanguardia, apenas vio al enemigo en la retaguardia, cuando de ella la vanguardia hizo, dejándole orden al mar de que estuviese a mi arbitrio, con que, obediente al mandato suyo y al impulso mío, herido de aquesta vara y no enojado aunque herido —usando de aquel afecto que tantas veces ha sido frase de amor—, las entrañas abrió para recibirnos: amontonadas las ondas desdeñaron de improviso el ser golfos por ser montes, ser piélagos por ser riscos; encumbradas unas y otras en diáfanos obeliscos, transparentadas dejaban ver que —todo el cristalino campo a esta parte agregado y a estotra parte diviso— en torcidos caracoles de galerías de vidros y canceles de cristales formaban un laberinto, dando en doce enjutas sendas de doce enjutos caminos doce surtidas que fuesen trincheras de doce tribus. El de Judá fue el primero que animosamente altivo se echó al mar, a cuyo ejemplo hicieron todos lo mismo; con que ya vencido el riesgo, desde sus márgenes vimos que Faraón y los suyos, ciegamente persuadidos a que por todos se habría fabricado el pasadizo, a él se arrojaron. ¡Oh cuántos por ir a dar vengativos con el precipicio ajeno dieron con su precipicio! Apenas, pues, engolfados los vio el mar en sus distritos, cuando, desentumeciendo los helados nervios fríos, deseslabonando todas las cadenas y los grillos del pasmo en que Dios le había puesto por sus justos juicios, volvió a explayarse inundando en undoso parasismo al soberbio Faraón con cuanto séquito vino con él en alcance nuestro. ¿Quién vio ser a un tiempo mismo cadalso el que fue sagrado, siendo al favor y al castigo el templo de los hebreos panteón de los egipcios! Preguntareisme a qué efecto os cuento lo que habéis visto: no os lo cuento, que os lo acuerdo, a efecto de que no ha habido mejor arte de memoria, de voluntad mejor libro para el agradecimiento que acordar el beneficio. Y así veréis —porque os quiero siempre a Dios agradecidos— que a todas horas y en todos tránsitos os lo repito; y pues este es el primero, no sin propósito ha sido: para llegar a buen fin, empezar con buen principio. El vuestro —en darle las gracias alegremente festivos— os agradezco, y en fe de que le aplaudo y le admito, el primero seré yo que después de haber escrito cánticos en su alabanza, con todos repita a gritos: Música, y él representa, y repiten cantando y bailando todos Gócese el pueblo de Dios en la salida de Egipto, libre de bárbaro pueblo de quien estaba cautivo, Moisés y todos a un tiempo prosiguen y pues es tal vez culto el regocijo, denle a Dios las gracias cánticos y himnos. Viendo, Moisés, cuánto aceptas hoy el júbilo por digno que a Dios se dedica en fe de gozoso sacrificio, en celebración de ser día de Dios tan benigno que su nombre la memoria conservará en sus archivos de «fasé» en idioma hebreo y de «tránsito» en latino, a nadie disonará, pues tú compusiste el ridmo de su cántico, que yo componga el blando sonido de su música. No, y antes verás, María, que estimo ser tú el ejemplar, porqué haga Séfora lo mismo, que es bien que hermana y esposa —ya que en seguimiento vino nuestro con Jetró, su padre— logréis el afecto mío. (Porque ella no le lograra, me holgara no haberlo dicho; mas ya lo dije.) ¿Qué habrá de tu agrado, que mi fino amor no obedezca? (Aunqué Aparte ser de María el motivo pudiera excusarme). Dame el adufe tú, Simplicio. ¿Qué es adufe? Ese instrumento, que aunque no es dulce al oído, por lo menos acompaña la voz, y es el que aprendimos de las gitanas tal vez que intentamos divertirnos de su servidumbre. Pues habiendo ya prevenido que es instrumento gitano, ¿qué te embaraza pedirlo claramente? Di «el pandero», que no es nombre tan indigno que muchos que le oyen no le tengan por apellido. Toma pues. Dale el pandero Empieza tú, verás que todos seguimos la dulzura de tu acento. Pues decid todos conmigo: Cantado Celebremos honra y gloria del Señor, cuyo divino poder fortaleza es nuestra, salud, amparo y auxilio. Vueltas cada uno con la suya Y denle las gracias cánticos y himnos. Canta Celebremos honra y gloria de lidiador tan invicto que con solo su poder destruyó a sus enemigos. Tres cruzados Y denle las gracias cánticos y himnos. Canta Celebremos honra y gloria del que escuadrones altivos, bien como a la arista el viento, en el agua los deshizo. Vueltas las mujeres y los hombres en redondo. Y denle las gracias cánticos y himnos. Canta Celebremos honra y gloria del que en virtud de un suspiro caballos y caballeros sepulcro les dio en su abismo. Bandas Y denle las gracias cánticos y himnos. Aunque entre las filomenas suene mal mi chicolío, y más cuando su concepto presumo que ya está dicho: celebremos honra y gloria Canta de asombro tan exquisito como siendo el Mar Bermejo dar gusto sin dar fastidio. ¡Quita, simple! Arón, supuesto que al de Leví, nuestro tribu, toca el sacerdocio, ve adonde habiendo erigido en nuevo altar el peñasco que halles más puro y más limpio, tras él alegre ofrezcamos reverente sacrificio a Dios. Tú, Josué, pues eres por tu valor y tu brío a quien de las armas toca el militar ejercicio, ve a reconocer la tierra y quién son los más vecinos moradores, porque de ellos, al mirarnos peregrinos, nos valgamos, y si no quieren de paz admitirnos, nos valdremos de la fuerza. Tú verás cómo te sirvo. Y cómo yo te obedezco. Sin que cese el repetido canto, id vosotros por ese despoblado paraíso de Sur, primera mansión nuestra, eligiendo en sus sitios cada tribu de por sí para su descanso asilo a la sombra de sus troncos y en la falda de sus riscos. Vamos, pues, y sea diciendo todos hasta dividirnos: Y pues es tal vez culto el regocijo, denle a Dios las gracias cánticos y himnos. Con esta repetición se van todos cantado y bailando, y salen por una parte Belfegor y por otra la Idolatría «Y pues es tal vez culto el regocijo, denle a Dios las gracias cánticos y himnos». Religiosos acentos que con sonora métrica alegría para darme a mí muerte herís los vientos… Religiosa armonía, que para respirar con mis alientos, sin mis alientos dejas la voz mía… suspended de una y otra fantasía el conjuro del canto… suspende de la música el encanto… que el corazón de un basilisco inflama… que de un áspid los tósigos asombra… en tanto, ¡ay infeliz!… ¡ay de mí!, en tanto… que de la Idolatría… ¿Quién me llama cuando de Belfegor voy…? ¿Quién me nombra? ¿Quién ha de ser sino quien es tu llama? ¿Quién ha de ser sino quien es tu sombra? Ahora se ven En busca tuya iba, a cuyo efecto antes de hallarte te nombré. Un afecto sin duda hoy en los dos un fuego aviva, que yo también en busca tuya iba. Sepa a qué fin. Primero que oigas mi mal, saber el tuyo quiero. Habiendo oído las voces de ese pueblo que en Sur prófugo yerra, embrión del mar y aborto de la tierra, cuánto a Dios, solo Dios claman veloces, temiendo las atroces ruinas de Belfegor, en quien yo habito —ídolo infiel de todo este distrito, pues desde Sur a Sin más dios ignora y a mí en sus bronces por su dios adora—, he temido no en vano, al verle tan cercano y tan favorecido de su amor, que a sus lástimas movido quite a mi simulacro la asistencia que, por sus altos juicios, su presciencia dio, destruyendo mi engañoso rito a ejemplar de los ídolos de Egipto. Con esta o realidad o fantasía, pues eres en común la Idolatría, te vengo a consultar qué medios puedo usar que me aseguren de este miedo, contra la multitud que hoy Sur contiene de ese pueblo que en fe de su Dios viene de otros huido a nuestros horizontes, mares hollando y navegando montes. ¿Qué medio puede dar quien, de horror llena, su pena retratada ve en tu pena? Pues si hablara primero mi agonía, lo mismo que me has dicho te diría. Bien que uno se me ofrece. ¿Qué es? Que tú, pues Setín tanto obedece o en favores o en iras los mentidos oráculos que inspiras, fatalidades a Amalec anuncies, su rey, en el primero que pronuncies, en que horroroso digas que no dé paso a huestes enemigas, de ajena ley; que salgan de su tierra y, de no hacerlo, les intime guerra. ¡Ay, que aunque ese es buen medio para ti, es para mí vano remedio! ¿Cómo? Como tu pena, Idolatría, para en tu pena, pero no en la mía; que a ti —doy que Amalec vencerle puede— mi adoración te basta que te quede; pero a mí no; más adelante pasa que el fuego que te enciende el que me abrasa, cuanto va de un error que solamente es error, a un espíritu que siente, como réprobo espíritu, la lucha de mayor mal. ¿De qué manera? Escucha: Jacob, Isaac y Abrahán fueron los tres patriarcas de Dios más favorecidos, pues fueron a quien palabra dio de que descendería de su dichosa prosapia el que de presente adoran y el que de futuro aguardan que ha de venir a sacarlos de esclavitud más tirana que la de Egipto. ¡Oh, no sea —según misteriosas andan sus sombras y sus figuras— aquesta su semejanza! ¡Mas ay, que aunque no lo sea, el ser su acuerdo me basta para ser mis conjeturas torcedor de mis desgracias! Pues cuando no haga memoria de aquella primer campaña en que quedó victoriosa astuta serpiente incauta, llevando cautiva a toda la naturaleza humana, ¿cómo ¡ay de mí! me es posible el que memoria no haga de aquella constante, aquella irrevocable amenaza de que una mujer sería la que sobre la enroscada cerviz suya —siempre pura, siempre limpia y siempre intacta, y siempre esempta— pondrá la nunca mordida planta? Esto en una parte; en otra, volviendo a inquirir las causas —que más que en la esencia suelen pesar en la circunstancia—, sobre asentado principio de que vendrá de la casa de Jacob el prometido Mesías —cuya esperanza, parece que se asegura en lo sumo que propaga Dios sus gentes, y en el sumo cuidado con que las guarda—, a la circunstancia voy que dije, y es que de cuantas familias los doce tribus contienen, en lo que hoy pasa el de Judá es el que más me pone en desconfianza, por ser el que con más fe creyó las finezas raras con que Dios los favorece, pues cuando todos se pasman, se estremecen y se asustan al mirar en sendas varias hecho pedazos el mar, fue el que con más confianza a él se arrojó. Dirás tú agora que qué se saca para nuestra confusión que el tribu de Judá haya sido el de más fe, pues cuando el cielo quiera premiarla con que de Jesé en el tronco sea la fecunda rama que lleve el glorioso fruto de aquella mujer sin mancha y de ella nazca el Mesías, ¿qué importa a nuestra venganza, si es que ha de nacer de un tribu, que de este u que de otro nazca? Y responderete yo que no es aquesa la instancia en que hoy mi discurso estriba, sino en probar cuánto es alta piedad que, en fe de uno, todos los que le siguen se salvan. Conque, mientras que su fe no destruyamos, es vana pretensión la de la guerra, puesto que —aunque con armada hueste a mi impulso Amalec al opósito les salga— mientras entre ellos no falte la fe y con ella la gracia de su Dios, con uno que ore al tiempo que otros batallan, será la victoria suya. Mas si nuestras asechanzas hacen que la gracia pierdan viendo que la fe les falta será nuestra la victoria. Y así, Idolatría, que añadas fuerza a fuerza será bien, con que al tiempo que yo vaya a disponer con Amalec la oposición de las armas, tú, mañosamente astuta, busques modos, busques trazas que te introduzgan entre esas gentes, que si a un tiempo se hallan asaltadas de Amalec y de su Dios en desgracia, tratando yo de vencerlas y tú de prevaricarlas, acabaremos con todas de una vez, pues cosa es clara que si es Dios de las piedades, también lo es de las venganzas. Bien lo has discurrido, puesto que medida la distancia que hay de la guerra exterior a la interior guerra, tratas que vea el mundo cuánto es la interior la más contraria; viendo que, una campal y otra civil, militan entrambas, la exterior contra la vida y la interior contra el alma. Con el nombre de Cozbí, que se interpreta y declara «la mentirosa», tomando aparente forma humana, me introduciré en el pueblo, sin que haga repugnancia lo visible a lo invisible, y más con dos circunstancias tales como ver que seas tú, Belfegor, quien lo trazas, y quien lo ejecuta yo, pues es consecuencia clara que a la Idolatría introduzga el demonio y que ella haga el papel de la mentira, pues hace adorar estatuas. Y así, no hay que perder tiempo. ¡Pues al arma! ¡Pues al arma! Y vea el cielo… Y vea la tierra… de mis rencores las sañas,… de mis iras los ardides,… cuando publique la fama… cuando los ecos repitan… en nuestro aplauso… Dentro ¡Mal haya quien a perecer nos trujo a tan desiertas montañas de hambre y de sed! ¿Qué es aquello? A lo que mi vista alcanza, motín es del pueblo, pues todos tan confusos claman contra su caudillo. No será malo que ahora caiga sobre esa desavenencia nuestro intento. ¿Pues qué aguardas? Ve, Idolatría, a encender el tumulto. Ve a que salga Amalec tú. Sí haré, y sea, para que suenen más altas sus voces, decir con ellos también las nuestras:… ¡Mal haya quien a perecer nos trujo a tan desiertas montañas de hambre y de sed! Con estas voces se entran los dos y salen con ellas en tropa los siete afectos y Moisés ¿Qué es aquesto, amigos? ¿De qué te espantas? Esto es quejarnos de ti. ¿De mí? Sí, pues nos engañas,… diciéndonos que nos traes… a tierra, cuya abundancia… toda es gozos, toda es dichas… y es la tierra una montaña… áspera y desierta,… donde bebida y manjar nos falta. Para llegar a la tierra prometida, fuerza es que haya fatigas en el camino. Sí, pero no han de ser tantas que sea fuerza que nos demos por vencidos de sus ansias. Ni aun agua nos da esta tierra, pues de una escondida balsa que en toda ella descubrimos era tan neutral el agua que brindaba como pura y ofendía como amarga tanto que ya, de Setín perdido el nombre, su estancia se llamará desde aquí, en vez de Setín, Amara. Dios proveerá de remedio. Cuando venga —que ya tarda—, ¿podrá en un desierto Dios ponernos mesa tan franca, que seiscientas mil familias a ella coman? Calla, calla, y no en el poder de Dios entres en desconfianza. Dios lo puede todo y puede, pues nos hizo de la nada, de la nada sustentarnos; y agradece que no haga en ti un ejemplar castigo, viendo que en tus voces habla afecto tan de soberbia que opuesto a Dios me retrata la misma soberbia que a él se opuso. El enojo basta, que todos echamos menos el ser tus promesas falsas. ¿Adónde están las riquezas, las perlas, el oro y plata que yo me prometí? ¡Oh, afecto de codicia, lo que arrastras! De las gentiles moabitas, de cuya hermosura rara la fama es clarín, ¿adónde están los bailes y danzas que imaginé yo? ¡Oh, lascivia, lo que tu afecto adelantas! Viendo con cuántos extremos todas sus quejas extrañas, no te diré yo la mía por no haber en quien vengarla; que si hidrópico pudiera hartarme de sangre humana, en odio de los que dieron oídos a esta jornada lo hiciera. ¡Oh, afecto de ira, qué esperas para ser rabia? Yo de los que te han seguido nunca querré la venganza, pues sienten lo que yo siento, pero de quien me vengara fuera de aquellos que cuando yo peregrino, descansan. ¿Por qué ha de haber quien esté quieto y seguro en su casa, a sus horas en su mesa, a sus horas en su cama, cuando en un desierto yo, sin más lecho que la grama ni mesa que el risco, estoy sujeto a las destemplanzas de la noche que me hiela y del día que me abrasa? ¡Oh, afecto de envidia, cuánto del bien ajeno te agravias! Si hubiera yo de quejarme, de uno ni otro me quejara, sino de que me creyese que había una tierra tan rara que corrían sus arroyos leche y miel, cuando tomara una cebolla de Egipto y no moviera las plantas por otro manjar, según cansado estoy. ¡Oh, villanas pasiones, afectos viles de gula y pereza! ¿Tantas razones no son disculpa de una queja y…? Basta, basta, ingrato pueblo de dura cerviz, en quien se retratan los siete afectos de aquella hidra de siete gargantas que en siete bocas respira siete venenos del alma. Y porque veáis cuánto es más liberal, suave y blanda la condición de Dios que la vuestra fiera y ingrata, arrancad aquel madero que cruzan dos secas ramas y al agua amarga le echad; hallaréis que no es amarga, tomándose él la amargura por dejaros dulce el agua, con que ya la sed vencida también hallaréis al alba en mantelería de nieve sobre alfombra de esmeralda puesta la mesa de Dios, tan liberal y tan franca que en una vianda sola os dé todas las viandas. Los resisteros del día, de la noche las escarchas, dos columnas veréis que los dos temples os reparan, la una con doradas luces y la otra con sombras pardas. Ved si queréis más favores para no decir mañana contra mí… Dentro cajas y trompetasDentro ¡Arma, arma, guerra! ¿Mas qué es esto? Que faltaba a nuestra queja solo ese mal. Dentro ¡Guerra, guerra, arma, arma! Salen Josué y la Idolatría Josué, ¿qué es eso? Como tú me ordenaste, a campaña con poca gente salí a solo batir la estrada, reconocer el terreno y tomar voz de su estancia y moradores; conque no hallando quien me informara, me empeñé hasta donde supe de esa mujer —cuya rara intención sabrás después— que era el término y la raya de Setín, donde Amalec reina; y que viendo cercana tanta gente en sus estados para impedirnos la entrada a recibirnos de guerra viene doblando la marcha; y así, para resistirlos, que al punto se alisten manda —pues el tribu de Leví no es tribu de tomar armas— de los once tribus, once las más valientes escuadras, para que con ellas yo al opósito les salga. Ve tú a elegirlas, que lleva el cabo grandes ventajas si es de su satisfación la gente que se le encarga. Pues en nombre de Dios y orden tuya, voy en su demanda. Ruégale tú a Dios, Moisés, que con vitoria me traiga. Vase Sí haré, y él me oirá, pues Dios de dioses Jehová se llama, Adonai, Dios de ciencias, y Sabaoth de batallas. ¿Tú, mujer, quién eres? Soy a quien la luz soberana del cielo con natural razón alumbró a que es vana religión supersticiosa la que más que a un dios aclama, cree y adora. Nunca tuve ocasión para dejarla, hasta hoy, porque sabiendo que el pueblo de Israel no ama, cree ni adora más que un dios, forajida de mi patria —en fe de tener en él quien me guarde las espaldas—, salí en busca suya, donde te pido puesta a tus plantas me admitas entre tus gentes, porque logre la esperanza de hacer tu religión mía. aparte (No sé qué me dice el alma, en que todo esto es mentira; disimule hasta apurarla.) Vengas con bien. aparte (No me va saliendo la industria mala.) ¡Qué hermosura! ¡Qué belleza! Vamos, por si nos señalan para la facción. ¡Oh, quién volviera a verla y hablarla! Vanse los seis ¡Arón, Séfora, María! Salen Arón, Séfora y María ¿Qué me quieres? ¿Qué nos mandas? Tú, Arón, mientras Josué al campo va, a esa montaña con Ur tu levita sigue mis pasos, para que haga oración entre los dos, por si los brazos se cansan puestos en cruz sustentarlos podáis; y así asegurada en la cruz la oración dure lo que dure la batalla, que va en que unos lidien y otros oren perderla o ganarla. Claro está que la fe es quien las vitorias alcanza. En busca voy de Ur. Vase En esa de Sinaí florida falda te espero. Vosotras dos, a esta extranjera amparadla y tenedla entre vosotras. (Y ninguno la hable, hasta Aparte a las dos que yo me asegure de ella, que temo viene con falsa intención de espía perdida.) Vase Séfora, ¿no es cosa extraña la condición de mi hermano? Siempre se teme y recata de todo. No le murmures, que el recato nunca daña. Nunca daña, pero siempre fastidia. En vano lo extrañas, que como sois los hebreos tan mal acondicionada nación, que a cualquiera aire se facilita voltaria, ningún recato le sobra al que ha de tenerla a raya. ¿Es más firme la etiopisa, en quien, porque no haya nada fijo, el sol variando teces a unas deja y a otras mancha? A ser yo de la Etiopía del Nilo, quizá escuchara con la razón de ser negra el baldón de no ser blanca, mas siendo de la Etiopía de Palestina, templada región que la tez no tiñe, el modo solo me agravia, y a no mirar… Extranjera, ven conmigo, sin que hagas concepto de que la sufro el desdén con que me habla por inferior; que no es el usar de esta templanza sino porque hermanas somos. Ven, pues, conmigo. Vase No vayas sino conmigo, creyendo que el reportarse, cobrada en el arrojo que iba a decir, no es porque hermana es mía, ni pueda serlo, que no es sino mi cuñada. Vase Bueno es, por llevarme una, haberme dejado entrambas. No sea misterio el acaso que de mí a las dos aparta; pero yo se lo agradezco, a precio de que mis ansias puedan discurrir a solas qué arte, qué industria, qué maña tendré para ir encendiendo alguna hipócrita llama que se mantenga en pavesas hasta que en hogueras arda. Esto dirá el tiempo, y puesto que no se mide a distancias lo perspicaz de mi vista, dilátese a ver qué pasa en la batalla de Sin. Dentro cajas y trompetas, ruido de batalla, y sale Belfegor como despeñado ¡Guerra, guerra, al arma, al arma! ¡Ay de mí infeliz! ¿Qué es esto, Belfegor? Que declarada por Israel la vitoria queda, en fe de ser tan grata la oración de Moisés, pues el rato que se desmayan sus brazos puestos en cruz era nuestra la ganancia, pero suya el rato que vueltos en cruz los levanta; y no paró aquí su triunfo, sino en que deshecha caiga mi estatua en tierra, que de ella —quizá porque fue mi estatua oráculo de la lid— también su fervor me lanza. Mira si te dije bien que contra su Dios no bastan humanas fuerzas el tiempo que los conserva en su gracia; y así vuelvo en busca tuya, porque si tú no restauras, haciéndolos que la pierdan, nuestras ruinas, siempre ufanas dirán sus voces al son de sus trompas y sus cajas:… Las cajas y trompas en un carro dentro ¡Vitoria por Israel! en un carro ¡Viva de Josué la fama! en otro ¡Viva la fe de Moisés! Dentro Ni a él ni a mí nos deis las gracias que solo a Dios se le deben. ¡Qué ira! Y más al ver (¡qué ansia!) que al darse vista (¡qué pena!) los vencedores (¡qué rabia!) y los demás (¡qué dolor!) al tiempo que Moisés baja (¡qué congoja!) a recibirlos de la cumbre (¡qué desgracia!) los israelitas (¡qué angustia!) vienen cantando la gala; de suerte que divididos unos y otros en dos bandas, música mezclando y trompas, unos dicen y otros cantan:… Cajas y trompas ¡Viva la fe de Moisés! ¡Viva de Josué la fama! Hasta pensar lo que haremos, a aqueste lado te aparta. ¡Vitoria por Israel! ¡Qué confusión! Oye y calla. Retíranse los dos, y salen por una parte Josué y soldados, y por otra músicos, María, Séfora, y los demás hombres y mujeres que puedan, cantando y bailando, y detrás Moisés y Arón. Venga en hora dichosa Josué, a quien llama «monte vitorioso» la letra hebraica. Culebrilla Rosas y claveles en su guirnalda tejan entre flores laurel y palma. Cruzado Y para que vuele eterna su fama, dele ella sus bronces y el tiempo sus alas. Vueltas De Israel el pueblo le cante la gala, a Moisés la gloria y al cielo las gracias. Dame, Josué, los brazos. A mí tú, Moisés, las plantas. Eso es querer que me humille a alcanzarlos yo. Levanta, vencedor caudillo en quien espero que tus hazañas han de suspender al Sol. En vano, señor, me ensalzas, que no es la vitoria mía, sino tuya, pues tú alcanzas de Dios su aplauso, que es quien vive, vence, triunfa y manda. Cansado vendrás; no es bien detenerte sin que vayas a descansar a tu albergue, y más viendo cuánto baja obscura la noche. Y tanto, que si un instante se tarda, no acertará con la senda. Nube habrá que iluminada a él y a todos os alumbre de noche. Cuando luz traiga, ¿qué traerá para el alivio, si nadie hambriento descansa? Quizá habrá nube también tan prodigiosa y tan rara que os haga sombra de día, y una y otra os den vianda que os sustente todo el tiempo que caminéis a la patria de la prometida tierra que os espera. Esa palabra está gozando de Dios. Claro está, pues Dios la causa. Ve, Josué, y id vosotros acompañándole hasta su tribu. Vamos, y sea repitiendo en su alabanza:… Cantan Que todo Israel le cante la gala, a Moisés la gloria y al cielo las gracias. Vanse cantando, y Moisés detiene a las dos, y Arón se queda ¿María? ¿Séfora? ¿Qué quieres? ¿Adónde está aquella extraña mujer que encargué a las dos que la tuvieseis en guarda? Séfora te dirá de ella, que fue quien seguirla manda. De ella te dirá María, que fue quien dijo que vaya con ella. Yo no la vi más. Yo tampoco. ¡Qué hurañas estáis siempre! ¿Cuándo habéis de vivir en paz entrambas? Cuando tú a tu hermana no la des, Moisés, tantas alas que se atreva a motejarme de etiopisa. Si ella… Calla, que tu condición, María, es terrible. No es más blanda la de Séfora. Cuando ella algo dijera, mirara que era Séfora mi esposa. Mirara ella que es tu hermana. ¡Oh familiares rencillas, qué molestas, qué pesadas sois! Y más para quien tiene sobre sus hombros la carga de todo un pueblo, en que estriban cosas de más importancia. Yo… Dejadme, y no vengáis más con tan necias demandas: Arón, aparte me escucha. Habla aparte (Alto espíritu me llama a que a la cumbre del monte Sinaí suba, en cuya estancia me detendré algunos días. Tú del gobierno te encarga, en mi ausencia, de este pueblo; ya conoces cuánto es varia su condición, y no tiene más medio que tolerarla. Compón a las dos, y adiós.) (Señor, ya voy donde mandas.) Vase Cierto, Séfora,… A mí no tienes que decirme nada; díselo a tu hermana, que es la que da siempre la causa. Vase A mí tampoco no tienes qué decir, pues ves con cuánta sequedad, atropellando mi queja, Moisés me trata. Ya volví por ti; no tienes por qué quedar disgustada. ¿Cómo no, si veo que a mí con todo el pueblo me iguala en el ceño con que a todos los rige, gobierna y manda? Áspera es su condición, no lo niego. La montaña de Egipto lo diga donde alevosamente mata a un pobre gitano, solo porque tuvo unas palabras con un hebreo. No es eso lo más de su temeraria nimiedad; pues a otro, un día no más de porque cortaba leña en sábado, mandó apedrearle. Él no repara en que la suma justicia es suma injuria; y si hallara el escrúpulo más leve en mí, pienso que en mí… Hace como dicen los versos El habla titubeada se retira, porque el aliento la falta, al pronunciar que si, cuando… ¿Cielos, qué es lo que me pasma, que todo me hiela cuando siento que todo me abrasa? ¿Qué tienes? No sé, no sé qué súbita destemplanza, qué nuevo delirio, qué nuevo frenesí me embarga lo articulado a la lengua y lo discurrido al alma; porque solo sé ¡ay de mí! que entre congojas y bascas, el corazón en el pecho a pedazos se me arranca; que me abraso, que me hielo sin saber si quien me mata es en el pecho puñal u dogal en la garganta. ¡Ay de mí, infeliz! Vase Tras ella forzoso será que vaya a ver qué remedio pueda tener tan no vista causa de repentino accidente. Vase, y salen la Idolatría y Belfegor de donde estaban retirados Belfegor, de esto que pasa, ¿qué es lo que ha tu inmortal ciencia discurrido? Mucho y nada. Mucho, si es que en lo historial acudo a las circunstancias de un pueblo cautivo y libre, de un mar abierto, de un agua amarga y dulce en virtud de un tronco, de una elevada oración en cruz, de un triunfo y una ruina, una campaña desierta y poblada; pero si acudo a dónde van tantas maravillas a parar, nada sé, porque no alcanzan mis ciencias a reservados motivos de Dios. Aguarda, que aún en lo historial hay otro nuevo prodigio que añadas, no menos raro, pues no menos admirable espanta. Instrumentos en la nube primera, y vase abriendo poco a poco, elevándose en una columna el ángel primero con una hacha en la mano. ¿Qué nueva luz será aquella, que cuando trémula apaga la noche rayos de oro en undosa urna de plata, todo este horizonte alumbra tan diáfanamente clara que no le hace falta el día a quien el sueño hace falta? No sé, que aunque mi fortuna corrió el cielo estrella a estrella, no me acuerdo como ella que hubiese imagen ninguna; ni del Sol ni de la Luna participa su arrebol cuando, nocturno farol, todo lo ilumina. ¿Pues que será luz que no es estrella, Luna ni Sol? Si a creella me provoco —en las dudas con que lucho— exhalación, dura mucho; si cometa, asusta poco; si en que sea nube toco que concibe en embrión algún rayo, no hay razón para ver cuán alta sube. ¿Pues qué es, di, luz que no es nube, cometa ni exhalación? Si algún astro desasido de su epiciclo la infiero, signo que vaga ligero o planeta suspendido, será discurso perdido, que la ordenación perfecta de sus rumbos no sujeta a mudanzas está. ¿Pues qué será luz que no es astro, signo ni planeta? Si de terrestre vapor o si de vapor marino vaga impresión la imagino, de aire u de fuego esplendor, uno y otro será error en mí más que en otros, ciego que más que otros a ver llego. ¿Pues qué será, dime, pues, luz que ni es vapor ni es impresión ni aire ni fuego? No sé, que aquí por vencido todo mi saber se dio. Si eso haces tú, ¿qué haré yo? Suspender alma y sentido. Fuerza es que luz que no ha sido del cielo imagen ninguna, lo sea de mi fortuna; pues no es nube ni impresión, cometa, astro, exhalación ni estrella ni Sol ni Luna. Cantado Despertad, despertad, israelitas, del pálido sueño en que ociosos dormís, no perezoso os detenga el descanso, mirad que os espera una patria feliz. Caminad, caminad, pues seguro el paso os ofrece triunfante la lid de los amaros desiertos de Sur a las amenas campañas de Sin. No temáis que obscura la noche os descamine, que para seguir su norte columna de fuego esta nube antorcha será que os alumbre sutil. Despertad, caminad y salid de los amaros desiertos de Sur a las amenas campañas de Sin. Antes que de aquella voz los ecos oigan, probemos a ver si impedir podemos el que no corra veloz. Dices bien. ¡Oh tú, luciente rasgo de elevado centro! Si el oráculo que dentro de ti habla me consiente —por ser el primer hebreo que tu dulce acento oyó— el que también hable yo, ¿qué logra nuestro deseo en que tenga su agonía —ya que caminar conviene— de noche luz si no tiene mantenimiento de día? ¿Con hambre y al resistero del sol ha de caminar sin viático manjar que le dé fuerzas primero para la jornada de esa gran tierra de promisión? Y así de tu persuasión, pues nada ha de lograr… Cesa tú en la tuya; y porque no dudes —conocido ya— que nada al pueblo faltó, manjar y sombra tendrá. ¿Quién ha de dársela? Ábrese la segunda nube, y en ella el ángel segundo con un canastillo de flores deshojadas; deja el primero la luz y toma otro canastillo. Yo. Segundo ardor me deslumbra al ver que manjar ofrece sombra que al día obscurece tras luz que a la noche alumbra. Cantado Despertad, despertad, israelitas, y porque veáis que para salir de los amaros desiertos de Sur a las amenas campañas de Sin ni la obscuridad ni el hambre ni el sol tan digno viaje podrán impedir, hallaréis que dos nubes contrarias en obscurecer a un tiempo y lucir conformes están en daros viandas que luces y sombras contienen en sí, porque hoy solo entre sombras y luces se deja mirar de este tránsito el fin. Y así a refacción que os anime y aliente, venid a mi voz… A mi acento venid… y veréis que el rocío que ofrece… la aurora al llorar,… el alba al reír… pan de ángeles es, que os esfuerce al partir… de los amaros desiertos de Sur a las amenas campañas de Sin. Van los ángeles esparciendo las flores Este cuajado aljófar que os llueve listada mi nube de rosa y jazmín… Este blanco maná que os esparce la mía argentada de nieve y carmín… en neutral sabor de manjares veréis que se sabe tal vez convertir. Y tal hallaréis que transubstanciado sabrá a cuanto el labio le llegue a pedir. Llegad, pues, a gozar un tesoro que excede en riquezas al oro de Ofir,… y para alimento, vianda que deja atrás la substancia de espiga y de vid. Y pues sombra ni luz ni comida… os hace ya falta para conseguir… de un tránsito en otro, llegar a la patria… que tan prometida os espera feliz,… despertad, despertad, israelitas; despertad, caminad y salid de los amaros desiertos de Sur a las amenas campañas de Sin. Cúbrense las nubes ¿Qué es esto, Belfegor? Yo no sé más de que los cielos han dejado monte y valle de blanco maná cubiertos. Llega a probarle; veamos a qué sabe. Si haré, …pero no haré, que al ir a tocarle de pies y de manos tiemblo. Llega tú, llega, que yo no me atrevo, no me atrevo ni aun a mirarle. Bueno es que a ti te retire huyendo y quieras que llegue yo. Sí, que si en él hay misterio que quiera significarnos algún alto sacramento, más fácil es a tu humano error el atrevimiento que a mi angélico error, pues el delito del respeto podrá cometerle el hombre, y yo, Idolatría, no puedo. Pues yo llegaré, si a mí es más dado su desprecio. Dentro Nadie se atreva a tocar tal manjar sin que primero gracias dé a Dios. ¿Si conmigo habla esta voz? No, supuesto que con todo el pueblo habla, pues repite todo el pueblo… Dentro Música y todos Candor tan bello pan de ángeles es que a que el hombre le coma desciende del cielo. Y en sus caseras alhajas el blanco maná cogiendo, a tropas por todas partes discurre. Con todo eso, no me ha dejado el acaso sin el susto del proverbio. Salen Arón, Josué y los siete afectos, Séfora y las más mujeres que puedan y hombres con canastillas de mimbres todos. Nadie se atreva a tocarle, yo también a decir vuelvo, sin que el primero sea Arón, pues por sacerdote, es cierto que a su dignidad le toca ser quien le guste primero. Justo es, y en tanto que él llega todos en su loor diremos:… Candor tan bello pan de ángeles es que a que el hombre le coma desciende del cielo. Hace Arón acción de levantarle de suelo y comer, yluego todos Decís bien, que en un sabor mezcla sabores diversos, de pan con leche amasado y miel. Ahora lo veremos. ¡Qué dulzura tan suave! ¡Qué manjar tan blando y tierno! ¡Qué soberana comida! ¡Qué soberano alimento! A mí no me sabe a más que a lo ácimo y a lo seco. ¿Adónde está esta dulzura, que yo con ella no encuentro? Ni yo más que un desabrido sabor. Yo digo lo mesmo. Yo no, porque a mí me basta no más de que sea sustento sin que me cueste buscarle, a gula y pereza atento. ¿Qué pan será este que da a unos gozo y a otros tedio? De réprobos y elegidos debe de ser argumento. Séfora, pues de María es tan grande el desconsuelo como haber brotado en lepra su accidente —a cuyo efecto vive apartada—, que de ese manjar la lleves te ruego alguna porción. Sí haré, que sentimientos que en pecho noble a lástimas se pasan dejan de ser sentimientos. Venid conmigo vosotras. Tú, Josué, conmigo. Demos vuelta por todos los tribus, que es gozo gozosos verlos. No es contento el que no es comunicado contento; y así, porque este lo sea, vamos todos repitiendo:… Candor tan bello, pan de ángeles es que a que el hombre le coma desciende del cielo. Vanse todos, los músicos y mujeres, quedando los afectos, Idolatría y Belfegor Supuesto que introducida estoy ya con todos ellos, veré, para pervertirlos, si puedo ir ganando afectos. Aquí me espera. Sí haré, y pues valerte no puedo en más que en introducirte, invéntate tú los medios. Quédase retirado Belfegor (Con el nombre de Cozbí, claro es que será mintiendo.) Decidme… ¡Qué es lo que miro! ¿No es este el prodigio bello que al verle me robó el alma? ¿No es este el raro portento que abrasó mi corazón? ¿No es este aquel embeleco del no sé qué y sí sé qué, que le siento y no le siento? Con una duda venía que como extranjera tengo a preguntaros qué causa hoy os tiene tan contentos, y ya son dos, pues se añade a ella el mirarme suspensos. A ambas estáis respondida con que el contento es de vernos de Dios tan favorecidos, y la suspensión de veros tan bella a vos. Pues dejando esa segunda al silencio, volvamos a la primera, que es solo a lo que yo vengo. ¿Qué favor es el que habéis de Dios recibido? ¿Viendo esa nevada campaña en socorro del asedio que en estos montes tuvimos, dudáis favor tan inmenso? ¿Favor? Acaso no es favor ¿Cuántas veces vemos extrañas lluvias causadas en las regiones del viento por los contrarios vapores de que se conciben? Dejo por comunes agua, nieve y granizo; y voy a tiempos en que se ha visto llover sangre y ceniza: pues siendo así que los almagrares rojos, que los cenicientos campos pueden dar vapores en su cualidad tan densos que no liquidados vuelvan a bajar como subieron, ¿quién quita que congelados esos granos sean de aquellos vapores en fértil tierra de varias frutas compuestos? Varios sabores lo digan, pues al paladar diversos son más sabrosos a unos que no a otros. Fuera de esto, si es alimento de Dios, ¿cómo es coartado alimento? Apenas el sol le hiere, cuando le miráis deshecho, y el que de él más ha cogido no lleva más que el que menos; si guardáis para mañana, mañana en gusanos vuelto le hallaréis. Y en fin, si fuera favor de Dios, ¿a qué efecto se hubiera Moisés huido, las justas quejas temiendo del engaño con que os trujo a perecer a un desierto? U decidme dónde está, y veréis cuánto es opuesto veros de Dios socorridos y ausentarse él por no veros. Y pues del que yo imagino no hallo señas en el vuestro, de aquí en su busca iré, ya que en vosotros no le encuentro. Oye. Aguarda. Escucha. Espera. Detenerme es vano intento mientras no tengáis un dios que no os traiga pereciendo por desiertos, engañados de falsos prometimientos. Buscad, pues, al que yo busco, que él os dará alojamiento no en montes, sino en palacios fabricados y compuestos de mármoles y de bronces en cuyos reales asientos, de tapetes alfombrados y de doseles cubiertos, goce la pompa del fausto la majestad del imperio. Dices bien. ¿Por qué ha de darse a partido mi deseo de un peñasco y de un manjar? Tras ti, bella deidad, pienso buscar el dios que tú buscas. aparte (Ya ha traído a sí el afecto de la soberbia.) ¡Qué oro, qué plata, qué lucimiento de joyas no tendrás! ¿Joyas, oro y plata dijo? Necio será aquel que no la siga. ¿Pues qué, los divertimientos no serán en los jardines de varias bellezas llenos donde todo sea delicias, bailes, músicas y juegos, a quien seguirán banquetes tan varios como opulentos? ¿Quién por delicias no da penalidades en trueco? aparte (Sola esta vez ha seguido el lascivo al avariento.) Si algún motín se moviera en las cortes de su reino, ¿qué militares honores, qué dignidades, qué premios no dará al que en roja sangre vuelva a sus ojos envuelto? ¿Quién deja de ir donde pueda lucir con el ardimiento de su espíritu? ¿Ni quién ha de quedarse sujeto a envidiar a quien encuentre tal dicha? Yo, que si oyendo aquello de los convites me detuve a no ir tras ellos fue a causa de la pereza que para buscarlos tengo. Si dijera esa beldad: «yo sé de un dios que todo esto nos dará luego en llegando», yo fuera en su seguimiento; pero «vamos a buscarle, que podrá ser que le hallemos» es contingente locura de bárbaro endiosamiento. Bien dice, aunque simple. No discurre mal, aunque necio. ¿Qué necio o qué simple no tiene grande entendimiento? La razón siempre es razón, dicha de cualquier sujeto. Y pues no está en quien la dice la estimación, sino en serlo, hasta tener más noticias no nos resolvamos presto. Quédate tú entre nosotros hasta hallarlas. Con un medio me quedaré que he pensado de hallar a este dios más presto. ¿Qué es? Que propongáis a Arón que —pues Moisés, con pretexto de que va a hablar con su Dios, dejándole a él el gobierno del pueblo, os dejó a vosotros sin Dios ni caudillo, expuestos al antojo de una nube o a la veleidad de un viento— os dé dios a quien pedir que os saque de aqueste yermo páramo, con que ofrecido a él el culto, es fuerza —viendo que ya le adoráis en fe de ignoto conocimiento— se deje hallar, y obligado os saque de cautiverio más penoso que el de Egipto. ¡Y cómo si es, que me acuerdo que no como aquellas ollas de ajos, cebollas y puerros! El medio es proporcionado al estado en que nos vemos sin caudillo y sin Dios. ¿Pues qué esperamos? Vamos presto en busca de Arón. Porqué si se resiste haga el miedo lo que no haga el ruego, sea convocando y persuadiendo por todos los tribus hasta niños, mujeres y viejos que clamen por nuevo dios. Dices bien. Pues no esperemos más. En busca suya vamos todos desde aquí diciendo: ¡Arón, danos nuevo dios! Vanse los afectos Belfegor, ¿qué dices de esto? No es tiempo de discurrir, sino que vayas con ellos adelantando el tumulto con tus voces. Ten por cierto que no los pierda de vista, por más que voy a perderlos. Vase tras ellos Pues como tú no los dejes, verá el mundo y verá el cielo que a la idolatría el demonio la introdujo, que ella luego en la sujeta materia de los viciados afectos mentirosamente supo facilitarse su obsequio; y tanto que ya movido en varios bandos el pueblo los sigue, diciendo:… Dentro !Arón, danos un dios que adoremos! Salen todos los que puedan y Arón Bárbaro, desconocido, ingrato, atrevido pueblo, ¿qué dios pides? Un dios que nos saque de este desierto. ¿Pues no tenéis al Jehová, que es Dios de Dioses inmenso, a quien pedírselo? No, que no oye nuestros lamentos después que Moisés con él se ha retirado o se ha muerto. ¿Con un manjar en su ausencia no acaba de socorreros? ¿Aún el sabor en los labios, está ya la queja en ellos? ¿Qué manjar es un rocío? Aquí, Arón, no hay más remedio que darnos dios… o morir a nuestras manos. aparte (¿Quién, cielos, se ha visto en igual conflicto? Por una parte el consejo de Moisés es tolerarlos; por otra, error complacerlos; por otra, morir si no los complazco y los tolero. ¿Qué medio habrá?) ¿Qué respondes? aparte (Mas ya se me ofrece el medio: esta gente es miserable y avarienta por extremo, mayormente las mujeres; pues démosle tiempo al tiempo, proponiendo un imposible que detenga este primero ímpetu desenfrenado; en cuyo breve intermedio abrirá el cielo camino que provea de remedio.) ¿Qué dices? Que yo os daré un dios tan raro y tan nuevo que sea dios y sacrificio en un simulacro mesmo. Mas es dios tan soberano el que voy a proponeros, que si no es su estatua de oro, de otro metal no hace aprecio. Ved, pues, si este queréis. Sí. Pues dadme, para el efecto de que vaya a fabricarle el metal que yo no tengo. Cuantas riquezas pedidas de los gitanos traemos en recompensa de haber servídolos tanto tiempo te ofrecen todos en mí. Porque no quede por eso, en mí —hablando yo por todas— las mujeres te ofrecemos no solo las joyas que pedimos prestadas, pero hasta aljorcas y zarcillos. aparte (Saliome vano el intento, conque es fuerza fabricarles el ídolo que he propuesto de ser sacrificio y dios. ¿Cómo he de componer esto, si no es que fabrique alguna bruta estatua, persuadiendo que aquel es el sacrificio del dios que le anima dentro? ¿En qué otra vez te suspendes? En admirar vuestro celo. Id trayendo materiales; iré yo la estatua haciendo. Porque el tiempo no se pierda, vamos todos a traerlos. Vanse ¡Oh barbaridad! Si no fuera de fe, ¿fuera, cielos, fácil creer que hubo quien compre a joyas los sacrilegios? Vase Bien de Cozbí las mentiras te han salido. Pues no en esto han de parar, que una vez habiendo llegado a verlos en desgracia de su Dios, no han de dar paso sin riesgo que no le impida a la tierra prometida. ¡Quién el tiempo adelantara! ¿Qué más adelantado, si vemos desde aquí con cuánta priesa acuden unos trayendo al ídolo materiales, otros a avivar el fuego para su fundición y otros a erigir un risco en templo en que colocado puedan darle adoración? Ya veo que para los dos no hay lugar, distancia ni tiempo, y podemos reducir muchos días a un momento; pero por veloz que sea, es perezoso al deseo. El que yo tengo no es que se nos supla lo presto, sino el de saber qué causa mueve a Arón, según voy viendo, para que el ídolo sea en forma de un bruto. A eso se me ofrecen dos razones: una, que ese bruto es cierto que será animal nombrado a sacrificios aceptos, y querrá con eso darles a entender que en un supuesto les da el dios y el sacrificio; la otra, que quizá creyendo —ya que le labra forzado— que habrá algún tribu que viendo la desproporción que hay de un bruto a un dios, quiera cuerdo no darle adoración. Bien has discurrido, mas ellos, poseídos de sus vicios y de su natural mesmo, fácil, inconstante y vario, están a mí tan afectos que no dudo que darán adoración a un becerro. Dentro instrumentos y grita Dígalo esa salva, pues ya llegan aquí los ecos de la aclamación con que aun antes de verle hecho le celebran: sus lejanas voces oye. Canten dentro como a lo lejos .Dentro Pues tenemos ya dios a quien adorar, bien podemos, al colocarle en su altar, cantar, tañer, danzar y bailar. Habiendo sido en visible forma quien les dio el consejo, visible es bien les asista. Y yo invisible, supuesto que la Idolatría se deja ver en viendo sus efectos, y no el demonio, que anda invisible entre ella y ellos. Pues tú invisible y visible yo, fuerza a su culto demos. ¿Qué haremos en eso?, si es dárnosle a nosotros mesmos, el día que por nosotros su voz dice:… Pues tenemos ya dios a quien adorar, bien podemos, al colocarle en su altar, cantar, tañer, danzar y bailar. Dentro grita y instrumentos varios. Vanse los dos repitiendo la copla, y sale Moisés en lo alto del monte con las tablas de la ley Cuando tan favorecido de vos ¡oh Señor! desciendo con las tablas de la ley contenida en diez preceptos —que se reducen a dos— grabados en mármol terso con el buril soberano de vuestro imperioso dedo, ¿qué regocijos, qué fiestas de voces y de instrumentos serán los que a mis oídos, articuladas del viento, llegan no cabales, pues la mitad les hurta el eco? ¡El pueblo tan de alegría! ¿Qué habrá sucedido al pueblo? A saber lo que es descienda. Va bajando, suena dentro la grita, y sale Josué ¡Que escuche yo…! Pues tenemos ya dios a quien adorar, bien podemos, al colocarle en su altar, cantar, tañer, danzar y bailar. Ya que no puedo impedir —teniendo Arón el gobierno— este sacrílego culto, este inexecrable obsequio, este abominable rito, pueda ¡ay de mí! por lo menos no verle ni oírle. Los montes en sus más incultos senos me escondan, donde no llegue el ruido de sus acentos. De este las entrañas sean las que… ¡Mas qué es lo que veo! ¿No es Moisés el que desciende de su cumbre? A tus pies puesto —bien que deslumbrado al ver los encendidos reflejos que te coronan— te pido la mano. ¿Josué, qué es esto? ¿Tú llorando cuando otros cantando…? Sí, pues es cierto, que son su canto y mi llanto nacidos de un parto mesmo, bien como de un mesmo parto tu duda y mi sentimiento de que a tan mal tiempo vengas y vengas a tan buen tiempo. ¿Qué contrariedades son estas? Ese ingrato pueblo, al ver que cuarenta días de él has faltado, creyendo que arrebatado de nubes en el divino comercio de Dios, olvidado de él estabas o absorto o muerto, fastidiado del maná, obstigado del desierto, de ti quejoso y de Dios desconfiado, ha dispuesto pedir nuevo dios a Arón, que a fuerza de su despecho un ídolo les ha dado, a quien adorando… ¿Pero para qué es decirlo yo, si tú, Moisés, puedes verlo? Vuelve a ese monte los ojos, veras en un risco puesto el bruto ídolo en su pira, y a todos ante él diciendo… Si aun no me atrevo a dudarlo, ¿cómo he de atreverme a verlo? Ábrese un carro, que es otro monte, y vese en él elídolo de un becerro, y salen los afectos y hombres ymujeres, bailando delante de él Pues tenemos ya dios a quien adorar, bien podemos, al colocarle en su altar, cantar, tañer, danzar y bailar. Deme Dios dolor tan fuerte, tan sin término y medida que empiece a quitar la vida y no acabe de dar muerte. Arroja la tabla partida en dos mitades ¿Qué has hecho? No sé; la tabla en que está la ley escrita Dios de las manos me quita, quizá por que darme entabla gracia en otra ley con que de ese bárbaro enemigo pueblo ejecute el castigo; y pues el mármol quebré que con el nimio dolor entre esas peñas arrojo, quiebre también el enojo en venganza del Señor, que no son discursos vanos creer que su agravio me alcanza, pues que para su venganza me desocupa las manos. A castigarlos lleguemos. Pues tenemos ya dios a quien adorar, bien podemos… Sentir, padecer, gemir y llorar. ¿Qué dios, sacrílego, infiel pueblo desagradecido, vil, torpe, infame, atrevido, tienes más que al de Israel, que es el que de la prisión te sacó y, el mar abierto, te sustenta en un desierto? ¡Qué asombro! ¡Qué confusión! Venguemos, Moisés, los dos en ellos error tan fiero. Aguarda, porque primero me he de vengar en su dios. Va subiendo al monte del sacrificio Adúltero hijo de Bel, que en uno y otro metal forma de ave dio a Baal y de culebra a Bethel, a Belcebut de dragón, de pavón a Adramelech, de caballo a Anamelech y de sirena a Dagón, de fiero áspid a Baalín, de mansa oveja a Astarot, de lascivo hirco a Behemot, a Moloc de pez, y en fin de hombre humano a Belfegor; y añadiendo yerro a yerro a ti de infame becerro, castíguete mi furor. Dale con la vara, y húndese el ídolo Ved vuestras idolatrías qué dios adoran, villanos, que le hicieron vuestras manos y le deshacen las mías. Al golpe de su crueldad fallezca mi vanidad. Vase Crezca a su golpe mi ira, pues aún me quedo mentira a vista de esta verdad. Vase No en que le derribe pare mi ansia: polvos le he de hacer y dárselos a beber a los que vivos dejare la cólera de mi acero. ¡A ellos ahora, Josué! A tu lado moriré. Sale Arón Yo también, pues —aunque infiero cuán enojado estarás por el consejo que di— con el tribu de Leví, que no idolatró jamás, a su sacerdocio fiel, vengo a asistirte. Yo admito, dejando aparte el delito, el socorro, viendo en él que en auxilio de los dos sacerdotes han de ser los que han de satisfacer ofensas hechas a Dios. La caja, y hacen batalla, retirándose los seis, y salen María con manchas en el rostro y manos, y Séfora deteniéndola Forzoso nos es huir. ¡Arma, arma, guerra, guerra! ¡Al bosque! ¡Al monte! ¡A la sierra! ¿Dónde vas? ¿Dónde he de ir?, si cuando escucho cantares se me inflama el corazón y ahora es más su inflamación oyendo ecos militares, porque es de esta lepra impura tan venenoso el afán que igual tormento me dan el horror que la dulzura. La caja Y así, ajena de sentido, no excusando que me vean, según mis ansias desean ver a Moisés, he salido del retiro que tenía, oyendo que ya bajó del monte; pues como yo confiese la culpa mía, a sus pies sanar espero. La caja Pues a mal tiempo has llegado en su busca, que empeñado —azote de Dios su acero— en su desagravio va matando a un tiempo y hiriendo, con los levitas siguiendo a los idólatras. La caja Ya veo desde aquí a Moisés, que blandiendo la cuchilla todo cuanto encuentra humilla, sin perdonar a sus pies niño ni joven ni viejo. Tanto el campo se humedece de púrpura que parece que le inunda el Mar Bermejo. La caja. Dentro Piedad, Moisés. Dentro Si piedad piden, tribu de Leví, lo que es justicia hasta aquí, no sea desde aquí crueldad. A retirar al desierto; duerma el acero gentil. Salen los tres Casi son treinta y tres mil los idólatras que han muerto. Pero no los más culpados, que esos presumo que fueron de los primeros que huyeron. Ya están todos perdonados. Envainemos, no haya más, que ya el corazón me ha dado que está Dios desenojado. Luego tú también lo estás, que si piedad mi malicia te pide y no la halla en ti, será crueldad desde aquí lo que hasta aquí fue justicia. ¡Ay, María, qué dolor me da el verte de esa suerte! ¡Ay, Moisés, qué gozo es verte tan lleno de resplandor!, viéndose a un tiempo en los dos, yo asquerosa y tú ilustrado, en ti de Dios el agrado y en mí el enojo de Dios. Ten lástima de ella y ruega a su piedad soberana. ¡Ay, Séfora, que es mi hermana y al verla el llanto me ciega! Y aunque su murmuración contra mí la causa fue, apartamiento daré de ella para su perdón. Dámele también a mí. A ti no te le daré. ¿A mí no por qué? Porqué no le has menester, que a ti no te ha castigado Dios, que aunque también murmuraste para tu castigo baste saber que hay entre los dos una infinita distancia. ¿Qué es, si merezco sabella? Ser sacerdote, y no ella, de cuya gran circunstancia es la consecuencia clara, pues quiere Dios que se note que culpas de sacerdote no han de salirle a la cara. Si en secreto está culpado, secreto dolor le valga: llóresele él y no salga en público su pecado. Consuélate tú, María, que presto sana estarás. Tú, Josué, porque más no estemos tan solo un día en tránsito que haya sido teatro de abominación tan torpe —cuya mansión quisiera haber reducido, aun más que a la sangre, al fuego, porque a fuego y sangre fuera brasero de fe su esfera—, haz que se disponga luego en marcha el pueblo. Pasemos por los tránsitos de Can a Moab, Og y Basán. Dices bien, este dejemos, quedando por nombre en él «Campo de Sangre» desde hoy; y así a obedecerte voy. ¡Marche el campo de Israel! Vase. Dentro ¡Marche el campo de Israel! Ven, Séfora; María, ven. ¿Cuándo no somos las dos tus sombras? Inmenso Dios, fuerza tus piedades den con que pueda domeñar una cerviz tan cruel. Dentro ¡Marche el campo de Israel! Vanse todos, toca la caja y sale la Idolatría ¿Adónde piensa marchar que no le alcance el castigo, si siempre al paso ha de encontrar conmigo? Que aunque salí arrojada de aquella adoración, no escarmentada, pues me queda otra acción en que le pueda vencer vencida. Sale Belfegor ¿Ya qué acción te queda? La de haberme dejado vivos los siete afectos del pecado. ¿Qué, Idolatría, a ti te toca de ellos? Ser yo la hidra de sus siete cuellos. Si el pecado más leve hacerle sabe paso al grave, y el grave a otro más grave, ¿quién duda que unos de otros enlazados crecieron hasta ser idolatría? Luego «público archivo de pecados» difinición es mía: sagrada pluma lo dirá algún día. La caja Pues siendo así, ¿qué esperan sus efectos, cuando marchando vienen los afectos que vivos han quedado? Atiende a cada cual en su pecado; verás —hecha la historia alegoría— si son vasallos de mi monarquía y si me queda acción en la esperanza de tomar en su ejército venganza de aquel pasado agravio. ¿Qué esperanza, si fue su ruina tanta? La que el mortal anhélito del labio, la que el letal contacto de la planta con su estampa y su aliento la tierra infeste y inficione el viento: todo aqueste camino, que es el rumbo que trae su destino, de áspides sembraré, cuyo veneno verás que de cruel tósigo lleno a fieras mordeduras los devora. ¿Pues tienes tú poderes de criadora? No, pero a instancia mía, para que el mundo vea que son —siendo la idea de Dios la que los cría— espúreos hijos de la idolatría, me da poder para que mi despecho los arranque abortados de mi pecho. Aun en mí —¿qué hará en ellos?— pavor labra tu furor. Dentro ¡Alto, y pase la palabra! Dentro ¡Alto, y pase la palabra! Dentro estos versos ¿Adónde, Moisés, nos llevas? ¿Es la tierra prometida… una campaña cubierta… de áspides y de serpientes,… de víboras y culebras? Dentro Si aun perdonados no tienen vuestros afectos enmienda, no yo, vuestra poca fe, idólatras, las engendra. Dentro ¡Qué asombro! Dentro ¡Qué confusión! Dentro ¡Qué desdicha! Sale el Afecto primero ensangrentado el rostro ¡Qué violenta ira de Dios revestida en escamada culebra! Fatigado de la marcha me vio reclinado apenas, cuando en mi frente cebada todo el rostro me ensangrienta, de venenosa ponzoña derramando por mis venas tal tósigo que no hay sentido que no fallezca. Mira el ambicioso ya si herido de mí se queja. Ya veo que la frente es la región de la soberbia. Sale el segundo ensangrentadas las manos Mortal serpiente ¡ay de mí! al ir a embestirme fiera, adelantando las manos a apartarla u detenerla, en ellas mordió su saña. Son los instrumentos ellas de la avaricia, que es el afecto que en ti reina. Sale el tercero con sangre en los ojos ¡Ay de mí, infelice! Cielos, ¿qué víbora sería aquella que saltándome a los ojos ciego y pasmado me deja? ¿Qué víbora había de ser más que su lascivia mesma? Bien dices, que la lascivia cuanto más ve está más ciega. Sale el cuarto ¿Qué áspid es el que en mi pecho del corazón se alimenta? Sale el sexto ¿Qué áspid será el que mordiendo el corazón me avenena? Del corazón y del áspid los dos a un tiempo se quejan. Son ira y envidia afectos que en el corazón se engendran, y ellos se tenían el áspid antes que el áspid los muerda. Sale Simplicio ¡Ay de apestado de a dos, que por ser gula y pereza tiene un lagarto en los labios y un culebrón en las piernas! No ahí pares: vuelve a esos montes, verás sus estancias llenas de cadáveres. No hay verde planta que no sea roja pira, seco tronco que no sea tumba funesta. Dentro y fuera todos ¡Rabiando muero sin que haya quien me favorezca! Mira si son vasallaje, como dispuesta materia a mi culto, los viciados afectos; y considera si al respecto de la culpa les corresponde la pena. No saques moralidades, que podrá ser que alguien de ellas se aproveche, y para daño mío bástame que vea el que al tribu de Leví, Idolatría, no llega tu apestada inundación; y temo que es su reserva en fe de ser sacerdotes. No en eso solo se prueba, sino en que cuando padece el pueblo, él es el que ruega por él a Dios; y así al tiempo que unos, heridos, sus quejas dicen,… ¡Qué rabia! ¡Qué furia! dice él en voces más tiernas:… Dentro Misericordia, Señor; clemencia, Señor, clemencia. ¿Qué voces son las que alivian mi dolor? ¿Qué acentos templan mi angustia? ¿Qué ecos son estos, que si no sanan, consuelan? ¿De cuándo acá a los que rabian las músicas los recrean? Desde que heridos se animan todos a decir con ellas:… Dentro Hasta enternecer al cielo, las deprecaciones vuelvan. Misericordia, Señor, clemencia, Señor, clemencia. Con esta repetición salen Arón, Josué, Séfora, Ma-ría, y todos los demás, músicos y mujeres, y en loalto del monte Moisés, con las tablas de la ley enuna mano, y en la otra un áspid de metal en unavara, como le pintan Parece que nos ha oído, según Moisés desde aquella alta cumbre da a entender que viene a dar la respuesta. ¿Qué misteriosas insignias serán las que trae, que al verlas, a no haber sanado, creo que ahora sanara? Oye atenta. Peregrinos israelitas que a la prometida tierra, por no creer felicidades, vais tropezando en tragedias, albricias, que conmovido Dios de las lástimas vuestras, viendo que misericordia le pedís, porque se vea ser sus piedades más que las ingratitudes vuestras, renovando de la ley escrita las tablas mesmas, que rompió el dolor, en fe de que de gracia las vuelva a revalidar, me manda que exalte a la vista de ellas en la misteriosa vara de los prodigios aquesta sierpe. A verla, pues, venid; veréis que el que llegue a verla de las fieras mordeduras de otras sierpes convalezca. Dígalo yo, que al mirarla conozco que mi soberbia en esta exterior herida la interior salud preserva, pues la sanidad del cuerpo pasa a que el alma la tenga. Lo mismo decimos todos. Sino yo, en quien ya revientan… Sino yo, en quien ya respiran… todas las iras del Etna… del volcán todas las furias… por saber… porque quisiera penetrar… qué misterioso antídoto… qué secreta virtud… tiene ese exaltado áspid para que a otros venza. ¡Qué propia duda de quien hizo verdad la sospecha de ser mentira y de ser el demonio quien la alienta! Pues ya conocidos, danos razones que nos convenzan. Si en natural curación vemos que a un veneno templa otro contrario veneno, ¿cómo con el mismo intentas que un áspid cure a otro áspid? Fuera de esto, ¿el que demuestras no es de bronce? ¿Pues por qué, ya que áspid quieres que tenga virtud contra el áspid, no pones áspid que lo sea? Si fuera áspid natural, fuera preciso que hubiera tenido ponzoña; y siendo así que en divinas letras la ponzoña del pecado alma y sentidos infesta, convino que en el metal tenga sola la apariencia del pecado, pero no que haya tenido ni tenga ni pueda tenerle quien en este se representa hoy para cuando exaltado en más noble vara penda. Si tan gran sujeto quieres que signifique, ¿no fuera bien poner otra figura menos horrorosa en ella que no un áspid? No, porqué para sanar las dolencias del que mordido del áspid al pecador se semeja, no siendo él el pecador, convendrá que lo parezca. Pues dinos ya de una vez qué sombra o figura es esa. Vuelven a abrirse los dos carros de las nubes, y en ellas los ángeles como estuvieron En cuanto a sombras, a mí me toca dar la respuesta, pues soy la que di las sombras al día, ocultando en ellas embozado al sol, que fue decir que entre nubes densas anda hoy en lejanas luces. ¿Qué luces pueden ser esas? Eso de luces a mí me toca, pues a la negra noche di participadas del sol las luces que en ella alumbraron; y así ahora, porque mejor resplandezcan, os he de enseñar al Sol, en representada idea de mis sombras y sus luces, pendiente —en correspondencia del áspid— en otra vara más prodigiosa que aquella. ¿Qué Sol ese ha de ser? Vuélvese a abrir el carro del sacrificio, y adonde estaba el becerro se ve un niño en una cruz Yo, que para sanar las fieras venenosas mordeduras de la serpiente primera, no siendo pecador, quise parecerlo porque tenga en mi muerte el pecador vida temporal y eterna. ¿Eterna vida? ¿Pues qué manjar habrá que le pueda —mientras del árbol no coma de la vida— mantenerla? A eso de manjar de vida… a ambas nubes la respuesta… toca, que el maná llovieron,… que es sombra y figura expresa de aquel alto sacramento que en pura cándida oblea también en sombras y luces en él se nos representa. ¿Pues qué es lo que en sí contiene? Mi carne y mi sangre mesma transubstanciada en especies de pan y vino, materia que solos los accidentes, no la substancia, conservan. A tanto golfo de sombras,… De luces a tanta esfera,… sienta, sufra, gima y llore. Vase llore, gima, sufra, y sienta. Vase Y todos en esperanza de futura edad que tenga la felicidad de ver maravilla tan inmensa,… milagro de los milagros,… fineza de las finezas,… prodigio de los prodigios,… grandeza de las grandezas,… digamos todos humildes a sus plantas y a las vuestras… que en figura y figurado perdonéis las faltas nuestras, pues asegura el perdón vida temporal y eterna.