El Mayor Monstruo Los Celos Comedia Famosa Personas que hablan en ella El Tetrarca de Jerusalén Polidoro Octaviano, Emperador Mariene, Dama Aristóbolo, Príncipe Libia, Dama Filipo,Viejo Sirene, Dama Tolomeo, Soldado Armida, Criada Patricio, Capitán Músicos y Soldados Primera Jornada Salen los músicos y mientras cantan van saliendo los que puedan de acompañamiento y detrás el Tetrarca y Mariene llorando. La divina Mariene, el sol de Jerusalén, por divertir sus tristezas vio el campo al amanecer. Las fuentes, flores y aves la dan dulce parabién, siendo triunfo de sus manos lo que es pompa de sus pies. Y como aves, fuentes, flores solicitan su placer, convidando unas a otras dicen una y otra vez: fuentes, sus espejos sed, corred, corred; aves, su luz saludad, volad, volad; flores, sus sendas lucid, venid, venid; y a poner paz en lid de un cielo y un vergel, aves, fuentes y flores venid, volad, corred. Callad, callad, suspéndase el acento que sonoro se esparce por el viento. Hermosa Mariene, a quien el orbe de zafir previene ya soberano asiento, como estrella añadida al firmamento, no con tanta tristeza turbes el rosicler de tu belleza. ¿Qué deseas? ¿Qué quieres? ¿Qué envidias? ¿Qué te falta? ¿Tú no eres, querida esposa mía, reina en Jerusalén? Su monarquía, en cuanto ciñe el sol y el mar abarca, ¿no me aclama su ínclito Tetrarca –que es viso rey, mudando en mí el trofeo sola la voz, porque nací idumeo–, de cuya autoridad dan testimonio letras de Marco Antonio y firmas de Octaviano? ¿Los dos no intentan –¡oh, no salga en vano!– competir el imperio que dilata y estiende su hemisferio desde el Tíber al Nilo? Yo, pues, con falso trato y doble estilo, ¿de Antonio no defiendo la parte, porque así turbar pretendo la paz y que la guerra dure, a fin que después, cuando la tierra de sus huestes padezca atormentada y el mar, cansado de una y otra armada, pueda, desechos ambos, declararme, y en Roma, tú a mi lado, coronarme? Tu hermano y Tolomeo ¿no son a quien les fío mi deseo y todo el poder mío, pues con los dos socorro a Antonio envío? Y en tanto, dueño hermoso, que al triunfo llega el día venturoso, ¿no estás de mí adorada? ¿De mis gentes no estás idolatrada, por gusto tuyo, en esta hermosa quinta que sobre el mar de Jafe el abril pinta? Pues no tan fácilmente se postre todo un sol a un accidente; pródiga restituya tu alegría su luz al alba, su esplendor al día, su fragancia a las flores, al campo sus colores, sus matices a Flora, sus perlas al Aurora, su música a las aves, mi vida a mí, pues con temores graves a celos me ocasionan tus desvelos. No sé más que decir, ya dije celos. Tetrarca generoso, mi dueño amante, mi galán esposo, ingrata al cielo fuera y a mi ventura ingrata, si rindiera el sentimiento mío a pequeño accidente el albedrío. La pena que me aflige de causa, ¡ay triste!, superior se rige, tanto, que es todo el cielo depósito fatal de mi recelo, pues todo el cielo escribe mi desdicha, que en él grabada vive en papel de zafir con letras de oro; no con causa menor mi muerte lloro. Menos sé ahora y más dudo el mío y tu dolor y, si es que pudo tanto mi amor contigo, hazme, mi bien, de tu dolor testigo, sepa tu pena yo por que la llore y más tiempo no ignore ansia que ya con mis temores lucha. Nunca pensé decirla, pero escucha: un doctísimo hebreo tiene Jerusalén, cuyo deseo siempre ha sido, estudioso, adelantar al tiempo presuroso la edad, como si fuera menester acordarle que corriera. Este astrólogo, o mago, o nigromante, en láminas leyendo de diamante caracteres de estrellas, los ya futuros contingentes dellas como dije, adelanta con tanto estudio, con certeza tanta, que es oráculo vivo de todo ese volumen fugitivo que en círculos de nieve un soplo inspira y una mano mueve. Yo, que mujer nací –con esto digo amiga de saber– docto testigo le hice de tu fortuna y mi fortuna, que viendo cuánto al monte de la luna hoy elevas la frente, quise antever el fin. Él, obediente, con el mío juzgó tu nacimiento y, a los acasos de la suerte atento, halló –aquí el labio mío torpe muda la voz, el pecho frío se desmaya, se turba y se estremece y el corazón aun con latir, fallece– halló, en fin, que sería infausto triunfo yo –¡qué tiranía!– de un monstro, el más cruel, horrible y fuerte del mundo; y en ti halló que daría muerte –¡qué daño no se teme prevenido!– ese puñal que agora traes ceñido a lo que más en este mundo amares. Mira, pues, si pesares tan grandes es forzoso que tengan en discurso temeroso muerta la vida y vivo el sentimiento, pues, trágicos los dos, con fin violento, por ley de nuestros hados vivimos a desdichas destinados: tú, porque ese puñal será homicida de lo que amares, yo, porque mi vida vendrá a ser, con ejemplo sin segundo, trofeo del mayor monstro del mundo. Bellísima Mariene, aunque ese libro inmortal en once hojas de cristal nuestros influjos contiene, dar crédito no conviene a los secretos que encierra, que es ciencia que tanto yerra que en un punto solamente mayores distancias miente que hay desde el cielo a la tierra. De esa ciencia singular solo se debe atender al mal que se ha de temer, mas no al que se ha de esperar. Sentir, padecer, llorar desdichas que no han llegado ya lo son, pues que no hay hado que pueda haberte oprimido, después de haber sucedido, a más que haberle llorado. Y si ahora tu recelo lo que ha de suceder llora, tú haces tu desdicha agora mucho primero que el cielo. Creer más nuestro desconsuelo por imaginada u dicha la desdicha que la dicha ya es padecerla en rigor, pues no hay desdicha mayor que esperar una desdicha. Y en otro argumento yo vencer tu temor quisiera: si ventura acaso fuera la que el astrólogo vio, ¿diérasla crédito? No, ni la estimaras ni oyeras. Pues, ¿por qué en nuestras quimeras han de ser escrupulosas las venturas mentirosas, las desgracias verdaderas? Dé crédito el llanto igual al favor como al desdén, ni aquel dudes porque es bien ni este creas porque es mal. Y si consecuencia tal no te satisface, mira otra que a librarte aspira: esta prevista crueldad o es mentira o es verdad; dejémosla, si es mentira, pues nada nos asegura y a que sea verdad vamos, porque siéndolo arguyamos que es el saberla ventura. Ninguna vida hay segura un instante; cuantos viven en su principio perciben tan contados los alientos, que se gastan por momentos los números que reciben. Yo en aqueste istante no sé si mi cuenta cumplí ni le viviré, y tú sí, a quien el cielo guardó para un monstruo; luego yo llorar debiera, ignorante, mi fin, tú no, si este instante a ser tan dichosa vienes que seguro el vivir tienes, pues no está el monstro delante. Y pasando al fundamento de lo que han dicho de mí, ¿cómo es compatible, di, que aqueste puñal sangriento dé en ningún tiempo, violento, muerte a lo que yo más quiero y a ti un monstro? Y si no infiero cosa de mí más querida, ¿cómo amenazan tu vida aquel monstro y este acero? Pues, si hoy el hado importuno –que es de los gentiles dios– te ha amenazado con dos riesgos, no temas ninguno: no hay más crueldad para el uno que para el otro piedad. Luego será necedad temer al agüero atenta, cuando es fuerza que uno mienta que el otro diga verdad. Y por que veas aquí cómo mienten las estrellas y que el hombre es dueño de ellas, Saca el puñal y ella se asusta. mira el puñal. ¡Ay de mí!, esposo, yo... ¿De qué así tiemblas? Mi muerte me advierte mirarle en tu mano fuerte. Pues, por que no temas más, desde hoy inmortal serás: yo haré imposible tu muerte. Sea el mar, campo de hielo, sea el orbe del cristal, deste funesto puñal, monstro acerado en el suelo, sepulcro. Tira el puñal y dice dentro Tolomeo. ¡Válgame el cielo! ¡Oh, qué voz tan triste he oído! Aire y agua han respondido con asombro y con desmayo. El trueno fue de aquel rayo un lastimoso gemido. ¿Qué mucho que a mí me asombre acero tan penetrante que hace heridas en las ondas y impresiones en los aires? Los pequeños accidentes nunca son prodigios grandes; acaso la voz se queja. Y, por que te desengañes, iré a saber cúya ha sido, penetrando a todas partes los cóncavos de los montes y los senos de los mares. Vase y Filipo. Toda soy horror. Dentro Divinos dioses, ¿a una vida frágil no le bastaba una muerte? Acento tan lamentable, ¿cúyo será? No sé, pero el mar campaña incostante de un mísero es, que rendido a los continuos embates de su flujo y su reflujo entre sus espumas trae, luchando a brazo partido con el agua y con el aire. Ya tu esposo, dando orden que le socorra y ampare gente del mar, le da puerto en los brazos y en su margen. Dices bien, mas, ¡ay de mí!, que asombro a asombro se añade, pues, puñal que fue cometa de dos esferas errantes, arpón del arco del cielo, clavado en un hombro trae. Y es... –¡ay, infeliz! si no es que la distancia me engañe, mas, ¿cuándo engañan distancias en perspetivas de males?– ...Tolomeo. ¿Qué lo dudo, pues bastaba ser mi amante para ser tan infelice? Qué poca lástima me hace a mí el ser él, pues estimo ver que a mis ojos acabe. Vamos de aquí, que no tengo ánimo para mirarle. Ni yo ira para que muera sin que yo le mate. Ni yo valor que en tal pena sufra, disimule y calle Vanse. Salen el Tetrarca y Filipo trayendo a Tolomeo desnudo y herido con el puñal en el hombro. Ya del mar estáis seguro, infelice navegante. Y de la herida, pues hay quien de ella el puñal os saque. Detente, señor, detente, no le quites, no le arranques, porque al ver la puerta abierta sus espíritus no exhale el alma; y ya que los hados solamente en esta parte son piadosos, pues me dan para verte y para hablarte tiempo, no se pierda el tiempo; mi muerte y la tuya sabe. ¿Tolomeo? Sí, señor. Llevalde de aquí, llevalde a curar. Oye primero, que, cuando el riesgo es tan grande, menos importa mi vida que la tuya, y así, antes que acabe mi poco aliento desdichas que son tan grandes, oye las tuyas, señor, y, cuando helado cadáver me falte tiempo al decirlas, al saberlas no te falte. Octaviano, en tierra y mar ondas ocupando y valles, llegó a Épiro. Salió Antonio con tu socorro a buscarle, de Cleopatra acompañado en el bucentoro, nave que labró para él, si ya no fue vago escollo fácil de ascuas de oro guarnecido, de bronces y de cristales. Saludáronse a lo lejos, ya castigados los parches, ya inspirados los clarines, las dos capitanas reales hasta que, de la galana guerra estrechando los trances, fueron las jarcias vesubios, fueron los buques volcanes. A los principios fue nuestra –aquí el aliento desmaye– la fortuna, pero, ¿cuándo fija estuvo? ¡Oh, ignorante el que incostante la dijo, pues con rumbos desiguales en ser incostante siempre es siempre la más constante! Al tiempo que por nosotros iba, ¡ay de mí!, a declararse, se embravecieron las olas y el mar, Nembrot de los aires, montes puso sobre montes, ciudades sobre ciudades, tan en favor de Octaviano, que gozando favorable el barlovento y nosotros padeciendo sus embates, fue fuerza que nuestra armada, como estaba hacia la parte del puerto, al abrigo suyo sotaventada se ampare, bien que tan rota y desecha que si la sigue el alcance Octaviano, en él no dudo que la eche a pique o la abrase; de cuyas resultas yo no puedo, ¡ay de mí!, informarte, porque, tomando la vuelta de Jerusalén mi nave, caballo fue desbocado, que perdido el gobernalle, no hay rienda que le corrija ni bocado que le pare. Atormentada la aquilla, desmantelado el velamen, los árboles destroncados, enmarañados los cables y trayendo ya en la escota arena y agua por lastre, casi a vista de las torres que divisa el mar de Jafe fue ruina de inculto bajo, donde una tabla a los ayes repetidos mi delfín fue, enseñada a sus piedades. ¿Quién creyera que la suerte, en un hombre que se vale de la piedad de un fragmento, pudiera hacer otro lance? Dígalo yo, pues yo vi, cuando de la orilla el margen ya pensé que me admitía, de acero un sañudo sacre, que a hacer como en cuerpo muerto en mí la presa se abate. Este, pues, que de mi vida royendo está los instantes, solo el decir me permite que hoy Octaviano triunfante queda en Egipto, que Antonio o sitiado o muerto yace, que de Aristobólo, hermano de tu esposa, no se sabe y en fin, que tus esperanzas como el humo se deshacen; y más si Octaviano llega a saber que a Antonio vales. Y, ya que de tus desdichas siendo el todo, no soy parte, dale sepulcro a las mías, aunque las mías son tales, que ellas se harán sepulcro, por blasón de que en él yace el criado más leal y el más desdichado amante. El ser uno desdichado todos han dicho que es fácil, mas yo digo que es difícil, que es tan industrioso arte que, aunque le platiquen todos, no le ha penetrado nadie. ¡Quitadme ese asombro, ese funesto horror de delante! ¡Llevalde donde le curen! Llévanle. Y aquese puñal guardalde, que importa saber qué debo hacer de él, ya que él me hace tenerle por sospechoso. ¡Ay, Filipo, hagan alarde mis suspiros de mis penas, mis lágrimas de mis males! Señor, los grandes sucesos para los sujetos grandes se hicieron, porque el valor es de la fortuna esamen. ¿A qué crisol se averiguan los generosos quilates de un héroe sino a los toques del hado, que es su contraste? Ensancha el pecho, verás que en él tus desdichas caben sin que a la voz ni a los ojos se asomen. ¡Ay, que no sabes, Filipo, cuál es mi pena, pues quieres darla esa cárcel! Sí sé, pues sé que has perdido tal república de naves. No es su pérdida la mía. Seralo el mirar triunfante a Octaviano, con la duda de que penetre o alcance ser su enemigo. No tengo miedo a las adversidades. De Aristóbolo, tu hermano, ni de Marco Antonio sabes. Cuando sepa que murieron tendré envidia a bien tan grande. Los presagios del puñal premisas son bien notables. Al manánimo varón no hay prodigio que le espante. Pues si prodigios, fortunas, pérdidas, adversidades no te afligen, ¿qué te aflige? ¡Ay, Filipo! No te canses en adivinarlo, puesto que mientras no adivinares que el amor de Mariene, todo es discurrir en balde. Todos mis anhelos fueron coronarla y coronarme en Roma, por que no tenga que envidiar mi esposa a nadie. ¿Por qué ha de gozar belleza que no hay otra que la iguale –en fe de marido– un hombre que hay otro que le aventaje? ¿No será mejor que –en fe de galán– su nombre ensalce y si ella es la más hermosa sea él el más amante? ¿Cómo he de igualar estremos, si no es con que hacerla trate la más alta, cuando ella el más dichoso me hace? Piérdase la armada, muera Antonio, mi parcial, falte Aristóbolo, Octaviano, sepa o no mi intento, mande, vuelva el prodigioso acero a mi poder; que a postrarme nada basta, nada importa sino que el medio se atrase de hacer reina a Mariene del mundo.Ya en esta parte dirás, y lo dirán todos, que es locura; no te espante, que cuando amor no es locura no es amor, y el mío es tan grande que pienso –atiende, Filipo– que pasando los umbrales de la muerte, ha de quedar a las futuras edades grabado con letras de oro en láminas de diamante. Vanse. Cajas y trompetas dentro y salen Octaviano con bastón y corona de laurel y, como presos, Aristóbolo vestido pobremente y Polidoro con galas, desaliñadamente vestido. Patricio, capitán y soldados. Dentro ¡Viva Octaviano! ¡Viva! Como a su César Menfis le reciba, puesto que como a tal ya le idolatra a despecho de Antonio y de Cleopatra. Pues me da la obediencia, el saco cese, cese la violencia, que basta que por César me reciba. ¡Muera Cleopatra y Octaviano viva! Salen y suenan cajas. Feliz es la suerte mía, pues, de Egipto vitorioso, dilato la monarquía de Roma, dueño famoso de los términos del día. Cante, pues, victoria tanta la fama y, en testimonio de cuanto en mí se adelanta, sean triunfos de mi planta hoy Cleopatra y Marco Antonio. Seguildos, que mi ventura llevarlos presos procura donde, triunfador bizarro, sean fieras de mi carro el poder y la hermosura. Aunque habemos discurrido de Cleopatra el gran palacio, hallarla no hemos podido ni a Antonio, porque su espacio laberinto de oro ha sido en que sólo hemos hallado a Aristóbolo, cuñado del que hoy a Jerusalén Tetrarca rige, de quien nos informó ese criado. Señala a Aristóbolo. Contra ti lidió y así, Por que averigües aquí sus disinios, le traemos de la parte en que le habemos oculto hallado. ¡Ay de mí! ¿Cuál diablo me metió, cuál demonio en engaño tal? ¿no es necio error, por que él viva de traidor que muera yo de leal? Si así la vida me das, no temas, seguro estás, que yo a ti te la daré. Disimula, pues. Sí haré, hasta que no pueda más. Grande césar Octaviano, cuyo renombre inmortal el tiempo asegure ufano en estatuas de metal que intenté borrar en vano, no desdores, riguroso, los aplausos que has tenido con sangre, que es ser piadoso vencedor con el vencido ser dos veces vitorioso. Aunque pudiera, ¡oh, valiente Aristóbolo!, vengarme en tu vida dignamente, pues contra mí estás, mostrarme quiero piadoso y clemente. Llega a mis brazos. Si fui tan feliz, ya desde aquí no envidiaré altas esferas. [Aparte] ¡Juro a Dios que hablé de veras! ¿Quién lo creyera de mí? Alza, alza del suelo, y pues el fin de mis glorias es entrar en Roma triunfante con Marco Antonio delante y con Cleopatra a mis pies, dime dónde están, que no he sabido de ellos yo desde que aquel bucentoro, armado risco de oro, en su puerto se abrigó. Yo de los dos te dijera, si yo de los dos supiera, que, siendo secreto, hallo que hiciera más en callallo, señor, que en decillo hiciera; mas desde que llegue aquí nunca más a los dos vi. Eso no es agradecer mi piedad; yo he de saber de ellos y ha de ser así. ¡Hola! ¿Señor? Al infante Aristóbolo llevad a una torre y ni un istante goce de la claridad del sol; la sombra le espante de su noche. Aquí llegó, señor, de tu engaño el fin. Disimula. ¿Torre yo, y obscura? El demonio sin duda me aristoboló. Venid. Calla. ¿Qué es callar? ¡Vive el cielo que he de hablar! ¿Yo príncipe? En mi pecado, muy errado y muy culpado... ¡Llevalde! ¿Qué hay que esperar? ¡Y ese criado, el primero, padezca un tormento fiero o muera en él de leal! ¿Qué es tormento? ¡Mal por mal, torre pido y noche quiero! Vamos a la torre; yo soy Aristóbolo, no errado infante, según fingía; sin duda algún ángel me aristoboló. Enfrena el fiero rigor; sabrás de los dos, señor, y, de mi voz advertido, oirás que los dos han sido funestos triunfos de amor. Apenas rota su armada vio Antonio, cuando la alada nave, haciéndose a la vela, nada pensando que vuela, vuela pensando que nada, pues con ligereza suma, pez sin escama nadaba, ave volaba sin pluma, tan veloz que aun no le ajaba un solo rizo a la espuma. A Menfis en fin llegó, donde rehacerse pensó de la pérdida y tornar a la campaña del mar que tantos estragos vio. Mas, viendo que le seguías a Menfis y que traías de tu parte a la fortuna, pues al orbe de la luna de ella inspirado subías, lamentando mal y tarde la pérdida de su gente, sin que a ser tu ruina aguarde, del estremo de valiente dio al estremo de cobarde, pues ciego y desesperado al panteón colocado a egipcios reyes entró y una sepoltura abrió, donde vivo y enterrado dijo, sacando el acero: «Nadie ha de triunfar primero de mí que yo, y solo ansí triunfo yo mismo de mí, pues yo mismo mato y muero.» Cleopatra, que le seguía, viendo que ya agonizaba bañado en su sangre fría, cuyo aliento pronunciaba más cuanto menos decía, «muera –dijo– yo también, pues por piedad o por ira no cumple con menos quien llega a querer bien y mira muerto lo que quiere bien». Y, asiendo un áspid mortal de las flores de un jardín, dijo: «si otro de metal dio a Antonio trágico fin, tú serás vivo puñal de mi pecho, aunque sospecho que no moriré a despecho de un áspid, pues en rigor, no hay áspid como el amor y ha días que está en mi pecho». Él con la sed venenosa hidrópicamente bebe, cebado en Cleopatra hermosa, cristal que corrió la nieve, sangre que esprimió la rosa. Yo lo vi todo, porque, así como aquí llegué, el palacio examinando, a mi príncipe buscando, hasta el panteón entré, donde él rendido al valor y ella postrada al dolor yacen, mostrando en su suerte que aun no divide la muerte a dos que junta el amor. Aquí dio fin mi esperanza, aquí murió mi alabanza, que en altivo pecho real no ha de pisar el umbral de la muerte la venganza. Y pues ya triunfar no espero de ellos, saber de ti quiero: estando de mí obligado el Tetrarca tu cuñado, ¿por qué tan sañudo y fiero tú militas contra mí? Si tú estás diciendo aquí que es mi cuñado, señor, ¿no es el preguntarme error por qué tu contrario fui? Él es tu amigo leal, pues con tu decreto real gobierna a Jerusalén, y basta quererte él bien para quererte yo mal. Si examinar su intención quieres, quizá la diré yo, pues al darse en prisión esta caja le quité. Joyas y papeles son de que algo podrás saber. Abre la caja y saca una joya entre otras. Cifra es del mayor poder su inestimable riqueza, mas, entre ellas, la belleza de una estranjera mujer es la más rica y mejor joya, la de más valor. No vi más viva hermosura que el alma de esta pintura. Atento el emperador en contemplar se detiene, entre las joyas que darme como a hermano Mariene quiso al tiempo de embarcarme, aquella que en sí contiene su hermoso retrato fiel. Mas, ¡ay, fortuna cruel!, ver los papeles porfía. ¡Mal haya el hombre que fía sus secretos de un papel! Saca un papel y lee. «El fin de nuestras felicidades consiste en mante- ner la guerra y así procurarás que el socorro que a Marco Antonio llevas sólo sirva contrapesar las ventajas de Octaviano, procurando que el uno al otro se deshagan, por que en viéndolos enfla- quecidos pueda yo declararme y emperador de Roma...» ¿Qué tengo que esperar más? Y, pues sospechoso estás y aun convencido conmigo, mientras pienso tu castigo en una torre estarás. No son buenos pensamientos andar pensando tormentos. ¿No será mucho mejor, que no castigos, señor, pensar gustos y contentos? ¡Llevalde de aquí! Escuchar debes, yo... Llévanle los soldados. No hay que aguardar. Sí hay. Venid. Hago testigos que no hay que pensar castigos, pues no me dejan hablar. Llévanle. Tú partirás al momento con gente y armas y, atento a mi cesárea obediencia, traerás preso a mi presencia al Tetrarca, donde intento que su castigo me dé, de haber contra mí aspirado, satisfacción. Tú, porque Vase el capitán. en efecto eres criado en quien tal lealtad se ve, darte libertad espero, pero por rescate quiero que en canje tuyo me des el decirme cúyo es este retrato. ¡Aquí muero de confusión! Si le digo quién es, a amarla le obligo; desesperalle es mejor: halle imposible su amor al principio, pues consigo su olvido así. Esa pintura, que un tiempo fue llama pura, al soplo de un acidente es ya sombra solamente de una difunta hermosura. Casar con ella pensó Aristóbolo, mas no quiso amor que mortal fuera su dueño, y así, a otra esfera para sí se la llevó. ¿Muerta es esta beldad? Sí. Sin esperanza, ¡ay de mí!, ya con lástima la veo. Bien se logró mi deseo. Libre estás, vete de aquí. El cielo vida te dé. [Aparte.] De tanto infeliz suceso cuenta al Tetrarca daré, huyendo de aquí antes que se sepa quién es el preso. Vase. La muerte y el amor una lid dura tuvieron sobre cuál era más fuerte. Viendo que a sus arpones de una suerte ni el alma ni la vida sea segura, una hermosura amor divina y pura perficionó, donde su triunfo advierte, pero, borrando su esplendor la muerte, se vengó del amor y la hermosura. Viéndose amor entonces excedido, la deidad de una lámina apercibe a quien borrar la muerte no ha podido; luego bien el laurel amor recibe, pues de quien vive y muere dueño ha sido y la muerte lo es sólo de quien vive. Vase. Sale Libia. Por las faldas lisonjeras de estos elevados riscos, que son del puerto de Jafe enamorados narcisos, en tanto que Mariene, solo atenta a los delirios de sus hados, solicita con músicas divertirlos, a divertir yo también mis pesares me retiro, por no llorar los ajenos pudiendo llorar los míos. Sola estoy, salga del pecho en acentos repetidos mi dolor. ¡Ay,Tolomeo!, en tanto que lloro y gimo desdichas tuyas, admite este llanto que te envío, como en disculpa de que yo ocasioné tus peligros, pues ya fueras más dichoso si fueras menos querido. Cuando vitorioso, ¡ay, triste!, esperaba mi albedrío el casto fin de tu amor, muerto has llegado y vencido. Pues, ¿cómo, cómo mi pecho, cobardemente remiso, sin saber de ti, aunque sé que vives, pues que yo vivo, abandonando el secreto, no está repitiendo a gritos...? Por que aun no me consuelen lágrimas y suspiros, lleve el mar lo llorado y el aire lo gemido. La dulce voz de Sirene, por más que me ha aborrecido desde que supo ser yo por quien Tolomeo no vino en el casamiento que con él su padre hacer quiso, a su pesar lisonjera parece que habla conmigo y en mi favor, pues su acento a mi propósito dijo: Cantando y representando y salen Mariene y Sirene. Por que no me consuelen lágrimas y suspiros, lleve el mar lo llorado y el aire lo gemido. Nunca más, Sirene mía, tu voz me sirvió de alivio. Parece que te dictó mi pena el funesto ritmo de ese tono.Vuelve, vuelve otra vez a repetirlo. Y otras mil, pues ya sé que con lo que es triste te sirvo. A no mandárselo ella la pidiera yo lo mismo, pues a dos luces el tono está diciendo a dos visos: Por que no me consuelen lágrimas y suspiros, lleve el mar lo llorado y el aire lo gemido. Salen Filipo y el Tetrarca. Este es, señor, el puñal que ya una vez despedido de tu mano vuelve a ella. ¡Con cuánto asombro le miro, como a fatal instrumento! Mas di, ¿cómo se ha sentido Tolomeo? No es la herida, señor, de tanto peligro como la falta de sangre, de que va cobrando bríos. Buenas nuevas te dé Dios. La primera vez ha sido que llegó el contento acaso. ¡Mal haya voz que tal dijo, sino que ya hubiese muerto! ¿Mariene? Esposo mío. Girasol de tu hermosura, la luz de tus rayos sigo, bien como la flor del sol, cuyos celajes pajizos, tornasolados a rayos y iluminados a giros, le van siguiendo, porque, imán del fuego atrativo, le hallan su vista o su ausencia ya luciente o ya marchito. Ya que del fuego te vales, sea amor o sea artificio, yo también, pues, como aquel pájaro a quien fue su nido y su sepulcro una llama, enamorando el peligro, sobre la hoguera de pluma bate las alas de vidro hasta quedar en su incendio hijo y padre de sí mismo; así yo, que a tanto sol vida muriendo recibo, hasta que a sus rayos muera me parece que no vivo. Dejadnos solos. Fortuna, pues que favorable he visto tu rostro una vez, prosigue sin que tuerzas el camino –pues ya le anduviste– que hay desde el llanto al regocijo. Vase Libia y Sirene. Ya, divina Mariene, que sólo serán testigos de mi fineza estos mares y de mi afecto estos riscos, dejando aparte el cuidado de las nuevas que ha traído Tolomeo, porque sólo el tuyo vive conmigo, oye: este infausto puñal, acerado basilisco que siempre amenaza estragos o viendo él o siendo visto, es aquel que la dudosa ciencia del hado previno para homicida de quien más adoro y más estimo. Y, aunque es verdad que, constante, a acondicionados juicios no doy crédito y desprecio los contingentes avisos del hado y de la fortuna –dioses que coloca el vicio–, no sé qué nuevo temor en mi pecho ha introducido verle volver a mi mano, que con asombro le miro. Y del miedo y el valor ya animoso, ya remiso, sitiado a más no poder me quiero dar a partido, porque, aunque yo nunca crea casuales vaticinios, no los dudo, que no ignoro que ese estrellado zafiro, república de luceros y vulgo de astros y signos, a quien le sabe leer es encuadernado libro donde están nuestros alientos asentados por registro. Y así, ni dudando bien ni bien creyendo, imagino que el perfecto varón debe a los sucesos previstos darlos el crédito en una parte y en otra al olvido, aquí para no esperarlos y allí para prevenirlos. Yo, pues, entre ambos afectos vacilante y discursivo, ni creyendo ni dudando el puñal a tus pies rindo. Pónele a sus pies. Tú eres, bellísima hebrea, la luz hermosa que sigo, la imagen que sola adoro, la deidad que sola sirvo. No es posible que yo quiera, si inmortal al tiempo vivo, otra cosa más que a ti, tanto que mil veces digo que el imaginado monstro que te amenaza a prodigios es mi amor, pues por quererte a tantas cosas aspiro, que temo que él ha de ser quien labre nuestro obelisco. Pues, si lo que yo más quiero eres tú, y el cielo mismo no puede hacer que no seas sin borrar lo que ya hizo, tú eres a quien amenaza el cruel áspid bruñido que a tus pies se desimula entre dos cándidos lirios. Yo quise hacer imposible tu muerte cuando, atrevido, arrojé al mar el puñal, pero, habiendo una vez visto que aun en él no estás segura, pues por casos esquisitos podrá llegar donde estés, siempre ignorando el peligro, para más seguridad tuya, cuerdo he prevenido que tú, árbitro de tu vida, traigas tus hados contigo, que mayor felicidad nadie en el mundo ha tenido que ser a pesar del tiempo el juez de su vida él mismo. La parca, que nuestra edad tiene pendiente de un hilo, para que el tuyo no corte pone en tu mano el cuchillo. En tu mano está tu suerte, vive tú sola a tu arbitrio, pues al cortarle el aliento podrás embotarla el filo. Y si este amor y ese acero son hoy tus dos enemigos, mientras aquel te corona de mil laureles invictos, triunfa tú de ese, y al fin, dueño tú de tu albedrío, guárdate tu vida tú, húyete tú tu peligro, hazte tú tu duración, lábrate tú tus disinios, cuéntate tú tus alientos y vive al fin tantos siglos que los sepa la memoria y que lo sepa el olvido. Yéndose. Oye, aguarda, escucha, espera, que, aunque agradezco y estimo el don que a mis plantas pones, ni le aceto ni le admito, que en metáfora de áspid, al presumir que le piso, de mirarle me estremezco, de verle me atemorizo. Pero rompiendo al silencio las prisiones y los grillos con que en cárceles de hielo el pavor ponerle quiso, ya en mí cobrada, pretendo argüirte que no ha sido cuerda determinación –si bien de tu amor indicio– la que contigo has tomado y ejecutado conmigo. Dejo aparte si es jactancia el darse por entendido hoy mi amor de que yo sea del tuyo sujeto dino y, creyéndote cortés –pues por amante y marido me está también el creerlo–, de esta manera prosigo: si ese templado veneno es el que, cruel y esquivo, el hado esquivo y cruel contra mi pecho previno, ¿quién te persuadió, señor, quién te informó, quién te dijo que era la seguridad de mi vida traer conmigo la ejecución de mi muerte y que podrán ser amigos y hacer buena compañía la vida y el homicidio? Si este mi vida amenaza con estragos, ¿es motivo, para escusar que se encuentren, hacer que anden un camino y vayan de camarada el acaso y el peligro? ¿Fuera buena prevención, en el humano sentido, para estorbar que se abrase este eminente edificio, sitiarle de fuego? ¿Fuera bien, ya una vez encendido, para apagarle, sembrar de pólvora sus distritos? ¿Fuera, ya una vez cercado del negro alquitrán nocivo, bien darle espera a que soplen del helado norte frío los ábregos y los cierzos? Pues piensa que es esto mismo lo que intentas, pues intentas el que no estén divididos este puñal y este pecho; pues han de ser enemigos, por más que juntos los veas, cautelosamente impíos, vida y muerte, ira y piedad, sombra y luz, virtud y vicio. Confieso que la razón es fuerte, cuando advertido dices que no es ocultalle remedio, pues ya le vimos volver del mar a tu mano; y que será gran martirio, confieso también, estar dudando, siempre afligido un pecho, quién será ahora dueño de los hados míos. Pero entre apartarle tanto que dude quien habrá sido y acercarle tanto que sepa que está tan vecino, haya un medio, y sea ponerle con tal dueño y en tal sitio que le sepa y no le tema. Levántale. Tú le has de tener ceñido, pues, si del juicio me acuerdo, el astrólogo no dijo que habías tú de dar la muerte a lo que más has querido con él, sino que con él moriría y, pues colijo que puede aborrecer otro lo que tú quieres, delito será, echándole de ti, dar armas a tu enemigo, pues podrá venir a manos de quien me haya aborrecido. Así, señor, yo te ruego y así, mi bien, te suplico que tú, alcaide de mi vida, traigas el puñal contigo; con eso seguramente sabré que aquel tiempo vivo que tú le tienes. Y escucha otro argumento, te pido: o tú me quieres o no; si me quieres, no peligro, pues a lo que tú más quieras no has de dar muerte tú mismo; si no me quieres, no soy a quien arrastra el destino de tu amor, con que también de la amenaza me libro. Luego olvidada o querida, mis sobresaltos desvío, mis sospechas desvanezco, mis quietudes facilito, mis deseos aseguro, mis consuelos solicito, mis recelos acobardo y mis temores animo, sólo con que sea la guarda de mi vida tu cariño. Tanto, mi bien, la deseo, que a serlo desde hoy me obligo. ¡Y ojalá fuera verdad, no prevención, este estilo para que eterna vivieras! Y así, a tus voces movido, en tu nombre, Mariene, segunda vez me le ciño. Al tomar el puñal cajas y golpes dentro y salen capitán y soldados. ¡Sitiad la quinta, romped las puertas y entrad conmigo! Pero, ¿qué alboroto es este? ¿Quién ocasiona este ruido? Quien de parte de Octaviano viene, por haber sabido de Aristóbolo, que queda preso, el aleve motivo con que el ayudar a Antonio era aspirar al invicto laurel de Roma; y pues muerto él yace y tú convencido, con que queda único César Octaviano, a quien yo sirvo, date a prisión. ¿Yo a prisión? Y no intentes resistirlo, que toda Jerusalén, habiendo el caso entendido, está contra ti, y el orden es llevarte muerto o vivo. Muerto será, porque yo no he de darme a otro partido. ¡Ay, infelice! ¡A prisión te da! En vano me resisto. Vaya arrastrando a la nave. ¡Mariene! ¡Esposo mío! Retiralda a ella también, que enternecen sus gemidos. Tu amor a morir me lleva. El tuyo, no menos fino, antes que a ti padecerlo, me matará a mí el sentirlo. ¡Adiós para siempre! ¡Adiós, para nunca hallar alivio! Ya que a voluntad del hado... Ya que a elección del destino... ... toda mi vida es portentos. ... toda mi vida es prodigios. Segunda Jornada Córrese una cortina y vese a un lado del tablado el soldado primero como sustentando de la parte de abajo un retrato entero de Mariene y el soldado segundo de la parte de arriba como que le está colgando sobre una puerta que habrá en el vistuario. Ya que en sus melancolías no hay cosa que le divierta más que en varios trajes ver repetida esta belleza, y este es el mejor retrato de cuantos de la pequeña lámina al lienzo pasó del noble arte la excelencia, pongámosle de su cuarto sobre el marco de la puerta, para que cuando entre y salga a todas horas le vea. Bien has prevenido. Pues sea presto, que ya llega. Con la prisa que me das, no sé si bien puesto queda. ¡Quiera Dios que no se caiga, vencido el clavo o la cuerda! Quítase el soldado y sale Octaviano. Pasión tan desesperada que al primer paso tropieza en un imposible y cay en otro, queriendo, ciega, dar una esperanza viva en una hermosura muerta, bien se ve que no es pasión sino locura, y de tema tan invencible que triunfos, aplausos, lauros y empresas no la alivian, puesto que ni todo ni parte sean a echar de mí una aprehensión tan rebeldemente necia. Como mandaste, señor, que en todo Menfis se hicieran deste pequeño retrato varias copias, truje esta, por ser la más parecida. Dale el retrato. Dices bien, pues no pudiera haberla mejor sacado el pincel, cuando corriera las líneas y los bosquejos al lienzo desde mi idea. ¡Que nunca me hayas sabido, o con maña o con cautela, de Aristóbolo quién fuese alma de deidad tan bella! Con ese intento mil veces a la torre que le encierra de guarda entré, pero nunca lo supe, que de manera Aristóbolo ha perdido el juicio desde que en ella está, que es en vano ya que a nada en razón atienda. ¿Qué dices? Que solamente desatinos dice y piensa. No me espanto, ¡ay, infelice!, si la causa que le fuerza a perder el juicio ha sido perder esta hermosa prenda. ¿Cómo es compatible, ¡oh, rara beldad!, que un delirio sientan dos, uno porque te halle y el otro porque te pierda? ¡Qué mal hice cuando, necio de amor y de su violencia, culpé a Antonio que adorase a aquella gitana, aquella que en los teatros del mundo hizo la mayor tragedia! ¡Oh, qué bien vengado está de mi altivez y soberbia, pues para mayor trofeo con instrumento se venga tan fácil como un retrato, y ese de una beldad muerta! Cajas destempladas. Pero, ¿qué es aquesto? Cuando triste pronuncia mi lengua «muerta beldad», me responden las cajas y las trompetas destempladas. ¿Si los cielos, si los montes, si las selvas, si los vientos, si los mares, cuando mi voz les acuerda de igual pérdida la ruina, compadecidas celebran desta difunta hermosura repetidas las exequias? Las cajas. Otra vez, ¡piadosos cielos!, suena el rumor de más cerca. Ved quién ese pavor causa. Mucho estraño que las señas no te lo digan, pues es ceremonia usada esta de los bárbaros gitanos siempre que rendida o presa alguna persona real en su corte sale o entra. Pues, ¿quién entra o sale hoy o preso o rendido en ella? Sale. El Tetrarca, a quien tú diste orden de que yo le prenda, y viendo cuánto supone virrey que por ti gobierna, usando la ceremonia de que con sus armas venga y con salva se reciba, bien que trágica y funesta, llega a tus pies. La caja, soldados y el Tetrarca. Más estimo ver postrada esa soberbia que el alto triunfo con que Roma recibirme espera. Quede él solo y los demás salgan, Patricio, allá fuera, que, por si acaso mi enojo tras sí mis acciones lleva, no quiero que nadie airado con un rendido me vea. Templad vos, pues soy mi espejo, mi cólera. Mira al retrato que tendrá en la mano. Suerte adversa, ¿a qué más pudo llegar de tus ceños la influencia? Invicto Octaviano, cuyo nombre en láminas eternas el tiempo escriba dictado de las plumas y las lenguas, a tus pies llego ofendido, porque para que vinieran mi lealtad y mi valor a rendirte esta obediencia no era menester que fuesen por mí, que el que se respeta por fuerza cuando por gusto puede, a sí mismo se afrenta, pues quita a la voluntad lo que le añade a la fuerza. Alarga la otra mano en que no tiene el retrato y el Tetrarca al besar la una mira a la otra. Dame tu mano... Mas, ¡cielos divinos!, al besar esta, ¿qué es lo que en aquella miro? ¿Habrá en el mundo quien beba dos venenos a dos manos y a un mismo tiempo los sienta en los labios y en los ojos? Volviendo la espalda y él de rodillas tras él. Si informado no estuviera de mi razón, a la tuya bastante crédito diera, pero si son destempladas cláusulas –que no concuerdan esa afectada humildad con tu traidora soberbia–, no violencia, no rigor, la prevención te parezca, que con vasallos que son de los de «viva quien venza», fuerza es que la voluntad se aproveche de la fuerza. ¡Mortal estoy! ¡Dadme, dioses, valor, que quizá no es ella! ¡Que tan presto la ocultase! Si contra mí te aconseja quien pretende... No presumas que, mal advertido, hiciera estremos tales; de ti sé la ambición con que intentas conspirar al sacro imperio, a cuyo efeto la guerra mantenías, dando a Antonio los socorros para ella. Saca unas cartas y póneselas con el retrato. Estas firmas te convencen: de ellas lo sé. Llega, llega, míralas bien, tuyas son, míralas. Ya miro, al verlas, mi muerte más declarada de lo que aun tú mismo piensas. Pues... yo... si... Esa turbación es ya segunda evidencia. Pero quien a un idumeo honró, baja estirpe hebrea rebelada de sus nobles tribus, esto y más merezca. Y así, mientras tu castigo a los demás escarmienta, sabe que soy Octaviano, que soy el único César de Roma, que el Nilo y Tíber humildes mis plantas besan y que a cuantos contra mí, con traiciones, con cautelas, quieran conspirar, negando a mi poder la obediencia, seré yo quien los corone del laurel, para que sean, con un impulso a mis plantas, con una acción a mis huellas, dos trofeos de una vez mi laurel y su cabeza. Vase hacia la puerta del retrato. ¡Que esto escuchen mis oídos y aquello mis ojos vean sin que el dolor me despeñe! Yo he de morir, cosa es cierta, a sus manos o a mis celos; pues él a mis celos muera y a mis manos, que una vida tan grande no es bien se venda a menor precio. Al entrarse Octaviano va a darle el Tetrarca, cae el retrato, clava en él el puñal y él vuelve. ¿Qué es esto? Desesperada impaciencia que ha de costarme el decirla aún mucho más que el hacerla. ¿Tú con el desnudo acero, cuando yo la espalda vuelta y entre tu acero y mi espalda esta hermosa imagen puesta? ¿Tú turbado, yo seguro y ella herida? ¿Tú con muestras de venganzas, yo de agravios y ella de piedades? ¿Muerta tú la acción, yo vivo el riesgo y ella ofendida? ¡Vive ella –que como a deidad que adoro bien puedo este obsequio hacerla–, Toma el puñal. que este sacrílego acero, ya que horrores representa, el instrumento ha de ser, pues lo fue de tu violencia, de tu castigo! ¡Vea el mundo que el que me agravia, me venga! ¡Hola! Capitán y soldados. ¿Señor? A la torre, donde su hermano se encierra, llevad también al Tetrarca, donde sólo un criado tenga de los que le hayan seguido. Cuando mi sepulcro sea, la vida debo a un puñal; yo le pagaré con ella. Llévanle. Y yo la vida a un retrato. Y pues que de otra manera no puedo, con adorarle también pagaré mi deuda. Vase. Vuelve a cubrir la cortina el retrato y salen dos soldados y Polidoro paseándose. ¡Grande es tu melancolía! ¿Melancolía decís, bergantonazo? ¡Mentís! Pues, ¿qué es esto? Hipocondría, que un príncipe como yo no había de adolecer vulgarmente, ni tener mal que tiene un sastre. No te enojes de eso. Sí quiero, que estar triste solamente no es achaque competente de un príncipe prisionero, y más si se considera la grande superchería con que de noche y de día me tratan. ¿De qué manera? ¿De qué manera, picaño? ¿Qué príncipe se prendiera donde una infanta no hubiera que, condolida a su daño, con músicas le avisara desde el cubo del terrero y a pagar de su dinero las guardas le sobornara, para que una noche obscura, en dos caballos los dos, por parque a la paz de Dios se fuesen a su ventura? Si estuviera por acá –así saber algo trato– la dama de aquel retrato, quizá ella... Claro está que mirara por su honor; y caso que allá estuviera preso un infante y no hubiera tenídole mucho amor, las desdichas acabadas desta mi prisión cruel, por no haberse ido con él, la matara yo a patadas, según la adoro .Y sospecho que si dónde estoy supiera, estrafalaria viniera por mí. Lo medio está hecho, porque yo, compadecido, aderezo te traeré de escribir. Vase. Yo un propio haré al punto que haya sabido dónde se ha de encaminar la carta. ¿Qué dices? Digo lo que por ti hacer me obligo. Mil abrazos te he de dar mientras, habiendo avisado y librádome mi dama, te hago el hombre de más fama. No es aquese mi cuidado, [Aparte.] que más que espero de ti, de Octaviano espero, pues con eso sabrá quién es dueño del retrato. Aquí hay ya de escribir recado. ¿Con su tinta y pluma? En él se dice todo. ¿Papel? También. ¿Batido y dorado? No, pero el que bastará. ¿Polvos? Polvos hay. ¿Oblea, lacre y sello? Sí. Pues, ¡ea!, llegadme el bufete acá. ¿La silla? Pónenle todo lo que ha dicho y lléganle bufete y silla. Ya está llegada. ¿Papel, tinta y pluma aquí no hay? ¿Polvos y sello? Sí. Pues aún no tenemos nada. ¿Qué falta de prevenir? Lo mejor. Sepa qué fue, volando por ello iré. El que yo no sé escribir. ¿Agora sale con eso el tonto? ¿El loco? ¿El menguado? Maltrátanle los dos. ¿Quién vio príncipe aporreado? A la puerta el capitán y Tetrarca, y los dos le vuelven a poner capa y sombrero como que le sirven. Esta es la torre en que preso Aristóbolo está, en ella dejarte el César mandó. Gente en la prisión entró. No vean que le atropella nuestro enojo, que han mandado con respeto le tratemos. Que le servimos mostremos. ¿Cómo tu alteza ha pasado la noche? Mal, y peor la mañana, que a porrazos aquestos picaronazos me han muerto. Da tras ellos. ¡Tente, señor! ¿Qué haces? Reñir, vive Apolo, a manera de valiente al uso, que habla si hay gente y calla cuando está solo. Advierte que a estar contigo viene el Tetrarca, tu hermano. ¿El Te... qué? El Tetrarca. En vano es ya escusarse el castigo de haber tal engaño hecho. Llegad, bien podéis llegar con Aristóbolo a hablar. ¡Qué miro! Mas ya sospecho que hay algún secreto aquí, pues con su nombre no inoro que esté preso Polidoro para grande fin, y así, disimular me conviene. Dame en mis últimos plazos, Aristóbolo, los brazos... Borracho el Tetrarca viene. ¡Aristóbolo me llama! ... ya que en mis penas el cielo no me deja otro consuelo que ver mentida la fama que de tu muerte corrió. ¡Vive Dios que insiste en ello! ¿Que fuera que sin sabello fuese Aristóbolo yo? Dejarlos solos es bien; que hablen los dos, pues es llano que a algún efeto Octaviano quiso que juntos estén. Vanse capitán y soldados. ¿Estamos ya solos? Sí. ¿Qué es aquesto, Polidoro? Un fingimiento que lloro. ¿De qué suerte? Escucha. Di. Que este vestido lucido me dio mi amo es lo primero, que parezca caballero un pícaro bien vestido lo segundo, con que el día que el César triunfante entró y a Antonio y Cleopatra halló en su fatal bobería, prisioneros nos hicieron, y como iba galán yo con la caja en que guardó cartas y joyas, creyeron que era Aristóbolo. Él el engaño prosiguió, con que me aristoboló y yo le polidoré. Que fue de él no sé, que están mis ansias con luz tan ciega, sin ver si vienen ni van, en un callejón Noruega aprendiendo a gavilán. Ya que de aqueso informado estoy, a un lado te aparta, que tengo que hablar conmigo. Esa es la dicha más rara de un buen hablador: toparse con quien no le diga nada y le oiga cuanto él diga. Vase. Ya que solo me veo, salgan en lágrimas y suspiros, sin estruendo de palabras, a los labios y a los ojos tan cautelosas mis ansias, que saliendo de ella aún no las eche menos el alma. ¿Qué es esto, cielos, qué es esto –¡ay de mí!– que por mí pasa?, que bien será menester que vuestra autoridad valga mi crédito, porque es tal el tropel de mis desgracias que aun pasando a la esperiencia se me queda en la ignorancia. Dejo aparte que del sacro laurel pierda la esperanza, dejo haberme convencido de mis disignios mis cartas, dejo el castigo forzoso de acción tan desesperada como que a morir matando me despeñase mi saña, pues la desesperación, disignios y ambición paran solo en pensar que ya tengo el cuchillo a la garganta, y voy a que otro dolor es tal, que el morir no basta para acabar con él, puesto que en mí el frase se adelanta de «a la garganta el cuchillo», pues dirá desde hoy mi patria que «el cuchillo al corazón» murió su infeliz Tetrarca. Al corazón dije y dije bien, que él es a quien traspasa ver en poder de Octaviano a Mariene retratada y en dos partes, como quien dice que la luna clara de un espejo, si está entera hace un rostro y si quebrada dos, mostrando que en abusos de supersticiones varias, el espejo que se quiebra siempre agüeros amenaza, y es el mayor haber visto a Mariene con dos caras. Bien discurro yo en que una hermosura soberana por soberana hermosura solamente la retratan, sin más intención que el serlo, o la excelencia o la gala del artífice; bien creo que al verla, el no recatarla de mí es ignorar quién sea, que ser mi esposa y mostrarla era cosa muy indigna para dicha cara a cara, cuando no por mí, por ella. Pero todo esto no salva el que no tenga interior afecto –¡ay de mí!– de amarla quien no contento con una en la mano, otra en la sala, jura por ella el haber de tomar de mí venganza. Y pasando a que el puñal A marchar. en su pecho... Mas, ¿qué cajas a marchar tocan? ¿Habrá quien en esta triste estancia me diga qué marcha es esta? Sale Filipo. Sí. ¿Quién? Yo, a quien adelanta su lealtad a ser, señor, el criado que se manda que solo te asista. ¡Oh, cuánto el ser tú quien me acompaña estimo! No es leal el que no lo es hasta las aras, y así, aqueste breve tiempo que le queda a tu esperanza de vida –pues se presume que antes que de Egipto salga Octaviano su rigor en ti ejecute– mis canas, mi amor, mi fe, mi alma y vida vienen a ver qué me encargas. ¿Tan breve y tan cierta es mi muerte? El que su jornada apresure lo adivina. ¿Cómo? Como hace la marcha a Jerusalén, por si hay, muerto tú, novedad. Calla, Filipo, no me lo digas, que tú eres el que me matas antes que él. ¿Yo, señor? Sí, pues tú el morir me adelantas. ¡A Jerusalén el César, donde –¡los cielos me valgan!– halle a Mariene viva quien la idolatró pintada! ¡Él vitorioso, yo muerto y ella querida! ¿Qué aguarda mi desesperado amor? ¿Qué haces? Quitarte la espada para arrojarme sobre ella, que más valor y más causa tengo yo que Antonio. Mira... Si haré, si me das palabra de hacer por mí una fineza. No habrá cosa que no haga yo por ti. ¿Si es prodigiosa? Ningún prodigio me espanta. ¿Si es terrible? Que lo sea. ¿Cruel? ¿Qué importa? ¿Temeraria? Valor tengo para todo. ¿Fiera? Nada me acobarda. ¿Y si es bárbara? Tampoco. Pues escucha... pero aguarda, que es tal la resolución, que para representarla a los teatros del mundo como, al fin, trágica farsa, pues hay recado, quiero antes con escribirla, ensayarla. Pónese a escribir. ¿Qué será resolución que con prevenciones tantas piensa? Apenas dos renglones escribe y cierra la carta, cuando a mí vuelve. Oye agora. Sí haré, con vida y con alma. Si todas cuantas desdichas, si todas cuantas desgracias ha inventado la fortuna –deidad de los hombres varia– se perdieran, todas juntas hoy en mí sólo se hallaran, que soy epílogo y cifra de las miserias humanas. Yo, que ayer de Mariene esposo y galán, con raras muestras de amor coroné de vitorias mi esperanza, hoy lloro agravios, sospechas, temores, desconfianzas y... celos iba a decir, pero imaginallos basta. Yo, que ayer de Palestina gobernador y Tetrarca, no cupe ambicioso en cuanto el sol dora y el mar baña, hoy pobre, triste y rendido, entre dos fuertes murallas aprisionándome el vuelo, tengo abatidas las alas. Yo, que del laurel sagrado ayer pretendí las ramas, siempre verdes a pesar de los rayos que las guardan, hoy, segur suya mi acero, veo que sus pompas tala solamente por llegar embotado a mi garganta. Pluguiera al hado, pluguiera al cielo que aquí pararan sus presagios y que en mí se desmintiera la ingrata indignación de un destino, pues muriendo yo a la saña del temple infausto, pudiera persuadir a la ignorancia que ya de lo que más quise ejecutó la amenaza. Mas, ¡ay triste, ay infelice!, que no soy yo a quien más ama mi misma vida, sabiendo que también ella, tirana, me aborrece por ser mía y no con morir acaban mis desdichas, que inmortales más allá del morir pasan. Octaviano... –al pronunciarlo valor y aliento me faltan– Octaviano adora... –¿cómo lo diré sin que me añada dolor a dolor?– ... adora a Mariene. Pintada dos veces la vi y dos veces a él gentil, pues idolatra una vez a un sol sin luz y otra a una deidad sin alma. ¡Mal haya el hombre infeliz, otra y mil veces mal haya el hombre que con mujer hermosa en estremo casa!, que no ha de tener la propia de nada opinión, pues basta ser perfeta un poco en todo pero con estremo en nada, que es armiño la hermosura que siempre a riesgo se guarda: si no se defiende, muere, si se defiende, se mancha. No, pues, mi ambición, Filipo, no mi atrevida arrogancia, no el ser parcial con Antonio, no mi poder, no mis armas me aflige, me desespera, me precipita y me arrastra, sino el ser de Mariene esposo. ¡Oh, caigan, oh, caigan sobre mí mares y montes! Aunque, si de ofensas tantas el peso no me derriba, no me rinde, no me agrava, el de los montes y mares no me agobiará la espalda. Y así, viendo cuánto a instantes mi vida cuenta la parca y cuánto a brazo partido en esta lóbrega estancia luchando estoy de mi muerte con las sombras y fantasmas, viendo en fin que apenas hoy en una pública plaza seré horror de la fortuna, seré del amor venganza, cuando él sea, ¡ay, infelice!, –pues a Jerusalén marcha, donde es fuerza que la vea– en tálamos de oro y grana heredero de mis dichas, dueño de mis esperanzas, muero de agravios y celos que matan porque no matan. Dirásme que qué me importa, pues con la vida se acaban las desdichas. ¡Ay, Filipo, cuánto esa opinión engaña!, que amor en el alma vive y si ella a otra vida pasa, no muere el amor, sin duda, puesto que no muere el alma. ¿Él no nace de una estrella ya propicia o ya contraria? Pues, ¿cómo faltará amor mientras la estrella no falta? ¿Quieres ver cuál es la mía? Pues, si pudiera apagarla, hoy con el último aliento lo hiciera, por que faltara del cielo y otro ninguno en su gracia o su desgracia no naciera como yo, porque como yo no amara. Y en fin, ¿para qué discurre mi voz? ¿Para qué se cansa? Otra pena, otro dolor, otro tormento, otra ansia en el corazón no llevo sino sólo ver que aguarda Mariene ser empleo de otro amor, de otra esperanza. Sea barbaridad, sea locura, sea inconstancia, sea desesperación, sea frenesí, sea rabia, sea ira, sea letargo o cuanto después mis ansias quisieren, que todo quiero que sea, pues todo es nada como no sean mis celos. Y así, pues que la palabra me has dado de obedecerme, haz lo que mi amor te encarga: vuelve a Jerusalén, vuelve a la esfera soberana del mejor sol de Judea y, en diciéndote la fama que he muerto, en el mismo instante con mortal eclipse apaga a la tierra el mejor rayo, al cielo la mejor llama, al campo la mejor flor, la mejor estrella al alba. Tolomeo, que quedó por capitán de mis guardas y siempre a Mariene asiste –sin poder seguirme, a causa de quedar convaleciente de aquella herida pasada– dará la ocasión, a cuyo fin, para él es esta carta. De él te fía, pues no dudo, previstas las circunstancias de un veneno u de un dogal, que él te guarde las espaldas. Muera yo y muera sabiendo que Mariene soberana muere conmigo y que a un tiempo mi vida y la suya acaban, pero no sepa que yo soy el que morir la manda, no me aborrezca el instante que pida al cielo venganza. No te acobarde lo horrible de una historia tan estraña, que cuando mormuren unos que hubo quien dejó por manda un homicidio, creyendo que así sus penas engaña, que así sus quejas desmiente, que así desdice sus ansias, que así enmienda sus celos, otros habrá que la aplaudan, pues no hay amante o marido –salgan todos a esta causa– que no quisiera ver antes muerta que ajena a su dama. Bien quisiera responderte, mas no es posible, que baja mucha gente a la prisión. Por si vienen por mí, salga mi valor a recebirlos. Tú, cobrando la ventaja que puedas, parte, Filipo, al instante. Señor... Calla, que sé que tienes razón, pero no puedo escucharla. Ni yo decirla, que llega ya la gente. Esferas altas, cielo, sol, luna y estrellas, nubes, granizos y escarchas, ¿no hay un rayo para un triste? Pues si agora no los gastas, ¿para cuándo, para cuándo son, Júpiter, tus venganzas? Vanse. Las cajas, y salgan por una parte Aristóbolo y soldados y por otra Mariene y damas. Dame otra vez los brazos por que coronen tan hermosos lazos hoy la esperanza mía. Mi vida, hermano, a tu valor se fía. Publiquen pues, tus glorias, que victorias de amor son mis victorias. Ya que por la lealtad de Polidoro –como te dije, con mi nombre preso– de un infeliz a otro infeliz suceso pude llegar donde tu luz adoro y donde a tu obediencia y tu decoro atenta, dignamente, nuestra nación de su alistada gente general me ha nombrado, cumpliré la palabra que te he dado de morir animoso o traerte libre a tu adorado esposo. ¡Oh, cúmplamela el cielo! Y, pues el campo de cristal y hielo de aquí a Egipto es tan breve, por ese pasadizo que de nieve o se encrespa o se eriza cuando el copete de su frente riza, presto la nueva espero de que a mi amor desempeñó tu acero. Si tu amor va conmigo, fácil empresa, fácil triunfo sigo. Caja. Sale Tolomeo. Ya el campo cristalino tanto pez de madera, ave de lino admite en sus esferas, que parecen las ondas lisonjeras, ocupando horizontes, una vaga república de montes. Y pues noble no queda que escusarse a tan alta facción pueda, que me des, te suplico, licencia... Antes de oírla la replico. Capitán de mis guardas te ha dejado mi esposo, su palacio te ha fiado, no es asistirme a mí menos ufana facción que esotra. Dice bien mi hermana, y pues el cargo que os quedéis abona, mirad que me miréis por su persona. Obedecerte espero. Y yo veros partir a todos quiero, porque os den para iros agua mis ojos, viento mis suspiros. La caja. Vanse Mariene, Aristóbolo y soldados. Permita la ocasión a mi deseo el que de tu salud, ¡oh,Tolomeo!, el parabién te dé, si bien pudiera dármele a mí mejor de que no hubiera Mariene admitido la fineza de ir, que hubiera sido doblada la dolencia consolar un dolor con una ausencia. Agradezca, señora, el favor toda un alma que te adora, y –pues, como a milagro suyo, mi vida a tu deidad consagro– que el morir sentía no, Libia hermosa, no porque moría, sino porque sin verte, pagaba con dos vidas una muerte. Responderte quisiera, mas la reina, que ocupa la ribera, me echará menos. Sólo te prevengo que ya falseada para vernos tengo del jardín esta llave. Si ser amor ladrón de casa sabe, dame la llave agora y apenas desdoblar verás, señora, la falda que arrugó la noche fría sobre la hermosa variedad del día, cuando entre en el jardín y sean sus flores los testigos no más de tus favores, siendo sus pompas bellas, si flores para ti, para mí estrellas. Toma y advierte no entres –que quejosa de ti Sirene y de mi amor celosa anda– hasta... Mas no puedo proseguir. Adiós, pues. Confuso quedo. Oye, espera. No faltes desta parte, que yo, si puedo, volveré a informarte. Aunque en la paz me quedo, temer más guerra en mis sentidos puedo que tienen mar y tierra, pues incluyen más guerra que tierra y mar el ansia y el cuidado del que, aquí aborrecido y allí amado, lidia con su deseo, siendo Sirene y Libia... Dentro Filipo. ¡Tolomeo! ¡Cielos! ¿Llamáronme? Sí. ¿Quién? Sale Filipo con banda al rostro. Un hombre que ha llegado en un barco que ha volado desde el mar de Egipto aquí, y que sin ser conocido de otro –a cuyo fin, cubierto el rostro ha tomado puerto en sitio más escondido– a solas tiene que hablaros. Seguidme. ¿No me diréis quién sois? Después lo sabréis. ¿Quién vio sucesos más raros? Guiad, pues. Sí haré, que ninguno me ha de ver hablar con vos. Éntranse y vuelven a salir por otra puerta. Ya estamos solos los dos y el sitio es tan oportuno que es apartado lugar. Pues leed ese papel, que, en viendo lo que hay en él, tenemos mucho que hablar. Cada punto, cada instante añadís al corazón otra nueva confusión. Aún más quedan adelante. Leed, que más duda os espera, entre piadoso y cruel. Del Tetrarca es el papel y dice... Desta manera, descubriendo su intención, lo que hay en él he de ver para ver qué debo hacer. Notable es mi confusión. Lee. «A mi servicio conviene, a mi honor y a mi respeto que, muerto yo, con secreto, deis la muerte a Mariene.» Hombre que de asombros lleno trais en carta tan sucinta del rejalgar de su tinta conficionado el veneno, si conjuración ha sido la desta temeridad y a examinar mi lealtad de parte suya has venido, no sólo en lo que contiene mi honor convendrá, mas piensa que he de morir en defensa de mi reina Mariene. Y pues traidor, ¡vive Dios!, eres –que no te encubrieras el rostro si noble fueras– y estamos solos los dos, te tengo de hacer pedazos entre mis brazos. Descúbrese. No harás, que yo no esperaba más para darte mil abrazos. ¡Filipo! ¿Qué es lo que veo? ¿Tú sospechoso? ¿Qué miro? Ya con más causa me admiro, con más razón no lo creo. El Tetrarca para ti con esa carta me envía, que de los dos sólo fía la acción que contiene en sí. Muerto él, nos manda que muera Mariene, pero ya que de tu valor está vista la fe verdadera, quédese el caso encubierto, que si él vive, estarlo es bien, y si acaso muere, ¿quién ha de obedecer a un muerto? Dices bien, pero aunque es mucha mi duda, sepa qué es esto. ¿Quién en tal furor le ha puesto? Si quieres saberlo, escucha: Octaviano, enamorado de un retrato que... Detente, que por aquí viene gente. A los dos nos ha importado que no me vean, y así, por desmentir la sospecha, quédate a hacer la deshecha y vente después tras mí, que en ese monte te espero y mil prodigios sabrás. Vase. ¿Qué tengo que saber más, si ya de lo que sé muero? Mariene era, ya torció a los jardines el paso. Y yo, suspenso del caso que me ha sucedido, no sé de una acción tan cruel cuántas cosas anticipo. Vuelva a seguir a Filipo, volviendo a leer el papel. Sale Sirene. Decidme si por aquí ha pasado Mariene, que en su seguimiento... Pero, si hubiera visto quién eres, ni aun esto te preguntara por no hablarte, por no verte. Espera, Sirene, aguarda. ¿Para qué, tirano, aleve, ingrato, falso, inconstante? Para que sepas, Sirene, que los hombres como yo, con principales mujeres bien pueden no ser amantes, pero no, no ser corteses. Yo, por soldado no tuve inclinación... Cese, cese tu voz, que aun satisfacciones de ti no quiero. Al paño ¡Valedme, cielos! ¿Qué escucho? Mas, ¿cómo lo dudo? Pues claramente dice que la satisface la que dice que no quiere oír satisfacciones. Ya que aquesta ocasión ofrece el acaso de encontrarme, por mí mismo has de oírme; atiende. No haré tal, que cortesana yo también, no quiero hacerte el pesar de que no leas el papel que te divierte tan a solas; y así es bien, por que él sea el que me vengue, mostrando cuán poco o nada mis vanidades lo sienten, que pues leyéndole te hallo, que leyéndole te deje. Vase. ¿Qué papel, cielos, será el que la venga y la ofende? Haces bien, pues aunque vuelva a leerle una y muchas veces, una y muchas volveré a dudar lo que contiene. Mi sufrimiento ¿qué aguarda? Lee Tolomeo. «A mi servicio conviene... ¡Suelta, ingrato! ¿Qué es aquesto? Saber qué papel es este. Pues no lo has de saber, Libia. ¿Cómo no? Si es que merece algo contigo mi amor, si me estimas, si me quieres, débate yo la fineza de no verle. ¿Qué es no verle? Si lo que a decirte vengo es que en el jardín no entres de cuya puerta la llave mi amor te entregó imprudente hasta que una seña mía te asegure de Sirene, porque quejosa de ti y de mí celosa, suele estar en él a deshoras, ¿cómo, di, ingrato, pretendes, hallándote con la misma de quien recatarte debes, dándola satisfacciones y diciendo ella que aqueste papel la venga de ti, que sin mirarle le deje? Aunque tienes razón, Libia, ¡vive Dios que no la tienes! El papel ni a ella ni a ti toca y en fin, no has de verle. He de verle. Mira... ¡Aparta! Considera... ¡Quita! Advierte... ¿Tú tan desatento? Sí. ¿De qué suerte? Desta suerte. ¿Tú conmigo tan grosero? ¿Tú conmigo tan aleve? ¡Suelta el papel! Por entre los dos el papel y sale Mariene. ¿Qué papel? ¡Grave mal! ¡Desdicha fuerte! ¿Qué pudiste engendrar, Libia, sino áspides y serpientes? ¿Qué más áspides que celos? Pues, ¿qué atrevimiento es este? ¿Así mi esplendor se agravia? ¿Así mi sombra se ofende, mi decoro se aventura y mi respeto se pierde? ¿En mi casa y a mis ojos vuestras acciones se atreven a profanar un palacio, templo de honor tal, que a verle el sol no entrara, a no entrar con disculpa de que viene a darle luz, que hasta el sol aun no entrara de otra suerte? Dame tú esa parte, tú esotra; de ellas conviene informar a mi recato. Que es una víbora advierte, que, dividida en mitades, con cualquiera estremo muerde. Vete, tú, Libia, de aquí. Piedad es el que me ausente por no verla tan airada. Vase. Tú también, ¿qué aguardas? ¡Vete! Si por ventura han podido mis servicios merecerte sola una merced que sea capaz de muchas mercedes, deja ese papel y no, señora, le leas. Atiende que cuanto por verle ahora, darás después por no verle. ¿Qué deseo de mujer se rindió al inconveniente? El que advertido de mí sepa que, a fin diferente de que llegase a tus manos, está inficionado ese papel de un mortal veneno tan riguroso y tan fuerte que matará a quien le mire, que es la causa porque leerle a Libia le defendía viendo que entre estos laureles era ella quien le había hallado, no siendo ella a quien previene matar mi fe en tu servicio, que hay en él algún aleve con quien se escribe Octaviano. Y así, que de ti le eches con lágrimas a tus pies te suplico humildemente. Quien advierte de un peligro nunca suplicando advierte, porque el beneficio manda y no ruega; luego mientes, que, si estos estremos haces cuando me acuerdas los bienes, ¿qué dejas de hacer, qué dejas, cuando los males acuerdes? Letra del Tetrarca es, con que ya se desvanece el que fuese tuyo y yo, que viva o muera he de leerle. ¡Ay, infelice de ti! Dice a partes desta suerte: «muerte» es la primer razón que he topado, «honor» contiene esta, «Mariene» aquí se escribe... ¡Cielos, valedme! que dicen mucho en tres voces «Mariene», «honor» y «muerte». «Secreto» aquí, aquí «respeto», «servicio» aquí, aquí «conviene», aquí «muerto yo» prosigue... Mas ¿qué dudo, si me advierten los dobleces del papel adónde están los dobleces llamándose unos a otros? Sé, ¡oh, prado!, lámina verde en que ajustándolos lea: «A mi servicio conviene, a mi honor y a mi respeto, que muerto yo, –¡hados crueles!– deis... –¡con qué temor respiro!– deis la muerte a Mariene.» Bien dijiste que era fiero tósigo y veneno fuerte, puesto que si no me mata, por lo menos lo pretende. ¿Quién este papel te dio? Filipo, que con él viene de Egipto. Pero, señora, estar satisfecha puedes de su lealtad y la mía, que los dos... Otra vez mientes, que él ni tú no sois leales, pues cobardes, pues aleves, o viva o muera no sois, como debéis, obedientes al precepto de mi esposo. ¿Quién más es cómplice en este secreto? Nadie, señora. Pues mira lo que te advierte mi voz: que ninguno sepa, ni aun Filipo, que a entenderle llegué yo. Un mármol seré. Vase. ¡Oh, infelice una y mil veces la que se ve aborrecida de la cosa que más quiere! ¿En qué, amado esposo mío, en qué mi vida te ofende? ¿Qué te pesa de que viva la que de adorarte muere? Cuando yo tu libertad trato y a imperios de nieve doy, Semíramis de ondas, Babilonias de bajeles; cuando en mi imaginación, después que vives ausente, adorando estoy tu sombra y a mis ojos aparente, por burlar mi fantasía abracé al aire mil veces, ¿tú en una obscura prisión, funesto, mísero albergue, en vez de abrazar mi imagen estás trazando mi muerte? O te quiero o no: si no te quiero, ¿no es más decente a un noble que de mujer que le olvida no se acuerde? Y si te quiero, ¿por qué después de muerto pretendes que muera? ¿No sabré yo, sin mandarlo, obedecerte? Luego olvidando, ¡ay de mí!, o queriendo, de una suerte ofendes tu vanidad o mi gratitud ofendes. Si del mundo el mayor monstruo me está amenazando en ese encuadernado volumen, mentira azul de las gentes y tú me matas, será bien decirse de ti que eres el mayor monstruo del mundo. Mas, ¡ay!, que en llegando a este término no sé qué nuevo espíritu me enfurece, y pues me tocan al arma afectos tan diferentes de los míos, ¡plegue al cielo, fementido esposo aleve, que el socorro que te envío nunca a tomar puerto llegue! Entre las Sirtes y Escilas de Egipto a pique le echen los zozobrados embates, los contrastados vaivenes de las ráfagas de Eolo a los sepulcros de Tetis. No sólo en tu libertad milite, pero de suerte irrite a Octaviano que, apresurando tu... ¡Tente, lengua!, no su muerte digas, basta que él diga mi muerte; que una cosa es ser quien soy y otra ofenderme él. ¡Oh, plegue al cielo que vitoriosa tan en su favor navegue la armada de tu socorro, que sobre el puerto de Menfis en tan grande estrecho ponga la confusión de sus gentes, que temerosas de que las mías sus muros entren a sangre y fuego, a partido reducidas me le entreguen vivo, para que a mis brazos...! Pero, ¿qué digo? Suspende, lengua, otra vez el acento, si no es que decir intentes a mis brazos, para que vengativa y impaciente en ellos le haga pedazos. ¡Ay de mí! ¡Qué fácilmente de un estremo a otro se pasan en afetos de mujeres las lástimas a ser iras y los favores desdenes! De mujeres dije, pero dije mal, que escluirse deben las mujeres como yo de lo común de las leyes. Y, pues piadosas en una parte y en otra crueles mis ansias lidian, en tanto tropel como me acomete de divididos afectos, de encontrados pareceres y opuestas obligaciones, ¡deme el cielo industria, deme medio el hado para que tan unas con otras temple que, como esposa ofendida y como reina prudente, cumpla con el mundo y cumpla conmigo cuando a ver lleguen cielo, sol, luna y estrellas, astros y signos celestes, montes, mares, troncos, plantas, hombres, fieras, aves, peces, que como reina perdone y como mujer me vengue! Tercera Jornada Suenan instrumentos músicos en una parte, y en habiendo representado y cantado sus versos, suenan en otra cajas destempladas y dice dentro Mariene los suyos, y luego en medio suenan algunos tiros y chirimías y salen al tablado Octaviano, capitán y soldados. ¡Viva Octaviano! ¡Viva! Y en los campos de oriente... Y en los campos de oriente... Ciñan su augusta frente... Ciñan su augusta frente... Sacro el laurel, pacífica la oliva... Sacro el laurel, pacífica la oliva... La caja. La aclamación festiva, convertida en lamento de mísero concento, diga de otra manera: que muera yo donde mi esposo muera. ¡A tierra, a tierra! La salva. Marche, herido el bronce y castigado el parche, a la ciudad en orden nuestra gente. La salva y salen Octaviano, capitán y soldados. Salve, oh, tú, gran metrópoli de oriente, Jerusalén divina, salve, oh tú, emperatriz de Palestina y del Asia señora, que en el rosado imperio del aurora, con luciente voz muda, el sol en su primera edad saluda. Salve otra vez y admite tu César, cuyo nombre, que compite al tiempo y al olvido, dos veces al laurel restituido pisa tu arena: una a favor del valor y la fortuna y otra, por más blasones, a pesar de traidoras sediciones, pues cuando presumías que del romano yugo sacudías la cerviz, con haber hoy enviado a Aristóbolo en tanto leño alado a librar tu Tetrarca, yo, como en fin, caudillo de la parca, habiéndole encontrado en el camino y a fuerza del destino dejádole su armada en las costas de Jafe derrotada, llego a ti, donde intento que el primer escarmiento que tu muralla vea de tu Tetrarca la cabeza sea, a cuyo fin, por más infeliz suerte, su vida dilaté, porque su muerte le dé terror más fiero y más al filo deste infausto acero, desagraviando de camino aquella que profanó, difunta beldad bella. Tray ceñido el puñal. De ese, pues, bajel, donde más le sepulta el buque que le esconde, a tierra le sacad con el criado, que también, por haberme a mí engañado, ha de morir. Vanse los soldados. La música y las cajas. Mas, ¿qué confuso ruido hoy de voces en una parte se escucha, cuando en otra alguna sedición cajas toca destempladas, repitiendo encontradas, allí con voz altiva... ¡Viva Octaviano, viva! ... y allí con voz severa... ... y muera yo donde mi esposo muera? De la ciudad abiertas a tu salva, señor, miro dos puertas que de aquí se divisan, y varias de un estremo en otro avisan que, por una, de hombres el festivo vulgo, aclamando tu renombre altivo, a recebirte sale y, por que el llanto al regocijo iguale, por otra, negros lutos arrastrando y haciendo las mujeres otro bando, salen también, diciendo en ambos coros uno y otro estruendo... ¡Viva Octaviano, viva! Música. Y en los campos de Oriente ciñan su augusta frente sacro el laurel, pacífica la oliva. Cajas. La aclamación festiva, convertida en lamento de mísero concento, diga de otra manera: que muera yo donde mi esposo muera. Con esta repetición salen al tablado por una parte los músicos y Tolomeo con una fuente y en ella unas llaves y Filipo con otra y en ella un laurel, y por la otra parte Mariene vestida de luto con un velo en el rostro y las mujeres que puedan. Pues más defensas la ciudad no tiene que ofrecerse rendida, hacer conviene virtud la fuerza. Llega como su capitán y haz tú la entrega. En parabién, señor, de glorias tantas, la gran Jerusalén puesta a tus plantas, sus llaves rinde. Y su laurel y oliva. Diciendo a voces... ¡Octaviano viva! A tus pies, infelice, llega también quien afligida dice, bien que en cláusula menos lisonjera, que muera yo donde mi esposo muera. En estremos tan raros, que agradeceros tengo y estimaros a vosotros, mas no que agradeceros ni estimaros a vos, llegando a veros con señas tan funestas de mis aplausos perturbar las fiestas. Marche el campo. Volviéndola las espaldas y ella le detiene. Primero me has de escuchar. Si enternecer no espero mis iras, ¿para qué con ellas luchas? ¿Para qué tu gobiernas si no escuchas? Dices bien, oírte debo; mas no ignoro que tampoco es respeto ni decoro que tapada escucharte haya, sin verte. También tú dices bien; agora advierte. Descúbrese. ¡Cielos! ¿Qué es lo que veo? ¿De cuándo acá cuerpo cobró el deseo? ¡Cielos! ¿De qué me admiro? Que toda el alma al corazón retiro al verle descubierta. ¿No es esta la beldad que adoré muerta? Muda y suspensa quedo. Al mirarla, ni creer ni dudar puedo. ¿Qué estreno es este? ¡Ay, infeliz! Sin duda viene a que el César a vengarla acuda de aquel rigor. ¿No basta, pena mía, presa a Libia tener desde aquel día, sino querer agora descubrir su secreto? Pues ignora a qué fue mi venida, ¿qué hay que temer? Segura está mi vida. Mal, cobarde, me aliento. Mal, osado, me animo. Mas, ¿por qué me reprimo? Pero, ¿por qué lo que he de estimar siento? Mujer, ¿qué quieres? Que me estés atento. ¿Qué aguardas, pues? Escucha. Mucha es mi turbación. Mi pena es mucha, pues la muerta ceniza es viva llama. Ínclito César, cuya heroica fama... Con el criado aquí el Tetrarca viene. Salen los soldados y el Tetrarca y Polidoro presos. ¿Qué miro? ¿Con el César Mariene? ¿Pues no bastaba, cielos, ir a morir, sino a morir de celos? ¿Qué son celos? ¡Al dios Baco pluguiera que celos para mí también hubiera y no hubiera un garrote que anda desde la nuez hasta el cogote ya haciéndome cosquillas! Su castigo diré después. Prosigue. Ya prosigo. Ínclito César, cuya heroica fama al alcázar se eleva de la luna, cuando con labios de metal te aclama su Júpiter y dios de la fortuna, si cuando él a relámpagos se inflama el iris le serena, en mi importuna suerte que eres mi Júpiter se vea y el iris de mi paz tu laurel sea. Y, pues tu nombre en láminas se escribe, que el tiempo que más vuela, que más corre, ni con las torpes alas le derribe ni con las plantas trágicas le borre. Vive piadoso, generoso vive, y, del sol coronada, la alta torre que al águila de Roma le dio nido, verás triunfar del tiempo y del olvido. Yo soy la desdichada Mariene, dijera bien la desdichada esposa de ese contra quien ya tu ceño tiene blandida la cuchilla rigurosa. Si una línea de púrpura detiene del más noble animal la más furiosa acción, detén tú el paso a tus enojos, pues son líneas de púrpura mis ojos. Mas, ¡ay!, que en vano a tus piedades pido la vida que has de darme generoso, que eres rey y has de ser compadecido, que eres valiente y has de ser piadoso, que eres discreto y ser has reducido, que eres tú y has de ser tan vitorioso que conozcas que alcanza menos gloria el que con sangre mancha la vitoria. No, pues, el que te espera heroico asiento en cadalso construyas duro y fuerte, no el triunfal carro en breve monumento, no el fausto en ceremonias de la muerte, no la música en mísero lamento, no la felicidad en triste suerte, la gala en luto, en pena la alegría; no eches a mal tan venturoso día. Entra triunfando, pero no venciendo, entra venciendo, pero no vengando, que más aplauso has de ganar, entiendo, perdonando, señor, que castigando. Halle piedad la que lloró pidiendo, halle piedad la que pidió llorando, y pues son dos, siquiera una reciba: o que yo muera o que mi esposo viva. ¿Quién de dos muertes sitiada vio su vida tan a un tiempo, que negada o concedida de cualquiera suerte muero? ¿Hay tal infamia? ¡Que llore por su marido pudiendo llorar por mí, que a estas horas más de sentenciado tengo la cara que él! Bien se deja ver que Aristóbolo, al trueco del criado, cuando estaba yo en el retrato suspenso, fingiendo ser muerta quiso desvanecer mis afectos. Por ella, por mí y por él importa que satisfecho viva, pues ha de vivir. ¿Adónde hallará el ingenio disculpas para un marido, que es plática de tal riesgo que aun satisfaciendo agravia? Mas no hablando con él puedo darle a él las satisfacciones. Alzad, señora, del suelo. Una vida me pedís y, aunque es verdad que lo siento, enmiende el pesar de oíros el gusto de obedeceros, mas no me lo agradezcáis, que si una vida os ofrezco es porque os debo una vida sin saber a quién la debo. Vuestro hermano, entre otras joyas, perdió este retrato vuestro y sin saber cúyo fuese, de que hago testigo al cielo y a cuantos dioses adoro, sólo por ser tan perfecto mandé a un pintor que me hiciese de él una imagen de Venus. Esta, pues, constituida ya una vez en deidad, viendo un peligro en que me hallaba –decir cuál fuese no quiero, porque olvidaré el perdón si del peligro me acuerdo– de él me libró, de manera que aunque Venus fuese el dueño del acaso, fuistis vos del acaso el instrumento. Y así, en términos pagando el haberos interpuesto entre otro acero y mi vida, he de hacer con vos lo mesmo el día que os interponéis entre otra vida y mi acero. Viva vuestro esposo, y no solamente viva, pero a su honor restituido. Y por no poner a riesgo vuestros ojos de que lloren otra vez, ni oíros ni veros en mi vida –la voz miente, no el alma–, perdón concedo a Aristóbolo y a cuantos en este levantamiento cómplices fueron.Y en fin, por que ni al llanto ni al ruego les quede por hacer nada, aun vuestro retrato os vuelvo. Tomad, pues. ¡Vivas los siglos del fénix! Y tan eternos como deseará esta vida que ya como tuya ofrezco, por que el ser dádiva tuya la crezca el merecimiento a la que, ejemplo de amor, como de piedad ejemplo, la sacrifico. Felice, dulce esposo, amado dueño, el día que vuelvo a verte en mis brazos. Quien en ellos... Mas no, que el de mi decoro no es el de mi sentimiento. ¡Qué dichosos desengaños haber sabido, el primero, los acasos del retrato, y el segundo, que encubierto –supuesto que a Mariene tantas lágrimas la debo– halle el furor que fié de Filipo y Tolomeo! Ya no tengo qué temer; pues anda tan fina, es cierto que tener quiere su agravio en la cárcel del silencio. ¡Luego dirán que no hay mujer que guarde secreto! Así me sucedan bien los medios que dejo puestos en la libertad de Libia, de que avisada la tengo con Astolfo, que ha ofrecido dejarme hoy el paso abierto. No sé qué tienen acciones nobles en heroicos pechos que, aunque se sienta el hacerlas, se estima el haberlas hecho. Pero esto no es para aquí. Mi tienda armad, que no quiero entrar en Jerusalén hasta que el recebimiento de imperial triunfo aperciba. Hermoso prodigio bello, ¿qué me sirve haberte hallado si cuando te hallo te pierdo? Hasta dejarle en su tienda vamos todos. Sea diciendo: ¡Viva Octaviano! ¡Viva! Y en los campos de Oriente ciñan su augusta frente sacro el laurel, pacífica la oliva. ¡Viva Octaviano, viva! Vanse. ¿Por qué vos, pues perdonado estáis, en su seguimiento no vais dándole con todos las gracias? Porque no quiero, que tan gran superchería como conmigo se ha hecho no se hiciera, ¡vive Apolo! no digo yo con un negro, pero ni con un enano, que es tan muchísimo menos cuanto va desde ser hombre a sólo empezar a serlo. ¿Qué superchería? ¿No fuistis vos quien me dijo, viniendo, que a ser ahorcado venía? Yo lo dije. Pues ¿qué es de ello? ¿Es bueno hacerme caer en falta con todo un pueblo que estaba ya convidado al plato de mi pescuezo? ¿A mí perdonarme? ¿Acaso es juego de niños esto? «¡Venga usted a ser ahorcado!» «¡Vaya usted, que ya está absuelto!» ¿Qué ha de decirse de mí, sino que soy un grosero y que para ahorcado no valgo cuatro cuartos, viendo que se los vale cualquiera ladroncillo cicatero? La costa que tenía hecha de más de veinte mil gestos, para escoger los que había de ir por el camino haciendo, ¿qué he de hacer de ella? Y después, ¿qué he de hacer sin el consuelo de ser como un pino de oro en el plañido lamento de todas las verduleras cualquier ahorcado? ¿Está el tiempo para no ser pino de oro siquiera por un momento? ¿Dejaré de mí la fama, de un garrotillo muriendo, que dejaré de morir de un garrote todo entero? Pues luego, ¿es bobo el delito, sino oír al pregonero: «¡esta es la justicia a este hombre por príncipe contrahecho!»? Vamos de aquí, que está loco. Han de ahorcarme, o sobre eso, para dar satisfacción hoy a todo el universo de que no queda por mí, a voces iré diciendo: «¡Esta es la justicia a este hombre por príncipe contrahecho!» Vanse. Salen con acompañamiento el Tetrarca y Mariene. Desde que en su tienda al César dejamos, pálido el rostro, torciendo las blancas manos y humedeciendo los ojos, a la sala hemos llegado que divide un cuarto de otro. Y, no quiriendo parar en el más principal, noto, no sin cuidado, que guías al más oscuro y más hondo del palacio; esto sin verme ni hablarme. Mi cielo hermoso, dulce esposa, amado dueño, mira que es rigor impropio dar la vida con finezas y quitarla con enojos. ¿Está el cuarto como dije? Sí, señora. ¿Está del modo que mandé de aquella cuadra –que hoy es triste calabozo de Libia– ya asegurada la puerta que vuelve a esotro del Tetrarca? Sí estará, pues se lo encargaste a Astolfo que la cierre y la asegure. Salíos allá fuera todos. Vanse. Tú, en entrando yo, esa puerta cierra en el instante propio. De mí fía. Vase. ¿Qué misterios son estos? ¿Estamos solos? Sí. ¿Qué miras? El puñal que del reloj presuroso de mi vida fue el volante. En peligro bien notorio le perdí. ¿No está contigo? No. Pues oye ahora. Ya oigo. Bien pensarás, ¡oh, fingido amante, oh, tirano esposo, aleve, cruel, sangriento, bárbaro, atrevido y loco!, bien pensarás que el pedir a aquel monarca famoso, a aquel valiente romano, a aquel capitán heroico tu vida, comprada a precio de gemidos y sollozos, ha sido piedad y amor de mi pecho generoso. Pues no, ni amor ni piedad ha sido, afecto oneroso sí, de mis quejas, porque no hay otro estilo, no hay otro camino de castigar un ingrato pecho como correrle con beneficios cuando ofende con enojos, que merced hecha a un tirano más que merced es oprobio. Y no me diera venganza verte morir, cuando noto que es la muerte en las desdichas el postrer último coto; verte vivir, sí, ofendido, aborrecido y quejoso, por creer que hallar no pude castigo más riguroso para un ingrato que verse olvidado de lo propio que se vio amado. El que llega a esto ¿cómo vive, cómo? Demás de que por mí misma, por mi honor, por mi decoro pedí tu vida, encubriendo la causa de mis ahogos, que saben todos quién soy y quién eres uno solo, y no por ganar con uno había de perder con todos. Tu vida, en fin, pedí, no por que vivas, ni tampoco por que mueras consolado de que dejaste, alevoso, quien me matase, sino por que sepas que no ignoro que has vivido en esta ausencia de mi muerte deseoso. Este papel, esta firma te convenzan. ¡Con qué asombro le miras, quedando al verle confuso, helado y absorto! En mi mano está, no tienes que discurrir estudioso cómo a ella vino, que al fin la tierra, viendo el adorno y la hermosura que debe a ese cristalino globo que parte la luna a giros, que el sol ilumina a tornos, le prometió no tenerle nada oculto en su contorno, que aun los cielos con ser cielos dan los favores a logro. ¿Tú eres –¡aquí de mi aliento, me desmayo al primer soplo, con mis lágrimas me anego, con mis suspiros me ahogo!– de Jerusalén Tetrarca? Mas, ¡ay!, que no es grande abono del mérito el conseguir puestos, que bien reconozco que es el puesto el desdichado cuando el hombre es el dichoso. Tú lo digas, pues que siendo bastarda rama del tronco de Judá –un ascalonita, en cuyo nombre no toco por no escandalizar, basten las señas con que te nombro– pues que siendo un idumeo –otra vez a decir torno– y habiendo por tus fortunas llegado a tan alto solio como merecer mi mano, que fue de todos el colmo, no por aqueso dejaste los resabios afrentosos de forajida nación, baldón de nuestro abolorio, pues, hidrópico de sangre, no te bastó que en arroyos de inocentes vidas vieses hecha la ciudad un golfo, sino dejar en tu muerte legado tan afrentoso. ¿Quién sino tú vinculó la muerte por patrimonio? ¿Qué fiera la más sañuda, qué bruto el más riguroso, qué pájaro el más aleve, qué bárbaro el más ignoto mató muriendo? Pues antes de hombres, fieras y aves oigo que mueren dando la vida. Dígalo en gemidos roncos la víbora, que, royendo sus entrañas, poco a poco se revienta por sacar muchas vidas de un aborto. Dígalo el ave, que muestra el pecho a su pico roto y por darles vida, yace desangrada entre sus pollos. Dígalo el escita, pues al tiro más peligroso espuesto el pecho, a la espalda pone a su esposa y, piadoso, se hace escudo de su vida contra la pluma y el plomo. Mas tú, más que todas fiera, mas tú, más bruto que todos, mas tú, más bárbaro en fin, no sólo amparas, no sólo favoreces lo que amas, pero, avaro de los gozos, aun muriendo no los dejas, bien como el que codicioso amante de sus riquezas, por que no las goce otro manda que después de muerto le entierren con su tesoro. Supongo que fue fineza este despecho, supongo que fueron celos, que nada quiero dejar en tu abono. ¿Qué hazaña de amor es esta ni qué celos son tampoco, los que, sin ser culpa mía, son imaginado antojo de bajo espíritu que, neciamente escrupuloso, no estimando a su mujer se desestima a sí propio? Y pues tan a costa mía examino, miro y toco que podrá vivir mi pecho más seguro y más dichoso aborrecido que amado, desde aquí a mi cargo tomo el hacer que me aborrezcas, que, aunque pudiera con otros medios huir de ti y vivir en el clima más remoto –donde el sol avaramente dispensa sus rayos rojos u donde pródigo abrasa doradas arenas de oro– no lo he de hacer, que no tengo de dar con nuestro divorcio que decir al mundo; y pues, sin llegar a escandaloso este apartamiento, puede quedarse esto entre nosotros. Vivamos a morir juntos, mas teniendo por forzoso que en tu vida ni en mi vida me has de mirar sin enojos, me has de hablar sin sentimientos, me has de escuchar sin oprobios, ver sin suspiros los labios ni sin lágrimas los ojos. Y este negro velo puesto siempre delante del rostro hará que ni el sol me vea, siendo mis reales adornos eternamente este luto. Y pues fue, tirano, todo tu deseo que yo muera, del asesino el soborno te he de ahorrar, siendo este cuarto de mi vida el mauseolo en que nunca a entrar te atrevas, que por el gran Dios que adoro que de la más alta almena me arroje al sepulcro undoso del mar, donde, despeñada, dé número en breves trozos a los átomos, que son jeroglíficos del ocio, porque con tanto temor te miro, con tanto asombro, que creo que ya se cumple de aquel judiciario docto el hado, pues si él predijo que tu acero prodigioso o un monstruo me han de dar muerte, huyendo del uno al otro, o me ha de matar tu acero o el mar, que es el mayor monstruo. Vase y cierran por de dentro la puerta. Oye, aguarda, escucha, espera... Mas, ¡ay, infeliz!, ¡qué pronto el impulso estaba a darme con el postigo en los ojos! Caiga pues, al suelo..., pero mal acuerdo, ¡ay de mí!, tomo en valerme de la fuerza, que es preciso el alboroto haga pública la causa si con violencia le rompo. Mejor es, ya que Filipo tan traidor, tan alevoso, la dio el papel que traía –mal la cólera reporto– para Tolomeo, llevar sus despechos de otro modo y, acudiendo al rendimiento, al halago, al desenojo, valerme de la común disculpa de los celosos, que es que nunca están más cuerdos que cuando se ven más locos. ¿Qué pasión, cielos, es esta, de amor hija y madre de odio, que es cuando más la padezco cuando menos la conozco? Pues si los celos difinir hubiera, en un camaleón los retratara que del aire no más se alimentara y a cada luz nuevo color tuviera. Ojos de basilisco le posiera que con ser visto o ver siempre matara, pies de topo que en todo tropezara y alas de halcón que todo lo corriera. De la sirena le añadiera el canto, del áspid las cautelas, los desvelos del lince y de la hiena, en fin, el llanto. Mas, ¿dónde vais?, parad, parad, recelos, no forméis un compuesto de horror tanto que el mayor monstruo hayan de ser los celos. Y pues con aquel acuerdo y este discurso propongo apelar, como ya dije, al rendimiento, en apoyo de que hay quien califique por finezas los arrojos. Apele de esta a la puerta que cay deste cuarto a estotro, que estando más retirada, con más secreto es forzoso que pueda sin ruido abrirla. Llega a la otra puerta, que estará como dicen los versos, y él hace las acciones que significan. Mas no haré, si reconozco cuánto defendida está de candados y cerrojos por esta parte.Y, ¿quién duda por esotra sea lo propio? ¡Quién, sin fiarse de nadie –pues cualquiera es sospechoso el día que lo fue Filipo– romperlos pudiera solo! Mas, ¿cómo ha de ser posible sin que entre aparte el escoplo con lo sutil del barreno u de la lima lo sordo? ¿A fuerza quién bastará ni a maña? Pero, piadosos cielos, ¿qué es esto?, las llaves echadas en falso topo. Abiertas están, si no es que, enternecido a mi lloro, un yerro en otro se ablanda. Abre la puerta y sale como a hurto Libia. Pues ya por defuera oigo ruido en los pestillos, quite los que por de dentro rotos dejó Astolfo. ¿Es Tolomeo? No es Tolomeo. ¡Qué ahogo! ¡Vuelva a ocultarme! Detente, aguarda. ¿Qué miro? ¿Cómo señor, tú aquí, si yo, cuándo...? Pues, ¿de qué es, Libia, el asombro? ¿Puedes ignorar que puedo estar aquí cuando todos saben que he vuelto a palacio? ¿Cómo esas cosas ignoro? Pues aun no sé de mí misma si viva o muerta me nombro desde que esta obscura cárcel habito, donde Favonio a entrar no se atreve en vientos como ni en luces Apolo. Cobra el aliento. ¿Tú, presa Libia, aquí? De ello te informo porque la verdad te mueva a estar conmigo piadoso. Pues, ¿qué ha habido? Tolomeo... –¡qué mal las razones formo! mas, ¿qué mucho si las pierdo cuando pienso que las cobro?– Tolomeo, ¡ay de mí triste!, me servía para esposo, nuestro amor Mariene supo, no importa que sepas cómo, pues basta que no le falten aun al más lícito estorbos; a él desterró de palacio y en mí, que en efeto somos más culpadas las mujeres de su ofendido decoro, vengó la saña, encerrada aquí donde me ve sólo una esclava que me tray lo que bebo y lo que como. Astolfo, que deste alcázar alcaide hizo o por piadoso, o por deudo, o por amigo, o por granjeado o por todo, viniendo a doblar las llaves, no sé a qué fin, cuidadoso hoy más que otros días, me dijo: «Libia, librarte dispongo, está advertida de que Tolomeo...» Dentro ruido. Pasos oigo. Vuelve, Libia, a retirarte, –que verte aquí es sospechoso y más conmigo– segura que no sólo te perdono, mas te agradezco el delito de tu amor. A tus pies pongo mi vida y mi honor. Palabra te doy de poner en cobro tu honor y vida. Fortuna, ¿hasta cuándo tus antojos han de traer mis desdichas a dar de un peligro en otro? Vase. Veré quién es, que después que vuelva a quedarme solo, entraré donde a la esclava espere. Con el socorro ya mas mío que de Libia, hoy lograré el desenojo de Mariene, si es que con lágrimas le compro. Sale Tolomeo. Veré si Astolfo ha cumplido la palabra que me da. ¡Pero aquí el Tetrarca está! ¡Cielos! ¿Qué habrá sucedido? ¿Mariene haberse escondido? ¿Él haberse retirado? ¿Yo la ocasión mal logrado? Disimule. ¡Tolomeo! ¿Señor? Donde está, deseo saber, Filipo. Sale Filipo. Postrado a tus pies, donde, señor, en albricias de tu vida... ¡Verás la tuya perdida a manos de mi furor! Pónese en medio Tolomeo. ¿En qué te ofendí? ¡Traidor, poco leal, menos fiel! Tente. ¿Qué hiciste un papel que te di? [Aparte.] Mis penas creo. ¿No era para Tolomeo? Sí. Pues él te dirá de él. ¡Qué poco duró, ay de mí, el secreto en la mujer! ¿Diótele a ti? ¿Qué he de hacer? Sí, señor. ¿Qué hiciste, di, de él tú? La verdad aquí es la disculpa mejor. Una dama... Di. ¡Qué horror! ... a quien sirvo para esposa... Ya lo sé. ... de mí celosa –necios delitos de amor– me le quitó de la mano, a cuyo tiempo llegó tu esposa. ¡Castigue yo... ¡Tente, señor! Pónese en medio Filipo, vase huyendo Tolomeo, el Tetrarca tras él y vuelven por la otra parte. ... tan tirano yerro! Esperar es en vano. La fuga mi vida guarde. Vase. ¡Huye,Tolomeo! ¡Cobarde! Si al mismo cielo te subes, las murallas de sus nubes te ampararán mal o tarde. ¿Adónde estaré seguro si furioso me ha seguido? Habiendo hasta el mar salido por la surtida del muro, de aquella tienda procuro valerme. Sale atravesando el tablado. Vase. En la tienda ha entrado del César. Ese sagrado y otro empeño aun más cruel me fuerzan a volver de él ofendido y no vengado. Vase. Vuelve Tolomeo a salir por otra parte, retirándose de Octaviano. Hombre que tan atrevido, robado el color y puesta la mano en la espada, osas haber entrado en mi tienda cuando he mandado que todos solo me dejen en ella con mis pesares, si acaso alguna traición intentas, buena ocasión has hallado. ¿Qué aguardas? Detente, espera, que es lealtad y no traición la que a este trance me fuerza. ¿Quién eres? Soy un soldado, hijo infeliz de la guerra, que llegué por mis servicios a ser capitán en ella de las guardias del Tetrarca, y de Sión, en su ausencia, gobernador. ¿Qué pretendes? No mi vida, aunque pudiera, la de Mariene sí, que es mi señora y mi reina. Buenas cartas de favor trais. Di, y lo que fuere sea. Aparte ¡Oh, Libia, cuánto el empeño de tu libertad me arriesga, pues por ti de una verdad he de hacer una cautela! El Tetrarca, enamorado tanto de su esposa bella vivió, que intentó pasar a la prática esperiencia de que amores y privanzas, cuando a sumo estado llegan, es de su felicidad declinación la tragedia. Viendo pues que de su muerte declarada la sentencia estaba y viendo que tú, enamorado de verla, en un retrato la amabas –que todo aquesto me cuenta quien trujo una carta–, aleve dispuso mandarme en ella que yo, como quien aquí la asistía de más cerca, la atosigase a un veneno, cuyos celos de manera, al verla hoy viva y contigo, crecieron con la sospecha de que por ella habías dado a Jerusalén la vuelta, que, en vez de que agradecido de que su vida pidiera con tantas ansias, llegó con ella a palacio apenas, cuando en un obscuro cuarto la encerró y con saña fiera conmigo embistió a matarme por no haberla hallado muerta. De él es de quien vengo huyendo a darte la infeliz nueva de que Mariene está por ti en tanto riesgo puesta, que no tiene de su vida seguridad, pues es fuerza quien en ausencia lo manda, que lo ejecute en presencia. Pues eres César, señor, y tan generoso César que para vitorias tuyas faltan plumas, faltan lenguas, del poder deste tirano la saca, por que te deba el sol su mejor aurora, la aurora su mejor perla, la tierra su mejor flor, el cielo su... Cesa, cesa, no prosigas, no prosigas, ni en la persuasión me ofendas. ¡Espuesta Mariene, cielos, y por mi ocasión espuesta a tanto riesgo! ¿Qué aguardo? Pero con más advertencia lo he de mirar, que no es bien que la información primera me lleve tras sí, y más cuando no es cobarde la sospecha de todos estos. Soldado, mira si verdad me cuentas. Tanto, que a la misma torre adonde encerrada, presa y afligida está, señor, te llevaré a que lo veas, luego que baje la noche de pardas sombras cubierta. ¿A la misma torre? Sí, porque yo tengo... ¡Di apriesa! [Aparte.] ¡Para qué de cosas hoy sirvió mi amor! ... llave maestra de sus jardines. Si acaso de mi lealtad te recelas, lleva tus guardas contigo, para que, llegando a verla, como he dicho, en sus socorros asegures tus defensas. [Aparte.] Y yo la vida de Libia, pues que no dudo que, fuera del palacio Mariene, podré mejor socorrerla. Tan a los reparos sales que ya nada dudo y, sea lealtad o traición, por sólo verte iré, Mariene bella, y, si es a darte la vida, quiera amor que la agradezcas. Vanse. Sale Sirene con luces y las demás que puedan con azafates, y luego Mariene. Dejadme morir. Advierte que esa pena, ese dolor, más que tristeza es furor y más que furor es muerte. Es tan fuerte mi mal, que por riguroso no mata de puro fiel, sin ver él que ser conmigo piadoso no es dejar de ser cruel. Ya que aborreciendo el lecho en el jardín has estado hasta ahora, dé el cuidado blandas treguas al despecho. Mal sospecho que pueda el sueño aliviar mi pesar, pero por que no paguéis la culpa que no tenéis, empezadme a destocar. Van recogiendo en los azafates los más adornos que pueda quitarse. ¿Quieres mientras desafía al sol esplendor tan bello, desmarañando el cabello de las prisiones del día, la voz mía algo te divierta? No, porque yo no juzgo que me mejore quien cante, sino quien llore. Filósofo hubo que dio causa en la naturaleza para aumentar la armonía: al alegre la alegría como al triste la tristeza. Pues empieza, con condición que al dolor hagas mayor. Con una letra será que, aunque es antigua, podrá aconsejar lo mejor. Canta. Si te quisiere matar algún enemigo fiero, madruga y mata primero. ¡Ay de quien ha de esperar a morir y no matar! Y más cuando considero cuánto se acerca el severo hado, contra quien no sé en mi defensa qué haré. Canta. Madruga y mata primero. Pisando las negras sombras en el silencio nocturno, el jardín has penetrado a tiempo, que al cuarto suyo se va retirando ella. Ya tus verdades no dudo ni su aflición, pues tan sola está y vestida de luto todavía.Tú a esa puerta, pues menos ruido hará uno, me espera. Si haré, teniendo la gente que has traído a punto para cualquiera accidente. Vase. Tanto de verla me turbo, que no sabré discurrir si esto es ya pesar o gusto. Vuelve, Sirene, pues es tan a mi intento el asunto. Tú, Armida, cierra esas puertas. Obedecerte procuro. Si te quisiere matar… Y yo también, pues acudo las puertas a cerrar. Ve a Octaviano, deja caer el azafate y vuelve huyendo. No lo intentes, que es dolor sumo sin luz y sol quedar ciego dos veces. ¿Qué veo y escucho? ¡Ay, infelice! ¿Qué es eso? El mal embozado bulto de un hombre que hasta aquí ha entrado. ¿Hombre aquí? Ya hablar no escuso. ¡Dad voces! Yo no podré, que aun cómo respire dudo. Vanse huyendo dejando los azafates caer. D AMA 2ª Ni yo, que apenas aliento. Vase. D AMA 1ª Ni yo, que tímida huyo. Vase. Huya yo también. Desembózase teniéndola. Teneos vos y reparad el susto, pues más que para enojaros, para serviros os busco. ¿Vos, señor? Pues... cómo... si... aquí... yo... cuándo... Quien pudo antes de veros amaros, después de veros no dudo que dejar de amaros pueda. No son de un César augusto tales acciones. Sí son, pues más a veros me trujo vuestro daño que mi afecto, vuestro riesgo que mi gusto. Yo he sabido que en poder de tirano dueño injusto estáis, espuesta al peligro de tan sacrílego insulto como que obre por su mano lo que por otra dispuso; a poner en salvo vengo vuestra vida. El labio mudo quedó al veros y al oíros; su aliento le restituyo, animada para sólo deciros que algún perjuro, aleve, traidor, en tanto malquisto concepto os puso. Mi esposo es mi esposo, a quien amo, amada con tan puro amor, que en los cuerpos somos dos pero en las almas uno. Y suponiendo imposibles que con vergüenza pronuncio, cuando fuera, que lo niego, que me mate un error suyo, no ha de matarme mi error y lo será si de él huyo; con que viene a importar menos morir inocente, juzgo, que vivir culpada a vista de las malicias del vulgo. Y así, si alguna fineza he de deberos, presumo que la mayor es volveros. Sí haré, si vuestro discurso, como salva mi primero motivo, salva el segundo: un retrato tenía vuestro, a cuyo hermoso dibujo, sin saber el dueño, daba mi humana adoración culto. Por sanear sospechas –ya lo vistis– sabiendo cúyo fuese, os le di, y pues en vuestro decoro sirvió, no dudo que con justicia le pido. No hacéis, que tenerle es uno por despojo y otro es por dádiva; y a este puro fuego abrasará esta mano si en ella el menor impulso reconociera de que para volvérosle tuvo. Va a poner la mano en la luz, él se la toma y ella, retirándola, le saca el puñal de la cinta. No hiciérades, que impidiera yo llegar al ardor suyo estorbando así la acción. Es atrevimiento injusto. No es sino justo deseo. Antes a los cielos juro que con vuestro mismo acero, que ya en mi mano desnudo está, me atraviese el pecho. Tente, mujer, que confundo mis sentidos al mirar no sé qué fatal trasunto que vi otra vez. Retírase. De ese pasmo, de ese pavor que os infundo, el contratiempo gozando huiré yo, siempre este agudo filo al pecho. Mas, ¿qué veo? ¿No es el que fiero y sañudo me amenaza? Con más causa ya de dos contrarios huyo. Oye, espera. Deja caer el puñal, y vase y Octaviano tras ella, y sale el Tetrarca por otra parte. ¿Quién, ladrón del propio tesoro suyo, dentro de su misma casa gozó sus bienes por hurto? Hasta ahora la esclava no abrió y yo, triste, discurro el cuarto a la media luz de escaso esplendor nocturno que allí horrores late, y más si a sus reflejos descubro de mujeriles adornos, ajadamente difusos, sembrado el suelo. ¿Qué es esto? No me propongas, discurso, que bajel que echa la ropa al mar padece infortunios, que casa que se despoja de las alhajas que tuvo estragos de fuego corre; pues ni la tormenta dudo ni el incendio ignoro cuando entre dos aguas fluctúo, entre dos fuegos me hielo, viendo que me embisten juntos, para zozobrar suspiros, para hacerme llorar humo. Estas arrojadas señas, ¿no son de nobles, de augustos, faustos despojos? Y aqueste, ¿no es el fiero puñal duro, que registro de los astros es aguja de sus rumbos? ¿No es este el que yo a Octaviano dejé? Sí. Pues, ¿quién le trujo aquí entre arrastradas pompas? Pero, ¿para qué lo apuro, si es de los desconfiados la imaginación verdugo? Tarde hemos llegado, celos, y bien tarde, pues no dudo que quien arrastra despojos habrá celebrado triunfos. Si es dichoso el desdichado que siéndolo no lo supo, desdichado del dichoso que no siéndolo lo tuvo por cierto; y pues se me vuelven mis agorados anuncios tan a la mano, a ellos muera antes que... ¡Tente! ¿Qué escucho? Bello prodigio. Es en vano, mas, ¡ay de mí, cielos justos! Vuelven huyendo Mariene y Octaviano tras ella y da en brazos del Tetrarca tropezando. ¿Qué es lo que miro? Turbado he quedado. Yo confuso. Yo confusa, yo turbada, pues entre dos daños, de uno doy en otro y ya no sé cuál dejo ni cuál procuro, pues siempre tengo peligro cuando caigo y cuando huyo. No temas, que de tu vida este pecho será escudo. Vista tu fuga, a tu honor este pecho será muro. Riñen los dos y ella mata las luces. Cumple, pues, lo que prometes. Así verás si lo cumplo. Y yo si así lo embarazo. ¿Adónde, César perjuro, te escondes? Yo no me escondo, aquí estoy. Ya yo te busco. Y pues a brazos llegamos, en ellos muere. ¡Oh, injustos hados, que inocente muero protesto al cielo! ¿Qué escucho? Entrad todos, que de voces y armas es grande el tumulto. Llegad todas. A tan grande estruendo, salir no escuso de mi prisión. ¿Qué es aquesto? No haber gozado el indulto Mariene, me parece. ¡Dar muerte al hombre más bruto, más bárbaro y más sangriento que ha eclipsado el sol más puro! Yo no la he dado la muerte. Pues, ¿quién? El destino suyo, ya que muriendo a mis celos y a mi puñal, ejecuto que mató a lo que más quise el mayor mostruo del mundo. Y por que de su venganza no logre el lauro ninguno, yo la vengaré de mí, arrojado deste muro al mar. Primero a mi mano... Será en vano, que sañudo se arrojó. Con que en tragedias pararon todos mis triunfos. Sígueme, Libia, y huyamos de ver tan mísero asunto. ¡Qué lastima! ¡Qué desdicha! ¡Qué horror! ¡Qué asombro! ¡Y qué abuso no ahorcarme a mí y degollarla a ella! Hermoso sol caduco, pues que no puedo vengarte, yo haré eterna a los futuros siglos tu fama, diciendo la iscripción de tu sepulcro: «La inocente Mariene dio fin cumpliendo su influjo injustos celos, que son el mayor mostruo del mundo». Como la escribió su autor, no como la imprimió el hurto, de quien es su estudio echar a perder otros estudios.