Duelos De Amor Y Lealtad Gran Comedia PERSONAS QUE HABLAN EN ELLA: IRÍFILE, DAMA. TOANTE, GALÁN. DEIDAMIA, DAMA. LEONIDO, GALÁN. LAURA. CENÓN, GALÁN. ISMENIA. ANTEO, CRIADO. DORIS. ALEJANDRO, REY. FLORA, VILLANA. SOLDADOS PERSIANOS. CÓSDROAS, VIEJO. SOLDADOS FENICIOS. MORLACO, GRACIOSO. MÚSICOS Y ACOMPAÑAMIENTO. Jornada Primera Tocan cajas y trompetas y, fingiéndose dentro la batalla, sale después de las primeras voces Irífile con espada desnuda, cimera de plumas y bengala. dentro. ¡Viva Persia! dentro. ¡Tiro viva! dentro. ¡Arma, arma! dentro. ¡Guerra, guerra! dentro. ¡Guerra, guerra! dentro. ¡Al arma! dentro. ¡Al arma! dentro. ¡Viva Tiro! dentro. ¡Viva Persia! dentro. ¡Guerra, guerra! dentro. ¡Al arma, al arma! dentro. Por más que la suerte adversa se nos declare, el morir es desdicha, mas no afrenta. Volved, pues, volved, soldados, a la lid. dentro. ¡Salve el que pueda la vida! dentro. ¡Valedme, cielos! dentro. Si el caballo le despeña, sin general, ¿qué esperamos? dentro. ¡Al monte! dentro. ¡Al valle! dentro. ¡A la selva! ¡Vitoria por los de Tiro! Sale Irífile. Miente, alevosa, la lengua, que, infamemente industriosa, desmaya con lo que alienta; que aún estoy yo viva… Pero ¿adónde —¡ay de mí!— me lleva el despecho? Pues, por más que desatentada quiera seguir la voz de Toante, Cajas. no puedo, según le empeña su valor. Dígalo el ver que, en fuga sus tropas puestas, cobardemente la espalda, destrozadas y deshechas, vuelven sin él. Mas ¿qué dudo, ir en su alcance, si es fuerza que vivo o muerto a su lado Irífile viva o muera, si le halla muerto, en sus brazos, y si vive, en su defensa? Al entrarse, salen Leonido y soldados. ¿Dónde, valiente persiana, vas, cuando tus huestes dejan, por ampararse en los montes, desamparadas las tiendas? Donde muriendo y matando, desesperada y resuelta, me encuentre mi fama viva antes que la tuya muerta. Si ese es tu intento… ¡Tened las armas, nadie la ofenda! Y tú, invencible beldad, sin que ni mates ni mueras, date, no digo a prisión, sino a cuartel, en que veas que los fenicios, que el hado a África ha arrojado, intentan más mantenerse en la paz de huéspedes que en la guerra de conquistadores. Antes que a ese partido me venza, me ha de vencer el acero; y, así, que me lidien deja tus soldados hasta que la vida a sus manos pierda. En vano te precipita el valor, porque, aunque quieras tú morir, no querré yo sino que vivas, que fuera deslustre de mi vitoria el baldón de tu tragedia. Date, pues, otra vez digo, a mi fe y palabra atenta, no a prisión, sino a hospedaje de noble estimación. Esa generosa acción de dar vida a quien no la desea no es piedad. Huiré de ti en busca de quien no tenga clemencia tan sospechosa que deja de ser clemencia. Seguirete yo, porque, aunque le halles, no te ofenda, yendo yo en tu salvaguardia. Éntrase Irífile; síguenla todos, vuelve por la otra puerta y sale Cenón al paso. ¿Adónde, persiana bella, desmandada de tu gente, tan sola, el pavor te lleva? Poco ha que respondí a aquesa pregunta mesma que adonde muera matando, y, así, no estrañes que sea siendo una la pregunta una también la respuesta. De tan bizarra osadía baste que cumplas la media, que es matar, mas no morir, hallándome en tu defensa. Sale Leonido y soldados. En su seguimiento traigo yo ofrecida esa fineza, y, así, me toca el cumplirla, pues me tocó el ofrecerla. Ya son mis empeños dos: uno, haber llegado ella a mi vista; otro, que tú, Leonido, en su amparo vengas. Y, así, pues todo tu duelo es asegurarla y queda segura conmigo, puedes dar a tu puesto la vuelta. Eso es desairarme más, Cenón, que obligarme, en prueba de que hubo menester tu amparo para mi ofensa. Si esa razón no me basta, valdreme de otra. ¿Qué es? Esta. Pónela detrás de sí. Yo no sé más de que viene huyendo de ti y que, al verla, librarla ofrecí, con que el primero en quien me empeña a defenderla eres tú. Válgame tu razón mesma: huir de mí y seguirla yo ¿no es precisa consecuencia de que ya fue prenda mía? No, que la garza que vuela no es del halcón que la sigue, sino del que hace la presa. La corza que herida huye es del dueño de la flecha que va en su alcance. Dejemos metáforas aquí necias y vamos a realidades. Vamos. (Deidades supremas, ¿quién se vio trágico asumpto de tan rara competencia?) Desde aquel infausto día que, huyendo las iras fieras de Jove, desamparamos a Fenicia, patria nuestra, en la peregrinación de ir buscando en las ajenas terreno que nos admita, Deidamia, en quien se conserva de nuestros reyes la estirpe, a ti el gobierno te entrega de la tierra, a mí del mar. Y, pues que por tuya queda de esclavos y de despojos toda la campaña llena, ¿qué mucho será que lleve yo de mi socorro en prueba sola una esclava? Esa esclava vale más que toda Persia. Pues mira cómo ha de ser, que no he de volver sin ella yo al mar. ¡Desta suerte! Riñen los dos. (¡Cielos! ¿Quién se vio en lid tan opuesta que igualmente le esté mal el vencido que el que venza?) Conmigo ven. Ven conmigo. Sale Deidamia y las damas. Pues ¿qué novedad es esta, que la batalla campal en civil batalla trueca? (Feliz soy, pues en favor mío estar Deidamia es fuerza.) (Infeliz soy, si Deidamia a saber la causa llega.) Cuando afable la Fortuna —quizá apurada de penas, que, ya quebrantando mares, que, ya penetrando selvas, en nosotros ha cumplido— tan otro el semblante muestra, que no pudiendo impedirnos el que tomásemos tierra en esta africana playa todo el poder de los persas, y no pudiendo tampoco impedirnos el que en ella vamos fundando ciudad tan regularmente excelsa que, aun no murada, ha podido ponerse tan en defensa que, tres veces asaltada y tres defendida, ostenta, según los cautivos que para su labor nos deja, que más viene a fabricarla su orgullo que a demolerla; cuando el común alborozo de la juvenil belleza en este templo que a Apolo edificó la fe nuestra como a nuestro tutelar dios, hoy añadir intenta, en honor de la fortuna, al culto bailes y fiestas, ¿los dos, en cuyos dos polos, en fe de la fama vuestra, nuestra peregrinación, ya que no descansa, alienta, solicitáis que, ofendida de ver cuánto se desdeñan de sus favorables auras las prósperas influencias, la ingratitud castigando, al pasado ceño vuelva, tomando por instrumento la disensión, que es quien trueca tal vez aplausos a ruinas, tal victorias a tragedias? ¿Qué monarquías, qué imperios, qué conquistas, qué proezas en ambas campañas no perdió la desavenencia de sus cabos, sin ver cuánto valen más en mar y tierra dos flacas fuerzas unidas que desunidas mil fuerzas? ¿Será justo que se cuente que cuando —a decirlo vuelva— favorable la Fortuna mueve su inconstante rueda de adversa en próspera, somos nosotros quien contra ella forcejamos a que no haya de ser sino adversa? ¿Qué importa que el enemigo huya vencido, si deja montada discordia que desde allá en su nombre os venza? Volved, pues, volved, valientes caudillos, a la primera jurada fe de valeros unos a otros; no se entienda que lo que gana el valor, el mismo valor lo pierda. Y sepa yo qué ocasión os mueve, para que sepa, ya que es razón el oírla, si la hay para componerla. Entre los varios despojos que montes y valles pueblan, esa invencible persiana quedó por mí prisionera. De mi piedad ofendida, antes a morir resuelta que a darse a partido, huyendo de mí… Llegó, donde al verla seguida dél, me empeñó a que yo la favorezca. Solicitando cobrarla… Obligado a defenderla… …en fin, como presa mía… …yo no, sino como presa tuya, que mi intento solo fue ser yo a quien tú le debas tan peregrina hermosura puesta a tus pies. Si dijera eso, entonces claro está que de mi acción desistiera, que tú sola ser mereces dueño de tan alta prenda; mas no dijo sino que no había de volver sin ella al mar. (¡Oh aleve, qué mal…! Pero no es esta materia para aquí.) De mi intención no había yo de darle cuenta valiéndome de disculpas que pusiesen en sospecha mi valor en no ampararla. Pues, siendo de esa manera, (disimule hasta mejor ocasión en que hablar pueda,) compuestos estáis los dos, pues, quedando su belleza por mi prisionera, tú, Leonido, haces lo que hubieras hecho antes, y tú, Cenón, logras también la fineza de mirar tan peregrina hermosura a mis pies puesta. Y no ya de mi fortuna quejosa, que no le queda acción a la queja el día que, esclava de tu belleza, ha enmudecido la dicha el gemido de la queja. Alza del suelo; a mis brazos, hermosa persiana, llega; y, pues cartas de favor que dio la naturaleza a la hermosura, bien como primer sobrescrito dellas, no he de tenerlas cerradas sin ver lo que me encomienda, ven al sacrificio agora; después irás donde sepa qué tratamiento te debo conforme a las nobles señas de tu valor y tu traje. Y vosotros, pues os deja, yendo ella conmigo, iguales y airosos la competencia, proseguid en la jurada alianza, sin que sea quizá otra vez escarmiento lo que agora es advertencia. Yo a tu orden atento… Yo siempre humilde a tu obediencia… Bien está. Acudid a vuestros puestos y, pasando muestra los nuevos esclavos que hoy en nuestro servicio quedan, a los que los han ganado los dejad, con ley expresa, como hasta aquí, que a ninguno dejen salir por las puertas y que, encerrados de noche dentro de sus casas mesmas, hayan de acudir de día a la precisa tarea de las murallas de Tiro, pues basta que, cuando vengan de paz a canjearse algunos, sus dueños el precio adquieran, de suerte que, a un tiempo iguales afán e interés, los tengan la fábrica como esclavos y el soldado como hacienda. Y agora, porque no el aire infestado se convierta en el destemplado crisis de contagiosa epidemia, id todos, y el mar sepulcro de los cadáveres sea. (¡Así lo fuera de quien ingrato…!) Persiana bella, sigue mis pasos. Sí haré, ufana de que no pueda mi estrella hacerme infeliz, pues, a pesar de mi estrella, todo un sol me alumbra. (¡Ay, Toante, lo que me cuestas!) Vanse las dos y todas las damas excepto Laura. (¡Laura! ¿Qué quieres? Fiar de ti, prima, una fineza, con la disculpa de que es oficio para discretas. Ya te he entendido. Después hablaremos. Norabuena.) Vase. (Si tal vez el ceño dice lo que no dice la lengua, enojada va Deidamia. Tras ella iré, hasta que tenga —bien que a costa del dolor de que tal cautiva pierda—, esforzando la disculpa, lugar de satisfacerla.) Vase. ¡Qué breve es la edad del gozo! Bien dijo quien dijo que era efímera de las flores, que con el alba despiertan y fallecen con la sombra. Dígalo yo, pues apenas me vi dueño de una dicha, cuando hubo contra ella, sobre invidia que la turbe, poder que la desvanezca. A nadie admire la prisa con que su pérdida sienta, que, siendo instante el ganarla y siendo instante el perderla, argumento es de que a siglos Amor los instantes cuenta. ¿Qué tiempo fue menester para ver una belleza tan hermosamente heroica, tan heroicamente excelsa?? Ninguno; luego ninguno habrá menester mi pena, si para verla bastó, para sentir el no verla. Si yo hubiera de decir mi sentimiento, dijera… dentro. ¡Ay de mí, infeliz! Mas ¿quién hurta el suspiro a mi queja? Por si fue acaso, o si fue vaticinio, a escuchar vuelva. dentro. Tened, soldados, piedad, y no deis, antes que muera, sepulcro a un vivo. dentro. El caduco vaya. Sale Cósdroas vestido de cautivo y como arrojado cae a los pies de Leonido, y después cuatro soldados que llevan a Toante como desmayado. ¿Qué voces son estas? Esto, señor, es hacer lo que el bando nos ordena. No es sino exceder el bando con injusta saña fiera, pues, antes de ser cadáver, vivo a echarle al mar le llevan. ¿Qué más cadáver que ver que ni respira, ni alienta, agonizando? Cobardes, ¿qué inhumanidad más que esa? ¿Quién os dijo que la ira pudo ser nunca obediencia, si anticipada al mandato pasa de justa a violenta? A un hombre que aún vive darle por muerto es acción tan fuera de razón natural como dudar que en la más estrema ansia le abrevia mil siglos quien un instante le abrevia. ¿Quién, ya que tiene el sentido, aliento —¡ay de mí!— tuviera para…? No puedo, no puedo hablar. En vano te esfuerzas. Dejadle en los brazos de ese venerable anciano. Llega; carga con él y, pues no, por más que tu dueño sea, de los nobles de Fenicia tendrás albergue en que puedas cuidar dél, llévale al mío, adonde con la asistencia de mi gente —muera o viva— vea el mundo que la ajena crueldad suele despertar tal vez la propia clemencia. Mil veces tus plantas beso, y no con menor terneza que la de padre, que es mi hijo y, viendo que en la primera ocasión me perdí, vino también a perderse en esta por buscar mi libertad. (Su lustre y nombre desmienta: si muere, porque no el lauro de que dél triunfaron tengan, y, si vive, porque no, en sabiendo quién es, sea imposible su rescate.) Vase, llevando a Toante en brazos. Vosotros de otra manera entended los bandos, viendo que la deidad que os gobierna siempre manda lo mejor. (Tú, déjate ver —¡oh bella persiana!— porque los ojos siquiera el desquite tengan, mientras no ven tu hermosura, de lo que lloran tu ausencia.) Vase. Pues este se nos escapa, otros en su lugar vengan. Descubren a Morlaco echado en el suelo. Aquí hay uno que sin duda está muerto. Cosa es cierta, pues ni alienta, ni respira. (Harto el fingirlo me cuesta, respirando hacia otra parte.) Cógele tú de esa pierna; yo le cogeré de estotra, y vaya arrastrando. Espera, que yo ayudaré de un brazo. De otro yo, y desta manera llegará más presto al mar. Llévanle entre los cuatro. No haré tal, que, pues me aprietan amarrado a cuatro potros, decir la verdad es fuerza. ¡Por Dios, que está también vivo! Déjanle caer. Niégoles la consecuencia, que ya no estoy sino muerto, según de golpe me sueltan. ¡Ay de mis espaldas! ¿Quién vio que el que iba sin molestia en silla de manos en silla de costillas vuelva? ¿Qué es esto? ¿Pues cómo, estando tan sano y bueno, te quedas entre los muertos? Muy poco sabe usted destas pendencias, pues hacer la mortecina se le hace cosa nueva. Yo soy Morlaco; asentado aqueste principio, sepan que aun ánimo para huir no tuve; y, como es prudencia que se valga de la maña a quien le falta la fuerza, muerto me fingí, esperando queditito a que anochezca para escapar sin ser visto. Mintiome la estratagema, pues vustedes —Dios les guarde—, dando conmigo, me llevan a ser pescado del mar, siendo así que de la tierra lo soy desde que han en mí cogido una linda pesca. Vaya a dar muestra el morlaco. Si de que soy gentil pieza he descubierto la hilaza, ¿a qué fin he de dar muestra? A fin de que por esclavo asentado mío lo sea, pues yo el primero le vi. Yo el primero de una pierna le así. Yo de un brazo. Yo de otro. Buen remedio tengan. ¿Qué remedio? Hacerme cuartos. Voy a avisar a que venga el portero de despojos por asadura y cabeza. Claro está, que a hacerle cuartos irá, pero de moneda, en viniendo a rescatarle. Muy linda esperanza es esa. ¿Quién ha de haber que por mí dé un cuatrín? Cuando eso sea, se quedará siempre esclavo; y, pues no ha de haber pendencia entre nosotros, juguemos cúyo ha de ser. Norabuena. Voy por los dados. Después irá; ahora no se detenga. Venga al registro. Que soy pellejo de vino, adviertan, presentado, y ir no debo a derechos ni a derechas, que también soy zurdo. Vaya el mandria… La mosca muerta… El bergantón… El gallina… Péganle. ¡Ay, que sin duda me pelan! dentro. Sea norabuena, norabuena sea. ¡Mal haya el alma y la vida que de mi dolor se alegra diciendo una y otra vez, alegres de que me muelan…! dentro. Sea norabuena, norabuena sea. Llévanle, y salen las damas que pudieren, cantando y bailando, con guirnaldas de flores y, detrás, Deidamia, Irífile y Flora. Canta. Que de la Fortuna la deidad suprema en ser inconstante tan constante sea… Sea norabuena. Canta. Que de sus mudanzas resulte que vuelvan hoy en alegrías de ayer las tristezas… Norabuena sea. Canta. Que los que han tomado en África tierra al gran dios Apolo altares ofrezcan… Sea norabuena. Canta. Que, de los fenicios vencidos los persas, celebren sus triunfos jóvenes bellezas… Norabuena sea. Canta. Que a su noble templo coronadas vengan de lilios, claveles, rosas y azucenas… Sea norabuena. Canta. Que dellas guirnaldas a Deidamia tejan, para que en su nombre reine, triunfe y venza… Norabuena sea. No sea norabuena, pues… (mas ¿qué voy a decir? Enmiende mi sentimiento,) pues no es lícito el contento de ver matar y morir. Si, desiguales, los hados son tan cruelmente piadosos que no saben que hay dichosos sin saber que hay desdichados, ¿por qué adquiridos despojos que constan de otros agravios los han de aplaudir los labios sin lágrimas en los ojos? Y, así, pues ya el sacrificio en cultos de la Fortuna, viva imagen de la luna, dio de nuestro celo indicio, no a sangre fría festivo dure el gozo y, al mirar tanto estrago, haga lugar lo heroico a lo compasivo, que ni es valiente ni honrado quien complacido en su horror se gloria. (Bien mi dolor, en lástima disfrazado, se ha sabido desmentir.) ¿Qué esperáis? Retiraos, pues. Fuerza obedecerte es. Mas no dejar de decir, según el contento ha sido, que el imaginar me ha dado qué es lo que traerá pillado de campaña mi marido. Que de la Fortuna la deidad suprema en ser inconstante tan constante sea… Sea norabuena. Vanse. No sea norabuena. Y, ya que en este jardín que de mi palacio fue primer fábrica quedé contigo, persiana, a fin de saber, como antes dije, quién eres, para saber qué hospedaje te he de hacer, ¿qué esperas? Aunque me aflige pensar que mi libertad impida el saber quién soy, por serlo, obligada estoy a decir siempre verdad. Irífile, hija heredera de Aristóbolo nací, por cuya muerte adquirí a Ceilán, esa primera ciudad que a tres vientos hace tres frentes, pues, singular atalaya de la mar, entre Asia y África yace. Viendo que tu poderosa armada arrojaba en tierra tanta gente y que la guerra a impedirlo era forzosa, levas hice, presumiendo que a mí solo mi poder me bastaba para hacer que al mar volvieses huyendo. Engañome mi denuedo, pues, dos veces rechazada mi gente y fortificada, sin ver la cara del miedo la tuya, no solo no me dejó esa playa bella, mas fue delineando en ella nueva ciudad; conque yo a Ciro, de Persia rey, escribí que, puesto que era Ceilán vanguardia y frontera del reino, era justa ley defenderla. Él, liberal, o forzado o receloso, ejército numeroso me envió, y por su general a Toante…—no te espante Llora. que el dolor la voz impida, que una pena repetida son dos penas—. A Toante —vuelvo a decir—, su valido, a quien quise acompañar, porque, viniendo auxiliar, viese que el haber pedido favor no era en mí temor, sino fuerza: bien lo abona el que, saliendo en persona a campaña, mi valor vería en ella. Con que, habiendo en batallones e hileras hecho frente de banderas, tú, al opósito saliendo de tus muros, la batalla me presentaste. Yo, que con el retén me quedé para, en siendo tiempo, dalla calor, viendo que volvía deshecha y desordenada mi gente, desesperada me empeñé, por si podía reducirla; pero en vano, que, una vez introducido el desmán, solo ha podido recobrarle el soberano Marte, de las lides dios. Y, pues en duelo oportuno, para no ser de ninguno, fui prisionera de dos, permite que no prosiga lo que ya sabes, porque no sé qué angustia, no sé qué congoja, qué fatiga, qué desmayo, qué aflicción, qué pasmo, qué ira o despecho me está a pedazos del pecho arrancando el corazón, con impulso tan violento, en dos mitades partido, que, con llevarse el sentido, no se lleva el sentimiento. ¡Ay, infelice de mí! Cae desmayada en los brazos de Deidamia. ¡Laura, Ismenia, Doris, Flora! ¿No hay quien me escuche? Salen. Señora, ¿qué nos mandas? Que de aquí me retiréis el pavor que, al ver cuán mortal está, esa persiana me da. ¡Qué lástima! ¡Qué dolor! ¿Qué esperáis? Corred veloces; a mi cuarto la llevad, y de su salud cuidad como de la mía. Al entrar con ella, sale Cenón. ¿Qué voces, hermosa Deidamia, fueron las que disculpan entrar hasta aquí? Mas ¿qué pesar es el que mis ojos vieron? Si ellos le vieron, ya no tendré yo qué referiros, pues se anticipó a deciros lo que no os dijera yo por escusaros el susto de que eclipse su luz pura tan peregrina hermosura, sobre el pasado disgusto que ajena os causaba el vella, y el de llegar yo a estorbar la propuesta de que al mar no habíais de volver sin ella. Ya, señora (¡estoy sin mí!) satisfice (¡mal me aliento!) con que (¡muerto estoy!) mi intento fue ser (¡qué ansia!) para ti digna esclava la persona… Proseguid. (¡Pena tirana!) …de esa Palas africana, de esa persiana Belona, que con la espada en la mano mataba, sin lo que hería, con tan alta bizarría, con valor tan soberano, que, si para ti, yo, cuando… Turbado estáis, no advirtiendo cuán necio vais destruyendo lo mismo que vais saneando. Disculpa tan descortés, que para ella bien buscada y para mí mal hallada está, no es disculpa, pues habéis a un tiempo los dos sentido y juicio perdido. En cobrando ella el sentido y en cobrando el juicio vos, podrá ser…Pero ¿qué digo? Que no podrá ser que yo vuelva a escuchar a quien no supo consultar consigo la dicha de quien alcanza… esperanza no diré, porque un no desdén ni fue ni pudo ser esperanza. Y, así, sin ella y sin mí quedad para…Mas no quiero ni aun decir para qué (pero yo me vengaré de ti.) Vase. Si al ver beldad tan ajena de sí y de mí alguno culpa que no esforcé la disculpa ni disimulé la pena, pruebe a verse en la dudosa lid de un alma combatida de una hermosura perdida y otra hermosura celosa: verá cómo no se deja, en duda de lo mejor, ni desmentir el dolor ni desvanecer la queja, y no diga…—¡ay de mí!— pues… Sale Leonido. Decidme… (No conocí a Cenón como le vi de espaldas; ya fuerza es proseguir.) Qué causa ha sido la que a Deidamia ha obligado a unas voces… (¡Otro enfado!) …que a lo lejos se han oído? No lo sé, y, pues que los dos una duda padecemos, de otro saberla podemos. Id con Dios. Quedad con Dios. Vase. ¿Qué puede haber sucedido? ¿De quién saberlo podré? Sale Cósdroas. ¡Albricias, señor! ¿De qué? De que, habiendo piedad sido de tu generoso pecho dar vida a un casi difunto, no dudo que es digno asunto ver logrado el bien que has hecho para dar albricias dél. Dices bien y yo las mando. Apenas se albergó, cuando, de la caída cruel que le privó del sentido muerto el caballo, cobró aliento; y, aunque se halló en varias partes herido, ninguna mortal, con que, la sangre restituida, viene a darte de la vida rendidas gracias. Sale Toante de cautivo. Si sé lo que te debo, señor, ¿qué mucho que haya querido, aún no bien convalecido, adelantar el honor de verme humilde a tus pies, ilustrada mi persona con el traje que me abona dos veces esclavo, pues dos veces esclavo soy el día que a pagar me atrevo una vida que te debo con una alma que te doy? Alza del suelo a los brazos y cree de mí que diera cuanto posible me fuera porque no acaso estos lazos usara solo contigo, sino con todos, en fe de que nuestro ánimo fue más ser huésped que enemigo. No nos quisisteis creer y, poniéndoos en recelo, por nuestra inocencia el cielo tres veces quiso volver. ¿Quién pudiera imaginar que no viniese de guerra viendo que arrojaba en tierra tan grande ejército el mar? Quien plática hubiera dado hasta saber qué ocasión nuestra desembarcación para haber puerto tomado en el África tenía. Yo me holgara de sabella por si resultaba della algún convenio algún día, que ser tu esclavo no quita, antes añade, que sea sujeto a quien se le crea lo que decir me permita tu noticia. Aunque me halla de otro cuidado pendiente esta materia, que intente, ya que la toqué, apuralla es bien, que otra vez contigo podrá ser que no me veas tan familiar, que, aunque seas, sobre mi esclavo, mi amigo, no por eso he de querer que vivas privilegiado del trabajo que ha obligado a los demás a poner en regular perfección esos muros. Yo, porque no faltemos dos, iré a esperarte allá, Estratón,, mientras habláis. (No será sino a prevenir no nombre nadie a Toante por su nombre.) Vase. Entre las varias provincias del Asia, al oriente el reino de Fenicia fue primera colonia de sus imperios. Fértil y rica duró largos siglos, poseyendo en tranquila paz sus reyes la quietud de su gobierno. Júpiter, quizá ofendido de que ofreciese en sus templos más sacrificios a Apolo que a él, en agradecimiento de ser la estación primera que iluminaban sus bellos rayos, o quizá ofendido —que sería lo más cierto— de que la felicidad nos tuviese en ocio envueltos, y el ocio en vicios, dispuso castigarnos, advirtiendo que los bienes de la tierra no sean olvidos del cielo. Júpiter, en fin, o bien celoso, o bien justiciero —que el averiguar no es fácil a los dioses los decretos—, airado se mostró. ¿Quién duda que, una vez el ceño arrugado, sequedades anuncie? Y, así, el primero azote fue retirar las lluvias, con que, no amenos ya, los campos espiraban mustios, áridos y yertos. Al hambre de algunos años sucedió la peste, abriendo el aire en quebradas grietas la tierra, como diciendo: «No todo es rigor, mortales; piedad hay, pues el supremo dios que os envía las muertes os abre los monumentos». A estas dos fatalidades varios temblores siguieron, que, como todo hecho bocas estaba el terrestre centro, de su destemplada fiebre cada gruta era un bostezo, a cuya respiración no solo se estremecieron los muros, pero los montes caducaron; con que, viendo fuego y agua que se alzaban con la ruina tierra y viento, se encapotaron las nubes, y, los párpados abiertos, llovieron sus cataratas todo lo que no llovieron. ¿Quién creerá que un embrión, mismo aborto de un mismo seno, tan contrario nazca que llore agua y escupa fuego? De inundaciones lo digan asolados varios pueblos, varias fábricas de rayos, de relámpagos y truenos; de suerte que, combatidos de todos cuatro elementos, a puros lamentos era toda Fenicia un lamento. Dispuestos, pues, a salvar las vidas o, por lo menos, ya que no fuese a salvarlas, a dilatarlas dispuestos, en esas naves que antes eran todo el caudal nuestro, pues ellas de nuestros frutos trajinaban los comercios, abandonando la patria mujeres, niños y viejos, recogimos las reliquias que pudimos, reduciendo a portátiles tesoros lo más precioso del reino en perlas, plata, oro y joyas, bien que la de más aprecio fue Deidamia, en quien hoy sola dura el último consuelo de que nuestra real estirpe vuelva a cobrarse, supuesto que esto y más cabe en la escena de los teatros del tiempo. Hechos, pues, al mar, sin más norte o rumbo que haber puesto la posesión en el agua y la esperanza en el viento, tomamos en los playazos de Sidón el primer puerto. No pudiendo en él sufrirnos lo estéril de sus desiertos y de sus ascalonitas los bárbaros tratamientos, reconocido el paraje, volvimos al mar, poniendo en el África las proas; con que, habiendo descubierto de las dos cumbres de Atlante los homenajes soberbios, que en descollados celajes nuestra aguja eran ya, habiendo en una pequeña lancha ofrecídome el primero yo a reconocer el sitio, le hallé al propósito nuestro, por sus árboles, frondoso; por sus frutales, ameno; por sus cristales, fecundo; templado, por su terreno; por su soledad, baldío; y, en fin, por un paso estrecho que hay entre el monte y el mar, defensable para hacernos fuertes en él, si por dicha o por desdicha en recelo entrasen sus moradores, como lo dijo el suceso, pues, apenas en la tierra hubimos las plantas puesto, cuando, sin querernos dar plática en ser nuestro intento estar a su protección, fueron marciales estruendos lo primero que escuchamos, trompas y cajas diciendo… dentro golpes como de fábrica y cantan sin instrumentos a compás del golpe de las azadas. dentro. ¡Ay de quien nace a ser trágico ejemplo que a la fortuna representa el tiempo! Mas proseguir no es posible, tanto porque lo que desto resultó ya tú lo sabes, pues sabes que dos encuentros nos dieron lugar a que esos muros fabriquemos con el renombre de Tiro, que en el sirio idioma nuestro significa estrecho paso, cuanto porque a lo que veo, de las fortificaciones va Deidamia recorriendo la labor, a cuya vista los esclavos prisioneros, porque alivie sus tareas, enternecido su pecho, al son de zapas y palas, destemplados instrumentos, su llanto entonan. Y es fuerza asistirla, por si veo entre las que la acompañan una beldad de quien tengo pendiente alma y vida. Tú procura mezclarte entre ellos porque no te hallen ocioso sobreguardas e ingenieros, en tanto que yo les mando tengan mejor tratamiento hoy contigo. Vase. Mal podrán hallarme ocioso, si es cierto que con todos y mejor que todos, repetir puedo… ¡Ay de quien nace a ser trágico ejemplo que a la fortuna representa el tiempo! Mejor que todos, con todos dije, y dije bien, supuesto que yo solo en un cuidado todos los de todos tengo. ¡Ay, bella Irífile mía! ¡Quién supiera si, al ver puesto tu ejército en fuga, habías tú con sus reliquias vuelto a Ceilán! Que, como tú viva escapases del riesgo, aunque lo demás fue todo, todo lo demás fue menos. Vive tú y muera yo —¡ay triste!— esclavo, cautivo y preso; que no he perdido el honor, pues las desdichas es cierto que, aunque le ajen, no le injurian. Si tú vives, nada pierdo, aunque pierda la esperanza de volverte a ver, diciendo, entre tantos tristes, ya que no soy más que uno dellos: ¡Ay de quien nace a ser trágico ejemplo… Sale Irífile. (¡Ay de quien nace a ser trágico ejemplo…) (…que a la fortuna representa el tiempo!) (…que a la fortuna representa el tiempo!) (En tanto que va Deidamia las líneas reconociendo de las murallas —¡ay triste!—, tomando yo por pretexto en mi pasado desmayo la falta de los alientos, atrás me quedé, por ver si, por ventura, entre estos míseros, tristes cautivos, hablar con alguno puedo que me diga de Toante; que, como yo sepa —¡ay cielos!— que él vive, morir esclava ¿qué importa? Que no hay suceso tan fatal que otro que pudo ser mayor no le haga menos. De cuantos miro a ninguno a declararme me atrevo. Si habías de acobardarme, ¿para qué, piadoso afecto, me animabas?) (¿Para cuándo que era dijo algún ingenio astrólogo el corazón si, cuando me importa el serlo, no me sabe adivinar qué habrá la fortuna hecho de Irífile?) (¿Para cuándo se dijo que hace en el viento caso la imaginación si, cuando más lo pretendo, representarme no sabe qué habrán los hados dispuesto de Toante?) (Y, pues no tienen mis penas otro consuelo…) (Y, pues no tiene otro alivio la lid de mis sentimientos…) (…sino la voz,…) ( …sino el llanto,…) (…por si el aire sus acentos llevare donde los oiga,…) (…por si llegaren sus ecos a donde pueda escucharlos,…) (…diga en el común lamento…) (¡Ay de quien nace a ser trágico ejemplo que a la fortuna representa el tiempo!) (¡Ay, Irífile!) (¡Ay, Toante!) (Mas ¿qué aprensión…) (Mas ¿qué afecto…) (…me hace creer…) (…dudar me hace…) (…—¡qué ilusión!—...) (…—¡qué devaneo!—...) (…que me han nombrado?) (…que he oído mi nombre?) (Cierto…) (…o no cierto.) (Dejarme quiero engañar…) (Dejarme burlar intento…) (…persuadiéndome…) (…pensando…) Vuelven y vense. …que a esta parte…Mas ¡qué veo! …que a este lado…Mas ¡qué miro! ¿Si es delirio del deseo? ¿Si es frenesí del desmayo? Mal me animo. Mal me aliento. ¿Toante? ¿Irífile? ¿Aquí tú? ¿Tú aquí? ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? Si entrambos nos preguntamos, ¿quién habrá de respondernos? Pues, porque otro no responda, esto es que, el caballo muerto, del golpe y de las heridas caí sin sentido en el suelo. Por muerto al mar me arrojaran si ya no el prudente celo de Cósdroas, por encubrirme, que era su hijo diciendo con el nombre de Estratón, no moviera el noble pecho, con mi lástima y su llanto, de un fenicio caballero de quien esclavo quedé a darme la vida. ¡Cielos! ¿Qué escucho? ¿Tú esclavo? ¡Oh, nunca venido hubiera tu esfuerzo por auxiliar de mis armas! ¡Nunca hubiera el signo nuestro en confrontadas estrellas dominante influjo puesto, en fe de que, en dando fin a la guerra, esposo y dueño serías de Ceilán y mío! ¡Oh, nunca…! Cese el despecho, que es fuerza sentir que haya dictamen al tuyo opuesto, pues, si estuviera en mi mano, no solo lo que padezco, mas todo cuanto posible padecer me fuera, es cierto no lo trocara al dejar de haberte visto, creyendo que tan gran dicha no había de comprarse a menos precio. Si esto y más diera por verte, ¿qué será verte de nuevo, asegurada la vida de tanto temido riesgo? Dime, ¿has por dicha venido a tratar algún convenio de paz con Deidamia? ¡Oh, quién callar pudiera cuán presto la alegre cuenta de un triste dice gozo y es tormento! ¿Luego medios no te traen? No, que en mis males no hay medio. Pues ¿cómo estás aquí? Como, por ir en tu seguimiento, prisionera fui de dos capitanes, cuyo empeño llegó a componer Deidamia, siendo ajuste de su duelo que yo por esclava suya quede y… Suspende el acento, que a tanto alcance no tiene caudales el sufrimiento. ¿Tú prisionera? ¿Tú esclava? ¡Oh, nunca hubieran mis hechos empeñádome a venir en tu favor! ¡Nunca, haciendo recíproca consonancia de nuestros astros el cielo, te hubiera visto en el mío favorable, pues hoy pierdo, solo en perderte, no ya lid, fama y libertad, pero honor, vida y alma! ¡Oh, nunca hubiera…! Cese el despecho, que mudaré de opinión si mudas tú de argumento, pues tampoco yo… dentro. Por esta parte también mirar quiero qué defensas hay. Deidamia, los muros reconociendo, hacia aquí se acerca. dentro. Yo, por lo que en ella hay, me alegro de que ahí te acerques. Con ella viene mi piadoso dueño. dentro. Pues llega Deidamia, vuelva el músico llanto nuestro. dentro la música y fuera los dos. ¡Ay de quien nace a ser trágico ejemplo que a la fortuna representa el tiempo! Que no nos hallen hablando será bien; no despertemos alguna malicia. Adiós. Adiós, mas dime primero, en tan deshecha fortuna, ¿qué hemos de hacer? ¿Qué podemos hacer, si solo nos queda un remedio? ¿Qué remedio? Que esperemos y suframos. Pues suframos y esperemos. Adiós otra vez. Adiós. ¡Qué pena… ¡Qué sentimiento… …la que no deja otro alivio… …el que no da otro consuelo… …que vivir callando…! …que morir diciendo…! La música y los dos a un tiempo. ¡Ay de quien nace a ser trágico ejemplo que a la fortuna representa el tiempo! Jornada Segunda Salen Deidamia y Laura, solas. Esto ha de ser. Ya, señora, que fías de mí tus ansias, permíteme que te diga que, para que vea mudanza en tu semblante Cenón, te ofendes con poca causa. Si sabes que en las fortunas que vamos corriendo varias los ancianos que me siguen, los nobles que me acompañan, me han representado el sumo desconsuelo en que se hallan de que en mí la sucesión falte de su real prosapia, a efecto de que yo elija esposo, necesitada a haber de ser uno dellos; si sabes que en esta instancia fue a quien menos ofendida escuché, menos airada, y aun menos sorda, a Cenón, no porque le di esperanza, mas porque no la negué —que en mujeres de mi fama el no desdén es favor—, ¿cómo, poniendo tan alta la mira en que ser oído, sino respondido, basta, poca causa te parece empeñarse en la demanda de otra dama? Si creyó que, afligida, se amparaba dél, ¿cómo escusarlo pudo? ¿Y decirme a mí en mi cara la peregrina hermosura de esa divina persiana tocaba al empeño? No, pero, él noble y ella dama, la libre cortesanía es lisonja, no alabanza. Está bien, mas ¿el decir que no había sin llevarla de volver al mar sería también lisonja? Eso salva el ser porque no creyesen que de cobarde dejaba el empeño, siendo así que traerte tal esclava era su intención. ¡Ay, necia! Que, a no ser disculpa hallada, acaso fuera disculpa, mas, si al querer esforzarla él fue quien perdió el sentido siendo ella la desmayada, ¿cómo ha de ser verdadera con tantas señas de falsa? Si le vieras qué turbado quedó, sin color, sin habla, al verla llevar, qué torpe se tropezó en las palabras y qué grosero paró en pintarme cuán bizarra, espada en mano, había visto una Belona, una Palas, nunca tú por él volvieras. Y, en fin, si no sabes, Laura, que, con razón o sin ella, hay cierta pasión tirana que se aparece al sentirla y se huye al explicarla… (Más he dicho que juzgué.) Y, en fin, vuelvo a decir, Laura, si no sabes que hay un cierto rencor, una cierta saña, que sé cómo se padece y no sé cómo se llama, no me culpes de que invente tan nunca vista venganza que, empezando al primer viso en heroica acción hidalga, villana y no heroica acción sea en el segundo. Estrañas cosas propones: ¿a un tiempo hidalga acción y villana puede haber? Sí. ¿De qué suerte? Desta suerte —oye y sabrasla—: lo primero es que de vista la pierda y, no bien vengada con esto, he de hacer que cuando venga a saber della… Calla, que viene gente. Sale Cósdroas. Si pueden, en fe de nieve, mis canas osar a tocar esotra nieve de tus manos blancas, te ruego me lo permitas y oigas… Pues ¿qué esperas? Habla. En el lleno de la luna de marzo, que es cuando ufana parte imperios con el sol, pues días y noches iguala, acostumbra Persia hacer —como, en fin, nocturna hermana de Apolo, su auxiliar dios— sacrificios a Diana, y, fiando tus cautivos sus afectos a mi anciana edad, por mí te suplican que a la obra en que trabajan les des este día de asueto y puedan en una casa yerma, la que les señales, entrar en ella sin armas y, poniéndola a la puerta bastante gente de guardia, juntarse todos a hacer el sacrificio a su usanza. Si con tan pequeño alivio sus sentimientos reparan, vuelve, anciano, y di que yo, desde luego, hago la gracia. Vivas los años, señora, de aquel pájaro de Arabia, y aun más que él, pues, sin morir, a nuevas edades nazcas. Direlo a todos porque te den todos alabanzas. Vase. Aunque otra cosa pidiera más difícil, la otorgara por echarle de aquí. ¿Qué diré yo, que tengo el alma, más que de un hilo, pendiente de tan nueva, de tan rara venganza, como perderla de vista y no ser venganza? Claro está, porque la ausencia ya deja con esperanza de volverse a ver, y aun esta tan del todo he de atajarla que, cuando venga a saber della, sea para hallarla en ajeno poder. ¿Cómo? Yo he de decir… dentro. ¡Que me matan! Otro estorbo. dentro. ¡Aquí de Baco, dios de carpetas y mantas que penden ante tabernas! dentro. A los filos desta estaca, infame, has de morir. Mira qué voces son esas, Laura. Flora, aquella jardinera que, con Fineo casada, él en tu ejército sirve y ella en tus jardines labra, corriendo tras un cautivo viene. Sale Morlaco y Flora tras él con un palo. ¡Tu amparo me valga! ¿Qué es esto? Sin ser pastel, fui de a cuarto en la pasada refriega; echada la suerte, aunque para mí fue echada a perder, a ganar fue para el amo de esa ama, que, según es regañona y mal acondicionada, pensé ser ama que cría, y no es sino ama que mata. Apenas vengo de estar trabajando en la muralla cuando, para que descanse, traer agua y leña me manda, que son mis dos enemigos, pues mi bebida es el agua y mi comida, la leña. Tan fiera, tan inhumana es que, a falta de asno, hay día que a mí a la noria me ata. ¡Mira si hay desdicha como suplir de un asno las faltas! ¿Esto de ti ha de decirse? Si, cuando de la campaña esperaba que trajese Fineo una buena alhaja, esa buena alhaja fue con la que se vino a casa; si, sobre no ser sujeto de quien se tenga esperanza de canje, pues por aquel talle, por aquella cara, ¿quién ha de dar una negra, cuanto y más dar una blanca?, y, en fin, si, sobre esto, no es de provecho para nada, pues, sin ser cochero, hace al revés cuanto le mandan, ¿qué mucho que le castigue y que…? ¡No más! ¡Basta, basta!, que estoy muy de veras yo para burlas tan cansadas. Trátale, Flora, mejor, no oiga yo que le maltratas otra vez. Si desde hoy no enmienda sus paparrabias, mañana vendré a quejarme. También sabrá irse mañana a mis manos el garrote y el garrote a tus espaldas. Vanse los dos. Prosigue antes que nos venga otro embarazo. ¿En qué estaba? En que la primera acción ha de ser el ausentarla. Eso toca a la acción noble, que yo he de hacer. Luego pasa a que la ha de hallar ajena. Eso toca a la villana, que has de hacer tú. ¿De qué suerte? Yo tengo de poner, Laura, a Irífile en libertad. Tú, en viéndola libre… Aguarda, que aún no habemos acabado con los que nos embarazan, y ella viene. Ella no importa, y antes juzgo que adelanta nuestra plática, supuesto que es lo que a ti te contara lo que he de decirla a ella. Y, así, en mis voces repara, con que escuso repetirlo hablando a un tiempo con ambas. Déjala llegar. Sale Irífile. (En estos jardines, si no me engaña la imaginación, he visto desde una de esas ventanas de la torre a Toante; y, pues a ellos hoy Deidamia baja, como que vengo en su busca, veré si mi suerte avara que le hable me permite, que de sola una palabra componer muchos consuelos suele Amor. Pero Deidamia…) ¡Irífile! ¡Gran señora! ¿Cómo, di, en Tiro te hallas? Si, siendo una esclava humilde, como a huéspeda me tratas, ¿cómo he de hallarme? Muy bien, y nunca más bien hallada que aqueste rato que estoy puesta, señora, a tus plantas. Y, así, viendo desde el muro que en estos jardines andas, a ellos bajé, solo a fin de saber si algo me mandas. Muy contra ese rendimiento era lo que yo trataba con Laura ahora. Sepa yo lo que tratabas con Laura, por si alguna culpa es mía que solicite enmendarla. Yo, Irífile, desde el día primero que en esta playa tomé tierra, en protección de su dueño imaginaba ser admitida a merced de algunos feudos o parias. Antes que tomase voz de en qué paraje me hallaba, me saludaron los ecos de tus trompas y tus cajas, con que, hallándome imposible de volver al mar a causa de que las naves traían, de navegación tan larga, atormentados los buques y rotas velas y jarcias, nos hubimos de poner en defensa. He hecho esta salva en fe de que nunca quise la guerra, pues lo que pasa desde aquí ya tú lo sabes. Dejo desde aquí doblada la hoja y voy a que tus nobles prendas, tu hermosura y gracia me tienen compadecida, en una parte a tus ansias y, en otra, a mis conveniencias atenta, pues, si lograra el quedar en paz contigo y, remitidas las armas, en conforme vecindad viviésemos, ajustadas capitulaciones que estuviesen bien a entrambas fuera el más glorioso fin. Y, así, he resuelto te vayas libre a tu ciudad y en ella me pagues la confianza que hago de ti, que no quiero capitular con ventaja teniéndote prisionera, sino que a tu arbitrio hagas lo que te dicte tu noble sangre y honor, lustre y fama. (Ya he visto la noble acción; ahora la no noble falta.) Mil veces, señora, beso tu mano, por piedad tanta como usas conmigo, y cree que allá he de ser más tu esclava que aquí, que aquí lo es la vida y allá lo ha de ser el alma. Cuanto a capitulaciones, persuádete a que te hallas más dueño de Ceilán que de Tiro, con fe y palabra de firmarlas como tú las envíes, o las altas deidades, a quien testigos hago, con sus soberanas influencias me destruyan el día que proceda ingrata a tanto favor. De rodillas. ¿Qué haces? Volverme a echar a tus plantas en fe de que dueño mío has de ser siempre. Levanta, y, porque en resoluciones de tan grave circunstancia no todos son de un sentir y será posible que haya partidos votos, no es bien que desto se entienda nada hasta estar ejecutado, que es muy grande la distancia que hay de saber que se hizo a consultar que se haga. Y, así, yo te avisaré para que en secreto salgas la noche que de las puertas estén con orden las guardas de que, sin reconocerla, dejen salir una escuadra en cuyo convoy irás oculta y asegurada. Y ahora, porque no me des desto, Irífile, las gracias, quédate a pensar contigo en qué obligación te hallas y piensa que hay que pensar más de lo que piensas. (Laura, ya hice yo la hidalga acción, ven a hacer tú la no hidalga.) Vanse las dos. Oye, escucha…Sin oírme, airosa volvió la espalda. Sin duda alguna, me quiere por su deudora Deidamia, pues no quiere que agradezca, que el que agradece ya paga. Generosa anda conmigo; fuerza es que yo satisfaga con igual fineza. ¡Oh, quién todo esto participara a Toante! Daré vuelta al jardín, por si me engaña o no el pensar que le vi. Sale Toante. ¡Irífile! ¿Quién me llama? Quien en aquel breve espacio que le permite esta azada mirar al cielo te vio, y, a hurto de afán y labranza, de paso saber desea cómo estás, cómo lo pasas. Como noble prisionera. No te pregunto a ti nada: ya veo cuán afligido… Para lo que otros afanan, aun esto es lo mejor. ¿Cómo? Como mi dueño a las guardas, sobrestantes e ingenieros mi buen tratamiento encarga. Y, así, al jardín me aplicaron, que al fin es labor más blanda. Gente viene. ¡Oh, quién pudiera decirte que el cielo trata mejorar nuestras fortunas! Mas son tantos los que pasan por aquí, tantos los que nos ven, que temo que hagan reparo en ver a los dos hablar, y más si a oír alcanzan cualquier razón que aventure un gran secreto. Pues haya industria contra esa fuerza: yo estaré abriendo esta zanja, conduto de aquella fuente, que es lo que hoy hacer me mandan. Paséate por estas calles como que al descuido andas cogiendo flores y siempre que pases por aquí habla una palabra, no más; yo juntaré las palabras después y sabré lo que decir quieres. Bien lo trazas. Pues a la deshecha. Pues a la industria. Atiende y cava. Retírase Toante en medio del tablado, sale Cenón a una puerta, Leonido a otra, quedándose al paño, y paséase Irífile. (¡Qué triste y qué pensativa de uno en otro cuadro anda Irífile!) (¡Qué suspensa y sola Irífile pasa, hablando como entre sí, de una estancia en otra estancia!) (Entre estas redes oculto por el temor de Deidamia…) (Por la nota de la gente escondido entre estas ramas…) (…pues hablarla no es posible, conténteme con mirarla.) (…me contentaré con verla, pues no me es posible hablarla.) (Largo he tomado el paseo por desvanecer la causa.) (¿Qué es lo que querrá decirme? Sin duda es dicha, pues tarda.) (Hacia aquí viene.) (De aquestas flores sobre esotras haga, para mayor disimulo, un ramillete.) Repara que, aunque tan varias las ves, rojas, azules y blancas, cualquiera es ya maravilla en llegando tú a tocarla. ¿Quién está aquí? Quien con verte está engañando sus ansias. Volveré por otra parte. ¿Quién a huir te obliga? Al pasar junto a Toante diga el medio verso, y así los demás, que él repite. Deidamia. («Deidamia» al pasar me dijo.) Ya que aquellas no me agradan, corto otras flores. Al otro lado. Advierte que, aunque las mires tan varias, cualquiera es la siempreviva, si con mi fe la comparas. ¿Quién aquí escondido? Quien sus sentimientos engaña con solo verte. (Los pasos me ha cogido mi desgracia. Si quiero por otra parte echar, no le digo nada. ¿Qué haré? Mas menos importa —pues él a verlos no alcanza— que ellos me cansen, que no que a él no le avise.) ¿Qué estrañas el ardid de amor? No estraño sino presunción tan vana. Si, porque fui prisionera tuya, creyó tu ignorancia que, sobre las persuasiones de tu necia prima Laura, a esto atreverte podías, creyó mal, que, aunque contraria fortuna en prisión me pone, para aborrecer, mi fama me pone en mi libertad. Pasa. («Me pone en mi libertad» dijo agora.) (Fuerza es que haya de dar con ellos por no alejarme.) (Albricias, alma, que, pues vuelve hacia aquí, es cierto que mi acecho no la cansa.) Bien merecen mis finezas el que vuelvas a escucharlas segunda vez. No merecen, mientras para acreditarlas no veo algún amante estremo. ¿Qué estremo habrá que no haga? Si esperas que yo le diga, enviarme a Ceilán trata. Pasa. («Enviarme a Ceilán trata».) Dicha fuera, ya que vuelves, volver menos enojada. Pues ¿qué has hecho para que yo me desenoje? Nada puedo hacer mientras no sé dónde ir pueda mi esperanza. A disponer dignos medios. Pasa. («A disponer dignos medios».) (Esto es sentir que yo haya fiado a Laura mi amor.) Si mi dicha fuera tanta que enviarte a Ceilán pudiera, no dudes que te enviara. No está eso en mi mano. Pues Pasando. ten paciencia, sufre y calla. («Ten paciencia, sufre y calla».) Si dónde hallar dignos medios supiera, yo los buscara, mas no los hallé mejores. (En tanto que él no los halla, vanidad mía, no sientas lo que Leonido te agravia,) que yo volveré por ti. Pasa. («Que yo volveré por ti».) ¿Cuándo, di, podrán mis ansias alentar? Si lo consigues, luego que de Tiro salga. Pasa. («Luego que de Tiro salga».) (Ya le dije lo que pude; que él lo haya entendido falta.) Vase. Dejó Irífile el paseo. Mi vista la siga hasta que tropiecen mis temores en los celos de Deidamia; bien que, entre dos hermosuras, una celosa, otra ingrata, mejor me será volverme al mar huyendo de entrambas. Vase. Tomó Irífile otra senda y, al seguirla, me acobarda tanto su ceño que no me atrevo a mover las plantas. (Ya se fue. ¡Oh, si yo pudiese recopilar las palabras que destroncadas me dijo! Si fuesen estas: «Deidamia me pone en mi libertad; enviarme a Ceilán trata a disponer dignos medios. Ten paciencia, sufre y calla, que yo volveré por ti luego que de Tiro salga». ¿Libre Irífile? ¡Qué dicha!) ¿Con quién allí Estratón habla? ¡Oh, quién, Deidamia, pudiera construirte por tan alta generosa acción un templo en cuyas piadosas aras mármoles, jaspes y bronces te consagrasen estatuas, en cuyo obsequio…! ¿De qué das a Deidamia esas gracias? (Destemplome el alborozo. ¿Qué diré?) dentro. Viva Diana, y, pues hoy tenemos para su alabanza las vidas cautivas y libres las almas, venid, venid a sacrificarla. Esas voces te respondan por mí, pues ellas declaran el justo agradecimiento que a Deidamia debo, a causa de habernos dado licencia de que nos juntemos para celebrar a nuestro modo un sacrificio. ¿Qué aguardas para ir con los demás que se van llamando en altas festivas voces? No quise concurrir con ellos hasta tener tu licencia. Pues ya la tienes y ya tardas, que se van juntando todos. Iré, pues que tú lo mandas, con todos diciendo: dentro. Viva Diana, y, pues hoy tenemos para su alabanza las vidas cautivas y libres las almas, venid, venid a sacrificarla. Vase. ¡Con qué poco se contenta un triste que, como halla no esperada la alegría, cualquiera que encuentra, ensalza! ¡Ay de mí, que no la tengo! Si supiera al ampararla quién era Irífile, nunca conviniera yo en dejarla ni aun a Deidamia, aunque todo su respeto aventurara. ¡Que la viese en mi poder y la dejase! ¡Oh, mal haya ocasión y honra, que nunca, si se pierden, se restauran! ¡Quién en su poder la viera otra vez! Sale Laura. ¡Al cielo gracias que te hallé, que ando en tu busca todo el día! Pues ¿qué hay, Laura? ¿Óyenos alguien? No. Pues oye tú lo que me encargas (aunque dijera mejor lo que me encarga Deidamia.) Habiendo de mí fiado que amas a Irífile bella y que procure con ella introducir tu cuidado, no te quiero encarecer si lo hice o no, que no quiero galardón ni gracias, pero tampoco quiero perder la más felice ocasión de servirte. Yo he sabido, por no se qué que he entreoído, que tiene resolución Deidamia de que a Ceilán libre vuelva, en esperanza de que, haciendo confianza della, las paces podrán capitularse mejor. Y, porque, si esto se sabe, podrá causarse algún grave escandaloso rumor, quiere en secreto envialla y, sin llegarte a decir para qué, te ha de pedir gente para convoyalla. Pues, de tierra general, te toca que el orden des a cualquiera escuadra, y pues se viene ventura igual a las manos, nombra a quien te sirva en no defendella y a quien, saliendo tras della, robarla pueda también, que, una vez en tu poder, ella y los suyos vendrán en que seas de Ceilán dueño, llegándolo a ser suyo casando los dos, que es el único remedio. Este es el aviso; el medio tú le has de poner. Adiós. Vase. Oye…Pero ¿para qué saber más della procuro, si, de mi fama seguro, sé lo que basta, pues sé que fue mía en la batalla? Y, ya que por mía no quede, cualquiera su prenda puede, donde la encuentre, cobralla. Y, así, beldad soberana, pues te gané y te perdí, vuelva a ganarte, que a mí no ha de obstar… dentro. Viva Diana, y, pues hoy tenemos para su alabanza las vidas cautivas y libres las almas, venid, venid a sacrificarla. Hacia aquí el tumulto viene de los esclavos. Iré donde más a mano esté, si es que pedirme previene Deidamia la escuadra, ufana de que hace una generosa acción, bien que sospechosa la saldrá. Vase. Salen todos los cautivos que pudieren, Toante, Cósdroas, Morlaco y músicos. Viva Diana, y, pues hoy tenemos para su alabanza las vidas cautivas y libres las almas, Bailan. venid, venid a sacrificarla. Pues ya, Cósdroas, el pretexto que en tu idea has fabricado a todos nos ha juntado, dinos, ¿a qué fin es esto? ¿Está cerrada la puerta? Las guardas que se quedaron por de fuera la cerraron. Pues, para que no esté abierta, sin el nuestro, a su albedrío, id, cerradla por de dentro. Si yo con la estaca encuentro de mi ama, bien confío que nadie la romperá, que es durísima en estremo. Que escucharnos pueden temo. Ni oírnos ni entrar pueden ya. Sepamos, pues, para qué nos juntas. Para deciros, mirándoos unos en otros, tan pobres, tan abatidos y tan míseros que ¿dónde están los persianos bríos que en Asia y África os dieron tantos blasones antiguos? Y, si no es bastante espejo veros en vosotros mismos, volved a ese muro, a ese campo los ojos, y, tinto uno en sangre y otro en llanto, veréis que os dicen a gritos: «Aquí los que fallecieron peleando se han construido en cada flor, una pira, en cada hoja, un obelisco; y allí, los que se toleran infamemente cautivos, en cada piedra, un padrón, y en cada azada, un delito». Que al trance de una batalla se muestren menos benignos los hados y que, llevando adelante sus motivos, tenaces, si dan en ser ya opuestos o ya propicios, sea una vitoria de otra batallado silogismo, ya lo vimos muchas veces; pero pocas veces vimos que el laurel del vencedor sea argolla del vencido con tan grande infamia como ver que unos advenedizos, arrojados de su patria, de esos mares peregrinos y huéspedes destos montes, hollando espumas y riscos, a avasallarnos en ella a la nuestra hayan venido tan afortunados que no nos dejen albedrío a que en nuestro desempeño osemos abrir caminos que ilustren con intentarlos, cuando no con conseguirlos. Si os mantiene la esperanza de que seréis socorridos de Ciro, ya esa espiró, que hoy un mercader que vino a traer con pasaportes no sé qué canjes, me dijo que Alejandro, a quien la fama da el Magno por apellido —pero ¿qué mucho, si es del Grande Filipo hijo, que hijo de Filipo el Grande el mundo avasalle invicto? —, que el Magno Alejandro, pues —segunda vez lo repito—, entra por Persia, con que, puesto en su opósito Ciro, acudir al propio daño más que al ajeno es preciso. Ya ni aun aquella lejana esperanza de su auxilio os queda, con que obligados os halláis a reduciros a duradera prisión, en tan penoso ejercicio como el gusano de seda, que, labrando de sí mismo la cárcel, muere encerrado en el hilado capillo que fabricó su tarea de su sustancia hilo a hilo. Pues, siendo así que a un gusano somos hoy tan parecidos que con nuestro propio afán en esos muros de Tiro nuestras cárceles labramos, seámoslo en romper altivos de tan violenta prisión las cadenas y los grillos: ¿él no renace con alas de sí propio tan distinto que al que se encerró gusano salir mariposa vimos? ¿Pues por qué, por qué nosotros, con más razón, más instinto, no habremos de cobrar alas? Muramos, ya que morimos, de ardiente encendida fiebre, no de yerto pasmo frío. Direisme que con qué medios, por más alas, por más bríos que criemos, nos podemos alentar a competirlos? Ellos de las armas son los dueños, sin permitirnos ni aun para el uso común de la vianda un cuchillo. Todos acerados arcos y flechas, todos bruñidos arneses y escudos tienen, cuando desnudos vivimos nosotros, sin más defensa, al invierno ni al estío, que estos serviles ropajes que, sin decoro ni aliño, toscos nos urdió el telar sin primor del artificio. Esto diréis y respondo que para eso se previno que a quien le falta la fuerza se guarnezca del arbitrio. A su política atentos, los estranjeros fenicios, más que en la campaña muertos, ¿no nos conservaron vivos en la esclavitud a causa de que el tenernos rendidos miraba a dos conveniencias, dejándoles, a dos visos, o ya el canje o ya el sudor, fortificados o ricos? Esta ansia de prisioneros y sed de esclavos ¿no hizo que nuestro número crezca más que el suyo, pues es visto que ninguno hay sin esclavo y muchos a cuatro y cinco? Pues ¿quién nos quita, ya que de día al trabajo acudimos y de noche cautelados cada uno al domicilio se va de su dueño, que cada uno pueda, valido del silencio de la noche, del prestado parasismo del sueño y sus mismas armas, gloriosamente atrevido, matarle en su mismo lecho? Con que, casero enemigo, vendrá a tener más ventaja que él tuvo, pues más distrito que hay del desnudo al armado hay del despierto al dormido. Mueran, pues, en indefenso callado motín, sin ruido, reservando solamente las mujeres y los niños que no pasen de diez años, para que en nuestro servicio ellas vivan y ellos crezcan, con que, poniendo advertidos a Irífile en libertad y a Deidamia en su servicio, con las preciosas riquezas que de Fenicia han traído quedaremos no tan solo libres, vengados y ricos, pero absolutos señores, eligiendo a nuestro arbitrio rey que nos gobierne, pues, siendo de nosotros mismos, es fuerza en paz y justicia mantenernos, advertido que podremos deponerlo, pues pudimos elegirlo; con que, dueños de nosotros, sin reconocer dominio a nadie, daremos nombre al nuevo reino de Tiro, en cuyo muro y en cuyas láminas de piedra escrito leerá la fama a la historia de los venideros siglos: «esta es la venganza que, osados, fuertes y altivos, en su esclavitud tomaron los persas de los fenicios». ¿Todos calláis? Pues ¿no hay quién responda? Si suspendido está Toante, ¿quién quieres que hable antes que él? Pues yo digo, ya que he de hablar el primero, que ¿quién será tan indigno persa, tan vil, tan cobarde que, al verse tan oprimido, se acuerde de que hubo ofensas y se olvide de que hay bríos? Y, así, yo seré el primero que, olvidando beneficios y acordándome de agravios, le dé muerte a Leonido. Y el que no diga lo propio, sin que de aquí salga vivo, muera a nuestras manos. ¡Muera! Yo, con ser norial borrico, no solamente lo juro, mas lo voto y lo porvido con circunstancia agravante, pues no solo al dueño mío mataré, pero a mi dueña. Ved si a todos me anticipo, pues ser mata-dueñas es más que ser mata-vestiglos, aunque me llamen después licenciado mata-asnillos. Señalar el día nos falta, la hora y el punto fijo, porque como en todos sea a un tiempo el susto, es preciso que no puedan socorrerse unos a otros. Atrevidos impulsos son más vehementes cuanto son menos remisos. Si lo dilatamos, Cósdroas, podrá ser que algún indicio en la astrología del pueblo, que suele ser adivino de sucesos, que contados se saben antes que vistos, nos descubra. Y, así, es bien no dar al tiempo un resquicio. Eso en una parte; en otra, ser posible que el activo calor de hoy esté mañana, ya que no resfriado, tibio pide más prisa. Y, pues ya anochece y prevenirnos no hemos menester de más que de nuestro precipicio, esta misma noche sea, y la hora, cuando en filo de su mitad la divida la luna en dos equilibrios. Ha dicho bien. Pues no hay sino ejecutar lo dicho. La seña será las trompas y cajas que ya previno mi celo, porque, asaltados todos juntos de improviso dentro y fuera de sus casas, sea todo un confuso abismo. Y ahora, quitando a la puerta el fiador que la pusimos, volved para que nos abran a entonar más alto el himno: Viva Diana, y, pues hoy tenemos para su alabanza las vidas cautivas y libres las almas, venid, venid a sacrificarla. Ya abrir las puertas podemos. Salgamos agradecidos al favor, sin mudar nadie semblante, color ni estilo. Y, pues hoy tenemos para su alabanza las vidas cautivas y libres las almas, venid, venid a sacrificarla. Vanse, y detiene Toante a Cósdroas. ¡Cósdroas! ¿Qué quieres? Que, pues ya todos van divididos a sus casas, industriados de lo que han de hacer, conmigo te vengas hacia la mía, porque tengo en el camino que hablarte a solas. ¿Qué esperas? ¿Acuérdaste que Leonido me dio la vida? Yo fui el instrumental testigo. ¿Sabes que en mi esclavitud, más que mi dueño, mi amigo, sobre aliviar mis fatigas fuera de su casa, hizo en ella tal confianza de mí que, siendo preciso venir tarde algunas noches del jardín adonde asisto, a causa de que Deidamia bajaba a su ameno sitio, mandó que me diesen llave no solo de aquel postigo que cae a mi albergue, pero maestra de su cuarto mismo, a fin de lo que gustaba tal vez conferir conmigo? Sí, lo sé. ¿Sabes también que soy quien soy? Yo el que finjo que no lo eres soy. Pues ¿cómo, sabiendo que por él vivo, sabiendo su tratamiento, su confianza y cariño, y finalmente que soy quien soy, has de mí creído que vida, trato y fe puedo pagar con un homicidio? Tú fuiste quien mi consejo aprobaste. Muy distinto es cumplir yo con la patria que haber de cumplir conmigo. Leonido no ha de morir a mis manos; dame arbitrio cómo podré tus intentos carear con sus beneficios. No dándole tú la muerte, pero no quedando él vivo, que, general de sus armas, es mucho para enemigo si vivo queda. ¿Cómo eso puede ser? Ya lo imagino. Yo juntaré de los nuestros algunos que irán conmigo diciendo que allí el esfuerzo —por ser principal caudillo, donde hay guardia y hay familia— conviene. Y, así, eximido tú de la nota de ingrato con que el tumulto lo hizo, pones en salvo tu honor. No pongo si lo permito, que en lo mal hecho aun es menos hacerlo que consentirlo, que uno dice bien vengado y otro publica malquisto. Eso es reventar de honrado. Esto es ser agradecido. Es ser no fiel a la patria por ser con un hombre fino. Es ser fiel y fino a un tiempo, pues ya voté los designios de la patria en su favor y ahora consulto los míos. De ingrato no ha de acusarme. ¿Qué muerto al matador vino a residenciar de ingrato? El que quedó en mi fe vivo. Bastante disculpa es decir que el motín lo hizo. Si eso sin saberlo yo me lo hallara sucedido, decías bien. ¿Quién, si no tú, lo sabrá? ¿Qué más testigo? ¿Para ser yo ruin no basta saberlo yo de mí mismo? Pues prevente a embarazarlo. Pues prevente tú a cumplirlo. Sí hare, que menos importa que un común un individuo, y quizá habrá cómo salve tu honor y mi patria. Dilo. ¿Para qué, si es tu disculpa no saberlo? Y no hay camino mejor de que no lo sepas… ¿Qué? …que irme yo sin decirlo. Vase. ¿Quién, cielos, en confusiones tantas como yo se ha visto? Cuando pendiente de que si se habrá Irífile ido a Ceilán estoy, bien como troncadamente me dijo, nueva duda me combate, y tan grande como ha sido ser a mi patria traidor o traidor al dueño mío. Si le digo que conviene guardar su vida, le digo de quién; si lo callo, ¿cómo le he de decir el peligro de que ha de guardarse? ¡Cielos, alumbradme en tanto abismo! Y dije bien, «alumbradme», pues, cuando ya el umbral piso de mi albergue y paso al cuarto, Entra por una puerta y sale por otra. solo y a obscuras le miro. Sin guardia está estotra puerta y cerrada: ¿si han oído algo los que se quedaron fuera y, trayendo el aviso para reparar el daño a juntar la gente ha ido Leonido, a este fin llevando familia y guardia consigo? ¡Ah, discurso! ¿A lo peor siempre? El más vehemente indicio desto es ver si retiraron también las armas. Preciso es, para verlo, traer luz, que no he de fiar al tino tan grande experiencia. Vase. Salen Irífile, Leonido y Anteo. ¡Cielos, favor! Cesen los suspiros, que en brazos vas de quien más te estima a ti que a sí mismo. ¡Ay de mí, infeliz! Anteo, pues solo de ti me fío, a cuya causa esta noche familia y guardia retiro, quédate a esta puerta y nadie —pues no ha de haber más testigo que tú— entre aquí, mientras yo un instante, un improviso, me dejo ver de Deidamia en prueba de que no he sido yo el agresor deste robo. Vase. Parte seguro, que fijo a esta puerta me hallarás. Pónese a la puerta. Valedme, dioses divinos, que no sé ni dónde estoy ni lo que me ha sucedido, pues solo sé que me hallo en un ciego laberinto. Sale Toante con luz. Reconoceré si están las armas. Pero ¡qué miro! Luz ha entrado. Mas ¡qué veo! ¡Otro asombro! ¡Otro prodigio! ¡Toante! ¡Irífile! A la puerta Anteo escuchando. (¡Aquí luz! ¿Y «Toante» ella no dijo? Oiga y calle.) Pues ¿qué es esto? Volvernos a aquel principio en que ambos nos preguntamos y en que ambos nos respondimos. ¿Cómo? ¿Entendiste bien cuanto mi voz al pasar te dijo? Sí. Pues habiendo —¡ay de mí!— de las murallas salido con el convoy que Deidamia me dio, nos salió al camino una tropa; huyó la mía, con que, un soldado al estribo y otro a la rienda, el caballo de ambos gobernado vino donde a obscuras me han dejado y donde, habiéndote visto, no sé cómo aquí estás. Como es la casa de Leonido, mi amo. ¿De Leonido? Sí. ¡Ya es más mi mal sucedido que fue imaginado! ¿Cómo? Como el primer dueño mío fue Leonido y de su amor… No, no tienes que decirlo, que ya me lo han dicho antes mis desdichas, pues me han dicho que se guardaban los celos para el último martirio. Darle la vida pensaba, a mi vida agradecido; agradecido a mi muerte, no lo he de hacer, pues ya es visto que delito sobre celos es disculpado delito. ¡Muera Leonido! Mas ¡ay!, que es muy desigual partido, que sé yo que él me ha obligado y él no que a mí me ha ofendido. ¿Quién vio contrato en que es fuerza valer yo más que yo mismo? ¡Viva Leonido y yo muera! Pero ¿qué digo?, ¿qué digo? ¡Oh, mal haya tanto honor! ¿Será de mi fama digno decir que dejé a mi dama a otro amante, consentidos mis celos? Eso no. ¡Muera con todos cuantos fenicios hoy han de morir! ¿Qué es eso de morir todos… (¿Qué he dicho?) (¡Otro susto, cielos!) …si antes que llegues a presumirlo sabrá Leonido quién eres, que estás con nombre fingido y eres de Irífile amante? No harás tal, que yo, rendido a tus pies, te rogaré que lo que un despecho dijo no es para que dello hagas aprecio y… No hay que impedirlo, que todo lo ha de saber. Haz lo que yo te suplico antes que otro te lo mande. ¿Quién será? Tu acero mismo. ¡Muere a mis manos! Quítale la espada y mátale, y cae medio dentro del vestuario. ¡Ay, triste! Ahora, si pudieres, dilo. ¿Qué has hecho? Cerrar con puerta de acero nuestro peligro. Y, ya que a los pies del lecho de Leonido a caer vino, mientras que no se declare aun otro mayor prodigio, vente tú conmigo. Sale Leonido. ¿Dónde Irífile ha de ir contigo? Y más cuando usando ingrato de la entrada que has tenido a este cuarto, veo ese acero en tu vil mano teñido en roja sangre. ¿Qué es esto? Volver por tu honor, el mío y el suyo. En mi albergue estaba cuando oigo un triste gemido de mujer pidiendo al cielo favor. Tomo luz, movido de la novedad, y entro adonde un soldado miro con Irífile…No sé cómo me atreva a decirlo, por no decir que luchando. Y, porque llegué a impedirlo, me atropelló de manera que me obligó a que a los filos muera de su acero. Mira, él en tu casa atrevido, ella ofendida en tu casa, yo en tu casa agradecido, si hice bien o no en salvar su honor, el tuyo y el mío; con que, viéndola confusa, sin saber cómo aquí vino, la dije, como tú oíste, «vente, Irífile, conmigo» para volverla a Deidamia. ¡Oh, traidor! ¡Oh, fementido Anteo! No ya enojado, Estratón, agradecido a tu valor, con los brazos te pago el justo castigo del agraviado respeto de ese hermoso dueño mío. Y, pues que ya de mi amor y mi secreto te hizo capaz el acaso, bien de tus buenas prendas fío que nunca digas… dentro. ¡Arma, arma! Cajas. ¿Mas qué asalto no previsto tan súbito al arma toca? dentro. ¡Socorro, cielos divinos! dentro. ¡Dioses, favor! dentro. ¡Piedad, cielos! En general alarido clama toda la ciudad. ¡Guerra, guerra! Cajas. ¡Oh, hado impío! ¿Hasta dónde ha de llegar el rigor de tu destino? ¿Qué aguardo que no voy? Mira… Deteniéndole. Quita. Teme tu peligro, pues yo dél te aviso, y hago no poco en darte el aviso. dentro. ¡Traición, traición! dentro. ¡Arma, guerra! dentro. ¡Mueran todos los fenicios! Pues ¿qué es esto? Solevado tumulto de los cautivos, que a esta hora no habrá dejado alguno a su dueño vivo, sino yo. Golpes dentro. dentro. ¡Romped las puertas! Y, pues se acerca el conflicto, procúrate retirar en el más oculto sitio, mientras muero en tu defensa si no basto a reducirlos con que en casa no estás. ¿Yo retirarme? Solo, altivo, entraré a tomar mis armas, que, si el trenzado arnés ciño, el templado escudo embrazo y el ardiente acero esgrimo antes que, rota la puerta, entren, saldré a recibirlos. Éntrase. No harás, que impedirlo yo sabré. dentro. ¿Cómo has de impedirlo? Cerrándote, pues la llave está puesta en el pestillo. Cierra. dentro. ¿Qué haces, traidor? Ser leal, y, porque voces ni ruido no te descubran y sepas cuán seguro estás conmigo, Toante soy, no Estratón. Mira si tu vida solicito, pues, para serte traidor, no hubiera mi nombre dicho. Ponte tú ahora a mis espaldas. ¿Qué intentas? Ver si consigo, de él esclavo y de ti amante, ajustar, leal y fino, duelos de amor y lealtad, viendo que a él de todos libro y a ti dél. dentro golpes. dentro. Cayó la puerta. ¡Entrad y muera Leonido! Salen Cósdroas y todos los cautivos. Detente, Cósdroas, que ya, de tu razón convencido, mudé parecer y, al verle sobre su lecho dormido —que, a fuer de buen capitán, se recostaba vestido—, le di la muerte. Llegad; ved que, al postrer parasismo, con las ansias de la muerte, al pie del lecho caído en tierra está. Señala dentro. Atún de réquiem, en ella yace tendido. En efecto, eres quien eres, ¿pero quién aquí ha traído a Irífile? De Deidamia —que vengar en ella quiso el sobresalto de todos— huyendo, a ampararse vino de mí. No aquí te la dejes; llévala, Cósdroas, contigo. Vete tú con ellos. Pues ¿no vienes tú? Ya te sigo (y advierte que honor y vida me va en callar lo que has visto.) (Juramento hago a los dioses de que nunca he de decirlo.) Ven, bella Irífile, donde, puesta Deidamia en retiro y tú en libertad, digamos: «¡Viva por los persas Tiro y Toante, no ya Estratón, que dio la muerte a Leonido!» ¡Viva por los persas Tiro! Vanse; queda solo Toante, abre la puerta y sale Leonido. Mira si bien te he pagado la vida que te he debido. Y ahora, hasta ponerte en salvo, sabré tenerte escondido como Toante en mi fe y como Estratón en tu servicio. Asegúrate de mí, que a todo ese cristalino coro de los altos dioses, a quien pongo por testigos, hago jurado homenaje con todo solemne rito de que, aunque importe a mi vida, no descubra el que estás vivo. Tarde he sabido quién eres; pero dime, ¿qué se hizo Irífile? (¿Ahora te acuerdas della cuando yo me olvido?) Hallándola aquí el tumulto, como a su dueño, consigo se la han llevado. ¿No hubieras escondídola conmigo? No era fácil. A esconderte vuelve, no seas de alguien visto, mientras yo desde ese muro, antes que sea conocido, echo al mar ese cadáver. En fin, ¡tú no más has sido leal entre tantos traidores! En agravios conocidos no es la venganza traición, por más que digan a gritos unos: ¡Clemencia, piedad! Otros: ¡Nadie quede vivo! Y aun otros desde el mar: dentro. ¡Leva la áncora, despliega el lino y huyamos, pues vemos que es toda la ciudad prodigios! Y todos juntos: dentro. ¡Arma, arma! dentro. ¡Socorro, dioses divinos! dentro. ¡Cielos, favor! dentro. ¡Guerra, guerra! Pues de ecos tan distintos podrá componer la fama otro en que diga a los siglos que hubo esclavo tan leal que, celoso, amante y fino, le dio la vida a su dueño cuando en los muros de Tiro tomaron justa venganza los persas de los fenicios. Jornada Tercera Tocan cajas y trompetas y sale marchando por una parte Alejandro y soldados y por otra Cenón. Si merece, señor, un derrotado, náufrago peregrino, que a merced del destino, que a discreción del hado, por varios casos a tus plantas vino, besar, postrado a ellas, la menos fija estampa de sus huellas, humilde te suplico me des audiencia. ¿Cuándo yo no aplico el oído igualmente a amigo y enemigo, si prudente sé que tal vez consigo del enemigo aun más que del amigo? Y, así, sepa quién eres, adónde es tu derrota y qué me quieres. Magno Alejandro, a quien aclama el mundo, segundo al gran Filipo sin segundo, Cenón soy, héroe un tiempo de Fenicia, a quien Júpiter… Ya de esa noticia capaz estoy, y sé que, destruida, quedó desierta. De los que la vida por el mar escaparon… Ya sé también que en África arribaron. …uno fui, que al tomar en ella tierra… También sé los progresos de esa guerra. …triunfantes, pues, de Irífile y de Ciro… …fabricasteis la gran ciudad de Tiro. Hasta aquí sé de vuestros hechos graves. Pues oye desde aquí lo que no sabes: habiendo por derecho de armas sido del vencedor la vida del vencido, la natural piedad hizo costumbre que estén en cautiverio o servidumbre; con que, apresando algunos persas vivos, los conservamos solo de cautivos en el nombre, supuesto que en lo demás les era manifiesto que al que canjearse trate no le impidiese el dueño su rescate, y el que no le tenía, devengase la costa que le hacía en la pública fábrica del muro; con que, no maltratado y bien seguro, de nadie queja alguna le quedaba, si no es de su fortuna. En este, pues, recíproco contrato de que me sirva, pues que no le mato, conjurados, hicieron tan notable traición, motín tan fiero y execrable, tan bárbaro despeño, como dar cada cual muerte a su dueño. Que el preso busque, a riesgo del despecho, la libertad, es natural derecho, mas no es derecho natural que sea con tan torpe traición, tan vil, tan fea, como romper con alevoso ultraje la contratada ley del homenaje. Si de algún fuerte puesto apoderados, si de escondidas armas prevenidos, declarados lidiasen atrevidos y, sus hados trocando a nuestros hados, atrevidos venciesen declarados, heroica empresa fuera; mas con ira, y tan duramente fiera como contra su dueño conspirar el esclavo y en la quietud pacífica del sueño, como antes dije, cruel, sañudo y bravo darle a su salvo muerte, es tan enorme, tan atroz, tan fuerte insulto, que te empeña en su castigo, a cuyo fin por tierra y mar te sigo; pues por humanas y divinas leyes toca a la real vindicta de los reyes conocer del doméstico enemigo que el fuero humano al inhumano pasa sin que le valga a un desarmado pecho ni el seguro sagrado de su casa ni el no violado albergue de su lecho. En una noche, pues, en tanto estrecho Tiro se vio que no hubo en toda Tiro calle sin llanto, casa sin suspiro, plañendo, sin cuidar de otros haberes, padres y esposos, hijos y mujeres, al verse, sin tener recurso a nada, Deidamia presa, Irífile aclamada, y no en común clamor tanto te obligue como en particular el que se sigue: yo, que en el mar me hallaba, por ser el que la armada gobernaba, de algunos que en sus casas no durmieron porque de guardia aquella noche fueron supe, echándose al mar antes del día, que desta alevosía el estruendo mayor había salido de la infelice casa de Leonido. Leonido, de la tierra general, que en los trances de la guerra hallando a un persa herido, sin aliento, sin voz y sin sentido, en su casa albergado, asistido y curado hasta cobrar la vida, cabeza del motín, fue su homicida, según lo que entendieron de las confusas voces los que oyeron decir al pueblo errante: «¡Viva, no ya Estratón, sino Toante, pues dio la muerte al general Leonido!». De suerte que Toante, con fingido nombre, convalecidas sus fatigas, movió el motín, pagando… No prosigas, que, aunque el traidor tumulto me mueve por lo estraño del insulto, más por tener un hombre tan aleve que da la muerte a quien la vida debe. Corra la voz y marche, herido el bronce y castigado el parche, el campo, no en alianza ya de Ciro, tome a Tiro la vuelta, que mi piedad, en cólera resuelta, ha de dar en su último suspiro nombre a la roja púrpura de Tiro cuando navegue, en vez de undosa plata, bajel de piedra en ondas de escarlata, no tanto ya por su alevoso trato, cuanto por mantener en sí a un ingrato, pues por mayor vitoria habré tenido ver a mis pies a un desagradecido que cuantas la memoria esculpirá en sus láminas mi historia, porque ¿qué triunfo, qué laurel, qué palma, como el de un homicida que da la muerte a quien le da la vida y de su ingratitud sus triunfos labra? A Tiro, pues, y pase la palabra. A Tiro, pues, y pase la palabra. Vanse tocando caja y clarín y sale Flora huyendo de Morlaco. La furia, Morlaco, aplaca. No hay qué llorar ni gemir, que hoy, infame, has de morir a los filos desta estaca. Cuando mi vida te enoje, ¿por qué con palo me das? La mano baste y no más. Amiga, a quien dan, no escoge. ¿No basta en el cuerpo? Ya que tan airado te ves, no en la cabeza me des. Todo, Flora, se andará. Ten ese golpe. ¡Ay de mí! Ya este que se llegó a ver en alto, fuerza es caer, que no he de quedarme así. Va a darla, ella huye y da en el suelo. Dél me procuré escapar. Si con este no te toco, vaya estotro, que tampoco así tengo de quedar. ¿No basta que a mi marido, porque dormido le hallaste, como un gallina mataste? No basta, pues no has sabido matar otra y cada día que a comer y a cenar entro, el nombre «gallina» encuentro en tu boca y no en la mía. ¿Qué cosa es que un hombre honrado de holgarse a su casa venga y en ella una esclava tenga tan poquísimo cuidado que no halle la mesa puesta, ni agua ni leña traída, ni guisada la comida? ¿Qué comida traes tú? Esta. Pégala. Buen modo de agradecer que desde que su amo soy no conozca que está hoy mucho más moza que ayer. ¿Más moza? Eso me alboroza. Claro está, porque ¿qué dama que envejece siendo ama si se entra a servir no es moza? Y, pues piedad no pequeña es que cuanto sirvas más tanto más moza serás, veme por un haz de leña: haya leña, ya que no haya qué cocer con ella. ¿Cómo puedo yo traella? A cuestas, como hacía yo. Y, si el tener las costillas doloridas te acobarda, ven, echarete la albarda con todas sus angarillas. Y, para hacer más notoria mi piedad, no diré yo que traigas agua, sino que la saques de la noria. ¿Yo noria? ¿Yo albarda? Y presto; no de otra suerte lo diga. ¿Yo albarda y noria? Sí, amiga. ¡Justicia de Dios! Sale Irífile. ¿Qué es esto? Es ser en el desconsuelo que toda Fenicia llora el mío mayor, señora, pues me da por amo el cielo quien matarme a palos quiera. ¿Cómo así a Flora se trata? Como quien a estaca mata, es justo que a estaca muera. Si cualquiera camarada en la casa en que quedó por dueño todo lo halló cumplido, y yo no hallo nada más que esa fiera, esa rara serpiente deste vergel; y, si no, dígalo aquel talle con aquella cara; si, cuando a otros mesa franca, ajuar y dinero alegra, hallo yo una verdinegra por quien no daré una blanca, ¿qué mucho que vengar quiera en que ella me sirva a mí lo que yo a ella la serví? Cobarde, ¿de esa manera te vengas de una mujer? ¿No la basta su dolor, sino hacerle tú mayor? ¡Hola! Salen dos soldados. ¿Qué mandas? Poner en un cepo a ese villano mientras un trato le den de cuerda, que ver es bien que quiso el cielo no en vano convalecer mi fortuna, pues es para hacer justicia de quien con torpe malicia intente violencia alguna en la casa que adquirió. ¿Qué esperáis? Llevadle, pues. Humildemente a tus pies… Mentehumilde a tus pies yo… …lograr tengo… …he de deber… …que el cepo… …el trato y la cuerda… …la ira temple. …el furor pierda. ¡Miren la buena mujer! ¿Tú lo pides? Yo lo ruego. Cepo, trato y cuerda, tres penas muchas son. Haz, pues, que le ahorquen desde luego, que es una no más. Aquesto mi llanto ha de merecer. ¡Miren la mala mujer! No hagan tal, que yo protesto tanto enmendarme, señora, que no solo he de ofenderla, pero ni oírla ni verla. Eso basta por agora, pero has de advertir que sea para que no vuelva a mí con la queja. Idos de aquí. Como la enmienda no vea, a que te ahorquen volveré. Mientras me ahorcan o no, volveré a mi estaca yo. Vanse y sale Toante. Que se fuesen esperé para hablarte a solas, ya, bella Irífile, que puedo sin aquel pasado miedo lograr la ocasión que da, bien que a costa del rigor, mejorada nuestra suerte. Solo la mejora es verte y hablarte sin el temor que en verte y hablarte había cuando el recato de todos andaba buscando modos de explicarse. Y, pues el día llegó de que, vencedores, dueños de Tiro seamos, será bien que confiramos, Toante, los medios mejores para establecer su nuevo dominio. ¿Qué puede haber en eso que establecer, si a coronarte me atrevo hoy reina de Tiro, a cuyo fin he dispuesto que esté junto el pueblo para que te aclame? El afecto tuyo estimo, como es razón, mas no lo intentes. ¿Por qué? Porque me empeñas en que desdeñe su aclamación, porque ¿cómo, Toante, cómo, si Deidamia fabricó la ciudad y della yo una vez posesión tomo, podré pagarla después la gran deuda en que me puso cuando enviarme dispuso libre a Ceilán? Que, aunque es verdad que no conseguí por la traición de Leonido haberme a mi salvo ido, ya a lo menos recebí su generosa hidalguía, y no es de la mía disculpa que sea de otro la culpa para que ella no sea mía. Esa es pequeña objeción, pues, con tenerla en decoro y en estimación, no ignoro cumples con tu obligación. No cumplo, que, si ella a mí en estimación me tuvo y en decoro y luego anduvo tan liberal como vi, ¿qué haré por ella en tenella en estimación también y en decoro si no ven que paso a igualarme a ella en otra gloriosa acción? Pues no corren paridad ponerme ella en libertad y tenerla yo en prisión. Poco mis finezas amas, pues que no estimas su fe. ¿Ahora, Toante, sabes que también hay duelo en las damas? ¿Quieres verte convencido? Si a ti Leonido te dio la vida, a mí me ofendió, y, siendo así que, escondido, por una piedad le amparas y por un agravio no te vengas dél, ¿cómo yo, si en mí la piedad reparas, sin el agravio podré faltar a esta obligación? Duelos de damas no son tan escrupulosos que las desdoren. Sí son cuando son las damas como yo, y persuádete a que no acepte de Tiro el mando que tus favores me dan, pues, si a Deidamia no miro quedar por reina de Tiro, la coronaré en Ceilán. Sale Deidamia al paño. («¿Pues si a Deidamia no miro quedar por reina de Tiro, la coronaré en Ceilán?») Si a eso obliga el ser quien eres, a esto ser quien soy provoca: yo iré a hacer lo que me toca y tú harás lo que quisieres. Vase. (¡Oh fuerza de lo bien hecho! Que, aun siendo con intención doble, es tal tu perfección que al fin resulta en provecho. No me dé por entendida.) ¿Deidamia? Sale ahora. Llegando a ver desde esa torre que andabas, señora, en este vergel, por si tienes qué mandarme, en busca tuya bajé, ya que besar no merezca tu mano, a estar a tus pies. ¿Qué haces? Aprender de ti, humildemente cortés, aunque murmuren las flores que su oficio les hurté, lo que va de ayer a hoy, pues tú me enseñaste a ser fiel prisionera. Levanta, que, si aprendiste lo fiel, yo podré poco o de Tiro reina has de ser. dentro. No ha de ser. dentro. Sí ha de ser. ¿Qué estruendo es este? No apures su acento, que es oráculo contra mí y es fuerza ser cierto. dentro. Aunque lo resistáis, la habéis hoy de aclamar y obedecer. dentro. Antes perderemos todos las vidas. Ruido de armas dentro. dentro. ¿Qué esperáis, pues? dentro. ¡Muera Toante, que nos quiere avasallar! Sale Toante riñendo con algunos soldados, Morlaco, y Cósdroas deteniéndolos. Detened el furor; puedan mis canas, ya que a este tiempo llegué, reportaros. ¿Qué es aquesto, soldados? ¿Así perdéis la obediencia en la milicia, la más inviolable ley? ¿Contra vuestro general armas tomáis? No lo es quien fe y palabra nos rompe. ¿Qué palabra ni qué fe? Con tu licencia, señora, por todos responderé. O yo, puesto que soy ya hombre de decir y hacer. ¿Tú, villano? Pues ¿no soy mata-dormidos también? La primer proposición que hizo Cósdroas para que nos alentásemos todos a tan gran venganza fue que habíamos de quedar libres, sin reconocer vasallaje a nadie, haciendo, con Tiro en nuestro poder, nuevo reino aparte; contra cuya prometida ley, Toante propone que seas tú nuestra reina, sin ver que, para quedar esclavos de quien electivo rey no sea de nosotros mismos, mejor nos está volver los que auxiliares venimos en tu socorro con él sin él y sin tu socorro a serlo segunda vez de Ciro, con que logrado nada habremos, sino haber hecho un estrago sin fruto, pues no nos permite ser la autoridad de lo libre disculpa de lo cruel. Es verdad; yo lo propuse así, y es fuerza que esté de parte de mi propuesta y de su razón. Y, pues no mal servida, señora, coronada de laurel, vuelves libre y vitoriosa, vengado el fatal desdén de tu rota y tu prisión, a tu primero dosel, no a tus auxiliares culpes que se quieran mantener en lo que ganaron libres y vitoriosos también. Primero que yo… Tampoco respondas tú; yo lo haré. Pues, si has de responder tú y lo que has de responder sé ya, no lo quiero oír, por no obligarme a tener queja de ti en que desistas de mi intento. Y, así, habré de huir el desaire de ahora hasta enmendarle después. Vase. Pensaréis que me ha ofendido vuestro empeño; pues sabed que, mucho más que sentir, me ha dado que agradecer, pues, aunque quisierais todos aclamarme, es mi altivez tan mía que no admitiera aun más supremo interés a la vista de Deidamia, conque suyo es el laurel. Admitidla a ella, que yo, gozosa… La voz detén, que, de haber de admitir otra, tú nos estabas más bien. Rey que elijamos queremos. Sí, que es gran dicha tener rey que hiciera la elección, aunque no naciese rey. (¡Oh, vulgo, espejo de tantas lunas, cuantas al primer viso su parecer miran y adoran su parecer! ¿Quién te podrá resistir?) Deidamia, conmigo ven, que, ya que no sea bastante a que obediencia te den, partiré a Ceilán contigo. Vase. (¿Quién, cielos, se llegó a ver, huido Cenón con la armada, en el mar sin un bajel, sin un vasallo en la tierra y en tierra y mar a merced de una piedad engañada, pues, ignorando el doblez, no venga lo que hice mal y premia lo que hice bien.) Vase. Para atajar semejantes competencias, fuerza es abreviar con la elección. Y, así, los ojos poned en quién ha de preferiros. Supuesto que no ha de ser Toante, a quien, por general, le tocaba preceder, respecto de que ya estamos todos sospechosos dél, excluido una vez, ¿quién duda que me toca suceder en su segundo lugar, pues las tropas goberné de Irífile y de Ceilán antes que él viniese a ser auxiliar caudillo suyo? Ese pretexto más es contra ti que en tu favor, pues no es justo anteponer el natural al estraño que la vino a socorrer. Sí es en fueros de dominio, pues al natural, más fiel que al estraño, mirará el que le ha de obedecer. ¿A qué huésped no se da el primer lugar? Al que, queriéndoselo él tomar, no aguarda a que se le den. El socorrido es deudor al que se empeñó por él. Pagarse uno de su mano no es socorro, es interés. Es razón. Es tiranía. Mirad. ¿Qué habemos de ver? Que, a vista de monarquía que está por establecer, mover cuestión que las armas hayan de ajustar, más es empezarla a destruir que acabarla de vencer. Haya medio que os ajuste. ¿Qué medio? El que yo os daré, sin excepción de personas, igual a todos. Di, pues. La primer fábrica altiva que se labró en Tiro fue un templo a Apolo, bien como tutelar patrón, a quien siempre encargó sus progresos de los fenicios la fe, y, supuesto que ha querido que venga a nuestro poder, claro está que nos querrá agradecidos, con que a él debemos acudir para que nos diga él a quién en su nombre quiere que le aclamemos por rey. ¿Cómo nos lo ha de decir, si mudo oráculo es y no responde? Con una señal que no puede ser de otro sino suya. ¿Cómo? Lo primero habéis de hacer sacrificios a sus aras, suplicándole que os dé rey de su mano; y, fiando que os oiga, salir después todos a la falda de ese monte excelso, a cuyo pie yace un valle que capaz de albergar a todos es, tan igual, que superior ni inferior ninguno esté. Aquí velaréis la noche invocando al sol, de quien ya sabéis que, árbitro Apolo, gobierna el carro, y aquel que le salude el primero, dél permitiéndose ver antes que de los demás mañana al amanecer, claro está que el elegido vendrá entre todos a ser, pues a él primero que a todos le ilustra su rosicler, con que ninguno podrá queja del otro tener, pues, influida de Apolo, la luz del sol será el juez. En tan prudente consejo fuerza es venir todos. Pues empiece la aclamación desde luego y, sin perder tiempo, al templo vamos, donde en religioso tropel digamos, tal vez festivos y enternecidos tal vez: Ven, sacro Apolo, ven, y, oráculo sin voz, dinos a quién laurel y luz han de ceñir, poniendo tú la luz y nosotros el laurel. Ven, sacro Apolo, ven, y, oráculo sin voz, dinos a quién laurel y luz han de ceñir, poniendo tú la luz y nosotros el laurel. Repiten todos la música y vanse. Córrese una cortina y se ve a Leonido sentado junto a un bufete. Cielos, ¿qué lejanas voces, ya dulcemente festivas, ya confusamente altivas, pueblan los vientos veloces con tan nueva confusión que, sonando en todo Tiro, deste escondido retiro la voluntaria prisión han podido penetrar sin que me den a entender si las entona el placer o las lamenta el pesar, puesto que mezclarse ven los desiguales acentos de voces y de instrumentos diciendo ni al mal ni al bien…? La música dentro, a lo lejos. Ven, sacro Apolo, ven, y, oráculo sin voz, dinos a quién laurel y luz han de ceñir, poniendo tú la luz y nosotros el laurel. Sale Toante abriendo una puerta y trae luz y una cestilla en las manos. Seas, Toante, bien venido que, aunque siempre he deseado la deshora en que el cuidado tuyo entra a verme, hoy ha sido con más ansias. Como entrar, Leonido, de día no puedo, hasta que la noche el miedo me asegure con dejar la familia recogida —y hoy a causa de una grande novedad es fuerza que ande desvelada—, la comida antes no pude traer. Siéntate y come. Primero que alimente el cuerpo, espero de otro manjar mantener el alma. ¿Qué novedad es la que te ha detenido? Que unas voces que han podido romper de esta soledad la clausura en confusión, Toante, me han puesto. Ya ves cuán mal adivina es la vaga imaginación de un triste, y que el pensamiento es verdugo tan cruel que, aunque uno confiese, él prosigue con el tormento. Dime, pues, la novedad; rescátame a mí de mí. A Irífile pretendí poner en la majestad de reina de Tiro. ¿Eso más te debo? Agradecida el alma, segunda vida, Toante, deberte confieso, pues empeñarte por ella no dudo sería en favor de aquel trance que mi amor te descubrió. (¡Dura estrella es la que a un noble le obliga a estar en neutralidad lidiando amor y lealtad!) Prosigue. No que prosiga pretendas, porque, si ha sido pensar que reina se vea, sentirás que no lo sea. ¿Cómo? Como habiendo oído todos mi proposición, quieren sin razón ni ley fundar reino cuyo rey ha de ser a su elección. Y no aquí la novedad para; otra hay que, si la historia la encomienda a la memoria, pondrá en duda su verdad. ¿Qué es? En bandos divididos sobre si le han de nombrar del ejército auxiliar o natural, persuadidos de Cósdroas en cuanto fueron las públicas elecciones motivos de sediciones, todos se comprometieron en que Apolo haya de ser árbitro y que su rey sea el primero que le vea mañana al amanecer, a cuyo fin van diciendo, por si aquí no lo oyes bien: Él y la música a lo lejos. Ven, sacro Apolo, ven, y, oráculo sin voz, dinos a quién laurel y luz han de ceñir, poniendo tú la luz y nosotros el laurel. Mas ¿por qué te has suspendido? Por informarme mejor. En fin, ¿el que el resplandor del sol vea amanecido primero será rey? Sí. ¿Qué harás por mí cuando seas tú el primero que le veas? ¿De qué suerte? Escucha. Di. Mas déjamelo pensar, que el concepto que se ofrece muy luego, tal vez padece de no saberse explicar. Al anochecer el sol, cuando las sombras venciendo van y las luces huyendo, ¿no es el último arrebol que de nuestros ojos falta aquel que las cumbres dora? Sí. Luego, al contrario agora, si en la eminencia más alta, cuando nos va anocheciendo hiere su luz, claro está que en la más alta herirá cuando venga amaneciendo, porque, si en un horizonte es la cumbre lo postrero, también será lo primero la cumbre deste otro monte. Y, así, cuando otros a oriente miren del valle en la falda, vuelve tú a oriente la espalda con la vista en occidente, que, si a despuntar comienza, subiendo para bajar, no puede al valle llegar si no es que la cumbre venza, con que al brujulear su lumbre todos para saludalle, antes que ellos en el valle le habrás visto tú en la cumbre. Aunque pensaba, ofendido de ese bruto vulgo infiel, no ir a concurrir con él, de tu ingenio iré advertido por dos razones: la una, dado caso que yo sea el primero que le vea, por mejorar tu fortuna el día que, coronado, partiendo el laurel contigo, te declare por mi amigo; la otra, por verme vengado del desaire en que me vi cuando a Irífile pensé coronar. Yéndose. Oye, pues fue ese tu intento, por mí no Irífile ha de perder la acción que ya se tenía, que industria que ha sido mía contra ella no ha de ser. Y, pues por darte la vida la vida me diste, si hoy, Toante, un reino te doy, ¿quién duda que, repetida la deuda, repetirás también su igual recompensa?, que a mí el reino me das piensa si a Irífile se le das. Por mí y por ti a Tiro adquiera, pues por más fácil arguyo dar un don cuando sea tuyo que no cuando no lo era. (¡Que oiga esto y que calle! Sí, que no enmienda mis recelos el hablar, pues darle celos no es quitármelos a mí y es deslucir mi lealtad, pues, si a un tiempo —¡pena fiera!— vida con celos le diera, ¿dónde estaba la piedad?) ¿Qué dices? (¡Estraña lucha!) Que, pues la noche vencida va, no el ir tarde lo impida. Adiós. Adiós, pero escucha: pues que sabe, como quien presente estuvo, que vivo, sepa que de ti recibo lo que a ella ofrezco, que es bien que de aquel amante arrojo que ciego me despechó perdón la pida, y que yo te fío su desenojo. Satisfazla tú por mí. Cuanto a mí me toca haré, y doy palabra… ¿De qué? …de que, si consigo… Di. …la corona que los dos nos prometemos, con ella corone a Irífile bella. ¿Quieres más? No. Pues adiós. Vanse, y salen los hombres y mujeres que puedan, y canta la música. Ven, sacro Apolo, ven, y, oráculo sin voz, dinos a quién laurel y luz han de ceñir, poniendo tú la luz y nosotros el laurel. Cese ya la aclamación tantas veces repetida, pues se acerca la ocasión de que aplaudáis la venida del sol con nueva canción. Luciente alma del día, que, en campos de zafir, de otro cenit buscando vienes nuestro cenit;… …gran corazón del cielo, que, en ese azul viril, si un nadir obscureces, luces otro nadir… …arrebolando luces de nieve y de carmín,… …abrevia el curso, pues te invocan a ese fin… …la aurora con llorar,… …el alba con reír. Sale Toante. «¿La aurora con llorar, el alba con reír?». Bien dicen, pues al sol siempre alumbrar le vi, a unos para gozar, a otros para sentir. Y, pues todos a oriente para verle venir atentos están, yo, al contrario, seguir de Leonido el consejo intento. Todos estarán mirando a una parte y Toante se pone a mirar a otro lado. Proseguid. La aurora con llorar, al ver que has de salir a hacer mil desdichados para hacer un feliz;… …con reír el alba, al ver que traes al repartir las dichas una a una, las penas mil a mil. Y, pues el bien y el mal siempre pende de ti,… …bien viene que tus rayos salgan a recebir… …la aurora con llorar,… …el alba con reír. ¿Pero no hacéis reparo en un hombre que allí al oriente la espalda nos quiere persuadir que él solo no desea, desconfiado de sí, ver al sol? Si la luna me deja percebir sus señas, es Toante. ¡Toante! ¿Quién llama? Di, ¿por qué al sol ver no quieres siendo solo el que aquí al oriente no miras? Porque para regir un reino no el acaso es el que ha de elegir. ¡Bueno será que vea al sol un hombre ruin y ese os mande! A los dioses no se deben pedir precisos los decretos: ellos sabrán por sí obrar, hallando a quien haya de preferir. Y, si por mi justicia quieren volver, aquí me hallarán. ¡Qué jactancia tan vana! Proseguid, y dejadle en su tema, que, si yo a descubrir llego al sol, se verá quién es rey o ruin. ¡Oh tú, fénix, que en blanda hoguera de rubí, si para morir naces, mueres para vivir! ¡Oh, tú, que siempreviva flor del mejor pensil, sabiendo qué es nacer, no sabes qué es morir! Desmarañada al peine de plata y de marfil,… …esparces la madeja del fino oro de Ofir. Ya que árbitro te esperan deste nuevo país, la aurora con llorar, el alba con reír… Suspended la voz, pues ya no hay que repetir la invocación, pues ya salió el sol, a quien vi yo el primero de todos. ¿Dónde le has visto, si apenas el lucero se deja ver? Allí. Volved, volved los ojos al nevado perfil de aquel opuesto monte: veréis que su cerviz, en dorado reflejo de arrebol carmesí, con soñolienta luz de madrugado abril, ve el carro coronado de rosa y de jazmín, y veréis juntamente que, cuando pretendí, despechado, no verle, el verle es un decir que el más glorioso lauro, el triunfo más gentil, no es de quien le pretende, de quien le rehúsa sí. ¿A quién tanta evidencia deja de concluir siendo tan clara como la luz del sol? A mí, pues nadie negará que yo primero vi que él al sol. ¿Tú, villano? ¿Cuándo? Cuando nací, treinta años antes que él. Quita, bárbaro, vil, y vosotros llegad y a sus plantas rendid la debida obediencia en que todos venís juramentados. (¡Que hubo de ser Toante —ay de mí— el dichoso!) (¡Que fuese Toante el que a conseguir llegase el lauro!) (Pero preciso es el fingir.) (Mas disimular fuerza es.) ¿Quién ya resistir tan especial decreto podrá? De ese sentir todos a él nos postramos. (¡Oh, popular civil aplauso, cuántas veces tu necio discurrir atribuye a misterio lo que no es sino ardid!) A todos con los brazos reciba, y creed de mí que no rey, sino amigo os he de ser. Decid todos en altas voces: ¡viva Toante, feliz primero rey de Tiro! ¡Viva, y en su confín suene su nombre, dando al céfiro sutil el eco su trompeta, la Fama su clarín! Pónele el laurel. El laurel que tenía ya prevenido aquí sus sienes ciña; en tanto vosotros repetid en su festivo aplauso: ¡Viva Toante, feliz primero rey de Tiro! ¡Viva, y en su confín suene su nombre, dando al céfiro sutil el eco su trompeta, la fama su clarín! Dentro cajas. ¡Arma, arma! ¡A tierra, a tierra! dentro. ¡A sangre y fuego publicad la guerra! ¡Qué asombro! ¡Qué confusión! ¿Qué es esto? Sale Irífile. Infelices persas, esto es llegar el castigo de vuestras iras violentas, y tan cercano —¡ay de mí!— como mi dolor os muestra, que, habiendo el Magno Alejandro sabido la saña fiera de una esclavitud traidora, sin más noticias resueltas, a castigar el insulto viene tan a toda priesa que, en adelantadas marchas, a vista de Tiro llegan tan avanzadas sus tropas que son las primeras nuevas de su venida los ecos de sus cajas y trompetas. Cajas. ¡Guerra, guerra! ¡Al arma, al arma! Cuando ellas no lo dijeran, lo dijera aquel influjo que, al repartir las viviendas, a espaldas de la alegría aposentó la tristeza; bien que a mí no me perturban los riesgos en que me empeña el conseguido laurel. ¡Ea, valerosos persas, no bien vista nuestra acción al mundo ha sido, pues sea, ya que no bien vista, bien mantenida, que no queda a lo temerario otro recurso que el que se vea, junto al rencor que lo obra, el valor que lo sustenta. ¡A ocupar, pues, el fragoso paso que en la siria lengua dio nombre a Tiro! dentro. ¡Arma, arma! …que delante… dentro. ¡Guerra, guerra! …de todos voy. Sale Deidamia y las damas. ¿Dónde has de ir, si ya vencida la estrecha línea del monte, de esotra parte a los muros se acerca? Pues ¡a los muros, amigos! Vea Alejandro que esa fuerza que fabricamos esclavos Cajas. defendemos libres. Bella Deidamia, Irífile hermosa, recogiendo las dos esas mujeres que el nuevo acaso esta noche tuvo fuera de la ciudad, retiraos al templo, en cuya defensa seguras estéis, en tanto que yo en vuestro amparo muera tan a toda costa que vuelva vencido, aunque venza este ejército, por más que en él Alejandro venga contra el primer rey de Tiro con todo el poder de Grecia. Vase. Tocan caja y clarín. ¿Qué es retirarme? Contigo vine a quedar prisionera: pues ¿por qué a quedar triunfante contigo no iré? Vase. Tras della ninguna vaya. Sin duda Jove hoy de Apolo nos venga en la elección de Toante. Él castigue su soberbia. Vanse. Flora, adiós, que voy a dar muerte en su persona mesma a Alejandro. ¿Tú? Sí. ¿Cómo? ¿Qué dificultad es esa? No más de con que me pongan juntico a él cuando duerma. Vase. Cuando todos en las armas corren a tomar las puertas, ¿te quedas tú en la campaña? ¿Qué solicitas? ¿Qué intentas? Pagar a Irífile, Laura, la agradecida fineza de una piedad engañada, que fue falsa y salió cierta. Por ella a empeñarme voy en tal acción. ¡Guerra, guerra! Mas luego lo sabrás. Todas haced lo que yo. dentro. Por esta surtida es por donde el muro tiene menos resistencia. dentro. Pues a escala vista y cuerpo descubierto entren por ella a un tiempo incendio y asalto, sin que piedra sobre piedra quede en Tiro que no arda en encendidas pavesas que lleve el aire, sin que decir sus cenizas puedan: «Aquí fue Tiro». Sale Alejandro, Cenón y soldados, y halla arrodilladas a Deidamia y las demás mujeres. Invencible magno, heroico, augusto césar… ¡Qué miro! ¿Cómo decías, Cenón, que esta parte era la menos fuerte teniendo beldades que la defiendan? Esta, señor, es Deidamia. (¡Oh, cuánto estimo que vea que soy quien con su socorro en su busca he dado vuelta!) (¿Cenón no es aquel? ¡Oh, cuánto de haberle visto me pesa!) (Agradecida de que en su desagravio venga, quiere esforzar mi venganza.) Magno, invicto, augusto césar, a cuyos triunfos es todo el orbe poca palestra, Deidamia soy, principal parte ofendida de Persia, pues que soy quien sus vitorias labró para sus tragedias. Bien pensarás que, obligada de que a castigarlas vengas, vengo a tu campo con cuantas desamparadas bellezas huérfanas dejó la ira; pues no, que, a tus plantas puestas, no a que te irrites venimos, sino a que te compadezcas. ¡Piedad, piedad, señor! En ti se vea… ¡Piedad, piedad, señor! En ti se vea… …cuán hija del valor es la clemencia. …cuán hija del valor es la clemencia. ¡Que se quejen las mujeres de que los hombres las niegan el uso de letras y armas! ¿Qué más armas, qué más letras, para que doctas persuadan, para que imperiosas venzan, que humedecidas razones de blandas lágrimas tiernas? Alza, Deidamia, del suelo, que tu piadosa terneza de las hijas de Darío, con quien yo lloré, me acuerda, y tanto con su memoria mis altos afectos truecas que he de perdonar a Tiro por ti; mas, porque no tenga ejemplar una traición sin castigo, será fuerza que entre tu ruego y mi enojo partamos la diferencia. ¿Quién es Toante, un aleve que con ingratitud fiera dio muerte a quien le dio vida y fue del motín cabeza? El que hoy han jurado rey por no sé qué vana, ciega superstición de que el sol antes que a otros le amanezca. Pues, como me entregue Tiro a ese hombre y a mi presencia, reo de su ingratitud, preso y aherrojado venga, perdono a Tiro. Cenón, haciendo con un trompeta llamada al muro, el indulto de mi parte manifiesta con el pretexto de que, si a Toante no me entregan, pondré fuego a la ciudad. Vase Cenón y dentro hacen llamada. Aunque es forzoso que sientan haber de dar a prisión a quien han dado obediencia, el interés de las vidas no dudo que parte sea, y aun todo, para que diga el pueblo en voces diversas: ¡Vivamos todos y Toante muera! Sale Cenón. ¡Qué notable confusión! ¿Qué es eso, Cenón? Apenas tu indulto el pueblo oyó, cuando, a lo que entender se deja, entre varios pareceres prevaleció el de que muera uno y no todos y, así, con él a tu vista llegan. Salen Cósdroas y los demás soldados trayendo preso a Toante y Irífile como deteniéndolos. ¿No es mejor morir, cobardes, peleando que con la afrenta de vivir a merced de otro? Dete el pueblo la respuesta: ¡Vivamos todos y Toante muera! ¿A qué amaneciste, sol, si fue para que anochezcas antes de la edad de un día? A que yo dos veces sienta el que la dicha no goces y la desdicha padezcas. Este, señor, es Toante, que Tiro a tus pies entrega. Decid el áspid que abriga, aterido entre la hierba, simple seno, para que, cobrado el calor, lo muerda. Deponedle del laurel, que con majestuosas señas nunca delincuentes no es bien que en juicio parezcan. Yo le puse y lo le quito. Perdona, Toante, que es fuerza. Quítale Cósdroas el laurel. Ahora, porque nadie juzgue que, coartada, mi paciencia, habiendo indultado a todos, en uno solo se venga, sabed que no sedicioso, sin que el perdón le comprenda, le castigo, sino ingrato, que es delito tan sin venia que, público en su probanza, ha de serlo en mi sentencia. Dime, fiero, dime, aleve, según que tu fama cuenta, ¿diote Leonido la vida en algún trance de guerra? Sí, señor. ¿Llevote donde albergado convalezcas? No debo negarlo. ¿No hizo de ti tan gran confidencia que te trató como amigo, en su casa y fuera della, más que como esclavo? Sí. ¿Tú, con traidora cautela, calidad fingiendo y nombre, pagaste tantas finezas, víbora humana del siglo, con darle la muerte? (¡Oh, fuerza de aquel jurado homenaje a las deidades supremas de no descubrirle nunca aunque una y mil vidas pierda!) ¿Ahora callas? Pero no me espanto de que enmudezcas, que de un ingrato el suplicio más sensible es la vergüenza. ¿Matástele? Habla. No sé, que tal confusión me cerca que no sé si le maté o si no le maté. Esa más parece a mi pregunta enigma que no respuesta. Llevadle donde un acero su sangre alevosa vierta. No le llevéis hasta que yo a hablar por él me resuelva. ¿Quién eres tú, que oponerte a mis decretos intentas? No es oponerme pedirte, señor, que a mi voz atiendas. Irífile soy, y no en su disculpa me empeña ni el que enviado de Ciro auxiliar a Ceilán venga ni el que yo pude tener parte en acción tan sangrienta, sino saber que, de otras culpas absuelto, por esa no debe morir. Sí debo. No a disculparme te atrevas contra le fe que juraste. Duelos de damas no fuerzan tan escrupulosos que ni las desdoren ni ofendan. Sí hacen, cuando son las damas como tú. ¿Qué competencia es esa, fuera del trance en que te hallas? No es muy fuera, pues consta su ejecución, señor, de que no la creas lo que te diga, porque el venir en su defensa sin duda en obligación la habrá puesto de que quiera inventar en mi disculpa alguna industria que… Espera, y, puesto que mi verdad está ya puesta en sospecha, no creas lo que yo digo, pero cree lo que tú veas. Manda que por un instante la justicia se suspenda, y sígueme: vean tus ojos lo que iba a decir mi lengua. Vase. Oye, aguarda. Suspended la ejecución y tras ella venid todos. Apuremos qué duda o verdad es esta. Vase. ¡Oh, secreto en la mujer, qué fácilmente te arriesgas! Mas, como yo no lo diga, no rompo mi fe. Sus huellas es bien que sigamos todos. Vanse, llevando a Toante. dentro. ¿Dónde, Irífile, me llevas? dentro. A la casa que antes fue de Leonido y hoy hospeda a Toante. dentro. ¿A qué fin? dentro. Manda que derriben esa puerta, que oculta de unos canceles está. ¿Qué esperáis? Rompedla. dentro golpes y sale Leonido. ¡Valedme, dioses! Sin duda algún criado que acecha la deshora en que Toante cada noche a verme entra, de mí ha sabido y, habiendo dado a sus persianos cuenta de que vivo, a darme muerte vienen. dentro. Ya cayó la puerta. Entra, señor, y entrad todos. Salen Irífile y todos; y los que traen a Toante. ¡Mas qué miro! ¿No es aquella Irífile? Cierra el labio y advierte que en la presencia de Alejandro estás, Leonido. ¿Pues qué novedad es esta? ¿Vos, señor? ¡Qué es lo que vemos! ¿Qué hay que a todos os suspenda? ¿Quién es este hombre? Leonido. Pues ¿cómo desta manera aquí encerrado estás? Como —que a ti acción indigna fuera ocultarte la verdad— aquí Toante me reserva de aquel general peligro agradecido a la deuda de la vida que le di en otra ocasión y… Espera, que cuanto desde aquí digas será relación superflua, pues basta saber que aquí te guarda, sirve y sustenta más esclavo ahora que antes. Mira si es mi verdad cierta. Y mi admiración al ver tan bien pagada fineza. ¿Por qué tú no lo decías? Porque, para que estuviera seguro de mi lealtad, juré a todas las supremas deidades no descubrirle, aunque mil vidas perdiera, hasta que, para ponerle en salvo, ocasión se ofrezca. De tal valor y lealtad a admirarme otra vez vuelva. Pues obre esa admiración conforme a esta consecuencia: todos hemos visto cómo tu siempre justicia recta castiga a un ingrato; ahora saber a todos nos resta cómo, a oposición de ingrato, a un agradecido premia. Dices bien: restituyendo el laurel a su cabeza y confirmándole yo rey de Tiro, dando fuerza al vaticinio de Apolo. Antes que a sus sienes vuelva, la industria de ver al sol fue mía, y fue ley expresa que, adquirido el reino, había de darle a Irífile bella. Pues ¿habrá más de cumplirla? Y, así, yo con tu licencia en Irífile renuncio el laurel. Yo con la mesma también, señor, en Deidamia, y no tanto por ser ella señora de Tiro, cuanto por pagarla otra fineza que usó liberal conmigo cuando era su prisionera. (Si hablara yo, ¡cuál quedara mi ama! Mas detente, lengua, que mejor es que lo noble en su opinión se mantenga que no lo villano.) Puesto que por mí el laurel aceptas de la mano de Toante y tú a Deidamia le entregas por una deuda, justo es pagarme a mí esotra deuda. Lo que pasó entre los dos no lo sé yo; sé que llega a mí el laurel de la mano de Toante, y, así, es fuerza, si tú se le diste a él, que él a ti te lo agradezca, y yo a quien me le dio a mí. Dale Irífile a Toante la mano. Leonido, ya ves que esta no es dicha para partida, sino para que se infiera cuán leal contra mi amor te serví, lidiando, a fuerza de celos, duelos de amor y lealtad. Solo pudiera consolarme que igual dicha pare en ti. Pues, porque veas que donde queda el laurel es donde la acción te queda, suplicaré yo a Deidamia te dé a ti la mano. Esa esperanza antes fue mía. El que en el riesgo me deja y va a buscar quien me ampare justo será que la pierda. Esta, Leonido, es mi mano. Dale Deidamia la mano a Leonido. Flora. ¿Qué? La tuya venga, que laurel para ti habrá. ¿Dónde es posible le tengas? En un barril de escabeche. Tan obligado me deja el haber visto en los cuatro tan nobles correspondencias que de la guerra los triunfos no hacen falta a mi grandeza, que el hacer paces también suelen ser triunfos de guerra. Y todos agradecidos, a tus pies, en mil diversas voces, diremos, pues son esas tus mejores señas: Todos y la música, unos cantando y otros representando a un tiempo. El poderoso Alejandro, magno, augusto, heroico césar, hijo de Filipo el Grande, viva, reine, triunfe y venza.