De Una Causa, Dos Efectos Comedia Famosa Personas que hablan en ella. FEDERICO, duque de Mantua. FADRIQUE, su hijo. CARLOS, su hijo. PERNÍA, truhán. ENRIQUE, criado de Carlos. MARCELO, criado de Fadrique. FABIO, criado del Duque. FILIBERTO, duque de Milán, viejo. DIANA, infanta de Milán. ESTELA, dama. FLORA, dama. NISE, dama. CLORI, dama. Acompañamiento. Primera Jornada Salen el duque Federico y Fabio y el Duque trae una carta; y por la otra puerta sale Enrique. ¿Qué hace Carlos? Todo el día encerrado con Platón y Aristóteles –que son luz de la filosofía– se ha estado, sin permitir que entre a verle sino sólo su maestro, nuevo Apolo de nuestra edad. Divertir no quiero el noble ejercicio de sus estudios; que aunque es mi hijo y en él fue más curiosidad que oficio el saber, tanto he estimado el deseo, la afición, el gusto y la inclinación con que a las letras se ha dado que no le quiero estorbar un punto, por conocer que tiene más que saber quien tiene más que mandar. Direisle, Enrique –en estando desocupado–, que yo vine a buscarle y que no quise embarazarle, dando a sus estudios lugar; que me vea cuando esté desocupado, porque tengo cosas que tratar con él que importan. Así, gran señor, se lo diré. Vase. Agora –puesto que fue la ocasión, Fabio, que aquí me trajo hablar en un caso a mis hijos–, pues está Carlos prevenido ya, a ver a Fadrique paso a su cuarto, porque así mi amor a los dos iguale. Marcelo del cuarto sale. Sale Marcelo. Marcelo. ¿Qué mandas? Di, ¿qué hace Fadrique? Señor, ahí le dejo entretenido con un juglar que ha venido a Mantua. De estraño humor, haciendo burlas con él todo la mañana ha estado. ¡Qué tiempo tan bien gastado! ¡Y cuán distante de aquél, que en estudios divertido todo el día se ocupó! ¡Y qué dignamente yo, quejoso y agradecido, a un tiempo gusto y pesar hoy, hallando a los dos, muestro, al uno con su maestro y al otro con su juglar! Y puesto que a aquél dejé por no estorbar ejercicio tan justo, déste, que es vicio, la ocupación entraré a embarazar. ¡Ay de mí! Ruido de risa dentro y sale Pernía escupiendo sangre. dentro. ¡Tenedle! Jurado a Dios, no pare... ¿Qué es esto? ¿Vos estáis, gran señor, aquí? Aquí estoy; y saber quiero quién sois y de qué os quejáis. Huélgome, porque me hagáis una justicia que espero. Quién soy no habré menester decillo, puesto que ya la querella lo dirá que ante vos he de poner. Decid. Aquesta mañanaen aqueste cuarto entré de vuestro hijo, porque a mí me hace el gusto llana entrada cualquiera. Así ya sé quien sois. Cúbrese. Pues después de haber dos horas o tres que chistoso padecí baldones de sobrenombre –del Príncipe, hinche y encaje agudo alfiler de paje, pescozón de gentilhombre–, se resolvió la cuestión en que una muela vendiera, aunque de estraña manera. Concertose en un doblón de a cuatro; y porque provoque a más risa y a más fiesta, fue el barbero una ballesta y su gatillo un bodoque. Una cuerda de vihuela fuerte en el bodoque ataron y el otro cabo apretaron en la condenada muela. Con gafa el arco se armó y, en el aire disparado, el tal bodoque enramado tras si la muela llevó donde el aire fue servido. Yo, pues, para mi consuelo, al doblón de a cuatro apelo y en sangrienta voz le pido. Dice el Príncipe que no –aquí entra la querella– era –¡qué maldad!– aquella la muela que él concertó; porque habiendo yo, señor, dicho que barato hacía de ella porque la tenía dañada y con gran dolor, dice que se ha de apurar si era aquélla o no era aquélla; y así, que vaya por ella o no la quiere pagar. Ahora alego yo en tu sala que mía será la pena, pues le he vendido la buena y me quedé con la mala. Él dice que la dañada concertó y que no cumplí; que no ha de pagar o aquí he de padecer gatada. ¿Qué es gatada? Atento escucha; dirételo en breve rato: átase a una soga un gato y cuélgase a una garrucha –éste se ha de recibir aporreado en tal lugar que, por ser particular, no te le puedo decir– de suerte que, cuando baja con su cólera rabiosa, como la parte es ventosa como ventosa la saja; tiran del gato después que muy bien la presa ha hecho y llévase un hombre al techo. Ésta la gatada es. Mira tú con tu cordura si aquesta es pieza tan leve que será bien que la lleve la muela de añadidura. ¡Qué crueldad! ¡Qué tiranía! Nombre de hombre no merece quien tal hace y tal padece. Vos ¿cómo os llamáis? Pernía. Justo es que yo satisfaga vuestra queja. ¡Gloria a Dios, que hay justicia! ¿Pedís vos más de que justicia os haga? No pido más de que notes si habré merecido bien el doblón. A ese hombre den el doblón y cien azotes. Basta el doblón. No hace tal. Llevadle presto. ¿Por qué tal rigor en ti se ve? Por vagamundo y por mal entretenido. Señor, que oigas mi disculpa pido. Si soy mal entretenido, soy buen entretenedor; conque a tu justicia atajo la instancia de vagamundo, pues nadie vivió en el mundo más que yo de su trabajo. Llevadle. Pues ¿para qué en eso se han de ocupar? No tienen que me llevar; que yo, gran señor, me iré. Pues idos de Mantua luego, porque no habrá apelación si os hallo en otra ocasión. Nada en mi descargo alego. Tus ojos no me verán más en Mantua desde hoy; y de no parar te doy la palabra hasta Milán, donde, más que principotes, de mí su infanta gustó. Cobre usté el doblón, que yo le libro por los azotes. Vase. Salen Fadrique y criados. ¿No le tuvierais aquí para que con él hiciera otra burla? ¡Tente, espera! Señor, ¿aquí estabas? Sí; aquí estoy viendo y sintiendo en cuán buena ocupación divertido estás. No son culpables, según entiendo, en mí estas ocupaciones. ¿En qué me he de entretener si no en cosas de placer? Dices bien; pero en acciones más nobles, Fadrique, está de los príncipes el gusto. ¿No hay divertimiento justo que pueda ocuparte? Ya querrás persuadirme a que, como Carlos, todo el día estudie filosofía y sobre un libro me esté, con un maestro viejo al lado, hablando siempre de veras. ¿Tú, señor, no consideras que yo no he de ser letrado? ¿Para qué he de saber yo, si nada me ha de valer el saber? Para saber. ¿En qué se diferenció del bruto el hombre, Fadrique, si no es en raciocinar? Y así, en llegando a alcanzar ciencia un hombre se publique más que hombre; pues la grave superioridad que tiene el hombre al bruto conviene del que sabe al que no sabe. Tanto realzan los nombres que dan las ciencias por frutos que uno es hombre entre los brutos y otro es hombre entre los hombres. Para lo que he de ganar por mi ingenio de comer, menos había de saber. Si te llegases a hallar en alguna ocasión, ¿no te holgarías de lucir en ella? Sin argüir, luzco en cuantas me hallo yo. Pero ¿qué es a lo que obliga el que más sabe? A que estén a su opinión, ni haya quien jamás se la contradiga. Pues si yo por otros modos estos aplausos consigo y, a cualquier cosa que digo, me dicen que es así todos, sin que haya contradicción, pues en llegando a porfía siempre es la razón la mía y la de otro no es razón, ¿para qué me he de cansar en estudiar y saber? Que un señor no ha menester saber más que porfiar. Aquellos que, lisonjeros, tus discursos aprobaron, quizá después murmuraron tu discurso los primeros. Si sus lisonjas oí, sus murmuraciones no; y donde no lo oigo yo, mas que digan mal de mí. Fuera de que no he nacido tan necio que haya de qué murmurarme, que bien sé cuánto a un príncipe es debido. Una cosa es estudiar y otra cosa es no saber más de lo que es menester. Sea así; que si apurar quise al discurso el rigor fue porque hallarte condeno, si no, hijo, en lo más bueno, divertido en lo peor. ¿Es lo peor a un juglar hacer una burla? Sí; que es crueldad tratar así a un hombre y es enseñar a rigor el pecho. Si él pone en precio su castigo, él es el crüel consigo, que yo no lo soy con él. La crueldad fuera tener con tales hombres piedad. Y, en fin, si aquesto es crueldad, ¿en qué me he de entretener? Que hay mil ejercicios, nota, dignos: danzar, tornear... ¿No hay caballos? ¿No hay jugar armas, trucos y pelota? ¿Yo danzar y tornear? ¿No será mas grandeza, di, que otros me hagan fiesta a mí que hacer fiestas a otros yo? Ponerme a caballo, igual riesgo tiene; porque quien me ve andar en él más bien me dice que lo he hecho mal. En cuanto a armas, que hay destreza no ignoro, que tiene maestros insignes; mas los más diestros sacan rota la cabeza. Y así, no quiero aprender ciencia de tan grande engaño que se sabe todo el año y no cuando es menester. Pelota y trucos, servil ejercicio son. ¿Molido me han de ver de haber corrido tras un cuero y un marfil todo el día? ¿No te da envidia cuán celebrado Carlos vive? ¿Cuán amado de toda la corte está por aquestas gracias? No; tenga él su habilidad, que en mí es más autoridad no tener ninguna yo. De un parto habemos nacido los dos, sin saber cuál fue mayor; y yo pienso que mayor debo de haber sido al ver sus habilidades; y en justa razón lo fundo, que es muy del hijo segundo nacer con agilidades. Salen Enrique y Carlos. Díjome Enrique, señor, que en mi cuarto me has buscado y sentí no haberme dado cuenta de tan gran favor para que luego viniera arrojándome a tus pies a besar tu mano, que es el punto, centro y esfera de mi vida; y a saber en qué te puedo servir, puesto que, tarde en oír, no tarde en obedecer. En dos forzosos intentos hablar a los dos quisiera. Salíos todos allá fuera. Vanse los otros. Estadme los dos atentos. Ya sabéis las grandes guerras que, heredados enemigos, el gran duque de Milán, Filiberto, y yo tuvimos. Ya sabéis a cuántas ruinas estos estados rendidos para padecer se vieron el último parasismo. Ya sabéis, en fin, que, de uno y otro el poder extinguido, hizo la necesidad treguas que el valor no hizo; y que él y yo retirados dos años ha que vivimos, ahorrando sañas que el tiempo gaste después en castigos. En este intermedio, pues, Filiberto ha pretendido muchas veces mi amistad con cuerdo y prudente aviso; a que yo, ni despidiendo ni acetando, he respondido neutral siempre por tener abiertos los dos caminos de la paz y de la guerra, no negándole a mi arbitrio el uso de la elección que le dicten sus disignios. Pues hoy Filiberto ha hallado un medio, con que ha podido obligarme a hacer las paces –sin dejar a mi albedrío qué dudar ni qué elegir–, porque viene con partidos tales que han sabido hacerse, de voluntarios, precisos. Con Lotario, un deudo suyo que a Mantua de Milán vino, me escribe que... Mas la carta mejor que yo ha de decirlo. Saca la carta. Lee. “Muchos medios ha buscado el deseo y gusto mío para que entre los dos cesen nuestros rencores antiguos. A ninguno vuestra Alteza derechamente ha salido, si no es respondiendo siempre sospechoso en sus estilos. Yo, deseando acabar de una vez con homicidios, desdichas, estragos, muertes, pérdidas, robos, delitos que siempre acarrea la guerra, de mi parte determino hacer todo lo que puedo, por hacer virtud el vicio. Diana, mi única hija, sea el iris cuyos visos, creamos los dos, serenen diluvios que no ha podido el tiempo; y así os la ofrezco para uno de vuestros hijos. Fadrique y Carlos nacieron juntos y, según he oído, la vida de mi señora la Duquesa, en el peligro de su parto, embarazó las matronas, que en olvido pusieron el señalar al primero; y pues los miro tan iguales a los dos, de los dos ninguno elijo. El que vos quisiereis sea su esposo; pero advertido de que ha de heredar mi casa, –renunciando por escrito todo el derecho a la vuestra– y mis armas y apellido ha de conservar. Con esto, yo habré el gusto conseguido de echar la guerra de Italia y vos veréis convenidos a los dos, sin que ese estado llegue a verse dividido; supuesto que el que dejara, por ser heredero mío, de serlo vuestro, Diana y Milán bien imagino que puedan desagravialle. Desta conveniencia fío tanto que, ya como cosa hecha y asentada, firmo: el gran duque de Milán, Filiberto, vuestro amigo”. Esto escribe el Duque y yo, gustoso y agradecido, a sus deseos intento responderle con los mismos. A ninguno está mejor que a mí, pues así consigo –como él dice– que mi estado nunca parcial y diviso llegue a verse y que los dos, dos estados tan altivos tengáis. Lo que resta agora es, como hermanos y amigos, que los dos os convengáis. Milán, estado es más rico que Mantua. Si de la patria el heredado cariño os llama, en Diana hermosa disculpas hay. Conveníos, que uno ha de casar con ella y otro ha de mandar conmigo. Con tu licencia, señor, y de mi hermano, imagino que hablando el primero yo está todo concluido. Di. Lo que Carlos elija, puesto que es tan entendido, será lo mejor; y así, lo que él eligiere elijo. Bien te acordarás, señor, que a Mantua la nueva vino de unas justas de a caballo que el gran príncipe de Ursino, como deudo de Diana, mantenía en su servicio, sustentando que era ella de amor el mayor prodigio. Bien te acordarás también que, a tu obediencia rendido, te pedí para ir a verlas licencia; y que tú, indeciso, me la negaste, temiendo que yo fuese conocido en la corte de Milán, siendo el Duque tu enemigo; a que yo te di palabra de ir secreto y escondido, tanto que nadie supiese que era, gran señor, tu hijo; que me la otorgaste en fin y que yo, nada lucido, salí de Mantua, quitando a tu temor los indicios. Pues oye desde aquí agora lo que hasta aquí no has sabido. Aunque de Mantua salí de la manera que he dicho, ya tenía yo en Milán mis caballos prevenidos, criados, armas, libreas, joyas, plumas y vestidos. Llegué a Milán de secreto antes de la justa cinco o seis días. La ciudad llena hallé de regocijos, a que yo, como estranjero, muy particular asisto de día; pero de noche, el más galán y lucido, de máscara a los festines de palacio iba. No pinto dellos la grandeza agora, por no parecer prolijo; sólo no podré escusarme de pintar el peregrino, bello, celestial sujeto de Diana, donde quiso esmerarse el cielo todo, pues tan despacio la hizo que fue singular cuidado de sus estudios divinos. Las poéticas pinturas, los retóricos estilos que de los rayos del sol han coronado los rizos de una beldad; que de grana y nieve han hecho los visos de sus mejillas, mezclando los dos colores distintos; que arcos de amor, a las cejas; a los ojos, dos zafiros; menudas perlas, los dientes; los labios, claveles finos; torneado alabastro, el cuello; las manos, marfiles lisos; si es que lo han dicho por ella, verdad, gran señor, han dicho. No vio el sol tal hermosura en cuantos rumbos y giros corre de un polo a otro polo por azul campo de vidrio. Vila y amela, señor; y todo tan de improviso que no sé si haberla amado fue aun antes de haberla visto. Absorto quedé al mirarla; y tanto que, suspendido, a mí mismo de allí a un rato me pregunté por mí mismo. No digan que ha menester tiempo amor, porque, si ha sido dios, en dios no se da tiempo: presentes tiene los siglos. Empezó el sarao por ella, porque el príncipe de Ursino la sacó a danzar; y yo, que tan airosa la miro, me cobré, diciendo a voces a mi confuso albedrío: “¡Albricias!, que no es deidad imposible la que sigo; mujer es, puesto que hacer tantas mudanzas la miro”. Al maestro del festín lugar pedí, habiendo dicho un nombre supuesto; y él me le concedió. En el sitio apenas me puse cuando –aquí no importa el decirlo– el premio de más galán me dieron: amor lo hizo. Dancé con ella sin darme la mano, porque es estilo no dar la mano la Infanta a nadie; y así, de un limpio blanco lienzo, por las puntas danzamos los dos asidos. Que comunica el veneno un nocivo pez, he oído, al incauto pescador por la caña y por el hilo. Verdad debe de ser, puesto que este monstruo peregrino, por el contacto del lienzo, comunicó sus hechizos. Mientras danzaba con ella, pude decirla al oído: “O la mejor o ninguna siempre escogió mi albedrío”; de donde, para la empresa, se ocasionó mi motivo. Llegó de la justa el día; y cuando ya estaba el circo con naturales y estraños caballeros, sin padrino ninguno, de negro y oro, en un caballo morcillo que, viéndome entrar tan mudo, con noble, lozano instinto, al compás de las trompetas respondía con relinchos, la tela ocupé, calada la sobrevista; que Olimpo de negras plumas, mosqueadas de átomos de oro a los visos del sol, desesperación y tristeza, afectos míos, publicaba en los colores de lo negro y lo pajizo. Di la tarjeta a los jueces. Ya que me ocasionó el dicho lo que en el festín la dije para hacerme conocido, así la empresa, señor, era un coronado risco cubierto de varias flores y en el más ameno sitio una bellísima rosa con esta letra por friso: “Fortuna, o la mejor o ninguna”. Empezáronse a correr las lanzas, adonde hizo, dando y negando los premios, la gran fortuna su oficio. Llegó mi puesto; y apenas en la estacada me miro cuando un clarín hizo seña de embestir, a cuyo aviso respondió el bruto tan presto que dio a entender que era hijo del viento y le obedecía aun en bronce repetido. La primera lanza iguales el Príncipe y yo corrimos, síncopa de la carrera, pues juntó el fin y el principio. En la segunda, al reencuentro cargo el cuerpo en los estribos, doy de los pies al caballo, el cuento en el ristre afirmo, con tal dicha que, gozando de su movimiento mismo, sacándole del borrén, por las ancas le derribo. Cayó en el suelo, acudieron sus deudos y sus amigos para vengar el desaire. Los estranjeros, movidos como era causa de todos tener hecho bueno el sitio, se pusieron a mi lado; y, alterado y confundido el campo en civiles guerras, confusión, voces y ruido fue –sin que el Duque bastase todo el día a dividirnos– hasta que la negra noche a ponernos en paz vino. Aquella misma salí de Milán; mas tan rendido a la beldad de Diana que, a pesar del dolor, vivo. El verla tan imposible la causa, señor, ha sido de la gran melancolía que padezco. Los retiros en que me ocupo, tomando por medicina los libros, desto nacen. Pues el cielo a las manos ha traído la ocasión en que yo pueda vencer mis hados esquivos y hacer mi suerte dichosa, como a padre te suplico A Fadrique. –y como a hermano te ruego– que yo sea el elegido hoy de los dos para esposo de Diana, luz que sigo, sol que adoro, bien que busco, vida que amo, alma en que animo y, finalmente, deidad que idolatro y sacrifico. Menos encarecimientos, Carlos; que no son precisos para que tu amor consigas hoy con Fadrique y conmigo. Sí son, señor; y aun no bastan para que queden vencidos mis deseos cuando yo a la misma gloria aspiro. Yo he de casar con Diana, o quejoso y ofendido de tu amor he de vivir si es Carlos el preferido. Cuando pensé que de entrambos competencia hubiera sido el quedar conmigo en Mantua, ¿lo es sin mí a Milán iros? Por mi parte, sí, señor. Yo lo he errado en no haber dicho que en Mantua quería quedarme, pues entonces imagino que tú en Mantua te quedaras contento; que otro motivo no tienes para elegir ir a Milán que haber visto que esto es lo que yo deseo. Pues ¿no tengo yo mis cinco sentidos, mis tres potencias, mi elección y mi albedrío para saber elegir lo mejor? Cuando haya sido lo mejor, Fadrique, habiendoa Carlos, tu hermano, oído su pasión, hacer debieras del interés desperdicio. Yo tambien tengo pasión; también de Diana vivo yo enamorado. ¿Tú? ¿Cómo, si nunca a Diana has visto? Sí he visto. ¿Cómo, si nunca de Mantua un punto has salido? En Mantua la he visto. ¿Cuándo, si ella a Mantua nunca vino? Sí vino y yo la vi en Mantua; y basta que yo lo digo. ¿En Mantua Diana? Sí. ¿De qué suerte o cómo? Dilo. En un retrato pintada. (Bien del empeño he salido. ¡Qué linda cosa es tener ingenio! Miren si afirmo yo bien que un buen natural no necesita de libros). Una pintura no es bastante objeto al activo incentivo de amor. Yo no entiendo bien de incentivos ni objetos y sólo sé que a una pintura me rindo; y ello sea como fuere, yo tengo de ser marido de Diana. Si pudiera, señor, acabar conmigo el desistir de esta dicha, en tus manos mi albedrío pusiera a que usaras dél; no puedo, porque no es mío. A mí me has de hacer dichoso. De ser Carlos preferido, no me has de ver en tu vida. Igualmente sois mis hijos y estais empeñados ambos; pero ya un medio previno mi industria. Yo escribiré al Duque que tanto estimo la conveniencia que trata que a entrambos a dos envío a Milán para que sirvan a Diana; y elegido sea della y no de mí el dichoso. Bien has dicho. Tú no estás enamorado, pues das tu amor a partido. Déjame, Fadrique, aquesta dicha y siempre agradecido me confesaré tu esclavo. No puedo, porque no es mío mi albedrío. Esto ha de ser; y así, al punto habéis de iros. Eso es querer que seamos, no hermanos, sino enemigos. En sagrados galanteos no hacen los celos su oficio. Id, pues, a Milán los dos; servid amantes y finos; y esté mal con su fortuna quien la pierda y no conmigo. Vase. (Diana, sin conocerte, voy a amarte por capricho. Necio dicen que soy; hazme dichoso y seré entendido.) Vase. En competencia de otro, Diana, a servirte me animo. Cuerdo he sido; no me haga necio tu desdén esquivo. Vase. Salen Diana, Estela, Flora, Nise y Clori. En esta apacible esfera donde cortesanas flores con vanidad lisonjera siempre están diciendo amores a la fértil primavera, dando envidia hermosa a flora, desconfianzas al día, celos a la blanca aurora, puedes divertir, señora, tu grave melancolía. ¡Ay, Estela!, que no fuera mi melancolía grave si este alivio permitiera; porque no es pasión severa la que divertirse sabe. También desesperación es no tratar resistir la fuerza de una pasión. Eso se le ha de decir, Flora mía, al corazón. ¿Qué me importará a mí hacer esfuerzos para vencer si él, en tan dudosa calma, es libre país del alma y no quiere obedecer? ¿Ninguna te ha merecido saber cuál la causa ha sido que a este estremo te obligó? No puedo decirla yo, porque aun yo no la he sabido. Desde el día que mantuvo aquella justa el de Ursino, más placer en ti no hubo. Si yo la causa en que estuvo tu sentimiento adivino, ¿confesarasla? Es error decir que sí; que al rigorla causa ignoro crüel. Hasta que se topa en él, tal vez se ignora el dolor. Si tú le hallas, sí diré. Yo he presumido que fue que el de Ursino te ha pesado que vuelva tan desairado. Pues haste engañado, a fe. Distinta la causa ha sido en que había discurrido yo. También te la diré. Por Milán se dice que a Mantua Lotario ha ido a tratar tu casamiento con el uno de sus dos príncipes; y el sentimiento es rendir tu pensamiento al ciego, vendado dios, a quien siempre le ha negado vasallaje tu rigor. Algo más has despertado el dolor, mas no el dolor de que nace mi cuidado. Bien pudiera mi pasión nacer de que tanto importe forzar yo mi condición, mas mujeres de mi porte no casan por elección. Y así, puesto que ha de ser, a mi padre le tocó tratar; a mí, obedecer, Agora me sigo yo; pero conviene a saber que yo a adivinar aquí tu tristeza no me atrevo. ¿Quieres oír un tono nuevo que anda ahora valido? Di. Canta. Fortuna, o la mejor o ninguna. Aguarda, ¿quien escribió esa letra? El caballero que de negro y oro entró en la justa aventurero aqueste mote sacó; y un ingenio le ha glosado para poderse cantar. Prosigue; que tú has hallado, sin quererle, Nise, hallar, el dolor de mi cuidado. Canta. En los jardines de Amor, por más bella y más hermosa, emperatriz es la rosa de toda vasalla flor; y puesto que por mejor la corona su beldad, sepulcro mi vanidad haga de su verde cuna: fortuna, o la mejor o ninguna. No cantes más. Pues ¿de qué te has disgustado? No sé; la música me cansó. ¿No te agradó el tono? No. Pues bien celebrado fue en Milán. Bien me parece que esos aplausos merece; mas música es cierto ya que alegra al que alegre está y al que está triste entristece. Desto, Estela, habrá nacido la causa; porque me dio pesadumbre haberle oído. (¡Ojalá no hubiera sido otra la que lloro yo! Pero ¿qué es esto? ¡Ay de mí! ¿Yo tan claramente digo que oír el mote sentí? Pero ¿qué importó conmigo a solas? Mucho; y así, este pesar me he de dar: dejarme vencer no es justo del dolor.) Vuelve a cantar. (Mas, ¡ay!, que es hacerme un gusto queriendo hacerme un pesar.) Mientras canta, sale Pernía rebozado con capa con oro y sombrero de plumas. Canta. De ánimo vil se imagina quien en una esfera hermosa, por no atreverse a la rosa, se abate a la clavellina. Guárdanla una y otra espina arqueros de su rigor, que herirse en ella es mejor que curarse en otra alguna: fortuna, o la mejor o ninguna. Suspende, Nise, la voz; no por la primera causa que la suspendió otra vez al principio de mis ansias, sino por otra, que a más estremos que la pasada obliga. ¿Qué hombre es aquél que a la retirada estancia de estos hermosos jardines adonde estoy con mis damas se atreve a entrar? En el rostro el embozo de la capa no le deja conocer. Da voces que entre la guarda a despejarle. No dé voces, si no es la que canta; que no gustaré de oír otras. Aquésas solas me agradan y quiero hacerla un favor segunda vez de escucharlas. Prosiga el tono, que no te faltará cualquier alhaja; que en mi recámara hay para este efeto, a Dios gracias, desde el tiempo de los cuellos unas calzas atacadas con tales bordes que, puestas debajo de las enaguas, servirán de guardainfante. ¿Quién vio desvergüenza tanta? ¿El osado atrevimiento de entrar aquí no bastaba, sino el hablarme de burlas? Hombre, que el claustro profanas del templo de Amor adonde tiene el respeto sus aras, ¿quién te ha dado presunción de poner aquí las plantas? Amor, poderoso rey de las vidas y las almas. Aún más que con la osadía, con ese nombre me agravias. ¿Qué es amor? (Yo he de quitarle el embozo de la cara y ver quién es.) Descúbrele. ¡Pues con eso acabose la maraña! Loco, ¿tú eres? Pues ¿quién, señora, hasta aquí llegara sino yo, con la licencia de estar confirmado en gracia tuya? Hasta tu cielo entré y viendo cuán triste estabas quise darte este picón, a que ocasiónó esta gala. Agora la menor hoja de aquesa azucena blanca me da a besar. Yo confieso que me tiene disgustada la burla, mas te agradezco tanto el que vuelvas a casa que te la he de perdonar. Toma y del suelo levanta. Medrado vienes, Pernía, de plumas, telas y ámbar. Como he andado a pecorea, vengo lucido de alhajas. ¿Quién te dio aqueste vestido? El gran duque de Ferrara; mas buen susto me costó y me partí para Mantua. ¿En Mantua has estado? Sí. Huélgome, porque me hagas relación de quiénes son sus príncipes. Lindas lanzas. El uno es un saturnino de aquellos que apenas hablan dos razones entendidas; y esas dos, muy ponderadas. Quise embestirle y echome muy mucho de noramala, que es hombre todo de veras y tiene en el mundo fama del hombre más entendido que hoy se conoce en Italia. El otro es un majadero –si es majadero el que guarda sus doblones– caprichoso, de presumida arrogancia y vanidad. Allá tuve con él no sé qué demandas de cuatro escudos. En fin, ¿todo ese discurso para en que el uno es entendido y otro necio? Sí, madama. ¿Mas que me cabe a mí el necio, según soy de desdichada? ¿Y cuál es el entendido? Llámase... Sale el duque Filiberto de Milán. ¿Qué haces, Diana? Oyendo a este loco estoy, que ha divertido mis ansias. Darele yo este diamante, porque a divertirte basta. Divertiré yo a este precio a un genovés, cuando haga asientos en su favor. Vete y allá fuera aguarda. Vase Pernía. Ya, Diana, te di cuenta de cómo darte trataba esposo y que había de serlo Fadrique o Carlos de Mantua. A esto Lotario partió; y es la respuesta que tanta codicia en los dos ha puesto tu hermosura soberana que entrambos la patria propia dejan por la ajena patria. Viendo su gran competencia, el Duque a entrambos les manda vengan a servirte y que se corone de esperanzas aquél que en tu galanteo llegue a merecer tu gracia. A aquesto vienen los dos con sus familias y casas, sus caballos y libreas, diamantes, plumas y galas; y con tanta prisa que, dándoles amor sus alas, han llegado hoy a Milán y ahí fuera licencia aguardan para besarte la mano. Yo, porque estés avisada de todo, entré a prevenirte. Examina, mide y tasa cuál te agrada para esposo; que aunque nacen destinadas las mujeres como tú a no elegir con quien casan, la novedad hoy dispensa albedrío con que hagas elección. Por escusar de tus mejillas el nácar, más respuesta que decirles que entren no espero, Diana. Vase hasta la puerta y vuelve a salir con Carlos y Fadrique, Enrique y Marcelo con acompañamiento, vestidos de color. ¿Hay, Estela, igual suceso? Mejor que tú imaginabas ha sido. ¡Que no dijese, para estar más advertida, Pernía cuál era el necio! ¿Eso, Flora, te embaraza? ¿No está un necio conocido a la primera palabra? (¡Qué hermosura tan divina!) (¡Qué beldad tan soberana!) (Turbado he quedado al verla.) (Absorto estoy al mirarla.) (Si no llego a ser ceniza de aquella encendida llama, ¿para qué añades más fuego, amor? El pasado basta.) (¿Qué nuevo afecto, ¡ay de mí!, es el que siento en el alma después que la vi que a un tiempo la voz hiela, el pecho abrasa?) ¿De qué os suspendéis? Llegad; que ésta es, príncipes, Diana. Agravio has hecho, señor, a nuestro conocimiento en advertirnos atento cuál es el rayo de amor. Bien entre una y otra flor, por más pura y por más bella, la rosa se admira al vella; bien entre una y otra rosa, por más brillante y hermosa, se hace distinguir la estrella; bien en el más lisonjero imperio de estrellas ya, entre una y otra, se da a conocer el lucero; bien en el claro hemisfero, entre uno y otro farol de luceros, su arrebol la luna ostenta oportuna; bien entre una y otra luna se sabe cuál es el sol; bien así en la soberana beldad de esta verde esfera nuestra atención conociera entre todas a Diana; porque su beldad ufana es la rosa entre las flores, la estrella entre los colores, lucero entre las estrellas, luna entre breves centellas y sol entre resplandores. A tus pies turbado llego; disculpe mi turbación la precisa admiración de ver juntos nieve y fuego. Que es desatención no niego, en competencia tan fuerte, llegar aquí; pero advierte que esta leve confianza no nace de la esperanza, señora, de merecerte. En lo inmenso no se da medida; del sol la lumbre distante está de la cumbre del Olimpo cuanto está del más hondo valle. Ya que inmensa es tu beldad bella, suba a la cumbre mi estrella de su luz, no por pensar que a tocarla ha de llegar, sino por llegar a vella. (¡Qué atento y galán habló!) (¡Qué cuerdas cortesanías!) (Tras tantas filosofías, ¿qué tengo de decir yo? Pero ahora se me acordó un mote que a él mismo oí y no viene mal aquí.) Aunque a veros he llegado sin estar enamorado, desde el instante que os vi me parece que lo estoy muy superlativamente, porque lo que el alma siente no lo ha sentido hasta hoy. Mil alabanzas os doy, porque en todas no haya alguna que iguale vuestra fortuna; y yo os he de merecer, porque para mí ha de ser o la mejor o ninguna. (¡De mi mote se ha valido!) A Diana. (¡Bien dijiste tú que era a la palabra primera cualquier necio conocido!) (¡Qué vano!) (¡Qué presumido!) (El mote a entender me ha dado que éste es el que le ha costado a mi amor tanto recelo, tanto sueño a mi desvelo, tanta pena a mi cuidado. ¿Y es el necio? Pero aquí disimular importó.) Cuanto puedo decir yo, príncipes, diga por mí el silencio; y pues que fui tan feliz, callando intento no agraviar mi sentimiento. Seáis bien venidos los dos. (¿Quién juntara en uno, ¡ay Dios!, estrella y entendimiento?) Vanse las damas. Venid los dos, porque aquí cuartos a los dos os den. Vase. A Marcelo. (Marcelo, ¿no la hablé bien y bien despejado?) A Fadrique. (Sí.) A Marcelo. (No lo creyera de mí, según me vi temeroso al verla.) A Enrique. (¡Qué receloso de Fadrique estoy!) A Carlos. (Es en vano; ¿qué hay que temer?) A Enrique. (Que mi hermano es necio y será dichoso.) Segunda Jornada Salen Diana y Estela. ¿Estamos solas? Sí estamos. Pues has de saber, Estela, que todas las cosas tienen un término donde llegan, un límite donde paran, un número donde cesan, a cuyo fin todo nace, todo crece y todo mengua. Aquesta filosofía hoy se halla en mi paciencia: nació, creció, llegó al punto y, así, que decline es fuerza. Ya le faltó a mi silencio márgenes adonde pueda caber; y pues, esplayado, hoy de sus cotos revienta, óyeme tú; que esto sólo quiere el hado que le deba, pues saliendo de mí, sale para quedarse en mí mesma. Bien te acuerdas que el de Ursino, con mil amantes finezas, a tratar mi casamiento vino a Milán. Ahora piensa que yo, quejosa de que tan despechado se vuelva a su patria, despedido de mi padre, a sus tristezas dile ocasión. Pues, no, prima; y, asentando que no es ésta, quédese al olvido y vamos a la que lo es. Bien te acuerdas que el tiempo, Estela, que estuvo en Milán todo fue fiestas, saraos, máscaras, torneos; y, para remate dellas, una justa de a caballo, a cuya heroica grandeza convidó al mundo la Fama, llena de plumas y lenguas. Concurrieron en Milán, de proprias y de estranjeras naciones, príncipes varios; dando unos públicas muestras de quiénes fuesen; y otros, de rebozo. Déstos era quien me dio muerte a traición, pues fue la cara encubierta. Una noche en el sarao entró, la máscara puesta, un caballero vestido de azul y plata, en diversas cifras mi nombre bordado de memorias. Considera si olvidará al caballero quien del vestido se acuerda. Desde el instante que entró en el salón, puse atenta los ojos en él. Pensé que era curiosidad necia a que me obligaba sólo saber si sabía quién era. Bien así como mil veces –no hay nadie a quien no acontezca– en lo que menos le importa porfía un hombre y hace tema hasta acordarse, así yo en inútiles apuestas estuve toda la noche porfiando conmigo mesma. ¡Oh, quién pudiera a los astros capitular! ¡Quién pudiera de lo que hacen y no hacen entrar con ellos en cuenta y saber, haciendo doctos cargos a sus influencias, por qué desobligan a unos con cuidados y asistencia y a otros obligan acaso! Mas, ¡ay de mí!, ellos supieran volver por sí, que no hacen nada acaso las estrellas. Al maestro de la sala del festín pidió licencia para danzar. En secreto debió de decir quién era; y así, abonándole él, calificó la nobleza concediéndole lugar sin que el rostro descubriera, ceremonia que en Italia está recibida. Apenas se puso en el puesto cuando en festiva, lisonjera murmuración –que el aplauso sabe pronunciar sin lengua– le aclamó todo el concurso el más galán de la fiesta. Sacome a danzar con él. Dancé. “La dichosa” era el compás que nos tocaron. ¡Ah, de cuántas menudencias tan particulares una memoria loca se acuerda! Esa letra que anda hoy puesta en tono, que fue empresa suya en la justa me dijo; prevenida diligencia para que en la justa yo le conociese por ella; si bien pudiera escusarlo, pues al punto que en la tela entró le había conocido antes que diese la letra, que en secreto el corazón me lo había dicho por señas. El fin que la justa tuvo tú lo sabes, pues en guerras civiles viste la corte en tal confusión envuelta. La noche la puso en paz y, sin que jamás supiera quién fuese aquel caballero, quedé en Milán. La tristeza que desde aquel mismo día quiere el cielo que padezca, las melancolías que paso son –aquí de mi vergüenza– corrida de que en el mundo haya un hombre que merezca los suspiros que me debe, las lágrimas que me cuesta. Persuadiraste a que paran mis desdichas en que vea con esta imaginación mis bodas, prima, tan cerca. Pues no, que aún más adelante pasan; porque aunque yo quiera hacer del dolor desprecio y, a mis respetos atenta, sacrificarme rendida, sin ser mía, a ser ajena, aun no me deja mi hado, mi destino aun no me deja. Para esta fuerza que quiero hacer mi libertad, piensa que bien me dará de gracia quien mal no me da de fuerza. Y para que lo conozcas, escúchame, que aquí empiezan con más instancia las dudas; mejor diré, las certezas. Trató mi padre casarme en Mantua. Pase mi lengua por esto aprisa –pues sabes la amorosa competencia de los dos que hoy en Milán me sirven y galantean; que uno es discreto en estremo, con todas las partes buenas de caballero; que afable toda la corte se lleva tras sí; que nobleza y plebe le aplauden y le celebran; que el otro en estremo es necio; que vanidad y soberbia le deslucen tanto que nadie le estima ni precia– y lleguemos de una vez al caso, para que veas con cuántas causas mis dichas de mis desdichas se quejan. Este necio, éste de todos aborrecido –¡qué pena!– es el mismo del festín y la justa, a quien confiesa tanta inclinación el alma; que como estas cosas eran de agilidad, no de ingenio, se supo esmerar en ellas. Algo le había de dar en premio Naturaleza, de no darle entendimiento. Mira agora y considera si, habiendo de elegir uno, habrá confusión como ésta. Si a Carlos elijo, voy contra el poder de mi estrella, que ya inclinada a Fadrique me tiene; sin que yo pueda echarle de mi memoria, por más defectos que advierta en él, cuando le imagino en el sarao y en la tela haciendo opuestos alardes de la gala y la destreza. Si a él elijo –¡ay cielos!– dando a mi inclinación la rienda, culpable elección será cuando en mi voto se vea coronada la ignorancia a vista de la prudencia. ¿Qué dirá el mundo de mí? Y, siendo yo la consecuencia para todas las mujeres, ¿qué dirán los hombres de ellas si no que el tener ingenio no es mérito que se precia entre nosotras, que siempre escogemos lo peor? Fuera de que, habiendo conocido en él tanta insuficiencia, no me casara con él si dueña, prima, me hicieran del mundo. Pero tampoco con Carlos, que es indecencia de una mujer como yo ver que dos afectos tenga, por inclinación al uno y al otro por conveniencia. Con causa, señora, estás triste; mas dame licencia para hacerte una pregunta. Ya la tienes. ¿De qué llegasa presumir que Fadrique aquese embozado sea de la justa y del festín? Fácil está la respuesta, pues cuando aquí llegó a hablarme, a la palabra primera, entre muchas necedades, me repitió de la empresa el mote, dando a entender que él el embozado era. ¿Tienes más indicios que ése para pensarlo? No, Estela. Pues éste, señora, es muy tibio, si consideras que los que no saben mucho siempre se valen de letras y motes que en otra parte oyeron; y estando hoy ésta tan valida, pensaría que era gran gala usar de ella. Sola esa breve esperanza a mi desdicha le queda; y, para desengañarme, la primer vez que le vea me he de dar por entendida de que él fue y tomando señas particulares salir de una vez de la sospecha. Sale Pernía. Pardiez, señora Diana, más el hallaros me cuesta hoy por aquestos jardines que pudiera por las selvas de Arcadia a esotra Diana que fue deidad de la tierra. Pernía, ¿de dónde bueno? De cobrar vengo una deuda que Fadrique me debía desde Mantua. ¿Y dónde queda? Él y esotro circunspecto andan por redes y rejas de este jardín acechando si hay parte por donde puedan verte. ¿Y has hablado a Carlos? ¿Yo a Carlos? Ni Dios lo quiera; pues ¿cómo he de hablar de burlas a quien siempre oye de veras? Todos te culpan, señora, de que no des la sentencia definitiva a estos novios; y yo sólo en tu defensa digo que tienes razón de dudar a cuál prefieras, porque tan malo es el uno como el otro, si se llega a advertir que para esposo es tanta culpa que sepa como que ignore; y así, tomando en la competencia un medio a los dos estremos, yo un buen consejo te diera. ¿Y es? Que te cases conmigo,que estoy en la región media: ni tan sabio que te aflija, ni tan necio que te ofenda. Cierto que estoy por tomar el consejo. Salen a una puerta Flora y Carlos. A Carlos. (Vuestra Alteza, que anda Diana, mi señora, por este jardín advierta, con sus damas; y podrá disgustarse de que a verla entre estando en sus retiros descuidada.) A Flora. (Flora bella, no quiera amor que al menor disgusto suyo me atreva. Yo procuraré esconderme entre la varia belleza de sus verdes laberintos. Por tu vida, que licencia me des de entrar; y esta joya, no dádiva sino prenda de voluntad, por fiadora saldrá de que te agradezca esta dicha eternamente.) A Carlos. (No tengo de hacer por ella lo que no hago por vos solo. Perdonadme y salíos fuera.) A Flora. (En tomando vos la joya, me iré; que ya mal contenta conmigo estará quien tuvo vanidades de ser vuestra.) A Carlos. (Sin obligación la aceto, por no parecer grosera.) ¿Flora? ¿Señora? ¿Qué es eso? No creyendo que tan cerca estuvieses, Carlos quiso ver la hermosa primavera deste jardín y yo estaba deteniéndole a la puerta. Bien esa curiosidad pudo escusar vuestra Alteza; y más si sabía que yo estaba aquí. De manera turbado he quedado al veros disgustada que, aunque quiera disculparme, no sabré; porque si dice mi lengua que no supe que aquí estabais, mentirá; y si a decir llega que, porque lo supe, entré, será la verdad la ofensa. Y así, entre una y otra duda, se habrá de quedar suspensa, pues es tan malo que diga hoy verdad como que mienta. De aquestos atrevimientos no puedo yo formar queja, pues ya con la dilación les doy, Carlos, la licencia; mas yo me resolveré presto, para que no tengan lugar estas bizarrías con máscara de finezas. Confieso que a una elección mi vida pendiente está, que su sentencia será mi gloria o mi perdición; pero una satisfación para consuelo prevengo. ¿Cuál es? Si a decirla vengo, no poder vuestra venganza quitarme... ¿Qué? ...la esperanza. ¿Por qué? Porque no la tengo. Vivo tan desconfïado, hermosa Diana bella, de méritos de mi estrella y de dichas en mi hado que, aun a solas, no he llegado conmigo mismo al más leve pensamiento, a la más breve imaginación; que bien se atreverá a pensar quien a pensarlo no se atreve. Parece que contradice a ese modo de sentir veros, Carlos, asistir al premio de más felice. Eso a esotro no desdice; que el desahuciado de un fuerte mal, aunque su muerte advierte, los remedios apellida, no por dilatar la vida, mas por no abreviar la muerte. No hay más modo de morir que el vivir no dilatar; luego el desear no abreviar la muerte es desear vivir. Sí; mas débese advertir que, aunque uno el efecto sea, la acción con que se desea, no en sustancia, en accidente puede hacerle diferente. ¿Cómo? Un ejemplo se vea. El hombre que es desdichado jamás al bien aspiró; con no ver al mal, vivió en su esfera consolado; luego si en aquél se ha dado un deseo tan igual que al bien y al mal es neutral, en mí se dará también no desear vivir, que es bien; ni desear morir, que es mal. Y así, en el alto trofeo a que me ves asistir, no deseo conseguir, sólo no perder deseo; en cuya atención me veo con tanta desconfianza que aun sombras del bien no alcanza, pues asisto a tu favor más porque tengo temor que porque tengo esperanza. Quien al bien no aspira y quien no siente el mal, claro está que ausencia no sentirá, pues ni es favor ni es desdén; y así, que os volváis es bien. De gloria y de pena ajena vive la esperanza mía. Siempre oí que amor tenía, como dios,... ¿Qué? ... gloria y pena; mas limbo no, donde ajena de sombras una memoria ciega esté. Pues es notoria cosa que hay limbo en que yacen esperanzas que no nacen a tener pena ni gloria. ¿Quién en vuestro pensamiento, con tanta desconfianza, ha borrado la esperanza? Vuestro gran merecimiento; que a tanto milagro atento, ¿quién ha de osar ni tener esperanzas que perder? El que llegare a advertir que una cosa es conseguir y otra cosa es merecer. El que a conseguir se ofrece sin mérito que le obligue no consigue, pues consigue la dicha que no merece. Felice es el que padece los defectos de tu amor; y esto en mí es con tal rigor que, si fuera precio justo de haberos dado un disgusto mereceros un favor, solamente os suplicara sobornándoos con mi ausencia... ¿Qué? ...que de vuestra sentencia el día se dilatara. Pues ¿por qué? Porque durara en la calma de mi estado ni envidioso ni envidiado; que más quiero temeroso vivir en duda dichoso que de cierto desdichado. Vase. ¿Qué ingenio su ingenio iguala? Tú bien fueras a escuchalle. ¿Para qué? Para envialle muy mucho de noramala. Tanto entendimiento y gala malograr en un marido es lástima. ¡Qué entendido! ¡Qué cuerdo! No le alabéistanto. ¿Por qué? Porque hacéis nueva guerra a mi sentido. A la otra puerta, Nise y Fadrique. A Fadrique. (Mirad que está aquí Diana y se enojará si os doy paso.) A Nise. (¿Qué importa que hoy vea su beldad ufana mal vestida quien mañana mal tocada la ha de ver?) A Fadrique. (A mí me ha tocado hacer este reparo.) A Nise. (A mí no; y puesto, Nise, que yo tu amo tan presto he de ser, no me disgustes.) A Fadrique. (No sé que sea disgusto.) A Nise. (¿Esto pasa? ¿Replicas? Mañana a casa de tus padres te enviaré.) ¿Nise? ¿Señora? ¿Qué fue eso? Fadrique ha querido entrar hasta aquí atrevido; y porque yo le decía que disgustarte podía... Prosigue. ...me ha despedido. ¿Esas joyas da? Es así, porque no ha de haber criada tan bachillera que en nada me haya de advertir a mí. Orden mía fue que aquí a nadie dejase entrar. Mía no; y considerar debiera que soy más yo que nadie. (¿Quien, cielos, vio en el mundo igual pesar? ¿Que una ciega inclinación obligue a mi vanidad, oyendo esta necedad, a dudar en la elección con aquella discreción de Carlos? Mas ya que aquí hoy ha llegado, ¡ay de mí!, si él el embozado fue de justa y sarao sabré.) No os espantéis de que así hoy, a riesgo de enojaros, a este jardín donde vengo entre a hablaros; porque tengo muchas cosas en que hablaros. Y yo dispuesta a escucharos estoy ya, porque no entréis tra vez adonde os veis. Decid, pues, lo que intentáis. Que tan gran merced me hagáis, señora, que os declaréis de una vez y no dudoso me tengáis de mi ventura; que, si de vuestra hermosura yo tengo de ser esposo, es estilo riguroso, aunque es tan grande el empleo, comprarle con el deseo; porque no es tan estimado el bien que llega esperado como aprisa. Así lo creo; pero Carlos me decía agora que él estimara que jamás me declarara. Y esa opinión fundaría allá en su filosofía, porque es famoso estudiante. Pero no es tan firme amante como yo, pues que no alcanza cuánto aflige una esperanza en un corazón amante; pues no ama el que en su engaño, consolado de su dama, no ama el favor. Menos ama quien no teme un desengaño. Aquese es error estraño. ¿Cómo así? ¿Cuál es mejor, un desengaño en rigor o un engaño? Mejor es siempre el desengaño. Pues, siendo aqueso así, mi amor mejor filósofo ha sido, pues él adora el engaño y yo busco el desengaño. ¿Cuál debe ser preferido, quien lo peor ha querido o lo mejor? En amor hay excepciones, señor, donde mil veces se ha hallado que, por lo desconfiado, lo peor es lo mejor. Saber, señora, no espero cómo aqueso pudo ser; que a mí me basta saber que es lo mejor lo que quiero. Si otras causas considero, no os juzgo tan mal hallado en Milán que os dé cuidado estar hoy en él. ¿Por qué? Porque el que embozado fue de todos tan celebrado –que ya todo se ha sabido–, no sé por qué le ha de dar pena descubierto estar. (¡Cielos!, Diana ha creído –el mote la causa ha sido– que el de la justa fui yo; y pues el amor me dio ocasión ahora con que pueda obligarla, diré que ella el riesgo me debió.) Aunque jamás presumía el corazón que os adora haceros cargo, señora, de alguna fineza mía, viendo que este feliz día vos la sabéis, mal haré en negarla yo, porque fuera agraviar la fineza que me debió esa belleza. A Estela. (Cierta mi desdicha fue, Estela. No hay que apurar más mi pena.) A Diana. (Pues estamos hoy en la ocasión, veamos si es que te quiere engañar.) Mucho he estimado el llegar a haber sabido que fuisteis vos el que a Milán venisteis, por ser la que os conocí yo; y afirmando ahora aquí ser el que tanto lucisteis, no me lo quería creer Estela, a quien lo decía. Estela es opuesta mía. Darla estado es menester, porque no tengo de ver su persona a vuestro lado. Mirad que si yo he dudado el que vos fuisteis, señor, quien con tal gala y valor de todos tan celebrado salisteis, no por dudar de vuestros meritos fue. Pues ¿por qué, Estela? Porque el atreveros a entrar en Milán antes de estar la paz confirmada no cordura me pareció, sino temeridad. Bien; pues ¿quién en el mundo, quién, más temerario es que yo? Yo vine a Milán y entré de máscara en el festín la última noche; y, en fin, aunque mi nombre oculté, con vuestra Alteza dancé, diciéndola la voz mía aquel mote que, a otro día, saqué en la justa y aquél que mi amor repitió fiel al veros. De mi porfía no fue mi intento negar que vos fuisteis; sólo fue afirmar, gran señor, que se han podido equivocar las señas; y por mostrar cuál se engañó al discurrillo, ¿qué color... Dudo al oillo. ...vos sacasteis? (¿Qué colordiré? Diciendo el mejor no puedo errarlo) Amarillo y oro. (¿Qué es lo que he escuchado?) (¡Lindo gusto de vestido!) Yo porfiaba que había sido azul y plata, bordado de memoria, que ha guardado mi nombre. (¡Oh, quién lo supiera, porque así lo repitiera! Pero esto poco importó, persuadida ella que yo de cualquier color era.) ¿Ves cómo tú te engañaste en las señas? Pues, aunque Fadrique del festín fue, no fue el que tú imaginaste, señora, cuando danzaste. Yo fui el que ella imaginó. Pues ¿qué compás se os tocó? (Otro aprieto. ¡Ay, ansias mías!) ¿Qué danzasteis? Las folías (que no sé otra danza yo). (No es menester advertillo más, pues tan cierto sería que folías danzaría quien se vistió de amarillo). Mucho me he holgado de oíllo; mucho, Fadrique, he estimado las señas que me habéis dado de vos mismo, si atendéis que con las señas me habéis sacado de un gran cuidado. Si ha errado mi pensamiento, la disculpa está notoria en ser flaco de memoria. (Y gordo de entendimiento.) No os disculpéis, que no intento culparos de engaños lleno; ni que os toméis os condeno de otro el mérito, si arguyo que quien no le tiene suyo no yerra en tomarle ajeno. Vanse las mujeres. (¡Bueno ha quedado el señor príncipe amarillo!) (¡Cielos!, ¿qué es lo que pasa por mí? ¿Qué oigo? ¿Qué escucho? ¿Qué veo? ¿Quién en el mundo se vio en igual desaire? Pero ¿qué me admiro, qué me espanto, si yo dél la culpa tengo? Pues con mis desatenciones y vanos divertimientos, haciendo de todo cuanto es urbanidad desprecio, di la ocasión al desaire, no pensando, no creyendo que era menester que yo tuviese merecimiento mayor que ser yo. ¡Mal haya tanto mal gastado tiempo!) (A preguntarle si acaso fue en casa de algún barbero el sarao de las folías iré.) ¿Señor? Oír no quiero nada que digas, Pernía. ¿Por qué tal desabrimiento? Porque he conocido cuánto inútiles son aquéllos que de sus conversaciones no dejan algún provecho al que las oye; y así, no solamente pretendo no oírte agora porque estoy disgustado, mas precepto sea inviolable que en tu vida me hables; pues al escarmiento llegué ya de cuánto fuera mejor que todo aquel tiempo que con un loco gasté lo gastara con un cuerdo. Pues me destierras de ti, voy a cumplir el destierro; que ya sé cuán peligroso el oficio es del contento, pues ha menester llegar siempre a ocasión. Vase. Yo estoy muerto. Y no siento haberme hallado Diana en mentira, pues puedo disculparla con decir que fue un engañado afecto de amor querer obligarla cauteloso; sólo siento haber con vanos descuidos vivido tan poco atento a cuanto es cortesanía que, ya que a fingir me atrevo el hallarme en un sarao, errase tanto los medios que aun no le supiese dar colores al fingimiento. ¡Oh, quién enmendar pudiera tantos mal limados yerros como doró mi ambición y desdoró su desprecio! ¡Qué mal hice en persuadirme, altivo, vano y soberbio, a que era grandeza en mí el ignorar todo aquello que urbanamente aun los reyes deben saber! Tarde llego al desengaño de que el mejor, el más supremo aplauso no es de la sangre, sino del entendimiento. Sale Marcelo. ¿Señor? Marcelo, ¿qué quieres? A darte un aviso vengo. ¿De qué? De que aquesta noche los celebrados ingenios de Italia pública tienen una academia y sospecho que vienen a convidarte a ti y a Carlos. Yo, viendo cuán poco gustas de hallarte en aquestas cosas, vengo a avisarte de que aquí no estés, porque en el empeño de ir no te pongan, si acaso llegan a verte. Marcelo, no sólo de ellos no huiré, mas saldré a verme con ellos, porque en esa obligación de ir me pongan; porque intento castigar la flojedad de mis vanos pensamientos con la vergüenza de verme entre tantos sabios necio. Llegue a vista de sus ciencias mi ignorancia; por lo menos, se verá que es ignorancia que quiere dejar de serlo. Y tú, Marcelo, me busca en Italia los maestros más celebrados de cuantas buenas letras hay; y luego, los de cuantos ejercicios a un príncipe hacen perfecto, cabal a un buen cortesano y lucido a un caballero. Que si en la mina del alma diamante bruto mi ingenio fue, le ha de pulir mi amor fondos dándole y reflejos. Si fue oro que ignorado estuvo en su oscuro centro, mi amor ha de acrisolarle quilates dándole eternos. Si fue perla mal pulida en la concha de mi pecho, ha de esmerarla mi amor dándola valor y precio. Ni una acción, ni una palabra sola hacer ni decir tengo que consultada no esté y acrisolada primero con la razón y el discurso, la censura y el consejo de quien sepa más que yo. Y pues a confesar llego que hay otro que sepa más, ya no soy quien sabe menos. Hermosísima Diana, tarde mejorar intento mis defectos; mas pues eres casta deidad a quien dieron templo y aras los gentiles –y hoy en tus aras y templo gentil mi amor todavía tu nombre idolatra bello–, débate aqueste milagro la perpetuidad del tiempo. Será la tabla mejor que penda entre los trofeos de tus sagradas paredes ver a un ignorante cuerdo, humilde a un desvanecido, desengañado a un soberbio; y para decirlo todo, será el prodigio más nuevo ver que llegó a confesar que no supo nada un necio. Vase. ¿De qué puede haber nacido esta mudanza que has hecho en el hablar y sentir, Fadrique? Vase. Salen Carlos y Enrique. Si yo no pierdo el juicio, poco, Enrique, deberé a mis sentimientos. Sosiégate. ¿Sosiego pides a toda la inquietud del fuego, a toda la mudanza de la luna, del mar a la inconstancia y la fortuna, a mi amor? Que así es bien que le publique cuando le miro, Enrique, en mí dos veces ciego, ser la fortuna, el mar, la luna, el fuego. Pues ¿qué causa te obliga a sentimiento igual? Cuando la diga, verás en su disculpa a la culpa sin señas de ser culpa; que a mayores desvelos disculpa la disculpa de los celos. Entré, pues, esta tarde en un jardín, donde mi amor cobarde, más a adorar que a merecer dispuesto, el sol vio de Diana; mas tan presto me despidió que la esperanza mía, síncopa haciendo de la edad del día, vio en un instante, un punto, la aurora y el ocaso todo junto. A aqueste jardín mismo, de flores y de encantos bello abismo, Fadrique entró al instante, adonde más feliz, no más amante, mereció –¡pena tirana!– que Diana tan despacio le escuchara que se estuvo con ella toda la tarde hablando. De mi estrella mira el rigor, pues él vive admitido al favor de que muero despedido. Que está el consuelo, advierte fácil en este caso. ¿De qué suerte, si lo que mi amor pierde su amor gana? Creyendo que a Fadrique oiría Diana por entretenimiento aún más que por favor. Y el sentimiento ser lisonja debiera si su ingenio, señor, se considera; pues que haya sido espero, no tu competidor, mas tu tercero. Poco eso me asegura, porque el juicio, ¡ay de mí!, de una hermosura nunca procede a lo mejor atento; y un capricho de amor no es argumento que se funda en razones; y la pasión de amor toda es pasiones. Ella es muy entendida y no se querrá ver tan deslucida en la elección que hiciere; y mientras el efecto no se viere, trata de desechar esa tristeza. De Milán la nobleza toda está en el paseo. Entra a lucir en él, señor, pues creo que el mirarte aplaudido de todos y de todos tan querido, templen en parte aquese rigor fiero. Si no ha de estar Diana en el terrero, ¿de que me servirá que yo en él sea el más galán y que ella no lo vea? Más que sus partes luce, las infama quien las ostenta a espaldas de su dama. Yo de tu sentimiento que te diviertas solamente intento; y puesto que no quieres salir hoy al paseo, ya que eres docto en ciencia cualquiera, en tu cuarto Lisandro... ¿Qué? ...te espera con libros. Ellos pueden divertir tu pesar. Ya no conceden tregua maestros ni libros a mi enfado. ¡Mal haya, Enrique, amén, cuanto he estudiado, pues no he aprendido en todo cuestión que enseñe de obligar el modo a una belleza ingrata! Y así, al instante trata de entregar cuantos libros traje al fuego; y despídeme luego los maestros que he tenido; pues que tan poco a todos he debido que no le han enseñado en tanto docto afán a mi cuidado cuestión de amor que la desdicha mía alivie, siendo amor filosofía. En la docta academia de esta noche, señor –donde se premia el ingenio–, no dudo, luciendo en ella, adviertas cuánto pudo ser ilustre el saber. Yo lo confieso; pero yo en ella no he de estar por eso. Y, en fin, ya para mí no hay cosa alguna más cansada, más necia y importuna que estas juntas de ingenios; pues en los varios genios de sus doctos desvelos no se habla de mi amor ni de mis celos. Y pues Fadrique ha sido el lucido, el galán y el entendido a vista de Diana –su belleza obligando soberana, mereciendo su agrado–, él es el que ha lucido, el que ha estudiado; yo, el necio, el ignorante. Y así, de aquí adelante lucir en nada espero. Ni quiero libros, ni maestros quiero. Sale Pernía. (Aquí está Carlos, ¡pardiez! Para mí es azar su encuentro. Sin verle me iré.) Pernía, ¿por qué de mí vas huyendo? Porque siempre desgraciado fue contigo mi gracejo y nunca te agradó. Aguarda, que hablar contigo deseo muy despacio. Considera, señor, que no soy de aquellos yo que te agradan a ti; porque soy un majadero. ¿No me hablarás tú en Diana? Sí. Pues sólo a ti te quiero por maestro; si eso sabes, más sabes que todos ellos. ¿Desde cuándo acá, señor, tanto favor te merezco? Desde que tan venturoso, tan feliz te considero que mereces de Diana ver el sol divino y bello a todas horas. ¡Quién fuera tú! ¿No había más que serlo? De una fiesta a su lugar volvía un tamborilero; y un fraile también volvía de la fiesta a su convento. El tamborilero iba en un burro caballero y el fraile a pie. Preguntole el padre: “¿De dónde bueno?” “De tañer –dijo– esta flauta, y este tamboril.” “Por eso –le preguntó–, ¿qué le han dado?” Él respondió: “Poco, cierto: cincuenta reales, comido y bebido, que no es menos, llevado y traído, sin otros regalillos que aquí tengo.” “¿Eso es poco? –dijo el padre–. Pues yo de predicar vengo y ni aun de comer me han dado; y, como ve, a pie me vuelvo.” El tamborilero entonces dijo enojado y soberbio: “Pues tamborilero y padre predicador, ¿es lo mesmo? Aprendiera buen oficio y no se quejara de eso.” La aplicación está fácil: si queríais, señor, veros con Diana a todas horas, hubierais para ese pleito aprendido buen oficio; pues veis en el que yo tengo que no somos todos unos, frailes y tamborileros. ¿Estabas tú en el jardín cuando entró Fadrique? ¿A eso va el agasajo? Y a fe que sucedió un lindo cuento. ¿Qué fue? Que Fadrique dijo que había venido encubierto, por sólo ver a Diana, a las fiestas que se hicieron; que danzó con ella y que la dijo un mote, que luego empresa fue de la justa; y, al fin, paró todo esto en que Diana... ¡Detente! No digas más, que no quiero oír que paró en que Diana le dio en agradecimiento lugar de hablarla. ¡Oh traidor hermano! ¡Oh vil caballero! Nunca te hubiera contado yo de la justa el suceso para hacer de ajenas glorias propios los merecimientos. Oye y sabrás. ¿Qué he de oírni saber? ¿Qué? Todo el cuento. Yo lo sé. ¿Quién te le ha dicho? Yo me le he dicho a mí mesmo. Por temer que se ofendieran, siendo el de Ursino su deudo, cuando supiesen Diana y el Duque que yo fui, ¡cielos!, el que le echó del caballo y puso su corte a riesgo, mi silencio ocasióné; y me mató mi silencio, para que le aprovechase la vanidad de mis hechos. Pero yo le buscaré; y en cualquier lugar o puesto que le halle he de vengar de la traición el intento. Advierte, señor, que en ti cualquiera acción... Nada advierto. ...será más culpa. Sea. ¡Ten prudencia! No la tengo. ¡Repórtate! Será en vano. Mira que... Ya nada veo. ...aventuras la opinión que de entendido y de cuerdo tienes. Pues ¿qué importa, Enrique,si está todo el mundo lleno de que en celos no hay cordura ni en amor entendimiento? Vanse. Bachillera lengua mía, ¡buena hacienda habemos hecho! Mas, ¿qué va si se colige...? Salen Diana y damas. Pernía, ¿qué ha sido esto? Que pasando agora al cuarto de mi padre he estado oyendo mil desentonadas voces que en esta parte se dieron. Un cuento que yo llevé la causa ha sido; y pretendo que otro cuento que yo traiga sea, señora, el remedio, pues yo no sirvo de más que de traer y llevar cuentos. Empecé a decir a Carlos de Fadrique el fingimiento; y así como llegó a oír que había dicho que encubierto a Milán había venido a las fiestas de secreto, una legión de demonios se le revistió en el cuerpo. Y, en fin, diciendo que había sido él y de respeto había callado por ver que era el de Ursino tu deudo, en busca fue de su hermano; y si da con él, sospecho que dé con él en el limbo, que no es capaz del infierno. Vase. Estela, ya mi fortuna han mejorado los cielos; pues el mérito y la estrella han juntado en un sujeto. Carlos fue el que a Milán vino y Carlos el que, discreto, dos veces mereció ya la inclinación y el afecto. Albricias pudiera dar hoy el alma de saberlo; y así, sin más competencia, declararme por él pienso. dentro Carlos y Fadrique; y salen luego. No es mi hermano, es mi enemigo quien desluce mis aciertos. Para defenderme sólo la espada saco. ¿Qué es esto? Advertid que estoy aquí. Ya, señora, me detengo; que de mis acciones es rémora vuestro respeto; en fe de lo cual, la espada rendida a la vaina vuelvo. Yo no; porque antes a más me he de atrever cuando os veo presente, porque veáis que a vuestos ojos me vengo de la traición de un hermano. Si os escuchara sin veros, pensara que vuestras voces habían trocado los cuerpos cuando a vos tan advertido os miro y a vos os veo tan inadvertido. Yo a mí esta atención me debo; que como de saber poco estoy indiciado, temo que todos me den la culpa de cualquiera desacierto; y así, corregir procuro mis acciones. Yo pretendo despeñarlas hasta que Diana oiga que te has hecho dueño tú de mis aplausos, siendo yo sólo su dueño. Eso yo lo diré a voces; que otras disculpas no tengo de mi yerro si no es confesar que ha sido yerro. Yo me quise atribuir hoy, señora, los trofeos de Carlos; que como amor es guerra y en guerra fueron permitidos los ardides, creí era bien usar dellos. De necio me motejasteis, cuyo desaire me ha puesto en obligación de hacer, a vuestro servicio atento, estudio de mis acciones. Con la que habéis visto empiezo a parecer, si entendido no, advertido por lo menos; porque haciendo de mi parte cuanto puedan mis deseos, si el serlo no me debáis, me debáis el querer serlo. Aunque el desengaño pudo templar a mi enojo el medio, tiene dos partes la culpa; y aunque de la una le absuelvo, que es el haber declarado la verdad, la otra no puedo, que es haber querido hacerme el engaño; y así, intento a vuestros ojos, señora, castigarle. ¿Qué es aquesto? ¿En mi presencia os mostráis hoy, Carlos, tan desatento? ¿Cuando le debo a Fadrique que, enmendado, en sus afectos proceda, vos procedéis tan despechado en los vuestros? Sí; y en más obligación os pongo yo cuando llego a empeorarme en mis acciones que cuando él llega –esto es cierto– a mejorarse en las suyas; pues trocados los estremos, en el tribunal de amor yo mejor sentencia espero cuando él prudente y yo loco a un mismo tiempo aleguemos: él, que por amor fue sabio; y yo, que dejé de serlo. Para cuestiones de amor, no es este lugar ni tiempo. A vuestros cuartos los dos os retirad. Yo obedezco; que, como ando por no errar, ciegamente tus preceptos he de observar, porque sé que nadie erró obedeciendo. Vase. ¿No os vais vos? Yo bien me fuera, si pudiera; mas no puedo. ¿Por qué? Porque temo que despedirme vos tan presto es por hablar más despacio con Fadrique, que es lo mesmo que sucedió en el jardín; y así, ausentarme no intento, porque no quiero que haga mi amor espalda a mis celos. Esa plática es muy nueva en mis oídos. ¿Qué es eso de celos y amor? ¿Sabéis que soy la que os está oyendo ese estilo, ese lenguage, esa frase, esa voz? Pero no quiero enojarme, idos; disculpado estáis, si advierto que es la mayor necedad la necedad del discreto. Idos, pues. Sin mí dos veces me iré, cuando considero que voy por mi error sin mí y sin mí porque me ausento. Vase. Estela, ¿hay mayor desdicha que la mía? Cuando tengo la afición en una parte, están allí los defectos. Cuando el desengaño puede mudarla, tras ella veo que los defectos se van. ¿En qué ha de parar aquesto, amor? ¿Qué te va en sacar de una causa dos efectos? Tercera Jornada Salen por una puerta el duque de Mantua, Federico, con acompañamiento, y Fabio; y por otra, Filiberto, duque de Milán, con acompañamiento. Vuestra Alteza haya sido, señor, a este su estado bien venido. Y vuestra Alteza hallado en él con la salud que ha deseado quien, centro suyo, este palacio adora. Y ¿cómo está Diana, mi señora? Para serviros, tiene salud. Dios se la dé como conviene a nuestra paz, contando sin engaños su edad el tiempo a siglos y no a años, con el aumento que mi amor desea. ¡Que tan felice mi fortuna sea que llegue a mereceros esta dicha, señor, de poder veros en Milán este día! La dicha y la fortuna sólo es mía; si bien por pensión tengo de ella el grande cuidado con que vengo. Porque habiendo sabido que Carlos y Fadrique no han tenido en aquesta asistencia la atención que debió igual competencia; y habiéndome avisado por cartas un criado que ha llegado a tanto su locura que con necia, con vil descompostura, tantas sagradas leyes olvidadas, sacaron las espadas sin tener advertencia de la hermosa Diana a la presencia, me puse en el camino; porque así componerlos determino, castigando a los dos con que no sea ninguno tan dichoso que se vea en tan grande ventura como dueño feliz de su hermosura; poniendo a vuestras plantas, si este es el fin de competencias tantas, mi persona y mi estado, sin lo que entre los dos está tratado. Aunque ha sido tan justo vuestro enojo, señor, vuestro disgusto, una celosa culpa anticipada tiene la disculpa; y no han de hallarse en todas ocasiones prontas a lo mejor las atenciones; y más, jóvenes pechos de sus méritos mismos satisfechos. Aunque la inadvertencia de los dos fuese, me daréis licencia a que crea que ha sido sólo uno quien la culpa haya tenido en tanto atrevimiento; que ya se deja ver quién poco atento la ocasión haya dado. Yo no he de ser fiscal sino abogado; y así, a ninguno espero culpar, que diculpar a los dos quiero. De Fadrique aquel cuarto es y de Carlos éste. Vos a los dos entrad a hablarlos, en tanto que yo pido albricias a Diana de que ha sido tan felice que huésped igual tiene y a besaros, señor, la mano viene. Vase. Bien recelé siempre, Fabio, que Fadrique había de dar a estos estremos lugar; que Carlos, en fin, es sabio, cuerdo y prudente. Es así. Puesto que ya aquí llegué, primero a Carlos veré. ¿No es aquel Enrique? Sí. ¡Enrique! Sale Enrique. Dame, señor, tu mano. Álzate del suelo. ¿Qué hace Carlos? Con recelolo diré. Habla sin temor. Con Pernía todo el día le dejo en conversación. ¿Quién es Pernía? Un bufón. Ya me acuerdo de Pernía; pero advierte que por quien pregunto es Carlos, Enrique; no pregunto por Fadrique. Por él respondo también, porque él es con quien alcanza el hombre que he referido tal agrado que aquí ha sido, señor, toda su privanza. ¿Lisandro, su maestro, no asiste a Carlos? No sé cómo he de decirte... ¿Qué? ...que a Lisandro despidió después de tanto servicio; que a su tierra se ha tornado bien quejoso y mal premiado. Pues ¿y aquel noble ejercicio de los libros? Ya no tiene gusto en ellos. Si no fuera por mí, todos los hubiera quemado. Pero aquí viene con él; dél sabrás mejor que nada te he encarecido. Salen Carlos y Pernía. Pernía, tú sólo has sido el mercurio de mi amor; y así, contigo no más hablo ya de buena gana, que, en fin, me hablas de Diana. Es así; pero jamás de cuantas veces tu pena consuelo, tú de la mía te acuerdas. Toma, Pernía. ¿Por fuerza ha de ser cadena? Que es consonante forzado. (En mi vida no creyera que un sólo instante estuviera Carlos tan mal ocupado. De esta novedad sabré la causa.) ¿Carlos? Señor, ¿tú en Milán? No ha sido error, al verme, admirarte; que con saber yo que tú aquí estás, también me he admirado yo de haberte a ti mirado. Pues ¿qué te admira de mí? El que estás tan divertido, Carlos, con ese juglar... (¿Mas que me viene ahora a dar el centenar prometido?) ...y en tanta conversación. Algo me ha de divertir. Tú que solías decir que hombres inútiles son y que un loco solamente puede a hombres de ese humor hablar, ¿le escuchas? Señor, consejo muda el prudente. Fuera de que si culpé a quien con ellos trató, fue cuando en ellos no halló segunda intención en que disculpar el mal gastado tiempo. ¿Y tú tiénesla? Sí; pues dél solamente oí la ciencia que me ha agradado. ¿En qué ciencia –¡error notable!– ese loco hablará bien? En todas habla bien quien habla en lo que quieren que hable. ¿Y Lisandro? Yo mandéque me dejase y se fuese, que estaba caduco. ¿Y ese fue digno premio? Sí fue; pues, en cuanto me enseñó, facultad no le debí que me aprovechase aquí. Y desengañado yo de haber echado de ver cuán poco puede ayudar el saber para el amar he aborrecido el saber. Muchas réplicas tuviera esa máxima, si yo quisiera argüir; mas no he de hacer más que una. Espera: ¿amor no es voluntad? Di. Voluntad es el amor. ¿Y no es potencia inferior del entendimiento? Sí. Luego es en este argumento cierto que, para tener voluntad, ha menester tener uno entendimiento; conque no me negarás, si a la voluntad prefiere y manda, que el que supiere más, Carlos, amará más. El que a amar haya llegado con las ciencias que le das, concedo que amará más; mas no será más amado. Yo que con entendimiento a hablar a Diana llegué, cuanto pude amar amé; conque de más sentimiento están mis discursos llenos, como al efecto verás; pues siendo quien quiere más, soy quien la merece menos. Y así, no quiero saber lo que me ha de preferir en el modo del sentir y no en el de merecer. Esté conmigo Pernía, que a todas horas me habló en Diana; y de quien yo sé lo que hace cada día. Dígame, pues, qué color es de la que más se agrada; a qué dama, a qué criada más merced hace y favor; qué gala tiene elegida; qué tocas y qué flores usa más y son mejores, que con esto entretenida mi pena está y mi dolor más bien hallado; porque ésta en un amante fue la filosofía mayor. Y no digo yo que fuera un hombre con quien ufana mi melancolía estuviera, que a un perrillo de Diana el mismo agasajo hiciera. Argüirte más no intento, por el pesar que me da ver que aborrecido ya de ti está tu entendimiento. Hablemos en lo que ha sido lo que a los dos ha obligado a haber la espada sacado, que es a lo que yo he venido. ¿Eso preguntas? ¿Pues no? Pues ¿qué hay que discurrir? Quien nos envió a competir, a reñir nos envió; luego si habemos reñido compitiendo no tenemos culpa, pues antes habemos nuestra obligación cumplido. En sagrados galanteos, la competencia es cortés. Eso poner puertas es al campo de los deseos. ¡Vive Dios, si en tanto abismo yo a dividirme llegara en otro yo y éste amara a mi dama, que a mí mismo yo mismo no me sufriera competencias de igualdad y que en mi misma mitad mis celos satisfaciera! Según eso, tú habrás dado la ocasión en esta acción. Yo no he dado la ocasión, mas tampoco la he escusado. Pues cuéntame cómo fue. Ya te acuerdas de que aquí a unas fiestas vine. Sí. Y que a Fadrique conté en tu presencia el suceso de ellas. De todo fui yo testigo. Pues él contó que él había sido; y por eso colérico le busqué y matarle pretendí. ¿Estando Diana allí? Esa mi ventura fue; que si reñir bien mi fama solicitaba, señor, ¿cuándo se riñe mejor que a los ojos de la dama? ¿De su respeto el preceto no fuera justo que guardes? Más de un millón de cobardes tiene en el mundo el respeto. Y el estar tan deslucido, ¿es también parte de amor? Sí; que el descuido, señor, es gala del desvalido. Ande galán el dichoso; que, al uso de su cuidado, cuanto más desaliñado más galán está un celoso. Yo de Fadrique lo estoy; y viendo que ha merecido por necio y por deslucido más lugar en Diana, voy haciendo por parecelle; y así, señor, hago aprecio de ser deslucido y necio. Con miedo llegaré a velle; que si tú tan necio estás habiendo tan entendido venido aquí, el que ha venido necio habrá de estarlo más. Y aunque mi temor crüel me llama a un tiempo y me admira, a tu cuarto te retira, que le quiero ver a él. Vete, pues. De buena gana. Pernía... Seguirte quiero. Ven, que ha más de un siglo entero que no hablamos de Diana. Vanse los dos. Si así está Carlos, ¿qué hará Fadrique? Fabio, no sé qué genero de amor fue éste. Allí Marcelo está. Sale Marcelo. ¡Marcelo! Señor, tus plantasmil veces me da a besar. ¿Qué hace Fadrique? Estudiar. Más me admiras, más me espantas con eso que con haber visto a Carlos. Pues, señor, ¿por qué? Porque lo mejor no es tan fácil de creer como lo peor. De mí, diciéndolo yo, sí es. Pues ¿qué ha sido esto? Después que oyó de Diana aquí no sé qué baldón, no ha habido –con vigilante cuidado– ciencia que no haya estudiado, maestro que no haya tenido. ¿En qué agilidad, señor, de lucido caballero no se señala el primero? ¡Raros efectos de amor son éstos, Fabio, que aquí llegamos a ver! No sé si, aun viéndolo, lo creeré. Sale Fadrique muy galán. Tu voz, gran señor, oí; y aunque, como dicha mía, pude dudalla y temella, el deseo de creella me persuadió a que sería verdad, siendo la primera vez en que mis ojos ven que diga verdad el bien. Dame tus plantas, esfera en que, como centro, está mi humildad. Alza del suelo; que aunque también de Marcelo tu ocupación dudé, ya oyéndote la creí. ¿Qué hacías? Desear saber, señor, para merecer una hermosura que vi; porque está muy desairado con su dama un ignorante. Pues ¿es ciencia el ser amante? De harto desvelo y cuidado; porque aunque para sabella no es menester estudialla –pues el más necio se halla, sin pensarlo, dentro della–, para aprovecharla sí. Y no sólo es ciencia amor, pero no hay ciencia, señor, que amor no contenga en sí: la de artes, pues cada día todo silogismo es; de filosofía, pues natural filosofía es; la de leyes también, pues para que bien se avenga, no hay república que tenga más leyes que el querer bien; también la de astrología, que es ciencia de las estrellas y el amor consiste en ellas; hasta la de teología es, pues si tiene, señor, de la teología el efeto a Dios mismo por objeto, el amor también es dios. Aunque contigo enojado –por lo que supe– venía persuadido a que sería tuya la culpa, quitado me has el enojo. Señor, mía no más fue la culpa; que a un error no hay más disculpa que confesar el error. Y así, enojado conmigo y no con Carlos estés. Yo le ocasióné; y si es justo darme a mí castigo, a tus pies estoy. Levanta. Si no es perdonado, no me levantaré. (¿Quien vio en los dos mudanza tanta?) A buscarte con Diana, señor, aquí el Duque vuelve. Pues retírate de aquí hasta que su enojo cese. (¡Ay, bellísima Diana! ¡Qué de cuidados me debes!) Vase. Salen Filiberto, Diana, Estela y damas. Vuestra Alteza, gran señor, venga con bien a esta breve corte suya; que incapaz de tan generoso huesped, corrida está. Vuestra Alteza,si tanto favor merece mi humildad, me dé su mano; y crea que, si es que debe correrse de algo su corte, será de que en mí no albergue mayor planeta; porque, si hacen palacios los reyes, los soles harán estrellas; y ésta lo es, pues tantos tiene. De vuestra salud mi padre me informó. La vuestra aumente el cielo como deseo, que así será la del fénix. La paz pondré yo entre tantos cumplimientos tan corteses suplicándoos que vengáis a vuestro cuarto. Obediente estoy. Si aquí vuestra Alteza no queda, mi amor ofende. Yo me quedaré, si en eso mi humildad os obedece. (En toda mi vida vi hermosura más prudente.) Vanse todos los hombres. Ya, señora, no podrás dilatar más el haberte de declarar por el uno de los dos que te pretenden. ¡Ay Estela, ay prima, no mis desventuras me acuerdes, pues tú, como mitad mía, tan de cerca las adviertes! ¿Cómo quieres ya escusarte? No es posible. ¿Y cómo quieres que no me escuse mirando que a su principio se vuelve la duda, pues es la misma que fue antes? ¿De qué suerte? Primero me persuadí a que el de mi afecto fuese Fadrique y, viéndole necio, traté olvidarle y perderle. Supe después que fue Carlos y cuando ufana y alegre por él quise declararme –hallando en él juntamente el mérito de su ingenio y el influjo de mi suerte– veo que tan desatento en sus acciones procede que delante de mí saca la espada y después se atreve a pedirme cara a cara celos; tan imprudente, en fin, que su ingenio ya más que me obliga me ofende. Pues, si uno es necio, otro, loco, ¿cómo queréis que yo llegue por ninguno a declararme? Antes me daré la muerte. Fadrique, señora... Di. ...hacia aquesta parte viene. Lindo ingenio para que en tus dudas te aconseje. ¿Qué dirá de disparates? Sale Fadrique. Si pensara que estuviese aquí vuestra Alteza, antes que de mi cuarto saliese, con recelo de su enojo –pues lo es llegar a verme– me dejara en él, señora, morir, haciéndole breve sepulcro de un desdichado, como en su inscripción dijese: “Aquí yace un infelice, que muere porque no muere.” No estoy yo tan poco atenta de urbanidad a las leyes que me ofenda de que vos me habléis hoy, cuando sucede el acaso de toparme aquí; que si algunas veces me ofendí fue porque fue no acaso; y es diferente un cuidado que se niega a un descuido que se ofrece. Esa distinción, señora, de que tan sutil me advierte vuestro soberano ingenio, no era justo que la hiciese yo; que no me toca a mí más que saber cuánto ofende un desvalido que adora a una deidad que aborrece. Y así, no advertí que aquesta ocasión, señora, fuese acontecida o buscada; que el que sus errores teme, nunca a la disculpa acude por ir a la culpa siempre. Pero ya que disculpado –vos lo dijisteis– merece mi deseo esta ocasión, bien será que la aproveche. Dadme licencia de que a vuestros pies obediente una merced os suplique. Ya la tenéis, si sois breve. Eso, señora, es negarla. ¿Por qué? Porque quien ofrece debajo de un imposible antes niega que concede. ¿Qué imposible os he pedido? ¿Qué mayor hallarse puede que ser breve un ignorante? Pues decid lo que quisiereis, que ignorancia confesada mucho de cordura tiene. Yo, señora, os supliqué alguna vez que me hicieseis merced de que os declaraseis, sin atender neciamente a cuán remoto el consuelo está para el que os perdiere. Imaginaba yo entonces que podría ser que fuese yo el dichoso. Mal he dicho; porque no tan solamente lo imaginaba, mas ya lo creía. ¿Qué imprudente, aconsejado consigo, a sí mismo no se cree? Desengañome un desaire; y de un instante a otro halleme, de más allá de mis males, aún más acá de mis bienes. Traté curarme a esperiencias que hice en mí mismo; de suerte que, aunque mal convalecido estoy de aquel accidente de mi ignorancia, temiendo cuánto quien os pierde pierde, suplico que dilatéis la sentencia de mi muerte hasta que acabe la cura; que, al fin, la herida más fuerte, si blanca mano la halaga, sana más y menos duele. Dos admiraciones son las que vuestra voz me advierte: una, lo que emprende; y otra, el modo con que lo emprende. La pretensión y el estilo me han suspendido dos veces; y así, no sé responderos hasta saber cómo pueden el valor, ingenio y gala mejorarse. Desta suerte. De gala, ingenio y valor amor es dueño; pues fuera cierto que valor no hubiera, gala, ingenio, sin amor. El hombre que con mayor perfección lucir desea y en sólo salir se emplea más galán que el mismo Apolo, amor lo hace; pues es sólo porque su dama le vea. El que más ansia ha tenido de mirarse señalado por su ingenio y celebrado de cortesano entendido, la principal causa ha sido amor; para que pretenda en una y otra contienda de ingenio, por varios modos, verse aplaudido de todos porque su dama lo entienda. El que más vanaglorioso, coronado de victorias, en las humanas historias hizo su nombre famoso, amor es el poderoso afecto que a ellas le llama; no es sólo opinión y fama las que le ilustran valiente, pues lo hace solamente porque lo escuche su dama. Yo así, como nunca he amado hasta agora, ni he tenido dama, ni galán he sido, ni entendido, ni alentado. Pero ya que enamorado sigo la imposible estrella de la hermosura más bella, los medios he de buscar; que con nadie quiero estar más airoso que con ella. Vase. ¿Has visto, Estela, en tu vida estilo tan diferente? Yo lo he escuchado, dudando de ser él. Salen Carlos y Enrique. ¡Déjame! Advierte... Ya no hay qué. Piérdase todo, pues que Diana se pierde. Conmigo venid. Detiénela. Aguarda; y pues otro lugar tiene de hablar, téngale yo, que soy quien mejor lo merece. Nadie para hablar conmigo lugar mereció; y si puede llegar a tenerle alguno, tenerle no es merecerle. Fuera desto, cuando fuera verdad que otro le tuviese, nunca estabais vos más lejos de tenerle, si se advierte que no soy yo en quien podía, por irse aquél, llegar éste. Si tuviera entendimiento yo con que advertir pudiese que ninguna acción es mía, la advirtiera; mas no puede prodecer más atinado quien sin discurso procede. Pues yo me acuerdo de oír alabaros de prudente. Yo también; pero era cuando procedía libremente desocupado mi ingenio de la prisión que hoy padece. Ya ninguna acción es mía, que embargadas me las tiene una pasión poderosa a que ni atienda, ni piense, ni imagine, ni discurra. Pues ¿qué pasión hay que fuerce al entendimiento? Amor. Yo vi efecto diferente, pues se puso en libertad. No amaba como yo ése. Luego ¿errar es amar? Sí. ¿De qué suerte? De esta suerte. De gala, ingenio y valor, por ruina amor se señala; pues no hay ingenio, ni gala, ni valor donde hay amor. El hombre que con mayor perfección galán se llama, en el instante que ama, de sí se deja olvidar, que hay mucho de qué cuidar en solamente una dama. El que más desvanecido del ingenio que alcanzó se dio a sus estudios, dio sus estudios al olvido en habiendo amor tenido y, sólo a su dama atento, hace discursos al viento; porque tibiamente adora quien por su dama, señora, no pierde el entendimiento. El que más noble y augusto en la lid llegó a mirarse, en llegando a enamorarse le cedió el valor al gusto; siendo el trofeo más justo y la vitoria más cuerda que por su dama se pierda todo; y con dama no hay fama, pues se olvida de su fama quien de su dama se acuerda. Luego habiendo yo olvidado, señora, mi lucimiento, mi valor, mi entendimiento, yo estoy más enamorado. Nada, pues, me dé cuidado; que si todo lo atropella una hermosa deidad bella, de nada me he de acordar, pues con nadie quiero estar más airoso que con ella. Pues mal podréis; que aunque esté quien, enamorado, pierde el juicio en perderle airoso, desaire es el no tenerle; y nunca ha sido disculpa del yerro que se comete la causa que le ocasiona, que sólo al yerro se atiende. Vos habéis, Carlos, conmigo estado muy imprudente y el amor no puede dar las disculpas que no tiene; y aunque quiera, Carlos, yo disculparos con que fuese yo la ocasión, también yo soy la que de ella se ofende. De suerte que, a un tiempo mismo, me obligáis a que me queje de vos y a que os agradezca de la queja el accidente. Y así, mi enojo y mi agrado, neutrales y indiferentes, con no castigaros, Carlos, os pagan. Dejad de verme; no me obliguéis a deciros que habéis echado, imprudente, a perder una ocasión que, tarde, perdida vuelve; y que ya resuelta... Pero ¿qué digo? Mi lengua miente; nada me creáis. Y baste saber –y esto aquí se quede– que si finezas obligan, desatenciones ofenden. Vanse las damas. ¡Espera, detente, aguarda! Sepa yo, señora... Fuese sin escucharme. ¡Mal haya pasión que llegó a ponerme del monte de la fortuna hoy en la cumbre eminente, pues fue sólo para que al abismo me despeñe de mis desdichas, que un triste sólo a despeñarse crece! Y no solamente, cielos, perdí en desdicha tan fuerte el discurso, mas también la ocasión. Nada en mí quede y pierda la vida quien discurso y ocasión pierde. Sale Pernía. A avisarte de que va Diana al jardín, por si quieres seguirla, vuelvo. ¡Ay, Pernía!, ya no hay para qué lo intente... Pues tóquente las folías. Danzaraslas lindamente. ...que ya espiró mi esperanza. Salen el Duque y Filiberto. ¿De qué das voces? ¿Qué tienes? ¿Qué sé yo, ni para qué lo pregunta quien no puede remediarlo? Pues ¿qué estilo, qué modo de hablar es ése? El que me enseñó el dolor. ¿De cuándo acá de esta suerte hablas tú? ¿Cómo he de hablar si he perdido –¡dolor fuerte!– la ocasión de merecer la deidad más excelente que en el templo del amor colocó estatuas de nieve coronadas de jazmines y ceñidas de claveles? ¿Estás loco? ¿Quién lo duda? Pues ¿tú, que en ingenio excedes los más doctos...? Sí, que amando no le tiene quien le tiene. Mira... Considera... Haréis los dos que me dé la muerte; y si no lo hago es por dar a mis desdichas crüeles este gusto de quedarme con la vida que lo siente. Y tanto el sentirlo estimo que, a pesar de mis desdenes, a despecho de mis ansias, hoy vivo porque no cesen de una vez todos mis males, que son mis mejores bienes. Vase. ¡Espera, Carlos, escucha! ¡Aguarda, Carlos, detente! Síguele, Pernía. Primero siguiera un pleito. Vase. No tieneesto más que un medio. ¿Y es? Que declare quién merece ser más dichoso Diana de los dos que la pretenden, pues con esto cesará la competencia; y quien fuere tan desdichado que pierda fortuna tan excelente, ausencia y tiempo le curen, porque nadie convalece de amor mejor ni más presto que un enamorado ausente. Vanse. Salen todas las damas. Triste estás. ¿Cómo pudiera, Estela, estar más alegre quien hoy sitiada se mira de pasiones tan crüeles? Si hubiera de ser, señora, yo quien la sentencia diese, presto me resolvería, dando el premio a quien más debe amor. ¿Cuál de los dos fuera? ¿Cuál? El que se hizo prudente, cuerdo y atento de necio. ¡Oh, qué engañada procedes, Estela! Que el que de cuerdo se hizo necio es quien merece más, pues se le debe más al amante que más pierde. Ser, Nise, en una ocasión necio un discreto acontece muchas veces; pero cuerdo un necio, tarde sucede. Es verdad; mas, por usado estilo, juzgarse debe ser de amor; y esotro pudo causarse de otro accidente. ¿Cuál te parece a ti, Flora, que mayor derecho adquiere? Siempre yo, señora, huyo de conferir pareceres. Si de divertirte tratas, el discurrir no divierte. Dejemos en este estado la cuestión, si te parece, y escucha una letra que muy a propósito viene; que con ella sacarás la opinión y, sin que dejes el caso, podrás hacer de la porfía deleite. Por el instrumento voy. Vase. Pues, aprisa, Flora, vuelve. Sale Fadrique al paño. (Cobarde mi pensamiento –haciendo de aquestas verdes hojas y tejidas ramas celosías y canceles–, desde esta parte a Diana verá, pues que no se atreve a pasar de aquí por no aventurar si se ofende.) Sale Carlos al otro lado del paño. (Ya que han de morir mis penas a manos de mis desdenes, muera sabiendo Diana la enfermedad de que mueren. Aunque no sé qué temor al mirarla me suspende que pasar de aquí no puedo, hecho una estatua de nieve.) Salen a otra parte los duques y gente. Al Duque. (En esta parte, Diana, con sus damas se divierte.) A Filiberto. (Pues discurramos, primero que a hablarla en esto se llegue, el mejor modo de hacer que se declare a quién quiere.) Sale Flora con la guitarra. Ya el instrumento está aquí. A la letra y tono atiende. Canta. ¿Quién me dirá cuál ha sido amor de mayor aprecio, el que hace entendido al necio o el que necio al entendido? Aquesa es mi confusión. (Buena ocasión se me ofrece de llegar a hablar.) (Parece que amor me dio la ocasiónpara hablar en mi pasión.) (Pues el favor o el desprecio de uno buscamos, en precio nuestro la letra ha venido.) Canta. ¿Quién me dirá quién ha sido amor de mayor aprecio? (De aquesta letra la duda licencia de responder a ella ha dado.) (Yo he de ser quien a responder acuda.) Llegan los duques. A esa cuestión os ayuda nuestra venida; que ha sido la que apurar ha querido de vos cuál merece el precio... Canta el que hace entendido al necio o el que necio al entendido. Sale Fadrique. Mío ha de ser en rigor el más digno premio, pues siempre mejor causa es la que hace efecto mejor; luego si la de mi amor hizo en mí mejor efeto –cuanto hay de un necio a un discreto–, más noble amor es, señora, el que un sujeto mejora que el que destruye un sujeto. Sale Carlos. Concedo cuán mejor es cuerdo hacerse un ignorante, mas no es eso en un amante mérito, sino interés. Si tú has mejorado, pues, yo he empeorado; y siendo así, tú ganaste y yo perdí. Si fue causa Diana bella, tú a ella lo agradece y ella agradézcamelo a mí. Más tiene que agradecer quien da en cualquiera ocasión la causa a una ilustre acción de ganar que de perder; luego yo he venido a ser, valiéndome tu conceto, a quien tiene en este efeto que agradecer su fortuna; pues la obligamos, yo a una perfección y tú a un defeto. El alma, como es esencia, siempre a saber aspiró; amor, como es pasión, no; luego adquirir una ciencia no es amor; sí, en su violencia, perderla. Luego, en rigor, los defectos del amor son perfecciones; y es tanto mayor la perfección cuanto es el defecto mayor. Que el alma aspiró a saber, como esencia pura, yo lo concedo; pero no que el defecto pudo ser perfección en el querer; porque aunque amor en tal calma sólo es pasión, a la palma irá de la esencia; pues quien pasión del alma es, costumbres tendrá del alma. Luego estando el alma ya sólo en querer ocupada, su pasión acostumbrada sólo a querer estará; luego tiempo no tendrá de estudiar ni de saber, pues la ciencia del querer el tiempo le está quitando. Luego, es más fineza, amando, ignorar que no aprender. Aprender por obligar y obligar por merecer, todo nace de un querer. Sí; mas de querer lograr y no es amar por amar. ¿Amar por amar ha sido amor que obliga rendido? Más digno es. De más aprecio el que hace entendido al necio. El que necio al entendido. Aquesta cuestión de amor ya no te deja, Diana, más que discurrir; y es fuerza que declares quién alcanza mayor mérito. Yo humildete lo suplico a tus plantas, porque cesen de una vez los efectos con la causa. ¿Qué dudas? ¿De qué recelas? ¿Qué es lo que esperas? ¿Qué aguardas? Igualmente de los dos convencida y obligada estoy, viendo dos efectos tan opuestos de una causa. Igual el estremo ha sido, aunque con acción contraria; y así, es fuerza que a ninguno prefiera. (¡Cuánto me holgarade que a ninguno escogiera y la comedia acabara quedando esta vez solteros los galanes y las damas!) Y así, dejando a los dos, pasiones de amor estrañas, en su estimación –quedando en igual crédito ambas– y acudiendo a haber tenido, antes que mi amor llegara a aquesta experiencia, a Carlos inclinación reservada desde el día que le vi en el festín con mil galas y con mil vitorias luego en la tela, a él le señala por dueño suyo. Mi voz poco, Fadrique, os agravia, pues no os prefiere porque su amor excedido os haya, sino su estrella, primero que a veros a vos llegara. Yo estoy tan desvanecido, hermosísima Diana, de verme cuerdo por vos que no quiero esta alabanza malograr con los estremos de mi necedad pasada; pues es la mayor cordura que el arte de amor alcanza saber sufrir una pena y sentir una desgracia. A mí me da, Diana hermosa, a besar tu mano blanca; que si amor me hizo indiscreto con penas, desvelos y ansias, cuerdo me hará con favores. Conque en la comedia acaban de una causa dos efectos; y nacerán de otra causa otros dos gustos, si es buena; y perdones, siendo mala.