Antes que todo es mi dama Fiesta que se representó a sus Majestades en el Coliseo del Buen Retiro. Personas que hablan en ella. DON FÉLIX DE TOLEDO, galán. LISARDO, galán. DON ANTONIO, galán. DON ÍÑIGO, viejo. HERNANDO, lacayo. LAURA, dama. DOÑA CLARA, dama. BEATRIZ, criada. LEONOR, criada. MENDOZA, lacayo. Jornada Primera Sale HERNANDO, con dos maletas, y MENDOZA. ¿Dónde tengo de poner estas maletas que traigo, que son recámara y son guardarropa de mi amo? ¿Cómo se ha de acomodar la vivienda de su cuarto? ¿Y cuándo vendrá, si dijo? Responder a todo aguardo. ¿Dónde pondrá las maletas? En aquesta sala en tanto que abren su aposento. ¿Cómo? Arrimándolas a un lado. ¿Cuándo ha de venir? Muy presto, que él y mi señor quedaron aquí cerca. Conque he dicho el dónde, el cómo y el cuándo. ¿Ha sido vuesa merced lógico? ¿Viene borracho? No hice hasta ahora por qué; pero, ¿de qué se ha enfadado? No soy amigo de apodos. «Lógico» es apodo sabio y no debiera ofenderle. ¿Por qué? Porque así llamamos los doctos a los que en forma responden. Yo no sé tanto, que solo sé, en no entendiendo algo, dar a uno con algo. No fuera dificultoso, según soy de cortesano; pero aunque yo me dejara (costosísimo agasajo) dar con algo en cortesía, sé que, aun después de enterrado, no quedará uced bien puesto. ¿Después de enterrado? Es claro. ¿Cómo? Ve aquí que me da vuesarced un hurgonazo, que es lo más que puede hacer; que yo en el suelo me caigo, que es lo menos que hacer puedo, confesión pidiendo en altos alaridos. ¿No era fuerza venir a esta voz volando, antes que un confesor, dos alguaciles? Sí, que en casos semejantes siempre fue el confesor el llamado y el alguacil el venido, que es muy puntual el diablo. Uced huye, ellos le siguen juzgando más necesario el hacer causa a su cuerpo que el hacer de mi alma caso. Agárranle luego al punto, que esto de ponerse en salvo es don concedido a pocos, y ucé es muchos. Conque, en tal que yo me muero, ya está puesto en la reja de palo. Tómale la confesión que no me dio el escribano y échanle a cuestas la ley del garrotillo de esparto. Conque pruebo que no queda ucé, aun después de enterrado yo bien puesto, claro es pues no habrá maestre de campo que, viendo a un ahorcado, firme que está bien puesto el ahorcado. ¿A un hombre como yo habían de ahorcar por un hombre bajo? La ley no tiene estatura. Veámoslo. No lo veamos, sino hagamos otra cosa que sea nueva en los teatros. ¿Qué es? Que seamos amigos pues que lo son nuestros amos, que es muy viejo esto de andar de pendencia los criados toda la vida. De ser leal amigo doy la mano. También yo, y de nuestras casas la alianza juro, dando por fiador... ¿A quién? A Lepre, un tabernero estremado que vive aquí cerca. Soy contento. (Salen LISARDO y DON FÉLIX.) Mendoza... Hernando, ¿trajiste ya las maletas? Más ha de una hora que aguardo con ellas aquí. ¿Tú fuiste a traer aquel recado? Sí, señor. Mas la joyera que volviese de aquí a un rato dijo por ello, porque aún no lo tenía acabado. Pues habla al huésped y mira cuál ha de ser nuestro cuarto: haz que se aderece. Tú vuelve, y antes de llevarlo, tráelo aquí, que quiero verlo. Voy corriendo.  (Vase.)  Yo volando.  (Vase.)  Ya, don Félix, que yo he sido tan dichoso que he llegado a teneros en Madrid, y ya que habéis vós gustado que, hallándonos forasteros en dos posadas, hagamos en la una compañía de la soledad de entrambos; ya, en fin, que a vivir con vós he venido, suplicaros quiero una fineza, que pagar con la misma aguardo. Los días que me habéis visto y que yo os he visitado por mayor nos dimos cuenta de nuestros sucesos varios: que de Granada venisteis, me habéis dicho, disgustado a solo dar en Madrid tiempo a un pesar, y en llegando a hablar en él, siempre hicisteis sus discursos muy de paso. Fuera desto, la tristeza que me encarecéis con cuanto rigor os aflige ha sido testigo bien abonado de que es tragedia de amor la vuestra; yo, pues, llegando a ver hoy en vós el mismo mal que padezco, he intentado aliviar con vós mi pena, porque no hay mejor reparo a un accidente, don Félix, que el hablar a todos ratos del accidente con quien le padezca, que los daños, ya que su mal es sentirlos, su cura es comunicarlos. Y así, os suplico me hagáis merced de que hablemos claro: contadme vuestras fortunas; yo haré lo mismo, y templado el accidente, veremos en saliéndose a los labios. ¡Ay, Lisardo, qué bien dijo un discreto cortesano que era contagio el amor, pues en la acción más acaso su veneno comunica o más o menos templado! Vós lo decid, pues que vós, con solo haber reparado en mis acciones, habéis conocido el mal que paso. Huélgome de que haya sido por estar también tocado vós, Lisardo, de la misma malicia de mi contagio, pues con eso podré yo hablar con vós, confiado de que os compadecerá mi dolor, que, aunque es adagio vulgar que nadie se cure con médico enfermo, es falso que no haya alivio el enfermo de los consejos del sano. Pensaréis que mi destierro y mi pena se ha causado de un suceso, y que los dos vienen dados de la mano. Pues no: distintos han sido, porque sea mi cuidado mayor, embistiendo a un tiempo por dos partes el contrario. El suceso de Granada por quien estoy desterrado no importará no decirle, supuesto que no hace al caso; pero, porque no penséis que nada en mi pecho guardo, le habré de contar: un día, estando, amigo, jugando, una duda se ofreció sobre juzgar una mano; yo, que había estado en ella, juzgué desapasionado lo que vi, y un forastero, que al pleito de un mayorazgo pienso que estaba en Granada, o amigo o interesado del perdidoso no quiso pasar por ella, afirmando que no había sido así; yo, que siempre advertí cuánto más fácil sana una herida que no una palabra, saco la espada; partida, pues, la conversación en bandos, al lado del forastero unos y otros a mi lado, todo era voces; no mucho duró la cuestión, que, dando una estocada en su pecho, de parte a parte le pasó; cayó en el suelo; yo, entonces, a toda prisa me salgo de la casa y en la más cercana iglesia sagrado tomé; buscome mi padre en ella y, como enfadado estuviese de que yo pretensiones de soldado hubiese puesto en olvido, la ocasión aprovechando, me hizo venir a Madrid a pretender, porque, en tanto que él del herido asistía a la cura y al regalo, yo, para volverme a Flandes, tratase de mis despachos. Un mes en Madrid viví, siendo estación de mis pasos las gradas de San Felipe y las losas de Palacio, y en este intermedio supe que, convalecido y sano el caballero, no admite la amistad. En este estado, delincuente y pretendiente en Madrid estaba cuando la segunda causa, ¡ay, cielos!, de las tristezas que paso facilitó mi fortuna, a cuyo suceso raro segunda vez os suplico que me estéis atento un rato. En esta misma posada donde ahora, Lisardo, estamos, de las traiciones de amor vivía bien descuidado cuando, ofendido quizás de mis donaires, tomando venganza vibró a mi pecho no una flecha, sino un rayo. En esta casa de enfrente vivía un caballero anciano a quien dio el cielo una hija para Jordán de sus años. Es la más hermosa dama que Madrid ha visto, harto os lo encarezco, supuesto que es el más noble teatro adonde están la hermosura, discreción, aliño y garbo continuamente de amor tragedias representando. No vio el sol igual belleza por cuantos rumbos, por cuantos círculos, campeón de luces, corre esferas de alabastro. Vila, Lisardo, y amela tan a un tiempo que dudando quedé si fue haberla visto primero que haberla amado. Tan fuera de mí me hallé al ver prodigio tan raro que a mí mismo por mí mismo me pregunté de allí a un rato. La ocasión en que la vi fue una mañana que acaso estaba yo a esa ventana y ella, Lisardo, en su cuarto. Recateme porque ella no lo hiciese y, acechando, a sus acciones atento, solo un postigo entreabro. Juzgando no estar mirada, o estar mirada juzgando, que amor no supo hasta agora si fue descuido o cuidado, cara a cara hacia la luz, fiada en el fácil recato del cristal de una vidriera, se puso a tocar. ¡Oh, cuánto diera yo agora por ser buen retórico! Aunque en vano lo deseo, que aunque fuera el mejor, más celebrado del mundo, fuera, al pintarla, cada lisonja un agravio. Pero, aunque esté mal hallada su perfección en mis labios, he de decir un soneto que hice estándola mirando por deciros de una vez su belleza y mi cuidado.    Viendo el cabello, a quien la noche puso en libertad, cuán suelto discurría, con las nuevas pragmáticas del día a reducirle Cintia se dispuso.    Poco debió al cuidado, poco al uso, de vulgo tal la hermosa monarquía, pues no le dio más lustre que tenía después lo dócil que antes lo confuso.    La blanca tez, a quien la nieve pura ya matizó de nácar al aurora, de ningún artificio se asegura.    Y pues nada el aliño la mejora, aquella solamente es hermosura que amanece hermosura a cualquier hora. Este, que fue de mi afecto corta línea y breve rasgo, fue de mi afecto también primer tercero, Lisardo, que aunque hoy el dar un soneto no está en uso, dispertando las ya dormidas memorias del Boscán y Garcilaso, acompañado de otro papel sin batir, dorado, por medio de una criada pudo llegar a sus manos. Declarado ya una vez, amante seguí sus pasos, galán festejé sus rejas, fino idolatré sus rayos, leal padecí sus iras, tierno lloré sus agravios y, al fin, pródigo granjeé sus criadas y criados hasta que Amor, convencido de mi ruego o de mi llanto, trocó en favor el desprecio, mudó el desdén en agrado. Supo quién era y, oyendo más piadoso su recato el lícito fin que pudo osarme a vuelo tan alto, con los honestos favores permitidos a su estado ostentó lo agradecido a despecho de lo ingrato. Desta manera vivía, felicemente gozando hurtos de Amor, de quien fue cómplice el obscuro manto de la noche, permitiendo que por la reja que a un patio caía la hablase. Alegre con esto pasaba cuando, por alguna conveniencia, se fue su padre a otro barrio. Aquesta mudanza, pues, mi tristeza ha ocasionado no porque a ella la distancia mudase, que lo sagrado al espacio no se muda aunque se mude el espacio, sino porque estar no puedo su hermosura idolatrando a todas horas, si bien una cosa ha granjeado la mudanza, que es licencia para entrar hasta su cuarto no estando en casa su padre. Este, en fin, es el estado en que me veis, esta es la nueva dicha que alcanza y esta, Lisardo, es la causa de las tristezas que paso, que, aunque para estar alegre tengo ocasión, pues me hallo favorecido, sería mi amor grosero en estarlo, porque no ha de estar contento jamás un enamorado. Tan parecido es, don Félix, mi cuidado a ese cuidado, mi deseo a ese deseo, que, aunque me ofrecí a contaros mis fortunas, de las vuestras, haciendo lícito el cambio, no tengo ya para qué, porque, habiéndoos escuchado, inútilmente sería repetirlo y no contarlo. De Flandes, donde los dos tanta amistad profesamos, a Madrid, don Félix, vine de la esperanza llamado de mis servicios. Mas esto no importa; vamos al caso. Una mañana de abril, a mis pretensiones dando treguas, que no ha de estar siempre tirante al pesar el arco, al prado bajé y en uno de esos jardines del prado acaso entré, si es que Amor hacer supo nada acaso. En él una mujer vi, a quien por reina juraron de las flores y las fuentes los cristales y los cuadros, saludando su hermosura todo el florido aparato de los cristales con risa, de las flores con halagos, de los cielos con reflejos y de las aves con cantos, hoja a hoja, perla a perla, tono a tono y rayo a rayo. Nunca la gentilidad mintió con crédito tanto de las diosas y [de] las ninfas las fábulas, pues yo, dando a mi discurso la rienda, estuve suspenso un rato, casi persuadido ya si no a creerlo, a dudarlo. Pero, ¿qué mucho, don Félix? Si vi en más amenos campos que los Elisios a Venus lascivamente jugando con las flores, a quien todas igualmente confesaren deber su temprana vida al breve hermoso contacto de sus pies, la blanca tez de su hermosura a sus manos, el esplendor a sus ojos y la púrpura a sus labios. Con noble envidia de todas las rosas, que eran ornato del bellísimo vergel, una que aún no había sacado del verde botón las hojas y, al parecer, acechando estaba para salir si corría cierzo o austro; una que, como garzota, colocada en lo más alto de la copa, coronaba la cimera del penacho, cortó. No hice yo soneto, que no tengo ingenio tanto, pero, acordándome de uno hecho quizá al mismo caso, desta manera la dije (ved cuán puntual os pago):    ¿Ves esa rosa que tan bella y pura amaneció a ser reina de las flores? Pues, aunque armó de espinas sus colores, defendida vivió, mas no segura.    A tu deidad enigma sea no obscura, dejándose vencer, porque no ignores que, aunque armes tu hermosura de rigores, no armarás de imposibles tu hermosura.    Si esa rosa gozarse no dejara, en el botón donde nació muriera y en él pompa y fragrancia malograra.    Rinde, pues, tu hermosura y considera cuánto fuera rigor que se ignorara la edad de tu florida primavera. Dije y risueña pagó con dulce apacible agrado la lisonja. Repetiros no quiero, por no ser largo, que, a despecho de mis penas y a pesar de mis cuidados, la seguí, su casa supe y su calidad; pues cuanto yo puedo deciros es lo que vós en este caso habéis dicho, porque, al fin, papeles, dádivas, pasos, finezas, ruegos, promesas, rendimientos, ansias, llantos... lugares comunes son de cualquier enamorado. Solo en una cosa, Félix, los dos nos diferenciamos, que es en estar triste vós y estar yo alegre, culpando vuestra ingratitud, porque por mayor grosería hallo que den [más] tristeza favores que alegría, pues es claro que triste y favorecido son dos opuestos contrarios, y así yo alegre y contento, feliz, gozoso y ufano con los favores estoy del bellísimo milagro que adoro, del sol que sigo y la deidad que idolatro. (Sale HERNANDO por una puerta y por otra MENDOZA con un azafate, y en él una banda y un tocado.) Ya queda, señor, compuesto y aderezado tu cuarto. Ya el azafate está aquí con la banda y el tocado. Llega, que quiero que vea si es de buen gusto Lisardo. ¿Qué es esto? Un tocado es que la envío porque, estando ayer con ella, me dio una flor. Es estremado, y la banda es de buen gusto. Parte, Mendoza, a llevarlo. Tú, Hernando, vente conmigo. ¿Dónde vais? A ver si alcanzo ocasión de ver mi dueño su calle, Félix, pasando. Disculpado estaré yo en no ir a acompañaros, pues la misma ocupación a voces me está llamando. A Dios, pues. El cielo os guarde. [Aparte.] Poco ofendo tu recato, amor, pues, aunque publico el favor, el nombre callo. (Vase [con HERNANDO].)  [Aparte]  Pues no digo quién es dueño de la ventura que gano, poco su decoro ofendo, poco su respeto agravio. (Vase [con MENDOZA].) (Salen BEATRIZ y LAURA.) No me aconsejes, Beatriz. Yo no te aconsejo agora, pero dígote, señora, que adviertas cuán infeliz será tu amor si, por dicha, algo llegase a entender tu padre. Pues, ¿qué he de hacer si ya esta fue mi desdicha? Ya al principio resistí constante, ya desprecié firme al principio una fe; si después la agradecí, culpa mi estrella atrevida, pues, siendo en un hombre el ser culpa ingrato, en la mujer lo es el ser agradecida. Yo no te digo que no ames, señora, que fuera, cuando aquesto te dijera, no tener discurso yo. Solo te digo procures que esto con recato sea: que no te hable, ni te vea, porque tu honor no aventures, don Félix dentro de casa; ya sabes que es mi señor tan estremeño de honor que, aun sin saber lo que pasa, vive con recelos tales que es una copia, un traslado bien y fielmente sacado del celoso Carrizales. Confieso la condición yo de mi padre, y confieso también, Beatriz, el exceso de mi tirana pasión; pero, a cada inconveniente más que discurro, sabrás que es dar otra llama más al fuego que el alma siente, que es materia tan violenta, tan voraz y tan activa que con suspiros se aviva y con llanto se alimenta. Pero, ya que hemos llegado a hablar en aquesto, ¿qué es lo que yo aventuro? Pues cuando llegue mi cuidado a saberse, se sabrá que he querido a un caballero de quien ser esposa espero. Concedo que lo será. Pero, ¿de qué lo has sabido más que de decirlo él? De que mi pecho fiel lo ha escuchado y lo ha creído. Y en eso no se dejara engañar, pues conociera el alma por la vidriera del semblante de la cara, que la nobleza jamás miente, luego se descubre. Como eso Madrid encubre, yo me río de los más. Cuando empeñada me ves, ¿ríes cuentos semejantes? ¿No es mejor reírlos antes que no llorarlos después? Que llaman, mira, a esa puerta. A ver quién llama saldré.  (Vase.)  Y yo entre tanto diré, cuando estoy de amores muerta...    ¿Qué genero de ardor es el que llego hoy a sentir que más parece encanto? Pues luciendo tan poco, abrasa tanto, y abrasando tan mudo, arde tan ciego.    ¿Qué género de llanto es, sin sosiego, este que a tanto incendio no da espanto? Pues al fuego apagar no puede el llanto ni al llanto puede consumir el fuego.    Donde materia no hay, no se da llama; mas, ¡ay!, que, sin materia en el abismo, una y otra aprehensión es quien la inflama.    Luego cierto será este silogismo: si fuego de aprehensión tiene quien ama, amor y infierno todo es uno mismo. (Sale BEATRIZ con un azafate y un pliego de cartas.) A nuestra puerta han llamado a un tiempo dos: el primero era, señora, un cartero; el segundo era el criado de don Félix. Recibí de los dos, y envielos luego, para mi señor un pliego y un regalo para ti. Pues, ¿no dijeras que entrara de don Félix el criado? Si lo que trae ha dejado, ¿para qué? Hablarle gustara para saber dónde queda su señor. Si no se ha ido, dile que entre. ¿Has prevenido que venir mi señor pueda? ¿Tanto se ha de detener? (Sale MENDOZA.) Esperando esa licencia no hice de la puerta ausencia hasta llegar a saber si mandabas algo. Di, ¿dónde tu señor quedó? En casa le dejé yo cuando yo della salí. Mandome que te trajera esas flores y, aunque ser desaire puede el traer flores a la Primavera, aceté la comisión. Sale Don Íñigo. Esperadme, Fabio, aquí. Presto escribiré. ¡Ay de mí! Mi señor. ¡Qué confusión! Beatriz, guarda este azafate. Que el azafate te asombre estando ahí tan grande un hombre como el mismo disparate de hacerle entrar... ¿Qué buscáis aquí, hidalgo? Yo he venido a traer. ¿Qué habéis traído? Esta carta. ¿Y qué esperáis? El porte. Es verdad, porque yo dinero no tenía y entré por él. [A su hija.]  ¿No podía más afuera esperar? ¿Qué culpa tengo yo? Creí que me había dicho que entrara por él, que, si no, esperara en el portal. [Aparte.] ¡Ay de mí! [Aparte.] Si más le apura, infeliz soy. [Aparte.] Yo espero gran castigo. [Lee.] «Porte, un real». Tomad, amigo. Idos con Dios.  (Dale el porte.)  [Aparte.] ¡Oh, Beatriz! No en vano por ti me muero. (Vase.) [Aparte.] La mentira que he fingido al viejo mentira ha sido a pagar de su dinero. (Aparte.) De estraño susto salí. [Aparte.] La carta de mi pesar es quien me ha de asegurar si es engaño. Dice así: [Lee.] «La confianza que debo tener de vuestra amistad me asegura las finezas que della puedo prometerme. Don Félix, mi hijo, está en esa corte, así por la asistencia de sus pretensiones como por la ausencia de sus travesuras. Suplícoos me hagáis merced de buscarle en la posada que dice el sobrescrito de esa carta y ponerla en su mano, que, porque va en ella un aviso que importa, no he querido fiarla de menor cuidado. Don Diego de Toledo». ¡Por Dios que estimo infinito mi desengaño! ¡Y que esté aquí don Félix! Veré dónde dice el sobrescrito. [Lee.] «A don Félix de Toledo, mi hijo, en la calle del Carmen, en la posada de unas casas nuevas». Bien sé la posada, que es frente de donde vivía. ¿De qué es, señor, la alegría? Dame della parte, pues tenerla por propria puedo. De Granada he recibido aqueste pliego, que ha sido de don Diego de Toledo, un caballero de quien en mis mocedades fui amigo y a quien debí la vida y honor también en ciertas adversidades. [Aparte.] (De que el silencio sea juez, que se corre la vejez de escuchar sus mocedades.) Pídeme que busque aquí a un don Félix de Toledo hijo suyo a quien hoy puedo pagar lo que a él le debí, y aunque me puedo acordar dél muy poco, nada haré en hallarle, porque fue la posada en que ha de estar, según dice el sobrescrito, frente de la misma casa que dejé. Esto es lo que pasa. Y yo me huelgo infinito hoy de nueva semejante por lo que a ti te ha alegrado. Solo siento que ocupado me halle para que al instante no le busque. Pero yo presto escribiré. (Vase.) Beatriz, ¿ves si mi amor es feliz, pues desengaños me dio adelantados de que el ser Félix caballero no lo hace el ser forastero? Verdad cuanto dijo fue. ¡Quién avisarle pudiera! ¿Quién quieres tú que a avisarle vaya si ha de ir a buscarle luego? Que si no, yo fuera. De la banda y el tocado que tanto susto nos dio, ¿qué es lo que hemos de hacer? Yo ponérmela he deseado. Mas no me atrevo, porque es tan rica, estraña y bella que es fuerza repare en ella mi padre. Yo te daré un arbitrio con que puedas ponerla, que es lo que hacía otra ama a quien yo servía con telas, joyas y sedas. ¿Qué es? Enviársela a una amiga que con ella venga a verte puesta, industriada de suerte que, cuando tu voz la diga «¡Qué linda banda!» delante de tu padre, diga ella: «Haste de servir con ella sin que nada sea bastante a que la vuelva a llevar, pues te ha parecido bien». Y tú lo has dicho tan bien que así se ha de ejecutar: a nuestra vecina Clara la llevas y di que al instante venga, porque es importante, a visitarme; y repara en que no alcance que ha sido prenda que nadie me ha dado, porque no sepa el cuidado lo que ha de hacer el descuido para que así venga ella al punto. Volando voy, que para mentiras hoy predomina buena estrella. ¿De qué lo infieres? Lo infiero de que, aunque tan listo anda mi señor, que pague espero como el porte del cartero el retorno de la banda. (Vanse.) (Salen LISARDO y HERNANDO.) Mil veces paso esta calle sin que logre mi esperanza el ver a Clara. Es muy justo, pues no mereces lograrla. ¿Cómo? ¿Cómo estando abierta toda esta puerta, te andas paseando la calle una y otra vez? Éntrate en casa y verasla, porque aquesto de enamorar de fantasma ya espiró y el desde afuera es destreza poco usada, desde que la conclusión se ha introducido en España. ¿Cómo me puedo atrever a entrar yo si ella me manda que de día no atraviese los umbrales de su casa? Pues, ¿de qué agora te quejas si con condiciones amas? De que dure tanto el día. ¿No es una mujer tapada la que de su casa sale? Sí. ¿Qué haces? Llegar a hablarla. ¿Para qué? Para saber qué es lo que hace doña Clara. Es decir: tu amor a quien no conoces. Bien reparas. (Sale BEATRIZ.) [Aparte.] Grande gusto es embustir. Ya doña Clara industriada queda de lo que ha de hacer sin ser preciso rogarla, que decir por una amiga una mentira obra es santa, porque nos depare Amor quien por nosotras lo haga. ¿Quién esta mujer será? Qué sé yo. Alguna criada de una amiga: una que quite vello, una que mudas haga, una que muela cacao, una que distile aguas, una que venda perfumes, una que aderece enaguas, una que rice guedejas, una que eche las habas, una que dineros lleve, una que recados traiga y una... Calla. No prosigas, que ya siento que se vaya sin conocerla. [BEATRIZ se entra en su casa.] Aun bien que ha entrado en esotra casa de más abajo y vecina de la misma doña Clara; y si quieres conocerla, podrás cuando della salga. Ya no es tiempo, porque sale sola con una criada doña Clara de la suya y es fuerza llegar a hablarla. (Salen DOÑA CLARA y LEONOR con mantos, y DOÑA CLARA trae puesta la banda.) ¿Dónde vas? A visitar a nuestra vecina Laura, porque agora me envió decir que a verla vaya y que aquesta banda lleve puesta solo para darla. Hallándome yo en la calle cuando vós de vuestra casa salís, mal podré, señora, pensar que disculpa haya de no iros sirviendo. (Aparte.) ¡Cielos! ¿Qué miro? ¿Esta no es la banda que envió don Félix? Y yo, Lisardo, cortesía tanta os estimo. (Aparte.) Sí, ella es, que no pudiera tan rara labor mentir Mas mirad que no es razón ostentarla en publicidad. A ver voy a una amiga a esta casa vecina; por eso salgo hoy tan poco acompañada. Quedaos aquí porque no os vean conmigo, pues basta la licencia que tenéis en mi pecho y en mi casa de noche sin que de día demos que decir. Aunque haya tan lícito inconveniente como vuestro honor y fama, perdonadme, que no puedo dejar de hablar, ¡pena estraña!, ahora en mis penas, que nunca segundo término aguardan. Y para esto, hasta la noche es un siglo lo que falta y ya el dolor me habrá muerto de haber visto... ¿Qué? ... esa banda que, puesta en el pecho, más le descubre que le guarda, pues descubre tus traiciones. Yo, Lisardo, no sé nada de lo que decís. Pues, ¿quién esa banda te dio, ingrata? Una amiga ahora. Detente, que es disculpa muy usada, pues para vuestras disculpas jamás una amiga falta. Digo que me la envió... ... quien, antes que te la enviara, me contó favores tuyos. Ya sé todo lo que pasa: ya sé que otro dueño tienes coronado de esperanzas; ya me ha dicho cuanto está admitido de ti. Basta, Lisardo, que pienso que dudas que soy con quien hablas. No dudo, que bien sé que eres mudable, engañosa y falsa. Si a don Félix quieres bien, si dueño suyo te llamas, si sus favores admites, di: ¿para qué a mí me engañas? Di. Lisardo, bueno está, que si os di licencia para que me pidáis celos, no para que me digáis tantas locuras y desatinos, que ya los límites pasan de corteses galanteos y cuerdas desconfianzas. ¿Qué es aqueso de otro dueño, otro amor y otra esperanza? Las mujeres como yo no aman, o la vez que aman es para que su amor sea carácter fijo del alma, y aunque a los principios quise dar satisfaciones claras del engaño que padecen tan pequeñas circunstancias, ya por castigar estilos de vuestra loca arrogancia y dejaros con la duda no lo he de hacer, que se agravia ofendido mi respeto en imaginar que haya, si satisfación os doy, delito sobre que caiga. Si estáis, Lisardo, enseñado a mujeres que se pagan de esos despechos, medid más atento la distancia y aprended a pedir celos con quejas más cortesanas, que no somos damas todas, aunque todas somos damas. (Vanse DOÑA CLARA y LEONOR.) Bien doña Clara te ha dado a entender que es doña Clara del gran Conde Claros hija y nieta de Claridiana, bisnieta de Claridante y chozna de una garnacha clarísima de Venecia, según lo claro que habla. ¿Qué es lo que pasa por mí? Lo que por cualquiera pasa el día que una mujer el enojo desenvaina. Muerto estoy, entre mí y Félix cercado de dudas varias. ¿Cómo? Como Félix dijo que tenía padre su dama, y esta no le tiene. Esa cosa es de poca importancia, que bien puede una mujer que a dos admite y engaña, con una madre en el cuerpo, mentir un padre en el alma. ¿Pudo la banda ser otra? Pudo, pero muy estrañas son las señas. ¿Qué he de hacer en tanta pena? Dejarla. (Salen DON FÉLIX y MENDOZA.) ¿Aqueso te sucedió? Yo pienso que no escapara de allí vivo si no fuera por Beatriz y por la carta. ¿Lisardo por estos barrios? Aqueso no os preguntara yo a vós, que ya sé que en ellos tenéis que hacer. Cosa es clara, pues del sol que adoro es hoy breve esfera esta casa y a ella vengo como a centro donde mi vida descansa. En ella, Lisardo, está la deidad a quien el alma adora y... Todo lo sé, y puesto que amistad tanta los dos profesamos, Félix, hablémonos cara a cara, que esto de andar dos amigos engañados de una dama es bueno para que dure entretenida una farsa, mas no para que suceda. Pues, ¿qué os turba?, ¿qué os espanta?, ¿qué tenéis? Hoy me dijisteis cuánto vuestro pecho ama una hermosura, de quien favor vuestro amor alcanza. Hoy también os dije yo que adoro una soberana beldad, admitido della. Pues una misma son ambas. ¿Qué decís? Que la belleza que buscáis en esta casa, a quien la banda enviasteis y tiene puesta la banda, es la misma que yo adoro y que a los dos nos engaña. Ved lo que decís, Lisardo. Hablad quedo, que de casa su padre sale. ¿Es la hija deste caballero, Laura, vuestra dama? Para mí Clara, y no Laura, se llama; para mí no tiene padre, sino un hermano que falta de Madrid, y en todo miente. (Sale DON ÍÑIGO.) Aunque de escribir me falta un pliego, volveré en dando a este don Félix la carta. (Vase.) Mirad, Lisardo, que a veces aun el mismo sol engaña, tomando de los colores reflejos y luces varias. ¿Vuestra dama no ha de estar dentro desta misma casa? ¿La banda no la enviasteis y tiene puesta la banda? Pues la misma es que yo quiero. Afirmáis con veras tantas vuestros celos y mis celos, vuestras ansias y mis ansias, que me haréis vencerlos, pero no con la primera causa. Amigos somos los dos; vós tenéis una ventaja, que es estar desengañado: dejad que lo mismo haga yo, y en estándolo, luego veremos qué medio haya para proceder los dos con cordura y con templanza, finos con nuestra amistad y airosos con nuestra dama. Decís bien. Allí esperad mientras que yo subo a hablarla. Pues si es la que tiene puesta, como digo, vuestra banda, es una misma. A eso voy. En el portal os aguarda con la respuesta mi pecho. Y los dos, si aquesto para en riña, ¿qué hemos de hacer? ¿Qué? Guardar una alianza. Idos a casa y en ella esperad. De buena gana. (Vanse.) (Salen LAURA, con la banda puesta, DOÑA CLARA, BEATRIZ y LEONOR.) Pésame que hayas venido a verme tan disgustada. Si Beatriz no me dijera, Laura, cuánto te importaba que delante de tu padre viniese a darte esa banda, como lo hice, no hubiera salido en todo hoy de casa, que no estoy buena. Aunque eches a la salud que te falta la culpa, otra he presumido que es de tu pena la causa. Si he de decir la verdad, yo me estoy muriendo, Laura, por escribir un papel que me desahogue. Saca la escribanía, Beatriz, de ese tocador. Aguarda, que mejor es que yo entre a escribir. (Aparte.) En fin, tirana pasión, ¿te sales con todo? Veré si el pecho descansa diciéndole por escrito lo mismo que de palabra. (Vanse.)   ¿Qué tiene tu ama, Leonor? No sé qué tiene mi ama. Voy a ver si manda algo. (Vase.) Don Félix hasta esta cuadra se ha entrado. (Sale DON FÉLIX.) ¿Qué es esto, Félix? Pues, ¿no miras, no reparas que a estas horas...? [Vase BEATRIZ.] No, que ya ni miro ni advierto nada. ¿Qué traes? Si sé tus traiciones, ¿qué quieres, fiera, que traiga? Quédate a Dios, que no vine más que a ver aquesa banda en tu cuello para ver cuánto eres fingida y falsa. Pues, esta banda, ¿tú mismo no me la enviaste? Sí, ingrata. Pues, ¿qué te ofende? Traella. Yo pensé que era estimarla por tuya. Ya solo es mía en que verdades me trata. ¿Qué verdades? Tus traiciones; mira si son harto claras. Ya sé que Lisardo es dueño de tu amor, ya sé que alcanza tus favores, si lo son los que no alivian y agravian. ¿Qué dices, Félix? ¿Quién es Lisardo? El galán que amas, el que cuenta tus finezas y ya llora tus mudanzas. ¡Viven los cielos, don Félix, que te engañas! Tú me engañas, que él verdad me dice. ¿Cómo puede serlo quien con tantas traiciones osa ofender los átomos de mi fama? Si quieres que él te lo diga a ti misma cara a cara, sí hará, que tomar no habemos él ni yo mayor venganza de ti que es averiguar tus traiciones. Pues, ¿qué aguardas? Solo que él llegue hasta aquí. Yo le traeré. ¡Cielos! Salga de tan grande laberinto. (Vase DON FÉLIX, y salen DOÑA CLARA y LEONOR.) Toma este papel y a casa te ve, y si Lisardo fuere a ella, dásele. Y no salgas por ahí, que mejor es por esotra puerta. (Vase LEONOR.) Laura, ¿de qué lloras? De que soy infelice y desdichada; y más en que sea forzoso que tú sepas mis desgracias, pues ya no puedo escusarlo. (Salen DON FÉLIX y LISARDO.) Agora veremos, Laura, quién dice verdad. Lisardo, ¿es la dama de la banda la que me habéis dicho? No, que en mi vida vi esta dama. Pues, ¿cómo habéis dicho que yo engaño vuestra esperanza? [Aparte.] ¡Cielo! ¿Qué es esto que escucho? ¡Cómo los ojos se engañan! Aunque basta esta disculpa, este castigo no basta. ¿Qué causa os dio esa osadía? No puedo decir la causa sin que licencia me dé la señora doña Clara, en cuyo pecho primero vi, señora, aquesa banda. Sin decirla, la habéis dicho. Perdóname, hermosa Laura, mi temor. Tú, Clara hermosa, mi necia desconfianza. De albricias del desengaño te perdono ofensa tanta. Yo no, que aún dura en mi pecho el... (Salen LEONOR [y BEATRIZ].) Señora... ¿Qué hay? Que en casa en este instante se apea tu hermano, que de Granada viene. Y mi señor también la escalera sube. (Dentro ruido.) ¡Estraña confusión! ¿Qué hemos de hacer? Yo estoy muerta. Yo turbada. Pues ni te turbes, ni mueras, sino atended a esta traza: los dos aquí os esconded y las dos a esotra sala salid. Tú di a mi señor... ¿Qué? ... que con Clara se vaya para que su hermano entienda la visita donde estaba, y así podré yo entretanto darles lugar a que salgan. Bien dice. Pues a esconderos los dos; y las dos, cobradas del susto, a engañar al viejo. Vamos, don Félix. Ven, Laura. Sin mí, los cuatro no valen sus mentiras llenas de agua. Jornada Segunda Salen MENDOZA y HERNANDO con una luz. Mata esa luz, pues que ya la del día en casa entra con tal desvergüenza que no aguarda a pedir licencia. Hernando, ¿has visto en tu vida superchería como esta que nuestros amos han hecho con nosotros? ¿Qué te quejas? ¿Qué me he de quejar? ¿No basta que al amanecer no vengan a acostarse y que vestidos hasta estas horas nos tengan, grullas de capa y espada? Pluguiera a Dios eso fuera cada noche. ¿Cada noche no [acostarse]? Pues, ¿hubiera cosa de más gusto que, sin tener uno pereza, hallarse cada mañana vestido? Porque, ¿hay paciencia para dispertar un hombre en camisa y mirar llenas todas sus sillas de alhajas que ha de acomodar por fuerza? Resuélvese en que ha de ser, y por el jubón empieza: saca una pierna y por un calzón de lienzo la entra, y después de haberla puesto su escarpín y su calceta y su media y su zapato y su liga, a la tarea de calceta, de escarpín, de liga, zapato, media y calzón, sacrificada vuelve a sacar la otra pierna; item más, otros calzones: átales las bocas, tienta las ligas y halla que siempre una está floja, otra aprieta; con siete nudos y siete lazadas, siete agujetas se ataca, tres y tres y una. Ya en calzón y en jubón llega peine y escobilla, jueces del copete y las guedejas; lávase manos y cara, pónese una bigotera y encájase en cuello y manos una golilla y dos vueltas, una ropilla, una daga, una pretina y, tras ella, espada, capa y sombrero. ¿Y para qué es toda esta cáfila de alhajas? Para quitárselas con la mesma orden a la noche. ¿Y hay quien dormir vestido sienta ahorrando el dormir vestido de tantas impertinencias? Deja locuras y dime si habrá parado en pendencia el suceso de la banda. Aun bien que los dos con buena reputación nos venimos, no tan solo con licencia, pero con orden, Mendoza, de que hiciésemos ausencia de la casa y de la calle. Cuanto valgo y tengo diera por saber en qué ha parado. Ya lo sabrás, que ya llegan juntos los dos. (Salen LISARDO y DON FÉLIX.) ¿Es buena hora de venir a casa esta? Si es buena o mala, no habemos de darte, Hernando, la cuenta. ¡Mala noche y parir riña! Calla, Hernando. ¿Habrá paciencia, Lisardo, que me consuele en confusión como esta? Ello fue cosa imposible el prevenir que volviera de llevar a doña Clara el padre con tanta priesa que no pudiéramos, Félix, salir antes que nos viera; mas vós tuvisteis la culpa, que os quedasteis en aquella sazón hablando. Beatriz me tuvo diciendo que era justo avisarme de que su amo, por la estafeta, había tenido un pliego; y antes que más me dijera, sentimos la voz, de suerte que, sin que el caso supiera a qué me detuvo, hubimos de ocasionar la sospecha de su padre. Ella no es grande, pues solo nos vio a la puerta de la calle y no del cuarto. Si su condición no fuera tan terrible, no importara; mas, aunque tan leve sea la ocasión, temo que Laura un grande disgusto tenga. Si eso nos tuvo en la calle toda la noche y ni en ella ni en su casa hemos sentido ruido alguno, bien pudiera tanto silencio quietaros. No es posible. Lo que desta pesadumbre saco yo es sentir tanto la vuestra que no me deja lugar para que la mía sienta. Pues, ¿qué pesadumbre vós tenéis? ¿Paréceos pequeña haber venido un hermano, que ha de embarazar por fuerza las ocasiones de ver a Clara? Si bien se acuerda mi memoria, la criada que entró tan turbada y muerta a decir que había venido de Granada dijo. Es cierta cosa, que en Granada estaba en el pleito de una herencia. ¿Cómo se llama? Quizás le conoceré. Aunque quiera decíroslo, no lo sé, que nunca me dijo ella más de que tenía un hermano. ¿En toda una noche entera no habéis tenido lugar de hablar, que con tanta flema os ponéis a hablar agora? ¿No fuera mejor...? No fuera. Déjanos, Hernando. ¿Sabes lo que iba a decir? Que sea lo que fuere es necedad. Yo niego la consecuencia, pues es... ¿Qué? ... que os acostéis. Ningún descanso me espera. Descansad, Lisardo, vós, que yo doy luego la vuelta. ¿Dónde vais? Por tantas partes hoy mi desdicha me cerca que, eslabonando pesares, unos tras otros se lleva. No tuve cartas ayer de mi padre, y creo que vengan en pliego de un hombre que es de Granada; así quisiera, antes que de casa salga, hablarle, Lisardo, en ella. Id con Dios. Vamos, Mendoza. (Vanse.) Señor, por Dios, que yo sepa qué ha sido esto. Nada ha sido; pero quien ama, se altera de poco. Cuando subimos los dos a saber si era Clara a quien había enviado la banda que tenía puesta, vimos que había sido trueco, engañándome las señas. Contentos, en fin, los dos de que nuestra competencia cesase estábamos cuando dos criadas juntas entran: una a decir que el hermano de Clara a aquella hora mesma de Granada había venido, y otra a decir que a la puerta llamaba el padre de Laura. Trazose que le dijera Clara que la acompañase para que, en su breve ausencia, nos saliésemos nosotros; hízose desta manera. Pero como están las casas de Clara y Laura tan cerca y él no debió de hacer más que llevarla hasta la puerta, en un instante que Félix se detuvo en la escalera a oír no sé qué que Beatriz le decía, ya por ella el viejo subía y hubo de dar con los dos por fuerza. «¿Quién va?», dijo. Respondimos: «Gente de paz». «Pues, ¿qué intentan aquí?», replicó. Yo entonces le dije: «¿Es la casa esta, señor, donde un caballero en este instante se apea?». «No es aquesta», respondió dando voces que trajeran luz, que había de conocernos. Los dos, como aquello no era lance de duelo, a la calle salimos, y el viejo a ella tan brioso tras nosotros que, por no hacerlo pendencia, hubimos de retirarnos dando a la calle la vuelta. Siguionos, pero no pudo alcanzarnos, de manera que, recelando don Félix algún riesgo en Laura bella, toda la noche se ha estado hecho estatua de su puerta hasta que el sol nos echó de sus umbrales y... Espera, que, o me engaño, o es el padre de Laura el que en casa entra. ¿En casa? Sí, ¡vive Dios! Él es. ¿Cuánto va que llega a haber sabido que Félix el de anoche fue y intenta o tomar satisfaciones o darle prudentes quejas? ¿Quién le habrá dicho que él fue, viéndole a obscuras? ¡Qué necia duda es aquesa sabiendo que hay criadas que lo sepan! Quizá buscara otra cosa. Puede ser. Hasta aquí se entra. (Sale DON ÍÑIGO.) [Aparte.] Aunque las sombras de anoche con tal cuidado me tengan, no han de obligarme a que falte a justas correspondencias. Este cuarto me dijeron ayer que el de Félix era. [Aparte.] (Que le he conocido habré de disimular por fuerza.) Caballero, ¿qué mandáis? Si sois vós, saber quisiera,... ¿Quién? ... don Félix de Toledo. (Aparte.) No fue vana mi sospecha. (Aparte.) De todo viene informado. (Aparte.) Pero aunque noticia tenga del nombre, de la persona no, pues preguntando llega si soy yo don Félix. Haga mi amistad una fineza, que es prevenir y escusar con cordura y con prudencia a don Félix un disgusto, pues si prevenirle intenta que no le mire en su casa, cuando yo aquí se le ofrezca le hago buen tercio a don Félix, siendo yo con quien él tenga para adelante el cuidado. ¿No merezco más respuesta? No os espantéis de que dude por causas que a ello me fuerza el decir que soy don Félix; pero por muchas que tenga, una cosa es encubrirlo y otra es negarlo a quien llega a preguntarlo. Yo soy don Félix. [A su amo.] Señor, ¿qué intentas? Deshacer una desdicha. Más parece que es hacerla. Corrido estoy que no hayan díchomelo antes las señas de vuestra gran bizarría, don Félix, que la voz vuestra. No os alborotéis, que no importa que yo lo sepa. Y agora dadme los brazos, que son generosa deuda del cuidado con que vengo buscándoos. (Aparte.) ¿Qué historia es esta? Cuando pensé que al nombrarse con una daga le diera, ¿tan cariñoso le abraza? Sentaos, sentaos, que quisiera hablar con vós muy despacio. Sentaos vós. Y agora sepa quién tanta merced me hace. Quien vuestra salud desea y vuestra quietud, don Félix, aun más que la suya mesma, por muchas obligaciones que tiene a la sangre vuestra. [Aparte.] Suegro de paz es; no es poco cuando son suegros de guerra todos cuantos hay. (Aparte.) Él tiene gran valor o gran prudencia. Don Íñigo soy de Lara, para serviros. Apenas estas cartas recebí ayer cuando, con presteza, vine a esta posada. No tuve dicha de que en ella os hallase, y así vengo tan de mañana a traerlas; de vuestro padre, don Félix, son: en la mía me ordena que os busque y os dé este pliego, que importa la diligencia de un aviso que en él viene. Leedle. [A su amo.] Señor, no le leas, que esto de dar una carta y una estocada con ella es treta usada, y el viejo es zaino. [Aparte.] (Fuerza es leerla, ya empeñado en que soy Félix.) Leo, pues me dais licencia.  (Lee.)  «El señor don Íñigo de Lara, que pondrá esta en vuestras manos, es a quien mi vida confiesa grandes obligaciones. No me he valido de las finezas de su amistad hasta ahora, por no tener certeza de que estuviese en esa corte, pero, habiéndome informado de que reside en ella, os escribo por su orden, así por el riesgo que puede tener vuestro nombre en los sobrescritos como por la seguridad de que lleguen a vuestras manos. Aquel caballero convaleció ya de sus heridas, salió con su pleito y va a esa corte; y así, en cualquier estado que estén vuestras pretensiones, las dejad y volveos a Granada. Dios os guarde». Cuanto ahí el señor don Diego encarece las finezas de mi amistad es un breve rasgo, una línea pequeña de lo que debo acudir a serviros. Bien lo muestra el cuidado, Dios os guarde, por la breve diligencia del aviso, que no dudo de cuánta importancia sea. Pues, ¿qué fue aquesto? Un pesar que me obligó a hacer ausencia de Granada. No me espantan mocedades como esas: por ellas pasamos todos. Yo me acuerdo que en las nuestras vuestro padre y yo salimos de cierta honrada pendencia muy airosos. ¡Qué valiente, galán y entendido era! Vós le hacéis merced. (Sale DON FÉLIX.) Lisardo, buscándoos vuelvo con nueva pesadumbre. (Aparte.) Mas, ¿qué miro? ¿Don Íñigo aquí? ¿Qué intenta? Pues perdonad y un instante esperad. Que os obedezca es justo. [Al criado.] ¿Qué es esto, Hernando? Pues, ¿hay alguien que lo sepa? ¿Cómo aqueste caballero que tan deslumbrado entra os llama Lisardo? Como el disgusto de mi ausencia me obligó a mudar el nombre, por el riesgo que pudiera tener el ser conocido; y esta fue la causa mesma porque dudé antes de agora decirle. Prevención cuerda. Mas, ya que esa prevención tuvisteis, ¿cómo en aquesta posada, viniendo yo ayer a veros en ella, preguntando por don Félix... ¿Qué mandáis? [Aparte.] Detente, espera, que hay otro don Félix ya. ... me dijeron que este era vuestro cuarto? Como, aunque quise que no se supiera, no lo pude conseguir, que personas de mi tierra, con quien no pude fingirle, deshicieron la advertencia; y así Félix y Lisardo me llaman a un tiempo en esta posada, y yo no he querido, por no engendrar más sospecha, advertirles que me nieguen a nadie que a verme venga. [A HERNANDO.] ¿Qué secreto es este, Hernando? El demonio que lo entienda. Con todo eso, es gran descuido el vivir de esa manera, y más agora teniendo de vuestro enemigo nuevas. Yo procuraré guardarme. Sabe Dios cuánto me pesa de no poder ofreceros mi casa para que della vais desde luego a serviros; pero dilatarlo es fuerza, señor, hasta que acomode el modo de la vivienda, que luego habéis de ir a honrarla. Y ahora, porque no quisiera que ese caballero espere, quedad con Dios. Mi defensa no os ponga en tanto cuidado, pues basta que yo merezca saber dónde os he de hallar para que os pague esta deuda. Yo vivo, porque sepáis para cuanto se os ofrezca, donde tenéis un criado, en la calle de las Huertas. Para acudir a serviros usaré de esa licencia. Quedad con Dios. Él os guarde. [Aparte.] ¡Qué brío! ¡Qué gentileza! De su padre es un retrato. (Vase.) Lisardo, por Dios, que sepa desta novedad la causa. ¿Qué es esto? Todo se encierra en que hay amigos que matan, por ignorancia, con buena intención, y yo os he muerto hoy, don Félix, por tenerla. ¿Cómo? Tomad esta carta de vuestro padre y en ella veréis la amistad que tiene con don Íñigo. A traerla vino y yo, cuando por vós preguntó, entrando en sospecha de que os buscaba, quejoso por satisfacer la ofensa, creyendo que por alguna de sus criadas hubiera sabido el nombre, por dar a vuestro amor franca puerta, quebrándose en mí el enojo, fingí vuestro nombre en prueba de mi amistad, escusándoos o el aviso o la pendencia. Bien decís, Lisardo, que ha sido acción como esta matar con buena intención, pues me quitasteis que sea huésped dichoso de Laura, a quien adoro. Paciencia, y persuadiros a que fue yerro de mi fineza. Esta, sin duda, es la carta de que quiso Laura bella anoche avisarme. Y no en eso el disgusto cesa, pues vuestro padre os envía aviso, Félix, en ella de que ya vuestro enemigo viene a Madrid. Aunque venga a solo darme la muerte, no podrá, pues de manera me tienen muerto mis ansias que será inútil la ofensa. Venid, Lisardo, conmigo: veremos cómo se pueda aquesto enmendar, porque quiero también daros cuenta de un papel que me ha enviado Laura, en que dice la vea esta tarde, porque importa su vida y honor que sepa el estado en que la tiene mi amor. Pues, ¿de qué manera en su casa habéis de entrar? Pues ella lo dice, ella lo habrá mirado. El empeño es grande. Cuando lo sea, ¿qué importa si es cierto que no quiere el que no se arriesga? (Vanse y sale[n] DOÑA CLARA y DON ANTONIO.) Haz hoy esto por mí, hermana. ¿Qué imposible cosa hubiera que por ti mi amor no hiciera? Pero es tu esperanza vana. ¿Cómo? Como es tan tirana de Laura la condición, tan libre la presunción, tan altiva la estrañeza, tan discreta la belleza, tan bella la discreción, que temo que tu cuidado desairado ha de quedar. Nunca un hombre por amar quedar puede desairado, pues el que más despreciado llora uno y otro desdén, más olvidado de quien más adora, en duelo tal, no es posible quedar mal, pues queda queriendo bien. Demás de que nada ha habido de tan grave rebeldía que a la industria o la porfía no se haya dado a partido. Nace el mármol escondido de un monte y no está seguro del sincel; de un centro obscuro nace el bronce y del buril no escapa, siendo sutil basto bronce y mármol duro; nace el oro hijo del sol en la más oculta mina y a una experiencia divina le hace tratable el crisol; émulo al mayor farol nace el diamante constante, solo a sí tan semejante que no se deja labrar hasta que viene a cortar un diamante otro diamante. ¿Y quieres que un temor vil niegue a mi pena cruel lo porfiado de un sincel, lo prolijo de un buril y del crisol lo sutil, del diamante lo constante? No, que mi amor arrogante, mármol, jaspe, oro, arrebol, ha de ablandar al crisol, sincel, buril y diamante. Notable estremo de amor el tuyo es. Ayer veniste, esta mañana la viste, ¿y ya con tanto rigor la vecindad de su ardor te abrasa? Si ya no fuese aspirar a que se hiciese por ti el tono que decía: «Junto a mi casa vivía porque más cerca muriese». No es tan liviano mi afecto, tan fácil mi voluntad, que por solo vecindad se atreviese a su respeto. Días ha que mi alma objeto fue de sus rayos ardientes y que Amor, los accidentes trocando a nuestras pasiones, hirió nuestros corazones con arpones diferentes. Antes, Clara hermosa, que me ausentase, la serví, de su padre amigo fui y a entrambos los visité, ausente la idolatré en el sol, que, como él a un laurel adoró fiel y yo a una Laura, creía que darme nuevas podía de mi Laura su laurel. Confieso que despreciado siempre viví de su amor y que la amé con temor, porque no hay más triste estado que el de un pobre enamorado. Mas, ya que en favor ha sido el pleito con que he salido, es justo que el suyo aguarde, porque no hay rico cobarde como no hay pobre atrevido. Y así, viendo que podré con su padre declararme, hermana, y para casarme pedírsela, mal haré en malograr tanta fe, si bien obligarla quiero antes. Haces bien, si infiero cuán necio en el mundo es quien osa gozar después lo que no agradó primero. Pero déjame admirar que una ausencia y una herida, que a lo último de tu vida te tuvo, para olvidar no bastasen. Mi pesar no me renueves, porque si en él me hablas, no tendré en ira el alma ocupada, gusto para hablar en nada, hasta que vengado esté. Pues hablemos en tu amor, si aquesto te da disgusto, que, siendo, hermano, tan justo, fuera no ayudarte error. ¿Qué podré hacer en favor de tu pena? Visitar hoy a Laura, con que entrar podré, buscándote y ver su beldad. Si la vi ayer, ¿cómo hoy tengo de tornar a verla? Pues dame, hermana, de tu parte algún recado con que yo entre disculpado. Eso haré de mejor gana. Dila que yo he de ir mañana a dar cierto parabién, y así que me preste es bien sus joyas, y que no envío criado porque no me fío de uno que es nuevo. Está bien. Quédate con Dios, que ya muero por llegar a vella. ¡Ay, Laura divina y bella! Una esperanza me da, que bien merecida está de tanto amar y sentir. (Vase.) Aunque debiera advertir a mi hermano del amor de Laura y Félix, error el llegárselo a decir tan presto fuera, pues queda tiempo antes que por mujer la pida, que eso ha de ser cuando ya callar no pueda, si bien siento que conceda con tanta seguridad a Laura su libertad sabiendo yo que ella adora otro amante. ¡Oh, cuánto ignora rendida una voluntad! Pues si así ha compadecido galán que ignorando está que otro admitido es, ¿qué hará galán que lo haya sabido, y enamorado y rendido pasa por sus desconsuelos? Pero mal he dicho, ¡cielos!, que lástima no merece galán tan vil que se ofrece voluntarioso a sus celos. (Sale LEONOR.) Al tiempo que ya de casa don Antonio, mi señor, sale, ostentando su amor Lisardo la calle pasa. Leonor, el pecho se abrasa por hablarle, y pues que va mi hermano donde estará divertido, hablarle aguardo. Haz una seña a Lisardo, dile que suba. Será aventurarte, señora. Pues, ¿qué querías que amara yo si nada aventurara? Y supuesto que es agora buena ocasión, ve, Leonor, dile que entre. Corazón, no temas, que no es razón, si amor te llega a valer, porque ser Dios y temer implica contradición. (Vanse.) (Sale[n] LAURA, BEATRIZ y DON FÉLIX.) Sabiendo que ocupado hoy mi padre estaría, don Félix, todo el día en un negocio, he dado lugar a que esta tarde entres aquí, que amor nunca es cobarde. Del papel advertido, para el riesgo llamado, por la ocasión buscado y al tiempo agradecido, a verte vengo, Laura; con mi peligro tu temor restaura. Beatriz desde esa puerta, pues no ha de estar cerrada, de una seña avisada está por si alguien viene. ¡Yo estoy muerta! Vase Beatriz. Tantas penas me ofrece a un tiempo mi fortuna que, atenta a cada una, no sé por cuál empiece, don Félix, que cualquiera pretende, por mayor, ser la primera. Detente y más no llores, que en vender fuera necio mis finezas a precio de lágrimas que son perlas y flores, pues mayo y sol, al verlas, uno las hace flores y otro perlas. No ha de costar tan caro lo que tú me pidieres. Dime, pues, lo que quieres, y aun es mi amor tan raro que solo siente agora el que hayas de decírmelo, señora, que aun una vez quisiera que el verte obedecida no costara. ¡Oh, quién adivinara! ¡Quién astrólogo fuera para saber el fin de tus enojos mirado en el eclipse de los ojos! Don Félix, yo he pensado el más lícito medio que pueda ser remedio de uno y otro cuidado, si es verdad que me quieres. ¿Cuál es? Pues que mi padre quién tú eres sabe y de tu nobleza está tan informado, que no dudo que ya te haya buscado para darte unas cartas su fineza (que era lo que decía Beatriz anoche, cuando ya él volvía), declárate con él, que, declarado una vez, trataremos, sin que sean tan costosos los estremos, de los medios, quedando asegurado mi honor, Félix, mi padre agradecido, mi amor logrado y mi deseo cumplido. Dices bien, y mil veces agradezco el partido que me ofreces. La causa, Laura, de que al mismo instante tus leyes no obedezca y a tu padre me ofrezca será porque primero es importante, porque él se satisfaga de quién soy, que un engaño se deshaga. ¡Ay de mí! Pues, ¿qué engaño puede haber en quien eres? No te asustes ni alteres, que bien fácil es, Laura, el desengaño. Pues dime, ¿tú no has sido para quien unas cartas han venido? Sí, hermosa Laura mía. ¿Y ya no te ha buscado? En mi posada ha estado, amaneciendo en ella con el día. Pues, ¿qué engaño en quien eres haber puede? Oye y sabrasle. Un mal a otro sucede. Buscándome... (Sale BEATRIZ.) Señora... ¿Qué hay, Beatriz? Que a la puerta llega agora don Antonio, el hermano de doña Clara, y dice que conviene hablarte, que a un recado suyo viene. Di que mi padre no está en casa. En vano será, que ya hasta esta sala se entró sin esperar respuesta. Don Félix, no te vea. No entre y no me verá, que quien no sea tu padre, Laura, a mí no ha de obligarme hoy a esconderme dél ni a retirarme. Pues mi honor, ¿no te debe más atención? Él mismo a esto me mueve, que tu honor es el mío. Que he de deberte esta fineza fío. Éntrate a ese aposento; yo le despediré luego al momento. Ved que entra. Haz por mí esto. ¡Oh, dulce encanto del hombre! ¿Qué no puede vuestro llanto? (Escóndese DON FÉLIX y sale DON ANTONIO.) Sin licencia, señora, de un recado que ahora me dio mi hermana a entrar aquí no osara. Qué manda la señora doña Clara me decid brevemente, y perdonad, que el tiempo no consiente que en visita os reciba no estando aquí mi padre. Tan esquiva como os dejé os he hallado. [Aparte.] ¿Mas que el recado pone a mal recado aqueste caballero? Solo a lo que venís es lo que espero. (Sale DON FÉLIX al paño y repara en DON ANTONIO.) [Aparte.] ¡Cielos! ¿Qué es lo que miro? Él es. Con nueva causa ya me admiro de mis sucesos. ¿Qué mandáis? Mi hermana un parabién que dar tiene mañana y, por ir más gallarda, hermosa y rica, que la deis vuestras joyas os suplica para lucir con ellas, que, al fin, joyas del sol serán estrellas. ¿Un criado no había que trajera el recado? No le envía, señora, con criado que de uno que tiene no ha fiado porque ha poco que en casa está, tanto interés. Pues si eso pasa, por aquesa ventana de su cuarto que cae a mi jardín, ¿no me mandara que algún criado mío las llevara? Si había de venir un criado suyo o ir uno vuestro, justamente arguyo que hizo que como suyo aquí viniese para que como vuestro allá volviese, pues claramente muestro que lo fui suyo para serlo vuestro. (Aparte.) Solo ahora le faltaba a mi cuidado que este me hablase en el amor pasado. [Aparte.] Solo ahora les faltaba a mis desvelos que mi enemigo se vengase a celos. Beatriz, saca al instante de aquese tocador las joyas mías. Si salen de la esfera de los días, rayo será de luz cada diamante. ¿Qué aguardas? Voy volando. (Entra BEATRIZ donde está DON FÉLIX.) No la deis tanta prisa, que, esperando, más contento estaré. Conviene esto, que venga presto, porque os vais vós presto. Pues si tan breve, señora, es el espacio que tengo de vida, que por minutos me la está contando el tiempo, mal haré en desperdiciarle, que fuera ignorante o necio el que un momento perdiera cuando vive por momentos. Aunque vengo a llevar joyas, mejor dijera que vengo a traerlas, pues que traigo la firmeza de mi pecho. [Aparte.] ¡Cielos! ¿Qué es esto que oigo? [Aparte.] ¿Qué es esto que escucho, cielos? Bien os acordaréis, Laura, de cuán rendido mi afecto os adoró y... No digáis más, que de nada me acuerdo, sino de que un tiempo fuisteis... [Aparte.] Oigamos qué fue. ... el objeto de mis altivos rigores, de mis desdenes severos. [Aparte.] Eso sí. Y eso es lo mismo que yo iba a decir; que, atento a tantos agravios, quise haceros memoria dellos porque en aquesta ocasión, encontrados los estremos, vós volváis a repetirlos y yo vuelva a padecerlos. (A la puerta BEATRIZ y DON FÉLIX.) ¿Quién tendrá paciencia para escuchar que esté diciendo otro amores a su dama aunque ella diga desprecios? ¡Vive Dios! (Quiere salir.) [A DON FÉLIX, deteniéndolo.] Señor, ¿qué haces? ¡Beatriz, suelta! Estate quedo, que ya yo saco las joyas con que se irá. [Sale.] ¿Qué es aquello? [Aparte.] ¡Ay de mí! Yo, que en la puerta tropecé deste aposento. Ya están las joyas aquí. Estas son cuantas yo tengo. Si esto es a lo que venisteis, veislas aquí y idos luego, señor don Antonio. Yo, perdonad mi atrevimiento, no me tengo de ir, señora, sin que vós oigáis primero, que no solo a aquesto vine. Si yo no quiero saberlo, ¿de qué servirá el decirlo? De cumplir yo con afecto. Hacedme merced de iros. [Aparte.] Ya que le dé Laura siento prisa. ¿Si será porque no descubra algún secreto? En diciendo de una vez, Laura, todo cuanto siento. Decid, pues, que no podéis decir más, que os aborrezco. Yo, hermosa Laura, jamás tener pude atrevimiento de miraros, si no es con el decoro y respeto que vuestro estado y mi sangre permiten a mis deseos, a cuya cuenta sufrí iras y desdenes vuestros. Acobardábame más que vuestro rigor severo mi fortuna, porque un pobre homicida es de sí mesmo. Para alentarme a serviros... no, señora, a mereceros, con un noble mayorazgo hoy rico y honrado vuelvo: todo es poco para vós. Mas lo que fuere os ofrezco, advirtiéndoos que no os pido licencia, que no la espero, para pediros, señora, a vuestro padre por dueño, sino que os aviso solo desta esperanza que tengo, porque me tratéis con más rigores, pues todos ellos serán honras de un marido si son de un galán desprecios. [Aparte.] Ya para oír más no hay ni valor ni sufrimiento. Mi padre os responderá, señor don Antonio, a eso cuando vós le habléis y yo, cuando él lo diga. Ahora os ruego que aquestas joyas toméis y os vais con Dios. Cuando llego de vuestra mano a tomarlas, que es joya cristal pienso. Y así, pues tomo las joyas, también podré... (Al ir a tomarle la mano, sale DON FÉLIX.) Deteneos, que esa mano ni tomada ni pedida ha de ser. ¡Cielos, muerta estoy! ¿Qué es lo que miro? De que vós seáis me huelgo quien lo estorbe, por tomar ambas venganzas a un tiempo. [Aparte.] Muertes de hombres ha de haber. Si vós, por el lance nuestro, ocasión para matarme tenéis, yo también la tengo: vós, porque yo os di una herida; yo porque vós me dais celos. Y pues yo, con mayor causa, me reporto, haced lo mesmo, que el estrado de una dama no es campaña para el duelo. Decís bien: fuera salgamos, donde los dos cuerpo a cuerpo nos veamos. Ya os sigo yo. Mirad... Dentro Don Íñigo. ¿Cómo está aquí abierto? [Aparte.] ¿No lo dije yo que haría diez aqueste padre nuestro? Llenose el número, ¡ay, triste!, de mis penas y tormentos. Caballeros, pues lo sois, y en los que son caballeros antes que todo es la dama, ved mi peligro. Sí haremos. Por su honor y por su vida aquí a retirarme vuelvo. Valeos vós de la disculpa de esas joyas, que al momento que él se asegure saldré a la calle. (Escóndese DON FÉLIX y sale DON ÍÑIGO.) Pues, ¿qué es esto, señor don Antonio? ¿Aquí qué mandáis? (Aparte.) (Paciencia, cielos, que soy quien soy y no es bien vengarme por bajos medios.) A pedir aquestas joyas de parte... ¡Yo estoy muriendo! ... de doña Clara mi hermana he venido. Y a ese efecto las sacaba ahora Beatriz del tocador, porque entiendo que quiere honrarlas en un parabién de cumplimiento. Por no haber criado en casa vine yo. Mucho me alegra de que en la mía haya cosa con que serviros. El cielo, señor, os guarde mil años; y pues desta casa llevo más que vine a pedir, dadme licencia ya. Deteneos y esperad a que una luz saquen, que va anocheciendo. Beatriz, trae luces. Aquí están. ¿Dónde vais? Sirviéndoos. Quedaos, señor. Esto es justo. Por no porfiar, lo consiento. La escalera es por aquí. (Aparte.) Iré a mi casa corriendo por un jaco y un broquel y, a dos venganzas atento, le mataré cuando salga. [Se van DON ÍÑIGO, DON ANTONIO y BEATRIZ. Sale DON FÉLIX.] Don Félix, ¿qué es lo que has hecho? Lo que tuve obligación, porque me debieras menos en que callara que no en que me arriesgara, viendo que a tu mano se atrevía. Tu temeridad me ha muerto. No en vano antes, ¡oh, enemiga!, que te conociese el pecho le pasé, astrólogo entonces, por sacarte de allá dentro. Solo me faltaba agora el que me pidieses celos. No pediré, porque solo pedirán mis sentimientos que diviertas a tu padre y a Beatriz digas que luego me saque de aquí, porque... (Sale BEATRIZ.) Buena hacienda habemos hecho. No ha quedado puerta en casa que no esté cerrando el viejo, escarmentado de anoche. Yo he de salir, ¡vive el cielo!, aunque por un balcón sea. (Sale DON ÍÑIGO y retírase DON FÉLIX.) [Aparte.] Corazón, disimulemos el disgusto que me ha dado haber hallado aquí dentro a don Antonio, pues son las joyas disculpa dello, que no lo han de llevar todo hasta el fin mis sentimientos. (Aparte.) ¡Muerta estoy! Laura... ¿Señor? Un grande cuidado tengo que comunicar contigo para pedirte un consejo. ¿Consejo a mí tu prudencia? Tanto fío de tu ingenio. Ya te dije que tenido había de Granada un pliego con una carta que viene a un don Félix de Toledo. Sí, señor. Aunque encarezca la obligación que le tengo, no es posible. Fui y hablele en su posada, y leyendo la carta que le llevé tenía un aviso que presto vendría aquí un su enemigo; y a mi obligación atento le quisiera asegurar la vida, que te prometo que debo a su padre cuanto ser, honor y vida tengo; y él lo merece, porque es el mejor caballero que en toda mi vida he hablado: ¡qué gala!, ¡qué entendimiento! (Aparte[, al paño.]) ¡Qué bien suena a quien bien quiere la alabanza de su dueño! [Aparte.] ¡Qué infeliz fui, pues Lisardo me ganó todo este afecto! No le he ofrecido mi casa por hablarte a ti primero, que eres el inconveniente y te he de hacer el remedio. Pues, ¿qué inconveniente yo puedo ser si tú eres dueño de todo? Venga, señor, a casa ese caballero, que yo le serviré. ¡Oh, cuánto esa obediencia agradezco! Pero mira, él no ha de verte, que lo que rogarte quiero es que tú a estar te reduzgas en mi cuarto, y componiendo esta sala, que se mande por otro recibimiento; le diré que venga a ella, pues por aqueste aposento puerta se le puede dar a la escalera. Entra dentro: verás dónde se ha de abrir. [Aparte, al paño.] Llegó mi pena a su estremo. [Aparte.] Dimos al traste con todo. (Quiere entrar DON ÍÑIGO y detiénele LAURA.) Detente, que ya yo entiendo lo que me quieres decir y ahora es escusado el verlo. Trae a tu huésped, señor, que yo me obligo, y te ofrezco estarme tan retirada dentro de tu cuarto mesmo que no me vean entonces más que ahora me están oyendo. Así lo creo de ti. Ven conmigo porque hablemos cómo se ha de disponer aqueste hospedaje. (Aparte.) ¡Cielos! Salga yo bien desta noche, que lo demás no lo temo, si Félix viene a ser huésped de mi casa y de mi pecho. (Vanse.) [Sale DON FÉLIX.] ¡Cé, Beatriz!, pues tu señor va a su cuarto, di si puedo salir ya. Pues, ¿no has oído que cerró las puertas? Pero a un traidor, dos alevosos: quiero decirte un secreto. El postigo de la calle, aunque echen la llave, es cierto que se puede abrir con solo que le metas los dos dedos detrás de la cerradura y el pestillo tires luego, porque no muerde en las guardas o muerde poco, que es viejo. Yo lo sé, pues yo lo digo. El aviso te agradezco. No lo agradezcas, porque si la verdad te confieso, diera por verte en la calle ya cuanto tengo y no tengo. Ven conmigo y, por si haces tú algún ruido, al mismo tiempo cerraré yo esas ventanas. [Aparte.] Don Antonio, por lo menos, no podrá decir mi honor, que pude salir más presto. Baja delante. (Vanse.) (Salen a una ventana en lo alto DOÑA CLARA y LISARDO.) Lisardo, esto has de hacer. Yo no tengo de dejarte en riesgo a ti por asegurar mi riesgo. Aquí no hay otro mayor que el hallarte a ti aquí dentro mi hermano, que, como he dicho, sin color, turbado y muerto a casa ha venido y solo se ha cerrado en su aposento, y previniéndose queda. Por el resquicio pequeño de la llave lo he mirado; no dudo que es causa desto alguna sospecha que le dio el no abrirle tan presto. Y si ha de mirar la casa, ¿qué desengaño más cierto que no hallar en ella nadie? Y así, llorando te ruego que por aquesa ventana, que de doña Laura a un huerto cae, te arrojes, pues sin ti yo libre y segura quedo y tú allá podrás hallar muchas disculpas. No es eso lo que reparo, que yo soy quien siempre importa menos, sino el no dejarte, que si te sucediese luego una desdicha, sería desdicha muy sin consuelo para mi amor y mi honor. Si tú te vas, nada temo. Yo lo haré, aunque a mi pesar. (Échase él por la ventana y cierra LAURA.) Y yo la ventana cierro, que estando Lisardo fuera no hay que temer. (Vase.) (Suena dentro ruido.) (Dentro.) ¿Qué es aquello? Ya me han sentido. [Entra por el balcón.] (Dentro.) Señor, detente. [Dentro.] ¡Hola, acudid presto todos! De algo servirá de Félix el fingimiento, pues disculpándome yo con decir que vine huyendo de la justicia, hallaré en don Íñigo remedio. Mas como no sé la casa, no sé por dónde más presto dé con él. Puerta es aquesta: entraré por aquí dentro. (Escóndese donde estaba DON FÉLIX y salen DON ÍÑIGO con la espada desnuda, LAURA deteniéndole y criados con luces y espadas desnudas.) Mira, señor... ¡Suelta, Laura! ¡Ver toda la casa tengo! (Sale BEATRIZ por otra puerta.) [Aparte.] Si ya no hubiera salido Félix, hubiéramos hecho linda necedad. ¡Oh, quién avisara a Laura dello porque perdiera el temor de que le hallen! Recorriendo id toda la casa. (Aparte.)  ¿Habrá más infeliz mujer, cielos? Este aposento mirad. [Aparte.] Mas, si no le hubiera puesto de paticas en la calle... No mires este aposento, señor, sin que antes me oigas lo que prevenirte quiero. [Aparte.] Ella ha de echarse a perder por pensar que está aquí dentro. ¿Qué he de oír? Estoy turbada. Habla. Fáltame el aliento. Di. La voz se me ha embargado. Prosigue. Toda soy yelo. Pues déjame entrar. Escucha de mi amor atrevimientos. Señor, tú mismo me has dicho cuán ilustre caballero, cuán galán, cuán entendido es don Félix de Toledo: tercerías son que deben desenojarte más presto. Él es mi esposo, señor, y él está en este aposento. Agora dame la muerte, que habiendo dicho primero que es mi esposo, moriré contenta, pues por lo menos curo la facilidad, llegándote en tanto aprieto antes la satisfación que no la ofensa, el remedio que el dolor, la paz que el susto, la triaca que el veneno. [Aparte.] Fortuna, ya es este lance muy otro que era. Y supuesto que el haber caído en don Félix ha sido piedad del cielo, no le quiero ser ingrato: acudamos al remedio. [Llégase a la puerta del cuarto donde está LISARDO.] Señor don Félix, salid, que aunque yo quejarme puedo que tan justas conveniencias traten tan injustos medios, todo os lo perdono, todo, en albricias de suceso tan feliz para mi casa. Bien se ha logrado mi intento. Salid, pues. ¿Qué ha de salir si ya no hay nadie allá dentro? (Entra LAURA y saca a LISARDO.) Llegad, señor, pues mi padre nos perdona. [Aparte.] Mas, ¿qué veo? [Aparte.] ¿A quién habrá sucedido lo que me está sucediendo? [A LISARDO.]  Hombre, ¿quién eres o cómo estás aquí? (Aparte.) ¡Santos cielos! (Aparte.) Ahora mi padre me da muerte, que no es Félix viendo. Señor don Félix, llegad, dadme los brazos, que quiero que aún no os cueste a vós agora la vergüenza que yo tengo, advirtiéndoos que no pudo acaecer este suceso por quien no fuérades vós, que ya no le hubiera muerto. (Aparte.) (¿Qué he de hacer? Desengañarle de quién soy no es a buen tiempo, pues, si me avisa que solo a Félix sus sentimientos disimularan la ofensa, será empeñarme de nuevo el decir que no lo soy. Aquí no hay otro remedio que esperar a otra ocasión.) Fuerza fue turbarme al veros, mas cuanto os ha dicho Laura de nuevo, señor, lo ofrezco y aseguro que sea esposa de don Félix de Toledo. Solo eso pudiera ser de mis penas el consuelo. [Aparte.] Y solo eso de las mías pudiera ser de aumento si este es Félix y no el otro. Pues ha de ser, en efecto. No habéis de salir de aquí sin desposaros primero, y mañana yo traeré la licencia. (Aparte.) ¡Estraño empeño! ¿Yo con dama de mi amigo? (Aparte.) ¿Yo con galán, ¡qué tormento!, de mi amiga? (Aparte.) ¿Yo con quien no amo... (Aparte.) ¿Yo con quien no quiero... [Aparte.] ... y está enamorada de otro? [Aparte.] ... y está a otra dama queriendo? [Aparte.] Mejor es que se declare de una vez todo el despecho. [Aparte.] Pues yo tengo de morir, mejor es morir más presto. Señor... Señor... ¿De qué entrambos habláis agora suspensos? Oye... Escucha... (Cuchilladas dentro.) (Dentro.) Aquí verás de qué manera me vengo. [Dentro.] Tú de qué modo castigo osados atrevimientos. ¿Qué es aquello? La voz es de un amigo. ¡Deteneos! No habéis de salir de aquí. Pues, ¿cómo, oyéndola, puedo dejar de salir? (Dentro.) ¡Señor don Íñigo! ¡Acudid presto, que dan la muerte a mi hermano! [Aparte.] ¡De Clara es esta voz, cielos! ¡«Hermano» y «muerte» entendí, su vida corre gran riesgo! ¿Qué he de hacer cuando me llaman mi amigo y mi dama a un tiempo? Mas, ¿qué dudo? En todo trance mi dama ha de ser primero. (Vase.) Salgamos todos. ¿Hay más desdichas? [Aparte.] ¿Hay más enredos? No le dejaré del lado. (Vase.) ¿Qué es esto, Beatriz? ¿Qué es esto? Que el Amor y la Fortuna están hechos unos cueros y hacen dos mil disparates que no es posible entenderlos. Jornada Tercera Salen DON FÉLIX y LISARDO, MENDOZA y HERNANDO. Pues hemos llegado a casa sin que nadie nos siguiese, el uno y otro, a pesar de tantos inconvenientes, salíos los dos allá fuera y mirad que nadie entre sin avisarnos en tanto que aquí hablamos yo y don Félix. Juro a Dios no te sirviera una hora más si supiese medrar, con ser caso hoy negado a todo sirviente. Porque, ¿qué cosa es que os vais a pesares y a placeres los dos sin algún criado que los murmure y los cuente, que vengáis tan tarde a casa, coléricos e impacientes y alborotados, y que...? Bueno está. Déjanos, que este de burlas no es tiempo, Hernando. Estas son veras. Advierte que se pierde un siglo en cada instante que aquí se pierde. Llévale de aquí, Mendoza. ¿No basta que yo me lleve a mí? Juro a Dios que antes he de servir a un hereje que a un enamorado, aunque con algún premio le trueque. (Vanse MENDOZA y HERNANDO.) Ya, Lisardo, estamos solos. Y aunque mis sucesos pueden darme tanto que pensar y que temer, no me tienen tan rendido las fortunas de sus varios accidentes como vuestras prevenciones, según la lengua encarece lo que importa darme cuenta de un suceso. Sí, don Félix. Pero, porque la mayor parte dél agora pende de las mismas cuchilladas en que yo os halle, conviene saber yo la causa dellas antes porque se encadene de un suceso otro suceso. Yo os lo diré brevemente: en Granada un hombre herí forastero. Sí. Pues este hermano es de doña Clara, vuestra dama, y pretendiente de doña Laura, la mía, que a uno estorba y a otro ofende. Aún no le he visto la cara yo ni sé qué señas tiene. Mas, ¿qué mucho, si ayer vino y le he andado huyendo siempre? Estaba con Laura yo... Mas no importa que no os cuente más de que allí nos hallamos y que, al tratar que no fuese nuestra campaña su sala, vino el padre, que parece que parlera la fortuna le trae maliciosamente. En fin, a su honor atentos dejamos allí pendiente el lance, escondime yo, él se disculpó y, en breve, aunque me cerró las puertas, salí a la calle, valientes nos embestimos los dos, alborotose la gente de todo el barrio a las voces de Clara y a los crueles golpes de las dos espadas, rayos de acero, de suerte que, de la gente y la luz despartidos, no consienten ni que él vengue sus heridas ni que yo mis celos vengue. Entre los que allí vinieron fuisteis vós, que noblemente os pusisteis a mi lado diciéndome que me ausente de la calle porque importa que faltemos igualmente della los dos. Esto es todo lo que me sucede a mí. Decid vós qué ha habido. No sé ya por dónde empiece. Estando en casa de Clara, su hermano llamó; esconderme fue fuerza, que parecidos son en cualquiera accidente los lances de amor. ¿Qué mucho si son uno mismo siempre? Turbose Clara, Leonor se embarazó; finalmente, tardando en abrirle, entró haciendo estremos crueles. Encerrose en su aposento y, por un resquicio breve, Clara (que, en efecto, no hay temeroso que no aceche) le vio de no sé qué armas prevenirse y componerse. No le culpo, si ahora infiero cuán justa disculpa tiene para cualquier prevención el que vengarse pretende, porque una cosa es reñir y otra es satisfacerse. Clara, pues, viéndole armar, se persuadió justamente a que el tardar en abrirle en sospecha le pusiese y que aquellas prevenciones para ver la casa fuesen. Pidiome que me arrojase por la ventana que tiene su cuarto, que al jardín cae de Laura. Hícelo. ¡Ah, mujeres! ¡Y cuántas cosas ha errado seguir vuestros pareceres! Al ruido de mi caída... (Sale HERNANDO.) Aunque os enojéis, no puede dejar mi voz de deciros que aquí don Íñigo viene buscando a Félix. Mirad a cuál le toca hoy ser Félix. ¿Tú qué le has dicho? Yo nada. No espero que en nada aciertes. (Aparte.) Que estaba aquí dije; pero negarelo, pues lo siente. A mí me busca; y en tanto que yo lo demás no os cuente, importa que no me vea. Despedidle brevemente. (Escóndese Lisardo.) Sí haré. ¡Oh, cuántas ilusiones mi imaginación padece! (Sale DON ÍÑIGO.) ¿Qué es, señor, lo que mandáis? Hablar al señor don Félix quisiera. Agora salió de casa; mas, si pudiere suplir yo su ausencia, puedo afirmar seguramente que yo soy don Félix. Bien de vuestra amistad se infiere; pero hablarle me importaba, y estraño que se saliese tan de mañana de casa. Los que pretensiones tienen no tienen hora segura. Direisle que vine a verle cuidadoso de que anoche de mi lado se perdiese en las cuchilladas que hubo en mi calle, que solo este cuidado tan de mañana me trae a buscarle. (Aparte.) (Miente mi voz, que mayor cuidado me trae. ¡Grave pena! ¡Fuerte dolor! ¡Que le halle en mi casa, que ser esposo confiese de Laura, que salga al ruido, que de mi lado se ausente y que se me niegue agora!) Direisle, en fin, que se deje ver, pues sabe que ha de ir desde hoy a ser mi huésped. (Aparte.) Mucho hago en disimular. Yo lo diré de esa suerte. Hareisme mucha merced. Serviros solo pretende mi amistad. Pues si es tan grande, hablémonos claramente, quitémonos los embozos y escuchadme, que no puede mi pecho, porque es volcán que arde cubierto de nieve, estorbar, que tanto fuego por la boca no reviente. Y puesto que sois su amigo y es fuerza que él os lo cuente, nada aventuro yo en que hoy vuestra amistad le lleve un recado, que, aunque en cosas de honor ninguno hablar debe, yo fío tanto del mío y de mi valor que en este caso no ha de embarazarme el hablar, porque el que siente de sí que sabrá vengarse cada razón que dijere más será otro empeño más que le anime a que se vengue. En cuanto vós me mandéis, os serviré noblemente. [Aparte.] Gloria a Dios, que ya oiré algo. Pues mandad, antes que empiece, que este criado se vaya allá fuera. Hernando, vete. [Aparte.] La inquisición es de amor esta casa, porque siempre se hacen las causas secretas. (Vase.) Ya estáis solo. Pues direisle a don Félix que yo anoche le hallé en mi casa y prudente conveniencia hice el agravio por ser quien es, pues, si fuese otro cualquiera en el mundo, allí le diera la muerte, y aun a él si Laura misma ser su esposo no dijese y él mismo lo asegurase; y decidle finalmente que la prisa del salir a la calle, que el perderse en ella, el no estar agora en casa... Esto solamente siento decir sospechoso, esto. ¡Basta! Que no tiene para qué ausentarse, pues cuando o imagine o piense dilatar solo un instante el casarse, como llegue yo a saber que lo dilata, aunque después él lo intente, no querré yo, porque antes que yo con Laura le ruegue, sabré restaurar mi honor dándola a Laura la muerte, y entre su sangre bañada obligarle a que remedie su difunto honor haciendo, cuando la mano la entregue, tálamo el sepulcro que cadáveres los albergue. Escuchad... Mirad, señor... A nada mi enojo atiende. Nada me habléis hasta darme la respuesta que él os diere. (Vase.) ¿Qué es lo que pasa por mí, cielos? ¿Qué encanto es aqueste? (Sale LISARDO.) Bien claro se deja ver, pues lo que dejó pendiente mi voz prosiguió la suya, que al ruido que hice me siente y... No prosigáis, que ya todo lo demás se entiende. ¡Ay, Lisardo! Vós me habéis quitado ya de dos veces la dicha: una, cuando pude ser de Laura feliz huésped; y otra, cuando pude ser su esposo, porque de suerte el lance se ha barajado que no es posible que llegue ya a enmendarse. ¿Cómo no si el desengaño no tiene peligro, Félix, ninguno en el estado presente? Que el haberle dilatado hasta aquí fue porque siempre hubo riesgo en declararme: una vez, porque no hiciese concepto de que tomé vuestro nombre inútilmente y entrase en mayor sospecha habiendo la antecedente noche seguido a los dos; y otra porque, en fin, el verme dentro de su misma casa cerrado, después de haberle dicho Laura el nombre, y no era ocasión conveniente de desengañarle. Agora sí, puesto que puede hacerse con toda seguridad. ¿De qué suerte? Desta suerte: yo le escribiré un papel diciendo que quiero verle en una parte, y allí le contaré claramente todo el suceso, supuesto que el fin peligro no tiene, pues si con don Félix él casar su hija pretende, cesará el enojo viendo que se casa con don Félix. Eso tiene un riesgo solo. ¿Cuál es? Yo he juzgado siempre el ajeno corazón por el mío y me parece que, si escondido en mi casa hallado algún hombre hubiese, satisfacer mi opinión con aquel quisiera siempre, mayormente habiendo en él todas las partes que pueden ponerle en mayor codicia. No hablemos en ellas, Félix, sino volvamos al caso: ¿hay más que satisfacerle contándole yo la causa, aunque en esto se atropelle el secreto de mi amor, y decirle de qué suerte entré en su casa? Ya, ¿qué importa que por ajeno amor fuese? Que la ajena conveniencia jamás a la propria excede. Y, en fin, si por esta causa, o porque ya de vós tiene tan agradado el afecto, o por sentir el haberse engañado, no viniera en que yo el esposo fuese de Laura, ella ¿no es forzoso que expuesta a las iras quede de su enojo y, como ha dicho, en ella su ofensa vengue? No decís mal, y así fuera, Félix, lo más conveniente ponerla en salvo primero. Pues eso mi amor intente. Escribid vós el papel a don Íñigo y con ese resguardo iré yo a su casa, pues me dijo que le lleve la respuesta; y entretanto que él fuere con vós a verse podré yo en casa de Laura entrar más seguramente. Direla todo el suceso; vistos los inconvenientes de nuestro amor, dispondrá lo que mejor la estuviere. Pues a escribir el papel quiero ir. Cumplan lo que deben, Laura, mi amor y mi honor, pues la obligación que tiene un amante caballero en todos los accidentes del tiempo y de la fortuna, de la vida y de la muerte, del amor y de la honra, es saber que ha de ser siempre antes que todo la dama, y como ella no se arriesgue y se asegure, después que venga lo que viniere. [Vase.] (Salen LAURA y BEATRIZ.) Si opinión es recibida que penas saben dar muerte, ¿cómo una pena tan fuerte no acaba con una vida? No lo sé, que desmentida en mí yace esta opinión, porque si homicidas son, ¿cómo la mía este día no mata, siendo la mía de amor, riesgo y opinión? De amor, porque enamorada me llego a mirar de un hombre que ha tomado ajeno nombre para dejarme burlada; de riesgo, porque postrada la vida a mi padre estoy; y de opinión pues, si hoy juzga la suya ofendida, mi opinión, mi amor, mi vida dirán cuán infeliz soy. Yo no me puedo casar con hombre que me engañó fingiendo el nombre, ni yo la mano tengo de dar a otro porque acertó a estar, sin saber cómo, escondido. Si no me quita el sentido, poco debo a mi cuidado. Que habiendo, señora, echado fuera yo al Félix fingido se viniese el verdadero a entrar allí cosa es que, si se escribe después, no se ha de creer. Si infiero mi suerte, bien considero que sola ella pudo ser bastante a eso. ¿Qué he de hacer? Si mi consejo valiera, yo bien sé lo que yo hiciera. ¿Qué? Ausentarme por no ver mi muerte. Pues el morir, ¿no es mejor, sufriendo agora, que, huyendo, vivir? Señora, no hay cosa como vivir. Solo para conseguir la venganza de un traidor quisiera en tanto rigor la vida, Beatriz, guardar. (Sale DON ÍÑIGO.) ¿Hame venido a buscar alguien aquí? No, señor. (Aparte.) En efecto, no parece don Félix. ¡Cielos! ¿Qué haré en tal desdicha? No sé de cuantos medios me ofrece la confusión que padece mi pecho para vengar tan infelice pesar cuál elija. [Aparte.] Apenas puedo, o de vergüenza o de miedo, atreverme hoy a mirar su rostro. ¿Tú estás aquí? Y siempre humilde a tus pies aguardando a que me des muerte no porque, ¡ay de mí!, culpada la merecí, sino engañada, señor. Vete de aquí, que el dolor que me obligue no quisiera a algún despecho, que fuera añadir error a error. Retírate a tu aposento. Ya, señor, que convencida no intento guardar mi vida, guardar tu opinión intento. Escúchame, pues, atento. No quiero escucharte, no. Mira... ¿Qué engaño buscó ya en tu disculpa tu culpa? Yo no busco mi disculpa. Mas sabe que es Félix... (Sale DON FÉLIX.) Yo vengo, señor,... (Aparte.) ¡Hay más tristes penas! ... a buscaros... (Aparte.) ¡Qué osadía! ... porque hallé la respuesta que pedistes. (Dale un papel.) Muy grande favor me hicistes. Retiraos las dos. [Aparte.] ¡Que así se entre este traidor aquí! (Retíranse las dos al paño.) [Aparte.] ¡Con qué de temores lidio! [Aparte.] La desvergüenza le envidio. ¡Oh, cuál era para mí! (Lee.) «Para ajustar ciertas conveniencias entre los dos, me importa hablaros, así en la disculpa de haberme ausentado anoche como en la satisfación de no haberos buscado hoy, a cuyo efecto os espero en la Lonja de San Sebastián. Dios os guarde». Mucha merced me habéis hecho. Decidle a don Félix que esto que me manda haré. Pues id presto. (Vase.) [Aparte, al paño.] Ya sospecho muchas desdichas. Mi pecho todo es confusión. ¿Hablarme quiere don Félix y darme satisfación? No la habrá para mí, no, si no está dispuesto a desenojarme con ser hoy de Laura esposo. Si esta plática divierte, le tengo de dar la muerte. A hablarle iré cuidadoso, y puesto que en tan forzoso lance el amigo con él está, que trajo el papel, mal haré en ir solo yo; y pues socorro le dio anoche mi pecho fiel a don Antonio y ha sido mi amigo y es caballero, dél acompañarme espero. (Vase.) [Salen del cuarto LAURA y BEATRIZ.] Beatriz, ¿qué puede haber sido esto? Yo nada he entendido, y mi confusión es mucha. ¿Qué temor conmigo lucha? Cuanto valgo, Beatriz, diera a quien esto me dijera. (Sale DON FÉLIX.) Si quieres saberlo, escucha. Aunque por saberlo muero, no lo he de saber de ti, que verdad no dirá quien está tan hecho a mentir. Por salvar esa opinión que tienes, Laura, de mí y asegurar hoy tu vida, que corre peligro, en fin, aquesta ocasión busqué que le obligase a salir de casa a tu padre. Oye agora. ¿Qué puedo oír de un amante tan traidor, de un caballero tan vil, de un pecho tan alevoso y de un trato tan ruin que con nombre ajeno engaña a una mujer infeliz? Ya quién eres sé, o ya sé, mejor pudiera decir, quién no eres, que, en efecto, esto no sé, aquello sí. Pero para no creerte es argumento sutil que el que toma nombre de otro mal contento está de sí, y el que a sí se miente, ¿cómo me dirá verdad a mí? Hasta que me escuches quiero esos baldones sufrir, porque el repetir agora cada cosa fuera aquí gastar el tiempo, que importa más a tu vida; y así, solo te digo que nunca nombre o calidad mentí. Don Félix soy de Toledo, que si alguien pudo fingir ajeno nombre, señora, el otro fue, yo no fui. ¿Qué más testigo de abono? Ponte a esa puerta, Beatriz. Si es para avisar, señora, que tu padre ha de venir, siendo el padre general, desde ahora digo que sí. ¿Qué más testigo de abono, vuelvo, Laura, a repetir, de ser yo quien soy que el verme con don Antonio reñir nombrándome por mi nombre porque en Granada le herí? Y cuando tú no me creas, no importa ahora, pues, en fin, yo no digo que te fíes en esta parte de mí, solo digo que procures asegurarte. Elegir puedes tú el medio, señora, que te esté mejor; y si no dijere el desengaño cuanto yo te digo aquí, no me veas en tu vida, que ese será para mí el mayor castigo, pues de amor me verás morir. Señor don Félix, o quien sois, en vano persuadís eso a mi honor, que yo tengo el pecho tan varonil, el espíritu tan noble, el esfuerzo tan gentil, que, si mil muertes hubiera de padecer y sufrir por un átomo de honor, aun fueran pocas las mil. Constante quiero esperar lo que suceda, y así idos con Dios, que ni un punto de mi casa he de salir. Mira... Aquí no hay que mirar. Advierte... No hay que advertir. ... que Lisardo... Nada escucho. ... está... No hay que persuadir. ... esperando... Pues, ¿qué importa? ... para llegarte a decir el desengaño. Por eso le quiero esperar yo aquí: si es verdad, porque lo es; y si no, porque os creí. Pues, si irritado tu padre vuelve, ¿qué has de hacer? Morir. ¿Que no has de ausentarte? No. ¿Que quieres esperar? Sí. Pues tengo que agradecer lo que tengo que sentir viendo al riesgo de la vida el del honor preferir. A la mira del suceso estaré, con que decir podré que, estando avisada antes, ¡oh, Laura!, de mí y socorrida después, con mi obligación cumplí. Y yo con la mía, si eres don Félix, con admitir tu mano; y si no, con darme muerte, porque te creí. Yo lo soy. Quiéralo el cielo. Acabad ya. ¿No advertís que será mal hecho un día que ha dejado de venir el padre plana a renglón estaros los dos así? Yo no acierto a despedirle. Y yo no me acierto a ir. A ver si yo acierto. Vete por aquí y tú por allí. Duélase de mí el honor. (Vase.) Duélase el amor de mí. (Vase.) Y de mí también se duela no el honor, que es un gentil, no el amor, que es un hereje, sino el miedo, que es, en fin, un católico cristiano, y hasta ver él destos chismes que andan en esta casa sobre si es Félix o Lisardo este hombre que queremos, pendiente el alma de un hilo está a las iras de un tras puesta la vida en un tris. [Vase.] (Salen DON ANTONIO y DON ÍÑIGO.) Después de haber sabido que en el lance de anoche no ha tenido segunda novedad vuestro cuidado, el mío, don Antonio, os ha buscado porque os ha menester. Pues bien agora decir podéis lo que mandáis. No ignora vuestro valiente pecho, de sus obligaciones satisfecho, la que a un noble le corre cuando otro de su esfuerzo se socorre, y más cuando haya sido trance de honor el que a esto le ha movido. Bien mi valor alcanza todo eso. Pues en esa confianza en un caso que tengo de honor hoy a valerme de vós vengo: anoche hallé en mi casa un caballero (el alma se me abrasa) escondido. ¡Oh, si fuera posible que sin mí yo lo dijera! Quísele dar la muerte cuando Laura me advierte quién es y que es su esposo; yo, mirando que la venganza no es remedio cuando lo puede ser, ¡ay, Dios!, la conveniencia, ferié toda la cólera a prudencia. (Aparte.) Este es Félix, supuesto que escondido yo le dejé en su casa. Prevenido de cordura y de agrado, sentimiento y dolor disimulado, le hablaba cuando oímos vuestro ruido en la calle y a él salimos. (Aparte.) Ya no es Félix, supuesto que él conmigo reñía. ¿Amor, qué es esto? ¿Uno riñendo, ¡ah, cielos!, y otro escondido? ¿Celos hay de celos? Entre la gente y ruido se me perdió. Busquele y, atrevido, se me negó en su casa. Yo, viendo lo que pasa, enviele un recado con un amigo suyo. Hame enviado a decir que le vea aquí, en San Sebastián, porque desea satisfacerme a todo; mas yo, viendo que no hay satisfación, darle pretendo la muerte si se escusa de casarse con Laura o lo rehúsa. No dudo que con él esté el amigo que el papel me llevó; y así, conmigo que vós vais os suplico, satisfecho de la sangre y valor de vuestro pecho. Vamos donde quisiereis, que en aquesta plática haber no puede otra respuesta. Pero, aunque es asentada opinión en buen duelo que de nada se ha de informar cualquiera que llamado va de su amigo, importa a mi cuidado saber quién es el hombre. ¿Cómo puedo negarlo? Él es don Félix de Toledo, un noble caballero: no le conoceréis, que es forastero. Antes, por conocelle tan bien, es fuerza hacelle otra pregunta a vuestro sentimiento. Decid, que a todo responder intento. ¿En vuestra casa no decís que estaba escondido don Félix cuando andaba acá en la calle el ruido de las espadas? Sí. Pues advertido estad de que no pudo ser don Félix. Aqueso no lo dudo, que le conozco bien. ¿Cómo podía don Félix ser si él era el que reñía en la calle conmigo? ¡Qué engañado estáis! Más lo estáis vós. De ese cuidado bien presto ahora saldremos, supuesto que en la lonja le hallaremos. ¿Cómo estar escondido a un tiempo mismo pudo y reñir conmigo? Ciego abismo es. (Aparte.) Y no menos ciego si al lado de don Íñigo ahora llego a verme yo con él, ¡estraña duda!, pues no sé a qué intención primero acuda, de su empeño o el mío. Que os desengañaréis bien presto fío. (Salen HERNANDO y LISARDO.) Pues él acompañado de otro viene, allí espera retirado por lo que sucediere. Y si acaso este lance se viniere, puesto que es rucio el que le trae, rodado, ¿qué he de hacer? ¿Qué? Ponerte tú a mi lado. Mientras llegan quisiera hacerte una pregunta: si esto fuera un sarao, un convite, un cumplimiento, un acompañamiento, señor, ¿en esto todo daríasme tu lado? No. De modo que al mísero criado ¿solo para reñir da el amo el lado? Esperad, que aquel es el caballero. ¿Aquel? Sí. Pues yo vuelvo a lo primero, que aquel... ¿Qué? ... ni es don Félix ni lo ha sido. ¡Ah, sí! Agora he caído en la causa que os tiene, bien lo infiero, en ese engaño: aqueste caballero, vós no podéis saberlo, de Granada vino porque dio a un hombre una estocada, y por asegurarse mejor el nombre le obligó a mudarse; y así, aquí no os asombre que no le conozcáis vós por su nombre. Mal, don Íñigo, hiciera si, viniendo con vós, os encubriera nada. A quien dio esa herida don Félix en Granada, y cuya vida a tanto riesgo estuvo, soy yo. Ved cómo puedo, si esto hubo, dejar de conocelle, don Íñigo, llegando agora a velle. A tanto desengaño ya recela mi vida nuevo engaño y no dudo que ha sido esta la causa con que aquí ha querido satisfacerme. Pero satisfación ninguna, ¡ay de mí!, espero. Aquí aguardad, que de cualquiera suerte que aventure mi honor le he de dar muerte. Con vós a todo vengo. Ya para el desengaño me prevengo. (Sale DON FÉLIX.) [Aparte.] Pues Laura no ha querido dejar su casa, a todo prevenido, deste umbral amparado he de estar viendo el fin de mi cuidado. [Éntrase en un portal.] Mucho he estrañado, señor don Félix, que el que en mi casa pudiera hablarme me llame aquí por papel. De tanta confusión y pena como esa novedad os causa en oyéndome saldréis, siendo la primer palabra que os diga que vuestro honor peligrar no puede en nada, porque sobre este principio cualquier desengaño caiga. No hube menester oírle jamás yo, pues no dudara yo jamás que nunca pudo mi honor peligrar; es clara cosa teniendo vós vida y yo, don Félix, espada. Ni yo lo dudo tampoco. Y así, en esa confianza, la primera cosa que vós habéis de saber... [Aparte.] ¡Rara confusión! ... es que no soy don Félix yo. ¿Qué os espanta? Nada me espanta, que solo me admira que un hombre me haya hecho un engaño y que yo no vengue. (Empuña la espada.) Tened la espada, don Íñigo, que no dudo que, en sabiendo vós la causa del engaño y de la ofensa, veáis distintamente y clara no ser ofensa ni engaño. [Aparte.] ¡Oh! ¡Quiera el cielo que salga bien Lisardo deste empeño! Si cuando os hallo en mi casa me dice Laura que sois su esposo y Félix os llama y vós convenís en ello después de tomar las cartas que yo os llevé. A esta evidencia ninguna disculpa aguarda mi valor. A mí y a ella vuestra lengua nos engaña, y si entonces yo previne el remetir en mis ansias la venganza a la cordura, agora es fuerza que haga lo contrario y que remita la cordura a la venganza. ¿Vós podéis pretender más de que se case con Laura don Félix? Sí, pues a vós dentro os hallé de mi casa; y si por ser otro a quien tengo obligaciones tantas hice el dolor conveniencia, no siéndolo todas faltan. ¿Y si haberme hallado en ella un acaso fue en que Laura ni yo tuvimos la culpa? ¿Cómo es posible escusarla si ella os nombra antes de veros y vós estáis en su sala? [Aparte.] Sin duda que las disculpas admiten, pues tanto hablan. Oídme y dadme luego muerte, que, como me oigáis, la espada, el ser, la vida y honor veréis, señor, a esas plantas para que os venguéis, si os queda acción de vengaros. Nada por mi honor dejar de hacer quiero. Decid. Pues la causa de que yo... Tened, que habiendo yo, lleno de penas y ansias, hecho capaz a ese amigo de mi ofensa, es bien le haga de vuestra satisfación capaz también porque vaya enterado de mi honor quien lo vino de mi rabia. Llamadle, que nada escusa quien dice verdades claras. [A DON ANTONIO.] Llegad, que quiero que oigáis cuanto aquí entre los dos pasa. ¿Dice que es don Félix? No. Ved cuál de los dos se engaña. [Aparte.] Al hombre que retirado estaba aquí los dos llaman. Quién será no sé, porque siempre le tuve de espaldas. [Aparte.] A mí me toca el llegarme, pues se llega el camarada. [Llegan DON ANTONIO y DON ÍÑIGO a LISARDO.] Caballero, aunque yo a vós no os conozco, a mí me basta para lo que he de fiaros la segura confianza del valor que tendrá quien a don Íñigo acompaña. Él tiene de mí dos quejas: una, que tomado haya de un amigo el nombre; y otra, que anoche me halló en su casa escondido y yo pretendo hoy satisfacerle a entrambas; y por obligarle a que me escuche con más templanza hasta el fin, quiero empezar por lo de más importancia, que oída la causa primera por que yo escondido estaba en su casa quedará su pasión más desahogada para la causa segunda. Decid. (Aparte.) Quiera el cielo que haya satisfación a mi pena. Yo sirvo a una hermosa dama vecina suya. (Aparte.) ¿Qué escucho? [Aparte.] Ya va recelando el alma nuevo empeño. Anoche yo con ella en su cuarto estaba cuando su hermano llamó, y yo por una ventana que cae de Laura al jardín... ¿Ya mi colera qué aguarda? Caballero, si lo sois, nunca deben ser buscadas las disculpas en ofensa de ninguna ilustre dama. Si disculparos queréis con don Íñigo, no a tanta costa ha de ser de otra honra, de otra virtud y otra fama, de cuya satisfación me toca a mí la demanda. (Sacan las espadas.) [Aparte.] (Las espadas han sacado y, aunque sea padre de Laura, antes que todo es mi amigo.) Lisardo, a tu lado me hallas. Este, don Íñigo, es don Félix. Ya con más causa me toca reñir con ambos. [Aparte.] ¿Quién se vio en confusión tanta? Infamia es el defenderle y el ofenderle es infamia. [Riñen.] (Salen algunos.) ¡Paz! ¡Ténganse, caballeros! [Aparte.] ¿Que por fuerza que me haga para reñir nunca pueda conmigo acabarlo? Basta, que debo de ser gallina. ¡Jesús, qué bulla de espadas se ha juntado en un instante! Pero lo que más me espanta es que bárbaros que riñan en un cimenterio haya sin que allí el memento mori de las calaveras haga su operación en el pecho. Mas no habrá muchas desgracias, pues la gente que ha llegado a unos tiene, a otros aparta, sin que los dejen reñir. [Aparte.] Pues desengaño o venganza conseguir no puedo agora, lo mejor es ir a casa y sacar a Laura della porque el temor no la haga hacer cosa que resulte contra mi honor y su fama. (Vase.) (Éntranse riñendo [los demás] y vuelve a salir [DON] FÉLIX [y HERNANDO].) ¡Oh, mal haya el hombre que saca en público la espada, pues solamente hace ruido sin ejecución! La causa misma que nos apartó anoche sin hacer nada a don Antonio y a mí, a mí hoy y a Lisardo aparta. ¿Adónde a mi señor dejas? Como fue la gente tanta que llegó, nos dividimos en aquesa encrucijada de la calle de las Huertas y del Prado, porque el alma, atenta a Laura, no quiso un solo instante dejarla. Y así, en tanto que yo llego de todo a informar a Laura, entra y dila a Clara tú lo que con su hermano pasa. Con más miedo que vergüenza entraré, señor, a hablarla. (Vase HERNANDO y sale MENDOZA.) Yo sin recato ninguno tengo de entrar en la casa de Laura y hacer... Señor... ¿Qué hay, Mendoza? Gran desgracia: viniendo yo por la calle del Prado arriba, bajaba Lisardo, que al parecer había algunas cuchilladas tenido; alcanzole allí la justicia, que las armas le pidió y que fuese preso; él no quiso dar la espada ni dejarse prender quiso, cuya resistencia para en que quedan sobre él más de cuatrocientas almas acuchillándole. ¿Qué es lo que mi amistad aguarda? Antes que todo es mi amigo. Iré. (Salen DOÑA CLARA, con manto, y HERNANDO.) Si una desdichada mujer en los caballeros siempre amparo y favor halla, pues lo sois, señor don Félix, hállele en vós mi desgracia. Ese criado me ha dicho que Lisardo cara a cara a mi hermano le ha contado que anoche conmigo estaba. Si viene, me ha de dar muerte. Acompañadme a la casa de un deudo que por sagrado elijo. Divina Clara, yo lo hiciera; mas Lisardo al mismo tiempo me llama: su persona está en peligro y en él no puedo dejarla. Tampoco podéis dejarme a mí, siendo yo su dama, y más ahora que mi hermano me ha visto. No os digo nada. Ved vós lo que habéis de hacer. Mujer soy y desdichada, noble sois, mi hermano viene, a riesgo estoy: esto basta. ¿Quién en el mundo se vio en confusión tan estraña? Dejar yo de socorrer a mi amigo será infamia y infamia será dejar de socorrer a una dama, y más suya. Y pues ahora él su vida aventurara por su dama, haciendo yo lo que él hiciera no falta mi valor. Con vós me quedo: poneos a mis espaldas y id los dos a socorrer a Lisardo en pena tanta. [A MENDOZA.] Muy buen socorro le envía tu señor en nuestra espada a mi amo, pero de aquí nos vamos, pues él lo manda. (Vanse y sale DON ANTONIO.) Saliendo, señor don Félix, de la pendencia pasada, por huir de la justicia tomé la vuelta tan larga. Esa dama pude ver que salía de mi casa, y habiendo entrado en recelo de que aumente mi desgracia su ausencia, he de conocerla, y si es quien pienso, llevarla conmigo. A aquesta señora yo no la he visto la cara ni sé quién es. Pero sea quien fuere, debo ampararla, ya que de mí se ha valido. Pésame de que tan raras sean las pendencias nuestras que siempre suceder hayan en la calle, donde hallemos gente que pueda estorbarlas. De aqueso no tiene culpa el valor. Mas si eso os cansa, solos estamos agora y detrás de Atocha hay tapias. Aunque aceto el desafío, es con una circunstancia: que aquesa dama he de ver primero que al campo salga. Es volver a lo primero, porque tengo de guardarla. (Dentro.) ¡Ay, infelice de mí! Aquella voz es de Laura. Alla iré. ¿Habéis de dejarme en tanto riesgo empeñada? (Dentro LISARDO.) Aunque me hagáis mil pedazos, yo no he de entregar la espada. (Dentro.) Con tu sangre he de sacar de mi honor la primer mancha. Aquesa dama he de ver y conmigo he de llevarla. (Aparte.) ¿Quién en el mundo se ha visto lleno de dudas tan varias? Allí a un amigo dan muerte, aquí una mujer se ampara de mi valor, mi enemigo contra mí empuña la espada y mi dama dando voces está dentro de su casa. Aunque hablando en desafío, sacar yo agora la espada es especie de temor; matar tengo a quien me agravia. Yo tengo de defenderla. (Dentro.) Félix, ¿agora me faltas? Félix, mi riesgo mirad. Félix, en vano la guardas. (LAURA a la ventana.) Félix, pues es mi ventura ver que en la calle te hallas, sabe que mi padre agora, porque sacarme intentaba de mi casa y repliqué, sacó para mí la daga. Huyendo en el breve espacio que con él Beatriz se abraza, me cerré en este aposento y él, lleno de furia y rabia, está rompiendo la puerta. Deste peligro me saca. Ya nuevamente me animan honor, celos y venganzas hoy contra su pecho. Ya entro a socorrerte, Laura. Pues, ¿cómo quieres dejarme en este trance empeñada? Si soy la dama que quieres, atropella cuanto haya por mí. De ti me he amparado. En faltándome a mí, faltas a tu obligación. La puerta rompe mi padre. ¿Qué aguardas? (Sale LISARDO.) Apenas con la justicia mi honor se desembaraza de un riesgo cuando da en otro. Félix, a tu lado me hallas. [A LISARDO.] (Lisardo, pues has venido a tan buen tiempo, repara en que doña Clara es esta. Su hermano intenta matarla; mi enemigo es, con quien tengo ocasión por otras causas para reñir, pero todas las he de dejar por Laura.) Bien sé que mi obligación es valeros, bella Clara, porque de mí os amparasteis; bien sé que, en esta demanda, mi obligación, don Antonio, es no volveros la espalda; bien sé, Lisardo, que sois mi amigo y que os hago falta. Mas mi amigo, mi enemigo y la dama que se ampara de mí, todos me perdonen, que antes que todo es mi dama. (Vase.) Si uno te deja, verás que otro tienes que te guarda. Quien no sea su marido, siendo esa dama mi hermana, no ha de guardarla de mí. Pues yo, si solo eso falta, lo soy. Para merecerla sangre tengo ilustre y clara. Luego, ¿ampararla podré? Sí, y con aquesa palabra a socorrer es forzoso que yo a don Íñigo vaya. (Va a entrar, y salen DON FÉLIX, LAURA y BEATRIZ.) Venid, señora; conmigo segura vais. (Sale DON ÍÑIGO.) De mi casa no ha de llevar a mi hija quien su esposo no se llama. Para eso tenéis mi acero. Para eso está aquí mi espada. Pues, ¿cómo vós defendéis que otro lleve a quien aguarda ser esposa vuestra? Como don Félix, que es quien la ama, es su esposo y es mi amigo. Y quien se rinde a esas plantas asegurando que soy don Félix, y que la causa de que Lisardo tomase mi nombre siempre fue Laura. ¿Si yo en mi casa le hallé? Como yo me satisfaga siendo su esposo, ¿qué importa? Aquesta es mi mano, Laura. Dichosa yo, que llegué al fin de venturas tantas. Pues porque de lo que dijo Lisardo duda no haya ya de Clara en la opinión, está casado con Clara. Es así. Felice he sido. Solo lo que agora falta es que don Antonio y Félix sean amigos, pues no agravia una herida que se dio sin traición y sin ventaja. Yo lo soy vuestro. Yo y todo. Pues demos al cielo gracias de que nos sacó de tantos enredos con... Lengua, calla; no digas con bien, porque, si la comedia no agrada, con mal nos habrá sacado. Pero perdonad las faltas. FIN