Personajes FEDERICO, emperador MAXIMILIANO, su hijo FE ESPERANZA CARIDAD DEMONIO ÁSPID BASILISCO PENSAMIENTO ALEGRÍA UN SACERDOTE ÁNGEL VILLANOS MÚSICA Dentro Pues es día de contento de placer y de alegría, regocíjese la tierra, que el cielo se regocija, y gócese el día al ver que la tierra y el cielo compitan lloviendo favores, finezas y dichas. Abra la infausta boca del lóbrego bostezo de esta roca y arrójeme violento el pálido suspiro de su aliento hoy del Alpe a las ásperas montañas abortado embrión de sus entrañas, y pues terror de aquestos horizontes el bronce de la fama me disfama cuando bruto monarca de sus montes, rugiente león me llama, suene a verdad el bronce de la fama, no habiendo, aunque más vele, quien no llore ver al león buscando a quien devore, mayormente este día que de sus moradores la fe pía, como si en días hubiera diferencia, de día de Dios le da por excelencia el nombre, y a honra suya y pena mía católica concurre su alegría a ese desierto templo que entre sus erizados riscos yace. Mas ¿qué mucho, si nace de su monarca el culto, que a su ejemplo haga el vasallo lo que el dueño hace? Y pues en él contemplo nuevo austral enemigo hoy he de ver si perturbar consigo su devoción valiéndome en su ultraje también yo de mi bruto vasallaje. ¡Oh, tú, que en los verdores ya de las selvas, ya de los jardines, bandido monstruo asaltas sus confines brindando con equívocos colores en la adelfa lo dulce del veneno y lo amargo del tósigo en las flores, tú que al conjuro cautelando errores, aun más de astucias que de sañas lleno, conservas defendido de la tierra y la cola aquel sentido que el paso a la voz cierra, pues de un oído es la sordez la tierra y la cola sordez del otro oído, tú, en fin, que el escondido áspid de aquel primer vergel eres... Ése mi nombre y señas son ¿qué quieres? Sale ÁSPID Que te vengas conmigo. Ya sabes cuán veloz tus pasos sigo siempre que en la campaña contra el hombre ponemos culebra, haciendo de los dos extremos tú, león, la fuerza y áspid yo, la maña: dime pues a qué extraña presa tras ti me llevas. A hacer de ti tan nunca vistas pruebas que aun la voz que las dice las ignora. Yo...; mas luego lo oirás: atiende agora. ¡Oh, tu, adúltero aborto de quien el nacimiento no se sabe, pues el ingenio más sutil absorto aún no distingue si eres fiera o ave, tú en cuya piel neutral especie cabe con variedad tan suma que a la facinación que el aire inflama tal vez parece escama, tal vez pluma y se queda sin ser pluma ni escama, tú, cuyo horror tanto sus iras ama que para más enojos son sus iras la lumbre de tus ojos tales que aún contra ti flechas tus iras pues si primero matas al que miras también primero el que te ve te mata, tú, en fin ¡oh Basilisco!, en quien dilata el furor duplicadas ambas penas... Sale el BASILISCO Ése mi nombre y señas son ¿qué ordenas?, que ya el viento calmado, el mar embravecido, el centro estremecido, el monte titubeado, todo tímido está, todo asustado hasta ver contra quien mueves la saña viendo juntar del Alpe en la montaña a sombra de su más excelso risco al Áspid, al León y al Basilisco. Dinos pues tus intentos. No sé si he de poder, mas oíd atentos. Entre cuantos atributos a Cristo dan ya divinas, ya humanas letras, bien como en voz activa y pasiva da a entender el que le llamen el camino y quien le guía, la verdad y quien la enseña, la vida y quien da la vida, redentor y redención, legislador y legista, quien da la luz y la luz, el rocío y quien le envía, la nube y la lluvia de ella, la fuente y el agua viva, el artífice y el arte, el médico y medicina, el labrador y la mies, el sembrador y semilla, el racimo y el sarmiento, el viñadero y la viña, el cordero y el pastor, el juez y la justicïa, sin otras autoridades cuyo número sería proceder en infinito, ninguna me atemoriza sobresalta y estremece más que aquella... aquí la vista se perturba, titubea el labio, la voz delira, la lengua se me entorpece, el cabello se me eriza y el corazón, rey de todo, tan desfallecido anima que cuando más abrasadas late con alas más tibias... de cuyas autoridades ninguna —otra vez lo diga— más me aflige y atormenta, desespera y precipita, que aquella en que él mismo fue el teólogo y teología, y ministro y recipiente de su carne y sangre misma, el sacerdote y el ara, la hostia y quien la sacrifica. Este inescrutable emblema, este incomprensible enigma, cifra del poder de Dios y tan soberana cifra (que a poder tenerla el Ángel, el Ángel tuviera envidia del preste que le celebra y el fiel que le comunica) es la capital cabeza de las siete de la hidra que revisten en mi pecho todo el volcán de sus iras, y aunque es común para todos la rencoriosa ojeriza que contra tanto misterio humo exhala y fuego espira, hoy más en particular me ofende por ser el día que los católicos llaman del Señor, y con festivas aclamaciones le aplauden de júbilos y alegrías, mayormente en estos montes que con el Austria confinan que es donde tiene la fe más vinculadas las dichas. Dígalo la devoción o el vaticinio lo diga del gran Rodulfo de Austria. Contarle se me permita, por más sabido que sea, que las heroicas noticias tal vez faltaron calladas y nunca sobraron dichas. En la caza, pues, perdido en la más obscura y fría noche que vieron los Alpes le amenazaron su ruina con relámpagos las nubes, los ríos con avenidas, en cuyo conflicto siendo su norte una mal distinta luz, la siguió y halló que era un sacerdote que iba con el Sacramento al pecho a una desierta alquería a administrarle a un enfermo. Apenas lo oyó su pía devoción cuando arrojado del caballo, la rodilla en tierra, le adoró; luego, poniendo al preste en la silla, palafrenero de Dios, el lampión que fue su guía en la siniestra, y la diestra en las camas de la brida, descubierto a la inclemencia, llegó donde recibida la viática refacción, con la reverencia misma volvió a asistirle, que aunque ya del pecho la reliquia faltaba, del sacerdocio ni faltaba ni podía el carácter, para que no le venere y le sirva hasta dejarle en su iglesia, que es esa pequeña ermita del festejo de hoy, en cuya amorosa despedida el sacerdote le dijo estas palabras; oídlas: «Dios te honre como tú le has honrado; Dios te asista como tú le has asistido y con su gracia infinita te ampare como tú a mí me has amparado y confía en que te ha de pagar Dios esta fineza con dichas que en ti y en tu descendencia se conserven sucesivas», dijo, y cumplió su palabra Dios según desde aquel día, ya en la paz con vasallajes, ya en la guerra con conquistas, todo fue felicidades, hasta lograr que la invicta cesárea imperial diadema sus heroicas sienes ciña, con que dando al vaticinio honores de profecía salió verdad: Federico, de Austria archiduque lo diga, cuarto nieto suyo, pues siguiendo en todo su línea también de archiduque de Austria hoy el imperio domina, de su fe heredero como de sus cesáreas insignias. Bien pensaréis que en él para —según la fama publica sus católicos blasones— el ceño de su familia; pues no, que Maximiliano —no sé cómo lo repita— hijo suyo y quinto nieto de Rodulfo, es quien me obliga a más temores, por ser joven de cuya florida primavera son las rosas las virtudes que en él brillan: fe, esperanza y caridad no hay hora que no le asistan, mayormente las que emplea cada mañana en la misa en cuya devoción tanto se arrebata y fervoriza contemplando los arcanos misterios que significa cualquier ceremonia de ella, que le queda todo el día del fervor de meditarlas el gozo de repetirlas, y siendo ansí que en memoria del vaticinio es continua estación que el día del Corpus de todas estas campiñas los rústicos moradores concurran en esa ermita con músicas y con danzas —que a la devoción no implica siendo en un jueves llorosa el ser en otro festiva— sabiendo que es en obsequio de esa inmensa maravilla que por aumento de gracia llama el fiel Eucaristía, con achaque de la caza ha venido, conque a vista suya licencias que suele haber en las romerías de no decentes cantares, de no templadas bebidas y viandas, de pendencias, de vayas, bullas y gritas, todas en quiete, no se oye ni ve, a culto reducidas, ni un baile que no sea honesto, ni una voz que no sea digna, conque porque no se quede su celo sin mi malicia, de ese callado volcán he reventado la mina, llamándoos a fin de que, ya que, como dije, asistan fe, esperanza y caridad a ese joven, las compitan León, Áspid y Basilisco. Veamos, jurada la liga, si en buen duelo, tres a tres generosamente lidian. Tú, Basilisco, pues tienes tus venenos en la vista, y a tu oposición la fe en no tenerla confirma sus méritos, contra ella te prevén pues es precisa la lid entre dos que tienen armas para muerte o vida, uno porque mira cuando el otro porque no mira. Tú, Áspid, pues que tus victorias en la cautela se fían cuando emboscada entre flores tu ardiente ponzoña vibras, prevén contra la esperanza la astucia, que nadie quita en la campaña al ardid ser primor de la milicia, que aunque es la esperanza en Dios la flor de la siempreviva, en metáfora de flores la más brillante y más linda, a la asechanza del áspid que en ella escondido habita, o el veneno la inficiona o el aliento la marchita. Yo, pues es la caridad amor de Dios, y en mi envidia no hay amor que no sea odio, voluntad que no sea ira, como león y dragón, que en mí es una cosa misma, de mis garras y mis presas esgrimiré las cuchillas hasta que la caridad su amor a mi saña rinda. Este es el duelo a que hoy mis temores os animan, mis sentimientos os mueven, mis rencores os incitan, mis cóleras os invocan, mis armas os acaudillan, y mis venganzas, en fin, en su bandera os alistan. Veamos si en mental batalla de doméstica conquista, contra la fe, la esperanza y la caridad, militan León, Áspid y Basilisco. ¿Qué importa que David diga que el viador que en esperanza, caridad y fe camina, sobre dragón y león, basilisco y áspid pisa? Tanto, rugiente monarca de los montes, participa mi rencor de tus rencores, que ofrezco de parte mía el triunfo de la esperanza con maña tan exquisita, que sea el ardid conservarla primero que destruirla, pues como ladrón de casa cuando entre flores me finja, a imitación del primero jardín, será esfera mía el segundo paraíso, vergel de la ley escripta; en él, pues, el hebraísmo mis lisonjeras caricias avenenarán de suerte que negando la venida de Cristo, con la esperanza de que ha de venir, persista en negar sus sacramentos, conque el de la Eucaristía, en su esperanza negado hallarás, que aunque es distinta esperanza una de otra, conviene que mi nociva cicuta la una conserve para que a la otra compita; con que el Áspid desde aquí en frase de alegoría, símbolo del judaísmo será. Con esa acción misma yo, pues es ciega la fe, poniendo en ella la mira de mi prespicaz veneno, procuraré prevertirla entrando por el oído su tósigo a persuadirla no crea lo que no ve, a cuyo efecto, valida mi saña de varios dogmas que sutiles contradigan la real asistencia de ese vivo pan y sangre viva, vendrá a ser el basilisco, inficionando la vista que no cree lo que no ve, símbolo de la herejía. Pues ya que ambos a las dos las declaráis enemigas, yo a la caridad opuesto, declararé la osadía del que negando que hay Dios símbolo es del ateísta, conque mi aborrecimiento veréis que rayos fulmina contra su amor y el de cuantos los aplausos solemnizan de ese alto sacramento, por más que a voces repitan: Dentro, a lo lejos Pues es día de contento, de placer y de alegría, regocíjese la tierra, que el cielo se regocija y gócese el día de ver que la tierra y el cielo compitan lloviendo favores, finezas y dichas. Ya todos, la ceremonia eclesiástica cumplida, vuelven al valle y al baile festejando su armonía a Maximiliano en tropas por todo el campo esparcidas. Para mezclarnos con ellos forzoso será seguirlas. Y forzoso, pues llevamos ya en la mente introducida la alegórica ficción, para no ser conocida nuestra cautela, que el arte diabólico que os inspira, en aparentes objetos de labradores nos vista. Dices bien. Por esta parte como gente advenediza que a la fama del festejo viene de distantes villas al encuentro les salgamos. Y porque mejor se finja venir al festejo, nuestras voces con las suyas digan: Pues es día de contento, de placer y de alegría, regocíjese la tierra, que el cielo se regocija y gócese el día de ver que la tierra y el cielo compitan lloviendo favores, finezas y dichas. Con esta repetición se entran los tres, y salen en tropa los Músicos, vestidos de villanos, y entre ellos, de pastoras, la FE, la ESPERANZA y la CARIDAD, la ALEGRÍA y el PENSAMIENTO, un sacerdote anciano, y detrás de todos, MAXIMILIANO, Archiduque, vestido a lo flamenco, bailando todos delante de él Cantado Gócese el día en que goza la esperanza que la risa del alba cuaje el rocío en la piel más tersa y limpia. Gócese el día. Gócese el día en que ve la piedra de un tronco herida dar la caridad el agua más pura y más cristalina. Gócese el día. Gócese el día en que logra ver la fe que se destila miel en boca de león que vírgenes flores liban. Gócese el día. Gócese el día que el pan de la caridad nos quita el hambre, y el día que el vino de la caridad nos brinda. Gócese el día. Salen DEMONIO, ÁSPID y BASILISCO de villanos ¿«Gócese el día»? De ver que la tierra y el cielo compitan lloviendo favores, finezas y dichas. ¿Qué gente, Alegría, es aquesta que en tu baile entremetida ves? No sé, Pensamïento, que jamás de mí fue vista. ¿Pero qué mucho, si hay tantas aldeas vecinas que haya alguna que no sea de nosotros conocida? Pardiez, ella buena gente puede ser, pero malditas cartas traen de favor en las fachadas escriptas. Dinos, Fe, qué gente es ésta. Ella, virtudes divinas, lo dirá, que por sus obras —sagrado texto lo explica— se conoce el lobo aunque la piel de oveja se vista. Virtudes y labradores todos con ceño nos miran. Las virtudes como siempre pierden los vicios de vista dudan el disfraz, mas no por eso temáis que digan quién somos mientras que Dios éste u otros nos permita. [A todos] Porque lleguemos nosotros llamados de la festiva celebridad vuestra, no cese el baile. Pues prosiga Gócese el día al ver que la tierra y el cielo compitan lloviendo favores, mercedes y dichas. No sé cómo encareceros, amigos, cuánto os estima mi devoción vuestro celo. Muy vieja está vuestra ermita y desmantelada; yo, de su amenazada ruina mandaré que se repare y enviaré a su sacristía ornamentos que la tengan menos pobre, si no rica tanto como yo quisiera. Mil siglos, gran señor, viva vuestra gran piedad. ¿Sois vos el preste que en ella habita? Sí, señor. Por vuestro güésped me tened, que mi venida ha de ser a esta estación desde agora muy continua. Da razón, conque el afecto no se glose a hipocresía, que soy inclinado a caza y me dicen que la crían muy abundante estos montes. ¿A qué príncipe no inclina su noble divertimiento tan digno de las fatigas que traen consigo las reales tareas?, y si mi dicha os mereciere tal vez honrarme, quizá algún día, aunque pobre sacerdote, en más que pensáis os sirva. Quedad en paz; avisad a los monteros me sigan que hacia la falda de aquese monte que al cielo confina tanto que si es cumbre o nube su extremo no se divisa, me hallarán. Sale el ÁNGEL Ya está, señor, dispuesta allá la batida, que como guarda soy tuya en el monte prevenida la dejé, aunque con temor de las fieras que le habitan. Todo es lo que Dios quiere. Tal vez quiere Dios que aflijan penas al justo porque se conviertan en delicias acrisoladas al fuego de su amor. Si mi osadía se atreviera a suplicaros... ¿Qué os turba? ¿Qué os desconfía? Pedid, ¿qué queréis? Que no salgáis, señor, tan aprisa al monte, porque los aires que al filo del mediodía corren, cuando más ardiente el sol derrite la riza nieve de las cumbres, tanto destemplan su helado clima, que pastores y ganados en su mutación peligran. Esperad que caiga el sol, que aun al sol cuando declina le pierden el miedo cuantos le ven que va de caída. Lo que él te suplica todos a tus plantas te suplican. A tan noble ruego ingrata mi benignidad sería si no respondiese a él afable y agradecida, y así a la sombra de aquestas verdes hiedras que tejidas de olmos, sauces y laureles, les sirven de celosías, mi dosel siendo sus copas y sus riscos mi real silla, esperaré hasta que el sol Siéntase en un peñasco hiera con luces más tibias. ¡Oh, Señor, quién ponderara los misterios de la Misa que acabo de oír! Di que el cielo te escucha pues que te inspira. Llora Adán de su patria desterrado y el preste fuera del altar le imita: de promisión la tierra solicita en llegarse al altar significado. Clama el imbo y en lágrimas bañado a los quiries que Dios piadoso admita; sigue la gloria y de la ley escripta trueca el Misal con la de gracia el lado; ofrece al Padre en agua y vino unida divinidad y humanidad, y Santo de Ángeles con el coro le apellida; ora un memento, y siendo sangre el llanto, señal de muerte en la hostia es pan de vida... ¡Oh cuánto hay que admirar, oh cuánto, oh cuánto! ¡Qué suspenso le ha dejado alguna melancolía! ¿Qué haremos para que esté divertido? Que prosiga el baile. De baile vaya. Dejad fiesta tan prolija. Mejor será que sentados todos en esta florida estancia, descanséis, que ésta es licencia permitida que da el campo. Sentaos pues. Necio será el que replica al amo cuando le manda lo mismo que él se codicia. Vamos tomando lugares. Vos, gente recién venida, ¿no os acomodáis? Si dais licencia. Eso no es pedirla sino tomarla. ¡Oh, Señor, cuál el ser mejor indicia la sencillez en los montes que el fausto en las monarquías. ¡Oh cuánto campo descubre el teatro de la vida el día que en una escena vicios y virtudes cifra. Ya que esto es sólo hacer tiempo, porque no haya en todo el día hora ociosa que no sea motivo de mi alegría, Pensamiento, inventa un juego que procure divertirla. Sí haré, si me das licencia. Tú la tienes sin pedirla. Pues no ha de ser inventado, sino un juego que en la aldea suele jugarse otras veces. ¿Cómo es? De aquesta manera. Yo he de preguntar si uno dejara de ser, qué fuera poniéndolo en su elección, y él me ha de dar la respuesta en razón fundada; luego, porque más sainete tenga ha de explicarse en un mote tal que la música pueda repetirle, y en no siendo la razón que diere buena todos le han de dar la vaya y él cumplir la penitencia que el preste, que ha de ser juez, le señale. Norabuena. Pues vaya de juego y vaya de fiesta. Vaya de juego y vaya de fiesta. Y el que errare que cumpla la penitencia. Vos, bellísima zagala, que os sentasteis la primera, si dejárais de ser ¿qué quisierais ser? Quisiera ser la más humilde espiga de cuantas en todas esas mieses dora el sol. ¿Por qué? Porque es la planta que puesta la esperanza solo en Dios, vive de su providencia. A todas las demás plantas, aunque todas viven de ella, las siembra el agricultor, y avaramente en la tierra las guarda y, causa segunda, las fertiliza, las riega, las cerca, limpia y escarda hasta que nazcan y crezcan, pero la espiga inmediata a Dios, no sólo encubierta la esconde el labrador, pero la arroja, que no la siembra, ¿que más puede la esperanza fiar de Dios que ver que puesta toda su hacienda en su mano, da al aire toda su hacienda; y demás de la esperanza de que Dios le cuide de ella, le queda la de que puede ser su dicha tan inmensa que de ella se amase el pan de aquella cándida oblea que no consagrada diga como remota materia: Canta «aunque no es mío el poder ni soy el hijo del Padre, ni nací de virgen madre ni soy Dios, lo puedo ser». Viva el placer y sólo a la espiga cuadre que sin ser suyo el poder ni nacer de virgen madre ni ser Dios, lo puede ser. Vos, extranjero pastor, ¿qué quisierais ser? Si fuera posible no ser quien soy y ser lo que yo quisiera fuera la palma. ¿Por qué? Porque es la palma la reina de todas las demás plantas y más a la espiga opuesta: ella en una débil caña nace tan a la inclemencia que cualquier aura la dobla y cualquier cierzo la hiela; la palma robusta tanto resiste a las inclemencias que aún con el peso oprimida mas que se agobia, se alienta. Tener la espiga esperanza de que puede ser que sea Dios, para no conseguirla, mejor fuera no tenerla, como la palma que no da su fruto a quien la siembra y la edad de su esperanza a siglos de siglos cuenta mantenida en que es forzoso, aunque ahora tarde, que venga a dar su esperado fruto. Calla, no prosigas, cesa, porque esperanza que a siglos se mide parece hebrea esperanza, que en traiciones de escondido áspid intenta que en las flores de un festejo pasen las burlas a veras. Prosiga el juego. ¡Ay de mí que al mirarle el alma tiembla! ¡Oh, batalla de virtudes y vicios, lo que me cuestas! Vaya, vaya, el que necio la elección yerra; déle el sacerdocio la penitencia. La penitencia será el que la esperanza pierda y quede con la esperanza porque a un mismo tiempo sea no tenerla su castigo y su castigo tenerla. Vaya, vaya, y cumpla la penitencia. Si vos dejarais de ser qué fuérades decid. Fuera, pues ya a la espiga eligió la esperanza, en competencia suya yo la vid. ¿Por qué? Por ser más humilde que ella, que ella por lo menos ya bien que en débil caña tierna, de la tierra se levanta, mas la vid al tronco presa nace, crece y fructifica arrastrando por la tierra, y en cuanto a que la esperanza de ser pan y que el pan sea viva carne (que sin sangre no fuera viva), me deja para que sea sangre el vino segura la consecuencia y el mérito de que viendo la fe pan y vino crea carne y sangre con que puedo decir con su razón mesma Cantando que si la esperanza cree lo que espera ver, yo creo lo que oigo pues ya lo veo con los ojos de la fe. De todos diga el deseo que si la esperanza cree lo que espera ver, yo creo lo que oigo pues lo veo con los ojos de la fe. ¿Vos que quisiérades ser? Si yo elegir ser pudiera ni fuera espiga ni vid, humildes plantas pequeñas; antes en su oposición escabroso espino fuera. ¿Por qué? Porque en la elección de aquella rústica dieta que los árboles hicieron a elegir rey, la soberbia de verse armado de espinas, arqueros de su defensa, fue sólo el que se atrevió a tan gloriosa tarea como reinar y el día que yo rey de las plantas fuera, a la espiga y a la vid mandara que no creyeran lo que no ven, porque ¿cómo puede la vista que llega a ver pan y vino, dar fe ni esperanza que sean carne y sangre, y cuando... Calla que también esa propuesta hija es de la apostasía y antes que... ¡Qué ansia, qué pena! Pero ¿qué digo? Reprima mi justo enojo, no sea que éste espante a los demás protestantes que desea mi padre echar de Alemania. Disimule, el juego vuelva. Vaya, vaya, el que necio la elección yerra; déle el sacerdocio la penitencia. Quien no cree lo que no ve y pone toda la fuerza de su veneno en la vista, apóstata se semeja el basilisco, que el aire con sólo mirar infesta, y así a fuer de basilisco le condeno a que se vea en una fuente porque la vista a su vista pierda. Vaya, vaya, y cumpla la penitencia. ¿Vos... Antes que tu pregunta llegue, llegue mi respuesta: yo ser quisiera una fuente clara, pura, limpia y tersa perene raudal de gracia en que aquese áspid se viera no porque muriera al verse, sino porque al verse viera su fealdad y ella lograse la caridad de la enmienda, no sólo en él sino en toda la humana naturaleza, cuando en su cristal lavadas las manchas transcender pueda a lograr los dulces frutos de espiga y vid con fe cierta de que en ella confirmada, después de la Penitencia la Comunión le dé el Orden Sacerdotal, cuya excelsa dignidad el Matrimonio propague en su descendencia siempre católica hasta acompañarla en la extrema necesidad, siendo, en fin, mi clara fuente la puerta del fiel para todos siete Sacramentos de la Iglesia diciendo bien como Amor de Dios por su boca mesma, Cantando venid a donde os reciba la caridad, que a merced suya para toda sed es la fuente de agua viva. Con festiva ansia, mortales, corred y venid donde os reciba la caridad, que a merced suya para toda sed es la fuente de agua viva. ¿Vos? No a mí me preguntéis que no os he de dar respuesta. ¿Por qué? Porque yo no puedo desear ser lo que no sea volverme a ser lo que soy, que es inflexible mi esencia y si hubiera de escoger nuevo ser, sólo escogiera el ser Dios o como Dios. ¡Reviente aquí mi paciencia! Pues ¿cómo, blasfemo... Aguarda, que castigar su soberbia a mí me toca, que soy tu real guarda en estas selvas. Bárbaro ¿quién como Dios? Tente, tente, que me acuerdas en esta aparente lid tu victoria y mi tragedia; mas no me doy por vencido, que si Dios me da licencia o he de acrisolar la fe de Austria o acabar con ella de una vez en este joven pues sólo en él se conserva la subcesión de su real católica descendencia. Vase Seguidle todos, seguidle. Tras él iré hasta que vea el término a que le alarga Dios la arrastrada cadena para mayor gloria suya. Áspid soy, entre estas hierbas Escóndese me esconda, no contra mí todo este furor se vuelva. Huya el basilisco donde ni sea visto ni le vean. ¡Qué espanto! ¡Qué confusión! ¡Qué asombro! Dentro ¡Guardá la fiera! ¿Qué nuevo estruendo es aqueste? ¡Al monte! ¡Al valle! ¡A la selva! Alguna fiera ha caído en la batida. ¿Qué espera mi valor? Dadme un venablo, que él ha de ser quien la venza y no hará nada, pues ya perdido el recelo lleva, en las fieras que ha lidiado aquí, a todas cuantas fieras los ceños del Alpe aborte. Dentro Al monte, al valle, a la selva. Ya que yo áspid escondido he quedado, y la maleza del bosque entre su espesura me da el paso, sin más senda que la que abra mi osadía siempre de ramas cubierta, de la batida he de ver el efecto; ya desde esta parte descubro la más enmarañada aspereza de la falda de este Adlante que la cerviz de la tierra con su pesadumbre oprime, que con su estatura estrecha, el aire, nubes y cielos asalta con su soberbia. Dentro ¡Monteros!, ¡al monte! ¡Al llano! ¡Pastores, guardá la fiera! ¿Qué miro? Parto feroz de las más incultas breñas un león sale y para mí, que no hay reservadas señas, revestida en él está de otro león la fiereza, si ya no es que esté imitada en fantástica apariencia, pues según exhala fuego su anhélito, y según muestra sólo a mi vista, que a rayos la desmelenada greña le está forjando las armas de sus garras y sus presas, mortal espíritu es el que en él asiste. Espera, bruto rey de estas montañas, que aunque tan solo me dejan no has de alabarte de que a tu horror la espalda vuelva. ¿Cómo, si eres noble, huyes? Mas yo, aunque valor no sea seguir al que huye, no obstante, más que por fama por tema te he de seguir hasta que de este venablo sangrienta la cuchilla tremolada en tus entrañas se vea, por más que veloz te encumbres en la impenetrable cuesta de estos intrincados riscos. ¡Qué valor! Con él se entra hasta las nunca pisadas estancias de humana güella. Perdidos de vista ya no se divisan. ¡Quién fuera águila para volar tan alta que lidiar viera el nunca pensado duelo en campaña tan desierta que enmarañada de nubes aun el sol no puede verla. Veré si desde otra parte algo descubro. Ya en esta cumbre no hay a dónde huyas. En pie se ha puesto y me espera desafiándome a brazos, cuerpo a cuerpo y fuerza a fuerza. Tener pavor no es tener temor y cuando lo sea, valor es tener temor; quien tenido le desprecia: arrojado este venablo lo diga; llega, pues llega que ya en las armas iguales estamos. Pues me destierran a mis abismos sus montes, sus montes tras mí se vengan, que a mis rencores les basta dejarle a las inclemencias donde al hambre, sed y hielo desesperado fallezca. Luchan los dos, húndese el monte con el león, quedando en la cumbre MAXIMILIANO y suena dentro ruido de terremoto Dentro ¡Qué asombro! ¡Qué confusión! ¡Qué desdicha! ¡Qué tragedia! Valedme, cielos, que a tanto prodigio como que vea que no sólo entre mis brazos el monstruo se desvanezca, sino que a su pavoroso rugido los montes tiemblan despedazándose a trozos, risco a risco, y peña a peña, no hay fuerza que no desmaye, valor que no se estremezca ¿Qué es esto, cielos? Mas ¿cómo el pasmo saberlo intenta, si aún cobrado de él no habrá discurso que lo comprenda, y pues el bajar de aquí es la primer diligencia reconoceré por dónde, (ya que por aquí no hay senda) podré descender al valle. Vase Dentro Al riesgo de tan deshecha fortuna, entrar en su busca procure la lealtad nuestra. Dentro Llamadle, por si los cielos nos permiten que parezca. Príncipe invicto del Austria. Dueño nuestro. Sale FEDERICO, Emperador, con algunos de acompañamiento Augusto César. Glorioso Maximiliano. Cielos ¿qué voces son estas y qué precipicio aquél con que un monte se despeña de otro monte? Mal el Alpe me agradece la fineza con que a él vengo cuidadoso de que tanto se detenga Maximiliano en su caza, pues ha esperado a que sea testigo yo de su ruina. Al llano, al valle, a la selva. Y más cuando porque añada el dolor de oírla al de verla, todo es lamentos el aire y todo estragos la tierra. ¿Qué habrá subcedido? Ya que ha logrado su fiereza el león, tiempo es de que logre el áspid su cautela, y pues uno al desamparo es preciso morir, muera otro al dolor. [Alto] ¡Qué desdicha, qué lástima! Sale Aguarda, espera ¿qué es eso villano? ¿Qué quieres, gran señor, que sea sino la mayor desgracia que se escribe ni se cuenta ni en las láminas del tiempo ni de la fama en las lenguas. Maximiliano... no puedo proseguir. Por mal que empiezas peor acabas, pues que quieres que en copa penada beba el veneno. Di, prosigue. Tras una ignorada fiera en el monte se enfoscó sin que ninguno pudiera seguirle, al tiempo que el monte... No lo digas, ¡qué desdicha!; en sus fragmentos lo dice su caduca ruina envuelta. ¡Ay infelice de quien siente el sentir que no sienta tan gran pena que no muere a manos de tan gran pena! ¡Oh montes de Alpe, mejor montes de Gelboé, dijera con David, sobre vosotros ni el cielo su rocío llueva, ni haya flor, ni fruto, ni la luz del sol amanezca, que si la nobleza allá de Israel murió, la nobleza del Austro aquí, pues... En vano, gran señor, te desconsuelas que Maximiliano vive. Sale ¿Qué dices? Que porque veas cuán piadosa con él anda la fortuna, en la eminencia de la cumbre, que quedó de su precipicio exenta lo prespicaz de mi vista le ha alcanzado a ver por señas, que anda por ella buscando la bajada que no encuentra. ¿Cómo que no? Ahora los brazos en albricias de tal nueva toma y espera mayores mercedes en recompensa. Seguidme todos que yo por él subiré a que sepa que hay por adonde yo suba paso para que él descienda. Vase ¿Cómo es posible que cuando mi furor matarle intenta con el dolor de que muerto su hijo entre esas ruinas crea con las nuevas de que vive tú a darle consuelo vengas? ¿Qué consuelo, si no es posible le favorezca humano poder a donde tan desamparado queda, que sin poder socorrerle de hambre y sed morir es fuerza? Dentro Imposible es la subida. Sale DEMONIO Dice bien ¿qué mayor pena, que nadie hasta agora tuvo, que ver que de hambre perezca lo que amó, y que a mí me sobra lo que a él no le remedia? Dígalo de tanta gente inútil la diligencia con que afligidos a todas partes la montaña cerca sin poder hallar subida, según tajadas las peñas quedaron impenetrables al risco que le conserva. Pues porque no sospechosos nos hagamos, la deshecha, ya que aparentes visibles nos hizo la industria nuestra, sus quejas con los demás digamos, al oír sus quejas. Vanse Imposible es el socorro. ¡Qué ansia! ¡Qué angustia! En lo alto del monte ¿Qué pena pudo igualarse a la mía, pues efímera parece, que con el día amanece y fallece con el día. La poca cumbre que ha sido en mi deshecha fortuna tabla del naufragio, una y mil veces he corrido sin que vereda ni indicio de bajada en ella vea que temeridad no sea, que no sea precipicio en que católico yo como tal debo advertir que nací para morir mas para matarme no, porque mi vida no es mía: Dios me la dio y si Él permite que este pasmo me la quite y con él por ella envía cúmplase su voluntad, que yo con ella la doy muy conforme, que aunque estoy en tan yerma soledad donde aún la hierba no puede mantenerme como a un bruto, ni de una fuente el tributo alivio a la sed concede, ni un árbol que me haga sombra u abrigo al sol que me abrasa u al aire que me traspasa, nada me aflige ni asombra, porque sólo el sentimiento que en mí dura es el morir sin que pueda recibir aquel alto sacramento que con tanta fe adoré; pero si yo mereciera esa piedad, blasón fuera de los triunfos de la fe, no mérito... mas ¡ay, cielos!, ¿cómo ha de poder subir el preste, ni quien oír mis últimos desconsuelos, si el aire que aquí veloz siempre corre, que es su media región, para más tragedia me desvanece la voz? ¿Cómo, pues, pediré yo que me le traigan al valle para que pueda adoralle, ya que recibille no, y más a la hora que el día, transponiendo el horizonte va dejando prado y monte a la obscura noche fría, conque aun el poco consuelo que de ver gente tenía, presumiendo que podría ser que encontrase su anhelo subida al monte, me falta con la esperanza pequeña de que entenderían mi seña desde una cumbre tan alta. Mas no por eso el cruel estado en que ahora me veo descaezca en el deseo de haber de morir con él. Daré voces, que quizá no habiéndome hasta aquí oído, con la quietud que sin ruido la noche al silencio da podrá ser que repetida del eco alguna razón acuda a mi devoción que importe más que a mi vida. ¡Ah del valle! Sale FEDERICO y criados Para mí no hay consuelo en tan terrible pena, al ver cuán imposible es el socorro, y así a solo Dios apelemos. Acudid a la ciudad, a que su inmensa piedad con religiosos extremos de una común rogativa y sacrificios, nos dé algún ingenio con que pueda treparse esa altiva cumbre, que a cualquier persona que halle medio en su favor ofrece darle mi amor, la mitad de mi corona. ¿Quién en tan grande aflicción, señor, en el mundo hubiera que por su vida no diera la mitad del corazón? Y pues la noche ha cerrado tan lóbregamente fría hasta que amanezca el día para volver al cuidado de ver si vencerse puede la altura, a esa pobre ermita recogerte solicita. Ningún descanso concede tan grande pena. De aquí no me tengo de apartar. Días y noches estar tengo, ¡ay infeliz de mí!, en esta falda hasta que o le vea socorrido o él a mí me vea rendido también a la muerte, en fe de que en ella acompañalle supe, pues si él muere no es posible vivir yo. Clame otra vez: ¡Ah del valle! ¡Ah del valle! ¡Ah del valle! ¡Ah del valle! ¿Habéis oído algunos ecos? Sí, señor. Dentro han sonado del monte. Habránse quedado en la ruina algunos güecos en que resuena la voz de alguien que distante se halle y dice a otros. ¡Ah del valle! ¡Ah del valle! ¡Ah del valle! ¡Ah del valle! Y vuelve a decir la voz... Oíd. Oíd. Escuchad. Escuchad. Atended al lamento. Atended al lamento. Oíd, escuchad, atended al lamento. Y dígale el eco. Dígale el eco. Dígale el eco. Dígale el eco aunque el viento lo calle. ¡Ah del valle: oíd, escuchad, atended al lamento y dígale el eco aunque el viento lo calle. ¡Ah del valle, ah del valle, ah del valle! Oíd, atended, escuchad mi lamento. ¿Qué voces estas serán que oímos y no conocemos? Otra vez las escuchemos quizá ellas nos lo dirán. Si la lealtad o el valor mi vida intenta, no sea, vasallos, la que desea mi amor sino vuestro amor; yo muero desfallecido más que del susto al espanto, del sol y el aire al quebranto, al hambre y la sed rendido. Traedme al alto Sacramento, porque estoy para expirar, donde le pueda adorar, pues sólo con ese intento a despecho del vïento dije por más que él lo calle: ¡Ah del valle!, oíd, atended, escuchad mi lamento. De Maximiliano es la voz, si ya no el deseo la finje en mi devaneo. ¿Responderéle? Sí, pues no en vano mi amor confía que su voz misterio incluya, y que quien me tray la suya también llevará la mía. ¡Ay infelice hijo mío, quién en desdicha tan fiera enviarte envuelta pudiera en el llanto que te envío alma y vida! Ya, señor y padre, mi ansia no es ansia, sino dicha, pues es para mí la mayor el que tu bendición lleve: ésta te pido y te ruego que hagas que me traigan luego el Sacramento, que es breve el término de mi vida y ya que sacramental no puedo, espiritual comunión es bien que pida. Si algún consuelo pudiera tener en tanta aflicción, ver en ti la devoción de tus abuelos lo fuera y así para tener parte en esta heredada dicha, a pesar de la desdicha ese consuelo he de darte. Yo mismo por él iré; venid todos, que pretendo que todos vengáis sirviendo al misterio de la fe. Tú espera que al arrebol primero que el monte dora te ha de amanecer la aurora pues te ha de alumbrar el sol. Sea crisol de la fe con que le pido haber oído desde tan lejos mi acento cuando a despecho del viento dije por más que él lo calle: ¡Ah del valle! Oíd, atended, escuchad mi lamento. Sale el DEMONIO, ÁSPID y BASILISCO ¡Qué tormento pudo el cielo a mi horror dalle mayor que para adoralle le traigan el Sacramento! Las virtudes que le asisten ecos de sus voces fueron con que todos las oyeron. No sólo en eso consisten los favores que le dieron sus auxilios, sino en que tanto con ellos alcanza el vivo pan en que cree, que va por él la Esperanza a que le traiga la Fe. No es esa mi más cruel pena, ni mayor dolor sino que constante y fiel la Caridad, que es amor de Dios se quede con él. Añade a nuestro despecho, viendo que en la ermita no hay ornamentos de provecho, la prisa con que le tray el sacerdote en el pecho. Y otra aún no menos aguda hay que aquí el dolor acuda y es el ver cuán reverente viendo con él tanta gente a lo lejos le saluda. Salve, oh gran sacrificio, que primero en Abel figuró blanco cordero, blanco maná en Moisés y con opimo fruto en Caleb y Arón blanco racimo, subceniricio viático en Elías y exprimido licor en Isaías. Salve, oh tú, soberano don que a Abraham gloriosamente ufano dio de Melquisedech el pan y el vino, salve, panal divino, que en boca del león que muerto deja labró a Sansón artificiosa abeja, providente tesoro que sin oro José dio en granos de oro, y contra su fatiga vio en masa Abigail, Ruth en espiga, pan de proposición, oblación pura y sobre substancial vida y dulzura, antídoto inmortal de nuestro pecho, memoria del amor, vínculo estrecho de caridad, manjar del elegido, cáliz de bendición, Dios escondido, influencia divina de liberalidad, y peregrina dádiva trascendente de incruento misterio: ¡salve, oh tú, gran Sacramento, de tu pasión memoria, prenda feliz de la futura gloria, y permite ante ti mis culpas llore y como pueda desde aquí te adore. Tanto este elogio me asombra y aquel misterio me pasma que por no verle ni oírle es fuerza que huyendo vaya, y pues ya como león cumplí con poner mi rabia su vida en mortal peligro, cumplid con ponerle entrambas, como Basilisco y Áspid, en no menor riesgo el alma, perturbándole en la fe los frutos de la esperanza. Fía de mí que mi vista a su vista esfuerzos haga que en la fe le prevarique. Y de mí que yo le añada en la esperanza despechos. Ya la gente que acompaña del católico David a las piadosas instancias, no al arca del Testamento sino al tesoro del arca, se viene acercando. ¡Quién, antes que él a mí llegara pudiera llegar a él! Arrójate de esas altas peñas, que mayor razón es que tú a adorarle vayas que no que él venga a que tú le adores. Adelanta el fervor; échate de ellas. Cielos, en tan temeraria aprensión dadme valor con que pueda desecharla, o espíritu con que pueda interiormente lograrla en el afecto, con que a ser lícito me echara de este monte; fuera yo ¡oh Señor!, el que os buscara; que no soy digno de que vos entréis en mi morada. Ninguno es digno mas todos pueden serlo por la gracia, Cantando y así en su palabra... Espera. Confía. Que el llanto... Que el ansia... ... mejora las horas y enmienda las almas. Y así en su palabra espera, confía, que el llanto, que el ansia mejora las horas y enmienda las almas. ¿Qué nueva música es esta que mi sentido arrebata? No sé, mas sé que tras sí también mi discurso arrastra. ¿Quién con interior consuelo me cobra en mí confianza? Canta La Caridad, que el amor de Dios es, y al que le llama responde, da al que le pide y el que le busca le halla. Canta Y para seguridad de su custodia y su guardia, acompañarle en sus sendas a sus ángeles les manda. Con tal celo que porque en una piedra aún no caiga el pie lastimado, quiere que le lleven en las palmas. Y así en su palabra, espera, confía, que el llanto que el ansia mejora las horas y enmienda las almas. ¿Qué conjuro será este que al áspid su encanto encanta? ¿Quién al Basilisco ciega que aun la luz del sol le falta? Pero oiga hasta ver en qué del salmo el ensalmo para. Cantando Palabra es suya también que el que atribulado clama verá en sus tribulaciones cuán generoso le ampara. Armándole del escudo con que resistencia haga de las volantes saetas a las venenosas armas. Y para que ningún riesgo le haga caer en desgracia, del lazo del cazador romperá las asechanzas. Y así en su palabra, espera, confía que el llanto, que el ansia, mejora las horas y enmienda las almas. ¿Qué esperamos que no damos voces nosotros más altas que estas confundan? Bien dices; suspended las alabanzas, que antes que yo... cuando... si... ¿Quién me ha entorpecido el habla? Prosigue o proseguiré yo. Suspended... ¿Quién embarga el aliento, que las voces no encuentran con las palabras? Cantando Ven, pues que la caridad te guía. Ven pues te acompaña quien en estos montes fue tu más cuidadosa guarda. Donde descendiendo subas a otras esferas más altas. Y pues león y dragón venciste en la lid pasada... ... a honor de la Caridad, de la Fe y de la Esperanza pon agora sobre el Áspid y el Basilisco las plantas. ¿Dónde estoy? Otra y mil veces dude qué es lo que me pasa. ¿Quién desde aquella alta cumbre me ha descendido a su falda? ¿Pero cómo a discurrirlo me atrevo, cuando me faltan, —o ya suspendido al sumo favor sin ver quien me ampara, o ya al sumo desaliento del rigor de la montaña— voces con que a uno agradezca ni fuerzas que a otro no bastan, y pues que en dos confusiones una anima, otra desmaya ¿qué mucho, ¡ay de mí!, qué mucho me dé por vencido a entrambas mientras no haya quien me diga de sus efectos la causa? Por no decírsela yo huiré aunque arrastrando vaya. Yo por no ver que se acerque el afecto de lograrla. Espera que no has de irte. Ni tú has de ausentarte, aguarda. Que para mayor castigo... Que para mayor venganza... ... de tu venenoso encanto... ... de tu traidora asechanza... ... no sólo has de ver su fe como la has visto, premiada con imperiales blasones desde el gran Rodulfo hasta Maximiliano... Sino desde él por edades largas también cumplida en los altos blasones de la esperanza, y para que veas que el monte teatro de su desgracia también lo es de su ventura ¿qué ves en esotra estancia que no destruyó la ruina? Que rasgando sus entrañas también a su imitación en trozos se despedaza. ¿Tú qué miras en su centro? Un árbol de cuyas ramas son los frutos y las flores augustas coronas varias. Reconoce cúyas son, ya que por mí te adelanta el cielo el conocimiento. ¿Tú que ves? La real prosapia de su heredada fe en quien cumplirá Dios la palabra que en su nombre el vaticinio dio al preste. ¿De qué lo sacas? De que Felipe, su hijo, es aquél a quien la fama dará el renombre de hermoso, y esposo de doña Juana de Castilla, única reina legítima y propietaria, será el primero que a ella el rico diamante traiga que engastado en su corona brille archiducado de Austria. Carlos quinto, invicto César, emperador de Alemania y de España primer Carlos, glorioso por sus hazañas, su hijo es aquél, que en la excelsa emperatriz soberana Isabel de Portugal dará otro Felipe a España tan segundo Salomón que a Dios le labrará casa que sobre todas las siete sea maravilla octava. A quien tercero Felipe, hijo suyo y de doña Ana de Austria, alemana deidad, seguirá, sancto monarca, cuya piedad, cuya paz y religión será tanta que arrancará de una vez la raíz que la africana seta por tantas edades prendió en su española patria, dando en la divina reina religiosamente sancta la Margarita de quien también el Austro fue nácar, la felice subcesión del cuarto Felipe, estampa tan de todos en la fe y devoción de la sacra Eucaristía, que ya que no le fabrique casa, católico Obededón, la trairá a su Real Alcázar, donde la oración continua y las continuas estancias de fe, devoción y celo, de la sin par Marïana, también águila imperial como nieta, hija y hermana de ínclitos emperadores, lograrán, reina de España, esposa y madre, el mayor consuelo en la mayor ansia pues será el segundo Carlos quien... No paséis de aquí hasta que adelantándome yo señas al peñasco haga para que viendo en qué parte Maximiliano en su alta cumbre deja, verse pueda reconocida la estancia, elegir la feliz peña que ha de merecer ser ara a donde alcance a adorarle en más medida distancia. No prosigáis, que ya llega el Sol de la mejor alba. Y lo que agora no véis después lo dirá la fama. Harto nos has dicho, pues nos ha dicho en sombras varias que siendo Maximiliano quinto nieto en la prosapia de Rodulfo y quinto nieto Carlos en la suya, es clara consecuencia de que quiere Dios que aumentándose vaya con católicos blasones por siglos y edades largas. Sale MAXIMILIANO ¡Ah de la cumbre del monte! ¡Maximiliano! ¿Quién llama? Tu padre soy. ¿A qué efecto, si me tienes a tus plantas? ¿Qué miro? Dame los brazos. Y en ellos la vida y alma. ¿Cómo para descender senda hallaste que con tantas diligencias busqué yo y no fue posible hallarla? No sé, porque sólo sé que sin ver quien me acompaña, me guía y me adiestra, me hallo como me ves, en la falda del monte tan descaecido y absorto, que en esa parda peña hube de recostarme sin saber lo que me pasa, más de que como entre sueños un joven vi de tan rara hermosura... mas ¿qué digo?, no sé nada, no sé nada. Yo sí, pues sé que tu fe y tu devoción te amparan a honor de ese gran misterio, y que él del riesgo te salva: llegad todos, llegad todos a ver maravilla tanta. Sale el SACERDOTE y FE, ESPERANZA y todos los villanos No es maravilla que Dios milagros en la fe haga de este alto sacramento. En hacimiento de gracias descubridle para que todos se echen a sus plantas. No, señor, que no es decente templo una desierta estancia el día que no disculpa la necesidad la falta del culto, y así es mejor le volvamos a su casa donde todos le adoremos en su sagrario y su ara colocado. Dices bien y pues nos trujieron ansias y lágrimas a este puesto adonde tan mejorada la pena se trueque en dicha y en ventura la desgracia, triunfante a su ermita vuelva. Y yo, señor, como guarda que he sido suya en el monte, a estos bandidos que andaban robando en él he prendido para que a su triunfo añadan más trofeos. Y a esta fiera que huyendo de la batalla salió, como Caridad que los viadores resguarda, también por despojo de ella le traigo al triunfo. ¡Qué rabia! ¡Qué angustia! ¡Qué sentimiento! Pues para que también haya memoria de tan gran triunfo la fe le ofrece una alta cruz en la cumbre del monte luego que el camino se abra, que sea inmortal padrón de esa religiosa hazaña. La esperanza ofrece que será de la ilustre casa suya el mayor patrimonio la devoción heredada de este alto sacramento, en cuya gran confianza fía que la subcesión que de aquel tronco se aguarda logre presto en posesiones de todos las esperanzas. Yo fío de Dios que sea sin que peligre en jactancia mi segundo vaticinio segundo blasón del Austria. Sube pues, sube al altar y haga la alegría la salva a los umbrales del templo. Sí haré, que si retirada el tiempo del sentimiento estuve, ya es bien que salga a la luz del sol. Lo mismo al Pensamiento le pasa suspenso en que tal prodigio ni el pensamiento le alcanza, y pues todas las virtudes se alegran con los que ensalzan las obras de Dios, repitan con todos en voces varias que su palabra mejora las horas y enmienda las almas, y así Caridad y Fe y Esperanza canten la victoria dándole la palma en loor del segundo blasón del Austria. Llegad, llegad, que ya está el sacramento en el ara. ¡Quién en su culto tuviera mil corazones, mil almas que ofrecerle! ¡Quién mil iras! ¡Quién mil rayos! ¡Quién mil rabias! ¡Quién mil lenguas para ques dijeran en su alabanza Cantando que su palabra mejora las horas y enmienda las almas. Y así Caridad y Fe y Esperanza canten la victoria dándole la palma en loor del segundo blasón del Austria. Si quid Dictum contra fidem aut bonos mores quasi non dictum et omnia sub correctione. Don Pº Calderón De la Barca.