Personajes EL DEMONIO EL GÉNERO HUMANO, de pobre LA SOBERBIA, de dama LA LASCIVIA, de samaritana LA GULA, de hostalera EL APETITO, de villano AFECTO PRIMERO, de judío AFECTO SEGUNDO, de galán AFECTO TERCERO, de bandolero AFECTO CUARTO, de romano EL PEREGRINO, de peregrino RAFAEL, de ángel y peregrino LA SIMPLICIDAD, de peregrino UN MENDIGO, de Lázaro llagado MÚSICOS Salen el Demonio y la Soberbia Déjame morir a manos de tan fieras, tan impías ansias que me dan la muerte y no me quitan la vida. Si de dos lides triunfante, una allá en la primitiva edad del hombre y otra acá en la adulta, te miras, pasando no solo en él sino en toda su familia, la original inociencia a ser actual malicia; si, vencidos sus afectos en la lucha de la hidra de siete humanos venenos, que son según el salmista mortales enfermedades del alma, ves su caída que a todos postra y a él destruye, uno que se libra, ¿te desesperas? ¡Ay, Soberbia!, que ese uno, a quien no rindan, o por desnudo mi saña, o por valiente mi ira, más que todo lo restante del mundo me desconfía, me acobarda, me estremece, me asusta y me atemoriza; y más con la novedad en que ofuscada estos días la plenitud de mi ciencia, no tan solo no averigua, mas no rastrea un portento, un pasmo, una maravilla, que hoy se halla en Jerusalén, donde hay uno que se exima por más que muchos perezcan. Novedad que a ti te obliga a dudar, ¿podré saberla? Sí, si yo puedo decirla. El Templo de Salomón, aquesa fábrica altiva que ni antes ni después hubo ni habrá otra que la compita, para su labor juntó —desentrañando las minas de sus más nobles metales y de sus piedras más ricas— inmensa copia, añadiendo de las eminentes cimas de los montes los preciosos árboles, en cuyas vigas la trabazón de las piedras, incorporada y unida a los diseños del arte, fuesen guardando las líneas. Entre estos, pues, materiales, vino un tronco de exquisita forma; tanto que ninguno se resolvió a distinguirla: tal vez parecía ciprés, palma tal vez parecía, y tal cedro, de manera que hecho un vegetable enigma de cedro, ciprés y palma, eran, siendo uno y tres, cifra de duración, muerte y triunfo sus tres colores distintas. No sé si diga, Soberbia, que no falta autor que diga que las tres formas tomó de no sé qué tres pepitas de aquella vedada fruta, que el ángel (cuya encendida espada de guarda está al Paraíso) dio un día a Set, hijo de Adán, y él, por ver lo que fructifican, plantó en el Líbano; pero como no hoy en esto estriban mis confusiones, es bien que pase por esto aprisa. Llegó a perfección el Templo, sin que en toda la obra sirva el raro leño, de suerte que, como a nada le aplican, vino a sobrar desechado entre otras caducas ruinas; de donde porque no inútil al trabajo se resista, pasó a ser puente al Cedrón, en cuya ocupación, digna de mal desbastado tronco, le halló la real profetisa del Oriente, cuando a ver —desde la atezada India de Sabá a la gran Sión— vino a Salomón, movida de la fama de sus ciencias. La cual —o docta o sibila— al poner en él la planta, le anuncia y le profetiza tan relevados misterios, que no tan solo le pisa, mas le venera. Con que más por lisonja que estima del vaticinio, quitado de ser paso, le retiran a ser desecho otra vez, por lo presto que se olvidan halladas honras acaso. Quédese aquí esta noticia dejándole envuelto en polvo, (¡ojalá fuera en ceniza!) y vamos a que del Templo las aguas que purifican los vasos en que las reses se inmolan y sacrifican, corriendo en sangre manchadas por minadas oficinas, para su desagüe han hecho —cubriéndole por encima de ovas, légamos y lamas— una balsa, que piscina se llama no como otras, por los peces que en sí cría, sino por la general de ser el nombre que explica o bien con pesca o sin ella, cualquier agua detenida, sin manantial, estancada, y sin corriente indecisa. Ésta, pues, a distinción de otras, por estar vecina a una puerta por donde entran los ganados cada día, la Probática se llama, voz, que en griego traducida del Betsaida hebreo, la puerta del ganado significa. Y siendo así que esta parte —como al culto se dedican mayormente los corderos— por la ocurrencia continua de ganado y Templo, es donde se hacen en su orilla los mercados, es también donde acude la codicia de los pobres: que el manejo del dinero facilita tal vez la limosna, más al que importuno mendiga porque pide en ocasión que no porque por Dios pida. En esta plaza, un día estando su gran concurso a la mira absortos, notaron todos que las aguas que tranquilas se conservaban, sin viento que las mueva, combatidas unas con otras chocaban poniendo pavor y grima, al ver que sin natural causa, sus espumas rizas por sí solas se moviesen tanto, que la cristalina superficie, que aire y sol, o al soplo que la ventila o al rayo que la acrisola, clara se mostraba y limpia, alborotando en su centro, la bascosidad que hundida había hecho poso, enturbiaba las olas, casi teñidas en la sangre que primero habían lavado ellas mismas. Pasmados quedaron todos, cuando un mendigo, a la vista de tanto asombro —quizá porque el Cielo se lo inspira— se arrojó al agua, a saber qué era lo que dentro había; y aunque no lo supo, supo que era virtud tan divina, que entrando herido y llagado, salió sin llaga ni herida. Viéndole tan milagrosa- mente sano, otros que había se arrojaron; pero a nadie la ignorada medicina aprovechó sino a él, mostrando que si benigna diese general salud como otros baños, podría atribuirse a secreto natural de alguna mina que hubiera cavado el agua, penetrándose estantía a azogue o azufre u a otro mineral de los que aplican las físicas experiencias y así quiso peregrina mantenerse en el milagro de ser solo uno el que alivia. Y no esta vez sola, pero cuantas veces se examina la moción (sin saber cuándo, pues no hay estación precisa para su prodigio), cobra salud el que, al ver movidas sus espumas, el primero se arroja a ellas más aprisa. Continuose el pasmo y viendo que de diversas provincias paralíticos, leprosos, mancos y cojos la asistan, ciegos y tullidos, se hizo labrar una hospedería de cinco pórticos, cinco entradas, cinco salidas que a los pobres en su espera para refugio les sirva. Aquí entra, Soberbia, agora la más fiera, más esquiva duda de mis dudas, no tanto porque se fabrica a fin de refugio cuanto por el sitio. Por tu vida que aquí no te me diviertas, que no es mucho en mis desdichas, pues yo me atrevo a contarlas, que tú te muevas a oírlas. Joaquín, aquel venerable noble anciano, rama invicta del gran tronco de Judá, y de la ilustre familia de David, esposo de Ana —del tribu y la casa misma—, vecino al templo y al lago con ella vivió hasta el día que de estériles la nota les hizo que se dividan, yéndose ella a Nazaret su patria y él a una quinta, donde en oración, día y noche, con tiernas lágrimas pías, su esterilidad lloraban. Oyó Dios sus rogativas y inspirados (quién lo duda pues se hallan y no se avisan) se encontraron en la Puerta Dorada; de cuya vista resultó que sus piedades —en su más helada y fría edad— consolase el Cielo con la más hermosa hija, en cuya perfección todas las perfecciones se cifran. En Jerusalén nació a esta laguna vecina, que ya dije que la casa de Joaquín con ella alinda, donde volvieron los dos a hacer maridable vida; con que entre otros atributos que mi horror la pronostica, no faltará quien la llame la Gran Jerosolimita. Dirás que qué importa que haya más en el mundo una niña para el misterio: ¡Ay soberbia! ¡Que ella es en quien más deliran de mi crítico letargo las mortales agonías!, pues en su feliz natal, entre otras señas festivas que observé en cielo y en tierra, —viendo a la Luna más limpia, más resplandeciente al Sol, a las estrellas más fijas, a las aves más sonoras, a las fieras más amigas, a las flores más lozanas, las fuentes más cristalinas, con mejor llanto a la aurora y al alba con mejor risa— una fue, y para mí ¡ay triste!, la más fiera, más esquiva: el misterio de las aguas, siendo por aquellos días su primer moción, mostrando que nacieron con María no solo el sol, luna, estrellas, aves, fieras, flores, linfas, la luz, la paz, el consuelo, el placer y la alegría, pero al pobre la esperanza de la salud y la vida. Con que resumiendo todas las cosas hasta aquí dichas: agua de sacrificados corderos en sangre tinta, baña un madero; madero, en quien unidos se miran palma, cedro y ciprés, como dándola la bienvenida, a una balsa de aguas muertas hace pozo de aguas vivas; sanar solo el diligente y quedarse en sus fatigas el perezoso; tener aun en su pereza misma esperanza y para ella un refugio que le admita; ser cinco sus puertas; ser a las puertas de María y aun de María en la casa, que no apócrifa lo afirma la pía contemplación de darla ella a la obra pía. Misterios son que aun a mí se me han perdido de vista. Y así no extrañes, Soberbia, dude, sienta, llore y gima, pensar que al Género humano —si en un anciano se cifra que entre esotros pobres yace de aquese lago a la orilla— le pueda dar la salud esa oculta maravilla que en sus entrañas encierra la Probática Piscina. Aunque no vagas, Luzbel, discurren tus fantasías vagas temen. Y pues ya en ti la letra se explica, explíquese en mí el misterio corriéndonos la cortina de las sombras de la historia la luz de la alegoría. De aquella pasada lucha —no importa que la repita— resultó que uno te venza pero no que uno redima por entonces los afectos, a quien tu ambición derriba, dejando al Género humano de dura fiebre prolija torpe y impedido; y que unos y otros se dividan a la experiencia de ver si alguien restaura y alivia los no sensibles achaques de aquella salud perdida, que en él y en ellos causó el golpe de la caída. Aquí quedamos. Y yo, primer cerviz de la hidra, como hermosura y soberbia son casi una cosa misma a la representación que allá quedó introducida, de la hermosura tome el papel. Y así, imagina, siendo vaguidos mis males que me train desvanecida, que en mí, Luzbel, una dama ves tan vana y tan altiva, que escándalo de los hombres, la llaman por lo homicida la pública pecadora, no por costumbres indignas, —que no es en la hermosura liviandad la bizarría— sino por la vanidad de ser de todos bien vista. Mi Afecto, que vio arrastrar su púrpura, por la esquiva condición del judaísmo, siempre bronca y siempre arisca, su papel tomó; y, porqué se explique más entendida la metáfora, pasemos desde el oído a la vista. ¿Qué ves allí? Al Pueblo Hebreo, que en todo a su afecto imita. ¿Qué hace? Soberbio y furioso, con ceño, arrojo y mohína, —dando a entender que es su achaque furor que el juicio le priva— habla con el que fue antes el Afecto de la Ira. Y ahora, aunque goza romanos fueros, sangriento israelita, como ella es sangre inflamada que al corazón se retira, mal de corazón parece que le aflige, y… No prosigas, sino óyelos y sabrás a qué luz, quién son, divisan, porque lo han de entender todos, sin que nadie se lo diga. Salen el PRIMERO AFECTO, vestido a lo judío, y el CUARTO a lo romano. No me consueles, que todas cuantas ciencias, aprendidas de Gamaliel, estudiaste, no bastan a que reprima mi altivez un sentimiento que en mí rencorioso lidia. ¿De qué nace? En una idea, me acuerdo de que vi un día, de mi Soberbia arrastrada, la sacra púrpura tiria, con cuya sombra concuerda oír que hay en mi monarquía un recién nacido infante, que reyes buscan y estiman para ofrecer a sus plantas dones de oro, incienso y mirra, como anunciándole Dios el incienso que humo espira, hombre la mirra que amarga y rey el oro que brilla. De ellos lo sé y no sé dél, con cuya vaga noticia es fuerza que mis delirios me atormenten y me aflijan, creyendo que mi Soberbia a nuevo imperio se rinda. Si recién nacido temes rey, que intruso solicita crecer a quitarte el reino, y dónde está no averiguas, al materno pecho, a cuantos infantes hay, la nativa blanca sangre vuelva roja el filo que se la tiña. Y cuando no de tan fiero espectáculo consigas tus seguridades, yo seré quien después persiga, ya con la espada en la mano ya en la voz con la doctrina, en defensa de tus leyes a cuantos su bando sigan. Bien me aconsejas; hoy muera quien niño me atemoriza, después quien joven me espante. Muera, y tu pueblo repita el pregón de tu decreto diciendo en voces altivas: muera el Niño Rey que reyes humilla,… Dentro las músicas Muera el Niño Rey que reyes humilla,… …y el gran judaísmo reine, triunfe y viva. …y el gran judaísmo reine, triunfe y viva. Viva, y una y otra vez la voz repita… Muera el Niño Rey que reyes humilla y el gran judaísmo reine, triunfe y viva. Vanse los dos Bien hacen los dos papeles de la Soberbia y la Ira. Y no menos bien allí mal calzada y peor vestida —ciega interior pues no ve los áspides en que pisa— hace una samaritana el papel de la Lascivia; pues mostrando que su antojo y no su interés la vicia, contenta y pobre por agua va, sirviéndose a sí misma; que quien peca por tarea sin propio amor de su estima, tendrá siete que la amen y ninguno que la sirva. Sale la Lascivia cantando con un cántaro Cada vez que al pozo mi pie camina, más que mi cantarico, mis ojos brindan. Camina al pozo, más que mi cantarico brindan mis ojos. Agua, galanes, fresquecita al cierzo de mi buen aire. Sale tras ella, divertido leyendo un papel, el Afecto 2.º ¿Quién es que entre sí hablando, ni a la voz de la armonía ni a la luz de la belleza, pasa sin verla ni oírla? ¿Quién quieres que tan hinchado y hidrópico sus delicias tengan, sino al siempre sordo Afecto de la Avaricia? Un publicano es que a nadie oye aunque a su oído digan… Cada vez que al pozo mi pie camina, más que mi cantarico, mis ojos brindan. ¡Mal haya voz que divierte el avanzo que venía haciendo! ¿Cómo os pasáis, sin reparo en voz ni vista? Pues ¿qué cuenta con vos tengo que ajustar yo? ¿No podía ser que la sed os moviese aun ver que sin la agua fría Cantado más que mi cantarico mis ojos brindan? No señora, que mi sed nace de otra hidropesía. Aunque sea de oro, Cantado más que mi cantarico brindan mis ojos. Id, adiós, que me estorbáis otras cosas más precisas. Otro habrá que con vos hable y que de beber os pida con otra sed. Id, adiós, porque la dama más linda de mí no ha de ver un real. No por este se diría… Cantado Agua, galanes, fresquecita al cierzo de mi buen aire. Vase Por cuenta del sacro erario, que en mi poder deposita, para el Hospicio, esta letra la sinagoga me libra. No es bueno que con ser suyo el dinero que me envía a pedir, cuando le lleva, parece que me le quita. Pero qué mucho, si solo el verle, es cosa sabida, que el dinero, aunque sea ajeno, hace en casa compañía. Y quería — quien lo duda que es cierto que lo quería— la otra que yo se le diera porque licenciosa diga: Canta dentro [LASCIVIA] y él se va, repitiendo lo que canta. Cada vez que al pozo mi pie camina, más que mi cantarico mis ojos brindan. Sale el Afecto tercero vestido de bandolero oyendo la voz y siguiendo al AFECTO 2.º Aunque la voz de la que amo me persuade a que la siga, al publicano primero seguiré por si, por dicha, ocasión de introducirme —sirviéndome a mí de espía— tuviese con él, y ver cómo en su casa podría entrar una noche, donde le quite el oro y la vida. Y así, perdone por ahora la voz por más que repita… Dentro cantado. Agua, galanes, fresquecita al cierzo de mi buen aire. Vase ¿Quién es quien le va siguiendo? ¿Tal preguntas? ¿Quién querías, que inquieto con el veneno de una víbora nociva que le está royendo el alma, tan sobresaltado siga al poderoso sino el Afecto de la Envidia? ¿De la Lascivia en la lucha este no lo fue? ¿Y quién quita que un Afecto tenga dos vicios?, pues que no se implican ladrón y lascivo, y este, capitán de una cuadrilla de bandidos, desde el monte va y viene con la codicia de robar los publicanos en la ciudad. ¿Dónde habita, que se atreven a albergarle sin temor de la justicia? En la casa de la Gula, una adúltera perdida que mujer del Apetito, de sus brazos le desvía y sin él no solo come y bebe, mas hace y guisa viandas para cuantos vicios se albergan en su hostería. Bien ser la gula en comer sin apetito se indicia. Y mejor en ser sus penas mortales aplopejías. ¿Dónde vive? Una objepción de tus dudas se origina que es bien salvarla. ¿Qué es? Que lo que sabes te diga. ¿Ignoras tú los que hicieron papel de Soberbia y Ira, Lascivia y Envidia? No. Mas gusto que lo repitas porque las cosas mal hechas me agradan hechas y dichas. Bien está, y porque también te agraden vistas y oídas, de la casa de la Gula oye el estruendo y la grita, Dentro instrumentos y voces. y mira cómo a la puerta ella al que pasa convida. Sale la Gula y otro cantando y bailando. Canta A la casa de la gula, pasajeros de la vida, que aquí está el placer, el contento y el gusto: que vaya de baile, de fiesta y de gira. A la casa de la gula, pasajeros de la vida que aquí está el placer, el contento y el gusto: que vaya de baile, de fiesta y de gira. Canta Todos los vicios del mundo a perder su dueño tiran, pues no hay soberbia que no viva en el mundo mal quista. La avaricia hace enemigos si no gasta y desperdicia y aunque hace amigos es toda achaques la lascivia. Al peligro a cada paso dispuesta vive la ira y ¿qué mayor que el que lleva siempre consigo la envidia? La gula es la que regala, la que entretiene y alivia, la que agasaja y divierte, la que alegra y vivifica. A la casa de la gula, pasajeros de la vida, que aquí está el placer, el contento y el gusto: que vaya de baile, de fiesta y de gira. Vanse. Si del gran Género humano, Luzbel, cada afecto miras tan con su achaque que no hay, aunque insensibles los finjan, quien no le tenga. Si todos de su culpa se originan y aunque sane uno, que ajeno de humanos afectos viva hasta sanar él, no es —por ser su llaga infinita— posible que sanen ellos. Si él en una vil camilla en que le echó su pereza tan miserable declina que envejecido en su culpa ni habla, ni alienta, ni espira; tanto que aunque ellos pretendan —cuando acercarse imaginan la moción que por las Pascuas suele ser la más continua— correr al agua, no llegan a tiempo ¿qué desconfías? ¿Qué temes? Pues no es posible, no habiendo hombre que le asista, que él por sí ayudarse pueda. Y porque mejor lo diga, vuelve a verle donde yace en la ya caduca y fría edad, tan pobre y tan solo, que no hay otro que le asista sino su Apetito, que es el vicio que con la vida solo acaba. Un «job» semejan sus miserias y desdichas. Y aun sus palabras parece. De aquí podemos oírlas. Descúbrese en un carretón el GÉNERO HUMANO, viejo y pobre, y el Apetito, de pobre también, durmiendo junto a él. Perezca, Señor, el día en que a este mundo nací, perezca la noche fría en que concebido fui para tanta pena mía. No rompa su tenebrosa niebla el sol, pálida y fea, del alba la faz hermosa; amarga, caliginosa obscuridad la posea. La aurora tan macilenta salga llorando mis daños que, de la memoria exenta, no haga número en los años ni entre en los meses en cuenta. Mas, ¡ay, Señor!, no enojado os tenga la queja mía, que no de desesperado os maldigo vuestro día, sino en él a mi pecado. Bien la desesperación enmendó. Oírle no quiero. Ni yo, que mi presunción no ha de acordarme que muero a manos de su aflicción. ¿No sabes lo que he pensado? ¿Qué? De pobre disfrazado —pues nadie lo es más que yo— ir al lago, con que no podrá nadie adelantado a mi suma agilidad gozar de aquella piedad. Pues como yo al agua me eche, ¿a quién habrá que aproveche su cura? Vase A mi vanidad podrá ser, que cuando siento que se va el agua a enturbiar en sangre, vivo y aliento creyendo que he de sanar de mi desvanecimiento. Vase Apetito, de aquí vamos. No mos despierte, que estamos durmiendo. ¿Ahora duermes? ¿Que es ya mediodía no ves? Pues si es mediodía, comamos. Aún no ha amanecido y ¿ya comer quieres? Bueno va. Pues ¿cómo si todavía no amaneció es mediodía? ¡Qué necio! Quién compondrá los relojes de los amos, que tan borrachos los vemos que el mediodía miramos, que es para que despertemos y no para que comamos. A aquella parte procura acercarme por si viene el ángel cuya luz pura, aunque no le vemos, tiene a cargo suyo la cura de tantos pobres. Si estás tan impedido que, al ver mover las aguas, jamás pudiéndote tú mover, paso en tantos años das; si es pedir la mano en vano pues no hay nadie que a tu afán se duela, que a un pobre anciano todos de mano le dan y nadie le da la mano; ¿a qué fin tu voz mandó que me muela en acercarte, siendo así, Señor, que yo si baste para arrastrarte, para levantarte no? Quizá así lo facilito. ¿Cuándo? Cuando solicito acordar a mi vejez que no es la primera vez que me arrastra mi Apetito. Si ha de ser, vamos de aquí, pero pidiendo por si el breve espacio que andamos con un piadoso encontramos. ¿Quién se ha de doler de mí? Tira del carretón y va andando con él ¡Su santa limosna den, nobles caballeros píos de la gran Jerusalén, si pobres judíos se ven, para estos pobres judíos! [Dan vuelta al tablado] Duélanse de ansias como estas, así Dios libre sus días de preguntas y respuestas y de malas compañías y más si escribieren fiestas. Deja tan necio clamor, que a Dios no se ha de pedir de esa manera el favor. Pues, ¿cómo se ha de decir? La música dentro, en el carro del soportal Misericordia, Señor. Como dicen los que están esperando que su afán temple del agua el rumor: Misericordia, Señor. Como acercándose van las Pascuas, y suele ser la cura en ellas, veloces piensan los cielos romper los pobres con esas voces. Bien piensan, que no hay poder que pueda romper mejor sus candados que el fervor del canto bañado en llanto y más cuando dice el canto… … misericordia, Señor. ¿Sabes lo que he reparado? ¿Qué? Que todos tus afectos, la voz habiendo escuchado, esperando sus efetos a la piscina han llegado, y entre los pobres se ven en uno y otro portal como que de espera estén. No hay nadie que viva mal que no quiera morir bien. Cualquiera siente el dolor que le atormenta interior y, pues ya de aquí se ven, decir con todos es bien… … misericordia, Señor. Ábrese el carro y, en lo bajo del que estará pintado como pórtico, se ven recostados el Demonio de pobre, la Soberbia, la Lascivia y la Gula, y los cuatro Afectos y los músicos, de mendigos todos ¿Quién creerá que mi rencor esté entre quien pide aquí misericordia y favor? El abrasado furor de aquel loco frenesí de pensar que otro rey viva, tanto de juicio me priva, que cura al delirio intento. Para el desvanecimiento de mi vanidad altiva, he de ver si alivio adquiero en estas aguas. Del fiero dolor, que en el corazón es mortal inflamación del alma, sanar espero. Para la ceguedad mía he de ver si hay claro día. ¡Oh, si venciese el veneno del áspid que abrigo al seno! ¡Quién la fiera hidropesía de su avara sed templara! ¡Quién sus excesos curara! ¿Quién al Apetito viera que matara el hambre y fuera la Gula la que matara! Entre una y otra agonía, exterior se deja ver sola la miseria mía. Eso es por dar a entender la letra y la alegoría, y pues de nuestro dolor —ya interior o ya exterior— en cuerpo y alma esperamos la salud, todos digamos.… …misericordia, Señor. Para vencer el disgusto de tanto infestado susto como causó el error mío… … llueva el cielo su rocío, dennos las nubes al Justo. Amanezca el resplandor que el Sol de justicia encierra; y para verle mejor… …abra sus senos la tierra, y produzga el Salvador. De aquella blanda quietud del limbo esta multitud el canto aprendió, en que dijo: danos, Señor, a tu Hijo, envíanos la salud. Envíanos el candor que Intacta Concha contiene, a quien diga nuestro amor… …bendito sea el que viene en el nombre del Señor. Suenan las chirimías y ábrese el otro carro, y vese en lo bajo de él un estanque, pintadas las ondas sin moverse, y en lo alto una nube, abriéndose, y baja cantando el ángel con una vara en la mano de oro. Y como canta se van durmiendo los afectos menos el Demonio, el mendigo, el Género humano y el Apetito, que se suspenden a la voz Canta Bendito, y bendita la cándida aurora del sol celestial que del alto zafir a la tierra, esparciendo sus rayos, feliz hace el día en que el hombre es feliz. A darle salud, moviendo las aguas que tanto misterio incluyen en sí, —como salud Rafael se interpreta— a mí, Rafael, me toca venir. No desasir del cielo desdeñes, ¡oh nube!, las hojas de rosa y jazmín, [Bajando] que hacia casa vas de María, y cielo por cielo, el terrestre es allí. Ya sabes la senda que no es la primera jornada al albergue de Ana y Joaquín, pues al natal de María, ¿qué hicimos los ángeles más que bajar y subir? No menos agora en nosotros se vea aquella obediencia, supuesto que aquí en esas sagradas espumas dos sombras de dos sacramentos se ven asistir. Bautismo es el agua, y el agua del llanto la Penitencia, mostrando que a un fin, Penitencia y Bautismo al que yace doliente le ven volver a vivir. [Llega] No exceta personas, que ser uno solo el que convalece, es en lejos decir que muchos serán los que se han de llamar y pocos serán los que se han de elegir. Bien lo muestra venirse buscando los más la salud y dejarse rendir. ¡Mal dispuestos Afectos del hombre!, ¿venís a sanar y a dormiros venís? Dichoso el que vela, pues él el primero verá perspicaz, veloz y sutil, que a esta vara obedecen las ondas, bien como tal vez se vio en Rafidín. Toca con la vara las aguas y muévense las ondas Y si heridas entonces corrieron en puros cristales, no menos aquí en puros corales movidas se vea que más que el candor es puro el carmín. ¡Despertad, dormidos Afectos, que ya la moción se empieza a sentir! ¡Despertad, que no se da el premio al perezoso, al próvido sí! ¡Despertad, despertad y a las aguas volad, corred, llegad, venid! ¡Despertad, que no se da el premio al perezoso, al próvido sí! Vuelve a subir la nube con esta repetición, y quédanse moviendo las aguas y desaparece el ángel. El Demonio quiere esforzarse y no puede, y el mendigo se adelanta. Va a detenerle el Demonio y, no pudiendo asirle, despierta el segundo Afecto y hállase abrazado con el Demonio; y el mendigo pasando al carro del estanque pasa por las ondas, yéndose por encima de ellas Las aguas mover se miran, mas alentarme no puedo: ¿No hay un hombre que me ayude? [El Demonio quiere esforzarse y no puede y el mendigo se adelanta] Yo he de arrojarme el primero. No harás tal. Mas ¿quién impide la agilidad de mi aliento? ¡Detente! Va a detenerle el Demonio y no pudiendo asirle,…] Desnudo voy, ¿de qué has de asirme? El concepto cumplió la lucha, mas yo buscaré de qué. […despierta el segundo Afecto y hállase abrazado con él. Y el mendigo pasando al carro del estanque, pasa por las ondas, yéndose por encima de ellas] ¿Qué es esto? Es para cumplirse, ¡ay triste!, de otra parábola el texto: ir a tener un mendigo y dar con un avariento. [Despiertan todos y levántanse, y ciérranse los carros] Hanse movido las ondas. Todos perdimos el tiempo, vosotros por flojedad y yo por impedimento. ¿Quién fue el dichoso? Un mendigo, llagado, mísero, enfermo, a quien con mejor salud, ya de esotra parte veo de las ondas de la vida. Por encima de mí, ¡cielos!, pasó el que ya miro sano, cuando yo, rico avariento, envidiando estoy sus dichas. No hay palabra sin misterio… …ni afecto sin agonía. ¡Qué furor! ¡Qué sentimiento! ¡Qué pena! ¡Qué ceguedad! ¡Qué rabia! ¡Qué desconsuelo! ¡Qué ansia! Si todos sentís tan en particular vuestro mal, ¿qué haré yo, que en común todos los de todos tengo? ¡Qué has de hacer, pobre, caduco, inútil, mísero viejo!… ¡Qué has de hacer, pálido estrago de la fortuna y del tiempo!… ¡Qué has de hacer, aborrecido asunto del universo!… ¡Qué has de hacer, infame aborto de la vida!,… …¡vil desprecio de la gran naturaleza,… …baldón de la tierra y cielo,… …ojeriza de los hombres,… oprobio, en fin, de sí mesmo… …y de todos!,… …y amo mío, que es peor que todo eso,… …sino sentir como yo estos delirios que siento,… …y como yo padecer los furores que padezco,… …cegar de mis ceguedades,… …morir de mis desalientos,… …fallecer de mi sed y hambre,… …reventar de mi veneno,… …rabiar de la saña mía. Eso y mucho más merezco; pero acordaos que fui algún día vuestro dueño. Dueño que al riesgo nos puso y no nos sacó del riesgo, sienta,… …gima,… …llore,… …pene… …ansias,… …fatigas,… …tormentos,… …como, al fin, tronco y raíz de todos los daños nuestros. Vanse Hasta perderle erais suyos y perdidos sois ajenos. Esas las batallas son del Hombre y de sus Afectos. ¡Ay, infelice de mí!, ¿qué haré en tantos desconsuelos? Lo que yo: desesperar de una vez de los remedios. ¡Oigan el diablo del pobre! ¿Quién le habrá metido en esto? Y pues impedidos ambos nunca llegamos a tiempo, ya que aquese misterioso lago no es asilo nuestro, sea nuestra ruina, en él muramos. Aun para eso no me queda facultad. Yo te ayudaré poniendo tu caduquez en mis hombros. ¿De manera que hombre tengo que ayude para mi daño y no para mi remedio? Ven. Vale a dar la mano Tente. ¿Por qué? Porqué no me está bien tu consejo; que quien no me dio la mano cuando la estaba pidiendo para el reparo, no es bien que me la dé para el riesgo. Pues, ¿qué has de hacer? Fiar de Dios, que su poder es inmenso y podrá darme salud. Tarde o nunca será, puesto que tarde o nunca a esas aguas llegará tu edad. Es cierto, mas sin esas aguas puede dármela de quien la espero. ¿Con qué? Con quererla dar. Sí, mas ¿cuándo será eso? Cuando sin moverlas diga quien la mueve en otro acento… Ángel y música dentro Gloria a Dios en las alturas… Gloria a Dios en las alturas… …y paz al hombre en el suelo. …y paz al hombre en el suelo. ¿Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en el suelo? Ya otra vez de aquestas voces turbado quedé y suspenso. Bien como yo absorto. ¡Cuál el pobre diablo se ha puesto! Salen el Peregrino, el ángel, y la Simplicidad vestidos de peregrinos todos Ya, Señor, que peregrino discurres el universo y la salud de los hombres te tray al aire y al yelo, cansancio, hambre y sed; bien yo, que la salud me interpreto y que soy de los caminos la guía —dígalo el texto del peregrino Tobías— asegurándolos vengo—. Ve delante, Rafael, pues en ti explicado veo ser yo camino y salud y tú, mis pasos siguiendo, ven, Simplicidad, tras mí. Claro está que yo no tengo —siendo la sinceridad— otro tras quien ir, que lleno está el mundo de bellacos con quien yo ni voy ni vengo. ¿Dónde, Rafael, me llevas, ya que guías? ¿Dónde puedo, si soy camino y salud, sino a visitar enfermos? Sábado es hoy, día de fiesta. Para obras pías se hicieron y santificar a Dios. U díganlo los barberos, que por milagro se ve día de fiesta uno en el templo. Aqueste es el hospital. Sus paredes reverencio con el cariño de ser el solar de mis abuelos. Extranjeros peregrinos, (¡cuán a mi pesar me aliento y más al ver no se qué vislumbre a que me estremezco!) si venís buscando cura hoy a los achaques vuestros, que no dudo los tengáis como todos cuantos vemos llegar a aquestos umbrales,… Cumplió Isaías su texto de tenerle por leproso. …bien podéis por hoy volveros y por muchos días, que ha poco que las aguas se movieron y habréis de esperar a que quieran otra vez, que el Cielo tan tasados los favores da a los míseros que el tiempo regatea a la esperanza. Hablaste como tu mesmo. Si ya no es que ser queráis, sus lástimas padeciendo, güéspedes de esotros pobres. No tanto a curarme vengo propios males cuanto a hacerme cómplice de los ajenos. Más que a cobrar la salud, vengo a darla. ¡Bueno es eso! ¿A dar la salud? ¿A quién? A quien me pida el remedio. A visitar a los pobres vengo para su consuelo. Eso vaya. Pero ¿¡a dar salud!? Sí. ¿Cómo? Comiendo. ¿Quién le mete en preguntar tanto a un pobre? Ha dado en eso. ¿Qué enfermedad tiene? Sarna, según está a azufre oliendo. Discurramos por las salas. Cinco son. ¿Y qué habrá en eso? Yo lo diré, que para este basta cualquier simple ingenio. Las cinco letras del nombre de María, pues que vemos que en las fundaciones siempre ponen sus nombres sus dueños. M: Madre de los Pobres, A: Amparo, y R: Remedio. I: Intercesora, y la otra A: Abogada, conociendo que Madre de Dios y Madre de pecadores, a un tiempo Abogada, Intercesora, Remedio y Amparo es nuestro. Calla, calla, que eres simple. Tú, tiñoso. En cuanto os veo, lástima me dais, anciano. Seréis, Señor, el primero, que la ha tenido de mí. ¿Cómo? A nadie compadezco. ¿Qué tanto ha que enfermo estáis? Si con mis ansias lo cuento, cinco mil y tantos años; si con la verdad del puesto, treinta y ocho ha que lo estoy. Aun el número es misterio. ¿Qué misterio puede ser si es un número imperfecto, que no consta de denarios y debiera para serlo? Cuarenta días, Moisén, conversando estuvo al Cielo para recibir la Ley; cuarenta de Elías el celo ayunó para alcanzar el viático alimento del subcinericio pan; y cuarenta, en fin, hambriento se vio otro para vencer en las luchas del desierto. Bien me acuerdo, ¡ay infelice!, y aun de tus señas me acuerdo; pero ¿qué tiene que ver el número a todo eso? En Moisés se significa la ley. Sí. Bien como luego en Elías los profetas y en el otro, el Evangelio. Evangelio, profecía y Ley. En dos tablas vemos a preceptos reducidos y a dos los demás preceptos: ama a Dios más que a sí y ama al otro como a sí mesmo. La Caridad, que es amor, llena la Ley, cuyo efeto consta de dos: el amado y el que ama. Luego añadiendo al número treinta y ocho, que es el número imperfecto de su dolencia, los dos que son los de su remedio, a la imperfección de aquel dando la perfección destos, harán cuarenta, en que están Ley, profetas y Evangelio. Y porque mejor lo veas, ¿cómo, dime, en tanto tiempo nunca te has adelantado, Hombre? Como hombre no tengo que me dé la mano y yo por mí ayudarme no puedo, que es infinito mi mal y, sin infinito medio, no sana un mal infinito. ¿Quieres ser sano? ¡Eso es bueno! ¿Qué enfermo no ha de querer ser sano? Oye y calla, necio, que nada hay de más. ¿Por qué? Porque hay sacramento en esto, y, para darse, han de ser pedidos los sacramentos. ¿Quieres ser sano? ¡Responde! Claro está, Señor, que quiero. Pues hombre tienes. La mano me da. ¡Levanta! ¡A buen tiempo! Cuando no inquietas, las ondas no sanan. ¿Qué importa eso? Que el Hombre que tiene el hombre, después de hecho carne el Verbo, como Hombre le da la manos y como Dios el remedio. ¡Toma tu lecho y camina! Levántase el Género humano Primero a tus plantas puesto —convalecido de tanto gravamen, Señor, y absuelto de impedidas ataduras— una y mil veces las beso, repitiendo en tu alabanza, como en humilde hacimiento de gracias, tus mismas voces… Y todos te ayudaremos. Cielo, sol, luna y estrellas. Cielo, sol, luna y estrellas. Agua, aire, tierra y fuego. Agua, aire, tierra y fuego. Hombres, aves, peces, fieras. Hombres, aves, peces, fieras,… …aclamad todos, diciendo… …aclamad, todos diciendo… …que el Hombre que tiene el hombre, después de hecho carne el Verbo, como Hombre le da la mano y como Dios el remedio. ¿Hombre y Dios? Pues ¿cómo?, ¿cómo, sin que mi saber supremo de su Encarnación alcance el cuándo se obró el misterio? ¿Qué nieblas puso en mis ojos Dios aquel punto? ¿Qué velos, que ni entonces le diviso ni agora le comprehendo? Pero no, no desconfíe, pues aún quedan sus Afectos heridos de sus achaques. Todos sanarán bien presto. Si han de esperar a las ondas y uno a uno, por lo menos lejos tienen la esperanza. Ni está en las ondas ni lejos, pues ni ellas se moverán más, ni les faltará a ellos mejor cura. ¿Mejor cura, cesándoles el consuelo de ese probático lago? Sí, cuanto va de bosquejos a matices y de sombras a luces. ¿Cómo? Teniendo salida deste Refugio para hospitales que nuevos labrará la caridad. ¿Dónde? Más, dígalo el tiempo. Yo estaré a la mira dél, pues a la deste portento no me sufre el corazón estar. Revista en mi aliento nuevos espíritus, ya que el Hombre sanó, el infierno, en el siempre amotinado batallón de sus Afectos, que le vuelvan a enfermar. Vase La enseñanza contra eso es: toma el lecho y camina. ¿No me basta ir sano y bueno, sino llevar el testigo de mi mal? No, porque quiero mostrar que no ha de dejarse prenda al pecado, teniendo a que volverle la cara; y así el miserable lecho que fue tu pereza, al hombro has de llevar, oponiendo a pereza diligencia. Verás que en todo obedezco. Carga con el lecho Pues llévate el carretón, que también es prenda, puesto que para no bribonear no quiero servir. ¿No es eso… Pues ¿qué? …otra seña de que va convalecido? ¡Cielos! ¡¿Yo con salud?! ¡¿Yo con vida, con fuerzas y con aliento?! Hijas de Sión, cantad la gala a este fuerte, bello David del gran Goliad de mi pecado, diciendo… …que el Hombre que tiene el hombre, después de hecho carne el Verbo,… Salen, por una parte, oyendo con suspensión, la Soberbia, y por otra el Afecto primero …¿que el Hombre que tiene el hombre, después de hecho carne el Verbo?,… …como Hombre le da la mano y como Dios el remedio. …¿como Hombre le da la mano y como Dios el remedio? ¿Qué confusas voces son estas que alteran el pueblo? ¿De qué causa nacerán estos confusos acentos? Mas, ¡qué miro! Dime, aleve transgresor de la Ley… (Pero, pues que mi Afecto ha llegado, él lo averiguará.) …siendo sábado hoy, ¿cómo trabajas llevando al hombro ese peso? Como el que me dio salud me lo mandó así. ¡¿Qué veo?! ¡¿Tú con salud?! ¡¿Tú con vida, cesado ya el movimiento de las aguas?! Pues ¿quién pudo convalecerte tan presto? Ese joven Peregrino, que como dicen los ecos… …como Hombre me dio la mano y como Dios el remedio. Vase ¿Qué peregrino es quien tuvo sobre tanto mal imperio? ¿Eres tú quien dio salud a ese miserable viejo, cómplice de su pecado en quebrantar el precepto de la fiesta? Si en la fiesta se te cayera un hijuelo en un pozo, ¿le sacaras? Sí sacara. Ya con eso respondí: la buena obra no se opone al mandamiento. ¿Y en virtud de qué tan grande prodigio obras? De mí mesmo. Pues ¿quién eres? Soy quien soy. ¿Tu nombre? Emanuel. Sospecho que se interpreta… ¿Qué? Dios es con nosotros. Y es cierto. ¡Buena vanidad! ¿De dónde eres? De mejor Imperio. Superior patria es la mía. Pues siendo así, saber quiero con qué pasaporte vienes, peregrino y extranjero, a estas provincias. Aquí hartos testimonios tengo. Abre una caja y saca de ella los papeles que va dando De sus pláticas pendiente, al oírle me suspendo. ¿Cúyo es éste? De Isaías. Lee «Varón de dolores siendo le vimos». ¿Tú de dolores varón? A padecer vengo. De Jeremías es éste. Lee «Irá cual manso cordero, sin balar, al sacrificio». De esa manera lo ofrezco. ¡Qué misteriosas palabras sobre qué amoroso aspecto! Daniel: Lee «La piedra es labrada sin manos». Sin obra es eso de varón. ¿Y este? Habacuc. Lee «Del austro vendrá el Rey nuestro, del monte Farán el Santo». De Farán y el austro vengo. ¿Del austro y Farán el Rey y el Santo es? Pero escuchemos. ¿Cúyo es este? De David. Lee «Este es mi Hijo Verdadero en quien yo me complací». No quiero ver más y aun estos no quisiera haberlos visto, que por falseados los tengo, pues todos son testimonios del Mesías que yo espero, siendo así, que no han llegado en los cómputos del tiempo las semanas de Daniel, ni hoy en tu venida veo el horroroso aparato de relámpagos y truenos con que le espera Isaías. Es segunda vez viniendo a juzgar por fuego el siglo. ¿Luego quieres, según esto, darme a entender que el Mesías eres? Tú lo dices. ¡Bueno! Pues si eres de David hijo… ¡Atención importa en esto! …según este testimonio que traes, ¿cómo añades luego, que el Mesías eres —que Hijo ha de ser de Dios— supuesto que de Dios y de David implica el que puedas serlo? Como también dice en este Da otro memorial David mesmo de mí mesmo: Lee «El Señor a mi Señor le dijo: “A mi diestra asiento toma, hasta que a tus pies ponga a tus enemigos, siendo escabelos de tus pies”». Pues si en esa parte vemos llamarme su Hijo y en esta su Señor, discurso es cierto que en esa habló como padre, de quien humano desciendo, y en esta como vasallo, sobre quien divino reino. Con que divino y humano vienen a concordar esos dos testimonios. Y más cuando el de humano te ofrezco y resguardo el de divino porque vea el universo, al ver que entrego lo humano y lo divino reservo, que como divino triunfo y como humano padezco. ¡Ay de mí! ¡Que a esta razón qué responderle no tengo! Con ser todo el Judaísmo de mi soberbia el afecto, a su argumento turbado, absorto quedó y suspenso. Y aun yo y todo. Tú no tienes en esto qué hablar. Sí tengo si hago lo que otros. ¿Qué es? Murmurar lo que no entiendo. Contra esa razón, si cuando, más perturbado el ingenio, ofuscada la memoria, confuso el entendimiento, voy a responder y dudo, voy a argüir y no encuentro con las palabras. Y si, cuando torpe me enmudezco quiero apelar a las obras, yendo a enfurecerme, tiemblo. Pero yo me cobraré para concluirte, haciendo experiencias que me digan si son o no verdaderos los testimonios que rompo, pues que no los obedezco. Vase rompiendo los memoriales ¿Qué Peregrino, ¡ay de mí!, es el que vence mi Afecto? Tanto, que de mí olvidada, de mí, ¡ay de mí!, no me acuerdo, y, entre admirada y absorta, a los vaguidos del cierzo de la flor de mi hermosura tan desmayada fallezco, que no sé, ¡ay de mí!, no sé si vivo, o si…! >Cay a sus pies como desmayada ¿Qué es aquesto? ¿Qué ha de ser más que a tus pies dar mi desvanecimiento? El Afecto me has vencido, Señor, con tus argumentos tanto, que la vanidad, que fue escándalo soberbio de mi vida, hoy a tus plantas del viento ruina se ha vuelto. Mas ¿cuándo desvanecidas en luz, relámpago y trueno, vanidades de hermosura no fueron ruinas del viento? A ellas no solo, Señor, postrada me arrojo, pero con mis lágrimas las baño y enjugo con mis cabellos, donde humilde te suplico, donde rendida te ruego, tengas lástima de mí que… Mas ¡no puedo!, ¡no puedo proseguir! Y pues las voces son suspiros y no alientos, entiende tú al corazón los idiomas del silencio, que con haberte creído Hombre y Dios, salud espero de los delirios con que hice fantasioso aprecio de ser soberbia hermosura; cuyos locos devaneos, de mi amor propio a tu amor pasando, serán trofeos de tu pie en mi vida, como de tu dotrina en mi Afecto. ¡Oh, cuánto en mí puede el llanto! ¡Levanta, mujer, del suelo! Perdonada estás. Al levantarla en los brazos, sale el Demonio ¡Soberbia! ¿Dónde…? Mas ¿qué es lo que veo? Cumplido. ¿Qué? Que el que al pobre supo sacar del estiércol, supo exaltar al humilde y derribar al soberbio. Pues si eres profeta, ¿cómo no sabes que ese portento… Luego ¿faltará quien haga el papel del fariseo? …que tocan tus brazos es el más familiar veneno de la vista y del oído? A sus lágrimas atiendo, no a sus culpas, quien más ama, más perdona. ¡Rafael!, puesto que el primer refugio es hoy asunto de los progresos de mi vida, y no hay ya aquí curación, como viniendo fueren los enfermos, tú los has de ir recogiendo para remitirlos donde la han de tener. Dos efetos —ya otra vez lo dije— en mí son atributos excelsos: camino y salud. Entrambos ejercitaré. El aliento cobra, mujer. Ven conmigo. Bien me estaba yo en mi centro, pues ya han de serlo estas plantas. Vanse la Soberbia y el Ángel, y salen el Afecto primero y segundo, forcejeando sobre una bolsa de dinero ¡De rabia y cólera tiemblo! Atropella a los dos ¡Mal haya el ánima que le enseñó a temblar tan recio! Yo he de cogerle a razones. ¡Suelta!, ¡suelta este dinero, publicano, que al instante le volveré! ¿Qué es tu intento? Con él a la vista hacerle una pregunta diciendo si es justo darle en tributo. Si dice que sí, del pueblo aborrecido será; si dice que no, le haremos causa de traidor al César. ¡Suelta pues! Quítale la bolsa Harto lo siento, que aunque dado ni prestado va, sino solo supuesto, basta eso para que yo le eche aqueste instante menos. Pues te precias de tan sabio, dime, ¿es justo que paguemos al César esto en tributo? ¿He de responder sin verlo? Veslo aquí. Saca unas monedas ¿Qué efigie es ésta? Del César. Da, según eso, lo que es de César a César y lo que es del Cielo al Cielo. Ni sí ni no respondió y no y sí dijo: ¡qué medio tan prudente hallo! No importa, que si esta experiencia pierdo, otra habrá. ¡Vente conmigo! No vayas con él, que quiero que a mí me sigas. ¡Qué voz de tan absoluto imperio! Si haré. ¿Tras él te vas? Sí. Mira, Avaricia, que llevo yo tu dinero conmigo. Ese y cuanto yo poseo —hacienda, casa y familia, erarios, libros, asientos— de que hidrópico viví, y honra y vida, importan menos que dejar de obedecer a su voz. ¡De ira reviento! Sale el Afecto cuarto Pues aquí su Afecto está, ¿qué quieres de mí? ¿Qué puedo querer cuando alborotado de ese ignorado extranjero mi pueblo está? ¿Pues hay más —¿qué te embarazasen eso?— de hacerle causa de ser amotinador del pueblo, y darle muerte? Que yo, cuando alguien le aclame muerto, arrancando las raíces de su dotrina, te ofrezco con las letras y las armas ejecutar los decretos de tu soberbia y mi ira. No blasones, que cuando eso suceda, sola una voz postrará tu atrevimiento. ¿Yo, a una voz postrarme? Tú, a una voz. ¿Cómo? Diciendo Pablo, ¿por qué me persigues? ¡Ay de mí! Que aun ahora pienso que la escucho, pues ahora me parece que me veo arrastrado de un caballo que, desbocado en el viento, lleva mi espíritu a otra región dando con mi cuerpo en tierra, donde pasmado, absorto, confuso y ciego, la inflamación de la ira que el corazón en el pecho me quebrantaba, en piedades y lástimas se me ha vuelto. Vase Ven donde [de] esa caída has de cobrar el aliento. Aunque sé que no se da en lo alegórico tiempo ni lugar, luces ni sombras no han de atrasar mis intentos. Vase Ni mis rencores, por ver que vaya ganando afectos. Y más cuando el que se ofrece a la vista es el más ciego de todos y no tendrá fácil dél el vencimiento. Sale la Lascivia con el cántaro, cantando Si de mis ceguedades allá no sané, sirvan de algo los ojos: lloren, pues no ven; y en mis errores sirvan de algo los ojos: pues no ven, lloren. Mas ¿quién al paso está? Un pobre peregrino que, sediento, que le des de beber pide. ¿Cómo, si de galileo las señas tienes, a mí de beber pides? Pues siendo samaritana, no tienen unos con otros comercio. Si tu supieras quién es quien agua te pide, creo que no lo extrañaras, y antes tú a él la pidieras. No veo que tengas para sacarla ni vaso ni otro instrumento. ¿Cómo había de pedirla? El agua que yo te ofrezco es agua viva. ¿Agua viva? Declaradme ese misterio. ¡Qué extraña conversación! Si tiembla, no sea tan recio. Si haré. Mas llama a tu esposo que la oiga. No le tengo. Bien dijiste no le tienes, que tras los cinco primeros el que hoy tienes no es esposo. ¿Cómo me sabes el pecho? Como sé que es tu dolencia ceguedad. Yo lo confieso. Volverse a la alegoría, no es apartarse del texto. Yo puedo abrirte los ojos. ¿Ya, Señor, qué más abiertos pues que mis miserias miro, pues que mis flaquezas veo y conozco mis errores? ¡Moradores de los bellos campos de Samaría!... ¡Calla! ¡Llegad todos!, ¡llegad presto! ¡Gran profeta entre nosotros hay! Agora lo veremos. Sale el Afecto primero, trayendo entre dos a la Gula maniatada, atrás las manos ¿Dónde me lleváis? ¡Ay triste! Retírate tú aquí dentro hasta que tus ceguedades tengan cura. Vase la Lascivia A ti me ha vuelto otra duda, como en fin de la ley rabino y maestro. (Si condena o si perdona, hoy redargüirle pienso u de cruel u de injusto). Convencida de adulterio está esta mujer. Yo soy bastante testigo de eso. Pues aquí te hallé, ¿qué debe hacerse de ella? Suspenso, no resolviéndose a nada, responde con el silencio. Vencido está. Mas ¿qué hace? Hinca la rodilla en tierra el Peregrino y con el dedo escribe en ella, y Demonio y Judaísmo leen lo que escribe por detrás dél La rodilla inclina al suelo,… …y hecha lámina la tierra,… …bien como buril el dedo, en ella escribe. Veamos qué es lo que dice. Leyendo «El que ajeno… …estuviere de pecado,… …la ley en ella cumpliendo,… la primer piedra la tire». Condenando ni absolviendo, absuelve y condena. Bien nos ha reprehendido puesto que los que acusamos, quiere dar a entender, que debemos no tener de qué acusarnos. Otra vez vencido vuelvo. Vase ¿Dónde los que te acusaban, mujer, están? Ya se fueron. Pues entra tú donde puedan convalecer tus excesos y no quieras más pecar. Pues que la vida te debo, débate la salud. Vase Dentro voces y vuelven, con el Judaísmo, los mesmos acuchillando al tercer Afecto, que sale vestido como antes de bandolero, ensangrentada la cara, y cay herido a los pies del Peregrino. Dentro ¡Muera el ladrón! Ya que al encuentro aquel tumulto nos sale, ¡corred todos! ¿Qué es aquesto? Un infeliz que a tus plantas, ni bien vivo ni bien muerto, seguido de la justicia, llega, en el último aliento de su vida, a que le des amparo y favor. Teneos, pues se ha valido de mí. Forajido, bandolero es a quien por orden mía ministros míos han hecho esas heridas. Y pues aún vive, muera a este acero. Tente, pues de mí se ampara. Quiérele matar el primer Afecto, y amparando al uno con la mano derecha detiene con la izquierda el golpe al otro, de modo que queda entre los dos en forma de † [cruz] Parece que en cruz se ha puesto, guardando a uno, a otro apartando. Cuando amparado le veo dél, es cuando más me admira. ¿Qué jeroglífico, ¡Cielos!, es el que miro en los tres? ¿Qué ha de ser cuando estás viendo al Justo entre dos ladrones? Y aún más ves, si ves hebreo pueblo y gentil en los dos significados, supuesto que a uno aparta y a otro admite. Aunque ahora no llegue el fiero golpe, basta que el amago se explique para su tiempo. Divino te reconozco. En aqueste último esfuerzo de mi vida, ten de mí misericordia. Yo ofrezco que mi refugio te valga. ¿Cómo? Estad todos atentos. ¡Género humano! Sale el Género humano A tus plantas estoy. ¿Qué mandas? Que veas, para que de una vez creas cuánta es mi piedad y cuántas son tus dichas, que he ganado tus siete afectos perdidos, que contagiosos y heridos estaban de tu pecado. Y para que sepas dónde a curar de su delito las reliquias les remito, —ya que la virtud que esconde esa agua con mi venida se ha de suspender, de suerte, que se descubra a dar muerte el leño que daba vida— Descúbrese el carro de la laguna y en él una cruz de los hospicios pretendo informarte, que han de ser los que la han de suceder. Veme, Rafael, diciendo qué enfermos hay. Iré yo diciendo dónde han de ir a sanar y tú acudir a restaurarlos. ¿Quién vio tal propuesta? Que me asombre es fuerza. En los que aquí ves se explica la Iglesia, que es primer refugio del hombre. Descúbrese el carro del hospicio y en él todos los que se nombran, y va saliendo cada uno y pasando con sus versos Salud, vida, fama y nombre todos cobrando a tus pies, explica la Iglesia que es Primer refugio del hombre. De una vana presunción, Soberbia con su hermosura, Madalena pide cura: ¿Dónde ha de ir? Pasa la Soberbia A la Pasión. A la Pasión. Un publicano —Señor— padece una hidropesía: sed de oro. ¿Dónde le envía de tu piedad el favor? Pasa el 2.º Afecto Juan, de Dios escribirá la Divinidad; Mateo, la Humanidad; y pues veo que uno a otro la mano da, justo es que se aúnen los dos en Juan de Dios. Se le dé su curación para que se mejore en Juan de Dios. En Juan de Dios. Una ciega, conocidas sus culpas, Señor, agora llorando está. Pasa la Lascivia Pues si llora, vaya a las Arrepentidas. A las Arrepentidas. De un caballo despeñado, Pablo, el sentido perdió y en tres días no volvió. ¿Dónde ha de ir? Pasa el Afecto 4.º Si arrebatado fue al cielo, donde conhorte de sus iras el anhelo, vaya, pues ya llego al cielo, al Hospital de la Corte. Al Hospital de la Corte. Una mujer convencida (culpa es que no he de nombrar) tuvo dicha de llegar donde de ti defendida fue, Señor. Pasa la Gula Luego ya dicha la cura está de su mal: conmigo dio, al Hospital vaya de la Buena Dicha. Al Hospital vaya de la Buena Dicha. Un ladrón, ya casi muerto, misericordia pidió. Pasa el Afecto 3.º Entre mí y él, pues se vio herido a mi diestra, es cierto que mi Madre estaría. Pues si la pura Emperatriz ella más pura y feliz de misericordia es, y él la pide, ¿qué discordia le ha de negar que su mal cure en la Emperatriz Real Casa de Misericordia? Vaya a la Emperatriz Real Casa de Misericordia. Muchos que en esa piscina esperando el bien se vieron, ¿dónde irán, ya que vinieron? Al que, antes que mi divina piedad llegase al portal, vino, la convalecencia dé el Imbo; a esotra dolencia, el Hospital General de la Iglesia. Pasa el Afecto 1.º Y yo, que Afecto herido soy, ¿dónde he de ir? Como llegues a pedir cura dártela prometo. ¿A quién? A mí. Pues ¿quién eres tú para curarme a mí? Soy el que soy, el que fui, y el que ha de ser. ¿Cómo quieres que crea lo que tan pocos por ahora creen? Medio haya: ¿Soy Hombre y Dios? No. Pues vaya a la Casa de los Locos. A la Casa de los locos. Allí esté hasta que su error cobrado el juicio se vea, cuando todo el mundo sea un rebaño y un pastor. Pasa el Demonio Pues yo también pobre he sido, ¿dónde he de curarme yo? ¿Has pedido cura? No. Y no solo la he pedido, pero no la he de pedir. Y aunque a ti posible te era dármela, no la pidiera, por más que llegue a sentir tormentos intolerables. También hay casa a tus hados. ¿Dónde? En los Desamparados, que allí hay sala de incurables. Pues ya que incurable soy, en algo vengarme vean de esos Afectos las duras mejoras de la Soberbia, Avaricia, Envidia y Ira, Lascivia, Gula y Pereza. ¿De dónde esos Hospitales —fundaciones de la Iglesia, Primer Refugio del hombre— se han de mantener? Espera, que eso me toca a mí, puesto que deste imperio cabeza soy y políticas causas tocan a mi providencia. ¿De qué se han de sustentar tantos pobres como intentas que este refugio remita donde casa y cura tengan? Del arca de su tesoro. ¿Qué tesoro? Cuanto encierra el arca del testamento, que en ese templo se asienta de Salomón, has de ver. Al Propiciatorio entra desde aquí. Aquella es el arca. Ábrese un carro y vese el arca y sale de ella un niño con la tabla de la ley en una mano, en otra una vara con un vaso en ella. ¿Qué incluye en sí? Óyelo a ella. Este vaso de maná, esta vara de Moisén y esta Tabla de la Ley. Advierte, si basta al gasto esa hacienda. Como sombra no, no basta; como luz, sí. ¿Dónde? En esta… Ábrese el carro de enfrente y vese en una fuente de taza un niño de cuyo costado salen siete cintas carmesíes, con cruz en una mano y en otra hostia y cáliz. …fuente en que, por siete caños, perennemente la Iglesia corre en siete sacramentos, cantidades siempre eternas para el refugio del hombre, siendo el cumplimiento de esa piscina, de aquella ley, vara y maná, aquesta bella blanca Hostia, este cáliz y este árbol en que cielo y tierra se incluyen. ¡Por no mirarlo, sobre mí los montes vengan! Vase ¡Para mí abran los abismos de sus gargantas las puertas! Vase Feliz a quien la Pasión para su refugio espera. Feliz quien en Juan, de Dios tomará noticias ciertas. Feliz quien ya al hospital de la Corte vio en su esfera. Feliz la que arrepentida sus culpas llora y confiesa. Feliz quien su buena dicha quiere el cielo que posea. Feliz quien en su real casa la misericordia alberga. Feliz el que restaurados a ver sus afectos llega. Y feliz el que consiga de su error perdón. Y vea que ha logrado sus deseos… …diciendo a las plantas vuestras: Salud, vida, fama y nombre todos logrando a esos pies, digan que la Iglesia es primer refugio del hombre.