Pedro Calderón de la Barca La devoción de la Cruz Comedia famosa Personas que hablan en ella EUSEBIO. LISARDO. CURCIO, viejo. OCTAVIO. CELIO. RICARDO. ARMINDA. GIL, gracioso. MENGA. JULIA. Villanos. ALBERTO. Bandoleros. [CHILINDRINA.] [BLAS.] [TIRSO.] [TORIBIO.] Jornada I Dentro. ¡Verá por dó va la burra! ¡Lo demonio, jo mohína! Ya verás por do camina: ¡arre acá! ¡El diabro me aburra!, ¿no hay quien una cola tenga, pudiendo tenerla mil? Salen. ¡Buena hacienda has hecho, Gil! ¡Buena hacienda has hecho, Menga, que tú la culpa tuviste! Que como ibas caballera, que en el hoyo se metiera al oído le dijiste por hacerme regañar. Por verme caer a mí se lo dijiste, eso sí. ¿Cómo la hemos de sacar? ¿Pues en el lodo la dejas? No puede mi fuerza sola. Yo tiraré de la cola; tira tú de las orejas. Mejor remedio sería hacer el que aprovechó a un coche que se atascó en la corte esotro día. Este coche, Dios delante, que arrastrado de dos potros, parecía entre los otros pobre coche vergonzante, y por maldición muy cierta de sus padres, ¡hado esquivo!, iba de estribo en estribo, ya que no de puerta en puerta. En un arroyo atascado, con ruegos el caballero, con azotes el cochero, ya por fuerza, ya por grado, ya por gusto, ya por miedo, que saliesen procuraban, por recio que lo mandaban, mi coche quedo que quedo. Viendo que no importa nada cuantos remedios hicieron, delante el coche pusieron un harnero de cebada. Los caballos, por comer, de tal manera tiraron, que tosieron y arrancaron, y esto podemos hacer. ¡Que nunca valen dos cuartos tus cuentos! Menga, yo siento ver un animal hambriento, donde hay animales hartos. Voy al camino a mirar si pasa de nuestra aldea gente, cualquiera que sea, porque te venga a ayudar, pues te das tan pocas mañas. ¿Vuelve, Menga, tu porfía? ¡Ay burra del alma mía! Vase. ¡Ay burra de mis entrañas! Tú fuiste la más honrada burra de toda la aldea; que no ha habido quien te vea nunca mal acompañada. No eras nada callejera, di mijor gana te estabas en tu pesebre, que andabas cuando te llevaban fuera. Pues ¿altanera y liviana? Bien me atrevo a jurar yo, que ninguno burro la vio asomada a la ventana. Ya sé que no merecía tu lengua desdicha tal; pues jamás para habrar mal dijo «aquesta boca es mía». Pues como a ella le sobre de lo que comiendo está, luego al punto se lo da a alguna borrica pobre. Dentro ruido. Mas ¿qué ruido es este? Allí de dos caballos se apean dos hombres, y hacia mí vienen, después que atados los dejan. ¡Descoloridos, y al campo de mañana! Cosa es cierta, que comen barro o están opilados. Mas ¿si fueran bandoleros?, ¡aquí es ello! Pero lo que fuere sea, aquí me escondo, que andan, que corren, que salen, que entran. Salen LISARDO y EUSEBIO. No pasemos adelante, porque esta estancia encubierta y apartada del camino, es para mi intento buena. Sacad, Eusebio, la espada, que yo de aquesta manera a los hombres como vós saco a reñir. Aunque tenga bastante causa en haber llegado al campo, quisiera saber lo que a vós os mueve. Decid, Lisardo, la queja que de mí tenéis. Son tantas, que falta voz a la lengua, razones a la razón, al sufrimiento paciencia. Quisiera, Eusebio, callarlos, y aun olvidarlos quisiera; porque cuando se repite hace de nuevo la ofensa. ¿Conocéis estos papeles? Arrojaldos en la tierra, yo los alzaré. Tomad, ¿qué os suspendéis? ¿qué os altera? ¡Mal haya el hombre, mal haya mil veces aquel que entrega sus secretos a un papel! Porque es disparada piedra, que se sabe quién la tira, y no se sabe a quién llega. ¿Habeislos ya conocido? Todos están de mi letra, que no la puedo negar. Pues yo soy Lisardo, en Sena, hijo de Lisardo Curcio. Bien excusadas grandezas de mi padre consumieron en breve tiempo la hacienda que los suyos le dejaron; que no sabe cuánto yerra quien, por excesivos gastos, pobres a sus hijos deja. Pero la necesidad, aunque ultraje la nobleza, no excusa de obligaciones a los que nacen con ellas. Julia, pues, ¡saben los cielos cuánto en nombrarla me pesa!, o no supo conservallas, o no llegó a conocellas. Pero, al fin, Julia es mi hermana, ¡pluguiera a Dios no lo fuera!, y advertid que no se sirven las mujeres de sus prendas con amorosos papeles, con razones lisonjeras, con ilícitos recados, ni con infames terceras. No os culpo en el todo a vós, que yo confieso que hiciera lo mismo, a darme una dama para servirla licencia. Pero cúlpoos en la parte de ser mi amigo, y en esta con más culpa os comprende la culpa que tuvo ella. Si mi hermana os agradó para mujer (que no era posible, ni yo lo creo, que os atrevierais a vella con otro fin, ni aun con este; pues, ¡vive Dios!, que quisiera antes que con vós casada, mirarla a mis manos muerta); en fin, si vós la eligistes para mujer, justo fuera descubrir vuestros deseos a mi padre, antes que a ella. Este era término justo, y entonces mi padre viera si le estaba bien el darla, que pienso que no os la diera; porque un caballero pobre, cuando en cosas como estas no puede medir iguales la calidad y la hacienda, por no deslucir su sangre con una hija doncella, hace sagrado un convento, que es delito la pobreza. Aqueste a Julia mi hermana con tanta priesa la espera, que mañana ha de ser monja, por voluntad o por fuerza. Y porque no será bien que una religiosa tenga prendas de tan loco amor y de voluntad tan necia, a vuestras manos las vuelvo, con resolución tan ciega, que no solo he de quitarlas, mas también la causa dellas. Sacad la espada, y aquí el uno de los dos muera, vós, porque no la sirváis, o yo, porque no lo vea. Tened, Lisardo, la espada, y pues yo he tenido flema para oír desprecios míos, escuchadme la respuesta, y aunque el discurso sea largo, de mi suceso, y parezca que estando solos los dos, es demasiada paciencia; pues que ya es fuerza reñir, y morir el uno es fuerza, por si los cielos permiten, que yo el desdichado sea, oíd prodigios que admiran y maravillas que elevan; que no es bien que con mi muerte eterno silencio tengan. Yo no sé quién fue mi padre, pero sé que la primera cuna fue el pie de una cruz, y el primer lecho una piedra. Raro fue mi nacimiento, según los pastores cuentan, que desta suerte me hallaron en la falda de esas sierras. Tres días dicen que oyeron mi llanto, y que a la aspereza donde estaba no llegaron por el temor de las fieras; mas ninguna me hizo mal; pero ¿quién duda que era por respeto de la cruz que tenía en mi defensa?. Hallome un pastor, que acaso buscó una perdida oveja en la aspereza del monte, y trayéndome al aldea de Eusebio, que no sin causa estaba entonces en ella, le contó mi prodigioso nacimiento, y la clemencia del cielo asistió a la suya. Mandó, en fin, que me trujeran a su casa, y como a hijo me dio la crïanza en ella. Eusebio soy de la Cruz, por su nombre, y por aquella que fue mi primera guía y fue mi guarda primera. Tomé por gusto las armas, por pasatiempo las letras; murió Eusebio, y yo quedé heredero de su hacienda. Si fue prodigioso el parto, no lo fue menos la estrella, que enemiga me amenaza y piadosa me reserva. Bello infante era en los brazos del ama, cuando mi fiera condición, bárbara en todo, dio de sus rigores muestra. Pues con solas las encías, no sin diabólica fuerza, partí el pecho de quien tuve el dulce alimento; y ella, del dolor desesperada y de la cólera ciega, en un pozo me arrojó, sin que ninguno supiera de mí; oyéndome reír, bajaron a él, y cuentan que estaba sobre las aguas, y que con las manos tiernas tenía una formada cruz, y sobre los labios puesta. Un día que se abrasaba la casa, y la llama fiera cerraba el paso a la vida, y a la salida la puerta, entre las llamas estuve libre, sin que me ofendieran, y advertí después dudando que haya en el fuego clemencia, que era día de la Cruz. Tres lustros contaba apenas, cuando por el mar fui a Roma, y en una brava tormenta, desesperada mi nave, chocó en una oculta peña; en pedazos dividida, por los costados abierta, abrazado de un madero salí venturoso a tierra; y este madero tenía forma de cruz. Por las sierras de esos montes caminaba con otro hombre, y en la senda que dos caminos partía, una cruz estaba puesta. En tanto que me quedé haciendo oración en ella, se adelantó el compañero; y después, dándome priesa para alcanzalle, le hallé muerto en las manos sangrientas de bandoleros. Un día, riñendo en una pendencia, de una estocada caí, sin que hiciese resistencia en la tierra; y cuando todos pensaron hallarla ajena de remedio, solo hallaron señal de la punta fiera en una cruz que traía al cuello, que en mi defensa recibió el golpe. Cazando una vez por la aspereza deste monte, se cubrió el cielo de nubes negras, y publicando con truenos al mundo espantosa guerra, lanzas arrojaba en agua, balas disparaba en piedras. Todos hicieron las hojas contra las nubes defensa, siendo ya tiendas de campos las más ocultas malezas; y un rayo, que fue en el viento caliginoso cometa, volvió en ceniza los dos que de mí estaban más cerca. Ciego, turbado y confuso, vuelvo a mirar lo que era, y hallé a mi lado una cruz, que yo pienso que es la misma que asistió a mi nacimiento, y la que yo tengo impresa en los pechos, pues los cielos me han señalado con ella para públicos efetos de alguna cosa secreta. Pero aunque no sé quién soy, tal espíritu me alienta, tal inclinación me anima y tal animo me fuerza, que por mí me da valor para que a Julia merezca; porque no es más la heredada, que la adquirida nobleza. Este soy, y aunque conozco la razón, y aunque pudiera dar satisfación bastante a vuestro agravio, me ciega tanto la pasión de veros hablando de esa manera, que ni os quiero dar disculpa, ni os quiero admitir la queja. Y pues queréis estorbar que yo su marido sea, aunque su casa la guarde, aunque un convento la tenga, de mí no ha de estar segura, y la que no ha sido buena para mujer, lo será para amiga; así desea, desesperado mi amor y ofendida mi paciencia, castigar vuestro desprecio, y satisfacer mi afrenta. Sacan las espadas, riñen y LISARDO cae en el suelo, y procura levantarse, y torna a caer. Eusebio, donde el acero ha de hablar, calle la lengua. ¡Herido estoy! ¿Y no muerto? No, que en los brazos me queda aliento para... ¡Ay de mí! Faltó a mis plantas la tierra. Y falte a tu voz la vida. No me permitas que muera sin confesión. ¡Muere, infame! No me mates, por aquella cruz en que Cristo murió. Aquesa voz te defienda de la muerte. Alza del suelo, que cuando por ella ruegas, falta rigor a la ira, y falta a los brazos fuerza. Alza del suelo. No puedo, porque ya en mi sangre envuelta voy despreciando la vida, y el alma pienso que espera a salir, porque entre tantas no sabe cuál es la puerta. Pues fíate de mis brazos, y anímate, que aquí cerca unos penitentes monjes viven en oscuras cuevas, donde podrás confesarte si vivo a sus puertas llegas. Pues yo te doy mi palabra, por esa piedad que muestras, que si yo merezco verme en la divina presencia de Dios, pediré que tú sin confesarte no mueras. Llévale en los brazos, y sale GIL de donde estaba escondido, y TIRSO, BLAS, y MENGA y TORIBIO. ¿Han visto lo que le debe? La caridad está buena; pero yo se la perdono. ¡Matarlo, y llevarlo a cuestas! ¿Aquí dices que quedaba? Aquí se quedó con ella. Mírale allí embelesado. Gil, ¿qué miras? ¡Ay Menga! ¿Qué te ha sucedido? ¡Ay Tirso! ¿Qué has visto? ¡Ay Toribio! ¿Qué es lo que tienes? ¡Ay Blas! No lo sé más que una bestia. Matole y cargó con él; sin duda a salar le lleva. ¿Quién le mato? ¿Qué sé yo? ¿Quién murió? No sé quién era. ¿Quién cargó? ¿Qué sé yo quién? ¿Y quién le llevó? Quien quiera. Pero, porque lo sepáis, venid todos. ¿Dó nos llevas? No lo sé, pero venid, que los dos van aquí cerca. Vanse todos y salen ARMINDA y JULIA. Déjame, Arminda, llorar, una libertad perdida; pues donde acaba la vida, también acaba el pesar. ¿Nunca has visto de una fuente bajar un arroyo manso, siendo apacible descanso, el valle de su corriente; y cuando le juzgan falto de fuerza a las flores bellas, pasa por encima dellas rompiendo por lo más alto? Pues mis penas, mis enojos la misma experiencia han hecho: detuviéronse en el pecho, y salieron por los ojos. Deja que llore el rigor de un padre. Señora, advierte... ¿Qué más venturosa suerte hay, que morir de dolor? Pena que deja vencida la vida, o ser gloria ordena; que no es muy grande la pena, que no acaba con la vida. ¿Qué novedad obligó tu llanto? ¡Ay, Arminda mía! Cuantos papeles tenía de Eusebio, Lisardo halló en mi escritorio. ¿Pues él supo que estaban allí? Como aqueso contra mí hará mi estrella cruel. Yo, (¡ay de mí!), cuando le vía el cuidado con que andaba, pensé que lo sospechaba, pero no que lo sabía. Llegó a mí descolorido, y entre apacible y airado, me dijo que había jugado, Arminda, y que había perdido, que una joya le prestase para volver a jugar: por presto que la iba a dar, no aguardó a que la sacase. Tomó él la llave, y abrió con una cólera inquieta, y en la primera naveta con los papeles topó. Miróme y volvió a cerrar, y sin decir nada, ¡ay Dios!, buscó a mi padre, y los dos (¿quién duda para tratar mi muerte?) gran rato hablaron cerrados en su aposento. Salieron, y hacia el convento los dos sus pasos guiaron, según Octavio me dijo. Y si lo que está tratado, ya mi padre ha efetuado, con justa causa me aflijo; porque si de aquesta suerte, que olvide a Eusebio desea, antes que monja me vea, yo misma me daré muerte. Sale EUSEBIO. [Aparte.] Ninguno tan atrevido, si no tan desesperado, viene a tomar por sagrado la casa del ofendido. Antes que sepa la muerte de Lisardo, Julia bella, hablar quisiera con ella, porque a mi tirana suerte algún remedio consigo si, ignorando mi rigor, puede obligarle el amor a que se vaya conmigo; y cuando llegue a saber de Lisardo el hado injusto, hará de la fuerza gusto mirándose en mi poder.) Hermosa Julia. ¿Qué es esto? ¿Tú en esta casa? El rigor de mi desdicha y tu amor en tal peligro me ha puesto. Pues ¿cómo has entrado aquí y emprendes tan loco extremo? Como la muerte no temo... ¿Qué es lo que intentas así? Hoy obligarte deseo, Julia, porque agradecida des a mi amor nueva vida, nueva gloria a mi deseo. Yo he sabido cuánto ofende a tu padre mi cuidado, que a su noticia ha llegado nuestro amor, y que pretende que tú recibas mañana el estado que desea, para que mi dicha sea, cuanto mi esperanza, vana. Si ha sido gusto, si ha sido amor el que me has mostrado, si es verdad que me has amado, si es cierto que me has querido, vente conmigo, pues ves que no tiene resistencia de tu padre la obediencia; deja tu casa, y después, que habrá mil remedios piensa; pues en mi poder es justo que haga de la fuerza gusto, y obligación de la ofensa. Villas tengo en que guardarte, gente con que defenderte, hacienda para ofrecerte, y un alma para adorarte. Si darme vida deseas, si es verdadero tu amor, atrévete, o el dolor hará que mi muerte veas. ¡Oye, Eusebio! Mi señor viene, señora. ¡Ay de mí! ¿Pudiera hallar contra mí la fortuna más rigor? ¿Podrá salir? No es posible que se vaya, porque ya llamando a la puerta está. ¡Grave mal! ¡Pena terrible! ¿Qué haré? Esconderse es ya forzoso. ¿Dónde? En aquese aposento. Presto, que sus pasos siento. Escóndese EUSEBIO, y sale CURCIO, viejo venerable, padre de JULIA. Hija, si por el dichoso estado que tú codicias, y que ya seguro tienes, no das a mis parabienes la vida, y alma en albricias, del deseo que he tenido no agradeces el cuidado. Todo queda efetuado, y todo tan prevenido, que solo falta ponerte la más bizarra y hermosa, para ser de Cristo esposa, ¡mira que dichosa suerte!, hoy aventajas a todas cuantas saben envidiar, pues te verán celebrar aquestas divinas bodas. ¿Qué dices? [Aparte.] ¿Qué puedo hacer? [Aparte.] Yo me doy la muerte aquí, si ella le dice que sí. [Aparte.] No sé cómo responder.) Bien, señor, la autoridad de padre, que es preferida, imperio tiene en la vida, pero no en la libertad. ¿Pues que supiera antes yo tu intento, no fuera bien? ¿Y que tú, señor, también supieras mi gusto? No, que sola mi voluntad, en lo justo o en lo injusto has de tener por tu gusto. Solo tiene libertad un hijo para escoger estado; que el hado impío no fuerza el libre albedrío. Déjame pensar y ver despacio eso, y no te espante ver que término te pida, que el estado de una vida no se toma en un instante. Basta, que yo le he mirado, y yo por ti he dado el sí. Pues si tú vives por mí, toma también el estado. ¡Calla infame!, ¡Calla loca!; que haré de aquese cabello un lazo para tu cuello, o sacaré de tu boca con mis manos la atrevida lengua, que de oír me ofendo. La libertad te defiendo, señor, pero no la vida. Acaba su curso triste, y acabará tu pesar; que mal te puedo negar la vida que tú me diste: la libertad que me dio el cielo, es la que te niego. En este punto a creer llego lo que el alma sospechó, que no fue buena tu madre, y manchó mi honor alguno; que hoy el error importuno, ofende el honor de un padre a quien el sol lo igualó con resplandor y belleza, sangre, honor, lustre y nobleza. Eso he entendido yo, por eso no he respondido. Arminda, salte allá fuera. Y ya que mi pena fiera tantos años he tenido secreta, de mis enojos la ciega pasión obliga a que la lengua te diga lo que te han dicho los ojos. La señoría de Sena, por dar a mi sangre fama, en su nombre me envió a dar la obediencia al Papa Urbano Tercio. Tu madre, que con opinión de santa fue en Sena común ejemplo de las matronas romanas, y aun de las nuestras (no sé cómo mi lengua la agravia; mas, ¡ay infelice!, tanto la satisfación engaña), en Sena quedó, y yo estuve en Roma con la embajada ocho meses, porque entonces por concierto se trataba que esta señoría fuese del Pontífice: Dios haga lo que a su estado convenga, que aquí importa poco, o nada. Volví a Sena, y hallé en ella... Aquí el aliento me falta, aquí la lengua enmudece, aquí el ánimo desmaya. Hallé, ¡ay injusto temor!, a tu madre tan preñada, que para el infame parto cumplía las nueve faltas. Ya me había prevenido por sus mentirosas cartas esta desdicha, diciendo que, cuando me fui, quedaba con sospecha; y yo la tuve de mi deshonra tan clara, que discurriendo en mi agravio imaginé mi desgracia. No digo que verdad sea, pero quien nobleza trata, no ha de aguardar a creer que el imaginar le basta. ¿Qué importa que un noble sea desdichado, (¡oh ley tirana de honor!, ¡oh bárbaro fuero del mundo!), si la ignorancia le disculpa? Mienten, mienten las leyes; porque no alcanza los misterios al efeto quien no previene la causa. ¿Qué ley culpa a un inocente? ¿Qué opinión a un libre agravia? Miente otra vez; que no es deshonra, sino desgracia. ¡Bueno es que en leyes de honor le comprenda tanta infamia, al Mercurio que le roba, como al Argos que le guarda! ¿Qué deja el mundo, qué deja, si así al inocente infama, de deshonra para aquel, que lo sabe y que lo calla? Yo entre tantos pensamientos, yo entre confusiones tantas, ni vi regalo en la mesa, ni hice descanso en la cama. Tan desabrido conmigo estuve, que me trataba como ajeno el corazón, y como a tirano el alma. Y aunque a veces discurría en su abono, y aunque hallaba verosímil la disculpa, pudo en mí tanto la instancia del temor que me ofendía, que con saber que fue casta, tomé de mis pensamientos, no de sus culpas, venganza. Y porque con más secreto fuese, previne una caza fingida, porque a un celoso solo lo fingido agrada. Al monte fui, y cuando todos entretenidos estaban en su alegre regocijo, con amorosas palabras, (¡qué bien las dice quien miente!, ¡qué bien las cree quien ama!), llevé a Rosmira, su madre, por una senda apartada del camino, y divertida llegó a una secreta estancia deste monte, a cuyo albergue el sol ignora la entrada, porque se la defendían rústicamente enlazadas, por no decir que amorosas, árboles, hojas y ramas. Aquí, pues, donde apenas huella imprimió mortal planta, solos los dos... Sale ARMINDA. Si el valor que el noble pecho acompaña, señor, y si la experiencia que te han dado honrosas canas, en la desdicha presente no te niega o no te falta, examen será el valor de tu ánimo. ¿Qué causa te obliga a que así interrompas mi razón? Señor... Acaba, que más la duda ofende. ¿Por qué te suspendes? Habla. No quisiera ser la voz de mi pena y tu desgracia. No temas decirla tú, pues yo no temo escuchalla. A Lisardo, mi señor... [Aparte.] Esto solo me faltaba. ...bañado en su sangre traen en una silla por andas, cuatro rústicos pastores, muerto (¡ay Dios!) a puñaladas; mas ya a tu presencia llega: no le veas. ¡Cielos! ¿Tantas penas para un desdichado? ¡Ay de mí! Salen los villanos con LISARDO en una silla, ensangrentado el rostro. Pues ¿qué inhumana fuerza ensangrentó la ira en su pecho? ¿Qué tirana mano se bañó en mi sangre, contra su inocencia airada? ¡Ay de mí! Mira señora... No llegues a verle. Aparta. Detente, señor. Octavio, no puede sufrirlo el alma. Dejadme ver ese cadáver frío, depósito infeliz de heladas venas, ruina del tiempo, estrago del impío hado, teatro funesto de mis penas; ¿Qué tirano rigor, ¡ay hijo mío!, trágico monumento en las arenas construyó porque hiciese en quejas vanas mortaja triste de mis blancas canas? ¡Ay, amigos! Decid: ¿quién fue homicida de un hijo en cuya vida yo animaba? Gil lo dirá, que al verle dar la herida, oculto en unos árboles estaba. Di, amigo, di, ¿quién me quitó esta vida? Yo solo sé que Eusebio le llamaba, cuando con él reñía. ¿Hay más deshonra? Eusebio me ha quitado vida y honra. [A JULIA.] Disculpa agora tú de sus crüeles deseos la ambición; di que concibe casto amor, pues a falta de papeles, lascivos gustos con su sangre escribe. Señor... No me respondas como sueles; a tomar estado te apercibe, o apercibe también a tu hermosura, con Lisardo temprana sepultura. Los dos a un tiempo el sentimiento esquivo, en este día sepultar concierta, él muerto al mundo, en mi memoria vivo, tú, viva al mundo, en mi memoria muerta. Y en tanto que el entierro os apercibo, porque no huyas cerraré esta puerta; queda con él, porque de aquesa suerte liciones al morir te dé su muerte. Vanse todos, y queda JULIA en medio de LISARDO y EUSEBIO, que sale por otra puerta. Mil veces procuro hablarte, tirano Eusebio, y mil veces el alma duda, el aliento falta, y la lengua enmudece. No sé, no sé cómo pueda hablar, porque a un tiempo vienen envueltas iras piadosas entre verdades crüeles. Quisiera cerrar los ojos a aquesta sangre inocente que está pidiendo venganza desperdiciando claveles. Y quisiera hallar disculpa en las lágrimas que viertes, que al fin heridas y ojos son bocas que nunca mienten. Y en una mano el amor, y en otra el rigor presente, quisiera a un tiempo, quisiera castigarte y defenderte. Y entre ciegas confusiones de pensamientos tan fuertes, la clemencia me combate, el sentimiento me vence. ¿Desta suerte solicitas obligarme?, ¿desta suerte, Eusebio, en vez de finezas con crueldades me pretendes? Cuando de mi boda el día resuelta espera, ¡quieres que en vez de apacibles bodas, tristes obsequias celebre! Cuando por tu gusto era a mi padre inobediente, ¡funestos lutos me das, en vez de galas alegres! Cuando, arriesgando mi vida, hice posible el quererte, ¡en vez de tálamo, (¡ay cielos!) un sepulcro me previenes! Y cuando mi mano ofrezco, despreciando inconvenientes, de honor, ¡la tuya bañada en mi sangre me la ofreces! ¿Qué gusto tendré en tus brazos, si para llegar a verme, dando vida a nuestro amor, voy tropezando en la muerte? ¿Qué dirá el mundo de mí, sabiendo que tengo siempre, si no presente el agravio, quien le cometió presente? Pues cuando quiera el olvido sepultarle, solo el verte entre mis brazos será memoria con que me acuerde. Yo entonces, yo, aunque te adore, los amorosos placeres trocaré en iras, pidiendo venganzas, pues ¿cómo quieres, que viva sujeta un alma a efetos tan diferentes que esté esperando el castigo, deseando que no llegue? Basta, por lo que te quise, perdonarte, sin que esperes verme en tu vida, ni hablarme. Esa ventana, que tiene salida al jardín, podrá darte paso; por ahí puedes escaparte; huye el peligro, porque, si mi padre viene no te halle aquí. Vete, Eusebio, y mira que no te acuerdes de mí, que hoy me pierdes tú, porque quisiste perderme. Vete, y vive tan dichoso, que tengas felicemente bienes, sin que a los pesares pagues pensión de los bienes. Que yo haré para mi vida una celda, prisión breve, si no sepulcro, pues ya mi padre enterrarme quiere. Allí lloraré desdichas de un hado tan inclemente, de una fortuna tan fiera, de una inclinación tan fuerte, de un planeta tan opuesto, de una estrella tan rebelde, de un amor tan desdichado, de una mano tan aleve, que me ha quitado la vida y no me ha dado la muerte, porque entre tantos pesares siempre viva y muera siempre. Si acaso más que tus voces, son ya tus manos crüeles, para tomar la venganza, rendido a tus pies me tienes. Preso me trae mi delito, tu amor es la cárcel fuerte, las cadenas son mis yerros, prisiones que el alma teme. Verdugo es mi pensamiento, si son tus ojos los jueces, y ellos me dan la sentencia, por fuerza será de muerte. Mas diga entonces la fama en su pregón: «Este muere porque quiso», pues que solo es mi delito quererte. No pienso darte disculpa, no parezca que la tiene tan grande error; solo quiero que me mates y te vengues. Toma esta daga, y con ella rompe un pecho que te ofende, saca un alma que te adora, y tu misma sangre vierte. Y si no quieres matarme, para que a vengarse llegue tu padre, diré que estoy en tu aposento. ¡Detente! Y por última razón, que he de hablarte eternamente, ¿has de hacer lo que te digo? Yo lo concedo. Pues vete adonde guardes tu vida. Hacienda tienes, y gente que la podrá defender. Mejor será que yo quede sin ella; porque si vivo, será imposible que deje de adorarte, y no has de estar, aunque un convento te encierre, segura. Guárdate tú, que yo sabré defenderme. ¿Volveré yo a verte? No. ¿No hay remedio? No le esperes. ¿Que al fin me aborreces ya? Haré por aborrecerte. ¿Olvidarasme? No sé. ¿Verete yo? Eternamente. Pues ¿aquel pasado amor...? Pues ¿esta sangre presente...? La puerta abren; vete, Eusebio. Iré por obedecerte. ¡Que no he de volver a verte! ¡Que no has de volver a verme! Ruido dentro, vanse cada uno por su puerta y llevan el cuerpo. Jornada II Ruido de arcabuces, salen RICARDO, CELIO y EUSEBIO de bandoleros con arcabuces. Pasó el plomo ardiente el pecho. Y hace el golpe más violento, que con su sangre la tragedia imprima en tierna flor. Ponle una cruz encima, y perdónele Dios. Las devociones nunca faltan del todo a los ladrones. Vase RICARDO. Y pues mis hados fïeros me traen a capitán de bandoleros, llegarán mis delitos a ser, como mis penas, infinitos. Como si diera muerte a Lisardo a traición, de aquesta suerte mi patria me persigue, porque su furia y mi despecho obligue a que guarde una vida, siendo de tantas bárbaro homicida. Mi hacienda me han quitado, mis villas confiscado, y a tanto rigor llegan, que el sustento me niegan; y pues le he de buscar desesperado, no toque pasajero el término del monte, si primero no rinde hacienda y vida. Salen con ALBERTO, viejo. Llegando a ver la boca de la herida, escucha, capitán, el más extraño suceso. Ya deseo el desengaño. Hallé el plomo deshecho en este libro que tenía en el pecho, sin haber penetrado, y al caminante solo desmayado: vesle aquí sano y bueno. De espanto estoy y admiraciones lleno. ¿Quién eres, venerable caduco, a quien los cielos admirable han hecho con prodigio milagroso? Yo soy, ¡oh capitán!, el más dichoso de cuantos hombres hay, que ha merecido ser sacerdote indigno; yo he leído en Bolonia sagrada teología cuarenta y cuatro años. Su Santidad me daba de Trento el obispado, premio de mis estudios; y admirado de ver que yo tenía cuenta de tantas almas, y que apenas la daba de la mía, los laureles dejé, dejé las palmas, y huyendo sus engaños vengo a buscar seguros desengaños en estas soledades, donde viven desnudas las verdades. Paso a Roma, a que el Papa me conceda licencia, capitán, para que pueda fundar un orden santo de eremitas, mas tu saña atrevida quita el hilo a mi suerte, y a la vida. ¿Qué libro es este? Este es el fruto, que rinde a mis estudios el tributo de tantos años. ¿Qué es lo que contiene? Él trata del origen verdadero de aquel divino y celestial madero; el libro, al fin, se llama, .Milagros de la Cruz ¡Qué bien la llama de aquel plomo inclemente, más que la cera se mostró obediente! ¡Pluguiera Dios, mi mano, antes que blanco su papel hiciera, de aquel golpe tirano, entre su fuego ardiera! Lleva ropa y dinero, y la vida; solo este libro quiero. Y vosotros salilde acompañando hasta dejarle libre. Iré rogando al Señor te dé luz para que veas el error en que vives. Si deseas mi bien, pídele a Dios que no permita muera sin confesión. Yo te prometo, seré ministro en tan piadoso efeto, y te doy mi palabra, (tanto en mi pecho tu clemencia labra), que si me llamas en cualquiera parte, dejaré mi desierto por ir a confesarte: un sacerdote soy; mi nombre, Alberto. ¿Tal palabra me das? Y la confieso con la mano. Vase, y sale CHILINDRINA, bandolero. Otra vez tus plantas beso. Hasta venir a hablarte el monte atravesé de parte a parte. ¿Qué hay, amigo? Dos nuevas harto malas. A mi temor el sentimiento igualas. ¿Qué son? Es la primera, (decirla no quisiera), que al padre de Lisardo han dado... Acaba, que el efeto aguardo. ...comisión de prenderte o de matarte. Esotra nueva temo más, porque con un confuso extremo al corazón parece que camina toda el alma, adivina de algún futuro daño. ¿Qué ha sucedido? A Julia... No me engaño en prevenir tristezas, si para ver mi mal por Julia empiezas. ¿Julia no me dijiste? Pues eso basta para verme triste. ¡Mal haya amén la rigurosa estrella, que me obligó a querella! En fin, Julia..., prosigue. En un convento seglar está. ¡Que el cielo me castigue con tan grandes venganzas, de perdidos deseos, de muertas esperanzas, que de los mismos cielos, por quien me deja vengo a tener celos! Mas ya tan atrevido, que viviendo matando, me sustento robando: no puedo ser peor de lo que he sido. Despéñese el intento, pues ya se ha despeñado el pensamiento. Llama a Celio, y Ricardo. [Aparte.] ¡Amando muero! Yo voy por él. Vase. Ve, y dile que aquí espero: asaltaré el convento que la guarda. Ningún grave castigo me acobarda, que por verme señor de su hermosura, tirano amor me fuerza a acometer la fuerza, a romper la clausura y a violar el sagrado; que ya del todo estoy desesperado; pues si no me pusiera amor en tales puntos, solamente lo hiciera por cometer tantos delitos juntos. Salen GIL y MENGA. Mas ¿qué topamos con él, según mezquina nací? Menga, ¿yo no voy aquí? No temas ese crüel capitán de buñuleros, ni el toparlos te alborote, que honda llevo yo, y garrote. Temo, Gil, sus hechos fieros, si no, a Silvia a mirar ponte cuando aquí la acometió, que doncella al monte entró, y dueña salió del monte, que no es peligro pequeño. Conmigo fuera cruel, que también entro doncel, y pudiera salir dueño. [A EUSEBIO.] ¡Ah, señor, que va perdido, que anda Eusebio por aquí! No eche, señor, por ahí. [Aparte.] Estos no me han conocido, y quiero disimular. ¿Quiere que aquese ladrón le mate? Aparte. Villanos son.) ¿Con qué podré yo pagar ese aviso? Con hüir de ese bellaco. Si os coge, señor, aunque no le enoje ni vuestro hacer ni decir, luego os matará; y creed que con poner tras la ofensa una cruz encima, piensa que os hace mucha merced. Salen RICARDO y CELIO. ¿Dónde le dejaste? Aquí. Es un ladrón, no le esperes. Eusebio, ¿qué es lo que quieres? ¿Eusebio le llamó? Sí. Eusebio soy, ¿pues qué os mueve contra mí? ¿no hay quien responda? Gil, ¿tienes garrote y honda? Tengo el diablo que te lleve. Por los apacibles llanos que hace del monte la falda, a quien guarda el mar la espalda, vi un escuadrón de villanos que armado contra ti viene, y pienso que se avecina; que así Curcio determina la venganza que previene. Mira qué piensas hacer, junta tu gente, y partamos. Mejor es que agora huyamos, que esta noche hay más que hacer. Venid conmigo los dos, de quien justamente fío la opinión y el honor mío. Muy bien puedes, que por Dios, que he de morir a tu lado. Villanos, vida tenéis solo porque le llevéis a mi enemigo un recado. Decid a Curcio que yo con tanta gente atrevida, solo defiendo la vida, pero que le busco, no. Y que no tiene ocasión de buscarme desta suerte, pues no di a Lisardo muerte con engaño o con traición. Cuerpo a cuerpo le maté, sin ventaja conocida, y antes de acabar la vida en mis brazos le llevé adonde se confesó, digna acción para estimarse; mas que si quiere vengarse, que he de defenderme yo. [A los bandoleros.] Y agora, porque no vean aquestos por donde vamos, ataldos entre estos ramos; paredes sus ojos sean, porque no avisen. Aquí hay cordel. Pues llega presto. De San Sebastián me han puesto. De San Sebastián a mí, mas ate cuanto quisiere, señor, como no me mate. Oye, señor, no me ate, y puto sea yo si huyere. Jura tú, Menga, también este mismo juramento. Ya están atados. Mi intento se va ejecutando bien. La noche amenaza oscura tendiendo su negro velo. Julia, aunque te guarde el cielo, he de gozar tu hermosura. Vanse. ¿Quién habrá que agora nos vea, Menga, aunque caro nos cueste, que no diga que es aqueste Peralvillo del Aldea? Vete llegando hacia aquí, Gil, que yo no puedo andar. Menga, venme a desatar, y yo te desataré a ti luego al punto. Ven primero tú, que ya estas importuno. ¿Es decir, que vendrá alguno? Pondré que falta un arriero las tres ánades cantando, un caminante pidiendo, un estudiante comiendo, una santera rezando, hoy en aqueste camino, lo que a ninguno faltó, mas la culpa tengo yo. Dentro. Hacia esta parte imagino que oigo voces, llegad presto. Señor, en buen hora acuda a desatar una duda en que ha rato que estoy puesto. Si acaso buscáis, señor, por el monte algún cordel, yo os puedo servir con él. Este es más gordo y mijor. Yo, por ser mujer, espero remedio en las ansias mías. No repare en cortesías, desáteme a mí primero. Salen CURCIO, TIRSO y OCTAVIO. Hacia aquesta parte suena la voz. ¡Que te quemas! Gil, ¿qué es esto? El diablo es sutil; desata, Tirso, y mi pena te diré después. ¿Qué es esto? Venga en buen hora, señor, a castigar un traidor. ¿Quién desta suerte os ha puesto? ¿Quién? Eusebio, que, en efeto, dice... pero ¿qué sé yo lo que se dice? Él nos dejó aquí en semejante aprieto. No llores, pues que no ha estado hoy muy poco liberal contigo. No lo ha hecho mal, pues a Menga te ha dejado. ¡Ay Tirso! No lloro yo porque piadoso no fue. ¿Pues por qué lloras? ¿Por qué? Porque a Menga se dejó. La de Antón llevó, y al cabo de seis, que no parecía, halló a su mujer un día; hicimos un baile bravo del hallazgo, y gastó cien reales. ¿Bartolo no se casó con Catalina, y parió a seis meses no cabales? Y andaba con gran placer diciendo: «¡Si tú le vieses!, lo que otra hace en nueve meses, hace en cinco mi mujer». Ello, no hay honra segura. ¡Que esto llegue a escuchar yo deste tirano! ¿Quién vio tan notable desventura? Cómo destruirle piensa, que hasta las mismas mujeres tomaremos, si tú quieres, las armas contra su ofensa. Aquí acude lo más cierto, toda aquesta procesión de cruces que miras son, señor, de hombres que ha muerto. Es aquí lo más secreto, de todo el monte. [Aparte.] Y aquí fue, ¡cielos!, donde yo vi aquel milagroso efeto de inocencia y castidad, cuya beldad, atrevido, tantas veces he ofendido con dudas, siendo verdad un milagro tan patente. Señor, ¿qué nueva pasión causa tu imaginación? Rigores que el alma siente son, Octavio, y mis enojos para publicar mi mengua, como los niego a la lengua, me van saliendo a los ojos. Haz, Octavio, que me deje solo esa gente que sigo, porque aquí de mí y conmigo hoy a los cielos me queje. Ea soldados, despejad. ¿Qué decís? ¿Qué pretendéis? Despiojad, ¿no lo entendéis?, que nos vamos a espulgar. Vanse. ¿A quién no habrá sucedido, tal vez lleno de pesares, descansar consigo a solas, por no descubrirse a nadie? Yo, a quien tantos pensamientos a un tiempo afligen, que hacen con lágrimas y suspiros competencia al mar y al aire, compañero de mí mismo en las mudas soledades, con la pensión de mis bienes quiero divertir mis males. Ni las aves, ni las fuentes sean testigos bastantes; que al fin las fuentes murmuran y tienen lenguas las aves. No quiero más compañía de aquestos troncos salvajes, que quien escucha y no aprende, será fuerza que no hable. Teatro este monte fue del suceso más notable, que entre prodigios de celos cuentan las antigüedades, de una inocente verdad. Pero ¿quién podrá librarse de sospechas, en quien son mentirosas las verdades? Muerte de amor son los celos, que no perdonan a nadie, ni por humilde le dejan, ni le respetan por grave. Aquí, pues, donde yo digo, Rosmira, y yo... De acordarme, no es mucho que el alma tiemble, no es mucho que la voz falte, que no hay flor que no me asombre, no hay hoja que no me espante, no hay piedra que no me admire, tronco que no me acobarde, peñasco que no me oprima, monte que no me amenace; porque todos son testigos de una hazaña tan infame. Saqué al fin la espada, y ella, sin temerme y sin turbarse, porque en riesgos de honor nunca el inocente es cobarde: «Esposo -dijo-, detente; no digo que no me mates, si es tu gusto, porque yo ¿cómo he de poder negarte la misma vida que es tuya? Solo te pido que antes me digas por lo que muero, y déjame que te abrace». Yo la dije: «En tus entrañas, como la víbora, traes a quien te ha de dar la muerte. Indicio ha sido bastante el parto infame que esperas; mas no lo verás, que antes, dándote muerte, seré verdugo tuyo y de un ángel». «Si acaso -me dijo entonces-, si acaso, esposo, llegaste a creer flaquezas mías, justo será que me mates. Mas a esta cruz abrazada, a esta que estaba delante, -prosiguió-, doy por testigo de que no supe agraviarte ni ofenderte, que ella sola será justo que me ampare». Bien quisiera entonces yo, arrepentido, arrojarme a sus pies, porque se vía su inocencia en su semblante. El que intenta una traición antes mire lo que hace, porque una vez declarado, aunque procure enmendarse, por decir que tuvo causa, lo ha de llevar adelante. Yo, pues, no porque dudaba ser la disculpa bastante, sino porque mi delito más amparado quedase, el brazo levanté airado, tirando por varias partes mil heridas, pero solo las ejecuté en el aire. Por muerta al pie de la cruz quedó, y queriendo escaparme, a casa llegué, y halléla con más belleza que sale el alba, cuando en sus brazos nos presenta el sol infante. Ella en sus brazos tenía a Julia, divina imagen de hermosura y discreción, (¿qué gloria puede igualarse a la mía?), que su parto había sido aquella tarde al mismo pie de la cruz; y por divinas señales con que al mundo descubría Dios un milagro tan grande, la niña que había parido, dichosa con señales tales, tenía en el pecho una cruz labrada de fuego y sangre. Pero que tanta ventura templaba, que se quedase otra criatura en el monte, que ella, entre penas tan graves, sintió haber parido dos; y yo entonces... Por el valle atraviesa un escuadrón de bandoleros, y antes que cierre la noche triste, será bien, señor, que baje a buscarlos, no escurezca; porque ellos el monte saben, y nosotros no. Pues junta la gente vaya delante, que no hay gloria para mí hasta llegar a vengarme. Vanse y salen EUSEBIO, CELIO y RICARDO con una escala. Llega con silencio y pon a esa parte las escalas. Ícaro seré sin alas, sin fuego seré Faetón, escalar al sol intento, y si me quiere ayudar la luz, tengo de pasar más allá del firmamento. Amor ser tirano enseña; en subiendo yo, quitad esa escala y esperad hasta que os haga una seña. Quien subiendo se despeña, suba yo y baje ofendido, en cenizas convertido; que la pena del bajar, no será parte a quitar la gloria de haber subido. ¿Qué esperas? Pues ¿qué rigor tu altivo orgullo embaraza? ¿No veis cómo me amenaza un vivo fuego? Señor, fantasmas son del temor. ¿Yo temor? Sube. Ya llego, aunque a tantos rayos ciego por las llamas he de entrar, que no podrá estorbar de todo el infierno el fuego. Ya entró. Alguna fantasía de su mismo horror fundada, en la idea acreditada, o alguna ilusión sería. Quita la escala. Hasta el día aquí le hemos de esperar. Atrevimiento fuera entrar, aunque yo de mejor gana me fuera con mi villana, mas después habrá lugar. Vanse, y sale EUSEBIO. Por todo el convento he andado sin ser de nadie sentido, y por cuanto he discurrido de mi destino guiado, a mil celdas he llegado de religiosas, que abiertas tienen las estrechas puertas, y en ninguna a Julia vi. ¿Dónde me lleváis así, esperanzas siempre inciertas? ¡Qué horror! ¡Qué silencio mudo! ¡Qué oscuridad tan funesta! Luz hay aquí; celda es esta, Corre una cortina. y en ella Julia, ¿qué dudo? ¿Tan poco el valor ayudo, que agora en hablalla tardo? ¿Qué es lo que espero? ¿Qué aguardo? Mas con impulso dudoso, si me animo temeroso, animoso me acobardo. Más belleza la humildad deste traje la asegura, que en la mujer la hermosura es la misma honestidad. Su peregrina beldad, de mi torpe amor objeto, hace en mí mayor efeto; que a un tiempo a mi amor incito, con la hermosura, apetito; con la honestidad, respeto. ¡Julia! ¡Ah Julia! ¿Quién me nombra? Mas, ¡cielos!, ¿qué es lo que veo? ¿Eres sombra del deseo, o del pensamiento sombra? ¿Tanto el mirarme te asombra? Pues ¿quién habrá que no intente huir de ti? Julia, detente. ¿Qué quieres, forma fingida, de la idea repetida? ¿Solo a la vista aparente, eres, para pena mía, voz de la imaginación?, ¿retrato de la ilusión?, ¿cuerpo de la fantasía?, ¿fantasma en la noche fría? Julia, escucha; Eusebio soy, que vivo a tus pies estoy; que si el pensamiento fuera, siempre contigo estuviera. Desengañándome voy con oírte, y considero que mi recato ofendido, más te quisiera fingido, Eusebio, que verdadero. Donde yo llorando muero, donde yo vivo penando, ¿qué quieres? ¡Estoy temblando! ¿Qué buscas? ¡Estoy muriendo! ¿Qué emprendes? ¡Estoy temiendo! ¿Qué intentas? ¡Estoy dudando! ¿Cómo has llegado hasta aquí? Todo es extremos amor, y mi pena y tu rigor hoy han de triunfar de mí. Hasta verte aquí sufrí con esperanza segura; pero viendo tu hermosura perdida, he atropellado el respeto del sagrado, y la ley de la clausura. De lo cierto, o de lo injusto, los dos la culpa tenemos, y en mí vienen dos extremos, que son la fuerza y el gusto. No puede darle disgusto al cielo mi pretensión: antes desta ejecución casada eras en secreto, y no cabe en un sujeto matrimonio y religión. No niego el lazo amoroso, que hizo con felicidades unir a dos voluntades; que fue su efeto forzoso, que te llamé amado esposo y que todo eso fue así, confieso; pero ya aquí, con voto de religiosa, a Cristo de ser su esposa mano y palabra le di. Ya soy suya, ¿qué me quieres? Vete, porque el mundo asombres, donde mates a los hombres, donde fuerces las mujeres. Vete, Eusebio; ya no esperes fruto de tu loco amor; para que te cause horror, que estoy en sagrado piensa. Cuanto es mayor tu defensa, es mi apetito mayor. Ya las paredes salté del convento, ya te vi; no es amor quien vive en mí, causa más oculta fue. Cumple mi gusto, o diré que tú misma me has llamado, que me has tenido encerrado en tu celda muchos días, y pues las desdichas mías me tienen desesperado, daré voces: sepan... Tente, Eusebio, mira... ¡ay de mí!, pasos siento por aquí, al coro atraviesa gente. ¡Cielo, no sé lo que intente! Cierra esa celda, y en ella estarás, pues atropella un temor a otro temor. ¡Qué poderoso es mi amor! ¡Qué rigurosa mi estrella! Ya son las tres, mucho tarda. El que goza su ventura, Ricardo, en la noche oscura, nunca el claro sol aguarda. Yo apuesto que le parece que nunca el sol madrugó tanto, y que hoy apresuró su curso. Siempre amanece más temprano a quien desea; pero al que goza, más tarde. No creas que al sol aguarde que en el oriente se vea. Dos horas son ya. No creo que Eusebio lo diga. Es justo, porque al fin son de su gusto las horas de tu deseo. ¿No sabes lo que he llegado hoy, Ricardo, a sospechar? Que Julia le envió a llamar. Pues si no fuera llamado, ¿quién a escalar se atreviera un convento? ¿No has sentido, Ricardo, a esta parte ruido? Sí. Pues llega la escalera. Déjame, mujer. Pues cuando vencida de tus deseos, movida de tus suspiros, obligada de tus ruegos, de tu llanto agradecida, dos veces a Dios ofendo, como a Dios y como a esposo, ¡mis brazos dejas, haciendo sin esperanzas desdenes, y sin posesión desprecios! ¿Dónde vas? Mujer, ¿qué intentas? Déjame, que voy huyendo de tus brazos, porque he visto no sé qué deidad en ellos. Llamas arrojan tus ojos, tus suspiros son de fuego, un volcán cada razón, un rayo cada cabello, cada palabra es mi muerte, cada regalo un infierno; tantos temores me causa la cruz que he visto en tu pecho. Señal prodigiosa ha sido, y no permitan los cielos que, aunque tanto los ofenda, pierda a la cruz el respeto; porque si la hago testigo de las culpas que cometo, ¿con qué vergüenza después llamarla en mi ayuda puedo? Quédate en tu religión, Julia, yo no te desprecio, pues más agora te adoro. Escucha, detente, Eusebio. Esta es la escala. Detente, o llévame allá. No puedo, pues que sin gozar la gloria que tanto esperé, te dejo. ¡Válgame el cielo! Caí. ¿Qué ha sido? ¿No ves la esfera del fuego poblada de ardientes rayos? ¿No miras sangriento el cielo, que todo sobre mí viene? ¿Dónde estar seguro puedo, si airado el cielo se muestra? Divina cruz, yo os prometo y os hago solemne voto, con cuantas cláusulas puedo, de en cualquier parte que os vea, las rodillas por el suelo, rezar un Ave María. Vanse llevándole, y dejan la escalera. Turbada y confusa quedo. ¿Aquestas fueron, ingrato, las firmezas? ¿Estos fueron los extremos de tu amor? ¿O son de mi amor extremos? Hasta vencerme a tu gusto, con amenazas, con ruegos, aquí amante, allí tirano porfiaste; pero luego que de tu gusto y mi pena pudiste llamarte dueño, antes de vencer, huiste. ¿Quién, sino tú, venció huyendo? ¡Muerta soy, cielos piadosos! ¿Por qué introdujo venenos Naturaleza, si había, para dar muerte, desprecios? Ellos me quitan la vida, pues que con nuevo tormento lo que me desprecia busco. ¿Quién vio tan dudoso efeto de amor? Cuando me rogaba con mil lágrimas, Eusebio, le dejaba, pero agora, porque él me deja, le ruego. Tales somos las mujeres, que, contra nuestros deseos, aun no queremos dar gusto con lo mismo que queremos. Ninguno nos quiera bien, si pretende alcanzar premio, que queridas despreciamos, y aborrecidas queremos. No siento que no me quiera, solo que me deje siento. Por aquí cayó; tras él me arrojaré. Mas ¿qué es esto?, ¿Esta no es escala? Sí. ¡Qué terrible pensamiento! Detente, imaginación, no me despeñes, que creo que si llego a consentir, a hacer el delito llego. ¿No saltó Eusebio por mí las paredes del convento? ¿No me holgué de verle yo en tantos peligros puesto por mi causa? Pues ¿qué dudo? ¿Qué me acobardo? ¿Qué temo? Lo mismo haré yo en salir, que él en entrar: si es lo mismo, también se holgará de verme por su causa en tales riesgos. Ya, por haber consentido, la misma culpa merezco; que si es tan grande el pecado, ¿por qué el gusto ha de ser menos? Si consentí y me dejó Dios de su mano, ¿no puedo de una culpa que es tan grande tener perdón? Pues ¿qué espero? Al mundo, al honor, a Dios, hallo perdido el respeto, cuando a ceguedad tan grande vendados los ojos vuelvo. Demonio soy, que he caído despeñado deste cielo, pues sin tener esperanzas de subir, no me arrepiento. Ya estoy fuera de sagrado, y de la noche el silencio, con su escuridad me tiene cubierta de horror y miedo. Tan deslumbrada camino, que en las tinieblas tropiezo, y aun no caigo en mi pecado. ¿Dónde voy? ¿Qué hago? ¿Qué intento? Con la muda confusión de tantos temores, temo que se me altera la sangre, que se me eriza el cabello. Turbada la fantasía, en el aire forma cuerpos, y sentencias contra mí pronuncia la voz del eco. El delito, que antes era quien me animaba, soberbio, es quien me acobarda agora. Apenas las plantas puedo mover, que el mismo temor grillos a mis pies ha puesto. Sobre mis hombros parece que caiga un prolijo peso que me oprime, y toda yo estoy cubierta de yelo. No quiero pasar de aquí, quiero volverme al convento, donde de aqueste pecado alcance perdón; pues creo de la clemencia divina, que no hay luces en el cielo, que no hay en el mar arenas, no hay átomos en el viento, que sumados todos juntos, no sean número pequeño de los pecados que sabe Dios perdonar. Pasos siento. A esta parte me retiro en tanto que pasan; luego subiré sin que me vean. Salen RICARDO y CELIO. Con el espanto de Eusebio, aquí se quedó la escala, y agora por ella vuelvo, no aclare el día y la vean a esta pared. Vuélvense a entrar los dos con la escala. Ya se fueron, agora podré subir sin que me sientan. ¿Qué es esto? ¿No es aquesta la pared de la escala? Pero creo que hacia estotra parte está. Ni aquí está tampoco. ¡Cielos! ¿Cómo he de subir sin ella? Mas ya mi desdicha entiendo: desta suerte me negáis la entrada vuestra, pues creo que cuando quiera subir arrepentida, no puedo. Pues si ya me habéis negado vuestra clemencia, mis hechos de mujer desesperada darán asombros al cielo, darán espantos al mundo, admiración a los tiempos, horror al mismo pecado, y terror al mismo infierno. Jornada III Sale GIL con muchas cruces, y una muy grande al pecho. Por leña a este monte voy, que Menga me lo ha mandado, y para ir seguro he hallado una brava invención hoy. Que de la cruz diz que es devoto Eusebio, y así he salido armado aquí de la cabeza a los pies. Dicho y hecho. ¡Él es, pardiez!; no topo, lleno de miedo, donde estar seguro puedo; sin alma quedo. Esta vez no me ha visto; yo quisiera esconderme hacia este lado mientras pasa; yo he tomado por guarda una cambronera para esconderme. ¡No es nada! Tanta púa es la más chica. ¡Pléguete Cristo!, más pica que perder una trocada, más que sentir un desprecio de una dama Fierabrás, que a todos admite, y más que tener celos de un necio. Sale EUSEBIO. No sé dónde podré ir, larga vida un triste tiene, que nunca la muerte viene a quien le cansa el vivir. Julia, yo me vi en tus brazos, cuando tan dichoso era, que de tus brazos pudiera hacer amor nuevos lazos. Sin gozar al fin dejé la gloria que no tenía; mas no fue la causa mía, causa más secreta fue, pues teniendo mi albedrío, superior efeto ha hecho que yo respete en tu pecho la cruz que tengo en el mío. Y pues con ella los dos, ¡ay Julia!, habemos nacido, secreto misterio ha sido, que lo entiende solo Dios. [Aparte.] Mucho pica, ya no puedo más sufrillo. Entre estos ramos hay gente. ¿Quién va? [Aparte.] Aquí echamos a perder todo el enredo. [Aparte.] Un hombre a un árbol atado, y una cruz al cuello tiene; cumplir mi voto conviene en el suelo arrodillado. ¿A quién, Eusebio, enderezas la oración, o de qué tratas? Si me adoras, ¿qué me atas? Si me atas, ¿qué me rezas? ¿Quién es? ¿A Gil no conoces? Desde que con el recado aquí me dejaste atado, no han aprovechado voces, para que alguien, (¡qué rigor!) me llegase a desatar. Pues no es aqueste el lugar donde te dejé. Señor, es verdad; mas yo, que vi que nadie llegaba, he andado de árbol en árbol atado hasta haber llegado aquí. Aquesta la causa fue de suceso tan extraño. Desátale. [Aparte.] Este es simple, y de mi daño cualquier suceso sabré.) Gil, yo te tengo afición, desde que otra vez hablamos, y aquí quiero que seamos amigos. Tiene razón, y quisiera, pues nos vemos tan amigos, no ir allá, sino andarme por acá, pues aquí todos seremos buñuleros, que diz que es holgada vida, y no andar todo el año a trabajar. Quédate conmigo, pues. Sale RICARDO y bandoleros, y traen a JULIA vestida de hombre, y cubierto el rostro. En lo bajo del camino, que esta montaña atraviesa, ahora hicimos una presa, que según es, imagino, que te dé gusto. Está bien; luego della trataremos. Sabe agora que tenemos un nuevo soldado. ¿Quién? Gil, ¿no me ve? Este villano, aunque le veis inocente, conoce notablemente desta tierra monte y llano, y en él será nuestra guía. Fuera desto al campo irá del enemigo, y será en él mi perdida espía. Arcabuz le podéis dar, y un vestido. Ya está aquí. Tengan lástima de mí, que me quedo a bandolear. ¿Quién es ese gentilhombre, que el rostro encubre? No ha sido posible que haya querido decir la patria y el nombre, porque al capitán no más dice que lo ha de decir. Bien te puedes descubrir, pues ya en mi presencia estás. ¿El capitán sois? Sí. ¡Ay Dios! Dime quién eres y a qué veniste. Yo lo diré estando solos los dos. Retiraos todos un poco. Ya estás a solas conmigo; solos árboles y flores, pueden ser mudos testigos de tus voces; quita el velo con que cubierto has traído el rostro, y dime, ¿quién eres? ¿Dónde vas? ¿Qué has pretendido? Habla. Vanse. Porque de una vez sepas a lo que he venido, y quién soy, saca la espada, pues desta manera digo, que soy quien viene a matarte. Con la defensa resisto tu osadía y mi temor, porque mayor había sido de la acción que de la voz. Riñe, cobarde, conmigo, y verás que con tu muerte vida y confusión te quito. Yo, por defenderme, más que por ofenderte, riño, que ya tu vida me importa, que si en este desafío te mato, no sé porqué, y si me matas lo mismo. Descúbrete agora pues, si te agrada. Bien has dicho, porque en venganzas de honor, si no es que conste el castigo al que fue ofensor, no queda satisfecho el ofendido. Descúbrese. ¿Conócesme? ¿Qué te espantas? ¿Qué me miras? Que rendido a la verdad y a la duda en confusos desvaríos, me espanto de lo que veo, me asombro de lo que miro. Ya me has visto. Sí, y de verte mi confusión ha crecido tanto, que si antes de agora alterados mis sentidos, desearon verte, ya desengañados, lo mismo que dieran antes por verte, dieran por no haberte visto. ¿Tú, Julia, tú en este monte? ¿Tú con profano vestido, dos veces violento en ti? ¿Cómo sola aquí has venido? ¿Qué es esto? Desprecios tuyos y desengaños míos. Y porque veas que es flecha disparada, ardiente tiro, veloz rayo, una mujer que corre tras su apetito. No solo me han dado gusto los pecados cometidos hasta agora, mas también me la dan si los repito. Salí del convento, fui al monte, y porque me dijo un pastor que mal guiada iba por aquel camino, neciamente temerosa, por evitar mi peligro le aseguré y le di muerte, siendo instrumento un cuchillo que en la petrina traía. Con este, que fue ministro de la muerte, a un caminante que cortésmente previno en las ancas de un caballo a tanto cansancio alivio, a la vista de una aldea, porque entrar en ella quiso, huyendo al poblado paga con la muerte el beneficio. Tres días fueron, y noches los que aquel desierto me hizo mesa de silvestres plantas, lechos de peñascos fríos. Llegué a una pobre cabaña, a cuyo techo pajizo juzgué pabellón dorado en la paz de mis sentidos. Liberal huéspeda fue una serrana conmigo, compitiendo en los deseos con el pastor, su marido. A la hambre y al cansancio dejé en su albergue vencidos con buena mesa; aunque pobre, manjar; aunque humilde, limpio. Pero al despedirme dellos, habiendo antes prevenido, que al buscarme no pudiesen decir: «Nosotros la vimos»; al cortés pastor, que al monte salió a enseñarme el camino, maté, y entré donde luego hago en su mujer lo mismo. Mas considerando entonces, que en este vestido mío mi pesquisidor llevaba, mudármele determino. Al fin, pues, por varios casos, con las armas y el vestido de un cazador, cuyo sueño, no imagen, trasunto vivo fue de la muerte, llegué aquí venciendo peligros, despreciando inconvenientes, y atropellando desinios. Con tanto asombro te escucho, con tanto temor te miro, que eres al oído encanto, si a la vista basilisco. Julia, yo no te desprecio; pero temo los peligros con que el cielo me amenaza, yo por eso me retiro. Vuélvete tú a tu convento, que yo temeroso vivo de esa cruz tanto, que huyo de ti. Mas, ¿de qué es este ruido? Salen los bandoleros. Prevén, señor, la defensa, que, apartados del camino, al monte Curcio y su gente en busca tuya han salido. De todas esas aldeas, tanto el número han crecido, que han venido contra ti, viejos, mujeres y niños, diciendo que han de vengar en tu sangre la de un hijo muerto a tus manos, y juran de llevarte por castigo, o por venganza de tantos, preso a Sena, muerto o vivo. Julia, después hablaremos. Cubre el rostro y ven conmigo, que no es bien que en poder quedes de tu padre, tu enemigo. Soldados, este es el día de mostrar aliento y brío. Porque ninguno desmaye, considere que atrevidos vienen a darnos la muerte, o prendernos, que es lo mismo; y si no, en pública cárcel de desdichas perseguidos, y sin honra, nos veremos; pues si esto hemos conocido, por la vida y por la honra, ¿quién temió el mayor peligro? No piensen que los tememos, salgamos a recibillos, que siempre está la fortuna de parte del atrevido. No hay que salir, que ya llegan a nosotros. Preveníos, y ninguno sea cobarde, que, ¡vive el cielo!, si miro huir alguno o retirarse, que he de ensangrentar los filos de aqueste acero en su pecho primero que en mi enemigo. Dentro. En lo encubierto del monte al traidor de Eusebio he visto, y para inútil defensa hace murallas sus riscos. Dentro. Ya entre las espesas ramas desde aquí los descubrimos. ¡A ellos! Esperad, villanos, que, ¡vive Dios!, que teñidos con vuestra sangre los campos han de ser ondosos ríos. De los cobardes villanos es el número excesivo. Dentro. ¿Adónde, Eusebio, te escondes? No escondo, que ya te sigo. Ruido dentro, y sale JULIA. Del monte que yo he buscado, apenas las yerbas piso, cuando horribles voces oigo, marciales campañas miro. De la pólvora los ecos, y del acero los filos, unos ofenden la vista, y otros turban el oído. Mas ¿qué es aquello que veo? Desbaratado y vencido todo el escuadrón de Eusebio le deja ya el enemigo. Quiero volver a juntar toda la gente que ha habido de Eusebio, y volver a dalles favor, que si los animo, seré en su defensa asombro del mundo, seré cuchillo de la parca, estrago fiero de sus vidas, vengativo espanto de los futuros y admiración de los siglos. Vase y sale GIL de bandolero. Por estar seguro, apenas fui bandolero novicio, cuando por ser bandolero me veo en tanto peligro. Cuando yo era labrador eran ellos los vencidos, y hoy, porque soy de la carda, va sucediendo lo mismo. Sin ser avariento traigo la desventura conmigo, pues tan desgraciado soy, que mil veces imagino que, a ser yo judío, fueran desgraciados los judíos. Salen MENGA y BLAS, y otros villanos. ¡A ellos, que van huyendo! No ha de quedar uno vivo tan solamente. Hacia aquí uno dellos se ha escondido. Muera este ladrón. Mirad, que yo soy. Ya nos ha dicho el traje que es bandolero. El traje les ha mentido como muy grande bellaco. Dale tú. Pégale, digo. Bien dado estoy y pegado. Advertid... No hay que advertirnos. Bandolero sois. Mirad, que soy Gil, voto a Cristo. ¿Pues no hablaras antes, Gil? Pues, Gil, ¿no lo hubieras dicho? ¿Qué más antes, si el yo soy os dije desde el principio? ¿Qué haces aquí? ¿No lo ves? Ofendo a Dios en el quinto: mato solo, más que juntos un médico y un estío. ¿Qué traje es este? Es el diablo. Maté a uno y su vestido me puse. ¿Pues cómo, di, no está de sangre teñido si le mataste? Eso es fácil: murió de miedo; esta ha sido la causa. Ven con nosotros, que vitoriosos seguimos los bandoleros, que agora cobardes nos han hüido. No más vestido, aunque vaya titiritando de frío. Vanse, y salen EUSEBIO y CURCIO peleando. Ya estamos solos los dos, gracias al cielo, que quiso dar la venganza a mi mano hoy, sin haber remitido a las ajenas mi agravio, ni tu muerte a ajenos filos. No ha sido en esta ocasión airado el cielo conmigo, Curcio, en haberte topado, porque si tu pecho vino ofendido, volverá castigado y ofendido. Aunque no sé qué respeto has puesto en mí, que he temido más tu enojo que tu acero, y aunque pudieran tus bríos darme temor, solo temo, cuando aquesas canas miro, que me hacen cobarde. Eusebio, yo confieso que has podido templar en mí de la ira con que agraviado te miro, gran parte; pero no quiero que pienses inadvertido que te dan temor mis canas, cuando puede el valor mío. Vuelve a reñir, que una estrella o algún favorable signo no es bastante a que yo pierda la venganza que consigo. Vuelve a reñir. ¿Yo temor? Neciamente has presumido que es temor lo que es respeto, aunque, si verdad te digo, la vitoria que deseo es, a tus plantas rendido, pedirte perdón, y a ellas pongo la espada que ha sido temor de tantos. Eusebio, no has de pensar que me animo a matarte con ventaja. Esta es mi espada. [Aparte.] Así quito la ocasión de darle muerte.) Ven a los brazos conmigo. Abrázanse y luchan. No sé qué efeto has hecho en mí, que el corazón dentro el pecho, a pesar de venganzas y de enojos, en lágrimas se asoma por los ojos, y en confusión tan fuerte, quisiera, por vengarte, darme muerte. Véngate en mí, tendida a tus plantas, señor, está mi vida. El acero de un noble, aunque ofendido, no se mancha en la sangre de un tendido, que quita grande parte de la gloria el que con sangre borra la vitoria. Dentro. Hacia aquí están. Mi gente vitoriosa viene a buscarme, cuando temerosa la tuya vuelve huyendo. Darte vida pretendo; escóndete, que en vano defenderé el enojo vengativo de un escuadrón villano; y solo tú imposible es quedar vivo. Yo, Curcio, nunca huyo de otro poder, aunque he temido el tuyo, que si mi mano aquesta espada cobra, verás cuánto valor en ti me falta, que en tu gente me sobra. Salen todos. Desde el más hondo valle a la más alta cumbre de aqueste monte, no ha quedado vivo ninguno, solo se ha escapado Eusebio, porque huyendo aquesta tarde... Mientes, que Eusebio nunca fue cobarde. ¿Aquí está Eusebio? ¡Muera! ¡Llegad, villanos! ¡Tente, Octavio, espera! ¿Pues tú, señor, que habías de animarnos, agora desconfías? ¿A un hombre amparas, que en tu sangre y honra introdujo el acero y la deshonra? ¿A un hombre que, atrevido, toda aquesta montaña ha destruido? Y a quien en el aldea no ha dejado melón, doncella que no haya catado, a quien tantos ha muerto, ¿cómo así le defiendes? ¿Qué es, señor, lo que dices? ¿Qué pretendes? Esperad, escuchad, (¡triste suceso!); ¿cuánto es mejor que a Sena vaya preso? Date a prisión, Eusebio, que prometo, y como noble juro, de ampararte, siendo abogado tuyo, aunque soy parte. Como a Curcio no más, yo me rindiera; mas como a juez no puedo, porque aquel es respeto, y esto es miedo. ¡Muera Eusebio! Advertid... ¿Pues qué? ¿Tú quieres defenderle? ¿A la patria traidor eres? ¿Yo traidor? Pues me agravias desta suerte, perdona, Eusebio, porque yo el primero tengo de ser en darte triste muerte. Quítate de delante, señor, porque tu vista no me espante, que viéndote, no dudo que te tenga tu gente por escudo. Vanse peleando adentro. Apretándole van, ¡oh quien pudiera darte agora la vida, Eusebio, aunque la suya misma diera! En el monte se ha entrado, por mil partes herido; retirándose va ya despeñado al valle. Voy volando, que aquella sangre fría, que con tímida voz me está llamando, algo tiene de mía; que sangre que no fuera propia, ni me llamara, ni la oyera. Vase CURCIO, y baja despeñado EUSEBIO. Cuando, de la vida incierto, me despeña la más alta cumbre, veo que me falta tierra donde caiga muerto; pero si mi culpa advierto, al alma reconocida, no el ver la vida perdida me atormenta, sino el ver cómo ha de satisfacer tantas culpas una vida. Ya me vuelve a perseguir este escuadrón vengativo, pues no puedo quedar vivo, he de matar o morir, aunque mejor será ir donde al cielo perdón pida; pero mis pasos impida la cruz, porque desta suerte ellos me den breve muerte y ella me dé eterna vida. Árbol donde el cielo quiso dar el fruto verdadero contra el bocado primero, flor del nuevo paraíso, arco de luz cuyo aviso en piélago más profundo la paz publicó del mundo; planta hermosa, fértil vid, arpa del nuevo David, tabla del Moisés segura: pecador soy, tus favores pido por justicia yo, pues Dios en ti padeció solo por los pecadores. A mí me debes tus loores, que por mí solo muriera Dios si más mundo no hubiera; luego eres tú, cruz, por mí, que Dios no muriera en ti, si yo pecador no fuera. Mi natural devoción siempre os pido con fe tanta, no permitieseis, cruz santa, muriese sin confesión. No seré el primer ladrón, que en vós se confiese a Dios. Y pues que ya somos dos, y yo no le he de negar, tampoco me ha de faltar redención que se obró en vós. Lisardo, cuando en mis brazos pude ofendido matarte, lugar di de confesarte, antes que en tan breves plazos se desatasen los lazos mortales. Y agora advierto en aquel viejo, aunque muerto: piedad de los dos aguardo. ¡Mira que muero, Lisardo; mira que te llamo, Alberto! Sale CURCIO. Hacia aquesta parte está. Si es que venís a matarme, muy poco haréis en quitarme vida que no tengo ya. ¿Qué bronce no ablandará tanta sangre derramada? Eusebio, rinde la espada. ¿A quién? A Curcio. Esta es. Y yo también a tus pies, de aquella ofensa pasada, te pido perdón. No puedo hablar más, porque una herida quita el aliento a la vida, cubriendo de horror y miedo el alma. Confuso quedo. ¿Será en ella de provecho remedio humano? Sospecho que la mejor medicina para el alma es la divina. ¿Dónde es la herida? En el pecho. Déjame poner en ella la mano, a ver si resiste el aliento. ¡Ay de mí, triste! ¿Qué señal divina y bella es esta, que al conocella toda el alma se turbó? Son las armas que me dio esta cruz, a cuyo pie nací, porque más no sé de mi nacimiento yo. Mi padre, que no señalo, aun la cuna me negó, que sin duda imaginó, que había de ser tan malo. Aquí nací. Y aquí igualo el dolor con el contento, con el gusto el sentimiento, efetos de un hado impío y agradable. ¡Ay, hijo mío!, pena y gloria en verte siento. Tú eres, Eusebio, mi hijo, si tantas señas advierto, que para llorarte muerto que justamente me aflijo, de tus razones colijo lo que el alma adivinó. Tu madre aquí te dejó en el lugar que te he hallado: donde cometí el pecado el cielo me castigó. Y aqueste lugar previene información de mi error; ¿pero cuál seña mayor que aquesta cruz, que conviene con otra que Julia tiene? Que no sin misterio el cielo os señaló, porque al suelo fuerais prodigio los dos. No puedo hablar, padre ¡adiós! porque ya de un mortal velo se cubre el cuerpo y la muerte niega, pasando veloz, para responderte voz, vida para conocerte y alma para obedecerte. Ya llega el golpe más fuerte, ya llega el trance más cierto. ¡Alberto! ¡Que llore muerto a quien aborrecí vivo!... ¡Ven, Alberto! ¡Oh, trance esquivo! ¡Guerra injusta! Alberto, Alberto. Muere. Ya el golpe más violento rindió el último aliento; paguen mis blancas canas tanto dolor. Tírase de las barbas y sale BLAS. Ya son tus quejas vanas. ¿Cuándo puso inconstante la fortuna en tu valor extremos? En ninguna llegó el rigor a tanto. Aneguen mis enojos este monte con llanto, puesto que es fuego el llanto de mis ojos. ¡Oh triste estrella! ¡Oh rigurosa suerte! ¡Oh atrevido dolor! Sale OCTAVIO. Hoy, Curcio, advierte la fortuna en los males de tu estado, cuantos puede sufrir un desdichado. El cielo sabe cuánto hablarte siento. ¿Qué ha sido? Julia falta del convento. El mismo pensamiento, di, ¿pudiera con el discurso hallar pena tan fiera, que [es] mi desdicha airada, sucedida, mayor que imaginada? Este cadáver frío, este que ves, Octavio, es hijo mío; mira si basta en confusión tan fuerte, cualquiera pena destas a una muerte. Dadme paciencia, ¡cielos!, o quitadme la vida agora perseguida de tormentos tan fieros. Sale GIL. ¡Señor! ¿Hay más dolor? Los bandoleros que huyeron castigados, en busca tuya vuelven animados de un demonio de hombre, que encubre dellos mismos rostro y nombre. Agora que mis penas fueron tales, que son lisonjas los mayores males. El cuerpo se retire lastimoso de Eusebio, en tanto que un sepulcro honroso, vuelto en cenizas, ve mi desventura. Pues ¿cómo piensas darle sepultura tú en lugar sagrado a un hombre que murió descomulgado? Quien desta suerte ha muerto, digno sepulcro sea este desierto. ¡Oh villana venganza! ¿Tanto poder en ti la ofensa alcanza, que pasas desta suerte los últimos umbrales de la muerte? Vase CURCIO. Sea en penas tan graves, su sepulcro las fieras y las aves. Del monte despeñado caiga por más rigor despedazado. Mejor es darle agora rústica sepultura entre estos ramos, pues ya la noche baja envuelta en esa lóbrega mortaja, aquí en el monte, Gil, con él te queda, porque sola tu voz avisar pueda, si algunas gentes vienen de las que huyeron. Vanse. ¡Linda flema tienen! A Eusebio han enterrado allí, y a mí aquí solo me han dejado. Señor Eusebio, acuérdese, le digo, que un tiempo fui su amigo. Mas ¿qué es esto? O me engaña mi deseo o mil personas a esta parte veo. Sale ALBERTO. Viniendo agora de Roma, en la muda suspensión de la noche, en este monte perdido otra vez estoy. Aquesta es la parte adonde la vida Eusebio me dio, y de sus soldados temo que en grande peligro estoy. ¡Alberto! ¿Qué aliento es este de una temerosa voz que repitiendo mi nombre en mis oídos sonó? ¡Alberto! Otra vez pronuncia mi nombre, y me pareció que es a esta parte; yo quiero ir llegando. ¡Santo Dios! Eusebio es, y ya es mi miedo de los miedos el mayor. ¡Alberto! Más cerca suena. Voz que discurres veloz el viento y mi nombre dices, ¿quién eres? Eusebio soy; llega, Alberto, hacia esta parte, adonde enterrado estoy; llega y levanta estos ramos. No temas. No temo yo. Yo sí. Descúbrele. Ya estás descubierto. Dime, de parte de Dios, ¿qué me quieres? De su parte, mi fe, Alberto, te llamó para que antes de morir me oyeses de confesión. Rato ha que hubiera muerto; pero libre se quedó del espíritu el cadáver, que de la muerte el feroz golpe le privó del uso, pero no le dividió. Levántase. Ven adonde mis pecados confiese, Alberto, que son más que del mar las arenas, y los átomos del sol. ¡Tanto con el cielo puede de la cruz la devoción! Pues yo cuantas penitencias hice hasta agora te doy, para que en tu culpa sirvan de alguna satisfación. Vanse, y salen por otra puerta JULIA, y bandoleros. ¡Por Dios, que va por su pie! Y para verlo mejor, el sol descubre sus rayos. A decirlo a todos voy. Agora que descuidados la vitoria los dejó entre los brazos del sueño, nos dan bastante ocasión. Si has de salirlos al paso, por esta parte es mejor, que ellos vienen por aquí. Salen todos y CURCIO. Sin duda que inmortal soy en los males que me matan, pues no me ha muerto el dolor. A todas partes hay gente; sepan todos de mi voz el más admirable caso que jamás el mundo vio. De donde enterrado estaba Eusebio, se levantó, llamando un clérigo a voces. Mas ¿para qué os cuento yo lo que todos podéis ver? Mirad con la devoción que está puesto de rodillas. Descúbrese de rodillas, y ALBERTO confesándole. ¡Mi hijo es, divino Dios! ¿Qué maravillas son estas? ¿Quién vio prodigio mayor? Así como el santo viejo hizo de la absolución la forma, segunda vez muerto a sus plantas cayó. Entre sus grandezas tantas, sepa el mundo la mayor maravilla de las suyas, porque la ensalce mi voz. Eusebio, después de muerto, el cielo depositó su espíritu en su cadáver hasta que se confesó, que tanto con Dios alcanza de la cruz la devoción. ¡Ay, hijo del alma mía! No fue desdichado, no, quien en su trágica muerte tantas glorias mereció. ¡Así Julia conociera sus culpas! ¡Válgame Dios! ¿Qué es lo que estoy escuchando? ¿Qué prodigio es este? ¿Yo soy la que a Eusebio pretende, y hermana de Eusebio soy? Pues sepan Curcio y el mundo, y sepan ya todos hoy mis graves culpas: yo misma, asombrada de mi error, daré voces; sepan todos cuantos hoy viven que yo soy Julia, en número infame de las malas la peor. Mas ya que ha sido común mi pecado, desde hoy lo será mi penitencia; y pidiéndole perdón al mundo del mal ejemplo, de la mala vida a Dios. ¡Oh asombro de las maldades! Con mis propias manos hoy te mataré, porque sean tu vida y tu muerte atroz. Valedme voz, cruz divina, que yo mi palabra os doy de volverme a mi convento y hacer nueva vida. ¡Adiós! Vase JULIA a lo alto, asida de la cruz que está en el sepulcro de EUSEBIO. ¡Gran milagro! Y con el fin de tan grande admiración, la devoción de la Cruz da felice fin su autor.