Pedro Calderón de la Barca El veneno y la triaca Personas EL PEREGRINO. LA INFANTA. EL ENTENDIMIENTO. LA INOCIENCIA. LA PRIMAVERA. EL ESTÍO. EL OTOÑO. EL IVIERNO. EL LUCERO. LA MUERTE. MÚSICA. Salen EL ENTENDIMIENTO, viejo venerable; LA INFANTA, dama; LA INOCIENCIA, de villana; los cuatro Tiempos y la MÚSICA. En la falda lisonjera deste monte coronado de flores, de tal manera que a él parece que ha llamado a cortes la primavera, con músicas excelentes de voces y de instrumentos, cantad tonos diferentes, que acompañen los acentos de las aves y las fuentes, y en la métrica destreza, (no sin divino misterio) encareced la belleza de la gran naturaleza, heredera del imperio. Aves, fuentes, auras, flores, todos a la Infanta decid amores. Aves, su luz saludad. Cantad, cantad. Fuentes, sus espejos sed. Corred, corred. Auras, su aliento aspirad. Volad, volad. Flores, sus galas tejed. Creced, creced. Y acudiendo al curso de tanta deidad, corred, volad, corred y cantad. Todos a la Infanta decid amores: cantad, aves; corred, fuentes; volad, auras; creced, flores. Árbitro docto de cuanto en acordada armonía, ya con risa, ya con llanto, cubre con su capa el día, y la noche con su manto: generoso Entendimiento, ayo mío, a quien fió el gran rey que me engendró, mi crianza, porque atento tus capacidades vio. No habrá menester mi afecto de quien mi deidad se arguya otro aplauso más perfecto que haber nacido hija suya, engendrada en su concepto. El sol, hermoso farol, con tan templado arrebol me ilumina suspendido, que sospecho que ha nacido para mi vasallo el sol. La luna, que diferente cada vez muestra semblante, mira a mi gusto obediente una vez hacia el levante y otra vez hacia el poniente. Todas esas tropas bellas de vividoras centellas me están influyendo amores, siendo en mis jardines flores las que en los suyos estrellas. Sírvenme los elementos: el fuego en claros tributos, el agua en dulces acentos, la tierra en sabrosos frutos, y el aire en blandos alientos. Y con halagos süaves, con acciones lisonjeras, a mis pies se postran graves, domesticadas las fieras y sin libertad las aves. Ese monstruo encarcelado, cuando más fiero se enoja, sobre sí mesmo elevado en crespas espumas moja el firmamento estrellado, sin que, atrevido, a la playa un paso más que otro haya, que asegurando mi pena, con un bocado de arena, le detiene el monte a raya. Y así, el festejo de hoy su encarecimiento yerra, si única heredera soy, de cuanto mirando estoy sobre la faz de la tierra. No con hermoso desdén desprecies festejo igual; deja que aplausos te den, que a ninguna suena mal de que la celebren bien; déjate llamar dichosa, aseada, discreta, hermosa, que a todas tan bien parece que aun una fea agradece el que la llamen hermosa, y de oírlo una fealdad (si hay quien se atreva a decirlo), hay muchas con vanidad; pues, en ti, ¿qué será oírlo, y el oírlo con verdad? ¡Qué poco, Inociencia, fueras inociencia si no hicieras caso de eso! No lo sé; pero aunque inocente, a fee que palabras lisonjeras me suenan bien. ¿Pues de quién las has oído? Ésa es alta pescuda; sepa él también que jamás un bobo falta que quiera a una boba bien. Cuando yo voy por ahí, también me dicen a mí resquiebros flores y fuentes, y aun de las mismas serpientes alguna vez las oí. Pues el día que agradada estés de nadie, verás tu inociencia castigada, porque al instante saldrás de palacio desterrada. La amenaza no me espanta, porque es nuestra amistad tanta que si me llegan a echar, sé yo que no ha de quedar en él la señora Infanta. Como ve que me ha agradado su rara simplicidad, estas alas ha cobrado. Cortarálas mi piedad, si de inociencia el estado trueca en malicia. Contentos tiempos del año, que atentos a mi hija hermosa servís, y obedientes la rendís aguas, montes, rayos, vientos, mientras en estos jardines alegre vive, cantad su perfección, y a estos fines guirnaldas la consagrad de claveles y jazmines. Todos la obedeceremos como en efeto, señor, Infanta nuestra, pues vemos que de lealtad y de amor vasallaje la debemos. La música oyendo, quiero por aqueste Paraíso divertirme, donde infiero que el cielo reducir quiso su retiro verdadero. Ven, pues de todo eres dueño, y aun todo es triunfo pequeño para lo que el rey te adora; y si la música agora te brindaré con el sueño, sobre los varios colores que, tejidos con primores, hechos alfombras están, los vientos te mullirán catres de rosas y flores. Cantad, y la voz ufana diga (no sin gran misterio) las perfecciones que hoy gana la Naturaleza Humana, heredera del imperio. Aves, fuentes, auras, flores, todos a la Infanta decid amores. Vanse cantando, y sale EL LUCERO, vestido de villano. Altos montes que al cielo, gigantes de esmeralda, alzáis con ceño la arrugada frente, ajando el claro velo que en la nevada espalda asegura su fábrica eminente, donde la transparente selva, que en luces bellas al sol causa desmayos, equivocando rayos de rosas y de estrellas, tanta noticia pierde, que trueca en nube azul el monte verde. Así, previlegiados, siempre alegres y hermosos duréis, siendo del sol bellos faetontes, tanto que, aunque anegados en abismos undosos, con montes de agua y piélagos de montes, atentos horizontes, vecinos os respeten las injurias del hado, y al cielo, coronado de espumas, se sujeten, levantando los hielos murallas de cristal hasta los cielos. Así, después del agua no pueda en tanto abismo profanaros tampoco tanto fuego como mi pecho fragua, y volcán de mí mismo, mi aliento espira cuando a veros llego triste, confuso y ciego; y el diluvio segundo que ha de borrar la esfera no os abrase ni hiera sino, pompa del mundo, os dejen sin desmayos, incendios de agua y tempestad de rayos. Que en vuestros campos bellos un pastor disfrazado admitáis, que pastor también he sido, a vivir vengo en ellos, adonde mi ganado ha de ser el rebaño más perdido, cobarde y atrevido. Amo a la Infanta bella que hereda el ancho imperio. de todo el hemisferio, y disfrazado a vella a estos jardines llego, sin luz y con amor dos veces ciego. Sale LA INOCIENCIA. En esos jardines bellos, cuantos hoy la han festejado sola a la Infanta han dejado, porque se ha dormido en ellos. Y aunque su beldad, pardiez, hoy conmigo se enojó, y de mal humor estó, no he de asistirla esta vez; perdone su remenencia. Aparte. (La ocasión que pretendí se dispone, pues aquí se ha quedado la Inociencia; por ella quiero empezar los disfraces de mi amor, pues la Inociencia, en rigor, será fácil de engañar; que no la conozco quiero fingir.) Bella labradora, pues sois deste campo aurora, ¿qué senda... Aparte. ¡Qué hombre tan fiero! ... es ésta en que estoy perdido? En lo que el camino erráis se ve, que perdido vais; pues por aquí habéis venido, que no hay paso por aquí; ¿la luz del sol no os guió? No, que la luz me faltó y por eso me perdí. Decidme, ¿qué tierra es ésta? De hablar con vos tengo miedo, que con ninguno hablar puedo; por eso no os doy respuesta, ni os digo que el rey supremo una hija hermosa engendró, ni que este jardín la dio por palacio, cuyo extremo de perfección Paraíso le ha llamado, ni que atento, por ayo al Entendimiento de la princesa hacer quiso, ni que ella vive esta esfera, ni que se apellida ufana la Naturaleza Humana; que mal en decirlo hiciera. Quiere irse. Teneos. ¡Ay Dios! A espacio, que me dais temor. ¿Por qué? Porque si os hablo, saldré desterrada de palacio; ni con otro ni con vos he de hablar. No os ausentéis, que es justo que me escuchéis, porque hemos de ser los dos de eterna amistad testigos. ¿Yo amiga vuestra? No haré, porque tenéis, a la ge, cara de pocos amigos. Escuchadme. Será error. Advertid. No he de oíros más. Sale LA INFANTA. Inociencia, ¿dónde vas? Huyendo deste pastor, que ha dado en que le he de oír, y desde que le miré tan gran miedo le cobré, que aun no sé por dónde huir. Supuesto que yo he llegado, ya no tienes qué temer, pues no se podrá atrever a darte ningún cuidado. ¿Quién sois? Mudo a veros llego. Aparte. Cada vez que más le miro, temerosa me retiro. Al llegarse EL LUCERO, se aparta LA INOCIENCIA. Aparte. ¡Monstruo soy de hielo y fuego! Aparte. Mirando en los dos está mi atención varios efectos de dos contrarios afectos: a cada paso que él da, la Inociencia mía se va otro paso retirando; ésta huyendo, aquél llegando, los pasos se están midiendo, y lo que él tarda viniendo, se apresura ella apartando. Fuerza es que misterio haya, aunque a mis ojos se niegue, pues para que éste se llegue, conviene que ésta se vaya. Yo en igual línea, igual raya, admiro la competencia de todos, y es evidencia clara: temo con justicia que éste viene con malicia, pues huye dél la Inociencia. Yo, bellísima señora, que con repetida salva burláis el llanto del alba y la risa del aurora, perdido de un monte agora a vuestros jardines vengo, donde el intento que tengo es servir y merecer, porque solamente ser esclavo vuestro prevengo. Si deste honor soberano logro el favor que apetezco, y a vuestras plantas merezco besar vuestra blanca mano, dichoso, alegre y ufano, haréis que vitoria igual con la pluma de un puñal en las cortezas escriba de algún tronco, donde viva su carácter inmortal. Lámina será tan rara el papel del tronco herido, que mi trofeo esculpido en la que hoy es tierna vara, con letra gótica y clara callar el paso se vea del árbol, hasta que sea -él gigante, ella inmortal-, un padrón original que el género humano lea. Sin razón te has retirado, Inociencia, que el que ves, gallardo y discreto es. ¿Por qué temor te ha causado? No sé; de haberle mirado le he aborrecido no más; no haremos paces jamás. ¿Quién eres (nada te espante), di? Pues si él pasa adelante, daré yo otro paso atrás. Yo soy, bellísima Infanta de aqueste imperio, infeliz, hermosa envidia de mayo, bella injuria del abril... Yo soy (ya que, humana, quieres de mí informarte de mí), aunque este rústico traje pueda mi voz desmentir, príncipe augusto e ilustre de otro extranjero país. Tan altivo soy, que el sol, que por nubes de rubí hace a la aurora llorar, por ver al alba reír, presumo (y no sin razón) que yo le enseñé a lucir; pues primero que el sol mismo alumbré y resplandecí. Esos rayos, que él divulga más vivos desde el cenit, se encendieron en las muertas pavesas que yo perdí. Lucero, y no sol, me nombro, que viéndome presidir a las sombras de la noche, me llamó Isaías así. En el Empíreo que fue mi patria, engendrado fui tan galán por mi persona, por mi lustre tan gentil, por mi esfuerzo tan valiente, por mi ingenio tan sutil, que el mismo rey, por mis prendas, aficionado de mí, valido suyo me hizo, poniéndome junto a sí. Tanto a fiarme llegó, que me llegó a descubrir los más ocultos secretos de su amor; mas, ¡ay de mí!, que allí acabó mi privanza, mi tragedia empezó allí. Pues enseñándome un día, entre uno y otro perfil, un retrato de su esposa, desde el punto que la vi, empecé, celoso y triste, a padecer y sentir, porque en la pintura estaba con vida y alma el matiz; y arrebatado en su amor, sin obrar ni discurrir, con mudas voces me acuerdo que dije al retrato así: «Bellísima deidad, que repetida, de uno y otro matiz, vives pintada; bellísima deidad, que iluminada de un rayo y otro, animas colorida, ¿cómo, estando en la lámina sin vida, dejas la vida a tu beldad postrada? ¿Cómo, estando en el bronce inanimada, dejas el alma a tu beldad rendida? Si nació con estrella tan segura tu dueño, y él no más es señor della, el influjo que debe a luz tan pura vuelve a su original (¡oh copia bella!), que es mucha vanidad de una hermosura querer estar pintada con su estrella». Dije; y como mal los celos un noble sabe fingir (porque, en efecto, no es noble el que con celos no es vil), celoso, desesperado y atrevido pretendí de las bodas de mi dueño estorbar el dulce fin, y como es del envidioso naturaleza decir mal de lo mismo que envidia, a decir mal me atreví, no de su hermosura, que era un humano serafín, sino de su calidad, procurando divertir del intento al rey, diciendo que sería deslucir su majestad de inferior naturaleza admitir esposa; y que yo el primero había de ser desde allí el que rehusase jurarla su esposa y mi emperatriz. Enojado el rey de oírme, en su aspecto le temí, pero ya desesperado, hasta vencer o morir, no sólo emprendí quitarle la esposa, pero emprendí quitarle el reino, anhelando hasta llegar a subir a coronarme en su trono, y si no lo conseguí, bástame que lo intenté, y no merece adquirir nombre de infeliz aquél que es por reinar infeliz; fuera de que no fue sola aquesta ambición en mí, pues muchos vasallos suyos que me llegaron a oír se pusieron de mi parte, y vuelta en guerra civil la corte, los rebelados publicamos el motín. Comuneros del Empíreo, ciento a ciento, y mil a mil, armamos tres escuadrones sobre campos de zafir. De la parte del rey, otros que quisieron presumir de leales se pusieron, y apenas roncó un clarín estremeciendo los aires, hizo señal de embestir, cuando se trabó el encuentro de la más sangrienta lid, que sin sangre corrió mares de púrpura y de carmín... Aquí... de acordarme ahora todo me confundo... Aquí fue la mayor confusión que se ha de ver ni escribir, porque titubeando toda esa fábrica, la vi desplomada de sus ejes, sobre los montes venir de la tierra; y aun alguno, que la salió a recibir hasta ahora la sustenta sobre su verde cerviz. Vencido (ya te lo dije) y desterrado salí de la corte, tan cobarde que no lo puedo encubrir; cincuenta y cuatro millones de leguas veloz corrí de un aliento, siendo el aire que llegaba a discurrir una exhalación leonada, una estrella carmesí; mas tan vano de la empresa, aunque la empresa perdí, que mientras Dios fuere Dios no me pienso arrepentir, gracias a la causa della, que fue el retrato que vi, lineado con los colores del clavel y del jazmín, de quien el original eres tú, porque de ti el ejemplar de la idea de Dios le sacó; y así en tu busca, Infanta hermosa, (donde el rey tu padre intenta tu belleza divertir) he venido, amante y firme, de jardinero a servir, por poder de mis deseos la esperanza conseguir. Un imperio me has costado, y si me valiera aquí hablar con él, otra vez le aventurara por ti. Agradece esta fineza; duélete, Infanta, de mí, que si yo morir pudiera de amor, me vieras morir. No por pobre me desprecies, que aunque vencido salí, en el centro de la tierra (que es contrapuesto nadir) imperios tengo, señora, con que poderte servir. De las venas de la tierra, desangrado el Potosí hilo a hilo te traeré su plata, el oro de Ofir; de las minas, los diamantes brutos sacaré, y sutil, porque brillen los verás unos con otros pulir. Cogeré el llanto del alba en conchas, para que así sean perlas al nacer, lágrimas al concebir. El coral, árbol del mar, de su seno azul turquí sacaré, y pegada a él, haciéndosela escupir, la espuma de la ballena, convertida en ámbar gris; porque la tierra y el mar, obedientes a este fin, te tributen sus tesoros, para adornar y lucir las cintas de tu coturno, los lazos de tu chapín. Disimulado pastor que a aquestos jardines vienes desterrado de tu patria: ese imperio que encareces, hasta hablar en tus amores te he escuchado cortésmente; pero ya que tan soberbio a mi decoro te atreves, mi gran vanidad profanas, mi justo respeto pierdes, es fuerza que te castigue con iras y con desdenes. Estos jardines hermosos, que de Paraíso tienen el nombre, y donde yo asisto porque mi padre lo quiere, no viven acostumbrados a disfraces que contienen en sus lisonjas venenos y en sus sentimientos muertes. Vete, pues, de mi presencia, antes que rigor más fuerte te desengañe. ¿Qué aguardas? Vete de mi vista, vete, porque eres un basilisco, una hidra, un áspid eres, que con el aliento sólo rayos en mi pecho enciendes. ¡Cuánto el mirarte enojada me acobarda!, ¡cuánto el verte quejosa!; porque con iras, eres hermosa dos veces. Vuelve LA INOCIENCIA a acercarse, y EL LUCERO se aparta. ¡Qué a mi gusto has respondido! Aparte. (Cuando aquel pastor aleve de mis ojos se retira, a mí la Inociencia vuelve; sin duda, que incompatibles son los dos, porque no pueden estar juntos.) ¡Inociencia, llégate más! Aparte. De esa suerte apartareme yo más. ¿Qué es, señora, lo que quieres? De ese extranjero pastor me guarda, ampara y defiende. En tu ayuda me hallarás siempre que llamarme intentes, que yo en la ocasión estoy retirada, mas no ausente. No huyas, que ya no te sigo; dime sólo si merece mi amor alguna esperanza, aunque el viento se la lleve. ¿Qué haré yo para obligarte? Una cosa solamente. No dilates el decirla. Que te vayas, que te ausentes, y en mi estado, de Inociencia acompañada me dejes. Vanse las dos de las manos. Una cosa sola en que no pudiera obedecerte me has pedido; mas quien pide lo imposible, no se queje de no ser obedecido, y es imposible que llegue yo a olvidar, porque no olvidan espíritus lo que aprenden, y todo espíritu soy, tal, que ofendido de verme despreciado, en ira y rabia envuelto, soy un ardiente volcán; mi amor es el fuego, y tu desprecio la nieve; mas, pues finezas no bastan, bella Infanta, a enternecerte, pueda el ingenio alcanzar lo que el afecto no puede. Yo supe ciencias, yo supe por ellas los diferentes secretos que hierbas, plantas, piedras y frutos contienen. Del más venenoso hechizo contra ti pienso valerme, que te haga, por fuerza mía, las viandas excelentes, que aquesas copas te sirven; los cristales que estas fuentes te rinden, siempre sonoras; las bellas flores alegres, que tributan estos cuadros en hermosos ramilletes he de avenenar, llamando a que confecciones temple el veneno del hechizo, a la Muerte, que la Muerte mágica es, que fingir sabe mil fantasmas aparentes. ¡Oh tú, horror de los mortales!, preciso fuero en sus leyes, exceptuación de ninguno y juez de todo viviente, nunca engañado contraste de los superiores leves, pues en el imperio mío hoy hecha alianza tienes, y eternamente han de ser amigos Pecado y Muerte, escucha mis tristes voces. Ábrese un árbol y sale LA MUERTE. ¿Qué es, príncipe, lo que quieres? ¿Dónde estás? En este tronco mi horror se alberga, porque este primero sepulcro mío es albergue de la Muerte. De ti me vengo a valer. A tu obediencia me tienes. Pues eres destos jardines disimulada serpiente, dime: ¿en qué fruta, en qué flor, en qué planta o en qué fuente podré poner un hechizo, con que mi magia pretende atraer una hermosura a mi voluntad rebelde? Baja al tablado. Yo te lo diré, pues ya los tiempos todos ofrecen juntos, porque aquí son todos Primavera solamente, que Ivierno, Otoño y Estío, aunque sus frutos ofrecen, como ella es sola la dama, la dejan lucir corteses. Pues vienen (digo otra vez) juntos, ufanos y alegres a servirla la vianda con sus dones excelentes, con ellos introducidos veamos el más conveniente para poner el veneno. Pues a lo que traen atiende. Sale EL IVIERNO con un vidrio de agua en una salva. ¿Quién es aquéste? El Ivierno. ¿Y qué lleva? En una salva la sirve la copa. Fragua en ella el hechizo eterno, que ha de poblar el Averno, reino nuestro. No podré mezclarle en agua. ¿Por qué? Antes agua clara y pura quitar las fuerzas procura al veneno que yo dé. No te entiendo. Es un abismo que yo tampoco lo entiendo, porque ha de ser estupendo sacramento el del Bautismo, que ha de asombrarme a mí mismo. Sale LA PRIMAVERA con un canastillo de flores. Ya viene la Primavera, cuya estación lisonjera toda es regalos y amores. Y ¿qué lleva? Hermosas flores. Ya tu venganza, ¿qué espera? En flores disimulado el áspid está. Es así, pero a las flores aquí he temido y respetado, porque cualquiera es traslado de una flor, cuya belleza pasma a la naturaleza; flor sin mancilla y, en fin, respeto en rosa y jazmín, virginidad y pureza. Sale EL ESTÍO con unas espigas. Pues ya ha llegado el Estío. ¿Y qué lleva? Espigas lleva, a avenenárselas prueba. El tocarlas desconfío yo con el veneno mío. ¿Es posible que eso digas? Sí, que las rubias espigas tienen un secreto en sí que me obligan (¡ay de mí!) a dilatar mis fatigas. Está entre sus granos de oro un gran misterio encerrado; no puedo yo dar bocado en ellas, que aunque lo ignoro, sé que es un rico tesoro de alguna mina escondida, que está en ellas prevenida, y que yo he de dar, advierte, el bocado de la muerte, no el bocado de la vida. Sale EL OTOÑO con un cestillo de frutas. Pues ya el Otoño ha venido con bravas frutas, ¿Aquí pondrás el veneno? Sí; entre frutas escondido, puesto que gusano ha sido, estará bien. Pues advierte no lleguen a conocerte. Pues ponle tú: yo me iré, que ya tiene entradas sé en cualquier tiempo la Muerte. Vase. Tiempos del año, ¿dó bueno? ¡Hola, Primavera! ¡Alerta, que hay culebras en la güerta! Vuestra malicia condeno. ¿Qué lleváis aquí? Yo, espigas; si queréis dellas, tomad. ¿Y tú? Flores. En verdad que con tu hermosura obligas a que la tengan las flores. No he visto en toda mi vida culebra más entendida. ¿Tú, Ivierno? Son mis favores agua pura, helada y clara. El don como tuyo fue. ¿Es muy mala? Pues yo sé que más de uno la tomara. Mete entre las frutas el áspid que traía en el pecho. ¿Tú, qué llevas? Frutas llevo. ¡Qué hermosas son! Aparte. (Ya dejé el áspid allá y logré la traición a que me atrevo.) Tiempos alegres, pues ya veis a la Infanta presente, que hecho espejo de una fuente, mirándose en ella está, su hermosura y gentileza, su grandeza referid; enamoradla, y decid requiebros a su belleza. Véese LA INFANTA mirándose en la fuente. Cantan. En el cristal de una fuente, viendo su hermosura rara se enamora de sí propia la Naturaleza Humana. Salen LA INFANTA y LA INOCIENCIA. Es verdad que de manera mi hermosura me agradó, viéndome al espejo yo desta fuente lisonjera, que nunca dejar quisiera de mirarme en ella ufana. ¡Cuál será de soberana mi vista, si así es la copia! Se enamora de sí propia la Naturaleza Humana. Y con razón, a la fee, estás contenta, señora, porque la más bella aurora, sombra de tus rayos fue. Siéntate aquí para que flores de púrpura y grana repitan de mejor gana, viendo que tu luz las copia. Se enamora de sí propia la Naturaleza Humana. Todos los tiempos presentes están a tus plantas bellas. ¡Oh, si para verme en ellas todo el mundo fuera fuentes! Si de la siesta el calor te fatiga, reina mía, este vidrio de agua fría podrá templar el ardor. De mis flores, las mejores, esta guirnalda te he hecho, y ya en tu frente sospecho que son estrellas, no flores. Estas espigas cogí para ofrecerte, pues eres tú la verdadera Ceres. Yo estas frutas, para ti he traído; come de ellas, pues que tan hermosas son. Aparte. (Aquésta es buena ocasión para brindar yo con ellas.) Yo, señora, el jardinero de tus jardines he sido; como tal, he conocido el fruto más lisonjero. Aquesta poma es hermosa; come de ella; aumentarás tu perfección, pues serás aún más discreta que hermosa. Vase. La manzana que me ofreces, por sí es tan hermosa y bella, que me obliga a comer de ella. Mira bien lo que apeteces, que hay aquí fruta vedada, si de un precepto te acuerdas, y así, antes que la muerdas... Ya tu inociencia me enfada. Si el jardinero me dice que ésta es la fruta más bella, ¿por dejar de comer de ella dejaré de ser felice? Come de ella y se estremece. Pues que mi don la agradó, mil fiestas hacer quisiera; ¡va de baile, Primavera! ¡Pardiez, que he de ayudar yo! Festejando su reina los tiempos bailan; propio es de los tiempos hacer mudanzas. Furiosa. Cesen los dulces acentos de vuestras sonoras voces, que suspendieron veloces la libertad de los vientos; cese de los instrumentos la armonía; y de otra suerte (¡grave pena, dolor fuerte!) en vez del sonoro canto, celebrad, con triste llanto, las exequias de mi muerte; que no sé qué efecto ha hecho en mí esta imaginación, que pienso que el corazón se me ha quebrado en el pecho, y pienso bien, bien sospecho, pues por salirse acá fuera, en él late de manera que creo que muchos son, porque sólo un corazón tan gran fuerza no tuviera. Cae desmayada. ¿Qué es lo que la ha sucedido que así llora, que así siente? Gran mal, extraño accidente la ha privado del sentido. Mal de corazón ha sido, pues así la ha desmayado. Yerto cadáver helado es ya. ¿Inociencia? ¿Qué quieres? Pues tú, entre nosotros, eres quien más la ha hablado y tratado, dinos si esto suceder suele. La inorancia es rara: ¿si aquesto otra vez pasara, no lo habíais de saber, tiempos, vosotros? Yo no. Sin tiempo nada pasó; mas sin Inociencia, sí; luego supiéraislo aquí vosotros mejor que yo. Esto nunca ha sucedido, pues que lo habéis ignorado. Y tú el sentido has cobrado cuando ella le ha perdido. ¿Qué mudanza aquesta ha sido? Yo no sé que la haya en mí; mas lo es lo que discurrí de este mortal accidente que nuestra princesa siente. ¿Pues tú discurres ya? Sí. El bocado que comió sin duda era avenenado, y enemigo disfrazado el áspid que se le dio. Como es veneno, corrió al corazón con codicia de apoderarse; esto indicia mi ingenio de su dolencia. ¡Gran mal, ay, que la Inociencia habla ya como Malicia! En mí no hay mudanza hoy, y si por dicha la ha habido, de ajena culpa ha nacido. ¡Ay de mí, infeliz! ¿Quién soy? Vuelve en sí. Ya vuelve en sí. ¿Dónde estoy? ¿Qué campo es éste que piso? ¿Qué peñasco el que diviso de tan extraña aspereza? ¿No soy la Naturaleza, reina ya del Paraíso? ¿Pues quién me ha arrojado dél? ¿Señora? ¿Quién eres? Yo, la Inociencia. Aqueso, no; la Malicia, sí, crüel, pues que traes contigo aquel león que en mortales lazos, esperezando los brazos y abriendo la boca viene, porque ya licencia tiene para hacerme mil pedazos. Sosiégate. ¿Qué recelas? Que no eres vasallo mío; pasa presto, Ivierno frío, que con tu nieve me hielas. Sin ocasión te desvelas: cobra tus prendas divinas, de rosas y clavellinas vuelve a coronarte. Espera; pasa presto, Primavera, que las traes llenas de espinas. ¿De qué nacen los desmayos? De mirarte a ti presente; pasa presto, Estío ardiente, que me abrasas con tus rayos. Si agostos, diciembres, mayos, te ofenden con sus tributos, muestra los ojos enjutos, que yo... De mirarte muero; pasa presto, Otoño fiero, que son enfermos tus frutos. Los tiempos con sus presencias la cantaron y afligieron, y las que lisonjas fueron se han trocado en inclemencias; que pasen sus influencias pide a todos, sin saber, que es apresurar su ser: que ha de llorar viendo estoy, en pasando el día de hoy, mañana, por el de ayer. Hermoso luciente sol, que ayer tanta luz me diste, ¿cómo hoy en pálida y triste noche envuelves tu arrebol? Luna, trémulo farol de la noche, astro inconstante, que ayer con blanco semblante me iluminaste luciente, ¿cómo hoy, si todo el creciente, padeces todo el menguante? Flores, que ayer a mis ojos blancas, purpúreas y bellas fuisteis humanas centellas, ¿cómo hoy todas sois abrojos? Fieras, que ayer en despojos me rendisteis mil halagos, y quedándose en amagos vuestra saña suspendida, fuisteis lisonja a mi vida, ¿cómo hoy todas sois estragos? Aves, que auroras y siestas érades dulces, y graves músicas ayer süaves, ¿cómo hoy todas sois funestas? Fuentes, que en estas florestas ayer érades espejos guarnecidos de bosquejos, ¿cómo mirándoos estoy a todas tan turbias hoy, sin visos y sin reflejos? En todo mudanza veo. ¡Con qué extrañeza lo admiro! ¡En todo novedad miro! ¡Con qué de asombro lo creo! Saber si en mí la hay, deseo. Aunque estés tan turbia, en ti, fuente, he de verme. ¡Ay de mí! Un yerto cadáver es el que llego a mirar, pues nada soy de lo que fui. Aunque esto que soy no sea, desde este peñasco al mar hoy me he de precipitar. Detiénela LA INOCIENCIA. ¡Que haya quien aquesto vea que tales locuras crea! Corred, tiempos, id de presto, que a matarse se ha dispuesto. Que bien hacéis en venir, que es ayudarme a morir; corred vosotros. Sale EL ENTENDIMIENTO. ¿Qué es esto? Entendimiento, señor, si tú no hubieras llegado, me hubiera desesperado deste monte mi furor, porque este mortal rigor un hechizo es que me injuria; es un veneno, una furia; es un frenesí, un delirio; es una pena, un martirio; es un tormento, una injuria, que ha trocado mi hermosura en una horrible fealdad, en estrago mi deidad, en sombra mi lumbre pura, en desdicha mi ventura, en tristeza mi alegría, en silencio mi armonía, en muerto olvido mi fama, en vil pavesa mi llama y en triste noche mi día. El sol se me ha oscurecido, la luna se me ha eclipsado, los brutos se han rebelado, los pájaros se han huido, las fuentes se han suspendido, hánseme armado las flores, y para penas mayores, para mayores violencias, los tiempos en inclemencias se han vestido de rigores. Mas ¿para qué sutiliza más mi discurso, si llego a conocer que hubo fuego, donde agora no hay ceniza? Un dolor me martiriza el corazón con tirana fuerza, con saña inhumana: mortales, venid a ver, que en quien no es hoy lo que ayer, no será lo que hoy mañana. Vase. Oye, aguarda; de mí huye. ¡Oh cuántas veces, oh cuántas, temí en mi discurso esta inobediente desgracia! ¿Qué buena cuenta daré al rey yo de su crianza, si ya sin su Entendimiento va corriendo estas campañas? Ya me pesa que haya hecho, a imagen y semejanza suya, el rey esta hermosura. Los jardines deja y pasa a los montes. Como loca por ellos discurre y anda. Aparte. ¡Oh quién pudiera escuchar lo que éstos entre sí hablan! Ya, como defectuosa, no puede, aunque sea la Infanta nuestra, heredar este reino. Yo, a lo menos, no he de darla obediencia, que incapaz es de reinar quien no alcanza entendimiento y razón. ¿Habrá más que degradarla y no admitirla? ¿Qué habláis allá entre vosotros? Nada. ¿Para que mentís, traidores? Mucho es, señor, lo que tratan; todo lo escuché. No fueras Malicia si no escucharas. Dicen que hay ley de que nadie pueda heredar si le falta entendimiento, y que estando defectuosa la Infanta, y incapaz, reinar no puede, y que ninguno ha de darla obediencia. Es la verdad; que no habemos de negarla en ninguno de nosotros si aquesto adelante pasa; ya se ha de hallar obediencia, a lo menos voluntaria, porque si no nos cultiva, nos riega, nos siembra y labra, no la habemos de rendir hoja, flor, fruto ni planta. Decís bien, que en ningún tiempo podrá tener esperanza de heredar al rey, su padre, si incapaz pierde su gracia. Pero si deste accidente cura, convalece y sana, volviendo a quedar como antes, con razón, discurso y alma, ¿volveréis a obedecerla? Entonces todos a darla vasallaje volveremos. Pues diligencias se hagan para su cura; publique en altas voces la Fama discurriendo cielo y tierra, llena de plumas y alas, que yo de parte del rey aseguro esta palabra, que la darán por esposa al que tenga ciencia tanta que deste grave accidente se dispusiere a sanarla. Vengan de remotas partes doctos médicos, y hagan experiencias, que en alguna tengo puesta mi esperanza que la trïaca ha de hallar del veneno que la agravia, porque del mal y del bien haya sabido la Infanta cuando haya experimentado del veneno y la trïaca. Vase. Corred, tiempos; volad, tiempos, y decid con voces altas a cuantos nacidos fueren esta novedad extraña, que yo también la diré, pues dejando de villana el traje (que siempre ha sido la Malicia cortesana), bajaré al mundo, vestida de adornos, plumas y galas, introduciéndome en todos, pues en todos tiene entrada una malicia, que pocos son los que de ella se guardan. Vase. Pues ya juntos no podemos ir, y es forzoso que vayan los tiempos unos tras otros, quédese alguno de guarda y descansemos los tres, si es que los tiempos descansan, estando siempre corriendo. Al Ivierno, por sus canas, se le dé la primacía. Quédese el Ivierno, y vaya empezando en él el año. Vanse. Ya de la posta se encarga mi vejez; retiraos todos, hasta llegar vuestra estancia; ya que este tiempo es el mío, llénese de iras heladas todo el orbe; no süave respire amorosa el aura, brame el austro, gima el noto, y esos montes de esmeraldas, vestidos de verde pompa, desnuden y con la escarcha contra rayos de su sol, armados monstruos de plata, caduquen todas las flores, yertos los troncos y ramas, esqueletos destos prados, queden en sola la estatua, en las prisiones de hielos estén captivas las aguas, y todo en mi edad padezca mil confusas destemplanzas... Suena un clarín y descúbrese un bajel en el mar, y EL PEREGRINO en la popa, y dicen dentro: «¡A tierra!». Pero, ¿qué es esto? Un clarín sonó en el mar; no sin causa, pues una nave rompiendo viene su cerúlea espalda. ¡Tierra, tierra! Pues aborda en aquellas cumbres altas, que, pues vengo a tomar tierra, en ellas quiero tomarla. Solo quiero entrar; ninguno conmigo del bajel salga; queden a esperarme en él todos los que me acompañan, sobre las ondas del mar, donde su quilla sagrada, conque ha de vencer tormentas, ninguno podrá anegarla. Sale del bajel y baja por el monte Un gallardo joven es el que tomó tierra. ¡Extraña región es ésta! ¡Qué mal me recibe, pues la saña de los vientos y los hielos, me ofenden y me traspasan! ¡Oh tú, que de posta estás paseándote en la playa!, dime, ¿qué provincia es ésta? y ¿quién eres tú, que guardas aquestos puertos? Sí haré; aquesta tierra se llama el Mundo, y yo soy en él el Ivierno. ¿Y en tu estancia no darás a un peregrino que de provincias extrañas en el rigor de tus hielos a tierra sale posada? Sí; para huéspedes pobres no tengo más que una casa, con las iras de mis lluvias y mis vientos derribada, y no hay más en toda ella que un pesebre y unas pajas. Yo la acepto. Buena noche pasaréis. Por alabanza, se llamará Noche Buena. Pues entrad, señor, a honrarla, y decidme: ¿vos quién sois? Para dicho ahora, en tanta miseria, sois crüel; pero que os digan mis voces basta ser un sabio peregrino, que en esa nave, cargada de riquezas del oriente, que es donde yace mi patria, al Mundo vengo, llamado de las gentes que me aguardan, a dar la salud y vida a una bellísima Infanta, que dicen que en él padece una enfermedad extraña de hechizos. Y como yo discurro regiones varias, y fui mercader de oro, he empleado en cosas raras mi caudal, y en dos especies tengo puesta la esperanza de que he de restituirla a su hermosura y su gracia. Serás muy bien recibido, y yo diré en voces altas quién eres y a lo que vienes, porque a recibirte salgan, que si el accidente curas que a nuestra Infanta destierra, dirán todas las criaturas... Dentro. ¡Gloria a Dios en las alturas, y paz al hombre en la tierra! Albricias, Entendimiento, que hoy se ha albergado en mi casa un extranjero, que trae la salud de nuestra Infanta. Sale EL ENTENDIMIENTO con una hacha encendida. A darle dones saldré, guiado de aquesta clara antorcha, que ya es estrella que me guía. ¡Cosa extraña! El Entendimiento, rey de las potencias del alma, él mismo en persona viene a buscarle. ¿Qué te espantas de uno? Que si las potencias son tres y aquéste avasalla a las dos, tres reyes son los que me buscan y alaban. Extranjero peregrino, que de las cumbres más altas de otros imperios desciendes a las humildes y bajas regiones del Mundo, vengas en hora dichosa a honrarlas. Generoso Entendimiento, a cuyo cuidado encarga el grande rey del Empíreo la crianza de la Infanta, hija suya, hasta que fuese tiempo y edad de llevarla a coronar a su corte, como heredera de cuantas provincias el sol alumbra, desde la noche hasta el alba, las voces de muchos que, tocados de su desgracia, penetraron cielo y tierra, me han obligado a escucharla, y así, respondiendo a ellas, en ese monte con alas, águila del mar sin plumas, delfín del sol sin escamas, embarcado, el ancho mar surco cargado de varias mercancías, de quien trigo es la de más importancia, y vengo a usar de un remedio que no dudo su eficacia. No me ha obligado a esto sólo la codicia de su rara beldad, sino el parentesco, que aunque ella Infanta se llama, y yo mercader, de parte de madre, ha sido mi hermana: que soy noble, tanto, que, en el Empíreo, mi patria, fui la segunda persona, y aun a la primera iguala mi calidad, porque somos una esempcia, una substancia. Así lo creo; venid a más sumptüoso alcázar. No busco comodidades, que ya sé que penas, ansias, fatigas, hambres y sedes, en este mundo me aguardan. Alumbrando me he de ir de tu vista, y no del hacha, pues eres luz de la luz, y prosigan tu alabanza voces que rompan los vientos, sin saberse quién las canta. Dentro. Si lo que la Infanta yerra, peregrino huésped, curas, haciendo al infierno guerra, dirán todas las criaturas: «¡Gloria a Dios en las alturas, y paz al hombre en la tierra!» Vase. Grande huésped he tenido en esta estación helada de mi edad. ¡Cuánto me pesa que ya acabándose vaya! Ya la Primavera llega, a ver lo poco que falta para la cura. Sale LA PRIMAVERA. Es verdad, que esta maravilla rara la luna de marzo mía ha de admirar el mirarla. En tu poder dejo el año. Vase. Vuelvan a cobrar sus galas montes, valles, troncos, hojas, arroyos, flores y plantas. Salen EL LUCERO y LA INFANTA. Pues es estación de amores la Primavera gallarda, hermosísima deidad de estas ásperas montañas, ya, que huyendo tus palacios, en ellas vives, descansa. ¿Cómo puedo, cuando ves cuán deshecha, cuán postrada me han dejado mis desdichas? De esa manera me agradas que para mi vista hermosas son las fealdades de un alma. Pues no quiero que me quiera quien de mal gusto se alaba. Si cuando de tus jardines sales, en mis montes hallas paso, ¿por qué, agradecida, no eres dos veces humana? Si cuando te desheredan de tu reino y de su gracia tus vasallos, te doy yo un reino, ¿por qué no pagas del deseo la fineza, viéndote alegre y ufana? ¿No basta que en tu poder me tengas ahora? No basta, que no eres del todo mía hasta que a mi reino vayas, que allá te tendré sujeta y aquí no. ¿Tan presto? ¡Aguarda!, déjame gozar primero la flor de mi edad dorada. En fin, ¿no puedo alegrarte? ¡Malicia! Sale LA INOCIENCIA de gala. ¿Qué es lo que mandas? Pues yo te vestí en el mundo de tantas plumas y galas, y desde villana pobre te hice bellísima dama, divierte a la Infanta un poco y en mis amores la habla. ¿Señora? ¡Ya te conozco! ¡Qué lucida, qué bizarra! Aparte. (Medra mucho una Malicia, aunque haya sido ignorancia.) Estima a quien te festeja, medrarás: mira sus raras finezas. Ahora me acuerdo cuando dél te retirabas. Era entonces inocente. Y ahora maliciosa. En nada pienso yo que me he trocado. Bien dices, es cosa clara que inocente y maliciosa no es ser dos cosas contrarias. Pero dejadme, dejadme, que este fuego que me abrasa, este áspid que me muerde, víboras que despedaza en el corazón cebadas, son homicidas del alma. ¿Adónde hallaré remedio? No le busques, que me matas en ver que me le procuras, porque vendrá si le aguardas. Sale EL ENTENDIMIENTO. Infanta, en tu busca vengo. ¿Qué quieres? Ven donde haga una experiencia el amor, a tu salud, de importancia. Que algo sosiega parece de su Entendimiento hallada. ¿Qué experiencia habrá que pueda de este delirio sanarla? La de un docto peregrino que viene para esta causa. ¿Médico tan sabio es que a eso se atreve? ¿Eso trata? Sí, que la sabiduría desta manera le llama. Si fue infinito el veneno que la aflige, cosa es clara, que infinito habrá de ser el remedio, y nadie alcanza los infinitos remedios. ¿Luego un hombre a ello no basta? Sí basta. ¿Cómo siendo hombre? Siendo Dios también. ¡Extraña proposición, hombre y Dios, que a mí me obligue a dudarla! ¿Cómo puede ser? Teniendo las naturalezas ambas, humana y divina, unidas. ¿Quién lo dice? Sale EL PEREGRINO, disparando una pistola, y cae EL LUCERO. Mi palabra, que es rayo de luz y trueno. Rayo ha sido el escucharla que me ha herido, y me ha dejado suspenso en mi misma saña. Pero no quiero creerla; aquí tienes a la Infanta; yo la hechicé; veamos cómo tú del hechizo la sanas. Por Dios, lindo talle tiene el huésped. Novedad rara es por lo menos el ver que un médico galán haya. ¿Éste ha de curarla? Dudo que con el empeño salga. Yo lo creo. Soy Malicia; todos pienso que me engañan, que nadie dice verdad, y que ni hay ciencia ni gracia. Empiecen, pues, los efectos de la causa más extraña. Veamos desde aquí, Malicia, los dos, qué remedio traza. Infanta Naturaleza, ven a mi voz. Y a tus plantas. Para curarte yo, es fuerza que vengas tú voluntaria, no yerres la confesión, di de tu daño las causas, sin callar ninguna, que ésta es la mayor circunstancia. ¿Qué sientes? Siento un dolor, que el corazón se me arranca: como era fuego el veneno, en fuego el pecho se inflama. Para ardor tan insaciable de fuego, es precisa el agua. ¿De qué nació el accidente? De comer una manzana. Para veneno en bocado, fuerza es que bocado haya. Con palabras me engañó un monstruo, dulces y falsas. Mal que palabras hicieron se ha de curar con palabras. En el árbol de la muerte pendiente dicen que estaba. Pues el árbol de la vida es el que habrá de sanarla. Vocalmente ha confesado su mal. Pues dala por sana. Fuego, palabras, bocado y árbol han sido la causa de su mal; toda ponzoña se cura con la contraria; y así, la receto árbol, palabras, bocado y agua. ¿Qué agua, palabras, bocado y árbol habrá que la haga provecho, si ya el veneno está arraigado en el alma? Agua, el agua del Bauptismo, pura, cristalina y clara; árbol, el árbol de vida, cruz divina, hermosa y santa; bocado, el de un sacramento, maravilla hermosa y rara; palabras, las de su forma, misteriosas, graves y altas, con que la Naturaleza convalecerá, sin falta, con el Bauptismo y la Cruz y Eucaristía, en que halla la fee católica árbol, palabras, bocado y agua. Aún no he visto sus efectos. En esa fuente te lava. Vase LA INFANTA. A una fuente hermosa llega, y parece que sus aguas le han mudado hasta el vestido, pues sale de ella con gracia. Sale LA INFANTA. El origen del dolor, parece que se me aplaca. Ya el agua su efecto hizo, pues lo original la lava; vuelve a aquel árbol los ojos. Está un esqueleto dentro de un árbol, y en la copa una cruz. ¡Cuánto su vista me espanta!, que, como es rabia, mi pena, mira a quien causó su rabia: de mi muerte el árbol es y en sus cortezas se guarda. Sí; pero muerta la muerte, cuando de sus mismas ramas floreciendo nuevamente hojas de púrpura y nácar se forma una cruz. El verla más me aflige que descansa, que significa pasión y es penitencia mirarla. Buen efecto el árbol hace, pues más el dolor la agrava. El dolor de penitencia es quien más ha de sanarla; y tras él viene mejor el bocado que he de darla para asegurar la cura. ¿Qué ves más? Descúbrese Hostia y Cáliz, encima de la cruz. Una Hostia blanca que es corona de la cruz, pura, cándida y intacta, pero el verla ni el no verla me consuela ni me agravia. Consolarate el saber que es el bocado que aguardas para la salud eterna de tu bienaventuranza, porque éste es el cuerpo mío, y aquestas son las palabras que obra tanto sacramento, que el cielo y la tierra pasma. Cauptivo de sus razones me ha dejado. En mí cobrada, antes que llegue a comerle haberle visto me basta. No en vano no hice el veneno en trigo, en flores ni en agua, si estaba en agua, flor, trigo, del veneno la trïaca. Jeroglífico hermoso, en quien se vierte una copia de fruta guarnecida, una cruz bella en púrpura teñida y un cadáver postrado a su error fuerte, un pan, que en carne viva se convierte, un vino, que ya es sangre su bebida: ¡hazme antídoto docto de mi vida el veneno ignorante de mi muerte! Tendré, si el árbol fruto da divino, si la cruz rojo humor corre sangriento, si el cadáver recibo, peregrino, si pasman vino y pan mi Entendimiento, en fruta, cruz, cadáver, pan y vino, salud, consuelo, vida y sacramento. Pues ha cobrado la vida, la Naturaleza, Infanta del Mundo, será tu esposa. En mi nave he de llevarla, que es la nave de la Iglesia, a mi celestial alcázar. Ven conmigo, esposa mía, y cuantos con voluntaria acción embarcarse quieran. Ninguno forzado vaya, que por no tenerlos, nave, y no galera, se llama. Vanse. Mal año, amén, para quien en el Mundo se quedara. Pues todos se van en ella, Malicia, tú no te vayas. ¿Con quién habrá? Yo no so Malicia; y pues que se embarca mi Infanta, yo he de ir con ella, que no tengo de dejarla. Vase. Volviose a ser Inociencia la Malicia. ¡Oh pena! ¡Oh rabia! Nadie queda que no siga el rumbo desta sagrada nave, engolfándose todos; ya en la popa coronada de un farol, que es luz eterna, se sienta la hermosa Infanta; en el árbol mayor puesta la Inociencia, es su atalaya; piloto el Entendimiento, ya de su timón se encarga; hasta los tiempos del año la asisten con sus bonanzas; pero ¿qué importa?; que yo la afligiré con borrascas sobre los mares de sangre que ha de derramar mi saña. La nave en lo alto. Buen viaje, buen pasaje. Inociencia, sube hasta los cielos, y desde allí, con dulces voces te encarga de publicar este triunfo. Denme mis afectos alas. Dentro. Un árbol fue el homicida del alma; otro, si se advierte, remedio, que el de la muerte es ya árbol de la vida, y pues éste aquél aplaca el veneno de su abismo, un árbol ha sido mismo el veneno y la trïaca. Plegue a Dios, nave enemiga, que entrando sobre las aguas, desbocadamente choques en aquellas peñas altas. Vuelta la quilla a los cielos, tumba sea hoy de cuantas personas te viven, dando a las profundas entrañas del mar a tu popa de oro salobre centro de plata. Mas, ¡ay de mí!, que segura surcas las ondas de nácar, porque de tanto diluvio eres la segunda arca. Bien lo dicen tus aplausos y bien lo dicen mis ansias, pues yo eternamente lloro y en ti eternamente cantan. Canta. De una manzana tirana las iras muertas están, que se ha quitado con pan el agrio de la manzana, de cuyo efecto se saca, para asombrar el abismo... ... que son de un linaje mismo el veneno y la trïaca. Puesto que allí todo es paz, puesto que aquí todo es rabia que no se ha de acabar nunca, acabe su semejanza en las representaciones que humilde ofrece a esas plantas hoy don Pedro Calderón; perdonad sus muchas faltas. FINIS