Los tres afectos de amor, piedad, desmayo y valor Fiesta que se represento a sus Majestades en el Salon de su Real Palacio Gran Comedia Personas que hablan en ella Cloris, Dama. Laura, Dama. Nise, Dama. Ismenia, Dama. Rosarda, Infanta de Chipre. Seleuco, Rey, barba. Pasquin, Gracioso. Golilla, Gracioso. Libio, Principe de Gnido. Celio, Principe de Rodas. Flabio, Principe de Acaya. Anteo, Principe de Famagusta. Lelio, criado de Celio. Silvio, criado de Flabio. Musicos, y Acompañamiento. Jornada Primera Salen cantando Cloris, Laura, y Nise, cada una por su puerta, su copla, vestidas en traje de monte, y después Rosarda Infanta de Cipre. canta Sobre el regazo de Venus descansando estaba Adonis, en las delicias del valle de las fatigas del bosque. Cuando un Sátiro, invidioso de que tantas dichas goce, de esta manera le dice desde la cumbre del monte. De que tan desvanecido vives, o engañado joven, por lograr una hermosura, que no es tuya, aunque la logres. Si conoces que es su dueño Marte, como no conoces, que favores que son celos, ni son celos, ni favores? Ambos estáis desairados, solo al eco de sus voces, tú porque te escondes, y ella porque estima a quien se esconde. Oyó Adonis de sus dichas los satiricos baldones, y hablando con la Deidad, así a la fiera responde. Ya, madre del ciego Dios, me es tu favor importuno, que no es dicha para uno, hermosura para dos. Ya, madre del ciego Dios, me es tu favor importuno, que no es dicha para uno, hermosura para dos? Callad, callad, que pensáis que dais alivio a mi pena, y es la voz de la Sirena cualquiera que articuláis: cuyo encanto, de horror lleno, herir, y alagar procura, pues llama con la dulzura, y mata con el veneno. Y más al oír (ay Dios!) porque no halle alivio alguno, que no es dicha para uno, hermosura para dos. Sin saber por qué (ay de mí!) oírlo siento, cuando estoy: mas qué digo? dónde voy? que aquesto no es para aquí. Volved a cantar; mas no, no cantéis, si no conmigo seguid la senda que sigo a este sitio, a quien debió cuanto al Abril acrisola sus primores: dónde vais? dejadme no me sigáis: no he dicho que quiero ir sola Señora, di tu pesar. No tienes que proseguir. Advierte. Qué he de advertir. Mira. Qué puedo miran Considera. Es vano intento. Repara. Es hablar acaso. Que tu pena. Yo la paso. Que tu dolor. Yo le siento: dejadme, pues: qué porfía tan necia! Aunque tú lo sientas, todas dignamente atentas a tan gran melancolía, como estos días, señora, te aflige más, que otras veces, padecen lo que padeces, y aún más quizá, pues no ignora nuestro amor, que si decía allá un Sabio, que entre el ver padecer, y el padecer, ninguna distancia había; otro, que era más, probaba ver padecer, por decir, que quien tuvo que sentir, alivio en sentir hallaba: y quien via sentir no, pues sentía lo que oía, sin temprar lo que sentía su mismo sentir, y yo en fe de lo que he debido a tus favores, de parte de todas a suplicarte, señora, me he preferido, que nos digas la ocasión de tan penosos extremos, por sí, por dicha, podemos con vida, alma, y corazón, hallar un estilo, un medio con que el dolor divirtamos. Todas te lo suplicamos. Yo lo estimo, más remedio no puede hallar en ninguna mi mal, pues ninguna, es llano, tiene el volante en su mano del eje de la fortuna: fuera de que qué podré deciros, que no sepáis? cuando cómplices estáis de mis desdichas, en fe de que soy tan desgraciada, que hago que aún otras lo sean; mas con todo, porque vean vuestras finezas, que nada reserva mi hado infelice, lo que sabéis os diré. Sale Seleuco, y detiénese a la puerta. Ya que a esta ocasión llegué, he de oír lo que las dice. Hija de Seleuco, Rey de Chipre, nací, en tan mala estrella, que fue mi dicha víspera de mi desgracia. Dígalo lo que vosotras mismas sentís, pues en tanta soledad, vivis conmigo la austeridad de este Alcázar, en cuyos paramos presa desde mi primera infancia me ha tenido mi desdicha, sin que yo sepa la causa; pues solo sé que vi apenas del día las luces claras, cuando mi padre dispuso que fuese aquí mi crianza, con tan corta esfera, que al pie de estas peñas altas solo permite que llegue, siendo mi línea su falda; pues tal vez, que divertida en los trances de la caza, excedí un átomo al coto, lo embaraza ron las guardas, que el Mar, y la Tierra giran con tan grande vigilancia, que no es posible, que nadie sin peligro entre, ni salga; y aunque es verdad que su amor tan tiernamente me ama, que en mi vida en su semblante vi seña, acción, ni palabra, que una caricia no sea, una terneza, y una ansia de que nada aquí me falte; con todo eso, es cosa clara, que en sola la libertad todo lo demás me faltas porque qué le importa al preso que a la cadena que arrastra le doren el eslabón, si no le liman la aldaba? desuerte, que en la penosa despoblación de esta estancia, sin que haya visto más gentes, más Cortes, calles, ni Plazas, más tratos, ni más comercios, faustos, trajes, joyas, galas, que a vosotras, y a la corra familia que me acompaña de rústicos labradores, que en estos jardines andan; racional bárbara vivo, tan hija de estas montañas, que aún siento, que para serlo, me sobra el uso del alma; porque qué desdicha, como que no vea en esa vaga Región de los airevabe, que apenas la cubra el ala la primera pluma, cuando árbitro de la campaña, laa prisiones de la noche no rompa a la luz del alba? Qué ansia, como que no encuentre fiera, que apenas cobrada la primera piel se vea, que a buscar al Sol no salga? Qué horror, como que no mire pez, que la primera escama arme apenas, cuando sulque vivo bajel de las aguas? Y qué rigor, como que no halle flor, que el primer nácar apenas rompa al capillo, cuando ya goce del Aura? Y que yo con más instinto; con más razón, con más alma, y con menos libertad envidie, sin dar más causa, que el delito del nacer, ave, fiera, pez, y planta? Bien hasta aquí a mis tristezas disculpa el discurso halla: pero aún no paran aquí, que más adelante pasan; pues viendo que ya tenía mi desdicha tolerancia, habiendo hecho la costumbre naturaleza, no falta quien al todo de mis penas multiplique circunstancias, que más, que alivien, aflijan: o qué fácil es, que añada la fortuna un daño a otro! el hado una ansia a otra ansia! Ayer un villano de esos con quien es fuerza que hagan compañía mis desdichas, bien como el que ciego anda, que para informarse, es fuerza, que de cualquiera se valga, me dijo, hablando en su rudo labio la voz de la fama, pensión de graves materias, ver, que el vulgo las alcanza, que cuantas veces (ay triste!) a mi padre el Reino habla en orden a darme estado; viendo la suma importancia, que ya en su ancianaredad tiene dar sucesor a su patria; pues si dejara sin él en tanto interes, dejara, no digo por mí, sino por su Corona, empeñadas todas las que en su contorno el Archipiélago baña, por ser de ellas la más rica, más deliciosa, y más varia: con lágrimas les responde, sin que entender pueda nada del amor con que me cela, y el temor con que me guarda: y aún más dijera, según su política villana discurrir quiso, si yo, previniendo que intentaba aconsejarme la fuga, no le volviese la espalda. Esta noticia, anadiendo, como dije en mis desgracias, no solo mal a mal, pero ira a ira, y rabia a rabia, tanto me lleva tras sí tanto tras si me arrebata, tanto tras si me atropella, y tanto tras si me arrastra, que mil veces he querido, furiosa, y desesperada. que ese piélago, que fue a Venus cuna de plata, túmulo de nieve sea a mi fortuna; y es tanta mi desesperación, que de venganza de que hayan declaradose mis quejas, tan nuevamente me matan, que enajenada de mí, desde aquesas peñas altas tengo de arrojarme al Mar, por ver si con esto acaban de una vez tantos temores, tantos sobresaltos, tantas confusiones, y desdichas, penas, tristezas, y. Al irse a entrar, sale el Rey Seleuco. Aguarda, que habiendo, como otras veces, venido a verte, Rosaura, y llegando en ocasión, que pude entre aquestas ramas haber oído tus despechos, es fuerza que a las instancias del Reino, y tuyas responda, y que, a más no poder, abra de la cárcel del silencio prisiones, que Alcaide guarda el corazón: oye, pues, que ya que en público agravian tus quejas a mi amor, quiero que en público satisfagan a la razón de tenerlas, la disculpa de causarlas. Yo, Rosarda, heredé joven este Reino, en paz tan blanda, que, fin que me divirtiese el manejo de las armas, pude entregarme a las letras, llevándome, entre otras varias facultades, mas, que todas, curiosa la Judiciaria. Esta estudié, con tan grande cariño a ciencia tan alta, como frisar con los Dioses, pues lo futuro adelantan, que no hubo en todo ese delineado Globo a Mapas, Astro, ni errante, ni fijo de cuantos su azul campaña a imágenes iluminan, y a caracteres esmaltan, que obedientes al precepto de líneas, compases, tablas, Astrolabios, y cuadrantes, no registrase las causas en los influjos que inclinan de los efectos que aguardan, Esto asentado, pasemos a que casé con Isdaura, de Famagusta Princesa, vivimos nuestra dorada edad en el desconsuelo de no tener hijos, hasta que Venus, titular Diosa de Chipre, de cuya estatua venera ese Templo, que sobre la cima descansa de este monte, enternecida de mirar siempre sus aras entre antorchas, que las lucen las víctimas que la manchan, contigo, Rosarda hermosa, premio nuestras esperanzas. Naciste, tan desde luego prodigiosa, que hecha humana vívora, el materno albergue de las piadosas entrañas que te hospedaron, pagaste inculpablemente ingrata, dando en precio de una vida, una muerte (dolor, basta, y pues que yo no la olvido, qué tienes tú que acordarla?) A este primero presagio sucedio observar, que estaba en oposición del Sol la Luna, eclipsando abara la misma luz que mendiga, y retrogrado en la casa de Venus Saturno, con malévolo aspecto, infausta Constelación, que me hizo de todo punto apurarla. Hallé, al pronunciarlo, el labio se turba, el aliento falta, balbuciente titubea la lengua, y perdida el habla, el corazón en el pecho despavorido, se arranca. Hallé, digo, que teniendo en tu oróscopo contraria influencia en tu hermosura, tu peligro amenazaba de violenta muerte, siendo tu gracia ella, y tu desgracia. Sangriento fiero homicida contra ti traidoras armas previene; y aunque es verdad que no siempre su palabra cumple el hado, y que el prudente sobre las estrellas manda: con todo eso, el amor propio de la ciencia que uno trata, le hace que crea infalible lo contingente; a esta causa; viendo ser tu perfección tu peligro, retirarla quise a los ojos del Mundo, pues no vista, es cosa clara, que no tiene la hermosura riesgo, bien como tirana imagen del basilisco, que con ponzoña del alma, cuando a ella la miran, muere; y cuando ella mira, mata. En fin, pues, por ovviar, como he dicho, la amenaza del Astro que a ti te sigue, y el temor que a mí me espanta, te retiré a aquestos montes; pero viendo cuanto clama por ti el Reino, y cuanto importa dar sucesión a mi patria, por una parte; y por otra, cuanto tu apeteces vana en el fausto que te sobra, la libertad que te falta; abandonando, a despecho de mi ciencia siempre sabia, el temor, he de poner en tu mano tu esperanza. Usa, pues, de tu albedrío, en tu libartad te hallas desde este instante: y porque ya de tu estrella informada, lo estés de todo, sabrás que tres Príncipes tu blanca mano a un tiempo solicitan con mil repetidas cartas. Libio, Príncipe de Gnido, de cuya gloriosa fama lleno el Mundo, le pública siempre invencible en las armas, es el uno; el otro es Flabio, Príncipe de Acaya, que inclinado a los estudios, ha merecido alabanza de ser el más claro ingenio de estas Islas comarcanas, que el Archipiélago moja: Celio de Rodas, y Candía también heredero, adquiere perfección igual a entrambas; pues en dotes personales, convienen, que no se halla más galán joven; demodo, que en la elección que te aguarda, igualmente se compiten ingenio, valor, y gala. Yo, pues, que más que tu hado, previne, que si te daba a uno; a los dos ofendía, y que era granjería vana perder dos, por ganar uno sin que resolviese nada, mañosamente entretuve hasta aquí sus esperanzas. Pero ya que es fuerza que, a pesar de dudas tantas, saliendo a luz mi secreto, a luz tu persona salga, dueño he de hacerte de todo, que no quiero ser en nada cómplice de tu fortuna. Y así, para que tú hagas, ya, que a salir te resuelves, dando mi ciencia por falsa, la elección, haré a los tres la entrada a mi Corte franza. Vengan, pues, a merecer por si mismos, que una Dama, aunque honra cuando elige, cuando despide no agravia. Quéjese de su fortuna, y no de mí, el que se vaya desairado, pues poniendo yo en tres iguales balanzas el lícito galanteo con que en Palacio se ama, los tres méritos, no quedo deudor a sus confianzas. Piensa tu contigo ahora, si te está mejor, Rosarda, conservarte en tu retiro, o salir de él, ya que salgas, a contingencia del hado, y a ser tu hermosura rara certamen de amor, y celos; que a mí, como puesto haya en tu mano tu albedrío, en tu elección tu esperanza, y en tu arbitrio tu fortuna, de todo mi amor me salva, Y porque no te resuelvas aprisa en duda tan ardua, para responder, te doy término de aquí a mañana. Oye, que dudas, señor, que conmigo en esta larga prisión crecieron, no tengo necesidad de pensarlas: temeroso de un peligro, con que mi vida amenazan violentamente los Cielos, en estos montes me guardas: pues qué peligro, o violencia será posible que haya mayor, que la prisión mía, con que el dolor adelantas? Es bueno, que porque el hado no ejecute en mí su saña, la ejecutes tú, sin ver, que porque el daño no haga, antes ya, que él, me sepultas, aún primero, que él, me matas? Demás, que razón no es que facultad, que es tan varia, que si en un punto disuena, yerra infinitas distancias, sea tan creída, que una pena imaginada, antes que en mí sea precisa, en ti sea voluntaria. Deja que el fracaso venga, y no al camino le salgas, que es desgracia desde luego el esperar la desgracia. No digo que no la temas, mas no que la creas; mal haya ciencia, que ignorada es ciencia, y sabida es ignorancia. Y pasando a la elección, aunque debiera excusarla, pues solo es tuya, la acepto, no tanto, porque inclinada haya de elegir a uno, cuanto porque altiva haya de despreciar a dos, que aunque experiencia me falta, no tanto, que no conozca imperiosa mi arrogancia, que debe de ser sin duda, en juego de amor ganancia, que en una mano las quejas doblen el resto a las gracias: fuera. No de más razones tu resolución se valga; para qué quieres que sobren, si las que has dicho me bastan? y así, a responder al Reino, y a las amantes instancias de los tres, y a prevenir que al punto a la Corte vayas, me adelantaré. Sagrado volumen, que de doradas letras encuaderna el Sol, miénteme una vez de cuantas verdad me dijiste. Vase. Ya, amigas, felice acaba nuestra esclavitud. A todas nos da en albricias tus plantas. Venid donde con vosotras mis lucimientos reparta, porque todas, prevenidas de adornos, joyas, y galas, a la Corte vais. Aunque es acción liberal, y franca, no tienes que darnos más, que Corte a solas nos basta. Tanto la deseas? No digo contenta alegre, y bizarra; pero en romería, a su estruendo fuera, desnuda, y descalza, con lo de el sapo en la boca, y el dogal a la garganta. El buen aire de tú siempre esparcido gusto, Laura, nunca ha de faltar: venid, diciendo todas ufanas aquel repetido hinmno, que a Venus sus Coros cantan. Cantan. A la madre del Amor, a la Deidad soberana, favor cuantos aman, piden, y piedad cuantos no aman: diciendo en voces varias. dentro Cielos, piedad. Favor Cielos. Oíd, qué es esto? dentro A la mesana. A la escota. Al chafaldete. Iza. Vira. Amaina, amaina. Qué nuevo estruendo es aqueste? Sale Libio, vestido de villano. A lo que de aquí se alcanza en los léjanos celajes con que el Horizonte empañan aguas de color de nubes, y nubes de color de aguas, impelido de las ondas, y el viento, que le contrastan, un derrotado bajel corriendo viene borrasca. Y siempre habéis de ser vos quien más a mano se halla a darme respuesta? Soy quien sirve con mayor gana de servir; y así, señora, atenta mi vigilancia, se halla más a mano siempre, y hoy quizá con mayor causa; pues os absuelvo la duda de quien dice en voces altas. Favor Dioses, piedad, Cielos. Y ya a más corta distancia se deja ver, que sin norte, sin timón, vela, nijarcia, a discreción del destino, desbocado monstruo para desenfrenado en el choque de esas rudas peñas pardas. Ya cascado el pino cruje. Ya en fragmentos se desata, el mísero buque. Ya vuelta la quilla a la gabia, el que fue bajel, es tumba. Y ya a embates, y resacas los cadaveres que el Mar no sufre, arroja a la playa. dentro Piedad, Dioses. Qué desdicha! dentro Favor Cielos. Qué desgracia! Qué asombro! Qué horror? Qué pena Qué espanto: Sale Ismenia, como del Mar, cayendo a los pies de Rosarda. El Cielo me valga: (ay de mí!) que al primer paso de mi libertad me asalta infelice una hermosura, como quien está al mirarla, diciendo. Cae desmayada. dentro Rosarda viva. Mas qué es esto? Sale Pasquin de villano. Es, muesa ama, que os ha alcanzado el indulto: dadme albricias de que os traiga mandamiento de soltura: pues todas esas campañas, de gentes, y de carrozas llenas, vuestro nombre aclaman festivamente, diciendo. Ay de mí! dentro Viva Rosarda. Oh fortuna, alimentado monstruo, en tan breve distancia, de dichas, y de desdichas; y pues tan presto se pasa de la pena a la alegría, porque acudamos a entrambas, voy, y en tanto que a gozar los aplausos que me llaman, llamad vosotras las gentes de esas rústicas cabañas, que a los que puedan, socorran. Vanse las Damas. Y vos a esa desdichada mujer tratad, pues no a muerto, jardinero, de albergarla, que me holgaré de que viva, siquiera porque a mis plantas infeliz puerto ha tomado; y si su vida restaura vuestro amparo, desmintiendo no sé qué azar de mirarla tan pavorosa, veréis las albricias que os aguardan. Qué mayores, que saber que en eso os sirvo? palabra doy de cuidar de su vida. Yo la acepto, y aunque vaya a la Corte, en ella espero las nuevas. Vase. dentro Viva Rosarda. Llega, ayúdame, Pasquin. No sé si podré, que es carga pesadísima la más ligera mujer. Levanta, infeliz beldad, del suelo, y entre mis brazos descansa. Ay de mí! dónde, piadoso Cielo, estoy? Donde hay quien parta contigo su vida, al ruego de quien la tuya le encarga; mas Cielos, qué es lo que miro? Con justa razón te espantas, vive el gran Baco, que es ella. Quién eres, di, tú, que amparas vida tan perdida, que aún no es piedad el hallarla? mas qué es lo que miro, Dioses? Si es ilusión que retrata mi imaginación. Si es sombra que fingen mis ansias? Cuál se han quedado los dos, y aún tres, si entro yo en la danza! Delirio de mis sentidos. De mis ideas fantasma. Frénesí de mis locuras Letargo de mis desgracias. Dime si eres tú, o me mientes, Dime si eres tú, o me engañas. Pero no, no me lo digas, que tú eres, pues que me matas. Mas no me lo digas, no, que tú eres, pues que me agravias, Qué es esto, fiera enemiga? Qué ha de ser traidor? pensabas que no había de saber tus traiciones, tus mudanzas, tus engaños, tus cautelas. qué tardo en decir infamias? en Chipre, en Chipre (ay de mí!) a vista de cuyas altas cumbres tormenta he corrido, te vengo a hallar? es la fama aquesta de tus victorias? el laurel de tus hazañas? En un monte, en vez de arnés, en villano traje andas? pero qué me admira? qué me suspende? qué me espanta que villana el alma, el cuerpo se vista el disfraz del alma? Y pues aborto del Mar, aún no quiso mi tirana suerte, que todo ese golfo pudiese apagar la llama de esto Volcán, que en mi pecho hiela más de lo que abrasa, a voces diré quien eres, y que amante de Rosarda, esa encantada beldad, que su padre en montes guarda, atrevidamente rompes términos, que. Ismenia, calla. Qué es callar? guardas del soto, de la marina atalayas, moradores de las selvas, pastores de esas montañas, Cielo, Sol, Estrellas, Luna, verdes hojas, fuentes claras, cumbres, mares, montes, riscos, aves, fieras, flores, plantas. Soltose la tarabilla. Sabed que. El acento ataja. Traidor Libio. Ten la voz. De Gnido. Suspende el habla. Fuerza es, porque ella quiere, mas no porque tú lo mandas: pues, u del pasado susto la congoja, o la tirana ira del presente asombro, tanto me hiela, o me pasma, que del corazón al labio se me pierden las palabras. Sabed, digo; mas ay triste! que ciega la luz, turbada la vista, afligido el pecho, torpe el labio, hierta el alma, todo yace, todo espira, todo sobra, todo falta. Cae desmaya la. Ismenia? Ismenia? Si Dios merced nos hace en que calla, para qué la llamas? Quién se vio en ansias tan extrañas? Una vida que aborrezco guardar la que adoro manda, aún sin saber que la adoro; pues hasta ahora mi esperanza ocasión de hablar no tuvo, que no volviese la espalda. Aquella, Pasquin, se ausenta, donde no es posible que haya otro disfraz que la siga, dejándome a estotra en guarda Si la albergo, es abrigar al áspid en mis entranas: si la dejo, es ser dos veces ingrato a fineza tanta: que he de hacer? Qué sutil medio se me ofrece! Qué es? Echarla al Mar, y porque no vuelva, una pesa a la garganta: aquí hay piedra, aquí cordel, vaya al Mar. Basta, vil, basta, que yo puedo cometer un error, mas no una infamia: llevémosla entre los dos. Pues qué es lo que de ella tratas hacer? El tiempo lo diga, como ahora el camino parta, con el ensado de verla, la obligación de ampararla. Llévanla entre los dos, y salen Anteo y Golilla. Qué me dices? Tú, señor, puedes salir a mirarlo. Vuelve otra vez a contallo, porque lo entienda mejor. Apenas el breve espacio que hay a la Torre, que guarda la hermosura de Rosarda, midió el Rey, cuando a Palacio volvió con tal brevedad, que muchos, cuando volvía, presumieron que partía; y esta no es la novedad, sino que mandó que al punto carrozas se previnieran, que por ella al monte fueran; con que todo el Pueblo junto sale al camino, por ver la encarecida hermosura, que tantos años la dura prisión tuvo en su poder. Cómo esas nuevas me das sin pedirme albricias? Quiero decir lo demás primero, para ganar las demás, que ahora en esta mudanza lo mejor. Qué es? Que el traella, es para lograr con ella todo el Reino la esperanza de que su padre, señor, a Príncipe la conceda, de quien prometerse pueda legítimo sucesor. Otra vez, y otras mil veces vuelvo, Golilla, a decir, que eres necio en no pedir albricias. Las que me ofreces aún quiero que sean mayores, oye lo demás. Di. Pues para este efecto, entre tres Príncipes, que superiores en su piélago contiene hoy el Negro Ponto, está la suerte, porque el Rey, ya que haya de darla, previene que ellos merezcan por sí, y que haga la elección ella, porque él no quiere en su estrella tener parte; y siendo así, que uno ha de ser elegido, por no hacer a dos agravio, a Libio, a Celio, y a Flabio, de Acaya, Rodas, y Gnido, veloces despachó tres Urcas, que en crueles alas, si no les da el temor alas, de pluma calzan los pies: con que vendrán ya, y con que famosas fiestas tendremos, pues claro es que en los extremos de la competida fe, con que el amor Cortesano permite los galanteos, habrá fiestas, y torneos, justas, y Calla, villano, si no es que morir codicias por las nuevas que me das. A quién se han vuelto jamás mójicones las albricias? estas eran las que aquí prevenidas me tenías, que tantas veces decías, que las esperase? Sí, que si truecan tus errores mi gusto en pesar, porqué yo también no trocaré tus albricias en rigores? Pues cuando; o como troqué yo en pesar tu gusto? Cuando estando yo imaginando nacer tu alegría de que se dijese, que era yo el nombrado para ser quien llegase a merecer su mano, no solo no me dices que lo soy, pero que otros lo son. No lo ignoro, pero ese recado al toro: y pues soy Golilla, quiero ir a llevársele. Cuando echado, y desposeído de Famagusta, he venido amparo, y favor buscando en Seleuco, por creer que como deudo, me diera Armada, con que pudiera, de él auxiliado, volver a castigar a un tirano, no solo fabor me da contra él, pero aún está tan contra mí, que la mano que no me ofrece, le ofrece, siendo uno de los tres Libio de Gnido, que es por quien mi vida padece, sobre tanto infausto enojo (ay de mí!) el robo de aquella tan ingrata, como bella, que fue el más noble despojo en mi trágica fortuna, vive Júpiter. Gol. Si fuera posible, señor, que oyera un amo verdad alguna de su criado, quizá dijera, por qué no has sido ni llamado, ni excogido. Pues no lo digas, que ya sé que me querrás decir, que mi condición altiva, soberbia, áspera, y esquiva es la que me hace vivir de todos aborrecido; y decirlo, y darte muerte, que será todo uno, advierte. Dentro chirimias. Por eso, y porque este ruido da a entender que llega ya Rosarda a Palacio, es bien que no hable palabra. Quién de mi desdicha creerá los desaires, con que fiera se declara contra mí? mas mi sentimiento aquí se explique de otra manera. Qué ha de ser? Disimulando, pues entre los tres, sirviendo también yo a Rosarda, entiendo lograr su favor, fiando de mis méritos su agrado; y quizá en este amoroso duelo hará el Amor dichoso, a quien Marte desdichado. En otra razón mayor lo funda. En qué? En qué mujer a quien la dan a escoger, siempre escoge lo peor. Viven los Cielos. Dentro instrumentos. Aguarda, no esa aclamación festiva mi muerte malogre. Viva Seleuco. Viva Rosarda. Tocan chirimias, y salen por una parte los hombres con Seleuco, y por otra todas las Damas con Rosarda. Ya en tu Corte, en tu Palacio estás, Rosarda; ya deudos, vasallos, y amigos, veis cumplidos vuestros deseos: llegad a besar su mano. Ninguno llegue primero, pues nadie puede conmigo competir merecimientos. Aparte. Qué arrogante, y desabrido estilo! Aparte. Espera; que Anteo es tu primo, y nadie puede preferirle; mas qué presto dio a entender su pretensión mi justo aborrecimiento! A vuestras plantas, señora, solo en mis desdichas siento, que arrojado de mi patria, pobre, humilde, y extranjero, llegue a besar vuestra mano; pero quizá ha sido acierto de mi fortuna, porque para entrar a los pies vuestros, comparado con un alma, es poco interés un cuerpo. El Cielo os guarde: qué hombre Cloris, tan vano, y soberbio! Aparte. horror me ha dado el mirarle. Llegad todos. Dónde puestos a estos pies, una, y mil veces volved a decir el verso. Seleuco, y Rosarda vivan. Tocan chirimias. Ya que en este jardín bello, que es de tu cuarto, y el mío partido adorno, te dejo, descansa en él, y pues sabes, que puede el entendimiento predominar en los Astros, salve mi temor tu ingenio. Vase el Rey, y los criados. Ah señor? mira que todos se van ya. Ay de mí! Qué es esto? No sé, por razón de estado pensé amar, y al verla, pienso que anda por vengarse en mí la verdad del fingimiento. Vanse los dos. Qué te parece, señora, de este trafago, este estruendo; esta máquina, este ruido? De cuanto hasta aquí vi, infiero que debe de ser, sin duda, el mayor, el más supremo, y el más noble patrimonio de los Reyes el afecto; felice, y más que felice, el que amado de su Pueblo, día que en público sale, ve a sus vasallos contentos, De esa regla general en tanto festivo obsequio solo fue excepción tu primo. Qué áspero, qué descontento llegó a besarte los pies! No me acuerdes de su ceño la extrañeza, que si así son los Príncipes, no creo, que haya de elegir mi amor, sino mi aborrecimiento. No, señora, mayormente, si es, como se dice. Celio de Rodas tan galán joven, pues es sin duda, que el serlo un hombre, es la primer carta de favor. Clor. No digas eso, que si a la joya del alma es no más que caja el cuerpo, no hay gala en lo personal, que iguale al entendimiento; pues solo sirve de concha a la perla que está dentro: Y si es que es Flabio de Acaya, como dicen, tan discreto, quien duda que será suyo de este certamen el premio? Doy que en la primera acción logre la gala su efecto, que en la segunda le logre la discreción, qué tendremos, si al galán, y al entendido ve desairado el esfuerzo? Libio de Gnido al valor fía su merecimiento; y para mí, el que es valiente, es todo lo demás, puesto que el ánimo es don del alma, y la agilidad del cuerpo, Galán de la Dama dicen, no valiente, ni discreto. Cualquiera es galán que sirve, y no cualquiera es atento. Atento, y galán lo es todo el que está airoso en el riesgo. Aténgome al entendido. Y yo al valiente me atengo. Baste la cuestión, que no hemos de dar, que sea necio el galán, ni el estudioso cobarde, ni horrible, y fiero el valeroso, que uno es, que iguales los sujetos, sobresalga el uno más, que el otro en algún afecto; y otro es, que haya de quedar, porque se ilustre un extremo, para los demás inhábil, y así: mas mirad que es eso. Hacen dentro salva, y sale Anteo. Yo, señora, lo diré, (corazón, disimulemos, y mi sentimiento empiece a hablar sin mi sentimiento) la salva es, que como amor nauega en ondas de fuego, y las plumas de sus alas hacen favorable al viento; abreviando al tiempo plazos que hubo menester el tiempo, de Acaya, y Rodas, dos Naves vienen entrando en el Puerto: Flabio, y Celio son, señora, y yo a decíroslo vengo, agradecido a ser dos, que a ser uno, mi silencio no quedara para daros la noticia. Eso no entiendo por ser dos? Sí. Cómo? Cómo llegando dos, será cierto que cuando uno sea dichoso, señora, en el juicio vuestro, sea otro desdichado; con que tendrá algún deseo, si al uno para la envidia, al otro pare el consuelo: y así, partido. No más, y para que en ningún tiempo, ni el consuelo, ni la envidia os aventure el respeto, tened entendido, que una cosa es, que el precepto de mi padre de licencia a públicos galanteos; y otra, que os la toméis vos, y así, baste por aora esto. Yo, señora. Bien está. Advertid, Rosarda, os ruego, que vuestro ceño podrá quitarme la dicha; pero no vuestro ceño el lugar que a otros concedido veo, que también es una cosa la estimación del sujeto, y otra el capricho del gusto, y aunque sabré en este empeño sufrir desdenes, no sé si sabré sufrir desprecios. Vase. Galante cortesanía! Qué vano, y qué desatento! Hacen salva, y sale Libio, vestido de gala, y Pasquin, y se quedan al paño. Ya que esta salva; Pasquin, que hacen a Flabio, y a Celio, con su alborozo las puertas franquea en Palacio, entremos. A eso te resuelves? Pues si aviso en el monte tengo de a quien mis disfraces fío, de ser al amante duelo uno yo de los llamados, qué es a lo que me resuelvo? pues hallarme aquí, se salva con decir, que de secreto quise entrar. Sí, pero al verte, no han de conocerte? Y eso en qué me puede estar mal? cuando son malos terceros anticipados servicios? pues ya sabrá, por lo menos, Rosarda, que sé asistirla, a costa de mayor riesgo. Y que se ha de hacer de Ismenia? Pues en el albergue nuestro, de aquel accidente aún no convalecida la dejo, segura está por ahora, vuelve tu allá, y con desvelo. Qué? No la pierdas de vista. Mas quisiera, vive el Cielo, ser guarda de una leona, que suya. Yo iré allá luego; donde, o por fuerza, o por grado habrá de volverse. Eso será como en el capricho. se la ponga: No seas necio, ve, pues, en tanto que yo entre el acompañamiento de los dos, que por dos partes entran ya en Palacio, espero a la mira de su aplauso, para declararme a tiempo. Vase Pasquin, y suena otra vez la salva. Tu padre en su cuarto aguarda a recibirlos. Y ellos vienen ya entrando en Palacio. Pues de aquí nos retiremos nosotras. Ya no podrás, que cómo es aqueste puesto de entrambos cuartos jardín, ya es fuerza que te vean. Cielos, quien no tendrá a impropiedad este caso? Quién sea cuerdo, que a las Infantas de Chipre. es lícito el galanteo, donde no están estilados los decoros de otros Reinos. Salen por dos puertas Flabio, y Celio, con acompañamiento, y Lelio, y Silvio, criados. Aquí está Rosarda. No me mintió el arpón de fuego, que amor flechó en su retrato. Rosarda es esta. Yo creo, no mintió la fama, a cuyas voces despertó mi incendio. Absorto quedo al mirarla. Temeroso al verla quedo. Qué perfección! Qué hermosura! Muerto soy. Cobarde llego. A vuestras plantas felice. Infelice a los pies vuestros. Proseguid primero vos, En nada he de ser primero. Pues por serlo yo en serviros, lo seré en obedeceros: a vuestras plantas felice, pues no es posible no serlo quien ya llegó a vuestras plantas postrado, humilde, y sujeto, señora, en sagrado culto, como a Deidad de este Templo, la víctima de una vida con vida, y alma os ofrezco; y aunque suele peligrar la esperanza en lo grosero, en mi es honroso peligro, porque es verdad que la tengo, que errores de la fortuna me la prestaron, diciendo que ella favorece más a quien lo merece menos. Este es Celio. Bien su gala lo muestra. Mejor su ingenio, pues con esperanza dice que viene. Ya dijo en esa el dispárate de novio. Yo infelice a los pies vuestro pues es fuerza que infelice sea quien mereció veros para perderos no más, aunque Deidad os contemplo no os ofrezco alma, ni vida, porque vida, y alma pienso que al verse sin esperanza, fueron a buscarla al viento: y aunque pudiera enviar tras ella a mi pensamiento, en fe de error en la dicha, no lo haré, porque no creo, que pueda en vuestra elección darse error, que no sea acierto bien la réplica podrá argüirme, que a qué vengo, si vengo sin esperanza? mas responderele a eso, que a daros que desechar, que no es alivio pequeño del que está en obligación de elegir lo más perfecto, que la sirva el desahogo tan a mano los desechos, que le descanse la duda el poco merecimiento. Este dicen, Laura, que es el entendido. Y lo creo, porque la desconfianza es madre de los discretos. Esperanza que se trae en fe de merecer menos, esperanza es desválida, no estimada. No lo niego, pero aún desválida hace mi fe al desvanecimiento. Tenerla para perderla, no es tenerla. Según eso, atajo halla quien la da por perdida desde luego. Aunque en vuestra cortesana lid yo quiera poner medio, no sabré, que es muy extraño, muy huésped, muy extranjero idioma ese de mi oído, pues ni le alcanzo, ni entiendo: mi padre espera en su cuarto, y así, mientras no hay tercero, que os decida la cuestión, suspended. Si os sirve en eso un extranjero, señora, él mediara el argumento: y no os admire, que osado me introduzga, porque siendo, como soy, Libio de Gnido, que por no poner a riesgo lucimientos de mi entrada, entrar quise de secreto, terciar podré, pues llamado, ya que no escogido, vengo. Cloris? Laura? Sí señora, él es, si a decir vas eso. Pues no os deis por entendidas jamás de su atrevimiento. Y supuesto que he de ser el medio entre dos extremos, feliz, e infeliz, señora, la tierra que pisáis beso, con esperanza, y sin ella: feliz, pues merecí veros, conformándome con uno: infeliz, si al otro atiendo; pues trae de veros la dicha, la desdicha de perderos; con que a ser, y a no ser viene de ambos mi esperanza, puesto que el no tener esperanza, es la esperanza que tengo. Que no entiendo esos idiomas otra vez a decir vuelvo, y que mi padre en su cuarto esperas mientras a él llego. Dadme licencia de que os descifren su comento. Quién? Los motes de un sarao. Y a mi músicas, y versos de una Academia. Y a mí las empresas de un torneo. Qué presto dejar se lleva cada uno de su genio! Aunque versos, cifras, motes me hablen, no sé si entenderlos sabré, mientras que no traigan por su intérprete al silencio. Y así, tened entendido, si os diere audiencia el respeto, que este su lengua ha de ser, y aún este ha de hablar tan quedo, que sin ruido de palabras, se explique con el afecto, tanto, que si al viento fía desmandado algún acento, el viento aún no ha de saber si se le ha llevado el viento, la queja ha de andar tan muda, tan callado el sentimiento, la continencia tan sorda, la envidia tan de secreto, tan de brújula el cuidado, el suspiro tan deshecho, tan de rebozo el dolor: y al fin, tan sin duelo el duelo, que aunque uno sepa de otro, no ha de saber de sí mismo: con esto entenderé yo lo que he de entender; y puesto que está mi padre empeñado, id con Dios. Vase con las Damas. Guardeos el Cielo. Esperanza. Temor. Pena. Amor. Fortuna. Deseo. Si es que es de Febo la gala. Si es de Mercurio el ingenio. Y si es el valor de Marte: di a Marte. A Mercurio. A Febo. Pues son afectos de Amor, que vuelvan por sus afectos. Jornada Segunda Dentro voces, y sale Ismenia. dentro Echa la lancha a la orilla, porque antes que amanezca, podamos volver al Mar. Pues ya me dejáis en Tierra, id en paz. Esta vez, Cielos, no a las doradas arenas de Chipre tormenta es la que me arroja violenta; elección sí, más hay triste! que en sus fortunas deshechas, aún con la tranquilidad corre el infeliz tormenta. Viome, pues, convalecida de aquel accidente apenas, Libio, cuando usando, ya del ruego, ya de la fuerza, me persuadió a que vencida de uno, y otro, a Gnido vuelva, yo viendo que en su poder había de estar expuesta a ceños de aborrecida, y a desaires de sujeta, sin que pudiera mi saña, sin que mi rencor pudiera usar, estando a su vista, de industrias, y de cautelas, que descompongan su amor, en favor de mis ofensas, que es la intención que me trajo desesperada, y resuelta, me dejé vencer, fiada en que una joya de aquellas, que conmigo reservé del Mar, la costa me hiciera al soborno de su Arráez, de quien confía mi ausencia. No mal me salió el intento, pues que guiñando la vela, del interes obligado, me echó con el Alba en esta Playa, delicioso Parque de aquesta fábrica excelsa del Palacio de Rosarda; pues me dijo Pasquin, que era quien, de mi compadecida, mi vida a Libio encomienda: dando mi agradecimiento la ocasión, tengo de verla, que si acaso introducida una vez quedo con ella, yo haré; mas (ay infelice!) Libio es este, entre estas peñas me escondo, en tanto que pasa que no es justo que me vea, donde, o la fuerza, o el ruego otra vez al Mar me vuelvan. Escóndese, y salen Libio, y Pasquin. Con la Aurora, Pasquin, sé que baja a aquesta ribera Rosarda; y así, en su orilla me ha de hallar para que vea, ya que yo no sé lucir en saraos, ni Academias, y para la justa el Rey no ha querido dar licencia, que nadie más desvelado girasol de su belleza, para el uso de adorarla, logra la ocasión de verla. Siempre vi, que habías de ser en aquesta competencia tú el desairado. Por qué? Porque el valor que en las guerras; no es alhaja en los estrados: aquí galas, y libreas, versos, músicas, conceptos, mores, cifras, joyas, telas, retruécanos, tiquimiquís, almivares, y jaleas, pasan; no montas, ni abances, tararas, ni botaselas, reductos, fosos, ni minas. Por eso quiero que advierta, que sabe amanecer Marte al umbral de Venus bella. Y podrás decirla tú lo que otro a una Damisela, que haciéndole en sus desdenes el cargo de sus finezas, la dijo: eso, y más merece quien madrugó un día por ella a las diez de la mañana. Luego vi ser frialdad necia. Calentémosla paseando; y pues los que galantean en concurso de acreedores, no dan plática, ni audiencia, que no sea en el terrero; dime, si sabe que seas tú el jardinero? Quién duda, que al verme la vez primera, me conociese? porque eso de que dos papeles pueda hacer uno, aún es, Pasquin; objeción en las Comedias: mas por tan desentendida se ha dado, prudente y cuerda, de la fineza, por no agradecer la fineza, que nunca, para que yo, en fe de rendido, pueda alegarla por servicio, dio lugar. De esa manera, nunca te habrá preguntado por aquella buena pieza, que su refugio dejo en nuestro Hospital. Ya fuera darse eso por entendida. Supongo. Qué? Que suceda, o porque tú te declares, o porque ocasión se ofreza, que por ella te pregunte, que la has de decir? Qué muerta quedó al mortal parasismo, en que la dejó ella misma. Es disculpa doctoral, que no tiene residencia. Y no dirás mal, que solo eso habrá, en que tú no mientas. Y para todo, señor, fue dicha que ella quisiera volverse a Gnido. Qué había de hacer, cuando a verse llega tan desengañada, pues no hay mujer, Pasquin, tan necia, que aborrecida porfíe? Pensó sin duda, que al verla, había de volver mi encanto al conjuro de sus quejas: más hallándome empeñado en tan alta competencia, fue fuerza darse ha partido. En mi vida lo creyera de su condición. Por qué? Por qué preguntas? ay fiera, ay áspid, y basilisco, que, comparado con ella, fiera no sea de paz? áspid cásero no sea? y basilisco de falda? Qué esto mi furor consienta! Deja locuras, porque ya del Alcázar la puerta abren, y sale Rosarda, bien como la Primavera, que acompañada de flores, jura a la Rosa por Reina. Sale Rosarda con sus Damas. Ya que gustáis de que el Mar esta aurora nos divierta, gozando su orilla a solas, sin la penosa asistencia de necios amantes, dad al aire la voz, y sea vuestro Coro al de las aves armoniosa competencia. Qué tono, señora, quieres que te cantemos? Cualquiera, como no sea el que dijo en necia ruda cadencia, que hermosura para dos, no es dicha para uno. Nueva hay otra, que consta de ecos, en preguntas, y respuestas. Pues vaya esa, por si acaso hay algo que me divierta. Quién, Amor, sabrá decir, Oye, Flora, aguarda, espera, quién es quién al paso está? Quién no sabe si agradezca la duda, o sienta la duda; sentirla, al ver que no veas quien a todas luces es viva estatua de tus puertas; o agradecerla, si acaso te ofendes de que yo sea; pues viviré el breve instante que tarde en ver que te ofendas y así, en tanto que la duda esté aquel rato suspensa, fuerza será estarlo yo en si la estime, o la sienta. Pues para que no os debáis ni aún la lisonja pequeña de estimarla, o de sentirla, pase la duda a evidencia; Aparte. aunque, habiendo de ser otro, que sea Libio no me pesa, es fuerza disimular. Esto me importa que atienda Qué atrevimiento es, que cuando yo con mis Damas pretenda a solas en esta Playa desahogar de mis tristezas la causa, vos solo oseis? Como no es la vez primera (ánimo, temor, y sirva ados luces la respuesta) que os vi, siendo Alba del Sol, ser Diana de otras selvas, ser de otros jardines Flora, ser Venus de otras riberas, creí que fuera a la osadía ejemplar la consecuencia. Pues os engañáis, que antes decirla sobre tenerla, dobla la culpa, mas ya que mi presunción no pueda durar más desentendida, sírvame de algo la ofensa: que se hizo una infelice beldad, que a su azar atenta, o a mi piedad, fie de vos? Si él la dice que soy muerta, no podré yo parecer, sin maliciosa sospecha de que hay segunda intención: o quien estorbar pudiera su mentira. Pues no habláis? No sé como. Bien empieza a fingir el sentimiento. Qué puede haber que os suspenda? Que está, señora, la Dama. Dónde? Sale Ismenia. A vuestras plantas puesta. Qué es esto, Pasquin? La más bien ensebada apariencia, que vi, pues sin rechinar vino, ni ver como venga. Que viendo cuanto le turba vuestro enojo, pues no acierta con las palabras, es bien dar yo por él la respuesta. A vuestras plantas, señora, está una vida, que expuesta a trances de la fortuna, tanto en vuestra fe se enmienda, que os trae, como a su Deidad, la tabla de la tormenta. Qué esto suceda, Pasquin? Pues qué quieres que suceda; si mirándote empeñado en tan alta competencia, fue fuerza darte a partido? Ahora de burlas te acuerdas? Y no desagradecida tardó, señora, la ofrenda, porque viendo que no os dabais por obligada a la deuda de las finezas de Libio, tuve cerrada la puerta para parecer, y tanto, que aún estando ahora en esta estancia con él, al veros, me dijo, que entre esas peñas me escondiese, pero oyendo la plática tan dispuesta en mi favor, me atreví a salir, donde os ofrezca ociosamente una vida, que ya fue dadiva vuestra. Alza del suelo, que tanto estimo saber, que tengan los hados apelación, que sus influjos desmientan, que te he de dar en albricias de ver te de ellos exenta, el desenojo de Libio. Tus pies beso: qué sea fuerza esforzar yo contra mí su traición! Si tú la hubieras echado al Mar, cuando yo te lo dije. No agradezca vuestra voz el desenojo a mi piedad, sino a esa vida que por mi amparasteis. A vos primero, y a ella después, debo agradecido. De rodillas. Qué hacéis? levantad. Ah fiera! Ah tirano! Ah falsa! Ah aleve! Qué amorosos se requiebran! no hay cosa como la paz entre amantes. Aunque sean tan generosas albricias las que por mi Libio tenga, si me atrevo a pedir otras, quejaos de vuestra grandeza, pues su liberalidad la costa hace a mi vergüenza; noble soy, mi anciano padre, con quien pasaba de Grecia a Alejandría de Egipto, muerto yace a la violencia del Mar, con que yo he quedado sin padre, patria, ni hacienda. Con qué valor miente, y llora una mujer! Extranjera, sola, y peregrina, adonde podré albergarme, que sea digno sagrado a una vida, que ya algún cuidado os cuesta? esclavas tendréis, señora, y pues viene a hacer entre ellas poco número una más, no huérfana. Cesa; cesa, que es de mi piedad agravio el llanto con que me ruegas; pues no he de desamparar vida que estuvo a mi cuenta Otra vez beso tu mano. Cómo te llamas? Astrea. Vive Dios Calla. No es peor el dejar que una embustera con serlo se salga? No. Ya que ella conmigo queda, retiraos vos. No sé si os sirvo en que os obedezca. Cómo? Como tal vez vi ser delito la obediencia. Cuando la falsedad manda, bien puede ser que lo sea. Aunque mande la verdad, no siempre la porfía es necia. Ni siempre la indignación suele mantenerse cuerda. Para eso es bien que un error el perdón de albricias tenga. Yo perdono el cometido, pero no el que se cometa: id con Dios. A tanto ceño traidora es la resistencia: válgame el Cielo: Qué es esto? Es no atinar con la senda que de vos, señora, aparta; y es confesar con vergüenza, que tiembla de una mujer hombre de quien hombres tiemblan? Ven, Pasquin. Cómo, señor, con Rosarda te la dejas? Qué he de hacer? Si mi consejo. Calla, y tomando la vuelta, escondido entre estas ramas, conmigo, Pasquin, te queda; que ya que hablarla me quite, no me ha de quitar el verla. Escóndense los dos. Que tiemble de una mujer hombre de quién hombres tiemblan? mucho temor más qué digo? yo ha de haber cosa que tema? Pues hemos que dado solas, el tono empezado vuelva. Canta. Quién, Amor, sabrá decir de triunfos de tu poder, cual deja más que sentir, o la lisonja del ver, o el halago del oír? Pues qué hay que dudar? Pues qué hay qué argüir? Si para postrar. Si para vencer. De Amor el más noble peligro es el ver. El más noble riesgo es de Amor el oír. Pues qué hay que dudar? pues qué hay que argüir? si para postrar, si para vencer. dentro De Amor el más noble peligro es el ver; el más noble riesgo es de Amor el oír. Oíd, reparáis, que aunque el eco Siempre responder en medias razones suele, hoy parece que las vuelve más enteras, que otras veces? Sí señora. Proseguid, y estad atentas. Cuando Amor de los sentidos intenta arrastrar despojos, tal vez entra por los ojos, y tal vez por los oídos; y aunque unos, y otros rendidos ve a su tirano poder, ninguno llegó a saber a cual deba preferir. Pues qué hay que dudar? Pues qué ay que argüir? Si para postrar. Si para vencer. De Amor. El más noble peligro es el ver, el más noble riesgo es de Amor el oír. Ya este no es eco, ve, Cloris. por esa puerta, y por esa tú Laura, sepamos qué Oráculos dan respuesta; y porque menos sentidas vayan, no cese la letra. Cantan, y a un mismo tiempo representan, y sale por una parte Celio, y por otra Flabio. Quién, Amor, sabrá decir? Quién habló aquí? Quién de mí mandado, esforzar intenta la voz, que dice, que en ver Amor su poder ostenta. Quién aquí responde? Quién; persuadido de mí, asienta, que en el oír el Amor cobra sus mayores fuerzas. Y así, a mi mandato. Y así, a mi obediencia. Llego a publicar. Llego a repetir. Que para postrar. Que para vencer. De Amor el más noble peligro es el ver. El más noble riesgo es de Amor el oír. Bien quisierades que yo de las contrarias propuestas la razón os preguntara; por lucir la competencia; pues no ha de ser. Sin que vos la preguntéis, la mía es esta. Yo bien callara, señora; mas si él habla, hablar es fuerza. Triste del que ha de escucharlos, sin que hablar, ni callar pueda. Porque no piensen que fue curiosidad de saberla, cantad, vean que al oírlos, no atiendo. Mas dicha es esa. Sí, pues la música hará la cuestión menos molesta. Suenan los instrumentos. Por más que recató avara tu beldad inculta esfera, hubo atención que te viera, y acción que te retratara; esta, pues, rara sombra de tu rosicler vi en mi poder; y pues al verla rendí el alma, y la vida, quien duda que en mí. De Amor el más noble peligro es el ver? Yo tu retrato no vi, pero a la fama escuché tu perfección, con que fue tabla el viento para mí; y siendo así que el oír me hizo rendir, al percibir tan alto asunto en mi idea, quien hay que en mi estrago, ni dude, ni crea, Que el más noble riesgo es de Amor el oír? Quién ve una beldad divina, a sus mismos ojos cree, y realidad en quien ve, es sombra en quien imagina: luego inclina con más superior poder ser, que es ser, que no ser, que es fantasía; y así, en los Imperios, y su Monarquía. De Amor el más noble peligro es el ver. Quién sus mismos ojos cree, poco debe a sus enojos, que las Deidades, sin ojos se han de idolatrar por fe: luego fue mas digno afecto el fingir, para sentir, que el ver, para no adorar; y así, si el oír es ver sin mirar. Él más noble riesgo es de Amor el oír. Los ojos del cuerpo son el más superior sentido. Sí, mas dio el alma al oído las llaves del corazón. En mi pasión testigo sea el morir. En mí el sentir solo para padecer. Sale Libio de donde estaba escondido. Y en mí, pues siempre ha de ser quien os llegue a decidir; saber que el peligro más noble no es ver, ni el riesgo tampoco más noble es oír. Yo, ni tu retrato vi, ni de la fama escuché tu perfección: solo fue alto asunto para mí saber de ti, que como presa vivías, entre impías montañas, de horrores llenas, con que tus desdichas, tus ansias, tus penas, oyéndolas tuyas, las tuve por mías. Ni el pincel de tu beldad, ni la voz tuya me trujo: lo imposible de un influjo, que oprimió tu libertad, mi voluntad movió, por ponerte en ella; luego al bella imposible, es infalible que quien a tu estrella adora imposible, es solo a quien más la debe mi estrella. Quién imposible la ignora? Quién imposible la niega? Quién. No más, y sea en los tres esta la cuestión postrera, que no es para cada paso aféctar la competencia. Competencia que no pasa de lid del ingenio a tema de la voluntad, no hay, señora, porque te ofenda, pues ni desluce decoros, ni desaliña decencias: y para que atiendas cuanto es digna la atención nuestra, delante de ti palabra doy a cualquiera que sea el feliz, si hay alguien que no, como debe, lo asienta, que me ha de hallar a su lado, con armas, vida, y hacienda, en favor de su ventura. Y yo hago ante ti la misma pleitesía. Generoso competir! Galas, y letras aman quedito. Qué dices? Que aunque fue buena novela la competencia en los nobles, a mí no me agradó el verla, yo más quisiera en los celos cuchilladas, y pendencias, que hidalguías, que de tibias merecen, sin que merezcan. Vos no entráis en la alianza? No señora, que aunque sea preciso, que desdichado a mi fortuna obedezca, no lo es, que haya del dichoso de ser amigo por fuerza. Quien adora lo que adoro, quien lo que deseo desea, quien sirve lo que yo sirvo; y lo que yo espero espera, goce su dicha sin mí, que yo quiero, gane, o pierda, o consiga, o no consiga, o merezca, o no merezca, que el que sirviere a mi Dama, por su enemigo me tenga. Bien haya tu alma, y tu vida. En las vulgares empresas, que facilita el antojo, sueña eso bien. Y disuena en los sagrados empleos. Siempre es bien, quie siente, sienta. Todos sienten. Mas no todos saben sentir. Quién lo piensa. Quién lo imagina. Qué es esto? Señora? Señora? Ea, bien está. Aparte. Mortal respira mi aliento. Cada uno advierta, que licencia permitida, no es concedida licencia: venid vos conmigo, Celio. Sirviendo iré a vuestra Alteza. Acompañadme vos, Flabio. Es dicha para mi inmensa. Quedaos vos. Ninguno hace mas que yo en que os obedezca. Vanse, y queda la última Ismenia. Y ninguno debe más, que quien al viso de queja, el cuidado no le elige, y el descuido le desprecia. Ya por lo menos, tirano, no me quitarás que vea tus desaires. Ni tampoco tú a mí me quitarás, fiera, el que veas que la adore, si vieres que me aborrezca. Pues más ha de ser, que yo, ya en su casa, haré que crea, si no bastan tus traiciones, mis engaños, demanera, que no te quede esperanza. Por eso, ya que te quedas atràs à todas, haré que tú a su vista no vuelvas. Cómo? Ocultándote ahora en esta inculta maleza, y llevándote después donde nunca más parezcas. Sí señor, aquel consejo de marras, cordel, y pesa. Primero me harás pedazos. Ayúdame, Pasquin. Llega, verás si es verdad que soy áspid, basilisco, y fiera. Aparte. Ella lo oyó, el mismo diablo que llegue. Carga con ella, mientras la cierro la boca. Aunque tu intento no sea matarme, lo diré a voces: no hay quien mi vida defienda? Anteo, y Golilla dentro. Voz es de mujer, ya que perdí una ocasión, no pierda otra, sígueme Golilla. Parecen aquestas selvas de Caballeros andantes. Salen los dos. Quién hay que a mujer se atreva? Quién lo sabrá mantener, cuando haya quien lo defienda. Caballero: mas qué veo! Qué es lo que miro! Anteo? Ismenia, tú aquí, y tú? Nada te asombre, sino si a ampararme llegas, olvida quejas, y solo de ser quien eres te acuerda. Libio, de quien en la ruina de tu patria prisionera fui, soberbio. No prosigas, que hay cosas que por sí mismas se dicen, cuando se callán, y renovadas las quejas de los pasados rencores, hace que mi fama vuelva por su honor, y por tu vida. Cómo? De aquesta manera: ponte, Golilla, a mi lado. Sacan las espadas, y riñen. Que solo cuando hay pendencia dé el amo el lado al criado! Enmienda hay a eso. Qué enmienda! Hacer como que reñimos, y no reñir. Norabuena. Favor, Cielos, que mi vida de un riesgo en otro tropieza. dentro A las espadas, y voces volved, y sabed qué sea, Sale Flabio. A tu lado, Libio, estoy, que aunque mi amistad no quieras, tu duelo me toca, en fe de que en el seguro vengas, que todos venimos. Sale Celio, y pónese también al lado de Libio. Yo también, por la razón misma, estoy a tu lado. Si ambos cumplís la obligación vuestra, cumpla yo la mía. Qué es? Que estimándoos la fineza, a quien diera muerte solo, acompañado defienda. teneos los dos. Pónese Libio al lado de Anteo. Cuando Anteo, contra la confianza nuestra, contigo rompe la fe, a todos toca la ofensa. Habrá más de sustentar a todos, y mantenerla? Sale Rosarda, y las Damas por un lado, y por otra Seleuco, y gente. Dónde vuelves? Apartad. Perdido estoy. Yo estoy muerta. Qué atrevimiento? Qué es esto? espadas en la presencia de Rosarda? No señor, que también al ruido de ellas volviryo. Celio, qué ha sido? No lo sé. Flabio? Aunque quiera decirlo, tampoco yo. Libio? El labio titubea. Anteo? Falta la voz. Qué hay que a todos enmudezca? Yo, señor, pues el valor nunca ha aprendido a dar quejas, sino que siempre que hable la espada; calle la lengua, habré de decirlo; Anteo tu fe, y tu palabra quiebra en el seguro que hiciste a los tres, pues ciego intenta estorbar osadamente tu licencia, y mi licencia. y así, con Libio, en rencor de las heredadas guerras de Famagusta, y de Gnido; que Flabio, y Libio, por esa campaña a mi vista estaban, es el primero en quien. Cesa, que aí es donde llegar pudo su aborrecida soberbia: pues, desvanecido, loco, a quien no sufrió su tierra, llamando extranjero dueño, que a tus iras la defienda, quieres que sufra la mía? con esperanza tan ciega, como atreverte a mirar a quien. Oye, aguarda, espera, que esto no toca en tus fueros, ni en mis vanidades: esta Dama. Ay de mí! En Famagusta, ilustre, y noble, es Ismenia. Desatose la maraña en medio de la Comedia. A quien yo amé aborrecido, y a quien hizo prisionera Libio en la invasión. Qué escucho Que tantas ansias me cuesta, mal Caballero, no solo rota la fe que profesan los nobles con los rendidos, su fama, y su honor afrenta, pero matarla intentaba; mira si pude en defensa de una Dama, y Dama, a quien, aunque favores no deba, desdenes debo, excusar el empeño, y. Ten la lengua, no de finezas te valgas, que nunca pueden ser ciertas. esa Dama arrojó el Mar a la Playa, en mi presencia, derrotada de un naufragio: pues conociendo a quien ella debió allí la vida, es Libio, es posible que ahora sea quién la dé aquí muerte? Cómo, Aparte. (ya que mi opinión se arriesga, arriésguese su esperanza) porque nunca se supiera, que en demanda de mi honor, a Chipre le seguí muerta quiso fingirme contigo; y como yo de las peñas, donde oculta me tenía, salí a buscar tu clemencia; de miedo de que intentaba volverme a Gnido por fuerza; viéndome de ti amparada, para que de mí no sepas sus engaños, sus traiciones, sus mudanzas, sus cautelas, al quedarme última a todas, matarme intentó, y lo hiciera, a no llegar Anteo. Quién vio desdicha como esta? A esto llaman los fulleros caerse la casa a cuestas. Vos qué decís a esto? Yo si, cuando. Aún a hablar no acierta. Qué haces, señor, cobra aliento y discúlpate, aunque mientas. Tú de este no digno acaso, y otros muchos que acontezcan tienes la culpa. Yo? Sí, pues todo cuanto entretengas la elección, es fuerza que nuevos accidentes crezcan. y así, resuéluete a que importa que te resuelvas, y esto ha de ser tan aprisa, que des luego la respuesta. Qué fácil fuera (ay de mí!) si ya difícil no fuera! Qué dices? Que cuando son tan generosas las prendas, equivocada la duda, tiene la elección suspensa: da me de plazo, señor, solo hasta que a Venus bella consulte en su Templo, como a la auxiliar Deidad nuestra, porque su inspiración dicte mi discurso. Norabuena, hoy has de vencer la cumbre, donde su Templo se asienta. Pues porque de mi ninguno, sino de sí, forme queja, al que entre tanto que yo el sacrificio la ofrezca, y en la breve ausencia mía tenga en mi servicio hecha mayor fineza, será a quien mi mano le ofrezca: Aparte. esto es dar tiempo a que viva una esperanza tan muerta. Aunque no fío de mí, fío de mi amor, que sepa lo mejor aconsejarme. Vase. Yo; aunque obligarla no entienda, fío de mi fe mi dicha. Vase. Yo del rigor de mi estrella solo fío mis desgracias. Sí, a mi parecer, deseas obligarla, tenla. Qué? Echada en el Mar a Ismenia. Vanse Vos desposeido huésped. Vos desgraciada belleza. Porque vuestras osadías. Porque las fortunas vuestras. No con locas vanidades. No con prefanas novelas. Aventuren los seguros. Ultrajen mis asistencias. De mi Corte desterrado. Desterrada de mi tierra. Salid, y a ella no volváis. Id, y no quedéis en ella. Que no es bien. Que no es decente. Que una altiva ambición ciega. Que una liviana hermosura. A mirar al Sol se atreva. Se atreva a mirarme a mí. Y vuestra locura advierta, que queda de este precepto fiadora vuestra cabeza. Vase. Y advierta vuestro desdoro, que podrá ser, si aquí queda, que precipitada al Mar, lo que en vos me dio le vuelva, y una tormenta me lleve lo que trajo otra tormenta. Vase Qué esto suceda a mi fama? Que esto a mi altivez suceda: Qué ira! Qué rabia! Qué furia! Qué horror! Qué asombro! Anteo? Ismenia? Has oído mis agravios? Has oído mis afrentas? No sé si diga que sí, hasta ver como las vengas. Cómo he de vengarlas, siendo hidra de tantas cabezas mi desdicha, que no es posible acabar con ellas? si Rosarda me aborrece, si Seleuco me desprecia, si Libio a ti, y a mi agravia, si Flabio, y Celió desdeñan mi igualdad, como es posible, que de cinco agravios pueda un ánimo hallar venganza? Qué fuera que yo te diera arbitrio, con que, de un golpe, de todos juntos la tengas? De todos de un golpe? Sí, si no es que tú no te atrevas. Eso dudas de mi saña? Si es fiera acción? Que lo sea. Si es temeraría? Qué importa? Si es horrorosa, y sangrienta? Beberá de ella mi rabia. Y si a ser acaso llega casi sacrílega? Todo cabe en mí, dila, qué esperas? Pues lo que hemos de hacer, pero no es para aquí esta materia, sígueme. Contigo voy, si bien, dudando que sea posible, que una venganza cinco agravios comprenda. Pues no, no dudes el como, cuando terrible lo adviertas. Vanse, y salen Libio, y Pasquin. Sobre un lance tan extraño, seguir vereda tan ruda, me da a entender, que sin duda vienes a hacerte Ermitaño; quien de un risco a otro, señor, ser arroyuelo te enseña, saltando de peña en peña, corriendo de flor en flor? cuando tus competidores, al lampión de sus ternezas, son mauleros de finezas, con rebusca de primores; tú a los montes te retiras, y por veredas que ignoras, lloras como que no lloras, y cómo que si suspiras? No sé, Pasquin, solo sé, (ay infeliz!) que aún aquí, si huir pudiera de mí, de mi huyera. Pues por qué? Ve aquí que sabe Rosarda que una Dama te ha querido, y tras de ti se ha venido: esto por qué te acobarda? pues rendera de desvelos a Doña envidia verás, siempre hacer que pese más la balanza de los celos: vuelve a su vista, y preven fineza a tu afecto igual, que nunca una quiso mal, porque otra quiso bien. Si yo supiera, Pasquin, qué fineza hacer pudiera, feliz mi fortuna fuera; mas no lo sé; y así, a fin de darme a mi dura estrella, por vencido, me salí, sin saber donde (ay de mí!) a esta selva. Pues en ella como fruto tu cuidado podrá coger? Porque no? Porque ninguno sembró finezas en despoblado, si ya tus hados molestos en el sitio que te ves una no te ofrecen. Qué es? Ahorcarte de un árbol de estos, y cuando al verte; señor, tus quejas se satisfagan, diles a los otros, que hagan otra fineza mayor. Qué siempre tu humor dispuesto contra mi suerte esté esquiva! Dentro la Música. La gala de Venus viva, viva la gala. Qué es esto? Bien claro se deja ver, según su acento previene, que al Templo de Venus viene con tan festivo placer, la rústica vecindad de este monte, en cuya altiva cerviz suntuoso estriva el Templo de su Deidad: y como este el paso sea, la tropa acercarse ve. Pues retírate, porque nadie quiero que me vea, mientras a mi mal no iguala la fineza que reciba. La gala de Venus viva, viva la gala. No adelante pases, tente. Por qué? Porque por aquí, si hay inconveniente allí, también hay inconveniente: una tropa de bandidos el monte corren, señor. Con ese ruido el temor los trae, por no ser sentidos, buscando de la montaña lo inculto. Entre aquesos ramos será bien nos escondamos, por si importa a la maraña, que ellos tampoco, señor, nos vean aquí. Dices bien. Escóndense los dos, y salen en traje de bandidos, con mascarillas Anteo, Ismenia, Golilla, y otros. Armas, y gente preven, pues ya el festivo rumor sueña; y no es ocasión mala para nuestra saña esquiva. Dentro Música. La gala de Venus viva, viva la gala. De bandido disfrazado, de mis criados seguido, y de armas prevenido, sin saber a qué, he llegado al monte, que paso es por donde Rosarda viene al Templo, lo que previene tu discurso sepa, pues ya es hora de que advertido esté de lo que he de hacer. Yo te lo diré, al tener aquel ribazo escondido, donde encubierto estarás mas, que aquí. Pues no es razón, que sepa ya tu intención? Tú puedes pretender más, que vengarte de Rosarda, Seleuco; y los tres que yo te he ofrecido vengar? No. Pues qué es lo que te acobarda? Qué es consejo de mujer, y mal de él llevarme dejo. Puede hacer más su consejo, que echarlo todo a perder? pues qué novedad será? pues de mujer, cosa es clara que en eso el más cuerdo para. Pues alto allí han hecho ya, sígueme, donde embozado esperes, y no hagáis ruido vosotros. Vanse. Nada he entendido de todo lo que han hablado. Pues qué te importa, señor, su plática? Nada a mí. Ya las carrozas allí han parado en el verdor, que aromas el valle exhala, y Rosarda pisa altiva. Salen villanos cantando, Rosarda, y las Damas. La gala de Venus viva, viva la gala, y segunda Venus de Chipre la hermosa Rosarda, que en saliendo a la tarde a los montes, les hace creer, que no es, sino Alba. La gala de Venus viva, viva la gala. Ya que a la falda del monte hemos llegado, y lo excelso de su cumbre no se deja hollar de coches, tomemos aquí los caballos. Ya lozanamente soberbió uno; que al verse adornado de Reales paramentos, parece que ha conocido la Majestad de su dueño, te está esperando. Pues id tomando todas los vuestros. Palafrenero, el más manso para mí. Palafrenero, para mí uno de corbetas, carácoles, y escarceos. Deidad de Venus, no admita de mí, ni el voto, ni el ruego, que no me lleva a tus aras mas, que darle tiempo al tiempo para ver si con él tienen enmienda mis sentimientos, Vase con las Damas. Nosotros, aunque del monte penetre lo más espeso, vamos cantando, y bailando; hasta dejarla en el Templo. Viva la gala, et cetera. Vase. Qué divinamente airosa de la rienda toma el tiento, del estribo la noticia, y del fuste el igual medio! Sostiruta de montado puede ser en el despejo: pero qué hacemos aquí? Harto en mirarla no hacemos. Sale Flabio a una puerta. Aunque hay orden de que nadie hoy siga a Rosarda, tengo de una en otra espesa mata escondido, y encubierto, no perder su vista, y pues llegar al Templo no puedo, desde aquí, Venus divina, en siempre rendido afecto, porque felizmente logre de mi fortuna el empleo, para que tiren tu carro, dos blancos cisnes te ofrezco. Sale Celio a una puerta. Amor, ya que recatado solo permite el deseo, que pueda seguir la vista del Sol que idolatro ciego: aunque a tus aras no llegue, recibe en rendido obsequio el sacrificio de un alma, que si a tus piedades debo de mi fineza el dictamen, verás que, a tu culto atento, te doy de marfil, y oro un arco, y carcaj tan bellos, que al uso de sus arpones, haga apacible el incendio. Salen por un montecillo Anteo, Ismenia, y gente. Ya la retorcida senda del monte viene venciendo la tropa de los caballos; y pues tan cerca los vemos, no es ya tiempo que me digas qué es tu intención? Sí, ya es tiempo. Qué he de hacer? La caravina preven. Dispuesta la tengo, mas sepa contra quien. Contra Rosarda. Qué dices? Que esto solo te puede vengar de todos; pues con un mismo golpe de ella, y de su padre, de Libio, de Flabio, y Celio, quedas a un tiempo vengado, en ella de sus desprecios, en él de sus sinrazones, y en todos tres de tus celos; y pues que ya llega a tiro, qué hay que esperar? No me atrevo a un rigor, que nunca pudo caber en mi pensamiento, que a entender. Ahora cobarde tiemblas? De valiente tiemblo, que matar a una mujer, no es valor. Pues yo le tengo, valor es, muera quien mata, y mueran con ella a un tiempo las esperanzas de todos. Dispara Ismenia hacia dentro, y vase. Bárbara mujer, que has hecho; dentro Ay infelice de mí! Qué oigo! Qué miro! Qué veo! De Rosarda dejó el tiro herido el rostro, y sangriento: Desatentado el caballo, a despeñarla va, Cielos, acudo a salvar su vida. Vase. Como igual traición no vengo, muriendo en venganza noble de tan grande atrevimiento? Vase. Herida Rosarda? cómo? yo pasmado? yo suspenso? a socorrerla, a vengarla no voy? y. Válgame el Cielo: Cae desmayado. Dejose caer: quién vio tan trocados los sujetos? mi amo, que valiente era, para no meterse en riesgos, haciendo la mortecina, hace el papel del discreto: el discreto el de galán, pues va a la Dama siguiendo: y el galán el de valiente, pues entra a matar muriendo; desuerte, que en un instante el señor vendado, y ciego, como no tiene que hacer, se anda trabucando afectos. dentro Desbocado bruto, en mí tu choque sufro violento. dentro Traidora emboscada, todos a las iras de mi acero habéis de morir. Traición. Salen Laura, y Cloris. Qué prodigio! Qué portento? Sale Selenco. Pues que siguiendo a Rosarda vine, decidme qué es esto? Ese enmaranado risco, traidor Volcá de humo, y fuego, contra su vida flechó horriblera yo violento, a cuyo trueno, el caballo la despeñara soberbio, si Flabio, saliendo al paso desesperado, y resuelto, desjarretados, los brazos, no la socorriera. A tiempo que Celio está en la emboscada, valiente a morir dispuesto en su venganza. Y mi amo, para quitarse de cuentos, echando por el atajo, yace desmayado, y muerto. Id todos a socorrer en tan noble acción a Celio, retira tú ese cadaver, que yo, al propio amor atento, iré a acudir a Rosarda, por si hay en su mal remedio, al mirar cuanto infalible en los fatales decretos cumple su amenaza el hado, cumple su palabra el Cielo. Tercera Jornada Dentro el mismo ruido de espadas, y voces en dos partes. dentro Poco importa, que yo muera como no me quede vivo traidor ninguno. dentro Yo muero a manos de mi delito. dentro Ay de mí! dentro Pues ya estás libre, cobra el aliento perdido. dentro Gente acude, quién pudiere, la vida escape en los riscos. dentro Yo echaré por esos cerros ya que no por esos trigos. Sale Seleuco por una puerta, como tropezando. Nunca a mis cansados años acusé el peso prolijo, sino es hoy; y pues no puedo de este intrincado camino vencer el ceno, y llegar adonde a Rosarda he oído. dentro Yo, desenfrenado bruto pararé tu curso altivo, yo moriré en tu venganza, Rosarda infelice. Sale por otra puerta Pasquin, como asombrado. A lindo tiempo recuerdas con eso. Sale Libio. Mas qué hago? más qué digo? donde está quien me enajena de potencias, y sentidos? señor, tú aquí? cómo? yo? Rosarda, sí, cuando. Ay Libio, que tu vuelves de un desmayo, y yo entro en un delirio; viendo; sin que mover pueda mi anciano caduco brío la planta, allí armas, y allí lamentos decir, y gritos. Sale Flabio con Rosarda en los brazos ensangrentado el rostro. Ay de mí! Cobra el aliento, otra, y mil veces repito, pues libre de entrambos riesgos, tomas puerto en mejor sitio. Ya, de tu esfuerzo amparada, con menos temor respiro. Sale Celio con Ismenia ensangrentado el rostro. Dónde me llevas tirano? Habiéndote conocido por mujer, donde otra sea quien vengue en ti el homicidio. Celio? Flavio? Venturoso, albricias a tus pies pido de la vida de Rosarda; el caballo fue el herido entre testa, y cuello, y como barbear el dolor le hizo, pudo salpicarla el rostro, en bruta púrpura tinto, creció entonces la congoja, por crecer ahora el alivio. Yo a tus pies, tan sin aliento, tan postrado, y tan rendido de la derramada sangre, que hace aprecio el desperdicio, en esta fiera, la causa de tantas desdichas rindo. Pudo mi fortuna, Cielos, ponerme en mayor conflicto? Traidora, tú mas qué hago? justamente me reprimo, que no he de obrar yo lo infame donde otros obran lo fino. Del segundo riesgo yo, que la libré, no te digo, porque no lo escuche ella, que fuera en mi sangre indi gno el beneficio hacer, para blasonar el beneficio. Anteó muerto a mis manos queda, vengado el delito de tan bárbara traición; y porque el aliento mío fallece, dame licencia de retirarme, advertido de que si Flabio amparó a Rosarda, en su servicio di yo la vida; y no sé que mérito sea más digno, quien da otra vida, o quién hace de la suya sacrificio. Vase. Eso lo ha de graduar la estimación de su juicio: y para que no parezca, que como acreedor la asisto, también yo, con tu licencia, de tu vista me retiro, que a mí me basta por premio, que viva, pues como he dicho, servicio alegado, fuera interés, y no servicio. Vase. Que esto hayan hecho los dos, mientras en nada la sirvo! Perdonadme, Flabio, y Celio, si a entrambos ahora no sigo, para hacer vuestro primero laurel de los brazos míos, que me detiene en Rosarda la rémora del cariño. Qué dices de esto, señor? Qué he de decir, cuando miro en la una lo que temo, y en la otra lo que envidio; Felice, Rosarda, el día, que cumplido el hado esquivo, lo que prometió sangriento, vino a ejecutar benigno. Yo le agradezco, señor, al fatal influjo mío la admitida apelación de mi vida: mas qué digo? que siendo cómplice Ismenia en la ley de mi hado impío, y no Libio quien me venga, ni me socorre, es preciso pensar, que un signo me absuelve a petición de otro signo, por dejar en él flechado el arco, para otro tiro. Tú, injusta, traidora, aleve, a quien han introducido alas de bastardo amor, (perdóneme esta vez Libio, si tu acusación le toca en el más infiel delito, que vio el Sol) de mi presencia te quita, que precipito tanto mi cólera, al verte, que temo que de mi altivo valor me olvide, mas de esto otro ha de ser el designio: Ah Soldados? No hay Soldados. Pues toda la gente ha huido, hasta llegar a la Corte, de vos esa mujer fío. Y quién ha de fiarla a ella de que se estará conmigo? De ella cuenta habéis de darme, porque en público suplicio muera. Ay infeliz: Que venga yo a ser cómplice, y testigo entre una fiera, y un Ángela sin que a la una obligue fino, ni a la otra socorra noble; pues si a ampararla me obligo, traidor soy de amor, y honor. Señor, sí. Aquesto es preciso, que tan públicas traiciones piden públicos castigos: y advertid vos, que si de ella cuenta no me dais, el mismo que a ella os aguarda. Señor, por Baco, Abogado mío, que me vino más a mano, que otro Dios, porque me vino que me des a guardar antes todas las fieras del siglo, que a esta Dama. Lo que mando, haced. Pues constituido en la suma Dignidad de córchete advenedizo me hallo, vuesa merced se avenga, y venga conmigo, Aunque no pudo llegar a más mi infeliz destino, por lo menos me consuela, ya que muera, ver que Libio, por mí, y las finezas de otros, quede a sus ojos mal visto. Vanse Ismenia, y Pasquin. Ya que el fracaso, Rosarda, tanto la gente ha esparcido, amedrentada, que nadie nos asiste, si no Libio, a quien como ajeno ya en tu pretensión le miro, pues primer móvil de todos, nada en favor tuyo hizo: por no hablarle, será fuerza llamar la gente yo mismo, para que a Palacio vuelvas, de tanto mortal conflicto el susto a reparar, que otro día harás el sacrificio. Vase. Sola ha quedado (ay de mí!) con qué vergüenza la miro! Con qué confusión le veo! Ni hablar, ni callar elijo. Estabades, Libio, vos antes de ahora en este sitio? Sí señora. Cuando Flabio, del noble afecto movido de generosa piedad, reparó mi precipicio? Cuando Celio quiso, en prueba de su alto valor invicto, morir en venganza mía, vueltos claveles los lirios, qué hicisteis vos por mí? Nada. El desengaño os estimo, pero como Ismenia era. Dadme licencia, os suplico, para anticipar descargos a cargos en mí no dignos; que hay escrúpulos de honor tan raros, para no dichos, que escandalizan aún más imaginados, que vistos. Yo entre otras prisioneras vi a Ismenia, si mi albedrío libre tropezó primero, que oyese el primer aviso de vuestra esclavitud, no fue culpa; y si lo fue, afirmo, que antes que fuese memoria, la hicisteis vos ser olvido: dejemos aquí disfraces, montes, jardines, retiros; dejemos de una mujer iras, rencores, delirios; y vamos a que hoy, al veros de sangre el rostro teñido, (quién, si no yo, equivocara lo bruto con lo divino?) por acudir. Dentro Ismenia, y luego sale luchando con Pasquin. Pues villano. Ved qué es aquello? Atrevido; la mano a mí? O soy corchete, o no. Pues cómo aquí? Oídos, que ya que yo sé la causa, a mí me toca el reñirlo. Aparte. En manos di de Rosarda. Ya, en la presencia de Libio, llegó mi fin. Cómo, loco, tratarla así has pretendido? Cómo fue mi ama un tiempo; aún me duran los cariños de criado. Pues aquel alto eminente edificio es el gran Templo de Venus, y ese para él el camino, salva en él tu vida, ingrata, que darte no solicito más castigo, que tu vida: y si dos veces ha sido, es porque sea dos veces más penoso, y más prolijo, que darle vida a un ingrato, es castigarle en sí mismo, y no quiero más venganza, que el que tú vivas contigo: vete, pues. Si a tus pies. No prosigas. Yo. Vete, digo. No me arrojo. Vete, aleve. dentro La voz de Rosarda he oído. Mi padre vuelve, qué esperas? Ya me voy, y no replico, que no sé por qué agradezco una vida que no estimo. Vase. Esta vez, Libio, no encargo su reparo. Ni yo admiro vuestro valor, por no hacerme sospechoso agradecido. Y qué ha de ser de mi ahora? No temas, que yo te fío. Sale Seleuco, Golilla, y gente. Vete, aleve, en destemplada voz, te oí decir. Buen alivio, por si me fía, o no, quisiera escapar. Cuando no miro mas, que a Libio solamente, en todo aqueste distrito, qué te obliga a que a él le digas, vete, aleve? Aparte. Si le digo. la verdad, han de alcanzarla. Qué le dirá? Ingenio mío, dame favor: yo, señor, a Libio tal no le he dicho. Pues a quién? A este Soldado, que al verte a ti, se ha escondido temeroso de que sepas, que aquella mujer se ha ido de la guarda que fiaste de él; a decírmelo vino, pidiendo, que en su perdón intercediese contigo; yo justamente enojada de que se hubiese podido escapar una tirana, y piadosa a un tiempo mismo, porque en él no se ejecute el castigo merecido, ni él se venga a mi sagrado, vete, aleve, dije. Han visto qué bien me fía? si es también dispensado estilo, que las Infantas de allende puedan mentir su poquito? Pues cómo, traidor, cumpliste tan mal mi orden? Aparte. Si resisto, desmiento a la dicha Infanta; que es un duelo nunca visto, ni representado. Cómo se huyó, vil? Tomó, y que hizo, como yo ahora, fue echando un pásito a otro pasito, y a diós. Quiere irse. Prended ese loco. Yo, pues me he introducido entre la gente, seré de aquesta causa ministro: date a prisión. Tú me prendes, habiendo en un desafío reñido conmigo en paz? Esto es fuerza. Gracia ha sido Vamos presto. Cómo preso, mi amo, mi señor, mi Libio, dejas ir a tu criado? Esperad, de quien ha dicho ser criado? Mío, señor. Solo faltaba este indicio, tras vos vino la ocasión de tanto traidor delito; vos, ni a la venganza fuisteis, ni tampoco al precipicio; y vos, al fin, vuestra Dama salvasteis, buenos servicios: soltad aquese criado. Tú, pues que la gente vino, ven, tomarás la carroza: infame, por ti. Aunque finjo, por no darte pena, aliento, confieso que ya me rindo del pasado sobresalto al susto; y así, te pido que porque no se adelante con el Sol, polvo, y camino, que en la primera Alquería de aquestos Pueblos vecinos pueda repararme, fuera que habiendo, señor, venido a sacrificar a Venus, ir para volver, prolijo me parece; y es mejor llevar hecho el sacrificio. Ven, y dispondrase como tu determinares. Vase. Libio? Qué me mandáis? No sé a qué discurso pendiente el hilo dejo, y por no adivinar qué habrá sido, o no habrá sido, oírle quisiera. Vase. Si haréis, pues como tabla a dos visos, muestra a una parte lo fiero, muestra a otra parte lo lindo: así mental mi fortuna, al temple de mis suspiros, pintó en vuestro padre ultrajes, que a vuestra luz son alivios: ven acá, infame, por qué dijiste ser criado mío? Había de dejarme ahorcar? Qué importara? Muchísimo. En fin, me motejan, Cielos, de cobarde, y poco fino? No te desmayaras tú, que en mi vida no te digo otra cosa, sino solo que el desmayarse es de Ninfos, y que no quieras creerme? Pues ven acá, tú me has visto desmayar otra vez? No. Pues cuando, di, fue el decirlo? Cuando me pareció bien tenerlo para ahora dicho. Mal hayas tú ay qué me abraso! A Junio pasa lo mismo, que al punto que se desmaya, le entra abrasando el Estío. Déjame, que tus locuras no son para cuando miro mi crédito en opiniones, viendo a Seleuco ofendido, a Flabio vanaglorioso, a Celio desvanecido, a Ismenia libre, y ingrata, a Anteo muerto a ajeno brío, y a Rosarda finalmente, cuando yo en nada la sirvo, sorzada a que la merezca quien mayor fineza hizo. Lupus in fábula. Cómo? Como acabar de decirlo, y llegar los dos, es uno. Pues vente, Pasquin, conmigo, que me cansa ver que sean competidores, y amigos. Pleitear, y comer juntos un antiguo adagio dijo. Pues es tenuta la Dama, para hacer noble el litigio? Yo bien sé que la perdí, pero perdida la estimo tanto, que aún este pequeño desdén suyo, en fe de digno, no quiero ver, y pues solo a no verla ajena aspiro, preven Bajel, mientras yo; Pasquin, de ella me despido. Vanse, y salen Rosarda, y Laura. Que no has querido, señora, después de tanto peligro, descansar siquiera un rato? No, Laura, que no imagino, que pueda haber para mí descanso. Cuando lo esquivo del hado dejó en amago el golpe, y desvanecido ves de tu influjo el agüero, triste estás? Tanto, que vivo sin saber que vivo, Laura. Oh quién te hubiera servido de suerte, que preguntar osara de qué ha nacido tan nueva melancolía. Si yo pudiera decirlo, sola a ti te lo dijera. La confianza te estimo dicha, mira ejecutada, qué fuera; pero allí Libio viene. Pienso que a cumplirte el deseo que has tenido. Cómo? Cómo temo, que él diga lo que yo no digo. No lo he entendido, y tras eso, presumo que lo he entendido. Discreta eres, Flabio fue quien me libró del peligro, Celio quien me vengó de él, y Libio quien nada hizo en mi favor. No te cueste, señora, estudio el decirlo, no lo digas. Pues si llega a hablarme (mucho te fío) has de hacer por mí una cosa. Ya sabes como te sirvo. Retírate, y a la mira está de cuanto decimos; y si ves en mí el menor amago, el menor resquicio, menor átomo de afecto, que te parezca no mío, como que tu acaso cantas varias letras a tu arbitrio, adviérteme, porque yo me cobre con tus avisos. Fía de mí. Vase, y sale Libio. Aunque debiera, de mi vergüenza impedido, de mi temor embargado, con mi fortuna mal quisto, excusar volver a veros, son para mí tan divinos vuestros preceptos, que no me resuelvo a no cumplirlos: mandasteisme, no sé qué discurso, que dejó el hilo pendiente, volviese a atar: y así. Ya yo había perdido esa memoria. Yo no, y aunque pude haber venido solo a esto, vengo a que tengo una merced que pediros. No me acuerdo en que quedamos. Yo sí. Por si es relativo lo uno de otro, proseguid hasta la merced. Pues digo, señora (ay de mí!) que al veros en sangre el rostro teñido, quien, si no yo, equivocara lo bruto con lo divino? aquí quedé. Ahora me acuerdo. Y ahora es cuando yo me olvido. Cómo? Como al acordarme, no me acuerdo de mí mismo: Al veros, señora pues, de bruto matiz el limpio candor manchado, teniendo lo casual por preciso, por acudir a vengaros, y por llegar a serviros, piedad, y valor neutrales, partieron tan dividido el corazón entre sí, que en dos pedazos distintos, por acudir a dos partes, faltó a dos, tan indeciso, que aún aquí parece ahora que dice, que allá me dijo: Si imaginas que está muerta, traición es estar tu vivo: flacamente valeroso, si no hubiera antes mi brío dado de si cuenta, bueno se hallara ahora el valor mío. Flacamente valeroso, otra vez, señora, digo, sin movimiento las alas, sin calor el fuego activo, sin elección el dictamen, sin facultad el arbitrio, enojado Rey del alma, dar pudo en tierra conmigo; y aunque pudiera argüir si un corazón oprimido de gran pena, hace más cuando menos hace; pues indicio de que sobran sentimientos, es ver que faltan sentidos, no lo he de hacer, porque esto de no palpables martirios, si no lo juzgan los Dioses, no lo alcanza humano juicio, que entre interior, y exterior, glosadas cóleras, vimos tal vez padecer lo ardiente las flojedades de tibio: y así, pues a vuestros ojos, y a cuantos guardar me han visto, mientras lidian los osados, el cuartel de los remisos, es fuerza estar al desaire de pretender sin servicios, de no hallarme con quien sea; ni aún en lo infeliz conmigo igual, que aún en lo infeliz, si sé que sabe sentirlo, tendré celos; qué será de lo feliz? os suplico me deis licencia, señora, para no verlo, ni oírlo. Ya fletado un bajel dejo, en que dando vuelta a Gnido, mis aplausos, mis victorias sepultadas en olvido para siempre quedarán, al ver que habiendo venido a la más alta conquista, me hace levantar el sitio, desmayados los alientos de los Ejércitos míos, el Real socorro que hicieron aliados enemigos: cualquiera sin mereceros os merece; y pues tan fijo el rumbo de la fortuna el móvil dio a vuestro arbitrio, plegue al Cielo, que elijáis, iba a decir el más digno, ambos lo son, el que más os ame, constante, y fino dure en finezas de amante las edades de marido. Con esto, señora, adiós, que la licencia que os pido, no he menester aguardarla, pues sé que la tengo. Oídos, esperad no os vais, tened. Canta Laura. Solo el silencio testigo ha de ser de mi tormento. Ya estoy, Laura, en el aviso, y sé que el silencio importa: qué miráis? A quién he oído. Dama es que a sus solas canta. Pues proseguid. Ya prosigo: si en vuestro favor os veis con la razón que aquí dais, por qué sin decirla os vais? Porque no la despreciéis. Tan en poco la tenéis? A ella no, sino a mi suerte. Quizá os valdrá, si la advierte. Quién? Alguien que llegue a oílla. Canta Laura. Despeñada suentecilla, detén el curso, y advierte. Pero digo mal, que no habrá quien escuchar quiera razón de quien tarde espera cobrar tiempo que perdíó. Por eso me ausento yo, porque no espero cobrarle. Y qué se pierde en buscarle? Recelo. Pierde el recelo. Canta Laura. Despeñado un arroyuelo baja desde el monte al valle. Mas no le perdáis, que fuera necia en vos la confianza, que vos tener esperanza mal podréis. De esa manera, a la pretensión primera vuelvo; a Dios quedad. No sé si hacéis bien. Por qué? Porque si hay razón. Es tal. No es mala. Canta Laura. Guarda, corderos, Zagala, Zagala, no guardes fe. Y baldrame esa razón? Poco, o nada, porque fuera no justo que la tuviera tan desnuda pretensión de finezas. Luego son mis ansias el mejor medio. Y no se puede dar medio entre un placer, y un pesar? Canta Laura. Era el remedio olvidar, y olvidóseme el remedio. Medio puede haber sin vos? No prosigáis, que no puede, si en mi consiste. Pues quede sin medio el fin en los dos. Cómo? Quedándoos con Dios. Y en fin os vais? Qué he de hacer? No hay valor para perder? Para perder valor? Sí. Canta Laura. Aprended, flores de mí. Para qué lo he de aprender? déjame, voz lisonjera. Sale Laura de donde cantaba. A pensar que te enojara. Nunca yo te lo mandara. Nunca yo tu acento oyera. Salen Nise, y Cloris. Celió tu licencia espera. Flabio que le des lugar te suplica. Qué pesar! Qué les mandas responder? Lleguen Y yo qué he de hacer? Esperar sin esperar. Salen Celio, y Flabio. Libio aquí? que aún no se dé por vencido! Qué aún no deje Libio al aire su esperanza! Qué espere (ay Dios) sin que espere? que enigma es esta? Cobarde, señora, al pensar que pienses que vengo como acreedor, o por cobrar lo que debes, llego a tus pies, pero viendo que es otro el fin que me mueve, verás cuanto esta atención aquel escrúpulo absuelve, En esta Alquería has quedado, y solo a satisfacerse vino mi temor de que no del pasado accidente pequeña reliquia sea la causa, porque no suele el Sol, sin algún ecliipse, antes que a su centro llegue, como cansado, tomar parda nube por albergue, Guardeos el Cielo, que es bien que cuidado, Flabio, os cueste mi vida, que el que una alhaja da generoso, no puede dejar de tener cuidado de que lucida aproveche; que es dar para no lucir, dar como si no se diese: mejor me siento después que aquí me reparé. Ese es interés tan de todos, que todos, señora, deben en sus albricias, besar vuestra mano. Mayormente vos, que me debéis a mí (razón es que lo confiese) el mismo cuidado, Celio, que yo a Flabio. De qué suerte? Cuidado él de mi vida, por haberla dado, tiene, de vuestra muerte cuidado tengo yo; pues igualmente, cuando él mi vida restaura, arriesgo yo vuestra muerte: y así, de miraros, Celio, convalecido, mil veces, el parabién que él me da; os doy yo, con que a ser viene el que doy, y el que recibo, parabién de parabienes. Y querrán que yo sea amigo de quien de mi Dama llegue a oír, ni aún en cortesía, favores, y no desdenes: vive Dios, más calle, y sufra quien tan poza dicha tiene, que esperar sin esperar es solo lo que merece. Aunque es verdad que la deuda de Celio es grande, no puede correr paridad, señora, con la mía, para hacerme el desdén de que sea igual el parabién. Que lo niegue no es posible, que no hay paridad en quien excede. Sí, mas quién excede? Yo. Cómo? Así. Tu padre viene. Cuanto me huelgo, por qué pendiente la cuestión quede! que no hay cosa más cansada, que andar discreteando siempre. Sale Seleuco, Pasquin, Golilla, y acompañamiento. Cuidadoso estoy, Rosarda, de saber como te sientes. Mejor, señor. Flabio? Celio? dadme ina, y muchas veces los brazos, que a ser los míos los de aquel árbol, que verde, a pesar del rayo, vive para coronar las sienes, fuera, adorno de las vuestras, triunfantes eternamente. Qué no solo no me hable, Pasquin, mas aún por no verme se divierta cuidadoso con Flabio, y Celio! Qué quieres? en llegando a desmayar uno, no hay quien de él se acuerde. Por la parte que me toca de tus honras; y mercedes, me he de animar a pedirte una merced. Qué pretendes! Rosarda ofreció, señor, que el que en su servicio hiciese mayor fineza, sería quien mayor premio tuviese, Y pues ya el caso llegó de ver la fineza, llegue el de que su blanca mano a quien más la sirve premie. Ese el empeño de todos es, señor; y pues presentes estamos los tres que al duelo llamados fuimos, no debe dilatar la dicha a quien, no digo que la merece, pero a quien, sin merecerla, alguna esperanza tiene, fundada en que su fineza es la mayor. Solamente yo pudiera desear la dilación, por tenerme por menos feliz que todos; mas podrá ser, como alegue también mis razones. Qué? Que sin esperar espere. Qué razones podrá Libio alegar? Una muy fuerte. Cuál es? Que con el desmayo, Mayo se volvió Diciembre. Vuestra pretensión es justo Rosarda admita, y acete, bien que con admiración de ver que también intente Libio en competencia entrar con los dos. Pues él qué puede alegar en favor suyo? Pues él qué esperanza tiene? Fuerza es que con todos haga yo la deshecha; si al verme en tal trance, no hay afecto en vos que me libre, y vengue, qué pretendéis? En perder lo perdido, qué se pierde? y pues ya están sospechosos en esta parte los Jueces, pues han declarado el voto, recusándolos, apele a los Dioses, que ellos saben, que ama más el que más siente: y así, a la Deidad de Venus, auxiliar nuestra, es bien lleve la causa, su Templo sea Tribunal que me sentencie, dando sus Sacerdotisas respuesta; si ya no fuese que ella responda en su estatua con la blanda voz que suele. Yo acepto la apelación, agradecida, que al verme suspensa entre tres afectos, lleguen iguales a verse. Descúbrese el Templo de Venos, canta la Música, y habiéndose entrado por la una puerta, salen por la otra todos con ramos en las manos, y guirnaldas, y detrás Libio, Celio, Flabio, Rosarda, Seleuco, y por otro lado Ismenia. Alta Deidad soberana, que en verde, y cerúleo albergue, para ser madre del fuego; naciste hija de la nieve. Los tres afectos de Amor, que; por suyos, pertenecen a tu soberano culto; en voto a tu Templo vienen, piadosamente rendidos a tus aras. Qué pretenden? Ya de sus Sacerdotisas el Coro responde alegre. Saber cuál es de los tres el que más amante vence a los dos, porque inspirada, de ellos la elección no yerre quien de ti su afecto fía. Pues qué afectos son? Atiende. Al juicio de Venus van los tres Afectos de Amor, Piedad, Desmayo, y Valor. A mí la piedad me toca. A mí el valor me compete. A mí el desmayo me alcanza. Testigo yo, que por verte desmayado, vengo solo. Muy buena esperanza tienes, vengada saldré de aquí. Yo, siendo el más excelente afecto el de la piedad, vengo a que Rosarda premie la mayor fineza en mí. De qué suerte? De esta suerte: Al imaginar la herida, viéndola en sangre bañada, ya del caballo arrojada al margen, de la caída acudió a salvar su vida mi piedad, pues si yo fui quien la dio la vida allí, contra mi piedad no fuera impiedad, si ella a otro diera la vida que yo la di? Salvar la vida que quiero bien, quise en acción activa, ya es interés de que viva aquella por quien yo muero; a mí, que tan solo espero, viva, o muera, que una impía traición pague su osadía, es bien lo más se atribuya, pues tú le diste la suya, y yo la ofrecí la mía. Piedad que la da la vida, valor que la da venganza, parece que a mi esperanza la dejan destituida; pues no, que al juzgar la herida, fallecer con el dolor fue la fineza mayor, que a vista de igual crueldad, ni es valor tener piedad, ni es piedad tener valor. Si hubiera muerto, tuviera alguien derecho a su mano? no, pues la esperanza, es llano, de ambos con ella muriera: Luego si uno, y otro espera por mi lograr su favor, ya soy primero acreedor; pues fuera obligar aquí vida que me debe a mí, estelionato de amor. No de nuestro duelo empieza la cuestión por quien la dio mayor dádiva, fino quién hizo mayor fineza? yo, ofendida su belleza, a socorrerla no fui, sino a vengarla; y así, que a ti se te deba, infiero, la mayor dádiva, pero la mayor fineza a mí. Ni la dádiva mayor fue; ni la mayor fineza, el socorrer su belleza, ni el desagraviar su honor: desmayar todo el valor de quien Mundos atropella, al bella herida; y al bella ofendida, es obligarla mas, que dejar de vengarla, y dejar de socorrella: pues quien no obró nada, obró cuanto hubo que obrar el día que murió, porque moría, y vivió, porque vivío. Piedad fue librarla yo. Valor vengarla yo fue. En mi desmayo se ve, pues sentí lo que sentía. Su vida en efecto es mía. Mío su honor. Y mía su fe. Con que ya queda probado Que fui yo el más generoso. Que fui yo el más valeroso. Y yo el más enamorado. De amor nació mi cuidado. De amor también mi furor Y mi desmayo de amor. Pues diga el Coro en efecto cual fue amante más afecto, más noble, y más superior? Piedad, Desmayo, y Valor. Yo, pues que yo he de juzgarlo, lo preguntaré eminente Deidad de Venus, pues dulce hablar en tu estatua sueles, a cuenta del sacrificio, que humilde a tus pies ofrece rendida fe de una vida, que tres acreedores tiene, una respuesta te deba, y debate, pues entiendes lo oculto del alma, que lo que espero me aconsejes: deudora es mi voluntad a un noble afecto. Piedad, Y aunque en mí se flechó el rayo, resuelto en otro. Desmayo. Siendo tercero acreedor de quien me vengó. El valor. Pues cómo podrá el favor de uno ser premio de tres? si iguales contra mí ves. Piedad, desmayo, y valor. Si el dar vida, es compasiva acción, si vengarla es fiera, quien muere porque yo muera, y vive porque yo viva, es bien que el laurel reciba; y pues en ti es la mayor piedad, el más superior valor es sentir; con que en un desmayo se ve; que juntar supo el dolor. Piedad, desmayo, y valor. Viva Libio. Libio viva. Pues a él Venus le ofrece el premio que yo en Rosarda es preciso que le entregue. Cobarde a tocar su mano llego? Pues qué es lo que temes? Perdí mis felicidades. Malogré mis intereses. Yo maté mis esperanzas. Yo, antes que vuesarcedes pregunten en qué paró todo esto, es bien que lo cuente; Libio, y Rosarda casados, Dios los perdone, se queden; Celio, y Flabio, que se vayan a otra Isla a buscar mujeres; Ismenia, Monja de Venus, en este Templo profese, y yo, que pida perdón, diciendo a esos pies mil veces. Que nos perdonéis las faltas, de quien más humilde siempre, cuando hierra en lo que escribe, acierta en lo que obedece. FIN