La Púrpura De La Rosa Famosa Comedia. Fiesta de Zarzuela y representación música, que se hizo a sus Majestades en el Coliseo de Buen Retiro Personas que hablan en ella Adonis Marte Amor El Temor El Desengaño El Rencor Chato, villano Dragón, soldado La Envidia Venus Belona Flora, ninfa Cintia, ninfa Clori, ninfa Libia, ninfa Celfa, villana La Sospecha Soldados Músicos Salen Flora, Cintia, Clori y Libia, cada una de por sí, cantando en estilo recitativo, como con asombro, mirando al vestuario, como huyendo con admiración. sale ¡Al bosque, al bosque, monteros, que osadamente veloz, va en alcance de una fiera la hermosa madre de Amor! sale ¡Ventores, al valle, al valle, que empeñado su valor, se fía en que la hermosura aun vence más que el arpón! sale ¡Al monte, al monte, sabuesos, que bien tendrá su esplendor contra los hombres poder, mas contra los brutos no! sale ¡Lebreles, al llano, al llano, que del cerdoso terror —errado el tiro— embestida, peligra su perfección! Id,… Llegad,… Corred,… Volad,… dicen …que el cansancio… dicen …que el temor… dicen …ha desmayado en nosotras vida, alma, aliento y acción. Dentro Venus y Adonis. ¡Ay infelice! ¿No hay quien me dé amparo y favor, no hay quien me socorra? Sí. Salen los dos, y Adonis con Venus en los brazos. ¿Quién me da la vida? Yo, pude en tu ayuda llegar a tan felice ocasión, que acometido sin culto lo hermoso de lo feroz, solicitaba apagar su mejor estrella al sol; y adelantando a la planta la saeta, que debió de haber quitado la pluma a un ala del corazón, tremolada en su cerviz, pues añadida se vio, como en sagrado castigo de tan sacrílego error; con cuyo acertado impulso el bandido bruto atroz dejó de seguirte, a tiempo que de tu fuga el pavor tropezó en tu ligereza, para que, llegando yo, te recibiese en mis brazos: con que no queda deudor tu riesgo a mi beneficio, pues tan presto le pagó que ha dejado la fineza ajada del galardón. Ya que del pasado susto, gallardo, hermoso garzón, mis fatigados alientos cobran la respiración —y más viendo que la herida fiera, manchando el verdor, al monte a enfrascarse vuelve, con que más segura estoy—, sepa quién eres. Y sepan cuantas a su adoración asisten, a quién deudoras de tan gran dádiva son como la vida de Venus. ¿Tú eres Venus? Sí, yo soy deidad y reina de Chipre; mas ¿de qué es la suspensión? De haber llegado a mirar prodigio tan superior, como que naciese nieve para que engendrase ardor. ¿Tú eres la madre de aquel desnudo vendado dios, que, por más que dore el hierro, nunca ha dorado el error? ¿De aquel escándalo niño, tan siempre niño, que no es mayor que el día que nace, y crece a no ser mayor? ¿De aquel tirano caudillo que en la lid de una pasión hizo sinrazón, haciendo prisionera la razón? ¿De aquel intruso poder que con el mismo dolor que en la prisión la atormenta, la entretiene en la prisión? Pues perdona, que aunque sea mi más heroico blasón haberte dado la vida, triunfo ha de ser no menor no darte aplauso, porque veas que Adonis llegó solo en el mundo a lograr en una vitoria dos. Yéndose. Oye, no porque pretenda aplausos tuyos, sino porque sepa quién blasona con tan libre presunción. Quien aborrecido hijo tan desde luego nació de sus padres, que aun en ellos no supo qué era afición. Mirra, mi madre, lo diga, pues apenas me engendró, cuando, en odio del concepto —hurto de amante traición—, su mismo padre mi vida y su vida abandonó, tanto, que la dio la muerte; cuya mísera aflicción en sus últimos alientos los dioses compadeció, convirtiéndola en un árbol, de cuyo llorado humor, guardando el nombre de mirra, nací bastardo embrión, maldecido de mis padres, y con tan gran maldición como que de un amor muera. Considere tu atención, si en mi horóscopo primero aborto de un tronco soy, si después llevo tras mí el heredado temor de que de amor muera, puedo no aborrecer al amor. A cuya causa, dejando la comercial población de los hombres, de las fieras vivo una y otra mansión, tan huésped de las montañas que muchas veces dudó su mismo vulgo si era la caza, u el cazador; y así, a mis hados, no a mí, culpa, cuando ves que voy huyendo de ti en alcance del bruto que de mí huyó; que he de rematarle, ya que es tan rudo mi valor que huya de las hermosuras y de las fierezas no. Vase. Oye, aguarda, escucha, espera, advirtiendo que no es don para una dama una vida que cuesta una estimación. ¡Tenelde, cielos! ¿A quién, hermosa Venus, tu voz ansiosa llama, y de quién forma quejas?… (¡Muerta estoy!) …que según el eco oí ser —tan liberal ladrón que, hurtándote el medio acento, entero me le llevó— tu estimación ofendida; se lamenta, y es baldón que tú te quejes al cielo, estando en la tierra yo. ¿Qué es esto, Venus? No sé. Considera, que aunque estoy tan rendido a tu desdén, tan postrado a tu favor, no por eso no soy Marte, que antes por eso lo soy, pues osar a una hermosura es el ánimo mayor. ¿Ves el militar estruendo, ves el bélico furor con que me aclaman las lides por su más guerrero dios? Y más hoy que Egnido y Delfos, islas de Marte y del Sol, arden en guerras, a cuya causa ausente de ti estoy. Pues todos mis triunfos, todas mis vitorias no lo son, hasta llegar a ti más vencido que vencedor; y así no, porque rendido me veas, juzgues que no te sabré vengar. ¿Quién, pues, te ofende? (¡Qué confusión! Si le digo lo que ha sido, ha de mostrar su rigor contra ese joven; y aunque pasó a desaire el favor, no es desaire que me obligue más que a sentirle.) Pues ¿no respondes? ¿Para qué quieres que te diga que el temor con que te amé, sin cariño llega a tan mala ocasión que, acordándome de que fuimos fábula los dos de los dioses…? yo… si… cuando… Mas perdona, que no estoy para proseguir, que un susto, un delirio, una ilusión, un letargo han embargado alma y vida. (¡Muerta voy!) Vase. (¿Qué extrañeza es ésta, cielos, que en Venus mi afecto halló, que más que me calla el labio, me dice la turbación?) ¿Qué es esto, Flora? (¡Ay de mí!, que su fiera condición no es para burlas.) No sé; Clori lo dirá mejor. Vase. Clori, ¿qué es esto? Saliendo a caza al primer albor… Mas Cintia te lo dirá. Vase. Cintia. Yo nada, señor, sé; mejor lo dirá Libia. Vase. Libia. (Sin apelación he quedado para otra.) ¿Qué es esto? Tristezas son de tu ausencia. ¡Mientes, mientes! Que a ser amante pasión, lo que ayer fueron agrados no fueran despegos hoy. Dime qué ha sido, o la muerte… Suspende, Marte, la acción; que en efeto soy criada, aunque de deidad lo soy. Venus siguió un jabalí, y como en fin no es razón que acierte con ningún puerco ningún amoroso arpón, erró el tiro, con que él tan grosero la embistió, que peligrara, si un bello, airoso, galán garzón no la socorriera. Vase. ¡Calla, no prosigas, ten la voz! Si no era para callado lo que Libia me contó, ¿por qué me lo calló Venus? Aquí hay segunda intención. ¡Cuánto, cielos, se adelanta la amante imaginación! Dentro cajas y trompetas. dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡Viva Marte! ¡Viva el Sol! Pero ¿qué lejano acento, ocupando la región del aire, llega a mi oído? ¿Quién trae estos ecos? Sale Belona en lo alto. Yo, que al fin, como hermana tuya, y interesada en tu honor, vengo, Marte, a persuadirte que vuelvas por tu opinión; pues los de Delfos, sabiendo que te ausenta tu pasión —porque el Sol se lo ha contado, que no calla nada el Sol—, los ejércitos de Egnido asaltan, y tu favor aclaman cuantos en él te dan sacra adoración. A cuya causa mi ira, siempre tuya, le pidió a Juno el arco de Iris, para que vuelvas veloz a auxiliar tus gentes, que dicen en marcial clamor:… Cajas y clarines. dentro ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡Viva Marte! ¡Viva el Sol! ¿Qué aguardas, pues? ¡Ay, Belona!, que has venido en ocasión que rémora de mis iras cobardes sospechas son. Pero mi fama es primero; vamos, que en viendo que doy fuerza a mi gente, verás que la quito a mi temor, volviendo donde… Mas esto lo dirá el tiempo mejor, cuando —si a verdades pasan sospechas que agora son— diga el eco en más sangrientas lides de celos y amor:… ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! ¡Viva Marte! ¡Viva el Sol! Despliégase el iris, baja Belona, y, arrebatando a Marte, desaparecen los dos, y salen Celfa y Chato, villanos rústicos. ¿Sabrás, Celfa, responder a una duda? A buen seguro. Desde que eres mi mojer, ¿qué será… Di. …que de puro verte, no te puedo ver? ¿Sabrás responderme a mí tú a otra duda? Creo que sí. Aborrida yo también, ¿qué es que no te quiera bien, y que me muera por ti? Penas se toman y dan, a un rofián enseñar plugo. Y en favor del tal rofián yo vi azotar al verdugo. Yo enterrar al sacristán. A todos su mismo error el pago da. No lo niego; y porque lo veas mejor, yo conocí a un veedor ciego. Y yo sordo a un auditor; mas dónde el discurso irá a parar, saber espero. Todo marido es arriero que lleva cargas y va a dar en su paradero. Cuando a ver a Venus bella el dios Martes viene aquí, ¿a qué efecto hace mi estrella que sea el martes para ella, y el agüero para mí? ¿Qué soldadillo es aquél que suele venir con él? ¿Soldadillo? Es ilusión, porque no es sino dragón. ¿Quién vio pena más cruel? ¿Dragón? Sí, que de dragones Marte allá en sus escuadrones diz que se sirve. ¡Ay de mí! Mas si es dragón, ¿cómo, di, tú con él a hablar te pones cada noche en el jardín adonde a Venus servimos? ¡Ay, que maldito magín! Ello dirá… Y pues venimos a este monte sólo a fin de hacer leña, yo sabré cortar un garrote que diga si es dragón o no. dentro ¡Guarda la fiera! dentro ¡To, to! dentro De aquella montaña al pie la he descubierto. ¡Ay de mí! No te asustes, que por ti deben de decirlo, espera. dentro ¡A la falda! ¡A la ribera! Sale Adonis. Decidme si por aquí herida, al amanecer, visteis, villanos, correr una fiera. En todo el día no he visto, por vida mía, más fiera que a mi mujer. Si ella, que bastante indicio da de ser fiera rabiosa, busca tan noble ejercicio, aunque para vos no es cosa, ahí está a vueso servicio. Vase. No hagáis caso de un villano tan tosco, rudo y grosero. Vase. El jabalí sigo en vano; y pues no alcanzarle es llano, descansar a sombra quiero deste risco, pues me ofrece, matizado de colores en la alfombra que guarnece, verde lecho, que parece mullido catre de flores. Échase en el suelo. ¡Cuánto vive aquí mejor ociosa la voluntad que en el alcázar mayor, donde la deidad de amor a mi costa sea deidad! Dígalo en la verde esfera desta estancia lisonjera cansancio que en sueño para, pues no durmiera, si amara; o no amara, si durmiera. Duérmese. Salen Venus y las ninfas. Pues extremos que él vio, o cajas que yo oí, ausentaron a Marte, dejadme discurrir sin mí y conmigo a solas el ameno país destos montes, en cuyo marañado confín he de ver, ¡ay de mí!, si hallo el descanso donde le perdí. Considera… No tienes, Flora, qué me decir. Mira… ¿Qué he de mirar? Advierte… No he de oír. ¿Tanto de una tristeza te dejas vencer? Sí. Dejadme, pues, dejadme sola; todas os id. A pesar del amor que nos lleva tras tí, te dejaremos. Vanse. Ya que las eché de aquí, he de ver, ¡ay de mí!, si hallo el descanso donde le perdí. ¿Qué género de ansia, altos montes, decid, qué especie de penar, linaje de sentir, es el que en mí ha engendrado haber llegado a oír baldones del amor a espíritu tan vil que su deidad infama? Y no tan sólo aquí mis sentimientos cesan, sino que, siendo así que obligada y quejosa, es forzoso impedir lisonjas de lo noble, injurias de lo ruin, en cuyos dos extremos, quedando a discurrir si podrá agradecer quien tiene que sentir, he de ver… ¡Ay de mí! Que me da muerte a quien la vida di. Mas ¿qué triste lamento intenta interrumpir mis penas con sus penas? La voz se oyó hacia allí. Vese a Adonis durmiendo entre unas ramas. ¿Qué miro? Sobre un risco que supo persuadir al cansancio que era florido trasportín, del venatorio afán treguas dando a la lid, sobre la aljaba de oro el arco de marfil, dormido el joven yace. ¡O si hubiera —a decir vuelvo otra vez y ciento, vuelvo otra vez y mil— cómo, entre agradecida y quejosa, partir pudieran el camino lo ilustre y lo civil! ¿Daréle muerte? No. ¿No he de vengarme? Sí. ¡Oh si hubiera un matar que no fuera morir! Pero sí habrá, que yo, llegando a prevenir cómo, sin morir, muera, y viva sin vivir, he de ver,… …¡ay de mí!,… …si hallo el descanso donde le perdí. …que me da muerte a quien la vida di. Oh tú, velero dios, que en campos de zafir, relámpago sin luz, pájaro sin matiz, huyendo mi regazo, no hay remoto confín que no corras veloz, que no vueles sutil, oye mi voz. Sale Amor en lo alto. ¿Qué quieres, oh tú, cuyo gemir no sin causa acredita lo hermoso de infeliz? Que ya, a tu invocación del diáfano viril cortando las esferas, me ves, para asistir a tus lamentos, ser de sus nubes neblí, sus páramos centauro, sus piélagos delfín, siendo en su azul pensil árbitro de un cenit y otro cenit. ¿Qué quieres, pues? Que veas que hay quien tenga, sin ti, vagamundo el pensar y ocioso el discurrir. Dormido yace el que despierto tu gentil deidad desdeña, pues montaraz adalid blasona que ha sabido tu yugo sacudir, sin que su blando lazo le agobie la cerviz. Y aunque en una ocasión la vida le debí, atenta a todo… No tienes que proseguir, puesto que para mí el delito le basta de dormir. Del favor y la ira el concepto entendí, y para que herir veas su pecho sin herir, este dorado arpón, pasando a serpentín, de ese bruto diamante abrasado buril, verás que, áspid de fuego, muerde su pecho, a fin de que, los dos vengados con tiro tan feliz, apuremos así si es el amor matar y no morir. Dispara una flecha que da en el corazón de Adonis, y desaparécese. ¡Favor, cielos divinos! ¡Dioses, piedad! ¿Quién, di, te obliga a que des voces? Que al llegarlas a oír veloz vengo, por ver si fuese tan feliz que el favor te pagase. Si tú estabas aquí, no en vano presumí que me da muerte a quien la vida di. ¿Qué ha sido esto? No sé, que a sombra me dormí destos troncos, y como se suelen repetir en fantasmas del sueño de aquello que antes vi las especies, soñé que el fiero jabalí que a ti te daba muerte, volviendo contra mí las aceradas, corvas navajas de marfil, con mi sangre manchaba las rosas, que hasta aquí de nieve fueron, para que fuesen de carmín. Y no sólo a este susto del sueño me rendí, pero sañudo áspid —que debió de encubrir de su traidor veneno, de su ponzoña vil la astucia entre uno y otro macilento alhelí— el corazón me ha herido, pues al restituir el sentido, aún no cesa el sentimiento en mí; de suerte que despierto duran en afligir ansias que fabriqué, temores que fingí, pasando, ¡ay infeliz!, la sombra a luz, el pasmo a frenesí. La pesadez de un sueño tal vez suele seguir al más despierto; y pues no es lo que presumí, en paz queda. ¿Tan presto quieres volverte? Sí, que baldones de amor no he de volver a oír. No hace poco el que enmienda sus yerros; y si fui grosero una vez, no otra lo seré. ¿Cómo así? Como al verte sabré forzar y reprimir aquel amenazado influjo en que nací. Pues ¿no me viste entonces? Confieso que te vi; pero no te miré. Y ¿hay cómo distinguir el ver del mirar? Pues ¿hay quien ignore… Di. …que el ver es sólo ver, y el mirar advertir? Y bien, ¿qué es lo que adviertes? Que te llevas tras ti, en tus rizos, del sol todo el dorado Ofir; del aura, en tus alientos, todo el humo sutil, que en destiladas gomas cualquiera es ámbar gris; del monte, en tu coturno, todo el bello matiz, que en cintas de esmeralda son lazos de rubí; del abril, en tu seno, o blanco o carmesí, todo el candor y nácar del clavel y el jazmín; de suerte que, dejando sin ti el sol sin lucir, la aura sin respirar, el monte sin vestir, y el abril, en efecto, sin lograr y pulir las flores ciento a ciento, las rosas mil a mil, quedan mustios sin ti el sol, al aura, el monte y el abril. ¡Qué atrasadas lisonjas! Perdona, que he de ir siguiendo tu hermosura. ¿A qué, si en mi jardín, que ya desde esta parte le deja descubrir de atalaya un laurel que abraza amante vid, todo es amor? Por señas que de él a recibir a su deidad las ninfas en alegre festín salen al paso; y tú, para llegar allí, no temes las fierezas, y las bellezas sí. ¡Ay!, que no sé qué afecto… No has de pasar de aquí. …me hace no obedecer. (Y agradecer a mí.) Salen las ninfas cantando y bailando, y Celfa y Chato. Corred, corred, cristales; plantas, vivid, vivid; aves, cantad, cantad; flores, lucid, lucid; pues que vuelve Venus, hermosa y gentil, trayendo despojos del amor tras sí, porque nadie pueda exento decir que el vivir no amando se llama vivir. Corred, vivid, cantad, lucid. ¿Que aún no te vuelves? No. ¿Y a entrar te atreves? Sí. Entra, pues. Y vosotras alegres proseguid. Corred, corred, cristales; plantas, vivid, vivid; aves, cantad, cantad; flores, lucid, lucid; pues que vuelve Venus, hermosa y gentil, trayendo despojos del amor tras sí, porque nadie pueda exento decir que el vivir no amando se llama vivir. Corred, vivid, cantad, lucid. Vanse. Dentro cajas y trompetas, y con los primeros versos salgan Marte, Belona, Dragón y soldados. La planta fugitiva del laurel ceda al roble. ¡Marte viva! Mejor, Belona, fuera decir la aclamación que Marte muera, pues aunque de blasones vitorioso en Egnido me corones de Delfos, ¿qué ha importado, si en Chipre estoy a una ilusión postrado, cuyos vanos recelos ni celos son, ni dejan de ser celos? Siendo de amor, no infama los heroicos asuntos de la fama. Y más cuando en abono de que pueda un barbado hablar, en tono de falsete, cariño, niñeando viejo y caducando niño, no tiene otra disculpa, para no ser ridícula la culpa, que decir que de Marte es hijo Amor. ¡Estaba por quitarte mil vidas!… Ten la mano; y ese recado a monseñor Vulcano. Que si de Marte fuera bastardo hijo el Amor, no introdujera, vilmente lisonjero, que valga más lo hermoso que lo fiero, temor que hoy en mí lucha. ¿Cómo? Nadie aquí quede. Agora escucha; que el fuego en que me abraso tú sola has de saber. Vanse los soldados, y hablan quedo los dos, y sale el Amor. Pues habla paso. (Ya que la altivez de Adonis venganza de Venus fue, pues en sus jardines yace rendimiento y no altivez, receloso de que Marte lo ha de llegar a saber, sin alas, arco ni aljaba vengo a asistirle; porque como esté a la mira Amor sin ser conocido de él, el más receloso amante nada que le digan cree. Hablando con mi enemiga Belona está; ¡oh si entender algo pudiera! La sombra me valga deste laurel.) Hasta aquí me dijo Libia, y aunque el que vida la dé un bello joven no importa, importa que ella… Detén la voz, que entre aquellas ramas ruido he sentido. ¿Quién, en acecho de los dos, hace esas hojas cancel? ¿Quién contra mi orden… Descubren al Amor. (¡Ay triste!) …aquí ha quedado? (Si él me conoce, muerto soy, pues ha de querer saber la causa de mi disfraz.) ¿Quién eres, dime, y a qué te ocultas entre estas ramas? Soy quien, si… cuando… por qué… No te turbes, que no sabes cuánto sospechosa es para mí una turbación; y más cuando llego a ver lo que se parece a otra que, traidoramente infiel, calló troncada en la voz y habló pálida en la tez. ¿Quién eres, pues? Quien, si tú no lo sabes, no lo sé. ¿Si no lo sé, no lo sabes? No, que tú lo has de saber primero que yo lo diga. Yo lo ignoro. Yo también. ¿Enigmas me hablas agora? ¡Hola! ¿Qué mandas? ¡Prended a aquese joven! Será ésta la primera vez… ¿Qué? …que otro me prenda a mí, y yo no le prenda a él. Pues ¿cómo escapar podrás solo de tanto poder? Ya que depuse las alas, valiéndome de los pies. Vase. ¡Tenedle, que es el Amor! ¿Cómo es posible sea él, sin conocerle hasta agora? No eso admiración te dé, porque el amor de un celoso no es fácil de conocer hasta que otras señas digan si es amor o no lo es. Y pues decir que ninguno a él le ha podido prender y que ha depuesto las alas lo ha declarado más bien, seguidle todos, seguidle, que ya me importa saber de su disfraz la intención. Pero yo en su alcance iré… ¡Ay de ti, si a Amor que huye intentas seguir! ¿Por qué? Porque nadie sigue a Amor que en mayor riesgo no dé. ¿Qué mayor que no apurar que aquí disfrazado esté, y no le conozca yo? Vase. ¡Sitiad el monte, corred la campaña! Vase. ¿Quién vio andar a ojeo de Amor, ni quién amó sino como yo? Que si a Celfa quiero bien, es sólo el rato que importa a la maraña. Vase. dentro ¡Romped los riscos! dentro ¡Al valle! ¡Al llano! Sale Amor. ¡Favor los cielos me den, que sin alas el aliento empieza a desfallecer! Aquí hay una quiebra: ella me ha de amparar y valer contra las iras de Marte. Éntrase por un lado y sale por otro, en cuyo espacio se ve el teatro de la gruta, y él no hace más que atravesar por ella, y salen Marte y Dragón. dentro Sí hará, que éste el centro es donde siempre para Amor. dentro De aquella montaña al pie entra a una gruta. dentro Aunque fuera el Báratro, entrara en él. En poco nos ha engañado, que yo pienso que lo es, según horroroso y triste se nos muestra. Dices bien, pues nunca la planta, pues nunca la vista pisó temerosa, previno confusa tan lóbrega estancia, mansión tan horrible, prisión tan funesta ni cárcel tan dura. A la escasa luz que dispensa el torpe bostezo que entreabre la gruta —porque el sol, que de miedo no pasa, de lejos la acecha aun más que la alumbra—, melancólico espacio diviso de negras paredes, que teas ahúman, colgadas de grillos, cadenas y lazos, trofeos que infaman deidad que no ilustran. Aun no sólo mirados asombran despojos tan viles, mas oídos asustan. Dices bien, que al compás de arrastradas prisiones, llorosos lamentos se escuchan. Atiende, quizá sabrás quién habita del fúnebre centro la esfera noturna. Dentro voces. ¡Ay de aquel que en principio de celos, huyendo el Amor, no le deja que huya! ¿Ay de aquel que en principio de celos, huyendo el Amor, no le deja que huya? ¿Quién eres, oh tú, que la ajena desdicha, mirándola mía, la tienes por tuya? Quien pena… Quien siente… Quien gime… Quien llora… …tu asombro. …tu queja. …tu pena. …tu angustia. Mi angustia, mi pena, mi queja, mi asombro, ¿hay quien los lamente? Sí, pues que pronuncia: ¡ay de aquel que en principio de celos, huyendo el Amor, no le deja que huya! A pesar del pavor, de quién eres haré hoy experiencia lo que era pregunta. Van saliendo, cada una con su verso; el Temor con una hacha, la Sospecha con un antojo de larga vista, la Envidia con un áspid, el Rencor con un puñal, y todas de negro, con mascarillas. Quien vive… …y no vive,… …quien muere… …y no muere… …entre ansias,… …asombros,… …horrores… …y furias. Del oído pasando a los ojos, a nuevo principio se vuelven mis dudas. ¿Has visto jamás tan pálidas sombras? ¿Yo había de ver tan horrendas figuras? ¿Quién sois, quién? ¿Y qué bóveda es ésta que tiene, ¡ay de mí!, tal familia por suya? Ésta es de los celos… …la mísera cárcel… …adonde de Amor… …siempre paran las fugas. ¡Ay de aquel que en principio de celos, huyendo el Amor, no le deja que huya! ¿Quién eres, oh tú, que con trémula antorcha, saliéndole al paso, al que alumbras deslumbras? Yo soy aquel miedo que tiene el que ama de cuánto achacosa es cualquier hermosura; y así, tropezando en primeros temores, le sirvo la luz, y déjole a escuras, porque busca con ella su daño, y luego le pesa de hallar lo que busca. Mata la luz. Y tú, que a un cristal parece que, corta de vista, le estás graduando las lunas, ¿quién eres? Yo soy la Sospecha que al Miedo le piso la sombra. Y bien, ¿qué procuras? Que artificioso este óptico vidro, creciendo los grados a cuanto presuma, represente de un álamo un monte, de un átomo un mar, de una gota una lluvia. Y yo, que siguiendo antojos de aumento, doy luego por ciertas ajenas fortunas, anudando un áspid a otro, de Envidia en mi seno les doy la cicuta. Con que, siguiendo el Rencor a la Envidia, los áspides que ella enlaza y anuda, en víboras yo convierto de acero, que para venganzas afilen sus puntas. Y las cuatro, que somos las guardas del preso que yace en prisión tan oscura, al peregrino el riesgo avisamos; mas todos le oyen y nadie le escucha. Pues ya que el aviso decís cuánto en vano al peregrino el riesgo le anuncia, ya que entré, ¿quién el preso es de celos? Aquella vejez helada y caduca… …que triste,… …humilde,… …postrada,… …rendi da,… …fatigas,… …desprecios,… …baldones… …y injurias… Quién es sepa, pues. Es el Desengaño, por quien repetimos, ya solas, ya juntas: ¡ay de aquel que en principio de celos, huyendo el Amor, no le deja que huya! ¡Oh tú, que, venciendo a todos, a ti solo no te vences, y con humanas pasiones divinas señas desmientes! Sabrás que en aquesta cárcel, para que nadie le encuentre, con varias guardas los celos preso al Desengaño tienen. Pero ya que huyendo Amor escapar de ti pretende a estos umbrales, adonde sus fugas van a dar siempre, mira qué quieres de mí, pues alcanzarle a él no puedes, porque en llegando aquí, todas sus pompas se desvanecen. ¿Qué quieres que de ti quiera quien siguiendo a un ciego viene, que visto se desconoce y no visto no se entiende?, sino saber con qué causa hoy disfrazado pretende asistirme y huir de mí. Si a tanto empeño te atreves, dile al Temor que te traiga, la Sospecha que te acerque, la Envidia que te desmaye, como al Rencor que te aliente. Descúbrese un espejo, y vese en él lo que dicen las coplas. Sí haremos, para que juntas corriendo la nube débil, este empañado cristal veas claro y transparente. Ya lo está. ¿Qué ves en él? Señores, ¿qué encanto es éste? De las campañas de Chipre el más deleitoso albergue, en cuya apacible estancia festivos coros alegres de ninfas la falda al monte van floreciendo dos veces. Hasta Chato y Celfa van. Pues eso, ¿por qué te ofende? Porque las mujeres propias no han de ser propias mujeres. ¿Faltábala con quien ir a una pícara insolente que no fuese su marido? Calla, bárbaro, y atiende. Ya el ojeo pasa, y ya por varias sendas descienden Venus y un gallardo joven, que amorosos y corteses con los brazos se saludan, y el uno al otro se ofrecen los despojos de la caza. ¡Que aquesto mire! ¡Oh aleve cristal! Perezca tu luna, aun cuando la del sol fuese, si es verdad, porque es verdad; y si mientes, porque mientes. Aunque quebrarla pretendes, no hayas miedo que la quiebres. ¿Por qué? Porque el Desengaño sus sombras desaparece, luego que antídotos suyos, que sanan con lo que duelen, dando la muerte dan vida. ¿De qué suerte? Desta suerte. Dentro ruido, como de terremoto; cúbrese la gruta. ¿Quién creerá que Marte huya de ver prodigio tan fuerte? ¿Ni quién, que Dragón de Celfa los maridos celos siente? En tanto que declinando el sol sus ardores temple, para volver a la caza, porque conmigo no eches menos a tu inclinación, descansar, Adonis, puedes en estos jardines. ¿Qué echará menos quien tiene, cuando merecen sus dichas las dichas que no merecen, afianzada en tus favores la costa de tus desdenes? Vosotras, porque no haya cosa que no le deleite, cantad algo. Celfa, ven a hacer unos ramilletes para el nuevo amo. Veamos cómo una mósica puede parecer entre otra. Como entre lo rojo lo verde. No puede Amor hacer mi dicha mayor. Sí puede Amor. No puede Amor, ni mi deseo pasar del bien que poseo; porque crecer el empleo de tan divino favor no puede Amor. Sí puede Amor… …hacer mi dicha mayor. Aunque la letra que oí en lo primero que ofrece, que habla conmigo parece, pues yo el más dichoso fui, perdona, si en lo segundo mi error funda mejor su dicha. ¿De qué manera? Como la contienda era de vuestro dulce primor,… No puede Amor hacer su dicha mayor. Sí puede Amor hacer su dicha mayor. La dicha no merecida se posee desairada, que mal puede estar hallada sin achaques de perdida; y mi vida más quisiera merecer que poseer. Luego si Amor puede dar dicha que es más singular cuanto hay de mérito a error… …bien puede Amor hacer mi dicha mayor. Dicha que a ser dicha crece aun antes que sea esperanza, es dicha del que la alcanza, mas no del que la merece; y si ofrece la dicha sin merecella, dando cuanto puede en ella de mérito y de valor… …no puede Amor hacer la dicha mayor. El que sin propio interés logró dichas semejantes, las dichas logradas antes podrá merecer después. Luego si es suya en la segunda acción la estimación que hacer de su dicha puede, y en ella Amor le concede que pueda quedar mejor,… …bien puede Amor hacer mi dicha mayor. Servir el favorecido no es en leyes del cuidado mérito de enamorado, que es deuda de agradecido; y el más rendido podrá agradecer y amar, mas no aumentar los grados a la fineza; que es ser nieve, cuando empieza, y cuando fallece, ardor. No puede Amor hacer la dicha mayor. No hace poco el que agradece. El que agradece, ¿qué hace? Por lo menos satisface. Satisface y no merece. En fin ofrece lo que puede su ventura. Es locura, si ofrece y no sacrifica. ¿Eso no implica…? No implica; que una vez mío el favor,… …no puede Amor hacer mi dicha mayor. Sí puede Amor. No puede Amor, ni mi deseo pasar del bien que poseo; porque crecer el empleo de tan divino favor no puede Amor. Sí puede Amor… …hacer mi dicha mayor. Sale Amor. Sí puede, y no puede Amor: no puede, pues que no puede crecer las delicias; y sí puede, supuesto que puede torcer las desdichas. Marte, a quien quise asistir, temiendo sus iras, penetró del disfraz el acecho, la incauta malicia. Y como hacia el Desengaño es siempre mi huida, a pesar de las guardas de celos rompió sus ruinas; y habiendo en su espejo visto… Mas ¿qué hay que repita, si los montes, que al verle estremecen, mejor te lo avisan? Mira qué defensa, pues, poner solicitas, porque celosa su furia amenaza a quien… No prosigas. Y tú, Adonis, porque aquí no te halle su vista, de aqueste jardín pasando a los montes, restaura tu vida. ¿Cómo puedo, ingrata Venus, ya más que benigna, asaltado también de sospechas que es fuerza me embistan, dejando tu vida a riesgo, cuidar de la mía? En cuanto a tus celos, tener a un tirano temor, no es caricia; y en cuanto a mi vida, piensa que está defendida, porque como a ti no te encuentre, en nada peligra. Huye, pues, huye a los montes. Venció mi porfía, que Amor pudo, pues pudo sin celos hacer más mis dichas. Vase. Aunque él huya, ¿cómo tú a verle te animas? Como industria habrá con que enfrene sus sañas altivas. ¿Qué industria hay contra los celos? La siempre encendida fragua, en que a Júpiter forja Vulcano los rayos que vibra, para el abrasado temple que montes fulmina, de venenosas aguas se vale, leteas y estigias: de éstas, pues, rompiendo los diques las furias impías, haré que estas fuentes mis tósigos corran, en vez de sus ninfas; cuyas disonantes voces verás que, al oírlas, adormecido el sentido… Mas esto su efecto lo diga, cuando al callado conjuro… Dentro ruido. Si de eso te fías, prevénte, que a mí el asombro de verle de aquí me retira. Vase. Ninguna huya de vosotras. Sale Marte. Aleve enemiga —en quien, como en mí, humanas pasiones se mienten divinas—, ¿pensaste que tus engaños, traiciones, mentiras, pudieran jamás a sospechas de Marte negar sus noticias? ¿Dónde está el amante que mudable acaricias? Que no quiero que empiece por tuya venganza que es mía. No en lo débil debe el rayo… Suspende las iras, que vienes no bien informado de alguna loca fantasía. Ya es tiempo. ¿Qué esperáis, furias? Corren las fuentes. Por más que te finjas no culpada en mis celos, en vano negarlos codicias, porque ¿cómo…? (Pero ¿quién de aliento me priva? ¿Quién la lengua entorpece, y las voces del labio me quita?) Porque, ¿cómo puedes…? (¡Cielos! ¡El juicio delira, la razón fallece, y la luz se pierde de vista!) ¿Ves cómo tus sinrazones los dioses castigan? Habla, pues: ¿en qué fundas tus quejas? No puedo decirlas. Sale Belona. Sí puedes: que yo, que a todo estoy a la mira, del ruidoso estruendo del agua que impura te hechiza, con otro estruendo sabré vencer la malicia. ¿Tú? ¿Cómo? Al metal haciendo que brame y al parche que gima. Suenen idiomas de Marte, y en voces altivas confundid un ruido con otro, y viva el que viva. Cajas y voces dentro. ¡Al arma, celos, al arma, que agravios obligan, y para venganzas, oh Marte, despierta, alienta y anima! ¿Qué nuevo espíritu en mí es bien que revista este estrépito de armas, que cobra mis sañas perdidas? Si voces de agua y de fuego contrarias militan, las del aire exceden a todas. Voces y instrumentos dentro. ¿Pensaste, enemiga…? No al arma, celos, no al arma, que ofensas se olvidan; y al letargo adormida la queja, ni llore ni gima. Aunque cobrado pretenda volver a mis iras, no puedo, ¡ay de mí! Las voces con cajas y clarines, y las ninfas con instrumentos, cada una sus versos. Prosiga el estruendo. Las voces prosigan. ¡Al arma, celos, al arma! No al arma, celos, no al arma… Que agravios obligan,… …que ofensas se olvidan;… …y para venganzas, oh Marte, despierta,… …y al letargo adormida la queja, …alienta y anima. …ni llore ni gima. De una confusión en otra no sé lo que elija entre aguas que aduermen, acentos que elevan y cajas que incitan. En fin, ¿a qué te resuelves? ¿Y qué determinas? Sin vengarme en tu vida, tirana, vengarme en tu vida; y pues tu cobarde amante huyó de mi vista, tras él he de ir penetrando los montes, llevando por guía estos dos villanos, que sus faldas y cimas registren conmigo, pues saben adónde el temor le retira. Nosotros tal no sabemos. Venid, pues, aprisa. Aun yendo despacio, iremos cansados. Venid. Vase, llevándolos. [Vase Belona.] ¡Qué desdicha! Porque no le busque y le halle, esferas divinas, empañad desos velos azules las luces que brillan; y tú, Júpiter, pues sabes lo que es amar, mira que nunca mejor que agora empleaste los rayos que vibras: pues nunca mejor se emplean sagradas tus iras. Vase con sus ninfas, y con esta música se muda el tablado en monte, y vuelve Marte, trayendo de la mano a Chato y Celfa. Pues sabéis por dónde fue, ¿quién duda que sepáis dónde este cobarde se esconde? Yo, señor Martes, no sé más de que muy asustado huir de su vista previno. Bien como hijo de vecino de los que entran por un lado, y por un lado también los escapa su temor, luego que señor mayor llama a la puerta. Mas quien tan parto es destas montañas, es cierto que a ellas vendría. Pues al albergue de guía me servid, que en sus entrañas tiene. Es vana pretensión, que no sabemos allá. De otra manera será. ¿De qué manera? ¡Dragón! No al Dragón llamar intente, cuando en su conversación —que no hace falta el Dragón adonde está la serpiente— Celfa servirá de todo. ¡Dragón! ¡Ay triste de mí! ¿Hacia dó estará? Sale Dragón y soldados. Hacia aquí esperándote del modo que tú me mandaste estoy. ¿Qué quieres? Que estos villanos atados de pies y manos a dos troncos queden hoy. Los soldados atan a Chato, y Dragón a Celfa. En fin, ingrata, has venido a mis manos. Pues ¿en qué te he ofendido? Yo lo sé. ¡Huid, pastores! ¿Qué ruido es éste? Salen villanos huyendo por delante de ellos, y después Adonis, flechado el arco. Huid, que del monte el herido jabalí, que ha tantos días que aquí es terror deste horizonte, baja al valle, donde vuelva a hacer estragos mayores. ¡Huid, zagales! ¡Huid, pastores! ¡Al llano! ¡Al bosque! ¡A la selva! Vanse. No temáis, que si le alcanza mi altiva velocidad, lo que antes fue agilidad agora será venganza, como primero instrumento de mi desdicha cruel. Vase. Pues el que busca es aquel que atrás va dejando el viento, ¿para qué nos quiere ya? Dices bien; aquél es, sí, al que tan dichoso vi. Y pues tras la fiera va en que empezó la primera fineza suya el Amor, empiece de mi furor también la ira. ¡Oh tú, Megera, que de las tres furias eres la que más a Marte asiste, en aquel bruto reviste toda la saña que adquieres! Vean prados, montes, cielos, que en venganza de una injuria, de toda una infernal furia nada les sobra a los celos. Vase. Con que aquí ya no hay que hacer. Sí hay, por si falta lugar después. ¿Qué es? No más que dar de coces a su mujer. Si eso sólo falta, y a usté le importa, ahí —por eso se dijo— me las den todas. Pues ¿por qué a mí de coces, seor Dragoncillo? Por conjunta persona de su marido. ¿No le basta a un pobre hombre sufrirla en casa, sino que a los ojeos con él se vaya? ¿Qué delito es ése, si hay en tal tiempo maridos que no estorban en los ojeos? Aunque nunca estorben, es fuerte cosa ser la mujer grillo. ¿No basta esposa? Y aun si fuera con otro, poco importara; pero ¡con su marido! ¡Basta! No basta. ¡El Dragón es un santo! ¿Quién vio, señores, gente más ajustada que los dragones? ¡Quédese ella para ella, y él para un asno! Vase. Y aun por eso he tenido tan lindo rato. ¡Que cargarme de coces me deje un tonto! Hija, aquésas son cargas del matrimonio. Bien ves, pícaro, infame, cómo me han puesto. Y por no verlo, diera volver a verlo. ¿Que a tu esposa dejas que den de coces? Como aquesos trabajos pasan los hombres. Pues en ti he de vengarme de sus desprecios. Embiste con él. Para mí tendrás manos. Dentro ruido como cayendo. dentro ¡Valedme, cielos! Pero ¿quién a su cargo toma mi queja? Aun mayores prodigios hay en la selva; pues en desmandadas tropas de esparcidos escuadrones todas las ninfas de Venus huyendo vienen. Sale Venus suelto el cabello, medio desnuda, ensangrentadas las manos. Pastores, decidme, ¡ay de mí!, decidme si dijeron unas voces «¡Piedad, cielos!» Dice Adonis dentro. ¡Piedad, cielos! ¡Favor, dioses! ¡Favor, dioses! Mas no tenéis que decirme, si ellas mismas me responden que es cúyo temo el gemido y cúyo imagino el golpe. Suyo es sin duda, ¡ay de mí!, y aunque tan cerca se oye, no sé si osaré llegar a examinarlo. Sale Belona. No oses, pues aun yo, compadecida, troqué a lástimas rencores, al ver tus penas; y así digo otra vez que no oses, si no quieres ver tan fiero, trágico asunto, tan torpe, como ver que salpicando los más cándidos albores, no sé qué vivo cadáver desde la cumbre del monte rosas deshojadas vierte a un valle que las recoge. Yo he de ver quién es. Sale Libia [y las ninfas]. No veas; que yo, al temer que entre horrores, o su gemido me aflija, o su queja me congoje, vengo huyendo con el miedo de que sea el que así llore el más venturoso amante y el más desdichado joven. ¿No es peor dudarlo? No; que la duda no supone lo que la evidencia; y temo, como la verdad te informe, que sientas saber quién es quien en pena tan inorme con su sangre les infunde nuevo espíritu a las flores. Entre temer y apurar término no se conoce. Sí conoce, cuanto dista que el mal se dude o se ignore; y así, ¿para qué has de ver qué humana púrpura corre? Tanto, que de ella animadas, cada flor es un Adonis. ¡Un Adonis, ay de mí! ¿Cómo, soberanos dioses, cielo, sol, luna y estrellas, riscos, selvas, prados, bosques, aves, brutos, fieras, peces, troncos, plantas, rosas, flores, fuentes, ríos, lagos, mares, ninfas, deidades y hombres, sufrís tal estrago? Sale Marte. Como la paz me dio más blasones en un pastoral albergue que la guerra entre unos robles; a cuya causa, tirana, no hubo en todo este horizonte ni risco que no examine, ni peñasco que no toque, tanto, que nadie dirá que el rencor de mis rencores le dejó por escondido o le perdonó por pobre; hasta que la misma fiera, de mi ofensa primer móvil, primer móvil de mi ira, halló al que de mí se esconde. Y porque mejor lo veas, llega, fiera, llega adonde, bien herido y mal curado, se alberga un dichoso joven. Descúbrese Adonis caído entre unas flores. ¡Ay infelice de mí! Injusto amante, que pones en la fuerza de tus sañas la fuerza de tus amores: aunque tirano te vengues, por lo menos no blasones que sin tirarle Amor flechas le coronó de favores. Flechas le tiró el Amor, temida deidad del joven tanto, que porque tus celos su mayor triunfo no borren, vivirá a su ruego eterno, aunque ahora en él y en mí notes las venas con poca sangre, los ojos con mucha noche. Cae Venus desmayada. Con la fuerza del dolor cayó desmayada sobre las rosas, y sus espinas van violando sus colores. Amor en lo alto se descubre, y se ve un cielo con el sol que se esconde, y una estrella que sale a tiempo que van subiendo Adonis por un lado, y Venus por otro. Porque vean que no en vano, cuando en púrpura se tornen, le halló en el campo aquella vida y muerte de los hombres, Júpiter, pues, conmovido o indignado de que goce sin los imperios de un alma los de una vida tu nombre, de esa derramada sangre quiere que una flor se forme, y que de aquella se vistan roja púrpura las flores, para que en tierra y en cielo estrella y flor se coloquen; a cuya causa, subiendo donde entrambos se coronen, verás que, desde este día, con la nueva luz de Adonis, sale la estrella de Venus al tiempo que el sol se pone. El horror de la tragedia a nuestra vista se esconde, viendo que ya todo es dichas. No es todo sino rigores, al ver que a triunfos de Amor otra vez mis celos tornen, supuesto que flor y estrella ascienden Venus y Adonis, Van subiendo los dos. al tiempo que espira el sol entre pardos arreboles, y la enemiga del día su negro manto descoge. Van subiendo. Pues porque mejor lo digas, los dulces acentos oye… …con que nos aclama a un tiempo la música de dos orbes. A pesar de los celos, sus triunfos logre el Amor, colocados Venus y Adonis; y reciban ufanas, y eternas gocen las estrellas su estrella, su flor las flores. A cuyo aplauso festivo fin a su fábula pone La púrpura de la rosa, volviendo a decir las voces:… A pesar de los celos, sus triunfos logre el Amor, colocados Venus y Adonis; y reciban ufanas, y eternas gocen las estrellas su estrella, su flor las flores. Suben los dos hasta donde está el Amor, y desaparecen los tres, escondiéndose el sol, y quedando la estrella. FIN