Personajes DON LUIS, galán DOÑA ANA, dama DON JUAN DE LARA, galán DOÑA MARÍA, dama DON DIEGO DE SILVA, galán DON BERNARDO, viejo GUZMÁN, criado INÉS, criada ESPINEL, criado JUANA, criada Jornada I En traje de noche salen don Luis y Guzmán. Al amor, tiempo y fortuna todo es posible, señor; no hay cosa que a su rigor se defienda. Si no es una; una sola es imposible. ¿Y cuál juzgas? La mujer, cuando da en aborrecer, que es su condición terrible, si ya con fuerza suprema el gusto y la bizarría hace del rigor porfía y hace del agravio tema. A la opinión respondiera, defendiendo las que son de aquesa regla excepción, si ya tan tarde no fuera. Éntrate a acostar, que el alba, en los brazos de la aurora, aljófar y perlas llora, y los pájaros con salva despiertan al sol. ¡Qué poco descansará mi dolor! Siempre duerme poco amor. Por lo que tiene de loco. Entremos en casa presto, que yo, como no he querido, estoy al sueño rendido. Vamos, pues. Cuchilladas dentro. Pero ¿qué es esto? El ruido adelante pasa. ¿Es dentro de casa? Sí. ¿Cuchilladas –¡ay de mí!– a estas horas y en mi casa? Quién son tengo de mirar. Ya ellos nos dicen que son hombres de honra y de opinión. ¿Por qué? Riñen sin hablar. Entra conmigo. Sí haré, mas ya a la calle han salido. Salen riñendo don Juan y otro. Embózanse don Luis y Guzmán. (Cubierto y desconocido, mejor la ocasión sabré Aparte. de mi agravio y mi deshonra). Por caballeros, si acaso A ellos. un hombre que sale al paso con obligaciones de honra algunas treguas previene a vuestro acero... Cae el uno dentro del vestuario. Dentro. ¡Ay de mí! ¡Muerto soy! Y a mí de aquí ausentarme me conviene. Caballero, a mí también me conviene el deteneros, hablaros y conoceros, que en esta calle no es bien que nos dejéis empeñados a un notable desconcierto en poder de un hombre muerto. Caballeros embozados, si el advertir, si el mirar a un hombre ya tan restado en vuestro necio cuidado no ha merecido lugar, dádmele por mí, pues no os va nada en conocerme, o el lugar habré de hacerme con aquesta espada yo, que, aunque sois dos, ¡vive Dios que aquí no me dais cuidado!, que un hombre de bien restado una vez vale por dos. Si restado en un teatro sangriento el hombre de bien importa por dos, también los dos valdremos por cuatro: también estamos los dos restados; también tenemos los dos valor y os habemos de conocer, ¡vive Dios! Justicia debéis de ser, que tanto esfuerzo habéis puesto en conocerme; y, supuesto que ello, hidalgos, no ha de ser y que yo lo he de estorbar como pueda, ya que aquí no habéis de pensar de mí que lo haré por escusar la pendencia, sino solo por guardarme y encubrirme, disponeos a seguirme, que desde este al otro polo mi aliento llegar desea, si así me puedo encubrir, que quien me ha visto reñir poco importa que me vea correr, pues haciendo alarde de valiente y recatado verá que huye de alentado quien no huyera de cobarde. Vase. Síguele, Guzmán. Apenas el viento podrá. ¿Qué haremos en tan dudosos estremos de desdichas y de penas? Señor, si el riesgo miramos que en esta calle tenemos, muerto un hombre, mal hacemos en estar en ella. Vamos a casa, pues lo que aquí puede detenernos es saber quién es, y después ello se sabrá, que así encubrirse no es posible, y al fin seguros sabremos lo que ahora no podemos sin la evidencia infalible de encontrarnos aquí –y más si amanece– alguien que oyó que de tu casa salió la pendencia. Tú me das, Guzmán, el mejor consejo, si mi pena y rabia fiera para admitirle estuviera. Al tiempo tus dudas dejo. No me determino en esto, porque en grande riesgo estoy si me quedo y si me voy. ¡Ay, hermana, en qué me has puesto! Sale Espinel. (Ya la calle sosegada de la pendencia se ve; agora salir podré sin recelarme de nada). (Otro hombre solo ha salido de casa). (¡Ay, rigor cruel!). (¿Qué hemos de hacer?). (Saber dél lo que habemos pretendido). ¿Quién va? Si este acero ya ocupado el paso tiene, pregunte quién se detiene y no pregunte quién va, pues no va un hombre que aquí no tiene por dónde pueda y, más que se va, se queda. Diga quién es. Eso sí. Agora que ha preguntado en forma, responderé quién fui, quién soy y seré. Decid presto. Soy crïado de un honrado caballero andaluz y granadino que a la corte a un pleito vino con más amor que dinero. Este aquí gastando pasa la vida, y fue de su llama causa, señor, una dama que vive en aquesta casa. Hoy que en ella hemos entrado a acechar por una reja de ese patio, que no deja mayor lugar el cuidado de un caballero que es su hermano, un hombre se entró tras nosotros, que obligó, o atrevido u descortés, a decir que qué esperaba. Él, o galán o celoso de la dama, muy brioso le respondió que allí estaba porque en el mundo no habría quien del puesto le quitase, estorbase o no estorbase. Entonces la bizarría de mi amo respondió con el acero; riñeron y hasta la calle salieron; lo demás no lo vi yo, porque entre el confuso ruido, entre el rigor impaciente, yo, como no soy valiente, me quedé en casa escondido, porque fuera cobardía reñir con quien solo estaba dos, y donde yo me hallaba hubiese superchería. Esta es la trágica historia y, pues habréis entendido quién yo soy, seré y he sido, aquí paz y después gloria. (¡Válgame el cielo! ¿Qué haré? Mi duda en tus manos dejo, Guzmán). (Señor, mi consejo es ahora el que antes fue: retirémonos del daño que aquí tan preciso ves; te satisfarás después si, como te desengaño, te pudiera consolar, pues si este hombre más supiera, más dijera. Sí dijera; mirad si hay qué preguntar, que yo no me atrevo a ir sin licencia de los dos. (¡Estoy por matar, por Dios, a este hombre!). (Eso es decir quién eres, y mejor es no darte por entendido, sino cuerdo y atrevido salir a todo después). El nombre al punto declara de tu amo. Eso al instante, que soy doncel de Clarante. Llámase don Juan de Lara. No le conozco. Es favor del cielo. Al mismo pluguiera que yo no le conociera. Pero ¿no me dais, señor, licencia? De mala gana. Yo tan obediente soy que de muy buena me voy. Vase. ¡Ay, honra mía! ¡Ay, hermana! Mas tu acuerdo he de tomar: a la fortuna dejemos este suceso y entremos en casa a disimular las penas y los enojos haciendo a nuestros agravios estrecha cárcel los labios, última línea los ojos. Yo fingiré mis desvelos, porque es un despertador de las horas del amor el hombre que pide celos; y así, en callar y fingir más el valor se acrisola, que celos de la honra sola una vez se han de pedir. Vanse. Salen doña Ana y Inés. ¡Qué hermosa te has levantado! Esta vez sola, señora, no hiciera falta la aurora, cuando en su cristal nevado dormida hubiera quedado, pues tu luz correr pudiera la cortina lisonjera al sol, siendo sumiller de uno y otro rosicler, deidad de una y otra esfera. El toque de la hermosura dicen que es en una dama verla salir de la cama. Oh qué vana y qué segura tu beldad llegar procura de la esperiencia al crisol. Bien el concepto español dijera, viéndote ahora,... ¿Qué? Que en tus ojos, señora, madrugaba el claro sol; si llegara a verte asi. Quien te amó sin que te viera con más ocasión perdiera alma y libertad por ti. Oh, lo que dijera aquí quien a tu rigor se ofrece, quien a tus desdenes padece, don Luis... La lengua detén, que eres la primera en quien la alabanza desmerece. Tu discurso, dando igual, Inés, el gusto y enfado, fue caballo desbocado; corrió bien y paró mal. No te precies de leal tanto, porque no ofendió a quien tu amor mereció mi voz. ¿Qué señora se enfada, señora, de ser amada? Yo sola, Inés, porque yo temo en pensarlo que ha sido ofendido aquí el honor. Las ceremonias de amor ese escrúpulo han tenido en el pecho del marido, pero en el galán no es justo, que uno es honor y otro es gusto, y no advertir es error lo que hay del gusto al honor. ¡Qué argumento tan injusto! Ofender, Inés, no es bien lo que ha de quererse, y piensa que quien al gusto hace ofensa se le hará al honor también, que, si en el alma se ven gusto y honor, quien provoca su ofensa, atrevida y loca, al alma ofende, y no es justo porque el agravio del gusto también al alma le toca. Yo –bien lo sabes– ya oí a don Diego, ya le amé; elección y fuerza fue: fuerza, porque me rendí; y elección, porque me vi con sus prendas estimadas gustosa; y, así, me enfadas, y es tiranía pensar que hayan las amas de amar al gusto de sus criadas. Salen doña María y Juana. ¡Qué descuidada estarías de tener, bella doña Ana, visita tan de mañana! Dete Dios muy buenos días. Si tú los rayos envías del día al amanecer, es fuerza que hayan de ser muy buenos. ¡Dame los brazos! Serán nudos, serán lazos a quien no pueda romper la muerte. Ven al estrado. No; bien estamos aquí. Siéntate, porque de ti Toman sillas. vengo a fiar un cuidado tan grande que me ha dejado con vida, porque no fuera gran cuidado el que pudiera darme a mí la muerte, pues la pena que mata es la pena más lisonjera. Que es el rostro oí decir en el gusto o la pasión un papel del corazón donde se suele escribir la pena y, si yo argüir puedo de ti alguna cosa, sin duda es pena dichosa la que tu pecho recibe, pues en tu rostro se escribe con jazmín, clavel y rosa. ¡Ay, amiga, muerta vengo!, y solamente de ti me atrevo a fiar aquí un gran disgusto que tengo. Ya para oír me prevengo; prosigue. Conmigo lucha la vergüenza, porque es mucha, y muchas las ansias mías. Bien sabes de quién te fías. Di; no temas. Pues escucha: yo, bellísima doña Ana, [romance é] que ya negarte no es bien secretos que tantas veces a mí misma me negué, yo –no sé por dónde empiece, pero ¿qué importa?, si sé por dónde acabe, ¡ay de mí–, yo vi, yo quise, yo amé: ya no tengo qué dudar ni tú tienes qué saber, pues en que yo amé se cifran, por decirlas de una vez, cuantas desdichas pudiera repetir y encarecer. No fue la mayor de todas, con ser tan grande, el querer, sino las que se siguieron a la primera, porqué nunca viene solo un mal, y así en el mundo se ve que del mal que viene solo se debe dar parabién. El favor que mereció de mí un caballero fue dar licencia a ojos y oídos para oír y para ver lo turbado de la voz, lo advertido de un papel. Mirábale, pues, de día; de noche le hablaba, pues, por una reja a las horas que mi hermano, amante fiel de tu hermosura, rondaba tu calle, que ya lo sé todo, pues hasta esto debo agradecerte también. Anoche, estando conmigo, sentimos, doña Ana, que a la reja se acercaba con lento y turbado pie un hombre; causó a los dos grande novedad, por ser dentro de casa la reja donde hablábamos, si bien a mí me dio al corazón que era un caballero a quien –y fue la verdad– había muchos años mi desdén desengañado. Don Juan, en viéndole, se fue a él. Pocas razones se hablaron, que yo apenas escuché, cuando al acero los dos de la causa hicieron juez, mira, tú, valido este; mira, tú, celoso aquel, cómo los dos reñirían; y bien se deja entender, que con celos y favores dicen que se riñe bien. Salieron, pues, a la calle, donde –¡ay, amiga, no sé cómo prosiga!– cayó muerto el uno; echa de ver, pues que yo quedé con vida, que el aborrecido fue, si bien es fuerza que sienta el caso por mí y por él, que, al fin, le costó el quererme la vida, y no fuera ley humana que hasta las aras le acompañase cruel. Vino mi hermano a este tiempo; lo que vio yo no lo sé; lo que ha sospechado, sí, pues, aunque se quiso hacer desentendido, me dio con acciones a entender su sentimiento, que agravios no se disimulan bien. Con esto, apenas el día empezaba a amanecer, cuando vine a darte parte de mi desdicha y también a fiar de ti mi alma, mi honor, mi vida y mi ser. Lo que tú has de hacer por mí, lo que de ti quiero, es que con secreto me guardes estos papeles que ven tus ojos y este retrato, que no es bien que en mi poder estén prendas que descubran los estremos de mi fe cuando, celoso, mi hermano dellos pudiera saber su agravio, porque hablan mucho una pluma y un pincel. Secretario de mi amor tu pecho, amiga, ha de ser; archivo, tu corazón: guárdame secreto en él y no leas, por tu vida, aunque en tu poder estén, los papeles que te doy, porque, aunque discreto es su dueño, a una necedad la da estimación tal vez la ocasión en que se dice, y no es discreto un papel sino en manos de su dueño, que quien desde afuera ve, como ignorante de amor, nada le parece bien. Bien pudiera, amiga hermosa, tu pena en la condición más dura hacer impresión por tuya y por amorosa; mira lo que hará en un pecho que te quiere, y finalmente que ya por tan propria siente tu desdicha, satisfecho de que perderá por fiel la vida y alma por ti. Mira qué quieres de mí; mira lo que quieres dél, porque guardarte un retrato, dos papeles y un secreto son acciones, te prometo, a que el pecho más ingrato no se pudiera negar, cuanto más, amiga, el mío, que sin razón ni albedrío tan obediente ha de estar a tu gusto, y pues que sabes que esta es sencilla verdad, no fío la voluntad a juramentos más graves; y dime, para que yo sin temer ni dudar nada, de todo quede informada, qué escándalo se causó en la calle y qué se dice del muerto y qué hicieron dél. Aquel asombro cruel, aquel estrago infelice, en una silla llevaron a su casa, y solo sé que la voz entonces fue de que acaso le mataron en la calle, sin que alguno dijese cómo ni quién, que no se sabe. Está bien, y, ya el fracaso importuno sucedido, dicha ha sido no darte la culpa a ti y haberse callado así que de tu casa ha salido la pendencia. En este estado está mi pena hasta hoy y, porque es tarde, me voy, que no me deja el cuidado que he traído sosegar. Pésame de que haya sido cuidado el que te ha traído, y con tanta causa, a honrar mi casa; solo te pido, en noble satisfación de la amistad y afición con que siempre te he servido, me avises de cuanto pase, que ya ves cómo me dejas. Mis lágrimas y mis quejas quiso amor que mitigase a tus umbrales, y así a consolarme vendré de todo a ellos. Ya sé que me dejas prenda aquí que te traerá alguna vez, porque, estando el dueño ausente, podrá el retrato... Detente, porque hago al cielo juez que, aunque le estimo y le quiero y pudiera traerme, ya tu amor, doña Ana, será el que me traiga primero. Vanse. ¿Inés? ¿Señora? ¿Has oído todo lo que pasa? Sí, y dudar eso de mí pregunta escusada ha sido por dos razones. ¿Y son? La una, porque sirviendo era forzoso que, viendo a mi ama en conversación, yo me llegara a escuchar lo que hablaba, que esta es ley nuestra, porque después tuviese qué murmurar. Hablando quedo decía una dama que llamaba su criada –y no mentía–, que lo que más quedo hablaba era lo que más sentía. Es la segunda razón para haberlo yo sabido haber con Juana tenido aparte conversación, y nosotras no tenemos otra cosa de que hablar, sino solo de contar todo aquello que sabemos de nuestras amas, y así, por dos partes lo supiera, pues Juana me lo dijera cuando no lo oyera aquí. Pues ya que todo lo sabes, ¿no miraremos, Inés, quién aquel adonis es que causa estremos tan graves en condición tan altiva? El retrato lo dirá. Ten los papeles allá. Dale unos papeles y ve el retrato. Descubre esa imagen viva a quien pincel y color dan alma para que aquí sepa hablar. Mas ¡ay de mí! ¿Qué ha sido eso? ¡Mi señor! Ten, guarda el retrato luego. Cóbrate, que te has turbado. No estoy en mí; ten cuidado. Entre bobos anda el juego. Mas leyendo un papel viene; no trae recelo de nada. Sale don Bernardo leyendo un papel y Espinel, crïado. Parece que no le agrada lo que la letra contiene. Lee. En estraña confusión me ha dejado este papel. ¿Qué querrá decirme en él don Juan?, que la prevención y la brevedad declara gran secreto y gran cuidado). Decidme vos, ¿sois crïado del señor don Juan de Lara? Pero no me respondáis hasta que solos estemos, porque temo los estremos que él escribe y vos mostráis. Ana, ¿tú estabas aquí? Que acabases de leer esperé para saber de tu salud y de ti. Yo estoy bueno; vete ahora, porque me importa quedar solo, que tengo que hablar con este hidalgo. (¡Ay, señora! ¿Qué haré del retrato?). (Inés, esperar adentro un rato a mi padre, que el retrato ya le veremos después). Vanse. Decidme agora, soldado, ¿sois crïado de don Juan? Mis desdichas lo dirán. ¿Qué es esto que le ha pasado, que con tantas prevenciones me escribe? Yo no lo sé, porque a esas horas me hallé rezando mis devociones: anoche le sucedió allá no sé qué desmán. Mocedades de don Juan serían. Más pienso yo que vejeces. ¿Fue de amor la causa? Si te confieso la verdad, amor fue. Y eso ¿no es mocedad? No, señor, sino vejez. ¿Qué pasó? No lo sé, pero yo infiero que dio muerte a un caballero. ¿Qué decís? Lo que él contó. ¿Muerte a un caballero? SÍ. ¿Y esta no fue mocedad? Herejía es en verdad creer eso. ¿Cómo así? A Caín traigo por juez, la fe en la Escritura advierte que no es mocedad dar muerte, sino la mayor vejez. Qué gracias, señor, tan frías; dejadlas ya, porque son, para quien habla en razón, necias las bufonerías; y decidme, ¿dónde queda don Juan? En San Sebastián espera un coche don Juan de un amigo, donde pueda venir acá, que no quiso, porque no os canséis, por Dios, que fuésedes allá vos; y, así, criado de aviso vine yo. Pues vamos presto, que no quiero que de allí salga y suceda por mí un disgusto. Ya es en esto la diligencia escusada, que don Juan del coche sale. Sale don Juan. Bésoos la mano, señor don Bernardo. Dios os guarde, señor don Juan. Novedad os habrá hecho muy grande el papel y la visita. Estilo estraño y lenguaje, pero dispuesto a serviros con mi hacienda, con mi sangre, con mi honor y con mi vida. Tomad silla y escuchadme. Ya sabéis el amistad Siéntanse. que profesáis con mi padre, señor don Bernardo, y ya sabéis que es fuerza ampararme por él, por vos y por mí en cualquier desdicha o trance que me suceda: por él, por las grandes amistades que los dos tenéis cursadas en las escuelas de Marte, donde a ser buenos amigos aprenden los que las saben; por mí, porque hoy en la corte no tengo en mi amparo a nadie; por vos, porque sois quien sois, y es fuerza que pechos tales amparen y favorezcan a quien humilde se vale de su favor; y, asentado que habéis, señor, de ayudarme por él, por vos y por mí, voy con el caso adelante. Anoche, por no cansaros con ocasiones bien grandes, a las puertas de una dama principal, ilustre y grave, a un caballero, señor, di la muerte en una calle. Deste suceso no sé si se ignora o si se sabe el agresor; y, así, estoy en este caso cobarde, porque hay crïados que fueron de mi amor participantes. Si me estoy en mi posada, es muy posible buscarme, hallarme en ella y prenderme; si pretendo que me guarde iglesia o embajador, es darme luego por parte y culparme yo a mí mismo; y, así, quisiera a una parte, ni público ni secreto, unos días retirarme. Con esto estaré a la mira, seguro que no me hallen si me buscan y, si no me buscan, aventurarse puede poco en esconderme, que, aunque pudiera indiciarme la fuga, no es en la corte esto posible ni fácil a un forastero echar menos. No tengo de quién fiarme sino de vos; ved ahora dónde podré estar y amparen vuestros años a un rendido huésped que de vos se vale; amigo, criado y esclavo que llega a vuestros umbrales, que en vuestras manos se pone y que a vuestras plantas yace. Vos discurristeis tan bien a riesgos y hostilidades que a mi discurso, don Juan, poco o nada le dejasteis que hacer por vos. Bien decís, pues, estando en una parte retirado, podré yo secretamente informarme de todo lo que se dice o se imagina o se sabe, y, conforme esto, veremos lo que convenga; y, pues tales discursos no me dejaron lugar a mí de mostrarme en esta parte advertido, liberal en esta parte, quiero hacer algo por vos; y, así, en tanto que ahora pase la furia, ha de ser mi casa, don Juan, la que os tenga y guarde. No tenéis que disculparos, que fuera necio desaire venir a mí por consejo y volveros sin tomarle. Dadme mil veces los brazos. Solo ahora falta, escuchadme, que los crïados que os vieron ahora entrar se desengañen de que os volvisteis; y, así, es el desvelo importante. Despedid ese cochero; demos la vuelta a otra calle; y entraremos sin que os vean. Para todo es bien que halle favor el que en vos le busca. Vase. Ya os sigo; salid adelante. ¿Ana? ¿Señor? Sale. Ese cuarto bajo, que a esta cuadra sale, se aderece, que tenemos huésped. A Dios. Él te guarde. Sale Inés. ¿Se fue señor? Ya se fue. Puesto que solas estamos, este retrato veamos de aquel adonis, porqué muero de verle. ¿Y en eso qué te va? Graciosa estás: saber una cosa más que contar después. Confieso que es curiosidad que a mí me ha movido. Muestra, pues, ese retrato. Este es. Ruido. Mas mira quién anda allí. ¡Ay, señora! ¿Qué? Don Diego, que, como a tu padre vio salir fuera, en casa entró. Agora a más penas llego, pues, de verme a mí con él, gran disgusto me prometo, o he de romper el secreto. Lance será más cruel si le ve que si le viera mi padre. Aun bien que sabemos la escapatoria. ¿Qué haremos? Lo mismo que antes. Espera, que ahora yo le esconderé. Mas ¡ay! ¿Qué fue? Cayó al suelo. Cáesele. Si le alzo, daré recelo. Pondrele yo encima el pie. Pues no te apartes de ahí. El pisarle no dilato. ¡Válgate Dios por retrato! Sale don Diego. Luego que a tu padre vi, Ana hermosa, me atreví a entrar a verte, y no ha sido poco, pues me ha sucedido una desdicha tan fuerte, que a mi primo han dado muerte; ya verás si lo he sentido. Pero, ¿cómo me recibes tan cruel? ¿Qué novedad divierte tu voluntad? O ¿por qué enojada vives? Que en tu rostro hermoso escribes penas y enojos. Turbada estás, al color negada de tus mejillas. ¿Qué ha sido? ¿Qué tienes? ¿Qué ha sucedido? Engáñaste, porque nada me suspende ni divierte. ¿Qué novedad es en mí turbarme de verte aquí con el riesgo que se advierte si mi padre...? De otra suerte, doña Ana, me recibías otras veces, y tenías el mismo riesgo que agora. ¡Oh, cómo el alma no ignora... Prosigue. ...desdichas mías! ¿Qué ves tú de que lo arguyas? La lengua aquí pronunció desdichas mías por no decir... ¿Qué? Mudanzas tuyas. Y, para que al fin concluyas de una vez en darme muerte, quédate con Dios y advierte que en sentimiento tan justo, para no verte con gusto, tengo por mejor no verte. ¿Así, don Diego, te vas? ¡Espera! O me tengo de ir, doña Ana, o me has de decir de qué tan turbada estás, que en tu semblante me das muestras de gran sentimiento. Yo te lo diré; oye atento. (¿Qué has decirle, si aquí no hay nada?) (Fía de mí, que hablarle verdad intento). Está triste mi señora, y es muy justa su querella. Calla, Inés, el labio sella. Ya que mi vida no ignora que has tenido causa agora de estar triste, di, ¿qué es? Retírate tú allá, Inés, y dirasme luego a mí esa ocasión, porque así, si no conforman después los dos dichos, sabré yo que me tratas con engaño. (Para ver un desengaño, esta industria me enseñó la justicia). Pues llegó a ese examen tu cuidado, retírate aquí a este lado y direte lo que ha sido. ¿Oyes, Inés? Ya he entendido. Lleva a don Diego hacia delante y hace señas a Inés. ¿Qué la dices? ¿Yo la he hablado? Porque no pienses de mí eso, antes digo que, cuando contigo esté aparte hablando, no se quite ella de allí; clavada has de estar ahí, Inés. Pónese Inés sobre el retrato. Pues dime en secreto quién ocasionó este efeto de tu tristeza. Aquí ha sido un enfado que he tenido con mi padre, y te prometo que, porque son niñerías caseras, he resistido el que tú lo hayas sabido, porque fueran boberías contarte a ti demasías del que a ser viejo llegó; si se gastó o no gastó cosa que, si en casa pasa, es buena dentro de casa, mas, para contada, no. Aparta [don Diego] a doña Ana y llama a Inés. Ya tú has dicho. ¿Inés? No puedo dar paso adelante yo: mi señora me mandó que me estuviese a pie quedo; tengo a sus preceptos miedo; de aquí no me he de quitar. Como tudesco he de estar resistiendo yelo y fuego. Lléguese el señor don Diego si tiene qué preguntar. Vete. ¿Quieres tú? ¿Pues no? Y, si sospecha tuviste [A don Diego.] dónde Inés estaba –¡ay, triste!–, me quedaré agora yo. Háblala allá. ¿Quién causó la tristeza de doña Ana? (¿Qué le diré?). Esta mañana... Vuelve doña Ana al puesto de Inés; quiere coger el retrato y velo don Diego. (¡Oh, si yo coger pudiera el papel sin que me viera!). ¡Aguarda, que no fue vana mi sospecha! ¿Qué papel es este que está en el suelo? ¿Papel? Sí. ¡Válgame el cielo! ¡Qué sospecha tan crüel! Pero, si saberla dél puedo, ¿por qué a dudar llego? (¡Dimos con todo en el fuego!). (¡Temor, el alma me robas!). (Paréceme que entre bobas anduvo esta vez el juego). Retrato es, y dice así el papel en que está envuelto: «Enviándole a su dama con un retrato. Soneto. Cuando sutil pincel me repetía, yo en vos, hermoso dueño, imaginaba y tanto en vos mi amor me transformaba que en vos el alma más que en mí vivía. Y así, cuando volver quiso a la mía, ya en dos mitades dividida estaba, y ella entre dos semblantes ignoraba a cuál de aquellos dos asistiría. Así el retrato, a quien el alma muestro –partiéndole mi amante desvarío– por parecerle mío, va a ser vuestro y, por ser vuestro, ya parece mío, porque el pincel le iluminó tan diestro que retrató también el albedrío». El castellano epigrama es docto, elegante y cuerdo, y de conceptos y voces florido, elegante y crespo. Abrió con llave de plata, para cerrar el concepto con llave de oro; advertido, guardó rigor y precepto en retrato y en papel; iguales se compitieron pincel y pluma; retrata el pincel gala en el cuerpo, brío y perfección; la pluma pinta en el alma el ingenio. Tomad soneto y retrato, y goceisle, ruego al cielo, en vida del nuevo amante, por muchos años y buenos; y adiós, que las quejas fueran buenas sobre amor y celos, pero sobre agravios no, y estos son agravios ciertos. ¿Ha dicho vuesa merced? Pues escuche agora atento; diré yo. ¿Qué has de decir? Mis disculpas, con que puedo satisfacerte. Podrás poco o mal, y así no quiero escuchar satisfaciones que me maten. Yo me acuerdo de que otra vez me dijiste, don Diego, en un caso destos: «dame una satisfación, que, aunque sepa yo de cierto que es mentira, la creeré, engañándome a mí mesmo, porque te disculpes tú». Es verdad, yo lo confieso, mas ¿sabes tú lo que va desde sospechos de celos a evidencias? ¿Cuáles son? Turbarte tú, lo primero; engañarme, lo segundo; hallar el retrato puesto a tus pies, que, aunque pintado, te reconoció por dueño. Turbarme yo no fue culpa. Pues ¿qué pudo ser? Respeto, que debes agradecerme; ponerle a mis pies, trofeo de tu amor, pues, porque entrabas, hice dél tanto desprecio. A todo has de hallar razones. Yo me rindo y desde luego, si quieres satisfacerme, me daré por satisfecho, a trueco de que me dejes ir. Pues oye y vete luego. ¿Qué querrás decirme? ¿Que este retrato es de un caballero que vino a ver a tu padre? ¿Que se le cayó en el suelo? ¿Querrás decirme que ha sido un tratado casamiento y que tu padre le trajo quizá porque es forastero? ¿Querrás decirme que fue de una amiga que, por miedo de su padre o su marido, te le trajo a ti en secreto? ¿Cuál destas cosas eliges por disculpa? Dila presto, que, porque me dejes ir, la que tú escogieres creo. ¿Quieres más? No quiero más, que ya solamente quiero que te vayas. ¿Que me vaya? Que te vayas, pues fue cierto que, si te detuve, fue por decirte de secreto la verdad. Ya tú la sabes; una es de las que has propuesto, y, así, ni tú qué saber ni yo qué decirte tengo. Ya que yo he dado las armas, doña Ana, contra mí mesmo, sola una cosa te pido, y es... No temas; dila presto. Que, pues tienes tres disculpas en que escoger y yo creo que es lo mismo una que otra, que elijas el casamiento, que es de los tres menor mal. Pues ¿no fuera más mal, siendo el galán que le perdió? No, porque es claro argumento que una mujer principal nunca dijo «galán tengo» y «tengo marido» sí, con que son mayores celos de marido cuanto va de ser dudoso a ser cierto, pues aquesto es sospechoso y esotro fuera saberlo. Pues ni celos de marido ni de galán son ni fueron, que una amiga me le dio. Tomaste el mejor consejo. Sí, que es decir la verdad. Pues dime cuál es, supuesto que ya lo sé. Es imposible. ¿Por qué? Impórtame el secreto. ¿Importa más que mi vida? Baste decir que no puedo decirlo. No es grande amor amor que guarda silencio. Importan honras y vidas los secretos. Yo lo creo, mas honras y vidas saben aventurarse queriendo. Las proprias sí. ¿Y es ajena la mía? No, mas por eso te desengañé. No hicieras si yo no diera el remedio, u dime quién es la amiga o no lo creeré. No puedo. Mujer eres, poco importa que descubras un secreto. No aspires, doña Ana, a ser el prodigio destos tiempos. Quien fue prodigio de amor, sabrá serlo del silencio. No quiere la que a su amante no descubre todo el pecho. No es noble quien le descubre cuando va una vida en ello. En fin, ¿no lo has de decir? No. Pues en nada te creo. (¡Válgate Dios por retrato! ¡En qué confusión me has puesto!). Jornada II Salen don Bernardo y doña Ana. No lo he podido escusar, y hospedarle me conviene. Un hombre que en casa tiene una hija por casar bien escusarse pudiera a huésped que es tan galán. Tengo al padre de don Juan obligaciones y fuera el hombre de más vil trato del mundo si lo negara yo y en su ausencia faltara, a honras y deudas ingrato. Acuérdome que le debo la vida: un traidor cruel me mata si no es por él; mira si en vano me muevo. A servirle fuera desto cómo puedo yo escusallo cuando a un caballero hallo en una desdicha puesto en mis manos y desdicha tan noble como una muerte muy honrada –si me advierte hoy la fortuna la dicha de haberme dado ocasión en que le pueda servir porque aquello de decir que toca a reputación es engaño cuando en ti sé bien lo que tengo yo eres quien eres y no durara el mundo si así no nos valiéramos unos de otros y la confianza grandes victorias alcanza dime si sabes de algunos hombres que puedan vivir sin fiarse de otros no del que a jugar le llamó del que le sacó a reñir del que le pidió prestado del que le llevó consigo no hubiera seguro amigo no hubiera leal crïado el mercader no fiara el hidalgo no lo fuera el señor no se sirviera el rey mismo no reinara pues quien le dio el cetro fue la confianza que alcanza que es en fin la confianza la que tiene el mundo en pie. Sale don Juan. De mi aposento salí con ánimo de llegar a vuestros pies a pagar la merced que recibí con razones solamente, que con obras no podré; y, en mirándoos, me turbé, confieso que dignamente, porque, al dar satisfación de dicha y merced tan alta, falta voz a la voz, falta a la razón la razón; y, ya que gracias no puedo dar, daré quejas de vos, señores, pues de los dos con causa ofendido quedo, pues, al temor que me indicia, huyo persona y hacienda, que la justicia me prenda, y entrambos, sin ser justicia, me prendéis, y no es, sospecho, sino verdad lo que veis, pues hoy los dos me ponéis en obligación que el pecho satisfacer no pudiera si con la vida pagara y esta a pagar no llegara con mil vidas que tuviera. Señor don Juan, cumplimientos de ociosas urbanidades ofenden las amistades sencillas sin fingimientos. Esta es vuestra casa; en ella os servirán; no la hagáis prisión, pues tan libre estáis que tenéis las llaves della. No, señor, no digas tal; deja que en esta ocasión haga la casa prisión, pues le va en ella tan mal. Muy bien se lo ha parecido; razón debe de tener, pues que prisión viene a ser donde está tan mal servido. Que es prisión yo lo confieso otra vez y con razón, donde vive el corazón y el entendimiento preso. Bien es que yo entre los dos ponga paz. Y yo la pido, que me confieso rendido. ¿Espinel? Sale Espinel. Gracias a Dios, señor, que he llegado a verte con vida. ¿Qué ha sucedido? Todo el caso se ha sabido. ¿De qué suerte? Desta suerte: para coger los caminos y saber lo que pasó, de aquella calle prendió la justicia a los vecinos. No faltó quien con verdad diese el punto al desengaño –¡oh, bien haya un ermitaño que vive sin vecindad!– y aquesta noche pasada la justicia nos rondó la posada; al fin entró en ella de mano armada. Preguntó por tu aposento y, diciéndole que habías faltado dél muchos días, le mandó abrir al momento, y, viendo que era un estrago, la ropa desenvolvieron muy corridos, porque dieron, como dicen, golpe en vago. Esperadme, que yo iré a informarme con buen modo en la provincia de todo, que yo sé que lo sabré. Tú no te salgas de aquí, Espinel, que fuera error. Preso como tu señor has de estar, porque, si allí hoy te hubieran conocido, buen descuido habíamos hecho, confiando de tu pecho lo que callar se ha querido. Esta es la hora que ya te hubieran dado tormento ¿Tormento a mí? ¡Lindo cuento! ¿Pues no? El tormento se da a hombrecillos de nonada, porque a mí, aunque me cogieran, sé bien que no me le dieran. ¿Por qué? Es cosa averiguada; no tienes que preguntarme. ¿Eres hidalgo? Sí soy, mas sin esa causa hoy sé yo otra para librarme mejor. ¿Cuál es? Yo la sé, y baste decir que a mí no me le dieran. ¿Ah, sí? ¿Eso sabes? Sí. ¿Por qué? Pues tanto aprietas, lo digo: confesara yo al momento y no me dieran tormento. Buen crïado y buen amigo. No hay amigo ni crïado, que, en llegándome a doler, ¡vive Dios que han de saber papa y rey cuanto ha pasado! No hagáis caso desto vos, que, si en la ocasión se viera, diferentemente hiciera. No hiciera tal, ¡vive Dios! Ahora bien, quedad aquí en tanto que mi cuidado vuelve de todo informado. Vase. Mucho me pesa que así esta posada os reciba y halléis lo primero en ella tal pesar. Doña Ana bella, antes fue bien que aquí viva tan vecino del consuelo, pues en esta casa he hallado a mis desdichas sagrado. Guárdeos Dios. Vase. Guárdeos el cielo. Pues ¿así la dejas ir? ¿Qué he de hacer? ¿Qué? Detenella, enamorarla y con ella engañar y divertir el retiro y la prisión. Desconsolado viviera en ella yo si no hubiera mujeril conversación. Donde hay mujer no hay pesar. Sí, pero ¿no echas de ver que esta mujer no es mujer? Yo no, si a considerar me pongo tu talle y cara. Vuelve, y echarás de ver que es mujer, y muy mujer. Espinel, mira y repara en que es mujer en quien vive de un grande amigo el honor, que me ofrece su favor, que en su casa me recibe, que sus espaldas me fía, que su hacienda no me niega, que sus secretos me entrega, que su opinión me confía. Conocerás luego aquí que esta mujer no es mujer, pues nunca lo ha de ser, a lo menos, para mí. Aun bien que en leyes de honor no llegan a los crïados titulillos tan honrados, y podrán tener amor en la casa del sofí, del persa y del Preste Juan. No podrán. ¿No? No podrán, y, por Dios que, si de ti que miras en casa sé una esclava, que te mate. Fuera grande disparate, pero no la miraré, si es eso cuanto procuras, pues puedo, sin ofenderte, enamorar. ¿De qué suerte? Dilo. Enamorando a obscuras; mochuelo seré de amor. Mi amistad sirva de ejemplo, que esta casa ha de ser templo de las aras del honor. Si ese decoro tuviera Gonzalo Bustos de Lara en su prisión, cuánto errara, pues Arlaja no le oyera; no oyéndole, no se hallara; si mejor se considera, preñada la mora arriera; no estándolo, no llegara a parir y, no pariendo la enamorada morilla, no naciera Mudarrilla y su ilustre sangre entiendo que por vengar se quedara no vengándose también. No hubiera en el mundo quien a Ruy Velázquez matara; no matándole, viviera con vida y alma traidora aquel bellaco; así agora mira tú qué bueno fuera. Atrévete tú también, galantea en lance igual, que tal vez un grande mal viene por un grande bien. Hoy de la opinión te sales de todos; no digas tal, porque un mal fiero y fatal es nuncio de muchos males; el que un mal ha examinado es bien que otro mal aguarde porque el daño es tan cobarde que anda siempre acompañado y así, no llego a sentir tan rendido a mi destino el mal, Espinel, que vino. Pues ¿cuál? El que ha de venir. Vanse. Sale don Diego. Amante que ha de volver con más sentimiento y quejas a pedir satisfaciones, ¿para qué se va sin ellas? ¿Para qué quien ha de verse humilde tiene soberbia? Quien ha de buscar, ¿se esconde? Quien ha de rogar, ¿desprecia? Y, al fin, al fin, ¿para qué quien ha de volver se ausenta? ¿Para qué en estos umbrales juré con lágrimas tiernas de no volver a pisarlos si, apenas lo dije, apenas lo pronuncié, cuando al punto el juramento quisiera quebrantar? Y es la verdad, pues, al tiempo que la lengua dice que no ha de volver a esta calle y a estas rejas, sin saber quién me ha traído, me vuelvo a mirar en ellas. tengo yo dos albedríos que uno permite otro veda si pues que yo mismo dije que no he de volver a verla y vuelvo a verla yo mismo sin saber por donde vuelva oh mal hayan los puntillos mal hayan las enterezas pluguiera al cielo doña ana que en aquel enojo hubiera creído disculpas tuyas pues si al fin he de creerlas no hubiera llorado el tiempo que se ha perdido en tu ausencia ¿Con qué ocasión entraré a hablarla porque no vea en mí tanto rendimiento? ¿Diré que vengo a dar quejas de que?... Pero no, que amante que llega a quejarse muestra sentimientos. Pues ¿diré no más de que vengo a verla? Sí, que en hombres como yo y en mujeres de sus prendas la correspondencia es bien que viva, aunque el gusto muera, pero es achaque a lo antiguo, que nadie hay ya que no sepa las amistades que tienen en pie las correspondencias. Mas ella viene; yo quiero hablarla aquí sin que entienda –ocasión me da el retrato– que siento tanto su ausencia. Corazón, esto se llama sacar fuerzas de flaqueza. Retírase a un lado y sale doña Ana y Inés. Digo que don Diego entró en casa. Albricias te diera si no fuera poco precio el alma de tales nuevas. ¡Qué gusto me has hecho, Inés! Si tú misma lo confiesas, ¿por qué, di, no le llamaste?, puesto que él quejoso era, y con razón. Necia estás, Inés, que la gracia es esa, que, teniendo él la razón, yo tiranice la queja, y él sin queja y con razón, sin que le llame, se venga. Novedad os habrá hecho Llega. la visita, mas es fuerza venir agora a cansaros, que, a no serlo, no viniera y, así, os ruego que me oigáis. ¡Hola! ¿Inés? ¿Señora? Llega silla a aqueste caballero, que visitas como estas de tan grande cumplimiento y que al fin se hacen por deuda (pagar me tiene la entrada) Aparte. no se reciben sin ellas. Sentaos y decid agora qué mandáis, que, si no yerran ideas, de haberos visto alguna vez se me acuerda. Sí habéis visto, y no me espanto que no conozcáis las señas, porque me visteis dichoso y ya los favores truecan las desdichas. De eso mismo he visto yo una comedia; pero, en efecto, señor, ¿qué buena venida es esta? Un recado que os traía de un caballero quisiera que me oigáis. Pues ya os escucho. Proseguid. Estadme atenta. Decid. Don Diego de Silva... Tened un poco la lengua. ¿Quién es ese caballero? No os puedo yo dar respuesta, que no sé quién es. Si vos me preguntarais quién era, yo lo dijera. Está bien, don Diego, ya se me acuerda. ¿Y qué dice el tal don Diego? Dice, señora, que besa vuestras manos... (¡Vive Dios que estoy mudo!). Aparte. (Yo estoy muerta, Aparte. pero beberá el veneno de quien visita por fuerza). ... y que viendo que el amor con alas de fuego vuela tan veloz que deja atrás al tiempo, y esto se prueba por muchos años de afecto, de amor y correspondencia, aun este instante de tiempo quiere el cielo que se pierda, olvidado de su agravio, dejando aparte las quejas (miente la voz si lo dice; miente el alma si lo piensa) Aparte. este retrato os envía, este soneto os entrega, lámina y papel que amor obró con tal sutileza que excedió el ingenio y arte, porque no es razón que tenga prendas él de vuestro gusto en depósitos de ausencia. Y dice más, que os lo envía para testimonio y prueba de que ya no sentirá que vuestras manos le tengan, que el tiempo que dilató remitir la tal presea fue porque entonces temía que le diera alguna pena saber que en vuestro poder estuviese, mas hoy llega a tan grande desengaño viendo la mudanza vuestra que él os le da y yo le traigo, porque mujer que así deja acreditada su culpa en manos de la sospecha, que no da satisfaciones a justificadas quejas, que estima el honor en poco, que no teme sus ofensas, que hace de su presumpción determinada evidencia, y que no busca, culpada, a quien con rigor se ausenta, ni quiere bien ni ha querido, y, así, la olvida y la deja, porque mujer sin amor, ¿qué se pierde en que se pierda? Levántase don Diego. Eso mismo, sin quitar y sin poner una letra, le dijo en cierto romance Bras a su querida Menga. Mas, don Diego, ya que es tiempo que hablemos todos de veras, volved a tomar la silla y, cuando por mí no sea a quien el recado trae, toca llevar la respuesta. Yo soy quien soy; vos tenéis de mí muy bastantes muestras, pues sabéis un favor mío cuántos desvelos os cuesta. Pésame que en tanto tiempo de amor y correspondencia, como vos decís, no hayáis conocido por las señas mi condición tan altiva que en sus presunciones llega a competir rayo a rayo con el sol y las estrellas, a quien en número y luces han vencido mis finezas. Y ya que tan al principio está la voluntad nuestra, en esta parte no más volveré a informaros della. Yo os dije que ese retrato me dio una amiga y que es fuerza callar el nombre; no hice en esto más diligencias para que vos lo creyeseis porque la verdad se prueba sin más testigos de abono que con ser la verdad mesma. Dadme que hubiera mentido en la disculpa primera, que yo os hubiera buscado y con estremos hubiera acreditado el engaño, que, como mentira fuera, la misma desconfianza no me dejara tan quieta hasta que la hubieseis vos creído, y es verdad tan cierta que tenemos las mujeres tanto gusto de que crean nuestras mentiras los hombres que solamente por esta ocasión hubiera hecho yo mayores diligencias. La verdad es la que os dije; si vos no queréis creerla, parte es también de verdad el haber dudado della, porque, si fuera mentira, con más ventura naciera. Mas, como no las usamos, no me espanto que os parezca imposible en mí el decirlas, como en vos el conocerlas. Decidme quién es la amiga y os creeré. Sí lo dijera si os importara el saberlo, mas quien viere aquí que es fuerza que me olvide quien no siente que yo este retrato tenga, ¿para qué ha de saber nada? Por esa razón, por esa merezco más la disculpa. No entiendo cómo ser pueda. Amante que dice agravios, celoso que dice quejas, olvidado que baldona, aborrecido que afrenta, desesperado que injuria y triste que desespera, ese siente, ese se abrasa, ese estima, ese desea, ese obliga, ese pretende, ese se rinde, ese ruega, porque a la lengua los celos les dieron esta licencia. Cobardes deben de ser, pues se valen de la lengua, mas dama que satisface y, ofendida, no se queja, agraviada, no se enoja, baldonada, no se venga, despreciada, no aborrece, aborrecida, no deja; esa perdona, esa admite, esa disimula o cela, esa adora y esa estima, esa quiere y esa precia, que es vil mujer la que a un hombre descubiertamente ruega, porque tiene la mujer tan altiva preeminencia que han de buscarla quejosos, y entonces con más finezas, y aun plegue a Dios que nos hallen de la suerte que nos dejan. Y, si volviera a buscaros al instante la fineza de un amante, ¿de qué suerte os hallara? Con mil quejas de que de mí se creyesen tan declaradas bajezas. Quien quiere, teme. Es verdad, y es bien que quien quiere tema perder el bien, pero no mudanzas tan manifiestas. ¿Pudiera desenojaros cuando rendido volviera? No volverá quien me dijo... ¡No lo digas! ¡Cierra, cierra los labios! Mas ¿si volviese? No sé entonces lo que hiciera. ¿Diérasle una blanca mano para que jurase en ella con homenaje de amor de no hacerte más ofensa? Para que jurase sí. ¿Qué mano le dieras? Esta. ¡Qué dicha! Toma la mano. Gracias a Dios que llegamos a la venta. ¿Y el retrato? Tenle tú hasta que al dueño le vuelva. Eso no, porque llevarle fuera durar la sospecha en mí. Quédate con él, y adiós, que temo que venga tu padre. Guárdete el cielo, como mi vida desea. ¿Podré fïarlo a sus ruegos? Sí, que entonces fuera eterna. Y aun será para adorarte poco tiempo, aunque lo sea. Adiós. ¡Oh, qué dulces paces! Vase. Adiós. ¡Oh, qué dulces guerras! Gracias a Dios que ya estamos en paz y, gracias a Dios, llegó el tiempo en que las dos ese retrato veamos. Descubre este encanto, esta sombra. Sepamos quién fue quien, sin qué ni para qué, tantos disgustos nos cuesta. Bien dices. ¡Ay, Dios! ¿Qué ves Mirando el retrato. ¿Cómo decirlo dilato? Inés, dime, ¿este retrato de nuestro huésped no es? Sí, señora, y el estar por una muerte escondido conviene con haber sido el que en aqueste lugar nos contó doña María. Si esto acaso se escuchara en una farsa, ¿faltara quien dijese que no había sido posible causar tantas cosas un sujeto?, que estoy rendida, prometo, a un pesar y otro pesar. Inés, ¿qué tengo de hacer, viéndome en esta ocasión en tan grande confusión, sin elegir, sin saber qué camino es el que siga que seguro puerto halle? Pues es forzoso que calle lo que es forzoso que diga. Si callo a don Diego yo que está en mi casa escondido un hombre que retraído vive en ella, ¿cómo no se ha de ofender con razón, cuando lo llegue a saber, de que yo pude tener alma, vida y corazón para guardar un secreto cuando en pecho enamorado no hay secreto reservado? Si con diferente efeto se lo digo, ¿quién podrá satisfacerle de mí, sabiendo que un hombre aquí a todas horas está, y más si adelante pasa el temor y llega a ver el retrato en mi poder y el caballero en mi casa? Callar aquí no es amar, y este yerro vendrá a ser el primero que mujer haya hecho por callar. Hablar aquí –¡triste quedo!– es advertirle, y no es justo, porque es de mi padre gusto que yo remediar no puedo. Despertar estos desvelos es hacer de noche y día una continua porfía de agravios, penas y celos. Hablar y callar temí y hablar y callar deseo; conmigo misma peleo; defiéndame Dios de mí. Pues, señora, el desengaño viva donde hay voluntad: la verdad siempre es verdad y el engaño, siempre engaño. Que la verdad es verdad confieso, pero también con la verdad yerra quien castiga la voluntad. Calla, que viene el señor huésped de espadilla allí. ¿Por qué le llamas así? Porque es huésped matador. Salen don Juan y Espinel. Un cuidado os vengo a dar. No será el primer cuidado que vos, don Juan, me habéis dado. Pesárame de llegar a ser tan necio que fuese causa yo, porque no es justo dar cuidado ni disgusto en esta casa. No os pese de eso a vos, porque no ha habido causa para haberos dado este cuidado cuidado, aunque para mí lo ha sido. Y ¿qué mandáis, en efeto? Solo os quisiera pedir, porque me importa salir aquesta noche en secreto a ver una hermosa dama –perdonad, que la licencia ha dado en vuestra presencia la disculpa de quien ama–, que vos se la deis a Inés de abrir la puerta. ¿Tan grave cuidado es ese? La llave da al señor don Juan después para que pueda salir, que yo sé en fineza tal –no de buen original como se suele decir, empero de buen retrato– que haréis en verla muy bien porque sé que os quiere bien y haréis mal en ser ingrato. Y, al fin, ¿hoy queréis salir? Al punto que espire el día. ¿Solo vos o en compañía? Espinel conmigo ha de ir, porque, delante de mí, si acaso acierto a encontrar la ronda, pueda escapar. ¿Mientras me prenden a mí? Muy buena piedad, por Dios. Y también quiero llevalle porque se quede en la calle mientras hablamos los dos. ¿Yo en la calle? ¿Quién te ha dicho que soy valiente? Detente, que tenerme por valiente es un galante capricho. ¿Qué valentía es estar para avisar si alguien viene? Pues, vamos, que ya previene una industria singular mi ingenio; no solo quiero avisarte diligente, mas de un escuadrón de gente guardar aquel barrio entero. Un alma no ha de pasar por la calle, no señor, ni otras diez en rededor, que yo las quiero guardar con mi capa y con mi espada no más. Venza a la fortuna la industria, y hoy para una que yo tengo fabricada convido a vuestras mercedes. Hombre no me pasará, porque yo haré... Pero allá, dijo Agrajes, lo veredes. Ruido dentro. La puerta abrieron, por Dios. Es verdad, y pasos siento. Espinel, a este aposento nos retiremos los dos. Vanse. Doña María es. Leal vendrá este instante, este rato a solo ver un retrato donde está el original. ¿Y piensas decir que aquí está don Juan? ¿Para qué? En decírselo no sé si acierto; en callarlo, sí, porque, si su gusto es que ella sepa dónde está, puesto que ha de verla allá, podrá decirlo después. ¿Y le has de callar también de su retrato el suceso? ¿Para qué ha de saber eso? Pareciome a mí que quien te fió su amor aquí saber el tuyo podía. Siempre fue doctrina mía que nadie tenga de mí qué callar, conque así yo, que a saber secretos vengo de todas, qué callar tengo, mas ellas de mí, eso no. Salen doña María y Juana. Las visitas de amigas [sextetos lira] dan más gusto y contento sin mayor cumplimiento. Más en eso me obligas, porque las amistades han de ser sin urbanas vanidades. ¿Cómo estás? Estoy buena, y siempre a tu servicio. Tu hermosura da indicio de que acabó la pena. ¿Cómo va? ¿Qué hay de nuevo? Apenas a contártelo me atrevo. Dos amantes tenía a un tiempo juntamente y, uno muerto, otro ausente, los dos perdí en un día. En nosotras es cierto que el ausente contamos por el muerto. No porque de mi olvido se queje el del retrato, mas porque tan ingrato conmigo ha procedido que a mí también se esconde sin avisarme cuándo, cómo u dónde. Él quizá lo desea; alentarte procura; podrá ser, por ventura, que aquí te escuche y vea el mismo del retrato. Sin él me iré, por no mirarle ingrato. ¿Que nada dél supiste? No, amiga, ni aun noticia del crïado que aquí se había quedado, con quien la ausencia triste a ratos divertía, ya tampoco sé dél. ¡Qué tiranía! Busquele, pero en vano. Esto hay en esta parte de que pueda avisarte. Y, dime, de tu hermano ¿cómo están los recelos? Muy malos. ¿Cómo así? Mátame a celos. Si supiera que había llegado aquí, no hubiera quien en casa cupiera. Pues ¿él de mi podía tener sospecha alguna? Como a eso me ha traído mi fortuna. De ti no sospechara cosa que indigna fuera, pero de mí tuviera queja evidente y clara sabiendo que he salido a la calle Mayor y aquí he venido. Pues no estás muy segura aquí de que te vea y tendrá queja. Aunque es cosa muy vieja decir, cuando la voz ocasión toma, esto del ruin de Roma y el lobo en la conseja, tu hermano en casa ha entrado. Escóndame este cuarto. Está cerrado; no entres en él. Abierto está. ¡Detente! Pues ¿sálesme al encuentro? Sí, porque es entrar dentro mayor inconveniente que verte aquí tu hermano. ¿Mayor inconveniente? Sí, y es llano. Poco de mí confías. Es mucho lo que guardo. Ya en esconderme tardo. Pues en corto venías, cúbrete con el manto, que no ha de conocerte. ¡Ay, cielo santo! Tápanse doña María y Juana, retíranse y sale don Luis. Señor don Luis, ¿qué es esto? Es la ocasión en que un rigor me ha puesto. No dudo yo, señora doña Ana, que tengáis esta locura a atrevimiento agora, pero mi amor examinar procura si a la osadía sigue la ventura. Si me he atrevido a veros sin temer enojaros y que airada me habléis, fue por saber que en ofenderos poco aventuro o nada, pues que siempre conmigo os vi enojada. Señor don Luis, ya vuestro estilo pasa de galán a grosero. ¿Con qué intento entráis en esta casa donde aun veloz el viento recela introducir un pensamiento? ¿Qué dirá esta señora amiga que ha venido a visitarme viéndoos entrar tan atrevido ahora en mi casa? Que quise aventurarme a morir; ya esa dama recatada sabrá lo que es amor. (¡Estoy turbada!). Sale don Diego. Seguí a don Luis celoso de miralle estar en esta calle, y a tanto el temor pasa que después le vi entrar dentro de casa; y, así, desesperado, sin reparar en nada, aquí he llegado. ¡Don Diego! (¡Ay, triste!). (La ventura mía le trajo). Aunque no ha sido cortesía introducirse cuando dos en conversación están hablando, esta vez fuera necio si no fuera descortés. (¡Muerta estoy!). Y de manera mi poco ingenio precio que he de ser descortés por no ser necio. Vaya, pues, adelante la plática; mi vista no la espante. Señor don Diego, que lleguéis agora (¡de cólera estoy loco!) a la conversación importa poco, pues lo público della no se ignora. Mas que lleguéis pensando que hacéis disgusto en el llegar... (¡Temblando estoy!). ...importa mucho, y así... (¡Cielos! ¿Qué escucho?). ...a quien imaginare que a mí me hace pesar cuando llegare a ver el sol en solo un pensamiento, un átomo, un intento, una imaginación, sabré... Salgamos de aquí, porque no estamos bien entre damas, para responderos. Calle la lengua y hablen los aceros. ¡Ah, don Diego! ¡Ah, señor! Veníos conmigo. Vase. Guiad vos donde ya os sigo. No seguirás. ¡Detente! Suelta, o harás que alguna acción intente contra tanto respeto. ¡Suelta, doña Ana! Ya ningún efeto que ha de ofenderme espero, como tú no le sigas. Si es que acaso te obligas Llega. de ruegos de mujer, por caballero, por noble y por amante, detenga tu furor el ver delante una mujer. Solicitáis en vano tenerme todas ya. Ved que es mi hermano. (Pues nada le detiene, Aparte. esto le detendrá). Mi señor viene. Ya no puedes salir sin riesgo mío. Pues en este aposento me desvío hasta que salir pueda y la ocasión el cielo me conceda de vengar mis agravios y mis celos. (Aun mayor confusión es esta, cielos). No entres aquí; detente, espera, aguarda. Todo te aflige, todo te acobarda: temores te concedo si me voy, si me escondo y si me quedo. Si me voy, te parece que a la muerte mi cólera me ofrece; si me estoy, que me encuentra tu padre, que ya entra; si me escondo, también. ¿Qué ha de ser esto cuando en tres confusiones estoy puesto? Bien puedes sosegarte, que yo, por detenerte y reportarte y porque no salieses, he fingido que mi señor venía, pero ha sido engaño. Bien has hecho, Inés, que el alma le volviste al pecho. Ya para ir tras don Luis, señor, es tarde. Sosiega. Con indicios de cobarde, ¿cómo un hombre pudiera sosegar, si otra causa no tuviera que aquí le detuviese? Yo he de saber, aunque al honor le pese, qué inconveniente había de entrar a este aposento quien temía que tu padre le hallase. (¡Que a tal estremo mi desdicha pase!). Porque el pecho turbado, torpe la lengua, el corazón helado, el labio temeroso, suspensa el alma, el ánimo dudoso, no sé si es mayor daño seguir mi muerte o ver el desengaño desta sospecha vil. Valedme, cielos, porque mi agravio aflige más mis celos Y aquí hallan los labios distinción entre celos y entre agravios igualmente me llaman y en vivo fuego el corazón inflaman allí examino injurias y aquí celosas furias allí ajenos rigores y aquí propios temores allí constantes daños y aquí contra horrores viles desengaños y, así, de dudas lleno, Tántalo de veneno, teniendo, a mi despecho, al cuello un lazo y un puñal al pecho, ignoro en mal tan fuerte, habiendo de morir, cuál es mi muerte. Don Diego, si me estimas, si a obligarme te animas, cree de mí que te adoro, que siento tu dolor, tu pena lloro, que agradarte pretendo, que no puedo agraviarte ni te ofendo, y no quieras saber por qué he tenido reservado ese cuarto, pues no ha sido ofensa tuya. Dasme más recelo con tantas prevenciones. ¡Vive el cielo, que he de saber quién el retrete esconde! (A mi gusto su enojo corresponde, porque saber deseo qué encanto es el que aquí)... (Mi muerte veo). Mi bien, señor don Diego, mira... ¡Todo soy rabia y todo fuego! ...que me pierdo y te pierdes de ese modo. Donde me pierdo yo, piérdase todo, que he de entrar a apurar en dudas tales mis penas, mis desdichas y mis males publicando mi voz en tanto dolo que con bien vengas, mal, si vienes solo. Jornada III Sale don Juan embozado y don Diego, las espadas desnudas, y tras ellos doña María tapada y doña Ana y las criadas. No es encubráis, caballero, [romance ó] que es en vano, vive Dios, porque a riesgo de mi vida tengo de saber quién sois. En vano lo solicita, osado, vuestro valor, porque de mi vida al riesgo tengo de callarlo yo. Llega presto. Caballeros, tened las armas, por Dios; mirad que está de por medio, poniendo paces, mi honor. ¿Así atropelláis mi fama? ¿Así, mi reputación? ¿Así a una ilustre mujer queréis destruir los dos? ¿Por lo que puede acabar mansamente la razón sin perder nadie, queréis que todo lo pierda yo? Don Diego, escucha, si pueden las alas del corazón enviar desalentadas algún socorro a la voz; y vos, ilustre don Juan, generoso huésped, vos no tengáis a liviandad dar esta satisfación a quien no es mi marido, y, pues noble y cuerdo sois, ya habréis visto que esto es, no sé si lo diga, amor, amor tan sin esperanza que es verdad que no llegó a tener de los deseos celos siquiera el honor. Mas, cuando se ve culpada una mujer como yo, siendo un átomo de ofensa, sombra de una presumpción, todo lo ha de aventurar, que para aquesto nació la que es principal mujer con honra y obligación para tener qué perder cuando llegue la ocasión. Defendiendo yo esta puerta y estando encerrado vos dentro del cuarto, mirad, mirad si tendrá razón de tener de mí don Diego, no recelo ni temor, sino evidencia y certeza de que he afrentado a quien soy. Volved por mí, pues vos fuisteis la causa; esta obligación tiene a cualquiera mujer el hombre más inferior; cuanto más el caballero, que parece que nació –es verdad, no lo parece– para defensa y favor, para amparo, para guarda, para columna y blasón del honor de una mujer, y esto le importa a mi honor. (¿En dudas tan imposibles Aparte. quién en el mundo se vio cercado de tantos males, viendo en mí, cuando llegó el primero, los que habían de seguirle, porque son eslabones unos de otros? ¡Qué duda! ¡Qué confusión! Si me descubro, es el riesgo de mi ausencia o mi prisión evidente; si porfío en encubrirme, es error, pues la opinión desta dama padece sin ocasión, pues, si lo callo, él, de amante, desesperado y feroz, ha de querer conocerme y es el peligro mayor). Señor don Juan, ¿qué dudáis? Hablad, que, si vos quién sois no decís, pues yo lo sé, habré de decirlo yo. De dos daños ya rendido aquí, siendo este el menor, me descubro. Descúbrese. (¡Ay, Dios! ¡Qué veo!). (¡Qué miro, válgame Dios!). (Donde busco desengaños, desdichas hallando voy). (¿Aquel no es don Juan?). (Señora, ¿puede eso dudarse?). (No. ¿Encubierto en esta casa don Juan? ¿Y me lo negó doña Ana, viendo el retrato?). (¿Qué es esto que viendo estoy? Este el dueño es del retrato que vi. ¿Qué agravio mayor? ¿Él escondido en su casa; el retrato en ella, y yo dispuesto a esperar disculpas? ¿Puede haberlas? ¡Plegue a Dios!). Caballero, antes que os hable, importa una prevención. Decid. Si vos me pidieseis aquesta satisfación, no os la diera, que no saben caballeros como yo dar satisfación a quien tiene con tanto valor la espada en la mano, y es bien el prevenir que vos no me la pedís, por eso Envainan. –guardad la espada– os la doy. Yo soy desta casa huésped; en ella escondido estoy por una desgracia, huyendo a la fortuna el rigor porque el deudo o la amistad de don Bernardo llegó yo a fiar mi vida dél y él de mi ausencia su honor. No le ofendiera por esto mi amistad, no, vive Dios, si me quitase la vida con mis proprias manos yo. Esto es verdad, y pensad sí, don Diego, que hombre soy que la trata, y si tuviera sola una imaginación ocupada en su belleza –cuando discurra mi amor, en esta parte atrevido, fuera de mi obligación– lo dijera, porque tengo por hombre de poco honor, de abatidos pensamientos, de baja reputación, a quien disimula dama que sola una vez miró un deseo, ¿qué es deseo?, una pasión, ¿qué es pasión?, un cuidado, ¿qué es cuidado?, una sombra, una aprehensión, un átomo, un pensamiento de otro gusto y de otro amor, cuanto más un desengaño como el que os he dado a vos. (¿Qué te parece, señora, la disculpa?). (¡Qué sé yo! De todo tiene. Volvamos a callar y a oír las dos). Señor don Juan, yo no dudo una verdad, pues en vos, en vuestro estilo y persona se descubre bien quién sois; pero un hombre enamorado de todo tiene temor, todo le asombra y espanta, y celos dicen que son antojos de aumento, que hacen cualquiera cosa mayor. No os pese de que los tenga en esta parte de vos, pues bien puede una persona dar celos al mismo amor. En cuanto a mí, yo confieso que ya satisfecho estoy; en cuanto a mi amor, no puedo, que es más descortés que yo; y, así, el amor es quien pide otra disculpa mayor. Decidme, vuestro retrato ¿qué delito cometió, que se vino a retirar a aquesta casa con vos? ¿Qué retrato? Uno que tiene doña Ana vuestro. Eso no, porque yo no se le he dado. Una amiga me le dio, que yo no digo quién es porque de mí se fió, pues, si ella quiere decirlo, puede tan bien como yo. Para que me satisfaga, don Juan, muchas cosas son y, mientras yo no os conozca, fuera necedad y error fiarme de vos. Decidme abiertamente quién sois y os creeré, y vos me tendréis para mandarme desde hoy, que hallaréis en mí un amigo de alguna satisfación. Hombre enamorado tiene disculpa en cualquiera acción, y, así, lo que os digo ahora tampoco os lo digo a vos, sino a vuestro amor, teniendo lástima de su pasión. Mi nombre es don Juan de Lara, caballero andaluz soy; di la muerte a un caballero porque ocasiones me dio. Llamábase don Fadrique de Silva. ¡Válgame Dios! Pues ¿qué os suspende? ¿Qué os turba y niega al rostro el color? Ninguna cosa. (Ya tengo, cielos, otra confusión. Don Fadrique era mi primo y mi amigo; el matador está en mi mano, fiado su secreto a mi valor. Aparte. No hay aquí ya más remedio, alma, vida y corazón, que callar, porque si aquí por entendido me doy, me toca satisfacerme y, no sabiéndolo, no). Señor don Juan, satisfecho de vuestra verdad estoy por ser hijo de ese aliento, por ser rayo de ese sol, y, así, de vos no me quejo porque de quien debo yo quejarme, me quejaré a su tiempo. Guárdeos Dios. Tampoco eso me está bien, porque, puesto en daros yo satisfación, por lo proprio que aquí le toca al honor de doña Ana, vos no habéis de dejar la obligación que tenéis, pues corre ya por mi cuenta, y la razón es esta; escuchadme agora: o me habéis creído o no; si me habéis creído, haréis mal en durar al dolor, pues cesó la pesadumbre donde la causa cesó; si es que no me habéis creído, clara mi ofensa se vio, pues tenéis por sospechosa mi verdad. Es gran rigor querer tasar de mi pecho los sentimientos, señor. Si no os hubiera creído, de aquí no me fuera yo ni os dejara; no queráis saber más desta ocasión para saber que os creí sino que os dejo y me voy. Y cuando en tanta sospecha tuviereis algún rencor y escrúpulo en vuestro pecho, aquí me hallaréis, y yo os daré donde queráis cualquiera satisfación. Si la hubiere menester, la pedirá mi valor, que la que yo he de tomar en algún tiempo de vos en otra parte ha de ser. A todo dispuesto estoy, y aquí me hallaréis, repito. Pues aquí os buscaré. Adiós. Vase. Tenle, Inés, porque de casa no ha de salir sin que yo le desenoje. ¡Ah, don Diego! ¡Mi bien, esposo, señor! Vanse las dos y sale Espinel. ¿En qué ha parado este caso?, que yo, porque no me viesen y por mí te conociesen, me retiré paso a paso, con lindo compás de pies, adonde he estado escondido. Eres tú muy prevenido en tales casos. Di, pues. ¿Qué hubo? Dudas y cuestiones retóricas y molestas, mil demandas y respuestas, quejas y satisfaciones, y, en efecto, se acabó mejor que yo había pensado. Llega doña María y descúbrese. No, don Juan, muy acabado, porque agora falto yo, que aquí dudé el descubrirme hasta agora por no echar a perder en tal lugar, más ofendida o más firme, la satisfación que vos disteis a aquel necio amante, pues, estando yo delante y padeciendo los dos una fortuna de celos, si a mí ofendida me viera, él no se satisficiera tampoco de sus recelos; y, así, estuve retirada, porque es peligrosa mengua que haya mujeres con lengua donde hay hombres con espada. (¡Válgame Dios! ¿Es tramoya?). Hermosa doña María, luciente blasón del día... ¡Tente, tente! (Aquí fue Troya). Pues ¿por qué desdén tan fiero? ¿Ha de cobrar la hermosura pensiones de mi ventura? Ingrato, mal caballero, descortés, villano, ¿es bien que, después de aventurar mi opinión, os venga a hallar donde mis ojos os ven? ¿Es bien, cuando tanta pena mi vida y mi suerte pasa, vos me perdáis en mi casa y yo os halle en el ajena? ¿Es bien, desagradecido, que en un peligro tan cierto ande mi honor descubierto y vos estéis escondido? Pues, para saber adónde estabais, fue menester que otro viniese a romper esta prisión que os esconde. Pero yo tuve la culpa, pues vuestro retrato di a la que me ofende así. Mi ignorancia me disculpa. ¿Supe yo que érades vos su amiga? No y, por pensar que era imposible llegar a vernos aquí los dos, no lo dije. Y, ya sabido que era tu amiga, ¿por qué ella me calló... No sé. ...que aquí estabais escondido? Estadlo, pues. No ha de ser quedando con tal cuidado. Sale doña Ana. Fuese don Diego enojado; no le pude detener... Mas ¿qué es esto? Es un rigor de dos luceros crueles. Troquemos los dos papeles en esta farsa de amor y di tú cómo pedía que me mandases abrir hoy la puerta para ir a ver a doña María. No, don Juan, no he menester satisfación tan liviana yo, porque antes a doña Ana la tengo que agradecer, que no culpar, pues su trato conmigo es tan liberal que me da un original en réditos de un retrato. Y es alcaidesa muy bella la que os tiene por confianza en prisión y sin fianza no os dejará salir della. Y, pues la puerta guardó porque no entrase también, no querrá que salgáis quien no quiso que entrase yo. Escucha agora a los dos satisfación. No ha de ser. Si la hubiere menester, yo vendré por ella. Adiós. Vanse doña María y Juana. Buenos habemos quedado, mi doña Ana y mi don Juan, sin la dama y el galán. ¡Perdí un dueño que he adorado! ¡Perdí una amada beldad! ¡Aquí murió mi esperanza! Dios la perdone. ¡Aquí alcanza sepulcro mi voluntad! Un remedio prodigioso dar quiero a vuestros cuidados. ¿Cuál es? De dos desdichados se suele hacer un dichoso. Doña Ana perdió por ti a su amante; tú por ella a tu dama hermosa y bella. Entrambos jugáis aquí la pretina y, pues engaños os ponen en tal rigor, quien hizo burros de amor, que pague al otro los daños. Necio remedio será. Yo, a lo menos, no podré aplicarle. ¿No? ¿Por qué? Porque no sale de acá. Vase. Ven conmigo, que hemos de ir a desenojarla. Vamos. Vanse. Salen doña María y Juana. Toma allá ese manto, Juana. Triste vienes. Vengo muerta. No tienes razón, pues viste satisfaciones tan ciertas. No admite satisfaciones quien está tan loca y ciega. Pues tu hermano viene aquí. Riñe con él ahora. Necia estás. ¿A qué mujer quieres que le falte una pendencia cuando la haya menester? Sale don Luis. Hermana, escúchame atenta, porque vengo a darte parte de mis desdichas y penas. Yendo en casa de doña Ana... (¡Ay, Juana, mas que nos cuenta lo mismo que habemos visto!). Aparte. ...a visitarla y a verla, entró tras mí un caballero que puede ser que en las señas conozcas; en fin, se llama don Diego de Silva. Espera, que no lo he entendido bien. ¿Quién estaba allí con ella? (Bien disimula). No sé; una señora encubierta. ¿Conocístela? No tuve ni cuidado ni advertencia, pero no es esto del caso. Pues yo juzgué que pudieras. En fin, ¿qué pasó? Él entró con la capa descompuesta, perdido el color, la voz turbada, torpe la lengua; no sé lo que dijo. ¡Ay, Dios! ¿Reñiste con él? Afuera le dije que le esperaba y estuve un rato a la puerta esperando. ¿Y él salió?, que de imaginarlo tiembla el corazón. No salió. ¡Ay, Jesús, que estaba muerta! Buenas nuevas te dé Dios. La verdad, hermana, es esta. Y, en fin, ¿qué quieres ahora? ¿Qué quieres que un hombre quiera celoso? Trazas y engaños que Amor, cauteloso, intenta: fingir que estás disgustada y que de mí tienes quejas, y vete en cas de doña Ana, que, siendo huéspeda en ella, podrás saber de su amor el estado. Esta fineza has de hacer, hermana mía, no habrá cosa que agradezca como que a su casa vayas, y con arte y con cautela el estado deste amante y deste celoso sepas. (Por la mano me ha ganado mi hermano). Aparte. ¿Qué estás suspensa? Estoy pensando qué quieres que en una mujer parezca de mi honor y obligaciones dejar su casa por quejas de su hermano. ¿Aconsejara cosa yo que indigna fuera a tu honor? Con una amiga de su calidad y prendas debiera hacerlo hoy el gusto cuando el disgusto no fuera. El gusto pudiera hacerlo por su misma conveniencia, pero el disgusto... No vayas, si eso te da tanta pena. ¿Cuándo has de hacer una cosa que te pida? Espera, espera; no te disgustes tan presto. Yo iré. Porque no te deba nada, no quiero que vayas. Pues yo quiero, aunque no quieras. ¿Cuándo ha de ser la partida? Luego. ¿Luego? Pues ¿qué esperas? ¿No ves que es de noche ya? Así tendrán por más cierta, siendo a deshora la ida, la causa que allá te lleva. (¡Oh, cuánto, hermano, me agradas cuando mi gusto me ruegas!). Vanse. Salen don Juan y Espinel. Quédate aquí, mientras yo hago en la calle la seña por no entrar dentro de casa. Bien puedes, seguro entras, porque no me ha de parar en la calle ni en la puerta hombre humano ni viviente aunque un ejército venga. ¿De cuándo acá tan valiente? Cuando esto verdad no sea, quéjate de mí. ¿Qué armas traes para tan grande empresa? Una daga y una espada. ¿Ves tú más? Aquí me espera, que, con esa confianza, he de entrar. Esta es la reja del patio, donde otras veces hablamos. Vase. Sea norabuena. Ya estamos, señor don miedo, en la estacada y palestra, de donde hemos de salir con la buena diligencia. Juego de manos parece y será la vez primera que el miedo juegue de manos, pues siempre las tuvo quedas. Salga de la guarnición de la daga, en que está puesta, luego una cuerda encendida, que, en la guarnición revuelta de la espada, nadie duda que aquí a lo obscuro parezca un mosquete, que, cargado, tiene calada la cuerda. La vaina venga también para que la horquilla sea deste mosquete mental y, puesto desta manera, a lo tudesco plantado, daré a todas partes vuelta. ¡Mosqueteros de la paz, árbitros de la comedia, todos somos de la carda y a todos pido clemencia! Sale don Diego. Salgo a buscar a don Luis a su casa, porque entienda que hoy no dejé de seguirle por temor de sus bravezas, sino por otras desdichas que siguieron la primera, y bien se conoce, pues, si se mira con más fuerza, no le viniera a buscar solo a su casa, y quisiera hallarle presto por dar desocupado la vuelta a ver qué quiere doña Ana, que por un papel desea con grande encarecimiento que vaya esta noche a verla diciéndome que esta noche me tendrá la puerta abierta. Vuesa merced, caballero, en cortesía se vuelva y pase por otra calle, que hay inconveniente en esta y emboscada que le hará que luego al punto se vuelva, o la boca de un mosquete lo dirá de otra manera asestando con dos balas que son de su boca lengua elegante. Caballero, mucha prevención es esa para que un hombre os responda que acaso a esta parte llega con su capa y con su espada y, si me importara en ella entrar, ¡vive Dios entrara por aquesa causa mesma! Y, si queréis ver si tengo ánimo y valor, depuesta la ventaja, con la espada defended la entrada della. Para haber de deponer la ventaja, no viniera cargado desde mi casa con un mosquete que pesa cien arrobas. Vuesarced, pues habla tan bien, se vuelva, ya que no aventura nada. Yo lo haré, como se entienda que me voy por no importarme pasar por aquí, y aquesta acción tan aventajada no la tengáis a flaqueza. No tendré sino a gordura. (¿Con mosquetes a la puerta de don Luis la misma noche que ha tenido una pendencia? Miedo gasta, mas de día le buscaré, porque vea cómo se ha de recatar de los hombres de mis prendas). Vase. Lumbre ha dado la invención sin poder dar lumbre; buena es la industria. Sale don Luis. (Ya mi hermana con doña Ana en casa queda. Yo vengo agora a mudarme por volver a dar la vuelta a la calle, a ver si encuentro a aquel caballero en ella que hoy no salió de cobarde). Hidalgo, sea quien sea, por otra calle habrá paso, que está muy cerrada esta. ¿Quién lo dice? A la pregunta, si quiere llevar respuesta, la de un mosquete lo dice. Tened, no caléis la cuerda, que para un hombre no más ya es mucha ventaja esa. Si un hombre no más estorba, un hombre no más se vuelva, que un hombre no más lo pide. Es demasiada llaneza querer que un hombre no entre en su casa. Quizá es esa la causa que aquí me tiene. Obedeceros es fuerza, mas ya sé quién os envía. Sabed muy enhorabuena. Que quien no tuvo valor hoy para salir afuera y se quedó entre mujeres no es mucho que temor tenga tan grande que con mosquetes me venga a rondar las puertas, pero yo le buscaré de día y haré que sepa lo que ha de hacer. ¡Que esto, cielos, en la corte se consienta! Vase. Viendo un mosquete a la vista, el más alentado tiembla. Sale don Juan. (¡Que no haya doña María querido escuchar siquiera disculpas! Con Juana estuve hablando por esas rejas y dice que no está en casa su ama. En fin, ella se niega. Don Luis sin duda me ha visto en su casa, y así intenta darme muerte. Pues ¡restado muera yo y matando muera!). ¿Quién viene? ¿Quién va? ¿Es don Luis? ¿Señor? Espinel, ¿qué intentas? Guardarte la calle. Necio, ¿qué es esto? Un mosquete en pena, pues fantástico no más tiene sola la apariencia. Pues ¿con escándalo tal me destruyes? ¡Loco, bestia, vil, cobarde! ¡Vive Dios, que tengo mucha paciencia si por tan necia locura no te rompo la cabeza! No me sigas, que no quiero verte en mi vida. Vase. No sea. Vuelvan todas mis alhajas a su forma y su materia. Iré tras él y, aunque tarde, a casa daré la vuelta. Vase. Salen doña Ana y doña María. ¡Quién dijera que podía rodearse de manera el suceso que viniera yo a agradecerte en un día pesares tuyos, María! Y aqueste te he agradecido por haber la causa sido de haberte visto otra vez donde al amor hago juez que en nada te he deservido, porque callarte que estaba don Juan escondido aquí fue por ver que a mí de mí él su secreto fiaba y, como don Juan callaba que tú el retrato me diste porque tú me lo dijiste, así te callé también lo que él me dijo. Está bien, mas piensa que no consiste el sentimiento en razón, pues un celoso sin ella por todo, amiga, atropella. No quieras otra ocasión de mayor satisfación de que don Juan ha salido de casa; a buscarte ha ido quejoso, ofendido y loco, y no me tengo en tan poco que lo hubiera consentido si una palabra siquiera de amor le hubiera escuchado ni él, si lo hubiera pensado, tan libremente se viera que a buscar otra se fuera. Más satisfación no espero. Sí, que al dominio primero no volviera, aunque huyó esquivo, de cautivo fugitivo voluntario prisionero. Salen don Diego y Inés. Aquí mi señora está. Entra, no tengas temor. Don Bernardo, mi señor, está recogido ya, la noche tiempo te da y ella el lugar te procura; tiempo y lugar asegura. Y ¿qué me vendrá a importar el tener tiempo y lugar si me falta la ventura? Vase Inés. Ya estamos, señor don Diego, solos, que doña María es mitad del alma mía. Escuchadme atengo, y luego, ya que a tanto estremo llego, me responderéis, y así saldremos los dos de aquí o satisfechos o no. ¿En qué os he ofendido yo? ¿Qué queja tenéis de mí? No os habéis asegurado de una vana presumpción viendo la satisfación que a vuestros celos he dado? Doña Ana, yo no he quedado, yo lo confieso, celoso, mas de vuestro amor quejoso sí, con bastante ocasión... Poned la queja en razón. Escuchad: un cauteloso pecho ha tenido un secreto tan recatado de mí que jamás capaz me vi de su causa ni su efeto, y amor que guardó secreto ni fue amor ni serlo pudo, y así, esas finezas dudo cuando a ver, doña Ana, llego que Amor, que en todos fue ciego, en ti solo ha sido mudo. Don Diego, mayor fineza fue callar una mujer lo que te pudo ofender causándote más tristeza, y así, el callar fue firmeza de mi amor por escusar tu tristeza y tu pesar; saca, pues, deste conceto que quien te calló el secreto es quien más te supo amar. No es, que la que me calló el secreto, afirmo y digo que ha sido doble conmigo, aunque el pesar me escusó, pues quien el pesar me dio, de toda traición desnudo, yo no ignoro ni lo dudo que a la amistad satisfizo, pues en no callarlo hizo de su parte cuanto pudo. Más fácil es el hablar que el callar en la mujer, y, pues yo llegué a escoger, donde hay razón de dudar, lo difícil, que es callar, de mi parte hice, no dudo, más; pues si, el pecho desnudo, hizo entonces el que habló lo que pudo, el que calló hizo más de lo que pudo. Sale Inés alborotada. ¡Ay, señora! Muerta vengo. Inés, ¿qué dices? ¿Qué tienes? Vino de fuera don Juan agora y me dijo: «Advierte que Espinel se queda fuera porque lejos de mí viene. Baja a abrirle de aquí a un rato». Yo bajé. Y bien, ¿qué sucede? Estaba embozado un hombre en la calle –¡mal hubiesen las comedias que enseñaron engaños tan aparentes!–; díjele si era Espinel; dijo que sí, entró y halleme que no era Espinel. Y ¿adónde está el hombre? Escucha, advierte, que hay más desdichas. Di voces, y el mayor daño es aqueste: que despertó mi señor y, al escuchar que anda gente, se levantó de la cama y, a la luz escasa y breve que entraba a este cuarto vi... Mas ¿qué he decir, si él viene? Don Diego, procura, ¡ay Dios!, retirarte y esconderte porque, hallándonos mi padre sosegadas desta suerte hablando a las dos, verá que éramos nosotras. Vete. Mal sé la casa, mas ya miré en el cuarto de enfrente una luz y allí podré retirarme y esconderme. ¡Solo me resta saber, cielos, qué embozado es este! Retírase don Diego y sale don Bernardo con espada desnuda. ¿Quién estaba agora aquí? Doña María, que viene a estar conmigo. Ya sé cuanto en eso decir puedes, mas no era doña María la que estaba solamente, que un hombre salió de aquí. Señor, ¿qué dices? Advierte que nosotras dos no más. Dadme aquesa luz. Detente. Que desta suerte he de ver mi desengaño o mi muerte. Toma una de dos luces que habrá y vase. ¡Ay, triste de mí! ¿Qué haremos? ¡Qué de males me suceden! Pero, viniendo el primero, ¿cuándo menos que estos vienen? Éntranse y sale don Luis. Las voces de la criada toda la casa revuelven. Mal hice en aventurarme, mas ya estoy dentro; no puede escusarse: aquí me escondo y venga lo que viniere. Vase y salen don Diego y don Juan. Señor don Juan, pues que sois un caballero que tiene obligaciones y sabe las que en tal caso se deben a un hombre que en vuestras manos pone su vida, valedme en esta ocasión, que yo os doy palabra que puede mi amistad favoreceros con otra no menos fuerte. Con doña Ana estaba hablando cuando su padre nos siente; quise esconderme y hallé abierta esta puerta; entreme donde estáis: mi dicha ha sido si esa piedad me concede algún lugar donde esté escondido. Detrás de ese pabellón podéis estar, y presto, que siento gente, que en ocasiones de amor, cuando escusarse no pueden los lances, sé yo muy bien el amparo que se debe a un amante y a una dama. Escóndese don Diego y sale don Bernardo. Señor, pues ¿vos desta suerte? ¿Dónde vais? Buscando un hombre que, corriendo velozmente, desde mi cuarto se vino huyendo y se ha entrado en este. Aquí ningún hombre ha entrado; solo estoy, no me parece que sentí ruido. Yo sí, que seguí sus pasos leves y a la vislumbre vi el bulto. Pues yo os afirmo que en este cuarto estoy solo. Me dais ocasión en que sospeche, don Juan, que erais vos. Señor... Porque veros de esa suerte, a tales horas vestido, negando lo que no puede dejar de ser, pues yo mismo le vi entrar, claro me ofrece que erais vos. Yo vengo agora de fuera y, por evidente seña, no vino Espinel conmigo, para que llegue a haber testigos de todo, y con esto solamente respondo a las dos preguntas de estar vestido y de verme entrar y, cuando yo fuera, decidme, ¿qué inconveniente fuera decir que era yo? El daño, don Juan, es ese, en negarlo y, pues negáis lo mismo que claramente ven mis ojos, mayor daño hay aquí del que parece: yo os vi salir de mi cuarto. Pues muera yo infamemente a manos del más amigo si yo fui quien os parece. Pues otro fue y está aquí, y sois de cualquiera suerte, ya encubridor y ya reo, a mi honor ingrato huésped. Reportaos, porque yo, en todo cuanto se debe a vuestro honor y respeto, sé cuerda y honradamente cumplir mis obligaciones. Pues perdonadme que entre a ver aqueste aposento, que mi agravio no consiente menores satisfaciones. (¡Hay más desdichada suerte! ¿Quién en tal lance se ha visto? Aparte. Si le defiendo que llegue, me hago cómplice en su agravio; si le permito que entre, falto al amparo y palabra que di de favorecerle). ¿Qué pensáis? ¿Son casos estos para admitir pareceres? ¡Vive Dios que le he de ver! Detente, señor, detente. No has de verlo, vive Dios, que a ti también te conviene. ¿Vos me defendéis la entrada en mi casa? Sale doña Ana y doña María. (Si suceden Aparte. dos daños, es el menor el que ha de elegirse siempre. Una industria con mi padre este peligro remedie). Señor, si quieres saber quién estaba en mi retrete, don Juan era. ¿Yo? Don Juan, no es tiempo de que lo niegues. Él es de doña María amante, y por eso viene ella a mi casa cual ves, por poder hablarle y verle. Por ella le sucedió la desgracia que le tiene retraído. ¿No es verdad? Eso ¿quién negarlo puede si yo misma confieso? Sale don Luis. (¡Ya disimular no puede más mi sufrimiento, cielos!). Nadie se admire de verme, que yo diré cómo estoy escondido desta suerte. Yo he venido, don Bernardo, por mi hermana, que presente está y, faltando de casa, no supe dónde estuviese, y, por saber si aquí estaba, rondé la calle mil veces. Estando en ella, bajó una criada, y llegueme diciéndola que era un hombre que esperaba, y, así, entreme hasta aquí, donde ya he visto mis desdichas claramente, pues he visto a un hombre aquí por quien mi opinión padece causando en mi misma casa mil escándalos y muertes. Y, aunque agora esté en la vuestra, tengo de satisfacerme. Empuña la espada y detiénele don Bernardo. Tened la espada, don Luis, que, si vuestro agravio es ese, os estará a vos muy bien la satisfación que tiene, si le da a doña María mano de esposo. Tú mismo me rogaste que viniese, que no quería venir y, para satisfacerte, le doy la mano de esposa. Ya el callar es conveniente y, pues por vos, don Bernardo, quiero que mi agravio cese, cese también la ocasión que tan confusos nos tiene. Dadme, pues sabéis de mí quién soy y que la merece mi sangre, a doña Ana. Yo gano en eso. Sale don Diego. Pues quien pierde se descubra, que ya aquí no es mayor daño la muerte que todos me podéis dar que casarse. Si viniese con vos aquel gentilhombre cargado con el mosquete, pudiera ser vuestro amor que con eso se saliese. Eso es achacarme a mí los temores que tú tienes. Van a acometerse y embarázalo don Bernardo. Dentro de mi misma casa –¿qué encanto, cielos, es este?– una pendencia y un hombre de cada razón procede. Sale Espinel. Si quieres que yo te saque de todo, oye atentamente. El mosquetero fui yo que burló a vuestras mercedes. Don Juan y doña María ha mil años que se quieren; ya están casados. Adiós. Don Diego y don Luis pretenden a tu hija; elija ella el que mejor le parece. Esto conviene a mi honor y, así, don Diego merece mi mano. Dichoso soy y, por pagar lo que debe hoy a don Juan mi amistad, yo le perdono la muerte de don Fadrique, pues soy la parte a quien le compete. Ahora entro yo con Inés, porque vean desta suerte que no viene solo un mal, pues tantos juntos nos vienen el día que nos casamos. Perdonen vuesas mercedes.