Pedro Calderón de la Barca El Faetonte Comedia famosa Personas que hablan en ella FAETÓN. EPAFO. BATILLO. TETIS. AMALTEA. DORIS. SILVIA. ADMETO. ERIDANO. APOLO. CLIMENE. [GALATEA.] [IRIS.] Ninfas. Unos embozados. Tres coros de música. Soldados y acompañamiento. Jornada I Salen FAETÓN y EPAFO, vestidos de villanos. ¡Hermosas hijas del Sol, bellas náyades, a quien ninfas de fuentes y ríos Neptuno ha dado el poder en los minados cristales, que de su centro se ven anhelando por salir y anhelando por volver! ¡Bellas hijas del Aurora, dulces dríades, en quien ninfas de flores y frutos depositó el rosicler de sus primeros albores en la iluminada tez, que dio la nieve al jazmín y la púrpura al clavel! ¿Quién nos busca? ¿Quién nos llama? Quien pretende que le deis... Quien que le deis solicita... ...un felice parabién. ...una alegre norabuena. ¿De qué, sepamos? De que la divina Tetis, hija de Neptuno, que el dosel tal vez de nácar trocó a la copa de un laurel. De que Tetis, hija bella de Anfitrite, que tal vez trocó su nevado alcázar a este divino vergel. A cuya deidad rendí. A cuya beldad postré. Desde que la vi una aurora estos campos florecer. Desde que un alba la vi estos cristales vencer. Ser, vida, alma y libertad. Libertad, vida, alma y ser. Hoy, o miente aquel escollo que su triunfal carro es, costeando viene la orilla. Hoy, si no es que miente aquel peñasco que su marina carroza otras veces fue, viene arribando a la playa. Y puesto que la debéis vasallajes de cristal. Y puesto que aumentar veis la copia de vuestras manos al contacto de sus pies. En muestras del alborozo. En albricias del placer. Su belleza saludad. Salva a su hermosura haced. Sí haremos; pues cuando no fuera, Eridano, por ser deidad nuestra, por deidad tuya lo hiciéramos, que en las hijas del Sol tienes (la oculta causa no sé) tan ganados los afectos, que hemos de favorecer siempre tus hados. Sí haremos, por ella, Epafo, y porque en las hijas del Aurora afecto adquieras tan fiel, que han de valerte. [Aparte.] Y más yo, que de Eridano crüel, contigo el amor de Tetis tengo de desvanecer. Pues ya, divinas deidades, que hacéis vuestro mi interés. Pues ya, divinas deidades, que tanto favor me hacéis. Lógrese, al ver que en el mar allí descollar se ven. Cuatro o seis desnudos hombres de dos escollos o tres. Descúbrese el mar con el escollo cerrado. Lógrele, al ver que en la tierra los riscos que acercar veis. Hurtan poco sitio al mar, y mucho agradarle en él. ¿Escucháis desotra parte... ¿Desotra parte atendéis... ...otros coros? ...otras voces? Dríades deben de ser, que al concepto de sus hojas la saludarán también. Al compás de sus cristales náyades serán, que hacer querrán silva a su hermosura. Ábrese el escollo donde está TETIS sobre un pescado, y DORIS en tercero de ninfas. Pues aunque en favor estén de Epafo, mi opuesto hermano, cantad vosotras; porque celosas ya de su ausencia, viendo el peñasco mover. Cuando lo sienten las ondas, batido lo diga el pie. Pues aunque Eridano sea a quien sus favores den, proseguid; porque la espuma de envidia se vuelve al ver. Que por boca de las piedras, la agua repetida es. Y pues ya mirar se deja, volved al acento. Y pues ya se permite mirar, a la música volved. Cuatro o seis desnudos hombres de dos escollos o tres. Hurtan poco sitio [al mar, y mucho agradarle en él.] No ceséis porque ellas canten. Porque canten, no ceséis. Cuánto lo sienten las ondas, batido lo diga el pie, que por boca de las piedras la agua repetida es. Ya que de fuentes y flores las hermosas ninfas veis, de Amaltea conducidas y de Galatea romper el aire en sonoro aplauso de mi vista, responded a sus canciones. Sí haremos, y más al reconocer que para ser norte tuyo, de aquel monte en la altivez. Modestamente sublime, ciñe la cumbre un laurel. Bajan al tablado y ciérrase el mar. Pues a su falda salgamos, obligadas de que esté. Coronando de esperanzas al piloto que le ve. Ya que a mi ruego, divina Tetis, viendo amanecer hoy al sol del mar, y que hoy en ti nace el día al revés; ya que a mi ruego, divina Tetis, te pido otra vez, con sus ninfas Amaltea ufana, llega a ofrecer sus triunfos; por ella, y no por mí, los admite, en fe de que corridas las flores apenas se atreven; pues, como huyendo de tus labios. Al sagrado de tus pies, confusas entre los labios las rosas se dejan ver. Bien que a tu vista pudieran atreverse a parecer. Bosquejando lo admirable de su hermosura crüel. No, que al revés sale el día, yo, bella Tetis, diré, que donde amaneces tú, es solo el amanecer; mas diré que, al ruego mío, agradecida también Galatea, sus cristales te rinde en tributo, bien como alma de sus países, en quien cada arroyo es. Sierpe de cristal, vestida escamas de rosicler. O aquel lo diga, que huyendo de la nieve de tu pie. Se escondía ya en las flores de la imaginada tez. Vuestras dos nobles lisonjas igual admito; que aunque en agradecer a dos peligra el agradecer, no en mí se entiende, que siendo quien soy, no puede correr riesgos de ser dividida la reconocida fe. ¡Pluguiera a Amor!; pero esto es mejor para después, que si respondiendo a entrambos, qué a tierra me trae, diré. Nubes rompiendo de espuma alado lino bajel. Risco fácil, solo a dar sin favor y sin desdén. Señas de serenidad, si al arco de Amor se cree. Quien sabe que no merece, merece en no merecer. Harto espera en esperar quien no espera merecer. Conque a mi humildad le basta. Conque le sobra a mi ser. Que digan por mí las flores. Por mí las fuentes también. Confusas entre los lirios las flores se dejan ver, bosquejando lo admirable de su hermosura crüel. Sierpe de cristal, vestida escamas de rosicler, se escondía ya en las flores de la imaginada tez. Hasta acompañaros, yo os puedo favorecer; y así, en obsequio de tanta dulce salva, estimad que... Modestamente, sublime, ciñe la cumbre un laurel, coronando de esperanza al piloto que le ve. Con tal favor alentad. A tal dicha responded. Sea uniendo a sus dos coros la armonía de los tres. Todos los COROS cantan. Cuatro o seis desnudos hombres de dos escollos o tres hurtan poco sitio al mar, y mucho agradable en él, cuando rompiendo de espumas, velero, sino batel. Dentro. ¡Al monte, al valle, a la selva! ¿Qué ruido es este? Salen huyendo BATILLO, SILVIA y villanos. Corred, pastores. Corred, zagales. Dentro. ¡Al risco, al valle! Detén, Batillo, el paso. Tú, Silvia, detén la planta también. Yo lo hiciera, a no llevar otra gran cosa que her, que importa más. ¿Qué es? Hüir. Yo lo hiciera, a no tener otra gran cosa, que es más mijor que esa. ¿Qué es? Correr. No os habéis de ir sin decirlo. Batillo, si ello ha de ser, si ves que turbiada estó, ayúdame tú. Sí haré. Ya sabéis que en este monte. Monte en este ya sabéis. Pudo verse, ha muchos días. Muchos se pudo ha días ver. Una crüel fiera horrible. Fiera horrible una crüel. Que es dél el mortal asombro. El mortal asombro que es dél. Ques sabiendo su terror. Su terror sabiendo, pues. Admeto, rey de Tesalia. Tesalia Admeto de rey. De su valor persuadido. Su valor suadido per. Por ver si hay más que matalla. Matalla si hay más por ver. Fue al amanecer a caza. Fue a caza al amanecer. A la primer, pues, batida. Pues batida a la primer. En la red cayó la fiera. Cayó en la fiera la red. Romperla pudo feroz. La pudo feroz romper. Y correr, sin que ninguno. Ninguno, y sin que correr. La dé, ni dar pueda alcance. Alcance, ni darla dé. Y haciendo cien mil estragos. Tragos mil haciendo, y cien. En cuantos a ver alcanza. Alcanza en cuantos a ver. Se entró al monte, con que ambos. Ambos al monte, con que. Mos los dejamos allá. Por siempre jamás, amén. Dentro. ¡Al monte, a la cumbre, al llano! Talad, penetrad, romped su centro, que he de seguirla. Hasta morir o vencer, ya que las blandas delicias de tierra trocar se ven en escándalos, pasando a ser pesar el placer, vuélvete, señora, al mar. Cuantas veces escuché de aquesta fiera el horror, tantas entre mí pensé el ser quien libre a Tesalia de sus asombros; y pues me halla hoy en tierra el acaso de haberla visto, no sé si el no conseguirlo pueda acabar con mi altivez. Diana a Delfinio mató en el mar, que de hombre y pez era monstruoso aborto; y si allá en las ondas fue tridente el venablo, hoy tengo en su oposición de ver si el tridente también mío venablo en sus selvas es. Y pues por aquella parte la va acosando el tropel, al guarecerse por esta, la he de salir al través. La que pudiere me siga. Vase. ¿Quién ha de dejarte? Quien se estuviere queditito como yo. Y aun yo también. Vivo escudo de su riesgo delante della seré a todo trance. Y yo y todo. No harás tal. Suelta. Detén, el paso aleve; que no has de seguirla tú. Si ves que es empeño y cariño, ¿cómo me he de detener cuando otro hacia el riesgo va? ¡Ha falso! ¡ha fiero! ¡ha crüel! ¡Que a no ser cariño antes, no fuera empeño después! Mal haces en apurar a quien se disculpa, que es querer que pase a grosero, no mantenerle cortés. ¿Quién te ha dicho que no son grosería de peor ley cortesías afectadas? Pues siendo así que a perder yo nada voy, suelta, suelta. Sí haré, villano, sí haré; que no es tuya, no, ¡ay de mí!, la culpa, sino de aquel que encontrándote sin más padres que la desnudez de hijo espurio de los hados, piadosamente crüel te crió con tantas alas, como dicen la esquivez con que desdeña deidad, a quien Júpiter después del imperio de las flores dio la copia. Dices bien, y pues de las flores fruto somos los dos, yo al nacer y tú al vivir, aprendamos de ellas. ¿Qué hemos de aprender? Yo, que pueden ser mañana pompas las que hoy sombras ves; y tú, que hoy puedes ver sombras las que eran pompas ayer. Vase. Aprended flores de mí, nunca encajara más bien. No todo se ha de glosar. ¡Oh, plegue al cielo, crüel, falso, fementido, aleve, sin lustre, honor, fama y ser, villano al fin, mal nacido, que esa soberbia altivez de tu presunción castigue su mismo espíritu!, y que della despeñado, digas... Dentro ADMETO. ¡Ay de mí, infeliz! Mas ¿quién mis sentimientos prosigue? Diana, yo te ofrezco hacer sacrificio de la fiera, como tú amparo me des. Un hombre, a quien su caballo, rompiendo al freno la ley, de sí arroja. En el estribo mal engargantado el pie, le arrastra. Eridano, puesto delante, le hace torcer. Con que embazado en las matas el bruto, carga con él en brazos. Tan noble acción ver no quiero, por no ver que de quien me trate mal nada me parezca bien. Vase y sale FAETÓN con ADMETO en los brazos. [Aparte.] (Perdone esta detención Tetis, que primero es el primer riesgo.) Ya estáis en salvo; alentad, volved en vós. Pero sin sentido ha quedado. Socorred, Bato, Silvia, aquesta vida en tanto que yo a correr en el alcance de Tetis al monte vuelvo. Crüel fortuna, no haya perdido, por un rigor una vez y otra por una piedad, la ocasión de merecer algo en su servicio. ¡Buena carga nos deja, pardiez! ¿Qué hemos de her con él, Batillo? ¿Pues qué hay, Silvia, más que her con un muerto, que dejalle en la tierra? Dices bien, y aun otra razón hay más. ¿Qué es? Que nunca he visto que esté de humor un difunto para entretenerse con él. Dentro. Aquel ribazo atraviesa la fiera. ¿Aquesto más? Ven conmigo. Vamos. Seor muerto, guarde Dios a su merced. Vanse y sale EPAFO. ¡Al monte, a la cumbre, al llano! Todos sus cotos corred, que se ha perdido de vista entre la maleza el Rey. ¡Al llano, a la cumbre, al monte! En la enmarañada red de troncos, peñas y jaras a Tetis perdí: no sé qué senda en su alcance siga. ¡Ay de mí, infeliz! Mas, ¿qué triste mísero lamento me suspende? Socorred, cielos, mi vida. ¿Qué miro? La venerable vejez de un anciano caballero allí yace, al parecer fallecida; ¿qué valor no se mueve a socorrer a un afligido? Dentro TETIS. De mí mal te podrán defender, ni por lo veloz la planta, ni por lo feroz la piel. Mas ¿no es de Tetis aquella voz? Tras sus ecos iré. ¡Qué mal me aliento, ay de mí! Pero llamado otra vez de aquel gemido, mal puedo dejar de acudir a él. Seguirte tengo, horroroso monstro. Empeñada se ve, tras ella iré. ¡Ay infelice! Mas ¿cómo puedo no ser piadoso con un anciano, siendo así que no escuché voz en mi vida que más me haya podido mover? Dioses, aliento me dad. Cielos, mi vida valed. Sí harán, pues en dos balanzas de amor y lástima, el fiel, a pesar de amor, declina a la lástima. Ya sé, valiente joven, que os debo la vida; que aunque al caer perdí el sentido, no tanto que no advertí, no noté vuestro socorro. Dentro ERIDANO. El caballo despeñado está allí. Y él de un villano en brazos. Sale ERIDANO y otros. Danos a todos, señor, los pies. ¿Qué ha sido esto? Haber debido la vida a este joven; pues me despeñara, si no hubiera sido por él. Mi valor no ha de jactarse de acción que suya no fuese, y así, señor, advertid que a mí nada me debéis, sino haberme detenido. Y pues ya seguro os veis con mejor favor que el mío, perdonad; que voy a ver dónde otro empeño me llama. Oíd, que hasta en no querer que le agradezca la acción, generoso el joven es; sabed quién es. Hasta eso, yo, señor, os lo diré. Hijo es mío, y es verdad, pues son Eridano y él hijos míos desde el día que con ellos consolé la pérdida de Climene. Pero, ¡ah memoria!, no es esto para aquí. Esperad de mí, él y vós tal merced, que iguale al servicio. Solo la que os quisiera deber, es, señor, que a repararos en mi pobre albergue entréis, si no por el más capaz, por el más cercano. Quien le debió a un hijo la vida, que os debe a vós será bien el hospedaje. Guiad, ya que es forzoso hacer del monte ausencia, hasta tanto que pueda tornar a él en demanda de esa fiera, que no tengo de volver sin ella a la corte. Creo que ya de ese empeño estés libre a estas horas. ¿Cómo? Como a un villano escuché, que de los montes venía. ¿Qué? Que Tetis bella, al ver que vós la seguíades, quiso seguirla, señor, también, y de su valor no dudo la alcance y la mate. Pues si ella se empeñó por mí, dejarla yo a ella no es bien. ¡Al monte otra vez, monteros! ¡Al monte, al monte! Vanse, y sale TETIS, y CLIMENE de pieles con bastón. Otra vez vuelvo a decir que de mí librarte no has de poder, ni por lo fiero el semblante, ni por lo ligero el pie. Pues ya que hacer has querido, Tetis, empeño, hasta que el desaliento me obliga a lidiar y no correr, llega a embestirme. ¿Qué esperas? ¿Qué aguardas? No sé, no sé; que más que fiera asombrabas, me has asombrado mujer, y al ver el rostro y oír humana voz, cuanto fue valor, es pasmo. Ya es tarde para pesarte de haber tanto acosado mi vida. Pues por lo mismo que ves quién soy, me importa que no puedas decirlo. Prevén el tridente, y no me yerres, que en el punto que a perder su arpón llegue el tiro, esta cuchilla verás romper tu pecho, y el corazón sacarte, porque después de muerta, quedar no pueda tan grande secreto en él. Primero deste acerado rayo el golpe... Pero ¿quién del labio me hurta la voz y de la mano el poder? Del desaliento, del pasmo o la novedad del ver más terror del que creí, me obligan a estremecer. Vista, voz perdí y acción. Pues muere a mi mano. Sale FAETÓN. Ten el golpe, fiera. ¡Ay de mí! Que primero que a ofender a Tetis llegues, sabrá morir Eridano. ¿Quién? Eridano, y haber dicho mi nombre estimo, porque, sabido quién soy, no pueda atrás el valor volver. ¿Tú eres Eridano? Sí. ¿Tú, a quien la anciana vejez crió de Eridano, aquel río, en cuya margen se ven los ganados que guardó Apolo, de Admeto rey le dió el nombre que él te dio? Sí, yo soy, ¿qué admira? Ver a quien es todo mi mal y a quien es todo mi bien. Escándalo destos montes, si asombras a quien te ve, ¿qué harás a quien te ve y oye? Y más llegando a crecer tanto la admiración, cuanto en humano parecer, no solo la voz anima, pero el enigma también. ¿Yo tu bien, y yo tu mal? Sí. Pues ¿quién eres? No sé. ¿Cómo así... Nada preguntes. ...vives? No he de responder sino solo que tú solo hoy pudieras suspender mi furor, pues solo en ti no tiene mi ira poder. Y pues por ti vivo y muero en aquesta desnudez, este pasmo, este terror, este ceño, este desdén del hado y de la fortuna, cansancio, afán, hambre y sed, no procures saber más; que harto sabes en saber que tú eres todo mi mal y tú eres todo mi bien. Vase. Oye, escucha, espera, aguarda, que tan confusa preñez de ideas y de ilusiones imposibles de entender, no es para no averiguado. Y pues más el riesgo no es de Tetis sin ti, tras ti tengo de ir. Vase y sale EPAFO. Hacia aquí fue donde de Tetis la voz se oyó... Mas ¿qué llego a ver? A manos sin duda, ¡ay cielos!, del fiero asombro crüel, muerta yace; ¡ay infeliz! Tetis. ¿Quién me nombra? Quien mil vidas diera en albricias hoy de la tuya. Ya sé, ¡oh, joven! lo que te debo; pues aunque ciega quedé a tanto espanto, bien vi en la breve luz de aquel crepúsculo de mi vida que pudiste interponer entre su acero y mi pecho tu valor y... Advierte que yo esta fineza no hice. Eso es volverla a hacer, que duplica el obligar quien corta el agradecer. Cuando llegue. Bien está. Y aun estuviera más bien si quien me hubiera amparado fuera Eridano, y no él. Salen por dos partes mujeres y hombres, y ADMETO y FAETÓN. Dentro. Hacia allí Tetis está. Dentro. Llegad todos. Detened el paso, porque primero llegue yo. Aparte. Pues ya observé dónde se ocultó, volvamos a donde a Tetis dejé. Con bien te hallemos, señora. Y todas vengáis con bien. Aparte. Mas toda la gente en busca suya viene; hasta después calle, pues por ahora basta el que tan cobrada esté. Sabiendo, hermosa y bella deidad del mar, que tu divina huella la tierra florecía; mas ¿cuándo el mar no es arbitrio del día?, en tu busca he venido, a tanto altivo aliento agradecido, como haber penetrado lo oculto, lo horroroso, lo intrincado desta caduca esfera, en heroica demanda de esa fiera que sus cotos espanta. A tanta honra, señor, a merced tanta, no respondo cual debo agradecida, hasta saber a quién; que inadvertida, no es bien que sin estilos de la tierra yerre la voz lo que la acción no yerra. Admeto el rey es de Tesalia. Ahora que mi atención no ignora con quién habla, los brazos me dé tu Majestad, de cuyos lazos será el nudo tan fuerte, que no le pueda desatar la muerte. Infelice la mía, si de un caballo, que me vi arrastrado, muerto quedara, sin haber logrado la suprema ventura de llegar a adorar tanta hermosura. Gracias a quien, valiente, de su ira me pudo rescatar. Hacia mí mira, conociome al caer; ¿quién ganó fama de que a su rey dio vida y a su dama? Que fue aquel joven; que deber confieso no menor deuda. Humilde tus pies beso por la merced, señor, de haberte dado por servido de mí, cuando del hado fue la dicha, y no mía. ¿Quién os dijo ser vós quien yo decía? Pues ¿quién?, si... cuando... yo... Quitad, villano. Llegad vós a mis brazos. Si mi hermano el dueño fue desta feliz fortuna, a él, señor, le premiad; que a mí ninguna razón me asiste para que él no sea quien preferido en vuestro honor se vea, pues él pensad que es quien os dio vida. Hasta en esto mostráis cuánto lucida la acción hacer queréis, partiendo ufano la fama en vós, y el premio en vuestro hermano. Yo le honraré también, mas no por eso dueño le hagáis de tan feliz suceso. Yo. Bien está. ¿Habrá hado más impío? Pues no menos feliz, señor, fue el mío, que siguiendo ligera las veloces estampas de la fiera, no sé si por desdicha o por ventura, con ella cuerpo a cuerpo en la espesura me hallé, con el terror de ver con rostro humano, humana voz, tan fiero monstro, sobre mi desaliento, turbó la vista y perturbó el acento, tanto que fallecida, estrago fuera de su horror mi vida, si ese joven... Como esto no se pierda, piérdase lo demás. Según concuerda hallarle allí con lo que vi primero, entre mis devaneos y su acero no interpusiera osado en mi defensa su valor. Si el hado movido de mi queja, ya que aquel bien me quita, este me deja, piadoso anda conmigo. Pues ¿quién os dijo que por vós lo digo? Quien sabe... En todo introduciros vano queréis. ¿Por qué os vais vós? Porque mi hermano, sin que yo me atribuya fineza que no es mía, sino suya, logre también... Pues nadie ha ignorado quién de una y otra es dueño, es escusado tanta modestia en vós. Y mal fundada en vós tanta locura. ¡Hay más pena! Y volviendo a la ventura, bella Tetis, de hallarte en estos montes, he de suplicarte que dejando el horror para otro día, se convierta el de hoy en alegría. Ven, pues, donde celebre mi grandeza la huéspeda feliz de tu belleza. Tus honras recibiera, si de volver al mar hora no fuera; que ya declina el sol, y así te pido licencia de ausentarme. Habiendo sido esa tu voluntad, no he de impedilla; mas téngala de ir hasta la orilla sirviéndote, Amaltea divina, soberana Galatea, logren vuestros primores las músicas de fuentes y de flores. Sí haré. En albricias yo de cuán dichoso, Eridano has quedado y cuán airoso. Sí haré. En albricias yo de cuán dichoso, Eridano has quedado y cuán airoso. Que anduvieras tan necio no creyera: dejaras la ventura a cuya era. Solo esto me faltaba. Vamos, que el Sol ya su carrera acaba. Cantad, pues, venid, y tú a mi lado, joven, no ya por ser quien me haya dado vida a mí, sino a Tetis; pues por ella crece la inclinación hoy de tu estrella, tanto, que al verte, cada vez sospecho que un nuevo corazón le das al pecho. Si la suerte porfía, diciendo yo cúya es, ha de ser mía, gócela; que traición no habiendo alguna, no he de echar en la calle mi fortuna. Poca envidia me diera aquel engaño, si este no temiera. Pues quedaos, que no quiero oír aquel ni este, cuando considero cuán poco honor arguye. Y a poder detenerme, hubiera sido solo a deciros lo que habéis perdido; pero esto baste, Doris, con tu coro acompaña a los dos. Que sea no ignoro la letra que acompañe esos extremos. Empieza tú, que todas seguiremos. Cante. Los casos dificultosos. Los casos dificultosos. Con razón son envidiados. Con razón son envidiados. Inténtanlos los osados. Inténtanlos los osados. Y acábanlos los dichosos. Y acábanlos los dichosos. Éntranse todos cantando, queda FAETÓN. ¿Los casos dificultosos y con razón envidiados, inténtanlos los osados y acábanlos los dichosos? Salen BATILLO y SILVIA. Pues ves, Bato, cuánto Dios mejoras las horas, puesto que todo antes era espantos, y ahora todo es contentos, vamos hancia allá los dos, para saber qué hay de nuevo que obligue a trocar asombros en músicos instrumentos, ya de la fiera olvidados. Ve tú, que para saberlo, no he menester yo ir allá. ¿Pues sábeslo tú? Y que es cierto. ¿Y qué es causa? ¿No andaban por aquesos vericuetos todos tras la fiera? Sí. Pues dime, boba ¿quién, viendo las hermosas, no se olvida de las fieras? Calla, necio, y si no quieres venir, quédate, que yo iré a verlo. Eridano, que aquí solo quedó lo dirá: yo llego. Galán Eridano, dinos, por otra tal... Mas sospecho no me oye. En pie, como mula de alquiler, se está durmiendo. Mire lo que le decimos. ¡Hola! ¡aho! ¡Valedme, cielos! que a tanta pena no hay ya ni valor ni sufrimiento. ¡Ay, que me ha despachurrado! ¡Ay, que a mí no más me ha muerto! ¿Quién está aquí? Quien quisiera no estarlo. Ni oírlo ni verlo. Silvia, Batillo, ¿qué hacíais aquí? Ponernos a tiro de tus puñadas. ¿No fuisteis los dos, hoy muero, los que visteis que yo fui el que dio la vida a Admeto al caer del caballo? ¡Y cómo! Por aquestos ojos mesmos. Pues ¿cómo, villanos, cómo no le dijisteis oyendo que a Epafo se atribuía? La disculpa que tenemos de no haberlo dicho, es. ¿Qué es la disculpa? Que viendo detrás los dos de unas ramas escondidos y encubiertos, que diste la vida a Tetis, entra ella y la fiera puesto, tampoco no lo dijimos, y fuera gran desacierto decir lo uno sin lo otro. Y de que no lo diremos esté seguro, por más que nos lo pescuden. Buenos testigos me dio mi dicha. ¡Ha infames, viles!, ¿qué espero que no os hago mil pedazos? El que acá queramos serlo. Sale EPAFO. Eridano. ¿Qué me quieres? Ansioso a buscarte vengo, en tanto que Admeto y Tetis con festivos cumplimientos se despiden. ¿Y a qué fin? De que sepas que [no] puedo consolarme de tener prestados merecimientos, que hizo míos el acaso, que mal pudiera el intento; pues no fue ni fuera mío, cuando sé que es argumento de que no los tiene propios quien usa de los ajenos. No tener uno una dicha no es culpa del valor; pero tenerla mal adquirida, es fiar poco de su esfuerzo. Y así, dejando a una parte el que compitamos necios un amor tan desigual, que lo alto deste empleo no pasa de adoración, en cuyo común obsequio, viendo de balde, aun no paga la esperanza el viento. Vamos a que hermanos somos, y desairar no podemos uno a otro; y si el acaso, como antes dije, lo ha hecho sin la intención, mira cómo... No prosigas, que no quiero de ti ninguna hidalguía; y antes que goces me huelgo estos desperdicios míos. Y adelante, te aconsejo que no me pierdas de vista, para que, como yo haciendo vaya heroicos hechos, tú te vayas honrando dellos. No merece esa respuesta esta atención. Ya yo veo que si hubiera de tener la que merece el grosero, falso trato tuyo, fuera... ¿Qué fuera? Rómpete el pecho tan en átomos, que fueras vil desprecio del viento. Si hasta aquí con mi modestia cumplido he con lo que debo, no sufriré desde aquí de tu siempre altivo, fiero espíritu otro desaire. Pues ha de ser el postrero, sea haciéndote pedazos. Que se matan. Sale ERIDANO. ¿Qué es aquesto? Que se matan. ¿Qué ha de ser? Acabar mis sentimientos de una vez con todo. Tente, tente tú. Ya yo obedezco. Yo no, y aqueste puñal... Saca FAETÓN a ERIDANO el puñal que trae en la cinta. Que se matan. Tente, fiero. Será quien me dé venganza. Que se matan. El acero suelta. No haré. Sí harás tal. Que se matan. Dentro. ¿Qué es aquello? Ved que el Rey, dejando a Tetis ya en el mar, viene a los ecos de esos bárbaros villanos. Antes que llegue. ¿Qué es esto? Que Eridano con su padre y hermano riñe. Salen ADMETO, AMALTEA, GALATEA y gente. Teneos. Quiera el amor que resulte contra Eridano el estruendo. Que resulte contra él la culpa, quieran los cielos. Villano, atrevido, loco. ¡Vós, con tanto atrevimiento, puñal contra vuestro padre! No, señor, que antes es cierto que el puñal es mío. Soltad todos, que en mi mano quiero que quede depositado, como previsto instrumento de mi justicia, cuando él sea quien divida el cuello de quien se atrevió a su padre; y así en mi poder, ¡qué veo! ha de quedarse, ¡qué miro! guardado. Sí, él es, es cierto, que no me engañara a mí la anagrama de Peleo. ¿Cúyo es aqueste puñal? Mío, señor. ¡Válgame el cielo! ¿Quién os le dio? Una mujer. ¿Dónde está? Días ha que ha muerto. ¿Dónde os le dio? En la plaza. ¿En qué ocasión? En un riesgo. ¿Quién era? No sé quién era. ¿Qué os dijo al darle? Secreto se quedó lo que me dijo. ¿Cómo? Como a un mismo tiempo fue darme aquese puñal y dar el último aliento. ¿Quién la trujo aquí? Un barquillo. ¿De dónde venía? No puedo decirlo. Pues ¿cómo fue verla y hablarla? Oye atento. A esa procelosa orilla del Eridano soberbio, vasallo del mar, que baja a darle en Tesalia el feudo; a esa procelosa orilla, otra vez a decir vuelvo, del Eridano, de quien, por los frutos que a ella tengo, o porque de Diana en ella soy ministro de su templo, tomé el nombre, que también en Eridano conservo; corriendo llegó fortuna, cascado, roto y deshecho un destrozado barquillo, que sin vela, jarcia o remo, encallado en las arenas, tomó, como pudo, el puerto. Yo, que había aquella aurora, si ahora la verdad confieso, salido a buscar a Apolo, por ser en el mismo tiempo que del cielo desterrado Júpiter le tenía, a efecto de castigar la osadía de haber sus cíclopes muerto. Y yo solamente era dueño de tanto secreto, como que pastor guardase tus ganados, por quien luego, perdonado, se llamó sagrado pastor de Admeto. En fin, saliendo una aurora que ahora no importa esto, puse en el barco los ojos, como bajel extranjero destas playas, pues no era pescador alguno nuestro. Y cuando más discursivo le estaba desconociendo, oí que tímidos se oían mortales gemidos dentro. Curiosidad o piedad o inspiración de los cielos, que a nosotros no nos toca averiguar sus intentos, me hicieron que en otro barco a bordo llegase; y viendo que una mujer sola era, con un bello infante tierno en los brazos, la afligida alma de todo aquel cuerpo, entré en él, diciendo: «Triste susto del hado, ¿qué es esto? Ser infeliz, respondió: y pues en vós, noble viejo, los dioses la apelación otorgan de mis lamentos, este puñal y este niño tomad; que quizá habrá tiempo que no os pese, con uno y otro vais...»; y a decir esto, espiró, con que no supe a quién, cómo, cuándo, siendo jeroglífico la barca del nacer y el morir, puesto que constaba de un cadáver, un infante y un acero. En esta pues confusión, lo que hice fue dar atento al cadáver sepultura, al infante crianza, y dueño al acero, que fui yo; pues desde aquel punto mesmo no le quité de mi lado, como esperando que el cielo, si hay misterio en estas cifras, que yo ni alcanzo ni entiendo, en su grabazón talladas, diga cuál es el misterio. Sí dirá, si hay para qué decilo; que si no, menos importa que esté callado: y así, decid lo primero si ese infante vive. Sí, señor, y aun lo está oyendo sin saber que lo es. Pues antes que yo lo sepa, oíd atentos. En las guerras que Tesalia tuvo con la isla de Lemnos, en un trance de fortuna quedé, ¡ay de mí!, prisionero yo de Anfión su rey, en cuya tiranía más consuelo no tuve que los favores (¡con cuánto dolor me acuerdo!) de Erífile, bella hija suya, a quien di de secreto, porque Anfión nunca quiso con el aborrecimiento de nuestro heredado odio dar plática al casamiento, fe y mano de esposo. En este estado supo que fiero darme la muerte intentaba su padre con un veneno, para invadir más seguro sin mí de Tesalia el reino, y restaurando el peligro, en el nocturno silencio puesta una escala en la torre, y en el mar un barco puesto, me dijo: «Salva la vida, señor, que en mi desconsuelo me basta que en mis entrañas me quede un retrato vuestro. Si el cielo le diera la luz, y amparado del secreto escapare de otras iras, a vós irá, por acuerdo de la deuda en que vós vais, y el peligro en que yo quedo». Dejemos aquí ternezas, ansias, penas, sentimientos, que a la vista de las canas, como perdidos, es cierto que se avergüenzan los años de haber pasado tan presto; y vamos a que no tuve, pobre allí, afligido y preso, otra prenda más a mano, ni de más valor ni precio que ese puñal, para seña (que por ser de extraño maestro, no fácil de contrahacer, aseguraba otros riesgos) de que quien con él viniese, traía escrita en sus aceros la carta de más creencia para mi conocimiento. Ausenteme, y confidentes después, ¡ay de mí!, escribieron que el hurto de amor sabido de su padre, en el primero horóscopo de la vida del mísero infante tierno, con lo agravante de ser yo de su esclavitud dueño, y ella de mi libertad, creció el aborrecimiento tanto, que a su vista entrambos, dando a un barquillo un barreno, mandó echar al mar, en cuyo (no culpéis que me enternezco) conflito no se olvidó de mí; dígalo el efeto de haber sacado el puñal por penate de su incendio. Y pues el cielo ha querido que a mis manos haya vuelto por tan no esperado acaso, ¿quién duda que quiere el cielo que no pague el inocente yerros del culpado, atento quizá que los del amor son los más dorados yerros? ¿Dónde pues esta ese joven? Antes que lo diga, al cielo hago testigos, y a cuantos dioses contienen su imperio, astros, sol, luna y estrellas, aire, agua, tierra y fuego, de que diré la verdad, o fáltenme todos ellos. Y así, Eridano... [Aparte.] ¿Quién duda que era yo? Aunque en mis afectos fue el preferido, perdone; que de ese puñal el dueño Epafo es. Ya lo había dicho el corazón acá dentro, desde el punto que me dio la vida su noble esfuerzo. Llégate, Epafo a mis brazos. Aun tus plantas no merezco. [Aparte.] ¡Esto más, fortuna mía! ¡Cuánto de que él sea me huelgo! [Aparte.] ¡Y cuánto me pesa a mí de que él no sea! Y supuesto que con más solemnidad que el teatro de un desierto, te han de admitir mis vasallos por mi hijo y mi heredero, conmigo a la corte ven, donde te aclame mi reino príncipe suyo, trocando de Epafo el nombre en Peleo, que es el que en este puñal la grabazón tiene impreso, como nombre de mi padre, que fue su primero dueño. Ven, pues, y todos decid: ¡viva el príncipe Peleo! ¿A ser príncipe le llevan? Pues ¿de qué es el sentimiento? ¿Qué sé yo si es bueno o malo? Tan bueno es y tan rebueno, que un príncipe basta a ser alborozo de su reino. Si es así, digamos todos: ¡viva el príncipe Peleo! Conmigo, Eridano, ven, que aunque ya otro padre tengo siempre hijo de tu amor he de ser. Así lo creo de tu valor. Ven tú, hermano, conmigo. No quiero. Goza tus dichas sin mí. Bien haces en no ir a objeto ser de la envidia. Pues ¿quién te ha dicho que yo la tengo? Cuando pienso que soy más, me valgo yo mí mesmo. Pensamiento de amor propio no pasa de pensamiento. Sí pasa, cuando se funda en altos merecimientos. ¿Dónde están? En él, y cuando no estén, ¿es estilo cuerdo afligir al afligido? Pues ¿quién te mete a ti en eso? Natural amor no más, que hijas del Sol, le tenemos las náyades; que no nace este generoso afecto de otra causa, como nace ese odio de otros premios. Mísera deidad de vidro, sujeta a prisión de yelo. Caduca deidad de flores, sujeta a embates del cierzo. ¿Tú competencias conmigo? Dices bien que no puedo competirte, que no es competencia el vencimiento. Pues llega a mis brazos. Llega a los míos. Deteneos. Este acero. Este puñal. Dirá. Mal podrá, que en medio he de ser blanco de entrambas. Ya lo eres de mis desprecios. Ya lo eres de mis favores. Veo. Aparta. ¿No habrá, ¡cielos!, quien entre opuestas deidades a quien odio y amor debo, el duelo divida? Sí, hasta que se llegue el tiempo de saber si es tu fortuna amor o aborrecimiento. ¿Quién me arrebata? Mas ¿cuándo no fue vapor mi elemento? ¿Quién me lleva? Pero yo ¿cuándo al aire no obedezco? Sin saber quién las divide, faltan: ¿hasta cuándo, ¡cielos!, mi vida ha de ser prodigios? Mas, que me respondió el eco que a ellas aparta, pues dijo... Hasta que se llegue el tiempo. De saber si es mi fortuna amor [o] aborrecimiento. Jornada II Salen TETIS, DORIS y las ninfas. Desde el día que de Admeto, señora, en esta ribera te despediste, tan triste que no has tenido en su ausencia hora de alivio, juzgara que no volvieras a ella jamás. Bien juzgarás, Doris, y más si con mi tristeza consultaras la razón que tengo de aborrecerla, pero no siempre se sale el valor con lo que intenta. Eso y lo que yo imagino, casi es una cosa misma. ¿Qué imaginas? Que no puedes acabar con la suprema altivez de tu constancia el no volver a estas selvas, corrida de no haber dado muerte a la sañuda fiera, ya que con ella te viste cuerpo a cuerpo en la desierta campaña del monte, a cuya causa, sin otra grandeza que el silencio con que hoy llegar a su falda intentas, dejas el mar, como dando a entender que no se sepa tu venida, porque nadie te acompañe, ni se deba a otro que a ti tu trofeo. ¡Ay, Doris mía! Aunque fuera esa mi mayor razón, mi mayor razón no es esa. A esta playa vuelvo solo a divertir mis tristezas, por ver si donde ganarlas pude, pudiese perderlas. No de la fiera el empeño me trae, que no fácil fuera sin más batida encontrarla; y puesto que sola es esta la causa, cogiendo vamos de las doradas arenas, nácares y caracoles, corales, conchas y perlas. ¿Quieres, pues solo es, señora, la diversión de tus penas asunto de tu venida, que algún tono te divierta? Sí, cantad, y por aquí vamos tomando la vuelta, iré yo al compás, ¡ay triste!, de las blandas voces vuestras, glosando con mis suspiros las cláusulas. ¿Quién creyera que a mí me diera cuidado? ¿Cuidado? Errolo la lengua, pesar... Pero ¿qué es pesar? Enfado, ahora lo acierta. Y ya que di con el nombre, ¿quién creyera que me diera enfado que a socorrerme no fuera Eridano, y fuera Epafo? Y enfado tal, que a pesar de mi soberbia, mi presumpción, mi arrogancia, me obliga que a buscar venga ocasión (por eso dije que canten; porque se sepa que estoy aquí) de decirle, ya que entonces en presencia de tantos no pude, ¿cuánto me dio en rostro la bajeza de querer hurtar la dicha, o por lo menos ponerla en duda de deslucirla, sin la ventura de hacerla? Pero si esto solo es un enfado, acción es necia pensar tanto en él. Cantad, y tras mí venid. ¿Qué letra quiere que cante, señora? Vuelve a repetir aquella de osados y de dichosos, que no hay otra que convenga más a mi intento, pues vi que uno ose y otro merezca. Vase. No la dejemos, en tanto que Doris la lira templa. Ya yo os sigo. Sale FAETÓN y BATILLO, de soldados. Ya, Batillo, que por mí la patria dejas, y en hábito de soldado seguir mi fortuna intentas, desas pajizas cabañas, miserables cunas nuestras, desde aquí nos despidamos a nunca volver a verlas, no volviendo sino llenos de triunfos, trofeos y empresas por nuestro valor ganados. Linda cosa será esta de no volver sin rellanos de tufos, tresfeos y prensas, ganado por nueso olor. Ingrata patria primera, a quien apenas debí el nacer, pues nací apenas. Ingrata pata segunda de Silvia, a quien más de treinta mil patadas te debí. A mi última voz atenta. Atenta a mi última coz. Oye de mí esta protesta. De mí esta por esta oye. Palabra doy a tus selvas. Dentro. Los casos dificultosos. Pero ¿qué música es está? Y con razón envidiados. Hancia aquella parte suena. Inténtanlos los osados. La voz conozco y la letra. Y acábanlos los dichosos. Pero qué mucho ser ella, si es un torcedor del alma, que repetida me acuerda adonde otra vez caí, para que otra vez la sienta. Y porque nos da las voces la que a muchos oídos llega, mas también a muchos ojos las que les chillan. Con ellas Tetis viene, a cuya vista, por una parte me alienta mi verdad, por otra parte me acobarda la vergüenza de lo que creyó de mí. ¡Oh quién a un tiempo pudiera hablarla, ay Dios, sin hablarla, y verla, ay de mí, sin verla! Pues uno y otro es bien záfil. ¿Cómo? Hablándola por señas, sin hablarla la hablarás, y viéndola por vidriera que no sea cristalina, también la verás sin verla. Calla, loco. Vuelven TETIS y las Músicas. Repetid la canción; pero suspensa (no me ha sucedido mal) la dejad, hasta que vea quién tan atrevido al paso está. Quien no es la primera vez que el acaso le trueque las venturas en ofensas. ¿Vós sois? Desconocí el traje, por eso os extrañé. Vuelva el tono, que no es quien puede merecer ni aun la advertencia de si estaba aquí o no estaba. Vuelva el tono norabuena, que ninguno dirá más por mí lo que yo dijera, que él mismo. ¿Que él mismo? Sí, señora. ¿De qué manera De la pena. Cantad, no presuma que yo le atienda. Los casos dificultosos. De la pena y la alegría, de la vida y de la muerte medir las líneas un día quiso el hado; y en la suerte se logró de Epafo y mía, viendo cuánto rigurosos para mí, para él piadosos, en deslucir y premiar se saben facilitar. Los casos dificultosos. Y con razón envidiados. Al rayo del sol se mira ser la vista ceguedad, pues ¿quién en el hombre admira que peligre una verdad, si aún hay en el sol mentira? Ya a otra luz nuestros hados se miraron confundidos, siendo méritos trocados de mí sin razón tenidos. Y con razón envidiados. Inténtanlos los osados. Tenidos, pues dueño fui suyo; envidiados, pues vi pasar a otro con que infiero que soy el hombre primero que tuvo envidia de sí. Y si méritos buscados no son premios de una fe, y merecen más hallados que adquiridos, ¿para qué... Inténtalos los osados. Y acábanlos los dichosos. No es la razón que me aflige porque vós lo agradezcáis, sino porque yo lo dije. Y pues a la mira estáis de lo que un error colige, dadme albricias, perezosos de amor: favores divinos hoy tan felizmente ociosos, que los empiezan los finos. Y acábanlo los dichosos. Y pues mi intento no es más, señora, de que se crea que puedo ser desdichado y no ruin, dadme licencia de que (pues con vós no hablaba, sino con mi patria) pueda proseguir lo que decía cuando llegasteis. Pues esa ¿vós no la tenéis sin mí? Sí, mas hay gran diferencia, que tenerla concedida es algo más que tenerla. ¿Qué falta la mía os hará, si os bastaba antes la vuestra? La de cierta circunstancia, que quizá pasará a esencia. Ingrata patria, decía, que fuiste cuna primera de quien apenas nació de ti, cuando nació apenas. Yo también, ingrata pata, decía. Apartarte, y espera allí. Como entré en la danza, pensé que entraba en la cuenta. Si espurio aborto del hado me arrojaron a las puertas de quien piadoso me dio de hijo el nombre, sin que sepa de mí más de que nací, en cuya fortuna mesma naciendo Epafo, la dicha la halló en un puñal envuelta, y tan grande, que admirada lo oyó Tetis en su esfera, que ya, príncipe Peleo, la da el reino la obediencia; ¿qué mucho que yo, mirando mi suerte a la suya opuesta, ya que no la tengo hallada, buscada intente tenerla, porque a los ojos de Tetis? Detén, villano, la lengua. ¿De qué te ofendes, señora? ¿De qué quieres que me ofenda sino de que hablarme a mí tan libremente te atrevas? ¿Yo a ti? con mi patria hablando me hallas, has dicho tú mesma que para hablar con mi patria yo me tengo la licencia. Pues si es a ella y no a mí, proseguid, hablad con ella. Y pues hijos de fortuna fuimos próspera y adversa, ya que no la espero hallada, buscada he de pretenderla, porque a los ojos de Tetis tan airoso algún día vuelva, que se decida en los dos la argüida competencia que hay del hacerse la dicha uno, al hallársela hecha. Y así la palabra os doy, fuentes, ríos, mares, selvas, montes, prados, cumbres, valles, plantas, flores, riscos, peñas, de no volver a tus ojos hasta que por mí merezca que Tetis se desengañe de que quien por sí se alienta a adquirir eterna fama no se achacará la ajena. ¿Eso es hablar con la patria? Claro está. Pues si por ella soy yo quien la escucha, dadme licencia a mí de que sea la que por ella responda. ¿Vós no os la tenéis? Quisiera que el tenerla concedida fuera algo más que tenerla. ¿Qué falta os hace la mía, si vós os tenéis la vuestra? Ignorado hijo del viento, que solo a tanta soberbia él pudiera dar las alas, no me amenace tu ausencia; que si vas a ganar fama, ¿por qué de Tetis esperas el más descuidado aprecio? Es en vano, y... Ten la lengua, no desahucies la esperanza de un infeliz que no lleva otro caudal ni otro alivio. ¿Quién te ha dicho que yo sea quien la desahucié, puesto que es voz de mi patria esta, y no mía? Pues si es suya, no tengo por qué temerla: prosigue. Pues cuando más el hado te favorezca, poco mérito te añade; que las deidades supremas de una misma suerte miran al valle que la eminencia. Tan lejos del sol está el que en la cumbre se asienta, como el que en la falda yace, porque la distancia mesma es átomo el monte, que ni la alarga ni la abrevia. Y cuando de la fortuna huelles la cerviz suprema, del sol no estarás por eso ni más lejos ni más cerca. ¿Mi patria dice eso? Sí. Nunca la vi lisonjera si no es hoy. Pues ¿qué lisonja halláis en esta respuesta? Que aunque me imposibilita, por lo menos me aconseja que no me ausente, que es como decirme que hay quien lo sienta. Mirad que habláis conmigo, no con la patria, y aun esa razón no la dije yo como yo, porque si hubiera yo como yo de decirla, fuera... ¿Qué? No sé qué fuera. Mirad vós también que habláis ahora como vós mesma, y me dejáis en la duda de que... Venga norabuena, norabuena venga. ¿Qué ruido es aquel? Del monte viene de música y fiesta una tropa. Por no oírlo, huyendo iré. Galatea, ¿qué es esto? Que al monte a caza en demanda de esa fiera que a tantos atemoriza y que tan pocos encuentran, viene el príncipe Peleo, que ayer destos montes era Epafo, pastor; y tanto todos de verle se huelgan en tan grande majestad, fausto, pompa, honra y grandeza, que coronados de flores, rosas, lirios y azucenas, bien como auxiliado alumno de las ninfas de Amaltea, vienen hacia aquesta parte, diciendo en voces diversas. Dentro. Venga norabuena, [norabuena venga.] De tu concepto, señora, se ha reducido a experiencia el sentido, pues estoy en el centro de la tierra, cuando él puesto está en la cumbre de la fortuna, se muestra sol en no olvidar el valle, porque alumbráis la eminencia. Y adiós, que yo no me atrevo a verlo ni que él me vea, si ya no es seguir del sol la metáfora, en que sean esos aplausos el día de la noche de mi ausencia. Adiós, quedad. Id con Dios. Retírate entre estas peñas. Pues ¿no he de bailar si bailan? ¿No ves que no es bien te vean en el traje de soldado, y que vas conmigo sepan? Pues ¿no bailan los soldados? Retírate, que ya llegan. Y tú, porque veas sin verme, hazme espaldas, Galatea. Sí haré, ya que por haber oculta deidad suprema que nuestros duelos impida, pues arrastradas por fuerza habemos de divertirnos, no te sirvió en que Amaltea me pague el rencor de estar siempre a tu fortuna opuesta. Pues ya que a vista llegamos de Tetis, para que sea más de Peleo el aplauso, la música y baile vuelva. El Príncipe nuestro es con su presencia lustre de los montes, honor de las selvas. Venga norabuena. Norabuena venga, que hoy me tengo de hacer rajas, alegre, ufana y contenta, tanto por aqueso como porque Bato no parezca. Gracias a Dios, que me veo sin él. ¡Ha pícara! Espera. ¿Dónde vas? Solo a pegarla dos bofetás siquiera, y vuelvo. ¿Eso habías de hacer? Pues los soldados ¿no pegan a las Silvias? No. ¿Ni bailan? Menos. Pues ¿cuándo se huelgan? Todos estos montes le den la obediencia, y ciña de rosas su frente Amaltea. Venga norabuena. Hasta que de tu hermosura, bello imán de mi deseo, fue mi ventura trofeo, no conocí mi ventura; ahora sí que segura por tal la conozco, pues el más glorioso interés, el honor más soberano no fue adorno de mi mano hasta serlo de tus pies. Bien que al verle en ellos, toco nuevas dudas con que lucho, pues para mi mano es mucho y para tus pies es poco. Cuerdo el rendimiento y loco el alborozo también, porque al crisol del desdén, de tanto sol celestial, lo que el uno diga mal, el otro asegure bien. Cuanto a la suma alegría que gocéis de aplausos llena, recibid la norabuena, que en vuestra suerte la mía, toca a la cortesanía; pero en cuanto a que ella os dé presumpción de que se ve a mi sol acrisolar, licencia me habéis de dar de suplicaros se esté en menor predicamento que aun del que ella se tenía; que si en la galantería desde el no merecimiento a quien da cierta licencia, puesta en salvo la eminencia de soberana deidad, ya desde la autoridad corre riesgo la decencia. Y así puesto que al crisol del sol probar mi desdén, sabed que ahora, no sé a quien diciendo estaba que al sol no se mide el arrebol, y que tanto de su cumbre dista la alta pesadumbre como el valle. Y siendo así, que desde el valle os oí, no os iré desde la cumbre, que si en la desigualdad corrió libre la licencia, ya paró en la reverencia que debo a la majestad. Advertid. Aquí os quedad, no habéis de pasar de aquí. Si porque dichoso fui a ser vengo desdichado, no piadoso, cruel el hado habrá sido para mí. Hasta que al valle lleguemos, la música y baile vuelva. Y hasta que parezca Bato, que hasta entonces todo es fiesta. ¡Vive Dios! Detente, loco. ¿Ni dar, ni bailar? Paciencia. El Príncipe nuestro es con su presencia. Callad, villanos, callad, cesen las músicas vuestras; pues que toda su alegría ha parado en mi tristeza. Idos de aquí todos, idos, ni oiga, ni escuche, ni vea acento que no sea llanto, festejo que no sea obsequia. Pues si esta letra le cansa, ¿hay más de mudar la letra? Venga noramala, noramala venga. Idos, villanos, de aquí. Pues ¿de qué te desesperas? De que el permitido agrado que mereció en la belleza de Tetis, tosco el sayal, la púrpura desmerezca; mas ¿cuándo amor y fortuna se dieron las manos? Deja la de tu dicha en las mías, que mi industria y tu asistencia han de vencer imposibles. Sale ERIDANO. Ya señor está dispuesta por el monte la batida, y es la hora, que a las siestas la fiera a una fuente baja. No me habléis de esa manera, mientras que no esté delante mi padre. Alzá de la tierra, que el respeto y el cariño de haberlo sido no cesa en mí; ¿cómo no me ve Eridano? La extrañeza de su condición. Mal hace con su príncipe en tenerla. Ve, y haz que la gente esté prevenida, mas no puesta; que no sé si iré al monte. Vase ERIDANO. En dilatarlo aciertas, pues con eso tomas plazo para que con la deshecha de la caza haya ocasión de lograr tu amor. Tú alientas solamente mi esperanza. Vame más de lo que piensas. Vanse. ¿Haslo oído? Despreciada una mujer, ¿qué no intenta? Pero también de mí fía la mejora de tus penas, que no he de ser del Sol hija, o he de verte en las estrellas. Vase. Ya que hemos quedado solos, ven por esta inculta senda, y ayúdame a discurrir. Eso muy en hora buena, y nadie mejor, porque discurro como una bestia. ¿Qué será que habiendo yo nacido en tanta miseria, espíritu tan altivo tenga, que adorar me atreva tan alta deidad? Será tener... Di. Poca vergüenza, que es lo que tienen los que como nacen no se acuerdan. ¿Qué será que habiendo visto príncipe a Epafo en tan nueva dignidad, no me persuada a que mejor que él no sea? Será, pues cochillos y horcas exprican las perminencias, querer que si a él fue el cochillo que a ti la horca te venga. Amaltea, ¿qué será, ninfa de las flores bellas, que lo que un tiempo fue agravio haya trocado en ofensas? Será que como los pobres todos son flores, sospecha que le has de gastar las suyas. ¿Qué será que Galatea, de las fuentes ninfa hermosa, tan solo me favorezca? Será, como tus achaques son vagidos de cabeza, haberte ordenado fuentes, y que son las suyas piensa. ¿Qué será, por mí empeñadas, que ambas se desparezcan? Que algún tramoyero dios se andaba haciendo apariencias, pero entre estas y entre estrotas, que es como entre estrotras y estas, ¿dónde vamos penetrando las más intrincadas breñas? A dar principio a una vida que toda ha de ser tragedias. A buscar la fiera voy. ¿La fi... qué, señor? La fiera. Pues aquí el rocín soldado tuerce al tornillo la vuelta, adiós. ¿Dónde vas? A casa, que fiera, señor, por fiera, allá me tengo yo a Silvia. Ya el volver será bajeza. Agrandarla y será altura. Si mi espíritu se empeña en buscar riesgos, ¿será bien a patrias extranjeras pase, sin que de la mía primero el asombro venza? Fuera desto, ¿será bien que Epafo o Peleo se venga al monte donde yo habito a hacer suya la fineza para con Tetis? El cielo vive, que yo he de ponerla primero a sus pies. Yo no. Y pues tú has de ir por ella, tú has de buscarla y hallarla, tú has de lidiar y vencerla, y llevarla y presentarla; ¿qué he de hacer yo? Más que piensas. Mira: un día la seguí deste centro en la aspereza más inculta, y por dejar ni bien viva ni bien muerta a Tetis, no registré las entrañas de una cueva, adonde me pareció se había entrado. Las señas volví observando, y ahora la voy buscando por ellas, con intento de que a ti puesto a la boca te vea, y cuando a despedazarte salga... ¡Linda diligencia! Yo, que estaré entre unas matas, que recatado me tengan, de través saldré a rendirla o matarla. Esa es la cuenta de los que desde un tablado socorren al que torea, que cuando llega el socorro le ha dado el toro cien vueltas. No, señor, vamos por otra traza, que aquesa no es buena. ¡Ay, si supieras, Batillo, lo que me importa vencella! ¡Ay, si el que no sea conmigo, lo que me importa supieras! Porque sabrás que me dijo, huyendo de mí, que era yo su bien y su mal. Luego ¿la bestia habla? Sí, no temas tanto, que habla y es humana. Pues ahora hay más que tema, que humanas bestias que hablan, son, señor, las peores bestias. No hagas en las ramas ruido, porque ya llegamos cerca de las señas de la gruta. Malditas sean las señas, y el alma que no dijere. Dentro. ¡Al monte, al valle, a la selva! A mal tiempo la batida a correr el monte empieza, que al ruido no saldrá. ¿Y ese es mal tiempo? A la ribera. A la fuente. Hacia su margen. Corre antes que en la aspereza se pueda ocultar, seguidla, ya que os adelanta el verla. Ya que a las voces volví, antes que enfrascarse pueda en la aspereza, atajadla. ¡Al monte, al valle! ¡Clemencia, Cielos! Doleos de una vida de tantas desdichas llena. De aquel risco a este ribazo acosada se despeña. Hace muy mal. ¿Hasta cuándo, ¡oh Apolo!, contra tus fuerzas, ha de haber ira en Dïana, y no en Júpiter clemencia? ¿Hasta cuándo contra mí de ambos la ojeriza opuesta han de apurar a los astros el resto de las violencias, tanto, que un poco de agua que da de balde la tierra a todos, a mí no menos que vida y alma me cuesta? ¿Quién creyera que el asombro en lástima se convierta? Llega a socorrerla, Bato. ¿Qué llama usted socorrerla? Del hado enigma primera, pues entre el ser y no ser, para fiera, eres mujer, para mujer, eres fiera. Cobra aliento, persuadida aquí, que en tan triste suerte, viviendo, te diera muerte, muriendo, te diera vida. Alienta, pues. ¡Ay de mí! Llega, Bato, ya volvió en sí. Y aun por eso yo vuelvo en no, porque ella en sí. ¿Quién eres, oh tú, el primero que en toda mi vida vi tener lástima de mí? Tu bien y tu mal, si infiero de lo que antes me dijiste, cifradas las dudas hoy. ¿Eridano? Sí, yo soy. Que a saber en qué consiste vengo tan alto secreto, no como otros, como fiera a matarte. ¡Oh, quién pudiera revelarle, solo a efecto de mejorar tu fortuna! Pero ¡ay!, que aventurara no ver del sol la luz clara, que opuesta a la de la luna, con el eclipse mayor amenaza al mundo el día que de tu suerte y la mía se sepa: y pues el temor me obliga a vivir cual ves, y ves cuánto inconveniente es que me alcance esa gente, te suplico que me des paso a esa entreabrierta roca, de quien, como entre en su centro, un risco, que por de dentro es mordaza de su boca, de que me hallen me asegura. Y pues por lo menos, ya sabes que en mi voz está tu desdicha o tu ventura, bien a ampararme te mueves; y más si en ansias como estas, aún es más lo que me cuestas, si es mucho lo que me debes. Aunque a una dama he ofrecido que te tengo de llevar por su víctima al altar de las aras de Cupido, el deseo de saber ese enigma, o el deseo de no sé qué que en ti veo que me obliga a defender tu vida, el paso te da. Vete, pues, que ruido siento. Deme sus alas el viento. Sale TETIS. Ya contra mí no podrá, pues desatada del yelo que antes me pudo embargar, llego a ocasión de acabar nuestro comenzado duelo. Llega a embestirme. ¡Ay de mí! Caí por correr más ligera. Pues muere a mi mano. Espera, no la mates. ¿Contra mí la defiendes? No lo creas. ¿Cómo no cuando lo advierto? Como eres deidad, y es cierto que igual en tus obras seas. Y pues no creíste que fui quien a ti te libró della tampoco creerás que a ella la libro ahora de ti. Cuando eso fuese verdad, ya ¿qué crédito he de darte es ocasión de vengarte? No es venganza la piedad. Aparta. No has de matalla. No haré, pero he de prendella. Aun deso he de defendella. ¿Contra mí? Empeñada se halla mi fe y has de perdonarme use sus sañas esquivas. ¿Es esta la fama que ibas a ganar para obligarme? Es ser infeliz. De aquí huye. ¿A una fiera tú me igualas? El viento me dé sus alas. Sale EPAFO. Ya no podrá contra mí, y pues en mi mano has dado. Ser quien de ti triunfe intente; no has de matarla, detente. ¿Tú contra mí tan osado en defensa de una fiera? ¿Qué te admira, qué te ofende, si aun contra mí la defiende? Pues a nuestras manos muera. No a eso os arrojéis. ¡Ay Dios! Que quien la amparó hasta aquí de cada uno de por sí la amparará de los dos. ¿Conmigo tanta osadía? ¿Conmigo tanto descuello, que aun viéndolo, dudo creello? ¿Qué no hará la suerte mía? Librarte de mí no hará. Ni de mí, ya una vez puesto, en... Sale ADMETO y soldados. Llegad todos, ¿qué es esto? Señor, ¿tú aquí? Cuando está tu persona tan despacio, que es su centro este horizonte, y vuelto al amor del monte, ¿no te acuerdas de palacio? ¿Qué mucho que haya venido, cuidadoso de que fuera algún riesgo de la fiera quien te hubiera detenido tanto? No; solo, señor, causa aquesta fiera es, cuando postrada a tus pies las miras por el valor de Eridano, que este día seguirla pudo y postrar. Aparte. Esto es, villano, pagar la deuda que te debía, cuando entre los dos se arguya que a deberte no quedé una acción que mía no fue, con otra que no fue tuya. ¿Villano a mí, Epafo? Cielos, ¿a que más llegar pudiera mi desdicha? Humana fiera, que con tantos desconsuelos toda esta patria has tenido; ¿quién eres? No sé quién soy. ¿Cómo este monte hasta hoy bárbaramente has vivido? No sé. ¿Cuál la causa fue que a esto te pudo obligar? No sé. ¿Qué te forzó a dar tanto escándalo? No sé. Pues si nada sabes, yo sé que a Dïana ofrecí, cuando por seguirte a ti, el caballo me arrastró, sacrificarte en su templo, como a diosa de las fieras, no presumiendo que fueras humana, y aunque contemplo que fue error el ofrecer sin saber lo que ofrecía, ya fue voto, y este día víctima suya has de ser. Retiradla. En fin, concluyo con vida tan inhumana, vuelta al templo de Dïana, a ser sacrificio suyo. Llévanla. Tú ahora, puesto que has sido quien el bruto trofeo de ese horrible monstro feo la mayor parte has tenido, ve, Eridano, a prevenir a tu padre, pues que fue su sacerdote, que esté a las puertas para abrir el templo, y que prevenida tenga el ara, acero y fuego. Cielo, si os obliga el ruego de la más infeliz vida, doleos de mí, que he perdido hoy de Tetis la esperanza, de Peleo la venganza, y del enigma el sentido. Vase. Aunque de Dïana fui en otra ocasión opuesta, no tengo de serlo en esta, que habiéndome hallado aquí, será justo acompañarte hasta hacer el sacrificio. Es de tu piedad indicio. Y cuantos en esta parte libres de su horror os veis, instrumentos prevenid, y a vuestra usanza venid donde sus himnos cantéis a la diosa sobre el ara. Vase. ¿Quién de Eridano creyera, que en defensa de una fiera contra mí se declarara? Vase. ¿Quién creyera que podía de Eridano el ciego error ser tercero de mi amor? Vase. ¿Quién creyera que yo había de callar tan grande rato? Mas cualquiera lo creyera, si por de dentro supiera el miedo que gasta un Bato. Desde que a la fiera vi, tan pasmado me quedé que el aliento no cobré hasta que a ella la perdí. Ahora bien, vamos a ver del sacrificio la fiesta. Sale SILVIA. Seor soldado... [Aparte.] Silvia es esta. Que no me vea he de hacer, siempre de medio perfil. Ya sabe que en la mujer el deseo de saber. Es una alhaja civil. Dícenme que aquí han pasado grandes cosas, y quisiera que vuested me las dijera. Sí diré, a fe de soldado. La fiera encontraron dos, que estaba en cierto pradillo merendándose un Batillo. Buenas nuevas te dé Dios. Cuando ya despedazado le tenía, de través llegaron ambos. ¿Y eso es verdad? A fe de soldado. Acudió gente a sus voces, y hallándole hecho pedazos... De albricias doy mil abrazos. Y yo de hallazgo mil coces. ¿Que seas tan gran menguado, que el no conocerte yo pensaste? Por sí o por no. ¿Aún das? Sí, a fe de soldado. Mira que te conocí, aunque en este traje estabas. ¿Y cuando sin mí bailabas, porque bailabas sin mí?, ¿conocíasme? El enfado basta Bato, ya. No basta hasta que te muela. ¿Hasta molerme? A fe de soldado. ¿No hay quién me ampare? ¡Ay de mí! Agradece a los acentos de esos dulces instrumentos el que no vaya tras ti; porque a ver voy en qué para la que nuestro asombro fue, ya que desde aquí se ve templo, sacerdote y ara. Vase. Salen ADMETO, EPAFO, TETIS, GALATEA, AMALTEA, música y otros. Al templo inmortal de la sacra Diana. Al templo inmortal [de la sacra Diana]. Hermosa y gentil. Hermosa y gentil. Moradores de aquestas riberas. Moradores [de aquestas riberas]. Venid, venid. Venid, venid. Como a diosa divina, Amaltea. Como a diosa [divina, Amaltea]. De selvas y bosques. De selvas y bosques. A sus sienes ofrezca guirnaldas. A sus sienes [ofrezca guirnaldas]. De rosas y flores. De rosas y flores. Como a diosa de ríos y fuentes. Como a diosa [de ríos y fuentes]. También Galatea. También Galatea. En despojos ofrezca a sus plantas. En despojos [ofrezca a sus plantas]. Cristales y perlas. Cristales y perlas. Hasta las ninfas de el mar este día. Hasta las [ninfas de el mar este día]. Pisando su playa. Pisando [su playa]. El coturno lo argente de nieve. El coturno [lo argente de nieve]. Aljófar y nácar. Aljófar y nácar. El sacro voto de Admeto. El sacro voto de Admeto. Las tres concurrís. Las tres concurrís. Ante la estatua os postrad de la diosa. Ante la [estatua os postrad de la diosa]. Y todos decid. Y todos [decid]. Al templo inmortal de la sacra Diana hermosa y gentil, moradores de aquestas riberas venid, venid. Para todos es aplauso lo que es penas para mí. Pero es forzoso a pesar de mis ansias, asistir. Sacerdote de Dïana, yo en un peligro ofrecí sacrificar esta fiera en sus altares, y allí para que cumplas el voto, te la entrego. ¡Ay infeliz! Yo en nombre suyo la aceto, mas no puedo recibir víctima, sin ver primero lo que recibo; y así, antes que la llegue al ara, la tengo de descubrir. ¡Válgame el cielo!, ¿qué veo? ¿Es dilirio, es frenesí, fantasía o ilusión? Racional fiera, en quien vi de unas difuntas memorias las cenizas revivir, ¿quién eres? ¿Quién piensas soy? Mira que pienso, ¡ay de mí!, imposibles. No lo son. ¿Luego eres? Digo que sí, que no menos imposibles facilita el hado en mí. ¡Ay hija del alma mía! mejor diré, ¡ay infeliz!, será una vez para todos, y dos veces para mí. ¿Hija dijo? ¡Qué portento! ¡Qué admiración! ¿Cómo, di, ya que tan no imaginado caso a todos turba, así debiste si eras su hija? ¿Cómo, al verte perseguir, no declarabas quién eras? ¿Cómo escándalo vivir del orbe te tolerabas? ¿Cómo destinada a vil asombro te reducías? ¿Cómo callabas, en fin, dejándote dar la muerte? ¿Cómo a merendarme a mí te atrevías? ¿Cómo ahora aún no respondes? Oíd: de Eridano, sacerdote de Dïana, hija nací, en sus claustros me crié y en sus altares crecí una de sus ninfas, cuando por la escandalosa lid de los cíclopes, a quien dio muerte, sin advertir que a Júpiter le forjaban para vibrar y blandir, la munición de los rayos, del celeste azul zafir desterrado estaba Apolo, bien lo pudieran decir esos ganados de Admeto, en cuya guarda asistir le vio de enero la escarcha, le vio el verdor el abril. Viome un día en este templo, no digo que yo a él le vi, débaos el que lo entendáis el color... Mas ¡ay de mí!, ¡en qué poco se embaraza la vergüenza, siendo así que para mayor empeño la he menester prevenir! Y pues es fuerza que diga que al ver se siguió el sentir, al sentir el suspirar y al suspirar el gemir, al gemir el esperar y al esperar inquirir medios; ¿a quién le faltaron tercero, noche y jardín? Bien pensareis que acallada la licencia que pedí a la vergüenza, estará con lo que he dicho hasta aquí, pues aun más la he menester. ¡Oh, tuviera algún sutil ingenio inventado frase para decir sin decir! Excusárame de que, volviéndose él a asistir el imperio de las luces, hubo noche en que me vi obligada a que en los mimbres de un canastillo sutil, bien como áspid del amor, entre uno y otro matiz, fïase del jardinero de quien antes me valí, no sé qué reciente flor, por lo pálido alhelí, por lo enamorado lirio y por lo tierno jazmín. Súpolo Diana, y saliendo a ese intrincado país a lidiar fieras, me dio la investidura, ¡ay de mí!, de su imperio, destinada no solo a ser desde allí fiera más fiera de fieras, pues me dijo en su confín, echando voz de que a manos de una dellas perecí, a la merced de su honor, sin que ni escapar ni huir pudiese, siendo de un duro tronco a que atada me vi a un lazo, esposa la rama, y a otro, grillo la raíz. Apolo, que tenía a un tiempo indignados contra sí a Júpiter y a Dïana, o no me pudo asistir o no quiso, que sería lo más cierto, si advertís cuánto vive el olvidar vecino del conseguir. Solo el mágico Fitón, que ya sabéis que era allí su estancia, llegó a mis voces y albergándome en la vil bóveda suya, queriendo della otra aurora salir a investigar mi fortuna, me dijo: ¡Triste de ti el día que dese centro salgas, Climene, a vivir en oprobio de Dïana, pues este se irá tras ti cruel el hado, que a su templo te ha de llevar a morir! Y no es tu daño esto solo, sino el haber de decir por qué mueres: con que el hijo se sabrá; que aunque es así que le halló envuelto en las flores del castillo y del pensil en que le echó el jardinero, quien... [Aparte.] (El nombre iba a decir, pero noto, si reparo, aunque él me lo dijo a mí.) Quien como su hijo le cría; el día que él sepa de sí y quién es, será del mundo la ruina, el estrago, el fin, tanto que Faetón por nombre tendrá, que es como decir fuego o lumbre, o llama o rayo. Consideradme ahora a mí entre estos dos vaticinios: el de Diana, a quien temí, y el del hijo a quien guardé, obligándome a vivir racional humana fiera. Mas ¡ay! que aunque pretendí heredera de Fitón, de su cueva no salir, la hambre y la sed me obligaba: con que el verme discurrir con estas pieles (de quien me fue forzoso vestir) el monte, dio a los pastores que temer y que sentir tanto que hasta Admeto y Tetis se movieron contra mí. ¡Oh vulgo, qué no sabrás encarecer y mentir! Y supuesto que ya el cielo cumplió el que cuando a salir del monte, al templo me traigan a dar a mi vida el fin, ¿qué espera el acero? ¿Qué la llama? Tiña el rubí a esa pira, de mi cuello el desatado carmín. Conseguirá dos efectos: uno, que venganza di a Dïana; y otro, que el horror que concebí, muriendo en mí mi secreto, no pueda saber de sí. Ni uno ni otro efecto ya has de poder conseguir: el de morir, porque yo te libraré del morir; y el de no decir quién es de Apolo hijo, pues te oí, que soy tu bien y tu mal, y que padeces por mí tanta deshecha fortuna; a que se añade el decir Amaltea por baldón que de unas flores nací, en que Eridano me halló: y de uno y otro inferir debo, y todos lo debéis, que yo el hijo del Sol fui. Este es loco, cuanto hay se quiere a sí atribuir. Ya sabido, habla más claro. ¿Quién pudiera prevenir que lo que allá dicho, hubiese de ser consecuencia aquí? Pero yo lo enmendaré. Lo que yo te dije... Di. Fue engañarte, por el miedo de verme libre de ti. Y lo que yo dije fue un acaso. Ambas mentís. ¿No digo yo bien que es loco? Arrojadle, echadle de ahí. Vaya el loco, vaya el loco. Loco o no, he de presumir desde hoy de hijo del Sol. Vase. El afecto que hay en mí ayuda a su presunción. Vase. Eridano, ya cumplí el voto: ahí le dejo, o viva o no, no me toca a mí. Vase. Ni a mí más que llevar, ¡cielos!, que pensar y discurrir. Vase. Ni a mí más que a todas luces el sol que adoro seguir. Vase. Ni a mí más que el ilustrar a uno y a otro deslucir. Vase. A mí consultar la diosa lo que debo hacer de ti. Vase. A mí llorar hasta que se duela el cielo de mí. Vase. ¿Y a ti qué te toca, Bato? Pegar, ver, callar y oír. Jornada III Dentro voces de hombres a una parte y de mujeres a otra, y salen como arrojados, cayendo por una parte FAETÓN y por otra CLIMENE. Dentro. Vaya el loco y no nos pare en todo el valle, vaya. Dentro. Vaya fuera, en nuestro templo no quede. ¡El cielo me valga! ¡Climene! ¡Eridano! ¿Qué ha sido eso? Que aún no acaban conmigo mis penas; y eso, ¿qué es? Que ahora empiezan mis ansias. En el templo me quedé esperando a ver qué manda de mí hacer la diosa, cuando en tanto que consultaba el oráculo mi padre, sus ninfas, contra mí airadas, desdeñándose de mí, hasta este monte me arrastran. Persuadida a que yo estoy loco con tema tan alta como ser hijo del Sol, también toda esa villana plebe, del valle y de sí me arroja; mas no me espanta tanto su error como el tuyo, pues das a un tiempo, tirana, causa a mí de que lo crea, y a ellos de no creerlo causa. ¡Yo! Sí, pues a mí me dices cifras que quién soy declaran, y las descifras a ellos con que de miedo me engañas. ¡Ay, Eridano, si hubiera quién entre los dos juzgara tu razón y mi razón! Sí habrá. Las náyades llama de esas fuentes, que por hijas del Sol son interesadas, puesto que para no ser o para ser mis hermanas, harán más atento el juicio. Dices bien: ¡ha de la clara música de los cristales que el aire sulca! ¿Quién llama? Quien de vosotras desea la sentencia de una instancia. Para árbitros no somos buenas, adelante pasa, que nunca a gusto responden cristales que desengañan. Antes sí, pues quien os busca, es para que en todos haya un desengaño. Sale GALATEA y su CORO. A esa voz responded. ¿Qué es lo que mandas? Habiéndote conocido, de la cristalina estancia que en urnas de vidro alberga mi deidad, fuerza es que salga: ¿qué quieres? Climene a mí me dijo en esa montaña enigmas (ya lo escuchaste en el templo, mas no hagas molestia el que lo repita), que evidentemente claras, hijo del Sol me coronan; y cuando empeñado me halla en entenderlas, las niega. O fueron ciertas o falsas las que dije sin pensar que nunca a examen llegaran. Si falsas, ¿no será error ahora que te amenaza otro segundo? Si ciertas, ¿no será rigor que ingrata le facilite el influjo del astro que le amenaza, en que el día que se sepa ha de ser por su desgracia? Para mí ya yo lo sé, y si saberlo yo basta, al astro, ¿no será injuria vivir sujeto a sus sañas sin sus honores? ¿Quién dijo que porque al riesgo no vaya, venga a mí el riesgo? No esté solo en ti la circunstancia, sino en los demás. ¿Y no hay razón que los astros manda? Cuando deje a la razón el furor de la amenaza, ¿dejará de ser ya, en cuantos me vieron ayer negarla sospechosa hoy la verdad?, pues ¿qué enmienda el que deshaga hoy lo que hice ayer? En fin, en estas dudas nos hallas, con que en ti comprometidas, queremos que tú nos valgas en callarlas o en decirlas. Habiendo atendido a entrambas no me atrevo a si es mejor el decirlas que el callarlas: y así, a mayor tribunal pasad. La hora en que descansa de las tareas del día el Sol, dejando fïada la rienda a Flegón y Etonte, se acerca ya, y de su alcázar, que a nadie le toca más el decidir una causa. Sí, mas para que a él subamos, ¿quién nos ha de dar las alas? La ninfa del aire, Iris, debe sus visos al agua, pues reverberando en ella el sol entre sombras pardas, en bosquejos que la fingen al aire en colores varias, y a mi ruego no dudéis que volante nube traiga que a sus palacios os lleve. Pues ¿qué esperas? Pues ¿qué aguardas? Si a eso os atrevéis vosotros acompañadme a llamarla: ¡ha de la esfera del aire! ¡Ha de la esfera del aire! Bella república vaga. Bella república vaga. De cuyo imperio es la Iris. De cuyo imperio [es la Iris]. La embajatriz soberana. La embajatriz soberana. Decidla que Galatea. Decidla que Galatea. La ruega que a su voz salga. La ruega [que a su voz salga]. Viene bajando una nube cerrada. Que necesita de que. Que necesita [de que]. Hoy sus favores la valgan. Hoy sus favores la valgan. Ábrese la nube, y vese dentro IRIS sentada, y canta. Ya a tu acento y de tu coro a las dulces voces blandas, deudora que a tus cristales el arco de paz le esmaltan, cuando a los reflejos suyos, desvaneciendo borrascas, alistado se ilumina de verde, pajizo y nácar. El aire ilustra, rompiendo de su vagarosa estancia la raridad que le ofusca entre mudas sombras pardas, y desplegando las hojas de la nube que la guarda, el tiempo que no se esparce el rubí, oro, esmeralda. A tu invocación atenta, amanece sin el alba, pues a media tarde viene a saber lo que la encargas. De Eridano y de Climene las tristes fortunas varias en obligación me han puesto de que pretenda ampararlas. Al sacro solio de Apolo, con no menos noble causa que la ambición de hijo suyo, Iris, me importan que vayan. Canta. Pues haz que de los vapores que tus cristales levantan, y meteoros al aire en tupidas nubes cuajan, uno a la media región, donde yo llego los traiga, hasta que de aquesta nube los puedan valer las alas; que yo de Apolo me ofrezco a ponerlos en la sala, donde, hasta el afán del día, la noche el sueño le guarda. Suben los dos hasta la nube de IRIS, y luego suben todos tres. Ya, hasta igualarse contigo, en pirámides de plata, a que el congelado humor les va sirviendo de basa, suben los dos. No sin suma admiración. No sin rara suspensión. De tocar tanto pasmo. Maravilla tanta. Canta. Ya que de la esfera tuya a pisar mi esfera pasan, y te ves obedecida, en paz te queda. Desaparecen. En paz vayas, y repitan unidas vientos y aguas. Y repitan unidas vientos y aguas. Al compás que forman cristales y auras. Al compás [que forman cristales y auras]. De unos y otros acentos las consonancias. De unos y otros acentos [las consonancias]. Para hacer al palacio del Sol la salva. Para hacer al palacio [del Sol la salva]. Y repitan unidos [vientos y aguas]. Desaparecen, vase GALATEA oyendo la música, TETIS y DORIS. ¿De unos y otros acentos las consonancias, para hacer al palacio del Sol la salva? Quédense todas, tú sola, bella Doris, me acompaña, que de esas sonoras voces, de esa dulce consonancia, no sé qué infieren mis dudas y solicito apurarlas, por ver si es verdad un eco que suena dentro del alma. De tus tristezas, señora, y del salir a esta playa más continuo que solías, crecen las desconfïanzas, de lo poco que mi amor ha merecido en tu gracia. ¿Qué tienes, dime, qué es esto? Aunque no lo preguntaras tú, Doris, te lo dijera yo, porque al tropel de tantas confusiones, por vencido se da el silencio, y no basta que a él le sobre la razón si a mí la razón me falta. Eridano, ese pastor que a mi deidad soberana en permitidos festejos atrevió las esperanzas, mereció que consiguiesen no sé qué atención sus ansias, que sin holgarme de oírlas, no me pesó de escucharlas. Dejo si él me socorrió o no, dejo que empeñada con la que juzgamos fiera, osó contra mí ampararla; dejo también las noticias de sus fortunas extrañas que el sacrificio impidieron, que es lo que todos alcanzan. Y voy a lo que yo sola dudé, que es la circunstancia con que, ¡ay infeliz!, se dio por entendido que hablaban con él las señas de ser hijo del Sol, cuya causa confieso que es la que hoy de mí y mi esfera me saca. Pues siendo así que quedaron pendientes cosas tan varias, esta sola es el deseo de saber en lo que para. Con que, habiendo oído esas voces que al palacio del Sol hablan, curiosa vengo a saber de que novedad se causan. ¿A quién lo preguntaremos que nos responda? Dentro. ¡Mal haya ambición, diré mil veces, que a más que lo que es se ensalza! ¿Qué voz es esta que suena a oráculo? Una villana riñendo con un soldado del monte a esta parte pasan, no del acaso hagas caso. ¿Cómo quieres no le haga, si al preguntar qué habrá nuevo, a responder se adelanta? Dentro. Quien no sabe lo que pide, ¿qué mucho, Silvia, que caiga o tarde o nunca en la cuenta? Otra vez parece que habla con nosotras. Para que de aquese escrúpulo salgas, llamarlos tengo. ¡Ah soldados! Salen SILVIA, BATILLO, y retírase TETIS. Ese soy yo, por la gracia de Marte. ¡Ah villana! Yo esa, de Martes por la desgracia. ¿Qué mos queréis? ¿Qué pendencia es esa? Yo he de contarla. No sino yo. Como digo de mi cuento. Bato, calla. Sabrá Dios y norabuena, que esta bestia... Ella es mi albarda. Palabra me dio de esposo, y por seguir temas raras de Eridano, otro villano que da en que hijo del Sol nazca, se va y me deja, con que a voces dije: «¡Mal haya ambición que a un majadero a más de lo que es le ensalza!» Si la palabra la di, y la dejo la palabra, ¿qué la debo? Con que yo dije al tenerla y cobrarla: «quien no sabe lo que pide que nunca en la cuenta caiga». ¿Ves cómo todo, señora, acaso ha sido? ¿Qué tardas en preguntar qué hay de nuevo? Y ese pastor, ¿en qué para? En que por loco le tengan, y en que arrojado le hayan del valle como a furioso. ¿Y Climene? En Doñana, como allá probó la fuerza, volver al monte la mandan. ¿Y qué voces eran estas que ahora hacia aquí sonaban? Ese es nuevo pescudar. Algunas ninfas que cantan, porque cantan solamente. Sale EPAFO. Pastores destas montañas, decidme si a sus orillas ha salido hoy... Pero nada quiero ya que me digáis, pues todo cuanto esperaba saber, me han dicho estas flores, reverdeciendo a sus plantas. ¿Qué hubo de verme? Divina Tetis. Miren lo que traza el diablo. ¿Acá estaba Tetis? Con justa razón te espantas, pues nadie tuvo hasta ahora las tetas a las espaldas. No, porque ya de la fiera cesó la engañosa caza que tras ella nos traía, cese el venir yo a buscarla; mas con una diferencia tan opuesta y tan contraria, como que antes fue el anhelo tan solo una fiera humana y hoy una divina era que tan ventajosa mata, cuanto hay de ser homicida del cuerpo a serlo del alma. En hora dichosa vine a esta florida campaña, pues viene a ocasión de que de tu huella a las estampas, estas arenas de oro, la nieve las trueque a plata, igualándoles los precios con el precio de pisarlas. Más que príncipe Poleo, parece en la que derrama, príncipe juncia. ¿Tú has vido lo que el principar ensalza? Señor príncipe Peleo, afectos que desengañan, aunque les falte la dicha, la estimación no les falta. Yo hago de vós la que debo, pero con la circunstancia de la que me debo a mí; y así os suplico se añada a finezas del amor las de la desconfïanza. A poder favoreceros, yo lo hiciera interesada en méritos tan ilustres con unas prendas tan altas. Mas esto de los influjos, jurisdición reservada es a los astros tan suya, que aun deidades no la mandan. Desengaños tan corteses admitid, porque obligada no esté a usar de los groseros, si los corteses no bastan. Vase. Oye, espera. En vano es el seguirla, que no alcanza planta que por tierra corre, deidad que vuela por agua. ¡Infeliz de quien la adora... Pues ¿hay más de no adorarla? ...tan sin esperanza! ¿Hay más de comprar una esperanza? Si hubiera feria de ellas, bien, villano, aconsejabas a mi desesperación. Luego ¿no la hay? Tome y vaya al terrero de palacio, verá cuán de lance la halla, que allí a cualquiera le sobra, porque ninguno la gasta. Calla, rústico atrevido, villano. Calla, villana; rústica atrevida. ¿Date esotro, y de mí te enfadas? Cada uno da donde puede en descargo de su alma. Y pues ves que vienen dando, ¿qué esperas? Da de puñadas tú a ese tronco que te sigue. Más vale a ti. Si me alcanzas. Vanse. Hermosas lucientes flores, que deste monte en la falda la senda por donde huyó me estáis ostentando ufanas, más por lo que la florece que no por lo que la aja. Decid a la deidad vuestra que Peleo es quien la llama, que a la voz de mis suspiros del florido albergue salga, donde a las tardes reposa en la mullida fragrancia de los ocios que guarnecen catres de oro y lechos de ámbar. Sale AMALTEA. Aunque es verdad que esta tarde la mansión en que descansa la vanidad de las flores adormecida hasta el alba, no cuando iras la despiertan del cierzo que la abrasa, bien como el de tus suspiros, tras cuyos embustes anda desvanecida su pompa, al ver cuán poco tus ansias favorece. ¿Qué me quieres? Ver si pudiese templarlas con decirlas, que así un mal que no se vence se aplaca. Sabrás... Ya lo sé: que Tetis cortesanamente ufana, que es lo mismo que dorarte el puñal con que te mata, te despide; que a la mira, desde que supe que estabas en el monte, te he seguido. Y pues del ruego se cansa, entre a alcanzar la violencia lo que el mérito no alcanza. Todas aquestas auroras, yo no sé lo que la traiga, mas sin saberlo lo temo, tan sola sale a esta playa, que Doris, valida suya, no más es quien la acompaña. Ven con gente, que encubierta detrás de unas verdes ramas, que yo haré crecer la noche y florecer la mañana, en esas quiebras que hace en los riscos la resaca del mar, el paso la impida, cuando huyendo de ti vaya a guarecerse en las ondas: con que en la florida estancia de una gruta que acabó mi artificio en las entrañas del monte, sin que lo sepa nadie, podrás ocultarla. Hurta esta deidad al mar, Plutón de su centro, y... Basta, no prosigas: y supuesto que acciones tan temerarias es lo de menos decirlas, pues fue lo de más pensarlas; hacer la deshecha quiero, al ver que la noche baja, de que me vuelvo a la corte, y de secreto mañana vendré a este puesto con gente, de quien con más confïanza pueda fïar del secreto. Dices bien, vete, ¿qué aguardas? Solo arrojarme a tus pies. No hay que agradecerme nada; y es verdad, vete. Ninguno esta acción acuse, hasta que sea tan desdichado, que adore sin esperanzas. Vase. Y es verdad, digo otra vez, que no hay que agradecer nada a quien por sí lo obra todo. Y más hoy con mayor causa, pues una música, ¡qué ira! que antes escuche, ¡qué rabia! a las flores, ¡qué veneno! saludando al Sol, ¡qué ansia! de parte, ¡qué confusión! de la tarde, ¡qué ignorancia! me ha puesto en duda de que le dejan que hacer al alba. Y más cuando este tirano, que con vanidades tantas desperdició mis favores, aunque por loco le tratan todos, para mí no sé qué razón tiene en que haya su madre (si es que lo es) con equívocas palabras díchole antes en enigmas cosas, que él une y engaza con hallarle entre las flores. Y así, antes que a luz salga el embrión destas sombras, por si contrario se halla de hijo de Apolo, no pueda adelantar la esperanza para con Tetis, importa que procure adelantarla hoy yo para con Peleo, tanto es lo que me acobarda, lo que me aflige, me angustia, me asusta y sobresalta aquel canto. Mas ¿qué mucho aun ahora parece que anda sonándome en los oídos como susurro que aguarda por algún rato el rumor? O díganlo esas lejanas cláusulas que van diciendo en voces dos veces altas. Y repitan unidos vientos y aguas, al compás que forman cristales y auras, de unos y otros acentos las consonancias, para hacer del palacio del Sol la salva. Descúbrese el teatro de las estrellas, y en el aire CLIMENE y FAETÓN. Dentro arriba IRIS. Ya a las puertas os dejo del palacio del Sol. Bien el reflejo sin tu voz lo dijera, que en estrellas la noche reverbera. Mejor la humana planta que grave estremeció fábrica tanta. Ya en nítidos fulgores, declarándose van los resplandores. ¡Qué común alegría! Son del primer crepúsculo del día, y de sus luces bellas se van obscureciendo las estrellas, en cuya muchedumbre una lumbre se apaga de otra lumbre, ya con llama más pura del alcázar se ve la arquitectura, y en su todo y su parte poder y estudio obrar tan sin miseria, que la materia sobresale al arte, y al arte sobresale la materia. Bien la fatiga seria ya del buril, ya del cincel lo diga; pues hallo la fatiga en su menor esconce salido al vidro y familiar al bronce. Ya habiendo de la luz rasgos primeros, desvanecido estrellas y luceros, entre líneas descubre las perfectas imágenes de signos y planetas. Y ya rasgando los cerúleos velos, coluros ilustrando y paralelos en regio solio en que a dormir declina, el sol hacia el zodíaco camina, en cuya faja bella la senda de la eclíptica es su huella. ¡Qué joven se mantiene! Pero ¿qué mucho si en su mano tiene del día la continua monarquía, siendo para él toda la edad un día? Antes que del bizarro trono trascienda al pórtico del carro, como extrañando el peso que padece su gran mansión, que quiere hablar parece. Será sin duda en métrica alegría, que aquí cuanto se escucha es armonía. Aves, pues llora el Aurora, decidle al Sol que madrugue; porque con solo cendales de oro, es justo que llanto de perlas se enjugue. ¡Oh vosotros, a quien Iris en alas de viento sube sobre piras de vapores en pedestales de nubes! ¿Cómo os habéis atrevido, sin que ni el aire os asuste, sin que ni el fuego os asombre ni el esplendor os deslumbre, a pisar, estremeciendo almenas y balaustres, destos dorados retretes los pavimientos azules? ¿Cómo os habéis atrevido, segunda vez lo pronuncie, deste reservado solio, que yo solo es bien que ocupe, la línea tocar sin ver que su inmensa pesadumbre es el taller destos rayos y oficina destas luces? Pero ya al reconoceros cese el enojo, y rehúse al sentimiento el amor. ¿Qué queréis? Que nos escuches. Sagrado dios de Delo. Alma de el mundo. Corazón de el cielo. Vida de las humanas monarquías. Árbitro de las noches y los días. Espíritu admirable. De racional, sensible y vegetable. Esplendor de esplendores. Aliento de los frutos y las flores. Anhélito süave. Del bruto, de la fiera, el pez y el ave. Padre común del hombre, padre dije, ¡qué bien me sonó el nombre! Hoy a tus plantas derrotada viene la fortuna de Eridano y Climene. Antes que me digas más, no Eridano le pronuncies, Faetón es su nombre, en muestra que el fuego al fuego produce. Y si es vuestra pretensión que por hijo le divulgue, ya lo está, pues lleva el nombre que es carácter de mi lumbre. Y no haberlo dilatado hasta aquí, Climene, acuses, que a Júpiter y a Dïana airados hasta ayer tuve, sin poderlo declarar, porque uno ni otro no juzgue que blasonando el delito segunda vez los injurie. Pero ayer, viendo cuán fiero el hado su influjo cumple, a revocarte mis ansias tan rendidamente acuden, que la apelación de entrambos me admitieron, con que hoy pude, con su desenojo, hacer que hijo mío le intitules. Con que batiendo otra vez Iris las alas que pulen rosa y jazmín, con los dos los golfos del aire sulque, que me dan prisa las aves, diciéndome que madrugue. Porque con solo cendales de oro, es justo que llanto de perlas se enjugue. Aunque llevo en tus honores cuanto pretendido truje, Climene ha dado ocasión a que ser verdad se dude. Dice bien, y si no lleva una seña que le ilustre, tan por loco como antes has de ver que le presumen. ¿Qué seña quieres? Si una a que mi altivez me induce, a que mi aliento me llama y mi soberbia me infunde me otorgaras, ella fuera su desengaño y mi lustre. Nada habrá que tú me pidas que otorgarte no procure, en desagravio del tiempo que hizo el temor que te oculte. ¿Que lo cumplieras?, premite que te pida que lo jures. ¿Qué importa jurarlo quien aun lo que no jura cumple? Mas porque no te acobardes en pedir, ni de mí dudes, por la gran laguna Estigia, juramento indisoluble de los dioses, cumplir yo juro cuanto tú pronuncies. Pues déjame que tu carro hoy rija, para que triunfe tan de todos de una vez que todos de mí se alumbren. Galatea, Amaltea y Tetis, vean, puesto que traslucen las deidades de tu alcázar, las más lejanas vislumbres, que hijo tuyo me acredita tu mismo esplendor, y suple tu persona la mía, puesto que como las tres lo anuncien, duda a los demás no queda para que desde hoy me encumbre en las aras que por hijo tuyo merecidas tuve. Mucho me pides, Faetón, que el regir mi carro incluye más dificultoso examen que tus pocos años sufren. Tan precisa es mi carrera por la línea que la incluye, que desmandada verás que más abrasa que luce. Si se elevara, encendiera esta celeste techumbre, y si declinara, toda la tierra hiciera que ahúme. Si a diestra o siniestra se hacen, sin que a la rienda se ajusten los dos, Etonte y Flegón, caballos que le conducen, los signos desbarataran en no usadas inquietudes, todo el orden de la tierra viviera contra costumbre, y al descender presumieras que todo el cielo se hunde. Y así de mi juramento el voto absuelve, no impugne que tú pidas lo que ignoras y yo ignore lo que jure. A mi espíritu valiente no hay recelo que le turbe, ya yo pedí y tú juraste. Y yo su intención ayude. Si es justo que en tu memoria aquella obligación dure, con que por tu amor a riesgo vida, alma y ser, honor puse, rija tu carro Faetón. Y sepa el mundo que hube... Yo en tus ojos gracia. Yo en tu gracia, honor y lustre. No receles. No recates. No resistas. No rehúses. Cuando aclamando tu luz. Le dan priesa a que madrugue. Porque con solo cendales de oro es justo que llanto de perlas se enjugue. Ya lo juré, y pues no puedo revocarlo, al eje sube, en que deste trono al carro pasa, para que dél uses. A él y a tus puertas me eleva más la ambición que la nube. Y yo a la tierra desciendo, donde sus dichas promulgue. Con temor voy de que tanto esplendor no perturbe. Con ansia voy de que vea todo el orbe que dél triunfe. Con deseo voy de que por hijo del Sol le juzguen. Cuando vean que por él, y no por el Sol se escuche. Aves, pues llora el Aurora, decidle al Sol que madrugue, porque con solo cendales de oro es justo que llanto de perlas se enjugue. Desaparecen los tres y cúbrese la Luna, y salen BATILLO y SILVIA. En fin, ¿porfías en que has de irte a ser soldado? Si no basta lo rezado, cantando te lo diré. Canta. ¡Ay que me vo, que me vo, que me vo, si te diere el aire en la cara sospiros son que los envío yo! Mira si es bien claro o no; y adiós, que ir a buscar quiero a mi campitán. Primero también he de cantar yo. ¡Ay que me quedo, me quedo, me quedo, si te diere un garrote en la espalda palabras son que van dando y pidiendo! Canta. De palabras no hagas aprecio, boba, que es de mercadantes cumplir parola. Llévame contigo, que más me agrada moza ser de soldado que de soldada. Baste en mi partida que llores, Silvia. Y que diga yo sobra, gentil partida. Y pues no hay remedio, los brazos, y adiós. ¡Ay que me vo, que me vo, que me vo! Toma, y yo prosiga, pues no hay remedio. ¡Ay que me quedo, me quedo, me quedo! Si te diere el aire en la cara. Si te diere un garrote en la espalda. No dudes, no, suspiros son que los envío yo. Ten tú por cierto, palabras son que van dando y pidiendo. Salen AMALTEA, EPAFO y unos enmascarados. Aquellas recientes ramas que entre la ola y el escollo parece que a luz nacieron y no fueron sino aborto, es la celada en que habéis de estar ocultos vosotros. Tú en la quiebra de ese risco también lo has de estar a estotro lado, mientras la deshecha hago yo de que lo ignoro, con mi coro al Sol cantando. Y cuidado con el tono, porque él te ha de dar aviso si Tetis saliere. En todo verás que te obedecemos. Y yo, que soy cauteloso áspid hoy de amor verás, pues en las flores me escondo. Pasan los embozados por delante, y EPAFO se esconde. Y yo veré si impedir de Eridano el amor logro, y una vez perdida Tetis, mas que sea hijo de Apolo. Vase. ¿Qué embozos son estos, Bato? Yo no entiendo bien de embozos; pero si un tonto me era, me he quedado hecho dos tontos. Retirémonos aquí, y no peguen con nosotros. Al entrarse sale CLIMENE y GALATEA. ¿Aún no acabamos con fieras y ya empezamos con monstruos? No muy acabado, Silvia, pues al decirlo me topo ella por ella con ella. No temas, pues es notorio que es mujer. Peor que peor, que mujer fiera es lo propio que si se pusiera uno basilisco sobre otro. Vanse. ¿Qué me dices? Lo que pasa, hoy jurado hijo de Apolo, le verás regir el día. No fue en vano el amoroso afecto que le tuvimos las náyades, en fin, como hermanas suyas. ¡Oh si ya amaneciese a mis ojos! Dentro. Pues ya las cumbres del monte rayándose van, a bordo el risco llegad, que hoy quiero dejar por la playa el golfo. No menos para mí es, Galatea, el alborozo de que antes que él salga, Tetis, en el peñasco vistoso que ya otras veces la vimos, venga a estos verdes contornos, para que si fue testigo de mis pasados enojos, de mis venturas lo sea. Descúbrese el mar con TETIS y ninfas. Veo y verás que convoco mis ninfas, y para que hoy hagan salva con más gozo que nunca al Sol. Vanse las dos y bajan ellas al tablado. Por no hacer, Doris mía, sospechoso el salir las dos a tierra solas, tantas veces, tomo por partido el volver hoy con todo el primer adorno, si bienes de mi cuidado siempre el intento aquel propio de saber en qué paró el suceso prodigioso del templo, y qué se habrá hecho Eridano, que por loco echaron dél. Quiera el cielo que Peleo, riguroso como otras veces, no sean de nuestra venid estorbo. Por eso, Doris, salir antes hoy que el Sol dispongo, pues no es hora de que él aquí esté. Sale AMALTEA con su CORO. Pues ya noto que está Tetis en la playa, ya es hora que nuestro coro dé aviso a Peleo, y más cuando el Sol parece que, prompto para salir, esperaba a que ella saliese solo. Bellos triunfos de Amaltea, a quien inspira el Favonio, avisad a quien le aguarda, que ya está el Sol con vosotros. Sale EPAFO. Bellos triunfos de Amaltea, a quien inspira el Favonio, avisad a quien le aguarda, que ya está el Sol con vosotros. Conmigo esta letra habla, y es verdad, si reconozco allí a Tetis; pues ¿qué espero? Sale a otro lado GALATEA y su CORO. Pues que sus hermanas somos, cantad, que a nadie más toca saludar sus rayos rojos. No al ver hoy al Sol corráis cristales tan presurosos, parad, tened y veréis que parece uno y es otro. No al ver al Sol corráis cristales tan presurosos, parad, tened y veréis que parece uno y es otro. ¿Qué me detenga me avisan? Pues dijo que con el coro me hablaría. Otro sin duda está al paso, atrás me torno. Pues que flores y cristales hacen salva con sonoros acentos al Sol, hagamos nosotras también lo propio. Marinas ninfas de Tetis, saludad al Sol hermoso, pues no menos luz le deben que las campañas, los golfos. No me ha entendido o mis ecos ha confundido con otros. Volved a llamar, que allí Galatea importa poco. Bellos triunfos de Amaltea, a quien inspira el Favonio, avisad a quien le aguarda que ya está el Sol con vosotros. Que ya está el Sol con vosotros, ya vuelve a decir que llegue. No esté vuestro canto ocioso. No al ver hoy al Sol corráis cristales tan presurosos, parad, tened, y veréis que parece uno y es otro. Pero otra vez que no salga, dice. Repetid el tono. Hermosas ninfas de Tetis, saludad al Sol hermoso, pues no menos luz le deben que las montañas, los golfos. Descúbrese el carro con FAETÓN. No sé lo que me resuelva, mas que a suspenderme absorto. Más en la gran majestad de tanto esplendor heroico el solio me desvanece, que no la altura del solio. La seguridad lo diga con que etéreos campos corro, siendo en piélagos de plata luciente bajel de oro. Cuando a los dos movimientos discurro el celeste globo, con el natural a giros y con el rápido a tornos; ¡oh cuánto mundo descubro!, más ostentándose hermoso con el desaliño a partes, que a partes con el adorno. Las poblaciones lo digan de los montes en contorno, en quien campea no menos lo pulido que lo bronco. ¡Qué bien parecen los mares, de toda la tierra fosos, redutos siendo los ríos y surtidas los arroyos! ¡Qué bien la visten las plantas, en cuyo vulgo frondoso son las flores la nobleza y los villanos los troncos! La variedad de los brutos, ¡qué bien la adorna, si noto cuán distintos unos vuelan, otros corren, nadan otros! Tras de tanto inmenso objeto (perdóneme esta vez todo) de Tesalia el horizonte, que ya descubierto doro, de mis vanidades es el más luciente alborozo; que al fin no es dichoso quien no es en su patria dichoso; y más cuando en Tetis veo un sol que desde otro adoro, a Galatea diviso y a Amaltea reconozco. ¿Cómo hiciera yo que en mí repararan, pues sus ojos bien como deidades, pueden vencer luces?, que no logro en mis vanidades, sino me ven. Ya en el regio trono se deja ver. Pues ya sale el Sol. Aunque escuche sordo, volved a cantar. No cese la voz. La vuestra tampoco. Bellos triunfos [de Amaltea, a quien inspira el Favonio, avisad a quien le aguarda, que ya está el Sol con vosotros]. No al ver hoy [al Sol corráis cristales tan presurosos, parad, tened y veréis que parece uno y es otro]. Marinas ninfas [de Tetis, saludad al Sol hermoso, pues no menos luz le deben que las campañas, los golfos]. Babel de música es el valle, a salir no oso, ni estarme oculto, que a un tiempo mucho escucho y nada oigo. Sale CLIMENE. Bello prodigio del mar, de las flores bello asombro, del cristal portento bello, y bellos lustres de todo. Volved los ojos al día, que saluda tan sonoro vuestro canto, de los tres confundidos vuestros coros, y veréis, pues podéis verlo, que ese plaustro luminoso del Sol conducido viene del que tuvisteis por loco. Faetón, no Eridano ya, le trae, como hijo de Apolo, sed testigos de su honor, pues lo fuisteis de su oprobio. O escuchen o no; ¡ha del mundo!, repara en mí, y mira cómo dueño de la luz del día, la sombra a la noche rompo. ¡Qué maravilla! ¡Qué asombro! ¡Qué admiración! ¿Qué es lo que oigo? Faetón, Eridano ¡cielos!, pues perdóneme el decoro, que si atendí enamorado no puedo atender celoso. ¿Qué admiras, Tetis? A un tiempo de Faetón el triunfo heroico y el atrevimiento tuyo, pues no menos ambicioso, si él se atreve al Sol, tú a mí. Y pues ya no es él el loco, sino quien el desengaño quiere escuchar como enojo, ¿qué me quieres? Que me escuches. Es en vano, pues que solo conseguirás que de ti huyendo me vuelva al golfo. Al irse al mar salen los embozados. Mal podrás, porque sabremos tu paso impedir nosotros. ¿Qué traición es esta? Es un desesperado arrojo que empezó el amor y acaban los celos. ¡Cielos piadosos! ¡Traición! ¡Qué horror! Ven conmigo. Vea Faetón que me nombro, si él el Sol, yo su Proteo, pues su mejor luz le robo. Vanse con ella. ¿Qué es lo que miro? ¡Ay de mí! Traidor Epafo, alevoso, robada a Tetis se lleva. Acudid, acudid todos. Sale ADMETO por una parte y ERIDANO por otra. Cada vez que al monte vuelvo en busca de Peleo, topo una confusión. ¿Aún no hemos, hado riguroso, acabado con mis penas? ¿Qué será aqueste alboroto? Sepamos qué es esto, Bato. Sepamos. ¡Cielos, socorro! ¿Qué es esto? Peleo robada lleva a Tetis. Presurosos le sigamos, no cometa tan grande delito. Poco importa, si una vez yo en mis albergues le escondo. ¿No vamos tras ellos, Bato? Sí, mas vamos poco a poco. ¡Valedme, cielos!, que es de vuestros claustros desdoro que a ellos los celos se atrevan, o perdonadme si rompo de la carrera la línea, alterando el orden todo del día, que he de seguirle o morir en su socorro. Mas, ¿qué es esto? Los caballos desbocados y furiosos, viéndose abatir al suelo, soberbios extrañan otro nuevo camino... Y no, ¡ay triste!, en esto resulta solo el desmán, sino en que ya la cercanía del solio, Del teatro del fuego aparece. del ardiente luz de tantos desmandados rayos rojos montes y mares abrasa. ¡Clemencia, cielos piadosos! ¡Piedad, Júpiter divino! ¿Dónde vamos con el robo, si más nos importa huir de incendio tan riguroso? De cuantas veces el agua vengó del fuego el destrozo, el del agua hoy venga el fuego. Si es castigo, en tu socorro, de mi atrevimiento, aplaca la ira, que a tus pies me postro, y no ya para tu agravio, para tu amparo en mis hombros. ¡Ay de estado tan terrible! ¿Quién creerá que en tanto asombro yo abrase al mundo y a mí? Mas ¿qué mucho, si a mis ojos a Tetis, ¡ay infeliz!, llego a ver en brazos de otro? Y así perdido lo más, ni tienda que airado arrojo, ni el curso que ciego pierdo, podrán hacer que sea estorbo de no despeñarme al mar, y pues yo ardo, arda todo. ¿Qué es esto, Bato? No es nada, que el cielo sobre nosotros se cae y no más. Los ejes del cielo caducan todos. ¡Júpiter, pïedad!, que hoy de plantas, flores y troncos el verde ornato perece. ¡Piedad, Júpiter!, que undoso el cristal perece, secos los ríos, fuentes y arroyos. Que sería su desdicha cumplió el hado riguroso, el saber Faetón quién era. ¡Clemencia, cielos piadosos! Ya Júpiter aceptó vuestros lamentos piadosos, pues cortando con un rayo el brío de su ambicioso espíritu, que abrasando iba el mundo, en el undoso Eridano, que la cuna le dio, y el mauseolo. Si lo que te ofendí amante puedo restaurar esposo, sea el temor de sus iras de Júpiter desenojo. Ya en tu poder y en tus brazos me vi, débame el decoro que con esto el desagravio del pasado agravio compro. Felice él y feliz yo. Y yo, pues venganzas logro. Solo para mí no hay consuelo en mal tan penoso. Ni para nosotras, puesto que apenas hermanas somos de Faetón, cuando obligadas a lágrimas y sollozos quedamos. Climene, todas las náyades al asombro inmóviles han quedado. Y aun convertidas en troncos. De álamos negros serán desde hoy sus suspiros roncos, que las lágrimas distilen de el ámbar. Con que los bobos lo creerán, y los discretos sacarán cuán peligroso es desvanecerse, dando fin Faetón, hijo de Apolo.