Ni amor se libra de amor Famosa Comedia Personas que hablan en ella Anteo Lidoro Arsidas Friso Fabio Libio Atamas Cupido Siquis Astrea Selenisa Flora Soldados Dos salvajes Músicos Voces Jornada Primera Sale un coro de música, y detrás Selenisa, suelto el cabello y coronada de flores, y con la copla que se canta y representa, dando vuelta al tablado, yéndose a tiempo que por una parte salen Lidoro y Libio, y por otra Arsidas y Fabio. Venid, hermosuras felices, venid… Venid, hermosuras felices, venid… …a hacer sacrificios hoy… …a hacer sacrificios hoy… …a la diosa de la hermosura,… …a la diosa de la hermosura,… …que es hija de nieve, y madre de ardor. …que es hija de nieve, y madre de ardor. Venid, venid, con planta veloz al templo divino de Venus y Amor. Venid, venid, con planta veloz al templo divino de Venus y Amor. Si ésta es Selenisa, Fabio, ¡dichoso mil veces yo! Yo mil veces infelice, si la que mirando estoy, Libio amigo, no es Astrea. ¿Tanto el verla te agradó? ¿A quién pudiera dejar de agradar su perfección? ¿Tan bella te ha parecido? No vi hermosura mayor. Venid, venid, con planta veloz al templo divino de Venus y Amor. Vanse; sale el segundo coro, y detrás Astrea, dando vuelta al tablado. Llegad, hermosuras felices, llegad… Llegad, hermosuras felices, llegad… …a ofrecer adoración… …a ofrecer adoración… …al hermoso prodigio que flecha… …al hermoso prodigio que flecha… …arpones a un tiempo de agrado y rigor. …arpones a un tiempo de agrado y rigor. Llegad, llegad con planta veloz al templo divino de Venus y Amor. Llegad, llegad con planta veloz al templo divino de Venus y Amor. Ya no importa que no sea Astrea la que pasó primero, si ésta lo es. ¡Qué apacible condición! ¡Ay, Fabio, si fuera ésta Selenisa, y la otra no! ¿Qué importará, si en viniendo otra cualquiera, señor, lo mismo dirás?, que siempre la postrera es la mejor. Llegad, llegad, con planta veloz al templo divino de Venus y Amor. Vanse, y sale el tercer coro, y detrás Siquis. Corred, hermosuras felices, corred… Corred, hermosuras felices, corred… …a rendir el corazón… …a rendir el corazón… …a la deidad que vibra en sus ojos… …a la deidad que vibra en sus ojos… …los arcos de diosa y las flechas de un dios. …los arcos de diosa y las flechas de un dios. Corred, corred con planta veloz al templo divino de Venus y Amor. Corred, corred con planta veloz al templo divino de Venus y Amor. ¡Oh Júpiter! ¿Qué asombro es el que miro? ¿Qué portento, ¡oh Apolo!, es el que admiro? No hizo naturaleza la rara perfección desta belleza. Por ostentar el cielo su luz pura, la fábrica dictó desta hermosura. ¡Oh, quiera el hado que ésta fuese Astrea! ¡Oh, quiera Amor que Selenisa sea! Corred, corred, con planta veloz al templo divino de Venus y Amor. Vanse. ¿De qué te has suspendido? Al prodigio que vi perdí el sentido. ¿De qué te has elevado? Al asombro que vi quedé admirado. Pues ¿no era la primera muy hermosa? Confieso que lo era; mas fue flor que, aunque hermosa, se marchitó a la vista de la rosa. ¿Muy bella no dijiste que la primera era que aquí viste? Sí; pero rosa fue que, aunque fragrante, se oscureció a la vista del diamante. La segunda, ¿no fue divina y bella? Fue un diamante a la vista de una estrella. La otra después, ¿no te agradó? Sí; pero fue una estrella a la vista de una lucero. ¿No estimaras entonces su fortuna? Ya fue lucero a vista de la luna. ¿No murieras entonces en su abismo? Ya fue la luna a vista del sol mismo. Porque ésta, más hermosa,… Porque ésta, más brillante,… …entre comunes flores fue la rosa,… …entre comunes rosas fue el diamante,… …fue estrella,… …fue lucero,… …fue la luna,… …fue el sol,… …fue el cielo entero. ¡Oh, quiera amor que Selenisa sea! ¡Oh, quiera el hado que ésta fuese Astrea! Desta gente que vemos, saber los nombres de las tres podemos. De aquéstos que miramos, saber podremos lo que deseamos. Dices bien; llegar quiero. La licencia que tiene un forastero disculpe… Mas ¿qué veo? ¿Si es acaso ilusión de mi deseo? ¡Arsidas generoso! Abrázanse. ¡Lidoro invicto! ¿Yo tan venturoso que en la isla de Egnido toparos tan acaso he merecido? A gran ventura tengo que en ella os halléis vos, cuando a ella vengo; que aunque haya deseado estar desconocido y disfrazado, necio con novedad, Arsidas, fuera, si con vos el recato se entendiera. Y yo lo mismo digo, que sois, Lidoro, mi mayor amigo; tanto, que al escucharos hoy y al veros, hasta en aqueso estimo pareceros, que también he venido de secreto a la isla. Dicha ha sido, Fabio amigo, el hallarte en aquesta ocasión. ¿Tú en esta parte? Dame, Libio, los brazos. Serán de mi amistad eternos lazos. Por lo menos seremos hoy testigos de una gran novedad. ¿Qué es? Ser amigos, siéndolo nuestros amos, sin revolver familias. Pues que estamos en una misma duda, hoy a sacar el uno al otro acuda. Decís bien, y yo quiero ser el que de ella a vos libre primero. Después que a daros socorro partí a Chipre, vuestro reino, en las guerras que tuvisteis con Pandión, aquel soberbio monstruo, que de la fortuna pretendía entonces serlo, de vuestras sienes quitando, y manos, laurel y cetro; después que su armada visteis de mí derrotada, a tiempo que su ejército, de vos desbaratado y deshecho, tomó la vuelta de Acaya, por tierra y por mar huyendo; y después, en fin, que yo, dejándoos triunfante y quieto, dejé descansar a Marte, colgando el arnés sangriento por último adorno suyo, en primer servicio vuestro, traté de tomar estado; y entrando conmigo mesmo en consejo —si es que el proprio ser puede el mejor consejo—, pedí a Atamas, rey de Egnido, que me diese en casamiento la una de sus tres hijas, por haber oído que el cielo a todas tres las dotó de beldad, gracia y ingenio; tanto, que Paris confuso no determinara el premio de aquella manzana de oro, viendo entre las tres suspenso cuanto litigan iguales de su justicia el derecho, mejor —o miente la fama— que Juno, Palas y Venus. Atamas, pues, respondió, agradecido a mi intento, que de la beldad de Astrea me haría dichoso dueño, ni la mayor ni menor de sus hijas, porque atento a que la heredera suya no hubiese de ir a otro imperio a vivir, no me ofrecía la mayor, que a lo que pienso, es Selenisa; y yo, pues, ni dudando ni creyendo, como antes dije, a la fama altos encarecimientos, lo que oyeron los oídos, acrisolar quise cuerdo al examen de los ojos; porque no importa, en efeto, que a todos parezca hermosa una mujer en extremo, si al que ha de vivir con ella no consigue el parecerlo. No siempre el agrado está vinculado a lo perfecto; agrado hay voluntarioso que se contenta con menos, porque tiene ciertos casos reservados el afecto para sí, que nadie puede ni alcanzarlos ni entenderlos. Tal vez vemos desdichada una hermosura, y tal vemos dichosa la medianía de un parecer, porque es cierto que aunque amor todo es cuestión, es cuestión sin argumento, y así nadie le concluye a razones; que por eso —aunque la frase es vulgar, decirlo aquesta vez tengo— aquello que atray se llama un no sé qué, concediendo que el no saberlo disculpa la culpa del no saberlo. En fin, amor del oído pocas veces hizo aprecio, porque cuando escucho yo unas señas, voy haciendo de las voces que percibe ausente mi entendimiento, un concepto acá en la idea; y si no sale el concepto como le formo, se halla burlado mi pensamiento, lo que no pasa a los ojos, porque no perciben ellos el objeto imaginado, sino realmente el objeto. Y así, por no dejar nunca escrupuloso el deseo, si Astrea no fuese como la imaginase, sabiendo que hoy en Egnido se hacen los sacrificios… Teneos; que quiero yo proseguir, pues a lo que considero, ya que hasta aquí parecido ha sido el discurso nuestro, es preciso que también haya desde aquí de serlo. Y así, por partir, Lidoro, de la relación el tiempo, pues lo que me habéis contado había de ser lo mesmo que yo os contara, asentando que no es en el mundo nuevo el que concurran tal vez dos en un mismo concepto, proseguiré, porque en uno se sepan ambos intentos; si bien será menester prevenir que los sucesos sólo tienen diferencia en que la que yo pretendo es Selenisa, porque no es para mí impedimento ser heredera de Egnido y no haber de ir a mi reino; que habiendo quedado yo de los pasados encuentros tan pobre, me es conveniencia dejar hoy por el ajeno estado el propio; y así —aquí quedasteis—, sabiendo que hoy en Egnido se hacen los sacrificios de Venus, y que todas las doncellas, desde la que ilustra el pecho real sangre a la más humilde, al aire suelto el cabello y coronadas de flores, con músicos instrumentos y sus dones cada una, concurren a aqueste templo a pedir para su estado a la diosa sus proverbios; con deseo yo de ver a Selenisa primero que con ella me despose, quise venir encubierto a la isla; y por ser paso de poder verla este puesto que entre el templo está y palacio, en él he estado suspenso de ver en las tres deidades tres bellísimos portentos que parece que a porfía la naturaleza ha hecho. Dudoso, pues, de ignorar entre las tres cuáles fueron, a preguntaros sus nombres diciendo llegué… Dentro ruido de voces. dentro ¡No hay Venus! ¡Siquis es de la hermosura la diosa! ¿Qué será aquello? ¿Qué os espanta? Habrán venido otros a ver de secreto sus esposas, y querrán proseguir también el cuento. ¡Viva Siquis! ¡Siquis viva! ¡Sus estatuas derribemos! ¡Profanemos sus altares! ¡Viva Siquis! ¡Muera Venus! ¿Qué novedad será ésta? Todo es confusión y estruendo. ¡Venus muera! ¡Siquis viva! ¡Vasallos, amigos, deudos…! Es en vano. ¡Viva Siquis! Salen Anteo y Friso. ¡Raro caso! Y aun espeso. ¿Que siempre, Friso, has de estar loco? Cuando salgo huyendo por no ser cómplice, ¡ay triste!, en tan sacrílego intento, ¿de burlas hablas? ¿Qué quieres, si nací así? Caballero, si el serlo los dos, y el ser de más a más forasteros, en cualquiera ilustre sangre halla noble acogimiento, decidnos qué novedad es ésta. Escuchad atentos; que a precio de desahogar mis penas y sentimientos, os buscara agradecido a que quisierais saberlos. (¡Qué miro! ¿Arsidas no es éste, y aquél Lidoro, encubiertos en Egnido y disfrazados? Mas ¿quién me mete a mí en esto?) Los moradores de Egnido, isla consagrada a Venus, por heredada costumbre y ceremonia tenemos hacerla todos los años fiestas en aquese templo, en cuyas aras su imagen tiene religioso asiento. Las jóvenes hermosuras que estado esperan, con celo devoto, como, al fin, madre de Amor, la ofrecen inmensos dones, para que felices las haga en sus casamientos; que aun las deidades se obligan de la dádiva y el ruego. A este, pues, culto la diosa, en fe de agradecimiento, responde tal vez de algunas los hados malos o buenos. Entre las varias beldades que hoy a sus aras vinieron, fueron las tres hermosuras, hijas de Atamas, rey nuestro. Selenisa la primera fue que al templo entró. (Yo muero, pues no es Selenisa aquélla que robó mi pensamiento.) (Albricias, alma; que aún tienen esperanza mis deseos.) Astrea fue la segunda. (Ya no la tienen.) Siguiendo a las dos Siquis llegó… Aquí es forzoso el haceros un paréntesis; si fuere largo, perdonad os ruego, que en llegando a hablar de Siquis, no es posible humano acento ceñirse en las alabanzas de tan divino sujeto; y más yo, que declarado amante suyo y su deudo, si no la merezco agrados, rigores no la merezco. (¡Oh, qué anticipado al gusto anda siempre el sentimiento!) (¿A quién llegaron jamás antes que el amor los celos?) Es Siquis la más hermosa dama que vio el sol, corriendo, campeón de sombras y luces, el azul campo del cielo; desde un oriente a otro oriente, desde uno a otro ocaso, es cierto que no vio igual hermosura. Sea consecuencia desto alumbrar con mayor día la estación deste hemisferio, como academia en que va estudiando y aprendiendo los preceptos de la luz, y aún ignora los preceptos, pues donde los cursa más es donde los sabe menos. Todo el año es primavera esta isla, produciendo, a las órdenes de Siquis, flores el tiempo sin tiempo. Cuando sale de palacio, están los públicos puestos, con alborozo de verla, todos de gente cubiertos. ¡Cuántos, o ya penetrando los montes, o ya rompiendo los mares, peregrinaron por sólo mirarla, siendo el primero voto humano de hermosura sin ejemplo! Opinión hay que Cupido, sin verla, se ausentó huyendo de Egnido, como quien dice: «No hago falta yo en imperio donde Siquis queda por virreina de mis incendios.» Tal es, en fin, su belleza, que varias personas, viendo en el altar a la diosa y a la Siquis en el suelo, dudaron entre alma y mármol el culto y el rendimiento. Quizá ocasionó esta envidia el lastimoso suceso que sabréis, si no me falta para decirle el aliento. La tercera, pues, entró al templo Siquis, y luego la aclamó todo el concurso segunda deidad del templo. Llegó al altar de la diosa, en sacrificio ofreciendo dos tórtolas, que se iban enamorando a requiebros, cuando —aquí la lengua torpe duda— la estatua —suspenso teme el labio— sobre el ara —aun de imaginarlo tiemblo— se movió, y en alta voz dijo este infausto proverbio: «Infelice tu hermosura, Siquis, será, pues tu dueño un monstruo ha de ser»; a cuyo fatal, pavoroso acento, respuesta común de todos fue por un rato el silencio. Siquis le rompió con voces lastimosas, que los cielos penetraron a gemidos y rasgaron a lamentos. El rey y sus dos hermanas, en mil lágrimas deshechos, el vaticinio —si es que es vaticinio el agüero— rogaban que derogase la sacra deidad; y viendo que era género de envidia, concitado todo el pueblo contra la diosa, empezó con osado atrevimiento en favor de Siquis bella a hacer tan grandes extremos que, en fieras comunidades el vario concurso envuelto, las estatuas de la diosa del altar derribó al suelo. Empezólo a defender Atamas prudente; pero ¿quién a un vulgo desbocado, determinado y resuelto a raya podrá parar? U díganlo esos estruendos que yo no me atrevo a oír, temeroso que el supremo Júpiter confirme el hado, a vista del sacrilegio; y así, huyendo de ellos voy… aunque, si mejor lo advierto, el amenaza de Siquis ni la dudo ni la temo; pues si un monstruo ha de gozarla, monstruo es mi amor; con que a un tiempo se podrán cumplir iguales sus hados y mis deseos, por más que en confusas voces quede ese vulgo diciendo:… Vase. ¡No hay ya Venus! ¡Siquis viva! ¡Vasallos, amigos, deudos…! En en vano: ¡viva Siquis! ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! (Ellos son; no hay que dudar, memoria, de que son ellos. Con tal secreto en el buche, mucho haré si no reviento.) Pues ya es Siquis nuestra diosa, su hermosura celebremos. A ella sola se dediquen himnos, canciones y versos. Salen todos en tropa, cantando. Pues que Venus envidia la beldad suya, Siquis es la diosa de la hermosura. Suspended vanos aplausos, y advertid que de los cielos no se vencen los enojos con la indinación, y que esto es injuria que podrá irritarlos, no moverlos. Si de Siquis el influjo a tal pena la ha dispuesto, para que Venus divina revoque el rigor severo, aplaquémosla con llantos, obliguémosla con ruegos, no con baldones que puedan doblarla los sentimientos. Diosa que ha tenido envidia no es diosa. Diosa que ha puesto el aplauso en la venganza no es diosa. A Siquis queremos. Pues que Venus envidia la beldad suya, Siquis es la diosa de la hermosura. No habéis de pasar de aquí. ¿Mi respeto a deteneros no es bastante? No se ofende de lisonjas el respeto. Pues que Venus envidia la beldad suya, Siquis es la diosa de la hermosura. (Muriendo de envidia voy de ver el común afecto que Siquis ha merecido, Selenisa.) (Si confieso la verdad, también, Astrea, llevo el propio sentimiento.) Hasta dejarla en palacio, vamos cantando y tañendo. Sed testigos, cielos, que esta vanidad no aceto. Y sed testigos que yo de que repitan me ofendo:… Pues que Venus envidia la beldad suya, Siquis es la diosa de la hermosura. Vanse. Retirémonos, Lidoro, porque es fácil conocernos entre tanta gente alguno. Decís bien. (Yo voy muriendo de batallar, Siquis bella, con tu hado y con mi afecto.) (¡Ay, divina Siquis! ¡Quién pudiera echarte del pecho!) ¿Qué llevas? ¿Qué he de llevar? ¿Qué sientes? No sé qué siento. Pero ¿qué más que haber visto beldad por quien dice el eco…? Pues que Venus envidia la beldad suya, Siquis es la diosa de la hermosura. Vanse, y sale Cupido con arco y flechas. «¿Pues que Venus envidia la beldad suya, Siquis es la diosa de la hermosura?» Miente el sacrílego acento, que, discurriendo veloz, del delito de su voz cómplice hace a mi tormento. ¿Qué humano merecimiento puede haber de quien se arguya…? Pues que Venus envidia la beldad suya,… Aunque el mundo discurría y a esta isla no llegaba, porque con mi madre estaba segura mi monarquía, me tray a ella la armonía que dar a entender procura… …Siquis es la diosa de la hermosura. Moradores del Egnido, donde, sin segundo ejemplo, su deidad os debió templo que asombro del mundo ha sido, ¿cómo os habéis atrevido a hacerla ofensa tan suma? ¿Vanidad hay que presuma competir —¡qué error tan ciego!— a la que es madre del fuego, con ser hija de la espuma? Pues que Venus envidia la beldad suya, Siquis es la diosa de la hermosura. ¿Su templo —¡desdicha airada!— sin culto ya —¡qué pesares!—, sin víctimas sus altares y su estatua derribada? ¿Su deidad tan profanada, y yo con vida y sentido? Hoy, madre, en ruinas de Egnido mayor aplauso te espera, pues hoy será su venera triunfal carro de Cupido. Mas ¡ay!, que no mi esperanza así facilito sabio; quien fue dueño de su agravio lo será de mi venganza: Siquis, pues es la que alcanza tanto aplauso, tanto honor, examine de mi ardor la violencia, pues se entiende que ofende a Amor quien ofende a la madre del Amor. En su seguimiento iré, y de un arpón y otro arpón aljaba su corazón a merced del arco haré; de uno a otro pasaré con sangrienta furia brava, por si así mi injuria acaba, para que dude después, al recogerlos, cuál es su corazón o mi aljaba. Si cuando de paz venía, tanta guerra hice a la tierra, ¿qué haré viniendo de guerra? Tema el sol, túrbese el día, la noche anticipe fría sus sombras, todo sea horror, pues ya aún ofensa es mayor, que, a pesar de mi poder, no tiemble el mundo de ver que está de venganza Amor. Prosiguiendo a vista de mis injurias… Pues que Venus envidia la beldad suya, Siquis es la diosa de la hermosura. Vase. Sale Selenisa, Astrea, Flora y Atamas. Astrea, no me consueles en desdicha tan precisa; no procures, Selenisa, en fortunas tan crueles, mi sentimiento aliviar. Advierte… ¿Qué he de advertir? Oye… ¿Qué tengo de oír? Mira… ¿Qué puedo mirar? Que tal vez, aunque los cielos amenazan con rigor, saben templarse, señor, en la ejecución. Consuelos inútiles para mí intentó vuestra porfía. ¡Ay, hermosa Siquis mía! No se remedian así de los hados los efetos. Si Venus amenazó a Siquis, Júpiter no; y puesto que los decretos de otros dioses revocar él puede, pídele a él temple el rigor del cruel amenazado pesar. Dices bien; y, dando indicios de mi dolor y mi fe, hoy a Júpiter haré en su templo sacrificios, a ver si de mi infelice suerte se llega a doler. Bien harás; acude a ver lo que Júpiter te dice. ¿Adónde Siquis está? Desde que en palacio entró, en su cuarto se encerró, diciendo a voces que ya ni aun el sol no la ha de ver, porque solicita allí encerrada ver si así puede el influjo vencer que la amenaza. Si ha sido envidia de su hermosura por quien Venus la procura tanto rigor, ha elegido buen medio en que no la vea nadie en el mundo. Quizá, muerta en vida, cesará la envidia en Venus. Tú, Astrea, y tú, Selenisa, ¡ay Dios!, de nadie la dejéis ver. Sus guardas habéis de ser; mirad por ella las dos, en tanto que mi dolor va a Júpiter soberano, aunque temo hallarle en vano contra la madre de Amor. Vase. ¡Buena comisión ha sido la que os ha dado! Él desea que nadie de Siquis vea la hermosura, persuadido a que solamente es ella de su desdicha ocasión. Pues no es tanto perfección como influjo de su estrella. Claro es. Sí, pues en vosotras la misma envidia no vi. (¿Qué damas no hablan así en ausencia de las otras?) Otra la plática sea, y quédese para hermosa. ¿Estás, dime, muy gustosa de tomar estado? Astrea, gustosa ni disgustada de Arsidas estoy, porque como no le vi, no sé si me agrada o no me agrada. ¿No es rigor que una mujer, porque principal nació, case con quien nunca vio? Yo bien me holgara de ver a Lidoro antes que el sí diese. Yo a Arsidas; mas ya no podrá ser. Sale Friso. (¿Si estará Flora acaso por aquí?) ¿Cómo, sin mirar primero el decoro que agraviáis, hasta aquí, Friso, os entráis? Como soy un majadero. ¿Qué es eso? Que ese criado de Anteo se entró hasta aquí. (Disimularé que a mí busca.) Es un desvergonzado atrevido, y cada día… (Flora me acusa. ¿No fuera bueno que a voces dijera que a ella a buscarla venía?) ¿Qué queréis? Decid. (¡Qué aprieto! Pero de un camino haré dos mandados, y diré la disculpa y el secreto.) En entrar aquí, por Dios, que culpa ninguna ha habido, sino un caso en que habéis sido interesadas las dos. Si os enojé, antes de oílle me iré. Manda detenelle. No os vais. (Ya desean sabelle tanto como yo decille.) (Él a buscarme venía, y como a las dos ha hallado, algún enredo ha pensado.) Decid. Oíd la historia mía. Antes que a servir a Anteo, mi señor y vuestro primo, desde Chipre, que es mi patria, viniese al reino de Egnido, soldado fui en Chipre, cuando a Arsidas, su rey invicto, Pandión, un bárbaro isleño, cosario del Ponto, quiso tiranizarle el laurel, en cuyo socorro vino de Arsidas Lidoro ilustre, rey de Aterón invicto; habiendo dicho que allí me hallé, no dudo que he dicho que allí conocí a los dos, pues serían conocidos bastantemente dos reyes en sus ejércitos mismos, donde aun los menos amados son por lo menos bien vistos. Bien pudiera detenerme en contar los hechos míos, pues viene a ocasión decir que desta espada a los filos la vitoria se debió; mas no quiero inadvertido que ponga en duda el hacerlos la liviandad del decirlos. Vamos, pues, al caso: hoy, entre la gente que ha habido forastera, disfrazados a los dos juntos he visto. Y habiendo sabido yo, porque todos lo han sabido, que las dos para los dos tenéis cierto desafío aplazado, cuidadoso vengo a daros el aviso de que ya están en campaña los contrarios; pues si sigo la metáfora, lo propio es contrarios que maridos. No puedo yo de los dos revelaros los motivos; pero bien a poca luz se deja entender que ha sido fineza u desconfianza. Lo que aseguro y afirmo es que no pude engañarme en las señas, que testigo ratificado, no sólo entre el confuso bullicio los vi, pero entrando agora a este hermoso paraíso volví a verlos, brujuleando, recatados y advertidos, las ventanas del terrero, y aun a los umbrales mismos los dejé destos jardines, con deseo —o yo adivino mal en esto de deseos— de entrar en ellos. Si os sirvo en haberos avisado, solamente en premio os pido el perdón de tal arrojo, que no viviré si miro dos ángeles enojados, y más ángeles tan lindos. (¿Dónde este embustero halló la mentira que ha fingido?) No sólo de la osadía que de verte aquí sentimos te has desempeñado, pero te estimamos el aviso. (El embuste le creyeron, pero es achaque del siglo.) Parece, hermana, que el cielo a lo que hablábamos quiso, trayéndonos a los dos, responder agradecido. Si ellos han venido a vernos, no creyendo a sus oídos la opinión de nuestra fama, hagamos las dos lo mismo. ¿Cómo, Friso, podría ser que las dos en este sitio veamos a los dos, sabiendo cuál Arsidas haya sido y cuál Lidoro? (Aquí es donde le cogen.) Vaya de arbitrio. Entre las rosas y flores deste verde laberinto las dos os esconded; yo, haciéndome encontradizo con ellos, sin darme nunca de quién son por entendido, a este jardín los traeré, diciendo que por mi oficio puedo enseñársele, puesto que en el caso no hay peligro, pues quien pudiera ofenderse es cómplice del delito. (¿Cómo este loco se atreve a hacer verdad lo que ha dicho?) Bien lo dispones. Aún más he de hacer. ¿Qué es? Que advertido, porque los veáis mejor, traeré por aquí conmigo a cada uno de por sí, misterio haciendo exquisito que no vengan los dos juntos. Y porque ellos discursivos no entren en malicia al ver que a ellos solos los elijo entre tantos forasteros, con otros haré lo mismo antes u después. Bien dices. Todo a tu ingenio lo fío. Pues a esconderos. Yo, Astrea, a esta parte me retiro. Vete tú, Flora. Yo a estotra. Escóndense las dos. ¿De quién, dime, has aprendido, Friso, a mentir tan sin miedo? De ti; que como en ti vivo, miento por concomitancia. Mas vete, que divertidos en el jardín se han entrado. ¿Quién, puesto que todo ha sido mentira? Y verdad en parte. ¿En qué? En mentir a dos visos, y luego lo sabrás todo. Vase Flora, y salen Lidoro y Arsidas. No perdamos por remisos la ocasión que puede haber, por algún verde resquicio, para ver yo a Astrea y vos a Selenisa. (Aunque finjo que es Astrea mi deseo, miento, que a Siquis me rindo.) Entremos en el jardín, que pues abierto le vimos, no será culpa. (¡Ay, divina Siquis! Por ti en nada miro.) ¿Qué atrevimiento es, señores, entrar tan inadvertidos a este jardín, sin mirar que aquí ninguno ha tenido tal licencia? Como abierta la puerta está, presumimos no ser lugar reservado. Perruna disculpa ha sido. Este jardín no se cierra, porque él se guarda a sí mismo, que es donde suelen estar las princesas; y así, idos. Si el ser forastero es disculpa, admitidla, os pido. Pídoos que nos disculpéis. (¡Vive Dios, que me han temido! Ello en palacio no hay cosa como ser entremetido, y tóquele o no le toque, el hacerse uno ministro es gran papel; que en efeto, quien hace ruido, hace ruido.) Ver el jardín solamente fue, hidalgo, nuestro designio; mas ya sin verle nos vamos. Por cierto que vuestro estilo merece que os sirva; pero no tengo orden. Idos, idos. Mas algo ha de aventurarse por quien tanto ha merecido. El jardín quiero enseñaros; pero importa preveniros que cada uno de por sí en él ha de entrar conmigo, porque, en fin, no se repara tanto en uno solo. Amigo, que nos haréis gran favor. Venid vos; y habiendo visto de paso fuentes y cuadros, os saldréis por un postigo, y volveré por vos luego. Yo espero. (¡Cielos divinos, haced que yo a Siquis vea, que es la ventura a que aspiro!) (¡Oh, cuánto sintiera, cielos, que fuese el hombre que miro Lidoro!) (¡Cuánto estimara que Arsidas no hubiera sido!) ¿Qué os parecen estos cuadros? Abreviados paraísos donde la naturaleza se valió del artificio. Pues hay por aquí adelante mil primores escondidos, que sé que estimaréis verlos: llegad. (¿Si este loco quiso ponerme en esta ocasión por descubrirme, movido de interés?) Mas no lleguéis, porque ir de paso es preciso. (¡Cuál la tuve!) Mientras voy por el camarada, idos por aquí. (Infelice soy, Siquis, pues que no consigo arder un punto a los rayos de tus dos soles divinos.) (Paseados como rocines, dan de sanidad indicios los novios. Voy por el otro, pues soy albéitar de lindos.) Vanse. Sale Cupido de galán. (Viendo que se me ha ocultado Siquis con tanto retiro, y que, aunque dios, yo no entro donde no hallo algún resquicio, en forma humana, depuesta la aljaba y el arco mío, aquí vengo, por no ser en las señas conocido, trayendo sola esta flecha por puñal, áspid bruñido de acero, en quien de las otras todas las violencias cifro, por si puedo ensangrentarla en su pecho, siempre esquivo, sin fiársela del aire por no aventurar el tiro.) Sale Friso. Ya el camarada salió del jardín; venid conmigo. Agradeceros sabré el favor. Pues no os lo digo a vos. (¡Han visto qué hallado se entraba el señor lampiño!) Mereceros presumí lo que otros han merecido. No digo que no entraréis, pero luego. (Él ha venido bien para hacer la deshecha de los otros.) (¡Sed benignos, cielos! Esta vez merezca ver a Siquis.) ¿No es florido todo este vergel? No vi jamás tan hermoso sitio. Pues aún no veis lo que hay. (De aquéste diré lo mismo que del otro. ¡Oh, nunca sea aquéste Lidoro!) (Impíos serán mis hados, si éste es Arsidas.) Descubriros quiero una estatua divina de terso mármol, tan limpio que parece que está viva. (¿Si aquéste intenta atrevido descubrirme?) Mas no puedo detenerme; ya os han visto. Idos, pues. (Soy desdichado. Nada que intento consigo.) Vase. (Pero esperanzas me quedan de que Arsidas no haya sido ninguno déstos, supuesto que Friso, que traería dijo a otros antes y después, por deslumbrar el indicio.) (De pena muriera, ¡cielos!, si Friso no hubiera dicho que entre otros los traería.) (¿Estos príncipes invictos no dirán «Cansado estáis, arrimaos a ese bolsillo»? Veamos si éste, que en efeto parece mancebo rico, rocín-heredado, da.) Galán joven, ya a serviros vuelvo. Veré, si gustáis, el jardín. (¿Cuándo ha pedido en el más guardado muro licencia de entrar Cupido?) (¡Júpiter, qué es lo que veo!) (¡Apolo, qué es lo que miro!) (¡No vi joven más gallardo jamás!) (¡En mi vida he visto tan bello ni airoso joven!) (¡Qué aire!) (¡Qué talle!) (¡Qué brío!) (¡Quiera Amor que Arsidas sea!) (¡Quiera Venus que haya sido Lidoro!) ¿Veis dónde estáis?, pues hay un grande artificio, que es burlador; pero no puedo agora descubrirlo. (No quiero ver más que a éste.) (No ver otro determino.) Salen las dos. Idos presto, porque Astrea y Selenisa han salido al jardín; mientras yo llego, haciéndoos espaldas, idos. Sí haré. (Esto es haberme dado ocasión de que escondido me quede en aquestas ramas, hasta lograr mis designios.) Vase. Ya basta, Friso, el examen. ¿Quién son estos tres que vimos? El primero Arsidas fue. (Espiró de mi albedrío la esperanza que tenía.) (¡Albricias, alma, que aún vivo!) El segundo fue Lidoro. (Poco me dura el alivio.) ¿Quién fue el otro? ¿Qué sé yo? Otro que a este tiempo vino. ¡Calla, Friso, que me has muerto! ¡Calla, que me has muerto, Friso! Más me habéis muerto vosotras. ¿De qué sirve lo zafiro de una mano, si no sirve de dar quedo? Astrea, lucido y galán Lidoro es. No es de menos aire y brío Arsidas. (¡Qué ansia!) (¡Qué pena!) Salen Atamas y Anteo. ¡Oh, tonante dios de Olimpo! Apaga el sañudo fuego, suspende el incendio activo, no el rayo vibres; que ya te obedezco, ya te sirvo. ¿Qué voces, señor, son éstas? ¿Tú, absorto? ¿Tú, suspendido? ¿Qué es esto, señor? No sé. Pero sí sé, pues que miro no sólo contra mi pecho, pero contra todo Egnido el tridente de tres llamas en purpúreo fuego tinto, cuando a Júpiter airado también con Siquis he visto. En desagravio de Venus me manda… (El aliento frío se me ha embargado en el pecho; hielo soy, y fuego espiro.) Me manda… Pero la voz, del corazón al suspiro, con andarle cada día, se le ha olvidado el camino. (Y pues me es fuerza el callarlo para doblarme el sentirlo, achaquemos al asombro la culpa del vaticinio.) No hagáis caso (¡ay infelice!) deste pasmo, este delirio, que como el pasado asombro me arrebató los sentidos, aún no cobrado (¡ay de mí, y cuán a mi costa finjo!), con el primer susto hablaba, sin atender cuán benigno ya Júpiter le mejora (¡qué mal el dolor resisto!), pues me manda (¡qué tormento!) que hoy a Siquis (¡qué martirio!) lleve al gran monte de Oeta, donde el caduco edificio de un desierto templo suyo es corona de sus riscos, que ella en él le sacrifique (¡y aun sea ella el sacrificio!); con que de Venus airada templará el rigor esquivo. Pues si al gran Júpiter miras con eso, señor, benigno, ¿qué temes? No sé qué temo. Ve tú a aprestar un navío en que ha de ir. (¡Ay, Siquis bella! No dudo —otra vez lo digo—, si un monstruo ha de ser tu dueño, que es monstruo de amor el mío.) Vase. ¿Dónde está Siquis? Sale. Agora, a pesar de sus gemidos, rendida —no sé si al sueño o a algún mortal parasismo— se ha quedado entre estas flores, donde triste había salido a lamentar sus pesares. Descúbrese Siquis durmiendo. Pues si yacen sus sentidos en la lisonja ocupados del blando sueño, sin ruido nos retiremos. Dejemos que goce el prestado alivio… (que harto que llorar la queda.) (¡Ay, joven no otra vez visto! Mal mi dolor se reprime. ¿Qué veneno fue, qué hechizo, el que diste al corazón?) Vase. (¡Ay, joven no conocido! ¿Qué género de prisiones has echado a mi albedrío?) [Vase.] ¿Flora? No es tiempo de hablarnos. Después nos veremos, Friso. Vanse. ¡Ay, infelice hermosura! Goza este breve, este pío rato, que con tus desdichas firman paces tus sentidos; pues apenas despertado habrás, cuando… Mas, divinos dioses, si es fuerza ocultarlo, ¿cómo me atrevo a decirlo? Vase y sale Cupido. Que en desagravio de Venus a Júpiter sacrificio haga Siquis, ha ordenado del hado el rigor impío; que no ha de sanar de Venus la ofensa aun Júpiter mismo, sino yo, pues su venganza me toca, como a su hijo. Y puesto que allí dormida la equivocación advierte de si está viva la muerte, o si está muerta la vida, estas flores, que escondida mi persona en sus primores vieron, produzgan horrores; que no será nuevo hoy, supuesto que áspid soy, verme salir de las flores. Quedo pise mi temor; mas es error, que si advierto cuánto ignora el más despierto las sendas que pisa Amor, será dos veces error pensar que Siquis lo advierta dormida. Pero no es cierta mi razón mal advertida, pues aunque duerme su vida, su hermosura está despierta. ¡Qué hermosa es! Mas mi rabiosa ira, ¿en qué suspensa está? ¿En qué ha de estarlo, si ha ya reparado en que es hermosa? Pero ¿qué importa? Furiosa saña, la flecha prevén. Mas no, la mano detén, que es doble, es infame trato tratar mal a nadie el rato que está pareciendo bien. Pero mal digo, mal digo; que si su beldad causó mi ira, confesarlo yo es, dándola otro testigo, añadir otro enemigo. Muera, pues, aunque concluya mi vida a un tiempo y la suya. Mas ¿qué divino poder me ha helado el brazo? Mujer, ¿qué dios vela en guarda tuya? Pero contra mí no hubiera dios que en tu favor velara; más nueva causa es, más rara, la que mi ardor considera; pues de la misma manera que de la víbora el seno, si está de veneno lleno, le arroja por descansar, y donde le vuelve a hallar, muere a su mismo veneno; así yo, habiendo tenido por veneno de mi ardor la hermosura, pues Amor con ella ha muerto y herido, hoy, que arrojarla he querido de mí, por vencer mi dura pena, a mí aun no me asegura, pues muero de rabia lleno al encontrar el veneno que yo puse en su hermosura. Y pues de mí mismo aquí he de morir, ciego dios, muramos, Siquis, los dos. Saca la flecha, y cáesele. Despierta Siquis. ¡Monstruo, deténte! ¡Ay de mí! ¿Quién eres? Quien quiso aquí matar, y murió en despojos de la lid de tus enojos; pues si ciega habías triunfado, ¿qué harás, habiéndote entrado el socorro de los ojos? Toda soy prodigios hoy; pues cuando el monstruo soñé, a ti en su lugar hallé. Quizá yo, Siquis, lo soy. Sí serás, que viendo estoy un traidor que en acción tal asustado, este puñal me ha dejado de temor. Verdad es que soy traidor; mas ya ando por ser leal. Llamaré a quien mi poder, matándote, satisfaga. A nadie pidas que haga lo que tú puedes hacer. ¿Con qué? Con dejarte ver. ¡Hola! ¡Quién tu voz pudiera suspender como a ti fuera fácil suspender la mía! ¿Cómo suspender podía yo tu voz? Desta manera: puesta aquesta mano, es llano, en mi boca, que callara, y aun con temor respirara por no beberme la mano. ¡Suelta, atrevido, villano!, y ella y este acero fuerte, en quien mi ofensa se advierte, los instrumentos serán que venganza me darán. ¿De qué suerte? Toma el puñal, y hiérele a él. Desta suerte. El golpe, Siquis, detén… ¡Ay de mí! ¡Mi vida acaba! ¿Mi veneno no bastaba, sino mi flecha también? Muerte mis ansias me den. Ya, al verte tan lastimado, de mi furor me ha pesado; que el castigo prevenido, aunque irrita merecido, enternece ejecutado. Por no verte, huyendo iré efetos de mi rigor. Eso es tenerle mayor. Tente, aguarda. No podré. ¿Por qué, tirana? Porque de piedad y ira se mira en mí un compuesto. No admira ver esa contrariedad; mas usa de la piedad, ya que usaste de la ira: no huyas. ¿No es harta volverte con aquesa poca vida que te permite la herida? Eso aun no he de agradecerte, que menos siento mi muerte que de tu ausencia el rigor. ¡Cielos!, ¿dónde habrá valor para tantos desconsuelos? Sed testigos de que hoy, cielos, ni Amor se libra de amor. Jornada Segunda Dentro voces de tormenta. ¡Amaina, amaina, y de mar en través la nave puesta, tantos embates resista! ¡A la mesana! ¡A la entena! ¡A la escota! ¡Al chafaldete! ¡Clemencia, cielos, clemencia! ¡Ay infelice de mí! Pues nada el peligro enmienda el desahuciado naufragio, libre el gobernalle deja del timón; norte y aguja el tino del rumbo pierdan, y, dejándonos correr sin árbol, jarcia ni vela, u muramos u vivamos a merced de la tormenta. ¡Piedad, dioses! ¡Favor, cielos! Parece que a nuestras quejas compadecidos, lejanos verdes celajes descuellan allí una cumbre. Isla es. Procura arribar a ella. Ya la quilla, de sus bajos tocada, siente la arena. Pues antes que en ella encalle, al mar el esquife echa, y, con la vida de Siquis y el rey, salgan los que puedan, hasta que por los demás otra vez al bajel vuelva. ¡A tierra, a tierra el esquife! ¡Flora! ¡Friso! ¡A tierra! ¡A tierra! ¡A costa, a costa, a la orilla! Salen Flora y Friso, y luego Atamas y Anteo, trayendo desmayada a Siquis, y gente, de marineros. ¡Que estas gracias el mar tenga, y digan que es muy salado! Baco mío, no consientas que quien tan cofrade tuyo vivió en vino, en agua muera. ¡Gracias al cielo, que ya Siquis está en salvo puesta! No muy en salvo, pues que ni bien viva ni bien muerta, yace postrada a un desmayo. ¡Ay, malograda belleza! Sobre la perturbación del mareo, la violencia del terror de la borrasca rindió al desmayo las fuerzas. En la enmarañada alfombra deste risco la recuesta, en tanto que yo a mirar voy, desde aquella eminencia, si algún poblado descubro. Vase. Id todos, y por diversas partes conoced la isla. Vase la gente. Flora, como que tú intentas verla también, ¿no me oirás dos mil palabras siquiera, cuatro u cinco más o menos? Cobardía fuera necia llamar para la campaña una mujer de mis prendas, y rehusar el desafío. Guíe uced por esa senda, aunque parezca este lance —con la debida decencia— de La dama capitán, que a todo vengo resuelta. ¡Oh, qué honra de mujer! Todas deste pundonor apuestan. Vanse. ¡Ay infelice de mí! ¡Albricias, alma, que alienta! Mas ¿qué albricias has de darme, si nada el vivir remedia contra hados que imperiosos, aun más que inclinan, fuerzan? Divina, enojada Venus, si fue de un vulgo la ofensa, y no mía, ¿por qué en mí tiranamente te vengas? Mas ¿qué miro? ¿Adónde, cielos, estoy? Adonde te veas asegurada del mar, en tanto que su soberbia la saña aplaque. Es en vano que yo esa esperanza tenga; que como es cuna de Venus, y de Venus la severa ojeriza, no la aguardo. Sale [Anteo] Y haces bien, si consideras que aun más en tierra que en mar estás corriendo tormenta. El bajío en que hemos dado es una isla desierta y inhabitada, pues sólo se escuchan, señor, en ella bramidos de horribles brutos, lamentos de aves funestas, sin que en su desnudo escollo ni planta de humana huella se encuentre, ni se descubran poblaciones que no sean cavadas grutas, que, a sombras de incultos troncos, albergan el innumerable vulgo de pájaros y de fieras, que vistos atemorizan y escuchados amedrentan. Y así, pues menos airado el mar sus furores templa, haciendo vientos y espumas, ya que no son paces, treguas, al mar volvamos, supuesto que ceñudo el cielo ordena que, huyendo de un riesgo en otro, mayor el segundo sea, que te otorgue por piedad el que al primero te vuelvas. ¿Qué aguardas, pues? ¡Ay de mí! Llegó a su fin mi ansia; que ésta es la isla en que me manda Júpiter… (Pero suspenda la voz; no otra vez a ver blandida la llama vuelva.) ¿Qué es esto, señor? Pues cuando en fortuna tan adversa, ¿hay suspiro que te impida, hay llanto que te suspenda? ¿De cuándo acá…? No prosigas; que yo a despecho, yo a fuerza del susto que me desmaya, del mal que me desalienta, de la pasión que me aflige y el dolor que me atormenta, he de proseguir: ¿de cuándo acá, señor, la suprema majestad de tu constancia, tu valor y tu prudencia se da a tan bajo partido que remitidas apelan al tribunal de los ojos las instancias de la lengua? Para los fracasos es el alto espíritu; a prueba de desdichas se acrisola el ánimo; pues hubiera apenas esfuerzo, si no se examinara a penas. Y puesto que ha muchos días que a tus pasiones atenta, galanteando mis miedos y rondando mis sospechas vivo, bien como a la luz la mariposa, que apuestas anda haciendo con sus alas si se quema u no se quema; gozando de la indecisa ocasión de tu terneza, a pesar de los peligros que por tierra y mar nos cercan, desahogaré el corazón, si es que el dolor que le estrecha dentro del pecho, le da para que aliente licencia. Aquel infelice día que vengativa la bella deidad de Venus a mí me amenazó tan severa, a Júpiter ofreciste obligar, porque tuviera a cargo suyo mi amparo. No sé si a decir me atreva (¡Ay, memoria! ¿Para qué el galán joven me acuerdas?) que ya te lo agradeció alguna vez que sujeta a una traición me vi, pues desbaratada y deshecha volvió, de mí castigada quizá con sus armas mesmas. Pero esto ahora no es del caso; y así, antes que fallezca este último aliento mío, doy al discurso la vuelta. Mandóte Júpiter, pues, que yo en el monte de Oeta sus aras sacrificase, para que con eso fuera medianero entre mí y Venus, a cuyo pasaje opuesta esa nave, por estar de Egnido por mar más cerca, Anteo, mi primo y poca familia, señor, ordenas que te acompañe, dejando a Selenisa y Astrea el gobierno de tu estado, mientras durase tu ausencia. Por todo el camino vas entre calladas tristezas, tanto sintiendo y llorando, como si por dicha fuera, o por desdicha, posible dar tan mañosa cautela que finja el dolor; que como son cristalinas vidrieras del alma los ojos, cuanto parece que ocultan, muestran. Mil veces quieres hablarme, y las palabras suspensas ninguna razón acaban, por más razones que empiezan. La pronunciación sospecho que se te ha perdido, y de ella sólo han quedado las ruinas del suspiro, como en prendas. ¿Qué es esto, señor? Si hay alguna desdicha nueva que Venus me solicite y Júpiter me prevenga, valor tengo para todo… Mas no, no tengo, si es fuerza que voz, vida, alma y aliento fallecidos me desmientan, cuando ya el susto del mar, ya el asombro de la tierra, ya el terror de la borrasca, ya el pasmo de la influencia, hecho todo un ciego abismo de sentidos y potencias, balbuciente el labio duda, torpe la voz titubea, turbado el aliento pasma, aterido el pecho tiembla, mudo fallece el suspiro, la vista delira ciega, y el corazón a pedazos parece que se me quiebra, según el tropel de tantas ilusiones y quimeras, fantasías y pavores, ansias, desdichas y penas, en crítico parasismo ni ve, ni escucha, ni alienta. ¡Ay de mí infeliz! Cae Siquis desmayada. ¡Divina Siquis…! Tente, aguarda, espera; ni la llames ni procures que cobrada oiga ni atienda. ¿Por qué? Porque si es que hay piedad para mí, es ésa, de que la digan sin mí sus hados sus inclemencias; y así, antes que vuelva… ¡ay triste! ¿Qué? Apriesa el esquife vuelva, y a embarcarnos. ¿A embarcarnos? Sí. ¿Qué dices? Lo que es fuerza. Dejando así a Siquis, ¿quieres hacer de Siquis ausencia? Sí. Pues… No preguntes más, que no he de dar más respuesta. ¿Cómo, si…? No, no me apures, porque no tengo licencia para decirlo. Ni yo para ignorarlo paciencia. ¡Siquis! No a decir me obligues que esto los dioses ordenan, pues delincuentes de Amor todos, en Siquis se vengan, cuando su vida restaura, en este páramo expuesta al vaticinio de Venus, o la mía, que ésa fuera la de menos, la de cuantos Egnido en su centro alberga. Pues perdónenme los dioses; que si en ocasión como ésta obediencia ha de haber, ¿cuándo ha de haber inobediencia? ¡Siquis, prima! No la llames. Morir tengo en su defensa. ¡Ay, Anteo!, que lo propio hiciera yo, si pudiera. ¿Tengo yo más que perder que la vida? Considera que sí. ¿Qué? El honor, haciendo a mis leyes resistencia. Mi rey eres y mi tío; mas ¿tengo, cuando lo seas, más que la vida y honor que perder? Sí, si a ver llegas que tienes alma, y los dioses hasta en el alma se vengan, que es la última desdicha. Pues todas mi amor desprecia, y si se ha de perder Siquis, vida, honor y alma se pierdan. ¡Siquis, prima! No la nombres. No hay respeto que me venza. Habrá poder. ¿Cuál? El mío. ¡Soldados! Salen [los soldados]. ¿Qué es lo que ordenas? Préndenle. Prended a Anteo. La vida es vasalla, ella obedezca; el amor no es vasallo, no, no, Siquis divina, bella, ¡traición, traición! Una banda le echad al rostro que pueda taparle la boca. ¡Siquis! Llevalde desa manera a la nave. Y sed testigos, montes, riscos, aves, fieras, de que obediente al sagrado decreto, dejo en desierta isla a Siquis, de mi vida la más adorada prenda. ¿Cómo sin verla me voy? Mas ¿cómo me iré con verla? ¿No hubiera quien me llevara a mí a la nave por fuerza? Vase. ¡Siquis bella! ¡Siquis mía! [Llevan los soldados a Anteo.] Ya a mi nombre mal despierta del delirio, del letargo, del frenesí, de la idea que me embargó los sentidos, es bien que al discurso vuelva. Valor tengo para todo —aquí quedé—, y cuando nuevas desdichas… Mas ¿con quién hablo? Sola estoy; todos se ausentan. Sin duda que la piedad, a mis fatigas atenta, de mi padre y de mi primo, discurriendo la aspereza del monte, van a buscar donde algún abrigo tenga. ¡Vira al mar! Pero ¿qué escucho? ¿Qué marítimas faenas de la nave, mal gastadas, hasta aquí del centro llegan? ¡Buen viaje! ¡Buen pasaje! Nueva confusión es ésta. La nave de las amarras las áncoras desaferra, y desplegando el velamen que entre gúmenas y cuerdas las ráfagas amainaron de la pasada tormenta, al mar se hace. ¡Padre! ¡Anteo! ¡Traición en la nave intenta amotinada la chusma, pues en la tierra nos deja, y sin nosotros, gozando del blando viento que en ella tranquilamente por proa inspira, se hace a la vela! ¡Acudid, acudid! Ved que sin más pieza de leva que el náutico idioma, huye, diciendo cuando se aleja:… ¡Buen viaje! ¡Buen pasaje! ¡Padre! ¡Señor! Siquis bella, no acuses mi amor; acusa al influjo de tu estrella. Ya es otra mi confusión, que desde la popa señas y voces da al aire. Padre, señor, ¿cómo así te ausentas? Como hay superior deidad que lo mande y lo consienta. Adiós, Siquis infelice. ¡Primo! ¡Anteo! Siquis bella, yo no puedo socorrerte, que atado y preso me llevan. ¡Buen viaje! ¡Buen pasaje! ¿Quién, ¡cielos!, se vio en tan nueva, tan no esperada, no vista ni imaginada tragedia, como que desamparada de un padre, ¡ay de mí!, me vea, y un amante, en tan remota isla, bárbara y desierta, dejándome a ser, ¡ay triste!, entre no habitadas peñas, fiero estrago de sus brutos, vil destrozo de sus fieras, sin que se muevan a más que a responder a mis penas? ¡Adiós, infausta hermosura! ¡Adiós, infeliz belleza, hasta que pueda volver a morir donde tú mueras! ¡Buen viaje! ¡Buen pasaje! ¡Adiós, adorada prenda! Ya de sus gastadas voces ni aun la compañía me queda, que el eco, ladrón del aire, me la está llevando a medias. Pues ¿qué esperan mis desdichas? Pues ¿qué mis hados esperan?, que ya que con voces no se reparan, no se vengan, puesto que son las quejas manjar de que las tristes se alimentan. ¡Plegue a Dios, nave enemiga, que en aquesas altas peñas, marino caballo, choques tan desbocado que en ellas, vencido el freno al timón y a la brújula la rienda, en desatados fragmentos tan cadáver te resuelvas, que hecho panteón el mar con hondas bóvedas, seas tumba de cuantos te habitan, al cielo la quilla vuelta, con tan borradas huellas que ni aun cenizas tu sepulcro tenga! Mas ¡ay de mí!, que me quejo contra mí misma, que llevas mi vida en la de mi padre. ¡Plegue a Dios que feliz seas, y tanto, que norte fiel te conduzga hasta que veas el puerto con tal fortuna que la nave de Argos venzas, no sólo en verte triunfar del mar, pero en verte puesta entre uno y otro coluro, dibujada en sus esferas con imágenes de signos y caracteres de estrellas, en cuyo diáfano espacio, en cuya mansión etérea, libre ya de tormentas, la náutica su fijo cuarto tenga! Pero ¿qué digo, qué digo? Miente alevosa mi lengua. Entre Caribdis y Escila tan zozobrada padezcas que desees por bonanzas las sirtes y las sirenas; y cuando de ellas escapes, mal descuidada pavesa en tu pañol se encienda, siendo Volcán del mar, del aire Etna. Pero no; tan vitoriosa, tan tranquila, tan serena del puerto el abrigo goces que en él, cascada y deshecha, a vista suya, porque más el sentimiento sea, des al través; y pues yo, tal vez de rencores llena, tal de piedades, no sé qué afecto es el que en mí reina, porque no sepa del daño ni de la mejora sepa, ya que es fuerza que mis ansias mejoras y daños crezcan, triste, turbada y ciega, muda, absorta, confusa, helada y muerta, desesperada, tras ti me arrojaré donde… dentro ¡Espera! Pero ¿qué oráculo, ¡cielos!, me obliga a que me suspenda? dentro ¡Corre, si quieres llegar a tiempo, por si se queda el esquife a recogernos, ya que la nave se ausenta! Humanas voces son. Dioses, haced que se mí se duelan. Salen los dos. ¿Cómo quieres que yo corra por tan inculta maleza? Agora veo que el ser liviana no es ser ligera. Moradores destos montes, si hay hados que os compadezcan, decidme… Pero ¿qué veo? ¡Friso! ¡Flora! En hora buena te hallemos, que imaginé que nos dejaban en tierra olvidados a mí y Flora. ¡Pluguiera al cielo tuviera yo el consuelo del olvido, y no el mal de la evidencia! ¿Cómo evidencia, señora? Como aquella, ¡ay de mí!, aquella águila del mar que nada, delfín del aire que vuela, cuando las alas que bate y las escamas que encrespa páramos de espuma entorchan y golfos de álamos peinan, marino paladión es que en sus entrañas engendra tantas máquinas de engaños, de traiciones y cautelas, que no se les da ejemplar; pues dejar su dama expuesta a las iras de la suerte y del hado a las violencias ingratos amantes, ya se ha visto en otras bellezas; mas un padre y un amante, y que ambos la aborrezcan, no sólo la historia, pero la fábula aun no lo acuerda. ¡Ay infeliz de aquélla que a estrenar ejemplares nació expuesta! ¡Buena hacienda habemos hecho! No es sino muy mala hacienda; pero yo lo enmendaré. ¡Ah, señores que nos dejan en la isla a mí y a Flora! ¡Vuélvanse por mí siquiera! En viniendo por mí, entrambas os iréis. Locuras deja, que compañía que es necia, más que al triste le alivia, le atormenta. ¡Ay, Flora! ¡Ay, Friso!, que cuando miraba la nave cerca, con pensar que me escuchaban, consuelo hallaba mi queja; pero ya que escasamente se divisa, pues apenas breve átomo se termina, crece el dolor. ¿Quién creyera que el bulto de las desdichas, al paso que mengüe, crezca? ¿Qué alhaja será ésta, que ella es más cuando es menos quien la lleva? Y más cuando, ¡ay de mí!, cuando la trémula noche negra de sus tupidas arrugas desdobla el manto, cubierta de asombro, de horror y miedo; y sólo sirven mis quejas y lágrimas de aumentar golfo al buque, aire a la vela, sin darme más respuesta que me dieron las luces, las tinieblas. ¿Qué hemos de hacer? Pues ¿a quién se lo preguntas? ¿No echas de ver que los dos tenemos la misma duda? No hubiera consuelo para mí, Flora, mayor de que tú estuvieras aquí, corriendo conmigo mis fortunas. Lisonjera te quisiera responder, mas ¿qué te va a ti en que mienta? Que corras fortunas tú, y tengas hados, no es nueva cosa; que hados y fortunas se hicieron para princesas; mas ¿quién vio que hados y fortunas tengan sobre fregonas y lacayos fuerza? Ya que las voces no sirven de rémora a su violencia, sirvan de decir que estamos aquí a las incultas fieras destos montes, para que de sus garras y sus presas seamos de una vez despojos. Cuidado se tendrán ellas; no hay para que tú las llames. ¡Brutos destas altas peñas, fieras destos pardos riscos, monstruos destas verdes selvas…! dentro ¿Quién nos busca? dentro ¿Quién nos llama? Éste ¿es responso u respuesta? De todo tiene, pues junta horrores y voces tiernas. La ojeriza de los hados, el ceño de las estrellas, la saña de la fortuna y el odio de sus violencias. Siquis infelice es la que despechada os ruega que una vez con novedad sea piadosa la fiereza. ¡Hola, ahu, ah del monte! ¡Ah del monte! ¡Hola, ahu, ah de la selva! ¡Ah de la selva! ¡Albricias, albricias! ¿De qué alegres nuevas? De que viene Siquis a ser deidad nuestra. Sea bien venida. Bien venida sea. ¿Qué voces son éstas, Flora? No sé; que tan lisonjeras, desdicen de nuestro asombro. ¿Qué lisonja hallas en ellas, si cantan como que rabian? Callad, por si otra vez suenan. ¡Albricias, albricias! ¿De qué alegres nuevas? De que viene Siquis a ser deidad nuestra. Sea bien venida, bien venida sea. ¿Cúyas serán estas voces? [Por una gruta que habrá en el teatro, sale una ninfa con un velo en el rostro y una hacha encendida en la mano, y canta.] De quien en tanta tragedia, compadecido de ti, vencer tus hados intenta, como antes que desemboce de las pálidas tinieblas que temerosas se ofrecen su estrella Venus, te atrevas —porque le importa el secreto, y ella dónde estás no sepa— a seguirme, penetrando las entrañas desta cueva, donde, guardada a sus iras, tan grande dicha te espera, como esas voces publican, diciendo, al verte en su esfera, albricias, albricias. ¿De qué alegres nuevas? De que viene Siquis a ser deidad nuestra. Sea bien venida, bien venida sea. Sombra, ilusión o fantasma, que al humo y luz de esa tea aun más deslumbras que alumbras, seguirte tengo, o bien seas favorable o bien contraria, que nada mi vida arriesga; pues si favorable alivias o si contraria atormentas, en nada va a perder quien vivir o morir desea tan a un tiempo que no sabe en cuál de los dos acierta. Entra tú conmigo, Flora. Yo no he de dejarte. Vanse. Entra tú también, Friso. Eso no; que aunque yo grutesco sea, no me entiendo bien con grutas. ¿Adónde vas? Tente. Espera, que tú también has de entrar. Mis señoras doñas bestias, ¿qué les va a ustedes en que entre yo? Que nunca puedas decir adónde está Siquis, que nadie ha de saber de ella. ¿Habrá más de no decirlo? No has de irte; al centro llega de esa caverna. Como hagan de la ce, te, norabuena. ¿Qué quieres decir? Que truequen… Di. …la caverna en taberna; pues «cum amicis non repa- ratur in una littera», dice el adagio. Carguemos con él. Protesto la fuerza. [Llévanle. Múdase el teatro en el de un palacio, salen los músicos, que se dividen en dos coros, y detrás, la ninfa con la hacha, Siquis y Flora.] Pues que viene ya Siquis a ser deidad nuestra, sea bien venida, bien venida sea. El sol destos montes, la alba destas sierras, deidad destos valles, ninfa destas selvas…, …sea bien venida, bien venida sea. La más bella rosa de la primavera, que amanece a ser deste alcázar reina…, …sea bien venida, bien venida sea. La estrella de Venus desluce su estrella, pues ya está segura de que no la vea…, …sea bien venida, bien venida sea. Albricias, albricias. ¿De qué alegres nuevas? De que viene Siquis a ser deidad nuestra. Sea bien venida, bien venida sea. De las dudas con que lucho, ¿quién librará mi deseo? ¡Cielos! ¿Qué es esto que veo? ¡Dioses! ¿Qué es esto que escucho? De asombro tan singular, ¿quién los efectos no ignora? [Sacan a Friso.] Acá estamos todos, Flora. A oír, a ver y callar. Suéltanle y vanse. Cuando imaginé que el centro de la tierra me escondía a nunca más ver el día, ¿hallo tantas luces dentro? ¡Qué alcázar tan eminente! ¡Que suntuoso palacio! ¡Qué verde, florido espacio! ¡Qué hermosa, lucida gente! ¿Cúya será la grandeza, Flora, que admiras y ves? Toda, bella Siquis, es de tu divina belleza. ¿Para quién se fundó aquí aquesta fábrica, en quien tantas riquezas se ven? Para que te albergue a ti. Pues decidme, ¿de qué modo se supo que yo este día a estas montañas vendría? Su dueño lo sabe todo. ¿Quién en el mundo se vio en igual confusión? Pues sepa quién el dueño es deste real alcázar. Sale Cupido matando la luz. Yo, que para hablarte encubierto, el fuego mato que ves, por señas de que éste es el primer fuego que he muerto. Buenas noches. No tan bueno el dicho agasajo fue como yo le imaginé. Eco tan de asombro lleno, que habiéndome respondido a lo que te he preguntado, en más dudas me has dejado de las que yo había traído; pues ves que mi pena es mucha, saca de tantos enojos mis oídos y mis ojos. Sí haré, Siquis bella, escucha: yo… Antes que empieces, di que luz traigan. No lo intente tu voz, que eso solamente no puedo yo hacer por ti. Luego ¿a escuras me has de hablar? Sí; que nunca me has de ver. ¡Qué fiero debes de ser! ¿No hay más causa que pensar? Sí; pero entre penas duras, ¿quién no piensa lo peor? Oye, que contra ese horror… (Veamos cómo se ama a escuras.) (Más fácil, Friso, será, que a escuras no lo veamos.) A buscar por dónde huir vamos. ¿Quién sin luz nos guiará? Vanse. Para que entrambos sentidos quejosos de mí no estén, lo que los ojos no ven te han de suplir los oídos. Y pues vencer el pavor del no ver con oír pretendo, lo que yo fuere diciendo cierren cláusulas de amor. (Que es bien, ya que tan rendidos ha de arrastrar mis despojos, que pues no puedo los ojos, la enamore los oídos.) Canta Hermosísima Siquis, cuya planta produce a contactos de nieve flores blancas y azules; antes que de mis ansias la novedad escuches, será bien que las tuyas consueles y asegures. Y así, la primer cosa que es justo que pronuncie, sea que estás adonde no hay hado que te injurie, porque estás en sagrado… …tan noble y tan ilustre que en él no será mucho que de los hados triunfes. canta No ha sido acaso haber con varias inquietudes alterado esos mares a vista destas cumbres; no acaso, que tu padre preceptos ejecute, que le obliguen a que sin ti las ondas sulque, y no acaso, en efeto, ha sido que te busquen esas voces que a estos palacios te conducen, quizá porque ha pedido… …tu vida quien presume que Júpiter le tema, cuando a su esfera sube. A puerto llegas donde tendrás, sin que te asustes, muchos que te obedezcan, nada que te disguste; canta que este enterrado alcázar, de cuyos balaústres, a descollarse, fueran hoy eminentes cumbres, a efecto solamente de ocultarte a ti, sufre de esos soberbios montes la inmensa pesadumbre; en él, pues, serás dueño… …de cuanto el mar incluye, de cuanto el sol engendra y la tierra produce. canta Pues por más que el diamante, vuelto al centro, no ofusque, verás para tu adorno que uno en otro se pule. Del rubí y la esmeralda maridajes comunes entre reflejos rojos darán verdes vislumbres. Las lágrimas del alba, cuando a llorar madrugue, las haré que se cuajen primero que se enjuguen, para que a tus oídos… …dependientes se escuchen mis penas, y tu cielo tenga de quien se burle. canta Cuanto oro y cuanta plata avaro monte cubre, sacaré de sus minas a que en crisol se apuren, hasta hacerse tratables, tanto, que cuando gustes que borden tus adornos entretejidas luces, ingenioso gusano de las sedas que urde te dará los matices, ya haciendo que se aúnen hebras de seda y oro,… …logrando en ti su lustre tareas de los tornos, fatigas de los yunques. canta Tendrás a todas horas que tu belleza adulen músicas acordadas, con tonos de amor dulces. Registrará tu mesa cuanto hay que el mar circunde, cuanto hay que el monte corra, cuanto hay que el aire cruce. Servida y festejada de damas que no cuiden de más que de tus galas, tus joyas y perfumes, sin que desta grandeza… …otro premio procure sino tan sólo, Siquis, que quién soy no preguntes. Y no por ser tan fiero como tú me presumes, sino porque es forzoso que mi ser disimule; tanto, que a esos criados aquí contigo truje, canta porque quedando fuera, dónde estás no divulguen, puesto que será fuerza que al paso que te busquen rendidas mis finezas, mayor deidad injurien. Y así, el día que veas… … mi rostro a cualquier lumbre, piensa que todo esto en polvo se reduce. Ignorado prodigio, que en voz y acción incluyes enigmas imposibles de que a razón se ajusten, si mi bien solicitas, ¿cómo tu rostro encubres? Porque hacerle y guardarse, traición, no halago, arguye. Como me es fuerza, Siquis. Pues si a eso te reduces, no estimo tus promesas, pues la menor no cumples. Mándame abrir las puertas de tu palacio, y busque mi fortuna los riesgos vistos a todas luces. Bien pudiera forzarte mi gusto, al ver que huyes, pero mis vanidades tan baja acción no sufren; que es baldón de lo noble, bajeza de lo ilustre, pensar que con violencias los méritos se suplen. Oblíguete mi ruego, mi llanto te asegure, muévate mi fineza. En vano lo presumes, porque yo… dentro ¡Siquis bella! ¿Qué humana voz discurre tan no habitado escollo? ¿Dónde tu luz encubres? Anteo es quien te llama, que, echado al mar, se huye de la prisión y, a nado, a socorrerte acude. Éste es mi primo Anteo: la ley de amante cumple. ¡Anteo! No le nombres. ¡Primo! No le pronuncies. (¡Cielos! ¿Qué fuego es éste que en mi pecho se infunde, nacido de que haya otro que a Siquis busque? Mas si amor no hay sin celos, ¿qué mucho que me asusten?, pues nunca fui Amor hasta agora que los tuve.) ¡Siquis divina! ¡Anteo! Su nombre no articules, que harás que tu respeto de una vez aventure; pues no sé si podré mirar a nuevas luces celoso los despechos que enamorado pude. Primero que atrevido… Será defensa inútil. ¡Cielos, dadme socorro! En vano a ellos acudes. ¡Dioses! No habrá ninguno que contra mí te ayude. Si por vengarte, Venus, a este horror me reduces, infame es tu venganza. Mira qué mal arguyes, pues aun Venus tampoco no quiero que te escuche. ¿Ni a una deidad ni a un hombre permites que pronuncie? No. Pues llamaré a entrambos, si es darte pesadumbre. Para que no te oigan, verás que se confunden tus voces entre otras. Haced que no la escuchen. Venus bella,… Venus bella,… …no procures… …no procures… …que este asombro… …que este asombro… …de mí triunfe;… …de mí triunfe;… …vida tengo… …vida tengo… …que asegure… …que asegure… …tu venganza… …tu venganza… …más ilustre. …más ilustre. ¿Dónde, Siquis, se esconden tus eclipsadas luces? ¡Primo Anteo! ¡Primo Anteo! ¿Tal se sufre? ¿Tal se sufre? O no hay dioses,… O no hay dioses,… …u de mí huyen. …u de mí huyen. ¿Ves perdidas tus voces entre las muchedumbres? ¿Qué importa, si yo, huyendo de ti, es bien que procure hallar en otro abismo centro que me sepulte? Vase. Proseguid con las voces mientras que yo la busque; aunque mal podrá, huyendo,… …aunque mal podrá, huyendo,… …que su riesgo se excuse;… …que su riesgo se excuse;… …que no huye de Amor quien de Amor a ciegas huye. …que no huye de Amor quien de Amor a ciegas huye. Jornada Tercera Dentro, a lo lejos, la música, y salen Flora, Friso, y dice a lo lejos la música: Cuatro eses ha de tener amor para ser perfeto: sabio, solo, solícito y secreto. Pues nuestros noturnos amos, que en metáfora de farsa, ella es la dama duende y él es el galán fantasma, divertidos en la siempre florida, apacible estancia de aquestos jardines, Flora, lo más de las noches pasan, y ésta lo están en oír esas músicas que cantan, ¿no me dirás, puesto que tú más cerca de ellos andas, qué has entendido de aqueste dueño búho, de quien nada yo me atrevo a discurrir? Porque desde la menguada hora que de esos salvajes, que a la puerta están de guarda, entrando por una gruta, me hallé dentro de una sala, todo soy asombros, miedos, ilusiones y fantasmas. Pues ¿de qué nacen aquesos temores, cuando te hallas tan regalado y servido? Deso mismo: ¿por qué causa con tanta puntualidad me sirven y me regalan a mí? ¿Quién soy yo en el mundo para que cosa no haya imaginada, que luego no la tenga? Pues ¿no basta venir con Siquis? No dudo que el refrancillo que habla con los canes de Beltrán hable con los de Beltrana; y así, no es mi duda, Flora, que las finezas se hagan, sino el modo. Ése es secreto que mi discurso no alcanza. ¿Quién será aqueste menguado que tan rendido la ama, y, sin que diga quién es, viene de secreto a hablarla todas las noches, y aun de ésas, las lóbregamente pardas, solo sale a los jardines? No sé lo que piense. ¡Vaya! Es que es algún gran señor, según lo mucho que gasta de ámbares, joyas y telas. Mi opinión es muy contraria: algún blanco viejo es verde, que son los que dan y callan, y entran a escuras. Yo, Friso, sólo sé que enamorada de él está Siquis, y tanto sus perfecciones ensalza que está persuadida a que es algún dios que a verla baja de sus esferas, bien como por Indimión Diana, por Dafne Apolo, por Leda Júpiter, por… Calla, calla; y no creas que si fuera deidad de tanta importancia, no quisiera parecerlo a los ojos de su dama; porque ¿para cuándo son valor, lustre, honor y fama sino para cuando ellas lo huellan, pisan y arrastran? Y yo antes presumiré que por defectos se guarda; y para esto hay dos razones, y bien concluyentes ambas. ¿Cuáles son? No permitir que le vean cara a cara, y dar, que es indicio mero de que encubre alguna falta. Luego ¿no dan los galanes? No, que no hace un hombre infamia mayor… ¿Qué? …que regalar. ¿Por qué? La evidencia es clara. Quien no da a su dama, Flora, en cuantas partes se halla, que la afean sus amigas lo deslucida que anda, la pone en obligación de decir que enamorada pasa por todo, y que a ella vivir con gusto la basta; pero quien la da, la pone en obligación que vana de sus alhajas se precie, diciendo a todas muy falsa: «Yo enamorada no estoy de ulano; estoy obligada.» Con que el tal ulano trueca su desprecio a las alhajas. Suenan dentro instrumentos. Yo respondiera con que es fácil enviar noramala al uno y no al otro, si esos instrumentos no avisaran de que a esta parte se acercan. Pues quede la hoja doblada, con que hay secreto tan nuevo que criados no le alcanzan. Sale la música, y Cupido y Siquis. Cuatro eses ha de tener amor para ser perfeto: sabio, solo, solícito y secreto. En ninguno más que en mí las cuatro eses concurrieron que perfeto a amor hicieron; sabio, pues te eligió a ti; solo, pues sola tú en mí vives; solícito, pues te busqué donde después tan secreto te he adorado que aun del sol me he recatado. Luego si en mi afecto ves lograrse uno y otro efeto, por mí se debe entender:… …cuatro eses ha de tener amor para ser perfeto: sabio, solo, solícito y secreto. De eses y hierros orló la esclavitud sus paveses, y es bien, si tú das las eses, que añada los hierros yo. Sabio no es mi amor, pues no persuade; solo no es, pues desea más; y pues lo que desea no ruega, solícito a ser no llega, ni secreto cuando ves que a voces se queja, a efeto de no poder merecer. Cuatro eses ha de tener amor para ser perfeto: sabio, solo, solícito y secreto. No cantéis más. Siquis mía, ¿tú de mí desconfiada? ¿En qué, para persuadirme, la fe de tu amor no es sabia; sola, pues que más deseas; solícita, pues se cansa; ni secreta, pues de mí se queja a voces? ¿Qué extrañas este sentimiento mío, si sabes de qué se causa? Yo confieso que infelice hallaron puerto mis ansias en tus palacios, adonde nada contigo me falta; pero entre tantas finezas, dichas y venturas tantas, aquesto de no saber de mi padre y mis hermanas, ni cómo la ausencia mía ha recibido mi patria, de tu amor y tus finezas me ha puesto en desconfianza, pues habiéndote pedido mil veces… Espera, aguarda, que ya que aquese deseo a ser sentimiento pasa, le he de enmendar en la parte que pueden mis ciencias altas, ya que no en el todo. Hoy te daré noticias claras, no sólo en voces que oigas, mas si el valor no te falta, en imágenes que veas, como… ¿Qué? …me des palabra… Di. …que a mí no me has de ver a la trémula, a la escasa luz que, para que lo veas tú, las mismas sombras traigan. ¿Cómo con luz no he de verte? Poniéndome a tus espaldas, con ley de que no hayas, Siquis, de volver a mí la cara. Yo lo ofrezco. Pero ¡cielos! ¿Qué oyes? Mil músicas varias. Qué me dicen estas voces no sé, puesto que acordadas suenan. Pues agora atiende cuánto de fiesta y de gala tu corte está, en regocijo de que esta noche se casan con Arsidas y Lidoro Astrea y Selenisa. Suenan instrumentos. ¡Rara admiración! A sus bodas oye los himnos que cantan. Con hachas, salen máscaras danzando, y Astrea, Selenisa, Arsidas y Lidoro, y detrás Atamas. A las bodas felices de cuatro amantes afectos, con dobladas antorchas de tea, ven, Himeneo, ven, Himeneo; y tejiendo de mirtos y rosas guirnaldas de Venus, a coronar sus sienes altivas, ven, Himeneo, ven, Himeneo. Sólo consolar pudiera de Siquis bella la falta, ya que murió, como os dije, a un accidente postrada en la embarcación de Oeta; con cuya fatal desgracia su primo Anteo no quiso volver sin ella a la patria, pasándose a militar en las guerras de Trinacria; sólo pudiera, otra vez digo, consolar su falta la dicha de aquesta unión, que gocéis edades largas. Aunque hoy la dicha es de todos, la mía a todos se adelanta. (Ya, ¿qué puedo hacer, perdidas en Siquis mis esperanzas?) Mucho en presumir que es tuya mi felicidad se agravia. (Ya es, ¡ay, ignorado joven!, tiempo que del pecho salgas.) En las venturas de amor, dice más el que más calla. (¡Ay, perdida Siquis bella!) A mí esa razón me valga para mi disculpa. (¡Ay triste, que en vano se esfuerza el alma!) Proseguid con las canciones, bailes, músicas y danzas; que hoy todo ha de ser festejos, hasta partirse mañana a sus reinos cada una, y yo acompañando a entrambas, supuesto que Selenisa, que es la que hereda mi casa, mientras yo viva, se ausenta. Mi asistencia es de importancia en Chipre, por los sucesos de aquellas guerras pasadas; y así, es fuerza no quedar, como debiera, a tus plantas. Si yo, que en llevar a Astrea no ofendo al cariño en nada, puedo pedir un favor, señor,… Di, ¿qué es? Que no salgas tú de tu corte. Perdona; que hasta los puertos de Acaya, entre Citerón y Chipre, tengo de ir a acompañarlas, que son muchas tres ausencias para que esfuerzos no haya que las dilaten un poco. Y porque el llanto no haga desaires al alborozo, otra vez la canción vaya. (¡Ay, perdida Siquis mía! Todo esto sin ti no es nada.) A las bodas felices de cuatro amantes afectos, con dobladas antorchas de tea, ven, Himeneo, ven, Himeneo; y tejiendo de mirtos y rosas guirnaldas de Venus, a coronar sus sienes altivas, ven, Himeneo, ven, Himeneo. La terneza de mi padre mis afectos arrebata. ¡Padre! ¡Señor! No te escucha, que todo eso es sombra vaga. Pues haz tú… Apagad las luces. [Apagan las luces, y desaparecen todos.] ¿Cómo tanto esplendor falta en tan breve instante? Como ibas a volver la cara, y porque tú no la pierdas, quiero yo perder tu gracia. De ese repetido enigma no es bien apurar la causa, que ya me doy por vencida, que no merezco alcanzarla. Sólo te diré, ¡ay de mí!, que diera, porque me hablaran mis hermanas, y me vieran, mi bien, tan bien empleada alma y vida. ¿Cómo? Como dicha no comunicada no es dicha. Del sol las luces ¿fueran hermosas y claras, si a sus solas se lucieran? De las estrellas la varia república ¿fuera hermosa si a sus solas se alumbrara? Si las flores para sí respirasen su fragrancia, ¿qué estimación merecieran? Si el cristal, cuya asonancia tal vez instrumento a quien trastes de oro y lazos de ámbar son las guijas, y tal vez la cenefa de esmeralda, blando búcaro de yerba, ufano no lisonjeara o ya el labio o ya el oído, ¿qué fueran sus consonancias? El oro que está en la mina, ¿a quién adorna? La plata, ¿a quién aprovecha? ¿A quién el diamante? Luego es clara cosa que en tanto es la dicha dicha, en cuanto se reparta. Perdona esta vanidad, y cree, mi bien, que de tantas finezas como te debo, verme, fuera la más alta, mis hermanas tan gustosa, tan rica, alegre y ufana. Pero quien no te merece aun menores confianzas… No llores, que no es razón que con acciones contrarias una alba venga riyendo de ver llorar otra alba. Tu padre, hermanas y deudos, pues todos juntos se embarcan, derrotaré a aquestos montes, con licencia de que hagas alarde de tus grandezas. Mil veces beso tus plantas. Alza del suelo, y los brazos me da, porque ya… …la blanca aurora con arreboles los celajes desmaraña; yo lo diré, no lo digas. Vete, pues. ¿Tú te adelantas a despedirme? Sí; que siendo yo la enamorada, en ti fuera descariño lo que en mí desconfianza. Vase. ¡Qué felice es el amante que correspondido ama, pues el mismo Amor no tiene para sí dicha más alta! ¡Oh mal hayan cuantas flechas de plomo gasté! ¡Oh mal haya cuantas del aborrecer ejecutaron las sañas! Albricias podéis pedir, aves, flores, fuentes, plantas, montes y selvas, a cuantos por vuestros umbrales pasan; que ya al Amor habéis visto enamorado, y que trata de que todo sea favores, todo dichas,… Sale Anteo ¿Todo ansias ha de ser para mí, dioses? ¿Qué escucho? ¡El cielo me valga! ¿Quién será el que despeñado desde aquellas cumbres baja? Quien, porque el vivir le sobra, tierra que pisar le falta. Dígalo el que discurriendo la cima de esa montaña, por si de ella descubría algún puerto a mi esperanza, u desvanecida u ciega la mal afirmada planta, hasta llegar a las tuyas, más que me arroja, me arrastra. Ya, pues, bello joven, que eres el primero que en humana forma vi en aqueste monte, desde el día que en sus pardas peñas habité, abortado de ese mar en estas playas; si eres la deidad que en ellas tiene un prodigioso alcázar que tal vez mirar se deja, y tal se esconde y se guarda, sordo al golpe y a la voz del peregrino que llama a sus umbrales, piadoso te mueva el verme a tus plantas; no porque infelice vivo sustentado de las ramas más silvestres; no porque es un peñasco mi cama; no porque esta bruta piel visto, de la ropa a falta, de que me desnudó el tiempo a embates de vientos y aguas, tus lástimas solicito; porque hablo, sí, en confianza de que te lastimen más fortunas de amor lloradas que desdichas padecidas; que uno es cuerpo y otro es alma. Buscando una dama vine a estas rústicas campañas, echado al mar, cuyo fuego aun no apagó nieve tanta. Voces di, que repetidas de los ecos, me tornaban mi misma razón, quizá por no quedarse con nada de un desdichado; en efeto, sin ver a nadie la cara hasta agora, ha muchos días que habito brutas estancias. Y no porque te repita fortunas de amor contrarias, en obligación ponerte solicitan mis desgracias de que me albergues, ni que repares, vistas ni valgas; sólo con que me des nuevas de una beldad soberana que en este escollo quedó porque nació desdichada, por pagado me daré de tu piedad noble y alta. Dime si la has visto, u dime si enamorado te hallas, que con eso sabré yo que sí; que en su soberana hermosura es consecuencia de haberla visto el amarla. (¡Qué es esto, cielos! ¿Qué escucho? ¿Qué ira, qué fuego, qué rabia es ésta, que al corazón a un tiempo hiela y abrasa? ¡Mal hayan cuantos arpones de oro he gastado! ¡Mal hayan cuantos a amar obligaron, pues éste contra mí alcanza tanto poder!) ¿Ni aun respuesta no te merezco? (¿Qué aguarda mi corazón? Muera Anteo con el veneno que mata, y viva en parte el blasón de mi madre, ya que ingrata mi vanidad fue a ofenderla, cuando pensó que a vengarla.) Derrotado peregrino, por lo que mi voz dilata el no responderos, es por no aumentar vuestras ansias. Pero ya que es igual daño el ignorar las desgracias que el saberlas, y hay quien quiera saberlas más que ignorarlas, sabed que esa dama tiene dueño ya; porque el dejarla aquí a efecto fue de que se cumpliese la amenaza del vaticinio de Venus; y así, un monstruo es quien la guarda. Desesperad vuestro amor, desahuciad vuestra esperanza, y no esperéis, en efeto, ni verla jamás ni hablarla; porque, fuera de que es imposible, el que la ama sabrá vengarse de vos en ser, honor, vida y alma. Vase. ¿Qué más vengado, si todo, faltando Siquis, me falta? El ser, pues que ya no soy; el honor, pues ya mi fama aquí espiró a los baldones del oprobrio y de la infamia; la vida, pues que no es vida vida que es tan desdichada; y el alma, pues que sin Siquis, no la tengo. dentro ¡Amaina, amaina! Pero ¿qué lejanos ecos demás de la vista, llaman la atención, para que vea cómo en tormentosa calma peligra un bajel, meciendo de una banda en otra banda ambos costados? ¡Oh mar!, ¿con qué tu cólera aplacas, si la calma y la tormenta vienen a ser ruinas ambas? Balanceando a cada embate se va a pique, a cuya causa la gente abandona el buque, saliendo a tierra en la lancha. ¡Dichoso yo, que veré tratables gentes humanas que me admitan, ya que el cielo piadoso conmigo anda en que una borrasca lleve a quien trujo otra borrasca! Tocan instrumentos. Mas ¿qué instrumentos son éstos que del encantado alcázar, en bellas lucidas tropas, salen con sonora salva? En hora dichosa venga a estas incultas montañas el gran Atamas de Egnido, donde sus dichas le aguardan. Aquí hay más misterio. ¡Cielos! Encúbranme aquestas ramas, hasta ver si he de valerme de quien llora u de quien canta. Salen [Atamas, Lidoro, Arsidas, Selenisa, Astrea y gente]. ¿Siempre infaustos para mí han de ser, oh soberanas deidades, estos escollos? En vano déste te espantas, pues no, como el que decías, es horrorosa su estancia. Ni despoblada tampoco, que allí un templo se levanta. Y allí una música suena. Lleguemos adonde cantan. dentro Prosigan vuestras canciones hasta llegar a la playa, pues dio mi esposo licencia de que a recibirlos salga. dentro Salgamos con todos, Flora, pues lo permiten las guardas. [Salen del palacio las damas que puedan, las músicas, Friso y Flora, y Siquis.] En hora dichosa venga a estas incultas montañas el gran Atamas de Egnido, donde sus dichas le aguardan. ¿Dichas mías? Oh voces que misteriosas más que no veloces embarazáis los vientos, ¿quién a vuestros acentos mi nombre dijo, ni que yo podía ser el que a vuestros piélagos venía? La deidad destos montes,… …el sol de todos estos horizontes,… …destas selvas la aurora,… …destos campos bellísimos la Flora,… …la Venus desta esfera,… …la bella rosa desta primavera;… …y, en fin, en sus espacios, la que es reina feliz destos palacios. ¿Y quién, en fin, dueño es de glorias tantas? La que por la mayor tiene tus plantas. ¡Cielos! ¿Qué es lo que veo? ¿Si es acaso ilusión de mi deseo? No; que a ser ilusión o fantasía, no fuera igual en todos. Siquis mía, ¿de cuándo acá mi suerte ha merecido verme a tan grande bien restituido, como verte en mis brazos? Sin voz la admiración abre sus lazos. Hermosa Selenisa, divina Astrea, bien sin ella avisa de mi gusto mi llanto, que la voz no supiera decir tanto. Vengáis felicemente a esta isla, de quien reina eminente me aplaude mi decoro, y donde me conozcan hoy Lidoro y Arsidas por su esclava, no su hermana. Los dos a tu deidad, oh soberana Siquis, reconocemos por dueño singular. (¡Locos extremos, pues ya no hay esperanza, la voz creced de la desconfianza!) (¡Quién, cielos, dueño fuera de su albedrío, y olvidar pudiera!) A mí me dad agora los pies. Y a mí también. ¡Oh Friso! ¡Oh Flora! ¿Los dos aquí? Dejados por olvido, de Siquis la fortuna hemos corrido. Suspensos, hasta oír de tus portentos la ocasión, nos tendrás. Estadme atentos. Sabréis que si en estrella tan avara una deidad me ofende, otra me ampara. En este escollo… Pero no prosiga; mejor que yo mi majestad lo diga, con acentos veloces la salva repetida de las voces. Entrad en el palacio que docto fabricó en su ameno espacio el que dio, para ser esposo mío, medio a todo, sino es al albedrío. Entrad, pues, y en haberes más que humanos, no sólo la codicia de las manos llenaréis, mas veréis tantos despojos que aun hartéis la codicia de los ojos. ¡Qué admiración tan nueva! (Segunda vez tras sí mi afecto lleva.) (¡Nunca a verla volvieran mis desvelos!) (De envidia muero.) (Yo de envidia y celos.) ¿Viste jamás, Astrea, a Siquis tan hermosa? No. ¡Que sea tan feliz que haya hallado dueño a su gusto en este despoblado! ¿Qué decís? Cuán hermosa estás. Y cuán lucida. Soy dichosa, y son gusto y ventura el afeite mayor de la hermosura. En hora dichosa venga a estas incultas montañas el gran Atamas de Egnido, donde sus dichas le aguardan. [Éntranse todos en el palacio, sale Anteo de donde estaba escondido, y detiene a Friso.] (De absorto, de confuso y suspendido en tanta novedad, no me he atrevido a descubrir, ni hiciera bien sin mejor informe.) Friso, espera. Si usted, señor salvaje, presume que me huyo, mi viaje a casa es; no llevarme solicite, que no me he de ir en día de convite. ¿Que no me has conocido? No me apriete, que no me he de ir en día de banquete. ¿Que no ves, ¡ay de mí!, que soy Anteo? Ahora, señor, lo veo, y también veo que en haberte tenido por salvaje, muy poco te he ofendido, pues no es mucho, salvaje haberte hallado, habiéndote dejado enamorado. ¿Qué deidad, dime, es ésta, que en tanta majestad a Siquis puesta tiene? Yo no lo sé. Pues ¿no le viste? Ni ella tampoco. ¿Ni ella? ¿Cómo? (¡Ay triste!) Como es lóbrego amante que aborrece la luz. No, no adelante pases, porque no quiero que tu informe con otro se conforme, de que un monstruo la adora. Esa porfía tengo yo con Flora. Y pues ya la amenaza de Venus se cumplió, ¿qué me embaraza para librarla, en tanto riesgo, de aqueste lisonjero encanto? Conmigo ven, que hoy han de ver los cielos la más noble hidalguía de los celos; pues cuando estar pudiera vengado en que un horror su dueño fuera, de él tengo de libralla. Y eso, ¿cómo ha de ser? Sígueme y calla; que a Siquis, aunque muera, he de librar de esclavitud tan fiera. [Vanse. Vuélvese a descubrir el palacio, cuya mutación se ocultó cuando se despidió de Siquis Cupido, y salen todos en la forma que entraron.] En hora dichosa goce en este eminente alcázar Siquis bella la visita de su padre y sus hermanas. (Cada grandeza que veo es en mí una nueva rabia.) (En mí es una antigua envidia.) (En mí una muerta esperanza.) (En mí un difunto deseo.) ¿Quién se vio en delicias tantas? En hora dichosa vea, contenta, alegre y ufana… dentro ¿Qué ha de ver, si esas venturas son para todos desgracias? ¿Cúya es esta voz? De quien aun más que con ella espanta, espanta con el aspecto. [Sale Anteo.] ¡Qué pena! ¡Qué asombro! ¡Qué ansia! ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! Bruto horror destas montañas, ¿qué es lo que aquí solicitas? Que sepas quién es quien te ama. ¿Quién es? Yo… ¡Válgame el cielo! …y no el que del sol se guarda. Atamas generoso, Lidoro invicto y Arsidas famoso, divina Selenisa, Astrea celestial; quien os avisa del daño que padece el devaneo de la engañada Siquis es Anteo, que con penas extrañas, montañés girasol destas montañas largo tiempo he vivido, donde atentas mis ansias han sabido que el que a Siquis adora un monstruo es que estos palacios mora, en ellos encantado, porque de Venus se cumpliese el hado. Y pues llegáis hoy a ocasión tan buena, su vida rescatad, librad su pena, y en aquese eminente bajel, volved con ella al mar. Deténte, Anteo, no prosigas, ni tan indignas presunciones digas, dándote a esos recelos licencia, la licencia de los celos. Dueño tengo y esposo, que es deidad superior, dios generoso. Pues si algún dios ha sido, dinos qué dios. Aún no le he conocido. ¿Hasle visto? Tampoco, que una rara deidad no deja verse cara a cara. ¿Qué mayor consecuencia que tu ignorancia para mi evidencia? Atamas, rey y tío: de Siquis violentado el albedrío, de esposo que aparentes visos hace, en dorada prisión cautivo yace. Ya de Venus cumplido el vaticinio está; volved a Egnido, que más no puedo hacer en mis desvelos que amar su bien a costa de mis celos. Vase. ¡Deténte, aguarda, espera! ¿Cómo todos calláis desta manera? No sé, Siquis, qué te diga, mas mucha fuerza me hace, sobre el presagio de Venus, no saber quién es tu amante. Vase. Yo tampoco, Siquis, sé qué diga; pero ocultarse cuando uno obliga, ¿qué deja que hacer para cuando agravie? Vase. Tus dichas y tus desdichas de una misma causa nacen. Nada sé; pero deidad y horror, no es unirse fácil. Vase. ¡Ay, Selenisa! ¡Ay, Astrea! Pues solas en esta parte, hermanas siendo y amigas, quedáis, decid… Pero en balde consejo ni alivio espero de quien, con extremos tales, cuando goza mis placeres, responde con sus pesares. ¿Qué es esto? ¿Las dos lloráis al verme y al escucharme? ¿Qué sabes tú, Selenisa, de mí? Astrea, ¿tú qué sabes? Siquis, si tú estás contenta, ¿de qué servirá estorbarte el gusto? No es para mí esa respuesta bastante. Pues no quieras saber otra, porque no es justo quitarte de entre las manos la dicha. Tú lo crees, y eso baste. No habéis de dejarme así. Pues, Siquis, esto es amarte. Un fiero encantado monstruo es o tu esposo o tu amante, porque contenta no estés con aquestas vanidades. ¿Cómo puede ser, si son todas sus señas amables? Procura verle la cara, Siquis, y desengañarte; que es gran pereza de amor amar sin ver a quien ames. Ten una luz encendida, y sin temer disgustarle, en mirándole dormido, reconoce su semblante. Lleva contigo un puñal, y en viéndole horrible, dale muerte, y quedarás señora de todo, sin el ultraje de que un monstruo te posea. Y el saberlo no dilates,… …puesto que hoy en tus palacios… …tienes tantos que te guarden. Mal me atreveré a ofenderle. No receles. No repares. Nada pienses. Nada dudes. No temas,… …no te acobardes,… …pues tener otra ocasión de tener gente no es fácil. Vanse. Todos lo dicen. Sin duda mis desdichas son verdades; y cuando para saberlas mayores causas no halle que dármelo por precepto, siendo mujer, es bastante. Pues resuélvase mi aliento osado, altivo y constante, o bien del todo a perderse, o bien del todo a ganarse. ¡Flora! ¡Friso! Salen Flora y Friso. ¿Qué me mandas? ¿Qué me quieres? Hoy fiarme de los dos he menester en el más estrecho trance. Tú tenme, Friso, un puñal escondido hacia esa parte de los jardines, adonde la puerta a mi cuarto cae. Tú una luz ten escondida que no pueda divisarse hasta que yo la descubra; y esto no lo sepa nadie, ni aquí hagáis ruido, hasta que yo con una seña os llame. Vase. Friso, ¿qué es esto? No sé; mas lo que pienso es que sabe ya Siquis que es un dragón nuestro amo. ¡Qué dislate! No mucho; siempre yo dije que alguna falta notable tenía quien tanto daba. ¡Necedad de necedades!; que ninguna falta tiene quien da. Apuremos el lance, pues es desdoblar la hoja que doblamos endenantes. ¿Él aquí a Siquis no trujo, y porque no le mirase mató la luz? Luego es monstruo. Él ¿no la llenó al instante de galas y joyas? Luego es un Adonis, un ángel. Él todas las noches ¿no aguarda que no haya nadie que le vea? Luego es fiero. Él todos los días ¿no hace el gasto? Luego es hermoso. Él, desde que el alba sale, ¿no se va y no vuelve? Luego es horrible y formidable. Él ¿no se ausenta y no vuelve, y, sin que aflija ni canse, se contenta con sus horas? Luego apacible es y amable. O mil mujeres lo digan: ¿a cuál escogieran antes? ¿A un Narciso que asistiese, o a un dragón que regalase? Recúsolas; que no puede ser testigo quien es parte. Y esto a un lado, ¿has de traer la luz? ¿Puedo yo excusarme? Yo tampoco, pero ¡plegue a Dios…! Advierte que es tarde, que ya oscurece, y es hora que venga señor. Pues dame los brazos, Flora, por si el monstruo se declarase dándote con algo a ti, y a mí sin algo. ¿Qué haces? Llorar ternísimamente. Déjalo, así Dios te guarde, porque no hay como sufrir el ver llorar a un bergante. Vanse y sale Cupido. Nunca Apolo ha discurrido por esferas celestiales, luciente bajel de oro, el azul mar de diamante, más perezoso que hoy, dándome a entender que sabe cuánto en dilatar el día pesar a mis dichas hace, la noche que estará Siquis más alegre y agradable por la fineza que he hecho en que haya visto a su padre, sus hermanas y sus gentes. ¡Qué airoso llega un amante a los ojos de su dama, día que un servicio le hace! Éste es su cuarto; a entrar dentro no me atrevo, sin que antes la oscuridad reconozca. Solo está, y ella es quien sale. sale ¿Quién va? Yo soy. ¿Es mi amor? No sé qué respuesta darte, pues no sólo tu amor hoy que soy diré, mas de modo te amo que pienso que todo el Amor de todos soy. Fuerza al argumento doy con aqueste silogismo, pues del amor el abismo en mi pecho se cifró: pues ¿qué es lo que me faltó para ser el Amor mismo? Con grande extremo sintiera que verdad fuera, mi bien, ser tú el mismo Amor; que quien siempre en su mano tuviera arco y flecha, no se hiriera. Bien pudiera ser que sí. ¿Cómo? Como tal vez vi, tirando a un blanco una flecha, tocar en piedra, y deshecha volvérseme contra mí. ¿No entras al cuarto? Supuesto que andando hoy en él más gente, puede ser inconveniente haber luz, en este puesto, en quien el abril ha puesto el primor de sus primores, nos sentemos. ¿Qué mejores lechos tejió ingenio fiel que el pabellón de un laurel, el catre de muchas flores? ¿Has regalado, bien mío, mucho a tus huéspedes? Sí; que teniéndote yo a ti, bien satisfacer confío el más avaro albedrío. ¿Qué te han dicho tus hermanas? Cuánto de mi dicha ufanas están (¡al cielo plugiera!), y aun envidiosas dijera, si en prendas tan soberanas cupiera estar envidiosas, y hoy más, con tan nuevo estado. Y ¿que joyas las has dado? Las más ricas, más hermosas, más lucidas, más curiosas que tengo de tus haberes, para mostrarlas quién eres. Mas ¿qué tienes? ¿De qué estás inquieto? Hoy el sueño más me aflige que nunca. ¿Quieres que mande, señor, cantar, y divertiráste así? Como sea lejos, sí; que no quiero embarazar el poder contigo hablar. Siempre acordado rumor que velas en mi favor, canta algún tono a este sueño. dentro Quedito, pasito, que duerme mi dueño; quedito, pasito, que duerme mi amor. Si cantáis dulces querellas, o matizados primores, que siendo del cielo flores, también sois del campo estrellas, no me despertéis con ellas al alma que adoro; quedito el rumor, la vida que estimo, pasito el clamor; y ya que le dais este alivio pequeño, quedito, pasito, que duerme mi dueño; quedito, pasito, que duerme mi amor. (Ya que a la voz conocí que el sueño le rindió, agora es ocasión.) ¡Friso, Flora! ¿Traéis la luz y puñal? salen Sí. Dadme uno y otro, y aquí asistid los dos atentos (¡cielos, infundidme alientos!); y si acaso monstruo fuere, y al matarle no tuviere yo valor, vuestros acentos voces den, pues nos miramos tan acompañados hoy. Temblando de miedo estoy. ¿Oyes? De un color estamos. Cobarde espíritu, vamos; postrado ánimo, alentemos; el desengaño toquemos de una vez; o viva o muera. Verle y no verle quisiera, que siempre he de ser extremos; verle, por llegar a ver si engañada pude amar; no verle, por no llegar a matar y aborrecer a quien ya llegué a querer; y, en dos afectos neutral, dudo el bien, recelo el mal, y en lo que el examen tarda, más esta luz me acobarda que me anima este puñal. Cada paso que el deseo da, se retira otro paso el temor; tiemblo y me abraso… ¿Qué mucho si dudo y creo? Mas ¡cielos!, ¿qué es lo que veo? ¿Quién vio más bella pintura? ¿Quién más perfecta escultura? El que dijo que éste es un monstruo, bien dijo; pues es un monstruo de hermosura. ¡Qué joven tan generoso, en quien, desde el pie al cabello, está brioso lo bello, está valiente lo hermoso! ¿Otra vez, cielo piadoso, esta hermosura no vi, queriendo matarme? Sí. ¿Quién eres, joven, que estás seguro al matarte más que cuando matabas?, di. Cuando quisiste matarme, turbado te vi primero; y cuando matarte quiero, tú te vengas con turbarme. Dormida fuiste a buscarme, dormido hallarte pretendo; ¿qué extremos son que no entiendo, los que hay en los dos, pues cuando dormí, estabas tú soñando, y yo, cuando estás durmiendo? Flora, llega. ¿Yo llegar? Llega, Friso. ¿Llegar yo? No temáis, no dudéis, no, que lo que os quiero mostrar el monstruo es más singular que vio la naturaleza. Aun de aqueso es mi tristeza. Y aun de esotro mi temor. Llegad, que es monstruo de amor con soberana belleza. ¡Mirad, mirad, pues, de quien defectos oísteis los dos! Destos monstruitos Dios siempre me depare, amén. Y aun a mí, Flora, también. ¿Quién al ver no queda ciego la perfección que a ver llego? Suspensa le estoy mirando. ¡Cielos, que me abraso! ¿Cuándo con fuego se ha muerto el fuego? De la cera derretida que le hirió en la mano, creo, perdida porción. [Despierta y levántase Cupido.] ¿Qué veo? ¿Qué intentas, bella homicida, armada contra mi vida con puñal y luz,… (¡Mortal estoy!) …cuando, en acción tal, ofendido mi alto ser, me ha dado más que temer esa luz que ese puñal? En fin me has visto, aunque yo te pedí que no me vieras. Si tan para visto eras, dueño mío, ¿qué importó? Más, Siquis, que piensas. No me atormentes con enojos, que si en rendidos despojos triunfaste de mí dormido, ¿qué será habiendo venido el socorro de los ojos? Esas razones a ti, cuando el valor me faltó, yo te dije; allí yo mi acero en tu mano vi. Lo mismo sucede aquí; mas no, que aunque tú me heriste con él, y lo que tú hiciste hacer yo agora pudiera, no fuera justo que fuera tan cruel como tú fuiste. Algo distinguir conviene en los dos el proceder; que en efeto eres mujer, que otros privilegios tiene. La venganza que previene tanto secreto ofendido, que sepas lo que has perdido será, Siquis, y otra no: mira si es harto, que yo soy el dios de amor, Cupido. A Venus quise vengar, mi madre, dándote muerte; vi tu hermosura, y de suerte la idolatré singular que morí, yendo a matar; con que a Júpiter pedí que se doliese de mí, y entre mí y mi madre, él mandó, en su oráculo fiel, que te trujesen aquí para que pudiese yo —¡tanto me debiste, tanto!— tenerte en aqueste encanto, donde Venus lo ignoró. Ya con esa luz lo vio, porque el prestado favor término en su resplandor quiso Júpiter que hallase; con que no es posible pase adelante nuestro amor. Y puesto que tú has querido cubrir, por antojo leve, hoy tanto fuego de nieve, tanta memoria de olvido, para siempre me despido de todo aqueste horizonte; y así, a olvidarme dispónte, mirando en cuán breve espacio se desvanece el palacio y vuelve el monte a ser monte. Vase. Terremoto dentro. ¡Mi bien, mi señor, mi esposo, aguarda, espera, deténte, porque en tu presencia pierda la vida la que te pierde! [Vase.] Van saliendo [Flora, Friso, Atamas, Selenisa, Arsidas, Astrea, Lidoro y Anteo]. ¡Qué confusión tan notable! ¡Qué terremoto tan fuerte! Sin duda que el cielo todo se desploma de sus ejes. Que sobre nosotros caen esas montañas parece,… …o que quieren abortar Etnas sus preñados vientres. Las nubes de pardas sombras visten sus orbes celestes,… …a cuyo pavor los mares las montañas estremecen. ¿Adónde se han ido tantos torreones y chapiteles? ¿Cómo ha faltado sin ruina tanta fábrica eminente? sale ¿Qué os admira, qué os espanta, qué os asombra, qué os suspende tanto prodigio, si es desdicha que me sucede a mí, que soy en quien todas su mayor crédito tienen? La culpa tuvistis todos, pues contra mi esposo aleves os conjurastis a que era un monstruo; y aunque no miente la sospecha en que era monstruo, en la malicia le ofende, pues el bello dios de amor, monstruo de todas las gentes, fue el que adoré. Verle quise, y le he perdido por verle. Todos tuvisteis la culpa, vuelvo a repetir mil veces, y supuesto que yo en todos no es posible que me vengue, en mí sola podré hacerlo; y así… Mira… Aguarda… Advierte… Pues me distis muerte todos, dejadme dar todos muerte; que habiendo perdido tanto, no en riquezas ni en deleites, sino en mi esposo y mi amante, a quien quise tiernamente, ¿para qué quiero vivir? El mismo acero… Sale Cupido. Deténte, Siquis. Sí haré; que tú solo darme a mí la vida puedes. Astrea, ¿no es éste el joven del jardín? Y el que merece hasta agora mi memoria. Hasta en esto dicha tiene. Tus lástimas han podido obligar no solamente a mí, que te adoro, pero a Venus, que las atiende; y al verte dar muerte, y que yo había de llorar tu muerte, convencida de mi llanto, en mi casamiento viene; con que, diosa de Amor, Siquis vivirá adorada siempre. Tú, Atamas generoso, ya que a Amor por hijo tienes, me da los brazos. Astrea y Selenisa, aunque puede quejarse de ellas mi pecho, vivirán felicemente con Arsidas y Lidoro; y a Anteo le haré que llegue a merecer real esposa, porque de ti no se acuerde. Friso, Flora... No queremos que a uno con otro nos premies,… …sino que, pues el Amor hoy enamorado eres, perdones yerros de quien está a vuestra plantas siempre. FIN