Salen Celandio, y Lisipo, que sacan a García vestido de peregrino, ensangrentado, como muerto. Démosle sepultura en las entrañas desta peña dura, y con funestos ramos el pálido cadáver encubramos, a cuyo horror sangriento, será el monte sepulcro y monumento. Montañas de Galicia, en vuestro centro deja la malicia del que mandar desea hoy muerto a su señor, porque le vea cuanto la envidia pudo, monstruo de fe y de piedad desnudo. Vanse, dejando cubierto con ramos el cuerpo junto al paño, y suena dentro ruido de música de labradores, y salen cantando Dominga, Belardo, Mendo, y doña Sol vestida de caza. A la sombra de los sauces reposaba doña Sol, porque con sola una luz fuesen los planetas dos. Las hebras de sus cabellos hermosa alegre extendió, porque con sola una luz fuesen los planetas dos. No cantéis más; las voces, que suspendieron dulces y veloces con acentos süaves los vientos, los cristales y las aves, suspended, porque quiero al margen deste arroyo lisonjero llorar desdichas mías, y no es bien celebrar con alegrías tristezas que yo ignoro, y vosotros cantéis cuando yo lloro. Triste está nuesa ama, Belardo. ¿Qué tendrá? No fuera dama si no estuviera triste. Pues la tristeza, dime, ¿en qué consiste? En verse tan hermosa, tan linda, tan discreta, tan airosa, viviendo una montaña tan rústica, tan pobre y tan extraña como esta de Galicia. De poca causa esa razón se indicia para llantos tan ciegos. ¿Poca causa es vivir entre Gallegos? ¡Ay, fuentecilla fría!, ¿quién me trajo a vivir en compañía tan rústica y grosera, de rústicos vecinos compañera, de bárbaros desiertos cortesana, y de pobres albergues ciudadana? Mas tarde lloro y me consuelo tarde. Sale Jaques de peregrino gracioso. Decidme, Galicianos, que Dios guarde, si llegó a este camino un bizarro gallardo peregrino, si por aquí ha pasado, de otros dos hombres hoy acompañado. Por aquí no hemos visto pelegrino ninguno. Mal resisto el cansancio y fatiga, mas a seguirle la lealtad me obliga. Démosle a aqueste baya, que es holgura. De baya vaya. A él, digo, el pelegrino: ¿quién le lleva su hato? Ese pollino que junto a esotro pasa. ¿Dónde la moza dejas? En tu casa. ¿Dónde vais de ese modo, espantajo? A la vuestra voy por todo. ¿Quién te piensa la mula, picarillo? Tú me [la] piensas; pero yo la ensillo. [Vase.] ¿Qué excesos y qué fiestas para mis vanidades fueron estas? ¿Dónde tendré consuelo de tanta soledad? Dentro García. ¡Válgame el cielo! ¡Mal el alma resiste el horror desta voz! ¡Ay de mí triste! ¿Qué acentos lastimosos sentí? ¡Piedad, piedad, cielos piadosos! ¡Belardo, Silvio, Mendo! Temblando estó. De miedo estó muriendo. ¿Oísteis tristes voces, de acentos lastimosos y veloces? ¿O la tristeza mía ideas me formó en la fantasía? De días yo no entiendo, ni de fantasmerías; pero Mendo, Belardo y yo escuchamos que se quejaba un hombre allí. Vamos, pues, que estas señas nos llevarán allá, porque las peñas, en vez de sus cristales, se quiebran hoy en líquidos corales, cuando sembrando horrores, de púrpura salpican estas flores, cuyas marchitas hojas, verdes nacieron y murieron rojas. Aquí entre aquestos ramos cubierto está. Descúbrenle como dicen los versos. Su forma descubramos. ¡Válgame Dios! ¿Qué veo? Grande debe de ser (¡ay cielo santo!) desdicha que por grande no la creo. En tanta confusión ciégueme el llanto, porque no llegue a ver esta espantosa miseria, esta tragedia lastimosa, que sin piedad ninguna, hoy representa el grande autor Fortuna, siendo en este horizonte, teatro de desdichas todo el monte. Mirad si ya ha expirado. Yerto, mudo y helado aun está todavía, agonizando entre su sangre fría. Pues llevadle entre todos, levantado aquese cuerpo helado en hombros, al aldea, donde siquiera con sus dichas vea que habita gente humana; goce este bien de la piedad cristiana, ya que nos ha traído nuestro destino aquí, si ya no ha sido su dicha. ¡Oh qué temor triste y funesto! Cógenle entre todos, y llévanle. Qué presto (¡oh confusión mortal!), qué presto a la tristeza mía diste consuelo con decir que había otro más desdichado; ninguno desconfíe de su estado, pues si posible fuera trocar uno desdichas, cuando viera lo que en el mundo pasa, las suyas propias se volviera a casa. Sale don Vela con gabán y montera. Sol, ¿de qué lloras? Señor, aunque con facilidad siempre lloró la piedad, esta vez llora el valor. Estas lágrimas y enojos que miras, afectos son que remata el corazón desde el pecho hasta los ojos. Cazando vine hasta aquí, a estas montañas llegué donde una desdicha hallé, donde una tragedia vi. Estaba medio muriendo un hombre, aquí agonizando, peregrino, derramando su misma sangre y bebiendo, y como el alma salía envuelta en la que arrojaba, y él a bebella tornaba, con ella otra vez vivía, o como le llegó a abrir tantas bocas el cruel homicida, el alma fiel, por cuál había de salir ignoraba, y desta suerte, el alma, al dolor rendida, estaba muerta en la vida, y estaba viva en la muerte. ¿Qué hicieron dél? Al aldea los criados le llevaron Bandoleros le robaron. sin duda. No habrá quien crea que a un mísero peregrino le tuvieron que robar. Como estos suelen pasar, Sol, por aqueste camino, que príncipes y señores son y van en romería a nuestro patrón. Sería posible que mis favores le hiciesen falta: señor, dame licencia. Ve, pues, que piedad la tuya es tan hija de tu valor. Ruido dentro y salen Ramiro y Nuño. Ata, Nuño, esos caballos a un tronco, y en la espesura de esa fuente hermosa y pura, puedes un rato dejallos, donde, si en yerbas ofrecen esmeraldas estos prados, ellos, de espuma bañados, en cristales agradecen el beneficio; y los dos resistamos los desmayos del Sol, que deshecho en rayos nos amenaza. ¡Por Dios, que es él: Ramiro! Dichoso he sido en hallarme aquí; dadme los brazos. Si así, con lazo tan venturoso, hoy Galicia me recibe, con justa causa diré que las Cortes no dejé. A vuestro servicio vive hoy en Galicia don Vela; y aunque de paso, por Dios, decidme qué os trae a vos a estos montes; que recela el alma, ya que no ha sido gusto vuestro, en lo que ve. Aparte (Este piensa que no sé el intento que ha traído.) Aun bien que los dos podremos pagarnos las relaciones, pues que todos ocasiones, y novedades tenemos que contar: decidme vos qué hay en Galicia de nuevo, mientras yo a contar me atrevo qué hay en Castilla, y los dos nos pagaremos ansí nuevas con nuevas. Consiento el partido; estadme atento, que esto es cuanto pasa aquí. Después que murió el buen Rey don Fernando y que se abrió el testamento y se halló, por justa y divina ley, en sus hijos repartido el reino, Sancho el Mayor, lleno de rabia y furor, no quiso ver dividido su poder; ya esto sabéis, mas hoy, para encadenar lo que os tengo de contar, os suplico me escuchéis. Sancho, en fin, lleno de ira, que ha de quitar, jura ahora, a doña Urraca a Zamora, como a Toro a doña Elvira. Viendo Alfonso su rigor, o por respeto, o por miedo, se pasó huyendo a Toledo, y halló en el moro favor. Vino a Galicia García, que es lo que me toca a mí contaros ahora aquí, donde contento vivía en la humildad desta tierra; pero receloso en vano, que el Rey don Sancho, su hermano, aquí le vino a hacer guerra. Rindióle, y en la ocasión –¡oh ley tirana y cruel!– hizo, Ramiro, con él la más rigurosa acción del mundo, contra las leyes de Dios, divinas y humanas... pero no es dado a mis canas el murmurar de los Reyes; sólo os diré, sin decir que hizo mal ni que hizo bien, que a quien quitó el Reino, a quien le dio tanto que sentir, porque sin ver sus enojos viviese más consolado, en la prisión ha mandado... ¿Qué? ...que le cieguen los ojos con una barra de fuego. ¡Qué pena, qué confusión, ver un Infante en prisión, abatido, pobre y ciego! No puedo pasar de aquí; ¡qué ahogo!, ¡qué pena tan rara!, creo que más que a él la barra, me cegará el llanto a mí. Rigor, por cierto, que admira; pero otro mayor previene su condición, pues hoy tiene presa en Toro a doña Elvira. Envió a decir con Rodrigo, –a quien llaman, y no en vano, el soberbio castellano– que como hermano y amigo le pedía que le diese aquella hermosa ciudad, y que hiciese la amistad lo que la guerra no hiciese. Cuando eso decir desea el Cid, asombro del Moro, por las almenas de Toro doña Elvira se pasea. Desde allí a Rodrigo habló, que no quiso que la puerta a nadie estuviese abierta, y desde allí respondió, diciendo: “Decid, Rodrigo, al Rey mi señor y hermano, que intenta y pretende en vano, como amigo, o enemigo, entrar en Toro, porqué como amigo yo no quiero, y como enemigo espero que él no podrá.” Y esta fue la respuesta que le dio. De lo cual el Rey airado, con el ejercito armado, a Toro al punto sitió. Él, temerario, pretende aquella ciudad famosa, y ella, altiva y valerosa, la resiste y la defiende. En este estado dejé a Castilla, cuando vengo a unos negocios que tengo en Galicia, así no sé en qué el sitio habrá parado. Así estará, que no ha habido tiempo. Despacio he venido, ya puede estar acabado. ¿Tan altiva es doña Elvira? Es muy varonil mujer; su cordura y proceder, propios y extraños admira. ¿Y es hermosa? No la vi en mi vida. Ya sé yo que encerrada se crió en un convento... Es así. ...pero pudierais después haberla visto. Pues no, nunca a Elvira he visto yo. Ya el sol declina, hora es –pues que del Oriente pasa su luz en dorado giro– de recogernos, Ramiro, venid y honraréis mi casa esta noche. Guárdeos Dios; pero el enfado excusad. Esto pide el amistad, y deudo que hay en los dos. Vanse. Sale doña Elvira con vaquero, y espada. Al pie destos montes altos rendido el caballo dejo, tan liberal de su sangre como avaro de su aliento; y en sus espumas bañado, por los ijares abierto, matices blancos y rojos está derramando al suelo; y como, al verle correr, estos montes le tuvieron por nube que, desatada, bajó desde su elemento, al verle nevar espumas con más razón lo creyeron, siendo diluvio de sangre, por ser prodigio del tiempo. Quédate, noble animal, y recobrado en ti mesmo, con ánimo generoso, vuelve a respirar sin miedo, si ya no por desdichado te llega a faltar el viento; que suele heredar un bruto la desdicha de su dueño. Quédate, pues, que me niega aun esta piedad el cielo de tu noble compañía, porque a un desdichado pienso que el ver otro desdichado a sus fortunas sujeto, aunque fuese un animal, le servirá de consuelo. Mas, ¿dónde voy por aquí? ¿Qué ásperos montes son estos, en cuyos hombros estriba el octavo firmamento? ¿Qué tierra es esta que piso? ¡Ay de mí!, ¿de quién espero respuesta, si el aire mesmo, por no responder, suspenso se ha quedado entre las ramas destos árboles y en ellos aun no responden las hojas, que son las lenguas del eco? ¿Qué haré en esta soledad, y más cuando considero que agonizando entre sombras el día se está muriendo? Y el sol con tan poca fuerza hiere el horizonte nuestro, que se le atreven estrellas antes de mirarle puesto: que al que se vio respetado, y empieza a caer, los mesmos que dél recibieron luz, se le atreven los primeros. Dígalo aquí mi fortuna, pues yo..., mas no, que el secreto me conviene, y ha de ser en mí con tan grande extremo, que aun yo he de dudar quién soy; porque es sepulcro mi pecho donde en prisiones de nieve yace caduco el silencio. Sale Jaques. ¿Dónde desta suerte voy, sin cordura y sin consejo, cual dicen de ceca en meca, por aquestos vericuetos? No puedo dar con mi amo, ni sé por dónde pudieron irse, un día solamente que me he quedado durmiendo, sin otros de quien no trato, los perdí; no sé qué puedo hacer. Gente viene aquí, recelo de todos tengo. ¡Válgame Dios! ¿Qué he de hacer? Ninfa de todos aquestos montes, diosa destas selvas, dríade destos desiertos, náyade destos arroyos, semidea destos cerros, Venus gallega, si acaso ha habido gallega Venus desde Adán acá: decidme, de rodillas os lo ruego, ¿vistes pasar por aquí un peregrino mancebo, a quien dos acompañaban, gualdraperos escuderos? Aparte (Si le respondo que soy forastera, pongo a riesgo mi vida en tal soledad; en todo fingirme quiero ciudadana destos montes.) Peregrino, a quien el cielo guarde, en este propio instante que yo estaba sola, viendo la compañía que traje de perros y de monteros que en ese bosque dejé, por aquí pasaron esos tres hombres y preguntaron por un hombre, que ahora creo que érades vos, por las señas. Decidme por dónde fueron. Por ahí abajo. ¿Y ha mucho? Un instante: si vais presto los alcanzaréis. A Dios, que os guarde y dé todo aquello que buscareis, si no es puntos en medias y en celos desengaños, que son cosa que se buscan sin deseo de hallarse. Vase. Di en un engaño a mis temores remedio; pero, ¿qué ruido es aquél? Pasos en el bosque siento; ¡oh, si fuese gente en quien hallasen algún consuelo mis desdichas! Pero, ¿dónde con estos vestidos puedo llegar, que no me descubran? Abran piadosos los cielos camino en tantas fatigas. Sale Dominga. Que el diabro mos trujo, pienso, este peregrino a casa, que a todos nos trae revueltos: si acabase de ganar este demonio, que pienso, así el albéitar lo dice, que ha de levantarse presto. Una mujer sola es, muy bien atreverme puedo a hablarla, pues es forzoso que halle, aunque en rústico pecho, piedad en él. Aldeana, si te obligan los sucesos de Fortuna a ser piadosa, rendida a tus pies te ruego favorezcas una vida que hoy en tus manos se ha puesto. Vuesas lágrimas, pardiez, hermosa dueña, me han hecho cosquillas dentro del alma; ¿qué queréis? Que yo os prometo serviros en cuanto pueda: que un día escuché a un discreto decir, que de una mujer que llora con rostro bello aun las mujeres habían de ser amantes, y es cierto, porque una mujer llorando puede dar envidia al cielo, y más si llora de amor. No es de amor, no sentimiento, pero en fin, zagala hermosa, por estos vestidos temo ser conocida y venir a gran desdicha por ellos. Truecámelos a un sayal tuyo, y encima del trueco, no quiero más interés, que solamente el secreto. ¿Yo vestido de tanto oro? Que os estáis burlando creo. No burlo, pues que podré en traje humilde y grosero pasar donde me llevare mi destino ¿Qué?, ¿es de cierto que me pondré ese vestido? Sí. Aunque pudiera traeros con solo llegarme a casa otra vasquiña y sayuelo, temo que se me despinte el lance y así no quiero sino daros este mismo. Pues entra a lo más secreto del monte, donde podamos trocar los vestidos nuestros. Pardiez, que he de parecer maya o novia, si me veo con tanta seda. ¡Ay Fortuna, en qué desdicha me has puesto! Vanse, y salen don Vela, Ramiro, y Nuño. Déjame llegar a mí, que avisar a Sol conviene de que tan gran huésped tiene, y ella vendrá luego aquí a serviros. Advertido, tanta dicha esperaré. [Aparte] (No sé qué espera, o por qué no se da por entendido.) Vase. Ya que a Galicia llegamos, Nuño, te quiero contar, qué causa pudo obligar a venir a donde estamos. Desengañado de ver sucesos de guerra y Corte, dando a mi vida otro norte, quiero retirarme a ser cortesano desta tierra, ya que me han desengañado pretensiones de soldado en la Corte y en la guerra, y a Galicia vengo, adonde tengo hacienda y donde espero gozar el más lisonjero bien que al amor corresponde. Tiene una hija don Vela, Sol en nombre y hermosura, que, aunque no la vi, asegura la fama, que siempre vuela, esta opinión. Con intento vengo, si es después tan bella, de casar, Nuño, con ella. Ayuda a mi pensamiento Arias, de don Vela hermano; ya tú sabes que es mi amigo, quiéreme bien y conmigo escribe al padre, y es llano que se efetuará la boda si me descubro, mas quiero ver a doña Sol primero; porque si no se acomoda el gusto pueda volverme sin declararme. Haces bien, porque yerra mucho quien casa a ciegas. Resolverme puedo despacio. Sale Dominga con el vestido mal aliñado. ¿Quién vido, mejorando su fortuna, jamás Dominga nenguna con tan brillante vestido? ¿Dominga con tanto olor? ¿Oro y con nombre tan vil? Si aparador, ¿para qué candil? si candil, ¿para qué aparador? Una dama viene aquí. ¿Si es esta Sol? No se vistiera tan costoso a quien no fuera señora en casa. Es así. ¡Por Dios, que es muy desaseada en el andar y el vestir! Muy bueno es para venir a vistas de desposada. Llégala a hablar. (¡Qué fea es! Llegaré con turbación.) Estos me piden perdón; engañarlos tengo, pues. Señora, si favor tal mi humildad ha merecido, que me concedáis os pido ese animado cristal, para confirmar con él mi dicha. ¿A quién heis llamado, decid, «animal cristado»? A esa nieve, a ese papel, en quien escribe el deseo un favor tan soberano. ¿Para pedir una mano andáis con tanto rodeo? Catalda aquí. (Nuño, di, ¿has visto simpleza igual?) (Lo de animado cristal la dejó fuera de sí.) Por acá hablamos cristiano; de esos lenguajes no sé. Aquí el pie se llama pie, la mano se llama mano. Porque no halle en qué dudar, ¿sois vos Sol? Si yo Sol fuera, más de mil años tuviera: mas Sol me suelen llamar... (¿Y a qué espero?) ...los villanos, que no les falta a ninguna resquiebro de Sol y Luna. (Ay Nuño, ¡no fueron vanos mis recelos! Si le hubiera a don Vela descubierto la intención de mi concierto, ¿cómo ahora me pudiera salir de lo concertado? ¿Esta es Sol, de quien yo oí tantas alabanzas?) (Sí, pues ella lo ha confesado, y el vestido no lo niega.) (Ea, no hay sino volver a Castilla y a romper el papel, que amor entrega la memoria. A despedir nos vamos.) (¿Con qué ocasión?) (¿Faltará alguna invención que con don Vela fingir? Vámonos de aquí los dos presto, Nuño, que no excuso la prisa.) (El Sol se nos puso.) Vanse los dos. ¡Buenas noches nos dé Dios! Quien me hubiere visto ahora, tan aseada y bien vestida, y luego habrar entendida, pensará que so señora. Yo apuesto que el cortesano, de verme y oírme aquí, se va muriendo por mí. Sale Jaques. (El trabajo pierdo en vano. ¿Posible es que yo me entrase adonde no halle salida? Mas ¿qué mucho, si en mi vida hallé cosa que buscase? Una vez en mi lugar – para que esto me convenza– perdí el juicio y la vergüenza, y nunca las pude hallar;... pero la dama está aquí que endenantes me burló, y ya me presumo yo, en el traje hermoso, así engañando pobres anda, tristes y desconsolados.) Dama andante destos prados, ¿no me responde? ¿Qué manda? Pues, ¿cómo es aquesto ahora? ¿Rustiquezas semejantes y engañarme aquí denantes? Basta ser que por señora me tienen todos; en fin, con las galas lo asegura la discreción y hermosura. ¿Adónde va el pelegrín? Bueno es esto, ¡qué sé yo! ¿Qué busca? [Aparte] (Ella está burlando de mí.) Diga. Voy buscando la perra que me parió. Sale Belardo. Señora..., pero ¿qué miro? ¡Que eras señora creí! ¿Quién diabros os puso así?, que ya de verte me admiro. ¿Tú con tanta bizarría? Dominga, di... Bueno está, habrad mejor, porque ya no es el tiempo que solía, Belardo. ¿Quién hay que pueda estas fábulas creer? ¿Tú con tanta jerga ayer, y tú hoy con tanta seda? Pues no te ensanches así por verte en mejor fortuna; si no, acordarte de una copra que se canta así: aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Habra como habéis de habrar, que sos un grande pollino: que so señora y de un pino os mandaré yo ahorcar. Vase muy grave y salen don Vela, Ramiro y Nuño. ¿Con tanta prisa, señor, importa el volveros? Sí, alcanzóme un propio aquí, y es forzoso que al favor me niegue de vuestra casa. Pésame de que mi estrella me niegue que os sirva en ella, mas si a tanto extremo pasa la nueva que os han traído, solo os quiero suplicar de que a Sol le deis lugar –ya que hasta aquí habéis venido– para que os bese las manos. No me fuera yo, señor, sin merecer el favor de bienes tan soberanos, pero en este puesto ahora a su servicio ofrecí alma y vida, ya que vi a doña Sol mi señora; porque no me fuera hoy –que descortés no nací– sin verla, señor, y así, porque la he visto me voy. ¿Cómo puede ser, si yo en su cuarto la dejé? Si digo que yo la hablé, y ahora me confesó, que era ella misma, ¿a qué efeto yo lo había de inventar? Pues con eso os doy lugar a la partida y prometo que siento mucho no haber servídoos, señor, un día que huésped os merecía. Sale Jaques. [Aparte] (De tantos, ¿no ha de saber uno siquiera por dónde fue? Este el primero sea.) Mi señor... Dios os provea. Vase. [Aparte] (A propósito responde: él pensó y tuvo por llano que limosna iba a pedir. Este lo habrá de decir.) ¿Sabéis...? Perdonad, hermano. Vase. Los brazos me vuelve a dar. Y en ellos el alma. Adiós. [Aparte] (Quiero llegarme a estos dos.) Yo soy... Dios nos dé qué dar. Vase. [Aparte] (No hay en mis fortunas medio. A este llego temeroso; quizá por viejo es piadoso.) Oíd... Dios os dé remedio. [Aparte] (¡Que no haya de tantos uno que al verme desta manera quiera escucharme siquiera!) No seáis, pobre, importuno. ¿Eso cómo puede ser si en el mundo no hay ninguno que no sea pobre importuno? ¿Qué? ¿También sois bachiller? Id con Dios. Yo gano en ello. Pobres, ahora conocí qué será sello, si así me tratan por parecello. Vase. Sale doña Sol muy vestida de dama. De la suerte que mandaste vuelvo ya, señor, a verte. Pues las galas y el cuidado importan poco, ya puedes volverte a vestir de monte, si en eso más gusto tienes; que yo, porque no te viera aquel caballero huésped sin ese traje, mandé que bizarra te pusieses. Mas ya que te vio del modo que estabas, impertinente fue tu cuidado. ¿Qué dices? ¿Quién me ha visto de otra suerte? ¿Qué huésped, qué caballero que me vio, señor, es este? ¿No estuvo contigo aquí un hombre, que con corteses ofrecimientos te habló –ya no hay para qué lo niegues–, a quien tú misma dijiste que eras Sol? No solamente no le hablé, mas no le vi. ¿Qué dices? Pues ¿por qué temes que pueda mentirte en esto? ¿Qué engaño pudo ser este? Que decirme a mí Ramiro que habló con Sol y volverse con tanta priesa, viniendo a los conciertos que tiene efetuados con mi hermano, notables dudas me ofrece. ¿Qué será? ¡Belardo! ¡Mendo! ¡Dominga! Salen los Villanos. Señor, ¿qué quieres? Pues, ¿qué es aquesto, Dominga? Dime, ¿qué vestido es ese? Un vestido que me hallé. [Aparte] (Callaré que me le diese la mujer, porque señor no me obligase a volvelle.) ¿Dónde le hallaste? En el monte, cubierto con ramos verdes; vile relucir, llegué, quité las ramas, saquéle. y plantémele. Al momento te le quita. Pues socede otro cuento que es mijor; que aquel hidalgote huésped me tuvo por dama aquí. ¿Mas que fuera que creyese que era Sol? Sol me llamó, pero yo entendí que fuese resquiebro. ¡Bien hizo en irse, huyendo de hablarte y verte! Pero con aqueste engaño no han de ausentarse. Traedme una yegua, que me importa alcanzarle diligente. En sus alcances iré, y pues industrias ofrece el ingenio, con alguna a mi casa he de volverle, adonde se desengañe, que no es Sol quien le parece. Vase. ¿Qué secretos, qué cuidados son estos que no se entienden? Pero ¿quién me mete a mí con errados pareceres en averiguar intentos? Belardo. ¿Qué es lo que quieres? ¿Cómo está aquel peregrino de quien tú a tu cargo tienes la salud? Está tan bueno que hoy se ha levantado; a verte llega. Yo me voy, señora. Adiós. Sale García. Y ¿quién no merece besar la tierra que pisas?, porque es una esfera breve de luz que, alumbrando al mundo día y noche, de una suerte vence el horror de las sombras. ¿Quién vio todo un Sol de nieve? Día llaman a la vida, noche llaman a la muerte, y viéndome yo expirando entre las sombras crueles de la noche, nuevo día en otro sol me amanece. Pero no sé si es piedad que des tan injustamente muerte y vida, pues hoy quitas una vida que concedes; y así es mucha tiranía tener imperio tan fuerte que hagas que muera quien vive y hagas que viva quien muere. Aparte (Entre rústica corteza, ¿es posible que se encierre alma tan noble? Secretos hay aquí que no se entienden.) ¿Cómo, con tanto peligro, apenas convaleciente, agraviando los deseos de la posada, te atreves a levantarte? No fueron, señora, tan inclementes las heridas, tanto como mucha la sangre que vierten; y así, viéndome mejor, es forzoso que me ausente, que basta haber recibido tantas honrosas mercedes en tu casa, Sol hermosa, sin que dellas me aproveche tan mal que quiera llevar hasta el fin sus intereses. Sólo te pido, señora, recibas de un pobre aqueste rayo de piedra, que fue Dale una sortija. hijo del Sol, que no puede negarlo, pues de limpieza hechas ya las pruebas tiene. Diamante es, que en este dedo se quedó porque tuviese más esmaltes con mi sangre el oro que le guarnece. Perdonad mi atrevimiento, y no excuséis el ponerle en esas manos por mío, pues por suyo lo merece. El don estimo y quisiera con el alma agradecerte; pero quejosa de ti... Pues, señora, ¿de qué suerte de mí te quejas? ¿Pensaste que aquesta casa no tiene dueño que podrá hospedarte, que apenas convaleciente quieres pagar la posada antes de irte? No merece costaros a vos cuidado mi vida. Cuando le cueste, no será a mí; porque en casa hay criadas que le tienen. Fuera de que miro en vos, ya en los discursos corteses, ya en las acciones altivas, ya en los alientos valientes más fondo que en un diamante, con ser mucho. Pues no pienses eso de mí, porque soy hombre humilde. Pues, ¿quién eres? Un mercader soy de piedras, en que verás que convienen el diamante y el lenguaje; el diamante por tenerle para vender; el estilo, porque los plateros tienen entrada con los señores, y así en las casas aprenden políticas cortesías; y yo particularmente estoy muy hecho a tratar con los príncipes y reyes. ¿Dónde ibas? A Santiago, por un voto, donde, aleves, por robarme algunas joyas –y en una, principalmente, el valor de una ciudad–, dos amigos y parientes me dejaron, como viste. Y ahora cuando te ausentes, ¿dónde irás? A donde pueda vivir pobre y tristemente, no conocido de nadie. Porque hombre que no puede llegar a tener caudal tan grande como el que pierde, adonde no es conocido vive mejor, porque suele ser verdugo la memoria, cuando los testigos tiene de las dichas que perdió, a todas horas presentes. Pues para vivir así en casa quedarte puedes, pues entre estos labradores podrás vivir de la suerte que deseas; y mi padre se holgará, porque le mueven desdichas de la fortuna. Déjame que humilde bese la tierra que pisas: hoy comprado un esclavo tienes. [Aparte] (Ay curiosidad, ¿qué es esto? ¿Qué buscas en mí? ¿Qué quieres de mí, que tantos discursos hoy a la memoria ofreces?) [Aparte] (Hoy, Fortuna, ¿a qué desdichas mayores podrás traerme que a vivir entre villanos, de ásperas montañas huésped?) ¿Cómo te llamas? Fortuna. Nombre a propósito tienes a tus sucesos. Los nombres tomar, señora, se suelen de las casas en que nacen, y el mío es de las que mueren. [Aparte] (Ay cielos, ¡qué peregrino tan peregrino es aqueste!) [Aparte] (¿Qué Sol es aqueste, cielos, que a mis dichas amanece?) [Aparte] (¡Qué desdicha!) [Aparte] (¡Qué pesar!) [Aparte] (¡Qué pena!) [Aparte] (¡Qué mal tan fuerte!) [Aparte] (Déjame, memoria mía.) [Aparte] (Déjame, estrella imprudente.) [Aparte] (No me obligues...) [Aparte] (No me traigas...) [Aparte] ( ...a que diga...) [Aparte] (...a que a ver llegue...) [Aparte] (...que de amor...) [Aparte] (...perdido el bien...) [Aparte] (...muero.) [Aparte] (...que el amor me ofrece.) [Aparte] (¡Mal haya tanto callar!) [Aparte] (¡Paciencia el cielo me preste!) Salen Ramiro, Nuño y Elvira. Gracias a Dios que ya estamos seguros, que no veremos otra vez mi novia. Extremos haces con razón. Huyamos desta tierra; que hay en ella, con no poca novedad, peligros en la fealdad. De una causa hermosa y bella huir el peligro vi yo, cuando dar muerte procura con veneno la hermosura. Es la verdad; pero no viste tú que pretendiese matar con necios engaños la fealdad. Huye los daños que te siguen. ¡Que quisiese Arias engañarme así, diciéndome que Sol era maravilla lisonjera de la hermosura! ¡Ay de mí! ¿Quién tristemente se queja, y con lastimosas voces, que los aires veloces...? La duda a los ojos deja, pues en soledad penosa puedes ver una mujer, tan humilde al parecer cuanto al parecer hermosa. Mirémosla desde aquí, que su beldad maravilla. En la mano la mejilla se puso ahora. Es así, mas no digas, Nuño, tal; que entre el clavel y jazmín, parece un sol de carmín sobre un monte de cristal; cuando a sustentar se atreve tal peso la mano ufana, parece un globo de grana sobre un Atlante de nieve; por la mano se dilata de su cabello el tesoro: parece una esfera de oro sobre una brasa de plata. Llorando está: nieve y rosa con tiernas lágrimas lava; ¡sólo el llorar le faltaba para estar del todo hermosa! Ya mira al cielo y los ojos enjuga para mostrar que con ellos puede dar al Sol envidias y enojos. Las manos tuerce que había en sus lágrimas bañado, y como el cristal helado, sale de la nieve fría. Con la azucena compite que al alba candores bebe, o con el copo de nieve que a pedazos se derrite. Ya se levanta. Hacia aquí, sin habernos visto, viene. Retirarnos nos conviene; escuchemos desde allí. Escónde[n]se y sale Elvira. ¿Qué es lo que quieres, Fortuna, de una mujer desdichada que, a tu honor sacrificada, no espera piedad ninguna? Sin duda se encierra aquí más que el traje manifiesta; no es mujer humilde esta, pues sabe quejarse así. ¿Yo, tan pobre y abatida, tan triste y desconsolada, deste sayal adornada y destos troncos servida, siendo... Escucha. ...quien pudiera a par del Sol...? Pero no, que aún a mí no quiero yo, cuando estoy desta manera, fiar secreto que tanto importa. Grande ocasión perdió nuestra confusión para salir deste encanto. Dentro don Vela. Ten esa yegua, Belardo, que aquí me quiero apear, y llegar a preguntar por lo que busco. Aquí aguardo. Don Vela es el que llegó: por la voz le conocí. Retirémonos aquí. ¿No quieres que te vea? No. ¡Gente viene! ¡Oh, si alguien fuese a quien mis penas fiase, que mi llanto le apiadase, que mi dolor le moviese! Que ya no puedo sufrir en un monte despoblado el vivir, sin haber dado alivio en tanto morir a mis desdichas! Serrana, dime, así el cielo te guarde. ¿viste pasar esta tarde por aquesta vega ufana... Escondámonos mejor. ...un bizarro caballero, a quien sólo un escudero acompañaba? Señor, no le vi, y aunque no pueda serviros en eso a vos, una gran merced, por Dios, vuestro valor me conceda, que al honor de vuestras canas a descubrir he llegado lo que aún a mí me he negado. Bien pienso que no son vanas mis esperanzas; que el pecho, sin conoceros, señor, de vuestro grande valor se asegura satisfecho. Serrana, tan dulce llanto abone vuestra fatiga. ¿Qué queréis? ¿A qué os obliga sentimiento y dolor tanto? Decid, ¿qué habéis menester? Hablad, ¿qué pedís? Si acaso queréis escuchar de paso desdichas de una mujer, yo sé que os obliguen ellas hoy a doleros de mí. No habéis menester aquí intercesoras más bellas que esas lágrimas: no quiero saber más de que lloráis. Decid presto, ¿qué mandáis? De vuestras manos espero favor a las penas mías. Ved lo que habrá menester una infelice mujer, que tres noches y tres días ha vivido este desierto, sin fiar su desventura más que de una peña dura. Ya vuestras penas advierto. Seguid aquella vereda, que deste monte a la espalda hay una aldea en su falda, que no dudo yo que pueda consolaros. Cerca está, por eso no vuelvo yo con vos misma; pero no hará falta, porque allá está Sol, una hija mía, en quien favor hallaréis, y más cuando declaréis cómo su padre os envía, que yo es forzoso seguir este alcance, porque quiero hablar a este caballero por quien pregunté. Decir puedo, señor, que hallé en vos, amparo, padre y consuelo. Mil años os guarde el cielo. Preguntad por Sol; y adiós. Vase Elvira y sale Nuño. A su casa la ha enviado. ¿Quién, pues tan felice ha sido, no se hubiera despedido della? Que un nuevo cuidado aquella mujer me da. Pues sal y di que volvías, porque despachado habías el propio que vino ya, o que un accidente fue causa de no aventurar la salud con caminar tan aprisa. Así lo haré, porque un curioso deseo me obliga a saber quién es esta mujer. Llega pues. ¡Venturoso yo que os veo segunda vez! ¡Oh, Ramiro! Aparte (Si él vuelve, no diré, no, que le iba buscando yo.) Con admiración os miro. ¿Qué buena venida es esta? Ya muy lejos os juzgué desta tierra. Causa fue una novedad molesta; mas no era cosa de tanto cuidado como pensé. Fuera desto, aquí me hallé rendido a una fiebre, tanto que no pude proseguir el camino. He despachado el propio y vuelvo informado otra vez a recibir honores de vuestra casa. Aparte (Sin duda que alguien halló hoy que le desengañó de que Sol es sol que abrasa, y así callaré.) Volvamos a casa y allá veréis, para que os desengañéis, Ramiro, que deseamos serviros y la amistad de mi vida y de mi pecho. De todo estoy satisfecho, vos el camino guiad Aparte (que ya sigo el arrebol de una divina hermosura. ¿Quién vio que otra vez más pura busque experiencia del Sol? Pero si a Sol te prefieres, más hermosa y más ufana, ¡viven los cielos, villana, que he de averiguar quién eres!) Vanse y sale García. Fortuna, madrastra injusta, pues ya tu nombre es tan mío que, mejorando en desdichas, soy tu legítimo hijo; si eres diosa como dicen, tantas horas que he tenido tu sangre –porque al fin son de sangre tus sacrificios–, dime, ¿qué quieres de mí?, ¿a qué puedo haber venido de más desdicha o bajeza, que a labrar la tierra, oficio de algún rústico villano, entre peñas y entre riscos? Sale Jaques. Si desta vez no le hallo, pienso tomar el camino de Alemania, porque yo desesperado te sigo. Aquí está un labrador solo; a este por último digo que he de preguntar por él. La postrera suerte envido: llegaré con prevención. Di, labrador –con aviso de no pedirte limosna, porque oigas lo que te digo–, ¿has visto...? ¡Válgame el cielo! Jaques. No digas si has visto, pues ya he visto yo la dicha qu[e] ando buscando perdido... Dame los brazos. La tierra que pisas beso y bendigo. ¿Es posible que te hallé? ¿Es posible que te miro? Hay muchas cosas que sepas. Ya, señor, las imagino de verte en aqueste traje. ¿Qué transformación de Ovidio es esta? Sucesos son de la Fortuna. ¿Y Lisipo y Celandio? No hay lugar de contarte lo que ha habido, porque hay muchas novedades. Sólo de paso te digo que me dejaron por muerto. ¡Ah, traidores mal nacidos! Mas, bien echaron de ver que no estaba yo contigo. Al fin, en aqueste traje, estando de mi peligro apenas convaleciente, en casa de un hombre vivo, el más rico desta tierra, y en ella en efeto sirvo, como ves, de labrador. ¿Pues tu valor ha podido sujetarse a tanto? Sí, que es de la fortuna oficio rendir lo más eminente. Ahora bien, yo no averiguo si es bien hecho u es mal hecho; pero solamente digo, que en bien o mal, vida o muerte, tengo de hallarme contigo: desde hoy seré labrador. Eres de mis brazos digno, mas hay un inconveniente para haber de estar conmigo. ¿Inconveniente, señor? Yo por encubrirme he dicho que soy hombre humilde y pobre, que a Santiago peregrino venía y que me robaron ladrones en el camino. Si ahora digo que tú eres mi criado, será indicio que descubra que soy hombre aún más para ser servido que para servir. ¿Y faltan jamás al ingenio arbitrios? No decir que soy criado, sino un camarada amigo. ¿Y creerán que por mí quieres dejar tu casa y oficio y servir humildemente? Pero una cosa imagino más verisímil. ¿Cuál es? Don Vela es un hombre rico, que apenas sabe qué tantos hombres tiene entretenidos en ganados y labranzas, y ahora que empieza el estío vienen bajando a su casa segadores infinitos. Si te disfrazas entre ellos, oculto y desconocido podrás en casa servir, donde, haciéndonos amigos los dos, podremos hablar como que acaso lo fuimos; estaremos sin sospecha juntos siempre. Ahora digo que tienes sutil ingenio: a mudar voy el vestido, y a vestirme de villano, verás con cuánto artificio disimulo el conocerte, y con cuánta industria finjo ser villano, simple y tonto. Serás de mi pena alivio, pero dime, aunque de paso: las joyas, ¿hanse perdido en fortunas y desgracias? No, todas vienen conmigo. Dígolo, porque tengamos con qué volver, si benigno nos mira el cielo, a la patria. Pues todas las he traído, y están en este fardel el tiempo que ha que te sigo, porque conozcas en esto la lealtad con que te sirvo. Vase, y sale Elvira. Decidme por cortesía, labrador, os lo suplico, ¿es esta de Sol la casa? [Aparte] (La primera vez ha sido que por la casa del Sol preguntó tan bello signo; no vi zagala más bella en mi vida.) [Aparte] (Yo no he visto villano más cortesano.) Respondedme a lo que os digo, por vuestra vida, señor. Errado habéis el camino, que entrar en casa de Venus el Sol mil veces he oído, mas Venus en la del Sol novedad me ha parecido. Aparte (Si advertida correspondo, será dar algún indicio de quién soy; disimulemos.) Par Dios, esos tetulillos no entiendo, lo que os pescudo me decid. Aparte (Inadvertido anduve en hablarla así, mas ya disimulo y finjo.) Serrana, vuestra belleza me ha arrebatado el sentido, ¡pardiez!, y os hablé turbado, sin saber lo que me digo. Ocasión me dio el miraros, para pretender deciros alguna bachillería, y así turbado os he dicho que juntos el Sol y Venus, si han de mirarse benignos será amor cuanto influyeren. Dichoso quien ha nacido en su horóscopo felice, pues siempre amor ha rendido... ¡Oh qué presto os descuidasteis, y volvisteis al estilo cortesano y lisonjero! Vos la culpa habéis tenido, que me disteis la ocasión con vuestra hermosura y brío. No astrólogo divirtáis pensamientos discursivos, porque desdichas influyen planetas, aunque benignos se miren cuando a sus casas llegan con fatal destino. Mirad que os vais descuidando vos también, y de atrevido se remonta el pensamiento; humillad el vuelo altivo. Si vos me dais la ocasión, vos la culpa habéis tenido. Decidme si esta es la casa. Bien lo dice el edificio, pues ambicioso se atreve a competir al Olimpo; y cuando del Sol no fuera esfera, hoy lo hubiera sido de Venus, pues hermosean tantas luces sus zafiros. Si dijerais de la Luna, aún lo hubiera concedido, que hay otro que viene a menos, corriendo campos de vidro. Dejadme pasar. Teneos un instante, mientras digo que, si sois Luna, venís errando nuevos caminos, a buscar al Sol eclipses, si esperan en este sitio; y aun mirando los efectos tan presto en mí, que rendido a su poder ya estoy muerto, no más que de haberos visto. Retórico labrador, si por dicha ese vestido disimula al cuerpo, al alma le disimule el estilo, porque no convienen bien sayales tan mal vestidos y discursos tan bien hechos. Y vos, si es que habéis querido disimularos el cuerpo con rústicos artificios, el alma disimulad sin hermosura y sin brío, porque no conviene[n] bien esas manos en quien miro tal blancura y ese traje tan rústico y mal prendido. Esto, como no se adquiere con cuidado ni artificio, puede la naturaleza darla señor, a quien quiso. También, como es el ingenio de los cielos donativo, pudo un rústico villano discurrir tal vez altivo. Bien os disculpáis. Con vos. ¡Válgate Dios por fingido villano! ¡Válgate Dios por serrana, por hechizo! Sale Sol. Aparte ¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto que vive en el pecho mío? ¡Un hombre que a mis umbrales, desnudo, pobre y herido llegó! (Mas disimulemos, alma, ¿qué es el que hemos visto?) Sol es esta. A vuestras plantas, señora, la mano os pido. ¡Fortuna! Señora. ¿Quién es la serrana? Aquí vino preguntando por vos; yo no sé más. [Aparte] (¡Oh qué mal finjo mi pesar y mis desdichas! Tened las riendas, suspiros, y no descubran los celos lo que el amor no ha podido.) ¿Qué queréis, bella serrana? Vuestro padre y dueño mío aquí me envió, señora, para que fueseis alivio de una mujer desdichada. Yo lo soy y así os suplico me amparéis, por bien nacida –que esto solamente afirmo–, de la envidia de un hermano, tirano de mi albedrío que quiso forzarme el alma y aun darme la muerte quiso. De mi patria me destierra a vuestros pies. Aunque ha sido necedad gastar un hombre favor que para sí mismo ha menester, la belleza desta serrana ha podido mover montes de diamantes. Que la amparéis os suplico de mi parte. ¡Qué piedad! Los que infelices nacimos dolémonos fácilmente unos de otros. Y es muy digno sentimiento. El que no sabe de un dolor nunca ha tenido piedad del que le padece. Aparte (¡Paciencia, cielos divinos!) Ya, serrana, estáis en casa. Hable el pecho agradecido. ¿Cómo te llamas? Aurora. Muy bien el nombre convino a tu belleza. No es sino por ver que al Sol sirvo. ¡Que digna acción de tu pecho! ¡Vivas dilatados siglos! ¿Quién os mete en eso a vos? Mi agradecimiento mismo. Pues agradeced, Fortuna, lo que con vos mi albedrío hiciere y no agradezcáis los ajenos beneficios, porque agradecido os quiero, mas no tan agradecido. Aparte (Así quiero averiguar si es verdad lo que imagino desta fingida villana y este mercader fingido. Pues presumo, y con razón, que a mi casa la ha traído con esta industria y que es dama suya. Si los miro, temo que rompan la presa mis lágrimas y suspiros.) Dejadme sola. Sí haremos. Aurora, venid conmigo. No vais, Aurora, con él; Fortuna, vuestro camino es ese: id al campo vos a entender en vuestro oficio, y vos por esotra parte entrad, donde os den alivio; y mirad que siempre en casa habéis de asistir conmigo. A servirte voy, confusa de haberte escuchado y visto. No te entiendo. ¡Amor me saque de tan ciego laberinto! Vanse los dos y sale don Vela. Corrí por llegar a hablarte, Sol, que tengo que decirte; que no es tiempo de encubrirte lo que es fuerza declararte. Yo te trato de casar, o yo lo tengo tratado ya, que a tan justo cuidado le he concedido lugar que en mi pecho mereció el amor que te ha tenido, y mi edad ha pretendido. Aquí tu esposo llegó ayer, y llegando a hablar a esa villana por ti –que un rico vestido así suele en el mundo engañar– se volvió sin declararse; busquele y hele traído porque desto del vestido volviese a desengañarse; adelanteme a tenerte ya de todo prevenida. Ya tú sabes que mi vida es tuya y que responderte no puedo más de que soy, no hija tuya, sino esclava. Aparte (Esto solo me faltaba, ¡ay Fortuna, muerta estoy!) Ruido de villanos, y sale Dominga. ¿Qué ruido es ese? Señor los zagales de la siega, como ya el tiempo se llega de acudir a la labor, vienen aquí, como hormigas, de los pueblos comarcanos a hacer cosecha en los granos de sus doradas espigas, y como es tiempo de irse, los zagales, de mil modos, muy alegres vienen todos con bailes a despedirse. Salen todos bailando de villanos; y Jaques de villano y Ramiro. Llegad, pues vos habéis sido, forastero labrador, tan dichoso segador que la suerte os ha cabido, y habrad los amos. ¿Yo? Sí, vos le habéis de habrar. ¿Yo? Vos. Llegue él [a] habrarme, par Dios. Entra García por otra puerta. ¿Qué es esto que miro aquí? ¡Jaques es aquel! De suerte viene en villano mudado que a mí me hubiera engañado. Llega, pues. Estrago güerte haber yo de habrar ahora sin más ni más. Eso fuera que la suerte a otro le diera. Eso ninguno lo ignora, que mil por habrar se holgaran. Vos el más dichoso fuisteis de todos, pues vos tuvisteis lo que todos desearan. Pues tomadlo vos al precio, que no es ventaja, advertí, pues si más dichoso fui, debo de ser el más necio; pero ya llego. [Aparte] (¡Que crean estos que tan simple soy!) ¡Vive Cristo!, que ya estoy por cansarme, y porque vean... Dejad prolijas molestias. Llegad norabuena vos. Válgamos ahora Dios; llegarán, que no son bestias; porque al fin, si me entorbiare, algunos me acrararán, que siempre atentos están. para apuntar al que errare. —Señor, con buenos deseos, y salga lo que saliere, habro adefesios, que quiere decir que abro con los feos. En eflente acá venimos por su bendición, que vamos todos juntos como estamos, porque todos le servimos, al campo a la siega, y bien todos comemos el pan que aquesas manos mos dan. Por siempre jamás, amén. Esta rústica simpleza, ¿no te ha divertido hoy? Temo, señor, tal estoy, que me mate la tristeza. El villano me ha agradado. ¿De dónde sois? Del País de Brandemburg. ¿Qué decís? No se espante: estó turbado del baile; decir quijera de Limias. Ya os entendí. ¿Del Valle de Limia? Sí. ¿Y el nombre? Jaques,... espera, que Mengo mi nombre hue, sino que Jaques decía, porque a Santiago tenía encaminado; no sé lo que digo. Él se turbó. Turbiado estó, si, a la fe, que só un tonto ya se ve. [Aparte] (En mi vida he visto yo en este valle zagal más galán ni más erguido, más calletrudo y sabido.) (¿Quién de ti creyera tal?) (A ver si llegó Fortuna con los villanos aquí; cuidadosa vengo, sí; déjame, estrella importuna.) [Salen Ramiro y Nuño.] (Vuelvo, en fin, segunda vez, a vistas de desposado.) (No me diera eso cuidado, si ha de ser la novia el juez.) Aparte (¿Esta no es la que me dio, cuando en el monte la vi, su vestido y yo la di el que puesto tenía yo? Sí, ella es. Quiero callar y hacerme desentendida, porque, aunque ella me le pida, no se le pienso tornar.) Belardo, Sol está triste. Vámonos luego de aquí. [Aparte] (García me ha dicho a mí en lo cual su mal consiste.) Vámonos a la labor, no andemos en cumprimiento. [Aparte] (Mucho hace mi sufrimiento en no decirle mi amor.) (¿No vienes tú?) (Yo me quedo. Déjame, Jaques, agora, que en viendo tan bella Aurora, faltar de su luz no puedo.) Aparte (Allí está la que causó que yo a Galicia volviera, que si por ella no fuera...) Ya don Ramiro llegó; ¿qué tienes? Nada [Aparte] (¡ay de mí!). Es la vergüenza forzosa. Ya, señor, mi Sol hermosa, a quien hablasteis aquí otra vez, si os acordáis, a hablaros llega. [Aparte] (¿Qué veo?) Ya su desengaño creo. ¿De qué, señor, os turbáis? Los eminentes sujetos tienen todos los sentidos a su admiración rendidos con poderosos efectos: el aroma más subido más el olfato entorpece; el panal dulce parece que estraga al gusto el sentido; los que miran al Sol ciegan con el mucho resplandor; y así es forzoso, señor, cuando mi[s] sentido[s] llega[n] desta experiencia al crisol, mueran con efecto igual, teniendo juntos panal, suave aroma y claro Sol. Muy bien, señor don Ramiro, esa admiración viniera, si fuera la vez primera que la visteis. Ya me admiro de mi ignorancia. Eso no, que antes fue acción acertada el tener a una criada por mí, pues siéndole yo, como mi humildad lo muestra, no fue mucho yerro ese, que criada hoy pareciese quien es tan criada vuestra. Mi necia descortesía disculpe esa acción turbada; basta ser vuestra criada, para ser señora mía. Y no os ofendí, que yo, señora, para adoraros, no había menester miraros, porque la fe os dibujó de suerte en mi pensamiento que, aunque otro sujeto vi, como por la fe os creí, os adoré. ¡Qué argumento tan sofistico!, pues, ¿quién se fue huyendo de mí y della? En la rigurosa estrella vuestros engaños se ven, pues puedo jurar, señora, me traen con más brevedad solamente una deidad que estoy adorando agora; y es todo el bien que deseo, toda la gloria a que aspiro, una belleza que miro, una hermosura que veo. [Aparte] (Con equívoco sentido habló mirándome a mí; sin duda que quiso así dárseme por entendido.) No estáis en eso engañado, pues también puedo decir que cuanto bien a elegir llegó mi altivo cuidado, sin exceptar cosa alguna para el más fácil empleo, desde aquí, señor, le veo en manos de mi Fortuna. [Aparte] (Sol, en su pasión, no puede reprimirse, loca y ciega, pues con el semblante niega lo que con la voz concede.) [Aparte] (¡Dichoso mil veces yo, que así lo llega a entender!) [Aparte] (Ay necio, ¿no echas de ver que no lo digo por ti?) Sale Dominga. Ya con las mesas espero: entrad presto. Vase. ¡Qué tristeza! ¿Esta es, señor, la belleza que enamorasteis primero? Pues ¿por qué así me has hablado? [Aparte] (Ay, ¿no es este el caballero que Sol me llamó? ¿Qué espero?) Seáis, señor, bien llegado, que ya sentía la ausencia de vuestro pecho traidor. ¿Qué es eso? Tener amor. Quitadla de mi presencia. Pues, ¿por qué, señor, se enfada? ¿Qué es esto que me sucede? ¿Por esto solo no puede estar una enamorada? Si adorando mi belleza me viene a buscar aquí, ¿qué quiere que haga? ¡Ay de mí! ¿Hay tan rústica simpleza? Vete, villana, ¡por Dios! Aguarde, que ya nos vamos a cenar; mucho llevamos que habrar a solas los dos. No seáis tan descortés que a una dama, requebrada una vez, dejéis burlada. Debido castigo es la burla que hacéis de mí, pero no será muy vana, que también a la villana pienso querer desde aquí. Vamos, que después habrá lugar de que os disculpéis. Bien en poner paz hacéis. [Aparte] (Llegó de mi vida ya el fin, y más si Fortuna se queda aquí con Aurora, cuando mi amor siente y llora sin esperanza ninguna.) [Vanse don Vela, doña Sol, Dominga y Ramiro.] (Ya, Amor, en el campo estamos; esta ha sido la ocasión que esperasteis. ¿Quién creyera que, sabiendo yo quien soy, una rústica villana me dé respecto y temor?) (¿Quién creerá que tan postrada yace aquí mi presunción que me holgaré que se atreva este humilde labrador a mí, sabiendo de mí quien fui en fin, si no quien soy?) Bella Aurora, a quien el Cielo guarda para admiración del mundo, bella zagala, a cuya planta veloz el campo florece ufano, pues adonde le estampó su nieve hace maridajes el verde y blanco color: dad licencia a un pobre amante, si bien pobre labrador, para que diga rendido a vuestra belleza hoy, que en vuestros ojos, serrana, madrugaba el claro Sol. Labrador el más bizarro que todo este campo vio, a vueso cortés deseo licencia de habrar le doy. No soy tan necia zagala que también no sepa yo el lugar que se le debe a una amorosa pasión. Solo os advierto al principio que villana honrada soy, y que tengo que mirar por algún poco de honor. Dos son él y mi respecto, y así os digo desde hoy de parte de mi deseo –que ese está en mi corazón– que, como estos dos guardéis, saldrá a la lengua la voz que no se atrevió a salir sin licencia destos dos. Con amor tan cortesano aficionado os estoy, que me pesara, zagala, de mereceros, por Dios; porque el amor verdadero no es interesado amor, y no quiero ser dichoso porque seáis honrada vos. Tanto respeto en mi pecho vuestra hermosura causó, que más que a vos, ¡vive el Cielo!, he de querer vuestro honor. Aurora sois y dais luz de un secreto resplandor que despertó en mi deseo alguna imaginación de que aquesa Aurora encubre algún Sol. Decid quién sois, que este respeto que en mí tan poderoso se vio, no le despertó el Aurora, que otro Sol le despertó. Si otro Sol le ha despertado será cierto mi temor que hay Sol en estas montañas enamorado de vos; no me engañaron los celos que en este campo mostró, cuando por mí intercedisteis; mas, paciencia, si llegó primero que yo a alumbraros, y por la mano ganó cuando vos tan atrevido desafiáis a los dos. Mi resplandor morirá, pues hay otro resplandor que salió primero al campo, y antes que él amaneció. De que me debe el Aurora más que ese Sol me debió, estas fuentes y estas flores aquí por testigo doy, pues le deben a mi llanto más cristales que le dio en patrimonio esa peña, más suspiros a mi voz que al céfiro, pues con ella movía el viento veloz los aromas de sus flores; y así mis testigos son las fuentecillas risueñas y el prado lleno de olor. Pues yo estoy muy engañada, porque antes presumo yo que, cuando al campo salía, a solo veros a vos, las flores enamoradas de escucharnos a los dos, las fuentecillas risueñas de murmurar vuestro amor, de manera se alegraban que con dulce oposición le daban la bienvenida, perla a perla y flor a flor. Aunque más disimuléis vuestro estilo, ¡vive Dios que hay más en vos que parece! Declarémonos los dos, quitémonos los embozos; decidme, Aurora, quién sois, y os pagaré con deciros más que podéis... Eso no, no puedo yo declararme; baste deciros que soy villana que mereceros puede alguna estimación. Si con esta me servís, palabra, señor, os doy de oíros; bien os está aqueste partido a vos, porque quizá, si os dijera quien soy claramente, no os escuchara después. Enigma somos de amor, pero en casos de Fortuna, como yo sé lo que son no era mucho. En fin, ¿me dais licencia para que yo os sirva? Sí, mas pensando que ha de ser... Tened la voz, que, aunque con rústico traje, será tan cortés mi amor que amaré sin esperanza, como los amores son de palacio: solamente una humana admiración a lo hermoso, sin deseo de la victoria mayor. Pues a vuestro amor licencia doy, con esa condición. Yo con la misma la aceto. [Aparte] (Veré así, si este es, señor, como lo presume en mí mi astrólogo corazón, porque hombre que supo amar sin duda noble nació. [Aparte] (Así tengo de saber hoy si mi imaginación miente.) [Aparte] (¡Oh si fueseis mi igual, cortesano labrador!) [Aparte] (¡Oh labradora fingida, si fuésedeis mi igual vos!) [Aparte] (¿Hay tormento tan extraño?) [Aparte] (¿Hay tan rara confusión?) Fortuna, yo me despido. Aurora, quedad con Dios. ¿Dónde os veré? En el jardín. Pues hasta el jardín, adiós. Salen García y Jaques, con espada debajo de los gabanes. Ya estamos en el jardín, cuando con funestas sombras la noche cubre de horror estas estancias. Ahora, dime, señor, ¿qué pretendes, viniendo de aquesta forma a este jardín?, ¿qué novela, o trágica o amorosa, es ésta?, ¿qué es lo que intentas? Sólo, Jaques, que me oigas. Sucesos de la fortuna ni me admiran ni me asombran, por tener tanto ejemplar dentro de mi vida propia, así que, cuando presuma que una belleza que ahora vive pobre, humilde muere, disfrazada en galas toscas, sea eminente sujeto de una principal señora, no erraré mucho, pues veo hoy en mi persona propia a lo que vienen sujetos de sangre tan generosa. Yo, pues, aquí enamorado de una mujer prodigiosa, creo que el sayal encubre majestad noble y heroica. Diome licencia de amarla, mas para amarla de forma que ha de imitar nuestro amor las finezas amorosas del palacio, donde vive tan recatada la gloria que la esperanza al deseo no le deja una lisonja. Alguna noche la hablé, pero pudo ser a costa de mi vida, estando solo; por eso te traigo ahora conmigo, porque hoy espero declararla mi persona, por obligarla a que ella, liberalmente piadosa, hoy conmigo se declare. Esta, Jaques, es la gloria que en estas montañas tiene divertida mi memoria. Gracias a Dios que llegó a mi noticia una cosa que mil veces deseé y nunca vi. ¿Qué es? Tramoyas de andantes caballerías, que el vulgo a voces pregona. ¡Oh, si esta fuese una infanta, a quien ofende y enoja algún malandrín follón de mesurada persona, de baja y débil ralea, y viniésemos ahora a sacarla deste encanto! Ya me parece que asoma allí, que una dueña viene amortajada en sus tocas; un enano es quien la alumbra, y ambos de hinojos se postran; ya dice la dueña: «Oh tú, caballero, que a estas horas el encantado jardín del dragón a pisar osas: si pavor no te suspende, sigue con planta animosa mis pasos, que Francelisa te espera, porque socorras tuertos que la fizo aquel bárbaro de Trapizonda.» Aquí nos vendan los ojos, vamos a tontas y a locas, hasta que nos desmesuren dos Gigantes con dos porras, y nosotros... No prosigas; necias locuras acorta, que siento gente. Qué bien anduviste en irme agora a la mano, o a la lengua, porque pienso que en dos horas no acabara, que faltaban de pasar notables cosas. Sale Elvira. Bien fue menester, Amor, hallarme en tan rigurosa suerte para disculparte de una acción soberbia y loca, tanto como es derribar este pecho, donde mora tan recatado el amor y tan oculta la honra. ¿Qué estrella, cielos, de cuantas tiene esa fábrica hermosa, es la que tanto sujeto tan humildemente postra? ¿Sois vos, bellísimo dueño? Aunque la ignorancia sobra, que dar luz a estos jardines ¿quién pudo sino la Aurora? ¿Quién es? ¿No me conocéis? (La queja será forzosa; declararme quiero así con una industria ingeniosa.) Para que no lo dudéis otra vez y sienta otra tal descuido: soy García, Conde de Cabra, señora. Zas, de una vez dijo cuanto pudiera al fin de dos horas, pues en sabiendo quién somos, acabada está la trova. Válgame el cielo, ¿qué escucho? ¿Quién decís que sois? Señora, no os turbéis de haberme oído, pues, ¿no se os acuerda agora, que entre los dos concertamos disfrazar nuestras personas debajo de ilustres nombres? Pues este la industria toma para sí, que yo no soy sino un villano que borda estos jardines, que deben a vuestras plantas sus rosas. No me acordé del concierto. Vaya adelante la historia fingida (¡ojalá que fuera verdadera, aunque yo a costa de mi vida la comprara). En fin, señor, ¿cómo agora vueseñoría aquí vive entre peñascos y rocas de Galicia, patria en fin de la suya tan remota? La fortuna es rayo, así lo más eminente postra. A Santiago de Galicia peregrinaba con sola la compañía de un deudo; éste, desleal, provoca dos criados, que traidores injustas venganzas logran, pues muerto aquí me dejaron al pie de una inculta roca. ¿Eso es mentira, o verdad? Todo es mentira, señora. [Aparte] (¡Pluguiera a Dios no lo fuera!) Proseguid, que es bien que oiga mentira tan bien fingida. Donde las verdades sobran, ¿de qué las mentiras sirven? Hablemos verdad agora, pues para adoraros yo no hay causa más poderosa que una estrella que redujo a imposibles tan remotas acciones como amenazan a Castilla, patria heroica, hacer voto a Santiago, llegar con pequeña tropa a Galicia, darme muerte los que algún traidor provoca, hallarme muerto y vivir, venir vos por más forzosa desdicha, veros y amaros: porque veáis de qué forma los hados se comunican, las estrellas se conforman. Callad, callad, que pintáis vuestra fortuna de forma que me parecen verdades. Decid vos quién sois agora, que yo os diré si lo son. Yo soy, escuchad mi historia,... [Aparte] (¡Plegue a Dios que diga Infanta de Manuela u de Polonia!) ...la verdad no ha de encubrirse,... Ya el alma escucha dudosa. ...Elvira, Reina de Toro... [Aparte] (¡Alto pica la señora: Reina dijo, por lo menos!) ...y de Sancho, Rey de toda Castilla, hermana. ¿Qué escucho? ¿Qué os suspende? ¿Qué os asombra? El oíros. Pues, ¿no veis que es nombre que también toma mi industria? ¡Pluguiera a Dios verdadera fuera, a costa de mi vida! ¿Qué decís? Que me olvidaba, señora, del concierto proseguido. Mi hermano..., pero las hojas destos árboles se mueven. Es verdad, y una persona viene a nosotros. Pues vos os retirad, que si sola me hallan aquí, la sospecha se desmiente y nada importa. La vuelta daré a estos cuadros, y volveré donde oiga vuestras fortunas. ¡Ay Dios, si fueran verdades todas! ¿Sonlo las vuestras? No sé. Ni yo tampoco hasta otra ocasión. Jaques. Señor, que hay gigantes en la costa. Sígueme. Jardín, infanta y príncipes a deshora: ¡plegue al cielo que no pare! ¿Temor tienes? ¿Quién lo ignora? En que nos maten a palos primero que nos conozcan. Vanse los dos, y sale Sol. ¡Qué mal un triste sosiega! Denme, jardín, vuestras flores alivio a tantos rigores! Hacia mí la sombra llega. ¿Quién es? ¿Es Aurora? Sí. Mi señora, ¿desvelada a estas horas? Una airada aprehensión me trae así. Déjame sola, que quiero conmigo sola aliviar mi tristeza y mi pesar. Sólo obedecerte espero, aunque me holgara de ser a quien tus penas fiaras. Tú, Aurora, las escucharas si alguna hubiera de ser. Vete pues. Servirte intento. Vase. Sola estoy: lágrimas, voces, romped los vientos veloces; esferas de mi tormento, publicad mis desconsuelos; preguntad qué es un rigor que es amor y no es amor, son celos y no son celos. ¿Qué encanto, ay de mí, qué hechizo, qué tosigo, qué veneno, dejándome el pecho lleno de mil confusiones, hizo tal efecto que, rendida, tal efecto que, postrada, vivo en suerte tan airada, de mí misma aborrecida? ¿Yo a un hombre humilde. ¡ay de mí!, otra vez le di lugar, para que pueda turbar la paz de mi vida así? ¿Qué es esto? Sale[n] Jaques y García. (Sola quedó otra vez, pues según creo, solamente un bulto veo.) (Y es de mujer; porque yo puedo, aunque mal, distinguir la forma.) Aparte (Pues llegar quiero con la industria que primero; porque tengo de seguir hasta el fin el fingimiento.) ¿Es, señora, Vuestra Alteza?, aunque aquí tanta belleza acuse mi pensamiento, pues otra no puede haber, que a la noche helada y fría, haga hermoso y claro día. Aparte (Ay, ¡cielos!, ¿quién puede ser a quien habla desta suerte Fortuna? ¿Altezas, aquí? Pero ha de saberlo así.) Antes de hablaros me advierte mi temor, el preguntaros quién sois. Pues, ¿ya os olvidáis, Elvira, y no os acordáis de quien puede aquí nombraros? [Aparte] (Elvira dijo) ¿Y quién es quien os acompaña? El brío de un amigo y deudo mío. Decid vuestro nombre, pues. ¿Dijisteis vos vuestro nombre a otra persona que a mí, Infanta, para que así mi voz y estilo os asombre? ¿A quién habéis dicho vos el suceso y maravilla de una Infanta de Castilla? ¿Sábenlo más que los dos? Mas porque no preguntéis, Elvira, otra vez quién soy, otra vez noticia os doy de lo mismo que sabéis. ¿Don García ya no os dije que soy a quien sangre y fama el Conde de Cabra llama, y a quien la fortuna aflige tanto que humilde se ve destos jardines cultor, y que un aleve traidor causa de mis penas fue, dejándome muerto aquí donde piadosa llegó Sol? Pues si ahora llego yo, dejadme quejar a mí. ¡Válgame el cielo! ¡Villano –porque noble no ha nacido quien es desagradecido–! ¡Mal caballero! ¡Tirano! Con causa estoy ofendida de vos, pues tan falso andáis que vuestro nombre negáis a quien le debéis la vida. ¿No tuviera valor yo para saber un secreto, tratado con el respeto que ese valor mereció? Señora,... No os disculpéis. ...advertid... ¿Qué he [de] advertir? ...que causa para sentir este agravio no tenéis, ni yo sé quién es Aurora, ni aun sé quién yo mismo soy. Un concierto hicimos hoy de hablarnos [a] aquesta hora, y para disimular nuestros nombres, nos fingimos estos, porque no supimos de qué manera engañar nuestras fortunas los dos, porque con esto pasamos las desdichas en que estamos. ¿Quién es quien viene con vos? Un rústico labrador que en casa habéis recebido. Mirad como engaño ha sido todo: ¿hay disculpa mejor? Llega Mengo, habla a señora. ¿Es, señora, su mesté? La pata a besar me dé, que, ¡pardiez!, que como agora el calor nos amancilla, y sin ser de rama en rama, sino antes de cama en cama anda el capitán chinchilla, no podemos reposar, salímonos al jardín, y sólo con este fin por aquí nos mira andar. ¡Viven los cielos, villanos, que sois villanos fingidos! Los dos estáis conocidos, vuestros intentos son vanos. A Elvira os habéis traído robada a vivir aquí: desde el punto que yo os vi ser por ella agradecido lo vi. Mi padre, ¡por Dios!, ha de saber lo que pasa, y que dentro de su casa os disimuláis los dos. Sépase la maravilla de ver abatido así un conde ilustre, ¡ay de mí!, y una infanta de Castilla. Mira... Ya no hay qué mirar, porque no he de ser tercera yo de mi desdicha fiera; que no importa declarar, cuando con mi muerte lucho, que con los celos que toco te perdí una vez por poco, y ya te pierdo por mucho. Vase. Buena hacienda habemos hecho. No me pesará por mí que venga a saberse aquí la nobleza de mi pecho; sólo lo siento por esa Aurora fingida, Elvira, que ha de cogerla en mentira, y así por ella me pesa. Y ¿qué harás después aquí? Que hoy a don Vela diré mi nombre, Jaques, porqué le sepa él mismo de mí. Del tiempo que le he callado me disculparé, y diré que causa forzosa fue excusarle del cuidado que mi persona pudiera darle, siendo huésped suyo. Y así con irme concluyo mis penas desta manera: del Sol el fiero rigor, pues seguirme no podrá; de Aurora el temor, pues ya tendrá amparo en mi valor; de ti el peligro, que dio tan grande escándalo aquí; quedaremos bien ansí, tú y Aurora, Sol y yo. Ello está muy bien trazado: quiera Dios que pare en bien, y dice mi miedo: amén. Oye, a las voces que ha dado Sol, el vulgo jardinero de sus casas ha salido. En gran riesgo estoy metido; que me conozcan no quiero, que más sospecha ha de dar el reconocerme hoy en este traje que estoy; pensemos cómo escapar. Salen los Villanos. Digo que gente he sentido en el jardín. Y yo oí voces de Sol. ¿De Sol? Sí Pues busquemos quién ha sido quien hasta el jardín ha entrado, y a palos al punto muera. (¿A palos? ¿Quién me dijera que yo me viera empalado? Pero salga bien o mal, válgame el ingenio aquí.) ¿Has oído ruido? Sí. «Detrás de aqueste rosal todos os tened. ¡Chitón!» Belardo, ¿qué habéis oido? Y allí ¿quién se ha escondido? Mejor dijeras quién son, porque la voz que yo oí, «Todos», dijo, «os esconded»; que son más de mil creed. Pues oigamos desde aquí. «Tú, negro, si ves llegar alguien y que a ti acomete, dispara ese pistolete.» «Déjele usanced andar, que, ¡viven Diosa!, si llega, que ha de caer a mis pies.» Demonio el negrillo es. «Tú, Moro, si alguien se entrega a tu furor con la espada...» «Dejalde llegar, dejalde, que en el cabeza llevalde si venir, un cuchillada, que le tenga que lamer.» ¡Lámale el perro traidor o tu padre! «Ca, mi señor no tienes que proponer. Antón tu valor socorra, que importa en esta ocasión: más ha de hacer solo Antón, si una vez toma la porra, que Muley, ni que Tomé, ni tú, ni cuantos están aquí.» ¿Cuántos serán? ¿Dos mil hombres no se ve en el bulto? «¿Más que yo hace tú? Ah, ¡por Mohama! colica vuesan se toma, dejar que tomase yo.» «¿Qué es esto? Cuando esperamos a quien hemos de matar, ¿en bandos hemos de estar?» «Yo, aunque negra, non tiznamos.» «Yo, aunque Moro, no mordelde.» «Pues, ojo alerta, que ya el que buscamos está en el campo.» «¡Acometelde!» No se dirá eso por mí, porque aunque en el campo estoy, desde aquí [a] acostar me voy. Vamosnos todos de aquí, que no quedará presona. Más lenguas aquestas son que hubo cuando hizo el Nenbrón la torre de Babilona. Huyen los Villanos. Ya se fueron. Vete ahora sin temer ni dudar nada, que una vela retirada a tota la vita honora. Vanse y sale don Vela, Ramiro y Nuño. De su tristeza, señor, desde que yo vine aquí pienso que he sido la causa. Don Ramiro, ¿eso decís? ¿Eso pensáis? Agraviáis la voluntad que hay en mí y en Sol de serviros. Yo desconfiado nací, y como sé que no puedo tanta dicha conseguir, las desdichas me atribuyo: apenas la veis salir de día de su aposento, y de noche a ese jardín baja Sol, adonde da suspiros de mil en mil. ¿Qué extremos pueden ser estos? Yo os prometo que a sentir llego mucho sus tristezas; porque, como le advertí a mi hermano que las bodas vuestras he ajustado, aquí ya le aguardo por momentos; pues desde que le escribí no he tenido carta suya, con que es fácil de inferir que ya vendrá a hallarse en ellas. Sale Elvira. Ya mi persona, ¡ay de mí! descubierta está, que Sol, llegándola ahora a servir, Alteza me llamó y dio grandes quejas de que aquí oculté mi nombre. Cielos, ¿cómo podré prevenir con un engaño que nadie la crea, cuando a decir venga a don Vela quién soy? Que aunque no importa por mí –que con descubrirme, entonces su casa será feliz por haber yo estado en ella–, solamente he de sentir la mentira de Fortuna, y que ha de perder así el amparo desta casa;… mas los dos están aquí con quien importa entablar la industria que he de fingir. Ingenio, tu favor pido: dame tu aliento sutil. —Señor, aunque no quisiera ser la primera en venir a darte pesar, mejor es que lo sepas de mí, y al principio lo remedias, que por callar y encubrir la causa, llegan a ver dificultoso su fin. Aurora, di una vez cuanto me quieres decir, que la pena y el veneno no se han de tomar ansi. ¿Qué sucedió? Sol, [que], hermosa más que el Sol en el Zenit, es mar de rayos, lucero del estrellado zafir, con la gran melancolía que siempre la ves vivir, ha dado en una locura, la más notable... ¡Ay de mí! ...del mundo. ¿En eso paró su llorar y su gemir? Es su tema que no ve hombre rústico ni vil a quien «Alteza» no llame, y con este frenesí a todos aplica nombres a propósito. Ahora a mí me llamó prima y Elvira, de Castilla Infanta; en fin, a nadie ve que no diga que es un príncipe que aquí está por algún suceso disfrazado, porque así su tristeza, arrebatado el obrar y el discurrir... ¿Que ha dado en esta locura? ¿Hay hombre más infeliz? [Aparte] (¿Hay hombre más venturoso?) Ella, señor, viene allí. Sale Sol. Ya habrás sabido, señor, pues antes pudo venir que yo Elvira a tu presencia, cuanto es tu casa feliz con tal huéspeda. Tu Alteza, no es bien, señora, que así viva estando conocida ya. ¡Qué lástima! Si aquí no la servimos el tiempo que al fin pudimos vivir ignorantes desta dicha, tan grandes yerros suplid, y dadnos perdón a todos de las culpas que advertís. (El corazón me ha quebrado escucharla hablar así. ¿Habéis visto, don Ramiro, belleza más infeliz?) (¡Qué lastima!) (¡Qué dolor!) Pues, ¿cómo, señor, vivís tan descuidado, escuchando tan grande suceso aquí? Hija, si son tus tristezas, parte, parte para divertir tu ingenio, que este es delirio. Vuelve por tu vida en ti. ¿Estoy yo loca, señor, que te llegara a decir lo que ignorara? (La pena sucede a personas mil enajenar de sentido.) Sale Jaques. Un mayoral está aquí, que ha venido pescudando desde el ganado por ti. ¿De qué sirve ya, señor, que nos engañéis ansí, si trato y vestido mal lo han de poder encubrir? Señora, ¿a mí qué me dices? Hija, advierte que es un vil labrador, villano y tosco, y advierte... No hay que advertir, que este es criado, señor, –¿pudiéralo yo fingir?– del Conde de Cabra, y nunca fuera García, que es el que aquí vive en traje de villano. Yo hasta ahora no creí mis desdichas, hasta ver que a un rústico trata así; ahora creo que es cierto su locura y frenesí. ¿Cómo, señor, no te admiras en este instante, de oír tantas cosas tan extrañas? ¿Quién te ha de creer, si a mí me tratas desta manera? ¿Yo soy caballero? Sí, traidor, y vive el cielo, que todos burláis de mí, y tú solo has de pagarme las afrentas que sentís. Téngala, señor. Ah, sí. ¡Señora! ¡Sol de jazmín, para todos Sol hermosa, Sol con uñas para mí! Hija mía, que es locura, porque es un villano. En fin, ¿todos contra mí os juntáis? (Mil veces, don Vela, oí, que se cura una locura con aprobar y decir todos que es verdad aquello que ellos piensan; porque así se sosiegan, que el negarlo es causa, si lo advertís, para que más se enfurezca, y esto ha de curarse así. Avisad que todos digan que es verdad cuanto a decir llegare Sol; y yo empiezo hoy el primero.) Advertid, no es doña Sol solamente la engañada. Yo que os vi, bellísima Elvira, en Toro cuando a don Sancho serví, no puedo engañarme; dadme vuestras plantas y venid a honrar esta tierra vuestra, donde segura vivís; que aunque yo aquí sé mil veces hablaros, no me atreví a enojaros, y por eso lo disimulé otras mil; mas ya que es tiempo que todos sepan quién sois, dadme a mí la mano el primero, si es que puedo ser tan feliz. (Conceded conmigo en esto, señora, que importa así.) (Ayuda, Nuño, también.) Yo, Elvira, no os conocí en Toro, mas en el campo escondido pude oír quejas que a los cielos disteis, de donde claro argüí quién sois. Aparte (¡Válganme los cielos, ya mi industria acabó aquí! Habiendo quien me conozca, demos a mi engaño fin.) Alzad, Ramiro, del suelo, y vos, don Vela, medid con vuestros brazos un pecho que halló su sagrado aquí al golpe de la fortuna. Y pues no puedo encubrir mas mi nombre: Elvira soy, que la fortuna infeliz en este estado me puso. La verdad es cuanto oís a Sol, y para más prueba todos mi suceso oíd. ¿Qué dirás, señor, ahora? ¿Es locura, es frenesí el mío? (Mira si amansa el rigor.) (Medio es sutil, mas, ¿no miras la villana? ¡Qué bien lo sabe fingir! Avísese en el Aldea que todos lo hagan así, pues con aquesto sosiega.) Sol, señora, proseguid. [Aparte] (¡Qué fuera, burla burlando, que esta viniese a salir con ser una Infanta hongo hecha de la tierra aquí!) Hija del Magno Fernando, Rey de Castilla, nací la menor, por cuya causa pudo criarme y vivir en un convento de Toro hasta su muerte infeliz. Por testamento del Rey mi señor me toca a mí esta ciudad, mas don Sancho, mi hermano mayor –que en fin el reinar es absoluto y no se puede partir–, me envió a pedir a Toro con Rodrigo, a quien el Cid llama el moro; y yo, fiada en justicia, respondí desde el muro que las puertas a ninguno quise abrir, que aquel era patrimonio y herencia propia, y así a Sancho no le tocaba. Él airado contra mí trajo su ejército, y yo animosa defendí sus muros, hasta que al alba un traidor, fiero adalid, por trato dio la ciudad. Fuera contaros aquí las lastimas de aquel día los rayos del Sol medir. Yo, conociendo el rigor del Rey mi hermano, y que aquí tiene preso a don García y a don Alonso infeliz en Toledo desterrado, escaparme pretendí, y entre el estruendo y el ruido por un portillo salí de la ciudad, donde estaba, no un caballo, un rayo sí, porque fue animado viento, siendo en la tierra delfín, siendo en el aire cometa, siendo en el fuego neblí. En este llegué a Galicia, donde vi el bruto rendir el aliento a su fatiga; en ese desierto os vi, don Vela, y en ese instante por noble os reconocí, y así me atreví a fiaros mi dolor. Lo que hasta aquí sucedió ya lo sabéis, pues a todos os serví. Lo que os ruego es que dejéis humildemente vivir mi persona en estos montes, hasta que el tiempo sutil dé principio a mi ventura, y dé a mi desdicha fin. (Cuando la gravedad veo con que la miro y escucho, sospecho que no haré mucho, don Ramiro, si lo creo.) (¿No veis que cuando llegué diciendo que conocía su persona y yo la mía a sus plantas humillé, le dije que esto fingiese?) (Con todo, para vivir villana es mucho fingir.) (Caso tan sabido es ese de Elvira, que ya se canta en el mundo claramente: y así que aquesta lo cuente, ni me admira, ni me espanta.) Dime ahora, ¿quién ha sido el loco? ¿En decirlo, yo, señor? ¿O el que lo negó? (¿No ves cómo en su sentido habla ya? (El remedio hallé de su salud.) Pues, señor, como fue cierto el valor de Su Alteza, así lo fue el de Fortuna, el villano que humilde en tu casa ves. El Conde de Cabra es, don García, aquesto es llano: y este villano fingido su criado. (¡Mas que aquí llueve todo sobre mí!) No más, todo lo he creído. [Aparte] (¿Si fuese verdad aquí lo que Fortuna fingió, y él con la misma que yo me hubiese engañado a mí?) Aparte (¡Oh, si este villano ahora ingenio también tuviese, y otra mentira fingiese tan fundada como Aurora!) Ya vuesa merced, señor, está conocido, y ya en vano a su engaño da más rienda; porque, en rigor, se ha descubierto el secreto de que es su valor testigo. (Mengo, ven con lo que digo, que un vestido te prometo.) [Aparte] (Si yo digo que es verdad antes que García venga, podrá ser que enojo tenga de ver mi facilidad.) (Di, Mengo, que un caballero eres.) (¿Yo?) (Sí; ¿por qué no?) (Pues, ¿tengo por dicha yo traza para caballero?) (Di [lo] que dicho te tengo.) (Eso sí yo lo diré.) Sabrá ahora su mesté que yo me llamo don Mengo. Villano, ¿para qué son esas simplezas conmigo? Tú sabes que lo que digo es cierto. Tiene razón; pero yo Mengo me llamo, de aquí no me han de secar, que, por Dios, que han de esperar hasta que venga mi amo; pero él viene ya. Por Dios, que no es la ventura poca; porque esta señora loca se quede y cuerdos los dos. Sale García. Señor, escucha atento, que hablar te quiero ya sin fingimiento. ¡Oh, si este el Conde fuese, y la verdad ahora descubriese! Ya este tiene advertido de lo que yo he mandado; dicha ha sido. Para que se publique en este día la verdad de una vez: soy don García, Conde de Cabra... Y yo su pariente. ...y Nájera. (¡Qué bien, qué gravemente fingió el nombre! Este sí que me ha obligado: aquel villano sólo nos ha echado a perder nuestra cura.) ¿Ves, señor, cómo es cuerda mi locura? Pasaba peregrino a Santiago por voto; en el camino dos deudos y criados, en su misma traición disimulados, me dejaron por muerto, haciendo mi sepulcro este desierto. Halleme solo, herido; humilde entre vosotros he vivido, por haber escusado, mientras convalecía, aquel cuidado que mi persona os diera si en casa huésped declarado fuera; mas hoy que ya es forzoso que revele el secreto, deseoso de serviros os digo quién soy y siempre a conocer me obligo que soy vuestro criado, siempre de vuestras honras obligado. (No vi cosa en mi vida –Ramiro, ¿no es verdad?– tan bien fingida.) (Vos dijisteis primero que el suceso de Aurora verdadero os pareció, y ya creo que es verdad cuanto escucho y cuanto veo.) Aparte (¿No veis que yo he mandado que esto se finja así?) ¿Qué te has turbado, que no hablas con el Conde, declarado quién es? ¿No le responde tu lengua? ¿Cómo es esto? ¿El decirles quién soy no les ha puesto en más admiración, en más cuidado? Perdone Vuexcelencia, que turbado de un caso tan notable, no es mucho que enmudezca y que no hable; y pues mi casa ha sido esfera que ese Sol ha merecido, vivid, señor, en ella, dilatando las glorias de mi estrella. Y hablad también a Elvira, Infanta cuya historia nos admira por el caso que muestra, conformándose tanto con la vuestra. Ya seas Elvira tú, ya Aurora seas, porque la luz de tantas dudas creas, villano noble, el cielo me previno, y no fue acaso, guiarme peregrino a estas montañas, darme muerte en ellas, porque se comuniquen dos estrellas. Mi amor está del todo satisfecho, no será parte olvido, ausencia, muerte, para apartarme nunca de tu suerte, pues viviendo en montañas, miren ellas cómo se comunican las estrellas. (¿Dónde otros dos se hallaran que este engaño tan bien disimularan?) Sol, haz que se aderece cuarto conforme este valor merece. Yo iré, (¡valedme cielos!, por huir solamente de mis celos.) Vase. Contigo iré, Ramiro, pues que ya cuerda la locura miro de Sol; dile a esa gente que, antes que vuelva a darle el accidente, se vaya de mi casa, y que mi mano, pues que no es escasa, dará para el camino. Que se vayan, ¡por Dios!, porque imagino, cuando la industria de tu ingenio toco, que haciendo cuerda a Sol, me vuelva loco. Vase. Fortuna y Aurora, amigos, don Vela está muy contento, y, agradecido a los dos, os pagará con dineros, y así os podéis ausentar, porque no vuelva de nuevo su accidente. ¿Qué decís?, Que, ¡por Dios!, que no os entiendo. Declarados ya una vez: ¿qué engaños son, o qué extremos, hablar así? Pues, Ramiro, ¿qué nuevo encanto, qué nuevo engaño os cierra los ojos? Solo estoy en este puesto; ved que Sol no está delante; ya no importa el fingimiento, bien podéis hablarme claro. Que esté o no, ¿qué importa eso? Responded. ¿A mí también queréis engañarme? ¡Bueno! ¿Qué engaño hay aquí, si he dicho que soy García? ¿No os tengo dicho yo que soy Elvira? Villanos, ¡viven los cielos que me canso de escucharos! Vos sois el villano, el necio, Y, ¡vive Dios!,... ¿Para mí la daga empuñáis? Sale don Vela. ¿Qué es esto? Dicen que un loco hace mil, y en este punto lo creo, pues ya más locos que Sol están estos dos por cierto: han tenido que son Conde y Infanta. ¡Válgame el cielo, si para sanar un juicio hoy dos hubiésemos muerto! ¿Qué es lo que decís, villanos, si os avisamos primero, que para curar a Sol hiciéseis tal fingimiento?... Pero Sol viene ya; es fuerza volver al engaño nuestro. Vuestras Altezas podrán retirarse a ese aposento. Sale [doña] Sol. ¿Qué extremos son los qué miro? ¿Qué encantos son los que veo? ¿Ya villanos y ya Altezas nos llamáis a un mismo tiempo? ¿Piensas, señor, que me engañas con aquestos fingimientos? Por darme salud, dijiste –que todo pude entenderlo– que estos fingiesen quién son; pues yo, ¿qué enfermedad tengo de que tú puedas curarme? Hija, ya por mejor tengo de una vez desengañarte que con engaños tan necios procurar tu salud. Piensa que estos dos villanos fueron Aurora y Fortuna, no Elvira y García. Es yerro que, declarado una vez, mi palabra atrás no vuelvo. Yo soy Elvira. Ramiro me conoció en el convento de Toro. Eso fingí yo. Pues yo negarlo no puedo. Ellos están más perdidos que Sol; di, si fuera cierto esto de aqueste villano, ¿lo fuera su fingimiento? Como en este te engañaste, te engañaste en todo. Aquí entro yo y, si fuese verdad que yo fuese un caballero ilustre, ¿no quedaría vencido? Sí. Pues cierto es que yo de García soy criado y he estado encubierto en tu casa de esta suerte, la sospecha desmintiendo que pudiera descubrirle. Dentro don Arias. Ten ese caballo, Mendo. ¿Qué ruido es ese? Sale Dominga. Señor, en aqueste instante mesmo ha llegado aquí don Arias, tu hermano. Mucho me huelgo. Vamos, pues, a recibirle. Acompañaros pretendo. Mejoróse mi fortuna. Saldré de mis penas presto. ¡Oh, quiera el cielo sacarme de dudas y de tormentos! [Sale don Arias.] Sabiendo por vuestra carta que se efectuó el concierto de las bodas con Ramiro, y Sol mi sobrina, vengo a hallarme en ellas. Mis brazos recibid y el alma en ellos. A todos nos ha tocado parte de vuestro contento. Llega, Sol, habla a mi hermano. (¡Sin vida y sin alma llego!) Tío y señor. Sol hermosa; pero, ¿que es esto que veo? Este rostro he visto yo, aunque en diferente puesto. De su atención se previene toda la dicha que espero. ¿No es esta Elvira? Y aquel, ¿no es don García? Esto es cierto. ¿Que miráis, Sol? ¿Es aquesta mi hija? Quieran los cielos que de aquesta suspensión no nazcan mayores riesgos. ¿Quién es aquesta señora? Es una criada que tengo, que está sirviendo a mi hija. Decid, ¿y este caballero? También es criado mío: ¿ahora reparáis en eso? Si de tan nobles criados os servís, deciros puedo que el Rey envidiaros puede. Cumplió el cielo mi deseo. Dadme, señora, esas plantas, que de alegría de veros, el corazón se enternece. Llegad, don Arias, al pecho, que sólo en vuestra lealtad hallar mis alivios puedo. ¡Vive el cielo, que era Elvira! Confuso estoy y suspenso. ¿Agora de mi verdad quedaréis más satisfechos? Y vos, señor don García dadme los brazos. El cielo os guarde, señor don Arias, por las honras que os merezco. Algún ángel ha traído aquí este santo viejo. Pues señor, de tantas dudas nos sacad: decid el suceso destas fortunas. ¿Pues hay quien pueda dudar aqueso? Esta que veis es Elvira, a quien don Sancho soberbio, cuando yo en Toro viví, a su persona asistiendo, por armas desposeyó de la parte que en el Reino le tocaba. Don García es aqueste caballero, Conde de Cabra, a quien hizo un bien extraño suceso salir de Castilla, y yo en Zamora afirmar puedo que le conocí. ¿Qué aguardo? A vuestras plantas... Teneos, don Vela, no estéis así. …que me perdonéis os ruego el no haberos conocido, y a mi dicha le agradezco que hayáis tomado en mi casa en vuestras fortunas puerto. Loco de contento estoy. Señora, si yo merezco perdón... Alzad, bella Sol, que yo, cuando quiera el cielo espero pagar las deudas en que los dos me habéis puesto. De mi ignorancia os suplico que me perdonéis los yerros. (¡Saliose con ser Infanta! ¡No salió este pollo huero!) Antes tenía dos yemas, y no cayeron en ello. Bien don García mostraba el valor que hay en su pecho. Y bien, cuando miré a Elvira, me lo dijo mi tormento. Muy bien han quedado ustedes. Yo por pagar lo que debo a vuestra casa, don Vela, hoy ser el padrino quiero de doña Sol y Ramiro, y aquí cuantas joyas tengo le doy en dote; y tú, Elvira, en los estados que tengo segura estarás de Sancho, para que se mire en esto, cómo se comunicaron dos estrellas por sucesos tan distantes. Ya mi vida no ha de hallar otro remedio. Esta ganancia será de otra pérdida consuelo. Dichoso yo que llegué a deshacer tanto empeño. Y aquí la comedia acabe, viendo en distantes sucesos de la manera que son de dos almas los terceros las estrellas. Perdonad, senado, al autor sus yerros.