Personajes EL GÉNERO HUMANO LA TIERRA EL MAR EL FUEGO EL VIENTO LA CULPA EL REY EL PRÍNCIPE EL ALBEDRÍO Sale el Género Humano con barba larga, vestido de labrador ¡Verde, apacible esfera, hermosa patria de la primavera, que llena de colores humano cielo de divinas flores, tan bizarra te ostentas, que con ellas no tienes que envidiar a las estrellas, pues en su monarquía si unas brillan de noche otras de día! ¡Tú, que, partida en varios horizontes, sufres la pesadumbre de los montes, de los mares, los troncos y los frutos, y alcázar de los hombres y los brutos todo su centro natural te aclama, fértil, próvida Tierra! Sale la Tierra vestida de villana, coronada de flores y en la mano espigas ¿Quién me llama? Quien tu verdor ha menester atento en habiendo llamado otro elemento. ¡Espejo cristalino de los campos, del sol, que por divino decreto, siendo monstruo desbocado, te tiene encarcelado esa fácil cadena eslabonada de átomos de arena! ¡Tú, que sañudo intentas tantas veces hasta del cielo poseer los peces, cuya furia la playa para y detiene a raya cuando más tu soberbia nos asombra, imperio de las aguas! Sale el Mar, coronado de olas, y en la mano un tridente ¿Quién me nombra? Sabraslo cuando veas a mi acento, aunque hable al Aire, hablar con fundamento. ¡Vaga estación, que en tus espacios graves la variedad contienes de las aves, que volando veloces al sol despiertan con sonoras voces cuando con dulce ligereza suma exhalaciones de matiz y pluma la campaña discurren de tu esfera llevándose tras sí la primavera, pues formación de mis acentos eres, escúchate a ti mismo! Sale el Aire con plumas en el sombrero ¿Qué me quieres? Que aguardes hasta luego que a mis voces también concurra el Fuego. ¡Leve región suprema que aquí nos vivifica, allá nos quema, dándonos ya favores, ya desmayos, a un tiempo tus reflejos y tus rayos, en quien templado o riguroso andas, de Dios última ira! Sale el Fuego con un rayo en la mano, como pintan a Júpiter ¿Qué me mandas? Que a mis voces atentos estéis, ¡oh generosos elementos! Ya sabéis que las dos bellas fábricas de Tierra y Cielo un rey tienen soberano, un señor tienen inmenso, que asistiendo infatigable en las cortes de su imperio, de esta inferior monarquía a mí me entregó el gobierno por ser cual soy en el mundo, —donde ya amigos, ya opuestos, los cuatro formáis la hermosa máquina del universo— el grande Género Humano, que estas luengas canas peino desde mi primera edad por significar con esto que es mi ser en todo ser caduco y perecedero. Ya sabéis que de la nada racional mundo pequeño a quien responden en cuatro humores cuatro elementos me formó, y que su virrey me apellidó, pues que tengo a mi cargo las especies de cuanto vive, supuesto que a la obediencia del hombre cuanto nació nació atento, dándome todas las cosas ley, vasallaje y imperio. La Tierra en su tierna infancia me rindió, sin el desvelo de sobornarla el sudor, de fatigarla el tormento, todos sus frutos, tan míos, que, sazonados y tiernos, cogerlos no me costaba más afanes que cogerlos; sus más simples animales, sus animales más fieros domésticamente humildes me lisonjeaban, teniendo al arbitrio de mi voz inferior conocimiento; el Aire, en suaves auras siempre me halagaba, siendo a todas horas favonio, a ningunas horas cierzo; dulcemente me servía aquel suavísimo acento, cuerda con que concertado andaba siempre acá dentro del reloj del corazón el volante del aliento; el Mar, en secretas venas que penetraban el centro de la Tierra, generoso se desangraba corriendo fuentes que arroyos formaron, arroyos que ríos se hicieron para que yo divirtiese la vista y la sed a un tiempo; el Fuego me iluminaba con sus templados reflejos, dando al natural calor vigores y no ardimientos. En esta tranquila paz, obedientes y sujetos os vi, y de un instante a otro alterados y soberbios os vi también, retirando aquel tributo primero que como a gobernador del rey, me debéis. ¿Qué es esto? ¿Qué es esto, nobles vasallos? Si le quebranté un precepto que allá en mi patria me impuso (¡oh, cada vez que me acuerdo, con qué terneza lo lloro y con qué dolor lo siento!) ya pedí perdón al rey, y aunque no me ensoberbezco de parte de mi ignorancia en pensar que le merezco, de parte de su piedad tan por seguro le tengo que fuera no ser su ser tan divino y tan perfeto si faltara su perdón para mi arrepentimiento. Pues, ¿por qué, si en confianza suya vivo y suya reino, todos cuatro me negáis aquel prometido feudo en que me reconocisteis debajo del juramento y homenaje que en su nombre hasta este instante conservo? ¿Qué cuenta le daré al rey de este entregado gobierno, aves, fieras, peces, frutos, si al pedirme cuenta de ellos, los que me dio tan leales tan traidores se los vuelvo? La Tierra lo diga, pues tan otro es su espacio ameno que sus flores son espinas y sus frutos son venenos; todos sus brutos me asombran mirando contra mi pecho afilar dientes y garras cada vez que los encuentro; dígalo el Aire también, pues el escuadrón ligero de sus pájaros me huye y en terremotos violentos alterado me estremece cuando a sus embates fieros los edificios más graves y los montes más soberbios en sus asientos caducan, deliran en sus asientos; con tormentas me amenaza el Mar cada vez que vuelvo a ver que monte de espumas se eleva sobre sí mesmo, temiendo el día en que haya de derramarse, cubriendo la faz de la Tierra y dando a sus montes monumentos que sepulten el helado cadáver del universo; con rayos me atemoriza toda la región del Fuego tan traidoramente que después de hacer el incendio, por ceremonia no más me avisa la voz del trueno. Pues siendo así que yo, como he dicho, a mi cargo tengo esta república, no haya en ella levantamientos tan públicos que el castigo del gran monarca irritemos de suerte que nos confunda, o ya con rayos de hielo, o ya con inundaciones de llamas, que entrambos pienso que amenazan igualmente al orbe como primero y segundo fin a que él sentenciado está y expuesto. Vuelva, vuelva a mi obediencia el gran vasallaje vuestro; volvamos a ser amigos el hombre y los elementos, y no me neguéis tributos que por natural derecho me debéis como a virrey del gran monarca supremo en cuya obediencia vivo y en cuyo nombre gobierno. Yo que la primera fui que a tu voz concurrió, quiero satisfacer de mi parte a los cargos que me has hecho, diciéndote las razones que para negarte tengo el tributo de mis troncos y de mis campos el feudo, y por qué mis animales, tan conformemente opuestos a tu ser, contra tu ser se irritan; si bien mi intento ocioso es, que ya lo has dicho, Género Humano, tú mesmo, pues desde aquel triste día que ingrato a tu rey y dueño a la obediencia faltaste de su divino precepto, yo entre mis brutos y fieras reconocí un monstruo nuevo, el más sagaz, más astuto y sabio de todos ellos. En el Génesis Moisés lo diga, y conste del texto el tener humana voz que con engañoso acento mueve las inclinaciones y arrebata los afectos. Esta fiera de mis rosas es el áspid encubierto, es la víbora nociva, es el basilisco fiero que inficionando los frutos los daña con el aliento; serpiente la llamó el propio Moisén, y arrastrando el pecho por la hierba, a sus bramidos todo lo marchita, haciendo que se pongan en defensa los animales del suelo, de suerte que mientras yo aqueste prodigio tengo en mis esferas, no aguardes que te dé para sustento ni los frutos ni las mieses sin la zozobra de haberlos de beneficiar tu llanto, tu pena y tu desconsuelo, porque yo no puedo darlos graciosamente, teniendo quien me dañe cuanto crío, quien me aborte cuanto engendro; y así puedan tus afanes contrastar mis sentimientos porque no es posible que la Tierra rinda sin riesgo, mientras esta fiera viva, su natural alimento. Cuanto la Tierra te ha dicho te digo yo, que en el centro desde donde distribuyo líquidas minas de hielo con que los montes taladro, con que los valles penetro, escándalo de mis ondas, entre mis brutos conservo otro monstruo, que en las señas diré mejor que es el mesmo, cuyo horror, cuyo prodigio mi cólera altera, haciendo los huracanes, que así los profetas lo dijeron, con cuya saña irritado tan alto me desvanezco, que tal vez pienso apagar las luces del firmamento, y tal explayando cuanta majestad sujeta al freno de la obediencia me tiene, sepultar al orbe espero; y así el Agua que te ofrezca no aguardes tributos bellos, mientras que de ella no falte aqueste mortal portento, que es sirena de sus ondas cuyo traidor canto, lleno de dulces halagos, deja a los peregrinos muertos, siendo así que peregrinos son del mar cuantos nacieron, porque en la Escritura cuantas veces Agua nombra el texto sagrado, se entienden penas, tribulaciones y riesgos, y no nace quien no nazca a padecerlos atento. Peste y contagio llamaron a la Culpa los sujetos más graves, con que también al cargo que me has propuesto respondo yo, inficionada la rara estación del viento del aliento de un dragón que mis esferas corriendo con alas, como le pinta el Águila del desierto, es nueva añadida ave que deja el aire cubierto de sombras, a cuyo canto despavorido el ligero vulgo de pájaros huye. Lo mismo te dice el Fuego, desde que una salamandra se alimenta de su incendio, cuya fatal ojeriza rayos forja hasta el postrero que haya de vibrar mi mano, a cuyo fatal estruendo pavesa será la inmensa fábrica del universo cuando por fuego a juzgar venga el rey vivos y muertos. ¿De suerte que a todos cuatro rebeldes a mis preceptos os tiene una fiera? Sí. ¿Por ella favores vuestros no han de darme alivio? No. ¿Tan poco, Tierra, te debo? No esperes fruto de mí si no me labras primero. Al tenerla toca en las espigas y ensangriéntase la mano ¡Oye! Mas, ¡ay infelice!, que al irte a tocar me has muerto con las espinas y abrojos de tus frutos. Todo eso engendró la Culpa en mí, serpiente que en mí mantengo. Vase Préstame las lluvias tú para enternecer su pecho. Enternécela con llanto y sudor. Al tenerle sale agua del tridente ¡Ay, que me anego! La gravedad de tu Culpa te baña el rostro, y te advierto que su voz es la traidora sirena que en mí sustento. Vase Enjúgame con tus plumas tú el sudor y dame aliento para vivir. Échale aire con las plumas, y él tiembla Sí daré, pero de fatigas lleno. Vase Tantas son, que a sus suspiros traspasado de frío tiemblo; mi decrépita vejez calienta, porque con eso yo anime. Llégate a mí. Sale fuego del rayo ¡Que me abraso, que me quemo! Tu culpa es, Género Humano, el rayo con que te ofendo. ¡Ay de mí, ay de mí, infelice, que por enemigos tengo luces, fieras, peces, aves, en aire, agua, tierra y fuego! ¡Ay de mí, otra vez!, ¡Qué buena residencia dar espero al rey del cargo del mundo que de mí fio! Sale el Albedrío de villano [y vanse los Elementos] ¿Qué es esto? Toda la vida, amo mío, estáis llorando y gimiendo. Y aun plega a Dios que me baste. Pues ¿qué hay agora de nuevo para hacer con Jeremías lamentaciones y trenos? ¡Ay, que en la esfera del mundo anda un monstruo tan horrendo que es en la tierra serpiente, que es salamandra en el fuego, que es huracán en el mar y que es dragón en el viento! Sin duda es el chocolate ese animal, porque creo que él solo estuviera de tantas especias compuesto. ¡Cuerpo de tal y de cual!, si tal y cual tienen cuerpo, y qué pavura me ha dado… mas ni me ha dado ni quiero que me dé, porque ¿eso es más que una sierpe más o menos?… Pues como esas sierpes yo mirando estoy por momentos: ¿qué tía de aquellas que se lleva el diablo por tercios de niña, moza y anciana, en llegando al tercio viejo no es serpiente reformada?; ¿qué madre de aquellas veo que en infantería bisoña están sentadas al sueldo teniendo cuerpo de guarda sin tener guarda de cuerpo que no sea serpiente viva?; ¿qué suegra por ahí encuentro que en vez de cuellos no sea serpiente de siete yernos?; ¿qué vieja…? En fin, no hay que hacerme amenazas, ya lo dejo, porque me la está jurando aquella que está allí en medio. ¡Ay, Albedrío, qué loco fuiste siempre! Así contento vivo, porque sé que no está el siglo para cuerdos. ¿Qué haremos con esta fiera? ¿A mí me pides consejo? ¿Cuál de los dos es el loco, quien lo es o quien quiere serlo? Yo en esa parte, Albedrío, lo soy, pues que no me acuerdo de que siempre lo peor tú me aconsejas. Por eso está en tu mano el tomar y el dejar mis argumentos, pues aunque siempre te inclino sabes que nunca te fuerzo. Vente, Albedrío, conmigo. ¿Qué quieres hacer? Ir quiero arrebatado en las alas de mi mismo pensamiento a dar cuenta al rey del daño para que él ponga el remedio. ¿Cómo a su sagrado alcázar llegar intentas, sabiendo que están cerradas sus puertas por ahora para ti? Haciendo, ya que a sus umbrales yo no he de llegar por el miedo del alcaide que las guarda con una espada de fuego, que llegues tú con mis voces, mis suspiros y lamentos, quejándome de esta fiera por quien tanto mal padezco. Como tú me envíes, verás que yo hasta sus puertas llego. Dentro la Culpa, y suena el arpa entre unos árboles No harás. Entre aquestos ramos ¿no ha sonado un instrumento? Todo es encantos el valle de lágrimas. Escuchemos, pues suspendido y parado se queda todo a su acento. Canta ¿Dónde vas, Género Humano, dónde vas, si sabes cuánto es en vano que escuche tu voz el rey soberano en cuya desgracia para siempre estás? ¡Ay de mí, que de mi pena la causa acordarme sabe el gemido de esta hiena, la música de esta ave y la voz de esta sirena! ¡Ay también, señor, de mí, que pasmado me dejó su acento! Llega, que allí se oyó la voz. ¿Quién es? Yo. Sale la Culpa vestida de demonio, con una cabezade serpiente en el tocado ¡Tú eres! ¿Conócesme? Sí, que si yo no conociera a mi culpa, cosa es clara que al rey buscando no fuera para que él me remediara. ¿Es esta la horrible fiera de nuestro valle? Esta es, monstruo horrible, ¿no la ves?, de tanta especie distinta como allá Juan nos la pinta en su Apocalipsi. Pues vamos por acá. Eso ha sido lo que ella ha pretendido. ¿Qué? Que torzamos por ella el camino de la bella patria para que he nacido. Antes pasar me verás a su pesar. Canta ¿Dónde vas, si sabes cuánto es en vano que escuche tu voz el rey soberano, en cuya desgracia para siempre estás? Torpe y absorto he quedado, que el encanto de su voz los sentidos me ha quitado. ¡Oh, cuánto es dulce y atroz el acento del pecado! Representando Género Humano, a quien dio el rey tanta autoridad que este imperio le fio, por cuya incapacidad quedé introducida yo en el mundo de manera que de uno en otro horizonte, que de una en otra esfera, soy escándalo del monte, soy terror de la ribera, si en tantos textos sagrados me llamen doctos lugares la rata de tus sembrados, la tormenta de tus mares, la peste de tus ganados, ¿qué solicitas hacer con llorar y con gemir, viendo que no puede ser, aunque llegues a sentir, llegar a satisfacer? Infinita fue la ofensa hecha a señor infinito, pues ¿cómo tu llanto piensa convalecer de un delito que no tiene recompensa? Ya las puertas del perdón se cerraron; ya no esperes dar al rey satisfación, y pues para siempre eres vasallo de mi ambición, sin aquella original justicia —como acredita Job en la ley natural, David en la ley escrita, Pablo en la de gracia—, mal intentas pasar de aquí, que he de matarte crüel por significar así que llegar no puede a él quien no pasare por mí. Pues si en vencerte a ti está mi dicha, llega a los brazos, que aunque horror tu vista da, pasar tengo. Eso será haciéndote yo pedazos. Luchan los dos Albedrío, de ti fío que me libres de esta fiera. Es muy corto el poder mío contra la Culpa primera. Así es, que aunque tu Albedrío pudo en el primer estado de tu dicha singular haberte de mí librado, era antes de pecar, no después de haber pecado. Échale en el suelo, y él huye asombrado Ventaja a tus fuerzas doy, y pues no hay poder en mí contra tus rigores hoy, tú, Albedrío, pasa y di al rey el riesgo en que estoy, pidiendo que su favor me libre de aqueste error. Vase ¿Y por dónde ha de pasar? ¿Quién me lo puede estorbar a mí? Mi saña y furor. Va a luchar con él, y él escapa de entre sus brazos Eso es bueno, pues ¿a mí intentas cogerme? Sí. Otra vez ¿Tú no sabes, según eso que yo no puedo ser preso? Libre soy, libre nací. Otra vez Yo te prenderé. Andando tras él Es en vano intentarlo. Mal porfío, que aunque esté rendido, es llano que puede de su Albedrío usar el Género Humano. Pasa de la otra parte Pero ya que contra ti no vale la fuerza mía, valdrá el arte. ¿Cómo? Así. Canta Perezca, Señor, el día en que a este mundo nací. Suspéndese, y vase tras ella ¿Dónde voy, si Job maldijo aquel día en que nació? Bien desespero y me aflijo de su remedio, pues yo imposible le colijo. Suena otra arpa al otro lado Mas no el pensarlo es injusto si otra voz al Albedrío suena, y de escucharla gusto. Dentro Dé la aurora su rocío; lluevan las nubes al justo. ¿Rocío la aurora pía ha de dar, dulce nublado lloverá al justo algún día? Pues, ¿qué temo? Canta Y en pecado me engendró la madre mía. Mas ya mi solicitud vana es si en David colijo del pecado la inquietud. Dentro Danos, Señor, a tu Hijo, envíanos la salud. Si eso el profeta me advierte, ¿qué me para o me divierte? Todos en Adán pecaron. Todos en Cristo sanaron del contagio de la muerte. Si del rigor con que oprime la Culpa, fuerza es me guarde la gracia que me redime, y hay canto que me acobarde como hay canto que me anime, el aviso daré fiel. Ve, que poco importará, pues en pena tan crüel, por donde quiera que él va, va su pecado tras él. Vase Monarca de dos orbes, tierra y cielo, en quien siempre piedad hallar confío, corra esa nube el marañado velo del tupido vapor helado y frío que oscurece tu faz, y el justo celo del Hombre que hoy, fiado a su Albedrío, llega a regar con llanto tus umbrales, la apelación te deba de sus males. Tú que eres Padre eterno y increado de Hijo que es engendrado y no nacido, cuyo amor ni nacido ni engendrado Espíritu es de entrambos procedido, rey absoluto de lo que has criado, oye mi voz, escucha mi gemido, y aunque no te ha de ver la vista mía, supla la imperfección la alegoría. Ábrese la nube, y están en ella el Rey y el Príncipe Prosigue, que esas voces lastimosas, que el cielo saben penetrar veloces mis músicas serán armonïosas, pues bien me suenan lastimosas voces. ¿Qué quieres? Si en tus ciencias misteriosas lo sabes todo, todo lo conoces, ¿qué te traerá de nuevo mi fatiga? La gloria de que el llanto me lo diga. Viendo, Señor, en la inferior esfera cuánto el Género Humano te ha ofendido, ninguno hay ya que obedecerle quiera, porque nadie obedece a un desvalido; de este motín caudillo es una fiera cuya voz, cuya acción, cuyo bramido doméstica introduce civil guerra contra él, en fuego, en aire, en agua, en tierra. Todo cuanto nació se ha rebelado, el tronco, el pez, el pájaro y el bruto, y comuneros todos le han negado a un tiempo escama, pluma, piel y fruto, de suerte que a tus rentas ha faltado todo el gracioso natural tributo, y huyendo al seno de una peña dura, limbo diré mejor, o sepultura, invoca tu favor, tu nombre aclama, oprimido de horror y asombro tanto, y con el coro angélico te llama en dulces voces: ¡Santo, Santo, Santo! En fuego de tu amor el pecho inflama, atiende a su dolor, mira su llanto, pues a tus plantas postra su Albedrío. Dentro Aurora celestial, ¿cuándo el rocío nos has de dar, que ha de ilustrar la tierra? ¿Cuándo, Señor, tu ángel nos envías? ¿Cuándo la nube que la lluvia encierra lloviendo al justo nos dará al Mesías? De aquesta fiera que nos hace guerra contra quien flacas son las fuerzas mías, tú, nos defiende, gran Señor, y en tanto digamos todos: ¡Santo, Santo, Santo! Su pena, su dolor me ha enternecido. y lo he de remediar, y pues no puede quien inmenso valor no haya tenido vencer un monstruo que a lo inmenso excede, de grosero sayal yo haré un vestido y iré en su busca al monte, porque quede libre de este terror el ser humano. Dame licencia, Padre soberano, para que de este trono descendiendo vaya en persona a defender la tierra, que la vista del príncipe saliendo solo a mirar, acabará la guerra; amotinado estoy al orbe viendo sediciosos escándalos que encierra, la gran naturaleza amedrentada de una hidra de cabezas coronada. Yo venceré su horror, que si es veneno su voz, mi voz antídoto es süave; si está su pecho de ponzoña lleno, verter mi pecho dulce licor sabe. De tu valor no es el intento ajeno; desciende al mundo, y de una vez acabe ese asombro, ese escándalo, ese encanto. Tu nombre aclamen. ¡Santo, Santo, Santo! Ciérrase la nube [y sale la Culpa] ¿Dónde vuelves? A traer a mi dueño la respuesta del recado a que me envía. ¿Cuál es, que quiero saberla? Si yo no quiero decirla, poco importa, que tus ciencias sabrán lo que el hombre diga, mas no lo que el hombre piensa. ¿Dónde has de hallar a tu dueño, si huyendo de mi fiereza forajido anda en los montes? En ellos le hallaré; suelta, que él sin mí ni yo sin él, aunque alguna vez me deja, vivir podemos. Agora no has de pasar. Aunque quieras impedirme, ¿ya no sabes que a mí no has de hacerme fuerza? ¡Género Humano! Pasa Dentro ¡Albedrío! Albricias, que a tu presencia vuelvo tan bien despachado como te dicen las señas de todas las obras juntas de la gran naturaleza, repitiendo en dulces ecos, publicando en voces tiernas: Vase Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en la tierra. ¿Qué voces son misteriosas estas que en el aire suenan? Víbora soy, pues me mata a mí mi ponzoña mesma. Encanto de los mortales la voz de la Culpa era; pues ¿cómo es ya de la Culpa encanto otra voz diversa? ¿Qué es esto? Mis conjeturas ¿cómo es posible no entiendan de estos efectos la causa si las obras más secretas de naturaleza yo penetro? Próvida Tierra, Sale la Tierra como admirada ¿qué hay en ti, que en la estación más áspera, dura y yerta del año, cuando tus flores pierden su pompa y belleza y sus sazones tus frutos, estás absorta y suspensa? ¿Qué hay en ti, imperio del Agua, Sale el Agua que cuando prendes y hielas tus ondas, cuajando en vidros lo que iba corriendo en perlas, tan ufano estás que haces que los prados reverdezcan, y a pesar de tus escarchas se coronan de sus hierbas? ¿Qué hay en ti, Viento, que cuando Sale el Aire con más ráfagas violentas debieras amotinarte contra edificios y peñas, estás tan tranquilo y quieto? ¿Qué hay en ti, región suprema Sale el Fuego del Fuego, que cuando más nubes se te oponen densas, estás de gala, y brillando con más luceros y estrellas haces de la noche día? ¿Ninguno me da respuesta? ¿Qué es esto? ¿Qué causa hay que os eleve y os suspenda y que así tenga pasmada toda la naturaleza? ¿Qué hay en el mundo de nuevo? ¿Qué hay de nuevo en la edad nuestra? Cantando Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en la tierra. ¿Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en la tierra, solo respondéis? Pues ¿cómo puede en una ni otra esfera haber gloria ni haber paz viviendo yo, que en aquella le turbé la gloria a Dios y al hombre la paz en esta? Sale el Príncipe de villano con arco y flechas Como ha venido a vencerte dulce traidora sirena, de aquestos montes el sol que ha de ausentar tus tinieblas. ¿Y quién es ese sol? Yo. A tu voz mi saña tiembla. ¿Quién eres? ¿Quién eres, nuevo cazador de aquestas selvas? Que, pues yo no te conozco, y vienes con arco y flechas, sin duda eres el Amor; mas no me lo digas, deja de afligirme con tu vista, matarme con tu presencia, que pues yo no te conozco ni alcanzo de qué manera te introdujiste en el mundo sin escribirte en la cuenta de los mortales, oculta a lo inmenso de mis ciencias la obra de tu encarnación, no quiero saber quién seas, sino (¡el pecho se me abrasa!) huyendo (¡el corazón tiembla!) de ti (¡el aliento me ahoga!), ir (¡enmudece la lengua!) a esconderme en el abismo de esos montes y esas peñas; Tierra, Fuego, Viento y Agua, pues alterados os deja, la ponzoña de mi aliento no haya en vosotros clemencia. Vase Huyó en la primera lid de mí la engañosa fiera, que fue dudar mi divina y humana naturaleza. No la sigo, porque yo, aunque a darla muerte venga, no he de vencerla naciendo, que muriendo he de vencerla. Tierra, ¿qué pastor es este de quien la sierpe se ausenta? No sé. Claro está que no me ha de conocer la Tierra. Cortesanos de este valle de lágrimas, que a diversas calidades, siempre amigas y siempre también opuestas, os conserváis, albergad en la gran fábrica vuestra un extranjero pastor que de las más altas sierras que con el cielo confinan y aun sobre el cielo se asientan, a vuestro valle desciende a conseguir una empresa a que le tray el amor; cazando por estas selvas me cogió la noche oscura, y tan tirana se muestra que estoy temblando de frío, tened piedad y clemencia de mí, albergadme esta noche. Pastor, que no sé quién seas, porque otra vez en el valle no te he visto, aunque quisiera albergarte en mis entrañas, están de rigores llenas tanto que no me es posible no usar de mis inclemencias; lo más que te puedo dar es una casa desierta tan mísera, humilde y pobre que es una ruina pequeña, del tiempo desmantelada ya de todas sus defensas; esta sola, y unas pajas la Tierra te da. Y aun esas te dará el Agua tan frías que estén de escarcha cubiertas. El Aire por sus resquicios te sabrá hacer tanta ofensa que sus suspiros te hielen. ¿Qué mucho, si el Fuego es fuerza que retirado te falte cubierto de nubes densas? ¿Tan poca piedad se halla en vosotros? No te ofendas, porque la Culpa del hombre, monstruo horrible, nos violenta las condiciones, de suerte que contra cuantos lo sean nos es forzoso tener destempladas influencias; y así pues naciste, llora… Padece… Suspira… Tiembla… … sufre… … pasa… … gime… … siente… … llantos… … ansias… … sustos… … penas. Vanse Sí haré, y supuesto que al mundo vine, pasaré por ellas, ya que aquestas de la caza, viva imagen de la guerra, son las incomodidades que yo padecer es fuerza. Salen el Género Humano y el Albedrío Digo que el príncipe mismo, que de alentado blasona, dice que vendrá en persona a sacarte de este abismo, y es constante silogismo de que llegó esa armonía, esa paz y esa alegría. No es, que si fuera verdad, con más pompa y majestad, truenos y rayos, vendría; coronado de laurel, noble triunfador bizarro, de Elías trujera el carro o el caballo de Ezequiel, y así no creas que es él quien tan secreto ha venido. Este que al paso ha salido la novedad nos dirá. ¡Bello joven! ¿Quién será? Que yo no le he conocido con ser el Género Humano, porque parece que tiene más esplendor que previene el ser de mi ser. En vano has solicitado, es llano, el conocerme. ¿Por qué? Porque el ignorarlo fue fuerza, si ha de decir Juan que no me conocerán los mismos que yo crié. Extranjero cazador que al hielo estás, ¿has sabido qué novedad causa ha sido de este sonoro rumor? El príncipe del mayor imperio hoy al valle vino. ¿Dónde está? Porque imagino buscarle al punto. Yo soy. Dudando y creyendo estoy ser humano y ser divino, que como generaciones tan distintas represento, y dentro de mí sustento tantas tan varias naciones, confusión de confusiones, no se qué crédito y fe a tanta admiración dé como ha introducido en mí sola esa voz. ¿Cómo así? Escucha y te lo diré. Al mirar los esplendores de tu deidad misteriosa, rey te aclama la piadosa sencillez de mis pastores; luego en aplausos mayores otra extraña gente ya nueva adoración te da… Prosigue, que esos son… ¿Quién? Los pastores de Belén y los reyes de Sabá. Confusamente el rumor de otra nación que concurre a esta novedad discurre en que eres el dios de amor o Apolo, que de pastor te vistió la voluntad de alguna hermosa deidad que en estas montañas mora. Esos que en ti hablan agora son… ¿Quién? La Gentilidad. Otro admirado tropel de Dios te aclama profeta. ¿No Dios? No. Aquesa es la seta que traidoramente infiel descendiente es de Ismael. Otro que antes te creía de su opinión se desvía, y apartado de tu ley dice que no eres su rey. Aquesa es la Apostasía. Agora, en confuso abismo, corre un vulgo amotinado que alterador te ha llamado. Aquese es el Judaísmo. Todos dentro de mí mismo llenos de un error tirano, entender quieren en vano la verdad de tu venida, dejando sin ser, sin vida, absorto el Género Humano. Pues ya que todos en ti sus opiniones fundaron y en común todos hablaron confusamente de mí, tú en particular me di qué sintieras tú, si fueras solo uno, y de mí qué hicieras en razón de mi venida. Yo te quitara la vida porque turbador no fueras de la paz con que he vivido, pues no eres, ni creerlo quiero, el príncipe que yo espero, pues que no te ha conocido mi Albedrío, y ofendido de que tomases su nombre, hiciera que al mundo asombre la sentencia de tu muerte, porque quisieses hacerte hijo de Dios siendo hombre. Del Judaísmo has tomado la acción toda, y siendo así, Judaísmo desde aquí serás. Si ciego y turbado yo quién eres he dudado, sácame de duda igual. ¿Cómo? Dame una señal de que mi príncipe eres. ¿Señal me pides y quieres? Sí. Yo hiciera en darla mal, porque ha de estarse a mi fe, aunque señal verdadera será rendir a la fiera que huyendo de mí se fue; al monte tras ella iré donde la venza mi afán. Sale el Agua Pastor, si buscando van tus flechas ese portento, dañando está con su aliento los cristales del Jordán. Del agua el imperio mío avenenado me deja, y a ti vengo con la queja, por ver si puede tu brío matarla allí. Bien confío que en agua la original Culpa muera; la señal que me pides te daré dándote en agua de fe un carácter inmortal. Vanse el Agua y el Príncipe Supuesto que no me da la señal que le he pedido, no es el príncipe. Atrevido, orillas del Jordán va. En ellas la fiera está, y así como le miró, de unas peñas se cubrió. Para poderla tirar, el Agua intenta pasar. A las ondas se arrojó para desde allí poder el tiro acertar. Ligera huye asombrada la fiera; y aunque la dio que temer no la ha podido vencer aquesta vez. Es así, pues huyendo por aquí pasa a extraños horizontes. Sale la Culpa Caigan sobre mí los montes, caiga el cielo sobre mí, pues con sobrenatural fuerza, mi veneno atroz vence en el aire una voz y en el agua una señal. ¿Cómo mi furia inmortal huyendo va de esta suerte? Rabiosa viene, su fuerte cólera huye. ¿Para qué, si ya (¡ay de mí!), no podré, Género Humano, ofenderte como hasta aquí? Que aunque no este joven me ha vencido, ni el poder con que he nacido hasta agora me quitó, del aliento me privó con que al mundo hice temer. Aunque es tanto su poder, él bien puede ser que sea el príncipe de Judea, mas yo no lo he de creer. Vanse los dos Cielo, sol, luna y estrellas, aves, fieras, peces, plantas, montes, ciudades, abismos, ¿qué es esto que por mí pasa? ¿No soy yo aquella serpiente que en la curia soberana, enarbolando banderas, toqué trompetas y cajas? Pues ¿cómo la que allí al mismo rey se atrevió cara a cara, aquí infamemente huyendo a un hombre vuelve la espalda? A un hombre y dos veces, pues me atemoriza y me espanta cuando viene al valle una y otra cuando siendo el agua materia de sus intentos, para matarme se baña en las ondas del Jordán, donde formando palabras me ahuyenta de sí. Pues no conseguirá la alabanza de que he temido sus flechas tanto que no sé esperarlas alguna vez; y supuesto que en la alegoría de caza sale al desierto a buscarme, en cuyos páramos anda tantos días que cuarenta veces por la azul campaña le vio el sol en líneas de oro, la luna en giros de plata, en él esperarle tengo, y atrevida y temeraria probar mis fuerzas con él, que es bajeza, que es infamia ofrecerle la vitoria tan de balde que no haya de costarle el que le tiente las fuerzas con que me agravia. ¡Oh tú, cazador, a quien las flechas sirven de alas para poder penetrar la cumbre de esa montaña! ¡Ya no huyo de tu vista, oye mi voz! Sale el Príncipe en lo alto ¿Quién me llama? Quien cara a cara te espera, quien cuerpo a cuerpo te aguarda, y si al ver que yo te busco mi vista acaso te espanta y eres el príncipe invicto hijo del mayor monarca, ríndete a mí, y yo te ofrezco cuanto a ver tu vista alcanza de ese pináculo: Europa, África, América y Asia. Los postrados rendimientos solo para Dios se guardan. Pues si de tu valor fías el vencerme en la campaña, depón el arco y las flechas y a luchar conmigo baja; no desciendas poco a poco, mide esa grande distancia de un vuelo, que si eres hijo del soberano monarca, ángeles y serafines te tendrán sobre sus alas. No es justo tentar a Dios. Pues si todo esto no basta, de piedras me armaré; toma, conviértelas en sustancia de pan. Tírale piedras No de solo pan vive el hombre. Calla, calla, que ya con voces me has muerto más que con flechas y jaras. Tercera vez de ti huyo, y no espere tu bizarra altivez, puesto que aquí tus arpones no me alcanzan, matarme jamás, porque huyendo a regiones varias, no estaré donde estuvieres, registrando las estancias primero que entrar en ellas para ver si de ellas faltas, que ya sé que estar no pueden juntas la Culpa y la Gracia. Vase Vete, Satán, que aunque huyas de mi valor, dará traza mi ingenio para que llegues vencida a besar mis plantas. Albedrío y Género Humano y Elementos ¿Cómo, si tanto te precias de cazador, nunca acabas de vencer este prodigio de los montes? ¿A qué aguardas, si al fin de cuarenta días que en su busca en ellos andas, un solo tiro no has hecho? ¿Cómo permites se vaya la fiera sin que examine los arpones de tu aljaba? ¿Hasta cuándo has de tenernos pendientes de esa esperanza? ¿Cuándo la postrera lid verá de los dos el alba? ¿Cuándo sabremos que eres el remedio que se aguarda? Presto, Elementos, veréis vuestra mayor destemplanza, y presto, Género Humano, conocerás tu ignorancia. Tres veces me huyó la fiera, y así, viendo que no basta el valor con que la busco, me he de valer de las trazas y ardides de cazador; encubierto he de aguardarla en la copa de este árbol, Descúbrese un árbol con una cruz ocultándome sus ramas para que ella no me vea y de la fuga se valga… En vano subir a él intento solo; tus alas, Aire, me presta. Ese árbol me atemoriza y me espanta siempre que sus hojas hiere de mis suspiros el aura; llegar a él no puedo. Inclina con tus avenidas, Agua, su copa, porque yo pueda llegar desde aquí a alcanzarla. Yo tengo a ese árbol respeto, que es iris de mis borrascas, serenidad de mis furias. Tierra, su raíz arranca. No es posible que me atreva, que ese árbol es guirnalda y corona de mis flores. Fuego, abáteme sus ramas. No puedo ofenderle yo, que es el laurel a quien salvan de mi cólera las iras. ¿Tanto un tronco os acobarda? Yo te pondré en él, espera. Sube agora. Ayúdale [a] subir en el árbol Cosa es clara que el Género Humano había de ser por quien yo llegara a ponerme en este árbol, y más cuando en otra instancia significa al Judaísmo. Ya en la copa estás más alta, herido de las espinas y cambrones de sus ramas, tanto que con sangre tuya nos salpicas y nos manchas. ¿Qué es tu intento? Dinos, pues, qué es lo que agora te falta. Sólo que pase la fiera sin verme, porque no haga ausencia otra vez de mí. ¡Género Humano! ¿Quién llama? Sale la Culpa Quien en tu busca ha venido llena de cólera y rabia, porque viendo que este joven me ha ahuyentado veces tantas, antes que me dé la muerte, que ya en mis alcances anda, quiero, pues que no está agora en todas estas campañas, hoy de una vez acabar contigo y toda la humana naturaleza. ¡Ay de mí, que aquí las fuerzas me faltan! Lucha con él Si al Género Humano ves tan afligido, ¿qué aguardas? Para esta acción encomiendo, Padre, en tus manos el alma. Dispara la flecha, da a la Culpa, y ella suelta al Género Humano ¡Ay de mí, ay de mí, infelice, que el corazón me traspasa un rayo en forma de flecha que al Género Humano saca de los brazos de la Culpa! Un terremoto, dentro truenos y rayos, y túrbanse todos Aquese rayo me salva de tu poder, monstruo horrible. A su exhalación me faltan, a mí, que la Tierra soy, los cimientos de mi estancia, pues caducando veloces todos mis montes se arrancan y unas con otras mis piedras se rompen y despedazan. Dura el terremoto todo esto que se representa Al Aire ofuscan y ciegan negras sombras, nubes pardas, y sin tocarle, del templo en él el velo se rasga. Anticipada la noche todas mis luces apaga, y sol, luna, estrellas, astros, todos a un punto me faltan. Tormentas son pavorosas los movimientos del Agua, elevándose hasta el cielo montañas sobre montañas. [SIGUE FINAL APÓCRIFO] Cesa el terremoto Verdaderamente era hijo del mayor monarca este joven, pues así muriendo, a la Culpa mata. Y yo lo confieso ahora, Póstrase a sus pies que hasta ahora lo dudaba, y así, bañada en mi sangre, vendré a caer a sus plantas, porque triunfante le vea su Padre, cuando se abra aquella nube, y a mí, llena de mortales ansias, me halle al pie de aqueste leño, poniendo su soberana raíz sobre siete cervices que son mis siete gargantas. Tocan chirimías, y ábrese la nube otra vez; en ella ya un tiempo sube el árbol con el Príncipe, el Rey y el Espíritu Santo, como se ha dicho Muy felizmente triunfaste, hijo, de aquella tirana fiera. Sube ya a vivir conmigo esferas más altas. Gran vencedor del prodigio de estos montes, no te vayas. No te ausentes de nosotros. No temáis ausencia larga, que con vosotros me quedo, pues porque otra vez no nazca de sus cenizas aqueste pasmo de vuestras montañas, por inmenso Sacramento me quedaré en Cuerpo y Alma, En la parte donde estaba el árbol se descubre un Cáliz con una Hostia en este pan y este vino, que esta es la mayor hazaña del Divino Cazador. Tierra, Fuego, Viento y Agua, cantemos a esta victoria y a este pan mil alabanzas. Viva el Cazador Divino que la sierpe vence y mata, y en pan y vino nos deja de esta victoria la palma. Y porque jamás sus daños ejecuten en las almas larga enfermedad, ahora es bien de mi lado salgan siete santos sacramentos, que con fuerza soberana, contra los siete pecados que ha maquinado su infamia, se conspiren, celebrando la Iglesia la ley de gracia contra aquella Sinagoga en que el judaísmo labra a la madre del error de su culpa nueva estatua. Salen de su costado siete colonias encarnadas, y decada una toma la punta un personaje que represente un Sacramento Viva del príncipe Dios la más heroica hazaña, pues con siete sacramentos siete vicios avasalla. Yo soy el Bautismo santo, cuyo carácter al alma imprimo, en agua borrando aquella original mancha. Y yo la Confirmación, que corroboro sagrada, de parte de la memoria, las impresiones del alma. Y yo soy la Penitencia, en quien David se esmeraba, ya castigando su sangre, ya renovando la llaga. Yo soy de la Eucaristía la fidelísima usanza donde el cristiano recibe la medicina más sana. Y yo soy la Extrema Unción, que Melquisedec usaba en aquel divino hospicio donde curaba las almas. El Orden Sacerdotal soy yo, en quien solo se halla la potestad de absolver como de juntar la causa. Y yo el Matrimonio santo, que en coyundas celebradas de dos almas hago un cuerpo por virtud de unas palabras, conformando voluntades. Solo aqueste no me agrada, porque en él el Albedrío no juega pieza ni entabla. ¡Calla, necio! Y pues triunfante tantos vicios postra y mata, digan para gloria suya en acordes asonancias: Viva del Príncipe Dios la más heroica hazaña, pues con siete sacramentos siete vicios avasalla. Representa Y demos al auto fin, pidiendo de nuestras faltas a este discreto senado perdón, ya que no alabanzas.