- XXVI - Exagera la lástima que el mundo tenía de sus amorosos cuidados, y la justa causa de su compasión Apagadas del sol las luces bellas del crespo mar en el undoso hielo, Argos del mundo, desvelado el cielo, abrió por ojos multitud de estrellas. Del ronco mar se oyeron las querellas, que vuelve el eco en repetido anhelo, y el Céfiro, con próvido desvelo, despertaba las flores con su huellas. Aun en el caos de la noche oscura no sosegaron plantas ni animales de las fatigas del prolijo día. Cintia, mira el poder de tu hermosura que, condolidos todos de mis males, todos velaban, pero yo dormía.