- LXXIII - Ya tu piedad magnánima derriba mis ídolos, Señor; ya por ti espero que restituya el resplandor primero a mi templo interior su luz nativa. Animoso al afecto se aperciba para víctima al fuego verdadero; sienta el furor del religioso acero, pues que no ha de arder víctima viva. Silencio y soledad, ministros puros de alta contemplación, tended el velo a profanos sentidos inferiores. No acechen cómo ciñe el tercer cielo la mente de tan limpios resplandores, que a todos los visibles deja oscuros.