- LXXI - «Dime, Padre común, pues eres justo, ¿por qué ha de permitir tu providencia que, arrastrando prisiones la inocencia, suba la fraude a tribunal augusto?». «¿Quién da fuerzas al brazo que robusto hace a tus leyes firme resistencia, y que el celo, que más la reverencia, gima a los pies del vencedor injusto?». «Vemos que vibran victoriosas palmas manos inicuas, la virtud gimiendo del triunfo en el injusto regocijo». Esto decía yo, cuando riendo celestial ninfa apareció, y me dijo: «¡Ciego!, ¡es la tierra el centro de las almas?».