- XLII - Tu aliento, Herminia, en su fragancia viva tan suaves espíritus ofrece, que ni un jardín su emulación merece, aunque todas sus flores aperciba. Mas el que por las barbas se deriva de tu esposo, ¿con qué salud se cuece, que huele a yema o pollo, que perece corrompido en la cáscara abortiva? No es la más grave de las servidumbres que la boca le des; que su lujuria tus perlas manche y lisie tus corales. ¡Oh túmulo, y no tálamo! ¿cuál furia en ti rindió las leyes naturales a la fortuna? ¡oh tiempos! ¡oh costumbres!