- LXXII - ¿En qué veré que tú a mi llanto ahora, Padre benigno, aplicas los oídos, si el corazón que forma estos gemidos, sus dulces lazos tiernamente adora? ¡Oh, rómpelos, Señor; que ya no es hora de contemporizar con los sentidos; que puesto que a su daño están asidos, parte hay en mí que sus errores llora: Bien veo que él resiste al favor tuyo, mas perdonar a la cerviz sujeta, eso, Señor, es de ánimos humanos. El sacarlo de error mal grado suyo, es obra digna sólo de tus manos; mas ¡oh amor propio, oh lástima imperfeta!