- XLVII - No temes tú mis versos, Citaredo; finges temer, para que así propicio el vulgo, entre el clamor de su bullicio, te señale por sabio con el dedo. A lo menos sin risa, yo no puedo dar tanto a la ambición de tu artificio, que te halle alguna vez en mi juicio aprobado por digno de ese miedo. Para que obren con ley nuestros decoros, sus acciones imiten respetuosas al que nace en las fieras no adquirido. Teman las uñas del león los toros; mas pídanle perdón las mariposas, si se juzgaren dignas de un bramido.