- XLV - Pues no siempre tus rayos vengativos sobre montes y alcázares fulminas, y alguna vez destroncas las encinas y abrasas los pacíficos olivos, un pedante que, a gritos excesivos, enseña a variar voces latinas, júntalo a los estragos y ruinas cuyas memorias guardan tus archivos. El de pálido boj, labrado al torno, vibra un cetro a mil madres formidable; caiga el brazo inhumano con ejemplo; que en el barrio que él hace inhabitable, hoy te dedico, oh Júpiter, un templo, y de inscripción piadosa te lo adorno.