- LXXXVI - Sólo ofende el agüero a quien lo advierte; véncelo, o no lo adviertas, Lauso mío; que horrible (no fatal) su poderío tanto excede al incauto como el fuerte; y pues tu estimación podrá ofenderte, refórmala con fuerza o con desvío; que a la luz o al error del albedrío se elige o se fabrica nuestra suerte; cuya interpretación no la confía al sordo caso aquella providencia que a libertad y a imperio corresponde. Alcemos pues con tiempo la licencia al curioso temor; vamos por donde nuestra animosa ceguedad nos guía.