- XXIII - ¿Con qué entrañas, de piedad desnudas, niño impaciente del sosiego ajeno, las flechas inficionas de veneno, y cuerda infatigable al arco anudas, si el blanco he sido de las más agudas, y ando de sabias experiencias lleno, desde que, herido en limpia edad, del seno inexperto vertí lágrimas rudas? Precia más que tus jaras descorteses tantos ejemplos de mi fe, y no quieras que la altivez de Cintia las derribe. ¿Así destruyes lo que amar debieras? ¿Qué agricultor las hoces apercibe, resuelto de pegar fuego a sus mieses?