- XXXIII - Amor, tú que las almas ves desnudas, cuéntanos el desdén y la osadía con que la hermosa Filis resistía a tus doradas flechas más agudas; y dinos las razones y las dudas con que, después de herida, se encubría, si soberbia o vergüenza detenía lo que mostraba apariencias mudas. Lo que nosotros vimos acá fuera fue colorearse el rostro como rosa y huir de nuestros ojos sus dos soles; cual suele Febo al fin de su carrera, robando su color a cada cosa, las nubes adornar con arreboles.