- XXV - No temo los peligros del mar fiero ni un escita la odiosa servidumbre, pues alivia los hierros la costumbre y al remo grave puede hacer ligero; ni oponer este pecho por terrero de flechas a la inmensa muchedumbre; ni envuelta en humo la dudosa lumbre, ver y esperar el plomo venidero. Mal que tiene la muerte por extremo, no le debe temer un desdichado; mas antes escogerle por partido. La sombra sola del olvido temo, porque es como no ser un olvidado, y no hay mal que se iguale al no haber sido.