- XXXIX - No fueron tus divinos ojos, Ana, los que al yugo amoroso se han rendido; ni los rosados labios, dulce nido del ciego niño, donde néctar mana; ni las mejillas, de color de grana; ni el cabello, que al oro es preferido; ni las manos, que ha tantos han vencido; ni la voz, que está en duda si es humana. Tu alma, que en tus obras se trasluce, es la que sujetar pudo la mía por que fuese inmortal su cautiverio. Así, todo lo dicho se reduce a sólo su poder, porque tenía por ella cada cual su ministerio.